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A sdrubal Canino y

LA HISTORIA DE LA AMNESIA Y LA CONQUISTA.


Asdrubal Canino compró un viejo local destartalado y allí puso una

estupenda cafetería. A las cuatro de la tarde instituyó la hora Asdrubal, una hora

de café gratis para todo el que quisiera y tantas veces como quisiera.

Se servía entonces el café Canino, un líquido negro de sabor fuerte muy

especiado y tal vez con algo de canela. Si se tomaba bien caliente sabía mejor que

cualquier otro café del mundo.

La hora Asdrubal fue un éxito desde el principio, la terraza se llenaba de

gente alegre y parlanchina, cada uno con su tacita de Canino.

Pero se hizo aún más popular cuando la gente descubrió que el café Canino

tenía ciertas propiedades amnésicas; después de tres tazas muchos clientes tenían

problemas para recordar el camino de vuelta a casa. Los más antiguos pronto se

dieron cuenta de que poco a poco estaban perdiendo el sentido de la orientación

entre otras cosas.

Y sin embargo todos seguían acudiendo puntualmente a la terraza y

bebiendo taza tras taza de café durante la hora Asdrubal.

Así que después de un tiempo algunos empezaron a aparecer con sus

familiares que los traían y pasaban a recogerlos a la vuelta. Otros simplemente

terminaban perdiéndose por la ciudad en alegres grupos y apostaban alegremente

sobre cual sería la casa de cada uno.

El Ayuntamiento intentó intervenir tímidamente en una ocasión, pero


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¿cómo hacerlo? si el propio alcalde y muchos concejales eran clientes fijos de

Asdrubal.

Cada vez se veían en la ciudad por un lado más personas risueñas y

perdidas que paseaban sin rumbo y por otro, más ceños fruncidos que caminaban

apresurados buscando siempre a los parientes o amigos desmemoriados.

Pero apareció Hipólito Müller que compró otro viejo local destartalado

justo enfrente del de Asdrubal y allí instaló una magnífica pastelería.

Y a las cinco de la tarde del día de la inauguración anunció con un altavoz

el comienzo de la hora Hipólito, durante la que se servirían gratuitamente los

deliciosos bombones de licor Müller.

Así que después de la hora Asdrubal la muchedumbre caminó hasta el lado

opuesto de la plaza y comieron bombones a buen ritmo entre alegres

conversaciones.

Con aquellos bombones Müller uno se olvidaba de su profesión y al cabo

de una o dos semanas mucha gente no sabía que era lo que se suponía que debían

hacer al levantarse. La ciudad andaba como parada.

También aquella vez quisieron intervenir las autoridades pero muchas de

ellas habían dejado de acudir al trabajo y algunos incluso estaban desaparecidos,

así que la cosa no llegó a más.

Lo de las mañanas sí llegó a ser un problema, sin café Canino ni bombones

Müller la gente andaba desperdigada y hasta aburriéndose... Pero un día en una


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esquina de la plaza apareció un cartel: Panadería Ricardo Rukker decía, y más

abajo uno pequeño: a las once y durante una hora se podrán degustar

gratuitamente los deliciosos panecillos Rukker.

A estas alturas muchos amnésicos ya pasaban la noche en la plaza cantando

y jugando, así que desde el principio aquella nueva hora tuvo un gran éxito. Esta

vez lo que se olvidaba eran las actitudes exageradas y realmente todo el mundo

consumía el pan Rukker con increíble apetito.

Después, sucesivamente, se instalaron en la plaza la heladería Khomann

(cuyos productos daban una agradable capacidad para la lentitud), la cervecería

Wierda, la charcutería Gianelli (que repartía su magnífico salchichón entre

panecillos Rukker) hasta que la plaza se llenó de comercios y prácticamente no

quedaban horas en el día que no tuvieran nombre.

La gente iba en grupo cada hora, charlando y divirtiéndose de un lado a otro

de la plaza, (excepto algunos que se iban a explorar la ciudad por su cuenta y

tardaban días en volver), pronto los dueños de los negocios para hacer la cosa más

entretenida empezaron a intercambiarse las horas; así que el recorrido de cada día

era distinto. Otra innovación fueron las horas solidarias, en las que por ejemplo

cada taza de café Canino incluía un par de bombones Müller.

En general todo era muy divertido, pero un día oyeron que había otras

ofertas fuera de la plaza y empezaron a irse en pequeños grupos, hasta que todo se

quedó vacío.
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Es que en las afueras de la ciudad, algún cenizo que no merecería tener ni

hora ni nombre puso una frutería y empezó a repartir gratis cualquier putrefacción

que hacía que se recobrase rápidamente la memoria.

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