Anda di halaman 1dari 4

GONZALO SOBEJANO

LUCES DE BOHEMIA: ELEGÍA Y SÁTIRA

El fondo del vaso [al que alude un personaje de Valle-Inclán] conserva un residuo del alcohol de la
ilusión, y es el sentimiento de la caducidad de la ilusión romántica el mensaje elegíaco de Luces de
bohemia (1920). Pero el fondo del vaso suele ser un tosco y grueso cristal que transparenta las cosas
deformadas. A través de ese cristal puede verse el mundo más o menos reducido a caricatura. Y el
recargamiento, la re-cargadura de la caricatura, marcando los rasgos disformes de los seres, provoca la
risa. Sólo la fealdad y el error, y a veces el mal, hacen reír. La hermosura, la verdad y el bien no tienen
caricatura posible, no pueden desatar la risa. Ríe el diablo; el ángel, nunca. He aquí, pues, el demonio
satírico.
A través de ese grueso cristal deformante, del fondo del vaso, con mirada que aún distingue el color de
las últimas gotas de ilusión apurada, contempla el artista, entre piadoso y cruel, errores y fealdades del
mundo que le rodea.
Don Latino de Hispalis es un vejete asmático que vende mala literatura y, bohemio golfo, se arrima al
bohemio heroico. Literalmente es Don Latino un cínico: un perro. Cuando trata de mediar entre Max
[Estrella, el protagonista,] y el librero que le engaña, su actitud posee «ese matiz del perro cobarde, que
da su ladrido entre las piernas del dueño», y Max, al salir del ministerio, está seguro de que a la puerta
le espera: «Don Latino de Hispalis: mi perro». Del perro tiene Don Latino la fidelidad, que no le impide,
sin embargo, burlar, adular, marear o despojar al amo. Don Latino es un histrión; es la mala compañía
inevitable del bohemio genuino. Un detalle muestra a las claras el parasitismo e inautenticidad de este
trotamundos. En el café, cuando Max invita a cenar con champaña, Don Latino advierte que hay que
pensar en el mañana y le propone un trato: «Yo me bebo, modestamente, una chica de cerveza, y tú me
apoquinas en pasta, lo que me había de costar la bebecua». ¡Pero un bohemio de verdad no puede hacer
eso! Con razón le califica Max de «miserable burgués», y Darío le aconseja: «No te apartes de los buenos
ejemplos, Don Latino».
Los epígonos del Parnaso modernista pertenecen también a esa bohemia inferior, mirada por un prisma
de ternura y de burla. «Unos son largos, tristes y flacos, otros vivaces, chaparros y carillenos.» Estos
jóvenes llevan en los labios versos de Rubén, frases estupendas o procaces, citas de Ibsen, coplas
satíricas, dichos espatarrantes, chistes verdes, sentencias iconoclastas. Galdós es para ellos «Don Benito
el Garbancero», y todos corean a Max Estrella dando mueras a Maura, el gran fariseo. Leales a Max, le
acompañan a la comisaría, llenando el corredor de pipas, chalinas y melenas. Y en la redacción del
periódico, adonde van para gestionar la libertad de Estrella, se entregan a una esgrima de
ingeniosidades súbitas y bromas sin fin. «No fumo», dice Dorio de Gádex:
DON FILIBERTO: ¡Otro vicio tendrá usted!
DORIO DE GÁDEx: Estupro criadas.
DON FILIBERTO: ¿Es agradable?
DORIO DE GÁDEx: Tiene sus encantos, don Filiberto.
DON FILIBERTO: ¿Será usted padre innúmero?
DORIO DE GáDEx: Las hago abortar.
DON FILIBERTO: ¡También infanticida! PÉREZ: Un cajón de sastre.
DORIO DE GÁDEX: ¡Pérez, no metas la pata! Don Filiberto, un servidor es neo-
maltusiano.
DON FILIBERTO: ¿Lo pone usted en las tarjetas?
DORIO DE GÁDEX: Y tengo un anuncio luminoso en casa.
«Y así -dice Valle-Inclán por boca de Don Latino-, revertiéndonos la olla vacía, los españoles nos
consolamos del hambre y de los malos gobernantes.»
Este don Filiberto que aguanta las escaramuzas verbales de los modernistas, es personaje en quien el
autor puso más ternura que burla: «un hombre calvo, el eterno redactor del perfil triste, el gabán con
flecos, los dedos en gancho», « ¡manos de esqueleto memorialista en el día bíblico del Juicio Final! ». Sí;
pero don Filiberto es un trabajador honrado, de alma apacible; mediocre y conservador, desde luego,
pero no injusto ni maligno, sino cándido. A los modernistas que nada respetan y se rigen por el lema
jovial «¡viva la bagatela!», don Filiberto les predica seriedad, estudio, civismo, Aunque procede de un
mundo literario remoto -mundo de Juegos Florales y parlamentarios- gusta de evocar versos de Rubén,
porque, como dice: «Yo también leo, y algunas veces admiro a los genios del modernismo. El director
bromea que estoy contagiado. ¿Alguno de ustedes ha leído el cuento que publiqué en Los Orbes?» « ¡Y,
don Filiberto! Leído y admirado», responde Clarinito, otro de los jóvenes de greña y chalina. (García
Lorca, para crear a aquel inolvidable profesor de Instituto de Doña Rosita la Soltera, debió de recordar a
este don Filiberto, su más parecido antecesor.)
Con mezcla semejante de ingredientes elegíacos y satíricos está presentadas las gentes humildes que
frecuentan la taberna de Pica Lagartos (una vendedora de lotería, un chulo, un borracho), las prostitutas
que en el paseo componen una parodia del Jardín de Armida la portera, el cochero fúnebre, los
sepultureros que evocan sobre los atractivos de una alegre viuda, etcétera. Éste es un mundo de víctimas
inconscientemente sumidas en el desvarío. En cambio, un sujeto como el «Ministro de la
Desgobernación» ha renegado de afanes desinteresados y vive en la comodidad sin idealismo alguno
sin peligro ni aventura. Por eso aquí los tonos melancólicos del recuerdo de la juventud y el bello gesto
de socorrer al antiguo con pañero no logran atenuar la ridiculez del figurón. «Su Excelencia asoma en
mangas de camisa, la bragueta desabrochada, el chaleco suelto, y los quevedos pendientes de un cordón,
como dos ojos absurdos bailándole sobre la panza». Y hecha la obra de caridad fácil y cuando el amigo
ya ha salido, vuelve el ministro al trabajo: «Su Excelencia se hunde en una poltrona ... Enciende un
cigarro con sortija, y pide La Gaceta. Cabálgase los lentes, le pasa la vista, s hace un gorro y se duerme».
Hay, en fin, en Luces de bohemia la sátira cruda y sin paliativo, Zaratustra, el librero que pretende
engañar a Max Estrella abusando de su condición de ciego, es un fantoche «abichado y giboso» que
encogido en una silla, guarda avaricioso su cueva. Es allí, en la cueva de este pequeño bandido, donde
Max denuncia la «chabacana sensibilidad» del español ante los grandes misterios: la Vida, un magro
puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada; el Infierno, un calderón de aceite albando; el Cielo, una
kermés sin obscenidades. Este pueblo «transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas
costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere».
Pero las saetas satíricas de Valle-Inclán van dirigidas principalmente contra la policía, la política y el
capital. Ahí está el Capitán Pitito, que ordena la prisión del poeta; ahí el Sereno que, encargado de
entregarle a los guardias, se envanece de su papel de «autoridad»; ahí el inspector Serafín el Bonito que
le toma declaración. Con Serafín el Bonito sostiene Max Estrella un certamen de bravatas. « ¡Traigo
detenida una pareja de guindillas! Estaban emborrachándose en una tasca, y los hice salir a darme
escolta», es lo primero que dice, al entrar conducido por los guardias en el despacho del policía. Y de ahí
en adelante cada frase es un reto, una jactancia adrede, una protesta, una ironía exterminante. Y al
guardia que niega creer que Max habite un palacio, le contesta definitoriamente: «Porque tú, gusano
burocrático, no sabes nada. ¡Ni soñar!». En esta escena Max no es ya Alejandro Sawa: es don Ramón del
ValleInclán, el eximio escritor y extravagante ciudadano cuyos trajines con la policía bien conocidos
son.
Y no sólo burla de la fuerza armada: también condenación. El niño exánime en la calle ha sido muerto
por una bala perdida de la autoridad en armas. «El Principio de Autoridad es inexorable», comenta el
Retirado; y el Empeñista y el Tabernero, ante el trágico suceso, hablan también en disculpa de la
autoridad. Sólo otro testigo, el Albañil, dice lo justo: «El pueblo tiene hambre», «La vida del proletario no
representa nada para el Gobierno». Max Estrella, obsesionado por el recuerdo del paria que conoció en
el calabozo, comunica a su perro: «La Leyenda Negra en estos días menguados es la Historia de España.
Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza. Me muero de hambre satisfecho de no haber
llevado una triste velilla en la trágica mojiganga».
Las violencias de la policía no son sino cumplimiento de las consignas de una política represiva, que
defiende los intereses de la clase conservadora y del capital privado. Hay en Luces de bohemia una
crítica sintética de la estéril política española, valedera -como la obra toda- para el primer cuarto de
este siglo (de esta época es Luces de bohemia prodigioso resumen). Contra el proletariado insurrecto
luchan y espían los «maricas» de la Acción Ciudadana; los políticos envilecen por inerte reiteración
viejos e improgresivos principios; se combate en África y nada se emprende para levantar al pueblo. Si
éste se agita, la autoridad interviene, como dice el Albañil, para «defender al comercio, que nos chupa la
sangre». Ese pueblo hambriento, atropellado, se encenaga en la prostitución, la lotería, la taberna. Y
mientras esto dura, siguen sonando en el Congreso las frases hechas.
Aislados y prisioneros, en medio de esta mascarada sangrienta, dos hombres: el poeta y el proletario,
Max Estrella y Mateo. El anarquista catalán, condenado a muerte y temeroso, no de la muerte, sino del
tormento; y el poeta andaluz, condenado a excentricidad y a ineficacia, llevado por la pobreza hasta la
muerte. En las tiniebla, del calabozo se aproximan estas almas: Max: «Yo soy un poeta ciego». El Preso:
« ¡No es pequeña desgracia!... En España el trabajo y la inteligencia, siempre se han visto
menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero». Y aunque en el diálogo Max no puede reprimir sus
frases epatantes de bohemio ni Mateo sus palabras incendiaria, de huelguista, los dos quedan unidos en
el mismo deseo de justicia, en igual cólera contra los explotadores. «Saulo, hay que difundir por el
mundo la religión nueva», dice Max; y corrige el proletario: «Mi nombre es Mateo». Es entonces cuando
el bohemio enuncia su inalienable privilegio: «Yo te bautizo, Saulo. Soy poeta y tengo derecho al
alfabeto». Antes de partir Mateo hacia la muerte o la tortura, el desahuciado poeta se abraza con él.
Esta España que trasparece en Luces de bohemia, esfumada en un ámbito temporal capaz de admitir
vivo a Rubén Darío (t 1916; y muerto a Galdós (t 1920), es la España resquebrajada y rompiente que va
hacia la blanda Dictadura, hacia la Dictablanda. España de románticos ecos moribundos y clamores
sociales sofocados. En su admirable libro La media noche: Visión estelar de un momento de guerra
(1917) había alumbrado Valle-Inclán la maravillosa lámpara de su místico quietismo estético para
contemplar los horrores de la primera guerra mundial. No faltaban en su producción anterior los
toques satíricos y los visos humorísticos, pero en conjunto aquella literatura estaba vuelta de espaldas a
la actualidad. Sin mengua de la perfecta concentración estética siempre alcanzada por Valle-Inclán,
Luces de bohemia es la primera obra en que él arrostra la España de sus propios días, cuajada de
problemas. La concentración artística es la condición primaria, indispensable, en toda obra literaria
grande. Pero otra condición se cumple en Luces de bohemia, y es que el artista se sitúa en el centro
mismo de aquella problemática histórica y social de la España de sus días. Esta concentricidad
responsable y lúcida otorga a Luces de bohemia un hondo valor de testimonio. ¿Qué ocurre en esa
España concreta y coetánea, aquí atestiguada? Ocurre que el extremado individualismo de artistas e
intelectuales está pasando, muriendo en un pretérito prolongado, y ocurre que el ímpetu revolucionario
de los trabajadores no puede pasar más allá, reprimido en el umbral mismo de su porvenir. Ahora
Valle-Inclán, delante de tanto desvarío, había de mirar su labor precedente como música leve. Aún
volverá después a las alegorías, aún apelará a sus favoritos recursos de la intemporalidad y el espacio
abstracto (Tirano Banderas) o a la revelación indirecta del presente por el pasado (El ruedo ibérico).
Pero renunciará definitivamente a monumentalizar personajes e ideales arcaicos: la santidad ingenua, el
aristócrata seductor, el señor feudal, el carlismo, la bohemia heroica. La sátira se apodera de todo y lo
desintegra. ¿Quién sabe a qué firmes y solidarias creencias, henchidas de futuro, hubiese vinculado
Valle-Inclán su arte, una vez aplacado tal oleaje de ira destructora? Luces de bohemia es el resultado
primero de su urgencia de responsabilidad española. Obra crucial, de encrucijada: en el estilo de Valle-
Inclán porque ofrece a la vez sus dos modos mayores de expresar artísticamente la realidad: el
monumento y el esperpento. (Aquí se trata de un monumento fúnebre consagrado a la bohemia heroica
y de un esperpento irónico y sarcástico dedicado a los gusanos de una España invertebrada.) Pero obra
crucial también en sentido histórico y social: producto de ese momento crítico en que la generación
«bárbara» de 1898 va siendo relevada por otras promociones menos dadas al libertinaje del
individualismo, y en que el artista de ayer y el obrero de mañana intentan alargarse los brazos por
encima del capital, la burocracia y la masa inerte, con un noble anhelo de humanidad conciliada.

Gonzalo Sobejano, «Luces de bohemia: elegía y sátira», Forma literaria y sensibilidad social, Gredos,
Madrid, 1969, pp. 232-240.