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Editorial

El 23 de marzo de 1996 tuvo lugar un “motín” en el Fuerte de Caxias (Portugal),


provocado por los intereses del Estado, con el objetivo de acabar con las diversas luchas
que los presos estaban manteniendo. La revuelta traspasó muros y se volvió objeto de
debate público; un debate en el que surgieron algunas opiniones que llegaron a
cuestionar la propia existencia de la Cárcel y de su papel en la sociedad.

De los 180 detenidos que protagonizaron el suceso, amontonados e indefensos, la gran


mayoría sufrió salvajes palizas durante varios días. Esta práctica terrorífica tuvo como
consecuencias múltiples fracturas y conmociones cerebrales, quedando un preso tuerto
por uno de los muchos tiros con balas de goma disparados por los mercenarios del
Estado durante el “motín”.

El Estado no cumple ni su propia ley. Es sabido que siempre fue maestro en violar las
reglas que él mismo creó, no dudando en practicar cualquier crimen en interés propio
por muy horrendo que sea.

En el caso de los “presos entre muros”, basta una simple ojeada a la prensa de 1994 a
1996 para verificar la escandalosa violación sistemática de los “derechos de los presos”.
Huelgas de hambre, huelgas de trabajo, cartas y comunicados contestando y resistiendo
ante tan cruel realidad,… formaron parte de la cotidianidad de los detenidos en esa
época. Es en este ambiente en el que, por orden de la cúpula estatal, se provocó a los
presos, quienes tuvieron una reacción espontánea. Se distribuyeron psicotrópicos fuera
de la “dieta” habitual, y el director interino de la Dirección General de Servicios
Penitenciarios, en “diálogo” con los presos justamente indignados, demostró su total
desprecio por ellos. Esta sería la chispa que encendería la mecha.

Cómo es posible que, con total descaro, trece años después, venga el Estado
pretendiendo culpar a 25 detenidos de esa época, acusándolos en procedimiento judicial
de motín, incendio y daños. Alega el Ministerio público que los presos empezaron a
organizarse con luchas a base de huelgas de hambre y de trabajo dos semanas antes del
23 de marzo. ¡Pretenden de este modo silenciar el contexto de corrupción, impunidad y
de graves violaciones de la dignidad humana, así como las luchas de resistencia
ocurridas en los dos años anteriores!…

Contra tal “blanqueamiento” individualidades y diversos colectivos han decidido sacar


esta publicación, con la intención de recordar los acontecimientos ocurridos entre 1994
y 1996 en casi todas las prisiones portuguesas, manifestar su repudio ante tan absurdo
proceso judicial, desmontando la farsa de la acusación, y denunciar la actuación
represiva de los organismos estatales, que tuvieron un papel activo en el aumento del
terror vivido en las prisiones de Portugal en los años 90 – y que aun hoy, tristemente,
continúa – con el aterrador y esclarecedor número de muertes, heridos sin el debido
tratamiento, cadenas perpetuas encubiertas,… etc, manteniendo esta escandalosa
situación en un limbo camuflado e invisible.

Gobierno, Procuradoría General de la República (el equivalente a la Fiscalía General del


Estado en España, NdT) y la DGSP (Dirección General de Servicios Penitenciarios)
fueron y son los responsables de lo que ocurrió y sigue ocurriendo con total silencio e
hipocresía en el interior de las prisiones. Lo que salió en los medios de comunicación es
sólo la punta del iceberg. De haber un juicio con las reglas del Estado de Derecho,
debería ser el Estado quien se sentara en el banquillo de los acusados y nunca quien
sufrió esa premeditada, sistemática e inconmensurable violencia. Si las gente pudiera
conocer la realidad completa del interior de las prisiones, aunque sólo fuera conocer lo
que pasa allí en una hora, con toda seguridad se levantarían en masa para repudiar
vehementemente este “nuevo holocausto”, como dice el criminólogo disidente Nils
Christie.

Recientemente, en Europa, han ocurrido varias luchas y algunas aun continúan: en


agosto de 2008, cerca de 550 presos estuvieron en huelga de hambre en las prisiones
alemanas reivindicando “mejoras” en el sistema penitenciario; en noviembre la práctica
totalidad de la población penitenciaria de Grecia estuvo también en huelga de hambre –
acciones informativas y de solidaridad con esta huelga tuvieron repercusión por toda
Europa -; en Italia, donde, al igual que en Grecia, existe cadena perpetua, casi todos los
presos condenados a esta pena máxima llevan acabo desde el 1 de diciembre del 2008
(retomando una lucha que empezaron en junio de ese mismo año, NdT) una jornada de
protesta; varios presos de Córdoba y de otras partes de España iniciaron una huelga en
solidaridad con los prisioneros de Italia, reivindicando al mismo tiempo una serie de
mejoras en el sistema penal y judicial español; en el verano de 2008, Amadeu Casellas,
prisionero en Cataluña (España) estuvo 78 días en huelga de hambre. En Portugal, en
Monsanto – uno de los Guantánamos del país – varios detenidos estuvieron, en octubre,
en huela de hambre protestando contra las torturas de las que son blanco y contra la
total impunidad con la que actúan los carceleros de esta prisión.

¡La lucha por la dignidad y por la libertad jamás podrá ser contenida, sea en prisión o en
la calle.!

¡Solidaridad y absolución para los 25 de Caxias!

1994: Agitaciones
Mil novecientos noventa y cuartro comenzó en las prisiones portuguesas bajo el signo
de la lucha y la protesta. Con la simple observación de los primeros episodios nadie
hubiera dicho que las agitaciones iban a alcanzar niveles hasta entonces desconocidos
en el universo penitenciario portugués.
En enero, 18 presos de la cárcel de Coimbra entraron en huelga de hambre
reivindicando su acercamiento a prisiones de su lugares de origen y denunciaron el trato
administrado por los responsables del presidio sin resultados prácticos, viéndose el 1 de
marzo 7 de ellos en la tesitura de retomar la huelga luchando por los mismos objetivos.
Paralelamente, implicados en el “caso FUP-FP25” (proceso político a la izquierda
revolucionaria en la que se la acusaba de delitos terroristas por un periodo de lucha en el
que se realizaron atentados, atracos, etc…) mantienen hasta febrero otra huelga de
hambre iniciada las navidades anteriores, reivindicando la refundición de sus penas.
En los 20 años transcurridos desde el fin de la dictadura – 25 de abril de 1974 – hubo
muchas luchas en las prisiones portuguesas motivadas por las condiciones carcelarias.
Las que alcanzaron mayor impacto público tuvieron como protagonistas a encausados
en procesos judiciales de cariz político – presos de los casos PRP y FUP/FP-25 –
confinados en aislamiento, quienes vieron substancialmente mejoradas sus condiciones
de reclusión como resultado de dichas huelgas de hambre.
Mientras tanto, durante estos años, fueron innumerables las luchas llevadas a cabo por
reclusos designados como “delincuentes comunes”. Aunque menos divulgadas – casi
siempre silenciadas – algunas tenían por motivo la defensa de los intereses de la
población reclusa en general, otras, razones personales: acercamiento a prisiones más
próximas a los lugares donde vivían las familias de los reclusos, problemas de salud,
protestas contra el maltrato por parte de los responsables de las cárceles y
movilizaciones para presionar a favor de aprobación de amnistías.
De todas esas luchas es oportuno destacar el motín de 1985 en Vale de Judeus, con
origen en las palizas sistemáticas infligidas por los guardias a los presos; el motín de la
prisión de Lisboa en 1987, provocado por la reacción espontánea de los presos ante el
apaleamiento de un preso por parte de los guardias en el “redondo” (punto central de la
cárcel, observable desde todas las alas de esta prisión) 15 minutos después de haber sida
exhibida la película Terminator a través del circuito interno de televisión, en una época
en la que estaba prohibida la tenencia de aparatos de TV en las celdas; y el conflicto que
llevaría a la destitución del director, sub-director, médico y de todos los jefes y varios
carceleros de la prisión de Linhó, tras la muerte en 1989 de un preso en régimen 111;
además de muchos otros motines.
La suma de estas experiencias de lucha – en un momento en el que la superpoblación
penitenciaria alcanzaba el punto de ruptura – se manifestó de forma innovadora el 15 de
marzo de 1994 con una “huelga de hambre en protesta contra las condiciones
penitenciarias y una lucha por los derechos otorgados en la Constitución de la República
Portuguesa no respetados en las prisiones del país”
El Reducto Norte del Fuerte de Caxias era uno de los Centros Penitenciarios donde la
superpoblación alcanzaba proporciones más elevadas. Celdas individuales albergaban a
3 presos, en cámaras construidas para 6 se amontonaban 14 – dos de los cuales dormían
en colchones en el suelo -,… Este exceso acababa por tener consecuencias en todos los
demás ámbitos de la cárcel; desde los servicios administrativos a la asistencia médica,
pasando por las visitas, hasta incluso las salidas al patio. La que fuera conocida como la
prisión de los presos políticos de la dictadura, siendo escenario de la liberación de
centenares de ellos os días siguientes al 25 de abril, se encontraba al borde del colapso.
En este ambiente, la revuelta fue aumentando y tomando forma.
Mientras elaboraban la “declaración inicial”, que serviría para difundir la lucha fuera de
los muros, y discutían los “principios básicos” por lo cuales todos los huelguistas se
debían guiar durante la huelga de hambre, los presos integrantes del grupo impulsor
iban trabajando en las medidas necesarias para conseguir la disponibilidad de los
restantes en la participación en la lucha. La semana anterior al estallido de la huelga un
manifiesto promovido por los portadores de enfermedades infecto-contagiosas,
contestando a la falta de tratamiento, fue suscrito por la práctica totalidad de los presos
de esta cárcel. Se dispuso tácticamente no involucrar desde el principio a todos los
presos disponibles para participar en la huelga, para contrarrestar el efecto que hasta
entonces había tenido este tipo de luchas: primero entraban en huelga un grupo
numeroso el primer día, se reducía a mitad del día siguiente y al final una semana
después se había reducido la huelga a dos o tres presos solamente de los que la había
iniciado.
Las entradas en esta huelga de hambre serían progresivas: 30 presos al principio, otros
30 dos días después, y así sucesivamente.
Aprovechando para la difusión de la protesta la nueva dinámica informativa, surgida
con la aparición de los canales privados de televisión, el grupo de 30 presos del Fuerte
de Caxias que inició la huelga de hambre, rápidamente dio a conocer a todos, sobretodo
a la población reclusa – que no participaba en la lucha pero que consumía televisión 24
horas al día – las grandes líneas del proceso que se iniciaba.
Es de destacar que los telediarios de ese día, sin excepción, abrieron con la grabación de
la voz de un preso leyendo extractos de la declaración que exponía los motivos de la
lucha (las cassetes habían sido entregadas horas antes en las redacciones de varios
canales de TV y de las principales emisoras de radio).
Dos días después, la Dirección General de Servicios Penitenciarios reconoce que los
presos en lucha sobrepasan la centena en varios centros penitenciarios del país, cuando
en realidad para esa fecha eran muchos más. Mientras tanto, tras la entrada en huelga
del segundo grupo de 30 presos de Caxias , el movimiento alcanza proporciones
significativas, dando nuevo impulso a los indecisos y arrastrando a la lucha a las
prisiones regionales.
No se sabe con certeza cuántos presos llegaron a estar involucrados, pero se confirmó
mientras la lucha sucedía que, por ejemplo, en el C. P. de Vale dos Judeus, un sistema de
turnos permitía mantener permanentemente en 100 el número de huelguistas de hambre.
Es en este Centro Penitenciario donde ocurre el único incidente relevante: el 17 de
marzo, los huelguistas impiden la entrada en uno de los módulos de un carro de
transporte de comidas.
Repuestos de la sorpresa, los responsables de los Servicios Penitenciarios, ordenan
traslados, aíslan a los huelguistas de los reclusos restantes en varios centros, dificultan
las visitas e intentan desviar la atención de los motivos de la protesta mediante
declaraciones públicas falsas. Pero fueron aun más lejos; Carlos Pereira fue trasladado
en huelga de hambre de Vale de Judeus a la penitenciaria de Coimbra el 18 de marzo y
aparece muerto al día siguiente en una celda de los sótanos de esta cárcel (hasta hoy no
se conocen las conclusiones de la investigación judicial de las circunstancias de esta
muerte).
En los principios básicos de la lucha iniciada en el Fuerte de Caxias se había subrayado
la tónica de “respetar el orden y la disciplina de la cárcel”, y no parar la huelga hasta el
ingreso en el Hospital penitenciario: “cuanto más rápido nos trasladen al hospital, antes
se encontrarán las soluciones para la huelga” estaba escrito.
Se apostaba por el colapso del Hospital penitenciario para obligar a que los inevitables
ingresos posteriores se llevaran a cabo en hospitales civiles, presionando la apertura de
negociaciones. Once días después es trasladado al Hospital de Santa María el primer
preso en huelga de hambre por falta de camas en el Hospital penitenciario. Algunas
horas después el interno se evadió.
Al día siguiente el Director General de Servicios Penitenciarios, Fernando Duarte – que
había ascendido al cargo 8 años antes, tras la muerte a tiros de su antecesor – muy
presionado por los responsables políticos, se reúne en el Fuerte de Caxias con los
huelguistas de dicha prisión. Les promete no sólo la satisfacción de todas las
reivindicaciones del movimiento y el regreso de los trasladados durante la lucha sino
también la garantía de aprobación en el parlamento de una amnistía conmemorativa del
vigésimo aniversario del 25 de abril, que, por efecto de la reducción de las penas,
reduciría la superpoblación de las prisiones a los niveles normales. Los presos que se
reunieron con él tomaron la decisión no de terminar la lucha, sino de suspender la
huelga de hambre hasta el 25 de abril. No pensaron que estaban siendo engañados, toda
vez que el mencionado director no tenía poder para cumplir las promesas hechas, e
ignoraron algunos de los principios básicos de la lucha – probablemente aquellos que
daban más garantías de éxito - : “En las negociaciones todos han de ser escuchados, si
no nos dejaran reunirnos ni paramos ni negociamos” y “los representantes no tienen
funciones deliberativas; en las decisiones hemos de ser escuchados todos y todos
tenemos que participar”. Los que se mantenían en huelga de hambre en las restantes
prisiones acabaron por conocer vía radio y televisión la decisión de suspender la huelga
y los términos acordados.
Con esta suspensión los presos inician la preparación de una segunda fase en las
protestas. Para centrar de nuevo la discusión pública en los temas de la declaración
inicial de la lucha, de momento perdida en favor de la amnistía, elaborar “avisos” que
tratan de manera separada los puntos designados y constituyen una gran denuncia de las
pésimas condiciones de reclusión en Portugal. Nunca la población reclusa procedió a
tan minucioso y perturbador estudio, en forma de avisos, de las condiciones de
reclusión en el país: en este aviso son abordados, por separado, superpoblación,
inconstitucionalidades, salud, trabajo en prisión y ocupación del tiempo, justicia y
derecho al amor.
Los diversos avisos son enviados de uno en uno a partir del 6 de abril a los órganos de
soberanía del Estado, grupos parlamentarios, partidos políticos, responsables religiosos,
centrales sindicales y a los órganos de comunicación social en general: diarios,
semanarios, radios y televisiones… Sólo un diario y una emisora de radio informan
sobre el primer “aviso”. El resto de avisos fueron completamente silenciados. Ya al final
de la lucha, a mediados de mayo, una edición facsímil de los avisos fue editada por
grupos de solidaridad con los presos. El último de los avisos, fechado el 13 de abril,
titulado “síntesis”, analizaba esta etapa de la lucha y destacaba “antes que nada, el
silencio sepulcral que los envolvió”. Anunciaba una paralización del trabajo, con el
rechazo de la alimentación el día 18 de abril y rechazo de visitas con huelga de silencio
hacia el exterior para el 25 de abril, “para que la necesidad de este debate se instale de
nuevo en la sociedad portuguesa”.
A pesar de la adhesión masiva al rechazo al trabajo en las prisiones y a negarse a la
alimentación, el debate sería virtualmente sepultado. Días después es aprobada una
amnistía que librea a más de 1.500 presos de las cárceles, debilitando la posición de los
pocos que el 26 de abril retomaron la huelga de hambre, toda vez que la mayoría de las
condiciones que motivaron la lucha no habían sido modificadas. El 13 de mayo cuatro
huelguistas ingresados en el Hospital de Caxias enviaron un mensaje al Fuerte en el que
dan por terminada la acciones de protesta y lucha: “El silencio de la prensa es general y
en estas condiciones no era justo prolongar la lucha. Se ha conseguido lo que se ha
conseguido y no se puede decir que sea poco”. El Director General de los Servicios
Penitenciarios es substituido del cargo, días después, por un juez, Marques Ferreira.

1995: El sistema prisional toca fondo


En 1995 el universo penitenciario portugués quedó conmocionado más que por las
luchas de los presos por los conflictos intestinos en la institución y por la exposición
pública de las numerosas irregularidades practicadas en las prisiones, reflejadas en los
informes de varias instituciones internacionales.

La irrupción de un nuevo director general, sin conexiones anteriores conocidas con el


oscuro mundo de las prisiones, que apela a que los propios presos denuncien ante él las
situaciones “ilícitas, corruptas e injustas” en el interior de los centros penitenciarios,
promoviendo simultáneamente substituciones en los cargos y alteraciones en el
funcionamiento bajo el lema de “cruzada de moralización”, provocó una onda de
choque en la red de intereses instalada en los Servicios Penitenciarios, que se propagó
por sus relaciones con el aparato del Estado. La reacción de los intereses amenazados no
se hizo esperar y Marques Ferreira no sobreviviría en el cargo a los “movimientos
conspirativos” que provocó.

Contrariamente a su antecesor – Fernando Duarte llevaba 19 años de carrera como


inspector de los Servicios Penitenciarios cuando accedió a su dirección en 1986 –
Marques Ferreira toma posesión del cargo liberado de la maraña de dependencias
propias de un sistema penitenciario que sólo había conocido un breve y tímido
interregno en la gestación de los intereses instalados en los años 70, cuando Carlos
Meira fue director general e inició un proceso de modernización de unas prisiones
anquilosadas por 48 años de dictadura. Esa red rápidamente le “haría la cama”, molesta
por la política de apertura de las prisiones a la sociedad y otros cambios por él
realizados, utilizando una fuga en Vale de Judeus en 1978 como pretexto para apartarlo
del cargo.

Una lectura rápida del gráfico evolutivo de la población reclusa entre mayo de 1994 –
cuando por la aprobación de la amnistía como resultado de la lucha llevada a cabo, que
había aliviado en cerca de 2000 presos la superpobladas prisiones, redujo su población
total a 9.750 – y diciembre de 1995, demuestra que la población reclusa aumentó a
12.250 presos. Cabe señalar que Marques Ferreira tomó posesión en junio de 1994
como director general abandonando el cargo en enero de 1996. en estos 19 meses la
población aumentó en 2.500 presos, 500 más de los 11.750 existentes en mayo de 1994,
antes de la amnistía, cuando la superpoblación había sido el principal motivo para el
estallido de la mayor lucha de presos en las cárceles portuguesas hasta entonces.

Este aumento exponencial no tiene ninguna relación con el aumento de la criminalidad


en este periodo (que, paradójicamente descendió de manera significativa), sino con el
exceso de celo de policías, fiscales del Ministerio Público y jueces, en una demostración
inequívoca de la tela de araña de relaciones instalada en el aparato del Estado, que no
estaba por la labor de facilitarle la vida al atrevido director general. Además, la elección
de un nuevo presidente, Jorge Sampaio, no fue saludad, como era habitual, con el
tradicional perdón presidencial de un año en todas las penas, por primera vez en la
historia de la República Portuguesa.

Marques Ferreira aguantaría poco tiempo la fuerte resistencia de los intereses afectados,
abandonando inesperadamente el cargo, no sin antes dejar públicamente un diagnóstico.
“el sistema penitenciario ha tocado fondo y necesita una renovación total”.

En vísperas de su salida, Marques Ferreira pone literalmente “el dedo en la llaga” en


unas declaraciones a prensa y televisión donde aclara que ha sido amenazado de muerte
por haber denunciado públicamente, en calidad de director de los servicios
penitenciarios, la existencia de una o más organizaciones criminales capaces de hacer
cumplir su propia ley en el interior de los centros penitenciarios, al margen y por encima
del propio mando de la dirección general.

En la última conferencia de prensa, días antes de su salida, 19 meses después de tomar


posesión del cargo, resumía con impotencia: “ha llegado un momento en el que se nota
que estamos en el atolladero”. Celso Manata, su subdirector general y anterior fiscal de
la República, le sustituiría. El ahora nuevo director nunca mencionó los temas
denunciados por Marques Ferreira y pasó a asumir de lleno la defensa de los intereses y
las políticas instaladas desde siempre en las prisiones portuguesas.

1996: De las protestas a la verdad sobre el motín de


Caxias
La acumulación de las sucesivas protestas relatadas desde 1994 va a hacer estallar en
1996 toda la revuelta contenida de las prisiones portuguesas. Los votos de año nuevo
exponían viejas revelaciones de un sistema penitenciario que sin ningún pudor
practicaba el atentado contra los derechos humanos en Portugal. Así, la gota que colmó
el bullicioso vaso carcelario fue la negativa a extender al resto de la población reclusa la
amnistía al proceso FUP/FP 25 al tiempo que se negaba también por primera vez la
histórica amnistía presidencial, instaurada el 25 de abril de 1974.
1996 quedó marcado para siempre por el gran movimiento de protesta pacífica,
espontánea y colectiva de los presos portugueses, exigiendo además de la amnistía
parcial mejores y más dignas condiciones de encarcelamiento, lo que pasó única y
exclusivamente por la reivindicación de lo que estaba recogido en la reforma
penitenciaria. Una protesta imparable que arrastró una oleada de huelgas de trabajo en
prisión e incluso huelgas de hambre, acompañadas por miles de firmas de protesta
reunidas por todo el país.
Las protestas tuvieron dos momentos esenciales. De enero a febrero se asiste a una
escalada de inquietud, iniciada por las declaraciones de Marques Ferreira que abrieron
brecha en la dirección penitenciaria, al mismo tiempo que se multiplican las peticiones
dirigidas a diversos órganos del Estado, encaminadas a conseguir la amnistía o el
perdón parcial. Ese movimiento, más que pretender colarse en el proceso FUP/FP25,
resulta en una crítica al sistema jurídico, penal y de la realidad penitenciaria portuguesa,
comenzando desde luego por la pura retórica que suponen los Derechos de los Presos. A
partir de este punto, al igual que en 1994, se expone la situación de superpoblación, de
la insalubridad, del alimento, de la explotación del trabajo penitenciario, de las
cuestiones de salud y tratamiento de un universo carcelario superpoblado donde la
toxicomanía impera, y de las varias agresiones y la violencia general de los carceleros y
de las direcciones penitenciarias sobre los presos y sus familias.
Celso Manata, al frente de la DGSP de forma interina, actúa con normalidad. A modo de
ejemplo, este docto responsable considera entonces “pura pérdida de dinero” una
exploración nacional de la salud en las prisiones pues si en ellas “ya entran enfermos”
por qué tratarlos como seres humanos.
El segundo momento de las protestas corresponde al mes de marzo. Como veremos más
adelante son innumerables las huelgas en todo el país, en este caso también huelgas
laborales en prisión. Todas las prisiones están en huelga, muchas de ellas con crecientes
huelgas de hambre y otros rechazos varios, y todos estos millares de hombres y mujeres
no dudan en firmar diversas peticiones, dando así rostro a una protesta que rápidamente
es asumida como un problema nacional.
Es entonces, en un momento en el que las protestas alcanzaban una dimensión no
deseada, incluso para aquellos que usaban a los presos como armas políticas contra el
gobierno (oposición de derecha, sindicatos de carceleros), cuando el altivo Estado
Portugués decide no perder más tiempo para invertir las cosas. La ocasión, el 23 de
marzo, pasando por encima de las legítimas protestas de 180 reclusos del Reducto Norte
de Caxias cuando reivindicaban el cumplimiento del Decreto-Ley 265/79, prohibiendo
la superpoblación, procurando exponer de manera pacífica las reivindicaciones a
autoridades y medios de comunicación.
La respuesta: cargar contra los presos a porrazos, balazos de goma y gas lacrimógeno.
El comandante sobre el terreno: el Director General de la Dirección General de
Servicios Penitenciarios, Celso Manata. Una sádica madrugada en la que no quedaron
saciados con una sola carga represiva, sino que realizaron otras tantas individualizadas
en sucesivas represalias que se extendieron en los días siguientes. Todo esto, claro está,
bramando la Policía en consonancia con los morbosos periodistas el grito de “¡Motín!”,
y aclamando bien pronto a las fuerzas de seguridad como defensoras del “orden
democrático”. Un orden que con toda la “proporcionalidad en el uso de la fuerza”
respondió a base de traumatismos, fracturas y luxaciones de los presos, gratuitamente
agredidos. Unos presos y unas protestas que después fueron sometidos a régimen de
seguridad, lejos de la vista, lejos de la reposición de la verdad.
El proceso de los “25 de Caxias” comienza aquí. De inmediato el entonces Ministro de
Justicia Vera Jardim, empezó a hablar de “cabecillas”; un discurso atemorizado ante
protestas y movimientos colectivos, que exigía unos cuantos chivos expiatorios. El
proceso abierto más de una década después, en el banquillo del tribunal, trata de
desvirtuar la lucha de los muchos que sintieron y sienten en la piel el abuso diario y que
pelean por sus derechos. Ayer, como hoy, la justicia protege una vez más a aquellos que
en el sistema penitenciario (carceleros de todo tipo, provocadores, bufones y
pretendidos representantes de los presos) corren a validar su discurso con la orden
represiva democrática.
Recuérdese que este proceso represivo inquisitorial, abierto en noviembre de 1997,
surge tras haber sido discretamente archivadas las quejas de los reclusos, y deja de lado
sus versiones, para, convirtiendo en dogma de fe la “proporcionalidad” de la DGSP,
transformar a las víctimas en acusados. 25 procesados, supuestos amotinados y
acusados de alteraciones del orden y de la seguridad a los que habrá que dar ahora
nuestra solidaridad para, en nombre de la protesta, desmontar la falsa acusación
pendiente. Pero más importante aun es desmontar esa mayor farsa que es el propio
sistema penitenciario: las prisiones. Punto final.

A modo de epílogo
La ley es la herramienta del Estado/Capital para defender el orden existente con el fin
de que unos dominen y exploten a otros en este miserable y podrido mundo organizado
por las ideas del dominio. Pretender que las normas de aquellos que nos detienen nos
sean alguna vez beneficiosas es digno de suicidio.
Quien encarcela a las personas, encima en condiciones extremadamente crueles y
sujetas a engordar las estadísticas de mortalidad, no puede esperar menos que revueltas
sistemáticas, sean las que fueren.

Esos momentos de protesta, con sus reivindicaciones, esos momentos de resistencia a la


sub-vida, esa desobediencia a la gestión de la administración de la muerte que es la
prisión – centro de exterminio – son momentos que consideramos de gran valor
humano.
La revuelta es siempre noble, bella y fascinante cuando el sentimiento de dignidad y el
deseo de vivir es superior al miedo a la represión. Por eso, nosotros, que estamos en la
“prisión sin muros” y albergamos un mundo sin cadenas (visibles o invisibles), no
podemos dejar de ser solidarios con todas las revueltas ocurridas en las prisiones:
lugares de una bestialidad extrema donde las personas son expuestas a la arbitrariedad
de los esbirros; donde reina el nepotismo, el favoritismo personal, las discriminaciones
escandalosas; donde la solidaridad está criminalizada; donde se practica la técnica
inquisitorial, jaula cruel y sabia en el arte de sancionar y castigar, de infligir duplicios,
de hacer sufrir (más allá del arsenal horroroso de castigos “normales” en húmedas y
gélidas celdas disciplinares, régimen 111 y otros); donde se ve el sufrimiento
sistemático y el intento premeditado de aniquilamiento físico, de la psique, de la
personalidad y de la identidad del individuo bajo el falso discurso rehabilitador y re-
socializador; donde se vive en el aburrimiento, el aislamiento, la soledad, la
incertidumbre, la ansiedad, en la atroz agonía, en total estado de indefensión, en el
miedo, en la desesperación, en el stress permanente, en taquicardia; donde se es
sometido a la incubación de gérmenes en un vivero de enfermedades infecto-
contagiosas que llevan al exterminio, donde la vida está sujeta, con cálculo de
probabilidades, al elevadísimo riesgo de contagio mortal; donde se ve, siente y presiente
el horror de la aproximación de la muerte; donde se asiste a la muerte lenta y dolorosa
de ser condenados a la absoluta ferocidad de la indiferencia y del ostracismo; donde se
adquieren fobias, psicosis, neurosis, esquizofrenia; donde se queda uno apático,
depresivo; donde el individuo es constantemente inducido al suicidio,… y un largo
etcétera.

La prisión como mega-institución deshumana y elemento represivo de control social


representa el último reducto del mecanismo domesticador del Poder, destinado a los
excluidos, a los subversivos, a todos los que de alguna forma molestan al dominio, a los
que importunan socialmente. La prisión es el indicador de los errores del sistema, y
humanizarla es imposible debido a su propia naturaleza. Sólo podemos decir que
algunas reformas podrían volverla eventualmente menos cruel. La prisión es
intrínsecamente enemiga de la vida y su existencia pone a la vista el sistema que la
construyó, y nos elucida su “humanidad”.

No pretendemos mitificar a los presos, sino manifestar nuestro profundo repudio a tan
terrible institución, así como criticar las teorías defendidas por esta hipócrita y
civilizada sociedad-prisión que afirma la imposibilidad de la vida social sin la existencia
de esta execrable institución.
Queremos un mundo sin prisiones y tal cosa es exigible, pero para eso, obviamente es
necesario romper con la domesticación, pensar por uno mismo, subvertir las mentes
anquilosadas por los gérmenes del dominio y luchar contra lo existente para que ocurra
un cambio radical, esto es, que vaya a la raíz de los problemas sociales. Lo que no es
admisible es este sistema con todas sus guerras, ecocidios, explotación del ser humano
por el ser humano, el robo de nuestras vidas, desigualdades sociales creadoras de
hambre y miseria y otras inmensas barbaridades, incluida la prisión.

Luchar por el fin de las prisiones implica luchar por el fin de este putrefacto sistema en
general que construye las prisiones.

Que esta publicación sirva pues para la contribución a la reflexión y al respectivo


combate por la reapropiación de nuestras vidas y consecuentemente por un mundo sin
prisiones.

¡Por el fin de todas las prisiones!

Terminamos con un esclarecedor extracto de u diario de un secuestrado por el Estado,


una reflexión que es un profundo grito de revuelta contra la prisión.

“Os carceleros quieren subsidios de riesgo. ¿Y nosotros, presos y familiares, no


deberíamos recibir un subsidio de riesgo? ¿Quién aparece ahorcado en las prisiones?
Los presos. ¿Quien muere constantemente en las prisiones de sida, tuberculosis,
hepatitis, leucemia, etc.? Los presos. ¿Quien coge graves enfermedades en las
prisiones? Los presos. ¿Quien es que apaleado y torturado en las prisiones? Los presos.
¿Quien es constantemente inducido al suicidio? Los presos. ¿Quién es sometido a
alimentación insuficiente y miserable, la mayoría de las veces intragable, originando
dolencias? Los presos. ¿Quién sufre negligencia médica? Los presos. ¿Quién
ininterrumpidamente es humillado y sufre inenarrables atentados a la dignidad
humana? Los presos.
“¡No quiero ningún subsidio! ¡Exijo tan sólo lo que el poder me robó: mi libertad,
inalienable, porque no delegué en nadie para que decida por mi! Reclamo lo que me
pertenece: a mi libertad!”

(…)

“La lucha por la amnistía o el perdón alargado que está siendo reivindicado
formalmente es muy pobre comparado con el contenido general de la revuelta. En la
constante revuelta abierta estampada en la cara – pese a las coacciones, la droga
distribuida por el Estado a los presos, el sofisticado conductismo pavloviano, y las
draconianas represalias – con las contundentes invectivas contra la institución carcelaria
en sí, es donde está la bella poesía y la riqueza de esta revuelta.

La exigencia no formalizada, pero profundamente sentida, es la negación de la cárcel en


sí. Lástima que ese sentimiento tan natural de rechazo a la prisión en sí, ese odio contra
ella constantemente manifestado con fuertes críticas a la prisión y con gestos de acción
directa – fuego en las celdas, constantes auto-mutilaciones, huelgas de hambre y otros
actos -, aun no haya sido suficientemente debatido para ser exigido como expresión:
“abolición de la prisión” o prisión, abolición” (como sucede ya en las cárceles de otros
países de Europa).

“26 de Abril de 1996,


un secuestrado por el Estado”
La verdad sobre el motin de Caxias
Poco más de un año tras el llamado Motín de Caxias, el Ministerio Público inició
acusaciones contra 25 supuestos amotinados. No es de extrañar que ahora éste muestre
su servicio al Estado, acelerando además el proceso (pero en sentido contrario) al
exonerar a los responsables penitenciarios por sus crímenes. Todas las denuncias
presentadas por los presos ante el Ministerio Público de Oeiras, han sido archivadas,
precisamente porque los denunciados eran prominentes autoridades penitenciarias.

Obviamente, cuando los acusados son reclusos, el caso cambia de cara: hay que
mantener a raya a la chusma. Para eso está el Ministerio Público, el Santo Oficio del
Estado de Derecho.

El Docto Pimentel – el inquisidor de oficio – en lo alto de su emérita sapiencia, para


ahorrar trabajo, comienza después su hilarante obra teatral acusando a los 25
subversivos: habían hecho huelga al trabajo, y grandes rufianes, también habían hecho
huelga de hambre. Ahora bien, una observación atenta nos permitiría concluir que
varios de estos reclusos ni siquiera tenían trabajo ¿en qué quedamos? ¿no sería mejor
decir que habían hecho huelga a la voluntad de trabajar?

El sabio Pimentel, celoso defensor del orden de la democracia, se alza contra el hecho
de que los presos protestaran. O sea, la democracia del Dr. Pimentel parece extraída de
los elevados pensamientos filosóficos del Coronel Tapioca (¿recordáis las aventuras de
Tintín?). unas protestas que se arrastraban desde 1994 y que, parece olvidarse, llevaron
a la dimisión de un Director General (¿recordáis al demócrata Fernando Duarte?).

En líneas generales, los reclusos son acusados de haberse negado a entrar en las celdas.
Se olvida pues el digno magistrado que el Decreto-Ley 265/79 prohíbe la
superpoblación, siendo legítima la negativa de los presos a entrar en las celdas.

El Ministerio Público toda la materia acusadora en la presunción de la verdad absoluta


vociferada por la DGSP, ignorando totalmente las declaraciones que, a tal efecto,
efectuaron los acusados.

Que fue tácticamente incorrecta (aunque legítima) la negativa a entrar en las celdas,
parece, a más de un año de distancia, perfectamente pacífica en el entendimiento de los
varios sectores y tendencias en el movimiento de los presos. No era aquel el momento
adecuado, pero de forma clara e inequívoca debemos prestar nuestra entera solidaridad a
los 25 de Caxias. La ACED (Asociación Contra la Exclusión y por el Desarrollo),
además, decidió patrocinar gratuitamente la defensa de uno de los acusados. Pero,
curiosidad entre curiosidades, las acusaciones más terroríficas están dirigidas contra
reclusos que no hicieron nada de aquello a lo que pomposamente llaman alteraciones
del orden y de la seguridad.

No es ingenua esta estrategia persecutoria. Muchos de esos compañeros son defensores


asumidos de los Derechos Humanos y de una Reclusión con Derechos. Otra curiosidad
más reside en el hecho de que algunos testimonios enarbolados por la acusación son
obra de conocidos provocadores que siempre que los presos luchan se camuflan como
camaleones para lanzar a la confusión.
Parte sustancial de los compañeros ahora acusados fueron únicamente intermediarios
entre la voluntad de los reclusos y los responsables (además de ser cobardemente
atacados a porrazos por orden del Director General cuando salían de una reunión con el
entonces director de Caxias…).

Los acontecimientos de Caxias – sin lugar a dudas – fueron alentados y montados en el


exterior para desacreditar la lucha de los reclusos, aislarlos de la opinión pública y
justificar la represión.

Al no querer dialogar con los amotinados y, más grave aun, al comandar personalmente
(y sobre el terreno) la carga represiva, el actual Director General de los Servicios
Penitenciarios se embarcó (consciente o inconscientemente) en una de las mayores
aberraciones cometidas contra los derechos de ciudadanía de los detenidos. Creó con
ese acto una situación irreversible materializada en un darse la espalda permanente entre
el movimiento de los reclusos y los responsables penitenciarios. Ese precedente en nada
favorecía el necesario entendimiento que podría llevar a un acuerdo para el cambio, tan
necesario para la descomplejización del problema penitenciario. Más grave aun es que
un anónimo delegado del Ministerio Público de las proximidades de la Capital diera
cobertura (¿corporativa?) a una diatriba, un insulto contra la inteligencia de las
personas, a una aberración a la verdad histórica.

Fuera del proceso quedan los pistoleros que hicieron el trabajo de zapa, incitando a la
negativa a entrar en las celdas, fustigando hipotéticos motines armados en preparación,
ocultándose tras las siglas sin rostro (o de rostro oscuro) de un movimiento Alfa o de un
Foro de Prisiones, o aun, en el ingenuo (y fútil) verbalismo del PAR (Proyecto de
Apoyo al Recluso, entidad para la defensa de los presos) en su fase infantil e inicial.

En todo este proceso (kafkiano, cuanto menos) – con una lectura atenta y objetiva – se
podría invertir el orden natural de las cosas (según la versión de quien manda). En el
banquillo de los acusados deberían estar los verdaderos responsables. Los dirigentes
penitenciarios y el detentador de la manida justicia que, valientemente, vivió el motín
desde la comodidad del bar de los carceleros del Hospital Penitenciario, a unos buenos
seguros metros del epicentro de los acontecimientos. Son ellos los responsables por la
degradación y deshumanización en la que viven (y mueren) los ciudadanos en
cumplimento de medidas privativas de libertad.

Transformar a los acusados en acusadores es una tarea fundamental que exige el


empeño de todos. Desmontar el circo inquisitorial, solidarizarse con los 25 de Caxias, es
un acto absolutamente consciente de indignación democrática y espíritu cívico.

Redacción de SOS PRISIONES

SOS Prisiones, Noviembre 97.