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“La controversia medieval sobre el triángulo semántico de Aristóteles”

Carolina J. Fernández (UBA / CONICET)

En las célebres primeras líneas del Perí hermeneias, Aristóteles dice: “... aquellas cosas que se
dan en la voz son símbolos de aquellas que son pasiones en el alma, y aquellas que se
escriben, lo son de las que se dan en la voz. Y así como las letras no son para todos las
mismas, así tampoco son las mismas las voces. En cambio, aquellas primeras cosas de las que
éstas son indicios, son para todos las mismas pasiones del alma, y aquellas de las que éstas
son similitudes, son también las mismas cosas. De esto, ciertamente, se habló en el tratado
sobre el alma, pues es de otro asunto” 1. El Perí hermeneias dio lugar a una voluminosa
tradición interpretativa y textual, desde la gran escolástica helénica de edad imperial hasta las
de época bizantina, oriental armenia, siríaca y árabe. Sin embargo, los latinos sólo conocieron
una porción: la elaborada por la tradición neoplatónica griega tardoantigua, transmitida por
Boecio2 a través de su traducción al latín de la obra de Aristóteles –la única que sobrevivió, a
diferencia de otra realizada por Mario Victorino– y sus dos comentarios a ella –los únicos que
se que conocerían en la Edad Media latina hasta 1268, cuando Guillermo de Moerbeke hizo
una nueva traducción del tratado aristotélico y tradujo también el comentario de Amonio, el
único otro comentario antiguo que se conserva completo–. Por cierto, incluso la transmisión
de esta tradición neoplatónica es parcial, ya que, precisamente gracias a menciones o
remisiones del propio Boecio, se tiene noticia de otros comentarios anteriores que no llegaron
a nosotros, como los de Ermino y Alejandro de Afrodisia (maestro y discípulo,
respectivamente, aristotélicos de mediados del siglo II), y los influyentes Porfirio y Siriano,
neoplatónicos3. Entre los escolásticos, la discusión sobre el llamado “triángulo semántico”,
establecido en este sugestivo pasaje inicial entre elementos del lenguaje (oral y escrito) 4,
1
Aristóteles, Perí hermeneias 16 a 3-9.
2
Liber Periermeneias Aristotelis A Boetio De Graeco in Latinvm Translatvs - Anicii Manlii Severini Boetii In
Librum Aristotelis Perí Hermeneias Commentarii, Prima et secunda editio, Meiser, Karl (ed.), Leipzig, 1877 y
1880. (En adelante = Boecio, In PH. También citaremos la numeración de la Patrología Latina = PL.). Id., In
Categorias Aristotelis libri quatuor, Patrologia Cursus Completus Series Latina LXIV, París, 1847.
3
Cf. Montanari, Elio, La Sezione Linguistica del Peri Hermeneias di Aristotele, Vol. I, Firenze, Licosa, 1984, pp.
11-24.
4
El sentido de la expresión aristotélica tá en té phoné, que en castellano suele verterse por “aquellas cosas que se
dan en la voz” (o simplemente “spoken sounds”, según Kretzmann, cf. infra) se ha discutido activamente desde
la antigüedad, como testimonia Boecio, In PH, sec. ed., I, c. 1, p. 32, lin. 29 - p. 33, lin. 24 (PL 0409A): “Ergo
Aristotelis haec sententia qua ait ea quae sunt in voce, nihil aliud designat nisi eam vocem, quae non solum vox
sit, sed quae cum vox sit, habeat tamen aliquam proprietatem et aliquam quodammodo figuram positae
significationis impressam, horum vero, id est verborum et nominum quae sunt in voce, aliquo modo sese
habente, ea sunt scilicet significativa quae scribuntur, ut hoc quod dictum est, quae scribuntur, de verbis ac
nominibus dictum, quae sunt in litteris, intelligatur. Potest vero haec quoque esse ratio cur dixerit, et ea quae
scribuntur, (...). Sed Porphyrius de utraque expositione judicavit dicens: Id quod ait, et quae scribuntur, non
potius ad litteras, sed ad verba et nomina quae posita sunt in litterarum inscriptione, referendum”. Como se ve,
1
pasiones del alma y cosas se convertiría en lo que Roger Bacon calificó, en 1267, como una
non modica contentio inter vires famosos5 y su cofrade Duns Escoto, en 1295, como una
magna altercatio6. En este trabajo reseñaremos tres cuestiones fundamentales debatidas por
los escolásticos sobretriel pasaje citado y las confrontaremos con algunas interpretaciones
contemporáneas relevantes7.
En primer lugar, Aristóteles caracteriza los elementos del lenguaje oral doblemente, como
“símbolos” (sýmbola) y como “indicios” (semêia) de las pasiones del alma, de lo cual no da
justificación, aunque la tradición, y él mismo en otras obras, diferenciaban ambos términos,
entendiendo al símbolo como un sustituto convencional de algo, recíproco o intercambiable
con ello, y al indicio, como un implicador o un revelador natural de algo no manifiesto,
parcial o totalmente8. Sin embargo, Boecio demuestra interpretar esos dos términos como
sinónimos en el contexto de este pasaje, tanto por su traducción de ambos con un mismo y
semánticamente neutro término latino (notae), como por sus dos minuciosos comentarios, en
los que interpreta la concepción aristotélica de la relación entre lenguaje oral y contenidos
mentales en términos estrictamente simbólicos, convencionales o “por imposición”, enfatiza
en la neta fractura entre los dos primeros términos del triángulo (cosas y pasiones del alma) y
el último (los elementos orales y escritos) y presenta los cuatro términos en su conjunto como
una explicación completa de la comunicación humana (ordo orandi)9. Una importante
corriente interpretativa contemporánea de Aristóteles, iniciada por Norman Kretzmann 10,
impugnó la interpretación de Boecio y sostuvo que, cuando Aristóteles se refería a los

según la interpretación porfiriano-boeciana, Aristóteles prefirió “aquello que se da en la voz” y “aquello que se
escribe” a “voces” y “letras” para dar a entender que se refería a los nombres y los verbos como sonidos
articulados y no meros ruidos asignificativos. Contemporáneamente, se ha impugnado esa interpretación
sosteniendo que esas expresiones aristotélicas señalan, antes, a las estructuras proposicionales compuestas por
nombres y verbos y sólo secundariamente a éstos como sus partes, cf. Sadun Bordoni, Gianluca, Linguaggio e
realtá in Aristotele, Bari, Laterza, 1994, cap. 3.
5
Roger Bacon, De signis, Fredborg, K. M. - Nielsen, L, - J. Pinborg (eds.), Traditio, XXXIV (1978), § 163.
6
Duns Escoto, Quaestiones super libro primo Peryarmeneias Aristotelis, q. 4, en Opera omnia, ed. Wadding,
vol. I, 1639, p. 190.
7
A modo de introducción general puede consultarse Meier-Oeser, Stephan, “Medieval Semiotics”, Stanford
Encyclopedy of Philosophy, URL = www.plato.stanford.edu/entries/semiotics-medieval.
8
Manetti, Giovanni, Le teorie del segno nell’Antichità classica, Milán, Bompiani, 1987, pp. 104-114.
9
Boecio, In PH, prima ed., I, c. 1, p. 37, lin. 5-15: “Tria sunt ex quibus omnis collocutio disputatioque perficitur,
res, intellectus, voces. Res sunt quas animi ratione percipimus, intellectuque discernimus. Intellectus vero quibus
res ipsas addiscimus. Voces quibus id quod intellectu capimus, significamus. Praeter haec autem tria est aliud
quiddam quod significat voces, hae sunt litterae, harum enim scriptio vocum significatio est. Cum igitur haec sint
quatuor, res, intellectus, vox, littera; rem concipit intellectus, intellectum vero voces designant, ipsas vero voces
litterae significant”. Ib., secunda ed., p. 20: “Quare quattuor ista sunt, ut litterae quidem significent voces, voces
vero intellectus, intellectus autem concipiant res, quae scilicet habent quandam non confusam neque fortuitam
consequentiam, sed terminata naturae suae ordinatione constant. (...) Praecedit autem res intellectum, intellectus
vero vocem, vox litteras, sed hoc converti non potest”. (Aquí y en adelante todo lo destacado en cursiva es
nuestro.).
10
Kretzmann, Norman, “Aristotle on Spoken Sounds Significant by Convention”, en Corcoran, J., Ancient Logic
and its Modern Interpretations, Dordrecht, Reidel, 1974, pp. 3-21.
2
elementos del lenguaje oral como símbolos e indicios, no quería significar sinónimos sino,
por el contrario, manifestar su doble condición de indicios naturales que manifiestan nuestros
contenidos mentales y de símbolos impuestos voluntariamente por nosotros para codificar
lingüísticamente esos mismos contenidos, destacando que la primera relación sería anterior
(próton) a la segunda. Otros intérpretes no menos autorizados, de Boniz a Donatella di
Cesare11, restaron relevancia a la presencia de la doble terminología en el pasaje aristotélico.
Se suele ver la teoría de Roger Bacon sobre los signos en general, y los lingüísticos en
particular (es decir, su semiótica y su semántica, respectivamente, elaboradas entre 1252 y
1267), como una primera sistematización que contempla una relación indicial natural entre
lenguaje y pensamiento al mismo tiempo que conserva, y aún profundiza, la visión del
lenguaje como instituto imposicional o artificial12. La teoría indicial por excelencia en la Edad
Media era la de s. Agustín en el De Magistro, donde se caracterizaba al signo lingüístico como
un indicio o instrumento para reapropiarse, por reminiscencia, de conocimientos ya poseídos a
priori. Bacon, citando, sin embargo, el De doctrina christiana13, reconoce que la palabra oída
nos hace inferir la presencia de ciertas ideas en la mente del hablante, como un signo o indicio
sensible nos revela la presencia, actual o no, de algo no sensible o inmanifiesto; sin embargo,
distingue esa relación, inferencial, de la relación simbólica con que se inviste a la palabra en
su institución como tal14. Así, la relación entre lenguaje y pensamiento es entendida como
colateral o como consecuencia de otra relación principal, que ya describiremos. Importantes
intérpretes15 han considerado decisivo, no sólo que Bacon refrende la naturaleza simbólica del
lenguaje, sino que además insinúe la posibilidad de trasladarla al pensamiento, pues
caracteriza los conceptos, a los que llama “especies” mentales, como signos no sensibles.
Aunque Bacon verosímilmente estuviera pensado en signos por semejanza, de modo que, a la
postre, no se alejara tanto del planteo aristotélico de las pasiones como similitudes de las
cosas, su lacónica caracterización de lo mental como signo es vista como antecedente del giro
radical de Ockham hacia una teoría de los conceptos como signos mentales, funcionalmente
análogos a los símbolos lingüísticos sensibles, es decir, a las palabras escritas y habladas. Dos
claves del giro ockhamiano son frecuentemente señaladas: por una parte, el hecho de que una

11
Di Cesare, Donatella, La semantica nella filosofia greca, Bulzoni, Roma, 1980, p. 182, n.
12
Maloney, Thomas M., “The Semiotics of Roger Bacon”, Medieval Studies XLV (1983), pp. 120-154.
13
Bacon, De signis, § 2.
14
Ib. §§ 17-18.
15
Eco, Umberto, “Signification and Denotation from Boethius to Ockham” Franciscan Studies Vol. 44 (1984)
pp. 1-29. [Cito por la traducción castellana de Holguín, M. y Ramírez, F., “Significado y denotación de Boecio a
Ockham”, en Guillermo de Ockham. Suma de Lógica, A. Flórez Flórez (trad.), Barcelona - Madrid - Buenos
Aires, 1994, pp. 9-53]; Panaccio, Claude, Le Discours Intérieur. De Platon à Guillaume d’Ockham, París, Seuil,
1999, pp. 204-214.
3
propiedad, hasta entonces reservada por los lógicos a las palabras –la suposición–, sea
atribuida ahora, por Ockham, a los conceptos16; por otra parte, su tesis de que todas las partes
de la proposición mental son signos naturales –es decir, no solamente los términos dotados de
significación independiente, los elementos semánticos de la proposición mental (los nombres,
verbos, adjetivos, etc., designados, en su conjunto, como categoremas), sino también los
carentes de ella, sus elementos sintácticos (las conjunciones, adverbios, etc. o
sincategorema)–17.
Se discute en qué medida uno o algunos de los autores que hemos mencionado establecieron –
y en qué términos– analogías más o menos finas, serias, profundas o precisas, o mismo,
relaciones de identidad, entre la mente y las unidades y/o las estructuras lingüísticas. Las
variantes han ido, desde defender una interpretación de Aristóteles que lo pone “a salvo” de
toda lingüistización del pensamiento, en la convicción, típica de la filosofía analítica, de que
se debe des-psicologizar el análisis del lenguaje 18, hasta atribuirle la postulación de una
isomorfía estructural entre el pensamiento y su expresión19, pasando por diversas variantes
intermedias, entre ellas, la audaz tesis de Claude Panaccio, según la cual la teoría ockhamiana
del lenguaje mental tendría una embrionaria manifestación en Platón y Aristóteles,
permanecería así, aunque de tanto en tanto estimulada, a lo largo de un largo decurso histórico
cimentado por Agustín, Boecio y Tomás, entre muchos otros, y sería formulada propiamente
por Ockham, pues no hasta él aparecería una teoría de la mente como estructurada
composicionalmente y analizable con todas las principales categorías sintácticas y semánticas
de los lenguajes observables20.
El segundo tema de discusión, que, a diferencia de la distinción entre símbolo y signo, fue
planteado desde la antigüedad, era por qué Aristóteles había hablado de “pasiones” del alma:
si ese término debía interpretarse estrictamente conforme al De anima, adonde Aristóteles
mismo remitía al final del pasaje del Perí hermeneias, habría que identificarlo con los niveles
inferiores de la actividad anímica descritos bajo ese nombre en dicho tratado (sensibilidad,
memoria, imaginación), por oposición al nivel superior, y activo, de la actividad conceptual o
intelectual, por más que los primeros constituyeran, en la concepción aristotélica,

16
De Andrés, Teodoro, El nominalismo de Ockham como filosofía del lenguaje, Madrid, Gredos, 1969, pp. 219-
232.
17
Tabarroni, Andrea, “Mental Signs and the Theory of Representation in Ockham”, On the Medieval Theory of
Signs, Eco, U. & Marmo, C. (eds.), Amsterdam - Philadelphia, John Benjamins Publishing Company, 1989, pp.
195-224.
18
Esto hace Kretzmann, según Suto, Taki, “For a Study of Boethius’ Commentary on Perí hermeneias”, URL:
http://www.hmn.bun.kyoto-u.ac.jp/report/2-pdf/2_tetsugaku1/2_16.pdf
19
Sadun Bordoni, op. cit.
20
Panaccio, op. cit.
4
concomitantes necesarios o precondiciones del segundo (tal, la interpretación defendida
contemporáneamente por Kretzmann); si, por el contrario, “pasiones del alma” debía
interpretarse amplia, inclusivamente, significaría también “aquello que no se da sin las
pasiones propiamente dichas”. Esta última, que también tiene defensores contemporáneos 21,
fue la interpretación dominante en la tradición transmitida por Boecio, con Alejandro de
Afrodisia, Amonio y Porfirio entre sus artífices, quienes identificaron las pasiones del alma
con los que Aristóteles llamó, en De anima III, 8, “conceptos primeros” o simples (las
unidades mínimas de las que se componen las proposiciones), incluso restrictiva o
exclusivamente, entendiendo que de ningún modo podía tratarse de imágenes, por más que no
se den sin éstas22. También suscitó dificultades la afirmación aristotélica de que las pasiones
del alma se relacionan con las cosas (tercer vértice del triángulo) como sus semejanzas: el
hecho de que la noción de “pasiones del alma” pareciera revestir necesariamente un aspecto
individual conspiraría contra la afirmación del mismo Aristóteles de que tales pasiones son
“las mismas para todos”, por lo cual algunos restaron llanamente importancia a esa afirmación
aristotélica, sosteniendo que no implica una auténtica fundamentación de la intersubjetividad
y recolocando enteramente la función del pasaje en la economía del tratado 23, hasta conceder
que sí lo es, es decir, que Aristóteles sostiene una auténtica teoría de la isomorfía estructural
entre pensamiento y realidad, pero que coloca dicha isomorfía en el nivel de las estructuras
proposicionales y no en el de los conceptos simples –los cuales, entonces, podrían no ser los
mismos para todos24–. Podría reconocérsele a Boecio el haber acuñado una definición de los
conceptos –passiones animae et rerum similitudines– en la que se reúnen un aspecto
21
Di Cesare, 1980, pp. 157-181.
22
Boecio, In PH, sec. ed., I, c. 1, pp. 27, lin. 6 - p. 29, lin. 16: “Cum igitur ista esset contentio apud superiores et
haec usque ad Aristotelis pervenisset aetatem, necesse fuit qui nomen et verbum significativa esset definiturus
praediceret quorum ista designativa sint. Aristoteles enim nominibus et verbis res subiectas significari non putat,
nec vero sensus vel etiam imaginationes (...). Sensus enim corporis passiones sunt. (...) Sed quoniam imaginatio
quoque res animae est, dubitaverit aliquis ne forte passiones animae imaginationes, quas Graeci phantasías
nominant, dicat. Sed (...) aliud quidem esse imaginationes, aliud intellectus; ex intellectuum quidem conplexione
adfirmationes fieri et negationes: quocirca illud quoque dubitavit, utrum primi intellectus imaginationes quaedam
essent. Primos autem intellectus dicimus, qui simplicem rem concinpiunt, ut si qui dicat Socrates solum
dubitatque utrum huiusmodi intellectus, qui in se nihil neque veri continet neque falsi, intellectus sit an ipsius
Socratis imaginatio. Sed de hoc quoque aperte quid videretur ostendit. Ait enim an certe neque haec sunt
imaginationes, sed non sine imaginationibus sunt. Id est quod hic sermo significat qui est Socrates vel alius
simplex non est quidem imaginatio, sed intellectus, qui intellectus praeter imaginationem fieri non potest. Sensus
enim atque imaginatio quaedam primae figurae sunt, supra quae velut fundamento quodam superveniens
intellegentia nitatur. Nam sicut pictores solent designare lineatim corpus atque substernere ubi coloribus
cuiuslibet exprimant vultum, sic sensus atque imaginatio naturaliter in animae perceptione substernitur. Nam
cum res aliqua sub sensum vel sub cogitationem cadit, prius eius quaedam necesse est imaginatio nascatur, post
vero plenior superveniat intellectus cunctas eius explicans partes quae confuse fuerant imaginatione
praesumptae. Quocirca inperfectum quiddam est imaginatio, nomina vero et verba non curta quaedam, sed
perfecta significant. Quare recta Aristotelis sententia est: quaecunque in verbis nominibusque versantur, ea
neque sensus neque imaginationes, sed solam significare intellectuum qualitatem”.
23
Kretzmann, op. cit.; contrariamente, Manetti, op. cit.
24
Sadun Bordoni, op. cit.
5
individual-subjetivo o de los conceptos presentes en cada uno en tanto presentes en cada uno25
y otro universal-objetivo o de su semejanza con las cosas. Otras fuentes para lo que podría
sintetizarse como la condición “anfibia” (individual y universal) de lo mental se hallaban en la
doctrina agustiniana de que los signos son, en sí mismos, ciertas cosas 26, y en la doctrina de
Avicena de las intenciones del alma como universales por su referencia a muchas cosas y
particulares por su modo de existencia en el alma27.
Esencialmente la misma dificultad –entre otras– surgió en el siglo XIII, en el marco de la
teoría de la especie mental, deudora de la teoría óptica de la species in medio y emparentada
con la de las intentiones animae, ambas de cuño árabe. Una versión extendida las presenta
como teorías que tratan de explicar el conocimiento como fruto de la recepción de formas
emitidas por los objetos externos, formas que, después de sucesivas etapas de transmisión a
través de medios varios (las facultades inferiores del hombre, sensibilidad e imaginación), son
recibidas e impresas en el intelecto. Esta versión, originada en, o al menos muchas veces
empleada por, los críticos medievales de la teoría, se puede considerar recogida en la
caracterización de la especie como una semejanza de la cosa –caracterización que, hemos
visto, tiene amplios antecedentes en la tradición aristotélica de las pasiones del alma como
semejanzas de las cosas–. La idea de una copia o semejanza emitida por el objeto, la cual se
imprime en el intelecto, aseguraría la referencia de las pasiones presentes en cada uno (y, en
esa medida, individuales) a las mismas cosas, pero anularía la connotación activa que la
interpretación tradicional de las pasiones como verdaderos noémata quería poner de
manifiesto28. Otra caracterización de la species intelligibilis y la intentio, en cambio, las
presenta como “estructura formal del objeto, en tanto presente para o en la conciencia” y
conducía a la idea del ser intencional o existencia inmanente de los objetos mismos en ésta 29.

25
Boecio, In PH, prima ed. I, c. 1, p. 37, lin. 15-22: “Intellectus vero animae quaedam passio est. Nisi enim
quamdam similitudinem rei quam quis intelligit in animae ratione patiatur, nullus est intellectus. Cum enim
video orbem vel quadratum, figuram ejus mente concipio, et ejus mihi similitudo in animae ratione formatur,
patiturque anima rei intellectae similitudinem, unde fit ut intellectus, et similitudo sit rei, et animae passio ”. El
aspecto individual de la intelección también puede considerarse contemplado en la definición boeciana de ésta
como intellectus qualitas; cf. n. 20.
26
S. Agustín, De doctr. christ. II, 1.
27
Avicena, Liber Philosophiae Primae V, 1, p. 23842-49: “Haec forma, quamvis respectu individuorum sit
universalis, tamen, respectu animae singularis in qua imprimitur, est individua ; ipsa enim est una ex formis quae
sunt in intellectu, et quia singulae animae sunt multae numero, tunc eo modo quo sunt particulares habebunt
ipsae aliud intellectum universale, quod in tali comparatione est ad ipsas in quali est ad extra, et discernitur in
anima ab hac forma quae est universalis comparatione sui ad extra quae praedicatur de illis et de aliis”. Sobre
esta concepción aviceniana, cf. Storck, Alfredo, “Qu’est-se qu’une maison heptagonale? Remarques sur
l’universel chez Avicenne”, Coloquio de Filosofía Medieval, Río, mayo de 2010. (En prensa.).
28
Spruit, Leen, Species intelligibilis. From Perception to Knowledge. Classical Roots and Medieval Discussions,
Vol. I. Leiden - New York - Köln: Brill, 1994.
29
De Libera, Alain, La querelle des universaux, París, Éditions du Seuil, 1996, p. 177ss.; Perler, Dominik,
Théories de l’ intentionnalité au moyen âge, París, Vrin, 2003, pp. 7-41.
6
La verdad es que las teorías árabes contenían una ambigüedad de origen, al caracterizar la
intentio como un concepto, idea, etc., y a la vez, como una realidad producida, emitida o
causada por el objeto extramental30. Por lo demás, los artífices de la teoría del conocimiento
intelectual por especies en la escolástica latina –Tomás de Aquino, sobre todo, pero también
Roger Bacon– se negaban a decir que las especies se imprimían o depositaban en el intelecto,
como después de un viaje que las transmitiera desde los objetos y a través de los sentidos, y
enfatizaban en que el intelecto las abstraía activamente a partir de las imágenes sensibles 31.
Según Tomás, la especie abstraída, existente de modo habitual en el intelecto posible,
garantiza el ejercicio de los actos intelectivos: en ese sentido, constituye el principio
instrumental y no el término del conocimiento; el medio por el cual se conoce y no aquello
que se conoce32. El acto intelectivo se completaría con un verbo mental concomitante con él (a
diferencia de la misma especie) y estructurado proposicionalmente (una definición, por
ejemplo). Aunque Tomás no formula una ontología de lo inteligible (habla del verbo mental,
ya como un puro ser inteligido, lo cual sugiere que tiene una existencia como objeto mental o
intencional, ya como accidente, como si fuese, más bien, una determinación real del alma 33),
la especie inteligible fue históricamente entendida como una cualidad real y el verbo mental,
como un puro ente de razón u objeto intencional. Ockham, suerte de catalizador de la reacción
franciscana contra esta teoría, buscaría expedientes teóricos para eliminar, tanto la especie,
como el verbo: en el primer caso, por la dificultad clásica de explicar el conocimiento por
semejanza (v. g., si conozco la especie porque reconozco su semejanza con la cosa, es
necesario que primero haya conocido la cosa34); en el segundo, por la dificultad de introducir
un objeto intencional, inclasificable en el cuadro de las categorías aristotélica del ser (lo cual,
para sus defensores, garantizaba que éste no fuese un obstáculo entre mente y realidad
externa). Aunque Ockham, quizá como una concesión a la tradición, no abandona
completamente la noción de los conceptos como “ciertas semejanzas” de lo conceptualizado 35,
busca asentar la relación entre pensamiento y realidad, más que en ésta, en la significación
natural. Afirmando la naturalidad o espontaneidad de la conceptualización, entendida como
30
Tachau, Katherine, Vision and Certitude in the Age of Ockham. Optics, Epistemology and the Foundations of
Semantics, 1230-1345, Leiden, Brill, 1988, pp. 3-16.
31
Spruit, op. cit.
32
Tomás de Aquino, Sum. Theol. I, q. 85 a 2, c.: “Et ideo dicendum est quod species intelligibilis se habet ad
intellectum ut quo intelligit intellectus. (...) Unde similitudo rei visibilis est secundum quam visus videt; et
similitudo rei intellectae, quae est species intelligibilis, est forma secundum quam intellectus intelligit”.
33
Tomás de Aquino, Super evang. Joannis I, 1: “Nam ratio intellecta, quam intellectus videtur de aliqua re
formare, habet esse intelligibile tantum in anima nostra; intelligere autem in anima nostra non est idem quod est
natura animae, quia anima non est sua operatio. Et ideo verbum quod format intellectus noster, non est de
essentia animae, sed est accidens ei”.
34
Michon, Cyrille, Nominalisme. La théorie de la signification d' Occam, París, Vrin, 1994, p. 45ss..
35
Panaccio, op. cit. pp. 272-277.
7
significación, cree poder prescindir de postular cualquier objeto mental o ser intencional:
reduce los contenidos del alma a puros actos mentales, sin las especies inteligibles como su
principio ni el verbo mental como su término (que colocará en las cosas externas). Las
“pasiones del alma” del De Interpretatione, considera, deben ser entendidas así36.
El tercer punto en discusión es qué conexión –si alguna– establece Aristóteles entre las voces
y las cosas. Como dijimos, algunos comentaristas actuales 37 han sostenido que no establece
ninguna relación, explícita ni implícita. Contra esa interpretación contemporánea, según la
cual Aristóteles quiere decir que las voces son, primariamente, indicios naturales de las
pasiones del alma y secundariamente (se debe reponer), símbolos convencionales de esas
mismas pasiones38, se alza una larga tradición de comentadores antiguos que interpretaron que
implícitamente las conectaba, sólo que indirectamente: las voces, serían primariamente
signos de las pasiones y secundariamente, de las cosas. Boecio afirmaba clara y
repetidamente que el lenguaje oral –tanto sus unidades, las voces, como sus estructuras, las
proposiciones– adquiría principalmente del intelecto, pero secundariamente de la realidad, su
poder significativo39. El hecho de que, además, Boecio formulara un esquema explicativo de
la comunicación según el cual lo expresado por el hablante funciona generando, en el oyente,
una concepción intelectual determinada40, dio nuevos argumentos a los intérpretes que
sostuvieron, más o menos radicalmente, que el enfoque boeciano prioriza el “sentido”,
“connotación” o “intensión” de las expresiones lingüísticas, por sobre su “significado”,
“denotación” o “extensión” –para emplear una terminología ampliamente introducida por los

36
Ib. pp. 258-264; Tabarroni, op. cit..
37
Kretzmann, op. cit.
38
Ib.; Sadun Bordoni, op. cit.
39
Boecio, In PH, prima ed. I, c. 1, p.40, lin. 15-22: “Vox enim etiam intellectum rei significat, et ipsam rem. Ut
cum dico lapis, et intellectum lapides et ipsum lapidem, id est ipsam substantiam designat. Sed prius intellectum,
secundo vero loco rem significat. Ergo non omnia quae vox significat passiones animae sunt, sed illa sola quae
prima; primo enim significatur intellectus, secundo vero loco res”. Id., In Cat., PL 0462C: “Omnis propositio
significationis suae proprietatem ex subjectis intellectibus capit. Sed quoniam necesse est intellectus rerum esse
similitudines, vis propositionum per intellectus ad res quoque continuatur. (...) principaliter quidem ab
intelligentia propositiones vim capiunt et proprietatem, secundo vero loco ex rebus sumunt ex quibus ipsos
intellectus constare necesse est”. Nótese que la terminología de la “virtud” o poder significativo de las palabras
fue de tan larga fortuna, que llegó hasta los nominalistas del siglo XV.
40
Boecio, In PH, sec. ed. I, c. 1, p. 23, lin. 22 - p. 24, lin. 10: “...dicendum est, quod is qui docet vel qui continua
oratione loquitur vel qui interrogat, contrarie se habet his qui vel discunt vel audiunt vel respondent in his tribus,
voce scilicet, intellectu et re (praetermittantur enim litterae propter eos qui earum sunt expertes). Nam qui docet
et qui dicit et qui interrogat a rebus ad intellectum profecti per nomina et verba vim propriae actionis exercent
atque officium (rebus enim subiectis ad his capiunt intellectus et per nomina verbaque pronuntiat), qui vero discit
vel qui audit vel etiam qui respondet a nominibus ad intellectus progressi ad res usque perveniunt. Accipiens
enim is qui discit vel qui audit vel qui respondet docentis vel dicentis vel interrogantis sermonem, quid
unusquisque illorum dicat intellegit et intellegens rerum quoque scientiam capit et in ea consistit. Recte igitur
dictum est in voce, intellectu atque re contrarie sese habere eos qui docent, dicunt, interrogant atque eos quie
discunt, audiunt et respondent”.
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propios medievalistas al discutir estos temas–. Son ejemplos P. V. Spade 41, Kretzmann (quien,
en esto, separa explícitamente a Boecio de Aristóteles) y, con más matices, Eco y Panaccio 42.
Otros intérpretes, en cambio, consideraron improcedente la atribución de una distinción
estricta entre significado y denotación a autores como Aristóteles o Boecio, en la medida en
que les atribuyeron una concepción integrada de realidad y pensamiento como determinantes
conjuntos del significado de las expresiones lingüísticas 43. Se reconoce en Boecio una
concepción (propia, pero fiel a la comentarística griega) de la lógica como directamente
interesada en, y conectada con, la ontología44; no es seguro, sin embargo, que Boecio no
continúe la tradición neoplatonizante que situaba la referencia de los nombres en algún tipo de
cosas ideales, de modo de garantizar la estabilidad e invariabilidad de esos nombres 45
(máxime si se consideran ciertas observaciones suyas sobre la intención, objeto o tema de los
tratados lógicos menores de Aristóteles, Categorías y De Interpretatione46, que sugieren una
concepción más realista que la que surge de su conocido tratamiento de las famosas preguntas
de Porfirio).
Un dilema no esencialmente distinto iba a surgir entre fines del siglo XIII y albores del siglo
XIV: algunos iban a plantear que los nombres significan cosas, pero no entendiendo por tales
cosas los individuos empíricos, sino algún tipo de entidad objetiva preterindividual (no,
naturalmente, al modo de una hipóstasis platonizante, sino de una esencia o naturaleza
común). Con diversos matices, participarían de esta solución los realistas del siglo XIV
contemporáneos de Ockham, como Walter Burley 47 y el pseudo Ricardo de Campsall 48, y
41
Spade, Paul Vincent, “Some Epistemological Implications of the Burley-Ockham Dispute”, Franciscan
Studies, Vol. 35 (1975), pp. 212-222.
42
Op. cit. en todos los casos.
43
Suto, op. cit..
44
Logica Modernorum, L. M. De Rijk (ed.), Vol. II, I, Assen, von Gorcum, 1967, pp. 181-182. Con todo, De
Rijk no considera, a esto, una virtud, dado su interés en el surgimiento de la lógica como ciencia autárquica
respecto de otras áreas teóricas.
45
Como lo afirma claramente un comentario anónimo de fines del s. XII o principios del XIII al PH citado en el
vetusto Fragments de Philosophie du Moyen Age. de Victor Cousin, París, Didier, 1856, p. 329: “Rerum quippe
significatio transitoria est; intellectuum vero stabilis et permanens. Destructis enim rebus sive non, licet rerum
significationem non teneant, significatio tamen intellectus non variatur. Sive enim res sint sive non, intellectum
semper constituunt”.
46
Boecio, In Cat. PL 0463D: Quocirca si omnis quod universale significat ad hominem quod idem ipsum
universale est adjungatur, res universalis, quae est homo, universaliter praedicatur secundum id quod diffinitio ei
adjicitur quantitatis”. Ib. 0161B: “...quoniam omnis vocum significatio de rebus est, quae voce significantur in
eo quod significantes sunt, genera rerum necessario significabunt. Ut igitur concludenda sit intentio, dicendum
est in hoc libro de primis vocibus, prima rerum genera significantibus in eo quod significantes sunt, dispositum
esse tractatum”.
47
Tal como lo reseña Ockham, Expositio in librum Periermenias Aristotelis, Opera Philosophica, vol. II, E.
Moody, E., Gal, G., Gambatese, A. & Brown, S. (eds.), N. Y., 1978, proem., § 8, pp. 362-363. Sobre las
posiciones de Burley cf. Cesalli, Laurent, Le Réalisme propositionnel. Sémantique et ontologie des propositions
chez Jean Duns Scot, Gauthier Burley, Richard Brinkley et Jean Wyclif, París, Vrin, Sic et Non, 2007.
48
Logica Campsale Anglici, valde utilis et realis contra Ocham, en: The Works of Richard of Campsal, E. A.
Synan (ed.) Studies and Texts 17, Toronto, Pontifical Institute of Mediaeval Studies, 1968, 11. 03:
9
autores del siglo XIII, como Siger de Brabante y el mismo Tomás de Aquino 49: la idea de que
las voces significan las cosas en tanto concebidas o pensadas presuponía que nada puede
estar en el intelecto a modo de cosa pensada, sino adecuándose al modo de ser del intelecto, es
decir, adquiriendo un modo de ser universal, inmaterial, etc.. El matiz objetivista,
intensionalista, realista –o como quiera calificárselo–, de Tomás al respecto se acentúa en su
afirmación de que lo significado directamente por las voces es aquel verbo mental, producto
activo de la mente que termina el acto intelectivo y no tiene más estatuto ontológico que el de
un objeto mental50. Parece claro que no hay, aquí, referencia directa de los términos
lingüísticos a los individuos empíricos.
En cambio, un respaldo neto al enfoque extensional comenzó a ser formulado por su
contemporáneo Bacon: si la palabra “Sócrates” significara primero el concepto que la cosa,
dice este autor, la proposición “Sócrates corre” sería falsa, porque los conceptos no corren 51.
Para que una palabra signifique primariamente un concepto y no una realidad externa al alma,
es preciso un acto de imposición por el cual se la invista con ese significado. La posterior
teoría de la suposición de Ockham plasmó en un sistema la concepción extensionalista
iniciada por Bacon. Ockham no habría podido hacerlo si no hubiera redefinido los conceptos
como signos en sentido estrictamente simbólico, en llano paralelismo con los términos
lingüísticos y eliminando todo resabio de la antigua concepción sintomático-indicial de los
mismos, y si no hubiera distinguido sistemáticamente el aspecto cósico de lo mental, del
significativo, apoyándose en aquellas bases asentadas desde s. Agustín hasta Avicena 52: para

“...intellectus...reperit quod racio formalis illius, quod per ‘sortem’ inportatur, cuilibet alteri repugnat et... racio
formalis illius, quod per ‘hominem’ inportatur, nulli individuo specie humane repugnat quin, quantum est de se,
posset sibi competere...; et tunc format intellectum istam propositionem: quod tali rei, sub tali ordine ad
intellectum, hoc est, sub sua racione formali quam intellectus distincte concipit, convenire pluribus individuis
non repugnat. et tunc, tali rei, sic considerate, hoc nomen ‘species’ inponit, qui terminus inportat illam rem, sub
tali respectu –et tunc primo est completive et ultimate universale, et hoc est quod dicit doctor subtilis, quod res
extra animam universalis non est nisi prout est in intellectu, hoc est, nisi sit sub illo respectu de genere actionis,
mediante quo, se intellectui distincte et sub propria racione formali representat...”
49
Pini, Giorgio, “Species, Concept and Thing: Theories of Signification in the Second Half of the Thirteenth
Century”, Medieval Philosophy and Theology 8 (1999), pp. 21-52.
50
Tomás de Aquino, Sum. Theol. I, q. 85 a 2, ad 3: “...in parte sensitiva invenitur duplex operatio. (...) Et utraque
haec operatio coniungitur in intellectu. Nam primo quidem consideratur passio intellectus possibilis secundum
quod informatur specie intelligibili. Qua quidem formatus, format secundo vel definitionem vel divisionem vel
compositionem, quae per vocem significatur. Unde ratio quam significat nomen, est definitio; et enuntiatio
significat compositionem et divisionem intellectus. Non ergo voces significant ipsas species intelligibiles; sed ea
quae intellectus sibi format ad iudicandum de rebus exterioribus”.
51
Bacon, De signis § 164.
52
Ockham, Summa totius logicae I, cap. 14, Opera Philosophica, vol. I, Ph. Boehner, G. Gál, S. Brown (eds.),
N. Y., 1974, pp. 48, lin. 31 - p. 49, lin. 43: “...quodlibet universale est una res singularis, et ideo non est
universale nisi per significationem, quia est signm plurim. Et hoc est quod dicit Avicenna, V Metaphysicae: ‘Una
forna apud intellectum est relata ad multitudinem, et secundum hunc respectum est universale, quoniam ipsum
est intentio in intellectu, cuius comparatio non variatur ad quodcumque acceperis’. Et sequitur: ‘Haec forma,
quamvis in comparatione individuorum sit universalis, tamen in comparatione animae singularis, in qua
imprimitur, est individua. Ipsa enim est una ex formis quae sunt in intellectu’. Vult dicere quod universale est
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Ockham, los conceptos son signos-términos, es decir, unidades sustituyentes de alguna
pluralidad que funcionan propiamente en coordinación con otros signos-términos en las
proposiciones, porque determinando qué sustituye cada uno de esos signos-términos (el que
opera como sujeto y el que opera como predicado, añadiendo la determinación de los signos
sintácticos, como cuantificadores y conectores), se puede determinar la verdad o falsedad de
la proposición. Un signo-término puede “estar por” una pluralidad de realidades externas al
alma que, a su vez, no sean, ellas mismas, signos (como el término “hombre”, cuando supone
por todos los hombres), o bien por una pluralidad de realidades externas que sí sean, a su vez,
signos (como el término “hombre”, cuando supone por sí mismo en tanto palabra oral o
escrita, que es material, pues es audible o visible), o bien, finalmente, por una pluralidad de
realidades no externas, sino intramentales (como el término “hombre”, cuando supone por sí
mismo en tanto concepto mental, que es un verdadero accidente del alma). En síntesis, el
significado de todos los términos se define, en todos los casos, extensionalmente; tanto
cuando los términos suponen por su significado primario (es el caso de la suposición
personal) como por uno secundario (las suposiciones simple y material). La posición de
Ockham sobre las relaciones entre los términos del triángulo semántico devino prácticamente
unánime y sus innovaciones en esta materia fueron, en general, determinantes durante el resto
del siglo XIV, especialmente para la amplia corriente que se suele denominar “nominalista”.
Hasta aquí hemos hecho una síntesis apretada de las controversias medievales más
importantes en torno del triángulo semántico de Aristóteles. Un estudio más completo debería
incluir muchas otras fuentes y posiblemente otros aspectos de la discusión, tanto sobre el
pasaje aristotélico como sobre otras temáticas asociadas o conexas del ámbito de la
psicología, las teorías del conocimiento y el lenguaje, etc.. Asimismo, además de limitarnos a
reseñar sólo algunas interpretaciones contemporáneas, hemos seguido la tendencia, dominante
en la literatura especializada, a ver la historia de las interpretaciones medievales del triángulo
semántico en su conjunto como un relato fundamentalmente unidireccional, en el que el giro
extensionalista protagonizado por Ockham constituye un progreso o una superación del punto
de vista más arcaico encarnado en los autores del siglo XIII, con el padrinazgo de Boecio.
Una tendencia similar se advierte en la evaluación de la teoría del conocimiento en la Edad
Media por parte de renombrados intérpretes actuales: también en ese terreno la aparición del
punto de vista ockhamista se considera promisoria por sustituir dispositivos filosóficos
admitidamente problemáticos con otros supuestamente más “eficientes” desde el punto de
una intentio singularis ipsius animae, nata praedicari de pluribus, ita quod propter hoc quod est nata praedicari de
pluribus, non pro se sed pro illis pluribus, ipsa dicitur universalis; propter hoc autem quod quod est una forma,
exsistens realiter in intellectu, dicitur singularis”.
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vista explicativo o más libres de compromisos ontológicos o de otro tipo 53. Nos parece que
esas apreciaciones, independientemente de los argumentos en que se apoyen, están guiadas
por un fuerte interés en algunas tendencias filosóficas contemporáneas –algo que
probablemente quienes las sostienen no negarían– y por la inclinación a hacer “calzar” un
tanto forzadamente dentro de algunas de esas tendencias los enfoques medievales estudiados
–lo que parece, sí, cuestionable–. Naturalmente, todo ello merecería una discusión a fondo
que no podemos dar aquí; lo que parece oportuno cuestionar es si la evolución de las
interpretaciones y controversias de la escolástica sobre el triángulo semántico aristotélico
puede ser entendida como perteneciente estrictamente a la historia de las teorías del
significado, como algunos intérpretes parecen querer enfatizar. La controversia sobre el
“triángulo semántico” estuvo esencialmente determinada por la historia de las discusiones
ontológicas y metafísicas, como el “problema de los universales” y un conglomerado de
temas, preguntas y respuestas, fuentes y discusiones clásicos de la escolástica medieval, de
modo que no hay una historia de la semántica como disciplina autónoma o independiente. Es
cierto que las reflexiones medievales sobre la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad
aparecen encadenadas de tal manera que algunas ideas son retomadas y reelaboradas por
autores de diversa pertenencia o tendencia filosófica: el punto de vista “clásico” se verifica en
un “aristotélico” como Boecio y en los “realistas” del siglo XIV; el punto de vista “moderno”
o “extensional”, en un autor como Roger Bacon, que puede considerarse un ecléctico, y
Ockham, cuyas posiciones adquieren una gran sistematicidad. En ese sentido, se podría
admitir que a lo largo de la Edad Media hay una historia autónoma de las teorías del
significado que se va nutriendo porque autores de diversa orientación filosófica recuperan una
misma idea y la reelaboran o integran con otras. Sin embargo, nos parece que fue un punto
esencialmente metafísico el que sustentó el giro ockhamista y parece estar a la base del
paradigma semiótico de Ockham en su conjunto: la eliminación de las esencias, gran novedad
que el pensamiento ockhamista trajo a la filosofía medieval. Fue el rechazo a toda clase de
universal o naturaleza común extra animam, del que Ockham fue adalid, lo que cambió
decididamente el paradigma de la significación, pues ya no había ninguna esencia real que
poner como significado de los términos, lingüísticos o mentales; en adelante, no había otra
posibilidad que dar, por significado de dichos términos, a los individuos reales o posibles, en
conjunto o en particular, de modo absoluto o connotativo, etc.. Así, el giro impreso por
53
King, Peter, “Rethinking Representation in the Middle Ages. A Vade-Mecum to Mediæval Theories of Mental
Representation”, en Lagerlund, H. (ed.), Representation and Objects of Thought in Medieval Philosophy,
Ashgate, Aldershot, USA - Cambridge, UK, 2007, pp. 83-102.

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Ockham al tema del “triángulo semántico” es incomprensible si no se conocen otros
problemas clásicos de la filosofía medieval, de modo que el tema no puede ser abordado
exclusiva o mayormente con criterios de las disciplinas contemporáneas del lenguaje.

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