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ENRIQUE PICHON RIVIÈRE, LO GRUPAL Y LA CRÍTICA

DE LA VIDA COTIDIANA
Mario Woronowski

Persiguiendo lo grupal

Lo grupal... no son los grupos, es por momentos una contraseña, un guiño con el que
algunos nos situamos en el campo grupal. Se trata de una proposición que intenta avanzar,
negando: “lo grupal”, no son los grupos. Negamos así que el saber que nos interesa pueda
generarse por la acumulación de experiencias que, en su reiteración, pudiesen dejar como
saldo ese conocimiento abstracto, “lo grupal”. Habría en ese caso un supuesto que no
compartimos: el de un saber positivo posible acerca de un objeto real “grupo” que, ya
constituido, sólo esperaría una atenta mirada y una correcta metodología para revelamos sus
secretos.
Simétricamente, nos apartamos de la constitución de un objeto teórico “grupo” cuya
legalidad interna pudiese a su vez “dar cuenta” del devenir del objeto de sus des-velos.
Pero sabernos que las contraseñas sólo sirven para delimitar pertenencias, y que
apartarse de un camino es apenas una oportunidad para avanzar por otros, necesaria pero no
suficiente.
¿Nuestro objetivo empírico de referencia será entonces “lo grupal”, en lugar de los
grupos? O ¿”lo grupal” será el objeto de una teoría que estamos intentando construir?
Ni lo uno ni lo otro orientan nuestras búsquedas, que sin embargo se obstinan en
“perseguir” lo grupal. Propondría entonces rendirnos provisoriamente ante nuestra propia
obstinación, y declarar que perseguimos lo grupal como nuestra particular utopía teórica. ¿Y de
que tratara “eso” grupal, que perseguimos? Debemos reconocer que es por el momento una
idea un tanto evanescente: cierta “fuerza”, cierta capacidad productiva que en los grupos
construye “figuras” en las que a su vez éstos se sostienen; la especificidad de los lazos que
anudan los colectivos y que al mismo tiempo los constituyen; las condiciones de su producción
y lo específico de sus producciones.
Pero sabemos que el modo en que se ponga en pie a estas preguntas habrá de instituir
las formas teóricas y prácticas que organizarán sus horizontes, la agudeza de su mirada, sus
miopías y sus cegueras: una genealogía de los dispositivos que se han ido produciendo en
relación a la especificidad del “plus” grupal, ha sido realizada por Ana Maria Fernández en su
libro El campo grupal1, y es elocuente en ese aspecto. Apoyándonos allí, proponemos pensar
los diferentes emprendimientos que han intentado “abrir visibilidad” sobre la cuestión grupal,
como trabajos de montaje de dispositivos teórico-técnicos cuya puesta en marcha aspira a
nominar, significar, organizar y dirigir el sentido de las fuerzas de producción colectivas. Los
casos de Elton Mayo, Le Bon o Pratt son paradigmáticos a ese respecto, como creemos que lo
es, aunque en otro sentido, la obra de Pichon, sobre la cual se estructura este trabajo. Ahora
bien:
Ana Fernández distingue en El campo grupal entre el “dispositivo de los grupos” y los
diversos dispositivos grupales. El primero (en un sentido foucaultiano) surge en el terreno de
las relaciones sociales como una preocupación por saber sobre grupos, por organizar grupos,
por trabajar con grupos. Los dispositivos grupales serian aquellos montajes específicos,
aquellas producciones teóricas y técnicas que territorializan un saber y un hacer específicos
con grupos. Recordemos que es para Michel Foucault un dispositivo:

1
Ana Maria Fernandez, El campo grupal. Notas para una Genealogía, Buenos Aires, Nueva Visión.

1
…un conjunto resueltamente heterogéneo que implica [...] discursos, [...] leyes, [...]
medidas administrativas, [...] proposiciones morales, [...] en síntesis, tanto lo dicho
como lo no dicho, he aquí los elementos del dispositivo. [...] En segundo término,
[...] la naturaleza del vinculo que puede existir entre esos elementos heterogéneos.
[...] En tercer lugar, por dispositivo entiendo una especie-digamos- de formación
que, en un momento histórico dado, ha tenido como función principal la de
responder a una urgencia. El dispositivo tiene pues una función estratégica
dominante2.

Lo cual nos remite a la cuestión de la demanda social. Esta se refiere a cuestiones que en
lo “real social” adquieren relieve suficiente como para constituirse en problemas a ser
pensados. Lourau3 define la demanda social como “la carencia o desproporción existente entre
el estado de las relaciones sociales y el estado de la producción”. Y distinguirá, citando a
Herbert, la demanda de lo que llamas “requerimiento social”: si la demanda entrara un
desfasaje, un vacío en el tejido de lo instituido y en sus tramas significativas, el requerimiento
será su formulación. Ese vacío, la demanda, tenderá a ser nominado, designado y por lo tanto
capturado por un orden de significación. “El requerimiento social es la segunda faz de la
demanda. Significa que la demanda que emana de las relaciones sociales determina de una
sola vez no solo la producción del objeto sino también la manera en que será consumido, de
modo que puede decirse que las condiciones de existencia del producto son también su
destino.” El hueco tendrá que ser llenado, recubierto de algún significado “afín” incierto. Y de
cual sea el significado que allí se instale dependerán luego las condiciones de producción,
circulación y consumo que organicen ese espacio social.
Postulamos que este “plus” grupal que perseguirnos no escapa a estas reglas. Y que los
diferentes dispositivos grupales pueden pensarse como diferentes estrategias para designarlo,
organizarlo y definir su sentido. Por lo tanto, está en juego allí su apropiación.
Si tomarnos a Elton Mayo, su descubrimiento podría secuenciarse así:
• indagación de las causas por las cuales un conjunto humano (en este caso obreros de
una empresa), produce comportamientos más o menos inespecíficos que se definen por no ser
óptimos desde el punto de vista de lo que la institución-empresa espera de ellos, que por lo
tanto aspira a “mejorarlos”;
• descubrimiento de un “plus” de lazo social capaz de producir efectos significativos;
• inclusión de esta “variable” como una fuerza productiva al servicio de los objetivos
requeridos por la conducción empresaria (que están presentes en la investigación desde el
inicio).

La preocupación de Le Bon es otra: aquí se trata de formaciones colectivas “fuera de su


cauce”. Es decir de aquello de que son capaces cuando están “fuera de su control”.
Transparente preocupación por la fractura de lo instituido, que se transfiere en fractura de todo
orden posible: lo instituido se identifica con la Razón, propia de lo humano; su desborde con la
animalidad, con el instinto capaz de todos los excesos. Sin duda, un fantasma insurrecto
recorre el mundo, y Le Bon se lanza a conjurarlo. La operación retórica que emprende es
propia de su posición: el Anatema. Y si el anatema es su expresión en el piano del lenguaje, su
correspondiente respuesta técnica es el control social: cómo hay que hacer para que tales
cosas no sucedan. Prevención, control para que las masas no se formen. Y cuando esto no
alcance... el argumento está servido: ya se sabe que con las bestias no se puede razonar.

¿Cómo situamos aquí el trabajo de Enrique Pichon Rivière? Este define a “su” Psicología
Social como una critica de la vida cotidiana. Y et trabajo de la critica instala una particular
distancia respecto a su objeto, distancia que deberá hacer posible que ese objeto pueda
desplegar sus múltiples facetas, revelar sus claroscuros, descubrir las marcas que en él ha
dejado el trabajo de su gestación. Y Pichon irá a buscarlo en la vida cotidiana. Una particular
“elección de objeto”, porque atravesando el campo de la institución psiquiátrica y la institución
psicoanalítica, ira a buscar allí donde los sujetos se encuentran “en sus condiciones concretas
de existencia”.
Pichon será, que duda cabe, un pionero entre “...Aquellos actores 'psi', que formaron
parte de la intelectualidad crítica, confiaban en el futuro y creían que los profesionales tengan
un papel en la construcción de una sociedad más justa. Interrogación del lugar social del

2
Michel Foucault, “El juego de Michel Foucault”, en El discurso del poder, Folios Ediciones.
3
Rene Lourau, El analisis institutional, Amorrortu, cap. 5.

2
especialista y responsabilidad del intelectual como critico es la fórmula que resume el clima
subjetivo dominante”4. (El autor se refiere a las décadas del '60 y '70).
Pero no es el tema del intelectual el que atrae nuestra mirada, sino el sesgo que toma la
indagación de Pichon sobre la vida cotidiana al entramarse con la construcción de una peculiar
herramienta: el grupo operativo.
Porque esta herramienta se propone insertar en lo cotidiano un espacio crítico cuyo
protagonista no es un pensador individual sino el trabajo del pensamiento ejercido
colectivamente. Es el grupo el que “produce y se produce” en una cierta distancia critica
respecto de las condiciones de su producción. Y en ese movimiento, Pichon diseñará una
función de coordinación como un operador estratégico que se define por trabajar instalando
esa distancia.
¿Por que trabajar hoy estas cuestiones? ¿QuÉ es lo que hoy nos incita?
Primero, porque creemos que el abordaje pichoniano de la temática de la vida cotidiana
deja abierta la posibilidad de pensar esta tensión entre lo grupal y las formaciones concretas
en que lo grupal se anuda. Buscamos allí pistas para “perseguir lo grupal” un paso más allá de
los dispositivos técnicos en que suele quedar capturada.
Segundo, la dificultad. Suele señalarse hacia el momento de la instauración del terror
militar como el inicio de una etapa en que no ha sido cosa fácil instituir grupos en nuestro país.
Sigue sin serlo, y muy especialmente en los espacios de “lo publico”. Este atañe sin duda a
nuestra cotidianeidad y mueve a interrogarla. También es común decir que en aquellos días,
formar grupos era de inmediato sospechado y aun prohibido o expuesto a las acometidas de la
maquinaria del crimen investida en aparato de estado. Cabe aquí hacer una distinción, que
permite poner a prueba la distancia entre “los grupos” y “lo grupal”. En rigor, nunca nadie
censuró la conformación de grupos “en general”; los siniestros “grupos de tareas” dan
testimonio de ello. Sí la de todo grupo sobre el que no se ejerciese el “debido” control. Esto es,
sobre la potencialidad de que lo grupal, esa fuerza de lo colectivo, se desplegara en cualquier
dirección no prevista por el disciplinamiento al que el conjunto del pueblo debía someterse.
Nos parece útil esta distinción, porque nos permite avanzar sobre algunas
preocupaciones actuales. La dificultad subsiste. Y ya no nos alcanza con pensar en las secuelas
del terror como en una teoría del trauma llevada a lo social.
En los diferentes espacios por los que transitamos, en la tarea hospitalaria, en el trabajo
con alumnos, se va haciendo evidente que agruparse ha dejado de ser un movimiento que se
da espontáneamente a la conciencia cotidiana. Agruparse, hoy, es un trabajo. Cuesta, y la
gente se pregunta si valdrá la pena. ¿Será una pena, agruparse?
Seguramente que a la sombra muerta-viva de la dictadura se enlaza aquella del
omnipoder económico en una especie de resultante-mortífera cuyo enunciado seria “nada
puede verdaderamente instituirse”. En esta suerte de darwinismo social y profesional donde la
autoconservación parece la preocupación dominante y el otro un competidor en acto o en
potencia, la fuerza crítica de lo grupal no es algo que aparezca por si sola posible o necesaria.
Quienes perseguimos lo grupal, sabemos que hacen falta grupos para que lo grupal se
despliegue. Y que en estos tiempos en que agruparse no es un gesto cotidiano, hace falta
“inventar” condiciones que lo hagan posible. Este trabajo quiere preguntarle a Pichon acerca
de su invento, lo grupal, la vida cotidiana y sus condiciones de encuentro y desencuentro.

¿Por qué pensar lo cotidiano?


Lo cotidiano es lo de todos los días. Lo ordinario, por oposición a lo extraordinario.
Ordinario, ya que está en orden. El orden cotidiano, por lo tanto previsible. Y preguntarse
desde una disciplina que se quiere científica por lo previsible puede ser casi una banalidad
Por qué entonces la cotidianeidad se convierte en un interrogante para Pichon (que quiere
hacer ciencia), debería ser por lo menos un interrogante para nosotros.
Veamos: ¿sólo Pichon se pregunta sobre la cotidianeidad?
Lo primero que dispara en nosotros este interrogante es el reconocimiento de lo obvio:
que el cuerpo social que habitamos se viene preguntando acerca de lo cotidiano desde hace
bastante tiempo, y que pareciera que cada vez hubiese más preguntas alrededor de esto. ¿Qué
sentido tiene sino la profusión de publicaciones que tratan temas como la pareja, las relaciones
informales o la crianza de los hijos? Si hay algo que la humanidad ha venido haciendo desde
siempre es tener hijos y criarlos de alguna manera. Sin embargo, pareciera que si una legión
de páginas impresas con instrucciones no se suman a la voluntariosa brigada de doctores
televisivos que acompañan a los profesionales que habrán de tomar a su cargo el conducir los
pasos de los que se encuentran en tal trance, éstos se verían sumidos en el mayor estupor y la
mas absoluta impotencia.
4
Marcelo Percia, “Introducción al pensamiento grupalista...”, en Notas para pensar lo grupal, Lugar Editorial.

3
La difusión que los saberes del campo “psi” tiene en estos tiempos nos está diciendo
algo. Lo primero que nos dice es que existe una enorme demanda acerca de ciertos
quehaceres de la vida cotidiana. Creemos, aunque este planteo excede los marcos de este
trabajo, que esto tiene todo que ver con la constitución misma de estos saberes como tales.
Cuestiones que hace siglos no lo eran simplemente porque aparecían respondidas antes de ser
formuladas (desde la tradición, la sabiduría popular, los aprendizajes transmitidos de padres a
hijos y por los infinitos capilares de los agrupamientos sociales), son hoy capturados por
dispositivos de saber institucionalizados. Allí donde lo cotidiano era planteado y respondido en
lo cotidiano, allí donde la memoria de la comunidad daba respuesta de un modo “natural”, hoy
hay un hueco: a eso llamamos demanda. Pero se trata de un hueco virtual: está ya formulado,
institucionalizado. Es, ya, requerimiento.
Se requiere información, asesoramiento, curación, alivio al sufrimiento, consejos ante la
incertidumbre, certidumbres ante al sufrimiento y la duda.
Se nos requiere, a quienes operamos en este campo, en mayor o menor consonancia con
lo que tenemos para ofrecer: un dispositivo “psi” nos incluye entre sus elementos y, lo
sepamos o no, es desde allí que pensamos nuestra propia práctica. Allí se entrecruzan, entre
otras cuestiones, las que hacen a la producción, distribución, cambio y consumo de nuestro
(“¿nuestro?”) saber. La “naturalización” a-critica del espacio que ocupamos oculta la compleja
trama de su génesis, que no se agota en los recortes polémicos de corrientes teóricas que
pugnan por la hegemonía do ese mismo espacio. Pichon Rivière será, en este sentido, un
“desnaturalizador”, un terco y persistente impugnador de lo dado, en los propios dispositivos
institucionales en que le tocó actuar. Fundador de la APA, dirá:

La evaluación de la práctica analítica, tal como se desarrolla a partir de las


instituciones que vehiculizan la teoría, permite hoy la caracterización de la praxis
psicoanalítica actual como una de las formas del individualismo al servicio de la
adaptación pasiva5...

La institución psicoanalítica; la institución psiquiátrica: hay siempre en Pichon un estar


dentro y fuera al mismo tiempo; una tensión en la que siempre se pone en cuestión el modo en
que “algo” se piensa a si mismo. Hay siempre un “más allá” que habrá de ser interpelado, cuyo
sentimiento escapa a cómo algo se “manifiesta”, se dice ser. La interpelación de la vida
cotidiana es también interpelación de la cotidianeidad de la vida institucional.
Ensayaremos explorar esta producción crítica, poniendo en contacto tres series de
cuestiones:

1. Experiencias. Se trata de ciertas situaciones de crisis a las que el propio Pichon sitúa
como “claves” en el desarrollo de sus concepciones. Intentamos pensarlas como aquella
demanda a la cual habrá de responder.
2. Huecos y herramientas para pensar. Se tratará de pensar esas intervenciones de
Pichon en tanto cuestionadoras de los dispositivos institucionales en los que tienen (y al mismo
tiempo no tienen) lugar. Y de rastrear ciertas relaciones entre esas operaciones de “critica
práctica” y las herramientas conceptuales, teóricas, con que Pichon habrá de pensarlas.
3. Búsquedas. A partir de allí, ensayaremos algunas reflexiones que deseamos se sitúen
en la dirección de esta crítica de la vida cotidiana que, como decíamos al comienzo, sentimos
como un legado que urge revalorizar.

Experiencias6

Experiencia I. Fútbol y Psiquiatría

V. Zito Lema: - ¿Dónde se inicia en la práctica psiquiátrica?


E. P. Rivière: - En un asilo de oligofrénicos, cercano a Luján. El Asilo de Torres. Y una
de mis primeras tareas fue organizar un equipo de fútbol.

¿Habrá alguna relación entre fútbol y psiquiatría? En principio, creemos percibir por lo
menos dos. Una, tiene que ver con una actitud del propio Pichon como sujeto; una posición
activa y en búsqueda permanente de alternativas frente a lo instituido. Hay en este simple

5
Enrique Pichon Rivière, Del Psicoanálisis a la Psicología Social, Nueva Visión.
6
Las citas de este apartado pertenecen a Conversaciones con Enrique Pichon Rivière, de Vicente Zito Lema, Ediciones
Cinco

4
acto de organizar un equipo de fútbol, una percepción del “campo” desde un ángulo diferente
del prescripto.

“Descubro que simplemente se los asila, se los esconde, pero no hay ningún
tratamiento metódico... se me presenta la necesidad imperiosa de crear, porque no
hay nada.7”

El mensaje paradojal de la institución es “aquí estás, para hacer algo que no se sabe que
es, pero que está claro que no podrás hacerlo” (el entrecomillado es nuestro). Pero ver
potenciales jugadores de fútbol allí donde “había” sólo oligofrénicos supone otra mirada, otra
nominación, otra relación social posible. No será entonces arbitrario pensar que es desde esta
posición que Pichon dudará del “diagnóstico” ya instituido, y habrá de afirmar después de
investigar a la población del Asilo, que el 60% de los internados no presenta evidencias de
“causas” orgánicas que expliquen su retraso, y abrirá horizontes a un tratamiento posible.
La segunda relación que nos interesa señalar, apunta a percibir en las practicas sociales
las tramas en las que los sujetos se configuran: “...eran susceptibles de ser educados... se
trataba de enfrentar problemas de aprendizaje y comunicación...”
Para esto nos apoyaremos en la experiencia fundante de los grupos operativos.

Experiencia ll. a) Enfermos y Enfermeros

E. P. R.- Al tiempo [...] paso a desempeñarme en el hospicio de las Mercedes, hoy


Hospital Borda: estuve allí mas de 15 años.
V.Z.L. - ¿Cuales fueron los mayores problemas que encontró en el Hospicio'?
E.P.R. - [...] el problema del enfermo abandonado... aproximadamente 4.500
enfermos [...] más del 60% estaban abandonados. Además, soportaban un trato
pésimo [...]. La tarea inmediata fue formar grupos de enfermeros. Me di cuenta de
que el mal trato que recibían los internados provenía en primera instancia de los
enfermeros, que no tenían el menor conocimiento sobre el asunto, es decir, los
problemas de la salud y la enfermedad mental. Allí me lancé a la obra, en un
periodo en que era Jefe de la Sala de Admisión. [...] Estaba convencido de que el
punto neurálgico de esta situación crítica eran los enfermeros. Por eso decidí
empezar con ellos, y así creo una técnica que llamaría después de “grupos
operativos”. En esos grupos discutía con los enfermeros los diferentes casos [...] el
aprendizaje fue sorprendente […] su dificultad era que no podían conceptualizar (la
experiencia) [...] adquirieron una lucidez mucho mayor, y a la vez, el trato con los
enfermos mejoró... ya no eran unos “pobres locos”. Después, tuve que enfrentar
una situación de emergencia [...] me vi privado de enfermeros en la sala. Hubo que
hacer un curso de enfermería con algunos pacientes [...] en forma grupal. [...] con
el encuadre de “escuela de lideres” [...] las consecuencias derivadas de la
conversión de los enfermos en enfermeros, que no solo trataban a sus compañeros
con mayor dedicación sino que eran mas competentes que los profesionales a los
que reemplazaban. Por ultimo, estos internos mejoraban ostensiblemente su salud
mental [...] La información... nos alimentó y capacito para construir... todo el
E.C.R.O.

Hablamos, pues, de ciertos cortes y rupturas en dispositivos institucionales. Intentamos


pensar cómo estas rupturas prácticas abren un espacio a una ruptura “segunda”, que es del
orden del conocimiento: en todas las instituciones hay pliegues en los que ciertas prácticas
alternativas son posibles. De lo que se trata aquí, es de que Pichon, además de instituirlas,
intenta dar cuenta de ellas.
Se trata de que además de posibles se tornen visibles y pensables en su articulación con
el conjunto de las practicas institucionales (incluida su racionalidad como tales).

b) Admisiones

“...y así me lancé a la obra, en un período en que era Jefe de la Sala de Admisión”.
Admisión: allí se decide quién es admitido y quién no. Es la frontera donde se separan
“los de adentro” y “los de afuera”. Es también la aduana que clasifica que clase de productos
es el que entra, lo identifica, lo designa, lo asigna a un lugar “dentro del adentro”. Allí se llega
casi siempre acompañado, traído muchas veces, pero se atraviesa solo.
7

5
Buen lugar para preguntarse quién se queda y quién se va. Ya lo dice la voz popular: “no
están todos los que son ni son todos los que están”...
Y Pichon pregunta “qué” se queda y qué se va en esta especie de rito iniciativo al revés,
por el cual alguien es traído (generalmente por su familia) y queda “depositado” en un
“adentro” que lo separa radicalmente de los que lo han portado hasta allí.

Desde los primeros años de estudiante trabajé en clínicas privadas, adquiriendo


experiencia en el campo de la tarea psiquiátrica, en la relación y convivencia con
internados. Ese contacto permanente con todo tipo de pacientes y sus familiares me
permitió conocer en su contexto el proceso de la enfermedad, particularmente los
aspectos referentes a los mecanismos de segregación8.

Primer resultado de esta indagación acerca de lo que allí se articula: este acto de
depositación dice más de lo que quisiera. Lo que el loco “porta” es, obvio, la locura. Pero el
loco es “portado” hasta allí, en un intento de descargar “eso” que no se soporta. Y esta mirada
irá develando cuánto de juego colectivo se muestra desplazado y condenado en la producción
psicótica. Un juego en el que ha hecho crisis un precario equilibrio familiar, a través de un
sujeto que balbucea incoherentemente los secretos que otros callan.
Entonces Pichon, pionero, dirá que no es posible resolver con uno aquello que es de
todos. Dirá que el sujeto que enferma es el “emergente” del grupo en el cual él se ha
constituido, ocupando un lugar -un rol- en el juego colectivo. Y que, por la misma razón, “porta-
la-voz” de lo que pugna por ser dicho, de aquello que mientras no sea dicho reproducirá el
mismo desconocido argumento en boca de actores cada vez mas estereotipados a fuerza de no
querer escuchar ni escucharse. Aquel que no se soporta, será el eslabón roto de la cadena,
aquel sobre el cual se descargó la mayor tensión y a través del cual el sistema hará crisis.

Huecos y herramientas para pensar

¿Qué herramientas para pensar qué?

En el marco de una crisis, en la búsqueda de respuestas para una nueva configuración del
mundo se constituyeron las “Ciencias del Hombre”.
La disolución de los lazos que ligaban a los sujetos entre sí y con los objetos de su
práctica en un orden social rígidamente estructurado y legitimado, el orden feudal, recorta a
los ojos de Occidente un “algo” que, despojado de los referentes que hasta allí le eran
adscriptos y por ende consustanciales, habrá de ser esa abstracción: el Hombre. Conocer al
Hombre, como conocer a la Naturaleza, será para esta (Re)naciente y ávida visión del mundo9
que allí comienza a estructurarse, “inteligir” sus procesos, establecer legalidades, dominar,
predecir, controlar.
Si la Naturaleza esta “escrita en caracteres matemáticos” (Galileo), será, mas allá de lo
aparente, una máquina perfecta. Y entonces será una aspiración válida de su perfecto
conocimiento, que equivaldría así a su perfecto dominio. Y el Hombre será, como parte de la
Naturaleza, también una máquina perfecta en su legalidad, cuyas anomalías, sus “fallas”, la
Ciencia se propondrá conocer para poder resolverlas. Tanto el discurso médico, como el
discurso sociológico y el discurso psicológico aparecen instituidos desde y atravesados por esta
mirada acerca del “bien funcionar”, sus perturbaciones y cómo remediarlas. Perturbaciones
que, siéndolo de una maquina perfecta en si misma, constituirán el capítulo de sus Patologías.
Por lógica consecuencia la causalidad del enfermar, lo patogénico, habrá de ser pensado
como extraño al propio organismo. Será obra, entonces, de algún agente externo o estará
alojado “dentro” como anomalía excepcional e individualizable. Con lo cual el “extraño” para
ser el individuo o la “clase” de los afectados, “anormales” respecto de la especie. La detección
precoz de los “déficit” esta en el origen, por no dar más que un ejemplo, de la confección de
“tests”10. “Posiblemente haré aparecer que alrededor del siglo XVIII surge -por razones
económicas, históricas, etc.- un dispositivo general en el que Freud tendrá su lugar”, dirá
Foucault11. Lugar éste no pasivo, no mero reproductor de un discurso social generado “en otra
parte”, pero tampoco independiente del tejido social en el que se gesta, ya que será desde y
hacia este mismo tejido social que la critica hará su trabajo. Y es en este sentido que nos
proponemos vertebrar alrededor de dos- ejes esta mirada sobre la crítica pichoniana; puesto
8
Enrique Pichon Rivière, El Proceso Grupal, Prólogo. Buenos Aires, Nueva Visión.-
9
Juan Carlos De Brasi, Subje tividad, Grupalidad, Identificaciones. Ed. Busqueda. Grupo Cero.
10
Stephen J. Gould, La falsa medida del hombre, Ed. Hyspamerica.
11
Michel Foucault, “El Juego de M. Foucault”, en El Discurso del Poder, Ed. Folios.

6
que creemos que dos fuertes líneas de pensamiento que llegan hasta nosotros aparecen
impugnadas por Pichon:
• una, la que sanciona la antinomia entre lo Individual y lo Social;
• la otra, aquella que traza la escisión entre lo Normal y lo Patológico.

Se busca diluir el fantasma que atraviesa las operaciones grupales, fantasma que
confunde las acciones en grupo (dispersivas e intrascendentes) con las experiencias
grupales que se realizan orientadas por una concepción desde la cual se analizan y
significan12.

Decíamos al comienzo que intentaríamos algunas (sesgadas, intencionadas)


correlaciones: oligofrénicos que vegetan, psiquiatras inoperantes, enfermos abandonados,
enfermeros violentos, familias que “depositan”. ¿Se podrá pensar que hay en un partido de
fútbol algo más que un espacio de recreo en la abulia general del Asilo? ¿Cómo “diluir el
fantasma” que atraviesa a estos enfermeros mal-tratados y mal-tratantes, capaces sin
embargo de modificar su vinculo con los pacientes y con su propia práctica a través de su
inclusión en estos grupos de información y reflexión?
¿Cómo se “analizan y significan” hechos tales como el que los enfermos cubran las tareas
de la enfermería profesional y, además, lo hagan “mejor” que aquellos? ¿Cómo pensar este
efecto casi involuntario, no buscado, de que ello revierta en la notoria mejoría de estos
pacientes?
Hay en cada una de estas “experiencias”, un corrimiento de los actores respecto de los
lugares y los papeles que les eran asignados en el “libreto” institucional. Las intervenciones de
Pichon abren allí un juego diferente, donde se descongela aquello que de cada cual se espera.
Y aquello que se espera, las expectativas puestas sobre cada actor institucional, configura un
“interjuego de roles”, de papeles, donde el “drama” colectivo se entreteje como “trama”
subjetiva, interna, en la cual el otro y lo otro de la realidad no serán externos, marco, sino
constitutivos de la subjetividad. Nuevamente: oligofrénicos que vegetan, enfermeros violentos,
psiquiatras inoperantes, enfermos abandonados, familias que “depositan”. Nos parece que
Pichon ha captado cierta lógica que subyace a estas situaciones diversas, y que es sobre ella
que orientará su crítica. Una lógica a través de la cual aquello que aparece desde la realidad
escapando a una red de sentido, se configura como amenaza para un cierto orden que esa red
de sentido garantiza. Una lógica que, al clasificar como “diferente”, al mismo tiempo
negativiza, sustancializa y excluye aquello de lo que debe apartarse para seguir siendo garante
de un orden “positivo”13.
A partir de allí, y en relación a las impugnaciones a que aludimos más arriba, hay dos
direcciones en que la crítica (teórica) de Pichon nos parece desplegar sus interrogantes y la
búsqueda de “herramientas” para pensar:
1: Lo de adentro y lo de afuera. Un modelo para pensar la exclusión.
2: Lo subjetivo y lo social.

l. Lo de adentro y lo de afuera

La enfermedad es la cualidad emergente, cualidad nueva que nos remite, como


signo, a una situación implícita, subyacente, configurada por una particular
modalidad de la interacción grupal, la que en ese momento resulta alienizante. El
enfermo es el portavoz por intermedio del cual se manifiesta la situación patológica,
que afecta a toda la estructura. Es decir que el portavoz (enfermo) es el vehículo
por el que comienza a manifestarse el proceso implícito causante de la enfermedad.
Podemos afirmar que todo proceso implícito llega a manifestarse por la aparición,
dentro del campo de observación, de una cualidad nueva en ese campo, a la que
denominamos emergente, y que nos remite, como indagadores, a un acontecer
implícito, [...] a un orden de hechos subyacentes. [...] Cuando emerge una neurosis
o una psicosis en el ámbito del grupo familiar, descubrimos que previamente un
grado determinado de inseguridad se ha instalado en el seno de ese grupo,
impotentizándolo. Esto significa dinámicamente que un miembro del grupo familiar
asume un rol nuevo, se transforma en portavoz y depositario de la ansiedad del
grupo. Se hace cargo de los aspectos patológicos de la situación en un proceso
interaccional de adjudicación y asunción de roles, que compromete tanto al sujeto
depositario como a los depositantes. [... J A partir de ese momento se completa el
12
Prologo a La Propuesta Grupal, Ed. Folios.
13
Rene Lourau, ob. cit, Introducción.

7
ciclo de elaboración de un mecanismo de seguridad patológica, desencadenado por
un incremento de las tensiones, que consiste en la depositación masiva, con la
posterior segregación del depositario por la peligrosidad de los contenidos
depositados. El interjuego de roles se caracteriza en esa situación por su rigidez e
inmovilidad14.

Melanie Klein ha descrito con rigor y claridad esta lógica de la exclusión: ¿qué es la
posición paranoide-esquizoide sino la depositación de lo malo afuera? ¿Qué será la cura para
Klein sino la asunción de aquello “apartado y escindido”, la instalación en la posición
depresiva, es decir, la reincorporación del ahora objeto total?
Ahora: ¿cuál será el motor, la causa primera que desplegara al psiquismo en este
proceso? Allí donde el psicoanálisis kleiniano se apoyará en los “instintos” y su “defusión”,
Pichon, en busca de conceptos que le permitan dar cuenta de la presencia de lo real-social,
pensará este movimiento en relación con las teorías que ubicarán a la relación adaptativa
entre el organismo y su medio al motor de la conducta15 y a la dialéctica necesidad-satisfacción
que tomará del materialismo dialéctico. La necesidad, dirá Pichon, es el fundamento
motivacional del vínculo.
¿Por qué hacemos aquí esta referencia? Si bien desarrollar críticamente lo que Pichon
denominó Teoría de la Enfermedad Única excede los objetivos de este trabajo, creemos
importante puntualizar algunas direcciones que a partir de allí vemos desplegarse16.
• a. Una reconceptualización de las posiciones kleinianas. Para Pichon, la llamada
Situación Depresiva Básica sería una matriz presente en toda situación vital significativa.
Esquemáticamente, esto supone que la percepción de una carencia que toda necesidad
implica17 promueve la desestructuración, la ruptura de un cierto equilibrio. Y esto será
necesariamente así dado que la percepción de la carencia implica la perdida de la ilusión de
completud18. Vivencia de caos y desestructuración, dirá Pichon.
Percepción de la carencia: aquí se abren desde esta concepción dos polos de una
dialéctica que recorrerá toda la vida del sujeto en tanto sujeto de la necesidad, que es aquí
sujeto deseante:
cambio-resistencia,
lo nuevo-lo viejo,
creatividad-repetición,
adaptación activa-adaptación pasiva,

serán diferentes expresiones de esta tensión siempre renovada. Así toda situación nueva
relanzará este movimiento. Y lo hará ya que por el hecho de serlo señala una carencia. En
efecto: “nuevo” será aquello que marca diferencia con lo que ya se posee, lo que desborda, lo
que no “encaja” en los marcos significativos precedentes. Por eso mismo se constituye como
diferencia, y por eso mismo “busca” ser significado. Y es en este sentido que aparece como
una amenaza virtual a un “orden” establecido. Cierta certeza narcisista puede ser conmovida,
y desatará entonces el incremento de las que Pichon llamará “ansiedades básicas” (re-
conceptualizando, como dijimos, las “posiciones” kleinianas):

miedo a la pérdida (de aquello que se posee);


miedo al ataque (de lo nuevo desconocido).

Se promoverá en consecuencia defensa y repetición. De modo que, y ésta es la idea


central que queremos destacar, “lo nuevo” es al mismo tiempo inductor de deseo y resistencia.
Es el obstáculo.

• b. A partir de este lugar que el obstáculo adquiere en la concepción pichoniana, es que


los temas de aprendizaje y salud se despliegan como expresiones de una misma problemática:
el problema de la praxis, de la relación entre realidad y subjetividad entendidos como
14
Enrique Pichon Rivière, “Una teoría del abordaje de la prevención...”, en El proceso grupal, Nueva Visión.
15
Véanse, entre otros, Daniel Lagache, Unidad de la psicología, Ed. Paidos y Jose Bleger, Psicología de la conducta,
Ed. Paidós.
16
Enrique Pichon Rivicre, “Una nueva problemática...”. “G. Operativo y enfermedad única”, “Una teoría de la
enfermedad”, Todos en El proceso grupal, Nueva Visión.
17
El concepto de necesidad no hay que entenderlo en este contexto en oposición al deseo como aparece en Freud, sino
como motor de la praxis constitutiva del intercambio hombre-naturaleza de la antropología marxista
18
Ana P. de Quiroga, Clases sobre T.E.U. 1ª Escuela de Psicología Social “E. P. Rivière”. José Rosenthal,
comunicaciones personales.

8
adaptación entre el sujeto y el mundo. El aprendizaje (que para Pichon es como decir “la
vida”), es una práctica que transita las distancias entre “mundo externo” y “mundo interno”. Y
esas distancias se miden en trabajo. Y trabajo es trabajo de aquello que hace obstáculo:
obstáculo epistemológico (Bachelard), que persiste en iluminar lo “ya visto”, dejando en la
sombra lo que amenace sus certezas; obstáculo epistemofílico, ilusión de completud,
inhibición, angustia; caminos diversos de lo mismo: la repetición.
Trabajo sobre los obstáculos que es trabajo sobre el trabajador, trabajo de la
subjetividad.
Trabajo entonces de y sobre las representaciones que de sí y del mundo soportan los
sujetos.

2. Lo subjetivo y lo Social

Decíamos anteriormente que esas “Experiencias” despliegan para Pichon una dramática
colectiva que se entreteje no como marco, contexto o pantalla de la vida psíquica de los
sujetos implicados, sino como trama interna, como la subjetividad misma.
A través de estas “experiencias”, el “otro” social, el “otro” institucional, el “otro” familiar,
aparecen no rodeando sino inscriptos en el mundo interno. Este será, justamente, ese espacio
en que la realidad dejó su huella.

En el tratamiento de pacientes psicóticos, realizado según la técnica analítica


y por la indagación de sus procesos transferenciales, se hizo evidente para mi la
existencia de objetos internos, múltiples “imago”, que se articulan en un mundo
construido según un progresivo proceso de internalizacion. Este mundo interno se
configura como un escenario en el que es posible reconocer el hecho dinámico de la
internalizacion de objetos y relaciones. En este escenario interior se intenta
reconstruir la realidad exterior, pero los objetos y vínculos aparecen con
modalidades diferentes por el fantaseado pasaje desde el “afuera” hacia el ámbito
intrasubjetivo, el “adentro”.
(...) la fantasía inconsciente, crónica interna de la realidad19.

Se trata, como se dijo, de poder pensar al otro como fundante de la subjetividad. Primera
y fundante “herramienta para pensar”, el Freud de “Psicología de las masas y Análisis del yo”,
que afirmaba que “...de este modo la psicología individual es al mismo tiempo psicología
social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado”. Así como aquel que en la
“Psicología para neurólogos” postulaba como fundante de la vida psíquica a aquella primera
experiencia de satisfacción que se recorta en el seno de un vínculo madre-hijo que es así
matriz social del sujeto.

El contraste que más sorprende al psicoanalista en el ejercicio de su tarea,


consiste en descubrir con cada paciente que no nos encontramos frente a un
hombre aislado, sino ante un emisario; en comprender que el individuo como tal no
es sólo el actor principal de un drama que busca esclarecimiento a través del
análisis, sino también el portavoz de un grupo social (su familia), con los que esta
comprometido desde siempre y a los que ha incorporado a su mundo interior desde
los primeros instantes de su vida20.

El hombre, un emisario. Un emergente de una situación que lo incluye.

Si bien estos planteos surgieron en una praxis y están sugeridos en parte en


algunos trabajos de Freud..., su formulación implicaba romper con el pensamiento
psicoanalítico ortodoxo... esa ruptura significo un verdadero “obstáculo
epistemológico”, una crisis profunda21.

Ruptura con una ortodoxia que, fuertemente marcada por un kleinismo “más kleiniano
que Klein”, poco puede decir a Pichon acerca de ese carácter fundante de lo social sobre el
cual está reflexionando, en el filo mismo de la antinomia Individuo-Sociedad. Está claro de qué

19
Enrique Pichon Rivière, El proceso grupal. Prólogo, Nueva Visión.
20
Enrique Pichon Rivière y Ana P. de Quiroga, “La Psicología Social” en Psicología de la vida cotidiana, Nueva
Visión.
21
Enrique Pichon Rivière, El proceso grupal, Prólogo, Nueva Visión.

9
lado del guión piensa la APA, que no dudarla en calificar de “proyectiva” cualquier alusión de
un paciente a la realidad “exterior” al consultorio.
Hablamos del filo que separa el “adentro” del “afuera”, lo individual de lo social. En este
juego inquietante, el conductismo social de George Mead será para Pichon una veta de enorme
riqueza.
Aun hoy sorprenden la audacia y la independencia de pensamiento de Mead, para quien
el lenguaje y la cultura toda poseen una relación de continuidad con las conductas adaptativas
de los animales. Y que se apoyará en Darwin para proveer de una original metapsicología para
pensar las continuidades y discontinuidades entre hombre-Naturaleza y hombre-Sociedad22.23
Respecto de la primera, porque habrá de situar al lenguaje como el nivel más complejo
de una escala evolutiva en la que la conducta será tanto más compleja cuanto más “tome en
cuenta las reacciones de los otros” hacia el sujeto de la acción. En esta escala, un “gesto
significante” (un puño cerrado, una mano tendida), esta destinado a provocar en el otro la
reacción que ese mismo gesto provocaría en nosotros mismos si estuviésemos en su lugar. Hay
allí una reacción que se anticipa, es decir que se juega primero en la interioridad del sujeto. Y
la inversa complementaria: la representación psíquica, será “gesto interiorizado”, que
provocará en nosotros como reacción inversa, aquello que el mismo gesto provocaría en
nosotros (y en otros) en la escena real.
Gesto significante que se hace “gesto simbólico” en el lenguaje, producción social por la
que una comunidad se hace “otro generalizado”, interioridad significativa para cada uno de sus
miembros, soporte de significación compartido y por eso previsible. Dirá Pichon:

Según este autor, en la mente de cada uno de nosotros no sólo asumimos


nuestro rol sino también los roles de los demás. Tenemos entonces una doble
representación de lo que está sucediendo: una adentro y otra afuera. Cada uno de
nosotros tiene un mundo interno poblado de representaciones de objetos en el que
cada uno esta cumpliendo un rol, una función determinada, y esto es precisamente
lo que hace la predicción de la conducta de los demás. La característica
fundamental de la inteligencia humana es la de poder prever una situación
determinada sobre la base de procesos de identificación con los objetos y la de
poder asumir internamente esos roles sin necesidad de expresarlos externamente24.

La mente como escena. Mundo interno como drama y como escenario de múltiples
“juegos”, como “grupo interno” a través del cual cada actor, “poblado de representaciones”,
juega, al decir de Pichon, el partido en la cancha interna. Concepción dramática de la
subjetividad presente en Melanie Klein25 que no en vano hará del juego la “vía regia” del
psicoanálisis de niños, concepción lúdica en Mead, para el que “jugar” equivale a tomar
alternativamente los “puntos de vista de los otros” hasta hacer de la mente un “precipitado de
roles”.
Pero hay en Klein una fuerte impronta individualista (antropocéntrica, dirá Pichon) e
instintivista, donde lo social, el mundo externo, será más bien apoyo y pantalla proyectiva para
el despliegue del conflicto intrapsiquico que dimensión productiva. Y hay en Mead un social
que se subjetiviza como “otro generalizado” mas bien en el orden del conocimiento; el conflicto
aparecerá, ya en el individuo como conflicto de roles o bien entre el “mi” y el “yo”, o los
aspectos más “personales” o más “internalizados” del self (si mismo)26.
Volvemos a las “Experiencias”: la depositación, la segregación, el aislamiento.
El problema que creemos que se le plantea a Pichon, es que el conflicto que él percibe no
esta instalado solo como conflicto intrapsiquico. Lo “apartado y escindido” en estas
experiencias lo es en lo social mismo, y el “mundo interno” como citábamos más arriba, se
habrá de desplegar para Pichon como “un escenario donde es posible reconocer el hecho
dinámico de la internalización de objetos y relaciones”, en el que “se intenta reconstruir la
realidad exterior”, que es el “campo de interacción” que en el caso de la emergencia de la
enfermedad resulta “alienizante”. Se trata entonces de pensar la producción social de sujetos
“apartados y escindidos”. La escisión en lo social mismo.

22
George H. Mead, Espíritu, Persona y Sociedad.
23
Deutsch y Krauss, Teorías en Psicología Social, cap. “Las teorías del rol”,
24
Enrique Pichon Rivière, “Vinculo y Teoría de las tres D”, en Teoría del Vinculo, Nueva Visión.
25
Melanie Klein, “La personificación en el juego de los niños”, Obras Completas
26
George Mead, ob. cit.

10
Para nosotros el individuo humano es un ser de necesidades que sólo se satisfacen
socialmente, en relaciones que lo determinan. El sujeto no es sólo un sujeto relacionado,
es un sujeto producido27.

Producción social de una subjetividad escindida, “juego dramático” que distribuye roles
de modo que la enfermedad y el dolor son producidos pero des-conocidos, como hijos
ilegítimos de ese mismo drama.
“El lugar teórico desde el que proponemos una revisión del esquema conceptual del
Psicoanálisis e intentamos una fundamentación de la psicología Social es el de la Dialéctica
materialista.”
“No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la
conciencia”28.
Dicho de otro modo: las ideas que los sujetos expresan no se explican por las ideas, sino
por la producción de ideas. Y la producción de ideas se encuentra articulada con el conjunto de
la producción social. Producción social que es, al mismo tiempo, producción y reproducción de
sujetos sociales. Producción, entonces, de subjetividad.
Ahora: ¿por que interesaría esto a Pichon Rivière?

• En primer lugar, es obvio que no está solo en la formulación de estos interrogantes. Si


el psicoanálisis ocupara un lugar de paradigma en el cuestionamiento de la Razón positiva, el
marxismo aparecerá como el gran cuestionador de los fundamentos “racionales” del orden
social instituido.
En el filo, como se dijo, de la antinomia Individuo-Sociedad, Marxista y Psicoanálisis se
perfilan para Pichon como las dos estructuras teóricas sobre las que puede asentarse la Crítica
de dos estructuras reales sobre las que se articula el sufrimiento humano: la fantasía
inconsciente individual y la estructura social de explotación del hombre por el hombre.
Dice Pichon:

La psicología social que postulamos tiene como objeto el estudio del


desarrollo y transformación de una realidad dialéctica entre formación o estructura
social y la fantasía inconsciente del sujeto, asentada sobre sus relaciones de
necesidad. Dicho de otra manera, la relación entre estructura social y configuración
del mundo interno del sujeto, relación que es abordada a través de la noción de
vínculo29.

Es decir que lo que trata de abordarse es una relación entre dos cuerpos teóricos que
hablan de dos “objetos”, hombre y sociedad, cuya relación dialéctica se postula. Estructuras
teóricas cuya convergencia será para Pichon un objetivo epistemológico.
De que no está solo en este esfuerzo pueden dar testimonio obras como la de Wilhelm
Reich y, entre nosotros, nombres como José Bleger, Marie Langer, Fernando Ulloa y todos los
que, “creían que los profesionales tenían un papel en la construcción de una sociedad más
justa”, pensaban que “el cambio social era posible, que iba a ser profundo y que estaba
inscripto en el sentido de la Historia”30

• En segundo término, recordemos: estamos tratando de pensar a partir de estas


“Experiencias” en las que la configuración de un campo real (digamos, no intrapsiquico) social,
institucional, grupal, aparece como determinante en la configuración de la realidad psíquica de
los sujetos comprometidos en él. Un cierto “libreto” distribuye “papeles” entre actores que, se
diría hoy, “son hablados” desde una trama que desconocen.
Ahora bien: si es “la vida”, “el ser social” el que determina la conciencia, esta razón de
ser de lo que en la conciencia aparece permanece invisible para ella, en una relación que será
para Marx de necesaria articulación y des-conocimiento. Desconocimiento no por ausencia de
representación sino, y sobre todo, por presencia de representaciones que dicen cómo es que
las cosas son. Dicen, por lo tanto, qué será posible ver y qué permanecerá invisible31.

Cuestión: ¿Y qué es para el sujeto aquello que se dice que las cosas son? ¿Pantalla
proyectiva? ¿Contexto? ¿Influencia?
27
Conversaciones con Enrique Pichon Rivière, ob. cit., cap. 6.
28
Karl Marx y Friedrich Engels, “La Ideología Alemana”, Obras Escogidas, Ed. Progreso.
29
Enrique Pichon Rivière, Del psicoanálisis a la Psicología Social, Nueva Visión.
30
Marcelo Percia, Introd. al pensamiento.... ob. cit.
31
Ana M. Fernández, El campo grupal, ob. cit., Introducción.

11
Si para Freud el pasaje de la necesidad al deseo se constituye en un campo
intersubjetivo, que se sostiene en la representación (huella mnémica de la experiencia de
satisfacción);
si en Marx, aquello que diferencia “al peor ingeniero de la mejor abeja”, no es la
perfección o la complejidad de lo que pueden construir, y si el que aquél pueda (y no pueda
dejar de) trazar sus diseños previamente en su cabeza, deba por lo tanto representar,
anticipar;
si “el partido habrá de jugarse siempre primero en la cancha interna”; entonces aquello
que se dice que las cosas son no será ni pantalla, ni contexto ni influencia, sino dramática
subjetivada que orienta y sujeta al mismo tiempo al designar que significan las cosas y que
lugar corresponde qué ocupe cada cual.
Pichon, decaímos, está buscando herramientas para pensar cómo es que desde lo social
mismo los papeles se distribuyen sin que los actores tengan conciencia del sentido de esa
distribución, que hace al sentido de su propia producción en tanto que sujetos.
Sentido de su producción en tanto que sujetos... sujetos a! sentido de su producción...
producción de su sentido en tanto que...
Conciencia del sentido de esa distribución... sentido de la distribución de la conciencia...
conciencia de la distribución de sentido...

“La psicología social es una de las formas que asume la crítica de la vida cotidiana”32,”
ruptura de la familiaridad acrítica”33 que apuntará a “interpelar el corazón de lo real”. Siempre,
puesta en cuestión de lo obvio, de la “naturalización”, que supone el sometimiento a las
condiciones “dadas”, ya que lo que se ha “naturalizado” “hace sistema” con las relaciones que
los hombres han establecido entre si y con los objetos que constituyen su mundo. Y al decir
que “hacen sistema” queremos decir que significan de un modo tal que orientan a los sujetos a
operar en su interior en términos que sostengan su reproducción.
Dice Bourdieu:

Las categorías de la percepción del mundo social son, en lo esencial, el producto de


la incorporación de las estructuras objetivas del espacio social. En consecuencia,
inclinan a los agentes a tomar al mundo social tal cual es, a aceptarlo como natural
mas que a rebelarse contra él. (...) el sentido de la posición ocupada en el espacio
social es el dominio práctico de la estructura social en su conjunto, que se ofrece
mediante el sentido de la posición ocupada en esa estructura34.

Podemos desde aquí volver a pensar que nos quiere decir Pichon cuando define a su
Psicología Social como una Psicología (crítica) de la vida cotidiana y, a la vez, como una
interrogación acerca del sujeto en sus condiciones concretas de existencia Presencia o
ausencia de interrogación, de crítica, en la que se juegan para Pichon dos posiciones que serán
paradigmas de salud o enfermedad: adaptación pasiva, como sometimiento a lo “dado”,
adaptación activa, como ruptura de esa “familiaridad acrítica” y toma de conciencia de las
condiciones de producción de lo “dado”. -
Citamos nuevamente a Bordieu:

El conocimiento del mundo social es lo que esta en juego en la lucha política, una
lucha inseparablemente teórica y practica por transformar o conservar el mundo
social transformando o conservando las categorías de percepción de ese mundo.

De allí que una crisis será, en los términos en que nos planteamos la cuestión al
comienzo, la apertura de un hueco, de un transitorio y parcial vacío de significación, y de una
lucha por significar un cierto campo. Lucha en la que está en juego el poder en dicho campo.
Así hemos querido pensar estas búsquedas de Pichon: no corno punto de llegada
convergente de las ciencias del hombre y de la sociedad (aunque el propio Pichon acariciara
ese sueño); sino como herramientas a las que recurre para pensar los huecos en que sus
practicas se insertan en tanto prácticas críticas.

Búsquedas

32
Conversaciones con Enrique Pichon Rivière, ob. cit.
33
Ana P. de Quiroga, Fundamentos del E.C.R.O., Ediciones Cinco.
34
Pierre Bourdieu, “Espacio social y génesis de las clases”, Rev. Espacios,

12
Quien nomina, clasifica (Bourdieu). Y al clasificar circunscribe campos de acción y
representación posibles e imposibles, incluye y excluye elementos, establece las operaciones a
realizar entre ellos, jerarquiza posiciones. La nominación establece “reglas de juego”. De modo
que la lucha por la nominación es lucha por establecer esas reglas, es lucha por la hegemonía,
es lucha por el poder.
No hay acción humana que no esté entretejida en un orden de significación socialmente
constituido; y a la inversa, no existe subjetividad que no esté implicada en una práctica social.
Y toda práctica social se inscribe en una red de significaciones que dirán que relaciones
tendrán allí lugar y cuales no lo tendrán. Por ejemplo, que lugar tendrá el malestar de esos
enfermeros cuya practica los enfrenta a diario con lo que no pueden entender, ni procesar, ni
tampoco dejar de percibir. Situación de maltrato que, no pudiendo pensarse, reproduce y
perpetúa maltrato hacia donde los canales de ciirculación de poder, lo permiten: hacia abajo,
un abajo en este caso en la indefensión más absoluta.
Ahora: ¿qué pasa si esa red deja pasar entre sus mallas prácticas que, justamente, no
tienen “lugar” allí? ¿Qué pasa cuando esa red no “contiene” la “materialidad” de la propia
institución cuyos sentidos organiza? Digamos... una institución que se piensa con “sus”
psiquiatras, “sus” enfermeros, “sus” locos y... un buen día, sus enfermeros no están...,
¿quedara sin respuesta?
Tratemos de pensar esto desde los conceptos de demanda y requerimiento que
definimos al comienzo: situábamos la demanda en la distancia entre ciertas prácticas
(producciones) y las relaciones sociales por las que estas producciones circulan. Veamos si
estos conceptos nos son útiles para situarnos frente a este suceso institucional:
Tenemos un concreto social en el cual cierta demanda se conforma; por ejemplo... qué
haber con los “locos”...
Esta demanda es tomada, nominada y formulada como requerimiento por una red de
significaciones que son sostenidas y a la vez son sostén de redes institucionales. Se constituye
así un “dispositivo”, que responde a una “urgencia” y que cristaliza, entre otras, en esta
institución singular35.
Y hay un suceso: una práctica instituida que, de pronto, se ve desbordada. ¿Por qué?
Porque este hospicio esta articulado con “sus” psiquiatras, “sus” locos y “sus” enfermeros. Y
los enfermeros no están. Repetimos la pregunta: ¿esto quedara sin respuesta?
Dentro o fuera de la institución la respuesta será formulada. Decíamos antes que las
situaciones críticas abren un campo a la lucha por el sentido. Y aquí vislumbrarnos por lo
menos dos caminos:

• uno sería la recuperación de esa demanda por el mismo dispositivo; la re-


inscripción del acontecer crítico en las redes de significación que sostienen la reproducción
socio-institucional. Digamos... la crisis es tal porque no hay enfermeros: los recuperamos o
ponemos otros en ese mismo lugar...
• El otro camino puede comenzar a andarse cuando las condiciones de producción
de la crisis son impugnadas. Allí se hace posible interrogar a la crisis en su productividad.
Creemos que esta posibilidad es la que en Pichon se abre cuando se permite escuchar este
efecto no buscado del recurso de emergencia que é1 mismo ha montado: esta praxis (práctica
pensada y pensamiento en práctica al mismo tempo) que los enfermos realizan ha producido
efectos sobre ellos mismos. Los enfermos se han hecho enfermeros... pero a la vez se
desenferman.
La “percepción del mundo social entrarla un acto de construcción”... “lo esencial de la
experiencia del mundo social y del trabajo de construcción que esta experiencia implica se
opera en la práctica” e implica “el sentido de la posición ocupada en el espacio social”36.
Hablamos, pues, de categorías operatorias. De allí que cuando decimos que la
hegemonía en el campo del sentido supone la capacidad (poder) de decir “cómo son las
cosas”, entendemos que están en juego sistemas de representaciones que son, para los
actores sociales, esenciales para la vida en tanto que orientan su acción. Y entendemos que en
la vida cotidiana están presentes ciertas grandes líneas de fuerza a través de las cuales se
batalla por la hegemonía37. En estas batallas plantearse la hegemonía es plantearse articularen
un sentido único la multiplicidad de fuerzas actuantes, y eliminar o neutralizar las que no
puedan ser incluidas. Así, creemos que en toda institución aparecen discursos que pugnan por
producir unificación en lo múltiple. Y lo hacen porque con ello aseguran que las operaciones

35
R. Lourau, ob. cit. Introducción.
36
P. Bourdieu, ob. cit.
37
Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel.

13
que los sujetos y los grupos realicen dentro de su campo significativo, están orientadas en el
sentido de reproducir las condiciones del mismo.
Es justamente desde aquí que nos interesa recurrir a la noción de crítica. Porque si
articulamos aquella lógica de la exclusión-sustancialización (de los enfermeros con la
enfermedad que no pueden pensar; de la familia frente a sus emergentes; del sujeto frente a
su síntoma), podremos pensar la crisis como situación en la que la reproducción mecánica,
“naturalizada”, ve desbordados sus límites. Encontramos que lo que abre una crisis, es una
fisura en el discurso unificador, en el sentido hegemónico, por la que otros sentidos pueden
hacerse oír. Y podremos situar a la crítica como interrogación acerca de las condiciones de
producción de la crisis; y con ello de las condiciones productivas y reproductivas del propio
dispositivo (incluido el orden de representación que lo significa, lo naturaliza y lo sostiene).

Lo cotidiano: Sentidos

Docente: ¿a qué nos remite lo cotidiano'?


Alumno 1: a lo que pasa todos los días.
Alumno 2: al “no pasa nada”.
(De una clase en la Facultad de Psicología de la UBA)

Curioso: podríamos pensar que con lo que pasa todos los días... no pasa nada. Lo
cotidiano, lo ordinario. Lo que está en orden, decíamos al comienzo. Si está en orden, no marca
diferencia. Lo cotidiano es así el ámbito por excelencia de la repetición, de lo ya respondido, de
lo que no esta en cuestión, de lo que es “natural” que sea como es. Y lo natural entendido
como ajeno a la voluntad y a la acción de los hombres, se nos presenta como a-histórico.
Y sin embargo, postulamos que es justamente lo cotidiano un espacio privilegiado para la
crftica. Y esto por dos razones:

• Primero, porque si retomamos la noción pichoniana de obstáculo, tendremos


que admitir que es sólo trabajando sobre éstos que el cambio se hace posible. Y si bien todo
obstáculo induce repetición, es sólo a través suyo que la repetición podría verse criticada (no
se puede combatir al enemigo en ausencia o en efigie, dirá Freud cuando enfrenta el obstáculo
transferencial). Es en lo cotidiano que puede criticarse lo cotidiano. “Donde hay poder, hay
resistencia” (Foucault). Creemos que el donde no está allí gratuitamente.
• Segundo, porque es también por los pliegues de la cotidianeidad que se filtran los
emergentes que los discursos unificadores del sentido “común” dejan en la invisibilidad. No
hay ninguna totalización lograda y acabada, no hay captura de lo múltiple que no deje escapar
de entre sus mallas esas impugnaciones sordas, ese deseo y esa demanda nunca del todo
instituidos.
Y es en ese sentido que crisis y crítica se articulan. La crítica es “puesta en crisis” de un
discurso, es trabajo sobre sus vacíos, sus límites, sus fallas. Y crisis es ruptura de un orden
“natural-naturalizado”, de un orden de sentido que designa “cómo es que las cosas son”.
Lo que las cosas son. Diríamos con Lourau, la positividad, la afirmación. “Esto” es una
escuela, donde se viene a estudiar; “esto” un hospicio, donde los enfermos mentales son
tratados para su curación; “aquí” se aprende a defender a la Patria. Es justamente esta
dimensión positiva la que aparece desbordada en un momento de crisis. “Esto” que se afirma
que es, aparece siendo también otra cosa. Aparece no-completo, no dueño de toda verdad
acerca de si. Es, en cierto sentido, lo que Foucault llamaría una “urgencia”.
En el mismo “lugar” se ubican los conceptos de “analizador” respecto de las
instituciones; de “emergente”, que Pichon acunará respecto de la relación entre el sujeto que
enferma y su grupo familiar y de “síntoma” como formación del inconsciente individual. Todos
estos “polos” sostienen-la carga de lo negativo, de lo excluido, de lo no visible. Desde la pura
positividad estas expresiones “no existen”, o remiten a un origen exógeno; o se clasifican
como negatividad pura (anomalía, defecto, disfunción).
El discurso de la positividad es un discurso de unificación, porque sostiene y legitima
poderes homogéneos en espacios heterogéneos.
Entonces, si pensamos una situación crítica como desborde de lo naturalizado, ósea
abrirá un espacio de demanda a partir del cual se librará una lucha por la imposición de
sentido. Nuevos sentidos pueden pugnar por nominar ese campo. Esto hace por cierto a la
potencialidad de una situación de crisis, no asegura su destino ni conviene pensarse en
términos de dialéctica progresiva la resolución de sus tensiones: bien pueden (las crisis),
resolverse en el sentido de reafirmación de las mismas condiciones en las que se generaron, y
resignificarse en su beneficio.

14
El trabajo de la crítica hace a la impugnación de las condiciones de producción de un
cierto dominio instituido. Recapitulemos que lugar ocupa para nosotros lo cotidiano en estas
“búsquedas”.
Dada la multiplicidad de sentidos que dispara la noción de “lo cotidiano”, proponemos
distinguir en ello tres dimensiones:

1. Por un lado, lo cotidiano como conjunto innumerable y heterogéneo de prácticas en las


que la vida de todo sujeto transcurre, y que son condiciones de su producción como tal. Lo son
en la medida que estas pr1cticas, discursivas y no discursivas, constituyen el “hábitat”, las
“condiciones concretas de existencia” de que hablaba Pichon, cuya significación es vital para la
constitución del sujeto como sujeto psíquico y actor social.
2. Un segundo sentido es el de la cotidianeidad como “naturalizada”. Aquí escuchamos el
significante “cotidiano” como representación desde el “sentido común” de aquella
heterogeneidad práctica. Aquí nos remitimos a la “naturalidad a-crítica” de que hablaba
Pichon. Sentido “común” en tanto que sentido “compartido por todos”. Recordemos a
Bourdieu: la nominación clasifica (instituye “clases”), organiza la multiplicidad de lo cotidiano
bajo un campo semántico. Y si decimos “común”, es porque lo heterogéneo queda así
estructurado con un sentido estratégico común. Se configura allí hegemonía.
3. Pero si en el campo de la vida cotidiana fluyen prácticas múltiples y heterogéneas,
éste será para nosotros el espacio mismo de lo conflictivo. Será allí que las batallas por la
aplicación de sentido tendrán un campo estratégico de disputa.
Si para Foucault el poder no es sino que circula, proponemos pensar a la vida cotidiana
como un verdadero “sistema circulatorio” del poder y, por lo tanto, de la resistencia. Lugar,
entonces, donde las fallas en lo instituido pueden abrir el espacio a la crítica, no como contra-
discurso, sino como práctica crftica. Esto es: como impugnación de la homogeneidad que
sostiene ese sentido “común” unificador.

Pistas

Decíamos al comienzo que aspirábamos a que este no fuese un juego vano y, dado que
la crítica de la vida cotidiana se nos presenta hasta aquí como un abordaje múltiple de un
universo múltiple, quisiéramos señalar algunas “pistas” que orienten el trabajo de la crítica.

1) Lo natural. Lo histórico

La memoria no es trivial ni es inocente: se instituye como soporte activo de posiciones


sobres las que a su vez se recuesta. El mito, en tanto relato acerca de los orígenes38 sostiene la
ilusión de lo presente y se proyecta en estrategias de futuro. Criticar lo instituido es des-
naturalizarlo, des-construir las formas de lo actual, restituyéndolas a un lugar de la historia. Y
des-naturalizar pasa por sacar los asuntos de los hombres del clima imaginario de las Ciencias
Naturales.
Que las “cosas” sean como son, es cristalización de un dominio que así significa a ese
universo bajo su mirada. Cristalización que sostiene (y se sostiene sobre) el “olvido” de si en
tanto que producto de una compleja trama y de múltiples combates. Con un objetivo
estratégico: evitar que su legitimidad sea puesta en duda. Criticar lo instituido es entonces
elucidar las condiciones de su producción.
No pensamos aquí en un trabajo para arqueólogos. Los rastros de la “historia no-oficial”
se sostienen en los pliegues clandestinos de las instituciones, resuenan en sus folklores
“menores”, prestan sus textos a resistencias diversas en mitos marginales. Se trataría así de
que otras historias puedan ser contadas y escuchadas ya que, como suele comprobarse tienen,
en boca de sus relatores, mucho que decir. Y, a la vez, son los relatores quienes podrán hablar
a través de sus relatos.

Otras “historias” son otras maneras de significar”LA” historia y por tanto, de poner en
duda la chata legitimación de lo dado. Como ya se dijo: los hechos han sido “hechos”;
entonces, nuevos hechos puedan producirse39.

2) Lo uno y Lo diferente

38
Armando Bauleo, “Psicología Social y Grupo”, en Contrainstitución y grupos, Fundamentos.
39
Juan C. De Brasi, “Elucidaciones sobre el ECRO”, en Lo Grupal 4, Ed. Búsqueda.

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El trabajo de la crítica debiera propiciar “los sonidos del silencio”; prestarse a la puesta
en palabras de lo que no se dice; improvisar escenarios para el despliegue de las formas
invisibilizadas por el discurso, la mirada, el oído que uniforma.
Las hegemonías, cristalizaciones de poder, como se dijo, suelen asentarse en una 1ógica
de la exclusión. “Toda la potencia del argumento reside en hacer de la exclusión un
mecanismo sin fisuras...”. “Los otros, en esa falta de pensamiento, siempre son desconfiables o
exterminables, simplemente por ser diferentes y no extensión de uno mismo.”40
Se trataría pues, del re-conocimiento de lo “apartado y escindido” por la lógica
totalizante; del despliegue de aquello que (síntoma, emergente, analizador), “late” plegado en
los márgenes de lo “UNO”
“Analizar es recuperar un espacio, desterritorializarlo, conjurar los efectos de
sobrecodificación o rotulación, posibilitando así la creatividad o el surgimiento de otros efectos
de sentido.”41

Recuperar un espacio

Se habla entonces de disputas, de luchas, de poder. Aquí se nos presenta un problema


serio, a veces soslayado en los abordajes de este campo de análisis que lo es también de
intervención: si el modo en que el mundo es percibido es función de la posición ocupada en el
espacio social (dado que lo que allí está en juego es su “dominio práctico”), la crítica de la que
hablamos no puede pensarse por fuera de las disputas por esos espacios. Para decirlo con las
palabras de Jacques Rancière: Un texto critico debe ser interrogado a partir del punto en que
“las posturas de palabra son posturas de poder”.42
Y el poder tiene que ver con lo que se puede. Desplegar una actividad crítica en un
espacio singular atañe, lo querramos o no, a la política. Porque atañe, seamos redundantes, al
poder. Y aquí la problemática a que aludíamos: creemos que el espacio posible y los límites de
un dispositivo critico serán función de las posibilidades “instituyentes” que actúen en ese
espacio mucho más que de su propia potencia e inventiva. Encontrar un lugar entre demanda y
requerimiento social o institucional; propiciar el despliegue de lo que late en el exabrupto o en
la queja; estos son apenas expresiones de un deseo, el nuestro, que va al encuentro de otros
deseos con modulaciones que llevan la marca de lo artesanal, no la certidumbre de un saber
largamente ejercido.
Y esto no es malo: las denostadas instituciones públicas nos brindan a diario la
“sorpresa” de muchos “enfermeros” que resisten a las tantas “formas de la muerte” que
insisten en instalar la fragmentación y la impotencia como estilo de vida.43 Creemos en una
práctica que se “preste” para este “trabajo crítico”, que resista en las instituciones, y muy
especialmente en los espacios públicos. No en el lugar imaginario de una crítica des-
encamada, cuyo análisis remite al problema de la implicación y que suele ser tributario del
narcisismo intelectual o político del operador, del que ninguno esta exento. Se trata pues de
estar atentos a algunos peligros, que amplíen nuestro “coeficiente de transversalidad” y de
advertir los efectos posibles de las intervenciones en las que se juegan plurales compromisos.
Recogiendo enseñanzas podemos recordar algunos:

1) Si este imaginario “operador” institucional, es honestamente “hablado” por su propio


deseo de instituir en lugar de facilitar encuentros posibles del deseo circulante en los otros,
suele ser la primera victima, ante la mirada vacía de aquella gente con la que, dirá luego,
“nada se puede hacer”.
2) Si, por el contrario, no esta tan ingenuamente “des-encamado” como su critica
“radical” puede aparentar, suele retirarse a escribir sus conclusiones con vistas a alguna
publicación, mientras los heridos de mal libradas batallas quedan en el campo, jurando no
dejarse agarrar otra vez para crítica alguna.

Si esta breve y precaria enumeración “casera” no dice con suficiente claridad su


pertinencia, bien puede el lector pasar revista a alguna de las centenares o aun miles de
experiencias que llevan este sello, y que han pululado por las instituciones públicas en el
40
Juan C. de Brasi, “Violencia y transformación”, en Lo Grupal 7, Ed. Búsqueda.
41
Osvaldo Saidon, “Hacia una clínica institucional” en Lo Grupal 7, Ed. Búsqueda.
42
Jacques Rancière, El concepto de crítica y la Crítica de la Economía Política, Prologo a la edición argentina, Ed. Noe.
43
En “El Témpano”, Juan Carlos Baglietto canta: “A veces cuando pienso que todo esta perdido, voy hacia alguna de
las formas de la muerte...” Los “enfermeros” aluden por cierto a la experiencia pichoniana en sus sostenedores
anónimos, cuyas reservas vitales no autorizan la desesperanza, a poco que se los pueda escuchar, trátese de enfermeros,
técnicos, maestros, etcétera.

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campo de la salud y de la educación especialmente, con mucha más fascinación por el propio
discurso, que compromiso con la transformación colectiva de esas mismas instituciones.
Queremos remarcar que de lo que se trata es de que los sujetos institucionales se encuentren
con sus deseos y poderes mutilados, reprimidos, silenciados; no de imponer sino de “disponer”
(prestar un dispositivo) facilitando estos encuentros en la dirección de una gestión colectiva. Y
no debiera olvidarse que esa “repetición” a veces tan tediosa e irritante para el observador, es
para los actores institucionales función de su “dominio del espacio practico”; que difícilmente
se modifique si otros “dominios” no comienzan a ser percibidos como posibles.

Lo posible, lo utópico y el espacio grupal

Docente:... lo u-tópico, es lo que no tiene lugar, lo que no está.


Alumno:... si lo utópico es lo que no tiene lugar, ¿cómo podemos hablar de la
utopía? No se puede hablar de lo que realmente no tiene lugar. Si se habla de lo
utopico, es porque en algún lugar está.

Si en los pliegues de lo cotidiano se ancla el poder, pero anida !a resistencia, entonces es


que los discursos fragmentarios, las memorias y los mitos marginales, los deseos insatisfechos,
tal vez nos hablen de “otros posibles”. Retomamos en esto algunas líneas planteadas por
Armando Bauleo: En Problemas de Psicología Grupal, dice del grupo: “lugar posibilitador de la
experiencia”, “organizador social de espacios de experiencia”, “momento práctico para
ejecutar y luego elaborar un pensamiento de cambio”; espacio entonces para el juego de la
dialéctica entre “lo utópico y lo posible”.
Resuenan también en nosotros líneas recientemente planteadas por Ana M. Fernández44
para quien el tema de la ilusión en los grupos remite no sólo al sentido ya clásico del engaño o
la ficción, sino también a aquel otro, fuertemente impreso en el lenguaje de lo cotidiano, de lo
ilusorio como quimera, como esperanza. Si en lo ilusorio habla el deseo, será también
configuración colectiva de “otros posibles”, utopía. Y lo grupal se inscribirá como espacio de
ese juego del deseo y la realidad, esa “dialéctica de lo utópico y lo posible” de la que hablaba
Bauleo.
¿Por que puntuar esto para cerrar y al mismo tiempo dejar abierto este trabajo?
Porque aunque el tema “grupos” como tal no ha sido un personaje explicito en estas
páginas, en ellas se entreteje desde el comienzo la reflexión acerca de “lo grupal”. Y, casi sin
damos cuenta, llevados por la lógica misma que en el texto se desenvuelve, en el espacio en
que nuestras nociones (e intenciones) se entrecruzan lo grupal se recorta por si solo.
Experiencia es confrontación, encuentro con la diferencia. Y el grupo es un espacio para
la confrontación. Aquí hay que retomar el concepto pichoniano de “tarea”.45 Tarea es (creemos
ser fieles a Pichon en esto), lo radicalmente “otro”, aquello que no se tiene y que por eso se
desea. ¿No se tiene? Recordemos la lucida objeción de aquel alumno: si se habla de ello,
entonces está. La tarea, o mejor el “proyecto”, será este juego de lo utópico y lo posible.
Pensamos en los grupos como dispositivos críticos, espacios en que la circulación de las
diferencias se configure en gestión colectiva de lo común. También como espacios de
resistencia. Vivimos en un tiempo y un lugar en que los discursos hegemónicos nos conminan a
aceptar que no hay mas realidad que la que designan sus palabras, mezcla rara de
hiperrealismo brutal y renegación de lo obvio. No creemos que los espacios grupales sean el
remedio para estos males. No somos tampoco devotos de lo grupal. Pero el ejercicio de la
crítica supone conflicto. Enfrentar una cierta “disposición” de las cosas y querer “disponerlas”
de otra forma es impugnar ciertas imposiciones de sentido.
Esto conlleva la doble marca del sufrimiento y la creatividad.

Hay que aprender a resistir:


ni a irse ni a quedarse,
a resistir.
Aunque es seguro que habrá
más penas y olvido.46

Difícil tarea, la de encontrarse sin ponerse en fila; reconocerse al mismo tiempo


diferentes y semejantes, singulares y solidarios. Aportar desde nuestro campo especifico en
esa dirección es el modo en que seguimos “persiguiendo lo grupal”.
44
Ana M. Fernández, Clases de Teoría y Técnica de Grupos, sept. 1989. Facultad de Psicología, UBA.
45
E. Pichon Rivière y A. Bauleo, “Noción de tarea en psiquiatría”, en El Proceso Grupal, Nueva Visión.
46
”Mi Buenos Aires querido”, en Juan Gelman “Obra Poética”, Ed. Cocregidor.

17
Artículo tomado de Fernández, Ana María y De Brasi, Juan Carlos
(compiladores): “Tiempo histórico y campo grupal”: Masas, grupos e instituciones.
Ed. Nueva Visión.
Buenos Aires.

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