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República de Colombia

CASACIÓN N° 28693
JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO y otro

Corte Suprema de Justicia

Proceso No 28693

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA


SALA DE CASACIÓN PENAL

Magistrada Ponente:
MARIA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS
Aprobado Acta No. 152.

Bogotá D.C., diez (10) de junio de dos mil ocho


(2008).

VISTOS

Emite la Sala sentencia de casación dentro del


proceso seguido a JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO, a
cuyo nombre y representación su defensor instauró
demanda de esa naturaleza en contra de la sentencia
proferida por el Tribunal Superior de Pasto1 el 29 de marzo
de 2007 mediante la cual confirmó en lo fundamental la
dictada por el Juzgado 48 Penal del Circuito de Bogotá el
26 de enero de la anualidad anterior, que condenó al
1

Asignación atribuida mediante Acuerdo No. PSAA06-3430 del 26 de mayo de


2006, emanado de la Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura.
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mencionado procesado a las penas principales de 12


meses de prisión y $1.000 de multa, así como a la
accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y
funciones públicas, como autor responsable del delito de
estafa.

ANTECEDENTES

Los hechos los resumió el ad quem de la siguiente


forma:

“En el mes de marzo de 1998 en la ciudad de Bogotá


D.C., la sociedad ‘PRESTAGIL LTDA.’ anunció
públicamente la venta de un automotor colectivo de
servicio público marca Mazda, modelo 1990, afiliado a la
empresa ‘Transportes Fontibón S.A.’.

Los señores Alberto Garzón Vargas y Enrique


Gutiérrez Ayala mostraron su interés, acordando con el
señor JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO como
representante de la firma vendedora, comprarlo en la
suma de $24.250.000, pagaderos así: $2.000.000 a la
suscripción del contrato; $20.000.000 tres días después,
esto es cuando se les haga entrega del automotor y el
resto al momento en que se haga el traspaso ante la
autoridad correspondiente.
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Cuando se hizo el trámite del traspaso –diciembre de


1998- éste fue devuelto porque sobre el automotor
estaban vigentes 3 embargos ordenados por los Juzgados
5°, 3° y 2° Civiles del Circuito de esa capital”.

En virtud de la denuncia formulada por los


compradores del automotor, se dio inicio a la respectiva
instrucción penal, en cuyo marco se vinculó mediante
indagatoria a JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO y Hernando
Porras Gómez, este último propietario anterior del
rodante, a quienes se definió su situación jurídica con
medida de aseguramiento de caución prendaria por el
delito de estafa.

Una vez clausurada esta etapa procesal, el 11 de


junio de 2003, se calificó el mérito del sumario con
resolución de acusación en contra de los procesados como
presuntos coautores del delito por el cual se los afectó
con medida de aseguramiento; decisión que cobró
ejecutoria el 30 de junio ulterior.

El juzgamiento correspondió al Juzgado 48 Penal del


Circuito de Bogotá. Dicho despacho, luego de imprimir el
trámite legal correspondiente, dictó sentencia mediante la
cual condenó a SALAZAR TRIVIÑO a las penas principales
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de doce (12) meses de prisión y multa por valor de un mil


pesos ($1.000), así como a la accesoria de inhabilitación
para el ejercicio de derechos y funciones públicas por un
tiempo igual al fijado para la sanción privativa de la
libertad, a la vez que lo condenó al pago de perjuicios por
suma equivalente a noventa y cuatro (94) salarios
mínimos legales mensuales vigentes y le otorgó el
subrogado de la suspensión condicional de la ejecución de
la pena. En la misma decisión, absolvió a Porras Gómez
de la conducta por la cual fue llamado a juicio.

Contra la anterior sentencia, interpusieron recurso


de apelación el defensor de SALAZAR TRIVIÑO y el
apoderado de la parte civil, impugnaciones resueltas por
el Tribunal de Pasto el 29 de marzo de 2007,
modificándola únicamente en cuanto adicionó a la
condena en perjuicios el valor de cuatro millones de pesos
($4.000.000), por concepto de honorarios profesionales de
los abogados que asistieron a las víctimas.

Nuevamente, en desacuerdo con lo decidido, los


mismos sujetos procesales interpusieron y sustentaron,
mediante sendas demandas, recurso extraordinario de
casación. En providencia del 13 de febrero del cursante
año la Corte inadmitió el libelo presentado por el
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apoderado de la parte civil, pero admitió el allegado por la


defensa, por cuya razón ordenó correr traslado al
Ministerio Público, habiéndolo descorrido el Procurador
Cuarto Delegado para la Casación Penal, quien solicitó
desestimar la pretensión del actor.

LA DEMANDA

El defensor del procesado JUAN CARLOS SALAZAR


TRIVIÑO presentó demanda de casación a través de la
cual formula un cargo con soporte en la causal tercera de
casación prevista en el artículo 207 de la Ley 600 de
2000; uno más con sustento en la primera, cuerpo
primero, es decir, violación directa de la ley sustancial y
otros tres por violación indirecta de la ley sustancial.
Subsidiariamente, el censor propone dos cargos
adicionales por violación indirecta de la ley sustancial.

Por razones de metodología y en orden a evitar


repeticiones innecesarias, en el siguiente acápite del
presente fallo la Sala primero resumirá los fundamentos
del respectivo cargo, luego compendiará el criterio del
Procurador Delegado y, finalmente, se ocupará de ofrecer
la respuesta que amerite el caso. Esta labor se acometerá
con sujeción a la precisión que, a manera de aclaración
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previa, hará la Corte ateniendo la prosperidad –se


anticipa, desde ya- de uno de los reproches formulados
por el libelista.

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:

Aclaración previa:

Como quedará evidenciado más adelante, el cargo


por violación directa postulado por el actor prosperará, de
manera que habrá de casarse la sentencia impugnada
para, en su lugar, absolver al procesado. En esas
condiciones, la Sala encuentra innecesario ocuparse de la
censura formulada al amparo de la causal tercera de
casación, pues aunque el impugnante la sustentó de
manera inicial, conforme lo imponía el principio de
prioridad, su aspiración es obtener la nulidad de la
actuación por violación del derecho de defensa, en
cuanto los letrados que sucesivamente ejercieron esa
labor no realizaron actos defensivos durante una gran
parte de la investigación y el juicio.

Si el derecho de defensa tiene como fin brindar al


sujeto pasivo de la acción penal herramientas jurídicas
para oponerse a la pretensión punitiva estatal y buscar,
de esa forma y por regla general, desvirtuar las pruebas
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de cargo y, por consiguiente, obtener la declaración


judicial de su inocencia, ninguna razón tiene invalidar la
actuación con el único objetivo de garantizar el adecuado
ejercicio del derecho de defensa cuando las pruebas
recaudadas imponen el proferimiento de una absolución.
En esos casos, la mejor garantía de protección del
derecho de defensa es la adopción en este momento de
la decisión favorable a los intereses del acusado.

Recuérdese que, según lo tiene dicho la Sala, “Una


de las características de la nulidad es que debe prosperar
si se advierte que con la sentencia se ha causado un
daño al procesado y que con la recomposición del
proceso obtendría un beneficio, es decir, un bien”2 (se
resalta, ahora).

Por supuesto, la prosperidad del segundo cargo


determina, además, la innecesidad de hacer referencia a
los restantes reproches postulados por el casacionista,
dado que los mismos buscan también la absolución del
acusado.

La demanda. Cargo por violación directa:

2
Sentencia del 11 de diciembre de 2003, radicación 19775.
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Partiendo de aceptar como cierta la ocultación de los


tres embargos que pesaban sobre el vehículo automotor
objeto de venta, conforme se definió en la sentencia
impugnada, el actor sostiene que como esa información
aparece registrada en la oficina de tránsito la misma
tiene carácter público, en cuanto a ella puede acceder
cualquier persona.

Si, adicionalmente, el delito de estafa supone la


creación de una situación inexistente que induce en error
a la víctima, considera que en este caso no es factible
afirmar la estructuración de un engaño a través del hecho
de no ponerse de presente a una persona información
pública fácilmente verificable por ella, pues “dicha
información, precisamente por ser pública, puede ser
constatada por cualquier sujeto medianamente prudente
y diligente. En otras palabras, nadie puede ser engañado
sobre la realidad de los datos que reposan en una base
de acceso público y libre”.

En su criterio, además, la posibilidad de examinar


información pública incide en lo relativo al sujeto pasivo,
por cuanto al mismo, atendido el elemento engañoso
sobre el cual se estructura la estafa, se le exigen unas
cargas y deberes de autotutela, según así lo ha
reconocido la jurisprudencia de la Corte, lo cual obliga a
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analizar el medio en el que se desenvuelve el afectado,


criterio victimológico sobre el cual se ha referido la
doctrina nacional.

En tal virtud, estima que el sentenciador yerra


cuando acepta “que hubo un artificio capaz de inducir en
error a la víctima en el hecho de omitir una información
con carácter público, cuando resulta evidente que
conforme la acertada visión victimológica señalada
anteriormente, subsiste una carga según la cual un
contratante medianamente prudente y diligente en un
negocio comercial de compra venta de un vehículo, debe
verificar el estado legal en que se encuentra el mismo…”.

Sobre la trascendencia del yerro, señala que la


imposibilidad de considerar el ocultamiento de
información pública como acción generadora de engaño
rompe la estructura del delito de estafa. Con ello, añade,
el fallador violó directamente los artículos 9, 10, 25 y 246
del Código Penal de 2000 por interpretación errónea,
pues a pesar de tratarse de los preceptos reguladores del
caso, no les asignó las consecuencias jurídicas
correspondientes.
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Por consiguiente, solicita casar la sentencia para, en


su lugar, proferir la de reemplazo que habrá de ser de
carácter absolutorio, por atipicidad de la conducta objeto
de imputación.

Ministerio Público:

Considera que el cargo no está llamado a prosperar,


por cuanto el censor pretende trasladar la carga de la
prueba a los compradores por su posible falta de
diligencia, con lo cual la inconformidad la dirige sobre la
forma como los juzgadores valoraron los medios
probatorios, cuya labor les permitió dar por demostrado
los elementos engañosos y la creación del escenario apto
para inducir en error a los compradores. De esa manera,
añade, el censor tergiversa el ataque por violación
directa, tal como aconteció en decisión de la Sala de
Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia que cita
en extenso.

En su criterio, la senda escogida por el casacionista


lo obligaba a demostrar el desacierto del fallador “cuando
seleccionó la norma que regulaba el caso sometido a su
examen, bien porque le confirió un entendimiento
equivocado o porque lo sobrepasó, ora disminuyendo o
distorsionando sus verdaderos contenido o alcance”.
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Señala que ninguno de tales presupuestos fue


analizado por el censor, razón por la cual “no resulta
cierto que en el presente asunto se haya demostrado que
el tipo penal aplicable era otro diferente al delito de
estafa, partiendo de que no se tuvo en cuenta el deber de
auto tutela… o a partir de la misma premisa tampoco es
válido afirmar que por el hecho de que la información que
acusa el libelista era de fácil acceso para cualquier
persona, se pueda concluir que como los compradores
estaban en posibilidad de hacer las verificaciones del
estado jurídico del bien por no hacerlo, se le dio un
alcance diferente al que le corresponde al delito de
estafa…, como tampoco puede decirse que el ataque
demostró que se distorsionaron los contenidos
estructurales del tipo”.

Terminó evocando decisión reciente de la Corte


donde, reiterando su pacífica jurisprudencia, sostuvo que
cuando el sentenciador aprecia la norma, pero no la
aplica como consecuencia del alcance que le asigna, no
se presenta una errónea interpretación sino una exclusión
evidente.

La Sala:
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1. La Corte encuentra, contrario al entendimiento del


Procurador Delegado, que la censura en lo fundamental
está bien desarrollada, pues el actor respeta los hechos
contemplados por el Tribunal, así como la valoración
efectuada por esa Corporación para arribar a la
demostración de la situación fáctica que le permitió
afirmar la existencia del delito de estafa.

En efecto, el ad quem encontró que el procesado


ocultó a los señores Alberto Garzón Vargas y Enrique
Gutiérrez Ayala la existencia de varios embargos vigentes
al momento de celebrar el contrato de venta del vehículo
automotor de servicio público marca Mazda, modelo
1990, afiliado a la empresa “Transportes Fontibón S.A.”.
Esa situación la estimó constitutiva de acto engañoso que
llevó a los compradores a realizar el negocio jurídico,
inducidos en error sobre el real estado jurídico del bien
objeto del contrato.

El libelista, al estructurar el cargo, admite como


cierto el ocultamiento, pero considera que ese hecho no
tenía la capacidad de engañar a los adquirentes, pues la
situación del vehículo constituye un hecho público, cuya
verificación estaba al fácil alcance de éstos con sólo
acudir a la oficina de tránsito.
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La discusión así planteada es, por tanto, netamente


jurídica, como se exige en el ámbito de la violación
directa, y consiste en determinar si, en realidad, ocultar
al comprador de un bien sujeto a registro un hecho que
aparece en el mismo, reviste o no entidad para generar el
engaño propio de la estafa.

Ahora bien, es cierto sí que el demandante no debió


aducir la presencia de una interpretación errónea de la
ley sustancial sino predicar su aplicación indebida, pues,
como lo tiene ampliamente precisado la jurisprudencia de
la Sala, el primero de esos sentidos de violación directa
se presenta cuando el juzgador selecciona bien y
adecuadamente la norma aplicable al caso, pero
desacierta al interpretarla porque le atribuye un sentido
jurídico que no tiene o le asigna efectos distintos o
contrarios a su real contenido.

La indebida aplicación, en cambio, ocurre cuando el


funcionario desatina en el proceso de adecuación de los
hechos probados, en tanto el aspecto fáctico reconocido
no coincide con los supuestos contemplados por el
precepto. En el caso analizado, lo apropiado era afirmar
la aplicación indebida del artículo 246 del Código Penal
de 2000, norma que tipifica el delito de estafa, pues el
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error estuvo en haberse seleccionado esa norma


sustancial a pesar de resultar atípicos los hechos.

El reseñado desacierto técnico, empero, no impide


estudiar el mérito del reparo, atendiendo los fines de la
casación que como mecanismo de control constitucional
pretende la efectividad del derecho material, el respecto
de las garantías fundamentales de los sujetos procesales,
la reparación de los agravios inferidos a estos y la
unificación de la jurisprudencia3.

2. No se discute hoy en día que en la celebración de


contratos de naturaleza civil se puede incurrir en el delito
de estafa. En este sentido la Corte desde la sentencia del
23 de junio de 19824 viene prohijado el criterio según el
cual en esa clase de negocios jurídicos la mentira o el
silencio de los contratantes pasa al campo penal cuando
recaen sobre elementos fundamentales del convenio.

Tampoco es motivo de controversia que el medio


engañoso debe tener idoneidad para inducir en error a la
víctima. Lo que sí genera aún ardua polémica es la
determinación de las condiciones a partir de las cuales
3
Cfr. Sentencia del 28 de septiembre de 2006, radicación 22041.
4

M.P. Dr. LUIS ENRIQUE ROMERO SOTO. En el mismo sentido, sentencia del 5 de
agosto de 1992, M.P. Dr. JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA. También, sentencia
del 29 de agosto de 2002, radicación 15248.
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15 CASACIÓN N° 28693
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resulta dable afirmar que la argucia o el engaño reúnen


los presupuestos objetivos exigidos por la norma penal
para predicar la configuración del delito estafa. Sobre el
particular se conocen dos posiciones. La primera le asigna
una gran preponderancia al significado de artificio,
conforme al cual la estafa es un delito de inteligencia,
que requiere el despliegue de actos hábilmente
preparados y bien concebidos para revestir capacidad de
inducir en error a la víctima5.

Bajo tal perspectiva, entonces, si la persona pasible


del engaño obra de modo ingenuo, torpe o negligente no
habrá lugar a afirmar la existencia de estafa, porque una
actuación prudente le hubiera bastado para salirse del
error. Entre quienes han postulados esta tesis se
encuentra el tratadista LUIS CARLOS PÉREZ al señalar:

“... Cambiando las expresiones anteriores, es válido


admitir que el art. 356 se refiere tanto al encarecimiento
de la mentira mediante palabras o sea, al engaño, como
al dispositivo material con que se consigue de mejor
manera lo que se pretende. Pero debe repetirse, la
mentira ha de tener fuerza determinante, eficacia. Y para

5
Cfr. ANTONIO JOSÉ MARTÍNEZ LÓPEZ en Estudios de Derecho Penal Especial,
varios

autores, Editora Jurídica de Colombia, primera edición 1992, pág. 288.


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que sea eficaz es preciso examinar varios factores: el


negocio de que se trata, las personas interesadas en él,
su nivel intelectual y hasta sus necesidades actuales...

“...

“... El solo hecho de que las expresiones mentirosas


hayan creado el error en el paciente de la acción, no
basta para atribuirles el carácter del engaño puntualizado
en la norma. Por ejemplo, si alguien, diciéndose dueño de
las minas de Zipaquirá o de las de Acerías de Paz del Río,
y sin exhibir documento ni testimonio alguno que le dé
credibilidad, enajena la catedral de sal o uno de los altos
hornos, recibiendo dinero u otra clase de prestaciones
económicas del iluso comprador, no hay duda de que ha
mentido. Pero es tan desproporcionada la falacia, que
quien la creyó es el único merecedor de pagar su
extrema simpleza...”6.

En cierta forma, la postura en mención fue acogida


por la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de
Justicia en la sentencia del 12 de junio de 2003, en cuanto
allí expresó:

6
Derecho Penal, partes general y especial, Luis Carlos Pérez, Ed. Temis, Tomo V
1998, págs. 454 y ss.
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“Pero ciertamente, como lo señala la Delegada en su


estudio, haciendo eco de la teoría de la imputación
objetiva, ‘se considera que no todo engaño que pudiera
concebirse causal respecto del resultado perjudicial
permite la imputación del resultado a la conducta del
autor, pues, de acuerdo con el argumento victimológico,
la víctima debe acudir a los mecanismos de autotutela
exigibles, porque será entonces punible el
comportamiento capaz de sobrepasar la barrera de
contención que supone la actitud diligente del
perjudicado’ ”7.

La segunda posición aconseja examinar con una


mayor flexibilidad el medio engañoso cuando se trata del
sujeto engañado. Quienes la profesan rechazan la
doctrina francesa de la “mise en scène”, según la cual no
bastan las palabras y discursos mentirosos sino el
despliegue de actos exteriores a cuyo amparo,
hábilmente, se induce a creer lo que en realidad no es.

En esa dirección es la línea de pensamiento del


profesor JOSÉ IRURETA GOYENA, para quien “sostener
que solamente es sancionable el fraude cuando la víctima
se halla exenta de toda incuria, equivale jurídicamente a
sustentar que corresponde admitir estafa únicamente en
7
Radicación 17196.
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casos extremos de previsión imposible, cuando el engaño


reviste una grande y hábil sutileza”8.

Sin duda, la Sala de Casación Penal de la Corte se


inspiró en esta segunda postura para adoptar la
determinación plasmada en la sentencia del 27 de
octubre de 2004. En esa decisión la Corporación, tal como
se hizo en el fallo del 12 de junio de 2003, partió también
de los fundamentos de la teoría de la imputación objetiva.
Sin embargo, sobre la base de tener ésta como
presupuesto tanto el riesgo permitido como el principio
de confianza, “que determinan el estado de interacción
normal de las relaciones sociales y de los riesgos que en
ellas se generan”, concluyó:

“… De manera que, sólo cuando la víctima asume


conjuntamente con otro una actividad generadora de
riesgos (lo cual acá no ocurre), puede eventualmente
imputársele el resultado a la víctima, siempre que esta
tenga conocimiento del riesgo que asume. En
consecuencia, si es el autor quien recorre la conducta
descrita en el tipo penal (quien crea el riesgo), el resultado
debe serle imputado a aquel y no a la víctima, pues ésta
obra dentro del principio de confianza que le enseña que
8
Cita de HUMBERTO BARRERA DOMÍNGUEZ en Estudios de Derecho Penal
Especial, varios autores, Editora Jurídica de Colombia, primera edición 1992, pág.
242.
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19 CASACIÓN N° 28693
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en el tráfico de las relaciones sociales el vendedor


realizará el comportamiento en el ámbito de competencia
que le impone la organización”9.

Aunque la Sala en la sentencia del 27 de octubre de


2004 fue expresa en señalar que lo allí decidido no
constituía un cambio jurisprudencial frente al
pronunciamiento emitido algo más de un año antes, por
tratarse, según expresó, “de un pensamiento elaborado
para una situación muy distinta a la que ahora se
estudia”, lo cierto es que sí implicó una variación de
criterio, porque si bien en el caso decidido inicialmente
por la Corte, esto es en el pronunciamiento del 12 de
junio de 2003, el comprador era consciente del hecho de
adquirir un bien gravado con hipoteca, lo cual no sucedió
en el proceso conocido posteriormente, la verdad es que
en aquél el vendedor ocultó al comprador que el bien
objeto de negociación se encontraba para ese momento
embargado.

Sea como fuere, para la Sala ahora, en temas como


el presente, donde se juzgan hechos basados en las
relaciones sociales, no pueden establecerse reglas rígidas
sino tener en cuenta las circunstancias concretas de cada
caso para determinar si la actitud reticente de una de las
9
Radicación 20926.
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partes contratantes al ocultar la existencia de un


gravamen o una medida cautelar tiene o no idoneidad
para inducir en error. Para el efecto será menester,
entonces, considerar aspectos tales como el nivel
intelectual del sujeto pasivo de la conducta, su pericia en
asuntos de la naturaleza de la cual se trata, sus
experiencias, el medio social en donde se desenvuelve10 y
las herramientas jurídicas brindadas por el Estado para su
protección.

Desde luego, ese análisis habrá de hacerse en el


marco de un contexto compatible con nuestra realidad
social. Hoy en día, a diferencia de pasadas épocas, el país
tiene un mayor índice de personas preparadas académica
y culturalmente; así mismo, en desarrollo de la
modernización del Estado, se han implementado
mecanismos institucionales de fácil acceso al público que
permiten verificar la situación jurídica de algunos bienes,
como acontece con los sujetos a registro.

Ese progreso de la nación ha obligado al Estado a


dejar atrás de manera gradual aquellos períodos de
acentuado proteccionismo para pasar a fases donde se
ofrece una mayor libertad de interacción de las personas,
reconociendo así que no se trata de seres incapaces para
10
Cfr. ANTONIO JOSÉ MARTÍNEZ LÓPEZ, obra citada, pág. 288.
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el ejercicio de sus derechos sino de individuos con


posibilidad de discernimiento suficiente para
sobreponerse a ciertas mentiras o engaños propios de la
dinámica social.

Un ejemplo de esa elasticidad estatal ha sido la


despenalización del estupro (denominada estafa sexual),
cuya estructuración se asentaba, precisamente, en la
realización de actos engañosos para la obtención del
acceso carnal con persona mayor de catorce años y
menor de dieciocho. En ese contexto, se consideró que
los individuos de dichas edades presentan actualmente
una capacidad intelectual11 apta para consentir
libremente una relación sexual.

Pero, tratándose Colombia de una nación apenas en


desarrollo, no puede pasarse por alto que todavía hay
muchos sectores o grupos de personas como los
campesinos e indígenas, que no han alcanzado un
adecuado nivel académico e intelectual o viven en zonas
alejadas donde, por su vida cultural, no tienen fácil
acceso a los avances de la modernidad. En esos casos,
sin que su enunciación quede agotada en las personas
reseñadas, el Estado conserva la obligación de brindar

11
Salvo, obviamente, los casos de personas que presentan condiciones de
inferioridad, los cuales sí son sancionables por nuestro ordenamiento punitivo.
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22 CASACIÓN N° 28693
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una mayor protección para evitar que la condición de


debilidad en la cual se encuentran sea aprovechada por
otros como fuente de indebido lucro.

Hablando en términos de la teoría de la imputación


objetiva, implica que quien ostenta un nivel de
preponderancia sobre alguien que, por su bajo grado
académico, cultural o social, carece de suficiente
capacidad para entender cabalmente los pormenores de
un negocio jurídico, asume la posición de garante para la
evitación de resultados dañosos cuando con su
comportamiento ha generado un riesgo jurídicamente
desaprobado, siempre que conociese las condiciones
especiales del sujeto pasivo de la conducta. Solamente en
esos casos, si no actúa de conformidad con la posición de
garante que el ordenamiento jurídico le atribuye, le será
imputable de manera objetiva el resultado.

En esas condiciones, no asumirá la posición de


garante y, por lo mismo, no tendrá la obligación de
impedir el resultado dañoso el vendedor que se
encuentra respecto del comprador en un plano de
equilibrio frente al conocimiento de los alcances,
vicisitudes y consecuencias de la transacción que
celebran.
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23 CASACIÓN N° 28693
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3. En el caso materia de análisis, se tiene lo


siguiente:

El procesado JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO,


actuando como representante legal de la sociedad
‘PRESTAGIL LTDA., vendió a los señores Alberto Garzón
Vargas y Enrique Gutiérrez Ayala un vehículo automotor,
sin advertirles que sobre el mismo pesaban varias
medidas cautelares.

Los vehículos automotores corresponden a bienes


sujetos a registro, cuyo historial aparece anotado en
bases de datos que están a cargo de la respectiva oficina
de tránsito. En el caso de la ciudad de Bogotá, lugar
donde ocurrieron los hechos, a esa base de datos tiene
acceso con facilidad cualquier persona con solo solicitar
un certificado, requiriendo información sobre la situación
jurídica del rodante de interés del peticionario.

Según consta en los autos, el señor Alberto Garzón


Vargas tenía 40 años para la época de los hechos, era
bachiller y se dedicaba al oficio de la conducción12. A su
turno, el señor Enrique Gutiérrez Ayala contaba con los
mismos 40 años, estudió una carrera intermedia y se

12
Así lo manifestó el mismo Garzón Vargas cuando amplió la denuncia (fl. 23 cd.
original 1).
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dedicaba al oficio de técnico electrónico13. En la etapa del


juicio, durante la audiencia pública, declaró la señora
Aida Inés Celis, cónyuge de Gutiérrez Ayala, quien
manifestó que su esposo llevaba más de 10 años en el
área del transporte público, concretamente, en el oficio
de compra y venta de automotores14.

Como se observa, se trata de personas con alguna


preparación académica y cuyos ingresos los derivaban de
ocupaciones propias del transporte. Es más, uno de ellos
llevaba más de 10 años dedicado a la compra y venta de
vehículos. Todo ello permite concluir que no ignoraban los
pasos a seguir cuando se trata de efectuar negociaciones
con esa clase de bienes, de modo que obraron
imprudentemente al no acudir a los mecanismos de
autotutela a su disposición. De haberlo hecho, habrían
podido superar con facilidad el ocultamiento de los
embargos que pesaban contra el rodante adquirido.

La experiencia y conocimiento ostentado por los


compradores sobre el tema de la adquisición de vehículos
automotores impide asignar al procesado la posición de
garante respecto de ellos, luego el resultado obtenido es
sólo imputable a éstos. La controversia suscitada, por

13
Así lo declaró Gutiérrez Ayala cuando amplió la denuncia (fl. 24 cd. ídem).
14
Fl. 144 cd. etapa del juicio).
República de Colombia

25 CASACIÓN N° 28693
JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO y otro

Corte Suprema de Justicia

tanto, quedó en la esfera del derecho civil, a cuya


competencia y procedimientos debió acudirse para
ventilar el incumplimiento del contrato de esa naturaleza
suscrito en su momento por las partes.

Como se anunció, el cargo prospera. En


consecuencia, se casará la sentencia impugnada. En su
lugar, se absolverá a JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO del
delito de estafa atribuido por la fiscalía.

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE


JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL, administrando
justicia en nombre de la República y por autoridad de la
ley,

RESUELVE

Primero. CASAR la sentencia impugnada.

Segundo. ABSOLVER a JUAN CARLOS SALAZAR


TRIVIÑO del delito de estafa imputado por la fiscalía.

Tercero. COMUNICAR a las autoridades


respectivas lo pertinente, con el fin de de cancelar las
anotaciones que le generó al procesado la iniciación de
esta actuación procesal.
República de Colombia

26 CASACIÓN N° 28693
JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO y otro

Corte Suprema de Justicia

Contra la presente sentencia no procede recurso


alguno.

Notifíquese y cúmplase.

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ ALFREDO GÓMEZ


QUINTERO

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS AUGUSTO J. IBÁÑEZ


GUZMÁN

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS YESID RAMÍREZ


BASTIDAS
República de Colombia

27 CASACIÓN N° 28693
JUAN CARLOS SALAZAR TRIVIÑO y otro

Corte Suprema de Justicia

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA JAVIER ZAPATA ORTÍZ

TERESA RUIZ NÚÑEZ


Secretaria