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“Miradas que acarician el alma” de Clàudia

Sònia entró, junto con sus mejores amigas, en el lugar de encuentro del grupo. Sí, y
ahí le vio en el futbolín, con el resto de chicos del grupo. Su camisa negra por fuera
del pantalón, vestía él esport, pero además elegante, con la americana a conjunto
del pantalón. Y le vio... se vieron. Los chicos les dijeron a las tres hola, estaban
demasiado ocupados en ganar el partidillo de futbolín, aunque en un despiste, él
estando de portero y sin poder dejar de mirarla… perdió ese partido. Acabó el
partido y, en seguida, empezaron a darse dos besos entre todos y hablar con todos,
reír, explicarse cómo había ido esa mañana tan distinta a la del resto de los
mortales.

De repente, él se puso a su lado. Se miraron, se saludaron… Y él, en seguida, le


dijo: “¡Qué guapa vas! Estás muy, muy guapa”, y ella sin dudarlo le respondió:
“Será que me miras con buenos ojos, aunque reconozco que hoy me he arreglado
un poco más de lo habitual”. Y él insistió: “Estás preciosa”. A ella, tan tímida y
reservada, se le subieron un poco los colores. Sus mejillas se enrojecieron. Tenían la
necesidad de estar juntos, de hablar… hubo un momento en que por ciertas
circunstancias ajenas a ellos dos tuvieron que separarse… pero en la distancia, las
miradas se cruzaban y siempre intentaban estar juntos. A la mínima que podían uno
de los dos iba a ver al otro. Sentían esa necesidad, a pesar que se acababan de
conocer esa misma mañana.

Después con el grupo fueron a otro bar… iban los dos uno al lado del otro,
intentando conocerse, hablando de sus cosas, de sus planes para el día siguiente,
aunque al día siguiente no estarían juntos. Cada uno tenía sus propios planes,
desde hacía tiempo. Ese domingo no podrían estar juntos así que tenían que
aprovechar el momento que les brindaba la vida. Ese momento inesperado en el
que no podían dejarse de mirar el uno al otro. Entraron en el otro bar y otra vez por
ciertas circunstancias no pudieron sentarse juntos. Así que no hacían otra cosa que
no parar de mirarse… Eran miradas cortas, pero intensas, miradas que acariciaban
el alma.

Al cabo de un rato, salió todo el grupo de ahí. Y mientras iban por la calle para irse
a otro bar, volvían a ponerse uno al lado del otro para poder así hablar
continuamente. De repente, un chico del grupo cogió a Sònia por la cintura y
empezó a mirarle descaradamente el escote… Sònia, al percatarse, se apartó del
compañero y se puso al otro lado de su apuesto galán. Ella, entonces, hizo el
ademán de taparse el escote para que no se fueran hacia ahí otros ojos que no
deseaban que la mirasen. Sólo buscaba los de su galán, su galán con camisa
negra…

Llegaron finalmente al pub y empezaron todos a bailar. Ellos dos siempre buscaban
estar juntos. Las chicas intentaban sacarle a bailar, pero él siempre volvía a
ponerse a su lado, al lado de Sònia. Bailaron con todos, pero sobre todo ellos dos
siempre juntos, buscándose entre la multitud si hacía falta. Bailaron hasta agotarse,
hasta caer exhaustos. Después se miraron intensamente y decidieron irse. Se
despidieron del resto del grupo. Y ambos, uno al lado del otro, caminaron hasta el
metro.

Llegaron al metro. Entraron en el vagón y no dejaron en ningún momento de hablar,


hablar, hablar y hablar. Llegaron primero a la parada de metro del galán… y él le
dijo: “Siendo tan de noche, ¿quieres que te acompañe hasta casa?” Y ella
respondió: “Te lo agradecería. La verdad es que me da algo de reparo ir hasta casa
sola a estas horas de la noche.” Y él continuó a su lado, hablando y mirándola. Y
volvió a insistir en lo guapa que iba Sònia. Ella se volvió a poner colorada. Llegaron
a la parada. Corrieron para no quedarse en el vagón… estaban despistados
mirándose a los ojos. Salieron a tiempo. Iban por la Rambla que hay cerca de la
casa de Sònia, caminando uno al lado del otro sin dejar ni un segundo de hablar: de
esto, de aquello, de su día a día, intentando conocerse lo antes posible. Luego, tras
un breve paseo, llegaron a casa de Sònia. Al portal. Pero ellos seguían hablando ahí,
en el portal, no podían dejar de hablar y mirarse. Entonces, ella le dijo: “Te invitaría
a subir, pero acabo de conocerte… y prefiería seguir viéndote, seguir disfrutando de
tu conversación…” Y él respondió: “Sí, tienes razón, es que nos acabamos de
conocer hoy… Es mejor así”. Él la cogió por la espalda, le rodeó con sus brazos, le
dio dos besos en la mejilla intensos… Y le dijo… "¿nos veremos, verdad?". Y ella le
respondió: “Sí, claro”. Ella, antes de entrar en el portal, se giró para ver a su galán
una última vez en esa noche… y él se giró para verla a ella. Fue un minuto intenso,
tan intenso que no podían morverse. Estaba oscuro y con poca iluminación. La
mirada de deseo por estar el uno junto al otro iba de un lado de la plaza al otro. Una
plaza precisamente grande, pero no era lo suficientemente grande y oscura para no
sentir la mirada del otro acariciando sus almas.

“Amor platónico” de Clàudia

Al lunes siguiente, Sònia volvió a su rutina. De vez en cuando pensaba en su galán


de la camisa negra, pero también pensaba en su amor platónico. Alguien realmente
inteligente, autodidacta, que le había enseñado muchas cosas y ver otro punto de
vista de la vida. Ese amor platónico que aparecía y desaparecía. Aparecía en su
vida de manera intensa, llenándola de atenciones y bellas palabras, aunque esas
bellas palabras no eran todo lo constante que ella necesitaba. Ella lo amaba a este
amor platónico con toda su alma. Había pasado los primeros meses realmente
intensísimos, en los que se conocieron casi únicamente por misivas, cartas largas y
cortas, emails, mensajes en el móvil, pero cada vez esos mensajes tan intensos
desaparecieron y esos emails se transformaron en breves comunicaciones y breves
notas que ya no eran diarias, sino una vez o dos a la semana. Ella necesitaba más,
mucho más de su amor platónico. Necesitaba que le regalasen cada día con bellas
palabras salidas del alma, que de vez en cuando sus palabras fueran tan amorosas
que sintiera como acariciaban desde el ordenador su pequeño y esbelto cuerpecillo.
Ese amor platónico que ella quería no lo fuese sino que fuese real, tan real que
pudiera de vez en cuando palpar, aunque sólo fuese con al mirada, el cuerpo de su
amado. Necesitaba sus besos, sus caricias, sus bellas palabras susurrándoselas en
los oídos.

Aún en su recuerdo tenía uno de los encuentros que tuvo con su amor platónico.
Fue mágico desde el primer instante. Hubo una conexión entre ambos espectacular.
Ella, con su timidez habitual, no se sintió en ningún momento incómoda, todo lo
contrario. Y desde el primer instante, necesitó abrazarlo, acariciarlo, besarlo. Nada
más verlo, ahí, de pie, esperándola, con una sonrisa tímida, suponía ella, por los
nervios, sintió algo especial, algo que la llenaba. Sintió esas cosquillas en el
estómago que cada vez eran más intensas. Luego subieron en el coche y… sus
cosquillas cada vez eran mucho más intensas. Su perfume, su perfume llenaba el
coche de dulce armonía. Ese perfume afrutado, con aroma suave, no demasiado
fuerte, con estilo. Ella, desde el primer instante, supo que era él, él era la persona
que la enamoraba con cada palabra, con cada caricia. Tan solo la presencia de él ya
la llenaba al completo, ya la hacía sentir como una princesa de princesas. Y eso que
en ningún momento hizo falta que le dijera: “Qué guapa estás!”. No hacía falta,
porque la mirada de este amor platónico era suficiente para saber que para él ella
era y estaba siempre guapa.
Sí, pensaba en su galán de la camisa negra, pero realmente a quien ella amaba era
a su amor platónico… ese amor con el que deseaba pasar el resto de su vida.

“Planes de celebración” de Clàudia

Sònia cumplía años. ¿Cuántos? No importa cuántos porque ella tenía un espíritu
más joven de lo que lo podría tener algunas chicas de 28 años. Por tanto, unos 28
años tendrá. Pues bien, como su casa era pequeña, pidió a su mejor amiga de hacer
la celebración en casa de ésta. Lógicamente Amàlia le dijo que sí. “Cómo no iba a
ser en mi casa. Y no sólo eso, sino que encargaré un pastel para que puedas soplar
las velas de tus 28 primaveras, jajajaja”. Y así, empezaron los preparativos de la
fiesta de cumpleaños de Sònia. Las invitaciones: a quién se lo decían y a quien no.
Así que decidieron hacer una lista: Quimet, Pepe, Xavi, Magda, Lola, Casimira, etc
todo el grupo, pero ahora le tocaba una decisión importante: invitaba a su galán de
la camisa negra o a su amor platónico o a ambos. Amàlia le convenció para que no
invitara a los dos a la vez, no era prudente. Ella debía decidir si a uno u a otro.
Amàlia conocía la historia de su amor platónico que en su tiempo no lo fue tanto.
Estuvieron durante unos tres años viéndose con cierta frecuencia, pero finalmente
la distancia pudo con ellos, sobre todo con él. Y él acabó volviendo con la ex de
entonces por no poder superar esa distancia. Pero eso no quería decir que no se
amaran. Todo lo contrario. Él sabía que amaba a Sònia por encima de todo. Cada
vez que había una fecha importante a la primera a la que llamaba era a Sònia. Y
siempre necesitaba estar en contacto con ella. Y cuándo él la llamaba actuaba
como si nada les hubiese distanciado. A Sònia que todavía lo amaba locamente le
seguía haciendo daño que la llamara, pero a la vez sentía la necesidad. Entonces,
hablando con Amàlia, llegaron ambas a la misma conclusión. Que no se lo dirían a
su amor platónico, sino que la invitación sería a su galán de la camisa negra.

Así fue. Decidieron enviar un e-mail a todos los contactos para hacer la invitación
formal. Y así lo hicieron:

Hola a todos,

El día 3 de abril es mi cumpleaños y he decidido hacer una celebración para estar


todos juntos ese día. Pero cómo este día nos es imposible a todos, he decidido
hacerlo dentro de dos fines de semana. El punto de encuentro es el piso de Amàlia,
que buenamente me lo presta para realizar la celebración. Así que ese día os
esperamos tanto Amàlia como yo en su piso a partir de las 21.00 de la noche.

Espero confirmación de asistencia.

Besos a todos,

Sònia

Después empezaron con los siguientes preparativos. La comida. Que iban a


preparar de comida. Bueno, Amàlia le dijo “que tal lo de siempre que es lo más
fácil. Pan con tomate, embutido y una o dos de esas megatortillas que suelo hacer
que será otro de mi regalo por tu cumple. Digo una o dos dependiendo de la gente
que seamos, porque ya sabes que es lo primero que se acaba siempre”. Y Sònia
respondió: “Vale perfecto! Ese día yo iré temprano a tu casa para ayudarte con los
preparativos, de acuerdo? Y luego me quedo a dormir para así ayudarte a recoger la
casa.” A lo que Amalia le comentó: “No hace falta, pero si quieres, ya sabes que no
te voy a poner ningún impedimento en que vengas antes y te quedes a dormir”

Y así se quedó la cosa. A la espera de esa celebración tan esperada que volvería a
juntar a todos en un mesa en vez de en las locuras habituales que suelen hacer
este grupo de alocados “supuestamente treintaañeros”.
“Llamada inesperada” de Clàudia

Faltan unos días para la celebración del cumpleaños de Sònia y ella recibió una
llamada inesperada ese mismo día. Si jamás se lo hubiese pensado. Jamás se
hubiese imaginado el contenido de esa llamada. La dejó perpleja. No sólo su
príncipe azul la llamó, sino que le dio una noticia. ¡Vaya noticia! Una noticia que
daba un giro de 360º su vida. Ella todavía lo amaba, sí lo amaba de verdad, pero
sabía que era un amor imposible y ahora… ya era definitivo. Totalmente imposible.

La llamó su príncipe, no sólo para, supuestamente, felicitarle el cumpleaños, sino


para decirle: “Me caso”. Llevaban muy poco tiempo en esta otra relación; no lo
entendía. Lo hubiese entendido si el final de su relación con Sònia hubiese sido
tortuoso, pero Sònia recuerda cada instante de su vida en común. Nunca hubo una
discusión. La dejó supuestamente por miedo al compromiso y luego, al cabo de
unos pocos meses, le anuncia que se casa. Sònia, al principio, se desesperó, pero
poco a poco fue razonando y pensando… ¡vaya! No creo que esta sea la actitud
correcta que deba tomar. No –dijo Sònia—no me pienso agobiar ni deprimir. Él se lo
pierde! Él se pierde estar conmigo, alguien que lo ha querido con locura y que
todavía lo quiere.

Al cabo de unos instantes de colgar a su príncipe azul y de pensar y razonar en esa


actitud, Sònia recibió la llamada de su apuesto galán. Él si que la llamaba para
felicitarle el cumpleaños y para quedar. Dijo que sí a venir a la cena preparada para
el sábado, pero además quería celebrarlo a solas también con ella. Así que le
propuso cenar solos ese viernes. Ella, enseguida, se puso feliz, muy feliz. Una
sonrisa increíblemete sexy apareció en su rostro. “Sí—le dijo ella—claro que sí”. Y
así, ese galán, tan apuesto, empezó realmente a hacerse un hueco en su
corazoncito noble y amoroso.

Por fin, Sònia, después de unos instantes tristes pasó otra vez a la felicidad, no la
supuestamente completa, porque ella no creía en esa felicidad de las novelas, no;
pero sí en esos pequeños momentos felices que no aportan al corazón y al alma
una alegría poco habitual.