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Itinerario místico del adepto Hasta el Trono del Misericordioso

Primera estación: “El Loto del límite”

85. El adepto sigue su camino hasta llegar al Loto del límite (53,14). Ahí ve las

obras hechas por los bienaventurados, que son los Profetas y los adheridos a los enviados de Dios. Ve su propia obra entre las presentes, e inmediatamente da gracia a Dios por haberle permitido seguir el Enviado, el maestro de iniciación. En ese lugar percibe cuatro ríos, uno es inmenso y de él fluyen varios arroyos. El adepto pregunta qué son esos ríos y esos arroyos. Se le dice: “Es un símbolo para tus ojos. El rió más grande es el Coran, y los otros tres son los tres Libros santos, la Torah, los Salmos y el Evangelio. En cuanto a esos riachuelos, son las hojas reveladas que bajaron sobre los profetas. Quien beba de uno de esos ríos o de un riachuelo – no importa cual de ellos, del momento que beba– será heredero de toda la verdad, porque se trata del “Logos de Dios” (Kalâm Allâh), y “los sabios son los herederos de los profetas” en el momento en que beben de esos ríos y riachuelos.

86. “Sumérgete en el Rió del Coran, encontrarás todas las vías de acceso a la

Felicidad”, es el rió de Mohammed – la paz sea con él -, él, que asume la profecía cuando aún “Adán estaba entre el agua y el barro”; él, a quien le fue dada las “Síntesis de los verbos” y una “Mision profética universal”; él, capacitado para revocar los estatutos derivados de las Leyes divinas, y que salvo él nadie podía hacerlo.

87. Contemplando la radiante luz que recubre este Loto, el adepto lo ve

“recubierto por lo que le recubre”. Esa aura de luz que las miradas no pueden penetrar, nadie es capaz de calificarla. ¡No! Los ojos no alcanzan. Después se le dice: “Esto es el árbol de la purificación con el que se obtiene el consentimiento de Dios. Aquí se erige el árbol del Loto que se alza para la ablución ritual de los muertos llamados al encuentro de Dios, ablución hecha con agua resplandeciente y árbol del Loto, que da a los muertos la impecable pureza de este Loto. Es el límite donde llegan las obras de los hijos del bienaventurado Adán, depósito donde se conservan hasta el Dia de la resurrección. Aquí se encuentra el primer escalón que franquean los bienaventurados, mientras que el séptimo cielo, término para tu compañero (el teórico), es el límite del humo. Ineluctablemente, ese séptimo cielo y los que más abajo se sitúan sufren cambios de estados devolviéndoles a la forma primitiva o parecida, que era la suya antes de que ese cielo se formase”.

Segunda estación: la “Esfera de las estaciones”

88. Después se le ordena: ¡sube! Y éste sube a la “Esfera de las Estaciones”

(Falak al-Manâzil). Una vez ahí le recibe miríadas de ángeles y de espíritus encargados de las estrellas que exceden en cantidad decenas de miles, y donde

esos espíritus (y esos ángeles) tienen sus elevadas moradas. Percibe además las “estaciones que ocupan los peregrinos en camino hacia Dios, cargados de sus legitimas obras”. Esto, Harawî (Ansâri) lo trata en una de sus obras que tiene por titulo “Manâzil al-Sâ’irîn” (“las etapas de los Itinerantes”) que cuenta “cien etapas” y cada una de ellas a su vez contiene “diez etapas” que precisamente son esas “estaciones”. En cuanto a nosotros hemos tratados este tema en un libro titulado “Manâhij al-Irtiqâ” (“los Itinerarios de la ascensión espiritual”) que contiene “trescientas etapas” y cada una de ellas se divide en diez “estaciones”, lo que hace un total de tres mil estaciones. El adepto transita sin demora por todas esas estaciones, atravesándolas una tras otra con la ayuda de siete “esencias metafísicas” que él posee, de la misma manera que lo hacen las siete estrellas brillantes – pero mucho más rápidamente –, hasta que penetra íntegramente sus esencias secretas. Porque así se lo había recomendado el profeta Idris.

Tercera estación La Esfera de las Estrellas Fijas

89. Después de escudriñar todas las estaciones, las ve a todas ellas y a todas las

estrellas atravesando una Esfera situada más allá de la Esfera de las Estaciones. El adepto entonces desea ahí subirse para contemplar lo que Dios en esas realidades celestes ha depositado, como signos y prodigios testimonios de su Potencia y de su Ciencia. En cuanto llega a la superficie de esa esfera superior, se encuentra en el Paraíso del común de los mortales, y comprueba afirmativamente lo que Dios en su Libro Santo ha relatado concerniente la naturaleza del Paraíso. Percibe las diferentes plantas (pisos), los vestíbulos y todo lo que Dios ha previsto para la estancia de sus habitantes. El adepto también percibe su paraíso personal, y inmediatamente se encuentra informado sobre los “Paraísos de la herencia divina”, los “Paraísos de la elección personal” y los “Paraísos de las obras”. Entonces, de cada uno de ellos, saborea un bien deleitable en función de la intensidad que le otorga la facultad de gustar.

90. Su deseo ya plenamente satisfecho, el adepto se eleva hasta la más

magnifica terraza y hasta la cortina más resplandeciente (del Paraíso) donde ve resplandecer de detrás las formas de Adán y de sus bienaventurados hijos. Comprende entonces el significado místico de esas realidades celestes y toda la sabiduría que Dios en ellas ha depositado, y se percata que son otros tantos ropajes nupciales de los que se revisten los hijos de Adán. He aquí que esas formas, esas siluetas de los bienaventurados adamitas (raza de Adán) le saludan, de repente ve entre ellas “su propia forma”. Inmediatamente la abraza, y ella le abraza, y se lanzan los dos hasta el lugar más próximo.

Cuarta estación

La Esfera de las Altas Torres

91. El adepto penetra en la “Esfera de las Altas Torres” (Falaz al-Borûj), de la

que Dios dijo y juró: “¡Por el Cielo de las Torres!” (85,1). Ahí aprende que los seres engendrados residentes en el Paraíso son tributarios del movimiento de esta Esfera, que controla el movimiento diurno en el mundo temporal de la misma manera que el movimiento alterno del día y la noche depende de la Esfera en donde se encuentra la masa astral del Sol. Además aprende que los seres engendrados que moran en el Infierno, dependen ellos del movimiento de la “Esfera de las Estrellas (fijas)”, que es la bóveda del Infierno – quiero decir que

la concavidad de esa Esfera forma el “techo del Infierno”, mientras que su superficie constituye la “tierra del paraíso”. Las partículas que se desprenden de la Esfera de las Estrellas, cuya luz se dispersan, hacen que permanezcan obscuras y que este efecto persita en ellas permanentemente. Este conjunto de fenómenos es la causa de la continua “reposición” que ocurre en el Infierno:

“Siempre que se les consuma la piel, se la repondremos…”. Y todo “con el permiso de Dios” que asigna su justo rango a cada cosa.

92. Al igual que cuando el Sol estaciona en el signo de Aries empieza la estación

de la primavera. Florece la belleza de la tierra, los árboles se cubren de hojas y se embellecen, “hace brotar toda especie primorosa” (22,5). Cuando el Sol entra en Capricornio se produce lo contrario, las criaturas terrestres sufren su efecto en función de sus predisposiciones naturales, y sean cuales sean sus diferentes complexiones padecen ese efecto en cuanto Dios pone en funcionamiento sobre ellas los movimientos de las Esferas celestes, y teniendo en cuenta lo que estas acarrean.

93. De manera similar en el Paraíso para que no exista aburrimiento a cada

instante surge una “nueva creación” y un nuevo placer. En efecto, si cualquier cosa de la naturaleza es constantemente asociada al mismo fenómeno sin cambio alguno, sin lugar a duda al hombre le acarrea aburrimiento. El aburrimiento es un rasgo esencial del hombre, y si a cada instante Dios no previera con una constante renovación para alargar su placer, el hombre en verdad se aburriría muchísimo. Pues bien, cada vez que miran sus posesiones, los habitantes del Paraíso perciben un objeto o una forma nueva que antes no veían y se alegran de su aparición. También cada vez que beben o prueban de algo descubren un nuevo gusto que aún no habían saboreado. Se deleitan y sus apetitos no hacen más que aumentar. La causa de la rapidez de semejante cambio y la razón del porqué ese cambio es permanente reside en la “Fundación del ser”, que esta hecho de esa manera. Es en un perpetuo cambio que se ofrece al devenir (Kawn), tomando en cuenta lo que le confiere la realidad de su rango ontologico, para oponerse así a la perpetuidad, y para que el devenir sufra constantemente de la necesidad de perpetuarse. La existencia toda entera, tanto en este mundo como en el otro, cambia perpetuamente, y el motivo está en el génesis que no puede conocer reposo.

94. De Dios proceden perpetuas “orientaciones” y “verbos” inagotablemente,

según su palabra: “lo que Allâh tiene es permanente” (16,96). “Lo que Allâh tiene” indica la “orientación”, y “cuando queremos algo” (16,40) se refiere al “verbo” emitido por la Presencia creativa, es decir, la palabra del Altísimo que a todas las cosas que Él quiere, como expresión adecuada a su “Majestad” (Jalâl), le dice: “¡KN!”. ¡KN! (¡Sea!) es una “letra existencial” que únicamente procede del ser. No puede proceder de la nada, porque “la nada no es, debido a que el ser existe”.

95. Esas “orientaciones” y esos “verbos” reposan en los “Tesoros de la

Mansedumbre divina” para todas las cosas llamadas a recibir la existencia. Dios Altísimo dice: “No hay nada de lo que no dispongamos Nosotros tesoros” (15,21) – estos son los “verbos” de los que hablamos – y añade: “lo hacemos descender en una cantidad determinada” (15,21) – alabado sea el Nombre “el Sabio” (al- Hakîm). Porque la Sabiduría tiene soberana autoridad sobre la bajada de lo divino que consiste en “extraer esas cosas de sus Tesoros” para dar existencia a sus identidades raíces. Es lo que hemos declarado en el Libro cuando dijimos “Alabado sea Dios que ha existenciado las cosas ex nihilo (desde una nada) y que a aniquilado la nada” haciéndola existir. Tal es la relación ontologica de las cosas en el seno de esos Tesoros donde son ellas conservadas “existentes por Dios”, permanentes por sus identidades metafísicas, y “no-existentes por ellas mismas”. Entonces esas cosas, consideradas sus identidades metafísicas, son “existentes ex nihilo”, y considerando su modo de ser a parte Dei, en el seno de esos Tesoros, son “existentes ex nihilo nihilo”, que es “ser”.

96. Pero si eres propenso a considerar sus maneras de ser en el seno de los

tesoros (donde son ellas conservadas), puedes entonces decir que Dios ha “existenciado las cosas a partir de sus modos de ser en el seno de los Tesoros hacia sus modos de ser en el seno de sus identidades raíces”, para regocijarse o con otra intención. Si prefieres, puedes decir además que Dios ha “existenciado las cosas ex nihilo”, después de que hayan sido tal como las hemos recordado. Di lo que quieras, pero el asunto es que el Sujeto existencial se encuentra “precisamente ahí donde las cosas se manifiestan por sus identidades raíces (fitra)”

97. En cuanto a la palabra divina: “lo que vosotros tenéis se agota” (16,96), es

verdad en el plano del conocimiento, porque la declaración aquí concierne la “identidad de la sustancia” y el objeto que está con ella – entiendo con la sustancia inmanente a todo existente – verdaderamente constituye “ eso que Dios existencia en el substrato de ese existente” como atributos, accidentes y seres singulares, toda cosas viniendo a la existencia en un segundo momento o en segundo lugar, como prefieras. Declara entonces: “Al instante mismo”…ó “esas cosas se aniquilan en cuanto llegan a existir donde nos situamos”. Y ese es el significado de Su palabra: “lo que vosotros tenéis se agota”

98. Así es que Dios sin cesar renueva por medio de la primera sustancia los modelos de las cosas o sus replicas a partir de esos tesoros (donde preexisten). Y esta es la tesis de los Motakalimîn, a saber: que “un mismo accidente no dura dos instantes sucesivos” – afirmación correcta que no da lugar a ningún equívoco. En efecto el fenómeno accidentalmente producido es lo que viene a calificar los objetos contingentes (de la manifestación), y por la renovación constante de ese fenómeno (o accidente) que afecta a la sustancia, la identidad raíz de esta perdura tal como Dios quiere. Ahora bien, Dios quiere que esta sustancia no periclite, por lo tanto subsiste.

99. En esta celeste morada, el adepto conoce la naturaleza de las criaturas paradisíacas y de todo lo que nos hemos referido. En cuanto a su camarada el teórico, por tratarse de una enseñanza profética y no de una reflexión teórica, nada sabe de todo esto. El teórico se encuentra alienado bajo el imperio de su reflexión. La reflexión no tiene otro ámbito donde ejercer que su propio campo de investigación, y no es más que un simple medio de conocimiento entre muchos otros. Efectivamente, en el hombre a cada facultad le corresponde un campo de investigación restringido que no debiera franquear. En cuanto esa facultad se pase de los límites de su dominio especifico, cae en el error y se pierde. Una vez que esto ocurre, se desvía por completo de su “vía recta”.

100. La percepción visionaria ve muy bien el escollo donde tropieza las pruebas

racionales. Y es simplemente que sale de sus propios límites. A decir verdad, los intelectos raciocinios que se extravían, lo hacen por sus propias reflexiones. Estas les extravían para que les den libre curso fuera de sus límites, y ese vagabundear es lo que lleva a los racionalistas a juzgar sin tener competencia, arbitrariamente y a emplearse fuera de sus propios campos, y esto es así para poner en evidencia el favor para algunos en relación con otros. Porqué en verdad

en este mundo el favor se manifiesta para que se sepa que Dios inclina más solicitud hacia unos que hacia otros; y para que se sepa que las posibilidades de cada uno tiene su limite, y que la superioridad que Dios otorga a quién Él quiere es una distinción personal ligada a una facultad (determinadas facultades) espiritual agradable a Dios, el Omnisciente, el Todopoderoso.

Quinta estación:

El “Korsi” o Pedestal del Trono

101. Después el adepto sale de la esfera de las Altas Torres y cabalgando su

montura se dirige en dirección al Korsî. Llegado a ese lugar, ve al Logos divino, que anteriormente a esta estación revestía el atributo de la Unidad indivisa, fragmentado, y percibe “los dos pies” que cuelgan hasta el Korsî. Inmediatamente cae de rodillas para besarlos. Uno otorga la eternidad en sus

Paraísos a los paradisíacos, y ese es el “pie de la veracidad” (qadam al-sidq). El otro otorga la eternidad a los infernales en sus Infiernos y a la manera que Dios quiere, y ese es el “pie de la tiranía” (qadam al-jabarût). Por esto Dios declara sobre los habitantes del Paraíso: “Es un don inalterable” (11,108), porque ese don jamás cesara. Mientras que para los habitantes del Infierno que sufren con el fin de padecer la perpetua condición de la tiranía, dice Él: “Tu Señor hace lo que

Él quiere” (11,107). Dios no dice, tal como lo dice para los Bienaventurados, que

sus situaciones jamás cesarán. Y lo que prohíbe decir eso es esta palabra divina:

“Mi misericordia abarca todas las cosas” (7,156), y también esta: “Mi misericordia precede mi cólera” (Hadiz qudsî) en este mundo. Porque “la

existencia es el efecto de una Misericordia infundida en los más secreto de cada existente” (Nafas al Rahmân), y aunque es verdad que algunos serán castigados,

el eternizar de los que descansan en “estado de gracia” jamás cesará, mientras

que el eternizar de los que se encuentran en “estado de desgracia” (hâl al- intiqâm) depende de la intervención de una cierta voluntad divina. En consecuencia, la desgracia de los reprobados se reduce sin más a un castigo y llega a finalizar.

102. Es aquí la explicación del porqué Dios en algunos lugares de su Libro específica la naturaleza del castigo aplicado, como de “un castigo doloroso” o “el castigo doloroso”. Mientras que en otro lugar simplemente dice: “No se les

aliviará el castigo” (2,86) – es decir, la pena no les será liviana aunque sí llegará

a cesar. También dice Dios: “en el castigo del Infierno…” (43,74) – sin

especificar que será doloroso – añadiendo únicamente que como castigo: “nunca

se

detendrá para ellos”. “Y permanecerán…” – en el castigo – “afligidos” (43,75),

es

decir: apartados de la felicidad deseada en ese lugar. La “aflicción” es una

expresión aplicable a los habitantes del Infierno, a los que se tiene apartado (del

objeto de sus deseos). Por esto aquí se menciona la “aflicción” para que éste termino sea empleado en su adecuado contexto, con los individuos que les

concierne y que lo experimentan. Existe para el lugar infernal ciertos términos apropiados que no convienen a los Paradisíacos, y “aflicción” es uno de ellos.

El adepto en esta estación (del Korsî) aprende a distinguir lo propio de cada

estancia.

Sexta estación:

La “Luz grandiosa”

103. Por fin abandona ese lugar para lanzarse impetuosamente en la “Luz grandiosa” (Nûr a´zam), e inmediatamente el éxtasis le “derriba”, porque esa Luz es el habitáculo de los estados místicos que encuentran su modo de

expresión a través de los seres humanos. Ahora bien, lo que verdaderamente les subyuga de manera irresistible, es la audición de las melodías celestes. Cuando esas melodías les llegan atravesando las esferas, los movimientos de las esferas emiten sonidos encantadores que raptan los sentidos como los sonidos emitidos por el “dawlâb” (especie de molino de oración ritual). Entonces esos sonidos invisten los estados místicos y con un común impulso alcanzan las almas de los vivos durante las sesiones de conciertos espirituales (majâlis al-samâ). De tal manera que el alma oyente, por todo donde echa ancla, tanto sea que se enamore de una joven muchacha o de un hombre joven, o que sea atraída por los hombres de Dios, su verdadero apego es el amor de una cierta Belleza divina, objeto privilegiado de su representación imaginativa, que las criaturas toman para ellas gracia a las locuciones proféticas, como en esta palabra del Sahîh:

“Dios es Bello y ama la Belleza” y esta otra del Tajrîd. “Adora a Dios como si le viese”. Es así que el alma del amante se encuentra raptada por el éxtasis que le provoca su conciencia imaginativa.

104. De entre los amantes, algunos se encuentran sumergidos en el estado de

embriaguez mística sin intermediación de la conciencia imaginativa. Estos, por el contrario, captan un objeto divino incondicionado y no delimitable en el campo

cerrado del espacio y de la dimensión (son los puros extáticos, homólogos de los arcángeles del Amor). Los hay otros a los que se les da esos estados místicos que llevan al éxtasis amorosa por fragancias sucesivas, alcanzando las almas que no aman totalmente, sino de manera parcial. Esos amantes obtienen el éxtasis del amor bajo una modalidad condicionada y por eso se denomina: “amor angustiado” (tawâjud).

Séptima estación:

El Trono del Misericordioso

105. Después, emerge el adepto de esa Luz y se dirige al feudo de la

“Misericordia universal que todo lo abarca” y a la que se designa con el nombre de “Trono” (‘Arsh). Una vez ahí, descubre entre las entidades arcangélicas a:

Serafiel, Gabriel, Mikaël, Ridwân y Mâlik; entre las entidades angélicas con forma humana: Adán, Abraham y Mohammed – que la paz sea con ellos. Cerca de Adán y Serafiel encuentra depositado el “CONOCIMIENTO DE LAS FORMAS QUE APARECEN EN EL MUNDO” y a la que se llama ajsâm (cuerpo físico animado), ajsâd (cuerpos sutiles), y hayâkil (templos o cuerpos de carne), según estén iluminados o privado de luz. Cerca de Gabriel y Mohammed encuentra

depositado el “CONOCIMIENTO DE LOS ESPIRITUS INSUFLADOS EN ESAS FORMAS” que reposan en Adán y Serafiel. Ahí aprende el adepto los verdaderos significados de todo eso y ve las relaciones de esos espíritus con esas formas corporales, en qué consiste su organización interna y a pesar de que todos emanan de un mismo

Arquetipo, hasta que punto se diferencian unos de otros; y lo mismo para sus formas corporales. Y todo esto lo aprende en esta Morada (del Trono).

106. De esta Morada divina obtiene la “Ciencia de los Elixires” que metamorfosean los cuerpos metálicos a la vez que el espíritu incorporado. Después mira hacia Mikaël y Abraham donde cerca de ellos esta depositado el “CONOCIMIENTO DE LOS ALIMENTOS VITALES” tanto para los espíritus como para los cuerpos, de lo que se sustentan y de lo que subsisten. Descubre entonces la naturaleza de este Elixir que sirve de alimento apropiado al cuerpo mineral, Elixir que tiene la propiedad de convertir el cuerpo en oro o plata, después de que aya sido de hierro o cobre – lo que significa devolverle la salud y eliminar la enfermedad incorporada a la mina, enfermedad que tiene por efecto transformarle en hierro o en otro vil metal. Pues bien todo esto lo aprende en la Morada del Trono. El adepto mira después hacia Ridwân y Mâlik donde cerca de ellos esta depositado el “CONOCIMIENTO DE LA FELICIDAD Y DE LA DESDICHA”, del Paraíso y de sus peldaños, del Infierno y sus escalones. Porque la ciencia “de la promesa y de la amenaza” se reparten en grados. Y ahí se encuentra él ya con el verdadero conocimiento que le procuran los dos. Una vez que todo esto lo tiene bien aprendido, el adepto conoce entonces el Trono y sus “Porteadores” y todo lo que se encuentra englobado bajo su vasta cúpula. El Trono marca el extremo límite de los cuerpos físicos. Más allá no hay ningún cuerpo compuesto con figura y dimensión.

Tercera estación La Esfera de las Estrellas Fijas

89. Después de escudriñar todas las estaciones, las ve a todas ellas y a todas las estrellas atravesando una Esfera situada más allá de la Esfera de las Estaciones. El adepto entonces desea ahí subirse para contemplar lo que Dios en esas realidades celestes ha depositado, como signos y prodigios testimonios de su Potencia y de su Ciencia. En cuanto llega a la superficie de esa esfera superior, se encuentra en el Paraíso del común de los mortales, y comprueba afirmativamente lo que Dios en su Libro Santo ha relatado concerniente la naturaleza del Paraíso. Percibe las diferentes plantas (pisos), los vestíbulos y todo lo que Dios ha previsto para la estancia de sus habitantes. El adepto también percibe su paraíso personal, y inmediatamente se encuentra informado sobre los “Paraísos de la herencia divina”, los “Paraísos de la elección personal” y los “Paraísos de las obras”. Entonces, de cada uno de ellos, saborea un bien deleitable en función de la intensidad que le otorga la facultad de gustar.

90. Su deseo ya plenamente satisfecho, el adepto se eleva hasta la más

magnifica terraza y hasta la cortina más resplandeciente (del Paraíso) donde ve resplandecer de detrás las formas de Adán y de sus bienaventurados hijos. Comprende entonces el significado místico de esas realidades celestes y toda la sabiduría que Dios en ellas ha depositado, y se percata que son otros tantos ropajes nupciales de los que se revisten los hijos de Adán. He aquí que esas formas, esas siluetas de los bienaventurados adamitas (raza de Adán) le saludan, de repente ve entre ellas “su propia forma”. Inmediatamente la abraza, y ella le abraza, y se lanzan los dos hasta el lugar más próximo.

Cuarta estación La Esfera de las Altas Torres

91. El adepto penetra en la “Esfera de las Altas Torres” (Falaz al-Borûj), de la

que Dios dijo y juró: “¡Por el Cielo de las Torres!” (85,1). Ahí aprende que los seres engendrados residentes en el Paraíso son tributarios del movimiento de esta Esfera, que controla el movimiento diurno en el mundo temporal de la misma manera que el movimiento alterno del día y la noche depende de la Esfera en donde se encuentra la masa astral del Sol. Además aprende que los seres engendrados que moran en el Infierno, dependen ellos del movimiento de la “Esfera de las Estrellas (fijas)”, que es la bóveda del Infierno – quiero decir que la concavidad de esa Esfera forma el “techo del Infierno”, mientras que su superficie constituye la “tierra del paraíso”. Las partículas que se desprenden de la Esfera de las Estrellas, cuya luz se dispersan, hacen que permanezcan obscuras y que este efecto persita en ellas permanentemente. Este conjunto de fenómenos es la causa de la continua “reposición” que ocurre en el Infierno:

“Siempre que se les consuma la piel, se la repondremos…”. Y todo “con el

permiso de Dios” que asigna su justo rango a cada cosa.

92. Al igual que cuando el Sol estaciona en el signo de Aries empieza la estación

de la primavera. Florece la belleza de la tierra, los árboles se cubren de hojas y

se embellecen, “hace brotar toda especie primorosa” (22,5). Cuando el Sol entra en Capricornio se produce lo contrario, las criaturas terrestres sufren su efecto en función de sus predisposiciones naturales, y sean cuales sean sus diferentes complexiones padecen ese efecto en cuanto Dios pone en funcionamiento sobre ellas los movimientos de las Esferas celestes, y teniendo en cuenta lo que estas acarrean.

93. De manera similar en el Paraíso para que no exista aburrimiento a cada

instante surge una “nueva creación” y un nuevo placer. En efecto, si cualquier cosa de la naturaleza es constantemente asociada al mismo fenómeno sin cambio alguno, sin lugar a duda al hombre le acarrea aburrimiento. El aburrimiento es un rasgo esencial del hombre, y si a cada instante Dios no previera con una constante renovación para alargar su placer, el hombre en verdad se aburriría

muchísimo. Pues bien, cada vez que miran sus posesiones, los habitantes del

Paraíso perciben un objeto o una forma nueva que antes no veían y se alegran de su aparición. También cada vez que beben o prueban de algo descubren un nuevo gusto que aún no habían saboreado. Se deleitan y sus apetitos no hacen más que aumentar. La causa de la rapidez de semejante cambio y la razón del porqué ese cambio es permanente reside en la “Fundación del ser”, que esta hecho de esa manera. Es en un perpetuo cambio que se ofrece al devenir (Kawn), tomando en cuenta lo que le confiere la realidad de su rango ontologico, para oponerse así a la perpetuidad, y para que el devenir sufra constantemente de la necesidad de perpetuarse. La existencia toda entera, tanto en este mundo como en el otro, cambia perpetuamente, y el motivo está en el génesis que no puede conocer reposo.

94. De Dios proceden perpetuas “orientaciones” y “verbos” inagotablemente,

según su palabra: “lo que Allâh tiene es permanente” (16,96). “Lo que Allâh tiene” indica la “orientación”, y “cuando queremos algo” (16,40) se refiere al “verbo” emitido por la Presencia creativa, es decir, la palabra del Altísimo que a todas las cosas que Él quiere, como expresión adecuada a su “Majestad” (Jalâl), le dice: “¡KN!”. ¡KN! (¡Sea!) es una “letra existencial” que únicamente procede del ser. No puede

proceder de la nada, porque “la nada no es, debido a que el ser existe”.

95. Esas “orientaciones” y esos “verbos” reposan en los “Tesoros de la

Mansedumbre divina” para todas las cosas llamadas a recibir la existencia. Dios Altísimo dice: “No hay nada de lo que no dispongamos Nosotros tesoros” (15,21) – estos son los “verbos” de los que hablamos – y añade: “lo hacemos descender en una cantidad determinada” (15,21) – alabado sea el Nombre “el Sabio” (al- Hakîm). Porque la Sabiduría tiene soberana autoridad sobre la bajada de lo divino que consiste en “extraer esas cosas de sus Tesoros” para dar existencia a sus identidades raíces. Es lo que hemos declarado en el Libro cuando dijimos “Alabado sea Dios que ha existenciado las cosas ex nihilo (desde una nada) y que a aniquilado la nada” haciéndola existir. Tal es la relación ontologica de las cosas en el seno de esos Tesoros donde son ellas conservadas “existentes por Dios”, permanentes por sus identidades metafísicas, y “no-existentes por ellas mismas”. Entonces esas cosas, consideradas sus identidades metafísicas, son “existentes ex nihilo”, y considerando su modo de ser a parte Dei, en el seno de esos Tesoros, son “existentes ex nihilo nihilo”, que es “ser”.

96. Pero si eres propenso a considerar sus maneras de ser en el seno de los

tesoros (donde son ellas conservadas), puedes entonces decir que Dios ha “existenciado las cosas a partir de sus modos de ser en el seno de los Tesoros hacia sus modos de ser en el seno de sus identidades raíces”, para regocijarse o con otra intención. Si prefieres, puedes decir además que Dios ha “existenciado las cosas ex nihilo”, después de que hayan sido tal como las hemos recordado. Di lo que quieras, pero el asunto es que el Sujeto existencial se encuentra “precisamente ahí donde las cosas se manifiestan por sus identidades raíces

(fitra)”

97. En cuanto a la palabra divina: “lo que vosotros tenéis se agota” (16,96), es

verdad en el plano del conocimiento, porque la declaración aquí concierne la “identidad de la sustancia” y el objeto que está con ella – entiendo con la sustancia inmanente a todo existente – verdaderamente constituye “ eso que Dios existencia en el substrato de ese existente” como atributos, accidentes y seres singulares, toda cosas viniendo a la existencia en un segundo momento o en segundo lugar, como prefieras. Declara entonces: “Al instante mismo”…ó “esas cosas se aniquilan en cuanto llegan a existir donde nos situamos”. Y ese es el significado de Su palabra: “lo que vosotros tenéis se agota”

98. Así es que Dios sin cesar renueva por medio de la primera sustancia los

modelos de las cosas o sus replicas a partir de esos tesoros (donde preexisten). Y esta es la tesis de los Motakalimîn, a saber: que “un mismo accidente no dura dos

instantes sucesivos” – afirmación correcta que no da lugar a ningún equívoco. En efecto el fenómeno accidentalmente producido es lo que viene a calificar los objetos contingentes (de la manifestación), y por la renovación constante de ese fenómeno (o accidente) que afecta a la sustancia, la identidad raíz de esta perdura tal como Dios quiere. Ahora bien, Dios quiere que esta sustancia no periclite, por lo tanto subsiste.

99. En esta celeste morada, el adepto conoce la naturaleza de las criaturas

paradisíacas y de todo lo que nos hemos referido. En cuanto a su camarada el teórico, por tratarse de una enseñanza profética y no de una reflexión teórica, nada sabe de todo esto. El teórico se encuentra alienado bajo el imperio de su reflexión. La reflexión no tiene otro ámbito donde ejercer que su propio campo de investigación, y no es más que un simple medio de conocimiento entre muchos otros. Efectivamente, en el hombre a cada facultad le corresponde un

campo de investigación restringido que no debiera franquear. En cuanto esa facultad se pase de los límites de su dominio especifico, cae en el error y se pierde. Una vez que esto ocurre, se desvía por completo de su “vía recta”.

100. La percepción visionaria ve muy bien el escollo donde tropieza las pruebas racionales. Y es simplemente que sale de sus propios límites. A decir verdad, los intelectos raciocinios que se extravían, lo hacen por sus propias reflexiones. Estas les extravían para que les den libre curso fuera de sus límites, y ese vagabundear es lo que lleva a los racionalistas a juzgar sin tener competencia, arbitrariamente y a emplearse fuera de sus propios campos, y esto es así para poner en evidencia el favor para algunos en relación con otros. Porqué en verdad en este mundo el favor se manifiesta para que se sepa que Dios inclina más solicitud hacia unos que hacia otros; y para que se sepa que las posibilidades de cada uno tiene su limite, y que la superioridad que Dios otorga a quién Él quiere es una distinción personal ligada a una facultad (determinadas facultades) espiritual agradable a Dios, el Omnisciente, el Todopoderoso.

Quinta estación:

El “Korsi” o Pedestal del Trono

101. Después el adepto sale de la esfera de las Altas Torres y cabalgando su

montura se dirige en dirección al Korsî. Llegado a ese lugar, ve al Logos divino,

que anteriormente a esta estación revestía el atributo de la Unidad indivisa, fragmentado, y percibe “los dos pies” que cuelgan hasta el Korsî. Inmediatamente cae de rodillas para besarlos. Uno otorga la eternidad en sus Paraísos a los paradisíacos, y ese es el “pie de la veracidad” (qadam al-sidq). El otro otorga la eternidad a los infernales en sus Infiernos y a la manera que Dios quiere, y ese es el “pie de la tiranía” (qadam al-jabarût). Por esto Dios declara sobre los habitantes del Paraíso: “Es un don inalterable” (11,108), porque ese don jamás cesara. Mientras que para los habitantes del Infierno que sufren con el fin de padecer la perpetua condición de la tiranía, dice Él: “Tu Señor hace lo que

Él quiere” (11,107). Dios no dice, tal como lo dice para los Bienaventurados, que

sus situaciones jamás cesarán. Y lo que prohíbe decir eso es esta palabra divina:

“Mi misericordia abarca todas las cosas” (7,156), y también esta: “Mi

misericordia precede mi cólera” (Hadiz qudsî) en este mundo. Porque “la existencia es el efecto de una Misericordia infundida en los más secreto de cada existente” (Nafas al Rahmân), y aunque es verdad que algunos serán castigados,

el eternizar de los que descansan en “estado de gracia” jamás cesará, mientras

que el eternizar de los que se encuentran en “estado de desgracia” (hâl al- intiqâm) depende de la intervención de una cierta voluntad divina. En consecuencia, la desgracia de los reprobados se reduce sin más a un castigo y llega a finalizar.

102. Es aquí la explicación del porqué Dios en algunos lugares de su Libro

específica la naturaleza del castigo aplicado, como de “un castigo doloroso” o

“el castigo doloroso”. Mientras que en otro lugar simplemente dice: “No se les

aliviará el castigo” (2,86) – es decir, la pena no les será liviana aunque sí llegará

a cesar. También dice Dios: “en el castigo del Infierno…” (43,74) – sin

especificar que será doloroso – añadiendo únicamente que como castigo: “nunca

se

detendrá para ellos”. “Y permanecerán…” – en el castigo – “afligidos” (43,75),

es

decir: apartados de la felicidad deseada en ese lugar. La “aflicción” es una

expresión aplicable a los habitantes del Infierno, a los que se tiene apartado (del objeto de sus deseos). Por esto aquí se menciona la “aflicción” para que éste termino sea empleado en su adecuado contexto, con los individuos que les concierne y que lo experimentan. Existe para el lugar infernal ciertos términos apropiados que no convienen a los Paradisíacos, y “aflicción” es uno de ellos.

El adepto en esta estación (del Korsî) aprende a distinguir lo propio de cada

estancia.

Sexta estación:

La “Luz grandiosa”

103. Por fin abandona ese lugar para lanzarse impetuosamente en la “Luz

grandiosa” (Nûr a´zam), e inmediatamente el éxtasis le “derriba”, porque esa Luz es el habitáculo de los estados místicos que encuentran su modo de expresión a través de los seres humanos. Ahora bien, lo que verdaderamente les subyuga de manera irresistible, es la audición de las melodías celestes. Cuando esas melodías les llegan atravesando las esferas, los movimientos de las esferas emiten sonidos encantadores que raptan los sentidos como los sonidos emitidos por el “dawlâb” (especie de molino de oración ritual). Entonces esos sonidos invisten los estados místicos y con un común impulso alcanzan las almas de los vivos durante las sesiones de conciertos espirituales (majâlis al-samâ). De tal manera que el alma oyente, por todo donde echa ancla, tanto sea que se enamore de una joven muchacha o de un hombre joven, o que sea atraída por los hombres de Dios, su verdadero apego es el amor de una cierta Belleza divina, objeto privilegiado de su representación imaginativa, que las criaturas toman para ellas gracia a las locuciones proféticas, como en esta palabra del Sahîh:

“Dios es Bello y ama la Belleza” y esta otra del Tajrîd. “Adora a Dios como si le viese”. Es así que el alma del amante se encuentra raptada por el éxtasis que le provoca su conciencia imaginativa.

104. De entre los amantes, algunos se encuentran sumergidos en el estado de

embriaguez mística sin intermediación de la conciencia imaginativa. Estos, por el

contrario, captan un objeto divino incondicionado y no delimitable en el campo cerrado del espacio y de la dimensión (son los puros extáticos, homólogos de los arcángeles del Amor). Los hay otros a los que se les da esos estados místicos que llevan al éxtasis amorosa por fragancias sucesivas, alcanzando las almas que no aman totalmente, sino de manera parcial. Esos amantes obtienen el éxtasis del amor bajo una modalidad condicionada y por eso se denomina: “amor angustiado” (tawâjud).

Séptima estación:

El Trono del Misericordioso

105. Después, emerge el adepto de esa Luz y se dirige al feudo de la

“Misericordia universal que todo lo abarca” y a la que se designa con el nombre de “Trono” (‘Arsh). Una vez ahí, descubre entre las entidades arcangélicas a:

Serafiel, Gabriel, Mikaël, Ridwân y Mâlik; entre las entidades angélicas con forma humana: Adán, Abraham y Mohammed – que la paz sea con ellos. Cerca de Adán y Serafiel encuentra depositado el “CONOCIMIENTO DE LAS FORMAS QUE APARECEN EN EL MUNDO” y a la que se llama ajsâm (cuerpo físico animado), ajsâd (cuerpos sutiles), y hayâkil (templos o cuerpos de carne), según estén iluminados o privado de luz. Cerca de Gabriel y Mohammed encuentra depositado el “CONOCIMIENTO DE LOS ESPIRITUS INSUFLADOS EN ESAS FORMAS” que reposan en Adán y Serafiel. Ahí aprende el adepto los verdaderos significados de todo eso y ve las relaciones de esos espíritus con esas formas corporales, en qué consiste su organización interna y a pesar de que todos emanan de un mismo Arquetipo, hasta que punto se diferencian unos de otros; y lo mismo para sus formas corporales. Y todo esto lo aprende en esta Morada (del Trono).

106. De esta Morada divina obtiene la “Ciencia de los Elixires” que metamorfosean los cuerpos metálicos a la vez que el espíritu incorporado. Después mira hacia Mikaël y Abraham donde cerca de ellos esta depositado el “CONOCIMIENTO DE LOS ALIMENTOS VITALES” tanto para los espíritus como para los cuerpos, de lo que se sustentan y de lo que subsisten. Descubre entonces la naturaleza de este Elixir que sirve de alimento apropiado al cuerpo mineral, Elixir que tiene la propiedad de convertir el cuerpo en oro o plata, después de que aya sido de hierro o cobre – lo que significa devolverle la salud y eliminar la enfermedad incorporada a la mina, enfermedad que tiene por efecto transformarle en hierro o en otro vil metal. Pues bien todo esto lo aprende en la Morada del Trono. El adepto mira después hacia Ridwân y Mâlik donde cerca de ellos esta depositado el “CONOCIMIENTO DE LA FELICIDAD Y DE LA DESDICHA”, del Paraíso y de sus peldaños, del Infierno y sus escalones. Porque la ciencia “de la promesa y de la amenaza” se reparten en grados. Y ahí se encuentra él ya con el verdadero conocimiento que le procuran los dos. Una vez que todo esto lo tiene bien aprendido, el adepto conoce entonces el Trono y sus “Porteadores” y todo lo que se encuentra englobado bajo su vasta cúpula. El Trono marca el extremo límite de los cuerpos físicos. Más allá no hay ningún cuerpo compuesto con figura y dimensión.