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MUJERES ECONOMISTAS

Las aportaciones de las mujeres a la ciencia económica


y a su divulgación durante los siglos XIX y XX

LUIS PERDICES DE BLAS


Y
ELENA GALLEGO ABAROA
(COORDINADORES)
© Autores: Luis Perdices de Blas y Elena Gallego Abaroa (coord.)

© Ecobook - Editorial del Economista. 2007


Cristo, 3 - 28015 Madrid (España)
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tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o
préstamo públicos.
ÍNDICE

Prólogo
Luis Perdices de Blas y Elena Gallego Abaroa .................. 9

Capítulo I
Las tres primeras mujeres economistas de la historia:
Jane Marcet, Harriet Martineau
y Millicent Garrett Fawcett
Elena Gallego Abaroa y John Reeder .............................. 17

Capítulo II
La liberación de las mujeres y la economía según
Harriet Hardy Taylor Mill (1807-1858)
Elena Gallego Abaroa ..................................................... 55

Capítulo III
La economía social de Concepción Arenal
Inés Pérez-Soba Aguilar.................................................. 83

Capítulo IV
La obra de contenido económico de Emilia Pardo
Bazán: La Tribuna y Los Pazos de Ulloa
Elena Márquez de la Cruz y Ana Martínez Cañete ...... 119

Capítulo V
Mary Paley Marshall (1850-1944)
Fernando Méndez Ibisate ............................................. 151

Capítulo VI
Beatrice Webb y el socialismo fabiano
José Luis Ramos Gorostiza............................................ 197
Capítulo VII
Rosa Luxemburgo y el pensamiento marxista
Estrella Trincado Aznar ................................................ 231

Capíutlo VIII
Clara Elizabeth Collet (1860-1948) y los primeros intentos
de cuantiÞcar los salarios de las mujeres trabajadoras
María Dolores Grandal Martín ..................................... 259

Capítulo IX
Joan Robinson y la competencia imperfecta
Begoña Pérez Calle ....................................................... 279

Capítulo X
Joan Robinson, keynesiana de izquierdas
Covadonga de la Iglesia Villasol ................................... 315

Capítulo XI
La defensa moral del capitalismo por Ayn Rand
María Blanco González ................................................ 349

Capítulo XII
Elisabeth Boody Schumpeter (1898-1953).
Economista, esposa y editora
Manuel Santos Redondo ............................................... 385

Capítulo XIII
La escuela austriaca representada
en la obra de Vera Smith
Paloma de la Nuez Sánchez-Cascado ........................... 411

Capítulo XIV
Edith Penrose: una nueva visión de la empresa
Mª Teresa Freire Rubio y Ana I. Rosado Cubero .......... 435
Capítulo XV
Michèle Pujol:
historiadora del pensamiento económico
Cristina Carrasco Bengoa ............................................. 463

Capítulo XVI
Dos mujeres a la sombra de un nobel:
Rose D. Friedman y Anna J. Schwartz
Ignacio Ferrero Muñoz ................................................. 493

Capítulo XVII
Marjorie Grice-Hutchinson (1909-2003)
y sus investigaciones sobre historia
del pensamiento económico
Luis Perdices de Blas ..................................................... 525

Índice Onomástico ........................................................... 557


Prólogo

No pasará mucho tiempo sin que se reconozca que las ideas


y las instituciones que han convertido el mero accidente del sexo
en la base de una desigualdad de derechos legales, y en una for-
zosa disparidad de funciones sociales, son el mayor obstáculo
al mejoramiento moral, social e incluso intelectual.
John Stuart Mill1

Las mujeres economistas no son diferentes de los hombres econo-


mistas pero su aparición en la historia del pensamiento económico
estuvo desacompasada. El desembarco de los grandes clásicos bri-
tánicos de la economía se produjo en la segunda mitad del siglo
XVIII y sobre todo a lo largo del XIX. Era una época en la que
las mujeres tenían restringidas sus aspiraciones educativas y pro-
fesionales, sus dominios se desplegaban únicamente en la esfera
familiar. La doctrina de la economía política continuó imparable
en el siglo XIX, acompañando las explicaciones teóricas del desa-
rrollo industrial inglés, en un periodo de crecimiento económico
como no se había conocido antes en la historia, mostrando la
prosperidad de un país que iba a resultar modélico e imitado por
el resto de los países occidentales. En ese contexto expansivo en
el que se estaba asentando el modelo de producción capitalista,

1. John Stuart Mill, Principios de economía política, México, FCE, 1996, página 650.

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las mujeres empezaron a escribir y a publicar con éxito en el mer-
cado británico y, antes de que acabara el siglo XIX, algunas de
ellas pudieron entrar en las universidades inglesas. Estos hechos
componen el contexto que conforma la estructura de este libro,
en el que se ofrece una muestra representativa de las más sobre-
salientes estudiosas de la ciencia económica. Si bien, en el siglo
XIX la incorporación de mujeres a la esfera del conocimiento fue
poco numerosa, con el progreso del siglo XX fue creciendo la pro-
porción de aquellas que alcanzaron los círculos relacionadas con
el saber económico y, en general, se fue normalizando su acceso
a la comunidad universitaria. Lentamente, sus publicaciones se
integraron con más regularidad en los repertorios editoriales.
En una de las pocas fotografías de la primera promoción de la
Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad
Central de Madrid (ahora Universidad Complutense de Madrid),
la primera de su género creada en España en 1943, se puede
apreciar a una sola mujer entre los egresados. En la actualidad
el número de licenciadas supera al de los licenciados. En pocos
años se ha pasado de una facultad tradicionalmente de hombres
a una de mujeres. Las mujeres economistas se han integrado ple-
namente al mercado de trabajo e incluso, todavía pocas, llegan a
desempeñar altos cargos, en especial en el ámbito de la política. A
pesar de esta mayor presencia de la mujer en los círculos econó-
micos y Þnancieros, tanto españoles como foráneos, hasta los años
setenta del siglo pasado no se había dado importancia a las eco-
nomistas que escribieron en los siglos XIX y XX, en el periodo
de desarrollo y consolidación de nuestra disciplina. Éste es el caso
de las mujeres de las que trata el presente libro.
Las cuestiones hacia las que dirigieron su atención no diÞe-
ren de las que ocuparon a sus colegas masculinos, así entre otros
temas sobresalientes se ocuparon del estudio del crecimiento
económico, el comercio internacional, el dinero, el crédito y la
banca, el mercado de trabajo o los impuestos. Nuestro libro no
recoge sus ideas tan sólo porque fueran mujeres, sino porque

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fueron importantes en el desarrollo de la teoría económica o en
su difusión y divulgación. A pesar de la labor que desempeña-
ron estas economistas, la mayoría de publicaciones dedicadas a
la historia del pensamiento económico no las mencionan, con la
excepción de Rosa Luxemburgo y de Joan Robinson. Este libro
contribuye a rectiÞcar la invisibilidad a la que fueron sometidas
y se propone incorporar sus obras y aportaciones dentro de las
principales escuelas de pensamiento, desde la clásica hasta la key-
nesiana y la monetarista, pasando por la marxista, la austriaca y
la neoclásica.
Los profesores que han elaborado los capítulos de este libro
han elegido a cada una de las autoras en función de sus prefe-
rencias y de su especialidad académica. Cada capítulo analiza la
obra de una de las elegidas, excepto en el caso de Joan Robinson,
que dada la importancia de sus aportaciones teóricas, se ha divi-
dido en dos capítulos. La interpretación que se hace en cada uno
de los capítulos se caracteriza por la libertad de opinión de los
autores que han participado en su elaboración. El nexo de unión
entre los responsables de cada uno de los textos es que todos son
académicos y pertenecen a variadas universidades y especialida-
des económicas, por lo que sus opiniones están avaladas en el
conocimiento teórico de la economía. No obstante, siempre hay
aspectos subjetivos que subyacen en la ideología de los estudiosos
cuando se ocupan de explorar y valorar personajes y aspectos del
pasado. El propósito del libro es mostrar con la mayor objetividad
posible un elenco de grandes autoras y recuperar sus obras para
disfrutar con ellas de la riqueza de sus aportaciones a la historia
del pensamiento económico.
Los diecisiete trabajos que aparecen después de este prólogo
quieren traspasar la frontera de los lectores especializados y, aun-
que primordialmente está orientado hacia la lectura de econo-
mistas y de alumnos en periodo de formación universitaria, se
ha tenido la cautela de presentar con rigor, pero con sencillez,
todas las cuestiones económicas para facilitar la lectura del libro

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al público en general. El libro resulta ser un manual que comple-
menta a los tradicionales de historia del pensamiento económico.
Además contribuye a la labor que se está desarrollando actual-
mente desde los ministerios de Educación y Ciencia y de Trabajo
y Asuntos Sociales, así como desde la Concejalía de Familia y
Asuntos Sociales del Ayuntamiento de Madrid, cuyo objetivo
es introducir asignaturas de Género en la inminente reforma
de los Planes de Estudios Universitarios para la adaptación de
los Estudios de Grado y Postgrado, en el ámbito del Espacio
Europeo de Educación Superior. Aunque el objetivo final es no
tener que estudiar separadamente a los economistas clasificados
según su sexo.
El texto está organizado cronológicamente y recoge diferentes
perÞles de mujeres. En primer lugar, mujeres que contribuyeron a
la difusión de la ciencia económica a través de escritos menos téc-
nicos, pero dentro de un género literario muy accesible a lectores
de diferentes estratos sociales, poco familiarizados con los térmi-
nos especíÞcos de una ciencia nueva, como lo era la economía de
la primera mitad del siglo XIX. En segundo lugar, mujeres que
escribieron en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX
y que tuvieron que publicar sus investigaciones en muchas ocasio-
nes junto al nombre de sus maridos y a veces, sorprendentemente,
el suyo propio quedaba descolgado en la segunda edición de los
textos. En tercer lugar, mujeres del siglo XX, que editaron sus
obras con su nombre estampado en ellas. Mujeres, en deÞnitiva,
que ya entrado el siglo XX, pudieron acceder a la formación uni-
versitaria, especializándose en variadas disciplinas, desde la teoría
económica hasta la historia del pensamiento económico, pasando
por la econometría y la teoría de la empresa.
John Reeder y Elena Gallego Abaroa se han ocupado de escri-
bir el capítulo inicial del libro, que recoge a las tres primeras muje-
res que se atrevieron a escribir con rigor sobre cuestiones econó-
micas sin tener una formación académica previa. La irrupción
que hicieron Jane Marcet, Harriet Martineau y Millicent Garrett

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Fawcett fue notable y exitosa. Con ellas se abrió el proceso de
incorporación de las mujeres al estudio de la economía política.
Elena Gallego Abaroa presenta en el segundo capítulo a Harriet
Taylor Mill, más nombrada por la inßuencia socialista que ejerció
sobre John Stuart Mill que por ella misma, analiza sus escritos y
destaca sus méritos propios como pensadora económica y como
feminista. A continuación aparecen dos capítulos sobre autoras
españolas. Inés Pérez-Soba Aguilar analiza en el capítulo tercero
la obra de Concepción Arenal. Sus escritos sobre derecho penal
y las condiciones laborales de los obreros permiten incluir en este
libro a una escritora interesada en las cuestiones económicas de
la España del siglo XIX. De la mano de Ana Martínez Cañete y
Elena Márquez de la Cruz, en el capítulo cuarto, se repasan dos
novelas de Emilia Pardo Bazán: Los Pazos de Ulloa y La Tribuna.
En la revisión de los dos libros se analiza la situación económica
de las mujeres españolas. En La Tribuna, en particular, quedaron
reßejadas las circunstancias de un colectivo de mujeres dedicadas
al trabajo industrial: las cigarreras.
Fernando Méndez Ibisate, en el capítulo quinto, expone la
Þgura de Mary Paley Marshall, una de las cinco primeras muje-
res que pudieron acceder a la Universidad de Cambridge, en
Inglaterra, especializándose en el estudio de la economía. Trabajó
como profesora de economía política en la primera facultad de
mujeres: el Newnham College. José Luis Ramos Gorostiza, en
el capítulo sexto, se ocupa de la obra de Beatrice Potter Webb,
reformadora social y profunda conocedora de la historia sindical,
que junto a su marido, Sidney Webb, participó en la creación del
partido laborista británico, y fueron fundadores y diseñadores de
la primera universidad de ciencias económicas en Gran Bretaña,
la London School of Economics y Political Science.
El capítulo séptimo recoge a una de las más conocidas auto-
ras que se incluyen en el libro, Rosa Luxemburgo. La relevan-
cia histórica de su pensamiento político y el estudio que realizó
sobre el proceso de acumulación del capital, en sintonía con la

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metodología marxista, es analizado con todo detalle por Estrella
Trincado Aznar. María Dolores Grandal Martín, en el capítulo
octavo, incluye una revisión de la obra de Clara Elizabeth Collet,
la primera en analizar las cuestiones económico-sociales a través
de la cuantiÞcación de censos. Una de sus más destacadas apor-
taciones se encuentra en el estudio de los salarios de las mujeres,
realizado a Þnales del siglo XIX y a principios del XX.
Los dos capítulos siguientes, el noveno, de Begoña Pérez Calle,
y el décimo, de Covadonga de la Iglesia Villasol, se ocupan de ana-
lizar la obra y las aportaciones a la economía de Joan Robinson,
una de las autoras más importantes en la historia del pensamiento
económico. En primer lugar, se presentan sus investigaciones
referidas a la microeconomía, especialmente en cuanto al aná-
lisis original que presentó de la competencia imperfecta de los
mercados. En segundo lugar, se estudian sus publicaciones sobre
temas macroeconómicos, es decir, sobre la teoría del empleo en
el marco del modelo keynesiano. María Blanco González, en el
capítulo decimoprimero, nos aproxima a la escritora Ayn Rand y
a su pensamiento cercano a la moderna escuela austriaca, que se
desarrolló en Estados Unidos después de la II Guerra Mundial.
A continuación, Manuel Santos Redondo muestra el trabajo inte-
lectual de Elizabeth Boody Schumpeter. Entre sus actividades
más destacables se encuentra la edición póstuma de la Historia del
análisis económico en 1954, a partir de las notas, apuntes y escritos
que había recopilado de su marido, Joseph Schumpeter, antes de
su fallecimiento.
Los últimos cinco capítulos están dedicados a economistas con-
temporáneas. Paloma de la Nuez Sánchez-Cascado estudia la obra de
Vera Smith, una discípula del premio Nobel de Economía Friedrich
Hayek y conocida por el profundo estudio que llevó a cabo sobre
la desnacionalización del dinero y la competencia bancaria. Ana
Isabel Rosado Cubero y Teresa Freire Rubio revelan la magnitud
de la obra de otra importante economista, Edith Penrose. En este
caso se destaca el análisis denominado de casos, que sirvió para

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desarrollar una nueva teoría del comportamiento de las empresas
en los mercados. Cristina Carrasco Bengoa nos introduce en la
obra de Michèle Pujol, una notable estudiosa de las cuestiones
referidas a las mujeres y a la economía, desde un ángulo más
feminista de lo que es habitual encontrar en la academia, y que
aporta reßexiones novedosas dentro de la historia del pensamiento
económico. Ignacio Ferrando Muñoz analiza el papel sobresa-
liente desempeñado por Rose Friedman y Anna Schwartz en la
obra del premio Nobel de Economía Milton Friedman, uno de los
economistas más populares del siglo XX. El libro se cierra con el
trabajo de Luis Perdices de Blas, que se ocupa de la Þgura y la obra
de una de las más signiÞcativas autoras incluidas en esta recopila-
ción: Marjorie Grice-Hutchinson. Investigadora y estudiosa de la
inßuencia de las ideas religiosas en la vida económica y que contri-
buyó al reconocimiento internacional de los logros teóricos de los
escolásticos de la Escuela de Salamanca del siglo XVI.
En suma, en los diecisiete capítulos de los que consta el libro
que tiene el lector entre sus manos puede encontrar las aporta-
ciones a la teoría económica o a la divulgación de la misma de un
conjunto de mujeres economistas que trabajaron en el ámbito de
las principales escuelas y corrientes de pensamiento de los siglos
XIX y XX, siglos en los que la economía ha logrado un pleno
reconocimiento académico. Esperamos que este volumen contri-
buya a que en el futuro no sea necesario publicar libros sobre
mujeres economistas porque se reconozcan sus aportaciones y se
incluyan con toda normalidad en las historias del pensamiento
económico al uso.

Luis Perdices de Blas y Elena Gallego Abaroa

15
Las tres primeras mujeres economistas de
la historia:
Jane Marcet, Harriet Martineau y Millicent
Garrett Fawcett
Elena Gallego Abaroa y John Reeder

1. JANE MARCET, HARRIET MARTINEAU Y MILLICENT GARRETT


FAWCETT: UNA INTRODUCCIÓN CONJUNTA DE LAS TRES AUTORAS

La ortodoxia teórica del modelo capitalista que hoy impera en el


mundo occidental arrancó con las obras de los economistas clási-
cos, de entre ellos las Þguras más relevantes fueron Adam Smith,
autor de La riqueza de las naciones, aparecida en el año 1776; David
Ricardo, que publicó en 1817 los Principios de economía política y
tributación, y John Stuart Mill, que fue el autor de los Principios de
economía política en 1848. Dentro de esta línea teórica que abrieron
estos pensadores se enmarcan tres de los nombres que se pre-
sentan en este libro: Jane Marcet, Harriet Martineau y Millicent
Garrett Fawcett. Ellas tuvieron la originalidad de ser las prime-
ras autoras que escribieron sobre la economía política, y sus tex-
tos fueron contemporáneos de las obras de Thomas R. Malthus,
David Ricardo y John S. Mill.
La economía política del siglo XIX era una ciencia conocida
para ellas, a pesar de la imposibilidad que tuvieron de acceder

17
a una formación universitaria. Conocedoras de los mecanismos
de asignación de recursos y de distribución de bienes a través de
los mercados, que presuponían el comportamiento de los agentes
negociadores bajo la condición de libertad individual de elección,
repararon en una naturaleza humana concreta que aceptaba el
modelo clásico: las personas desean mejorar su condición en el
tiempo y el ser humano es tendente a especializarse en diferen-
tes tareas productivas. No resulta extraño, en este contexto, que
las primeras economistas de la historia desearan disfrutar de la
misma libertad que se había asumido dentro de los mecanismos
teóricos clásicos. La perseverancia que demostraron en su come-
tido de observación y estudio les permitió superar las diÞcultades
de acceso a la educación y al trabajo profesional y, con su esfuerzo
personal, se habilitaron para componer sus obras, a través de las
cuales se conoce su pensamiento y es posible recuperarlo para las
generaciones posteriores. Con su actitud y su trabajo contribu-
yeron a la integración de las mujeres a la vida profesional, a la
igualdad de derechos entre mujeres y hombres y, en deÞnitiva,
colaboraron en el nacimiento de una nueva sociedad.
Jane Marcet, Harriet Martineau y Millicent Garrett Fawcett
fueron tres grandes economistas británicas del siglo XIX. Sus
publicaciones encaminaron el interés de miles de personas, hombres
y mujeres, hacia la economía política, por la simple razón de que
fueron autoras con mucho éxito editorial. Sus libros se reedita-
ron en sucesivas impresiones, de los que vendieron tantos o más
ejemplares que otros autores notables de su época, por ejemplo,
John S. Mill y Charles Dickens. La talla de Marcet, de Martineau
y de Garrett Fawcett no necesita de intérpretes ni de interlocu-
tores, su obra habla por sí misma. A juicio de los lectores queda
dictaminar sus opiniones sobre esta cuestión, como ocurre con
todos los autores de la historia, que, sin duda, cuentan con segui-
dores y detractores.
En este capítulo se destaca el contenido económico de sus
libros, pero la economía no fue la única materia que inspiraba

18
sus escritos. Las tres autoras desplegaron variaciones temáticas,
en especial sobre los aspectos históricos y sociales de la sociedad
británica del XIX. Marcet también analizó cuestiones experi-
mentales de la naturaleza como la física, la química y la biología,
y Martineau estudió la obra de Auguste Comte, la educación en
las familias y escribió sobre sus viajes. Garrett Fawcett dedicó una
gran parte de su esfuerzo creativo en defender la lucha por la
igualdad de los derechos de las mujeres, en especial, el sufragio
universal, el acceso a la educación y al trabajo, los derechos de
propiedad, la igualdad de trato en las relaciones matrimoniales y
el derecho al divorcio.
La mayoría de las personas que tienen conocimiento de la obra
de las tres economistas aceptan reconocerlas como unas intere-
santes divulgadoras de los principios de economía política. No se
las considera generalmente como creadoras de ideas originales,
sino receptoras de unos principios teóricos que tuvieron el acierto
de transmitir con efectividad a sus contemporáneos. Esa insipidez
se quiere evitar en este capítulo, de manera que se analizan sus
obras para estudiar la forma y los contenidos de sus libros más
famosos, y meditar sobre sus contribuciones al método de análisis
desarrollado por los economistas clásicos británicos, e incluirlas,
si se encuentran méritos para ello, en el elenco de los escritores
que construyeron las bases de la economía política.
En cualquier caso, la magnitud del impacto de sus textos, dado
el éxito editorial que tuvieron, tampoco debe considerarse un
efecto secundario menor, sino al contrario, las escritoras supieron
captar el interés de los diferentes estratos sociales, seducidos en la
lectura de sus libros. En concreto, en sus manuscritos económicos
se destacaba el propósito en hacer comprender la importancia de
una colaboración acoplada entre trabajadores y empresarios. Era
primordial aunar fuerzas en el empeño de ensanchar los resulta-
dos productivos de una sociedad en pleno desarrollo industrial.
La intención de las escritoras fue acercar los intereses entre la
clase propietaria y los asalariados para acompasar el objetivo

19
común: producir con mayores rendimientos y repartir el beneÞ-
cio conjunto entre todos los agentes colaboradores de la riqueza
nacional.
De la obra de Marcet se destaca, entre otros, el libro que editó
en 1816, Conversaciones sobre economía política, y de Martineau se
analiza especialmente su colección de veinticinco novelas recogi-
das bajo el título general de Ilustraciones de economía política, editadas
entre 1832 y 1834. De Garrett Fawcett se examinan con detalle
sus Ensayos y lecturas sobre cuestiones políticas y sociales, del año 1872.

2. VIDA Y OBRA DE JANE MARCET (1769-1858)

Jane Marcet nació y murió en Londres a la edad de 89 años. El


fallecimiento se produjo en su casa familiar, que se encontraba
situada en Stratton Street, Picadilly. Desde su nacimiento, su
entorno familiar fue de un alto nivel de vida, consecuencia de
las actividades profesionales del cabeza de familia. Su padre,
Anthony Francis Haldimand, era banquero y un importante
hombre de negocios, de orígenes suizos emigrado a Gran
Bretaña, casado con una inglesa, Jane Pickersgill, con la que
formó una gran familia. Jane fue la hija mayor de los diez her-
manos nacidos del matrimonio Haldimand. Su madre murió
inesperadamente por complicaciones en el parto de su último
hijo, suceso que ocurrió cuando Jane Marcet contaba única-
mente quince años. Este hecho marcó su adolescencia y su
juventud porque asumió una parte importante de las tareas
familiares, en concreto se ocupó de organizar la vida domés-
tica tomando la responsabilidad protectora de sus hermanos
menores. La vida de la familia Haldimand transcurría entre las
ciudades de Londres y Ginebra.
Marcet recibió una esmerada educación, impartida a través de
tutores especializados que acudían a la casa familiar para educar

20
a todos los hermanos. Probablemente, siguiendo las costumbres
de su época, ella recibiría una educación más superÞcial que la
de sus hermanos varones. No obstante, en la tradición suiza era
corriente educar con esmero a las chicas y, dado que era una pri-
mogénita con cierto criterio para establecer algunas decisiones
familiares, probablemente pudo orientar su propia instrucción,
que sin duda le permitió estudiar en años posteriores diversas dis-
ciplinas como fueron la química, la física, la biología y la econo-
mía, de manera que no le resultaba difícil extraer los principios
básicos de unas materias que conformarían los temas de sus varia-
das publicaciones.
Se casó a los treinta años, algo mayor para la moda de su
época. Jane Marcet era una persona conservadora que asumió
con docilidad las costumbres sociales que imponían a las muje-
res la sumisión de sus decisiones a la voluntad de los varones
de la familia. De jovencita estuvo comprometida con un primo
carnal que pertenecía a la armada británica, compromiso que
se rompió por el desagrado que le producía a su padre el mal
carácter del pretendiente. Cuando Jane se acercaba a los treinta
años de soltería, muchos años para el siglo XIX, y sin planes de
boda porque su padre desconfiaba de todos los pretendientes
dada la cuantía de la herencia que recaería sobre su hija, de una
manera poco frecuente para las reglas sociales de su clase, se le
permitió designar un pretendiente de entre todas las propuestas
que recibía, que eran muchas, y así fue cómo eligió a su marido,
con el que contrajo matrimonio en el mes de diciembre del año
1799. El afortunado fue un médico de Londres, Alexander John
Gaspar Marcet, aficionado a la química y, al igual que su padre,
de antecedentes suizos. Fue un hombre de reconocido prestigio
en su campo y, en el año 1808, fue elegido como miembro de la
Royal Society londinense, una sociedad que reunía a los cien-
tíficos más eminentes de Gran Bretaña. El matrimonio Marcet
tuvo cuatro hijos y vivieron muy compenetrados hasta la muerte
de Alexander, suceso que ocurrió en el año 1822.

21
El destino favoreció la carrera prosista de Jane Marcet porque
acogió con mucho interés la aÞción de su marido por el estudio de
la química, hasta el punto de contratar a un destacado cientíÞco
para que la orientara en su aprendizaje, Humphry Davy2. Era
frecuente que los esposos practicaran juntos varios experimentos
en el laboratorio que tenían instalado en su domicilio. Cuando
Jane terminó el curso de química, su marido y el editor Longman
le animaron a publicar un libro que recogiera los principios bási-
cos de la química, y así fue como escribió y publicó en 1806 su
primer libro, Conversaciones sobre química. En la portada del libro
no aparecía el nombre de su autora, debido a que era mujer y les
debió parecer poco conveniente anunciarla porque podría restar
importancia a la obra. No obstante, el libro fue acogido tan favo-
rablemente por el público que se vendieron rápidamente miles de
ejemplares y se reeditó dieciséis veces. Se calculan unas 160.000
copias vendidas únicamente en Estados Unidos. Es conocido el
agradecimiento que sintió Michael Faraday por Jane Marcet,
cuyo libro representó su “primer profesor”, que le introdujo en
una disciplina apasionante que marcaría la vida del cientíÞco
(Polkinghorn, 2000, 281).
A pesar de que el ejemplar no explicitaba el nombre de Marcet,
era conocida su autoría y sería el primer volumen de una extensa
colección de obras. El nombre de su autora apareció en la deci-
motercera edición, editada en 1837. Sin embargo, el prestigio de
la obra fue tal que en los libros que escribió posteriormente desde
entonces, y en los que tampoco Þguraba su nombre en la portada
en las primeras ediciones, se la presentaba como “el autor de las
Conversaciones sobre química”. La obra fue traducida al francés y ree-
ditada en dos ocasiones en Francia.

2. Humphry Davy fue un eminente cientíÞco británico, mentor de Michael Faraday y


presidente de la Royal Society londinense en 1820. Entre sus logros se contaba la lámpara
Davy, que se utilizaba en el interior de las minas.

22
Marcet eligió presentar los principios básicos de la química a
través de conversaciones entre una instructora, a la que apodó
Mrs. Bryant, y dos aplicadas pupilas, Emily y Caroline. Este for-
mato de diálogo lo mantuvo en obras posteriores, aunque no en
todos sus libros. Consideraba que era el método más didáctico
para transmitir los conocimientos cientíÞcos. Las conversaciones
entre sus personajes le permitía avanzar despacio sobre preguntas
que realizaban las jovencitas a la docta Mrs. Bryant, y si alguna
cuestión era más enrevesada se podían dilatar las conversaciones
con el objeto de aclarar los mecanismos del análisis mostrado. El
libro se estructuraba a lo largo de veintisiete capítulos, con una
extensión de 356 páginas. Las explicaciones se completaban con
grabados de algunos de los experimentos y utensilios indicados en
las exposiciones.
En el año 1819 publicó un nuevo libro de ciencias de la natu-
raleza, titulado Conversaciones sobre Þlosofía natural, una exposición de
los elementos básicos de la ciencia para gente joven. Este libro tenía una
extensión de 220 páginas, en el que se incluía un glosario de con-
ceptos básicos y de deÞniciones. Una vez más, se dirigió al mer-
cado escolar para contribuir a la formación de los estudiantes de
secundaria.

2.1. Las publicaciones económicas de Jane Marcet


El segundo libro que escribió fue Conversaciones sobre economía
política, editado en el año 1816. En opinión de Polkinghorn, los
motivos que pudieron inßuir en Marcet para interesarse sobre las
leyes de la producción y del intercambio, con objeto de volcarlas
en una publicación, sin duda se vieron inßuidas por el “debate
bullionista” que se estaba produciendo al comienzo del siglo XIX
en Gran Bretaña, coincidiendo con la terminación de las guerras
napoleónicas. La cuestión hacía referencia a la vuelta al patrón
oro de Gran Bretaña y a la función del Banco de Inglaterra como
banco de emisión de dinero papel, decisión que implicaba ajustar

23
la proporción adecuada entre las reservas de oro del banco y la
cantidad de billetes que debía poner en circulación3.
La vida social del matrimonio Marcet tenía relación con los
círculos Þnancieros de Londres, lógicamente por las amista-
des familiares adquiridas por medio de su padre, pero también
porque uno de los hermanos de Jane, William Haldimand, fue
director del Banco de Inglaterra. En las reuniones sociales que
se organizaban en la casa de los Marcet acudían economistas de
primera Þla, como fueron David Ricardo y Thomas R. Malthus,
y algunas mujeres relevantes, entre las que estuvieron Harriet
Martineau, Mary Fairfax Somerville y Maria Edgeworth. No
resulta extraño, por tanto, que Jane Marcet se decantara en su
segundo libro sobre las leyes de la economía política, una ciencia
naciente que mostraba los mecanismos del desarrollo industrial
británico (Polkinghorn, 1998, 3).
El éxito del libro cuajó rápidamente entre la clase media alta,
el cual fue editado en catorce ocasiones y traducido al francés y
al alemán. En esta ocasión utilizó sólo a dos interlocutoras: Mrs.
Bryant y Caroline. En el prefacio del libro explicaba que era
una obra dirigida a los lectores jóvenes, de los dos sexos, para
mostrarles que la economía política estaba conectada directa-
mente con la felicidad y el progreso de la humanidad. Como
ciencia restringida que era, acotada para una élite especializada,
resultaba importante, en su opinión, hacerla popular para captar
la atención de su estudio. Los principios que se mostraban en
la obra habían sido tomados especialmente de los tratados de
Adam Smith, Thomas R. Malthus, Jean B. Say y Jean-Charles
L. Sismonde de Sismondi, sobre los que se hacían las referencias
teóricas (Marcet, 1816, V-IX).

3. Una detallada explicación sobre el “debate del bullion” se encuentra en las páginas del
libro de D. P. O’Brien Los economistas clásicos, Madrid, Alianza Universidad, 1989, páginas
208-215.

24
La primera edición contaba con un total de 449 páginas divi-
didas entre veintiún capítulos; correspondiendo cada capítulo a
una conversación concreta, que se circunscribía sobre varios con-
ceptos relacionados con algún apartado referente a la producción
y al intercambio de los mercados. Por ejemplo, el primer capítulo
se titulaba Conversación I: Introducción, que recogía los siguientes
contenidos:

a) Errores conceptuales derivados del desconocimiento de la


economía política.
b) Ventajas derivadas del conocimiento de los principios.
c) DiÞcultades de abordar su estudio.

La segunda conversación, que titulaba Conversación II:


Introducción (continuación), entraba de lleno en la deÞnición de la
riqueza y en el marco social e institucional en los que progre-
saba:

a) DeÞnición de economía política.


b) Crecimiento y progreso social.
c) Conexión entre la economía política y la moral.
d) DeÞnición de la riqueza.

Las sucesivas conversaciones recogían la estructura ordenada


del programa. Conversación III: sobre la propiedad. Conversación
IV: propiedad (continuación). Conversación V: sobre la división del trabajo.
Conversación VI: sobre el capital. Conversación VII: capital (continua-
ción). Conversación VIII: sobre los salarios y la población. Conversación
IX: salario y población (continuación). Conversación X: sobre la condi-
ción de la pobreza. Conversación XI: sobre el beneÞcio. Conversación
XII: del beneÞcio derivado de la propiedad de la tierra. Conversación
XIII: del beneÞcio derivado de cultivar la tierra. Conversación XIV:
del beneÞcio del capital. Conversación XV: sobre el valor y el precio.
Conversación XVI: sobre el dinero. Conversación XVII: dinero (con-

25
tinuación). Conversación XVIII: comercio. Conversación XIX: sobre
el comercio exterior. Conversación XX: comercio exterior (continuación).
Conversación XXI: sobre el gasto.
La organización de la obra sigue una estructura lógica que va
asentando los conceptos sobre las bases de la organización capita-
lista: la propiedad privada, la organización productiva en la divi-
sión del trabajo y la reinversión de los beneÞcios empresariales. A
continuación introdujo el análisis del dinero y el comercio con el
exterior, abriendo con ello las relaciones comerciales entre dife-
rentes países. En toda la obra se utilizan las explicaciones clásicas
basadas en las reglas de la libre competencia de los mercados.
Marcet estaba familiarizada con las exposiciones clásicas referi-
das a la teoría de la población maltusiana y al concepto del estado
estacionario de Ricardo. Ambos representativos de visiones pesi-
mistas en el desarrollo potencial productivo de la sociedad britá-
nica. La teoría de la población, por el supuesto que introdujo de
su crecimiento desmedido, que mantendría los salarios de los tra-
bajadores en un nivel de subsistencia, y el estado estacionario por-
que concebía teóricamente un techo del crecimiento productivo,
dados los recursos y la tecnología disponible en cada momento
histórico. Sin embargo, su interpretación de las posibilidades de
crecimiento económico era más optimista que la de otros autores
clásicos, conÞando en el reajuste de las fuerzas expansivas del
crecimiento industrial británico (Marcet, 1816, 199).
En uno de los diálogos entre Mrs. Bryant y Caroline, referido
a las explicaciones sobre la determinación del valor de cambio
de las mercancías, Marcet introdujo las disquisiciones ortodoxas
de la teoría smithiana, en la que el valor de mercado de los bie-
nes venía determinado por su coste de producción. Sin embargo,
añadió otra explicación acumulativa a la anterior, también inßuía
en la determinación del precio de mercado la valoración subje-
tiva que hacían los consumidores de los bienes, según la utilidad
que tuvieran para ellos. Y continuaba su exposición referida al
valor del trabajo, calculado en función de la utilidad de los bie-

26
nes producidos, por lo que también se podía cuantiÞcar el salario
(Marcet, 1816, 275).
En el capítulo doce, en el que se trataban los beneÞcios deri-
vados de la propiedad de la tierra, argumentaba utilizando la ley
de los rendimientos decrecientes de la producción (Marcet, 1816, 204). Un
aspecto éste interesante y novedoso por la fecha de la publicación
del libro, 1816, entre las dos publicaciones de Ricardo: en 1815,
El ensayo sobre los beneÞcios, y en 1817, los Principios de economía polí-
tica y tributación. David Ricardo es el autor referencial que intro-
dujo la ley de los rendimientos decrecientes en los desarrollos teóricos
de la economía, y Marcet en el capítulo primero de su libro no le
cita como una de las fuentes que inspiran su libro. Probablemente
lo tomaría de Thomas R. Malthus, pero no deja de ser interesante
este aspecto por la fecha de la edición original de las Conversaciones.
Así lo reconoce Joseph Schumpeter cuando admitió que “la cosa
es signiÞcativa y aumenta considerablemente el interés del libro
de Marcet” (Schumpeter, 1954, 537).
El libro de Marcet no pasó inadvertido a los economistas de
su época, que leyeron tanto Thomas R. Malthus como David
Ricardo, elogiando los contenidos de la obra por la precisión
de los conceptos que trataba y por el acercamiento que repre-
sentó entre la población y la comprensión de las leyes de la
economía política. Incluso Jean B. Say celebró el trabajo de
Marcet, indicando que “había sido la única mujer que había
escrito sobre la economía política y se mostraba superior en sus
conocimientos a muchos hombres” (Say citado en Polkinghorn,
2000, 283).
El interés que demostró Marcet en el estudio y en la divulga-
ción de los principios de la economía política le hizo escribir otros
dos libros, titulados Las nociones de economía política de John Hopkins,
editado en 1833, y Ricos y pobres, que se publicó en el año 1851. En
John Hopkins se trataba de instruir en los principios de la economía
a la clase trabajadora, y en Ricos y pobres, acercar a los niños las
bases del entramado económico y social del siglo XIX.

27
Las dos nuevas publicaciones no tuvieron la misma acep-
tación que los dos libros que se han destacado anteriormente:
Conversaciones sobre química y Conversaciones sobre economía política,
aunque Hopkins sí tuvo buena recepción entre los trabajadores
y fue leído por una parte amplia de ellos. El grado de analfabe-
tismo entre la clase trabajadora inglesa no era tan alto como en
otros países europeos, debido a que era costumbre familiar leer
la Biblia al anochecer, acabada la jornada laboral y reunidos
después de cenar.
El protagonista del libro, John Hopkins, era un agricultor con
las penalidades de los trabajadores del siglo XIX. Se añadía a
sus penurias el gran tamaño de su familia, compuesta de die-
ciséis hijos. Cada capítulo del libro, que se extendía a lo largo
de 186 páginas, abordaba explicaciones sobre la evolución de
los salarios, el crecimiento de la población, la productividad del
trabajo, emigración, maquinaria e innovaciones tecnológicas,
comercio exterior y el precio del pan. En este volumen se insis-
tía mucho sobre el peligro que el exceso de población podía
provocar en favor de la depresión salarial, y así lo relataban los
protagonistas del libro, John y la señora Hopkins, que veían cómo
sus hijos no tenían la calidad de vida de otros vecinos con familias
menos numerosas.
Dos vivas señales eran los mensajes que Marcet quería enviar
hacia la clase trabajadora. La primera para concienciarlos de su
papel en el desarrollo de Inglaterra y persuadirlos de la importan-
cia que tenía para el crecimiento económico la suma de las fuer-
zas productivas de los propietarios y de los trabajadores, ambos
navegando en el mismo barco, unidos en el mismo esfuerzo del
que resultarían todos favorecidos. Los capitalistas se lucrarían
a través de los beneÞcios de sus inversiones y los trabajadores
viendo crecer el salario real y, con él, el estándar de vida familiar.
La segunda señal que les lanzaba era para inducirlos a frenar el
crecimiento poblacional y evitar con ello una posible disminución
del salario medio.

28
Ricos y pobres era un libro más breve y sencillo que los otros,
con una extensión de 75 páginas distribuidas en trece lecciones.
La enseñanza de la economía se localizaba en la escuela de un
pueblo rural en la que explicaba la instructora Mrs. Bryant. Los
alumnos lo formaban un grupo de seis entusiastas chicos y los
temas de las lecciones se referían al trabajo, los beneÞcios, el capi-
tal, los salarios, la maquinaria, los precios, el comercio, el dinero
y los bancos. Marcet escribió varios libros dirigidos a la lectura
de niños y niñas, en los que se mezclaba la historia del cuento
con algunas cuestiones modernas, con el propósito de componer
una obra educativa en la comprensión del nacimiento de la nueva
sociedad británica. Por ejemplo, La visita de Berta a su tío en Ingla-
terra, editado en 1831 en tres volúmenes, se estructuraba bajo la
forma de diario en el que Berta escribía cartas a su madre, en ellas
relataba sus impresiones de una Inglaterra moderna y en expan-
sión. Otro libro, titulado El viaje de Willy en ferrocarril, editado en
1850, relataba las peripecias de un niño rebelde de seis años que
describía las sensaciones de su primer viaje en tren.

2.2. Conclusiones referidas a la obra de Jane Marcet


Marcet escribió una serie de volúmenes muy populares entre los
británicos, en los que se enunciaban con precisión los conceptos
y las deÞniciones de las leyes de la economía política. Fue signiÞ-
cativa la temprana incorporación que hizo en las Conversaciones de
economía política de la ley de los rendimientos decrecientes de la producción
y de la teoría subjetiva del valor, dos conceptos que se generalizarían
en los textos de los economistas clásicos en años posteriores. Sus
publicaciones traspasaron la frontera británica y se extendieron a
otros mercados, como fueron el americano, el francés y el alemán.
El reto que se había marcado tenía una relevante signiÞcación:
difundir los principios básicos de la economía entre la clase media,
las mujeres, los trabajadores y los niños y las niñas británicos. La
idea no sólo pretendía conseguir adiestrar de manera educativa a

29
la población para favorecer su aproximación a una ciencia joven
como era la economía política, sino que el objetivo primordial era
reducir las tensiones que pudieran surgir en el proceso productivo
entre los intereses de la clase formada por los terratenientes y
los empresarios y los intereses de los trabajadores del campo y de
los obreros industriales.
Jane Marcet desempeñó un papel importante en la populari-
zación de una amplia variedad de disciplinas teóricas sobre los
principios de las ciencias experimentales y de la ciencia social de
la economía. Por otra parte, participó en el avance de la posición
de las mujeres, al entrar ella misma en el grupo de pensadores
que escribieron sobre los fundamentos teóricos de las ciencias
que se impartían en las enseñanzas medias y en las universidades.
Coadyuvó con su esfuerzo en la incorporación de las mujeres a la
educación y al trabajo.

3. VIDA Y OBRA DE HARRIET MARTINEAU (1802-1876)

Harriet Martineau nació el 12 de junio de 1802 en la casa de


Gurney Court, situada en la calle Magdalen de Norwich, una
ciudad localizada al noreste de Londres. Vino al mundo en el
seno de una familia numerosa de ocho hijos: Elizabeth, Thomas,
Henry, Robert, Rachel, Harriet, James y Ellen. Sus padres fueron
Thomas Martineau y Elizabeth Rankin, ambos pertenecientes a
la congregación de la Iglesia unitaria4. Thomas Martineau fue
un próspero hombre de negocios dedicado a la manufactura de
ropas, profesión que permitió a la familia disfrutar de un nivel

4. Iglesia de raíces protestantes que rechaza la existencia del inÞerno, el ser humano está
predestinado a la salvación. Niegan la idea de la Santa Trinidad y es una comunidad muy
amplia y tolerante. En la tradición unitaria estuvo también Mary Wollstonecraft.

30
de vida confortable. El apellido francés Martineau venía de sus
antepasados hugonotes, que habían huido a Inglaterra escapa-
dos de Francia durante la persecución religiosa del siglo XVII.
Harriet Martineau recordaba a su padre como un hombre afable
y trabajador pero dominado por su madre, de la que no guardaba
buen recuerdo. Elizabeth Rankin era hija de un reÞnador de azú-
car de Newcastle, una mujer inteligente pero también arrogante
y despótica. Harriet recordaba su niñez con tristeza, rememorán-
dola en su Autobiografía como una etapa de su vida que comenzó
con el invierno (Todd, 2002, 3).
La familia Martineau se ocupó de dar una buena educación a
los hijos, tanto a los chicos como a las chicas. Harriet y su her-
mano James, que llegó a ser un eminente teólogo unitario, fueron
educados conjuntamente por los hermanos mayores. Henry les
enseñaba redacción y aritmética, Elizabeth se ocupaba de la lec-
tura y les ayudaba con los ejercicios, y su hermano mayor Thomas, al
que reverenciaban, les enseñaba latín. James se libraba de apren-
der las enseñanzas complementarias dirigidas únicamente a las
mujeres de la familia, coser, bordar y las tareas caseras. Por suerte
para Harriet, aprendía con agrado a coser y a bordar, tareas que
llevaba a cabo con placer mientras las combinaba con la lectura
de poesía.
A los once años comenzó a acudir al colegio, bajo la tutela
del honorable reverendo Isaac Perry, cuyos sermones le resul-
taban espantosamente tediosos, pero de los que obtuvo bue-
nas enseñanzas. En esos años cultivó el francés y, sobre todo,
aprendió a escribir y a estructurar la redacción en lengua
inglesa con fluidez y claridad. Más tarde, dedicada profesio-
nalmente a sus tareas literarias y periodísticas, no dudaba que
el adiestramiento recibido en su juventud, en especial sobre
las lecturas y las redacciones, le había permitido escribir con
precisión y calidad en su madurez. La escritora George Elliot
dijo de ella que era la única mujer británica que poseía el arte
de la escritura (Todd, 2002, 6).

31
A los doce años Harriet Martineau empezaba una adolescen-
cia más plena al tomar contacto con las tareas que le satisfacían
en la vida: leer y escribir. Sin embargo, un nuevo problema vino
a perturbar su tranquilidad y le acompañaría el resto de su vida.
Empezó a perder la capacidad auditiva. Gradualmente sus oídos
empeoraron, y a los dieciséis años era prácticamente sorda. La
familia no quería ver el problema de Harriet y consideraban que
la incomunicación aparente mostraba su falta de atención y se
debía a que no ponía cuidado en las cosas. Ella recordaba fuer-
tes dolores de oídos que poco a poco iban disminuyendo el volu-
men de su percepción auditiva, pero desarrolló un gran coraje
que le hizo compensar con tesón su limitación acústica y no le
restó capacidad para su trabajo y sus relaciones sociales. Utili-
zaba una trompetilla que se colocaba en los oídos para facilitar
la comunicación con los demás. Contaba Harriet en su Autobio-
grafía que la sordera le había marcado positivamente a lo largo
de su vida porque resultó ser el origen de un gran impulso de
superación personal.
Siendo una adolescente comenzó a ser una ávida lectora de
periódicos, siguió la gran victoria británica en la batalla de Water-
loo, en la que Wellington venció a Napoleón, así como los debates
sobre las leyes de granos en Gran Bretaña, que afectaba al precio
del pan, elevándolo y provocando hambrunas entre los trabaja-
dores. En 1818 se trasladó quince meses a Bristol para acudir a
una escuela a continuar con su educación. Allí estudiaba duro,
pero encontró mucho cariño en casa de su tía Kentish, que repre-
sentaría una persona de toda su conÞanza y con la que man-
tuvo una relación muy cálida y cercana durante toda su vida;
aquella casa era un verdadero hogar en el que se sintió acogida.
En Bristol los hermanos Martineau, Harriet y James, estuvieron
bajo la supervisión de Lant Carpenter, educador y ministro uni-
tario. Fue un periodo en el que Harriet recordaba haber recibido
un importante bagaje intelectual bajo la inßuencia de su mentor,
que la introdujo en la Þlosofía de David Hartley y en la tradi-

32
ción intelectual unitaria a través de la Þgura de John Priestley. Por
otro lado, Martineau conectó con el pensamiento de los Þlósofos
radicales Jeremy Bentham y James Mill. Harriet había crecido en
Bristol mental y emocionalmente, estaba preparada para iniciar
su carrera profesional de escritora y desarrollar sus propias ideas,
que quedarían reßejadas en una extensa obra escrita.
En 1824 murió de indigestión su querido hermano Thomas y
dos años más tarde también murió su padre, los dos cabezas de la
familia. La mala suerte caía sobre ellos, no sólo tuvo que sobre-
ponerse al fallecimiento de dos personas muy queridas para ella,
sino que además ocurrió la quiebra de la economía familiar como
consecuencia de la crisis desencadenada en Gran Bretaña entre
1824 y 1825, que había atrapado a los negocios manufactureros
de su familia. Poco después, en 1827, murió también su prome-
tido, John Worthington, un compañero de estudios de teología
de su hermano James. Harriet se mantuvo soltera el resto de su
vida, e incluso llegó a posicionarse en contra del matrimonio, en
referencia a la desigualdad social que el vínculo matrimonial esta-
blecía entre los hombres y las mujeres de su época, como puede
leerse en el capítulo III del libro Cómo observar. Moral y costumbres,
publicado en 1838.
Harriet había empezado a publicar esporádicamente desde
los diecinueve años. En 1822 ya era colaboradora habitual de
la revista unitaria denominada Monthly Repository, a cambio
de cincuenta libras al año. En el número diecisiete de dicha
revista, fechado en octubre de 1822, escribió un artículo titu-
lado ‘La educación de las mujeres’, donde expuso que si en
Inglaterra las niñas y los niños siguieran el mismo proceso
educativo, el progreso de sus capacidades intelectuales sería el
mismo (Polkinghorn, 1998, 15). Cuando la familia pasó algu-
nos apuros económicos al Þnal del año 1829, las mujeres Martineau,
madre y hermanas, tuvieron que coser para ganarse la vida.
Ella compatibilizaba la costura con sus contribuciones en el
Monthly Repository.

33
Durante esa época, tampoco ella gozó de una buena salud,
sufría de dolores crónicos estomacales desde la niñez, pero desa-
rrolló una gran actividad literaria, incluso escribió algunos poe-
mas. Se refugió una temporada en Dudley, una localidad cercana
a Birmingham, en la casa de su hermano Robert, dedicado al
igual que su padre al negocio de la manufactura industrial, y que
en aquellos años ya había formado su propia familia. A Harriet le
reconfortaba escribir y le hacía sobrellevar mejor sus penalidades.
Fue precisamente durante su estancia en Dudley cuando leyó las
Conversaciones sobre economía política de Jane Marcet. La lectura del
libro le interesó hasta el punto de barruntar ella misma escribir
sobre la producción y el comercio. Al igual que le había ocurrido
a Marcet, le sedujo la idea de colaborar en la concienciación de
la sociedad británica para orientar a la ciudadanía en sintonía
con las reformas políticas y sociales que auspiciaran el desarrollo
industrial. Las cuestiones referentes a la economía política habían
captado tempranamente su atención. En 1827 publicó dos pan-
ßetos divulgativos sobre la industrialización y el “problema de la
maquinaria”. El primero, titulado Los alborotadores; o un relato de los
malos tiempos, y el segundo, El comienzo, o la paciencia de la mejor polí-
tica, en ellos hablaba sobre la futilidad de las huelgas. Por estos y
otros trabajos parecidos recibía una libra como pago, publicacio-
nes que el editor vendía anónimamente por un penique.
Martineau le contaba a Jane Marcet en una carta fechada en
octubre de 1832 que había leído las Conversaciones de economía política
“una y otra vez, con deleite, durante el año en el que el libro había
caído entre sus manos”. Harriet, inspirada por el éxito notorio del
libro de Marcet, gestó la idea de popularizar la economía política
a través de historias noveladas, lo consideró la mejor manera de
exponer las leyes de la producción, el intercambio, la distribución
y el consumo de la riqueza. La doctrina económica que utilizó
en sus novelas era la que estaba recogida en las obras de Adam
Smith y James Mill. El editor del Monthly Repository, William J. Fox,
fue el que la puso en contacto con su hermano, Charles Fox, que

34
Þnalmente editó la colección de veinticinco novelas, bautizada en
su conjunto como Ilustraciones de economía política.
Su vida cambió de rumbo a partir del momento en el que le
llegó el éxito editorial que la catapultó a la fama y a la populari-
dad desde 1832, año en el que comenzó a publicarse la colección.
Desde entonces gozó de prestigio editorial e intelectual, que le
permitieron alcanzar un nivel de vida holgado. Trasladó su resi-
dencia a Londres y se relacionó con la crema de la sociedad britá-
nica; entre sus amistades se contaban los parlamentarios Richard
Monckton Milnes y Charles Buller, y la economista clásica Jane
Marcet.
La primera obra de la serie se tituló Vida en territorio salvaje, en la que
relataba las peripecias de una colonia inglesa ubicada en Sudá-
frica. En este primer libro destacaba el origen de los procesos de
producción, desarrollados gracias a la especialización de la mano
de obra y que, por tanto, requerían de la división del trabajo. Al
hilo de la narración se promovía la organización de la producción
en fases y el posterior intercambio de las mercancías en los mer-
cados. La última novela de la colección, La moraleja de muchas fábu-
las, recogía un compendio de argumentos sobre la potencialidad
del crecimiento económico de la economía inglesa. Resaltó espe-
cialmente la importancia del avance tecnológico y del desarrollo
del comercio internacional para encauzar la actividad de un país
dentro de la senda del progreso económico y social.
Fue una mujer culta y viajera. Entre 1834 y 1836 recorrió parte
de Estados Unidos atraída por el espíritu libre americano y por
el potencial de crecimiento que demostraba su economía. Visitó,
entre otros lugares, Nueva York, FiladelÞa, Baltimore y Washington.
Conoció y trató a algunos líderes abolicionistas con los que hizo
causa común, pronunciándose en contra de la esclavitud en múl-
tiples ocasiones. Estas experiencias quedaron reßejadas en el libro
La sociedad en América, publicado el año 1837. En 1839 inició un
viaje por el Viejo Continente que interrumpió en Venecia por una
dolencia de ovarios que la tuvo postrada y recluida durante cinco

35
años en Tynemouth, un pueblo situado cerca de Newcastle. En
1844 fue tratada con mesmerism, un discutible tratamiento de tipo
hipnótico, pero que en ella resultó muy efectivo. Recuperada de
sus terribles dolores, Martineau Þjó su residencia en Ambleside,
ciudad situada en el Distrito de los Lagos, allí se construyó una
casa, The Knoll, y ese fue su hogar el resto de su vida. Entre los
años 1846 y 1847 emprendió de nuevo un largo viaje por Oriente
Próximo, Egipto y Tierra Santa. Las vivencias y las observacio-
nes ocurridas a lo largo de su periplo de ocho meses de duración
sirvieron para que escribiera La vida en Oriente. Pasado y presente,
editado en 1848.
En el año 1839 había publicado una novela que tituló Deer-
brook, en tres volúmenes. Durante los años comprendidos entre
1852 y 1866 escribió habitualmente para el periódico Daily News,
calculándose alrededor de 1.600 artículos publicados. Cuando
volvió a caer gravemente enferma en 1855 y pensó que moriría
en poco tiempo, decidió ser la intérprete de su propia vida de
cara al público, y por ello comenzó a escribir su Autobiografía,
aparecida un año después de su muerte, y su propio obituario.
Falleció a la edad de 74 años, y según sus propios deseos, fue
enterrada sin ritos religiosos. Murió en Ambleside el 27 de junio
de 1876.

3.1. La novela económica de Harriet Martineau


La novedad que introdujo Martineau fue sacar a la economía
política y su lenguaje del ámbito académico, con objeto de hacer-
los accesibles entre la ciudadanía, que si tomaba conciencia de
la importancia de la potencialidad de crecimiento del capita-
lismo británico del siglo XIX, participaría con entusiasmo en el
esfuerzo común de la riqueza productiva del país, a la vez que se
beneÞciaría individualmente cada ciudadano como receptor de
las rentas, consecuencia de sus aportaciones a la producción. Y
así quedaba reßejado en el prólogo de la primera novela. El reto

36
que se había planteado con la colección de los libros era popula-
rizar los principios de la economía política clásica entre el público
no especializado.
La colección de novelas estaba proyectada para aparecer men-
sualmente a lo largo de dos años, que Þnalmente fueron 1832
y 1834. No fue fácil para ella encontrar el primer editor de sus
libros. Le fallaron los primeros editores irlandeses con los que
había comprometido el primer ejemplar, a los que siguieron otros
de Norwich que tampoco la secundaron. Y, como se ha comen-
tado anteriormente, fue Charles Fox el editor de sus libros. Prime-
ramente la edición era pequeña, sólo de cuatrocientos ejempla-
res, pero el éxito fue tan rápido que inmediatamente se hizo una
reimpresión de dos mil ejemplares, y así hasta llegar a cinco mil
volúmenes. Los libros, que habían sido editados en papel barato y
en un formato sencillo, que cabían en un bolsillo, al poco tiempo,
con la demanda creciente de ejemplares, cambiaron de diseño y
se editaron con la cubierta de piel, tomos en los que se incluían
dos o tres novelas agrupadas. Entre sus lectores entusiastas esta-
ban la princesa Victoria, la duquesa de Kent, el poeta Samuel T.
Coleridge, Charles Darwin y Thomas R. Malthus, que elogió con
admiración la colección.

Antes de comenzar la trama novelada, Martineau presentaba


un conjunto de conceptos básicos de contenido económico, que si
bien para un conocedor de las leyes de la economía no eran nece-
sarios, sí lo era en este caso, y se indicaban al principio de cada
obra para evitar confusiones con el lenguaje cotidiano y para deÞ-
nir con precisión algunos términos técnicos importantes en los
que se centraba cada uno de los relatos. Por ejemplo, al principio
del primer libro deÞnió el concepto de riqueza de un país y cómo
puede aumentarse con el paso del tiempo. Para Martineau, y para
los economistas clásicos, la riqueza material consistía en los bie-
nes que se consumen, y podrían acrecentarse a través de dos vías:
la elevación de la productividad física del trabajo y el aumento de

37
la cantidad de trabajo existente. La única limitación que Marti-
neau imponía al crecimiento de la producción era la inteligencia
humana.
En cuanto a cómo mejorar la productividad física del trabajo,
también se precisaba cuáles eran las rutas adecuadas: se hacía
mejor el trabajo que ya era conocido o en el que se perseveraba,
y se ahorraba tiempo de trabajo si se realizaba siempre la misma
tarea en vez de simultanear varias. Por otro lado, se economi-
zaba trabajo si se utilizaba de manera combinada junto con la
maquinaria, que acortaba el tiempo de producción y facilitaba
la tarea a la mano de obra. Es decir, que la especialización y
capacitación de la mano de obra, junto con los avances de la tec-
nología aplicados a la maquinaria, mejoraban enormemente los
resultados de la oferta de bienes. Una vez definidos los concep-
tos económicos básicos que servían de esqueleto para la historia
novelada, comenzaba el relato.
La primera novela, titulada originalmente como Life in the
Wilds5, fue traducida al castellano en 1836 con el título de La
colonia aislada. En ella se trenzaba la economía con un relato nove-
lado que explicaba la posición ventajosa de Gran Bretaña en el
mundo. Para no alargar en exceso las etapas de la historia que
explicaban la formación del capitalismo, y dado que se dirigía
a un público desconocedor de la teoría económica, imaginaba
una catástrofe en una colonia inglesa asentada en Sudáfrica. De
esta manera, los colonos estaban familiarizados con el sistema
mercantil británico del XIX, pero tenían que comenzar de cero
la reconstrucción de la colonia, haciendo un paralelismo con lo
que había ocurrido en la historia de Gran Bretaña. Los habitan-
tes de la colonia eran conocedores, por tanto, de las técnicas de
producción y de la organización empresarial, pero partían con los
mínimos recursos disponibles. La calamidad se había desencade-

5. La traducción literal debería haber sido Vida en territorio salvaje.

38
nado como consecuencia de un ataque inesperado de una tribu
bosquimana, aborígenes asentados en la región colonizada por
los ingleses.
Los pasos sucesivos que permitían alcanzar de nuevo la pros-
peridad a una organización social y económica mostraban los
escalones que históricamente se habían dado en el proceso de
industrialización inglés. Todo comenzaba con el principio smi-
thiano de la división del trabajo, que implicaba la especialización
de cada individuo en una tarea productiva, de manera que todos
estaban abocados al intercambio de los mercados, nadie era auto-
suÞciente en una sociedad compleja.
En la segunda novela, que tituló La colina y el valle, se pre-
sentaba al protagonista, el señor Amstrong, como un hombre
mayor, rutinario, satisfecho de su existencia y reacio a recibir
en su región a una nueva empresa siderúrgica. La vida de Ams-
trong estaba organizada casi totalmente fuera del mercado con
una economía de autoabastecimiento. Con la instalación efectiva
de la empresa, en la novela se desplegaba un proceso rápido de
desarrollo comarcal, justificado en la contratación de la mano
de obra local y en la llegada de otras empresas comerciales que
se iban ubicando a la sombra del nuevo brote industrial. La his-
toria no era completamente rosa y también surgían tensiones y
huelgas, derivadas de la disminución salarial sobrevenida en la
localidad como consecuencia de la pérdida de mercados por
la competencia del sector.
La moraleja de las dos novelas acababa mostrando las ventajas
de la división del trabajo y de la industrialización, como conse-
cuencia de los beneÞcios obtenidos de la producción y distribui-
dos entre los ciudadanos, dentro del sistema económico basado
en la libre empresa y en la competencia mercantil. En la primera
novela se conseguía recomponer la colonia y acrecentar la pro-
ducción gracias al esfuerzo conjunto de los colonos incentivados
en la búsqueda del interés propio y en la superación personal,
y en el segundo relato, la siderurgia Þnalmente quebraba, pero

39
el señor Amstrong había abandonado sus prejuicios contra el
desarrollo industrial del XIX. Mientras hubiera entendimiento
entre los trabajadores y los propietarios todo marcharía bien, y
en época de vacas ßacas era importante la negociación de los
intereses particulares, pero respetándose la mecánica del modelo
de libre mercado: ajustes productivos asentados en la ßexibilidad
de precios y salarios o, al Þnal, todos perderían con la quiebra
empresarial.
La colección de novelas terminaba con el libro La moraleja de
muchas fábulas. Para cerrar el repertorio de libros eligió un ensayo
de recorrido histórico en el que se repasaban las sucesivas etapas
del progreso industrial en Inglaterra, con las ventajas derivadas
del comercio internacional, que permitía a cada región o país
especializarse en la producción de determinados bienes para lo
que estaban mejor dotados, en función de los recursos dispo-
nibles en la naturaleza y en las capacidades industriosas de la
mano de obra adiestrada. Por ejemplo, reflexionaba cómo el
avance en la construcción de las viviendas, el paso de las cho-
zas de adobe a las casas de ladrillos y luego a las mansiones de
piedra, había desencadenado un conjunto de adelantos entre
los que citaba a los fabricantes de ladrillo, los carpinteros, los
vidrieros, albañiles, pintores, tapiceros, cerrajeros y los fabri-
cantes de muebles. Un progreso que se había alcanzado gracias
a la acumulación del capital y a la división del trabajo (Gallego,
2005, 53).

3.2. Conclusiones de la obra de Harriet Martineau


La obra de Harriet Martineau fue conocida y valorada por sus
contemporáneos. En aquella época la economía política era una
ciencia joven, conocida en los círculos Þnancieros, entre los aca-
démicos universitarios y rápidamente aceptada en el entorno inte-
lectual de la sociedad británica. Sin embargo, las clases medias y
bajas, que representaban a la mayoría de la población, descono-

40
cían completamente los principios teóricos del modelo capitalista.
Martineau, al igual que había hecho previamente Jane Marcet,
abrió las fronteras del conocimiento económico con sus nove-
las, y esa era la tarea que se había propuesto: concienciar a la
población de la importancia que tenía, para todos, armonizar los
intereses entre los propietarios y los trabajadores. El crecimiento
económico que mostraba el modelo clásico no tenía otros límites
que los de la inteligencia humana.
Las dos novelas comentadas, Vida en territorio salvaje y La colina y
el valle, fueron las que abrieron la colección, publicadas en 1832.
La última novela de la serie, La moraleja de muchas fábulas, editada
en 1834, repasaba los principios teóricos que habían inspirado
todas las novelas, entre los que se destacaban la división del tra-
bajo y la acumulación del capital, que representaban los dos raíles
sobre los que se deslizaba el progreso industrial.
Vida en territorio salvaje era una novela de aventuras, con mensajes
económicos claros y sencillos. En este libro, Martineau describía la
metodología del modelo capitalista, asentado en la propiedad pri-
vada de los factores, una naturaleza humana tendente a la división
del trabajo y al espíritu de empresa. El segundo libro, La colina y el
valle, contaba una historia de localización industrial de la metalur-
gia del hierro. El mensaje de la novela era que la industria podía
crecer rápidamente en una región, con los consiguientes efectos
externos: formar una masa de trabajadores en torno a la indus-
tria y contagiar la prosperidad a otros sectores económicos. Sin
embargo, las poblaciones preindustriales se mostraban reacias a
cualquier tipo de cambio, como era el caso del personaje central
de la novela, el señor Amstrong.
El éxito editorial de las veinticinco novelas redundó en bene-
Þcio de la economía política como disciplina cientíÞca, porque
con estos libros salió del ámbito académico para popularizarse
entre la ciudadanía. Lo que no se conoce se rechaza por omisión
y, desde luego, no se estudia. Sin duda, hay que achacar el mérito
a Harriet Martineau, que acertó con el producto; pero también se

41
puede pensar que la clase media de la Inglaterra del XIX estaba
muy receptiva en querer conocer mejor los entresijos del capita-
lismo. Había optimismo, conßuencia de intereses entre los pro-
pietarios y los trabajadores, y también había ganas de afrontar las
diÞcultades de la movilidad ascendente en la posición social, que
se podía conseguir con el esfuerzo del trabajo y el riesgo empre-
sarial. El mensaje lanzado era muy positivo y esperanzador para
el capitalismo británico.

4. VIDA Y OBRA DE MILLICENT GARRETT FAWCETT (1847-1929)

Millicent Garrett nació en el seno de una familia numerosa y de


un alto nivel de vida. Su padre regentaba una próspera empresa
dedicada al comercio de granos y al transporte marítimo en
Alderburgh, Inglaterra. Su hermana mayor, Elizabeth, fue la pri-
mera mujer británica que estudió medicina, y era la prometida
de un notable profesor de Cambridge y parlamentario británico,
Henry Fawcett. Elizabeth rompió su compromiso matrimonial con
Fawcett, pero él continuó visitando a la familia, con la que man-
tenía una buena amistad. Pasado un tiempo, fue Millicent quien
aceptó comprometerse con Fawcett, en el año 1866.
En 1867, a la edad de 19 años, Millicent Garrett se casó con
Henry Fawcett6, diputado liberal independiente, catedrático de
Economía Política en la Universidad de Cambridge, y quizás el
más eminente de los economistas formados en la lectura y los
debates que siguieron la publicación de las diversas ediciones de
los Principios de economía política (1848) de John Stuart Mill en las
décadas de 1850 y 1860. Amigo personal de Mill y a veces cari-
caturizado como mero vulgarizador de los temas económicos de

6. Para la vida y obra de Henry Fawcett (1833-1884), véanse Stephen, Leslie (1885).

42
Mill, en realidad Fawcett discrepaba bastante de las ideas de su
amigo, siendo mucho más desconÞado de cualquier intervencio-
nismo en economía por parte del Estado y mucho más ortodoxa-
mente liberal que Mill, postura que encontrará un eco en las ideas
económicas expuestas por su mujer.
Fawcett era ciego, lo que obligaba a su mujer a convertirse
durante los 17 años que duró su matrimonio, como ella misma
cuenta en sus memorias, What I Remember (1924), “en los ojos y
manos” de su marido. Aunque Fawcett tuvo secretario personal
desde 1871, ella actuó de amanuense, lectora y ayudante para sus
estudios y sus escritos y siempre estuvo con él en el Parlamento,
leyendo y redactando para su marido ciego, leyéndole todos los
documentos e informes oÞciales que un diputado necesariamente
tiene que conocer, ayudándole a redactar sus discursos, y asis-
tiendo constantemente en su apoyo en los debates parlamenta-
rios. Así Millicent Garrett Fawcett presenció en 1867 el primer
debate en el Parlamento británico sobre el sufragio femenino. Es
de ella, en sus memorias (1924, 64-66) como testigo directo, la
mejor descripción del momento de la intervención de Mill en el
debate que empezó como un proyecto de extender únicamente
el sufragio masculino a capas de la sociedad menos pudientes eco-
nómicamente. Mill propuso sin éxito el sufragio universal a secas,
no solamente masculino, es decir, dando el voto a las mujeres,
con la estratagema de sustituir en el proyecto de ley la palabra
“hombre” por la de “persona”.
Millicent Garrett, aunque provenía de una familia ilustrada
—su hermana mayor, Elizabeth, fue la primera mujer de Gran
Bretaña en practicar la medicina—, había recibido una educa-
ción bastante rudimentaria y casera. Los primeros años de su
matrimonio parecen haber sido una especie de curso acelerado en
ciencias políticas y económicas. Fruto de este proceso es la colec-
ción de artículos y ensayos que ella Þrmaba conjuntamente con
su marido, Essays and Lectures on Social and Political Subjects de 1872,
una colección de catorce estudios de los cuales ella Þrma ocho. Si

43
ella de verdad es autora de estos estudios —y aquí surge otra vez la
misma polémica que vimos en la relación de la supuesta coautoría
entre Harriet Taylor y John Stuart Mill de los Principios de economía
política de 1848— o incluso coautora, demuestra a los 25 años
una soltura en el manejo de la ciencia económica de su tiempo
muy por encima de la de sus contemporáneas. Ya, en 1870, había
publicado un texto introductorio de economía para adolescentes,
Political Economy of Beginners, basado quizás en su propio aprendi-
zaje en la ciencia, un éxito editorial que tendría una decena de
reediciones en las siguientes décadas. Con un enfoque esencial-
mente milliano, pero más ortodoxamente liberal como su marido,
se atreve sin embargo a discrepar de Mill en varios puntos, sobre
todo en cuanto al socialismo, donde Garrett Fawcett pone mayor
énfasis en sus defectos e impracticabilidad, terminando el capí-
tulo con una pregunta para sus alumnos: “Demuestre, tomando
en cuenta las proposiciones anunciadas en este capítulo, que el
capitalista es el verdadero benefactor de las clases asalariadas y
no los despilfarradores o los que dan limosnas”.
Es, sin embargo, en sus contribuciones a los arriba mencionados
Essays de 1872 donde Garrett Fawcett demuestra sus capacidades
analíticas, en dos estudios económicos Þrmados por ella. El pri-
mero es una larga carta en forma de ensayo publicada en el Times
de Londres en diciembre de 1870 sobre los aspectos económicos
de la gratuidad de la enseñanza pública. Apoyándose en Malthus,
ella se opone a cualquier servicio público gratuito porque consi-
dera que en realidad no será gratuito, sino supondrá un aumento
en la carga Þscal local, obligando precisamente a los más pobres
a pagar más impuestos, con mayor peso todavía en el caso de los
solteros y los que no tenían hijos. En un segundo ensayo, sobre
deuda nacional y prosperidad nacional, Garrett Fawcett ataca al
endeudamiento por parte de los Gobiernos y el abusar de la venta
de títulos de deuda pública como medio de Þnanciación utilizando
el argumento ricardiano de que cualquier endeudamiento público
a largo plazo empeña injustamente a futuras generaciones. En

44
segundo lugar, ella invoca la idea que nosotros conocemos como
“crowding out”: la deuda pública absorbe capital que podría ser
invertido más productivamente en el sector privado.
Amén de un intento de escribir otro best seller como su Political
Economy for Beginners, una colección de cuentos ilustrativos de las
lecciones de economía a la manera de Harriet Martineau7, los
Tales in Political Economy de 1874, que no tuvo el éxito esperado,
Garrett Fawcett dejará de lado sus estudios económicos hasta Þna-
les de siglo. En estos años hasta su muerte en 1929 y sobre todo
a partir de liberarse de los cuidados de su marido al fallecer éste
en 1884, Garrett Fawcett se dedicó de lleno al movimiento sufra-
gista británico, “absorbida en la tarea de sufragio”, en sus propias
palabras, llegando a presidir durante doce años la National Union
of Women’s Suffrage Society, la NUWSS (la Unión Nacional
de Sociedades para el Sufragio Feminista), el ala moderada del
movimiento. Lamentablemente, esto implicaba el casi abandono
de sus estudios económicos, y su progresión como economista,
tan prometedora, parece haberse quedado estancada, aunque de
forma puntual pronunciaría unas conferencias sobre temas eco-
nómicos en el Queens College de Londres en 1879 y 1889.
En un artículo publicado en 1891 en el Economic Journal de Cam-
bridge, Sidney Webb, un prominente socialdemócrata, basándose
en el análisis de información estadística recogido por la Socie-
dad Fabiana, que comparaba los salarios de los hombres con los
de las mujeres, y los distintos tipos de trabajo desempeñados por
los dos sexos, aÞrmaba que el tipo de trabajos desempeñado por
mujeres era “inferior” que el de los hombres, lo cual se reßejaba
igualmente en salarios inferiores. Garrett Fawcett, en un opúsculo
publicado en la misma revista el año siguiente, discrepaba de tal
aÞrmación (1892). Aceptaba que la productividad de las mujeres
era más baja que la de los hombres, pero atribuía esto a la segrega-

7. Martineau, Harriet, Illustrations of Political Economy, 18 tomos. Londres, 1832-1834.

45
ción laboral, al hecho de que a las mujeres sólo les era permitido
dedicarse a ciertos trabajos mecánicos o triviales mal retribuidos.
Pero aun cuando hay igual trabajo para hombres y mujeres, sus
salarios siguen siendo desiguales. Esta situación se debía, según
Garrett Fawcett, no solamente a la costumbre, o a prácticas dis-
criminatorias, que las había, sino a la concentración y sobreoferta
de la mano de obra femenina en ciertas ocupaciones. Según ella,
no hay que pedir la igualdad salarial entre hombres y mujeres, sino
remunerar la calidad del trabajo desempeñado. Cita el ejemplo
de un colegio de Londres, donde un exceso de oferta de mano de
obra femenina había dado como resultado la rebaja en los sala-
rios de las profesoras contratadas, mientras la escasez de oferta de
profesores masculinos había resultado en salarios más altos para
ellos. Abunda en un ejemplo de otro colegio que decidió estable-
cer la igualdad salarial entre profesores masculinos y femeninos,
con el resultado de que, dado el exceso de oferta de profesoras,
entre las cuales entonces el colegio podía elegir, las profesoras
contratadas eran de una calidad muy superior, y mucho mejor
cualiÞcadas que los profesores contratados. Las profesoras debían
de haber cobrado por lógica más que sus compañeros hombres.
En cuanto al problema de la segregación laboral, la respuesta ade-
cuada es romper con las barreras de entrada al mercado de trabajo,
una inversión en capital humano que permitiría a las mujeres el
acceso a un mayor abanico de posibilidades de formación profesio-
nal, intelectual y cientíÞca, y así romper con el gueto de las tareas
de bajo salario en el cual están recluidas las mujeres.
Volverá Garrett Fawcett a este tema con una perspectiva algo
distinta al Þnal de la Primera Guerra Mundial. En un ensayo de
1917, The Position of Women in Economic Life, argumenta Garrett
Fawcett que el papel que habían jugado las mujeres en esta gue-
rra, sustituyendo a los hombres ausentes en el frente en casi todas
las tareas productivas en la economía, desde trabajar en las fábri-
cas de municiones o en las minas de carbón hasta hacerse con-
ductoras de autobuses o desempeñar mil distintos oÞcios, había,

46
en sus propias palabras, “destrozado la Þcción de que las mujeres
eran incapaces del trabajo cualiÞcado”. Ataca la teoría de que
los salarios de las mujeres eran bajos porque eran un mero comple-
mento al salario familiar principal, el del marido. Urge a los sin-
dicatos a ayudar a organizar y promover las reivindicaciones de
las mujeres en el mercado de trabajo. En un cambio de opinión
algo abrupto reclama para las mujeres igualdad salarial con el
hombre, dado que la guerra había demostrado que ellas ya son
igualmente eÞcientes como los hombres. A igual eÞciencia, igual
salario. Quizás el mayor interés en estas páginas es la utilización
por parte de Garrett Fawcett de la idea de las barreras de entrada
al mercado de trabajo que sufren las mujeres, idea tomada del
comercio internacional. Retomando su postura de 1892, reclama
Garrett Fawcett otra vez igualdad de oportunidad para las muje-
res a todos los niveles, igualmente en el mundo profesional como
en el mundo industrial. En una breve nota publicada en el Eco-
nomic Journal de 1918, resume su postura así. Lo que las mujeres
necesitan para conseguir la igualdad salarial con los hombres es
“libertad de entrada a las industrias y oÞcios cualiÞcados y las
oportunidades para una mejor formación profesional, además de
la organización de las mujeres en sindicatos, o en los de los hombres,
o en los suyos propios, y el poder político, es decir el sufragio
femenino, para apoyar sus reivindicaciones industriales” (Garrett
Fawcett, 1918, 4).

4.1. Conclusiones de la obra de Millicent Garrett Fawcett


¿Cómo debemos enjuiciar a Millicent Garrett Fawcett como
mujer economista? Ella misma no concede mucha importancia a
esta faceta de su formación: apenas hay referencia a sus estudios
y publicaciones económicos en su detallado relato autobiográÞco
escrito a Þnal de su vida, en 1924, What I Remember, unas memo-
rias donde ella destaca su importante papel en la larga lucha para
conseguir el sufragio femenino en Gran Bretaña.

47
En la primera etapa de sus publicaciones económicas de la
década de 1870, sin embargo, Garrett Fawcett había sido una de
las mujeres economistas mejor preparadas de su tiempo. Enton-
ces, a la vez que continuadora de la tradición divulgativa britá-
nica ejempliÞcada por Jane Marcet y Harriet Martineau, demos-
traba, gracias probablemente a la inßuencia de su marido, y al
mundo universitario y parlamentario en el que ambos se movían,
ser una precursora de estas mujeres economistas británicas cien-
tíÞcamente mejor formadas de Þnales del siglo XIX, como Mary
Paley Marshall o Clara Collet.

48
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men for similar work’, Economic Journal, volumen 4, nº 1,
páginas 639-658.

APÉNDICE

1. Bibliografía cronológica de Jane Marcet con los títulos originales


de sus principales publicaciones

• Conversations on Chemistry (1806).


• Conversations on Political Economy, in which the elements of the science
are familiarly explained (1816).

51
• Conversations on Natural Philosophy, an exposition of the Þrst elements
of the science for very young children (1819).
• Conversations on Evidences of Christianity (1826).
• Conversations on Vegetable Physiology (1829).
• Bertha’s visit to her uncle in England (1831).
• Essays (1831).
• John Hopkin’s Notions of Political Economy (1833).
• The Ladies companion to the Flower Garden (1841).
• Conversations on the History of England (1842).
• Conversations on Language for Children (1844).
• Willy’s Travels on the Railroad (1850).
• Rich and Poor (1851).

2. Bibliografía cronológica de Harriet Martineau con los títulos


originales de sus principales publicaciones

• Illustrations of Political Economy (1832-1834).


• Illustrations of Taxation (1834).
• Society in America (1837).
• Retrospect of Western Travel, 3 volúmenes (1838).
• How to Observe. Morals and Manners (1838).
• Deerbrook, a Novel, 3 volúmenes (1839).
• Life in the Sick Room (1843).
• Letters on Mesmerism (1845).
• Eastern Life, Past and Present (1848).
• Household Education (1849).
• History of England During the Thirty Years’ Peace, 1816-1846
(1849).
• Introduction to the History of the Peace (1851).
• Letters from Ireland, from the Daily News (1852).
• The Positive Philosophy of Comte, freely translated and condensed
(1853).
• A Complete Guide to the English Lakes (1855).

52
• British Rule in India, an Historical Sketch (1857).
• Suggestions towards the Future Government of East India (1858).
• Biographical Sketches, from the Daily News (1869).
• Harriet Martineau´s Autobiography. With Memorials by M. W.
Chapman (1877).

3. Bibliografía cronológica de Millicent Garrett Fawcett con los


títulos originales de sus principales publicaciones

• Political Economy for Beginners (1870).


• Essays and Lectures on Social and Political Subjects (1872).
• Tales in Political Economy (1874)
• ‘Mr Sidney Webb’s article on women’s wages’ (1892), Econo-
mic Journal, volumen 5, nº 2, páginas 173-176.
• ‘The position of women in economic life’, in W. Harbutt
Dawson After-War Problems (1917).
• ‘Equal pay for equal work’ (1918a), Economic Journal, volumen
109, nº 28, páginas 1-6.
• ‘Equal pay for equal value’ (1918b), Contemporary Review,
nº 114, páginas 387-390.
• What I Remember (1924).

53
La liberación de las mujeres y la economía
según Harriet Hardy Taylor Mill (1807-1858)
Elena Gallego Abaroa

1. VIDA, ENTORNO SOCIAL E INTELECTUAL DE HARRIET HARDY


TAYLOR MILL

Harriet Hardy nació el 10 de octubre de 1807, en la casa fami-


liar que se encontraba ubicada en el número 18 de Beckford
Row, una calle del sur de Londres, en Walworth. Su madre se
llamaba Harriet Hurst, y su padre, Thomas Hardy, fue cirujano
y ginecólogo de profesión, actividad laboral que le permitió
obtener unos ingresos suficientes para financiar la educación de
sus numerosos hijos: Thomas, Alfred, William, Harriet, Caro-
line, Edward y Arthur. Según cuenta Hayek, Thomas Hardy era
un hombre autoritario y de mal carácter, aspectos de su per-
sonalidad que pudieron favorecer el temprano matrimonio de
Harriet Hardy, así como la posterior relación no muy cordial
que mantuvo con sus padres. Se casó a los dieciocho años con
su primer marido, John Taylor, el 14 de marzo de 1826, once
años mayor que ella, del que tuvo tres hijos: Herbert, Algernon
y Helen (Hayek, 1951, 23).

55
John Taylor era un joven socio de la Þrma David Taylor &
Sons, dedicada a la venta al por mayor de medicamentos, activi-
dad que le reportó una posición próspera como hombre de nego-
cios. Los Taylor pertenecieron a la Iglesia unitaria8, y por otra
parte, John Taylor simpatizaba con las propuestas de los políticos
radicales. El cambio de vida familiar y social que supuso para ella
el matrimonio produjo dos hechos inmediatos: evitó el control de
su enérgico padre y entró en contacto con los unitaristas radica-
les9. El matrimonio Taylor Þjó su residencia en el número 4 de
Christopher Street, en Finsbury Circus, la casa quedaba cercana
a la capilla unitarista de la que William J. Fox era ministro.
El nacimiento del primer hijo del matrimonio Taylor, Herbert,
ocurrió el 24 de septiembre de 1827. El segundo hijo, Algernon,
al que llamaban Haji, nació el 2 de febrero de 1830, y su hija
Helen, a la que apodaban Lily, vino al mundo el 27 de julio de
1831.
No hay mucha información sobre la vida de Harriet Taylor, si
se exceptúa la que aportó John Stuart Mill en su Autobiografía, pero
se conoce alguna descripción del perÞl de su personalidad reali-
zada por una hija de W. J. Fox en 1831, fecha en la que Harriet
Taylor contaba 24 años. La niña la reÞere como poseedora de
una belleza y de una gracia exquisita, de grandes ojos negros y
con una dulce voz; era una mujer a la que sus hijos adoraban.
Estas observaciones las amplió Hayek indicando que a la delica-
deza de su figura se unían unas fuertes convicciones y emociones
que la empujaron a rechazar las rigideces sociales y las rancias

8. Iglesia que rechaza la existencia del inÞerno, el ser humano está predestinado a la salva-
ción. Niegan la idea de la Santa Trinidad y es una comunidad muy amplia y tolerante. En
la tradición unitarista estaban otras escritoras conocidas como fueron Mary Wollstonecraft
y Harriet Martineau.
9. Los unitaristas radicales tenían inßuencias de la Iglesia unitaria y de los políticos radi-
cales, eran favorables a la igualdad de derechos civiles y políticos y a la educación de las
mujeres.

56
costumbres de su época, en la que una mujer se encontraba bajo
la tutela de los hombres como inferior intelectual y excluida de
muchas actividades que ella hubiera deseado llevar a cabo (Hayek,
1951, 25). Sobre su educación no aparecen comentarios en nin-
guna de las fuentes utilizadas, de lo que parece razonable deducir
que fue autodidacta.
De estos primeros años de la vida de Harriet Taylor se conser-
van algunos breves escritos y unos pocos poemas, pero ninguno
puede ser fechado con seguridad; aunque sí es conocida su cola-
boración esporádica en el Monthly Repository10, en el que se publi-
caron tres de estos poemas, titulados Written and Daybreak, To the
Summer Wind y Nature, que pueden leerse en el Apéndice I del libro
de Hayek, 1951, páginas 271 a la 274.
Harriet Taylor conoció a John Stuart Mill, presuntamente en
1830, en una cena en casa de William Fox. Es conocida la fas-
cinación mutua que sintieron al conocerse y el profundo afecto
que les unió el resto de sus vidas. El círculo de amistades con las
que Harriet Taylor mantenía una estrecha relación en esa época
estaba formado por William Johnson Fox y las hermanas Eliza y
Sara Flower.
Fox era un buen orador, pastor principal de la iglesia unitarista
y editor del Monthly Repository, además llegó a ser miembro del
Parlamento por el distrito de Oldham. Fox se dio a conocer públi-
camente por la defensa cerrada que hizo desde la “Liga contra
las Leyes de Granos” en favor de la libertad de comercio en opo-
sición a las leyes de granos11. El reconocimiento que Fox tenía entre

10. Periódico editado desde 1827 por William Fox con el objetivo de atraer nuevos Þeles a
la Iglesia unitaria, en el que colaboraron personalidades importantes de la sociedad londi-
nense, algunos políticos radicales y pensadores utilitaristas.
11. Discusiones teóricas que se llevaron a cabo desde 1816 hasta 1846, fecha en la que
se derogaron las medidas proteccionistas que se habían defendido en Gran Bretaña para
favorecer la producción interna de cereales frente a la apertura comercial. Ver Schwartz,
Pedro, La “nueva economía política” de John S. Mill. Tecnos, Madrid, 1968, página 79.

57
los Þlósofos radicales12 le había valido la invitación para ser uno
de los colaboradores del primer número de la revista Westminster
Review, fundada por Jeremy Bentham y sus seguidores en 1824 y
editada por primera vez en 1826. La revista resultó ser un eÞcaz
medio de expresión de las ideas políticas de John S. Mill y de sus
compañeros Þlósofos radicales (Rossi, 1970, 34).
Eliza y Sara Flower eran dos mujeres jóvenes, interesantes y
atractivas. Eliza era una compositora de cierta distinción y Sara
escribía poesía; habían perdido a su madre cuando eran niñas, y
en el año 1829, en el que murió su padre, William Fox había sido
designado el administrador de sus bienes. En 1830 Eliza contaba
con 27 años y Sara con 25.
En 1830 William Fox era un hombre de 44 años con un infe-
liz matrimonio que acabó en ruptura, separándose de su mujer
en 1835, suceso que ocurría mientras se asentaba su profunda
amistad con Eliza Flower, que además de ayudarle en sus tareas
literarias, tras la separación matrimonial de su mentor se trasladó
a su casa para encargarse de la administración del hogar. Ni que
decir tiene el escándalo que supuso para la sociedad londinense
del XIX observar una actitud tan poco convencional. Probable-
mente este acontecimiento estrechó la amistad entre Eliza Flower
y Harriet Taylor, dada la posición en la que se estaba colocando
Taylor, mujer casada y sin embargo devota amiga de John Stuart
Mill, con el que se la veía con frecuencia. Existen cartas entre
Eliza y Harriet Taylor que demuestran la intimidad que tuvieron
las dos amigas.
Sara Flower se casó en 1834 con William Bridges Adams, un
activo político radical que colaboraba con frecuencia en las pági-
nas del Monthly Repository y que se incorporó al círculo de amis-

12. En 1823 John Stuart Mill y un grupo de jóvenes radicales crearon la Sociedad Utilitaria
inspirados en las actitudes de los Þlósofos franceses del XVIII. Sus objetivos eran participar
activamente en la política y colaborar con escritos en la prensa británica para favorecer la
reforma parlamentaria de Inglaterra.

58
tades que frecuentaban Harriet Taylor y John S. Mill. Alrededor
de este grupo de personas, cercanas a Harriet Taylor, también
alternaban en las reuniones sociales otros escritores, asimismo
colaboradores con el periódico unitarista; entre ellos estaban
Harriet Martineau, amiga de William Fox y de su hermano
Charles Fox, editor de sus novelas, y las hermanas Gillies, Mar-
garet y Mary. Margaret era pintora de miniaturas y Mary era
novelista y una gran defensora de los derechos de las mujeres
(Hayek, 1951, 27 y 28).
En palabras de John Stuart Mill, el utilitarismo de Bentham
cuestionaba cómo en asuntos de moral y de derecho era frecuente
encontrar las expresiones como “la ley natural”, “la recta razón”,
“el sentido moral”, “la rectitud natural”, etcétera, que no hacían
más que ocultar dogmatismos sin ninguna razón justiÞcativa de
los hechos o sentimientos expresados a continuación. Mill con-
sideraba que con el utilitarismo empezaba una nueva era en el
desarrollo del pensamiento moral, apareciendo el principio de la
felicidad en la moralidad de las acciones y de sus consecuencias
(Mill, 1986, 84). Existían conexiones entre los utilitaristas y la
congregación unitaria, de la que formaban parte varios discípu-
los de Jeremy Bentham; no era el caso de Mill, que fue un anti-
clerical, y sin embargo gran amigo de William Fox, con el que
mantuvo una estrecha relación. La Iglesia unitaria es de una gran
tolerancia incluso hoy en día, y en el siglo XIX acogía cómoda-
mente a los Þlósofos radicales y a las primeras defensoras de los
derechos de las mujeres. La sintonía que compartían unitarios y
utilitaristas estaba en la propuesta benthamita de desear disfrutar
del placer frente al dolor, y en esa búsqueda de la felicidad se
encontraba el deseo de los unitarios de moverse en una sociedad
menos convencional. Frente a metodologías tradicionales marca-
das por estrechas rutas de razonamiento, concurrentes con una
rígida estructura social, se encontraron utilitaristas y unitarios.
Mill había recibido una férrea educación dirigida por su padre,
James Mill. El joven Mill se consideraba a sí mismo una personali-

59
dad “árida y una ruda máquina lógica”, como él mismo se deÞnió
en su Autobiografía. Sin embargo, se sintió carente de desarrollo
emocional y con diÞcultades para entablar vida social, lo que le
impedía alcanzar relaciones de intimidad con los demás. Cuando
contaba algo más de veinte años, el círculo social con el que Mill
se relacionaba era un grupo de pensadores radicales entre los que
estaban George y Harriet Grote, John Roebuck, Charles Buller,
Joseph Hume, William Molesworth, Sidney Smith, Charles y Sara
Austin, Francis Place y Eyton Took, su amigo más íntimo (Rossi,
1970, 34).
John S. Mill comenzó a trabajar en el año 1823 en la East
Indian Company bajo la inmediata supervisión de su padre, con los
años llegó a ser el director principal de la correspondencia con la
India en el departamento de los Estados Indígenas, puesto que
consiguió alcanzar dos años antes de su jubilación, en 1858.
En el año 1826 John S. Mill pasó una profunda depresión,
probablemente porque necesitaba desarrollarse emocional y per-
sonalmente, rompiendo la dependencia que se había forjado con
respecto a la autoridad paterna durante toda su juventud. Su
estado nervioso de decaimiento, como denominó a su depresión
en la Autobiografía, fue superado volcándose en la lectura, en espe-
cial en los libros de poesía. En opinión de Alice Rossi, si esta crisis
no se hubiera desencadenado, John S. Mill no habría pasado de
ser un mero exponente secundario de las ideas de James Mill y
de Jeremy Bentham, sus dos educadores.
La amistad entre Harriet Taylor y John S. Mill marcó la vida
de ambos a partir de 1831, para Mill supuso entrar en la madu-
rez de su desarrollo emocional. El día que se conocieron Mill y
Taylor, en casa de William Fox, había otros invitados presentes,
entre los que se contaban dos Þlósofos radicales, John Roebuck
y George John Graham, y la escritora Harriet Martineau. El
apego entre ellos se aÞanzó tan rápidamente que pasó a resultar
algo perturbador, tanto para las familias de ambos como entre su
círculo de amistades. La descripción que hace Mill de ella en el

60
capítulo VI de la Autobiografía, que titula ‘El comienzo de la más
valiosa amistad de mi vida’, demuestra el enorme cariño y la pro-
funda admiración que sentía hacia la personalidad y las cualida-
des intelectuales y emocionales de ella.
En 1833 la situación personal de Harriet Taylor se complicó
hasta el punto de provocar una separación matrimonial de seis
meses, con objeto de meditar sobre la continuidad de su casa-
miento, propuesta que había hecho John Taylor con la esperanza
de hacerla recapacitar y replantearse la relación con Mill. Sin
embargo, John S. Mill y Harriet Taylor ese año estuvieron juntos
en París varias semanas en otoño, como se demuestra en las cartas
que escribieron conjuntamente a William Fox y Eliza Flower. Las
cosas siguieron como estaban y la amistad entre ellos no dejó de
progresar. Harriet siguió viviendo con su marido, mientras que
John S. Mill residió en la casa familiar con sus padres y hermanos.
Su padre, James Mill, falleció en 1836. Mientras tanto, John S.
Mill la visitaba tanto en su casa de Londres, donde residía John
Taylor, como en la casa de campo que tenía el matrimonio Taylor,
en la que Harriet pasaba temporadas con su hija Helen.
Cuenta Mill en la Autobiografía que la entereza del carácter
de ella le hacía desdeñar las falsas interpretaciones que podían
dar lugar sus visitas cuando estaba alejada de su marido, incluso
cuando viajaban juntos ocasionalmente. Resaltó que su relación
en aquel tiempo (primeros años de la década de 1840) fue única-
mente de profundo afecto y conÞdencial intimidad, y aunque no
les importaban las convenciones sociales, sí cuidaban el decoro
social de su conducta (Mill, 1986, 219).
John Taylor murió penosamente de cáncer en 1849, primoro-
samente atendido por su mujer. En 1851 se casaron Taylor y Mill,
en el mes de abril, en la OÞcina de Registros de Londres. Lamen-
tablemente, la salud de la nueva pareja era endeble, tanto Harriet
como John padecieron accesos tuberculosos durante largos años,
antes y después del matrimonio, lo que les hizo buscar con fre-
cuencia lugares de clima benigno en Francia e Italia, y eso fue lo

61
que hicieron en 1852, se trasladaron a pasar el verano a Francia.
En otoño de ese mismo año se desplazaron a su residencia lon-
dinense en Blackheath Park, en las afueras de la ciudad, desde
donde Mill viajaba en tren hasta su trabajo. A veces Algernon
y Helen pasaban una temporada con ellos. Parte de la rutina de
sus vidas ha quedado reßejada en la correspondencia de sus hijos.
Por ejemplo, en una carta de Algernon se relata una escena fami-
liar en la que Mill tocaba ocasionalmente el piano, únicamente
cuando se lo pedía su madre. La música que ejecutaba era de su
propia creación según la inspiración del momento, y el hijo la
caliÞca en la carta de singular y asombrosamente característica.
Cuando terminaba la pieza, Harriet le preguntaba cuál había
sido la idea inspiradora de la improvisación, porque el hecho de
tocar era para aßorar nuevas ideas (Rossi, 1970, 69).
Se lamentaba Mill en la Autobiografía cómo aquella maravi-
llosa época sólo le duró siete años y medio de su vida, le parecía
imposible describir vagamente lo que supuso para él la muerte de
Harriet Taylor, suceso que ocurrió el 3 de noviembre de 1858, en
Avignon, camino de Montpellier, como resultado repentino de un
ataque de congestión pulmonar. Incapaz de alejarse mucho de
ella, Mill compró una casa cercana al cementerio donde estaba
enterrada, en la que pasaban largas temporadas al año él y la hija
de Harriet, Helen Taylor.

2. LAS REGLAS DEL JUEGO SOCIAL PARA LAS MUJERES EN EL SIGLO XIX

Las conductas y tradiciones que impregnaban a la sociedad bri-


tánica del siglo XIX, referentes a las pautas de comportamiento
mujeril, eran de un proceder cavernario, tanto dentro de la fami-
lia como fuera de ella. El clima político y social impedía a las
mujeres acceder a la educación secundaria y a las universidades,
bastaba con que aprendieran a leer y escribir y algunas cuestio-

62
nes “propias de su sexo”, como bordar o tocar algún instrumento
musical. El acomodo de su supervivencia económica, en la clase
media alta, era el matrimonio o el convento, sólo las mujeres sol-
teras accedían a algunos empleos como señoritas de compañía o
maestras. Carecían de derechos legales sobre sus hijos y sobre sus
propiedades, sin ninguna capacidad para gestionar su herencia,
incluso en el caso de las viudas, que veían cómo sus bienes recaían
sobre los hijos varones y, en su defecto, sobre tutores administra-
dores de la familia. Incluso se les negaba la anestesia en el parto
porque la Biblia estipulaba que las mujeres debían parir con dolor
y sufrimiento. En la mayoría de los casos, los matrimonios se con-
certaban en función de los intereses económicos familiares.
Mientras tanto, Gran Bretaña se encontraba en la vanguardia
mundial y en pleno desarrollo industrial. Los grandes economistas
que habían aßorado y la aparición de una nueva ciencia estaba
en plena ebullición y en un proceso constituyente de las bases
de una nueva disciplina cientíÞca: la economía política. Entre
los más representativos teóricos destacaban Adam Smith, David
Ricardo y Thomas R. Malthus. Los nuevos economistas habían
asentado la teoría del sistema productivo en tres robustos pilares:
la propiedad privada, la libertad de elección de los individuos y el
modelo dinámico de crecimiento económico emanado de la con-
tinua reinversión de los beneÞcios empresariales, siempre estimu-
lados a seguir acreciendo. En este siglo de avances mundiales, en
especial para la clase masculina dominante, las mujeres se man-
tenían al margen del progreso económico y social, pero las aguas
de sus inquietudes estaban empezando a revolverse y a cuestionar
su deseo de participar, de manera activa, en la nueva sociedad
capitalista. Las mujeres tomaron conciencia de su capacidad para
elegir lo que más les convenía y se plantearon tomar las riendas
de sus vidas, comenzando nada menos que con la exigencia de
igualdad de derechos con los hombres.
Desde el panorama del que partían las mujeres era difícil
romper el círculo social dominante que las mantenía alejadas de

63
la esfera política y social y, sin embargo, es en el siglo XIX cuando
todo empieza a cambiar y cuando se inició una ola de demandas
para comenzar el acceso a una mejor educación, al trabajo y el
derecho a votar. Por primera vez en la historia, el año 1893, en
Nueva Zelanda se reconoció el derecho al voto para las mujeres,
seguido de Australia en 1902, Finlandia en 1906 y Noruega en
1913. En Gran Bretaña ocurrió en 1918 y en Estados Unidos
en 1920. Aunque el reconocimiento del voto femenino sucedió
entrado el siglo XX, excepto en el caso de Nueva Zelanda, es a lo
largo del siglo anterior cuando se produjeron las discusiones polí-
ticas, luchas callejeras y convulsiones sociales que desembocaron
en el sufragio universal.

3. EL FEMINISMO TEMPRANO DE HARRIET HARDY TAYLOR MILL

Las ideas de Harriet Taylor no pueden documentarse plenamente


sino a través de la Autobiografía de John Stuart Mill, en la corres-
pondencia que mantuvo a lo largo de su vida y que se conoce gra-
cias a Hayek, y en tres ensayos de Taylor, que son los que sirven
de referencia a este trabajo. Los dos primeros están escritos entre
1831 y 1832, uno sobre el matrimonio y el divorcio, que escribió
para intercambiar ideas con Mill, que redactó simultáneamente
otro ensayo sobre la misma cuestión. En el segundo escrito se refi-
rió a la importancia de romper con el conformismo social. En
este segundo ensayo se aÞrmaba la creencia de que no pasarían
muchos años para que las mentes diáfanas se multiplicaran en
número, abriendo el camino hacia una sociedad moralmente per-
feccionada. Los dos ensayos fueron editados por Hayek en 1951,
el primero está incluido en el capítulo denominado ‘Matrimonio
y divorcio’ y el segundo se encuentra en el Apéndice II, titulado
‘Un ensayo temprano’. El primero está traducido al castellano y
se puede leer en dos publicaciones diferentes españolas. En el año

64
2000 fue incluido en el libro Ensayo sobre la igualdad de los sexos de la
editorial Antonio Machado Libros, que además contiene el inte-
resante estudio sobre la relación intelectual entre Harriet Taylor
y John S. Mill de Alice S. Rossi, prologado por Victoria Camps y
con un apéndice de Emilia Pardo Bazán. La segunda traducción
es del año 2001, recogida en Ensayos sobre la igualdad sexual, editada
en Cátedra y con un estudio introductorio de Neus Campillo.
El tercer ensayo que aquí se analiza es el más extenso y el
más conocido de Taylor, titulado La liberación de las mujeres, publi-
cado originalmente en 1851 en la Westminster Review y que se va
a comentar más adelante. Este ensayo fue recuperado por Alice
S. Rossi en 1970 y también se encuentra traducido en las dos
publicaciones citadas anteriormente y, asimismo, está recogido
íntegramente en el libro de Mujeres economistas 1816-1898, editado
por Delta en el año 2005, traducido por María Olaechea y con
una introducción de Elena Gallego Abaroa.
Los principios utilitarios impregnaban el pensamiento de
Taylor, especialmente en los argumentos que desplegaba sobre los
derechos de igualdad, libertad y de autodeterminación de las
mujeres, deseos embebidos en alcanzar una vida más plena y
satisfecha, dirigidos a conseguir cotas de mayor felicidad perso-
nal. Para abundar sobre esta cuestión planteada asumía que las
mujeres, como seres humanos que son, podían valorar sus propios
sentimientos. A lo que añadía que, como cualquier otro indivi-
duo, merecían decidir sobre su felicidad. Insistía Taylor en que
ningún ser humano debía disponer sobre otro. Así lo indicaba en
el último párrafo del ensayo sobre el matrimonio y el divorcio,
cuando especiÞcó la necesidad de las mujeres en cultivar y desa-
rrollar sus percepciones vitales, “¿no hemos nacido con los cinco
sentidos, meramente como fundamento para otros que podamos
crear con ellos? (Pujol, 1995, 85).
Una crítica razonable que se le hace a Harriet Taylor desde
la posteridad discute la relevancia de sus aportaciones dada la
escasez de la obra escrita que tiene, y la necesidad de recurrir a

65
la palabra de John S. Mill para medir, con generosidad, la talla
intelectual de Taylor. En este trabajo se recibe con naturalidad
el mensaje de Mill y, por tanto, se acepta la colaboración intelectual
de los esposos en las obras que se indican en la Autobiografía: el
ensayo Sobre la libertad y el capítulo VII del Libro IV de los Principios
de economía política.
Si se admite que la talla intelectual de Taylor era apreciable
a pesar de las escasas publicaciones, resulta relevante que el tra-
bajo de mayor extensión y profundidad, por el que estuvo dis-
puesta a escribir y a reconocerlo como propio, comenzara con
una exposición de conclusiones de una convención americana en
la que se solicitaba el voto para las mujeres y para los hombres
de color. Harriet Taylor demandaba la igualdad de derechos para
hombres y mujeres en todos sus mensajes, pero hablaba del voto
de las mujeres con especial atención y riqueza argumentativa en
el ensayo de 1851.
Taylor, como decía Mill, tenía la cualidad de adelantarse a los
tiempos en los que vivía, y resultó que con este artículo fue una de
las primeras mujeres en la historia que apuntaron a la igualdad
ciudadana sin distinción de sexos, exigiendo el derecho a votar. Su
actitud dejó una huella tan profunda en el pensamiento de John S.
Mill que fue éste el primero en solicitar en el Parlamento británico
el voto para las mujeres en el año 1866, época en la que fue parla-
mentario. Su solicitud fue rechazada sin mucho apoyo en la Cámara
de los Comunes. Una relevante economista del XIX estuvo pre-
sente ese día en la tribuna de invitados, Millicent Garrett Fawcett,
esposa de Henry Fawcett, discípulo de Mill, profesor de Cambridge
y también parlamentario británico. El impacto que tuvo sobre ella
el discurso de Mill provocó el entusiasmo político de Garrett
Fawcett, que además de trabajar en favor de la reelección de Mill
en el Parlamento, cosa que no ocurrió, llegó a ser la presidenta de
la Unión Nacional de Sociedades de las Mujeres Sufragistas entre
los años 1907 y 1919, por lo que tuvo la satisfacción de ver recono-
cido el voto a las mujeres en el año 1918 en Gran Bretaña.

66
La campaña feminista visible y efectiva en apoyo de la demanda
del sufragio universal había cobrado fuerza en 1903 con la crea-
ción de la Unión Política y Social de las Mujeres, grupo formado
por Emmeline Pankhurst y su hija Christabel, que inundaron de
panßetos las calles y el Parlamento británico y que se echaron a la
calle, organizaron piquetes y llegaron a estar encarceladas (Offen,
2007, 16).
En La liberación de las mujeres arrancaba Taylor con una exposi-
ción vibrante sobre las cuestiones discutidas en una reciente con-
vención sobre los derechos de las mujeres, celebrada en el Estado
norteamericano de Massachusetts en el mes de octubre del año
1850. En esta populosa convención, según rezaba el New York Tri-
bune, habían unido sus fuerzas las mujeres y los líderes afroameri-
canos para luchar juntos contra la discriminación sexual y racial,
o la aristocracia del sexo y del color, como lo denominó Taylor.
La primera de las seis resoluciones adoptadas por la convención
se refería a los derechos que tiene todo ser humano a expresar sus
opiniones y a participar directamente en la elección de los políti-
cos gobernantes. En la segunda resolución se decía literalmente:
“Las mujeres tienen derecho al voto y a ser consideradas elegibles
para cargos públicos..., y que toda persona que aÞrma represen-
tar a la humanidad, la civilización y el progreso de los tiempos,
está obligada a defender la bandera de la igualdad ante la ley, sin
distinción de sexo o color”.
Los argumentos que esgrimió en su ensayo para desmontar
las tesis antagonistas que taponaban la liberación de las mujeres
giraban alrededor de tres ejes: la maternidad, la incorporación al
mercado laboral y el endurecimiento del carácter.
Decía Harriet Taylor en el ensayo que “no es necesario ni justo
imponer a las mujeres la obligación de ser madres o nada”. Para
esclarecer su proposición exponía unos argumentos tan sencillos
como aplastantes. Simplemente dijo, “cuando la incompatibi-
lidad es real se resuelve por sí misma”. CaliÞcó de gravemente
injusto utilizar la doctrina de la imposibilidad de encaje entre

67
la vida familiar y el trabajo para desposeer a todas las mujeres
de su potencial laboral, cuando no se legislaban incompatibilida-
des para los profesionales masculinos. Continuando con la misma
cuestión, le resultaba controvertible ofuscarse en esta tesis para el
caso de las mujeres solteras, condenadas a la nada, contra las que
se solía argumentar que su posible incorporación al mundo profe-
sional podía aumentar peligrosamente la competencia, haciendo
bajar los salarios. En una madeja de frases elocuentes, introdujo
la importancia de ampliar la educación que recibían las mujeres
con el Þn contrario al que sus detractores proponían. El objetivo
debería ser capacitarlas mejor, abriéndoles las puertas de la edu-
cación para romper su dependencia económica del matrimonio y
que la maternidad no fuera el único camino de su supervivencia.
El tiempo le ha dado la razón como se ha comprobado en la evo-
lución social y económica del mundo occidental.
Sobre el curioso argumento de la peligrosidad que corrían las
mujeres de endurecer su carácter si salían del corralito familiar, ella
misma situó dicha proposición en una época anterior y anticuada
para la sociedad británica del XIX. A pesar de ello, y considerando
que todavía subsistían creyentes en la necesidad de preservar a las
mujeres de la insensibilidad y del egoísmo que corrompe a los hombres
en el mundo de la política y de los negocios, señaló algunas reßexio-
nes. De nuevo recurrió a explicaciones sencillas e inequívocas, “en
las presentes condiciones de vida, no sabemos dónde se hallan
esas inßuencias negativas a las que están sometidos los hombres y
exentas las mujeres..., y cuando esa presión es excesiva quiebra el
espíritu y entumece y agria los sentimientos, tanto de las mujeres
como de los hombres, puesto que ellas no sufren menos que ellos
a causa de esos males”. Lo extraordinario de esta cuestión es que
resultaba conveniente preservar a las mujeres de las malas inßuen-
cias del mundo con el Þn de contrapesar las maldades masculinas,
y así impedir empeorar a los hombres en una degeneración social
inhumana. Las mujeres, en su inactividad profesional, resultaban
ser una reserva espiritual para el reposo del guerrero.

68
4. CONTRA EL CONFORMISMO

Un ensayo temprano fue escrito por Taylor en 1832. Es una reßexión


sobre la férrea moral convencional impregnada de conformismo,
al que caliÞcaba como la raíz de toda intolerancia. La opinión
social dominante de su época la consideró un poder fantasmal,
donde la mayoría de las mentes débiles se oponían a unas pocas
mentes fuertes, con el objetivo de conseguir aplastar cualquier
manifestación de independencia al margen de la moral domi-
nante. El remedio lo encontraba en permanecer incólumes y
suÞcientemente fuertes, en solitario, y así conocer el placer de
la autosuÞciencia. Si se concebía y permitía que la gente tuviera
alguna sospecha de que los líderes sociales podían ser cuestio-
nables, en el sentido de retrógrados, el siguiente escalón que el
grupo de seguidores podría alcanzar sería abandonarle y abrir sus
mentes hacia otras posibilidades más enriquecedoras, de manera
que cada uno de ellos se dejara guiar por su propia luz (Taylor,
1832, 276).
Retomaba esta idea en La liberación de las mujeres, y comentaba
la inconsistencia de presuponer la conveniencia de institucio-
nes y de prácticas sociales por la simple rutina de ser habituales,
cuando de hecho su existencia podía atribuirse a otras causas,
como históricamente había ocurrido con la sumisión atávica deri-
vada de la fuerza física. No era aceptable un prejuicio ratiÞcado
en sí mismo con frases que apelaban a sentimientos preexistentes,
y así ocurría en el caso del sometimiento de las mujeres, a las que
se las emplazaba en el entorno familiar, condenadas a la vida pri-
vada y doméstica. No era admisible que una parte de la especie
humana pudiera decidir sobre la otra, sino que la esfera propia
de todos debía desarrollarse con una total libertad de elección
(Taylor, 2005, 94-96).
En el pensamiento de Taylor era insistente el desespero que
le producía enfrentarse con argumentos ancestrales cuyo mérito
consistía en permanecer recurrentes en el tiempo: lo que ha sido

69
así, así debe de continuar. Rechazaba las costumbres de una aris-
tocracia dominante que dirigía la sociedad de su tiempo y de la
que quería separarse. No existían verdades absolutas, y por eso las
mentes honestas incluían la tolerancia hacia las nuevas ideas y
las nuevas costumbres como base del conocimiento.

5. EL MATRIMONIO Y EL DIVORCIO

La concatenación de las ideas de Taylor tenía un nexo común


en el que se traslucía el continuo deseo de liberar a las mujeres
de las cadenas más opresoras de la sociedad que le tocó vivir, y
el corazón de la cuestión se explicaba por la dependencia econó-
mica de las mujeres, característica primordial de las relaciones
matrimoniales que determinaban la supervivencia femenina. En
este marco, el matrimonio y el divorcio reclamaron su atención,
analizados con el mismo prisma que los demás asuntos observa-
dos anteriormente, que no era otro que aßorar los derechos de las
mujeres y su capacidad para tomar decisiones sobre sus vidas, en
libertad y en igualdad con los varones.
Para entrar en esta parte de las propuestas taylorianas se entre-
sacan sus observaciones del ensayo que escribió en 1831, junto
con el que compuso simultáneamente Mill. En esta ocasión también
recurrimos a John S. Mill porque ha dejado información más por-
menorizada que ella y muestra el contrapunto de una realidad
social conformada en la moral dominante. Al comenzar Mill con
la redacción de las palabras que ella le ha pedido para que emer-
gieran sus opiniones sobre esta cuestión, consideró el asunto de
alcance para sus vidas, porque de todos los temas vinculados con
las instituciones humanas era el que tenía más relación con la feli-
cidad de ella. Además, Mill indicaba que su exposición se había
realizado sin las sugerencias de Taylor, pero que le había solici-
tado “poner por escrito para mí lo que ha pensado y sentido sobre

70
el mismo tema, y allí aprenderé todo lo que he, y ciertamente lo
que no he, descubierto por mí mismo” (Mill, 2000, 91).
Las disquisiciones de Taylor localizaban los vicios de la insti-
tución matrimonial en la desigualdad legal y social de la relación
entre los cónyuges, provocados por la carencia educativa de las
mujeres y por los hábitos de dependencia económica imbricados
en las relaciones familiares. AÞrmaba Taylor: “A la mujer se la
educa para un único objeto: ganarse la vida casándose (y algunos
pobres espíritus lo consiguen sin necesidad de ir a la iglesia; es
lo mismo: no parecen ser ni una pizca peores que sus respetadas
hermanas). Casarse es el objetivo de su existencia, y cuando lo
han conseguido dejan de existir por lo que respecta a cualquier
cosa digna de ser llamada vida o cualquier Þnalidad provechosa”
(Taylor, 2000, 109).
Taylor consideró que en una sociedad avanzada en la que se con-
cibiera la igualdad de derechos entre todos los individuos, las leyes del
matrimonio serían prescindibles hasta el punto de que nadie elegiría
legalizar el casamiento. Mientras tanto, había que arbitrar alguna
solución para remediar los males del matrimonio, y es en este punto
donde consideró la conveniencia del divorcio, no permitido en Gran
Bretaña cuando se redactaron los escritos de Taylor y Mill.
Taylor propuso un divorcio concertado razonablemente entre los
esposos, basado en el supuesto ingenuo de ¿quién desearía que
otro permaneciera con él en contra de su deseo? Su respuesta
fue que nadie con juicio cabal pretendería ni desearía oponerse a
la separación. Propuso no menos de dos años de duración como
tiempo razonable para deshacer el matrimonio, estableciendo de
esa manera un periodo prudencial para recapacitar antes de estar
en posición de contraer nuevas nupcias, pero con la certeza legal
de la efectividad de la desunión desde el comienzo de la decisión
de la ruptura matrimonial, salvo que durante el tiempo marcado
se retirara la petición. A lo que añadió entre paréntesis: “¡Con sólo
hablar de ello ya tengo ganas de un abogado! ¡Oh, qué absurdo y
mezquino es todo ello!”.

71
La manera de abordar la diÞcultad añadida de un divorcio
con hijos lo resolvía bajo el supuesto de libertad de acceso de las
mujeres a la educación y al trabajo, descargando en su análisis
a las mujeres de la dependencia económica del marido. En una
sociedad donde se concibiera el matrimonio en igualdad de dere-
chos para ambos cónyuges, las mujeres compartirían los gastos
derivados del mantenimiento y de la educación de los hijos, a lo
que añadió que, en ese caso, ellas tendrían interés en tener menos
hijos obligadas a reßexionar sobre la manera de sustentarlos.
En un repentino giro de redacción cambió de tema cuando
terminaba su ensayo para disertar sobre el amor, considerándolo
como la expresión de todo lo mejor y lo más bello que hay en la
naturaleza humana. Se dirigió directamente a Mill, caliÞcándole
como “el más digno apóstol de todas las supremas virtudes”, para
que fuera él el encargado de enseñar al mundo que a más calidad
del goce, mayor será la cantidad del mismo, y mostrar a los demás
el camino de la verdadera igualdad entre los sexos.
Mill era un hombre de una formación exquisita y compleja que
gozaba de reconocimiento intelectual en la sociedad británica del
XIX. Probablemente, una parte importante de la fascinación que
provocó en Taylor su famoso amigo estuvo comprendida por la
profundidad de sus meditaciones y la capacidad de razonamiento
lógico y ordenado que poseía para abordar las cuestiones sociales.
En la esperanza de Taylor estaría interesar a Mill en las materias
referentes a los derechos de las mujeres, con el objetivo de canali-
zar conjuntamente sus pensamientos y conversaciones para darles
un mayor eco social.
En cuanto a las ideas expresadas por Mill en 1831 sobre el
matrimonio y el divorcio, fueron mucho más convencionales que
las de Taylor, sobre todo en referencia a la incorporación labo-
ral de las mujeres, pero la estructura del ensayo es magistral en
cuanto a los peldaños que construye para terminar apuntando
que la disolubilidad del matrimonio es un camino hacia la igual-
dad de los esposos (Mill, 2000, 108). Las ideas que del ensayo se

72
desprenden son muy favorables al respeto mutuo en las relaciones
matrimoniales y a la emancipación de las mujeres de las opresoras
costumbres de la sociedad de su época.
En la literatura especializada sobre la cuestión debatida sobre
el matrimonio y el divorcio en Taylor-Mill, se asume que ella era
más radical que él en referencia al abordaje del mercado de tra-
bajo, pero en opinión de Evelyn L. Forget, es demasiado sencillo
quedarse en esa simple diferencia sobre la radicalidad de sus opi-
niones, y lo adecuado es contextualizar el debate sobre el mapa
social del desarrollo industrial del XIX. Para Forget, Mill estaba
preocupado por la condición miserable de los pobres, y es sobre
este supuesto sobre el que razonaba, temeroso que la incorpora-
ción de las mujeres al mercado de trabajo deprimiera los salarios
y pudiera perjudicar a la economía familiar de la clase trabaja-
dora (Forget, 2003, 306).
En coherencia con sus pensamientos, en el año 1851, en el que
contrajeron matrimonio Mill y Taylor, Mill redactó una declara-
ción personal en forma de promesa, mostrando su compromiso
de igualdad en la relación con Taylor, dadas las restricciones lega-
les a las que estaban sometidas las mujeres en el momento del
casamiento y que recaerían sobre Taylor una vez contraído el
matrimonio. En su declaración expresaba por escrito su “protesta
formal contra la actual ley del matrimonio y su promesa solemne
de no hacer uso de los poderes que la misma le conÞere” (Rossi,
2000, 67).

6. LAS CUESTIONES ECONÓMICAS EN EL PENSAMIENTO DE HARRIET


HARDY TAYLOR MILL

Sobre las opiniones de Taylor que recayeron directamente en


asuntos económicos hay dos grandes apartados. El primero hace
referencia a la dependencia de las mujeres de la economía familiar.

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En este caso se retoman algunas opiniones extraídas del ensayo
La liberación de las mujeres, en concreto las que tienen relación con
la educación, por el efecto que provoca sobre la formación de
la mano de obra y la incorporación de las mujeres al trabajo.
Ambos aspectos en su discurso derivaron hacia varios comen-
tarios sobre la competencia salarial. En el segundo apartado se
presentan las opiniones de Taylor de carácter más general, sin
distinción de sexos, y se refiere a la teoría de la distribución del
producto y a las relaciones de producción entre jefes y subor-
dinados. Para desarrollar este segundo elemento se interpretan
los contenidos del capítulo VII del Libro IV de los Principios de
economía política, firmado por John S. Mill y editado original-
mente en 1848. El motivo que permite fundamentar las opi-
niones de Taylor en dicho libro se debe al reconocimiento que
hizo Mill de la autoría de Taylor de los citados contenidos en
su Autobiografía.

6.1. Sobre la economía familiar


Taylor renegaba de la organización familiar de su época. Su
rechazo se fundamentaba en la subordinación de la mitad de
la especie humana con respecto de la otra mitad: las mujeres
dependientes de padres, maridos y hermanos. Consideraba que
la idea predominante de la virtud había sido deÞnida por la clase
dominante y, lamentablemente, la mayor virtud de las mujeres
era medible en una falsa lealtad a los hombres, según un código
moral en donde las gracias y las obligaciones convenientes de
ellas se medían por la abnegación, la paciencia, la resignación
y la sumisión al poder masculino que demostraban en todo lo
relativo a su comportamiento social. Según Taylor, “el poder se
erigía a sí mismo como el centro del deber moral, según el cual a
un hombre le gustaba tener voluntad propia, pero no le gustaba
que su compañera doméstica tuviera una voluntad distinta a la de
él” (Taylor, 2005, 103).

74
A pesar de la legitimidad del poder arbitrario masculino, el
progreso había mostrado algunas mejoras en los sentimientos
morales de la humanidad, y resultaban algo esperanzadoras las
ideas de Taylor cuando observaba algunos avances sociales en la
contraprestación de las obligaciones familiares de los cónyuges.
Era práctico que los hogares fueran cada vez más un centro de
interés para todos, hombres y mujeres, en el que las circunstan-
cias domésticas representaban una parte importante de la vida y
de sus placeres. La mayor intensidad y mejor calidad de la vida
familiar estaba favoreciendo la cercanía entre los dos sexos. No
obstante, la escasa educación de las mujeres y sus limitadas activi-
dades fuera del entorno familiar, en opinión de Taylor estaba empe-
queñeciendo la masculinidad, debido a las relaciones desiguales de
un compañerismo que se establecía entre un marido educado y una
mujer sin formación intelectual. La tristeza de sus palabras se encon-
traba en la consideración de que su análisis se refería a la normalidad
social, donde la situación de dependencia de la mujer resultaba des-
moralizante para la evolución intelectual de los dos cónyuges.
La solución que Taylor propuso le hizo entrar en colisión con
los reformadores moderados de la educación de las mujeres, cuyo
objetivo era diseñar una enseñanza suÞciente para mejorar la
calidad de la vida de los maridos y de los hijos si contaban con
madres y esposas aleccionadas en hacerles la vida más agradable.
Para Taylor la compañía intelectual beneÞciosa era la que se esta-
blecía entre mentes activas y no entre una activa y otra pasiva.
Por tanto, lo adecuado era formar a las mujeres en el desarrollo
intelectual profundo, de manera que tanto los hombres como las
mujeres saldrían beneÞciados.
El acceso a la educación no sólo era provechoso por la mera
satisfacción personal del desarrollo intelectual que conlleva para
cada persona, sino que en igualdad con los varones, las mujeres
podrían acceder a un empleo al haber adquirido una formación
profesional adecuada a sus capacidades y a sus preferencias per-
sonales, rompiendo su atávica dependencia económica.

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La incorporación de las mujeres al empleo contaba con una
fuerte oposición, justiÞcada en el argumento del peligroso aumento
de la competencia laboral como consecuencia de la entrada en
el mercado de trabajo de una cantidad excesiva de trabajado-
ras, cuyo efecto inmediato provocaría una caída salarial, perjudi-
cando con ello a los ingresos de las familias que, en contra de lo
esperado, verían reducida la renta del conjunto familiar.
Taylor replicaba en su ensayo con diferentes razonamientos.
El primero refutaba la peor de todas las suposiciones: la ganancia
familiar conjunta del marido y la mujer no superaría la renta fami-
liar original (en la que los ingresos estaban conformados única-
mente por el cabeza de familia masculino), y como consecuencia
de la excesiva mano de obra en el mercado laboral se produciría
la bajada de los salarios. Implicaba, en su opinión, una hipóte-
sis muy exagerada, pero en cualquier caso, aceptándola como
punto de partida, era inÞnitamente preferible que una parte de
los ingresos familiares fueran obtenidos por las mujeres, consi-
guiéndose con ello una relación más igualitaria entre los esposos,
soslayando toda forma tiránica y despectiva de dependencia, que
reparaba la condición de sirvienta de la mujer elevándola a la de
socia del marido (Taylor, 2000, 100).
En cuanto a la reducción salarial, consideraba que mientras la
competencia fuera la norma general de la vida humana, resultaba
una tiranía excluir a la mitad de los competidores de cualquier
trabajo útil que se pudiera hacer a cambio de un salario. Como
buena economista, a Taylor no le preocupaba la competencia en
igualdad de condiciones de los agentes que acuden al mercado.
Mientras que permitir el acceso de las mujeres a los empleos
monopolizados por los hombres tendería a la quiebra del mono-
polio, y por tanto a bajar determinadas remuneraciones (Taylor,
2005, 100).
Introdujo un comentario Þnal sobre la inßuencia económica y
social proveniente de la mano de obra femenina incorporada al
mercado de los profesionales laborales, una última observación

76
enlazada a los beneÞcios derivados que la recepción de mujeres
provocaría en auxilio de la mano de obra infantil, materia sobre
la que consideraba adecuado establecer algún tipo de legislación
para proteger a los niños de la explotación laboral.

6.2. Sobre el futuro de los trabajadores


Cuenta Mill en la página 235 de su Autobiografía, reÞriéndose a
Taylor: “El primero de mis libros en que su participación fue evi-
dente fue Principios de economía política... El capítulo de la Economía
política que ha tenido más inßuencia en la opinión pública —el
que habla del probable futuro de las clases trabajadoras— se lo
debo enteramente a ella. En el primer borrador del libro, ese capí-
tulo no existía, y ella me indicó que un capítulo así era necesa-
rio, y que el libro quedaría imperfecto sin él”. Explicaba también
que el capítulo fue una exposición de los pensamientos de Taylor,
algunos escuchados de sus propios labios. Si bien, dijo Mill, no
hay aportaciones de Taylor en la parte cientíÞca que se reÞere a
la teoría de la producción y del intercambio en los mercados, sí
están sus aportaciones en lo referente a la teoría de la distribución
de la riqueza. En este contexto de colaboración intelectual entre
Mill y Taylor, se observa cómo en el citado capítulo, referente
al futuro de los trabajadores, se engarzaba la idea de mejorar la
distribución de las rentas, apareciendo con ello reglas morales de
comportamiento económico de los agentes.
Se admitía que la distribución de la riqueza estaba sometida
a determinadas leyes que se hallaban sujetas a condiciones que
dependían de la voluntad de los hombres. Estas condiciones esta-
ban inmersas en la estructuración de las instituciones y de la cos-
tumbre, inßuyentes ambas en la estimación de los salarios, los
beneÞcios y las rentas. Para conocer los mecanismos de la distri-
bución de las rentas era necesario advertir una concreta organiza-
ción social y productiva; tratadas ambas en los Principios de econo-
mía política como generalizaciones meramente provisionales, pero

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que podían ser alteradas por el progreso y otras mejoras sociales
(Mill, 1986, 236-237).
Una variación del libro de Mill con respecto a las obras de
otros autores clásicos sobre esta cuestión fue la consideración
de proponer cambios en la estructura jerárquica productiva tra-
dicional, por considerarla inhumana y superable. La propuesta se
reÞrió a la evolución de la simple autoridad de mando por una
relación amable y respetuosa; porque, en su opinión, un modelo
económico y social únicamente inspirado en incentivos mercanti-
les era considerado como repulsivo (Mill, 1996, 645).
El progreso social que asociaron Mill y Taylor a una socie-
dad más humanizada llevaría aparejado una mejor distribución
del producto. Expusieron la evidencia empírica de colaboracio-
nes ejemplares entre empresarios y trabajadores, modelos que
tomaron de casos concretos ocurridos en Francia y en Inglaterra,
en los que se demostraba una mejor correspondencia productiva
entre patronos y obreros. Entre los objetivos alcanzables estaba
mejorar la educación y la formación de los trabajadores, que, sin
duda, optimizaría la productividad de la mano de obra. En estos
comentarios se advertía la inßuencia de los principios verdade-
ros enunciados por Robert Owen, cuya meta se encontraba en
mejorar las condiciones de la formación y del entorno laboral de
los obreros, de manera que se conseguiría impulsar, simultánea-
mente, su eÞcacia en la producción.
El capítulo VII del Libro IV de los Principios terminaba con un
recordatorio sobre la importancia de la competencia como regla
del mercado. En ningún caso se había discutido sobre limitar la
competencia, sino al contrario, la competencia era un estímulo
para la laboriosidad y la inteligencia de los trabajadores.
La novedad que habían aportado Mill y Taylor al modelo capi-
talista desarrollado por los economistas clásicos fue deslindar la
teoría de la producción de la teoría de la distribución. El modelo
económico clásico resultaría, en su opinión, perfeccionable en un
marco social más igualitario.

78
7. CONCLUSIONES

Harriet Hardy Taylor Mill, una mujer autodidacta, fue una van-
guardista rompedora en su comportamiento personal y en su pen-
samiento con la ortodoxia del siglo XIX. Escribió tres ensayos,
dos de ellos muy breves, y focalizó cuatro aspectos generales de
análisis en los que estructuró sus reßexiones. El primer semblante
que consideró importante examinar trataba sobre las actitudes
personales acordes a una sociedad moderna, con la Þnalidad
de romper con el conformismo social que reprimía el desarrollo
intelectual de una parte de la población: los individuos faltos de
oportunidades y de derechos, independientemente de su sexo. En
concreto, era la educación la cuestión primordial y la base que
podría impulsar el crecimiento personal que empujaría a todos
los sujetos a desplegar nuevas expectativas vitales. En el caso de
las mujeres era la salvación para poder traspasar las fronteras
de la vida familiar, a las que estaban condenadas, dirigiendo sus
ambiciones hacia nuevas perspectivas que, hasta entonces, esta-
ban bajo el dominio masculino.
La segunda meditación sobre la que versaron sus escritos recayó
sobre la urgencia de permitir a las mujeres el acceso a la educación
secundaria y universitaria para adquirir y desarrollar las capacida-
des formativas que facilitarían su entrada profesional en el mercado
de trabajo, en igualdad de competencia con los hombres.
La tercera cuestión que captó su atención hizo referencia a la
conveniencia de legislar el divorcio, como una posibilidad real de
un desacertado matrimonio, derivado, en parte, a la deÞciente
normativa que regulaba las relaciones matrimoniales construidas
sobre la dependencia económica y social de las mujeres. La cuarta
instancia que ocupó sus pensamientos, de más profundo calado
porque incluía encaminar la consecución de todas las demás, hizo
hincapié sobre el derecho al sufragio universal, así como la nece-
sidad de abrir el camino a la participación de las mujeres y de los
hombres de color en la gestión pública.

79
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ducción al castellano en John Stuart Mill y Harriet
Taylor, Ensayos sobre la igualdad de los sexos, con un
prólogo de Victoria Camps y un apéndice de Emilia
Pardo Bazán (2000), Mínimo Tránsito, Madrid, y en
John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill (2001), Ensayos
sobre la igualdad sexual, con una introducción de Neus
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John Stuart Mill and Harriet Taylor. The friendship and Sub-
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81
La economía social de Concepción Arenal
Inés Pérez-Soba Aguilar

1. INTRODUCCIÓN

Aquella mujer excepcional fue conocida y admirada,


no por su presencia, por su esencia.
Salillas

En Concepción Arenal encontramos una biografía excepcional, y


no sólo por ser la de una mujer avanzada en la España del siglo
XIX. Su cuantiosa obra escrita y social, su incesante actividad en
las distintas funciones que desempeña, sus fundaciones, su auda-
cia para superar las limitaciones que para el estudio o la investi-
gación se le imponen, merecen un reconocimiento social que en
cierta medida sí creemos que tuvo en su época y posteriormente.
Su trayectoria educativa y profesional presenta rasgos similares a
los que medio siglo después encontramos entre las primeras muje-
res estadounidenses que estudian en la universidad, como Sopho-

83
nisba Breckinridge, quien a comienzos del siglo XX debió sortear
la barrera discriminatoria que había contra las mujeres en el área
de la economía, orientando su trabajo investigador y académico
hacia los temas sociales, la economía social, área en la que se
miraba con menos recelo que se dedicasen las mujeres. Esta hipó-
tesis podría aplicarse al caso de Arenal. Sin embargo, también podría
plantearse como alternativa su decidida orientación a este campo de
la economía. Así, después de repasar las características relevantes
de su vida, se puede considerar que la obra escrita de nuestra autora
parece el resultado lógico de éstas. Sus tristes circunstancias persona-
les desde la infancia y su fe le hacen ser sensible a todo aquello que
menoscaba la dignidad, y ello le mueve al compromiso social activo,
también desde su aportación cientíÞca a las ciencias sociales. Así, sus
escritos como jurista, socióloga o economista están enfocados a dar
soluciones prácticas a los males sociales que sufren especialmente los
más desamparados en su siglo: los que viven en la miseria, las muje-
res, los niños abandonados, los obreros, los presos.
Sus trabajos, varios de ellos premiados en diversos certámenes,
sólo fueron, no obstante, conocidos en un entorno restringido.
A pesar del intento de divulgar sus ideas a través de artículos en
revistas y periódicos, el bajísimo nivel de educación de la España
de ese momento, mal contra el que luchó toda su vida, impidie-
ron su difusión. Incluso, en el ámbito intelectual fue mayor su
proyección en el extranjero que en la propia España13, tal como
se recoge en las páginas de El Liberal el 6 de febrero de 1893: “La
muerte de doña Concepción Arenal acaso sea más sentida y llo-
rada en el extranjero que en España, por ser su fama una de las

13. Según Lacalzada (1994), su obra fue fallida pues ni su sentido de la educación,
ni de la gestión de las instituciones, ni de la implicación de la sociedad civil, ni de
la necesaria complementariedad entre la Iglesia y el Estado, ni la introducción
del sentido ético y racional del derecho y de la justicia, tuvieron repercusión en su
época.

84
más reconocidas, comprobadas, seguras, de la ciencia jurídica y
sociológica”. Esta fama en el exterior es especialmente llamativa
en esa época teniendo en cuenta que era mujer y, además, “nunca
dejó su casa, (...) ni pisó suelo extraño: viajó con su pensamiento y
con su espíritu; se difundió en sus obras” (Salillas, 1894, página 4).
La parte de su obra escrita dedicada a tratar los problemas
económicos de su época quizá sea la menos difundida de esta
autora, al menos por lo que se desprende de las muy escasas refe-
rencias a sus trabajos en la literatura económica que se dedica a
la historia del pensamiento económico en España. Aunque no
cabría reconocer en Concepción Arenal a una cientíÞca cuyas
aportaciones al campo de la economía fuesen novedosas, su con-
tribución al debate que a Þnales del siglo XIX se mantiene en
torno a la cuestión social está a la altura del de otros autores (a
cuyos argumentos en ocasiones ella se anticipa) que sí merecen
una mayor atención por parte de los estudiosos de la economía de
ese siglo. Por ello, estas páginas que siguen pretenden acercar su
personalidad y su obra al ámbito económico con el Þn de hacerle
“un hueco”, creemos que merecido, en él.

2. CONCEPCIÓN ARENAL Y SUS CIRCUNSTANCIAS

Porque fue buena y comprendió...


Porque su cuerpo fue de leña,
que su alma clara consumió,
como una llama hogareña...
Manuel Machado a Concepción Arenal

Más de un siglo después de la muerte de Concepción Arenal Ponte


(Ferrol, 1820-Vigo, 1893), sus estudiosos, a la hora de abordar su

85
Þgura, suelen mencionar la frase con que Salillas (1894), reco-
nocido penalista del XIX, inició su conferencia en el homenaje
necrológico que se dedicó a Arenal en el Ateneo madrileño: “Las
biografías referentes a doña Concepción Arenal son tan pobres,
que parecen hojas de servicios incompletas” (Salillas, 1894, página
3). La principal responsable de este hecho es la propia Concep-
ción Arenal, persona de carácter introvertido, muy pudorosa de
su intimidad y de vida retirada, quien escribe en verso como res-
puesta a la petición de información sobre ella para escribir su
semblanza: “Y a ese pueblo, María, que pasa indiferente, ¿qué
le importa la vida de una oscura mujer?”. Según su más citada
y mejor documentada biógrafa, Campo Alange (1973), incluso
llega a negar a su hijo, en el último año de su vida, datos para
una posible biografía. Tampoco es posible contar con las noti-
cias de los periódicos de la época, ya que, como dice Azcárate
(1894, página 6) en el homenaje anteriormente mencionado, “la
escritora insigne hizo en vida sudar mucho a las prensas y nada
a la prensa”. En efecto, para Arenal lo importante de su vida es
la obra que deja escrita y publicada, además de su obra social. El
móvil predominante de éstas es “un sentimiento de humanidad,
siempre en acción, un sentimiento de simpatía por todos los dolo-
res, un sentimiento de compasión para todos los desgraciados”
(Azcárate, 1894, página 9). Este sentimiento está construido sobre
sus propias circunstancias personales.
La vida de Concepción Arenal estuvo marcada por la pérdida
de sus seres más queridos desde la infancia, lo que le hace ser
extremadamente sensible al dolor ajeno, moviéndole a concernirse
en todos aquellos problemas sociales que producen sufrimientos y
merman la dignidad: la miseria, la ignorancia, la esclavitud...
A los nueve años pierde a su padre, personalidad que ejerce
una gran inßuencia sobre ella a pesar de los pocos años que
pudieron convivir. Ángel del Arenal Cuesta fue militar de profe-
sión, hombre de leyes por vocación y liberal de ideología. Empezó
a cursar estudios de Derecho que abandona con el Þn de ingresar

86
en la carrera militar cuando comienza la guerra de la Indepen-
dencia. Su aÞnidad con el liberalismo incipiente que irradia la
Constitución de 1812 le ocasionó ser víctima de las persecuciones
contra los liberales que llevó a cabo Fernando VII entre 1814
y 1820. Durante el trienio liberal (1820-1823) Arenal Cuesta
ejerce cargos públicos, pero posteriormente, en 1827, durante la
década ominosa (1823-1833), en la que el rey restaura de nuevo
el absolutismo, la Junta de Depuración le condena a prisión. En
enero de 1829 muere en su casa de Puentedeume (La Coruña)
de enfermedad, posiblemente como secuela de las penalidades
sufridas. Concepción Arenal hereda de su padre “la pasión por el
estudio, la inclinación al derecho y su amor a la libertad” (Pérez
Montero, 2002, página 16). La viuda y las tres hijas se trasladan
a Armaño, una aldea del valle de Liébana, en Cantabria, donde
vive la abuela paterna, que las acoge ante las diÞcultades eco-
nómicas que atraviesan y, se supone, el deseo de llevar una vida
apartada después del periodo de adversidades pasadas. Al año de
vivir allí, la familia vuelve a ser abatida con la muerte de la hija
pequeña.
María Concepción de Ponte y Mandiá Tenreiro es la madre de
esta familia tan poco afortunada. De noble origen gallego14, con-
sidera que la educación de sus hijas en la montaña santanderina
no es la más adecuada y decide en 1834 ir a Madrid al amparo
de su hermano, el conde de Vigo, para que las niñas asistan a un
colegio de señoritas distinguidas, centros donde, según nuestra
autora, se enseñaba “el arte de perder el tiempo”. Finalizados
sus estudios escolares, Concepción Arenal maniÞesta su deseo de
ir a la universidad a estudiar leyes, algo a lo que se opone su
madre, quien debió de considerarlo una excentricidad de su hija
mayor. Esta inclinación por el estudio del Derecho debe de pro-

14. Esta línea familiar emparienta a Concepción Arenal lejanamente tanto con la familia
de Emilia Pardo Bazán como con la de Rosalía de Castro.

87
ceder, supone Campo Alange (1973), de sus estancias en Armaño,
donde su inquietud intelectual le llevaría a leer los libros de leyes
que tenía su padre, además de otros temas. Así, se sabe por la
correspondencia que mantiene con un pariente15 que durante esta
etapa autodidacta la joven Concepción, con sólo diecinueve años,
comenta de forma crítica su parecer sobre diversos libros de cien-
cias (por ejemplo, el escrito en francés del médico alemán Gall)
y otros tratados de Þlosofía; además, aprende por sí sola latín
en nueve meses. En 1840, Concepción Arenal vuelve a Armaño
para cuidar a su abuela (y entibiar las relaciones materno-Þliales,
según algunos biógrafos), regresando a Madrid en 1841, año en
que fallece su madre. Campo Alange considera que es entonces
cuando Concepción Arenal debió poner en práctica su proyecto
de acudir a la universidad.
Por entonces, y hasta que entra en vigor la Real Orden de 11
de junio de 188816, no estaba permitido que las mujeres se matri-
culasen oÞcialmente en la universidad, por lo que la considera-
ción de Concepción Arenal como primera mujer que acude a las
aulas universitarias a estudiar no es en calidad de alumna oÞcial,
sino de oyente. Campo Alange (1973) deduce que debió de asistir
a los cursos académicos de 1842-43, 1843-44 y 1844-45 acudiendo
a clases de asignaturas de la carrera de Derecho, aunque no de
todas, pues se detectan ciertas carencias propias del autodidac-
tismo. Así, Cos-Gayón (1893)17, a la hora de valorar su saber jurí-
dico, dice: “Podemos dar por cierto que meditó más que leyó y
que el rico caudal de sus ideas era producto más bien de propia
inspiración que de las lecciones ajenas”. Otros biógrafos apuntan
a que también pudiese acudir a clases de Física y Matemáticas,

15. Las referencias y citas de la correspondencia de Concepción Arenal que se hacen a lo


largo del texto están extraídas de Campo Alange (1973).
16. Y sólo si la “superioridad” lo autorizaba, según el caso y circunstancias de la interesada.
17. Citado en Campo Alange (1973).

88
por la soltura con la que luego maneja en sus artículos ciertos
términos técnicos. En cualquier caso, su asistencia la hacía disfra-
zada con ropas de hombre para pasar inadvertida. Campo Alange
(1973) va más allá pues cree que adopta un aspecto masculino para
proclamar su inteligencia y su cultura. Para ello se basa en lo que
Concepción Arenal escribe a su amigo, el músico Jesús de Monaste-
rio: “A las fórmulas de sociedad doy la importancia que usted sabe,
y en cuanto a los privilegios del sexo, renuncio solemnemente a
ellos, por haber notado que cuestan más que valen”. Esta forma de
disfrazarse también la emplearía cuando acudiese con su marido a
las tertulias político-literarias del Café del Iris en Madrid.
Es en la Universidad Central de Madrid donde se cree que
conoce a Fernando García Carrasco, licenciado en leyes, escri-
tor y periodista, y de ideas liberales, con quien se casa en 1848.
Tenía, por tanto, Concepción Arenal veintiocho años, edad relati-
vamente tardía en esa época para contraer matrimonio, un detalle
más que añadir a su carácter independiente e inconformista. Hay
entre ellos una gran aÞnidad de ideas y ambos preÞeren llevar una
vida retirada de la esfera oÞcial. El matrimonio tiene tres hijos:
una niña, que muere a los dos años, y dos hijos, el menor de los
cuales también muere en vida de su madre. El último nacimiento
deja con la salud resentida a Arenal para el resto de su vida. Esta
falta de salud (otra forma de dolor) será una más de las señas
de identidad de nuestra infatigable autora, quien, curiosamente,
a pesar de su característica introversión, hace partícipe de ello a
sus lectores. Así, inicia un artículo en el Boletín de la Institución
Libre de Enseñanza: “Me falta tiempo, salud y datos...”. No obs-
tante, sus jaquecas crónicas, que en ocasiones le impiden trabajar,
no le dejan “resentido” su Þno sentido del humor. En una carta
al director de La Voz de la Caridad escribe: “La huelga en que se ha
declarado mi cabeza parece que va siendo deÞnitiva: razones no
le faltan y a saber quién era el patrono, se las expondría”.
Los García Arenal trabajan como escritores para sostener a la
familia, rasgo que Campo Alange (1973) resalta por ser un hecho

89
singular en esos años que una mujer casada de clase acomodada
trabajase de forma remunerada. En esta primera etapa se dedica
a escribir novelas, obras de teatro, poesías e incluso el libreto de
una zarzuela, obras de muy escaso éxito y algunas poco valoradas
por la propia autora, como pone de maniÞesto su hijo mayor en
carta a Sánchez Moguel (1894, página 39): “De estos trabajos (las
novelas) tenía aun peor idea que de los dramas ... y (mi madre
decía) que le servirían para encender la chimenea, en cuyo uso ya
había empleado otras”. Mayor reconocimiento tienen, y tiene la
propia Arenal, de sus Fábulas en verso (1851), elegidas como texto
en la enseñanza primaria, y donde la autora empieza a tratar
temas, como la ignorancia, la justicia, el engaño..., de los que se
ocuparía el resto de su obra, aunque desde otra perspectiva. Lo
más destacado de este periodo es su colaboración, junto con su
marido, en el diario liberal La Iberia, vespertino de corte progre-
sista que inicia su andadura en 1854 y la Þnaliza en 1898. En
1855 publica su, supuestamente, primer artículo, ‘Watt, su vida y
sus inventos’, donde a lo largo de seis más hace un estudio biográ-
Þco-crítico del inventor de la máquina de vapor. A su marido le
encargan la “sección doctrinal”, aunque es muy probable que la
propia Concepción Arenal escribiera muchos de aquellos artícu-
los. Prueba de ello es que cuando se promulga la ley de imprenta
de 15 de mayo de 1857, por la cual era obligatoria la Þrma del
autor en los artículos doctrinales (políticos, ÞlosóÞcos o religiosos),
y ya fallecido Fernando García, el director del periódico releva a
Concepción Arenal al no atreverse a que la línea editorial de su
periódico apareciera Þrmada por una mujer.
En 1857 muere su marido y le deja “sin más recursos que los
que pueda proporcionar a sus hijos con su pluma” (nota en La Ibe-
ria, 14 de enero de 1857). Como consecuencia de la mencionada
ley de imprenta y la reducción a la mitad del sueldo que recibía
por artículo en La Iberia, Concepción Arenal, entre la decepción y
las diÞcultades económicas que le apremian, se traslada a Colloto
(aldea asturiana) y, al poco, a Oviedo para que se eduquen sus

90
hijos. Una historia parecida a la padecida en su infancia cuando
muere su padre. Finalmente, termina su andadura en Potes, donde,
por inßuencia de su amigo Jesús de Monasterio, funda la rama
femenina de las conferencias de San Vicente de Paúl. Su misión
era visitar en sus casas a los pobres y enfermos. La característica
disposición de Arenal para el análisis cientíÞco de los problemas
y la formación de la gente le lleva a escribir el Manual del visitador
del pobre (1860), donde se instruye a las señoras sobre cómo llevar
a cabo su tarea de atención a los necesitados. Este manual, junto
con el posterior Manual del visitador del preso (1891), son elogiados
sin reservas por Olózaga, político notable de la época, quien los
considera tratados admirables de psicología experimental. El pri-
mero sería traducido al polaco, inglés, italiano, francés y alemán.
El segundo se edita antes en francés (1892) que en español.
En 1863 la familia se va a vivir a La Coruña a raíz del nombra-
miento de Concepción Arenal como visitadora de prisiones de
mujeres en esa ciudad. Es cuando tiene la oportunidad de cono-
cer personalmente a Juana de Vega, condesa de Espoz y Mina,
a quien admiraba por su compromiso social y por ello le había
dedicado su trabajo escrito en el retiro de Potes, La beneÞcencia, la
Þlantropía y la caridad (1861). La condesa de Mina había sido el aya
de Isabel II, pues se le consideraba persona conveniente para ins-
truir a la reina debido a la adscripción de su marido a la corriente
liberal-progresista del estamento militar. Al fallecer el conde, su
mujer decide dedicarse activamente a las obras benéÞcas, lo que
le vale ser nombrada viceprotectora de los establecimientos bené-
Þcos de Galicia. Concepción Arenal encontrará en Juana de Vega
a una de sus más próximas amigas y colaboradoras. Arenal sal-
drá de su relativo aislamiento social asistiendo a las tertulias que
la condesa organizaba en su casa. También podrá beneÞciarse
de su magníÞca biblioteca, punto en común con Emilia Pardo
Bazán, quien también parece que frecuentó esa biblioteca. La
condesa acompañará a Arenal a visitar las cárceles de mujeres
y participa en la investigación que esta última desarrolla a partir

91
del examen realizado a quinientas sesenta reclusas y liberadas a
quienes enseña los artículos del código penal y de quienes recoge
sus impresiones. Este trabajo se publica en forma de treinta y
cinco cartas: Cartas a los delincuentes (1865), lo que probablemente
ocasiona su cese como visitadora de prisiones18. Las dos amigas
organizan el Patronato de Señoras para la visita y enseñanza de
los presos y fundan, a su vez, la Sociedad Constructora BenéÞca,
cuyo Þn es levantar casas para los obreros. Esta sociedad se cons-
tituye a partir de un donativo que le entrega en París la condesa
Krandiski a Salustiano Olózaga, amigo de Concepción Arenal.
También participa con un donativo la conocida poeta Gertru-
dis Gómez de Avellaneda19, a lo que se suma alguna suscripción
anónima más. En 1870 Concepción Arenal vuelve a contar con
la ayuda de su amiga Juana de Vega y de Fernando de Castro,
Þgura relevante del krausismo español, cuando decide fundar un
periódico quincenal: La Voz de la Caridad, que tenía como objetivo
denunciar las inmoralidades que se producían en el campo de la
beneÞcencia y las prisiones. Fue su directora durante once de los
catorce años de vida que tuvo el periódico y publicó en él 46420
artículos, algunos de los cuales se irán exponiendo a lo largo de
este capítulo.
Con Fernando de Castro, Concepción Arenal mantendrá
también una estrecha colaboración ya que ambos consideran
prioritaria la instrucción de las mujeres. Castro, que por enton-
ces era académico de la Historia y rector de la Universidad de
Madrid, organiza unas conferencias dominicales en el Ateneo

18. En carta a su amigo Jesús de Monasterio le dice con ocasión de su cese: “Yo he hecho
lo que he debido y los demás lo que han querido. Era yo una rueda que no engranaba con
ninguna otra de la maquinaria penitenciaria y debían suprimirla”.
19. Según Sánchez Moguel (1894, página 36), existió entre ellas cordialidad verdadera,
afecto y admiración recíprocas.
20. Otros biógrafos señalan que fueron 474 artículos, en función de la compilación que
de ellos se tome.

92
madrileño para la educación de la mujer. Como señala Campo
Alange (1973, página 164), “aunque de forma bien modesta, les
abre las puertas de la universidad”. Concepción Arenal hace los
comentarios de estas conferencias en La Iberia, periódico en el
que había colaborado en su juventud. También formará parte de
la junta directiva del Ateneo de señoras que en 1869 funda Cas-
tro y dará clases en la Escuela de Institutrices (estudios de grado
medio), que ese mismo año también había creado el rector.
Otro de los cargos que desempeñó fue el de inspectora de Casas
de Corrección de Mujeres (1868-1873), periodo en el que desde la
Dirección de BeneÞcencia y Establecimientos Penales le encargan
que redacte un proyecto-ley sobre beneÞcencia. El que escribe
nuestra autora constaba de preámbulo, diecisiete títulos y ciento
cincuenta artículos, en los que ponía de maniÞesto su conoci-
miento de este campo y la minuciosidad con la que realizaba su
trabajo. Este proyecto no pudo presentarse a las Cortes debido
a uno de los muchos cambios de gobierno que suceden en esta
etapa del siglo.
Arenal tampoco se quedó al margen de los dolores que ocasio-
naron las diversas guerras que hay durante este siglo. Durante la
tercera guerra carlista (1872-1876), guerras a las que dio lugar
la proclamación como heredera de la princesa Isabel, Þgura como
secretaria de la Sección Central de Damas de la Cruz Roja de
Madrid, organización humanitaria que desde La Voz de la Caridad
Arenal había apoyado para que se estableciese en España. Con
más de cincuenta años, nuestra autora no duda en atravesar los
campos de batalla a lomos de un burro para organizar los hospi-
tales. Tras esta experiencia escribe Cuadros de la guerra (1874), que
se publica en La Voz de la Caridad.
También es destacable su papel como miembro de la Junta
para la Reforma Penitenciaria. Escribe entonces Estudios peniten-
ciarios (1895, [1877]), texto que se emplearía en las prácticas de
derecho penitenciario de la Universidad de Oviedo, según Pérez
Montero (2002, página 109). De esta obra dirá Roeder, discípulo

93
de Krause, “la autora revela una originalidad y una elevación
de ideas que la ponen al nivel de las primeras pensadoras de
Europa”.
Concepción Arenal va viendo mermar poco a poco su ya de
por sí menguada salud. Su último año de vida, en 1892, se dedica
a corregir algunas de sus obras, a romper cartas y papeles, y man-
tiene su afán de seguir contribuyendo a superar el mal de la igno-
rancia preparando un trabajo para el congreso internacional de
Chicago sobre la educación de la mujer, que quedará sin terminar.
A los setenta y tres años, en febrero de 1893, muere en Vigo. Su
entierro fue presidido por los asilados de los hospicios y miembros
de otras instituciones de caridad, políticos, académicos, periodis-
tas. Una representación de aquellos ámbitos a los que ella había
dedicado su vida.

3. CARACTERÍSTICAS DE LA OBRA DE CONCEPCIÓN ARENAL

Todos sumados, no conozco yo ningún pensador


de estos tiempos que le supere en alteza de pensamiento,
ni en riqueza de análisis, ni en la exactitud de la observación.
Cánovas del Castillo

Escribe el hijo mayor de Concepción Arenal, Fernando Gar-


cía Arenal, a Sánchez Moguel (1894, página 11) con motivo del
homenaje a su madre en el Ateneo: “(l)a característica personal
de mi buena madre era un gran amor al trabajo mientras lo hacía;
la obra hecha le interesaba ya muy poco, y esto sólo si creía que
era útil a los demás”. Ello explica que una parte de sus obras
inéditas se perdiesen. De las que se conservan, llama la atención
la variedad de géneros literarios que Concepción Arenal emplea.

94
En su primera etapa, como se ha mencionado, escribe novela,
drama, poesía, fábula, hasta un texto de zarzuela. Aunque no
abandona todos estos géneros21, en su madurez se decantará fun-
damentalmente por el de la didáctica, en concreto por el ensayo,
el informe, la epístola, y especialmente el artículo, modalidad que
más cultivó. En todos sus trabajos maniÞesta un gran sentido crí-
tico e inconformista con los padecimientos sociales de su época.
De hecho, su vocación de escritora, como aÞrma Pérez Montero
(2002, página 10), buscaba comunicar sus ideas para inßuir posi-
tivamente sobre los demás, para luchar contra el mal y no para
adquirir fama.
Las principales características de la obra cientíÞca social de
Concepción Arenal son su originalidad y su independencia. Dice
Azcárate (1894, página 32): “Por los temas, por la manera de
desentrañarlos, por las soluciones, por el estilo, por todo, se apar-
taba de los demás. (...) lleva impreso el sello de su personalidad,
de su intuición poderosa, de su extraordinaria originalidad”.
Esta originalidad y frescura en el tratamiento de los temas tiene
su reverso negativo en el aislamiento en que Arenal desarrolla su
labor cientíÞca, que pudiera haber ocasionado ciertas carencias o
incorrecciones por falta de contraste y crítica. De esta soledad se
lamenta la propia autora en carta a Armengol, conocido penalista
de entonces, fechada en diciembre de 1877: “Del aislamiento en
que vivimos algunas personas no quiero hablar por no quejarme;
es cosa dura, muy dura, este abandono moral e intelectual. ... no
he sentido ni el desvío de los gobiernos ni el desconocimiento de la
multitud, cosas ambas inevitables: lo más terrible es el vacío que a
mi alrededor han hecho muchas personas inteligentes que parecía
debían auxiliarme. ¡Parece que inteligencia obliga!”. También, en
el preámbulo de sus Estudios penitenciarios (1895, [1877]) dice sobre

21. En 1866, la Sociedad Abolicionista premia su poema Oda a la esclavitud, a cuya


entrega no acude Concepción Arenal por considerarlo un acto político.

95
las fuentes del texto, “estamos pues reducidos a unos pocos libros,
leídos en el aislamiento más completo; alguna reßexión, alguna
personal experiencia y mucha buena voluntad son nuestros úni-
cos auxiliares (...) declaramos emprender esta obra, no persuadi-
dos de ejecutarla bien, sino por creer que es urgente y en vista de
que nadie la lleva a cabo”. Ello explicaría, según Azcárate (1894,
página 21), que sean tan “poco frecuentes en sus obras las citas
de las extrañas, y por eso es raro que se detenga a hacer adrede la
crítica de los sistemas y de las escuelas; ella surge de la exposición
de las propias doctrinas”.
En cuanto a su independencia política, nos remitimos al ya
muy citado discurso de Azcárate (1894, página 74), político
krausista y amigo de Concepción Arenal: “Os llamará la aten-
ción saber que habiendo tratado a doña Concepción Arenal
durante treinta años cumplidos, no os puedo decir si tenía sus
simpatías la monarquía o la república, si era liberal o conser-
vadora”. A Concepción Arenal le interesa la política, el que-
hacer del Estado en la organización de la sociedad, pero no
se siente comprometida con ninguna ideología. Su disposición
política la encauzará a través del periodismo, su obra científica
y su obra social.
Los principales temas que trata nuestra autora son jurídicos,
sociológicos y económicos. Desde el punto de vista jurídico, se
considera a Concepción Arenal principalmente como penalista.
Wines, renombrado penalista, dice de ella: “En estas cuestiones
es una autoridad en su patria y en Europa”22. Arenal trabajará
sobre esta materia desde una triple faceta: 1. desde los cargos
públicos que desempeñó, 2. desde sus propuestas de reforma de
la legislación penitenciaria en su obra cientíÞca y periodística y 3.
participando con distintos trabajos en los congresos penitencia-
rios internacionales de Estocolmo (1878), Roma (1885), Amberes

22. Citado en Díaz Castañón, 1993, página XC.

96
(1890) y San Petersburgo (1890). Una de sus propuestas fun-
damentales, adelantada por aquel entonces, es considerar la
rehabilitación como finalidad del sistema penitenciario, para
lo que se precisa una buena educación de los penados y una
formación adecuada de los funcionarios de prisiones. En lo que
a reforma penitenciaria se refiere, Concepción Arenal aprueba
y se suma al movimiento renovador que inician los krausistas.
Como homenaje a su celo por intentar mejorar las condiciones
de los presos y las leyes penales que regían por aquellos años,
Victoria Kent, jurista española de principios del siglo XX, dis-
puso que se le esculpiese en 1931 un monumento con cuantos
grilletes, hierros y cadenas quedaban en los establecimientos
penitenciarios. Su otra aportación destacada al Derecho es
Ensayo sobre el derecho de gentes que, según Pérez Montero (2002),
es su libro más ambicioso en el terreno jurídico. Este texto se
utilizaría en el ámbito académico para las lecciones de derecho
internacional de la extensión universitaria.
Desde el punto de vista sociológico, la obra de Concepción
Arenal se centra fundamentalmente en la cuestión social, que
surge como consecuencia del proceso de cambio social generado
por la revolución industrial, y que hace referencia a los conßictos
que se producen entre las nacientes clases obreras y capitalistas,
y la situación de miseria que se observa en el periodo. Esta cues-
tión, que centra una parte importante del debate político, social y
económico del último cuarto del siglo XIX, también la abordará
Concepción Arenal desde su perspectiva económica, como expo-
nemos en los siguientes apartados. En la perspectiva sociológica
de “la cuestión social” destacamos su preocupación por la situa-
ción de la mujer. Ésta no se debe, según Rivas (1999), por adscrip-
ción al movimiento feminista (ni sufragista) que se iniciaba en los
países anglosajones y que Concepción Arenal conocía, sino por
carecer las mujeres en la España de ese siglo de las condiciones
y medios materiales e intelectuales mínimos que les permitiera
desarrollarse como personas, objetivo prioritario de la obra de

97
Arenal. El problema de la mujer, ya sea como trabajadora, presa o
analfabeta, no es, por tanto, algo a lo que se dedique aisladamente
en su obra. Concepción Arenal consideraba que “la desigualdad
de la mujer era una injusticia histórica que entraba dentro de la
lista de otras injusticias humanas, que se resolvían con la educa-
ción y la cultura” (Rivas, 1999, página 131) y su incorporación al
mundo laboral. Sobre ello escribe Arenal: “En el mundo oÞcial se
la reconoce (a la mujer) aptitud para reina y para estanquera: que
pretendiese ocupar los puestos intermedios, sería absurdo. No hay
para qué encarecer lo bien parada que aquí sale la lógica” —La
mujer del porvenir (1993, [1868])—. Aunque Concepción Arenal
trata el problema de las mujeres en muchas de sus obras —Cartas
a los delincuentes (1865), Cartas a un obrero (1871-1873), La beneÞcen-
cia, la Þlantropía y la caridad (1861), La instrucción del pueblo (1878) o
El visitador del preso (1891)—, las más especíÞcas son: La mujer del
porvenir (escrito en 1861, pero publicado en 1868)23, La mujer de su
casa (1881), El trabajo de las mujeres (1891) y La educación de la mujer
(1892). Una síntesis de las dos primeras se encuentra en ‘Estado
actual de la mujer en España’, que Concepción Arenal escribe
por encargo para The woman question in Europe (1884).

23. Téngase en cuenta para valorar lo avanzado del estudio de Concepción Arenal que en
1869 Stuart Mill publicó La esclavitud de la mujer.

98
4. CONCEPCIÓN ARENAL Y LA ECONOMÍA

Todo este trabajo, además de costarme mucho,


tiene la ventaja de que apenas lo leerá nadie.
Concepción Arenal

A la hora de clasiÞcar la obra cientíÞca de Concepción Arenal se


habla de ella como jurista (concretamente, penalista), socióloga y
hasta psicóloga, y no se la suele caliÞcar de economista ni men-
cionar su trabajo con alguna frecuencia cuando se estudian los
problemas socioeconómicos del siglo XIX.
Consideramos que para los economistas su Þgura ha pasado
inadvertida por un conjunto de razones, tales como: 1. Ser su
obra multidisciplinaria y no presentar principalmente un “perÞl”
de economista. 2. La poca difusión de sus escritos económicos.
Sus principales trabajos, como ya se ha mencionado, tuvieron un
alcance muy limitado en cuanto a su divulgación entre la pobla-
ción nacional. El público al que se dirige es al que dedica buena
parte de su obra, esto es, los que sufren la marginación, la miseria,
la ignorancia, ... precisamente aquéllos que en gran medida for-
man parte de los tres cuartos de españoles que en las últimas
décadas del siglo XIX eran analfabetos. Entre la clase polí-
tica (en la que se supone que habría menos analfabetos, pero
no por ello personas más instruidas 24) e intelectual, aunque es
admirada desde los sectores más diversos, “su independencia
absoluta, un raro amor a la verdad y una temeraria valentía”
(Campo Alange, 1973, página 338) no suelen ser distintivos
favorables a la hora de ser tenida en cuenta más allá que entre
un limitado círculo académico, que en su caso fue el de los

24. “(...) el conocimiento de las primeras letras es un medio de instruirse, no la instrucción”


(Arenal, 1892).

99
krausistas. Baste recordar su corta “carrera” en los puestos que
desempeñó en la Administración. 3. Tampoco facilita su estu-
dio su falta de adscripción a una corriente de pensamiento. 4. A
ello habría, quizá, que sumar su carácter reservado e introver-
tido, su modestia y sus circunstancias personales que le hacen
preferir la obra en el retiro y evitar la fama oficial. Finalmente,
5. su condición de mujer también podría haber sido un lastre,
aunque ello no ha sido un obstáculo para su reconocimiento en
otras áreas del saber 25.
Las obras más importantes de Arenal en el ámbito económico
consideramos que son: 1. Cartas a un obrero, publicadas en La Voz
de la Caridad entre 1871 y 1873, “cuando el pueblo, porque estaba
armado, se creía fuerte” (Arenal, 1994, [1880]). En esta obra es
donde estimamos que Arenal expone, en forma divulgativa, un
mayor contenido de teoría económica. 2. Cartas a un señor (1994,
[1875]), que no pudieron ser publicadas en la prensa cuando se
escribieron y sólo cinco años después, en 1880, “se atrevieron” a
hacerlo en forma de libro. En estas cartas predomina el aspecto
moral, aunque también se tratan conceptos económicos. Estas
dos obras, compiladas en La cuestión social (1994, [1880]), “cons-
tituyen dos partes, no dos asuntos: es una misma cuestión con-
siderada por diferentes fases”, señala Arenal en la Advertencia
que lo prologa. 3. El pauperismo (1897, [1885]), donde compen-

25. Llama la atención cómo, para destacar el talento de Concepción Arenal, sus admira-
dores emplean como patrón de comparación la capacidad intelectual del hombre: “... y al
hablar con voz dulcísima salían de su boca, con pausado acento, las palabras dictadas por
un cerebro equilibrado, profundo y varonil” (doctor Tolosa Latour). “Nadie sospecharía
encontrar los profundos conocimientos que revela en las ciencias físico-matemáticas, y
que han sido generalmente patrimonio de las inteligencias varoniles” (periódico La Iberia).
“Doña Concepción Arenal valía más y era más en el orden intelectual que muchos hom-
bres; era el mayor sabio de España, uno de los mayores de Europa en el Derecho Penal, en
la Sociología” (periódico El Liberal, 6-2-1893). Pero no sólo es curioso sino irónico en el caso
de Concepción Arenal, ya que dedicó parte de su obra La mujer del porvenir (1993, [1868]) a
demostrar la igualdad en la capacidad intelectual entre hombres y mujeres.

100
dia las ideas principales que sobre la miseria física y moral ha
desarrollado en trabajos anteriores. 4. La beneÞcencia, la Þlantropía y la
caridad (1861), trabajo con el que por primera vez la Real Academia
de Ciencias Morales y Políticas premia a una mujer26, y donde se
abordan los principios, medios y acciones que se deben tomar para
aliviar la miseria y el sufrimiento. El objetivo fundamental de estas
obras de Concepción Arenal no es, por tanto, divulgar simplemente
conceptos de economía, sino intentar con sus argumentos arbitrar
en la cuestión social, esto es, en el conßicto surgido entre obreros y
capitalistas a raíz de la revolución industrial, y analizar la situación
de miseria de una parte importante de la población.
¿Cuáles fueron las fuentes de conocimiento de Concepción
Arenal a la hora de escribir su obra? Azcárate (1894) señala que
eran principalmente dos, “su propio pensamiento y la realidad”.
Su propio pensamiento, según Rivas (1999, página 106), estaría
fuertemente enraizado en la doctrina de la Iglesia católica, ya que
era una mujer de profundas creencias religiosas. No cabe hablar en
Concepción Arenal de inßuencia de lo que estrictamente se deno-
mina Doctrina Social de la Iglesia, ya que ésta se considera que
se inicia en 1891 con la publicación de la Encíclica de León XIII
Rerum Novarum (Montero, 2001), dos años antes de que falleciese
nuestra autora y casi toda su obra estuviese publicada (por ejem-
plo, las Cartas a un obrero se escribieron veinte años antes)27. No obs-
tante, como señala Rivas (1999, páginas 106-107), el pensamiento
de Concepción Arenal se basa en los muy anteriores escritos de los
santos padres, quienes demostraron como algo esencial e intrínseco
al cristiano el espíritu social, la primacía de la persona, el valor
trascendente del hombre, su dignidad superior, la desigualdad acci-

26. Firma el trabajo con el nombre de su hijo, probablemente para evitar ser excluida del
concurso, recordando su experiencia en La Iberia. Con este premio se le empieza a recon-
ocer en los círculos oÞciales.
27. Ello no le resta ni un ápice de su independencia religiosa, como puede deducirse de la
lectura de sus obras (por ejemplo, La mujer del porvenir (1993, [1868]).

101
dental de los hombres, su igualdad esencial28. Por eso Concepción
Arenal insiste en atender, a la hora de superar los problemas socia-
les, no sólo las necesidades materiales sino también las espirituales.
En consecuencia, la medida del progreso para Concepción Arenal
no es ni el aumento de la riqueza ni los nuevos descubrimientos
(que sí reconoce que generan bienestar), sino si ha aumentado el
amor respecto de los antepasados, algo aun hoy difícilmente inclui-
ble en los índices de desarrollo que se elaboran, donde además de
variables cuantitativas se incorporan factores cualitativos.
También se puede percibir en su obra un talante liberal cons-
tatable, con claros antecedentes familiares. Para Concepción Are-
nal no son incompatibles el liberalismo y la fe católica —¡Dios y
libertad! (1996, [1858])—, pero sus principios vitales son los evan-
gélicos y no los de la Revolución Francesa. Amor (caridad), jus-
ticia y libertad serán los pilares sobre los que sustente su trabajo
(Campo Alange, 1973, página 335). Así, desde el punto de vista
económico, su liberalismo es moderado y matizado por sus con-
vicciones religiosas. En la obra económica de Arenal podemos
encontrar que: 1. Era partidaria de la propiedad privada indi-
vidual29. 2. Se muestra favorable a que sea la iniciativa privada
capitalista quien promueva la riqueza de un país. 3. La interven-
ción del Estado debe limitarse, principalmente, al marco legal, y
cuando se den situaciones en que las relaciones de los hombres

28. Siguiendo el argumento de Montero (2001, página 457), sería difícil entroncar el pen-
samiento de Concepción Arenal con una corriente de pensamiento social de la Iglesia en
España previo a la Encíclica, pues la misma Encíclica considera que apenas tuvo inßuencia
en el catolicismo español hasta Þnales de siglo.
29. Si ésta generase desigualdades injustas y perjudiciales considera que se deben procurar
disminuir (a) elevando el nivel moral de los propietarios, tanto a la hora de obtenerlas como
de distribuirlas y gastarlas; (b) modiÞcando las leyes sobre la herencia de forma que no se
acumulen riquezas que no sean producto del trabajo del que las posee, ni de la voluntad
del que anteriormente las poseía. Así, Concepción Arenal considera que las herencias ab
intestato en las que no hay un testamento donde se nombra a herederos se destinen a la edu-
cación del pueblo (Pérez Montero, 2002).

102
sean tales que aparezcan diferencias esenciales entre ellos que den
lugar a injusticias y odios. Para Arenal, la justicia se debe distribuir
equitativamente porque es la protectora de los débiles. 4. Desde el
punto de vista Þscal, el Þn impositivo debe ser extinguir la mise-
ria, no hacer una distribución por igual que haría inviable la civi-
lización y el progreso, ya que diÞcultaría la generación del ahorro y
de la iniciativa inteligente. Aboga por un impuesto proporcionado
a la riqueza del contribuyente y propone diversas vías para reducir
el gasto público (reducir el número de funcionarios, el malgasto, el
lujo...). Finalmente, señalamos cómo para nuestra autora el criterio
que debe regir el gasto del Gobierno es su utilidad.
La obra de gran parte de los economistas clásicos está fun-
damentada en el liberalismo económico, y aunque Concepción
Arenal sólo menciona a Malthus entre los autores más relevantes
de esta escuela, nuestra escritora conoce y acepta los supuestos
básicos de esta doctrina económica, que expone de forma divul-
gativa en sus artículos, comentados en clave moralista. Así, señala
en Cartas a un obrero (1994, [1871-1873])30: 1. La universalidad de
las leyes económicas. 2. La búsqueda de la propia ganancia como
móvil que orienta nuestra actividad en el mercado31. 3. La liber-

30. De todas formas, se aprecia en Concepción Arenal una evolución en sus ideas a lo largo
de las cartas escritas entre 1871 y 1873. Esto es especialmente llamativo en el caso del concep-
to de valor, ya que en la carta vigésimo cuarta (Cartas a un obrero) aparece sorprendentemente
un concepto más propio de la escuela neoclásica (que se considera conÞgurada en 1874), en
la que el valor de los bienes está determinado por el deseo y la necesidad, que de la clásica,
donde el valor viene dado por el coste de producción, tal como recoge en la carta décima, y su
precio es el que lo minimiza. Así deÞne el valor de las cosas como “lo que voluntariamente se
da por ellas” (página 76), para continuar diciendo que lo que da y quita valor a las cosas es la
opinión, y “como poderoso componente de la opinión que tasa la obra del trabajador, entra
el gusto, esta cosa tan vaga, tan fuerte, tan caprichosa, tan avasalladora, tan ßexible cuando es
insinuación que pretende apoderarse del ánimo, y tan inßexible cuando es ley” (página 136).
31. “Al comprar, todos tenemos más o menos espíritu de egoísmo y sinrazón” (página 136);
“no es posible quitar al hombre la manía de vender lo más caro y comprar lo más barato
que pueda” (página 77). De ahí que para pagar lo que es justo se deba “traer la opinión a lo
que es razonable” y “saber la justicia y querer hacerla” (página 137).

103
tad de mercado32. 4. Las ventajas de la especialización productiva
(relativa). 5. La división del trabajo. 6. La libertad de comercio.
Sobre este soporte de conceptos liberales y teoría económica clá-
sica Concepción Arenal construye una parte destacada de sus
argumentos económicos sobre la cuestión social.
Asimismo es preciso señalar la aÞnidad de Arenal con los plan-
teamientos generales del enfoque krausista, movimiento intelec-
tual de raíz humanista, según deÞne Malo Guillén (2001, página
389), que introducen en España Ramón de la Sagra33 y Julián
Sanz del Río a mediados del siglo XIX, y que tuvo un mayor éxito
entre los pensadores de la época que la doctrina utilitaria de Ben-
tham. Este éxito se debe a la mayor concordancia de su Þlosofía
con el ideario político-cultural de algunos sectores de la burgue-
sía liberal progresista española de esta época (según Elías Díaz,
citado en Pérez, 2002, página 56). Su foco de expansión será la
Universidad Central de Madrid (Perdices, 2003). Este enfoque
tiene su origen en la teoría ÞlosóÞca del derecho público del ale-
mán Krause, discípulo menor de Kant, que difunde Ahrens en
la universidad libre de Bruselas. El libro de Ahrens se traduce al
español en 1841. Sin embargo, el movimiento krausista tendrá una
mayor fuerza a partir de la década de los sesenta, especialmente
en el mundo académico y político. Las Þguras más próximas a
nuestra autora serán: Fernando de Castro, con quien Concepción
Arenal colaborará en sus múltiples tareas para promocionar la
educación de la mujer; Gumersindo Azcárate y Francisco Giner
de los Ríos, con quienes además de mantener lazos de amistad

32. “La concurrencia es la libertad, con todos los inconvenientes y las ventajas que la libertad
tiene en todas las esferas” (...) “lo necesario es ver cómo acomodándote a ellas (las leyes eco-
nómicas) mejoras tu situación, y cómo la libertad no se convierte en desenfreno y licencia”
(página 66).
33. Emilio González López (1982) señala cómo Ramón de la Sagra transmitió su interés
cientíÞco en los estudios carcelarios a Juana de Vega y ésta a Concepción Arenal. De forma
que hay un vínculo indirecto entre De la Sagra y Arenal, al menos en los asuntos penales.

104
entre sus familias, Arenal cooperará en las tareas educativas y
jurídicas34 que le proponen. Todos ellos coinciden en su gran
preocupación por la cuestión social y en considerar que la tarea
más urgente para la transformación del país y de la sociedad de
esa época era la de formar personas. De aquí que una de las prin-
cipales aportaciones del movimiento krausista sea la fundación
en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza. Desde el punto de
vista económico, sus integrantes no tienen una obra económica
en sentido estricto (Menéndez Ureña, 2001), y lo que exponen
de contenido económico es, desde el punto de vista de la teoría
económica y de la política económica, indeÞnido, por lo que no
cabe considerar este movimiento como corriente de pensamiento
económico diferenciada (Malo Guillén, 2001).
Lo más destacable de este movimiento en cuanto a su pen-
samiento económico son sus encuentros y desencuentros con la
escuela economista, representante de la doctrina clásica y del
liberalismo económico más “puro”, con quienes comparten el
librecambismo y la defensa del mercado, y sólo matizadamente
su liberalismo político, ya que los krausistas son favorables a la
intervención estatal mediante la legislación, concretamente en
esta época apuntan la necesidad de una regulación laboral, como
respuesta a la situación planteada entre trabajadores y capitalistas
en el último cuarto del siglo (Perdices, 2003; Malo Guillén, 2001)
y ante el peligro de que se propagasen las soluciones revolucio-
narias propuestas por los socialistas y anarquistas. Otros puntos
de discrepancia fundamental entre los krausistas y la escuela eco-
nomista son los principios de individualismo metodológico de los
economistas, la amoralidad que atribuyen a la ciencia económica
y la exaltación que hacen del orden económico sobre todas las
demás relaciones sociales, hasta el punto de extraer del análisis de

34. Con Azcárate cuando era director general de Registros, y con Giner, en la Junta para
la Reforma Penitenciaria, durante la I República.

105
la actividad económica los principios y reglas básicos para todo el
ámbito humano. A su vez disentían con la escuela economista por
la carencia de soluciones prácticas y viables que podían ofrecer al
problema social (Malo Guillén, 2001).
La segunda fuente de conocimiento de Concepción Arenal es
la realidad. El entorno socioeconómico en el que vive Arenal se
caracteriza por una lentísima transición desde una sociedad gre-
mial y agraria a una sociedad industrial, en la que el empleo en
el sector primario no decrece al mismo ritmo que en otros países
europeos por la política proteccionista a la agricultura que efec-
túa el Gobierno, la limitada demanda de bienes industriales y
servicios y el bajo nivel de salarios reales en los sectores que no
son agrarios (Sarasúa, 2006, página 419). No obstante, la oferta
de trabajo crece en el sector industrial, reforzada por la mano de
obra procedente de la artesanía, sin que ésta pueda verse satis-
fecha por la demanda debido al débil crecimiento de nuestra
economía. Las condiciones de vida de la nueva clase trabajadora
son deplorables, como queda recogido en la literatura e informes
de la época, ya que “los jornales que recibía la mayor parte de
la población trabajadora eran de miseria (...) insuÞcientes no ya
para mantener a una familia, sino en muchos casos para mante-
nerse el propio trabajador” (página 428). Y aún son peores las
condiciones de los desempleados quienes, al no existir seguro de
desempleo y tener limitada la posibilidad de ahorrar, por lo bajo
de los salarios, se asemejarán a las de los mendigos.
Una causa profunda del malestar que lleva a la revolución de
septiembre de 1868 será, de hecho, el lamentable estado de la
economía, con crisis en el sector Þnanciero, industrial (práctica-
mente reducido al subsector textil catalán) y agrario (donde las
secuelas de las desamortizaciones producen revueltas campesinas,
principalmente en Andalucía). Una de las principales reivindica-
ciones obreras será el derecho de asociación, que se reconoce en
el decreto-ley de 20 de noviembre de 1868 por el Gobierno pro-
visional nacido de esta revolución. Entre la clase obrera española

106
arraigó mejor la rama anarquista que la socialista35. Así, en 1869
se funda la Federación Regional Española de la Asociación Inter-
nacional de los Trabajadores (AIT), de orientación anarquista,
creada en Londres en 1864. El apoyo de esta asociación al episo-
dio de la Comuna de París36 inquieta al Gobierno español, y en
1871 se declara inconstitucional la AIT por 192 votos a favor y
38 en contra, siendo disuelta en 1874 por orden del Gobierno del
general Serrano. Es esta realidad sobre la que Concepción Arenal
analiza, en medio de la soledad intelectual y sobre la base de sus
convicciones religiosas y su aÞnidad de pensamiento con liberales
y krausistas, la “cuestión social”.

5. LA ECONOMÍA SOCIAL DE CONCEPCIÓN ARENAL

Tu mayor ilustración y tu mayor moralidad


son los únicos medios de emanciparte.
Concepción Arenal

Con el término economía social37 se entiende en el siglo XIX


una ciencia económica en la que se integran la teoría económica
“pura”, el análisis de los problemas sociales y la proposición de

35. Casi veinte años después, en 1888, Pablo Iglesias funda la Unión General de Traba-
jadores (UGT).
36. La Comuna de París es el nombre que recibe el levantamiento violento que tiene lugar
en 1871 cuyo Þn es intentar autogestionar los asuntos públicos de ese municipio sin tener
en consideración al Estado.
37. La propia Concepción Arenal subraya en El pauperismo (1897 [1885], página 127)
el término social a la hora de caliÞcar mejor la economía (economía social), respecto del de
política (economía política).

107
alternativas para solucionarlos. La teoría, en la economía social
de Concepción Arenal, estaría basada principalmente en la doc-
trina clásica; los problemas sociales tendrían como núcleo la cues-
tión social; las soluciones vendrían dadas por la elevación moral y
educativa de la sociedad.
En la época en la que se plantea la cuestión social, krausistas,
conservadores, católicos y regeneracionistas estaban mejor pre-
parados para abordar este problema que la escuela economista
(Perdices, 2003), representante en España de la “versión francesa”
de la escuela clásica, a la que se considera anclada en la receta de
la liberalización y sin capacidad para aportar soluciones prácticas
a los problemas sociales del momento (Serrano et al., 2001). Quizá
sea la obra económica de Concepción Arenal una de las pocas en
esa época que intentan cubrir esa laguna divulgando conceptos
teóricos38 y aplicándolos a la situación existente. Pero, para nues-
tra autora, al igual que para el catolicismo social y el krausismo,
se precisa también de la religión y la moral, respectivamente, para
resolver los problemas que conciernen a las personas. No basta,
pues, con la teoría económica: “los problemas que a él (el hombre) se
reÞeren no tienen elementos puramente materiales, sino que han
de ser un compuesto de moral, de inteligencia, de sentimientos y
de materia como él lo es”. Así, Concepción Arenal concluye en
Cartas a un señor (1994, [1875]): “La cuestión social es una cues-
tión religiosa, moral, cientíÞca y económica” y “para resolverse
necesita del auxilio directo de la sociedad”. Y debe ser tratada
con urgencia pues la situación es tal que la vía revolucionaria,
proyectada por socialistas y anarquistas, se plantea cada vez con
mayor Þrmeza. Arenal se opone a los métodos violentos39 de los

38. En 1892, en el congreso pedagógico hispano-luso-americano celebrado en Madrid,


Concepción Arenal se muestra partidaria, en la ponencia ‘La instrucción del obrero’, de ini-
ciar a los trabajadores en la economía, sobre todo la relacionada con la industrialización.
39. “¿Cuándo enseñaremos al pueblo que las cadenas se rompen con ideas y no con bayo-
netazos?” (Arenal, 1869). “No hay, pues, que contarse; esto es inútil y alguna vez perjudicial,

108
anarquistas y las propuestas de colectivismo estatal de los mar-
xistas. De hecho, en la advertencia que hace en el preámbulo
de Cartas a un obrero escribe: “En ellas tratamos la cuestión social
dirigiéndonos solamente a los pobres, diciéndoles algunas cosas
que debían saber e ignoraban, y procurando desvanecer errores
y calmar pasiones entonces muy excitadas”. La reforma social es
la alternativa que deÞende, y la que tiene mayor apoyo en gran
parte del ámbito político y académico. No obstante, dentro del
reformismo, varía el grado de intervencionismo que se propugna
para abordar el conßicto entre capitalistas y obreros y la progre-
siva miseria. En el caso de nuestra autora, su intervencionismo es
moderado, quizá más que en los conservadores y krausistas.
Arenal aborda un problema que considera muy complejo, es decir,
efecto de muchas cosas, de forma compleja, esto es, con múltiples
medidas prácticas, en cuyo fondo se halla la necesaria regeneración
del individuo, el cumplimiento del deber, la instrucción40; la eleva-
ción, en suma, del nivel moral e intelectual del pueblo. Ello contri-
buiría también a evitar que el obrero fuese masa, “esa cosa pesada,
sin conciencia ni movimiento propio” y dejase de ser inßuido por
los movimientos revolucionarios. Nuestra autora no confía en que la
solución venga dada desde arriba (ni desde los partidos políticos ni
ningún sistema), sino del propio individuo, y aboga por el uso de la
razón para dirimir las diferencias de opiniones.
Ante el conßicto planteado entre el trabajo y el capital, Con-
cepción Arenal se muestra conciliadora en el sentido de intentar
presentar argumentos que muestren la armonía de intereses entre

porque la ilusión del número puede conducir al combate y a la derrota; lo que es preciso
es pesarse; ver el valor intelectual y moral del pueblo, y a medida que este valor suba, la
explotación bajará” (Arenal, 1994 [1871-1873]).
40. No basta la alfabetización para que el pueblo deje de ser masa; es precisa la instruc-
ción porque “instruirse es aprender verdades, adquirir ideas, y ningún error se desvanece,
ningún conocimiento se adquiere por saber a qué palabra articulada corresponden ciertos
caracteres escritos” (Arenal, 1897 [1885]).

109
ambos factores, muy posiblemente por inßuencia de la escuela
economista (u optimista). Para Arenal el capital es “un valor que
no necesita inmediatamente su dueño, y que puede convertirse en
instrumento de trabajo” (1994 [1871-1873], página 49). Como en
todos los países civilizados hay pocas personas que no tengan algo
de capital (dinero, herramientas de trabajo...), poco o mucho, casi
todos los hombres son capitalistas. Por tanto, “(el) declarar la gue-
rra al capital es tan absurdo como sería declarárselo al trabajo, al
arado, a la sierra, al martillo...” (página 52). Sin capital, en suma,
son imposibles para Arenal la civilización, la prosperidad, y hasta
la existencia de las sociedades. No por ello es ajena al posible
abuso que pueda darse de la propiedad del capital, y para evitarlo
es imprescindible moralizar e ilustrar al capitalista, cuya respon-
sabilidad demanda en las Cartas a un señor41.
En cuanto a la realidad que observa de miseria, Concepción
Arenal realiza un minucioso análisis de las causas de esta lacra
social, especialmente en su obra El pauperismo (1897 [1885]),
aunque previamente ha expuesto sus ideas principales en las
diversas cartas a un señor y a un obrero, que se recogen en La
cuestión social (1994 [1880]). Con la concisión que caracteriza
a esta autora, define en el primer párrafo del trabajo qué es
el pauperismo: “La miseria permanente y generalizada en un
país culto, de modo que haya una gran masa de miserables y
otra que disfruta riquezas y goza de todos los refinamientos del
lujo”. No es ingenua y sabe que no es posible extinguir la mise-
ria colectiva, pero sí sacar de ella, mediante un lento proceso,
a los individuos. Las principales causas de miseria, de carácter
económico, que distingue son el bajo nivel de los salarios, reales
y nominales, que percibe una gran parte de la población, la falta

41. En Cartas a un señor (1994 [1875]) su punto de vista es el del deber, especialmente el
de los señores, que según deÞne nuestra autora, son aquellos que más bienes y privilegios
han recibido de la sociedad y no precisamente por méritos propios; por ello es deber suyo
ponerlo al servicio de los demás.

110
de trabajo y las malas condiciones en las que se lleva a cabo42, y
la falta de ahorro.
Entre las diversas medidas económicas que propone para
intentar solucionar la miseria se encuentran la introducción de
maquinaria, la división del trabajo (cuyas consecuencias negati-
vas también trata y plantea medidas para atenuarlas) y, especial-
mente, la instrucción del trabajador, uno de los pilares fundamen-
tales de la reforma que propugna, que la vincula estrechamente
con la corriente krausista y el catolicismo social posterior. De esta
forma aumentaría la productividad del trabajador y mejoraría
la calidad de su trabajo, y con ello subirían los salarios. Nuestra
autora subraya la necesidad de que los trabajadores razonen en
términos de salarios reales, y, por tanto, que tengan en conside-
ración también las posibles fuentes de elevación del nivel de pre-
cios en la economía de ese periodo. Concepción Arenal critica
el proteccionismo43 y lo crecido de los impuestos, que considera
que contribuyen a causar miseria por su efecto sobre el precio de
los bienes básicos, especialmente necesarios para los más míseros.
También alerta sobre la importancia que en el precio Þnal tie-
nen los márgenes de los intermediarios y aboga por la creación
de cooperativas que disminuyan esos costes. Esta propuesta es
importante porque pone de maniÞesto otro de los pilares sobre
los que Concepción Arenal cree que se debe llevar a cabo la
reforma que precisa la sociedad: el asociacionismo (también
apoyado por krausistas y católicos). Se queja Arenal (1861) de la
falta de iniciativa del español, quien “se ha acostumbrado a que

42. Concepción Arenal propone que se aborde en un marco internacional los temas de se-
guridad y prevención de riesgos en el trabajo, anticipándose a la OIT actual. También trata
en sus escritos las condiciones de salud e higiene en el trabajo, que considera debe tratarse
mediante una regulación laboral.
43. A partir de 1880 colabora con La Ilustración Gallega y Asturiana y escribe el artículo ‘Hay
Irlanda pero no hay Cobden’, en el que compara la miseria de España, en concreto la de
Galicia, con la de Irlanda, culpando de la situación a la falta de librecambistas.

111
el Gobierno lo haga todo, acusándole de cuanto mal sucede, y
esperando de él el bien que desea. El individuo, en vez de tener
alta idea de su fuerza, está persuadido de su impotencia, y la
inacción le parece prudente; más aún, necesaria. La asociación,
esa poderosísima palanca (...) que ofrece tantos bienes para el
presente y tantas esperanzas para el porvenir, puede todavía
bien poco entre nosotros”.
En línea con lo expuesto, Concepción Arenal no recurrirá al
Estado para que “dé limosna en forma de trabajo” en aquellos
casos en que la miseria se deba a la falta de trabajo por insuÞ-
ciencia en la demanda de bienes y servicios, pues lo considera un
empresario inepto. Es más, lo responsabiliza en buena medida
de la escasez de capital para la actividad productiva por des-
viarlo hacia la adquisición de deuda pública para sufragar un
gasto público excesivo (lo que actualmente llamaríamos efecto
“crowding out”). Cuando las causas de la miseria sean éstas, “si
la ley económica es inßexible, queda la ley religiosa, la ley moral,
la ley del amor” (Arenal, 1994 [1871-1873], página 41), es decir,
debe contarse con la ayuda de la beneÞcencia pública y la caridad
privada. Las aportaciones principales de Concepción Arenal en
el campo de la beneÞcencia, materia de controversia en ese siglo,
las expone originariamente en su obra La beneÞcencia, la Þlantro-
pía y la caridad (1861). Con una posición similar a la mantenida
por el catolicismo social posterior y, quizá, los krausistas, Arenal
considera que se debe tratar de armonizar la acción del Estado,
las asociaciones caritativas y los particulares, actuando el Estado
como mediador proporcionando los medios técnicos necesarios
para que la libertad y la voluntariedad de los individuos actuasen
en beneÞcio de toda la sociedad44.

44. En particular, propone en el siglo XIX que la beneÞcencia se llevase a cabo en el ámbito
municipal, a ser posible de distrito o de barrio, y por personal especializado, algo que
actualmente se realiza desde no hace muchos años.

112
La beneÞcencia y la caridad (y la familia) también deberían
estar presentes en última instancia en aquellos casos en los que
la enfermedad, la carencia permanente de trabajo por invalidez
y la vejez (el retiro) impidieran trabajar. Pero no por ello exime
de responsabilidad a los que la padecen ya que Arenal considera
imprescindible fomentar, en la medida de lo posible, el ahorro
entre la población, facilitado por la creación de cajas de ahorros,
sociedades de socorros mutuos o fondos de pensiones para los
obreros, esto es, promoviendo, de nuevo, el espíritu de asociación.
DeÞende, por tanto, el carácter voluntario del ahorro, también
para el retiro (con alguna excepción) respecto al modelo alter-
nativo de Þnanciación obligatoria que propone el sistema bis-
markiano. Además, señala la importancia de impulsar lo que, en
términos actuales, llamaríamos la creación de activos Þnancieros
que se adecuen mejor a las preferencias y restricciones Þnancieras
de los potenciales ahorradores. Con esta reserva de capital este
segmento de la población no tendría “la necesidad perentoria de
trabajar todos los días para no morirse de hambre”. Es impor-
tante señalar que para Arenal el ahorro es más que una mera
variable económica; tiene un componente moral, pues el ahorro
es consecuencia del sacriÞcio, y el sacriÞcio, de la moralidad.
En suma, en la economía social de Concepción Arenal se trata
la cuestión social desde una perspectiva cientíÞca, moral, reli-
giosa y económica, proponiendo un conjunto de medidas que se
centran en la necesidad de promover la iniciativa social (el aso-
ciacionismo) y la instrucción entre los españoles, elevar su mora-
lidad, asistir con la beneÞcencia y la caridad y, además, aplicar
principios del liberalismo económico. Conforme pasan los años,
se irá mostrando más proclive en su obra a la intervención estatal
en cuanto a la necesidad de una regulación laboral.

113
6. CONCLUSIONES

Estoy resignada hace tiempo a ser una operaria humilde de


la obra social.
Concepción Arenal

Se dice de Concepción Arenal que es una autora más citada que


leída. En el caso de sus escritos económicos no cabe ni siquiera con-
siderarla muy citada. Aunque lo más representativo, y central, de la
obra de nuestra autora se enmarca en el área del derecho penal y la
sociología, a lo largo de estas páginas hemos intentado mostrar su
contribución a la economía, que en Concepción Arenal se concreta
en la economía social. No cabe descubrir, por tanto, en ella a
una teórica original de la ciencia económica, sino, en todo caso,
a una divulgadora que tiene como Þn instruir al público en esta cien-
cia como forma de contribuir a paliar los graves problemas sociales
de Þnales del siglo XIX. No sólo eso, sino que también aconseja,
juzga, censura y aporta soluciones, lo que, de haber formado parte
de los círculos oÞciales o académicos, posiblemente habría dado una
mayor repercusión social a sus escritos entonces y posteriormente.
En suma, su contribución a la economía es menor respecto de la
realizada en otros campos de las ciencias sociales y jurídicas, pero lo
suÞcientemente interesante en el marco de la cuestión social como
para que sea tenida algo más en cuenta dentro de la historia del pen-
samiento económico de España, a pesar de la diÞcultad que supone
el clasiÞcarla en las corrientes de pensamiento de esa época. Así,
el complejo compuesto de autodidactismo, originalidad, indepen-
dencia, aislamiento intelectual, formación económica formal (en las
aulas) en la doctrina de la escuela clásica, su proximidad (por amistad
y colaboración en sus tareas) a la corriente krausista, y sus principios
doctrinales católicos, hace la obra económica de Concepción Arenal
difícil de catalogar y, quizá, por ello menos atractiva de tratar.

114
BIBLIOGRAFÍA

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117
La obra de contenido económico de Emilia
Pardo Bazán:
La Tribuna y Los Pazos de Ulloa
Elena Márquez de la Cruz
Ana Martínez Cañete

1. INTRODUCCIÓN

De todos es conocido que Emilia Pardo Bazán no era economista;


sin embargo, su presencia en este libro está justiÞcada porque en
su obra quedan reßejados Þelmente distintos aspectos de la rea-
lidad económica y social de la España de Þnales del siglo XIX y
parte del siglo XX. En este capítulo nos referiremos a dos de sus
novelas, La Tribuna (1883) y Los Pazos de Ulloa (1886). La elección
obedece, por una parte, a que en ellas la escritora gallega utilizó
las técnicas características del naturalismo, inßuenciada por la
obra de Émile Zola, y puesto que una de las notas distintivas de
esta corriente literaria es la descripción detallada de los ambien-
tes, ambas novelas proporcionan al lector una imagen precisa del
contexto económico, social y político de la época. Por otra, a que
en ellas se reßejan las relaciones entre los distintos estatus econó-
micos y sociales; en el caso de La Tribuna, en el espacio urbano,
la relación entre la burguesía y el proletariado, y en el caso de
Los Pazos de Ulloa, en el marco de la Galicia rural, la relación

119
entre la ya decadente nobleza y los trabajadores del campo. En
ambas novelas, las mujeres tienen un papel protagonista, lo que
le permite a Emilia Pardo Bazán mostrar de forma magistral la
situación de éstas en los distintos ámbitos de la sociedad deci-
monónica española. Intentar cambiar esta situación, caracteri-
zada por su falta de escolarización y subordinación al hombre,
es una de las preocupaciones constantes de la condesa a lo largo
de su vida.
El interés que presenta La Tribuna es doble. Por un lado,
es considerada la primera novela española de protagonismo
obrero. El ambiente obrero descrito en ella ilustra fielmente el
nacimiento de la sociedad industrial en nuestro país, las con-
diciones de trabajo y de vida de gran parte de la población,
así como la esperanza de las capas sociales más desfavorecidas
en que la Revolución de 1868 y la proclamación de la Primera
República mejorasen su precaria situación. Por otro, ese pro-
tagonismo recae en mujeres trabajadoras, las cigarreras de la
fábrica de tabacos de La Coruña (Marineda, en la novela), lo
que nos permite conocer gran cantidad de detalles de la indus-
tria que acogía un mayor número de empleadas que de hombres
a finales del siglo XIX.
Por su parte, Los Pazos de Ulloa recoge minuciosamente la deca-
dencia de la Galicia rural de la época, así como las enormes dife-
rencias sociales, culturales y económicas entre la nobleza, la bur-
guesía y la clase trabajadora. La actividad productiva agrícola
carece de interés para el marqués de Ulloa, dejando su cuidado
en manos de terceros, sin mostrar preocupación alguna por las
mejoras en la productividad ni por lograr un sector agrario capaz
de sustentar el incipiente desarrollo de las ciudades.
Es pues de gran interés analizar de forma detallada los aspec-
tos apuntados en los párrafos anteriores; la obra de Emilia Pardo
Bazán no defraudará a los lectores interesados en conocer cómo
la España del siglo XIX se iba sumergiendo en un proceso de
cambio lento pero imparable hacia la modernidad.

120
2. EMILIA PARDO BAZÁN: UNA MUJER SINGULAR

Emilia Pardo Bazán fue una mujer poco representativa de su


época. En palabras de Jurado (2004):

“... La España Þnisecular no estaba preparada para


mujeres de su talla; el terreno que conquistó a fuerza de
talento, perseverancia y brío lo ganó palmo a palmo en una
lucha que nunca la descorazonó (...) Sembró en terreno
poco propicio, pero fue pionera de la emancipación feme-
nina (...). Con su visión de cuestiones que apenas se insi-
nuaban entonces y con la fuerza llena de verismo de su
pluma, la condesa de Pardo Bazán bien puede considerarse
una contemporánea nuestra”.

Nacida en una pudiente familia, Emilia Pardo Bazán destacó


por su formación cultural y por defender la igualdad de derechos
entre hombres y mujeres, ocupando un puesto destacado en los
círculos intelectuales en una sociedad en la que las mujeres tenían
un papel limitado al entorno doméstico.
Vino al mundo en La Coruña el 16 de septiembre de 1851 y
contó con la complicidad de un padre adelantado a su época que
la animó a la lectura desde muy niña45. Aunque residían en La
Coruña, pasaban los inviernos en Madrid, donde Emilia asistía
a un colegio francés. Cuando contaba con doce años, la fami-
lia decidió quedarse en La Coruña de forma permanente y allí
estudió con instructores privados, dedicando la mayor parte del
tiempo a su verdadera pasión, que no era otra que la lectura. Las
clases de piano, en cambio, le resultaban detestables.
Su vida pegó un vuelco cuando muy joven, apenas una ado-
lescente, se casó con José Quiroga, estudiante de Derecho en la

45. Véase en Bravo-Villasante (1973) una biografía detallada de Emilia Pardo Bazán.

121
Universidad de Santiago de Compostela. Sus enormes deseos
de conocimiento animaron a Emilia a ayudar a su joven esposo
en las tareas universitarias, lo que le permitió ampliar su bagaje
intelectual.
Cuando su padre se trasladó a Madrid para ocupar un lugar
como diputado del Partido Liberal Progresista en las Cortes, Emi-
lia Pardo Bazán y su esposo decidieron también trasladarse a la
capital, que abandonaron poco tiempo después para pasar una
temporada en Francia, hasta que la situación política se estabilizó
en España tras la Revolución de 1868. Ese viaje, que se extendió
a Suiza, Italia y Austria, despertó en doña Emilia el interés por
aprender el idioma inglés, decidida a leer a los grandes autores en
su propia lengua.
De vuelta a España, el auge que estaba experimentando el
krausismo despierta su curiosidad, por lo que decide estudiar ale-
mán para entender esta corriente entre cuyos adeptos se encon-
traban algunas de sus amistades. Sin simpatizar realmente con
esas ideas, esa etapa le sirvió para adentrarse en el estudio de la
Þlosofía y la mística, completando así su formación autodidacta.
En 1876 nace el primero de sus tres hijos y único varón, Jaime,
quien inspiraría su único libro de poesía, publicado poco después.
Ese mismo año ganó, compitiendo entre otros con Concepción
Arenal, el certamen de ensayo convocado en Orense para cele-
brar el centenario del fallecimiento del padre Feijoo, admirado
por doña Emilia por lo que de defensa de las mujeres había en sus
obras. En las votaciones se produjo un empate con Concepción
Arenal, pero el voto del Claustro de la Universidad de Oviedo, a
quien se encomendó la resolución del certamen, le fue Þnalmente
favorable.
Tras un problema de salud, en 1880 el médico le recomienda
las aguas de Vichy. A la vuelta del balneario se detiene en París,
donde conoce a Victor Hugo en una tertulia literaria. Desde ese
momento, sus sucesivas visitas a la ciudad del Sena le servirán
para entrar en contacto con otros renombrados escritores de la

122
época, como Émile Zola, padre del naturalismo que tanto inßuyó
en la obra de la escritora, y para familiarizarse con la literatura
rusa, al ser frecuentados esos círculos literarios por exiliados de
aquel país.
A pesar de su ferviente catolicismo, tanto en su obra como
en su propia vida encontramos ejemplos impropios de una
católica declarada. No obstante, ella misma se declaró “neo-
católica” y manifestó su descontento por el modo en que la
Iglesia restringía a la mujer 46. Por otro lado, su matrimonio fue
un absoluto fracaso y, a falta de divorcio, se produjo un claro
distanciamiento con su esposo y algunos sonados romances
extramatrimoniales. Su correspondencia amorosa con Benito
Pérez Galdós testimonia la apasionada relación que compar-
tieron ambos literatos.
A la muerte de su padre, en 1890, doña Emilia pasa a ser con-
desa de Pardo Bazán, título que había sido reconocido oÞcialmente
por Amadeo de Saboya once años atrás, y que sería conÞrmado
en 1908 por Alfonso XIII. A lo largo de toda su vida, la actividad
literaria y periodística de la condesa fue frenética. Sin embargo,
sus colegas se negaron a reconocer su labor impidiendo en varias
ocasiones su entrada en la Real Academia Española. Una mues-
tra de ello es la opinión de Valera al respecto: “El proyecto peca
de inoportuno y se inclina a lo cómico... Las mujeres tienen otros
deberes más importantes y grandes que cumplir sobre la tierra”47.
Las actitudes machistas de sus contemporáneos desembocaron en
una posición más radical de doña Emilia, que no desistió nunca
en su empeño para que las mujeres fueran consideradas en sí mis-
mas y no como meros instrumentos al servicio de los hombres:
“... El error fundamental que vicia el criterio común respecto de la
criatura del sexo femenino (...) es el de atribuirle un destino de

46. Véase Fages (2007), página 32.


47. Valera (1961), página 860.

123
mera relación; de no considerarla en sí, ni por sí, ni para sí, sino
en los otros, por los otros y para los otros”48.
A pesar de las diÞcultades mencionadas, Emilia Pardo Bazán
fue la primera mujer en ser nombrada en 1906 presidenta de la
sección de Literatura del Ateneo de Madrid, en 1910 consejera de
la Instrucción Pública y en 1916 catedrático de Lenguas Neolati-
nas en la Universidad Central de Madrid, nombramiento éste mal
recibido en el ámbito universitario, tanto por los profesores como
por los alumnos, reacios a que una mujer ocupara ese puesto. La
intensa vida de la condesa Pardo Bazán terminó en Madrid el 12
de mayo de 1921.

3. LA UTILIDAD DEL NATURALISMO COMO FUENTE DE INFORMACIÓN


ECONÓMICA Y SOCIAL

En 1881 se editaron en España L’assommoir, Nana y Teresa Raquin,


tres obras de Émile Zola, el principal representante del natura-
lismo. Dos años después, Emilia Pardo Bazán publica La cuestión
palpitante, un ensayo sobre dicho movimiento literario que desató
una importante polémica en los círculos literarios y religiosos de
nuestro país.
Tanto La Tribuna (1883) como Los Pazos de Ulloa (1886) son
consideradas novelas naturalistas, aunque en sentido estricto se
habla de que doña Emilia practica el naturalismo “a la española”.
Los más puristas consideran imposible que una católica confesa
pueda ser auténticamente naturalista, puesto que el determinismo
que caracteriza a esta corriente literaria, la incapacidad del ser
humano para luchar contra el entorno que le ha tocado vivir, es
incompatible con la moral cristiana. De hecho, el propio Zola

48. Pardo Bazán (1892), páginas 76-77.

124
reconocía “... el naturalismo de esa señora es puramente formal,
artístico y literario”.
De manera que si bien Emilia Pardo Bazán no practica el natu-
ralismo en cuanto al contenido, sí lo practica en las formas. A este
respecto, el naturalismo se caracteriza por el empleo de descrip-
ciones extremadamente detalladas y por la reiteración de datos
físicos. Como consecuencia de ello, el lector de La Tribuna y de Los
Pazos de Ulloa puede obtener un excelente conocimiento del medio
que la autora describe en ambas obras49.
La Tribuna constituye una valiosa fuente de información sobre
el mundo urbano de La Coruña del último tercio del siglo XIX,
especialmente sobre el mundo de las trabajadoras de la fábrica
de tabacos, donde se desarrolla la mayor parte de la novela.
Para documentarse, doña Emilia fue a la fábrica mañana y tarde
durante dos meses. Al principio fue recibida con cierto recelo por
las operarias, pero no dudó en llevar consigo a sus hijas peque-
ñas para suavizar esa frialdad inicial50. Esas visitas a la fábrica le
permitieron observar las faenas de elaboración de puros y ciga-
rrillos, así como las costumbres y las expresiones empleadas por
las tabaqueras.
La novela cuenta la historia de Amparo, hija de un barquillero
y de una cigarrera de Marineda. Poco antes de la Revolución
de 1868, Amparo entra a trabajar en la fábrica de tabacos; a
partir de ahí la novela se desarrolla a través de dos ejes: su ena-
moramiento de Baltasar, perteneciente a una acomodada fami-
lia burguesa, los Sobrado, y su implicación política a favor de la
república federal, al ser la encargada de leer los periódicos a sus

49. En el prefacio a Un viaje de novios (1881) encontramos los elementos del naturalismo
que agradan a la escritora gallega y aquellos que desaprueba: “... no censuro la observación
paciente, minuciosa, exacta, que distingue a la moderna escuela francesa; al contrario, la
elogio; pero desapruebo como yerros artísticos la elección sistemática y preferente de asun-
tos repugnantes o desvergonzados...”.
50. Ver Osborne (1964), página 44.

125
compañeras de fábrica, lo que le hace ganarse el apodo de “la
tribuna”. Baltasar seduce a Amparo, asegurándole que se va a
casar con ella (algo que los Sobrado desaprueban, dada su con-
dición social), y finalmente la abandona una vez que se queda
embarazada. La historia finaliza con el nacimiento del niño,
el día en que se proclama la Primera República, en febrero de
1873.
Por su parte, Los Pazos de Ulloa ofrece una imagen clara del
mundo rural en la Galicia de finales del ochocientos. En la
novela, el marqués de Ulloa es un hombre con modales poco
refinados que dedica su tiempo a la caza y en absoluto cuida
de su patrimonio. Es el padre del hijo bastardo de Sabel, su
criada y amante; Julián, el sacerdote, enviado a los pazos por el
tío del marqués, convence a éste para que se case con su prima
Nucha, que vive en Santiago de Compostela con sus hermanas y
su padre. Nucha es incapaz de dar al marqués un hijo varón, lo
que la hace extremadamente desdichada. Sabel lucha con todas
sus fuerzas para que su hijo Perucho se convierta en el here-
dero del marqués, ya que es su único hijo varón. Nucha morirá
joven en los pazos tras una vida infeliz que comparte con Julián,
su amigo y confidente. El entorno que se describe en Los Pazos
es brutal, sólo apto para aquellos personajes que se presentan
como animalizados, lo que les permite sobrevivir en una tierra
bárbara y primitiva 51: el marqués de Ulloa, Primitivo, Perucho,
Sabel. Del otro lado, están los que se salvan del proceso de
animalización que la vida en los pazos conlleva: Nucha y Julián,
finos, débiles, delicados y exquisitos, en los que la parte espi-
ritual ha vencido 52, pero que son incapaces de sobrevivir a las
circunstancias que les rodean.

51. Véase Ayala (1997), en el prólogo a la edición de Cátedra de Los Pazos de Ulloa.
52. Véase Bravo-Villasante (1989).

126
4. LA SITUACIÓN LABORAL Y SOCIAL DE LAS MUJERES EN EL SIGLO
XIX Y SU REFLEJO EN AMBAS NOVELAS

Una de las grandes preocupaciones de Emilia Pardo Bazán a lo


largo de su vida es el papel asignado a la mujer en la sociedad
española de su época. Como decíamos al principio, doña Emilia
fue una mujer adelantada a su tiempo que trató de concienciar a
la sociedad de la necesidad de cambiar la situación de las mujeres,
haciendo de ellas seres libres y no meros instrumentos al servicio
de sus esposos, hermanos o padres. El intento por acercarse a las
mujeres la llevaría a crear en 1892 la colección Biblioteca de la
Mujer, en la que se incluirían, entre otros, la traducción al caste-
llano de la obra de John Stuart Mill On the Subjection on Woman. No
obstante, pronto se percató de que las cuestiones “universales”
no eran del agrado de las españolas, por lo que decidió incluir
en la colección dos recetarios de cocina española. En una carta
remitida al director de La Voz de Galicia, Emilia Pardo Bazán hace
referencia, no sin ironía, a su fracaso con la citada colección para
mujeres y dice: “(...) ya que no es útil hablar de derechos y adelan-
tos femeninos, (he resuelto) tratar gratamente de cómo se prepara
el escabeche de perdices y la bizcochada de almendras”53.
La inquietud de Emilia Pardo Bazán por el rol que la sociedad
había asignado a las mujeres aparece en muchas de sus obras.
La mujer nueva que deseaba la condesa se caracteriza por tener
independencia económica, lograda mediante un trabajo honrado,
y por la igualdad social con el hombre, igualdad de educación,
igualdad de oportunidades e igualdad en la moral54. La situación
de la mujer en la España del siglo XIX en lo relativo a su alfa-

53. Bravo-Villasante (1973), página 285. Algunas de las pocas mujeres escritoras de la épo-
ca tampoco apoyaron a la condesa en su lucha en defensa de los derechos de las mujeres, ya
que consideraban que su actitud era excesivamente atrevida y preferían un movimiento de
liberalización de la mujer más suave y lento. Véase en este sentido Sánchez García (2001).
54. Véase Mayoral (2003), pp. 114.

127
betización, su subordinación al hombre y su escasa presencia en
el mercado laboral justiÞca la preocupación de la condesa. Baste
como ejemplo de lo primero que en 1869 el 86% de las mujeres
eran analfabetas, frente al 64% de los hombres55. Por lo que res-
pecta a la situación laboral, Los Pazos de Ulloa y La Tribuna ofrecen
una clara visión de algunas de las actividades desempeñadas por
las mujeres en el mundo rural y urbano decimonónico, que a con-
tinuación señalamos.

4.1. El ámbito rural de Los Pazos de Ulloa


Hasta su desarrollo industrial, España era un país agrario donde
existían labores especíÞcamente asignadas a las mujeres, como la
vendimia o la recogida de aceituna. En el norte del país se encar-
gaban además de cuidar del ganado. En palabras de la propia
Emilia Pardo Bazán: “... (las mujeres gallegas)... cavan, siembran,
riegan y deshojan, baten el lino, lo tuercen, lo hilan, y lo tejen
(...); ellas cargan (...) el saco repleto de centeno o maíz y lo llevan
al molino (...); ellas apacentan el buey, y comprimen los gruesos
ubres de la vaca para ordeñarla... marchan al mercado con la
cesta en la cabeza para vender sus productos... esta mujer, que
trabaja sin tregua, va a ser la criada y esclava de todos: del abuelo,
del padre, del marido, del niño, de los animales que cuida...”56.
De esta manera la autora da a conocer la dureza de la vida de las
mujeres en las aldeas gallegas, trabajando de sol a sol y sin reco-
nocimiento de su tarea.
En el mundo rural (y también en las ciudades, lógicamente) la
presencia de las mujeres era patente asimismo en determinadas
actividades como parteras, nodrizas y, sobre todo, en el servicio
doméstico. La preponderancia de esta actividad queda clara-

55. Véase Ballarín Domingo (2001), páginas 45-46.


56. Véase Pardo Bazán (1900), páginas 123 y siguientes.

128
mente de maniÞesto en el censo de Profesiones, Artes y OÞcios
de 1860, donde Þguran 416.560 mujeres empleadas en el servi-
cio doméstico frente a las 114.558 artesanas, 54.472 jornaleras
y 54.455 mujeres industriales (López-Cordón Cortezo [1986],
página 71)57.
Algunas de estas actividades laborales aparecen reßejadas en
Los Pazos de Ulloa. Así, la hija del marqués de Ulloa ha de ser
amamantada por un ama de cría, dada la debilidad natural de su
madre. El ama de cría elegida es la hija de un campesino arren-
datario del marqués. La escena en la que el marqués habla con el
médico sobre la cuestión de la nodriza pone de maniÞesto que aún
quedaba mucho de comportamiento feudal en la España de Þna-
les del XIX. Así, el médico que atiende a la marquesa le conÞesa
a Julián, el sacerdote: “¿Cuándo se convencerán estos señoritos de
que un casero no es un esclavo? Así andan las cosas de España:
mucho de revolución, de libertad, de derechos individuales... ¡Y al
Þn, por todas partes la tiranía, el privilegio, el feudalismo! Porque,
vamos a ver, ¿qué es esto sino reproducir los ominosos tiempos de
la gleba y las iniquidades de la servidumbre? Que yo necesito tu
hija, ¡zas!, pues contra tu voluntad te la cojo. Que me hace falta
leche, una vaca humana, ¡zas!, si no quieres dar de mamar de
grado a mi chiquillo, le darás por fuerza” (página 264).
Por otro lado, tenemos a Sabel, la criada del marqués. Por ser
la hija del mayordomo del marqués, ha de ser la criada de éste;
pero, además, la jerarquía social feudal aún dominante en la Gali-
cia del siglo XIX la obliga a ser también su amante. La Þgura de
Sabel se contrapone continuamente a la de Nucha, la esposa del

57. El número de mujeres trabajadoras en aquella época era con certeza mucho mayor
que el recogido en los censos. Como señala Sarasúa (2006), los censos no consideraban tra-
bajo las actividades no remuneradas, excluían a gran parte de las trabajadoras sin contrato
(aunque fueran asalariadas) y, además, muchas de las mujeres con contrato y trabajo remu-
nerado se registraban como dedicadas a “sus labores” porque el trabajo fuera del hogar era
considerado indecoroso.

129
marqués, a lo largo de Los Pazos de Ulloa. Sabel es una mujer fuerte,
una mujer de campo, acostumbrada a sobrevivir en un entorno
hostil y brutal como es el de los pazos; a pesar de ser maltratada
continuamente por el marqués de Ulloa, que la somete a todo
tipo de humillaciones y vejaciones, es incapaz de rebelarse; su
única ambición es que su hijo Perucho, aunque bastardo, herede
la fortuna del marqués al ser su único hijo varón, y en esta tarea
pondrá todo su empeño. Nucha es la representante de la bur-
guesía y es descrita como una mujer endeble y frágil, incapaz de
darle un hijo varón a su marido y desgraciada por ello. Posee una
esmerada educación burguesa y, como marcaban los cánones de
la época, hace cuanto puede por satisfacer a su esposo. Ubicada
en los pazos, Nucha se encuentra como un pez fuera del agua, lo
que pone de maniÞesto las enormes diferencias entre el mundo
rural y el mundo urbano de la época.
A pesar de las diferencias entre ambas mujeres, Nucha está,
al igual que Sabel, a merced de los deseos de su padre (que la
entregó al marqués) y de su esposo. En esta situación de subor-
dinación al sexo masculino podían verse reßejadas la mayoría de
sus contemporáneas, algo contra lo que Emilia Pardo Bazán se
rebeló Þrmemente.

4.2. El ámbito urbano de La Tribuna: el trabajo en la


Fábrica de Tabacos de La Coruña
España se incorporó tarde al proceso de industrialización, que se
inició a mediados del siglo XIX, no consolidándose hasta princi-
pios del XX. La falta de una clase burguesa socialmente uniforme
y el poder excesivo de los gremios que frenaban la libre iniciativa
son dos de las causas esgrimidas para explicar este retraso, junto
con los conßictos bélicos acontecidos entre 1808 y 1876 (Frutos
[1985], página 34).
La presencia de las mujeres en la industria era escasa, si excep-
tuamos la industria textil y, sobre todo, la elaboración de tabaco,

130
donde el número de mujeres trabajadoras superaba ampliamente
al de los hombres. La incorporación de la mujer a las fábricas
no fue fácil. El trabajo de la mujer en el siglo XIX estaba mal
considerado socialmente, sobre todo en el caso de las mujeres
casadas, ya que contradecía los papeles asignados al hombre
y a la mujer en la sociedad. A esto se añadía, en el caso de las
trabajadoras de las fábricas, que los obreros consideraban que
su contratación causaba el despido de los mismos y la reducción
de sus salarios.
Así pues, la llegada de la mujer a las fábricas se produjo no
sólo con la desaprobación de los sectores próximos a la Igle-
sia, sino también, inicialmente, de los propios obreros. Estos
tenían miedo de ser desplazados por las mujeres, que constituían,
junto con los niños, una mano de obra más barata. Un ejemplo
de esta hostilidad fue la movilización de los trabajadores textiles
de Igualada en 1868 para denunciar el empleo de las mujeres
en las fábricas del pueblo58. Con esta movilización consiguieron
que los empresarios aceptaran el despido masivo de las mujeres
una semana después. También la revista anarquista Acracia argu-
mentaba que convenía a los intereses económicos del obrero que
la mujer se quedase en casa ocupada de las labores domésticas
(ver Nash [1993]). En cambio, en la revista El Socialista, en junio
de 1888, podía leerse que, si bien era cierta la disminución del
sueldo del obrero desde que las mujeres y los niños se habían
incorporado al proceso productivo, “no hay más remedio positivo
que atraer a la obrera a las Þlas societarias y reclamar para ellas
el mismo salario que para el trabajador... el trabajo la coloca en
condiciones, la proporciona medios para no estar supeditada a la
voluntad del hombre...” (Cabrera Pérez [2005], página 32).

58. El peso de las mujeres trabajadoras en el sector textil en Cataluña era bastante impor-
tante. En 1839 existían en Cataluña 117.487 operarios en las fábricas, de los cuales 45.210
eran mujeres, y 10.291, niños (véase Izard [1973], página 67).

131
La mayor parte de La Tribuna está ambientada en la fábrica de
tabacos de La Coruña. Dicha fábrica se abrió en 1804, aunque
otros autores apuntan la fecha de 1809, en los locales que previa-
mente ocupaban los correos marítimos de América. Un puerto
con importante tráÞco comercial y la disponibilidad de terrenos
por parte de la Hacienda real son algunos de los factores que
inßuyeron en que La Coruña fuera la ciudad elegida (ver Alonso
Álvarez [2001]).
La elaboración de tabaco es la única industria que a lo largo
del siglo XIX incorporó a un mayor número de mujeres que de
hombres. El aumento de la demanda de tabaco de humo en detri-
mento del polvo condujo a que las distintas fábricas de tabaco
contrataran un gran número de trabajadoras, ya que mientras
que para la elaboración del polvo se requería fuerza física, para
torcer y liar el tabaco se necesitaba sobre todo destreza (véase
Gárate Ojanguren [2006]). Del elevado porcentaje de mujeres
empleadas en las fábricas de tabaco dan fe los siguientes datos:
las cuatro mayores fábricas en 1895 en cuanto a trabajadores se
reÞere, esto es, Sevilla, Madrid, Alicante y La Coruña, emplea-
ban a 5.331, 4.586, 4.405 y 3.409 mujeres, respectivamente (véase
Comín Comín y Martín Aceña [1999], páginas 332-333), lo que
suponía más del 90% de sus plantillas. Las mujeres eran las encar-
gadas de elaborar los cigarros y cigarrillos, mientras que de la
picadura del tabaco se ocupaban, en general, los hombres.
En el momento de publicarse La Tribuna, la organización de la
mano de obra en las fábricas de tabaco en nuestro país respondía
al modelo artesanal; la elaboración de los cigarros y cigarrillos
era manual. Este oÞcio era prácticamente hereditario (la madre
de Amparo era cigarrera) y las madres transmitían a las hijas el
aprendizaje de las labores. Con ello se aseguraba la lealtad de las
trabajadoras a su puesto de trabajo: si abandonaban la fábrica
sus hijas perdían la prioridad para incorporarse como aprendizas.
Las operarias tenían un horario ßexible, la retribución era a des-
tajo y trabajaban en grupos.

132
Ese modelo artesanal, previo a la mecanización de las tareas,
permitía aún separar el “tiempo de vida” del “tiempo de trabajo”.
El tiempo de trabajo todavía no estaba sometido a la disciplina
estricta que determina la máquina, por lo que la fábrica es un lugar
donde se trabaja, pero también donde se establecen relaciones
sociales; aún es posible en muchos momentos la charla distendida
entre las compañeras de la fábrica59. La sociedad que se describe
en La Tribuna puede considerarse en este sentido precapitalista
(ver Durán Vázquez [2007]), aunque ya se observan indicios de
cambio hacia el nuevo sistema productivo. En la novela, las tra-
bajadoras de más edad recomiendan a las más jóvenes que corten
más anchas las capas del tabaco para que el cigarro tenga mejor
forma. Pero las jóvenes preÞeren cortarlas más estrechas para
terminar antes de enrollar los cigarros y ganar así más dinero.
La búsqueda de la rentabilidad, propio de las sociedades indus-
trializadas, empieza a sustituir al deseo del trabajo bien hecho,
fruto del dominio del oÞcio y del prestigio de quien lo desempeña,
característico de las sociedades preindustriales.
Pese a las duras condiciones de trabajo, a las que nos referi-
mos más adelante, las cigarreras constituían, por encima de las
obreras de las fábricas textiles, la élite de las mujeres trabajado-
ras. Eran las únicas mujeres que ganaban un salario que, aunque
inferior al de los hombres, les permitía conseguir un cierto grado
de independencia, al menos a las más jóvenes y solteras60. A este
respecto, en La Tribuna (página 95) leemos: “otra causa para que
Amparo se reconciliase del todo con la fábrica fue el hallarse en

59. No por supuesto en los talleres de picadura, mecanizados, donde trabajaban los hombres.
Las cigarreras dejaron de controlar su tiempo de trabajo cuando empezaron a mecanizarse
las labores que ellas realizaban, lo que le llevó bastante tiempo a la Compañía Arrendataria
de Tabacos debido a la oposición inicial de las trabajadoras.
60. El hecho de que el salario de las cigarreras fuera superior al de otros trabajos realizados
típicamente por mujeres en aquella época ha sido señalado como una de las razones que
provocaron su escaso asociacionismo inicial. Véase en este sentido Bobadilla Pérez (2001).

133
cierto modo emancipada y fuera de la patria potestad desde su
ingreso. Es verdad que daba a sus padres algo de las ganancias,
pero reservándose buena parte; y como la labor era a destajo en
las yemas de los dedos tenía el medio de acrecentar sus rentas, sin
que nadie pudiese averiguar si cobraba ocho o cobraba diez”. Esa
cierta independencia económica le permite a Amparo rechazar a
Chinto, un muchacho que había trabajado con su padre haciendo
barquillos, cuando le pide matrimonio. Y esa independencia
también le permite espetarle a Baltasar Sobrado, cuando éste
la abandona por su condición social: “¿tienes algo que echarme
en cara? ¿No me gano yo la vida trabajando honradamente, sin
pedírtelo a ti ni a nadie?” (página 234). No olvidemos que Emilia
Pardo Bazán consideraba que la mujer no podría ser libre mien-
tras dependiera económicamente de otra persona, por lo que el
trabajo remunerado era fundamental para su liberación.
Peor sin duda era la situación de las mujeres que trabajaban en
su domicilio. En las ciudades, muchas mujeres ejercían de borda-
doras, costureras, etc., cobrando un salario inferior a las obreras
y sujetas a jornadas laborables interminables, impuestas por ellas
mismas para garantizarse una subsistencia mínima. En La Tribuna,
Carmela, una de las mejores amigas de Amparo, trabaja en casa
haciendo encajes. Cuando reúne por Þn la dote para meterse a
monja, al resultar premiado un boleto de lotería comprado con el
dinero extra sacado de unas puntillas, exclama: “... ¡cuántas lagri-
mitas tengo lloradas aquí sin que nadie me viese! (...) Es mejor
hacer pitillos que encajes, chica. ¡Fumar, siempre fuma la gente;
pero los encajes en invierno... es como vivir de coser telarañas!”
(página 204)61.

61. De las jornadas maratonianas de trabajo, que acababan por dejar casi ciegas a las
costureras a fuerza de coser a oscuras (la tía de Carmela es un ejemplo de ello), da muestra
la respuesta de Carmela cuando Amparo le pregunta si no se sentirá presa entre las cuatro
paredes del convento: “... Bien presa vivo yo desde que acuerdo... Siquiera los conventos
tienen huerta, y vería una árboles y verduras que le alegrasen el corazón” (página 144).

134
5. LA SENSIBILIDAD DE LA CONDESA HACIA LA CONDICIÓN DE LA
CLASE OBRERA

Emilia Pardo Bazán era una mujer sensible a la que le preocupaban


los problemas de las clases menos acomodadas. Nos hemos referido
con anterioridad a cómo en Los Pazos de Ulloa la autora reßeja el
régimen casi feudal al que estaban sometidos los trabajadores del
campo gallego. Tampoco en La Tribuna escatima palabras al describir
las duras condiciones de trabajo y de vida de la población más des-
favorecida de La Coruña, en particular de los trabajadores de la
fábrica de tabacos, un inÞerno al que se referiría pocos años des-
pués en sus Apuntes autobiográÞcos en estos términos: “el verdadero
inÞerno social a que puede bajar el novelista, Dante moderno
que escribe cantos de la comedia humana, es la fábrica, y el más
condenado de los condenados, ese ser convertido en rueda, en
cilindro, en autómata”62.
Las condiciones higiénicas y de salubridad en las fábricas de
tabacos eran pésimas antes del arriendo de la Compañía Arrenda-
taria de Tabacos en 188763. Estas condiciones quedan claramente
reßejadas en numerosos párrafos de La Tribuna. La atmósfera era
irrespirable, “saturada del olor ingrato y herbáceo del virginia
humedecido... mezclado con las emanaciones de tanto cuerpo
humano y con el fétido vaho de las letrinas próximas” (páginas
93-94), y el calor agobiante: “en el curso de las horas de sol... la
atmósfera se cargaba de asÞxiantes vapores... Penetrantes eßuvios
de nicotina subían de los serones llenos de seca y prensada hoja...;

62. Los Apuntes autobiográÞcos se encuentran en el prólogo de Los Pazos de Ulloa. Véase Pardo
Bazán (1973).
63. Tras el arriendo, la compañía acometió obras de acondicionamiento en las fábricas
para mejorar la seguridad e higiene de los trabajadores, estableció la existencia de servicios
médicos y llevó a cabo campañas de vacunación. Un riguroso estudio de las distintas etapas
históricas de la industria del tabaco en nuestro país puede verse en Comín Comín y Martín
Aceña (1999).

135
a veces una cabeza caía inerte sobre la tabla de liar...” (página
107). Las condiciones de trabajo eran aún más duras en los talleres
donde se picaba el tabaco, labor ésta desempeñada básicamente por
hombres. Cuando Amparo baja al taller al que va a incorporarse
Chinto leemos: “(la picadura de tabaco) requería gran agilidad y
tino, porque era fácil que, al caer la cuchilla, segase los dedos o la
mano que encontrara a su alcance. Como se trabajaba a destajo,
los picadores no se daban punto de reposo...” (página 166).
Las operarias empezaban a trabajar desde muy niñas: “... a
su lado, encaramada sobre su almohadón, había una aprendiza,
niña de ocho años, que con sus deditos amorcillados y torpes ape-
nas lograba en una hora liar media docena de papeles” (página
117), y cuando perdían habilidad, medio ciegas ya, eran destina-
das a los talleres de desvenado, cobrando menores salarios: “en
el taller del desvenado daba frío ver (...) muchas mujeres, viejas la
mayor parte, hundidas hasta la cintura en montones de hoja de
tabaco, que revolvían con sus manos trémulas, separando la vena
de la hoja...” (páginas 164-165).
La Tribuna es considerada la primera novela española de prota-
gonismo obrero64. El tema de las clases más desfavorecidas había
alcanzado bastante auge dentro de la novela-folletín entre 1848
y 1868, contribuyendo a la creación de una conciencia social en
aquella época. Los autores de esos escritos eran en realidad políti-
cos y escritores que representaban a los partidos más progresistas
y que veían en los mismos, dada la gran circulación que tenían, el
medio de difundir entre el pueblo las ideas de la revolución y la
llegada de la democracia65. Sin embargo, esas novelas de “género

64. No olvidemos la inßuencia de Zola en la literatura de la condesa, y en L’assommoir


(1877) el escritor francés sitúa la vida de la clase obrera en París como tema central de la
trama. En sus Apuntes autobiográÞcos Emilia Pardo Bazán se reÞere a la impresión que le causó
su lectura de este modo: “leí una vez, dos y tres la novela, subyugada por el vigor y la exac-
titud de los caracteres, la maciza y admirable arquitectura del estudio”.
65. Véase Fuentes (1971).

136
menor” desaparecieron con la Restauración, que se encargaría de
silenciar y reprimir el movimiento obrero. También los novelistas
más prestigiosos de la época dejaron de lado la realidad obrera;
de ahí el interés, por excepción a la norma, de La Tribuna. Pérez
Minik (1957, página 111), en su estudio sobre los novelistas espa-
ñoles de los siglos XIX y XX, señala: “es el primer libro español
en que el obrero, en su condición de tal y hasta como clase social,
hace su aparición dentro de un cuadro ausente de todo pintores-
quismo y sujeto a una estricta y severa realidad”. En los mismos
términos se pronuncia Fuentes (1971, página 90) al escribir: “con
La Tribuna, la vida de la clase obrera se reßeja por primera vez en
nuestras letras, tal como era en la realidad”.
En la novela queda patente el ambiente de miseria y de explo-
tación en que viven los trabajadores. La precisión de la descrip-
ción naturalista nos ofrece fotografías de las pobres y antihigié-
nicas viviendas del obrero y de las calles sucias en las que viven
pescadores, cigarreras y niños con enfermedades hereditarias o
adquiridas por el hambre. Sin embargo, a pesar de este prota-
gonismo obrero, diversos autores cuestionan que La Tribuna sea,
en sentido estricto, una novela social. Gullón (1976, página 44)
considera que se trata de una novela social “frustrada”. En su
opinión, la escritora gallega observa la diferencia entre las cla-
ses sociales y la tremenda injusticia —la presencia de una clase
obrera, que vive y trabaja en condiciones penosas, y una clase alta,
que disfruta de una vida de riqueza y ocio—, pero se preocupa
más por el retrato de los personajes —Baltasar no se puede casar
con Amparo, porque ésta pertenece a una clase no admitida en
la sociedad burguesa— que por el conßicto entre la pobreza y la
riqueza. A la autora le falta colocar a la colectividad en el primer
plano y lograr así que las diferencias sociales de los personajes
determinen la trama, algo que en la novela ocurre sólo a ratos.
También Bobadilla Pérez (2001) opina que la novela no cuestiona
el orden social. Es más, puede pensarse que la autora gallega
“castiga” al personaje de Amparo, le “quita virtudes”, cuando

137
ésta aspira a ascender a una posición social que no es la suya al
iniciar su relación con Baltasar. Cuando Amparo empieza a salir con
él cambia por completo, se vuelve una mujer coqueta y superÞcial y
abandona la lucha política. Sólo una vez que Amparo es abando-
nada, embarazada, vuelve a implicarse con más vehemencia aún
que antes en la defensa de la república federal. Es entonces cuando sus
compañeras de fábrica celebran que han recuperado a “la tribuna”,
que ha vuelto al espacio del que no debería haber tratado de salir.
Las terribles condiciones de los trabajadores en el siglo XIX,
de las que se obtienen claros testimonios en La Tribuna y en Los
Pazos de Ulloa, dejan a la luz que España era un país carente de
justicia social. La mayor parte de los asalariados estaban sujetos
a unas condiciones extremas de trabajo, en cuanto a los salarios
que cobraban y las jornadas que realizaban, por no hablar de la
explotación de la mano de obra infantil y de las mujeres66; de
igual modo sus condiciones de vida eran muy duras, en viviendas
insalubres, sin acceso a la educación y castigados por el hambre.
En este contexto de ausencia de justicia social, gran parte del
pueblo depositó sus esperanzas en la Revolución de 1868 y, pos-

66. La regulación de las condiciones de trabajo en las fábricas fue un proceso lento y,
en muchos casos, cayó en saco roto. Así, un primer intento en forma de proyecto de ley
llevado a cabo en 1855 por el ministro de Fomento Manuel Alonso Martínez no vio la luz
Þnalmente. Habría que esperar hasta julio de 1873 para que se aprobara la primera ley des-
tinada a mejorar las condiciones de los trabajadores. Esta ley, conocida como ley Benot, el
nombre del ministro de Fomento de la Primera República, marca el inicio de la legislación
laboral en nuestro país. Prohibía, entre otras cosas, el trabajo en las fábricas, talleres y minas
a los niños menores de diez años, y establecía límites a la jornada de los menores de quince
años y las menores de diecisiete. Sin embargo, pese a que para vigilar el cumplimiento de
dicha ley en la misma se creaban unos órganos de inspección laboral, los Jurados Mixtos,
en la práctica fue incumplida sistemáticamente. Cuando en 1883 se crea la Comisión de
Reformas Sociales, destinada a mejorar el bienestar de las clases obreras y a regular las
relaciones entre el capital y el trabajo, una de las tareas que se le asignaron fue elaborar
un cuestionario para recabar información sobre la situación real social y económica de los
trabajadores. Las respuestas a la pregunta “¿se ha cumplido en todo o en parte la ley de 24
de julio de 1873?” dejaron claramente de maniÞesto ese incumplimiento.

138
teriormente, en la llegada de la república. Y si bien es cierto que
Emilia Pardo Bazán fue una mujer sensible a los problemas de las
clases menos acomodadas, no es menos cierto que, aristócrata y
muy vinculada al régimen canovista, sentía con respecto al movi-
miento obrero las mismas reservas que los otros novelistas de la
Restauración67. Como señalamos a continuación, desconÞaba
Þrmemente de que los “aires revolucionarios” en los que estaba
inmerso nuestro país en aquel momento sirvieran para el pro-
greso de la sociedad española.

6. LOS CAMBIOS POLÍTICOS COMO ESPERANZA PARA SUBSANAR LA


INJUSTICIA ECONÓMICA: LA POSICIÓN DE DOÑA EMILIA

El deterioro del sistema político, una grave crisis Þnanciera e


industrial, y un periodo de escasez de alimentos entre la pobla-
ción conducen a un pronunciamiento civil y militar en septiembre
de 1868, que acaba con la monarquía de Isabel II. El poder es
asumido inicialmente por las llamadas Juntas Revolucionarias,
que demandan la instauración de un régimen democrático con
sufragio universal, libertad de asociación y de culto, así como
amplias medidas de reformas sociales. Una vez que la revolu-
ción triunfa en las distintas ciudades, el Gobierno provisional,
con Prim y Serrano a la cabeza, disuelve las Juntas y, puesto que
la Constitución de 1869 establece como forma de gobierno una
monarquía constitucional, poco después las Cortes eligen a Ama-
deo de Saboya como nuevo rey de España.
Parte del pueblo que había depositado en “la Gloriosa” sus
esperanzas para mejorar su situación económica y social se sintió
defraudado al considerar que dicha revolución no había sido tanto

67. Véase Fuentes (1971).

139
una sublevación de los partidos más progresistas para defender a
las clases más desfavorecidas, como un pacto entre diversas fuer-
zas políticas para favorecer un cambio de régimen que protegiera
sus propios intereses Þnancieros68, ya que la caída en Bolsa de
las empresas ferroviarias estaba mermando seriamente los capi-
tales de bastantes políticos que habían invertido su fortuna en el
negocio del ferrocarril. De hecho, una vez que la revolución hubo
triunfado, el Gobierno provisional se apresuró a demandar “sen-
satez”, a que se conservara el orden y se respetara la propiedad, y
a disolver las Juntas Revolucionarias, con lo que se restablecía el
orden político y también el económico. La cotización en Bolsa de
las compañías ferroviarias españolas se había recuperado y todo
parecía regresar a la normalidad previa a la revolución (ver Fon-
tana [1973], páginas 123 y siguientes).
El siguiente paso entre gran parte de la población menos aco-
modada fue conÞar en que la llegada de la república instaurase la
justicia social y económica. En las páginas de La Tribuna encontra-
mos una valiosa información sobre el proceso de creciente con-
ciencia revolucionaria del proletariado, algo que podemos agra-
decerle al método documental característico del naturalismo, que
llevó a Emilia Pardo Bazán a investigar en los periódicos revolu-
cionarios de la época para recrear el clima de intenso activismo
republicano-federal que vivió La Coruña desde “la Gloriosa” hasta
la proclamación de la Primera República, en febrero de 187369.
En la novela observamos cómo Amparo, mediante la lectura de
los periódicos a sus compañeras de la fábrica de tabacos, les trans-
mite el entusiasmo, que en ella misma se iba acrecentando, por
el ideal revolucionario. Al referirse a los delegados de Cantabria,
llegados a Marineda para Þrmar la unión con los republicanos

68. Véase Durán Vázquez (2007).


69. Un análisis del destacable papel que desempeñó el republicanismo federal entre la clase
obrera gallega puede verse en Moreno González (1980).

140
locales, la protagonista comenta: “... quisiera yo que estuviesen
allí los que creen que la federal trae desgracias y belenes... el viejo
no habló... sino de que nos quisiéramos mucho los republicanos,
porque ya todo ha de ser concordia entre los hombres... el otro...
predicó mucho de nuestros derechos... y de que las clases trabaja-
doras, si se unen, pueden con las demás... allí se cantaba clarito lo
que somos: paz, libertad, trabajo, honradez y la cara y las manos
muy limpias” (páginas 140-141). Asimismo, la narradora escribe:
“... en sus labios (los de Amparo), la república federal no fue tan
sólo la mejor forma de gobierno, época ideal de libertad, paz y
fraternidad humana, sino periodo de vindicta, plazo señalado por
la justicia del cielo, reivindicación largo tiempo esperada por el
pueblo oprimido... Un aura socialista palpitó en sus palabras, que
estremecieron la fábrica toda...” (páginas 238-239).
Observamos también las reivindicaciones de las obreras, que
preparan un motín cansadas de que el Estado se retrasara en el
pago del trabajo que se les debía en la fábrica y convencidas de
que a “los pícaros ministros” no les importaba que ellas y sus fami-
lias se muriesen de hambre: “... ¿hizo Dios dos castas de hombres,
por si acaso, una de pobres y otra de ricos?... ¿Qué justicia es
ésta? Unos trabajan la tierra, otros comen el trigo... no es ley de
Dios esa desigualdad y esa diferencia de unos zampar y ayunar
otros. Lo que es yo, mañana, o me pagan o no entro al trabajo”
(páginas 239 y 241).
Sin embargo, el modo en que está narrada La Tribuna se aleja
de los cánones naturalistas en cuanto a que Emilia Pardo Bazán
no actúa como un narrador objetivo que se mantiene al margen
de la trama. En el prólogo de la novela la autora gallega señala
que al escribirla sólo aspiraba inicialmente a retratar a una capa
social, la obrera, pero que “se le presentó por añadidura la mora-
leja, y habría sido tan sistemático rechazarla como haberla bus-
cado”. Esa moraleja se traduce en que las ideas revolucionarias
no le han servido a la protagonista para progresar; en palabras de
la escritora: “es absurdo el que un pueblo cifre sus esperanzas

141
de redención y ventura en formas de gobierno que desconoce, y
a las cuales por lo mismo atribuye prodigiosas virtudes y maravi-
llosos efectos”70.
Doña Emilia no era partidaria del socialismo como fórmula
para mejorar el bienestar social, y por ello se oponía también a
la república federal, pues el federalismo compartió inicialmente
las ideas de la revolución social71. Ella conÞaba únicamente en
la capacidad de los individuos como motor del desarrollo eco-
nómico y social, idea propia del liberalismo en el que militó y se
educó (“la sangre que aßuye por su genealogía es, sin excepción
alguna, sangre afrancesada y liberal”, Barreiro Fernández [1993],
página 19).
De forma que en esta novela se produce una cierta contradic-
ción, pues la observación directa y el afán documentalista que dis-
tinguen al naturalismo la obligan a reßejar con Þdelidad la vida
y las aspiraciones de la clase obrera pero, al mismo tiempo, su
ideología política, contraria al republicanismo, le hace “interferir
en la acción, moralizar y tratar de sugerir al lector lo que debe
pensar de la acción y de los personajes”72. Para ello, Emilia Pardo
Bazán presenta esa Þebre revolucionaria de la novela cargada de
ironía73. Por ejemplo, al referirse a Amparo la escritora escribe:

70. Pocos años después, en los Apuntes autobiográÞcos, la condesa explica cómo surgió la idea
de escribir la novela, al evocar la salida de las obreras de la Fábrica de Tabacos de La Coru-
ña: “Un día recordé que aquellas mujeres, morenas, fuertes, de aire resuelto, habían sido las
más ardientes sectarias de la idea federal en los años revolucionarios, y pareciome curioso
estudiar el desarrollo de una creencia política en un cerebro de hembra, a la vez católica y
demagoga, sencilla por naturaleza y empujada al mal por la fatalidad de la vida fabril. De
este pensamiento nació mi tercera novela, La Tribuna” (Pardo Bazán [1973], página 725).
71. Al menos hasta 1870, año en que la Internacional decidió distanciarse de la burguesía
republicana y presentar sus opciones revolucionarias sin apoyo de ningún otro partido (Bar-
reiro Fernández [1993], páginas 28 y 29).
72. Gullón (1976), página 58.
73. Hay que tener en cuenta, además, que escribe la novela con posterioridad a los hechos
que relata, por lo que ya conocía, lógicamente, cómo había terminado la república.

142
“la fe virgen con que creía en la prensa era inquebrantable, por-
que le sucedía con el periódico lo que a los aldeanos con los apa-
ratos telegráÞcos... lo que en el periódico faltaba de sinceridad,
sobraba en Amparo de crédulo asentimiento” (página 106).
Parece así que la escritora se empeña en evitar que considere-
mos a “la tribuna del pueblo” como una mujer con capacidad de
raciocinio y discernimiento, para lo que tiende a caricaturizarla74.
Sin embargo, probablemente sería injusto no reconocer que doña
Emilia siente cierta “simpatía” por Amparo: aunque pretende
desvalorizarla por defender una ideología que no comparte, como
feminista que era siente cierta admiración por ella, por su deseo
de emancipación económica y por su valentía al centralizar las
reivindicaciones de sus compañeras.
La condesa de Pardo Bazán tampoco aceptaba el democrati-
cismo del modelo republicano y llegó a criticarlo duramente. “Era
monárquica ciento por ciento, y a veces se mofaba cruelmente de
las ideas democráticas y del sufragio universal, como en algunos
pasajes de Al pie de la Torre Eiffel. El hecho es que sencillamente no
creía que las masas poseyeran la habilidad de gobernarse”75. En
cuanto se disipó la revolución y se estableció la Restauración con
la llegada al trono de Alfonso XII en 1875, doña Emilia la acató
con entusiasmo.
Con el sistema diseñado por Cánovas del Castillo para asegu-
rar la alternancia pacíÞca en el Gobierno de su partido y el de
Sagasta, el partido en el poder no era el resultado de la voluntad
de los electores sino de la voluntad de los dirigentes, que lo habían
acordado previamente. La soberanía estaba compartida entre el
rey y las Cortes, de manera que el monarca tenía la facultad de
designar Gobierno sin elecciones previas. Una vez constituido
éste se procedía a la realización de las elecciones, en las que sólo

74. Véase Goldman (2006).


75. Véase Osborne (1964), páginas 46-47.

143
participaban los mayores contribuyentes (es el llamado sufragio
censitario), cuya única función era ratiÞcar la decisión tomada
por el rey. Así se introdujo el caciquismo político en España, sobre
todo en el ámbito rural, pues era necesario controlar las eleccio-
nes para que el resultado de las mismas no contradijera la deci-
sión del monarca.
En Los Pazos de Ulloa Emilia Pardo Bazán muestra la jerarquía
caciquil y su funcionamiento. El marqués se presenta como can-
didato a diputado por los conservadores y fracasa en su intento
por no encontrar apoyo en uno de los grandes caciques y por el
juego sucio de otros caciques “menores”, Barbacana y Trampeta.
Ambos se encargan de comprar votos para que las elecciones
lleven a los resultados que desean, bien con favores económicos o
mediante amenazas o coacciones. Y si no logran los resultados
esperados recurren al pucherazo electoral, cambiando las urnas
en el momento del recuento de los votos. Sin embargo, la condesa
de Pardo Bazán, cómoda en el sistema restauracionista, limitó
su crítica del caciquismo a “la corteza más grosera” del mismo
(Barreiro Fernández [2003], página 30). Criticó el papel desempe-
ñado por los pequeños caciques de aldea, pero no la “esencia”
del caciquismo, pues eso le supondría cuestionar a su admirado
Cánovas76 y el papel desempeñado por la monarquía en el sistema
elegido para la alternancia en el Gobierno de los dos grandes
partidos de la época77.

76. En la primera redacción, inédita, de sus Apuntes autobiográÞcos, Emilia Pardo Bazán se
reÞere a este político como “nuestro primer hombre de Estado”. En la edición publicada
sustituye este juicio de valor por, simplemente, “Cánovas del Castillo” (véase Freire López
[2001]).
77. Tras la muerte de Alfonso XII, durante la regencia de María Cristina, la restitución
del sufragio universal para los varones mayores de veinticinco años reduciría en parte esos
“vicios electorales”.

144
7. CONCLUSIONES

La denuncia del papel asignado por la sociedad a las mujeres de


su época fue una constante a lo largo de la vida de Emilia Pardo
Bazán; la condesa consideraba que eran las propias mujeres las
que debían luchar por su liberación, algo que en su opinión pasaba
por el acceso a una educación de calidad y a un trabajo remune-
rado. Estas reivindicaciones, sin embargo, se toparon con la indi-
ferencia de gran parte de sus contemporáneas que, arrastradas
por la inercia, consideraban demasiado atrevidas las propuestas
de la autora gallega. Desanimada, en una entrevista concedida
a José María Carretero, El Caballero Audaz, la condesa de Pardo
Bazán comentaba: “tengo la evidencia de que si se hiciese un
plebiscito para decidir ahorcarme o no, la mayoría de las mujeres
españolas votarían que ¡sí!”78.
Esta posición claramente progresista en cuanto a la defensa de
los derechos de la mujer se contrapone a sus maniÞestas reservas
en lo que al movimiento obrero y la revolución social, que se ges-
taba en el último tercio del siglo XIX en nuestro país, se reÞere.
En La Tribuna y en Los Pazos de Ulloa se retratan con detalle, res-
pectivamente, las pésimas condiciones de vida de los trabajado-
res en la incipiente industrialización y la persistencia del sistema
semifeudal en el campo gallego y, en este sentido, su valía como
fuente de información sobre la situación económica y social de
la época es indiscutible. Sin embargo, Emilia Pardo Bazán no
parece cuestionar en ellas el orden social establecido.
Sin negar el mérito que supone abordar por primera vez el
tema obrero en la novela española con La Tribuna, ni el que una
aristócrata muestre sensibilidad ante las condiciones de vida y de
trabajo de las clases más desfavorecidas y llegue a referirse a la
fábrica como “el inÞerno social”, lo cierto es que las ideas políticas

78. Véase El Caballero Audaz (1943), página 273.

145
de doña Emilia estaban condicionadas por su posición económica
y social, y en ese contexto deben entenderse. Crítica con los idea-
les de la revolución, contraria al socialismo y al democraticismo
del sistema republicano, tanto su corazón como sus intereses se
ubicaron con comodidad en el sistema restauracionista diseñado
por su admirado Cánovas del Castillo.

146
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150
Mary Paley Marshall (1850-1944)
Fernando Méndez Ibisate

1. INTRODUCCIÓN

De manera injusta, pero deliberadamente por su parte, la Þgura


de Mary Paley Marshall se asocia a la de su marido, el gran eco-
nomista neoclásico Alfred Marshall.
Mary fue en gran parte eclipsada por la personalidad de Alfred
pero, en todo momento, mantuvo su fortaleza de carácter y Þr-
meza en la defensa de sus creencias y opiniones que, como mujer
y economista, sostuvo de forma continua en su vida. Ideas que
siempre manifestó —según quienes la conocieron— desde su sen-
cillez como persona y la jovialidad, pero que en ocasiones le lleva-
ron a discrepar y enfrentarse, de forma apacible pero Þrme, a las
de su marido, sobre todo en la segunda mitad de la vida de éste y
en asuntos relativos a la condición, derechos y emancipación de
la mujer.
Tal carácter le permitió aportar, las más de las veces de forma
silenciosa o en segundo plano, no pocas ideas, tiempo y organiza-
ción al trabajo y éxito de Alfred, además de desarrollar algunas

151
tareas propias como economista. Pero Mary quiso siempre man-
tener su apellido de soltera y como tal Þrmó sus documentos, tra-
bajos y correspondencia. Y, además, pidió no ser enterrada junto
a su marido, a pesar de la devoción que le mostró tanto en vida
como después de su muerte.
Ambos gestos de discrepancia o disconformidad con su marido
tuvieron mucho que ver con la evolución y cambio que él tuvo en
materia femenina, sobre el acceso de la mujer a la vida académica
(especialmente cuando se instituyó la licenciatura en Economía en
la Universidad de Cambridge) y profesional, actitudes bien distintas
a las que Alfred había mostrado de joven y en su primera madurez,
cuando formó parte del selecto grupo de profesores que impulsaron
el acceso de las mujeres a los estudios universitarios en Cambridge.
Mary fue siempre, sin duda, una clara defensora del papel de
la mujer en el trabajo, los círculos académicos e intelectuales y
la vida en general. Y, si en algún momento no llevó más lejos su
lucha contra algunas posturas opuestas a estos principios, en las
que su propio marido incurrió a medida que maduraba, fue para
defender y no romper una relación y una vida en común en la que
creía y que amaba79.
Como ha señalado sir Austin Robinson, pueden diferenciarse
tres periodos en su vida, que serían su infancia y juventud, época
en la que puso un hito histórico al ser una de las cinco estudiantes
de la primera promoción de graduadas femeninas en la Univer-
sidad de Cambridge; los más de cuarenta años que convivió en
su matrimonio con Alfred Marshall, y los veinte años de su vida,
tras la muerte de Alfred, que dedicó a la universidad y a mantener
viva la memoria académica y cientíÞca de su marido.

79. El profesor Giacomo Becattini llega a considerar que, “de no haber sido por la sofo-
cante inßuencia de Alfred, Mary Paley, con su clarividencia mental, su seriedad y su fuerte
voluntad, habría logrado ser por sí misma una prestigiosa y renombrada economista y no,
como es el caso, una Þgura menor a la sombra de Alfred Marshall”. [Becattini (1987), pá-
gina 364].

152
En cualquier caso, Mary Paley marcó un hito en la historia de
la integración de la mujer en la economía y en la universidad,
con la correspondiente creación de colleges femeninos (Newn-
ham y Girton); fue la primera profesora adjunta a cátedra de
Economía en Cambridge; participó en la redacción de las obras
de Marshall, llegando a publicar de forma conjunta su primer
libro, The Economics of Industry (1879), y participó activamente en
la organización y desarrollo de la Marshall Library of Econo-
mics en Cambridge durante los últimos veinte años de su vida,
asesorando a los estudiantes de economía y modernizando las
relaciones universitarias hacia formas más próximas a como hoy
las conocemos.
Los historiadores del pensamiento económico tenemos una
razón profesional añadida para estudiar la figura de Mary
Paley Marshall: estaba interesada y se ocupaba de nuestra
materia.
Sabemos ese detalle por el propio Marshall quien, mos-
trando cierta ingenuidad de su parte en materia de libros
raros, al poco de salir el artículo que Jevons había escrito
sobre Richard Cantillon, pidió a Foxwell —en nombre de
Mary— la única copia que Jevons acababa de redescubrir del
Ensayo (1755). Foxwell, amigo de Jevons y discípulo y amigo de
Marshall, debió inquietarse de tal modo ante tal petición que,
en una postal timbrada el 9 de febrero de 1883, Marshall le
envía el siguiente texto:

“No se aßija ni impaciente sobre Cantillon. No lo iba a


leer inmediatamente, incluso aunque lo tuviese. Se encuen-
tra completamente alejado de mi actual línea de trabajo.
Sólo Mary se encuentra investigando en la Historia de la
Teoría Económica y estaba fascinada por lo que Jevons
había dicho de él. Si vamos a Cambridge por Pascua, no
dude que ella se lo pedirá prestado y leerá parte del mismo.
De ninguna manera nos lo envíe por ferrocarril. Cuando le

153
escribí no sabía que el libro era tan preciado, aunque ahora
que lo pienso, debería haberlo sabido”80.

Las páginas que siguen intentan dar unas ideas sobre su biogra-
fía, resaltando sus logros principales en el mundo y la época que
le tocaron vivir, y analizan algunas de sus aportaciones relativas a
su profesión como economista, dentro de su relación conyugal y
profesional con Alfred Marshall.

2. BIOGRAFÍA

2.1. Primeros años y acceso (pionero) a Cambridge


Nació Mary Paley el 24 de octubre de 1850 en Ufford, un pue-
blecito próximo a Stamford, en Lincolnshire, situado a unas cua-
renta millas al noroeste de Cambridge. Sus padres fueron Tho-
mas Paley, párroco de Ufford, y Ann Judit Wormald.
Thomas era un clérigo evangélico que pertenecía a una de
las ramas más estrictas —los simeonitas— y era un “radical
incondicional”. Keynes relata: “consideraba a Dickens como un
escritor de dudosa moralidad (tal vez lo era); cuando su querida
Mary se escapaba de la estrecha [y recta] doctrina, se producía
un terrible distanciamiento entre ellos; y ella ha recordado de su
infancia: ‘a mi hermana y a mí nos permitían jugar con muñe-
cas, hasta que un trágico día nuestro padre las quemó al tiempo
que nos decía que estábamos convirtiéndolas en ídolos; y jamás
volvimos a tener una”81.

80. Groenewegen (1995), página 673. Marshall terminó comprando su copia de Cantillon
en 1889 al precio de 7 libras o el equivalente del 20% de su ingreso per cápita estimado en
1885.
81. Keynes (1944), página 234. Marshall (1947), página 5.

154
Dentro de los conÞnes de la parroquia y en círculos académi-
cos, hubo pocas oportunidades para Mary Paley de conocer a
gente joven de su misma edad. Eso fue posiblemente una ventaja
para ella ya que su impulso y afán por el estudio surgió indirec-
tamente del aburrimiento experimentado con su situación como
mujer joven.82 El padre de Mary, sin embargo y como buen evan-
gélico, no sólo le permitió sino que le animó a que se matriculase
como estudiante en Cambridge, cosa que jamás se había hecho
anteriormente.
Junto a su padre, que le ayudaba con la teología y las matemá-
ticas —para entonces, su francés y alemán eran ya muy buenos
gracias a las enseñanzas de su padre y las de una institutriz ale-
mana que tuvo desde los nueve años—, Mary preparó los exá-
menes superiores locales de Cambridge para mujeres mayores
de dieciocho años [Cambridge Higher Local Examinations for
Women over Eighteen] que acababan de establecerse en 1869
para comprobar los niveles medios de conocimientos y prepara-
ción de las mujeres que entraban en la profesión de maestras.
Gracias a sus excelentes resultados le ofrecieron una beca
para ir a la Universidad de Cambridge bajo la tutela de Miss
Clough, con la condición de que debía aprovechar un proyecto
de clases magistrales para mujeres [Lectures for Women] iniciado
durante el trimestre de Pascua [Easter Term] de 1870, en el que
los profesores de Cambridge enseñaban las asignaturas que for-
maban parte de los exámenes locales de ingreso en Cambridge
[Cambridge Higher Local Examinations]. Sin duda, la idea de
que mujeres jóvenes y solteras vivieran fuera de la casa de sus

82. Su hermana se casó cuando Mary tenía 18 años y su vida en el campo se hizo más
dura, por lo que pensó en seguir su ejemplo y se prometió a un oÞcial que tenía que partir
a la India. Mary relata cómo en aquella época estaba muy extendida la idea de que si a
los veinte una mujer no se casaba, o al menos estaba prometida, era muy probable que no
se casase nunca. En ausencia de su prometido, Mary preparó su acceso a Cambridge.
Marshall (1947), página 10.

155
padres, en Cambridge, y recibieran clases impartidas por profesores
universitarios masculinos era para la mayoría de la gente “una con-
ducta escandalosa”. Pero el padre de Mary estaba orgulloso y encan-
tado, y su admiración por Miss Clough eliminó cualquier objeción.
Así, en octubre de 1871, Mary Paley fue una de las cinco estu-
diantes femeninas que entraron en la Universidad de Cambridge,
formando el núcleo de lo que posteriormente sería el Newnham
College, la institución por excelencia que agrupó a las estudiantes
femeninas de Cambridge. Al año siguiente las estudiantes feme-
ninas llegaron a ser doce.
Mary asistió inicialmente a los cursos de materias tradicionales
que aseguraban una formación general —latín, historia, litera-
tura y lógica— “pero una amiga íntima [Mary Kennedy] la con-
venció para que asistiese a una clase de economía política. Fue, y
se quedó, primero como estudiante y luego como profesora”83.

2.2. Obtención del Tripos en Ciencias Morales


Tres años pasó Mary realizando estudios superiores en Cambridge.
Alfred Marshall era el profesor de Economía Política y había par-
ticipado muy activamente desde el principio (enero de 1870) en el
proyecto de incorporación de las mujeres a los estudios universi-
tarios. Además, Alfred logró persuadir a sus dos mejores estudian-
tes femeninas para que preparasen y se presentasen al Tripos de
Ciencias Morales84. De modo que allí estaban Mary Paley y Amy

83. McWilliams Tullberg (2000), página 286. Marshall (1947), página 13.
84. Los Tripos son unos exámenes generales de grado medio universitario que incluyen
materias diversas dentro de un mismo área de conocimiento, que los alumnos deben apro-
bar independientemente, pero que se evalúan de forma conjunta, otorgando la nota de
la carrera por así decir. Son los exámenes que conÞeren el grado de Bachelor of Arts. El
Tripos de Ciencias Morales incluía, entre otros, ejercicios y temas de Economía Política.
Con el tiempo, Marshall luchó y logró establecer en Cambridge un Tripos independiente de
Economía y Política, lo que dotó de mayor entidad a la economía como materia cientíÞca y
resultó un paso más para su profesionalización.

156
Bulley como las dos pioneras de Newnham examinándose para
obtener su graduación en Ciencias Morales en 1874.
Como resalta Rita McWilliams Tullberg, los resultados de Mary
Paley eran asombrosos, incluso comparados con los de muchos
estudiantes masculinos que también obtenían títulos superiores
en aquella época. Las estudiantes femeninas no sólo carecían
entonces de hábitos disciplinados de estudio y de práctica para
responder y escribir los ejercicios y cuestiones de exámenes que
eran familiares a la mayoría de los hombres, sino que la sociedad
enviaba persistentemente señales negativas a las mujeres respecto
al deseo, la conveniencia y la necesidad para ellas de realizar estu-
dios más allá de un nivel elemental. El compañerismo de quienes
compartieron el modo de pensar de aquellas mujeres y el coraje
de sus profesores masculinos resultaron inestimables y ayudaron
a combatir la reprobación social y, a menudo, también familiar.
Sin embargo, ellas carecían de modelos o patrones de mujeres
importantes que hubiesen intentado alcanzar el reconocimiento
académico. De modo que el primer legado de Mary Paley —y
probablemente el más importante— dejado a las mujeres aca-
démicas en general y a las economistas en particular fue mos-
trar que una mujer puede lograr títulos oÞciales y con distinción
(matrícula de honor).
Tras su graduación y retorno a su hogar, donde impartió una
serie de lecciones públicas en Stamford, lo que era —según las cos-
tumbres de la época— una medida audaz para una joven mujer
soltera, volvió Mary a Newnham College en octubre de 1875,
como profesora residente, para enseñar la asignatura de Econo-
mía bajo las órdenes de Marshall a un grupo de unas veinte estu-
diantes femeninas, iniciando así una larga carrera como profesora
de dicha materia. Entre las eminentes mujeres que se reunieron
en Newnham en estas primeras etapas, menciona Mary a “Kathe-
rine Bradley, ‘la poetisa de Newnham’ (más conocida junto con
su sobrina como Michael Field), Alice Gardner, Mary Martin (la
señora de James Ward), Ellen Crofts (señora de Francis Darwin),

157
Miss MerriÞeld (Mrs. Verrall) y Jane Harrison” [Marshall (1947),
página 20].
Como profesora en Newnham, Mary se dedicó a impartir las
clases magistrales de apoyo o extensión de Economía [Extension
Lectures], y para ello precisaba de un manual de la asignatura
sencillo y barato para los alumnos. De manera que aceptó la pro-
posición del profesor Stuart de escribir ese manual para clases
prácticas en 187685.

2.3. Noviazgo y matrimonio


Ese mismo año, Mary Paley y Alfred Marshall se comprometieron
en noviazgo, y el 17 de agosto de 1877 contrajeron matrimonio86.
La ceremonia la ofició el padre de la novia, el reverendo
Thomas Paley, en la iglesia parroquial de Ufford (condado de
Northampton). Mary y Alfred optaron, por su cuenta, por excluir
de la ceremonia la “cláusula de obediencia”, a pesar de que el
padre de Mary se opuso a quitarla del orden del servicio religioso
cuando así se lo pidió la pareja. Años atrás, en una carta dirigida
a su madre desde Estados Unidos, Alfred había hecho un comen-
tario favorable sobre la eliminación de esa promesa matrimonial
dentro de la ‘ceremonia matrimonial unitaria de América’. Y aun-
que era poco corriente en la época victoriana tal eliminación de
la cláusula de obediencia, es completamente explicable en térmi-

85. El libro, que vería la luz en 1879 bajo el título de The Economics of Industry, se analiza
más adelante.
86. Según Mary, en las lecciones que impartía Alfred Marshall de Filosofía Moral y Políti-
ca, en 1873-1874, trataba muchos problemas prácticos como el baile, el matrimonio, las
apuestas o el contrabando. “En cuanto al matrimonio sostenía, ‘a menudo se aÞrma que el
ideal de la vida matrimonial es que el marido y la mujer deben vivir el uno para el otro. Si
esto signiÞca que ellos debieran vivir para la gratiÞcación o satisfacción del uno al otro esto
me parece sumamente inmoral. El hombre y su esposa deberían vivir no el uno para el otro
sino el uno con el otro para algún Þn”. [Marshall (1947), páginas 19-20, y Keynes (1944),
página 239]. Mary creía que Alfred era un gran predicador.

158
nos de las preferencias de las jóvenes parejas, que probablemente
estaban inßuidas por la obra de J. S. Mill, The Subjection of Women
(1869), en la que se señalaba tanto lo equivocado de esta cláusula
como sus malos resultados87.
Con el matrimonio, Alfred se vio obligado a renunciar a su
dotación de Fellowship en el St. John’s College de Cambridge,
pues tanto esta universidad como la de Oxford mantenían la
obligación de la soltería para este tipo de puestos de profesores;
una costumbre que provenía de tiempos atrás, cuando los jóvenes
dedicados a la investigación y la ciencia se asociaban con el clero
y la toma de órdenes religiosas, y que desaparecería pocos años
después, cuando en 1882 se cambiaron los estatutos al respecto.
Aunque Mary disponía de algún dinero heredado de su fami-
lia, lo que ayudó a construir su casa en Clifton (inversión que
a su vez permitiría adquirir su casa en Oxford y luego la cons-
trucción de Balliol Croft en Cambridge), los ingresos eran insu-
Þcientes para mantenerlos a ambos. De modo que Alfred tuvo
que contemplar algunas alternativas y Þnalmente optó por ir a
un puesto de director que ofrecía el College de la Universidad de
Bristol. Ésta acababa de abrir sus puertas en la primavera de 1876
y andaba buscando un candidato para la dirección que impulsase
los ideales establecidos de dar educación de calidad no sólo para
los hijos de los hombres de negocios locales, sino también para los
de clases trabajadoras y las mujeres. Alfred Marshall era un cono-
cido defensor de la clase trabajadora y la educación femenina y,
tras una fuerte competencia con otros candidatos, pues el puesto
ofrecía una paga de 700 libras, fue propuesto para el cargo por
el consejo del College junto con una cátedra de Economía Polí-
tica. Su llegada marcó una ascensión notable en el número de
estudiantes que asistían a las clases de Economía, pero su esposa
era también una atracción principal, pues era la primera mujer

87. Véase Groenewegen (1995), página 223 y nota 2 de ese capítulo.

159
que había completado “sus exámenes para el Tripos en Ciencias
Morales mostrando que... su cerebro era igual al de los hombres”
[McWilliams Tullberg (2000), página 287].
En mayo de 1878, Mary Paley, que deseaba ayudar en las
tareas educativas del primer college mixto, consiguió, a peti-
ción de Marshall, hacerse cargo de las clases matutinas de su
marido. Ponerse a trabajar de forma profesional justo unos
meses después del matrimonio no era usual en la mujer de
la época, ni siquiera dentro del selecto grupo de mujeres con
formación en estudios superiores o de clase alta y selecta edu-
cación; ni incluso entre aquellas cuyos maridos también dispo-
nían de formación universitaria y talante liberal, como podía
ser el caso de muchos de los amigos y compañeros de Alfred.
La decisión de obtener un puesto de profesora tampoco era
una medida de necesidad o urgencia en el caso de Mary, pues
se hizo antes de que la enfermedad de Alfred le obligase a
cortar su tarea docente. Indica, más bien, la especial —para
la época— noción que Mary Paley tenía del matrimonio (con
poca predisposición a tener hijos) y, especialmente, su concep-
ción del papel de la mujer en la vida: antes persona, trabaja-
dora y profesional que esposa y madre 88.

88. Acerca de los hijos, el matrimonio Marshall no tuvo hijos y, aunque no hay evidencia
deÞnitiva, parece que Alfred era estéril. Las estadísticas de la época señalan que entre las
clases media-alta y alta, aproximadamente la mitad tenían su primer hijo en el primer año
de matrimonio, y el 90% lo tenían en los dos primeros años. En 1885, cuando Alfred dise-
ñaba su casa de Balliol Croft, en Cambridge, en donde residiría hasta su muerte, indicó al
arquitecto que sus necesidades de espacio eran pequeñas; lo que puede interpretarse como
que para entonces había abandonado toda esperanza de aumentar la familia.
Al parecer, algunos modelos de comportamiento y respuestas psicológicas muestran una alta
probabilidad de que Alfred fuese, además, impotente. Su personalidad muestra una ex-
tremada precaución en sus actitudes, actividades y disposiciones afectivas, así como una
exagerada tendencia a ser preciso, hipercrítico y un exagerado temor a ser corregido. Ade-
más, otros factores pueden indicar que hubo un fracaso sexual en la noche de boda lo que,
en algunos casos, puede ser un elemento conductivo a una impotencia posterior. Véase al
respecto Groenewegen (1995), páginas 236, 242 nota ¶ y 260 nota *.

160
2.4. Los años como profesional: Bristol y Oxford
En Bristol, Mary realizó más labor docente y dio más clases de
nivel avanzado que su marido. Su trabajo fue recordado durante
mucho tiempo. E incluso dos años después de la muerte de Alfred,
se le recompensó por su larga vida de trabajo como profesora de
Economía con el grado de doctora en Letras por la Universidad
de Bristol.
A los cuatro años de estancia en Bristol, en 1881, Alfred
empeora de sus dolencias —especialmente de sus cálculos de
riñón, descubiertos en 1879— y, en parte para su recuperación
especíÞca, en parte para alejarse y descansar de las tensiones pro-
vocadas por la administración de Bristol, que le obligaban a llevar
también los asuntos Þnancieros del college y buscar las donaciones
necesarias, Mary y Alfred viajan a Palermo (Sicilia) durante el
curso 1881-82. J. M. Keynes [Keynes (1944), páginas 240-241]
considera este periodo como su auténtica luna de miel. Fue, sin
duda, recordado por ambos como el periodo de perfecta dicha y
felicidad ininterrumpida más prolongado de su vida.
Mientras Alfred escribía sus Principios de Economía en la azo-
tea del hotel, Mary salía con sus pinceles y acuarelas a pintar.
Además, le encantaba visitar por las mañanas el mercado para
comprar fruta. Aunque pintaba como aÞcionada, nunca de forma
profesional, Mary ha dejado constancia de su habilidad y des-
treza con los pinceles y acuarelas, algunas de las cuales se encuen-
tran hoy dispersas por algunos de los ediÞcios de Cambridge que
mayor acogida le dieron: la propia universidad —especialmente
en la Marshall Library— y el College de Newnham.
Tras estos años de felicidad, el matrimonio Marshall volvió a
Bristol un año más, antes de que Alfred fuese nombrado catedrá-
tico en Oxford. Sin duda, los primeros años de Bristol suponen
el momento de cambio en la vida de Mary, que decide dedicarse
por completo a la de su marido y fundirse en la de él. Y para
Marshall el periodo de Bristol, contemplado en su conjunto, pudo
haber sido una etapa dura en su vida personal y profesional. Una

161
experiencia, para él, que pudo no haber sido la mejor base sobre
la que fundamentar una relación matrimonial feliz: tal vez el
comportamiento de su esposa pudo no responder a la imagen que
él esperaba del matrimonio (un papel de la mujer más próximo al
ama de casa), lo que disminuyó su valoración del estatus matri-
monial; tampoco ayudaron algunos problemas de salud, a los que
se unieron las barreras para su intimidad y vida conyugal oca-
sionadas por las estancias de sus suegros y cuñados en Bristol,
con quienes no congeniaba, y que pudieron interrumpirle en su
trabajo; y Þnalmente la muerte de algunos familiares queridos,
especialmente la de su madre (1878).
En 1883 Marshall fue nombrado para la cátedra que había
dejado vacante Arnold Toynbee en el Balliol College de Oxford.
En Oxford, Mary llegó a ser una profesora de Economía con
mucho éxito, especialmente en el proyecto que preparaba a las
jóvenes mujeres aspirantes a los exámenes de la Universidad de
Oxford. Alfred también triunfaba en sus clases, muy concurridas,
a las que asistían hombres destacados así como los candidatos
a funcionarios del servicio civil de la India. Amplió sus contac-
tos durante esa época y se sumó al grupo del profesor Jowett, a
quien había conocido formando parte del Consejo Académico de
la Universidad de Bristol, y con quien el matrimonio Marshall
trabó una excelente amistad89.
Los Marshall se integraron plenamente y con facilidad en la socie-
dad de Oxford y del Balliol College de aquella época, en cuya Junta
se encontraban, en calidad de Fellows, Evelyn Abbot, Lewis Nettleship,
Andrew Bradley, Strachan Davidson, Albert Dicey y Alfred Milner.
Además estaban las cenas que Jowett ofrecía en su casa casi cada Þn
de semana, muchas veces organizadas en honor de invitados que
acostumbraba a traer a Oxford y hospedar en el rectorado, a Þn de
conocer nueva gente que pudiera aportar algo a la Universidad.

89. Véase Keynes (1944), página 243, y Marshall (1947), página 35.

162
2.5. Retorno a Cambridge
Habían transcurrido cuatro trimestres entre 1883 y 1884. Mary
enseñaba Economía con profusión a las estudiantes femeninas.
Se habían instalado y acoplado muy bien en Oxford. Y cuando
sentía que allí podría estar el futuro del matrimonio, Alfred es
nombrado para la cátedra de Economía Política de Cambridge,
vacante tras la muerte de Henry Fawcett. Inicialmente, Mary no
asumió en Cambridge el papel como profesora que se esperaba
de una persona experimentada en Bristol y Oxford, que además
era la esposa del catedrático; tal vez por esta razón. Lo cierto es
que, en esta ocasión, se limitó al principio a dar algunas clases de
Economía en Newnham College90.
Durante los años en Cambridge y hasta la muerte de Alfred,
Mary Paley pasó a ocupar un segundo plano en el trabajo de
su esposo, a quien asistió como secretaria, correctora y ayudante
de investigación en sus libros. Esto es especialmente cierto entre
1885 y 1895. Es la época de publicación de los Principios de Eco-
nomía (1890) y de sus innumerables e inagotables correcciones
que, las más de las veces, aportaban poco al texto de las sucesivas
ediciones, al menos proporcionalmente al trabajo empleado. Sir
Austin Robinson sospechó siempre que Alfred utilizaba a Mary
como caja de resonancia de su trabajo escrito, de manera que si
ella lograba captar el fondo de su trabajo y su sentido, también
podría hacerlo el lector en general91.
Mary Paley pasó a ser la anÞtriona perfecta en las cenas y
reuniones que Alfred mantenía en su casa de Balliol Croft con

90. Keynes (1944), páginas 244-245. McWilliams Tullberg (2000), página 288, señala que
Mary impartía clases de Ciencias Morales desde 1885 en Newnham, pero que no participó en
otras materias docentes de forma signiÞcativa, tal vez porque el número de estudiantes femeni-
nas —que sobre todo provenían de Newnham— que preparaban la asignatura de Economía
para el examen Tripos, era reducido. Sin embargo, esto no se corresponde con las estadísticas
que Groenewegen reproduce en su libro. Véase Groenewegen (1995), páginas 325-327.
91. McWilliams Tullberg (2000), página 290.

163
personalidades del mundo de la política y la economía, desta-
cados sindicalistas y líderes del movimiento obrero, académicos,
profesores universitarios y, por supuesto, alumnos de licenciatura
a quienes el matrimonio atendía por las tardes cuando iban a
pedir libros prestados de la biblioteca de su marido o asesora-
miento y guía para trabajos de investigación. Mary también les
orientaba personalmente y ofrecía amablemente té a todo el que
pasaba por su hogar. Pero, cuando al Þnal de las cenas con perso-
najes ilustres llegaba el momento de la tertulia, Mary se retiraba
al piso de arriba, como si de una dama reÞnada pero ignorante
se tratase.
Figura emblemática de esos años fue la fiel criada Sara, que
compartió con ellos cuarenta y tres años de su vida como coci-
nera y organizadora de los eventos importantes en casa de los
Marshall. Pertenecía a una secta muy fundamentalista, los Her-
manos de Plymouth, que Keynes caliÞca como “la más tenebrosa
de una lúgubre creencia”. Era una excelente cocinera y, aunque
sus creencias consideraban como algo malo el disfrutar y diver-
tirse, siempre aÞrmaba que la semana más feliz de su vida aconte-
ció cuando la British Association se reunió en Cambridge y tenía
que organizar comidas de unas doce personas en cada turno;
para ello se quedaba cavilando por las noches los menús del día
siguiente. Su gran preocupación era si ella había llegado a ser de
utilidad en el mundo; y hablaba de estos asuntos y otros proble-
mas religiosos con el tímido Jowett, amigo de la familia, quien se
sentaba con ella en la cocina92.
Además de la hospitalidad con que obsequiaba a sus visitas,
Mary formaba parte de algunas sociedades femeninas y organi-
zaciones de caridad como parte de su vida social en Cambridge.
Entre las primeras, fundó una Sociedad de Cenas para Damas

92. Keynes (1944), páginas 244-245. Sobre Sara, que murió en la casa de Balliol Croft,
véase Marshall (1947), páginas 39-41.

164
(Ladie’s Dining Society) compuesta por diez o doce miembros y
bastante exclusiva.
Además, Mary perteneció a la Ethical Society y a la Cha-
rity Organization Society como miembro de su comité, tanto
en Oxford como en Cambridge. Su militancia en este tipo de
organizaciones ayudó a la labor de su marido en esas cuestiones.
Cuando en 1893 el Parlamento requirió la presencia de Alfred
para testiÞcar ante la Royal Commission on the Aged Poor, tenía
información de primera mano no sólo por las publicaciones y
artículos de la revista de la Charity Organization Society, sino
a través de las conversaciones que mantenía con su mujer en las
comidas tras alguna de las reuniones del comité al que pertenecía
Mary.
Mary Paley Marshall también participó en el grupo fundador
de la British Economic Association, que desde 1902 conocemos
como la Royal Economic Society, llegando a publicar hasta tres
reseñas sobre economía laboral y las condiciones de vida de las
mujeres trabajadoras en el Economic Journal, la revista de la Aso-
ciación. A este asunto se dedica un apartado más adelante.
Dos acontecimientos, uno negativo y otro positivo en orden
cronológico, marcaron la vida profesional y laboral de Mary en
Cambridge. El primero cortó sus alas de volcarse en la defensa
de la mujer para que ésta pudiese optar a su independencia en la
forma de ganarse la vida, sobre todo a través de la educación.
En 1896-97 se produjo una encarnizada lucha en torno a la pro-
puesta, elevada al claustro universitario, de otorgar grados supe-
riores de licenciatura a las mujeres universitarias. Éstas podían
acceder a los grados medios o diplomaturas (Bachelors) como
ampliación a su formación para la vida o para ciertas profesiones
que copaban —como era el caso de las maestras—, e incluso para
adquirir conocimientos aplicados a su papel de esposas y madres
(negocios, enfermería, industria...), pero no a los grados superio-
res de licenciadas (Masters), que estaban reservados a los hombres.
Alfred, que en su juventud se había caracterizado por sus simpa-

165
tías hacia la formación técnica, profesional y académica de las
mujeres, abandonó el grupo de sus amistades de siempre y, sin
importarle lo que Mary pudiera pensar o sentir, adoptó la postura
del bando contrario a la presencia femenina en las licenciaturas y
una creciente oposición al desarrollo profesional y académico de
la mujer a medida que envejeció93.
Por otro lado, Alfred Marshall peleó durante mucho tiempo
con el claustro de Cambridge para lograr establecer un examen
Tripos de Economía, independiente del de Ciencias Morales. Esto
suponía la creación de una licenciatura propia y llevó a Marshall
a enemistarse con su antiguo maestro, amigo y mentor, Henry
Sidgwick. Tras dieciocho años de lucha, y sólo después de que
éste muriese, en 1903, logró Alfred establecer el Tripos en Econo-
mía y Política, en el que la economía era la materia fundamental
y la política la secundaria. Con la puesta en marcha de los Tripos
en Economía, en 1904, el papel de Mary Paley Marshall como
profesora en Cambridge tomó un nuevo rumbo y cambió su sig-
niÞcación. En las primeras épocas, el número de estudiantes en
general y el de mujeres en particular que optaban por la licencia-
tura de Economía era pequeño. Pero éste fue creciendo a medida
que pasaba el tiempo y, además, ahora las estudiantes femeninas
de Economía disponían de tres cursos para su graduación en los
que precisaban no sólo de enseñanza sino de guía y tutorización.
Entre 1904 y 1916, fecha en que Mary se retiró de la enseñanza,
ella dirigió, tutorizó y enseñó con esmero y perseverancia a 55
mujeres en sus Tripos, y particularmente obtuvo un sonado éxito
en 1908 cuando dos de sus estudiantes femeninas fueron las úni-
cas en obtener caliÞcaciones de sobresaliente (Þrst degree). A este
respecto, Groenewegen señala que a Alfred le costaba aceptar

93. Sobre la peculiar cooperación en aspectos familiares y ciertas actitudes antifeministas


de Alfred Marshall, véase Méndez Ibisate (2001), último apartado de la sección 3 y la
sección 4.

166
los éxitos de las mujeres en los Tripos de Economía, cosa que no
gustaba a Mary y que desaprobaba de su marido94.
El año de 1908 marca también el retiro de Alfred de las labores
docentes. Aunque oÞcialmente también Mary se retiró, continuó
su labor de consejo y asesoramiento a los alumnos de Economía
hasta 1916, reuniendo artículos para ellos, otorgándoles cualquier
asistencia que precisasen y actuando como una auténtica tutora
de estudios, tanto si se presentaban a un Tripos de Economía
como si se examinaban de la parte de Economía de un Tripos
de Historia. Ella organizaba su docencia, aconsejaba a los estu-
diantes (masculinos o femeninos) en la elección de asignaturas, les
guiaba en sus lecturas, revisaba sus pruebas semanales y trimes-
trales y valoraba sus progresos.
La mayor parte de las vacaciones de verano en esos años las
pasaban en el sur del Tirol, donde en varias ocasiones coincidie-
ron con algunos de los economistas de la Escuela Austriaca (los
Von Wieser, Böhm Bawerk o Zuckerkandl, entre otros muchos)95.
Los últimos veranos que pudieron salir los Marshall los pasa-
ron en una cala de Dorset, donde Marshall hacía sus últimos
intentos de trabajar en lo que denominaba el tercer volumen de
los Principios. Pero en 1919, tras la aparición de Industry and Trade,
su salud decayó mucho, comenzó a tener náuseas y fuerte acidez
y su memoria comenzó a ßaquear gradualmente aunque, según
relata Mary, él nunca llegó a saber nada. “El Dr. Brown me dijo
en 1921 que su vida laboral se había acabado y que era incapaz
de realizar cualquier trabajo creativo”96.

94. Véase Groenewegen (1995), página 258.


95. Véase Marshall (1947), página 48, y reproducido en Keynes (1944), página 247.
96. Véase Whitaker (1990), página 215, y Keynes (1944), página 247. Sobre la enfermedad
de Alfred se ha especulado si no habría cierto componente de hipocondría, que sin duda
existía, en parte como algo propio del carácter de Marshall (véase supra nota 88). Pero pare-
ce que hay datos e indicios de cierta salud quebradiza. De joven padecía fuertes dolores de
cabeza que aplacaba jugando al ajedrez, hasta que se planteó que debía superarlos sin ese

167
2.6. Últimos veinte años
Tras la muerte de Alfred Marshall, en 1924, comenzó una nueva
etapa en la vida de Mary Paley Marshall, que aún habría de durar
veinte intensos años. Ella no se había rendido ante él del todo y
mantenía vivas sus ideas, sus aptitudes intelectuales y su talante
bondadoso y tolerante. Utilizó esos años para luchar en favor de
las oportunidades educativas para las mujeres hasta los niveles
más altos posibles. Y lo hizo no desde la espectacularidad o el
liderazgo de primera Þla, sino desde su puesto callado y laborioso,
día a día, en la Marshall Library; atendiendo a los alumnos, por
igual y sin distinción de sexo; asesorándoles en sus asignaturas
y lecturas; buscando artículos de primera mano para sus tareas
investigadoras; recopilando y elaborando un magníÞco índice
por materias de artículos de revistas de economía especializados;
organizando y ordenando toda la biblioteca de su marido que
había sido donada a la Universidad de Cambridge; y dotando con
fondos algunas becas para estudiantes y sobre todo a la Biblioteca

juego que le generaba cierta dependencia y le impedía dedicarse a cosas que él consideraba
más elevadas, como el estudio de las matemáticas y, más tarde, de la economía. También
sufría continuamente malas digestiones y problemas de estómago, posiblemente agudizados
por su carácter nervioso, que le producían continuas alteraciones gastrointestinales, acidez y
náuseas. Se trataba de un problema de vesícula biliar, que padecía desde Þnales de la década
de 1870 y que fue consignado como la causa principal de su muerte. Su sobrino Guillebaud
recuerda lo duro que resultaba ir a comer con su tío pues, para que no le sentasen mal las
comidas, tía Mary les pedía a él y a su hermano que durante el almuerzo hablasen ellos
todo el rato, para que Alfred no hablase mientras comía. Y Guillebaud aÞrma que lograr
mantener de continuo un tema de conversación que atrajese a Alfred y estuviese a su nivel
era tarea difícil. Además tenía piedras en el riñón. El no haberlas extirpado mediante un
tratamiento quirúrgico, en absoluto recomendado en la época, pudo haberle debilitado pro-
gresivamente y haberle provocado, como consecuencia del mal funcionamiento del riñón,
problemas de concentración de urea en la sangre, lo que afecta a la lucidez y el raciocinio.
Estos tres factores tuvieron posiblemente componentes psicosomáticos, pero Alfred Marshall
había visitado la consulta del doctor sir Andrew Clark, que era un conocido especialista de
la época en problemas de estómago. Desde 1914 padecía también hipertensión arterial que
posiblemente se agudizaba por su carácter colérico. Véase Groenewegen (1995), páginas
652-653. Ver también Guillebaud (1982), página 93.

168
que ahora llevaba el nombre de su marido. Sin duda, consideraba
Mary que tal modo de proceder mantendría vivos la memoria
y el espíritu de su marido, quien siempre mantuvo y aplicó ese
método de enseñanza, mediante el contacto personal, la inspi-
ración a través de encuentros y conversaciones y el préstamo de
libros y materiales de investigación.
Su tarea no fue ostentosa; no produjo importantes o magníÞcos
artículos de economía, como Joan Robinson —ya de otra gene-
ración de economistas femeninas— estaba haciendo en los años
treinta. Pero no hay duda de que a su muerte, el 7 de marzo de
1944, tras su paso por Cambridge, especialmente en estos últimos
veinte años, la normalidad de trato para con las estudiantes feme-
ninas, la mayor accesibilidad del profesorado para los estudiantes
en general y la normalidad de acceso a bibliotecas especializa-
das, al préstamo de libros y a los nuevos métodos de investigación
para responder a los exámenes (frente a la típica memorización
del Cambridge de otros tiempos) se habían convertido en algo
habitual y universal. Las formas académicas —en el más amplio
sentido— se habían transformado y cambiado hacia modos más
propios de nuestro tiempo. Y de manera sencilla, callada y tole-
rante, pero efectiva, Mary Paley Marshall había contribuido a
estos cambios, también importantes.
Pese a que siempre declaró ser feliz y sentir orgullo de su tarea
de ayuda y del apoyo prestado a su marido en todo momento, no
quiso, sin embargo, ser enterrada junto a Alfred, y sus cenizas
fueron esparcidas por el jardín de su hogar, Balliol Croft, sito en
el número 6 de la calle Madingley Road, en Cambridge.

3. LA COLABORACIÓN ENTRE ALFRED Y MARY PALEY MARSHALL

Aunque no pueda considerarse a Mary Paley Marshall como


Þgura de primera Þla en la ciencia económica, es merecedora de

169
un puesto entre las mujeres pioneras de su tiempo que contribu-
yeron a forjar nuestra ciencia. Firmó unos pocos artículos cor-
tos, todos ellos en forma de reseñas, en los primeros números del
Economic Journal, que muestran capacidad, buen juicio y cierto
talento literario. Estas dotes también salen a relucir en la reco-
pilación de sus memorias, publicadas de forma póstuma, bajo
el título de What I Remember. Y su libro de mayor fama fue The
Economics of Industry, que escribió en colaboración con Alfred
Marshall, y del que existe una peculiar relación profesional.
Asimismo, aportó a la ciencia económica la ayuda prestada a
su marido en la elaboración de sus trabajos y obras; su papel
como docente en diversas universidades y como bibliotecaria
en Cambridge, ya mencionados, aparte de su contribución a la
profesionalización de la economía, también como colaboradora
de su marido, tanto en el aspecto académico, docente e investi-
gador como extendiendo el uso de la economía a ámbitos más
prácticos y aplicados y ayudando a la creación de la British Eco-
nomic Association.
No debe olvidarse que su época marcó un cambio radical en la
consideración de la economía como ciencia y su profesionaliza-
ción. Alfred Marshall, junto con nombres de la talla de Foxwell,
Giffen, Goschen, Higgs, Palgrave o Sidgwick, y algunos de sus
discípulos y compañeros, como L. L. Price, Flux, A. L. Bowley,
C. R. Fay, o J. Neville Keynes, fue pieza clave en ese proceso97.
Y Mary también tomó parte activa en el mismo, aunque siempre
estuvo marcada no sólo por la diferencia de edad, sino por la
diferencia de cargo de su marido, que era la Þgura reconocida,
el catedrático, el profesor y maestro, mientras que ella había sido
la alumna y era cónyuge del economista que escribió uno de los
mejores libros de teoría económica de todos los tiempos y, sin
duda, el mejor de su época.

97. Véase al respecto Méndez Ibisate (2004), capítulos 5 y 6.

170
Con la entrada del siglo XX, estudiantes de toda índole acce-
dían cada vez con más frecuencia al grupo de mujeres profesoras
que se habían formado en los Tripos de Cambridge, que ejercían
sus profesiones de forma activa y que publicaban sus propios tra-
bajos de investigación. Algunas miembros de los colleges femeninos
comenzaron a sentir que debían reconsiderarse sus aspiraciones
académicas. La universidad, en general, no concedía becas ni faci-
lidades a las mujeres para su trabajo de investigación, y sus pro-
pios colegas masculinos disponían de muy pocos fondos o becas
para poder investigar. El propio Marshall había dotado una parte
de sus ganancias, hacia el Þnal de sus años, para lograr mantener
en el ámbito universitario a uno o dos ex alumnos brillantes.
Mary era muy respetada en círculos académicos y por sus estu-
diantes como pionera; pero muchas de esas modernas mujeres
del siglo XX que se abrían paso con dureza en la universidad no
entendían cómo Mary no había logrado su propio puesto de profe-
sora y continuaba como adjunto o suplente de su marido. Algunas
incluso se quejaban de que ella seguía los textos de su marido de
forma excesivamente disciplinada o subordinada, considerando
la transmisión de los Principios casi como una inspiración verbal.
En su defensa cabe argumentar no sólo que se identiÞcara con el
trabajo de su marido, sino que ella misma era portadora de una
tradición aprendida en Cambridge que alentaba una preparación
personalizada y consistente en “empollar” un programa de estu-
dios especíÞco con el Þn de pasar unos exámenes eliminatorios o
de alcanzar un buen nivel en un competitivo Tripos. A lo largo
de su extensa carrera docente (40 años) dedicó todo su empeño y
esfuerzo en ayudar a las mujeres a lograr acceder a los primeros
peldaños de la escala académica y formar a los profesores de la
siguiente generación. Enseñó a las estudiantes femeninas los fun-
damentos de la teoría y el análisis económico, tal como habían
sido establecidos por su marido, y contribuyó de forma signiÞca-
tiva al rápido progreso que tuvo lugar en la educación superior de
las mujeres; a cambio convirtió en obsoletas sus propias técnicas

171
de enseñanza. Con todo, no se entiende fácilmente que una mujer
formada y con experiencia profesional, casada como ella estaba
con un hombre que disponía de un ingreso seguro, sin hijos, con
libre acceso a los libros y cierta inclinación por la vida sencilla, no
haya logrado su propio puesto de profesora (catedrática) o algo
más que no fuese estar a la sombra de Alfred Marshall98.
Cierto es que en el momento que comenzó a desarrollar su vida
profesional como economista no era costumbre que las mujeres, y
mucho menos una mujer casada, optasen por ganarse la vida de
forma independiente a la de su marido. Incluso en su posición,
era muy extraño que una mujer se pusiese a trabajar al año de
casada, como ella hizo. No era raro que una mujer de su posición,
en su época, viviese dependiente de su marido, y ella rompió algu-
nos moldes al respecto. Pero esto no explica del todo su situación.
También hubo algunas fuertes reticencias de Alfred a su despegue
profesional.
El retrato tantas veces exhibido de una Mary plenamente
devota a su marido, antes y después de su muerte, debe compagi-
narse con otra evidencia y realidad de esta mujer. Muchos docu-
mentos demuestran que, con frecuencia, Mary Paley Marshall fue
una mujer adelantada a su tiempo; extraordinariamente bonda-
dosa, pero desprovista de cualquier sentimentalismo. Cónyuge y
trabajadora cuando esto era todavía extremadamente raro en las
clases medias. El número de mujeres casadas de la clase media
que combinaban una carrera con las responsabilidades de la vida
familiar era pequeño y, aunque trabajar antes del matrimonio
había llegado a ser respetable en las décadas de 1880 y 1890, la
dicotomía entre trabajo y matrimonio persistió al menos hasta
la Primera Guerra Mundial. Formada en Economía, había sido
de las primeras mujeres en superar los exámenes Tripos en Cien-
cias Morales, donde su propio marido había dado clases; de modo

98. McWilliams Tullberg (2000), páginas 288-289.

172
que su relación intelectual era más bien desigual. De hecho, el
matrimonio Marshall exhibió tensiones importantes, que fueron
más allá de las que ordinariamente se experimentan en ese tipo de
uniones. Tales tensiones estuvieron a menudo, aunque no siempre,
asociadas a las opiniones Þrmes y progresistas de Mary respecto a
los derechos de la mujer. Sin embargo, dichas tiranteces siempre que-
daron disipadas por su permanente lealtad al hombre con quien
se casó, quien —a su manera— la quiso con toda devoción99.

3.1. La colaboración en The Economics of Industry


La primera y más relevante incursión de Mary Paley como autora
permanece, precisamente, como uno de los asuntos más contro-
vertidos de su relación con Alfred. En 1876 se comprometió a
realizar un manual para la asignatura de Economía que fuese sen-
cillo y barato, del que carecían los alumnos. Tras el noviazgo con
Alfred, éste comenzó a ayudarle en su tarea. Años después, Mary
reclamaría que ella no habría podido completar el libro por sí
sola, “sin embargo, Mr. Marshall vino al rescate y gradualmente
el libro llegó a ser casi enteramente suyo. De hecho, el Libro II
contenía el germen de su Teoría de la Distribución”100.
The Economics of Industry se publicó en 1879, se reimprimió
nueve veces, con revisiones menores en 1881, y se tradujo a varios
idiomas. Tal como relata Mary Paley:
“Se publicó conjuntamente con nuestros nombres en 1879.
Alfred insistió en ello, aunque a medida que el tiempo pasaba,
yo me percataba de que realmente debía ser su libro, siendo la
última mitad casi enteramente suya y conteniendo el germen
de gran parte de lo que después apareció en los Principios. A él
jamás le gusto el librito pues resultaba una ofensa contra su creen-

99. Groenewegen (1995), página 224.


100. McWilliams Tullberg (2000), página 289.

173
cia de que ‘todo dogma que es corto y simple, es falso’, y decía
sobre el libro ‘no puedes pretender contar la verdad por media
corona”101.
Valorado de forma muy positiva por diversos economistas de la
época, el libro se encuentra a caballo entre los Principios de J. S. Mill
y los Principios de A. Marshall, en lo que a su desarrollo analítico y
teórico se reÞere. Keynes consideró que “en realidad, era un libro
excelente; no se produjo nada más útil para su propósito durante
muchos años, si es que llegó a hacerse” [Keynes (1944), página
239]. Las alabanzas de Keynes ponen especial énfasis en la última
parte del Libro III, en lo relativo a concentraciones industriales,
sindicatos, disputas comerciales y cooperación, por ser uno de los
primeros textos que trataban esos importantes temas con argu-
mentos analíticos y modernos. Aunque según reconoció Mary, el
Libro II contiene el germen de lo que luego sería la teoría de la
distribución en los Principios y el Libro III es casi enteramente de
Alfred. Sin embargo, él no se sentía satisfecho del resultado, ni
de las tempranas críticas que recibió. La edición publicada en
1892 con el mismo título, pero sin el nombre de Mary Paley, era
ya una obra de características muy diferentes: más voluminosa
que el librito que vio la luz en 1879, con pastas azules en lugar de
verdes, y consistía principalmente en un resumen de los Principios,
publicados en 1890.
Mary Paley trabajó a fondo como autora en los primeros capí-
tulos del libro y probablemente también en los últimos; pero su
contribución también se extendió a la labor editorial de principio
a Þn. The Economics of Industry se encuentra dividido en tres libros.
El Libro I trata de los agentes de la producción, la ley de rendi-
mientos decrecientes, la organización de la industria, la división
del trabajo y la propiedad de la tierra, siendo en su mayor parte
explicativo y descriptivo. El núcleo analítico del libro se encuen-

101. Marshall (1947), página 22. Reproducido en Keynes (1944), página 239.

174
tra en el Libro II, que abarca la teoría del valor normal, demanda
y oferta, renta, salarios y beneÞcios y las ganancias de organiza-
ción y dirección; en tanto que el Libro III examina los valores de
mercado, las ßuctuaciones de mercado y sus causas, y contiene un
análisis de los sindicatos y las cooperativas. Su claridad de estilo y
naturalidad debe atribuirse en gran medida a Mary, ya que en los
Principios la facilidad de lectura y tratamiento son más aparentes
que reales.
En cualquier caso, parece muy poco probable que, con sus
manías, Alfred hubiera llegado a producir él solo The Economics
of Industry. No hay más que echar un vistazo a su historial en el
proceso de producción de las ocho ediciones de los Principios de
Economía, Industry and Trade o de Money, Credit and Commerce, por
no mencionar el abandonado segundo volumen de los Principios.
Todos ellos son claras muestras de su incapacidad para producir
libros a tiempo y de extensión limitada.
Alfred Marshall tuvo que intervenir en las páginas del Quarterly
Journal of Economics como consecuencia de ciertas controversias y
disputas que Laughlin, Walker y Macvane suscitaron en los dos
primeros volúmenes de dicha revista, ocasionadas por el libro.
Todas las críticas tenían que ver con la teoría del valor en un sen-
tido amplio, ya que la primera de ellas trataba de los costes con
relación al valor; la segunda, con los beneÞcios empresariales, y
la tercera, con la relación entre salarios y beneÞcios. Alfred estaba
crecientemente disgustado con un libro que, según él creía, expli-
caba la teoría del valor de forma breve e imperfecta.
Su opinión del libro queda mejor reßejada en una carta manus-
crita, en 1910, a un estudiante japonés que había traducido el
libro a su idioma sin permiso de Marshall. La cita muestra más
bien poco tacto e insensibilidad de Alfred para con su esposa y
coautora, aunque lo que aÞrme sea cierto:
“Quienes sugirieron que un trabajo introductorio sobre eco-
nomía debería estar escrito por un joven estudiante (que hubiese
alcanzado sólo un conocimiento muy elemental de la materia y lo hiciese) no

175
eran economistas y no sabían que la tarea de combinar simplici-
dad y minuciosidad es más difícil en esta que en cualquier otra
disciplina. Varias veintenas de libros se han escrito en la espe-
ranza de lograrlo; pero han perecido rápidamente. Mi esposa y yo
empezamos intentando hacer el libro sencillo”102.
Y prosigue explicando que en la primera mitad del libro se dio
preferencia a la simplicidad, pero que en la segunda mitad se hicieron
precisos mayor rigor y exactitud en los fundamentos expuestos. De
modo que algunas de las líneas maestras de esta parte eran similares
a las de los Principios de Economía, y cuando en 1890 salió este otro libro
“vimos la diÞcultad de mantener en circulación juntas opiniones tan
divergentes como algunas de las de este libro y ese otro”103.
Por otra parte, no parece que el texto fuese fácil y asequible
para los estudiantes, ni tan popular entre todos ellos. Muchos de
los estudiantes mostraban su preferencia por el libro de Adam
Smith. Y un estudiante llegó a describir el “inocente librito... de
tapas verdes como la salvia”, como un “despreciable librito”104.
Además, parece que Alfred hizo algo más que simplemente
dejarlo de publicar: intentó suprimirlo de la circulación. De
hecho, el libro no se encuentra fácilmente accesible. No está en la
Biblioteca de la Universidad de Cambridge, ni en las estanterías al
público de la Marshall Library, aunque se conservan copias en el
Archivo Marshall de esta última105. No se encuentra con facilidad

102. Groenewegen (1995), páginas 251-252. La frase entre paréntesis, en el texto de Groe-
newegen, está tachada en el original. Cursivas mías.
103. Groenewegen (1995), página 252, y nota a pie de página *.
104. Groenewegen (1995), página 252, nota a pie de página ¶.
105. Yo mismo tuve ocasión de comprobar estas diÞcultades cuando, con motivo de la
celebración del centenario de la publicación de los Principios, viajé en agosto de 1990 a
Cambridge y se nos ofreció a los participantes en aquel seminario toda clase de facilidades
para acceder a la Marshall Library y sus fondos. A pesar de las singulares condiciones de
nuestro acceso exclusivo (la Biblioteca Marshall se cerró al público esos días), tuve que hacer
una petición particular para lograr una primera edición del libro, que estaba en un depósito
especial.

176
en las bibliotecas de los colleges masculinos. Por ejemplo, la del St,
John’s College no lo dispone. Existen tres copias en la biblioteca
del Newnham, lo que hace suponer que Mary no estaba nada de
acuerdo con su desaparición, y un ejemplar en Girton. Pero la
supresión por parte de Alfred en 1892 fue defendida sobre bases
doctrinales.
Aunque tal actitud de menosprecio de Alfred para con su
mujer tiene escasa justificación, cabe como posible explicación
que el trabajo más importante de los Principios reemplazó al
temprano y más inmaduro The Economics of Industry. Lo cierto,
como ha señalado Whitaker (1975; 1990), es que su tratamiento
sobre la distinción entre valor normal y valor de mercado en el
libro primerizo diÞere sustancialmente del tratamiento existente
en los Principios, y otro tanto ocurre con la teoría de la distribución.
Y aún más importante es que, en opinión de Whitaker, resulta
muy poco probable que Mary contribuyese mucho al libro “salvo
en los capítulos de apertura y cierre, aparte de proporcionar con-
sejo literario y de la preparación del borrador”106. Pero ésta es
una ayuda que Mary también prestó en abundancia al resto de
obras de su marido, tal como reconoció Alfred, por ejemplo, en
la primera edición de los Principios; por lo que un grado similar de
autoría correspondería a Mary en otros libros. Algo que no iba a
permitir Alfred, quien demostraba especial celo con el asunto de
la propiedad intelectual107.

106. Whitaker (1975), página 67. Véase también página 68.


107. Skidelsky (1986), páginas 36-37, relata que poco después de aprobar su doctorado en
1875, John Neville Keynes Þrmó un contrato para escribir un texto elemental de economía;
idea que abandonó paulatinamente, ya que una parte importante del libro debería basarse,
sin duda, en sus apuntes de las clases de Marshall. Y cree Skidelsky que, como Marshall
siempre se había mostrado muy susceptible con el tema de la propiedad de las ideas, pro-
bablemente vetó el proyecto. Con todo, John Neville Keynes, tras la marcha de Alfred a la
Universidad de Bristol en 1877, ayudó a Sidgwick, que se encontraba redactando un libro
de economía política (los Principles of Political Economy, que aparecieron en 1883). Al enterarse
Marshall del asunto escribe una carta desde Bristol a Neville Keynes, fechada en torno a

177
Sin duda, Economics of Industry cuenta con una labor y un diseño
inicial común, pero a medida que pasó el tiempo —cuatro años
desde el encargo hasta su publicación—, Alfred fue tomando cada
vez más parte en su redacción y dejando su impronta. Con todo,
no le gustaron las críticas que se realizaron del Libro I y rápi-
damente consideró que debían volver a escribir gran parte del
mismo, ampliándolo considerablemente; especialmente los tres
primeros capítulos, donde él mismo admitió que por su cuenta
había sacado muchas citas de Bastiat y Mill. Y terminó aÞr-
mando: “lo reducido de este libro nos ha proporcionado tantos
problemas que no deseamos prometer escribir otro libro pequeño”
[Groenewegen (1995), página 254].
Aunque Mary también formuló críticas, señalando “no esta-
mos orgullosos del libro”, su tono es bastante irónico por cuanto
que se reÞere al uso de las comas y las citas. Finalmente, su frase
“me doy cuenta de que realmente tenía que haber sido su libro”
sugiere que pudo haber cierto resentimiento por su parte respecto
de la liquidación acometida por Alfred de la obra. Su postura, por
tanto, diÞere de la de su marido y en absoluto muestra conformi-
dad con sus criterios108.

3.2. Su colaboración en el resto de las obras de su marido


Desconocemos con exactitud qué parte pudo tomar Mary en la
producción de las principales obras de su marido porque no dis-
ponemos de documentos concretos al respecto. Tras la muerte de
Alfred, ella destruyó muchos papeles privados de su relación sen-

1880-1, en donde puede leerse: “Foxwell dice que estás ayudando a Sidgwick en su libro
sobre economía. Sidgwick y yo diferimos en algunos temas de moralidad literaria. No nos
pusimos de acuerdo sobre la conveniencia de que él (no tú) tuviera libertad para utilizar tus
apuntes de mis clases y, al saber que te había pedido que le ayudases en su libro, le pedí a
Foxwell que te transmitiera mi punto de vista sobre el tema”.
108. Véase Groenewegen (1995), página 255.

178
timental y profesional con él y se encargó de velar por su memo-
ria. Pero sabemos que contribuyó en sus libros y trabajos.
En el prefacio a la primera edición de sus Principios, Alfred reco-
noce: “mi esposa me ha ayudado y aconsejado en cada etapa de
los manuscritos originales y de las pruebas de imprenta, y la obra
le debe muchísimo a sus sugerencias, asistencia y opiniones”109.
Y aunque en las siguientes tres ediciones de la obra fue menos
generoso en sus agradecimientos, a partir de la quinta edición
Alfred vuelve de nuevo al reconocimiento original para con su
esposa respecto al contenido. Estos reconocimientos podían sig-
niÞcar simplemente que Mary había intervenido principalmente
en asuntos de mecanografía y edición, pero no en la redacción
de la versión o la determinación de la estructura o el contenido.
En realidad Mary, que esperaba más una vida en común con su
marido que el mero trabajo de amanuense y enfermera, actuó
como secretaria, correctora y ayudante de investigación de lujo,
además de su ya mencionada función de “caja de resonancia” en
los libros de su marido.
Aunque no existe ningún testimonio o prueba de que Alfred le
pidiese consejo a ella como economista, lo cierto es que su labor en
la composición y edición de los dos libros siguientes de su marido
fue creciente. Los Principios habían consumido gran parte del tra-
bajo y el esfuerzo de Alfred Marshall hasta su última edición de
1920, y para entonces él ya comenzó a estar incapacitado para el
trabajo continuado. De modo que la publicación de Industry and
Trade, en 1919, y de Money, Credit and Commerce, en 1923, apenas
un año antes de su muerte, deben mucho al talento y la habilidad
de Mary, no sólo para organizar de forma coherente muchos de
los borradores, notas y algunas partes que se habían imprimido
previamente, en poder de Alfred, sino para hacerlo con la lógica
de un economista profesional.

109. Marshall (1920), volumen II, página 37.

179
Alfred reconoció también la ayuda y el consejo de su esposa en
ambas ediciones de Industry and Trade (1919 y 1921); un trabajo que
incluía material ya mecanograÞado en 1904, pero cuya conclusión
debe mucho a Mary, a la vista de la decadente salud de Alfred y
la merma de su capacidad mental. Cabe aún más pensar que ese
mismo fue el caso de Money, Credit and Commerce, pese a que Mary
no aparece citada en el prefacio de la obra; pero eso simplemente
puede signiÞcar que Alfred ya no disponía ni de la capacidad para
escribirlo. Whitaker señala que prácticamente fue la propia Mary
la que compuso y organizó el libro. Ella parece haberse dado
cuenta del declive de las facultades mentales de Alfred antes de que
fuese conÞrmado por su médico, de modo que en enero de 1920
comenzó a elaborar unas notas bajo el título Recollections of Alfred
(“Recuerdos de Alfred”). Tal como ella misma explica: “Después de
que Industry and Trade vio la luz [1919] su salud comenzó a fallar...
Por ese motivo, hice todo lo que pude para acelerar la publicación
de Money, Credit and Commerce, especialmente cuando el Dr. Brown
me dijo en 1921 que su vida productiva se había acabado, y que
era incapaz de realizar cualquier trabajo creativo”110. En cualquier
caso, parece claro que la intervención de Mary, especialmente en
los últimos años de la vida de Alfred Marshall, fue decisiva para la
composición y el producto Þnal obtenido en sus libros.

4. OTRAS PUBLICACIONES DE MARY PALEY

Además del libro conjunto con su esposo y su contribución a las


obras de su marido, Mary escribió como economista tres artículos

110. Whitaker (1990), página 215. Este mismo texto lo recoge McWilliams Tullberg (2000),
página 290, pero allí el nombre del médico es el Dr. Bowen. Groenewegen (1995), página
653, también cita al médico como Dr. Bowen. El hecho de que la cita de Whitaker provenga
de una nota manuscrita puede haber originado la confusión.

180
de reseña en el Economic Journal, la revista de la British Economic
Association. Durante la primera década de existencia del órgano
de difusión de la Asociación, Edgeworth, L. L. Price y Edwin
Cannan copaban los principales puestos del Journal y se dividían
las tareas de edición y evaluación de artículos. Aunque Marshall
raramente descendía en persona a la arena de las páginas de la
publicación, sin embargo estaba omnipresente y tomaba parte
activa en su elaboración. Normalmente, Edgeworth reseñaba los
trabajos teóricos con cierta inclinación matemática; Price contri-
buía con reseñas sobre trabajos de economía algo más simples,
pero que exigían cierto tratamiento de guante Þno, o bien traba-
jos cuyo contenido no era excesivamente soÞsticado, y Cannan se
dedicaba a purgar todo tipo de trabajos variopintos de autores de
lo más raro. Marshall no reseñaba; pero Mary Paley tuvo ocasión
de reseñar libros de autoras femeninas. Esto no era tanto una
muestra de machismo o minusvaloración hacia Mary o las auto-
ras como un proceso de división del trabajo. De forma similar,
los libros escritos por banqueros eran reseñados o comentados
por otros banqueros111, y las mujeres que escribían de economía
en la época lo hacían mayoritariamente, si no exclusivamente,
sobre temas sociales y de economía laboral, la condición de las
clases trabajadoras y el papel de la mujer en el mundo laboral
(eso incluía cooperación, sindicatos, etc.), por lo que existía cierta
especialización.
Las tres reseñas de Mary tienen que ver con economía laboral o
del trabajo, y especialmente en la última de ellas pone de maniÞesto
puntos de vista discrepantes de los de su marido respecto al papel
de la mujer en el mundo laboral, académico y en la sociedad.
El primer libro reseñado por Mary, en 1895, recoge un estu-
dio práctico sobre las condiciones de las mujeres trabajadoras
en diversas fábricas textiles de la zona industrial alemana de

111. Maloney (1990), página 52.

181
Chemnitz. Mary narra que, para ello, la autora del libro, Von
Minna Wettstein-Adelt, vivió en Chemnitz durante tres meses y
medio trabajando en cuatro fábricas distintas representativas de
la industria textil de la zona; y aunque Mary resalta al principio
y Þnal de su reseña que la autora puede haber exagerado algo
el lado oscuro de las condiciones de vida de las mujeres allí, la
impresión que deja su relato es que se trata de un alegato en
defensa de las trabajadoras y una denuncia de su situación, rela-
tivamente peor que la de los trabajadores masculinos, cuya situa-
ción laboral se había recogido en un estudio similar realizado por
el Dr. Göhre, publicado previamente en el mismo Economic Jour-
nal, para las fábricas de producción de maquinaria de Chemnitz,
con el que Mary realiza algunas comparaciones. “Tal vez —dice
Mary— sus compañeros de trabajo [del Dr. Göhre] en las indus-
trias de maquinaria estuviesen sacados de una clase social más
elevada que la de las fábricas de mujeres aquí descritas” [Mars-
hall (1985), página 410].
Lo cierto es que las mujeres trabajadoras de Chemnitz, relata
la señora Wettstein-Adelt, cobran por pieza hecha, y los salarios
difieren entre fábricas según se trate de trabajos más suaves y
agradables o más duros: las costureras de las fábricas de medias
y calcetines ganan menos que las tejedoras de piezas de paño
en sus fábricas, pero más que las trabajadoras nacionales de
la industria de guantes, que resulta a la postre el trabajo más
liviano y llevadero. Sin embargo, son más y están mejor las
mujeres que trabajan en fábricas de calcetería y guantes que
las que trabajan en hilanderías o tejedurías, que además suelen
ser mujeres mucho más rudas e ignorantes. Y es que, resalta
agudamente Mary, a pesar de sus peores salarios, esos trabajos
atraen a mujeres de un grado social un poco más elevado que
valoran más las condiciones de trabajo saludables y cómodas
y, en definitiva, se trata muchas veces de chicas que buscan o
intentan conseguir algo de dinero para sus bolsillos más que
para su propia subsistencia.

182
Aunque Mary dice no hacer alusión de algunas de las peores
cosas que relata el libro, el panorama que dibuja, siguiendo a la
autora, es realmente duro. En la mayoría de las fábricas se trabaja
de seis y media de la mañana a siete de la tarde, con una hora y
media o dos horas para comer. Los sábados, el trabajo termina a
las seis de la tarde, y los lunes se concede media hora de gracia
(es de suponer que a la entrada). Las mujeres disfrutan de algunas
atenciones, como comedores equipados con un horno para calen-
tar la comida o vestuarios para poder cambiarse de ropa. Sus
menús suelen ser un plato de patatas o un caldo de arroz con unas
bolas de masa hervidas (nudeln), pero en el tiempo que estuvo allí
nunca las vio comer carne; no obstante, el día de paga añadían
a las patatas un arenque o un par de huevos. Sin embargo, el día
antes de la paga lo corriente es el pan con sal o azúcar. A dife-
rencia de los hombres, no comen grasa, salvo que tengan algo de
mantequilla, y beben leche o café, pero sobre todo achicoria. Los
domingos, por tradición, beben cerveza aunque con moderación.
Y su único estimulante consiste en mascar granos de café durante
el día, algo que al parecer les quita el hambre. A diario visten de
forma sencilla y barata, pero bien; y los domingos se ponen sus
mejores galas. Los hombres cuidan aún más este aspecto y en
general visten mejor. Es común que las madres preÞeran tener a
sus hijos insuÞcientemente alimentados antes que mal vestidos.
Algo parecido ocurre con sus casas que, aunque son muy peque-
ñas y están atestadas, mantienen la habitación más grande como
una especie de salón bien amueblado y sin apenas uso, mientras
cocinan, comen y duermen en la más pequeña.
Las trabajadoras de Chemnitz preÞeren privarse de cosas y
guardar algo de dinero para divertirse los domingos, yendo a dife-
rentes lugares pero nunca a pasear. Un paseo no se considera
una diversión; antes preÞeren quedarse en casa charlando. No
van mucho a salas de baile, pues les cansa bastante, y preÞeren
el circo, el teatro y otros divertimentos. Y si van a bailar escogen
las salas más respetables, aunque sean pocas, dejando las otras

183
para las clases más bajas, como los sirvientes domésticos [Marshall
(1895), página 403]. También juegan mucho, pero pequeñas can-
tidades y, en cualquier caso, en sus diversiones demuestran ser tan
racionales como las chicas de clases más altas (sic).
Hay costumbre, más extendida cuanto más duro es el trabajo y
más rudas son las mujeres, de robar en las fábricas. Se roban guan-
tes y en alguna aldea hay hasta un mercado organizado de guantes
robados; o roban hilo para luego hacer medias y calcetines. Como
la señora Wettstein-Adelt no robaba ni remoloneaba en su tra-
bajo, se le tachaba de ser “amiga de la empresa”. Y sugiere que
la introducción de supervisoras de clase alta y con educación no
sólo reduciría esa inmoralidad laboral, sino que ahorraría costes
empresariales. Su experiencia tras Þnalizar sus diferentes trabajos
y pasar al paro transmite, sin embargo, un panorama poco hala-
güeño sobre la inestabilidad de vida que padecen aquellas mujeres
que sólo poseen conocimientos en una rama de la industria textil
(escaso capital humano) y no encuentran empleo en la misma.
Finalmente señala la autora que las necesidades más apremiantes
de las trabajadoras de Chemnitz son escuelas públicas de cocina
que den nociones de alimentación, tratamiento y manipulación
de los alimentos, baños públicos que mejoren las condiciones de
higiene y médicos femeninas que les indiquen los mínimos cuida-
dos proÞlácticos, especialmente en aquellos ambientes laborales y
viviendas más sucios.
La segunda nota crítica de Mary, de 1896, extracta el informe
oÞcial de la Conferencia de Mujeres Trabajadoras que hubo
durante tres días en 1895 en la sede del sindicato en Notting-
ham. Los temas tratados en la reunión fueron variados y cubrían
desde el derecho al voto y las Leyes de Fábricas, pasando por la
educación (general, técnica o especializada), trabajos especíÞcos,
como niñera o enfermera, y algunos de los problemas más comple-
jos del socorro a los pobres. Mary cita entre las ponentes a Mrs.
Fawcett, Mrs. Sandford, Miss Coleridge y Mrs. A H. Lyttelton.
Pero escoge tres conferencias: las de Mrs. Sidgwick, Miss Pycroft y

184
Mrs. Webb. Prácticamente todos los apellidos son conocidos en el
ámbito académico y cientíÞco y algunos son de especial cercanía
a Mary; de modo que era usual en la época que las mujeres des-
cendientes de familias con cierta tradición intelectual o las espo-
sas de los catedráticos más afamados se involucrasen también en
tareas intelectuales.
La reseña de Mary del artículo de Mrs. Sidgwick, que trata
de las perspectivas o el porvenir de la profesión de maestra, es
más bien crítica o al menos parece haberle desilusionado112. La
autora aborda el asunto, relata Mary, mediante una comparación
entre la eÞciencia y las ganancias de las mujeres que trabajan
en escuelas de enseñanza secundaria y su situación treinta años
atrás. Las profesoras, argumenta Mrs. Sidgwick, han elevado su
posición social no sólo porque ha mejorado su eÞciencia, sino
porque ahora se dedican a la profesión muchas mujeres que no
necesitan ganar dinero para su sustento inmediato, de modo que
persiguen la dignidad de la profesión más como un arte o una
vocación que como un asunto mercantil, cosa que ha sido favo-
rable para la profesión misma. Con tal argumentación, la autora
elimina cualquier posibilidad de analizar diferentes componentes
en el sueldo de una maestra (o en la enseñanza en general),
oponiéndose a la interpretación que recoge Mary en su tercera
reseña —con la que se muestra más de acuerdo— de que preci-
samente ésa ha sido una de las causas del empeoramiento de la
calidad en la enseñanza. No obstante, Mrs. Sidgwick considera
poco adecuadas las subidas de salario que han tenido lugar en
ese tiempo, especialmente con vistas a la provisión para el retiro
que, según ella, no debe superar los cincuenta y cinco años. En
definitiva, Mary insinúa que la autora ha sacado poco partido

112. En esta época, Alfred ya estaba enemistado con Sidgwick y se enfrentaba a sus opi-
niones en materia de política académica con motivo de separar el Tripos de Economía del
de Ciencias Morales.

185
de su tema, a diferencia de lo que dirá de Clara Collet en su
tercera reseña113.
La segunda ponencia es más curiosa y, comparada con las otras,
tanto por el tema como por su tratamiento, resulta algo chocante
que Mary la reseñe, salvo por su consideración sobre la necesidad
e importancia que tiene cualquier tipo de formación en las muje-
res, especialmente entre las de clase más pobre, que son quienes
muestran mayores carencias y a las que más puede cambiar sus
vidas114. El comentario, el más breve de los tres, analiza la impor-
tancia y eÞcacia que puede llegar a tener la formación técnica en
economía doméstica y familiar. Por ejemplo, conocimiento de los
distintos aparatos o herramientas de cocina y sus posibles usos,
que escasean mucho en los hogares ingleses frente a los franceses,
belgas o alemanes, así como unas nociones mínimas de econo-
mía familiar para que las clases pobres sepan gastar y administrar
mejor sus cortas ganancias. Y acaba con un análisis sobre si los
profesores de estas materias ganan poco o es suÞciente para el
tiempo de preparación que requiere su impartición.
La ponencia que más parece agradar a Mary Paley, también la
más combativa y por la que muestra ciertas simpatías, es la que
comenta en tercer lugar, dedicándole la mitad de la reseña. En
ella, Beatrice Webb aboga por mayores restricciones y regulacio-
nes laborales para lograr mejoras y avances en la condición de
las trabajadoras. Resalta Mary que el argumento de Mrs. Webb
no sea tanto que la protección laboral femenina ampare o no el
bienestar, la salud y el cuidado de los niños, como acostumbran
a señalar la mayor parte de los argumentos más moderados en
favor de tal reglamentación, sino que el juicio debe hacerse sobre
si dichas regulaciones del trabajo femenino suponen o no avances
para la condición de la mujer, observando si “aumentan su inde-

113. Véase Marshall (1902), páginas 255 y siguientes.


114. Vuelve sobre este asunto en su última reseña. Ver Marshall (1902), páginas 254-255.

186
pendencia económica y eÞciencia como trabajadoras y ciudada-
nas tanto como esposas y madres”. Y añade Mary Paley, “esto
muestra una tendencia a legislar para las mujeres adultas desde
el punto de vista de las mujeres mismas, más que desde el de los
hijos” [Marshall (1896), página 108]. En general, y así lo señala
Mary, los argumentos utilizados en el trabajo son aplicables a los
trabajadores con independencia de su sexo; pero Mrs. Webb hace
especial referencia y mención a la condición de las mujeres
trabajadoras.
Mary se suma a la propuesta de Beatrice Webb de que la legis-
lación debe proteger los derechos de las trabajadoras en cuanto a
la determinación de salarios y la negociación de las condiciones
de empleo y del puesto de trabajo. En este punto, el argumento
de Mrs. Webb es que existe una clara, permanente y esencial
desigualdad entre los asalariados y los empleadores capitalistas,
de modo que las negociaciones de salarios individuales “tienden
inevitablemente a producir no los salarios más altos que la indus-
tria puede permitirse pagar, sino los más bajos con los que los
trabajadores y sus familias pueden subsistir” [Marshall (1896),
página 109, citando a Beatrice Webb]. Sin embargo, tal aÞrma-
ción le parece a Mary demasiado rotunda ya que, aÞrma, tanto
en Gran Bretaña como en el extranjero existen industrias en las
que los sindicatos apenas tienen poder y en las que no obstante
los salarios no son bajos.
Mary llama la atención de que sea precisamente Mrs. Webb, de
quien dice no se lo esperaba dada su reputada defensa de ambos
procedimientos así como del sindicalismo, quien señale una
pequeña carencia tanto de la negociación colectiva, por la que
claman los sindicatos, como de las negociaciones incluidas en las
Leyes de Fábricas; tal reparo es que ambas (negociación colectiva
y Leyes de Fábricas) son “igualmente inconsistentes con la deno-
minada libertad de los trabajadores individuales a realizar sus
propios acuerdos o negociaciones” [Marshall (1896), página 109].
Y termina Mary resumiendo las conclusiones de Mrs. Webb:

187
“Las mujeres, incluso más que los hombres, son inca-
paces de utilizar el sistema de ayuda propia hasta que la
intervención del Estado les ha permitido situarse a un nivel
superior. Sólo después de haber acortado sus horas labo-
rales y mejorado sus condiciones sanitarias, la mujer ha
podido enarbolar la bandera de la negociación colectiva
a través de los sindicatos; es en aquellas industrias en las
que la mujer ha estado más limitada, como por ejemplo en
el comercio del algodón, donde más se ha emancipado y
mostrado más capacidad para defender sus intereses... ‘De
hecho es la ley la madre de la libertad”115.

Con esta frase de Beatrice Webb cierra Mary su reseña. La


sensación que producen sus comentarios es que matiza las postu-
ras de Mrs. Webb, sobre todo en lo relativo a la libertad indivi-
dual, pero parece simpatizar mucho con sus ideas y aÞrmaciones.
Y es que, tal vez, se sentía identiÞcada Mary con el dibujo trazado
en ese artículo sobre la emancipación de la mujer y su papel en
la vida.
Junto con las simpatías esbozadas por las ideas de Beatrice
Webb, la tercera y última reseña de Mary Paley Marshall, escrita
en 1902 y donde comenta una edición recopilatoria de los traba-
jos de Clara Collet, muestra la faz más independiente y luchadora
de Mary por la causa de las mujeres, extrayendo algunas conclu-
siones sobre los datos y estudios de Clara Collet que no agradaron
a Alfred, quien preÞrió ignorarlos o negarlos. Es su artículo más
extenso y ocupa seis páginas de la sección de reseñas del Economic
Journal. “Este pequeño libro —aÞrma Mary— está lleno de suge-
rencias para todos aquellos que lleven el bienestar de las mujeres
en su corazón” [Marshall (1902), página 257].

115. Marshall (1896), página 109.

188
Relata Mary que los seis ensayos que componen el libro se reÞe-
ren a la posición de las mujeres de clase media, quienes se ven
obligadas a mantenerse con salarios insuÞcientes. Miss Collet
reconoce importantes diferencias entre hombres y mujeres y, ade-
más, se alegra de ello porque considera que por su naturaleza,
experiencia heredada en la vida, su sensibilidad, sus gustos y su
inteligencia, la mujer está más capacitada que el hombre para
los trabajos intelectuales. Son estas diferencias las que animan
a Collet a manifestar un optimista y esperanzado éxito para el
futuro de la mujer, especialmente en aquellas tareas que, más que
competir, se complementan con los hombres. Sobre bases esta-
dísticas publicadas en el Statistical Journal de 1896, Mary sustenta
esa idea de Collet, observando que entre 1851 y 1881 la propor-
ción de mujeres empleadas en la industria (“trabajo empleado en
fabricar cosas”) es decreciente, mientras que aumenta el número
de mujeres empleadas en servicios (enseñanza, enfermeras, servi-
cio doméstico...). Se observa la misma tendencia entre 1881 y 1891,
siendo la industria y el comercio textil a gran escala donde la dismi-
nución de mujeres trabajadoras respecto a los hombres es mayor.
Las investigaciones de Miss Collet, que fue asistente del comi-
sario de Trabajo y ocupó un puesto relevante en el Departamento
de Trabajo del Ministerio de Comercio, se centran en las parado-
jas y discrepancias existentes con relación al trabajo de las mujeres
y los salarios que perciben, la mayoría relacionadas con la incer-
tidumbre existente respecto a su futuro. Un futuro que era más
claro y seguro para las mujeres de las clases más pobres, ya que
su destino era el matrimonio, mientras que el número de solteras
(y solteros) aumentaba en las clases medias más elevadas, siendo
también mayor el retraso en la edad de matrimonio a medida que
se ascendía en la escala social. Pero Collet no percibe este hecho
de la seguridad en el matrimonio entre las clases más pobres nece-
sariamente como positivo, ya que eso frena las expectativas de
formación y especialización en muchas mujeres de esa clase que,
de esta manera, desperdician una gran parte de sus capacidades

189
e inteligencia innatas. Casi todas estas chicas vuelven a la fábrica
al día siguiente de su boda a ocupar el mismo puesto de trabajo
que precisa de muy poca formación. Por ello propone Collet
que se retrase la edad de entrar a trabajar a jornada completa
hasta los dieciséis años y que todos los niños dispongan de media
jornada (cinco horas diarias), atendiendo a la escuela en la otra
mitad. Además, recalca la necesidad de una formación para las
clases más pobres en asuntos de vida o economía doméstica. Esa
educación conjunta será la que asegure el futuro de las mujeres.
Profundizando en su análisis, Collet descubrió que a las muje-
res cualiÞcadas de la clase media se les ofrecía y aceptaban unos
salarios bajos; incluso relativamente más bajos que los salarios
percibidos por mujeres de las clases pobres, tomando en consi-
deración sus distintos niveles de vida. Y lo hacían sobre la conje-
tura de que su trabajo cubriría sólo un intervalo temporal previo
al matrimonio. Pero, como se ha señalado, sus análisis de datos
demográÞcos demostraban que mientras casi todas las mujeres
de las clases más pobres podían contar con casarse, éste no era
el caso para las clases media y alta. Las mujeres solteras de estas
clases, que por lo general ocupaban puestos de trabajo más cua-
liÞcados y especializados para los que se requiere mayor forma-
ción, ni siquiera podían simplemente acceder a la congestionada
profesión de la enseñanza. Y aunque la enseñanza no era la única
ocupación a la que se dirigían, pues también se incluyen desde
modistas y dependientas de tiendas, ciertas tareas industriales o
administrativas y empleadas del servicio civil (de la Administra-
ción del Estado), sí era la más importante y demandada porque
existía una menor resistencia social a que trabajasen allí. En cual-
quier caso, “el único hecho innegable para todos estos empleos
es que quienes en ellos se emplean aceptan salarios que no sirven
para su manutención” [Marshall (1902), página 255]. Y la razón
es que se supone que estas ocupaciones eran ocasionales y cubrían
una situación pasajera hasta el matrimonio, permitiéndoles algo
de dinero para sus gastos. Este argumento sirve como explicación

190
para un proceso circular que se estaba produciendo en la con-
dición de la mujer de clase media y alta, que afecta a la oferta y
demanda de trabajo en las ocupaciones de estas mujeres. El razo-
namiento se ve más claro en el caso de la enseñanza secundaria.
El análisis del tercer ensayo del libro de Collet, que trata del
‘Gasto de las mujeres trabajadoras de clase media’, reveló que
muchas profesoras de enseñanza secundaria no ganaban los sala-
rios de eÞciencia que permitiesen “el descanso y solaz necesarios
para una ocupación que requiere frescura, vitalidad, energía y...
provisión de fondos para la vejez” [Marshall (1902), página 255].
Por el lado de la demanda, una de las principales razones para esos
salarios bajos era que los padres británicos no mostraban interés
alguno en que sus hijas estuviesen instruidas por personas más
competentes y mejor pagadas, ya que no merecía la pena un gran
gasto en educación cuando la esperanza era que el matrimonio resol-
viese sus problemas de manutención. Sólo cuando los padres reco-
nozcan realmente la necesidad de que sus hijas deben ser capaces de
proveerse su sustento, dice Mary, mejorará y aumentará la demanda
de buen profesorado y los salarios de las profesoras subirán.
Pero también estaba el lado de la oferta. Aquí se consideraba que
la enseñanza era especialmente atractiva en términos sociales para las
mujeres, produciéndose la consiguiente plétora y salarios bajos; pero,
señala Mary, es posible que muchas entren en la enseñanza porque
“el sendero de menor resistencia [social] les conduzca hasta allí, ya
que existen chicas listas, bien educadas, que no poseen ambición aca-
démica, pero que están repletas de talento práctico y serían mucho
más felices si eligiesen una vida que no fuese escolar”116. Así pues, la

116. Marshall (1902), página 256. Mary señala que existen algunos puestos de profesorado
carentes de responsabilidades o aquellos otros que pertenecen a campos muy peculiares,
como el de la economía doméstica, en los parece que la demanda sea mayor que la oferta.
Pero la realidad muestra lo contrario, como sucede con el empleo de ama de llaves, para el
que se requiere talento y buena educación y que está muy bien pagado dada la escasez de
oferta de calidad.

191
escasa y baja calidad de la demanda de los padres en la educación
de sus hijas repercuten en la estrechez de un mercado laboral
para las mujeres que, dado que ofrece menor resistencia social a
que determinadas ocupaciones sean ejercidas por mujeres, aba-
rrota el mercado en esos puestos que, a su vez, son empleos estre-
chamente relacionados con la formación de las propias mujeres,
produciéndose el proceso circular antes aludido. Una vez más,
la solución de Collet es la adquisición de capital humano, la for-
mación. Pero, como primer paso, una formación no especíÞca o
no especializada “que les permita”, dada la situación social en la
que se encuentran, “adaptarse ellas mismas a las circunstancias,
incluyendo las... que provienen de la vida matrimonial” [Mars-
hall (1902), página 256].
Un número creciente de carreras, que no precisaban una for-
mación duradera ni alta especialización, se estaban abriendo para
las mujeres educadas; y Mary Paley cita con aprobación la suge-
rencia de Collet de que los hombres de negocios deberían formar
e instruir a sus hijas igual que hacían con sus hijos. Se estaban
abriendo muchos campos y cada vez existían más posibilidades
para esas mujeres en el mundo de los negocios, como diseñado-
ras, químicos, representantes extranjeros o gerentes de fábrica.
En abril de 1902, Alfred Marshall había escrito su Defensa para la
creación de un currículum en economía [Plea for the Creation of a Curricu-
lum in Economics], en el que proponía una educación en Economía
“a la Cambridge” para los hijos de los empresarios. Poco después,
y el mismo año, su esposa sugería en esta reseña que la misma
educación debería darse también a sus hijas. Llegar a tener al
menos capacidad de independencia económica era bueno para
el carácter de una mujer: “Un carácter elevado precisa dignidad
y es imposible para una mujer tener gran respeto por sí misma si
para poder vivir debe casarse” [Marshall (1902), página 256].
En las primeras épocas del movimiento en favor de la educa-
ción superior para las mujeres, ésta se había contemplado como
una especie de póliza de seguro para las jóvenes de clase media.

192
Sólo a Þnales del siglo se consideró que la educación y el comienzo
de una carrera podían ofrecer una alternativa al matrimonio, otor-
gando a las mujeres la oportunidad de elección. Tales ideas eran
combatidas con fuerza por quienes entendían que era deber de
la mujer cuidar y obedecer al hombre. Otros explicaban o dedu-
cían los deberes de las mujeres sobre fundamentos eugenésicos y,
como Alfred Marshall, sostenían que las mujeres debían formarse
e instruirse en la maternidad para el beneÞcio de la raza. Apro-
vechando el libro y las palabras de Collet, Mary Paley Marshall
proclama “cómo los deberes de las mujeres jóvenes se han alte-
rado; cómo, en estos días, las madres ‘rehúsan a volverse decré-
pitas y apoltronarse en el sofá únicamente porque sus hijas hayan
crecido” [Marshall (1902), página 257]. Según Mary, las opor-
tunidades y los intereses en la vida se han ampliado para las
mujeres y ellas “disfrutan de periodos más prolongados de vida
eÞciente que antes”. Mary no vio crecer a sus hijas, porque no
las tuvo; pero, desde luego, su vida antes y sobre todo después de
la muerte de su marido fue un ejemplo de congruencia con esta
idea, contraria a la opinión de su marido. Mary fue, en deÞnitiva,
una precursora en el ámbito académico, laboral y social para las
generaciones futuras de mujeres.

193
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196
Beatrice Webb y el socialismo fabiano
José Luis Ramos Gorostiza

1. INTRODUCCIÓN

La obra de Beatrice Potter Webb (1858-1943) es difícilmente cla-


siÞcable desde los cánones actuales de estrecha especialización,
pues abarcó la historia económica, la metodología de las ciencias
sociales, el análisis de las instituciones políticas, el estudio crítico
de las teorías económicas, la reforma legal práctica y la investiga-
ción sociológica aplicada.
En cualquier caso, es seguramente la “economista” que mayor
inßuencia práctica ha ejercido, una inßuencia que en cierto modo
todavía se deja sentir en nuestros días. Del trabajo mano a mano
con su marido, Sidney Webb, no sólo nacieron más de cien libros y
artículos —relacionados, por ejemplo, con las condiciones de vida
de la clase trabajadora, la historia del sindicalismo, el gobierno
local o el cooperativismo—, sino que también vieron la luz des-
tacados informes parlamentarios —como el Minority Report— que
marcarían algunas de las claves de lo que iba a ser el Estado del
bienestar en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial,

197
anticipando de forma clara el actual diseño del sistema de segu-
ridad social. Asimismo, los Webb crearon y tutelaron una presti-
giosa institución aún hoy en funcionamiento, la London School
of Economics and Political Science, que desempeñó un destacado
papel en la profesionalización de la Economía y en su consolida-
ción como disciplina autónoma. Pero lo más importante quizá sea
que Beatrice y Sidney, junto con otros fabianos, guiaron intelec-
tualmente la creación del Partido Laborista británico al margen
de los postulados marxistas y revolucionarios, sentando las bases
del socialismo democrático y moderado de nuestros días.
En deÞnitiva, el objetivo de este breve trabajo es hacer una
revisión crítica de la Þgura de Beatrice Webb destacando su sin-
gularidad e inßuencia, a menudo oscurecidas por la Þgura de su
esposo, Sidney, o difuminadas en la corriente crítica del socialismo
fabiano. Precisamente, dicha singularidad e inßuencia sitúan a
Beatrice Webb en un lugar de honor en la historia del pensa-
miento económico desarrollado por mujeres, junto a nombres como
los de Jane Marcet (1769-1858), Harriet Martineau (1802-1876)
o Rosa Luxemburgo (1870-1919).

2. LOS AÑOS DE FORMACIÓN

Beatrice Potter nació el 2 de enero de 1858 en Standish House,


cerca de Gloucester. Era la octava hija de un rico empresario
industrial y del ferrocarril de Liverpool —Richard Potter— y de
una mujer inteligente y de buena familia educada en la tradición
utilitarista —Lawrencia Heyworth—, que murió en 1882, cuando
Beatrice sólo contaba 24 años. Lawrencia poseía una buena for-
mación y tenía ambiciones intelectuales, pero hubo de renunciar
a ellas tras su matrimonio. Éste sería un factor de unión entre
Beatrice y Lawrencia en los últimos años de vida de ésta, tras unas
relaciones madre-hija marcadas por el distanciamiento.

198
En vez de a la pequeña Beatrice, los Potter hubieran deseado
tener un varón, y por eso, cuando poco después de ella nació
Dicky, el niño largamente esperado, todas las atenciones se cen-
traron en él. Pero el chiquillo sólo vivió dos años, y tras su desapa-
rición Lawrencia delegó en gran medida el cuidado de Beatrice y
de Rosy —la siguiente hermana— en la niñera, Dada, una per-
sona cariñosa y entregada que ocupó un lugar central en la infan-
cia de Beatrice.
Parece ser que Beatrice no era una niña que se encerrase con
facilidad a estudiar. Su madre incluso llegó a considerarla como
la única de sus hijos que tenía una inteligencia por debajo de la
media. Por otra parte, una infancia y primera adolescencia soli-
tarias y algo aisladas quizá pudieron estar en el origen de ciertos
trastornos psicosomáticos —manifestados en neuralgia, tenden-
cia depresiva, etc.— que luego volverían a reaparecer en varios
momentos de la vida de Beatrice117. Para superar esta situación,
la joven buscó consuelo en el estudio de las distintas religiones y
en la elaboración de un diario —que llevaría hasta su muerte—,
y poco a poco también fue tomando su educación más en serio
animada por su padre.
Debido en gran medida a su delicada salud, Beatrice nunca reci-
bió una educación formal al uso. Fue prácticamente una autodi-
dacta que se formó leyendo libros de la extensa biblioteca de su
padre sobre Þlosofía, ciencias y matemáticas. En concreto, dos
de los autores que dejaron en ella una huella más profunda fue-
ron Auguste Comte y Herbert Spencer. Este último era amigo de
su padre y —como muchos otros intelectuales británicos de la
época— visitaba la casa de los Potter con cierta frecuencia, lo que

117. Así, por ejemplo, hacia 1901 Beatrice llegó a estar obsesionada con su propia muerte,
convencida de padecer una fatal enfermedad que se manifestaba en forma de eccema por
todo su cuerpo. El remedio a estas obsesiones vino de un doctor que practicaba medicina al-
ternativa, y que le recomendó entonces seguir una estricta dieta —de absolutos mínimos—,
cosa que haría hasta su muerte (Polkinghorn y Lampen, 1998, páginas 66-67).

199
dio a Beatrice la oportunidad de entablar largas conversaciones
que seguramente inßuyeron de forma notable en su posterior inte-
rés por la sociología y la investigación social con un fuerte compo-
nente empírico e histórico: era necesario el contacto directo con
los hechos, en tanto que el estudio del pasado se justiÞcaba en
la medida en que ello pudiera ayudar a una mejor comprensión
de las situaciones presentes. También parece que fue en este
periodo inicial cuando Beatrice llegó a la temprana conclusión
de que “el propio sacrificio por el bien de la comunidad era la
más grande de todas las características humanas”. Esta actitud
contrastaba abiertamente con la moral victoriana de la época,
donde la suerte de cada hombre se veía básicamente como el
resultado de sus propios actos, de los que debía asumir las con-
secuencias; así, la pobreza se relacionaba en gran medida con la
pereza y la incompetencia, y su único verdadero remedio radi-
caba en el trabajo duro.
Siendo ya una mujer joven, Beatrice colaboró en las empresas
de su padre durante seis años, lo que sin duda debió ser una valiosa
experiencia en el conocimiento directo del mundo de los negocios
que le llevó a cuestionar seriamente sus supuestos de funciona-
miento. Asimismo, hay que destacar los amplios viajes por Europa
que realizó junto a diversos familiares, otra lección importante
a la hora de abrir su mentalidad. Por otra parte, cuando todas
sus hermanas mayores se casaron, y habiendo muerto su madre
en 1882, Beatrice tuvo que asumir las responsabilidades familia-
res —dados los repetidos problemas de salud de su padre desde
1885—, convirtiéndose así en una persona muy independiente.
En cualquier caso, con el bagaje que acaba de describirse
parece claro que a priori Beatrice no parecía destinada a seguir
la senda propia de una refinada señorita de la época: casarse
con un hombre de destacada posición, organizar el hogar y cui-
dar de la buena educación de los hijos, acompañar al marido en
la intensa vida social, participar en las actividades caritativas de
la iglesia, etc.

200
3. INTERÉS POR LA REFORMA SOCIAL, PRIMERAS INVESTIGACIONES Y
VISIÓN DE LA ECONOMÍA

En 1883 el padre de Beatrice, Richard Potter, decide unirse a la


Charity Organization Society, que —de acuerdo con el ideal cris-
tiano— pretendía proporcionar ayuda a los más pobres. Beatrice
marcha entonces a Londres y se involucra en las actividades de la
organización, conociendo de primera mano las durísimas condi-
ciones de vida en la miseria. Más tarde, visita a unos conocidos
de su antigua niñera en Bacup (Lancashire), y allí se disfraza,
haciéndose pasar por la hija de un granjero galés y viviendo como
miembro de la clase trabajadora durante unas pocas semanas. Ello
le permite apreciar la importancia práctica de la regulación de las
condiciones de trabajo en las fábricas (Factory Acts); también le
llama la atención el buen funcionamiento de algunas cooperati-
vas, lo que de algún modo contrastaba con la idea del darwinismo
social defendida por Spencer.
De vuelta a Londres, participa de nuevo en actividades de
apoyo a los pobres. Pero enseguida se da cuenta de algo funda-
mental: la solución no está en los métodos propios de la caridad
victoriana —que ofrecía una ayuda escasa, fragmentada e ineÞ-
ciente, atrayendo más indigentes a barrios ya sin empleo y dema-
siado miserables—, sino en transformar radicalmente los bajos
estándares de educación de los pobres, sus condiciones sanitarias
y sus posibilidades de acceso a viviendas dignas. Y para llevar a
cabo una labor de este tipo era preciso, antes de nada, contar
con suÞciente información: observar y diseccionar los hechos. Y
es que en aquel momento —en opinión de Beatrice— los únicos
documentos disponibles para el estudio de la sociedad eran las
novelas tipo Dickens.
Es precisamente por esta época, en 1882, cuando Beatrice
conoció en una Þesta-cena a Joseph Chamberlain, un distinguido
líder político del Partido Liberal de 47 años. Se enamoró de él,
dispuesta a convertirse en su tercera esposa. Sin embargo, todo

201
terminó deÞnitivamente en 1886, cuando él respondió en negativo
a una carta en la que ella le declaraba de forma abierta sus senti-
mientos. Lo cierto es que, aunque Chamberlain era un hombre
de personalidad arrolladora, “lleno de energía y magnetismo per-
sonal”, nunca hubiera aceptado a Beatrice como una igual en lo
intelectual, algo que ella misma pudo comprobar bastantes años
después, al encontrárselo casualmente en un tren acompañado de
su mujer americana (de la que por otra parte se acabaría divor-
ciando). Quizá por esta razón, Beatrice escribió con cierto alivio
en su diario el primero de enero de 1901: “mi intelecto no sólo se
mantuvo libre, sino positivamente hostil a su inßuencia”.
El desengaño amoroso condujo a Beatrice a centrarse de lleno
en el estudio de las cuestiones sociales. Poco antes de su ruptura
sentimental se había trasladado a Londres con objeto de traba-
jar como ayudante de investigación de su primo Charles Booth,
un destacado reformador social que por entonces estaba embar-
cado en un estudio empírico de enorme envergadura sobre las
condiciones de la clase trabajadora en Londres118. A Beatrice, en
concreto, le tocó analizar a los trabajadores de los muelles de
East End, la inmigración judía y la explotación laboral en los
talleres textiles. El resultado fueron varios artículos publicados en
la revista Nineteenth Century. Los trabajos tuvieron cierto impacto,
y al poco tiempo de su aparición Beatrice fue llamada para dar
su opinión sobre la situación en el sector textil en East End ante
la Cámara de los Lores. Según ella, el problema estaba en que
allí la actividad funcionaba según un sistema putting out, donde los

118. La investigación de Booth empezó en 1886 y cristalizó en 17 volúmenes publicados


a lo largo de 17 años. Mostró que más del 30% de los trabajadores asalariados vivían en
situación de subsistencia o de privación severa. Fue éste uno de los primeros estudios de
las condiciones de vida de los pobres que empleó métodos cientíÞcos, mostrando que
la Revolución Industrial había provocado una aguda división entre los estándares de vida
de las clases más altas y más bajas de la población, transÞriendo al mismo tiempo el poder
político de la aristocracia terrateniente al empresariado capitalista.

202
trabajadores recibían una pequeña cantidad por pieza completada
y las condiciones de trabajo escapaban por completo a las regla-
mentaciones establecidas por las Factory Acts y al control sindical.
En su afán por contar con información Þdedigna sobre la situación,
Beatrice había llegado incluso a disfrazarse de chica trabajadora,
solicitando empleo en varios pequeños talleres textiles.
La investigación sobre los muelles de Londres también fue
interesante para la joven reformista. En el verano de 1889 se pro-
dujo una huelga reclamando unas decentes condiciones de vida
para unos 3.000 obreros y Beatrice quedó muy impresionada por
el suceso: quizá los trabajadores no se habían mostrado capa-
ces de crear una organización permanente, pero sí habían dado
muestras de gran capacidad para la acción común, despertando
las simpatías y el apoyo de muy diferentes grupos sociales de esa
zona de la ciudad, como artesanos especializados, comerciantes,
prestamistas o taberneros.
Beatrice sacó algunas conclusiones interesantes de su etapa
junto a Booth. Aprendió a combinar adecuadamente la obser-
vación personal con el método estadístico. Se dio cuenta de la
importancia del movimiento sindical para la mejora del estatus
de gran parte de la población. Y llegó a la idea de la responsa-
bilidad compartida por los males sociales: el trabajador textil de
East End no sólo estaba explotado por los dueños de los talleres,
sino por todo aquel —hombre, mujer o niño— que consumía el
producto de su esfuerzo. La miseria era una enfermedad de la
sociedad.
Otra de las áreas que atrajo el interés de Beatrice en estas
fechas fue la del cooperativismo, por lo que asistió a congresos
sobre el tema y estudió la historia y la teoría de la cooperación
humana. Como ya se ha dicho, le interesaba especialmente el
buen funcionamiento mostrado por las sociedades cooperativas
que operaban en la mayor parte de las ciudades industriales bri-
tánicas, y por Þn se decidió a escribir un libro sobre el tema —que
luego se publicaría en 1891 con el nombre de El movimiento coope-

203
rativo en Gran Bretaña119—. Beatrice llegó a pensar seriamente que
la respuesta al problema de la pobreza estaba en una sociedad
basada en instalaciones industriales autogestionadas, donde los
propios trabajadores fueran dueños del capital —desapareciendo
así la Þgura del empresario capitalista—. Veía las cooperativas
como una forma de asociación democrática, un elemento más del
gran movimiento hacia la democracia industrial que había carac-
terizado la historia de la clase trabajadora británica del siglo XIX
(Polkinghorn y Lampen, 1998, 57). Esta gran fe en el cooperati-
vismo la encontramos también, de forma muy marcada, en otro
famoso economista decimonónico, Léon Walras.
Resulta curioso que Beatrice se interesara tanto por el movi-
miento cooperativista y sin embargo hiciera caso omiso del sufra-
gista, que por entonces era otro de los aspectos destacados de la
sociedad británica. Beatrice llegó incluso a Þrmar el maniÞesto
antisufragio promovido por la escritora Mrs. Humphrey Ward,
algo que enfureció a la economista Millicent Fawcett, sufragista
convencida. La pregunta es inmediata: ¿por qué una mujer como
Beatrice, independiente y de ideas sociales avanzadas, tomó esta
extraña postura? Polkinghorn y Lampen (1998) aportan tres posi-
bles razones. Primero, Beatrice era una intelectual rica que nunca
se había sentido discriminada. Segundo, no le interesaba la polí-
tica más allá de lo directamente relacionado con la reforma social
y no veía la necesidad de votar. Y tercero, la inßuencia de las ideas
de Spencer sobre la evolución social pudo también contribuir a su
falta de atención hacia el asunto del voto femenino.
A Þnales de la década de 1880 Beatrice dedicó también espe-
cial atención al estudio de la economía política. Aunque la con-
sideraba una materia odiosa —según maniÞesta en su diario en

119. En su autobiografía Beatrice cuenta que, en una conversación sobre su proyectado


libro con Alfred Marshall, por entonces profesor en Cambridge, éste intentó desanimarla
diciéndole: “A book by you on the Co-operative Movement I may get my wife to read to me
in the evening to while away the time, but I shan’t pay any attention to it”.

204
una entrada del 2 de julio de 1886— se daba cuenta de que debía
dominarla. De este trabajo nacerían dos artículos: ‘La historia de
la economía inglesa’ y ‘La teoría económica de Karl Marx’. Por
un lado, Beatrice —desde una concepción interdisciplinar— se
rebelaba contra la tendencia dominante a tratar la economía polí-
tica como una materia autocontenida, independiente y altamente
abstracta. Ella entendía que debía considerarse una rama insepa-
rable del estudio global del comportamiento humano en la socie-
dad y de las instituciones sociales. Además, cualquier intento de
construir una ciencia social debía estar fuertemente fundado en
la inducción a partir de una investigación empírica rigurosa. El
problema último era cómo usar los hechos para generar una teo-
ría relevante en términos de políticas prácticas; así, por ejemplo, la
medición sistemática de la pobreza urbana debía servir de guía
para la reforma legal. Por último, con respecto a Marx, Beatrice
rechazaba su teoría del valor trabajo por presuponer que los
deseos económicos siempre estaban presentes. Es decir, no bas-
taba incurrir en un coste de producción en la elaboración de un
trozo de tela para crear valor de cambio y la supuesta plusvalía.

4. E L ENCUENTRO CON S IDNEY W EBB : LA FORMACIÓN DE UN


TÁNDEM INTELECTUAL

Cuando Beatrice estaba trabajando en el tema del cooperativismo,


le aconsejaron que se pusiera en contacto con un tal Sidney Webb
(1859-1947), que también había investigado sobre esa misma
cuestión. Beatrice ya conocía ese nombre, pues había leído con
gran interés su contribución a los Ensayos fabianos sobre socialismo.
Por su parte, Sidney también había leído algunos de los trabajos
publicados por Beatrice hasta la fecha. Es decir, de algún modo
—a través de letra impresa— ya existía entre ambos una admira-
ción mutua en el terreno intelectual.

205
Beatrice y Sidney se conocieron físicamente un día de enero de
1890 y al poco tiempo se hicieron buenos amigos. Pero Beatrice
rechazó durante los dos años siguientes las continuas declaracio-
nes de amor de Sidney. Por Þn, el 23 de julio de 1892 se casaron.
La luna de miel consistió en un viaje a Dublín para comprobar
cuál era el funcionamiento de los sindicatos en dichas ciudades.
Según cuenta la propia Beatrice en su autobiografía, Sidney no
era un hombre atractivo. Le describe en su primer encuentro como
un tipo más bien bajito, de cabeza grande y cuerpo menudo, ojos
y boca prominentes, frente despejada, pelo negro algo desaliñado y
nariz “judía”, con anteojos y un abrigo negro “muy burgués”. Por
el contrario, la propia Beatrice es retratada por Ben Tillet —repre-
sentante de los trabajadores de los muelles de Londres cuando se
produjo la huelga de agosto de 1889— como una joven bella, esbelta
y elegante, de carácter despierto, ardiente y un tanto altivo.
El contraste externo entre los dos integrantes de la pareja debía resul-
tar signiÞcativo, y de hecho parece que Beatrice no se sentía atraída en
absoluto por Sidney. Como ya se ha apuntado, ella rechazó con claridad
sus insistentes demandas de matrimonio durante dos años, primero de
forma muy explícita —incluso a veces con cierto enfado— y luego de
forma más educada pero no menos taxativa. Sin embargo, cambiando
un tanto bruscamente de opinión, Beatrice aceptó por Þn la boda en
1892. Su padre, que seguramente se habría opuesto al enlace dadas las
opiniones radicales de Sidney y su falta de medios y posición en relación
al estándar de la familia Potter, había muerto la víspera de año nuevo. Las
condiciones en las que Beatrice accedía a desposarse quedan recogidas
en su diario privado en una entrada del 20 de junio de 1891: “No estoy
‘enamorada’, no como lo estuve [...] Nuestro matrimonio estará basado
en el compañerismo —las creencias comunes y un trabajo común—”.
Más tarde, en una carta a Sidney, le dejaba las cosas claras: “Te amo,
¡pero amo más mi trabajo!”120.

120. Citado en Polkinghorn y Lampen (1998, página 61).

206
En deÞnitiva, mientras Sidney había quedado prendado desde
un principio de los encantos de Beatrice, ésta aceptó el matrimo-
nio por pura conveniencia, quizá esperando que el roce hiciera el
cariño. Entre sus razones pudo estar el simple miedo a la soledad,
pero también las dudas acerca de la propia capacidad para llevar
adelante sola sus ambiciosos proyectos de trabajo intelectual. En
este sentido, Sidney se mostró enseguida como un apoyo impor-
tante: así, por ejemplo, Beatrice le pedía consejo sobre el mejor
modo de afrontar una conferencia o respecto a diferentes aspectos
de su libro sobre movimiento cooperativo (que un editor le había
propuesto escribir a sugerencia del propio Sidney). Y es que cier-
tamente Beatrice sentía por Sidney una gran admiración intelec-
tual. Según su propia confesión, lo que más le llamó la atención
de él fue su forma de hablar directa, su mente abierta y su carác-
ter imaginativo y afectuoso. Parece ser que Sidney transmitía una
sensación de profunda autocomplacencia, la autocomplacencia
propia de quien se sabe capaz de pensar mucho más rápido que
sus vecinos. Además, su falta de posición social y de atractivo
externo —exactamente lo contrario del gran personaje represen-
tado por Joseph Chamberlain— le daban, a los ojos de Beatrice,
un encanto singular. Por otra parte, no debe olvidarse que la edu-
cación de Sidney —formado en el City of London College, en
Suiza y en Alemania, donde se especializó en política, economía y
derecho— era esmerada, y que la sincera relación que éste man-
tenía con su círculo de amistades, los fabianos, impresionó desde
el primer momento a Beatrice.
Sidney, funcionario público en la Colonial OfÞce entre 1878 y
1891, compaginaba su trabajo con el activismo reformista, pero
después de la boda dejó su puesto y la joven pareja se consagró
por completo a la investigación y a la actividad política, viviendo
de la renta de 1.000 libras anuales que Beatrice había heredado
de su acaudalado padre. Según cuenta ella en su diario (en una
entrada del 1 de enero de 1901), decidieron no tener hijos no sólo
porque ese dinero no habría dado de sí para mantener con hol-

207
gura una familia y pagar simultáneamente los gastos de investiga-
ción y vida pública, sino sobre todo porque tras muchos sacriÞcios
ella había conseguido transformar su intelecto en una herra-
mienta de trabajo que probablemente el cuidado de los niños
habría acabado destruyendo.
El domicilio londinense de los Webb se convirtió enseguida en
un salón de encendida discusión del ideario socialista. Entretanto,
el tándem Beatrice-Sidney empezó a trabajar complementándose
a la perfección: parece que Beatrice tenía gran paciencia y celo
para el estudio de las instituciones y era una hábil interlocutora
de los líderes sociales, mientras Sidney poseía talento natural para
escribir y plantear preguntas relevantes para la investigación.
Pronto aparecieron los primeros frutos de la colaboración entre
ambos cónyuges, encarnados en extensas obras de gran erudición
que siguieron la pauta que la propia Beatrice se había marcado
a sí misma cuando era soltera: estudiar primero exhaustivamente
el sindicalismo, luego el gobierno local, y por último el fenómeno
de la pobreza. Así, el primer libro conjunto fue La historia del sin-
dicalismo, publicado en 1894, sobre el origen y crecimiento de los
sindicatos entre 1666 y 1920. Para escribirlo, los Webb rescataron
del olvido materiales y documentos antiguos de un enorme valor
para la historia industrial. En cualquier caso, la pretensión de este
estudio era servir de introducción al siguiente trabajo en colabo-
ración, Democracia industrial, de 1897, que versaba sobre la estruc-
tura, el funcionamiento y el papel de los sindicatos en la socie-
dad moderna. En él se defendía que el sindicalismo, con líderes
técnicamente formados y una postura responsable en los proce-
sos de negociación colectiva, llegaría a desempeñar una función
sobresaliente en la administración de la industria de los Estados
democráticos, convirtiéndose en auténtico servidor del bienestar
colectivo. También se atacaba la teoría del fondo de salarios —de
la que se derivaba la futilidad de la reivindicación sindical de
aumentos salariales—, que había sido predominante durante casi
tres cuartas partes del siglo XIX. Asimismo, se apuntaba ya con

208
total claridad la idea de un mínimo nacional, por ley y para todos
los ciudadanos, que incluyese aspectos como educación, sanidad,
ocio e ingreso salarial. Esta idea se iba a convertir luego en una
constante en las obras posteriores de los Webb.

5. LA SOCIEDAD FABIANA: HEREDEROS DEL SOCIALISMO UTÓPICO

La conversión de Beatrice al socialismo había empezado allá por


1883, en su etapa en Lancashire, cuando percibió la importancia
de las Factory Acts y de la actuación del Gobierno a la hora de
garantizar su cumplimiento. Ni las buenas palabras ni la exhor-
tación a empresarios y trabajadores eran suÞcientes: la explota-
ción laboral era la consecuencia lógica de permitir la actuación
incontrolada de la libre competencia. Como se verá más tarde,
Beatrice daría luego un paso más en sus ideas socialistas al defen-
der un ingreso nacional mínimo garantizado de forma legal para
todos los ciudadanos, que permitiera llevar una existencia civi-
lizada y sirviera al mismo tiempo de colchón en los recurrentes
periodos depresivos que caracterizaban al capitalismo. Por otra
parte, la fe de Beatrice en el cooperativismo le hacía conÞar en
una futura industria controlada por una “democracia de trabaja-
dores”, mientras se aÞanzaba también su convencimiento de que
la persecución del bien común y la eliminación de las prerrogati-
vas de clase y de los intereses sectoriales sólo se podía lograr si los
poderes públicos asumían un papel mucho más relevante.
Cuando Beatrice conoció a Sidney, éste era uno de los líderes
de la Sociedad Fabiana, un grupo socialista de características muy
peculiares. Por entonces —en una entrada de su diario del 15 de
febrero de 1890— Beatrice ya se declaraba abiertamente socia-
lista, no tanto por pensar que debían mejorarse las condiciones
de las masas trabajadoras, sino sobre todo por creer que “sola-
mente bajo la propiedad colectiva de los medios de producción

209
[podía] llegarse a la forma más perfecta de desarrollo individual,
al mayor estímulo del esfuerzo individual; en otras palabras, el
completo socialismo [era] lo único consistente con el individua-
lismo absoluto”.
Con todo, Beatrice “reconvirtió” su socialismo al peculiar
estilo fabiano: se integró en la Sociedad en 1892, se adhirió Þel-
mente a sus principios y pasó a ser un miembro destacado de la
misma durante el resto de su vida121. Pero, ¿qué era el socialismo
fabiano?
El socialismo fabiano, que representaba al socialismo no mar-
xista después de Marx, tuvo una notable y duradera inßuencia en
la transformación social. Emergió como una corriente “heredera”
del socialismo utópico de Robert Owen en Gran Bretaña, aunque
marcando las distancias con el pasado; el afán de transformar la
sociedad era el mismo, pero la concepción del propio cambio era
muy distinta: “La característica principal de todas [las propues-
tas del socialismo utópico] era su carácter estático. La sociedad
futura se presentaba como el equilibrio perfecto, sin necesidad
ni posibilidad de una futura alteración orgánica. [...] Ahora nin-
gún Þlósofo busca otra cosa que el desarrollo gradual del nuevo
orden partiendo del viejo, sin ninguna discontinuidad ni cambio
abrupto” (Webb, 1985 [1889], 58).
En 1884 un pequeño grupo de jóvenes intelectuales bri-
tánicos de clase media —incluso media-alta— fundaron la
Sociedad Fabiana, escindiéndose de la asociación La Vida
Nueva, que había sido creada anteriormente por el “profeta”
americano T. Davidson con objeto de regenerar la humani-
dad a partir de la enseñanza de una nueva moral, basada en
el amor, la sabiduría y la generosidad. Aparte de Beatrice y

121. La descripción del ideario fabiano tal como lo percibía Beatrice era ésta: “collective
ownership whenever practicable; collective regulation everywhere else; collective provision
according to need for all the impotent and sufferers; and collective taxation in proportion to
wealth, especially surplus wealth” (Webb, 1948, página 107).

210
Sidney, entre los miembros más destacados de la Sociedad
—que en su mayoría no llegaban a los treinta años— estaban
el famoso dramaturgo George Bernard Shaw (1856-1950), el
politólogo Graham Wallas, G. D. H. Cole, William Clarke, o
Annie Besant. Más tarde otro nombre ilustre, el del novelista
H. G. Wells (1866-1946), pasaría a engrosar las filas del grupo
hasta 1909, en que lo abandonó por la falta de agitación de
masas. También el gran economista John Maynard Keynes
llegó a simpatizar con la Sociedad, escribiendo algunos artí-
culos periodísticos en el semanario fabiano The New Statesman
durante la década de 1910. De él diría Beatrice: “Keynes no
trata los problemas económicos seriamente; juega al ajedrez
con ellos en sus horas de ocio. La estética es su único culto
serio” (Skidelsky, 1998, 16).
A primera vista se observa que no estamos hablando de
un movimiento obrero, sino de un conjunto de personas aco-
modadas que compartían la idea —en términos de exigencia
ética— de la necesidad de una acción comunitaria a favor de los
sectores sociales más desamparados. En este sentido, conviene
destacar que las crisis industriales que sufrió el Reino Unido en
1873, 1884 y 1887 contribuyeron a sensibilizar a buena parte de
la clase media, al poner de manifiesto la difícil situación de los
obreros no cualificados, muy afectados por el paro y la irregula-
ridad del empleo.
Los fabianos —uno más de los numerosos grupos socialistas
que aparecieron en aquellos años en Londres y que en general
tuvieron una existencia efímera— no nacieron con un programa
deÞnido, sino sólo con el objetivo genérico de lograr una sociedad
más justa a través de reformas sociales concretas. Los miembros
de la Sociedad se dieron un tiempo para prepararse adecuada-
mente y diseñar sus propuestas. Hasta 1889 no se publican por
primera vez los famosos Ensayos fabianos, que puede considerarse
el documento programático del grupo, si bien en 1887 habían
aparecido ya las bases de la Sociedad.

211
En este libro se deja traslucir una visión peculiar del socia-
lismo, que tiene muy poco que ver con la del socialismo de corte
marxista. Es cierto que los fabianos compartían el escándalo
moral de Marx frente a los males del capitalismo —al que veían
como causa de la desesperada pobreza, la excesiva desigualdad y
las condiciones inhumanas de trabajo—, y también identiÞcaban
la institución de la propiedad privada como la principal fuerza
motivadora de dichos males (Durbin, 1988, 67). Pero, aparte de
esto, diferían en casi todo de la concepción marxiana. Más bien,
algunos de sus puntos de vista reßejaban de algún modo los de
J. S. Mill, que había intentado tender puentes entre el socialismo
y el utilitarismo benthamita.
En primer lugar, más que imponer una determinada concep-
ción del mundo y operar una revolución política, abogaban por
reformas sociales graduales, en una actitud claramente pragmática.
Precisamente el nombre de “fabianos” viene del general romano
Fabius Maximus Cunctator, el Parsimonioso, que consiguió sus vic-
torias decisivas frente a Aníbal buscando reßexivamente el tiempo
y mejor modo de combate: es decir, los fabianos querían prepa-
rarse adecuadamente y actuar en el momento preciso, “ganando
como Fabio en la demora” (Gutiérrez y Jiménez, 1985, 20). Se
trataba, por tanto, de desarrollar un socialismo de corte refor-
mista, optando por un trabajo “lento” y pacíÞco en detrimento de
cambios dramáticos. “Evolución en vez de Revolución”, podría
ser una buena síntesis del leitmotiv fabiano. No hay que olvidar que
su reformismo está marcado por la austeridad puritana y por el
sentido puritano de implicación y responsabilidad ante el mundo
concreto en que se vive. Los Gobiernos y las instituciones quizá
podían destruirse en un solo día, pero conseguir la maquinaria
económica y administrativa propia del socialismo llevaría mucho
tiempo. Además, en cualquier caso, la progresión hacia el socia-
lismo era inevitable, y ya había habido algunos avances importan-
tes, como era la ampliación del sufragio derivada de las reformas
electorales de 1884-1885 y la creciente participación estatal en

212
la vida económica122. Es decir, a Þnales del siglo XIX el socia-
lismo no era una utopía, sino “una ola que avanza[ba] ya por
toda Europa”: “la corriente principal que ha[bía] estado llevando
a la sociedad europea hacia el socialismo durante los últimos cien
años [era] el progreso irresistible de la democracia” (Webb, 1985
[1889], 59-60). De algún modo, el fabianismo quería representar
una solución de compromiso entre el capitalismo individualista y
el socialismo revolucionario.
En segundo lugar, los fabianos entendían que el medio fun-
damental para llevar a cabo su labor debía ser la educación y la
propaganda a través de artículos, folletos, conferencias e institu-
ciones. “Educar, agitar, organizar” era su lema. En este sentido
es destacable que el matrimonio Webb fundara en 1895 la Lon-
don School of Economics and Political Science123 y el semanario
político The New Statesman en 1913. Se trataba de inßuir en la
opinión pública no tanto a través de una organización de masas,
sino a través de la educación selectiva de unos pocos (profesio-

122. Webb (1985 [1889]) dedica en su ensayo especial atención a detallar una larga lista
de actividades que el Estado y los municipios realizaban directamente —o bien Þscaliza-
ban— en la Gran Bretaña de Þnales del siglo XIX, poniendo así en cuarentena la arraigada
idea del modelo de país genuinamente liberal. Además, muchas de las leyes que otorgaban
un importante poder al Estado o a los municipios en la vida económica habían sido elabora-
das por hombres que no se consideraban a sí mismos socialistas, lo cual era otra prueba más
de que el socialismo avanzaba simplemente porque era resultado natural de la marcha de la
historia.
123. En 1894 Henry Hutchinson legó a la Sociedad Fabiana 10.000 libras. Beatrice y
Sidney propusieron que este dinero se dedicara a crear una nueva universidad en Londres
donde se enseñase economía política en términos modernos y socialistas, al tiempo que se
creaba una escuela de altos estudios comerciales. El cargo de director se le ofreció inicial-
mente a un destacado fabiano, Graham Wallas, pero éste rechazó el ofrecimiento. Se pensó
entonces en W. A. S. Hewins, un joven economista del Pembroke College de Oxford, que
aceptó la tarea. Beatrice anotó en su diario, en una entrada de febrero de 1900: “[Sidney]
ha persuadido a la Comisión Real para reconocer a la Economía como una ciencia y no
solamente como una materia en las facultades de humanidades. Nosotros siempre hemos
reivindicado que el estudio de la estructura y funcionamiento de la sociedad era una ciencia
tanto como el estudio de cualquier otra forma de vida”.

213
nales, clases cultas y dirigentes) con el Þn de favorecer a medio
plazo la puesta en práctica de reformas de gobierno. Los propios
Ensayos son deliberadamente sencillos en lo conceptual, buscando
llegar al entendimiento del común de los ciudadanos. Había que
“impregnar” a la gente de las nuevas ideas, acelerando el inevita-
ble proceso de desarrollo de la sociedad hacia el socialismo.
En tercer lugar, en lo teórico los fabianos se mostraron ecléc-
ticos. De ellos se ha dicho que “combinaron una onza de teoría
con una tonelada de práctica”, sin duda muy inßuenciados por la
Escuela Histórica Británica (Ingram, Toynbee, Cliffe Leslie, etc.).
Parece que Shaw contaba con escasos conocimientos de teoría
económica, y Sidney Webb —a pesar de haber recibido clases
de Edgeworth y Wicksteed— tampoco tenía un fuerte dominio de
esta materia. En cualquier caso, los fabianos desecharon clara-
mente desde un principio lo que Shaw llamó la “economía insu-
rreccional” predicada por los marxistas —rechazando de plano la
teoría del valor trabajo, con el corolario de la plusvalía y la teoría
de la explotación124—, pero no intentaron moldear su propia teo-
ría económica. Optaron más bien por adaptar algunos instrumen-
tos de la economía ortodoxa, despreciando las formalizaciones
más abstractas como “una completa pérdida de tiempo” (Durbin,
1988, 63). Por su parte, los economistas importantes del periodo
no se pararon a contestar a los argumentos fabianos, simplemente
los ignoraron; probablemente, a la manera de Schumpeter, la gran
mayoría consideraba el instrumental analítico neoclásico política-
mente neutral.

124. En lo que respecta al valor, los fabianos aceptaron la teoría jevoniana basada en la
utilidad marginal. Sin embargo, en su eclecticismo, aprobaron también dos de las ideas más
típicas del marxismo: la tendencia a la creciente concentración del capital y la aÞrmación
de que el paro forzoso era un aspecto inseparable del capitalismo. Para los fabianos, la gran
cantidad de trabajadores siempre disponibles hacía del trabajo casi un bien libre, por lo que
los salarios de aquellos que no disfrutasen de alguna renta de aptitud nunca serían superi-
ores al coste básico de su mantenimiento (vestido y alimento).

214
Según Stigler (1979 [1965]), en su crítica al sistema de libre
mercado los fabianos se centraron en un aspecto menor y no
característico del capitalismo como su mayor falla, a saber: la teo-
ría de la renta de la tierra de Ricardo. La inßuencia básica en
este sentido provino de Henry George125 y sus propuestas de un
impuesto único sobre este ingreso “no ganado” (inmoral). Ber-
nard Shaw (1985 [1889], 188) —“convertido” por George en su
primera conferencia en Inglaterra— aÞrma muy gráÞcamente lo
siguiente: “Lo que la consecución del socialismo implica econó-
micamente es la transferencia de la renta de la clase que actual-
mente la detenta a todas las personas. Siendo la renta aquella
parte del producto no ganado individualmente, éste es el único
método equitativo de disponer de ella”.
Los fabianos intentaron generalizar —sin éxito— la teoría
ricardiana de la renta diferencial a otros ámbitos, como el capital
y la cualiÞcación del trabajo. Así, de acuerdo con Sidney Webb,
el interés era un fenómeno esencialmente igual a la renta de la
tierra: entre los diversos capitales —instrumentos, máquinas,
construcciones, etc.— había diferencias de calidad y, por tanto,
de capacidad de producción. Lucas Beltrán (1989, 200-1), pen-
sionado en la fabiana London School of Economics durante el
curso 1931-1932, explica gráÞcamente el erróneo planteamiento
de Webb: “los obreros que trabajan con el mínimo de capital,

125. Henry George no propugnó la lucha de clases ni la abolición de la propiedad privada.


Defendió la competencia y el libre comercio, y nunca apeló a las fuerzas de la historia, sino a
la justicia social. Partiendo de la teoría ricardiana de la renta, defendió simplemente que se
gravase la totalidad de la renta pagada por el uso de la tierra —“factor original e indestruc-
tible”— con objeto de dar a la comunidad lo que era más un don de Dios que el producto
del esfuerzo del propietario (los fabianos, sin embargo, apostaron por la nacionalización
efectiva de la tierra). El impacto de las ideas de George en la Inglaterra de la década de
1880 fue muy importante, primero, porque la propiedad estaba muy concentrada en pocas
manos, y segundo, porque su mensaje coincidió con un renacimiento de los esfuerzos socia-
listas, que habían estado calmados desde la agitación de mediados de siglo de los cartistas,
los seguidores de Owen y los socialistas cristianos (Spiegel, 1973, página 582).

215
sin el cual el trabajo no es posible, ganan solamente sus salarios;
los que trabajan con mayores capitales, obtienen rendimientos
mayores, pero todo el exceso sobre salarios pueden exigirlo y lo
exigen los capitalistas en pago de los capitales que prestan. El
interés del capital es, pues, como la renta de la tierra, un ingreso
diferencial”126.
También podía hablarse de una renta de aptitud, esto es, la
diferencia entre los ingresos de personas con talentos o conoci-
mientos especiales y los de obreros no especializados con mínima
habilidad e inteligencia. Generalmente, esta ability rent era atri-
buible —según Webb— a la mejor educación que habían podido
recibir los hijos de los capitalistas. Pero incluso en el caso de que
se debiera a talentos naturales era inadmisible e inmoral desde
una perspectiva socialista. Con todo, la renta de aptitud sería la
última en desaparecer, pues al principio las personas con educa-
ción suÞciente para ocupar cargos directivos en las empresas esta-
tales o municipales serían pocas. Sólo con la difusión de la cultura
las diferencias de remuneración entre distintas clases de trabajo
irían desapareciendo.
El objetivo último de los fabianos era la socialización de todas las
rentas económicas por medio de la tributación o la nacionalización,
de forma que pudieran ser usadas para Þnes públicos (seguros socia-
les, provisión de capital para inversión pública, etc.). De cualquier
modo, no deja de ser llamativo que las dos principales corrientes
del socialismo moderno tuvieran su origen en teorías de Ricardo: la
corriente reformista en su teoría de la renta y la corriente revolucio-
naria en su teoría del valor fuertemente basada en el trabajo.
Para la Sociedad Fabiana, el carácter crecientemente mono-
polístico del capitalismo era uno de sus principales defectos endé-

126. Los clásicos, sin embargo, establecían una clara diferencia entre tierra y capital. Con-
sideraban que la tierra tenía una extensión y unas cualidades invariables que sus propietarios
no podían modiÞcar, mientras el capital era fruto de acumulaciones previas, y podía aumen-
tar con nuevas acumulaciones, o disminuir si no se sustituía el capital consumido.

216
micos, y precisamente por eso tenía interés intentar generalizar
la teoría ricardiana de la renta: se trataba de poner de maniÞesto
las adversas consecuencias distributivas del creciente poder de
monopolio en la sociedad capitalista, dado que generaba ingresos
económicamente innecesarios y éticamente injustiÞcables. Según
Clarke (1985 [1889]), con el crecimiento de las sociedades anóni-
mas y la formación de trust la propiedad se convertía en algo cada
vez más divorciado de la función empresarial, y el capitalismo
en algo cada vez menos acorde con la democracia y el interés
público. Ello proporcionaba una clara justificación para la
propiedad pública de la industria. Por otro lado, sin embargo,
la irresistible tendencia a la concentración empresarial facilitaba
las cosas: evidenciaba la dirección colectivista de la evolución
social, constituyendo una Þrme base organizacional e institucio-
nal para una eventual sustitución del mercado por el control y la
planiÞcación colectivos bajo los auspicios de un sistema democrá-
tico parlamentario. Además, la clara tendencia a la separación
entre propiedad y control en las sociedades anónimas —donde
la gestión quedaba en manos de asalariados— indicaba que la
expropiación de las empresas por parte del Estado no tenía por
qué suponer un trastorno en su funcionamiento.
A este respecto es preciso matizar algunos aspectos. Los
fabianos siempre fueron claros defensores de la eficacia, recha-
zando tajantemente la democracia obrera en la dirección de
las empresas públicas; ciertamente consideraban socialismo y
democracia como términos compatibles que debían ir absolu-
tamente unidos, pero el Parlamento —y no la empresa— era el
lugar de representación de los ciudadanos, y la gestión pública
debía igualar en eficacia a la privada. Asimismo, al hablar de
propiedad pública, más que referirse a una “nacionalización”
—que reservaban para un reducido número de industrias y ser-
vicios— hacían alusión a la “municipalización”. Dado que las
empresas públicas —financiadas a partir de los impuestos sobre
las rentas— no tendrían que soportar gastos ni de rentas ni de

217
intereses, podrían ofrecer mejores salarios y condiciones de tra-
bajo que las privadas.
Por otra parte, los miembros de la Sociedad Fabiana conÞaban
en una gradual extensión de la propiedad pública porque no creían
en el llamado mecanismo espontáneo de la “mano invisible”. El
mercado estaba en la raíz de la anarquía económica que carac-
terizaba los arreglos económicos contemporáneos: las decisiones
económicas atomísticas partían de la base de una ignorancia total
o relativa, y la consecuencia lógica era la descoordinación y la mala
organización de los medios de producción, con duplicación de plan-
tas y equipos y deÞciente utilización de tierra y capital. Igualmente,
en el ámbito de la distribución y el intercambio de productos se
producía una innecesaria multiplicación de intermediarios y una
enorme cantidad de dinero malgastada en dar publicidad a pro-
ductos rivales127 (Thompson, 1994, 205). Por todo ello, era precisa
—según Sidney Webb— “la gradual sustitución de la anarquía de
la lucha competitiva por la cooperación organizada”; la extensión
de la propiedad colectiva permitiría una producción ordenada y
racional, pero en tanto que aquélla avanzaba, los fabianos propo-
nían impuestos progresivos con objeto de apropiarse de las rentas.
La interpretación de la historia que hace Webb (1985 [1889]) en
los Ensayos es económica como la de los marxistas, aunque opuesta a
la concepción de la misma como lucha de clases. El socialismo era el
aspecto económico del ideal democrático, pero ni la democracia ni el
socialismo eran fruto de la ideología, sino resultado de factores econó-
micos y materiales. Así, por ejemplo, el maquinismo industrial, con el
predominio de la población urbana, había matado los últimos vestigios
feudales que aún subsistían en Inglaterra a Þnales del siglo XVIII128.

127. Con la idea de competencia imperfecta de Robinson la publicidad pasa a tener una
clara razón de ser desde un punto de vista puramente económico.
128. Las investigaciones históricas y las proposiciones prácticas de los fabianos se referían
siempre a Gran Bretaña.

218
Sin embargo, a pesar de esta suerte de materialismo histórico,
los fabianos no compartían la creencia marxista de que el capita-
lismo había de colapsar necesariamente: reconocían que las crisis
periódicas eran endémicas, pero estaban más impresionados por
el espectacular crecimiento a largo plazo y los beneÞcios derivados
del continuo cambio tecnológico (Durbin, 1988, 67). En este sen-
tido, Schumpeter —en Capitalismo, socialismo y democracia— opina
que los fabianos eran el tipo de socialistas que creían en el éxito
productivo del capitalismo, aunque deplorasen sus destructivos
resultados entre los más desfavorecidos.
Por otro lado, es importante destacar que en asuntos interna-
cionales la Sociedad Fabiana apoyó una política de corte clara-
mente imperialista, como en el caso de la cuestión irlandesa o en
la guerra de los bóers: la transición hacia el socialismo sería más
fácil y efectiva bajo la administración de un gran imperio común
que en multitud de pequeños países independientes.

6. LA ACTIVIDAD POLÍTICA, EL MINORITY REPORT Y EL NACIMIENTO


DEL MOVIMIENTO LABORISTA

En 1898 el matrimonio Webb emprendió un largo viaje de inves-


tigación —de un año de duración— por Norteamérica, Austra-
lia y Nueva Zelanda. El objetivo: descubrir diferentes formas de
organización del gobierno local. De esta experiencia y de trabajos
similares realizados en Gran Bretaña nacería El gobierno local inglés,
una monumental obra en siete volúmenes que irían haciendo su
aparición entre 1906 y 1929129. Paralelamente, durante estos vein-

129. Los cuatro primeros volúmenes, que aparecieron antes de 1920, describían el desarro-
llo del gobierno local en Inglaterra entre la revolución política de 1688 y el año 1835 (parro-
quias, condados, etc.). Los tres siguientes se relacionaban con la historia de la ley inglesa de
pobres de 1834 y otros aspectos similares (Polkinghorn y Lampen, 1998, página 63).

219
titrés años la vida pública de los Webb fue ganando enteros, hasta
llegar a convertirse en personajes de un gran peso político. Y es que
en términos generales la actividad política del grupo de los fabia-
nos se hizo especialmente intensa con el cambio de siglo, aunque
ya a Þnales del siglo XIX se hubiera dejado sentir su impronta de
moderación: como señala Álvarez Junco en el prólogo a la edición
castellana de los Ensayos, con los fabianos el socialismo despegó
de la imagen sangrienta y humeante de la Comuna, y concreta-
mente en el Reino Unido —donde la inßuencia de Owen había
sido de hecho mucho mayor que la de Marx— rompió deÞniti-
vamente “con el hechizo del marxismo”. En palabras de Bernard
Shaw, cuando nació el fabianismo el socialismo era un espectro
rojo, pero ellos consiguieron transformarlo en un “movimiento
constitucional al que podían aÞliarse los ciudadanos más respeta-
bles, sin poner en peligro el menor resquicio de su posición social
o espiritual” (cit. en Gutiérrez y Jiménez, 1985, 30).
En efecto, pese a sus evidentes carencias teóricas, los prime-
ros fabianos ejercieron una importante inßuencia en lo que iba
a ser el laborismo británico a lo largo del siglo XX: la Sociedad
Fabiana —con los Webb a la cabeza— participó activamente en
la constitución del Partido Laborista, constituyéndose en “el alma
del partido, trabajando por ‘impregnarlo’ todo lo posible de sus
ideas y, desde luego, ocupando puestos de responsabilidad dentro
del mismo” (Gutiérrez y Jiménez, 1985, 29). En febrero de 1900
se reunieron en Londres representantes de las Trade Unions, del
Partido Laborista Independiente, de la Federación Social Demó-
crata y de la Sociedad Fabiana. Se trataba de discutir la creación
de un gran partido obrero tras varias tentativas infructuosas. Por
Þn, en 1906, nació el Partido Laborista, que en 1922 obtuvo ya
más diputados en la Cámara de los Comunes que los liberales,
accediendo en 1935 al rango de partido tradicional de gobierno
en el sistema bipartidista británico. Poco después, durante los seis
años consecutivos en que gobernaron los laboristas —entre 1945
y 1951— casi todos los miembros de los sucesivos gabinetes eran o

220
habían sido en algún momento miembros de la Sociedad Fabiana.
Por otra parte, la huella de los fabianos en el revisionismo con-
tinental130 también fue importante, y tendió a converger con él a
medida que éste fue optando por mejoras sociales y económicas
a través de medios parlamentarios.
Pero al margen de la influencia ejercida en el desarrollo pro-
gramático y en la puesta en marcha del Partido Laborista, los
Webb participaron de forma muy activa en todo tipo de comi-
siones parlamentarias, y nunca renunciaron a trabajar estrecha-
mente con otros partidos políticos con tal de sacar adelante las
reformas que creían necesarias. Así, por ejemplo, cuando el Par-
tido Conservador ganó las elecciones de 1900, el matrimonio
Webb elaboró el borrador de lo que en 1902 se convertiría en la
Ley de Educación.
Poco después, en noviembre de 1905, se formó una Comisión
Real para estudiar la reforma de los mecanismos de alivio de los
pobres en Gran Bretaña. Beatrice fue llamada a formar parte de
la misma, trabajando intensamente con sus colegas entre 1906 y
1909131. Sin embargo, se mostró muy crítica con las conclusiones
Þnales obtenidas y se desmarcó de ellas, elaborando con Sidney
un detallado informe alternativo (el Minority Report) en el que se
pedía el Þn de la Ley de Pobres de 1834 —por ser un simple
“parche” que no activaba medios efectivos de prevención que
rompieran con el círculo vicioso de la miseria—, el estableci-
miento de oÞcinas de empleo a lo largo y ancho de toda Gran

130. El revisionismo consistió en el replanteamiento y la enmienda de las doctrinas de


Marx. Tuvo su principal foco en Alemania y su principal representante en Eduard
Bernstein (1850-1932). Bernstein se opuso a la interpretación materialista de Marx, y puso
en cuestión la idea de que la desaparición del capitalismo era “inevitable”. El socialismo, si
había de existir, debía ser una elección consciente, conducida a través del sistema político
y educativo.
131. En julio de 1909 Beatrice recibiría el grado de Doctor en Letras por la Universidad
de Manchester, en reconocimiento a su brillante labor en la Comisión Real sobre la Ley de
Pobres.

221
Bretaña —con objeto de lograr un uso eÞciente y coordinado de
los recursos laborales del país—, y la mejora de servicios esen-
ciales tales como educación y salud. A este respecto, plantearon
establecer el llamado “estándar mínimo de vida civilizada”, esto
es, un mínimo nacional en salud, vivienda, ingreso, ocio y edu-
cación, que luego sería calificado por lord Beveridge como la
principal contribución de los Webb al pensamiento social 132.
De hecho, se trataba del primer Libro Blanco sobre un sistema
de seguridad social de la cuna a la tumba, que incluía un sis-
tema de pensiones de ancianidad, una provisión presupuesta-
ria para el alivio médico que fuese administrada por las autori-
dades públicas sanitarias y un programa contra el desempleo.
En definitiva, la responsabilidad de la sociedad en su conjunto
en la labor de prevenir del desamparo en toda circunstancia
delicada —infancia, ancianidad, enfermedad, analfabetismo o
desempleo— una vez identificada la “línea de la pobreza” (Pol-
kinghorn y Lampen, 1998, 65). Es importante insistir en que en
el amplio esquema de seguridad social diseñado por Beatrice
se rechazaba la seguridad obligatoria y contribuyente (modelo
Bismark), abogando a cambio por una seguridad social finan-
ciada por ingresos públicos donde la cobertura —lejos de ser
un derecho— dependiera de un determinado comportamiento
del beneficiario (Spiegel, 1973, 586).
Para difundir las propuestas del Minority Report, los Webb esta-
blecieron el National Committee for the Prevention of Destitution.
La intensa campaña propagandística levantó una gran contro-
versia, que fue aprovechada por los contrarios al informe para
intentar desacreditar a Sidney, pidiendo que dejara la presidencia
de la London School of Economics. Fuera o no por esta razón,

132. En palabras de Beatrice: “[...] to secure a national minimum of civilized life [...] open
to all alike, of both sexes and all classes, by which we meant sufÞcient nourishment and tra-
ining when young, a living wage when able-bodied, treatment when sick, and a modest but
secure livelihood when disabled or aged” (Webb, 1948, páginas 481-482).

222
lo cierto es que a partir de 1911 los Webb pasaron a un segundo
plano en la vida de la institución.
En 1913 Beatrice impulsó el Departamento Fabiano de Inves-
tigación con una orientación claramente aplicada, y durante la
Gran Guerra y los años inmediatamente posteriores sirvió en
varios comités gubernamentales, como el War Cabinet Commit-
tee on Women in Industry (1918-1919) o el Lord Chancellor’s
Advisory Committee for Women Justices (1919-1920). De esta
época datan también algunos panßetos de Beatrice sobre temas
diversos —muy a menudo relacionados con sus trabajos para el
Gobierno—, destacando especialmente El trabajo y el nuevo orden
social (1918), Los salarios de hombres y mujeres: ¿deberían ser iguales?
(1919) y Constitución para el Estado socialista de Gran Bretaña (1920).
En 1921 publicó con su marido El movimiento cooperativo de consu-
midores, y en 1923 otro libro de gran impacto, La decadencia de la
civilización capitalista.
Por su parte, Sidney Webb pasó a ser miembro del Parlamento
en 1922, ocupando luego cargos importantes en los dos primeros
Gobiernos laboristas de la historia. Así, cuando en 1924 Ramsay
McDonald llegó a ser primer ministro de Gran Bretaña, Sidney
fue nombrado President of the Board of Trade. Más tarde, en
el segundo Gobierno de McDonald (1929-1931) se le asignó la
Secretaría de Estado para las Colonias. En 1929 se le concedió
el título nobiliario de barón de PassÞeld, y hubo de abandonar
la Cámara de los Comunes por la de los Lores. Beatrice, sin
embargo, rechazó “por principios igualitarios” el correspondiente
título de lady PassÞeld, aunque en realidad parecían preocuparle
mucho las formas ligadas a las diferencias de clase: Jennie Lee la
recuerda en aquellos años empeñada en enseñar a las mujeres
más humildes de los nuevos miembros laboristas del Parlamento
normas de cortesía y comportamiento, así como consejos sobre el
buen vestir: caso de que fueran invitadas al palacio de Buckingham
o a cualquier otro gran acto social, debían dar una impresión
“adecuada” a su nueva posición.

223
Es evidente que la intensa actividad política de Beatrice y Sidney
durante el primer tercio del siglo XX restó tiempo a sus trabajos
e investigaciones, y así lo lamentaba la propia Beatrice en sus
diarios, justiÞcándolo al mismo tiempo con convencimiento en
virtud de los intereses superiores del socialismo y del movimiento
laborista. Beatrice llegó a temer incluso que la fulgurante carrera
política de Sidney pudiese enfriar su relación y estancar su tra-
bajo juntos.
Respecto a la notable inßuencia política de los Webb y del resto
de los fabianos, Schumpeter (1984 [1942], 410) concluye que no
hubiera sido tal de no haber actuado en un momento especial-
mente propicio:
“El esfuerzo socialista de tipo fabiano no habría signiÞcado
nada en otra época cualquiera. Pero signiÞcó mucho durante las
tres décadas que precedieron a 1914, porque las cosas y las almas
estaban dispuestas para ese tipo de mensaje y no para un mensaje
ni más radical ni menos radical. La formulación y organización
de la opinión existente era lo único que se necesitaba para con-
vertir las posibilidades en una política articulada, y los fabianos
proporcionaron esa “formulación organizadora” de la manera
más acabada. Eran reformadores y el espíritu de la época los
hizo socialistas. Fueron socialistas auténticos porque aspiraban
a [...] hacer de la gestión económica un asunto público. Fueron
socialistas de voluntad, y, por lo tanto, en cualquier etapa anterior
habrían entrado dentro del concepto marxista de utopistas”.

7. LA UNIÓN SOVIÉTICA, LAS DISENSIONES INTERNAS Y EL FIN DEL


FABIANISMO

Durante los primeros años de la Revolución Rusa —un cambio


institucional brusco en un clima de enorme violencia y desor-
den— los Webb se habían mostrado abiertamente antibolchevi-

224
ques, pues consideraban a éstos como revolucionarios incapaces
de un trabajo serio, metódico y gradual. Sin embargo, la crisis
económica y política de 1931, que desbancó a los laboristas del
poder, hizo perder confianza a los Webb en la posibilidad de
cambios graduales. Además, cuando en 1932 el anciano matri-
monio fue invitado por Stalin a visitar la Unión Soviética, sacó
una idea bastante positiva del país: la falta de libertad política
parecía evidente, pero ambos quedaron impresionados por la
rápida mejora en los servicios sanitarios y en los niveles educati-
vos, así como por la posición de igualdad política y económica
que disfrutaba la mujer. Por ello, al regresar a Gran Bretaña se
pusieron a escribir Comunismo soviético: ¿una nueva civilización?, un
libro entusiasta que apareció en dos volúmenes en 1935, y en el
que se predecía que el sistema de producción planiÞcada para el
consumo comunitario se extendería por todo el mundo de modo
no revolucionario a través de sucesivas reformas. Incluso después
de las sangrientas purgas estalinistas y de la Þrma del pacto nazi-
soviético, los Webb continuaron apoyando el experimento econó-
mico que representaba la URSS, y en 1942, ya en plena Segunda
Guerra Mundial, publicaron la que sería su última obra, La verdad
sobre la Unión Soviética. Un año después, el 30 de abril de 1943,
moriría Beatrice a los 85 años, y en 1947, Sidney, a los 88, siendo
enterrados juntos en la abadía de Westminster a instancias de
Bernard Shaw.
La admiración incondicional del matrimonio Webb por los
logros soviéticos fue origen de importantes disensiones internas
dentro del socialismo fabiano, que hasta entonces siempre había
mantenido su propia línea en un esfuerzo por separar la cuestión
social y económica (la lucha contra la injusticia y la miseria) de
otros asuntos de distinto carácter (ÞlosóÞco, religioso y político),
sobre los que cabía mantener posturas personales muy diversas.
Estas disensiones internas constituyen el primer factor explicativo
de la desintegración efectiva del movimiento fabiano en los últi-
mos años treinta del siglo XX (aunque la Sociedad Fabiana siguió

225
existiendo formalmente, llegando hasta nuestros días). En segundo
lugar, los fabianos poco a poco fueron perdiendo ascendencia en
el Partido Laborista, al tiempo que miembros destacados del acti-
vismo sindical y de la clase trabajadora mostraban una creciente
desconÞanza hacia la actitud paternalista de la Sociedad Fabiana.
En tercer lugar, los Webb perdieron el control de la London School
of Economics cuando Cannan, y sobre todo Robbins, dieron una
orientación jevoniana a la institución; además, la inßuencia inte-
lectual de los fabianos en los años treinta se vio completamente
ensombrecida por la Þgura de Keynes. Por último, en cuarto
lugar, el trabajo de los fabianos en cierto modo se vio “comple-
tado” cuando muchas de las reformas que habían defendido fue-
ron puestas en práctica durante y después de la Gran Depresión.
Así, en los años cuarenta el establecimiento de un amplio Estado
del bienestar en Gran Bretaña siguió en gran medida las líneas
marcadas en 1942 por el famoso Informe Beveridge133.

133. W. H. Beveridge fue un fabiano destacado. Director de la London School of Econo-


mics entre 1919 y 1937, elaboró el plan de seguros sociales “desde la cuna hasta la tumba”
que lleva su nombre.

226
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APÉNDICE
PRINCIPALES TRABAJOS PUBLICADOS POR BEATRICE POTTER WEBB
Y SIDNEY JAMES WEBB:

Beatrice Potter Webb, 1858-1943


• Cooperative Movement in Great Britain, 1891.
• Wages of Men and Women: Should they be equal?, 1919.
• My Apprenticeship, 1926.
• Our Partnership, 1948.

Sidney James Webb, 1859-1947


• Facts for Socialists, 1887.
• Problems of Modern Industry, 1898.

Sidney James Webb y Beatrice Potter Webb (coautores):


• History of Trade Unionism, 1894.
• Industrial Democracy, 1897 (2 volúmenes).
• English Local Government, 1906-29 (7 volúmenes).
• The Manor and the Borough, 1908.
• The Break-Up of the Poor Law, 1909.
• The Cooperative Movement, 1914.
• Works Manager Today, 1917.
• The Consumer’s Cooperative Movement, 1921.
• The Decay of Capitalist Civilization, 1923.
• Methods of Social Study, 1932.
• Soviet Communism: A new civilization?, 1935 (2 volúmenes).

229
Rosa Luxemburgo y el pensamiento marxista
Estrella Trincado Aznar

1. INTRODUCCIÓN

Rosa Luxemburgo (1871-1919) no necesita presentación. De


hecho, tal vez sea la única economista que resuena fuera del ámbito
académico de la economía. Lo que no quiere decir que su sexo
no fuera un freno a la extensión de sus ideas, incluso dentro del
mundo socialista. Tendría que ser otra mujer, Joan Robinson, que
publicó el libro más conocido de Rosa Luxemburgo, La acumula-
ción del capital, en 1951 la que reconociera en una introducción de
15 páginas que Rosa había explorado casi por vez primera temas
tan importantes en la economía como el incentivo a la inversión
y que había creado una teoría del desarrollo dinámico del capita-
lismo, dando especial importancia al crecimiento de la demanda
efectiva, con lo que anticiparía los modelos de crecimiento del
siglo XX (ver Polkinghorn et ál, 1999).
Rosa Luxemburgo ha sido estudiada por los historiadores del
socialismo, especialmente en Alemania (creó el Partido Comu-
nista Alemán), y por los antimilitaristas (se opuso a la Primera

231
Guerra Mundial), y fue usada por los movimientos de los sesenta
y setenta como emblema. Tiene muchos defensores pero también
acérrimos opositores. El pensamiento luxemburguiano no ha sido
muy aceptado por los que han tentado el poder socialdemócrata,
cuyo oportunismo señaló y que serían artíÞces de su muerte. Sus
ideas fueron repudiadas muy especialmente por el comunismo y
bolcheviquismo, un sistema planiÞcador al que criticó y que ha
perdurado 70 años dentro del peor terror de Estado de la historia
humana. El pleno del ejecutivo de la III Internacional de 1925
condenó, de hecho, el luxemburguismo como una herejía134.

2. EL GRAN INTERROGANTE Y ‘LEITMOTIV’ DE ROSA LUXEMBURGO

Las autoras más relevantes del periodo clásico —Jane Marcet,


Harriet Martineau y Millicent Fawcett— eran británicas que
escribieron cuando la economía y el mismo capitalismo se encon-
traban en estado de desarrollo. Basaban su ideología en el indivi-
dualismo metodológico y, como Adam Smith, consideraban que
la economía como ciencia estaba cercana a la Þlosofía moral, de
la que derivaba. Por tanto, la forma en que se expresaban en
una época de pasiones reÞnadas —el siglo XVIII y principios del
XIX— era a través de la literatura “galante”.
Sin embargo, las autoras relevantes posteriores —Beatrice
Webb, Rosa Luxemburgo y Joan Robinson— tienen en común que
eran colectivistas en varios grados. Describían un camino hacia la
libertad bien distinto del de las liberales clásicas (ver Dimand et ál,
2000). Escribían en un periodo en el que se estaba desarrollando el

134. “Por supuesto, la clase dominante —sea yanqui, alemana, japonesa, mexicana o lo
que fuere— no tiene el menor interés en decir la verdad sobre Rosa Luxemburgo. (...) Pero
los detractores de Luxemburgo provienen también de muchas tendencias de la izquierda
tradicional” (Luxemburgo, 1976, Tomo 1, introducción de Mary-Alice Waters).

232
industrialismo, un momento histórico que llevó a la extensión del
trabajo de larga jornada laboral en industrias hacinadas. En rea-
lidad, el salario había crecido, y lo que parecían “obreros indus-
triales explotados”, eran ex campesinos huidos del aislamiento
de la aldea, cuya vía de escape para mejorar su situación era ese
trabajo industrial. Sin embargo, a ojos vista, todo señalaba que
el capitalismo naciente incurría en unos excesos inaceptables. Por
eso, mientras la economía ortodoxa se expresaba a través de esos
escritos y escritoras moderadas, se desarrollaba una rama crítica
del capitalismo en lo social, económico y político135.
La crítica socialista llegaría a su punto álgido con los escritos de
Karl Marx. Marx no “repudiaba” el capitalismo: lo consideraba
una fase necesaria y positiva por la que tendrían que pasar todos
los países. Pero el capitalismo, decía Marx, es un sistema basado
en la explotación de la mano de obra, dado el doble carácter del
trabajo según sea expresado en valor de uso o de cambio. Marx
deÞnió un concepto que sería fundamental en su análisis, el de la
plusvalía, como la diferencia entre lo que el trabajador produce
y lo que el empresario le paga como salario, que en el capita-
lismo es sólo el salario de subsistencia que reproduce y mantiene
la mano de obra para el siguiente proceso productivo. Como el
trabajo es la única fuente de valor y plusvalía dentro del sistema
capitalista y el capitalismo es incapaz de dar empleo a la mano
de obra, este sistema se autodestruye. Es decir, Marx predijo que
las crisis económicas cada vez más extensas del capitalismo lle-
varían a una revolución que presagiaría su Þn y el nacimiento de

135. Esa crítica, sin embargo, también provino del conservadurismo que parecía sufrir nos-
talgia de aldea. Por ejemplo, entre los conservadores, Carlyle temía el cambio al nuevo siste-
ma mientras hablaba de la economía como la “ciencia lúgubre”, comparándola con el arte,
“ciencia alegre”. Eso sí, a esa crítica le añadía la defensa de la esclavitud y del genocidio en
Jamaica (Carlyle, 1853, 1956 y 1971). Dickens, en Tiempos difíciles, se sumaba a la crítica de
Carlyle aÞrmando que la economía es una “ciencia lúgubre”, frente a la literatura, “ciencia
alegre”. Al mismo tiempo, este literato también defendía la esclavitud y el genocidio, eso sí,
muy alegremente (ver Levy, 1999 y 2000).

233
un sistema económico, el socialismo, que él creía que sería más
humanizado. O, más bien, “deseaba” que fuera más humanizado
—y brindamos esas comillas a su entrecomillado del “utopismo”,
al que criticó pero en el que incurrió—.
La pregunta que dejaba en el aire Marx era cuándo acabaría el
capitalismo. Rosa Luxemburgo comenzó su andadura intelectual,
precisamente, intentando resolver ese interrogante de por qué la
revolución no parecía más cercana en el siglo XX de lo que lo
pareció en el XIX. A la pregunta de si sería posible la llegada del
socialismo a través de una reforma en vez de con la revolución
que auguraba Marx, Rosa respondió, deÞnitivamente, “no”. AÞr-
maba que una reforma del capitalismo sólo lo alteraría, pero no
traería el socialismo democrático que ella deseaba.
Con el tiempo, para conseguir ajustarse al marxismo ortodoxo, el
pensamiento de Rosa Luxemburgo tuvo que evolucionar de modo
que ella misma tuvo que criticar el modelo económico de Marx.

3. SUS PRIMEROS PASOS Y LA CUESTIÓN NACIONAL

“PersoniÞcación de la unidad entre la teoría y la práctica, vida y


obra de Rosa Luxemburg requieren una descripción de sus activi-
dades tanto como de su pensamiento: ellos son inseparables. (...)
Una “socialista cientíÞca”, como Rosa Luxemburg, cuyo motto fue
“dudar de todo”, no podría haber deseado nada mejor que una
evaluación crítica de su trabajo”136.
Rosa Luxemburgo nació en 1871 dentro de una familia culta137.

136. Introducción de Clif (1971).


137. Rosa nació pocos días antes de que los obreros franceses proclamaran la Comuna de
París y murió poco más de un año después de la conquista del poder por los bolcheviques
rusos en la Revolución de Octubre.

234
Era hija de un mercader judío, relativamente próspero, en la
pequeña ciudad polaca de Zamosc, cerca de la frontera con
Rusia. Sin embargo, en aquella época, la parte de Polonia en la
que nació Rosa pertenecía a la Rusia zarista138.
A los dos años, su familia se trasladó a Varsovia, donde mejo-
raron sus posibilidades tanto económicas como de educación.
Pero tras su llegada, Rosa cayó enferma. Los médicos le diag-
nosticaron una tuberculosis, que resultó ser una inflamación de
la cadera que no fue tratada correctamente. Como resultado, la
articulación no se encajó bien y Rosa anduvo con una pequeña
cojera el resto de su vida. Echó la culpa a sus padres por no
haber pedido una segunda opinión y creyó que su cojera había
facilitado a la policía su identificación en esa continua huida en
la que se convirtió su vida.
En la casa de los Luxemburgo, la educación era muy impor-
tante, y Rosa consiguió ser admitida en una escuela donde las
lecciones se daban en ruso y los estudiantes ni siquiera podían
hablar en polaco. Los Luxemburgo hablaban alemán en casa y
parece que Rosa también conocía el judeoalemán (yíddish). No
nos consta que lo usara en su casa, pero parece ser que cuando
estaba en la cárcel hablaba con algunos prisioneros compañeros
suyos en judeoalemán, dado que los guardias no lo hablaban.
Sus estudios la hicieron conocer los escritos de Adam Smith y
otros Þlósofos morales, y sus inclinaciones la llevaron a los escritos
radicales, donde leyó a Marx y Engels. En su periodo de estudio,
ya se involucró activamente en la política y, aunque consiguió
aprobar meritoriamente sus exámenes, se le negó el reconoci-

138. En 1772, el país cayó bajo la dominación rusa, lo que trajo consigo el primer reparto
de Polonia entre Austria, Prusia y Rusia. Napoleón independizó en 1807 una pequeña por-
ción de Polonia y creó el ducado de Varsovia, pero éste volvió a formar parte de Rusia en los
Tratados de 1815. Hubo varias insurrecciones polacas aplastadas sangrientamente, como la
de 1830 y la de 1863. Hasta el Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial, no se
dio la independencia a Polonia.

235
miento público de sus logros, se decía que “por su actitud rebelde
hacia las autoridades”.
Cuando las actividades de Rosa se hicieron conocidas por las
autoridades locales, temió que la arrestaran y, como otros exi-
liados políticos, se fue a Zúrich (Suiza). Allí se convirtió en una
emigrada estudiante en un tiempo en el que las ideas socialistas
estaban en su punto álgido. Los estudiantes discutían las ideas
socialistas y las tácticas mejores para traer la revolución Þnal, o
cómo debían ser educados los trabajadores y qué papel tendrían
los intelectuales. Se preguntaban cuán centralizado o democrático
debía ser el Gobierno. Para Rosa Luxemburgo ésos eran temas
fundamentales y, aunque estudió literatura, botánica, geología y
matemáticas, nunca le interesaron tanto como la economía polí-
tica, que ella creía que podría —y debía— cambiar el mundo.
Allí encontró también a Leo Jogiches, un organizador político
que tenía 23 años, mientras ella tenía 20. Él le enseñó la práctica
revolucionaria. Sin embargo, mantuvieron diferencias de criterios
en cuanto a la organización de la revolución: Jogiches era “todo
organización” y, sin embargo, Rosa era “todo desorganización”.
Hasta el Þnal, sus vidas profesionales y personales quedaron
entrelazadas. Pero su relación empezó a deteriorarse con el éxito
profesional de Rosa, algún tiempo después. Jogiches no soportaba
estar en la sombra y ella se sentía culpable. Rosa se debatió entre
mantener su vida profesional y su vida personal y, Þnalmente,
ganó la profesional, dado que Leo y Rosa se separaron cuando
ella acabó el libro de La acumulación de capital.
Rosa Luxemburgo se doctoró en Filosofía y Derecho por la
Universidad de Zúrich en 1897 con la tesis El desarrollo industrial de
Polonia, su primera contribución a la economía. Consiguió inme-
diatamente que se la publicaran y fue reseñada en Alemania,
Polonia y Rusia. En la tesis, analizaba el crecimiento de la indus-
tria polaca en el siglo XIX, demostrando que la Polonia rusa se
había hecho tan dependiente del mercado ruso que las demandas
políticas de independencia eran poco realistas. Su oposición a la

236
independencia de Polonia fue poco popular entre los socialistas
nacionalistas polacos e hizo que muchos de los que podrían haber
sido sus aliados naturales se enfrentaran a ella. En el punto de la
cuestión de las nacionalidades, Rosa Luxemburgo divergía de
Lenin: según Luxemburgo, la autodeterminación de los pueblos
era una herencia de la revolución burguesa, no una reivindicación
socialista. Lenin escribió un opúsculo, El derecho de autodetermina-
ción, criticando a Rosa Luxemburgo por su defensa de la sumisión
polaca a Rusia.
Cuando acabó sus estudios, Rosa Luxemburgo se trasladó a
Berlín, centro del movimiento socialista. Para conseguir la ciuda-
danía alemana y evitar la deportación, contrajo matrimonio con
el hijo de un amigo, aunque, que sepamos, nunca vivió con este
marido de conveniencia, y siguió su relación con Leo Jogiches.

4. REFORMA O REVOLUCIÓN

En este periodo, Rosa Luxemburgo realizó diversas actividades


revolucionarias, pero también intelectuales. Entre otras cosas,
escribió en 1900 Reforma o revolución, un pequeño escrito condena-
torio de las teorías revisionistas de los textos de Marx, teorías de
autores contemporáneos suyos, como Eduard Bernstein.
Bernstein planteaba dos ideas heréticas según Rosa Luxemburgo139.
Una era su crítica a la estructura dialéctica de las teorías de
Marx, la metodología de opuestos que producen un movimiento
de liberación sin llegar a tocarse, que Rosa Luxemburgo creía
fundamental para la revolución marxiana del pensamiento.

139. “Si es cierto que las teorías son sólo imágenes de los fenómenos del mundo externo
en la conciencia humana, debe añadirse, en lo que respecta al sistema de Eduard Bernstein,
que las teorías a veces son imágenes invertidas” (Luxemburgo, 1937, página 7).

237
La otra era la idea de que el socialismo puede lograrse refor-
mando el capitalismo. Los adherentes de las teorías revisionis-
tas, aunque eran marxistas, creían que debían modiÞcarse los
argumentos planteados por Marx y que el capitalismo tenía más
potencial de sobrevivir de lo que Marx supuso. Creían que el
capitalismo podía modiÞcarse para conseguir una redistribución
de la renta y riqueza. Defendían la reforma por medio de la pre-
sión continua de las trade unions y cooperativas de productores y
consumidores. La reforma se podía conseguir modiÞcando el sis-
tema existente y evitando la revolución que los marxistas orto-
doxos creían necesaria.
Rosa Luxemburgo, sin embargo, critica estas ideas, mantenién-
dose en la ortodoxia marxista. AÞrmaba que un posible camino
evolutivo al socialismo era una renuncia real al socialismo, dado
que el sistema de trabajo asalariado se mantendría140. Por otra
parte, decía Rosa Luxemburgo, aÞrmar que el capitalismo no
colapsará es aÞrmar que el socialismo “no” es históricamente
necesario, frustrando las esperanzas del marxismo y considerando
factible una realidad permanentemente alienada, sin salvación.
Por último, y lo que es más importante, dice Rosa Luxemburgo,
Marx, y los economistas clásicos antes que él141, había demos-
trado que las leyes redistribuidoras no logran una mejora social:
los bajos salarios dependen de factores económicos ineludibles,
no de las leyes humanas, y éstas pueden, incluso, llegar a crear un

140. “No es cierto que el socialismo surgirá automáticamente de la lucha diaria de la


clase obrera. El socialismo será consecuencia de (1) las crecientes contradicciones de la
economía capitalista y de (2) la comprensión por parte de la clase obrera de la inevitabilidad
de la supresión de dichas contradicciones a través de la transformación social. / Cuando,
a la manera del revisionismo, se niega la primera premisa y se repudia la segunda, el mov-
imiento obrero se ve reducido a un menor movimiento cooperativo y reformista. / Aquí
nos desplazamos en línea recta al abandono total de la perspectiva clasista” (Luxemburgo,
1976, Tomo 1, página 80).
141. A pesar de que Mill renunció al Þnal a la idea de fondo de salarios que dependen del
capital existente, lo que para Marx era un signo de debilitamiento de la economía política.

238
inmovilismo que perjudique al conjunto de los trabajadores, aun-
que en el corto plazo beneÞcie a trabajadores particulares142.

5. EL ESPONTANEÍSMO

Rosa Luxemburgo se convirtió en líder del ala izquierdista de los


socialistas germanos, participando en cualquier tarea que creyese
que adelantaría la revolución del proletariado contra la burgue-
sía. Fue líder de los asuntos de los partidos polaco, ruso y alemán,
organizadora de actividades de masa, defensora de las huelgas,
y escritora en varios periódicos. Después de la Revolución Rusa
de 1905, que se convertiría en un ensayo de la de 1917, Rosa
Luxemburgo se trasladó a Polonia, donde fue detenida por haber
tomado parte en la insurrección contra el Gobierno zarista. Allí
se le plantean los temas que serían más característicos del pensa-
miento luxemburguiano, como son la cuestión del espontaneísmo
de la clase obrera y el de la organización, puntos en los que se
enfrentó sistemáticamente a Lenin. En la revolución se hizo fun-
damental la organización de todo, y el ejecutivo hizo signos de
querer incrementar el poder de los líderes de las trade unions en
el partido, una fuerza conservadora, según Luxemburgo. Rosa
Luxemburgo veía la espontaneidad como la forma revolucionaria
de oponerse a esa burocracia sindical. Según ella, la acción revo-
lucionaria debe pasar por un auténtico movimiento de masas y no

142. Luxemburgo da especial importancia a la técnica. “Es obvio que en la técnica de


producción, el interés del capitalista está de acuerdo, hasta cierto punto, con el progreso
y desarrollo de la economía capitalista. Es su propio interés el que le lleva a realizar me-
joras tecnológicas. Pero el trabajador aislado se encuentra en una posición absolutamente
diferente. Cada transformación técnica contradice sus intereses. Agrava su situación desa-
mparada al depreciar el valor de su fuerza laboral haciendo su trabajo más intenso, más
monótono y más difícil” (Luxemburgo, 1937, página 17).

239
por el estrecho marco del aparato del partido socialdemócrata y
de los sindicatos; las huelgas deberían tener como primer objetivo
el derrocamiento del Estado burgués, por lo que el problema de
la organización no debería ser asunto de la jefatura sindical, sino
que estaría en función de la interacción entre el movimiento glo-
bal de la clase obrera y el grado de desarrollo de la conciencia de
clase en un momento dado (“Huelga general”, 1906).

“Un concepto rígido, mecánico y burocrático sólo reco-


nocerá la lucha como producto de cierto nivel de organiza-
ción. Por lo contrario, los desarrollos dialécticos en la vida
real crean organizaciones como producto de la lucha” (cit.
en Dunayevskaya, 1985).

Pero Rosa Luxemburgo se enfrentaba a la jefatura sindical no


sólo porque era conservadora, sino porque únicamente se preocu-
paba por los obreros organizados, no por los no organizados,
desde lo que se dio en llamar el lumpen proletariado (las capas
urbanas más pobres excluidas del proceso productivo directo,
hoy en día trabajadores marginales y peor retribuidos) hasta el
artista, tan revolucionarios, según Rosa, como el proletariado.
Es decir, los sindicatos no tendrían, según Rosa Luxemburgo,
más finalidad que hacer surgir la conciencia revolucionaria de
los trabajadores143.

143. Pero, junto con su ofensiva contra el sindicalismo, Rosa Luxemburgo, curiosamente,
también atacaba al cooperativismo. “El socialismo de Bernstein se realizará con ayuda de
dos instrumentos: los sindicatos —o, al decir de Bernstein, la democracia industrial— y
las cooperativas. Los primeros liquidarán la ganancia industrial, las segundas liquidarán
la ganancia comercial. Pero en la economía capitalista (...) los obreros que forman una
cooperativa de producción se ven así en la necesidad de gobernarse con el máximo
absolutismo. Se ven obligados a asumir ellos mismos el rol de empresario capitalista, con-
tradicción responsable del fracaso de las cooperativas de producción, que se convierten en
empresas puramente capitalistas o, si siguen predominando los intereses obreros, terminan
por disolverse. (...) Dentro del marco de esta sociedad, las cooperativas de producción se

240
Sin embargo, la división entre menchevismo y bolchevismo
ante la “cuestión organizativa” y la verdadera filosofía de la
revolución se produjo en el Congreso de 1907. Rosa Luxem-
burgo se separaría tanto de los mencheviques como de los bol-
cheviques (Lenin). Para ella el proletariado debía estar apoyado
por los campesinos, aunque luego se aboliera la propiedad pri-
vada de la tierra. Pero la burguesía no podía desempeñar el
papel de dirigente del movimiento proletario. La relación de
los tres estamentos (proletariado, campesinado y burguesía) que-
daba definida, no de acuerdo con deseos e intenciones aisladas
de aquellas clases, sino de acuerdo con su situación objetiva.
Como Marx, Luxemburgo creía importante que la revolución
se viera inscrita dentro de una lucha de clases histórica, en la
que el individuo se perdiese y la propia necesidad histórica de la
revolución crease en el proletariado una “confianza de clase”.
Las personas no eran personas que sufrían: eran “revoluciona-
rios” o “proletarios”.
Más tarde, en 1913, Rosa rompería con Kautsky escribiendo
La huelga de masas, el partido y los sindicatos, en el que empezaba a
cuestionar no sólo la jefatura de los sindicatos, sino la relación de
la jefatura marxista con la espontaneidad. La Revolución de 1905
había revelado una relación nueva con la jefatura marxista. El
proletariado de un país atrasado, Rusia, había demostrado estar
“más adelantado” que los trabajadores de los países técnicamente
avanzados, que debieran haber tenido una “experiencia acumu-
lada a lo largo de lentos años”. En una palabra, espontaneidad

reducen a meros apéndices de las de consumo. Parecería, por tanto, que éstas deberían
ser el comienzo del supuesto cambio social. Pero de esta manera la supuesta reforma de la
sociedad mediante cooperativas deja de ser una ofensiva contra la producción capitalista.
Esto es, deja de ser un ataque directo a las bases fundamentales de la economía capitalista.
Se convierte, en cambio, en una lucha contra el capital comercial, sobre todo el capital co-
mercial pequeño y mediano. Se vuelve un ataque contra las ramas más pequeñas del árbol
capitalista” (Luxemburgo, 1937, páginas 35-41).

241
no sólo signiÞcaba acción instintiva contra dirección consciente,
sino una fuerza motora de la revolución y una jefatura de van-
guardia.

“El elemento de espontaneidad, como hemos visto,


desempeña una gran parte en todas las huelgas de las
masas rusas, sin excepción, ya sea como fuerza motora,
ya como influencia moderadora... En suma, en las huel-
gas de masas de Rusia, el elemento de espontaneidad
desempeña un papel tan predominante no por la razón
de que el proletariado ruso sea ‘inculto’, sino porque
las revoluciones no permiten a nadie hacer el papel
de maestro de escuela de ellas” (cit. en Dunayevskaya,
1985, 50).

Los líderes, dice Rosa, sólo deberían ser las “partes que hablan”.
Rosa Luxemburgo estaba elaborando una estrategia de la revolu-
ción, pero hizo especial hincapié en el hecho de que el desarro-
llo intelectual del proletariado era ilimitado: “Lo más precioso,
por duradero, de esta rápida pleamar y bajamar de las olas es su
sedimento mental, el desarrollo intelectual y cultural del proleta-
riado” (cit. en Dunayevskaya, 1985, 52).

6. EL IMPERIALISMO

En 1907, el Partido Social Demócrata Alemán (SPD) fundó una


escuela en Berlín y escogieron a Rosa como profesora de econo-
mía política, donde iban alumnos que eran desde trabajadores
hasta personas del partido que sabían poco del marxismo teórico.
A Rosa Luxemburgo le gustó tanto la materia que impartía que
empezó a escribir un libro para apoyar sus lecciones, Introducción
a la economía política, que luego sería publicado póstumamente

242
en 1925144. Fue durante la elaboración de este texto elemental
marxista que Rosa encontró diÞcultades en los trabajos de Marx
que no pudo resolver. Para ella, Marx no probaba satisfactoria-
mente que el capitalismo puro podría continuar creciendo en un
mundo totalmente capitalista. En particular, el problema que se
encontraba era el incentivo a la inversión. ¿De dónde vendría
la demanda para sostener la nueva inversión? El problema era la
sobreproducción o infraconsumo: ¿cómo seguirían invirtiendo los
capitalistas en la producción cuando no existen mercados renta-
bles para estos bienes? La respuesta a estas preguntas se daría en
el libro más conocido de Rosa Luxemburgo, La acumulación de capi-
tal: contribución a una explicación económica del imperialismo (1913), que
ella creía que podría ser una continuación del libro 2 de El capital
que el propio Marx no pudo acabar, y que, por haberlo acabado
Engels, debía sufrir de “engelianismos”. En él, Rosa Luxemburgo
negaría el papel activo y la capacidad de conocimiento racional y
de decisión de la socialdemocracia. Tras la Primera Guerra Mun-
dial, en la cárcel, y ya con la certeza de haber tenido alguna razón
en el tema del reparto y subordinación de unos países a otros,
dentro del imperialismo, Rosa Luxemburgo escribiría el Segundo
volumen, en este caso intitulado La acumulación de capital, o lo que
los epígonos han hecho de ella. Una anticrítica, que respondería a las
críticas a su primer volumen.
El grueso del libro de La acumulación de capital consiste en deba-
tes con otros economistas sobre el tema colonial: desde Quesnay
a Marx, pasando por Smith, Ricardo, Malthus, Say, MacCulloch,
Sismondi, Rodbertus o Von Kirchsmann... Como Marx, Rosa cri-
tica a los clásicos aÞrmando que no hay una relación directa entre
producción y consumo, la famosa ley de Say.

144. Un texto en el que Luxemburgo presenta como ejemplo de organización mejor que la
anarquía del capitalismo una organización cuasi medieval que hace echar en falta ese nuevo
crecimiento propio de la era comercial y basado en la independencia humana que ya había
expuesto Smith un siglo y medio antes y que Rosa conocía perfectamente.

243
En la visión de Marx, el capitalismo, como los sistemas eco-
nómicos previos, contiene la semilla de su propia destrucción. El
capitalismo debe caer porque sufre una falta de demanda, por
la caída de los beneÞcios y por una competencia frenética. La
competencia y la caída de los beneÞcios causarán repetidas crisis,
donde las pequeñas empresas serán expulsadas del mercado y los
trabajadores del trabajo. El resultado será una reducción de la tasa
de beneÞcios, desempleo tecnológico —por desplazamiento de la
mano de obra por máquinas—, polarización de clases, conßicto
y crisis industriales cada vez más severas. En último término, una
crisis Þnal llevará a la revolución y, tras ella, llegará el socialismo,
más benévolo. ¿Es esto falso? No, dijo Rosa; sólo es incompleto.
La acumulación de capital estaba diseñado para ampliar el análisis
de Marx, no para negarlo, especialmente en lo que respecta al
supuesto de Marx de que estamos ante una economía cerrada o
con un capitalismo extendido por todo el mundo.
Además, el problema con el trabajo de Marx se centraba en la
inversión —la acumulación de capital—. Marx intentó demostrar
cuantitativamente que la expansión económica continua podía
ocurrir en una economía capitalista, aunque habría crisis. Pero,
según Rosa, en el modelo aritmético de Marx se tenían que rea-
lizar supuestos muy especiales ya que si se usasen supuestos más
probables, se llegaría a conclusiones diferentes. Además, se dejaba
sin constatar la cuestión de la demanda efectiva de los bienes que
resultaría de una capacidad productiva incrementada.
En el modelo marxiano, se produce una cantidad masiva de
bienes que no tendrán compradores porque los trabajadores gana-
rán bajos salarios y vivirán en condiciones paupérrimas, siendo
desplazados por las máquinas. Los capitalistas no consumen, sino
que reinvierten el excedente para incrementar sus beneÞcios y
mantener la acumulación de capital. Los valores producidos en
la sociedad capitalista no son los utilizados por los trabajadores
ni aún por los capitalistas, sino por El capital. No son “personas”
quienes realizan la mayor parte de la plusvalía, sino que se realiza

244
por medio de la constante ampliación del capital, la ampliación del
periodo promedio de producción o reducción de los precios rela-
tivos de los bienes en cuya producción interviene ampliamente el
capital Þjo o capital Þjo de mayor duración del medio con el cual
se estima el precio, como diría Ricardo. Pero en una sociedad con
acumulación continua de capital, la inversión sólo se garantizará
si hay un mercado en continua expansión para los bienes produci-
dos: los capitalistas no continuarán produciendo e invirtiendo si no
pueden vender su output con beneÞcio. Su conclusión sería que para
lograr una acumulación de capital continua debe haber “un estrato
de compradores fuera de la sociedad capitalista”, algo que se logra
a través del imperialismo y explotación de países no capitalistas,
o mejor dicho, precapitalistas (colonias o partes independientes),
dado que en el largo plazo llegarían a ser capitalistas145.
Su respuesta fue que el capitalismo puede sobrevivir gracias a
que invade las economías primitivas, a través del imperialismo.
Con el comercio o conquista, los países capitalistas exportan sus
crisis económicas y los países no capitalistas proveen mercados
para el excedente de bienes producidos en los países desarrollados,
mientras la propia producción de los subdesarrollados es despla-
zada. “Sólo la continua y progresiva desintegración de las organi-
zaciones no capitalistas hace posible la acumulación de capital”.
Incluso en economías poco desarrolladas, aunque no primitivas,
donde la tasa de beneÞcios es mayor que en casa, habría un des-
plazamiento de su producción por la competencia. Además, las
colonias aportan al país imperialista bienes que no podría obtener
de otro modo, como los bienes intermedios.

145. Rosa Luxemburgo caracterizaba el imperialismo por una competencia de los países
capitalistas por conquistar a los no capitalistas, y las oportunidades de inversión, por las barre-
ras arancelarias, por los monopolios en el ámbito mundial especialmente en las Þnanzas y
préstamos, por el militarismo. Consideraba que el ataque de Japón a China en 1895, que
condujo a la intrusión de las potencias europeas en Asia y África, era fundamental para el
comienzo de una época nueva para el desarrollo capitalista.

245
Esto incrementa los beneÞcios y provee empleo en casa, dado
que la explotación se exporta al resto del mundo. Las crisis eco-
nómicas se reducirán en la madre patria y el capitalismo pare-
cerá beneÞcioso para los empleadores y trabajadores de los paí-
ses desarrollados, pero no para los países subdesarrollados.
Luxemburgo concluiría, contra Marx, que podemos esperar sen-
tados a que el capitalismo se desplome por un decrecimiento de
la tasa de ganancia. Además, la búsqueda de mercados rentables
llevaría a conßictos entre los países capitalistas. La guerra es espe-
cialmente rentable si se produce entre las potencias coloniales:
incrementa los beneÞcios y absorbe mucha producción, lo que
elimina el excedente de bienes de los países capitalistas, pero no
destruye su capital acumulado. El capitalismo usa cada vez más el
militarismo para encontrar los medios de producción y fuerza de
trabajo de los países no capitalistas.
Sin embargo, el aplazamiento de las crisis económicas no
duraría siempre. A no ser que los mercados y guerras rentables se
expandan indeÞnidamente, volverá la sobreproducción global. El
capitalismo necesita de otros sistemas económicos y, aunque
la tendencia es a que se haga universal, lleva en sí el germen de la
destrucción por sus contradicciones internas, como después de
todo decía Marx.
Una conclusión que podíamos sacar es que Rosa Luxemburgo,
simplemente, había introducido una etapa más, la imperialista,
en la necesaria llegada del socialismo marxiano146. Pero para ella
la acumulación ya no es sólo una relación interna entre el capital

146. Aunque, hemos de recordar, otros autores también incidieron en el tema del impe-
rialismo. Destacaremos los trabajos de Hilferding, que aÞrmaba que el capital Þnanciero
expansionista era la última etapa del capitalismo; y de Lenin, que también en esto estuvo
contra Luxemburgo, dado que creyó que la ley de Say funcionaba —la producción crea
su propio mercado—, pero las plétoras no estaban fuera de la producción, en la demanda,
sino en la anarquía de la producción —el subconsumo no es más que un elemento subal-
terno— (Rodríguez Braun, 1989, páginas 193-205).

246
y el trabajo, sino entre el ambiente capitalista y no capitalista. De
ser una sustancia derivada del trabajo, para Rosa la acumulación
de capital se ha convertido en una cuyo principal sostenimiento
es una fuerza exterior: el ambiente no capitalista. Por otra parte,
contra Marx, es el mercado el que determina la producción, lo
que hace perder el sentido de clase o de lucha de clases de la
ampliación de producción marxiana. De modo que el modelo de
Rosa se basa en una idea más afín a la economía “burguesa”: en
la demanda efectiva, necesaria para que se dé la producción.
Este parecido con la economía oÞcial, que podría verse como
una alabanza, es criticado y aborrecido por los marxistas147. Ellos
se deÞenden de esta “afrenta” diciendo que lo que Marx que-
ría decir con su “producción por producción” era que, aunque
el capital constante no se consuma personalmente, se consume
productivamente, es decir, produciendo medios de producción o
máquinas. Lo que Marx describe es lo que él llamaba la gran con-
tradicción del capitalismo, en que se produce la degradación del
trabajador hasta no ser más que un apéndice de una máquina, a
pesar de que el trabajo es el único que produce plusvalía. Como la
fuerza de trabajo es la mercancía suprema, la única fuente de plus-
valía, la incapacidad del capitalismo para reproducirla condena al
propio capitalismo. Para Rosa Luxemburgo, sin embargo, son las
sociedades capitalistas las que constituyen la “reserva de la fuerza
de trabajo”. Esto puede echar por tierra la necesidad histórica de
la revolución proletaria: especialmente porque la negativa de su
teoría —las masas coloniales— no aparece en ella como revolucio-

147. “La acumulación del capital de Rosa Luxemburgo es una crítica de la teoría marxista
de la reproducción ampliada, que aparece en el volumen II de El capital. La cuestión de la
acumulación de capital ha sido el tema central de la economía política. (...) Rosa Luxem-
burgo ocupa una posición notoria pero no envidiable en este debate: la de una revoluciona-
ria aclamada por los economistas burgueses por haber aportado ‘la formulación más clara’
del problema de la ‘demanda efectiva’ hasta la llegada de la Teoría general del empleo, el interés y
el dinero, de Keynes” (Kalecki, 1939, página 46).

247
narias y la metodología dialéctica desaparece. Rosa Luxemburgo
no renuncia al desplome del capitalismo por sus contradicciones
internas o externas, pero no logra demostrar la necesidad de ese
derrumbe porque el “enterrador” del capitalismo, que para Marx
era el proletariado, única sustancia valorizadora del sistema, en el
caso de Rosa no está localizado dentro del capitalismo, sino fuera,
en los estratos no capitalistas. Por otra parte, para Luxemburgo,
Marx no explica cómo se mantiene esa “producción por produc-
ción” sin alguien que la consuma: sin embargo, eso nos podría
llevar a inaugurar una teoría del valor —utilidad, que sustituiría
la teoría valor— trabajo marxiana. Pero, como sabemos, Rosa
Luxemburgo despreció la teoría utilidad del valor:

“Es decir, para Bernstein, el trabajo social de Marx y


la utilidad abstracta de Menger son bastante parecidos;
abstracciones puras. (...) El trabajo humano abstracto que
descubrió Marx no es, en su forma más desarrollada, sino
el dinero. (...) Abrazados al hijo de su ingenio, Bernstein,
Böhm y Jevons, y toda la cofradía subjetiva, pueden per-
manecer veinte años en contemplación del misterio del
dinero, sin llegar a ninguna conclusión distinta de la de un
zapatero, fundamentalmente que el dinero es “útil”. (...)
Cualquiera que tenga un conocimiento mínimo de la eco-
nomía marxista sabe que sin la ley del valor la doctrina
marxista es incomprensible. (...) La clave que le permitió
a Marx desentrañar los fenómenos capitalistas fue su con-
cepción de la economía capitalista como fenómeno histó-
rico, no sólo en la medida en que lo reconocen en el mejor
de los casos los economistas clásicos, es decir, en lo que res-
pecta al pasado feudal del capitalismo, sino también en lo
que concierne al futuro socialista del mundo” (Luxemburgo,
1937, 33-34).

248
7. LA REVOLUCIÓN “DESDE ABAJO”

Sin embargo, fue su actividad política, no sus escritos económi-


cos, lo que llevó a la cárcel a Rosa Luxemburgo.
Ella creyó que se podría haber evitado la Primera Guerra
Mundial si los trabajadores se hubieran negado en masa a luchar
por el imperialismo con una huelga general. Cuando el Gobierno
alemán pidió créditos para la guerra en 1914, Rosa pensó que
los socialistas alemanes del Parlamento votarían en contra. Pero
los hechos probaron que estaba equivocada, dado que todos
menos uno votaron a favor. A pesar de su decepción, continuó
defendiendo la revuelta, el socialismo internacional y el fin de
la guerra. Se hizo conocida por sus detractores como “The Red
Prima Donna” o “la Rosa judía”, y estuvo en peligro de ser
arrestada.
El arresto llegó a principios de 1914 cuando se le acusó de
arengar a los soldados al amotinamiento, pidiéndoles que no
lucharan contra sus “hermanos proletarios”. En prisión, siguió
escribiendo y consiguió que se sacaran sus escritos al exterior.
Allí, hizo un panfleto defendiendo de nuevo el internacionalismo
y atacando la autodeterminación burguesa de los pueblos con el
seudónimo Junius. Concluye Junius, “mientras existan Estados
capitalistas, es decir, mientras la política mundial imperialista
determine y regule la vida interna y externa de una nación, no
podrá haber ‘autodeterminación nacional’ ni en la guerra ni en
la paz”.
A pesar de que no estuvo de acuerdo con la forma en que
se produjo la Revolución de 1905, Rosa celebró la de 1917.
Cuando ésta surgió, sin embargo, se quejó de las tendencias
oligárquicas de la dirección del partido, que entorpecían la
resolución del problema de la técnica revolucionaria, que ella
creía que debía resolverse “desde abajo”. Otra vez volvía a su
teoría del espontaneísmo, que buscaba a tientas la ruptura con
un tipo de alienación que ella estaba describiendo por primera

249
vez, la de la opresión de las organizaciones burocráticas (Trin-
cado, 2004) 148.
Hemos de decir que, a pesar de su teoría espontaneísta,
Rosa no estaba negando la necesidad de centralismo, ni subes-
timando las dificultades de organización a las que se enfrentan
los revolucionarios frente a los regímenes absolutistas. Lo que
objetó fue que se hiciera una virtud de la necesidad y con-
vertirla luego en un verdadero principio. A este concepto de
organización lo llamó “ultracentralista”. Era necesario, decía ella,
replantearse el concepto de revolución permanente, uniéndola
a la acción independiente y directa de las masas, sin renunciar a
una organización que permita el éxito de la revolución. La clase
obrera, decía Rosa Luxemburgo, debe ser libre “de cometer sus
propios errores y de aprender por sí misma la dialéctica histó-
rica. Por último, debemos reconocer francamente que los errores
cometidos por un movimiento laboral verdaderamente revolucio-
nario son, en el aspecto histórico, inÞnitamente más fructíferos
y más valiosos que la infalibilidad del mejor de todos los posi-
bles ‘comités centrales”. La libertad sólo para los partidarios del
Gobierno, decía, no es libertad.
La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de otra
manera.

148. “No hay otro medio de aprenderlo. Ya que felizmente hemos sobrepasado la época
en que se trata de hacer la educación doctrinal, teórica, del proletariado. Esta época parece
aún existir en la actualidad para los marxistas de la escuela kautskista. Hacer la educación
socialista de las masas proletarias signiÞca para ellos dar conferencias y difundir panßetos y
libros. La revolución, la escuela práctica de los proletarios no tiene necesidad de ellos. Edu-
ca en la acción. (...) Pienso que la historia no nos facilita la tarea tanto como lo hizo para las
revoluciones burguesas; no es suÞciente con derrocar el poder oÞcial, central, y sustituirlo
por algunas docenas o algunos miles de hombres nuevos. Es necesario que trabajemos de
abajo arriba, y ello corresponde justamente al carácter de masas de nuestra revolución, cuyos
objetivos tienen en vista el fondo de la constitución social; esto corresponde al carácter de la
revolución proletaria actual, a saber que debemos hacer la conquista del poder político no
desde arriba, sino desde abajo” (Valderrama, 1978, páginas 116-117).

250
8. UNA BRUTAL MUERTE

En un motín en 1918, cuando comienza la revolución alemana y


el desplome del régimen imperial, las masas revolucionarias lle-
garon a las puertas de la prisión de Breslau (Polonia) y liberaron
a Rosa Luxemburgo. En el mismo 1918, Rosa funda el Partido
Comunista Alemán (KPD), que, un año más tarde, organizaba la
insurrección armada de Berlín.
Con la caída del káiser, Rosa volvió a sus actividades revoluciona-
rias. La república de Alemania, de 1919 a 1933, nació rodeada por
una atmósfera revolucionaria: los soldados y obreros constituyeron
consejos al estilo de los sóviets rusos. Luxemburgo, Jogiches y Karl
Liebknecht, disconformes con la posición de la socialdemocracia
alemana a raíz del voto a los créditos de guerra, fundaron la liga
espartaquista, que se propuso como objetivo principal la lucha con-
tra la guerra imperialista y que se negó a colaborar con el Gobierno
socialdemócrata por considerarlo revisionista (ver Gómez Llorente,
1975)149. Rosa encabezó el levantamiento espartaquista de 1919 y
pidió todo el poder para los consejos, al ser elegida jefa del recién
nacido Partido Comunista de Alemania. Muchos revolucionarios
estaban siendo arrestados por personas y policía que apoyaban el
viejo régimen, y Rosa lo sabía. Pero los ministros socialdemócratas
detuvieron la revolución lanzando el ejército contra los insurrectos,
cuyos dirigentes fueron asesinados.
El 14 de enero de 1919, Luxemburgo escribió El orden reina en
Berlín, apelando de nuevo a la revolución en ese orden postbélico.

149. Sin embargo, entre algunos de la socialdemocracia también había un profundo sen-
timiento antimilitarista y anticolonialista, con lo que hubo aplausos por la actitud de Rosa
Luxemburgo. Dijo Ledebour (que no era amigo de Rosa Luxemburgo), acudiendo en su
defensa: “La camarada Luxemburgo ha entrado frecuentemente en conßicto conmigo...,
aún entraremos en conßicto más a menudo... (Pero) las manifestaciones de masas contra
la guerra y los belicistas, como las que han ocurrido, no son realización de Müller y del
ejecutivo... sino de la camarada Luxemburgo, gracias a sus críticas” (cit. en Dunayevskaya,
1985, página 69).

251
Cuando estaba escondida en el apartamento de un amigo, el 15
de enero de 1919, fue arrestada junto con Karl Liebknecht por
un grupo local paramilitar. Fueron interrogados en el hotel Edén,
que hacía de centro de operaciones, y la orden era llevarlos a
la prisión civil más cercana. Mientras los llevaban al coche, sin
embargo, eliminaron primero a Liebknecht, y uno de los soldados
golpeó a Rosa dos veces en la cabeza con la culata de su riße.
Parece ser que estaba a las órdenes de Noske, ministro de Defensa
al que el Gobierno dirigido por el partido socialdemócrata bajo
dominio del canciller Ebert había encargado la represión. Rosa
Luxemburgo fue arrastrada al coche, la golpearon de nuevo y
la mataron con un disparo en la cabeza. Tiraron su cadáver al
canal, donde fue descubierto meses después tan mutilado que fue
imposible reconocerla. La versión oÞcial, sin embargo, fue que
Liebknecht había sido disparado en un “intento de fuga” y Rosa
linchada por la muchedumbre enloquecida.
Leo Jogiches, sorprendido e indignado por el asesinato de su
antigua compañera, investigó el crimen, logró publicar declara-
ciones de testigos oculares y una fotografía de los soldados que
cometieron el asesinato, que se decía que estaban celebrándolo
en el hotel donde fueron interrogados. Esta revelación probable-
mente fue lo que resultó en su arresto. Sin embargo, a pesar de
que se suponía que el asesinato fue preparado por el Gobierno, y
hubo grandes protestas, sólo arrestaron a un soldado y un oÞcial
por dos años cada uno. Tres semanas después, Jogiches sería
también asesinado, el 10 de marzo.

252
9. INFLUENCIAS EN LA ECONOMÍA

Una obra nunca es bella a menos que, de alguna manera,


se escape de su autor.
D. H. Lawrence

La cita de Lawrence es aplicable a Rosa Luxemburgo, no sólo


porque alertara a los socialistas del peligro de una revolución
recién realizada, sino por sus legados a la economía tanto hetero-
doxa como ortodoxa.
Rosa legó dos ideas fundamentales a sus seguidores marxistas:

1. Mostró el error de Marx en su modelo de acumulación de


capital. Las conclusiones de Marx dependían de hacer
unos supuestos especiales en sus ejemplos aritméticos,
y no había razón para pensar que seguirían en las
actuales circunstancias.
2. Descubrió la relación entre la expansión colonial y el capita-
lismo, y que el imperialismo puede sostener el capi-
talismo a costa de la desintegración de las naciones
precapitalistas.

Pero a los autores ortodoxos también les legó algunas cosas.


Como dijimos, en 1951, el libro La acumulación de capital fue
publicado en Yale University Press, con una introducción de
Joan Robinson. Tras analizar los modelos marxistas sucesivos
que Rosa Luxemburgo había desarrollado, Robinson tradujo el
problema de la acumulación de capital en términos modernos.
El problema que Luxemburgo exploró, dijo Robinson, fue el
incentivo a invertir: sólo se producirá inversión en un stock de
capital continuamente acumulativo si a los capitalistas se les ase-
gura un mercado siempre creciente de bienes que produzca el
capital. Incluso Robinson reconoció que Rosa había creado una

253
teoría del desarrollo dinámico del capitalismo y, haciéndolo,
estaba en el umbral de una teoría más completa de la inversión.
Sin embargo, en este libro que había esperado 38 años para ser
traducido al inglés, se eliminó el subtítulo y la nota introducto-
ria de Rosa Luxemburgo, que lo vinculaba al tema del imperia-
lismo, a pesar de que Rosa había elaborado el libro para resolver
este tema tan crítico.
Con lo cual, a los autores no marxistas, Rosa Luxemburgo les legó:

1. Proveyó una explicación excelente del boom secular del


último siglo atribuido a la expansión del capitalismo
en todo el mundo.
2. Señaló el tema del crecimiento efectivo de la demanda y
anticipó los modelos de crecimiento del siglo XX.
3. También señaló el tema de la adecuación de la demanda
efectiva, algo que, sin duda, ya había sido analizado
en el pensamiento económico, desde el mismo Malthus.
Sin embargo, Rosa dio especial importancia a un tema
que luego sería céntrico en la economía ortodoxa,
como es el del defecto de incentivo a la inversión.
El estancamiento o ausencia de la demanda secular
ha recibido mucha atención por los economistas del
siglo XX, y Rosa señaló que ese estancamiento lleva
al colapso económico. Sin embargo, no llegó a señalar
la necesidad de que se igualen la inversión y el ahorro,
algo que haría Keynes en la Teoría general.

10. CONCLUSIÓN

No cabe duda de que Rosa Luxemburgo tuvo un chispazo de


genio ante el surgimiento de la primera revolución rusa, al indig-
narse con la forma en que se estaba produciendo. A pesar de sus

254
ideas socializantes, presenció el estado embrionario de una revo-
lución que deseaba, y, desde el principio, la criticó. Estas críticas,
por otra parte, las realizó cuando Rusia todavía no se había con-
vertido en la dictadura totalizante que luego fue. Su propuesta de
espontaneísmo como forma de liberación de las masas se dirigió
en algunas ocasiones a la implantación de otra forma de subordi-
nación política, la de “los iluminados proletarios” que deberían
de crear una conciencia u organización, un plan o regulación,
en el mundo “anárquico” capitalista (Luxemburgo, 1974, 48), en
otras a la defensa del consejismo obrero como “forma por Þn
descubierta” en que sería posible la liberación de los trabajado-
res. Un consejismo que no fue más que un modo transitorio de
superar el proceso caótico revolucionario, en el caso de la URSS,
y que también ha sido una experiencia fallida históricamente, en
el caso yugoslavo. De cualquier modo, de todos los marxianos,
Rosa Luxemburgo fue la más crítica con la forma de actuar de los
marxistas y con las teorías de Marx, demostrando una libertad
de pensamiento superior a la de sus contemporáneos. Además, su
misma teoría del espontaneísmo descubrió una nueva forma de
alienación, la de la opresión de las organizaciones burocráticas.
En la teoría económica, Rosa Luxemburgo mostró el error de
Marx en su modelo de acumulación de capital, iniciando el estu-
dio de la relación entre la expansión colonial y el capitalismo.
Algunos economistas ortodoxos han creído ver en su teoría un
preludio de la teoría de Keynes, y dicen que Rosa Luxemburgo
señaló por vez primera el problema de la falta de incentivo a
invertir. Sin embargo, posiblemente, Rosa hubiera preferido ser
leída, simplemente, como una divulgadora del pensamiento de
Karl Marx, y, como buena divulgadora, como una lectora crítica
de su obra que mostró la justiÞcación y el camino de una revolu-
ción contra el poder.

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258
Clara Elizabeth Collet (1860-1948) y
los primeros intentos de cuantiÞcar los
salarios de las mujeres trabajadoras
María Dolores Grandal Martín

1. INTRODUCCIÓN

Clara Elizabeth Collet fue una de las más conspicuas represen-


tantes de las primeras mujeres que se adentraron en el mundo de
la formación académica y, en concreto, en el de la Economía. Fue
una estudiosa muy conocida y reconocida en su tiempo, que tuvo
una presencia signiÞcativa en los principales foros intelectuales
de su época. Por estas razones, su vida y obra han sido objeto de
numerosos estudios a lo largo del tiempo. El propósito de este
capítulo es llevar a cabo una revisión de sus aportaciones a partir
de sus principales publicaciones.
El esquema que sigue el capítulo es el siguiente, en primer
lugar se realiza una breve narración de su vida; en segundo lugar
se describe su obra y pensamiento, destacando sus aportaciones
genuinas, esto es, aquellas que responden a su trabajo de investi-
gación directo y personal, y en tercer lugar se exponen sus obser-
vaciones y comentarios a la labor de sus contemporáneos a través
de recensiones y notas que la autora publicó en diversas revistas y

259
en donde también se puede percibir su pensamiento e ideas sobre
la economía y otras disciplinas.

2. BREVE BIOGRAFÍA DE CLARA ELIZABETH COLLET

Clara Elizabeth Collet procedía de una familia distinguida de clase


media alta. Su padre, Collet D., era un reformador radical, edi-
tor del Diplomatic Review y autor de varios libros. Fue reconocido
por sus conciudadanos como un incansable impulsor de las cau-
sas públicas que abordaba con absoluto entusiasmo y altruismo.
Clara fue su segunda hija, nació en septiembre de 1860 y murió
en agosto de 1948, con casi 88 años.
Fue una de las primeras mujeres que pudieron acceder a la
universidad. Llevó a cabo sus estudios en el distinguido centro del
University College London, donde consiguió el título de licencia-
tura en 1880 y también obtuvo el máster en el año 1885. Cabe
resaltar que fue la primera mujer que realizó un máster en Econo-
mía Política. También fue la primera mujer que llegó a ser Fellow
del University College, en el año 1896.
Durante los años en los que cursaba sus estudios, de 1878
a 1885, estuvo desempeñando el puesto de ayudante de direc-
ción 150, dicho puesto de trabajo estaba anexado a la directora
del colegio femenino Wyggeston’s Girls’ School en Leicester,
este trabajo remunerado le permitió cierta independencia eco-
nómica. En 1891 presidió la Asociación de Ayudantes de Direc-
ción 151, que era un organismo encuadrado en la Escuela Pública
Secundaria, y a partir de 1894 fue miembro honorario de dicha
asociación.

150. Assistant Mistress.


151. Association of Assistant Mistress.

260
Como era costumbre en la tradición intelectual británica, estuvo
en los orígenes del Economics Club, en 1890, que inicialmente se
denominó Junior Economics Club. En dicho grupo se llevaban a
cabo reuniones de carácter mensual que actuaban como plata-
forma para la discusión de trabajos de investigación Þrmados por
diferentes economistas y estudiosos, entre otros Marshall, Foxwell
y Higgs, los dos últimos muy relacionados con la trayectoria per-
sonal e investigadora de Clara E. Collet, como lo demuestran los
obituarios que dicha autora les dedicó en 1936 y 1940, respecti-
vamente. El club se reunía inicialmente en el University College y
más tarde en la London School of Economics (Bowley, 1950).
Fue miembro fundador de la British Economic Association,
que más tarde se convirtió en la Royal Economic Society. En 1918
fue elegida miembro del consejo de dicha institución, puesto que
mantuvo hasta 1941, es decir, hasta los 81 años. También fue
elegida Fellow de la Royal Statistical Society en 1894, y formó
parte del Consejo de dicho organismo desde 1919 a 1935. Ambos
hechos son indicativos de su brillante carrera como economista y
estadística. Su trayectoria investigadora la desarrolló fundamental-
mente desde los distintos puestos que ocupó en la Administración
pública. Fue requerida como experta en la comisión creada por
el Parlamento británico para el estudio del empleo (1892). Entre
1893 y 1917 trabajó para el Ministerio de Comercio en puestos de
distinta responsabilidad. Su última etapa a tiempo completo en la
Administración pública la desarrolló en el Ministerio de Trabajo
entre 1917 y 1920, año en que alcanzó la edad de jubilación. Sin
embargo, siguió manteniendo una cierta relación de colaboración
con la Administración hasta 1932 (Groenewegen, 2000).
Fue una mujer que se posicionó a favor de las demandas del
sufragio universal, y con frecuencia asistía a las reuniones de las
sufragistas. Fue feminista, estadística y economista y estuvo abierta
a todos los ambientes económicos y ÞlosóÞcos de su época. Los
escritos sobre su dilatada vida hacen referencia a las relaciones de
amistad que mantuvo con personalidades de su época (Thorburn,

261
1948), desde la hija de Carl Marx hasta la relación mantenida
con el profesor P. C. Mahalanobis, del que fue no sólo su amiga
sino también, de alguna manera, su mentora en la relación que
llevó a éste a alcanzar la categoría de Fellow de la Royal Statis-
tical Society (Mahalanobis, 1948). Dicha relación se explica por
la aÞnidad que C. E. Collet tuvo con la India británica, debido a
las fuertes conexiones que su familia había mantenido desde las
primeras décadas de 1700. Indicativo de dicho interés fueron los
numerosos amigos indios que mantuvo así como que aprendiera
el indostaní hasta el punto de poder leer en dicha lengua, aunque
no fue el único idioma que logró dominar.

3. LA OBRA PRINCIPAL DE CLARA ELIZABETH COLLET

La obra de Clara Elizabeth Collet fue dilatada, pues se mantuvo


activa hasta después de su jubilación. En su formación económica
tuvieron gran importancia las lecturas de Adam Smith y de John
Stuart Mill, así como la obra de Ruskin. Todos estos autores fue-
ron decisivos en su orientación profesional y vital, sobre todo los
dos últimos, porque aÞanzaron su interés por las cuestiones socia-
les. Sus primeras publicaciones llevan la Þrma de Charles Booth.
Éste fue un reconocido reformador social que llevaba a cabo estu-
dios para el Gobierno en los que se analizaban las condiciones
de vida y de trabajo de los trabajadores de Londres, como quedó
recogido en su conocido estudio Vida y empleo de la gente de Londres.
Collet formó parte de su equipo de investigación sobre cuestiones
sociales, junto con Beatrice Potter Webb y sir Hubert Llewellyn
Smith, entre otros, desde 1886 a 1892.
A partir de estos seis años de colaboración se decantó clara-
mente hacia la investigación sobre la situación social de las muje-
res. Desde la perspectiva económica, su trabajo se puede cata-
logar dentro del mercado de trabajo femenino y especialmente

262
en aquella fracción del mismo que recoge las características refe-
rentes a las mujeres profesionales, esto es, con un cierto grado
de educación. Su único libro, titulado Educated Working Women, da
testimonio de la preocupación que tuvo sobre el estudio del colec-
tivo de mujeres que tenían un grado de formación elevado para
los estándares de su época. En todo caso, se mantuvo siempre
especialmente interesada en analizar los salarios de las mujeres
así como en estudiar las condiciones y características del empleo
femenino en términos generales. Sus publicaciones en esta mate-
ria, iniciadas en la década de 1890 y mantenidas más allá de su
jubilación, son una buena muestra de su profundo interés por este
campo de análisis.
Es interesante describir el contenido de dicho libro porque
supone en cierto modo un compendio del tipo de trabajos que
llevó a cabo, tanto con el equipo de C. Booth como desde su
puesto en el Ministerio de Comercio152. Y es además muy ilustra-
tivo del tipo de temas en los que se mantuvo interesada toda su
vida.
El libro está estructurado en seis capítulos, que son ensayos,
en los que analizó la situación de las mujeres de clase media en
sentido amplio, y más en concreto, haciendo una llamada de
atención a los bajos niveles de remuneración en los trabajos que
aquéllas llevan a cabo. Tanto el primero como el segundo de los
ensayos, ‘The Economic Position of Educated Women’ y ‘Pros-
pect of Marrige for Women’, son en los que la autora expresa de
forma explícita sus puntos de vista en relación a las remarcadas
diferencias salariales existentes entre los hombres y las mujeres
y su reßejo en la actividad laboral. El resto de la obra tiene un
carácter más general, manteniendo el estudio de las caracterís-
ticas de trabajo de las mujeres desde distintos puntos de vista.
Los restantes ensayos son: ‘The Age Limit for Women’, ‘Mrs.

152. Collet trabajó en el Labour Department, dentro de dicho ministerio.

263
Stetsons’s Economic Ideal’ y ‘Through Fifty Years: the Economic
Progress of Women’. De los seis ensayos que componen el libro,
cinco de ellos fueron publicados con anterioridad. Es necesario
resaltar que el titulado ‘The Expenditure of Middle Class Wor-
king Women’ había sido publicado en la prestigiosa revista The
Economic Journal, mientras que otros cuatro fueron publicados en
revistas153 de menor entidad. Como indicativo del prestigio que
alcanzó en su época, hay que señalar que Mary P. Marshall, otra
signiÞcada economista del siglo XIX y una de las cinco primeras
mujeres que estudiaron Economía en Cambridge en el Newnham
College, llevó a cabo una recensión muy completa y exhaustiva de
dicho libro (Marshall, 1902).
Por lo que respecta al resto de sus trabajos, cabe destacar que
la mayoría de sus investigaciones se plasmaron en publicaciones
de carácter económico y estadístico de mayor importancia de su
época. Collet investigó la situación laboral de la mujer desde dife-
rentes perspectivas (Groenewegen, 2000). Admitiendo que cual-
quier clasiÞcación tiene un cierto componente de arbitrariedad y,
por tanto, que no es la única factible, es posible hacer una ordena-
ción de su obra atendiendo a diversas facetas. Teniendo en cuenta
esto último, es posible estructurarla según los siguientes aspectos.
El primero de ellos atiende a la localización geográÞca. Desde
este punto de vista, llevó a cabo un análisis de la situación de
la mujer trabajadora en los siguientes artículos: ‘Changes in
the Employment of Women and Girls in Industrial Centres’,
‘Women’s Work in Leeds’, en el que analiza los cambios habidos
en esa zona del país en relación a la progresiva desaparición de
los telares manuales frente a una industria donde iban tomando
cada vez más peso los telares accionados mecánicamente. También

153. ‘Prospect of Marrige for Women’, publicado en The Nineteenth Century; ‘The Age
Limit for Women’, en The Contemporary Review; ‘Mrs. Stetsons’s Economic Ideal’, en The
Charity Organization Review, y ‘Through Fifty Years: the Economic Progress of Women’,
en Frances Mary Buss Schools’s Jubiles Magazine.

264
sus primeras colaboraciones con el equipo de C. Booth, esto es,
‘Women’s Work’ y ‘West End tailoring – Women’s Work’, se pue-
den clasiÞcar bajo este epígrafe. En estos trabajos se insiste en
estudiar la condición de las mujeres trabajadoras con el detalle,
bastante recurrente en su obra, de separar las jóvenes trabajado-
ras de las adultas, entre otras razones por las diferencias salariales
en cada colectivo.
Un segundo conjunto de sus trabajos es posible agruparlos en
torno al estudio de los aspectos sociales. Collet se mantuvo atenta
a los cambios sociales que se producían en su época. En concreto,
a los cambios sociales provocados por los conßictos armados
mundiales, en lo referente al papel de las mujeres, que se daban
en los países que protagonizaban dichos conßictos. Una muestra
de ello se puede encontrar en el artículo titulado ‘The Professio-
nal Employment of Women’, escrito que expone la inßuencia que
ejercía la I Guerra Mundial sobre el tipo de trabajo de las mujeres
en la retaguardia. En este trabajo, desarrolla ciertas indicaciones
sobre la actividad femenina y su contratación, a la vez que lleva
a cabo una crítica de las condiciones en que se contrataban a las
mujeres. Ya que gran parte de los empresarios se encontraban por
primera vez ante la tesitura de contratar mano de obra femenina
por la escasez que existía de mano de obra masculina por motivo
del conßicto bélico. Hay que recordar que uno de los momentos
más signiÞcativos en el acceso de la incorporación de las mujeres
en el mercado laboral ocurrió durante la I Guerra Mundial, y
está relacionado con el reconocimiento del voto femenino, que se
alcanzó en 1818 en Gran Bretaña. En la misma línea se encuen-
tra el comentario escrito en la sección Miscellanea2, del Journal
of the Royal Statistical Society, titulado ‘The Social Status of Women
Occupiers’, escrito a partir de la declaración pública hecha por
Herbert H. Asquito, que fue primer ministro entre 1908 y 1916,
en relación con el sufragio femenino. Collet intentó medir el estatus
social de las mujeres a través de la información generada por C. Booth
sobre las características sociales de las familias londinenses en 1891,

265
utilizando como indicador el número de personas que tenían como
servicio doméstico. Dentro de este contexto se encuentra el artículo
‘Domestic Service’, en el que llevó a cabo un análisis de la situación de
la mujer en el segmento de mercado del servicio doméstico.
El tercer aspecto está organizado desde una perspectiva de reco-
rrido histórico. La autora llevó a cabo en el trabajo titulado ‘Reports
of the Massachusetts Bureau of Statistics of Labour on Working
Women’ un análisis de los informes de periodicidad anual154 que
elaboró dicha institución americana sobre las condiciones de tra-
bajo de las mujeres en dicho Estado, así como sobre el tipo de infor-
mación estadística que se había utilizado para su evaluación. Su
análisis se centró especialmente en el área de Boston y en el centro
más importante de dicho Estado en aquellos veinte años de análisis,
que es la ciudad de Lowell, con sus conocidas industrias textiles.
También llevó a cabo, ya en su propio país, un análisis de la evolu-
ción del empleo femenino, a partir de la información suministrada
por las fuentes estadísticas oÞciales, en ‘The Collection and Utili-
sation of OfÞcial Statistics Bearing on the Extent and Effects of
the Industrial Employment of Women’. En esta publicación realizó
una crítica del tipo de información que se obtiene en los seis censos
que analiza, de 1841 a 1891, por lo que respecta al trabajo que lle-
vaban a cabo las mujeres, denunciando que dicha información era
menos precisa que la que se obtenía para los hombres. Propuso que
se llevara a cabo una revisión sobre los distintos criterios que se uti-
lizaban para recabar la información sobre el empleo femenino en
orden a la medición más correcta de su contribución. Por último,
en esta misma perspectiva histórica también se encuentra la ponen-
cia que presentó en el Adam Smith Club en el año 1935, titulada
‘The Present Position of Women in Industry’, en la que analiza
el efecto de las distintas legislaciones sobre el trabajo de la mujer
casada en lo que se reÞere al reconocimiento de sus derechos.

154. El primer informe corresponde a 1870 y el último a 1889.

266
Desde la perspectiva de las remuneraciones al trabajo feme-
nino, cuarta faceta que se puede considerar, el artículo ‘The
Expenditure of Middle Class Working Women’, reseñado más
arriba, analiza no sólo el nivel de dichos salarios, sino también
en qué eran gastados por las mujeres, para evaluar la indepen-
dencia económica de las mujeres trabajadoras en orden a proveer
sus necesidades tanto presentes como futuras; y en ‘Cost of Food
for an Adult Woman’ estudia qué proporción de sus ganancias
destinaba la mujer al gasto alimenticio y bajo qué criterios. Este
análisis lo llevó a cabo desde el Ministerio de Comercio en 1912,
por lo que los datos que utilizó para su realización los obtuvo de
las propias publicaciones de dicho ministerio.
En quinto lugar se han agrupado los interesantes obituarios
que escribió a la muerte de tres de sus principales maestros, que
ejercieron una gran inßuencia en su vida y en su profesión y a los
que en todo momento mantuvo su agradecimiento. El que dedicó
a Henry Higgs (Collet, 1940) está escrito a partir de trozos del
propio diario de Collet, lo que nos ilustra sobre ciertos aspec-
tos de su biografía muy interesantes. De igual forma, también
se describen hechos personales en el que redactó para Charles
Booth (Collet, 1945), y, por último, en el que escribe a la muerte
de Herbert S. Foxwell (Collet, 1936), acompañando a una larga
y extensa glosa del mismo por parte de J. M. Keynes, también
encontramos referencias personales de su propia relación con el
profesor Foxwell cuando recuerda los inicios del Junior Economic
Club y su reconversión en el Economic Club, en el que Herbert
S. Foxwell tuvo una gran implicación.
Es interesante destacar, de manera excepcional para su época,
que fue requerida para colaborar en el prestigioso Palgrave Dictionary
of Political Economy en el año 1896. En esta edición están recogidas
las dos voces debidas a la autora, ciertamente en el área de la acti-
vidad de las mujeres: ‘Female labour’ y ‘Females and children, ear-
nings of ’, el primero de ellos sobre el trabajo femenino y el segundo
centrado en los sueldos y salarios de las mujeres y los niños.

267
Por último, hay que resaltar que además de la economía y la
estadística estuvo interesada en otros campos del conocimiento,
como lo demuestran sus publicaciones sobre la historia de su fami-
lia (Bowley, 1950), a cuya investigación dedicó en gran medida su
tiempo durante sus años de jubilada; y el artículo ‘Moral Tales’, en
el que se observa su interés en aspectos éticos y morales, sobre todo
por su inßuencia en la educación y formación de la infancia.

4. OTRAS APORTACIONES DE CLARA ELIZABETH COLLET

En este epígrafe resaltamos los comentarios y valoraciones (Reviews


y Notes and Memoranda) de publicaciones y trabajos de otros inves-
tigadores en el campo económico y no económico, que son un
reßejo del amplio interés cientíÞco de Collet, así como del reco-
nocimiento que sus contemporáneos le profesaban. Es posible
ordenar dichas aportaciones en dos grupos, las llevadas a cabo
como recensiones de libros, y las que se reÞeren a artículos publi-
cados en revistas.

Por lo que respecta al primer grupo, se encuentra la recen-


sión del libro de F. Dekker Watson, publicada en The Economic
Journal (Collet, 1923). Dicho libro estudia las sociedades de cari-
dad155 existentes en Estados Unidos en los últimos años del XIX
y primeros del XX. En sus comentarios, Collet hace especial refe-
rencia a los problemas de entendimiento que pueden darse entre
ambos lados del Atlántico en lo referente a la valoración de las
diferencias existentes entre las sociedades Þlantrópicas america-
nas, como es el caso de la Philadelphia Society, y el funciona-
miento de su correlativa en el Reino Unido, la London Society.

155. Charity Organisations.

268
Los aspectos relacionados con la caridad o la Þlantropía aparecen
reiteradamente en la vida de Collet, como se tendrá ocasión de
ver en otras reseñas. Las organizaciones de caridad estaban aso-
ciadas al modelo capitalista del siglo XIX y al deseo de ayudar
desde las clases privilegiadas a los más desfavorecidos.
La segunda reseña se titula ‘Women in Industry. A Study in
American Economic History’, en la que analiza un libro de Edith
Abbott. En este caso, el libro, como indica su autora, lleva a cabo
una indagación a través de la historia y de los datos sobre el empleo
femenino en América. Los comentarios de Collet a los diferentes
capítulos que componen la obra van desde la valoración que el
puritanismo tuvo en la caracterización de la mano de obra de
hombres, mujeres y niños en América, en oposición al papel que
desempeñó en Inglaterra, hasta el análisis de la posición de la mujer
en el trabajo de las manufacturas (calzado, tabaco y confección, por
ejemplo), subrayando el interés de contrastar este desarrollo con el
que se llevó a cabo en el Reino Unido. Collet enriquece esta reseña
con una referencia a la obra de Harriet Martineau156 , en concreto
con su visión sobre los operarios que trabajaban en las fábricas
de algodón de Lowell, en el Estado de Massachusetts, lo que pro-
porciona una idea del conocimiento preciso que tenía de la obra
escrita por otras mujeres pioneras en el campo de la economía.
El comentario que lleva a cabo del libro Life According to Jones,
escrito bajo seudónimo (Collet, 1919), se centra principalmente
en la valoración de las ideas ÞlosóÞcas de su autor, que las expo-
nía a través de diversos capítulos que iban desde la psicología de
los niños y adolescentes, la religión y el dogma o la inmortalidad,
pasando por la valoración de una adecuada relación entre veci-
nos, hasta desembocar en el problema del pago de la deuda gene-
rada por el enfrentamiento de la I Guerra Mundial.

156. La obra de H. Martineau a la que hace referencia Collet en su artículo se titula Mind
among the Spindles.

269
La última reseña que destacamos (Collet, 1903) es la realizada
sobre el libro de Helen Bosanquet titulado The Strength of the People:
a Study in Social Economics. Este libro es otra publicación que se
puede clasiÞcar en el campo de la Þlantropía o como gustaba lla-
marse a Þnales del siglo XIX y principios del XX, la “economía
de la caridad”. La autora intenta llevar a cabo un análisis de los
principios que determinan el progreso en la mente humana para
que, desde una óptica económica, el ser humano pueda alcan-
zar la mayor felicidad. La autora concluyó en el último capítulo
ofreciendo un programa de trabajo para los trabajadores sociales.
Collet enfatizó las líneas principales de esta obra, resaltando que
el punto central del libro se encuentra en la importancia dada a la
familia por su enorme inßuencia en la educación de los hijos.
Se cierra este apartado con la referencia al folleto editado por
la State Bonus League, en donde sus autores proponen un plan
para llevar a cabo una distribución equitativa de cinco chelines
por semana para todas las personas así como la forma de Þnan-
ciarlo. El comentario de Collet a dicho proyecto, aunque escueto,
es un indicativo de que la autora no despreciaba ninguna ocasión
para expresar sus opiniones a pesar de la pequeña magnitud de
dicha publicación (Collet, 1919).
En los comentarios y críticas hechos a artículos publicados por
otros autores, se puede observar un abanico de temas algo más
amplio que en el bloque anterior, aunque la mayoría están cen-
trados en el tema de las remuneraciones existentes en el mercado
de trabajo. En The Quarterly Journal of Economics se encuentra un
conjunto de reßexiones sobre el trabajo que J. Bonar publicó en
la misma revista tres meses antes (Collet, 1891). Éste es un buen
ejemplo del dominio que Collet tenía sobre la Teoría Económica
desarrollada hasta Þnales del siglo XIX, pues Bonar expone sus
conclusiones sobre las relaciones existentes entre el aumento de
los salarios contra el aumento del nivel de vida a la luz de dicha
teoría. Una vez más asoma el buen hacer didáctico de la autora,
pues utiliza un caso práctico —toma el salario medio que puede

270
alcanzar una típica familia a cuya cabeza se encuentra un tra-
bajador con un cierto grado de cualiÞcación y que vive en Lon-
dres— para ejempliÞcar sus reßexiones sobre las ideas propuestas
en el artículo original.
En las reßexiones sobre el trabajo de D. M. Barton (Collet,
1910), citado con anterioridad, Collet hace hincapié en la des-
cripción de la información recogida en las estadísticas conteni-
das en los censos de población relativos a los años para los que
Barton desarrolla su amplio trabajo, estadísticas, por otra parte,
muy conocidas y utilizadas por ella misma desde su puesto en la
Administración pública. Resaltó las ventajas de la utilización de
la información numérica oÞcial que estaba publicada en la Labour
Gazette 157 y que suministraba datos sobre los salarios tanto de
hombres como de mujeres, que serían de mucha utilidad para el
objetivo marcado por Barton, que, como se indicaba en el título
de su trabajo, se centra en el análisis del recorrido que han seguido
los salarios de las mujeres.
En la revisión que lleva a cabo del sumario presentado por
W. P. Reeves (Collet, 1901) sobre los sueldos de los trabajadores
en la colonia británica de Victoria (Australia), se observa, una vez
más, el conocimiento e interés que Collet manifestaba por todos
los escenarios económicos que dependían de la Corona británica,
a pesar de que Australia se independizó de la metrópoli en el
mismo año en que aparecen ambos artículos. El objetivo es el estu-
dio comparativo del abanico de salarios que se podía encontrar
en dicha colonia en los años 1896 y 1899, y sobre todo las dife-
rencias existentes entre hombres y mujeres. También comenta las
diferencias que existían entre los trabajadores de origen europeo
y los de origen asiático, encuadrados, por lo general, en diferentes
empresas. Una vez más aparece el interés pedagógico de Collet,
en este caso de forma explícita, pues casi al inicio de sus comenta-

157. La revista Labour Gazette fue fundada en 1893.

271
rios señala que el examen de dicho sumario puede ser útil, servir
en sí mismo, como lección para los estudiantes ingleses.
Por último, una vez más surge el inquieto espíritu de Collet
interesándose por todas las ramas de la ciencia. Aparece colabo-
rando junto con otros seis estudiosos en el experimento de psico-
logía aplicada, llevado a cabo en el ámbito de la Universidad de
Pensilvania, sobre la naturaleza del proceso por el que la mente
del ser humano genera asociaciones a partir de una palabra deter-
minada (Cattell y Bryant, 1889).

5. CONCLUSIONES

A la vista de la obra de C. E. Collet, cabe destacar la enorme


importancia que esta economista daba al uso de los datos numé-
ricos en su acercamiento cientíÞco a la realidad social que le
rodeaba. Ella hizo uso de todas las fuentes de datos que estaban
a su alcance, entre otras, los censos de población, las encuestas
a mujeres trabajadoras y los informes sobre la actividad de las
empresas y fábricas, redactados por funcionarios públicos, y a
los que Collet tenía fácil acceso por su trabajo en la Adminis-
tración. Este acercamiento “cuantitativo” le permitió un análisis
más preciso de las condiciones salariales de las mujeres, así como
el estudio de las prácticas para realizar los contratos a las muje-
res, sobre todo en las principales industrias del país. Este interés
por los datos económicos estuvo en la obra de C. E. Collet desde
el principio de su actividad profesional, como se puede observar
en sus primeras investigaciones en el equipo de C. Booth, y lo
mantuvo también en su calidad de funcionaria pública en todos
los trabajos que llevó a cabo en la Administración, como ha que-
dado atestiguado en su trabajo ‘The Collection and Utilisation of
OfÞcial Statistics Bearing on the Extent and Effects of the Indus-
trial Employment of Women’. Por otro lado, es necesario hacer

272
mención a su probidad intelectual pues, en ningún caso, utilizó
los datos numéricos de forma interesada, ni tergiversada, pues
siempre realizó sus conclusiones con un alto grado de sentido crí-
tico, nunca extrajo ninguna que no fuera avalada por los datos, y
en ningún momento escondió los resultados que obtuvo a partir
de los mismos, aun cuando fueran incompatibles con sus ideas.
Muestra de la utilización e interpretación precisa que de los datos
hacía la autora, y a modo de ejemplo, son las matizadas conclu-
siones que se pueden encontrar en la publicación ‘Changes in the
Employment of Women and Girls in Industrial Centres’ y en la
discusión que llevó a cabo del artículo que D. M. Barton presentó
en la Royal Statistical Society en 1919, a los que se ha hecho men-
ción en este capítulo.

273
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277
Joan Robinson y la competencia imperfecta
Begoña Pérez Calle

Tal vez de Joan Robinson puede decirse que es el icono de la


mujer economista. Elaboró su inigualable trabajo en un mundo
de hombres entre los que encontró sus apoyos, sus elementos
en contra, sus amistades y pasiones personales y profesionales,
incluso su vida familiar. ¿Respetada como un hombre más o dis-
criminada por ser mujer? Ha habido opiniones para todo, pero de
una forma u otra, Joan Robinson (“la señora Robinson” llamada
más a menudo que “profesora Robinson”), líder de la Escuela
de Cambridge y destacada neorricardiana y postkeynesiana, fue
un elemento humano fundamental en el giro que realizó la teo-
ría económica en la década de 1930, época en la que sus prime-
ras investigaciones marcaron un antes y un después en el análisis
de la competencia. Ciertamente, “si a un economista mayor de
cuarenta años le preguntásemos por el nombre de alguna colega
de fama mundial, con certeza respondería la señora Robinson”
(Figueras, 2004, 1).
El objetivo de nuestro trabajo es adentrarnos en su obra
microeconómica, concretamente en las importantes investiga-

279
ciones que realizó en el terreno de la competencia imperfecta,
revisando sus conocidas aportaciones y estudiando las inßuencias
recibidas de otros autores, tanto aquellas que ella públicamente
reconoció como otras que nunca puso de maniÞesto y que consi-
deramos que existieron.

1. JOAN VIOLET MAURICE, ECONOMISTA

El 31 de octubre de 1903 en Camberley (Surrey), nació Joan Vio-


let Maurice. En 1925, tras Þnalizar sus estudios de Economía de
la Universidad de Girton en Cambridge, se casó con el econo-
mista Edward Austin Gossage Robinson, marchando a la India,
donde permanecieron tres años y regresando a Cambridge como
docente en 1929. Durante la década de 1930 publicó tres libros
y varios artículos y fue miembro del Circus de John Maynard
Keynes. Se ofreció voluntariamente para colaborar con el Partido
Laborista Británico y aún fue capaz de criar a dos hijas.
Sus primeros aportes en economía los realizó en el área de
la competencia imperfecta, oponiendo una variante a la tradi-
ción neoclásica-marshalliana que dicotomizaba la economía
en la competencia perfecta o el monopolio absoluto. Robinson
participó como colaboradora en la Teoría general de la ocupación,
el interés y el dinero, de Keynes, publicada en 1936, de lo cual se
mostraría siempre orgullosa, al haber podido sacar conclusiones
de ella antes de que se publicase (“Me encontraba en la situa-
ción privilegiada de pertenecer a un grupo de amigos que cola-
boraron con Keynes mientras la escribía”) (Robinson, 1984, 205).
Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó para varios comités
de gobierno en temas relacionados con el momento bélico, publi-
cando en 1942 Essay on marxian economics, donde intentó rescatar
los aspectos puramente económicos y conceptuales de la obra de
Karl Marx.

280
Sus aportes a la teoría del capital y del crecimiento económico
en las décadas de los cincuenta y sesenta gozaron de gran recono-
cimiento. Protagonizó junto con Robert Solow y Paul Samuelson
la ‘Controversia entre las dos Cambridges’ en relación a la teoría
del capital y sus implicaciones en la teoría del crecimiento, no
aceptando la síntesis neoclásica.
A pesar de sus éxitos, hasta 1965 no consiguió la posición de cate-
drática en la Universidad de Girton. En 1979, apenas cuatro años
antes de su muerte, fue la primera mujer en integrarse en la Univer-
sidad de Kings. Falleció el 5 de agosto de 1983 en Cambridge.
La ciencia económica no podía manifestarse para ella carente
de doctrina ni separada de la política, según sus propias palabras,
“las doctrinas económicas siempre nos llegan como propaganda.
Esto está ligado a la naturaleza misma del tema, y pretender lo
contrario en nombre de la ciencia pura es una forma muy anti-
cientíÞca de negarse a aceptar los hechos (...) si ustedes estuvieran
interesados en un tema al cual vale la pena dedicarse debido a su
atracción intrínseca e hicieran a un lado sus consecuencias, no
escucharían una conferencia sobre economía. Estarían, por ejemplo,
trabajando en matemáticas puras o estudiando el comportamiento
de los pájaros” (Robinson, 1973 c, 23) El economista, para ella,
tenía la obligación de aportar soluciones prácticas y adecuadas,
si no, su trabajo sería inútil: “las soluciones que los economistas
ofrecieron a estos problemas no eran menos ilusorias que las de
los teólogos a los que ellos desplazaron” (Robinson, 1966, 156).
Nunca ocultó su ideología ni las inquietudes del momento, a
partir de la teoría marshalliana de su formación ya se esforzó en
intentar demostrar cómo los modelos de Marx y Keynes se apo-
yan en una misma base, rastreando en los modelos de competen-
cia imperfecta una teoría de la distribución muy similar a la mar-
xiana, deÞniéndose a sí misma como la “keynesiana de izquierdas
por antonomasia” (Robinson, 1984, 205), integrando en su obra
elementos tomados tanto de Keynes, al que le unía una estrecha
relación, como de Marx (“llevo a Marx en la médula de los huesos

281
y usted lo tiene en la boca”158 —Robinson, 1984, 206—) y Kalecki
(quien para ella había expuesto una versión más coherente de la
Teoría general, al introducir la competencia imperfecta en el análisis
—Robinson, 1984, 127—), argumento que haría a Joan Robinson
decir años después que “la versión de Kalecki, en cierta medida,
constituyó una teoría general más auténtica que la de Keynes”
(Robinson, 1973 c, 67).
Encasillada a menudo como keynesiana ferviente, debemos
añadir que ella realmente subió al tren del keynesianismo con
la intención de ayudar, pero nunca como seguidora de un líder,
ni siquiera consideraba que la revolución keynesiana hubiera
supuesto un gran triunfo intelectual, “al contrario, fue una tra-
gedia porque llegó tan tarde. Hitler ya había descubierto cómo
resolver el problema del paro cuando Keynes todavía estaba
explicando sus causas” (Robinson, 1984, 132).
Ya desde 1932 y a pesar de sus autocríticas posteriores, se
retrató en cada línea que escribía como una autora práctica y
concisa, en cuyos desarrollos de teoría económica imperaba el
sentido común159, abogando por la sencillez en el método y tra-
tando como tema fundamental el análisis del valor, el cual sólo es
posible partiendo de un sencillo postulado de racionalidad: “cual-
quier individuo nunca emprenderá en su vida económica una
acción que suponga más pérdidas que ganancias” (Robinson, 1973,
31); a dicho sentido común hay que añadir su siempre disposición
a escuchar la opinión del contrario como hábito enriquecedor
(años después señaló como el fallo de los marxistas el negarse
a aprender de quienes tenían concepciones políticas desagra-
dables para ellos, añadiendo: es absurdo rehusar aprender de

158. Al distinguir su condición de keynesiana de izquierdas contra marxista.


159. Mientras desarrollé este trabajo, me sorprendió que Quesada ya había empleado la
expresión “sentido común” para referirse a Joan Robinson: “De Joan Robinson siempre he
admirado el vigor con el que ha tratado de imponer en muchas ocasiones el sentido común
entre los economistas, y entre otras su propia ideología” (Quesada, 1983, página 175).

282
las ideas de un economista cuya ideología desagrade, al igual
que apoyarse en las teorías de quienes tienen afines (Robinson,
1973 c, 27-33).
Su heterodoxia unida a su gran adaptabilidad y capacidad
para analizar cualquier situación económica hacen tarea harto
difícil el encasillamiento de Joan Robinson, aunque sí existen
pautas de comportamiento comunes a lo largo de toda su trayec-
toria en cuanto a la adaptación y la reinterpretación de modelos
establecidos con el Þn de convertirlos en más reales y creíbles,
como podemos observar tanto en sus aportaciones a la teoría de
la competencia, del monopolio, del mercado de trabajo, al key-
nesianismo, al marxismo, etc. Por algo fue caliÞcada como “una
cabeza privilegiada que ejercía de contrapeso intelectual impor-
tante a la ortodoxia vigente” (Quesada, 1983, 176).
Si bien Joan Robinson hizo grandes contribuciones en el área
de la economía como un brillante cientíÞco, sin distinción de sexo,
hemos de añadir que en su papel en la ciencia económica pode-
mos observar a una mujer con un gran mundo interior, enfren-
tándose además a un público entendido y exigente, formado en
su grandísima mayoría por hombres. Su valentía y gran carácter
se puso de maniÞesto en muchas ocasiones, como por ejemplo y
a modo anecdótico, al expresar en voz alta opiniones como “un
indicio seguro de una crisis es la aparición de chißados (...) los
críticos y los chißados se multiplican porque los economistas orto-
doxos han descuidado los grandes problemas que todo el resto
del mundo considera urgentes y amenazantes” (Robinson, 1984,
133), o sencilla y llanamente que Piero Sraffa era el único varón
que ella respetaba.
Su método, que muchos economistas casi podemos considerar
un lema, consistía en utilizar las teorías para aprender y explicar,
pero siempre con el principio de utilizar lo necesario de éstas con
el Þn de alcanzar la verdad: “Cualquier teoría nos lleva al fracaso
si la seguimos ciegamente (...) El propósito de estudiar la ciencia
económica no consiste en adquirir un conjunto de respuestas ya

283
elaboradas para las cuestiones económicas, sino aprender cómo
evitar que los economistas nos engañen”(Robinson, 1973 c, 39).

2. “LA REVOLUCIÓN DE LA COMPETENCIA IMPERFECTA”

Expertos en pensamiento económico como Alessandro Roncaglia


sitúan en Joan Robinson el comienzo de la llamada “revolución de
la competencia imperfecta”, si bien a la vez caliÞca dicha “revolu-
ción” como un tanto exagerada, al considerar que Joan Robinson
se mantiene sustancialmente dentro de un marco marshalliano
(Roncaglia, 2006, 543).
Bajo el reinado de este marco, cuyos elementos estáticos habían
sido convertidos por Pigou en un esquema lógico impecable, en
1926 es publicado en The Economic Journal el artículo de Piero
Sraffa ‘The laws of returns under competitive conditions’. Para
Joan Robinson, este artículo fue como la buena nueva, y Piero
Sraffa, el Mesías que emancipó al “análisis económico de la tira-
nía del supuesto de competencia perfecta” (Robinson, 1984, 45)
y al que ella se adhirió como la más ferviente de los apóstoles con
el propósito de “atacar la lógica interna de la teoría del equili-
brio estático” (Robinson, 1973, 8), según sus propias palabras,
“la nueva crítica, inspirada por Piero Sraffa, no únicamente se
burla de la ortodoxia. Penetra en su sistema teórico y expone sus
debilidades desde dentro. El debate se lleva a cabo en el plano
del análisis lógico, cuando el argumento lógico ha sido refutado,
la ideología ortodoxa queda ßotando en el aire, privada de lo que
pretendía ser su base cientíÞca” (Robinson, 1973, 101).
De esta forma, atribuyéndolo personalmente a Sraffa, Joan
Robinson comenzó su análisis de los mercados de competen-
cia imperfecta. Su obra Economía de la competencia imperfecta, de
1933, ha sido caliÞcada como un tour de force analítico (Ekelund
y Hébert, 1997, 525), donde la mayoría de economistas destacan

284
que introdujo su importante “caja de herramientas” y reintrodujo
el concepto de ingreso marginal de Cournot en la teoría de la
empresa.

2.1. Evolución natural de las posturas marshallianas


La común caliÞcación de Joan Robinson como continuadora
de Marshall no es, en nuestra opinión, del todo correcta. Sí que
podemos hablar de cierta continuación, pero enmarcada en una
evolución “natural” de las posturas marshallianas; en palabras
de la propia Robinson, “cuando llegué a Cambridge en 1922 y
empecé a estudiar economía los Principios de Marshall eran la
Biblia (...), Marshall era la Economía (...). Cuando volví a Cambridge
en 1929 y empecé a enseñar, las cátedras de Piero Sraffa estaban
rompiendo nuestro aislamiento. Se dedicaba él con toda calma
a lo que entonces era un sacrilegio: señalar las incongruencias
de Marshall (...) la profunda incongruencia entre la base está-
tica y la superestructura dinámica se había tornado demasiado
evidente”, para ella, y aunque a pesar de todo se “tragaban la
píldora” (Robinson, 1973 c, 7), en los Principios existía un conßicto
profundamente arraigado (que se agudizaba especialmente en el
tema de los rendimientos crecientes) que perturbaba al propio
Marshall, entre el análisis, puramente estático, y las conclusiones
extraídas de éste, aplicados a una economía desenvolviéndose en
el tiempo con una acumulación en expansión. El desfase con el
mundo real era tremendo, tal y como ella lo describía: “En la
microteoría ortodoxa (...) cuando las grandes concentraciones de
poder en las empresas multinacionales están acabando con la era
de la política de empleo nacional, los libros de texto todavía
están ilustrados con curvas en forma de U que muestran la limi-
tación en el tamaño de las empresas en un mercado perfecta-
mente competitivo” (Robinson, 1973 c, 67).
Joan Robinson, si bien nunca negó sus orígenes marshallia-
nos, realizó una continuación crítica y se presentó como la tabla

285
de salvación de la teoría que se está hundiendo: “La visión que
tenía Marshall de la competencia no era muy precisa (...) está-
bamos en 1930 en medio de una profunda crisis económica”
(Robinson, 1973, 11). Esta crítica de las posturas marshallianas
la realizaba incluso con ella misma, como en el prefacio de la
edición de 1969 de Economía de la competencia imperfecta, cuando
aÞrmó que para poner en pie su sencillo análisis hubo de suponer
que cada empresa vendía una sola mercancía, lo que llevaba a un
tratamiento engañoso de las ramas de la industria, considerado
por ella un “fallo”, el cual ya se había ocupado de señalar en su
artículo ‘La competencia imperfecta en retrospectiva’, publicado
en Economic Journal en septiembre de 1953 y en el volumen I de
Collected Economic Papers. En el mismo artículo, había llegado a
decir que “Economía de la competencia imperfecta era una obra de eru-
dición. Tenía por objeto analizar los eslóganes de los manuales
de hace veinte años (...) Los supuestos que resultaban adecuados
—o que esperaba que lo fuesen— para tratar esos problemas no
constituyen ni mucho menos una base apropiada para un análi-
sis de los problemas de precios, producción y distribución que se
plantean en la realidad” (Robinson, 1973 b, 257).
Ciertamente, Joan Robinson había comenzado su primera edi-
ción afirmando: “había procurado basarme en las tesis de Mar-
shall y del profesor Pigou. Todos los economistas estamos en deuda
con ellos...; estoy en deuda principalmente con Piero Sraffa, por su
artículo del Economic Journal de diciembre de 1926 (...) debe consi-
derarse como la fuente de la que ßuye mi trabajo, pues el objetivo
fundamental de este libro es desarrollar su fecunda sugerencia de
que la teoría del valor debe tratarse en términos de análisis del
monopolio” (Robinson, 1973 a, 21) y reconociendo además las
aportaciones de Harrod, Shove y Robertson160. Consciente de los

160. Manuel de Torres, en su prólogo (Robinson, 1946, página XV), considera a estos autores,
con motivo de la discusión de las ideas de Sraffa, precursores de la obra de Joan Robinson.

286
trabajos que se desarrollaban paralelamente, aclara que, si bien
contemporáneamente otros autores están desarrollando métodos
similares al suyo para tratar los problemas del monopolio (como
Schneider y Stackelberg), sus aportaciones pierden al estar presi-
didas por un marco matemático “innecesariamente complicado
en aspectos donde basta con métodos geométricamente sencillos”.
AÞrma conocer la obra de Chamberlin y observa cómo coincide
en muchos puntos con sus conclusiones, aunque dice que apare-
ció demasiado tarde para estudiarla con detalle161.
Su deÞnición particular de monopolio viene tras enmarcarlo en
la difícil situación en que, tradicionalmente, éste venía envuelto,
emprendiendo el análisis del valor desde el punto de vista de la
competencia perfecta, lo cual llevaba a un esquema casi homogé-
neo que incluía cierto encanto, apareciendo el análisis del mono-
polio como un “mendrugo indigesto, que el análisis basado en la
competencia nunca acababa de tragar” (Robinson, 1973 a, 28),
situación sobre la que Sraffa había reßexionado recomendando
cambiar de dirección y volver la vista hacia el monopolio. Joan
Robinson siempre concibió como imposible la competencia per-
fecta en los mercados reales puesto que “en la búsqueda de sus
intereses, los individuos se dan cuenta de las ventajas de ponerse
de acuerdo para competir entre sí. Los monopolios, los sindicatos,
los partidos políticos, surgen precisamente del proceso de competen-
cia e impiden su efectividad como mecanismo destinado a garan-
tizar el bien común” (Robinson, 1973 c, 23).
De la sencilla pregunta ¿por qué un vendedor vende su mer-
cancía a este precio? se genera el estudio de la oferta y la demanda
y su dicotomía, lo que acaba encuadrándose en un complicado
sistema del cual Joan Robinson aÞrma que “es parte esencial del

161. Poco después, en 1934, ya habiendo estudiado esta obra, en su artículo ‘¿Qué es
competencia perfecta?’ le otorga reconocimiento en cuanto a su separación en competencia
y pura y competencia perfecta, a pesar de que considera su terminología algo equívoca
(Robinson, 1984, página 46).

287
equipo de todo economista teórico, cuyo objetivo último es encon-
trar respuesta a los problemas prácticos que le plantea el mundo
real, y yo he preparado esa caja de herramientas que es mi obra,
con la esperanza de ayudarle en su tarea” (Robinson, 1973 c, 32).
La obra se puede etiquetar como perfecta desde el punto de
vista didáctico a la hora de describir la temática del mercado y
la competencia en situaciones de equilibrio estático, lo que pode-
mos observar desde el momento que presenta su técnica, donde
incluye sus hipótesis e instrumentos de cálculo. Partiendo de la
hipótesis fundamental de racionalidad, dicha técnica consiste en
separar en dos partes los elementos de la situación que influyen
en las decisiones del individuo; en concreto y considerando la
decisión de un productor individual respecto al precio de venta,
estas dos partes serán dos curvas: la demanda y los costes de pro-
ducción; en base a ello desarrolla el tema central al que ya se
había referido: la teoría del valor162.
Cuando presenta la curva de demanda arremete contra el modo
en que Marshall la concibió, puesto que suponer ceteris paribus los pre-
cios de los demás bienes “no sólo elimina toda esperanza de trazar
unas curvas de demanda realistas, sino que además es bastante iló-
gico en sí mismo” (Robinson, 1973 a, 47), considerando más correcto
el procedimiento de Pigou al suponer Þjas las condiciones de oferta
en lugar de los precios. Del mismo modo, las curvas de costes que
emplea reßejan sólo el efecto que causa sobre los costes una altera-
ción de la producción ceteris paribus las demás condiciones.

2.2. La reintroducción del ingreso marginal de Cournot


Los instrumentos técnicos que emplea Joan Robinson, las
“herramientas”, pueden resumirse en las curvas de valores

162. Expresión que identiÞca con el nombre falso que se da al análisis de la producción de
una mercancía simple, considerada aisladamente.

288
medios, de valores marginales, las elasticidades y las relaciones
existentes entre ellas. Con respecto a la elasticidad, hay que
señalar que introdujo el concepto de elasticidad de sustitución
junto con Hicks en su obra de 1932 Theory of Wages (Schumpeter,
1995, 1.245).
En su empeño por precisar un análisis sencillo del problema
de determinar el precio fijado por un productor para su mer-
cancía, trata su equilibrio del monopolio. El tratamiento, de
gran amenidad, fija el precio y la producción de equilibrio vía
ingreso marginal igual a coste marginal, tratando las curvas de
costes de la empresa a la manera de su esposo, E. A. G. Robin-
son, en su obra de 1931 Structure of Competitive Industry (donde
debatía el tamaño óptimo de las empresas), y refutando, como
es común, conclusiones de Marshall, esta vez tachando de
“deducción falsa” la suposición de que el precio baja nece-
sariamente al aumentar la demanda en empresas en las que
los costes medios disminuyen necesariamente al aumentar la
producción, encontrándonos de nuevo a una Robinson cier-
tamente crítica con Marshall, pues hace referencia a “muchos
investigadores” pero únicamente lo nombra a él cuando pone
un ejemplo.
Una de las grandes contribuciones que se le atribuyen es el
restablecimiento del análisis marginal (Ekelund y Hébert, 1997,
526), pues aunque Marshall y los neoclásicos lo habían compren-
dido, sus análisis gráÞcos de máximo beneÞcio se construían en
términos de costes e ingresos totales. El objetivo del productor,
maximizar su beneÞcio, lo resuelve ella mediante la regla margi-
nalista (ingreso marginal = coste marginal), que a partir de enton-
ces se convirtió en un elemento corriente para el análisis de mer-
cado, “reintroduciendo” (tal y como se ha venido considerando
tradicionalmente) el concepto de ingreso marginal de Cournot,
marginal respecto a la demanda, aclarando que no ha de confun-
dirse con el precio marginal de demanda de Pigou y reconociendo
que este método lleva marginalmente a las mismas conclusiones

289
que el método utilizado por Marshall163, criticable para ella por
haber separado “artiÞcialmente” la competencia y el monopolio,
tratando la competencia con método marginal y monopolio con
método de las áreas.
La utilidad del método hacia el mundo real la describe cla-
ramente: evidentemente ningún economista puede calcular el
punto exacto de máximo ingreso neto, pero si las condiciones de
oferta y demanda permaneciesen constantes durante un periodo
de tiempo suÞcientemente largo, podrá encontrar el valor de la
producción más rentable simplemente haciendo un balance de
ingresos marginales y costes marginales y viendo si vendiendo un
poco más aumentan o disminuyen sus ganancias netas.
La reintroducción del ingreso marginal de Cournot y el empleo
de la regla marginalista son considerados por la mayoría de los
autores (Galbraith, 1948, 21) una gran aportación de Joan Robin-
son, sin embargo aquí hemos de señalar que dicha consideración
ha sido en ocasiones discutida y puesta en pie de duda164. El pro-

163. Que consistía en encontrar el precio para el que el área que representa al ingreso
monopolista neto sea máxima.
164. Destaca el caso expuesto por Figueras y Fernández López, que atacando al “imperia-
lismo cultural anglosajón” del momento, reclaman la Þgura del ingeniero de Buenos Aires
Teodoro Sánchez de Bustamante (Figueras, 2004, página 12), quien había sido discípulo a
distancia de Cournot, como el primero que dio en su tratamiento presencia a la curva de
ingresos marginales (a la que llamó “curva de entrada especíÞca”) en su trabajo de 1919
‘Investigaciones de economía matemática’.
Joan Robinson otorga, a la hora de tratar este tema, reconocimiento explícito a Harrod, Yn-
tema, Sraffa y Viner, sin embargo desconoce por completo la aportación del argentino. En
cualquier caso, lo dicho simplemente es una consideración curiosa a tener en cuenta, puesto
que a pesar de existir ese trabajo de 1919, es obvio que no tuvo repercusión en el estudio de
la competencia imperfecta hasta que Joan Robinson utilizó esta herramienta en su análisis.
Verdaderamente hemos de pensar que la obra de Sánchez de Bustamante era desconocida
por Robinson y seguir la opinión de Spiegel en cuanto a que el ingreso marginal había sido
conocido por Cournot como expresión matemática que “sin nombre o bajo designaciones dis-
tintas, había aparecido ocasionalmente en la literatura”. Se toma comúnmente como precur-
sor signiÞcativo a Roy Harrod en 1930 con el nombre de “incremento de la demanda global”,
mientras que la designación “ingresos marginales” obedece a la idea de E. A. G. Robinson.

290
pio Chamberlin, en referencia al ingreso marginal, consideraba
que “la señora Robinson había exagerado la importancia de éste”
y el tender a relacionarlo con la competencia imperfecta y mono-
pólica podía considerarse “un accidente histórico” (Chamberlin,
1956, 196-197).
En esta línea, nuestra investigación ha de dirigirse al matemá-
tico italiano fascista Luigi Amoroso cuando nos ponemos frente a la
reintroducción del ingreso marginal. Utilizando sus “herramientas”,
concretamente la relación entre valores medios y marginales, deduce
geométricamente que el precio debe ser igual al coste marginal
multiplicado por el cociente entre la elasticidad de la demanda y
dicha elasticidad menos uno, es decir, P = CMa( e-1 e ), y como
IMa = CMa, de ahí se deduce la conocida fórmula IMa = p(1-e1 ),
difundida por Erich Schneider en 1954 como “fórmula de Amo-
roso-Robinson” (Schneider, 1971, 417).
Luigi Amoroso ya había presentado el ingreso marginal de
Cournot y había empleado la regla marginalista en sus Lezioni di
economia matemática de 1921 (Amoroso, 1921, 257-259). Con res-
pecto a la fórmula IMa = p(1-e1 ), ésta había sido deducida por
Amoroso en su artículo de 1930 La curva statica di oferta (Amoroso,
1930, 10). En ningún momento Joan Robinson hace referencia al
italiano, lo que hace cuestionarnos si conocía o no su obra. Ver-
daderamente es muy probable que su gran amigo y predecesor en
el tema Piero Sraffa sí conociese las Lezioni de Amoroso, y todavía
más, que, dada su mala relación con el fascismo, no otorgase nin-
gún tipo de reconocimiento a un matemático fascista, actitud que
entendemos que pudo transmitirle a ella165.
Por otra parte, ya hemos dicho que Joan Robinson sí que
afirmaba conocer la obra de Erich Schneider, a la que había
criticado por su excesivo nivel matemático, como hemos dicho

165. No olvidemos la devoción profesional y personal que sentía Joan Robinson por Piero
Sraffa.

291
anteriormente. Schneider, profesor de la Universidad de Kiel,
había publicado en 1932 su obra Reine Theorie monopolistischer
Wirtschaftsformen, con no pocas referencias a Luigi Amoroso (inclu-
yéndole incluso en los agradecimientos de su prólogo junto con
Schumpeter y Schultz), concretamente a las Lezioni y al artículo
‘La curva statica di oferta’, introduciendo también (aunque con
cierta complicación analítica) el ingreso marginal (al que llama
volumen de ventas límite) a la manera de las Lezioni (Schneider,
1932, 148-151). En 1932 Schneider publicó también el artículo
‘El problema de los costes y la distribución en una industria trusti-
Þcada’ (Schneider, 1971, 264 y siguientes), donde expuso los siste-
mas de ecuaciones que determinan la situación de equilibrio para
el caso de empresas que se encuentran en situaciones de compe-
tencia limitada166, apoyándose de nuevo en las Lezioni de 1921 y
llegando a la conclusión de que el volumen de producción global
más favorable para el trust será el que iguale el ingreso marginal a
los costes marginales.
Visto todo esto parece difícil que Joan Robinson, de una forma
u otra, no fuese consciente de esa reintroducción del ingreso mar-
ginal de Cournot en la obra de Luigi Amoroso167. A pesar de ello,
no podemos pasar por alto su gran mérito: facilitar enormemente
el análisis convirtiéndolo en algo asequible matemática y geomé-
tricamente gracias a sus “herramientas”.

166. Nombre que da Schneider a una situación en la que compiten entre sí algunas em-
presas lo suÞcientemente grandes como para poder modiÞcar por sí mismas el precio del
producto por medio de variaciones en las cantidades a producir.
167. En cualquier caso, y teniendo en cuenta la hegemonía anglosajona, no podemos olvi-
dar que Amoroso era un economista de la Italia fascista cuya obra lógicamente no tenía las
mismas posibilidades de difusión de un autor de la Escuela de Cambridge.

292
2.3. Comparaciones con la obra de Chamberlin y respuesta
del público
Una de las ideas esenciales de Edward Chamberlin, cuyo origen
atribuyó él mismo en 1961 (Ekelund y Hébert, 1997, 517) a
la controversia Taussig-Pigou sobre tarifas ferroviarias, era que
la mayoría de las empresas no se implican solamente en una
política de precio sino en otros elementos distintos, cada empresa
disfruta de cierta ventaja exclusiva que le otorga cierto control
sobre éste, lo que es un elemento monopolístico y que describió
explícitamente: derechos de autor, marcas registradas, marcas en
general y espacio económico. Su punto esencial estaba claro: no
existe prácticamente ningún mercado que no se caracterice por
elementos monopolísticos. La publicidad era la forma de actua-
ción más relevante en la competencia monopolística (forma en
que denominó al mercado, agrupando en sus llamados “costes
de venta” a estos elementos: gastos en publicidad, salarios de los
vendedores, gastos de departamentos de venta, márgenes a dis-
tribuidores, costos de exhibición o muestra —Chamberlin, 1956,
124—); siendo el propósito de estos costes modiÞcar la posición o
elasticidad de la función de demanda a que se enfrenta la empresa.
Cada vendedor cree, erróneamente, que puede aumentar sus
beneÞcios disminuyendo el precio, mientras que sus rivales no lo
disminuirían, pero sus rivales van a actuar igual; de esta forma, a
lo que se va a llegar será a un desplazamiento debajo de la curva
de demanda de la empresa hasta que sea tangente a la de costes
medios a largo plazo, desapareciendo los beneÞcios económicos.
Encontramos aquí un equilibrio estable en una solución de tan-
gencia, solución que recibió ciertas críticas con respecto al posible
despilfarro de recursos que conllevaba (tanto por no producir un
volumen óptimo como porque la diferenciación del producto y la
consiguiente demanda decreciente hace imposible una escala de
planta socialmente óptima); sin embargo, Chamberlin argumentó
que la ventaja adicional a causa de la diferenciación (introducción
de la variedad y aumento de posibilidades de elección del con-

293
sumidor) llevaría a un aumento en bienestar social mayor que la
pérdida por exceso de capacidad social.
Joan Robinson, atraída por la revolución keynesiana, abandonó
pronto la línea de investigación en competencia imperfecta (Que-
sada, 1983, 173), sin embargo, la vida de Chamberlin discurrió en
torno a su trabajo sobre la competencia monopólica esforzándose
continuamente en demostrar que la obra de ella era totalmente
distinta, siendo, en nuestra opinión, uno de los principales y
más demoledores críticos de Joan Robinson. Años después fue
suficientemente explícito al afirmar: “ha sido lamentable que
dos teorías tan divergentes en su interpretación de los fenóme-
nos económicos como la de la señora Robinson y la mía hayan
quedado identificadas en la mente de tantas personas hasta el
grado de que se crea que sólo difieren en punto a terminología”
(Chamberlin, 1953, 7).
Para él, la diferencia estriba en conceptos fundamentales: la
competencia monopólica es una fusión de las teorías del mono-
polio y de la competencia, mientras que la competencia imper-
fecta no contiene monopolio en el sentido tradicional, dejando
subsistir tan tajante como siempre la dicotomía convencional. La
competencia imperfecta es un concepto aceptable, pero la mono-
pólica ha de ser aceptada mediante un paso previo: escapar de las
antiguas ideas con que se explicaban los fenómenos económicos
y pensar en un idioma nuevo, pues su teoría consigue (y no la de
Robinson) contener al monopolio y a la competencia, derribando
la barrera existente entre ellos y sin destruir su distinción.
En 1937 Chamberlin reconoce cierta similitud en el instru-
mental técnico empleado168, pero se esfuerza en señalar grandes
diferencias con el análisis de Joan Robinson, del cual emite una

168. En su artículo ‘Monopolistic or Imperfect competition?’, publicado en el Quarter Journal


of Economics de agosto de 1937 cuya versión corregida es incluida en la quinta edición de
Teoría de la competencia monopólica.

294
cruda crítica, llegando a decir que “conduce a error de la misma
manera que lo hace la teoría de la competencia perfecta, pues
describe una situación híbrida en términos que omiten del todo
el elemento de monopolio de la misma, con todas sus múltiples
consecuencias” (Chamberlin, 1957, 212).
A pesar de todos los esfuerzos de Chamberlin para diferenciar
su obra de la de Robinson, la gran mayoría de autores, desde
Henry Spiegel (Spiegel, 1999, 675) hasta Manuel de Torres
(Robinson, 1946, XV), hablan de descubrimiento múltiple o
coincidencia. Para la propia Robinson, la coincidencia verdade-
ramente existe, y así lo expresa en su artículo ‘La competencia
imperfecta en retrospectiva’ de 1953: “nunca he logrado cap-
tar el carácter de la distinción entre competencia imperfecta y
competencia monopolística, a la que parece atribuir tanta impor-
tancia el profesor Chamberlin, (...). A mi modo de ver, en nuestros
respectivos libros llegamos a los mismos resultados” (Robinson,
1973 b, 257-258). Hay que señalar que si bien en principio las
ideas de Chamberlin tuvieron un origen independiente, algunos
de sus profesores habían participado en la discusión de las ideas
de Marshall y Pigou, y su trabajo fue como un eslabón para la
transmisión del pensamiento de un Cambridge a otro (Spiegel,
1999, 675).
No obstante, la opinión general sitúa la obra de Chamberlin
por encima de la de Robinson en el plano de la innovación. Según
Javier Quesada (1983, 173), si bien es generalmente aceptada la
obra de Chamberlin como la verdaderamente revolucionaria, Eco-
nomía de la competencia imperfecta constituye una obra “escolástica”
llena de ideas y sugerencias que contribuyeron a fundamentar la
moderna teoría de los mercados con diferenciación de productos
y costes de publicidad. Es importante señalar aquí la idea que
expuso Schumpeter: la obra de Robinson fue recibida por unos
profesionales más preparados que en el caso de Chamberlin, lo
que, entre otras razones, hizo que su éxito fuese menos espectacu-
lar (Schumpeter, 1995, 1.247).

295
Joan Robinson, a diferencia de Chamberlin, eligió el monopo-
lio puro como modelo explicativo de todas las llamadas estructu-
ras intermedias, pero consciente del hecho de que existen grados
de monopolio y de que estamos en un mundo monopolista con
distintos grados de poder. Esta postura la llevó a ser acusada, y
es donde todavía existe el debate (Ekelund y Hébert, 1997, 538),
de que su obra simplemente es una continuación de la tradición
marshalliana, siendo la de Chamberlin la única que rompe con
la teoría del valor en competencia. Además, ella no intentó desa-
rrollar el concepto de producto diferenciado, pero sí que aludió
a ciertas diferenciaciones entre productos, considerando que la
actitud de Chamberlin con respecto a la diferenciación no queda
demasiado clara: “parece asociar simplemente la imperfección a
la diferenciación del producto. Pero la relación entre la diferen-
ciación de la mercancía y la imperfección del mercado es algo
complicada. La diferenciación física no es una condición “nece-
saria” de la imperfección del mercado (...) tampoco es una condi-
ción suÞciente”(Robinson, 1984, 52).
Con respecto al oligopolio, Chamberlin lo incluyó en su análisis,
pero no Robinson, que voluntariamente había decidido no tratarlo,
no por considerarlo poco importante, sino, como ella misma aÞrmó
veinte años después: “no logré resolver la cuestión. Intenté abordarla
por medio de lo que, por desgracia, no era más que una trampa en la
deÞnición de curva individual de demanda” (Robinson, 1973 b, 263).
En cualquier caso, y siguiendo a Galbraith, las dos obras tuvie-
ron la gran ventaja de añadir un elemento nuevo a algo viejo,
ambos “ofrecieron un enfoque organizado (...), constituyó un
antídoto para el desasosiego que por entonces existía” (Galbraith,
1948, 20). Manuel de Torres señaló (Robinson, 1946, p. XVIII)
que las teorías de la formación del precio, de la producción y la
distribución no habían estado completas hasta que se desarrolló
la teoría de la competencia imperfecta.
El rasgo más revolucionario de las teorías de Robinson y
Chamberlin, la rapidez sin precedentes con la que conquistaron

296
al público169. En opinión de Galbraith, “pocas veces en la historia
económica ha habido ideas recibidas con tanto entusiasmo y tan
poca crítica” (Galbraith, 1948, 23). Esta frase fue tenida en cuenta
por la propia Joan Robinson, añadiendo que dicha “acogida entu-
siasta y poco crítica que compartimos no fue algo incidental, pues
en la situación existente en 1933 los problemas que nos ocupaban
(...) habían comenzado a resultar dolorosamente evidentes y esta-
ban clamando por una discusión” (Robinson, 1973 b, 276).

3. EL MUNDO COMPETITIVAMENTE IMPERFECTO DE JOAN ROBINSON

3.1. La competencia desde una nueva perspectiva


Una aportación destacada de sus investigaciones sobre la compe-
tencia consistió en el estudio de los efectos producidos por los
cambios en la demanda sobre el precio establecido por el vende-
dor particular, lo cual trabaja a la vez en el Libro III de Economía
de la competencia imperfecta y en su artículo ‘Imperfect competition
and falling supply price’, publicado en diciembre de 1932 en The
Economic Journal. Sus razonamientos geométricos, que caliÞca de
“algo complicados”, llevan a resultados “sencillos, casi de sentido
común” (Robinson, 1973 a, 91): ante un aumento isoelástico en la
demanda, el precio subirá, bajará o permanecerá constante en
función de que los costes marginales bajen, suban o permanez-
can constantes; si el aumento en demanda no es isoelástico y los
costes marginales son constantes, subirá el precio si la nueva elas-
ticidad-demanda es menor y bajará el precio si la nueva elastici-
dad-demanda es mayor, conclusiones éstas que se obtienen tanto
analíticamente a partir de su fórmula como geométricamente y
que son tan habituales en tratamientos del monopolio.

169. Expresión de TrifÞn (Galbraith, 1948, página 23).

297
Para Joan Robinson es prácticamente improbable encontrar
casos de competencia perfecta, por lo que considera que la con-
cepción ortodoxa de curva de oferta debe ser reconsiderada, pues
distintos productores pueden vender la misma mercancía a dis-
tintos precios y además la demanda a que se enfrentan no es per-
fectamente elástica, estando inßuida la demanda individual por la
demanda total, los precios de otras empresas, el número de éstas
y la naturaleza de las imperfecciones del mercado, además del
gasto en publicidad y las facilidades prestadas a los consumido-
res. Cada empresa venderá la producción para la que coinciden
ingresos y costes marginales.
La competencia es imperfecta en los mercados reales, pues el
cliente tiene en cuenta factores como costes de transporte, calidad
de una Þrma conocida, diferencias de las facilidades ofrecidas por
los productores, precio en vigor o publicidad, lo cual, a la manera
sugerida por Sraffa, va en contra de la noción de mercado per-
fecto. Añade el paso del tiempo como diÞcultad a la hora de dibu-
jar la curva de oferta. De una forma u otra, podría admitirse que
la rama de la industria estuviera en equilibrio en su conjunto sin
que lo estuviesen las empresas integrantes y dibujar así la curva
de oferta, sin embargo, esto entraña diÞcultades que se han inten-
tado superar por los economistas (caso de empresa representativa
de Marshall o equilibrio imaginario de Pigou), pero estos méto-
dos no están destinados a enfrentarse con el problema fundamen-
tal que entraña el concepto de curva de oferta bajo competencia
imperfecta.
El método que sugiere Joan Robinson pasa por tres fases: resol-
ver el problema en un grado superior de abstracción sin tener en
cuenta ni paso del tiempo ni imperfecciones del mercado170; des-
pués, introducir la imperfección, pero con empresas en equilibrio

170. Empleará, pues, el concepto de competencia perfecta únicamente a efectos de hipó-


tesis simple para realizar estudios a un primer nivel.

298
individual imaginarias, y Þnalmente, introducir el factor tiempo.
Para que la industria esté en pleno equilibrio, habrá de exigirse
que los ingresos marginales coincidan con los costes marginales y
a la vez que los ingresos medios coincidan con los costes medios
(esto llevaría a un beneÞcio nulo, única posibilidad de que no
existan tentaciones para entrada o salida de empresas de la indus-
tria (Robinson, 1932, 546-547), lo cual sólo ocurre si la demanda
es tangente a la curva de costes medios (famosa solución de tan-
gencia que también describe Chamberlin171). En el equilibrio de
su solución de tangencia, los costes medios deben ser descendien-
tes, lo que aportó un nuevo enfoque al ya expuesto por Shove172 y
Sraffa173, que consideraron que dichos costes medios podían dis-
minuir o aumentar.
Ante incrementos en la demanda el precio podrá mantenerse si
el aumento en demanda obedece a la aparición de nuevos consu-
midores, podrá subir en el caso de que entren empresas que atrai-
gan a los clientes más inseguros de las antiguas o podrá bajar si
dicho aumento se reparte uniformemente por todo el mercado, lo
cual es lo más frecuente; en este tercer caso, sucesivos aumentos en
demanda acabarían con la imperfección del mercado y harían coin-
cidir el tamaño de equilibrio de la empresa con el tamaño óptimo,
y ante la amenaza de perfección, en el mundo real una empresa
podría recurrir a publicidad y otros procedimientos que liguen más
Þrmemente a los clientes, por lo tanto es altamente probable que la
caída en el precio de oferta ante un aumento en la demanda sea un
resultado de la competencia imperfecta (Robinson, 1932, 554).

171. Pero a diferencia de Chamberlin, en esta solución de tangencia Robinson veía un exceso
de capacidad identiÞcado con un despilfarro innecesario, ante el cual el Gobierno debía
intervenir.
172. En ‘Simposium on Increasing Returns and the Representative Firm’, en The Economic
Journal, marzo 1930.
173. En ‘Laws of Returns under Competitive Conditions’, en The Economic Journal, diciembre
de 1926.

299
En 1934 Joan Robinson definió competencia perfecta como
“una situación en la cual la demanda para el output de un ven-
dedor individual es perfectamente elástica” (Robinson, 1984,
45), definición mucho más restringida que la que figuraba en
los textos de la época, aclarando identificarla con la compe-
tencia pura de Chamberlin para evitar confusiones en la ter-
minología.
Para que se dé la competencia perfecta el mercado debe ser
perfecto y el número de empresas grande; a su vez, para que el
mercado sea perfecto174 “es necesario, primero, que todos los
compradores sean iguales en cuanto a sus preferencias, y segundo,
que cualquier momento particular, cada comprador tenga tratos
con una sola empresa. Cuando se cumplen estas condiciones,
un aumento en el precio exigido por cualquier empresa parti-
cular provocaría una total interrupción de sus ventas, siempre y
cuando no se modifiquen los otros precios. Y éste es el criterio
para determinar un mercado perfecto” (Robinson, 1984, 32).
Con respecto a que el número de empresas sea grande, viene
concluido porque la variación del precio por parte de una de
ellas no provoque una variación de los precios exigidos por las
demás, para ello sería suficiente con decir que el aumento en el
output de una empresa cualquiera ejerza un efecto despreciable
como consecuencia de un efecto perceptible en el precio de la
mercancía de una empresa cuyo output total es reducido, pero
esto no depende del número de empresas, sino de las inclinacio-
nes de las curvas de costes marginales del resto de éstas, por lo
que “es imposible discutir el número de empresas necesario para
asegurar una competencia perfecta, sin discutir las curvas de
costes marginales de las empresas que componen la industria”

174. Joan Robinson aprovecha para atacar la forma en que Chamberlin o Harrod entien-
den la “imperfección”, la cual, como ya hemos visto anteriormente, para ella no se trata sólo
de diferenciación o similitud de compradores, condición ésta necesaria pero no suÞciente.

300
(Robinson, 1984, 56). A menor inclinación, menor disminución
en precio a causa de aumentos en output, y a mayor número de
empresas, menor inclinación; pero si los costes marginales son
crecientes (condiciones de competencia perfecta), sería preciso
que el número de empresas sea infinito para que la competencia
fuese absolutamente perfecta: “En consecuencia, una perfección
absoluta de la competencia resulta algo imposible (...) En cada
caso particular, con inclinaciones dadas de las curvas de costes
marginales, existe cierto número definido de empresas que pro-
ducirá una competencia con un grado de perfección convenido,
y este número puede ser bastante reducido en algunos casos”
(Robinson, 1984, 57-58).

3.2. Comparación de la producción en monopolio y


competencia
A pesar de que en el mundo real la comparación tendría que
hacerse entre monopolio y competencia imperfecta, en un princi-
pio mantiene la hipótesis de competencia perfecta por su sencillez
argumental. A la conclusión ya conocida de que la producción
en monopolio será siempre menor o igual que en competencia,
Robinson añade que en monopolio podrá ser mayor únicamente
si existiese “un factor escaso al que no se le paga toda la renta y se
den, al mismo tiempo, economías por producción a gran escala”.
Esta comparación le permite aclarar una confusión muy exten-
dida: el monopolista disminuirá más la producción cuanto menor
sea la elasticidad-demanda y mayor el ritmo de aumento de sus
costes, lo que aunque reconoce como bastante plausible caliÞca
de proposición falsa175, falsedad que se puede comprobar con cur-

175. Atacando a Marshall, pues aunque según ella no las hubiese expuesto con precisión en pa-
sajes de Principios y de Industry and Trade, respectivamente, “parecen sugerir que el autor las tenía
en mente al escribir. La impresión que causa en los lectores —por ejemplo, en los estudiantes de
económicas— es más o menos la que se dice aquí” (Robinson, 1973 a, página 197).

301
vas de oferta y demanda que sean líneas rectas. En cuanto a la
comparación entre las producciones, sentencia como “errónea
esa opinión tan generalizada de que la razón entre la producción
de monopolio y la competencia depende únicamente de las elas-
ticidades de la demanda y la oferta. Sin embargo, esta falacia,
como todas, es casualmente cierta en algunos casos particula-
res”, formulando como aportación verdaderamente original una
generalización válida de la comparación176: “si la variación de
las pendientes de las curvas se realiza, al disminuir la produc-
ción, de forma favorable al monopolista, éste se siente animado
a realizar nuevas reducciones, siendo el grado de reducción
independiente de las pendientes de las curvas” (Robinson, 1973 a),
196-200).
Para Joan Robinson las comparaciones monopolio-competen-
cia “están extremadamente alejadas de la realidad y son incohe-
rentes desde un punto de vista lógico” (Robinson, 1973 a, 35),
pero opina que es preciso haber realizado el estudio, ya que éstos
ocupan un lugar importante en los libros de economía y es nece-
sario demostrar que se hacen mejor con técnicas marginales, ade-
más preparan el camino para analizar los efectos de la coalición
de empresas (que no es sino pasar de competencia imperfecta a
una sola unidad de control).
En este intento es clara en las objeciones: en primer lugar,
existe un tipo de monopolios (como ferrocarril, gas, electricidad)
en que no existe apenas posibilidad de competencia y donde
la comparación no tiene sentido, y si cupiese la posibilidad de
hablar de producción en competencia, debería ser necesario que
las curvas de costes del ramo no se alterasen al formarse un
monopolio; sin embargo, si un sector se monopoliza, la curva de
costes disminuye. Evidentemente el monopolio no puede mejo-

176. Aunque aclara que estas proposiciones sólo son válidas si se cumple la hipótesis de que
el coste medio del monopolio ha de ser igual al precio de la oferta en competencia.

302
rar la producción de la competencia perfecta, pero en la vida
real podría ser una medicina segura cuando la competencia es
pequeña, dependiendo de los efectos de la monopolización del
grado y la clase de imperfecciones del mercado. Bajo la competencia
imperfecta, además, existe una doble razón atractiva para crear
el monopolio desde el punto de vista del empresario: aumento
de precio y disminución de producción (razón que también exis-
tía en competencia perfecta) y el logro de disminución de costes
(al mejorar la organización en el ramo, ya que las empresas en
competencia imperfecta no alcanzaban las dimensiones ópti-
mas). Por otra parte, añade que “el descubrimiento de que los
costes son más pequeños bajo el monopolio que bajo la compe-
tencia amplía considerablemente la gama de casos en que la
producción de monopolio supera a la producción en competen-
cia” (Robinson, 1973 a, 219).

3.3. Análisis de la discriminación de precios


Su análisis de la discriminación de precios, otra de sus grandes
contribuciones (Ekelund y Hébert, 1997, 526), toma como base
los razonamientos de Pigou, los cuales corrige y amplía con apor-
taciones nuevas, empleando el mismo análisis que para monopolio
simple: el beneÞcio del monopolista discriminador será máximo
cuando el ingreso marginal de cada mercado sea igual al coste
marginal de la producción total, método que, aclara ella, no uti-
liza Pigou, “pero evidentemente es consciente del hecho, aunque
lo exprese de una forma matemática bastante oscura” (Robinson,
1973 a, 226).
También aclara tratar de forma algo distinta a Pigou el cómo
dividir el mercado si el monopolio tuviera libertad completa para
hacerlo de manera provechosa. Según Robinson, mientras exis-
tan dos compradores individuales con demandas de elasticidad
distinta, pero que estén pagando un mismo precio, el monopo-
lista podrá aumentar sus ganancias cobrándoles precios distintos,

303
siempre que pueda177, siendo bastante probable que la introduc-
ción de la discriminación aumente la producción.
De nuevo sobre los cimientos de Pigou, quien sólo había
abordado el problema considerando condiciones de discrimina-
ción perfecta, aborda la moral de la discriminación de precios,
consciente del hecho de que “si la discriminación estuviese pro-
hibida, más de un ferrocarril no se hubiera construido y más de
un médico de pueblo no habría montado su despacho” (Robin-
son, 1973 a, 250). Partiendo de que el monopolio discriminador
redistribuye utilidad a su favor a expensas del excedente de los
consumidores, considera tal discriminación beneÞciosa desde un
punto de vista social en casos como que el grupo de consumido-
res del mercado con mayor elasticidad (a los que les disminuye
el precio) esté integrado por individuos más pobres que el otro.
Este tema, según ella, había sido tratado por Pigou de una forma
demasiado simple y ambigua, además, ni Viner ni Yntema, que
también habían trabajado sobre el concepto, parecían haberse
dado cuenta. Robinson añade que pueden existir casos en que
la producción con discriminación sea mayor que con monopolio
simple, y bajo costes marginales decrecientes se vea beneÞciado
el mercado menos elástico (ya que el coste marginal de la produc-
ción total disminuye y el precio puede disminuir también).
En general, aÞrma que es imposible decir si la discriminación
es deseable o no desde el punto de vista del conjunto de la socie-
dad, si bien, partiendo de que la producción de monopolio es
“indeseablemente pequeña (...) la discriminación es superior al
monopolio simple en todos aquellos casos en que provoque un
incremento de la producción, casos que, como ya hemos visto, son
los más comunes”. Añade que por otra parte la discriminación

177. Método distinto al modo de Pigou, quien, como ella indica, en lugar de dividir a los
compradores individuales, distribuye unidades distintas de mercancía en los distintos mer-
cados, pero no explica claramente cómo hacer eso (Robinson, 1973 a, página 231, nota al
pie de pagina).

304
lleva a una mala distribución de los recursos entre sus distintos
usos posibles, remitiéndose al análisis de Pigou. Pero en cualquier
caso, comparando la situación con el monopolio puro, considera
Þnalmente que “lo que es casi seguro es que resultará deseable
cierto grado de discriminación” (Robinson, 1973 a, 254).

3.4. La contribución al estudio salarial


Su análisis de los rendimientos de los factores fue de gran ori-
ginalidad por su aplicación al mercado de trabajo. Schumpeter
considera por este estudio a Joan Robinson la autoridad princi-
pal sobre lo que él llama “nueva teoría de la renta”(Schumpeter,
1995, 1.024). Su aportación se resume en lo siguiente: en la teoría
tradicional de la competencia perfecta se suponía que en equili-
brio cada factor se remuneraba según el valor de su productividad
marginal, en el caso del trabajo un trabajador recibía un salario
equivalente al valor de su producto marginal (es decir, el precio
del producto por el producto marginal del trabajo). Para Joan
Robinson, las omnipresentes imperfecciones de los mercados son
la razón por la cual el trabajo es explotado (Ekelund y Hébert,
1997, 537), formando parte dicha explotación de la estructura de la
economía, puesto que el monopolio es una regla y no una excep-
ción; en este sentido distingue entre imperfecciones a causa de las
condiciones monopolísticas en el mercado del producto (lo que
llamó explotación monopolística) e imperfecciones en el mercado
del factor trabajo (explotación monopsonística).
Con respecto a la primera, el escenario es el siguiente: en con-
diciones de competencia imperfecta el salario recibido por los
trabajadores coincidirá en el equilibrio con el ingreso marginal
del producto marginal, como el ingreso marginal es menor que
el precio, y si en estas condiciones la productividad marginal del
factor no cambia por el advenimiento del monopolio, la retribu-
ción de los factores disminuye y pasa a ser menor que el valor
de su producto marginal físico, lo que denomina “explotación

305
monopolística del trabajo”. Para eliminar dicha explotación es
necesaria la acción sindical, idea siempre sobre la que siempre se
reaÞrmaría Joan Robinson (y una de las grandes diferencias con
respecto a la obra de Chamberlin), como por ejemplo, cuando de
forma dogmática años después expone que “los sindicatos, en vez
de interferir (...) son necesarios” (Robinson, 1984, 281) o que “el
ejercicio del poder de negociación contra la fuerza de los mono-
polios aumenta los salarios reales e incrementa la ocupación”
(Robinson, 1973 c, 131). La necesidad de esta acción sindical ha
sido señalada como una continuación de J. S. Mill de defensa de
la actividad gremial (Figueras, 2004, p. 13).
Por otra parte, el monopsonio en la contratación del trabajo
signiÞca que el coste medio de contratar dicho factor aumenta a
medida que aumenta su empleo si el empresario maximizador de
beneÞcios contrata factores hasta el punto en que el coste margi-
nal y el ingreso marginal coinciden.

3.5. El análisis del monopolio desde un punto de vista social


Joan Robinson entra en el reino de la economía del bienestar
considerando que “es necesario intentar el análisis de un mundo
en el que todas las mercancías se producen en condiciones de
monopolio” (Robinson, 1973 a, 363), lo cual aÞrma viene apo-
yado tanto por las explicaciones precedentes en su obra como
por la situación real de la época, existiendo por todas partes una
tendencia hacia la monopolización que adopta formas diversas
(como los sistemas de cuotas, la racionalización o el crecimiento
de las corporaciones gigantes).
Para resolver el problema teórico plantea las siguientes hipóte-
sis que progresivamente abandona: n ramas de la industria pro-
ducen n mercancías, sustitutas parciales entre ellas; existe una
cantidad Þja de cada factor de producción; todos los factores
presentan una oferta perfectamente elástica; toma como base la
competencia perfecta; la comunidad considerada es un sistema

306
cerrado; las situaciones serán de pleno equilibrio; los monopolis-
tas únicamente tienen que controlar la producción (siendo cada
uno una agencia de control con costes de sostenimiento despre-
ciables y una capacidad de control de producción inÞnitamente
grande) y no existe colusión entre los monopolistas.
Años después, Joan Robinson acusaría a la ortodoxia por condu-
cirnos a una gran confusión en la cuestión del monopolio: “Por lo
general, dentro del esquema ortodoxo, el monopolio es algo malo (...)
para la mayoría de los economistas la competencia es algo absoluta-
mente fundamental para la justiÞcación del laissez faire (...) en suma,
hace que funcione todo el sistema. Pero ¿acaso no es la competencia
la causa principal del monopolio? ¿Cómo puede considerarse algo
bueno el rebajar los precios, ampliar el mercado, superar las ventas
de los competidores y, al mismo tiempo, caliÞcar de malvada mono-
polista a la empresa que logra vencer estas diÞcultades y permanecer
dueña de la situación?” (Robinson, 1966, 156).
Partiendo del hecho de separar un mercado perfecto en n
monopolios, suponiendo que existe equilibrio y pleno empleo,
Robinson comienza por especiÞcar que al mantenerse el pleno
empleo, la separación del mercado no cambia la renta nacional,
aunque sí su distribución. Además los factores de producción
estarán explotados al pasar a valorarse según su ingreso marginal
(bien según su ingreso marginal real, IMa/P, si se razona en tér-
minos reales), y el grado de explotación al que se ven sometidos
dependerá de la elasticidad de la demanda de la mercancía (como
IMa = p(1-e1 ), a menor elasticidad, mayor grado de explotación.
A pesar de admitir que el caso es extraordinariamente abstracto, de
él se desprende una conclusión aplicable al mundo real: cada mono-
polista recibiría ganancias normales y los salarios serían justos178;

178. En el sentido de que trabajadores de igual eÞciencia obtienen la misma retribución, lo


cual es una deÞnición de Pigou para “justos”, que descarta la explotación, pues los concibe
en un mundo de competencia perfecta.

307
sin embargo, “todos los factores de producción se encontrarían
explotados y los monopolistas se guardarían tranquilamente el
botín (...) nuestro caso pone de maniÞesto que cuanto más grande
es la unidad de control que los emplea, tanto más probable resulta
la explotación de los factores de producción” (Robinson, 1973
a, 3.69), al llevar pareja una elasticidad-demanda menor cuanto
mayor sea la unidad de control. Por lo tanto, puede concluirse que
la existencia de competencia imperfecta entraña una tendencia a
la explotación, tendencia reforzada por la creación de grandes
corporaciones que absorben empresas anteriormente competido-
ras entre sí.
Al abandonar el supuesto de que los factores de producción
presentan una elasticidad de oferta distinta en cada rama de la
industria, concluye que disminuirá su uso en aquellas con oferta
menos elástica, luego disminuirá su retribución179 y aumentará su
utilización en las de oferta más elástica, cambiando la composi-
ción de la renta nacional. La distribución de recursos a que lleva
el monopolio no es la óptima180 y la renta nacional disminuirá;
además si existiesen economías a escala los monopolistas aumen-
tarían la producción de aquellas que diesen lugar a unas econo-
mías mayores hasta lograr una distribución óptima de los recur-
sos, concluyendo que dichos monopolistas harán daño cuando los
costes sean crecientes y su acción será beneÞciosa si son decre-
cientes.
Al prescindir de la hipótesis de igualdad de todas las elastici-
dades de demanda, y teniendo en cuenta que en un monopolio el
ingreso marginal se iguala al coste marginal, la relación entre uti-

179. Teniendo en cuenta que el salario real bajo monopolio será igual al salario en compe-
tencia multiplicado por [(e-1)/e)(E/(E+1)], donde E es el valor numérico de la elasticidad
de la oferta del factor (Robinson, 1973 a, páginas 371-372).
180. Ésta se consigue cuando el coste marginal es igual para el patrono y la sociedad, en
general en competencia perfecta).

308
lidad marginal e ingreso marginal181 será distinta en las diferentes
ramas de la industria, al ser diferente p(1-1e ), luego se expandirá
la producción de las mercancías cuyas demandas sean más elás-
ticas, con lo cual cambiará la composición de la renta nacional
rindiendo una satisfacción menor al máximo que se alcanzaba
en competencia perfecta (para hablar de satisfacción máxima en
competencia perfecta tiene que introducir la hipótesis de que la
riqueza se distribuye por igual), además considera que, por sen-
tido común, se pueden sumar las satisfacciones individuales al
considerar a “todos los individuos como seres exactamente igua-
les” (Robinson, 1973 a, 375), y aun cuando existiesen desigualda-
des en riqueza, la mala distribución de recursos a la que llevase
ésta implicaría una composición de la renta nacional que bajo
monopolio se aleja aún más de la ideal a causa de la divergencia
entre los ingresos marginales y los precios.
A pesar de lo comentado, Joan Robinson arroja en cierto modo
por la borda sus conclusiones al indicar que toda la negatividad
de las combinaciones monopolísticas la ha estudiado partiendo
de la comparación con competencia perfecta; en el mundo real
la competencia es imperfecta y los factores no están remunerados
óptimamente, en este caso los factores sólo saldrían ganando con
el advenimiento de los monopolistas si la productividad margi-
nal física experimentase un aumento superior al de la razón del
precio al ingreso marginal (ya que el salario real es igual al pro-
ducto marginal por IMap ); además, las mismas causas que hacen
imperfecto al mercado hacen posible la discriminación del pre-
cio, y en este caso Robinson habla de unas ganancias extras del
monopolista realizadas a expensas de los factores de producción
por doble motivo: al pagarles un salario más bajo y al drenarles el

181. Medida por el precio, ya que toda mercancía tiene una utilidad marginal igual a su
coste marginal para la sociedad, luego en competencia perfecta: Utilidad marginal = coste
marginal = precio, y en monopolio: Utilidad marginal = coste marginal = IMa = p(1-e1 )

309
excedente del consumidor, añadiendo la divertida comparación
del monopolista con Robin Hood, ya que al mismo tiempo algu-
nos individuos podrán pagar precios más bajos (individuos que
suelen ser los más pobres).
Dando entrada en su esquema a la acumulación de capital,
encuentra un rasgo compensador de la distribución desigual de
la riqueza al considerar como probable que dicha acumulación
avance más rápido y el incremento en su volumen aumente la
renta nacional, originando una tendencia a aumentar progresiva-
mente los salarios reales de los trabajadores.
Aunque Joan Robinson admite que parece temerario sacar
conclusiones aplicables al mundo real con análisis tan abstractos
como el que ella hace, sí que lanza a escena un resultado gene-
ral: comparando el mundo monopolista con el de la competencia
imperfecta, queda claro que un aumento en las dimensiones de
la unidad de control podría producir considerables avances en las
técnicas de producción, pero a la vez una mayor desigualdad en
la distribución de la riqueza, quedando reducido el problema del
monopolio al conocido dilema eÞcacia-justicia, ningún análisis
abstracto puede ayudar a resolver este problema, sino la respuesta
a dos preguntas: ¿qué volumen alcanzarán gracias a la monopo-
lización las economías y hasta qué punto mejora la organización
de las ramas de la industria? Y ¿qué incremento en la eÞcacia
sería suÞciente para considerar deseable la monopolización? Para
responder a la primera es necesario un conocimiento amplio y
detallado de la situación técnica exacta de muchas ramas de la
industria, la segunda “es cuestión de juicio personal y cada cual
debe responderle según sus propias opiniones (...) no es suÞciente
demostrar que la monopolización incremente la eÞcacia para
demostrar que sea deseable” (Robinson, 1973 a, 383).
Por último, prescindiendo de la hipótesis de que el monopolio
es un mundo cerrado con oferta de factores perfectamente inelás-
tica, es muy probable que el advenimiento de los monopolios dis-
minuya la renta nacional al disminuir la retribución real de los

310
factores. Además su análisis estaría incompleto hasta saber si la
aparición de los monopolios es capaz de destruir el equilibrio y si
sus posibilidades de mantenerlo son tan sólidas como en compe-
tencia imperfecta, creándose una nueva desventaja, que el mono-
polio se alce contra sus posibles mejoras en la técnica.
Finalmente, introduce la posibilidad de colusión, lo que la lleva
a concluir que si ésta llevase a disminuciones en retribución de
los factores hasta el fondo, el poder de los monopolios sería tan
grande que “sólo el temor a provocar una revolución por parte de
los propietarios de los factores de producción les impediría ejer-
cerlo plenamente, no es necesario analizar lo que podría ocurrir”
(Robinson, 1973 a, 384).

3.6. La competencia imperfecta veinte años después


En el artículo de Joan Robinson ‘La economía imperfecta en
retrospectiva’, publicado en The Economic Journal en 1953, ella
misma criticó veinte años después ciertos aspectos de su teoría:
la forma sumamente primitiva en que se vio obligada a tratar al
empresario y sus beneÞcios, el hecho de aceptar sin condiciones
la idea de un nivel normal de ganancias o unas dimensiones de
equilibrio de la empresa, el no lograr resolver la cuestión del oli-
gopolio, su propia deÞnición de la demanda, el supuesto según el
cual el precio es el principal vehículo de la competencia (excesiva
simpliÞcación de la realidad) y el factor tiempo, para ella el mayor
fallo de Economía de la competencia imperfecta, generalizado dentro
del tipo de teoría económica al que pertenece la obra (Robinson,
1973 b, 260-270). Dando una explicación a su adhesión y a que
todavía no se había cortado el cordón umbilical que le unía a los
neoclásicos, diría en 1962, “no fue casual que se eligiera el modelo
estático; la confortadora armonía del equilibrio respaldaba la
ideología del laissez faire y la elaboración de los argumentos nos
tenía a todos tan ocupados que no teníamos tiempo para caer en
malos pensamientos” (Robinson, 1966, 81). Añadió, además, que

311
su análisis se había desarrollado en relación con las condiciones
de depresión, resultando veinte años después excesivamente sim-
ple, siendo preciso complementarlo con consideraciones sobre los
efectos del oligopolio, de la hegemonía en materia de precios y de
un deseo de atenerse a las reglas del juego.
En el plano microeconómico de Joan Robinson hay que desta-
car un instrumento objeto de varias críticas: su curva de demanda,
atacada por Stackelberg y otros economistas al haber propuesto
para elaborar dicha curva un método que implicaba una forma
dada de reacción de la competencia, es decir, para construir una
demanda hay que presuponer conocidas otras demandas, que a su
vez presuponen conocida la primera, lo que Figueras (2004, 12)
explica como “una regresión al inÞnito que se salva en el caso del
oligopolio suponiendo distintas reacciones o con la teoría de los
juegos”. Con la capacidad de autocrítica que la caracterizaba,
ella reconoció su fallo posteriormente182.
No obstante, consciente también de sus logros y éxitos, nunca
ocultó la importancia de sus descubrimientos en cuanto a la
competencia imperfecta, condición para ella tan fundamental
de la realidad del mercado que incluso le hacía considerar la
obra de Kalecki más completa y coherente que la de Keynes, al
incorporar dicha competencia imperfecta al análisis (como hemos
dicho en el primer punto de este estudio). Hay que añadir cómo
Joan Robinson se quejó, además, de que en lugar de analizar las
causas y consecuencias del proceso de supervivencia o decaden-
cia de la competencia, se gastasen sin embargo muchas energías
mentales a discutir “teológicamente” sobre ella, lamentando que
su obra, al igual que la de Chamberlin, fuese, “a pesar de su buena
acogida, tal vez poco continuada” (Robinson, 1984, 266-274).

182. Por ejemplo y como hemos visto, en 1953, cuando explica que no logró resolver la
cuestión del oligopolio, hace referencia a la “trampa” en la que cayó por la deÞnición de
curva de demanda.

312
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314
Joan Robinson, keynesiana de izquierdas183
Mª Covadonga de la Iglesia Villasol

1. INTRODUCCIÓN. UNA VIDA Y OBRA QUE NO DEJA INDIFERENTE

Muchos son los que se han acercado a la Þgura de Joan Robinson,


desde ópticas distintas y con objetivos no siempre explicitados,
evocando la Þgura de una mujer de extremada inteligencia, polé-
mica en su trayectoria y, a su vez, incombustible en las importan-
tes y numerosas controversias en las que se sumergió y en muchos
casos impulsó.
Para muchos, “la Robinson”, expresión que denota mi admi-
ración, respeto y añoranza por una época y una dinastía de
“maestros”, debería haber sido la primera mujer premio Nobel
de Economía, si el Comité de dicho galardón hubiese sido capaz
de valorar únicamente, en la lista que acumulaba anualmente

183. DeÞnición que utiliza ella misma en ‘An open letter from a Keynesian to a Marxist’,
en Collected (1973), cuando dice “fui la primera gota que cayó en la tinaja con la etiqueta
‘Keynesianos de izquierdas’... Añade que en la actualidad constituye una porción importan-
te del contenido de la tinaja, ya que buena parte del resto se ha ido evaporando.

315
las nominaciones recibidas de los economistas consultados, que
Joan Robinson era el exponente postkeynesiano más ilustre de
la Cambridge School, líder indiscutible, y miembro destacable de la
escuela neorricardiana, y que ostentaba un inmejorable presti-
gio académico. Pero la realidad era, año tras año, que sobre sus
méritos reconocidos sobrevolaba una cierta y rancia discrimi-
nación de género184, el que Robinson era valedora o principal
impulsora de la herencia keynesiana después de la supremacía
monetarista, que evidenciaba su apasionada defensa del mar-
xismo teórico, afirmando que “lleva a Marx en los huesos” 185,
y, especialmente, que paseaba con descaro sus beligerantes mani-
festaciones a favor de la revolución cultural maoísta, por lo que
llevó, como mínimo, a desconcertar a algunos de sus colegas
más cercanos. A Joan Robinson se le podían perdonar muchas
de sus actuaciones, y revoluciones personales, pero quizás no
esa pasión irreverente y desmedida por la revolución cultural de
la China maoísta, no entendida en los claustros más encorsetados
de las universidades anglosajonas.
Joan Violet Maurice (Robinson por su matrimonio con el también
economista Edward Austin Gossage Robinson) nació en el seno
de una familia de la élite política eduardiana el 31 de octubre de
1903 en Camberley (condado de Surrey, en el Thames Valley,
Inglaterra), y falleció el 5 de agosto de 1983, en Cambridge
(Inglaterra). Se licenció en 1925 en Economía por la Universidad
de Girton, Cambridge, y al terminar sus estudios, y ya casada, en
1926 viajó con su esposo a la India, al ser éste designado tutor del
marajá de Gwalior, lugar donde el matrimonio permaneció hasta

184. En esta misma línea, Anisi en la lección inaugural del curso académico 2006-2007, 18
de septiembre de 2006, con el título ‘Economía: la pretensión de una ciencia’, cuando se re-
Þere a la economía como un arte, señala a Joan Robinson como “el más grande economista
de los que conocemos en el siglo XX”, que “tuvo como ventaja su tremenda inteligencia y
la desventaja de ser mujer en aquella época de la primera mitad del siglo XX”.
185. Véase ‘An open letter from a Keynesian to a Marxist’, en Collected (1973).

316
1928. A su regreso a Cambridge, ambos, Joan y su esposo Aus-
tin, se incorporaron como docentes a su universidad, obteniendo
grandes éxitos académicos, si bien Joan tuvo que esperar hasta
1965 para obtener la cátedra y hasta 1979 para ser la primera
mujer en ingresar en el King College186.
En dicho regreso a Cambridge, ciertos hechos importantes
marcarían la trayectoria académica futura de ambos, Joan y Aus-
tin, ya que fueron convocados por Sraffa en 1931 para integrarse
junto con él y otros colegas, como Harrod o Meade, en el Circus
(o Círculo de Economistas), que analizaban semanalmente 187 el
Tratado del dinero, que había sido publicado por Keynes188 un
año antes, en 1930. Estos y otros miembros destacados de dicho
círculo tuvieron el privilegio de discutir con el maestro La teoría
general189 antes de su publicación, al que posteriormente se incor-
porarían otras importantes Þguras del postkeynesianismo como
Kalecki y Kaldor.
En la formación más ortodoxa que recibió Joan Robinson pre-
dominaba, evidentemente, desde Þnales del siglo XIX y princi-

186. Obtuvo la cátedra tras el retiro de su esposo Austin, a la edad de 62 años, aunque la
merecía mucho antes que algunos de sus colegas coetáneos.
187. Estas reuniones de debate fueron germen de muchos trabajos publicados poste-
riormente. Así, la propia Robinson, en su obra The economics of imperfect competition (1933),
reconoce la inßuencia de Sraffa y Austin en sus escritos, ya que, por ejemplo, este último ya
había publicado en 1931 The structure of Competitive Industry. La colaboración de Joan Robin-
son con Keynes se mantendrían, a lo largo del tiempo, llegando a ser durante varios años su
asistente, en la época en que Keynes fue el editor del Economic Journal.
188. En esta época, además, se inicia una larga correspondencia entre Keynes y Joan
Robinson, más de 137 cartas desde abril de 1932 hasta abril de 1947, tras la publicación,
respectivamente, de las obras Tratado del dinero y A parable on saving and Investment, donde, en
esta última Joan Robinson cuestiona algunos de los supuestos que había tras la obra del
maestro sobre los efectos de un ahorro superior a la inversión en el precio de los bienes.
Véase el interesante y sugerente libro de Marcuzzo y Rosselli, Economist in Cambridge. A study
of their correspondence.
189. Así, Keynes requiere expresamente a Hawtrey, Hard, Khan y Joan Robinson como
lectores de las pruebas de imprenta de La teoría general.

317
pios del XX la inßuencia de la Escuela de Cambridge190. En sus
propias palabras:

“Cuando llegué a Cambridge los Principios de Marshall


eran la Biblia, y conocíamos muy poco más allá de él. Jevons,
Cournot, inclusive Ricardo, eran hombres de pie de página.
Escuchábamos hablar de la Ley de Pareto, pero nada acerca
del sistema de equilibrio [...]. La economía era Marshall”191.

Hecho éste que se reßejó, inevitablemente, en muchas de sus


obras. Hablando de su formación aÞrma:

“[...] fui educada en Cambridge en una época en la cual la


economía vulgar había alcanzado un elevado nivel de vulgaridad.
Pero así y todo, en medio de los disparates se había conservado
un precioso legado: el método de razonamiento de Ricardo”192.

La personalidad de Joan Robinson atrapa a cualquier lector que


se aproxime a su obra, y como dice Figueras (2004) con motivo de
la celebración del centenario de su nacimiento, nos evoca nuestra
época de estudiantes, no sólo por sus aportaciones a la teoría de la
competencia imperfecta, en contraste con la teoría más ortodoxa
de la competencia monopolística de Chamberlin que todos hemos
y seguimos estudiando, sino por sus opiniones críticas, en muchos

190. De las tres escuelas que produjeron la revolución marginalista a Þnes del siglo XIX,
la más divulgada, principalmente en los libros de texto académicos, es la Escuela de
Cambridge, seguida del enfoque de Lausanne, frente al pensamiento de la Escuela Austria-
ca de Economía, que ha penetrado en el mundo académico más recientemente. La menor
divulgación de esta última escuela puede deberse tanto al idioma alemán, menos utilizado
en el ámbito académico, como a la dispersión de los estudiosos que tuvieron que abandonar
Viena a mediados de 1930, tras la supremacía nazi.
191. Citado por Cachanosky en el artículo ‘La Escuela Austriaca de Economía’.
192. Véase ‘An open setter from a Keynesian to a Marxist’, en Collected (1973).

318
casos beligerantes, que cubren el espectro más amplio desde posi-
ciones neoclásicas, postkeynesianas, marxistas y maoístas.
Obviamente la evolución temporal de las posiciones académi-
cas de Joan Robinson reßejan, necesariamente, tanto los momentos
sociales e históricos vividos, desde los años treinta en que se inicia su
carrera académica, con un relevante despertar de posiciones teóricas
alternativas tanto en las formulaciones microeconómicas (los modelos
de competencia imperfecta) y macroeconómicas (las teorías keyne-
sianas) como a la inßuencia de la política en el análisis económico y
su continuo maridaje, como el reforzamiento en algunos momen-
tos de las posiciones marxistas193, así como la mutua inßuencia de
los colegas con los que debatía, se relacionaba y a los que leía con
pasión, desde Rosa Luxemburgo194 a Kalecki195, entre otros.

193. En 1973, en el prefacio que hace a la obra de Kregel, The reconstruction of Political
Economy: an introducction to post-Keynesian Economics, Joan Robinson aÞrma que empezó a leer a
Marx “como distracción de las noticias” [...] “como quien lee un libro para ver que hay en
él”. Era 1940, Joan había pasado una larga enfermedad que la llevó a estar hospitalizada
varios meses, era el periodo bélico, y el ritmo académico era inferior al habitual.
194. Cabe señalar, por ejemplo, la interesante introducción que Joan Robinson hace en
1951 del libro La acumulación del capital, de Rosa Luxemburgo, que publicaría en Yale Uni-
versity Press, donde valora la teoría del desarrollo dinámico del capitalismo aportada por la
autora, como precursora de una teoría completa de la inversión.
195. Son numerosas las veces que a lo largo de sus trabajos se reÞere a las aportaciones
de Kalecki como un precursor en algunos aspectos y clariÞcador en otros de las teorías de
Keynes, que como aÞrma en el ensayo ‘The second crisis of economy theory’ (Collected,
1973), [...] “la versión de Kalecki es en algunos aspectos una teoría general más auténtica
que la de Keynes”. En una carta remitida a Khan en marzo de 1973, Joan dice de Kalecki
que había elegido la tarea de “tocar la trompeta para él”, reÞriéndose a Keynes (véase Mar-
cuzzo, 2007). Respecto a la relación personal de Keynes y Kalecki, señala que “Keynes se
mantenía bastante distante. Temperamentalmente, aceite y vinagre no se pueden mezclar”.
En otro sentido, en el artículo ‘Michael Kalecki’, publicado en 1971 (octubre) en Cambridge
Review, y recogido en Collected (1973), Joan Robinson con la ironía que la caracterizaba seña-
la que Kalecki “antes de 1936 [...] ya había publicado un artículo en francés que nadie ha-
bía leído y un artículo matemático que nadie entendió”. Pero también es crítico con Kalecki
cuando le recrimina que no le hace justicia a las aportaciones de Rosa Luxemburgo sobre el
problema del largo plazo de las oportunidades de inversión, según había expuesto en ‘The
problem of effective demand in Tugan-Baranowski and Rosa Luxemburgo’.

319
Así, por ejemplo y para enmarcar el contexto social, político
y académico en el que Joan Robinson inicia su andadura acadé-
mica, cabe señalar la clara inßuencia de la II Guerra Mundial en
la aceptación entre el claustro de las propuestas ya publicadas por
Keynes y que, como aÞrmaría Joan en más de una ocasión, “cons-
tituyó una dura lección de keynesianismo”196, frente a la resisten-
cia de las posiciones teóricas más ortodoxas, y que llevó, como es
bien sabido, a que los Gobiernos aceptaran la responsabilidad de
mantener un nivel elevado y aceptable de demanda para favo-
recer/asegurar el pleno empleo. AÞrma, en el mismo texto, que
“no mira la revolución keynesiana como un triunfo intelectual. Al
contrario, fue una tragedia porque llegó demasiado tarde”197.
En definitiva, Joan Robinson aporta una fuerte personali-
dad 198contestataria a la que, con seguridad, admiraban aque-
llos que tuvieron la oportunidad de asistir y disfrutar de sus
clases y sus ardientes debates 199. Se definió a sí misma como

196. Véase ‘The second crisis of economic theory’, en la obra recopilatoria Collected
(1973).
197. Añade, con la dialéctica aÞlada y certera que la caracterizaba, que “Hitler ya había
encontrado la cura al desempleo antes de Keynes [...]” .
198. Amrtya Kumar Sen, que sí recibió el Premio Nobel de Economía en 1998, deÞnía a
Joan Robinson, a quien conocía bien por ser la supervisora de su tesis doctoral (‘Elección
de técnicas: un aspecto de la teoría de planiÞcación económica del desarrollo’, 1955), como
“totalmente brillante, pero vigorosamente intolerante”.
199. No recuerdo muy bien mi primer acercamiento a la obra de Joan Robinson, pero
sí el proceso que he seguido hasta escribir este artículo, que me ha llevado a detenerme
continuamente en una obra deliciosa para cualquier profesor de Análisis Económico como
es Ensayos sobre análisis económico (1974), intentando seguir los pasos diseñados por Robinson
para que el estudiante, según señala en el prólogo, “... aprenda algo haciéndolo”, dado que
es, según sus palabras, “un libro de tipo poco común”, que nos permite conocer esa faceta
docente de nuestra autora, que recomienda “usar (los ejercicios) como base de una discusión
en grupo”. Así, en cuanto al principal método de pensamiento, y me atrevo a decir que de
estudio, al que Robinson hace referencia en el análisis económico, lo describe como “un
modelo de construcción”, que “consiste en un cuadro mental muy simpliÞcado, que exhibe
el comportamiento de la gente en un medio social y físico, y que elimina lo que no es esen-
cial al problema de turno”. Toda una lección metodológica.

320
una “economista burguesa” y “la keynesiana de izquierdas por
antonomasia” 200.
La obra de Joan cubre un amplio abanico de temas e inquietu-
des académicas, que si bien podrían parecerlo, no siempre están
divorciadas entre sí. Intentaremos, con prudencia, acercarnos a
su trabajo, reßexionando sobre dichas inquietudes, sus aportacio-
nes a las teorías predominantes, sus intentos por hacer converger
posiciones teóricas en principio alejadas en el arco conceptual,
así como su vigor en la defensa de sus posiciones que le llevó a
alimentar algunas de las controversias históricamente más fructí-
feras del análisis económico.
No se debe obviar, para poder entender el legado de Joan
Robinson, señalar la preocupación que siempre mostró tanto por
los aspectos metodológicos, principalmente en los últimos años de
su carrera académica, en el estudio del análisis económico como
por el estado y el futuro del estudio de la economía. AÞrma, por
ejemplo, que “los economistas teóricos de los últimos cincuenta
años, entre los que ella se encontraba, han estado más preocu-
pados por la formación y propagación de la ideología que por
entender el mundo en el que vivimos”201..., sumidos en diferencias
de opinión envueltas en distintas opiniones políticas, “diferencias
de argumentos y de valores morales”, llegando a aÞrmar que “la
lógica es corrompida por las opiniones, [...] la economía es una
rama de la teología”. Escribe que los economistas han abdicado
hacia visiones sociológicas y psicológicas en la explicación de los
temas que les conciernen, ... pero “hay una gran oportunidad
para las nuevas generaciones de economistas de hacer una impor-
tante, una indispensable contribución a las cuestiones críticas...

200. Véase ‘An open letter from a Keynesian to a Marxist’, en Collected (1973), páginas
264-268.
201. Esta aÞrmación la hace referida a la controversia sobre la deÞnición y medición del
capital, en ‘The relevante of economic theory’, publicado en Monthly Review, 1971.

321
que demandan una respuesta. No es un tiempo para que los estu-
diantes pierdan sus preciosos años leyendo nothing except to repeat
incantations”202.
Esa preocupación por la teoría económica, observada también
por otros postkeynesianos desde hacía décadas, al ser entendida
como un método para organizar las ideas y formularse pregun-
tas que son relevantes para explicar una situación determinada
por el comportamiento y la acción conjunta de distintos grupos e
individuos, se pone de maniÞesto cuando Joan (1979) aÞrma: “en
el momento en que se admite que las expectativas que guían el
comportamiento económico son inseguras, el equilibrio desapa-
rece de la escena para dejar lugar a la historia”.

2. LOS PRIMEROS Y CERTEROS PASOS DE UNA LARGA Y PARABÓLICA


ANDADURA

Cuando se nombra a Joan Robinson, la primera asociación de


ideas nos lleva al estudio de problemas microeconómicos203, y en
concreto a la competencia “no perfecta”, que constituye, ade-
más, uno de los primeros temas a los que la autora presta su
atención e inteligencia analítica y que tradicionalmente habían
estado claramente excluidos de los programas académicos
vigentes antes de los años treinta204, aunque casi un siglo antes

202. En ‘Economics Today’, lección pronunciada en diciembre de 1969 en la Universidad


de Basel, y recogida en la obra Collected (1973).
203. “En mi juventud la habilidad fue trabajada concentrándome en problemas micro [...].
Actualmente la teoría micro es más complicada”. Véase ‘Marginal Productivity’, publicado
en The Indian Economic Review (1967), recogido en la obra Collected (1973).
204. Como aÞrma en el ensayo ‘The second crisis of Economic Theory’, Collected (1973),
“en la teoría micro ortodoxa, que Keynes puso a dormir, la competencia perfecta y el ópti-
mo de las empresas está detrás...”.

322
(1883) ya había sido expuesto el comportamiento duopolista de
Cournot205.
Hacer un análisis exhaustivo de la aportación de Joan en esta área
está fuera del objetivo de este capítulo, si bien es necesario hacer
una breve referencia al proceso de gestación de su aportación y sus
inßuencias por la incidencia que tendría en el resto de sus trabajos.
En el tiempo en que Joan se incorpora a su actividad docente,
puede decirse que “la suerte estaba echada” para el surgimiento
con fuerza del estudio de los modelos de competencia imperfecta
ya que se había producido un cúmulo de circunstancias favora-
bles. Por una parte, durante la década de los años veinte diversos
estudios empíricos encontraban resultados no ajustados a las pre-
dicciones marshallianas206, y que dieron lugar a diversas polémicas
que se dieron en llamar la “controversia de los costes”. Por otra
parte, Sraffa ya había publicado en 1925 el artículo ‘Relazioni fra
costo e quantitá prodotta’207, quien presupone en su análisis mer-
cados “especiales” con empresas en una estructura más próxima
al monopolio que a la competencia, quebrando así la unidad de
mercado de Marshall, y determinando curvas de demanda parti-
culares para dichos mercados especiales. Por último, Kinght también
publicaría en este tiempo (1921) la obra Risk, Uncertainty and ProÞt,
donde la rigidez de los supuestos en los modelos teóricos abrían
la puerta a que se desarrollasen comportamientos “imperfectos”
o “intermedios”.

205. Figueras (2004) señala a Wicksell como claro precursor del estudio de los modelos de
competencia imperfecta cuando apuntaba la existencia de monopolios “relativos”, ya que
diferentes compradores no se comportan de manera indiferente de cara a los distintos pro-
ductores: “Todo comerciante al por menor posee, dentro de un radio de acción inmediata,
lo que podemos denominar un monopolio de venta”.
206. Las empresas aumentaban su producción con costes decrecientes aunque sin expan-
dirse indeÞnidamente.
207. Publicado en el volumen II de Annali di Economia, y actualizado/revisado y publicado
posteriormente, 1926, en inglés con el título ‘The Laws of Return under competitive con-
ditions’ (1926).

323
Éste era el entorno y el aire que tanto Joan Robinson como Edward
Chamberlin respiraban en 1933, mientras que de forma simultánea,
pero a miles de kilómetros de distancia (la primera en Cambridge,
Inglaterra, y el segundo en Harvard, EE UU), y sin contacto directo
evidente, publicaban sus respectivos trabajos sobre el estudio de The
economics of imperfect competition y The theory of monopolistic competition,
donde ambos abordaron con similares perspectivas el problema de
la competencia “no perfecta”, aunque con claras diferencias y resul-
tados (reconocimientos) académicos. Hay muchas y muy interesan-
tes obras en las que se exponen con exhaustividad las diferencias y
puntos convergentes entre la obra de Joan Robinson y, en palabras
de la propia Joan208, la obra de Chamberlin “... gemela a la mía...”,
aspectos en los que no vamos a entrar a profundizar209.
Pero esta preocupación por el estudio de los mercados imper-
fectos acompañará a Joan Robinson durante toda su trayectoria
académica, y así, por ejemplo, cuando hace una referencia a la
competencia perfecta en el libro Ensayos sobre análisis económico, se
plantea ¿es posible decir algo acerca de la ventaja que representa
para la economía en su conjunto el mantenimiento de condiciones
de competencia?, y en su respuesta cuando plantea el “bien general”
considera que se puede explorar en términos de “armonía econó-
mica” en la que cada individuo acepta la posición en que lo colocan
las reglas de la sociedad y no protesta ni trata de cambiar las reglas,
y en la cual los individuos son suÞcientemente semejantes para tener
puntos de vista similares respecto a lo que es deseable210.

208. Joan Robinson, en una muestra más de su inteligencia, apunta en el prefacio de la


segunda edición, en 1969, los aciertos y las limitaciones de su propia obra.
209. Véase el capítulo adicional sobre Joan Robinson en este texto.
210. Esta aÞrmación la hace en la tercera parte del libro, en la sección ¿irónicamente? titu-
lada ‘Una fantasía placentera’, en la que hace una curiosa comparación entre la economía
objeto de estudio con una familia, en la que “la armonía prevalece porque todos aceptan el
sistema que han adoptado, como justo y razonable, y cumplen con el arbitraje del mercado
imaginario [...]”.

324
Vuelve así a aparecer otra mención a los mercados imperfectos,
argumento esgrimido recurrentemente por Joan Robinson tanto
en sus críticas, valoraciones y reformulaciones de diversas teorías
como en sus ensayos metodológicos. Este epígrafe, la alusión a su
trabajo en el estudio de la competencia imperfecta, era, por tanto,
necesario.

3. EL VIAJE INTELECTUAL A TRAVÉS DE KEYNES

“En el otoño de 1936 Keynes alcanzó Harvard


con la fuerza de una marea. Jamás hubo tanta exci-
tación entre los jóvenes economistas, y jamás volvió
a haberla [...]” (Galbraith, 1982)

La relación académica y el análisis de la obra de Keynes por Joan


Robinson ya había empezado en 1931 en el Circus tras la publi-
cación por Keynes de Treatise on Money, y la preparación por Joan
del consiguiente artículo ‘A Parable on Saving and Investment’
(1933), donde cuestiona algunos de los supuestos expuestos, de
forma que un ahorro superior a la inversión lleva a una caída en
el precio de los bienes. Dicha relación se hace más estrecha a par-
tir del verano de 1932 cuando sigue, junto con Kahn y su esposo
Austin, las clases de Keynes, y hacen público su ‘ManiÞesto’211,
sobre uno de los aspectos más destacados de Keynes, aumento en
el output (O) seguido de aumentos en la inversión (I) y la justiÞ-
cación esgrimida por el propio Keynes (el signo en la variación
en I es el mismo que en O, según dos hipótesis:1) La variación

211. Firmado por sus autores como “Trumpington Street School”.

325
en las ganancias empresariales, E, tiene el mismo signo que la
variación en O, y 2) la variación en E menos la variación en los
gastos, F, tiene el mismo signo que la variación en E. Por tanto,
aÞrmaba, la variación en E menos la variación en F era igual a
la variación en I, y justiÞcaba así su propuesta). La objeción de
los autores del maniÞesto se focalizaba en la hipótesis 2) al con-
siderar que los gastos no varían tanto como la renta. Así, si los
gastos aumentaban tanto como la renta, el equilibrio sería ines-
table y un pequeño aumento en la inversión haría que aumentase
el output. Además, con un aumento en los gastos que cause un
incremento considerable en los costes de producción, el output
caería en vez de aumentar, y la condición 1) no podría aplicarse.
Es por ello que los autores de dicho maniÞesto propusieron un
planteamiento metodológico alternativo212 a partir de la oferta y
la demanda, que veriÞcaba el planteamiento de Keynes sólo bajo
determinadas condiciones, suÞcientes pero no necesarias: a) que
un aumento en la inversión conducirá per se a un aumento en la
demanda de bienes de consumo, y b) las condiciones de oferta
de los bienes de consumo no estén afectadas por los cambios en
I. Como resume Joan Robinson (1979) “[...] en las abstracciones
del tratado apenas se mencionaba el desempleo”, aunque asumía
los supuestos clásicos de salarios reales iguales a la eÞciencia mar-
ginal del trabajo en términos de producto, de forma que habría
pleno empleo. Los autores del maniÞesto se pusieron a trabajar, y
Khan “corrigió” algunas de las deÞniciones al diferenciar entre lo
que era una igualdad contable (ahorro = inversión) de una rela-
ción causal, dando un soporte analítico con su multiplicador al
argumento intuitivo de Keynes sobre el desempleo.
Eran años de conversiones, y en este mismo tiempo, 1932, y
como exponentes clave de la teoría del desempleo de la escuela

212. Keynes se reÞere así a la propuesta del ‘ManiÞesto’, aunque Joan Robinson sólo lo
hace como complementario.

326
neoclásica213, Hicks publica The theory of wages, y Pigou un año des-
pués, y en la misma editorial, The Theory of Unemployment, que sin duda
también pasaron por las manos de Joan Robinson, y quedarían en su
retina. Hicks había “confundido”214 los argumentos de Keynes en
un esquema de equilibrio estático, bajo un desarrollo de ecuaciones
simultáneas, que eliminaban así las relaciones causales, precisamente
lo que el Circus había rescatado de la obra de Keynes y que permitía
entender la situación de desempleo que se estaba viviendo.
En 1935, y tras la publicación de La teoría general, de Keynes,
obra que ya había leído y tenido oportunidad de comentar con
el autor algunos puntos215, Joan Robinson se muestra ansiosa por
“elaborar, popularizar y defender” su mensaje216. Comienza con
el concepto tópico “Disguised unemploymente”217, al que dedica

213. El mercado de trabajo de una industria está en equilibrio, con pleno empleo, cuando
los salarios igualan a la productividad marginal del trabajo, siendo el desempleo resultado
bien de un desequilibrio temporal en el mercado de trabajo (paro friccional), bien de ciertas
restricciones que impiden la disminución de salarios, o bien de una decisión voluntaria de
aquellos trabajadores que, por ejemplo, cobran subsidios de desempleo. Bajo esta hipótesis,
en una situación de depresión se deberían eliminar los factores institucionales que impiden
que el mercado reduzca los salarios para absorber el desempleo.
214. Hicks en 1937 admitiría que había ignorado “toda clase de preguntas sobre la sin-
cronización de los procesos en consideración”. Era demasiado tarde, Joan Robinson nun-
ca le perdonaría haber desvirtuado el mensaje de Keynes. Sin embargo, y mucho tiempo
después, Hicks, en su discurso de recepción del Premio Nobel de Economía en 1972 (‘The
Mainspring of Economic Growth’, The Nobel Foundation, 1973), se reÞere a la crítica de
Joan Robinson como “decisiva” en la función de producción neoclásica.
215. Keynes le envía a Robinson la primera tanda de pruebas de imprenta entre el 6 y el
12 de junio, y el día 16 de ese mes Robinson le contesta con comentarios detallados, suge-
rencias de cambios de estilo y notas de aclaración de algunos puntos. Y una nota resumida
sobre “lo que creía que Keynes pensaba” en los principales puntos. Véase Keynes (1973).
216. Esto aparece explícitamente en el prefacio de la edición alemana de la obra The accu-
mulation of Capital, según cita Marcuzzo (2007).
217. En 1936 Joan Robinson inicia una correspondencia académica con Kalecki, en la
línea de la que ya mantenía con Keynes, cuando recibe una carta de aquél, al tiempo que
visita la London School of Economics, comentando algunos aspectos que le habían intere-
sado de dicho trabajo.

327
un artículo con ese título, publicado en Economic Journal218. La
esencia del concepto, desempleo encubierto, como puntualizaría des-
pués Keynes, se refería a suponer rendimientos constantes (o aún
mejor, crecientes) como resultado de que el factor acepte un sala-
rio real inferior a su producto marginal en un empleo para el que
es el mejor posible.
Ese apasionamiento por la obra de Keynes lleva a Joan Robin-
son a publicar en 1937 (a, b) dos libros siguiendo la estela del
maestro, Essays in The Theory of Employment e Introduction in the
Theory of Employment, recibidos por Keynes con distinto interés,
más desfavorable el primero que el segundo.
En el primero de los textos aparece recogido el ensayo The Long
Period Theory of Employment. Joan Robinson aborda la extensión de
sus aportaciones previas al largo plazo y presentaba un análisis
del empleo sobre la base de la elasticidad de sustitución entre los fac-
tores219. De acuerdo con este análisis en el largo plazo el volumen
de empleo es el resultado de las fuerzas contrarias del crecimiento
total del output y del incremento del output per cápita, medido a
través de la elasticidad de la demanda del output en su totalidad y
la elasticidad de sustitución del trabajo por el capital, que miden,
respectivamente el efecto de la distribución de la renta en la pro-
pensión a ahorrar, y por lo tanto en el multiplicador, y los cambios
en la distribución de dicha renta. En ese mismo artículo Robin-
son analiza, además, los efectos de los inventions en la distribución
de la renta, por cuanto que las innovaciones reducen (aumentan)
la participación o cuota del trabajo, reduciendo (aumentando) el
nivel de renta de equilibrio por el aumento (disminución) de la
austeridad o ahorro económico. Este análisis lo realiza a partir de

218. Nótese que en esta época, y desde 1911, Keynes era el editor del Economic Journal.
219. Este concepto ya había sido deÞnido en Economic of Imperfect Competition como el cam-
bio proporcional en el ratio de cantidades de factores empleados dividido entre el cambio
proporcional en el ratio de sus precios.

328
la clasiÞcación entre innovación neutral, ahorradora de capital o
intensiva en el mismo220.
En el artículo ‘The foreign Exchanges’, que aparecía en el pri-
mero de los libros, Joan se preocupa acerca de los equilibrios en
el tipo de cambio y si el tipo de interés es igual entre todos los
países, y la relación entre el ahorro (S) y la inversión (I). Establecía
que para una economía abierta el ahorro S es igual a la inversión
interior (home) más la inversión extranjera, y por tanto coincide
con la inversión interior más la balanza comercial. Así, el ahorro
interior es igual a la inversión interior más la balanza comercial,
y por lo tanto la demanda interna para seguridad interna excede
o es inferior a la oferta de acuerdo con que la balanza comercial
sea positiva o negativa. Estos desarrollos de Robinson fueron un
punto importante de fricción con Keynes, según se desprende de
la correspondencia entre ambos (véase Marcuzzo, 2004), lo que la
llevó a publicar sólo una versión acortada, a half-baked version, para
evitar así los temas controvertidos.
El tiempo pasaba, y hace una revisión del libro The nature of
capitalist crisis, de J. Strachey, que había servido para popularizar
a Marx, donde acusaba al autor de presentar la teoría del trabajo
en término de la “ley de Say” ignorando a Keynes221. Cuando se
inicia en la lectura de El capital, de Marx, Dobb era uno de sus
tutores, pero quizás la inßuencia más importante la recibió de
Kalecki, un confeso seguidor de la obra. Muy poco tiempo después
escribía, en 1941, el artículo “Marx on Unemployment”, donde
aporta la tesis de que “las principales diferencias de perspectivas
(entre marxistas y la academia de economistas) están apoyadas

220. La innovación ahorradora (intensiva) de capital reduce (aumenta) el uso de capital por
unidad de producto y la participación relativa del mismo, dado que aumenta (disminuye) la
eÞciencia en la producción de bienes más que en la producción de bienes Þnales.
221. Según señala Marcuzzo (2007), Strachey le replicó que era absurdo que alguien que
no había leído nunca a Marx hablase de él, por lo que asumieron el compromiso de “leer a
Keynes y ella a Marx”.

329
en diferencias de lenguaje, cada una utiliza términos fuertemente
coloreados por sus puntos de vista”. En concreto alude a “la dife-
rencia entre unos y otros en el concepto de interés obtenido por el
propio capital, y que hace que la comunicación entre ambas escuelas
no sea posible”, llegando a decir que el principal mensaje de Marx
debe interpretarse en términos históricos no de equilibrio. En 1942
escribe An Essay on Marxian Econmics, y recibe con agrado los comen-
tarios que tanto Keynes como Kalecki le hace al respecto.
Así, la inßuencia de Marx en sus trabajos no se hace esperar, tal
como expresaría en 1949 en el artículo ‘World you relieve it?’222 al
aÞrmar: “Cuando tú extiendes la Teoría General al largo plazo,
tú estás con el esquema de Marx para la reproducción ampliada”.
En estos años, Þnales de la década de los cuarenta, Joan estaba
gestando el estudio de la acumulación del capital, inßuenciada
por la teoría marxista basada, precisamente, en el esquema de
reproducción ampliada y los incentivos de los capitalistas a rea-
lizar inversiones. Toma de él el concepto de “unidad de trabajo
estándar”, al deÞnirla como la cantidad de trabajo socialmente
necesario para producir una unidad de bienes223. Esta inßuencia
se trasladaría a sus modelos de crecimiento.

4. DE LA CONTROVERSIA DEL CAPITAL A LA TEORÍA DEL CRECIMIENTO

La aportación al análisis económico y la trayectoria académica de


Joan Robinson no se entiende ni valora en su justa medida si no
se hace una referencia a la que para algunos ha sido su obra más

222. Recogido en Collected (1973).


223. Nótese que bajo esta deÞnición el trabajo se puede medir en horas/hombre (ßujo) o
en número de personas (stock), y este concepto sería relevante cuando se iniciase, en breve, la
controversia sobre la medición del capital y las funciones de producción agregadas.

330
relevante, The Accumulation of Capital (1956), que alimenta una de
las polémicas más arduas dialécticamente y productivas cientíÞ-
camente que se han vivido en la academia en el siglo pasado, y
de la que aún quedan algunas cenizas sin apagar. Nos referimos
a la mítica “controversia de las dos Cambridge”224, denominada
así por el lugar de “residencia docente”225 de los principales acti-
vistas, entre los neokeynesianos (tesis de la síntesis neoclásica),
que militaban en el M.I.T. (Cambrigde, Massachusetts, EE UU)
y los postkeynesianos, localizados en la Cambridge inglesa. Para
muchos autores, Joan Robinson fue capaz de abrir la caja de Pan-
dora226 en 1954 con el artículo ‘The Production Function and the
Theory of Capital’, al cuestionar el tratamiento “aceptado” de
la agregación en la función de producción siendo ella, también,
quien en 1971 publicó ‘The measure of capital: The end of the
controversy’, para volver a cerrar, quizás en falso, algunos de los
hitos más virulentos de dicha controversia.
¿Cómo medir y agregar el capital227?, siendo éste una varia-
ble heterogénea frente al resto de factores, trabajo y tierra, para
poder integrarlo en la función de producción agregada. Ésta fue
la pregunta228 que desató la controversia, al plantear la medición

224. Harcourt la denomina así en el artículo de 1969.


225. Aunque junto a Joan Robinson, estaban posicionados, por ejemplo, Sraffa y Pasinetti,
que eran italianos, y Kaldor, húngaro.
226. Término citado por Murga y Fiorito (2003).
227. Joan Robinson aÞrma que “la función de producción ha sido un instrumento poderoso
de la mala formación”. Así, justiÞca que al estudiante de la función de producción en teoría
económica, output como función de trabajo y capital, se le pide suponer que todos los traba-
jadores son iguales, y que mida el trabajo en horas-hombre, pasando deprisa a la cuestión
siguiente con la esperanza de que no se le ocurra preguntar en qué unidades mide el capital.
“Antes de que llegue a preguntar, ya se habrá convertido en profesor, y así se transmiten de
una generación a la siguiente los hábitos de pensamiento torpe”.
228. Esta pregunta hace explícita la preocupación de Joan Robinson por el análisis del largo
plazo, ya que para periodos cortos “no se altera la oferta de bienes concretos de capital”.

331
del capital en términos del tiempo de trabajo229 de forma que la
“adición de un incremento de capital depende del trabajo que se
haya utilizado en su construcción”, una unidad homogénea que,
sin embargo, no es independiente de la tasa de ganancia. Joan
tenía reciente la lectura de la introducción de Sraffa a los Principios
de Ricardo230, y considera que en el largo plazo, tanto los cambios
de capital y qué se entiende por capital son temas ineludibles. Así,
escribió que “la condición por la que la cantidad dada de capital
determina la cantidad dada del trabajo [...] exige una tasa parti-
cular de beneÞcios, pero el valor del stock concreto de los bienes
de capital está afectado por esa tasa de beneÞcios y la cantidad
de “capital”, por lo cual no se puede deÞnir independientemente
de él. Robinson demuestra que la relación causal entre medición
del capital y la distribución del ingreso y precios neoclásica231 es
aparente, derivando de ello las incoherencias de dicha teoría,
porque para medir el capital y derivar de él la distribución de
rentas y los precios, previamente se han tenido que presuponer.
Señaló además el fallo neoclásico al distinguir entre cambios en
las condiciones de producir un output dado, cuando la cantidad de
capital se altera, de cambios en el valor de dicho capital, debido

229. Aunque inicialmente señala tres posibles vías para la medición del capital físico, ganan-
cias futuras, costes de producción y poder de compra actual, propone los costes de produc-
ción en términos de una unidad de trabajo estándar. La crítica que hace a la primera pasa
por tener que considerar que no existe incertidumbre, y tener que considerar la tasa de
interés exógeno, problema que también aparece con el poder de compra actual. En cuanto
a los costes, tampoco estaba exenta de críticas, como la propia Robinson apunta.
230. Así, en el ensayo ‘On-reading Marx’, aÞrma: “Lo escribí con humor hilarante después
de leer la Introducción de Sraffa a los Principios de Ricardo, que me hizo ver que el concepto
de tasa de ganancia de capital es esencialmente la misma en Ricardo, Marx, Marshall y
Keynes”.
231. La teoría neoclásica postula que los precios de los factores de producción son tales que
todas las cantidades disponibles son empleadas. Para un ratio salarial se elige la tecnología
que maximiza el beneÞcio, y el volumen total de capital y la tecnología elegida determinan
el nivel de empleo.

332
a las variaciones en salarios y beneÞcios232. La implicación es que
“diferentes ratios de factores no se pueden utilizar para analizar
cambios en dicho ratio ocurridos a lo largo del tiempo”, porque
el valor del volumen de capital puede cambiar en el tiempo como
consecuencia de un cambio en la distribución, y no estaríamos
comparando las mismas cantidades. Ella concluyó que “es impo-
sible analizar cambios (en comparación con diferencias) en térmi-
nos neoclásicos”233.
No era la primera vez que Joan Robinson ponía su interés en
estos aspectos, habiendo sido un tema de fricción con el propio
Keynes, desde la publicación por parte de nuestra autora en 1936
del artículo ‘Disguised Unemployment’, y su propuesta del método
de “la elasticidad de sustitución”, por cuanto, tal como le hicieron
notar en su círculo, quedaba algo ambiguo y requería una medida
precisa del volumen de capital234. Apuntaba que dicho método
estaba basado en que la proporción capital y trabajo es siempre
tal que el ratio entre sus productividades marginales “reßejan”
el ratio entre sus precios. A partir de ahí, la implicación para
Joan era que el volumen de capital puede ser medido inequívo-
camente de modo que no haya diÞcultad en medir su producti-
vidad marginal. “[...] El capital debe ser concebido en términos
físicos, es decir, como un stock de bienes de capital, y eso se mide
de forma más conveniente en términos de coste por unidad”. Esto

232. Obviamente Joan se aproximaba a la interpretación de Sraffa de los errores ricardia-


nos al distinguir entre diferencias en el valor de un output dado debido a las condiciones de
producción y cambios en el valor output dado debido a la variación en la distribución, que
para Sraffa eran dos “puntos de vista de la diferencia y del cambio” sobre el valor relativo de
dos bienes obtenidos con distintas proporciones de bienes de capital duraderos: “Primero,
el de ocasionar una diferencia en los valores relativos de dos bienes producidos con igual
cantidad de trabajo. Segundo, el que produce una subida de salarios en su valor relativo...”
(Sraffa 1951: xlix, xlviii).
233. Véanse las páginas 87-89 en Robinson (1954).
234. Según se desprende de la correspondencia entre Joan y el maestro en esos años. Véase
Marcuzzo (2007).

333
era 1938235, había publicado ‘The classiÞcation of inventions’, y
faltaban 16 años para que se iniciara la polémica.
Pues bien, y volviendo a la controversia, la reacción al trabajo
de Joan de 1954 no se hace esperar y cae en cadena, dado que la
crítica a la noción del capital se traslada al concepto de beneÞ-
cio y la consecuente distribución de la renta de la teoría neoclá-
sica. Joan Robinson había criticado los modelos que utilizan una
función de producción agregada para describir el proceso de
crecimiento y acumulación. Así, mientras que Champernowne
(1953/1954) acepta su línea de razonamiento, critica la unidad de
medición de Robinson, sugiriendo una medida de índices enca-
denados, será Solow (1955-1956) quien, al comentar el trabajo de
Robinson, especiÞcaría ciertas condiciones mediante las cuales
distintos bienes de capital heterogéneos podrían agregarse (colap-
sarse) en una función de producción, en un solo índice. Alega que
las agregaciones servían para definir tendencias generales, y
que los supuestos de “maleabilidad del capital” a que hacía referen-
cia eran metáforas narrativas utilizadas para simpliÞcar una realidad
compleja de exponer con los instrumentos analíticos estándares.
La capacidad intelectual de nuestra autora le permitía seguir,
al nivel exigido por la relevancia y lo elevado de los argumen-
tos, el juego en el que se desarrollaba esta polémica, pasando
la pelota continuamente de un continente a otro, y concen-
trarse, además, en desarrollar la obra citada, The Accumulation
of Capital. Era 1956, se centra en los efectos de diferencias en
la tasa de beneficio sobre el valor del capital en términos de
unidad de oferta debidas a diferencias en el trabajo incorpo-

235. Ya en 1936, tal como aparece en Marcuzzo (2007), Joan Robinson y Sraffa habían
debatido acerca de la medida del capital, y le había manifestado: “Si se mide el trabajo y
la tierra en personas o acres el resultado deÞnitivamente presentará un ancho margen de
error, pero es una cuestión de grado. Por otra parte, si se mide el capital en toneladas el
resultado es pura y simplemente un absurdo”.

334
rado 236. Conocía la obra de Harrod237 (1939), quien había acapa-
rado parte del escenario académico al combinar la teoría del mul-
tiplicador con el principio de aceleración, y esbozar una teoría
del ciclo de Keynes, que extendiera238 los principios keynesianos
al largo plazo, y esta idea, captada por Joan Robinson, es la que
intenta desarrollar en su magna obra. Algunos de los conceptos
más relevantes aportados por Joan Robinson serían expuestos de
forma más lúcida en 1962, en la obra Essays in the Theory of Eco-
nomic Growth. En el ansiado equilibrio a largo plazo se interrela-
cionan las cantidades de capital, la mano de obra y el estado del
conocimiento, y se enmarca en una “edad de oro” con progreso
tecnológico neutro. Como ella misma la deÞniría, “una edad de
oro describe una situación en la que prevalece un conocimiento
uniforme y constante en circunstancias de ocupación plena, donde
la tasa deseada de acumulación es igual a la tasa posible, formada
por la tasa de crecimiento de la población y por la producción por
persona”, es decir, una situación que se acerca al pleno empelo.

236. Aunque en una carta dirigida a Sraffa en 1967 le reconoce que, según éste le hace
notar, dichas diferencias en la tasa de beneÞcio también son debidas a diferencias en los
patrones temporales de los diferentes bienes, en su libro las obvió prácticamente. Véase
Marcuzzo (2007).
237. Wan (1975) aÞrma: “De Harrod, Robinson toma los conceptos del crecimiento balan-
ceado y el progreso técnico neutral. Además toma en cuenta la dicotomía entre el largo y el
corto plazo de Marshall, la teoría del capital de Wicksell y el modelo de bienes heterogéneos
de Sraffa. Todos estos aportes intelectuales contribuyen a la vista panorámica del mundo
robinsoniano”.
238. De ese esfuerzo de dinamización, iniciado por Harrod, y al que se sumaría Domar
posteriormente, se deriva la ecuación Harrod-Domar. De forma estilizada, al salirse el aná-
lisis del corto plazo los equilibrios anteriores con pleno empleo no tienen por qué coincidir
con la fuerza de trabajo. La capacidad productiva plena y la demanda efectiva está “justiÞ-
cada” con el gasto, y la tasa “natural” de crecimiento (dada por la tasa correspondiente al
aumento de la población y al aumento de la productividad del trabajo). Al igualar ambas
tasas, “justiÞcada y natural”, se tiene “el Þlo de la navaja”, o la ecuación de Harrod-Domar,
según la cual se mantiene la igualdad entre la proporción de ingreso ahorrado con el pro-
ducto de la tasa “natural” de crecimiento y la relación capital/ingreso.

335
Según aÞrmaría Robinson en sus Ensayos, la presión de la escasez
de mano de obra, que eleva las tasas salariales, inducirá a la rea-
lización de más innovación y acelerará la difusión de los avances.
Partiendo de una óptica keynesiana, el crecimiento vendrá propi-
ciado por: 1) las condiciones técnicas, la investigación y mejora en
la educación, 2) la competencia en la economía, 3) los acuerdos
salariales que amortiguan las tensiones inßacionistas y estimulan
la demanda, 4) los accesos a la Þnanciación, 5) el stock de capital y
la expectativa futura y 6) la política de inversión como generadora
de empleo. Cuanto mayor sea la proporción del ingreso ahorrado,
dado el avance tecnológico y el crecimiento de la población, en la
edad de oro habría una tasa de ganancia menor para mantener
la tasa constante del crecimiento del capital (dada por la tasa de
progreso técnico más la tasa de crecimiento de la población). El
concepto del “instinto animal”239 utilizado por Keynes desempeña
un papel relevante para alcanzar, por tanto, la “edad de oro” de
Robinson. El principal mérito de este marco analítico es permitir
realizar experimentos intelectuales, y no actuar como una mera
hipótesis, que facilita describir una trayectoria en la cual la tasa
de acumulación ex ante, la tasa de crecimiento posible y las condi-
ciones límites son compatibles entre sí.
Se explicitan los factores que inciden en el crecimiento vía
inversión, como son el principio de la eÞciencia marginal del capi-
tal, dada por la rentabilidad y la incertidumbre que van asociadas
a toda decisión de inversión, los canales Þnancieros que en su caso
pueden obstaculizar los planes de inversión (por las restricciones,
incertidumbres o inestabilidades asociadas), y el principio del
acelerador que transmite las tensiones de la demanda agregada
sobre la inversión. Para Robinson en el debate de la teoría del
crecimiento tiene un papel importante, por tanto, el principio de

239. Según Keynes (1973), si el instinto animal desmaya, [...] la empresa se marchitará y
morirá.

336
aceleración, de forma que un mayor ingreso induce a la inversión,
y si va acompañado de un aumento en el aprovechamiento de los
recursos naturales, una mejora tecnológica y un incremento en la
población ocupada, se traduce en un aumento en la tasa de pro-
ducción y la inversión en capital circulante, es decir, una situación
que llamaría de “progreso Þrme”.
Mientras esta teoría del crecimiento se hacía un hueco en el
tapete académico, continuaba la controversia del capital y Joan
la seguía de cerca. Solow y sus colegas de la síntesis neokeyne-
siana se refugiarían en las faldas de la observación empírica y
el análisis econométrico para interpretar los resultados en tér-
minos de la teoría neoclásica de la producción y distribución.
Observan que el valor agregado por mano de obra empleada
dentro de una industria dada varía entre los países con la tasa de
salario, lo que les llevó a tratar de encontrar una función mate-
mática240. Así, en 1961 en el trabajo ‘Capital-labor Sustitution
and Economic Efficiency’, Arrow, Chenery, Minhas y Solow
suponen que el progreso técnico no está incorporado y afecta
a la productividad de todos los factores. En ese proceso de dar
respuesta tanto desde el punto de vista teórico como empírico a
la cuestión de cuál es la remuneración futura, para la sociedad,
si se ahorra un poco más ahora, Solow en Capital Theory and
Rate Return (1963) considera que la tasa de rendimiento sobre la
inversión es un concepto más conveniente tanto desde el enfo-
que teórico como en el trabajo empírico, para la medición del
capital agregado.
En este punto de la cuestión, Robinson sostiene que la versión
de Solow de la tasa de rendimiento sobre la inversión no puede
reemplazar el concepto de capital agregado, criticando la meto-

240. Aportan la función de producción C.E.S., que tiene las propiedades de homogeneidad,
elasticidad de sustitución constante entre el capital y la mano de obra y la posibilidad de elasticidades dife-
rentes en industrias diferentes, como por ejemplo las funciones de Leontief y de Cobb-Douglas.

337
dología econométrica asociada241 especiÞcada en su trabajo sobre
las funciones de producción agregada. Éste es el caldo en el que
Sraffa, en ‘Production of Commodities by Means of Commo-
dities’242, sugiere que no es posible concebir el capital como una
cantidad mensurable en forma independiente de la distribución y
los precios. Empleando el concepto de trabajo fechado, demuestra
que los precios relativos de dos bienes cambiarán cuando la tasa de
ganancia y el salario cambien, aun cuando no hayan cambiado sus
métodos técnicos de distribución. Con esta aportación, muchos
de los problemas asociados a la controversia de teoría del cre-
cimiento se amortiguan si en la teoría del valor se considera la
producción de bienes mediante bienes. Esto hace que la deuda de
Robinson a Sraffa sea explícita en este terreno, especialmente tras
la publicación de este último de la obra The works and correspondence
of David Ricardo, en 1955.
Samuelson, en un intento de poner cierto orden en el debate
principal, en ‘Parable and realism in capital theory: The surrogate
production function’ (1962)243 propone una función de producción
sustituta (subrogada), es decir, una función de producción como
si, de forma que teniendo la base de una función neoclásica uti-
liza el capital sustituto, que siendo un capital homogéneo permite
pronosticar la conducta de ciertos modelos de capital heterogé-
neo complicados, tratándolos como si proviniesen de una sencilla
función de producción, y obtener así los mismos resultados que se
derivan de una función de producción con capital heterogéneo.

241. Joan Robinson, en un alarde de honradez profesional, declina una invitación de


Ragnar Frisch en los años cincuenta para ser vicepresidenta de la Sociedad Econométrica,
alegando que no podía formar parte del comité editorial de una revista que no podía leer y
a la que no podía aportar nada.
242. Cabe citar que el subtítulo de dicha obra es ‘Prelude to a critique to economic theory’,
referido a la teoría económica marginalista neoclásica (Murga y Fiorito, 2003).
243. Samuelson, que invitó a Joan Robinson en 1961 a debatir el tema en el M.I.T., en la
Cambridge americana, le dedica el artículo.

338
Puede decirse que Samuelson acepta y evita la diÞcultad en la
medición del capital hecho explícito por Joan Robinson y Sraffa,
concentrándose en la frontera de precios de los factores, compuesta
por el conjunto de tecnologías maximizadoras del beneficio, y
de la que, en condiciones muy restrictivas, las condiciones que
de ella se derivan coinciden con las obtenidas con una función de
producción neoclásica con un único factor de capital homogéneo,
las “parábolas” a las que Samuelson hacía referencia. Tras un
intervalo temporal de “tecnicismos esotéricos”, en los que serían
actores emergentes Pasinetti y Garegnani244, en 1966 Samuelson,
con la publicación de ‘A Summing up’ debe asumir las “anoma-
lías” (errores) de su artículo anterior. A medida que baja la tasa de
interés como consecuencia de la abstención del consumo presente
a favor del futuro (ahorro), la tecnología no siempre se volvía más
indirecta, más mecanizada y por lo tanto más productiva.
Garegnani había concluido que sólo existe una función susti-
tuta, como la propuesta por Samuelson, para una economía donde
un solo bien se produce con capital y él mismo. SigniÞcaba esto
que la teoría neoclásica sólo era capaz de explicar una economía
“especial” donde el output es a la vez el input. Samuelson acepta las
explicaciones de Pasinetti y Garegnani245 sobre que la reversión es
una posibilidad lógica en cualquier tecnología, y se pregunta por
qué ocurre. La anomalía en la teoría neoclásica, el retorno de téc-
nicas (reswitching) y la reversión del capital (capital reversing) acaba
con las relaciones unidireccionales y entra en escena.

244. Con las obras ‘Changes in the Rate of ProÞt and Switches of Techniques’ y ‘Switch-
ing of Techniques’, respectivamente.
245. Explicaría, tiempo después, en 1979, que el supuesto de irreversibilidad temporal está
implícito solamente en el método de análisis de oferta y de demanda, por el que la tendencia
hacia el equilibrio se describe como movimientos a lo largo de esas curvas, mientras que el
mismo supuesto no se hace al comparar dos posiciones de equilibrio a largo determinadas
por la teoría “clásica” de precios y de la distribución.

339
La polémica empezaba a diluirse. Quizás desde 1966, cuando
en un simposio amparado por el Quaterly Journal of Economics, se
concluye que existe un error lógico en la posición neoclásica de
agregar bienes de capital heterogéneos en una entidad indepen-
diente de la distribución y los precios, quedando ésta pues en entre-
dicho. La Escuela de Cambridge del M.I.T. admitía los resultados
analíticos, el retorno de las técnicas y la reversión del capital , si
bien, y como un último argumento señalando que no por ello se
debía abandonar el esquema neoclásico, porque estas anomalías
son “como los bienes Giffen”246, casos “curiosos” que no invalidan
el programa general de investigación. Antes de que empezaran
a temblar los cimientos del paradigma neoclásico, se aceptan las
anomalías y se articulan modiÞcaciones ad hoc para amortiguar
la controversia. O quizás porque una vez más la situación econó-
mica mundial marcaba la agenda y atención de los académicos,
haciendo que las plumas virasen hacia otros temas más de actuali-
dad, dada la situación que desencadenaría en fuertes procesos de
estanßación en las economías industrializadas, tras la crisis mun-
dial del petróleo.
Como ya se ha señalado, en 1971 Joan Robinson con la publi-
cación de ‘The measure of capital: The end of the controversy’,
revisa y expone las principales conclusiones del debate iniciado
en 1953 y da por concluida esta polémica. Examina el concepto
de capital en la ortodoxia neoclásica, de Walras a Marshall,
para señalar que desde Keynes se reconoce que la acumulación
resulta de la búsqueda de beneficios, y que los precios moneta-
rios y la tasa de salario nominal refleja el nivel de los mismos.
Acepta tanto la evidencia empírica aportada por diversos autores
como los desarrollos teóricos expuestos, para concluir que se debe

246. Stiglitz en 1974 compara el rol del fenómeno del reswitching en la teoría del capital
con la “paradoja de Giffen” en la teoría del consumo, ... jugando un rol similar, el de la
excepción.

340
estar de acuerdo en que la productividad marginal del capital en
la industria en su conjunto es una expresión carente de sentido, y
se deben buscar las leyes que regulan la distribución del producto
entre las distintas clases sociales. Robinson da por concluida su
participación en la controversia, y este trabajo, síntesis de lo que
había sido la polémica, muestra el poco avance teórico que se
había conseguido, dado el peso de la posición ideológica de las
diversas escuelas por encima de los argumentos lógicos.

5. CONCLUSIONES

Quizás las aportaciones más reconocidas de Joan Robinson se


enmarcan en tres áreas y décadas distintas, como son el estudio de
la competencia imperfecta, el crecimiento económico y la teoría
del capital, en las décadas de los años treinta, cincuenta y sesenta,
respectivamente. Pasó por no aceptar la ortodoxia neoclásica que
reinaba en Cambridge en la época en la que se incorpora a la
Universidad, respecto a la cual fue especialmente crítica, ser uno
de los “jóvenes” discípulos247 de Keynes que más hicieron por
divulgar, generalizar y explicar las aportaciones del maestro, e
intentar conjugar estas teorías con los principios teóricos marxis-
tas. Protagonizó junto a importantes Þguras de la síntesis neoclá-
sica, como Solow y Samuelson, la famosa controversia de las dos
Cambridges en relación a la teoría del capital y sus implicaciones

247. Eichner (1985), cuando se reÞere al postkeynesianismo como una teoría que surgiría
a la par con el keynesianismo que consigue su apogeo tras el posicionamiento de éste, señala
“ [...] con todo, Keynes no fue sino la Þgura preeminente de un grupo de individuos con el
mismo tipo de inquietudes, que pondrían la economía en un sendero de desarrollo comple-
tamente nuevo [...] estaban, además de Keynes sus jóvenes colegas [...] Khan que aportó el
concepto del multiplicador, y Joan Robinson con su trabajo sobre la competencia imperfec-
ta..., Kaldor y Harrod. Al mismo nivel que Keynes se encontraba también en Cambridge
Srrafa... Y por último Kalecki”.

341
para la teoría del crecimiento, poniendo sobre el tapete una serie
de incoherencias teóricas a los esquemas de pensamiento econó-
mico desarrolladas hasta entonces.
Joan Robinson vivió en un tiempo en el que las teorías keynesia-
nas producen una auténtica ruptura con el marco walrasiano del
equilibrio general, y así lo reconoce al aÞrmar en Herejías económi-
cas (1976, 11) que “en el plano del desarrollo de las ideas, el prin-
cipal logro de la Teoría General fue romper el sistema teológico
de los axiomas ortodoxos. Keynes trató de entender la forma en
que operaba la economía observando la situación real. Derribó los
argumentos basados en un estado presente estacionario y atempo-
ral, donde el pasado no podía modiÞcarse ni el futuro preverse”.
Reconoce, por tanto, que la obra de Keynes permitió pasar de los
esquemas estáticos jevonsianos a la teoría del crecimiento.
Criticó la tesis neoclásica del desempleo de la economía neoclá-
sica formulada por Hicks y Pigou en el contexto de la existencia de
competencia imperfecta en el mercado de trabajo, recomendando
establecer un salario mínimo para corregir dicho desempleo, aun-
que Keynes fue mucho más allá al aÞrmar que los salarios no sólo
son un coste para la empresa, sino un ingreso para el trabajador,
y esto justiÞca un paro involuntario compatible con una situación
de equilibrio competitivo, y se puede estudiar como un nuevo
caso de fallo de mercado248.

248. No es objeto de este texto entrar a discutir, en los términos en que aÞrma Mas-Colell
(1983), “es una triste realidad que la teoría económica actual no cuente con una teoría del
desempleo que goce de un mínimo grado de consenso”, dado que, según Rojo (1980) “el
pensamiento de Keynes pertenece, hoy, al pasado en el mismo sentido irremediable en
que pertenecen al pasado las obras de Smith, Ricardo o Marx”. En este sentido, como
aÞrma Torres (1990), “sería de desear que tras la obra de un nuevo Keynes otra Joan Robinson
no tuviera que advertir sobre la “bastarda progenie” que creyó ver tras la Þgura del lord
británico”. Pero sí que esa otra Joan Robinson le siguiera los pasos beligerante, crítica y con
una exultante inteligencia que fuera digna sucesora de nuestra admirada autora. Respecto
al término “bastarda progenie”, como en alguna ocasión apuntó la propia Joan Robinson,
aunque no muy explícitamente, no lo utiliza como ofensivo, sino como “ilegítimo”.

342
Para cada uno de nosotros Robinson pasará a la historia por
un aspecto concreto de su obra, que como si fuera un abanico,
fue abriendo y abordando recurrentemente todos los temas de la
máxima actualidad en la academia del siglo XX. Para unos qui-
zás pase por su aportación ineludible al estudio de la competencia
imperfecta, para otros por el apasionamiento en el análisis y difu-
sión de las ideas expuestas por Keynes y su esfuerzo por extender-
las al largo plazo, pasando por lo que dio en llamar “la edad de
oro” hasta el planteamiento de un modelo de crecimiento. Quizás
habrá quien se Þje en su intento de conjugar a Marx y Keynes en
una armonía teórica, o simplemente en su “descaro” al pasear
por el campus de Cambridge las ideas y atuendos en boga con el
gusto imperante tras el triunfo de la revolución maoísta.
La academia se equivocó “¿deliberadamente?” al no conce-
der a Joan Robinson el Premio Nobel de Economía. Sin embargo
obtuvo el premio, de difícil valoración económica, del reconoci-
miento público a su ingente y ecléctico trabajo que la llevó a ser
icono del esfuerzo y la inteligencia, dentro de un mundo (el de
la academia económica, reducto de “hombres” pensantes), para
algunas generaciones de economistas, frente al olvido al que han
sido sometidos algunos de sus colegas premiados. Estoy segura de
que nadie se puede quedar indiferente ante la señora Robinson,
que pisó fuerte y cuyo eco aún se deja sentir en la admiración que
muchos la profesamos, como mujer y académica.

343
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348
La defensa moral del capitalismo por Ayn Rand
María Blanco González249

1. INTRODUCCIÓN

Ayn Rand es conocida por muchas cosas: guionista, escritora,


Þlósofa, pero no tanto como pensadora económica. Sin embargo,
su defensa del capitalismo es, desde mi punto de vista, una de las
más sólidas, precisamente debido a que acusa a los pensadores
económicos de haberle hecho un ßaco favor centrándose en los
aspectos exclusivamente económicos de este sistema, en lugar de
haberlos asociado a la Þlosofía subyacente a la sociedad que vive
bajo el capitalismo. Es por ello que la defensa que ella hace es una
defensa moral, y no de otro tipo.
En este ensayo pretendo analizar las ideas económicas de
Rand, sobre todo su defensa del capitalismo, y su relación con los
economistas de la época, en especial con los austriacos, a los que
les unió una relación de amor/odio a pesar de ser sus compañeros
de viaje más cercanos.

249. Agradezco los comentarios y sugerencias de Juan Fernando Carpio.

349
En el primer apartado se esboza una pequeña biografía de la
autora, que en realidad se llamaba Alisa Rosembaum. Se desta-
can sobre todo aquellos aspectos que inßuyeron más en su obra.
A continuación, se analiza su defensa del capitalismo como
sistema social mejor desde un punto de vista moral.
En el tercer apartado se estudia la relación de Ayn Rand con
los economistas de la Escuela Austriaca en especial. El que se
hayan publicado sus comentarios a algunas obras de Mises, Hayek
y Hazlitt, así como su relación con Murray Rothbard, y el que
entre sus lecturas recomendadas estuvieran obras de maestros
austriacos y de ninguno más, explica que este apartado se centre
en esta escuela.
A continuación se dedica un epígrafe a considerar las opinio-
nes que los economistas de su época y de la nuestra han expre-
sado acerca de las ideas económicas de Ayn Rand.
Por Þn, en el último, se recopilan las conclusiones generales.

2. BIOGRAFÍA

Ayn Rand, cuyo nombre real era Alisa Rosembaum, nació en


San Petersburgo en 1905 (cuando aún no era Leningrado). Desde
pequeña demostró su capacidad para el autoaprendizaje, apren-
dió a leer sola a los seis años, y a los nueve, después de leer novelas
de ciencia-Þcción, decidió dedicarse a escribir relatos fantásticos.
Su madre le enseñó francés y fue quien le empezó a comprar
novelas para chicos con héroes de marcado carácter. El primer
ídolo que tuvo fue Cyrus Paltons, un oÞcial indio del Ejército bri-
tánico, protagonista de una novela de segunda escrita al estilo de
Rudyard Kipling. Más adelante, se hizo seguidora de Walter Scott,
Alejandro Dumas (padre) y Victor Hugo, su escritor favorito. Este
detalle es relevante porque explica que le marcaran tanto los per-
sonajes heroicos que luego encontraremos en sus propias novelas.

350
Además, muestra cómo, a pesar de la literatura rusa de la época
que le tocó vivir, se formó a sí misma como escritora europea.
Vivió la Revolución de Kerensky y la Bolchevique en 1917.
Para evitar conßictos y revueltas tuvo que acabar sus estudios
escolares en Crimea. La victoria comunista supuso la conÞsca-
ción de la farmacia de su padre. Los siguientes años fueron muy
duros, sufrieron muchas penalidades económicas y pasaron hambre.
No es extraño que, cuando le enseñaron historia de Estados Uni-
dos en su último año de instituto, aún en Crimea, decidiera que
ése era el país en el que cualquier ser libre querría estar. A la
vuelta, se graduó en Filosofía e Historia en la Universidad de
Petrogrado, donde descubrió a Rostand, Schiller y Dostoievski,
desde un punto de vista literario, y terminó un programa de tres
años de Pedagogía Social, en el que estudió entre otros a Nietzsche.
En la universidad, también vivió cómo desaparecía la libertad
investigadora, cómo el espíritu del Partido Comunista Soviético
manipulaba y censuraba y, en lugar de doctorarse, en 1924 se
matriculó en el Instituto Estatal de Artes CinematográÞcas. La
razón era clara: las películas occidentales eran para ella la única
ventana a la libertad. Un año después, justo con 20 años, obtuvo
permiso de las autoridades soviéticas para realizar una corta visita
a unos parientes en Estados Unidos y no volvió más.
Fue la casualidad la que hizo que al segundo día de estar en
Hollywood, Cecil B. de Mille la viera y le ofreciera un papel de
extra en Rey de reyes. A partir de ahí, consiguió entrar en el sub-
mundo del cine, trabajó de extra, en guardarropía, en la RKO,
etc., y en ese mundo conoció al actor Frank O’Connor, con quien
se casaría en 1929, hasta la muerte de él cincuenta años después.
Su primera novela, We, the Living!, la más autobiográÞca, como
suele pasar, la terminó en 1935 y tardó un año entero en encon-
trar editor. Después vinieron El manantial (rechazada por doce edi-
tores antes de ser publicada en 1943) y La rebelión de Atlas (escrita
en 1946 y publicada en 1957). Tres años después de ser escribir
El manantial, la Warner Brothers la llevó a la gran pantalla con

351
Gary Cooper en el papel de Howard Roark, el arquitecto inno-
vador que se niega a rendir su obra a los burócratas. Su rival es
Ellsworth Toohey, el arquetipo del parásito que no soporta con-
templar el éxito de los demás pero cuyos frutos reclama para sí en
nombre de la sociedad. Entremedio hay una serie de personajes,
principalmente el mediocre arquitecto Peter Keating, el editor
populista Gayl Winnand y la bella Dominique Françon, que se
debaten entre el bando de los creadores y el de los aprovecha-
dos. Este tipo de dicotomías será muy común en las novelas de
Ayn Rand.
A pesar de ser una escritora de Þcción, como deseaba desde
niña, Ayn Rand se dio cuenta de que su héroe, sus tramas de
Þcción, tenían que estar dotados de una idiosincrasia, de una Þlo-
sofía que los sustentara. Es entonces cuando crea la Þlosofía obje-
tivista, muy arraigada en el individualismo, que (en sus palabras)
es una Þlosofía “para vivir en la Tierra”.
Su escuela ÞlosóÞca tuvo cierto éxito, publicó revistas ÞlosóÞ-
cas objetivistas entre 1962 y 1976 y escribió seis libros de Þlosofía.
Y es a partir de aquí cuando Ayn Rand se interroga por el sistema
capitalista y analiza qué razones hacen que sea mejor y, de serlo,
por que no está implantado en todo el mundo, sino que, al con-
trario, tiene tantos detractores.
Ayn Rand murió en Nueva York en 1982, hace relativamente
poco. Pero su inßuencia en Estados Unidos y fuera es aún en nuestros
días enorme, no solamente por las novelas, o por sus películas, sino
como Þlósofa individualista fundadora de la corriente objetivista.
El éxito de Rand en Estados Unidos, donde fue un verdadero
fenómeno de masas, le vino en primer lugar como la escritora que
pintó al capitalista innovador como un héroe, pero no cualquiera,
sino un héroe americano. Si en El manantial retrata la frustración
del creativo, en La rebelión de Atlas, este hombre se aparta de la
mediocridad y consigue que emerja una nueva sociedad indivi-
dualista, donde se premia la excelencia y no el parasitismo. Estas
ideas plasmadas en sus personajes, el ambiente tan típicamente

352
americano, el tono épico, explica el éxito de la autora rusa en
Estados Unidos.
Más adelante, con un nombre conocido, no le resultó muy difí-
cil crear una escuela ÞlosóÞca en el soÞsticado ambiente bohemio
del Nueva York de los años cincuenta. Mujer, inmigrante, judía250,
atea, famosa, casada con un actor, guionista de Hollywood y
defensora del capitalismo: reunía lo necesario.
Lo malo fue que ella se lo creyó. Su actitud de diva, jaleada por
los snobs neoyorquinos del momento, no solamente le restó credi-
bilidad intelectual y le apartó de economistas y Þlósofos serios,
también tuvo como consecuencia que, a su muerte, sus escritos
más serios quedaran relegados y se hiciera hincapié en la parte
más excéntrica de su personalidad.

3. LA FILOSOFÍA OBJETIVISTA

La Þlosofía objetivista tal y como la describía la autora se basaba


en los siguientes cinco pilares:

1. Metafísica: la realidad objetiva.


2. Epistemología: la razón humana.
3. Ética: el propio interés.
4. Política: el capitalismo.
5. Estética: romanticismo realista.

Su explicación era la siguiente. Para manejar o dominar la


naturaleza, en primer lugar has de obedecerla. No vale solamente

250. Es curioso que siendo tan exageradamente atea, nunca renunciara a defender el
judaísmo y los derechos de Israel. Para más información, ver el artículo de Schwartz y
Brook publicado en la página web del Ayn Rand Institute en 2004: http://www.aynrand.
org/site/News2?page=NewsArticle&id=5314&news_iv_ctrl=1021

353
con desear las cosas, hay que ceñirse a la realidad. En segundo
lugar, la razón es la herramienta privativa del ser humano, la que
nos lleva a realizar elecciones asumiendo riesgos, como dice el
refrán “No puedes comerte el pastel y conservarlo”, o el más cas-
tizo “No se puede nadar y guardar la ropa”. El tercer punto se
reÞere a que el hombre es el protagonista de su vida, es un Þn
en sí mismo, no debe ser empleado como medio. Y Þnalmente,
explica el cuarto punto con la famosa frase “Give me liberty or
give me death”251. La estética randiana explica que sus personajes
sean arquetipos ideales que sobreviven en un mundo real.
Los principios básicos del objetivismo se pueden resumir ana-
lizando y centrando el discurso en esas bases, de la siguiente
forma:

Metafísica
La realidad, el mundo exterior, existe independientemente de la
conciencia del hombre, independientemente de cualquier conoci-
miento, creencias, sentimientos, deseos o miedos del observador.
Esto quiere decir que, siguiendo la ley de la identidad, A es A, que
las cosas son lo que son, y que la tarea de la conciencia humana
es percibir la realidad, no crearla o inventarla. Así, el objetivismo
rechaza cualquier creencia en lo sobrenatural, y a cualquiera que
reivindique que los individuos o los grupos crean su propia reali-
dad. Una cosa es percibir la realidad y otra interpretarla.

Epistemología
La razón humana es perfectamente competente para conocer los
hechos de la realidad. La razón, la facultad conceptual, permite
identiÞcar e integrar el material provisto por los sentidos huma-
nos, y es el único medio que tiene a su disposición el hombre para
adquirir conocimientos. De esta manera, el objetivismo rechaza

251. La traducción más correcta sería “libertad o muerte”.

354
el misticismo, es decir, la aceptación de cualquier fe o religión
o sentimientos como medios de obtener conocimientos. Rechaza
también el escepticismo, es decir, pensar que es imposible obtener
un conocimiento cierto.

La naturaleza humana
El hombre es un ser racional. La razón, como único medio de
obtención del conocimiento humano, es también su medio básico
de supervivencia. Pero el ejercicio de la razón depende de la
elección de cada individuo. El hombre es un ser con conciencia
volitiva. Lo que llamamos alma o espíritu es la conciencia, y lo
que llamamos libre albedrío o libre voluntad es la libertad de tu
mente de pensar o no, que es la única libertad que tienes, la única
voluntad. Ésa es la elección que controla las demás elecciones
que hacemos y que determinan el carácter y la vida de cada cual.
Por eso, el objetivismo rechaza cualquier forma de determinismo,
la creencia de que el hombre es una víctima de fuerzas que le
superan y que están fuera de su control (como Dios, el destino, los
genes o las condiciones económicas).

La ética
La razón es el único juez de valores y la única guía de acción
correctos. El estándar ético adecuado es la supervivencia del
hombre como lo que es, un hombre. Es decir, entendiendo por
necesidades de supervivencia lo que el hombre demanda de la
naturaleza humana para vivir como un ser racional (no su super-
vivencia física momentánea como un bruto sin mente). La racio-
nalidad es la virtud básica del ser humano y sus tres valores fun-
damentales son la razón, la intención y la autoestima. El hombre
sabe que es un Þn en sí mismo, no debe dejarse utilizar como si
fuera un medio para los demás; debe vivir por su propio interés,
buscando su bien, ni sacriÞcándose por los demás ni sacriÞcando
los demás a sí mismo. Debe trabajar por su propio interés racio-
nal, para alcanzar su propia felicidad como la más alta meta moral

355
de su vida. De ahí que el objetivismo rechace cualquier forma de
altruismo parasitario y coactivo, la reivindicación de que la mora-
lidad consiste en vivir para los demás o para la sociedad.

La política
El principio básico social de la ética objetivista es que ningún
hombre tiene derecho a buscar los valores de otro por medio de
la fuerza física. Es decir, ningún hombre o grupo de hombres
tiene derecho a iniciar el uso de la fuerza contra otro u otros. Los
hombres tienen derecho a usar la violencia en defensa propia y
solamente contra quienes iniciaron el ataque. La forma en la que
deben los hombres relacionarse con los demás es el intercambio,
el comercio, cambiando valor por valor libremente, obteniendo
mutuo beneÞcio consentido por ambas partes.
El único sistema social que bloquea la fuerza física en las rela-
ciones humanas es el capitalismo de laissez-faire. El capitalismo es
un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos de
los individuos, incluyendo derechos de propiedad; es el sistema
en el que la única función del Gobierno es proteger los dere-
chos individuales, es decir, proteger a los hombres de aquellos
que intenten iniciar el uso de la fuerza física contra ellos. Por eso,
el objetivismo rechaza cualquier forma de colectivismo, como el
fascismo o el socialismo. También rechaza la noción tan común
de “economías mixtas”, como en la que vivimos, que son aquellas
economías en las que el Estado regula y redistribuye la riqueza y
controla las transacciones libres, por lo que el mercado no es un
mercado libre sino semilibre o regulado.

La estética
El arte, para Ayn Rand, es una re-creación selectiva de la reali-
dad de acuerdo con los juicios de valor metafísicos del artista. El
propósito del arte es concretar la visión fundamental del artista
respecto a su existencia. Su aproximación al arte la llamó rea-
lismo romántico. Se declaraba una romántica en cuanto que pre-

356
sentaba al hombre como debería ser. Pero también se consideraba
una realista en el sentido de que emplaza a ese hombre en el aquí,
ahora, en este planeta. El objetivo de sus novelas no era didáctico
sino artístico: se trataba de la proyección del hombre ideal. En
sus palabras:

“Mi objetivo, causa primera y fuerza motriz es el retrato


de Howard Roark o John Galt o Hank Rearden o Francisco
d’Anconia mostrando a cada uno de ellos como un Þn en sí
mismo, no como medio para un Þn futuro”.

Estos principios ÞlosóÞcos marcaron todo el mundo de Ayn


Rand. Desde su defensa del capitalismo hasta su relación ideo-
lógica con economistas como Mises y su relación personal con
discípulos austriacos como Murray Rothbard. La rigidez en la
defensa de sus principios, heredada por sus sucesores en la escuela
objetivista, principalmente Leonard Peikoff, unido a su carácter
un tanto excéntrico, le dio la fama de sectaria y radical.

4. EL CAPITALISMO PARA AYN RAND

Cuando Ayn Rand se enfrenta a los problemas del comporta-


miento económico, a las cuestiones económicas, lo hace desde
una posición crítica hacia el tratamiento que los economistas pro-
capitalismo le han dado a la defensa del sistema. Precisamente, la
queja de Ayn Rand es que los economistas políticos estudian los
sistemas sociales sin tener en cuenta el comportamiento humano.
Ésa es la causa, para ella, de que hayan fallado a la hora de defen-
der el capitalismo como sistema económico. Al deÞnir su propia
ciencia como el estudio de la gestión, organización, dirección, o
manipulación de los recursos de una comunidad o una nación,
especialmente quienes deÞenden el capitalismo caen en la mayor

357
de las trampas y entregan sus armas al enemigo: el colectivismo
socialista que genera una sociedad contraria a la naturaleza del
hombre.
Porque la naturaleza de esos “recursos” no está deÞnida y
además la propiedad comunitaria de los mismos simplemente se
asume como dato del problema. Y sin embargo, supuestamente la
función de los economistas es emplear esos recursos para el bien
común. Desde esta perspectiva, el hombre no es nada más que
un factor de producción más, un medio y, además, según Rand,
no siempre se contempla como el más importante ya que muy a
menudo se dedican más estudios económicos a analizar la calidad
e inßuencia de otros recursos como minas, bosques, etc., que al
papel desempeñado por el trabajo. Este punto probablemente ha
cambiado en las postrimerías del siglo XX y el comienzo del siglo
XXI, y sí se le da actualmente la importancia que tiene a la apor-
tación y el desarrollo del trabajo humano en la producción. Sin
embargo, incluso la denominación de capital humano indica que sí
es cierto que el hombre aparece como un medio no como un Þn, en
cierta medida al menos. Pero sigue siendo un punto confuso.
Después de hacer una exégesis de la deÞnición de “capitalismo”
por la Enciclopedia Británica, que toma como punto de partida,
Rand se da cuenta de que en ella hay dos características básicas:

a) No se diferencia entre expropiación de riqueza mediante


impuestos y riqueza producida industrialmente; de esta
forma
b) era el “excedente de riqueza” de su época lo que los capita-
listas pioneros demandaban y elegían invertir, y eran Þnal-
mente esas inversiones la causa de la enorme prosperidad
a la que la era capitalista había dado lugar, y no la riqueza
expropiada mediante los impuestos.

El error de base para Rand de la perspectiva más difundida


(la de la Enciclopedia Británica) consiste en que no existe tal

358
cosa como “excedente social”. El objetivo de la economía no es
aumentar ese excedente social, no se trata de un objetivo tribal.
Toda la riqueza está producida por alguien y pertenece a alguien.
La virtud especial que permite al capitalismo aventajar a otros
sistemas económicos es la libertad, que no lleva a la expropiación
sino a la creación de riqueza.
La raíz de esta visión tribal del sistema social por el hombre
del siglo XX es múltiple. La primera es la moral altruista. La
segunda es el creciente estatismo de los intelectuales del XIX. Tiene
también que ver la dicotomía (debida en última instancia a Des-
cartes) entre cuerpo/alma, que se ha traducido, en nuestra tradi-
ción occidental judeocristiana, en un rechazo o minusvaloración
de los trabajos manuales frente a la superioridad del intelecto.
Estas bases son las que se van a explicar a continuación.
Aunque la esclavitud y la servidumbre medievales aparente-
mente se abolieron, para Rand únicamente se sustituyó al amo.
Se abolió políticamente gracias al capitalismo, pero no supuso
una desaparición de la esclavitud “real”. No hay que olvidar,
en primer lugar, que la institución de la propiedad privada en
la era precapitalista existía de facto aunque no de iure, es decir,
no estaba reconocida por ley como un derecho. En Europa, la
idea de “emancipación” consistió, básicamente, en sustituir el
concepto del hombre como esclavo de un Estado absoluto repre-
sentado por un rey, por el concepto de un hombre esclavo de un
Estado absoluto representado por “el pueblo”, que no es sino
una ficción. Es decir, en vez de ser esclavo del jefe de la tribu,
eres esclavo de la tribu.
Los pensadores europeos hablaron entonces de “egoísmo
antisocial de los industrialistas, que sacan tanto de la sociedad
sin devolver nada a cambio”, asumiendo el supuesto, aún no
cuestionado inexplicablemente, de que la riqueza es un pro-
ducto anónimo, social, tribal. Éste es el supuesto sobre el que,
de acuerdo con la autora, se edificaban la mayor parte de las
políticas económicas de su época. Y es el supuesto que aún pre-

359
valece en los distintos niveles de política económica: autonómico,
nacional o europeo.
La premisa tribal, curiosamente, prevalece tanto en los detrac-
tores como en los defensores del capitalismo. Y en este último caso,
les dota de un aura de hipocresía que hace que el error, por quedar
difuso, poco claro, resulte aún más nocivo. Los procapitalistas pue-
den defender el capitalismo basándose en el “bien común” o en la
“mejor asignación de recursos sociales”, sin atender a la pregunta
relevante, la más relevante..., ¿los recursos de quién?
La mayoría de los economistas asumen una metodología que
consiste en estudiar un sistema (la sociedad) y las interrelacio-
nes entre las entidades que lo componen (los hombres) sin haber
identiÞcado o estudiado realmente esos agentes individuales. El
hombre se adecua a las ecuaciones; de ahí que los economistas
ortodoxos, curiosamente, sean incapaces de relacionar sus abs-
tracciones con las cuestiones concretas de la existencia actual.
Esta metodología, para Ayn Rand, genera, además, desconcer-
tantes perspectivas duales en su manera de contemplar a los
hombres y los hechos que les acontecen.
Por ejemplo, los economistas procapitalistas, cuando se
enfrentan a la doctrina comunista según la cual toda propiedad
debe pertenecer al Estado, la rechazan de pleno y sinceramente
sienten que combatirían el comunismo hasta la muerte; pero en
política económica hablan del deber del Estado de ofrecer una
“justa redistribución de la riqueza” y se refieren a los hombres
de negocios como los más eficientes depositarios de los “recursos
de la nación”. Y aquí Ayn Rand ve un despunte de colectivismo,
o al menos una puerta abierta muy peligrosa al socialismo.
Para desmontar la premisa tribal que tanto daño hace, lo primero
que hay que hacer es identiÞcar la naturaleza del hombre: su facultad
racional. Esta facultad es individual, no hay tal cosa como “cerebro
colectivo” como órgano decisor colectivo. Un hombre puede apren-
der de otro, los hombres pueden cooperar en el descubrimiento
del nuevo conocimiento, el hombre puede transmitir y expandir su

360
almacenaje de conocimiento de generación en generación, pero esto
requiere procesos mentales individuales. La cultura, las tradiciones,
se transmiten de uno a uno, y se comparten siempre teniendo en
cuenta que la interpretación de las mismas es individual.
Un aspecto importante que marcará las ideas económicas de
Ayn Rand y su defensa del capitalismo es que para ella la acción
necesaria para sustentar la vida humana es la intelectual: la pro-
ducción no es sino la aplicación de la razón al problema de la
supervivencia. El hombre necesita de su capacidad intelectual
para sobrevivir, pero también puede elegir no pensar y sobrevivir
por imitación de los que sí lo hacen.
En cuanto que el conocimiento, el pensamiento, y la acción
racional son propiedades del individuo, en cuanto que ejercer esa
función privativa de los humanos es una decisión individual, la
supervivencia humana requiere que los que deciden pensar por
sí mismos estén libres de interferencias de quienes deciden imitar
o parasitar la capacidad intelectual de los demás. Además, dado
que el hombre no es infalible ni omnisciente, debería ser libre
para coincidir o discrepar, cooperar o seguir su propio rumbo, de
acuerdo con su propio juicio racional. La libertad es el requisito
fundamental de la mente humana.
Es gracias al trabajo y a la inviolable integridad de las mentes que
no se doblegan (los innovadores intransigentes) que se han alcanzado
el conocimiento y los logros a los que ha llegado la humanidad.
La novela El manantial reßeja el espíritu de estos innovadores intran-
sigentes, mientras que en La rebelión de Atlas describe hasta qué punto
la supervivencia de toda la humanidad depende de estos creadores.
Pasados los años, Ayn Rand preparó una presentación en la que se
planteaba si esta obra era profética intencionadamente, tratando de
responder a los lectores que la acosaban con esa pregunta252.

252. Esta presentación salió publicada bajo el título ‘Is Atlas Shrugging?’ en su libro reco-
pilatorio de ensayos Capitalism: The Unknown Ideal.

361
La progresiva nacionalización de grandes empresas de su
época, la intromisión del Estado en la empresa privada, la fuga de
cerebros, la moral parasitaria y la penalización de la excelencia
que implican los sistemas socialistas y que era la tendencia en los
Estados Unidos en los que vivió Ayn Rand lleva a pensar que la
novela se anticipó a la realidad.
En la base de las ideas implícitas en estas novelas está el hecho
irrefutable, para Rand, de que, en la medida en que el hombre
se guía por su juicio racional, está actuando de acuerdo con las
necesidades de su propia naturaleza y, por tanto, tendrá éxito en
hallar una manera de sobrevivir y de obtener bienestar.
El reconocimiento social de la naturaleza racional del hombre
se materializa en el concepto clave de los derechos individuales.
Para Ayn Rand, los “derechos” son un principio moral que deÞne
y sanciona la libertad de acción del hombre en un contexto social,
que se derivan de la naturaleza del hombre como ser racional y
representan una condición necesaria de su modo de superviven-
cia particular. El derecho a la vida es la fuente de todos los demás,
incluido el de propiedad253.
Estas consideraciones, llevadas a la economía política, tienen
ciertas implicaciones, en especial, cuando se cuestiona qué sis-
tema social es el más apropiado para el hombre. Para determinar
la naturaleza de los sistemas sociales, Rand considera que hay
que plantearse dos preguntas:
1. ¿Es un sistema que reconoce los derechos individuales?
2. ¿Elimina la fuerza física (la coacción) de la relación entre las
personas?
La primera plantea el problema de la soberanía individual: el
hombre es propietario de su mente, su capacidad, su vida, su tra-

253. Este punto llevó a cierta controversia con algunos economistas y Þlósofos austriacos
seguidores de Rothbard, quien considera que el derecho básico es el de propiedad, siendo
el derecho a la vida una manifestación del respeto hacia la propiedad privada que cada cual
tiene sobre su cuerpo.

362
bajo y el resultado de su esfuerzo, o, por el contrario, es esclavo
de la tribu (léase Estado, colectivo o sociedad) que puede disponer
de él, dictar sus ideales, prescribir la trayectoria de su vida, expro-
piar su trabajo y expropiar sus productos.
En este sentido, el capitalismo es el único sistema que reconoce
la propiedad privada, y los derechos individuales en general de
forma irrenunciable.
La respuesta a la segunda pregunta está relacionada con la
primera, en realidad, ya que los derechos individuales solamente
pueden ser violados mediante el uso de la fuerza. Y, en un sistema
capitalista, ningún hombre o grupos de hombres pueden iniciar
la violencia contra otro (u otros). El Gobierno, para Ayn Rand,
debería defender los derechos individuales y proteger al hombre
de la violencia de los demás. El propio Gobierno solamente puede
utilizar la violencia como represalia contra los infractores, contra
los violentos. Este tema es ampliado en el ensayo ‘The Nature of
Government’. En él explica que, aunque la sociedad es el mejor
entorno para que el hombre asegure su supervivencia, no siempre
es así. Solamente si se pueden obtener beneÞcios para cada cual
del comercio y del conocimiento (intercambio de bienes e inter-
cambio de ideas), merecerá la pena vivir en sociedad. Mejor vivir
en el desierto que bajo un sistema nazi o soviético. Ella sabía muy
bien lo que decía al respecto, no en vano creció en un régimen
totalitario.
Pero, el tema del papel que debe desempeñar el Gobierno es
ambiguo en Ayn Rand, como se discutirá más adelante cuando se
estudie su relación con la Escuela Austriaca.
Además, hay que destacar que en una sociedad capitalista las
relaciones humanas son voluntarias y se maniÞestan pacíÞca-
mente, empleando la razón: la persuasión, la discusión y la Þrma
de contratos, voluntariamente y siempre para obtener un beneÞ-
cio mutuo. El problema en la sociedad no es el estar de acuerdo,
sino la discrepancia, y en este sentido la institución de la pro-
piedad privada, que protege y representa la implementación del

363
derecho a discrepar del resto, deja el camino abierto a la mente
creativa, que es el atributo de mayor valor de la persona. Ésta es
la principal y más rotunda diferencia entre la sociedad capitalista
y la sociedad colectivista.
La justiÞcación moral del capitalismo, como ha quedado
demostrado, no está relacionada con la reivindicación altruista
de que representa la mejor manera de llegar al “bien común”. La
noción tribal del “bien común” ha servido de justiÞcación moral
de la mayoría de los sistemas socialistas y tiranías a lo largo de la
historia. El grado de esclavización o de libertad de una sociedad
corresponde al grado en el que ese eslogan tribal se invoca o no.
El “bien común” o “interés público”, de acuerdo con Ayn
Rand, es un concepto tramposo porque está sin deÞnir y, además,
porque carece realmente de deÞnición. No hay tal entidad como
la tribu o el público, sino un número de personas que viven más o
menos coordinadamente, porque así lo decide cada uno de ellos.
De modo que nada es bueno o malo para algo como “la tribu”.
Pero, además, lo bueno y lo malo, lo valioso, pertenecen al ámbito
de los organismos vivos de manera individual, no a un agregado
de relaciones desencarnadas, que no se personiÞcan en nadie en
concreto. Precisamente, este concepto tiene tanto predicamento
porque es elástico, indeÞnible, y aporta un carácter místico que
sirve no solamente de guía moral, sino más bien como escape a la
moralidad; se convierte en un cheque en blanco para aquellos que
pretenden encarnarlo.
Cuando el bien común se contempla como algo aparte y supe-
rior al bien individual de los miembros de esa comunidad, quiere
decir que el bien de algunos hombres va por delante del bien
de los otros: el “bien común” signiÞca “el bien de la mayoría”
enfrentándose con el bien de la minoría o del individuo.
Pero ese “bien de la mayoría” es también una pretensión y
un espejismo porque, de hecho, la violación de los derechos de un
individuo implica la abrogación de todos los derechos. SigniÞca
la entrega de la mayoría desprotegida al poder de una banda que

364
se autoproclama “la voz de la sociedad”, y procede a gobernar
empleando la fuerza física, hasta que es depuesta por otra banda
que emplea los mismos medios. La Unión Soviética fue el per-
fecto ejemplo de país dedicado de manera profesional al “bien
común”.
Pero ¿por qué las víctimas y los testigos de semejante realidad
no hacen nada? La respuesta es de tipo ÞlosóÞco: tiene que ver
con las teorías ÞlosóÞcas de los valores morales.
Estas teorías son principalmente tres: la teoría del valor intrín-
seco, la teoría del valor subjetivo y la teoría del valor objetivo.
La primera mantiene que lo bueno es intrínseco a algunas cosas
o actos, con independencia de las consecuencias de los mismos,
y desvincula, por tanto, el concepto de bueno del beneÞciado, y el
concepto de valor del evaluador y de la intencionalidad.
La teoría subjetivista, en cambio, deÞende que lo bueno es
una creación de la mente, y que no tiene relación alguna con
los hechos de la realidad, ya que se genera a partir de los senti-
mientos, deseos, caprichos e intuiciones de la persona. Lo bueno,
entonces, se acepta como tal por compromiso emocional, pero no
es sino un postulado arbitrario.
Finalmente, la teoría objetivista que defendía Rand considera
que lo bueno es el resultado de una evaluación de los hechos de la
realidad por la conciencia del hombre de acuerdo con el estándar
racional de valor. Y aquí, racional signiÞca validado por un pro-
ceso de razonamiento, es decir, empleando la razón.
De todos los sistemas sociales solamente el capitalismo está
basado en una teoría de los valores objetivista. La teoría objeti-
vista no consiente separar valor del bien del objetivo de los bene-
Þciarios. Cuando un subjetivista trata de perseguir un bien social
se siente moralmente autorizado a forzar a los demás hombres por
su propio bien, ya que “siente” que tiene razón y que los demás
tienen sentimientos desviados que él puede corregir o guiar. La
actitud de quien cree en el valor intrínseco en realidad es muy
parecida. Se siente en conocimiento de lo que es bueno y debe

365
mostrarlo a los demás y obligarles a buscar ese bien que él conoce
y los demás no.
El reconocimiento de los derechos individuales implica el
reconocimiento del hecho de que el bien no es una abstracción
inefable situada en una dimensión sobrenatural, sino que es un
valor que pertenece a esta realidad, a la vida de los seres humanos
considerados individualmente. Implica, en otras palabras, que el
bien no puede separarse de sus beneÞciarios, que los hombres no
son intercambiables, y que ningún hombre o tribu debería poder
intentar conseguir un bien para algunos al precio de la inmo-
lación de otros. Ésta es la razón del empecinamiento de Rand
contra Mises y su teoría subjetiva del valor, si bien, el problema
es que Rand no entendió que Mises hablaba de valor económico
en el sentido en que lo deÞnió Menger, el fundador de la Escuela
Austriaca.
El libre mercado representa la teoría objetivista porque nunca
pierde de vista la pregunta “¿valioso para quién?”. El valor de
mercado de un producto no representa su valor ÞlosóÞco objetivo,
sino solamente su valor socialmente objetivo, es decir, la suma de los
juicios individuales de las personas involucradas en el intercambio en
un momento dado. Estos juicios individuales se aúnan en el mer-
cado cuando los individuos expresan sus preferencias eligiendo, y
su primera elección es innovar o imitar.
El libre mercado es un proceso continuo que no puede perma-
necer inmóvil, sino un proceso ascendente que demanda lo mejor
de cada hombre, en el sentido de lo más racional, y le recompensa
como corresponde.
La pequeña minoría de adultos que no puedan (no que no quie-
ran) trabajar tendrán que depender de la caridad voluntaria. Pero
para Ayn Rand, la desgracia no justiÞca el trabajo esclavo; no hay
tal cosa como derecho a consumir, controlar y destruir a aquellos
sin quienes seríamos incapaces de sobrevivir. El desempleo masivo
y las depresiones económicas no están causados por el libre mer-
cado, sino por las interferencias del Gobierno en la economía.

366
El significado moral de la ley de la demanda y la oferta, por
tanto, es que representa el rechazo total a dos doctrinas vicia-
das: la premisa tribal y el altruismo coactivo 254. El altruismo
coactivo implica que los más competentes e inteligentes deben
trabajar para quienes no lo son. La premisa tribal niega la dife-
renciación y, por tanto, la inteligencia o capacidad superior de
algunas personas.
Los principales ataques al capitalismo se centran en dos argu-
mentos: el libre mercado es injusto hacia los genios y es injusto
hacia las personas mediocres.
La primera cuestión, que plantea fenómenos como por qué los
cientíÞcos cobran menos, por ejemplo, que los cantantes famo-
sos o los futbolistas, olvida la pregunta crucial respecto al valor
de las cosas. ¿Valioso para quién? Resulta que quienes compran
espectáculos deportivos los valoran más que quienes adquieren
los servicios de los cientíÞcos, por poner un ejemplo. Las valora-
ciones de cada persona no son justas o injustas, es un problema
diferente, de valores individuales.
La segunda acusación, que es más habitual en nuestros días,
es la que responde Ayn Rand con su novela La rebelión de Atlas.
En ella, explica que en una sociedad libre, donde hay libre mer-
cado, son las mentes medianas, mediocres e incapaces de crear,
quienes salen más beneÞciadas ya que pueden adquirir y emplear
inventos que facilitan su trabajo, mejoran su rendimiento y su
forma de vida255. De lo contrario, el inepto se vería abocado a una

254. Altruismo para Ayn es adoptar escalas de prioridades ajenas, puede ser perfectamente
voluntario y autoinßigido, como en sectas o religiones o ideologías, donde uno coloca la
propia felicidad por debajo de las metas de otros, de forma que le perjudica a uno mismo
pues va contra la propia naturaleza en el sentido en que Adam Smith nos enseñó. El origen
está en Comte: “Quienes aceptan como ideal una meta irracional que no podrían alcanzar,
nunca vuelven a erguir su cabeza - y nunca descubren que sus cabezas agachadas eran la
única meta que se buscaba” (Ayn Rand en Réquiem por el ser humano).
255. Es lo que Rand llama la “pirámide de las habilidades”.

367
vida mucho peor en términos de facilidades materiales. No existe
explotación en la competencia del mercado, ni compiten injusta-
mente fuertes y débiles intelectualmente.
En La rebelión de Atlas plantea, precisamente, qué pasaría si las
mentes brillantes, los innovadores, se declararan en huelga y emi-
graran a un lugar secreto. El título hace referencia a Atlas quien, en
la mitología griega, era el gigante que sujetaba la Tierra sobre sus
hombros. En un pasaje, uno de los personajes, Francisco d’Anconia,
uno de los cerebros que se fugan para irse a vivir con John Galt,
le pregunta a otro qué le diría al Atlas, al personaje mitológico, si
pudiera, el otro personaje no sabe qué decir e interroga a su vez
a Francisco, quien simplemente responde “To shrug”. Este verbo
en inglés signiÞca encogerse de hombros como señal de conce-
der poca importancia a algo. Por eso, lo que dice Francisco tiene
doble signiÞcado. Por un lado, si el Atlas se encoge de hombros,
deja de sujetar la Tierra, por otro lado, le transmite la idea de
que le quite importancia o que pase de mantener el equilibrio del
planeta.
Y lo que sucede cuando los “atlas” del mundo se declaran en
huelga y desaparecen para no ser forzados a seguir manteniendo la
sociedad parasitaria con sus innovaciones es que el mundo guiado
por mediocres colapsa, como colapsó el panal rumoroso de Mande-
ville. Es muy interesante que, como he mencionado, al cabo de los
años, Ayn Rand explicara que mientras escribía la novela, man-
tenía un archivo de noticias en las que basó los hechos de Þcción,
lo llamó The Horror File. La fuga de cerebros, las situaciones extre-
mas a que llevan las economías basadas en principios morales
tribales, altruistas, colectivistas, estaban en los periódicos (incluso
el apagón de Nueva York de los años cincuenta fue anticipado
en la novela)256. Como ella misma dice, lo que muestra la trama
es que el conßicto principal no es ya la política económica, sino

256. Ver en la nota 2 la referencia al ensayo ‘Is Atlas Shrugging?’.

368
la Þlosofía y la moral en las que descansa la sociedad occidental.
Estas bases morales y ÞlosóÞcas van contra el hombre y su natura-
leza, suponen un ataque a la razón, y una de sus manifestaciones
superÞciales aunque se le dé tanta importancia es la redistribución
de la riqueza. En ese sentido, la novela no es profética incluso si
anticipa hechos. Simplemente cuando se estudia en profundidad
la base del comportamiento humano y de la sociedad en la que
está inmerso es más fácil prever el siguiente paso (Rand, A. 1964,
180-183).
Para reforzar su defensa del capitalismo como sistema moral,
lo compara con la sociedad tribal por excelencia: la Unión Sovié-
tica, que conoció bien. Como ella misma cuenta, muchos años
atrás, tras la Revolución, los líderes comunistas pidieron un
ímprobo esfuerzo al pueblo soviético en aras de la industrializa-
ción, y, mientras que los sacriÞcios fueron mucho mayores, los
resultados fueron mucho peores que los de las sociedades libres.
Y lo que es peor, al ser la industrialización un objetivo dinámico,
que queda obsoleto enseguida, la lentitud de los procesos produc-
tivos, políticos y sociales de la sociedad soviética, con su Þlosofía
tribal, resultaba demasiado rígida e impedía una rápida adapta-
ción. De manera que, en los Estados populares (o populistas), el
avance cientíÞco y tecnológico es una amenaza para el propio
pueblo porque lo paga con su sacriÞcio, al tener que concentrar
recursos en ello.
Al compararlo con Estados Unidos, Rand se da cuenta de que
los industrialistas no sometieron coactivamente a sacriÞcio alguno
a los americanos, sino que fue la búsqueda de su propio interés lo
que permitió que se consiguieran mejores trabajos para los menos
favorecidos y un nivel más alto de vida para todos.
Lo relevante, insiste, no es el efecto sino la causa: el derecho de
cada cual a buscar su propio interés.
Finalmente se pregunta, con toda la razón, ¿y por qué un sis-
tema como el capitalista, que genera riqueza y que es el único
sistema social moral, se destruye en lugar de prevalecer?

369
La respuesta es siempre la misma: lo que alimenta en última
instancia todo sistema social es la Þlosofía dominante en esa cul-
tura. Y ése es el fallo del sistema capitalista. Aunque las bases del
capitalismo sí se asentaron sobre el terreno ÞlosóÞco, durante el
siglo XIX esa Þlosofía se fue vaciando y el capitalismo se fue sus-
tentando cada vez más en una suerte de misticismo. De ahí que
los economistas políticos no implementaran realmente el capita-
lismo, sino que las economías eran mixtas, se defendía el laissez-
faire y la premisa tribal a un tiempo, y el capitalismo no puede
sobrevivir sin una Þlosofía que lo respalde, y menos si la Þlosofía
de la cultura capitalista se basa en la dicotomía alma-cuerpo, el
comunitarismo, el altruismo coactivo y el misticismo.

5. LAS IDEAS CAPITALISTAS DE AYN RAND Y LA RELACIÓN CON LA


ECONOMÍA DE SU ÉPOCA

Siendo una emigrante en un país extraño y después de vivir una vida


tan intensa, desde sus años de hambre emigrada en Crimea hasta
el éxito de sus novelas de Þcción, su sueño de niña, o la fundación
de una escuela ÞlosóÞca, que algunos consideran una secta por la
Þdelidad de los adeptos y la radicalidad de los presupuestos, no es
raro que Ayn Rand se creara una opinión de los acontecimientos
económicos y de las corrientes económicas que aßoraban a su
alrededor, e incluso que tuviera contacto con algunos de ellos.
La escuela de pensamiento económico con quien tiene más
relación su visión de la economía es, sin duda, la escuela aus-
triaca, que se centra en la acción humana, en la importancia de
los procesos de mercado, la visión de la competencia como un
fenómeno dinámico y de la economía como un sistema en per-
manente cambio, cuyos resultados no se pueden predecir, ya que
sería tanto como predecir la voluntad humana. De hecho, hay
una recopilación de notas que Ayn Rand escribió en los márgenes

370
de libros como La acción humana y Burocracia, de Ludwig von Mises;
Camino de servidumbre, de Friedrich Hayek, y La gran idea (el tiempo
pasará), de Henry Hazlitt.
En sus notas, Rand era muy crítica y bastante ácida, especial-
mente con Hayek, quien le parecía errado en sus bases ÞlosóÞcas
que le conducirían sin remisión al inÞerno socialista, debido a
que su argumento, supuestamente defensor de la libertad, partía
de la moral altruista que considera tan perniciosa. Pero esa crítica
a Hayek hay que sumarla a las acusaciones de comunismo moral
a Hazlitt (lo que resulta un poco melodramático) y su rechazo
absoluto a la idea de soberanía del consumidor. Éste es uno de los
escollos teóricos de Rand más importantes y ha sido señalado por
algunos economistas actuales. Ella pone todo el énfasis en la pro-
ducción (que como hemos visto es el resultado de la racionalidad,
la facultad más elevada del hombre) y reniega de los empresarios
pendientes de la demanda de los consumidores, como veremos
más adelante.
En sus notas a La acción humana, Rand pone de maniÞesto que
sus diferencias con Mises no son deÞnitivas, sino más bien de
corte ÞlosóÞco, y probablemente en alguna de ellas tiene razón,
por ejemplo, cuando achaca a Mises poco rigor en sus deÞnicio-
nes ÞlosóÞcas. También es bastante acertada su crítica cuando
Mises encuadra su libro fuera de disciplinas como la psicología, la
ética o la Þlosofía, y coincido con ella en que detrás de toda obra
económica seria subyace una forma de entender los valores de los
hombres, su comportamiento y, por tanto, todas tienen unas bases
ÞlosóÞcas, psicológicas y éticas.
Otra de las críticas repetidas a lo largo de las notas en el margen
de la obra de Mises es el énfasis en la distribución en el mercado
y las pocas referencias de Mises a la producción, que es donde se
crea valor para Rand, donde el hombre creativo se luce.
No coincido con su crítica a la teoría subjetiva del valor, que
considero que parte de una mala comprensión por parte de Rand
del signiÞcado de valor económico. Probablemente es en este

371
punto donde aßora su desconocimiento de la economía como un
factor limitativo del alcance de sus teorías económicas (Mayhew,
1995, 105-170).
Actualmente se sigue cuestionando la relación entre Rand y
los austriacos. No hay que olvidar que una de las Þguras más pro-
minentes de esta escuela durante el siglo XX, Murray Rothbard,
fue discípulo de Ayn Rand. El propio Rothbard escribió duras
palabras dirigidas hacia Rand cuando ella le apartó del “círculo
de elegidos” por casarse siguiendo un rito religioso257. Rothbard
explica hasta qué punto los randianos se convirtieron en una secta,
cuyo libro sagrado era La rebelión de Atlas y con todas las caracte-
rísticas de cualquier secta, en especial, las negativas (Rothbard,
1972). Incluso satirizó las reuniones de los randianos en una obra
de teatro (la única que se conoce a Rothbard) en la que, además
de atacar a Ayn Rand, ataca duramente el servilismo del princi-
pal discípulo de la Þlósofa, Nathaniel Branden.
Sin embargo, tras un análisis estricto de las ideas económicas
de ambas corrientes, se mantiene la coherencia de la comparación
entre ellas. Tal y como explicó Walter Block en un artículo escrito
con ocasión del centenario del nacimiento de la autora, las dife-
rencias son “como guisantes en la misma vaina”258. En concreto,
Block destaca las leyes antitrust, el dinero y el papel del Gobierno
como puntos de conexión.
Respecto a las leyes antitrust, la regulación y los negocios hay
que diferenciar, dentro de la propia Escuela Austriaca, a quienes,
como Mises y Kirzner, piensan que mercado y monopolio pueden
ser compatibles desde el punto de vista lógico, que se trata de un
fallo del mercado, pero no reclaman ninguna intervención esta-

257. Su mujer era presbiteriana. Ayn Rand y los randianos le instaron a que buscara una
compañera no religiosa, por lo que Rothbard preÞrió, en lugar de ello, cambiar sus amis-
tades intelectuales.
258. La expresión inglesa empleada por Block, que titula el artículo, es “two peas in a pot”.
Se reÞere a luchas paralelas y casi hermanas.

372
tal para remediarlo, como leyes antitrust, de otros autores como
Rothbard que consideran el monopolio como una criatura más
del Estado. Hayek se desmarca de ambos grupos y deÞende que
el Estado haga que la competencia sea lo más efectiva y beneÞ-
ciosa posible, allá donde y cuando el mercado no sea capaz de
asegurarlo.
Ayn Rand en este punto se alinea con la postura de Rothbard
en la manera de enfocarlo en sus novelas. Es notable el desprecio
que transmite en La rebelión de Atlas cuando explica la “disposición
antiperjuicio propio” que se vota para ser aplicada a los ferroca-
rriles259. Ningún orador de los que presentan la nueva normativa
de autorregulación nombra directamente a ninguna compañía,
votan su aprobación incluso aquellos empresarios que van a ver
seriamente perjudicado su negocio, los oradores hablan de bien-
estar público y de cómo la quiebra de una compañía ferroviaria
sería una catástrofe nacional como argumento para aprobar una
norma que iba a llevar a la quiebra a varias compañías (Rand,
2003, 98 y siguientes). En toda la obra no hay una sola palabra
favorable a la intervención del Gobierno, las leyes antitrust, o la
regulación de los negocios. Es más, al igual que Rothbard hace,
denuncia cómo los grandes empresarios se ponen de acuerdo con
el Gobierno para obtener privilegios atentando contra la libertad
individual.
Sin embargo, en este último punto no termina de aclararse. En
Capitalism: the Unknown Ideal, publica un ensayo260 en el que pone
como víctima a los grandes empresarios y distingue a aquellos
que hacen dinero de los que se apropian del dinero. Es contra
estos últimos contra quienes dirige su crítica. Esta ambivalencia

259. En realidad el nombre es Anti Dog-eat-dog Rule. Esa expresión signiÞca competencia
despiadada, por lo que de lo que se está hablando es de una ley anticompetencia, corpo-
rativista.
260. El ensayo se llama precisamente ‘America’s Persecuted Minority: Big Business’.

373
de Rand fue criticada por el propio Rothbard que, irónicamente,
se preguntaba si Rockefeller o el dueño de AT&T, etc., se senti-
rían “perseguidos”.
En cuanto a la cuestión monetaria, Ayn Rand deja entrever sus
ideas acerca del dinero por boca de uno de los personajes de La
rebelión de Atlas, Francisco d’Anconia, que en medio de una Þesta
suelta todo un discurso acerca del dinero. En esas cinco páginas
de la novela queda claro el papel tan importante que le concede
al dinero:

“El dinero reconoce que el hombre no es una bestia de


carga nacida para transportar el fardo de su propia miseria.
(...) El dinero exige vender, pero no debilidad a cambio de
estupidez sino talento a cambio de razón; exige comprar,
pero no lo peor, sino lo mejor que pueda conseguir. (...) El
dinero es el azote de quienes buscan reemplazar la mente
apoderándose de los productos de la mente. (...) El dinero
no comprará la felicidad para quien no sepa qué desea; no
le dará un código de valores a quien haya rehusado a adop-
tarlo ni proporcionará un propósito a quien haya eludido la
cuestión (Rand, 2003, 452-458).

Explica cómo el oro ha sido la forma de dinero que ha cir-


culado más libremente de interferencias estatales. Era un valor
objetivo mientras que el papel es “una hipoteca sobre la riqueza
que no existe” y lo respalda el poder coactivo de quien lo emite:
el Estado.
Esta opinión es compartida por Rothbard, que además de
expresar las ideas, las argumenta. Mises, por su parte, en The
Theory of Money and Credit [1912] asocia por primera vez el dinero
a la elección individual. Además, en La acción humana considera
que quienes atacan el patrón oro son los intervencionistas o los
nacionalistas, porque impide mejor que otros sistemas mone-
tarios los desmanes de los políticos, pero tampoco lo deÞende

374
como único sistema aceptable (Mises 1968, 583-588). Hayek,
aunque no defiende el oro como estándar de valor monetario,
aporta la idea de monedas privadas en competencia, y propone
el “ducado”, que sería un sistema fiduciario emitido por el
Estado261. En ese sentido, hasta cierto punto, es partidario de la
intervención estatal.
Por lo que se reÞere al papel del Gobierno, ya se ha señalado
que, en principio, Rand se declara abiertamente partidaria de un
estado mínimo que garantice los derechos individuales y proteja a
las personas de los posibles iniciadores de violencia. Sin embargo,
se observa una contradicción en la autora. En sus novelas, espe-
cialmente en la principal, La rebelión de Atlas, no considera la exis-
tencia del Estado. La sociedad ideal que funda John Galt, el pro-
tagonista, no tiene una estructura de gobierno, es una sociedad
anarcocapitalista al más puro estilo rothbardiano.
Esta misma contradicción aßora en el seno de la Escuela Aus-
triaca, en la que no parece haber consenso respecto al papel que
debe desempeñar el Estado. Mientras que Murray Rothbard y
Hermann-Hans Hoppe deÞenden abiertamente la anarquía con
propiedad privada y libre mercado, lo que se conoce como anar-
cocapitalismo, hay otros economistas austriacos, como Ludwig
von Mises, que deÞenden la existencia de un estado mínimo; y
Þnalmente hay economistas austriacos aunque no seguidores de
la praxeología, como Hayek, que defendieron un Estado algo más
grande.
Pero incluso el propio Mises es contradictorio en este tema.
Mientras que por un lado deÞende el Estado mínimo explícita-
mente (por el mismo motivo, además, que Ayn Rand, la defensa),
por otro lado considera favorable el derecho de secesión del indivi-
duo. Para Mises, la manera de evitar revoluciones y guerras civiles

261. En otro momento de su obra, las divisas no serían emitidas por el Estado, sino de
manera privada.

375
es la autodeterminación. Este derecho implica que cuando los habi-
tantes de un territorio, sea un pueblo, un distrito, una agrupación de
distritos, deciden mediante un referéndum libre y sin coacción que
ya no quieren pertenecer unidos al Estado al que pertenecen en
ese momento, sino que preÞeren formar un Estado independiente,
o incluso pertenecer a un Estado vecino, se debe respetar sus deseos
y permitir la secesión. Aplicado a una comunidad familiar o incluso
a un individuo, podría verse una defensa de la sociedad sin Estado,
forzando un poco el argumento de Mises (Block, 2005, 260-263).

6. LOS ECONOMISTAS Y AYN RAND

La recepción de los economistas de su época de las ideas econó-


micas randianas fue bastante buena al principio. Si bien novela-
das y, por tanto, con poca base argumental, los ataques de Rand a
los desmanes de políticos y de empresarios monopolistas contaron
con la aceptación de economistas como Mises, quien le escribió
una carta de felicitación tras la publicación de La rebelión de Atlas.
Ya se ha comentado la controvertida relación con Murray
Rothbard y los comentarios de Ayn Rand a las obras de Mises,
Hayek y Hazlitt. A medida que su fama aumentaba y que su
escuela (o secta) crecía, su actitud hacia los economistas era más
despótica, e incluso llegó a aÞrmar en privado que la obra de
Mises no habría tenido difusión de no ser por ella.
A eso hay que añadirle que su crítica hacia el apriorismo y la
visión subjetiva de los austriacos realmente apuntaba a dos de las
bases centrales del pensamiento de esta escuela (no secta), y la
respuesta de los economistas llega a nuestros días.
Por otro lado, se ponen de maniÞesto las carencias de Ayn
Rand en cuanto a conocimientos económicos.
Otra crítica provenía de autores libertarios, anarcocapitalis-
tas, que consideraban incompatible su visión de la libertad y su

376
defensa del Gobierno. Por ejemplo, Roy A. Childs jr. le escribió
una carta abierta en 1969 en la revista Individualist. Además de
refutar uno por uno los argumentos de Rand contra la anarquía
como sistema abstracto e ingenuo, y de defender la necesidad de
desenmascarar los crímenes y baños de sangre protagonizados
por Gobiernos a lo largo de la historia, falsamente en nombre
de un pueblo o unos valores, pero simplemente para aumentar
el poder del propio Gobierno, Childs termina con una frase pro-
nunciada por el protagonista de la más famosa de las novelas de
Rand, John Galt:

“Así es el futuro que ustedes pueden conseguir. Requiere


lucha; como todo valor humano. Toda vida es una lucha
intencionada, y su única elección es la elección de la meta.
¿Quieren continuar la batalla de su presente? ¿O preÞeren
luchar por mi mundo? Tal es la elección ante la que se
encuentran. Dejen que su mente y su amor por la existen-
cia decidan”.

Y Þnaliza: “Let us walk into the sunlight, Miss Rand. You


belong with us” (Childs, 1969).
La tendencia más reciente es la de quedarse con lo que une
más que profundizar en lo que desune, como es patente a la vista
de las conclusiones del simposio organizado por The Journal of
Ayn Rand Studies en el año 2005 para conmemorar el centenario
de la escritora. En él participaron destacados economistas aus-
triacos, como Peter Boettke, quien destaca sobre todo la impor-
tancia que Rand le conÞere a la propiedad privada, los derechos
individuales, el beneÞcio mutuo en el intercambio, su visión del
dinero, entre otras cosas, y también su denodado ataque a cual-
quier forma de colectivismo e intervencionismo económico. Es
cierto que otros tratan de marcar las diferencias, como Joseph R.
Stromberg, quien analiza la inßuencia real que Ayn Rand tuvo
en Murray Rothbard y pone de maniÞesto cómo, al tener las mis-

377
mas fuentes ÞlosóÞcas y líneas de investigación paralelas, se puede
entender que Rothbard sigue a Rand en aspectos en los que, por
el contrario, él venía trabajando desde antes de conocer a la Þló-
sofa (Stromberg, 2000).
También hay que destacar a Roderick T. Long, quien reivin-
dica que Rand es mucho más apriorística en determinados plan-
teamientos que Mises y que en sus presupuestos, también para ella
la acción está motivada psicológicamente y los Þnes son valorados
subjetivamente. Este tema, el objetivismo randiano frente el sub-
jetivismo austriaco, es especialmente recurrente y con frecuencia
se intentan reconciliar ambas visiones (Bien Greaves, 2005).
Otro aspecto duramente criticado es su defensa del egoísmo.
En realidad, Ayn Rand no defendió el egoísmo entendido como la
búsqueda del interés de uno a costa de otro, más bien, para ella en
eso consistiría la esclavización del hombre (Cathcart, 2006, 354).
Lo que hace es rechazar el modo de vida que propone el sacriÞcio
como manera de conseguir la felicidad de los otros, por ser un
sistema falso y conducir a la esclavitud y no a la felicidad ajena, lo
que llamó “selÞshness without a self ”262 (Long, 2005).
Pero tal vez, el resumen más breve pero intenso de los erro-
res puramente económicos de Ayn Rand es el artículo de Mark
Skousen, quien señala los siguientes puntos:

— La soberanía del consumidor y la esencia de las empresas:


básicamente Rand utiliza a Howard Roark, el arqui-
tecto creador de El manantial, para expresar su rechazo
a la soberanía del consumidor. El innovador está por
encima de la demanda de los consumidores, simple-
mente se dedica a crear a su antojo. Pero este aspecto

262. Fernando Sánchez Dragó me hizo notar que fue Howard Roark, el protagonista de
El manantial, quien expresó el egoísmo randiano con la frase dirigida a su enamorada: “Para
decir ‘te quiero’ primero hay que aprender a decir ‘yo”.

378
implica renegar de la esencia de las empresas, de la
lógica del capitalismo en sí. Incluso, los arquitectos en
la realidad no son, salvo genialidades contadísimas,
como Howard Roark, sino que se dedican a fabricar
casas a la medida de la población que las demande.
En realidad, al ser un sistema dinámico, sobreviven
los oferentes que les propusieron exitosamente, aun-
que dependen de la demanda; es un sistema de feedback
doble.

— El rechazo al hombre corriente: por lo descrito en el primer


punto, Skousen contempla a Rand como una “artista”
más263, en el sentido de que comparte con ellos el odio
a someter su talento al dudoso gusto del gran público,
del hombre corriente, olvidando que los gustos artísti-
cos son subjetivos y no hay una vara de medir la crea-
ción artística.

— El fallo de base de La rebelión de Atlas, que consiste en supo-


ner que el héroe puede crear una sociedad idílica par-
tiendo de la soledad, desconectado de la sociedad, sin
contar con nadie. Los empresarios aislados no van a
ningún sitio sin un mercado en el que vender. Por otro
lado, los negocios no suelen atraer a creyentes fervoro-
sos en ideologías, sino a gente que simplemente quiere
hacer dinero (Skousen, 2001).

De todas formas, la visión de Rand de los sistemas económi-


cos, los supuestos que reclamaba para sentar las bases de cual-
quier estudio económico son muy acertados, tal vez más que los
de otros economistas faltos de visión ÞlosóÞca.

263. Probablemente hoy y en España, les llamaríamos posmodernos.

379
7. CONCLUSIONES

La aportación de Ayn Rand a las ideas económicas se centra en


el apuntalamiento de la defensa del capitalismo y su denuncia,
como Þlósofa, de las carencias que los argumentos aportados
hasta entonces por los economistas padecían, precisamente por
el enfoque exacerbadamente economicista y, por tanto, sesgado
e incompleto, de los procapitalistas del siglo XX. Curiosamente,
desde mi punto de vista, en su origen el liberalismo no adolecía
de ese mal. Desde la Escuela de Salamanca hasta Adam Smith
la filosofía económica y la filosofía moral fueron de la mano
en la mayoría de los casos. En este sentido, la profesionalización
de la economía y la parcelación respecto a otras disciplinas ha
jugado en nuestro perjuicio. A medida que los estudios se res-
tringían a aspectos puramente económicos, se aderezaban con
el aprendizaje y mejora de herramientas como la estadística y
las matemáticas, se ha ido abandonando la construcción de los
cimientos ÞlosóÞco-morales de la economía.
Por otro lado, esta aportación de Ayn Rand no debe exagerarse.
Es notorio que le faltaba el conocimiento profundo de los temas
económicos subyacentes a la realidad que observaba. Este hecho
es evidente cuando se analizan las críticas a las obras de los econo-
mistas austriacos detenidamente: son críticas ÞlosóÞcas, principal-
mente. Sin embargo, su defensa denodada de las principales bases
del liberalismo en una época en la que triunfaba el keynesianismo
es muy loable, y sus argumentos, contundentes y valiosos.
Como apuntaba el profesor Roderick T. Long, uno de los pro-
blemas para percibir con visos realistas el legado de Ayn Rand es
que a su muerte, en 1982, los críticos se centraron en los aspectos
más irrelevantes: el tono dogmático, su excentricidad, el fana-
tismo de sus apóstoles, ridiculizándolo, como hizo Rothbard en
su obra de teatro.
Para Long, la principal aportación de Rand es ÞlosóÞca, y en ese
terreno, la evolución de esa disciplina ha dado la razón a Ayn Rand.

380
Por otro lado, destaca, y yo estoy de acuerdo, cómo en ocasiones,
a lo largo de la historia el liderazgo intelectual no ha contado con la
aprobación de los ambientes académicos, sino que muchas veces ha
recaído en pensadores cuya genialidad justamente ha consistido en
cuestionar la ortodoxia, como es el caso de Ayn Rand.

381
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383
Elizabeth Boody Schumpeter (1898-1953)
Economista, esposa y editora264
Manuel Santos Redondo

Elizabeth Boody Schumpeter (1898-1953) fue una competente


economista profesional que trabajó como ayudante de Joseph
Schumpeter (1883-1950) desde 1933, y se casó con él en 1937.
Elizabeth se licenció y doctoró en Economía por Radcliffe, la uni-
versidad en la que los profesores de Harvard daban clase a las
mujeres. Publicó libros y artículos sobre la economía de Japón,
un país con el que J. A. Schumpeter tenía fuertes vínculos. Pero

264. Agradecimientos: Una estancia de un año en Harvard como profesor visitante, Þ-


nanciada con una beca del Real Colegio Complutense en Harvard, me permitió completar
este trabajo. Barbara Bergmann y Anne Carter me proporcionaron, en 2001, información
de primera mano sobre Harvard y las mujeres. Teresa Gilman, ella misma una “Harvard
wife”, me hizo en 2005 un vivo retrato de la vida en Harvard en los años sesenta y de la insti-
tución de las “Harvard wives”. Virginia Hathaway, de Welesley, me ayudo a entender cómo
era la vida en The Seven Sisters. Luisa Osorio también me guió en ese ambiente. Robert
Dimand y Jim Thomas me proporcionaron referencias. Elena Gallego dio el impulso inicial
a este trabajo, organizando un seminario en 2000. Los compañeros en este proyecto de
investigación me han proporcionado siempre estímulo intelectual y valiosos comentarios.
Isabel Domínguez me aportó comentarios muy útiles.

385
sobre todo los economistas le debemos su trabajo como editora
de la Historia del análisis económico que su marido dejó incompleta y
desordenada al morir. Su vida nos permite entender la situación
subordinada de la mujer en la economía académica en Estados Uni-
dos por lo menos hasta la II Guerra Mundial. Ella no se enfrentó
con esa situación intentando su propio camino, sino que fue una
clásica “esposa de Harvard” que ayudó a su marido resolviéndole
la vida cotidiana y dándole apoyo emocional, y también facilitán-
dole la vida social y académica; siguió las líneas de investigación
de Schumpeter y Þnalmente editó una obra fundamental. Desde
ese papel, su contribución a la economía es muy importante; pero
además, esa mezcla de vida profesional y privada nos ayuda a
entender cuáles eran las posibilidades y las aspiraciones de una
mujer, con formación de primera Þla en economía, en Harvard
en los años veinte y treinta.

1. UNA MUJER ESTUDIA ECONOMÍA EN HARVARD

Romaine Elizabeth Boody nació en Lawrence, Massachusetts, una


ciudad industrial del área de Boston, el 16 de agosto de 1898. Su
madre, Hulda Hokansen Boody, era de origen sueco y su padre,
Maurice Boody, norteamericano, y vivían en el Estado vecino
de New Hampshire antes de establecerse en Lawrence. Era la
única hija, y tenía dos hermanos varones que murieron jóvenes.
“Fue criada, por tanto, en una ciudad industrial dominada por
la industria textil y los problemas laborales resultantes de su ßuc-
tuante fortuna”, escribiría después su amiga, economista y com-
pañera de estudios Elizabeth Gilboy (Schumpeter, E. B., 1960,
página V). Allí vivió con su familia hasta que en otoño de 1916
fue admitida en la Universidad de Radcliffe, “el anexo de Har-
vard” para mujeres. Radcliffe era una de las universidades de
élite sólo para mujeres, que se crearon a Þnales del siglo XIX

386
para posibilitar la igualdad de oportunidades en la formación y
facilitar el acceso a puestos académicos, pues entre sus profesores
y administradores había bastantes mujeres. Radcliffe se creó en
1879 para que los profesores de Harvard impartieran clases a las
mujeres en un ediÞcio situado en el mismo campus, pero un poco
alejado para no dar la impresión de enseñanza coeducacional.
A varios de los mejores de estos colegios se les dio el nombre, en
1927, de Las Siete Hermanas, en paralelo a las otras siete uni-
versidades de élite de hombres, que formaban la Ivy Leage. Lo
que en el siglo XIX era un avance resultaba un poco anacrónico
en los años veinte; pero lo serían aún más en las décadas posterio-
res. Sólo durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943, las mujeres
serían autorizadas a entrar en las aulas de Harvard, ante la escasez
de alumnos varones. Pero su título seguiría siendo de Radcliffe, no
de Harvard, hasta 1963. Radcliffe proporcionaba una enseñanza de
calidad, pero no unas ambiciones equivalentes: el papel que después
tendría Elizabeth como esposa de Schumpeter, ocupándose de las
necesidades materiales y de la vida social del brillante académico,
cuidando un vivero de plantas en los Berkshires, no parece haber
sido una excepción. Liva Baker acusa a estas universidades de élite
de mujeres de haber renunciado al liderazgo y no haber estado a la
altura de lo que los tiempos exigían en la educación de la mujer para
la igualdad, en un libro con título bien expresivo: I’m Radcliffe. Fly
Me! The Seven Sisters and the Failure of Women’s Education (Baker, 1976).
Como para darle la razón a Baker, la amiga de Elizabeth Boody y
también economista de Radcliffe Elizabeth Gilboy aÞrma y explica,
ya en 1960: “Elizabeth Schumpeter fue una académica toda su vida,
pero también muy mujer. Su interés profesional nunca disminuyó su
feminidad” (Schumpeter, E. B., 1960, página V).265

265. Quien crea que ésta es una justiÞcación necesaria sólo ante gente inculta, puede ver
en el libro de Fatema Mernissi El harén de Occidente cómo esa mentalidad está sustentada y
desarrollada nada menos que por el Þlósofo Immanuel Kant.

387
Elizabeth Boody estuvo en Radcliffe desde 1916 hasta 1920.
Gilboy nos dice que fue alumna de Harold Laski y que sin duda
le inßuyó su Þlosofía social. Laski fue profesor de historia en Har-
vard de 1916 a 1920, y fue siempre no sólo un académico, sino un
activista en favor de los partidos socialistas en Inglaterra y Esta-
dos Unidos. Elizabeth se licenció en 1920 en Economía, con la
caliÞcación de summa cum laude. Era la primera vez que Radcliffe
concedía esa caliÞcación a alguien en los estudios de Economía.
Trabajó como ayudante (assistant labour manager) en el departa-
mento de personal de una empresa textil con 1.700 empleados en
Rochester, en el Estado de Nueva York, la Hickey-Freeman Clo-
thing Corporation. Pero volvió enseguida a Harvard y al trabajo
académico. Su amiga Gilboy nos dice que trabajó para la Har-
vard Economic Society, la que se hizo famosa por su torpe análisis
del crash de 1929 y fue liquidada en 1932, en una investigación
sobre análisis estadístico de series temporales y previsión de las
ßuctuaciones empresariales. Pero Allen, el biógrafo de Schumpe-
ter, dice más ácido que tuvo varios trabajos raros, pero siempre
cerca de Harvard (“odd jobs around Cambridge”, Allen, 1991,
29). Comenzó sus estudios de doctorado en Radcliffe, adonde
había llegado en 1924 la que sería su amiga y compañera de estu-
dios y trabajo, Elizabeth Gilboy. Ambas asistieron a un seminario
sobre la revolución industrial impartido por el profesor Edwin F.
Gay, y la investigación de Elizabeth Boody se dirigió hacia la posi-
bilidad de encontrar en las estadísticas del periodo información
que arrojase luz sobre el rápido desarrollo del comercio inglés
en el siglo XVIII. Después de terminar los cursos de doctorado,
viajó a Inglaterra en 1926, con una beca Whitney de Radcliffe
para el viaje, y comenzó su investigación sobre las estadísticas del
comercio inglés, trabajando en el British Museum y en la Public
Record OfÞce en 1926 y 1927. Allí estaba también, con otra beca,
su amiga Elizabeth Gilboy.
De vuelta a Estados Unidos y a Harvard, las carreras de ambas
amigas comienzan a seguir derroteros ligeramente distintos. A

388
Elizabeth Boody le diagnostican una diabetes importante. Eran
tiempos en que el tratamiento con insulina estaba en fase expe-
rimental, pero Elizabeth fue Þnalmente capaz de llevar una vida
prácticamente normal; pero esto hacía muy complicada la posi-
bilidad de tener hijos. Gilboy completó su tesis doctoral en 1927
y se casó al año siguiente, cuando tenía 26 años, con un brillante
ingeniero, Glennon Gilboy, profesor en el Massachusetts Institute
of Technology (MIT), vecino a Harvard. Gilboy era ya doctora
en Economía, fue instructora, uno de los rangos inferiores del
profesorado, de Economía en Wellesley, otra de las universidades
de élite para mujeres en Massachusetts, en el curso 1928-1929.
Ocuparía puestos de cierta importancia en Radcliffe, pero era
también una “Harvard wife”, una esposa de un profesor de Har-
vard, en este caso del MIT, Glennon Gilboy, y eso era, me atrevo
a decir, al menos igual de importante: en Radcliffe la llamaban
“doctor Gilboy”, pero en Harvard la llamaban “Mrs. (señora)
Gilboy”. En cambio, la tesis de Elizabeth Boody se retrasó. Fue
profesora ayudante de Vassar, otra de Las Siete Hermanas, sin
completar su doctorado. Pero su vida se orientó al matrimonio y
a la jardinería.
Se casó en marzo de 1929 con Maurice Firuski, un respetado
librero de Harvard, veterano de la Marina en la Primera Gue-
rra Mundial y licenciado por Yale en 1916. Su librería, en una
de las residencias de la Universidad de Harvard, Dunster House,
era puesta como modelo en publicaciones especializadas (Farren,
2001, 49). En 1927, Firuski se fue a vivir a Salisbury, en los Berks-
hires, la zona residencial de montaña famosa entre la gente rica
de Nueva York y Massachusetts, a unos doscientos kilómetros de
Boston y más cerca, y mejor comunicado, de Nueva York. En
1930 compró allí una librería, The Housatonuc, y también una
preciosa casa, llamada Windy Hill, con un vivero de plantas en el
pueblo vecino de Taconic. Era su segundo matrimonio, y llegaría
a casarse cinco veces. En la casa de Taconic, Elizabeth Boody
encontró en la horticultura y jardinería una vocación e incluso un

389
negocio rentable. Cuando se casaron, ella tenía 31 años, él cuatro
años más; tal vez esa edad sea la mejor y más simple explicación
de por qué su amiga Gilboy, de 26 años, en ese mismo año, se casó
sólo después de haber leído su tesis doctoral.
Pero aquel matrimonio duró poco; no conocemos sus inte-
rioridades, pero me atrevo a suponer que Elizabeth echaba de
menos la vida intelectual de Harvard, a pesar de que Maurice,
además de reputado librero y coleccionista de libros antiguos,
era un conocido hombre de letras, considerado una autoridad
en Herman Melville y que mantenía contacto con importantes
escritores. Elizabeth volvió a Harvard, donde vivía con ayuda de
sus padres, también ganaba dinero con trabajos a tiempo parcial
como ayudante de investigación y como experta en jardinería.
Como muchos otros, permanecía en Harvard aun siendo extre-
madamente difícil conseguir un nombramiento. En el caso de
una mujer, ese nombramiento era sencillamente imposible. En
1948, una respetada historiadora inglesa, Helen Maud Cam,
fue nombrada, con 62 años, catedrática en Harvard, y fue la
primera mujer que lo logró, y la noticia salió en los periódi-
cos por su excepcionalidad. Anne Carter fue la primera mujer
contratada como ayudante en el Departamento de Economía
de Harvard, a mediados de los años sesenta, con una experien-
cia y un currículo suficientes para ser nombrada catedrática en
cualquier universidad. Barbara Bergmann (entonces Berman)
había sido nombrada instructor, una escala inferior, tras obtener
su doctorado por Harvard en 1958 (oficialmente, todavía por
Radcliffe). La primera mujer catedrática en el Departamento
de Economía de Harvard fue Claudia Goldin, nada menos que
en 1990. La vía profesional más seria al alcance de las mujeres
era conseguir un nombramiento en una de las prestigiosas uni-
versidades sólo para mujeres. De hecho, Anne Carter dejó su
puesto de ayudante en Harvard en 1971 para irse de catedrática
a Brandeis, otra de Las Siete Hermanas. Si todo eso ocurría en
los años sesenta, está claro que en los años veinte y treinta la

390
posibilidad de que Harvard contratase a una mujer economista
ni siquiera estaba en consideración.
En ese ambiente estaba Elizabeth Boody en Harvard en 1933,
separada de hecho, divorciada formalmente ese mismo año en
Reno, con una preciosa casa en Taconic que quedó suya en el
divorcio, un negocio de jardinería y empleos a tiempo parcial
en esa labor que dominaba bien, pero intelectualmente atada
a la universidad, sin ningún nombramiento como economista a
pesar de su formación, pero conocida y respetada por los eco-
nomistas de Harvard, ganándose la vida, y un lugar cerca de la
élite del saber, aceptando encargos ocasionales como ayudante
de investigación.

2. ENAMORADA DE UN GENIO DEPRIMIDO

Joseph Alois Schumpeter había llegado a Cambridge con un


nombramiento permanente en el otoño de 1932. El principal teó-
rico de Economía de Harvard, Frank Taussig, se jubilaba, y en
la primavera de ese año ofreció a Schumpeter, entonces profesor
en la Universidad de Graz, en Austria, un puesto permanente.
Ya le había traído antes dos veces como profesor invitado. La
vida de Schumpeter hasta entonces había sido cualquier cosa
menos estable. Formado en Viena en el colegio de élite del impe-
rio austrohúngaro, a sus avatares personales tenía que sumar la
descomposición del que fue su país. Había nacido en 1883 en
Trest, en Moravia, en la actual Chequia, miembro de la minoría
de clase alta que hablaba alemán. Estudió en Graz y Viena, vivió
en Londres y en El Cairo, después trabajó en varias universidades
alemanas y austriacas. Había sido ministro de Hacienda de la
República de Austria, después banquero que terminó en quiebra
y casi en la cárcel, y siempre un profesor universitario de presti-
gio mundial. Su vida sentimental había sido aún más movida. Se

391
casó en Londres con una mujer de clase alta quince años mayor
que él, después se separó y vivió aventuras hasta que en 1925 se
casó, enamorado, con Annie, la hija del portero del ediÞcio de
Viena donde vivía, de 22 años frente a sus 42. Todo era felicidad
en aquel matrimonio y esperaban un hijo, pero Annie y el bebé
murieron en el parto, pocas semanas después de que muriera
también su adorada madre. Schumpeter vivió desde entonces en
la depresión crónica. Escribía en su diario casi todos los días ple-
garias a Annie en una religión privada pero formal; tenía en su
mesilla su retrato, y seguiría haciendo ambas cosas durante toda su
vida. Después contrató a una joven guapa e inteligente, sin estudios
universitarios, como secretaria y encargada de la casa, viviendo en
ella. Al poco eran amantes más o menos secretos. Cuando aceptó
el nombramiento de Harvard, se planteó llevar a Mia, pero los pro-
fesores a quienes preguntó, y sus esposas, le hicieron ver que allí no
sería bien visto ese tipo de relación. Schumpeter no la consideraba
adecuada para el matrimonio, no sólo en términos sociales, sino por-
que pensaba que le quitaría tiempo para su trabajo. Mia le ayudó a
empaquetar todas las cosas antes del viaje, y sabemos que la despe-
dida fue llorosa. Pero Schumpeter tuvo pronto claro que estaba en
Estados Unidos para quedarse: ya en su primer curso en Harvard, en
mayo, con sólo siete meses de residencia, Joseph llevó a cabo el pri-
mer trámite para convertirse en ciudadano norteamericano, pocos
días antes de salir a pasar el verano en Europa, donde además de
ver catedrales y entrevistarse con economistas, pasaría genuinas
vacaciones con una Mia enamorada y deseosa de que la llevara a
América con él. Lo mismo haría al verano siguiente, y al siguiente,
en 1935, y se escribirían largas y frecuentes cartas.
En 1933, en un seminario informal al que ambos asistían266,
Elizabeth conoció a Joseph Schumpeter. Era el economista estre-

266. Su amiga Gilboy escribe: “I remember well an informal and extra-academic seminar
of his on semantics which we attended together” (en Schumpeter, E. B., 1960, página VI).

392
lla de Harvard y de una cultura enciclopédica y cosmopolita. Físi-
camente era alto, calvo, cincuentón, con una ligera barriga, de
buenas maneras y un estilo teatral en sus ademanes. En Harvard
el viejo Taussig le había ofrecido una habitación en su casa, y allí
vivía Schumpeter como un miembro más de su familia. Elizabeth
era guapa, tenía 35 años, y podemos suponer sin vacilar que se
enamoró. Ese mismo año Elizabeth le invitó a su casa de Taconic,
y desde entonces Schumpeter se enamoró de la casa. Si se ena-
moró o no de Elizabeth, no lo sabemos, pero es muy probable que
no, aunque estuviera encantado de conocer a una mujer guapa y
más joven, que era economista, y podía entenderle y disfrutar de
las mismas charlas con otros economistas, profesores y estudian-
tes. Lo que sí hizo Schumpeter fue contratarla como ayudante de
investigación para que se encargase de las tareas de biblioteca,
resúmenes de artículos y libros y recogida de datos. A Elizabeth
las amigas le llamaban Lizzie, y a Joseph le llamaban Joe; pero
ellos se llamaron siempre Elizabeth y Joseph.
Schumpeter también impulsó la redacción de la tesis doctoral
de su reciente conquista y competente ayudante de investigación.
En 1934, Elizabeth Þnalmente leyó la tesis en Radcliffe, con las
investigaciones realizadas en sus estancias en Inglaterra sobre el
comercio inglés durante la Revolución Industrial: ‘Estadísticas de
comercio y ciclos en Inglaterra, 1697-1825’ (‘Trade Statistics and
Cycles in England, 1697-1825’, 1934). Los supervisores de su tesis
fueron el propio Schumpeter y A. P. Usher. En la primavera de
1933, Schumpeter, que era entonces un recién llegado a Harvard,
enamorado de su ambiente pero con cero distracciones al mar-
gen de las intelectuales, se hizo muy amigo de Usher. Éste había
publicado A History of Mechanical Inventions en 1929 y Schumpeter
consideraba las ideas y el método de trabajo de Usher similares
a los suyos (Yagi, 2007). En una nota a su libro Business Cycles,
Schumpeter menciona la History of Mechanic Inventions de Usher
y aÞrma que le fue de gran ayuda; aunque la nota va junto a un
texto que resalta la distinción entre “invención” e “innovación”,

393
distinción crucial para Schumpeter y con la que Usher no estaba
de acuerdo. En el libro homenaje a Schumpeter que sus colegas
escribieron en 1950 (Schumpeter, social scientist), Usher escribió un
texto titulado ‘Historical Implication of the Theory of Econo-
mic Development’. De lo que no cabe duda, sean cuales sean las
suposiciones que hagamos sobre la relación que mantenían, es
que la dirección de Schumpeter y Usher, en una tesis doctoral en
historia económica del periodo de la revolución industrial inglesa,
a priori supone una garantía de exigencia y calidad.
Todavía pasarían años hasta que esa tesis doctoral diera lugar
a publicaciones. En 1938 Elizabeth llevaría a cabo una investiga-
ción conjunta con Gilboy y publicaría ‘English Prices and Public
Finance, 1660-1822’ (1938), y Gilboy publicaría otro artículo
centrado en temas laborales de la misma época (Gilboy, 1936).
Pero para entonces ya era la señora de Schumpeter. Más tarde,
después de morir Schumpeter, el Committee on Research in Eco-
nomic History, que dirigía Arthur Cole, dio una beca a Elizabeth
para preparar los datos para su publicación. Cole consideraba que
Elizabeth, gracias a la inßuencia de Schumpeter, “se había con-
vertido en historiadora económica sin dejar de ser economista”
(Gilboy, en Schumpeter, E. B., 1960, página VI). Sólo después de
morir Elizabeth, el trabajo de su tesis doctoral fue publicado con
una larga introducción de T. S. Asthon, en la que elogia su trabajo
y considera que sólo la publicación en 1938 por George Clark de
la Guide to English Commercial Statistics, 1696-1782, proporcionó a
los investigadores unos datos comparables a los recogidos por Eli-
zabeth Boody. Elogiosos comentarios y comparaciones, aunque
póstumos, viniendo de tan prestigiosa autoridad en el tema; pero
Elizabeth había elegido siempre su matrimonio y ayudar en el
trabajo intelectual de su marido. De esta forma tan convencional
es como hizo una verdadera contribución a la economía.
Pero dejemos primero que el romance siga su curso. De puertas
adentro, en sus diarios, Schumpeter luchaba con una depresión
crónica, y visto desde fuera parece que hacía todo lo necesario

394
para mantenerla. Pero hacia fuera, era una persona alegre, con-
versador y donjuanesco. Desde 1933, Joseph fue aumentando las
anotaciones en su diario sobre Elizabeth, y también sus atencio-
nes. Elizabeth tenía bien claros sus sentimientos hacia Schumpe-
ter y su deseo de casarse, y así se lo contaba a sus amistades. El
biógrafo de Schumpeter Robert Loring Allen es particularmente
cruel al describir, basándose en el testimonio de otros profesores
y alumnos, cómo avanzó la conversión de una aventura en una
pareja social. Nos describe a un Schumpeter aventurero y cal-
culador, que no está enamorado de Elizabeth, que vive con un
Tuassing de más de 70 años cuya charla ya le aburre, pero que
lleva con su familia desde que llegó a Estados Unidos y ahora
“no puede dejar la casa sin un motivo” (“Even though he wanted
out, Schumpeter felt he could not just leave without a reason”).
Además Schumpeter era incapaz de organizar la vida cotidiana
por sí mismo. Tampoco conducía. En lo positivo estaba la casa de
Taconic. Y la presión de Elizabeth, cuando todavía no eran una
pareja declarada y Schumpeter no lo tenía claro, iba haciendo
el resto: “Cuando le invitaban a una Þesta, ella hacía saber que
quería que la invitaran también. En las pocas ocasiones en que esto
no ocurrió, llamó y armó una bronca al anÞtrión y anÞtriona y a
sus amigos”. Para la primavera de 1936 todo el mundo en Har-
vard los consideraba una pareja. Ella había anunciado que quería
casarse con él, pero él no estaba decidido. Pero lo cierto es que
en el verano de 1936 no fue a Europa a encontrarse con Mia, y
esa contundencia en los hechos sirvió para que Mia se casase en
Europa con un joven profesor serbio. Lo mismo hizo poco des-
pués Schumpeter con Elizabeth. Allen nos dice que Elizabeth era
de la clase de personas que necesitan a alguien que dependa de
ellas (“She was one of tose who are fulÞlled by having someone
depend upon them”, Allen, página 30). Elizabeth no guardaba
un diario, pero contaba a sus amigas, varias de ellas esposas de
profesores de Harvard, que iba en serio con Schumpeter (Allen,
página 34). “Tras estar en su compañía de forma regular durante

395
más de un año, en 1935 Elizabeth decidió que quería dedicar su
vida a Joseph Schumpeter, cuidar de él y ayudarle a realizar sus
objetivos”, dice Allen.
El siguiente paso era casarse, pero Schumpeter no lo tenía
claro. Le decía que no sentía un amor tan fuerte como había sen-
tido por Mia. Hoy conocemos por sus diarios, que Elizabeth puso
a disposición de los investigadores, la atribulada vida sentimental
de Schumpeter, y casarse por tercera vez, o cuarta si contamos los
años de convivencia con Mia, tuvo que ser una decisión difícil.
Pero Elizabeth se lo fue poniendo fácil o inevitable. Le preparó la
mejor habitación para que trabajase a gusto en la casa de Taconic,
adonde le llevaba conduciendo. Le prometió que no le distraería
en su trabajo. Años atrás, cuando la marcha a Harvard obligó a
Schumpeter a replantearse su cómoda relación con Mia, escribió
en su diario: “Ninguna mujer puede ayudar. No puedo hacerle ver
que las interrupciones me matan intelectualmente. De acuerdo,
tengo un regalo de mujer. Pero ellas no saben lo que deben hacer
y lo que puede signiÞcar si se atienden sus peticiones, bien sea
cuando el trabajo empieza, o bien cuando termina y comienza
el descanso, la paz. Paz, quietud, fructífero, productivo, soledad,
cuando habla el alma, es lo que existe cuando calla tu compa-
ñera. Y ella no lo comprende si intentas explicárselo”. Tampoco
puso objeciones, al parecer, al extraño amor de Schumpeter por
Annie, a sus anotaciones en el diario y su retrato en la mesita de
noche. La pragmática Elizabeth hacía bien en preocuparse más
por las rivales de carne y hueso, como Mia. Finalmente, el 17 de
agosto de 1937, se casaron en Nueva York, en una iglesia pro-
testante. The New York Times da cuenta de la boda, es de suponer
que por información de Elizabeth, y dice que la pareja celebró
después un almuerzo en el Viennese Roof Garden del hotel St
Regis, hoy St Regis-Sheraton, una terraza diseñada por el arqui-
tecto austriaco Joseph Urban. Pero los amigos no asistieron, ni se
enteraron siquiera. Schumpeter no interrumpió en esos días su
trabajo en el libro sobre los ciclos económicos, y no menciona el

396
casamiento en su diario. Sí aparece, por supuesto, su preocupa-
ción por el progreso del libro.
Los padres de Elizabeth murieron, su madre en 1935 y su
padre en 1938, y le dejaron en herencia una fortuna suÞciente
como para poder vivir. Su principal tarea en adelante fue cuidar
de Schumpeter, no sólo materialmente, sino en la depresión cró-
nica que arrastraba, y que Elizabeth debía de conocer bien. Su
mayor aportación a la economía estuvo en esa vida privada, que
incluía Þnes de semana en Taconic con otros profesores y con los
alumnos de Joseph, que serían los economistas de primera Þla del
siglo XX. Aunque publicó libros y artículos sobre la economía
japonesa, su papel en el matrimonio Schumpeter, más su pasión
por la economía académica y sus conocimientos profesionales,
fueron un pilar fundamental y necesario para el brillante trabajo
de Joseph. Una vía profesional y social nada rompedora, muy clá-
sica y si se quiere conformista, que precisamente por ser la norma
en esos años nos enseña bastante del papel de la mujer en la pro-
fesión de economista. En los años de Schumpeter en Harvard,
ese papel era sobre todo privado, como “esposas de Harvard”,
aunque fueran mujeres brillantes formadas en Harvard con la
máxima caliÞcación. Para entender el papel de esas mujeres,
necesariamente hemos de conocer su vida privada, porque es en
ese terreno donde se desarrollaba su labor. Y para las pocas que,
a diferencia de Elizabeth Boody, optaron por luchar contra la vía
convencional, es también en el terreno de la vida privada donde
debieron de encontrar las mayores diÞcultades. No olvidemos la
aÞrmación de Gilboy, economista de Harvard, en 1960 sobre su
amiga y colega: “Elizabeth Schumpeter fue una académica toda
su vida, pero también muy mujer. Su interés profesional nunca
disminuyó su feminidad”.

397
3. EXPERTA EN ECONOMÍA JAPONESA

Joseph Schumpeter era muy popular entre los economistas japo-


neses. Sus teorías sobre el empresario, expuestas en su primer gran
libro, The Theory of Economic Development, eran muy conocidas en
aquel país. Además, Schumpeter había tenido contacto con impor-
tantes economistas japoneses, el primero de ellos Kotaru Araki
en Viena en los años veinte. La universidad de Araki ofreció a
Schumpeter un puesto de profesor invitado por un año, en 1924.
Volvió a recibir invitaciones de varias universidades japonesas para
dar conferencias en el otoño de 1925 y en febrero de 1927. Siempre
guardó gratitud a las universidades japonesas, que, junto con las
alemanas, se habían acordado de él en los años difíciles después
de su fracaso como ministro y como banquero. En sus años de
profesor en Bonn tuvo contacto con otros economistas japoneses,
Ichiro Nakayama, Seiichi Tohata, Hiro Furuutchi. Finalmente iría
en enero de 1931, después de una segunda estancia en Harvard
como profesor invitado. Dio varias conferencias en las universida-
des y en instituciones empresariales, habló en la radio, visitó Kyoto
y disfrutó de su arquitectura. El viaje causó profunda impresión
en ambas partes. Aunque planeó hacer otro viaje a Japón, no llegó
a realizarlo. En Harvard, Schumpeter mantuvo el contacto con
Nakayama y Tohata y con Kei Shibata, al que había conocido en
Japón. Y siempre recibió calurosamente a los profesores visitantes
japoneses y a los escasos alumnos de aquel país. Y él era uno de
los más respetados economistas occidentales en Japón. Su primer
libro, Naturaleza y contenido esencial de la teoría económica, publicado en
alemán en El Cairo en 1908, nunca fue traducido al inglés, pero sí
al japonés en 1936. Elizabeth donaría, al morir Schumpeter, varios
miles de libros de la biblioteca de Schumpeter a la Universidad
Hitosubashi de Japón, que los mantiene como una biblioteca sepa-
rada con el nombre de Schumpeter.
Con esta información es fácil deducir que en su papel de
experta en la economía japonesa, Elizabeth Boody tenía también

398
una posición seguidora y subordinada a la actividad y a los con-
tactos de su marido, como por otra parte es lógico teniendo en
cuenta la talla internacional de Schumpeter. Juntos desarrollaron
su trabajo, y juntos fueron después investigados por el FBI. Pero
la experta en la economía japonesa era Elizabeth; Schumpeter
era un teórico y ésa era su inßuencia en las universidades japone-
sas, aunque era él quien había estado en Japón en 1931 y quien
mantenía contacto con varios economistas académicos de Japón.
Elizabeth publicó varios artículos sobre la economía japonesa
(1939, 1940 b, 1941), dentro de un estudio que ella dirigió sobre
‘El desarrollo económico reciente en Japón’ en el Bureau of Inter-
national Research de Harvard267. El estudio al que se reÞere dio
lugar a un libro sobre la industrialización de Japón en la década
anterior a la guerra. Los investigadores del FBI consideraron ese
libro favorable a Japón y contrario a China, y la verdad es que
lo era ya desde el título: La industrialización de Japón y Manchukuo,
1930-1940. Manchukuo era el nombre que los japoneses dieron a
Manchuria al invadirla en 1932 e instalar allí un Gobierno títere.
Manchuria sería después la base del Ejército Popular de Mao en
la guerra civil que conduciría a la China comunista. En el libro
escribían otros tres economistas: el británico G. C. Allen, que
había publicado en 1940 el libro Japanese Industry: Its Recent Develop-
ment and Present Conditions, que analizaba el impacto de la guerra
con China en la economía de Japón, y describía una economía
cada vez más planiÞcada y dirigida a la industria militar; Ernest
Francis Penrose, que había publicado en 1934 Population Theories
and Their Application With Special Reference to Japan, y que se había

267. En su artículo de 1940 ‘The Policy of the United States in the Far East’ Þgura al Þnal
este párrafo sobre la autora: “Mrs. Elizabeth Boody Schumpeter, of the Harvard-Radcliffe
Bureau of International Research, Cambridge, Massachusetts, is in charge of a study on the
‘Recent Economic Development of Japan’ under the auspices of that bureau. She has also
served as contributing editor for the Harvard Economic Service, and as assistant professor
of economics at Vassar and Wheaton Colleges”.

399
casado en 1939 con Edith Penrose; Margaret S. Gordon, econo-
mista y esposa de Robert Aaron Gordon, y la editora, que Þrma
como E. B. Schumpeter. Elizabeth era autora de la Introducción
y las Conclusiones, y de dos capítulos, ‘Population of the Japanese
Empire’ y ‘Japan, Korea and Manchukuo, 1936-1940’. Las rese-
ñas fueron bastante críticas (Condliffe, 1941; Palyi, 1943). Palyi
lo considera “el primer intento de análisis cientíÞco de la indus-
trialización de Japón”. Pero tanto Palyi como Condliffe conside-
ran que Elizabeth Boody Schumpeter es excesivamente elogiosa
hacia la economía japonesa, que coincide con la propaganda del
momento del imperio japonés, tanto en elogiar la situación actual
de esa economía como en echar la culpa a Occidente del mercan-
tilismo japonés en comercio internacional. Palyi la acusa abierta-
mente de estropear con su partidismo un buen libro, y Condliffe
lo hace más entre líneas. Más crítico aún es el reseñador de la
revista PaciÞc Affairs (Orchard, 1941), que comienza aÞrmando
que las repeticiones y solapamientos deberían haberse evitado
con una edición más cuidadosa y una mejor división del trabajo,
y resalta que sólo uno de los autores, Allen, ha desarrollado su
trabajo en Japón; y no deja de señalar que en el texto de la editora
es donde las repeticiones se hacen más evidentes. Aparte de criti-
car estos defectos, Orchard coincide con las otras dos reseñas en
criticar el entusiasmo de Elizabeth Boody por la economía japo-
nesa y por las economías planiÞcadas no democráticas en general.
Claramente los reseñadores entienden que el libro entra en un
terreno de confrontación política y que toma partido por la eco-
nomía japonesa. PaciÞc Affairs es la revista que editaba Owen Latti-
more, a quien Elizabeth acusó continuamente ante el FBI de ser
procomunista, y en cambio el matrimonio Penrose le defendería
con pasión. El libro sería también publicado en japonés en 1942,
en Tokio, en plena guerra. Elizabeth no sólo expresó sus puntos
de vista en libros académicos. En enero de 1940 aparece en The
New York Times una extensa carta suya criticando la posibilidad
de imponer un embargo a las exportaciones norteamericanas de

400
materias primas a Japón, aunque está escrita en términos muy
cuidadosos que resultan “políticamente correctos” en su conside-
ración de la invasión japonesa de China. Considera que las expor-
taciones de armas están suspendidas por el “embargo moral” que
se ha producido, pero que las exportaciones de materias primas
no tienen signiÞcado militar y en cambio empujarán aún más a
Japón al aislamiento económico y el rechazo a Occidente.
El 7 de diciembre de 1941 los japoneses atacaron la base ame-
ricana de Pearl Harbour, en las islas Hawai, y los dos países entra-
ron en guerra. Entonces todas las simpatías y conexiones japone-
sas del matrimonio Schumpeter se hicieron sospechosas, y ellos y
sus amigos fueron interrogados varias veces por agentes del FBI,
a los que J. Edgar Hoover, director de la agencia, urgía a que encon-
trasen pruebas que permitieran procesar a los Schumpeter. El agente
encargado de la investigación informó a Hoover que no había encon-
trado “ninguna información que mostrase claramente ninguna inten-
ción de ayudar ni de oponerse a los japoneses”. Pero el propio Hoover
insistió en que “este caso presenta una buena posibilidad de conse-
guir Þnalmente el enjuiciamiento” (Allen, 93-94). Elizabeth Boody no
debía estar muy asustada con las preguntas del FBI, pues les visitó
varias veces para acusar a Owen Lattimore, el académico norteame-
ricano más respetado en temas de Asia y editor de PaciÞc Affaires, de
ser procomunista. El senador McCarthy iría mucho más lejos y
le acusaría, en 1950, de ser un espía de la Unión Soviética. El
objetivo de las investigaciones del FBI era sobre todo Elizabeth,
más que su marido.

4. LA ‘HISTORIA DEL ANÁLISIS ECONÓMICO’

Los últimos nueve años de la vida de Schumpeter estuvieron dedi-


cados a escribir un gran libro sobre la historia del análisis econó-
mico. Sus simpatías, mezcla de racionalidad y de sentimientos,

401
favorables a Japón y Alemania le hicieron ser muy impopular en las
reuniones sociales de Harvard a partir del ataque japonés a Pearl
Harbour en 1941. Cualquier conversación sobre asuntos munda-
nos le enfrentaba con todo el mundo, y por eso “elegí trabajar en
la materia, entre todas las que tengo a mano, que está más alejada
de los acontecimientos actuales”, según cuenta en carta a Arthur
Smithies. Sólo Schumpeter, con su erudición enciclopédica y su
interés por la teoría económica y la historia, podía escribir un
libro así; como dice Elizabeth en la Introducción, “se puede decir
que ha estado trabajando en ella durante su vida entera”. Pero
había que escribirlo, y a ello le animaba Elizabeth: “Ya que no
tenemos hijos, hagamos este libro”. Elizabeth era experta en la
economía japonesa, aunque nunca había estado en Japón; era
también ayudante del editor de la revista Quarterly Journal of Eco-
nomics, editada por el Departamento de Economía de Harvard; y
fue profesora del Wheaton Collage, otra de las universidades de
mujeres de Massachusetts, en los cursos 1938-39 y 1948-49. Pero
sobre todo fue la esposa de Schumpeter, que le proporcionó todo
lo que necesitaba, material y emocionalmente, para desarrollar su
trabajo. Sin embargo, la vida iba a dar a Elizabeth la oportunidad
de desarrollar plenamente ambas facetas a la vez, su capacidad
como economista y su vida dedicada a Schumpeter.
A Elizabeth le diagnosticaron un cáncer de pecho en otoño de
1948. No era del todo malo, y la operaron con éxito, pero la posi-
bilidad de que volviese a aparecer estaba ahí. Ese pensamiento
era más demoledor para Schumpeter que para ella misma. En
realidad, él murió al poco tiempo, en 1950, y en cambio ella vivió
hasta 1953. Schumpeter se sentía incapaz de vivir, no sin el amor
de Elizabeth, sino sin sus cuidados materiales y sobre todo sin que
cuidase de su depresión. El 8 de enero de 1950, Joseph Schumpe-
ter murió de un ataque al corazón mientras dormía, en la casa
de Taconic, unos días antes de cumplir 67 años. Elizabeth se
dedicó el resto de su vida a editar cuidadosamente el conjunto de
manuscritos, borradores, esquemas y papeles diversos que en la

402
cabeza de Schumpeter componían la Historia del análisis económico.
Su amiga Gilboy, la misma que pondera su trabajo profesional
pero insiste en la feminidad de Elizabeth, explica por qué puso
esta tarea por delante de cualquier otra:

“Elizabeth consideraba este libro como la principal con-


tribución que ella podía hacer a la economía y a la historia.
Estaba bien preparada para esa tarea, y en ella pondría la
brillantez de sus días de summa cum laude, sus años de expe-
riencia manejando datos estadísticos, y la sensibilidad para
captar el signiÞcado de la historia económica que había
adquirido después”.268

Elizabeth Boody murió en la casa de Taconic el 17 de julio de


1953. Poco antes de morir trabajó en la corrección de las prue-
bas de imprenta. El libro saldría publicado en 1954, póstumo a
su autor y a su editora. Elizabeth Boody incluye al principio una
Introducción y al Þnal un amplio Apéndice del editor. En la intro-
ducción, Elizabeth cuenta los aspectos relevantes de la gestación
de la obra, la diÞcultad de organizar manuscritos que en buena
parte lo eran en sentido literal, notas a mano de Schumpeter
esperando a contar con una secretaria que se lo mecanograÞase.
Describe su propia tarea como editora, al frente de un equipo de
secretaría y de ayudantes editoriales, financiado por la Rocke-
feller Foundation, y con la ayuda de otros para descifrar aspectos
teóricos que ella no entendía. La lista de economistas que ayuda-
ron a Elizabeth es impresionante: Arthur W Marget; Gottfried
von Haberler, “me ayudó a comprobar citas y referencias oscu-

268. “Elizabeth conceived of this volume as the principal contribution she could make to
economics and history. For this task she was well suited, and to it she would have brought
the brilliance of her summa cum laude days, the years of experience in handling statisti-
cal data, and the deepened sense of the meaning of economic history of her later period”
(Schumpeter, E. B., 1960, página VII).

403
ras, así como todos los puntos de teoría que me tenían perpleja”;
Paul M. Sweezy “leyó todas las pruebas, me hizo varias suge-
rencias de valor y registró bastantes erratas que se me habían
escapado”; Richard M. Woodwin, que reunió los materiales del
capítulo sobre “el análisis del equilibrio” en la economía poste-
rior a 1870; Alfred H. Conrad, en las formulaciones matemáti-
cas; William J. Fellner y Alexander Gerschenkron “leyeron parte”
del texto mecanograÞado o de las pruebas. No terminó el índice
de materias, que elaboró después Robbert Kuenne, que entonces
era un joven doctor. Finalmente, en nota al pie, “la casa editorial
agradece profundamente al profesor Wassily Leontief su ayuda
en la publicación de este volumen”. Pero la apabullante lista no
debe confundirnos: ninguno de estos reputados economistas era
imprescindible, y con todos ellos juntos pero sin Elizabeth no
hubiera sido posible disponer de la Historia del análisis económico.
Sólo ella era imprescindible para esta tarea, y logró terminarla
unas semanas antes de morir.

5. CONCLUSIÓN. UNA ESPOSA DE HARVARD

¿SacriÞcó Elizabeth Boody su carrera profesional por Schumpe-


ter? La respuesta a esta pregunta es doble. Si lo hacemos en tér-
minos individuales, la respuesta es claramente no. Elizabeth era
una competente economista, cuyo doctorado no avanzaba por-
que se casó y se fue a vivir a la preciosa casa de Taconic y a ges-
tionar un vivero de jardinería. Al separarse de su marido, volvió
al ambiente de Harvard, trabajó como ayudante de investigación
de varios profesores, conoció a Schumpeter, que la contrató, y
hasta el Þnal de su vida fue su esposa y solícita cuidadora en su
depresión. Su carrera profesional más bien recibió un empujón al
casarse, y su principal línea de investigación, la economía japo-
nesa, proviene de su marido, no de su trabajo anterior.

404
Pero si respondemos teniendo en cuenta a lo que podía aspirar
una mujer, competente economista, en Harvard en los años treinta,
la respuesta es diferente. Las mujeres ni siquiera podían entrar en
las aulas en Harvard; eso no ocurriría hasta 1943, durante la gue-
rra, debido a la escasez de alumnos y profesores varones. El diario
Boston Globe tituló en portada ‘Harvard Goes Co-ed’, pero el pre-
sidente de la Universidad, James Bryant Conant, lo desmintió de
varias maneras: “Harvard no es coeducacional en teoría, sólo en
la práctica” (Time, ‘The versatile girl’, 1954). También se autorizó
a las mujeres a entrar en la biblioteca principal, la Widener, pero
no en otras. En 1949 The New York Times considera que Harvard,
aunque de incógnito y con problemas, ya es coeducacional (Lewis,
1949). Aun así, el título de las mujeres seguía siendo de Radcliffe y
no de Harvard, hasta 1963. Y los economistas eran aún más con-
servadores. La primera mujer que fue contratada como profesora
de Economía fue Anne Carter, ya bien avanzados los años sesenta,
con un puesto de ayudante, cuando su currículo daba de sobra para
ser catedrática. De hecho, Anne Carter dejó Harvard en 1971
para ser catedrática... en Brandeis, otra de las prestigiosas universi-
dades para mujeres. Barbara Bergmann, cuya investigación se cen-
traba en discriminación por género, también consiguió entrar en los
escalones inferiores del Departamento de Economía. La primera
mujer catedrática en ese departamento sería Claudia Goldin, nada
menos que en 1990. Queda claro que la posibilidad de que una bri-
llante licenciada en Economía por Radcliffe en 1924 obtuviera un
nombramiento como profesora en Harvard era nula. Pero Elizabeth
tampoco prosiguió con su doctorado. Se casó con otro “hombre de
Harvard”, Maurice Firuski. Junto a esa diÞcultad, muy superior en
Harvard a lo que ocurría en Chicago o California, está el atractivo
de la otra vía: ser una “esposa de Harvard”, una “Harvard wife”.
Ahora bien, si juntamos las tres cosas: la valía y la formación de Eli-
zabeth Boody como economista; la época en que vivió, en la que la
“carrera” como esposa era mucho más sencilla que una carrera pro-
fesional llena de obstáculos, que en cualquier caso no atrajo mucho

405
a Elizabeth; y el deslumbrante atractivo de Harvard, creo que tene-
mos un cuadro realista y vívido de la situación. Elizabeth fue una más
de las “Harvard wives”, que eran una institución de la universidad
y lo seguirían siendo hasta muchos años más tarde. Era esposa de
un brillante economista, y eso colmaba sus aspiraciones. Tam-
bién era competente economista, pero esto siempre fue secundario
y subordinado. Las “Harvard wives” tenían una asociación formal,
la ‘College Teas Association’, fundada en 1894 por las esposas de
profesores para promover el contacto entre ellas (“social intercourse
among the ladies of the University”). Sus tés eran muy formales,
y sólo estaban invitadas las esposas de profesores, y las madres y
hermanas de profesores solteros. En 1967 la asociación cambió el
nombre al más políticamente correcto de “Harvard Neighbors”.
Su importancia como asociación formal no es muy grande; pero la
importancia de la institución informal de las “Harvard wives” en
la vida y el trabajo de la universidad es inmensa.
Moviéndose como pez en el agua en ese ambiente, Elizabeth
no parece haber sido la heroína taponada por la discriminación,
ni siquiera la que sacriÞca su carrera profesional por amor. Pero
tampoco creo que encaje en el papel de “aprovechada” que trepa
profesionalmente gracias a su marido. Más bien representa el
conformismo con la situación de su época y de Massachusetts:
buena educación y buen marido, culto, no rico. Creo que su vida
representa eso, y como tal nos ilustra sobre lo que entonces era la
norma. La excepción eran las que intentaban la otra vía; aunque
desde luego eran menos excepción las que lo intentaban que las
que lo lograban, porque los obstáculos eran innumerables. Pero la
Historia del análisis económico de Schumpeter es fruto de ese camino
conformista y convencional. Además de ilustrarnos sobre el des-
tino normal de una mujer en su época, aunque fuera brillante
licenciada y doctora en Economía, la vida de Elizabeth Boody
dio un fruto importante, producto de su doble cualidad de eco-
nomista y esposa, que sin duda Þgura entre las más importantes
aportaciones de una mujer a la profesión de economista.

406
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409
La escuela austriaca representada en la obra
de Vera Smith
Paloma de la Nuez Sánchez-Cascado

1. EN LA LONDON SCHOOL OF ECONOMICS (1930-1935)

Vera Constance Smith llegó a la London School of Economics en


el momento en que esta institución vivía sus años dorados. Tenía
dieciocho años (había nacido el 28 de abril de 1912 en Favers-
ham, Kent) y había recibido una beca para estudiar economía.
Pronto formaría parte de esos jóvenes y brillantes estudiantes (N.
Kaldor, R. H. Coase, A. Lerner...) que serían, junto a los profeso-
res, también jóvenes, uno de los principales activos de la escuela.
Cuenta el premio Nobel de Economía R. H. Coase que la
atmósfera de la London School en 1930 era sumamente estimu-
lante y, sobre todo, muy receptiva a las nuevas ideas. Sus profeso-
res trataban de fomentar el rigor en el estudio y la investigación,
así como ampliar la visión de sus alumnos en un clima intelectual
muy agradable, en el que se daba prioridad a la teoría269.

269. Coase, R. H. (1982).

411
Los alumnos hacían sus cursos y acudían a los seminarios
semanales en los que se reunían los estudiantes y los profesores.
Vera Smith asistía a estos seminarios a la vez que seguía los cursos
de T. E. Gregory, J. R. Hicks y D. H. Robertson.
Uno de los seminarios más célebres era el de L. Robbins y
F. A. Hayek, que había llegado a la LSE en 1931, a instancias
del primero. L. Robbins, con sólo treinta años, era ya el director
del Departamento de Economía y, como conocía bien la lengua
y la cultura alemanas, había leído con agrado algunos ensayos de
Hayek y le invitó a dar cuatro conferencias en la LSE. Pronto fue
nombrado Tooke Professor de ciencia económica y estadística
de dicha institución.
Coase aÞrma que era Hayek precisamente uno de los profe-
sores más inßuyentes en ese momento por su profundo conoci-
miento de la teoría económica y su alto nivel de magisterio270.
Y fue el profesor austriaco, cuya amistad y estima conservaría
siempre, quien propuso a Vera Smith el tema de su tesis doctoral;
un asunto al que ya él había dedicado algunas reßexiones: un
estudio histórico y analítico del desarrollo de la banca central y de
los argumentos a favor de la superioridad del central banking sobre
la banca libre (free banking)271.
Hayek —como escribe J. A. de Aguirre— estaba preocupado
por la situación del sistema monetario internacional en los años
treinta en general y por el establecimiento de sistemas monetarios
nacionales independientes en particular272. Además, el estudio
del sistema bancario y de la expansión o contracción del crédito
resultaba también relevante para alguien que, como él, estaba

270. Ibídem, 32.


271. Según J. Huerta de Soto, Hayek había escrito ya algunos capítulos de un libro sobre
el tema y le cedió a su alumna este material (véase su introducción a la edición española de
la tesis doctoral de Vera Smith (1993, página 29).
272. De Aguirre, J. A., ‘La polémica banca central-banca libre de 1930 a nuestros días’, en
Vera Smith (1993, página 232).

412
interesado en los efectos de la política monetaria sobre la produc-
ción y el crecimiento; es decir, sobre los ciclos económicos273.
El resultado fue la publicación en 1936 del primer y más cono-
cido libro de Vera Smith, The Rationale of Central Banking and the
Free Banking Alternative.

2. EN DEFENSA DE LA BANCA LIBRE

En los años en los que ella preparaba su tesis, apenas nadie discu-
tía la necesidad de la existencia de los bancos centrales y, además,
el sistema de patrón-oro estaba en crisis. Prácticamente, los úni-
cos que se habían atrevido a cuestionar las ideas dominantes eran
los economistas de la Escuela Austriaca de Economía, Ludwig
von Mises (que había escrito sobre los fundamentos del sistema
bancario ya en los años veinte) y el propio Hayek.
Este último consideraba que faltaban estudios sistemáticos de
los fundamentos sobre los que se apoyaba la pretendida superiori-
dad de la banca central, ya que el debate más serio se había pro-
ducido en el siglo XIX, sin que se hubiera reanudado más tarde.
Fiel siempre a sus ideas económicas liberales, Hayek pretendía
averiguar por qué a la banca se le había considerado un caso
aparte, una excepción, al principio de laissez-faire que sí se acep-
taba para otros sectores de la economía; por qué se argumentaba
que el sector bancario necesitaba una regulación especial.
De este modo, se ponía también sobre el tapete la posibilidad
de reformar en un sentido liberal las instituciones monetarias;
algo que, efectivamente, se consideraría seriamente a partir de los

273. Como es sabido, las modernas teorías del ciclo económico estudian la expansión y
contracción del crédito como una de las causas del auge y la depresión económica. El tipo
de sistema bancario por el que se haya optado puede agravar o no esas ßuctuaciones.

413
años setenta del siglo XX, cuando Hayek abogó por la compe-
tencia en la emisión de moneda (Denationalisation of Money, 1976).
Este debate continúa en la actualidad y explica, en gran parte, la
renovada atención que ha suscitado la tesis de Vera Smith, como
veremos más adelante.
La tesis de su alumna reßeja algunas de las más representativas
ideas y teorías de la Escuela de Viena, como la importancia de la
historia, de las ideas y de la teoría económica; del factor tiempo;
la consideración de que los fenómenos sociales son consecuencia
de una evolución espontánea; el escepticismo respecto a la actua-
ción de los Gobiernos; la atención a las consecuencias no queri-
das de las acciones humanas, la conÞanza en la autorregulación
del mercado, etc.
Así, para tratar de demostrar que, en realidad, la aparición de
los bancos centrales es un fenómeno puramente político (ésta es
a Þn de cuentas una de las tesis principales del libro), la autora
lleva a cabo el relato de una historia bancaria, destacando los
casos más relevantes para su estudio (Escocia, Inglaterra, Francia,
Bélgica, Alemania y Estados Unidos). De este modo se pretende
averiguar los fundamentos históricos del derecho exclusivo del
Estado para acuñar moneda pues —como es sabido—, en un
principio, la acuñación de moneda estaba en manos privadas. La
conclusión es que fue por motivos puramente Þscales que primero
el rey y luego el Estado se arrogó este privilegio. En una línea muy
hayekiana, se sugiere que detrás de todo esto no está más que el
deseo de poder, y de ahí la necesidad de protegerse frente a los
posibles abusos.
En la época del debate que iba a estudiar Vera Smith, el banco
de Inglaterra (creado en 1694 como institución privada con privi-
legios especiales) estaba en la cúspide del sistema bancario britá-
nico. En los años cuarenta del siglo XIX conseguiría el monopolio
de acuñación de billetes. Pero, por otra parte, el banco de Escocia
(que había sido fundado en 1695 también con ciertos privilegios)
había perdido su monopolio en 1716, de modo que pudieron

414
crearse muchos bancos locales privados dando lugar a un sistema
bancario a escala nacional en el que los bancos competían en
todos los servicios bancarios. El resultado fue que, desde el punto
de vista bancario, Escocia poseía un sistema más avanzado que el
de Inglaterra.
Por lo tanto, existía un caso histórico en el que se había ensa-
yado con éxito el free banking. Un ejemplo, según la autora, de
cómo los mecanismos de mercado funcionan también en relación
a la moneda, pues en Escocia (por lo menos hasta que también
allí comienzan las limitaciones y regulaciones) no existían restric-
ciones para entrar en el negocio de la banca y, aunque de forma
espontánea el negocio se fue concentrando en unas cuantas socie-
dades anónimas fuertes, no dejó de haber una gran competencia
entre los bancos.
De hecho, en los debates que surgieron en Inglaterra de 1820
en adelante sobre asuntos monetarios (sobre todo, sobre la emi-
sión de billetes), y en los que también se acabó discutiendo sobre
la conveniencia de la existencia de los bancos centrales, el caso
de Escocia se ponía de ejemplo entre los partidarios de la banca
libre274.
Precisamente, la atención a este debate es otro de los objetivos
de la tesis de Vera Smith, pues convencida de la importancia de
las ideas, como lo estaba también su maestro, trata de desmontar
los argumentos esgrimidos entonces contra la banca libre.