Anda di halaman 1dari 18

RESPONDIENDO A LA INJUSTICIA:

Trabajando con clientes rabiosos y violentos


de una manera entrada-en-la-persona.

Gillian Proctor

“Responding to Injustice: Working with angry and violent clients in a person-centred


way”, en David Jones (Ed.) Working With Dangerous People: The psychotherapy of
violence. Capítulo 8, pp.99-115 (2004).

Traducción: Luis Robles Campos (*)

Introducción.

En este capítulo, exploraré la interfase entre los sistemas de salud mental y de


justicia criminal desde el contexto de trabajar como psicóloga clínica en servicios
forenses dentro del sistema de salud mental de la NHS1. Exploro los problemas dentro
del sistema actual y argumento que los servicios de salud mental necesitan focalizarse
claramente en las necesidades de los individuos aquejados y dejar el rol policial y el
manejo de la violencia, o el daño a otros, al sistema de justicia criminal. Dentro del
sistema coercitivo y policial actual, las relaciones de poder involucradas limitan
seriamente el potencial para el empoderamiento del trabajo terapéutico con los
clientes. Exploro la relación de la rabia con la experiencia de la falta de poder, tanto
materialmente (estructuralmente) como psicológicamente (en relación al trauma).
Argumento por la necesidad de trabajar terapéuticamente de una manera que no
agrave la falta de poder ya experimentada por el cliente. Para trasladar este principio
dentro de la práctica, explico como la terapia centrada-en-la-persona (TCP) minimiza
las posibilidades de que el cliente experimente más falta de poder en la relación de
terapia. Describo como yo trato de trabajar con este modelo con clientes en el servicio
forense mientras que al mismo tiempo balanceo las responsabilidades para mis clientes
y para proteger al público. Describo los beneficios potenciales de trabajo usando la
terapia entrada-en-la-persona (TCP), tanto para los clientes individuales como para
aquellos alrededor de éstos. Finalmente, planteo los limites de estos beneficios
causados por el conflicto de intereses en el sistema actual.

A través de este capítulo, ilustraré mis argumentos usando dos clientes


potenciales como ejemplos (de una conglomeración imaginativa de experiencias
clínicas en este contexto con una variedad de personas). Estos ejemplos son un poco
estereotipados pero ilustran experiencias comunes de los clientes con los que he
trabajado en los servicios forenses. El primero, al cual llamaré Debbie, es una mujer
con una historia de violencia hacia otros, en adición a una historia de auto-flagelación.
Ella vino al sistema de salud mental del sistema forense después de prender fuego a
una silla en un hotel y ser derivada de la prisión debido a su historia psiquiátrica y su
vulnerabilidad. El segundo cliente, al cual llamaré Paul, es un hombre joven con una
historia de seria violencia quien había sido referido a los servicios forenses después de

Nota del Traductor:


1

NHS: National Health Services (Servicio Nacional de Salud del Reino Unido).
haber cumplido una breve sentencia de prisión por asalto. Él también identificaba
experimentar mucha ansiedad y depresión.

El contexto de trabajo.

Yo trabajo dentro del servicio de salud mental de la NHS responsable de la


sección de servicios forenses. Los servicios de pacientes internos y externos son
proveídos a clientes que se ha visto que tienen problemas mentales, que se cree están
en riesgo actual de cometer serias ofensas (por ejemplo, que involucren violencia o
daño contra otros), que han cometido serias ofensas en el pasado y cuya conductas
ofensiva se juzga que tiene relación con sus problemas de salud mental. Blumenthal
(2002) enfatiza la importancia de este contexto para la terapia, diciendo: “Una de las
cosas más notables acerca de trabajar en servicios forenses es que el practicante no
puede ignorar el contexto en que él o ella trabaja. A diferencia de otros contextos en el
cual toma lugar el trabajo terapéutico, la institución es un factor en la ecuación
terapéutica.”

Aunque este es un servicio de salud mental designado para proveer un rango de


tratamientos para problemas de salud mental, las políticas prioritarias son asuntos de
riesgo y de protección pública. Kurtz (2002) describe esta casi exclusiva preocupación
con evaluar y manejar el riesgo como una manera de lidiar con ansiedades provocadas
por este trabajo, y enfatiza la cultura contra-terapéutica que produce. Esta priorización
del riesgo está en línea con recientes proposiciones gubernamentales diseñadas para
hacer a los servicios de salud más y más responsables de las personas que suelen caer
en los sistemas de justicia criminal. Esta agenda política ignora los grandes problemas
de imprecisión en la predicción del riesgo (Cordess, 2002; Zigmond, 2002). Cordess
(2002) argumenta que estos servicios y propuestas de “salud” están siendo tomados
como agentes de control social a fin de ‘fiscalizar’ la sociedad”.

Los profesionales de la salud ahora son requeridos para atender reuniones


sobre libertad condicionada de la MAPP (Multi-Agencia Pública de Protección) para
evaluar y manejar el riesgo que el cliente puede poner sobre el público. Somos
requeridos por las regulaciones de la MAPP para omitir al cliente información acerca de
estas reuniones (Home Office, 2000). Aparte de proveer un rango de tratamiento para
ayudar a los clientes con su malestar, también somos requeridos para monitorear
constantemente el riesgo para otros y tomar acción si juzgamos que el riesgo se ha
incrementado. Por lo tanto, nuestra responsabilidad es para nuestro cliente y para el
público, nuestra dirección es mejorar la salud mental de los clientes y reducir su
conducta antisocial. El resultado del foco político sobre el riesgo es que la cultura de
los servicios forenses es de una práctica defensiva y de secreto, con “información” o
juicios que son compartidos entre trabajadores sin el consentimiento del cliente.
Blumenthal (2002) describe el “constante choque de culturas entre un sistema que
privilegia el castigo, la contención y el control, y los profesionales de la salud
trabajando en una agenda muy diferente de tratar de entender las vidas
dolorosamente aproblemadas de las personas que asisten a estos establecimientos.

Este choque de culturas llevó a algunos profesionales de la salud mental


involucrados en el cuidado de Debbie a sólo estar interesados en cómo a menudo ella
golpeaba gente y no querer escuchar su malestar. Ella era frecuentemente puesta
dentro de un “cuarto de apaciguamiento” después de amenazar o actuar
violentamente, con la intención declarada de “calmarla”, aunque esto también tenía el
efecto de castigarla por su conducta. Los trabajadores estaban claramente enojados
con su conducta y estaban felices de tener los instrumentos de control a su disposición
para castigarla con ellos. Los trabajadores involucrados en el cuidado de Paul estaban
divididos entre aquellos que enfatizaban el riesgo de él hacia los otros y que querían
intervenciones para el manejo de la rabia, y aquellos que querían ayudarlo con sus
experiencias de ansiedad y depresión.

El modelo actual de control médico y social.

¿Cuándo la rabia es un asunto de los servicios de salud mental? ¿Cuándo la


rabia de alguien causa un problema para otras personas o malestar a la persona
misma? Esto no es claro en la práctica. A menudo, las derivaciones a los sistemas de
salud mental son hechas porque una persona es violenta y esto es un problema para
otras personas que son víctimas o potenciales víctimas de esta violencia. Tanto Debbie
como Paul fueron derivados en parte debido a su riesgo para otras personas y en parte
debido a sus propias experiencias de malestar. Derivaciones en base al riesgo para
otros se justifican como un asunto de salud mental al añadir un diagnóstico para la
persona e individualizando sus razones para ser rabiosos/violentos, aunque se ignora
el contexto de su violencia.

La rabia y particularmente la violencia a menudo son más patologizadas en


grupos donde la rabia o la violencia no son culturalmente aceptables, tales como las
mujeres. Las ofensoras femeninas son más proclives que los ofensores hombres a ser
juzgadas como “locas” (Burns, 1992). Sin embargo, la relación entre género y el juicio
de riesgo es complicado. A menudo, las expectativas de que las mujeres sean gentiles
y delicadas puede llevar al riesgo de que una violencia seria sea subestimada en
mujeres que han cometido graves ofensas. Por otra parte, es más probable que los
ofensores varones con problemas de salud mental vean ignorado su malestar, ya que
su conducta está más en regla con las normas de la conducta masculina. La mayoría
de los profesionales que hacen diagnósticos están juzgando lo apropiado de tal
conducta rabiosa o violenta desde su propia experiencia de las normas culturales;
usualmente normas blancas de clase media. El nivel de violencia de Paul no era inusual
para un hombre que había crecido en un vecindario donde la violencia era una manera
de sobrevivir. Las evaluaciones de riesgo por supuesto están sesgadas por los juicios
de los trabajadores que hacen estas evaluaciones, y particularmente cuando la ofensa
de un cliente provoca emociones, tales como rabia o disgusto, en estos trabajadores.

El modelo del manejo de la rabia en los servicios psiquiátricos asume que la


rabia es una emoción negativa, un problema. La mayoría de las aproximaciones para el
manejo de la rabia se focalizan en controlar en lugar de entender y aprender de la
rabia. Estas aproximaciones ignoran todos los aspectos positivos de la rabia: como una
respuesta legítima hacia una situación, como una emoción que a menudo da energía y
promueve la acción (la cual puede ser acción para promover cambio positivo y opuesto
a la violencia). Así como significa malestar y congoja, la rabia también significa pasión,
espíritu y sentimiento. Sentir rabia indica viveza, pasión y un sentido de preocupación
acerca del mundo. No sentir rabia o nunca expresarla puede ser considerado tan no
saludable o psicológicamente dañino como expresar la rabia.

La aproximación actual en la salud mental representa la aproximación


profesional del experto, basada sobre la creencia de la objetividad de la ciencia y la
“evidencia” de la investigación. Esta aproximación asume categorías objetivas de
enfermedad, descubiertas por el avance de la ciencia, las cuales son identificadas
posteriormente por el proceso de diagnóstico. Esto ignora tanto los imperativos
sociales como políticos, los cuales moldean la historia de la psiquiatría (Foucault,
1977a,b); e ignoran las grandes controversias acerca de la validez de los diagnósticos
psiquiátricos (Boyle, 1999). La agenda política actual es de una “práctica basada en la
evidencia”, la que nos dirá qué funciona para personas con diferentes diagnósticos,
basado en resultados predeterminados de lo que constituye la salud mental y la
reducción de síntomas. Una vez más, esta noción asume que la “evidencia” es
objetiva, lo cual oscurece los intereses políticos y económicos creados involucrados en
qué cuestionamientos son hechos en la investigación, en cuál investigación es
financiada y en decidir qué investigación cuenta como “evidencia”. La noción de
“subjetividad” ha sido cuestionada desde hace tiempo dentro de la ciencia misma y
aún el sistema de salud mental está basado sobre el mito de los observados
“objetivos” libres de prejuicios.

De hecho, una descripción más acertada del proceso de psiquiatrización o


psicopatologización de ciertas áreas de la experiencia humana es que nuevas
categorías se convierten en el negocio de la salud mental como un resultado de la
presión política o de los medios. “El camino de la furia”, por ejemplo, surgió como un
nuevo concepto dentro de la enfermedad mental como un resultado de la focalización
de los medios sobre el problema de la violencia aunque driving. La incorporación de
este concepto dentro de una noción individualizada de la enfermedad mental sugiere
que fue “descubierta” una condición o enfermedad en ciertos individuos que causa “el
camino de la furia”. Similarmente, el diagnóstico de “trastorno de personalidad” se ha
vuelto crecientemente común en la última década, en línea con la presión política para
que la salud mental incorpore más del rol de la justicia criminal (Shaw & Proctor,
2010). Este modelo “experto” y “objetivo” de los servicios de salud mental basado en
la investigación hace a estos servicios los objetivos principales para el control social y
las presiones políticas para usar el tratamiento para normalizar a los individuos y ser
agentes del control social.

Siempre hay razones para que alguien esté con rabia y para que pueda
expresarla usando la violencia. Esto puede incluir una compleja mezcla de factores
incluidas experiencias históricas personales y normas culturales que pueden ser más
difíciles de articular para los individuos. Las personas a menudo están con rabia como
un resultado de experiencias de violación, abandono, desprecio e injusticia. Blumenthal
(2002) enfatiza el optimismo de aquellos practicantes que responden al clima político
actual al “ver la conducta ofensiva como un síntoma de una personalidad perturbada
que necesita ser entendida”. Usar la conducta ofensiva como la base de un diagnóstico
(usualmente un tipo de trastorno de personalidad) sitúa la culpa de los problemas
relaciones y sociales en el individuo (individualizando problemas sociales) y dejando
poco espacio para comprender individuos complejos únicos. En adición, la
individualizar y patologizar la rabia y la violencia como un trastorno tiene el peligro de
remover la responsabilidad hacia los individuos debido a su conducta. Cualquier
“comprensión” necesita ser de experiencias relacionales y sociales y sobre cómo el
individuo ha respondido a estas experiencias dentro de su contexto socio-político.
Además, la comprensión es difícil de alcanzar en un sistema donde los trabajadores
también están sirviendo los propósitos de control y castigo.

El modelo social, psicológico y de responsabilidad alternativo en salud mental.

Históricamente, ha habido dos servicios diferentes: los servicios de justicia


criminal y los servicios de salud mental. Se supone que la justicia criminal lidia con
personas que han sido un riesgo para la sociedad debido a su conducta. Se supone que
la salud mental ayude a los individuos con sus propias necesidades referentes a su
malestar individual. Sin embrago, sería más acertado argumentar que ambos sistemas
sirven para controlar a las personas que no funcionan como la sociedad espera
(Foucault, 1977a,b; Pilgrim, 1987; Szasz, 1970/1997). La distinción entre los dos
servicios ha sido difusa durante mucho tiempo como resultado del tratamiento
psiquiátrico coercitivo (Szasz, 1070/1997; Newnes & Holmes, 1999).

Aquí, estoy sugiriendo una alternativa (actualmente) ficticia al modelo de


control médico y social actual basado en la claridad acerca de la distinción entre
asuntos criminales y asuntos de malestar mental. Por lo tanto, causar daño a otros por
medio de la violencia es un asunto criminal cubierto por el sistema de justicia criminal.
Sentir malestar como resultado de la experiencia de la rabia o como resultado se ser
violento es un asunto de los servicios de salud mental. Los individuos pueden buscar
los servicios de salud mental cuando ellos identifican por si mismos las dificultades que
les produce el sentir rabia o ser violento. Estas pueden ser dificultades psicológicas
internas causadas por vivir con esos sentimientos o dificultades de relacionabilidad
social debido al efecto de su rabia /violencia sobre los otros a su alrededor. Debbie
quería ayuda debido a su experiencia interna de rabia y daño basada en las maneras
en que ella fue tratada cuando niña. Paul identificaba dificultades al relacionarse con
los otros y para confiar en la gente como resultado de ser percibido por los otros como
“atemorizante”.

Dentro de este modelo alternativo de salud mental, las causas del malestar son
sociales, y los individuos viven dentro de contextos sociales que determinan o afectan
su conducta. Por ejemplo, la violencia es común para gente como Paul, una manera de
sobrevivir en ciertos contextos culturales y sociales, tales como algunas clases bajas
de trabajadores que habitan estados del Reino Unido caracterizadas por el desempleo
y el uso de drogas. Él también estaba rabioso acerca de las maneras históricas como
actuales en las que fue tratado por otros. Para Debbie, la rabia es un resultado común
de haber experimentado abuso sexual, físico y emocional cuando niña, por haber
apartado a su hijo de ella, y por su malestar de ser ignorada ahora. Además, ella había
aprendido a expresar su malestar a través de la violencia a partir de la violencia de su
padre hacia ella. Para cada persona, todos los factores históricos y actuales,
personales, relacionales y sociales se combinan para causar rabia y para influir en la
decisión de un individuo de ser violento. Dentro de este modelo alternativo, los
servicios son provistos según lo requieran los usuarios del mismo, y se confía en que
ellos saben qué es más beneficioso para ellos y cómo determinar su propio criterio de
bienestar y felicidad.

Este modelo es posible sólo si el malestar del individuo es separado del daño
hacia los otros. Por lo tanto, los servicios de salud mental y la terapia son separados
de los sistemas de justicia criminal y de control social. Si los dos son combinados, esto
significa que se impone una visión de la salud mental que incluye no ser violento, y
este objetivo puede reemplazar y oscurecer fácilmente cualquier objetivo para que el
cliente se sienta bien por si mismo. En adición, este objetivo externo arrebata el
control, el poder y la responsabilidad del individuo. Para obtener cambios duraderos
dentro del cliente, lo cual puede incluir una reducción de la violencia, el cliente necesita
estar en control de su proceso. Sin control personal sobre este proceso, la única
alternativa es fiscalizar la conducta por contingencias fuera de la persona. Esto ha sido
históricamente el rol del sistema de justicia criminal. Paul y Debbie pueden decidir no
continuar siendo violentos para evitar ir a prisión, pero cuando hay poco riesgo de ello
es probable que sigan siendo violentos.
Cuando los trabajadores de la salud mental tienen la responsabilidad de lidiar
con las ofensas y el riesgo en adición a las necesidades de salud mental del cliente, el
resultado de esto puede ser que se focalizan las ofensas y que los trabajadores,
subsecuentemente, a menudo se identifican con las victimas de estas ofensas.
Entonces es muy difícil para los trabajadores entender al cliente en oposición a sentir
rabia contra ellos y querer que ellos sean controlados o castigados. A menudo se
perpetúa un ciclo donde los trabajadores toman más control sobre los clientes, quienes
se ponen más furiosos como resultado de su creciente falta de poder. Cuando fueron
hecho intentos para controlar la violencia de Debbie por medios de “apaciguamiento”,
ella se volvió más y más rabiosa y violenta como resultado de su frustrante situación.

El contexto socio-político.

Las personas que terminan en un servicio forense de salud mental a menudo


provienen de situaciones deprivadas, opresivas y sin poder. Dentro del servicio, hay un
número desproporcionado de hombres con un trasfondo étnico africano y caribeño
(Fernando, 1991). Las personas que entran en el servicio forense (predominantemente
hombres) a menudo provienen de circunstancias donde unas cuantas opciones estaban
disponibles, en particular, opciones para incrementar su poder social.

Cómo las personas expresan la rabia varía enormemente tanto individualmente


como dependiendo de la situación estructural en la sociedad, como el género, la
etnicidad y particularmente la clase. Indermaur (1999), argumenta que las creencias
culturales acerca de la rabia, así como también los propósitos y la aceptabilidad de la
violencia influyen en la decisión de usarla, lo cual explica los cruces culturales y las
diferencias de género en el uso de la violencia. Mientras que Kring (2000) reporta que
la rabia es típicamente una respuesta a la amenaza o a la percepción de daño o
negligencia deliberado o injustificado, yo argumento que en adición, la rabia a menudo
es una respuesta a inequidades en la sociedad y que la experiencia de falta de poder o
la amenaza de perderlo relacionada con esta jerarquía. De Zulueta (1993) argumenta
que la violencia es un resultado de la estructura de poder del patriarcado, diciendo: “Es
la deshumanización del otro la que es la raíz de toda la violencia humana, una
deshumanización que desafortunadamente aparece casi intrínsicamente con el
desarrollo de la diferenciación del rol sexual masculino-femenino que se ve en las
culturas patriarcales” (p.xiii).

Para Paul, la violencia era una manera de sobrevivir y de no ser victimizado o


humillado en un contexto donde la violencia era la cotidianidad del día a día al
relacionarse con otros. La violencia lo mantenía al tope de la jerarquía con los otros
sintiendo miedo de él. Para Debbie, su rabia contenida desde su experiencia de
extrema falta de poder como niña y como madre a la que se le quitó su niño, y era
gatillada por experiencias actuales de ser invalidada o ignorada, por ejemplo, cuando
su posición como ser humano valioso era cuestionada. Para cada uno de ellos, la rabia
y la violencia era respuestas hacia, y una pelea contra, la falta de poder.

Schieman (2000) examina los efectos de la educación sobre la rabia y concluye


que las diferencias relacionadas con la educación se explican por el sentido de control
de los individuos, indicando que la experiencia de poder o falta de poder puede ser el
factor significativo que explica las diferencias estructurales. Brantlinger (1991)
investigó la conducta adolescente que los metió en problemas en la escuela. Ella
encontró que mientras que los adolescentes con alto ingresos reportaron
principalmente conducta de juego, los adolescentes con bajos ingresos reportaron
conductas más agresivas que probablemente tenían relación con la rabia. Estos
estudiantes validaron estas suposiciones, describiendo razones para su rabia
incluyendo el ser humillado y excluidos por estudiantes de altos ingresos y tratados
injustamente por los profesores. Brantlinger (1991) también notó que los despliegues
de rabia o el retraimiento de los adolescentes de bajos ingresos era más probable de
ser percibido por los otros como una señal de desajuste emocional y no como
respuestas legítimas a las desigualdades de las clases sociales en la escuela y la
sociedad.

Debbie describía una historia de fracaso en el colegio y de sentirse


constantemente humillada por este fracaso. Cuando ella expresaba su rabia hacia sus
parientes, ella era físicamente abusada bajo la excusa del “castigo”. Paul también
describía una historia de “fracaso” en la escuela. Él explicaba que en realidad él nunca
había aprendido a leer o escribir adecuadamente y que había sido “desechado” en el
fondo de una clase donde las prioridades de los profesores era la contención en
oposición a la educación. A pesar de la frustración y el aburrimiento de Paul en el
colegio, sus parientes lo alentaron sólo a pelear y a pasar el tiempo en la escuela hasta
que fuera lo suficientemente mayor para dejarla. Sus peleas le probaron a él y a sus
pares que él estaba en el fondo debido a su mala conducta y a su inhabilidad para
aprender.

Kring (2000) discute la discrepancia entre la literatura clínica que sugiere que
las mujeres internalizan y los hombres externalizan la rabia y los hallazgos de la
investigación experimental que generalmente no soportan estas diferencias de género
en la población general. Ella sugiere que hay más similitudes que diferencias en la
experiencia de la rabia en hombres y mujeres pero que las diferencias son encontradas
en contextos particulares. La mayoría de las diferencias son encontradas en la
experiencia y la expresión de la rabia entre hombres y mujeres en el contexto de las
relaciones interpersonales. Los hombres reportan más ataques físicos hacia objetos y
personas y ataques verbales, considerando que las mujeres lloran más a menudo
cuando tienen rabia. Ella reporta evidencia que sugiere que las características del rol
sexual femenino están asociadas con la supresión de la rabia y las características
masculinas son asociadas con la expresión de la rabia tanto en hombres como en
mujeres. Algunos autores sugieren que las diferencias de género en la expresión y la
experiencia de la rabia pueden reflejar variaciones en el poder o el estatus más que
diferencias en el género.

Kring (2000) sugiere que la literatura clínica tiende a perpetuar los estereotipos
de los hombres y las mujeres respecto de la expresión de la rabia. Aunque la conducta
no tiende a representar estos estereotipos, los estereotipos persisten, de modo que
aunque las mujeres pueden experimentar y expresar la rabia, ellas aún son más
juzgadas que los hombres por hacerlo. Sin embargo, hay evidencia de que dentro de
los contextos forenses las mujeres y los hombres experimentan y expresan la rabia de
manera diferente (Suter et al., 2002). Los resultados inconsistentes entre las mujeres
en la población general y las mujeres en muestras clínicas pueden representar una
diferencia en cómo las mujeres negocian sus estereotipos de rol sexual. Parece que las
mujeres que se conforman demasiado o se rebelan fuertemente pueden ser sobre-
representadas en las muestras clínicas como opuestas a las muestras de la “población
general”, que tienen más mujeres que luchan menos con sus estereotipos de género.
Esto puede reflejar la asociación de cómo las mujeres negocian estereotipos de roles
de género con la patologización y el diagnóstico.
Chesler (1972), por ejemplo, acuñó el término “doble vínculo” para describir el
proceso por el cual las mujeres pueden ser patologizadas tanto por conformarse con, y
por fallar en conformarse a las expectativas de la pasividad femenina. El diagnóstico
de Trastorno de Personalidad Limítrofe, por ejemplo, puede ser aplicado a mujeres que
fallan en vivir de acuerdo a su rol de género porque ellas expresan rabia y agresión. En
adición, el diagnóstico es dado a mujeres que se conforman “demasiado”, por
internalizar la rabia, y por expresarla a través de conducta auto-focalizada tales como
la auto-flagelación. Las diferencias clínicas también pueden reflejar la asociación del
malestar y la falta de poder en tales contextos con cómo las mujeres pueden usar los
estereotipos del rol sexual para experimentar más poder. Por lo tanto, una situación es
establecida en lo contextos clínicos que refuerza los estereotipos de los roles de
género, dejando estos estereotipos más disponibles para las mujeres en estos
contextos que los usan para incrementar su poder.

Mucha investigación ha sido conducida estudiando diferencias en la


experimentación y la expresión de la rabia dependiendo de las variables estructurales
tales como género, etnicidad y clase social. Esta investigación es consistente con la
sugerencia de que las diferencias en la experimentación y la expresión de la rabia
refleja variaciones en el poder o el estatus. Esto soporta mi argumento de que la rabia
a menudo es una respuesta a la falta de poder o hacia la amenaza de perder el poder.
Esto parece ser una consecuencia natural de nuestra sociedad jerárquica, donde la
vida es una constante competición para permanecer en lo alto, y colocar las
necesidades de los otros abajo. Otra característica de este sistema jerárquico es que
aquellos que están debajo de nosotros son deshumanizados, haciendo más fácil para
ellos ser víctimas de nuestra violencia.

Rabia y trauma.

La experiencia de rabia puede estar claramente relacionada a la experiencia de


falta de poder adicionalmente a través de una consideración de los efectos del trauma.
La rabia es una de las reacciones emocionales comunes a la experiencia de trauma.
Walsh (1995) demostró una relación entre la exposición a la violencia de la comunidad
y síntomas de malestar y expresión de rabia en adolescentes. De Zuleta (1993)
argumenta que la violencia es un resultado de la invalidación de nuestro sentido de sí
mismos a través de la deprivasión, la pérdida o el trauma. Finkelhor (1986) identifica
cuatro dinámicas que siguen la experiencia de abuso sexual en la niñez, las cuales
incluyen la estigmatización y la experiencia de falta de poder. Ambas dinámicas están
relacionadas a la experiencia de deshumanización. Parece que la violencia puede ser el
resultado del miedo a la vulnerabilidad o a la experiencia de que se tome ventaja de la
propia vulnerabilidad.

La falta de poder y el malestar psicológico.

Yo argumento que la experiencia de la falta de poder es uno de los factores


causales más significativos que contribuyen a la experiencia del malestar psicológico.
El poder, el control y la experiencia de la falta de poder son factores mayores para
entender todo tipo de malestares psicológicos. Yo también argumento que la mayor
prevalencia de miembros de grupos oprimidos en los sistemas de salud mental refleja
la posición de poder de los grupos involucrados (Proctor, 2002a,b). Hay mucha
evidencia para asociar la probabilidad de sufrir malestar psicológico según la posición
del individuo en la sociedad con respecto al poder estructural de la sociedad. Cuando
los profesionales de la salud mental ignoran los vínculos entre las inigualdades sociales
y el malestar psicológico, ellos sirven los intereses de los grupos sociales privilegiados
en lugar de los de sus clientes. Como Smail (1987) declara, los clientes del sistema de
salud mental son personas a quienes el mundo ha afectado en cualquiera de una serie
de formas dolorosas. Son menos las personas con quienes todo está mal en
comparación con las personas que han sufrido mal. El poder de la medicalización y la
patologización de los individuos sirven para desviar la atención de las causas
ambientales del malestar, las experiencias de abuso, la deprivación y la falta de poder.
En cambio los individuos “trastornados” son culpados por las enfermedades de la
sociedad.

Starhawk (28) distingue entre poder-sobre y poder-interior y poder-con. El


poder-sobre es la dominación, la autoridad coercitiva, y su última manifestación es la
violencia. La sociedad está basada en estructuras de poder-sobre dentro de jerarquías
donde aquellos que están arriba tienen poder-sobre aquellos que están debajo. En
contraste, el poder-interior es una fortaleza interna desde un sentido de maestría
sobre la propia habilidad y el valor innato, lo cual también surge desde la sensación de
conexión con otros humanos y el entorno. Esto también es similar al concepto de
“poder personal” de Rogers (Natiello, 2001; Rogers, 1978).

El poder-con es el poder de los individuos, dentro de un grupo de iguales, para


sugerir y ser escuchado. Esto es reminiscente al concepto de poder por colectividad y
consenso de Arendt (1986). Arendt enfatiza el “enorme potencial” en el poder de la
mutualidad y de la gente actuando en conjunto para el beneficio de todos. Estos tres
aspectos del poder están interrelacionados. Las personas tienen menos necesidad de
tomar poder-sobre otros cuando ellos tienen un fuerte sentido de poder-interior o
poder-con. La violencia es sólo necesaria cuando la influencia falla.

Claramente, la manera de lidiar con las dificultades que se derivan del abuso,
la deprivación y la falta de poder es no imponer más poder y control a través del
sistema psiquiátrico. Los sistemas psiquiátricos son mucho más exitosos en controlar
personas que experimentan malestar que en ayudar a aliviar tal malestar. Un ejemplo
de esto es la respuesta común a la auto-flagelación dentro de los hospitales
psiquiátricos, donde los pacientes son puestos en “observación” para tratar y prevenir
la auto-flagelación. Sin embargo, raramente hay intervenciones para ayudar a los
pacientes con su malestar subyacente. O, cuando estas intervenciones están
disponibles, los pacientes a menudo son forzados a hablarle al equipo, independiente
de si quieren o no. No podemos resolver el malestar (como opuesto a ejercer un rol
policial sobre el malestar) al tomar más poder-sobre las personas (Proctor, 2002;
Starhawk, 1987). Una relación donde el poder del individuo no es arrebatado y donde
él es tratado con respeto, provee la mejor oportunidad para que las personas sanen de
las experiencias y desarrollen otras formas de sentir su propio poder-interior, en lugar
de tener poder-sobre otros.

Trabajando dentro del contexto actual.

El contexto de trabajo de control médico y social actual produce dificultades


particulares y reprime a los practicantes que quieren trabajar de un modo centrado-
en-la-persona o con marcos de trabajo éticos que priorizan la autonomía, el control y
la elección del cliente. Sin embargo, si una persona identifica un problema por sí
misma, yo creo que es posible trabajar fenomenológicamente desde una base ética
dentro de las presiones del sistema para capacitar a las personas a realizar cambios
por sí mismos, lo que es probable que resulte en una disminución del riesgo para otras
personas. Si la salud pública puede estar focalizada sobre las necesidades del individuo
en su contexto social, los resultados fortuitos de eso son usualmente que el daño a los
otros también es reducido. Cuando se satisfacen las necesidades de las personas,
parece que es menos probable que ellos dañen a otros. Cuando las personas son
entendidas, ellas son más capaces de entender a los demás y cuando las personas son
valoradas, es más probable que valoren a los otros.

Terapia centrada-en-la-persona (TCP).

Los resultados de 40 años de investigación en psicoterapia han descubierto


consistentemente la importancia de la calidad de la relación terapéutica para la terapia
efectiva y beneficiosa. Resúmenes de estudios de resultado de investigación en los
últimos 35 años (Bozarth, 1998; Paley & Lawton, 2001) demuestran que la efectividad
de la psicoterapia depende principalmente de la relación terapéutica y de los recursos
internos y externos del cliente. En la mayoría de los casos se ha encontrado que el tipo
de terapia, las técnicas usadas, el entrenamiento o las credenciales de los terapeutas
son irrelevantes, y las más consistentes variables relacionadas con la efectividad son la
empatía, la genuinidad y la consideración positiva incondicional. Las comunalidades de
las relaciones de terapia exitosa son consistentes con la filosofía y la teoría de la
terapia entrada-en-la-persona (PCT).

Rogers examinó metodológicamente horas de grabaciones y sesiones de


terapias transcritas para chequear cuáles eran los ingredientes de la terapia efectiva.
El resultado de esta investigación fue la descripción de las seis condiciones necesarias
y suficientes del proceso terapéutico. Luego, él elaboró esta teoría de terapia hacia una
teoría de la personalidad (Rogers, 1959). Él teorizó que estas condiciones de la terapia
servían a la tendencia actualizante a encontrar su total potencial y a funcionar tan bien
como le sea posible y para contrarrestar las condiciones de valor (Rogers, 1959.
Rogers describe estas condiciones similarmente en su “declaración de integración”
(Bozarth, 1998), donde él asegura que estas son las condiciones necesarias y
suficientes en todas las terapias.

Terapia centrada-en-la-persona y el poder.

Rogers explícitamente planteó cambiar el rol del terapeuta desde el de un


experto y apuntar hacia una relación terapéutica más igualitaria. Esto se deriva de la
filosofía subyacente en la terapia centrada-en-la-persona. Rogers (1978) sostiene que
la premisa de la tendencia actualizante desafía la necesidad de controlar a las
personas, por ejemplo, desafía:

“La visión de que la naturaleza del individuo es tal que no se puede confiar
en él – que él debe ser guiado, instruido, cuidado, castigado y controlado
por aquellos que están más alto en estatus”. (p.8)

Él explica las implicancias de esta filosofía y valora:

“La política del enfoque centrado-en-la-persona es una renuncia y una


evitación conciente del terapeuta de todo el control sobre, o decisión hecha
para, el cliente. Es la facilitación del auto-poseerse del cliente y de las
estrategias por las cuales esto puede obtenerse; el lugar del locus de la
toma de decisiones y la responsabilidad para los efectos de esta decisiones.
Es políticamente centrado en el cliente” (Rogers, 1978; p.14).

Esta confianza en el proceso del cliente lleva a la actitud no-directiva. La actitud


no-directiva es una manera en que los terapeutas expresan su compromiso para evitar
el desempoderamiento del cliente (Brodley, 1997). En este sentido la TCP es una
ruptura radical de las dinámicas de poder en la terapia. Natiello (2001) (p.11) explica
que, “Tal postura está en conflicto radical con el prevaleciente paradigma de poder
autoritario”. Yo argumento que el objetivo del terapeuta centrado-en-la-persona es
reducir el “poder-sobre” el cliente tanto como sea posible y maximizar el “poder-
interior” tanto del cliente como del terapeuta y el “poder-con” en la relación
terapéutica (Proctor, 2002).

Rogers afirma que la oposición a la terapia centrada-en-la-persona surge


‘principalmente debido a que choca como un golpe vergonzoso contra el poder del
terapeuta’ (Rogers, 1978) (p.16). Él desafía la noción de conocimiento experto que da
poder, y cree en el conocimiento y el poder que viene de la congruencia, que:

“en la medida que un individuo funcione de una manera unificada, tenemos


la mejor posible base para la acción sabia. Es un proceso de base, no una
base de autoridad estática. Es una confianza que no descansa en el
conocimiento ‘científico’” (Rogers, 1978; p.250).

Principios éticos.

El principio ético fundamental detrás de la TCP es el de la autonomía del cliente


como opuesto al principio moral de beneficencia (hacer lo que se juzga como mejor
para el cliente) empleado por muchos otros modelos de terapia. Muchas personas han
tenido demasiadas experiencias en que otros les dijeron qué hacer (personas tomando
“poder-sobre”) y demasiadas pocas experiencias en que realmente confiaran en ellas y
ayudadas para decidir qué es lo correcto para ellas mismas (experimentar su “poder-
interior”). Este es probable que sea particularmente cierto para clientes en un contexto
forense.

Siguiendo el principio ético de autonomía está el énfasis sobre el consentimiento


informado y la apertura y la honestidad de los clínicos. Debido a las muchas razones
por las cuales la mayoría de los clientes no confiarán en personas en autoridad, estos
principios dan al clínico un buen comienzo al proveer una inusual base de honestidad
para una relación en un servicio que está demasiado a menudo basado en el secreto y
la autoridad. Paul sólo estaba de acuerdo en trabajar conmigo sobre la base de que él
viera cada cosa que yo escribía en su expediente, incluida las cartas a otros
trabajadores. Esto fue como resultado de haber tenido previamente diversos informes
escritos acerca de él que habían sido usados para propósitos legales, que lo habían
etiquetado con muchos diagnósticos y juicios personales, incluido el de ser “psicópata”
y sugiriendo que cualquier tipo de tratamiento o terapia estaba condenada a fallar ya
que no había ninguna esperanza de que él cambiara.
El proceso de la terapia centrada-en-la-persona.

Rogers (1959,1961) describe el proceso que característicamente atraviesa un


cliente que experimenta las condiciones facilitadoras de la terapia. Los resultados
característicos de la terapia (como generalizaciones desde la investigación) no llevan al
terapeuta a abrazar objetivos para el cliente sino que sencillamente describen cambios
que son probables que ocurran como un resultado de las condiciones facilitadoras.
Durante el proceso de terapia, es probable que el cliente esté más conciente de su
experiencia interna y sea capaz de experienciar adecuadamente sus percepciones. En
reciprocidad con las actitudes experimentadas por el terapeuta hacia el cliente, es
probable que el cliente progresivamente sienta una auto-valoración positiva, sea
progresivamente libre de ser él mismo y se entienda a si mismo mejor. En reciprocidad
con estos cambios hacia si mismo, también es probable que el cliente experimente una
consideración y entendimiento más positivo hacia los otros.

Este proceso puede ser relevante de muchas maneras para los clientes que son
rabiosos. En el proceso de percibir y entender más adecuadamente su experiencia
interna, es probable que el cliente esté mejor al identificar todos sus sentimientos en
reacción a sus experiencias. Puede ser que clientes que previamente reaccionaban con
rabia a muchas experiencias, sean capaces de diferenciar sus sentimientos con mayor
amplitud e identificar sentimientos diferentes a la rabia, tales como el sentirse herido,
lo que ellos previamente entendían como rabia. En la medida que el cliente se siente
más congruente y experimenta más auto-consideración positiva y empatía, es menos
probable que él o ella distorsione y niegue experiencias tanto en el presente como los
recuerdos de experiencias previas. Por lo tanto, es probable que un cliente que ha
tenido experiencias que le llevaban a la rabia esté conciente de estas experiencias en
una mayor amplitud y así, quizás, experimenta más rabia; sin embargo, es más
probable que esta rabia sea experimentada y comprendida como asociada con estas
experiencias específicas. Es probable que la rabia de un cliente hacia si mismo
disminuya en la media que la auto-consideración se incremente. Es probable que la
violencia contra otras personas decrezca en la medida que el entendimiento y la
consideración positiva del cliente hacia otras aumente.

En el proceso de la TCP, Debbie elaboró sus emociones acerca de cómo su


familia la había tratado en el pasado y de cómo otros estaban tratándola actualmente;
y estaba comunicando mucho más de cuán herida y avergonzada ella se sentía en
adición a sentir rabia. En la medida que ella exploraba esto en terapia, se volvió
progresivamente capaz de hablar a otros trabajadores acerca de su malestar. Ella
también incrementó su expresión de su sentido de justicia acerca de su situación.
Durante la terapia de Debbie, ella expresó más y más detalles acerca del abuso que
ella recibió cuando niña, particularmente los aspectos de estas experiencias con las
cuales ella se sentía más avergonzada. Ella expresó su experiencia de falta de poder,
fracaso, vergüenza y gran dolor cuando su niño le fue apartado. Ella también se volvió
más conciente de cómo sus situaciones actuales tienen el potencial de causar
emociones similares a aquellas que están en relación a su experiencias de niñez. En la
medida que Debbie exploró más acerca de cómo fue tratada cuando niña y culpada por
este trato, ella empezó a desafiar más y más esta percepción y a sentir que nada que
ella haya hecho la habría llevado a merecer el abuso que ella recibió. Con el paso del
tiempo, Debbie estuvo más clara que la responsabilidad por sus experiencias de abuso
la tenían sus abusadores. Mientras ella trataba de entender por qué sus abusadores
actuaron de esta manera, su rabia hacia los abusadores no disminuyó. Sin embargo,
ella era más capaz durante el proceso de terapia de entender como no necesariamente
intencional la conducta de otros en su vida actual quienes la molestaban y le faltaban
el respeto, mientras aferrándose a su valor como persona.

En el proceso de la TCP para Paul, él pensaba más acerca de sus experiencias


de niño y cómo habido sido enseñado a ser violento desde una edad temprana. Él
exploró cómo había empezado a usar la violencia para ganar poder cuando se sentía
sin poder y para mantener a los otros apartados de él con miedo para así sentirse
menos vulnerable. En la medida que empezó a entenderse más a si mismo, también
comenzó a sentirse más positivo acerca de si mismo y a valorar sus fortalezas y sus
habilidades para adaptarse para sobrevivir. Él también se volvió más aceptante de su
vulnerabilidad y de su necesidad de otros y más abierto a los demás cuando se está
sintiendo asustado o inseguro. Cuando su ansiedad y depresión le impidieron ser parte
de la cultura de la que había sido parte, él decidió usar esta oportunidad para dejar de
ser violento y en la medida que decreció su ansiedad él sintió menos necesidad de
defenderse de esta manera. Esto fue difícil por algún tiempo debido a su dificultad de
cambiar la percepción de los otros acerca de él y de ser aún parte del mismo círculo
social. Sin embargo, con el paso del tiempo, en la medida que se hizo más abierto a
sus vulnerabilidades, él fue capaz de depender más de otros para obtener soporte
emocional y desarrolló relaciones más cercanas, las cuales nuevamente incrementaron
su autoestima. Mientras se abrió más a los otros, él encontró que las personas
cercanas hacían lo mismo que él y empezó a encontrar más fácil entender y respetar
las motivaciones y conductas de los otros.

Dificultades al trabajar con la TCP con clientes rabiosos/violentos.

Los clientes vistos en un contexto forense a menudo son dados como ejemplos
de cómo debe ser difícil mantener las condiciones actitudinales para el terapeuta en la
TCP. Los estudiantes de la TCP a menudo preguntan: ¿Cómo puedes experimentar
consideración positiva incondicional (CPI) o comprensión empática por un cliente que
ha violado o asesinado? ¿Cómo puedes ser congruente si te sientes horrorizado,
disgustado o enojado acerca de lo que tu cliente ha hecho o sentirte libre de ser tu
mismo si te sientes asustado del cliente?

Yo también pienso que mi juicio podría ser un problema antes de trabajar en


esta área. Mi objetivo inicial era no juzgar a la persona incluso si yo juzgaba la
conducta. Sin embargo, yo encontraba que incluso si yo trataba de separar la conducta
y juzgar eso, esto me prevenía de entender realmente cómo el cliente llegó a actuar de
esa forma. En lugar de eso, he encontrado que entre más dispuesto esté a cumplir las
condiciones y a entender mi cliente sin juicios, más soy capaz de realmente entender
las razones del porqué ellos han cometido las ofensas que han hecho, y al entender
eso yo encuentro muy sencillo no juzgar. En ocasiones me encuentro a mi misma
juzgando aspectos de las actitudes de los clientes y luego trabajo en supervisión qué
es lo que está impidiéndome estar más cerca para entender sus perspectivas. A partir
de eso he sido capaz de identificar, en mis creencias y experiencias, qué me impide
adentrarme en la perspectiva de individuos particulares. Sin embargo, incluso con el
cliente con quien tengo el más dificultoso entendimiento y sin juzgar (realmente no en
el contexto forense), yo aún soy capaz de continuar tratando de entender más con
supervisión regular y de estar con él lo suficiente para que él encuentre esto valioso a
pesar de mis (para mi) claras deficiencias.

Respecto de la congruencia, en ocasiones me he sentido horrorizada, furiosa o


molesta por lo que los clientes me han dicho lo que han hecho o quieren hacer,
usualmente cuando me estoy identificando con la víctima potencial en lugar de hacerlo
con mi cliente. Nuevamente, la supervisión ha sido invaluable para que yo comparta
estos sentimientos. Cuando un cliente está hablando que está considerando hacer algo
para herir a alguien ciertamente expresaré mi preocupación por la víctima potencial, si
preocuparme por la víctima me está impidiendo estar con el cliente. Luego me
concentro en tratar de entender la complejidad de su experiencia en curso y si aún
estoy preocupada al final de la entrevista de que ellos probablemente harán lo que
están planeando, discutiré mis preocupaciones de nuevo y decidiré si es necesario
informar a alguien más en línea con mis límites de confidencialidad, de los cuales mis
clientes ya estarán concientes.

Trabajando con Debbie, por algún tiempo encontré difícil entender y aceptar
cómo ella era incapaz de tomar responsabilidad por herir a la gente que ella asaltaba.
Sin embargo, con el paso del tiempo, su confusión acerca de su falta de
responsabilidad por esto, aunque fuera detenida por la policía, se hizo más clara en la
medida que ella exploró las conexiones entre su conducta actual y sus experiencias de
ser herida cuando niña y siempre creyendo que era su culpa y responsabilidad, debido
a que su conducta molestaba a su padre.

Dificultades particulares al trabajar con la TCP en un contexto forense.

En lugar de la naturaleza del cliente mismo en este sistema o las ofensas que
ellos han cometido, mi mayor dificultad al hacer PCT está en ser parte de tal sistema
coercitivo, enjuiciativo, castigador y parentalista. El estigma enfrentado por los clientes
que están o han sido parte del servicio de psiquiatría forense es inmenso, ya que el
cliente es etiquetado tanto como un criminal (malo) como un loco. Las personas en el
Reino Unido que han sido trasladados desde prisión a un contexto de salud mental son
proclives a ser encarcelados por mucho más tiempo que si ellos hubieran permanecido
en un contexto de justicia criminal, y a veces con muy poco en la línea de
“tratamiento” de la que podría ser ofrecida en una prisión estándar. Hay trabajadores
atraídos a esta área porque ellos disfrutan el poder de controlar y castigar a las
personas y toman orgullo en la imagen de “macho” de este trabajo.

Los clientes en este sistema enfrentan una gran discriminación en términos de


empleo y vivienda en adición a sus decisiones diarias sobre en quién confiar y con qué
información. Cordess (2002) localiza a las personas definidas como “criminales” y
“mentalmente enfermas” dentro de una gran historia de ser etiquetadas como
“diferentes" y por lo tanto estigmatizadas. Estos “otros diferentes” son luego
analizados “no como ciudadanos o incluso no como personas sino como problemas
para ser resueltos o confinados”. Este proceso es reminiscente del proceso de
deshumanización de aquellos que están debajo de nosotros en la jerarquía. Cordess
(2002) advierte que “más y más coerción sencillamente induce más identificación con
tales métodos coercitivos”. La coerción incrementa la falta de poder, la suspicacia, la
desconfianza y la paranoia en clientes y trabajadores por igual.

Obviamente, dentro de esta cultura y ambiente es muy difícil crear un ambiente


de honestidad, confianza, y empoderamiento dentro de la terapia. Yo dejo claro con los
clientes y los colegas que yo no tomaré parte en que los clientes sean
presionados a verme, y enfatizo su elección de elegir ser parte de la terapia. Sin
embargo, no siempre puedo ser conciente de lo que otros trabajadores le han dicho a
sus clientes o cómo ellos han tratado de “persuadir” o coercionar a sus clientes para
verme. Considerando que esto es siempre el caso en cualquier tipo de contexto de
terapia considerando otras personas en la vida del cliente, necesito trabajar más
duramente en este sistema para dar el mensaje de opción al cliente y a los colegas.

La base moral de la TCP es completamente diferente con la cultura general de


los servicios forenses en la NHS. Allí, los principios exaltados son la desconfianza del
cliente y de los profesionales expertos cuyo trabajo es proteger al público controlando
a los clientes peligrosos. Este gran foco en la protección pública a menudo es, en mi
visión, priorizado por sobre el cuidado del cliente. Si la preocupación principal del
terapeuta es reducir el riesgo y él ve al cliente como “peligroso”, las actitudes del
terapeuta en la TCP es posible que sean más difíciles de alcanzar. Para ser capaz de
trabajar hacia estas actitudes el terapeuta debe ser capaz de focalizarse sobre las
necesidades del cliente.

Los principios políticos del servicio proveen severas restricciones para el


practicante centrado-en-la-persona, y yo me esfuerzo por ser tan honesta y abierta
como sea posible con mis clientes acerca de mi rol dentro del sistema y en particular
acerca de mis responsabilidades adicionales para la protección del público. Estoy clara
acerca de los límites de mi confidencialidad y cuándo necesito alejarme de tratar de
estar con y entender al cliente para preguntar específicamente acerca del riesgo para
los demás e informar a otros acerca de estos riesgos. Sin embargo, pensar en proteger
a los otros a veces me aleja de estar con mi cliente y limita lo mucho que puedo estar
realmente con un cliente y tratar de entrar a su mundo, aunque parte de mi juzga
desde afuera si necesito evaluar el riesgo actual para los otros.

Mi confianza en el potencial innato de cada cliente para el crecimiento positivo o


el cambio (la tendencia actualizante) no significa que pueda confiar en que el cliente
no pueda ofender o dañar a otros durante su proceso de crecimiento. Ciertamente no
puedo predecir cuándo aparecerá ese proceso en el cliente, pero creerlo es la base más
confiable para el cambio positivo. Finalmente, yo confío en la tendencia innata del
cliente hacia el crecimiento que lo pondrá sobre el paso más positivo posible para él,
mejor que si yo o alguien más pudiera saber qué paso podría ser. Yo encuentro que
entre más respeto la autonomía de un cliente y trato y entiendo sus experiencias, a
menudo, más son capaces de elaborar para si mismos porqué ellos hacen las cosas
que han hecho y toman pasos para ser responsables y se detienen de herir a otros.
Incluso si ellos son incapaces de tomar esta responsabilidad, a menudo dentro del
contexto de nuestra relación, ellos están dispuestos de darme la información necesaria
para actuar y prevenir el riesgo hacia ellos mimos o hacia los otros.

Worral (2001) describe esto como sigue:

“… [La Empatía] demanda una inteligencia crítica así como también


sensibilidad emocional, cabeza así como también corazón. Demanda que
confiemos en el proceso de actualización y que al mismo tiempo que
procesamos la confianza, la critiquemos, de modo que trabajemos con los
ojos abiertos. En esta forma, lleva la filosofía del enfoque centrado-en-la-
persona y crea un espacio legítimo para el optimismo del enfoque en un
mundo que a menudo es más cínico que optimista”.

También he aprendido desde la experiencia la importancia de la claridad


considerando la diferencia entre entender los sentimientos de rabia o de deseo de
herir a otro y actuar sobre la base de los planes de alguien para hacer eso
inmediatamente. Yo actúo dentro de la TCP cuando trato y entiendo los sentimientos
de alguien y luego puedo necesitar clarificar si yo también tengo una carga de
protección pública para actuar desde ella. A veces, no es claro si los clientes están
expresando sus sentimiento de rabia hacia las personas (lo cual pudiera requerir TCP),
o si ellos están declarando intenciones de herir a otros (lo cual podría requerir mi
acción de informar a alguien). En estos momentos, yo clarifico con mis clientes el
significado de sus comunicaciones y si hay cualquier intención de actuar.

Conclusión.

La rabia y la violencia son experiencias humanas que necesitan ser entendidas


dentro del contexto cultural de cada individuo. Trabajar con gente rabiosa dentro de
los servicios forenses plantea muchas dificultades como resultado del contexto social y
cultural del sistema. El asunto del poder penetra el sistema dentro del cual trabajo y
los objetivos duales de tratamiento y control a menudo son opuestos. Trabajar en
servicios forenses con el enfoque centrado-en-la-persona es un desafío constante. Esta
cultura hace mi aproximación aún más esencial para tratar y proveer una experiencia
más empoderadora para los clientes. Yo encuentro que este trabajo es posible si yo me
identifico firmemente con mi cliente y trato de estar ahí para sus necesidades.

Sin embargo, en mi sistema de salud mental ideal, yo estaría disponible a


proveer un servicio más efectivo y empoderador para clientes que experimentan
dificultades con la rabia.

Trabajar éticamente con clientes que están experimentando rabia necesita


claridad acerca de quién tiene el problema. Los servicios de salud mental necesitan
establecerse con la prioridad de reducir el malestar, dejando el rol fiscalizador y la
protección pública al sistema de justicia criminal. Sólo si dejamos los problemas de la
violencia que daña a otros al sistema de justicia criminal, pueden los servicios de salud
mental darle a los clientes rabiosos como Debbie y Paul la consideración que ellos se
merecen, sin asumir la negatividad necesaria de la rabia y tratando de entender las
experiencias en lugar de condenarlas y controlarlas.

Referencias.

1. Blumenthal, S. (2002). Editorial: violence and its institutions. Criminal Behavior


and Mental Health. 12 (2): S1-S4.
2. Kurtz, A. (2002). A psychoanalytic view of two forensic mental health services.
Criminal Behavior and Mental Health
3. Zigmond, A. (2002). Mental health legislation – my patients and me. Make up
your mind – conference on the Reform of Mental Health Law and Mental
Incapacity.
4. Cordess, C. (2002). Proposals for managing dangerous people with severe
personality disorder: New legislation and new follies in a historical context.
Criminal Behavior and Mental Health. 12 (2): S12-S19.
5. Home Office (2000). Criminal Justice and Court Services, Act 2000. TSO,
London.
6. Burns, J. (1992). Mad or just plain bad? Gender and the work of forensic clinical
psychologists. In: J. Ussher and P. Nicolson (eds.) Gender Issues in Clinical
Psychology. Routledge, London.
7. Foucault, M. (1977a). Discipline and Punish. Penguin Press, London.
8. Foucault, M. (1977b). Madness and Civilization. Tavistock, London.
9. Boyle, M. (1999). Diagnosis. In: C. Newnes, G. Holmes and C. Dunn (eds.).
This is Madness: A critical look at psychiatry and future of mental health
serivices. PCCS Books, Roos-on-Wye.
10. Shaw, C. & Proctor, G. (2004). Hidden agenda: A critique of borderline
personality disorder. Asylum (in Press).
11. Pilgrim, D. (1987). Psychotherapy and Society. Sage, London.
12. Szasz. T. (1997, first published 1970). The Manufacture of Madness: A
comparative study of the inquisition and the mental health movement. Syracuse
University Press. Syracuse, NY.
13. Newnes, C., Holmes, C. (1999). The Future of Mental Health Serives. C.
Newnes, G. Holmes and C. Dunn (eds.). This is Madness: A critical look at
psychiatry and future of mental health serivices. PCCS Books, Roos-on-Wye.
14. Fernando, S. (1991). Mental Health, Race and Culture. Macmillan/MIND,
London.
15. Indermaur, D. (1999). Perceptions of violence. Psychiatry, Psychology and Law.
3(2): 129-41
16. Kring, A. (2000). Gender and Anger. In: A. Fischer (ed.) Gender and Emotion:
Social psychological perspectives. Cambridge University Press, Cambridge.
17. De Zulueta, F. (1993). From Pain to Violence: The traumatic roots of
destructiveness. Whurr, London.
18. Schieman, S. (2000). Education and the activation, course and Management of
anger. Journal of Health and Social Behavior. 41(1):20-39.
19. Brantlinger, E. (1993). Adolescents’ interpretation of social class influences on
schooling. Journal of Classroom Interaction. 28(1):1-12.
20. Brantlinger, E. (1991). Social class distinctions in adolescents’ reports of
problems and punishment in school. Behavioral Disorders. 17(1): 36-46.
21. Suter, J.M., Byrne, M.K., Byrne, S., et al (2002). Anger in prisoners: women are
different from men. Personality and Individual Differences. 32(6): 87-100.
22. Chesler, P. (1972). Women and Madness. Doubleday, New York.
23. Walsh, M. (1995). The relationship of exposure to community violence with
post-traumatic stress disorder and expression of anger in adolescents.
Dissertation Abstracts International. 56(5-A): 1998.
24. Finkelhor, D. (1986). A sourcebook on Child Sexual Abuse. Sage, London.
25. Proctor, G. (2002). The Dynamics of Power In Counseling and Psychotherapy:
Ethics, politics, and practice. PCCS Books, Ross-on-Wye,
26. Proctor, G. (2002). Therapy in the NHS: Who’s got the power? Healthcare
Counseling and Psychotherapy Journal. 2(4): 26-9.
27. Smail, D. (1987). Psychotherapy as subversion in make-believe world.
Changes. 4(5):398-402.
28. Starhawk (1987). Truth and Dare: Encounters with power, authority and
mystery. Harper and Row, San Francisco.
29. Natiello, P.(2001). The Person-Centered Approach: A passionate presence.
PCCS Books, Ross-on-Wye.
30. Rogers, C.R. (1978). Carl Rogers on Personal Power. Constable, London.
31. Arendt, H. (1986). Communicate power. In: S. Lukes (ed.) Power. Basil
Blackwell, Oxford.
32. Bozarth, J. (1998). Person-Centered Therapy: A revolutionary paradigm. PCCS
Books, Ross-on-Wye.
33. Paley, G. & Lawton, D. (2001). Evidence-based practice: accounting for the
importance of the therapeutic relationship in UK National Health Services
therapy provision. Counseling and Psychotherapy Research. 1 (1): 12-17.
34. Rogers, C.R. (1959). A theory of therapy, personality and interpersonal
relationships as developed in the client-centered therapy framework. In. S.
Koch (ed.) Psychology: a study of a science, Vol. III: Formulations of the
Person and the Social Contexts. McGraw-Hill, New York and London.
35. Rogers, C.R. (1957). The Necessary and sufficient conditions for therapeutic
personality change. Journal of Consulting Psychology. 21:95-103.
36. Bodley, B.T. (1997). The non-directive attitude in client-centered therapy-The
Person-Centered Journal. 4(1): 18-30.
37. Rogers, C.R. (1961). On becoming a person: a therapist’s view of
psychotherapy. Constable, London.
38. Worral, M. (2001). Supervision and empathic understanding. In: S. Haugh and
T. Merry (eds.) Rogers’ Therapeutic Conditions: Evolution, theory and practice.
Vol.2: Empathy. PCCS Books, Ross-on-Wye.

(*) Traducción: Luis Robles Campos (2010).


Psicólogo, Universidad de Tarapacá, Arica – Chile.
Fousing Trainer acreditado, Focusing Institute, New York.
Estudiante de Magíster en Psicología Clínica Adultos,
Universidad de Chile – Santiago de Chile.
luisrobles1977@gmail.com