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El Magisterio Infalible de la Iglesia

El servicio jerárquico que Jesús confió al colegio de los doce y el monárquico de Pedro no
deben considerarse como fines en sí mismos. La autoridad está siempre en dependencia del
fin a conseguir y por eso en la Iglesia debe estar al servicio de la fe, del encuentro entre Dios
y el hombre.
Por eso Jesús dio a su Iglesia una potestad más importante: la del magisterio, a través del cual
continuará a resonar en el mundo la palabra de Cristo que es el vehículo de la fe.
¿Qué es la potestad de magisterio? Es la facultad de enseñar, de proponer una doctrina a los
discípulos. Esta facultad la tienen los maestros, es decir, todos aquellos que se proponen
instruir a otros.
Este magisterio ordinario se ejerce entre los hombres y el que enseña está obligado a exponer
las razones intrínsecas de una doctrina para que se acepte o se rechace en virtud de su
evidencia. Así, este magisterio humano produce en los discípulos la ciencia porque les hace
conocer las razones de una verdad.
A diferencia del magisterio ordinario, el magisterio de la Iglesia es de carácter autoritario; es
decir, propone una enseñanza para que se acepta como verdadera bajo la autoridad de Dios
que revela para engendrar la fe. Por provenir de Dios no puede engañarse ni quiere
engañarnos. Presupone la existencia de la revelación, el mandato de enseñar conferido a la
Iglesia y la obligación impuesta por el mismo Dios a los hombres de aceptar todo lo que este
enseñe.

Por su mismo concepto el magisterio autoritario o autentico es:


1. Vivo, porque lo ejercen personas vivas, de palabra o por escrito.
2. Externo, porque no proviene de una inspiración interna del Espíritu Santo sino
de la palabra de personas que existen independientemente de nosotros.
3. Tradicional, porque tiene la obligación de proponer las verdades reveladas de
antemano por Dios sin poder incluir nada nuevo.
4. Infalible, porque no puede equivocarse.
La infalibilidad es la imposibilidad de errar de hecho y de derecho. Infalible por esencia es
Dios; siendo la infinita verdad y sabiduría lo conoce todo perfectamente. El hombre, aunque
naturalmente falible, puede ser preservado del error por una asistencia especial de Dios. En
este caso es infalible por participación.
Es infalible el magisterio que Jesús confirió a su Iglesia; pues prometió una ayuda especial,
una asistencia continua para que no se equivoque al interpretar las verdades reveladas. Esta
asistencia no exime del estudio necesario para saber lo que Dios ha revelado, porque la
infalibilidad no incluye una nueva revelación, sino que, suponiendo su existencia, preserva del
error a quien tiene el derecho de enseñarla. Dios no interviene más que cuando el estudio de la
verdad revelada se dirige por falsos derroteros. La infalibilidad es la propiedad esencial del
magisterio de la Iglesia que se extiende también al pueblo cristiano que la recibe. Un
magisterio infalible debe llegar infaliblemente también a quiénes lo reciben.
El magisterio autentico, viviente e infalible de la Iglesia que Jesús instituyó y que se ha de
prolongar hasta el fin de los siglos divide a católicos y protestantes porque para estos últimos
todas las verdades reveladas se contienen en la Sagrada Escritura que cada uno puede
interpretar libremente, según la inspiración privada del Espíritu Santo.
Para los católicos, Cristo primero enseñó y después ordenó a los que le habían escuchado,
predicar todo lo que El había dicho. Sin un magisterio infalible la revelación caería en poder
de las inestables opiniones humanas y su interpretación nos llevaría al caos que vemos en el
protestantismo.
El privilegio de la infalibilidad pertenece al Papa personalmente y al colegio episcopal o
apostólico, y en el a todos los obispos que los sucediesen, bajo la dirección del Papa.
Los obispos pueden ejercer su magisterio bien de modo solemne en el concilio ecuménico o
de modo ordinario en la propia diócesis. Se entiende por concilio ecuménico la reunión de los
pastores de la Iglesia legítimamente convocados en orden a deliberar problemas relacionados
con la Iglesia universal.

Para que un concilio ecuménico sea legítimo se requiere:


1. Que sea convocado por el Papa o aprobado por el en caso de ser convocado por
otro.
2. Que se invite a todos los obispos que tengan jurisdicción.
3. Que el Papa presida los trabajos del concilio personalmente o mediante sus
legados.
4. Que el Papa apruebe las decisiones del concilio.
Solamente es infalible el concilio que es legítimo. Para que sus decisiones sean infalibles se
requieren dos condiciones:
1. Conformidad moral de los obispos entre sí y con el Papa. Esto quiere decir que el
privilegio de la infalibilidad no se concedió a cada apóstol en especial, por consiguiente
tampoco a cada obispo en particular, sino a todo el colegio apostólico. Si hay una mayoría en
una determinada cuestión se puede decir que los asiste el Espíritu Santo. Se necesita además
que el Papa concuerde con ellos porque el es la cabeza de la Iglesia universal y del colegio de
los obispos.
2. Perentoriedad de una decisión en materia de fe y costumbres; es decir, la urgencia de
la decisión es necesaria porque solamente en este caso los obispos y el Papa actúan en virtud
de los poderes que les confirió Cristo en materia de fe y moral. Si proponen una doctrina
solamente como probable se conducen como personas privadas.
En el magisterio ordinario en sus propias diócesis los obispos pueden ser infalibles si al
proponer una determinada doctrina religiosa o moral, o al condenar un error están de acuerdo
entre sí y con el Papa y tienen intención de promulgar una definición perentoria e irrevocable.
La doctrina de la infalibilidad del episcopado en el concilio ecuménico y en su magisterio
ordinario por el mundo la ratificó el Concilio.

Vaticano II en la constitución sobre la Iglesia (n. 25).


Además del colegio episcopal hay en la Iglesia otro sujeto de infalibilidad, el Papa
personalmente considerado, es decir, en cuanto distinto de su condición de príncipe de los
obispos. No sólo es la cabeza suprema de la Iglesia, es también su maestro supremo e
infalible.
En la negación de esta prerrogativa del romano pontífice están de acuerdo naturalmente todos
los acatólicos antiguos y modernos, especialmente los protestantes y ortodoxos. En tiempos
del cisma de occidente (1378-1417) surgió la teoría de la superioridad del concilio sobre el
Papa con el fin de resolver el inconveniente de la pluralidad de Papas entonces existente y que
después se afianzó en un tentativo de aniquilar la misma composición jerárquico monárquica
de la Iglesia.
Esta teoría reapareció en Francia con el galicanismo que concedía al Papa la parte más
importante de las decisiones en materia de fe pero sostenía que esta se hacía infalible sólo si
las aceptaba la Iglesia, es decir el concilio. En el Concilio Vaticano I se manifestaron
tendencias contrarias a la infalibilidad pontificia por lo que en la IV sesión c.4 se definió
solemnemente como dogma de fe que el romano pontífice es infalible cuando habla "ex
cathedra", es decir, cuando en calidad de pastor y maestro de todos los cristianos y haciendo
uso de su suprema autoridad apostólica define que se ha de admitir por toda la Iglesia una
doctrina sobre la fe y las costumbres.
Esto es posible en virtud de la asistencia divina que se le prometió en la persona del
bienaventurado Pedro, por la cual goza de la misma infalibilidad que quiso el divino Redentor
adornase su Iglesia.
En esta definición se indican el sujeto, las condiciones, el objeto, la causa y el efecto de la
infalibilidad.
SUJETO de la infalibilidad es el romano Pontífice, la PERSONA que legítimamente elegida
aceptó ser el obispo de Roma. Contrariamente a la doctrina jansenista que atribuía la
infalibilidad no a la persona del Papa sino a la sede romana, el concilio declara infalibles
todas y cada una de las personas de los pontífices.

CONDICIONES de la infalibilidad son las indicadas en la expresión "EX


CATHEDRA LOQUENS". Para que la definición sea infalible se necesitan
cuatro condiciones:
1. Que el Papa hable no como maestro privado o como obispo de la diócesis de
Roma sino en su calidad de pastor y maestro universal de la Iglesia.
2. Que imponga una doctrina a TODA la Iglesia.
3. Que lo haga de modo preciso e irrevocable de suerte que quien la rechaza caiga
en la herejía.
4. Que la intención de definir sea clara y manifiesta sin dejar lugar a dudas.
OBJETO es el mismo que el de la Iglesia y del episcopado.
CAUSA de la infalibilidad es la asistencia del Espíritu Santo que preserva al Papa de error.
Por tanto es independiente de las cualidades intelectuales y morales del pontífice y de los
estudios que pueda hacer de una determinada doctrina; la única causa es la asistencia del
Espíritu Santo.
EFECTO de la infalibilidad es la adhesión precisa e irrevocable por parte de los fieles.
El Concilio Vaticano I al definir el dogma de la infalibilidad pontificia apela a la fe en la
misma verdad profesada siempre por la Iglesia.
Al lado del magisterio extraordinario e infalible, más bien escaso, que adopta el Papa cuando
habla "ex cathedra", hay un magisterio ordinario practicado con documentos igualmente
auténticos pero no infalibles ni categóricos, como son las encíclicas, las bulas, las
alocuciones, las cartas a los obispos, etc. Los católicos deben prestar el máximo respeto y
adhesión a estos documentos que provienen de una autoridad asistida continuamente por el
Espíritu Santo. Sin embargo, no siendo irrevocables e infalibles nada impide que si alguno,
después de un estudio profundo y detenido llega a una opinión contraria, pueda con la
máxima reverencia exponer sus dudas, dispuesto siempre a aceptar las decisiones del Papa.

En el problema de la infalibilidad los teólogos suelen distinguir:


1. Un objeto directo que abarca aquellas verdades reveladas por Dios formalmente para
que el hombre conozca el fin de la vida y los medios para conseguirlo. Una verdad puede
estar revelada formal y explícitamente; por ejemplo, la Encarnación del Verbo (Jn..1,14); la
Trinidad (Mt.28,19); el primado d Pedro (Mt.16,18); la facultad de perdonar los pecados
(Jn..20,23). O bien una verdad puede estar implícitamente revelada, es decir, en su concepto;
por ejemplo, San Juan, al decir: "Y el verbo se hizo carne" (Jn.1, 14) revela explícitamente la
Encarnación del Verbo e implícitamente su humanidad, porque "carne" equivale a "hombre".
2. El objeto indirecto comprende las verdades que forman parte del magisterio de la
Iglesia por su conexión con las verdades formalmente reveladas en cuanto sin ellas el objeto
directo de la revelación no se podría explicar, defender y custodiar convenientemente. Esta
conexión puede realizarse de las siguientes formas:
1. Conclusiones teológicas: proposiciones que se deducen necesariamente de las
formalmente reveladas. La deducción se hace de dos premisas, de las cuales una es verdad
inmediatamente revelada y la otra una verdad de razón natural.
2. Preámbulos de la fe: proposiciones que se presuponen a las verdades reveladas.
Admitimos las verdades de tales proposiciones bajo la autoridad de Dios que lo reveló.
3. Materias dogmáticas tan íntimamente ligadas con la revelación que
comprometerían la exposición y defensa de esta si la Iglesiano pudiese declararse
infaliblemente sobre ellas; por ejemplo, la legitimidad de un concilio ecuménico o la elección
de un Papa En ambos casos la Iglesia debe ser infalible.
4. Decisiones oportunas para conseguir el fin de la revelación. Estas se
denominan decretos disciplinares, que miran al ejercicio del culto y a la administración de los
sacramentos, medios imprescindibles para obtener la gracia y la salvación eterna.
5. Otro decreto de la autoridad eclesiástica atiende a la canonización de los
santos. La infalibilidad en la canonización de los santos la exige el fin mismo de la Iglesia.
Jesús la instituyó para guiar a los hombres a la salvación eterna; cuando canoniza un santo lo
pone como modelo ante los fieles para que imitando sus virtudes se salven. La Iglesia no
puede indicar una vía falsa, no puede presentar como modelo a imitar un hombre que si se
siguiese nos llevaría a la condenación.
6. En la aprobación de un instituto religioso la Iglesia tampoco puede
equivocarse. Se entiende por instituto religioso una sociedad aprobada por la legítima
autoridad eclesiástica cuyos miembros viven según leyes y constituciones propias practicando
los consejos evangélicos mediante los tres votos de obediencia, castidad y pobreza. Para que
un instituto religioso goce de los plenos derechos de su estado debe aprobarlo de forma
definitiva la Santa Sede. Si en alguna ocasión la Iglesia suprimió una orden religiosa fue o por
razones transitorias o porque la corrupción de sus miembros había convertido las
constituciones en letra muerta.