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EL CAMINO DEL GUERRERO

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RESUMEN DE

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN


UNA REALIDAD APARTE
VIAJE A ITXLAN
RELATOS DE PODER

DE CARLOS CASTANEDA

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por
FRANCISCO BENGOCHEA

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INTRODUCCIÓN

Don Juan y yo nos hicimos amigos (...) Su actitud me daba mucha confianza y su sentido del humor
me parecía excelente; pero sobre todo sentía en sus actos una consistencia callada, totalmente
desconcertante para mí. Experimentaba en su presencia un raro deleite, y al mismo tiempo una desazón
extraña. Su sola presencia me forzaba a efectuar una tremenda reevaluación de mis modelos de conducta.
Me habían educado, quizá como a todo el mundo, para tener la disposición de aceptar al hombre como a
una criatura esencialmente débil y falible. Lo que me impresionaba de don Juan era el hecho de que no
destacaba el ser débil e indefenso, y el solo estar cerca de él aseguraba una comparación desfavorable
entre su forma de comportarse y la mía. Acaso una de las aseveraciones más impresionantes que le oí en
aquella época se refería a nuestra diferencia inherente. Con anterioridad a una de mis visitas, había estado
sintiéndome muy desdichado a causa del curso total de mi vida y de cierto número de conflictos
personales apremiantes. Al llegar a su casa me sentía melancólico y nervioso.
Hablábamos de mi interés en su conocimiento, pero, como de costumbre, íbamos por sendas distintas.
Yo me refería al conocimiento académico que trasciende la experiencia, mientras él hablaba del
conocimiento directo del mundo.
- ¿A poco crees que conoces el mundo que te rodea? – preguntó.
- Conozco de todo – dije.
- Quiero decir, ¿sientes el mundo que te rodea?
- Siento el mundo que me rodea tanto como puedo.
-Eso no basta. Debes sentirlo todo; de otra manera el mundo pierde su sentido.
Formulé el clásico argumento de que no era necesario probar la sopa para conocer la receta, ni recibir
un choque eléctrico para saber de la electricidad.
-Ya transformaste todo en una estupidez –dijo-. Ya veo que quieres agarrarte de tus razones a pesar de
que no te dan nada; quieres seguir siendo el mismo aun a costa de tu bienestar.
- No sé de qué habla usted.
- Hablo del hecho de que no estás completo. No tienes paz.
La aserción me molestó. Me sentí ofendido. Pensé que don Juan no estaba calificado en modo alguno
para juzgar mis actos ni mi personalidad.
- Estás lleno de problemas –dijo-. ¿Por qué?
- Sólo soy un hombre, don Juan –repuse malhumorado.
Hice la afirmación en la misma vena en que mi padre solía hacerla. Cada vez que decía ser sólo un
hombre, implicaba que era débil e indefenso y su frase, como la mía, rebosaba un esencial sentido de
desesperanza.
Don Juan me escudriñó como el día en que nos conocimos.
- Piensas demasiado en ti mismo –dijo sonriendo-. Y eso te da una fatiga extraña que te hace cerrarte al
mundo que te rodea y agarrarte de tus razones. Por eso tienes solamente problemas. Yo también soy sólo
un hombre, pero no lo digo como tú lo dices.
- ¿Cómo lo dice usted?
- Yo me he salido de todos mis problemas. Qué lástima que mi vida sea tan corta y no me permita
aferrarme de todas las cosas que quisiera. Pero eso no es problema, ni punto de discusión; es sólo una
lástima.

Carlos Castaneda: “Una realidad aparte”

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LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN

Eres una persona seria, pero tu seriedad está ligada a lo que tú haces, no a lo que pasa fuera de ti. Te
ocupas demasiado de ti mismo. Ése es el problema. Y eso produce una tremenda fatiga.

Busca y ve las maravillas que te rodean. Te cansarás de mirarte a ti mismo, y el cansancio te hará
sordo y ciego a todo lo demás.

Al saber se va bien despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir en cualquier otra
forma es un error, y quien lo cometa vivirá para lamentar sus pasos. Cuando un hombre ha cumplido esos
cuatro requisitos, no hay errores por los que deba rendir cuentas; en tales condiciones sus actos pierden la
torpeza de las acciones de un tonto. Si tal hombre fracasa, o sufre una derrota, sólo habrá perdido una
batalla, y eso no provocará deploraciones lastimosas.

Los temores son naturales; todos los sentimos y no podemos evitarlo. Pero por otra parte, pese a lo
atemorizante que sea el aprender, es más terrible pensar en un hombre sin conocimiento.

Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender. Un hombre
que, sin apuro, sin vacilación, ha ido lo más lejos posible en desenredar los secretos del poder y el
conocimiento.

No cualquiera puede ser un hombre de conocimiento. Un hombre puede llamarse hombre de


conocimiento si es capaz de desafiar y vencer a sus cuatro enemigos naturales.

No hay requisitos. Cualquiera puede tratar de llegar a ser hombre de conocimiento; muy pocos llegan a
serlo, pero eso es natural. Los enemigos que un hombre encuentra en el camino son de veras formidables,
de verdad poderosos; y la mayoría, pues, se pierde.

Ser hombre de conocimiento no tiene permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de


conocimiento. Más bien se hace por un instante muy corto, después de vencer a los cuatro enemigos
naturales.

Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su
intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta
aprender.

Pero uno aprende así, poco a poco al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de
topetazos y se hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a
tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada paso del aprendizaje es un
atolladero, y el miedo empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo
de batalla.

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Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terrible:
traicionero y enredado como los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando,
esperando. Y si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su
búsqueda.

Para superar el miedo hay que desafiarlo y pese a él dar el siguiente paso, y el siguiente, hasta que
uno empieza a sentirse seguro de sí. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora.

Una vez que un hombre ha conquistado el miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a
cambio ha adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo. Para entonces, un hombre
conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede prever los nuevos pasos del aprendizaje, y
una claridad nítida lo rodea todo. El hombre siente que nada está oculto.

Y así ha encontrado a su segundo enemigo: ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener,
dispersa el miedo, pero también ciega. Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí. Le da la seguridad de
que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene
claridad, y no se detiene en nada porque tiene claridad.

Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro pero incompleto. Si el hombre se rinde a esa
ilusión de poder, habrá sucumbido a su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando
debería ser paciente, o será paciente cuando debería apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que
termine incapaz de aprender nada más.

Para evitar la derrota debe desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir
con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un
momento en que comprenda que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a
su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni
tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ése será el verdadero poder.

El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de
todo, el hombre es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina
haciendo reglas, porque es el amo del poder. Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer
enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá
transformado en un hombre caprichoso.

Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo una carga
sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de sí mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su
poder.

Para vencer a su tercer enemigo, tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse
cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo de verdad. Debe tenerse a
raya a todas horas, manejando con tiento y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control
sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se
domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo.

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El hombre estará, para entonces, al fin de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin
advertencia tropezará con su último enemigo: ¡la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el único
al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá ahuyentar por un instante.

Éste es el tiempo en que un hombre ya no tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente, un tiempo en
que todo su poder está bajo control, pero también el tiempo en el que siente un deseo constante de
descansar. Si se rinde por entero a su deseo de acostarse y olvidar, si se arrulla en la fatiga, habrá
perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá
toda su claridad, su poder y su conocimiento.

Pero si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado
hombre de conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentos en que logra ahuyentar al último
enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento son suficientes.

Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un
camino es sólo un camino; si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna
condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino
es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te
dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición.

Te prevengo. Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres
necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta: ¿tiene corazón este camino? Si tiene, el
camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el
otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida.
Uno te hace fuerte; el otro te debilita.

Piensas que hay dos mundos para ti: dos caminos. Pero nada más hay uno. El único mundo a tu
disposición es el mundo de los hombres, y de ese mundo no te puedes salir. Eres vanidoso, crees que
vives en dos mundos, pero eso es pura vanidad. Hay un solo mundo para nosotros. Somos hombres, y
debemos estar conformes con el mundo de los hombres.

Antes de embarcarte en cualquier camino tienes que hacer la pregunta: ¿tiene corazón este camino? Si
la respuesta es no, tú mismo lo sabrás, y deberás entonces escoger otro camino.

Cualquiera puede saber si un camino tiene corazón o no. El problema es que nadie hace la pregunta, y
cuando uno por fin se da cuenta de que ha tomado un camino sin corazón, el camino está a punto de
matarlo. En esas circunstancias muy pocos hombres pueden pararse a considerar, y más pocos aún pueden
dejar el camino.

Un camino sin corazón nunca es disfrutable. Hay que trabajar duro tan sólo para tomarlo. En cambio,
un camino con corazón es fácil; no te hace trabajar por tomarle gusto.

El deseo de aprender no es ambición. El querer saber es nuestro destino como hombres.

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Quizá si no tuvieras tanto miedo de volverte loco, o de perder tu cuerpo, entenderías este secreto
maravilloso.

Un hombre que sólo recorre los caminos de la vida lo es todo. Para mí, sólo recorrer los caminos que
tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es
atravesar todo su largo. Y esos recorro mirando, mirando, sin aliento.

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UNA REALIDAD APARTE

Piensas demasiado en ti mismo, y eso te da una fatiga extraña que te hace cerrarte al mundo que te
rodea y agarrarte de tus razones. Por eso tienes solamente problemas.

Sentirse importante lo hace a uno pesado, rudo y vanidoso. Para ser hombre de conocimiento se
necesita ser liviano y fluido.

Sólo viendo puede un hombre de conocimiento saber. Tú no ves. Tú solamente miras la superficie de
las cosas.

No sé qué cosa cambiar ni por qué cambiar cualquier cosa en mis semejantes. Tal vez algún día puedas
ver a los hombres de otro modo, y entonces te darás cuenta de que no hay manera de cambiarles nada.

Sólo a un chiflado se le ocurriría emprender por cuenta propia la tarea de hacerse hombre de
conocimiento. A un cuerdo hay que hacerle una artimaña para que la emprenda. Hay montones de gente
que emprenderían con gusto la tarea, pero esos no cuentan. Casi siempre están rajados. Son como guajes
que por fuera se ven buenos, pero gotean al momento que uno los pone presión, al momento que uno los
llena de agua.

El conocimiento es poder, y una vez que un hombre emprende el camino del conocimiento ya no es
responsable de lo que pueda pasarle a quienes entran en contacto con él.

Cuando tú miras las cosas no las ves. Sólo las miras, yo creo que para cerciorarte de que algo está allí.
Como no te preocupa ver, las cosas son bastante lo mismo cada vez que las miras. En cambio, cuando
aprendes a ver, una cosa no es nunca la misma cada vez que la ves, aunque sea la misma.

Cuando aprendes a ver, puedes distinguir una cosa de otra. Puedes verlas como realmente son. Tus
ojos sólo han aprendido a mirar.

El modo más efectivo de vivir es como guerrero. Preocúpate y piensa antes de hacer cualquier
decisión, pero una vez que la hagas echa a andar libre de preocupaciones y de pensamientos; todavía
habrá un millón de decisiones que te esperen. Ése es el modo del guerrero.

Un guerrero piensa en su muerte cuando las cosas pierden claridad. La idea de la muerte es lo único
que templa nuestro espíritu.

Para mí, los que se creen por encima de los animales viven peor que los animales. Aquí está mi nieto.
Trabaja sin descanso. Yo diría que vive para trabajar, como una mula. Y lo único que hace que no hace un
animal es emborracharse. La vida que ustedes llevan no es vida. No conocen la felicidad que viene de
hacer las cosas a propósito. Se necesita algo más que tequila para tener una vida satisfecha.

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Cuando se quiere a alguien debemos insistir como se debe, como si fuera posible rehacer a los
hombres. La brujería no se usa para dar valor. El valor es algo personal.

Para ser guerrero hay que ser claro como el cristal.

Ciertas cosas de tu vida te importan porque son importantes; tus acciones son ciertamente importantes
para ti, pero para mí ni una sola cosa es importante ya, ni mis acciones ni las acciones de mis semejantes.
Pero sigo viviendo porque tengo mi voluntad. Porque he templado mi voluntad a lo largo de toda mi vida,
hasta hacerla impecable y completa, y ahora no me importa que nada importe. Mi voluntad controla el
desatino de mi vida.

Una vez que un hombre aprende a ver, se halla solo en el mundo, sin nada más que desatino. Tus
acciones, así como las acciones de tus semejantes en general, te parecen importantes sólo porque has
aprendido a pensar que son importantes.

Aprendemos a pensar en todo, y luego entrenamos nuestros ojos para mirar al mismo tiempo que
pensamos en las cosas que miramos. Nos miramos a nosotros mismos pensando que somos importantes.
¡Y por supuesto tenemos que sentirnos importantes! Pero luego, cuando uno aprende a ver, se da cuenta
de que ya no puede uno pensar en las cosas que mira, y si uno no puede pensar en lo que mira todo se
vuelve sin importancia.

Todo es igual y por tanto sin importancia. Por ejemplo, no hay manera de decir que mis actos son más
importantes que los tuyos, o que una cosa es más esencial que otra; por lo tanto, todas las cosas son
iguales, y al ser iguales carecen de importancia.

Siempre hay que escoger el camino con corazón para estar lo mejor posible, quizá para poder reír
todo el tiempo.

Ver disipa la costumbre de tener una idea constante de todo en el mundo.

Un hombre de conocimiento vive de actuar, no de pensar en actuar, ni de pensar qué pensará cuando
termine de actuar. Por eso un hombre de conocimiento elige un camino con corazón y lo sigue; y luego
mira y se regocija y ríe; y luego ve y sabe. Sabe que su vida se acabará en un abrir y cerrar de ojos; sabe
que él, así como todos los demás, no va a ninguna parte; sabe, porque ve, que nada es más importante que
lo demás. En otras palabras, un hombre de conocimiento no tiene honor, ni dignidad, ni familia, ni
nombre, ni tierra, sólo tiene vida que vivir, y en tal condición su única liga con sus semejantes es su
desatino controlado. Así, un hombre de conocimiento se esfuerza, y suda, y resuella, y si uno lo mira es
como cualquier hombre común, excepto que el desatino de su vida está bajo control.

Ser victorioso y ser derrotado son iguales.

No hay vacío en la vida de un hombre de conocimiento. Todo está lleno hasta el borde.

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Para convertirse en hombre de conocimiento hay que ser un guerrero, no un niño llorón. Hay que
luchar sin entregarse, sin una queja, sin titubear, hasta que uno vea, y sólo entonces puede uno darse
cuenta de que nada importa.

Un hombre de conocimiento quiere lo que se le antoja o a quien se le antoja, pero usa su desatino
controlado para andar sin pena ni cuidado.

Piensas que todo el mundo es sencillo de entender, porque todo cuanto tú haces es una rutina sencilla
de entender.

Hay que tener un empeño inflexible para llegar a ser hombre de conocimiento.

Insistes en explicar todo como si el mundo entero estuviera hecho de cosas que pueden explicarse.
¿Alguna vez se te ha ocurrido que, en este mundo, sólo unas cuantas cosas pueden explicarse a tu
modo?

Un brujo charlatán trata de explicar todo en el mundo con explicaciones de las que no está seguro, así
que todo sale siendo brujería. Pero tú andas igual. También quieres explicarlo todo a tu manera, pero
tampoco estás seguro de tus explicaciones.

Un guerrero acepta la responsabilidad de sus actos, del más trivial de sus actos.

Tú actúas tus pensamientos, y eso está mal.

Lo que nos hace desdichados es la necesidad. Pero si aprendemos a reducir a nada nuestras
necesidades, la cosa más pequeña que recibamos será un verdadero regalo.

Ser pobre o necesitado es sólo un pensamiento; y lo mismo es odiar, o tener hambre, o sentir dolor.
Para mí, ahora, son sólo pensamientos. Eso es todo lo que sé. He logrado esa hazaña. Esa hazaña es poder
y ese poder es todo lo que tenemos, fíjate bien, para oponernos a las fuerzas de nuestras vidas; sin ese
poder somos basuras, polvo en el viento.

A nosotros, como individuos, nos toca oponernos a las fuerzas de nuestras vidas. Esto te lo he dicho
mil veces: sólo un guerrero puede sobrevivir. Un guerrero sabe que espera y sabe lo que espera, y
mientras espera no quiere nada y así cualquier cosita que recibe es más de lo que puede tomar. Si necesita
comer halla el modo, porque no tiene hambre; si algo lastima su cuerpo halla el modo de pararlo, porque
no siente dolor. Tener hambre o sentir dolor significa que uno se ha entregado y que ya no se es guerrero;
las fuerzas de su hambre y su dolor lo destruirán.

Los opresores y los oprimidos se encuentran al final, y lo único que sigue valiendo es que la vida fue
demasiado corta para ambos.

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Uno aprende a actuar como guerrero actuando, no hablando.

Un guerrero no tiene más que su voluntad y su paciencia, y con ellas construye todo lo que quiere.

La voluntad es algo muy especial. Ocurre misteriosamente. No hay en realidad manera de decir cómo
la usa uno, excepto que los resultados de usar la voluntad son asombrosos. Acaso lo primero que se debe
hacer es saber que uno puede desarrollar la voluntad. Un guerrero lo sabe y se pone a esperar.

La voluntad es algo que un hombre usa, por ejemplo, para ganar una batalla que, según todos los
cálculos, debería perder. La voluntad tiene que ver con hazañas asombrosas que desafían nuestro sentido
común.

Entregarse a la negación es el peor de todos los modos de entrega; nos fuerza a creer que estamos
haciendo cosas buenas, cuando en efecto sólo estamos fijos dentro de nosotros mismos.

La voluntad es lo que puede darte el triunfo cuando tus pensamientos te dicen que estás derrotado. La
voluntad es lo que te hace invulnerable. La voluntad es lo que manda a un brujo a través de una pared, a
través del espacio, a la luna, si él lo quiere.

La voluntad es una fuerza que es la verdadera liga entre los hombres y el mundo.

El mundo es lo que percibimos, en cualquier manera que podamos elegir percibirlo. Percibir el mundo
involucra un proceso de aprehender lo que se presenta ante nosotros. Esta percepción se lleva a cabo con
nuestros sentidos y nuestra voluntad.

Lo que tú llamas voluntad es carácter y disposición fuerte. Lo que un brujo llama voluntad es una
fuerza que viene de dentro y se prende al mundo de fuera.

Cuando un hombre se embarca en los caminos de la brujería, poco a poco se va dando cuenta de que la
vida cotidiana ha quedado atrás para siempre; de que el conocimiento es en verdad algo que da
miedo; de que los medios del mundo ordinario ya no le sirven de sostén; y de que si desea sobrevivir
debe adoptar una nueva forma de vida. La aterradora naturaleza del conocimiento no le permite a uno otra
alternativa que la de llegar a ser un guerrero.

Un hombre que sigue los caminos de la brujería se enfrenta en cada recodo con la aniquilación
inminente, y sin poder evitarlo se vuelve terriblemente consciente de su muerte. Sin la conciencia de la
muerte no sería más que un hombre común envuelto en actos comunes. Carecería de la potencia
necesaria, de la concentración necesaria que transforman en poder mágico nuestro tiempo ordinario
en la tierra.

Sólo la idea de la muerte da al hombre el despego suficiente para que sea incapaz de abandonarse a
nada. Sólo la idea de la muerte da al hombre el desapego suficiente para que no pueda negarse nada. Pero

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un hombre de tal suerte no ansía, porque ha adquirido una lujuria callada por la vida y por todas las
cosas de la vida. Sabe que su muerte lo anda cazando y que no le dará tiempo de adherirse a nada, así que
prueba, sin ansias, todo de todo.

Un hombre despegado, sabiendo que no tiene posibilidad de poner vallas a su muerte, sólo tiene una
cosa que lo respalde: el poder de sus decisiones. Tiene que ser, por así decirlo, el amo de su elección.
Debe comprender por completo que su preferencia es su responsabilidad, y una vez que hace su
selección no queda tiempo para lamentos ni recriminaciones. Sus decisiones son definitivas, simplemente
porque su muerte no le da tiempo de adherirse a nada.

Y así, con la conciencia de su muerte, con desapego y con el poder de sus decisiones, un guerrero
arma su vida en forma estratégica. El conocimiento de su muerte lo guía y le da desapego y lujuria
callada; el poder de sus decisiones definitivas le permite escoger sin lamentar, y lo que escoge es siempre
estratégicamente lo mejor; así cumple con gusto, y con eficiencia lujuriosa, todo cuanto tiene que hacer.
Cuando un hombre se porta de esa manera puede decirse que es un guerrero y que ha adquirido paciencia.

Cuando un guerrero ha adquirido paciencia, está en camino hacia la voluntad. Sabe cómo esperar. El
guerrero aprende sin apuro porque sabe que está esperando su voluntad. Y un día logra hacer algo que por
lo común es imposible de ejecutar. A lo mejor ni siquiera advierte su acto extraordinario. Pero conforme
sigue ejecutando cosas imposibles, se da cuenta de que una especie de poder está surgiendo. Un poder
que sale de su cuerpo conforme progresa en el camino del conocimiento.

Pero un hombre puede ir todavía más allá; puede aprender a ver. Al aprender a ver, ya no necesita vivir
como guerrero, ni ser brujo. Al aprender a ver, un hombre llega a ser todo llegando a ser nada. Yo diría
que éste es el tiempo en que un hombre puede ser o puede obtener cualquier cosa que desea. Pero no
desea nada, y en vez de jugar con sus semejantes como si fueran juguetes, los encuentra en medio de su
desatino. La única diferencia es que un hombre que ve controla su desatino, mientras que sus semejantes
no pueden hacerlo. Un hombre que ve ya no tiene un interés activo en sus semejantes. El ver lo ha
despegado de absolutamente todo lo que conocía antes.

Lo que debería darte escalofríos es no tener nada que esperar más que una vida de hacer lo que siempre
has hecho.

Somos hombres y nuestra suerte es aprender y ser arrojados a mundos nuevos, inconcebibles.

Ver es para hombres impecables. Tiempla tu espíritu, llega a ser un guerrero, aprende a ver, y entonces
sabrás que no hay fin a los mundos nuevos para nuestra visión.

A veces realmente no tienes ningún control, y las fuerzas de tu vida te agarran con entera libertad. Para
un guerrero no hay nada fuera de control. La vida, para un guerrero, es un ejercicio de estrategia. Pero tú
quieres hallar el significado de la vida. A un guerrero no le importan los significados.

Un guerrero no se abandona a nada, ni siquiera a su muerte. Un guerrero lucha hasta el final.

Un guerrero trata todo con respeto y no pisotea nada a menos que tenga que hacerlo. Un guerrero no
está disponible, y si se mete con algo, puedes tener la certeza de que sabe lo que está haciendo.

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Un guerrero nunca está parado en el camino esperando las pedradas. Así corta al mínimo el
chance de lo imprevisto. Lo que tú llamas accidentes son casi siempre muy fáciles de evitar, excepto para
los tontos que viven por las puras.

Cuando uno aprende a ver, ni una sola de las cosas que conoce prevalece. Ni una sola. Una vez que
vemos, nada es conocido; nada permanece como solíamos conocerlo cuando no veíamos.

La voluntad es lo que junta al brujo, pero conforme la vejez lo debilita, su voluntad se apaga, y llega
inevitablemente un momento en el que ya no es capaz de dominar su voluntad. Entonces se queda sin
nada con que oponerse a la fuerza silenciosa de su muerte, y su vida se convierte, como las vidas de todos
sus semejantes, en una niebla que se expande y se mueve más allá de sus límites.

La brujería es aplicar la voluntad a una coyuntura clave. La brujería es interferencia. Un brujo busca
y encuentra la coyuntura clave de cualquier cosa que quiera afectar y luego aplica allí su voluntad. Un
brujo no tiene que ver para ser brujo; nada más necesita saber usar su voluntad.

Un guerrero jamás lleva cargas que no puede soportar.

Nada está pendiente en el mundo. Nada está terminado, pero nada está sin resolver.

El camino del conocimiento se anda a la mala. Para aprender necesitamos que nos echen espuelas. En
el camino del conocimiento siempre estamos peleando con algo, evitando algo, preparados para algo; y
ese algo es siempre inexplicable, más grande y poderoso que nosotros.

El mundo está en verdad lleno de cosas temibles, y nosotros somos criaturas indefensas rodeadas por
fuerzas que son inexplicables e inflexibles. El hombre común, en su ignorancia, cree que se pueden
explicar o cambiar esas fuerzas; no sabe realmente cómo hacerlo, pero espera que las acciones de la
humanidad las expliquen o las cambien tarde o temprano. El brujo, en cambio, no piensa en explicarlas ni
en cambiarlas; en vez de ello, aprende a usar esas fuerzas. El brujo se ajusta los remaches y se adapta a la
dirección de tales fuerzas.

Ver sin antes ser un guerrero te debilitaría; te daría una mansedumbre falsa, un deseo de hundirte en
el olvido; tu cuerpo se echaría a perder porque te harías indiferente. Mi obstinación personal es hacerte
guerrero para que no te desmorones.

El espíritu de un guerrero no está engranado para la entrega y la queja, ni está engranado para ganar o
perder. El espíritu de un guerrero sólo está engranado para la lucha, y cada lucha es la última batalla
del guerrero sobre la tierra. De allí que el resultado le importa muy poco. En su última batalla sobre la
tierra, el guerrero deja fluir su espíritu libre y claro. Y mientras libra su batalla, sabiendo que su voluntad
es impecable, el guerrero ríe y ríe.

Un guerrero elige los elementos que forman su mundo. Elige con deliberación, pues cada elemento
que escoge es un escudo que lo protege de los ataques de las fuerzas que él lucha por usar.

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Un hombre común y corriente, igualmente rodeado por esas fuerzas inexplicables, se olvida de ellas
porque tiene otras clases de resguardos especiales para protegerse. Mira a tu alrededor. La gente está
ocupada haciendo lo que la gente hace. Ésos son sus resguardos. Cada vez que un brujo se encuentra
con cualquiera de esas fuerzas inexplicables e inflexibles de las que hemos hablado, su abertura se
ensancha, haciéndolo más susceptible a su muerte de lo que es comúnmente; te he dicho que morimos por
esa abertura; por ello, si está abierta, uno tiene que tener la voluntad lista para llenarla; eso es, si uno es
guerrero. Si uno no es guerrero, como tú, el único recurso que le queda es usar las actividades de la vida
cotidiana para apartar a la muerte del susto del encuentro y permitir que la abertura se cierre.

En su vida cotidiana, el guerrero escoge el camino con corazón. La consistente preferencia por el
camino con corazón es lo que diferencia al guerrero del hombre común. El guerrero sabe que un
camino tiene corazón cuando es uno con él, cuando experimenta gran paz y placer al atravesar su largo.
Las cosas que un guerrero elige para hacer sus resguardos son los elementos de un camino con corazón.

Piensas y hablas demasiado. Debes dejar de hablar contigo mismo. Hablas demasiado contigo mismo.
No eres único en eso. Cada uno de nosotros lo hace. Sostenemos una conversación interna.

Te voy a decir de qué nos hablamos. Nos hablamos de nuestro mundo. Es más, mantenemos nuestro
mundo con nuestra conversación interna. Cuando terminamos de hablar con nosotros mismos, el
mundo es siempre como debería ser. Lo renovamos, lo encendemos de vida, lo sostenemos con nuestra
conversación interna. Y no sólo eso, sino que también escogemos nuestros caminos al hablarnos a
nosotros mismos. De allí que repetimos las mismas preferencias una y otra vez hasta el día en que
morimos, porque seguimos repitiendo la misma conversación interna una y otra vez hasta el día en que
morimos.

Un guerrero se da cuenta de esto y lucha por parar su habladuría. Éste es el último punto que debes
saber si quieres vivir como guerrero

Un guerrero se da cuenta de que el mundo cambiará tan pronto como deje de hablarse a sí mismo, y
debe estar preparado para esa sacudida monumental.

El mundo es así-y-así o así-y-asá sólo porque nos decimos a nosotros mismos que ésa es su forma. Si
dejamos de decirnos que el mundo es así-y-asá, el mundo deja de ser así-y-asá. En este momento no creo
que estés listo para un golpe tan enorme; por eso debes empezar despacio a deshacer el mundo.

Tu problema es que confundes el mundo con lo que la gente hace. Pero tampoco en eso eres el único.
Todos lo hacemos. Lo que hacemos como gente nos da consuelo y nos hace sentirnos seguros; lo que la
gente hace es por cierto muy importante, pero sólo como resguardo. Nunca aprendemos que las cosas
que hacemos como gente son sólo resguardos, y dejamos que dominen y derriben nuestras vidas. De
hecho podría decir que para la humanidad, lo que la gente hace es más grande y más importante que el
mundo mismo.

El mundo es incomprensible. Jamás lo entenderemos; jamás desenredaremos sus secretos. Por eso,
debemos tratarlo como lo que es: ¡un absoluto misterio! Pero un hombre corriente no hace esto. El mundo

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nunca es un misterio para él, y cuando llega a viejo está convencido de que no tiene nada más por qué
vivir. Y sin embargo no ha agotado el mundo. Sólo ha agotado lo que la gente hace. Pero en su estúpida
confusión cree que el mundo ya no tiene misterios para él. ¡Qué precio tan calamitoso pagamos por
nuestros resguardos!

Un guerrero se da cuenta de esta confusión y aprende a tratar a las cosas debidamente. Las cosas que
la gente hace no pueden, bajo ninguna condición, ser más importantes que el mundo. De modo que
un guerrero trata el mundo como un interminable misterio, y lo que la gente hace como un desatino sin
fin.

Debemos estar en buenos términos con todas las cosas vivientes de este mundo. Sólo debemos
tomar lo suficiente para nuestras necesidades.

Tu problema es que quieres entenderlo todo, y eso no es posible. Si insistes en entender, no estás
tomando en cuenta todo lo que te corresponde como ser humano. Estás encadenado a tu razón. El
entendimiento es sólo un asunto pequeño, pequeñísimo.

14
VIAJE A ITXLÁN

Borrar la historia personal.

Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que
nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus
humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.

Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que
te conozcan bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.

Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper
el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido.
Nadie me conoce con certeza constante, como te conocen a ti, por ejemplo.

De ahora en adelante, debes simplemente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle
nunca con exactitud cómo lo has hecho.

Sólo tenemos una alternativa: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos
muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo segundo y borramos la
historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocionante y misterioso en el
que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.

Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo. Es más emocionante no
saber detrás de qué matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.

Perder la importancia.

Te tomas demasiado en serio. Te das demasiada importancia. ¡Eso hay que cambiarlo! Te sientes de lo
más importante, y eso te da pretexto para molestarte con todo. Eres tan importante que puedes marcharte
así nomás si las cosas no salen a tu modo. Sin duda piensas que con eso demuestras tener carácter. ¡Eres
débil y arrogante!

La arrogancia es otra cosa que hay que dejar, lo mismo que la historia personal.

Mientras te sientas lo más importante del mundo, no puedes apreciar en verdad el mundo que te rodea.
Eres como un caballo con anteojeras: nada más te ves tú mismo, ajeno a todo lo demás.

El mundo que nos rodea es un misterio. Y los hombres no son mejores que ninguna otra cosa.

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La muerte como una consejera.

La muerte es nuestra eterna compañera. Siempre está en nuestra izquierda, a la distancia de un brazo.
Siempre te ha estado vigilando. Siempre lo estará hasta el día en que te toque.

¿Cómo puede uno darse tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando? Cuando estés
impaciente, lo que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte. Una inmensa
cantidad de mezquindad se pierde con sólo que tu muerte te haga un gesto, o alcances a echarle un
vistazo, o nada más con que tengas la sensación de que tu compañera está allí, vigilándote.

La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas que todo te está saliendo mal
y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá
que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he
tocado”.

Uno de los dos aquí tiene que cambiar, y aprisa. Uno de nosotros tiene que pedir consejo a la muerte y
dejar la mezquindad de los hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca los fuera a tocar.

Hacerse responsable.

Lo que anda mal contigo es que no te gusta aceptar la responsabilidad de lo que haces.

Cuando un hombre decide hacer algo, debe ir hasta el fin, pero debe aceptar responsabilidad por lo que
hace. Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante con sus acciones sin
tener dudas ni remordimientos acerca de ellas.

Tú, en cambio, te sientes inmortal, y las decisiones de un inmortal pueden cancelarse o lamentarse o
dudarse. En un mundo donde la muerte es el cazador, no hay tiempo para lamentos ni dudas. Sólo hay
tiempo para decisiones.

Te has lamentado toda tu vida porque nunca te haces responsable de tus decisiones. Hacernos
responsables de nuestras decisiones significa estar dispuestos a morir por ellas.

No importa cuál sea la decisión. Nada podría ser más ni menos serio que ninguna otra cosa. En un
mundo donde la muerte es el cazador no hay decisiones grandes ni pequeñas. Sólo hay decisiones que
hacemos a la vista de nuestra muerte inevitable.

Ser cazador.

Ser cazador significa que uno conoce mucho. Significa que uno puede ver el mundo en formas
distintas. Para ser cazador hay que estar en perfecto equilibrio con todo lo demás.

Un cazador deja muy pocas cosas al azar.

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He estado tratando mil maneras de convencerte de que debes aprender a vivir en forma distinta. Quizá
deba explicarte que aprendí a ser cazador. No siempre he vivido como vivo ahora. En cierto punto de mi
vida tuve que cambiar. Ahora te estoy señalando el camino. Te estoy guiando. Sé lo que digo; alguien
me enseñó todo esto. No lo inventé, ni lo aprendí por mí mismo.

Tengo un gesto contigo. Otras personas han tenido conmigo un gesto similar; algún día tú mismo
tendrás el mismo gesto con otros. Digamos que esta vez me toca a mí.

Un día descubrí que, si quería ser un cazador digno de respetarme a mí mismo, tenía que cambiar mi
forma de vivir. Me gustaba lamentarme y llorar mucho. Tenía buenas razones para sentirme víctima. Soy
indio y a los indios los tratan como a perros. Nada podía yo hacer para remediarlo, de modo que sólo me
quedaba mi dolor. Pero entonces mi buena suerte me salvó y alguien me enseñó a cazar. Y me di cuenta
de que la forma como vivía no valía la pena de vivirse... así que la cambié.

Ser inaccesible.

¿Por qué debería ser el mundo sólo como tú crees que es? ¿Quién te dio la autoridad para decir eso?
Tus opiniones son definitivas. Son la última palabra, ¿no? Pues para un cazador, tus opiniones son pura
mierda.

Debes aprender a ponerte adrede al alcance y fuera del alcance. Como anda tu vida ahora, estás todo el
tiempo al alcance sin saberlo. Tus problemas de ahora surgen de allí. Cuando estás escondido, todo el
mundo sabe que estás escondido, y cuando no, te pones en medio del camino para que cualquiera te dé
un golpe.

No des explicaciones. No hay necesidad. Todos somos tontos, toditos, y tú no puedes ser diferente. En
un tiempo de mi vida yo, igual que tú, me ponía en medio del camino una y otra vez, hasta que no
quedaba nada de mí para ninguna cosa, excepto si acaso para llorar. Y eso hacía, igual que tú. Pero un
buen día me cansé y cambié. Digamos que un día, cuando me estaba haciendo cazador, aprendí el secreto
de estar al alcance y fuera del alcance.

El arte de un cazador es volverse inaccesible. Ser inaccesible significa tocar lo menos posible el
mundo que te rodea. Ponerse fuera del alcance significa que evitas, a propósito, agotarte a ti mismo y a
los otros. Significa que no estás hambriento y desesperado, como el pobre hijo de puta que siente que no
volverá a comer y devora toda la comida que puede.

Un cazador sabe que atraerá caza a sus trampas una y otra vez, así que no se preocupa. Preocuparse es
ponerse al alcance sin quererlo. Y una vez que te preocupas, te agarras a cualquier cosa por
desesperación; y una vez que te aferras, forzosamente te agotas o agotas a la cosa o la persona de la que
estás agarrado.

Ser inaccesible no significa esconderse ni andar con secretos. Tampoco significa que no puedas tratar
con la gente. Un cazador usa su mundo lo menos posible y con ternura, sin importar que sean cosas o

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plantas, o animales, o personas o poder. Un cazador tiene trato íntimo con su mundo. Es inaccesible
porque no exprime ni deforma su mundo. Lo toca levemente, se queda cuanto necesita quedarse, y
luego se aleja raudo, casi sin dejar señal alguna.

Romper las rutinas de la vida.

Ser cazador es mucho más que sólo atrapar animales. Un cazador digno de serlo no captura animales
porque pone trampas, ni porque conoce las rutinas de su presa, sino porque él mismo no tiene rutinas.
Ésa es su ventaja. No es de ningún modo como los animales que persigue, fijos en rutinas pesadas y en
caprichos previsibles; es libre, fluido, imprevisible.

Todos nosotros nos portamos como la presa que perseguimos. Eso, por supuesto, nos hace ser la presa
de algún otro. Ahora bien, el propósito de un cazador, que conoce todo esto, es dejar de ser él mismo una
presa.

Para ser cazador debes romper las rutinas de tu vida.

La última batalla sobre la tierra.

Un cazador debe vivir como cazador para sacar lo máximo de su vida. Por desdicha, los cambios son
difíciles, y ocurren muy despacio; a veces un hombre tarda años en convencerse de la necesidad de
cambiar. Yo tardé años, pero a lo mejor no tenía facilidad para la caza.

Un buen cazador cambia de proceder tan a menudo como lo necesita.

Un cazador no sólo debe conocer los hábitos de su presa; también debe saber que en esta tierra hay
poderes que guían a los hombres y los animales y todo lo que vive. Son poderes que guían nuestra vida
y nuestra muerte.

Hay que hacerse responsable de estar en un mundo extraño. Estamos en un mundo extraño, has de
saber.

Para ti el mundo es extraño porque cuando no te aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es
extraño porque es estupendo, pavoroso, misterioso, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que
debes hacerte responsable por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este
maravilloso tiempo. Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a
estar aquí sólo un rato corto, de hecho muy corto para presenciar todas las maravillas que existen.

Hay una cosa sencilla que anda mal contigo: crees tener mucho tiempo.

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Yo tampoco quería cambiar, igual que tú. Sin embargo, no me gustaba mi vida; estaba cansado de ella,
igual que tú. Ahora no me alcanza la que tengo.

Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es
actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así sus actos tienen un poder peculiar. Los
actos tienen poder. Sobre todo cuando la persona que actúa sabe que esos actos son su última batalla. Hay
una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que lo que uno está haciendo puede
muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos
bajo esa luz.

Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni preocupación. Pon
tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso. Que cada
uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra. Sólo bajo tales condiciones tendrán tus actos el
poder que les corresponde. De otro modo serán, mientras vivas, los actos de un hombre tímido.

La timidez te hace agarrarte de algo que sólo existe en tus pensamientos. Te apacigua mientras todo
está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio abre la boca para ti, como la abrirá para cada uno
de nosotros, y entonces te das cuenta de que tus caminos seguros nada tenían de seguros. La timidez nos
impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres.

Un cazador da a su última batalla el respeto que merece. Es natural que su último acto sobre la tierra
sea lo mejor de sí mismo. Así es placentero. Le quita el filo al temor.

Hacerse accesible al poder.

Te voy a enseñar a hacerte guerrero del mismo modo que te he enseñado a cazar. Pero te hago la
advertencia de que aprender a cazar no te ha hecho cazador, ni el aprender a ser guerrero te hará guerrero.

El poder es algo con lo cual un guerrero se las ve. Al principio es un asunto increíble, traído a la mala;
hasta pensar en el poder es difícil. Luego, el poder se convierte en cosa seria; uno capaz ni lo tenga, o ni
siquiera se dé cuenta cabal de que existe, pero uno sabe que hay algo allí, algo que no se notaba antes.
Es en ese entonces que el poder se manifiesta como algo incontrolable que le viene a uno. No es nada, y
sin embargo hace aparecer maravillas delante de tus propios ojos. Y finalmente, el poder es algo dentro de
uno mismo, algo que controla nuestros actos y a la vez obedece nuestro mandato.

No trato de convertirte en un hombre enfermo y loco. Eso puedes hacerlo tú mismo sin ayuda mía.
Pero las fuerzas que nos guían te trajeron a mí, y yo me he esforzado por enseñarte a cambiar tus
costumbres idiotas y vivir la vida fuerte y clara de un cazador. Luego las fuerzas volvieron a guiarte y
me dijeron que debes aprender a vivir la vida de un guerrero.

Parar el mundo es una técnica practicada por quienes cazan poder, una técnica en virtud e la cual el
mundo, tal como lo conocemos, se derrumba.

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El ánimo de un guerrero.

Cualquier guerrero puede llegar a ser hombre de conocimiento. Un guerrero es un cazador impecable
que caza poder. Si logra cazar, puede ser un hombre de conocimiento.

Buscar la perfección del espíritu del guerrero es la única tarea digna de nuestra naturaleza humana.

Lo más difícil en este mundo es adoptar el ánimo de un guerrero. De nada sirve estar triste y
quejarse y sentirse justificado de hacerlo, creyendo que alguien nos está siempre haciendo algo. Nadie le
está haciendo nada a nadie, mucho menos a un guerrero.

Te puedes espolear más allá de tus límites si estás en el ánimo correcto. Un guerrero crea su propio
ánimo. Acaba con la idiotez y lo deja a uno purificado.

Uno necesita el ánimo de un guerrero para cada uno de sus actos. De otro modo uno se ahueca y se
afea. No hay poder en una vida que carece de este ánimo.

Un guerrero no es una hoja a merced del viento. Nadie lo empuja; nadie le obliga a hacer cosas en
contra de sí mismo o de lo que juzga correcto. Un guerrero está entonado para sobrevivir, y sobrevive del
mejor modo posible.

Para un guerrero no hay nada ofensivo en los actos de sus semejantes mientras él mismo esté actuando
dentro del ánimo correcto.

El poder personal.

El poder es un asunto muy peculiar. No puedo decir con exactitud lo que realmente es. Es un
sentimiento que uno tiene sobre ciertas cosas. El poder es personal. Pertenece a uno nada más. Un
cazador de poder lo atrapa y luego lo guarda como su hallazgo personal. Así, el poder personal crece, y
puede darse el caso de un guerrero que, de tanto poder personal que tiene, se hace hombre de
conocimiento.

Para tener poder hay que vivir con poder.

Hay mundos sobre mundos, aquí mismo frente a nosotros.

El mundo es un misterio. Esto, lo que estás mirando, no es todo lo que hay. El mundo tiene muchas
más cosas, tantas que es inacabable. Cuando estás buscando la respuesta, lo único que haces en realidad
es tratar de volver familiar el mundo.

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Una de las artes del guerrero es derribar el mundo por una razón específica y luego restaurarlo para
seguir viviendo.

Un guerrero no es más que un hombre. Un hombre humilde cuyo espíritu impecable ha juntado poder
tras penalidades enormes.

Lo que determina el modo en que uno hace cualquier cosa es el poder personal. Un hombre no es más
que la suma de su poder personal, y esa suma determina cómo vive y cómo muere.

El poder personal es un sentimiento. Algo así como tener suerte. O podríamos llamarlo un estado de
ánimo.

Tampoco yo quería seguir el camino del guerrero. Creía que tanto trabajo era para nada, y puesto que
todos vamos a morir, ¿qué importaba el ser guerrero? Me equivocaba. Pero tuve que descubrirlo por mi
propia cuenta. Cuando llegues a descubrir que te equivocas, y que ciertamente hay un mundo de
diferencia, podrás decir que estás convencido. Y entonces puedes seguir adelante por tu cuenta. Y a lo
mejor, por tu cuenta, hasta te haces hombre de conocimiento.

Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias del aprendizaje. Un
hombre que, sin apurarse ni desfallecer, ha llegado lo más lejos que ha podido en desentrañar los
secretos del poder personal.

Cazar poder es un evento peculiar. Primero tiene que ser una idea, luego hay que arreglarlo, paso a
paso, y luego ¡pum! Sucede.

Cazar poder es un asunto muy extraño. No hay manera de planearlo por anticipado. Eso es lo
emocionante. Pero de todos modos un guerrero procede como si tuviera un plan, porque confía en su
poder personal. Sabe de cierto que lo hará actuar en la forma más apropiada.

Mi cuerpo se siente perfectamente. Me trato muy bien; por eso no tengo motivo para sentirme cansado
o incómodo. El secreto no está en lo que tú mismo te haces, sino más bien en lo que no haces.

El mundo es también como te lo representas, pero eso no es todo lo que hay; hay mucho más.

Confía en tu poder personal. Eso es todo lo que uno tiene en este mundo misterioso.

Un guerrero es impecable cuando confía en su poder personal, sin importar que sea pequeño o enorme.

El poder tiene la peculiaridad de que no se nota cuando se lo está guardando.

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No hacer.

Tú no sabes lo que es el bienestar porque nunca lo has sentido. El bienestar es un logro que debe
buscarse deliberadamente. Lo único que sabes buscar es un sentimiento de desorientación, malestar y
confusión.

El chiste está en lo que uno recalca. O nos hacemos infelices o nos hacemos fuertes. La cantidad de
trabajo es la misma.

Voy a hablarte de algo que es muy sencillo pero muy difícil de ejecutar; voy a hablarte de no-hacer,
pese al hecho de que no hay manera de hablar de eso, porque el cuerpo es el que lo ejecuta.

No-hacer es tan difícil y tan poderoso que no debes mencionarlo hasta que hayas parado el mundo; sólo
entonces puedes hablar de ello libremente.

El mundo es el mundo porque tú conoces el hacer implicado en hacerlo así. Si no conocieras su hacer,
el mundo sería diferente.

Un guerrero trata siempre de afectar la fuerza de hacer cambiándola en no-hacer.

Al hombre común le importa que las cosas sean verdad o mentira; al guerrero no. Si al hombre común
se le dice que las cosas son ciertas, él actúa y cree en lo que hace. Pero si se dice que las cosas no son
ciertas, no le importa actuar o no cree en lo que hace. En cambio, un guerrero actúa en ambos casos.

La parte más difícil del camino del guerrero es darse cuenta de que el mundo es un sentir. Cuando uno
no-hace, está sintiendo el mundo.

No-hacer es muy sencillo pero muy difícil. No es cosa de entenderlo, sino de dominarlo. Ver, por
supuesto, es la hazaña final de un hombre de conocimiento, y sólo se logra ver cuando uno ha
parado el mundo a través de la técnica de no-hacer.

Una vez alcanzado cierto nivel de poder personal, se hace innecesario el ejercicio físico o cualquier
entrenamiento de ese tipo, ya que, para hallarse en forma impecable, la única práctica necesaria es la de
no-hacer.

Un guerrero aplica el no-hacer a todo en el mundo, y sin embargo no puedo decirte más al respecto de
lo que te he dicho. Debes dejar que tu propio cuerpo descubra el poder y el sentir de no-hacer.

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El anillo de poder.

Cuando nacemos, traemos un anillo de poder. Casi desde el principio, empezamos a usar ese anillito.
Así que cada uno de nosotros está enganchado desde el nacimiento, y nuestros anillos de poder están
unidos con los anillos de todos los demás. En otras palabras, nuestros anillos de poder están enganchados
al hacer del mundo para construir el mundo.

Un hombre de conocimiento, en cambio, desarrolla otro anillo de poder. Yo lo llamaría el anillo de no-
hacer, porque está enganchado a no-hacer. Así, con ese anillo, puede urdir otro mundo.

A todos nosotros nos han enseñado a estar de acuerdo en hacer. No tienes idea del poder que ese
acuerdo implica. Pero, por fortuna, no-hacer es igual de milagroso y poderoso.

Este es tu mundo. Eres hombre de este mundo. Y allá afuera está tu campo de caza. No hay manera de
escapar al hacer de nuestro mundo; por eso, lo que hace un guerrero es convertir su mundo en su campo
de caza. Como cazador, el guerrero sabe que el mundo está hecho para usarlo. De modo que lo usa hasta
lo último.

Cuando tiene que actuar con sus semejantes, un guerrero sigue el hacer de la estrategia, y en ese hacer
no hay victorias ni derrotas. En ese hacer sólo hay acciones. Ello implica que uno no está a merced de la
gente.

Todos nosotros, guerreros o no, tenemos un centímetro cúbico de suerte que salta ante nuestros ojos
de tiempo en tiempo. La diferencia entre un hombre común y un guerrero es que el guerrero se da cuenta,
y una de sus tareas consiste en hallarse alerta, esperando con deliberación, para que cuando salte su
centímetro cúbico él tenga la velocidad necesaria para cogerlo.

La suerte, la buena fortuna, el poder personal, o como lo quieras llamar, es un estado peculiar de cosas.
Es como un palito que sale frente a nosotros y nos invita a arrancarlo. Por lo general, andamos demasiado
ocupados, o preocupados, o estúpidos y perezosos, para darnos cuenta de que es nuestro centímetro
cúbico de suerte. Un guerrero, en cambio, siempre está alerta y duro y tiene la elasticidad, el donaire
necesario para agarrarlo.

Desde que nacemos, la gente nos dice que el mundo es así y asá, y naturalmente no nos queda otro
remedio que ver el mundo en la forma en que la gente nos ha dicho que es.

Las plantas de poder son sólo una ayuda. Lo de verdad es cuando el cuerpo se da cuenta de que puede
ver. Sólo entonces somos capaces de saber que el mundo que contemplamos cada día no es nada más que
una descripción. Mi intención ha sido mostrarte eso.

Sólo como guerrero se puede sobrevivir en el camino del conocimiento. Porque el arte del guerrero es
equilibrar el terror de ser hombre con el prodigio de ser hombre.

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RELATOS DE PODER

Tu fallo es buscar explicaciones convenientes, explicaciones que se ajusten a ti y a tu mundo.

El poder personal te hará deslizarte con gran facilidad y entrar en la explicación de los brujos. Esta
explicación no es lo que tú llamarías una explicación; sin embargo, aunque no aclara el mundo ni sus
misterios, los hace menos pavorosos, pero no es eso lo que tú buscas. Tú andas detrás del reflejo de ti y
tus ideas.

El hombre común busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí mismo. El
guerrero busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso humildad. El hombre común está
enganchado a sus prójimos, mientras que el guerrero sólo depende de sí mismo.

La confianza implica saber algo con certeza; la humildad implica ser impecable en los propios actos y
sentimientos.

Todo cuanto hacemos, todo cuanto somos, descansa en nuestro poder personal. Si tenemos suficiente,
una palabra que se nos diga podría ser suficiente para cambiar el curso de nuestra vida.

Un momento puede ser la eternidad, pero sólo si te montas en ese momento para llevar la totalidad de
ti mismo hasta el infinito, en cualquier dirección.

Somos seres luminosos, y para un ser luminoso lo único que importa es el poder personal.

El diálogo interno es lo que nos hace arrastrar. El mundo es así como es sólo porque hablamos con
nosotros mismo acerca de que es así como es.

Cambiar nuestra idea del mundo es la clave de la brujería. Y la única manera de lograrlo es parar el
diálogo interno. Lo demás es sólo arreglo.

Un guerrero toma su suerte, sea la que sea, y la acepta con la máxima humildad. Se acepta con
humildad así como es, no como base para lamentarse, sino como base para su lucha y desafío.

El guerrero no agacha la cabeza ante nadie, pero, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie agache
la cabeza ante él.

Represento la libertad el guerrero. ¿Tienes miedo de eso?

Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que te han trazado? No. Tus ideas y tus acciones
están fijadas para siempre en sus términos. Eso es esclavitud. Yo, en cambio, te traje libertad. La

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libertad es muy cara, pero el precio no es imposible. Ten miedo a tus carceleros, a tus amos. No
desperdicies tu tiempo y tu poder en temerme a mí.

Tenemos el hábito de hacer que el mundo se ajuste siempre a nuestros pensamientos. Cuando no se
ajusta, simplemente lo forzamos a hacerlo.

El mundo debe ajustarse a su descripción; la descripción debe reflejarse a sí misma.

Aprendemos a relacionarnos con nuestra descripción del mundo mediante hábitos.

Todos pasamos por los mismos jalones. La única manera de vencerlos es persistir en actuar como
guerrero. El resto viene de sí mismo y por sí mismo.

Los hombres de conocimiento tienen conocimiento y poder. Y sin embargo, ninguno de ellos podría
decir cómo llegó a tenerlos. Simplemente que siguieron actuando como guerreros y, en un momento
dado, todo cambió.

Un guerrero debe tener serenidad y aplomo, y no debe perder nunca los estribos.

Lo malo de las palabras es que nos fuerzan a sentirnos iluminados, pero cuando damos la vuelta para
encarar al mundo siempre nos fallan y terminamos encarando al mundo como lo hemos hecho siempre,
sin iluminación.

El brujo obtiene una nueva descripción del mundo en la cual el hablar no es tan importante y en la
cual los actos nuevos tienen nuevas reflexiones.

No hay nada en este mundo de lo cual un guerrero no pueda dar razón. A juzgar por sus actos o sus
palabras, uno jamás sospecharía que un guerrero lo ha presenciado todo.

El conocimiento es pavoroso, pero si el guerrero acepta la naturaleza aterradora del conocimiento


cancela lo temible.

El conocimiento es un asunto de lo más peculiar, especialmente para un guerrero; es algo que llega de
pronto, lo envuelve, y pasa.

Convertir en razonable esa cosa magnífica que está allá afuera no te sirve de nada. Aquí, alrededor de
nosotros, está la eternidad misma. Esforzarse por reducirla a una tontería manejable es un acto
despreciable y definitivamente desastroso.

Cada vez que el diálogo cesa, el mundo se desploma y salen a la superficie facetas extraordinarias de
nosotros mismos, como si nuestras palabras las hubieran tenido bajo guardia. Eres como eres porque te
dices a ti mismo que eres así.

25
Todos nacemos ligeros y livianos, pero nos volvemos pesados y fijos. Eso es lo que nos hacemos a
nosotros mismos.

El mundo no tiene fondo. Y tampoco lo tenemos nosotros los hombres, o los otros seres que existen
en el mundo.

Un guerrero fluido ya no puede ponerle fechas al mundo. Y para él, el mundo y él mismo ya no son
objetos. Él es un ser luminoso que existe en un mundo luminoso.

El mundo no se nos viene encima directamente; la descripción del mundo siempre está en el medio.

Un guerrero actúa como si no hubiera pasado nada, pero acepta todo tal como se presenta. Acepta sin
aceptar y descarta sin descartar. Nunca siente como si supiera, ni tampoco siente como si nada hubiera
pasado. Actúa como si tuviera el control, aunque esté temblando de miedo. Actuar en esa forma disipa la
obsesión.

Debes cultivar el sentimiento de que un guerrero no necesita nada.

Si un guerrero necesita alivio, simplemente elige a cualquiera y le expresa a esa persona cada detalle de
tumulto. Después de todo, el guerrero no busca que le entiendan o le ayuden; con hablar simplemente
busca aliviar su presión. Eso es, siempre y cuando el guerrero sea dado a hablar; si no lo es, no le dice
nada a nadie.

Nos confundimos a propósito. Todos nosotros nos damos cuenta de lo que hacemos y nuestra razón se
convierte, a propósito, en el monstruo que imagina ser. Pero ese molde le queda demasiado grande.

Las palabras te enredan. Te quedas atrapado en sus significados.

El guerrero está en las manos del poder y su única libertad es elegir una vida impecable.

Un hombre de conocimiento no puede de ninguna manera actuar hacia sus semejantes en términos
perjudiciales, hipotéticamente o no.

Nadie puede tramar nada contra la seguridad y el bienestar de un hombre de conocimiento. Él


ve, de modo que tomaría medidas para evitar cualquier cosa por el estilo.

Un hombre de conocimiento tiene el control sin controlar nada.

Ser guerrero no es el simple asunto de querer serlo. Es más bien una lucha interminable que seguirá
hasta el último instante de nuestras vidas.

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Nadie nace guerrero, exactamente igual que nadie nace siendo un ser razonable. Nosotros nos hacemos
lo uno o lo otro.

Algo en el guerrero se da cuenta siempre de cada cambio. La meta del camino del guerrero es
precisamente cultivar y mantener ese sentido de darse cuenta. El guerrero lo limpia, lo pule y lo tiene
siempre funcionando.

Un guerrero muere a la mala. Su muerte debe luchar para llevárselo. El guerrero no se entrega ni aún
a su muerte.

No hay falla en el camino del guerrero. Síguelo y nadie podrá criticar tus actos.

Así pues, como puedes entender muy bien, entregarte a tus caprichos no es sólo estúpido y un
desperdicio total, sino que también es perjudicial.

Decidir no significa escoger un momento arbitrario. Decidir significa que has puesto tu espíritu en
orden impecable, y que has hecho todo lo posible por ser digno del conocimiento y del poder.

La voluntad se desarrolla en un guerrero pese a toda la oposición de la razón.

No hay nada malo en sentirse indefenso. Todos nosotros nos sentimos así. Pero darse por entero a
lamentos y protestas es otro asunto.

Nuestra razón es mezquina y siempre anda luchando al cuerpo. Esto, desde luego, es sólo un decir, pero
el triunfo de un hombre de conocimiento es que ha juntado a los dos. Como tú no eres hombre de
conocimiento, tu cuerpo hace ahora cosas que tu razón no puede comprender.

No hay necesidad de confundirse. La confusión es un sentimiento en el que uno se mete, pero también
uno puede salirse de él.

El verdadero arte de un guerrero consiste en equilibrar el terror y la maravilla.

Uno puede como guerrero regocijarse en los triunfos de sus semejantes, sin son triunfos del espíritu.

La clave de la brujería es el diálogo interno; ésa es la llave que abre todo. Cuando un guerrero
aprende a pararlo, todo se hace posible; se logran los planes más descabellados.

Todo cuanto has atestiguado hasta ahora ha sido real y de este mundo. No hay otro mundo.

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Mientras pienses que eres un cuerpo sólido, no podrás concebir de qué hablo.

Todos somos seres sin principio ni fin, luminosos y sin límites.

Somos perceptores. Nos damos cuenta; no somos objetos; no tenemos solidez. No tenemos límites.
El mundo de los objetos y la solidez es una manera de hacer nuestro paso por la tierra más conveniente.
Es sólo una descripción creada para ayudarnos. Nosotros, o mejor dicho nuestra razón, olvida que la
descripción es solamente una descripción y así atrapamos la totalidad de nosotros mismos en un círculo
vicioso del que rara vez salimos en vida.

Somos perceptores. Pero el mundo que percibimos es sólo una ilusión. Fue creado por una descripción
que nos dijeron desde el momento en que nacimos.

El mundo cotidiano ha de ser un desafío y un vehículo para acumular poder personal, a fin de llegar a
la totalidad de uno mismo.

Sólo como guerrero puede uno soportar el camino del conocimiento. Un guerrero no puede quejarse ni
lamentar nada. Su vida es un desafío interminable, y no hay modo de que los desafíos sean buenos o
malos. Los desafíos son simplemente desafíos.

Un guerrero debe ser fluido y debe variar en armonía con el mundo que lo rodea, ya sea el mundo de la
razón o el mundo de la voluntad.

El secreto de un guerrero es que él cree sin creer. Pero un guerrero no puede nada más decir que cree y
dejar allí las cosas. Eso sería demasiado fácil. Creer nada más que por creer lo libraría de examinar su
situación. Cuando un guerrero tiene por fuerza que creer, lo hace porque así lo escoge, como expresión de
su predilección más íntima. Un guerrero no cree; un guerrero tiene que creer.

No te agites si no comprendes lo que voy a decirte. Temo que te rompas la crisma tratando de
entender. ¡No lo hagas! Lo que voy a decirte sirve sólo para señalar una dirección.

Cada ser humano tiene dos facetas, dos entidades distintas, dos contrapartidas que entran en funciones
en el instante del nacimiento; una se llama “tonal” y la otra “nagual”.

El tonal es, y con derecho, un protector, un guardián: un guardián que la mayoría de las veces se
transforma en guardia. En sus hombros descansa la tarea de poner orden en el caos del mundo. El
tonal construye el mundo porque su función es juzgar, evaluar y atestiguar. Construye el mundo sólo en
un sentido figurado, ya que no puede cambiar nada.

Como lo que hace el tonal es efectivamente la parte más importante de nuestras vidas, no es extraño
que al fin y al cabo se convierta, en cada uno de nosotros, de guardián en guardia.

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Un guardián es magnánimo y comprensivo. Un guardia, en cambio, es un vigilante intolerante y un
déspota.

El tonal empieza en el nacimiento y acaba en la muerte.

Hay un tonal que es personalmente para cada uno de nosotros, y hay otro que es colectivo para todos
nosotros en cualquier momento dado, al cual llamamos el “tonal de los tiempos”.

El nagual es una parte de nosotros mismos con la cual nunca tratamos. Para ella no hay descripción, ni
palabras, ni conocimiento.

A la hora de nacer, y luego por algún tiempo después, uno es todo nagual. En ese entonces, sentimos
que para funcionar necesitamos una contraparte a lo que tenemos. Nos falta el tonal y eso nos da, desde el
principio, el sentimiento de no estar completos. A esas alturas el tonal empieza a desarrollarse y llega a
tener una importancia tan absoluta para nuestro funcionamiento que opaca el brillo del nagual, lo
avasalla; y así nos volvemos todo tonal.

A partir del momento en que somos todo tonal, sentimos nuestros dos lados, pero siempre los
representamos con objetos del tonal. Todo cuanto puedo decirte es que allí, más allá de la isla del tonal,
uno encuentra al nagual.

Sentimos que en nosotros hay otro lado. Pero cuando tratamos de precisar cuál es ese otro lado, el
tonal se apodera de la batuta y, como director, es un fracaso.

Para hablar del nagual debemos tomar prestado de la isla del tonal, así que es más conveniente no
explicarlo, sino sencillamente contar sus efectos.

Por muy astutas que sean las aduanas del tonal, el asunto es que el nagual salta a la superficie. Pero su
salida es siempre inadvertida. El gran arte del tonal es reprimir toda manifestación del nagual, de tal
modo que, aunque su presencia sea lo más obvio del mundo, es pasado por alto.

El tonal se fuerza a sí mismo a seguir sus propios juicios.

La totalidad de nosotros mismos es una condición natural que el tonal no puede aniquilar por entero, y
hay momentos, sobre todo en la vida de un guerrero, en que la totalidad se hace aparente. Durante esos
momentos, uno puede adivinar y valorar lo que realmente somos. Yo llamo a ese sentimiento darse
cuenta de la totalidad del ser que va a morir.

En el momento de la muerte el otro miembro del par verdadero, el nagual, empieza a operar por
completo.

Un guerrero trata a su tonal en forma muy especial.

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La triste verdad es que todos hemos aprendido a la perfección cómo debilitar a nuestro tonal. Yo llamo
a eso entregarse al vicio.

Para el brujo, la Conquista fue un desafío a muerte. Ésos fueron los únicos a los que la Conquista no
destruyó; se adaptaron a ella y le sacaron el último jugo. Después que el tonal del tiempo, y el tonal
personal de cada indio, fueron aniquilados, los brujos se encontraron agarrados de lo único que seguía en
pie: el nagual. En esos matorrales, el blanco nunca se ha aventurado. Es más aún, ni siquiera tiene la idea
de que existen.

El tonal empieza al nacer y termina al morir, pero el nagual nunca termina. El nagual no tiene límites.

Uno de los actos de un guerrero es no dejar que nunca lo afecte nada. De este modo, un guerrero puede
estar viendo al mismo diablo, pero jamás dejará que nadie lo sepa.

Las mujeres están mejor equipadas que los hombres para el camino del conocimiento. Los hombres
son un poco más resistentes, pero las mujeres llevan una ligera ventaja.

Para un guerrero, todo en este mundo es un desafío.

Lo mejor de nosotros siempre sale a flote cuando estamos contra la pared, cuando sentimos que la
espada se cierne sobre nuestra cabeza.

La obsesión por razonarlo todo es una entrega innecesaria. Actuar sin buscar explicaciones es más
sencillo y efectivo.

Al principio, ver es confuso y es muy fácil perderse allí. Pero, a medida que el guerrero se pone más
fuerte, su ver se convierte en lo que debería ser: un conocimiento directo.

Un guerrero hace una pregunta, y a través de su ver obtiene una respuesta.

Tú haces girar el mundo sobre el sentimiento de que todo es demasiado para ti: no estás viviendo como
guerrero.

Una regla básica para un guerrero es hacer sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda
ocurrir como resultado de ellas sea capaz de sorprenderlo, mucho menos de menguar su poder.

Ser guerrero significa ser humilde y alerta.

Este es tu mundo. No puedes renunciar a él. Es inútil enojarse y desilusionarse con uno mismo. La vida
ajustada de un guerrero está diseñada para acabar con esa lucha.

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El camino del guerrero es armonía: la armonía entre las acciones y las decisiones, al principio, y luego
la armonía entre tonal y nagual.

Al comienzo, uno tiene que hablarle al tonal. El tonal es el que debe ceder el control. Pero hay que
hacer que lo ceda con alegría. En otras palabras, se hace que el tonal abandone cosas innecesarias como
el sentirse importante y el entregarse al vicio, las cuales sólo lo hunden en el aburrimiento. Todo el
problema es que el tonal se aferra a esas cosas cuando debería dar las gracias por librarse de esa
porquería. La tarea es entonces convencer al tonal de que se haga libre y fluido.

Una vez que el hombre ha sido empujado y su tonal se encoge, su nagual, si es que ya está en
movimiento, por más pequeño que sea este movimiento, toma las riendas y realiza hazañas
extraordinarias. De veras no sé cómo. Sólo sé que el nagual es capaz de hazañas inconcebibles.

Somos capaces de hacer mucho más que todo eso. Tal es nuestra naturaleza como seres luminosos.
Nuestro error es que insistimos en permanecer en nuestra isla, monótona y fastidiosa pero
conveniente. El tonal es el villano y no debería serlo.

El nagual, una vez que aprende a salir a la superficie, puede causar un gran daño al tonal si sale sin
ningún control.

Tu tonal debe convencerse con razones, tu nagual con acciones, hasta que cada uno apuntale al otro.
Como te he dicho, el tonal gobierna, pero así y todo es muy vulnerable. El nagual, en cambio, nunca, o
casi nunca, actúa; pero cuando lo hace, aterra al tonal.

A causa de su debilidad nata, el tonal se destruye con facilidad, y así una de las artes del equilibrio del
guerrero es hacer que el nagual emerja para apuntalar al tonal. Ese tirón se llama poder personal.

En estos momentos, tú y yo estamos en las mismas. Mi ventaja sobre ti en este momento es que yo sé
cómo llegar al nagual, y tú no. Pero una vez que llego allí, no tengo más ventaja ni más conocimiento que
tú.

El nagual está a las órdenes del guerrero.

La única manera de mirar al nagual es como si fuera cosa común.

Nuestros ojos han sido entrenados por el tonal, por eso el tonal los reclama. Una de tus fuentes de
confusión y desconcierto es que tu tonal no te suelta los ojos. El día que lo haga, tu nagual habrá ganado
una gran batalla.

La obsesión de todos nosotros es arreglar el mundo según reglas del tonal; así, cada vez que nos
enfrenta el nagual, hacemos lo imposible por volver nuestros ojos tiesos e intransigentes.

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La cosa es convencer al tonal de que hay otros mundos que pueden pasar frente a las mismas ventanas.
Conque deja que tus ojos sean libres; déjalos ser verdaderas ventanas. Los ojos pueden ser ventanas para
contemplar el aburrimiento o para atisbar aquella infinitud.

Cuando estés en el mundo del tonal, deberías ser un tonal impecable; ahí no hay tiempo para
porquerías irracionales. Pero cuando estés en el mundo del nagual, también deberías ser impecable; ahí
no hay tiempo para porquerías racionales.

Nadie quiere ni busca la extinción de la racionalidad del tonal. Ese miedo es infundado.

Nadie es capaz de sobrevivir un encuentro voluntario con el nagual, sin una larga preparación. Lleva
años preparar al tonal para tal encuentro. Por regla general, si un hombre común y corriente se encuentra
un día con el nagual, la impresión es tan grande que lo mata. La meta de la preparación del guerrero no es
entonces enseñarle conjuros ni embrujos, sino preparar a su tonal para que no se caiga de narices.

Tienes que dejar de calcular. Tú lo llamas explicar. Yo lo llamo una insistencia estéril y tediosa del
tonal por tener todo bajo control.

Hay que barrer la isla del tonal y mantenerla limpia. Es la única alternativa que tiene el guerrero. Una
isla limpia no ofrece resistencia; es como si allí no hubiera nada.

Algunos somos hombres que han aprendido a ver y a usar el nagual, pero nada de lo que hayamos
podido ganar en el curso de nuestras vidas puede revelarnos los designios del poder.

Un grave asunto para un guerrero es el saber precisamente cuándo dejar que su tonal se encoja y
cuándo detenerlo. Mientras nada desafíe a su tonal, el guerrero anda en el lado seguro de la cerca. Está en
terreno familiar y conoce todas las reglas. Pero cuando su tonal se encoge, está en el lado de los
ventarrones, y esa abertura debe sellarse en el acto, o el viento lo barrerá como a una hoja.

El tonal de un guerrero debe entrar en relaciones con otras alternativas. El peso de esas nuevas
posibilidades es lo que ayuda a encoger al tonal. Del mismo modo, ese mismo peso ayuda a impedir que
el tonal se encoja más de la cuenta.

Un guerrero sigue los dictados del poder.

Las acciones del nagual son mortales.

Mantener el orden significa ser un tonal perfecto, y ser un tonal perfecto significa darse cuenta de
todo lo que ocurre en la isla del tonal.

Podemos hablar del nagual todo lo que se te dé la gana, siempre y cuando no trates de explicarlo. Si
recuerdas correctamente, dije que el nagual es sólo para presenciarlo. Tú quieres abordar la explicación

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de cómo es todo aquello posible, y eso es una abominación. Tú sabes muy bien que nosotros tenemos
sentido al hablar sólo porque permanecemos dentro de ciertas fronteras, y esas fronteras no se aplican al
nagual.

Para ser un tonal común y corriente, un hombre debe tener unidad. Todo su ser debe pertenecer a la isla
del tonal. Sin esa unidad al hombre se saldría de quicio; un brujo, sin embargo, debe romper esa unidad,
pero sin poner en peligro su ser. La meta del brujo es durar; es decir, no corre riesgos innecesarios, por
ello pasa años barriendo su isla hasta el momento en que puede, por así decirlo, escaparse de ella.

Para el nagual no hay tierra, ni aire, ni agua. Así pues el nagual se desliza, o vuela, o hace lo que haga,
en la hora del nagual, que nada tiene que ver con la hora del tonal. Las dos cosas no casan.

El susurro del nagual vendrá a ratos y luego se perderá. No le tengas miedo a eso, ni tampoco a
ninguna sensación desacostumbrada que tengas de aquí en adelante.

Un ser inmortal tiene todo el tiempo del mundo para dudas y desconciertos y temores. Un guerrero, en
cambio, no puede aferrase a los significados que se hacen bajo las órdenes del tonal, porque el guerrero
sabe con certeza que la totalidad de sí mismo tiene sólo un poquito de tiempo sobre esta tierra.

Un guerrero no puede sentirse desamparado, ni desconcertado ni asustado, bajo ninguna circunstancia.


Para un guerrero, sólo hay tiempo para su impecabilidad; todo lo demás agota su poder, la impecabilidad
lo renueva.

La impecabilidad es hacer lo mejor que puedas en lo que fuese.

En la vida del guerrero sólo hay una cosa, un único asunto que en realidad no está decidido: qué tan
lejos puede uno avanzar en la senda del conocimiento y el poder.

La impecabilidad es de verdad el único acto que es libre y, por ello, la verdadera medida del espíritu de
un guerrero.

Limpiar y reordenar la isla significa reagrupar todos sus elementos en el lado de la razón.

El nagual es lo impronunciable.

No hay manera de referirse a lo desconocido. Uno sólo puede presenciarlo.

Las alas de la percepción pueden llevarnos a los más recónditos confines del nagual o a los mundos
inconcebibles del tonal.

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El tonal de cada uno de nosotros es sólo un reflejo de ese indescriptible desconocido lleno de orden:
el gran tonal; el nagual de cada uno de nosotros es sólo un reflejo de ese indescriptible vacío que lo
contiene todo: el gran nagual.

Tener dominio sobre la totalidad de uno mismo significa que el guerrero ha encontrado finalmente el
poder.

El temple de un guerrero está en ser humilde y eficiente.

La razón no hace sino reflejar un orden externo del que no sabe nada; no puede explicarlo, como
tampoco puede explicar el nagual. La razón sólo puede atestiguar los efectos del tonal, pero jamás podría
comprenderlo o deshilvanarlo.

Solamente si uno ama a esta tierra con pasión inflexible puede librarse de la tristeza. Un guerrero
siempre está alegre porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala cosas
inconcebibles. La tristeza pertenece sólo a esos que odian al mismo ser que les da asilo.

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