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PRESENTA

ANTONIO CISNEROS: EL PERÚ SOBRE EL HOMBRO

Marco Antonio Campos


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Gracias a Carlos Henderson, devoto vallejiano, quien vivió en Ciudad de México


a principios de la década de los setenta, leí poetas como Martín Adán, que me
interesó mucho, y a los poetas de la Generación de los Sesenta, a la que él
mismo pertenecía. Me regaló de principio un libro colectivo, llamado Los
nuestros, que hoy debe ser una rareza, publicado en Lima en la Editorial
Universitaria, en el cual figuran seis poetas que aparecen por orden alfabético:
Antonio Cisneros (1942), Carlos Henderson (1940), Rodolfo Hinostroza (1942),
Mirko Lauer (1947), Marco Martos (1942) y Julio Ortega (1942). Me hablaba
mucho de ellos y me prestaba sus libros. Deslumbraban por su precocidad
Cisneros e Hinostroza. Con dos libros espléndidos de juventud, El consejero del
lobo (1965) y Contranatura (1971), Hinostroza se dio a conocer
internacionalmente
Frente a la obra de Hinostroza, que abarca apenas las 250 páginas, la de
Cisneros es un gran bosque, pero al adentrarse en la multitud de árboles es
difícil hallarle hojarasca. Varias son las parcelas en que se divide la obra de
Cisneros: adaptaciones bíblicas, recreación de momentos de la historia peruana,
poemas testimoniales y políticos, poemas amorosos, una divertida animalia1, y
desde luego, los viajes numerosos. De esos viajes, a su manera Cisneros ha
hecho tres suertes de itinerarios que los hace vivir en su lírica: el viaje por
ciudades de América y Europa, el viaje por los tiempos del Perú y el viaje por el
arte y los libros. Ha empleado a lo largo de su obra el verso libre, el versículo, el
verso blanco, y en su último libro (Un crucero por las islas Galápagos), el poema
en prosa.
En 1961, Cisneros publicó su primer libro, o más bien un pequeño cuaderno,
Destierro2, pero da la impresión de que ha hecho todo lo posible por olvidarlo.
Citado en todas partes, no aparece ni en su poesía reunida ni en sus diversas

1 El poeta colombiano Juan Manuel Roca, en el prólogo al bestiario de Cisneros preparado por José Ángel
Leyva (A cada quien su animal, México, 2008), anota: “El poeta limeño conoce y baraja los mitos, los
símbolos y la heráldica que, a lo largo de la historia, propicia el reino animal. Pero parece descreer de la
carga mitológica, se aparta de cualquier simbología y crea una heráldica personal, de cuño moderno”.
2 En el epílogo a la antología Por la noche los gatos, que publicó el FCE en 1989, Julio Ortega hace una
observación que me parece definitiva: “El ‘destierro’ como la noción de una pérdida quedará en la poesía de
Cisneros como la marca de su origen peruano –ese nombre de las cosas perdidas”
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antologías. ¿La razón? Cisneros lo ha repetido en numerosas ocasiones: “Uno a


veces no logra decir lo que quiere sino, modestamente, lo que puede”. En
cambio, por el que edita el año siguiente (David), Cisneros tiene un apego
especial. Breve libro de un límpido lirismo, donde transforma o adapta a su
manera los pasajes bíblicos sobre el más célebre de los reyes de la tierra de
Canaán, ese rey que venció a los filisteos, unió Judá e Israel en un solo reino,
convirtió a Jerusalén en capital, y escribió -o se le atribuyen- los Salmos, y
donde no se excluyen la blasfemia y la profanación. Libro en el que a decir de él
mismo comienza en su obra su “visión desmitificadora” y en el que no está
excluida desde luego la historia de deslealtad y muerte entre David, Urías y
Betsabé: “David deseaba a Betsabé,/ esposa de Urías,/ muerto en batalla./ Su
pecado fue histórico./ Todas las tardes sacrificaba un filisteo/ al Señor, vendió su
túnica,/ cambió una cesta de peces por el arpa./ Solía cantar a las puertas del
templo”. En otros de sus libros hallamos recreados asimismo capítulos bíblicos,
por ejemplo, los pasajes de Jonás y “el gran pez” y el de la Susana y los viejos,
de los cuales toma lo esencial y con libertad lúdica los traspone en sus propios
versos hasta lo jocoso. En la Biblia se lee que Jonás3, arrojado al mar por los
hombres desde cubierta por juzgarlo causante de una tempestad que hacía
naufragar el navío, se salva, o Jehová lo salva, al ser tragado por un “gran pez”,
donde viviría tres días y noches en el vientre. La leyenda modifica o exagera los
hechos; Cisneros prefiere que ese “gran pez” sea una ballena; Cisneros habita
en el estómago del cetáceo, llega a alimentarla hasta doce horas por jornada,
mira con un periscopio a las demás ballenas y se ilusiona y sueña que puede
morar allí con su mujer, su hijo Diego y “todos los abuelos”.
Otro de los libros del poeta limeño, o mejor dicho una parte de ese libro, que
tiene como fuente un pasaje bíblico, o lo que la leyenda lo considera como tal,
data de 1986 (Monólogo de la casta Susana). En un capítulo del libro de Daniel,
al parecer más soñado que escrito, se cuenta la historia de Susana y los viejos4,
3 Jonás, caps. 1-2.
4 Prácticamente todas las fuentes que he consultado refieren que la llamada ya historia de la Casta Susana,
ya Susana y los Viejos, proviene del Libro de Daniel. Según esto Susana, casada con un rico, y quien vivía
en cautiverio en Babilonia en el tiempo de Nabucodonosor, se bañaba un día en su jardín. Dos ancianos
jueces la espiaban y quedaron prendados de su belleza. Como no aceptó sus proposiciones, los viejos,
primero la amenazaron y luego la acusaron públicamente de adulterio. La condenaron a muerte. Cuando
estaba en las calles a punto de ser lapidada por el pueblo, Daniel se interpuso e interrogó a los viejos por
separado, quienes cayeron en contradicciones. Dándose cuenta de sus falsedades, el pueblo los lapidó.
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la cual sirvió de inspiración y fue actualizada numerosamente de manera disímil


por grandes pintores del Renacimiento y del Barroco, como, por casos,
Rembrandt, Rubens, Van Dyck, Tintoretto, Tiepolo, Alessandro Allori y Paolo
Veronese. Pero ¿en qué convierte Cisneros a la casta Susana? Divertida y
cruelmente, la vuelve una treintañera chanflona, agridulce, gorda, ex rica,
creyente y crédula en Dios, quien se sabe espiada, pero que prefiere ajarse “con
ron y coca-cola” antes que ser tocada por un viejo repelente.
Muy joven el contrahistoriador, el iconoclasta revisionista, el desmitificador que
suele echar a la hoguera sagas y símbolos, relata con sequedad y crudeza, con
humor negro despreciativo, momentos significativos prehispánicos, de la
conquista, de la colonia, de la guerra de Independencia y de la guerrilla
fracasada de la década de los años sesenta del siglo XX. Esta suerte de
descripciones o exégesis se halla de manera evidente en los Comentarios
Reales (1964) y en parte de Agua que no has de beber (1971). Permítaseme
ilustrarlo con dos pasajes del primer libro. En uno, en el final de “Paracas”,
recuerda la necrópolis incaica de esa ciudad en la costa central del Perú: “Sólo
trapos/ y cráneos de los muertos, nos anuncian/ que bajo estas arenas/
sembraron en manada a nuestros padres”; el otro, es esta sañuda profanación
(“A Cristo en el matadero”): “lleno de clavos/ tu cuerpo fue enterrado/ junto al
vientre/ de las ratas. Tus palabras/ se hicieron estropajos,/ tambores pellejudos/
que anuncian/ negocios y matanzas”. En el libro hay asimismo poemas sobre la
guerra de liberación, por ejemplo, sobre la batalla de Ayacucho, que dirigió, con
genial estrategia, José Antonio Sucre el 9 de diciembre de 1824. Entre poemas
brutales y dolorosos contados por una madre que perdió a sus hijos, hay uno,
que en su desdeñosa caricatura, es magistral (“Descripción de plaza,
monumento y alegorías en bronce”). El joven iconoclasta hace que la estatua
ecuestre del Libertador la acompañen tres muchachas gordas (“Patria, Libertad y
un poco recostada la Justicia”), y continúa a lo largo del poema, con humor

En todas las Biblias que he consultado, la historia no aparece en ninguno de los doce capítulos del Libro
de Daniel. Lo que quizá aclare de algún modo esta ausencia de la historia de Susana, esposa de Yoajim, se
encuentra en una página de la Enciclopedia Judaica-castellana (debo la información a Raquel Tibol): “La
consideraban como parte del [Libro de] Daniel, pues en los antiguos manuscritos griegos, se hallaba al
principio de ese libro bíblico. No existen referencias judías (rabínicas) de esa historia que ha estado en boga
entre los artistas europeos (…) Parece que la historia fue escrita originalmente en griego, y data del siglo I o
II antes de Cristo”.
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explosivo, mofándose, a partir de la figura del caballo, de los altos valores


políticos, cívicos y religiosos que sustentan al país, y finaliza describiendo la
plaza con versos que provocan, primero náusea, y luego escalofrío:
Bancas de palo, geranios, otras muchachas
(su pelo blanco y verde): Esperanza,
Belleza, Castidad,
al fondo Primavera, Ficus agusanados,
Democracia. Casi a diario
también, guardias de asalto:
negros garrotes, cascos verdes
o blancos por los pájaros.
Pero la verdadera originalidad de Cisneros nace, creemos, a partir de la
publicación de Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968)5 y continúa en
Agua que nos has de beber (1971) y Como una higuera en un campo de golf
(1972), donde creemos ver, con una pluralidad de variaciones, una sola línea. En
los poemas de estos libros, que parecen escritos por ráfagas, intercala o
combina, no pocas veces de manera magistral, hechos que le acaecen en la vida
diaria, indicaciones culturales, notas artísticas, apuntes de viajes, grandes
apegos familiares, trazos de muchachas de “piernas libres y ligeras”, penosas
residencias en sanatorios, instantes de vulgaridad refulgente. Si con una palabra
pudiéramos definirlos o reducirlos sería poliédricos. Lo que asombra al lector es
cómo logra el montaje -cómo organiza- en el poema lo que en un principio
parecería sin hilación. Cómo hojas y ramas, tan extrañamente dispuestas,
parecen no colocadas por él, sino por una mano mágica que acaban formando
un hermoso árbol que no se parece a nada. Con un raro sortilegio, con
irreverente descaro, vuelve espléndida poesía aun la banalidad, la guasa, el
despropósito. Poesía sencilla en su lenguaje, pero donde el autor, con un hábil
tejido de ritmos, empleando ante todo el verso largo y el versículo, e
introduciendo un “yo oblicuo” (la cuña es de Julio Ortega), hace que al lector no
le sea fácil a menudo desbrozar la maraña de los contenidos, pero si el lector lo
logra, queda admirado o fascinado.

5 Cisneros ha dicho que escribió en Londres el libro en menos de un mes.


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Cisneros parece no haber olvidado nunca la infancia traviesa ni la


adolescencia burlona. Numerosos hechos se narran con toda seriedad, pero de
pronto surge el escupitajo despreciativo, como cuando dice, o más bien hace
decir a otro: “Qué triste ser letrado y funcionario”. O éste, donde describe a Karl
Marx en sus desdichas diarias y comenta de la vasta influencia de su obra y de
las consecuencias que tuvo, para acabar de súbito diciendo: “Así fue, y estoy en
deuda contigo, viejo aguafiestas”.
Muy poco y muy pocos se salvan de sus dardos envenenados, de sus
cubetazos de agua fría, de sus gargajos de fuego: ni historias oficiales, ni héroes
en sus estatuas ecuestres, ni ciudadanos de países, ni etnias, ni religiones, y
desde luego, ni él mismo6. “La suya -escribe en 2008 en el suplemento del diario
El Comercial el poeta chileno Oscar Hahn- es una poesía igualadora, por eso el
poeta se echa al hombro a medio mundo. Para él los conquistadores pudieron
haber sido modernos jefes de la mafia; la bíblica Susana, una vecina quejosa, y
el eminente Goethe, primo lejano de la hija del gordo Manrique”. Recordemos
dos líneas sobre ciudadanos europeos: ésta, que corre paralela como máxima
histórica: “un holandés es malo, peor dos”; o ésta, donde hace una chanza de lo
tapados que resultan ciertos pueblos para el aprendizaje de los idiomas: “ah los
griegos son duros de la oreja”; todo mundo, dice en otra parte, sabe en Florencia
llegar hasta el Duomo, “inclusive los centroamericanos”. ¿Pero cuántas glorias
ficticias pululan en cada país, como el poeta Carrillo en el Perú, quien nos
recuerda aquella máxima de La Rochefoucauld: “El mundo recompensa antes las
apariencias del mérito que el mérito mismo”? Aun en los poemas amorosos de
Cisneros hay ligereza, ternura e ironía, en especial en esa breve y deliciosa
cátedra de dónde y cómo hacer el amor, titulada “Tercer Movimiento
(Affettuoso)”, en la que es acompañado por la flauta emblemática de una
muchacha católica. Esa suerte de poesía es inimitable y aun le sería muy difícil,
de quererlo intencionadamente, imitarse a sí mismo.
El peruano César Vallejo decía tener –lo escribió en un poema- un mapa de
España en la pared de su cuarto parisiense en los años de la guerra civil;
tenemos la impresión de que en sus numerosos viajes Cisneros llevó un mapa
6 A nadie sabe Antonio Cisneros escarnecer tan bien como a Antonio Cisneros. Como entre nosotros Efraín
Huerta, Eduardo Lizalde, Hugo Gutiérrez Vega y José Emilio Pacheco, es consciente de que el buen juez
burlón empieza por su casa.
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del Perú en la imaginación y otro en la memoria. Más o menos por sus poemas
podemos saber países donde ha residido o por los cuales ha viajado. Hay huella
de sus pasos y correrías por ciudades o puertos del propio Perú, Cuba,
Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Austria, Hungría, Holanda, Estados Unidos.
Vivencias o recuerdos de la utopía cubana de la década de los sesenta; de la
residencia londinense, donde se sintió como un adolescente y fue feliz; de los
difícil días en los hospitales del sur de Francia donde vivió su temporada en el
infierno; de imágenes florentinas; del aire rojo y el polen fresco de los alerces en
la noche berlinesa; de la lluvia menuda sobre los peras y los duraznos en una
calle de Budapest que acompaña en su sonido la reconversión. (“Porque fui
muerto y soy resucitado”)7, de las colinas plácidas de Southampton o Berkeley,
de las vistas de la vida diaria en las islas Galápagos en las navegaciones por el
río Nanay. Cisneros recorrió numerosas ciudades europeas y americanas, en las
cuales fue feliz o padeció, pero, salvo momentos, no parece haber estado muy
apegado a la naturaleza.
También Cisneros cultivó la poesía-crónica. En esta suerte de poesía, en la
que es y ha sido un maestro, se maneja tan bien en la poesía subjetiva como en
la objetiva, y claro, en la combinación de las dos. En estos poemas, con un fondo
político o social, narra ante todo hechos del pasado histórico reciente del Perú, y
nos da, no la “visión desmitificadora” de buena parte de su obra, sino la gran
herida de su propio país, un país que, con o contra su voluntad, se lleva a todas
partes8. ¿Acaso Cisneros no le respondió en una entrevista al poeta mexicano
José Ángel Leyva9, valiéndose de la opinión de un amigo, que “el Perú no es un
país, sino un trauma”? La primera poesía-crónica, y a la vez su primera gran
pieza política, la escribió al promediar los sesenta, “Crónica de Chapi, 1965”, en
la que describe, con nombres propios, vida, batallas y muerte de un grupo de
guerrilleros, con todo su desconsuelo y fracaso10, pieza que a Julio Ortega le
7 En la década de los sesenta Cisneros parecía tener pleito cazado con Dios, pero al promediar la siguiente
década, luego de años tristes y de desencanto, lo alcanza de nuevo la centella católica. Cisneros ubica este
“reencuentro fulminante con el Señor” en los años 1974 y 1975. Ya Cristo no está enterrado “junto al
vientre de las ratas”, ni es un “cerdo feliz”, sino el cordero que debe ser “símbolo y consuelo”.
8 Estas crónicas resultan el opuesto, como lenguaje o tratamiento de tema, de piezas soberbiamente
grotescas como “Descripción de plaza, monumento y alegoría en bronce” o “Karl Marx died 1883 aged 65”.
9 “Canto ceremonial para Antonio Cisneros”, Versos comunicantes III, Editorial Alforja, 2008.
10 Sin duda el personaje emblemático de esta guerrilla es el joven poeta Javier Heraud, muerto en combate
en 1963 a la edad de 23 años, al que Cisneros recuerda amablemente en un poema y al que le dedica el
Canto ceremonial contra un oso hormiguero. En esa época Cisneros era un gran entusiasta de la revolución
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parece “el mejor poema que se ha escrito sobre las guerrillas peruanas y que no
casualmente es, en verdad, una elegía al costo humano de esa experiencia,
verdadero horizonte trágico de la década”. Sin embargo, lo que más apreciamos
en esta suerte de escritura es sobre todo su libro Crónica del niño Jesús de
Chilca (1981), que no puede dejar de leerse con tristeza y aflicción11. Con un
lenguaje sencillo y directo pero que entra directo al corazón, hombres y mujeres,
en un coro múltiple, detallan pasajes y personajes de la vida de Chilca, pueblo de
pescadores. Menos en el fondo que en la superficie es a la vez, creemos, un
testimonio hablado por otros de su propia reconversión, de su simpatía desolada
por los pobres y los pobres de los pobres -devotos del Niño Jesús-, a quienes los
poderosos, que nunca parecen ver o no ven, les van robando, a través de los
años, su entorno y su modo de vida. Es tal vez el único de sus libros donde el
humor está ausente, o si lo hay, es un humor negro.
Al margen de su tarea de poeta, Cisneros ha ejercido sobre todo la docencia y
el periodismo. Muy joven siguió a Bertolt Brecht, quien lo influyó en sus libros
David y Comentarios Reales, y después, entre muchos, muy especialmente a
T.S. Eliot, Pessoa, Lowell12 y Cavafis. A las inmensas preguntas celestes y al
pensamiento abstracto o algebraico, prefirió la realidad que se puede tocar, oler,
oír, ver y gustar. Nació en la ciudad de Lima el 27 de diciembre de 1942. Es uno
de los tres o cuatro poetas mayores vivos de la lengua española.

cubana. En el cuestionario previo a la antología de sus poemas en Los nuestros (1967) escribe: “Y es Cuba
quien ha impuesto a Occidente el nuevo rostro latinoamericano, el de la dignidad, y a los países que aún
somos la versión española de los amos del Norte, no señala un camino, el que ya conocíamos en libros y
proclamas, mas no aquí, tan cerca de la carne”. Ignoro hasta dónde pensará igual. Él ha confesado desde
hace un buen tiempo su desinterés por la política, y me atrevería a decir, su descreimiento.
11 A partir de este libro y hasta Un crucero por las Islas Galápagos, Cisneros trata de una manera más
simple y directa sus poemas. Si un hombre tiene diversas vidas, diría, también es diversos poetas.
12 La muerte del poeta estadounidense aun le inspiró un poema que nos queda como un árbol roto en el
huerto del alma. Lo tituló “Por Robert Lowell”: por y no para: como un brindis de un adiós que fue
definitivo.

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