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Girolamo Cardano.

Elogio de la gota.∗

[Traducción al castellano y notas de Jorge Vives Díaz]

[221a] Creería hacer profesión de ingrato y, más aún, de desmemoriado, si me olvidase

de aquellas cosas por cuyo favor me he aprovechado, o si, acordándome del beneficio,


El Podagrae encomium, que es como se llama en su original latino el breve texto del filósofo y médico
milanés G. Cardano (1501-1576) que aquí presento en traducción castellana, fue publicado por vez prime-
ra el año 1566, dentro del primer volumen de los dos que componen la antología Ars curandi parva, quae
est absolutiss. medendi methodus, et alia, nunc primum aedita, opera, in duos tomos divisa... Basileae, ex
officina henricpetrina. Junto al tratado que da título a la colección, el Ars curandi parva, estos dos volú-
menes recogían un total de doce trabajos hasta entonces inéditos del autor, compuestos en fechas diversas
y de muy heterogénea temática. Tan sólo un año después apareció en Frankfurt a. M. una traducción inde-
pendiente del opúsculo al alemán, sin indicación del traductor y bajo el título de Pogragischen Meßkram.
Durante el siglo XVII el Podagrae encomium gozó de un éxito relativo en las imprentas europeas (mucho
mayor que el de otras obras “serias” de Cardano), gracias a su inserción en varias colecciones y miscelá-
neas de diversos autores. Así, Caspar Dornau lo incluyó en su Amphitheatrum Sapientiae Socraticae joco
seriae, editado en Hannover el año 1619, en compañía de otro famoso elogio de Cardano: el Neronis en-
comium. En 1644 apareció de nuevo publicado, esta vez en Leiden, en la compilación Dissertationum Lu-
dicrarum, et Amoenitatum, Scriptres varij. Se trataba de una colección de textos de argumento curioso y
humorístico, que, con diversas adiciones y bajo títulos distintos, venía editándose desde 1623. Al menos
tres nuevas reediciones de esta colección siguen incluyendo el Podagrae encomium: la de Nimega, 1666
(con el esmerado título: Admiranda rerum admirabilium encomia. Sive diserta & amoena Pallas disse-
rens seria sub ludrica specie); la de Leipzig, 1673; y la de Nimega, 1676. Al margen de todas estas colec-
ciones, el elogio también aparece recogido evidentemente entre los diez volúmenes que integran las Ope-
ra Omnia de Cardano, editadas por el médico lionés Charles Spon en 1663: H. Cardani Mediolanensis
Philosophi ac Medici celeberrimi Opera Omnia tam Hactenus excusa; hic tamen aucta et emendata;
quam nunquam alias vista, ac primum ex Auctoris ipsius Autographis eruta... Lugduni, Sumptibus Ioan-
nis Antonii Huguetan, & Marci Antonii Ravaud, MDCLXIII (de aquí en adelante: OO, con indicación en
números romanos del volumen al que se haga referencia).
No dispongo aquí de espacio para detenerme sobre algunos aspectos de la obra que merecerían
atención: fecha de redacción, género literario, fuentes y modelos, contenido, integración en el corpus car-
dánico, afinidades con otros textos... Juzgue el propio lector hasta donde le permita esta humilde traduc-
ción, y si desea más, le remito a los originales y a la bibliografía que podrá encontrar al final de la misma.
Por mi parte, sólo me queda hacer referencia a los criterios que he seguido en su elaboración. El texto que
me ha servido de base es el de un ejemplar de la edición del Ars curandi parva existente en la Universi-
dad Complutense de Madrid, del que me han facilitado fotocopiadas las páginas correspondientes al Po-
dagrae encomium (pp. 666-695, aunque los números de página están equivocados; en realidad, pp. 668-
695); texto, que he contrastado además con el de las Opera Omnia (OOI, pp. 221-225), cuya paginación
he intercalado entre corchetes dentro de la traducción, por ser ésta la edición más accesible al lector, sobre
todo tras su publicación en internet: http://filolinux.dipafilo.unimi.it/cardano/testi/opera.html
El texto ofrecido por la edición de 1566 está plagado de erratas, la mayoría de las cuales reapare-
cen puntualmente en la de 1663. Puesto que aquí no pretendo ni mucho menos realizar una edición críti-
ca, he creído innecesario señalar la existencia de una errata en el original cuando era fácilmente deducible
la lectura que debía adoptarse. He indicado en nota, por el contrario, todas las correcciones que me han
planteado el más mínimo motivo de duda, aunque sólo sea para que el lector interesado en contrastar la
traducción con el original pueda saber por qué he traducido determinado pasaje como lo he hecho. Por lo
demás, he sustituido pronombres y añadido palabras o periodos elípticos siempre que lo he creído impres-
cindible para la inteligibilidad de la traducción. También he modificado notablemente la puntuación, que
en el original es un tanto arbitraria, y he dividido el texto en párrafos. Una última aclaración merece qui-
zás la traducción de podagra por “gota”. En castellano existe la palabra “podagra” casi como un tecnicis-
mo para referirse de modo específico a la gota del pie, mientras que “gota” es el término más frecuente
con el que nos referimos de modo genérico a esta enfermedad de las articulaciones. En latín, en cambio,

1
no diese las gracias de tantos modos como estuviesen en mi mano. Y no me parece que

a la hora de devolver la gracia deba preguntarse quién haya sido el autor del beneficio ni

con qué intención te lo haya prestado, sino cuánto te has aprovechado por éste y con

cuánta liberalidad ha sido entregado. Pues sobre la intención, ¿qué preguntarás cuando

hayas examinado el rostro de quien muestra disponibilidad y alegría? Tanto los filósofos

como los teólogos afirman constantemente que la intención en verdad sólo es conocida

a los dioses. Y, si hay que proceder mediante conjeturas, no debe creerse que los favores

tengan origen sino es en una buena intención, y tanto más, cuando el que los da haya

sido generoso con muchos otros; si, en cambio, al suplicárselo lo diera de mala gana, si

no lo haya querido conceder a nadie que no hubiese suplicado, debe estimarse que se ha

resignado a darlo con ánimo poco liberal. Por lo que respecta a la persona, nadie, como

suele decirse, es bueno con todos salvo Dios. Los demás son buenos con algunos; de or-

dinario, malos con la mayoría. Por el contrario, la gota es buena con la mayoría, mala y

severa con pocos, y se presenta, además, liberal y generosa a los hombres por su propio

impulso. De donde resulta que, como nadie puede ser llamado directamente “bueno” o

“malo”, sino que ha de ser tenido por tal en el cotejo de sus prestaciones, la gota debe

llamarse buena bajo cualquier consideración.

Y puesto que solemos considerar malo a lo que ofrece a primera vista cosas ale-

gres y esconde las que dañan, y por ese motivo, a la inversa, viene a ser digno de ala-

banza lo que nos aborda bajo el semblante de un mal, mientras que todo cuanto esconde,

todo cuanto se mantiene oculto bajo las vestiduras es bueno y conveniente, no quisiera

alabar a la gota por lo que suelen ser alabados los restantes males de los mortales, como

si por ellos se reclamaran justas penas para éstos. Pues de ese modo también suelen ala-

podagra es la forma habitual y genérica de nombrar a la castellana gota. Ésta es, pues, la razón de tal tra-
ducción. Cierto es que así se pierde la etimología de la palabra latina, a la que Cardano alude en el texto;
pero, como imagino que el lector medio no conoce dicha etimología y que, por lo tanto, tendría que intro-
ducir de todos modos una nota explicativa, me he decantado por seguir la opción más acorde con el uso
corriente de los términos castellanos.

2
barse la muerte, las enfermedades y los tiranos, pero no es ésta una alabanza de aqué-

llos, sino más bien una acusación del género de los mortales. Sean los hombres a su an-

tojo ingratos, infames, impíos, crueles, avaros, injustos y perdidamente malvados: tan

torpe y abominable causa no puede servir de nada a la alabanza de la gota. No aprobaré

la pena que detestaría padecer; y si yo tampoco llegara a padecerla, con todo, pertenezco

al género de los que la han padecido. Esto no es una exageración extravagante; no es un

alarde de facundia o de ingenio, de los cuales uno es en mí menos que mediocre, mien-

tras que a la otra soy testigo de no haberle favorecido nunca. Mal se alaba lo que en jus-

ticia no puede ser alabado, como la insensatez, la calvicie o la cuartana, 1 con respecto a

las cuales cuanto más brilla la elocuencia del retórico, tanto mayor es la ligereza que

cabe encontrar en el argumento, es huero el discurso y se echan en falta por todas partes

la fidelidad y la verdad de la historia.

Es la gota misma la que desde el comienzo [221b] se muestra y demuestra en tal

grado, que no puede pasarse por alto su alabanza sin vergüenza. Y hace objeto de duda

si sea más honesto y ventajoso tratar de ella o si más deshonroso e injusto dejarla sin

alabanza con tantos méritos y una gloria tan grande. Y es que si no hubiese nada malo

que fuese digno de alabanza, ciertamente no osaría alabar la gota; pero, en realidad, veo

que hay tantos males dignos de alabanza, que no podrá parecer torpe alabar la gota, mu-

cho más suave que todos ellos. En efecto, los horribles períodos que les bajan a las mu-

jeres y por los que ellas tanto padecen, los partos, el nacimiento de los dientes, la respe-

table canicie son todos malos ™xanq»mata ka… ˜lkîdej2. Y, sin embargo, porque

1
Alude aquí Cardano a tres ejemplos concretos de esa práctica encomiástica que considera degenerada. El
primero (tenga el lector en cuenta que por “insensatez” traducimos la palabra stultitia) es el famoso Elo-
gio de la locura de Erasmo, cuyo título completo en latín rezaba: Morias encomion, id est: stultitiae laus.
El Elogio de la calvicie, en segundo lugar, se lo debemos al obispo neoplatónico Sinesio de Cirene (370-
415). Por último, Favorino de Arelate, filósofo y retórico que vivió entre los siglos I y II de nuestra era,
fue el autor, según el testimonio de Aulo Gelio (XVII, 12, 2), de un Elogio de la cuartana que no ha lle-
gado hasta nosotros. No obstante, en fechas más recientes el humanista alemán Wilhelm von Greven-
broich (Guilielmus Insulanus Menapius) había resucitado la idea en su Encomium febris quartanae, publi-
cado en Basilea el año 1542.
2
“exantemas y ulceraciones”.

3
es mayor el número de cosas que se encuentran bien a partir de ellos, merecen alabanza.

Objetas que estas cosas tienen lugar como consecuencia del orden de la naturaleza,

mientras que la gota es una enfermedad que sobreviene al azar. Pero tampoco creo que

hayan sido tan comunes en otro tiempo esos exantemas rojos, redondos y pequeños, pa-

recidos a los granos, que solamente han sido descritos por los árabes y que ahora el vul-

go llama “variolas”3 (a partir de varus4) y “morbillos”5 (no sé por qué razón); y, sin em-

bargo, consta que con ellos la sangre se purga y mejora el estado del cuerpo. Hay temo-

res y hay dolores que nos exhortan a encaminar mejor la vida. La virgen que es desflo-

rada siente dolor; esto sucede por casualidad y, no obstante, se considera digno de ala-

banza. Si no hubiese ninguna discapacidad, si no existiese ningún dolor bueno y loable,

no niego que la gota no merecería ser alabada; pero dado que toda nuestra vida tiene el

placer puesto en el dolor (el placer de comer en el hambre, el de beber en la sed, los del

sexo en el deseo), creo haber obtenido ya lo siguiente: que la gota no es totalmente in-

digna de alabanza y que puede admitirse con justo título que también ella defienda su

causa.

¿No ha encontrado hasta este día a alguien que la alabara? ¿Acaso por eso no

merece ser alabada, aunque no sea alabada por nadie? ¿Cuántas cosas, cuántos hombres

ilustres carecieron de heraldo? ¿Cuántas enfermedades, males y demencias son alabados

en desprecio de los bienes? Ninguna peste careció de su ™gkwmiastÒj6. ¿Acaso de-

berá ensalzarse la infamia porque ha sido cometida?

Y aunque no ha faltado un excelente apologista, que acostumbró también a elo-

giar a los Dioses y las Diosas, aquel Luciano de Samosata, 7 hombre agudo y de gran
3
“viruela”.
4
“grano”.
5
“sarampión”.
6
“panegirista”, “autor de elogios”.
7
Entre los escritos de Luciano de Samosata (120-180) se encuentra, en efecto, una obra dedicada a la
gota. Si bien no se trata propiamente de un elogio, sino de un diálogo que calca formalmente las fórmulas
de la poesía trágica al fin de parodiarlas, pueden encontrarse expuestos en él algunos de los motivos que
serán desarrollados a continuación como argumentos para el presente elogio. Es de reseñar, por otra parte,

4
erudición, por cuyo ejemplo me muevo, no soy llevado por el afán de emulación. En

efecto, del mismo modo que no puede haber para todos los asuntos ilustres un orador

tan clarividente e instruido en un arte tan sublime que pueda igualar la dignidad de la

materia con su facundia, así al alabar la gota es necesario que siempre falte algo; y eso

ocurre en mayor medida, en tanto que los oradores raramente esperan poder hacerlo en

los asuntos difíciles, o aplican su estudio en los de humilde condición. Pues ni siquiera

nosotros nos dirigimos a esta provincia porque esperemos poder decir alabanzas propor-

cionadas a su dignidad [222a], sino porque creemos que con nuestros trabajos deben ser

incitados a esta tarea otros más elocuentes. Convoco, pues, a cada cual a una competi-

ción, no con la esperanza de la victoria, sino para que, vencido muchas veces, pueda

gloriarme de haber sido el creador de tamaño certamen y de una obra tan loable. ¡Ojalá

renaciesen aquellos cicerones, hortensios, cotas y corvinos! Habrían de recibir el nego-

cio conforme a su dignidad y enriquecerlo de un modo espléndido. En efecto, incluso en

los argumentos más hermosos, importa mucho cómo se diga cada cosa, cómo se decore,

se amplifique, o bien se vaya de las manos y se vea frustrado por culpa de las mismas

alabanzas. No hay nada tan excelente que por el vicio del discurso no se vuelva despre-

ciable, o mejor dicho: detestable. Alejandro Magno deseaba un Homero que lo alabase;

y hoy día también es mayor la gloria de Ulises y de Aquiles, que reinaron en pequeños

pueblos y que junto a toda Grecia, durante diez años y con dificultad se apoderaron de

una sola ciudad, que la del propio Alejandro, que solo en el mismo número de años con-

quistó el mundo entero. Por tanto, si no llego a exponer la alabanza de la gota como co-

rresponde a su magnitud o dignidad, que ella deplore merecidamente su mal hado por

haber hallado un apologista tan seco, frío y privado de toda facundia; no se lo achaque a

aquel cuyas voces se elevan todos los días hasta los astros. Pero, para no diferir por más

que después de Luciano, pero antes de que Cardano escribiera su Elogio, en 1522, el humanista alemán
Willibald Pirckheimer había publicado una Apologia seu Podagrae Laus.

5
tiempo la materia en cuestión, he resuelto narrar llanamente su historia. Pues:

el asunto mismo rechaza el ornato y se limita a la enseñanza.8

Todos reconocen que ella tiene la soberanía entre sus compatriotas, me refiero a la qui-

ragra, la artritis, la ciática y la mentagra. Así que, por lo que atañe a la nobleza, es la

más insigne de todas. ¿Y para qué voy a nombrar a sus vecinos: la nefritis, el cólico y la

ictericia; y a sus aliados: la fiebre y el absceso? De todos éstos es caudillo y a ella todos

se refieren. Nadie dice que el gotoso tenga artritis, quiragra o mal de cadera, pero si al-

guien padeciera una de estas cosas, dicen que padece de gota. Y más aún: todas las en-

fermedades leves que atacan a las articulaciones, a fin de que se ennoblezcan, toman

para sí el nombre de la gota, aunque difieran muchísimo de ella. A tal punto es noble y

está extendido este nombre que tanto los enfermos al padecerla como los médicos al cu-

rarla piensan ennoblecerse por él. Tampoco ha sido agraciada, por otra parte, con un

nombre ostentoso. No se llamó “cefalea”, “cardialgia” u “oftalmia”. Ni ha sido manci-

llada con un nombre torpe como los higos, las verrugas, las hemorroides o los pujos.

Del nombre del pie ella tomó el suyo,9 la parte más humilde del cuerpo, pero sin ser sór-

dida, torpe, ni vergonzosa.

En lo tocante a su antigüedad, no fue desconocida a ningún médico y mucho an-

tes de Hipócrates, desde los tiempos de Troya, fue ennoblecida con su nombre, que to-

davía conserva de la misma Grecia,10 no porque se avergüence del latín, sino porque con

el antiguo goza en mayor medida de la prueba de su constancia. Siempre muestra en su

proceder libertad y honestidad: ataca abiertamente y obtiene lo que quiere por la fuerza,

sin tramar insidias contra nadie. Y aunque oprima a los hombres con los mayores dolo-

8
Marco Manilio, Astronomicon III, 39.
9
Es decir, su nombre latino: podagra, que deriva de la fusión de los términos griegos poÚj: “pie” y
¢gršw: “agarrar”, “atacar”.
10
Pues podagra no es sino la latinización del griego pod£gra.

6
res, no mata o destruye a nadie, y hasta en los mismos dolores hace reír. Sólo ella recha-

za la medicina, como dice el poeta:

la medicina no sabe quitar la nudosa gota.11

Y aún más: ha declarado una guerra a los médicos, a muchos de los cuales también ator-

mentó gravemente. Rechaza los ungüentos; desdeña las medicinas; se aviva con los em-

plastos; con los bálsamos se vuelve más violenta; no teme ningún argumento de la me-

dicina. [222b] Sujeta a su arbitrio, retrocede y avanza cuando más le place. Ningún

amuleto o encantamiento la cura, ni siquiera (sin que apenas quepa dudarlo) las súplicas

a los santos. Sólo Dios puede quitarla.

Es cosa de ánimo generoso, que no molesta a la edad endeble: ni a los niños, ni a

los muy ancianos, ni a las mujeres, ni a los castrados, mientras que aborda y derriba

todo lo que florece, todo lo que es robusto. A los mismos huesos los cambia de posición;

debilita a los más fuertes; golpea los nervios y las ligaduras; deja postrados únicamente

a los jóvenes. No se amedrenta con amenazas, no es expulsada con ardides, no se suavi-

za con halagos. Invade a quienes se ha propuesto invadir y se abstiene perpetuamente de

ésos a quienes no es hostil. Por semejante gloria, planta batalla a los reyes, los empera-

dores, los papas, los amos de la ley y los sabios (a juicio del vulgo), y deja en paz a los

pobres y a los campesinos. Se cuela en las cortes de los príncipes. Y a los que despre-

cian a sus propias mujeres e hijos, los ataca furiosa, e intima con éstos días y noches,

por muy poco que sea del agrado de aquéllos. Y, una vez que se han retirado las prendas

más queridas de su corazón y los antiguos siervos,

duerme en colchón de pluma y cama púrpura.12

Huele perfumes. Escucha cánticos y cítaras. Se recuesta, soberbia, sobre los blandos ta-

petes de un cojín de seda, entre oro, gemas y tablillas pintadas. Escucha relatos. Degusta

11
Ovidio, Pónticas I, 3, 23.
12
Marcial, Epigramas XII, 17, 8.

7
vinos generosos y alimentos aún más delicados, mientras van trayendo simpáticas flores

y vestidos arreglados, y se reúne todo lo que es codiciado por los ciudadanos o por los

mismos reyes en el espacio de muchos años. Y si es cierto todo lo que cuentan los plató-

nicos sobre los lascivos demonios telquines, los cuales dicen que se transfieren a los

cuerpos de los hombres, sólo creería que son dichosos aquellos que han ingresado en las

sedes de los cuerpos humanos precisamente en compañía de la gota. Y es que contrajo

un pacto eterno con Venus y Baco, y con los más delicados manjares. Y a tanto llega su

dicha, que quienes son afectados por ella, más allá del propio dolor, son forzados a lle-

var una vida dichosa; pues ella tampoco los deja estériles, sino que los torna más fogo-

sos hacia el sexo.

Ahora bien, viniendo a los filósofos, Arcesilao estuvo en su séquito, y, tras él,

Licón de Troas y otros; así que no creas que la gota tampoco filosofe. En nuestra época

es digno de leerse todo lo que Erasmo, hombre de gran erudición, expuso cuando estaba

en cama a causa de la gota; mucho más sano en la enfermedad que durante la buena sa-

lud. ¿Cuántas obras exquisitas de hombres eruditos debemos a la gota? Estando sanos

nos dedicamos a los negocios, y si algo sale a la luz es palabrería gratuita; enfermos,

nos dedicamos a los estudios y a la contemplación, y todo lo que entonces fuere pronun-

ciado sabe a lámpara de aceite y es mesurado y casto.

Pero dejemos esto a un lado y tratemos del poder, que en ella es máximo, pues

sólo la gota invade al hombre entero. En primer lugar, ciertamente, se dirige a los pies;

luego a las manos, las rodillas, los codos, las tibias, los humores, la espalda, el cuello,

las mandíbulas y, al final, también a los dientes. Pero tampoco se abstiene de la lengua,

y hay a quienes atacó y retorció la nariz. ¡Hasta ese extremo domina sobre todas las par-

tes del cuerpo! ¿Qué hay semejante a esto? La fiebre afecta a todo el cuerpo, y la elefan-

tiasis, así como la hidropesía y la ictericia, pero ¿dominan sobre todo él? Solamente la

8
gota posee el imperio sobre cada uno de los miembros. ¿Qué otra cosa deshuesa, des-

nerva y descarna a los hombres, retuerce las articulaciones y las manos de forma admi-

rable [223a], devora el tuétano y provoca jorobas y otras prominencias? De modo que

sólo ella puede llamarse verdaderamente reina de nuestro cuerpo.

Pero escucha algo admirable sobre la misma. Se enteró de que ciertos médicos

no vulgares habían escrito que podían curarla mediante hermodáctilos y coral. Encoleri-

zada, ignoro con qué procedimiento o si sucedió por azar y buena fortuna para ella, al

instante eliminó del mundo a estos enemigos y adversarios suyos, de suerte que sólo nos

ha dejado sus nombres. Y, en verdad, todos oyen decir “cuerno de ciervo”, “coral” y

“hermodáctilo”, pero nadie puede mostrar qué sean estas cosas. Tampoco alabaría a ése

que con gran cantidad de pequeñas ventosas atormentaba13 a los enfermos mientras to-

maban un baño de hierbas medicinales, ya que el tratamiento era más molesto que la

propia enfermedad. ¿De qué le sirvió a Agripa el baño de vinagre hirviendo con el que

desapareció a la vez el dolor y la facultad de usar los pies? 14 ¿De qué, a nuestro César

aquel medicamento a base de higo y casi supersticioso, sacado del suero de una cabra

negra mezclado con leche de higos15? Aparte de que no le benefició en nada (como to-

dos los demás auxilios que suelen oponerle), ¿no hizo su vida más breve y sus fuerzas

en general más débiles? ¿De qué sirven las fuentes? A quienes hayas sumergido, acci-

dentalmente o por propia voluntad, al poco tiempo les provocan la muerte. Los que se

glorían de la infusión de palo de santo, de la zarzaparrilla y de las aguas termales, que

13
Sustituyo excantificabat por excarnificabat.
14
Plinio, Historia natural XXIII, 58.
15
Sustituyo ficlus por ficus.

9
cuenten los años en que los curados llevan una vida sana o han permanecido sin daño:16

no es cuestión de curar una enfermedad inofensiva para que contraigas una mortal.

Ignoro qué habrá de hacer ahora conmigo en cuanto a que yo me haya jactado de

poder curarla. Pues quizá lo despreciará o le traerá sin cuidado, ya que he probado este

remedio en tan pocos casos que parece que lo haya inventado sólo a causa de mí mismo.

Y si únicamente se muestra cruel contra mí, no lo hará con justicia, puesto que yo sólo

he buscado alejarla, no expulsarla para siempre del hogar, y no he enseñado esto a otros.

Se enfadó merecidamente, a decir verdad, contra Guillaume Budé, autor al que, al mis-

mo tiempo en que pretendía enseñar públicamente a erradicarla, sacudió de tal modo

que no le dejó nada entero. Pero una cosa es defender lo que a cada cual corresponde y

procurar el propio beneficio; otra distinta, por motivo de presunción o con esperanza de

lucro, enseñar eso a los demás para que puedan hacerlo. Y una cosa es mantener por

cierto tiempo alejado al huésped hostil, para que la molestia no nos afecte con tanta fre-

cuencia y nos atormente más esporádicamente; otra, echarlo de casa a perpetuidad y ve-

dar por completo el alojamiento.

Pero dices: “a lo mejor no se ha atrevido a atacar a hombres fuertes”. De ningu-

na manera. En nuestra época vimos a Antonio Leyva17 y a Alfonso de Ávalos18, dos ra-
16
La edición de 1566 dice: “Qui ligni sancti decoctio, q[ui] sarze Panliae, quique Thermarum aquis glo-
riantur annos numerent, quibus vel curati vitam sanam degant aut superfuere inculumes”. En la primera
parte de la oración (hasta la primera coma) hay, pues, dos nominativos (Qui y decoctio), de los cuales el
segundo no concuerda con el verbo que aparece a continuación (gloriantur). La edición de 1663 corrige
la errata trasformando el Qui en un Quid, de modo que esa primera sección se interpreta como una ora-
ción interrogativa independiente, en la que el verbo (profuit) estaría supuesto, al igual que en las demás
interrogativas anteriores, aun cuando para ello también faltaría el signo de interrogación. De acuerdo con
esta solución podría traducirse: “¿De qué sirve la infusión de palo de santo? Los que se glorían de la zar-
zaparrilla...”. Nosotros, sin embargo, preferimos corregir el nominativo decoctio por el ablativo decoctio-
ne, que rige el verbo glorior, y, por tanto, entendemos que la sección concierta con lo que sigue detrás.
17
Antonio Leyva o Leiva (1480-1536). Militar navarro que sirvió a Carlos V a lo largo de sus campañas
italianas. Se destacó especialmente en la defensa de Pavía contra los franceses en 1525. Más tarde, obtuvo
el mando del ejército español en Italia y fue nombrado generalísimo de la Liga italiana creada por Carlos
V. En 1535, tras la muerte de Francesco II Sforza, se convirtió en el gobernador general de Milán. Murió
enfermo el año siguiente en Aix, cuando tomaba parte en la guerra contra Francia. Estos últimos años de
su vida los pasó, en efecto, aquejado por la gota, viéndose obligado a dirigir sus operaciones militares
desde una litera.
18
Alfonso de Ávalos, Marqués del Vasto (1502-1546). Descendía de una noble familia española que se
había afincado en el sur de Italia a mediados del siglo XV. Junto al anterior intervino en la jornada de Pa-
vía y fue nombrado por Carlos V capitán general de toda la infantería de Italia. En 1535 el emperador le

10
yos de guerra distinguidos por su prudencia y fortaleza en tantas ilustres batallas, ser

asediados por la gota, a fin de que los hombres entendiesen que para ella no hay nada

inaccesible y que, a imitación de los rayos de Júpiter, persigue, golpea y derriba todo lo

que es arduo. ¿Qué otra cosa debe creerse que fue lo que redujo a Hércules, por más que

los poetas repitan que fueron las llagas? Pues tampoco habría lanzado aquellas voces tan

furibundas si el mal hubiese estado en la carne, no en las venas y en las articulaciones.

Pero pasemos por alto estos méritos dudosos, puesto que la gota se basta con los suyos

propios y ciertos. En efecto, un solo ejemplo vale por muchos en la persona del empera-

dor Severo, quien, después de haber sido el más fuerte de todos y de haber conquistado

el mundo, fue vencido por ella de tal modo que en adelante tuvo siempre que guardar

cama; y ése mismo, al que todo el mundo se sometía, obedecía a la gota; y así como

aquélla no consintió que la venciese, tampoco éste, vencido, renunció a ser terrible.

Con todo esto, seguiría diciendo que no conozco ningún potro [223b] ni ninguna

silla de tortura que puedan causar al hombre dolores tan fuertes por la sola razón de que

las articulaciones de aquellos a los que ataca la gota son aplastadas, contraídas, retorci-

das, picadas, destrozadas, hechas añicos y roídas. No creo que los Dioses o los tiranos

del infierno pudiesen infundir algún suplicio mayor, que fuese tan largo y molesto como

lo son los dolores de la gota. Cesan para actuar con más fuerza; se interrumpen a fin de

acometer con mayor ímpetu; se mitigan para que las carnes casi curadas reciban un daño

más grande; los enfermos se restituyen para que soporten por más tiempo la pena. Y, sin

embargo, no mata a nadie, no vaya a ser que parezca la criada de otro, esto es, de la

muerte; y hace desaparecer el dolor ligero de colon y de estómago, porque éstos son sir-

vientes de la muerte. Así que la gota es la única dueña de sí misma y no se somete a na-

confió también el mando de la expedición contra Túnez. A la muerte del cardenal Marino Cariacolo (suce-
sor de Leyva en el puesto) fue nombrado asimismo gobernador de Milán, cargo que ocupó hasta el fin de
su vida. Cardano hizo amistad con él y, según parece, recibió alguna que otra ayuda de su parte (De pro-
pria vita, OOI 4b).

11
die, sino que son más bien las otras enfermedades las que le obedecen a ella. En efecto,

allí donde ella está, expulsa a todas las demás enfermedades y no permite que el cuerpo

que le ha sido entregado y está sujeto a su autoridad obedezca a otro o reciba a nadie.

¿Cuántos enfermos de otras enfermedades durísimas hasta desesperar de la recuperación

se han curado con su llegada?

Y qué decir sobre su castidad y su justicia, que, aunque invade el cuerpo entero,

según dije, y cada uno de sus miembros, nunca se enfada tanto ni se olvida de su recato

hasta el extremo de que llegue a atacar las partes pudendas de hombres y mujeres o el

ano. Se abstiene también de los que son templados (si bien de ningún otro género de

hombres, ya se trate de sabios, fuertes u opulentos) para no arrostrar el calificativo de

“embriagada” o de “osada”. Con semejante constancia se abstiene de los pobres, para no

ser vista como cruel al arrebatarle el alimento a los míseros. Luego, la gota es justa, afa-

ble, fuerte, sabia, púdica y generosa tanto por el desprecio de esos a los que no invade

como por la dignidad de los que subyuga. En alguna ocasión me ha parecido también

que es de la misma clase que los sacerdotes de Júpiter, a los que según una antigua cos-

tumbre no les estaba permitido acercarse a los muertos; a ésta, ni a los muertos ni a los

que van a morir. Porque, si decide eliminar a alguien a quien es contraria, se retira y lo

entrega a la fiebre, a una dificultad respiratoria o a una apoplejía que lo hace morir. Por

un procedimiento similar, encolerizada contra algunos que intentaron curarla, al salir

fuera ordenó a la fiebre y a los dolores de vientre que los matasen.

No es la gota torpe o execrable como la lepra, la sarna y la sífilis. No es conta-

giosa como la tisis, la peste y la oftalmia; al contrario, permite que los amigos la visiten

sin riesgo. A diferencia de las demás enfermedades, ella nunca nos asalta a escondidas o

sin que nosotros lo sepamos. Tampoco lleva consigo nada repugnante o molesto: ni pus,

ni llagas, ni tos, ni vómitos, ni diarreas. Toda ella es limpia y se basta a sí misma. Y más

12
aún: aprieta a cada uno según la debida medida. A los vigorosos los aflige con vehemen-

cia y durante mucho tiempo; a los débiles, con poca intensidad y brevemente.

Quizás objetes que la gota es despreciable porque también se presenta en los pe-

rros, las bestias de carga y la mayoría de las aves castradas, que pasan el tiempo en ocio

o son engordadas más de lo justo. De donde resulta también que quienes comen de esas

aves están más expuestos a padecer la enfermedad de la gota. Pero ésta, que ciertamente

no provoca ningún dolor o muy pequeño (de lo cual es indicio que aquéllos ni se quejan

ni gritan), no es la misma gota, sino algo parecido. Pues para todas las cosas ilustres la

naturaleza ideó algo semejante: para el hombre, el mono; para el caballo, el caballito de

mar. Y hay uvas tanto en las cepas como en el mar, como también aparece en el epigra-

ma de Boussuet:

[224a] La uva de mar mezclada con vino se dice que puede excitar

en quien lo bebe una sola vez una gran aversión hacia el vino puro.19

Pero digamos ahora cuánto provecho reporta la gota. Y en primer lugar, produce reputa-

ción de nobleza, ya que por más evidente que sea que el que la padece es hijo de un

campesino, por este motivo, todos alcanzan por conjetura que se ha supuesto falsamente

hijo de aquél, cuando lo era de un noble y muy poderoso señor, y que fue engendrado de

una unión ilegítima. Y lo que aún es más: que esta enfermedad es hereditaria y que la

gota desea legitimar a sus descendientes. Por otra parte, cuando el gotoso ingresa en la

corte es venerado por todos aunque sea de bajo linaje. Pues tiene la gota un no sé qué

regio: está sentada cuando los demás permanecen firmes y cabalga cuando los otros van

a pie. Vi a Massimiliano Stampa20 montar una mula y tener a sus pies al príncipe Alfon-

so, porque entonces éste estaba sano y aquél impedido por la gota. ¿Cuántos se sientan

19
François Boussuet, De natura aquatilium carmen, Lyon, 1558, p. 70.
20
Massimiliano Stampa, banquero y amigo de Francesco II Sforza. Tras la muerte del duca, fue nombrado
Marqués de Soncino por Carlos V en recompensa por haberle entregado el Castillo de los Sforzas. Murió
en 1543. El príncipe Alfonso que se menciona a continuación es nuevamente Alfonso de Ávalos.

13
por su beneficio al lado de los príncipes, los cuales de no ser por eso serían completa-

mente indignos de tal honor?

Si observas a los amigos que les visitan, ¿con cuánta modestia se comportan?

Dirías que asisten al Emperador o al Papa. ¡Con qué reverencia tratan a los enfermos, se

acercan a ellos y les preguntan! Y qué decir de los empleados del hogar. ¡Un barbero no

maneja la navaja con tanta suavidad! Si tienes algún familiar grosero, rudo y desaliñado,

que sea entregado a un gotoso para que le sirva y lo recibirás completamente templado,

provisto de elegantes modales y tratando todos los asuntos con dulzura y la mayor sua-

vidad, como si dijeras: un gato sobre un manto de plumas.

Piensa en qué tipo de vivienda ha escogido para ella y cómo la habita: no vive en

ninguna sino en altos palacios y alegres mansiones de gobernadores, entre amigos y pla-

ceres. Si alguno de los amigos es mirado con indiferencia o los demás lo rehúyen como

más antipático, en el mismo instante en que lo ataca la gota van todos a verle. Y si ellos

contraen varias enfermedades: fiebre, insomnio y otros dolores, ésta reclama para sí el

lugar de todas las demás. “¿Qué le pasa?” preguntan; responden “tiene gota”. A tal pun-

to el nombre de la gota es conocido por todos, célebre e ilustre.

Pero, ¿qué clase de hombre produce la gota? Pío, casto, contenido, prudente,

despierto y, si alguna vez duerme, no tiene sueños agitados como los que provocan las

restantes enfermedades. Nadie tiene tan presente a los dioses como quien se ve aquejado

por los dolores de la gota. El que padece de gota no puede olvidarse de que es mortal,

como les pasa a casi todos los otros. Se abstiene del vino, de la carne y demás manjares,

de la embriaguez y del sexo en la medida en que piensa que puede estar seguro. Aleja de

la que es nuestra parte principal (esto es: del cerebro) y de los sentidos y la mente todos

los malos pensamientos, las vanas esperanzas, los temores sin fundamento y las dedica-

14
ciones inciertas. No tolera que se prodiguen los recursos en vano y además nos obliga,

aunque sea a la fuerza, a vivir cómoda, magnífica y espléndidamente.

¡Cuántos beneficios en realidad se siguen de una moderación de este tipo! Y to-

davía más, pues como pierden la esperanza de poder frecuentar a otros que no sean los

que los frecuentan a ellos, se vuelven más apacibles, afables, dulces y tranquilos, y

aprenden a tratar con los hombres. Nadie es considerado más prudente que los gotosos.

Hasta suelen encomendarles las riendas de la república. Y sus consejos se tienen por

maduros, prudentes y seguros, ya que su mente no se encuentra alterada por ninguna

agitación, su cuerpo permanece alejado de los movimientos y su alma no está entorpeci-

da lo más mínimo por alimentos o bebidas superfluos.

Pero pasemos ahora a explicar sus dones específicos. Los más importantes son

tres: impide que se formen piedras en la vejiga y que se ulcere el pulmón [224b]. Consi-

gue además que se deguste el vino de suerte que nadie mejor que el gotoso percibe la

suavidad de los vinos. Por otra parte, si a alguien le toca morir por una enfermedad que

sigue a la gota, produce una muerte levísima y la más parecida al sueño. Porque hay

algo que es restituido, como los sueños, completamente dulces, y como la insensibilidad

y un cosquilleo alrededor del lugar, que dista poco del placer sexual. Ella sola nos amo-

nesta para que nos dediquemos a los estudios, puesto que ese único deleite no puede in-

terrumpirse con la aparición de los dolores. Y, aparte del regocijo propio de los compa-

ñeros, que suele reclamarse en toda enfermedad, por su peculiar naturaleza impulsa tan-

to a los amigos como a los enfermos para que se deleiten en mayor medida y cobren

fuerzas con los chistes y donaires, del mismo modo que los cojos con los placeres se-

xuales, los jorobados con las trampas, los bizcos con el fraude y los calvos con la facili-

dad y rapidez de consejo, por lo que su compañía resulta grotesca. ¿Añadiré también

15
que los gotosos conocen los movimientos de la luna mejor que los astrólogos y los cam-

bios de tiempo con mayor precisión que los navegantes?

Estas cosas y otras más y más excelentes pueden decirse sin faltar a la verdad so-

bre los méritos de la gota. Pero veo lo que puedes aducir en contra, a saber: que, con

todo, es una enfermedad y que, en general, al igual que las demás, es mejor no tenerla

que tenerla. Y esto es lo que profiere la mayoría, y con unas poquitas palabras desaliña-

das esperan poder turbar y ofuscar tanta gloria. Ahora bien, si únicamente a partir de eso

mismo muestro en el más alto grado su superioridad y su valía, no dudo de que habrán

de quedar convencidos los que piensan que no debe ser digna de ningún prestigio.

Ante todo, la condenas porque es una enfermedad, como si toda nuestra vida no

fuese una enfermedad bastante peor que la gota. En efecto, si llamas “enfermedad” sola-

mente al dolor, la gota será sin duda una enfermedad, mientras que el resto del tiempo

no se puede decir en ese sentido que uno esté enfermo. Pero si llamases “enfermedad” al

malestar del alma y del cuerpo, sucedería algo muy distinto, pues nunca estamos en me-

nor medida enfermos que cuando nos afecta la gota. Son enfermedades la insensatez, el

placer, el olvido de nuestra condición, la ira, el odio, el dolor, por los cuales nos arruina-

mos a nosotros mismos y a los nuestros sin ningún o con escaso motivo. Pero, ¿no es

una enfermedad la melancolía? Y, sin embargo, Aristóteles refiere que la han padecido

la mayoría de los sabios y hombres distinguidos.21 ¿Qué diré de los poetas, los adivinos

y las sibilas? ¿Acaso no padecieron todos alguna enfermedad? Y cuanto más tiempo go-

zaron de estimación, tanto más fueron hostigados. Por eso también a pocos de ellos les

tocó disfrutar de una vida larga. Virgilio era melancólico; Lucrecio, loco; Nasón, insen-

sato; Horacio, borracho. ¿Para qué voy a nombrar a tantos, cuando todos perdieron el

juicio y tuvieron una vida breve?

21
Aristóteles, Problemas, 963a 10.

16
Si hay en nosotros algo divino, se revela especialmente en las enfermedades,

pues entonces prevemos el futuro, disponemos prudentemente los negocios y estamos

libres de las perturbaciones del alma. La gota, con tal de que se junte a la templanza,

vuelve los sentidos agudos, la memoria firme, el cuerpo rollizo, la salud de hierro, la

vida larga, el gusto puro, el sueño tranquilo, el alma amable, los pensamientos alegres y

la mente dispuesta para los estudios de sabiduría. Pues, mientras que las otras enferme-

dades suelen perturbarla, sólo la gota la acrecienta y la aguza.

No obstante, posee el don preeminente e incomparable de que solamente ella

mantiene el alma ya habituada a resistir frente a los dolores más penosos del cuerpo,

como consecuencia de lo cual se desarrollan en el grado más alto su fortaleza, constan-

cia y vigor para que dirija y gobierne al cuerpo contra todos los restantes inconvenientes

[225a]. En efecto, sólo te quejas en lo que a éste se refiere, ya que a propósito del ma-

lestar del alma lo dicho es más que suficiente. Platón, por el contrario, se quejaba de que

gozaba en exceso de buena salud, pues, a menos de que el cuerpo esté ya enfermo, el

alma no puede tener salud.

Pero sea, como he dicho, despreciada el alma, búsquense tan sólo los bienes del

cuerpo: ¿cuánto tiempo te roba la gota? ¿Cuánto te distrae de los negocios? En verdad,

si quieres vivir con moderación, exige trabajos inútiles y cuidados molestos en escasa

medida, o en ninguna. Por ejemplo, si hubiese que servir a una república tumultuosa, a

un príncipe rígido e impertinente o a un amigo imprudente, ¿de dónde se saca mejor una

excusa que de la gota? Tiene el gotoso la mayor parte del tiempo en su poder y no hay

excusa del trabajo más honesta que la gota. Además, si se decide una cuestión de tu in-

cumbencia, puedes decir que el dolor ha remitido.

Pero pasemos por alto estas cosas y tratemos de la enfermedad. ¿Hay alguien

que, si no cae en las manos de la gota, no padezca una enfermedad peor? Si es en el ojo,

17
¿qué tipo de molestias? ¿Qué clase de trance? ¿Cuántos obstáculos? Si en las orejas, tu

vida correrá peligro por la falta de oído. Si en el diente, no puedes ni dormir ni comer.

Si tienes tos, te arriesgas a escupir sangre; si sarna, te vuelves infame y todos huyen tu

compañía; si fiebre, compites por la vida; si dolor de colon o de vientre, aparte del he-

cho de que son de lo más molesto, te encuentras en grave peligro. La nefritis entraña do-

lores agudísimos y conlleva riesgo de muerte; la ictericia da lugar a la hidropesía y la

hidropesía, a la muerte; la taquicardia es semejante a la pena de los infiernos; el dolor de

caderas no es menor que los dolores de gota y deja cojos a quienes lo padecen; la epi-

lepsia es terrible a cada instante y no carece de riesgo para la vida; la hernia nunca se

cura y nunca remite de modo fiable. Por lo tanto, a no ser que esperes haber de perma-

necer siempre indemne, ¿qué hay que puedas desear en mayor medida que la gota? Y

entenderás fácilmente cuán falsa sea dicha esperanza, si examinas uno por uno la vida

de todos los que hayan sobrepasado los cuarenta años. Pues, ¿cuántos hay sin una pési-

ma tara? Pero tales cosas pasan desapercibidas allende los médicos. Por lo que, a juicio

del pueblo, son muchísimos los que están a salvo del daño de una enfermedad; en reali-

dad, sin embargo, ¡qué pocos!

De ese modo, puesto que hemos nacido con la condición de que sea necesario

padecer algo, y puesto que ninguna otra enfermedad es más limpia, apacible, segura y

llevadera, aumenta tanto las fuerzas del alma, realza las costumbres y reporta ventajas a

la vida, la dignidad y las riquezas; por eso, digo, le dedicamos merecidamente un elogio

a aquélla y le atribuimos las debidas alabanzas. Y si algún malicioso calumniador obje-

tara: “¿a qué viene esto? ¿Alabas una cosa horrible y abominable, una enfermedad larga

e incurable?”, [225b] y pensase que esto no ha sido hecho con otro objeto más que para

hacer alarde de facundia o de ingenio, puesto que la gota no sea ni una cosa, ni una dio-

sa, ni nada natural, sino del género de las lesiones, los dolores, las molestias y las men-

18
guas; éste, en verdad, quedará defraudado. Pues, aunque sea un accidente y una cierta

privación, sin embargo, es una cosa, no un mero defecto; la cual, en la medida en que ha

venido hasta los hombres, conviene saber que lo ha hecho con buena estrella antes que

con mala, y que lo mejor en las cosas humanas es saber usar convenientemente de las

que22 suelen perjudicar, así como lo peor es abusar de las que son buenas.

Es signo y es causa de muchos bienes; y, si las cosas deben medirse por su efecto

o resultado, es tal que no tiene parangón entre las cosas humanas. Pues aparte de todo lo

que ya ha sido dicho, ¿de cuántos encontronazos violentos nos libró ella? Hace poco es-

tuvo presente en el almirante de la armada imperial, el genovés Andrea Doria23, a quien

Gianluigi Fieschi24 había dispuesto asesinar a traición tras haberlo invitado a un banque-

te. Pero al encrudecerse los dolores de gota aquél no acudió al banquete, con lo que es-

capó a una muerte inminente. Todos los años que sobrevivió (fueron aproximadamente

trece) se deben al favor de la gota, así como las empresas realizadas durante todo este

tiempo. Pero, ¿para cuántos otros muchos mortales fue la gota su salvación, a fin de que

se protegieran de insidias y peligros inminentes? ¿Cuántos venenos, asesinatos y (si

tampoco hubiese otro mal) excesos se evitan en la medida en que los hombres no asisten

a los banquetes? Porque de cuantos males aquélla nos aparta: asesinatos, injurias, insi-

dias y adulterios, no sólo somos alejados en tanto que ella nos detiene, sino que, a sa-
22
Sustituyo hisque por his quae.
23
Andrea Doria (1466-1560), caudillo y almirante genovés. Comenzó su carrera militar al servicio del
papa Inocencio VIII y, sucesivamente, al de varios príncipes y ciudades italianos; y obtuvo una notable
fama por sus repetidas intervenciones contra los corsarios berberiscos y los turcos. A partir de 1520 militó
en las filas de Francisco I, rey de Francia, quien lo nombró comandante de la flota de Levante, hasta
1528, cuando se pasó al bando de Carlos V. Bajo su protección y tras expulsar a los franceses de la ciu-
dad, reestableció la república genovesa, en cuya nueva constitución se reservó el cargo de “censor perpe-
tuo”, en virtud del cual podía controlar a los principales mandatarios de la ciudad. Como almirante impe-
rial participó, generalmente con éxito, en varias misiones contra los turcos, Túnez, Francia y Argel.
24
Gianluigi Fieschi o Fiesco (1522-1547). Conde de Lavagna y descendiente de una importante familia
de Liguria. El 2 de Enero de 1547 encabezó una conjura contra Andrea Doria que se saldó con la huida
del dictador genovés y la muerte de su sobrino, Gianetto Doria. No obstante, cuando Fieschi descendía al
puerto de Génova desde una galera, cayó al agua y se ahogó. Dos días después Doria volvió a la ciudad,
recuperó el poder y ajustició al resto de los conspiradores. Ordenó asimismo que se colgase el cuerpo de
Fieschi y se dejase pudrir durante dos meses. El suceso que relata Cardano se integra con toda seguridad
en el marco de esta frustrada conspiración (como lo confirma el dato ofrecido a continuación de que Do-
ria vivió todavía trece años más), sin embargo, no he podido encontrar en ninguna otra fuente la noticia
de que Fieschi hubiese invitado a Doria a un banquete antes de estallar la revuelta.

19
biendas de que debemos estar constantemente alerta ante este tipo de cosas y realizar es-

fuerzos, no nos atrevemos a arrostrar el peligro, nos quedamos en reposo y obedecemos

únicamente a la necesidad y a la razón, no a las perturbaciones, por las cuales somos lle-

vados a error. Y de ese modo, puesto que nos aleja y, por así decirlo, nos disuade de los

males, no nos los prohíbe, si la necesidad la excita tampoco le opone resistencia a cual-

quier precio, ni es causa de peligro si la tratan con violencia. Muchos que sufrían agudí-

simos dolores de gota, ante un incendio, se escaparon huyendo como si estuviesen sa-

nos. Tampoco le estorbó a Doria, que rondaba los ochenta, para que una noche a co-

mienzos de enero se diera a la fuga a caballo y en barca. Ni sé de nadie que a causa de la

gota haya sido apresado por los enemigos o que, por haber escapado de sus manos, haya

sufrido perjuicio. Así pues, con tan insignes dotes y ejemplos, especialmente el de este

rey del mar, pongamos fin al elogio de la gota. Y no nos preocupemos de que no sea una

sustancia, pues las sustancias son del género de las cosas divinas, como hemos mostrado

en el Hyperchen.25

Bibliografía selecta sobre Cardano:

BALDI, M; CANZIANI, G. (eds.), Cardano e la tradizione dei saperi. Atti del secondo

Convegno internazionale di studi Milano (23-25 maggio 2002), Milán, 2004.

BALDI, M; CANZIANI, G. (eds.), Girolamo Cardano. Le opere, le fonti, la vita. Atti

del Convegno internazionale di Studi. Milano (11-13 dicembre 1997), Milán, 1999.

INGEGNO, A., Saggio sulla filosofia di Cardano, Florencia, 1980.

KEßLER, E (ed.), Girolamo Cardano: Philosoph, Naturforscher, Arzt. Vorträge gehal-

ten anläßlich eines Arbeitsgespräches vom 8. bis 12. Oktober 1989 in der Herzog-Au-

gust-Bibliothek Wolfenbüttel, Wiesbaden, 1994.

25
Obra publicada en el segundo tomo de opúsculos que acompañaron a la edición del Ars curandi parva
en Basilea el año 1566. Dentro de las Opera Omnia, aparece en el tomo primero, pp. 284-292.

20
SIRAISI, N. G., The Clock and the Mirror. Girolamo Cardano and Renaissance Medi-

cine, Princeton University Press, Princeton, 1997.

21