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UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR DECANATO DE ESTUDIOS DE POSTGRADO COORDINACIÓN DE POSTGRADO EN CIENCIA POLÍTICA MAESTRÍA EN CIENCIA POLÍTICA

EL POPULISMO. CONSTRUCCIÓN DE IMÁGENES Y SÍMBOLOS. APROXIMACIÓN AL GOBIERNO DE HUGO CHÁVEZ

Trabajo de Grado presentado a la Universidad Simón Bolívar por

Héctor Armando Hurtado Grooscors

Como requisito parcial para optar al grado académico de

Magíster en Ciencia Política

Con la asesoría del

Profesor Ivo Ricardo Hernández Mirabal, Ph.D.

Enero, 2009

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DEDICATORIA

A ti, Papi Guido, por despertar en mí el interés por el estudio de lo social y político

iv

AGRADECIMIENTO

A mis padres por los valores inculcados a lo largo de mi vida.

A mis hermanos, por aguantar mi mal humor en los últimos dos años, quizás muchos más.

A mi flaca, por llegar a mi vida en el momento menos esperado. Tu apoyo, paciencia y observaciones fueron un bastión en momentos de flaqueza.

Al profesor Ivo por su disposición para trabajar mancomunadamente en este proceso de producción de conocimiento.

Como siempre, a la música por su compañía durante estos dos años de trabajo.

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v UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR DECANATO DE ESTUDIOS DE POSTGRADO COORDINACIÓN DE POSTGRADO EN CIENCIA POLÍTICA MAESTRÍA

UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR DECANATO DE ESTUDIOS DE POSTGRADO COORDINACIÓN DE POSTGRADO EN CIENCIA POLÍTICA MAESTRÍA EN CIENCIA POLÍTICA

EL POPULISMO. CONSTRUCCIÓN DE IMÁGENES Y SÍMBOLOS. APROXIMACIÓN AL GOBIERNO DE HUGO CHÁVEZ

Por: Hurtado Grooscors, Héctor Armando Carnet: 04-83886 Tutor: Prof. Ivo Ricardo Hernández Mirabal Enero, 2009

RESUMEN

La presente investigación propone como objetivo general identificar el proceso a través del cual el fenómeno populista, por medio del discurso, difundiría imágenes y símbolos para coadyuvar en la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Este objetivo a su vez se desglosa en cuatro objetivos específicos: primero, enumerar los principales rasgos que caracterizan al populismo (lógica populista) como fenómeno social, económico y político; segundo, comprobar la presencia de los rasgos principales del fenómeno populista en el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, desde 1999 hasta 2006; tercero, identificar cómo el Presidente Chávez, siguiendo una lógica populista, difunde imágenes, referentes y símbolos, a través de su discurso político y la implementación de las Misiones Bolivarianas; cuarto identificar las imágenes, referentes y símbolos a partir del análisis del discurso del Presidente Chávez y de los contenidos propuestos por las Misiones Bolivarianas (Misión Ribas, Misión Sucre, Misión Vuelvan Caras). El análisis de distintas fuentes secundarias permitió la identificación de cinco imágenes difundidas a través del discurso del Presidente Chávez y de dos imágenes difundidas por las Misiones Bolivarianas. Se sostiene que las mismas permitirían la consolidación de un imaginario colectivo tendiente a la creación de nuevas identidades políticas en distintos sectores de la sociedad venezolana.

Palabras claves: populismo, lógica populista, difusión de imágenes, chavismo, discurso político

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INDICE GENERAL

Pág.

APROBACIÓN DEL JURADO

DEDICATORIA

AGRADECIMIENTO iv

ii

iii

RESUMEN

v

INDICE GENERAL

vi

INTRODUCCIÓN

1

CAPÍTULO I. EL POPULISMO

9

1.1 Definición teórica del populismo

9

1.1.1 Contextualización histórica del populismo

35

1.1.2 Características económicas del populismo 45

1.1.3 Características políticas del populismo

52

1.2 El populismo de nuevo cuño o neopopulismo

64

1.2.1 Contextualización histórica del neopopulismo 66

68

1.2.3 Características políticas del neopopulismo 72

1.2.2 Características económicas del neopopulismo

1.2.4 El rol de los “outsiders” y el fenómeno de la antipolítica

74

CAPÍTULO II. EL POPULISMO LATINOAMERICANO

85

2.1 Definición teórica del populismo latinoamericano

85

2.2 Antecedentes del populismo en Latinoamérica 103

2.2.1 El Estado tradicional 104

2.2.2 El proceso modernizador: la industrialización a través de la sustitución de

importaciones

107

2.2.3 La alianza policlasista 110

2.3 El fenómeno populista latinoamericano 113

vii

 

2.3.2 El fenómeno neopopulista latinoamericano (1980’s-1990’s)

135

2.3.3 El (re) surgimiento del populismo de izquierda (1990’s-)

148

CAPÍTULO III. CREACIÓN DE IDENTIDADES Y

152

3.1 El “pueblo” y el populismo

152

3.2 La construcción de identidades sociales

155

 

3.2.1

La construcción identitaria del “pueblo”

162

3.3

Creación de identidades según la praxis política populista

187

3.3.2 La identificación a través del descontento: las fallas recurrentes del Estado liberal

 

democrático

190

3.3.3 La creación del “otro”: la identificación a través del opuesto

194

3.3.4 La creación de identidades a través de la mitificación del pasado

197

3.3.5 La creación de nuevas identidades políticas

198

CAPÍTULO IV. POPULISMO Y CREACIÓN DE IDENTIDADES. CASO VZLA

203

4.1

1945-1948: La creación de identidades en el “trienio adeco”

203

4.1.1 El “pueblo”: nuevo actor político

205

4.1.2 La democratización efectiva y el sufragio universal

207

4.1.3 La moralización administrativa

209

4.1.4 La despersonalización del poder

210

4.1.5 El nacionalismo económico

212

4.2

Hugo Chávez y la nueva emergencia del populismo

215

4.2.1 El Presidente Chávez y el ejercicio del liderazgo populista

219

4.2.2 La creación de nuevas identidades políticas

221

4.2.3 Las misiones bolivarianas

250

CAPÍTULO V. CONCLUSIONES

266

REFERENCIAS

282

1

INTRODUCCIÓN

El populismo, como fenómeno social y político, pareciera renacer y reaparecer cada cierto tiempo en el mundo, con especial énfasis en algunos países de la región latinoamericana. Muchas pueden ser las razones que expliquen el por qué de esta constante reaparición y permanencia en numerosos sistemas políticos latinoamericanos, como son los casos argentinos, peruanos, brasileños y venezolanos, por citar algunos, los cuales los cuales en algún momento de su historia política han sido gobernados por líderes y proyectos claramente populistas 1 .

La historia del siglo XX en Latinoamérica ha estado claramente marcada por la presencia del fenómeno populista. Autores desde distintas corrientes de pensamiento se han dado a la tarea de analizar la dinámica de los movimientos sociales y políticos mundiales, y específicamente los latinoamericanos, para definir un fenómeno que es considerado polimorfo y polifacético. Además han tratado de entender el porqué de su continua emergencia en los países latinoamericanos (Germani, 1962, 1978; di Tella, 1965; Ionescu y Gellner, 1970; Malloy 1977; Rey, 1980; Canovan, 1981, 2004, 2005; Paúl Bello, 1996; Conniff, 1999; Weyland, 1996, 1999, 2001; Taggart 2000; Cammack, 2000; Aboy Carlés, 2001; De La Torre, 2003; Hermet, 2003; Laclau, 2005a; Roberts, 2007).

Sobre el populismo clásico, aquel que estuvo presente en la región a mediados del siglo XX y que tiene como ejemplos paradigmáticos a los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, se han señalado entre sus principales características (Arditi, 2003: 17-18):

a) un fuerte discurso nacionalista,

1 Para Torcuato di Tella el populismo es definido como “un movimiento político con fuerte apoyo popular, con la participación de sectores de clases no obreras con importante influencia en el partido, y sustentador de una ideología anti-statu quo. Sus fuentes de fuerza o “nexos de organización son: Una élite ubicada en los niveles medios o altos de la estratificación y provista de motivaciones anti-statu quo; Una masa movilizada formada como resultado de la ‘revolución de las aspiraciones’, y una ideología o un estado emocional difundido que favorezca la comunicación entre líderes y seguidores y cree un entusiasmo colectivo”” (di Tella, 1965: 47-48).

2

b) la percepción del Estado como una recompensa política y principal motor de la

actividad económica,

c) programas económicos sustentados en subsidios y control de precios, sustitución de

importaciones y protección del sector industrial interno,

d) una red clientelar donde se asignan los recursos del gobierno como recompensa para

los seguidores y castigo de los oponentes,

e) uso del gasto público para establecer redes de patronazgo manteniendo una postura de

indiferencia hacia la responsabilidad de la política fiscal y monetaria,

f) movilización de las clases obreras urbanas contra un enemigo identificado como la

“oligarquía”,

g) creación de partidos políticos de masas,

h) culto a la personalidad que exacerba la figura del líder, erigiéndola a un nivel

cuasimesiánico,

i) el papel de los líderes políticos emergentes dispuestos a dejar de lado los mecanismos

del gobierno representativo cuando éstos no les son convenientes.

Ahora bien, a mediados de la década de 1980 empezaría a irrumpir un fenómeno que recordaba en ciertos aspectos al populismo clásico -la presencia de líder outsider que reivindicaban al “pueblo” como actor social y político-, pero con ciertas diferencias sustantivas, particularmente en cuanto al tipo de política económica implementada, de corte neoliberal y orientada al libre mercado (Weyland, 1996, 1999). Por esta razón, se plantearía la irrupción del fenómeno denominado neopopulista, teniendo en la región latinoamericana a los gobierno de Menem en Argentina, Fujimori en Perú y Collor de Mello en Brasil, sus principales referentes.

En el caso venezolano, en los últimos años se ha reavivado la discusión sobre la presencia del fenómeno populista como forma de hacer política. Con la irrupción del movimiento liderado por el Presidente Chávez están presentes rasgos sintomáticos de los populismos clásicos latinoamericanos. Destacan entre ellos una fuerte retórica anti statu quo, la disposición para incorporar al sistema político a los sectores de la sociedad menos favorecidos, la continua movilización de las masas, el liderazgo carismático del propio

3

Chávez, la importancia de alianzas multisectoriales para el apoyo del movimiento, una

importante intervención del Estado en los asuntos económicos, entre otros (Arenas, 2005).

Igualmente, el ascenso de Chávez se enmarca en el fenómeno de la “antipolítica” que ha

estado asociado al neopopulismo, que ha surgido en los últimos años a nivel mundial, debido a

la crisis del sistema de partidos políticos, así como a la deslegitimación de la democracia

representativa, que promueven la aparición de liderazgos fuertes, personalistas y verticales, en

los que se manifiesta altos niveles de decisionismo y voluntarismo político. Esto se traduce en

la aparición de actores en sistemas democráticos inestables, caracterizados por organizaciones

estatales y sistemas partidarios en proceso de descomposición (Mayorga, s/f)

Ahora bien, lo anterior lleva a preguntarse el porqué del arraigo del populismo como

forma de hacer política en numerosos países de la región. Algunos autores sostienen que

puede deberse a la capacidad discursiva que tiene para difundir imágenes, símbolos y

referentes que promueven la construcción de nuevas identidades políticas para sus seguidores,

permitiendo así una nueva, mayor y mejor identificación entre las masas, el movimiento y su

líder (Aboy Carlés, 2001; Laclau, 2005a; Mires, 2007a). ¿Pero qué se entiende por identidad

política? Siguiendo a Aboy Carlés:

Toda identidad política supone un principio de escisión, el establecimiento de un espacio solidario propio detrás del cual se vislumbra la clausura impuesta por una alteridad. Pero a su vez, toda identidad política busca la ampliación de su propio espacio solidario. Las lógicas de la diferencia y la equivalencia, con sus contradictorias tendencias a la división y a la homogeneización de los espacios solidarios, dibujan un conflicto irresoluble que atraviesa pues a cualquier identidad política: conflicto entre el establecimiento de un límite imprescindible para su constitución, y, de otra parte, pretensión de desplazar ese límite, de captar ese espacio que se vislumbra tras la original clausura (2001: 26-27).

De ser cierta esta argumentación, podría decirse que parte del éxito político del

fenómeno populista, así como la aceptación de gobiernos con claras tendencias populistas en

Latinoamérica, se debió y se debe, en gran medida, a la construcción deliberada de nuevas

identidades políticas para aquellos sectores de sus respectivas sociedades que habían sido

marginados de la dinámica política convencional. Se sugiere que el proceso de creación de

nuevas identidades políticas sería impulsado en gran medida por el carisma del líder, es decir,

que el liderazgo carismático de la persona que conduce el movimiento, apelando a un discurso

de carácter reivindicativo de las mayorías marginadas, excluidas de toda participación política,

4

económica y social efectiva, donde la transformación del orden establecido es uno de sus principales objetivos, coadyuva a la construcción de dichas identidades.

El gobierno de Hugo Chávez en Venezuela pareciera no escapar a la lógica descrita anteriormente. El discurso político del Presidente Chávez, con claras connotaciones reivindicativas hacia los sectores populares, así como la propuesta de creación de las Misiones Bolivarianas en 2003 como componentes medulares de la política social de su gobierno, responden no sólo a la deuda social acumulada por gobiernos anteriores, sino también a la creación de nuevos espacios simbólicos significativos, tendientes a consolidar las simpatías políticas hacia la figura del Presidente, creando un modelo unidireccional sin intermediarios. 2

responden a un elemento coyuntural

de la vida política venezolana (el paro general del 2002 y el referéndum del 2004) y a la necesidad de consolidar las simpatías políticas hacia el Presidente en medio de esa coyuntura

tienen un origen coyuntural pero responden largamente a lo que son las intenciones

políticas y de cambio social a las cuales aspira el gobierno del Presidente Hugo Chávez:

reivindicar a las poblaciones excluidas y remodelar un nuevo tipo de sociedad con nuevas formas de participación en el poder” (2005: p. 172).

) (

Sobre este aspecto señala Lacruz “Las Misiones (

)

Se considera que, tanto el discurso del Presidente de la República como los espacios de las Misiones Bolivarianas, se convierten en canales idóneos para la difusión de símbolos, imágenes y formas de representación de la realidad social tendientes a la creación de nuevas identidades políticas.

En este sentido, a través de una revisión de la literatura especializada, la presente investigación se plantearía como objetivo general identificar el proceso a través del cual el fenómeno populista, por medio del discurso, difundiría imágenes y símbolos para coadyuvar en la creación de nuevas identidades sociales y políticas. La tarea central de esta investigación será darle respuesta a la siguiente pregunta: ¿Difunde el fenómeno populista imágenes, símbolos y referentes que promuevan la creación de nuevas identidades sociales y políticas?

2 Este modelo se sustentaría, entre otros, en la relación propuesta por Norberto Ceresole, según la cual no debe haber intermediarios entre el líder (caudillo) y el pueblo. Afirma que “La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un «partido» genérico, fue «delegada» — por ese pueblo — para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y re-ubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional” (Ceresole, 1999).

5

En segundo lugar, contextualizando el fenómeno al caso venezolano, se buscaría identificar si el gobierno de Hugo Chávez sigue la lógica populista anteriormente descrita. En caso de ser así, se pretendería identificar la posible difusión de cierto imaginario que ayude en la labor de construir nuevas identidades sociales y políticas para diversos sectores de la población venezolana. Con esto se buscaría dar respuesta a las otras preguntas centrales de esta investigación: ¿Difunde el gobierno del presidente Hugo Chávez imágenes, símbolos y referentes que promuevan la creación nuevas identidades sociales y políticas para aquellos sectores relegados de la dinámica política convencional? Y de ser así, ¿qué imágenes, símbolos y referentes llega a difundir?

Objetivos

Objetivo general:

Identificar cómo el fenómeno populista, difunde imágenes, referentes y símbolos, a través del discurso político.

Objetivos específicos:

Enumerar los principales rasgos que caracterizan al populismo (lógica populista) como

fenómeno social, económico y político.

Comprobar la presencia de los rasgos principales del fenómeno populista en el

gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, desde 1999 hasta 2006.

Identificar cómo el Presidente Chávez, siguiendo una lógica populista, difunde

imágenes, referentes y símbolos, a través de su discurso político y la implementación de las Misiones Bolivarianas.

Identificar las imágenes, referentes y símbolos a partir del análisis del discurso del

Presidente Chávez y de los contenidos propuestos por las Misiones Bolivarianas (Misión

Ribas, Misión Sucre, Misión Vuelvan Caras)

6

Hipótesis:

El populismo difunde imágenes, símbolos y referentes que coadyuvan en la creación de

nuevas identidades sociales y políticas.

El gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, el liderazgo ejercido por él mismo y su

forma de hacer política, denotan ciertos rasgos que permiten considerarlo como populista.

El gobierno de Hugo Chávez, siguiendo la lógica populista, difunde y construye

imágenes, referentes y símbolos que podrían fomentar la creación de nuevas identidades

políticas para diversos sectores de la sociedad venezolana.

Metodología Esta investigación pretende ahondar en los lineamientos teóricos que definen al

populismo como fenómeno social, económico y político, tanto en su versión clásica como en

la nueva versión conocida como neopopulismo. Este trabajo permitirá detectar si el caso

venezolano, encarnado en el gobierno de Hugo Chávez ha seguido el patrón, así como la

lógica del populismo de difundir imágenes, símbolos y referentes que ayuden a la creación de

nuevas identidades sociales y políticas para aquellos sectores de la sociedad que habían sido

relegados del juego político tradicional. Se utilizará como referente histórico al “trienio adeco”

(1945-1948), considerado como uno de los casos paradigmáticos de movimientos populistas

que lograron acceder al ejercicio del poder como gobierno, promoviendo la difusión de un

imaginario tendiente a la construcción de nuevas identidades sociales y políticas, así como la

consolidación de nuevas relaciones de solidaridad entre distintos sectores de la sociedad

venezolana para la época.

En este sentido, para cumplir con los objetivos planteados se procederá a la recolección

de datos secundarios, fundamentalmente a través de la revisión documental de fuentes

bibliográficas relacionadas con el tema del populismo, publicaciones y trabajos referentes al

“trienio adeco” y la labor impulsada por sus líderes para promover la creación de nuevas

identidades sociales y políticas, distintos discursos y alocuciones públicas realizadas por el

Presidente Chávez en los últimos años y publicaciones propias de las Misiones Bolivarianas,

específicamente de las tres misiones que tienen un componente de formación sociopolítica

importante: Misión Ribas, Misión Sucre y Misión Vuelvan Caras. La escogencia de estas tres

7

misiones es deliberada, ya que cuentan con una serie de publicaciones que apuntarían a la

consolidación de un imaginario específico que coadyuve a la creación de nuevos referentes

identitarios.

A través de la realización de estas actividades, se pretende identificar la aparición de

nuevos referentes en el imaginario colectivo, los cuales pudieran no haber existido en la vida

nacional previamente. Detectar estos nuevos referentes podría dar a entender que la creación

de nuevas identidades políticas es viable a partir de la socialización y apropiación de los

mismos. Al ser una investigación de carácter documental, este estudio podrá identificar la

construcción y presencia de los símbolos, referentes e imágenes en el discurso del Presidente

Chávez y en los espacios de las Misiones escogidas que podrían ayudar a la creación de las

nuevas identidades.

Estructuración de la investigación La investigación está divida en cuatro capítulos y un apartado para las conclusiones

generales.

En el primer capítulo se revisan distintas posturas y corrientes de pensamiento que han

pretendido formular una definición teórica del populismo como fenómeno social, económico

y/o político a lo largo de las últimas décadas. Se ahonda también en algunos casos históricos

concretos vinculados al populismo y al neopopulismo, en países latinoamericanos y europeos.

El segundo capítulo se desarrolla bajo una lógica similar al primero, sólo que se

circunscribe al fenómeno populista latinoamericano.

En el tercer capítulo se abordan los distintos procesos a través de los cuales pueden

difundirse símbolos, referentes y modos de representación de la realidad social como

elementos coadyuvantes para la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Se explica

además el proceso a través del cual puede construirse un “pueblo” como nuevo actor dentro de

una sociedad. Por último, se señalan algunos momentos históricos significativos donde se han

desarrollado distintas interpretaciones del “pueblo” como actor primordial en las

transformaciones sociales y políticas de las sociedades en general.

El cuarto capítulo aborda dos momentos particulares de la realidad sociopolítica

venezolana donde se produjeron aportes significativos al imaginario colectivo de la sociedad

8

por parte de dos gobiernos que apelaron a la lógica populista de construcción de la realidad social: el trienio adeco (1945-1948) y el gobierno del Presidente Chávez (1999-2006). Se presentan las imágenes y símbolos específicos difundidos por estos gobiernos, sugiriendo como pudiesen haber influido en la construcción de nuevos vínculos de solidaridad social, así como a la creación de nuevas identidades políticas.

Por último, se presentan unas conclusiones generales donde se sintetizan los principales elementos que caracterizan al fenómeno populista en general, y al populismo latinoamericano en particular. Además, se muestran aquellos puntos de encuentro del gobierno del Presidente Chávez con el fenómeno populista y neopopulista.

9

CAPÍTULO I EL POPULISMO

1.1 Definición teórica del populismo Definir el populismo como fenómeno social, económico y político no es labor que pueda

resolverse en unas pocas líneas. La ciencia política en particular está llena de ejemplos de las

distintas aproximaciones y conceptualizaciones asignadas al término, siendo éstas un claro

esfuerzo por entender desde una perspectiva amplia las dimensiones del fenómeno populista 3 .

Por esta razón, el siguiente apartado tiene como principal objetivo, partiendo de una revisión

de los conceptos clásicos expuestos en la literatura politológica sobre el tema, en muchas

ocasiones ambiguos y contrapuestos, presentar aquellas características que definen y

distinguen al populismo como fenómeno social, económico y político 4 .

En revisión de la literatura especializada, se encuentra en Di Tella (1965) uno de los

primeros esfuerzos por definir el fenómeno del populismo 5 . El autor resalta la crisis

3 Ionescu y Gellner (1970) organizaron un ciclo de conferencias en la London School of Economics entre el 19 y 21 de mayo de 1967 con el firme propósito de intentar definir el populismo como fenómeno, en el entendido de que “no puede haber duda alguna respecto de la importancia del populismo, pero en cambio nadie sabe exactamente qué es” (p. 7), es decir, plantean la pregunta de si existe realmente un fenómeno que pueda corresponderse con ese nombre -populismo-. Por esta razón, el objetivo del encuentro estuvo centrado en “aclarar las vertientes principales de un concepto que durante el siglo pasado, y aún más en el presente, ha cumplido un papel crucial de lo que se supone habitualmente en la formación de la mentalidad política” (p. 11). Las ponencias presentadas en el ciclo formaron parte del ya famoso e indispensable libro para el estudio del tema:

Populism. Its Meanings and National Characteristics (Ionescu, Ghita y Ernest Gellner comp. Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores).

4 Siguiendo a Ionescu y Gellner (1970), para definir el populismo, independientemente de las distintas formas en las que pueda plasmarse, se deben tener presente cinco interrogantes principales, lo que dificulta aún más el estudio del mismo:

1. ¿Es el populismo una ideología, un movimiento, o ambas cosas a la vez?

2. ¿Fue una actitud mental que irrumpió con cierta frecuencia en diferentes contextos históricos y geográficos como resultado de la situación particular que enfrentaron algunas sociedades?

3. ¿Puede definirse el populismo a la luz de la psicología política?

4. ¿Demuestran siempre una actitud de rechazo hacia fuerzas externas desconocidas? ¿Es el negativismo lo que lo caracteriza?

5. ¿Cuál es el “pueblo” que idolatra el populismo? ¿Qué es lo que entiende por él?

5 Las referencias y citas textuales de este trabajo -publicado originalmente con el título “Populismo y reforma en América Latina” en Desarrollo Económico, abril-junio de 1965, vol. IV, n. 16-, pertenecen al libro Germani, di Tella y Ianni (1973). Populismo y contradicciones de clase en Latinoamérica, Ediciones Era, pp. 151.

10

experimentada por los países latinoamericanos una vez concluida la Primera Guerra Mundial, asociada al desgaste del modelo económico de exportación de materias primas puesto en marcha a finales del siglo XIX y principios del XX, que beneficiaba a las oligarquías de sus respectivos países. Sí bien este modelo permitió una leve modernización en lo económico, en el plano político fue incapaz de incorporar a nuevos sectores profesionales e intelectuales que veían con cierto descontento las limitaciones impuestas por el orden oligárquico, lo que resultó en la incongruencia de status de estos nuevos grupos sociales 6 . Los grupos incongruentes encontraron en las masas movilizadas y disponibles un aliado importante para cumplir con sus objetivos de cambiar el orden de las cosas, el statu-quo, lo que se materializó en una alianza sumamente diversa en su composición interna, lo que llevó a resaltar su carácter policlasista. La irrupción de esta alianza diversa es lo que permite hablar de populismo, conceptualizado por el autor como “un movimiento político con fuerte apoyo popular, con la participación de sectores de clase no obreras con importantes influencia en el partido, y sustentados de una ideología anti-statu quo” 7 (p.47).

Por su parte, otro de los autores abocados a la tarea de definir el populismo es Worsley (1970) 8 , quien destaca el uso del término populista para resaltar “todo movimiento que invocara el nombre del pueblo: el folk simple, ordinario e inculto, el hombre común, la masa, el descamisado, el san-culotte; llamamiento suficientemente amplio como para abarcar (…) a los trabajadores, campesinos-granjeros, microempresarios, miembros de tribus” (p. 296). Esta amplitud de criterios para incorporar simpatizantes y representados al movimiento le ofrecía un marco de referencia a “todos los sujetos de poca monta, víctimas de una amenaza y xenófobos, carentes del marco de orientación que proporciona la organización de los

6 Como bien señala el autor (Di Tella, 1965), la incongruencia de status está asociada al abismo que se produce “entre las aspiraciones y las satisfacciones en la esfera ocupacional, en particular por las personas educadas (…) aristócratas empobrecidos, comerciantes nuevos ricos que no son aún aceptados en los círculos más elevados, minorías étnicas, todos añaden posibilidades para la creación de este tipo de individuos y grupos” (pp. 42-43).

7 Los elementos que le darían fortaleza al populismo son: “1) Una élite ubicada en los niveles medios o altos de la estratificación y provista de motivaciones anti-statu quo; 2) Una masa movilizada formada como resultado de la ‘revolución de las aspiraciones’; 3) Una ideología o un estado emocional difundido que favorezca la comunicación entre líderes y seguidores y cree un entusiasmo colectivo” (di Tella 1965: p.48)

8 Peter Worsley fue uno de los ponentes participantes en el ciclo de conferencias organizado por Ionescu y Gellner (1970), donde presentó una ponencia titulada El concepto de populismo, señalando la amplitud y la vaguedad a la que se refiere el término populismo, debido a que fue utilizado para referirse a movimientos tan disímiles como: a) el movimiento narodnik ruso de mediados del siglo XIX; b) movimientos rurales del suroeste de los Estados Unidos; c) movimientos, gobiernos y estados en los países no alienados a la KOMINTERN de África, Asia y Latinoamérica y; d) movimientos e ideologías que hacen especial referencia a la voluntad del pueblo y el contacto popular directo con los líderes políticos.

11

trabajadores; ofrecíales (…) una nueva identidad comunal transectorial, acoplada (…) a las

imágenes nacionales –el Volk-” (p. 296).

En una línea argumentativa semejante, MacRae (1970) 9 señala que el populismo

decimonónico, tanto el narodnik ruso como el populismo norteamericano, irrumpen en sus

respectivos países debido a la combinación de ciertos elementos sociales, económicos,

políticos y culturales muy particulares. Serán movimiento caracterizados por su oposición a

una situación que consideran desfavorable para el campesinado, en particular resaltaron los

siguientes elementos:

La rebelión contra la situación alienada del hombre, la idea de que la personalidad integral era mutilada por la división social del trabajo, la creencia en el carácter sacro de la tierra y de quienes la trabajan –así como en el alto status de estos últimos-, la fe en la pertenencia a una comunidad consensual local, fija y llena de virtudes y, por último, la convicción de que estas virtudes solo podrían ser anuladas por la usurpación del poder, la conspiración y la acción tenaz de los vicios urbanos y foráneos (p. 199).

Teniendo presente estos elementos, y la particularidad de los fenómenos que MacRae

aborda en su trabajo (1970), al lector no le debe extrañar que recomiende utilizar el término

populista sólo cuando un movimiento social, la mayoría de las veces agrario, se ve amenazado

por los efectos de la modernización económica, social y política, por lo que apela al rescate de

los valores constitutivos del “pueblo”.

Ante la amenaza de algún tipo de modernización, industrialismo o como quiera que se lo llame, surge un sector predominantemente agrícola en la población que presenta un programa de acción política que reúne las siguientes características:

creencia en una comunidad y (…) un Volk como los únicos virtuosos; sentimiento igualitarista y contrario a todas las élites, de cualquier índole que fueren; búsqueda de un pasado mítico para regenerar el presente; equiparación de la usurpación del poder con la conspiración extranjera; rechazo de toda doctrina que postule la inevitabilidad social, política o histórica, y (…) creencia en un apocalipsis inminente e instantáneo, mediado por el carisma de los líderes y legisladores heroicos (…). Si junto a todo ello encontramos un movimiento o asociación de corta vida tendientes a alcanzar fines políticos mediante la intervención estatal, pero no un partido político serio, autentico y continuo, entonces estamos ante el populismo en su forma más típica (pp. 200-201).

9 Ponencia presentada en el marco del evento organizado por Ionescu y Gellner en la London School of Economics (1970) y recogida en el libro Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores.

12

Por su parte, Wiles (1970) 10 , define el populismo como “todo credo o movimiento fundado en la siguiente premisa principal: la gente simple, que constituye la aplastante mayoría, y sus tradiciones colectivas son las depositarias de la virtud” (p. 203). Destaca una serie de elementos, partiendo de la definición expuesta, que pueden “caracterizar” el fenómeno del populismo, entre los que cabe señalar 11 :

1. Más que programático, el populismo es moralista, ya que apela a la actitud correcta y

el carácter espiritual por sobre la lógica y la efectividad.

a

cuasireligioso con las masas.

2.

Tiende

a

arrojar

los

grandes

líderes

a

un

contacto

carismático,

místico

y

3. Carece de organización y disciplina, por lo que en la mayoría de los casos, aunque no

siempre, estamos ante la presencia de movimientos políticos y no partidos políticos 12 .

4. En el plano ideológico, prevalece la imprecisión, e incluso, si hay pretensiones por

definirla suele haber rechazo y hostilidad de parte de los miembros del movimiento.

5. Se opone abiertamente al orden establecido, al establishment o statu-quo, y a toda

contraélite. Por lo general irrumpe cuando un grupo toma conciencia de sí mismo, se siente alienado con respecto a los centros de poder 13 .

6. Es reformista más que revolucionario, por lo que la lucha de clases en el sentido

marxista es totalmente omitida de su discurso.

7. Puede ser urbano, encontrando en los migrantes recién llegados a las ciudades un

aliado poderoso. Además, al declarar su preferencia por el hombre común, no experimenta

10 Ídem.

11 Para el listado completo de características propias del populismo elaborado por Wiles (1970), el lector puede remitirse al libro Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores, pp. 203-220.

12 A pesar de esta afirmación, Di Tella (1965) resalta la importancia de los partidos políticos en el estudio del populismo, destacando entre las distintas variaciones posibles los partidos integrativos policlasistas que incluye sectores de la clase obrera, numerosos grupos de la burguesía y de las clases medias(el Partido Revolucionario Institucional -PRI- mexicano de los últimos años); los partidos apristas apoyados ampliamente por la clase obrera y sectores de la clase media (la Alianza Popular Revolucionaria Americana -APRA- peruana, Acción Democrática -AD- en Venezuela); los partidos reformistas militaristas con un amplio apoyo en las fuerzas armadas que se rebelan contra el statu-quo, así como una parte importante de la población y de las organizaciones profesionales sindicales (el partido de Nasser en Egipto); los partidos social-revolucionarios que aparecen en países claramente subdesarrollados (el castrismo en Cuba, el MNR boliviano, el MIR venezolano)

13 Esto complementa la tesis de di Tella (1965) sobre la incongruencia de status de sectores medios no asimilados por el orden establecido, lo que se traduce en la formación de alianzas de éstos con otros sectores de la sociedad, lo que permite la irrupción de de las alianza policlasista propia del populismo.

13

rechazo ante las masas urbanas, antes bien, las considera como elemento importante de su

lógica política.

8. Se opone a las desigualdades sociales y económicas producidas por el establishment y

sus instituciones.

9. Es fundamentalmente nostálgico, recurriendo siempre a una época pasada que fue

mejor, que es utilizada como principal referencia para la construcción de un futuro promisorio

para la sociedad en su conjunto, pero en particular para el “pueblo”.

Otro estudioso del fenómeno populista es Stewart (1970) 14 , quien considera que el

populismo “surge como respuesta a los problemas planteados por la modernización y sus

consecuencias; entre estos problemas, los más importantes son los del desarrollo económico y

la autoridad política” (p. 221). Es por ello que el fenómeno populista debe entender a partir del

conflicto que se produce entre la metrópoli y la provincia, producto de las diferencias entre

ellas.

Esta tensión es producto del desarrollo diferencial, el estado atrasado de las “provincias”, tanto desde el punto de vista objetivo (en términos de poder, influencia cultural, etc.) como subjetivo (en términos de la amenaza percibida a los intereses, status, valores, etc.). De dos de esas tensiones deriva el populismo sus rasgos peculiares: la que existe entre los países atrasados y los más adelantados, y la que existe entre las regiones atrasadas y desarrolladas de un mismo país (p.

222).

Por su parte, Ianni (1972) presenta algunos elementos destacados en su trabajo 15 que

conviene rescatar en este apartado. Sugiere que las experiencias populistas, particularmente las

de Latinoamérica, irrumpieron bajo configuraciones estructurales e históricas comunes, siendo

éstas el derrumbe del Estado “tradicional” u “oligárquico” debido a su incapacidad para

canalizar las demandas de los diversos sectores excluidos en las sociedades latinoamericanas.

Ocurrieron durante la época en que se conforma definitivamente la sociedad de clases. Es el periodo en el que quedan superadas las relaciones estamentales o de casta creadas por el colonialismo mercantilista ligado al régimen esclavista y preservadas más o menos intactas hasta la primera Guerra Mundial (…) Las manifestaciones más notables del populismo aparecieron en la fase crítica de la lucha política de aquellas clases sociales surgidas en los medios urbanos y en los

14 Ionescu y Gellner. ob. cit.

15 Las referencias y citas textuales de este trabajo -publicado originalmente en Revista Mexicana de Ciencia Política, n. 67, ene-mar 1972-, pertenecen al libro Germani, di Tella y Ianni (1973). Ob. cit.

14

centros industriales contra las oligarquías y las formas arcaicas del imperialismo. En este sentido, el populismo es un movimiento de masas que aparece en el centro de las rupturas estructurales que acompañan a las crisis del sistema capitalista mundial y las correspondientes crisis de las oligarquías latinoamericanas. Las nuevas relaciones de clase comienzan a expresarse de un modo más abierto cuando las rupturas políticas y económicas (internas y externas) debilitan decisivamente el poder oligárquico (p. 85).

Se ha comentando en este apartado el papel preponderante que cumplieron las masas

movilizadas como elemento fundamental para la irrupción del populismo en Latinoamérica

(ver: di Tella 1965). En este sentido, Ianni (1972) profundiza sobre la importancia que las

mismas tuvieron para la configuración de un nuevo modelo de Estado que respondería a las

necesidades de los grupos que conformaron la alianza policlasista.

Las masas populistas (tanto por sus actuaciones como por la forma en que son manipuladas) posibilitan la reelaboración de la estructura del Estado, particularmente en lo que se refiere a sus nuevas atribuciones (…) En la época del populismo el Estado revela una nueva combinación de los grupos y clases sociales, interna y externamente. El colapso de las oligarquías, liberales o autoritarias, constituidas en el siglo XIX, junto con las crisis del imperialismo europeo y norteamericano, abre nuevas posibilidades de reorganización del aparato estatal. Es en este contexto que las masas surgen como un elemento político importante o decisivo (p.86).

Otro autor que ha abordado la conceptualización del populismo es Malloy (1977), quien

señala la irrupción del fenómeno en los países latinoamericanos durante la década de los 30,

40, 50 y 60 como parte de la crisis del modelo económico imperante a principios del siglo XX,

sustentado en la exportación de materias primas hacia los países industrializados para comprar

luego los productos confeccionados con las mismas 16 . El populismo remite a una amplia gama

de movimientos políticos en la región que rechazaron los lineamientos del “liberalismo

económico” abrazando un sentimiento nacionalista que buscaba el desarrollo económico del

país desde su seno interno. Esta estrategia sería conocida como “sustitución de importaciones”

o “crecimiento hacia adentro” y fue promovida principalmente por la Comisión Económica

para América Latina (CEPAL) 17 .

16 Esta observación también es desarrollada por Di Tella (1965) en sus trabajos.

17 La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) fue establecida por la resolución 106 (VI) del Consejo Económico y Social, del 25 de febrero de 1948, y comenzó a funcionar ese mismo año. La CEPAL es una de las cinco comisiones regionales de las Naciones Unidas y su sede está en Santiago de Chile. Se fundó para contribuir al desarrollo económico de América Latina, coordinar las acciones encaminadas a su promoción y reforzar las relaciones económicas de los países entre sí y con las demás naciones del mundo. Una de sus figuras más

15

Como señala el autor, el populismo se convirtió en la principal estrategia para impulsar el cambio político que anhelaban los sectores medios de la sociedad, por lo que buscaron construir coaliciones multiclasistas lo suficientemente sólidas como para acceder al poder y lograr el control del aparato estatal, para así poner en marcha programas sociales y económicos que coadyuvaran a la concreción de cambios estructurales, es decir, que permitieran la transformación del establishment al que estos sectores se oponían 18 . Destacan entre la amplia gama de populismos que emergieron en la región los liderazgos personalistas de Perón en Argentina y Vargas en Brasil, constructores ellos de movimientos e ideologías políticas desde espacios propios del orden político –ambos eran militares de profesión que fueron formados por el régimen oligárquico al que luego combatieron fervientemente-, hasta partidos políticos de oposición ampliamente estructurados como el APRA en Perú, AD en Venezuela y el MNR boliviano, abocados a la tarea de construir ideologías coherentes que dotaran de contendido a sus posturas anti statu-quo.

Según Malloy (1977), los populismos de la región latinoamericana tuvieron como finalidad explícita lo siguiente:

1. Alcanzar la independencia económica ante las potencias internacionales, de ahí el

acento antiimperialista de su retórica.

2. Superar las estructuras locales de carácter semi-feudal, a través de la reforma agraria y

la industrialización, para liberar a la población de la dominación oligárquica, lo que impactaría significativamente en el desarrollo del país.

emblemáticas fue Raúl Prebisch (1901-1986), nombrado Secretario General de la organización en 1948 y considerado el fundador y principal exponente de la escuela económica del "estructuralismo latinoamericano". Desarrolló la tesis de la "Teoría de la Dependencia", donde planteaba que las empresas coloniales y el comercio internacional no habían sido útiles para el desarrollo económico sino que, al dislocar las estructuras e instituciones socio-económicas de las colonias, generaron una serie de problemas (dependencia de las exportaciones, crecimiento desequilibrado) que bloquearon las posibilidades de desarrollo. Así, los países del tercer mundo cayeron en un estado de "dependencia" del primer mundo, convirtiéndose en productores de materias primas en una relación de "centro-periferia" con sus metrópolis. Por esta razón, el pensamiento Cepalista considera que para que estos países pudiesen entrar en una senda de desarrollo económico y social sostenido, se haría necesario que se les permitiera un cierto “proteccionismo” en el comercio exterior y la deliberada promoción de estrategias productivas con miras a la sustitución de importaciones. De ahí deriva el nombre de la principal política económica aplicada por la mayoría de los gobiernos latinoamericanos a mediados del siglo XX conocida como Política de Crecimiento o Desarrollo Endógeno. 18 Malloy (1977) señala los liderazgos carismáticos de Perón en Argentina y Vargas en Brasil, así como las gestiones de los partidos APRA en Perú, AD en Venezuela y el MNR en Bolivia, como algunas de las principales experiencias populistas en la región latinoamericana.

16

3. Promover justicia social para todos los sectores de la nación, es decir, para el “pueblo”

como un todo.

La institución central que preveían los líderes y los movimientos populistas para impulsar la transformación de la sociedad era el Estado 19 , por esto una de las principales metas de las alianzas policlasistas consiste en el acceso al poder político-institucional, es decir, acceder al Estado -por vías democráticas o por golpes militares de facto-, para tener control de los recursos nacionales y así promover la inversión local y una distribución equitativa de la riqueza (Malloy 1977: p. 11).

Otro estudioso del tema que no puede ser obviado dado su esfuerzo por conceptualizar el populismo es Gino Germani (1978) 20 , quien considera el populismo como un movimiento policlasista que incorpora elementos tan disímiles como el reclamo por la igualdad en materia de derechos políticos y la participación universal de la gente común, del “pueblo”, acompañado por cierta forma de autoritarismo que la mayoría de las veces se canaliza a través de un liderazgo carismático. Además incluye demandas de carácter “socialista”, como en el caso de la “justicia social”, una defensa de la pequeña propiedad, fuertes componentes nacionalistas y antiimperialistas, así como la negación de la importancia de la clase, omitiendo la interpretación marxista de la “lucha de clases” como motor fundamental del desarrollo de las sociedades. Esto va acompañado de la afirmación de los derechos de la gente común como enfrentados a los grupos de interés privilegiados, el statu quo, generalmente contrarios al “pueblo” y la nación.

Siguiendo la línea argumentativa según la cual el populismo sería un fenómeno sumamente complejo de definir en el marco de las ciencias sociales y la ciencia política en particular, Juan Carlos Rey (1980) 21 destaca que el fenómeno irrumpe en América Latina para promover cambios sociales. A pesar de tener claro una de las principales labores que cumplía

19 Para los efectos de esta investigación, la institución del Estado será entendida a la luz de los planteamientos de Max Weber (1992) sobre el tema, para quien el Estado moderno se define por el hecho de ser una asociación política que cumple el rol específico de detentar la coacción física. En palabras de este autor, el Estado sería “aquella comunidad humana que en el interior de determinado territorio (…) reclama para sí (con éxito) el monopolio de la coacción física legítima” (p. 1056). Más adelante señala que el Estado es “una relación de dominio de hombres sobre hombres basada en el medio de la coacción legítima (…) Así, pues, para que subsista es menester que los hombres dominados se sometan a la autoridad pde los que dominan en cada caso” (p. 1057).

20 Germani, Gino (1978). Authoritarianism, Fascism and National Populism. New Brunswick, New Jersey, Transaction Books., pp. 292.

21 Las referencias y citas textuales de este trabajo pertenecen al libro Rey (1998). Problemas sociopolíticos de América Latina. UCV, Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, Caracas. pp. 267.

17

el populismo en la región, este autor afirma que su definición es compleja debido a las distintas

aproximaciones con las que se ha tratado el concepto. Así para unos es un movimiento que

promueve el cambio social, mientras que para otros es simplemente un modo de hacer política

profundamente deshonesta.

La dificultad aumenta por la diversidad de valores que se asocian al término, pues mientras para algunos el populismo representan un movimiento genuinamente latinoamericano, original, capaz de movilizar e integrar grandes masas y la única fuerza política transformadora viable en nuestros países, para otros es, por el contrario, un movimiento demagógico, oportunista, manipulativo, corrupto, retórico e ineficaz (p. 118).

Para este autor ambas apreciaciones tienen algo de cierto, y deben ser abordadas al

momento de estudiar el fenómeno del populismo, es decir, puede entenderse como un

fenómeno de índole social, política y económica que promovió cambios en la región o como

un movimiento meramente manipulativo y/o acomodaticio que trajo más problemas que

soluciones para los países latinoamericanos que experimentaron el fenómeno populista.

Los partidos o movimientos políticos populistas latinoamericanos se caracterizan, ante todo, por constituir una coalición de clases y grupos sociales heterogéneos; son esencialmente de carácter policlasista. La creación y mantenimiento de tal tipo de coalición puede obedecer a dos tipos de necesidades que, eventualmente entran en contradicción: 1) la de una reorganización del orden sociopolítico existente, mediante la movilización de masas hasta entonces pasivas y su integración a la nación tanto desde el punto de vista de su participación política como económica y social, (…) desarrollará una cultura política que trate de servir de base a un nuevo sistema de lealtades valiéndose frecuentemente de un liderazgo carismático y mediante la sólida unión emocional frente a un enemigo común (“el imperialismo”,” las oligarquías”, etc.). 2) La conservación y legitimación de un orden socio-político, mediante el reconocimiento de la diversidad de intereses que abarca y el compromiso, la conciliación y la transacción entre ellos, (…) tenderá a desarrollar una cultura política con énfasis en la acomodación de tipo utilitario (Rey, ídem. p. 118) 22 .

22 Al igual que Di Tella (1965), Rey (1980) considera el fenómeno populista sólo desde la esfera de lo socio-

político, al delimitarlo a los movimientos y partidos políticos que irrumpen en la vida política de los países de la región, en particular cuando se dan tres condiciones:

1. Un proceso de intensa movilización social que coadyuva a la disolución de los nexos o vinculaciones tradicionales interpersonales (conflictos internos en el statu-quo) por un lado, y que crea una masa desarraigada y disponible para incorporarse en nuevas organizaciones sociales y contraer nuevas lealtades.

18

Por su parte, Margaret Canovan (1981) en uno de sus primeros acercamientos sistemáticos para abordar la conceptualización del fenómeno populista 23 , destaca la variedad con que se ha utilizado el adjetivo “populista” al circunscribirlo a las técnicas de la democracia directa como son el referéndum y las consultas populares, dictaduras como la de Perón en Argentina, partidos políticos latinoamericanos con ideologías poco elaboradas, alianzas policlasistas, movimientos agrarios, entre otros (p. 3). En este sentido, destaca las distintas definiciones que han promovido esta “conflictividad” a la hora de definir el fenómeno:

1. El socialismo que irrumpe en países campesinos atrasados con problemas para impulsar

la modernización y desarrollo de los mismos.

2. Una ideología de los pequeños pobladores rurales amenazados por el abuso del capital

industrial y financiero.

3. Movimiento rural que busca realizar los valores tradicionales en una sociedad que

experimenta profundos cambios y transformaciones sociales.

4. La creencia de que la opinión mayoritaria de la gente común es controlada por unas

élites minoritarias.

5. Credo o movimiento sustentado en la premisa según la cual la virtud reside en la gente

simple, que constituye la aplastante mayoría, y en sus tradiciones colectivas 24 .

6. La voluntad de la gente está por encima de cualquier otro criterio.

7. Movimiento político sustentado en un amplio apoyo por parte de los trabajadores

urbanos y/o del campesinado, pero que no es el resultado del poder organizativo inherente a alguno de estos sectores (p. 4).

Debido a la variedad de definiciones con las que se ha abordado el estudio del populismo, la autora señala la “imposibilidad” de encontrar una definición “única” sobre el fenómeno. Por

sin tierras, obreros subempleados o subpagados) y social (estratificación social de carácter estamental, derivando privilegios por el origen familiar).

3. La aparición de sectores medios en los principales centros urbanos, por lo general intelectuales y

profesionales que padecen de incongruencia de status (pp. 120-121). 23 Se refiere al ampliamente conocido trabajo: Canovan, Margaret (1981). Populism. Harcourt Brace Jovanovich, pp. 351. 24 Esta es la definición desarrollada por Wiles (1970) en Un síndrome, no una doctrina: algunas tesis elementales sobre el populismo. Ver: Ionescu y Gellener. ob. cit.

19

ello propone distinguir entre dos tipos populistas diferenciados entre ellos: uno agrario, asociado a un radicalismo rural; otro político, sustentado en la relación entre el “pueblo” y las élites.

Entre los populismos agrarios destacan:

1. El radicalismo agrario (Partido del Pueblo de los Estados Unidos).

2. Los movimientos campesinos (Levantamiento Verde de Europa del Este).

3. El socialismo intelectual agrario (el narodniki ruso).

Por su parte, los populismos políticos abarcarían:

1. Las dictaduras populistas, como la de Perón en Argentina o Vargas en Brasil.

2.

referéndum, para promover la participación del “pueblo”.

Las

democracias

populistas

que

recurren

a

herramientas

participativas

como

el

3. Los populismos reaccionarios como el caso de George Wallace y sus seguidores 25 .

4. El populismo de los políticos, aspirantes a un cargo de elección popular o gobernantes,

que buscan la construcción de coaliciones o movimientos carentes de ideologías para fomentar

la convocatoria unificada del “pueblo” como un todo (p. 13).

Drake (1982 cp. Dornsbusch y Edwards, 1992) 26 considera tres elementos necesarios para una definición provisional del fenómeno populista, el cual se basa en la “movilización política, la retórica recurrente y los símbolos destinados a inspirar al pueblo” (p.17). Por lo general tendrá su apoyo en una coalición heterogénea donde predomina la clase trabajadora pero que incluye sectores de los estratos medios y altos que fungen como sus líderes. Además el populismo apela a las políticas de corte reformista que buscan el desarrollo sin provocar un conflicto clasista de corte revolucionario, alejándose de esta manera de la interpretación marxista de la lucha de clases como el motor principal de los cambios sociales. Estos

25 Político estadounidense que fue elegido gobernador del estado de Alabama por el Partido Demócrata para cuatro períodos constitucionales (1962, 1970, 1974 y 1982), caracterizado por una postura claramente segregacionista que caló ampliamente en la población de los estados del Sur de los Estados Unidos.

26 Los trabajos de Drake (1982) son considerados ya “clásicos” para el estudio del populismo en Latinoamérica. Al que hacen referencia Dornsbusch y Edwards en particular es a Conclusión: Réquiem for Populism?, el cual a su vez formó parte de un trabajo más exhaustivo en el que Conniff (1982) fungió como compilador titulado Latin America Populism in Comparative Perspective, Albuquerque, University of New Mexico Press.

20

programas económicos responden a los problemas de subdesarrollo expandiendo el activismo

estatal para incorporar a los trabajadores en un proceso de industrialización acelerada,

mediante medidas de mejoramiento de la distribución (Drake: 1982, p. 218).

El sociólogo francés Alain Touraine (1987 cp. Sánchez-Parga, 1998) se da a la tarea de

aproximarse al populismo desde la lógica de las relaciones clientelares que establecieron los

gobiernos de Latinoamérica de mediados del siglo XX 27 . Según Sánchez-Parga, el autor busca

comprender el marco de las estructuras sociopolíticas y culturales así como los procesos

históricos por los que atravesaron las sociedades latinoamericanas afirmando que el fenómeno

populista en la región fue expresión de “situaciones revolucionarias sin revolución, de

industrialización sin clases empresariales, de sindicalismo sin movimiento obrero” (1987: p.

16). Al definir el fenómeno subraya que la motivación principal del populismo es

Rechazar las rupturas implicadas por la acumulación (…) compensar una modernización inducida por un control colectivo, comunitario, de los cambios económicos y técnicos; mantener o recrear la identidad colectiva a lo largo de las transformaciones a la vez aceptadas y rechazadas (…) el concepto del populismo, en general mal definido, aplicado demasiado rápidamente a situaciones tan obviamente diferentes (…) debe ser construido, descrito y aplicado para demostrar a la vez la naturaleza de las élites dirigentes y el manejo político del cambio en América Latina (pp. 139-140).

Por su parte, Vilas (1988) ahonda sobre la problemática de la conceptualización del

populismo, la cual pareciera tener respuestas definitivas al afirmar que la expresión

populismo aparece rodeada, en gran parte de la literatura especializada, de vaguedad e

imprecisión. Populista puede ser un movimiento tanto como un dirigente político; un gobierno

no menos que una ideología; un modo de semantización de las relaciones políticas” (p. 1).

Sobre este aspecto asociado a un fenómeno tan poliforme dentro de la ciencia política sostiene

que la presencia de un “populismo para los dos gustos: populismos urbanos y populismos

agrarios; populismos progresistas y populismos conservadores; populismos de masas y

populismos de élites; populismos indigenistas y populismos occidentalizadores; populismos

socialistas y populismos fascistas; populismos ‘de abajo’ y populismos ‘de arriba’” (p.1).

27 En esta misma línea teórica se recomienda revisar: di Tella (1965); Malloy (1977); Germani (1978); Bello (1996); entre otros.

21

Este autor tomará como referencia para la comprensión del populismo la experiencia

latinoamericana del siglo XX 28 . Con base en las particularidades de la estrategia de desarrollo

y modernización económica puesta en marcha en diversos países del hemisferio, llega a la

conclusión de que el fenómeno populista, dada la multiplicidad de intereses que agrupa en la

alianza policlasista, tendrá elementos proclives al cambio y a las reformas sociales así como

aspectos de carácter más conservador que buscarán el mantenimiento del statu quo.

El populismo siempre combina, por su propia naturaleza, elementos conservadores y elementos de progreso: asume un proyecto burgués, pero lo asienta en la activación de las masas y la clase obrera. El populismo tiene una realidad unitaria, pro más que sea unidad de opuestos, unidad contradictoria. Esta contradicción se mantiene hasta el final, e incluso es en el final que adquiere su máxima, y muchas veces más desorientadora, expresión: siendo una estrategia capitalista, cae golpeada por la burguesía. En la promoción de la estrategia de acumulación de capital el régimen populista plantea una movilización popular que siempre resulta excesiva para la burguesía latinoamericana, aunque sea necesaria para impulsar sus intereses de clase. El reformismo anticipatorio del populismo es demasiado sofisticado, y generalmente también demasiado caro, para una clase entrenada en la beneficiencia y la represión. Al mismo tiempo, el éxito en las tareas del populismo -la consolidación del mercado interno, la modernización capitalista, el impulso al crecimiento industrial- agota progresivamente su base económica y reduce adicionalmente su espacio político (pp. 35-36).

Partiendo desde una postura estrictamente económica, Dornsbusch y Edwards (1992) se

concentran en el estudio de la macroeconomía de los programas populistas para entender la

vulnerabilidad extrema y la desestabilización económica de los países latinoamericanos que

siguieron esta lógica 29 . Tomando en cuenta los aportes de Drake (1982) y Conniff (1982)

resaltan que “el objetivo central de la redistribución es la parte central del paradigma” (p. 17),

así, los programas populistas están motivados por reformas sociales a gran escala.

La aproximación al estudio del fenómeno desde esta dimensión lleva a los autores a

hablar de un populismo económico entendido como un enfoque de la economía que “destaca el

crecimiento y la redistribución del ingreso y menosprecia los riesgos de la inflación y el

28 Sobre la misma, algo se ha adelantado en este apartado al exponer las aproximaciones teóricas que hacen del fenómeno populista autores como di Tella (1965), Rey (1976), Malloy (1977), Germani (1978), entre otros. Las particularidades del populismo latinoamericano serán expuestas con mayor detalle en el capítulo 2 de esta investigación, titulado “El populismo latinoamericano”. 29 Dornsbusch y Edwards (1992) fungen como compiladores de una serie de investigaciones que abordaron el estudio de la macroeconomía del populismo latinoamericano, las cuales fueron recogidas en el libro Macroeconomía del populismo en la América Latina. Los países trabajados fueron: Argentina, Brasil, Chile, México, Perú, Nicaragua y Colombia.

22

financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas del mercado” (p. 17). En este sentido, los autores destacan tres aspectos del paradigma económico populista que consideran comunes a todas las experiencias latinoamericanas estudiadas:

1. Condiciones iniciales: los gobernantes populistas, así como la población en general,

manifiestan su descontento con el desempeño económico del país, por lo que consideran que

la situación podría ser mejor. A esto se suma el hecho de que el país ha experimentado un

crecimiento muy moderado, el estancamiento o la depresión franca, debido a esfuerzos de estabilización anteriores y “una distribución del ingreso muy desigual plantea de ordinario un grave problema político y económico, lo que hace atractivo un programa económico radicalmente diferente” (p. 18).

2. Ausencia de restricciones: los gobernantes rechazan cualquier tipo de restricciones a la

política macroeconómica, aludiendo que la capacidad ociosa aporta el margen necesario para

la

expansión. Para ellos “la expansión o es inflacionaria (si no existe una devaluación) porque

la

capacidad ociosa y la declinación de los costos a largo plazo frenan las presiones de los

costos y siempre hay lugar para reducir los márgenes de la ganancia mediante controles de

precios” (p. 18).

3. Prescripciones de la política económica: centrada en la reactivación, la redistribución

del ingreso y la reestructuración de la economía. La política macroeconómica es utilizada para redistribuir el ingreso, a través del incremento del salario real que no se traslada a los precios.

A pesar de la presión inflacionaria, el gobernante populista rechaza la devaluación aludiendo

el efecto reductor que tendrá en los niveles de vida de la población. Por ello, “deberá reestructurarse la economía para ahorrar divisas y sostener niveles más altos de los salarios reales y de un mayor crecimiento” (p. 19).

Por su parte, Drake (1992) 30 retoma el estudio del populismo considerando que el término se ha referido a una categoría claramente definible de actores y propuestas políticas, sin embargo, para precisar aún más un fenómeno tan complejo y discutido como lo es el

30 El trabajo de Drake forma parte del libro de Dornbusch y Edwards (comp.) (1992). Macroeconomía del populismo en la América Latina. FCE, México, pp. 458, y viene a ser una actualización de sus investigaciones sobre el fenómeno populista mencionadas en páginas anteriores de esta investigación (Drake, 1982).

23

fenómeno del populismo, señala la importancia de diferenciar entre los movimientos, las

políticas y los gobiernos populistas.

En primer lugar, de acuerdo con este autor los movimientos populistas se caracterizaron

por tres aspectos fundamentales: a) una dirección paternalista, la mayoría de las veces

carismática, que canaliza una movilización de arriba hacia abajo; b) la incorporación

multiclasista de las masas, sobre todo de los trabajadores urbanos y los sectores medios

descontentos con el statu-quo; c) programas integracionistas, reformistas, nacionalistas, de

desarrollo para promover la industrialización a través de la sustitución de importaciones y las

medidas redistributivas para los que apoyan el movimiento. Estos tres elementos debían estar

interrelacionados para presentarse bajo un escenario ideal.

Un líder carismático forjaba una coalición multiclasista que se comprometía a la expansión simultánea de la industria y el bienestar social. Tal movimiento se ajustaba a las circunstancias históricas y a las condiciones estructurales de países fundamentalmente agrarios que no habían usado todavía de manera significativa al gobierno para fomentar la industria y asimilar a grupos urbanos emergentes en la política nacional. El populismo daba una respuesta política coherente a las dislocaciones causadas por el ritmo creciente de la industrialización, la diferenciación social y la urbanización (p. 48).

En segundo lugar se tienen las políticas populistas que han sido bastante comunes en el

siglo XX. Para el autor han estado asociadas a un conjunto de iniciativas e instrumentos que

coadyuvaran a la rápida industrialización y redistribución. En este sentido, las políticas

tradicionales del populismo “han incluido la protección arancelaria y los créditos subsidiados

para la industria, la discriminación contra la agricultura y las exportaciones, los aumentos

salariales, el gasto deficitario y la proliferación de organismos estatales de planeación, empleo

y beneficencia” (p. 49).

Por último están los gobiernos populistas, caracterizados por tener “un dirigente de

inspiración magnética, una clientela urbana multiclasista y un programa de invernadero para

aumentar la demanda y la producción nacionales” (p. 50). Sin embargo, Drake considera que

este tipo de gobiernos han sido muy raros en Latinoamérica, destacando entre ellos: Juan

Domingo Perón en Argentina (1946-1955, 1973-1976), el período democrático de Getulio

Vargas y sus herederos (1951-1964), Alan García en Perú (1985-1990). Además, considera las

variadas facetas de Lázaro Cárdenas en México durante la década de 1930, el Frente Popular

chileno previo a la II Guerra Mundial, el MNR boliviano en la década de 1950 y Juan Velasco

24

en Perú entre 1968-1975. Como señala el autor, los elementos comunes que resaltan en todos estos gobiernos fueron la alianza policlasista que servía de apoyo y legitimidad, la propuesta “desarrollista” de industrialización del país y una política de redistribución del ingreso para aumentar el consumo interno y el poder adquisitivo de la población.

Rabello de Castro y Ronci (1992) 31 definen categóricamente al populismo como un modo de comportamiento político que se caracteriza “por el uso de instrumentos económicos y cualesquiera otros medios destinados a producir resultados favorables pronto, independientemente de su duración porque tales acciones ayudan a adquirir y mantener el poder autoritario” (p. 176). Así pues, estos autores se desprenden de la definición “economicista” del populismo propuesta por Donrnbusch y Edwards (1992) afirmando que el populismo sería algo más que el manejo irresponsable de las finanzas públicas por algún gobierno, va más allá de esto, es algo menos que un sistema político propiamente dicho, aunque representa algo más que mera demagogia. “El populismo es en efecto más que las simples promesas políticas; el dirigente populista intentará cumplir sus promesas efectivamente. Hay dos palabras fundamentales para entender al populismo: inestabilidad y descontento (p. 176).

Según este planteamiento, el fenómeno populista requiere de cierto grado de inestabilidad del sistema, en materia económica y/o política, para crear las bases de crecimiento y expansión del mismo. Esto, aunado al descontento de la población, producto de posibles cambios sociales acelerados, estancamientos muy prolongados o distribución desigual de la riqueza, podría fortalecer las condiciones para la aparición del populismo como variante deformada o deficiente de la democracia. En otras palabras, “el descontento sin representación tiende a generar desencanto, y la gente se torna más vulnerable a una solución en el campo de lo mágico. El populismo es un instrumento para regresar la esperanza a quienes se sienten mal representados en la sociedad” (p. 177).

Se encuentra en Paúl Bello (1996) una revisión exhaustiva del concepto populismo, en la que luego de mostrar los aportes de autores “clásicos” del tema como Germani (1962), di Tella (1965) y Ianni (1972), se asegura que el populismo, sobre todo en Latinoamérica, presenta rasgos particulares, sobre todo de índole social y política. A diferencia de los populismos

31 En: Dornbusch y Edwards (comp). Ob. Cit.

25

decimonónicos que eran agrarios en su mayoría, en América Latina el fenómeno se dará

principalmente en las grandes ciudades.

Es un fenómeno de naturaleza sociopolítica, preponderantemente urbano (…) es una transición en el paso de la sociedad tradicional a la sociedad industrial (…) es tanto una respuesta a la modernización, tanto por parte de los sectores rurales o urbanos marginales de origen rural, como un mecanismo de manipulación para el control de las poblaciones marginales (…) es una respuesta al grado de movilización de las poblaciones marginales, por la revolución de las expectativas, que amenaza con rebasar los canales de expresión y participación (…) es un nuevo modo de articulación entre las tendencias del sistema social y las determinaciones de la dependencia económica, organizando las relaciones de producción cuando crece el mercado interno y se modifican las fuerzas productivas (pp. 53-54).

Estas características propias del fenómeno populista llevan a Paúl Bello a resaltar la

relación inminente entre la caída del Estado tradicional (oligárquico) y la emergencia del

populismo, debido a la acumulación progresiva de fuerzas sociales diversas y contradictorias

con relación al establishment, que buscaron como vía de cambio la reforma paulatina del

sistema, pero que en muchos casos llegó a manifestarse a través de la violencia. Profundizando

en esto, considera los siguientes elementos como las bases para el surgimiento del populismo

en la región latinoamericana:

a. La reorganización y emergencia de nuevos grupos sociales, sumado a la concentración

urbana y a la caída de la agricultura, lo que producía un aumento de la miseria en el campo.

b. El crecimiento del sector terciario de la economía, la aparición de nuevas formas

productivas, la diversificación del aparato administrativo y burocrático del Estado y las

presiones internacionales.

c. La emergencia de la sociedad de masas latinoamericana.

d. Emociones ideológicas nacionalistas que trataban de responder a la crisis entre las

sociedades nacionales y las relaciones de dependencia.

La polémica sobre la definición del populismo continuó durante la década de 1990,

especialmente en la región latinoamericana. Es por ello que, autores como Sánchez-Parga

26

(1998) 32 sostienen que el debate sobre la conceptualización del fenómeno se mantiene

plenamente vigente en las postrimerías del siglo XX.

No es que el populismo y su debate teórico se hayan conceptualmente agotado, ya que siempre fue un concepto en bancarrota. Pero a pesar de su precariedad teórica, explicativa y de comprensión, el populismo se ha vuelto una idea barbitúrico, a la que muchos politólogos (…) se han hecho pertinazmente adictos. Y nacional, tal monopolio ideológico ha dado lugar a que ésta además de poco conocida resulte muy mal entendida (p.150) 33 .

Sobre esta afirmación el autor se suma a la labor de afinar y darle solidez teórico-

conceptual al fenómeno populista, labor nada fácil como lo demuestran las distintas posturas y

planteamientos expuestos hasta este punto. Es interesante destacar la importancia otorgada por

Sánchez-Parga al estudio de la disciplina histórica para darle mayor precisión a la labor de

conceptualización del fenómeno populista, de lo contrario, “si abandonamos el registro

histórico y nos atenemos a la fenomenología política, casi toda la política sería populista,

sobre todo en sus momentos más fuertes e intensos de las campañas electorales” (p. 151).

Profundizando en el tema afirma que los ideólogos del populismo suelen quedar cortos en su

análisis ya que no explican el fenómeno desde el funcionamiento de un sistema o régimen

político, sus estructuras y procesos, sus actores y escenarios, así como los factores

socioeconómicos y culturales presentes en ellos. Por esto, limitan sus estudios a una “narrativa

y descriptiva de la episódica populista y de la personalidad de su líder” (p. 151).

Para Sánchez-Parga gran parte de las investigaciones que se han desarrollado para la

comprensión del fenómeno populista están más cercanas a lo que denomina “folklore político”

las cuales terminan siendo simple análisis de anécdotas, episodios y frases concretas. En este

sentido, atribuye el excesivo uso del término “al uso descriptivo y hasta narrativo, pero

también simplificador, al que se prestan tales nociones” (1998: p. 168). Al final de cuentas el

autor termina asumiendo como suyos las propuestas teóricas presentadas anteriormente de

Touraine (1987) para explicar el fenómeno populista en particular en los países

32 El trabajo de Sánchez-Parga aparece recopilado en el libro: Burbano de Lara, Felipe (ed.) (1998). El fantasma del populismo. Aproximación a un tema (siempre) actual. Nueva Sociedad, Caracas, pp. 228.

33 El autor al hablar de la “historia política nacional” se refiere a la historia política del Ecuador. Sin embargo, como hemos visto a lo largo de este apartado, numerosos autores concuerdan en resaltar la preeminencia del populismo en la dinámica política de la mayor parte de los países de Latinoamérica (di Tella, 1965; Malloy, 1977; Germani, 1978; Bello, 1996, entre otros). Por esta razón, a pesar de ser reflexiones que remiten al contexto ecuatoriano en particular, pudiesen ser extrapoladas sin mayores temores.

27

latinoamericanos, entendido más que como un movimiento social, como una “política nacional popular”.

En tiempos recientes, Weyland (1996, 1999, 2001) sigue la postura según la cual la conceptualización del populismo es ambigua y confusa, sobre todo si se pretende estudiar el fenómeno partiendo de perspectivas económicas 34 , por lo que propone un abordaje del fenómeno desde una perspectiva circunscrita al ámbito de lo político, en la que resaltan dos tendencias principales: una que entiende el populismo como un estilo político, y otra como una estrategia política. La primera hace énfasis en los aspectos expresivos y performativos del fenómeno, en particular su dimensión discursiva y la capacidad que de ésta se desprende para crear nuevas identidades políticas 35 ; por su parte, la segunda perspectiva se centra en los métodos y herramientas para acceder y ejercer el poder, en otras palabras, el enfoque radica en la capacidad de poder demostrada por un líder teniendo en cuanta la base de apoyo de su mandato (2001: p.12).

En este sentido, el autor entiende el populismo como una la habilidad de un líder -un individuo- para ejercer el poder teniendo como base un número significativo de seguidores, por lo que su legitimidad emanaría de una masa que le brinda su apoyo. Por esta razón, las concentraciones, las elecciones, los plebiscitos y los estudios de opinión pública son herramientas fundamentales para que el líder populista pueda llevar adelante su gestión de gobierno, en otras palabras, son los espacios e instrumentos idóneos para demostrar lo que Weyland llama power capability, es decir, la capacidad para ejercer el poder de manera efectiva.

34 La postura asumida por Weyland (1996, 1999, 2001) difiere de la perspectiva asumida por Dornsbusch y Edwards (1992) por ejemplo. Los últimos abordan el estudio del populismo, en particular el populismo latinoamericano, desde una perspectiva macroeconómica para entender la inestabilidad de las economías de la región. En este sentido, afirman que los regímenes populistas han intentado resolver los problemas de desigualdad del ingreso mediante el uso de políticas macroeconómicas demasiado expansivas. Estas políticas, que han recurrido al financiamiento deficitario, a los controles generalizados y a descuidar los equilibrios económicos básicos, han conducido casi inevitablemente a grandes crisis macroeconómicas que han acabado por lesionar a los segmentos más pobres de la sociedad (1992: p. 9). Por su parte, Weyland (1996, 1999, 2001) omite toda vinculación con perspectivas económicas para el estudio del populismo al afirmar que sólo debe ser estudiado desde una lógica eminentemente política que establece una relación poco mediada y cuasidirecta entre un líder y sus seguidores. 35 Como veremos más adelante, las aproximaciones al fenómeno populista por parte de Laclau (2005) y Aboy Carlés (2001) se ubicarían en esta perspectiva. Esta dimensión abarcaría las posibilidades inherentes al populismo para crear nuevas identidades políticas, tema central de nuestro trabajo.

28

Considerar al populismo como una estrategia política sustentada en un liderazgo personalista, implica que la vinculación entre el líder y la masa se alcanza de forma directa, es decir, sin ningún tipo de intermediación institucional, o en su defecto, una intermediación mínima. Por ser una relación desinstitucionalizada y fluida la adhesión de los seguidores puede fluctuar de manera considerable en la medida en que el líder sea incapaz de satisfacer las expectativas de aquellos. De lo anterior se desprende que el liderazgo populista, para compensar los vaivenes que puedan desprenderse de la desinstitucionalización sobre la que sustenta su apoyo, el carisma del líder es de vital importancia. En otras palabras, para el autor el nudo gordiano de la estrategia del populismo radica en el vínculo afectivo y emocional que coadyuve a la conexión entre el liderazgo populista y sus seguidores, lo cual se logra a través del carisma 36 (p. 13).

Por ello, según Weyland (2001), los líderes populistas tienen como objetivo la demostración de su cercanía con la gente común, con el “pueblo”, y si poseen el carisma suficiente, podrían lograr que ellos se identifiquen con él. Este proceso de “identificación” se lograría a través de recurrentes movilizaciones de masas, apariciones en los medios radioeléctricos como la televisión y la radio, donde el líder se dirige a la gente, a ese “pueblo” que pretende representar, para comunicarles que él experimenta la vida bajo sus mismas condiciones, es decir, él sabe lo que vive el “pueblo” porque lo experimenta a diario. Por esta razón, el núcleo de sus promesas gira en torno a la inclusión de ese sector apartado del juego político convencional, al defenderlo de la “oligarquía”, de ese enemigo que históricamente ha

36 Las reflexiones sobre el carisma en Max Weber forman parte de un estudio más amplio que este autor hace sobre el fenómeno de la dominación, entendida como “la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos (o para toda clase de mandatos)” (1992: p. 171). Para que toda dominación sea efectiva debe gozar de cierta legitimidad, de lo que se desprenden a su vez tres tipos puros de legitimidad: racional, tradicional y carismática. La dominación carismática “descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas (…) en la autoridad carismática se obedece al caudillo carismáticamente calificado por razones de confianza personal en la revelación, heroicidad o ejemplaridad, dentro del círculo en que la fe en su carisma tiene validez (pp. 172-173). Más adelante, Weber señala que el carisma es de carácter extraordinario y fuera de lo cotidiano, “representando una relación social rigurosamente personal, unida a la validez carismática de cualidades personales y a su corroboración” (p. 197). Bendix (2000), estudioso de la vida y obra de Max Weber, afirma que el líder carismático “es un hombre que reclama obediencia invocando la misión que se siente llamado a cumplir. Sus títulos son válidos si aquellos a quienes pretende guiar reconocen su misión; permanece siendo su jefe mientras pueda probarla y probarse a sí mismo ante ellos. En este caso, legitimidad no tiene nada que ver con elección. El líder es llamado por un poder superior, y no puede rehusarse; quienes lo siguen están atados por un deber de obediencia al líder que posee calificación carismática” (pp. 287-288). De alguna manera, esta es la dinámica que tiene Weyland (2001) en mente cuando afirma que el populismo se caracteriza por una relación cuasidirecta y no mediatizada entre el líder y sus seguidores.

29

atentado contra sus intereses, para así transformar el statu quo en beneficio de los intereses y objetivos de la mayoría, del “pueblo”.

A pesar de sustentar su conexión con el “pueblo” sobre la base del carisma, el líder populista debe trascender las fluctuaciones que pueden generarse de este tipo de relación, lo que desemboca en un proceso de “rutinización del carisma” 37 , que permitiría consolidar el soporte de las masas introduciendo elementos de institucionalización, bien sea a través de relaciones partidistas o clientelares. Por esta razón, los líderes populistas suelen apoyarse en movimientos y partidos políticos que promuevan la canalización de su vinculación con el “pueblo” una vez accedido al poder.

Sobre este aspecto, Weyland es bastante claro al afirmar que la relación o el vínculo establecido entre el líder y sus seguidores, será de connotaciones populistas en la medida en que el partido tenga bajos niveles de institucionalización para mediar sobre el vínculo establecido. Esto termina por otorgarle al líder las facultades necesarias para manejar la organización según sus intereses, sustentados en una red clientelar que cumplirá el rol de demostrar la preocupación personal del líder por sus seguidores, siendo el canal efectivo para la resolución de los problemas de la población. En este sentido, este proceso difiere de la dinámica establecida por gobiernos que se desmarcan de la lógica del fenómeno populista donde las relaciones son altamente institucionalizadas y la resolución de los problemas de la sociedad dependen del diseño y ejecución de una serie de políticas públicas particulares.

Por su parte, Hermet (2003) estudia el populismo desde la perspectiva de sus agentes (los líderes) como de su público (las masas, el “pueblo”) para elaborar una conceptualización sobre el fenómeno considerada sumamente novedosa, ya que introduce la variable de “temporalidad” en la misma. Así pues, los populismos buscarían dar respuestas en el corto plazo a las demandas o exigencias de la población sin importar los costos necesarios para cumplir con ellas, sean de tipo económicos, sociales o políticos.

37 Debido al carácter extraordinario de la relación carismática, para que ésta perdure en el tiempo debe apoyarse en una estructura que vaya más allá del puro carisma del líder. En palabras de Weber, la dominación carismática “tiene que variar esencialmente su carácter: se racionaliza (legaliza) o tradicionaliza o ambas cosas en varios aspectos. Los motivos para ello son los siguientes:

a) el interés ideal o material de los prosélitos en la persistencia y permanente reanimación de la comunidad;

b) el interés ideal más fuerte y el material todavía más intenso del cuadro administrativo; séquito, discípulos, hombres de confianza” (p. 197) que pretenden continuar la relación y hacerla duradera en el tiempo.

30

El populismo se define en primera instancia por la temporalidad anti-política de su respuesta presuntamente instantánea frente a problemas o aspiraciones que ninguna acción gubernamental tiene en realidad la facultad de resolver o de colmar de manera súbita. De esta manera, desconoce también la incertidumbre de los resultados que los gobernantes clásicos conocen bien, y que sólo revelan al pueblo cuando ya no pueden esconder esta constante. Su relación con el tiempo político constituye así el núcleo propiamente distintivo del populismo, lo cual no se debe confundir con su otra temporalidad, inscrita por su parte en contextos de crisis de legitimidad de los sistemas representativos favorables a estas manifestaciones. Aunque importante, y aunque esté ligada en general a la confesión de la incertidumbre de los dirigentes normales, esta segunda temporalidad describe las circunstancias del populismo sin dilucidar su esencia (…) Esta temporalidad inmediata, a la vez anti-política y onírica, que ignora la necesidad de “dar tiempo al tiempo” caracteriza al populismo de manera exclusiva o discriminante. Es el elemento que lo diferencia de la democracia la que, a la inversa, se singulariza menos en cuanto a su pretensión de “representar” la soberanía popular, que por sus procedimientos orientados hacia la deliberación, hacia la confrontación de intereses, en resumen, hacia una gestión de los conflictos escalonada en el tiempo (p. 11).

La definición anterior pudiera parecer lo suficientemente abstracta como para no

entenderla, el autor está consciente de esta observación, por esta razón expone tres puntos que

pueden ayudar al lector a comprender de una mejor manera lo que significa el fenómeno

populista. Éstos son resumidos de la siguiente manera:

a. Tratándose tanto de los emisores, quienes hablan, como de los receptores de su

mensaje, el público, el populismo no rechaza exactamente el principio de representación

querido por la democracia. Lo simplifica, le da una tonalidad emocional, rechazando las

mediaciones complicadas, sin la obligación de que un tribuno providencial exprese la voz del

pueblo en esta perspectiva. Este rol puede asumirlo un movimiento, un partido o un régimen

de gobierno. Este estilo de representación reviste una connotación autoritaria poco apreciada

en nuestros días, no se reduce a esta dimensión. En todo caso, el autoritarismo populista no

recurre a los acentos imperiosos; es suave, casi afectuoso frente a la fracción del pueblo que lo

sigue; por añadidura, raramente belicista, aunque se revele a menudo nacionalista o patriótico

(Hermet, ídem, p. 12).

b. Es de la multiplicidad y de la flexibilidad de sus registros de interpelación al “pueblo”

y de sus actitudes frente al Estado que el populismo saca una ventaja comparativa frente a

otros estilos políticos, tanto como el odio que despierta. Los populistas suelen ser tramposos,

llegando a de tres pueblos distintos o bien de los tres a la vez, según el momento, uno nacional

31

y unificador que trasciende las clases sociales, otro plebeyo, y el último más o menos étnico (ídem).

c. El compromiso populista asume rasgos paradójicos, algunos negativos y otros

curiosamente ejemplares. Por una parte, siendo un fenómeno histórico al igual que las otras corrientes políticas, el populismo no se enmarca como ellos en la continuidad de una tradición de compromiso ideológico o militante en la medida en que sólo se desarrolla de forma episódica o cíclica. El populismo no se transmite de una generación a otra, salvo sin duda en América Latina. Pero por otro lado, este compromiso en general sin tradición descansa en una convicción tanto más significativa entre sus adeptos, cuanto que casi siempre es el objeto de una reprobación marcada por parte del medio circundante (ídem).

En tiempos recientes Canovan (2002, 2004) ha mantenido su línea de trabajo en torno a la definición y caracterización del populismo como fenómeno eminentemente político. Esta autora señala la “mala reputación” de la que ha gozado el fenómeno populista en el marco de la ciencia política. Propone cuatro aspectos que deben ser considerados en los tiempos actuales para investigaciones concernientes al populismo:

1. Cuestiones metodológicas involucradas en la identificación del fenómeno populista:

los primeros autores que se aproximaron al estudio del populismo abordaron el fenómeno desde una perspectiva económica, específicamente la base socioeconómica del mismo. En la actualidad la investigación sobre el tema ha estado centrada en el discurso populista, entendida como una construcción retórica que apela a un “pueblo”. Por otro lado, el término populista se ha usado para referirse a una política confrontacional que moviliza a los sectores desfavorecidos en contra del establishment. La cuestión es si el populismo ha apelado por el “pueblo”, ¿cuál es la relación de éste con la democracia?

2. Cuestiones que tienen que ver con la relación entre populismo y democracia. La

democracia, como fenómeno social y político, se sustenta en dos principios que pueden contraponerse entre sí: por un lado, una visión liberal preocupada por los derechos individuales y el imperio de la ley, cuestiones éstas que quedan plasmadas en un Estado de Derecho y una constitución escrita; por el otro, una visión más “populista/democrática” que apela al bienestar del colectivo y promueve la participación directa a través de distintos

32

mecanismos 38 . Sin embargo, la complejidad de la relación entre la democracia y el fenómeno populista es tal, que la dicotomía presentada es insuficiente por lo que debe abordarse desde distintas perspectivas 39 .

3. La posibilidad de discernir una postura ideológica propiamente populista. Se plantea

una brecha en el espectro ideológico que puede ser llenada por la creencia en el “progreso” y

el vanguardismo intelectual que lo acompaña 40 .

4. Cuestiones relacionadas con las ambigüedades del concepto central del populismo, el

“pueblo”. Como señala la autora, el concepto ha abordado distintas aproximaciones al momento de construir identidades políticas que deben ser precisadas para entender el sentido otorgado al término. Esto se debe a la raíz latina del término “pueblo”, populus, de la que se desprenden tres sentidos básicos: “pueblo” como “soberano”, como “nación” y como la “gente común” que se opone a la “élite dirigente”.

Ahora bien, autores como Ernesto Laclau (2005a), en un intento por acercarse a una conceptualización del fenómeno populista que se desmarque de la tendencia histórica que lo ha considerado como algo desdeñable, afirma que no busca encontrar el verdadero “concepto”

38 En la teoría democrática estas dos visiones sobre la democracia han sido definidas como componentes de una “democracia procedimental” por un lado, y una “democracia sustantiva” por el otro. La primera alude que la democracia es una forma de gobernar caracterizada por la puesta en marcha de una serie de procedimientos o “reglas de juego” que permiten la coexistencia pacífica de una población determinada, es decir, vela por estos procedimientos pero no se preocupa por los resultados que los mismos puedan generar, en palabras de Quiroga (2001) “esta concepción prefiere que la democracia sea delimitada formalmente y no sobre la base de promesas sustantivas que luego no podrá cumplir” (p. 237). La segunda afirma que la democracia no se agota con los procedimientos ya que la misma debe garantizar ciertos resultados que coadyuven a la consolidación del “bien común”. Como afirma el autor, la concepción sustantiva plantea que “la legitimidad de la democracia depende también del cumplimiento de ciertos valores sociales. No es posible concebirla sin un núcleo de valores compartidos para la sociedad que dan sentido de unidad al orden político” (p. 238).

39 Canovan (2004) plantea que por un lado, se asume la democracia como una distinción entre la política del escepticismo y la política de fe, con un rostro claramente pragmático y redentor. Por otro lado, los mecanismos utilizados por la democracia para darle “poder” al “pueblo” no son lo suficientemente claros para determinar sí efectivamente el “pueblo” está ejerciendo su soberanía. En este sentido, desde la diversificación social producto de la irrupción de la sociedad de masas, el hecho de hacer inteligible el fenómeno político a una población determinada se ha debido a una operación de carácter ideológico, o más bien a la construcción de una estructura conceptual que provee de un referente centrado en la “soberanía popular” y en las expectativas de cumplir con su voluntad, cuestión que rara vez la democracia cumple cabalmente. Esto ha llevado a los líderes populistas a afirmar que la insatisfacción de numerosos sectores de la población que han visto sus demandas incumplidas se debe en buena medida a que el establishment ha actuado en su contra. La paradoja radica en que a pesar de las demandas de los líderes populistas, la democracia en sociedades modernas y complejas solo puede canalizar los intereses de la población a través de procedimientos y canales institucionales (p. 245).

40 Como señala la autora (Canovan, 2004), todas las ideologías políticas modernas plantean algún tipo de liberación que se alcanzará de manera progresiva, gracias a aquellas líderes que van a la vanguardia mostrando el camino a seguir para la construcción de un orden social cualitativamente superior al vigente (pp. 245-246).

33

del populismo sino “mostrar que (…) no tiene ninguna unidad referencial porque no está

atribuido a un fenómeno delimitable, sino a una lógica social cuyos efectos atraviesan una

variedad de fenómenos (…) es simplemente, un modo de construir lo político” (p. 11).

El populismo, en sus formas clásicas, presupone una comunidad mayor, por lo que las lógicas equivalenciales van a atravesar grupos sociales nuevos y más heterogéneos. Esta ampliación, sin embargo, va a mostrar más claramente algunos rasgos pertenecientes a esas lógicas que las movilizaciones más restringidas tendían a ocultar. Volvamos así a la distinción entre demandas democráticas y populares (…) Las últimas (…) presuponen, para su constitución, la equivalencia de una pluralidad de demandas (p. 103).

Esto llevará al autor a considerar al populismo desde la articulación de demandas

populares diversos a través de la lógica de las equivalencias, acción que de ser concretada

satisfactoriamente permitiría la irrupción del “pueblo” 41 . Por esta razón, Laclau plantea que el

mencionado “pueblo” aparecerá sólo cuando pueda plantearse una división contrapuesta y

encontrada de dos “bandos” en una sociedad, es decir, requiere de una división dicotómica de

la sociedad donde existan dos bandos enfrentados, y donde uno de ellos pretenda reclamar ser

el todo. El bando que pretenda representar la totalidad del campo social es aquel que se

identificará como el “pueblo”, y para construir su identidad debería “partir de la equivalencia

de una pluralidad de demandas sociales” (p. 110) 42 .

41 Para que se produzca la equivalencia de las demandas populares, éstas deben ser literalmente “vaciadas” de sus contenidos particulares para poder articularse en una demanda de carácter global. Esto es lo que Laclau (2005) ha desarrollado como “significantes vacíos”, y cuando se refiere a ellos afirma que “queremos decir (…) que existe un punto, dentro del sistema de significación, que es constitutivamente irrepresentable; que, en ese sentido, permanece vacío, pero es un vacío que puede ser significado porque es un vacío dentro de la significación” (p. 136). Por esta razón considera que el “análisis de las identidades populares como significantes vacíos nos permite mostrar que la alternativa exclusiva plenitud/vacuidad es espuria: como hemos visto, la identidad popular expresa/constituye -a través de la equivalencia de una pluralidad de demandas insatisfechas- la plenitud de la comunidad que es negada y, como tal, permanece inalcanzable; una plenitud vacía, si se quiere” (p. 137). 42 Sobre la distinción entre demandas democráticas y demandas populares, Laclau dice lo siguiente: “A una demanda que, satisfecha o no, permanece aislada, la denominaremos demanda democrática. A la pluralidad de demandas que, a través de su articulación equivalencial, constituye una subjetividad social más amplia, las denominaremos demandas populares” (p. 99). Más adelante, este autor señala “tenemos dos formas de construcción de lo social: o bien mediante la afirmación de la particularidad -en nuestro caso, un particularismo de las demandas-, cuyos únicos lazos con otras particularidades son de naturaleza diferencial (como hemos visto:

sin términos positivos, solo diferencias), o bien mediante una claudicación parcial de la particularidad, destacando lo que todas las particularidades tienen, equivalentemente, en común. La segunda manera de construcción de lo social implica el trazado de una frontera antagónica; la primera, no. A la primera manera de construcción de lo social la hemos denominado lógica de la diferencia, y a la segunda, lógica de la equivalencia (…) Una de las precondiciones para el surgimiento del populismo es la expansión de la lógica de la equivalencia a expensas de la lógica de la diferencia” (pp. 103-104).

34

Siguiendo a este autor, la construcción de esa identidad global sería es el objetivo último

del populismo, que no es otra cosa que la creación de un “pueblo”, entendido como esa

parcialidad que busca reclamar la representación de la totalidad de una sociedad específica.

El “pueblo” (…) es algo menos que la totalidad de los miembros de la comunidad:

es un componente parcial que aspira, sin embargo, a ser concebido como la única

totalidad legítima. La terminología tradicional -que ha sido traducida al lenguaje

común- ya aclara esta diferencia: el pueblo puede ser concebido como populus -el

cuerpo de todos los ciudadanos-, o como plebs -los menos privilegiados- (…) A fin de concebir al “pueblo” del populismo necesitamos algo más: necesitamos una plebs que reclame ser el único populus legítimo -es decir, una parcialidad que

quiera funcionar como la totalidad de la comunidad (2005a, pp. 108-109).

En este sentido, Laclau es claro al afirmar que el “pueblo” no será considerado tal hasta

que reclame para sí la totalidad de la comunidad que pretende representar, cuestión que se

alcanzaría en el momento que se articulen las demandas populares en una “cadena

equivalencial”, proceso que requiere dejar de lado las particularidades y especificidades de las

demandas de los distintos sectores que componen determinada sociedad para poder ser

agrupadas “equivalentemente” en un todo que les sea común.

El “pueblo”, lejos de tener la naturaleza homogénea que uno atribuiría a actores puros de clase (si éstos son definidos por su localización precisa dentro de las relaciones de producción), es concebido como la articulación de una pluralidad de puntos de ruptura (…) Tenemos aquí las dos dimensiones que mencionábamos antes: por un lado, el intento de ruptura con el statu quo, con el orden institucional precedente; por el otro, el esfuerzo pro constituir un orden allí donde había anomia y dislocación 43 . Así, la cadena equivalencial juega necesariamente un doble rol:

hace posible el surgimiento del particularismo de las demandas, pero, al mismo tiempo, las subordina a sí misma como una superficie de inscripción necesaria 44 (pp. 155-156).

Las distintas aproximaciones al fenómeno populista expuestas hasta este punto,

reafirman lo dicho al principio del apartado, es decir, que abordar la conceptualización del

populismo en el marco de la ciencia política es una labor sumamente compleja. Como hemos

visto, algunos autores estudian el fenómeno desde una perspectiva eminentemente política, tal

43 Así pues, se tiene que para Laclau (2005) uno de los elementos fundamentales para la construcción del “pueblo” es la capacidad de oponerse al orden establecido, es decir el statu-quo, y la pretensión de construir un nuevo orden social que incorpore a estos “sectores marginados” de la vida pública. En relación con este aspecto, Laclau coincide con los autores “clásicos” que han trabajado el fenómeno populista, entre ellos di Tella (1965), Wiles (1970), Malloy (1977), Germani (1978), Rey (1980), entre otros.

44 Sobre las particularidades de la lógica de la diferencia y la lógica de la equivalencia se ahondará en detalle en el apartado 1.1.2 del presente capítulo titulado “El ‘pueblo’ como objetivo de la praxis política”, al igual que en el capítulo 3 titulado “Creación de identidades y populismo.

35

es el caso de Weyland (1996, 1999, 2001), otros prefieren buscar las raíces sociales del mismo

como en el caso de Stewart (1970); por su parte, autores como Dornsbusch y Edwards (1992)

lo delimitan a partir la políticas macroeconómicas puestas en marcha por algunos gobiernos

latinoamericanos considerados populistas, en cambio algunos autores como Laclau (2005) que

entienden el fenómeno populista como una lógica o forma de hacer política basada en una

práctica interpelatoria discursiva, que apunta a la construcción de un “pueblo”, más que como

un movimiento, un partido político, un gobierno, etc. Finalmente, otros llegan a delimitarlo

geográficamente al afirmar que el populismo es un fenómeno latinoamericano por excelencia,

perspectiva planteada por Malloy (1977) y Paúl Bello (1996).

Esta investigación parte de la idea de que todas las aproximaciones conceptuales

presentadas hasta los momentos poseen elementos explicativos importantes a la hora de

abordar el estudio del populismo en los tiempos actuales. Por esta razón, no se hará

preferencia categórica por alguna de ellas en particular, sino que se entenderá al populismo

desde una perspectiva holística y amplia.

1.1.1 Contextualización histórica del populismo El apartado anterior ha permitido revisar de manera exhaustiva las distintas

aproximaciones teóricas y el tratamiento que se le ha dado en la literatura especializada al

fenómeno populista en general, y al concepto del populismo en particular. Se considera

necesario ubicar al fenómeno populista en el tiempo y en el espacio para así entender las

razones del surgimiento del mismo en diversos países a lo largo de las últimas décadas. Al

rastrear los orígenes del populismo como fenómeno eminentemente social, económico y

político, éstos pueden detectarse en dos países profundamente desiguales entre sí, pero en los

que emergió el fenómeno con sus propias particularidades, como lo fueron los Estados Unidos

de América (EUA) y la Rusia de finales de siglo XIX.

a) Estados Unidos de América: En el caso de los EUA, Hofstadter (1970) 45 señala que

el “carácter del populismo norteamericano deriva en parte de la tradición de radicalismo

empresarial en este país” (p. 15), al no haber una clase campesina propiamente dicha en el país

“el radicalismo (…) extrajo gran parte de su fuerza de los heréticos hombres de negocios, los

45 El trabajo de Hofstadter titulado simplemente Estados Unidos, forma parte de la compilación realizada por Ionescu y Gellner (1970). Ob. cit.

36

empresarios aldeanos y los pequeños capitalistas de los pueblos” (p. 15). Sin embargo, el

radicalismo empresarial norteamericano sentó sus bases sobre las condiciones de la vida rural

en gran parte debido al proceso de industrialización tardía que experimentó el país,

concretamente “la población empleada en la industria no igualó a la que trabajaba en los

campos hasta fines del siglo XIX, y debió llegarse al siglo XX para que la población urbana

excediera a la rural” (p. 16).

Como señala Canovan (1981) El “Partido del Pueblo” norteamericano reclamó para sí la

capacidad de “hablar por el ‘pueblo’, por la ‘gente común’ de América” (p. 51), elemento que

puede constatarse en los discursos presentados en las campañas que desarrollaron en esos años

en las que manejaban la idea de una lucha entre el “pueblo” por un lado y unos pocos

millonarios por el otro. Es interesante observar como “los populistas no percibían su

movimiento como algo rural o limitado a los intereses de grupos sectoriales, sino como una

revuelta de todos los trabajadores honestos” (p. 52), lo que se tradujo en apoyo e identificación

no sólo con el campesinado sino también con los trabajadores de las fábricas.

Los populistas estadounidenses no sólo veían en los millonarios a su “enemigo”, además

acentuaban el hecho de que el sistema monetario impersonal era el verdadero opresor. Como

el sistema monetario impersonal era el principal músculo financiero del país, los populistas

consideraban que se estaban enfrentado al establishment, es decir, al statu quo que los había

relegado a una condición de marginalidad que debía ser cambiada. La autora destaca en este

punto que los populistas razonaban de la siguiente manera:

Los granjeros aislados y los trabajadores estaban indefensos ante el sistema, pero al unirse y ejercer el poder político, podían cambiar la situación. Uno de los elementos más destacados de su punto de vista era la fe en las potencialidades del “gobierno del pueblo” y su buena voluntad para aumentar el poder federal (Canovan 1981: p. 52).

Sobre la ideología del populismo norteamericano, señala Canovan (1981) que la misma

se expresó en el “reclamo por hablar por el ‘pueblo’ como un todo apartando a los

poderosamente ricos, el acento en la opresión del sistema, y la fe en el ‘gobierno del pueblo’”

(p. 53). A pesar de reclamar para sí la representación del “pueblo” en su totalidad, el “Partido

del Pueblo” tuvo logros poco significativos en la política norteamericana y el movimiento

populista declinó paulatinamente con la llegada del siglo XX. Entre las razones que explican

este hecho se señalan la incapacidad de los populistas para materializar su discurso y

37

representar al “pueblo” en su totalidad, antes bien llegaron a ser un agregado de grupos

minoritarios. El discurso fue poco efectivo porque estuvo descontextualizado de la compleja

realidad del país, al querer contraponer a “trabajadores” y “parásitos” mediante la división

dicotómica característica del discurso populista, supuso una simplificación tal que tuvo poco

impacto en la sociedad estadounidense. Además, la construcción del “pueblo” 46 como un todo

fue sumamente complicada debido al uso del elemento racial y étnico, lo que generó

enfrentamientos entre los distintos grupos que formaban parte del movimiento populista.

Como destaca Canovan sobre este punto los populistas de otros tiempos han apelado a una

definición del ‘pueblo’ sobre una base eminentemente étnica antes que económica (p. 56).

b) Rusia: Ahora bien, el caso del populismo ruso se asemeja al norteamericano

exclusivamente en su carácter de radicalismo agrario, sin embargo, vale la pena revisarlo en

detalle para profundizar en sus propias particularidades. Esta labor es asumida ampliamente

por Walicki (1970) 47 , quien profundiza en los aspectos del narodnichestvo 48 o populismo ruso

clásico.

No fue únicamente una reacción al desarrollo del capitalismo dentro de Rusia, sino también fuera del país (…) No fue solamente una ideología de los pequeños productores, sino la primera expresión ideológica de los rasgos específicos del desarrollo socioeconómico de los “recién llegados”, los países agrarios atrasados, cuyos procesos de modernización se llevan a cabo en las condiciones creadas por la coexistencia de los estados capitalistas altamente industrializados (…) Fue una de las primeras tentativas de explicar en forma teórica las características peculiares del atraso económico (pp. 117-118).

La construcción y coherencia interna de la ideología del populismo ruso estuvo a cargo

de una serie de intelectuales que, como señala Worsley (1970), desarrollaron una crítica

profunda, unas más acertadas que otras, contra el establishment, la monarquía zarista. Entre

este grupo de intelectuales destacan Tolstoy, Herzen, Chernishevski, Pléjanov, Bakunin, entre

46 Como se presentó en el apartado anterior, Laclau (2005) considera que la tarea principal del populismo recae en la construcción de un “pueblo”, y su éxito dependerá de si cumple satisfactoriamente o no la misma. En este sentido, se recomienda la revisión de los aportes del autor en el mencionado apartado así como en el capítulo 3 de la presente investigación.

47 El trabajo de Walicki titulado Rusia, forma parte de la compilación realizada por Ionescu y Gellner (1970). Ob. cit.

48 Como señala Worsley (1970) entre las características principales del narodnichestvo ruso se destaca el hecho de que “fue en lo fundamental un movimiento de intelectuales; soñaba con una nueva sociedad basada en el mir revitalizado (comunidad aldeana); fue antizarista, anticapitalista y revolucionario. Desde el punto de vista organizacional, aparte de su ‘acercamiento a los campesinos’ en el ‘insensato verano’ de 1874, sus manifestaciones más importantes fueron el movimiento Zemliá i Volia y el subsiguiente terrorismo del Narodnaya Volia, cuyo mayor éxito consistió en el asesinato del zar Alejandro IV en 1881” (pp. 267-268).

38

otros. Como afirma Walicki el narodnichestvo fue una respuesta tanto al capitalismo como al socialismo, es decir, no fue solo una reacción rusa frente al capitalismo de occidente “sino además (…) una respuesta rusa al socialismo occidental: la reacción de la intelectualidad democrática de un país campesino atrasado en una fase primitiva de desarrollo capitalista” (p.

118).

Por lo visto hasta los momentos, el lector puede percatarse que a pesar de que las expresiones populistas norteamericanas y rusas entran en la categoría de populismos agrarios (Canovan, 1981: p. 13), existen una serie de diferencias fundamentales entre ellos. El Cuadro 1 sintetiza estas diferencias:

Cuadro 1

Diferencias entre los populismos norteamericanos y rusos

Variable

Norteamérica

Rusia

Pertenencia masiva de granjeros/campesinos

No

Conducción a cargo de los intelectuales

No

Sistema comunitario de tenencia de la tierra

No

Fuente: Worsley, Peter (1970). El concepto de populismo. En: Ionescu y Gellner (comp.). Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores, p. 298.

c) El fascismo y el nacionalsocialismo, Italia y Alemania: En la Europa del siglo XX, las experiencias del fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán pueden ser consideradas como movimientos -y luego gobiernos- con un profundo arraigo populista debido en parte a la retórica utilizada por los mismos. Sin embargo, entender el carácter populista de estos gobiernos requiere profundizar en primer lugar sobre el término fascista y lo que éste significa. Payne (1982) señalan que “para llegar a una definición por criterios aplicable a todos los movimientos fascistas de entreguerras strictu sensu, parece oportuno identificar: a) las negaciones fascistas; los puntos comunes en materia de ideología y objetivos; y c) las características especiales comunes de estilo y organización” (p. 12)

39

Por esta razón, fascistas pueden ser considerados aquellos movimientos y gobiernos en los que se puede identificar claramente las siguientes características 49 :

a) Las Negaciones fascistas:

Antiliberalismo.

Anticomunismo.

Anticonservadurismo

movimientos fascistas con grupos de derecha para llegar al poder).

(a

pesar

de

las

alianzas

temporales

b) Ideología y objetivos:

que

realizaron

los

Creación de un nuevo Estado nacionalista autoritario.

Organización de una nueva estructura económica nacional integrada, regulada y

pluriclasista, llamada nacionalcorporativa, nacionalsocialista o nacionalsindicalista dependiendo del caso.

Cambio radical en la relación de la nación con otras potencias.

Partidarios de un cuerpo ideológico voluntarista, que implica una tentativa de realizar una nueva forma de cultura secular, moderna y autodeterminada.

c) Estilo y organización:

Relevancia de la estructura estética de los mítines, los símbolos y la coreografía política, haciendo énfasis en los aspectos románticos y místicos.

Tentativa de movilización de las masas, con militarización de las relaciones y el estilo políticos y con el objetivo de una milicia de masas del partido dominante.

Evaluación legítima del uso de la violencia, o disposición al uso de ésta.

Insistencia recurrente del principio y la dominación masculina, así como la visión orgánica de la sociedad.

Exaltación de la juventud como grupo social, haciendo énfasis en el conflicto intergeneracional al momento de hacer la transformación política inicial.

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Tendencia específica a un estilo de mando personal, autoritario y carismático.

El listado de características presentado demuestra el arraigo populista que tuvieron los movimientos fascistas de la Europa de comienzos y mediados del siglo XX, particularmente en Italia y Alemania. Allí estos movimientos lograron acceder al poder político e impulsar una serie de transformaciones sociales apelando a una ideología de carácter mítico que miraba al pasado “glorioso” del “pueblo” en estos países. En el caso italiano ésta era plasmada en una idealización del Imperio romano y sus políticas de expansión y conquista, para lograr la captación de intereses y la movilización de grandes sectores de la sociedad italiana en torno a una identidad común. En el caso alemán, siempre bajo un fuerte racismo, el nacionalsocialismo apelaba a la exaltación de las aventuras y los vaivenes del “pueblo ario” -el “paganismo germano”-, entendiéndolo como la raza superior que debía expandir su dominación por toda la tierra.

Esta es una de las razones por las cuales se ha señalado que el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán sustentaron sus gobiernos y buscaron la legitimidad de los mismos, a través del uso de una ideología de carácter “mítico” en la que convergieron “la existencia conflictiva de la especie, vinculados al miedo, a la búsqueda de identidad, a la sumisión a la autoridad y al ansia de autoridad, e igualmente al deseo de hallar un significado en medio de ese mundo desprovisto de dioses” (Romero, 2004; p. 29). Aunado a esto, el fascismo reivindica “el nacionalismo, rechaza el individualismo liberal y el materialsmo marxista, aspira a la integración de todas las clases y propone un cambio radical en lo político, preservando no obstante un esquema de producción capitalista bajo tutela del Estado (Romero, 2004; pp. 38-39).

Así pues, a través del proceso de exaltación de una especie de pasado “mítico” y “glorioso”, los fascismos en Europa lograron captar y movilizar a los sectores olvidados y/o marginados por el orden político imperante. Parte de su éxito pudo haberse debido al hecho de que “reclutaran a sus miembros en esta masa de personas aparentemente indiferentes, a quienes todos los demás partidos habían renunciado por considerarlas demasiado apáticas o demasiado estúpidas, para merecer su atención” (Arendt, 2002; p. 490) 50 .

50 Partiendo de los aporte de la psicología social, en particular el trabajo de LeBon “Psicología de las multitudes”, Arendt considera que las masas “no se mantienen unidas por la conciencia de un interés común y carecen de esa clase específica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles” (2002; p. 489). La reflexión

41

Para concluir, es importante recoger las reflexiones de Ionescu (1970) 51 sobre los

paralelismos entre el fascismo y el populismo, ya que como se verá más adelante, en

Latinoamérica, las primeras experiencias de gobiernos considerados como populistas

-particularmente el primer gobierno de Perón en Argentina y el de Vargas en Brasil-,

presentaron una clara impronta de los fascismos europeos, en particular el italiano. Así pues,

este autor afirma que ambos movimientos políticos resaltaban el rol fundamental que debía

cumplir el Estado para encauzar el desarrollo de las sociedades, es decir, los fascistas en

Europa al igual que los populistas en Latinoamérica apelaban al reforzamiento de la imagen de

un Estado fuerte que pudiese impulsar los cambios sociales a la vez que neutralizaba a los

enemigos del “pueblo”.

Al igual que los populistas, suscitaron la imagen de un estado fuerte y servicial, que proscribiría y eliminaría del sano organismo social a los explotadores y a los obstructores (los terratenientes y burgueses, según una de las perspectivas; los judíos y extranjeros, según la otra), y luego reuniría todos los recursos y fuerzas disponibles para la construcción de las nuevas estructuras, modernas pero autóctonas (p. 148).

d) Latinoamérica: Ahora bien, queda ahondar en los orígenes del fenómeno populista

en Latinoamérica, labor que se hará de manera muy sucinta ya que será desarrollada

exhaustivamente en el capítulo 2 de esta investigación. En este sentido, cabe destacar los

aportes de Drake (1992) en los que destaca las tres etapas por las que ha transitado el

populismo latinoamericano: inicial, clásico y tardío.

La etapa inicial se refiere a la irrupción de los primeros líderes populistas 52 que

aparecieron a principios del siglo XX en los países más prósperos del continente, donde a

“medida que las tensiones del crecimiento urbano minaban la hegemonía de la clase alta, los

precursores populistas protestaron contra la atención insuficiente del Estado para las élites

descontentas, las clases medias emergentes y, en menor medida, los grupos laborales

realizada por esta autora se acerca considerablemente a la que ha venido promoviendo Laclau en los últimos años, para quien el “pueblo” se construye a través del proceso de “vaciar” las demandas particulares de algunos sectores de una sociedad específica, para aglutinarlos en un todo que les sea común. Este proceso es el que Laclau (2005) ha definido como la “lógica de las equivalencias” y es el que coadyuva en última instancia a la construcción de un “pueblo”.

51 En Ionescu y Gellner. Ob. Cit.

52 Destacan entre éstos: Arturo Alessandri en Chile e Hipólito Irigoyen en Argentina.

42

incipientes” (Drake, 1992: p. 51). Lo que estos líderes planteaban, más que revoluciones y cambios drásticos del sistema político, “eran reformas liberales para abrir los sistemas políticos aristocráticos a la mayor participación de los pocos instruidos” (p. 51), ensanchando así la base del electorado con sectores de la sociedad que simpatizaban con este proceso de apertura (Conniff, 1999a: p. 10).

El populismo en su fase inicial apareció como respuesta a las crisis económicas experimentadas por los países latinoamericanos que, a principios de siglo XX, vivían de economías que exportaban materia prima a los países desarrollados. Esta irrupción se produjo en gran medida por las perturbaciones que experimentó el comercio internacional luego de la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Así pues, el orden social que promovía el Estado tradicional (u oligárquico) afronto sendas crisis no solo coyunturales sino también estructurales, lo que mermó considerablemente su legitimidad. Bajo este panorama, el populismo respondió con una política de industrilización acelerada, programas económicos de crecimiento que buscaron expandir la demanda y el consumo interno (“sustitución de importaciones”), reconocimiento de derechos ciudadanos a los trabajadores y demás sectores excluidos del sistema político, etc.

La etapa clásica del populismo es ubicada entre los años treinta y sesenta del siglo XX, y a diferencia de sus predecesores estos líderes en ésta época apelaban a un sector específico de la sociedad, la naciente clase trabajadora conformada por los obreros industriales y los campesinos que habían migrado a las principales ciudades en busca de mejores oportunidades 53 . El contenido programático de los mismos, con claras inspiraciones socialistas “conducían principalmente a promover la industria y el bienestar urbano por un Estado capitalista. Recurrían a los dirigentes renegados de la élite y a la cooperación de los industriales, los intelectuales y la clase media” (Drake, 1992: p. 52). En esta fase los populistas “movilizaron, legalizaron e incorporaron a ciertos grupos de clase baja antes marginados (…) mientras que continuaron excluyendo a otros (en particular a los campesinos) (…) tuvieron gran éxito cuando las etapas de crecimiento generaron superávit temporales luego de algunos períodos de recesión y austeridad” (p. 52).

53 Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Rómulo Betancourt en Venezuela, son solo algunos de los ejemplos de los liderazgos característicos del populismo clásico.

43

Luego del cenit experimentado por el populismo clásico a mediados del siglo XX, éste fue desvaneciéndose en los países del continente por diversas razones. Destacan el agotamiento del modelo “cepalista” de sustitución de importaciones de bienes de consumo manufacturados, el triunfo de la revolución cubana que demostraba para algunos que las políticas de cambio podían impulsarse de manera drástica y violenta -a diferencia del reformismo promulgado por el populismo- (Conniff, 1999a: p. 12), el argumento de los grupos privilegiados -entre ellos los militares- que cayeron en cuenta que los costos de inclusión de las masas en la vida política del país superaban los costos de su exclusión, lo que se tradujo en el ascenso al poder de cruentas dictaduras militares en los países latinoamericanos en las décadas siguientes, entre otros.

A partir de los años setenta y ochenta emergieron los populismos tardíos, en los que líderes 54 se encontraron con sociedades altamente diversificadas que dificultaban la creación de las antiguas alianzas policlasistas debido a los múltiples intereses que cohabitaban en el entramado social. Drake (1992) señala que “la red de intrincados intereses y demandas se había tornado demasiado compleja, el Estado demasiado embrollado y abrumado, la economía demasiado ineficiente, la inflación demasiado enconada (…) el populismo se hizo menos viable como fórmula de gobierno, aunque continuara favoreciendo como un instrumento electoral” (p. 52).

En este punto es importante recordarle al lector que dada la fecha en la que Drake realiza sus análisis (1992), por razones obvias de temporalidad no pudo incorporar a su estudio de las fases históricas del fenómeno populista un tipo de configuración novedosa que irrumpió en Latinoamérica a finales de la década de los ochenta y principios de la década de los noventa, conocida en la literatura especializada como neopopulismo 55 .

54 Luis Echeverría en México, el segundo mandato de Juan Domingo Perón en la Argentina de los setenta, Alan García en el Perú de los ochenta, entre otros, destacan entre los líderes del populismo tardío.

55 El uso del término neopopulismo ha generado innumerables controversias en el campo de la ciencia política, sin embargo, el fenómeno ha sido ampliamente estudiado y se puede afirmar que existe un relativo consenso sobre el fenómeno y sus las características. Para Conniff (2003) se añade el prefijo “neo” al populismo “porque había renacido y porque tenía algunas características nuevas que lo distinguían del fenómeno clásico (…) Los neopopulistas abandonaron el intervencionismo económico del Estado para seguir la nueva onda del neoliberalismo. Además, (…) eran aún más enfáticos en denunciar los partidos políticos que sus antecesores. Y los neopopulistas estaban dispuestos a abandonar ciertos sectores que habían sido cruciales para los antecedentes clásicos, como por ejemplo los sindicatos y los magnates de la industria. Finalmente, encontramos en el discurso populista menos énfasis en la cultura popular” (p. 32). Otros autores, como Burbano de Lara (1998) consideran que el retorno del populismo, sobre todo en Latinoamérica, ha estado asociado al “regreso del líder” entendido

44

En estos años Latinoamérica presenció el ascenso al poder presidencial de parte de Fernando Collor de Melo en Brasil, Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Abdalá Bucaram en Ecuador, entre otros. Dada las características de los movimientos políticos que representaban, así como el fuerte carisma personal de estos líderes, su relación con las masas y la invocación del “pueblo” como elemento central de sus políticas, todo conllevó a que los especialistas consideraran que estábamos ante el inminente regreso del populismo en la región.

A pesar de las semejanzas funcionales con las tipologías del llamado “populismo

clásico” (el de Perón en Argentina y Vargas en Brasil por ejemplo), sobre todo en lo que a la importancia del líder y su forma de relacionarse con las masas se refería, al sentimiento nacionalista que invocaban, las campañas políticas de masa y las promesas de reforma, estos movimientos se diferenciaron de aquellos modelos originarios en las políticas y programas económicos que aplicaron, una vez que ejercieron funciones de gobierno. Por esta razón, suerte de imbricación entre los populismos anteriores y un uso de políticas liberales en materia económica mas una deliberada proyección de imagen con nuevos elementos mediáticos, se habló de la eclosión de un populismo de nuevo cuño o neopopulismo, para diferenciarlo del populismo clásico que había surgido en Latinoamérica a mediados del siglo XX.

Si bien el fenómeno neopopulista será tratado con mayor exhaustividad más adelante en

el presente capítulo, cabe destacar brevemente sus principales características, sobre todo por el impacto que ha tenido el fenómeno en América Latina:

1. Abandono del intervensionismo económico del Estado para plegarse a políticas

heterodoxas de corte neoliberal según fueron dictadas por diversos organismos multilaterales.

Atrás quedaron el corporativismo y la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones (política de desarrollo cepalista de “crecimiento hacia adentro”).

2. Los nuevos líderes eran considerados outsiders de la política y esta supuesta

ingenuidad era su mayor aval y ventaja. Representaban la opción antisistema, contraria al establishment social, económico y político, por lo que la denuncia de las élites y los partidos

esto como “la aparición de una forma de liderazgo político (…) cuyo significado no es claro. En los esfuerzos por explicar estos nuevos liderazgos, las referencias al populismo clásico (…) se han vuelto inevitables (…) Lo viejo, lo clásico parece aludir a la importancia del líder y a su forma de relacionarse con las masas, mientras lo nuevo al tipo de políticas y programas que ponen a andar una vez instalados en el gobierno” (pp. 9-10).

45

políticos tradicionales como actores responsables de la crisis se dio de manera enfática y

recurrente en sus discursos. Una excepción clara a este punto fue el caso de Carlos Menem en

Argentina, líder que surgió del Partido Justicialista (peronista) y que tuvo una gestión exitosa

como gobernador regional, Provincia de la Rioja, antes de acceder a la presidencia en 1989.

3. La promoción de este tipo de políticas económicas produjo un divorcio entre estos

nuevos líderes y sectores de la sociedad que habían sido aliados claves de los populismos

clásicos, entre ellos el sector obrero, los sindicatos, algunas asociaciones empresariales, y gran

parte de los empleados públicos.

4. La retórica de los lideres neopopulistas se presentó como ambigua y acomodaticia. Al

igual que en los populismos clásicos, los elementos discursivos que apelan al “pueblo” y lo

“popular” tuvieron un protagonismo evidente, sin embargo, se le sumaron a éstos, valores

neoliberales y estrategias de transformación económica sustentadas en la economía de

mercado lo que fue en dirección contraria de las anteriores políticas económicas del

populismo. A su vez, estos líderes mantuvieron una retórica maniquea en el campo político,

dividiéndolo en dos bloques contrapuestos uno del otro: “nosotros” y “ellos”, “pueblo” y

“oligarquía”.

1.1.2 Características económicas del populismo

Gran parte de la literatura especializada ha señalado las profundas limitaciones y

distorsiones producto de la puesta en marcha de las políticas económicas de los populismos

que alcanzaron el poder en distintos países en Latinoamérica y Europa. En este sentido,

Kaufman y Stallings (1992) parten de los tres aspectos del paradigma del fenómeno populista

en la región latinoamericana señalados por Dornsbusch y Edwards (1992) -presentados en

páginas anteriores en este trabajo-, para afirmar que el populismo supone un conjunto de

políticas económicas que tienen como objetivo alcanzar el apoyo del sector obrero y

empresarial en las principales ciudades, anulando la influencia de los tradicionales sectores de

poder. Específicamente se pusieron en marcha las siguientes medidas:

i) movilizar el apoyo de los trabajadores organizados y algunos grupos de la clase media baja; ii) obtener un apoyo complementario de las empresas orientadas hacia el mercado interno; y iii) el aislamiento político de la oligarquía rural, las empresas extranjeras y las élites industriales de grandes productores nacionales. Las

46

políticas económicas para alcanzar estas medidas incluyen, pero no se limitan a: i) los déficit presupuestarios para estimular la deuda interna; aumentos de los salarios nominales con controles de precios para lograr una redistribución del ingreso; y iii) el control o la apreciación del tipo de cambio para reducir la inflación y aumentar los salarios y los beneficios en los sectores de bienes que no intervienen en el comercio internacional (p. 25) 56 .

En relación con las políticas económicas asumidas por el populismo clásico, entendido

por Cardoso y Helwege (1992) como “una tradición política urbana que se oponía al statu quo

orientado hacia la exportación de productos primarios del siglo XIX y apoyaba el desarrollo

industrial acelerado” (p. 59), teniendo como soporte social una alianza que relacionó a las

clases trabajadoras urbanas con la burguesía industrial. Esta alianza policlasista antes que

optar por el camino de la revolución para lograr las transformaciones sociales, apeló a una

serie de reformas en lo social, económico y político propagando una ideología nacionalista

general, y en la mayoría de los casos, sumamente vaga e imprecisa. En este sentido, como

señalan las autoras, el populismo que alcanzó el poder político en diversos países de la región

a mediados del siglo XX apoyaba a:

Los gobiernos activistas comprometidos a desempeñar un papel decisivo en la determinación de los precios, a la protección de trabajadores y salarios, a las políticas de alimentos baratos, a la propiedad estatal de industrias fundamentales, a la asignación estatal del crédito a tasas de interés bajas, y a los privilegios para la industria privada. Rechazaba toda sugerencia de la necesidad de imponer restricciones globales al gasto (pp. 59-60).

Las políticas económicas aplicadas por estos gobiernos tuvieron como consecuencia un

crecimiento abrumador del sector gubernamental respecto al sector privado, la generalización

de la corrupción de maneras diversas en todos los ámbitos de la sociedad, incluidas la evasión

fiscal, los crecientes déficit presupuestarios que coadyuvaron en la dependencia frente al

ahorro externo, la sustitución de importaciones y sus restricciones comerciales promovieron la

dependencia frente al capital extranjero, y por último, el sesgo urbano con el que estaban

56 El lector debe tener presente que los autores hacen su análisis a partir de los gobiernos populistas, es decir, de aquellos partidos políticos o líderes que pudieron alcanzar el poder político de manera efectiva. Además, las características de las alianzas descritas previamente excluyen a lo que se podría considerar populismos de “derecha” y aquellos con un fuerte enfoque rural. Por esta razón, quedan descartadas las políticas aisladas de algunos movimientos considerados como populistas, centrándose exclusivamente en las versiones latinoamericanas del siglo XX, tanto las clásicas como las de reciente data.

47

orientadas estas políticas y su respectiva asignación de recursos produjo un aumento de la pobreza en los sectores rurales.

La política de sustitución de importaciones, en parte promovida por la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL), como respuesta a la crisis económica de los años treinta y a las perturbaciones de la Segunda Guerra Mundial, fue una de las características fundamentales del populismo clásico. La misma partía de la idea de que los mecanismos del mercado eran insuficientes para alcanzar la industrialización, por lo que la presencia del Estado en la esfera económica debía incrementarse y así poder corregir estas “fallas”. Según Cardoso y Helwege (1992) la puesta en marcha de la política de industrialización “cepalista”, de crecimiento hacia adentro, conllevó serias tergiversaciones en lo social, económico y político, destacando entre ellas:

1. El excesivo proteccionismo estatal generó una sobrevaluación de los tipos de cambio lo

que a su vez redujo la oferta de exportaciones; “la industrialización requería (…) un aumento de los insumos de bienes de capital y de importaciones intermedias” (p. 62); mientras aumentaban los déficit comerciales, era necesario la entrada de capital extranjero, hecho profundamente contradictorio de la lógica “cepalista” que promovía de manera taxativa la capacidad de producción nacional.

2. Promovió un crecimiento desproporcionado del sector industrial en detrimento del

sector agrícola y, las manufacturas intensivas en capital absorbieron una fracción del incremento de la fuerza de trabajo, presionando en consecuencia al gobierno para que fungiera como empleador en última instancia.

3. Como no aumentaban los recursos por vía de los impuestos a las exportaciones

primarias, los subsidios otorgados para la inversión industrial y las crecientes responsabilidades del gobierno desembocaron en nuevas presiones al presupuesto; la monetarización del déficit condujo a una inflación permanente.

Es interesante ver cómo la lógica discursiva del populismo, que apelaba a la reivindicación del “pueblo” como un todo, dirigiéndose y captando las simpatías de aquellos sectores marginados por el establishment, nunca se propuso articular una política coherente para beneficiar al campesinado, antes bien tuvo en los sectores profesionales medios y en los trabajadores industriales su principal grupo de simpatizantes. El análisis de las características

48

económicas del fenómeno populista lleva a las autoras a afirmar que el programa distributivo del populismo aconsejaba aumentar los ingresos urbanos a expensas de los productores rurales, los exportadores y el capital extranjero, aplicando políticas como la elevación de los salarios mínimos, los controles de precios de los alimentos y las barreras proteccionistas (ídem. p. 62).

El particular manejo de la economía por parte de los gobiernos populistas -sobre todo su programa de desarrollo bandera como lo fue el de “sustitución de importaciones”-sustentada como se ha visto hasta el momento sobre políticas de corte redistributivas, con un claro esfuerzo por promover la expansión del consumo interno y manejadas con una ausencia de criterios de viabilidad y sostenibilidad en el tiempo, estaba destinada al fracaso. El proteccionismo no elevó la productividad real para crear una base de grandes incrementos de los salarios urbanos, ni las recaudaciones fiscales crecieron como para financiar el subsidio del proceso de industrialización por parte del gobierno. Se sobrestimó la inelasticidad de la oferta 57 en el sector agrícola y el de las exportaciones: no pasó mucho tiempo sin que los tipos de cambio sobrevaluados y los controles de precios provocaran el estancamiento en esos sectores. La alienación del capital extranjero agudizó los problemas. En ausencia de un gran auge de los precios de las exportaciones, el populismo clásico se autodestruyó rápidamente (ídem. p. 62).

Las políticas económicas de corte redistributivo propias de los gobiernos populistas clásicos fueron llamativas para un nuevo grupo de políticos latinoamericanos 58 por razones demagógicas, debido al éxito político que podía desprenderse de un discurso “inflacionario” que apelara a las expectativas de la población. En los años 1980 estos nuevos líderes

57 La elasticidad de la oferta “es la variación porcentual que experimenta la cantidad ofrecida de un bien cuando varia su precio en un 1%, manteniéndose constantes todos los demás factores que afectan a la cantidad ofrecida (…) cuanto más elástica es la oferta, más fácil resulta para los vendedores elevar la producción para beneficiarse de una subida del precio y mayor es el aumento (porcentual) de la cantidad ofrecida en respuesta a cualquier subida (porcentual) dada del precio ” (Fischer, Dornbusch, Schmalensee, 1989: p. 113). Como el lector se habrá podido percatar, esta situación “ideal” que describen los autores para considerar una oferta “perfectamente” elástica” no se produjo en los gobiernos populistas latinoamericanos de ahí que se hable de una inelasticidad de la oferta, en particular la del sector agrícola, que fue uno de los que sufrió más daños como parte de las políticas económicas redistributivas implementadas por estos gobiernos. 58 El más emblemático de estos líderes de la región fue el candidato del APRA peruano Alan García, quien asumió el poder en 1985 gracias a una serie de promesas sociales, económicas y políticas “inflacionarias” manejadas en su campaña presidencial, las cuales eran sumamente difíciles de concretar en el corto plazo (Cardoso y Helwege, 1992).

49

decidieron implementarlas una vez que accedieron al poder presidencial lo que se tradujo en

resultados muy similares a los de las experiencias de las décadas anteriores.

La capacidad excedente generaba la expectativa de que los déficit gubernamentales y la

elevación de los salarios reales eran factible. Los gobiernos evitaban las devaluaciones a causa

de sus consecuencias distributivas. A medida que se elevaban los salarios, la economía

respondía con un crecimiento más rápido, pero impactaba en los inventarios y las reservas de

divisas. Los cuellos de botella se convertían así en restricciones efectivas y la inflación se

aceleraba. La incapacidad para revertir los esfuerzos redistributivos generaba crecientes déficit

gubernamentales, problemas de balanza de pagos y escasez generalizadas. El colapso de la

economía tenía como consecuencia el hecho de que los trabajadores acabesen en una situación

peor que la que tenían al iniciarse el período populista (Cardoso y Helwege, 1992: p.64).

La aplicación de este tipo de medidas económicas en los países en los que los

movimientos populistas pudieron desempeñar funciones gubernamentales y la referencia

recurrente de las mismas en el plano discursivo -estructuradas como promesas electorales-, se

debió en buena medida a la particular situación social, económica y política de la región

latinoamericana, que con sus altos niveles de desigualdad del ingreso crearon un escenario de

presión política para la puesta en marcha de estas medidas.

En un ambiente de gran conflicto social, los regímenes populistas intentan mejorar la situación de los grupos de ingresos bajos, sobre todo mediante la estimulación de la demanda. El resultado es un conjunto de políticas macroeconómicas insostenibles que incluye los déficit gubernamentales y la sobrevaluación de los tipos de cambio. Lo que perpetúa el ciclo del populismo es el hecho de que las políticas expansivas producen resultados favorables al principio. En virtud de que los dirigentes no se sienten seguros en sus puestos, adoptan políticas miopes que producen ganancias inmediatas para sus electores (Ídem. p. 64).

Para la década de los ochenta eran evidentes los recurrentes fracasos de las políticas

populistas de corte económico aplicadas por algunos gobiernos latinoamericanos, sostenidas

en una política redistributiva y de sustitución de importaciones inoperantes. Esto llevó a que la

región experimentara un giro hacia políticas económicas de estabilización ortodoxas,

promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y que fueron conocidas

50

popularmente como el “Consenso de Washington” 59 . Esta época fue identificada con el surgimiento del “neoliberalismo” en la región debido a la importancia otorgada a las medidas “liberales” promovidas por el “Consenso de Washington” que implicaban una retirada significativa del Estado de los diversos ámbitos económicos donde había tenido un rol protagónico en épocas anteriores.

Además, Kaufman y Stallings (1992) afirmaban que a finales de los ochenta y principios de los noventa el electorado había apostado por propuestas “antipopulistas” a la hora de acceder a las urnas, lo que se tradujo en la elección de los candidatos presidenciales Aylwin en Chile, Collor de Mello en Brasil, Lacalle en Uruguay y Chamorro en Nicaragua. Debido al tiempo en el que los autores desarrollan su hipótesis, el fenómeno neopopulista no se había materializado de manera tan evidente en la región, de ahí el que no identificaran a Collor de Mello con el neopopulismo, por ejemplo.

El lector recordará como en el presente capítulo se esbozó una breve definición del neopopulismo y las particularidades que había asumido como fenómeno que irrumpió en la década de 1990 en Latinoamérica y Europa 60 . Como han señalado algunos autores (Burbano de Lara ed. 2003) se ha producido la irrupción de un populismo con ciertos elementos novedosos en la última década del siglo XX pero con la presencia de un liderazgo fuertemente carismático -que recuerda a los populismos clásicos-, pero que también introduce algunos elementos nuevos como la aplicación de políticas económicas “neoliberales”, alejándose así de

59 El “Consenso de Washington” derivo ese nombre de un trabajo presentado originalmente por el economista

John Williamson en el documento What Washington Means by Policy Reform (1989). El propio Williamson cuenta que en ese histórico borrador, incluyó una lista de diez políticas que eran más o menos aceptadas por todo el mundo en Washington como reformas para corregir la indisciplina fiscal y el gasto publico. Originalmente ese paquete de medidas económicas estaba pensado para los países latinoamericanos, pero con los años se convirtió en un programa general. A continuación se enumeran las diez medidas del paquete:

1. Disciplina fiscal

2. Reordenamiento de las prioridades del gasto público

3. Reforma Impositiva

4. Liberalización de las tasas de interés

5. Una tasa de cambio competitiva

6. Liberalización del comercio internacional

7. Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas

8. Privatización

9. Desregulación

10. Derechos de propiedad

En: http://www.iie.com/publications/papers/williamson0904-2.pdf, con acceso el 11 de agosto de 2007. 60 Tenga presente el lector que solo se presentará de manera muy sucinta en este momento algunas características económicas del neopopulismo. Las mismas serán desarrolladas en profundidad en el posterior apartado dedicado al fenómeno neopopulista.

51

lo que fue característico de los gobiernos populistas de mediados de siglo que aplicaron políticas económicas de carácter redistributivo. En este sentido, Weyland (1996) afirma que las políticas neopopulistas y la economía neoliberal han coincidido en numerosas democracias de América Latina. Como ejemplos claros tenemos los gobiernos de Carlos Menem en Argentina, Fernando Collor de Mello en Brasil y Alberto Fujimori. Contrariamente a lo que se pudiese pensar, políticas fuertemente orientadas hacia el mercado y ajustes estructurales no han minado la popularidad de estos líderes, incluso eso permitió que Menem y Fujimori obtuviesen un mayor apoyo de las masas, fortaleciendo su poder y ganando la reelección (p.

3).

La unión del populismo y el “neoliberalismo” fue posible debido a los bajos niveles de institucionalidad de las nacientes democracias latinoamericanas, lo que permitió que estos líderes emergentes apelaran a estrategias electorales demagógicas donde el “pueblo” era su principal objetivo, ganando apoyo en las masas alcanzando en última instancia en las contiendas electorales. Una vez que asumieron funciones de gobierno, estos líderes, en parte presionados por las élites de sus respectivos países así como de organismos económicos internacionales (FMI), adoptaron políticas económicas propias del liberalismo, al favorecer el incremento de las imposiciones fiscales, la retracción del Estado de espacios en los que tradicionalmente había tenido una participación protagónica, etc. (Weyland, 1996: p. 4).

En cuanto al caso de Europa, se habla de la aparición de un populismo “reaccionario” o de “derecha” producto de los cambios estructurales ocurridos por la globalización. Algunos autores sostienen que la integración europea pudiese haber afectado las identidades nacionales de algunos de los países del continente, que veían en una posible inserción a la Comunidad Económica Europea un escenario con mayores desventajas que beneficios (Swank y Betz,

2003).

En materia económica, el populismo europeo de los últimos años a diferencia de su contraparte latinoamericana presentada en este apartado, evitó las políticas de gasto público expansivas de corte redistributivo. Antes bien, el Estado de Bienestar que emergió luego de la Segunda Guerra Mundial como el principal motor para canalizar las economías nacionales fue una de las principales instituciones que atacarían los movimientos populistas europeos. Partidarios de una economía mas desregularizada -de clara inspiración neoliberal-, la principal propuesta de los líderes del viejo continente estaría centrada en la disminución de las cargas

52

impositivas y de los impuestos (Taggart, 2000). En este sentido, las propuestas económicas en

Europa tenían mayores semejanzas con aquellas impulsadas por los neopopulismos

latinoamericanos como lo ha señalado Weyland anteriormente (1999). Esto llevaría a diversos

autores (Betz, 1994; Taggart, 2000, Jones, 2007) a hablar de la emergencia de un populismo

europeo ubicado en la “extrema derecha” del continuo ideológico izquierda-derecha en parte

debido a sus exigencias por implementar una economía más libre y sin restricciones por parte

de las instancias estatales, lo cual sería una de los principales puntos de las agendas

económicas de orientación neoliberal.

1.1.3 Características políticas del populismo Los numerosos estudios que abordan la irrupción del populismo en Latinoamérica en el

transcurso del siglo XX (di Tella, 1965; Drake, 1982; Romero, 1996; Paúl Bello, 1996,

Taggart, 2000; Hernández, 2007; etc.), así como su caracterización sociopolítica coinciden en

señalar la presencia de los siguientes elementos constitutivos: 1) Una alianza policlasista en la

que confluyen la naciente burguesía industrial y el sector obrero urbano sindicalizado; 2) Una

ideología medianamente coherente con sentimientos contrarios al statu quo; 3) Una forma

particular de ejercer el poder y organizar el Estado. Estos elementos, junto a aquellos

señalados por Laclau (2005a) en páginas anteriores, caracterizarían al fenómeno populista

desde una perspectiva política.

A continuación se explican en detalle cada uno de estos aspectos que le otorgan su

particularidad política al populismo como fenómeno. Es importante destacar que si bien estas

características son propias del fenómeno populista en general, estuvieron mucho más

presentes en aquellos países de la región latinoamericana donde el populismo cobró fuerza

como movimiento social, pero además donde pudo acceder al poder y convertirse en gobierno,

destacando entre ellos Argentina, Brasil y Venezuela, por citar sólo algunos de los abordados

en esta investigación. Por último, se ahonda en el referente del “pueblo” como el núcleo

discursivo y de acción política del populismo.

a) La alianza policlasista: Como ha señalado di Tella (1965), la alianza de clases del

populismo surge en Latinoamérica debido a la debilidad de las alternativas liberal y obrera

propiamente dichas. Así pues, se configura un actor político novedoso que tendrá entre sus

53

principales elementos constitutivos “elementos provenientes de diversas clases sociales, y

contará con una ideología de ‘avanzada’ con respecto a su composición de clases” (p. 46) y

que irrumpe para llenar el vacío de poder que se produce en la transición del Estado de tipo

tradicional (oligárquico) 61 . Esto es lo que promueve a “sectores opuesto, como el

empresariado o ‘burguesía’ industrial y los obreros urbanos sindicalizados, a unir sus fuerzas

para instaurar y poner en marcha un cierto modelo de organización y funcionamiento del

Estado” (Paúl Bello, 1996: p. 55).

La configuración de este nuevo actor político -elemento que diferencia al populismo de

otros movimientos políticos-, además de tener entre sus objetivos principales el acceso y la

toma del poder de las instituciones del Estado, buscará satisfacer los intereses de todos los

sectores sociales que configuraron la alianza policlasista.

Dicha toma y ejercicio, desde luego imprescindibles, están ordenados a fines que son lo más importantes para los sectores fundamentales de la Alianza: satisfacer, al amparo y bajo la protección estatal, aquellas aspiraciones y pretensiones que giran en torno a los intereses particulares de cada uno de estos grupos sociales (Paúl Bello, 1996: p. 55.).

La fragilidad del fenómeno populista radicó y radica en este aspecto: al ser una alianza

que agrupa a múltiples sectores de la sociedad, la satisfacción de sus respectivas demandas

puede llegar a ser un aspecto “cuesta arriba” una vez que ha accedido al poder, en parte debido

a lo contradictoria de las mismas.

Esa contradicción va a tipificar al populismo latinoamericano; va a establecer sus particulares maneras de funcionar; va a ser causa de sus indefiniciones ideológicas,

61 David Collier (1985) citando a O’Donnell, describe tres tipos de sistemas políticos como representación de una secuencia histórica en América Latina:

a) Oligárquico: la competencia política tiene alcance limitado. La élite del sector exportador de productos primarios domina el Estado y orienta las políticas públicas alrededor de sus necesidades. Estos sistemas no suele incorporar a los sectores populares a la vida política del país. Al no estar activados políticamente los mismos, tampoco los excluye.

b) Populista: son sistemas “incorporadores”, aunque haya variaciones en el grado de competitividad y democracia entre ellos. Se sustentan en una coalición multiclasista de intereses urbanos e industriales, que incluye a la élite industrial y al sector popular urbano, sobre todo el movimiento obrero. Se caracterizan por el nacionalismo económico, en una primera fase el Estado promueve la industrialización orientándola hacia el consumo interno, apoyándose en la industria nacional.

c) Burocrático autoritario: son sistemas “excluyentes” con un énfasis no democrático. Los actores

principales de la coalición dominante son los tecnócratas de alto nivel -militares y civiles- que colaboran estrechamente con el capital extranjero. Esta nueva élite elimina la competencia electoral y controla fuertemente la participación política del sector popular. Así pues, según la tesis de O’Donnell, el populismo aparece en América Latina cuando entró en crisis el sistema oligárquico o tradicional.

54

de su inmediatismo pragmático y de su simplicidad programática y va, también, en su momento crepuscular, a ser la principal raíz de su crisis final (…) Cada grupo social (…) tiene aspiraciones concretas e inmediatas. Al lado de las de la burguesía industrial, de fortalecer sus posiciones sociales y económicas bajo el amparo y protección del modelo de sustitución de importaciones; junto a las de los obreros de conseguir el máximo de reivindicaciones laborales; los sectores profesionales, militares, estudiantes, comerciantes, etc., también aspiran a una mayor participación en un Estado democrático y nacionalista (Paúl Bello, 1996: pp. 55-

56).

La indefinición propia del populismo también se vería plasmada en el proceso de

construcción de su principal fuente de apoyo y legitimidad política: el “pueblo”. Como se ha

presentado en páginas anteriores, la construcción de un “pueblo” requiere de la división

dicotómica de la sociedad donde se contraponga un “nosotros” de un “ellos” (Taggart, 2000;

Laclau, 2005a). Como pareciera ser propio en las experiencias populistas, el “pueblo” tenderá

a identificarse con lo que no es, es decir, se tendría claro quién es el “enemigo” y qué es lo que

representa, pero no serían tan evidentes las cualidades diferenciadoras del “pueblo” como

actor social y político.

Sobre este punto sería importante rescatar los planteamientos expuestos anteriormente

por Laclau (2005a), en los que afirma que la “vaciedad” es propia del fenómeno populista, lo

cual no significa que sea algo negativo per se, sino que se refiere al proceso a través del cual

se construye una parcialidad que reclame para sí la representación de una totalidad 62 .

b) La ideología del populismo: El populismo como fenómeno de carácter ideológico fue

expuesto ampliamente por Donald MacRae (1970) quien plantea la hipótesis según la cual el

populismo se nutre de algunos temas ideológicos más primitivos, cuestión que queda en

evidencia al estudiar el fenómeno populista ruso y norteamericano 63 . El autor afirma que en

62 El proceso necesario para la construcción de un “pueblo” requiere del uso de “significantes vacíos”, lo cual ha sido explicado en páginas anteriores de este trabajo.

63 Ludovico Silva (1971) aborda en Teoría y Práctica de la Ideología, los aportes de uno de los principales autores que estudió el fenómeno de la ideología: Karl Marx. Actualizando los planteamientos marxistas sobre el tema, afirma que “la ideología es un sistema de valores, creencias y representaciones que autogeneran necesariamente las sociedades en cuya estructura haya relaciones de explotación (es decir, todas las que se han dado en la historia) a fin de justificar idealmente su propia estructura material de explotación, consagrándola en la mente de los hombres como un orden ‘natural’ e inevitable, o filosóficamente hablando, como una ‘nota esencial’ (…) del ser humano” (p. 19). Más adelante sostiene los peligros que se desprenden de algunas ciencias ideológicas que fundan sus resultados sobre prejuicios y falsedades, ocultando la verdadera estructura de una sociedad. Por esto, “la ideología no consiste sólo en representaciones, valores y creencias de corte apologético- religioso y popularizado, sino también en un sistema de abstracciones aparentemente científicas que se difunden en universidades y otras instituciones y a menudo se popularizan” (p. 22). Así pues, el populismo como fenómeno

55

ambos fenómenos se estuvo en presencia de “una suerte de primitivismo modificado, una

reconciliación entre el hombre y su naturaleza que salve la brecha que los separaba por vía de

la simplicidad, la espontaneidad, y las virtudes elementales, ascéticas, en buena medida

agrarias” (p. 189). Así, están presentes elementos ideológicos que remiten a una especie de un

pasado “sagrado” donde todo fue mejor.

En el populismo aparece con intensidad y fervor religiosos la idea de la granja sagrada (…) La granja idealizada (…) en ella se está en contacto con el submundo de los antepasados muertos, la tierra maternal, y todo se halla situado debajo del cielo divino. Allí se vive en una edad sagrada, ritual, cíclica, inmune en sus revoluciones a la corrupción propia del tiempo histórico real, el cambio y la decadencia (…) El populismo es, pues, primitivismo (…) La buena época a restaurar es la de la comunidad campesina o la aldea de pequeños hacendados fuertes y vigorosos. Se anhela no una sociedad tribal sino una Gemeinschaft 64 (p.

190).

La ideología del populismo buscaría así rescatar los valores de una “comunidad ideal” –

del Vaterland o heartland según los anglosajones-, siendo ésta el espacio que rescata los

valores de la vida simple y cotidiana (Taggart, 2000: p. 95). La “comunidad ideal” cumpliría

una función poco racional, sería más bien afectiva, ya que evoca sentimientos de un pasado

glorificado donde el “pueblo” vivía en condiciones óptimas antes de ser atacado por sus

“enemigos”, siendo estos tan variados como: la “oligarquía”, el “imperialismo”, el “sistema

monetario”, el “desarrollo urbano”, las “clases políticas corruptas”, etc.

Ahora bien, el carácter “tradicionalista” de las experiencias populistas tuvo referentes

concretos en la realidad de estos países: en Rusia se rescató el valor de la fraternidad fundada

en la localidad -esa tierra maternal sobre la que se habló previamente-, en los Estados Unidos

además se hizo hincapié en la independencia viril. En este sentido, “el campesino ideal no es

(…) el pequeño hacendado ideal, en lo cual reside una verdadera divergencia ideológica en el

desarrollo” (p. 191) de estos dos populismos.

ideológico apelaría a la construcción de un sistema de abstracciones que busca representar una realidad, aunque necesariamente no sea la propia realidad sino una situación ideal. 64 Para Weber (1992), la Gemeinschaft, comunidad en español, es “una relación social cuando y en la medida en que la actitud en la acción social (…) se inspira en el sentimiento subjetivo (afectivo o tradicional) de los partícipes de constituir un todo (…) puede apoyarse sobre toda suerte de fundamentos, afectivos, emotivos y tradicionales” (p. 33). En otras palabras, la comunidad se caracteriza por establecer relaciones primarias y afectivas, propias de grupos sociales con pocas diferenciaciones entre sí y con muchos puntos de encuentro entre sus miembros. Esta idea de “comunidad” sería ampliamente utilizada por los movimientos y gobiernos populistas, particularmente cuando apelaban al “pueblo” como el eje central de sus planteamientos siendo el depositario de toda la virtud de la nación.

56

Sobre este aspecto del populismo, MacRae (1970) señala que en los países con niveles

de desarrollo e industrialización bajos -entre los que estaría el populismo latinoamericano- , se

apeló a resaltar el pasado histórico de estas sociedades hasta el punto de la mitificación cuasi-

gloriosa de los mismos.

En el “Tercer Mundo” este componente del populismo puede haberse desgastado o convertido, siendo reemplazado por la idea de la buena época anterior al colonialismo (…) Se trata de una evolución natural: los mitos rurales pueden haberse originado en formas específicamente europeas, y son sus virtudes más que su contenido exacto lo que se transfiere a la historia y la política de las nuevas sociedades del Asia, África, y sin duda también de América Latina (pp. 190-191).

Una manera efectiva de canalizar el corpus ideológico del populismo será a través de la

exaltación nacionalista. A diferencia del internacionalismo profesado por el socialismo o el

comunismo, el populismo se distingue por su nacionalismo al equiparar al “pueblo” con la

“nación”, siendo el “pueblo” la vanguardia del nacionalismo populista. Sumado a lo anterior,

el rol secundario que jugaron los países subdesarrollados en el plano internacional en la

primera mitad del siglo XX, despertó una conciencia “antiimperialista” que cuajó muy bien

con el nacionalismo que profesaban los líderes populistas en general, sobre todo en

Latinoamérica, al contraponer los intereses de la “nación” con los de las potencias dominantes

del extranjero. Como señala Stewart (1970) al respecto:

En el contexto del imperialismo en el mundo contemporáneo, la emancipación del dominio económico y político es, cada vez más, el potente catalizador “externo” de la actividad política de una gama de grupos sociales diversos. La burguesía nativa, en particular, busca reemplazar el control y el desarrollo foráneos de la economía por un control y desarrollo internos, y, en virtud del mismo proceso, aumentar su poder frente a otros grupos sociales (los intereses agrarios, el ejército, la iglesia). En tales circunstancias, dicha burguesía intentará con frecuencia obtener el apoyo apelando a una ideología de nacionalismo populista (p. 227).

Se tiene entonces que el conjunto de ideas dominantes del fenómeno populista llegó a

ser para muchos algo vago, impreciso, con poca coherencia, consistencia interna y

estructuración lógica (di Tella, 1965; Paúl Bello, 1996). El corpus ideológico incorporó,

además del sentimiento nacionalista, elementos de algunas de las ideologías más radicales

para el momento, cercanas al socialismo y marxismo, adaptadas a las particularidades de la

región latinoamericana por partidos progresistas -reformistas o revolucionarios- y que “se

utilizan en forma instrumental, como un medio de control social y de movilización de las

57

masas” (di Tella, 1965: p. 46). Como resalta MacRae (1970) de manera tan clara en relación

con la unificación de estos elementos tan disímiles para la configuración de una ideología del

populismo:

Ocurrió más bien que ciertos elementos pertenecientes al pensamiento europeo se difundieron de modo independiente, y se recombinaron de diversas maneras para dar lugar a los variados populismos nativos (…) se agregaron factores primitivistas y progresistas a la par. La raza (…) y la religión (…) se añadieron a la mezcla de la virtud arcaica y personalidad ejemplar (…) La conspiración y la usurpación han pasado a formar parte de las varias teorías sobre el neocolonialismo y las actividades de la CIA (…) Se alaban la espontaneidad y la integridad, pero identificándolas ahora, en particular, con los jóvenes, de tal manera que el joven ideal (…) ha reemplazado en buena medida al pequeño hacendado y al campesino simple e iletrado como personalidad a la que debe rendirse culto (p. 201).

Di Tella (1965) destaca el valor utilitario, instrumental y demagógico de la ideología

utilizada por los movimientos y gobiernos populistas para alcanzar la movilización necesaria

de las masas, lo que se traduce en el apoyo necesario y el piso político para aquellos. Así pues,

esta ideología es necesaria no solo para integrar a las masas, sino también a los otros sectores

que confluyen en la alianza policlasista como los intelectuales, los estudiantes y los otros

grupos incongruentes. Para poder satisfacer las exigencias de tan variopinta “unidad”, se

requería de políticos habilidosos que pudiesen cumplirle a los sectores más empobrecidos por

un lado, pero también a los sectores medios que formaban parte de la alianza.

Los estratos más bajos de las masas podrían contentarse con un liderazgo personalizado, carismático con tal de que se les considere fuertemente antiimperialista o antioligárquico. Pero los otros grupos, en particular los intelectuales marginales o “subocupados”, exigen un mayor refinamiento ideológico (p. 47) 65 .

Según Paúl Bello (1996), a pesar de lo “difuso” de la ideología del populismo se rescatan

dos elementos que estuvieron presentes, en particular en la fase del populismo histórico -

aunque no limitado estrictamente a ella-, como lo son: i) La reivindicación nacionalista y

antiimperialista así como, ii) La lucha por la democracia formal.

65 La manera en que el populismo satisface las aspiraciones y exigencias de grupos tan diversos en su composición interna y en sus demandas particulares puede encontrarse en los aportes teóricos de Laclau (2005), quien afirma que esto se materializa en la realidad a través de los significados vacíos y la lógica de las equivalencias. Sobre este punto se volverá más adelante en el capítulo 3, cuando se explique el proceso de creación de nuevas identidades políticas.

58

i) La reivindicación nacionalista y antiimperialista: la literatura especializada en el

tema considera que el populismo surgió como una propuesta enfrentada al Estado tradicional y

a la situación de dependencia económica generada por el sistema capitalista mundial durante

las primeras décadas del siglo XX, por lo que “va a recoger una profunda aspiración nacional

de nuestros pueblos, pero, al mismo tiempo, va a chocar directamente con los intereses

económicos del sector ligado al comercio exportador, con los grandes terratenientes agrícolas

y con el mismo sector industrial” (Paúl Bello, 1996: p. 61). Por esta razón, y en aras de

sostener la alianza policlasista el mayor tiempo posible, el nacionalismo será ante todo un

elemento discursivo.

ii) La lucha por la democracia formal: al apelar al “pueblo” como su principal

destinatario, el populismo termina siendo “incorporador” y apela a las conquistas democráticas

de aquellos sectores que habían sido relegados del establishment político. Esto se traduce en

ciertas “fórmulas declarativas o en el logro de reformas constitucionales que permitan

extender el derecho al sufragio a toda la población mayor de edad, sin discriminaciones por

sexo, niveles de ingreso o instrucción, creencias religiosas o ideas políticas” (Paúl Bello, 1996:

p. 62).

Por su parte, Romero (1996) señala que desde una perspectiva ideológica el fenómeno

populista “es antiliberal en al menos dos sentidos: a) el imperio de la ley no es un valor

político significativo (…); más importantes son el compromiso con el movimiento o el partido

y la obediencia al líder carismático cuando éste existe; b) las masas, no el individuo, son

supremas” (p. 374). La coexistencia de ambos elementos en el corpus ideológico del

populismo configura lo que el autor considera un “terreno fértil” para el autoritarismo ya que

se da hasta en los gobiernos que llegan a definirse como democráticos.

Incluso en sus variantes más democráticas, se manifiesta más claramente en las versiones abiertamente opresivas de los regímenes populistas que se han experimentado en América Latina (por ejemplo, en la Argentina de Perón y en Perú bajo el régimen militar comenzado en 1968), pero no está restringido a ésas (…) La cuestión de la democracia versus el autoritarismo es una cuestión de regímenes políticos, donde la alternación entre los modos democráticos y autoritarios de gobierno es posible durante una fase populista como dentro de una fase antipopulista (pp. 374-375).

Siguiendo la lógica expuesta por este autor, se podría estar en presencia de gobiernos

populistas de corte democrático así como de corte autoritario, lo que demuestra la poca solidez

59

ideológica del populismo al tener la capacidad de coexistir con regímenes políticos

antagónicos. En este sentido, es importante rescatar in extenso las conclusiones de Paúl Bello

(1996) sobre el tema, para quien lo propio del fenómeno populista es su carácter polifacético.

Lo característico de este movimiento es la ambivalencia de sus principios, consecuencia de la necesidad de conciliar, en su propio seno, posiciones e intereses muy contrapuestos (…) No se trata solamente de los intereses inmediatos de los grupos sociales que constituyen la alianza populista: intereses específicamente económicos ligados a la sustitución de importaciones y que separan las orientaciones de la burguesía industrial respecto a la de los obreros

urbanos sindicalizados. Es también la contraposición de todo el contenido cultural

y de valores que estos grupos sociales contienen y representan. Mientras el sector empresarial presenta un contenido ligado a ideas, patrones y actitudes que corresponden al mundo más avanzado, los obreros (…) tienen demasiado próximo su pasado rural y toda la carga cultural que ello significa (p. 63).

c) Una forma particular de ejercer el poder y organizar el Estado: Autores como

Taggart (2000) señalan la aprobación casi unánime que pareciera tener la democracia como

idea por un lado, y como sistema político por el otro en las últimas décadas (p. 108). En la

actualidad, la creciente complejidad y diferenciación de las sociedades de masas exigen la

administración de los asuntos públicos a través de métodos democráticos de carácter

representativos. En este sentido, el estado de derecho, la competencia electoral, las asambleas

y los partidos políticos, herencias de la tradición filosófica del liberalismo, se han convertido

en las instituciones democráticas por excelencia.

A pesar de la casi unanimidad con las que se aceptan los valores democráticos heredados

de la filosofía liberal, la naturaleza interna del populismo lo lleva a mirar con cierto desprecio

los valores del liberalismo mencionados previamente. En este sentido, una vez que logró

alcanzar el poder político, el populismo clásico se caracterizó por un modo de hacer política

particular. Específicamente, los gobiernos de corte populista al apoyarse sobre fuertes

liderazgos personalizados que pretendían establecer relaciones poco mediatizadas con sus

seguidores, el imperio de la ley y su concreción en el estado de derecho, eran concebidos

como un valor político poco significativo (Romero, 1996: p. 374).

De lo anterior se desprende que el populismo, una vez que se encuentra en funciones de

gobierno, pareciera oponérsele a la democracia representativa como herramienta más efectiva

para gobernar las sociedades contemporáneas. Por paradójico que pueda sonar, el populismo

en la actualidad es concebido por la democracia representativa. Profundizando en este asunto,

60

cabe señalar lo siguiente: el populismo sólo puede articularse a través de los procesos de formulación y promoción de los programas políticos que aplica la democracia representativa, incluso, el referente principal el populismo, el “pueblo”, también es utilizado como el depositario de legitimidad de los gobiernos democráticos. Siendo el “oposicionismo” una de sus principales características, el populismo se convierte en un movimiento relevante cuando se estructura a través y en oposición al modo de ejercer la política por parte de la democracia representativa (Taggart, 2000: pp. 109-110).

La tesis de Hernández (2007) postula que en el funcionamiento de los Estados democráticos contemporáneos, los mismos son incapaces de responder a “todas” las demandas de las sociedades que administran. Esto tiende a producir “vacíos” regularmente donde no llegan los planes ni las políticas del Estado, conocidos como “illiberal gaps”. Tales potenciales espacios de descontento son caldo de cultivo o lugar donde podría fermentar el populismo con altas probabilidades de éxito para generalizar u homogeneizar las bases de esta insatisfacción con el diseño o funcionamiento institucional. Esta sería una de las razones por las cuales el fenómeno populista necesita de la democracia representativa para poder concretarse en el plano social, económico y político de una sociedad.

Para el populismo en general, los mecanismos de representación suelen distorsionar la realidad social y política del país. El neopopulismo europeo de los últimos años llegó a denunciar que el sistema político sobredimensionaba la representación de las minorías en detrimento del resto de la ciudadanía, de ahí -aludieron sus principales exponentes- su disfuncionalidad (Taggart, 2000: p. 110).

Por su desconfianza hacia los mecanismos representativos de la democracia por un lado; y hacia sus principales instituciones como los partidos políticos y el estado de derecho, por el otro, es que el populismo pretende vincularse directamente con el “pueblo” en general. Por esta razón, los mecanismos característicos de la democracia directa -como el referéndum- serán predominantes en el discurso y la práctica de los gobiernos populistas. Sin embargo, la falta de mediación institucional a la que aspira el populismo -y que de hecho la alcanza en ocasiones-, lo hace inestable y con fuertes inclinaciones a establecer formas y/o mecanismos

61

autoritarios para ejercer la política, de ahí que se hable de una “cepa autoritaria” que lo acompaña (Romero, 1996) 66 .

d) El “pueblo” como objetivo de la praxis política: En la historia de la humanidad, particularmente en el plano de la política, el “pueblo” siempre ha sido uno de los principales elementos a los que han apelado numerosos sistemas y regímenes políticos para alcanzar la legitimidad que les permita ejercer el poder. Sin embargo, no puede entenderse la praxis del populismo sin tomar en cuenta el objetivo último de su acción política, es decir, el “pueblo”.

La lógica del fenómeno populista radica en la incorporación de todos aquellos sectores de la sociedad que no forman parte del llamado statu quo -para di Tella (1965) son aquellos sectores que padecen de incongruencia de status-, es decir, el populismo se orienta a la reivindicación del “pueblo” en contraposición de las élites, sean éstas económicas, políticas o culturales. Para lograr esta incorporación de manera efectiva, los líderes populistas recurren a distintos elementos que en la mayoría de los casos suelen apoyarse en el trazado de un límite, una frontera, una referencia tomada de la realidad concreta “que puede ser una alteridad común, o la ruptura con un cierto pasado, el que tiende a constituir un espacio solidario y al mismo tiempo relativamente homogéneo” (Aboy Carlés, 2001: p. 25), como la que puede surgir al oponer en el plano discursivo al “pueblo” de la “oligarquía”, encarnando ésta última el “enemigo” al que el “pueblo” debe enfrentarse. Esta utilización de referentes en oposición es una característica casi siempre clásica de todo populismo que mediante contagios sentimentales e irreflexivos afirma su insustancialidad ideológica, por esto Taggart (2000) considera que la noción de “pueblo” puede ser tan flexible y dúctil como sea necesario, lo que no quiere decir que la misma no tenga un sentido o significado específico (p. 92).

El “pueblo” al que se refieren los movimientos y líderes populistas debe ser entendido como “la agregación (…) de una diversidad bastante amplia de sectores sociales, mayoritaria aunque no exclusivamente subalternos, que venían experimentando una acelerada transformación social y económica, y por lo tanto no estaban claramente diferenciados entre sí, ni estructurados sectorialmente” (Novaro, 1996: p. 91). En este orden de ideas, para Novaro

66 Para Taggart (2000) uno de los ejemplos más claros de gobiernos populistas que tuvieron tensiones prácticamente irreconciliables con los postulados liberales de la democracia contemporánea fue el de Perón en Argentina. El liderazgo carismático de Perón muchas veces tuvo desencuentros con los mecanismos de representación impuestos por la institucionalidad argentina, incluso estas confrontaciones se dieron con su propio partido, el Partido Justicialista (p. 110).

62

(1996) es evidente que lo que buscó y busca la lógica populista mediante la creación de identidades es “incorporar a la vida política a aquellos sectores en ascenso, en el contexto de sistemas institucionales y partidarios que se mostraban incapaces de canalizar ordenadamente, es decir, dentro del orden instituido, dicha incorporación” (p. 91).

El uso del término “pueblo” tiene entonces tres elementos claves que fungen como puntos comunes a las diversas experiencias populistas, bien sean latinoamericanas o europeas. En este sentido, el primer elemento que debe señalarse es de orden numérico, ya que el “pueblo” implica una mayoría significativa, entendida como un actor unificado y solidario entre sí, por lo que las diferencias internas de los distintos sectores que lo conforman no son tomados en cuenta por los populistas, que tienen a ver al “pueblo” como un todo (Taggart, ídem). En segundo lugar, se encuentra un elemento desarrollado por Canovan (2004), quien señala que el populismo no sólo es el enfrentamiento contra el establishment, el statu quo y las estructuras de poder sino en el reconocimiento de una fuente de autoridad suprema: el “pueblo”. Por esto los populistas alegan hablar por el “pueblo”, representado así al soberano como un todo y no a intereses particulares o a un sector económico. Como tercer elemento clave asociado a la noción de “pueblo” se encuentra el lugar o el territorio en el que habita, lo que se traduce en las constantes menciones a las que apelan los populistas sobre la “nación” o la “patria”, es decir, ambas nociones son traídas a la arena política para evocar una comunidad ideal a la que pertenecen los miembros del “pueblo”, que derrocha virtudes y posee un pasado glorioso, de ahí que muchos populismos comulguen con el nacionalismo (Taggart, ídem.) 67 .

Tener presente los tres elementos claves para el entendimiento de la noción de “pueblo” sin embargo no garantizan el uso claro del mismo. Como señala Canovan (2004) éstas pueden quedarse cortas ante la realidad o volverse una camisa de fuerza terminológica, por esto se apoya en tres definiciones históricas del “pueblo” que corren paralelas y que pueden afinar mucho más un término que de por sí se caracteriza por la vaguedad y la imprecisión. Estas son: el pueblo como soberano; el pueblo como nación y el pueblo, como símbolo expresivo de la gente común, para así contraponer un vocablo a la idea de las elites dominantes, cuantitativamente más pequeñas.

67 Quizá el mejor ejemplo de populismo que explote el elemento territorial, asociado a una comunidad ideal sea el narodniki ruso de finales del siglo XIX. Para esto se recomienda ver los argumentos planteados por Walicki (1970) en páginas anteriores.

63

Así se tiene que para identificar a ese “pueblo” al que hace referencia permanente el populismo se debe trazar una especie de frontera, de línea divisoria, que permita determinar lo que es “pueblo” de lo que no lo es, es decir, que haga explícita la diferencia entre un “nosotros” de un “ellos”. Esta autora señala que en la retórica clásica de los líderes populista el llamado a “entregarle el poder al pueblo” sienta claramente una división que opone al “pueblo” de los que detentan el poder, es decir, las “élites” o “clases gobernantes”. Sin embargo, considera que abordar el estudio del fenómeno desde esa perspectiva sería sumamente simplista, por lo que habría que abordar minuciosamente las complejidades de la noción del “pueblo” como “soberano” (2004: p. 249).

Canovan (2004) señala que esta noción de “pueblo soberano” remite aparentemente a dos elementos distintos: por un lado se refiere a algo colectivo, abstracto, majestuoso y misterioso, en otras palabras, remite a la noción de una entidad que ha tenido una existencia continua en la historia, trascendiendo y sobreviviendo a los miembros individuales que la conforman; por el otro lado aplica para aquellos miembros individuales como tal, a la suma de gente ordinaria, cambiante, que llevan sus propias vidas y poseen intereses y puntos de vista. De estas concepciones se desprenden a su vez algunas interrogantes centrales para el estudio del fenómeno populista: lo primero es determinar si la noción de “pueblo” como fuente de autoridad política tiene un significado claro; además, ¿existen momentos en los que podemos decir que ciertas acciones emprendidas por individuos particulares detentan la autoridad del “pueblo” en su conjunto? En segundo lugar, ¿qué es lo que sucede para que el “pueblo” (compuesto al final por individuos ordinarios) detente semejante autoridad? ¿Hasta que punto esa idea es sustentada por mitos? ¿Esos mitos tienen una base sólida? (p. 250).

De lo anterior se desprenden nuevas interrogantes que buscan darle respuesta al ejercicio de la “soberanía” del “pueblo” que invoca constantemente el populismo. Es por ello que Canovan señala que sí el “pueblo soberano” se refiere tanto a un conjunto de individuos transitorios como a una entidad colectiva que pasa de una generación a otra ¿Cómo entendemos la relación entre esa agregación de individuos y la entidad colectiva? ¿Qué significa afirmar que el “pueblo” ha ejercido su autoridad o su soberanía? ¿Por qué es tan difícil dar cuenta clara del “pueblo” como una colectividad?

Se afirmaría así que al partir del supuesto de la “soberanía del pueblo”, es totalmente

sobre la efectividad del acto de delegar parte de la “soberanía” por

pertinente preguntarse

64

parte del “pueblo” a través del ejercicio del voto o de otros mecanismos de participación

política como el caso del referéndum.

Así, pareciera que el uso del término “pueblo”, vago, ambiguo e impreciso para algunos

pero no por eso algo malo per se (Laclau, 2005a), ha llevado a la palabra hacia derroteros de la

política moderna cuando por ejemplo se habla, no de participación ciudadana, elemento

concreto que puede ser cuantificado con precisión por los métodos de la Ciencia Política, sino

de participación popular. La participación popular, fenómeno impreciso y moldeable en el

discurso, se usa en el populismo deliberadamente para acomodarse a varias identidades que se

vuelven de inmediato el objetivo de los líderes. Dentro de la contradicción de aludir a un

“pueblo” como quien alude a todos los miembros de un Estado-Nación, sin hacer referencias a

ninguna identidad en concreto, se representan casi en “el vacío” problemas comunes que la

colectividad sufre y que no han sido resueltos pero que están dentro de lo sensible para una

gran mayoría 68 .

1.2 El populismo de nuevo cuño o neopopulismo Cuando se menciona al populismo de nuevo cuño pareciera que se alude a un fenómeno

de antaño que ha resurgido manteniendo en esencia algunos de sus elementos constitutivos

básicos por un lado, pero que presenta características novedosas por el otro. Es así como

autores como Burbano de Lara (1997), Weyland (1996, 1999, 2001), Conniff (1999, 2003),

Taggart (2000), De La Torre (2003), Vilas (2004), entre otros, hablan del neopopulismo o

nuevo populismo para resaltar la irrupción de fuertes liderazgos políticos que establecieron

relaciones cuasi-directas y poco mediadas con sus seguidores, pero que a diferencia de los

populismos clásicos, adoptaron políticas de corte neoliberal fuertemente orientadas al mercado

y a la recogimiento del Estado de diversas esferas económicas que tradicionalmente habían

estado bajo su tutelaje.

Sobre este punto Weyland (1999) señala que la reaparición del populismo en la década

de 1990 en Latinoamérica debe ser explicada bajo la óptica de sus características políticas, es

decir, centrándose en la aparición de liderazgos personalistas que emergieron en algunos

68 Sobre este aspecto, ya se ha comentado brevemente la lógica expuesta por Laclau (2005a) para construir un “pueblo” de manera efectiva. De igual forma, el capítulo 3 de esta investigación ahondará en profundidad sobre el proceso de construcción de un “pueblo” así como de nuevas identidades políticas.

65

países latinoamericanos 69 estableciendo una relación directa con una masa heterogénea,

desorganizada y movilizada, que se encuentra “disponible” para ser incorporada como nuevo

sujeto en la dinámica política de sus respectivos países. Por su parte, Conniff (2003) señala la

aparición del neopopulismo en el ocaso del siglo XX con sus características particulares.

Otro tipo de populismo apareció en los años 1980, sin embargo, con líderes jóvenes. Esta versión, que llamamos neopopulismo, tenía muchas de las característica de la versión original -llamados al sentimiento nacionalista, liderazgo carismático, campañas publicitarias de masa, promesas de reforma, y evocación de los intereses del pueblo- pero era diferente en varios aspectos. Lo más importante fue el abandono de las políticas económicas de intervención y control por el gobierno. Al contrario, algunos montaron políticas económicas heterodoxas, mientras que otros vieron en el neoliberalismo la salvación de sus naciones (p. 34).

Así, se tiene que los líderes neopopulistas siguieron apelando al “pueblo” como objetivo

central de su retórica, especialmente a través de la televisión como principal canal de

transmisión de sus mensajes, evitando así las intermediaciones a las que hace referencia

Weyland (ídem) para establecer contacto directo con sus seguidores. Sobre este punto,

Koeneke (2003) señala que los líderes neopopulistas “tienden a convertirse en celebridades

mediáticas, carecen de vínculos con instituciones políticas tradicionales y logran triunfos

electorales inesperados gracias a la resonancia favorable que su imagen pública provoca entre

los informales que han ido poblando crecientemente las grandes ciudades latinoamericanas”

(pp. 09-10). Además, apelaron a un discurso de enfrentamiento a la corrupción, la mala

gestión de los gobiernos anteriores y las tergiversaciones de los partidos políticos a la hora de

representar los verdaderos intereses de la población -de ahí la importancia de establecer el

vínculo directo en el binomio líder-pueblo.

Para Taggart (2000), el neopopulismo es un fenómeno característico, pero no exclusivo

de la Europa occidental, que emergió en las postrimerías del siglo XX. Fue adoptado por un

conjunto de partidos políticos de extrema derecha como respuesta al establishment político y a

69 Weyland menciona particularmente a Menem en Argentina, Collor de Mello en Brasil y Fujimori en Perú como los ejemplos paradigmáticos del fenómeno neopopulista en la región. Otros como Burbano de Lara añaden a la lista a Bucaram en Ecuador. A pesar de que Menem pertenecía al Partido Justicialista, cuyo fundador fuera el más paradigmático de los populistas en Latinoamérica Juan Domingo Perón, y por lo tanto uno de los partidos que conformaban el establishment político argentino, “fue construyendo una imagen pública de outsider de la política nacional que le daría óptimos frutos en las elecciones presidenciales de 1989. Para ello, hizo de la necesidad virtud y formó una fracción de leales por fuera de las estructuras partidarias y sindicales del peronismo, a las que de hecho tenía muy poco acceso” (Nun, 1998: p. 62)

66

los partidos de gobierno tradicional. En este sentido, la variante del populismo europeo de la

década de 1990 centró su agenda política en numerosos temas como el rechazo a la Unión

Europea como institución supranacional, a los movimientos migratorios internos, un

regionalismo étnico y cultural exacerbado, una propuesta contraria a la implementación de

mayores políticas impositivas, entre otras.

Esto se habría traducido en un anclaje importante de partidos políticos extremistas -de la

derecha del espectro político principalmente- en muchos países de Europa, como el Partido

para la Libertad de Jorg Haider en Austria, el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen en

Francia, o la Forza Italia de Silvio Berlusconi en Italia, etc., generando simpatías en buena

parte de sus ciudadanos, lo que se ha traducido en número de votos importantes en algunos

procesos electorales de los últimos años, como en el caso francés, donde Le Pen disputó las

elecciones presidenciales en 2002 contra Jacques Chirac, obteniendo 19% de los votos en la

segunda vuelta.

El fenómeno neopopulista en general recogería el sentimiento de desencanto con el

funcionamiento de la democracia representativa, traduciéndose en una política de carácter

anti-institucional que atacó despiadadamente al sistema de partidos, los partidos políticos y sus

agendas. Por esta razón se ha afirmado que el neopopulismo es, antes que nada, un fenómeno

antipolítico debido al rechazo de las principales instituciones y mecanismos para la resolución

pacífica de los conflictos sociales puestos en marcha por las democracias contemporáneas

(Betz, 1994; Taggart, 2000; Mayorga, s/f).

1.2.1 Contextualización histórica del neopopulismo El resurgimiento del populismo en Latinoamérica puede ser rastreado en el desempeño

de los gobiernos dictatoriales asumidos por el estamento militar que plagaron la región durante

la década de 1970 y 1980. Las dictaduras militares latinoamericanas tomaron el poder por la

vía del golpe de Estado como respuesta a las políticas “incorporadoras” de los gobiernos

populistas clásicos, que en su momento apelaron a la expansión de la ciudadanía y al

reconocimiento como sujetos de derechos y deberes de diversos sectores de la sociedad que

habían sido represados de la vida civil, económica y política en los países de la región.

67

Con la restricción de la participación de las masas en la vida política, las dictaduras militares pusieron en marcha una política económica ortodoxa que buscó la estabilización de la economía nacional, la reducción de los índices de inflación, la modernización del sector agrícola e industrial, entre otros aspectos. Este proceso de modernización económica produjo un importante movimiento de migración interna del campo a la ciudad, donde los campesinos migraron con las esperanzas de encontrar trabajos bien remunerados en el sector formal de la economía. Sin embargo, el sector industrial apeló a la incorporación de mno de obra calificada, contratando a un porcentaje mínimo de los nuevos migrantes, por lo que la gran mayoría tuvo que buscar en el sector informal su fuente de ingresos para la manutención de sus respectivas familias. Este sector informal se caracterizó por estar marginado de las formalidades del Estado, quedando desprotegidas en lo económico, social y político (Weyland, 1999). Estos cambios socioeconómicos afectaron profundamente las condiciones de vida de los sectores más empobrecidos, lo que se tradujo en un aumento de las desigualdades sociales y una distribución más inequitativa del ingreso nacional.

Con el advenimiento de la democracia en los países de la región latinoamericana en la década de 1980, se revirtió el proceso de desincorporación de los sectores populares de la vida política, promoviendo, como señala Conniff, “la expansión del electorado hasta el punto de saturación (…) puso a la disposición de políticos hábiles grandes contingentes de personas con poca sofisticación” (2003: p. 32). Además, sumado al pobre desempeño de los nuevos gobiernos democráticos, poco efectivos a la hora de brindarle soluciones a lo que la población consideraba como sus necesidades e intereses, con niveles de inflación altísimos 70 y la urgencia de pago de una deuda externa que pesaba en la población en general, produjo “un rechazo amplio de la clase política en general, por parte de la clase media y hasta las masas” (ídem.).

En cuanto los países de Europa Occidental, el neopopulismo surgió en las últimas décadas del siglo XX en primer lugar como respuesta a los efectos de la dinámica integracionista del fenómeno globalizador -siendo la Unión Europea una de sus instituciones

70 En el gobierno de Alan García en Perú, se introdujeron políticas económicas características de los populismos clásicos de Latinoamérica, al implementar un plan de sustitución de importaciones, de nacionalizaciones y estatizaciones de la banca y las aseguradoras, de mecanismos redistributivos para la mejora del ingreso de los sectores populares, etc. Esto se tradujo en el decrecimiento de la economía en 8,7% y una inflación que llegó a 1722% en 1988 (Dornsbusch y Edwards, 1992; Koeneke, 2003).

68

más emblemáticas- (Swank y Betz, 2003). En segundo lugar, irrumpen nuevos partidos

políticos neopopulistas con un discurso crítico del Welfare State y la economía mixta como las

herramientas comunes aplicadas por los países europeos durante la segunda mitad del siglo

XX, y que habían sido sumamente perjudiciales para la población en general (Betz, 1994;

Taggart, 2000).

En conclusión, el panorama descrito -en América Latina y Europa- permitió la irrupción

de nuevos líderes, denominados outsiders en la literatura especializada, ufanados su no

pertenencia a la clase política tradicional, que apelaron a un discurso salvacionista e

inflacionario en cuanto a sus promesas -propio de los populismos clásicos- para alcanzar la

presidencia, y una vez en el poder -en el caso de aquellos que triunfaron-, pusieron en marcha

una serie de políticas propias del neoliberalismo como medidas necesarias para lograr la

estabilización económica de sus países. Esto produjo una curiosa, aunque no irracional,

afinidad entre el neopopulismo y el neoliberalismo (Weyland, 1996, 1999).

1.2.2 Características económicas del neopopulismo Como recordará el lector, se ha dicho anteriormente que el neopopulismo se diferencia

principalmente del populismo clásico por el tipo de política económica que llevaría adelante

en el ejercicio de gobierno. En este sentido los líderes neopopulistas, aprendiendo de los

errores de sus predecesores, dejarían atrás las políticas de corte redistributivo que a la larga

tendían a aumentar la inflación y terminaban perjudicando a ese “pueblo” al que apelaban los

líderes del populismo clásico. Así, promoverían políticas económicas partidarias de la

desregularización y la disminución de cargas impositivas, bajo la creencia de que el mercado

por sí solo era capaz de armonizar las relaciones económicas (Betz, 1994: Taggart, 2000).

Tanto en Latinoamérica como en Europa, los líderes neopopulistas rechazaron el Welfare

State, los programas de expansión del gasto público para promover el consumo interno, por lo

que poyaron abiertamente políticas económicas de disciplina fiscal y administración eficiente

del gasto público. Así pues, algunos líderes latinoamericanos que lograron triunfar

electoralmente como Menem, Collor de Mello y Fujimori, aprovecharon su innegable carisma

así como el efecto que producían en la población a través de sus constantes apariciones por los

medios radioeléctricos -principalmente la TV-, para imponer un conjunto de políticas

69

económicas de corte liberal, que no eran otra cosa que recetas de recuperación económica en gran parte promovidas por los “expertos” del FMI, el Banco Mundial (BM), entre otros. Para salir airosos en esta labor, discursivamente apelaron a la necesidad de poner en marcha estas políticas económicas para mejorar las condiciones de vida de la población en general y del “pueblo” en particular a futuro.

En el corto plazo buscarían revertir la situación hiperinflacionaria al reducir la demanda interna, confiscando cuentas bancarias y aminorando el gasto público. Esto se traduciría en una profunda recesión económica que pudo ser sobrellevada por la población en buena medida debido al carisma de estos líderes. En el mediano plazo, pusieron en marcha un modelo de desarrollo neoliberal, reduciendo el tamaño del Estado para darle al libre mercado el protagonismo, abriendo sus fronteras económicas a la inversión e intercambio con el extranjero para así coadyuvar en el mejoramiento de la industrial local (Weyland, 1999: p.

1980).

a) Afinidades entre el neopopulismo y el neoliberalismo

Autores como Weyland (1996, 1999) señalan el hecho de no ser casual el “matrimonio”

establecido entre el neopopulismo y el neoliberalismo, sobre todo en algunos países de Europa

y Latinoamérica en las década de 1980 y 1990. En este sentido, se señalan 5 áreas de confluencia entre ambos fenómenos que se enumeran a continuación:

i) Apoyo de las masas: a diferencia de los populismos clásicos que consolidaron su base de apoyo en la alianza multiclasista, conformada principalmente de sectores obreros y clases medias, el populismo de nuevo cuño apelan a los sectores informales -urbanos y campesinos-

que se encuentran en situación de abandono por parte de las instituciones estatales y que no obtuvieron ningún beneficio de las políticas redistributivas del populismo clásico. Por su parte,

el neoliberalismo también se enfoca en los sectores informales para recibir el apoyo necesario

que permita implementar sus programas, esto se debe al peso que tienen estos sectores en el total de la población. Cualquiera sea la razón que esté detrás de esto, ambos consideran a los sectores informales como un elemento clave para sostener sus planes.

ii) Distanciamiento de las organizaciones intermedias: tanto el fenómeno neopopulista como el neoliberal miran con cierto recelo a las organizaciones intermediarias

70

entre el Estado y la sociedad, entre ellas los partidos políticos y los sindicatos. Por su parte, el primero busca deslastrarse de este tipo de organizaciones o en el mejor de los casos subordinarlas a sus propios intereses para lograr la tan efectiva vinculación directa con la población. En el caso del neoliberalismo, el distanciamiento se debe a la denuncia de los beneficios políticos que obtenían por parte del Estado y que socavaban la lógica competitiva del mercado.

iii) Ataques a la “clase política”: los líderes neopopulistas, con su fuerte retórica

antipolítica, vieron en la clase política y los partidos políticos la alteridad necesaria a la que

debían oponerse, justificándolo en los numerosos privilegios y enriquecimientos -en muchos casos ilícitos- alcanzados en detrimento de los intereses del “pueblo” y del país. Para lograr la simpatía de la población y el rechazo que ésta pudiese generar hacia estos actores políticos tradicionales, los nuevos líderes tuvieron que presentarse como los outsiders provenientes de un mundo ajeno a la política para salvar a las masas empobrecidas y al país en su conjunto. Por su parte, los partidarios de la política neoliberal atacaban a la clase política aludiendo el excesivo intervencionismo de Estado y que habían promovido en los últimos años, lo que impedía el libre funcionamiento del mercado.

iv) Fortalecimiento del Estado: a pesar de la crítica incisiva hacia la clase política

tradicional, los partidos políticos y el rol protagónico que en la esfera económica tuvo el Estado, el neopopulismo y el neoliberalismo buscan robustecer la institución estatal. En el caso de los líderes neopopulistas la centralización del poder era un elemento fundamental para la consolidación de su autoridad personal, cuestión que de alguna forma se fundamentaba en el carácter presidencialista de los sistemas políticos latinoamericanos; de igual forma, los neoliberales necesitaban de una concentración de la autoridad estatal para subsanar la oposición a las reformas de libre mercado, que irónicamente, impulsaría el propio Estado a través de la propia presidencia 71 .

71 Siguiendo a Nohlen (1991) en el sistema presidencial el parlamento y el gobierno se encuentran separados, mientras que en el parlamentarismo el gobierno y el parlamento se encuentran fusionados. Así pues, “la diferencia decisiva entre los dos tipos básicos de régimen político radica en el tipo de coordinación entre parlamento y gobierno. En el presidencialismo, el parlamento y el gobierno son relativamente independientes uno de otro. El gobierno (el presidente) asume un mandato político por un período fijo, constitucionalmente establecido; el parlamento no puede derrocar al gobierno. Entre el cargo de ministro (o miembro del gobierno) y el mandato de los diputados, existe incompatibilidad. En contraposición a ello, en el régimen parlamentario (o parlamentarismo en un sentido más restringido), el gobierno depende de la confianza (o por lo menos de la tolerancia) del parlamento. El gobierno se deriva del parlamento, lo cuál deberá entenderse literalmente como la

71

v) Ganar apoyo a través de reformas “impopulares”: de manera un tanto arriesgada, y apelando al vínculo afectivo que habían generado con la población, los líderes neopopulistas aplicaron reformas económicas ortodoxas que buscaban estabilizar la economía de sus respectivos países, causando una profunda recesión, aumento del desempleo en el sector formal de la economía, una disminución de la demanda de productos y servicios en los sectores informales -sus principales aliados y soporte político-, reducción del gasto público y, en última instancia, aumento significativo de la pobreza. A pesar del impacto que pudieron tener estas medidas de ajuste en el grueso de la población, el apoyo a estos líderes se mantuvo casi intacto 72 , en gran medida a su carisma y a la capacidad que tuvieron para convencer a la población de los sacrificios que había que hacer en el presente para poder vivir un mejor futuro. 73 Por su parte, los neoliberales apostaron evidentemente a este tipo de medidas para lograr estabilizar la economía nacional y promover el funcionamiento óptimo del mercado.

vi) Programas sociales puntuales: en algún momento los neopopulistas tuvieron que responder a sus seguidores a través de algún tipo de programa social. Por su parte, los neoliberales promovieron la aplicación de este tipo de programas, específicamente programas para combatir la pobreza, para hacer viables sus planes de reforma estructural económica al mismo tiempo que los sectores afectados por la política económica ortodoxa recibían compensaciones en forma de programas sociales promovidos por el Estado. Cabe destacar que en el caso de los neopopulistas la mayoría de este tipo de programas fueron aplicados en momentos de campaña electoral para garantizar de ese modo el triunfo en futuros comicios 74 .

compatibilidad entre el mandato de los diputados y el cargo ministerial. Por lo tanto, los ministros permanecerán en funciones mientras exista una mayoría en el parlamento que los apoye, o al menos mientras éste no los censure” (p. 26). Por esta razón, siendo las democracias latinoamericanas de carácter presidencialistas, los partidarios de las políticas neoliberales debían establecer buenas relaciones con los presidentes de estos países, debido al peso que tenían éstos en el sistema político en general. En los años 1990 esto ocurrió durante los mandatos de Menem en Argentina, Collor de Mello en Brasil (hasta su destitución por escándalos de corrupción administrativa) y Fujimori en Perú.

72 De hecho, a mediados de los ‘90 Menem y Fujimori ganaron las elecciones en las que compitieron para la reelección presidencial en sus respectivos países con porcentajes de votos muy superiores a sus contendientes inmediatos.

73 Es importante recordar los niveles de hiperinflación que experimentaron estos países desde la década de 1980, y cómo la aplicación de las medidas económicas neoliberales lograron reducirla y estabilizarla por debajo de tres cifras. Esto permitió que la población mantuviera sus lealtades prácticamente inmutables hacia los líderes del neopopulismo.

74 Ellner (2004) señala que el presidente Fujimori “implementó un programa social masivo administrado por el Ministerio de la Presidencia con los ingresos de las privatizaciones, que habían excedido las expectativas. Estas asignaciones fueron diseñadas con propósitos electorales para ganar el voto de los pobres en aquellas provincias

72

1.2.3 Características políticas del neopopulismo

Es en sus características políticas que el neopopulismo guarda mayor semejanza con los

populismos clásicos de mediados del siglo XX, entendida las mismas como elemento

fundamental de un modo de hacer política concreto que tiene en el “pueblo” y la