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FRANCISCO BOLOGNESI, LA JURA A LA BANDERA Y LOS TORSIONARIOS DE

TODOS LOS TIEMPOS

¡SÍ, JURO!

Dentro de unos cuantos días, todos los peruanos, henchidos de emoción, preñados de
entusiasmo, con ojos llorosos, con el patriotismo hasta el tope, veremos el solemne jura-
mento que nuestros dignos soldados hacen a la Patria, cada 7 de junio, conmemorando
la gloriosa actitud de Francisco Bolognesi y 1600 peruanos que en el Morro de Arica se
enfrentaron a más de 7000 chilenos comandados por Pedro Lagos, quien les había dado
la brutal consigna de: “!Hoy día, no hay prisioneros!”. La Plaza Francisco Bolognesi de
Lima, las otras plazas del mismo nombre en toda la República y las efigies y los retratos
de los héroes de Arica en oficinas públicas de todo pelaje serán exhibidos y rodeados
con sables, rifles solos, rifles con bayonetas, cantimploras solas, con aguardiente o con
agua, mochilas de combate, vacías o con pertrechos de guerra, colgados de la correa de
impecables uniformes llevados por soldados veteranos e imberbes pero bien acicalados,
quienes, en un momento dado, ¡el instante más importante de la ceremonia!, pondrán
sus armas en señal de saludo, sosteniendo la culata con la mano izquierda mientras la
derecha, a la altura del codo, mantendrá a la palma en sentido horizontal y unida al rifle,
entre el gatillo y el cañón, o harán el saludo militar sin el arma poniendo sus cinco dedos
de la mano, bien juntitos, sobre la sien derecha, acariciando el hilo dorado del borde
inferior del quepí con el dedo índice, o saludarán militarmente adoptando cualquier otro
gesto de reverencia y que indique que ¡todos ellos! están honrando a la bandera. Uno de
los militares, el Jefe de Plaza, casi cantando y con voz que retumbará en el silencio de la
multitud dirá los versos del Juramento a la Bandera. A continuación, habrá un silencio
sepulcral mientras los soldados cuentan mentalmente unos diez segundos clavados hasta
que de sus gargantas, al unísono, salga el vibrante grito de: ¡¡Sí, juro!!

LA COSTUMBRE DE EXHIBIR LA FUERZA ARMADA

Desde que aparecieron los ejércitos en el mundo, el juramento de fidelidad a los símbo-
los de la patria siempre ha sido acompañado por el boato, la algazara, el crepitar de los
sables y el boom boom de los rifles y cañones. Los históricos imperios, del Viejo y del
Nuevo Mundo, fueron los que montaron las mayores manifestaciones de poderío militar,
con apoteósicos desfiles. Las mesnadas, las legiones, las tropas y los ejércitos, en ese or-
den en el tiempo, compitieron en número, disciplina y orden para ganarse la admiración
del pueblo. Tales demostraciones de fuerza militar, generalmente, se efectuaban al partir
las tropas a una contienda bélica o al retornar ellas, victoriosas, del campo de batalla. En
el intervalo, era una obligación patriótica lucirse ante los civiles en las conmemoracio-
nes o aniversarios de las gestas más heroicas.

¿QUÉ ÉXITOS MILITARES PODRÍA CONMEMORAR EL PERÚ?

El Perú ha tenido muy poca suerte en su historia republicana. Al igual que en otras ac-
tividades de su existencia nacional, la mayor parte de sus contiendas bélicas han sido
victorias pírricas o les faltó contundencia en el tramo final. Algunos ejemplos de los pri-
meros años de la República bastan para corroborar lo dicho. En 1820, en Pisco la tropa
libertaria se dividió en dos, una, comandada por el general Álvarez de Arenales, se diri-
gió por tierra hacía la sierra para buscar a los realistas y enfrentarlos. Otra, comandada
por el mismo general José de San Martín se dirigió por mar rumbo al norte, desembarcó
en Ancón y luego pasó más al norte, a Huacho, donde estableció su cuartel general.
Álvarez de Arenales había logrado hacer un circuito victorioso, porque sus tropas se ha-
bían impuesto a las del realista O´Reilly en Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820.
Luego, bajó a la costa y se encontró con San Martín. A los pocos días, el destacamento
de Álvarez de Arenales salió de Huacho, otra vez, rumbo a la sierra. Su propósito era
“barrer con el enemigo”. Cuando estaba a punto de diezmar al ejército realista de Carra-
talá, que había sido debilitado por los montoneros, recibió una orden de San Martín para
que suspenda todo hostigamiento porque iba a entrar en negociaciones con el comisio-
nado regio, capitán de fragata Manuel Abreu, venido especialmente de España.

Al año siguiente, antes que San Martín ingresara a Lima, las tropas realistas del general
José Canterac salieron de la ciudad - capital, huyendo. El ejército patriota dirigido por el
general Álvarez de Arenales salió en su persecución, pero otra orden de San Martín para
que desista de hacerlo, impidió una victoria bélica de los patriotas.

Entre los años 1828 y 1829, en el enfrentamiento militar entre el Perú y la Gran Co-
lombia sucedieron cosas muy curiosas. Bolívar y Antonio José de Sucre, los antiguos
libertadores venidos del norte y ahora gobernantes de la Gran Colombia, pasaron a ser
enemigos del Perú, en la parte definitiva del destino del puerto de Guayaquil. José de La
Mar, que había pasado de caudillo a presidente del Perú, mandó una escuadra al mando
del vicealmirante Guisse, quien había reemplazado a Lord Cochrane. Guisse, tras hábi-
les maniobras marítimas, llegó a tomar Guayaquil. La Mar dirigió una expedición por
tierra y tomó Loja. Estos dos hechos le hicieron decir al militar ecuatoriano Obando que:
“El poderoso Perú marcha triunfante sobre este ejército de miserables”. Otra hubiera
sido la suerte de Guayaquil si la marina y el ejército de entonces hubieran actuado con
mayor audacia y consolidaban sus líneas, imponiendo condiciones. Pero dichos “mise-
rables” no fueron sometidos a tiempo. Al contrario, se dilató el punto final y se perdió
el tren de la historia. Mientras tanto, las tropas de la Gran Colombia comandadas por
el general Antonio José de Sucre llegaron a Ecuador. La Mar no tuvo otro remedio que
empezar las negociaciones con el general Sucre, quien supo hacerlas durar mientras se
iba armando y acantonando con toda tranquilidad los nuevos refuerzos que llegaban
de Venezuela. Entre tanto, la moral de los peruanos se iba desgastando, principalmente
por la actitud veleidosa de Agustín Gamarra. Después de varios meses, el 13 de febrero
de 1829, los colombianos tomaron sorpresivamente Saraguro. Los peruanos, dirigidos
por Plaza, se retiraron a Portete de Tarqui. Allí, se produjo el enfrentamiento definitivo.
Gamarra no auxilió a Plaza. Se retiró. La Mar sí lo hizo y se produjo una feroz batalla el
29 de febrero de 1829, con el doloroso saldo de dos mil peruanos muertos y la adhesión
definitiva de Guayaquil a Ecuador, integrante de la Gran Colombia.

REMEDO HISTÓRICO Y PERFECCIONAMIENTO EN LA INEFICACIA

Los otros episodios de la vida republicana han sido remedo de los primeros años de la
República en el campo militar. Es que la historia se hace con la contribución de todos
los hombres en todos los tiempos y, por consiguiente, las generaciones posteriores van
arrastrando la tradición, los usos y costumbres y la cultura de sus antepasados, muchas
veces para continuar usándolos y otras veces para enmendarlos. Los pueblos progresis-
tas están en el segundo caso. Países, como el Perú, no salen de su modorra y muy pocas
cosas varían a lo largo del tiempo. En el campo militar, muy poco sacamos como ense-
ñanza de los primeros episodios bélicos de la República. Caímos en los mismos o pare-
cidos errores durante la Confederación Perú-boliviana, en las dos invasiones de Chile,
so pretexto de las expediciones restauradoras, en la Guerra del Pacífico, en la Guerra del
Cenepa y en el conflicto de la Cordillera del Cóndor.

LA CORRUPCIÓN, OTRO MAL ENDÉMICO

De manera subyacente o paralela a esa herencia, el Perú no supo sacudirse de la corrup-


ción colonial y la que, con más mañosería y trapacería, ha seguido siendo una lacra en
contra del desarrollo del país, y un elemento perturbador muy influyente en la imprevi-
sión, impericia e improvisación de nuestras tropas para afrontar los verdaderos conflic-
tos externos.

¿Cómo se pretendía afrontar con éxito la Guerra del Pacífico si la casta militar del Perú,
en gran parte del siglo XIX, estuvo dedicada a pelearse entre sí por el poder político?
Desde La Mar hasta Ramón Castilla, todos los caudillos eran expertos armando sus
propias tropas con la ambición de llegar a palacio de gobierno y desde allí premiarse y
premiar a sus adherentes.
¿Cómo se podría afrontar con éxito la Guerra del Pacífico si la oligarquía y la burguesía
estaban al servicio de los caudillos, hora empeñados en darles su apoyo económico para
después cobrar con creces su inversión a través de las concesiones de la venta del guano
de la isla y del salitre, principales negocios de aquellos tiempos?

¿Cómo se podría haber ganado la Guerra del Pacífico si el Perú estaba en una seria crisis
financiera por malos manejos en la administración gubernamental, que cayó mansamen-
te en las garras de los Grace y Dreyfus Hnos.?

LA CORRUPCIÓN PRE-GUERRA

Desde el año 1872, el presidente Balta y sus sucesores, siguiendo con esa “modorra
histórica”, no tuvieron otra alternativa que echarse a soñar en sus cómodos sillones de
palacio con el ferrocarril, “ya que estaba de moda en Europa”. Además, “ya se había
hecho en Chile”.

Para ello, contaron con la contribución extraordinaria de un “yanqui”, que luego se hizo
llamar: “yanqui peruano”, don Enrique Meiggs, en cuya persona, personalidad, conduc-
ta, obra y dinero, se expresa el Perú de los años anteriores de la Guerra del Pacífico.

¿Quién era don Enrique Meiggs? El 7 de julio de 1811 nació don Henry Meiggs en la
localidad de Catskill, Estado de Nueva York, en América del Norte. En el año 1832, a
los 21 años de edad, pasó a la misma ciudad de Nueva York y trabajó en el negocio de
la madera, muy rentable en ese tiempo debido al apogeo en las construcciones de casas
y muebles, así como de barcos de todo tipo en los astilleros de dicho puerto. En el año
1835 se trasladó a Williamsbug, donde se traza un proyecto personal muy ambicioso.
Sabedor de que en la zona de California se había detectado la “fiebre del oro”, prepara
un barco, lo llena de cuartones, tablones y tablas de madera y emprende viaje a San
Francisco, a donde llega en el mes de julio del año 1849. El buen olfato de Meiggs no
falló porque ni bien su buque atracó en el muelle de San Francisco logró vender todo su
cargamento y obtuvo una utilidad de cincuenta mil dólares. Con dicho dinero y con cré-
ditos bancarios y no bancarios que Meiggs comenzó a manejarlos con sabiduría, fundó
una compañía para la explotación de la madera. Compró un terreno en la parte norte de
la bahía de San Francisco donde construyó su propio muelle, adquirió barcos de todo
tipo, hizo construir un aserradero en Mendocino Country y comenzó a atender con éxito
las necesidades de los inmigrantes, todos ellos ansiosos de hacer fortuna con el “oro
de California”. Meiggs se asoció con muchos buscadores de metal tan precioso. En los
primeros años la bonanza le sonrió a Meiggs en todas sus actividades, pero, en el año
1854, la suerte empieza a tornarse adversa, el negocio decae porque muchos de sus im-
portantes clientes se convierten en morosos y, atosigado por las deudas, presionado por
sus acreedores, dijo lo mismo que Simón Bolívar cuando en Bogotá se sintió derrotado:
“Aquí lo único que queda por hacer, es emigrar”, y viajó apresuradamente fuera de San
Francisco. Chile, primero, y Perú, después, acogieron al huidizo.

EL “BOOM” DE LOS FERROCARRILES

En el año 1854, Meiggs huyó


rumbo a Chile, llegando en el
año 1595 a Talcahuano. En el
año 1559 construyó el Ferroca-
rril Quilota - Santiago de Chile
y el año 1963 se inauguró el Fe-
rrocarril Valparaíso – Santiago.

En el año 1865 es invitado por el


gobierno peruano para que ven-
ga a construir ferrocarriles. Los
primeros ferrocarriles los cons-
truyó en Arequipa (Islay – Are-
quipa; Mollendo – Arequipa) y La llegada del primer ferrocarril de Arequipa en el
no paró de hacer líneas férreas año de 1871.
hasta el año 1875, dejando una
red ferroviaria de más de dos mil kilómetros y al Ferrocarril Central del Perú como una
de las obras de ingeniería más impresionantes de su tiempo.

Pero, mientras el Ferrocarril del Centro tramontaba con sus vagones por la altura de Ti-
clio (4860 msnm), Meiggs y el Perú iban quedando exhaustos en Lima, faltos de energía
y plata. Se cumplía el dicho de Konrad Adenauer: “Todos vivimos bajo un mismo techo
pero no tenemos el mismo horizonte”. El techo del Perú y de Meiggs se volvió pobre,
mientras el ferrocarril rodaba rugiente entre Chilca y Huancayo.

RETRATO SOCIO ECONÓMICO DE ESOS TIEMPOS

El gran pensador y analista Manuel González Prada escribió un artículo denominado


“En el año 2200 – El Perú del siglo XIX” donde describe cómo era el ambiente socio
político y económico de la época. Eh aquí sus palabras: “En el Perú del siglo XIX, en
esa Cartago sin Aníbal, en esa monarquía mercenaria con ínfulas de república, reinaban
presidentes, gobernaban los Dreyfus y los Grace. Ahí no había más eco que el del oro,
ahí no había más idea que locupletar el vientre: la conciencia de todo político se ven-
día, la pluma de todo escritor se alquilaba. Los hombres inteligentes eran pícaros, los
honrados eran imbéciles. Ahí no podría citarse el nombre de un individuo que merezca
llamarse honrado, porque no se consideraba cosas indignas el asaltar la riqueza pública,
traicionar a sus convicciones ni traficar con la honra de sus propias familias. Hubo un tal
Meiggs, un negociante convertido en millonario gracias a los contratos leoninos con el
gobierno. Pues bien, las hermanas, esposas y las hijas iban a prostituírsele. ¿Qué era el
poder judicial? Almoneda pública, desde la corte suprema hasta el juzgado de paz. ¿Qué
los congresos? Agrupaciones de mala ley, formadas por los familiares, los amigos, los
paniagudos y los domésticos de los presidentes. ¿Qué las autoridades políticas, desde
el gobernador hasta el prefecto? Torsionarios que encarcelaban, flagelaban, violaban y
fusilaban. ¿Qué el pueblo?, una especie de animal doméstico y castrado…” (Manuel
González Prada, 1844-1928).

Los pícaros, imbéciles, paniagudos y torsionarios hicieron del Perú un frágil barqui-
chuelo donde cualquier astuto pirata podía poner los pies y pisotearlo todo. En la Guerra
del Pacífico, Chile logró ese propósito y apenas se salvó la honra por la valiente actitud
de miles de patriotas que se inmolaron en los campos de batalla.

EN ARICA, BOLOGNESI Y LOS SUYOS PASARON A LA INMORTALIDAD

Uno de los episodios más dramáticos se vivió en Arica, el 7 de junio de 1880. Aquí,
algunos testimonios.

El Jefe del Estado Mayor de la Plaza de Arica, el peruano Manuel C. de la Torre, da


testimonio de esa sublime entrega: “...Palmo a palmo y con empeñoso afán, fueron de-
fendidas nuestras posiciones hasta el ‘Morro’, donde nos encerró y redujo a unos pocos,
el dominante y nutrido fuego del enemigo por una hora. Eran las 8 y 59 de la mañana,
cuando todo estaba perdido; muertos casi todos los Jefes, prisioneros los que quedaban,
dos únicos, y arriada por la mano del vencedor nuestra bandera...”. El teniente coronel
del ejército peruano, el argentino Roque Sáenz Peña dice en su parte de combate: “... La
oficialidad y tropa del medio Batallón que logré subir [al Morro] estaba ya diezmada; los
tres Jefes subalternos no pudieron seguirme, y yo me hallaba herido desde el principio
del combate, de un balazo en el brazo derecho que me permitió sin embargo mantenerme
a caballo hasta los últimos momentos en que tuve que abandonarlo por serme ya imposi-
ble darle dirección; fue entonces que nos reunimos con Ud. (Manuel C. de la Torre). Los
señores coroneles don Francisco Bolognesi y don Guillermo Moore, cayendo a nuestro
lado estos dignos jefes atravesados por el plomo de una fuerte descarga...”.

El capitán de corbeta y segundo jefe de las baterías del Morro, Manuel Ignacio Espinoza
Camplodo manifiesta que: “...la tropa que tenía su rifle en estado de servicio, seguía ha-
ciendo fuego, hasta que los enemigos invadieron el recinto haciendo descargas sobre los
pocos que quedábamos allí; en esta situación llegaron a la batería, el señor Coronel D.
Francisco Bolognesi, Jefe de la Plaza, Coronel D. Alfonso Ugarte, Ud. (se refiere a Ma-
nuel C. de la Torre, a quien está elevado el parte), el teniente Coronel D. Roque Sáenz
Peña, que venía herido, el Sargento Mayor D. Armando Blondel y otros que no recuerdo;
y como era inútil toda resistencia, ordenó el señor Comandante General que se suspen-
dieran los fuegos, lo que no pudiendo conseguirse a viva voz, el señor Coronel Ugarte
fue personalmente a ordenarlo a los que disparaban situados al otro lado del cuartel, en
donde dicho jefe fue muerto (...) A la vez que tenían lugar estos acontecimientos, las
tropas enemigas disparaban sus armas sobre nosotros, y encontrándonos reunidos los se-
ñores Coronel Bolognesi, Capitán de Navío Moore, Teniente Coronel Sáenz Peña, Ud.,
el que suscribe y algunos oficiales de esta batería, vinieron aquellos sobre nosotros y, a
pesar de haberse suspendido los fuegos por nuestra parte, nos hicieron descargas de los
que resultaron muertos el señor Coronel Comandante General de la Plaza D. Francisco
Bolognesi y el señor Capitán de Navío D. Juan G. Moore, habiendo salvado los demás
por la presencia de oficiales que nos hicieron prisioneros...” .

Para Vargas Hurtado, historiador ariqueño, Bolognesi murió así: “En momentos que el
enemigo descendía de Cerro Gordo en dirección al Morro, Bolognesi se hallaba en me-
dio de la meseta de éste, dirigiendo la acción, acompañado de La Torre, Ugarte, More,
Sáenz Peña y sus Ayudantes de campo. Su valor y arrojo infunden bríos a los pocos sol-
dados que le quedaban, los cuales redoblan sus descargas sobre el chileno, que avanza
en medio de granizadas de plomo. Fue en este instante cuando el defensor de la Plaza,
revólver en mano, cae dominado por traidora bala (...) Cuando los asaltantes llegaron
al sitio donde yacía el Héroe, estaba aun con vida, anegado en sangre; pero sin reparar
en su alta investidura ni en su condición de herido, le destrozaron el cráneo a culatazos.
¡ASESINOS!”.

Sobre el final de Bolognesi, en “La Epopeya del Morro de Arica” se dice: “...Aquí, en
un último esfuerzo de resistencia al asalto con armas blancas y fuegos de fusilería mu-
rieron gran parte de los defensores; entre ellos, el coronel Bolognesi que cayó abatido
por una descarga, sin que ello le impidiera incorporarse para disparar el último cartucho,
momentos en que un culatazo en el cráneo terminó con su vida...”-
LAS ANGUSTIANTES HORAS PREVIAS

¿Qué impotencia habrían sentido los combatientes peruanos en el Morro de Arica en


la víspera de su inmolación? Nadie se puede imaginar dichos momentos. Pensar que la
esposas o novias repletaban sus mentes pero no estaban para consolarlos; imaginar que
a los hijos les tenían en los cinco sentidos pero realmente no los podían oler, besar, to-
car, oír y solo se conmovían secándose las lágrimas de sus ojos; soñaban que el tibio sol
acariciaba sus mejillas en el rincón más hermoso de sus vidas pero no había tal rincón,
menos: sol; suponían que mañana podrían estar retornando al seno de sus patrias chicas
por el Ferrocarril Arica – Tacna, pero se sobresaltaban al recordar que Tacna estaba per-
dida y Arica podría ser su tumba; pero la angustia siempre es turbada por la esperanza y,
por lo tanto, una lucecita iluminaba sus mentes al pensar que podría llegar un refuerzo,
la tropa comandada por Saldívar, desde Arequipa.

Si él llegaba la suerte hubiera sido distinta y eso lo reconoce una carta de un jefe chileno:
“Las fortificaciones de Arica eran magníficas, pero para que fuesen enteramente inex-
pugnables necesitaban ser defendidas por una fuerza que no bajase de 5 a 6000 hombres.
Este es el motivo porque las hemos tomado en pocas horas, cuando bien defendidas
habrían resistido el ataque de 12 á 15 000 hombres. Los enemigos se han batido muy
bien, como que sabían que la cosa valía la pena, pues no se daba cuartel en el combate”
(publicado en el “Ferrocarril de Santiago”).

CARTA DE ALFONSO UGARTE A FERMÍN VERNAL

Alfonso Ugarte describe la calamitosa situación pero tiene la esperanza de recibir re-
fuerzos venidos desde Arequipa. Eh aquí un extracto de su carta a Fermín Vernal, su
amigo.

“... No hay detalles ni tenemos noticias seguras de los nuestros más de lo que te comu-
nico. Aquí en Arica estamos solamente dos divisiones de nacionales, defendiendo este
punto, y aún cuando somos tan pocos, no podemos hacer lo de Iquique, abandonar el
puerto y entregarlo, porque este es un puerto artillado y tiene elementos y posiciones de
defensa. Tenemos pues, que cumplir con el deber del honor defendiendo esta plaza hasta
que nos la arranquen a la fuerza. Ese es nuestro deber y así lo exige el honor nacional.
Estamos pues esperando ser atacados por mar y tierra. Dios sabe lo que resultará, así que
te puedes imaginar mi triste situación. Sin embargo es preciso resistir hasta el último y te
puedo asegurar, también, que con las posiciones que ocupamos en el morro, los cañones
de grueso calibre y las minas que tenemos preparadas, les costará muchas vidas a los
chilenos reducirnos y quitarnos esta plaza. Estamos resueltos a resistir con toda la segu-
ridad de ser vencidos, pero es preciso cumplir con el honor y el deber. Quizás la suerte
nos favorezca y lleguen con tiempo los refuerzos que esperamos de Arequipa...”.
CARTA DE RAMÓN ZAVALA A UN AMIGO

Ramón Zavala expresa en carta a un amigo el indomable espíritu de los peruanos en


Arica, lleno de valentía y patriotismo.

“... De todos modos tengo la seguridad de que si no triunfamos, que si los chilenos no
reciben su castigo aquí, que si no hacemos de Arica un segundo Tarapacá, la defensa
será de tal naturaleza, que nadie en el país desdeñará en reconocer en nosotros sus
compatriotas, y que los neutrales no dejaran de reconocernos como los defensores de
la honra e integridad de nuestra patria. Arica, no se rinde, ni las banderas se despliegan
para abandonar la plaza; por el contrario, resistirá tenaz y vigorosamente, y cuando la
naturaleza cede, obedeciendo a leyes físicas, los invasores pondrán su planta en un suelo
que está cubierto de cadáveres y regado por sangre peruana. Sus defensores prefieren
la muerte a la deshonra; la gloria a una vida que les hubiera sido insoportable, sino hu-
bieran aprovechado del último resto de ella para escarmentar al enemigo y levantar más
alto el pabellón nacional...”.

CARTA DE BOLOGNESI A SU ESPOSA

Es una misiva impregnada de valor, pero, al mismo tiempo, de preocupación por su es-
posa y de crítica a Mariano Prado, que había huido, y a Nicolás de Piérola, el Dictador,
que había sido un fracaso dirigiendo la guerra.

“... Esta será seguramente una de las últimas noticias que te lleguen de mí, porque cada
día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniqui-
lamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes.
Los días y las horas pasan y las oímos como golpes de campana trágica que se esparcen
sobre este peñasco de la ciudadela militar engrandecida por un puñado de patriotas
que tienen su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayo en el combate para no
defraudar al Perú. ¿Que será de ti amada esposa? Tú que me acompañaste con amor y
santidad. ¿Que será de nuestros hijos, que no podré ver ni sentir en el hogar común?
Dios va a decidir este drama en el que los políticos que fugaron y los que asaltaron el
poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado con su incapacidad la
sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no se crea que mi
deber tiene precio...”.

BOLOGNESI, “HIJO DE LA INDEPENDENCIA”

Bolognesi había nacido el 4 de noviembre de 1816, en Lima. Era hijo del músico italia-
no don Andrés Bolognesi y de la arequipeña doña Juana Cervantes. Fue bautizado en la
iglesia de San Sebastián, donde lo habían hecho también Santa Rosa y San Martín de
Porres.
Casi era “hijo de la independencia” y su familia había vibrado con los más hermosos
pasajes de ella y también había sufrido con los embates de los realistas y las primeras
frustraciones de la República. No es, pues, difícil entender el ambiente patriótico en que
se crió Francisco Bolognesi; tampoco el impacto que tal sentimiento tuvo en su tierno
corazón. Había nacido, pues, en plena lucha por la libertad americana, cuya proclama lo
llevará como norte en su vida civil y militar.

TRABAJÓ DESDE MUY CORTA EDAD

Durante ocho años se desempeño como contador de una empresa arequipeña e hizo lar-
gos viajes a Puno y Cusco. En el año 1832, cuando apenas tenía 16 años, lo contrataron
para que trabaje en la sección de contabilidad de una importante casa comercial, cuyos
dueños vieron en él mucha capacidad y notable honradez.

SE DEDICÓ A LA ACTIVIDAD COMERCIAL

Ese cargo lo ejercía junto a otra actividad comercial de suma importancia para el susten-
to familiar, la de realizar viajes hacía el oriente, a las selvas de Puno (Carabaya) y Cusco
(valle de La Convención), a fin de comprar coca y cascarilla para trasladarlos a Arequipa
y venderlos. Eran tiempos en que por esa ruta el viaje era penoso y, por tal motivo, sólo
lo hacían jóvenes que tenían espíritu de aventura y afán de riqueza. Se trasladaban por
abruptos caminos de herradura, en viajes que duraban varias semanas. Esas caravanas no
tenían ningún temor de pasar las inhóspitas yungas, las frías punas ni las más calurosas
omaguas. En el trayecto eran alentados por los lugareños quienes les brindaban alimen-
tos y hospedaje a precios irrisorios, amén de los consejos y los contactos necesarios.

¿PARA QUÉ SERVÍAN LA COCA Y LA CASCARILLA?

La coca, que conseguían en las regiones de Selva Alta, las trasladaban a Arequipa y ven-
dían a las casas comerciales o a los ricos hacendados, quienes daban dicho estimulante
a sus operarios o peones como parte de pago de sus jornales o como contraprestación
de sus servicios. Por poner a su alcance la “hoja sagrada de los Incas”, el comerciante
que los llevaba desde lugares tan lejanos era recompensado con la venta asegurada.
La cascarilla es también arbusto tropical, muy útil, porque de ella se extrae la quinina,
sustancia medicina que en esa época se utilizaba para combatir el paludismo, endemia
arraigada en todas las yungas o quebradas interandinas del Perú.

“LA EXCEPCIÓN QUE CONFIRMA LA REGLA”

La contabilidad y el comercio los cumplió Francisco Bolognesi hasta el año 1840, cuan-
do frisaba los 24 años de edad. En esos tiempos, de caudillismos y revoluciones, era
común observar en los ejércitos estatales y particulares, que de estos muchos los había,
a gente muy joven, tradición que habían heredado desde los tiempos de los precursores
y próceres. La carrera militar era la más popular e interesante entre la juventud de en-
tonces. Francisco Bolognesi, que había roto dicha tradición, porque había comenzado
primero como contador y comerciante, fue una de esas excepciones que confirman la
regla y recién se asimila al ejército peruano en 1853, a los 37 años de edad.

BOLOGNESI ERA CASTILLISTA

Entre los años 1854 y 1855, en las luchas partidarias entre los caudillos por el poder
político, Francisco Bolognesi se inclinó por la señera figura de don Ramón Castilla,
cuando este caudillo se enfrentó a Rufino Echenique, por entonces supremo mandatario
del Perú. Se inició la revolución de Castilla en Arequipa afines del año 1854 y el gran
mariscal se dirigió a Lima. Sus tropas y el de Echenique se enfrentaron en la batalla de
Las Palmas, el 5 de enero de 1855, siendo derrotado Echenique y Castilla asumió el go-
bierno como presidente provisional, iniciando su segundo período gubernamental. Era
uno de los tantos golpes de Estado que se sucedían en el Perú desde su creación como
República. Bolognesi supo desde aquellos días cómo eran los vaivenes del poder.

EXPERIMENTÓ UN ACTO MILITAR GENEROSO

En 1858, Bolognesi fue ascendido a la clase de coronel del ejército peruano. En 1860,
cuando las tropas de Ramón Castilla llegaron por tierra y mar a Ecuador y Castilla in-
gresó a Guayaquil, con el objeto de dar una lección histórica al gobierno ecuatoriano que
tenía pretensiones de anexar la parte norte del Perú a su país, Bolognesi se encontraba
en dicha expedición victoriosa. Fue, pues, actor de días de gloria con las que se cubrió
el ejército peruano, principalmente porque Castilla puso las cosas claras con el hermano
país del norte y se despidió de sus ocasionales rivales sin ningún rencor, sin haberles co-
brado el cupo de la victoria y, al contrario, después de haberles colmado de regalos a los
militares ecuatorianos, dejándoles inclusive uniformes de campaña. Bolognesi aprendió
de la generosidad de su comandante y presidente del Perú.

ARMAMENTO QUE SIRVIÓ PARA DEFENDER A LA PATRIA

Luego de esa contienda, Francisco Bolognesi fue enviado a Europa para que adquiera
armamentos para las fuerzas armadas del Perú; con el encargo especial de comprar ca-
ñones para la marina y la fortificación del Callao. Esa adquisición hecha por Bolognesi
fue de suma utilidad y sirvió para defender con éxito la integridad del Perú y de América
en 1866, cuando una armada española pretendió reconquistar el Perú y atacó el Callao,
Combate del Dos de Mayo, saliendo totalmente derrotada. Lo más loable en la adqui-
sición de armamentos que hizo Bolognesi en Europa fue el hecho que nuestro insigne
patriota pagó con su propio dinero el costo de 7 piezas de artillería y que según el notario
y administrador de la Tesorería Principal de Lima, don Juan Ignacio Elguera, ascendía
a la suma de 1 436,00 libras esterlinas y que el Estado peruano había reconocido y que
debería pagarle con un interés del 6% anual.

MODERNIZÓ EL ARMA DE ARTILLERÍA E INTERVINO EN LA GUERRA

En 1868, por sus indiscutibles méritos, Bolognesi fue nombrado Comandante General
de Artillería, cargo desde el cual hizo todos los esfuerzos para modernizar dicha arma
del ejército peruano. En abril de 1879, al declararse la Guerra del Pacífico, Bolognesi
es nombrado Jefe de la Tercera División del Sur y marcha con sus tropas a defender el
frente Tacna-Arica, zona que fue considerada por los chilenos como terreno estratégico
y en donde se definió en realidad la campaña terrestre. Los más decisivos encuentros se
realizaron, en efecto en esa franja territorial, y Bolognesi cumplió papel destacado en
las batallas de San Francisco y Tarapacá, habiendo sido los chilenos derrotados en esta
última.

UNA DEUDA PÚBLICA QUE EL ESTADO NO HONRÓ

En el año 1870 el Estado peruano no había honrado todavía la deuda que tenía con
Bolognesi por la adquisición de los 7 cañones Blackelly y que nuestro héroe había com-
prado con su plata en Europa para la defensa del Callao en el año 1866. Bolognesi re-
clamó de manera indignada ante ese incumplimiento y escribe una carta al ministro de
Hacienda. En uno de sus párrafos dice que, incluso, “... ha encontrado abandonados en
el parque general de Aduanas 7 cañones Blackelly de su propiedad, rayados...”.

En 1873, Bolognesi decide nombrar a Aquiles Fonayre como su representante, quien,


en otra carta dirigida a las autoridades del Poder Ejecutivo y al ministerio de Hacienda,
hace notar que por el tiempo transcurrido y los intereses devengados la deuda ascendía
a 10 mil soles, queja que ya había sido elevada a los tribunales. Es decir, el Estado había
sido querellado.

Dos años antes de la Guerra del Pacífico, en 1877, Francisco Bolognesi escribió una
conmovedora carta, dirigida nuevamente al ministerio de Hacienda, donde le recuerda
que aún se le adeudaba 10 020 soles, de acuerdo con los cálculos de liquidación practi-
cados por la Dirección General de Contabilidad y Créditos de dicha cartera.

El 22 de febrero de 1877, Mauricio Félix Torres, representante del ministerio de Hacien-


da, reconoce que la deuda a Bolognesi ascendía en realidad a 13 674,03 soles.

Cuando dos años más tarde estalló la Guerra del Pacífico, Bolognesi tuvo otro noble
gesto: postergó su reclamo “para otra ocasión”.
UNA INCÓMODA POSICIÓN MILITAR

Pero, la superioridad chilena era manifiesta; cosa que se hizo más notoria cuando los
bolivianos se retiraron definitivamente de la guerra. Bolognesi sufrió en carne propia esa
disímil situación, lo que supo sobrellevar con decoro y heroísmo.
En efecto, Bolognesi, al replegarse el ejército peruano a Tacna, se quedó en Arica, al
frente de una guarnición de 2 000 soldados. En el puerto de Arica quedaba el emplaza-
miento original de este pequeño destacamento. Allí, en el Chinchorro, había una casona
que sirvió a Bolognesi como su cuartel general. A pocos metros se alzaba el Morro de
Arica, colina de laderas suaves hacia el continente y de altísimo y abrupto acantilado
hacia el mar.

LA HISTÓRICA RESPUESTA DE BOLOGNESI

Los chilenos tenían que pasar por dicho puerto para llegar a Tacna, que queda más al
norte y con quien le une un ferrocarril, por el que muy bien Bolognesi podría haber
ordenado la retirada de sus soldados. En la madrugada del 6 de junio se nota que más
de ocho mil hombres del ejército chileno se apuestan frente a Arica y hacen que sus ca-
ñones apunten hacia el cuartel general y al morro. El general chileno Baquedano envía
al mayor Salvo donde Bolognesi, pidiéndole rendición inmediata. El veterano coronel,
con las palabras que inspira solo los momentos de gloria, le replica diciendo: “Mayor,
dígale a su general, que no me rindo y que lucharé hasta quemar el último cartucho”.
Pero, cuando el mayor Salvo ya se retiraba, lo llama y le dice que espere, “... que en su
delante va a consultar con sus oficiales”. Era, sin duda, el sabio consejo de la experiencia
y de los sentimientos nobles. El viejo soldado se había dado cuenta que sería egoísta de
su parte hablar en nombre de todos, principalmente de todos...los jóvenes.

Bolognesi ordenó a su edecán que convoque a Consejo de Guerra. Todos sus oficiales
se apresuraron a acudir, deseosos estaban de saber el mensaje del chileno. Bolognesi,
con esa solemnidad que da la dicha de estar dando por la patria un sacrificio sublime,
les trasmite a sus oficiales la propuesta de Salvo y también la respuesta que había dado.
Cuando estaba por explicar el por qué de su decisión, casi al unísono y sin esperar que
termine la explicación, uno por uno, sus dignos oficiales se adhirieron a las palabras de
Bolognesi, ante la patética admiración y consternación del militar chileno.

Eso ocurría en la tarde del 6 de junio de 1880. Desde aquellas horas, se redoblan los
preparativos para defender el morro, símbolo de la patria y de la libertad. Bolognesi da
órdenes sin cesar. Se colocan las pocas baterías en lugares estratégicos; se mina el morro
para hacerla “volar si fuera necesario”; se distribuyen soldados, pertrechos y alimentos.
La vigilia se muestra eterna, interminable; en el mañana parece que no habrá luz.
LA BATALLA DEL MORRO DE ARICA

El 7 de junio de 1880, desde horas muy tempranas, empiezan a retumbar los cañones
chilenos. Los peruanos responden con furor pero los otros son demasiados. Los regi-
mientos de infantería y caballería chilenos anuncian su marcha con densas polvaredas.
Bolognesi, hecho un titán, arenga, estimula, amenaza. Está en todas partes, parece que
se multiplicara. Pero, las tropas enemigas no entran en mientes y siguen avanzando.
Los peruanos empiezan a replegarse y no funciona el sistema de explosión del morro.
A los pocos minutos ya se lucha cuerpo a cuerpo. Un peruano tiene que enfrentar a diez
chilenos y aquéllos se van haciendo cada menos, mientras éstos parecen ser cada vez:
muchos más.

Bolognesi se bate heroicamente. Sable en mano, defiende al Perú, su honra y la de sus


camaradas de armas. Cuando ya existen muy pocos peruanos en pie, los chilenos rodean
al grandioso soldado, lo acribillan a balazos, le hieren con bayonetas, y lo matan al Titán
del Morro. Alfonso Ugarte ve la escena, coge la bandera bicolor, espolea su caballo y,
antes de rendirla al enemigo, se tira por el barranco a las profundidades del morro. Arica
ha caído en manos de los chilenos, muy pronto lo hará el resto del Perú, pero la lección
de Bolognesi lo encumbrará ante la gloria y la inmortalidad.
ASALTO SANGRIENTO Y MÁS DE MIL MUERTOS

“En aquella epopeya –dice José Santillán Arruz- las bajas peruanas fueron grandes: más
de mil muertos. Los integrantes de los batallones Granaderos de Tacna y Cazadores de
Piérola, comprendiendo jefes, oficiales y tropa, murieron casi en su totalidad (Chile tuvo
114 muertos y 337 heridos). Fue una batalla heroica y que pudo ser ganada de no ser por
la falta de refuerzos, entre ellos los hombres del coronel Segundo Leiva, comandante del
segundo Ejército del Sur del Perú. De allí la famosa frase de Bolognesi en sus telegramas
a este oficial cuando le escribe “¡Apúrate, Leiva; todavía puede llegar!”.

En el Instituto de Estudios Históricos del Pacífico se conserva la página del diario perte-
neciente a un joven soldado. En ella, el conscripto refiere que, al tener su arma inservible,
sólo esperaba la muerte de su compañero para coger el rifle y seguir peleando. “Hay mu-
chos soldados en mi situación”, confesaba. La razón es que en Arica más del 70% de los
fusiles eran los rifles Chassepot, que tenían un percutor tipo aguja. Al cabo de un par de
horas de uso, el sistema se desgastaba y el arma quedaba inservible.

¿EL ESTADO PERUANO PAGÓ LA DEUDA DE 1866?

En 1884, a los 4 años de la heroica muerte de Bolognesi en el legendario Morro de Arica,


su hija, doña Margarita Bolgnesi de Cáceres, en una carta dirigida a los poderes públicos
recordó que el Estado tenía una deuda pendiente con su padre. El ministerio de Hacienda
hizo la liquidación correspondiente y reconoció que a la heredera del héroe de Arica debía
pagársele la suma de 20 239,07 soles. El Estado empezó a pagar a cuenta gotas y terminó
de hacerlo recién en el año 1905.

Lima, junio de 2009

Julio R. Villanueva Sotomayor