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1956: Cambio de

r umbo en la

Unión Soviética

texto de Carlos Taibo

P ese a apariencias que invitan a concluir lo contrario, 1956 configura un momento borrado en nuestras historias de la URSS. Aunque sobre el papel fue, por encima de todo, el año que acogió el vigésimo congreso del Partido Comunista de la Unión

Soviética (PCUS), el que –ajustémonos a la versión convencional de los hechos– puso fin a la

era estaliniana, lo cierto es que esa huella ha quedado postergada en provecho de otras.

Limitémonos a mencionar las dos principales: si la me-

  • d e r ro t e ro de la URSS. Desde esa perspectiva, intentare m o s

nor la aportó, el mismo año que nos ocupa, la interve n- ción soviética en Hungría, la mayor llede la mano, en los decenios siguientes, de la plena entronización del concep-

p e rfilar cuáles fueron las novedades que al poco se abri e- ron camino y cuáles, por el contra ri o, los elementos que p e rv i v i e ron pese al cambio de ru m b o, siempre re l a t i vo,

to de t o t a l i t a r i s m o p a ra dar cuenta de lo que,

conforme a

re g i s t rado en 1956. Quienes se han visto en la obligación

una sesgada e interesada visión ideológica, eran los siste-

de explicar en un aula qué es lo que fueron los sistemas de

mas de

tipo

sov i é t i c o. Y es que

importa mucho

subra y a r

tipo soviético bien saben que con harta frecuencia se re ve-

que ese concepto, al adecuarse al designio de ofrecer un re t rato cabal de lo que esos sistemas fueron tanto antes

como después del XX

Co n g reso del PCUS, se tra d u j o,

como no podía ser menos, en un manifiesto desinterés hacia lo que este último había supuesto. Como conviene clari f i c a r, con todo, cuál es la tarea ma- yor que deseamos acometer en este texto, dejemos senta- do desde el principio que nuestro propósito no es, en mo- do alguno, afrontar una consideración ra zonada de lo que el XX Co n g reso fue. Ni siquiera estamos interesados en bucear en una cuestión importante que ha suscitado mucha litera t u ra: la que se pregunta por la hondura, y por la honra d ez, de la crítica del estalinismo desplegada por J ru s h c h ov en la cita congresual. Nos preocupan más las consecuencias de largo aliento, mucho más re l e va n t e s, del XX Co n g re s o, que en los hechos dibujó –se contemplen las cosas como se contemplen– un antes y un después en el

la la necesidad de aclarar que tal o cual fenómeno sólo se h i zo manifiesto “después de la muerte de St a l i n”. Esta cláu-

sula, omnipre s e n t e, parece

que justifica de manera sufi-

ciente nuestro interés por determinar qué es lo que cob

cuerpo en la Unión Soviética a partir de 1956.

  • I . LA OSAMENTA QUE PE RV I V I Ó

Ya hemos señalado lo que por lo demás parece evidente:

las políticas de desestalinización abrazadas por Jru s h c h ov

a partir de 1956, aparentes o re a l e s,

en modo alguno impli-

  • c a ron la cancelación del grueso de las reglas del juego que

habían marcado el derro t e ro de la URSS hasta ese año. Así las cosas, estamos obligados a reseñar sucintamente cuá- les fueron algunos de los muchos elementos que perm a- n e c i e ron intocables. Di g a m o s, por lo pro n t o, que la buro c racia dirigente con-

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s e rvó su condición de pri v i l e g i o, y que con ésta se mantu-

v i e ron en vigor los

mecanismos que habían permitido la

consolidación de su poder: una planificación centra l i z a d a y autori t a ria, un re p a rto no igualitario de la ri q u ez a – “cuando la buro c racia planifica no se olvida de sí misma”, por retomar la conocida aseve ración de Trotski–, una org a- n i z ación hiperjera rquizada del trabajo y, en suma, un régi- men de propiedad que escondía, tras la estatalización de los

medios de producción, una rotunda supeditación de éstos,

de nuevo, a los intereses del

grupo humano diri g e n t e.

Se ñ a l e m o s, en segundo lugar, que el s istema pol ítico

p e rmaneció prácticamente inaltera d o. En los hechos, desde su configuración en el decenio de 1920 el sistema político soviético no experimentó modificaciones mayo- res hasta el hundimiento de la URSS en 1991. Las secuelas son bien conocidas en la forma de una visible marg i n a- ción de la población en la toma de decisiones y de una no menos ostentosa re p resión, y ello por mucho que esta úl- tima –como ve remos– experimentase cambios apre c i a b l e s t ras la muerte de Stalin. Conviene agregar que el anquilo- samiento del sistema político tuvo efectos indelebles en una sociedad, la soviética, que experimentaba cambios muy notables –industrialización, urbanización, alfabetiza- ción– y que planteaba, de re s u l t a s, demandas que no era n objeto de satisfacción.

Un tercer elemento en relación con el cual los cambios f a l t a ron fue el aportado por un modelo federal manifiesta- mente ficticio. Tanto antes como después de Stalin, las repúblicas federa d a s, y con ellas las unidades político-ad- m i n i s t ra t i vas de rango inferi o r, se vieron pri vadas de atri- buciones reales de autogobierno; de esta suert e, la condi- ción federal del modelo correspondiente era una mera pantalla detrás de la cual se escondía un Estado aberra n-

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Leonid Br é z h n e v.

cación centralizada siguió siendo guía pri m e ra y, con ella, las empresas conserva ron su condición de meros ejecuto- res –en el mejor de los casos– de las instrucciones que

emanaban del plan. Acaso no es preciso agregar que, en ese escenari o, los tra b a j a d o res se vieron pri vados de cual- quier capacidad de decisión y sus presuntas org a n i z a c i o-

temente

centra l i z a d o. La

muerte de Stalin tampoco aca-

nes mantuvieron la

triste condición de c o r rea de tra n s m i -

r reó, por lo demás, el final de delicadas, y en su caso gra-

sión de las instrucciones que llegaban de arriba.

t u i t a s, operaciones de ingeniería étnica

como la que, en

Rematemos nuestro examen con el re c o rd a t o rio de que,

1954, permitió colocar a Crimea dentro de la república de

Uc rania. Pese a

pasajeras apari e n c i a s, tampoco tocó a su

en sustancia, tampoco se altera ron los elementos que ve- nían a explicar la pre s e rvación, a menudo de la mano de

fin la condición

de primacía que corre s p o n d i e ron a un na-

t ramadas estrategias de legitimación, del

Estado

sov i é t i c o.

cionalismo ruso y a un paneslavismo que siguieron mar-

t a d a s.

La re p resión –ya lo hemos señalado– se mantuvo en pie,

cando el derro t e ro de buena parte de las decisiones adop-

Unas líneas más arriba hemos planteado una considera-

p e rvivió también una suerte que mucho más pre c a rio en

de Estado–providencia –aun- los años de Stalin, en los que

p ri m a ron obscenamente las estrategias de acumulación–

ción sobre el poder de la buro c racia que obliga a concluir

e n c a rgado de ofrecer servicios elementales

y se asentó, en

q u e,

en el terreno económico, y por muchas que fuesen las

fin, un imaginario nacional–patriótico que en muy buena

potencia internacional.

re f o rmas alentadas por Jru s h c h ov en la segunda mitad del

medida bebdel desenlace de la segunda guerra mundial

decenio de 1950, las reglas del juego fundamentales tam- poco experi m e n t a ron modificaciones mayo re s. La planifi-

y de la conversión de la URSS, a partir de 1945, en pri m e ra

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I I . LOS CAMBIOS GENERADOS TRAS EL XX CONGRESO

El título asignado a este epígrafe incorpora

un equívo c o

que conviene deshacer cuanto antes. Lo más ra zonable es a f i rmar que los cambios que inmediatamente pro c e d e re-

mos a reseñar no fueron, en su dimensión mayo r, genera- dos por el XX Co n g reso: se trató, antes bien, de re a l i d a d e s acaso inevitables que cobra ron cuerpo al compás de éste

o, si así se quiere, en paralelo con éste. De s a p a recido

St a-

b l e m e n t e, más inteligentes y eficaces, en la medida en que

g a ra n t i z a ron un control estricto de la

población sin re c l a-

  • m a r, como había sucedido en la

era estaliniana, una am-

plísima movilización re p re s i va. La hondura de los cambios en este terreno puede apre- ciarse de la mano de una discusión impregnada de equí- vo c o s, cual es la que hace re f e rencia a la condición pro p i a de los años de dirección de Leonid Brézhnev (1964–1982):

lin, la sociedad soviética a duras penas podía mantener, en

a menudo se ha señalado que en la esencia del brez h n e-

o t ras palabra s, las reglas del juego pre c e d e n t e s, con lo que

vismo despuntaba el propósito de re t o rn a r,

en todos los

el

XX Co n g reso en más de un sentido se limitó a re f re n d a r

t e r re n o s, a las políticas estalinianas. Nada más lejos de la

la

inexo rabilidad de determinadas tra n s f o rm a c i o n e s.

real idad. Cuando se ha afirm a d o, por ej emplo, qu e el brezhnevismo era una suerte de “estalinismo sin terror de

1. El pri m e ro de los cambios que nos interesan remite a

  • m a s a s”, el argumento se ha deslizado por una pendiente

la estabilización pro g re s i va del

poder buro c r á t i c o. El pau-

latino abandono de las pautas re p re s i vas desplegadas en la e ra estaliniana –el final, para entendern o s, de unas purg a s que afectaron de manera notabilísima a la propia cúpula

  • d i rigente del Pa rtido Comunista y del

Estado sov i é t i c o s –

h i zo que la buro c racia pudiese asentar su poder. Y ello fue así pese a que, de manera inmediata, Jru s h c h ov se sumer- gió en una dinámica frenética de re f o rmas que, con su-

  • c e s i vos va i ve n e s, a buen seguro tuvieron cierto efecto dis-

torsionador de la tranquilidad burocrática. En los hechos fue preciso aguardar a la segunda mitad del decenio de 1960, y a la década siguiente, para que la buro c racia se sin- tiese cómodamente instalada, merced ahora a las políticas b rezhnevianas y a su inequívoca secuela de estancamiento. No debemos olvidar, por lo demás, que las purgas estali- nianas se convirt i e ron en explicación principal de un lla- m a t i vo fenómeno que adquirió plena carta de natura l ez a en los decenios de 1970 y 1980: la consolidación de una

genuina gero n t o c racia en

la cúpula de las instituciones

s ov i é t i c a s.

Al fin y al cabo, la movilidad social generada por

las purgas –los desplazados dejaban libres su puestos, a los

que ascendían gentes mucho más jóve n e s, en virtud de

un

a c e l e rado proceso de movilidad– se sumó a la estabiliza- ción del poder burocrático para explicar por qué cuare n t a años después de aquéllas los jóvenes pre m a t u ra m e n t e p romocionados en el decenio de 1930 ocupaban los pues- tos más prominentes del sistema.

  • 2. Demos cuenta de un segundo cambio import a n t e,

que en este caso afectó a la intensidad y a las formas de la re p resión. La muerte de Stalin no acarreó, claro, la desapa- rición de la re p resión, pero sí supuso una re l a t i va suaviza- ción de esta última. Si ase quiere, el sistema sov i é t i c o

optó en adelante por fórmulas menos abra s i vas y, pro b a-

jocosamente irreal. Po rq u e, y al fin y al cabo, ¿qué es el es- talinismo si le quitamos el terror de masas? Este último c o n f i g u ra un elemento tan sustancial en la lógica del siste- ma liderado por Stalin que su cancelación implica, por necesidad, que el organismo resultante es fundamental- mente diferente del previamente existente.

3. No fueron tampoco menore s, en tercer lugar, los cam- bios operados en el terreno de la economía. Re s e ñ e m o s, por lo pro n t o, que en el decenio de 1950 parecía haber lle- gado a su fin una larga etapa de c recimiento ex t e n s i vo. La i n d u s t rialización acelerada y la colectivización forzosa del campo alentadas por Stalin habían tenido como fruto –a costa, bien es ciert o, de sufrimientos incontables para la población– un notabilísimo desarrollo económico que ha-

bía catapultado a la URSS a la condición de potencia in-

  • d u s t rial de pri m e ra magnitud. El legado de esos pro c e s o s

e ra, sin embarg o, tan negativo como insort e a b l e, y los p ro-

blemas crecientes: l a economí a soviética tenía por f u e r- za que adentrarse en una nueva etapa de c recimiento in - t e n s i vo p a ra la que la planificación centralizada se mostra- ba mucho menos dúctil.

Los efectos de la última condición invocada fuero n

  • m u c h o s. El pri m e ro llegó de la mano de una re d u c c i ó n ¡Qué curioso totalitarismo éste que dejaba al margen del ojo escrutador y represor del Estado un ámbito tan relevante como el relativo a la conducta laboral de la población!

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p ro g re s i va en el ritmo de crecimiento de la economía que abocó, en el decenio de 1970, en tasas literalmente negati- va s, por mucho que las estadísticas oficiales se pro p u s i e- sen ocultarlo. Al mismo tiempo se re veun inquietante p roceso de agotamiento de recursos que demostra ron ser

b u ro c racia, sometida en todo momento a algunos códigos re s t ri c t o res que acaso nacían del hecho, innegable, de que los bolcheviques en 1917 habían querido desarrollar una re volución socialista, por mucho que a la postre el intento fuese fallido. Lo que queremos subrayar es que una vez

escasos: la planificación burocrática había opera d o, sin

  • m u e rto Stalin, mitigado sensiblemente el escenario de re-

e m b a rg o, en la presunción de que un sinfín de materi a s

p resión y moderadamente estabilizado el poder buro c r á t i-

p rimas preciosas eran literalmente inagotables. En otro te- r re n o, las agresiones medioambientales, a la orden del día

  • c o, el grupo humano dirigente se sintió más o menos satis-

fecho con un orden de cosas que le era pro p i c i o, y, al mis-

en la era

estaliniana, no experi m e n t a ron freno alguno a

mo tiempo, se vio sometido –en lo que hace a la mayo r í a

p a rtir de 1956, como lo ilustra el vigor de problemas tal vez i r re versibles entre los cuales bien puede destacarse el co-

nocido caso del desecamiento del mar de Aral. Pa ra que

de sus integrantes– a limitaciones objetivas en su capaci- dad de enri q u e c i m i e n t o. A la postre, la satisfacción y las limitaciones se tra d u j e ron en una muy liviana presión so-

nada faltase, la lógica propia del sistema soviético apenas

b re los tra b a j a d o re s, que permitió, del lado de éstos,

un

t u vo consecuencias saludables en lo que atañe al mitiga- miento de las hondas diferencias de desarrollo que se re- velaban en el gigantesco terri t o rio de la URSS (aunque, pa- ra decirlo todo, no había sido muy distinto el panorama en

bajo rendimiento laboral. Por lo que a los mentados tra b a j a d o res se re f i e re, el

re -

t roceso en su rendimiento laboral cabe entender que fue una respuesta histórica, tal vez la única posible, ante los

la

era de St a l i n ) . Si se trata de resumir todo lo anterior en una idea matri z ,

s i n s a b o res –ausencia de organizaciones autónomas, esca- s ez de bienes, deficiencias evidentes en los serv i c i o s,

ésta bien puede aportarla la que sugiere que el derro t e ro p o s t re ro de la URSS se tradujo en una gravísima crisis que afectaba no sólo al control que las instituciones ejerc í a n s o b re la economía: más llamativo era aún el hecho de que

re p resión– que generaba el sistema. El resultado no dejaba de ser llamativo, no en vano podía afirmarse con cri t e ri o q u e, si bien la calidad de vida de los tra b a j a d o res era poco e s t i m u l a n t e, a manera de contra p restación aquéllos en

aquéllas careciesen de un conocimiento elemental de lo

 

Lo se-

que ocurría en todos los ámbitos. No se olvide que las e m p resas engañaban sobre sus capacidades reales en un

modo alguno se dejaban la piel en fábricas y gra n j a s. g u n d o, mal que bien, compensaba moderadamente

por lo

p ri m e ro. La circunstancia que nos ocupa –el bajo re n d i-

e s c e n a rio

en el que los organismos encargados de la plani-

miento laboral que se perfien la URSS postestaliniana–

ficación debían tra b a j a r, litera l m e n t e, a ciegas, vicios to- dos a los que se sumaba una dramática falta de flexibilidad d e ri vada de la condición, aberrantemente ve rtical, de to- dos los flujos de relación. Por decirlo de otra manera, en la

e ra que reclamaba un c recimiento intensivo la economía s oviética configuraba un cuerpo que, al no sentir dolor, no

estaba en condiciones de emitir señales que perm i t i e s e n

i d e n t i f i c a r, y re s o l ve r,

sus pro b l e m a s.

  • 4. Los cambios que

se ve ri f i c a ron en la economía afecta-

ron de lleno, como no podía ser menos, a las relaciones la-

b o ra l e s, y lo hicieron de

la mano de un hecho que, a part i r

de la segunda mitad del decenio de 1950, se convirtió en el más singular de los elementos propios del sistema sov i é t i-

co: un bajísimo rendimiento de los tra b a j a d o re s. La expli-

cación de un fenómeno a pri m e ra

vista tan sorpre n d e n t e

no deja de ser polémica. En nuestra perspectiva conviene anotar, al re s p e c t o, dos g randes datos. El pri m e ro subraya la influencia ejerc i d a por el origen, en último término p o l í t i c o, del poder de la

  • c o n f i g u ra un problema mayor para las numerosísimas ca-

t e g o rizaciones que siguen sosteniendo, impert é r ri t a s,

que

la URSS fue un sistema totalitari o. Olvidemos ahora al re s- pecto una cuestión importante: si asumiésemos que esta

etiqueta convenía a la Unión Soviética de Stalin, habría que preguntarse qué sentido tenía mantenerla para des-

  • c ribir lo ocurrido con posteri o ridad a 1953–1956, cuando,

con toda evidencia, el sistema acometió una l i b e ra l i z a -

  • c i ó n: ¿no es esta última un motivo suficiente

para re c e l a r

de la idoneidad de la categoría empleada para describir las etapas anteri o res? Ma yor interés tiene ahora subrayar que el bajo rendimiento laboral de los tra b a j a d o res sov i é t i c o s

La Unión Soviética sólo en la forma externa se antojaba un Estado federal: la realidad objetiva remitía a un Estado unitario extremadamente centralizado.

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se conve rtía por sí solo en un insorteable baldón para los estudios que seguían aduciendo que el orden corre s p o n- diente era totalitari o. ¡Qcurioso totalitarismo éste que dejaba al margen del ojo escrutador y re p resor del Estado un ámbito tan re l e vante como el re l a t i vo a la conducta l a b o ral de la población!

  • 5. Los años posteri o res a Stal in acarre a ron también el

a s e n t a m i e n t o, en l a URSS, de un Estado-prov i d e n c i a q u e, en condiciones económi cas más hol gadas que las que habían per mitido el despl iegue, dra c o n i a n o, de la i n d u s t rialización acelerada y l a col ectivi zación forzo s a , al poco se tradujo en el asentami ento de un sis tema de s ervicios universales y gratuitos. Este último cobró c u e r- po ante todo en el ámbito de la educación y de l a sani-

  • d a d . Convi ene qu e subra ye m o s, con todo, que l os serv i- cios recién mencionados, pes e a configurar un innega- bl e col chón que impi dió que l as t ens iones sociales fue- ran a más, exhibieron deficiencias tales que en úl timo

t é r mi no se c onvir t i e ron – l o hemo s seña la do en el pu nto anterior– en exp licación importante del des con-

tento de los tra b a j a d o re s. La huel la de es ta

circ u n s t a n-

cia resu ltó ser cada vez más honda con el paso del t i e m p o. No se ol vi de al respec to que, ya en el decenio de 197 0, l os signos de una aguda cris is social es taban indel eblemente marcados en l a real idad de la URSS. Bastará con re s c a t a r, para il ustrar la condición del

f e n ó m e n o, dos datos demográficos q ue no s uel en re ve-

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La popular re v i s t a Life d e s velaba

los problemas internos de Jru s h c h ov.

6. Los cambios se manifestaron también en lo que atañe al tratamiento del problema nacional en la URSS. Si ase

l arse en lugares en l os cuales no se han

hecho

va l e r

q u i e re, se tra d u j e ron,

por lo pro n t o, en

una menor cru d e-

conflictos bélicos o catástrofes natural es : mientras la

vi da al nacer, por su part

e, fue re c u l a n d o.

za de las medidas de

ingeniería étnica

a p l i c a d a s.

Ba s t a r á

m o r talidad infantil emp ezó a cre c e r, la esp eranza de

con re c o rdar al re s p e c t o, a título de ejemplo, que p a re c i e ron las medidas de deportación de pueblos

no re a- entero s

Esa crisis social, que cobraba cuerpo en un escenar io en el que ya no operaban las restricciones dramáticas vinculadas con el experimento estaliniano, fue, por aña- didura, un elemento más de los varios que vinieron a explicar el que a la postre se convirtió en obstáculo insal- vable para las re f o r mas gorbachovi anas: no estaban dadas las condiciones de motivación que debían permi- tir una activa movilización de la población en torno a esas reformas. En 1985 faltaba el epos revolucionario que se había fraguado en 1917, estaban ausentes los flujos represivos que permitieron una formidable aceleración

económica en el núcleo de la era estaliniana y se echaba de menos, en suma, el impulso reconstructor que, por razones obvias, había adquirido carta de naturaleza al rematar, en 1945, la segunda guerra mundial.

desplegadas por Stalin en el decenio de 1940. En los pri-

  • m e ros años de la dirección jru s h c h oviana se re veló, por lo

d e m á s, cierto menoscabo del nacionalismo ruso en prove- cho de un reconocimiento más generoso de la condición de otros discursos nacionales. Bien es cierto que la pulsión c o r respondiente tuvo un cariz pasajero, no en vano el pro- pio Jru s h c h ov, en los años postre ros de su secretaría ge- n e ral, se mostró menos concesivo con esos discursos na- c i o n a l e s, más a tono con la política que al poco abra z ó Br é z h n e v. Aun así, el rasgo mayor que define el tratamiento del p roblema nacional en la era postestaliniana fue otro, que

asumió la forma de una re l a t i va paradoja: el re c o n o c i-

  • m i e n t o, ra zonablemente tolera n t e, de muchas de las ma-

nifestaciones culturales y lingüísticas del sinfín de pueblos

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i n t e g rados en la URSS en modo alguno se vio acompaña- do de la asignación de derechos de autogobierno a las dife- rentes unidades político–administra t i vas en las que en- c o n t raban reflejo esos pueblos. De re s u l t a s, con Stalin y

después de

Stalin, es obligado aseve rar que la Unión Sov i é-

tica sólo en la forma externa se antojaba un Estado federa l :

la realidad objetiva remitía, antes bien, a un Estado unita- rio extremadamente centra l i z a d o.

7. Los años de Jru s h c h ov abri e ron el camino, en otro te- r re n o, a un pro g re s i vo asentamiento del papel corre s p o n- diente a las fuerzas armadas del Estado sov i é t i c o. Si la era estaliniana se había manifestado, en este ámbito, a tra v é s de un recelo evidente de la dirección política en lo que re s- pecta a la lealtad de la cúpula militar –y en el despliegue de n o t o rias purgas en lo que a ésta se re f i e re–, a partir de 1956 el Estado soviético y sus fuerzas armadas suscri b i e ron un c o n t rato que en los hechos persevehasta los años de la p e re s t ro i k a g o r b a c h oviana. En virtud de tal contra t o, las fuerzas armadas acataro n una incontestada supremacía decisoria del poder civil –el único dato de algún peso que puede invocarse en contra de esta regla maestra fueron las nunca plenamente aclara- das disensiones re g i s t ra d a s, a finales del decenio de 1950,

e n t re Jru s h c h ov

y el mariscal Y ú k ov–, a cambio, eso sí, del

a ñ a d i d u ra, las fuerzas arm a d a s. Es ve rdad, sí, que en más de un sentido debe afirmarse que los últimos años de Stalin, los posteri o res a la conclusión de la segunda guerra mundial, habían sentado los cimientos de la política exte- rior que nos ocupa, en la medida en que el resultado del conflicto bélico había colocado a la URSS en cabeza de uno de los dos grandes bloques que protagonizaban una aguda confrontación, con las exigencias imaginables. Aun así, y en perspectiva, bien puede afirmarse que m i e n t ras las relaciones externas del Estado soviético en los años de dirección de Stalin tuvieron un aliento re c o rt a d o – e ran, si así se quiere, un trasunto de la estratégica opción en provecho del socialismo en un solo país–, esas mismas relaciones adquiri e ron un peso visiblemente mayor bajo la tutela de Jru s h c h ov, pri m e ro, y de Br é z h n e v, después. La expansión externa de la URSS en virtud de la férula que e j e rció sobre sus aliados en la Eu ropa central y balcánica, y en virtud, también, de una incipiente influencia en el Te rcer Mu n d o, no obligan, sin embarg o, a concluir que Moscú hubiese abandonado el tradicional objetivo, apre- ciable también en los os de Stalin, de romper el cerc o con que las potencias capitalistas habían obsequiado a la Unión Soviética.

despliegue de políticas muy aquiescentes con los pre s u n-

I I I . CO N C LU S I O N E S

tos intereses militare s. Esas políticas se tra d u j e ron en un notable crecimiento del gasto en defensa, en un fort a l e c i- miento de la industria genera d o ra de bienes de destrucción y en una mejora sustancial de la condición de los militare s

Cu a t ro son las conclusiones que merece la pena extra e r de algunos de los elementos hasta ahora manejados. La pri- m e ra nos invita a afirm a r, sin margen para la duda, que, por muy notables que fuesen –y lo fueron– los cambios opera-

p ro f e s i o n a l e s. De re s u l t a s, las

fuerzas armadas asumiero n

dos tras 1956, en modo alguno obligaban a atribuir a esa

en plenitud un doble papel de instrumento central en las

fecha la condición propia de un corte ra d i c a l en el derro t e-

e s t rategias de socialización nacional-patriótica y de

re p re-

ro de la URSS. No tiene sentido, por ejemplo, coquetear con

sentación simbólica y material del poderío externo del Es-

la idea de que las políticas de Stalin hicieron posible una

tado sov i é t i c o. Ninguna de estas funciones había sido

des-

notable pro s p e ridad económica truncada por el estanca-

plegada con la misma intensidad, y sobre bases tan pro-

miento que pro p i c i a ron sus sucesores: el antes

y el después

l o n g a d a s, en la

era estaliniana.

se hallan tan estrechamente entrelazados que resulta obli-

Fo rmulemos una última observación que da cuenta de un cambio re l e vante: las políticas de Jru s h c h ov perm i t i e- ron la consolidación de una política exterior muy activa , cual era la propia de la segunda potencia planetaria. En esa política exterior desempeñaron un papel decisivo, por

En 1985 faltaba el epos revolucionario que se había fraguado en 1917.

b u ro c r a c i a ve r s u s s o

gado sostener con énfasis, no ya que

Jru s h c h ov y Br é z h n e v

b e b i e ron en muchos terrenos de las políticas estalinianas, s i n o, más aún, que la crisis que hoy se re vela en buena part e de la Eu ropa oriental hunde sus raíces en muchas de las consecuencias de la industrialización acelerada y la colecti- vización forzosa de la agri c u l t u ra desplegadas en el decenio de 1930.

Ra t i f i q u e m o s, en segundo lugar, nuestras aseve ra c i o n e s en lo que respecta a la escasa idoneidad de las categorías

que hablan de a u t o r i t a r i s m o y t o t a l i t a r i s m o. Esas catego-

rías sólo parecen exhibir una virtud inapelable: la de esti-

46 / El Viejo Topo

b u ro c r a c i ave r s u ss o c i a l i s m o

b u ro c r a c i a ve r s u s s o

mular un sinfín de discusiones que a menudo son ra zo n a- blemente estimulantes. Pe ro, más allá de ello, y como ya hemos señalado en relación con la cuestión central que nos ocupa en este texto, si acatamos que el sistema sov i é- tico era totalitario bajo la égida de Stalin, a duras penas

p o d remos aceptar que conservaba esa condición una

vez

re g i s t rada la liberalización, bien que re l a t i va, asumida por J ru s h c h ov en el decenio de 1950. Cada vez se antoja más

e v i d e n t e, por

lo demás, que las categorías que nos intere-

san tienen un inquietante sesgo ideológico: a los ojos de muchos pare c i e ra como si la presencia del mercado obli- gase a concluir que el sistema correspondiente no puede s e r, ontológicamente, totalitari o, en tanto la ausencia de aquél obligase a atribuir al sistema afectado, en cambio, la i n s o rteable condición de tal... Los cambios operados con posteri o ridad a 1956 obligan a concluir, en tercer térm i n o, que ningún análisis serio de lo que fue el sistema soviético se avendrá a aceptar de buen grado la manida afirmación de que aquél configuró una ejemplificación señera de lo que fue el comunismo.

Nunca se subrayará lo suficiente que la idea comunista vio la luz mucho antes de que lo hicieran los sistemas de tipo soviético y que, con toda cert eza, sobrevivirá a éstos. No sólo eso: la propuesta comunista tal y como fue

f o rmulada por una plétora de pensadores del siglo XIX p o c o, o más bien nada, tenía que ver con la textura mate- rial de