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Aunque ste no es un barrio rico, tampoco es como en el que viven el Quemado y sus pibes

zombies. Ac las calles no son de tierra ni las casas de chapa, nadie fuma paco, pero s
marihuana. A lo sumo, esos chicos que se juntan en la esquina fuman marihuana
espolvoreada con cocana, una copia del cigarro nevado, que es casi tan destructivo como el
paco. Pero mata ms lentamente y est mejor visto por los ojos de los otros. Es un barrio de
clase media y estoy por encontrarme cara a cara con un cocinero de cocana. El hombre, me
dijeron, es un delincuente con aura de alquimista. Los qumicos en serio, explican fcil ese
trabajo: con el cocinado me ense uno, y hasta dibuj frmulas en un papel- se pasa del
sulfato de cocana al clorhidrato de cocana, que termina cristalizado. Por eso la cocana de
mxima pureza vista en el microscopio parece vidrio astillado. Pero el hombre que quiero ver
es ms elemental. Estuvo cinco aos en prisin. Haca cocana en el garaje de su casa, pero
el olor pestilente que se filtraba cans a sus vecinos que lo denunciaron. Ya haba ganado
mucho dinero cuando la polica entr en su casa. Ahora est en libertad condicional, me dicen,
despus de gastar lo que tena y lo que no tena en abogados. Por eso volvi. Hace dos
meses que quiero hablar con l, pero siempre nos desencontramos. O me evita. Ahora el
contacto que me iba acercar al cocinero est en otra esquina. Me mira, ni se inmuta. Me
acerco. Le dicen Rubio Loco, las zapatillas con resortes, la gorrita con visera, jeans y campera
de cuero negro. Tiene un celular que nunca usa como telfono sino como handie, y es la nica
forma de comunicacin que tiene con sus secuaces, la nica que por ahora no puede
interceptar la polica. Se escucha un bip y el Rubio Loco responde, balbucea tres palabras
mientras me saluda. Ven, me dice, y caminamos cerca de un parque oculto por una fila de
altos edificios, cuadrados, iguales, tristes. El parque, sin luz, hmedo, sin csped, sin juegos
para chicos, es un escenario deprimente.