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IGLESIA

La reforma de La reforma Litúrgica:

Un diagnóstico con poco consenso del obispo emérito de Roma

Benedicto XVI estimaba que la crisis de la expe- riencia de la Iglesia se relaciona con la reforma a la liturgia impulsada tras el Concilio Vaticano II:

consideraba que se hizo sin cuidar un “desarrollo orgánico” con las antiguas formas.

Si con el diagnóstico sobre la dictadura del rela- tivismo y con la desconfianza por la modernidad él podía contar con muchos y relevantes compa- ñeros de camino, en este tema específico navegó más en solitario.

Carlos Schickendantz

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Doctor en Teología

las semanas pasadas se ha publicado una gran canti-

dad de artículos de variada extensión y calidad referidos

distintos aspectos de la personalidad y el pontificado

de Benedicto XVI. En las líneas que siguen quiero poner de re-

lieve un aspecto que no siempre ha sido justamente valorado y que, sin embargo, estaba en el corazón del teólogo alemán,

devenido cardenal y luego papa. No me interesa destacar aquí

E

n

a

mi

opinión, sino reflejar ajustadamente lo que podría llamarse

un

“segundo diagnóstico central” del papado recientemente

concluido. No hay duda de que el diagnóstico sobre la Iglesia y la si- tuación de la humanidad caracterizado con la palabra “relati- vismo”, formulado muy vivamente en la homilía de inicio del cónclave de entonces por el cardenal Joseph Ratzinger, el 18 de abril de 2005, fue la principal idea que concitó el interés de los cardenales electores. El en ese momento decano del Colegio Cardenalicio expresó en uno de sus párrafos centrales: “¡Cuán- tos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de

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La pequeña barca del pensamiento de muchos

cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, lleva-

da de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo

religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día na- cen nuevas sectas y se realiza

lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef. 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le apli- ca la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativis- mo, es decir, dejarse ‘llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina’, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos” 1 .

En particular, la expresión “dictadura del relativismo” devino un concepto central asumido y repetido por las más variadas autoridades eclesiales. Porque este diagnóstico era compar- tido, se juzgó que quien podía enfrentarlo era quien lo había descrito con tanta claridad y tenía el equipamiento intelectual, precisamente, para hacer frente a “cualquier viento de doc- trina”. Continúa siendo un hecho digno de reflexionar el que cardenales-obispos —normalmente muy sensibles a la pers- pectiva pastoral cotidiana de las iglesias y alejados de pasi- llos académicos— sintieran que la figura de un típico profesor universitario alemán fuese adecuada para gobernar la Iglesia. Esto se explicaría, al menos parcialmente, por un consenso en el diagnóstico.

pensamiento!

los sacramentales de la Iglesia antigua” 3 . En este sentido, piensa, el “resultado” de la “reforma litúrgica, en su realización concre-

no ha sido una reanimación, sino una devastación” 4 . Debe

advertirse que su crítica no se refería solo a los experimentos o excesos litúrgicos —lo que ha-

bía cuestionado el sínodo ex- traordinario de obispos de 1985 efectuado al conmemorarse los

veinte años del Concilio Vatica- no II— sino a la misma “políti- ca” oficial: “La creación de un volumen del todo nuevo”, es decir, en palabras explícitas, a la reforma puesta en práctica particular- mente entre los años 1965-1975, cuando se confeccionaron los libros litúrgicos reformados (misal, liturgia de las horas, leccio- narios, rituales de sacramentos, etc.). El problema, a su juicio, no era el Concilio ni la constitución Sacrosanctum Concilium de 1963, sino su implementación en los años posteriores. Pueden llamar la atención las duras palabras recién citadas del entonces cardenal Ratzinger ya que el proceso de aplicación del Vaticano II estuvo bajo la directa e inmediata responsabilidad de Pablo VI, particularmente, el ritual renovado de la misa con la constitución apostólica Missale romanum de 1969.

ta

“Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos hoy depende en gran parte del hun- dimiento de la liturgia”, escribió en 1997 J. Ratzinger.

POR QUÉ LA REINTRODUCCIÓN DEL MISAL DE PÍO V

Así las cosas, puede entenderse muy bien el motivo por el cual, con un documento de septiembre de 2007, Summorum pontificum, el ya papa Benedicto “reintrodujo” la celebración de la eucaristía con el misal llamado “de Pío V”, además de todos los otros libros litúrgicos “preconciliares”. El texto de 2007, de una enorme envergadura, ampliaba un documento anterior de Juan Pablo II de 1988. Desde entonces, el misal renovado del Concilio y el anterior conviven como “dos usos del único rito romano”, uno ordinario, el de Pablo VI, el otro extraordinario, el misal de Pío V. Una de sus frases en la carta que acompaña a dicho documento, entre otras, es significati- va: “No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la liturgia hay crecimien- to y progreso, pero ninguna ruptura”. En este tipo de razona- miento es clave una enseñanza de Sacrosanctum Concilium:

“No se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y solo después de haber te- nido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes” (n. 23). El juicio de Ratzinger-Benedicto es, precisamente, que la reforma litúrgica conciliar no se concretó, de hecho, con el criterio de un “desarrollo orgánico”, sino que por el contrario la “ruptura” ha caracterizado el proceso. En el lugar de una liturgia fruto de un “desarrollo continuo”, afirmaba en 1992 en el prólogo al libro de K. Gamber citado, se ha puesto “una liturgia fabricada”, “producto banal del momento”.

“HUNDIMIENTO DE LA LITURGIA”

Menos perceptible era entonces otro diagnóstico, no menos

potente, presente en la biografía y en los intereses espirituales

e intelectuales del teólogo Ratzinger: (a) una crisis de fondo en

la idea y experiencia de Iglesia (b) que se expresa muy particu-

larmente en el desarrollo posconciliar de la reforma litúrgica

y (c) que se caracteriza como la introducción de una “ruptura”

en la historia de la Iglesia. No es posible entrar aquí en detalles

o matices importantes, pero deseo consignar lo esencial 2 . Los

escritos de Ratzinger sobre la temática litúrgica son más am- plios y, naturalmente, pueden ser leídos con mucho provecho. “Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos en- contramos hoy depende en gran parte del hundimiento de la liturgia”, escribió en 1997 el entonces cardenal. A su juicio, este hundimiento se ha debido a “una ruptura en la historia de la litur- gia cuyas consecuencias solo podían ser trágicas” y que tiene su hecho central en “la promulgación de la prohibición del misal que se había desarrollado a lo largo de los siglos desde el tiempo de

desarrollado a lo largo de los siglos desde el tiempo de 1 Cf.

1 Cf. www.vatican.va/archive/aas/documents/2005/maggio%202005.pdf

2 Un análisis ponderado e informado ofrece, por ejemplo, el jesuita estadounidense J. Baldovin, Reforming the Liturgy. A Response to the Critics, Collegeville, Minnesota (2008), pp. 65-89.

3 Cf. J. Ratzinger, Mi vida. Recuerdos (1927-1977), Madrid 1997, pp. 122-125.

4 J. Ratzinger, “Prefazione”, en K. Gamber, La réforme liturgique en question, Le Barroux (1992). www.messainlatino.it/pag11_sito.htm

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Benedicto XVI era bien consciente de que con esta medida se planteaban innumerables dificultades. Por tanto, era previsible que muchos autores consideraran que de este modo se relativi-

zaba el Concilio 5 . El Papa argumentaba allí que la preocupación por la unidad de la Iglesia repre-

sentaba una de las principales ta- reas del servicio petrino. Aunque,

pienso, no ignoraba que el rechazo

a la liturgia reformada por parte de

los lefebvrianos excede con mucho el asunto litúrgico: es inaceptable para ellos la enseñanza del Vaticano II sobre el significado del ecumenismo, el valor de las religiones no cristianas y la libertad de conciencia. Recor- demos, por ejemplo, que el antisemitismo, explicitado por el obispo lefebvrista R. Williams con ocasión del levantamiento de su excomunión en enero de 2009, no es un asunto periférico en esa corriente ideológico-religiosa.

Las diversas iniciativas fueron conducidas por un razonamien- to que en 1997 Ratzinger expresaba con claridad: “Se ha desa-

rrollado la impresión de que la liturgia se ‘hace’, que no es algo que existe antes que nosotros, algo ‘dado’, sino que depende de nuestras decisiones. (…) Pero cuan-

do la liturgia es algo que cada uno hace a partir de sí mismo, entonces no nos da ya la que es su verdadera

cualidad: el encuentro con el miste- rio, que no es un producto nuestro, sino nuestro origen y la fuente de nuestra vida. Para la vida de la Iglesia es dramáticamente urgente una renovación de la concien- cia litúrgica, una reconciliación litúrgica que vuelva a reconocer la unidad de la historia de la liturgia y comprenda el Vaticano II no como ruptura, sino como momento evolutivo” 7 .

El problema, a su juicio, no era el Concilio ni la constitución Sacrosanctum Concilium de 1963,

sino su implementación en los años posteriores.

SU ACENTO EN DESTACAR LA DUALIDAD

SOBRE LAS FORMAS DE LA CELEBRACIÓN

Otras varias iniciativas de Benedicto XVI podrían ser añadi- das. Afrontó, por ejemplo, dos puntos clave muy visibles de la

reforma conciliar: el referido a la introducción de las lenguas maternas, llamadas vernáculas o nacionales, y la celebración de cara al pueblo (versus populum). Su perspectiva de aná- lisis y sus propuestas referidas en particular a este segundo punto, explicitan, una vez más, su diagnóstico: a su juicio, se han producido cambios en exceso, los cuales reflejan un error capital; es decir, se comprende la liturgia como una realidad sometida a nuestra propia producción y se opaca el hecho de que constituye una realidad que nos precede, es ante todo obra y don de Dios para los creyentes. De allí que él mismo haya renunciado a introducir nuevos cambios a los que en principio estaría dispuesto, según lo ha expresado, como por ejemplo retomar la tradición de la celebración “de espaldas” al pueblo, más bien “de cara” a un altar dirigido a oriente o

a una imagen del Señor. Apenas si fue acogida su propuesta

de “colocar simplemente en medio del altar la cruz, hacia la que miran sacerdote y fieles a la vez, dejándose así conducir hacia el Señor, al que rezamos todos unidos” 6 , sumada a los candelabros añadidos que introducían literalmente una valla que hacían difícil la visión recíproca entre el presidente de la celebración y la asamblea. La revisión de la traducción de la fórmula de consagración eucarística, guiada por un criterio de literalidad (cambiar el “por todos los hombres” por el “pro multis”, “por muchos” latino) contra la voluntad explícita casi unánime de episcopados enteros, como el italiano y el alemán, es otro ejemplo de una agenda bien definida por su parte, pero con escaso eco entre los mismos obispos.

Otro paso es necesario para la comprensión de este diagnós-

tico: en la “ruptura” litúrgica se ha expresado la crisis que tiene su núcleo en la idea y experiencia de Iglesia. En la entrevista de 1985 ya citada, Vittorio Messori le preguntó: “¿Dónde está, a su juicio, el principal punto de ruptura, la grieta que, avanzando cada vez más, amenaza la estabilidad del edificio entero de la fe católica?”. Su respuesta: la idea de Iglesia. Expresó Ratzin- ger: “Aquí está el origen de buena parte de los equívocos o de los auténticos errores que amenazan tanto a la teología como

a la opinión común católica. Mi impresión es que se está per-

diendo imperceptiblemente el sentido auténticamente católico de la realidad ‘Iglesia’, sin rechazarlo de una manera expresa. Muchos no creen ya que se trate de una realidad querida por el mismo Señor. Para algunos teólogos, la Iglesia no es más que mera construcción humana, un instrumento creado por noso- tros y que, en consecuencia, nosotros mismos podemos reor- ganizar libremente al tenor de las exigencias del momento” 8 .

Se señala aquí una tensión que reaparece innumerables

veces en sus escritos, incluso en sus homilías: la tendencia

a destacar la dualidad, la oposición y no la integración de la

gracia y la libertad, del don divino y la acción humana, con sus mismas palabras aquí citadas, lo “querido por el mismo Se- ñor” y la “construcción humana” 9 . El autor no subraya el “y”,

sino el “o”. No faltan buenos testimonios en la tradición de la Iglesia que por distintos motivos poseen un acento parecido, por lo demás, legítimo. Pero otro acento es también posible: la liturgia y la misma Iglesia constituyen un don, un bien que nos precede y que debe ser acogido, es verdad; pero ambas, litur- gia e Iglesia, son también inseparablemente el fruto de nuestra propia acción, nuestra propia “producción” y la “construcción” histórica de generaciones de creyentes.

5 Cf. información más detallada al respecto, A. Gerhards, “Die Sorge der Päpste. Das Motu proprio Benedikts XVI. Zur Wiederzulassung der alten Liturgie”, Herder-Korrespondenz 61 (2007), pp. 398-403; M. Francis, “Beyond language”, The Tablet (14 July 2007) www.thetablet.co.uk/articles/10058.

6 J. Ratzinger, Obras Completas XI. Teología de la liturgia, Madrid (2012), XV.

7 J. Ratzinger, Mi vida. Recuerdos (1927-1977), Madrid (1997), p. 125.

8 J. Ratzinger - V. Messori, Informe sobre la fe, Madrid (1985), pp. 53-54.

9 Cf. otros ejemplos en C. Schickendantz, Cambio estructural de la Iglesia como tarea y oportunidad, Córdoba (2005), pp. 42-45.

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BeNedictUS XVi JoSeph ratziNger 2005-2013 Su perspectiva de análisis y sus propuestas explicitan su

Su perspectiva de análisis y sus propuestas explicitan su diagnóstico: a su juicio, se han producido cambios en exceso, los cuales reflejan un error capital; es decir, se comprende la liturgia como una realidad sometida a nuestra propia producción y se opaca el hecho de que constituye una realidad que nos precede.

Pertenece al estilo teológico-espiritual de J. Ratzinger esta forma de abordar y explicar el asunto. Las razones de esta perspectiva determinante pueden ser varias. (1) Él mismo ha admitido algo que se hace evidente en su lectura: la idea que un hilo conductor de su biografía lo constituye el ser signo de contradicción, el deber de oponerse a tendencias eclesiales y culturales que se consideran inadecuadas. Esta actitud es clara en su biografía inmediatamente después de terminado el Concilio y se consolida en la revolución cultural de 1968. Pero también pueden introducirse otras hipótesis. (2) ¿Es la expresión de un cierto dualismo fruto de su matriz intelectual agustiniano-platónica, como la ha caracterizado W. Kasper en un debate sobre las iglesias particulares y que se remon- ta al período mismo de su formación como profesor? (3) ¿Es quizás el efecto de su (excesiva) valoración de la traducción griega del cristianismo que, como dice K. Müller, en el autor deviene como “una norma estructurante para cualquier otra traducción del evangelio en otras épocas y culturas” y que, entre otras consecuencias, colabora a que “no sea extraño el hecho de que Ratzinger no haya desarrollado nunca una relación positiva y creadora con el pensamiento moderno”,

por tanto, positiva de la visión del hombre en su autonomía

y libertad? 10 . (4) ¿O se trata de una expresión más de su pro- fundo aprecio por la rica y amplia Tradición de la Iglesia tan valorada en su biografía intelectual? Probablemente todos estos ingredientes colaboran, en diversa medida, a obtener el resultado apuntado. Si con el diagnóstico sobre la dictadura del relativismo, con

el tipo de dualismo referido y con la desconfianza a la moderni-

dad el entonces cardenal Ratzinger podía contar con muchos y relevantes compañeros de camino, en el tema específico de la liturgia navegó más en solitario, acompañado por referentes teológicos claramente más conservadores. Un contraste fue ejemplar: si se comparan dos textos surgidos el mismo año, 1985, el del Sínodo extraordinario de obispos al conmemorar los veinte años del Vaticano II y la famosa entrevista que el car- denal Ratzinger concedió al periodista italiano Vittorio Messori, Informe sobre la fe, puede advertirse que, también en el tema litúrgico, el entonces cardenal expresaba un matiz claramente diferente al de los padres sinodales. Ha predominado en él una visión negativa del desarrollo eclesial posconciliar, particular- mente en el ámbito litúrgico. MSJ

10 Cf. K. Müller, “Il pontificato di Joseph Ratzinger. Il teologo papa”, Supplemento a Il Regno Documenti 3 (2013), pp. 11-18.

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