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Francisco Delich (1982)

DESPUES DEL DILUVIO, LA CLASE OBRERA

La clase obrera argentina tiene raíces de distinta longitud, algunas se prolongan hasta fines del siglo
pasado, se reúnen en torno a las primeras tentativas de industrialización pero sobre todo a una razonable
expansión urbana-artesanal. Sus formas organizativas e ideológicas se corresponden con la época y su
encuentro con las corrientes socialistas y anarquistas predominantes en el periodo. La crisis recesiva de
1929 altera en la Argentina tanto la estrategia económica como el sistema político, la economía
agroexportadora se sacude violentamente y aparece el Estado-gestor y la sustitución de importaciones de
bienes industriales de consumo, la sociedad argentina vería por esos años el ocaso de las oligarquías
regionales y nacionales (mayormente éstas últimas) pero no aparecía la burguesía capaz de reemplazarla
históricamente. En este marco de una economía y sistema políticos desarticulados por la crisis externa,
con una sociedad vacía en su cúpula pero no errática en materia de dominación, la diseminación de
fábricas en Buenos Aires atraería la migración interna y movilizaría a las masas populares. Allí y así
empezó la historia del movimiento obrero argentino. En esta perspectiva de largo plazo se conforma la
memoria de una clase, que gravita luego decisivamente en la acción coyuntural. Explorar el
comportamiento de los sindicatos argentinos entre 1943/46 cuando tuvo fuerte difusión el laborismo en la
clase obrera no se puede comprender sin referirse a la década de los treinta, las opciones ideológicas
posteriores y la mayoritaria adhesión al peronismo también remiten a esa década. En los años cuarenta se
producía el recambio cualitativo de artesanos por peones industriales sin calificación, (antes había sido
cuantitativo), simultáneamente se activa la relación de poder entre los sindicatos: metalúrgicos y
electricistas desplazan a obreros de la carne y textiles. Con el ISI se va transformando el Estado y aparece
una nueva fracción de clase: la burguesía industrial junto con la aparición de una nueva fracción: la clase
obrera, así se recompone el Estado y la sociedad.
A comienzos de los cuarenta la memoria de la clase obrera estaba marcada por la desocupación de los
treinta y por la pugna ideológica entre socialistas, comunistas y anarquistas y por la represión del Estado,
sólo así se comprende el fuerte nacionalismo de las ideologías de reemplazo y la fácil aceptación de la
penetración del Estado en su organización obrera. Como era una clase en formación tal como la burguesía
industrial, si consolidación como actor social atraviesa una fase de fuerte apropiación corporativa. Esa
clase obrera no es nueva ya se dijo que su origen era artesanal. La sustitución de importaciones antes de
ser consagrada como modelo fue una actitud reactiva de las burguesías agrarias y comerciales ligadas a la
exportación e importación para protegerse de la recesión internacional regulando la producción interna y
controlando su comercialización. La industrialización por sustitución de importaciones se transforma en
pocos años en un proyecto social que cuenta con actores sociales novedosos y calificados: la burguesía
industrial y la clase obrera industrial que encarnan la modernidad, la innovación y transformación del
nuevo orden. La segunda guerra para un país que se declara neutral no puede sino reportar beneficios
materiales y crear las condiciones para la industrialización. Pero también la guerra impulsa la necesidad de
fortalecimiento del Estado, las Fuerzas Armada se apartan cada vez más de la sociedad pero gravitan
verticalmente en su conformación y a medida que el tiempo transcurren se identifican con el Estado más
que con una sociedad que no comprenden en parte porque esa sociedad le sugiere nuevos roles que
aceptan y rechazan ambiguamente. El Estado paternal-empresario cobija entre 1930 y 1950 el surgimiento
de clase antagónicas y asociadas a la vez: la burguesía industrial y la clase obrera que asociadas podían
poner límites al Estado que los protegía. La burguesía industrial por distintas razones era relativamente
raquítica en términos de capital y poder, la clase obrera crecía fuertemente en número y luego se haría
combativa, ambas se inclinaron por la tendencia de reivindicación corporativa para disputar posiciones
monopólicas o oligopólicas en el mercado. En el sector agrario la asimetría entre los terratenientes y
asalariados es muy clara, la clase dominante pudo articular el conjunto de la sociedad rural mientras la
burguesía industrial no pudo articular la sociedad urbana y menos disputar el poder político. Esta debilidad
condiciona profundamente la conducta obrera y sindical.
El horizonte histórico incluye otros personajes, algunos difuminados en la categoría de enemigos
(oligarquía, trasnacionales, imperialismo) otros se autoneutralizan con los sectores medios urbanos, otros
como la burguesía terrateniente ingresan al escenario muy circunstancialmente. Un Estado más fuerte y
centralista, una sociedad cada vez más débil un conjunto de organizaciones corporativas, conforman un

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panorama sombrío pero acaso sea la consecuencia inevitable de una política de industrialización por
sustitución de importaciones.
El golpe militar del 24 de marzo de 1976 llegó con casi dos años de atraso pues cualquier conocedor de la
vida política argentina lo habría pronosticado a la muerte de Perón en julio de 1974 ya que la fragilidad de
las instituciones políticas recuperadas en 1973 era tal que dependía de la vida de un hombre y de la
relación con la historia nacional, la sociedad urbana estaba también convulsionada por la guerrilla y por la
movilización proletaria, unida al desencanto de la clase media porteña, el repliegue de la burguesía
industrial y la crisis económica que suele seguir a esta clase de contextos sociopoliticos, en cambio la
sociedad agraria soportaba pasivamente el bullicio urbano porque casi no alcanzó al sector rural que con
su articulación y alto grado de integración le permitió desafiar las tormentas urbanas. Unificadas en y por
la lucha contra la guerrilla las fuerzas armadas la derrotan militarmente después de haberlas derrotado
políticamente. A fines de 1977 y comienzos de 1978 la segunda fase comienza a desplegarse, la lógica
política reemplaza a la lógica de la guerra, pero se desenvolvía en una sociedad silenciosa. El poder militar
clausuró el espacio de las organizaciones corporativas, las centrales empresarias y obreras fueron disueltas
y después de mucho tiempo y condicionamientos se le autorizará su actividad, pero cualquier política
requiere de un interlocutor. El nivel favorito para definir el Proceso de Reorganización Nacional fue la
estrategia económica, muchos vieron a la burguesía rural como beneficiaria del nuevo proyecto, la ilusión
duró solo un año , luego el sector fue golpeado por la política arancelaria , Finalmente la vedette fue el
sector financiero como sujeto histórico del nuevo modelo de acumulación , la quiebra de este sector en
1980 demostraría que tampoco era el protagonista privilegiado, esa especulación financiera desenfrenada
de la Argentina de 1979/80 no puede confundirse con la apertura del capital financiero.
La cúspide de la sociedad argentina cambiaba y los propietarios de capital diversificaban sus inversiones
mientras simultáneamente se concentraba la riqueza. También en los sectores populares se producen
transformaciones, ese proyecto con una estrategia económica llamada por Samuelson “fascismo de
mercado”no constituye necesariamente un modelo pero sí un marco que oprime y condiciona la conducta
obrero-sindical que debió ajustarse a las nuevas condiciones.
Los sindicatos argentinos alcanzaron entre 1973-76 el máximo poder corporativo que hayan jamás
registrado, en el periodo posterior 1976-1980 tuvieron en cambio el mínimo poder imaginable sumado a
una fuerte división institucional y a una crisis de liderazgo que surtió sus consecuencias y efectos sobre la
clase obrera en el corto y mediano plazo. El ámbito privilegiado de acción del obrero-productor es la
fábrica, allí hay una sociabilidad y solidaridad grupal cuyo referente básico es la acción sindical la cual no
se puede comprender si no se considera el contexto económico y las políticas estatales de empleo y
salarios. La política del gobierno militar fue proteger el empleo evitando la desocupación pero también
disminuyendo el salario real, al cubrir las necesidades de empleo se estaba evitando la protesta social al
menos mientras dure la fase militar del enfrentamiento con la guerrilla. La Ley de prescindibilidad
permitió el despido de 200000 agentes del sector público, los cuales a pesar de ser numerosos no se
reflejaron en la presión por la creación de empleo. El desplazamiento de mano de obra de países limítrofes
operó simultáneamente, dado los bajos salarios hubo un efecto desaliento y la acentuación de un
fenómeno estructural: la paulatina transformación de obreros en trabajadores por cuenta propia, la
economía argentina pasa a desenvolverse en un marco de bajos salarios y sin abundancia de trabajo, el
salario solo se recuperó parcialmente en 1980 aunque la pérdida del control obrero sobre los salarios por
la supresión de convenios colectivos y diferenciación en la escala salarial los afectó sumamente y con ello
se crean las condiciones de ruptura de la solidaridad obrera. La movilización sindical según lo señala el
Ministro Martínez de Hoz se produce por una oferta de empleo abundante pero con bajos salarios, sin
embargo esta movilización sindical no llega a producirse porque no hay instrumentos sindicales idóneos y
espacio político permisivo. Intervenidos los sindicatos y clausurado el espacio democrático la acción
sindical se debate entre reformar sus bases, restricciones políticas y reivindicación corporativa, pero más
decisivo es comprobar los cambios de estructura que se marcan en la composición de la clase obrera a
partir del mercado de trabajo.
La acción sindical fue sometida a represión de los militares, dirigentes muertos, presos, desaparecidos,
exiliados, las cifras tienen contornos siniestros y horrorosos con ejecuciones en las fábricas, y violencias
físicas y psicológicas tendientes a aterrorizar a los obreros, también se prohibieron las asambleas y
reuniones, para conseguir empleo había que pasar primero una investigación de los servicios de
inteligencia del Estado, si los obreros habían sido activistas no tenían acceso al trabajo y aún si lo
conseguían por haber pasado este examen la estabilidad era precaria, ya no dependía de la eficiencia y
calificación sino de la adaptación ideológica.

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También se modificó el contexto de la clase obrera que además de actor económico era actor social, la
clase obrera no se disuelve , al menos se confunde en el espacio urbano subalterno, los barrios obreros
conforman un espacio que ya no les es prioritario, allí viven proletarios, pequeños comerciantes y clase
media dependiente, este espacio intermedio entre la fábrica y la ciudadanía es en el que comparten la vida
ciudadana y organizan reivindicaciones pero ya no corporativas, también se transforma su acción global.
La liberalización del precio de los alquileres produce desalojos, se encarece el crédito público ya que el
privada casi fue de imposible acceso para la clase obrera lo mismo que la vivienda. En cuanto a la
educación esta se vuelve cada vez más restrictiva e inaccesible por el encarecimiento de sus costos, la
deserción a nivel primario y secundario es grande y en la universidad también se bloquea la enseñanza.
La intervención de las obras sociales sindicales implicó también un desmejoramiento en la cantidad y
calidad de los servicios, el sector público era incapaz de satisfacer las necesidades de salud de los sectores
populares.
Los derechos de los ciudadanos también se vieron afectados por la supresión del derecho al voto
libremente emitido y por el desconocimiento de los derechos civiles y políticos en su conjunto el
ciudadano fue obligado a retirarse a una sociedad silenciada., de ese modo el Estado se expandía y
clausuraba reivindicaciones políticas y corporativas, reemplazándose la burocracia sindical por la
burocracia estatal en desmedro de los servicios prestados. Durante casi medio siglo el Estado fijó los
límites de los sindicatos, a partir de los años cuarenta se altera la relación Estado-sindicatos, a partir de la
segunda guerra mundial el sindicato deja de ser considerado un elemento de la sociedad civil para ser, si
se exagera, una parte del Estado. Con la Ley de Asociaciones Gremiales (Nov/1979) el estado despliega
una nueva estrategia: fuerte despolitización del movimiento obrero, mayor subordinación al Estado,
amplio control sobre las bases obreras y desestabilización de los cuadros dirigentes reduciendo el poder
económico y financiero de los sindicatos. La nueva legislación sindical en su relación Estado-sindicatos
tiene la característica de que éstos se comunican con las fuerzas armadas en un mismo proyecto político
bajo un sistema de alianzas y subordinaciones, ello explica las divisiones sindicales que se produjeron
durante esos años, el diálogo sindicatos – Estado nunca fue interrumpido durante esos años.
Clausurado después del golpe militar el espacio sindical del modo ya descripto, el espacio internacional
cobró importancia y las acciones que allí se desarrollan tuvieron repercusiones relevantes.
Automarginados el movimiento obrero argentino y sus sindicatos buscan en las organizaciones
internacionales consolidar la hegemonía ideológica y política del peronismo, insertándose naturalmente en
el movimiento obrero internacional, aún el peronismo no tenía ni la tiene aún ahora, una especificidad
ideológica y operativa que le permitiera su cómoda ubicación internacional. Inmediatamente después de la
intervención de los sindicatos las centrales sindicales internacionales se hicieron presentes presionando
sobre el gobierno en favor de los detenidos gremiales y de la normalización sindical, fortaleciendo la
actuación de los sindicatos locales. En todo caso si el movimiento sindical pudo expresar su oposición y
contar con la solidaridad internacional ello demuestra la baja repercusión nacional de la acción sindical
con sus límites estrechos.

Entre 1976-1980 se suceden no pocos conflictos fabriles, pero solo el paro de abril/79 tuvo un éxito
relativo dada la situación de intervención de los gremios más importantes y de la propia CGT no se logra
movilizar a la mayoría de los trabajadores. Se dice con frecuencia en nuestro país que el 26 de marzo de
1976 clausuró u ciclo histórico para enfatizar que una crisis social no se disuelve pero encuentra una
expresión distinta cuando un modelo económico parece agotarse y algunas constantes políticas pueden
alterarse. De todos los finales y comienzos hemos rescatado algunos en función de su significación para el
movimiento obrero: el destino corrido por el modelo de sustitución de importaciones que signo la
economía argentina durante medio siglo; la muerte del Gral. Perón y la redefinición doctrinaria del
peronismo desde 1945; la privatización del Estado en un proceso de centralización y acumulación de
poder en el sector financiero y el recorte del espacio de la sociedad civil harto reducida a su más mínima
expresión; un Estado omnipotente como garante del orden social, y un sistema económico de fascismo de
mercado.
En esas condiciones para el movimiento obrero un ciclo ha concluido, se trata de establecer cual será el
próximo el que comenzará en el umbral de los ochenta, pero el inevitable proceso de democratización que
la Argentina exigirá permitirá al menos un control y en ese contexto democrático las demandas sindicales
tendrán un eco favorable. El conjunto de la clase obrera agredido por la política salarial puede
compensarse con una transformación de su acción sindical al volver al convenio colectivo para fijar
salarios, pero no hubo en esos años renovación ideológica en el movimiento sindical y las razones son

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variadas: la disputa por la hegemonía en el interior del peronismo, el debate político-ideológico, los años
de silencio, todo prepara las condiciones para la mutación pero solo el debate libre posibilitará una
transformación de los discursos, fue escasa también la renovación del liderazgo sindical. Después del
diluvio, no habrá ni nueva clase obrera, ni nuevos sindicatos. Habrá un nuevo contrato y nuevas formas de
acción, pero esos años perdurarán en la memoria de los argentinos.

[Francisco Delich, “Después del diluvio, la clase obrera”, en Alain Rouquié (compilador), Argentina,
hoy, 1982, Siglo XXI, pp. 129-150.]