Anda di halaman 1dari 39

UNIDAD IV POST PERONISMO (1955- 1983)

Portantiero - Economía y política en la crisis argentina (1958-1973)

El Empate Argentino:

Portantiero intenta explicar por qué razón fracasó la Revolución Argentina. En este sentido,
afirma que lo que ocurrió en la Argentina, luego del golpe de Estado a Perón en 1955, fue
que ningún grupo fue capaz de constituirse como dominante y legítimo, es decir, de
imponer su propio proyecto particular como válido para la sociedad en su conjunto.

Convicción generalizada acerca de la carencia de un orden político en Argentina.


Incapacidad de las clases dominantes para construir una forma de dominación legitima.
Analiza el comportamiento de los principales actores sociales como motivados por la lógica
de un “empate” entre fuerzas, alternativamente capaces de vetar los proyectos de las otras,
pero sin recursos suficientes para imponer, de manera perdurable, los propios.

Situación de “empate hegemónico” ha dado lugar a la presencia de un Estado


progresivamente aislado de la sociedad. La condición de sociedad “ingobernable” solo se
comprende penetrando en el complejo de relaciones económicas, sociales y políticas que se
estructura desde finales de la década del 50.

En efecto: el efecto del primer experimento nacionalista popular de Perón, septiembre 55,
implica el cierre de un ciclo histórico:

 EN LO ECONOMICO: a partir de 1958 se observa una situación de poder


económico compartido entre la burguesía agraria y la burguesía industrial. Estas se
desplazan mutuamente para ajustar los desequilibrios cíclicos de la economía
nacional, que provocan la transferencia constante de los ingresos de uno a otro.
Según el momento del ciclo que se esté atravesando, denominado por O‘Donnell de
stop and go, una u otra va a ser la dominante en la economía, pero de manera
efímera. Este modelo se caracteriza por pasar por un momento de devaluación (por
desequilibrio de la balanza de pagos y falta de divisas) y consecuente aumento de
precios reales industriales y caída de la capacidad adquisitiva del salario; luego un
momento de recesión, donde aumentan los saldos exportables por la contracción del
mercado interno; la burguesía agraria, antes perjudicada por el crecimiento
industrial, comienza a beneficiarse por los altos precios de sus productos cotizados
en el exterior, entran divisas y se produce nuevamente una apreciación cambiaria.
Hay un momento de recuperación hasta que haya un nuevo desequilibrio en la
balanza de pagos y el ciclo vuelva a comenzar.
 EN LO POLITICO: el fin del primer peronismo arrasaba con un orden legitimo
sostenido por una alianza de intereses expresada en el bloque populista de poder que
Perón había articulado entre: FFAA, sindicalismo y corporaciones patronales
representantes del capitalismo nacional. Empate entre fuerzas que lo único que
hacen es vetar los proyectos de las otras (pero sin recursos suficientes para imponer
los propios), lo que provoca una inestabilidad política constante y la falta de
legitimidad (crisis de representatividad). Esa crisis de hegemonía se da porque los
grupos que devienen dominantes en lo económico no logran proyectar sobre la
sociedad un orden político que logre representarlos y reproducir esa hegemonía
económica. La Revolución Argentina no fue una excepción.

“Durante 10 años, el peronismo había conseguido dar expresión política coherente


a una etapa de desarrollo de la sociedad argentina. A partir de su caída, ninguna
experiencia gubernamental logró satisfacer los requisitos mínimos necesarios para
sostener un Orden estable. Faltó desde entonces una ecuación política capaz de
articular a la sociedad con el Estado… una legitimidad reproductora del sistema,
basada en la fuerza y también en el consenso”.

Según el autor, esta incapacidad de las clases dominantes comienza a ser evidente con la
llegada de Frondizi al gobierno en 1958 ya que es en este momento cuando empiezan a
sentarse las bases que provocarán modificaciones profundas en el modelo de acumulación,
poniendo en crisis al modelo populista. Se abre un proceso de contradicciones y luchas de
clases y de fracciones de clase por el poder político y económico. Un nuevo actor clave, el
capital extranjero, provoca que la burguesía urbana local deba amoldarse a sus decisiones y
que la burguesía pampeana quede desplazada de su posición de liderazgo, aunque sin
perder su capacidad de presión, sobre todo en los momentos de crisis (desequilibrio de la
balanza de pagos). Esto hizo que se modificaran profundamente las relaciones de fuerza de
la sociedad y se produjera una heterogeneización de la clase dominante.

El período anterior (55-58) fue de transición. Implico un intento de las clases dominantes
por poner “orden en la casa”. Esto es, recuperarse (sobre todo la BA) del deterioro que le
había inferido el nacionalismo popular, desarmar su aparato político en su núcleo más
conflictivo: el sindicalismo. Se buscaba un retorno a las condiciones del pre-peronismo,

Este intento, aunque sin producir las modificaciones propias de un nuevo modelo) al
desintegrar los mecanismos políticos-sociales del nacionalismo popular abrió las
compuertas para que ese nuevo proyecto sea posible. Desarticulo la participación política
de los sindicatos como interlocutores privilegiados para la elaboración de proyectos
sociales.

Será en efecto el desarrollismo quien consumara en LO ECONOMICO el nacimiento de


esta etapa: esto se estimulara con el masivo ingreso de capital extranjero en la industria.
Estos cambios influirán sobre el perfil social de la Argentina: muchos más problemas
encontrarán para expresarse en el nivel de LA POLITICA.
Es eso a lo que llama Crisis de Hegemonía: incapacidad de un sector que deviene
predominante en la economía para proyectar en la sociedad un Orden político que lo
exprese legítimamente y lo reproduzca.

A pesar de la modernización de la economía argentina, entre 1961 y 1962 comienza una


enorme crisis económica que dio origen a otra profunda crisis institucional. Finalmente las
Fuerzas Armadas (entendidas como el fiel de la balanza, el árbitro en estos conflictos de
clase) deciden derrocar a Frondizi y convocar a elecciones. Luego de un gobierno
provisional de Guido, en 1963 llega al gobierno, con la proscripción del Peronismo, el
Radical tradicional Illia. El nuevo Establishment gerencial y tecnocrático de la burguesía
internacionalizada comenzará a proyectarse sobre las funciones públicas con la pretensión
de desplazar a los viejos políticos, ligados a ese modelo de acumulación que pretenden
modernizar. El gobierno de Illia tampoco fue capaz de responder políticamente a este nuevo
paradigma económico que se estaba formando por eso es derrocado en 1966 y, con él, de
manera simbólica, todo el sistema de representación política tradicional.

“La mayor complejidad de la economía y el desplazamiento que en este nivel opera lo que
podríamos llamar la “burguesía internacionalizada” en detrimento del viejo capitalismo
urbano y rural, habrá de irse transformando en el progresivo intento por proyectar ese
predominio económico en hegemonía política. El experimento llamado “Revolución
Argentina”, especialmente sus primeros tres años, configurara la expresión aparentemente
más compacta del mismo…”. Los militares desarrollistas aseguran que su intervención es
necesaria dada la incapacidad de los partidos políticos de llevar adelante un gobierno y que
la crisis institucional se estaba haciendo insostenible. La realidad es que la lógica pluralista
y competitiva de la democracia no hacía posible la consolidación del nuevo régimen de
acumulación, oligopólico e internacionalmente concentrado. Para ello era necesario
concentrar el poder político y un Estado autoritario aprecia la mejor opción. La razón del
golpe no era ya desplazar un gobierno ideológicamente peligroso, que pusiera la
normalidad institucional en peligro sino, justamente, poner en jaque esa normalidad y
reemplazarla por otra.

La Revolución Argentina fue el primer intento de una fracción del bloque dominante, la
burguesía industrial (aunque internacionalizada) de desplazar del poder al bloque agrario y
modernizar tanto la economía como la política nacional, es decir, de ponerle fin a ese ciclo
de stop and go. Durante la autodenominada Revolución Argentina, especialmente con la
llegada de Krieger Vasena al Ministerio de Economía, entre 1967 y 1969, por primera vez
un grupo de la burguesía urbana intenta romper con ese empate económico y político,
modernizar la estructura del capitalismo y consolidarse como grupo hegemónico frente a la
burguesía agraria. “La lógica de esa nueva fase de acumulación de capital busco
subordinar a ese mercado político desajustado con respecto al mercado económico, a esa
institución concurrencial a la que confluyen las presiones de todos los sectores en que se
divide la clase dominante, para que de sus cenizas se alzara la autoridad del Ejecutivo,
exponente de una coalición entre Fuerzas Armadas y “Establishment””. En términos de
Tarcus, un cambio en el modelo de acumulación trae aparejada la modificación del modelo
de Estado que lo sustenta: esta es la crisis del Estado y el modelo de acumulación populista.

Los ideólogos de la Revolución Argentina prometieron que alcanzarían sus objetivos en 3


tiempos: primero, un tiempo económico, es decir, la reestructuración del modelo de
producción para alcanzar el desarrollo de la nación, para alcanzar el modelo de los países
industrializados (lo que es equivalente a la concentración del poder económico en esa
burguesía internacionalizada, con costos sociales y políticos y sectores excluidos); segundo,
un tiempo social, en donde supuestamente las riquezas acumuladas en el primer momento,
como por efecto “derrame”, se distribuirían a toda la sociedad en su conjunto; en último
lugar, un tiempo político, donde la dictadura ya no sería más necesaria y se buscaría una
forma controlada de abrir la participación. Lo que finalmente ocurrió es que esos tres
tiempos nunca se dieron, solo se llevó adelante el primero de acumulación económica.

El fracaso de la Revolución Argentina no es producto de una crisis económica: por el


contrario, era una época de crecimiento del PBI, del salario, de disminución de la
desocupación y de la inflación, etc. “Lo que los años 69 y 70 marcan es algo más
profundo: la emergencia de una crisis social, cultural y política, una verdadera crisis
orgánica, por medio de la cual la sociedad avanzaba sobre un Estado que, pese a su
autoritarismo (o porque solo se sostenía sobre el autoritarismo) iba a ser nuevamente
desbordado”.

El fracaso de la Revolución Argentina es consecuencia, entonces, de ese mismo empate


hegemónico, de la incapacidad que mostró la burguesía urbana de imponer su proyecto
como dominante y la crisis social, política y cultural que eso produce. A partir de los
desarrollos de O’Donnell se podría decir que el intento de modernizar la sociedad pero por
medio de Estados Burocráticos Autoritarios, que desnudan el carácter clasista y coercitivo
de la dominación política, no permitió construir una legitimidad social que permitiera
establecer un orden. Los perjudicados por el proyecto desarrollista (sectores medianos y
pequeños de la burguesía urbana, burguesía agraria, asalariados y partidos políticos)
demostraron constantemente su rechazo al modelo que se intentaba instalar y, a pesar de la
aparente fortaleza de un Estado autoritario, a pesar de la violencia que utiliza para mantener
el orden, nunca logro ampliar el consenso y, por lo tanto, tampoco las bases sociales del
poder. “Los reclamos del capital pequeño y mediano y de la burguesía agraria; las
explosiones regionales que abarcan zonas de desigual desarrollo económico, político y
social; la situación de los asalariados (más perjudicados por los intentos de
superexplotación al interior de las plantas que por el deterioro de sus salarios reales) y el
descontento generalizado de las capas medias expropiadas políticamente por el
autoritarismo estatal, crearon una acumulación de fuerzas opositoras tan poderosa,
abrieron una crisis social tan honda, que precipito la fractura del monolitismo militar”.
Fue Perón, en 1973, quien logro capitalizar todas estas fuerzas opositoras para presentarse
como la única solución a la crisis política y social que se estaba desarrollando. Fue así
como llego a una tercera presidencia, restaurando (aunque ya desde Lanusse) las
condiciones de empate hegemónico y de poder de veto de las distintas fuerzas políticas y
sociales.

Los factores económicos, si bien son importantes, no son los únicos que pueden construir
un modelo estable o desatar una crisis. El peronismo fue, para los sectores trabajadores,
más que una reivindicación de sus necesidades materiales históricas: fue la ruptura
simbólica de las instituciones sociales y culturales que también lo excluían de la
participación. De la misma manera, la crisis hegemónica argentina hunde sus raíces no en
cuestiones materiales, económicas, sino en razones sociales, políticas y culturales, de
revancha y veto constante entre las fuerzas, que no permite que una construya el consenso
necesario para crear un orden estable.

Cavarozzi “Autoritarismo y Democracia”


Gobiernos débiles- gobiernos fuertes

CAP I: el fracaso de la “semidemocracia” y sus legados

En 1955, una insurrección civ́ ico-militar puso fin al gobierno peronista. Esto no solo llevó
al derrocamiento de Perón sino que logró desmantelar el modelo político prevaleciente
durante los diez años anteriores (gobierno de masas- líder que relegaba a segundo plano los
canales parlamentarios y partidarios y que consideraba la oposición como manifestaciones
intereses sectoriales ilegítimos).

Los líderes del golpe del 55 caracterizaron al régimen peronista como una dictadura
totalitaria y levantaron estandartes de la democracia y la libertad proponiéndose como
objetivo el establecimiento de un régimen parlamentario y de partidos. Esto se frustró
recurrentemente: en 1955, en 1962 y en 1966: administraciones militares con el objetivo de
la proscripción del peronismo (y su definitiva erradicación).

El peronismo era percibido como un fenómeno adverso a las instituciones y valores


democráticos. Estos intentos frustrados de lograr una estabilidad institucional no
impidieron que se configuraran nuevos modos de hacer polit́ ica que dejaron un legado
polit́ ico-ideológico con el que tuvieron que lidiar los actores a partir de 1966.

Los elementos más importantes de esos nuevos modos de hacer polit́ ica son tres:

1) El surgimiento de desfasajes significativos entre el nivel de los intereses económicos, por


un lado, y de los bloques políticos, por el otro.

2) La formación de un movimiento sindical peronista con caracteriś ticas nuevas, que se


constituyó en un actor polit́ ico autónomo y articuló una estrategia defensiva y de oposición.
3) El ingreso de los militares a la arena política asumiendo un rol tutelar en el marco de los
regímenes semidemocráticos y luego, expandiendo su esfera de intervención con el objetivo
de acabar con las prácticas parlamentarias y democráticas.

Argentina pos 1955: una comunidad desarticulada

Era una comunidad política desarticulada. Derrocamiento del gob peronista en 1955 fue
promovido por un amplio frente polit́ ico: partidos no peronistas, representantes de las
clases medias y la burguesiá urbana y rural, las Fuerzas Armadas y la Iglesia. Pero todos
perseguían objetivos dispares, lo que los mantuvo unidos por cierto tiempo fue la bandera
de la “democracia” que se oponía al carácter dictatorial y totalitario de Perón. El peronismo
sobrevivió a la caid́ a de su gobierno y se constituyó en el eje de un vigoroso movimiento
opositor. Sin embargo, los antiperonistas consideraban que la proscripción del peronismo
era una acción democrática. El corolario de la exclusión del peronismo fue una profunda
disyunción entre la sociedad y el funcionamiento de la política en Argentina que llevó al
surgimiento de un sistema político dual (mecanismos parlamentarios coexistieron con
modalidades extrainstitucionales de hacer polit́ ica). Los bloques de sociedad (sector
popular y frente antiperonista: sectores burgueses y de clase media) rara vez compartieron
misma arena política para resolución de conflictos y acuerdos. El sector popular quedo
privado de toda representación mientras que sus adversaros sociales recurriá n a
mecanismos tanto parlamentarios como extrainstitucionales. Por lo tanto, las presiones
populares fueron de carácter extrainstitucionales: el mov sindical peronista fue la expresión
mas poderosa del sector y se redujo a desestabilizar todos los regim ́ enes civiles y militares
del periodo.

Los partidos no peronistas y militares empezaron a encontrar diferencias en algunos casos


antagónicas que se basan en dos razones: 1) los militares pierden su “vocación
democrática” para respaldar regim ́ enes autoritarios; 2)partidos no peronistas (respaldan
instituciones) se transforman en el principal canal de expresión de una compleja interacción
entre dos controversias a partir de la caída de Perón: a) Rol del gobierno en erradicación del
peronismo: opciones desde “integracionismo”(gradual absorción de peronismo) hasta el
“gorilismo” (extirpar completamente el cáncer peronista); b) Modelo socioeconómico que
se estableceriá y que surge a partir de los distintos diagnósticos de la crisis económica
argentina y sus recomendaciones alternativas:

Había tres posiciones:

1. El populismo reformista no cuestionaba las bases del modelo peronista y alentaba a


promover intereses de clase obrera y la burguesiá urbana y proponiá una polit́ ica
nacionalista moderada que impidiera/ limitara la presencia del capital extranjero en
sectores. Solo formuló 2 crit́ icas al gobierno peronista: *polit́ icas peronistas desalentaron la
producción agropecuaria; y *el fracaso de la promoción de la industria
pesada/infraestructura económica. Las consignas del populismo reformista fueron
promovidas por el radicalismo. En 1956, el partido se dividió: UCR Intransigente
(frondizista) partidaria de una legalización gradual del peronismo y la UCR del Pueblo con
una postura más dura, cercana a la de los militares (proscriptiva). Ambas adhirieron al
programa de Avellaneda (mediadas nacionalistas y reformistas). Sin embargo, cuando
Frondizi fue elegido presidente en el 58, cambió su orientación polit́ ica al desarrollismo y
solo los Radicales del pueblo mantuvieron el apoyo al populismo reformista.

2. Desarrollismo: sosteniá que el estancamiento económico se debiá a un retardo en el


crecimiento de las industrias de base. Por eso era necesaria una “profundización” que
abarcara la expansión de la producción de bienes de capital e intermedios y de la
infraestructura económica. Se requeriá una incorporación masiva de capital extranjero a la
economiá . No prestó un apoyo irrestricto al modelo de conciliación de clases (modelo q
consideraban contradictorio) sino que impugnó la introducción de ajustes del mismo.

3. La posición liberal fue más lejos en la crit́ ica del proceso de industrialización iniciado
en el 30. Criticaron modelo de conciliación de clases y la premisa en la que el desarrollo
industrial era el núcleo dinámico de una economía cerrada. La imagen del mercado pasó a
constituir la piedra fundamental de su posición: *implicaba apertura de la economiá
argentina y su reintegración al mercado internacional (reducción aranceles y eliminación
“distorsiones” que protegiá sectores “artificiales”: consideraban industrias creadas en el
periodo anterior como “industrias artificiales/ficticias”; *reducción de la intervención
estatal en la economiá y restauración de la iniciativa del sector privado.

A partir de 1955, los partidos polit́ icos, organizaciones corporativas y corrientes


ideológicas, a través de los cuales se expresaron las corrientes anteriores, entraron en
numerosas alianzas y conflictos que tuvieron que ver con dos factores;

1) las predicciones de las consecuencias que previsiblemente tendriá la implementación de


las polit́ icas económicas alternativas en relación con los intereses económicos de cada clase
social, y

2) el modo en que la retórica, las plataformas y la ideología de cada partido o corriente


aludieron a la cuestión del peronismo. Tales alusiones hacían referencia a las dos
principales manifestaciones polit́ ico-institucionales de la identidad peronista de los sectores
populares: exclusión polit́ ica que sufrían como ciudadanos, y su renovada adhesión a un
mov q siguió definiéndose como parte del peronismo.

La complejidad de la política argentina del período 1955-1966 se debió a que las


adhesiones y oposiciones políticas generadas por los dos factores de los partidos estaban
relacionadas pero no fueron coextensivas. La lógica de esta compleja interrelación fue
gobernada por las oscilaciones pendulares de aquellos partidos, organizaciones empresarias
y sectores militares que expresaron y articularon la posición liberal. Dichas oscilaciones
respondieron a los programas concretos de los dos partidos que dieron cuerpo a las
posiciones del populismo reformista y el desarrollismo. Los Radicales del pueblo tendieron
a asumir posiciones cercanas al “gorilismo”( proscripción electoral del peronismo y
establecimiento del sistema afiliación sindical q tuviera como consecuencia la atomización
de la organización corporativa de la clase obrera) que despertaron la oposición de la
conducción sindical. La fórmula del Radicalismo Intransigente era el reverso exacto.

Luego de la asunción de Frondizi como presidente adoptaron un programa económico


orientado a la expansión de las industrias productoras de bienes de consumo durable y de
capital y la modernización y privatización creciente de los sectores de energía, transportes y
comunicaciones. Este programa reservó un papel estratégico al capital extranjero e impuso
inicialmente una drástica reducción del salario real. Sin embargo, ellos nunca abandonaron
los objetivos “integracionistas" que anunciaron desde 1956.

Trataron de reforzar el predominio peronista en el movimiento sindical pero indujeron (e


incluso forzaron) a los líderes sindicales a actuar "responsablemente" (contener las
"excesivas" demandas salariales y distanciarse del liderazgo ejercido por Perón). Excluido
el peronismo, los dos partidos Radicales agotaban el espectro de fuerzas electoralmente
significativas de fines de la década del cincuenta y principios de la del sesenta. La posición
liberal careciá de la posibilidad de expresarse a través de un partido conservador fuerte, con
posibilidades reales de ganar una elección presidencial. La síntesis programática liberal, la
propuesta de:

1) erradicar al peronismo y pulverizar el sindicalismo peronista,

2) producir una drástica reducción del intervencionismo estatal

3) eliminar los sectores industriales ineficientes, obtuvo la adhesión de amplios sectores de


la burguesía argentina. Sin emb, se vieron forzados a elegir entre los dos "males menores".

Cuando eligieron dar prioridad a sus objetivos económicos, como entre 1959 y 1961,
tendieron a aliarse con el desarrollismo. Las negativas del gobierno frondizista a
desmantelar la CGT y las idas y vueltas con respecto a la proscripción del peronismo
agudizaron la tensión. En consecuencia, aquéllos se inclinaron por resaltar sus
orientaciones antiperonistas (1956-1958 y 1962-1963) los llevo a unirse al populismo
reformista. Los Radicales del Pueblo ofrecieron una plataforma antiperonista y anti
integracionista atractiva pero que constituiá la antípoda del liberalismo en términos de
polit́ ica económica. En consecuencia, uno de los rasgos sobresalientes de la disyunción que
recorrió al antiperonismo en este período fue que cada uno de los resultados sucesivos
estuvo determinado por el sentido en que oscilaron los liberales. Al mismo tiempo, sin
embargo, los liberales ejercieron sólo una influencia mínima en el curso seguido por la
polit́ ica y la economía. Los liberales adquirieron una conciencia creciente de la futilidad de
sus pendulaciones y, hacia mediados de la década de 1960, esto fue un factor decisivo que
indujo a los liberales a optar por una estrategia antidemocrática. Tal estrategia puso énfasis
en la necesidad de eliminar aquellas mediaciones políticas, los partidos y los mecanismos
parlamentarios que habían impedido la implementación del programa liberal.

Los Sindicatos peronistas en la oposición

El intento del régimen militar de 1955-1958 de rondar un régimen polit́ ico basado en los
partidos y en el fortalecimiento de los mecanismos parlamentarios fracasó. Sin emb tuvo
consecuencias significativas.

Más allá de haber causado el colapso del régimen peronista, la intervención militar
favoreció, a partir de 1955, el surgimiento de una suerte de "parlamentarismo negro".

Este estilo de polit́ ica se fue conformando a raíz de la frustrada implementación de los
proyectos de los militares "democráticos" y de la no prevista configuración de nuevos
patrones de acción polit́ ica que fueron prevaleciendo. La misma situación se reprodujo con
las políticas hacia la clase obrera y las relaciones laborales.

El régimen militar fracasó en sus intentos de erradicar al peronismo de la clase trabajadora.


Asimismo, el régimen no logró imponer su proyecto de crear un sistema de afiliación y
representación sindical múltiple, destinado a reemplazar las pautas establecidas por la ley
peronista de los años 40.

Sin embargo estos intentos produjeron cambios importantes en el interior del movimiento
obrero a partir de 1955: 1. El estilo de control polit́ ico de la época peronista (tutelaje
benévolo de la clase obrera por el Estado y en la subordinación ideológica del movimiento
sindical a Perón) fue modificado. Los lid́ eres sindicales peronistas que habiá n controlado
los sindicatos hasta 1955 se vieron desplazados de la escena sindical. 2. El frustrado
proyecto de los militares creó las condiciones para el surgimiento de un movimiento
sindical peronista diferente que ganó independencia frente a Perón y fue capaz de
desarrollar su propia estrategia polit́ ica. 3. Perón no desapareció de la escena polit́ ica
aunque su rol sufrió cambios: *la naturaleza de su viń culo con las masas populares cambió
(ya no puede satisfacer sus demandas y apelar periódicamente a ellas en forma directa); *su
figura emergió como el principal sim ́ bolo del retorno; *Perón perdió su poder de controlar a
los lid́ eres peronistas ( algunos polit́ icos provinciales y numerosos lid́ eres sindicales,
generaron bases propias de poder, lo cual les dio un espacio para desafiar la autoridad del
"lid́ er”); *un peronismo menos subordinado a la autoridad de Perón se transformó en un
peronismo crecientemente proletario.

Esta gradual transformación fue favorecida por un factor adicional: en cada ocasión que la
proscripción electoral del peronismo fue levantada la esfera de acción de los lid́ eres
sindicales se vio expandida al tener la oportunidad de incidir en la lucha polit́ ica en torno a
los comicios. El voto de los trabajadores se transformó así en un instrumento de presión y
negociación, comparable a los paros y huelgas.

Los lid́ eres sindicales del peronismo desarrollaron la capacidad de negociar con actores
políticos no peronistas (partidos, asociaciones empresariales y militares). El poder del
movimiento sindical peronista se amplió después de 1955.

A partir de 1959 LA ECONOMÍA fue transformada por la expansión de los sectores


industriales productores de bienes intermedios y de consumo durable. Dichos sectores eran
más intensivos en el uso del capital y estaban más penetrados por el capital extranjero que
los sectores industriales de las dos décadas anteriores

. Los nuevos sectores pronto desplazaron a estos últimos de su rol de núcleo dinámico del
capitalismo argentino.

El discurso de los sindicalistas peronistas reclamó la restauración de los atributos de antes


de 1955( alianza entre la burguesía nacional y la clase obrera bajo el tutelaje protector del
Estado; políticas económicas redistributivas; nacionalismo; la definición de la oligarquía
(agraria) como el principal adversario social de las fuerzas “nacionales y populares” y el
poder arbitral de Perón)

El retorno de Perón, y de la Argentina peronista, dejó de ser objetivo político del


movimiento sindical y se transformó, en un mito que cumplía dos funciones: a) permitió a
los líderes sindicales interpelar a los obreros como obreros peronistas, y rescatar la raíz de
su identidad colectiva, b) la adhesión a un objetivo polit́ ico que era considerado
inalcanzable por todos los sectores polit́ icos importantes liberó a los sindicalistas de la
responsabilidad de reconocer las consecuencias y corolarios políticos de su es El
sindicalismo peronista no fue un movimiento meramente economicista; los objetivos
económicos y políticos se entrelazaron dé una manera muy peculiar. Los sindicatos
argumentaron que las polit́ icas económicas y laborales de los regim ́ enes no peronistas
perjudicaban los intereses inmediatos de los trabajadores, y socavaban la posibilidad del
retorno a la época dorada del peronismo (la burguesía argentina apoyo el programa
económico y corporativo)

Las prácticas polit́ icas del movimiento sindical combinaron dos elementos: 1) un patrón de
esporádicas penetraciones en los mecanismos de representación parlamentaria(capacidad de
los lid́ eres sindicales para influir sobre conducta electoral de los trabajadores); y 2) una
acción de desgaste a largo plazo a los regímenes políticos que excluyeron al peronismo.

Las administraciones del perió do 1955-1966 resultaron debilitadas por los efectos de la
exclusión del peronismo de la escena polit́ ica legal que llevó a la clase obrera a obtener
concesiones a través del quebranto de las reglas formales: el sindicalismo peronista se tornó
una fuerza subversiva. Los sindicalistas contribuyeron a crear circunstancias que indujeron
a los militares a deponer a las administraciones civiles, o frustraron los objetivos de los
regímenes militares, induciéndolos a abandonar el poder para evitar situaciones que
hubieran requerido la aplicación de medidas represivas. La estrategia del movimiento
sindical peronista tuvo 3 características:

1una ventaja importante: su poder se materializó a través de las acciones de otros actores.
Esto permitió a los sindicalistas disociarse de las consecuencias indeseables de los ciclos de
golpes y repliegues de los militares.

2 que el movimiento sindical promoviera el logro de sus objetivos a través de otros actores
dio lugar a que los objetivos de estos "intermediarios" interfirieran o modificaran los
propios del movimiento sindical.

3 el poder del sindicalismo se manifestara a través de la imposición de restricciones a las


acciones de otros actores, ocultó su incapacidad para formular un diagnóstico propio de la
crisis estructural que afectaba a la economía argentina desde fines de la década de 1940 y
para proponer respuestas.

ESTA capacidad defensiva permitió al sindicalismo obstaculizar la implementación


definitiva de las polit́ icas de estabilización económica que se propusieron retrasar los
salarios con respecto a los aumentos de otros precios, e inducir un aumento de la inversión
privada. La capacidad defensiva del sindicalismo se manifestó a través de la articulación de
"acciones de contraataque". Pero la resistencia sindical no pudo revertir algunos de los
cambios introducidos: durante el perió do 1959-1961 —al igual que 1967-1969— se dio una
importante expansión de los sectores industriales caracterizados por ser capitales intensivos
y contener una presencia predominante del capital extranjero. El nivel de empleo industrial
se estancó hacia mediados de los 50; los aumentos de la productividad de la mano de obra
fueron mayores q los aumentos de los salarios reales.

LOS MILITARES DEL PERIODO POSTERIOR A 1955: NUEVOS ESTILOS DE


INTERVENCIÓN POLÍTICA

Los militares, constituyeron el tercer elemento importante de la fórmula política que


emergió a partir de 1955.

El éxito de la insurrección militar inauguró un nuevo patrón de intervención militar en la


polit́ ica argentina

Entre 1930 y 1955, las fuerzas armadas se habiá n constituido en guardianes de los
gobiernos constitucionales, derrocando tres administraciones civiles. Sin emb, a excepción
del corto perió do entre 1943 y 1945, los militares se abstuvieron de participar directamente
en la conducción del Estado y no se propusieron institucionalizar regiḿ enes no
democráticos controlados permanentemente por las fuerzas armadas. A partir de 1955, los
militares modificaron ese patrón de intervención. Durante una primera etapa, desarrollaron
un estilo de intervención tutelar, que resultó en 1) la exclusión del peronismo del proceso
electoral y de las instituciones representativas del Estado, y 2) el ejercicio de presiones y de
su poder de veto sobre las medidas e iniciativas políticas del gobierno constitucional
instalado en 1958.

Durante el perió do de intervención tutelar, los militares coartaron las prácticas y principios
democráticos de dos maneras: denegaron el derecho a elegir los candidatos de su
preferencia a una porción significativa de la ciudadaniá y recurrieron a la amenaza de
deponer las autoridades constitucionales si las mismas no satisfaciá n sus demandas (todo
esto en nombre de la democracia). El peronismo y, luego de 1959, el comunismo fueron
equiparados con la "antidemocracia".

A principios de la década de 1960, importantes sectores de las fuerzas armadas comenzaron


a darse cuenta de que los beneficios obtenidos mediante la intervención tutelar eran
inferiores a los costos ocasionados por ésta. La invocación militar a un respaldo de las
organizaciones polit́ icas "democráticas'' habiá forzado a las fuerzas armadas a restringirse a
las alternativas políticas que ofreciá n los partidos.

Eran percibidas por la opinión pública como responsables de la distorsión de las prácticas
democráticas y el alto grado de compromiso de los militares con el manejo de los asuntos
públicos implicó que debieran asumir posiciones específicas con respecto a asuntos de
polit́ ica económica, represión política, legislación laboral y cuestiones semejantes, lo cual
contribuyó a generar una profunda fragmentación interna.

La fragmentación militar alcanzó su punto más crítico entre los años 1959 y 1963, a raiź de
confrontaciones entre facciones opuestas que culminaron en enfrentamientos armados. La
victoria de una de estas en 1963 —los "azules", y la emergencia del general Ongania—
abrió el camino a una profunda revaluación de la estrategia polit́ ica de los militares. Las
prácticas de intervención tutelar fueron abandonadas en la medida que se las percibió como
responsables de la pérdida de prestigio y unidad de las fuerzas armadas.

A partir de 1963, con el advenimiento de los Radicales del Pueblo al poder, los militares
suspendieron su intromisión en los asuntos de gobierno. Sin embargo, el interregno
"profesionalista" de 1963-1966 —y la reunificación del ejército, y del conjunto de las
fuerzas armadas, alrededor de Onganía— precedió e hizo posible la articulación definitiva
de la doctrina de la "seguridad nacional”.

Uno de los principales corolarios de la doctrina emergente fue que las fuerzas armadas
deberían asumir la responsabilidad única en el manejo de los asuntos públicos, con la
exclusión de los partidos políticos y la abolición de los comicios y los mecanismos
parlamentarios.
Onganía y sus asociados llegaron a la conclusión de que el experimento semidemocrático
iniciado en 1955 debiá darse por concluido ya que tenía dos inconvenientes: * incentivaba
la fragmentación militar; * esa situación induciá a los políticos a no trascender las
demandas sectoriales de corto plazo de los diversos sectores sociales, haciéndose imposible
el crecimiento económico sostenido. Todo eso, a su vez, proveía un terreno fértil para la
subversión. Los grupos liberales recibieron con beneplácito la posición antipartidista
adoptada por las fuerzas armadas, ya que resolvía el problema de su carencia de votos y les
proveería los medios para dar un golpe final a los sindicatos peronistas.

Lo que resultó en parte paradójico fue que las consignas de los militares fueron acogidas
con beneplácito tmb el sindicalismo peronista y la corriente hegemónica dentro de él, o sea
el vandorismo. La presencia de militares que condenaban el juego partidario integro (no
solo peronismo), y pareciá n responder a consignas de tono nacionalista, estatista y contra el
gran capital fue vista por los sindicalistas peronistas como el posible agente catalizador de
un régimen polit́ ico no parlamentario que sirviese para cimentar la alianza entre fuerzas
armadas y sindicatos que se habiá frustrado en 1955.

II. El predominio militar y la profundización del autoritarismo

Las fórmulas políticas ensayadas a partir de 1966 tuvieron un carácter marcadamente más
totalizador que las visiones y concepciones que subyacieron a los gobiernos militares y
constitucionales del período 19551966. Durante la década posterior al derrocamiento de
Perón, cada quiebra institucional no alteró, sino que contribuyó a conformar una manera
común de hacer política. A partir de 1966 subsistió el patrón de alternancia entre gobiernos
militares y civiles, pero la similitud con la década previa fue superficial, cada cambio de
gobierno en esta última década estuvo asociado a una ruptura con respecto a las
modalidades previas de hacer política e introdujo novedades significativas. Cada corte
institucional redefinió cualitativamente el material político a disposición de los actores
fundamentales de la sociedad argentina.

El Golpe de 1966: La suplantación de la política por la administración

El transcurrir de los años del gobierno de Ilia sirvió para reforzar las tendencias que habían
sido pronunciadas por los episodios que rodearon la caída de Frondizi en 1962: la cada vez
más decidida inclinación de la gran burguesía y de los sectores liberales a apoyar la
instalación de un régimen no democrático; la escasa predisposición de los sindicalistas
peronistas a contribuir a legitimar y estabilizar gobiernos semidemocráticos que
continuaban proscribiendo su movimiento y el progresivo “deslizamiento” autoritario de las
F. A.

En junio de 1966, la culminación de la tarea de “profesionalización” de las F. A. encarada


por el general Onganía, coronó la coincidencia implícita de liberales y sindicalistas en
apoyo al golpe militar que derribo a Arturo Ilia.
Los objetivos que se propuso la “Revolución Argentina” fueron congruentes con el aludido
diagnóstico: Suspender sin plazo las actividades de los partidos políticos y de las
instituciones parlamentarias y consagrar la desvinculación de las fuerzas armadas del
gobierno. Todo esto no hizo sino reconocer e intentar implementar los corolarios del
consenso que rodeo al golpe: “la erradicación de la partidocracia” y la esperanza de que
producida la unidad y superado el conflicto, la política dejaría el lugar a la administración
con el resultante predominio de técnicos situados por encimas de los interese sectoriales y
capaces de proponer e implementar las soluciones óptimas.

La centralidad que ocupó en la propuesta de Onganía la temática de la renovación y


simplificación de la política argentina no fue casual. Respondió a la convicción de que el
problema de la Argentina era un problema político, lo que se debía hacer era barrer con la
complicada e ineficiente intermediación de los circuitos partidarios, parlamentarios y
corporativos para que se despegaran plenamente las potencialidades del crecimiento
económico. En este plano la fórmula del gobierno consistió en reeditar con algunas

modificaciones las recetas desarrollistas ensayadas entre 1959 y 1962.

La política argentina pareció por un par de años transitar por las rutas prescriptas por
Onganía y sus asociados. El gobierno se anotó una serie de importantes triunfos políticos:
los partidos cayeron en un pozo de irrelevancia e inactividad, los sindicatos fueron forzados
a aceptar sucesivamente la abolición del derecho de huelga y la intervención gubernamental
de los gremios industriales más importantes como resultado del rotundo fracaso del “Plan
de Acción” de comienzos de 1967. Perón fue despojado de sus armas para desestabilizar a
gobiernos civiles y militares. Se genero por un lapso la impresión de que se estaba
conformando un eficiente y armonioso sistema de decisiones.

Durante los 2 años y medio transcurridos entre fines de 1966 y mediados de 1969 hubo dos
espacios en los cuales fueron dándose fenómenos novedosos. El primero fue la creciente
gravitación que adquirió el mayor perfilamiento de las corrientes internas dentro de las F.
A. Lo que si cambio radicalmente a partir de 1966 fue que las disensiones internas de las F.
A. se dieron dentro de un ordenamiento institucional en el que quedaba presuntamente
excluida la permanente gimnasia conspirativa que los militares habían desarrollado entre
1955 y 1966. A esto se agrego la veda en las F. A. a la participación directa en tares
gubernamentales. Las tensiones y conflictos internos de los militares y los contactos con
personajes externos pasaron a un lugar muy secundario, lo que derivo en que el caudillo
militar de los 3 años previos fue quedando progresivamente aislado de sus camaradas de
armas. La rígida personalidad de Onganía contribuyó también a que se fueran evaporando
las posibilidades de que éste respondiera a sugerencias opresiones de dichos camaradas.

El segundo espacio fue el de una serie de ámbitos de la sociedad civil que, hasta 1966,
habían sido dominados por la lógica de las negociaciones y presiones extra institucionales,
pero controladas. Entre 1955 y 1966 algunas organizaciones fundamentales como los
sindicatos y las asociaciones empresariales, desbordaron los canales institucionales
gubernamentales, procurando evitar ser ellas mismas desbordadas por la movilización de
sus propios miembros. Las movilizaciones y las acciones colectivas de obreros y
empresarios se subordinaron a una lógica de negociación de cúpulas.

Las medidas antisindicales tomadas a partir de fines de 1966 no liquidaron a los gremios ni
a sus dirigentes sino que los forzaron a aceptar dócilmente las política gubernamentales.
Otras causas que venían minando el poder y el grado de control de la dirigencia sobre las
bases obreras era la política de las grandes empresas en sectores de punta de promover la
acción de sindicatos por empresa en desmedro de las uniones y federaciones que
culebreaban acuerdo salariales de alcance nacional, y la estrategia del gobierno Radical del
Pueblo de favorecer el pluralismo sindical buscando el debilitamiento de los sindicalistas
peronistas.

Entre 1959 y 1966 el poder vandorismo había resultado de su capacidad de subordinar a


una lógica común a los restantes nucleamiento sindicales peronistas y no peronistas.
Durante 1968-1969 el vandorismo comenzó a perder buena parte de esa capacidad al ser
flanqueado por la derecha y desbordado por la izquierda. Los “blandos” o
“participacioncitas” se fortalecieron debido a la mantención plena del control de la
maquinaria de los recursos de los gremios en que predominaban. La ruptura por parte del
gobierno del dialogo con los vandoristas privo caso totalmente a éstos de una de las dos
patas en que se apoyaba su estrategia: la negociación con el Estado. En marzo de 1968, en
un congreso normalizador de la CGT, una heterogénea combinación que incluía a
peronistas duros, “independientes” progresistas y a marxistas ajenos a la ortodoxia del
partido comunista, se impusiera al vandorismo y designara a Ongaro secretaria general
CGT. Vandor desconoció los resultados y convoco a un nuevo congreso que nombro otra
mesa directiva, en la práctica hubo dos CGT.

La primera (CGT de los Argentinos) perdió rápidamente la adhesión de la mayoría de los


sindicatos que la habían integrado. El discurso de la CGT de los Argentinos (oposición
frontal al régimen de Onganía y anticapitalista) se constituyó en un material ideológico
“practico” disponible para ser apropiado por otros protagonistas en acciones colectivas mas
masivas.

La insurrecciones populares de 1969 fusionaron obreros, empleados, estudiantes y pobres


urbanos. El intento de Onganía de eliminar las trincheras del juego político, clausurando los
múltiples mecanismos institucionales y extrainstitucionales mediante lo que había
predominado el compromiso en la sociedad y pretendiendo canalizar “ordenar” los diversos
intereses y orientaciones sociales desde un Estado supuestamente omnisciente y jerárquico,
termino por producir lo que había venido a erradicar como posibilidad en la Argentina. A la
inesperada y espontanea explosión popular se sumo la renuncia de las fuerzas armadas a
desencadenar una represión mas sistemática y severa que la aplicada hasta entonces, como
lo requería Onganía.

La imagen de un Estado aislado, con un discurso autoritario que perdió resonancia y se


quedo sin soportes socavo la legitimidad del gobierno de Onganía e impregno a la misma
sociedad atenuando la opacidad con que están recubiertos los fundamentos autoritarios de
sus instituciones y de sus prácticas. A partir de 1969 se superpusieron dos crisis: la del
régimen militar autoritario y la crisis de la dominación social (expresada en
cuestionamientos a la autoridad y al “superior” social).

En 1969 se abrió un periodo inédito en la historia argentina, en la que resulto


profundamente cuestionada y corroída la autoridad de muchos aquellos “que dirigían” las
organizaciones de la sociedad civil, sobre todos en los casos en que aparecían más
directamente “garantizados” por el Estado (dirigentes sindicales dependientes de la tutela
estatal, profesores y autoridades universitarias y escuelas respaldadas y promovidas por el
gobierno de Onganía, gerentes y empresarios).

Desde el Cordobazo hasta la defenestración de Levingston, la agudización del régimen


militar acentuó la seriedad de las amenazas a las base de la dominación social. El intento de
LEVINGSTON de” profundizar” la “revolución argentina” termino por alienarle el apoyo
de sus camaradas y acentuar la crisis social al superponer las contestaciones antiautoritarias
con las primeras manifestaciones de otros tres tipos de cuestionamientos:

1* aquellos centrados en las políticas económicas “liberales” que comenzaron a exigir cada
vez más las satisfacciones de las reivindicaciones de los sectores mas postergados a partir
del 67, (empleados públicos y privados de baja calificación, pequeños y medianos
empresariados, etc.).

2* los reclamos por la liberalización política del régimen. 3* El planteamiento de promover


la insurrección armada para instaurar un orden social y político alternativo de carácter no
parlamentario y “socialista y nacional”.

Sacudidos en miedo y la pasividad política, los mecanismos político propuesto por la


dictadura perdieron sentido de modo vertiginoso y dejaron de ser referente orientador de las
acciones de sus partidarios y opositores. Sin embargo, los proyectos de Onganía y
Levingston de crear un “movimiento nacional” que se basaría e reacercamiento con los
sindicatos continuaron ocupando el centro de la escena política.

La “demora” de un proyecto alternativo de gobierno de re articular las orientaciones y


acciones de las fuerzas que operaban en la sociedad argentina, se torno cada vez más
peligrosa. Al espanto de la gran burguesía por propuestas que se alejaban del esquema de
Krieger Vasena, se sumo el agudizamiento de la crisis social con la difusión de consignas
más radicales, que alcanzaron su pico en el segundo Cordobazo en 1971. La propuesta
alternativa del gobierno militar no podía ser otra que la de un repliegue que admitiera las
derrotas sufridas y reconociera que el reequilibramiento social debía transitar por una
apertura política que incorporara temas y demandas de las fuerzas opositoras.

En 1970 el secuestro y asesinato por la güerilla peronista del ex presidente Aramburu


precipito la caída de Onganía. La única opción restante fue la de una promesa de
democratización, en la que los militares consintieran en traspasar el poder a un gobierno
surgido de elecciones. La operación implementada por Lanusse, partió de reconocer el
limitado margen de iniciativa del gobierno, desplazando el eje de la política del plano de la
crisis social ante la dilucidación de las características especificas del régimen que
reemplazaría a la dictadura militar.

La asunción de la presidencia por Lanusse permitió al gobierno recuperar en parte la


capacidad de determinar cuáles serian los campos en que se librarían las batallas políticas
de la sociedad argentina, El limitado “éxito” gubernamental tuvo sus costos. El poco
ceremonioso reemplazo de LEVINSTON POR Lanusse solo pudo ser justificado en la
medida que Lanusse se comprometió a presidir la liquidación del regimen militar. El hecho
de que las fuerza armadas debieran limitar su objetivo a tratar de imponer las condiciones
de su retirada de la cúpula del Estado le resto eficacia y credibilidad a sus políticas.

A partir de marzo de 1971 las oposiciones capturaron decisivamente la iniciativa política.


Durante los años de Lanusse la política fue adquiriendo un carácter más pautado. Se paso
de una situación en la cual el gobierno fue desbordado y las acciones sociales quedaron sin
cauces definidos, a otra en dichas acciones se fueron “organizando” en torno a nudos
generados a partir de las iniciativas de actores políticos constituidos.

En el caso de los actores que poblaban el campo de la oposición coincidieron en percibir la


crisis social abierta en 1969 como el terreno apto para alcanzar los objetivos propios. Perón
maniobro utilizando la crisis en función de su aspiración a convertirse en el eje obligado de
cualquier definición política que resultara, los partidos trataron de realzar su cualidad de
mecanismos útiles para la contención de la crisis, los dirigentes sindicales y empresariales
reaccionaron de manera de defender sus privilegios corporativos y de aumentar su
capacidad de maniobra en el futuro gobierno, mientras la guerrilla reinterpreto los
cuestionamiento a la autoridad, como la manifestación de un reclamo colectivo de
constitución de un liderazgo político autoritario que condujera a la argentina hacia la meta
del “socialismo nacional”.

Las tácticas gubernamentales y las coincidentes orientaciones de las oposiciones políticas y


corporativas en el sentido de encauzar la crisis social para favorecer los objetivos propios
contribuyeron a que esta fuera reabsorbida. La Argentina de 1971 a 1973 las practicas de
los agentes políticos contribuyeron a reabsorber la crisis social. Todos esos agentes se
situaron frente a las acciones sociales de carácter contestatario tratando de enhebrarlas a su
lógica, orientadas exclusivamente a la conquista del poder político. Esas lógicas se
enfrentaron en dos planos diferentes: lucha entre gobierno militar y las oposiciones que,
concluyeron en triunfo para estas últimas y propuestas alternativas en el campo de la
oposición que no transcendieron las confrontaciones ideológicas.

La naturaleza de la crisis políticas entre 1971-1973 contribuyó a debilitar la autonomía de


las contestaciones de carácter anti-autoritario en parte debido que los agentes políticos del
periodo no privilegiaron la capacidad de las fuerza actuantes en la sociedad civil de
promover cambios en las relaciones sociales.

La recaptura de la escena política por parte de perón no solo consagro el fracaso de la


transición controlada a la que aspiraba Lanusse y los militares, sino también a expresar la
imposibilidad de las prácticas sociales contestatarias de generar un discurso propio pasible
de difundirse en el conjunto de la sociedad.

En mayo de 1973 cuando el peronismo triunfante accedió al poder, la situación política era
muy diferente a la de 1966. El arrinconamiento político de las fuerzas que habían
predominado durante la etapa ascendente de la “Revolución Argentina”, se revertiría en un
par de años produciendo el cierre de la apertura democrática, con la consecuente apertura
del periodo más trágico de la historia argentina contemporánea. Retorno de Perón y fracaso
de su proyecto de institucionalización política La formula de Perón apunto a crear un doble
arco de articulaciones de los actores sociales y políticos. El primero consistió en el intento
de reedición en una versión, ampliada de los acuerdos entre asociaciones gremiales de
trabajadores y empresarios. Se convoco a las entidades gremiales confederales, la CGT y la
CGE a que acordaran los niveles generales de aumentos salariales comprometiéndose a
respetarlos durante su vigencia y a someterse al arbitraje final del estado en caso de
eventuales desacuerdos.

La situación en el campo sindical era complicada. La conducción vandorista, que seguía al


frente de la CGT, habría perdido terreno desde 1968 a favor de grupos de oposición y
activistas de planta quienes le reprochaban a la vieja camada dirigente sus claudicaciones
frente al Estado y a las patronales. La campaña electoral de Cámpora y Solano Lima
reafirmó la declinación de los sindicalistas y el auge de la izquierda peronista. Los primeros
meses del gobierno peronista se caracterizaron por un auge de las movilizaciones de
trabajadores, que a menudo se orientaron en contra de los gremialistas de cuño vandorista.

El “Pacto Social” fue firmado a los pocos días de llegado Cámpora a la presidencia,
estableciéndose en él un moderado aumento de salarios y su posterior congelamiento, así
como la suspensión de los mecanismos de negociación colectiva.

El proyecto de Perón apunto al establecimiento de un2do. Conjunto de articulaciones. El


propósito era el de convertir al Parlamento en un ámbito real de negociación entre los
partidos. El rescate del Parlamento como ámbito de negociación y la propuesta implícita de
crear un sistema de partidos representativo iba en contra del movimiento del peronismo de
la 1era. época. Este componente al que Perón aparentemente había renunciado en víspera
de su retorno era reivindicado por importantes sectores del peronismo. Estos sectores
sostuvieron posiciones diametralmente opuestas sin embargo, coincidieron en sus condenas
a la “partidocracia” y a los formalismos de la democracia liberal. Los principales apoyo que
encontró perón a su proyecto de revitalización del Parlamento y los partidos estuvieron
fuera del peronismo.

La reconciliación entre el peronismo y el radicalismo no fue solamente el resultado del


viraje ideológico de Perón, también respondió al cambio en la actitud de los radicales,
quien comprendieron que la realización de la democracia en la argentina pasaba
necesariamente por la plena integración del peronismo a la vida política.

La propuesta de perón contemplo la redefinición del rol de las F.A., tratando de quebrar el
estilo de acción que había llevado a éstas a intervenir recurrentemente en la política.
Procuro preservar una esfera de autonomía corporativa. Como contrapartida procuro que
los militares se subordinaran efectivamente a las autoridades constitucionales del Estado,
cuya cúpula paso a ser ocupada por el viejo líder. Las movilizaciones populares que se
multiplicaron a partir del 25 de mayo y la elección y el nombramiento de algunos
funcionarios que respondían a la izquierda peronista realzaron la moderación de Perón y el
tono y el contenido de los mensajes que este comenzó a emitir a partir de su nuevo retorno
al país del 20 de junio.

Dichos mensajes pasaron a enfatizar la necesidad de privilegiar la participación organizada


y canalizada a través de los cauces “naturales” por sobre las movilizaciones populares
inorgánicas y a reafirmar los preceptos tradicionales de la doctrina justicialista en
detrimento de las temáticas del socialismo nacional y la guerra revolucionaria impulsada
por la izquierda.

El esquema no llego a implantarse ni siquiera mínimamente y el sucesivo desmoronamiento


de los engranajes licuo el gobierno peronista y desarticulo políticamente el campo popular.
La resolución de los sucesivos enfrentamiento entre los distintos contendientes internos del
peronismo se fue produciendo a costa de hacer estallar “desde adentro” a los mecanismos
parlamentarios y corporativos, determinando su vaciamiento como posibles canales de
negociación de los conflictos y para el procesamiento de los acuerdos.

Los casi tres años del gobierno peronista presenciaron una constante aceleración del tiempo
político que la mayor parte de los casos fue resultado de la premura de los actores interno
del peronismo por consolidar sus ganancias inmediatas y desalojar a sus adversarios de toda
posición de poder, cualquiera fuera el costo.

Sobre el trasfondo de la intensificación del terrorismo guerrillero y paraestatal, se fueron


proyectando episodios que minaron la viabilidad del gobierno constitucional y del régimen
democrático. Los jefes sindicales fueron precisamente unos de los actores que
contribuyeron decisivamente a generar un patrón político en la que predominaron las
consideraciones de corto plazo y la despreocupación por la consolidación institucional. Los
dirigentes de las 62 organizaciones y la CGT impulsaron una mayor centralización sindical
los que le dio mayor poder para controlar las bases obreras y a los disidentes.

Hacia mediados de 1975 ya habían sido excluidos de la lucha por el poder la izquierda
peronista y los sectores empresariales y políticos vinculados Gelbard. A esta altura la
camarilla agrupada en torno a López Rega intento liquidar al único contendiente de peso
que se le oponía dentro del peronismo: la dirigencia sindical. Se procuro contener mediante
un retraso salarial la desenfrenada carrera de precios y salarios desatada desde 1974. Se
trato de lograr la involucración de las fuerzas armadas con la pretensión de que los militares
se convirtieran en el sostén principal de un régimen político que tendiera a la liquidación
completa de las instituciones parlamentarias y de las libertades públicas. La operación
política concebida en torno al Rodrigazo resultó un escalabro total que culmino con la
defenestración de López Rega y el irreparable deterioro de la figura de Isabel Perón. Esta
ultima marco un momento en que las fuerzas armadas recuperaron plenamente la iniciativa
política, y junto con ellas, los sectores de la gran burguesía.

A partir del tercero trimestre de 1975, los militares empezaron a manejar el tiempo de la
política en función de un proyecto de liquidación del régimen democrático que iba muchos
allá de la coparticipación que le ofrecía Isabel Perón. Durante el lapso que medio entre el
Rodrigazo y la caída de Isabel Perón en marzo del 76 se fue configurando aceleradamente
el síndrome de una sociedad desgobernada. El plano más visible del proceso fue la
descomposición misma del gobierno peronista, éste perdió totalmente el contacto con la
sociedad quedando despojado de toda posibilidad de regular o influir sobre los procesos
sociales en medio de una sucesión de episodios de histeria presidencial, complots para
ciegos y parálisis de las cúpulas del Parlamento y los partidos. La política global se redujo a
las salvajes confrontación de fuerzas armadas y a la caza de víctimas indefensas, la
violencia se transformó en el recurso cotidiano y casi exclusivo. En la política la búsqueda
de la negociación y acuerdo ceso por completo y tanto los trabajadores como los
empresarios tornaron a vivir el día. Todo ello conformó un patrón de economía del saqueo
que redondeo la imagen de caos e incertidumbre absoluta que ofrecía la sociedad argentina
entre fines de 1975 y principios de 1976.

A partir de mediados de 1975 dicha imagen fomentada deliberadamente por los dos actores
que fueron constituyéndose en los censores severos y externos del gobierno y de toda una
manera de organización de la sociedad argentina. La fuerza armada y la cúpula empresarial
y liberal formularon criticas casa vez mas demoledoras que denunciaron un gobernó
incapaz de “poner orden”. Las críticas fueron mucho mas allá, apuntando por elevación a
toda la sociedad, con respecto a la cual el populismo fue postulado como arquetipo de un
estilo de organización en la cual los actores desarrollaban conductas perniciosas que
finalmente conducían a un estado de desorden cuya manifestación más diabólica era la
subversión.

La negativa de las F.A. a involucrase con un régimen en descomposición no solo gratifico


el antiperonismo visceral de la gruesa mayoría de los miembros de la corporación militar y
de sus aliados sociales sino que también tuvo como objetivo dejar sentada una moraleja
ejemplificadora sobre la cual pudiera basarse legítimamente la fundamentación de la
propuesta de construcción de un orden social alternativo. La cuestión pasaba a ser la
creación de una nueva sociedad.

El Golpe de 1976: Revolución burguesa en contra de los proletarios… y de los burgueses

En 1976 el diagnostico de los militares argentinos tuvo un carácter más global que los que
precedieron a las irrupciones en la política que las fuerzas armadas habían venido
protagonizando desde 1955. Mientras en 1955 y 1962 los militares se limitaron a impedir la
continuación de régimen políticos a los cuales se oponían, ya en 1966 la ideología golpista
fue más allá y propugnó la instalación de un régimen no democrático sostenido por las F.
A. En 1976 la ideología del golpismo fue todavía más revolucionaria: al proyecto de
establecer un gobierno de las fuerzas armadas se agrego la visión de la necesidad de
producir un cambio profundo en la sociedad argentina.

El desafío de la guerrilla y la aguda crisis social que se superpuso con dicho desafío fueron
interpretados por los militares como la manifestación de una sociedad enferma cuyos
orígenes se remontaba a 1945 ó 1930. El populismo y el desarrollismo modernizante
aparecieron como las dos caras de una misma moneda. El primero había logrado bloquear
los proyectos desarrollistas apoyados por los militares, impidiendo su consolidación. El
desarrollismo, si bien intento favorecer a los sectores más concentrados de la burguesía
nacional y extranjera, propició un pacto con el sindicalismo peronista sentando las bases
para la creación y expansión de su formidable poder organizativo.

Para los militares de 1976 el desarrollismo se transformo en el correlato del populismo. Las
condenas simultáneas dejo el capo abierto a los postulados liberales y a sus sostenedores.
Los liberales pudieron aducir su inocencia en relación a las políticas económicas
mplementadas desde 1943. Después de la caída de Perón las sucesivas figuras del elenco
liberal que alcanzaron la cima de la conducción económica no pudieron ejecutar a fondo las
“verdaderas” políticas liberales.

Los ministros Alsogaray y Krieger Vasena implementaron políticas liberales que fueron a
menudo saboteadas por otros sectores de los propios gobiernos, debido a que las
presidencias de Frondizi y Onganía respectivamente no compartían los preceptos de
liberalismo. A su vez, ninguno de los dos ministros pudieron cuestionar la premisa básica
de las policitas posteriores a la segundo G.M.: el énfasis puesto en la industrialización. La
llegada de Martínez de Hoz al Ministerio de Económica hizo creíble el reclamo de que les
había llegado el turno a aquellos a quienes se le había negado por más de 30 años. La
Argentina de mediados de la década del 70 la ideología liberal tuvo una virtud adicional
que resulto fundamental para garantizarle audiencias más nutridas y predispuestas dentro de
las fuerzas armadas. Por primera vez en la h. argentina contemporánea los viejos preceptos
liberales tendieron a armonizarse con el pensamiento militar, proporcionando una filosofía
fundante a una reformulada doctrina de seguridad nacional.

En 1975-1976 los liberales pudieron articular un discurso en el que se integraron 3 núcleos


temáticos, que definieron la matriz del orden a erradicar; la subversión, caracterizando
como tal a las acciones guerrilleras, toda forma de activación popular, todo comportamiento
contestatario en escuelas y fabricas y dentro de la flia, toda expresión no conformistas en
las artes y la cultura y todo cuestionamiento a la autoridad, el Peronismo, el Estado tutelar,
una clase obrera indisciplinada y un empresariado ineficiente( componentes básicos del
sector industrial). El recetario liberal del 1976 enfatizo la idea del Estado. A mediados de la
década del 70, los gobiernos militares y sus socios civiles combinaron el dogmatismo
monetarismo en boga y una fuerte dosis de activismo estatista, el resultado fue una suerte
de “liberalismo desde arriba”. Partiendo de una crítica del Estado democrático populista-
desarrollista, los liberales reivindicaron la necesidad de que el estado subordinara los
privilegios sectoriales y los derechos y las garantías individuales a la “razón de la guerra”
contra la subversión, sus aliados y las costumbres sociales y comportamientos económicos
que constituían “su caldo de cultivo”. Se trataba de caracterizar a la Argentina como una
sociedad en guerra, con lo que se configuraban como prioritarias las tareas militares de
extirpación del cáncer subversivo en todas sus ramificaciones. Las fuerzas armadas
contaron con una series de manifestacione4s institucionales y simbólicas de su
preeminencia: la negación absoluta del Estado de derecho, la suplantación de los poderes
constituciones del gobierno por las 3 armas y el ejercicio del poder supremo del Estado por
la Junta de Comandantes en Jefes.

La revolución en serie que proponían los liberales exigía que el estado se disciplinase a sí
mismo, eliminando empresas públicas, desmantelando sistemas de subsidios y
absteniéndose de fijar precios sociales para su servicios. La reforma del estado avanzo muy
lentamente, los mandos militares permanentemente sabotearon la iniciativa de Martínez de
Hoz. Asimismo, encararon proyectos que resultaron en incrementó significativo del gasto
publico. Martínez de Hoz tuvo más éxito en difundir la consigna acerca de destruir los
“viejos hábitos” de trabajadores y empresarios. En el caso de los trabajadores, la apelación
de la idea del mercado (un universo en el cual sus componentes son átomos), respondió al
propósito de destruir los mecanismos mediadores, devino la disolución de las centrales
empresariales y de trabajadores y la intervención de los gremios. La disolución simultanea
de la CGT y la CGE altero radicalmente el tanteador de la puja social a favor de la
burguesía debido a una razón más general. La fuerza de la clase obrera depende de sus
posibilidades de actuar colectivamente. Un proceso de atomización que debilita la
capacidad de asociación de ambas clases trae como resultado en reducir considerablemente
el poder de negociación de los trabajadores que el de los empleadores.

Los resultados de las políticas del gobierno militar en el campo obrero fueron
espectacularmente exitosos. El objetivo más global fue el de modificar el sistema todo de
relaciones sociales. Para ello también había que reformar a los empresarios. La estrategia
adoptada fue el de la instauración de un sistema económico de libre mercado a través de la
apertura del mercado interno a la competencia exterior.

El hito crucial lo constituyo la adopción de la política del tipo de cambio futuro pautado en
diciembre del 78; dicha política apareció como el exponente en materia de política
antiinflacionaria y termino llevando a la economía argentina a un callejón sin salida que la
sumió en la crisis más profunda de su historia, L a continuidad del comportamiento
empresarial anterior a 1978, puso de manifiesto el fracaso de la reforma promovida por
Martínez de Hoz entre 1978 y 1981. El fracaso no hizo más que resaltar la resistencia del
viejo modelo a ser destruido. Lo que subsistió de él fueron sus componentes más negativos:
los comportamientos rentísticos, mientras que resulto arrasado lo que tenia de cooperativo y
solidario.

El fin del autoritarismo: viejos y nuevos dilemas

Con el final de la experiencia autoritaria iniciada en el 76 se tornaron visibles antiguos


vicios de los gobierno militares argentinos, que la juntas del “Proceso” reiteraron con una
intensidad y brutalidad inéditas. En los primeros años de la década del 80 se fueron
revelando la barbarie de la represión y el gangsterismo que dómino la gestión pública a
partir de 1976. Los conflictos dentro del ejército llevaron a los militares a quebrantar las
nomas que se habían dado a sí mismos para pautar las sucesiones presidenciales en el
contexto del gobierno de facto.

Los gobernantes autoritarios dieron un nuevo ejemplo de su incapacidad para redefinir el


curso de políticas económicas que probaban su agotamiento, sin hacer estallar sus
equilibrios internos. Bajo la presidencia de Viola, los militares fracasaron en sus intentos de
orientar en su favor la liberalización política de un régimen autoritario, una vez tornados
inviables los objetivos iniciales. Inmediatamente recayeron en prácticas que contribuyeron
a minar la estabilidad del régimen autoritario.

El reemplazo de Videla precipitó la defenestración de Martínez de Hoz y el abandono de


las políticas económicas de disciplinamiento y reforma implementadas a partir de 1978.
Este hecho abrió un convulsivo proceso durante el cual los suceso de Videla (Viola y
Galtieri) pretendieron ignorar que la suerte del régimen militar estaba irremediablemente
atada al éxito de su política económica. El fracaso de ambos en esta materia, llevo a Galtieri
a utilizar como último recurso la aventura de las Malvinas. Finalmente, el desastre en el
Atlántico Sur no solo contribuyo a la mutilación de otra generación de jóvenes argentinos y
al agravamiento de la crisis económica, sino al desvanecimiento de la última esperanza de
la cúpula militar de redefinir las bases del poder del régimen y la forzó a convocar a los
partidos políticos para convenir la entrega del gobierno a plazo corto y cierto. Los militares
abandonaron toda aspiraron de imponer condiciones al gobierno civil que los sucedería,
excepto a la negativa en cuanto a alguna posible innovación a la autoamnistÍa dispuesta por
Bignone.

El inesperado desenlace de las elecciones de octubre de 1983 frustraría las intenciones de


las fuerzas armadas de enterrar el tema de las violaciones a los derechos humanos.

Tendencias del periodo 1975-1983:

 En 1975 se había desatado una crisis aguda que resultaba incontrolable para el
gobierno peronista.
 La Argentina asistió al último ciclo expansivo de la matriz económico-política que
se había desplegado a partir del periodo de entreguerras. En ese año la inflación
alcanzo un record histórico y las exportaciones cayeron en un 50% respecto al año
previo.
 Durante los 2 últimos años del gobierno militar los indicadores económicos
tornaron a reproducir la situación de mediados de la década anterior. La inflación de
descontroló nuevamente, el PBI cayó y los saldos de la balanza de pagos se tornaron
crecientemente negativos.
 En 1983 el déficit alcanzo niveles 10 veces superiores al promedio del periodo
1970-1976.

La desarticulación del pacto fiscal

Carciofi señala como en la coyuntura de 1975 ya estaban prácticamente desechos los


mecanismo a través de los cuales el sector público generaba, gestionaba y transfería
recursos financieros.

Estos mecanismos eran:

1. El sistema impositivo.

2. El “contrato intergeneracional” sobre el que descansaba el sistema de jubilaciones y


pensiones.

3. EL financiamiento de la infraestructura pública.

4. Los subsidios al sector productor privado.

El fracaso de la reforma económica intentada por el gobernó militar a partir de 1978 hizo
reaparecer los síntomas de la crisis que ya se habían manifestado seis años antes. En 1981-
1983 esos síntomas reaparecieron agravados. Las políticas económicas implementadas
entre 1978-1981 tuvieron un fuerte impacto negativo sobre las finanzas públicas.

En la coyuntura de 1981-1982 confluyeron factores externos e internos para hacer estallar


la crisis. Las manifestaciones más directas de los factores externos se vincularon a la suba
de los tipos de interés a nivel internacional y a la brusca interrupción de la afluencia de
nuevos capitales a la región. El factor interno más importante tuvo que ver con la acelerada
deslegitimación que sufrió el gobierno militar desde 1981. Los virajes políticos
coincidieron con medidas económicas contrapuestas y cada vez más desesperadas.

A ello se sumó una fuga masiva de capitales de enorme magnitud gracias a la apertura
financiera. A SUVEZ, la deuda privada fue transferida al sector público, con lo que la
viabilidad de las empresas privadas se recupero a costa de agravar aún más las
vulnerabilidad de las finanzas públicas.

Daniel James Resistencia e Integración PARTE 2

Capítulo II: Supervivencia del peronismo: la resistencia en las fábricas

Durante el primer gobierno de la Revolución Libertadora, el de Lonardi, la CGT no trató de


movilizar a los trabajadores en defensa del régimen de Perón. Los denominados “comandos
civiles” compuestos por activistas socialistas y radicales desempeñaron un importante papel
en la rebelión contra Perón.

El 6 de octubre se publica un acuerdo entre la CGT y el gobierno por le cual se


comprometían a celebrar elecciones en todos los gremios; los antiperonistas generaron
presión en el gobierno para que reviera el acuerdo y para que intensificara la acción de la
Revolución Libertadora en la esfera gremial. En respuesta a esto el gobierno manifiesta a
los gremios que antes de llevar a cabo cualquier elección debían aprobarse los estatutos. La
CGT amenaza con una huelga general pero finalmente el ala conciliadora del gobierno
consigue frenar la huelga. Por otra parte, el ala más tradicional y liberal del gobierno
comienza a entrever que sólo el alejamiento de Lonardi del gobierno aseguraría la
aplicación de los principios de la Revolución Libertadora. De allí que se le obligara a
renunciar el 13 de noviembre; ese mismo día asume la presidencia el general Aramburu.
Los ataques antiperonistas siguen produciéndose y Aramburu hace oídos sordos al acuerdo
que se había llevado a acabo el 2 de noviembre para evitar la completa intervención de los
gremios. En este contexto la CGT declara la huelga general para el día 14; ese mismo día el
gobierno declara ilegal la huelga y decide intervenir la CGT y todos los sindicatos.

El problema era esencialmente de límites y excesos ya que si los sindicatos se mantenían en


su esfera podían ser un importante contenedor social del conflicto de clases y además
mantener al movimiento obrero lejos del comunismo. En un principio, durante el gobierno
de Lonardi, parecía que los límites podían respetarse y que podría arribarse a un modus
vivendi entre los sindicatos y el gobierno; sin embargo, esto no duró mucho tiempo. No fue
una incondicional lealtad al líder lo que impidió el acuerdo, otros fueron los factores
determinantes. En primer lugar, el sector nacionalista del gobierno carecía de la autoridad
necesaria para poner fin a los ataques a los locales sindicales por parte de comandos civiles
y esta situación hacía peligrar al movimiento de caer en la anarquía total y de perder sus
propias posiciones. Por otra parte, hay que tener en cuenta el papel de las bases peronistas:
la resistencia ofrecida por la militancia de base al golpe contra Perón dificultó todo tipo de
acuerdo. Mientras que la CGT trató de inmovilizar al movimiento obrero y de evitar
cualquier acto antigubernamental, los militantes de base desobedecieron toda orden y
llevaron a acabo importantes manifestaciones. Esta oposición de las bases fue espontánea,
acéfala, instintiva y confusa. Esta posición activa de las bases no dio lugar a que los
dirigentes gremiales obraran como quisieran y por más que personalmente favorecieran el
compromiso en la práctica no podían garantizar su cumplimiento.

Con Aramburu el panorama cambió. El fracaso de la huelga general del 14 y la


intervención de los sindicatos dejó a una clase trabajadora confundida y derrotada. La
política del nuevo gobierno con la clase trabajadora siguió tres líneas principales. Por un
lado, se trató de proscribir legalmente a un importante número de dirigentes peronistas y se
designó a supervisores militares en todos los sindicatos; el Ministerio de trabajo disolvió
todas las comisiones internas. Por otra parte, se llevó a cabo una persistente política de
represión e intimidación del sindicalismo y sus activistas. Por último, el gobierno y los
empresarios se alinearon en torno al tema de la productividad y la racionalización del
trabajo.

La necesidad de eliminar las comisiones internas estuvo ligada al objetivo de aumentar la


productividad de la industria argentina. Era necesario elevar el nivel de acumulación para
poder producir maquinaria pesada y bienes durables, pero la recesión económica de 1950-
60 impedía que ese aumento en la producción se llevara a cabo mediante la adopción de
nueva maquinaria, por lo tanto, lo que quedaba era recurrir a una mayor productividad del
trabajador con la maquinaria existente. Para lograr su objetivo, los empleadores recurrieron
a planes de incentivo tendientes a disminuir los tiempos de ejecución y acelerar la
producción. Debido a la resistencia de los trabajadores, que nunca criticaron las relaciones
de producción capitalistas pero que se negaban a aceptar el pago por resultados, los
empresarios debieron recurrir al Estado para concretar sus objetivos. El gobierno de
Aramburu respondió con el decreto 2739 que establecía la posibilidad de recurrir a la
movilidad laboral dentro de una fábrica si fuera esto necesario para aumentar la
productividad, además los aumentos salariales estarían sujetos a los aumentos en la
productividad. Como consecuencia de esta política que por un lado debilitaba la
organización gremial y por otro empeoraba las condiciones laborales, los trabajadores se
embarcaron en una lucha defensiva conocida como Resistencia: los trabajadores
emprendieron un proceso de reorganización en las fábricas que apuntaba a mantener las
conquistas logradas bajo Perón; se trató de un proceso espontáneo y localizado basado en
agrupaciones semiclandestinas. La política hostil del nuevo gobierno reforzó la
identificación de los trabajadores con Perón y el peronismo, lo cual se manifestó en las
elecciones de las comisiones internas y de delegados para las negociaciones salariales. Por
otra parte, las luchas salariales, como el paro metalúrgico de 1956, ayudaron a consolidar el
movimiento de la resistencia.

Por último, con relación a la posición de los socialistas y comunistas durante el gobierno de
Aramburu, puede decirse que los primeros mantuvieron una actitud ambivalente frente al
gobierno, mientras que los segundos adoptaron en las fábricas una línea de trabajo junto a
los obreros peronistas en defensa de las condiciones laborales y la permanencia de los
delegados gremiales. Los socialistas creían que la Revolución Libertadora reestablecería la
democracia y pondría fin a la tiranía de Perón pero criticaban a los militares por aliarse con
los empleadores en el ataque a las condiciones laborales; por otra parte, criticaban al
gobierno cuando reconocía las comisiones de base de los trabajadores dominadas por los
peronistas y que defendían aquellas condiciones de trabajo.

Capítulo III: Comandos y sindicatos: surgimiento del nuevo liderazgo sindical peronista

En el contexto de la proscripción de los antiguos dirigentes gremiales, adquirieron


prominencia los activistas que se habían destacado en la acción diaria en los sitios de
trabajo. De todas formas, algunos dirigentes antiguos siguieron influyendo sobre sus
gremios desde la cárcel. Los antiguos dirigentes que optaron por seguir influyendo en los
gremios en 1956 comenzaron a organizarse entre sí y ya en 1957 existían cuatro grupos
principales: CGT única e Intransigente, Comando Sindical, CGT Negra y CGT. La
influencia de estas centrales cobró real importancia cuando se unieron para formar la CGT
Auténtica con Andrés Framini como Secretario General.

En 1957, algunos de los gremios normalizados crean una Comisión Intersindical para
restablecer a todos los sindicatos mediante elecciones libres, liberar a los encarcelados y
reabrir la CGT. La fuerza propulsora inicial de la Intersindical fueron los comunistas y
después queda en manos peronistas.

La creciente influencia de la Intersindical avivó el antagonismo entre viejos líderes


gremiales peronistas y los nuevos. Para los viejos dirigentes la Intersindical representaba
una amenaza a sus intenciones de recobrar sus antiguas posiciones. Sostenían que era
preciso combatir a la Intersindical porque los líderes elegidos lo eran de comicios
fraudulentos. Los nuevos líderes, en cambio, creían que era necesario utilizar la
Intersindical y la legalidad que disponía para limitar los efectos de las fraudulentas
maniobras gubernamentales. Pese a la oposición de los antiguos líderes, lo cierto es que
sólo gracias a la Intersindical empezaron a llegar regularmente las órdenes de Perón a los
líderes gremiales y por estos a las bases. Además, a través de los sindicatos se organizó una
campaña para votar en blanco en las elecciones nacionales de 1957.

En septiembre de 1957 se realiza un congreso para normalizar a la CGT y de allí surgen las
62 Organizaciones. Su nombre remite a las 62 organizaciones peronistas y comunistas que
permanecieron en el mencionado congreso luego de la partida de los antiperonistas que
esperaban ser mayoría en aquel. Los comunistas pronto se alejaron y formaron un cuerpo
de 19 gremios controlados por ellos; los antiperonistas que se marcharon del congreso
confluyeron en las 32 Organizaciones Democráticas. El surgimiento de las 62 fue un hecho
importante porque confirmó la posición dominante de los peronistas en los gremios y
porque proporcionó una entidad peronista para presionar al gobierno.

La resistencia en las fábricas estuvo ligada a la resistencia en otros terrenos: desde la


protesta individual en el plano público, el sabotaje y la actividad clandestina. Además,
desde 1956 existían gérmenes de una organización basada en grupos locales, formados por
trabajadores de la misma fábrica que se reunían regularmente y planificaban acciones.
Además, había células clandestinas conformadas por amigos del mismo barrio que se
dedicaban a la pintura de consignas y a al distribución de volantes. Por último, hacia 1956,
también se utilizaron bombas contra objetivos militares y edificios públicos, lo cual exigió
una ejecución planificada y experimentada en el uso de tales artefactos. La principal
motivación de este tipo de acciones era el rechazo al nuevo régimen político, pero el uso de
bombas y el sabotaje expresaban también el sentimiento de desesperación de los
trabajadores. Algunos activistas creían que podían encontrar ciertas figuras militares que se
solidarizarían con la causa, lo cual les hizo obviar la organización en el largo plazo.

Para Perón la estrategia general del movimiento debía basarse en la “guerra de guerrillas” y
la resistencia civil debía cumplir un rol importante. Era necesario evitar cualquier intento de
hacer frente al régimen militar en su nivel puramente militar. Perón veía más eficaces las
pequeñas acciones que desgataran poco a poco al régimen. En el terreno social, la
resistencia debía impulsar la huelga, el trabajo a desgano y la baja productividad; y en el
plano individual debían realizarse acciones activas y pasivas. La primera podía incluir el
sabotaje y la segunda consistiría en la difusión de rumores, distribución de volantes y
pintada de consignas. Todo esto tornaría ingobernable el país y prepararía el terreno para la
huelga general revolucionaria que daría la señal para la insurrección a escala nacional;
momento en que actuarían los comandos, que junto a los sectores leales de las fuerzas
armadas garantizarían el éxito de la insurrección. La meta era una revolución social. Ahora
bien, en la práctica existieron divergencias entre los comandos de sabotaje y otras
actividades clandestinas y el movimiento de resistencia en los sindicatos; todo lo cual se
reflejó en la tensión que subyacía en los sindicatos recientemente reconquistados. Los
sindicatos eran instituciones sociales arraigadas en la existencia misma de la sociedad
industrial y cumplían un papel funcional en la misma. Los comandos, en cambio, eran
organizaciones políticas cuya existencia dependía de un conjunto de circunstancias
particulares. De todas formas, en la mente de los peronistas el camino de la insurrección
representaba una posibilidad no muy consistente; de hecho las negociaciones secretas con
Frondizi demostraron que la opción revolucionaria estaba lejos de concretarse. El voto por
Fondizi ayudaría a consolidar las posiciones ganadas, además podría reconstituirse la CGT
y esto consolidaría a los gremios. Finalmente, se ordenó dar el voto al candidato radical,
quien gracias a los votos peronistas obtuvo el porcentaje necesario para llegar a la
presidencia.

Capitulo IV: Ideología y conciencia en la resistencia peronista

Durante la resistencia ejercieron influencia los principios ideológicos peronistas por


ejemplo, el nacionalismo económico. Esto se expresó en el ataque al gobierno militar por
ser considerado proimperialista., antinacional, antiindusrial y antiobrero. Otro de los
componentes de la ideología peronista de la resistencia fue la defensa de las ventajas
económicas obtenidas con Perón, términos como el de “justicia social” y “soberanía
nacional” eran frecuentes, también el de capital humanizado y la idea del común interés
entre trabajador y empleador. Además, se desarrollaron valores como el orgullo, la
solidaridad y la confianza en las propias fuerzas. Durante la resistencia el enemigo
fundamental era el gorila, y no la clase dominantes; el conflicto era entre peronistas y
antiperonistas, el contenido de clase no aparecía manifiesto.

SOLDADOS DE PERÓN. LOS MONTONEROS Richard Gillespie Cap. 2 Origen de


los montoneros

El Nacionalismo el catolicismo y los primeros Montoneros

Muchos de los hombres y mujeres jóvenes que tomaron las armas en los 60 movidos
por ideales populares nacionalistas y socialistas, habían recibido su bautismo político en
ramas de la tradicionalista Acción Católica; algunos incluso habían partido de la falangista
Tacuara, muy pocos procedían de la izquierda y casi ninguno había comenzado su vida
como peronista. Su filosofía se basaba en la fusión, por parte de los montoneros, de la
guerrilla urbana-adaptada de la teoría foquista de Guevara- con las luchas populares del
Mov. Peronista, unificando las actividades de la vanguardia con las masas.

Su génesis obedecía más a la evolución interna del nacionalismo y el catolicismo


argentinos. Sus fundadores Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus habían
pertenecido al violento y derechista Tacuara, formado por activistas de la UNES después
del golpe del 55, fascinados por el falangismo español, que gracias a la policía y los
contactos con los militares poseyeron armas desde su inicio y que debido a su virulento
anticomunismo gozó de inmunidad frente a la policía.

Durante los 60, Tacuara dominó el Sindicato Universitario de Derecho y como


resultado del ingreso de jóvenes de origen peronista y el creciente convencimiento de parte
de una facción de los nacionalistas que debían reconocer la vitalidad del apoyo de la clase
obrera al peronismo, surgió en el tacuara una tendencia izquierdista que tomó el nombre de
Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT). Este creó lazos de unión con
las organizaciones juveniles izquierdistas y con algunos sindicatos y repudió a la derechista
Tacuara.

El MNRT definido por García Lupo como” los jóvenes peronistas que querían
pelear”, leía, sin mucha selección, cuanto había de subversivo y clandestino en el deseo de
aprender a dirigir una lucha guerrillera, aunque su izquierdismo era ambiguo. La
continuación genealógica del MNRT fueron las FAP, aunque sus mandos tuvieron
influencia en 3 organizaciones políticamente distintas. Su progresión ideológica hacia la
izquierda no carecía de importancia, pero debe señalarse que la tendencia a la acción
directa, puesta en práctica en la guerrilla urbana, fue la única cte., aparte del nacionalismo,
en la evolución de los montoneros que habían partido de la derecha. Cada vez más gente se
mostraba de acuerdo con la máxima de perón: “Contra la fuerza bruta, sólo puede ser eficaz
la fuerza aplicada con inteligencia”.

La aceptación de la lucha armada y el florecimiento de las expresiones del


nacionalismo izquierdista y popular no habrían ocurrido nunca en la medida en que lo
hicieron sin el fuerte viento de cambio que sopló a través de la Iglesia católica durante la
década. En un país donde el 90% de la población estaba bautizada y el 70% había tomado
la comunión, las ideas católicoradicales socavaron decisivamente la influencia
conservadora que la jerarquía eclesiástica ejercía sobre millares de jóvenes argentinos.

Para el puñado de católicos que constituían el núcleo montonero de 1968, tales ideas
eran el elemento más importante de su radicalización. El Padre Carlos Mugica propagó y
Juan García Elorrio desarrolló el ejemplo dado por Camilo Torres, sacerdote-guerrillero
colombiano con impronta de mártir. El Vaticano temeroso de que sus millones de pobres
cayeran en las manos del ateísmo marxista, empezó a preocuparse más por ellos a partir de
Juan XXIII y Pablo VI. El primero llegó a decir incluso que en el marxismo había “buenos
elementos merecedores de aprobación”.

El Concilio Vaticano II condenaba la pobreza, la injusticia y la explotación


resultante del afán humano de riqueza y poder. Pablo VI atacó el racismo, la codicia, la
desigualdad, etc., pero no aclaraba como debía procederse para solucionarlo. Consciente de
la existencia de “explotadores” entre su grey, el Vaticano usó términos equívocos por temor
a que la Iglesia se convirtiera en una Iglesia de los pobres. Los sacerdotes obreros presentes
ya en la Argentina, se anticiparon a estas ideas trabajando entre los pobres y su tarea
adquirió carácter político con la creación en 1967 del Movimiento de sacerdotes para el
tercer mundo, que en un documento apoyado por más de 1000 sacerdotes, presentaron un
manifiesto a la Conferencia de Medellín de 1968, donde si bien condenaban la violencia
institucionalizada, se oponían categóricamente a la revolución armada y criticaban al
marxismo y a la capitalismo liberal.

Las declaraciones más radicales incitaban a una revolución teológica que se


extendió por amplios sectores de la Iglesia Católica. Dicha teología fue impartida al
embrión Montonero por dos hombres. Elorrio adoptó el punto de vista de Torres según el
cual, “la revolución no sólo está permitida sino que es obligatoria para todos los cristianos”,
en tanto Mugica representó un punto de vista más aceptado, al rechazar la participación de
sacerdotes en la lucha armada y afirmar “estoy dispuesto a que me maten pero no a matar”.
Mugica entró en contacto en el 64 con los ex-tacuaristas Fernando Abal Medina y Carlos
Gustavo Ramus así como con Mario E. Firmenich, alumnos del Colegio Nacional Buenos
Aires y activos en una rama de la AC.

El mensaje de Mugica no habría causado tanta impresión al trío si él no hubiera


intentado ponerlo en práctica, pues llevó a los tres en numerosas ocasiones a trabajar en las
villas de Retiro y también lo acompañaron a un viaje a Tartagal en 1966 a predicar las
nuevas ideas de la Iglesia. En el 67 el grupo se dividió ya que Mugica rechazaba la idea de
las guerrillas, por considerarla incompatible con el ejemplo de Jesús. En cambio Abal
Medina, Ramus y Firmenich empezaron a prepararse para la lucha armada.

Al establecerse el comando Camilo Torres en 1967 los 3 pasaron a ser compañeros


de Juan García Elorrio y si bien ese contacto fue breve, la influencia de este último se dejó
sentir. Había pasado por el seminario al cual renunció a los 21 años y como consecuencia
de un viaje a Cuba, de sus diálogos con marxistas de Filosofía y Letras de la UBA y de sus
conversaciones con Cooke llegó a convertirse en un revolucionario.

El producto de esa evolución fue la revista Cristianismo y Revolución que apareció


en setiembre del 66, denunciado los intentos de Onganía de justificar su régimen sobre la
base de ideas Cristianas (Consagración de la argentina al Inmaculado Corazón de María).
Esta revista se convirtió en una fuerza decisiva en la radicalización de 400 sacerdotes
argentinos y un puñado de obispos que apoyaron el Mov. de sacerdotes para el 3er Mundo
y aún cuando pocos las ayudaron y muchos trabajaron por la paz, se negaron a criticarlas
públicamente.

En virtud de su compromiso con la justicia social y la causa popular, el catolicismo


radical condujo a muchos jóvenes hacia el Movimiento Peronista. Como Mugica muchos
llegaron a él con un sentimiento de culpabilidad por su anterior antiperonismo y se
integraron con un celo propio de pecadores arrepentidos. Mucho de los que como mínimo
habían superado su alejamiento político nominal del peronismo, no eran sino elitistas al
elegir el camino de la lucha armada.

El lanzamiento de las guerrillas urbanas era una iniciativa procedente “de arriba”
como decisión de pequeños grupos de militantes y no como respuesta a una amplia
exigencia popular, y nunca serían capaces de transformar las “formaciones especiales” del
Mov Peronista en un verdadero ejército popular.

Radicalización a fines de los 60

Los jóvenes argentinos se veían frustrados y desilusionados tanto por los gobiernos
constitucionales de Frondizi e Illia como por el espurio de Onganía y eso explica en parte la
adhesión que tuvieron los Montoneros. El onganiato fue el fenómeno decisivo para el
apoyo ya que aquel régimen socavó el apoyo obrero al conciliatorio vandorismo, abriendo
el camino a una importante radicalización de la clase obrera. El objetivo económico de
Onganía fue pronto interpretado como un intento de consolidar la hegemonía de los grandes
monopolios industriales y financieros asociados al capital extranjero, a expensas de la
burguesía rural y de los sectores populares.

La radicalización de la que se beneficiaron los Montoneros y otras organizaciones se debió


más a factores políticos y culturales que a sociales y económicos. Para la clase media el
golpe de Onganía fue un ataque a lo que habían considerado su coto privado: las
universidades y el mundo de la cultura gral. Se cerró Tía Vicenta por una caricatura de
Onganía y personajes como el Comisario Margaride nombrado “guardián de la moralidad”
de Bs. As, hizo una campaña contra las minifaldas y clubes nocturnos de la ciudad. Las 8
Universidades nacionales fueron intervenidas anulándose su autonomía. Todo eso empujó a
la juventud de clase media hacia el campo de la oposición nacional y popular. 3000
docentes universitarios debieron abandonar el país y la noche del 29/7/66 conocida como la
de los bastones largos, causó profunda impresión en el ánimo estudiantil, por el ingreso de
la guardia de infantería en la UBA desalojando la Universidad a cachiporrazos. En tanto
Vandor y otros sindicalistas siguieron negociando con el régimen para presionar sin éxito
sobre Krieger Vasena, otros más combativos lograron la adhesión de trabajadores en
sindicatos más pequeños y en el interior del país. La fracción obrera rebelde encontró su
expresión en la CGT de los argentinos, dirigida por el gráfico Raimundo Ongaro que en la
celebración del 1ro de mayo del ´68 expresó que “la CGTA no ofrece a los trabajadores un
camino fácil ni risueño, una mentira más, sino que ofrece a cada uno un puesto de lucha”.
Ongaro promovió la coordinación obrero-estudiantil al recibir a los líderes de grupos
estudiantiles en un campo de vacaciones del sindicato gráfico.

La participación conjunta llegó a su punto culminante en mayo del ´69 con el


Cordobazo. Días de lucha callejera en los cuales las calles de la ciudad en que se levantaron
barricadas y algunas zonas de la ciudad quedaron en manos de los insurgentes. Un tributo
de 14 muertos marcó los acontecimientos y el principio del fin del onganiato aunque el
asesinato de Vandor por un grupo que más tarde ingresó en Montoneros, permitió a
Onganía mantenerse otro año en el poder, poniendo a la CGTA fuera de la ley y
encarcelando a Ongaro.
La radicalización había afectado también a varios grupos profesionales como el de
los abogados, varios de los cuales prestaron su apoyo a la CGTA, pero no se organizaron
claramente hasta después del secuestro en julio de 1971 de Roberto Quieto, abogado y
futuro líder de las FAR. Los abogados lograron en esa oportunidad legalizar la detención de
Quieto y a partir de allí constituyeron un lazo decisivo entre la oposición clandestina al
gobierno y la semilegal. Muchos fueron luego asesinados como Rodolfo ortega peña
(abogado de las FAR).

El proceso de radicalización, acompañado en muchos casos de una “peronización”


se vio estimulado por el creciente autoritarismo del régimen, cuyos métodos eran a veces
brutales, siempre torpes y nunca eficaces. Para muchos el peronismo era meramente una
alternativa popular, aunque muchos se unieron por considerarlo una alternativa
verdaderamente “revolucionaria”.

Peronismo Montonero

El grupo original no tenía teóricos de relieve, pero su pragmatismo era a menudo su fuerza.
Algunos montoneros consideraban que el objetivo perseguido era una variante nacional de
socialismo; otros veían en él una forma socialista de revolución nacional. Todos creían que
la principal contradicción que afectaba a la argentina era la del nacionalismo contra el
imperialismo y que los intereses del país estaban representados por una alianza popular
pero multiclasista. Debido a su relegamiento de la lucha de clases a un plano secundario y a
su devoción por un líder que preconizaba la armonización de clases, puede decirse que los
montoneros eran todo lo izquierdistas que le permitía el peronismo y viceversa. Ellos no
pertenecían a la clase obrera y más que buscar el “Estado de los trabajadores” a que
aspiraba la izquierda no peronista, sus principales objetivos eran el desarrollo nacional, la
justicia social y el poder popular. Todos crearon a un Perón a su propia imagen y semejanza
y se mostraron más dispuestos a escuchar la retórica que a estudiar historia política. Los
monólogos de Perón dirigidos a sus seguidores en la Plaza de Mayo eran considerados parte
de un diálogo simbiótico. A criterio de os Montoneros, el nexo de unión entre Perón y las
masas, murió en 1952.

Su “evitismo” los llevó incluso a cree la afirmación de que ella y no los líderes
sindicales fueron los organizadores del 17/10. Fueron las diatribas de Evita contra la
oligarquía y las vehementes denuncias de la injusticia social lo que realmente le granjeó las
simpatías de la izquierda peronista. Los Montoneros al “descubrir al pueblo” se mostraron
dispuestos a compartir con éste la adoración que la gente tenía por ella.

Tras varios años de hallarse aislados de los trabajadores argentinos, los militantes de
la clase media aceptaron entonces por completo la mitología peronista, pues, por muchas
que fueran las críticas contra Perón y su esposa, no podían creer que el pueblo se hubiese
equivocado en su inquebrantable fe en ellos. De ahí las consignas: ¡evita-Perón,
Revolución!, Si Evita viviera... La teoría de la guerrilla urbana y el atractivo de la lucha
armada Ongaro y otros revolucionarios peronistas se congregaron desde 1970 en la
creación del Peronismo de Base (PB), especialmente en las fábricas de Córdoba, donde,
junto a los sindicatos marxistas SITRACSITRAM y los sindicalistas peronistas combativos,
siguieron una trayectoria mucho más militante que la tomada por la CGT reunificada.

Sin embargo para los Montoneros, su composición de clase hizo inviable una
orientación decisiva hacia el clasismo y la participación en las luchas obreras. Tampoco la
guerrilla rural era atractiva para los Montoneros, pues pensar en términos de Montañas y
terrenos escabrosos resultó desastroso en un país donde todas las luchas decisivas se
libraron en grandes urbes y las zonas industriales cercanas a ellas.

No debe sorprender que la guerra de guerrillas en toda América latina prosperase


sobre todo en Argentina y Uruguay, países muy urbanizados, con una clase media
culturalmente refinada y afectada por la reducción de las libertades políticas y culturales, a
medida que los gobiernos de ambos países se hicieron más autoritarios. Los intentos
anteriores foquistas no tuvieron éxito en el interior.

Desde el principio dos influencias estratégicas guiaron el pensamiento Monto:


revolucionaria una y de inspiración clásicamente militar la otra. La primera fue aportada
por Abraham Guillén, veterano de la guerra civil española, según quien “la potencia de la
revolución se halla donde está la población y Bs. As representa aproximadamente el 70%
de la riqueza, consumo de energía y la > parte de la economía argentina”. La lucha debía
ser prolongada y consistía en muchas pequeñas victorias militares que sumadas conducirían
a la victoria final. Guillén incitó a una guerra total: económica, social, protestas por el costo
de vida, acciones violentas aisladas, propaganda y una política internacional coherente,
todo combinado con el ejército de liberación y la guerrilla. Para Perón tales acciones eran
un medio para presionar a los militares para que permitieran la celebración de elecciones
que sin duda ganaría. El objetivo de Guillén, sin duda más ambicioso era la toma del poder.
Los Montoneros se inclinaban por una guerra popular; Guillén por una guerra de
clases en su sentido más amplio; pero en la práctica tal guerra no era apoyada por el pueblo
ni por la clase obrera: sólo por un puñado de jóvenes de la clase media. Al ir
desarrollándose los Montoneros, sus consideraciones se vieron cada vez más regidas por
consideraciones de guerra regular y olvidaron las lecciones que Guillén había sacado de la
caída de los Tupamaros en Uruguay: ante todo evitar el establecimiento de bases urbanas
fijas que comprometieran la movilidad y seguridad, no construir un “microestado”;
descartar el uso de cárceles del pueblo, cuya existencia creó un sistema paralelo de
represión y recordar que para lograr la victoria en una guerra popular hay que actuar
conforme a los deseos e intereses del pueblo. La victoria militar es inútil si no es
políticamente convincente.

Preparación para la guerra


Para la elección del nombre se hizo una selección entre 15 propuestas y Montoneros resultó
la que, a su entender, afirmaba los méritos de la gente común, que resucitaba poderosos
símbolos nacionalistas con los que pudieran identificarse tanto los xenófobos como los
antiimperialistas. El nombre les daba una identidad nacional en un país cuya construcción
nacional seguía caracterizada por un origen inmigrante no muy lejano. Dos de los primeros
Montoneros – Fernando A Medina y Norma Arrostito – se trasladaron a Cuba dos años para
recibir adiestramiento militar. No hay indicios que las autoridades conocieran la existencia
del grupo ante de 1970. Por la misma razón se carece de detalles de sus primeras
actividades. La organización adoptó una estructura celular, con unidades que sólo conocían
lo mínimo indispensable para su funcionamiento y contaban con varios “departamentos”:
mantenimiento (logística), documentación, guerra y acción psicológica. Dado que en 1970
sólo eran una veintena, su estructura parece desproporcionada. Este aparatismo se
incrementaría conforme crecían en número e iba parejo con la burocracia y un sistema de
mando vertical y autoritario, si bien ese autoritarismo era totalmente aceptable en los
círculos peronistas. Así a principios de 1970, doce jóvenes, casi todos hombres, habían
conseguido unirse para completar la arriesgada fase preparatoria de la guerra. Cap. 3 Por el
retorno de Perón (1970-1973) Primeras operaciones y definiciones políticas A las 9 en
punto del 29 de mayo de 1970, dos jóvenes de uniforme militar subieron al departamento
del Gral. P.E.Aramburu para ofrecerle una custodia a quien había sido uno de los líderes del
golpe del 55. No se habría ido tan tranquilo con ellos si hubiera adivinado que el “capitán”
que estaba utilizando sus conocimientos adquiridos en el Liceo Militar era Ángel maza y el
“teniente 1ro” que le acompañaba era Fernando Luis Abal Medina y que ambos constituían
parte de la jefatura de una organización guerrillera llamada Montoneros. 3 días después
había dejado existir retenido en una estancia en Timote, sur de la pvcia de Bs. As. El
secuestro y asesinato de Aramburu tuvo tres objetivos. 1) Dar el bautismo público a la
organización. 2) Someter a Aramburu, como símbolo del antiperonismo a la “justicia
revolucionaria”. 3) Eliminar a quien había empezado (a su entender) a conspirar contra
Onganía a fin de lograr una salida electoral que lo tuviera como aspirante a la presidencia
en una solución cuasi liberal.

Este plan de una retirada militar y celebración de elecciones para aislar a las guerrillas no se
logró hasta la substitución de Levingston por Lanusse en el 71. Los Montoneros se
creyeron en la necesidad de un 2do golpe espectacular y el 1 de Julio 4 unidades
montoneras mandadas por Emilio maza, coparon la población cordobesa de La Calera, se
apoderaron del banco local, la comisaría y la municipalidad, pero la retirada no resultó
según lo planeado, ya que uno de los autos se descompuso en la huida y fueron capturados
dos militantes. Gracias a la información que presumiblemente se les sustrajo la policía se
dirigió a una vivienda donde Maza fue herido de muerte junto a otros compañeros. Su
sepelio movilizó a 3000 personas y se hicieron colectas en fábricas y universidades para los
montoneros torturados en la cárcel. Pero los Montoneros estuvieron a punto de ser
aniquilados en Julio-Agosto de 1970 si no fuera por el apoyo logístico de las FAP que les
permitieron esconderse en diversos puntos del país. El 7 de setiembre 5 de los principales
miembros de la conducción se reunieron en una pizzería de William Morris y fueron
atacados por la policía luego que el dueño diera aviso de su presencia. Abal Medina y
Ramus perdieron la vida en el tiroteo y por no haber tomado las medidas de seguridad más
elementales sus jefes y casi todos sus secretos fueron descubiertos. Pero su supervivencia se
vio favorecida por el aumento de apoyo popular en particular del grupo de sacerdotes por el
tercer mundo. Mugica hizo una defensa de los guerrilleros católicos y ofició en el funeral
de Ramus y Abal Medina, refiriéndose a ellos como “un ejemplo para la juventud”. Arturo
Jauretche presentó sus respetos en el funeral y Perón envió una corona, en tanto centenares
de militantes de la AC asistieron al sepelio. En un documento publicado a fines de 1970 en
Cristianismo y Revolución, los Montoneros se presentaban a sí mismos como parte de la
síntesis final de un proceso histórico con 160 años de historia. Su revisionismo presentaba
la historia de la Argentina en términos de la oligarquía liberal claramente antinacional y
vendepatria por un lado y por otro el pueblo, identificado con la defensa de sus intereses,
que son los de la nación contra los ataques imperialistas de cada situación histórica. La
simplicidad del esquema montonero y su atractivo dicotómico facilitaban su asimilación
popular. Para ellos, los conflictos de clase eran de importancia secundaria en comparación
con las luchas nacionalistas contra la dominación e influencia extranjeras. Había un culto a
la acción implícito en la visión montonera de que el peronismo se componía históricamente
de 2 tendencias, burocrática la una y revolucionaria la otra; y de que lo que las distinguía
eran los métodos que usaban. Los revolucionarios eran los que habían luchado empleando
los métodos guerrilleros, rebeliones militares, movilizaciones, y el arma de la huelga, aún
cuando nunca hubieran oído hablar de “socialismo nacional”. En cambio, los burócratas
formaban parte “objetivamente” del campo enemigo, porque se abstenían de tales métodos
en favor del pactismo y el electoralismo. Aún cuando los Montoneros aspiraban a formar
parte de una estrategia “integral” que comprendiera las actividades políticas, sindicales y
estudiantiles, así como el elemento armado, les complacía claramente promover ellos
mismos el aspecto guerrillero y dejar las actividades complementarias restantes a los otros
sectores del movimiento. Esto significa que la posibilidad de una estrategia tendiente al
establecimiento de un “socialismo nacional” dependía de que Perón y el resto del
Movimiento fueran tan revolucionarios y progresistas como, equivocadamente, creían los
Montoneros.

Relaciones con Perón y otras organizaciones guerrilleras

Al impulsar las actividades de los Montoneros desde su exilio en Madrid, Perón descartaba,
con razón, la posibilidad de que los trabajadores se unieran, en masa, a los guerrilleros.
Manipulaba sus “formaciones especiales” con la máxima habilidad y, aunque la mitología
predominante sostuviera que los Montoneros estuvieran especulando sobre la inminente
muerte del líder con la esperanza de heredar la jefatura del Movimiento, no hay pruebas de
que la manipulación se operara en sentido inverso. La visión errónea que tenían los
Montoneros de las verdaderas diferencias estratégicas entre ellos y el líder se hizo visible
después de noviembre de 1970. Aquel mes Perón patrocinó “La Hora del Pueblo”, que era
una declaración colectiva reclamando las elecciones. Pero lejos de advertir que la actitud y
proceder de Perón eran de corte reformista, los Montoneros consiguieron encontrar una
razón revolucionaria en su comportamiento. Para estos, la “Hora del Pueblo” era sólo una
treta de su líder con miras a una “maniobra táctica destinada a mantener al régimen en la
mesa de negociaciones mientras el Movimiento profundiza sus niveles organizativos y sus
métodos de lucha para emprender las próximas etapas de la guerra” (Montoneros). Durante
aquellos años Perón no criticó ni una sola operación montonera y en Noviembre de 1971
pareció que en efecto reafirmaba la perspectiva revolucionaria al destituir a Paladino y
nombrar a H.Cámpora, como delegado personal. Si bien Cámpora estaba dispuesto a
trabajar con el ala revolucionaria del Movimiento, su nombramiento no era un giro a la
izquierda por parte de Perón. Quizá la izquierda peronista debía de haber dado más
importancia la nombramiento del teniente coronel Jorge Osinde (ex jefe del servicio de
informaciones el ejército) como su consejero militar y político. 2 años después dirigiría este
la masacre de Ezeiza. En 1971 el otrora trotskista y ahora guevarista ERP era la
organización guerrillera más activa militarmente, pero otras 4 organizaciones que serían las
que terminarían por convertir a Montoneros en la más poderosa de todas, estaban
emprendiendo un proceso decisivo hacia la unificación. Las FAP, las FAR y los
Descamisados. En 1968 las FAP habían sido creadas para la guerrilla rural y urbana. Sus
ambiciones en el ámbito rural fueron desbaratadas en setiembre del 68 cuando trece
miembros fueron capturados en La Cañada, cerca de Taco Ralo, en Tucumán. A pesar de
ello en el 69 se reorganizaron para llevar adelante acciones urbanas y tuvieron una acción
sostenida en 1970. ese año varios de sus integrantes dieron soporte a sindicalistas de la
CGTA para armar una organización peronista revolucionaria, el Peronismo de Base para
actuar a nivel de las fábricas.

La historia de las FAR se remontaba al 66 cuando un grupo se formó con la intención de ser
el apéndice argentino del foco boliviano del Che. Su muerte y desarticulación condujo a las
FAR bajo el mando de Carlos Enrique Olmedo a iniciar la guerra urbana en 1969, con un
giro hacia la peronización que se consolidaría en 1971. El comando descamisado fue un
pequeño grupo fundado en 1968 por futuros líderes Montoneros como Horacio Mendizábal
y Norberto Habeegger. Tras ser excarcelado en 1969 Dardo cabo se convirtió en líder del
grupo. Aunque en 1971 se hicieron grandes esfuerzos por unir a estos grupos la unificación
en las OAP (Organizaciones armadas Peronistas) nunca alcanzó una estructura formal. Al
principio los guerrilleros no alcanzaban a ponerse de acuerdo sobre si debían concentrarse
solamente en la lucha armada o bien seguir una estrategia integral consistente en
implementar múltiples formas de acción, postura adoptada por montoneros. También
tuvieron que vencer la hostilidad de los Montoneros hacia el marxismo. Finalmente había
un elemento competitivo entre las organizaciones por dirigir la organización. Los acuerdos
alcanzados en cuanto al socialismo como objetivo y el imperialismo estadounidense como
enemigo fueron insuficientes para lograr la unidad. Se necesitaba un acuerdo sobre las
concepciones políticas y organizativas, cosa que no se consiguió hasta fines del 72 entre
Montoneros y descamisados, en Octubre del 73 con las FAR y con un pequeño grupo de las
FAP en el ´74. La mayoría de las bases para la convergencia entre los montoneros y las
FAR se establecieron durante las conversaciones celebradas en 1972 por los militantes
recluidos en a cárcel de Rawson. Naturaleza y efectos de la actividad montonera Para
comprender la creciente popularidad de los Montoneros, en esos años, resulta esencial
examinar la naturaleza de su actividad guerrillera. La mayoría de sus acciones, más que
operaciones militares, fueron ejemplos de propaganda armada. No hubo asaltos a
guarniciones militares y tampoco ejemplos de comandos Montoneros que provocaran
deliberadamente el enfrentamiento armado con el ejército o la policía. Los blancos
favoritos de los montoneros para la colocación de bombas fueron, en aquellos primeros
años, los símbolos del privilegio oligárquico, tales como el jockey Club, las instalaciones
de campos de golf y clubes de campo, guarderías de lanchas, etc. Al no matar soldados y
atacar muy pocos policías, no dieron ocasión a sus enemigos de presentarlos con éxito, a
través de os medios de comunicación como “sanguinarios terroristas”. La disuasión de los
inversores extranjeros en Argentina se llevó a cabo volando las casas de los directivos, pero
no dañando a estos, las propiedades y no las personas eran el blanco de la violencia
montonera. En conjunto, aún incluyendo las operaciones conjuntas, no pueden atribuirse
más de una docena de muertes durante aquellos años del régimen militar. Al parecer habían
aprendido lecciones sobre la naturaleza contraproducente del terrorismo respecto a la
muerte de personas y policías.

Todos los desafíos que venía sufriendo el régimen, acompañados de las huelgas,
convencieron a Lanusse de la necesidad de buscar una salida y restaurar la democracia
“para quitar todo argumento a la subversión”. Cuando los 7 años de régimen militar estaban
llegando a su fin los Montoneros poseían una capacidad de movilización de decenas de
millares de personas, pero su verdadera fuerza organizativa quedó muy reducida en las
bases y los sindicatos. La falta de apoyo de estos últimos había sido el talón de Aquiles
desde los 70, cuando a CGT condenó el secuestro de Aramburu calificándolo de inspirado
desde el extranjero. El hecho de que sus actividades sólo hubieran estado ligadas
tangencialmente a las luchas obreras no les ayudó a superar la línea divisoria entre guerrilla
y sindicatos: una línea impuesta por las exigencias de seguridad de los rebeldes, basadas en
el anonimato y el aislamiento, y además una línea divisoria de clases que separaba ante
todo a los luchadores de la clase media de una clase obrera generalmente reformista. Sólo al
volverse hacia la campaña política a fines de 1972, salieron realmente los Montoneros de su
cuarentena social, pero su repudio cte a los líderes sindicales ayudó a dejar fuera de su
influencia a un gran número de trabajadores. Perón percibió con claridad que sus
“formaciones especiales” aún cuando acosaban al régimen eran incapaces de organizar el
apoyo de las masas de modo que la restauración peronista condijera al establecimiento de la
patria socialista que preconizaban. Cuando hubo servido a los propósitos de Perón, la
“juventud maravillosa” fue vilipendiada por su líder al llamar infiltrados y mercenarios a
sus componentes.