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ARQUÍMEDES

Matemático y físico griego


(287-212 a. de C.)

Por: Eduardo Congrains Martín

(Colección “Grandes Hombres de la Historia”. Tomo II. Científicos)


Roma y Siracusa1 se habían enfrentado durante más de tres años en diversos
campos de batalla para lograr el dominio de la península griega. El poderío romano se
había logrado imponer a la larga, y la heroica Siracusa se encontraba ahora sitiada por el
poderoso invasor. Paradójicamente uno de sus más brillantes defensores no era un
guerrero, sino por lo contrario, uno de los más destacados sabios que haya habido en la
humanidad: Arquímedes.

Arquímedes había dedicado su vida —tenía 75 años a la caída de Siracusa—, a la


causa de la ciencia en su más pura expresión; por lo general se fija la fecha de
nacimiento de este singular científico en el año de 287 a. de J.C., su padre fue el famoso
astrónomo Fidias, el que evidentemente influyó en la vocación y formación científica de
Arquímedes, quien desde joven estudió en Alejandría, donde hizo amistad con varios
maestros alejandrinos, la que mantendría a lo largo de su vida, intercambiando
informaciones científicas. Sus maestros fueron los sucesores del gran Euclides2; Conon
de Samos3 y, a la muerte de éste, Dositeo de Pelusa y Eratóstenes 4. A su retomo a
Siracusa dedicó su vida a la investigación científica, y evadiéndose de los naturales
goces de la vida se concentró en la creación de una ciencia de líneas y números, en una
época en que no existían los mismos; a lo menos como los conocemos actualmente.

La obra de Arquímedes nos llena de admiración cuando reparamos que creó sus
teoremas con los escasos recursos de la tradición griega, y que no contó (o cuando
menos no utilizó), el símbolo del cero en sus cálculos. Arquímedes, acentuó las nueve
primeras letras del alfabeto griego y les adjudicó un valor numérico, que era el
correspondiente a los actuales valores del uno al nueve. A las siguientes nueve letras
acentuadas les fueron adjudicadas las decenas; o sea, del diez al noventa. A las últimas
nueve letras acentuadas les correspondió el valor de las centenas; del cien al
novecientos. No conocía los decimales y, obviamente desconocía los principios de la
multiplicación y de la división. Trabajando dentro de las limitaciones que acabamos de
ver, es que Arquímedes logró crear la base de la geometría actual, a la vez que, por
méritos propios, inscribía su nombre en la aún pequeña relación de sabios. Su genio, su
talla de profundo innovador, se encargarían de ir revaluando continuamente la figura de
Arquímedes, hasta que se le reconociera como uno de los más brillantes sabios que se
haya visto en nuestro mundo.

Pese a que toda su vida trabajó, creó e investigó y que los trabajos suyos que
lograron sobrevivir al implacable paso del tiempo aún llenan de asombro a quienes los
estudian, es su intervención en la guerra contra Roma la que ha acaparado la atención de
la mayoría de sus biógrafos. Su vida, al igual que la de otros sabios, fue embellecida o
deformada por la imaginación popular, vistiéndola con anécdotas más o menos
verosímiles y exaltándola con elogios tales que la impregnaron en muchas
oportunidades de una atmósfera sobrenatural. Sin embargo, nosotros consideramos que

1
Siracusa, ciudad y puerto de la costa sudeste de Sicilia, junto al mar Jónico, fundada hacia el año 734 a.
de C. por colonos corintios.
2
Euclides, geómetra griego, el primero que ofreció demostraciones rigurosas de los teoremas
geométricos. Residió en Alejandría llamado por Ptolomeo I para abrir una escuela de matemáticas. Se le
supone natural de Tiro y vivió entre los siglos IV y III a. de C.
3
Conon de Samos, astrónomo y matemático griego del siglo III a. de C. de quien no nos ha quedado obra
alguna escrita y solo sabemos de ella por referencias de otros autores posteriores.
4
Eratóstenes, astrónomo, geólogo, matemático y filósofo griego (h. 284-192 a. de C.), natural de Cirene.
Dirigió la biblioteca de Alejandría y calculó con gran exactitud la circunferencia de la Tierra. Se dejó
morir de hambre a la edad de 80 años.
la intervención de Arquímedes en la guerra contra Roma fue tan sólo, reflejo de lo que
las circunstancias requerían de su intelecto.

Arquímedes nunca cesaba de estudiar, crear y elaborar teoremas nuevos; para huir
de la lógica fatiga mental que le causaba sus prolongados estudios, solía emprender
nuevos y diferentes trabajos. A él se le atribuye el primer planetario de que se tenga
conocimiento en la historia de la humanidad. En dicho planetario no sólo estaba
reproducido el espacio sideral, sino que figuraban (aparte del satélite de la tierra), los
planetas hasta ese entonces conocidos: El Sol, Saturno, Marte, Júpiter, Venus y
Mercurio. La disposición de las esferas representativas de aquellos planetas no era
arbitraria, ni en cuanto al volumen propio se refiere o en cuanto a la distancia que los
separaba, pues todo estaba en relación a la escala que había elaborado Arquímedes,
quien igualmente logró un movimiento armonioso de todo este conjunto de esferas
mediante un control de rotación, en el que se regulaba las diferentes velocidades con
que giraban los cuerpos celestes allí representados.

Los contemporáneos de Arquímedes insinuaron que había construido aquel


planetario por un simple motivo de diversión; sin embargo, como es fácil comprender,
existía una incomprensión absoluta por las complicadas lucubraciones del sabio. Su
propio genio natural lo aprisionó y excluyó del mundo de sus congéneres. Una
inteligencia de su talla destacaba nítidamente en una época en que las preocupaciones
vitales eran la trivialidad y frivolidad; el universo de Arquímedes era propio y natural.
Alguien definió el exilio del sabio dentro de sí mismo como: “El deporte de un espíritu
gigante recreándose con su grandeza”

Lo que fue incomprendido en vida, fue alabado y realzado a su muerte. El tribuno


Cicerón al examinar la obra de Arquímedes y, muy especialmente el planetario,
describió con gran admiración los trabajos del sabio desaparecido, lamentándose que tal
hecho hubiese acaecido a manos romanas:

“... la luna realiza tantas rotaciones atrás del Sol, en el


mecanismo de bronce, cuantos días ella quedaba atrás del Sol
en el cielo. Asimismo cuando un eclipse de Sol se manifestaba
en el planetario de Arquímedes, en el espacio se escenificaba el
auténtico…”

Al estudiar las leyes del movimiento sideral desde su planetario, Arquímedes pudo
elaborar el principio científico que conmovió al mundo de aquel entonces:

“Dimensiones inconmensurables se equilibran a distancias


inversamente proporcionales a sus respectivas gravedades”.

Partiendo de aquel principio Arquímedes pudo encaminarse hacia los


fundamentos de la fuerza utilizando la palanca como punto de apoyo. Llegó a escribir al
respecto un completísimo tratado, que desgraciadamente fue destruido en la toma de
Siracusa, teniéndose conocimiento de tal trabajo, sólo por los resúmenes que nos
legaron sus más allegados discípulos. Tan perfecto era su teorema y tan útiles sus
múltiples aplicaciones, que pese al avance de la ciencia y la técnica, la ley enunciada
por el sabio siracusano permaneció inamovible y actuante hasta 1590.
La confianza depositada por Arquímedes en la fuerza de los elementos
establecidos en relación al impulso de la palanca y la polea era tal, que en un arranque
de euforia lanzó un reto que iba en contra del orden vigente de la matemática:

“Pa bo, kai tan gan kino”.

La frase expresada en el dialecto dórico-siciliano, era no sólo una propuesta sino


también un acto de fanfarronería:

“Denme un punto de apoyo y levantaré el mundo”.

Aquello era no sólo una peligrosa confesión de absoluta confianza en sus


principios, sino también una promesa. El mundo rió. Arquímedes esperó. La
oportunidad de demostrar públicamente su tesis surgió cuando los ingenieros navales
del rey Hierón5 se arriesgaron a confesarle su carencia de recursos técnicos para lanzar
al mar un nuevo carguero. El vital comercio del trigo (sujeto a los azahares de la
cosecha, de la travesía y del tiempo que reinase sobre el mar), obtendría mayor
seguridad y ahorraría preocupaciones, tanto al gobierno como al pueblo, si grandes
transportes fuesen empleados en su traslado. La idea de los grandes cargueros de trigo
fue llevado a los extremos en los astilleros de Siracusa. Se construyó un barco de
dimensiones tan voluminosas, que ninguno de los procesos conocidos tuvo la suficiente
fuerza para lanzarlo al mar. De esta manera el enorme barco se mantuvo en el dique
seco en espera de quien fuese capaz de arrancarlo de allí.

El rey Hierón mandó convocar a Arquímedes para plantearle el problema surgido


ante la incapacidad de sus ingenieros navales. Más que consulta fue, en realidad, una
requisitoria para que se hiciese cargo del insoluble problema. Con objeto de trasladar el
barco a su lecho marítimo, Arquímedes puso en práctica la teoría de “que con una
potencia dada se puede mover un peso igualmente dado”. Iniciando sus trabajos hizo
rodear el carguero de gruesas cuerdas, luego unió éstas con una cuerda central de mayor
grosor aún, ligando ésta a un conjunto de poleas que iba a un travesaño construido de
acuerdo a especificaciones precisas; de dicho travesaño sobresalía una punta de la
cuerda central, de la cual y, a una orden de Arquímedes, un reducido grupo de sus
ayudantes jaló, fuerza que fue trasmitida a través de la polea a las cuerdas que rodeaban
el navío, el que, lentamente, comenzó a desplazarse hacia su definitivo lecho marítimo.

Tal hazaña marcó un hito en la vida de Arquímedes. El pueblo lo veneró como a


un mago dotado de poderes sobrenaturales. El rey vio en él un súbdito tan útil que
mediante un decreto determinó que a partir de aquella fecha nadie podría dudar de las
palabras o afirmaciones de Arquímedes.

Al genio de Arquímedes se deben multitud de descubrimientos; entre ellos uno de


los más importantes e inmutables es el del principio mecánico de la hidrostática. El
descubrimiento de dicho principio se debió a un nuevo requerimiento de su ya amigo el
rey Hierón, quien había determinado mandar confeccionar una nueva corona real, en la
que se emplearía más oro y riquezas que en la anterior, pero con natural desconfianza
ordenó a los sabios de su corte que verificasen si los orfebres empleaban realmente la
5
Hierón II, tirano de Siracusa desde el 265 al 216 a. de C. Se alió con los cartagineses durante la primera
guerra púnica y fue derrotado por Roma (264). Luego solicitó la alianza de los romanos a cambio de la
cual fue obligado a pagar una gran suma de dinero y a liberar a los prisioneros de guerra
cantidad de oro que se había destinado a la nueva corona. Los encartados de la
investigación agotaron sus recursos técnicos sin lograr darle al rey una respuesta
concluyente.

El rey, que sólo recurría a Arquímedes en casos extremos, requirió, una vez más,
del genio de su amigo. Hierón no sólo le entregó la corona ya terminada sino un
problema de difícil solución: determinar si en la confección de la misma había sido
empleada la totalidad del oro destinado a tal fin.

Uno de los secretos y una de las mejores definiciones que respecto a los sabios se
haya escrito es aquella que uno de ellos acotó:

“El inventor debe tener un 90 % de empeño en la solución del


problema y un 10 % de felicidad para reconocer el momento en
que la solución está próxima”.

Dicha fórmula se puede emplear en este caso. Arquímedes, ya en posesión de la


corona, se dedicó al estudio físico de la misma, estudió donde ya habían fracasado los
sabios de la corte real. La tradición (puesta esta vez en boca del circunspecto y
generalmente verídico Vitruvio6), nos narra que Arquímedes comenzó a reconocer el
camino de la solución cuando agotado por los inútiles estudios físicos de la corona, fue
en procura de un reparador bailo de agua caliente. En el momento de entrar a la bañera
percibió que su cuerpo era más leve que de costumbre. ¿Pero cuanto más leve? ¿El que
su cuerpo pareciese perder peso, era realidad o impresión? Además, de ser cierto el
fenómeno… ¿se manifestarla en otros cuerpos… por ejemplo con la corona del rey
Hierón?

De inmediato se abocó al estudio del fenómeno recién percibido. No tardó mucho


en ofrecer al mundo un primer ensayo de la nueva ley de la “hidrostática”; ley que hasta
nuestros momentos es utilizada sin mayores alteraciones y, que es elemento primordial
en la construcción de barcos y de múltiples aplicaciones. Una ley simple pero definitiva:

“Un cuerpo sumergido en el agua pierde su peso, tanto cuanto


pesa el agua desplazada por aquel cuerpo”.

Pero continuemos con el problema de la corona real. Ya en posesión de aquel vital


principio, para Arquímedes la solución final fue rápida y relativamente fácil. Primero
comparé los pesos del oro y la plata, comprobando que esta última al poseer mayor
volumen, desplazaba a su vez una mayor cantidad de agua al ser sumergida. Ya con la
seguridad que estos datos le proporcionaban, acudió a donde el rey y le solicitó que le
entregasen una cantidad de oro idéntica a la proporcionada a los orfebres de la corona.
En presencia del rey, Arquímedes sumerge el oro y mide el volumen del desplazamiento
que causa, luego sumerge la corona y rápidamente verifica que el volumen del agua
desplazada por la real corona es muy superior a la que causó la inicial inmersión del oro
que se le proporcionó. Conclusión lógica: en la confección de la corona del rey Hierón,
los orfebres habían sustraído cierta cantidad de oro, reemplazándolo con plata de menor
valor. Desgraciadamente Vitruvio no nos narra el final que el rey destinó a los
mistificadores de su real corona, así como tampoco no dice la cuantía de la recompensa
6
Marco Vitruvio, arquitecto romano del siglo I a. de C. Autor del tratado De architectura (diez libros),
sobre técnicas de ingeniería e hidráulica, único conocido de la antigüedad clásica.
que alcanzó la sapiencia de Arquímedes.

Otro invento de enorme utilidad que es atribuido a Arquímedes, es el aparato


hidráulico conocido con el nombre de “tornillo de Arquímedes”. Al respecto el
historiador Diodoro de Sicilia7, nos dice lo siguiente:

“El terreno aluvional y bien regado del Nilo produce frutos


variados y abundantes. En él, el Nilo deposita anualmente,
después de las crecidas, un nuevo limo y los habitantes pueden
regar fácilmente toda la isla mediante la máquina construida
por Arquímedes de Siracusa y que por su forma, lleva el
nombre de caracol”.

Plutarco8 nos ofreció una visión de la personalidad, del genio y de su enorme


fuerza interior; la que es muy interesante dado que Arquímedes fue siempre un recluso
de sí mismo; además sólo tenía contactos con la más alta élite cultural y científica de su
época. La descripción de Arquímedes se encuentra en el consultado libro de Plutarco,
Vidas célebres:

“Tenía el espíritu tan elevado, el alma tan profunda que


disponía de los más grandes tesoros de la sabiduría. No es
7
Diodoro de Sicilia o Diodoro Sículo, historiador griego del siglo I a. de C. autor de una Biblioteca
Histórica, una historia universal que abarcaba desde la época mítica hasta la conquista de las Galias por
César.
8
Plutarco, historiador griego nacido en Queronea, célebre por sus biografías de grandes hombres griegos
y latinos, reunidas con el título de Vidas paralelas y en las que se asocian los destinos de Alejandro y
César, Alcibíades y Coriolano, Demóstenes y Cicerón, etc. Igualmente se le deben varios escritos de
carácter filosófico (205-270).
posible encontrar en toda la historia de la geometría problemas
más difíciles e intrincados; o explicaciones más simples y
lúcidas. Algunos lo podrán atribuir a su genio natural, otros
juzgan que aquella facilidad es el lógico resultado de un
increíble esfuerzo y trabajo constante. Arquímedes siempre
repudiaba como algo sórdido e innoble todo arte que se
prestase a fines de lucro; canalizó su interés y ambición en las
más puras investigaciones, sin dar ninguna importancia a las
vulgares necesidades de la vida. Efectuaba estudios cuya
superioridad sobre los demás era indiscutible, estudios en los
cuales la única duda fue sobre que merecía mayor atención: si
la grandeza del tema tratado, o la precisión y fuerza de los
métodos y procesos probados”.

La obra de Arquímedes se destaca nítidamente con caracteres propios frente a la


obra de los otros dos grandes matemáticos de la época alejandrina: Euclides y
Apolonio9. Euclides es el maestro por excelencia; en su producción se destaca por su
importancia y trascendencia una obra: Los elementos, en que ha compilado todo el
conocimiento matemático original; la obra es, para decirlo en términos modernos, un
libro de texto. Apolonio, que es posterior a Arquímedes, constitúyese en uno de los más
grandes maestros de matemática que haya existido en la antigüedad; en su obra destaca
una extensa monografía: las Cónicas.

En cambio la producción de Arquímedes nos muestra exclusivamente al


investigador. Sus obras son verdaderas memorias científicas, trabajos originales en los
que se da por conocido todo lo producido antes sobre el tema, y se aportan elementos
nuevos, propios. En su obra, los escritos aparecen algo inconexos en lo referente al
tema, ninguno de ellos tiene una trascendencia especial; todos son igualmente
importantes, pues todos son originales y representan una contribución, un método, una
idea nueva. Arquímedes escribió en su dialecto dórico, continuando rigurosamente el
método euclideano de fijar previamente las hipótesis que postulaba, a las que seguían
los teoremas cuidadosamente elaborados y terminados, en los que por lo general, el
proceso de su obtención parece deliberadamente oculto, hecho que unido a la dificultad
a veces intrínseca del tema, hace pesada y nada fácil la lectura de sus tratados.

La índole misma de los trabajos de Arquímedes, así como su elaboración no


permiten encontrar fácilmente entre ellos un nexo lógico o cronológico; por otra parte se
han perdido muchos de los trabajos, teniéndose referencia de algunos de ellos, apenas si
por resúmenes; lo que dificulta más el establecer una relación. Nosotros vamos a
reseñar brevemente las diez principales obras del genial sabio siracusano:

1. De la esfera y el cilindro: Este tratado puede considerarse como un


complemento de Los elementos, en lo referente a la geometría del espacio, pues trata de
las áreas y volúmenes de los cuerpos redondos. Este es uno de los más hermosos
escritos de Arquímedes; algunos de sus resultados, tales como el área lateral del cono y
del cilindro y el área de la esfera se han incorporado a nuestra geometría elemental;
otros resultados presentan tal sencillez y simetría que se explica el deseo de Arquímedes
de que quedaran eternamente grabados sobre su tumba.

9
Apolunio de Perga o de Pérgamo, matemático y astrónomo griego alejandrino (262-180 a. de C.).
Discípulo de Arquímedes. Autor de un tratado sobre las cónicas.
2. De los conoides y de los esferoides: Este trabajo, cuyo título contiene nombres
actualmente inusitados, es en cierta forma una continuación del anterior, pues estudia
las propiedades y comparaciones de otros sólidos que trascienden la geometría
elemental.

3. De las espirales: En este trabajo nos ofrece y sustenta una definición de la


espiral: figura descripta por un punto que se mueve a partir de un punto fijo,
paralelamente a una línea recta, la cual a su vez, también gira en un plano uniforme
alrededor del mismo punto fijo. Sirviéndose de un método que tiene mucho que ver con
el del cálculo diferencial, atinge el área circunscrita por una curva espiral y por los rayos
vectores.

4. De la medida del círculo: Este trabajo es uno de los más breves de


Arquímedes. Aquí desaparecen las limitaciones de la matemática griega frente a la
logística, y a la separación entre aritmética práctica y geometría. En un alarde de
capacidad técnica combina la matemática exacta y la aproximada, la aritmética y la
geometría para impulsar y encaminar en una nueva dirección el clásico problema de la
cuadratura del círculo.

5. El arenario: Más que una memoria científica, en el estricto sentido de la


palabra, es una genial prueba de la versatilidad de Arquímedes, quien persiguiendo una
finalidad didáctica realiza un estudio en el que crea un sistema de numeración propio,
que le permite calcular y, sobre todo, designar grandes numeraciones. Allí mismo
también establece una serie de consideraciones astronómicas de enorme importancia
histórica, pues alude al sistema heliocéntrico de la antigüedad, atribuido a Aristarco de
Samos10.

6. Cuadratura de la parábola: El interés de este trabajo es doble; pues por un


lado ofrece el primer ejemplo de cuadratura, o sea, de la determinación de un polígono
equivalente, de una figura plana mixtilínea (las lúnulas de Hipócrates habían sido las
primeras curvilíneas): el segmento de la parábola. Por otro lado, realiza la demostración
geométrica de la teoría de la palanca y de los centros de gravedad, que ya había
estudiado en otros tratados. Por lo general se considera que este trabajo forma parte
integrante de los escritos de Arquímedes sobre la estática.

7. Del equilibrio de los planos: Este trabajo, cuyo título en griego tendría más de
una acepción, es el primer tratado científico de estática que se haya conocido. Aunque
difiere mucho con los principios de estática que figuran en los actuales libros de
mecánica, pues Arquímedes construyó su estática a la manera euclideana, con
definiciones y postulados.

8. De los cuerpos flotantes: En este trabajo se sientan las bases científicas de la


hidrostática. El actualmente llamado “principio de Arquímedes”, figura en la primera
parte de este tratado; en la segunda parte estudia las condiciones de equilibrio de un
segmento de paraboloide de revolución, sumergido en un líquido más denso.
Independientemente de la enorme importancia mecánica de estos estudios, los que
involucran la actual teoría del “metacentro”; es aquí donde Arquímedes realiza sus

10
Aristarco de Samos, astrónomo griego (310-230 a. de C.), quien formuló por primera vez la teoría
heliocéntrica (la Tierra girando sobre sí misma y alrededor del Sol). Calculó las distancias y el tamaño de
al Tierra, el Sol y la Luna.
mayores proezas desde el punto de vista matemático.

9. Del método relativo a los teoremas mecánicos: Este trabajo generalmente se


cita solamente con el nombre inicial: El método, el que sólo se conoció a principios de
este siglo. Este trabajo es en realidad una larga carta dirigida a Eratóstenes, donde realza
la gran ventaja que existe para la geometría en dedicarse a los experimentos mecánicos.
En este valioso trabajo Arquímedes marca definitivamente la diferencia de métodos
entre la ciencia antigua y la actual: “… la primera toleraba la práctica por amor a la
comprensión teórica; la segunda toleraba la teoría por amor a posibles resultados
prácticos”.

10. El Libro de los lemas: Este último trabajo de Arquímedes es la reunión de


diversas proposiciones de geometría plana, sin mayor conexión entre sí. Es probable
que algunas de las proposiciones allí incluidas no sean de Arquímedes, sino de origen
árabe.

Aparte de los trabajos reseñados, existe una serie de escritos perdidos y otros
falsos que le son atribuidos; de los primeros se tiene noticia bien por el mismo
Arquímedes o bien a través de fuentes griegas o árabes.

En efecto, Arquímedes en El arenario deja testimonio de que había redactado y


dirigido a Zeusipo un escrito aritmético: Los principios, en el que trataba la
denominación de los números. Por otra parte, en la “Cuadratura de la parábola” se
encuentran referencias (que se corroborarían con otros testimonios) de que habría
existido una obra sobre la mecánica, y que sería anterior a la del Equilibrio de los
planos, en la que probablemente Arquímedes da la definición del centro de gravedad
que no se encuentra en aquel.

Son muchas las obras atribuidas a Arquímedes, pero hay pocas posibilidades que
todo lo atribuido sea de él; Teón de Alejandría11 le atribuye un escrito sobre óptica; Papo
de Alejandría12 asevera la autoría de Arquímedes sobre una obra respecto a los poliedros
regulares. Finalmente Hiparco de Nicea13 afirma que Arquímedes habría escrito sobre el
Calendario, o la longitud del año. Igualmente hay numerosas referencias árabes al
respecto, pero que merecen menos credibilidad que las anteriormente mencionadas.

En definitiva, la obra de Arquímedes se nos presenta con caracteres que participan


de los espíritus de la ciencia antigua y de la moderna: mientras que por un lado es la
culminación, magistral, de la matemática griega, por el otro se vuelve como
desconocida a sus propios contemporáneos, que no continúan su obra, hasta que
dieciocho siglos después la vanguardia de la ciencia moderna toma de ella los elementos
que la estimulan y facilitan su propia concepción.

Recluso en su mundo de ciencia pura, Arquímedes envejecía. El mundo externo


adquiría nuevos matices políticos. De vez en cuando debía lamentar la desaparición de
algún erudito amigo suyo. Lamentó en especial la muerte de Conon de Samos de quien
había sido discípulo, al enterarse de esta pérdida Arquímedes escribió a amigos

11
Teón de Alejandría, matemático y astrónomo griego del final del siglo IV de nuestra era.
12
Papo de Alejandría, matemático griego de fines del siglo IV, autor de unas Colecciones matemáticas.
13
Hiparlo de Nicea, astrónomo griego (160-124 a. de C.), creador de la astronomía matemática.
Descubrió la precesión de equinoccios y elaboró el primer catálogo estelar.
comunes de Alejandría sentidas palabras:

“Conon murió antes de que hubiese podido disponer de todo el


tiempo necesario para investigar algunos teoremas. Si viviera
aún, hubiera descubierto y demostrado muchos de los
principios en que trabajaba. La ciencia de la geometría perdió a
uno de sus hijos predilectos”.

Cuando el turno de la infalible muerte le llegó al rey Hierón, juzgó que apenas sí
debía llorar la muerte de su amigo. Poco tiempo después percibiría que con Hierón, la
paz siciliana desaparecía también y que todos llorarían lágrimas más amargas. Sicilia
era un débil reino en medio de la secular contienda entre las poderosas Roma y Cartago;
el primero al Norte y el segundo al sudoeste se preparaban para la guerra de la
sobrevivencia. El rey Hierón fue lo bastante hábil como para mantener al pueblo
siciliano al margen de la disputa; aunque no dejaba de mostrar una ligera predilección
hacia el Imperio Romano. Su sucesor, Hieronides, sin pensar en las consecuencias lleva
a Sicilia y Siracusa al bando de Cartago.

Roma siempre fue orgullosa, no sabía perdonar. Y no perdonó la sublevación del


rey Hieronides, y pese a tener la amenaza latente de Aníbal 14 en las provincias
meridionales, comisionaron al general Marco Claudio Marcelo15 para que al frente de un
importante número de legiones castigase la rebelión de Hieronides. Para Roma dicha
defección se producía en un momento crítico; justo cuando parecía concretarse el
triunfo de Aníbal. La misión punitiva de Marcelo era pues de vital importancia: con ella
se prevendrían de futuras defecciones.

Marcelo atacó por tierra y mar. En poco tiempo la formidable maquinaria de


guerra del Imperio Romano se imponía. Sólo Siracusa y, gracias a haberse replegado al
interior de sus sólidas murallas ofrecía resistencia al victorioso Marcelo. Siracusa
movilizó todos sus recursos en la vital lucha, movilizó también el genio de su hijo
predilecto: Arquímedes. A los sesenta y dos años, el hombre que vivía prácticamente
recluso de las salas de investigación desde los escasos nueve años, el hombre que estaba
más curvado hacia el suelo que un campesino, le fue más útil a Siracusa que un
aguerrido ejército. Durante más de tres años las embestidas de las curtidas legiones de
Marcelo se estrellaron no sólo ante las recias murallas de Siracusa, sino ante los ardides,
estratagemas y máquinas inventadas por Arquímedes. Su nombre era mencionado con
temor por los sitiadores, en él se conglomeraban las maldiciones de los orgullosos
romanos.

Es precisamente la intervención de Arquímedes contra el invasor romano, la etapa


de su vida que más se ha comentado, sobre ella se ha escrito mucho y muchas leyendas
14
Aníbal, general cartaginés (h. 247-183 a. de C.), hijo de Amílcar Barca. Sucedió a Asdrúbal al frente de
las tropas cartaginesas en la península ibérica. Completó la ocupación de los territorios al sur del Ebro. Al
atacar Sagunto provocó la Segunda Guerra Púnica. (218-201 a. de C.). Cruzó las Galias, atravesó los
Alpes y obtuvo varias victorias en Italia (Tessino, Trebia, Trasimeno y Cannas), deteniéndose en Capua.
Pero tuvo que acudir a Cartago, atacada por Escisión el Africano, y fue derrotado en Zama (202 a. de C.).
En su patria se dedicó a reorganizar el gobierno, hasta que, denunciado por sus enemigos, fue reclamado
por Roma. Se refugió en la corte de Antíoco III el Grande, pasó a Creta y de allí a la corte de Prusias de
Bitinia, donde se envenenó para no ser entregado a los romanos.
15
Marco Claudio Marcelo, general romano, cinco veces cónsul. Durante la Segunda Guerra Púnica, se
apoderó de Siracusa, donde sus soldados degollaron a Arquímedes. Murió en el año 208 a. de C.
combatiendo contra Aníbal.
se han tejido al respecto. Es evidente que la intervención de Arquímedes fue
providencial para la sitiada Siracusa, sus inventos, la mortandad que ellos producían y el
temor y respeto con que los romanos hablaban de él no dejan duda respecto al valor
intrínseco de su participación. Respecto a su muerte, lo único que está definitivamente
aclarado es que murió a manos romanas, pero nunca se aclaró cómo. Nosotros vamos a
transcribir relatos de diferentes historiadores; el primero a que nos remitimos es
Polibio16:

“Todo estaba listo y los romanos se aprestaban a atacar las


torres, pero Arquímedes, por su parte, había ordenado construir
máquinas adecuadas para lanzar flechas a la distancia que
fuera. El enemigo estaba aún lejos de la ciudad cuando
mediante balistas y catapultas más grandes y armadas más
fuertemente, los traspasaban con tantas flechas que no sabían
cómo evitarlas. Mientras una iban muy lejos, otras más
pequeñas estaban proporcionadas a la distancia, de manera que
ellas sembraban una gran confusión entre los romanos, que no
podían emprender ninguna acción; de ahí que Marcelo, no
sabiendo qué empresa acometer, se vio obligado a hacer
avanzar sin ruido sus galeras durante la noche. Mas cuando
estas estuvieron al alcance de las flechas, Arquímedes inventó
otra estratagema contra los navíos. A lo largo de la muralla
había colocado grandes antorchas que fueron encendidas en
momentos oportunos, además, a la altura de un hombre había
hecho abrir en la muralla boquetes en gran cantidad y del ancho
de una mano, detrás de esas defensas había apostado arqueros y
ballesteros que, tirando sin cesar sobre la flota, tornaban
inútiles todos los esfuerzos de los soldados romanos. Cuando
los romanos empezaron a levantar sambucas, de detrás de la
muralla aparecieron máquinas dispuestas de antemano y que
habían permanecido ocultas la mayor parte del tiempo. Esas
máquinas, extendían sus picos mucho más allá de las defensas,
transportaban, las unas, piedras de un peso no menor de las
seiscientas libras, las otras, masas de plomo de igual peso. En
cuanto las sambucas se acercaban, un cable hacía girar el pico
de esas máquinas y mediante una polea que se soltaba se dejaba
caer sobre la sambuca una enorme piedra que no sólo
destrozaba el navío, sino que causaba pavor entre sus
ocupantes. Otras máquinas lanzaban sobre los enemigos, que
iban cubiertos para evitar las flechas que les dirigieran desde
las murallas, piedras de un grosor tal como para hacer
abandonar la proa a quienes allí combatían. Además, él dejaba
caer una mano de hierro unida a una cadena, mediante la cual,
quien dirigía el pico de la máquina como si fuera el gobernalle
de una nave, cuando éste había atrapado la proa de un buque,
dejaba caer el otro extremo del lado de la ciudad. Entonces
cuando había levantado el navío sobre su proa y fijado el brazo
de la palanca para tenerlo inmóvil, mediante una rueda o una
polea dejaba caer la cadena. Ocurría entonces inevitablemente,
o que los navíos caían de costado o se daban vuelta
completamente, y con mayor frecuencia, la proa cayendo de tan
16
Polibio, historiador griego (h. 200-120 a. de C.). Tras la batalla de Pidna (168) -donde fueran derrotados
los macedonios por los romanos-, fue llevado como rehén a Roma. Participó en la tercera guerra púnica.
Es uno de los maestros del relato histórico-filosófico con su monumental Historia General de Roma.
gran altura, los navíos se sumergían totalmente, con gran terror
de aquellos que transportaban”.

Por su parte, Tito Livio17, nos ofrece una descripción bastante completa de las
murallas que circundaban a Siracusa, y nuevamente veremos cómo las máquinas que
creara Arquímedes causan pánico entre los romanos; cómo el genio, intelecto de este
admirable hombre retarda una y otra vez los planes de Marcelo:

“Las murallas se extendían sobre colinas de altura desigual; en


casi todas partes el terreno era elevado, y por tanto difícil, pero
también se encontraban algunos valles bajos cuya planicie
permitía un fácil acceso. Según la naturaleza del lugar,
Arquímedes fortificó la muralla con toda clase de obras.
Marcelo con sus quinquerremes18, atacó el muro de la
Acradina19, bañado, como dijimos por el mar. Desde lo alto de
los otros buques, los arqueros, honderos y hasta los vélites20,
cuyas flechas no pueden ser devueltas por nadie que no
conozca su manejo, no permitían a nadie, por así decirlo, que
permaneciera impunemente en los muros. Como es necesario
bastante espacio para lanzar aquellas flechas, esos buques
estaban bastante alejados de las murallas. A los quinquerremes
iban unidos por pareja otros buques, a los que se les había
quitado los rangos de remo del interior a fin de poderlos unir
por la borda. Estos aparejos eran conducidos como navíos
ordinarios mediante la serie de remos del exterior y estaban
dotados de torres de varios pisos y otras máquinas destinadas a
abatir las murallas. A tales preparativos Arquímedes opuso
desde las defensas, máquinas de distinto tipo y tamaño. Sobre
los buques que estaban lejos lanzaba piedras de un grosor
enorme y sobre los más próximos proyectiles más livianos,
pero en mayor cantidad. Y finalmente, para que los suyos sin
ser heridos pudieran abrumar a los enemigos con flechas, abrió
en los muros, en todas las dimensiones, troneras de un ancho
aproximado de un codo, y a través de ellas y manteniéndose a
cubierto atacaban al enemigo con flechas y escorpiones de
tamaño medio. Si alguna embarcación se aproximaba a una
distancia inferior al alcance de las máquinas, una gran palanca
situada sobre el muro lanzaba hacia la proa de la embarcación
una mano de hierro unida a una cadena. Un enorme contrapeso
de plomo atraía hacia atrás esa mano de hierro que, levantando
así la proa, suspendía la embarcación, después, mediante una
rápida sacudida, la soltaba, de tal manera que la nave parecía
que cayera desde la muralla”.

La versión de Plutarco, en su conocida Vida de Marcelo, no es muy diferente a las

17
Tito Livio, historiador romano (h. 60 a.C – 17 d.C.), natural de Padua. Es autor de una trascendental
historia romana, titulada Décadas, desde sus orígenes hasta el año 9 a. de C. y redactada en 142 tomos, de
los que solo se conservan 35. fue un ferviente admirador del pasado y celebró la grandeza de Roma.
18
Quinquerremes, antiguos barcos de guerra, cada uno de los cuales constaba de cinco filas superpuestas
de remeros, que los hacían más veloces.
19
Acradina, ciudad exterior de Siracusa, la parte que fue formada cuando los siracusanos comenzaron a
extenderse desde la isla de Ortigia hasta tierra firme.
20
Vélite, soldado de la infantería ligera romana.
dos anteriores; aunque sirve para aclarar algunos conceptos:

“Marcelo había formado un gran puente sobre ocho barcas


ligadas unas con otras y llevando sobre él una máquina se
dirigía contra los muros muy confiado en la muchedumbre y en
la excelencia de sus preparativos y en la gloria que tenía
adquirida; de todo lo cual hacían muy poca cuenta Arquímedes
y sus inventos. No se había dedicado a ellos Arquímedes ex
profeso, sino que le entretenían y eran como juegos de la
geometría a que era dado. Al acometer, pues, los romanos por
dos partes fue grande el sobresalto de los siracusanos y su
inmovilidad a causa del miedo, creyendo que nada había que
oponer a tal ímpetu y:’ tantas fuerzas, pero poniendo en juego
Arquímedes sus máquinas cundió el temor a un mismo tiempo
al ejército y a la armada de aquéllos. Al ejército, con armas
arrojadizas de todo género y con piedras de una mole inmensa,
despedidas con increíble violencia y celeridad, las cuales, no
habiendo nada que resistiese su peso, obligaban a muchos a la
fuga y rompían la formación. En cuanto a las naves, a unas las
asían por medio de grandes maderos con punta que
repentinamente aparecieron en el aire saliendo desde la
muralla, y alzándose en alto con unos contrapesos las hacían
luego sumirse en el mar, y otras, levantándolas rectas por la
proa con unos garfios de hierro semejantes al pico de las
grullas, las hacían caer en el agua por la proa, o atrayéndolas y
arrastrándolas con máquinas que calaban adentro, las
estrellaban en las rocas y escollos que abundaban bajo la
muralla, con gran ruina de la tripulación. Llamábase sambuca
la máquina que Marcelo traía sobre el puente, por la semejanza
de su forma con aquel instrumento músico, mas cuando todavía
estaba bien lejos de la muralla se lanzó contra ella una piedra
de un peso de diez talentos, y luego segunda y tercera, de las
cuales algunas, cayendo sobre la misma máquina con gran
estruendo y conmoción, destruyendo el piso, rompiendo su
enlace y la desquiciaron del puente; con lo que, confundido y
dudoso Marcelo, se retiró a toda prisa con las naves restantes y
dio orden para que también se retirasen las tropas”.

Como hemos visto a través de los historiadores a quienes recurrimos, todos los
intentos de Marcelo fracasaban; la formidable maquinaria inventada por Arquímedes
logró parar en seco la aflatada y no menos formidable maquinaria romana. El sitio
terrestre y marítimo a Siracusa fue el único recurso que le restó a Marcelo, pues el genio
de Arquímedes le obligaba a mantenerse a muy prudente distancia de las defendidas
murallas de Siracusa. Los espejos ustorios que Arquímedes empleó para incendiar desde
considerable distancia la altiva flota romana, es uno de los inventos que le han conferido
aquella aureola de mago sobrenatural con que se le conocía en la antigüedad. Es fácil
imaginamos el pavor que causarían aquellos misteriosos incendios en aquel lejano
despertar de la civilización. Nos remitimos al testimonio de Zonaras21, en el ya
relativamente cercano siglo XII:

21
Juan Zonaras, cronista bizantino del siglo XII, autor de un Manual de Historia que llega hasta el año
1118.
“Arquímedes incendió toda la flota de los romanos de una
manera extraordinaria, pues habiendo dirigido un espejo hacia
el sol, recogió sus rayos, y habiendo calentado el aire gracias a
su espesor y al pulido de ese espejo, provocó una llama enorme
que dirigió hacia todos los buques que estaban en la trayectoria
del fuego y los incendié totalmente”.

Tzetzes22, otro historiador del siglo XII, nos ofrece este relato:

“Cuando Marcelo hubo dispuesto sus buques a tiro, el viejo


(evidentemente se refiere a Arquímedes), que había fabricado
un espejo hexagonal, dispuso a distancia conveniente pequeños
espejos cuadrangulares, de igual especie, móviles sobre
láminas de metal mediante charnelas. Expuso esos espejos a los
rayos solares del mediodía de verano los cuales, reflejados por
el espejo, provocaron una terrible llama sobre los buques, que
fueron reducidos a ceniza más allá de la distancia del arco”.

La historia nos ha legado más de una de las arengas que Marcelo dirigía a sus
oficiales intentando terminar con el largo y costoso sitio que le había impuesto a
Siracusa:

“¿Cuándo es que váis a poner término a esta ridícula lucha


contra el viejo geómetra, que con espejos juega con nuestros
navíos y pone en fuga a nuestros marineros, que arremete
contra nuestro ejército con una serie de dardos y proyectiles
incendiarios, como si fuese más fuerte que los fabulosos
centimanos23 que nos habla la Mitología? Tribunos, el prestigio
de Roma reclama la pronta caída de la rebelde Siracusa”.

Tres años duró el sitio de Siracusa. El poderío romano se impondría a la larga,


aunque los sitiados vendiesen muy cara su derrota. En la caída de Siracusa no sólo
perdió la vida Arquímedes, sino que se perdieron muchos de sus escritos. Existen

22
Juan Tzetzes, escritor griego del siglo XII que dejó numerosas obras, muchas de ellas aún inéditas. De
las publicadas las que más destacan son: Las chiliadas, que es una recopilación de anécdotas antiguas en
verso, e Interpretación de Homero.
23
Centimanos, gigantes mitológicos que tenían cien manos.
muchas versiones respecto a su muerte, nosotros vamos a referirnos a la de Valerio
Máximo24, que es la que consideramos más ajustada a la realidad:

“Marcelo, dueño finalmente de Siracusa, no ignoraba que


habían sido las máquinas de ese geómetra las que habían
impedido por tanto tiempo la victoria. Sin embargo, lleno de
admiración por ese genio extraordinario, dio orden de
conservarlo vivo, siendo para él de tanta gloria la captura de
Arquímedes como la toma de Siracusa. Pero mientras
Arquímedes con la vista y la atención fijas en el suelo trazaba
figuras, un soldado que había penetrado en la casa para
saquearla, levantó sobre él su espada preguntándole quién era.
Arquímedes, totalmente dedicado al problema cuya solución
buscaba, no atinó a decirle su nombre, sino que mostrándole
con las manos las líneas dibujadas sobre la arena, le dijo: “por
favor, no borres eso”. El soldado, viendo en esta respuesta un
insulto al poder de los vencedores, le cortó la cabeza; y la
sangre de Arquímedes se confundió con la labor de su ciencia”.

Marcelo supo respetar los deseos de su noble rival e hizo que grabaran en su
tumba el diseño que éste había solicitado: la figura de una esfera y un cilindro.

Su cuerpo, como el de la cultura de la cual fue fruto refinado, cayó bajo los golpes
de un poder más vigoroso y lozano; pero su espíritu, y el espíritu de la ciencia griega,
perduran y se funden con tal intensidad que nos parece, como en otros casos excelsos,
ver la identificación del hombre con la propia ciencia: Herodoto o la historia; Sócrates o
la filosofía; Arquímedes o la matemática.

24
Valerio Máximo, historiador romano del siglo I, autor de una serie de nueve tratados, que intituló
Dichos y hechos célebres.