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La narrativa breve de Alberto Ghiraldo: individuo

libertario, pueblo y multitud

Es habitual, cuando pensamos en aquello que el ingreso a la modernidad

echó a andar en nuestro país, desde la últimas décadas del siglo XIX y los

primeros años del XX, traer a la luz el tema de la construcción de la nacionalidad.

Otra cuestión, también recurrente al revisar esos años, hace al vínculo entre los

intelectuales, que actuaban en el marco de una incipiente consolidación del campo

cultural, y distintos sectores de la sociedad1, sobre todo aquellos que empiezan a

conformar lo que será, a posteriori, una cultura urbana subalterna. En este juego

que implica el doble movimiento moderno de constitución de lo subjetivo y puesta

en funcionamiento de una identidad colectiva, en este caso nacional, es donde se

instalan los intelectuales y escritores no pertenecientes al sector hegemónico que

desarrollan su obra en los años cercanos al Centenario de la Revolución de Mayo.

De la formas con que Ghiraldo ficcionaliza ese ida y vuelta entre el individuo y las

distintas instancias de lo colectivo, dentro de su narrativa breve, nos ocuparemos

en este trabajo. La relación entre un sujeto que va desde el poeta o iluminado del

modernismo al militante libertario y los distintos actores plurales de la sociedad, en

clave de público, de masas en ascenso, de pueblo o multitudes es lo que este

análisis pretende recorrer; el papel desempeñado por la obra de este autor

resultará así contradictorio e inquietante. En este sentido su vínculo con el

movimiento obrero anarquista, al que el tema de la patria le resultó siempre ajeno


por su postura marcadamente internacionalista, y su intento de rescatar

ficcionalmente algunas figuras emblemáticas de la tradición popular argentina en

clave de rebeldía ante la autoridad2, lo ubican como un intelectual muy singular

desde el punto de vista ideológico en esa época. El choque entre su adhesión al

credo estético del modernismo literario y su militancia libertaria es donde acontece

lo problemático y, a la vez, rico de esta relación entre el sujeto individual y los

otros, vistos estos a través de múltiples cristales que contemplan desde voces

hostiles contra la vulgaridad, hasta frases que retoman toda una serie de

reivindicaciones sociales.

Anarquismo y narrativa: la situación de Alberto Ghiraldo

Revisar cómo se da la cristalización ideológica del anarquismo argentino de

tendencia organizativa en la que Ghiraldo participó (otro es el caso del minoritario

sector anarco-individualista, una línea que discute todo tipo de forma

organizativa3) nos lleva, particularmente, al arribo de dos militantes italianos: Errico

Malatesta y Pietro Gori4. En 1885 llega el primero, un propagandista consumado,

cuyo accionar en el país dura casi cuatro años y da lugar al desarrollo de grupos

de difusión teórica y a la puesta en marcha de las primeras sociedades de

resistencia, germen de los que después serían algunos de los sindicatos ácratas 5.

La década del noventa del siglo XIX es de polémica en la familia libertaria:

individualistas versus organizadores es la disputa que sobresale por entonces6. En

el terreno gremial, en cambio, la controversia con el socialismo marxista es la que

marca los tiempos del ámbito obrero7.


El segundo arribo entonces tiene que ver con el afianzamiento de los

organizadores. Luego del Congreso de Capolago, en 1891, el movimiento

anarquista italiano adopta como su ideología oficial el anarco-socialismo 8. Pietro

Gori llega a Buenos Aires en 1898 proveniente de esas tierras. Su posición de

paladín de esa línea teórica, también de tendencia organizativa, capta

rápidamente la atención de diversos jóvenes que, al concurrir a sus conferencias,

se acercan al campo libertario. Entre esos jóvenes figuran Montesano, que

provenía del socialismo, Félix Basterra, Gilimón y Alberto Ghiraldo, el caso que

nos ocupa puntualmente9.

Este escritor, periodista y militante nace en 187510 y, luego de emigrar a

España en 1916 y residir allí por largos años, desembarca, tras un breve paso por

su país natal, en Chile, donde muere el 23 de marzo de 194611. Editó importantes

revistas literarias, entre ellas El Sol, que se prolongó desde 1898 hasta 1903.

Dicha publicación estuvo, en su primera etapa, más vinculada a la discusión

estética, luego se inclinó más hacia la propaganda anarquista. Ya definitivamente

volcado al campo ácrata Ghiraldo dirige las revistas Martín Fierro e Ideas y

Figuras, la primera en los años 1904 y 1905, la segunda en el período que abarca

desde 1909 hasta 191612. Su actividad intelectual estuvo influenciada por el

vínculo establecido con dos personalidades de la época: Rubén Darío, el portador

del credo modernista, y el ya mencionado Pietro Gori. Ambos personajes son los

que marcan la línea (literaria o ideológica) seguida por los textos de Ghiraldo que

vamos a analizar. El primero es Gesta, editado por primera vez en 1898, año que

coincide con el de la partida del poeta nicaragüense. En este trabajo utilizaremos

la tercera edición, del año 1900, que trae además los relatos periodísticos basados
en su visita al penal de Sierra Chica en 1896 y aparecidos en un apartado que

lleva por título “Crónica Roja”13. Aunque escrito bajo la impronta del modernismo

contiene, en lo referido a la estructura que vincula lo individual y lo plural, atisbos

de sus posiciones revolucionarias posteriores, más ligadas, en ese momento, a un

socialismo de amplio espectro que era, en esos años y según el concepto de

Raymond Williams, la “estructura de sentimientos”14 del ámbito literario cercano a

las clases populares de la capital argentina15.

El segundo libro de cuentos que analizaremos es Carne doliente, y data de

1906. El encuentro entre Ghiraldo y Pietro Gori ya había acontecido, su vuelco

definitivo al anarquismo también. Este jurista italiano conoce a nuestro autor en la

campaña contra la pena de muerte que, desde su revista El Sol, Ghiraldo había

organizado en 190016, de allí en más nuestro autor adhiere fervientemente al

nuevo credo revolucionario, en consecuencia con esto la denuncia social en su

obra se torna más virulenta.

Subjetividades en pugna: modernidad y anarquismo

Se reconoce, en el ideario anarquista, una clara huella del iluminismo. Una

profunda fe en la educación y en el criterio racional y la creencia en la libertad

individual como valor indeclinable son tópicos en los que coinciden el pensamiento

ácrata y los filósofos ilustrados de los inicios de la modernidad17. Alain Renaut,

cuando revisa el desarrollo filosófico del período moderno, nos habla de lo

importante que es la constitución de lo subjetivo en este marco:

[...] esta aproximación a la modernidad consiste en tomar como


principio global (y exclusivo) de interpretación la idea de que moderna es
esa relación con el mundo en la que el hombre se pone como poder de
fundación (fundación de sus actos y de sus representaciones, fundación
de la historia, fundación de la verdad, fundación de la ley): tal poder de
fundación es lo que define a la subjetividad, en el sentido de que la
aparición del hombre como sujeto designa su posición como lo sub-
jectum, lo subyacente sobre la base de lo cual todo debe descansar en
lo sucesivo18.

Es habitual situar el lanzamiento de la subjetividad moderna, que en este

párrafo se sitúa en el epicentro filosófico de dicha etapa histórica, en la formulación

del cogito cartesiano. Sin embargo, debe reconocerse también, en ese derrotero

teórico, un ida y vuelta entre la noción de individuo como un ente único e indivisible

y la figura de un sujeto que comparte sus características (cognitivas, si nos

atenemos a la apuesta cartesiana) con el resto de los mortales. En el primer caso

hablamos de una versión de la subjetividad ligada al concepto de independencia,

en el segundo ítem la idea de sujeto se construye sin renunciar a lo que estos

pensadores llamaron autonomía19.

Es en el espacio referido a estos valores, es decir el individualismo, visto

como el rechazo de todo límite a mi voluntad soberana, y la autonomía, en tanto

forma de vivir respetando conscientemente un marco supraindividual o

intersubjetivo de legalidad (un pacto o contrato con los otros), en el que el

imaginario anarquista se instala casi con dramatismo. Esta tensión, entre el anhelo

de un desarrollo personal total e indeclinable y el establecimiento consentido del

individuo en un ámbito plural, es lo que conduce al pensamiento ácrata a

plantearse la necesidad de reflexionar sobre qué idea de lo individual y de lo

gregario resultará ideológicamente adecuada para este sector.

En este sentido, el anarquismo argentino de esos años construye lo gregario

con un oponente claro: el socialismo de raigambre marxista y su noción, vinculada


a su raíz economicista, de clase social20. La pretendida representación de clase a

la que este socialismo aspiraba es rebatida por el planteo anarquista de

autogobierno individual, la negación a reconocer cualquier instancia de política

representativa fue uno de los núcleos duros del sector libertario. Vale la pena,

contra esta forma de entender la relación entre lo social y lo individual, rescatar los

conceptos expuestos por el introductor de Ghiraldo al campo anarquista: Pietro

Gori; quien, durante su estadía en la Argentina y en una respuesta al filósofo

napolitano Juan Bovio fechada en los meses de septiembre y octubre de 1900,

declara:

El auto-gobierno del individuo conducirá al gobierno directo de todos


sobre las cosas de interés públicos: y por lo tanto a la negación de
cualquier gobierno. La soberanía del individuo y la de la colectividad
armonizadas funcionarán, sin órganos especiales, instituidos con el fin
de conciliar los intereses (pretexto este de cualquier gobierno), puesto
que los intereses serán rendidos solidarios para el mismo provecho
individual, dado las cambiadas bases económicas de la sociedad21.

Gori está contestando al sujeto plural de la clase, y a la idea de gobierno

representativo, con la soberanía o autonomía individual. La solidaridad, que se

basa en un cambio económico de la sociedad, es lo que le permite una lectura

armónica (podríamos acotar un tanto exagerada) de la relación entre lo grupal y el

individuo. Más allá de esto, el hecho de apostar fuertemente por la soberanía de

este último es lo que nos lleva a uno de los ítems más salientes de la configuración

del sujeto libertario: “la posesión del yo”. Con respecto a esto, en una nota del

mismo autor titulada “Lo que queremos”, se lee:

Sin gobierno, sin autoridad del hombre sobre el hombre, sin la


violencia moral de las leyes antinaturales, sin policías y sin burocracia,
todos los hombres serán políticamente libres, esto es, 'cada individuo
tendrá la plena y exclusiva soberanía sobre sí mismo' y no encontrará
quien le impida cooperar al bien colectivo y podrá obrar
espontáneamente según lo reclamen sus intereses individuales22.

Ser libre, algo a lo que el anarquismo aspira, es que exista la posibilidad de

poseer esa “soberanía sobre sí mismo”. Dicha instancia de “autoposesión” es lo

que hace factible la existencia de una subjetividad libertaria, la relación con los

otros tiene en ella su punto de partida, el desarrollo solidario la potenciará.

Otro de los autores a tener en cuenta al revisar la configuración de lo

subjetivo en el imaginario anarquista es Augustin Hamon, un intelectual que, sin

ser un militante activo, estuvo vinculado al campo ácrata. Agrega, sobre la

subjetividad del militante en su estudio sobre el socialista-anarquista, lo siguiente:

En la mentalidad anarquista se encuentran las cualidades


siguientes: espíritu de examen, amor al yo, sentido de la lógica,
curiosidad de conocer. Por consiguiente el anarquista participa del tipo
razonador [...]. Hasta cuando propaga por medio de la violencia y obra
criminalmente, el anarquista es siempre un <razonador>, un <dueño de
sí mismo>23.

En este escrito de Hamon se clasifica al anarquista según la psiquiatría de

época como un "tipo unificado”, es decir como un sujeto en el cual ciertas

tendencias priman sobre las demás dando origen a determinadas características.

Ahora bien, el uso de la categoría de “razonador” utilizada en este párrafo (que

“unifica” el desarrollo individual del militante ácrata) implica una faceta diferente de

la ya mencionada soberanía individual, en ella se observa una valoración

fuertemente racionalista de “la posesión del yo”. Alguien se hace aquí “dueño de sí

mismo” cuando posee “espíritu de examen”, “sentido de la lógica” y “curiosidad de

conocer”, tres instancias en donde el uso de la razón está muy presente.


Entre las cualidades importantes de la mentalidad anarco-socialista que

Hamon descubre figura también la del apasionamiento: "El socialista anarquista es

una apasionado... Es <dueño de sí>, aun cuando pertenezca al tipo impulsivo" 24.

Lo que no puede inhibirse en él es "la acción". Su subjetividad está atravesada por

un enfrentamiento entre sensibilidad y razón cuyo resultado da lugar a acciones

más o menos violentas, según prime una u otra. La resultante de este

enfrentamiento es siempre una praxis, es decir, una manera fáctica de auto-

objetivarse, una aparición de "lo hecho" que torna social el desarrollo individual, lo

pluraliza. En este sentido es importante rescatar otro de los rasgos señalados por

este autor: la "tendencia al proselitismo", en la cual se observa nuevamente un

marcado rasgo de sociabilidad en lo referido a la extensión de las ideas propias en

los otros.

En este ensayo que describe el perfil del militante libertario la razón sirve

para construir una subjetividad que luego será volcada, en forma de actos, en el

acontecer social. Hamon presenta un individuo que, apasionamiento proselitista

mediante, ve en los otros no ya individualidades ajenas a vencer, sino un campo

en el cual puede extender su acción en pos del bien común. La posesión de sí

mismo está organizada en torno al uso de la razón como una capacidad de

examinar; el impulso, los instintos o la emotividad se le contraponen dando lugar a

una estructura dual de lo subjetivo. Contra la imagen del socialismo marxista el

anarquismo de Gori pretendió arrancar al “yo” de la disolución de la subjetividad

encarnada en la clase. En este escrito, Hamon, esgrimiendo la cualidad de

razonador, también pretende poner a salvo al individuo de lo que trae aparejado

comportarse impulsiva o instintivamente. Ambos configuran un individuo que se


recorta sobre lo gregario o grupal, ya sea que esto aluda a la clase, al instinto o al

impulso.

El itinerario de “la posesión del yo” nos conduce a las páginas del

Suplemento de La Protesta. En este medio aparecen dos notas de Rossotti en

donde dicho concepto se revela como una bandera contra toda idea que esconda

un comportamiento fanático. En un artículo, titulado paradigmáticamente "A la

conquista de sí mismo", el autor hace un elogio de los “aptos” definiéndolos así:

Los aptos son aquellos que marchan a la conquista de sí mismos


encerrados en un egoísmo que es lógico porque es necesario. Son los
no fanáticos por ninguna idea. El fanatismo por cualquier doctrina es una
morbosidad que determina el rutinarismo" (sic)
[...] No hay duda de que hay que conquistarse porque el hombre, por
degeneración psíquica y orgánica, se ha salido de ÉL vinculándose a
todo lo externo, y lo que es peor aún, a todo lo abstracto25.

Aquellas personas consideradas aptas serían las que pueden superar el

dogmatismo, las que pueden experimentar y extender el campo de su propia

razón, una práctica que implica autogobierno. Más allá de esto el artículo de

Rossoti muestra claramente un vínculo nivelador entre “conquista del yo” y

posibilidad de lo subjetivo. Oponer lo abstracto y lo concreto es, en estas líneas, la

práctica desde donde se estructura esa subjetividad posible y altamente valorada

que resiste toda degeneración. Si se habla aquí de razón se lo hace en términos

de experimentación individual, es decir, de análisis que permite ampliar el

horizonte propio.

En la segunda nota de este autor que se titula "Del Temple", aparecida poco

más tarde en el mismo suplemento, lo abstracto como opuesto a la praxis tiene un

segundo capítulo. Aclara Rossotti en torno a esto:


La elevación integral del individuo consiste, no en seguir la corriente
del progreso, sino en hacer el progreso [...]. Ir contra el medio ambiente
colectivo pero haciendo ambiente individual, es completarse. Y para
completarse es necesario superarse26.

La idea de actividad individual sobrevuela estas palabras, hacer es dejar

huella de una subjetividad en pleno desarrollo. Es muy fuerte la relación adversa

entre el medio ambiente, también llamado colectivo, y el sujeto; pero la imagen

expuesta de la colectividad tiene que ver con una moral vigente, no con el costado

comunitario expresado solidariamente que aparecía en Gori. En todo caso, resulta

ser un rescate de la experimentación del individuo postulada como una victoria de

la racionalidad subjetiva.

Para seguir con el desarrollo del ítem de “la posesión del yo” es importante

también mencionar que, luego de la puesta en marcha de la Federación Obrera

Argentina (1901) y de la partida de Gori, a principios de 1902, sale a la luz, en el

periódico más importante del sector, La Protesta Humana, una extensa nota por

entregas que pretende clarificar las posiciones anarco-socialistas de esos años. El

título de este artículo es "El Anarquismo", no lleva firma y en él se declara lo

siguiente: "La posesión absoluta del yo. Este es el ideal del anarco-socialista. Los

anarquistas anhelamos: no ser comandados, ni explotados, ni embaucados" 27. En

la segunda de las entregas de esta serie, el periódico profundiza las críticas hacia

todo lo que asfixiaba el libre desarrollo individual. En sus líneas se cruza el rechazo

a todo tipo de sometimiento o imposición y el respeto por el otro:

Cuantos resistan el cumplimiento de lo que la tradición, la ley o la


fuerza brutal impongan; cuantos se nieguen a someterse a las
veleidades o caprichos agenos (sic); cuantos procuren obrar de acuerdo
con su conciencia sin imponer nunca a los demás sus particulares miras,
muévense en sentido anarquista, ya que tienden a hacer respetar la
propia y agena (sic) personalidad28.

La expansión racional de la subjetividad tiene claramente, para los militantes

ácratas de esa época, una impronta de respeto por autonomías ajenas,

diferenciándose así de los individualistas stirnereanos para los que todo lo ajeno al

yo es, más allá de la amenaza, ficción29. El juicio propio y la solidaridad se traducen

en el respeto a la expresión de lo ajeno. En este sentido, para el sujeto anarquista

el vínculo con los demás está planteada como la construcción de un nosotros

liberador e igualitario; la razón, en términos cuasi iluministas, es su instrumento y a

la vez su punto de partida. Podríamos decir entonces que tres son las instancias,

en este derrotero en torno al perfil del sujeto anarquista, donde se desarrolla su

relación con lo grupal o gregario. En primer lugar, el marcado proselitismo del

militante libertario que ve en el resto de los mortales un campo donde expandir la

idea. En segundo término, la actitud militante en la que el individuo lucha contra el

medio ambiente, una de las formas de designar al sentido común conservador que

reside en las opiniones y prácticas de los demás (en ambos casos podemos

observar algunos puntos de contacto con el comportamiento del poeta iluminado

típico del modernismo), y, por último, este respeto por el otro, nuevamente una

actitud igualitaria que nace de esa idea de desarrollo armónico de intereses a los

que Gori aludía.

Los cuentos de Ghiraldo: lo subjetivo, lo multitudinario y lo nacional

Suele hablarse, para el caso de la literatura pensada como propagandística

desde el punto de vista político, sobre todo en la que gira en torno al anarquismo,
de un modelo estético dicotómico que simplifica exageradamente la realidad. La

oposición binaria sería, en último término, su estructura profunda. En ella el bien y

el mal, lo que en clave ácrata sería el obrero revolucionario versus cualquier

agente del orden burgués, ordenarían y empobrecerían una visión del mundo en

grado extremo. Más allá de que la mayor parte de esta narrativa tuvo como marco

la urgencia de lo periodístico, con la fuerte impronta de masividad reduccionista

que ello implica, podemos decir que en su desarrollo ciertas oposiciones se

complejizan. En ellas resuenan polémicas literarias y batallas ideológicas que

enriquecen, sin modificarla, la sencillez de esa estructura dual del universo

narrativo, aunque para algunos crítico e historiadores de la literatura esta sea,

inevitablemente, la marca de su pobreza30.

De los temas que aparecen en el ámbito literario modernista uno muy

importante es el de la oposición entre poeta y muchedumbre o multitud. En este

sentido es bueno recordar que el autor que tenemos en cuenta en este trabajo,

Alberto Ghiraldo, fue, como ya dijimos, uno de los compañeros y discípulos que

Rubén Darío dejó durante su estancia en Buenos Aires a fines del siglo XIX31. En

torno a la construcción de su “yo” poético, la pluma del poeta nicaragüense dirá, en

el prólogo de un libro editado en esta ciudad como Prosas profanas, lo siguiente:

“La gritería de trescientas ocas no te impedirá, Silvano, tocar tu encantadora flauta,

con tal de que tu amigo el ruiseñor, esté contento de tu melodía32”. La cita es clara,

la subjetividad del poeta a la que tiende el modernismo se contrapone a la

vulgaridad de la muchedumbre o multitud, que aquí se hace visible bajo la figura de

las “trescientas ocas”; el arte pertenece a ese círculo de pares o amigos que

aparecen ejemplificados en la figura del ruiseñor. Los exquisitos, entre los que el
poeta se cuenta, se oponen a esa rusticidad de lo masivo; un tópico, el de la

masividad, más ligado a la escritura de las crónicas33. En el desglose que de esta

oposición realiza la ideología anarquista la figura del poeta deja paso, en muchos

pasajes, al individuo militante.

Un ejemplo claro de esta oposición aparece en el cuento “¡Vitor!”,

perteneciente al volumen Gesta, de la etapa temprana y más modernista. En él se

hace una descripción del sujeto que, según la estética reinante y las palabras de

nuestro autor, “vive fuera de la humanidad”. Se lo describe como un visionario, un

iluminado, un apóstol, y promediando el cuento se lee:

[...] cuando él se encarama en la tribuna de su elocuencia


formidable, de su lógica inflexible, de hierro, aúllan su impotencia
sintetizada en un grito que hiere los oídos de la multitud con
repercusiones trágicas. El grito dice ¡el loco! ¡el loco! ... Y entonces el
apóstol, en la apoteosis de su transfiguración, vuelca todas su iras, hace
un haz de rayos de todas sus cóleras y, al erguirse, su cabeza olímpica
adquiere los contornos del inspirado. Entonces la turba lo apedrea...!
(pp. 114-115)

Las categorías empleadas en este párrafo para designar a ese sujeto social

que está en uno de los vértices de la oposición son “multitud” y “turba”. La impronta

reivindicativa del enfrentamiento entre sujeto individual y plural que se lee cuando

Ghiraldo describe al primero “escupiendo su verba de fuego sobre la máscara de

dominadores”, y a la instancia grupal en tanto “tropel misérrimo de claudicadores,

de desastrados, especia indigna que marcha al azar”, es la que ejemplifica la

continuidad de esta matriz que se da entre la estética modernista y el anarquismo.

El sujeto razonador y autogobernado (un clásico de esta ideología fuertemente

antiautoritaria) encuentra su formulación, en clave estética, aquí. El anarquista

tiene un costado de autocreación o, mejor dicho, es alguien cuya subjetividad


aparece tras un proceso de diferenciación del resto de los mortales que tiene

mucho de autodidactismo. En las palabras del ya mencionado libro de Augustin

Hamon resulta evidentes este proceso. Cuando dicho autor habla, puntualmente,

de cómo el yo anarco-socialista se crea a sí mismo, nos aclara que:

Posee una personalidad robusta, puesto que ama y cultiva su yo.


No es pálido reflejo de su ambiente, no es una insignificante muñeca.
Mientras la masa de los hombres refleja las opiniones de una
minoría como los espejos reflejan las imágenes, el anarquista piensa por
sí mismo. Absorbe ideas y fenómenos y se los asimila, nutre con ellos su
intelecto, se crea una intelectualidad como se crea un cuerpo con
alimentos (Pág. 253).

Para agregar algo al análisis de la subjetividad ácrata ya realizado,

centrándonos en la relación entre individuo y muchedumbre, podemos decir que

está claramente ligada a dos ítems: la racionalidad y la autoeducación. El militante

libertario tiene, como lo había manifestado Rossoti, un claro oponente: el ambiente,

que aquí se adivina tras el sintagma que alude a “la masa de los hombres”. Tras el

hecho de pensar por sí mismo resuena aquella conocida “posesión del yo”, uno de

los elementos más importantes de este imaginario.

En este desarrollo del análisis de la narrativa de Ghiraldo podemos

observar otra descripción peyorativa del sujeto supraindividual, muy cercana a lo

deforme. En el cuento “Alas”, perteneciente a Gesta, se nos presenta de la

siguiente manera:

¡Fuego! ha dicho una voz.


El miedo ha hablado. Y entonces, -piernas que mueve el espanto,
corazones que tiemblan al unísono, manos que se alzan con el mismo
ademán, ojos que miran sin ver,- el torrente humano se echa a la calle
llenándola de alaridos (pág. 143).

Esta descripción, que apela a una estrategia metonímica para presentarnos

esa forma de lo grupal que aquí se llama “torrente humano”, se cierra apelando a
la idea de lo vociferante en clave masiva; un tópico que sirve para expresar los

sentimientos y percepciones de la muchedumbre, en este caso puntual, el miedo.

El narrador recorta sobre el fondo de dicho torrente algunos de sus elementos, en

todos ellos se avizora ese “espanto” dotado de habla, hasta en los ojos que,

separados de los rostros, “miran sin ver”. El comportamiento puesto en escena es

una marca inequívoca de lo alejado de una visión racional y equilibrada que están

en dicho conjunto, sobre todo si se lo representa ficcionalmente a través de esas

piernas, esas manos y esos ojos que se mueven y observan desatinadamente.

El relato sigue adelante, el narrador emplea diversas categorías e

interrogaciones para finalizar su misión de describir esa sumatoria de seres

humanos:

Montón, masa, cosa con movimiento, que cruzas ciega, loca,


haciendo estrepitar (sic) bajo la planta el pavimento sonoro, ¿adónde
vas? Llevas ímpetu de torbellino y hay en ti algo de formidable y
arrollador que te hace aparecer como poseedora de una fuerza superior
y única, anonadadora y terrible, jigantescamente (sic) humana ¿Quíen te
guía? ¿Quíen te impulsa, así, cruel y feroz, haciéndote marchar,
desesperadamente, como si el ángel de la venganza o el esterminio (sic)
fuera, implacable, castigándote en la espalda? ¿Cómo explicar el
fenómeno?
-¡Fuego! Ha dicho una voz. El miedo ha hablado. Fácil es observar
luego el crecimiento de alas en los talones de la muchedumbre. (págs.
143-144).

Esta puesta en escena de las sensaciones del narrador es algo muy caro a

las estrategias del modernismo. Quien narra pone aquí al descubierto esa imagen

de lo plural como aquello que, poseedor de una fuerza inigualable, no tiene

dirección alguna. La enumeración es una de las formas retóricas elegidas para

encuadrar la asistematicidad con que se nos presenta. Se apela a las categorías

de “montón”, “masa” y ”cosa con movimiento”. Lo único que se le opone es esa


seguidilla de preguntas donde aparece más lo deseable para quien narra (en

términos de la relación entre el “yo” del escritor y ese conjunto de humanos), que

verdaderas interpelaciones a esa gran cantidad de sujetos. ¿Quién te guía?,

¿quién te impulsa?, ¿cómo explicar tu condición? son cuestiones que de alguna

manera van delimitando el lugar en el que después este autor va a situar al poeta

o intelectual que busca relacionarse con la multitud. Alguien que conduzca, incite y

explique, alguien que haga uso de la razón individual y la transmita en tanto sujeto

único.

La pintura que se realiza en este cuento del sujeto plural nos permite

reconocer en ella ciertas peculiaridades. El aporte de un pensador como Elías

Canetti, en lo referido a la clasificación de las masas, resulta pertinente en esta

caso. De entre la gran cantidad de categorías que utiliza vale la pena extraer

aquella en donde se refiere a la “masa de fuga”34. Cuando el búlgaro habla de ella,

tras aclarar que dicho conjunto se establece cuando se siente amenazado, hace

hincapié en que “el peligro que lo amenza a uno es el mismo para todos. [...] No

hace diferencias”. Ambas cosas se dan en la ficcionalización ghiraldiana, más allá

del movimiento de huida que se lee claramente en todo el relato, aparece la

igualdad entre sus componentes leída en el sintagma “corazones que tiemblan al

unísono”. Otro dato relevante que nos brinda Canetti al hablar de este tipo de

masa, sin olvidar su igualitaria condición de partida, resulta ser, paradójicamente,

su “imagen desigual”. La heterogeneidad de sus componentes y de sus

velocidades en la huida es la causante de dicha calificación, algo que “puede

confundir a un observador que esté al margen”. El análisis de la imagen

multitudinaria finaliza aclarando que es vista por el observador como “casual, y


-comparada con la fuerza de la dirección- carente de toda significación”. La serie

de preguntas que se hace el narrador ghiraldiano sobre quién impulsa a esta

muchedumbre, o de cómo explicar el fenómeno abonan el empleo de esta

categoría de Canetti. Al narrador le resulta inexplicable la imagen que ve de esta

“masa de fuga”, o su visión de conjunto abigarrado.

El final del relato traduce el espanto de esta “masa de fuga” en loca carrera,

pero eso sí, mediante la utilización de un procedimiento típico de la estética

modernista: la metáfora, que, en este caso, sirve para poetizar lo vulgar, aunque

recurre casi a un lugar común al hablar de alas en los talones referiéndose a la

acción de correr. El proceso de estetizar lo masivo culmina con el empleo vulgar

de un artificio modernista.

Otro de los puntos de vista desde donde se puede abordar el tema hace

necesario el aporte teórico que un pensador italiano de estos años, Paolo Virno,

formula al hablar de un concepto puntual utilizado para revisar el accionar de “los

muchos”, la multitud:

En el pensamiento liberal, la inquietud volcada por los “muchos” es


domesticada mediante el recurso al par público-privado. La multitud, que
es la antípoda del pueblo, toma el semblante un poco fantasmagórico y
mortificante de lo así llamado privado. [...] Privado no significa solamente
algo personal, que tiene que ver con la interioridad de Fulano o
Mengano; privado significa ante todo “privo”, desprovisto, desposeído:
privado de voz, privado de presencia pública. En el pensamiento liberal
la multitud sobrevive como dimensión privada. Los muchos no tienen
rostro y están lejos de la esfera de los asuntos comunes35.

El desarrollo de lo grupal esbozado aquí, que se circunscribe a una revisión

de la categoría de multitud en el marco del pensamiento liberal, nos sirve para ver

como Ghiraldo ficcionaliza las distintas instancias donde esto aparece. En los
relatos que venimos analizando el sujeto social da alaridos o huye, jamás esgrime

la racionalidad de un discurso argumentativo. Aquello que Virno denuncia como

carencia de lo plural aparece en estos cuentos, dicho conglomerado de seres

humanos está privado de palabra en tanto posibilidad de expresarse, algo que ya

también hace imposible su vinculación con lo público. El rostro de esos muchos

sólo se describe despedazadamente, los ojos que miran sin ver son su forma

metonímica. Mientras que en el imaginario anarquista el individuo es el poseedor

de su conciencia y con ello hace gala de su interioridad (aquí la podríamos llamar

su privacidad), la muchedumbre o turba aúlla o apedrea. La construcción de la

subjetividad anarquista que postula, como algo intrínseco a los militantes, esa idea

de proselitismo en donde el “yo“ se expande, reclama el don de la palabra, es ella

una de las herramientas básicas de dicha expansión en los otros. Hamon diría que

el sujeto anarquista quiere convencer, es decir extender su idea, para la que

busca la gloria, en los demás, el perfil es el de un individuo verborrágico.

Uno de los cuentos de Ghiraldo, aparecido en Gesta, en donde esto se

explicita, se llama, casi cacofónicamente, “Gestos”. Está compuesto por tres

apartados en torno a tópicos burgueses que nuestro autor pretende impugnar, en

el segundo se pone en escena esa oposición, de la que venimos hablando, entre

el individuo y la masa, a la que se designa como canalla:

Hay una voz que se alza amedrentando conciencias. Una lengua


noble se agita, esta vez, en una boca que no tiembla. Y esa voz suena
como un castigo
Hay que apagar esa voz, sellar esa boca, inmovilizar esa lengua.
Y entonces, siempre a espaldas –rugido de odio- suena, allá lejos,
la befa de la canalla (pág. 128).
La voz es lo que describe y singulariza al individuo. La multitud no puede

acceder a la lengua como forma de expresión de la nobleza, a ello sólo accede el

sujeto individual. En este relato “los muchos” pueden únicamente rugir para

burlarse de él, su palabra es un castigo en esta instancia narrativa en donde se

escenifica el conflicto apelando a una estructura dual. La subjetividad, valorada

positivamente en este texto de Ghiraldo, se nos presenta como “una boca que no

tiembla”, ella es la poseedora de un lenguaje que consigue amedrentar

conciencias. El individuo anarquista es alguien que denuncia, un ser humano que

habla, contra él y a sus espaldas aparece esa canalla que está “privada” de voz y

ruge de odio. El héroe de esta ficción, que también pertenece al período más

modernista, habla para impugnar, entre otras cosas, lo masivo, un sinfín de seres

humanos que no puede hacer uso de su conciencia.

Cabe agregar, en lo referido a la relación establecida entre el individuo y la

masa o muchedumbre, el desarrollo del esquema de “totalidad menos uno” que

sobrevuela algunos aportes científicos y literarios de época en torno a la

descripción del sujeto plural llamado multitud. En el análisis de Ramos Mejía sobre

las multitudes argentinas, por poner un ejemplo, esto es claro. La idea de que el

hombre multitudinario es incapaz de desarrollo teórico y racional da lugar a esa

concepto en donde el intelectual es el “uno” que analiza, y por tanto no pertenece

a esa masa de seres sin criterio individual, el “todos”. El esquema se traduce en

una legitimación del intelectual que, en clave de la ficción de Ghiraldo, puede

leerse como la matriz del desarrollo que se observará cuando se describa al

personaje del poeta iluminado o al orador revolucionario36.


Otro de los cuentos de título por demás sugerente, siguiendo con esta idea

de privación de la voz e imposibilidad de participación en lo público, es “Gritos

nuevos”, perteneciente al libro más militante que lleva por título Carne doliente. Un

relato donde se expone esa mecánica de los oficiales del ejército que utilizan a los

soldados como carne de cañón de sus motines y disputas políticas. En esta

historia se describe lo gregario, puntualmente el grupo de soldados, haciendo una

supuesta recuperación de su propia voz mediante el discurso indirecto libre, algo

que podría ser leído, formalmente, como un artificio de la omnisciencia narrativa

sobre los sujetos plurales cuando lo que se recupera es un monólogo. Este grupo,

mediante dicho artificio, se presenta a sí mismo como: “los eternos manejados,

carne sangrienta siempre, cosa, instrumento ciego hasta hoy”. Una pintura a la

que se suma, con posterioridad al descubrimiento del ardid de los oficiales

(engañan a los soldados diciéndoles que van a reprimir una huelga de gringos en

el puerto cuando, en verdad, van a utilizarlos para una sublevación militar), otra

reconstrucción en donde nuevamente se echa mano, con ciertas diferencias, al

discurso indirecto libre. En ella se traen a colación, tal como se había hecho

anteriormente, las palabras o razonamientos de los soldados como un discurso

único, algo que el narrador unifica previamente mediante la apelación a lo que

describe como “una voz poderosa, formidable”, sin dar demasiadas precisiones

sobre la vinculación entre el sujeto plural soldados y esa voz que se hace cargo

del discurso. Es esta instancia de enunciación de la voz del sujeto plural la que

reflexiona y dice: “¿Salvajes? ¿Y los otros? Los que los arreaban como animales

sólo útiles para dar su sangre, como si se tratara de un simple negocio de

carnicería ¿Con qué sí? ¿Instrumentos ellos? Ya estaba dicho: lo serían de sí


mismos”. A la intención de transformar a este grupo en instrumentos de otros se le

responde con la idea libertaria de la autoposesión. El ser instrumento de sí

mismos, algo que en este texto no acontece, es lo que habilitaría esta idea de

autogobierno que ya habíamos mencionado.

El final del relato narra el fracaso de la venganza de este grupo de soldados

que, ante la imposibilidad de tomar represalias con los oficiales que huyen en el

ferrocarril, termina asesinando a la junta revolucionaria:

—¡Fuego a la junta!— atronó el sargento apuntando a la sombra


con el cañón maúser.
—¡Fuego! ¡fuego! — contestó la montonera llenando el espacio
con el alarido.
Y la sombra, silenciosamente, comenzó a deshacerse en
cadáveres...
Sin un gemido, sin un lamento –el plomo, diligente, sofocaba
hasta el sollozo- caían fulminadas aquellas energías, existencias
preciosas, juventudes lucientes, víctimas aunque culpables también ellas
del salvajismo de una época (pp. 56-57).

Al fracaso de la venganza se le suma el fracaso discursivo, algo que el

narrador señala calificando al grito de la tropa como “alarido”. El empleo del

discurso directo, es decir la materialización de las palabras de la instancia grupal

descripta como montonera, trae aparejado el fallido intento de esgrimir una voz

propia. Dicha derrota ya aparecía en las palabras del líder de este grupo de

soldados, el sargento Pereyra, cuando les dice a sus compañeros lo siguiente:

“Cuentan con nosotros sin decirnos nada. Cuando tengamos que hablar

hagámoslo con la boca de los fusiles y las lenguas de fuego contra ellos”. Este

nosotros inclusivo que maneja el sargento para desarrollar esa idea obturada del

habla del grupo, ejemplifica la voz de los muchos a la que Virno aludía: que hablen

los fusiles es una forma de estar desprovistos de voz. La imposibilidad de


participar en lo público por parte de los soldados se encuentra detrás de este

comportamiento. El final del texto contextualiza dicho accionar dentro de un

espíritu salvaje (“salvajismo de época”). Más allá del representante que toma la

palabra (el sargento Pereyra), este conjunto de hombres desarrolla una conducta

poco racional, sustituye a sus enemigos por otros y los transforma en víctimas

desplegando el lenguaje de las armas, en dicha comunicación sólo aparece un

alarido que repite la orden de hacer fuego sin otro significado que la venganza. En

este caso no se observa un enfrentamiento entre una masa de hombres y un

sujeto que utiliza con habilidad las palabras, el conjunto de humanos está ante su

propia torpeza lingüística. La voluntad de los soldados de trocarse en instrumentos

de sí mismos choca con una ausencia, la de la voz propia que haría factible la

explicitación de la o las conciencias.

En este punto del análisis es importante traer a la luz, en primer término, un

nuevo matiz de esa visión acerca de la multitud que, esbozada por Virno, se

completa con los aportes de dos autores cercanos a él como son Michael Hardt y

Toni Negri. Ellos definen este concepto como “un conjunto de singularidades”,

entendiendo por singularidad “un sujeto social cuya diferencia no puede reducirse

a uniformidad: una diferencia que sigue siendo diferente”. Desde esta concepción

realizan un recorrido de los sujetos plurales que les permite diferenciar y describir

distintas categorías:

Los componentes de las masas, de las turbas, de las gentes, no


son singularidades, como lo evidencia el hecho de que sus diferencias
desaparecen fácilmente en la indiferenciación del conjunto. Además,
esos sujetos sociales son fundamentalmente pasivos, en el sentido de
que no son capaces de actuar por sí mismos, de que necesitan ser
conducidos. [...] Con el término de multitud en cambio, designamos a un
sujeto social activo, que actúa partiendo de lo común, de lo compartido
por esas singularidades. La multitud es un sujeto internamente diferente
y múltiple, cuya constitución y cuya acción no se fundan en la identidad
ni en la unidad, sino en lo que hay de común (p. 128)37.

La multitud a la que aspiran los autores citados propone la convivencia de

las singularidades de los sujetos, un desarrollo al que la anárquica “posesión del

yo”, en clave de autogobierno, no resultaría tan ajena. En esta multitud el accionar

grupal tiene como reaseguro, para ser valorado positivamente, la irreductibilidad

del sujeto que reflexiona y participa en lo que se tiene en común, no en lo que lo

torna idéntico al otro.

Hasta aquí, en lo que hace a las historias ghiraldianas, solo contamos con

grupos humanos que apelan a la indiferenciación de lo individual. Vimos como la

turba, la canalla, la masa y una versión de la multitud en donde la conservación de

la singularidad está ausente, habitan la ficción de Ghiraldo. La imposibilidad de

que el propio sujeto reine sobre su subjetividad está detrás de las descripciones,

los individuos que se enfrentan al grupo hacen gala, en soledad, de la razón que

les permite ver y denunciar la hipocresía de la sociedad. En la estrategia narrativa

de nuestro autor los sujetos no se singularizan -tal como lo postulaban Hardt y

Negri al mencionar a los que se suman a la multitud-; huyen a la carrera, apedrean

o dan alaridos, se unen al grito de los que no tienen voz y dejan de lado toda

racionalidad. La singularización enunciada por estos pensadores para los sujetos

componentes de la multitud deberían ir, en el imaginario anarquista, del empleo de

la razón a la tan mentada “posesión del yo”. Lo multitudinario es un abandono del

autogobierno libertario en estas historias.


Ahora bien, es posible observar también, en los cuentos de Ghiraldo, otra

forma de lo plural o multitudinario, aquella ligada al universo de los trabajadores.

Para referirse a ellos Ghiraldo utiliza calificativos de distinta procedencia, la

descripción de esta instancia grupal tiene una carga lindante con lo ponderativo.

Tomaremos para ello el cuento “Corazón”, del apartado del libro Carne doliente

que lleva por título sugestivamente “De pueblo”, donde se narra el encuentro entre

un niño y un huelguista. En este relato nuestro autor comienza describiendo una

asamblea de trabajadores:

Tiempo de huelga. Dolor obrero flotando en el ambiente caldeado


de las asambleas, sobre las cabezas altivas, en las frases vibrantes de
indignación y de justicia, evocadoras de cuadros y escenas donde la
vida miserable de la familia productora se destaca con colores de
tragedia [...] (pág. 197).

Los ojos que miran sin ver se transforman aquí en “cabezas altivas’, los

aullidos dejan lugar, en este relato, a las “frases vibrantes de indignación y de

justicia”. Ya no son gritos los que emergen de las bocas, ni tampoco son

calificados como aullidos de una montonera, son frases en donde la mención del

contenido dota de voz38 a la multitud. Este conglomerado de sujetos se reconoce

en los enunciados indignados, son ellos quienes claman por justicia cuando se

saben aludidos, ahora es un todo de seres humanos provisto de palabras con

sentido, de vocablos concatenados que evocan recuerdos y cosmovisiones.

Ghiraldo remata esta descripción calificando a dicho grupo de “familia productora”.

También él apela a una categoría ligada a lo privado: la familia, pero solo para

esquivar el concepto de clase a la que los anarquistas no eran para nada afectos,

sobre todo Ghiraldo quien, dentro del anarquismo, se inclinó por el sector que
desechaba todo determinismo económico como factor de reconocimiento clasista.

Pero debemos observar que a la noción de familia se le agrega el adjetivo

productora, y de un ámbito privado pasamos a una acción pública que delimita y

completa esa calificación: trabajar o, mejor aún, producir. La figura de lo

multitudinario descripta aquí, y que aparece valorada positivamente en esta

literatura, mezcla lo moral y privado del parentesco con lo útil y social del trabajo

productivo. Más allá del significado que el pensamiento liberal, en lo expuesto por

Virno, le adjudicaba a esta categoría, en donde los muchos no poseen rostros ni

participan en el devenir de la sociedad civil, Ghiraldo instala, para hablar de lo

gregario en clave libertaria, un ámbito de reconocimiento, en donde esos muchos

tienen los rasgos de lo que nos es familiar. Su revalorización culmina implicando a

ese conjunto de seres en algo marcadamente público: el trabajo social.

Pues bien, la idea de dotar de voz al sujeto plural o multitudinario que aquí

aparece esbozada se da en otro cuento de este autor perteneciente al mismo

apartado. Su nombre es “La asamblea huelguística”, en él la multitud aparece

calificada de otra manera:

De repente un grito estentóreo cortaba los aires y, cruzando el


salón, como una flecha, iba a clavarse en los oídos de todos los
compañeros que repetían el grito con la suma de la fuerza acumulada,
por excelentes pulmones [...]. Y era algo así como un despertamiento
(sic) el claro de luz interior que se revelaba en los rostros de aquellos
hombres, reunidos con el fin de encontrar la forma de obtener la
derogación de una ordenanza municipal que les perjudicaba. [...]
-¡Abajo la libreta! ¡Abajo el retrato! (págs. 193-194).

La aparición de lo plural, en estas líneas, está explicitada en el colectivo

“compañeros”. El discurso que se cita aquí tiene que ver con la posibilidad de

instalar la voz de esa “multitud” de trabajadores que, en este párrafo, posee


atisbos de iluminación racionalista. Sumarse a los otros, en la historia analizada,

nos sitúa ante un despertar reflejado en “el claro de luz interior” con que se narra

la pertenencia a lo grupal. Pasamos entonces de sólo aludir al contenido de las

frases de indignación obreras a la utilización del estilo directo donde se representa

la palabra ajena, en este caso de esa gran cantidad de trabajadores reunidos bajo

la categoría de “compañeros”. Lo enunciado por estos sujetos viene antecedido

por esa iluminación, la multitud se conforma en torno a ese reclamo expresado

mediante la queja por la libreta y el retrato. La participación en las acciones del

sujeto plural tiene el anclaje en ese gesto de “despertamiento (sic)”, el uso de la

razón indica que los individuos se suman a esa acción a sabiendas de lo que,

como decían Hardt y Negri, tienen en común. La idea de lo multitudinario liberal

que se relaciona con la carencia de voz y de participación en lo público, y a la que

Virno aludía, aparece en esta cita levemente relativizada. Los trabajadores se

enfrentan con el municipio por una ordenanza participando en el desarrollo de las

prácticas políticas de la sociedad civil, sus palabras están directamente

representadas. La familia productora, tal como la llama Ghiraldo, tiene acceso a la

aparición de su voz y está inmersa en el ámbito público. A la carencia de lo

multitudinario liberal se le respondería, entonces, con la capacidad de poseer y

participar políticamente, aunque esto, como veremos, no implique una ruptura total

con la idea de multitud manejada por dicha ideología. Volvamos por un momento a

Paolo Virno para terminar de delimitar el par pueblo/multitud y su vinculación con

lo representativo:

El “pueblo” es de naturaleza centrípeta, converge en una voluntad


general, es el interfaz o el reflejo del Estado. Por el contrario, la multitud
es plural, huye de la unidad política, no firma pactos con el soberano, no
porque no delegue derechos, sino porque es reacia a la obediencia,
porque tiene inclinación a ciertas formas de democracia no
representativa39.

En la capacidad de ser “el interfaz del Estado” también se contemplan

formas de protesta. Reclamar es reconocer. En el caso puntual del texto de

Ghiraldo, a la administración municipal; con ello queda legitimado el rol político-

representativo que tiene el Estado. En Virno, como en Hardt y Negri, lo plural de la

multitud reviste cierta irreductibilidad de las subjetividades que la componen, algo

que en la ficción de la que nos ocupamos está ausente. La aparición de la palabra

ajena, es decir la representación de la voz de la multitud, más allá de dotar de

racionalidad a un grupo, está reduciendo la multiplicidad mediante el ardid

representativo del discurso directo. Se ponen en escena las palabras que

representan la voluntad resumida de la multitud, con ello se acalla su pluralidad,

algo que también aparecía cuando la montonera del cuento “Gestos” repite la

orden de hacer fuego.

No es extraño que la superación de ese planteamiento en torno a lo grupal

como ente privado de voz y de actividad civil, que aparecía en la primera parte del

relato, se vea reducida a nada cuando vuelva la ya aludida oposición entre

individuo y multitud. Pasada la descripción de la asamblea hace su ingreso en el

cuento “el orador revolucionario”. Es él quien más allá de aclarar que: “No he

venido aquí con la única intención de aumentar el número de los que gritan”, lleva

la argumentación en torno al motivo de la huelga (la obligación de portar libreta

con retrato), a su punto más alto cuando señala el meollo de lo autoritario en el

ámbito laboral de los conductores de carruajes por esos años:


[...] ¿para qué afanaros en romper aquello que no representa sino la
parte más superficial, el detalle más mínimo de la verdadera cuestión del
único problema? ¡Que haya un artículo de menos en vuestro reglamento
no quiere, no, decir que dejéis de ser sirvientes, que dejéis de ser
lacayos! El asunto está en dejar de ser sirvientes, en dejar de ser
lacayos. Eso representa para mí destrozar la librea (pág. 196).

El regreso de esta estructura dual reduce lo ponderativo de esa visión de

la multitud de trabajadores como una instancia grupal valorable. En el final del

relato la intromisión de la voz del narrador aparece para aclararnos que: “Al poco

rato la asamblea pensativa se disolvía en silencio”, manifestando la imposibilidad

de cualquier intento de participación consciente, léase aquí libertaria, de esa

multitud de trabajadores en la vida pública. El individuo único es quien realmente

desconoce la autoridad del Estado y sus reglamentos, no el sujeto plural, que es,

en sus acciones, más allá del reclamo, un interfaz estatal, inclusive hasta cuando

se agrupa y debate lo justo del accionar municipal, pues en definitiva lo que hace

es reconocer su existencia. Se repite aquí narrativamente ese molde, presente en

el análisis sociológico de Ramos Mejía, en donde el “uno” está legitimado para

hablar del “todos”, o para interpelarlo. El sustrato de la legitimación del intelectual

solitario en el ámbito de las ciencias sociales se repite en clave de estructura dual

en el espacio de la ficción, el orador revolucionario es el único que posee

capacidad analítica, el resto escucha las verdaderas razones de la esclavitud.

El rescate de ciertas categorías de lo plural en Ghiraldo lo expone a esa

parte de su imaginario en donde se lo reconoce más como un liberal extremo que

como un anarquista. En este sentido, en la editorial inaugural de la revista “Martín

Fierro”, que data del 3 de marzo de 1904, se lee:

Queremos: encontrar el molde en que debe vaciarse el arte para


hacer llegar al pueblo la verdad y la belleza.
Hacer comprender a los pobres, a los humildes, a todos los tristes
que ambulan llevando odios y rencores dentro del pecho sublevado por
las injusticias [...]40.

Ghiraldo nuevamente esquiva en estas líneas la noción de clase social

típica del marxismo, pero en su lugar introduce un cúmulo de sujetos cuyo

denominador común, en términos descriptivos, es, por cierto, difuso. El pueblo

para él está integrado por los pobres, los humildes y los tristes; un triunvirato de

seres que culmina en esa instancia moral (“sublevados por las injusticias”) a la que

la ideología ácrata es tan afín. Cuando enuncia la finalidad de la revista, en el

último párrafo de esta editorial, esa concepción de lo colectivo vuelve a ser puesta

sobre el tapete:

Martín Fierro será la encarnación más genuina de las aspiraciones


del pueblo que sufre, ama y produce y que va buscando un poco de
equidad y alivio en las fatigas y luz, luz plena para su cerebro.
Abrimos nuestras columnas al pensamiento nacional entendiendo
que a él puede aportar su concurso todo el que habite en esta tierra41.

El pueblo, en estas líneas, esta caracterizado a través de sus acciones,

“sufre”, “ama” y, lo más importante, “produce”. Retorna este cruce entre lo íntimo o

privado de estos sentimientos y esa actividad pública ya enunciada que hace

emerger el trabajo social; sólo que aquí el marco no es la familia productora, sino

el pensamiento nacional. Dicha categoría funciona en esta editorial como una

amalgama, tiene las características de esa voluntad general de la que hablaba

Virno. El pueblo en tanto conjunto asume las prácticas de los individuos o, mejor

aún, es una sumatoria de individuos que pasan por las mismas experiencias y no

una pluralidad de subjetividades irreductibles y autónomas refractaria a toda praxis

ligada al Estado. Si, por un momento, parecía que el pensador anarquista


encontraba su interlocutor en la multitud de trabajadores dotados de conciencia,

se ve en el desarrollo del manifiesto que no es así. El pueblo a quien se dirige

tiene como espacio la nación en donde esa comunidad, con la que nuestro autor

pretende dialogar, se organiza jurídicamente y por ende reconoce la existencia de

un ámbito estatal. La dimensión jurídica que encontramos detrás del pueblo

ghiraldiano no es antojadiza, se sustenta en el parentesco entre el sujeto al que

alude la frase final del manifiesto (“todo aquel que habite en esta tierra”) y aquel

que aparece, en forma plural, en el preámbulo de la carta magna de 1853 en

donde se menciona a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo

argentino”. En definitiva su distanciamiento de la delimitación economicista de los

actores sociales, más allá del marxismo, y su planteamiento del problema nacional

le preparan una celada de la que no podrá salir, la herencia aristocratizante del

modernismo hará el resto. Se dirige al pueblo, es decir a esa comunidad

organizada bajo la forma Nación que busca la “luz plena para su cerebro”, y lo

hace desde la individualidad propia o ajena, en el caso del narrador o del

personaje del iluminado, que conoce los límites y la verdad del mundo burgués.

Por último y para concluir podemos decir que en Ghiraldo existen dos

valoraciones de esta categoría de lo plural o de la multitud que encierran un

recorrido. Se parte de una visión de la misma como aquello que está imposibilitado

de emitir un discurso racional y participar en lo público, es decir como la forma de

lo multitudinario expresada por el liberalismo (sobre todo en la ficción más cercana

al modernismo), y se llega a otro punto de vista donde se la describe como una

familia productora, dotada de palabra y voluntad pero que, sin embargo, reprime la

multiplicidad de singularidades en pro de construir un interlocutor válido; algo que


alcanzará el nombre de pueblo en algunos escritores e intelectuales anarquistas.

En Ghiraldo, como dijimos, la limitación para encontrar un sujeto plural valorable

en los trabajadores se cruza con dos obstáculos ideológicos difíciles de salvar: su

negación de lo económico para reconocer los actores sociales en pugna y su

rescate del espacio nacional-estatal, estos son los ítems que detienen esa

incipiente revalorización de lo grupal igualitario y ácrata apenas esbozada en las

descripciones de los grupos obreros y sus ámbitos de participación. El tercer

obstáculo de esta tríada se vincula a la encerrona modernista que iguala héroe a

sujeto único, es decir que no comparte lo común con otros individuos tal como lo

planteaban Hardt y Negri en su rescate de lo multitudinario. El yo, fatal e

inexorablemente opuesto al resto de los mortales, que habita la idea de lo

subjetivo en dicha escuela, obtura desde lo estético la posibilidad de constituir un

sujeto social apto y reivindicable. Si tener una voz propia, poseerse a sí mismo y

reconocerse, en lo que de común tengo con los otros, era lo buscado por los

individuos libertarios de la multitud, el repliegue, que se vislumbra en este autor,

se definirá como un retorno y un retroceso a la figura del intelectual iluminado. Un

tópico que le permite situar la ficción en ese dualismo desde el que partimos al

inicio de este itinerario. La vuelta a la oposición individuo versus multitud, ya sea

como posicionamiento intelectual propio o como artificio ficcional, es, en este

autor, su última palabra.


1

NOTAS
Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, “La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas
ideológicos”, en: Ensayos Argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, Buenos Aires, C.E.A.L., 1983, pp. 69-105
y Bertoni, L. A. Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad en la Argentina a
fines del siglo XIX. Buenos Aires, F. C. E., 2001.
2
Juan Suriano, Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires (1890-1910), Buenos Aires,
Manantial, 2001, p. 84.
3
Los anarco-individualistas suponen a la sociedad compuesta por individuos autónomos, subestiman las
conexiones sociales tachándolas de “artificiales y superfluas” y creen que el marco natural de coexistenci0a es la
armonía natural entre sujetos. Los anarco-comunistas (posteriormente anarco-socialistas) de tendencia
organizativa, en cambio, ven al hombre como una creación social, el sujeto del que ellos parten es el “asociado”.
Este es el sector al que se suma Ghiraldo. Cfr. Oved, Iaacov. El anarquismo y el movimiento obrero en
Argentina, Siglo XXI, Mexico 1978, pp. 78-80.
4
Osvaldo Bayer, “La influencia de la inmigración italiana en el movimiento anarquista argentino”, en: Los
anarquistas expropiadores. Legasa, Buenos Aires, 1986. pp. 135-161.
5
Zaragoza Ruvira, Gonzalo. “Errico Malatesta y el anarquismo argentino”, en Historiografía y Bibliografía
Americanista, vol. XVI, n 3, 1972.
6
Julio Godio, El movimiento obrero argentino 1870-1910: socialismo, anarquismo y sindicalismo, Buenos
Aires, Legasa, 1987 y José Panettieri, Los trabajadores en tiempos de la inmigración masiva en Argentina
(1870-1910), Buenos Aires, Universidad de La Plata, 1966.
7
Ricardo Falcón, Los orígenes del movimiento obrero (1857-1899), Buenos Aires, C. E. A. L. 1984.
8
Masini, Pier Carlo. Storia degli anarchici italiani, da Bakunin a Malatesta. Rizzoli, Milano, 1969.
9
Oved, Iaacov. Ibid., p. 140.
10
Sobre el año y el lugar de nacimiento de Alberto Ghiraldo existen algunas dudas. Aunque algunos lo declaran
oriundo de la localidad de Mercedes, otros, los que más han investigado el hecho, dicen que nació en la ciudad
de Buenos Aires, en 1875. Véase para este tema: Hernán Díaz, Alberto Ghiraldo: anarquismo y cultura, Buenos
Aires, Centro Editor de América Latina, 1991.
11
Historia de la literatura argentina, T. III, dirigida por Rafael Alberto Arrieta, Buenos Aires, Ediciones Peuser,
1959, p. 471.
12
Héctor Adolfo Cordero, Alberto Ghiraldo. Precursor de nuevos tiempos, Buenos Aires, Claridad, 1962.
13
En el año 1896 el periódico La Nación contrata a Ghiraldo para que haga una visita al penal de Sierra Chica,
sus impresiones acerca de dicho establecimiento y de algunos presos famosos son publicadas como pequeñas
narraciones en dicho matutino ese mismo año. Al año siguiente el autor compila estas narraciones y las edita en
un libro bajo el nombre de Sangre y Oro, las mismas aparecerán en el apartado de la tercera edición de Gesta
bajo el título aquí indicado (cfr. Rubén Darío en La Nación de Buenos Aires (1892-1916), Susana Zanetti
(coord.), Buenos Aires, Eudeba, 2004).
14
Raymond Williams, (1977). Marxismo y literatura. Barcelona, Ediciones Península, 1980, p. 150
15
En este sentido cabe recordar que fue José Ingenieros quien habla de Gesta como un libro socialista, en el
sentido elástico del término (véase Hernán Díaz, op. cit. p.22).
16
Jorge Larroca, “Un anarquista en Buenos Aires”, en: “Todo es historia”, nro. 47, marzo de 1971.
17
Félix García Moriyón, Pensamiento anarquista español: individuo y colectividad. (Tesis Doctoral). Madrid,
Editorial de la Universidad Complutense de Madrid, 1982, p. 16.
18
Alain Renaut, La era del individuo. Contribuciones a la historia de la subjetividad, Barcelona, Destino, 1993,
p. 36.
19
Louis Dumnod, Ensayo sobre el individualismo. Una perspectiva antropológica sobre la ideología moderna,
Madrid, Alianza, 1987, p. 90.
20
En su primer editorial, aparecido el 7 de abril de 1894, "La Vanguardia", órgano oficial del Partido Socialista
en la Argentina, declara en torno a las clases sociales que están surgiendo en el país: “Todo contribuye pues, a
que se hayan formado aquí también las dos clases de cuyo antagonismo ha de resultar el progreso social... A una
clase rica y ociosa cuya única ocupación es variar y ostentar su lujo insolente, hace contraste una clase laboriosa,
que después de una vida entera de trabajo, no tiene más perspectiva que la miseria “. Y finaliza señalando, para
que no quede duda del lugar desde donde y a quien se pretende interpelar, lo siguiente: “Venimos a representar
en la prensa al proletariado inteligente y sensato... Venimos a fomentar la acción política del elemento trabajador
argentino y extranjero, como único medio de obtener esas reformas (las postuladas por el programa mínimo del
Partido Internacional Obrero)”, citado en: Roberto Reinoso, La Vanguardia: selección de textos (1894-1955),
Buenos Aires, C.E.A.L., 1985, p. 23.
21
Pietro Gori, “Nuestra utopía”, en: Obras Completas, Vol. I, Odio Vida y Amor, Génova, C. Maucci, s. a., p.
312.
22
Pietro Gori, “Lo que queremos”, en: op. cit. p. 236
23
Augustin Hamon, Psicología del Socialista-Anarquista, Génova, Carlos Maucci Editor, 1895, p. 237.
24
Augustin Hamon, op. cit. pág. 242.
25
Suplemento de La Protesta, Buenos Aires, julio de 1908, pág. 8.
26
Suplemento de La Protesta, Buenos Aires, agosto de 1908, pág. 12.
27
La Protesta Humana, Buenos Aires, 5 de abril de 1902, pág. 1
28
La Protesta, Buenos Aires, 26 de abril de 1902, p.1.
29
Héctor Zoccoli, La anarquía. Los agitadores Max Stirner –P. J. Proudhon, Barcelona, Imprenta de Heinrich y
Cia., 1904, p. 110.
30
Juan Suriano, Op. Cit., p. 87 y Alberto Giordano, “Boedo y el tema social. Los antecedentes de Boedo”, en:
Historia de la literatura argentina, Los proyectos de la vanguardia, T. 4, Buenos Aires, CEAL, p. 25.
31
Emilio Carilla, Una etapa decisiva de Darío. (Rubén Darío en la Argentina). Madrid, Gredos, 1967, pág. 74.
32
Rubén Darío, Prosas profanas y otros poemas (Edición de Ignacio M. Zuleta), Madrid, Castalia, 1987, p. 87.
33
Graciela Montaldo, “Darío y las muchedumbres”en: La sensibilidad amenazada. Fin de siglo y modernismo,
Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 1994, p. 126.
34
Elías Canetti, Masa y poder, Barcelona Muchnik Editores, 1981, pp. 56-59.
35
Paolo Virno, Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Madrid,
Traficantes de Sueños, 2003, p. 24.
36
Oscar Terán, “José María Ramos Mejía: uno y la multitud”, en: Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-
siglo (1880-1890). Derivas de la cultura científica, Buenos Aires, F. C. E., 2000, pp. 83-133.
37
Toni Negri y Michael Hardt, Multitud. Guerra y democracia en la era del imperio, Buenos Aires, Debate,
2004, pp. 127-128.
38
El concepto de voz lo tomamos de Mijail Bajtin. Este autor, en el desarrollo teórico de su obra que el mismo
caracteriza como una “translingüística”, habla de voz cuando podemos percibir que detrás de un enunciado se
observa una cosmovisión, es decir cuando se hace posible situar a su sujeto en el devenir social en donde las
ideologías dialogan (Cfr. Problemas de la poética de Dovstoievsky, México, F. C. E., 1979).
39
Virno, Paolo. op. cit. pág. 130
40
“Martín Fierro. Revista Popular Ilustrada de Crítica y Arte”, nro. 1, 3 de marzo de 1904, p. 1.
41
Ibid. p.1