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El mundo estaba cubierto en sangre. La luna se tiñó de rojo.

Todo lo
que sus ojos percibían era del color de la ira. Percibía el dolor. Sentía
la furia. Perdía el control. Levantándose lentamente, los latidos
lacerando sus tímpanos, empaló su mirada en su rival. La muerte
misma. El final de todo, la oscuridad final, encarnada en un cuerpo
humano, para conveniencia de su encuentro fatal, le devolvió la
mirada. Si acaso podía llamársela así, al vacío que ocupaba el lugar
donde debían estar sus ojos. Su efigie, prestada de una persona
querida, había sido deformada, era ahora casi irreconocible.
Reteniendo, sin embargo, parecido suficiente para el. Subliminal,
incluso metafórico, el parecido era una cruel ironía. Perecería por el
mismo rostro que le había salvado. Muerte de amor. La más
irónicamente agridulce encarnación.

Se observaban. No había juicio. No había intercambio en sus miradas.


Solo contemplación. No había razón para que hubiese intercambio. No
había nada que intercambiar, nada que decir. No existía la razón. No
existía la salvación. El reloj se acercaba a medianoche. Una
medianoche de la que nada volvería a despertar. No volvería a
amanecer. La amenaza, titánica y aun creciente, se acercaba a su
cumplimiento. El mundo no cambiaría tras la medianoche. Dejaría de
existir. La oscuridad crecería, engulléndolo todo. La esperanza, la
alegría, el amor, todo eran ya vagos recuerdos. Y pronto, nunca
habrían existido.

La figura levanto su mano, apuntando el índice a su pecho. Tan nimia


acción basto para encender un foco de candente dolor en su pecho.
Su corazón resucitó. La sacudida en el pecho le abrió los ojos. Con la
mirada fija en el cielo, sin ver nada, entendió su propósito. La mente
clara, volvió a mirar al vacío. Lo entendió. Simplemente. No había
cumplido su propósito. No había tratado de cumplir su propósito. El
final era lo único que le esperaba. El castigo máximo. La ultima
expresión del fracaso. Y ahora, al final del camino, la muerte se reía.
Sin sonido. Sin expresión. Pero se reía. Se reía de el. Le había dado
otra oportunidad. Otra oportunidad que seria malgastada. Pero con la
nueva vida, vino algo más.

Una visión. Neblinosa. Sin sentido. Pero una visión. Tenia algo a lo
que aferrarse. Un sentido para su vida. Un objetivo. Del vacío, de la
muerte, había surgido una nueva vida. Cumpliría su propósito. No
habría más oportunidades. No podía fracasar. Cumpliría su propósito.
Aunque para ello tuviese que deshacerse de todo. De su humanidad.
De sus sentimientos. De su cuerpo. De su alma. Aunque no quedase
nada de el, siquiera las memorias, llegaría al final. Y el final, el vacío,
le volvería a recibir con los brazos abiertos, para acunarlo en un
descanso eterno, con el rostro de ensueño y las manos de seda.
Quedaba batirse. Un duelo. El duelo, por su vida, y a cambio de ella.
Pagaría el precio en sangre y dolor, o moriría en el intento. La luna se
eclipsó. El mundo se cubrió con un velo carmesí. El aire se congeló.
Las campanas anunciaron medianoche. La muerte se excitó. El tacto
del frío acero, comparable solo al tacto de la suave, gélida mano que
le constreñía el cuello, le erizo el pelo. Aferrando el pomo como a su
vida, blandió la hoja con decisión. Errando el tajo, se mantuvo firme,
arma en ristre, aguardando el próximo embate.

Volvieron a observarse. De nuevo, el parecido de la muerte con su


amada le abrió el pecho. El dolor fue superfluo. Las emociones
acalladas. El control recuperado, se lanzó a por el corazón. La hoja se
hundió en la infinita oscuridad. Desapareciendo a la vez que inundaba
el mundo de negro, la muerte sonrió. No expresaba alegría. No
mostraba emoción alguna. Solo sonreía. Estaba ciego a todo menos a
la figura que le sonreía. El velo negro le impedía ver más allá. Y
cuando desapareció la figura, se quedó completamente ciego. El
vacío le había tragado. El final le reclamaba, y no existía nada más.

Vagó por la nada. El abatimiento lastrando sus pasos. La resignación,


como una cadena, impidiéndole avanzar, a pesar de que siempre se
movía hacia delante. La pena, privándole de una razón para
continuar. Eternamente, vagó por la nada. Y esta la privo de todo.
Finalmente, el vacío se lo tragó todo. Y cuando el mismo quedo vacío,
tan solo una sombra, que se deslizaba lánguidamente tratando de
cumplir un objetivo que no podía entender, que no podía alcanzar, la
nada se abrió.

Un punto. No más grande que la cabeza de un alfiler. Entre toda la


oscuridad, apenas aquel punto de luz brillaba más que el sol. La luz le
hendió los ojos, hiriéndolos, quemándolos. La odiaba. Quería que
desapareciese. Haría que desapareciese. Y entonces solo volvería a
haber nada. Se dirigió al punto, determinado a hacerlo desaparecer. Y
cuanto más se acercaba, mas le dolía. Cuanto mas cerca estaba, mas
grande era el punto. Más brillante la luz. Más intenso el dolor. Y
cuando la ira volvió a brotar en el, con ella vino el miedo. Miedo de la
emoción. Mientras crecían el miedo y la ira, se lanzó a la carrera a por
la luz, que se volvía insoportable. Cuanto mas cerca estaba, mas
grande era, hasta que al final, al igual que lo había hecho la
oscuridad, la luz lo atrapó todo. Pero la luz no estaba vacía.

El dolor le había hecho arrodillarse y cubrirse sus ojos. Cuando este


cesó, retiro sus manos. Y no vio mas que la nada. Pero esta nada era
blanca. Y al estirar la mano, noto que estaba fría. Noto que era
tangible. Noto que la podía mover. Y tras removerla, toco la tierra fría
y húmeda que había debajo. Levantando lentamente la mirada,
entendió su situación. La oscuridad se había terminado, y ahora
estaba en el claro de un bosque recién nevado. Había vuelto al
mundo para cumplir su propósito. Temblando por el frío, se levanto, y
comenzó a caminar.

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