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LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA TRANSEXUAL ARGENTINA Y

SU GOBIERNO DESALMADO.

Allá por 1956, poco después de la caída de Pérez Jiménez en Venezuela y de


Perón en Argentina, cuando el signo de Acuario entibiaba las normalmente
frías y húmedas praderas del sector noroeste de las pampas, cerca de una
laguna que rompe con su espejo de agua la cruel monotonía de los trigales
del sur de la Provincia de Santa Fe y norte de Buenos Aires, se alzaba una
taberna. Parada obligada de quienes buscaban un alto en la jornada hacia o
desde la localidad de Rojas, centro cerealero de la zona, el humilde
establecimiento estaba atendido por un matrimonio.

Les había nacido una criaturita quien, junto con la nota vital de las gaviotas,
garzas y patos convocados por la laguna, con sus gracias y lindezas
constituía el tema de natural ternura para los circunstanciales viajantes de
comercio, quienes al cancelar lo consumido elogiaban las empanadas y los
felicitaban por la nenita.

Pero a los padres de Alberto mucho les molestaba la confusión en que


incurrían sus aburridos clientes, pero por mera ceguera o por una
lamentable negación de la evidencia, no admitían las características físicas
y psíquicas de su heredero. Ellos habían traído al mundo a un varón: así lo
atestiguaba la correspondiente partida de nacimiento…”¡Qué embromar!”.

Alberto completó la escuela primaria en su pueblito de nacimiento, donde


por ser un personaje conocido pasó tan desapercibido como la localidad,
que ni siquiera figura en los mapas. Así que cuando debió comenzar la
secundaria debió trasladarse hasta la vecina ciudad de Venado Tuerto.
Vecina, pero no tanto, por lo que pronto se volvió ilógico el cotidiano
traslado y Alberto fue internado en un establecimiento católico con el
propósito de completar sus estudios medios. Pero la pubertad avanzaba
gloriosamente y a su paso se hacía más evidente las características que
separaban a Alberto de sus compañeritos. Me permito imaginar, que debido
a la algarabía que semejante diferencia motivaba, tanto en Alberto como en
sus pares, las autoridades del establecimiento decidieron tomar cartas en el
asunto y, justo es reconocerlo, lo hicieron con un claro enfoque cientificista:
Alberto fue derivado a una junta médica y a una consulta con una psicóloga.
Aunque no me consta el fallo de la ciencia, fácilmente lo podemos imaginar,
pues “los hermanitos de la caridad” le pidieron que abandonara
buenamente la institución, evitando así el amargo trance de una expulsión
que enlodaría su impecable trayectoria estudiantil.

Interrumpido de tal manera el lógico y normal curso de su formación, volvió


al bodegón de los viejos. En tanto “pueblo chico, infierno grande”, el
caserío, a falta de mejor entretenimiento, lo convirtió en el culebrón
favorito, elaborando diversas versiones libres del drama homónimo: “¡s´un
mostro! ”. Y, lo más triste, pobres brutos al fin de cuentas, también sus
padres se sumaron al macabro festín.
A los dieciséis años, sin haber terminado la secundaria, rechazado por los
curas del colegio, execrado por las ociosas viejas chupa-cirios del villorrio,
repudiado por sus padres, perdido en la inmensidad de la pampa, sólo le
quedaba, parafraseando a la canción:

“Andá, tirate al río / en la parte más profunda.


Y después, cuando te hundas, /si querés , podés cantar!”
Pero no. La autoestima de Alberto le sugirió que quedaba la alternativa de
“pensar en grande”. Y, dadas las circunstancias, pensar en grande era
sobrevivir. Esperar a mañana. Ya se verá. Este juego se llama “el que se
muere pierde”, también denominado “no te voy a dar el gusto”.

Sin conocer a nadie y con muy pocos recursos arrancó para Buenos Aires.
Vendía lotería por la calle y (muy importante) asumió su identidad
femenina: Comenzó a maquillarse y se dejó el cabello largo. Con el correr
del tiempo conoció a un travestido que le ofreció compartir un espectáculo.
Fue un inicio. Al poco tiempo cantaba, bailaba, hacía monólogos y diálogos
en escena. A pesar de carecer de formación actoral, pero no de talento, a
fuerza de voluntad y coraje, se convirtió en toda una profesional. Y como tal
consiguió su carnet sindical que lo habilitaba legalmente en el plano laboral,
permitiéndole realizar diversas giras por el interior de Argentina y Uruguay.

Todo iba realmente bien, inclusive en lo económico, hasta que, en marzo de


1976, precisamente la noche del día que los militares derrocaron al
gobierno constitucional, iniciando el autodenominado Proceso de
Reconstrucción Nacional con el beneplácito y la hipócrita bendición de la
“santa” iglesia católica argentina (que fue la última, la tristemente célebre
“Dictadura”) fue detenida con su compañera de actuación a la salida del
cabaret donde se presentaban y cruelmente golpeadas por la policía de la
Provincia de Santiago del Estero.

Cuando el comisario a cargo consideró debidamente cumplido el manoseo


pateó a nuestras dos amigas a la vecina Provincia de Córdoba donde,
merced a la benéfica brisa de las sierras y el sedante influjo del té de
peperina, asumieron el incidente y decidieron continuar su gira. Pero
cuando estaban en Villa Carlos Paz se reiteraron las amenazas. Llegados a
este punto de la crónica de los hechos acontecidos vale la pena aclarar que
las chicas eran totalmente ajenas a cualquier quehacer de corte político que
pudiere motivar las iras de “los salvadores de la patria”. O las de las fuerzas
del orden por tratarse de bochincheras escandalosas. O de las “reservas
morales“ por comercio sexual o tráfico de estupefacientes. Resultaba
evidente que sus lícitos medios de subsistencia provenían de su actuación
en locales de esparcimiento nocturno, donde ponían la nota salerosa de un
erotismo “diferente”.

Como quien se ha quemado con leche, cuando ve una vaca, llora, Alberto,
muy bien aconsejado por los puntapiés recibidos en Santiago del Estero,
consideró prudente tomar distancia de estos locos con carnet y hacer sus
maletas con destino a la hermana República Oriental del Uruguay. Su
compañera, en cambio, sostenía que si uno es inocente no tiene por qué
huir, que quien no lo debe no la teme, que la Argentina es el mejor país del
mundo y que vale la pena correr cualquier riesgo con tal de quedarse en la
tierra que a uno lo vio nacer y otras estupideces por el estilo.

Así que Alberto, fiel a su temprana vocación de continuar respirando, pegó


un largo salto sobre el Río de la Plata y aterrizó en la capital de la vecina
orilla, donde retomó su actuación durante más de un año. Por los periódicos
montevideanos se enteró de la desaparición de diecisiete travesties en
pocos meses.

-“Una de ellas fue mi mejor amiga, detenida al salir de trabajar del cabaret
cordobés “Luzbel”. Nunca volvió a vérsela.” Con dolor y con profundo
respeto, pero también con mordaz ironía, me permito agregar: Que la
inocencia le valga!

Alberto realizó una corta visita a Buenos Aires, con objeto de tramitar su
pasaporte. Durante aquellos días caminábamos rapidito, pegados a la pared
y uno recordaba aquellos consejos de las viejas: No hay que hablar con
desconocidos en la calle; acostarse tempranito es bueno para el cutis (y
alarga la vida, sobre todo!).

Como el miedo no es zonzo, tan pronto como pudo se fue a España, sin
recomendación alguna y con sólo cien dólares en la faltriquera. Su único
material promocional era su carpeta de recortes y sus fotos: de inmediato
fue contratada.

En 1982 cruzó a Casablanca y aunque Humphey Bogart ya había cerrado el


Rick´s American Bar, aprovechó para someterse a la anhelada y temida
intervención quirúrgica que la liberó de injustificados apéndices genitales.
Semanas después llegaba a París, donde fue contratada por el célebre
cabaret Alcázar. Lo que es decir otro triunfo profesional (y apenitas saliendo
del quirófano). Aunque en mi modesta opinión, es el que sigue, un triunfo
mucho mayor: gestiona y obtiene de la Oficina Francesa de Protección de
Refugiados y Apátridas, dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores,
de acuerdo con la Convención de Ginebra, el status de REFUGIADO POR
PERSECUSIÓN SEXUAL, constituyéndose en la primera persona a quien se
otorga esa figura en el mundo entero.

Con la llegada de la democracia, las elecciones consagran a la Unión Cívica


Radical, encabezada por Raúl “mojarra” Alfonsín, para asumir la más alta
magistratura de la Argentina. Llega diciembre de 1985 y por una vez, al fin,
nos decretamos un “Feliz Año Nuevo”. Pero por ello mismo, el fin de todos
los permisos para los refugiados argentinos. Con el objeto de permanecer
en territorio galo contrae matrimonio al año siguiente, lo que significó
condición de residente por diez años, con permiso para trabajar, pero NO la
nacionalidad. En el ´88 se divorció para volverse a casar con otro francés a
mediados del ´89. En ese momento Brigitte Carla Gambini obtiene el
equivalente a la partida de nacimiento como mujer y documentación de
residente con igual condición de género, pero NO tiene derecho a pasaporte
francés, por lo que, cuando de atravesar fronteras se trata, debe recurrir al
pasaporte argentino, que está extendido a nombre de Alberto Carlos
Gambini. Como las leyes argentinas de entonces pertenecían al Quinto
Mundo, el cambio de género legal ni se consideraba y, con graciosa
displicencia, sólo se concede aceptar la foto carnet actualizada “por cambio
de fisonomía”, pero siempre a nombre de Alberto Carlos… lo cual genera los
menudos desparramos que son fáciles de imaginar cuando el burococo de
turno en cualquier taquilla de inmigración se enfrenta con esta señora
llamada Alberto Carlos Gambini.