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LA FAMILIA DE LAS PERSONAS TRANS

Vamos a hablar de parejas; pero también


de otras formas de vida familiar.

Empecemos por las parejas.

En la práctica, debemos distinguir entre


las parejas formadas antes de la
transición y las formadas después de la
transición.

Las primeras, las formadas antes de la


transición, suelen constituirse por dos
malentendidos de buen fe. La persona
trans, especialmente cuando es joven e
inexperta en sí misma, suele decirse: “Esto son tonterías. Me caso y se me
pasa”. Como está tan convencida de su intención, suele incluso no advertir a su
pareja, por el miedo de perderla.

Pero si le advierte, también es frecuente otro malentendido de buena fe por


parte de la pareja: “Con mi amor se le pasará”.

Las dos personas emprenden con amor y esperanza una vida en común, pero
con el tiempo la persona trans comprende que no se le pasa, porque la
transexualidad es un elemento estructural de su personalidad. Pero en ese
momento, ya hay otra persona, la pareja, tan envuelta como ella en las
cuestiones de la transexualidad, y probablemente otras personas más, los
hijos.

A la persona transexual se le presenta el durísimo dilema entre renunciar a su


transición o seguir adelante. Lo primero estará lleno de tensiones para sí
misma, que, con espíritu de sacrificio por amor, conseguirá evitar que tengan
que sufrirlas las demás, pero a un precio quizá terrible para su propio equilibrio.

Lo segundo estará lleno de tensiones, para todas, la persona transexual que


deberá afrontar sentimientos de culpa, ruptura u otros, y para las otras
personas que sufrirán por la imagen de la persona querida, por el qué dirán,
etcétera.

Todas estas situaciones de sufrimiento se agravan en una perspectiva binarista


y se atenúan en una no-binarista.

En una perspectiva binarista, la persona transexual aspirará a pasar del todo (si
posible fuera) de A a B, hormonándose, operándose, tomando actitudes de
género muy definidas como B.

En este sentido, la represión actúa como estimulante del binarismo. Una


persona cuya fantasía (y sólo su fantasía) está llena de imágenes de B, sueña
literalmente con una transmutación total. Una persona que haya superado la
represión absoluta y exprese su transexualidad habitualmente y en alguna
medida –salidas ocasionales, etcétera- podrá relativizar sus perspectivas con el
sentido de la realidad.

También en una perspectiva binarista, la persona que sea la pareja de otra


transexual, se planteará su situación probablemente en términos de
heterosexualidad/homosexualidad. Se dirá a sí misma que es heterosexual y
que ahora se ve obligada a vivir como homosexual, porque se plantearán en
ese momento las cuestiones de atracción física y rechazo e incluso las del qué
dirán.

Planteado incluso así, hay algunas posibilidades de solución. Algunas parejas,


especialmente bien avenidas, especialmente encariñadas, han decidido pasar
a vivir como hermanas (o hermanos) y ha dado buen resultado, especialmente
a partir de cierta edad, cuando la vida sexual se puede obviar.

Pero creo que una solución más profunda está en la asunción plena del
significado del no-binarismo.

No-binarismo quiere decir que, entre A y B, se descubre la existencia de C , o


la de AB, o cualquier otra forma concebible.

Si el binarismo pretende que sólo existen A y B, la realidad prueba que existen


a su lado otras muchas formas. Si yo creía que, dejando de ser A, tenía que ser
B, un conocimiento más profundo de mí puede mostrarme que estaba influido
por esa simplificación y que en realidad mi identidad estaba en esas formas no-
binarias.

Puede ser entonces que pueda emprender una negociación conmigo mismo y
con mi pareja. ¿Hasta dónde puedo ceder? ¿Hasta dónde necesito llegar?
¿Hasta dónde puedes ceder?

Es cierto que, en cuanto se adopta una visión no-binarista, la transexualidad


toma una forma muy distinta. No se trata de encontrar la propia posición entre
las solas dos opciones A o B, sino saber que junto con ellas hay una gran
variedad, infinitamente matizada según las historias personales.

Puede ser que algunas personas, después de una larga reflexión, insistan en
que su posición debe ser B, incondicionalmente, o lo más cerca que sea
posible de B. Puede ser que otras comprendan que sólo necesitan una
reasignación genital y, en el fondo, sólo una reasignación genital, que pueden
seguir viviendo conforme al género de origen. Puede ser que otras sólo
necesiten en rigor afirmar su adhesión al género B, no al sexo, y que puedan
prescindir de hormonación o de cirugía. Puede ser que algunas otras
comprendan que lo que quieren expresar es su diferencia con A y que cierto
grado de ambigüedad les es para ello suficiente.

En todas estas formas de expresión, a la vez que tiene lugar un cuidadoso


estudio de la historia personal, una introspección tranquila y sincera, hay
posibilidades de negociación consigo mismo y con la pareja.

Es verdad que no se pueden hacer en circunstancias de represión/fantasía sino


de expresión/realismo. Se puede pensar que es precisa una expresión, incluso
alocada, durante algún tiempo, una rotura del dique, una fluencia torrencial,
hasta que el río pueda recuperar su tranquilidad. Sólo es preciso, durante ese
tiempo de prueba, que la persona transexual y su pareja asuman que es un
período de prueba en el que la expresión en condiciones de realidad
normalmente producirá cambios en lo que se quiere expresar. Sin embargo,
quiero avisar de que el estallido y el torrente requieren tiempo para agotar su
energía, un tiempo que puede ser fácilmente de un año, dos o más. No se
resuelven las grandes cuestiones de la vida en cuatro días.

En esta misma situación, hay que plantearse también la actitud hacia los hijos.

Se puede distinguir en primer lugar su edad.

Y a continuación si son hijos o hijas.

En cuanto a la edad, parece que una transición emprendida antes de sus tres
años, aproximadamente, será plenamente asimilada. Crecerán con ella y los
problemas que puedan encontrar más adelante serán sociales, externos,
asimilables a los de racismo y afrontables con los mismos criterios: denuncia,
lucha social, solicitud de apoyos, etcétera. Incluso puede ser beneficioso para
el o la adolescente combatir por la justicia.

Entre los ¿tres? y los ¿dieciocho? años se abre una ventana en la que es
distinta la reacción previsible según el sexo. Mientras que un niño que tiene a
su padre como modelo de masculinidad puede verse profundamente alterado
por una transición que no puede comprender, una niña puede encontrar
alternativas de relación que lleguen incluso a la complicidad, a la protección
mutua, y al orgullo. Tengo que decir que no sé cuál pueden ser la reacción de
una niña ante la transición de su madre.

Teniendo en cuenta que las reacciones de los niños y adolescentes varones


pueden desequilibrarlos fuertemente, es aconsejable que la persona transexual
se aleje físicamente, si decide llevar adelante su transición, o que asuma, como
hacen muchas, que tiene que posponerla hasta que crezcan y maduren.

Se puede decir que, a partir de los dieciocho años aproximadamente, se llega a


una edad en la que, aunque sea con dificultades, se puede hacer frente a la
realidad. La caída del modelo paterno se puede compensar con la vigencia de
un modelo moral basado en el sacrificio y en el amor, y en el respeto
correspondiente, unido al cariño y al agradecimiento.

A partir de esa edad, en líneas generales, cualquier incomprensión e


intransigencia debe ser puesta en la carga del hijo, que ya debe haber
aprendido la complejidad de la vida humana y que no todo debe estar a su
servicio. Hablamos, en esa edad, de seres humanos maduros, que deben
respetarse mutuamente, y expresar una temática de género no es una falta de
respeto para nadie.

Decía al principio que dividiría este texto en parejas y familias formadas antes
de la transición y después. Sin embargo, el apartado reservado a éstas últimas
es mucho más corto, porque en ellas, la persona transexual y su pareja saben
a lo que atenerse.

Lo más importante es que se forman. Pese a las dificultades que se pueden


concebir, hay personas dispuestas a compartir nuestras vidas. Podemos ser
atractivos y atractivas. Cuando una persona transexual que ya ha hecho su
transición aparece ante otra, funcionan los mismos complejos sistemas de
atracción que en cualquier otra pareja, con una forma más específica.

Cuenta el encanto físico singular de la persona transexual, que puede ser muy
intenso y no morboso. Puede ser la dureza del transexual masculinizante unido
a un margen de sensibilidad y capacidad de diálogo lo que lo haga irresistible.
En una transexual feminizante no operada puede ser el componente de “mujer
fálica” lo que la haga profundamente tranquilizante para angustias
subconscientes que ven en la mujer un abismo.

Nos lleva esta observación a la dinámica entre percepciones subconscientes,


muy intensas, pero difíciles de justificar racionalmente, y percepciones
conscientes, racionales, convencionales, limitadas, por ejemplo las del qué
dirán.

Aventuro que muchas de las parejas incluso heterosexuales que han


encontrado las personas transexuales antes de su transición, se basan en
estas percepciones subconscientes de una ambigüedad agradable por algún
motivo, intenso, personal, pero confuso para uno mismo, difícilmente
verbalizable. La convivencia en estos casos estaría amenazada por la aparente
racionalidad de lo consciente, muy verbalizada por toda nuestra cultura, muy
conveniente en la práctica a corto plazo, pero destructora a largo plaza.

Tengo la impresión de que cuando tomamos en cuenta los factores


psicoanalíticos, creemos avanzar por un paisaje en rayos X, donde vemos la
realidad en unos blancos y negros insólitos, donde los objetos se transparentan
y adoptan formas insólitas, que son más verdaderas sin embargo que las de la
percepción normal. Cuando nos acostumbramos a lo que vemos y le damos
sus nombres, nos entendemos mejor y entendemos mejor nuestros motivos.

¿Cuáles son las razones, entonces, que han traído a determinadas personas a
nuestro lado antes de la transición? Las profundas, no las aparentes. ¿Cuáles
de ellas seguirían vigentes aún después de la transición? ¿Cuáles pueden ser
amenazadas por el convencionalismo, especialmente el qué dirán, que llevaría
a lamentarse tiempo después de las decisiones superficialmente tomadas?

El amor es una aventura en la selva que no es fácil de entender ni de valorar.


Si una persona te ha amado, puede preguntarse si ese amor se debe a la
presencia de unos genitales y de unas funciones de género o a algo que no
tiene que ver con los genitales ni con las funciones de género.

Por lo menos, las personas que forman parejas con nosotras, las personas
transexuales, después de la transición, saben que nuestra realidad genital o de
género es con frecuencia inusual y, sin embargo, si se lanzan a convivir con un
o una transexual, es porque encuentran en nuestras personas algo que les
atrae o les tranquiliza profundamente.

Con frecuencia estas parejas son heterosexuales y, sin embargo, encuentran la


manera de vivir a gusto a nuestro lado.

Esto los transexuales masculinizantes lo tienen más fácil, compartan sus vidas
con mujeres, hombres u otros transexuales. De hecho, forman pareja con
facilidad y sus parejas suelen ser bastante estables. No sé por qué, pero
constato los hechos..

Las transexuales feminizantes lo tienen más difícil, aunque no es imposible.


Por lo que he podido ver, pueden formar parejas con hombres, con mujeres y
con otras personas trans, masculinizantes o feminizantes, incluso muy
estables, aunque sometidas a la precariedad que encuentran hoy todas las
parejas, con mujeres y con otras personas transexuales.

También constato hechos; pienso en las parejas que conozco con una persona
trans feminizante, y constato su estabilidad en las historias en que se han
formado, aunque es menos frecuente que se formen.

Pero no hay todavía suficientes estudios sobre las parejas trans, por qué se
forman y por qué subsisten. Ya los habrá.

Kim Pérez 07-09-2009