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Alicia Poderti
(Directora)

La Hermana Mayor
Perspectivas de la Larga Revolución

Analecta Literaria Ediciones

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Poderti, Alicia (Directora)
La Hermana Mayor. Perspectivas de la Larga Revolución

Edición especial
Bicentenario de la Revolución de Mayo y de la Independencia
Héctor Marteau - Daniel Lopez Salort - Federico Martin Gómez – Dionel
Edmundo Filipigh - Rosana Tejerina Sánchez

Estudio preliminar en colaboración Armando Bazán

© Copyrigth 2010 By Alicia Poderti


© Copyrigth 2010 By Analecta literaria

Diseño de Portada: Ruth Noemí Vittor Pereiras


© Copyrigth 2010 NeoDesign Studio
Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810
Óleo de Pedro de Subercaseaux
(Museo Histórico Nacional de Buenos Aires - Argentina)

Edición Digital: Mayo de 2010


Analecta Literaria Ediciones (Buenos Aires – Rosario - Argentina)
URL: http://actaliteraria.blogspot.com/

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Alicia Poderti
(Directora)

La Hermana Mayor
Perspectivas de la Larga Revolución

Edición Especial:
Bicentenario de la Revolución de Mayo
y de la Independencia

Héctor Marteau - Daniel Lopez Salort - Federico Martin Gómez - Dionel


Edmundo Filipigh - Rosana Tejerina Sánchez

Estudio preliminar en colaboración:


Armando Bazán

Analecta Literaria Ediciones

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ÍNDICE

Agradecimientos.................................................................................
......8

Palabras previas. La larga Revolución por Alicia


Poderti..............................9

I. Estudio Preliminar: Proceso Formativo de la Argentina. Regiones,


ciudades, provincias, nación. Alicia Poderti y Armando Raúl
Bazán.....................................................................................................
...13

II. Versiones de Mayo en el tiempo largo

Héctor Marteau: Sobre la revolución de mayo y el interior: el


momento belgraniano y los invisibles de la
historia......................................................74

Alicia Poderti: La emancipación continental y los precursores de la


independencia........................................................................................
....83

Daniel Lopez Salort: Córdoba: el adiós y los inicios de


1810.......................97

Dionel Edmundo Filipigh: Una relación hecha de


rupturas...................... 115

Rosana Tejerina Sanchez: La cocina durante la Revolución y la


Independencia........................................................................................
..139

Federico Martin Gómez: La construcción territorial de la República


Argentina. El imaginario histórico-social argentino desde la Revolución
de
Mayo......................................................................................................
.155

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Alicia Poderti: Las marchas patrióticas y el imaginario poético-
musical de la Emancipación
Americana...........................................................................173

8
9
Agradecimientos

Mi agradecimiento más afectuoso hacia

Todo el equipo de Analecta Literaria Ediciones, que trabaja para


difundir la cultura argentina y latinoamericana.

Especialmente al editor, Luis Alberto Vittor, quien cuidó cada detalle


de esta primera edición digital.

A Mónica D. Pereiras, Editora General de Analecta Literaria, que


generosamente se responsabilizó por el acompañamiento en las
instancias editoriales, incluida la difusión del material.

A Ruth N. Vittor Pereiras, diseñadora de la portada y arte de edición.

A Christian G. Binderfeld, Director Periodístico de Analecta Literaria,


por su amplio apoyo y amistad.

A los que hicieron posible la escritura de este enfoque sobre la Larga


Revolución y su repercusión en las regiones interiores de nuestros
territorios: Héctor Marteau, Dionel Filipigh, Daniel López Salort,
Federico Martín Gómez, Rosana Tejerina Sánchez y Armando Bazán.

Al CONICET y la Academia Nacional de la Historia, por el apoyo


brindado en el curso de la escritura de una historia accesible a todos
los lectores.

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Palabras Previas
La larga Revolución

Ha sido un placer disfrutar del intercambio generado con el excelente


equipo transdisciplinario que trabajó en este libro. Intelectuales del
país interior con miradas y re-flexiones integradoras acerca de un
transcurso histórico que implosiona en las vísperas del
“Bicentenario”.

Los estudios de cada uno de los colaboradores iluminan acerca de


aspectos poco conocidos acerca de la larga revolución de Mayo. Un
extenso proceso que comprende actos precursores, como los
protagonizados por los levantamientos liderados hacia 1780 por José
Gabriel Condorcanqui en el arco andino (insurrección contra el
régimen monárquico español que tuvo su onda expansiva en el
noroeste argentino).

Más tarde, se prepara la llamada “Revolución de Mayo de 1810”.


Historiadores como Vicente Oieni expresan: “Mayo es un ‘lugar’ opaco
de la memoria que las corrientes historiográficas, liberales,
revisionistas y marxistas, cada una de ellas con sus variaciones de
énfasis en uno y otro aspecto, trataron de “iluminar” desde
perspectivas teleológicas o reduccionistas. Pero la opacidad de
“mayo” es persistente, desafía al historiador que desprevenido recae
con frecuencia en anacronismos y presentismos.”

Se hace necesario, entonces, abrir el horizonte hacia nuevos


itinerarios interpretativos: la sociología, la historia de las ideas, la
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historia cultural y la historia política, dentro de un haz de
posibilidades que ofrece la construcción de la historiografía
contemporánea, ya despegada de los moldes tradicionales y de los
arquetipos que nos mostraron las revistas que leíamos en nuestra
infancia.

Actos declamatorios como el del 9 de julio de 1816 también signan


momentos importantes en el proceso de ruptura con la península.
Pero observando en perspectiva podemos concluir que la Revolución
ordenada desde Buenos Aires, -quien se arroga el rol de “hermana
mayor”-, no fue una empresa fácil. Casi 15 años de sangre y lucha en
las fronteras móviles de los Virreinatos, con pérdidas irreparables
constituirían los síndromes de “Mayo”.

En 1921 muere Martín Miguel de Güemes, quien luchaba con sus


gauchos y sin ayuda del gobierno central para cumplir el plan
continental de San Martín y Belgrano. Recién en 1924, con la batalla
de Ayacucho podríamos, quizás, decir que nace una construcción
identitaria independiente de España. Los peninsulares, que habían
vencido a Napoleón, no logran doblegar a las tropas multiétnicas del
Virreinato y deben reemplazar su “roto pabellón” por la bandera
blanca de la rendición.

Como constatan Pablo Camogli y Luciano Privitellio en su libro


Batallas por la libertad: “Aquel 9 de diciembre de 1824, a pocas
leguas de Cuzco, nueve mil trescientos godos, comandados por el
Virrey José de la Serna y el General José Canterac, fueron vencidos
por cinco mil trescientos patriotas provenientes de los que hoy son
Colombia, Venezuela, Perú, Chile, Paraguay, Bolivia y Argentina. En

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definitiva, una gran unión de fuerzas americanas para luchar contra el
poder español en el continente”.

Pero Ayacucho, que en nuestra visión, marca la fecha de nacimiento


de la gran nación independiente, también sería, en el enfoque del
tiempo largo, un hito en la historia de las sucesivas colonizaciones
que los pueblos de Sud América han desafiado. Inmigración y
desierto. Civilización y Barbarie. Diseños y figuraciones que van
mutando con los años.

Postglobalizados, hipermediatizados, asomados desde el borde del


ciberespacio, los habitantes de la nación argentina se preguntan hoy
cuántas batallas más habremos de librar hasta cristalizar una
constitución definitiva como “nación” independiente. Un relato de
coloniaje exterior e interior, de lucha por el poder. Con sangre de
inocentes que ha corrido en las últimas décadas traumáticas. Un
relato de democracias desfiguradas y amenazadas que buscan
todavía su modelo más estable.

Esa es nuestra identidad: plural, conflictiva y transculturadora. La


aceptamos. Y seguimos fieles a ella, tratando de construir nuestro
destino sudamericano.

Alicia Poderti
Buenos Aires, Mayo de 2010

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Estudio Preliminar
Proceso Formativo de la Argentina.
Regiones, ciudades, provincias, nación.

Alicia Poderti y Armando Bazán1

Las regiones: enfoque global de su conformación y


características. Centro, Noroeste y Cuyo.

1. Preliminares

En el estudio de la historia argentina ha predominado un enfoque


centralista que ha distorsionado la secuencia cronológica de su
desarrollo y ha contribuido a transmitir la idea de un proceso de
uniformidad donde las partes constitutivas quedan subordinadas a las
pautas fijadas desde el puerto rioplatense, derecho-habiente de la
antigua metrópoli española. Ese criterio prejuicioso fue sostenido
desde el alumbramiento de nuestra nacionalidad. En el Cabildo
Abierto del 22 de mayo de 1810, cuando el fiscal impugnó la
legitimidad del título de Buenos Aires para resolver de formación de
gobierno propio, sin previa consulta a “los pueblos” de Virreinato, uno
de los dirigentes criollos argumentó que esa decisión la tomaba en su
1
El Lic. Armando Bazan es Vicepresidente y miembro de Número de la
Academia Nacional de la Historia. Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica.
Profesor titular de Universidades argentinas. Ex Investigador de carrera del
CONICET, también se desempeñó como integrante del Directorio de esa Institución.
Miembro de las Academias de Historia de España, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay,
Brasil, Puerto Rico, Guatemala y Colombia. Entre sus publicaciones relevantes han
de distinguirse: Pavón y la crisis de la confederación. Equipos de Investigación
Histórica. Buenos Aires, 1966; Ángel Vicente Peñaloza. Buenos Aires, Hachette,
1969, Felipe Varela, su historia. Buenos Aires, Plus Ultra, 1975; Historia de La
Rioja. Colección “Historia de Nuestras Provincias” Buenos Aires, Plus Ultra, 1979;
Historia del Noroeste argentino. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984; El Noroeste y
la Argentina contemporánea. Buenos Aires, Plus Ultra, 1992, Esquiú. Apóstol y
ciudadano, Buenos Aires, Emecé, 1996, La cultura del noroeste argentino.
Buenos Aires, Plus Ultra, 2000, etc.

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condición de “Hermana Mayor”, supeditada a la ratificación posterior
por los Cabildos del interior.

Esa idea hegemónica de filiación política echó raíces en nuestra


historiografía. Más de un siglo después, un historiador llegó a decir
que la historia nacional guarda semejanza con la Historia de Roma,
donde siempre el impulso directriz que modeló el curso de los
acontecimientos partió del centro a la periferia. Este esquema
interpretativo porteño-céntrico fue cuestionado por Antonio Pérez
Amuchástegui cuando dijo que “la historia se hacía y se escribía en
Buenos Aires y para Buenos Aires, islote civilizado al borde de las
llanuras y las serranías salvajes”. La reivindicación del protagonismo
del Interior, iniciada por Joaquín Carrillo en 1877, con su libro Jujuy.
Provincia Federal Argentina, fue proseguida por destacados
historiadores regionales, pese a lo cual este género historiográfico
tuvo un papel ancilar en la explicación de nuestro pasado.

Una visión abarcadora de la formación nacional, medida en el tiempo


largo, demuestra que la matriz originaria fueron las regiones geo-
históricas: Tucumán, Cuyo, Río de la Plata, espacio territorial al que
se incorporaron más tarde el Chaco Gualamba, la Patagonia y las
tierras australes. Esto fue así desde el tiempo precolombino. Primero
fueron las regiones, después las provincias y, por último, la nación.
Cada región define no sólo un horizonte geográfico, sino,
principalmente, una realidad étnica y un acervo cultural. Los
diaguitas, juríes y comechingones del “país de Tucma”, los huarpes
del “país de Cuyo”, eran pueblos sedentarios agroalfareros que, sin
perjuicio de patentes asimetrías, habían alcanzado antes de la
conquista española un desarrollo cultural superior al que exhibían los
aborígenes instalados en la región rioplatense, el Chaco y la

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Patagonia, anclados en el estadio primitivo de los cazadores y
recolectores.

Esa brecha cultural se profundizó cuando los incas del Tawantinsuyu


incorporaron a sus dominios Tucumán y Cuyo (1470-1480) durante el
reinado de Túpac Yupanqui. La conquista no fue solamente política,
significó también un cambio cultural. Se organizaron provincias o
curacazgos para administrar las tierras conquistadas; se construyó el
“camino del Inca”, de fábrica similar a las vías romanas, con tambos y
postas para el aprovisionamiento de los viajeros. En sitios
estratégicos, los incas edificaron fortalezas o pucaráes, recintos
fortificados de vasta dimensión, con la finalidad de prevenir
alzamientos e invasiones. Entonces comenzó a difundirse la lengua
quechua o “general”, que tanta importancia tuvo posteriormente para
facilitar la comunicación con los pueblos tributarios que hablaban
lenguas particulares, caso del “cacán” de los diaguitas y el “allentiak“
de los huarpes.

Las noticias sobre el Tucumán y Cuyo son abundantes en las crónicas


y descripciones coloniales. Se las debemos a González Fernández de
Oviedo, Mariño de Lovera, Alonso de Bárzana, Fray Reginaldo de
Lizárraga y el Inca Garcilaso de la Vega, entre otros escritores. En sus
Comentarios Reales, Garcilaso refiere que el reino llamado “Tucma”,
que los españoles designaron Tucumán, fue conocido en su existencia
por el Inca Viracocha (1350-1420) cuando visitaba la región de
“Chuqui-Chaca” (Charcas). Ahí recibió a embajadores de ese reino,
quienes le pidieron ser recibidos como vasallos de su imperio.

La nación más importante de esa región, conquistada más tarde por


Túpac Yupanqui, era la diaguita. Sus parcialidades estaban radicadas

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desde Salta hasta La Rioja y el norte de San Juan. Las fuentes
literarias y las comprobaciones de la arqueología revelan que los
diaguitas se organizaron en pueblos cuya ubicación respondía a su
género de vida y mejor aprovechamiento de los recursos naturales.
Siendo agricultores y recolectores, el agua y las formaciones
boscosas tuvieron importancia decisiva para configurar su geografía
política.

Siguiendo el camino del Inca hacia el sur, pasando la tierra de los


capayanes, se entraba propiamente en la región conocida como “país
de Cuyo”, que significa “tierra arenosa”. La fisiografía cuyana exhibe
un paisaje desnudo, tipo travesía, salpicado por oasis de variada
dimensión donde la tierra se transforma con el beneficio del riego.
Esta proviene de algunos ríos importantes y caudalosos originados en
los deshielos de la Cordillera de los Andes: el San Juan en el valle de
Tulún, el Mendoza en el valle de Güentota, el Tunuyán en el valle de
Uco. Hay otros de menor caudal como el que riega el valle de Conlara
(San Luis), y en el vértice donde se juntan las actuales provincias
cuyanas, los desagües del San Juan y del Mendoza había formado las
lagunas de Guanacache, donde abundaba la pesca.

En vísperas de la conquista española, esa era la tierra de los huarpes,


indios de idiosincracia pacífica muy diferentes de los belicosos
diaguitas y araucanos. El cronista Alonso de Ovalle los caracterizó
como individuos “altos, delgados y bien tallados”. Las mujeres eran
agraciadas y su donosura no pasó inadvertida para el superior de la
residencia jesuita cuando solicitó misioneros para evangelizar a los
naturales de la región. Recomendaba que los sacerdotes no fueran
demasiado jóvenes “por ser las indias muy fermosas...”. Los huarpes
constituyeron dos grupos diferentes con lenguas que nada parecían

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tener en común: el “allentiak”, hablado por las parcialidades de
Tulún, Guanacache y Calingasta, y el “millcayac”, propio de los
moradores de Mendoza y San Luis. A diferencia de los diaguitas, no
basaron su economía exclusivamente en la agricultura. Ese fue el
género de vida predominante en las tribus asentadas en la ribera de
los ríos, mientras que los laguneros de Guanacache eran pescadores
y las parcialidades ubicadas en la zona montañosa complementaban
con la caza y su corta agricultura.

2. Organización política en el tiempo colonial

Este mundo indoamericano que hemos descripto comenzó a


derrumbarse con la conquista española. Ella tuvo principio con la
expedición de Diego de Almagro (1536), hecho sincrónico con la
entrada de Pedro de Mendoza en el Río de la Plata. Socio de Francisco
Pizarro en la empresa conquistadora del Perú, a él le había
correspondido, en el reparto de las tierras imperiales, el reino de
Chile. Decidido a conocer sus dominios, escogió para su viaje el
camino del Inca, que atravesaba de norte a sur la región del Tucumán
y el país de Cuyo. Trajo consigo una hueste numerosa de soldados
españoles y de indios de servicio, y para orientar su derrotero e
imponer mejor su autoridad se hizo acompañar por el Inca Paullu,
pariente de Atahualpa, el destronado señor de Cuzco.

La expedición fue solo un reconocimiento de tránsito: pasó por


Tilcara, Chicoana y el Shincal, y torció luego hacia Chile por
Guatungasta, el Paso de Comecaballos y su desecho de Pircas
Negras, ubicados ambos en el actual territorio riojano. Sorprendido
por una tempestad en la Cordillera, el ejército invasor sufrió la
pérdida de muchos hombres y arte de su caballería. El cruce se hizo

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en el otoño de 1536 y al cabo de 18 meses desde su salida del Cuzco
emprendió su regreso, pero esta vez por la travesía de la costa o
“despoblado de Atacama”.

La exploración sistemática del Tucumán se concretaría después, a


partir de 1542, con la entrada de Diego de Rojas y proseguida a su
muerte por Francisco de Mendoza con tenacidad y padecimiento
increíbles. Un vasto territorio extendido desde Jujuy hasta el río
Paraná fue explorado palmo a palmo y puso en contacto a los
españoles con las numerosas parcialidades aborígenes que lo
habitaban. Viene al caso decir que, en ese momento, se había
malogrado la primera fundación de Buenos Aires, realizada por Pedro
de Mendoza con notable despliegue de hombres y recursos. Sus
restos sobrevivieron en Asunción (Paraguay), fundada en 1541 por
Domingo Martínez de Irala.

Los magros frutos del poblamiento en el Río de la Plata fueron


compensados por los progresos que registró la colonización de
Tucumán y Cuyo. El “Pacificador del Perú”, licenciado La Gasca, dio
provisión en 1549 al capitán Juan Núñez del Prado para internarse en
el Tucumán con el mandato concreto de fundar un pueblo en la
región. Trajo soldados fogueados en la guerra civil contra el rebelde
Gonzalo Pizarro, a quienes se estimó prudente erradicar del Perú para
prevenir nuevos alborotos. Núñez del Prado acometió con
responsabilidad su misión. En 1550 fundó en el sitio de Ibatín la
ciudad de Barco con todas las formalidades de rigor. Pero la
adversidad no vino de los indios sino de los propios españoles.
Francisco de Villagra, enviado por Pedro de Valdivia desde Chile para
solicitar refuerzos en el Perú a fin de afrontar la guerra contra los
araucanos, se le cruzó en su camino. El conquistador “chileno”

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cuestionó que la ciudad fundada por Núñez se hallaba en jurisdicción
asignada al gobernador y capitán general de Chile. Ese argumento,
apoyado en una relación de fuerzas desigual, persuadió a Núñez de
Prado para trasladar su ciudad al Valle Calchaquí, y así nació la
efímera “Barco II”. El sitio no era el más apropiado, pues se hallaba
en el corazón de tribus indómitas y hostiles. Aconsejado por las
circunstancias, levantó su portátil ciudad y la trasladó a tierra de
juríes, junto al río del Estero. Quiso su mala fortuna que ahí chocara
con el arrogante Francisco de Aguirre, quien lo tomó prisionero, anuló
las mercedes de tierras y repartimientos de indios que había
concedido y resolvió trasladar “Barco II” apenas a media legua de
distancia, atribuyéndole el carácter de una nueva fundación. Así nació
Santiago del Estero (1553) y Aguirre se llevó la gloria de la primera
fundación en el Tucumán.

Otros cosecharían los frutos del trabajo precursor de Núñez de Prado.


Sus andanzas infatigables por tierras de diaguitas, lules y juríes
fueron fecundas para el develamiento de la región y confirmar
noticias anteriores sobre riquezas verdaderas o anheladas. Por de
pronto, sirvió para orientar la política colonizadora en el Tucumán con
la Real Cédula expedida por Felipe II en 1563, que creó la
Gobernación separada de Chile, dependiente del Virrey de Lima en lo
político y de la Real Audiencia de La Plata en materia de justicia. Con
ello terminaron los conflictos entre los españoles de Perú y Chile, tan
perniciosos para el progreso de la conquista. Hasta ese momento,
varias fundaciones se habían malogrado. Además de la Barco de
Núñez de Prado, el empeño de Juan Pérez de Zurita hizo nacer
Londres, Cañete, Córdoba de Calchaquí y Nieva, emplazadas donde
hoy están las provincias de Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy,
respectivamente. Ninguna duró. Cuando se creó la Gobernación sólo

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una ciudad trataba penosamente de sobrevivir, flagelada por la
miseria y asediada por los indios. Era Santiago del Estero, definitiva
versión de la portátil “Barco” de Núñez de Prado. No había otro
asiento español en todo el territorio argentino, por eso a ella le cabe
el justo título de “madre de ciudades”.

La Gobernación dio consistencia a una verdadera política fundacional


que sobrepuso las ideas a los hechos consumados, la previsión
inteligente a la improvisación y la aventura. Si es cierto que hubo
resistencia y hostilidad de los indígenas, la mayoría de las
fundaciones se perdieron por falta de adecuación de los medios a los
fines y debido a las arteras acechanzas de los propios conquistadores.
La definición de una política fundacional por la Corona y su inteligente
implementación por funcionarios notables como el oidor Matienzo de
la Real Audiencia de Charcas y el Virrey Toledo, hizo nacer en sólo
treinta años a las ciudades que dieron consistencia política a la
Gobernación, San Miguel (1565), Talavera (1567), Córdoba (1573),
Salta (1582), La Rioja (1591) y San Salvador de Jujuy (1593). Sólo
quedaba pendiente la repoblación de Londres, laborioso proceso que
habría de consumir más de un siglo.

Mientras tanto, ¿qué sucedió en el país de Cuyo? Las primeras


noticias precisas que se tuvieron del Perú sobre el territorio de Chile
fueron proporcionadas por Almagro al regresar de su expedición.
Tomó tiempo organizar una nueva campaña. Tres años después fue
puesto a la cabeza de la misma a Pedro de Valdivia, quien hizo una
penosa marcha por el “despoblado de Atacama” y junto al río
Mapocho fundó -el 12 de febrero de 1541- la ciudad de Santiago del
Nuevo Extremo. Ella sería la base de operaciones para poseer el
territorio chileno, y más tarde intentar el poblamiento del país de

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Cuyo, allende la Cordillera. La empresa fue harto difícil y consumió
muchos años. El obstáculo más serio consistió en la feroz oposición
de los indios araucanos. Empeñado en conseguir refuerzos para esa
guerra, Valdivia sube al Perú, convulsionado por la guerra civil
desatada por la rebelión de Gonzalo Pizarro. El conquistador de Chile
puso su espada al servicio del Pacificador La Gasca, triunfador en la
contienda a favor de la causa del rey. Este servicio le fue premiado
con su nombramiento como Gobernador y Capitán General de Chile,
en 1548. Calificado con estos títulos regresó a Santiago, sede de su
gobierno. Su preocupación absorbente era la guerra con los
araucanos y la experiencia le indica que carece de fuerza suficiente
para someterlos. Entonces envía a su teniente Francisco de Villagra
para reclutar soldados en el Perú. Ahí el Pacificador La Gasca lo
autoriza a levantar bandera de enganche, y cuando consigue reunir el
contingente necesario emprende el regreso por el camino del Inca.

Mientras permanece en la recién fundada ciudad de Barco, Francisco


de Villagra recibe la noticia de que en las comarcas del sur está la
ciudad de los Césares, leyenda que se difundió en el Tucumán a partir
de la expedición del capitán Francisco César. La codicia del oro, que
encendió la imaginación de los conquistadores, lo impulsa a apresurar
su marcha. No encontró la legendaria ciudad, pero tuvo el mérito de
ser el primero en descubrir el país de Cuyo, en 1551. Luego de
explorar la región de los valles de Conlara y Güentota (Mendoza),
concede encomiendas a los miembros de su expedición y regresa a
Santiago.

La guerra de Arauco impidió por varios años la posesión afectiva de


las tierras cuyanas habitadas por los huarpes, donde caudalosos ríos
fertilizan el páramo con sus aguas. Hubo otros hechos que dilataron la

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empresa. Valdivia halló trágica muerte en Tucapel (1553) peleando
con los araucanos y entonces se planteó el litigio por la sucesión
entre Villagra y Aguirre. La Audiencia de Lima falló desalentando los
títulos que ambos invocaron para gobernar Chile y difirió ese
pronunciamiento para el nuevo Virrey Marqués de Cañete, quien lo
recibió en Lima a mediados de 1556. Con criterio nepótico nombró a
su hijo, García Hurtado de Mendoza, como Gobernador y Capitán
General de Chile, decisión que contrarió profundamente a los viejos
conquistadores. A su iniciativa se debe el envío de expediciones al
Tucumán y Cuyo. Para la jornada conquistadora en Cuyo designó a
Pedro del Castillo, quien el 2 de marzo de 1561 asentó en el valle de
Güentota la ciudad de Mendoza, nombre escogido para halagar a su
comitente. Alzó el rollo de la justicia, nombró alcaldes y regidores
para el Cabildo, puso a la ciudad bajo el patronato de San Pedro,
trazó la planta urbana y repartió solares a los vecinos “para ahora y
para siempre jamás”. Así nació la primera ciudad española en la
región cuyana.

El poblamiento de Cuyo se afianzó con la fundación de San Juan de la


Frontera, en el valle de Tulún, el 13 de junio de 1562. Su hacedor, el
capitán Juan Jufré, nombrado por el nuevo gobernador de Chile,
Francisco Villagra, concretó ese asiento con sólo 32 vecinos, fijo su
traza urbana en 25 manzanas de 150 varas de lado. Adoptó como
patrono a San Juan Bautista –de ahí su nombre. Y la llamó “de la
frontera” por considerar que se hallaba confinando con Tucumán.
Antes de realizar esa fundación, había trasladado “a dos tiros de
arcabuz” la Mendoza de Pedro de Castillo. El cambio de sitio quiso
legalizar una nueva fundación que tuvo por nombre “Ciudad de la
Resurrección”. Pero esa denominación nunca prosperó y siguió
llamándose Mendoza “por siempre jamás”.

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El plan colonizador en Cuyo demoró treinta años en avanzar hacia el
oriente, en dirección a Buenos Aires, refundada por Juan de Garay en
1580. Ejecutor de esa empresa fue el general Luis Jufré Meneses,
quien completó así la obra de su progenitor. A él se debe la fundación
de San Luis de Loyola, Nueva Medina de Río Seco (1594), en fecha
que no ha podido precisarse por la desaparición del acta respectiva.
Cuando regresó a San Juan, halló a la ciudad inundada por el río por
cuyo motivo resolvió trasladarla 25 cuadras al sur, en el sitio donde
hoy perdura.

“Con la fundación de las tres capitales cuyanas –dice Horacio Videla-


la obra colonizadora en la región quedó concluida (...) y librada a su
evolución natural”. Pero mucho antes, ese territorio había sido
organizado políticamente en forma de un Corregimiento dependiente
de la Gobernación de Chile. Así lo dispuso la Audiencia de Concepción
en 1565, erigiendo a Mendoza como sede del gobierno para toda la
región. Esta decisión ratifica la política adoptada por España en el
Tucumán de adecuar las jurisdicciones políticas a los ámbitos
regionales preexistentes. En ese marco se fundaron las ciudades o
municipios, en sitios estratégicos que tuvieron la responsabilidad de
concretar el proceso colonizador. La posesión de la tierra y el
sometimiento de la población autóctona se instrumentaron a través
de las mercedes de tierra y las encomiendas de indios, beneficios
concedidos a los fundadores y sus descendientes.

3. El mestizaje

La colonización no habría podido cimentarse si no hubiera ocurrido un


generalizado mestizaje del conquistador con el aborigen. La

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desigualdad numérica del blanco respecto del indígena era
abrumadora. Los exiguos contingentes que fundaron las ciudades
ocuparon tierras pobladas por tribus numerosas, pacíficas a veces,
como los huarpes, pero casi siempre hostiles y aguerridas como las
parcialidades diaguitas. Núñez de Prado trajo consigo desde el Perú
70 hombres y con ellos fundó Barco en tres asientos distintos. Su
enemigo, Francisco de Aguirre, vino desde Chile con 60 soldados y
eso le bastó para hacer el traslado-fundación de Santiago. Acabamos
de referir que San Juan se creó con 32 vecinos. Por lo demás, la
mayoría de esa gente eran varones y tuvo descendencia con las
mujeres del país, si bien esas uniones no aparecen registradas en los
libros parroquiales. Los prejuicios de la época cohibían dar estado
matrimonial a esos amancebamientos. El hijo de español y de india se
anotaba en el libro de “naturales”, sin mención del nombre del padre.
El caso del hidalgo Juan Eugenio de Mallea, fundador de San Juan, que
desposó a la hija del cacique de Angaco, bautizada con el nombre de
Teresa de Ascencio, significa un caso excepcional.

De este modo comenzó el fenómeno del mestizaje que originó una


nueva sociedad, antropológica y culturalmente distinta de sus
elementos constitutivos. Más tarde, esa mezcla de sangre, inculcó a
la población africana introducida mediante el tráfico de la esclavitud.
Entonces el cuadro étnico se hizo más complejo y diverso. Los censos
del siglo XVIII registran la presencia de españoles europeos y
americanos, indios y mestizos, negros, mulatos y zambos. El dato
relevante es la irrupción masiva del negro, especialmente en el
Tucumán, donde hacia 1778 constituye el 45 % de la población.
Solamente en Jujuy y La Rioja aparece el indio como grupo
mayoritario. Por lo que concierne a Cuyo, dicho censo demuestra que
los blancos eran el estrato mayoritario con el 42 % de la población,

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aunque no deja de ser significativa la presencia de naturales y de
negros.

Progresivamente, el mestizaje borró las barreras diferenciadoras de


las etnias y, de este modo, la mezcla de los distintos grupos fraguó la
sociedad criolla cuya identidad definitiva se cimentó en el siglo XIX.
Ella protagonizó el proceso emancipador, tanto en funciones de
conducción como de apoyo militar y económico. Sin esa adhesión
popular la revolución americana habría sido un objetivo inalcanzable.

4. Estructura productiva y ejes de circulación económica.

El destino de las esmirriadas ciudades fundadas por España estuvo


estrechamente relacionado con el problema de su organización
económica y productiva. Frustrada la ilusión de la riqueza fácil
merced a la minería, los colonizadores debieron resolver la necesidad
del sustento con el trabajo de la tierra utilizando la mano de obra
indígena. Se introdujeron semillas, plantas de Castilla y ganadería de
ese origen. Poco después de la fundación de Santiago del Estero, el
capitán Hernán Mejía Miraval llevó desde Chile las primeras semillas
de trigo, algodón, cebada y sarmientos de vid. Y también árboles
frutales como naranjos y limoneros. Estas especies vegetales fueron
la base de esa transformación económica. El algodón prosperó en el
clima seco y cálido de algunas ciudades del Tucumán. En mayo de
1710, el cabildo de Catamarca resolvió oficializar como “moneda de
la tierra” al hilado de algodón a razón de dos pesos la libra.

Asegurado el preciso sustento para los cortos vecindarios y los indios


de los repartimientos, hubo que pensar en la producción de

27
excedentes para su colocación en los mercados disponibles. En lo
que atañe al Tucumán sabemos que, desde principios del siglo XVII,
se había establecido un activo comercio con Potosí, donde el sueño
minero de los conquistadores tuvo fortuita concreción. Ahí estaba la
Sierra de la Plata que buscaron porfiadamente los españoles entrados
por el Río de la Plata. La fiebre minera atrajo multitud de españoles e
indígenas y comenzó a tomar forma el milagro americano de Potosí.
Hacia 1573/75 se construyó la Casa de Moneda donde se acuñaron
los pesos fuertes o “reales de a ocho”, patrón monetario de
Hispanoamérica.

Levantada en sitio áspero y desabrido, Potosí producía solamente


plata, en marcos o amonedada, motivo por el cual su abastecimiento
debía ser cubierto por las regiones vecinas del Virreinato. Tucumán
encontró ahí su gran mercado. La Rioja vendía sus vinos, pasas y
pelones; Catamarca, lienzo y pabilo de algodón; Santiago del Estero,
cera, miel, añil y tejidos de lana; San Miguel, ganadería, tabaco y
maderas. Salta, que llegó a ser la plaza comercial más próspera de la
región, era el nudo del comercio para la internación de mulas en el
Alto Perú y Bajo Perú. Ya en 1603, cuando las ciudades acababan de
nacer, una Relación sobre la Villa y Minas de Potosí consigna que de
Tucumán entraban anualmente artículos diversos por valor de 100 mil
pesos. Dos siglos después, solamente el comercio de mulas reportaba
transacciones de 500 mil pesos en la plaza de Salta, que se
duplicaban o triplicaban cuando los animales eran vendidos en las
ciudades del Perú.
¿Que ocurrió en Cuyo? Cuando Mendoza era un núcleo urbano
incipiente, con fama de estar situada en una tierra pobre, tuvo que
resolver problemas fundamentales, comenzando por la irrigación. Los
vecinos aprovecharon el sistema indígena de canales y acequias para

28
regar sus chacras y huertas. Por eso una de las preocupaciones
constantes del Cabildo fue mantener limpios y expeditos dichos
acueductos. Esto aseguró el beneficio de la tierra para cosechar trigo,
maíz, cebada y desarrollar la fruticultura: durazneros y
principalmente viñas. En las estancias se criaban vacas, ovejas y
caballos. Edberto O. Acevedo consigna datos relativos al año 1604
sobre la tasación hecha por el Cabildo a esos productos. La
descripción del Fray Reginaldo de Lizárraga y la crónica de Mariño de
Lovera resaltan la importancia de la producción agrícola en Cuyo.
Esos primeros testimonios coinciden en señalar la abundancia y
calidad de sus frutos, especialmente de sus viñas. Posiblemente, los
comerciantes seguían utilizando el camino del Inca que Lizárraga
recorrió en toda su extensión. El allanamiento posterior del itinerario
hacia Buenos Aires, que atravesaba San Luis, Río Cuarto y Arequito,
permitió conducir los productos del agro cuyano en las sólidas
carreteras mendocinas.

“A medida que se extienden los cultivos –dice Ana Castro- se trazan


nuevos cauces de riego (...) a mediados del siglo XVIII existen ochenta
y seis acueductos derivados de los ríos Mendoza y Tunuyán”. Hacia
1759 la superficie cultivada se había ampliado considerablemente. La
fertilidad de la tierra y la variedad de especies se destacan en
numerosos documentos de la época. Esta visión optimista sobre la
economía cuyana debe ser matizada con un autorizado testimonio de
ese tiempo: la relación del Intendente de Córdoba, Marqués de
Sobremonte (1785) originada en la visita que practicó a esa
jurisdicción. Esta comenzó en San Luis de Loyola, “de corta
población”, en cuya planta urbana sólo vivían 818 personas, entre
vecinos y simples moradores. La impresión que transmite el
funcionario es de pobreza, tanto que el Cabildo no tenía ingresos por

29
el ramo de “propios”. La economía se sustentaba, primordialmente,
de la ganadería: setenta mil ovejas, catorce mil vacunos y diecisiete
mil caballos. La ocupación de los hombres consistía en llevar ganado
a Chile, el alquiler de mulas y desempeñarse como peones en las
tropas de carreta. La industria de las mujeres era la tejeduría de
ponchos y frazadas que se comercializaban en Chile.

Mendoza, más importante por su población y economía, exhibía una


próspera agricultura donde sobresalían los cultivos de frutales y
viñas. Practicaba un intenso tráfico de carretería que se apoyaba en
la internación de sus productos en el reino de Chile. Más de mil
carretas se utilizaban con ese objeto. La mayor capacidad tributaria
de la población se reflejaba en el ramo de “propios” que rentaba al
Cabildo 400 pesos anuales.

En lo concerniente a San Juan, su planta urbana era más pequeña que


la de Mendoza pero con edificación más compacta. El rubro comercial
que la sustentaba eran los vinos y aguardientes, que se vendían en
Córdoba y también pasaban a Salta y al Perú. El transporte se hacía
principalmente por el sistema de arrias y, secundariamente con
tropas de carretas. El Cabildo recaudaba anualmente doscientos
pesos por ramo de “propios”.

5. Situación demográfica de las regiones mediterráneas.

El poblamiento de Tucumán y Cuyo se consolida durante el siglo XVIII.


Las ciudades crecen moderadamente en población, las campañas se
pueblan de estancias y cuando la mano de obra indígena comienza a
escasear por el agotamiento de las encomiendas, se hace preciso
comprar a buen precio negros esclavos para sustituir al indio en los

30
trabajos rurales y domésticos. Ese crecimiento demográfico fue
modesto porque no hubo aquí nada parecido a Potosí, donde la
minería causó un aumento espectacular de la población que convirtió
a la ciudad en la más populosa de Hispanoamérica.

Correlativamente, los pueblos indios fueron disminuyendo en número


y en habitantes por causas diversas. En tiempos de paz, porque fue
inveterado el abuso de los encomenderos de sacar a los aborígenes
de sus tierras para hacerlos trabajar en sus estancias o bien llevarlos
a Potosí y a Chile; en tiempos de guerra, porque la profunda
conmoción que significaron las guerras Calchaquíes (1630-1665) con
epicentro en Tucumán y repercusión en Cuyo, causó la muerte o el
extrañamiento de muchos pueblos. En lo atinente al objetivo
evangelizador de la Conquista, tan bien interpretado por misioneros
santos como Francisco Solano y el P. Alonso de Bárzana, consta en
reiterados informes de los obispos que la instrucción religiosa del
indio se cumplía deficientemente o simplemente no se cumplía
“porque todo es pleito entre los curas y encomenderos”.

El citado censo de 1778, levantado por orden de Carlos III, demuestra


que la provincia de Tucumán era la más importante del actual
territorio argentino. Incluyendo a Córdoba, que todavía pertenecía a
la gobernación, ella albergaba una población de 126 mil almas sobre
un total de 186 para el Río de la Plata. Córdoba tenía en sus doce
curatos 40.632 habitantes, la jurisdicción más populosa, relegando a
Buenos Aires al segundo lugar con 37.130. En orden de importancia
seguían San Miguel, ya en su nuevo asiento, con 20.104; Santiago del
Estero con 15.456; Catamarca con 15.315; Jujuy con 13.619, Salta
con 11.565 y La Rioja con 9.723.

31
Mucho menor era la población cuyana. En la comprensión de las tres
ciudades que formaban el Corregimiento vivían un total de 23.411
habitantes distribuidos de la siguiente manera: Mendoza, 8.765; San
Juan, 7.690 y San Luis, 6.956. A diferencia del Tucumán, aquí los
blancos eran mayoría con un porcentaje del 42 % del caudal
demográfico.

Tanto en una como en otra región, el gobierno civil, militar y


eclesiástico estaba en manos de los blancos. Ellos manejaban el
poder económico sustentado en las explotaciones agropecuarias, el
comercio y, además, monopolizaban el prestigio social. Era el
patriciado criollo donde había algunas familias verdaderamente
acaudaladas pero en cuyo seno se manifiesta progresivamente un
fenómeno de diferenciación social: los vecinos feudatarios y los
simples moradores, los pobres y los ricos. Algunos miembros de
familias principales se empobrecieron por la extensión de las
encomiendas o por la creación de mayorazgos o vínculos que excluían
a los hijos menores de la sucesión. Y eso les creó serias dificultades
para afrontar las cargas de la vecindad.

Esta caracterización de la sociedad colonial no sería completa si no


hiciéramos referencia a la fisonomía de las ciudades, según los
testimonios de la época. Las de mejor porte eran Córdoba y Salta. La
primera tenía los mejores templos y casas y contaba con abundantes
materiales de construcción: piedra, cal, ladrillos y tejas. Las
comunidades religiosas tenían allí sus noviciados y por eso disponían
de mayor número de sacerdotes. Los conventos de San Francisco,
Santo Domingo, La Merced y la Compañía albergaban cuarenta,
cincuenta y hasta sesenta religiosos cada uno. La Catedral -sede del
obispado- y la Iglesia de los jesuitas, eran templos de noble

32
arquitectura y de sólida fábrica. Con algunas modificaciones estos
edificios se conservan como monumentos coloniales hasta la
actualidad. Salta, primero sede de la gobernación y después de la
Intendencia a partir de 1783, exhibía frente a la plaza el edificio del
Cabildo, reedificado casi íntegramente a fines del siglo XVIII. El nivel
de prosperidad de los vecinos principales, beneficiados por el
comercio de mulas con el Perú, se reflejaba en el decoro y
alhajamiento de las casas con el sello arquitectónico colonial. Varias
tenían dos plantas con balcón voladizo sobre la acera, con techos de
tejas y utilización abundante de madera tallada y hierro forjado en
puertas, ventanas y balcones.

Las otras ciudades de Tucumán y Cuyo eran pueblos de poca monta y


casi nada ha sobrevivido a la injuria del tiempo, excepción hecha de
algunos templos y de raras casonas familiares. Entre los primeros,
podemos mencionar la iglesia de Santo Domingo, en La Rioja,
edificada íntegramente en piedra hacia 1623; la Catedral de Jujuy,
construida entre 1761 y 1765, con una sola nave en la que resalta un
precioso púlpito de madera tallada y dorada de excepcional valor
artístico; la iglesia de San Francisco en Tucumán, de nave única y
torre ubicada a la derecha de la entrada. Edificada por los jesuitas,
pasó a ser propiedad de la Orden Franciscana cuando se produjo la
expulsión de aquellos en 1767. Fue reconstruida a mediados del siglo
XIX, pero actualmente se conserva su estructura arquitectónica
original.

Respecto a las ciudades de Cuyo, la relación que escribió en 1785 el


Intendente Marqués de Sobremonte, señala la mala construcción de
las casas, con techos de paja y barro, distinguiendo la mejor fábrica y
comodidades en las de Mendoza. El terremoto que asoló a esta

33
ciudad en 1861 nada dejó en pie y lo propio ocurrió en San Juan con
el sismo de 1944. Todo ello explica que la reconstrucción de esas
ciudades no haya podido conservar casi nada de la arquitectura
colonial.

6. El mapa político a fines de la época colonial

Cuando finalizaba la época colonial, el mapa político del territorio


argentino estaba configurado por la Real Ordenanza de Intendentes
de 1782. Ésta había introducido modificaciones en cierta forma
convencionales en la estructura jurisdiccional anterior, apoyada en las
regiones preexistentes a la conquista, caso de Tucumán y Cuyo.
Formando parte del Virreinato del Río de la Plata, funcionaban las
Intendencias de Buenos Aires, Salta y Córdoba, de las cuales
dependían municipios sufragáneos con sede en las antiguas ciudades
fundadas en los siglos XVI y XVII. Subordinadas a la Intendencia de
Buenos Aires estaban Santa Fe y Corrientes. De Salta dependían
Santiago del Estero, San Miguel, Jujuy, Catamarca, Orán y Tarija,
ciudad esta última que pasó luego a formar parte de la nación
boliviana. La Intendencia de Córdoba había incorporado a La Rioja,
separándola de Tucumán, y a las ciudades de Mendoza, San Juan y
San Luis, que formaron el Corregimiento de Cuyo cuando dependía de
la Capitanía General de Chile.

Cada municipio tenía su propio Cabildo, órgano que constituía la


institución vertebral de la ciudad indiana. Ejercía el gobierno local en
los ramos más diversos: políticos, administrativos, judiciales y hasta
religiosos cuando se trataba de solemnizar las fiestas del santo
patrono. Sus miembros eran elegidos entre los vecinos principales
que formaban el patriciado criollo.

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En lo que atañe al aspecto territorial, las ciudades tenían sus límites
fijados por sus fundadores en autos de jurisdicción. Hubo excepciones
a esta práctica legal, caso de Buenos Aires, Tucumán y La Rioja. Esos
límites no siempre fueron definidos con precisión y comprendían las
vastas campañas circundantes pobladas por pueblos de indios y
estancias de españoles. Los primeros casi se habían extinguido, si
bien sobrevivían en pleno proceso de decadencia. Los más
importantes estaban en las antiguas Misiones, y los hubo también
hasta avanzado el siglo XIX, en Jujuy, Salta, Santiago del Estero, la
Rioja y Guanacache.

Ricardo Zorraquín Becú, que ha estudiado con profundidad al Cabildo


indiano, advierte que desde su instalación hasta 1810 se había
operado una progresiva disminución de sus atribuciones, agudizada
con la implantación del régimen de Intendencias. Subordinados al
Intendente, sus providencias eran apelables ante la Real Audiencia, si
eran sobre materias de gobierno y justicia y ante la Junta Superior de
la Real Hacienda cuando se trataba de asuntos tributarios o
financieros. En todas las ciudades sufragáneas, los Intendentes se
hacían representar por Subdelegados de Real Hacienda y Guerra que
sustituyeron a los antiguos Tenientes de Gobernador.

7. La revolución y el protagonismo de los Cabildos

La condición de menoscabo político que infligió a los Cabildos el


centralismo borbónico, experimentó un cambio significativo a partir
de la Revolución de Mayo. La Junta Provisional Gubernativa elegida en
Buenos Aires, necesitó en ese momento decisivo de la legitimación
por parte de los “pueblos” que formaban el Virreinato. La tesis de la

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retroversión de la soberanía al pueblo por la vacancia del trono
español, desarrollada por Castelli en el Cabildo Abierto del 22 de
mayo, no preveía la consulta a las demás ciudades. Buenos Aires
estaba decidida a reasumir dicha soberanía en nombre de todas las
demás. Por eso la perplejidad que embargó a los dirigentes porteños
cuando Villota, fiscal de la Real Audiencia, cuestionó ese derecho que
se atribuía la capital del Virreinato. La embarazosa situación fue
zanjada con un argumento de necesidad y urgencia: la consulta se
haría “a los pueblos” pero la “hermana mayor” tomaba la decisión de
hacer cesar al Virrey y formar gobierno propio, ad-referendum de lo
que resolvieran aquellos. Así fue como cursaron circulares a las
ciudades para que en Cabildo Abierto designaran los diputados que
concurrirían a la formación del nuevo gobierno. Pero también se
decidió el envío de dos expediciones militares que la Junta puso a las
órdenes de Francisco Ortiz de Ocampo -riojano-, y de Manuel
Belgrano –porteño, como argumento disuasorio de cualquier rebeldía.
Esto creó gran incertidumbre en las ciudades del Norte que se vieron
entre dos fuegos. La reacción realista de Córdoba y la actitud
beligerante que asumieron las Intendencias altoperuanas de
Chuquisaca y Potosí, gobernadas por Vicente Nieto y Francisco de
Paula Sanz, respectivamente. El éxito acompañó inicialmente a la
Expedición Auxiliadora del Alto Perú, que desbarató la resistencia de
Córdoba y cumplió la orden de fusilar a sus dirigentes con Liniers a la
cabeza. Sabemos que en Paraguay la suerte fue adversa para el
ejército del Belgrano, lo cual significó la segregación de dicha
Intendencia del cuerpo político de las Provincias Unidas. Y Montevideo
se sostuvo como bastión realista hasta 1814.

Al margen de la crónica militar, resulta significativo el protagonismo


que adquieren los Cabildos a partir de la Revolución. Si ellos

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desconocían a la Junta de Buenos Aires, como sucedió en el Alto Perú,
Paraguay y Montevideo, el nuevo gobierno perdería toda sustentación
legal y política. Es cierto que en algunas ciudades arribeñas,
principalmente en Salta y Jujuy, hubo trabajos revolucionarios previos
que se venían desarrollando desde 1809 con José Moldes y el grupo
de abogados salteños, denunciados como “subversivos” por el Virrey
Cisneros al Intendente Isasmendi. Por su parte, el canónigo jujeño, Dr.
Juan Ignacio de Gorriti, a comienzos de ese año decisivo de 1810,
redactó un documento favorable al cambio político que circuló
ampliamente en Salta y Jujuy.

La circular de la Junta Provisional Gubernativa y del Cabildo de


Buenos Aires llegaron a Salta el 16 de junio. “Atento a la gravedad de
su contenido”, el ayuntamiento resolvió tratar el asunto en un Cabildo
Abierto que se realizó el día 19 con asistencia del Intendente, el
obispo diocesano Videla del Pino, cabildo eclesiástico y vecinos
caracterizados. Por razón de la rigurosa estructura jerárquica creada
por la Corona española, ese pronunciamiento era muy importante
dada la prelación política de la capital de la provincia. Los votos que
expidieron los cabildantes expresan sugestivos matices, como el coto
del ayuntamiento encabezado por los alcaldes, que coincidió con el
Cabildo de Buenos Aires “en su lealtad y obediencia al Rey D.
Fernando VII”. La ingenua aceptación de la proclamada fidelidad de la
Junta Provisional Gubernativa al “amado Fernando VII” para conservar
sus derechos; o bien la complicidad con la trama revolucionaria.

La votación del Cabildo salteño tuvo influencia importante para la


aceptación del cambio político por parte de las ciudades
dependientes de la Intendencia, pues cuando llegaron los oficios de
Buenos Aires casi todos creyeron prudente esperar instrucciones de la

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capital. La única que se pronunció morosamente fue Jujuy, en una
actitud comprensible: por su ubicación geográfica estaba en el ojo de
la tormenta, con la amenaza de invasión por los realista del Alto Perú,
duros represores de Chuquisaca y La Paz. El diputado fue nombrado
recién el 3 de setiembre. Asistieron 75 vecinos y resultó elegido por
mayoría el Dr. Juan Ignacio de Gorriti, cuyas ideas a favor del
gobierno de los criollos eran notorias.

Pero si hubo coincidencia en legitimar la instalación de la Junta no la


hubo en cuanto a la elección de los diputados. Esto originó un proceso
conflictivo, especialmente en la propia Salta y en Santiago del Estero,
donde se enfrentaron facciones antagónicas. Feliciano Chiclana,
auditor del Ejército Auxiliar del Perú fue nombrado Intendente, redujo
a prisión a su antecesor Nicolás Isasmendi y confinó a otros hombres
de su facción a San Luis. El nuevo orden comenzaba con un
nombramiento hecho desde Buenos Aires, sentándose un precedente
pernicioso que no sería el último. ¿Cuál era el estado de opinión en
Salta? Chiclana lo definió así: “Una considerable parte de su
vecindario es de opinión contraria... y la restante opina con nosotros;
bien que una y otra poseídas de miedo y temor; y como el que teme
está próximo a obedecer, por esto es que tanto una parcialidad como
otra ha reconocido la autoridad de V.S. y de este gobierno”. El juicio
expresaba el jacobinismo de Chiclana por su rotunda convicción en la
eficacia del temor, política que en la Junta tenía de inspirador a
Mariano Moreno.

Veamos que sucedió en Cuyo. También hubo conflicto en Mendoza. La


capital de la Intendencia se había pronunciado en contra de la
evolución, y en el seno del gobierno local las opiniones estaban
divididas. En el Cabildo Abierto del 23 de junio, los partidarios del Rey

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se oponen a reconocer a la Junta. Una nueva asamblea realizada dos
días después designa diputado a Don Bernardo Ortiz, pero el
subdelegado de la Real Hacienda y su gente asaltan el cuartel y se
apoderan del armamento. El giro de los sucesos es parecido a lo
ocurrido en Salta. La Junta interviene designando al teniente coronel
José de Moldes –salteño-, como Teniente Gobernador y Subdelegado
de Hacienda y Guerra. A mediados de noviembre parte a Buenos
Aires el diputado Lic. Manuel Ignacio Molina para incorporarse a la
Junta.

El trámite de la circular del 27 de mayo fue mucho más sencillo en


San Luis. El comandante Manuel Corvalán llegó con ese documento y
otros papeles el 11 de junio y al día siguiente el Cabildo puntano
decide obedecer al nuevo gobierno. Un historiador ha llegado a decir
que "cabe a San Luis la gloria de ser la primer provincia (sic.)
argentina que se adhirió a la Revolución”. Esa decisión tuvo el mérito
de que cuando fue tomada, la reacción realista de Córdoba estaba en
marcha. Todavía el 30 de junio llega a San Luis un propio del
Gobernador Intendente Gutiérrez de la Concha con pliegos instando al
Ayuntamiento a no reconocer la autoridad de la Junta. Fue elegido
diputado el alcalde de primer voto Don Marcelino Poblet pero su viaje
se demoró por falta de recursos para cubrir su dieta. Su incorporación
se produjo el 23 de diciembre de ese año decisivo.

La noticia del cambio de gobierno llegó a San Juan el 17 de junio por


el correo general. También se recibió otro oficio del Intendente de
Córdoba Juan Gutiérrez de la Concha denunciando la constitución
“abusiva” de una Junta Provisional, a la que no se debía reconocer.
También llegaron comisionados de las partes en conflicto -Buenos
Aires y Córdoba-, a fin de alegar en favor de sus causas. ¿Dónde

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estaba el gobierno del Rey?, se preguntaron los sanjuaninos. “La
consternación fue general”, dice un informe de José Javier Jofré,
comandante de armas. El Cabildo quiso ganar tiempo para informarse
mejor y finalmente decidió la convocatoria a un Cabildo Abierto el 7
de julio. En medio de la expectativa de la gente reunida en la plaza,
José Ignacio Fernández Maradona, regidor decano, comunicó el
contenido de los pliegos recibidos, aclarando que la Junta de Buenos
Aires se proponía “sostener los derechos de nuestro augusto monarca
el señor don Fernando Séptimo”. Los primeros en hablar fueron los
jefes de las comunidades religiosas: domínicos, agustinos,
mercedarios y frailes hospitalarios de San Juan de Dios. Todos
apoyaron el reconocimiento de la Junta. Se opusieron a ello el
subdelegado de la Real Hacienda, el licenciado Francisco Oscariz,
criterio apoyado por algunos españoles acaudalados. Agotado el
debate, la asamblea aprobó una resolución anodina: no desconocía la
legítima autoridad del gobernador de Córdoba, peso a lo cual el
pueblo sanjuanino debía a obedecer a la Junta de Buenos Aires, sin
prejuicio de declarar su vasallaje al rey don Fernando VII. La elección
del diputado se practicó dos días después, recayendo la mayoría de
sufragios en el alférez real José Ignacio Fernández Maradona.

Pese a estos tropiezos “los pueblos”, cuya expresión institucional


eran los Cabildos, mandaron sus diputados a Buenos Aires y se
incorporaron a la Junta venciendo la oposición deducida por Mariano
Moreno, vocero del centralismo, quien argumentó que la misión de los
diputados era formar un congreso para dictar una constitución,
objetivo distinto del explicitado en la circular del 27 de mayo. Su
contradictor fue el deán Gregorio Funes, diputado por Córdoba, quien
en nombre de sus pares expresó que se atenían al motivo de la
convocatoria. Moreno tuvo que renunciar y, a partir de ese debate,

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quedó instalado en diciembre de 1810 un gobierno verdaderamente
representativo de las ciudades que habían legitimado el cambio
político. Desde ese momento comenzaron las contribuciones de las
ciudades con hombres, dinero y vituallas para sostener militarmente
el nuevo orden.

8. Propuesta de Gorriti para organizar un nuevo sistema político

El protagonismo asumido por los Cabildos en el proceso


revolucionario rioplatense se manifestó también en el campo de las
ideas. El diputado jujeño, Dr. Juan Ignacio de Gorriti, cumpliendo
instrucciones de su mandante, presentó un memorial a la Junta. El
documento, fechado el 4 de mayo de 1811 es calificado por Ricardo
Rojas como el más importante de la época. ¿Cuál fue su propuesta?
Sostenía que “en cumplimiento de las solemnes promesas de
establecer la absoluta igualdad de derechos de todos los pueblos”,
debía derogarse la prelación establecida por el antiguo régimen de
ciudades principales y subordinadas, reconociendo a éstas su
autonomía necesaria para ejercer libremente sus derechos. Todos los
ramos del gobierno dependerían del Cabildo y la ciudad contribuiría
anualmente, según su población y comercio, a sostener el gobierno
general del país. Esta propuesta para reformar la organización política
nacional hace de Gorriti el precursor del federalismo municipal, que
llegaría diez años después por la dinámica misma del proceso
revolucionario.

Como la Junta dilató el tratamiento de su moción, Gorriti reiteró el 19


de junio la necesidad de una respuesta. Responsabilizaba de la
demora al diputado Gregorio Funes, representante de Córdoba, quien
oponía reparos a sus ideas por ser partidario de conservar la

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estructura política intendencial. Abonó su nueva presentación con un
argumento difícil de refutar. “Al establecerse el nuevo gobierno
revolucionario, no se dirigió a las capitales provinciales para que
ellas, como tutoras de los pueblos interpretasen su voluntad; se
dirigió a los pueblos mismos, esto es, a los Cabildos, sus
representantes, para que éstos deliberaran sobre su destino político”.

El pensamiento de Gorriti tiene solidez y está enjundiosamente


expuesto. Era la doctrina opuesta a la que defendió el deán Funes en
el seno de la Junta, que privilegiaba la autonomía de las intendencias
regionales, y que tuvo más tarde continuadores con Juan Bautista
Bustos, cordobés, y Bernabé Aráoz, tucumano. De momento sus ideas
no prosperaron pero triunfaron diez años después en la organización
política del Estado con los pronunciamientos autonómicos de los
municipios indianos.

9. El Norte y Cuyo. Participación en el proceso emancipador

Los sucesos de Mayo forzaron a los pueblos del Interior a definir su


actitud frente a un hecho político revolucionario aunque
ambiguamente explicitado en los documentos oficiales. No era fácil
entender por qué el nuevo gobierno destituía y encarcelaba a los
funcionarios del Rey pero al mismo tiempo proclamaba su fidelidad a
Fernando VII y su voluntad de conservarle estos dominios. Tampoco
hay dudas de que esa definición se produjo bajo presión de la fuerza
militar enviada al interior con el simulado argumento de auxiliar “a
los Pueblos”. Para algunos, era la noticia que estaban esperando;
para los adictos al Rey, la novedad fue mortificante; para la mayoría
la sorpresa inicial fue trocándose primero en adhesión y después en
entusiasmo. Resultaba halagüeña la noticia de que por fin los hijos

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del país, los criollos, habían formado su propio gobierno sin depender
del favor de un soberano distante.

La sociedad criolla, formada por labradores, hacendados,


eclesiásticos, arrieros y artesanos tenía en ese momento menos de
500 mil habitantes. Sus dirigentes provenían del patriciado de la
tierra y de la burguesía. Figuraban ahí doctores graduados en
Chuquisaca, Córdoba y Santiago de Chile, caso de los hermanos
Gorriti, Teodoro Sánchez de Bustamante, los abogados salteños,
Nicolás Laguna, Bernardo Monteagudo, Pedro Miguel Aráoz, Gregorio
Funes, Pedro Ignacio de Castro Barros, Fray Justo Santa María de Oro
y Francisco Laprida, Tomás Godoy Cruz. Otros habían recibido
formación militar, caso de José Moldes, Juan Francisco Borges,
Francisco Ortiz de Ocampo. Había hacendados y comerciantes como
Bernabé Aráoz, Feliciano Mota Botello, Marcelino Poblet y José Ignacio
Fernández Maradona. Estos y otros hombres destacados del interior
participaron en la marcha azarosa y a veces contradictoria del
proceso revolucionario a partir de 1810. En la Junta Provisional
Gubernativa tuvieron actuación descollante del deán Gregorio Funes
y el canónigo Juan Ignacio de Gorriti. En la nómina figuran miembros
de las asambleas y congresos de la época patria donde revelaron
ilustración y talento. A otros, verdaderos precursores de la
Revolución, la suerte les fue adversa, pese a sus abnegados servicios.
Es el caso de Juan Francisco Borges y José Antonio Moldes. Borges fue
el primero que en Santiago se comprometió con la causa del cambio
político. Formó a sus expensas el cuerpo de Patricios Santiagueños
que se incorporó al Ejército Auxiliar del Perú, fue reconocido en
calidad de Teniente Coronel, tuvo graves desencuentros con Ortiz de
Ocampo y Juan José Castelli cuestionando la indebida intromisión en
la elección de capitulares santiagueños. Constituido en cabeza de un

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partido autonomista para resistir el “despotismo” de Buenos Aires,
promovió un estallido revolucionario en diciembre de 1816 y terminó
trágicamente su vida fusilado por orden de Manuel Belgrano.

El salteño Moldes era hijo del comerciante más fuerte de la plaza. Fue
enviado a España para seguir la carrera de las armas. Trabó amistad
con otros jóvenes americanos que soñaban con la independencia de
estos dominios y se afilió a la Logia de Cádiz. Regresó al Río de la
Plata, en enero de 1809, y se comprometió con los dirigentes
porteños a trabajar por la idea de la independencia en Córdoba,
Santiago y Tucumán. Fue un patriota de la primera hora y eso explica
su nombramiento como Teniente Gobernador de Mendoza y más
tarde su actuación como coronel en el Ejército Auxiliar del Perú. Tuvo
comportamiento destacado en la batalla de Tucumán y fue diputado
en la Asamblea del año 1813. Ahí se ganó el odio de los miembros de
la Logia que eran mayoría en el cuerpo, por razón de su genio
atrabiliario y la actitud de permanente denuncia de irregularidades en
el manejo de los negocios públicos. Cuando se reunió el Congreso
General Constituyente de Tucumán, tuvo la firme adhesión de los
diputados de varias ciudades para ser elegido Director Supremo.
Fueron activos promotores de su candidatura Mariano Boedo y
Eduardo Pérez Bulnes, para quienes él significaba la mejor garantía
de la paz con Artigas y las provincias litorales sujetas a su influencia.
Pero se cruzó el veto de San Martín, quien lo consideraba un
disociador.

La Revolución plantó a los pueblos que reconocieron a la Junta de


Mayo graves desafíos políticos, militares y económicos. El problema
más apremiante fue imponer su autoridad en todo el territorio del
Virreinato a cuyo efecto se despacharon dos expediciones militares.

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Ya se ha visto que Manuel Belgrano fracasó en el Paraguay. La Banda
Oriental sostuvo su fidelidad a la Corona hasta 1814 cuando la plaza
de Montevideo fue expugnada por Carlos María de Alvear.

¿Qué pasó en el Norte? Los éxitos iniciales de Cotagaita y Suipacha


allanaron al Ejército Auxiliar el dominio transitorio de las ciudades
altoperuanas. Su composición inicial de oficiales y soldados se
remontó considerablemente con gente del Norte, sin necesidad de
reclutamiento compulsivos. Entre los primeros figuran José Moldes y
Rudecindo Alvarado -salteños-, Gregorio Aráoz de Lamadrid y
Alejandro Heredia –tucumanos-, Juan Felipe Ibarra y Lorenzo Lugones
–santiagueños- y José María Paz –cordobés. Y a medida que la guerra
devoraba hombres, por bajas o deserción, nuevos combatientes se
incorporaron por las levas realizadas en cada jurisdicción. Esto
produjo la casi extinción de la mano de obra para los trabajos rurales.

Además de soldados, se necesitaban cabalgaduras, mulas de carga,


carretas, géneros y ropas para el vestuario, vituallas y pertrechos. Las
primeras contribuciones se hicieron en los cabildos abiertos que
legitimaron al nuevo gobierno. Enseguida vinieron los donativos
patrióticos de gente sin figuración política, muchos pobladores del
medio rural que dieron más allá de sus razonables posibilidades.
Estos aportes se hallan documentados en los papeles de la época.

Durante la etapa de la guerra regular, que se inicia en Cotagaita y


concluye en Sipe-Sipe, se registran tres campañas del Ejército
Auxiliar. La primera fue conducida por Juan José Castelli, delegado de
la Junta Provisional que relevó a Ortiz de Ocampo con motivo de su
negativa a producir el fusilamiento de los rebeldes de Córdoba; la
segunda tuvo como jefe a Manuel Belgrano; la tercera a José

45
Rondeau. No haremos la crónica de esas campañas; nos interesa
solamente la primera por las experiencias militares y políticas que
ella significó. Por de pronto, hubo una conducción bicéfala, el
abogado Castelli y el militar Antonio González Balcarce, donde el
mando político prevaleció con lamentables resultados.

En el Alto Perú, la instalación del nuevo gobierno suscitó entusiasta


acogida. El 15 de junio, el Cabildo de Tarija resolvió a reconocer a la
Junta Provisional Gubernativa. En Cochabamba ello sucedió a
mediados de setiembre, antes de que se conociera el triunfo de
Suipacha, hecho que definió la adhesión de las demás ciudades. Para
la población indígena, notable mayoría, la revolución fue un mensaje
de liberación social que resucitó las esperanzas creadas en su
momento por la rebelión de Túpac Amaru. Y hubo también patriotas
criollos que apostaron su destino político y personal apoyando el
cambio. Pero un importante sector de la clase dirigente, usufructuario
de la servidumbre indígena, apenas proclamó una adhesión de
conveniencia en la medida que el nuevo gobierno no perjudicara sus
privilegios seculares. Esto daba la dimensión de la difícil misión
política de los representantes de la Junta.

Los jefes de esta campaña no estuvieron a la altura de su


responsabilidad. Castelli, espíritu exaltado y jacobino, no adecuó su
comportamiento a la realidad de un ambiente social distinto de
Buenos Aires. Tanto él como sus oficiales incurrieron en actos de
impiedad y conducta licenciosa que desacreditaron a la Revolución.
En este sentido, hay testimonios autorizados de Pueyrredón, quien le
sucedió en el mando, y de los historiadores Gabriel René Moreno y
Bernardo Frías.

46
Una vez que el Ejército hizo sentir su autoridad en el territorio del Alto
Perú, instaló su campamento en el pueblo de La Laja, sobre el
Desaguadero. Allí, Castelli entabló negociaciones con el jefe realista
general Goyeneche, las que dieron por resultado un armisticio de 40
días. “Tal pacto fue burlado por ambas partes y mejor aprovechado
por los realistas...” En este estado ocurrió la batalla de Huaqui (29 de
junio de 1811) que fue un verdadero desastre. No hubo retirada sino
dispersión y fuga, y las pérdidas del Ejército Auxiliar fueron estimadas
en más de mil hombres. Goyeneche quedó dueño del territorio y de la
iniciativa. Reprimió la resistencia patriota de Cochabamba
encabezada por Esteban Arce y Mariano Antezada. Su vanguardia, al
mando del brigadier José Pío Tristán, avanzó sobre Jujuy.

Juan Martín de Pueyrredón asumió la ardua tarea de reconstruir el


Ejército con el apoyo decidido del pueblo jujeño. Advirtió, sin
embargo, que la misión era superior a su capacidad y pidió al
Gobierno que designara un jefe con mayores conocimientos técnicos.
Explicó la situación en términos lapidarios: “...un grupo de oficiales
sin honor, inútiles y viciosos que... hacen odiosa su presencia en los
pueblos y destruyeron mortalmente el crédito de la más justa de las
causas”.

El 26 de marzo de 1812 hizo entrega del mando a Manuel Belgrano,


hombre ilustrado y probo, precursor del cambio político rioplatense al
que sirvió con abnegación durante el resto de su vida. En su marcha
al Norte había creado como símbolo de la Patria naciente, la bandera
azul y blanca que izó por primera vez en las barrancas de Rosario.
Estaba convencido de que para lograr el triunfo de la causa era
preciso inflamar de entusiasmo los sentimiento del pueblo, emoción

47
colectiva que no podía ser obviada por el más brillante cálculo
político.

Cuando llegó a Jujuy advirtió que los pueblos del Norte, enfriado el
entusiasmo inicial, estaban desmoralizados y casi hostiles. A la
derrota militar se sumaba la torpe decisión del Triunvirato de
expulsar de Buenos Aires a los diputados que representaban la
soberanía de los pueblos. Este trato agraviante era peor que la
obediencia a los funcionarios del rey, que obraban según un sistema
legal establecido. Mientras acometía la tarea de reanimar los
despojos del Ejército, quiso recrear la mística revolucionaria con una
tocante ceremonia. El 25 de mayo de 1812, en la plaza mayor de
Jujuy, hizo bendecir por el canónigo Gorriti –uno de los diputados
expulsados- la bandera que había creado. Luego las tropas juraron
defenderla hasta morir. Fue impresionante el efecto moral de esta
iniciativa. Un pueblo libre necesita convicción y no temor para
acompañar una causa política.

Cuando se preparaba para abrir una nueva campaña sobre el Alto


Perú recibió precisas instrucciones del gobierno central. Debía batirse
en retirada hacia Córdoba y privar al enemigo de todo recurso con
una política de tierra arrasada. Esto significaba entregar a los
realistas toda la región del Tucumán. Semejante orden se impartió a
1.500 kilómetros del teatro de la guerra. Así planteadas las cosas,
Belgrano fulminó a los jujeños con un terrible bando: el pueblo en
masa debía abandonar sus tierras y seguir al Ejército en su retirada.
Todo debía ser sacado y transportado: ganado, provisiones,
mercaderías. El 23 de agosto se inició la operación conocida como
”Éxodo Jujeño”, episodio heroico pero también inútil. La batalla que se
dio un mes más tarde en Tucumán pudo empañarse en Jujuy. Los

48
protagonistas hubieran sido los mismos y la adhesión popular no
habría sido menor.

En Tucumán, la opinión popular prevaleciente fue jugar la suerte de la


guerra en una batalla. Esto decidió a Belgrano para desacatar las
órdenes recibidas de su gobierno. Hombre tan ceñido a la disciplina
comprendió que era preferible interpretar el entusiasmo cívico que
persistir en el desastre oscuro de una retirada. Así se dio la más
nacional de todas las batallas de la guerra de la independencia
argentina. En las filas patriotas estuvieron representados casi todos
“los pueblos” de la convocatoria de Mayo. El escuadrón “decididos”
de Jujuy; la caballería salteña con la jefatura de Moldes; las milicias
tucumanas reunidas por Bernabé Aráoz; las tropas santiagueñas; los
restos de los regimientos porteños y una compañía catamarqueña
conducida por el capitán Ahumada y Barros. Del Alto Perú vino
Manuel Ascencio Padilla con 50 de los mejores jinetes, exiliados de su
patria cuando la región fue sojuzgada por Goyeneche. Tucumán fue la
batalla de la unión nacional. Todo se conjugó: emoción patriótica, fe
religiosa, bravura. Y por eso se ganó frente al temido ejército de
Tristán.

Su impacto político fue decisivo en Buenos Aires pues decretó la caída


del desacreditado Triunvirato. El nuevo gobierno resolvió dar
prioridad a la guerra en el frente norte y convocar una asamblea
general a la que concurrirían los diputados de las ciudades “sin
mandatos imperativos y sin limitación de facultades”. Fue un intento
para nacionalizar la conducción revolucionaria y sustraer al Interior de
la arbitrariedad de gobiernos elegidos solamente por la capital. El
desafío inicial se reactualiza con todo vigor.

49
Los contrastes que siguieron a Tucumán y Salta -Vilcapugio, Ayohuma
y Sipe-Sipe- demostraron que estratégicamente era impracticable
derrotar al ejército realista en un escenario de dos mil kilómetros que
abarcaba desde Tupiza hasta el Desaguadero. Allí la naturaleza
creaba ventajas posicionales y logísticas para las tropas del rey. La
altiplanicie de la Puna, de extrema aridez, crudos inviernos y oxígeno
enrarecido, eran factores condicionantes que debían ser considerados
para explicar las derrotas sucesivas. Esto advirtió el coronel San
Martín cuando fue designado por el Directorio para relevar a
Belgrano. El 30 de enero de 1814 asumió el mando en Tucumán. Pudo
comprobar que recibía los despojos de un ejército que había perdido
“su fuerza física... y a quien la memoria de sus desgracias irrita”.

Su gestión fue corta pero vigorizante y lúcida. Hombre de sólidos


conocimientos profesionales, aprovechó la información que le dieron
los conocedores del teatro de operaciones y formuló una nueva
estrategia. El Ejército Auxiliar no estaba en condiciones de recuperar
la iniciativa. Fijó la línea de avanzada sobre el río Pasaje, en territorio
salteño, que sería cubierta por las milicias gauchas del Teniente
Coronel Martín Miguel de Güemes. Ordenó construir en Tucumán un
recinto fortificado, “La Ciudadela”, donde acamparía el Ejército del
Norte para entrar en operaciones en caso de que Güemes fuera
desbordado. Se abandonaba el rol ofensivo de dicho cuerpo por ser
impracticable o muy dudosa la reconquista del Alto Perú. Esto fue
estratégicamente correcto pero con el tiempo tuvo su costo geo-
político.

10. Republiquetas y Guerra Gaucha.

50
Definida una estrategia defensiva en el frente Norte, la
responsabilidad fue asumida por el pueblo en armas. El paisano del
medio rural, pastor o labriego, las masas indígenas pusieron sus
pechos en defensa de la libertad bajo la conducción de caudillos
locales. Las batallas convencionales desaparecieron y en su lugar se
libraron refriegas y combates innumerables. Fue una guerra de golpes
sorpresivos y de retiradas intangibles. Se desarrolló en el vastísimo
escenario que abarcaba la Intendencia de Salta y el territorio del Alto
Perú. Aquí se llamó Guerra de Republiquetas; en Salta se la conoce
como Guerra Gaucha y tuvo como jefe único a Martín Güemes,
comandante de vanguardia del Ejército del Norte.

Las Republiquetas tienen la singularidad de que la masa de sus


efectivos eran indígenas. Sus operaciones comenzaron antes que la
Constitución de la Junta de Mayo, propiamente desde la revolución de
La Paz en 1809. Fue más cruenta y despiadada que la Guerra Gaucha.
Los represores realistas no hacían prisioneros, sino que mataban y
degollaban a los vencidos. Sobre más de 100 caudillos que los
condujeron, 93 murieron en combate o ajusticiados. Muy pocos
pudieron ver el alumbramiento de la República en 1825, entre ellos
José Miguel Lanza, quien se sostuvo hasta el triunfo de Ayacucho.

La Guerra Gaucha respondió a una concepción distinta de la guerrilla.


El gobierno nacional, en cabeza del Directorio, le dio su
reconocimiento oficial, tanto en el nombramiento de jefes y oficiales
como al considerarla un servicio público costeado por el tesoro fiscal.
Esto surge de la abundante correspondencia mantenida por Güemes
con Pueyrredón, Director Supremo a partir de 1816. El Alto Perú
quedó deshauciado como objetivo militar y se privilegió la guerra
defensiva en la jurisdicción salteña. Para ese momento el eje de la

51
Revolución habíase desplazado a Mendoza, según el plan continental
concebido por San Martín, Gobernador Intendente de Cuyo.

Martín Miguel de Güemes, a quien se le encomendara en 1813 la


reorganización del ejército para la defensa del Norte, era hijo de un
destacado funcionario real que pertenecía a la clase encumbrada de
Salta. Militar de carrera, el joven había tenido una notable actuación
en las Invasiones Inglesas. Su posición social y militar contribuye a su
aceptación como líder del gobierno local en 1815, aún cuando los
adherentes al viejo orden, miembros de las familias más influyentes
de la ciudad, encarnan una férrea oposición hacia el jefe gaucho. A
medida que avanza la contienda revolucionaria, el grupo dirigente se
siente jaqueado por la clase popular que ha tomado las armas y
protagoniza, como ha estudiado Alicia Poderti, una verdadera “guerra
social”.

Desde 1816 hasta 1921, año de la muerte de Güemes, seis invasiones


fueron rechazadas enfrentando a las tropas veteranas que trajo el
general La Serna de Costa Firme y Chile. Bien que al precio de su
vida, el jefe de esa guerra logró conservar bajo su autoridad a las
ciudades de Salta, Jujuy y Orán. Sólo ocasionalmente pudo disputar a
los realistas el control de Tarija, que integraba la Intendencia por
virtud de la Real Cédula de noviembre de 1807. La Guerra Gaucha,
concebida estratégicamente como guerra defensiva, cumplió su
objetivo, pero ella no pudo resolver la misión asignada
originariamente al Ejército Auxiliar del Perú para asegurar la
integridad territorial del antiguo Virreinato. Cuando después de
Ayacucho llegó la instancia de definir las fronteras de las Provincias
Unidas con la naciente nacionalidad boliviana, se pudo comprobar
que el uti possidetis generado por el proceso bélico fue decisivo. La

52
soberanía territorial de las Provincias Unidas quedó configurada por el
espacio geográfico que pudo retener el ejército de Güemes.

11. El Congreso de Tucumán y el nacimiento de la nación

El triunfo de Tucumán no sólo decretó la caída del Triunvirato. Enseñó


que el destino de la revolución dependía, primordialmente, del apoyo
de los pueblos del Interior. Era necesario nacionalizar la convocatoria
política para que todos se sintieran comprometidos. Pese a ello, hubo
contramarchas originadas en la voluntad hegemónica de las facciones
porteñas, y así se evidenció entre bambalinas cuando la reunión de la
Asamblea del año XIII. Las reivindicaciones federalistas de Moldes y
Nicolás Laguna fastidiaron grandemente a los voceros de la “hermana
mayor”. El Director Posadas expresó su queja al Cabildo de Tucumán
por la tesis de laguna de que Provincias Unidas no significaba aceptar
la unidad del régimen sino la unión confederal de las ciudades. Esto
era propio, según Posadas, de “hombres díscolos, malditos,
revoltosos y enemigos del orden”.

La sublevación del Ejército del Norte, a fines de 1814, causada por el


nombramiento de Carlos María de Alvear en reemplazo de Rondeau,
corroboró la advertencia implícita connotada por la batalla de
Tucumán. Era imposible gobernar desde Buenos Aires de espaldas al
país como venía sucediendo desde la expulsión de los diputados del
Interior en 1811. Y como el mensaje no fue acogido con inteligencia
política, el motín de Fontezuelas dio por tierra con la autoridad de
Alvear, sucesor de Posadas.

La reunión del Congreso de Tucumán significó pues, una concesión a


los pueblos del Interior agraviados por el manejo centralista y

53
arbitrario de los dirigentes porteños. Hay un documento revelados.
Fray Cayetano Rodríguez escribió a Agustín Molina (10 de setiembre
de 1815) para explicarle los motivos sobre la elección de dicha sede:
“Hoy encuentras mil escollos para que el Congreso sea en Tucumán
¿Y dónde quieres que sea? ¿En Buenos Aires? ¿No sabes que todos se
excusan de venir a un pueblo a quien miran como opresor de sus
derechos...? ¿No sabes que el nombre porteño está odiado en las
Provincias Unidas o desunidas del Río de la Plata?

Tucumán era un modesto pueblo de 4.000 habitantes, con casas de


adobe y donde las viviendas principales eran la excepción. Además
de su población estable la ciudad albergaba a muchas familias
exiliadas del Alto Perú y Jujuy por motivos de la guerra, lo cual le creó
afligentes problemas de alojamiento y subsistencia. La dinámica de la
guerra había conferido a la ciudad una fisonomía inusitada. A partir
de octubre de 1814 fue capital de una nueva Intendencia creada por
el Director Posadas; a ella estaban subordinadas como municipios
sufragáneos Santiago del Estero y Catamarca. En La Ciudadela
mandada construir por San Martín se hallaba acantonado el Ejército
del Norte. Todo ello generaba multiplicadas y diversas actividades
que convirtieron a Tucumán en el centro neurálgico de la guerra de la
Independencia. Ahí confluían hombres y recursos destinados a la
sustentación del ejército. Esto suponía, también, la atención de los
heridos para cuyo objeto fue menester habilitar un hospital de
campaña atendido por varios cirujanos. Otro ramo que fue necesario
organizar fue la maestranza del ejército donde funcionaba una fábrica
de fusiles y se construían cureñas para cañones. Los troperos
desarrollaban intensa y lucrativa actividad conduciendo desde Buenos
Aires los útiles más diversos. El comercio local tuvo que atender el
aprovisionamiento de artículos que no era indispensable adquirir en

54
Buenos Aires, referidos especialmente a vestuario y comida de la
tropa.

Cuando se ponderan las circunstancias que rodearon a la instalación


del Congreso General Constituyente, cabe concluir que fueron
realmente desalentadoras. Nada quedaba en ese momento de la
Revolución Sudamericana. En Costa Firme (Venezuela) la expedición
española de Morillo había derrotado a Simón Bolívar, obligándolo a
refugiarse en la isla de Jamaica. Antes que eso ocurriera se había
perdido Chile en la batalla de Rancagua, contraste que hizo emigrar a
Mendoza a los defensores de la Patria Vieja con O’Higgins y José
Miguel Carrera a la cabeza. En orden a la política interna, la derrota
aplastante de Sipe-Sipe había dejado en manos de los realistas todo
el Alto Perú y con libertad de acción para invadir la región
tucumanense. En el Litoral persistía el conflicto con Artigas que
determinó la ausencia de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y
Santa Fe en la asamblea que debía constituir la nación.

Sólo el Río de la Plata se sostenía en beligerancia contra las armas del


rey. Pero la falta de un pronunciamiento explícito sobre su separación
de la Corona, colocaba a esta jurisdicción en condición de insurgencia
contra su legítimo soberano. Y pesaba sobre ella la amenaza de la
Santa Alianza (9 de junio de 1815), pactada en Viena, donde los
soberanos absolutistas europeos se comprometieron a extinguir
cualquier brote de insurgencia en los dominios americanos.
Increíblemente, de esta porción territorial del imperio español, nació
el impulso salvador de la causa emancipadora. Medida con la
perspectiva del tiempo, dicha convocatoria de congreso fue una
decisión temeraria y corajuda.

55
Los Cabildos del Interior reconocieron el Estatuto Provisional
promulgado en Buenos Aires que fijaba la competencia de los poderes
nacionales y locales. Y procedieron a elegir diputados mediante
elecciones populares de segundo grado. Las ciudades de Cuyo,
sujetas a la influencia de San Martín, pautaron su conducta de
manera diferente. Dejaron en suspenso la aprobación del estatuto
pero resolvieron producir la elección de sus diputados.

Examinando la composición del Congreso surge como primer dato


significativo la calidad intelectual de sus miembros. Ahí estaban los
hombres más esclarecidos de las Provincias Unidas. Casi todos eran
doctores de Chuquisaca, Córdoba y San Felipe, con mayoría de
eclesiásticos. También asistieron los diputados altoperuanos cuya
designación fue practicada por los emigrados de ese origen que se
habían exiliado en Tucumán y Salta. En ese grupo era figura
descollante el Dr. José Mariano Serrano, tanto por su experiencia
legislativa cuanto por sus condiciones de orador que desplegó con
lucimiento en numerosos debates. Buenos Aires mandó a Juan José
Paso, hombre fogueado en el proceso revolucionario pues había
integrado todos los gobiernos y asambleas a partir de mayo de 1810.
Ambos fueron elegidos secretarios del Cuerpo. La presidencia sería
ejercida rotativamente por los congresales.

Dos tendencias se manifestaron en el seno del Congreso: la


centralista sostenida por los diputados de Buenos Aires y Cuyo que
aplicaban en buena medida las directivas de la Logia liderada por San
Martín, y la corriente federalista defendida vigorosamente por los
representantes de Córdoba. Los congresales del Norte carecieron de
una estrategia propia. El riojano Castro Barros, de destacada
actuación, apoyó la candidatura de Pueyrredón y preparó el terreno

56
para su nombramiento con una gestión ante Güemes. Consiguió que
éste deshauciara la postulación de José Moldes comprometiendo la
designación de Belgrano como jefe del Ejército del Norte para
desplazar a Rondeau, con quien el caudillo salteño había tenido
graves distancias. Pedro Miguel Aráoz, tucumano, fue siempre
solidario con la política de su hermano Bernabé, gobernador aliado de
Buenso Aires. José Ignacio Thames, fue pieza clave en la maniobra
tendiente a rechazar el diploma de Moldes, elegido por Salta pero
odiado por los dirigentes de la Logia. El doctor Teodoro Sánchez de
Bustamante –jujeño-, fue redactor del proyecto de Constitución del
año 19, centralista, aristocrática y ambiguamente monárquica, que
chocó de lleno con la voluntad republicana y federalista de los
pueblos del Litoral.

El bloque altoperuano tuvo a Serrano como vocero principal. En las


cuestiones capitales se sometió a la estrategia del grupo logista
directorial, aliándose algunas veces con la gente del Interior en
cuestiones relativas a la igualdad de las provincias y al proyecto de la
monarquía incaica. Esta iniciativa legitimista propiciada por Belgrano
fue promovida por el Dr. Manuel Antonio Acevedo (Catamarca)
enseguida de la Declaración de la Independencia. Se trataba, nada
menos, que de definir la forma de gobierno. La idea contaba con el
apoyo entusiasta de la mayoría de los congresales: monarquía
temperada o constitucional en cabeza de un descendiente de la
dinastía Inca. El debate consumió varias sesiones. La apoyaron Castro
Barros, Thames y Godoy Cruz. Hizo objeción Fray Justo Santa María de
Oro (San Juan), quien propuso diferir esa sanción a una consulta
previa de los pueblos. Argumentó en contra del gobierno monárquico
Tomás Manuel de Anchorena (Buenos Aires), quien preconizó una
federación de provincias. Los diputados altoperuanos en bloque

57
adhirieron al proyecto de Acevedo, pero cuando llegó el momento de
resolver la cuestión, para sorpresa de muchos, el chuquisaqueño
Serrano cambió su voto aduciendo dificultades de índole procesal.
Fue rebatido por sus paisanos Sánchez de Loria y Malabia pero un
grave incidente dejó sin definición la materia. El congresal José
Antonio Cabrera (Córdoba), denunció que los asuntos del Congreso se
manejaban con espíritu de parcialidad. Los porteños acusaron el
golpe y ellos originó un acalorado debate que consumió tres sesiones.
Así se desvaneció el proyecto alentado por Belgrano y Güemes,
sostenido por la casi totalidad de los diputados altoperuanos y
norteños y que contaba incluso con la adhesión de Godoy Cruz,
vocero de San Martín. Como ha demostrado Pérez Guilhou, la
inmensa mayoría de los congresales adhería a la monarquía
constitucional y sólo diferían en la procedencia de conferirla a un
miembro de la dinastía incaica o de las casas europeas.

12. El plan continental

La Declaración de la Independencia que creó la nación “libre e


independiente de los reyes de España...”, el nombramiento de
Pueyrredón como Director Supremo y el acuerdo con Güemes para la
defensa de la frontera norte, son hechos que crearon las condiciones
para trasladar a Cuyo el eje de la guerra emancipadora. San Martín,
gobernador intendente de esa provincia, se entrevistó con
Pueyrredón en Córdoba (julio de 1816) y ahí todo quedó acordado
para ejecutar el plan de invasión a Chile. Un testimonio autorizado
dice también que en esa circunstancia San Martín incorporó al nuevo
Director a la Gran Logia después de recibirle el juramento de
obediencia a las decisiones de la corporación.

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La organización del Ejército de los Andes ya estaba en marcha. San
Martín fue designado Capitán General y dejó el mando civil en cabeza
de Toribio de Luzuriaga. Este funcionario, junto con José Ignacio de la
Roza, teniente de San Juan, y Vicente Dupuy, en San Luis, brindaron a
los preparativos bélicos total colaboración. La abnegación patriótica
que se había manifestado en el Norte para hacer factibles los triunfos
de Tucumán y Salta, se denotó en Cuyo con tanta o mayor intensidad.
Así pudo ponerse en pie de guerra un ejército disciplinado de 4.000
hombres imbuido de la mística revolucionaria. Los pueblos cuyanos
vivieron una economía de guerra que movilizó enteramente sus
energías materiales y morales. Con todo, eso no habría bastado.
Hicieron falta los recursos financieros, pertrechos y vituallas que
Pueyrredón aportó desde Buenos Aires. Las remesas de fondos para
el sostenimiento del Ejército fueron aumentadas de 8 mil a 20 mil
pesos mensuales en los últimos meses de 1816.

Este proceso ha sido prolijamente estudiado por numerosos


historiadores, lo cual nos exime de repetir hechos ya conocidos. El 12
de febrero de 1817, el triunfo de Chacabuco creó las condiciones para
la Independencia de Chile. La batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818
consolidó esa conquista. Empezaba a concretarse la Independencia
de las Provincias Unidad de Sud América como lo había proclamado el
Congreso de Tucumán.

13. Las automonías provinciales

El ambicioso proyecto de emancipación continental desconfiaba de


las aspiraciones localistas de los pequeños distritos por entender que
la fragmentación podía arruinar el gran objetivo de la causa común.
Pronto se vería que ese ideario de unidad continental chocaba con los

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sentimientos localistas hondamente arraigados en los pueblos
pertenecientes a la América española. Esta es la realidad que
manifiesta el proceso de la revolución americana. En la jurisdicción
rioplatense se insinúa progresivamente la voluntad autonómica de las
ciudades sufragáneas. En el escenario continental, más tarde, la
corriente impetuosa de las patrias nacionales haría fracasar el
proyecto bolivariano de la anfictionía americana.

Hemos visto que la cuestión de la igualdad política de las ciudades


fue planteada originariamente por el diputado jujeño Juan Ignacio de
Gorriti en 1811. En rigor, los jujeños expresaron la voluntad
autonómica de Jujuy respecto de Sala, capital de la provincia, pero no
avanzaron sobre el problema más completo del federalismo como
sistema político. Tanto es así que cuando fue necesario definir un
proyecto constitucional, se manifestaron partidarios del régimen de
unidad, o sea del centralismo querido por Buenos Aires.

La cuestión de la autonomía de las ciudades sufragáneas se replanteó


en 1820, al producirse la disolución de los poderes nacionales
precipitada por la batalla de Cepeda (1º de febrero). Ese proceso tuvo
exteriorizaciones fácticas y normativas, a través de los pactos
interprovinciales que se suscriben a partir del Tratado del Pilar,
contagiados de dos principios vertebrales: la voluntad de integración
nacional y la organización de la República Federal.

Los partidarios del federalismo no coincidieron en el modo de


instrumentar el sistema. Primero el deán Funes y más tarde Bernabé
Aráoz y Juan Bautista Bustos, bregaron por la instauración de un
federalismo regional que conservara la integridad territorial de las
intendencias. Pero ese federalismo regional fue sumergido por el

60
federalismo municipal. La voluntad política y el sentimiento de los
pueblos prevaleció sobre la doctrina constitucional. Así fracasó la
República de Tucumán, auspiciada por Aráoz, que llegó incluso a
dictar su propia constitución en setiembre de 1820. Su existencia
terminó con el derrocamiento de Aráoz, en agosto del año siguiente.

En el Norte, La Rioja fue la primera en trasponer el umbral del nuevo


ciclo. La siguió Santiago del Estero pese a la tenaz oposición de
Aráoz; los cautelosos catamarqueños declararon su autonomía
después de explorar bien sus posibilidades (25 de agosto de 1821).
Paradojalmente, los jujeños, precursores del autonomismo, no
pudieron cristalizar sus aspiraciones en esa circunstancia propicia.
Quizás porque fueron los únicos que no apelaron a los hechos
consumados como lo hicieron las demás ciudades.

¿Qué sucedió en Cuyo? Con llamativo sincronismo San Juan y San Luis
disolvieron su dependencia de Mendoza, capital de la Intendencia, e
instalaron sus propios gobiernos. Horacio Videla expresa que en San
Juan el ambiente estaba maduro para la revuelta. Llegaba a su
término el mandato de José Ignacio de la Roza, que había estrujado al
pueblo a favor de la campaña continental. Curiosamente, la jefatura
del movimiento sutonomista recayó en el capitán Mariano
Mendizábal, forastero, cuñado del teniente gobernador, hombre
turbulento y sin mayores escrúpulos. En San Luis, el proceso fue más
complicado. Dupuy renunció al cargo; un Cabildo Abierto resolvió que
debía continuar en funciones y se lo hizo saber mediante una
diputación encabezada por el síndico procurador de la ciudad. Pero el
contagio autonomista estaba en marcha atizado por otros
operadores. Una reunión de vecinos principales con oficiales de las
milicias presionaron al Cabildo para que siguiera el ejemplo de las

61
demás ciudades subalternas. El 25 de febrero de 1820 el
ayuntamiento asumió transitoriamente el poder y declaró la
autonomía.

Córdoba, antigua cabecera de la Intendencia, cuya jurisdicción había


sido recortada en 1814 por la creación de la gobernación de Cuyo,
sólo tenía en ese momento a La Rioja como municipio sufragáneo. No
sabemos en qué medida ese achicamiento territorial fue consentido
por los cordobeses. Lo cierto es que fue tomando cuerpo una
corriente de opinión decididamente opuesta a Buenos Aires, que le
había impuesto gobernadores desde la Revolución de Mayo. Cabeza
de ese movimiento era el coronel José Javier Díaz. Producida la
renuncia de Francisco Ortiz de Ocampo (29 de marzo de 1815), un
Cabildo Abierto lo eligió gobernador. Enseguida emitió una proclama
separando a Córdoba de Buenos Aires “bajo los auspicios y protección
del general de los orientales...” Esa adhesión se institucionalizó
cuando el Lic. José Antonio Cabrera participó en el Congreso
convocado por Artigas en Concepción del Uruguay. Tales
antecedentes explican la posición federalista de la diputación
cordobesa en el Congreso de Tucumán.

En el seno del cuerpo soberano, la mayoría de sus miembros no


compartía esa línea política. Eran directoriales que dejaron a Córdoba
en soledad. Por este motivo aplicaron criterios de conveniencia para
resolver el conflicto suscitado en La Rioja. Ahí el bando de los Brizuela
y Doria había disuelto su dependencia de Córdoba para negar
obediencia a un gobernador artiguista como José Javier Díaz. Al año
siguiente, la facción opositora de los Villafañe y Ocampo se tomó la
revancha. Provocaron un motín que destituyó a Ramón Brizuela y
Doria y devolvió a La Rioja a su situación de dependencia de Córdoba

62
(15 de abril de 1816). El Congreso ya estaba reunido y en su seno
brillaba el talento de Castro Barros, elegido diputado con el auspicio
del partido desalojado del poder. Denunció “el anárquico
comportamiento” de los revolucionarios riojanos y obtuvo por el voto
de los congresales la designación del teniente coronel Alejandro
Heredia para intervenir a La Rioja, sujeto a instrucciones terminantes.
El comisionado repuso a Brizuela y Doria en el gobierno, quien
desacató una orden del gobernador Díaz para presentarse en
Córdoba negándole autoridad para inmiscuirse en los asuntos
riojanos. Sin fundamento legal, el Congreso amparó esa rebeldía y
previno al gobernador que se abstuviera de ejercer acto alguno de
jurisdicción sobre el pueblo de La Rioja. Esta decisión comportaba una
maniobra política para humillar a quien había caído en desgracia con
el Directorio y el Congreso por su posición artiguista. Un año después,
cuando Díaz fue reemplazado por Ambrosio Funes, hombre adicto al
gobierno nacional, el cuerpo soberano volvió sobre sus pasos
restituyendo a La Rioja a su antigua dependencia (15 de diciembre de
1817).
La sublevación de Arequito (7 de enero de 1820), que tuvo por
cabeza al coronel Juan Bautista Bustos, creó la situación propicia para
que Córdoba reasumiera la plenitud de la soberanía. Un Cabildo
Abierto nombró gobernador interino al mismo Díaz y en la plaza una
pueblada quemó la bandera nacional y enarboló la enseña tricolor del
Protector de los Pueblos Libres. Poco después hizo su entrada a la
ciudad el jefe de la rebelión en medio de entusiastas demostraciones
de adhesión. En una proclama calificó severamente “el diferente trato
que habían recibido los hijos de las provincias interiores”. El 20 de
marzo fue elegido gobernador y su programa se proponía convertir a
Córdoba en eje de la política nacional. La situación era apropiada:
Ramírez y López habían derrotado al ejército directorial en Cepeda

63
provocando la disolución del Congreso y del Directorio. La nación
estaba acéfala.

14. El frustrado congreso de Córdoba.

El Congreso de San Lorenzo, auspiciado por el Tratado del Pilar, no


pudo hacerse por la guerra civil de Ramírez con Artigas, primero, y de
Santa Fe con Buenos Aires, después. Bustos, mediador en este
conflicto consiguió la firma del Pacto de Benegas (24 de noviembre de
1820) donde las partes se comprometieron a trasladar a Córdoba la
sede del congreso general.

Bustos empeñó su perseverante gestión para lograr el éxito de la


convocatoria. Envió circulares a los gobiernos provinciales pidiendo el
envío de sus diputados. Puso término a la guerra que enfrentaba a
Tucumán con Santiago propiciando la firma del Tratado de Vinará (5
de junio de 1821). Salta fue la primera en responder, merced a la
influencia de Güemes, designando diputado al Dr. Manuel Antonio
Castro, conspicuo colaborador del régimen directorial. Después
fueron llegando los representantes de casi todas la provincias,
algunos con sensible atraso. Faltaron a la cita Entre Ríos y Corrientes
por causa de las hostilidades de Ramírez con López y Bustos. En
agosto de 1821 la mayoría de los congresales estaban en Córdoba,
incluyendo a los porteños Matías Patrón, Justo García Valdez, Juan
Cruz Varela y Teodoro Sánchez de Bustamante.

Los resultados no correspondieron a los afanes del gobernador


cordobés. Él quiso reunir el Congreso a pesar de todo. En Salta había
ocurrido la trágica muerte de Güemes por bala realista en
complicidad con salteños que lo odiaban. Poco después, Ramírez, el

64
“Supremo Entrerriano”, terminó sus días en el norte de Córdoba
cuando huía de las tropas enviadas en su persecución. Artigas se
había exiliado en el Paraguay como consecuencia de sucesivas
derrotas a manos de los portugueses y de su antiguo teniente
Francisco Ramírez. Pero la oposición al congreso no vino de los
caudillos sino de la política porteña. Los diputados de Buenos Aires,
calificados con el mote de “espiones”, bloquearon el principal objetivo
del congreso con la tesis de que las provincias debían organizarse
internamente antes de considerar la cuestión sobre organizar la
nación. Detrás de esa operación estaba la mano de Rivadavia,
ministro de Gobierno de Martín Rodríguez, quien consideraba
“inoportuna” la instalación del congreso. El redactó las instrucciones
que limitaban las atribuciones de los diputados a celebrar solamente
tratados interprovinciales.

Dicha estrategia significó un obstáculo insalvable. Se había fijado el


día 4 de noviembre para la constitución de la asamblea pero los
representantes porteños estuvieron ausentes. Después de varios
intentos frustrados el proyecto quedó malogrado. Buenos Aires, que
había sido derrotada militarmente por las provincias hizo prevalecer
su voluntad política. La explicación más persuasiva de su
intencionalidad la dio en ese momento el diputado Larrechea de
Santa Fe: “Buenos Aires, esa oficina de planes hostiles e insidiosos,
siempre celosa del engrandecimiento de los demás pueblos... trata de
retirar sus poderes a sus diputados. Todos los pueblos aspiran a la
forma federal republicana y esto no está en los intereses de aquella
envidiosa capital...”

De este modo, el Interior perdió la iniciativa de la organización


nacional. Buenos Aires tenía la palabra.

65
15. Congreso y guerra civil

La frustración del congreso de Córdoba originó la prolongación


incierta del proceso de organización constitucional. Las provincias
conservaron el ejercicio pleno de la soberanía en materia política,
militar y económica. Pero el manejo del puerto y de la aduana
exterior seguiría por muchos años en poder de Buenos Aires. Creció
entonces la preocupación acerca de la sanción de un derecho público
provincial que fijara la competencia de las autoridades locales y
reconociera los derechos de los ciudadanos. Esos acuerdos
normativos –como el pacto de San Miguel de las Lagunas y el Tratado
de Guanacache, ambos en Cuyo-, integran la serie de los “pactos
preexistentes” invocados más tarde en el preámbulo de la
Constitución Nacional.

La ansiada organización nacional pareció que podría resolverse


cuando el gobernador de Buenos Aires, general Juan Gregorio Las
Heras lanzó la iniciativa en 1824. Todas las provincias respondieron
afirmativamente, incluyendo a la Banda Oriental y Tarija (Bolivia). Sin
distinción de banderías políticas mandaron sus diputados y el cuerpo
pudo constituirse el 16 de diciembre de 1824. Su primera sanción fue
la Ley Fundamental que encargó el manejo de las relaciones
exteriores al gobernador de Buenos Aires y resolvió que las provincias
se regirían por sus propias instituciones hasta la sanción de la
Constitución, cuyo texto les sería sometido para su conformidad.

La cuestión de fondo que dividió las opiniones fue la forma de


gobierno. Ella subyacía desde la Constitución de 1819 y del Congreso
que Bustos no pudo realizar. Los tratados interprovinciales indicaban

66
explícitamente la voluntad de establecer una República Federativa.
Los dirigentes de Buenos Aires, por el contrario, estaban decididos a
hacer prevalecer un sistema unitario que fácticamente había tenido
vigencia con el Triunvirato y el Directorio. En ese marco, la consulta a
los pueblos del Interior se convirtió en una mera formalidad cuando
no en una falsedad flagrante.

Esa mentalidad recurrente se manifestó en el seno del Congreso. El


partido unitario montó una estrategia elucubrada por su mentor
Bernardino Rivadavia. Los debates fueron prolongados y ricos en
doctrina política pero, a la postre, prevaleció el plan centralista que
instaló un Presidente de la Nación antes de que la Constitución fuera
aprobada, hecho que resultaba violatorio de la ley Fundamental.
Enseguida vinieron otras medidas: federalización de la ciudad de
Buenos Aires y parte importante del territorio provincial, decisión
arbitraria que hizo caducar el mandato del gobernador Las Heras;
creación del Banco Nacional, institución que se reservaba la facultad
de acuñar moneda; hipoteca de la tierra pública para consolidar el
empréstito contraído por Buenos Aires con la casa Baring de Gran
Bretaña. Esa escalada rivadaviana tuvo coronamiento con el texto
constitucional que adoptó el sistema de unidad. Las provincias
quedaban convertidas en dependencias subalternas del presidente de
la República.

Semejante desmesura –contenida en los artículos 130 y 132- provocó


reacciones comprensibles. Córdoba y Santiago retiraron sus
diputados y poco después la Constitución fue rechazada por las
provincias. El conflicto derivó en una guerra civil. En ella cobró
protagonismo relevante Juan Facundo Quiroga, caudillo riojano de la
campaña pastora. Hombre intrépido, de rápidas decisiones, formó

67
una Liga con los gobernadores Bustos e Ibarra y emprendió campañas
militares sobre Cuyo y el Norte que lo hicieron dueño de medio país.
El presidente Rivadavia, desprovisto ya de sustentación política se vio
obligado a renunciar. Según la expresión de Quiroga, era evidente
que “el voto de los pueblos se uniformaba con la Federación”.

El Congreso aceptó la renuncia y eligió a Vicente López y Planes con


carácter provisional. Luego se disolvió (18 de agosto de 1827). El
autor del Himno hizo lo más prudente: convocó a elecciones en
Buenos Aires para restaurar la autonomía provincial abrogada.
Formada la Legislatura, eligió gobernador al coronel Manuel Dorrego,
quien como diputado por Santiago había dado en el Congreso
testimonio de sólidas ideas democráticas y federales, no sólo en su
aspecto político sino también social y económico. Dorrego, porteño y
federal, era el hombre que convenía a Buenos Aires para campear el
temporal desatado por los triunfos militares de Quiroga y darle
credibilidad ante las provincias.

16. Los caudillos del Interior.

El fracaso de los congresos había demostrado la incapacidad de la


dirigencia urbana tradicional para resolver el desafío de la
organización nacional. La autonomía dirimente de unitarismo o
federalismo estaba bloqueando el destino de las Provincias Unidas del
Río de la Plata. La disidencia no era solamente política o ideológica.
Era la lucha de una provincia rica, dueña del puerto único y de la
aduana para el comercio exterior, con las provincias pobres,
partidarias de una política proteccionista para amparar sus
producciones agrícolas y artesanales frente a la competencia
desventajosa de los géneros europeos beneficiados con el

68
librecambio. En 1824, los ingresos de Córdoba eran de 70 % anuales;
Buenos Aires recaudó más de $ 2.5000.000.

En ese momento surge el fenómeno de los caudillos que ocupan el


escenario reservado anteriormente a la clase “sana y principal”. Una
vez que la causa de la emancipación pareció asegurada, los pueblos
se replegaron sobre sí mismos tratando de resolver los arduos
problemas de su estabilidad interior en el contexto de un país
empobrecido y agotado por los sacrificios de muchos años. Fue
necesario buscar el apoyo de las masas campesinas y así se inicia el
protagonismo de los comandantes militares para subsanar la
intrínseca debilidad del gobierno de vecinos, propio del tiempo
colonial.

¿Dónde nacen los caudillos? Algunos surgieron del Ejército del Norte,
donde se formaron en una escuela celosa del principio de autoridad.
A esa extracción pertenecen Juan Bautista Bustos, Juan Felipe Ibarra y
Alejandro Heredia. Otros no tuvieron formación profesional específica
pero poseían innato don de mando y desarrollaron sus aptitudes en
las comandancias de campaña. Es el caso de Estanislao López,
Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas. El manejo del poder
adquirió un acentuado carácter autoritario propio de los hombres de
armas. Esta mentalidad que también contagió a civiles prominentes
caló hondo en nuestra experiencia histórica.

Sostenidos por una adhesión popular incuestionable, los caudillos


fueron árbitros de la vida política durante más de veinte años.
Estanislao López gobernó Santa Fe hasta su muerte en 1838. Juan
Facundo Quiroga, sin vocación por los asuntos administrativos, es el
prototipo del guerrero que consiguió tener bajo su autoridad a nueve

69
provincias hasta su trágica muerte en la emboscada de Barranca
Yaco. El liderazgo regional que dejó vacante fue heredado en el Norte
por Alejandro Heredia, quien fundó un protectorado que abarcaba
desde Salta hasta La Rioja. En Santiago del Estero, Juan Felipe Ibarra
conservó el poder durante treinta años sin tentar hegemonía más allá
de su ínsula provincial. Apoyó decididamente el sistema federal pero
obró siempre aconsejado por un realismo político que nacía de la
experiencia y también de su idiosincracia.

Juan Bautista Bustos, gobernador de Córdoba, quiso organizar el país


según el principio federativo proclamado por los pactos preexistentes,
pero el poder de Buenos Aires se le cruzó en el camino y su carrera
política quedó tronchada por la derrota que le infligió José María Paz
cuando invadió el Interior con tropas veteranas de la guerra con
Brasil. En Cuyo, después de la muerte de Quiroga, impusieron su
autoridad José Félix Aldao (Mendoza) y Nazario Benavídez, quien
gobernó en San Juan desde 1836 hasta Caseros.

Todos estos hombres se llamaron federales y dijeron luchar en


nombre de la Federación. En esta materia conviene hacer algunas
precisiones. Los rótulos políticos no definen con propiedad el
comportamiento político. Quiroga afirmó ser “unitario por convicción”
pero ninguno de sus contemporáneos peleó tantas batallas para
instaurar un régimen constitucional federativo. Rosas, por el
contrario, elevó la “santa causa de la Federación” a la categoría de
dogma pero ningún unitario trabajó con tanta tenacidad y astucia
para cimentar el predominio de Buenos Aires sobre las demás
provincias.

70
López era un federal auténtico, partidario convencido de organizar un
país con ese sistema, pero cuando llegó el momento decisivo de dar
cumplimiento al pacto Federal de 1831, su gestión fue deshauciada
por Quiroga. El apasionado riojano no quiso deponer su hostilidad
hacia el patriarca de la Federación. Prefirió dejarse convencer por
Rosas de que la organización nacional “era deseable pero no
oportuna”.

Así, pues, los caudillos de la Argentina heroica, lucharon, sacrificaron


a sus pueblos e incluso inmolaron sus vidas en aras de la causa
federal. A despecho de tratados y de victorias militares, el proyecto
constitucional chocaba frontalmente con las ideas del gobernador de
Buenos Aires. Para sus intereses, que eran compartidos por los
hacendados y comerciantes del Puerto, bastaba con que las
provincias delegaran en su persona el manejo de las relaciones
exteriores. Paradojalmente, mutatis-mutandi, era la misma tesis que
esgrimió Rivadavia para hacer fracasar el Congreso de Córdoba. El
fusilamento de Dorrego, la muerte de Quiroga y de López dejó a
Rosas dueño del poder nacional. El puerto libre y único para el
comercio exterior y los ingresos de la aduana, eran el sustento
económico de un poder incontrastable. Así sucedió hasta Caseros.

17. La Coalición del Norte.

Así estaban las cosas cuando ocurrió la revolución de las provincias


del Norte contra el poder de Rosas. Fue un acuerdo regional contra un
sistema exclusivista que conmovió nueve provincias. Para reprimirla
no bastaron los gobernadores adictos al Restaurador y fue preciso
mandar un poderoso ejército con los mejores generales del régimen y
empeñar una campaña de un año de duración. Pueblos empobrecidos

71
y humillados tomaron la decisión heroica de jugar su destino a cara o
cruz, sabiendo que no habría clemencia en caso de una derrota. Este
proyecto denota la vigencia de una conciencia de unidad regional, sin
la disciplina de un centro hegemónico como había sido el
protectorado de Alejandro Heredia. Esta reacción no se habría
producido de no existir causas internas estrechamente vinculadas con
la situación económica y social de los pueblos del Norte y con la
postergación indefinida del proyecto de organización nacional. Por
eso coincidieron unitarios y federales.

El asesinato de Heredia ocurrido el 12 de noviembre de 1838,


significó un cambio político en las provincias sometidas a su
Protectorado. En Tucumán fue elegido gobernador Bernabé
Piedrabuena, con quien se hizo sentir la influencia de los jóvenes
ilustrados de la Asociación de Mayo, opositores del rosismo. Ahí
estaban Salustiano Zavalía, ministro general; Marco Avellaneda,
Benjamín Villafañe y Brígido Silva. En Salta asumió el gobierno don
Manuel Solá, conectado con los emigrados unitarios de Bolivia, caso
de Rudecindo Alvarado y Facundo Zuviría. Esta provincia, como Jujuy,
padecía una crítica situación económica por las contribuciones de
hombres, dinero y vituallas exigidas por la guerra contra el mariscal
Santa Cruz, presidente de la Confederación peruano-boliviana. A
comienzos de 1839, la preocupación dominante de esos gobiernos es
la paz con Bolivia, sin esperar la decisión del encargado de las
Relaciones Exteriores. De ella dependía la reanudación del comercio
con el mercado altoperuano, vital para sus economías.

Así, en las provincias del Norte se expresaba una voluntad todavía


más explícita de ruptura con Rosas. Los papeles de época traducen
un fuerte sentimiento anti-porteño y la convicción de que nada podían

72
esperar del gobernador de Buenos Aires para aliviar la situación de
esas provincias. José Cubas, gobernador catamarqueño, definió
posición en forma categórica en carta a Ibarra. Quiso persuadirlo
sobre la necesidad de formar un nuevo gobierno nacional para
proteger a “nuestras provincias” de las miras ambiciosas de los
porteños. Tomás Brizuela, gobernador de La Rioja, compartía sus
ideas. La actitud de los dirigentes tucumanos, aunque más cautelosa,
descubre las mismas ideas, involucrando en sus preocupaciones el
asunto de la paz por separado con el gobierno de Bolivia. En esos
días, llega desde Montevideo una carta de Alberdi a sus amigos de
Tucumán. Su exhortación era salvar a la República de su “único y
grande enemigo”, el tirano Rosas.

El proyecto estaba maduro. Todos manifestaban su voluntad de


organizar una liga y separar a Rosas del gobierno nacional. Estaban
comprometidos los intereses del Norte, la avanzada en la guerra de la
Independencia. El nombre de Ibarra aparecía indicado como cabeza
de esa coalición. Pero Ibarra, político habilidoso que se había
sostenido casi veinte años en el poder con Rivadavia y con Rosas,
había aceptado de grado o por fuerza las reglas de juego impuestas
por sus amigos federales Quiroga y Heredia. Ahora los dos caudillos
estaban muertos y él era tentado por un liderazgo regional. Mientras
los gobiernos del Norte tratan de comprometerlo o al menos de
neutralizarlo, Rosas –que tiene un ojo puesto en la Banda Oriental y el
bloqueo francés y otro en las novedades que le llegan de las
provincias arribeñas-, produce un golpe maestro de esgrima política.
Ibarra había dado hospitalidad a José María Cullen, su compadre y
amigo. El ministro de Estanislao López estaba condenado por Rosas a
la muerte civil por haber osado gestionar ante el ministro inglés y el
cónsul norteamericano la solución del bloqueo francés que

73
perjudicaba el comercio de cabotaje del Litoral. El Restaurador
fulminó a Ibarra con una apelación a su fidelidad. Lo acusó de haber
dado asilo a un “salvaje unitario”, quien con sus maniobras estaba
perjudicando la causa de la Confederación. Con siniestra jugada logra
definir a Ibarra atándolo a su carro político. De ese modo, las
conveniencias políticas prevalecieron sobre el sagrado deber de la
hospitalidad. Con un gesto reprensible, Ibarra resolvió entregar al
verdugo a su “compadre y amigo”.

La solidaridad del Norte quedó fisurada y ello demora los planes de


los revolucionarios. La formación de la Liga se postergará un año,
dando tiempo a don Juan Manuel para resolver los acuciantes
problemas del Litoral: bloqueo francés, alianza y declaración de
guerra por parte de Rivera y la provincia de Corrientes, campaña de
Lavalle sobre Buenos Aires, levantamiento de los Libres del Sur. Todo
un encadenamiento de adversidades que pudo conjugar.

No aceptó, sin embargo, cuando envió al general Lamadrid a


Tucumán para retirar el armamento que cedió a Heredia para la
guerra contra Santa Cruz. El conflicto había concluido por la victoria
de los chilenos en Yungay (20 de enero de 1839). Luego de largo
exilio, el guerrero de la Independencia había regresado a Buenos
Aires y se puso a las órdenes del jefe de la Confederación Argentina.
Rosas creyó en su sinceridad y quiso confiarle la comisión referida.
Pero Lamadrid llegó a Tucumán, se presentó al gobernador
Piedrabuena –su primo y amigo- y le informó sobre la misión que le
había sido conferida. Luego de un confuso trámite, la Legislatura
sancionó una ley pronunciándose contra Rosas, a quien acusó de
abuso en el manejo de las Relaciones Exteriores y de haberse
arrogado el “peligroso derecho de hacer la paz y declarar la guerra”.

74
Con esos argumentos le revocaron el mandato para conducir las
Relaciones Exteriores, decisión que fue recibida con entusiasmo por
el pueblo, según refiere Lamadrid en sus Memorias.

El voto de la legislatura tucumana había logrado un suceso


inesperado: la adhesión del propio comisionado de Rosas. Dada la
inteligencia previa sobre el asunto, los pronunciamientos de las otras
provincias se sucedieron enseguida. Salta lo hizo el 13 de abril. El
gobernador Solá emitió una proclama donde decía: “Salteños:
Libertad, Constitución o Muerte, será nuestra divisa”. El
pronunciamiento adquiría así el sentido de una cruzada cívica. En
Jujuy se produjo la destitución de Mariano Iturbe, acusado de sostener
al tirano Rosas. Lo reemplazó Roque Alvarado, quien dirigió al
gobernador de Buenos Aires una enérgica expresión de agravios. En
La Rioja, el gobernador Brizuela hacía tiempo que estaba
desengañado de la Federación rosista. Su estado anímico no nacía de
doctrinas sino de realidades: el estado miserable de su pueblo. El 2
de mayo promulgó el pronunciamiento de la Sala y expresó que la
Provincia se proponía “alcanzar el venturoso día en que todos
digamos: hay Constitución, hay leyes, hay Patria”. La adhesión de
Catamarca no se hizo esperar. El 7 de mayo la Legislatura sanciona
una ley que denuncia los males de grave trascendencia causados por
Rosas a la República y su empeño anárquico de estorbar la
organización constitucional de la Nación.

El 22 de agosto se reunieron en Tucumán los diputados del Norte


para celebrar una alianza ofensiva y defensiva. Hubo
cuestionamientos procesales del gobierno salteño, pero como los
sucesos bélicos se precipitaban en La Rioja, invadida por Aldao desde
Cuyo, el Congreso verificó el nombramiento de Tomás Brizuela como

75
general en jefe. El 14 de septiembre de 1840, fecha de grata
memoria para la Patria, se aprobó el Tratado de la Liga. Se nombró
Director a Tomás Brizuela, otorgándosele atribuciones para dirigir la
guerra, hacer la paz y negociar empréstitos dentro o fuera de la
República. Podía, también, celebrar tratados sometiéndolos a la
ratificación posterior de las provincias signatarias. Era el jefe de un
Estado segregado de la Confederación.

La guerra se desarrolló en el vasto escenario de nueve provincias.


Desde Jujuy hasta Mendoza, los gobiernos comprometidos en el
ambicioso proyecto tenían motivos legítimos. Pero los medios
estuvieron mal calculados, considerando el poderío del adversario.
Los recursos financieros fueron exiguos, el armamento deficiente y
las tropas puestas en campaña no podían emparejar el tremendo
poder bélico de Buenos Aires. La designación de Brizuela como
director de la guerra fue un desacierto. Tampoco pudieron sincronizar
su estrategia Lamadrid y Lavalle. En los llanos riojanos hubo una luz
esperanzada: Ángel Vicente Peñaloza, antiguo oficial de Quiroga, se
sostuvo durante varios meses frente a las embestidas de los
gobernadores cuyanos Aldao y Benavídez, gracias a una táctica de
guerra montonera de marchas rápidas y ataques sorpresivos.

Rosas contó con el apoyo de los gobernadores cuyanos, quienes no


siempre se pusieron de acuerdo en sus operaciones. Ibarra complicó
los planes tácticos de Lamadrid y de la División Constitucional de
Salta. Y cuando llegó el momento de definir la guerra, Rosas puso en
acción a sus mejores espadas: Oribe en el Norte y Pacheco en Cuyo.
Hubo incontables combates y refriegas: la más sangrienta fue la
batalla de Angaco, donde Mariano Acha enfrentó a Aldao y Benavídez.
El 19 de setiembre de 1841 chocaron en Famaillá (Tucumán) Lavalle

76
y Oribe. Después de una hora de combate, el ejército de la Liga se
dispersó y su jefe con reducida escolta emprendió la retirada hacia el
Norte. Pocos días después, en Rodeo del Medio (Mendoza), Pacheco
derrotó a Lamadrid. Los vencidos escaparan de la vindicta federal
pasando a Chile con la cordillera nevada. Sarmiento ha descripto con
elocuencia este dramático episodio.

En el proceso de nuestras guerras civiles nunca se manifestó en


forma tan patente la tragedia en la historia. Mariano Acha fusilado y
decapitado por orden del fraile Aldao. Tomás Brizuela muerto a
traición en Sañogasta (La Rioja). Marco Avellaneda, asesinado en
Metán (Salta), José Cubas y sus ministros degollados en la plaza de
Catamarca por orden de Mariano Maza, teniente de Oribe. Juan
Lavalle perdió la vida en un confuso episodio ocurrido en Jujuy. De los
jefes de la Liga, sólo sobrevivieron para contar su desgracia Lamadrid
y Solá, acogidos ambos al exilio chileno…

77
78
II
Versiones de Mayo en el tiempo largo

79
80
Sobre la Revolución de Mayo y el Interior
El momento belgraniano y los invisibles de la historia

Héctor Marteau2

Hay un áurea en la presencia de Belgrano en el norte argentino, que


parece ser irrepetible. Antes que se pueda hablar del vacío que
representa la pérdida de una autoridad, sobre todo el modo imperial
español de entonces constituido desde la intemporalidad de su
mandato, y antes que nos enfrentemos al modo nuestro con la
secularización del poder –cuestión que dirimirá la forma constitucional
en sus instituciones-, Belgrano nos sitúa en la validez de la acción,
“en la producción de obras y de toda clase de actos” que provee el
vivir civil3, recluyendo a la contemplación a otros mundos que el
político instituyente. Por primera vez se presenta en el horizonte
novedoso del “grito de mayo” el involucramiento de toda la población
en la acción cívica que representa el compromiso por una nación y un
estado todavía en ciernes. Lo militar, lo religioso, lo político, lo jurídico
y hasta lo estético, son envueltos por un nodo todavía indescifrable,
cubierto por los pliegues de experiencias simultáneas con orígenes
diversos y no simultáneos (la indianidad, la africanidad, la presencia
multiétnica europea y también asiática). Esto se convierte en patente
al poner en el escenario toda la riqueza material, todas las

2
Lic. y Esp. Héctor R. Marteau:Profesor Titular Ordinario, Director de Investigación,
Presidente del Instituto de Estudios Laborales y Sociales, Profesor de las Maestrías
de Ciencia Política (UNLP), de DDHH (UNSa), de Filosofía Práctica (UNMdP), autor de
publicaciones propias y en colaboración, nacionales y extranjeras. Ex Asesor Directo
del Presidente R. Alfonsín y ex Secretario de Educación –con rango de Ministro- del
ex Territorio Nacional de Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur. Actual Secretario
de Posgrado en el DAV-IUNA. DAV.
3
Tal como lo historiza y conceptúa J.G.A.Pocock en “El momento maquiavélico”,
Tecnos, Madrid, 2002.
81
subjetividades existentes –por la simultaneidad de lo no simultáneo-
en un gesto extraordinario como un Exodo y la variedad de acciones
ofrecidas en los comienzos de una opinión pública que está
atenazada por la herencia de los invisibles, los descartables, tal como
experimentan su propia vida los afroamericanos y luchan los pueblos
originales por su presencia diferente4.

El lugar heterogéno de lo histórico: el campo de la lucha


patriota

En mayo de 1813 el Gral. Manuel Belgrano, ante los habitantes de la


ciudad de Jujuy y en ceremonia militar y religiosa, hace bendecir “La
bandera nacional de nuestra libertad civil”, entregando en custodia al
Cabildo local el ejemplar construido por las manos de los vecino/as
despertados a la colaboración por el mismo general. A poco de llegar
a Jujuy, el año anterior, tenía cierta desazón que le trasmite al
Triunvirato5, que le hace asimilar el clima espiritual a la esclavitud.
Poco antes había pasado hacia la actual Bolivia el tribuno porteño
Castelli, el que según opiniones que recoge Belgrano, impresionó
desfavorablemente a quienes lo trataron, por comportamientos de
que hizo objeto a varias damas locales. Realmente un clima
desfavorable para la causa revolucionaria, que Belgrano revierte,
porque a los pocos meses emprende el Exodo Jujeño, y como
resultado de una estrategia para desalentar las fuerzas realistas –de
alta competencia profesional y muy nutrida de armamentos- que
bajaban desde el Alto Perú, puede librar exitosamente, primero el

4
Esperamos tener pronta para nuestra lectura en español la obra del escritor
Cugoano, esclavo caribeño que a fines del siglo XVIII produce un texto de teoría del
derecho y la política que desmiente la pasividad y espíritu esclavista (del amo y del
esclavo) de los americanos, según lo destaca Walter Mignolo en su Conferencia del
2006 en la Universidad Andina Simón Bolívar, ver: http://alainet.org./docs/
5
Según consta en la Biblioteca de Mayo, Tomo XVI.
82
combate de Las Piedras, y luego las batallas de Tucumán y Salta,
cerrojo decisivo para el triunfo patriota. A ello cabría añadirle de
contexto para lo que sigue, la situación subjetiva que vivían en Jujuy
por las decisiones administrativas del gobierno revolucionario de
Buenos Aires, especialmente con la introducción de Juntas principales
y subordinadas, en la que estaba afectada Jujuy. Sobre estas
cuestiones hay una amplia bibliografía que es reveladora de los
pormenores de la actividad que despierta el Gral. Belgrano, que
comienza con sus conversaciones irradiadas a todo la élite local, el
ofrecimiento de la bandera que hizo jurar en febrero de 1812 en el
Paraná y la bendición por las fiestas mayas que imitara para todo el
país la Asamblea del año 1813. No obstante la reprobación por el
símbolo que le hace después el gobierno de Bs.As., el general les
contesta, entre otras palabras de su misiva oficial, con las siguientes
(cursivas nuestras): “…diré también, con verdad, que , como hasta
los indios sufren por el rey Fernando VII, y les hacen padecer con los
mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oír
nombre de rey, ni se complacen con las mismas insignias con que los
tiranizan…”.

Al regresar de los triunfos de Tucumán y Salta, el general Belgrano,


recuerda ante Jujuy toda la ayuda recibida, dos días después de la
batalla del 20 de Febrero, ante la formación militar que realiza, la
misa y Tedéum con la famosa oración del canónigo Gorriti, y
proclama que “…El que no quisiere prestar su juramente
voluntariamente se declarase, prometiendo no seguirle por esto el
menor perjuicio sino que se la franquearía pasaporte para que pasase
el lugar que le acomodase, y le auxiliará con sus facultades porque

83
enajenando sus fincas pueda transportar con libertad…”6-cursivas
nuestras-.

Más adelante, el 25 de mayo, cumple la ceremonia sobre “La bandera


nacional de nuestra libertad civil”, que es –según lo prueba el
historiador Cicarelli- la que está depositada en salón principal de la
actual Casa de Gobierno de la provincia de Jujuy. “La Gaceta”, en
Buenos Aires, en ese tiempo, habla de “redención política y la época
gloriosa de su Libertad Civil “.

Es decir que tenemos ante nuestra memoria una situación


heterogénea, entre la autoridad porteña y la autoridad local, entre
autoridades locales de la región norteña, entre el imaginario
despertado en el mayo de Bs.As. y el imaginario que va formándose
en el fragor de las luchas patriotas que se desenvuelven a distancias
de nuestra dilatada geografía, y en el mismo léxico que va surgiendo
para identificar lo propio una vez decidida la reasunción de la
soberanía. Y en esta heterogeneidad, tenemos apenas indicios, al
menos documentados, de la más importante heterogeneidad social,
confinada a “los vecinos” o propietarios de bienes y de personas,
pues apenas se nombra la esclavitud se prolongará no obstante la
Asamblea del año 1813 y su “libertad de vientres”, hasta la sanción
de la Constitución de 1853, o la indianidad según arriba destacamos
en cursiva. Tenemos ante nosotros el problema de la asunción de la
memoria, que como contrapartida de lo colonial, adquiere el gesto de
lo de-colonial7.
6
Cita del historiador Vicente Cicarelli, en su trabajo “Belgrano y la bandera nacional
de nuestra libertad civil”, editado por el Honorable Congreso de la Nación en 1998,
por iniciativa del Dip. Nac. Normando Alvarez García y con introducción del autor
del presente escrito.
7

Cuestión hoy que forma el programa de amplias investigaciones


colonialidad/modernidad y que compromete a relevantes autores como Anibal
84
A la heterogeneidad se le suma la invisibilidad

En noviembre de 1811 se había promulgado en la Junta Grande la


libertad de imprenta y el decreto de seguridad individual que
reafirmaba el habeas corpus. Se advertía ya entonces que ambos
decretos tensionaban el habitus formado en la tradición del interior,
particularmente con la jerarquía que establecía distancias entre los
ahora patricios y las clases bajas. Sin duda que se presenta un
potencial de conflicto en las estructuras mentales que no tendrá
resolución ordenadora hasta muchos decenios después, cuando se
sancione la Constitución de la Nación y se la implemente en todo el
país. No solamente nos estamos refiriendo a las dificultades
preconstitucionales, de amplia discusión historiográfica, sino a las
manifestaciones tardías de sus efectos, entre otros la ley del
Conchavo en el Tucumán de fines del siglo XIX, el contrato con las
maestras norteamericanas, el pago en vales a los trabajadores del
Chaco y de la Patagonia y de todo el noroeste en pleno siglo XX.

Lo que es motivo aquí de nuestra atención es precisamente el efecto


de olvido8 que se va produciendo en la memoria, tanto colectiva como
historiográfica, del total de los protagonistas de los acontecimientos
más decisivos y además cotidianos sobre los que emergió el grito
independiente y la construcción de la nación. Nos parece necesario
distinguir entre la amplitud que conquistan aquellos decretos,

Quijano, Enrique Dussel, Antonio Maldonado-Torres, Arturo Escobar, Enrique


Grosfoguel, Santiago Gómez-Castro, Silvia Rivera-Cusicanqui, Walter Mignolo, para
citar algunos de ellos pertenecientes a países como Argentina, Ecuador, Colombia,
Bolivia, Perú, Puerto Rico, Venezuela y otros.
8
Que puede asociarse a lo que Paul Ricoeur denomina olvido inexorable, ya que “no
se limita a impedir o reducir la evocación de los recuerdos (“¿podría recordarme su
nombre?”), sin que trata de borrar la huella de lo que hemos aprendido o vivido…”,
en “La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido”, UAM, Madrid, 1999.
85
apropiados por la autoridad oficial, y la reducción a rebeldes o
facciosos de quienes no producen la opinión oficial o ejercitan la
libertad bajo su condición de vecino/propietario. Si reunimos en un
solo haz la construcción del espacio público en esta heterogenidad
social con el papel de los sujetos comprendidos en el ejercicio de la
libertad, queda confinado a problemas de las élites la construcción de
la nación. ¿Y el pueblo, el bajo pueblo, los esclavos e indígenas?
Ampliamente la historiografía ha mostrado el carácter restrictivo del
concepto de pueblo y el uso de la noción de Estado, o provincia, que
se experimenta en el siglo XIX nuestro9. Una campaña como la
emprendida por Belgrano debe haber contado, primero con el
asentimiento de los pueblos originales, ya que eran atravesados por
la fuerza realista y su representación de siglos de dominación sobre
ellos, que como lo dice el mismo general “…hasta los indios sufren…
(y)… ni se complacen con las mismas insignias con que los
tiranizan…”. ¿Qué papel relevante les cupo a ellos para que Belgrano
sea advertido de todas las circunstancias negativas realistas que él
condensará en la estrategia del Éxodo, para utilizarlas a su favor,
convirtiendo la debilidad en fuerza? Ni tropa ni población “civil” tenía
Belgrano como para hacer un seguimiento de cientos de kilómetros, o
de miles, desde la partida en el Alto Perú de las fuerzas de Pío Tristán.
Luego, organizar en la debilidad –los resquemores, el
indisciplinamiento, la confusión, que vivían “los criollos”- sin contar
con la fuerza de los esclavos y servidumbre numerosas de aquellas
familias coloniales ¿habría bastado a Belgrano para mover las fuerzas
materiales y disponer las espirituales para una empresa incierta?

9
La obra del historiador José Carlos Chiaramonte lo prueba, al punto que más
parecían ciudades-estados las denominadas provincias que estados en condiciones
de desarrollar el federalismo. Su trabajo especial sobre la provincia de Corrientes es
paradigmático al respecto.
86
La historia y el giro epistemológico, para el ser y el poder

La aportación metodológica que realizan quienes desde la


microhistoria han vuelto la mirada, europea en el caso más conocido,
hacia las clases o sectores populares colocadas en el rango de
subalternos, ha sido decisiva para reconstruir otra historia moderna10.
En América no existe la subalternidad, salvo que señalemos el lugar
cubierto por los pobres periféricos de la sociedad criolla, en cuyo caso
hay una relación jerárquica de superior a inferior pero en el mismo
campo de pertenencia. Precisamente la idea de sociedad criolla
plantea la singularidad de unas formaciones sociales que en ningún
caso permite el despliegue de lo que define la idea de campo. Hay
influencias, indudablemente, se produce el mestizaje, pero la
evangelización característica de la búsqueda de hegemonía
ideológica no se acompaña con propuestas de inclusión, como no la
puede haber entre un amo y un esclavo, entre un señor y la
servidumbre indígena. En todo caso, la debilidad de inserción en el
comercio global despertada en torno al Atlántico es la que produce la
pobreza en la periferia de los criollos, al mismo tiempo que amasa la
fortuna de los fuertes jerárquicamente ubicados. De modo que por la
actividad económica, por el régimen jurídico o por los fenómenos de
control espiritual, quedan por fuera de lo criollo indígenas y
esclavos11.

10
Nos referimos a Guinzburg, Le Roi Ladurie, Williams, entre otros, que como
señala Barbero, revierten “…la capacidad de acción, -de dominio, imposición y
manipulación- que antes era atribuída a la clase dominante, es traspasada ahora a
la capacidad de acción, de resistencia e impugnación de la clase dominada…”. Aquí
hay un campo que define las existencias implicadas, mientras en América tal campo
si lo consideramos como lugar de fuerzas, interacciones y negociaciones, es
demasiado estrecho en relación por los estudios de aquellos antes citados.

11
Vale la pena recordar que el trabajo remunerado no era autorizado para esclavos
y servidumbre de los pueblos originarios: la exacción era externa al mundo criollo.
87
Sin embargo el grito revolucionario de mayo ha llegado a los confines
del territorio del entonces Virreinato del Río de la Plata, ha tocado la
región que fuera la más dinámica en los siglos anteriores y que
experimenta la caída de sus actividades con la división administrativa
que impone Carlos III. Por ello es posible suponer que hubo en
Belgrano un componente carismático, una capacidad de evocación de
la futura patria y la promesa de un nuevo país para todos los
hombres, que en la acción le excede aún en su mentalidad: el exterior
en que coloca lo indio…Por coyunturas más débiles se cimentó el
cimarronaje de los esclavos y los levantamientos del Tawantinsuyu
(por ejemplo la rebelión de los Willcas, sublevación general del siglo
XVIII). ¿Por qué habrían de creer esclavos y servidumbre indígenas en
que sería para mejor lo que sobrevendría a esta rebelión política de
los criollos?

De modo que tanto vale reexaminar el lugar creador en la acción de


Belgrano como el papel cumplido seguramente por las tribus
indígenas, reinos de su propio territorio, y aquellos esclavos que
aunque en número menor que el indígena, constituían la mano de
obra necesaria para las principales actividades económicas de la
región y aquel tiempo, antes y después de la creación administrativa
del Río de la Plata.

Conclusiones

La revolución de mayo nació en un mundo heterogéneo, no en el


mundo supuesto de la homogeneidad criolla –aún en sus disidencias-.
Está hecha al hibridaje, la mezcla y la multiplicación de fuerzas que
no logran ser contenidas en los conceptos de rebelión, lucha militar e

88
ideario nuevo. La rebelión fue múltiple, lo era la región del Norte
nuestro en sus componentes activos humanos. Las ideas fueron
contradictorias, a veces ambiguas y ocasionales, sin embargo se fue
formando una corriente que amalgama la influencia del mundo liberal
europeo –sobre todo en sus representantes románticos- con la nueva
conciencia hecha al conflicto, la resistencia y la voz propia que en
siglos pueblos originales y esclavos afroamericanos fueron
experimentando por fuera del escaso ambiente público de las ideas,
de las opiniones y la publicidad de ellas. De modo que no hubo
solamente un cruce de ideas entre la centralidad que reclamaba
Bs.As. y el peso del mandato imperativo que amenazaba desde el
interior, aunque aquellas otras ideas circularan por ámbitos de lo
clandestino, el ocultamiento y el disimulo, tal como habían obtenido
sobrevivir tras largos siglos de opresión colonial y expoliación al
grado de vidas desechadas.

Corresponde a la justicia en la memoria hacer visible aquellas


invisibilidades, devolver a la historia a sus protagonistas además
masivos, y reencontrarnos con la construcción de un discurso
democrático que construya desde la igualdad atendiendo a las
diferencias.

89
La Emancipación Continental
Y los Precursores de la Independencia

Alicia Poderti12

Ya hemos afirmado en otras oportunidades que durante mucho


tiempo, la historiografía escrita desde el centro hegemónico del país y
las versiones elaboradas con fines políticos provincialistas, quisieron
restar importancia a la figura del General Martín Miguel de Güemes,
tratando de negar su responsabilidad en el plan de emancipación
continental.

Pero a principios del siglo XX, los historiadores salteños advirtieron la


grandeza de Güemes y desde la provincia natal del caudillo comenzó
a escribirse otra historia destinada a destacar la significación de su
gesta popular. Distintos estudios contribuyeron a reforzar la imagen
de estratega militar y hábil político, facetas que se demuestran en el
despliegue de la táctica güemesiana integrada al plan emancipador
de San Martín, cuyo objetivo primordial era unificar a la América
Hispana desde Lima hacia el Sur.

En el año 1902 aparecía el primer tomo del estudio de Bernardo Frías,


obra que concluyó en 1915, pero que recién pudo leerse en su edición
completa en 1973 con el título Historia del General Martín Miguel
12
Dra. Alicia Poderti: Investigadora de carrera del CONICET (Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina), especializada en temas
transdisciplinarios. Profesora de Posgrado en universidades argentinas y
extranjeras. Reside en Buenos Aires y se desempeña en proyectos de la Academia
Nacional de la Historia. E-Mail: apoderti6@arnet.com.ar Página web: www.alicia
poderti.com.ar.

90
Güemes y de la Provincia de Salta o sea de la Independencia
Argentina. La imagen de Güemes que presenta Frías rectificó el
enfoque parcial e incompleto que circulaba hasta entonces en torno a
la figura del héroe gaucho, describiendo la intrincada escena socio-
política en la cual Güemes actuó.

Sin embargo, a principios del siglo XX, una mujer impulsa un


descollante movimiento de recuperación y rescate de la figura de
Güemes. Esta es la empresa fundamental de la revista Güemes,
dirigida por Benita Campos13. En un contexto de sucesivas conquistas
femeninas en el campo de la escritura, la tarea de Benita Campos
marca un verdadero hito en la historia del periodismo femenino. La
revista fundada y dirigida por Benita Campos fue merecedora de
importantes elogios, no solamente por parte de intelectuales del país,
sino de numerosos escritores latinoamericanos que colaboran en la
publicación quincenal, con notas históricas, sociales y literarias.

La investigación de Bernardo Frías es aludida con insistencia en esta


revista, acompañando el objetivo primordial de entronizar en el
imaginario colectivo la figura heroica del caudillo salteño. En este
sentido, debemos recordar que, durante mucho tiempo, la

13
Benita Campos nació en Salta en 1882 y se recibió de maestra en la Escuela
Normal en 1901. Colaboradora de los diarios locales, como el períódico El Cívico,
fundó y dirigió la revista Güemes, en la que plasmó su objetivo de resaltar el
accionar de las figuras de los principales héroes de la emancipación americana.
Falleció el 26 de agosto de 1925 en ejercicio de su labor docente. Benita Campos
fue una mujer de avanzada que rompió con los cánones tradicionales de principios
de siglo, en el que la mujer sólo debía ocupar el espacio del hogar y de la familia,
dejando a los hombres otros ámbitos de acción, como el periodístico. Es loable la
iniciativa de la directora de Güemes, que va más allá de los condicionamientos de
su tiempo y transgrede aquellas fronteras entre el espacio femenino privado y el
público. El resultado es una revista de formas cuidadas no sólo en lo estético, sino
en la esencia misma, ya que intenta ser un vehículo de revalorización de nuestra
identidad regional, elevando las figuras del General Güemes y de la escritora Juana
Manuela Gorriti a un lugar nunca antes propuesto.

91
historiografía escrita desde el centro hegemónico del país restó
importancia a la actuación heroica en la guerra de la emancipación
del General Martín Miguel de Güemes. La tradición historiográfico-
literaria se inscribiría en un movimiento pendular que va desde las
versiones que contribuyeron a su culto idealizado o las corrientes que
lo recluyeron en un Olimpo “Clase B” (Cfr. Luna, 1972).

Así, la directora de la revista, se dispone a poner en marcha los


dispositivos ideológicos que permitirán la construcción de la imagen
del guerrero como arquetipo de héroe capaz de encarnar un principio
de identidad regional que supere las fronteras de las naciones
recientemente trazadas.

Benita Campos se muestra vehemente a la hora de expresar su


propósito de elevar a Güemes al máximo encumbramiento de
heroicidad, lugar al cual ningún otro salteño había ascendido antes:
"El culto de los héroes, es el culto de la Patria. Reaccionemos,
pensando que nadie puede darse el Título de patriota, si no cumple
con los deberes que le impone el reconocimiento hacia aquellos que
hicieron de una nación esclava, la soberana de todo un continente"
(Campos, en Güemes, 1907, Nº 7: 10).14

El General gaucho debía ser mitificado por los intelectuales además


de los sectores populares. En ese contexto, la edificación del
monumento a Güemes –junto al de Juana Manuela Gorriti- era la
aspiración primordial de la Comisión Pro-Patria, a la cual adhiere la
revista.

14
La cita pertenece al números original de la Revista Güemes dirigida por
Benita Campos entre 1907 y 1921, cuyos ejemplares fueron consultados en el
Archivo Histórico de Salta. La negrita es nuestra.

92
Continuando con el itinerario historiográfico de recuperación de la
gesta güemesiana, la publicación de la Historia de Güemes de Atilio
Cornejo, en 1946, constituye otro de los hitos en la historiografía
salteña que explora el complejo proceso político en el que se
introduce el líder independentista. El discurso argumentativo de
Cornejo se propone revertir el efecto de los relatos adversos a
Güemes. En este sentido, su texto previene constantemente acerca
del papel que han desempeñado las pasiones en la construcción de la
figura del guerrero, trabajando un conjunto de testimonios que
abrevan tanto en la tradición oral como en la escrita.

En 1979 se inicia la publicación de Güemes Documentado, una


importante colección de doce tomos centrada exclusivamente en la
gesta de este protagonista de la Independencia. Luis Güemes tuvo a
su cargo la culminación de una tarea que se había prolongado
durante cien años entre los miembros de la familia del caudillo
salteño, los que recopilaron papeles provenientes de archivos
particulares y de repositorios nacionales y extranjeros.

Esa línea de indagaciones continuó siendo desarrollada por Luis


Colmenares, investigadores independientes y de las dos
universidades de Salta y miembros del Instituto Güemesiano de Salta.

Dentro de los enfoques que superan los estudios realizados desde la


óptica de la provincia, la historiografía contemporánea se ha
enriquecido con los estudios de Félix Luna, Halperín Donghi o
Armando Raúl Bazán. En el análisis realizado por Armando Bazán en
su Historia del Noroeste Argentino (1986), la empresa güemesiana se
intercala acertadamente en el contexto regional del NOA. En este

93
marco, la escritura de la historia argentina propuesta por Bazán se
aboca a la tarea de reintegrar la multiplicidad del pasado nacional,
antes circunscripto a la epopeya de Buenos Aires.

la recuperación del trono Inkaico

Esa amplia región del Noroeste estudiada por Armando Bazán, de


filiación altoperuana y que responde a un trazado prehispánico: el
antiguo Inkario, será la estructura que impregnará el ideario de los
grandes hombres de la Independencia.

Recordemos que los ideales de José Gabriel Condorcanqui, Túpac


Amaru II, habían provocado apuradas reformas al sistema colonial y,
pocos años más tarde, los protagonistas de las causas emancipadoras
de América se apoyaron en algunos de los pilares ideológicos
promovidos por el noble rebelde.

Hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX, la trascendencia del
movimiento encabezado por José Gabriel Túpac Amaru es recuperada
por algunos hombres claves en el proceso independentista
americano: el ecuatoriano Francisco de Santacruz y Espejo, el
mendocino Juan José Godoy, el peruano Juan Pablo Viscardo Guzmán,
el bogotano Antonio Nariño y el caraqueño Francisco de Miranda. En
el grupo de libertadores que promueven el ideal incaico, debe
incluirse a Simón Bolívar, quien en la carta profética de Jamaica ataca
las grandes lacras del régimen indiano: la esclavitud y el tributo.

En Argentina, donde la sublevación liderada por el cacique noble tuvo


singular repercusión, la figura del Inca reaparece en 1816, durante el
ciclo de la Declaración de la Independencia (Cfr. Poderti, 1997). Las

94
figuras prominentes del proceso emancipatorio, como San Martín,
Belgrano, Pueyrredón y Güemes fueron quienes promovieron el
modelo de la monarquía incaica.

La idea de establecer una monarquía de origen incásico, con todo lo


que este proyecto implicaba a nivel geográfico, político y continental,
era compartida con especiales miras políticas y cundió de tal manera
que fue en un principio apoyada en el Congreso de Tucumán por
aclamación. Luego de jurada la Independencia, en el texto de una
proclama de Belgrano al Regimiento de Milicias, él declara:

“He sido testigo de las sesiones en que la misma soberanía ha


discutido acerca de la forma de gobierno con que se ha de regir
la Nación, y he oído discurrir sabiamente a favor de la
monarquía constitucional, reconociendo la legitimidad de la
representación soberana en la casa de los Incas situando el
asiento del trono en el Cuzco, tanto, que me parece se realizará
este pensamiento tan racional, tan noble y justo, con que
aseguraremos la losa del sepulcro de los tiranos” (Tucumán, 27
de julio de 1816, en Güemes, 1982, III: 487).

La reinstalación de la corte del Inca fue tema de varias cartas entre


Güemes y Belgrano, durante el año 1816. Entre la documentación
que tiene como tema principal la intención de reconstruir la dinastía
incásica también se encuentra una "Proclama a los peruanos",
firmada por Martín Güemes y fechada en Jujuy, el 6 de agosto de
1816, en la que expresa:

..."¿Si estos son los sentimientos generales que nos animan,


con cuánta más razón lo serán cuando, reestablecida muy en

95
breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y
antigua corte de Cuzco al legítimo sucesor de la corona?"
(Güemes, 1982, III: 473).

Sin embargo, pasado el primer entusiasmo fueron apareciendo


opositores, hasta que al final el proyecto quedó sin efecto. Belgrano
declaraba, en ese sentido, que los diputados que más escollos
presentaron al proyecto eran especialmente los hombres del interior,
tal como puede comprobarse a través de la lectura de las actas del
Congreso de Tucumán, especialmente la de la sesión del día 5 de
agosto de 1816.

El 18 de octubre de ese año ya Belgrano se quejaba, en una carta


dirigida a Martín Miguel de Güemes desde Tucumán, de los que
descreían de su proyecto de la Monarquía Incaica:

”El editor de La Crónica Argentina nos da dicterios y zahiere por


el pensamiento de monarquía constitucional y del Inca; contra
mí se encarniza más; pero yo me río, como lo hago siempre que
mi conducta e intenciones se dirijan al bien general”… (en
Güemes, 1982, III: 479).

Así la idea de restauración del reinado Inca, propuesta por el General


Manuel Belgrano y acogida en el Congreso de Tucumán, se
desvaneció. Seis años más tarde desembarcaba en el Río de la Plata
Juan Bautista Túpac Amaru, medio hermano de José Gabriel
Condorcanqui, quien regresaba de su exilio de treinta y cinco años en
las prisiones africanas de Ceuta. Recién llegado, Juan Bautista
presentó una larga solicitud, en la que relataba la odisea de su familia
e imploraba la protección del Gobierno, como único sobreviviente de

96
la masacre de 1781. Esta petición fue acogida por un decreto de
Bernardino Rivadavia, el 24 de octubre de 1822.

Pero el posible heredero del trono incaico no pudo concretar el deseo


de los hombres andinos que esperaban un nuevo Inca. Tampoco pudo
ser el centro de los ideales monárquicos e independentistas. Falleció
el 2 de setiembre de 1827 y fue sepultado en el cementerio de La
Recoleta (Astesano, 1979: 137-190).

En lo que respecta a las conexiones familiares y económicas en la


región andina, debe tenerse en cuenta que la principal actividad
comercial durante los siglos de la colonia era el comercio mular que
se desplazaba entre Lima y Buenos Aires. En este sentido, es
importante repasar la relación que hace Eduardo Astesano:
"Dado lo reducido de la sociedad virreinal, estas familias
importantes estaban ligadas entre sí por vínculos variados. Los
porteños eran vecinos de pocas cuadras. Los comerciantes
enlazaban sus giros en ataduras que nunca se podrán poner
totalmente en descubierto. Lo mismo sucedía a lo largo del
Virreynato. ¿Hasta dónde las recuas de mulas de Juan Bautista
y su hermano no se vincularon en Salta con las de Güemes
Montero, o no llegaron a Córdoba para cargar los géneros de
Castilla de don Domingo Belgrano?" (Astesano, 1979: 50).

En ese entrecruzamiento de intereses familiares e historias enredadas


puede reconocerse una línea que conecta dos figuras claves en el
movimiento independentista: Túpac Amaru - Güemes, el primero un
símbolo de los valores del incario en la cultura andina de filiación
altoperuana en la que se inserta el Noroeste Argentino; el segundo un
caudillo de la lucha fronteriza contra la dominación ibérica. Dos

97
hombres de procedencias étnicas y sociales diferentes, pero ambos
capaces de movilizar a las masas populares en torno a un ideal de
liberación continental.

Perspectivas

El análisis del accionar y el pensamiento de Güemes -éste último


contenido en su producción escrita: correspondencia, proclamas y
documentos de gobierno (Cfr. Güemes, 1979-1990)-, nos permite
comprobar que él fue uno de los pocos políticos y militares de la
etapa revolucionaria que tuvo un concepto muy claro del proyecto
emancipatorio en gestación. Para Güemes el ideal patriótico estaba
concebido como un plan geo-político integral. Este diseño se
articulaba a un proceso que convocaba a los distintos sectores
sociales con el fin de realizar el proyecto de una libertad común para
los países sudamericanos.

Güemes hizo de la causa de la Independencia la empresa de las


masas movilizadas de la gran Sudamérica, enfrentando a los godos, a
los porteños y a la oposición de las provincias del norte. Cuando
desaparece físicamente también se esfuma ese objetivo primordial. El
triunfo del puerto cercena la posibilidad de un trazado económico y
político regional que respondiera a aquel programa continental. Se
suceden las virulentas guerras entre federales y unitarios, con su fase
condenatoria hacia muchos de los ideólogos de la emancipación.

Así, los resultados del proceso revolucionario derivaron en la


fragmentación del sistema comercial implementado durante la época
del Virreinato. El rumbo económico del Río de la Plata se inclinaba
decisivamente hacia la ruta del mercado británico, que ofrecía mayor

98
solidez que la estructura española. Desde 1810, una pieza esencial de
aquel espacio – el Alto Perú- estaba en manos realistas, lo que
clausuraba la ruta del Norte. A partir de ese momento, las fuerzas
económicas regionales –y especialmente las de Salta- buscaban
restituir esa vinculación altoperuana (Cfr. Halperín Donghi, 1972).

La línea septentrional de la Intendencia de Salta, que se convertiría


en la frontera del país inaugurado por la revolución, comenzó a ser
franqueada sin mayor esfuerzo por la expedición del Norte, enviada
desde Buenos Aires. Los temores acerca de si la revolución
modificaría la fisonomía social de las castas altoperuanas iba en
aumento, mientras los españoles trataban de utilizar las tensiones
entre los distintos sectores sociales, entre ellos los indígenas, que
representaban a la masa auxiliar del ejército patriota.

Avizorando quizás los tiempos que la muerte no le dejaría ver, las


palabras de Güemes se incrustan en una encrucijada profética:

“La revolución es un vidrio delicado que puede romperse al


más leve soplo del viento y hacerse pedazos; y un gobierno
naciente, que los hombres aún no están acostumbrados a
obedecer, es una nave situada en alta mar, sin brújula y
expuesta a los combates y borrascas de las pasiones
humanas”...

99
100
Bibliografía

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103
104
Córdoba:
El adiós y los inicios en 1810.

Daniel López Salort15

Tal vez amaneció tras una noche de luna menguante. Tal vez hubo
niebla en aquel amanecer de mediados de Mayo de 1810. Tal vez eso
impedía ver aquel navío inglés en toda su eslora, mientras se
aproximaba para tirar sus amarras en el puerto de Buenos Aires. Lo
cierto es horas después de atracar aquel navío, rápidamente se
difundieron las graves noticias que traían oficiales y tripulantes.
Incluso, algunos de éstos las confirmaban con movimientos de cabeza
y frases de un castellano torpe con acento bávaro. Lo cierto es que
los franceses se habían apoderado de Sevilla, que los miembros de la
Junta Central habían huido a Cádiz y a la isla de León, que se había
formado un Consejo de Regencia que se mantenía leal al rey
Fernando VII, pero sin poder efectivo. O sea que un militar de
cuarenta años, nacido en Córcega, pintado por Dominique Ingres con
cejas finas, larga nariz recta, mentón partido, llamado Napoleón
Bonaparte, era en realidad el dueño de los pueblos de los Virreynatos
españoles. Ni los oficiales ni los tripulantes de aquel navío español
imaginaron lo que sus comentarios originarían en aquella ciudad
chata, de siestas lentas y perros gordos, donde los acontecimientos
sociales eran las recatadas fiestas en alguna casona o los encuentros

15
DANIEL LÓPEZ SALORT. Ensayista y escritor. Ha publicado Alto Murmullo y
Presencias de lo Sagrado. Director de la revista Konvergencias, Filosofía y Culturas
en Diálogo. Miembro del Traductorado y Lectorado de Polylog: filosofar
intercultural, Munich; del Consejo Editorial de Revista de Observaciones Filosóficas,
Valparaíso; y de Archivo Filosófico Argentino, del Centro de Estudios Filosóficos de
la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Es Profesor de Lengua Inglesa,
traductor y ha cursados estudios de Filosofía y Arte en la Universidad Nacional de
Córdoba. Ha recibido entre otras distinciones el Premio T. Karamaneff, Embajada
de Bulgaria, Argentina.

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para el rezo en una catedral más ancha que alta -como simbolizando
más las preocupaciones terrenales que los misterios divinos-, donde
los jóvenes se reunían para admirar los pechos y los muslos de las
mulatas lavando en el río, donde el bostezo de la vida se había
quebrado años atrás con las invasiones de aquellos soberbios
ingleses finalmente derrotados.

Pero cuando las historias se despliegan es hora de observar hechos,


hombres y mujeres, ideas, desafíos y respuestas. Y si se trata de
Mayo de 1810, más que hechos son procesos, a los que hay que
sumar los apetitos personales, esos deseos y esas contradicciones
que moran junto a las virtudes y los conceptos transparentes, de
manera que los relatos siempre cultivan cumbres y abismos y
medianías que todo lo transforman. Que puedan los siguientes
párrafos trazar las imágenes esenciales de esos tiempos.

Las abundancias suelen traer como hijas irresponsables a la


comodidad y la imprevisión, y éstas a la pobreza y el infortunio. Que
alcance con recordar a Yang Guang, llamado también Yangdi, de la
dinastía Sui, quien completó la organización china iniciada por su
padre: construyó el Gran Canal Imperial, expandió fronteras, protegió
los estudios de Confucio y del Tao, levantó otra capital –Luoyang-
donde hubo dos millones de trabajadores esclavizados en crearla.
Pero Yangdi amó los lujos y los placeres sin fin: por ejemplo, su barco
privado para surcar el Gran Canal Imperial tenía ciento veinte
habitaciones, las más exhibiendo extravagantes y costosos muebles y
cortinados, con un ancho número de concubinas. En las llanuras
dilatadas de Manchuria fueron derrotadas tres de sus expediciones y
luego huyó. Las muestras son múltiples y muchas memorias tienen
sucedidos como éste. Así, los reyes y las cortes españolas no supieron

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aprovechar las riquezas provenientes de América: si hasta los
trabajos más necesarios como los de herrería, esquila, curtiembre,
eran vistos como menores o decididamente deshonrosos. Su dominio
se había convertido en mala palabra en el Río de la Plata. Desde
España no llegaban a las colonias todos los productos que éstas
necesitaban, y dado la imposición de exclusividad de comercio, el
contrabando de mercaderías en uno y otro sentido se fue haciendo
costumbre y estilo, especialmente con ingleses y portugueses, con los
que se lograban mejores precios. Además, cuando la doble invasión
de la corona británica, España aportó nada para defender a Buenos
Aires. Y los criollos eran cada vez más en número que los españoles
pero no en el peso de las decisiones. Hasta en el clero se notaba la
profunda división entre los peninsulares y los nativos. O sea que el
rey no daba ni bienestar ni seguridad. La burocracia carecía de
talento de gestión precisamente para su responsabilidad
fundamental. Era evidente que las rentas del Estado crecerían por la
apertura del puerto a los barcos de cualquier bandera. Cuando los
franceses depusieron a los borbones y cruzaron su territorio
ampliando su poder hasta Portugal, el momento de los primeros actos
de libertad se anunciaron solos. Oficiales y tripulantes de aquel navío
inglés de mediados de Mayo hicieron emerger públicamente la
pregunta que muchos susurraban en privado: ¿a qué seguir
dependiendo de lo que no servía y se podía dejar de lado? Esta
pregunta contenía las ideas que venían semillándose: las que llevó a
Luis Capeto y María Antonieta a la guillotina en 1793, las de Francisco
de Miranda, las más lejanas del jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán,
quien en 1767 había escrito: El Nuevo Mundo es nuestra Patria, y su
historia es la nuestra, y en ella es que debemos examinar nuestra
situación presente, para determinarnos, por ella, a tomar el partido

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necesario a la conservación de nuestros derechos propios y de
nuestros sucesores.

Los fuegos de la Revolución de Mayo de 1810 se iniciaron entonces a


ras del agua, con las graves noticias recibidas, y confirmadas cuatro
días después por otro barco. La conclusión era obvia: si no había rey
español que gobernara, entonces el poder retornaba al pueblo.
Nervios, miedos, reuniones secretas y otras no tanto, alianzas y
acusaciones, agitaciones y esperanzas generales sustanciaron los
últimos días de ese mes. Es que el virrey cesaba en su mandato y
había que elegir nuevas autoridades. Las discusiones de los
cabildantes agotaban los días y pasaban al siguiente. Repitamos
entonces lo conocido: para la mañana del veinticinco quedó fijada la
frontera final. Cuatrocientos fueron los invitados a deliberar en el
Cabildo. Se pidieron bancos prestados en la Catedral y en otras
iglesias, se trajo mucho chocolate y velas, algo de vino. Nada de
etiqueta a pesar de que la dirigencia de Buenos Aires estaba en su
totalidad: eclesiásticos en diez por ciento, abogados en quince,
comerciantes en treinta, y el resto militares y algunas otras figuras
notables. Cuando en las afueras algunos notorios solidarios con el
virrey querían ingresar eran disuadidos de hacerlo por medios que no
se pueden juzgar de dulces. Castelli defendió las posiciones
revolucionarias, apoyándose en fundamentos escolásticos y de la
Ilustración, a lo que el fiscal Villota replicó entonces que habría que
consultar a cada uno de los pueblos del Virreynato, pues Buenos Aires
no podía apropiarse del derecho de todos, con lo que -en el mientras
tanto- la corona española persistiría.

La revolución pareció demorarse o nacer muerta. En ese instante


fundacional muchos miraron a quien en una esquina seguía las

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deliberaciones en silencio. Ahí estaba Paso, más bien bajo y de rostro
vertical, el matemático Paso, el siempre sonriente Paso, el Paso con
fama de mujeriego, quien respondió con contundencia que Buenos
Aires obraba como una hermana mayor, custodiando ese derecho de
todos los pueblos del Virreynato, puesto que no era prudente atesorar
demoras. Habría que agregar ahora que, finalmente, fueron mayoría
los votos contra el Virrey Cisneros, que se nombró una Junta de
Gobierno a la espera de los diputados de las provincias, que se
ensillaron y partieron los caballos que llevaban sobre sí los
comunicados de los sucesos como banderas de la independencia.

Es que la independencia era ya un hecho, y las horas de los años que


prosiguieron mostraron que si las órdenes y los decretos se pueden
revocar, los hechos no. Buenos Aires se organizaba, Buenos Aires no
dormía, como el propio Saavedra lo contaría años después en sus
memorias: La destitución del virrey y creación consiguiente de una
nuevo gobierno americano fue a todas luces el golpe que derribó el
dominio que los Reyes de España habían ejercido en cerca de 300
años en esta parte del mundo, por el injusto derecho de conquista y
sin justicia. Y más adelante: Ella, por descontado, alarmó al cúmulo
de españoles que había en Buenos Aires y en todo el resto de las
provincias, a los gobernadores y jefes del interior, y a todos los
empleados por el Rey, que preveían que llegaba el término del
predominio que ellos les daban entre los americanos. Saavedra
rememoraba en sus escritos que no faltaron los que miraban con
tedio, otros con tristeza porque pronto los españoles llegarían para
derrotar a los revolucionarios, ni faltaron los que los adjetivaban
como locura y delirio, y también los que, en fin, eran los más
piadosos, nos miraban con compasión, no dudando que en breves
días seríamos víctimas del poder y furor español, en castigo de

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nuestra rebelión e infidelidad contra el legítimo soberano, dueño y
señor de América, y de las vidas y haciendas de todos sus hijos y
habitantes.

En Córdoba las tormentas no fueron menores: a fines de Mayo ya


habían cruzado la plaza y se habían detenido frente al Cabildo
cordobés los caballos sobre los cuales se traían las voces de la
independencia y los escritos que la documentaban. Pero en Córdoba
estaba Liniers. Pero en Córdoba estaba el Deán Funes. Liniers, el
héroe de la resistencia contra los ingleses, el líder de la Reconquista,
el vencedor de Willian Carr Beresford y de John Whitelocke, ese
Liniers que había ordenado que se ofrendara a la Virgen del Rosario,
en la iglesia de Santo Domingo, dos banderas quitadas a los ingleses
y su propio bastón de mando. Liniers: militar, Virrey y luego conde. Y
Gregorio Funes, deán de su catedral, el reformador de los planes de
estudio que había incorporado a pensadores como Descartes, Galileo,
Newton, Locke, Leibniz, dejando en una orilla la tendencia escolática;
el que en ocasión de la oración fúnebre por las exequias del Rey
Carlos III, dicha veinte años antes de los sucesos de Mayo, había
expresado que no importaba que el hombre hubiera nacido
independiente y soberano de sus acciones porque estos privilegios
luego cesaban, no habiendo en este estado más ley que la que
imponía el más fuerte. Liners y el deán Funes se enfrentaron. Pero
mucho se equivocaría quien viera en eso tan sólo luchas de hombres.
Al igual que en Farsalia, la batalla entre Julio César y Pompeyo era la
de dos altas rocas que no podían ocupar el mismo lugar. Liniers:
símbolo del reinado español que comenzaba su crepúsculo, el Deán
Funes: una conciencia por la independencia americana. Más allá de
los hombres y de los nombres, eso fue lo que aquellas las diosas
griegas del destino tejieron y destejieron en Córdoba, con los hilos

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dorados y negros de sus lanas. Porque aquí todo comenzó por la
declaración de principios y voluntades.

Cisneros desde Buenos Aires le escribió a Liniers dándole todos los


poderes necesarios para organizar la contrarrevolución en el
Virreynato, apoyándose en el Perú. Sabían que debían contar con el
apoyo de Funes y lo convocaron, pero en la reunión de los dirigentes
de la resistencia fue precisamente él quien se negó a adherirse a los
que aún soñaban con el dominio español. Necesariamente la moneda
cayó de un solo lado: unos y otros y todos cruzaron rápidos las aguas
sin regreso. El deán, amigo de Belgrano y de Castelli, informó a la
Junta de Buenos Aires lo que se prepara en Córdoba, entre las
sombras. El plan de Liniers era de un triple movimiento: una línea de
tropas realistas desde el norte, otra desde Montevideo donde envió a
su hijo Luis, y el propio Liniers desde Córdoba. Mientras, el Cabildo
cordobés no reconoció a la Junta de Buenos Aires: para lo político,
advirtió que recurriría a Lima, para lo judicial a las autoridades de
Charcas. Logró Liniers juntar unos mil hombres de caballería, su
infantería era escasa al igual que armas y municiones. Al mirar las
mulas de carga y a las de tiro supo que abundaban, y sus cañones de
artillería era catorce. Fueron fabricadas con apuro las granadas de
mano, unas seiscientas, las que tenían un barro muy duro, y se
experimentó haciendo estrago. La reacción en Córdoba parecía crecer
sin pausa. Además, se contaba con militares de gran experiencia y de
carrera: el propio Liniers, Gutiérrez de la Concha, Nieto, Goyeneche.
Mariano Moreno, lúcido, supo que eran instantes de todo o nada: no
se podían repetir los errores del cartaginés Aníbal. Los batallones de
patricios, arribeños, antiguos montañeses, andaluces, se unieron a
dragones, húsares, blandengues, pardos y morenos. Un mes después
de caído Cisneros, la Revolución pasó revista en la Plaza de la

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Victoria: no se alcanzaba a los mil hombres. Era imprescindible
dinero, y mucho. Se tomó un empréstito de Juan Larrea, quien
además donó su sueldo (el mismo Larrea que muchos años después
se suicidaría por sus tropiezos políticos y su ruina económica). Se
recibieron donaciones de Gervasio Posadas: seis meses de sueldo y
mil quinientos pesos; Belgrano y Matheu también rechazaron sus
sueldos; Saavedra, que recibía ocho mil pesos, aportó cincuenta, y
Moreno trajo seis onzas de oro. Los soldados y sus jefes marcharon
hacia Córdoba, y a medida que se acercaban eran aclamados en los
pueblos por los que pasaban. Las provincias cuyanas decidieron
enviar diputados a Buenos Aires, y tanto el Deán Funes como su
hermano Ambrosio agitaban Córdoba contra Liniers: los vocales
comenzaron a faltar a las urgentes sesiones del Cabildo, de noche los
hombres reclutados por Liniers desertaban en grupos cada vez más
numerosos. Acostumbrado a los cambios en pleno combate, Liniers
comprendió que era urgente moverse, y las dos luces del crepúsculo
lo vieron partir. Al día siguiente, el Cabildo cordobés adhirió a la
revolución y fueron recibidos con repiques de campana Ocampo y
Vieytes al frente de las fuerzas que venían desde Buenos Aires.

Pero Liniers había tomado hacia el norte. Le quedaban cuatrocientos


hombres. En la primera noche de su huída, pierde ciento cincuenta.
Pronto tenía sólo una compañía de blandengues de frontera. Se
intentaba comprar lealtades con el dinero sacado del tesoro de
Córdoba, pero todo era caminos cerrados. Entre Totoral y Tulumba,
en las secas rutas de esos sitios, escapa casi toda la tropa. Liniers
ordenó incendiar el carruaje con las municiones, quemar las cureñas
de los cañones para inutilizarlos. Tres días después le avisan que
Balcarce los persigue con setenta y cinco hombres, no trae más
porque tampoco consigue caballos contó el chasque. Liniers decidió

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despedir a los oficiales fieles, abandonar los coches. Todos montaron
en sus propias cabalgaduras, llevando algunas mulas de carga. El
obispo Orellana tomó hacia la derecha de donde estaban, Liniers se
dirigió a las sierras, el resto siguió el camino de las postas. Balcarce
esperaba este movimiento y dividió sus hombres en varias partidas
que cubrieron los caminos posibles. Pasaron otros tres días. En la
noche del monte, sus subordinados le hicieron señas al Ayudante de
Campo Urien: más allá había unas leñas ardiendo. La partida se
ocultó y fue silencio. Enseguida los vieron: dos paisanos cuidaban
varias mulas mientras se cuidaban del frío. Uno de ellos, el moreno,
contó que Liniers estaba a poco menos de una legua, en una choza. Él
lo sabía porque ahí lo había ocultado después de que Liniers le
pagara para hacerlo. Señaló el lugar con más precisión: era cerca de
Chañar. Estaban durmiendo cuando la partida los atrapó, bayonetas
en el pecho. Quizás a la distancia se oyó el canto de un crespín. Urien
ordenó revisar los equipajes, y tomó lo que había en joyas, monedas,
billetes. Los llevaron atados manos atrás, mientras uno de los
subordinados le preguntaba a Liniers si era verdad que estaba frente
al que había derrotado a los ingleses y Urien lo callaba con un
ademán. La orden de Buenos Aires era cristalina: En el momento en
que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fuesen las
circunstancias, se ejecutará esta resolución, sin dar lugar a minutos
que proporcionaren ruegos y relaciones capaces de comprometer el
cumplimiento de esta orden y el honor de V.E.

Pero muchos se negaron a los fusilamientos. Funes diría muchos años


después que la Junta había decretado cimentar la Revolución
infundiendo con el terror un silencio profundo en los enemigos de la
causa. Y agregó: Mi sorpresa fue mi aflicción cuando me figuraba
palpitante tan respetables víctimas. Ocampo no olvidaba que fue por

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una beca otorgada por Liniers que pudo estudiar en Córdoba, y tan
luego con Funes. Para éste, la boca de las armas no era el camino
mejor, si hasta había un sacerdote entre los prisioneros. Ocampo
decidió trasladarlos a Buenos Aires. Algunos soldados fueron
apalabrados para que informaran a Liniers que se había organizado
una fuga, pero Liniers se negó, pensaba que en Buenos Aires podría
hacer cambiar de ideas a la Junta. Midió mal las circunstancias.
¿Habrá confiado más en la gloria que había adquirido que en su olfato
militar de que los pueblos del Virreynato hacía rato se preñaban de
los deseos de libertad? ¿No advirtió que la mayor parte de la
dirigencia revolucionaria era nacida aquí, sin experiencia en funciones
de gobierno ni en administración de Estado, que no buscaban un
cambio de nombres sino una transformación absoluta? Urien fue
relevado porque sus hombres se cansaron de sus borracheras y sus
robos. Mariano Moreno se anotició de todo esto y ordenó a Castelli
que cabalgara hasta Córdoba y cumpliera la orden. El comandante
Domingo French tomó de Ocampo la responsabilidad de los
prisioneros, a quienes se les quitó los cuchillos que tenían para
comer, aunque se les permitió seguir con los estribos en las
monturas. A dos leguas de Cabeza de Tigre, los esperaba el teniente
coronel del cuerpo de húsares, Juan Ramón Balcarce, hermano de
Antonio, de quien una de sus partidas los apresaran. Aquél ordenó
que los criados no continuaran la marcha, que se quedaran con los
equipajes. No hizo falta más precisiones: los prisioneros se dieron
cuenta de lo que sucedería. Había un monte cerca: el Monte de los
Papagayos. En el camino se toparon con Rodríguez Peña y Castelli.
Éste ordenó que los bajen, les leyó la sentencia, les dio cuatro horas
para poner en orden sus cosas. Liniers y Allende se confesaron con el
Obispo Orellana quien, también prisionero, no fue ejecutado dado su
condición religiosa. Los restantes se confesaron con el Padre Jiménez,

114
sacerdote de la zona. A las once y media, al parecer con los ojos
vendados, los prisioneros oyeron a Balcarce que desenvainaba su
sable y lo levantaba, oyeron a Castelli y a su orden, oyeron el inicio
de los disparos. Liniers también pudo oír a French cuando lo remató.
Ninguno oyó los pájaros porque seguramente hacía rato que habían
callado. No es descabellado suponer que el aire y la pólvora quedaron
unidos hasta la tarde. En una zanja junto a una iglesia, en Cruz Alta,
los tiraron. Alguien escribirá con los años que los primeros muertos de
la Patria Nueva eran los héroes de la Patria Vieja. Es que en tiempos
de guerras se vive el tiempo como una sucesión de vísperas, el hoy
es apenas deseo de un mañana donde todo acabe y se resuelva en
beneficio del anhelo propio. El tiempo es una sucesión de combates y
caídas, cuántas son las heridas de uno y cuántas las ajenas. La
felicidad es apenas que no he muerto hoy, y la esperanza es que ojalá
no muera mañana.

Así fue el final de Liniers, cuya espada y cuyos disparos habían


entrado en carne mora, en carne inglesa, en carne portuguesa. No lo
hizo en los mares que conocieron su juventud ni en la ciudad que
reconquistó de manos británicas, sino en un paraje casi anónimo,
polvoriento y remoto, lejos de aguas y de barcos. Hasta mediados del
siglo XVI se remontaban sus antepasados nobles, incluyendo ocho
caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén. Sirvió a la corona
española en diversas batallas marinas, se lo destinó al Virreynato del
Río de la Plata donde tuvo una existencia gris, durante un breve
período fue gobernador de Misiones donde se preocupó por el buen
trato a los indios y, por su obrar en las invasiones inglesas a Buenos
Aires, fue primero Virrey y luego nombrado conde, con una renta
anual de cien mil reales y un campo en Alta Gracia, Córdoba. Sus
huesos recuperaron el olor del mar cuando muchos años después

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fueron subidos al bergantín Gravina, para yacer desde entonces en
Cádiz.

Un florentino, en los comienzos del mil quinientos, dijo haber pasado


quince años estudiando el arte de gobernar, que no había perdido el
tiempo en dormir y en divertirse con tal de acabar su obra, y por eso
escribió: Pero, cuando las ciudades o los países están habituados a
vivir bajo un príncipe y la familia de éste se ha extinguido, como por
una parte están acostumbrados a obedecer, y por otra no tienen a su
antiguo príncipe, no se ponen de acuerdo entre ellos para elegir a
uno, y tampoco saben vivir libres. La sentencia de Nicolás Maquiavelo
se clavó en la mano que aquí izara el puñal que se clavó en el mapa
de las posesiones americanas de la corona española. Porque los
caminos de libertad que se inauguraron en Mayo 1810 en Buenos
Aires y en todo el antiguo Virreynato del Río de la Plata, por mucho
tiempo no alcanzaron para encontrar lo que la otra mano también
buscaba: la ausencia de guerras civiles, la organización definitiva de
un país. Como el propio virrey Cisneros dijera a Castelli y a Martín
Rodríguez aquella noche en que éstos le exigieron su renuncia:
Señores, cuánto siento los males que van a venir sobre este pueblo
de resultas de este paso; pero, puesto que el pueblo no me quiere y
el ejército me abandona, hagan lo que quieran.

En los comienzos de estas páginas, se dijo que cuando las historias se


despliegan deben observarse hechos, hombres y mujeres, ideas,
desafíos y respuestas, más los apetitos personales que en cada caso
matizan enfatizando o atenuando esos despliegues. Liniers murió
poco después de cumplir cincuenta y seis años. La Revolución de
Mayo de 1810 encontró al Deán Funes cumpliendo sesenta y un años
el mismo día que se produce la destitución de Cisneros: debió andar

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aún por otros diecinueve años. Supo de otras cumbres y otros
abismos. Escribió en la Gazeta con el seudónimo de El Ciudadano
sobre la democracia como principio de organización del país que
nacía, de las instituciones que eran necesarias, del federalismo de las
intendencias. Levene pensó que sus ideas constitucionales siguieron
de cerca de las de Moreno. Cuidó de las reformas que había
introducido en los estudios universitarios en Córdoba, donde se
conservó a Aristóteles en cuanto a las virtudes, pero se abrieron los
programas a la física, a la historia de la filosofía, a las matemáticas, a
Condillac y a Malebranche. Escribió: Confesemos de buena fe que en
los gobiernos despóticos se ha hecho servir la religión para dar un
carácter de santidad a las pretensiones más injustas. Si uno observa
que fueron alumnos suyos Lafinur, Juan Cruz Varela, José María Paz,
Vélez Sársfield, comprende que la literatura, la lucha militar, la
redacción del Código Civil Argentino, tuvieron en él un propiciador de
fuentes. Profundizó las críticas a Bartolomé de las Casas por la
postura de éste ante la esclavitud de los negros en las colonias
americanas. Escribió el Ensayo de la historia civil del Paraguay,
Buenos Aires y Tucumán, tal vez por aquello de Cicerón: Ignorar lo
que precedió a nuestro nacimiento es vivir siempre en la niñez. Con
una prosa culta, siendo Tácito el modelo y Plutarco el trasfondo, contó
no sólo hazañas memorables e imperios destruidos, sino también
crueldades, los efectos tristes de un gobierno español opresor.
Groussac lo vio vanidoso e intrigante, con una escritura de ideas
cortas diluida en frases largas, y en verdad no soportó que Funes no
estuviera junto a Liniers cuando éste decidió estar contra la
independencia naciente, aunque se cuidó de decirlo abiertamente
porque su solidaridad como francés pudo más. Se negó a ponderar
todo lo que Funes hizo para que no mataran a Liniers. Se negó a
ponderar que en los planes realistas figuraba el destierro o algo peor

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para Funes, ya que hubo voces a favor de la muerte del deán en caso
de triunfo. Funes supo de acusaciones y cárcel dos veces. En sus
escritos no faltaron los argumentos sólidos para la libertad de
imprenta, y para la división de los poderes institucionales. Ya viejo, le
escribió a su hermano Ambrosio: Si no haces uso del telescopio que
dejé en ésa, te estimaré me lo mandes. En sus últimos años lo
ganaron hondas melancolías, enfermedades derivadas del escorbuto
–lo que prueba sus pobrezas y miserias-, representó temporalmente a
la Colombia de Bolívar, cobraba una pequeña pensión de Bolivia por
un deanato que le habían otorgado y la representación como
Encargado de Negocios que en algún momento cumpliera, recordaba
con nostalgia los bienes de su familia que fueran expropiados por el
virrey Acebal del Perú cuando él adhirió a la revolución. Fue
vendiendo uno a uno los libros de su impar biblioteca, luego la
Enciclopedia de Diderot, más tarde su colección de raros manuscritos.
Había que comer, conseguir remedios. Ejerció la traducción de
Daunou: Ensayo sobre las garantías individuales que reclama el
estado actual de la sociedad. Ahí proclamó en una de las notas de su
prólogo: El temor a las leyes es saludable; el temor a los hombres es
origen funesto y fecundo de crímenes. Salió a pasear en crepúsculo
de Enero de 1819 por un parque levantado por los ingleses en Buenos
Aires, caminó entre árboles frutales y canteros barrocos de flores, y
ya no volvió.

No es vano recordar que vivió en épocas en que eran numerosos y


comunes los casos de sacerdotes que no cumplían sus votos de
castidad, en que conventos y diócesis desobedecían las disposiciones
superiores, a la vez que otros frailes participaban de la Revolución o
exigían cambios drásticos a las autoridades del Virreynato, como los
doce que asistieron a la Asamblea de 1813 con su proclama de

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libertades, o los más de quince en el Congreso de Tucumán en 1816.
Sarmiento dijo que hubo un instante en que algunos fueron la
frontera entre la colonia y la república, como el dios Término de los
antiguos, con una cara al pasado y otra a lo que vendrá, habiendo
sido Funes uno de ellos. El Deán Funes no fue teólogo, fue un
pensador de los derechos al modo de Francisco de Vitoria. Antes que
el púlpito, cultivó la historia. Prefirió la independencia de las
Provincias del Río de la Plata a la sólida amistad que tenía con Liniers,
se negó a seguir a Moreno y a tantos otros porque abrazó a los
pueblos del interior y no el centralismo decisional de Buenos Aires.
Perdió todos sus bienes materiales y con eso se ganó una vejez
apenada. No dejó hijos sino ideas, no tuvo romance mayor que con un
suelo americano libre del dominio español. Todo lo esperó de esto.
Todo en él se hizo desde la soledad íntima. En una carta a
Monteagudo le confiesa: Véame usted aquí, recogiendo por fruto de
mis tareas, en una edad septuagenaria, vivir como un triste
pordiosero a expensas de la providencia. No le hubiera gustado saber
de tantos que terminaron como él. Negó siempre ser jansenista,
precisamente porque no creyó en otra predestinación que no fuera la
de la libre voluntad personal y colectiva. No tuvo el ardor del místico
ni los traspasamientos de límites que suelen derrotar a éste. Miró la
historia desde la libertad americana pero habitó en sus principios
religiosos. Quizás, a la hora de elegir, haya que recordarlo procreador
y habitante de lo que sugieren aquellos versos del escocés Robert L.
Stevenson: las torres que fundamos y las lámparas que encendimos.

Hay seres a los que podemos pensar sin el paisaje que los instituyó:
Inmanuel Kant es ejemplo de esto. En otros es imposible: no se puede
evocar a Germán Arciniegas sin oír el oleaje del Caribe que lo
habitaba. A mí se me hace que a la primera categoría perteneció

119
Liniers, siempre tal fiel a la monarquía española como primer rasgo,
estuviera donde estuviese. La obediencia al Rey fue superior a su
destino naval. Y el Deán Funes a la segunda: en cada línea, en cada
acto de su vida, lleva su suelo americano como tantos otros
contemporáneos y posteriores suyos. Es más: tal vez haya que pensar
que el suelo americano, por entonces casi desértico, fue el que
escribió a Gregorio Funes. Porque no fue una tierra inmóvil la que
vivió, sino una llena de movimientos con sentido de cambios. Liniers y
el Deán Funes se diferenciaron por los defensas históricas de sus
convicciones, se igualaron por sus devociones a la madre de Aquél
que nació en un establo. Que la muerte no es distinta de la vida que
la elaboró lo muestra que ambos, voces que negaron o elaboraron el
adiós al sistema colonial y los inicios de la independencia, yacen
símbolos: Liniers en España, en el gaditano Panteón de Marinos
Ilustres, y Funes en su Córdoba, en el atrio de la Catedral, tras subir
las blanquecinas escalinatas.

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Smicht, Roberto: El Río de la Plata entre el mercantilismo y el
capitalismo: mercados, comerciantes y medios de pago, 1810-1960,
en Jorge Gelman (Compilador): La historia económica argentina.
Balances y perspectivas, Prometeo Libros y Asociación Argentina de
Historia Económica, Buenos Aires, 2006.
Vedia y Mitre, Mariano de: El Déan Funes, Editorial Guillermo Kraft
Ltda.., Buenos Aires, 1954.

122
123
Una relación hecha de rupturas
Dionel Edmundo Filipigh16

Introducción

El título de este aporte significa que la historia está compuesta por


decisiones de las más variadas tomadas por los hombres de un
tiempo y lugar determinados. En sí estas decisiones no tienen una
condena de bondad o maldad.

Hay una constante en el discurso social de significar estas cualidades.


Pero no se las encontrará en este trabajo. La idea de que quienes
actuaron como uno ha querido –léase lector- adquieren prestigio.
Debatir la aprobación o la condena de los actos históricos, demuestra
la falta de conocimiento de los hombres y de las circunstancias.,

Aquí nos referiremos a textos, a documentos, a tratar de delinear


dentro de los mismos la presencia del monumento, como lo
expresaba Foucault, que han logrado construir y del cual nuestra
observación debe ser no sólo justa, sino equitativa, ecuánime y
equilibrada.

16
Dionel Edmundo Filipigh. Obtuvo el título de Profesor en Historia en el Instituto
Universitario de Formosa, reconocido por la UNNE. Profesor, Coordinador, Director y
Supervisor de cátedras en el secundario y en la Universidad Nacional de Formosa.
Ha conducido durante más de 10 años trabajos de investigación en el Nivel
Terciario del Instituto Santa Catalina Labouré en Clorinda. Ha publicado en diarios
del medio local. Actualmente se desempeña como Profesor Adjunto en la
Universidad Nacional de Formosa, frente a las cátedras de Latín, Griego. También
dicta Historia de la Lengua española en el Profesorado de Letras y en el Profesorado
en Historia, Historia Argentina II e Historia Contemporánea II.
124
Como lo diría Ricardo Nasif al hablar del docente investigador, no se
puede ser neutral. No estamos investigando entes de razón, somos
como aquellos hombres y mujeres, cerrados de temporalidad y
ubicación. No seremos perfectos. Es lo último que se pretende. A
veces lo óptimo es una oposición a lo bueno.

Este trabajo rescata la actuación del Paraguay en los aciagos


momentos, como dicen los documentos, cuando Napoleón dominaba
España y en América se sucedían movimientos localistas, con
intenciones confesadas o negadas, disfrazadas o expuestas a la luz.

Importa para el trabajo que en esos momentos y en esos espacios los


hombres que se tomaron decisiones, fueron desencadenando el
futuro desde una aparente unión organizada por la conducción
política de España.

Constituidos en gobierno, cada uno de ellos trajo a su espacio las


propuestas que aparecieron como las más felices o las mejores
impuestas y aceptadas.
Allí en las decisiones epocales se fueron tejiendo las futuras
relaciones, muchas de las cuales tuvieron un camino sin retorno. De
eso queremos hablar.

I.- Una secesión antigua


1.-Desde Hernandarias a las Ordenanzas de Vértiz

Las múltiples razones que impulsaron los funcionarios locales, entre


los que se destaca don Hernando Arias de Saavedra (más conocido
como Hernandarias) para atender con mejor cuidado las poblaciones,
producen el efecto de la primera división formal de la Gobernación

125
del Río de la Plata, en 1617, por Real Cédula del Rey Felipe III. Y la
primera división con capital en Buenos Aires y en Asunción trae
aparejado el problema de límites que se mantendrá latente hasta
1811 y después, hasta más tarde aún.

La Real Cédula proponía una jurisdicción por ciudades: la del Río de la


Plata con las ciudades de la Trinidad, Puerto de Santa María de
Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo.
Mientras que la del Guayrá, más conocida a su vez como del
Paraguay, con sede en Asunción, con jurisdicción sobre las ciudades
de Villa Rica y Santiago de Jerez.17

Para ese entonces existían ya opiniones entre los funcionarios que


sugerían la conveniencia de que Corrientes y Concepción del Bermejo
fueran también de la jurisdicción del Paraguay, esgrimiendo las
principales razones de proximidad y mejor atención. Nada de esto
ocurrió entonces y las distancias no importaron y las consecuencias
de esta decisión tampoco.

Este fue el primer acuerdo. Las opiniones quedaron como tales y


desde ese entonces ya la división se había producido. A partir de la
ejecución de la Real Cédula se comienzan a desmadejar situaciones
no previstas inmediatamente y que concluirán tiempo más en países
diferentes, hasta con lenguas reconocidas también diferentes.. Este
tipo de historia donde se visualiza continuamente a los hombres de
cada momento como los verdaderos autores de los hechos, fascina al
historiador que desenreda el nudo gordiano, en vez de convertirlo en

17
Nos exime de originales el buen trabajo de don Vicente Sierra en "Historia de la
Argentina" de la que hemos tomado la información como fidedigna. Véase Sierra,
Vicente. Historia de la Argentina. Tomo II Libro Primero Capítulo 8. Editorial
Científica Argentina. Buenos Aires 1972. Pp. 127-130.
126
una piltrafa por el golpe de la espada que lo desarmó por la
impotencia y la ironía.

2.- Las Ordenanzas de Vértiz

Aunque para quienes lean estas consideraciones puedan


parecerles obvias, digamos a título de presentación, que Juan José de
Vértiz y Salcedo, fue Virrey del Río de la Plata, organización territorial
fundado en 1776, quien dicta la Ordenanza que organiza el espacio
del Virreinato.

No debería suponerse original la Ordenanza de Intendentes de 1782.


Sobre el diseño de las gobernaciones, las Intendencias no vinieron a
producir un cambio más que en el sistema de procedimientos y
funciones.

Ya para este momento, la Intendencia del Paraguay, con la Ilustre


ciudad de Asunción como capital, aparece escindida del Río de la
Plata e institucionalmente había generado detalles de autonomía por
medio de símbolos expresados en el escudo de armas: La imagen de
Nuestra Señora de la Asunción, la imagen y veneración a San Blas
(actual patrono de Paraguay), el león y el castillo.18

Es altamente significativa la presencia de San Blas como un fuerte


aporte simbólico de autonomía. Los festejos patronales, la mención
en las canciones folklóricas, testimonian esta vigencia, ya expresada
a fines del siglo XVIII.

18
Ibidem. Tomo III. Libro III pp.468-470
127
II.- La secesión perdurable

1.- Los Cabildos del 22 de Mayo de 1810 en Buenos Aires y del 24 de


Julio también de 1810 en Asunción.

Los antecedentes mencionados eximen de algunas consideraciones


respecto a lo que ya era una evidente distancia en el manejo de las
relaciones entre Buenos Aires y el Paraguay.

Hay que destacar (para continuar con esta suerte de lógica que nos
hemos propuesto) que mientras en Asunción aparece fuertemente
presentada y representada la figura del Gobernador, en Buenos Aires
se eclipsa. Las instituciones virreinales, donde puntualmente no hay
que ignorar la presencia de la persona que ejerce las funciones de
Virrey le dan a Buenos Aires una impronta diferenciada del resto de
las capitales de Intendencia.19

19
Como no es el tema que atañe, se dejan los siguientes interrogantes: ¿Habrá sido
don Pascual Ruiz Huidobro, teniente general quien se desempeñaba como
Gobernador de la Intendencia de Buenos Aires? De ser así ¿por qué entre las
autoridades no ostenta el título de Gobernador? Y quizá la más preocupante ¿toda
la Intendencia de Buenos Aires dependía del Virrey? Porque de ser de esta manera,
mucho antes del Directorio de Posadas, el gobierno unipersonal ya estaba instalado
en lo que devino en el tiempo en llamarse Provincias Unidas del Río de la Plata. Y
por lo tanto, la tesis de la hermana mayor no es más que un relato de lo que ya
ocurría desde hacía tiempo. Interrogantes, nomás. No tengo las respuestas.
Comentario personal. Realizado un análisis de los datos proveídos por "Ideario de
Mayo". Compilación y estudio preliminar de Narciso Binayán. Editorial Kapelusz.
1960 pp.3-39
128
Mientras Buenos Aires apela al Virrey para que autorice al Cabildo
Abierto, en Asunción es el Gobernador el que convoca.

Haciendo una comparación podríamos decir que el Cabildo de Buenos


Aires se parece en mucho con otro Cabildo ubicado hoy en una
ciudad no más allá de 70Kms,. Ambos Cabildos el de Buenos Aires y
el de Luján debieron tener rango similar como participar de los
mismos “graves acontecimientos” que ocurrían y poder determinar
prontamente qué se podía proponer hacer. Pero no ocurrió. . No se
enteró del problema sino por medio del Acta del 27 de mayo.

En el momento en que el Gobernador de la Intendencia del Paraguay


decide la convocatoria lo hace a todos los integrantes de la
Intendencia, como se verifica en el listado de presentes.

Mientras al de Buenos Aires y ante los graves problemas que ocurrían


como dicen los documentos, no se presenta más del cincuenta por
ciento de los convocados por una cédula de citación que debían
presentar a la guardia para que les permitieran pasar. En Paraguay
asisten todos. Y votan por unanimidad, mientras que en Buenos Aires
se vota por grupos, fáciles de detectar por la adhesión al voto de
alguien. Es particularmente significativo que Moreno haya votado
conforme a Martín Rodríguez, quien a su vez había adherido al de
Saavedra. Los hechos posteriores confirmarían que ese voto
representa al grupo que adhiere a Martín Rodríguez y no al de
Saavedra.

Constituido el Gobierno Provisional en Buenos Aires, la Junta


Provisional Gubernativa de la Capital Buenos Aires, envía la Circular
del 27 de mayo.

129
En la documentación aparecen dos preocupaciones: una que
podríamos decir agorera “si llega el desgraciado momento de saber
sin duda alguna, la pérdida absoluta de la Península”. Como dirá más
adelante Saavedra en sus Memorias respecto a quien no creía a
ciencia cierta que Napoleón dominaría todo. Este presagio agorero,
pretende tener dos reaseguros: por una parte que con este gobierno
provisional se busca mantener la unidad y llegado el momento del
presagio antes mencionado “se halle el distrito del Virreynato de
Buenos Ayres sin los graves embarazos que con la incertidumbre y la
falta de legítima representación del Soberano en España a la
ocupación de los franceses…”20

El protocolo seguido por Asunción en estas circunstancias es


diferente. Primero el gobernador cita al Cabildo Local manifestándole
las preocupaciones y el Cabildo le formula al Gobernador la necesidad
de formar una Junta Central o Cabildo Abierto y que el Gobernador
cite a los Cabildos de las Villas, además de convocar al Obispo, al
Deán, al Cabildo Eclesiástico y al vecindario. Es el Congreso de los
Notables.Primero para el 4 de Julio, pero postergado y reunido el 24
de Julio, el planteo resultó totalmente diferente. No se habló subrogar
al Virrey, ni crear otra Junta. El Cabildo decidió apoyar al Consejo de
Regencia.

Hay un punto interesante de destacar y es que mientras Buenos Aires


tenía ciertas noticias, algunas atrasadas,21 en Paraguay para este
momento se tenía la certeza de que Napoleón iba a sufrir un traspié

20
El entrecomillado corresponde al texto del Acta del 27 de Mayo cuyo facsímil
fuera reproducido en la obra de Vicente Sierra en el tomo V. O.C. p.19
21
Es un parecer (nota del autor)
130
no mucho tiempo más adelante, que acabaría con la retirada, que
sabemos ocurrió.

El juramento de fidelidad al Consejo de Regencia, un acto que


podríamos titular de conservador, parece el detonante de la
enemistad con Buenos Aires. Pareciera que el contraste que se instala
es:

“O Fernando VII o Consejo de Regencia”.

Limitado a estos términos, el planteo lleva a la confrontación. Pero la


confrontación es falsa.

Esta documentación que se transcribe, demuestra que el


enfrentamiento es desde el poder:

“…la conducta de Córdoba es un ejemplo de lo que deben


esperar los jefes que se empeñan en alucinar a los Pueblos. No
se deslumbre V.S. ni pierda esta ocasión de salir de un mal
empeño que debe serle desgraciado…Prescinda V.S. de su
interés personal, cierre los ojos a todo temor de que peligre su
empleo o padezca su individuo; y entonces quizás no se
presentará el nuevo sistema tan terrible, como ahora pretende
pintarlo.”22

Esta comunicación está dirigida V.S Gobernador de Paraguay y hace


mención al fusilamiento de Liniers ocurrido en ese mismo agosto en
que se le envía a dicho Gobernador esta suerte de intimación.

22
Texto citado en Sierra Vicente o.c. Tomo V Libro I p. 195
131
La Junta Provisional envía a Belgrano con instrucciones secretas en
septiembre de 1810. En ellas ignora que se buscaba la unidad. Muy
por el contrario, expulsar a los sospechosos y en caso de resistencia
ordenar la muerte del Obispo y del Gobernador.

Lo que en estos momentos no se puede ignorar todo lo que ya se ha


dicho respecto a la separación ya secular entre Buenos Aires y
Asunción, o entre el Río de la Plata y el Paraguay. Las decisiones que
se toman en Paraguay resultan – al margen de las apreciaciones que
se puedan tener en particular- autónomas y fueron respaldadas por
las fuerzas armadas del momento.

El envío de la expedición encomendada a Belgrano estuvo precedido


de una comunicación que si bien generalmente se le atribuye el texto
a Moreno, tiene el respaldo de la Junta, cuya invocación se realiza y le
intiman al Gobernador a reconocer la dependencia establecida por las
Leyes (¿¡?). “Si usted persiste en su pertinacia, será responsable ante
Dios y el Rey de los males que se preparan”.23

La pregunta que quizá en el tiempo la responda Alberdi, es respecto a


las Leyes a las que debe responder el Gobernador, so pena de
responsabilidad. ¿Habría Leyes redactadas por la Junta?

Alberdi, mucho tiempo después, va a replantear el concepto de


despotismo, indicando que se reemplazaba el despotismo condenado
en los reyes absolutos, por uno equivalente desde el gobierno.24

Y después una expedición armada.

23
Texto citado en Sierra, Vicente. O.c. Tomo V pp. 194-195
24
Alberdi, Juan Bautista. La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad
individual.
132
La imputación a Moreno de este tipo de acciones está respaldada por
la comunicación de los embajadores ingleses y por el cambio de
rumbo dado a las instrucciones recibidas, una vez que de la Junta
Provisional se pasó a la Junta Grande. Los términos se suavizan, si
bien la expedición continúa.

Luego de las derrotas de “Paraguary” y “Tacuary”, los oficiales del


ejército paraguayo toman la decisión de producir su propia
autonomía. Deponen al gobernador y constituyen una Junta de
Gobierno. Son las jornadas del 14 y 15 de mayo de 1811.

2.- Las jornadas de Mayo de 1811

Las jornadas de mayo en el Paraguay fueron explicadas en la


República Argentina, mediante los manuales como una acción de tipo
ideológica organizada y dirigida por don Manuel Belgrano, quien a
pesar de ser derrotado militarmente, sembró la idea de la revolución
en la oficialidad joven del Paraguay. Esta relación sin embargo no fue
probada taxativamente, tampoco interesa en este trabajo más que
como una indicación de cómo los alumnos (entre quienes estamos los
que cursamos la escuela primaria en la década del cincuenta en la
República Argentina) recibimos y repetimos un discurso, en el
concepto de Foucault.25

Esta simplificación ha posibilitado a mi juicio – y esto es juicio propio-


de que Belgrano apareciera como un numen, al estilo Moreno en el
Río de la Plata. Pero es en estas jornadas de mayo –muchas más que

25
Foucault, Michel. Arqueología del saber. Siglo XXI
133
las solas indicadas como 14 y 15 de mayo de 1811- es donde se
terminan de dilucidar las situaciones.

Establezcamos que la Junta de Buenos Aires nunca fue reconocida en


España, que por el Virrey depuesto, el Consejo de Regencia envió
otro, don Javier de Elío26 sobre todo como ya lo insinuamos, ya en
1810 Napoleón salía de una España invencible y luego se dirigiría a
Rusia. Este aserto que era ya observable en 1810, para luego de las
derrotas de Belgrano en Paraguary y Tacuary,27 eran obvias para
1811. A Belgrano la Junta Grande ya le había disminuido la violencia
de las primeras instrucciones de septiembre de 1810.

La asunción de Elío se ve condicionada por el sitio a Montevideo. No


es extraño y como además está documentado, el virrey reclama el
apoyo de Portugal. El viejo zorro expansionista ve la oportunidad de
recuperar definitivamente la controvertida Colonia del Sacramento y
avanzar también por el territorio de las Misiones.

Este accionar portugués es el que produce el impacto sobre quienes


habían sido los jefes de las victorias sobre las fuerzas de Belgrano y
se encontraban en puntos estratégicos como para saber en su
totalidad la complicada situación del Paraguay.28

El gobernador del Paraguay seguía siendo Velazco. En las relaciones


con Portugal, en mayo de 1811 había recibido la visita y se le habían
26
Cuántos - entre quienes me incluyo- no hemos encontrado en esos juegos de
acertijos la indagatoria: "Último virrey del Río de la Plata"
27
Los nombres de las batallas libradas por Belgrano en las proximidades de
Asunción, se colocan intencionalmente de la forma como se pronuncia en guaraní,
hasta ahora. Esta "y" suena en guaraní como una u francesa, pero más palatal (cfr.
El aparato fonador. Javier Cuétara Priede , Margarita Palacios Sierra Fonética y
fonología Universidad Nacional Autónoma de México.
28
Se refiere a la campaña de Belgrano ordenada por la Junta Provisional de
Gobierno de Buenos Aires, como se la nombraba en Paraguay (nota del autor)
134
manifestado a su vez grandes atenciones al Comisionado José de
Abreu.29

Es en estas circunstancias cuando se hace presente lo que en la


historia tradicional argentina se llamó “carlotismo”. Ante la
imposibilidad de desactivar el sitio de Montevideo, Elío había
recurrido a los portugueses y de estas relaciones apareció la idea de
que Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa de Juan VI
de Portugal, podría ser la mejor candidata a un trono a crearse en
torno a Uruguay con extensión hasta Paraguay. Las notas cruzadas
con los ingleses demuestran a su vez que para la Gran Bretaña ésta
no resultaba la solución. Cuando llegue 1828, cuando se muestren las
“barajas” escondidas, la Banda Oriental del Uruguay será declarada
independiente. Muchos historiadores se han convencido de este ardid
británico. Para este trabajo excede los límites y sólo se menciona.

Otro de los actores se encontraba estratégicamente situado en las


Misiones, don Fulgencio Yegros, considerado el jefe del movimiento
revolucionario.

En Asunción es el Capitán Pedro Juan Caballero quien encabeza la


revuelta entre la noche del 14 y el amanecer del 15 de mayo de
1811. Liberan a los presos políticos y confrontan con el gobernador
Velazco en estos términos: “En atención a que la Provincia está cierta
de que habiéndola defendido a costa de su sangre, de sus vidas y de
sus haberes del enemigo que la atacó,30 ahora se va a entregar a una
Potencia Extranjera, que no la defendió con el más pequeño auxilio,
que es la Potencia Portuguesa, este Cuartel, de acuerdo con los
29
En la historia de América hay varios Abreu. Éste no tiene nada que ver con aquel
ignorado patriota portugués y luego brasileño que participó en Venezuela.
30
Proclama citado por Sierra, Vicente en Historia de la Argentina. Tomo V Libro II
Cp.7 p 384.
135
Oficiales Patricios y demás soldados no puede menos que defenderla
con los mayores esfuerzos y para el efecto pide lo siguiente…”31

Al margen del petitorio que ya analizaremos, aquí conviene destacar


que la amenaza a Paraguay está identificada en Portugal y no en el
Río de la Plata.

Contrariamente a la obra de los cabildos desde el 22 al 25 de mayo


de 1810, donde aparecía como imperiosa la necesidad de destituir un
Virrey, en el Paraguay el primer petitorio se circunscribe a que el
Gobernador Velazco continúe en el mando asociado ahora con dos
diputados, quienes fueron el Dr. José Gaspar Rodríguez Francia,
natural de Asunción y el español capitán Juan Valeriano de Zeballos,
partidario de los revolucionarios. Juraron al día siguiente, el 16 de
mayo.

Por otra parte la ciudad de Corrientes había sido tomada por los
colonialistas y se había producido una resistencia con apoyo
paraguayo que terminó con éxito, por otra parte se producía el
alzamiento de Ytapúa. Yegros se dirigió a Asunción donde arribó
triunfante el 21 de mayo.

Uno descubre que el movimiento tiene energía suficiente porque en el


petitorio se limita la presencia de personalidades adictas a Velazco,
se destituyen a los cabildantes, se impide el movimiento de
embarcaciones y algo muy interesante que a buen ojo parece una
prueba suficientemente convincente de quien es el verdadero
enemigo en ese momento y se expresa en Punto 6: del Petitorio
elevado al Gobernador: “Que no salgan de la ciudad los
31
Todos estos datos son expresados con una adecuada coherencia por Vicente
Sierra, cuya obra citamos. Ibidem p. 385
136
comisionados portugueses que entraron en diputación clandestina”.32
Ese concepto de clandestinidad es lo que agrava la precaria situación
del Gobernador, ahora ya escoltado por dos representantes del
movimiento de autonomía paraguayo. No nos inclinamos a llamarlo
independiente, porque faltaríamos a la verdad confundir los
conceptos con apreciaciones actuales. Lograr la autonomía, definir la
relación con Portugal, ordenar el territorio con una concepción propia.

Por una cuestión que podríamos mencionar como de principios, no se


trata en este trabajo ni conceptual, ni realmente sobre la
independencia del Paraguay. Es una limitación necesaria impuesta al
trabajo.

Este “emparentamiento” del Gobernador Velazco con los portugueses


aparece fuertemente ligado a la formulación revolucionaria en el
Paraguay, que concluye cuando se lo destituye.

Así como respetuosamente se debe afirmar que el 25 de Mayo de


1810 en Buenos Aires asume un nuevo gobierno y por lo tanto a partir
de ese momento, habrá que estudiar las relaciones entre sus
miembros, su organización, sus decisiones, con el mismo criterio,
destituido el Gobernador Velazco, en Paraguay se inicia una nueva
acción con protagonistas en posiciones que antes pudieron no
encontrarse. Este tipo de estudio es el necesario para no endilgar ni
el pasado, ni el potencial error, a acciones que corresponden a los
hechos ocasionados por protagonistas en un lugar y tiempo
determinado.

Tratado de límites entre las Juntas Gubernativas de Buenos Aires y del Paraguay -
32

12 de octubre de 1811 La Junta Superior Gubernativa de esta Provincia


137
Esta resulta aparentemente una conclusión y una toma de posición.
Sin embargo tenemos más.

III. La propuesta innovadora

1.- La acción revolucionaria en el Paraguay hasta el 12 de octubre de


1811.

El primer gobierno en el Paraguay fue un triunvirato, como se


menciona más arriba. El 17 de junio asume una Junta presidida por
Fulgencio Yegros, e integrada por Gaspar Rodríguez de Francia, el
capitán Pedro Juan Caballero, fray Francisco Javier Bogarín y Fernando
de la Mora. Como Diputado para el Congreso General fue designado
el Doctor Francia.

Los trámites que se sucedieron con el envío de la nota del 20 de julio


y la consiguiente respuesta de la Junta de Buenos Aires en agosto, se
superponen con las designaciones de Belgrano y Echavarría para
negociar con Asunción, sobre todo el problema económico que
implicaba la disminución de impuestos a la exportación. Importa para
el trabajo sólo eso: para el 12 de octubre de 1811, este es el gobierno
vigente.

Generalmente los que destacan la actuación del Doctor Francia en la


definición de la autonomía de Asunción, refieren que el futuro
dictador, renuncia a su cargo, pero vuelve presto como queda
documentado en el Acuerdo del 12 de Octubre que tratamos a
continuación.

2.-. El acuerdo del 12 de Octubre de 1811

138
Mientras en Buenos Aires, la Junta Provisional gobernó durante 1810.
En diciembre se convirtió en Junta Grande y para octubre era ya un
Triunvirato. Sin embargo el primer indicador de que los tiempos y las
situaciones iban por caminos diferentes en la relación con Paraguay,
lo señala el comienzo de este acuerdo firmado en Asunción del
Paraguay el 12 de octubre de 1811.

El documento al que nos abocamos ahora, se inicia de la siguiente


manera: TRATADO DE LÍMITES ENTRE LAS JUNTAS GUBERNATIVAS DE
BUENOS AIRES Y DEL PARAGUAY.33

El tratamiento es de Junta a Junta a los efectos de pautar los límites


de jurisdicción. Hay que hacer memoria que Corrientes participó a
favor de la revolución en Asunción.

Este inicio del documento se cierra de la siguiente manera:“Fechado


en esta Ciudad de la Asunción del Paraguay a doce de octubre de mil
ochocientos once. Fulgencio Yegros – Doctor José Gaspar de Francia –
Manuel Belgrano – Pedro Juan Cavallero – Doctor Vicente Anastacio de
Echevarría – Fernando de la Mora, vocal secretario – Pedro Feliciano
de Cavia, secretario.”34

Ahora resulta sustancial la presencia de don Manuel Belgrano. Este


acuerdo se produce cuando las partes convienen, se prestan a
convivir en una nueva realidad y que esta sea de igualdad de las
partes: De Junta de Gobierno a Junta de Gobierno.

33
El texto íntegro se adjunto en Apéndice.
34
Ibidem. Tratado de Límites
139
Sarmiento, con su dicotomía “Civilización/ Barbarie” denostará de
este tipo de gobierno. Para el sanjuanino no existían más que dos
formas: la monarquía y la república.35 La diacronía en el trato de los
temas históricos, convierten a su obra en deficiente en estos
aspectos.

El otro concepto que retomamos y al que este tratado dio lugar en las
futuras relaciones entre Paraguay y la Confederación Argentina, es
justamente eso. El tratado propone una acción confederada. Por ello
el título de apartado es una instancia superadora. El artículo 5 de este
Tratado expresa esta idea:

“Artículo 5°. Por consecuencia de la Independencia en que queda esta


Provincia del Paraguay de la de Buenos Aires conforme a lo convenido
en la citada contestación oficial del 28 de agosto último: Tampoco la
mencionada Exma. Junta pondrá reparo en el cumplimiento y
ejecución de las demás deliberaciones tomadas por esta del Paraguay
en Junta General conforme a las Declaraciones del presente Tratado.
Y bajo de estos artículos deseando ambas partes contratantes
estrechar más y más los vínculos y empeños que unen, y deben unir
ambas Provincias en una federación y alianza indisoluble, se obliga
cada una por la suya no solo a conservar y cultivar una sincera, sólida
y perpetua amistad, sino también de auxiliarse y cooperar mutua y
eficazmente con todo género de auxilios según permitan las
circunstancias de cada una, toda vez que lo demande el sagrado fin
de aniquilar y destruir cualquier Enemigo que intente oponerse a los
progresos de nuestra justa Causa, y común Libertad…”

35
Sarmiento, Domingo F., Civilización y Barbarie. Cap. 4 "Revolución de 1810".
Centro Editor de América Latina.1979. pp. 60-73.
140
Desinteligencias, intereses, comunicaciones, confrontaciones fueron
diluyendo este principio de la sincera, sólida y perpetua amistad.

IV. La separación definitiva

Paraguay evoluciona gubernativamente hacia una Dictadura perpetua


bajo la conducción de Gaspar Rodríguez de Francia que cerrará con
su muerte en 1841.

Cuando en estas instancias y constituido el nuevo gobierno cuya


presencia más importante le va a corresponder a Carlos Antonio
López, se volverá por los carriles del reconocimiento de la
independencia.

Cuando ocurra esto, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y


encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación, le
recordará al gobierno del Paraguay el Tratado de octubre de 1811.

La reacción del Paraguay será la producción de un periódico


denominado “El Paraguayo Independiente” que abrirá sus páginas
con el objetivo de lograr el reconocimiento de esta independencia y lo
cerrará jubilosamente el día que el Ministro de Relaciones Exteriores
del Presidente Constitucional Justo José de Urquiza, anuncie en
Asunción este reconocimiento, en 1854. Las ediciones de este
periódico las hemos podido observar y apenas hojear por el mal
estado del material, que no permite reproducir en fotocopias y sólo
mediante fotografías.

Sin embargo falta el último acontecimiento. La Guerra de la Triple


Alianza, que signará la separación no sólo política, sino también

141
territorial cuando el Presidente Hayes dictamine que la frontera entre
la República del Paraguay y la República Argentina será el río
Pilcomayo.36

V.- Conclusiones

Debemos concluir que el mensaje de Confederación era


suficientemente débil o contrarrestaba los intereses del puerto de
Buenos Aires.

El camino iniciado cuando en el siglo XVII se producía la primera


separación, fue desencadenándose por las decisiones humanas hasta
la separación definitiva como dos países diferentes y diferenciados.
Cuando hoy regresamos a las ideas de unir la América bajo el signo
de otros nuevos tiempos y cuya fórmula es el Mercosur, no podrá
ignorarse de cuantas separaciones se fueron produciendo.

Este trabajo pretende de alguna manera hacer tomar esta necesaria


conciencia del resultado de las acciones que se fueron tomando a lo
largo de varios siglos de proximidad y diversidad.

Tomar la debida cuenta de las consecuencias de los actos humanos


radica la verdadera razón de la presentación de esta colaboración.

APÉNDICE

TRATADO DE LÍMITES ENTRE LAS JUNTAS


GUBERNATIVAS

36
Obviamos los detalles intencionalmente (nota del autor)
142
DE BUENOS AIRES Y DEL PARAGUAY
12 de octubre de 1811
La Junta Superior Gubernativa de esta Provincia
A todos sus habitantes

Si el buen éxito de nuestros primeros sacrificios, cuando dirigimos


nuestros pasos a la mansión deliciosa de la Libertad, es bastante
motivo de gloria y satisfacción; éste debe crecer a medida que se
alienta nuestra esperanza con la proporción para nuevas empresas.
Parece que una especial Providencia nos ha favorecido hasta aquí en
todas resoluciones; y si en los sucesos pasados podemos fundar
alguna conjetura de los futuros; bien podemos decir que ya no
estamos distantes de ver el colmo de nuestra felicidad. La revolución
gloriosa con que recobramos nuestra dignidad primitiva haciéndonos
superiores a los peligros y obstáculos, que intentó oponer el
despotismo: excitará siempre la más tierna memoria y placer aún en
las almas menos sensibles; pero ciertamente no podrá hacer menos
el recuerdo de nuestra feliz unión y reconciliación con la insigne
Ciudad y Provincia de Buenos Aires. Ya con otro bando se manifestó
al público este grande acontecimiento digno de los mayores aplausos
por todas sus circunstancias. Reconocida nuestra independencia, aún
restaba concordar sobre otros puntos menos esenciales a la verdad,
pero de no poca importancia y consideración por sus consecuencias.
Esta negociación se ha terminado felizmente a nuestra entera
satisfacción, y la Excelentísima Junta de Buenos Aires por medio de
sus ilustres Representantes enviados a esta Ciudad acaba de darnos
en esta conclusión una nueva prueba y la más brillante de la rectitud
de sus determinaciones y de las ideas benéficas y liberales de que se
halla poseído con respecto a esta Provincia. El Gobierno que por la
obligación que le impone su ministerio ha tomado siempre el mayor
143
interés no sólo en sostener los justos derechos de la Provincia, más
también en todo cuanto concierne a la prosperidad común y
particular de todos sus moradores, tiene hoy la mayor complacencia
en comunicar al público este último tratado arreglado y concluido en
la forma siguiente:

Los infrascriptos Presidente y Vocales de la Junta de esta Ciudad de la


Asunción del Paraguay, y los Representantes de la Excma. Junta
establecida en Buenos Aires, y asociada de Diputados del Río de la
Plata, habiendo sido enviados con plenos poderes con el objeto de
acordar las providencias convenientes a la unión y común felicidad de
ambas Provincias y demás confederadas, y a consolidar el sistema de
nuestra regeneración política, teniendo al mismo tiempo presentes
las comunicaciones hechas por parte de esta Provincia del Paraguay
en veinte de Julio último a la citada Exma. Junta, y las ideas benéficas
y liberales, que animan a esta conducida siempre de sus constantes
principios de Justicia, de equidad, y de igualdad, manifestados en su
contestación oficial de veinte y ocho de Agosto siguiente: hemos
convenido y concordado después de una detenida reflexión en los
artículo siguientes:

Artículo 1°. Hallándose esta Provincia del Paraguay en urgente


necesidad de auxilios para mantener una fuerza efectiva y respetable
para su seguridad, y para poder rechazar, y hacer frente a las
maquinaciones de todo enemigo interior, o exterior de nuestro
sistema: Convenimos unánimemente en que el Tabaco de Real
Hacienda existente en esta misma provincia se venda de cuenta de
ella y sus productos se inviertan en aquel sagrado objeto, y otro de su
analogía al prudente arbitrio de la propia Junta de esta Ciudad de la
Asunción, quedando como efectivamente queda extinguido el estanco

144
de esta especie y consiguientemente de libre comercio para lo
sucesivo.

Artículo 2°. Que así mismo el peso de Cisa y Arbitrio que


anteriormente se pagaba en la Ciudad de Buenos Aires por cada
tercio de yerba que se extraía de esta Provincia del Paraguay, se
cobre en adelante en esta misma Ciudad de la Asunción con
aplicación precisa a los mismos objetos indicados; y para que esta
determinación tenga en adelante el debido efecto se harán
oportunamente las prevenciones convenientes, en la inteligencia de
que sin perjuicio de los derechos de esta Provincia del Paraguay,
podrá para los mismos fines establecerse por la Excma. Junta algún
moderado impuesto a la introducción de sus frutos en Buenos Aires
siempre que una urgente necesidad lo exija.

Artículo 3°. Considerando que a más de ser regular y justo que el


derecho de Alcabalas se satisfaga en el lugar de la venta donde se
adeuda: no se cobra en esta Provincia Alcabala alguna del expendio
que en la de Buenos Aires ha de hacerse de los efectos o frutos que
se exportasen de esta de la Asunción. Tampoco en lo sucesivo se
cobrará anticipadamente Alcabala alguna en dicha Ciudad de Buenos
Aires, y demás de su comprensión por razón de las ventas que en
esta del Paraguay deben efectuarse de cualesquiera efectos que se
conducen o se remiten a ella, entendiéndose con la calidad de que sin
perjuicio de los derechos de esta Provincia podrá arreglarse este
punto en el Congreso.

Artículo 4°. A fin de precaver en cuanto sea posible toda


desavenencia entre los Moradores de una y otra Provincia con motivo
de la diferencia ocurrida sobre la pertenencia del Partido nombrado

145
de Pedro González que se halla situado en esta banda del Paraná:
continuará por ahora en la misma forma que actualmente se halla, en
cuya virtud se encargará al Cura de las Ensenadas de la Ciudad de
Corrientes no haga novedad alguna, ni se ingiera en lo espiritual de
dicho partido, en la inteligencia de que en Buenos Aires se acordará
con el Ilmo. Señor Obispo lo conveniente al cumplimiento de esta
disposición interina, hasta tanto que con más conocimiento se
establezca en el Congreso General la demarcación fija de de ambas
provincias hacia ese costado, debiendo en lo demás quedar también
por ahora los límites de esta Provincia del Paraguay, en la forma en
que actualmente se hallan, encargándose consiguientemente su
Gobierno de custodiar el Departamento de Candelaria.

Artículo 5°. Por consecuencia de la Independencia en que queda


esta Provincia del Paraguay de la de Buenos Aires conforme a lo
convenido en la citada contestación oficial del 28 de agosto último:
Tampoco la mencionada Exma. Junta pondrá reparo en el
cumplimiento y ejecución de las demás deliberaciones tomadas por
esta del Paraguay en Junta General conforme a las Declaraciones del
presente Tratado. Y bajo de estos artículos deseando ambas partes
contratantes estrechar más y más los vínculos y empeños que unen,
y deben unir ambas Provincias en una federación y alianza
indisoluble, se obliga cada una por la suya no solo a conservar y
cultivar una sincera, sólida y perpetua amistad, sino también de
auxiliarse y cooperar mutua y eficazmente con todo género de
auxilios según permitan las circunstancias de cada una, toda vez que
lo demande el sagrado fin de aniquilar y destruir cualquier Enemigo
que intente oponerse a los progresos de nuestra justa Causa, y
común Libertad; en fe de todo lo cual con las más sinceras protestas
de que estos estrechos vínculos unirán siempre en dulce

146
confraternidad a esta Provincia del Paraguay, y las demás del Río de
la Plata, haciendo a este efecto entrega de los poderes insinuados,
firmamos esta Acta por duplicado con los respectivos Secretarios,
para que cada parte conserve la suya a los fines consiguientes.
Fechado en esta Ciudad de la Asunción del Paraguay a doce de
octubre de mil ochocientos once.

Fulgencio Yegros – Doctor José Gaspar de Francia – Manuel Belgrano –


Pedro Juan Cavallero – Doctor Vicente Anastacio de Echevarría –
Fernando de la Mora, vocal secretario – Pedro Feliciano de Cavia,
secretario.

ARTÍCULO ADICIONAL AL TRATADO DE 12 DE OCTUBRE DE


1811 ENTRE LA JUNTA GUBERNATIVA DEL PARAGUAY Y LA DE
BUENOS AIRES

Aunque por el Artículo segundo del Tratado, concluido y firmado este


día, se dispone que la Exma. Junta podrá establecer algún moderado
impuesto, en caso urgente, a la introducción de los frutos de esta
Provincia del Paraguay en Buenos Aires; declaramos, conforme a lo
convenido, al propio tiempo que esta imposición haya de ser un real y
medio por tercio de yerba, y otro real y medio por arroba de Tabaco,
y no más, hasta tanto que en el Congreso General de las Provincias,
sin perjuicios de los derechos de esta del Paraguay, se arregle la
imposición que por razón de dicha entrada deba pertenecer en lo
sucesivo, debiendo esta declaración tener la misma fuerza, vigor y
cumplimiento que los demás artículos del enunciado tratado. Y para
que conste firmamos por separado (Artículo separado) en la Asunción
del Paraguay a doce de Octubre de mil ochocientos once.

147
Fulgencio Yegros – Doctor José Gaspar de Francia – Manuel Belgrano –
Pedro Juan Cavallero – Doctor Vicente Anastacio de Echevarría – Fernando
de la Mora, Vocal secretario – Pedro Feliciano de Cavia, Secretario.

148
149
La cocina durante la Revolución
y la Independencia
Rosana Tejerina Sánchez37

“El hogar es el santuario doméstico, su ara es el fogón, su


sacerdotisa y guardían natural, la mujer. Ella, sólo ella sabe
inventar esas cosas exquisitas que hacen de la mesa un
encanto... fruto de la ciencia más conveniente a la mujer”…
Juana Manuela Gorriti, Cocina Ecléctica

Cuando se nos convocó para efectuar este ensayo interpretativo


teniendo en cuenta el tópico cotidiano de lo culinario, en el marco de
la época colonial y revolucionaria, enseguida pensamos que era un
interesante desafío. Este tendría como base el discurso histórico
matizado con la recopilación de distintas fuentes que sobre el tema
existen, cuestión que lo haría aun más interesante.

El tema de la cocina es una cuestión muy importante no sólo para los


especialistas del área, sino también para disciplinas como la
antropología, la economía, la literatura, etc., en tanto impacta en las
acciones políticas, los grandes hechos históricos y los medios de
comunicación.

37
Profesora de Historia de la Universidad Nacional de Salta, Becaria de la
Universidad de Buenos Aires- Ministerio de de Ciencia , Tecnología e Innovación
Productiva, en la Maestría política y gestión de la Ciencia y la Tecnología.,
Investigadora del Consejo de Investigación de la Universidad Nacional de Salta,
diplomada en Ciencias Sociales con orientación en Educación (FLACSO), trabaja en
la actualidad sobre políticas de alfabetización en ciencia y tecnología en el nivel
secundario, su vinculación con la universidad y la empresa.

150
La cuestión culinaria resulta ser apasionante sobre todo en este
principio de milenio que ha prodigado un sin número de alternativas
en donde la preparación de comidas se hizo no solo una tarea
doméstica, sino una alternativa de trabajo, una vocación, una carrera
con amplia salida laboral un arte de presentación, una gustosa
preparación de los sentidos por el placer mismo de saborear.

La cocina tradicional de Salta (cabecera de la Intendencia de Salta del


Tucumán en tiempos del Virreinato del Río de la Plata) es reconocida
y buscada por los paladares exigentes, porque contiene sabores
genuinos, que transportan a un pasado andino.

Para desandar el tema de la cocina y las comidas de la época


colonial y revolucionaria tendremos que recorrer la representación en
la historia de la cocina en el ámbito femenino. La época colonial
recarga de poder a la imagen masculina protagonista de la política y
la vida pública. Mientras que el contexto de la revolución y posterior
independencia conlleva un traspaso de roles esta vez protagonizadas
por la historia cotidiana o intrahistoria, “sin próceres, doméstica,
interesada en la producción y transmisión de ideologías más que en
las acciones o gestas derivadas de las mismas…” (Fleming, 1994:
98). En este tramo nos estamos refiriendo al rol protagónico que
durante el siglo XIX inicia la mujer, más allá del ámbito doméstico,
siendo coparticipe de la agenda revolucionaria.

De la colonia a la revolución

En la zona andina se han encontrado documentos escritos que


permiten conocer cual fue el proceso de transculturación que se
operó en este área con respecto a las prácticas alimentarias de los

151
europeos y los habitantes autóctonos. A través de estos testimonios
sabemos que los pobladores andinos tenían un conocimiento refinado
sobre la correcta combinación de alimentos, el ayuno, la purga y la
utilización de hierbas medicinales. Por su parte, a los españoles les
gustaba alimentarse muy bien. En las fechas especiales, como el día
de la Circuncisión, Carnaval, Cuaresma y demás festividades
religiosas éstos consumían hasta tres viandas y postres. Los
sugerentes nombres de los platos que describían los cronistas de los
siglos de la Colonia revelaban una cuidadosa técnica culinaria en la
que participaban una variedad de ingredientes y especias típicas de
América: pavillos nuevos con su salsa, ollas podridas en pastenas de
masa negra, pajarillos gordos con pan rallado sobre papas doradas,
empanadas de pichones de masa dulce, capones asados, pollos
rellenos y rebozados con plato de membrillos, empanadas de liebres,
platillos de cañas con huevos encañutados, piernas de carnero con
jigote, platillos de palominos con lechuga, salchichones de lechones
cortados en ruedas, quesadillas de mazapán, platillo de palomas con
calabaza rellena, supicaciones, natas y almendras, etc. (Poderti,
2007: 20).

La cocina colonial y su mestizaje creador

Para algunos investigadores de los hábitos alimentarios argentinos, la


cocina no tiene raíces americanas profundas: los nativos de la región
eran nómades que no conocieron la agricultura, con excepción de los
del noroeste argentino, por influencia de la cultura incaica. Lo que
resulta interesante es que varios de los alimentos que circulan en el
arte culinario llevan impreso el mestizaje de sabores de varias
culturas que interactuaron en el proceso de encuentro de

152
civilizaciones distintas. Muchos de los platos que hoy conocemos en
el contexto local son producto de contactos multiculturales previos.

Las comidas típicas guardan un destacado lugar en la cultura de la


región NOA, en otro tiempo fue jurisdicción del Collasuyu, es decir el
sector del Imperio Incaico que abarcaba este ámbito y los países
limítrofes.

El proceso mestizaje introduce nuevas de técnicas, hábitos y cultivos


alimenticios entre la esfera española y la nativa. Asi por ejemplo
cuando presentamos el espacio colonial del hogar, el mismo se mide
a través de la distribución de las habitaciones principales, como eran
la sala, el comedor, el oratorio y el dormitorio que daban al primer y
segundo patio. El espacio que nos interesa en este ensayo, es la
cocina, la misma se construía lejos de los recintos principales. La
cocina se encontraba cerca de las habitaciones del personal de
servicio y los lavaderos.

Bernardo Frías, reconocido historiador salteño, releva una descripción


con respecto a la cocina: “La cocina antigua, la de la casa de nuestros
antepasados, aunque muy limpios de conciencias y de mano a
diferencia general de sus descendencias, tenían sucia la cocina sin
genero de excepción. Ocupaba la ahumada pieza, el último lugar de
la casa. Era un cartujo negro, excepto los días que le blanqueaban la
cara, lo que acontecía, cada muerte de obispo. No era aquel color
negro hoy tan repujante, efecto de la suciedad propia del oficio de la
manera que ardía el fogón…” (Frias: 1976)

153
La cocina es descripta en sus detalles, como así también los
habitantes que circulan por ella. Mulatos, negros y mestizos fueron
los habituales personajes de este recinto sagrado.

Los utensilios de fierro fueron los elementos más valiosos y


codiciados, los mismos eran de origen español, su escasez y costo los
convertían en objetos de lujo. En igual categoría encontramos a los
recipientes de cerámico y cobre.
En la cocina la persona que “mandaba” era la cocinera, que ejercía
su poder sobre los ayudantes. Cercana al antro de los sabores se
hallaba la despensa, lugar donde se guardaba el charqui (carne seca
y salada) y la grasa para las necesidades de las comidas. La
conserva de charqui, velas, jabón y cereales resultaba ser una
prioridad para la encargada de la cocina y la señora de la casa. Los
quesos, la mantequilla, las blancas suelas, los frutos secos, colgaban
de tirantes, para su conservación y aireación.

En aquella cocina se articulaba el control horizontal y vertical de lo


que se desarrollaba en los otros patios y en la huerta. El real poder de
la cocina era el comedor. Almuerzos y cenas con blancos manteles,
sobre los cuales se destacaba la vajilla de plata del Potosí, como así
también los utensilios de porcelana. Una mesa de lujo en donde se
discutían acuerdos políticos, económicos y estrategias de guerra.

La particular caracterización del espacio colonial ha permitido que


existan investigaciones como las de Frías en las cuales se permite
reconocer que las cuestiones de la distribución del poder también
pueden ser leídas en la construcción de una vivienda. En aquellos
banquetes muy largos y abundantes en las casas coloniales
encontramos la mesa servida de manjares, entre las comidas

154
denominadas “autóctonas”, encontramos los tamales, humintas y
empanadas. Hasta en al actualidad estos tres alimentos son muy
requeridos por el público local y extranjero.

En primera instancia nos referiremos a dos comidas de amplia


repercusión en el espacio andino y virreinal: los tamales y las
empanadas. En ambos casos se han extraído las recetas respectivas
de la obra Cocina Ecléctica, de Juana Manuela Gorriti, entregadas a
ella por damas de la época:

Tamales:

“Las preparaciones en base a maíz resultan ser uno de las variantes


alimenticias en el NOA, con mayor tradición, al tratarse de
comunidades nativas arraigadas a la agricultura. De los cereales
usados en la alimentación humana, ninguno tiene tantas y tan
excelentes aplicaciones, en todos los países de la América meridional,
como el maíz.

Sus mazorcas, verdes todavía, y el grano lleno de una leche


azucarada, llámanse choclos; y con ellos se hacen las confecciones
más exquisitas.
Ora al natural, cocido, entero, en agua, y una cucharada de azúcar,
para aumentar la dulzura del grano; ora molido y transformado en
diversas pastas, desde la borona, pan del pueblo en Vizcaya, hasta el
delicado pastel limeño y la riquísima huminta de que voy a ocuparme:

Se ralla el choclo, y en seguida, se le muele en un batán, o a falta de


éste, en un mortero de piedra. Bien molido ya, se le sazona con sal al

155
paladar, un poquito, muy poquito, de azúcar y una buena cantidad de
manteca de chancho, frita con ají, y previamante pasada al tamiz.

Mezclado todo esto, se revuelve y bate con una cuchara, y en las


hojas del mismo choclo, puestas de a dos en sentido opuesto, para
cada huminta, se echan al centro de estas dos hojas cruzadas, tres
cucharadas de la pasta. Se dobla, se lía con hilo de pita, y se las hace
cocer, en olla, horno, o guatia . Si en olla, se pone en una olla, agua
en su tercia parte; se atraviesan varitas de caña partida en cuatro,
cruzadas sobre la superficie del agua; se acomodan sobre ellas, una
sobre otra, las humintas, y se las da un hervor de dos horas.

Se escurre el agua y se sirven las humintas en sus envolturas.


La guatia es, en la huminta, como en todo asado, la mejor de las
cocciones. Nuestro Chuquiapo arrastra en su corriente cantidad de
piedrecitas rocallosas, que en su curso arranca a los peñascos.

Los indios hacen con ellas, colocándolas una sobre otra, un horno, en
el suelo, que ahondan como diez centímetros de la superficie, y en
cuyo centro encienden una fogata que atizan para dar intensidad al
fuego, a fin de caldear las piedras.

Cuando éstas se hallan en el debido punto de calor, los que en la


operación trabajan, se envuelven las manos en trozos de arpillera, y
con tanta destreza como velocidad, derriban el horno, y mientras uno
apronta las piedras de en torno del fuego, reducido ya a brasas, los
otros se ocupan, cada uno por su parte, en lo siguiente:

Toman una piedra, colocan sobre ella una huminta, cubierta con otra
piedra, y colócanla de nuevo sobre el fuego hecho brasas, para

156
formar no ya un horno sino una pared de piedra caldeada, rellena de
humintas: todo esto con ligereza, a impedir que las piedras pierdan la
intensidad del calor necesario a la cocción de la huminta que lleva en
su seno.

Sobre el montón de piedras se echa, para abrigarlas, una tela gruesa


de lana doblada en cuatro. Una hora después las humintas están
cocidas, y los indios, con la misma destreza y velocidad, las sacan de
entre las piedras, ya cocidas, y su envoltura apetitosamente dorada
por el fuego” (Analia Belzu, desde Lima).

Empanadas a la coquetonas

“Llámanlas así mis amigas, por una razón toda suya: diz que hay
coquetería en la manera con que muevo mis manos al hacer estas
confecciones. Si quienes las saboreen las encontrasen ricas, ¡bendita
sea la coquetería con que convierto una libra de harina en masa!
primero sobada hasta tornarla blanda y suave, gracias a la fuerza del
puño y a dos onzas de grasa de chancho, poco a poco mezclada al
sobarla, y que entonces transformo en una hojaldra de seis hojas,
extendiendo primero...

Pero, ¿quién ignora cómo se hace la hojaldra? Pues, vamos al relleno,


dejando cortada en cuadritos la masa, ya adelgazada por medio del
palote, y puesta sobre un mantel.

Se hace un picadillo muy aderezado con pimienta, un tantico de


cominos, cebolla blanca frita, molido y frito también un diente de ajo.

157
Almendras y pasas de uva. Se pone el relleno y se tapa, mojando
antes con agua, sopando en ella el dedo, en torno del borde inferior
de la masa de abajo, para que al ponerle la superior, peguen ambas,
a fin de que no se salga el relleno y la hojaldra se abra.

Se ponen al horno en latas, y asentadas sobre papel. También se fríen


en grasa de chancho” (Silvia Sagasta desde Buenos Aires).

Presencia de Juana Manuela en el contexto histórico

La obra “Cocina Ecléctica” (1892) de la salteña Juana Manuela Gorriti


recopila una serie de recetas, que van desde “las sopas a los
postres”, mas que referirse a la variedad de platos y sabores o
hechuras, remite a la procedencia, presentar el plato imprime a la
escritura. Cocina Ecléctica, bien podría considerarse el primer libro
de cocina argentina (o por lo menos, el primero en trascender).
Retrata una serie de recetas con aires hispánicos y emancipadores
que estaban bien emparentadas con Latinoamérica, y no había
recibido el aluvión inmigratorio ítalo-hispano-judío que caracteriza a
la actual sociedad. El libro refleja la similitud que poseen las cocinas
de las tres patrias de la Gorriti: Argentina, Bolivia y Perú. Regiones
que en otro tiempo ancestral corporizaron a una de las divisiones del
Tahuantinsuyo. Las comidas típicas en base de maíz, legumbres,
carnes, tamales, frijoles, asados, mazamorras y chichas aparecen en
recetas de las mencionadas regiones.

Así por ejemplo en el capítulo de los pescados, remite al relato de una


dama de familia tradicional y rica de la localidad de Metán, Doña
Deidamia Sierra de Torres, el mismo se estructura sobre un hecho
histórico, cuyo protagonista principal es el general San Martín. El

158
relato se enmarca en el encuentro acontecido en la Posta de Yatasto
con el General Güemes, la entrevista hace verosímil a la escena y
refuerza la participación en ese contexto de la familia Sierra.

La posta de Yatasto fue el escenario de varios encuentros históricos,


los cambios de mandos van de General Belgrano al Coronel Dorrego,
a cargo de la retaguardia en la retirada del ejército del Norte. Dorrego
fue un hombre díscolo pero curtido en las lides de la guerra. San
Martín sabe que el camino del norte esta volviéndose vulnerable al
avance español. Dorrego le brinda información de otro coronel muy
avezado para la misión, con gran conocimiento del terreno y con
tropas leales.

El hombre de quien se habla era el General Güemes. San Martín


acordó con Belgrano entregar el mando de la región norte a Güemes.
En adelante el aguerrido militar enfrentará casi solo a los ejércitos del
Rey, Se le encarga cubrir el frente del ejército por la línea del Río
Pasaje. Su retaguardia este estuvo a cargo de José Ignacio Gorriti, y
el oeste, camino a los valles calchaquíes y Guachipas, bajo la
responsabilidad de Pedro José Saravia. Guemes se compromete con
San Martín a observar a los españoles, que al mando del General
Pezuela ocupan Jujuy y buena parte de Salta. Este era el contexto que
rodea a la verosímil historia que Juana Manuela reconstruye a partir
de su plato de pescado.

En Cocina Eclectica la receta lleva el nombre del General San Martin:


“Dorado a la San Martin” por Deidamia Sierra de Torrens (Metán,
Salta).

159
“Diz que allá, cuando este héroe, en su gloriosa odisea, cabalgaba por
los pagos vecinos al Pasage, un día, al salir de Metán, pronto a partir,
y ya con el pie en el estribo, rehusaba el almuerzo que, servido, le
presentaban, llegó un pescador trayéndole el obsequio de un
hermoso dorado; tan hermoso, que el adusto guerrero le dio una
sonrisa.
Alentados con ella sus huéspedes:
-¡Ah! ¡señor! -exclamaban, alternativamente.
-¡Siquiera estos huevos!
-¡Siquiera esta carne fría en picadillo!
-¡Siquiera estas aceitunas!
-¡Siquiera estas nueces!
San Martín se volvió hacia sus dos asistentes:
-¡Al vientre del pescado -dijo- todas esas excelentes cosas, y en
marcha!
Dijo, y partió a galope.
Escamado, abierto, vacío y limpio en un amén el hermoso dorado, fue
relleno con el picadillo, los huevos duros en rebanadas, las aceitunas
y las nueces peladas y molidas. Cerrado el vientre con una costura,
envuelto en un blanquísimo mantel, fue entregado a los dos
asistentes, que a carrera tendida partieron, y adelantando al general,
llegaron a la siguiente etapa, donde el famoso dorado fue puesto al
horno, y asado, y calentito lo aguardaban para serle servido en la
comida. En su sobriedad, San Martín quiso que ésta se limitara al
pescado y su relleno” (Gorriti, 1994).

Alicia Poderti, reconocida escritora e investigadora, ha tomado en


cuenta -desde el campo de la narrativa- la reconstrucción de los
banquetes, asignándole un valor literario pero también
historiográfico. Porque a través del relato verosímil, el hecho histórico

160
puede cobrar trascendencia. Se reconstruye la idea de que en torno
a una mesa ocurren los capítulos más importantes de la vida social y
por que no –agregamos— los acuerdos políticos que construyen
cambios. Así, los hábitos culinarios durante el tiempo de guerras de la
emancipación son recreados por Fernando Figueroa en su novela Don
Martín, en un episodio ocurrido en la sala de Yatasto:

"El único que no participaba del regocijo era don Manuel


Belgrano que, pese a su amable sonrisa, estaba demacrado y
descaecido, pues los continuos vómitos no le daban
tranquilidad. Los acompañaba sin probar bocado y únicamente
aceptaba las infusiones que le hacía hervir doña Feliciana y con
las cuales menguaba sus dolores. Las fuentes con empanadas
al instante quedaban vacías. El asado de ternera era saboreado
hasta el último bocado. Las presas de cordero al horno tenían
idéntica aceptación. La chanfaina, delicia de los paisanos,
constituía la gran novedad para los porteños. El estofado de
corderito sazonado con nueces y pasas de uva causaba
polémicas por el sabor singular.

Los postres, a discreción, ofrecían su tentación a lo largo de la


mesa. Mangos, papayas y dulces variados, estaban al alcance
de la mano; pero lo que más concitó la atención de los
forasteros fueron los quesillos con miel. De la bodega salieron
varias botellas de vino añejo, conservado en sótanos. Para la
sobremesa don Vicente había reservado jerez y cognac según
las preferencias. Los salteños y jujeños preferían la coca, su
mejor digestivo. Afuera, no lejos de la sala, descansaba la tropa
dedicada a devorar el rancho. Varias reses habían sido
sacrificadas para saciar el apetito contenido de centenares de

161
soldados esqueléticos, semidesnudos. La chicha y la aloja eran
las únicas bebidas racionadas que circulaban para evitar
borracheras y reyertas" (Poderti, 2007: 22).

Mas adelante hemos visto a los protagonistas del encuentro


disfrutando de los agasajos. Esta vez la figura central fue Belgrano. Al
llegar a Tucumán, San Martín recibe otra carta de Belgrano. El
general necesita de su presencia urgentemente, pues su enfermedad
se agrava. El coronel no se demora en acudir. El encuentro se
produce en la Posta de Yatasto. Se trata de un parador de
abastecimiento para los viajeros y chasquis que circulan por la zona,
la red de postas era el sistema de comunicación y abastecimiento
para viajeros de la época. La existencia de postas data de la época
colonial.

Félix Luna describe el aspecto del predio de la siguiente manera:

“En el lugar no hay más que una casa de adobe y techo de paja,
rodeada de sierras y árboles robustos. Un sitio miserable y olvidado
en medio del desierto…” (Luna, 1999:113, 114).

San Marin llega al lugar, alista a sus solados, y espera a Belgrano. El


encuentro no se hace esperar, abraza al coronel, reconoce que este
hombre ha ganado espacio a través de sus logros militares. En este
encuentro se planifica la fusión de los dos ejércitos. El del Norte,
desanimado, harapiento, hambriento y agobiado por las derrotas. Y el
de Buenos aires, disciplinado, y bien alimentado.

Ambos jefes comienzan a delimitar los pasos a seguir. Belgrano le


sugiere a San Martín que se instale en Tucumán para reorganizar el

162
ejército. Poco tiempo después Belgrano es comunicado con Buenos
Aires. El jefe de los Granaderos ha sido designado Jefe del Ejército del
Norte. El fin último del pensamiento belgraniano era: “las causas de
la revolución esta por encima de cualquier deseo personal.”, lo que
justifica que haya aceptado subordinarse a las tropas del General San
Martín.

A modo de postre

El breve recorrido que se ha presentado en este escrito es tan solo el


inicio de un interesante camino para seguir indagando sobre los
estudios culturales de la vida cotidiana y las costumbres y hábitos
culinarios en este período histórico.

Consideramos que indagar sobre estas cuestiones nos permite varias


líneas de análisis, que pueden estar siendo exploradas, o que esperan
que los historiadores le otorguen importancia, ya que de lo que se
trata es que a partir de la investigación nos adentramos en las
explicaciones propias de la identidad regional.

Y para concluir una breve cita de Álvarez Peñaloza, que demuestra


que la mujer y el arte de las cocina les pertenece:

“las mujeres nos transmutamos dentro de una cocina, la mas


alba de las ancianas esgrime una cimitarra frente a la infinitud
bulbosa de la cebolla y las pasiones de las doncellas se
concentran todas en el jugo espeso de la pierna al horno…”

163
Lo que tambien puede traslucir este escrito es el rol protagónico que
posee la mujer en el ámbito no solo culinario, sino también en la idea
de ir transpasando el espacio privado y llegar al espacio publico. El
siglo XIX hizo posible que muchas mujeres de la elite o no tan
cercanas a esta, tuviera acceso a la coparticipación junto al hombre
en la historia de la guerra emancipadora.

Una de las características del protagonismo fue percibir a la mujer en


el rol de la escritura, es por esto que hemos seleccionado a La Cocina
Ecléctica y a su autora como referente de la asociación: escritura-
cocina.

164
Bibliografía

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Argentino, Jujuy: Universidad Nacional de Jujuy.

FIGUEROA, Fernando, 1994, Don Martín, Salta: Comisión Bicameral de


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Hispanoamericanos, N° 525, marzo 1994, p. 89-102.

FRIAS, Bernardo, Tradiciones Históricas de Salta, Salta, 1976.

LUNA, Félix, 1999, “Grandes protagonistas de La Historia Argentina”,


Planeta, Buenos Aires, 1999.

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III: ”La tierra natal. Perfiles. Cocina ecléctica”, Fundación del Banco de
Noroeste, Salta, 1994.

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Segunda Edición, Salta: Círculo Amigo Editor, Prólogo de José Juan
Botelli, 2007.

VALDA, María Paz y CAJÍAS, Martha, 1992, De como se alimentaban


nuestros antepasados antes de la llegada de los españoles, La Paz:
Hisbol.

165
166
La construcción territorial
de la República Argentina.
El imaginario histórico-social argentino
desde la Revolución de Mayo.

Federico Martín Gomez 38

La construcción territorial en el imaginario socio-histórico de los


habitantes de la República Argentina, formulada en la carga
valorativa de percepciones y visiones, enfocadas y/o distorsionadas, a
lo largo de nuestra historia como país, se debate en un claro eje
dicotómico entre dos posiciones distantes entre sí, pero imposibles de
analizarlos en forma separada. Dicho debate se formula en las
visiones sobre las supuestas pérdidas o ganancias territoriales, en los
años siguientes a la erección del Virreinato del Río de La Plata, y más
aún, en los años posteriores al inicio de la Revolución de Mayo, el 22
de mayo de 1810.

Dicha construcción en el imaginario socio-histórico, el cual tiene


profundas raíces en nuestra historia e identidad como argentinos, nos
permite remontarnos en la misma por medio de diversos estudios
sobre dichas visiones y percepciones en relación a la construcción del
territorial nacional, como son las tesis elaboradas por autores como
Carlos Escudé (1988), Juan Carlos Puig (1975), Gustavo Ferrari (1981),
Pablo Lacoste (2003) y Vicente Palermo (2006), quienes fundamentan
sus teorías en la heredad del Virreinato del Río de La Plata,

38
Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Maestrando en
Relaciones Internacionales. IRI. UNLP. Miembro Investigador del Centro de Reflexión
en Política Internacional y del Departamento de Islas Malvinas, Antártida e Islas del
Atlántico Sur. Instituto de Relaciones Internacionales. Universidad Nacional de La
Plata.
167
explicando el modo en que dicha construcción fue infundiéndose a lo
largo de nuestra historia, en la cultura y educación de los argentinos.
Previamente a iniciar el análisis de los debates sobre la construcción
en nuestro imaginario socio-histórico, debemos entender las razones
de la erección del Virreinato del Río de La Plata, ya que el mismo,
será el basamento para dar inicio al estudio del debate histórico. La
erección del Virreinato del Río de La Plata, encuentra una clara
respuesta en la supuesta amenaza que representaban los
portugueses y sus colonias, en el actual territorio brasilero, a los
intereses españoles en el sector sudoccidental del continente
americano. Además, es necesario recordar que debido a las
cuestiones de la necesidad de buscar nuevos puertos más directos y
cercanos (por lo tanto más seguros), que reemplazasen a los ya
existentes en el territorio latinoamericano.

Con el comienzo de la revolución, el día 22 de mayo de 1810, se


iniciaría un proceso por el cual, debido a sus características y
coyuntura, se determinarían la conformación de gobiernos y
construcciones estatales débiles y en muchos casos sin legitimidad,
los cuales determinaron, la débil construcción y consolidación, en los
primeros años de la revolución, de nuestro territorio. Esta política
llevada adelante por los gobernantes en ese momento, en un marco
de luchas internas y la falta o ausencia absoluta, del diseño de una
política exterior hacia los territorios vecinos en ese momento,
determinó la imposibilidad de mantener la conformación inicial del
virreinato al iniciarse los primeros gobiernos revolucionarios. Carlos
Escudé identifica al período comprendido entre los años 1806 y 1880,
como “la Argentina embrionaria”, quien según sus estudios, establece
claramente la supuesta errónea percepción sobre las pérdidas
territoriales nacionales, realizadas por varios académicos e

168
investigadores nacionales. Escudé esgrime como ejemplo, las
posiciones defendidas por los estudios realizados por Vicente
Quesada en el siglo XIX, el cual se basa en documentación de origen
española, generando así un amplio debate con su contraparte chileno,
Miguel Luís Amunategui, sobre las verdaderas posesiones territoriales
pertenecientes a uno u otro estado. Ambos autores, en busca de
consagrar sus posiciones, se basaron en documentos verdaderos,
pero generaron de todas maneras falacias en relación a la soberanía
sobre los territorios referentes a la Patagonia, y su real pertenencia a
la Argentina o a Chile por medio de títulos históricos. Sumado a esta
dicha apreciación personal, Carlos Escudé suma a su estudio
referencias de cómo la expansión realizada por ambos países hacia el
sur para ocupar territorios, denominados por el autor res nullíus39
(según la percepción de las potencias europeas a excepción de
España), desde ambos países se percibía una verdadera perdida de
grandes porciones territoriales, las cuales no podían conquistar, y no
como si fuera que conquistaron territorios que podrían haber poblado
y defendido. Dichas apreciaciones, según Escudé, han afectado y
dañado gravemente tanto a Argentina como a Chile, generando a lo
largo de la historia compartida por ambos Estados, carreras
armamentistas y enfrentamientos, imposibilitando la
complementación e integración entre ambos. Pablo Lacoste (2003)
apunta claramente que no debemos dejar de tener en cuenta que
estos momentos de grave tensión entre dichas naciones lograron
superarse mediante acuerdos diplomáticos bilaterales: el Tratado de
Límites de 1881, los Pactos de Mayo de 1902 y el Tratado de Paz y
Amistad de 1984, resaltando además la necesidad de conocer el

39
Esta expresión latina, describe el territorio sobre el cual ningún Estado ejerce su
soberanía y que se considera abierto a adquisición por cualquier Estado. Ver
Jimenez de Arechaga, Eduardo. 1980. Derecho Internacional Contemporáneo Madrid
Técnos, pág. 220
169
entorno académico y nacional, en el cual se generaban dichas
percepciones, debido a que “muchos historiadores argentinos y
chilenos enseñan a los niños y a los jóvenes que el vecino es un país
expansionista y sustractor de territorios” (Lacoste 2003, 14).

Debemos realizar una referencia detallada de la posición de Escudé,


el cual describe los fundamentos sobre las erróneas percepciones
argentinas acerca de las pérdidas territoriales, que se basan, según
el autor, en cuatro puntos que fundamentan su percepción:

El Virreinato del Río de la Plata fue una creación artificial de la Corona


Española: la creación del mismo solo sería funcional como institución
bajo el sistema colonial, por lo tanto su funcionalidad y poder para
gobernar sobre la totalidad de los territorios que abarcaba al
momento de iniciarse la Revolución de Mayo, desaparecieron.

Paraguay y Bolivia eran las regiones más pobladas del Virreinato y


poseían en gran medida autonomía de Buenos Aires. La Banda
Oriental era objeto de disputa con el Imperio Portugués: ambos casos
son clara consecuencia de la disfuncionalidad de las instituciones del
virreinato en pleno proceso revolucionario, en el caso del Paraguay la
distancia y su pleno desarrollo en forma “aislada del Virreinato del Río
de la Plata”, determino su separación e independencia final. En el
caso de la Banda Oriental, la disputa con el Imperio Portugués al
inicio y luego con el Brasil, originó, con la posterior intervención
británica, el surgimiento de este nuevo Estado.

La idea de que la República Argentina es heredera del Virreinato del


Río de la Plata es tonta, ya que éste fue el primer enemigo de ella: el
origen de ésta afirmación de Escudé, se encuentra en que la capital

170
de ambos territorios, tanto la República Argentina como del Virreinato
del Río de la Plata, tuvo el mismo lugar de establecimiento, por lo
tanto, existe una conciencia nacional de heredad del virreinato

No hay continuidad de las instituciones nacionales, ya que


desaparecen en 1820, debido a que hubo un proceso de
balcanización. No se puede hablar de un Estado Nación hasta 1860:
debido a esto no podemos identificar una clara continuidad entre el
Virreinato y el Estado nacional argentino surgido durante la
presidencia de Mitre, por lo cual debieron surgir nuevas instituciones
a nivel nacional ya que las predecesoras con origen en el virreinato,
hubieron de evolucionar y/o extinguirse.

Como un punto excepcional, “la única pérdida territorial en la historia


nacional argentina” reconocida por Carlos Escudé, pero la cual es
minimizada por su escasa extensión geográfica comparada con las
otras apreciaciones, es la referente al territorio de las Islas Malvinas.
Para él, ese sí fue un caso donde una potencia extranjera, el Reino
Unido, expulsó al gobernador Luís Vernet que administraba dicho
territorio bajo el poder y la autoridad del estado de Buenos Aires, en
ese momento gobernado por Rosas.

En referencia a las ganancias territoriales conseguidas por la Nación


Argentina, Escudé describe el triunfo obtenido por Mitre en Pavón en
el año de 1860, como el logro de la unificación territorial entre la
Confederación y Buenos Aires, que aunque frágil, logró su
consolidación. Con la Guerra del Paraguay (1865-1870) y la posterior
victoria de la Triple Alianza, Mitre logró destruir a un peligroso
competidor, según el Escudé, como era en ese momento el Paraguay.
Este Estado tenía ya 800.000 habitantes frente a 1.200.000

171
habitantes de la Argentina, referenciándose en las extensiones
territoriales de ambos Estados, lo que le permitió ganar los territorios
en la costa del río Paraguay y en el nordeste, sumando a estola
decisión chilena de hacer la guerra contra Perú y Bolivia, la cual
generó una situación de debilitamiento y vulnerabilidad, que le
permitió a la Argentina, la negociación del acuerdo de límites de 1881
con Chile.

Territorio conquistado en 1878-9. 2. Territorio bajo control argentino luego de la


expedición naval del Comodoro Py (1878). 3. Conquista del Neuquén, 1881. 4.
Regiones de jurisdicción argentina después del tratado de límites de 1881. 5.
Jurisdicción Argentina aún en posición indígena. 6. Dominio territorial argentino,
1.900.000 km2. 7. Dominio Colonial británico desde 1833.

En el presente análisis de este período y remitiéndonos a la cuestión


de la construcción y consolidación territorial, no debemos obviar la
172
necesaria mención de las “constantes” de la política exterior
argentina analizadas por los autores Juan Carlos Puig y Gustavo
Ferrari.

Según lo comentado por José Paradiso en “El poder de la norma y la


política de poder”, las constantes que estuvieron presentes en los
análisis de dicha investigación son: el pacifismo; el aislacionismo;
evasión por medio del derecho; moralismo; enfrentamiento con
Estados Unidos; europeismo y el desmembramiento territorial.

Para Juan Carlos Puig la debilidad territorial es una de las “tendencias


profundas” de la política exterior en dicho período revolucionario y
pos revolucionario, en los cuales coexisten:

una despreocupación generalizada respecto de estas cuestiones,


como si realmente no importase a la Argentina perder esos territorios,
porque se trataban de superficies inhóspitas, lejanas, áridas de
ninguna manera aptas para la explotación agrícola-ganadera que era
el eje del proyecto nacional argentino en el siglo XIX.

Asimismo debemos hacer mención a uno de los tres lineamientos que


establece Moneta, como un importante complemento a la visión de
Juan Carlos Puig en relación a este período: el mantenimiento de un
equilibrio de poder con Chile y Brasil, funcional dicho equilibrio como
moderador de la tendencia hacia la debilidad territorial. Esta misma
despreocupación es reafirmada por Carlos Escudé, como analizamos
anteriormente, aduciendo que el nacionalismo territorial argentino es
un fenómeno muy conocido, pero que no tuvo un estudio profundo
sino hasta la Guerra de Malvinas de 1982.

173
Retomando lo descrito al comienzo del análisis, este nacionalismo fue
percibido como pérdidas territoriales a lo largo del siglo XIX. En
Argentina por su parte, explica Escudé, existe la idea generalizada de
una expansión chilena a costa de nuestro país en el sur y de pérdidas
adicionales en otras regiones. Mientras que en Chile, existe al mismo
tiempo, una percepción paralela de un expansionismo argentino a
costa de Chile en el sur, mitigada esta, por la apreciación chilena de
su propia expansión hacia el norte a expensas de Bolivia y de Perú.
En el caso de Bolivia, opina Escudé, es algo debatible en cuanto a la
validez de la expansión, no siendo igual en el caso de Perú, en el que
no es necesario una justificación dado que la misma es demasiado
clara.

Por su parte, y analizando a Gustavo Ferrari en la cuestión de la


territorialidad de nuestro país, debemos observar la existencia de una
clara posición identificada con la idea de que, si comparamos la
fronteras del Virreinato del Río de la Plata, con la superficie que
implica el actual territorio argentino, podemos comprobar que ésta ha
disminuido en un cincuenta por ciento con respecto a sus predecesor.
Es así que argumenta la existencia de varios signos claros de una así
llamada “debilidad territorial”. Por un lado, ésta estaría anclada en la
“fórmula argentina” del arbitraje, acuñada a fines del siglo XIX y por
otro lado la herencia colonial tendría mucha relación con aquella
debilidad. La Corona española habría sido ambiciosa en la fase de
conquista, pero luego, a la hora de mantener el imperio, el impulso se
habría desacelerado bruscamente.

No debemos olvidar, por último, el argumento ampliamente


defendido por varios investigadores de que el hecho de que la
Argentina contase con vastos territorios habitables y fértiles, podría

174
haberla llevado a desinteresarse en la cuestión del mantenimiento del
mismo.

Exploremos un poco más estos puntos. Con respecto al primero de


ellos, se arguye que la excesiva devoción por el arbitraje llevaba a un
sacrificio desmedido. En aras de la paz, el país se veía en la
imposibilidad de defender de forma más enérgica sus derechos
territoriales. Argentina habría aceptado fallos que en gran medida la
despojaban de su patrimonio.

Para justificar el segundo punto se utilizan una gran cantidad de


ejemplos que demostrarían la verificación del enunciado. Ya la Corona
Española habría actuado de manera perspicaz, pero tardía, al
establecer el Virreinato del Río de la Plata. Además, la Metrópoli
habría tenido una diplomacia inhábil, restituyéndose, por ejemplo, la
Colonia del Sacramento a Lisboa, cada vez que este territorio
portugués era reconquistado por las fuerzas de Buenos Aires. La
victoria militar era seguida, entonces, por una clara derrota
diplomática, práctica que se prolongó a través de más de un siglo.

La posibilidad de ejemplificar y comprobar la validez de estas tesis


presentadas por los investigadores, por medio del análisis puntual de
casos sobre delimitación, nos acercará bastante a la cuestión
limítrofe.

Casos puntuales como los territorios que fueron cedidos, bajo


diferentes circunstancias a los Estados limítrofes, fueron revertidos y
balanceados con la obtención de territorios y la consolidación de los
mismos, entre los cuales podemos enumerar:

175
Con el triunfo de Mitre en Pavón (1860), se produjo la unificación
territorial entre la Confederación y Buenos Aires, aunque frágil, fue
consolidándose, lo cual posteriormente a la Guerra del Paraguay
(1865-1870), se incorporaron territorios en la costa del río Paraguay y
en el nordeste, del hasta entonces territorio argentino. Pero el
gobierno paraguayo instalado por el Brasil, al finalizar la guerra, inició
una controversia sobre el territorio que se halla entre el Pilcomayo y
el Río Paraguay. El mismo fue sometido al método del arbitraje y
mediante la participación del Presidente norteamericano Hayes, el
Paraguay obtuvo finalmente esos territorios, los cuales hoy se
conocen como Villa Hayes.

Territorio cedido a Brasil por Paraguay al finalizar la guerra. B) 1 y 2 Territorios


cedidos por Paraguay para la Argentina. Al norte del territorio 1 se ubica, el
territorio que fue cedido bajo arbitraje por el Presidente Hayes.

En las postrimerías del siglo XIX, la cuestión limítrofe con Brasil,


encontraría un obstáculo, en el territorio conocido como las Misiones,
los cuales fueron incorporados al territorio brasilero finalmente, por la
decisión tomada por el Presidente Cleveland, quien favoreció la
posición brasileña en las instancias del arbitraje realizado sobre
dichos territorios, en 1895, la cual sería conocido según el imaginario
colectivo de aquella región como Clevelandia:

176
En relación a los conflictos limítrofes hacia el oeste, con Chile,
mediante la firma del Tratado de 1881 se establecen los principios
básicos articuladores mediante los cuales los dos países resolverían
sus problemas de delimitación durante el siglo siguiente. La firma de
dicho tratado se da en el marco de la debilidad chilena, como
consecuencia, de la recientemente finalizada Guerra del Pacífico. La
elaboración y materialización del mismo, sería coordinado con el
correr de los años, por la firma del Tratado definitivo de Limites entre
Quirno Costa y Vaca Guzmán, por el cual la Argentina concede
territorio, Tarija y parte del Chaco y Bolivia cede la Puna de Atacama
en 1888, pero que igualmente la ratificación y canje no se realizó
hasta 1893, debido a lo imperiosa necesidad de concordar
armónicamente con el Tratado firmado con Chile en 1881.

177
Es de esta manera que desde iniciada la revolución, a partir de Mayo
de 1810, comenzarían los sucesivos desgajamientos, a partir de los
cuales se cederían territorios a Paraguay, se daría la pérdida de la
Banda Oriental y la separación de las cuatro provincias del Alto Perú
(La Paz, Charcas, Cochabamba y Potosí), que fueron declaradas como
pertenecientes al Estado Argentino, pero que eran de todas maneras
dejadas en libertad, para que dispusiesen de su propia suerte,
despejando así, el camino a la independencia altoperuana.

178
El autor Gustavo Ferrari (1981) aclara que se debe tener incluso en
cuenta que “las distintas corrientes argentinas no han mirado a los
sucesivos desgajamientos de las antiguas comarcas del Virreinato
como algo negativo, sino más bien como un timbre de honor”. Es de
esta manera en que ejemplifica nuevamente la cuestión de la
honorabilidad de parte de los gobernantes de entonces de que
aquellos territorios que quisiesen podían optar su propia
determinación. Ejemplificando dicha aseveración cita al historiador

179
rosista Adolfo Saldías, cuando éste, en su obra “Historia de la
Confederación Argentina. Rosas y su época”, recalca el hecho de que
Argentina ha dado independencia a seis nuevas repúblicas. Gustavo
Ferrari argumenta de esta manera, que ésta es una clara forma de
equiparar la religión del progreso con la desmembración territorial.

Un ejemplo, el cual debemos citar, en relación a cómo la debilidad


territorial tiene sus raíces profundas en la historia de nuestro país,
sería la visión que sostenían hombres como Alberdi, Sarmiento y
Mitre respecto de que el exceso de espacio era propicio para la
provocación de anarquía. El liberalismo fue el autor de semejantes

180
ideas, pero intentó reivindicarse mediante la fuerte política
demográfica que enunciaba “Gobernar es poblar”.

Igualmente, como todo punto de vista, no se puede dejar de observar


las claras excepciones que se dieron al supuesto desmembramiento
territorial argentino. Entre ellas se pueden citar la intención de
Sarmiento de restaurar el Virreinato del Río de la Plata, más allá de
que estos planes no fueran luego llevados a cabo, sino simplemente
motorizados en la mentes de aquellos gobernantes. Es así como
debemos mencionar a Estanislao Zeballos, quien se consideraba
heredero de la escuela en política internacional fundada por el
católico argentino Féliz Frías. Zeballos, junto con Adolfo Dávila,
publicaron el diario llamado La Prensa de Buenos Aires, donde la
orientación nacionalista belicosa con respecto al los problemas
territoriales era notoria.

Por supuesto que la excepción más significativa es la conquista al


“desierto”, llevada adelante por el General Julio Roca. No sólo ocupó
la Patagonia, sino que se aseguró de otorgarle a dicha ocupación un
carácter definitivo, dándole como cierre un marco jurídico a través del
Tratado de límites con Chile, en 1881. Este territorio no fue el único
que ocupó a Roca, sino que pensó incluso en el norte de Argentina,
creando la gobernación de Misiones en el mismo año y llevando a
cabo la Campaña del Chaco en 1884, remarcando de ésta manera la
importancia territorial en sus pensamientos.

Con respecto al último punto, que por lo demás queda bastante claro,
se debe tener en cuenta que la Argentina no se vio en aprietos con
respecto a cuestiones geográficas. Casos contrarios fueron por
ejemplo Chile, que sufrió un inmenso desafío geográfico, o Brasil, que

181
a pesar de poseer un extenso territorio, solo una parte muy pequeña
de éste era habitable. En consecuencia, estos países han buscado
extenderse con ímpetu y, generalmente con éxito. Chile, por ejemplo,
avanzó sobre Bolivia y Perú hacia el norte mediante la Guerra del
Pacífico. Recapitulando en relación a la dicotomía entre las posiciones
opuestas sobre las supuestas visiones de ganancias o pérdidas de
territorios, podemos observar, realizando un balance a nivel histórico,
los siguientes puntos referentes a esta cuestión de la perdida de
territorios:

La “Segregación de Paraguay en el año 1813, la conformación de


Bolivia en el año 1825; la pérdida de parte de Misiones en 1825; la
separación de Uruguay en 1828, Chile inicia su expansión hacia el
Cabo de Hornos en 1828, la ocupación inglesa en Malvinas en 1833,
la pérdida del Estrecho de Magallanes en 1843, la segregación de la
Villa Occidental en el año 1878 y la segregación de Tarija y parte del
Chaco en 1889”.

Debemos hacer referencia en el corolario del presente capítulo,


referido a la construcción territorial de la República Argentina y las
percepciones referidas a las ganancias o pérdidas territoriales en el
imaginario socio-histórico argentino, a un académico contemporáneo
a nuestros días, Vicente Palermo (2006), quien en forma clara
enuncia una tesis en la cual las visiones y/o percepciones sobre estas
dos posiciones, en relación al territorio y su construcción comenzaron
a infundirse en la Argentina liberal y no en la Argentina revisionista,
ya que fue en dicho período en el cual, el supuesto “carácter sagrado
del suelo” comenzó a infundirse, debido a que los predecesores de las
elites liberales gobernantes, no habían velado por la seguridad y
obtención del mismo; entre ellos los revolucionarios, los unitarios, los

182
caudillos, el mismo Rosas, etc. De esta manera el territorio se
presentaba como una interpelación del nacionalismo, como una
obligación y tarea del Estado, ante la relación imaginaria que tienen
los argentinos con el territorio nacional. Hoy día, dicha relación se
presenta como una vaga pérdida en el colectivo nacional de
territorios aislados, con una excepción, un territorio que ejerce sobre
nosotros los argentinos, una fascinación intensa y pasional, el
territorio de las islas del Atlántico Sur, entre ellas Islas Malvinas. Este
nuevo enfoque, nos demuestra hasta que punto a lo largo de nuestra
historia, desde el período de la revolución de Mayo, el territorialismo,
observado desde diferentes puntos y con distintas percepciones, se
constituye como un componente identitario actual del ser argentino,
en su concepción como habitante de nuestro país, enmarcado el
mismo, en una historia y en una realidad socio-política e histórica
particular, componentes tanto la historia como la realidad, del
imaginario colectivo, las cuales confluyen en la importancia del
mismo, para su continuo debate, investigación y reflexión.

183
Bibliografía

ESCUDÉ, Carlos. “El nacionalismo territorial argentino” [En: PERINA,


Rubén y RUSSELL, Roberto. Argentina en el mundo (1973-1987).
Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988], 241-262.
FERRARI, Gustavo. Esquema de política exterior argentina. Buenos
Aires, EUDEBA, 1981.
JIMENEZ DE ARECHAGA, Eduardo. Derecho Internacional
Contemporáneo. Madrid, Técnos. 1980.
LACOSTE, Pablo. La imagen del otro en las relaciones de Argentina y
Chile (1534-2000). Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003.
PALERMO, Vicente. Sal en las heridas. Buenos Aires, Editorial
Sudamericana. 2006.
PARADISO, José. “El poder de la norma y la política del poder, 1880-
1916”. [En: JALABE Silvia Ruth. La política argentina y sus
protagonistas 1880-1995. Buenos Aires, Grupo Editor
Latinoamericano, 1995], 13-25.
PUIG, Juan Carlos. “La política exterior argentina y sus tendencias
profundas”. [En: Revista Argentina de Relaciones Internacionales.
Buenos Aires, Año 1, N° 1, Enero-Abril de 1975], 2-27.

184
185
Las Marchas Patrióticas
y el Imaginario Poético-Musical
de la Emancipación Americana
Alicia Poderti40

1. LA NACIÓN IMAGINADA: El Himno Nacional y sus versiones

La constitución de los estados nacionales latinoamericanos que se


efectúa a partir de la primera parte del siglo XIX respondía a las
necesidades de los grupos dominantes -descendientes de los
conquistadores y colonizadores europeos-, en el marco de la
constitución y desarrollo de un mercado mundial. Éste rompía las
barreras económicas, favoreciendo el proceso de interdependencia
entre las diversas sociedades humanas y, a la vez, construía nuevas
murallas de dominación.

"Una vez escritas en Europa las tres erres de “Reforma”,


“Revolución”, “Romanticismo”, comienza el proceso de construcción
de las naciones en América. Así, la idea de nación se traduce como
proyecto y realización de un proceso histórico conformado desde una
ideología y también desde la ficción.

40
Dra. Alicia Poderti: Investigadora de carrera del CONICET (Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina), especializada en temas
transdisciplinarios. Profesora de Posgrado en universidades argentinas y
extranjeras. Reside en Buenos Aires y se desempeña en proyectos de la Academia
Nacional de la Historia. E-Mail: apoderti6@arnet.com.ar Página web: www.alicia
poderti.com.ar.

186
Nación Una e Indivisible

El proceso de constitución de nuevas comunidades históricas -las


naciones- respondía en el Europa al proyecto e idea definidos en el
pensamiento de la Revolución Francesa ("Nación una e indivisible").
Los ideólogos que organizaron la nacionalidad argentina importaron
un modelo institucional exótico, un producto cultural que se ajustara
a los cronómetros occidentales y que, a la vez, defendiera algunas
expresiones de lo autóctono. Esto nos lleva a reflexionar sobre la
centralidad del componente ficcional en el proceso de construcción
de la nación.

Como ha expresado Benedict Anderson, la nación moderna suele


representarse a sí misma como una "comunidad imaginada"41, en la
que los miembros de la comunidad nacional se imaginan -se les pide
que se imaginen- vinculados por lazos horizontales y fraternales. Así,
los caracteres de la nación "discreta, soberana y autónoma" se
integran al "estilo de imaginar" propio de la nación moderna.

41
“La nación es imaginada porque aún los miembros de la nación más pequeña no
conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera
hablar de ello pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión. La
nación se imagina limitada porque incluso la mayor de ellas, que alberga tal vez a
millones de seres humanos vivos, tiene fronteras finitas, aunque elásticas, más allá
de las cuales se encuentran otras naciones. Ninguna nación se imagina con las
dimensiones de la humanidad.La nación se imagina soberana porque el concepto
nació en una época en que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la
legitimidad del reino dinástico jerárquico, divinamente ordenado. La nación se
imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la
explotación que en efecto pueden prevalecer en cada caso, la nación se concibe
siempre como un compañerismo profundo horizontal. En última instancia, es esa
fraternidad la que ha permitido, durante los últimos dos siglos, que tantos millones
de personas maten, y sobre todo, estén dispuestas a morir por imaginaciones tan
limitadas" (Andersson, 1993).

187
En ese contexto, la novela y el periódico son las dos formas de
imaginación que se generaron en el siglo XVIII y que proveyeron los
medios técnicos necesarios para la "representación" de las
comunidades imaginadas nacionales. Otras formas artísticas también
han contribuido a la estructuración de las nacionalidades, como
algunos poemas, canciones y, sobre todo, los himnos nacionales. Los
himnos y canciones patrias simbolizan la idea de nación que se desea
que los ciudadanos imaginen.

Formas de imaginar

Un ejemplo de los trasvasamientos de significado que generan estos


productos nacionalistas puede leerse en el "Himno Nacional
Argentino". En los primeros tiempos esta canción se llamó "Marcha
Patriótica" o "Marcha Nacional" y fue aprobada por la Asamblea
General Constituyente de 1813. En dos estrofas de la versión original
se hace presente el pasado incaico y la articulación con el resto del
espacio andino:

“Se conmueven del Inca las tumbas


y en sus huesos revive el ardor,
lo que ve renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor

¿No los véis sobre Méjico y Quito


arrojarse con saña tenaz?
¿y cual lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y La Paz?”

188
Los autores Blas Parera y Vicente López y Planes tenían conciencia de
que la Revolución era impulsada desde Buenos Aires, pero no podían
ignorar el esfuerzo precursor de las masas indígenas rebeldes sobre
el arco andino. Como ha notado Eduardo Astesano, este fragmento de
la letra del Himno Nacional es una alusión evidente al levantamiento
indígena producido treinta años antes.

En 1860 Juan Pedro Esnaola es el encargado de recoger y publicar la


nueva versión musical (no así la letra) del “Himno Nacional”. Amigo
personal de Mariquita Sánchez de Thompson, quien habría cantado la
"Marcha patriótica" en su casa, Esnaola también había desarrollado
una relación muy cercana con Juan Manuel de Rosas y su familia.
Como expresa María Sáenz Quesada: ..."el músico Juan Pedro
Esnaola, animador de las veladas de Manuelita en Palermo había
compuesto la música del himno 'Gloria eterna al magnánimo Rosas',
y otras canciones muy federales y apostólicas"...

Posteriormente, cuando se elabora la versión más breve del “Himno


Nacional Argentino”, el texto representará los intereses de una nueva
construcción política, ligada a modelos étnicos y espaciales definidos
desde otro lugar. La historia nacional se construye a partir de un
pasado glorioso "que supimos conseguir"... Pero esta re-escritura
excluye a los que colaboraron en la empresa hecha de "tronos y
laureles". Así, el sol y el espacio andino quedan al margen de la
Historia.

2. El Himno a Güemes: un modelo de proyecto geopolitico


continental

“Vieron solo, asombrados los reyes,

189
Cuando el Sol descendiendo los Andes
Coronaba con su oro a los grandes,
Al volar una airosa vestal:
Que agitando su enseña celeste,
A ese Sol le arrancó un áureo rayo
Y escribió: ¡Gloria al pueblo de Mayo!
En la frente del cielo triunfal”.

Fragmento del poema “Guerra de los Gauchos”,


(Himno a Güemes) de Gabriel Monserrat.

Para aproximarnos al estudio de las versiones del Himno a Güemes,


debemos centrarnos primeramente en el estudio de la Revista
Güemes, dirigida por Benita Campos42, quien formó la “Asociación
Pro-Patria”, la que tenía por objetivo exaltar la Gesta Güemesiana.

En este contexto, se realizó un concurso musical patrocinado por la


Revista en 1909 con la intención de que el poema original del Tte.
Gabriel Monserrat, titulado: “Guerra de los Gauchos” (Cfr. Anexos I)
tuviera música y pudiera ser interpretado como Himno dedicado al
héroe gaucho. En el certamen resultó ganadora la obra musical
compuesta por el maestro italiano Rafael Baldassari. Esta versión fue
42
Benita Campos nació en Salta en 1882 y se recibió de maestra en la Escuela
Normal en 1901. Colaboradora de los diarios locales, como el períódico El Cívico,
fundó y dirigió la revista Güemes, en la que plasmó su objetivo de resaltar el
accionar de las figuras de los principales héroes de la emancipación americana.
Falleció el 26 de agosto de 1925 en ejercicio de su labor docente. Benita Campos
fue una mujer de avanzada que rompió con los cánones tradicionales de principios
de siglo, en el que la mujer sólo debía ocupar el espacio del hogar y de la familia,
dejando a los hombres otros ámbitos de acción, como el periodístico. Es loable la
iniciativa de la directora de Güemes, que va más allá de los condicionamientos de
su tiempo y transgrede aquellas fronteras entre el espacio femenino privado y el
público. El resultado es una revista de formas cuidadas no sólo en lo estético, sino
en la esencia misma, ya que intenta ser un vehículo de revalorización de nuestra
identidad regional, elevando las figuras del General Güemes y de la escritora Juana
Manuela Gorriti a un lugar nunca antes propuesto.

190
ejecutada por primera vez el 12 de junio de 1910 en el teatro Victoria
y cantada por el coro del Colegio Belgrano. Los pocos datos que
conocemos de Rafael Baldassari, un italiano cellista (1861-19??)
nacido en Roma, son registrados por la Revista Güemes al
otorgársele el Premio, que consistía en Medalla de oro y diploma
alegórico en pergamino. Baldassari, quien se presentó al concurso
con el seudónimo de “Porteño”, es definido en las páginas de la
revista como un “verdadero maestro en el arte de Verdi y de
Donizzetti; reside en Buenos Aires, donde vive modestamente, como
sucede siempre a los privilegiados de la cultura y del arte. Como un
estímulo al compositor afortunado, publicamos su retrato dando a la
vez una reseña de los demás trabajos que lleva publicados” (en
revista Güemes, Nº 34, marzo de 1909, p.377).

“La Velada Patriótica” de junio de 1910 realizada en el teatro Victoria,


fue organizada también por Benita Campos y las “Damas Vicentinas”
de la Parroquia La Candelaria. Se cantó el Himno “Guerra de los
Gauchos” y se destacaron las palabras de don David Saravia y las
ofrendas florales de doña Güemes de Latorre y Güemes de Arias.

Pero esta investigación acerca del Himno a Güemes nos hace


desembocar en un tema poco conocido. La letra de este primer
Himno o poema original de Gabriel Monserrat, también llevó música
de otro compositor. Existe una partitura aprobada por el Ministerio de
Educación y corresponde a 1918, con música de Enea Verardini43.
43
El original de la partitura fue adquirido con fondos del CONICET en una librería de
textos antiguos de San Telmo, Buenos Aires. Está en buen estado de conservación y
el moho no alcanzó a dañar los enormes folios en los que están impresos los
pentagramas con el arreglo musical de Enea Verardini y el poema “Guerra de los
Gauchos” de Gabriel Monserrat. El texto fue publicado por: Imprenta Musical Ortelli,
Belgrano 2847, Buenos Aires. En la última foja de la partitura se explicita: “Sr.
Inspector General de Enseñanza del Ministerio de Instrucción Pública: Los Himnos a
Güemes y a Belgrano cuya aprobación se solicita en la nota adjunta, son dos obras
meritorias por la letra y la música que con verdad y fielmente la interpreta con
191
Poco sabemos del maestro Baldassari, pero sin embargo hay más
registros bibliográficos del músico Enea Verardini, quien nació el 9 de
octubre de 1863, en Bolonia (Italia), donde se graduó de profesor de
música y piano, compositor y concertista de violín. En el año 1880 se
trasladó a la Argentina como primer violinista de la orquesta que
actuó en el Teatro Colón. En esa oportunidad conoció al Dr. Fernando
Pampin, quien lo invitó a radicarse en Corrientes designándolo
Inspector de Música de las escuelas provinciales. Como docente
cumplió funciones en distintos establecimientos de la ciudad: la
Academia de Bellas Artes e Idiomas ‘Josefina Contte‘, la Escuela
Normal de Maestros ‘José M. Estrada‘, la Escuela Normal de Maestras
‘Juan G. Pujol‘y la Escuela Sarmiento; además de brindar clases
particulares.

Como músico ofreció numerosos conciertos en el Teatro Oficial Juan


de Vera, en los clubes Social y el Progreso, en el cine teatro La Perla y
en la inauguración de la Mansión de Invierno de Empedrado. También
en distintas localidades del interior de nuestra provincia, en la
provincia de Santa Fe y en Capital Federal. Fue autor de innumerables
composiciones musicales, destacándose entre ellas el “Himno a
Corrientes”, con letra del teniente primero Gabriel Monserrat. El
mismo se estrenó el 25 de mayo de 1910, en el Teatro Oficial Juan de

fluidez e inspiración. Su estructura armónica es correcta y hay espontaneidad en su


melodía de corte solemne y marcial. La tesitura es más apropiada para alumnos del
Curso Normal en las Escuelas de Maestras. Con mucho agrado han de ser
entonados sin duda alguna en las Escuelas de la Nación. Por las consideraciones
que anteceden, opino que pueden ser aprobados los Himnos a Belgrano y a
Gúemes. Inspección 26 de diciembre de 1918. fdo. José Rosendo Bavio.

Buenos Aires 28 de diciembre de 1928, vuelva a la Inspección General de


Enseñanza para que se sirva tener en cuenta las presentes obras al efectuar la
selección de los cantos escolares, conforme a la resolución de fecha 8 de octubre,
comunicada por circular Nº 36 de este Ministerio. Fdo. Salinas.

Hay un sello del Ministerio de Instrucción Pública.”


192
Vera, en velada conmemorativa al centenario de la Revolución de
Mayo. Falleció el 13 de mayo de1929 en la ciudad de Corrientes44.

La música de la partitura que constituye nuestro objeto de estudio y


que se titula “Himno a Güemes”, de 1918, se inicia con una
introducción en tempo Maestoso, pasando a Piú Mosso y Agitato.
Cuando comienza el canto la partitura indica Marziale, es decir el
ritmo de Marcha. Y todo revela que hay coincidencia en la adaptación
(Cfr. Anexos III), ya que el canto comienza con la estrofa: “¡Escuchad!
Hondo grito de guerra”…, tal como se canta hoy el mencionado
himno en la versión cuya música se atribuye al maestro Baldassari
(Cfr. Anexos II).

Según se consigna en la contratapa de la misma partitura, el


compositor de la música de este himno, Enea Verardini, es autor de
muchísimas obras de gran trascendencia en la misma época (Valses
con letras en francés, canciones en inglés, Two -Step, One Step,
Tangos, Fox Trot, y otras Marchas, como “Viva la Patria” con letra de
Rafael Obligado, “Himno a Alem”, “Himno a Corrientes”, con letra de
Gabriel Monserrat45, “Himno a Belgrano”, “Himno a la Virgen de Itatí”,
con letra de Guido y Spano, etc.

También la revista Güemes consigna que Verardini compuso, junto a


Monserrat, el Himno a Mitre, cuya letra reproduce íntegramente en el

44
La biografía de Enea Verardini ha sido consultada en el Diario El Litoral de
Corrientes, Miércoles, del Martes, 02 de Enero de 2007.
45
Cfr. Reunión LXXXVI, 9ª Sesión Ordinaria del 1º de julio de 2003, de la Honorable
Cámara de Diputados Provincia de Corrientes, Sistema de Ordenes del Día de la
Prosecretaria. A hs. 17: 00: Asuntos Entrados, Comunicaciones Particulares, para
conocimiento: 2.- Expte. 1553: Sr. Alberto Romero remite documentación respecto
al “Himno de Corrientes”, compuesto por Don Enea Verardini y Tte. 1º Gabriel
Monserrat, estrenado el 9 de julio de 1916 en el Teatro Juan de Vera.2rme
solicitadopo
193
número dedicado al “Centenario del nacimiento de Mitre”, (Revista
Güemes, Nº 58, junio de 1921, pp 728-730).

La presencia de Monserrat en la Revista Güemes es frecuente desde


los primeros años de su creación, publicando poemas dedicados al
jefe gaucho. Conocedor de la historia argentina y de la gesta
güemesiana no nos ha de sorprender que el rasgo fundamental del
este Himno inspirado en el poema de Monserrat hace constante
alusión al protagonismo de los gauchos en la guerra independentista.
Esto queda demostrado en la totalidad del poema, que contiene
estrofas como la siguiente:

De fragosas alturas sus armas


Bronco atruenan de día y de noche,
La osadía del gaucho en derroche
Dio gran fama a su altivo adalid;
Protegidos por sus guardamontes
Hábilmente en las frondas se escurren,
Y, a los llanos sagaces concurren,
¡A lancear a los hijos del Cid!46

Recordemos que durante las luchas de la emancipación, los gauchos


se integraron a una estrategia militar dirigida por el General Güemes
y organizada sobre la base de la guerra de guerrillas. Esta estructura
se sostenía con el esfuerzo de cualquier poblador en condiciones de
tomar las armas -pastores, arrieros, labradores, artesanos-,
conformando un ejército que se componía mayoritariamente de
criollos y mestizos pero que también incorporó a negros esclavos.

46
Cfr. Anexos I. Estrofa VIII.
194
La táctica militar inaugurada por Güemes significó la puesta en
escena del tipo gaucho o criollo como protagonista de las guerras
independentistas. Esto se reproduce en el resto de América del Sur,
donde estas luchas generan movilidad social. Así, las guerras de la
emancipación tienden a producir un grado de acercamiento entre los
criollos y las clases populares, en tanto la elite dirigente se ve
obligada a valorar la valentía, el lenguaje popular y las formas
culturales del pueblo. En esta etapa, la categoría de "gaucho"
adquiere otro status social y los miembros de esta clase son
compensados por su tarea heroica. Dentro de la escala de beneficios
acordados por Güemes para los gauchos soldados, se encontraba el
"fuero gaucho", que consistía en el privilegio de no pagar los
arriendos de aquellas tierras abandonadas por dueños contrarios a los
ideales revolucionarios (Cfr. Pérez de Arévalo, 1979).

Por otro lado, la idea del proyecto continental también está presente
en el poema de Monserrat, y ponemos como ejemplo una estrofa
clave:

En la última vez que invadieron


Hiere a Güemes el plomo… y la vida
Al rendir por la Patria querida,
Entra a Lima triunfal San Martín.
Y Bolívar que vence hasta Quito
De Colombia en la armas al frente,
Tremolando su emblema luciente
Va al encuentro del gran paladín.47

47
Cfr. Anexos I. Estrofa XIII.

195
De este modo, la lucha independentista y en especial la gran gesta
güemesiana, que fuera leída durante años como una defensa de
intereses locales, se transforma en una empresa de escala
continental, en el que la que la América del Sur adquiere su propia
identidad frente al otro continente “europeo”

El soldado que triunfa en Europa


Que de lauros orló su oriflama,
Poco a poco perdió su alta fama
Que gozaba de gran guerreador.
De radiante diadema cegado:
“Vencedor el coloso del mundo”48
Al medirse ante gaucho iracundo
Agraviado se siente en su honor.49

Esta simbología encaja con el ideario del momento en el que se


escribe este poema (que se propuso como letra del Himno) y también
con la visión profética y amplia de los generadores de una
Independencia a nivel macro. Recordemos los proyectos
continentales de San Martín y Bolívar. Para Güemes, estratega del
plan sanmartiniano, el ideal patriótico estaba concebido como un plan
geo-político integral. Este diseño se articulaba a un proceso que
convocaba a los distintos sectores sociales con el fin de realizar el
proyecto de una libertad común para los países sudamericanos.

Nos hemos aproximado a la gesta güemesiana a través del análisis de


la letra de un Himno misteriosamente olvidado. Este poema surge
casi un siglo después de la muerte de Güemes, cuando ya los

48
En este contexto, la metáfora “coloso del mundo” de Monserrat se refiere,
indudablemente, a Napoleón Bonaparte.
49
Cfr. Anexos I. Estrofa IX.
196
proyectos de una sudamérica libre han perdido fuerza y se han
constituido las modernas naciones.

Hacia principios del siglo XX, cuando Güemes todavía era un ser
olvidado por sus comprovincianos y repudiado por la historia oficial,
será Benita Campos quien contribuya fundamentalmente al rescate
de su figura. En un contexto de sucesivas conquistas femeninas en el
campo de la escritura, la tarea de esta mujer marca un verdadero hito
en la historia del periodismo femenino. Así, la revista Güemes50,
fundada y dirigida por Benita Campos fue merecedora de importantes
elogios, no solamente por parte de intelectuales del país, sino de
numerosos escritores latinoamericanos que colaboran en la
publicación quincenal, con notas históricas, sociales y literarias. Esto
muestra que la proyección de la revista también es continental (Cfr.
Poderti, 2005).

De este modo, la directora puso en marcha los dispositivos


ideológicos que permitirán la construcción de la imagen del guerrero
como arquetipo del héroe gaucho capaz de encarnar un principio de
identidad regional que supere las fronteras de las naciones
recientemente trazadas. Es justo mencionar que también distintos
estudios pioneros (Juan Martín Leguizamón, Bernardo Frías) fueron los
que contribuyeron a reforzar la imagen de estratega militar y hábil
político, facetas que se demuestran en el despliegue de la táctica
güemesiana integrada al plan emancipador de San Martín, cuyo
objetivo primordial era unificar a la América Hispana desde Lima
hacia el Sur.

50
La colección de la revista fue relevada en el Archivo Histórico de Salta y objeto de
numerosos estudios por la autora de este trabajo.

197
Es importante resaltar cómo las formas artísticas han contribuido a la
estructuración de las identidades regionales y nacionalidades, como
algunos poemas, canciones y, sobre todo, los himnos. Según Benedict
Anderson, los himnos y canciones patrias son conjuntos semánticos
que pueden mutar en el tiempo, re-simbolizando la idea de nación
que se desea que los ciudadanos imaginen (Cfr. Anderson, 1993: 200-
217).

Este estudio plantea un desafío para estudios más profundos sobre


esta canción importante y además, para realizar una restitución
histórica al verdadero autor de la música del Himno a Güemes. Si bien
en 1909 la Revista dirigida por Benita Campos premia la versión con
música de Rafael Baldassari, en el número 58 del año 1921 la misma
revista publica el Poema “Guerra de los Gauchos”, Himno a Güemes,
con música de Enea Verardini. Y además se hace constar que este
Himno ha sido “adoptado” por el Ministerio de Instrucción Pública,
como canto obligatorio en las escuelas normales del país.51

Todas estas reflexiones invitan a una re-escritura de la historia desde


la perspectiva socio-cultural con intervención de la transdisciplina…
Así, la música, la literatura, las revistas culturales, las imágenes
pictóricas y las tradiciones significan documentos válidos que
implican un desafío constante en la tarea de la construcción de la
historiografía…

51
En este voluminoso número del año 1921, realizado en homenaje a los cien años
de la muerte del héroe Gaucho, se incluye una imagen del famoso cuadro que
representa la muerte de Güemes, pintado por Alice, junto a un artículo que
peticiona la construcción de un monumento al Inca Manco Capac.
198
199
Bibliografía

ANDERSON, Benedict, 1993, Comunidades imaginadas. Reflexiones


sobre el origen y difusión del nacionalismo, México: Fondo de Cultura
Económica.

CAMPOS, Benita (Directora), 1907-1924, Güemes, Revista Literaria y


Social, Salta.

FRÍAS, Bernardo, 1971-1973, Historia del General Martín Güemes y de


la Provincia de Salta, o sea de la Independencia Argentina, Buenos
Aires: Depalma.

PODERTI, Alicia, 1999, “Martín Miguel de Güemes y el combate de


las pasiones”, en el libro Historias de Caudillos Argentinos, Buenos
Aires: Alfaguara, Taurus, Aguilar, Altea. Tomo coordinado por Jorge
Lafforgue con prólogo de Tulio Halperín Donghi. Quinta Edición
(Pocket) 2002, Buenos Aires: Suma de Letras Argentinas, colección
Punto de Lectura.

----------------------, 2001, “Martín Miguel de Güemes. Fisonomías


históricas y ficcionales”, ponencia del UNDÉCIMO CONGRESO
NACIONAL Y REGIONAL DE HISTORIA ARGENTINA, organizado por la
Academia Nacional de la Historia, Córdoba, 20 al 22 de septiembre de
2001.

---------------------, 2005, De Güemes a Perón. Revistas culturales y


periodismo en Argentina, Buenos Aires: Editorial Nueva Generación.

200
Anexos

201
Himno a Güemes
versión de
Gabriel Monserrat y Enea Verardini (1918).

Inspirado en el poema “La guerra de los gauchos”, dedicado por


Gabriel Monserrat a la distinguida escritora salteña Sta. Benita
Campos.

I
Por Caminos del Sur de Bolivia
Marcha ardiente la hispánica tropa
Que ha vencido a famosas de Europa,
Se ve el sol en sus armas brillar,
Inflamada de grande arrogancia
A los aires tremola pendones
Y el tropel con belígeros sones
Hace el suelo doquier retemblar.

II
¡Ellos son! … ¿No los veis como avanzan?
Que será de la Patria querida
Ante empuje de tropa aguerrida
Que ha ceñido su lauro inmortal
¿Qué ha de ser de ese pueblo de Salta
Sin hazañas, sin brillo y sin armas,
Doblará la cerviz entre alarmas
A su paso glorioso y triunfal?

III
¡Escuchad!... Hondo grito de guerra
Hiende el aire vibrando cual trueno;
202
Desde Salta a Yaví en su seno
Que hace al gaucho patriota indignar:
Y cual recio huracán que se agita
Estruendoso en carrera gigante,
Así, corre aquel pueblo arrogante,
De opresores la patria a librar.

IV
¿A las armas! Atruena en los valles,
Y se ven agruparse guerreros
Reluciendo en sus diestras aceros;
¡Qué de Güemes acoge el clamor!
Y estirando sus potros el cuello
De ancha crin que el violento aire azota,
Se repliega entusiasta el patriota
Acosando al soberbio invasor.

V
¡A las armas! El ínclito Güemes
Como Alcides los bravos incita,
Su corcel desfogado se agita,
¡Ha encendido la lid por doquier!
Y no queda retazo de tierra
Sin que el chuzo del gaucho que hostiga,
No lo encharque de sangre enemiga
Que enrojezca humeando al correr.

VI
Humahuaca, Jujuy, San Pedrito,

203
Chicoana, El Rosario y Tilcara,
Abra Pampa y en donde estampara
Con soberbia su planta el audaz;
Le circunda esa gaucha mesnada,
Semejando en acecho una tromba
Que al caer de improviso cual bomba
Cien trofeos levanta fugaz.

VII
De fragosas alturas sus armas
Bronco atruenan de día y de noche,
La osadía del gaucho en derroche
Dio gran fama a su altivo adalid;
Protegidos por sus guardamontes
Hábilmente en las frondas se escurren,
Y, a los llanos sagaces concurren,
¡A lancear a los hijos del Cid!

VIII
¡Fue la lucha feroz!... Tiradores
Guarecidos en selvas agrestes,
Denodados batían las huestes,
Sus columnas haciendo ralear.
Por doquiera El Centauro Gloriosos
Enseñó a La Serna el Presunto,
Que ese gaucho era un vivo trasunto
Del patriota argentino al lidiar.
IX
El soldado que triunfa en Europa
Que de lauros orló su oriflama,

204
Poco a poco perdió su alta fama
Que gozaba de gran guerreador.
De radiante diadema cegado:
“Vencedor el coloso del mundo”
Al medirse ante gaucho iracundo
Agraviado se siente en su honor.

X
Y su hueste diezmada en su avance,
Se detiene impotente y deshecha;
Su arrogancia quedaba maltrecha
No pudiendo a ese pueblo humillar.
¿Dónde están su braveza y pericia
Y el laurel cuyas sienes enjoya,
Si fue Salta, novísima Troya,
Y les vio el San Bernardo cejar?

XI
Sí; mirad, cual retorna burlado
Tanto heroico soldado de España
Perseguido entre selva o maraña,
Por doquiera dejado en tendal:
Su bagaje, sus muertos y equipos,
Sus cureñas, y débiles brutos
Que al morir de cansancio o de enjutos,
Les desgarra el sangriento puñal.
XII
Con su lazo trenzado en la liza
Nuestro criollo a una voz de la raza,
En su audacia, realistas enlaza,

205
Y doblar se les ve la cerviz…
Y la Historia de bellos ojazos
Al saber que el león ya se humilla
Apacible escribió de rodilla
Ricas fojas de un áureo matiz.

XIII
En la última vez que invadieron
Hiere a Güemes el plomo… y la vida
Al rendir por la Patria querida,
Entra a Lima triunfal San Martín.
Y Bolívar que vence hasta Quito
De Colombia en la armas al frente,
Tremolando su emblema luciente
Va al encuentro del gran paladín.

XIV
Los señores del cetro no vieron
Que el Supremo a los hombres le plugo
Quebrantaran de oprobio su yugo,
En honor de la sacra igualdad:
Que perdiera la causa patriota
Imponiendo el poder fuera mengua,
Y oprimir era en vano la lengua
Cuando el pecho grabó: ¡LIBERTAD!
XV
Vieron solo, asombrados los reyes,
Cuando el Sol descendiendo los Andes
Coronaba con su oro a los grandes,
Al volar una airosa vestal:

206
Que agitando su enseña celeste,
A ese Sol le arrancó un áureo rayo
Y escribió: ¡Gloria al pueblo de Mayo!
En la frente del cielo triunfal.

CORO
¡Gloria Eterna a los gauchos famosos
Que al triunfar en la lid sin cuartel,
Coronaron la Patria orgullosos
De radiante y sublime laurel!

SALTA
(Soliloquio)

XVI
Es mi túnica blanca y celeste,
Verde lauro mi frente corona,
Ya mi alma tan solo ambiciona
Hollar sendas de paz y de amor.
A través de los níveos encajes
Este pecho entusiástico late
Y mi brazo en las gestas combate,
En mi afán de progreso y Labor.

XVII
Yo soy Salta, la invicta amazona,
Que en la hazaña viril de Febrero,
En la historia esculpí con mi acero
Una foja de espléndida luz;
Con mi brida impetuosa al realista

207
Humillé su cerviz en el llano
Y rindióse al virtuoso Belgrano
En el campo inmortal de la Cruz.

XVIII
Yo soy Salta la Esparta del Norte,
Gran baluarte yo fui en lejanías,
Se vio allí estrellar tiranías
Cual en rocas las olas del mar
¡Mis augustas hermanas ondearon
En los Andes la sacra bandera
Bajo el Sol que en su altura hechicera
Fue su imagen, de amor a estampar!...

XIX
Mientras siembran ruidosas victorias
En su lidia gigante y homérica
Por salvar de su yugo a la América,
Me lancé con mi brioso corcel…
¡Fulgurando mi acero, al realista
Le trazó en la frontera una marca…
San Martín va al Perú… desembarca,
Y la Gloria me ciñe un laurel!
XX
Yo soy madre de insignes patriotas,
De un varón que Belgrano retempla,
Y entusiasta la Patria contempla
A mi Güemes, ideal paladín.
Que aún más grande y feliz que Leonidas,
Clamoroso la bóveda atruena;

208
Y alcanzando la raya… sofrena
Su pegaso que agita la crín.

XXI
Yo soy Salta la egregia heroína,
Que cual sol resplandece en la historia;
Embrazando el escudo de gloria
Y esgrimiendo la espada triunfal.
¡Soy la altiva y gallarda provincia,
La de insigne y soberbio pasado,
La que otrora a la Patria ha ofrendado
Fojas de oro en su lidia inmortal!

TRIUNFAL

En mi sien que véis erguir,


Me envanezco yo al ceñir
Este fúlgido laurel
De mi Güemes, el campeón
Que otro tiempo en su corcel
Recibió de galardón
De la augusta Libertad
Por su grande heroicidad;
Mientras suelta en su bridón
La mesnada brava y fiel
En magnífico tropel
Vitoreaba a la deidad…
Es mi orgullo este joyel,
Simboliza mi lealtad;
Es mi premio de virtud,

209
Un recuerdo de otra edad,
¡A mis héroes gratitud,
prez, y excelsa majestad!

Material complementario:

1: Copia facsimilar de la partitura original del Himno a Güemes, letra de Gabriel


Monserrat y música de Enea Verardini (1918).
2. Interpretación de la partitura original, música del compositor Enea Verardini
(1918), que coincide con la versión abreviada que hoy se canta (Estrofa III y Coro).

210
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