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TULIO ORTÌZ

Profesor Titular Regular


Investigador Permanente
Premio a la Producción Científica
Un iversidad d e B uenos A ires.

Profesor Titular
Un iversid ad C atólica A rgentina .

POLÍTICA
Y
ESTADO
CAPÍTULO XII.

¿Qué es el Estado?

Recordemos nuevamente, que por ’‘Estado" se puede entender o la


comunidad toda, jurídicamente organizada, o bien el aparato de poder asenta­
do sobre un territorio con pretensiones de ejercer monopólicamente la violen-
cia. Ambos conceptos tienden a confundirse y algunos los confunden exprofeso
en la medida en que ello fayorece determinada posición doctrinaria^
Por otro lado, tengamos presente que, con respecto a la primera acepción,
reservamos la denominación para referimos al Estado moderno surgido en las
postrimerías de la Edad Media. En palabras de Hermán Heller : "El Estado,
como nombre y como realidad, es, desde el punto de vista histórico, absoluta­
mente peculiar y en ésta, su moderna individualidad, no puede ser trasladado
,a los tiempos pasador".
Inclusive, en nuestra recorrida por los tipos históricos, llegamos a la
conclusión de que han existido relaciones políticas de mando y obediencia sin
revestir la forma deí Estado moderno, tal como ocurrió en la Edad Media, plena
dé' formas políticas no estatales; o bien cuando detectamos comunidades
políticamente organizadas, en plena Edad Moderna, que vivieron por siglos al
margen del Estado, tal como fueron las Misiones Jesuíticas.

Terminología.
Bien dice Jellinek que la historia de la terminología de una ciencia está
unida a la de la ciencia misma.: En los tiempos antiguos los griegos no usaron
la palabra "Estado" sino "Polis”, lo cual no era una simple cuestión gramatical
sino de fondo, ya que la polis para los griegos no era una comunidad territorial
sino de personas (el territorio de la polis era insignificante material y espiri­
tualmente para el griego). Polis quiere decir "muchos", o sea. que se .refiere
claramente al elemento humano. Igual sentido le dieron los romanos a .las
palabras latinas "civitas" y "res-pública", en referencia a lo que es común al
pueblo.; Ser ciudadano de Roma no exigía como requisito ■vivir en el territorio
romano, sino que era un vínculo espiritual con hombres con los cuales, tal vez,
TULIO ORTIZ

no se había convivido nunca. Tampoco tuvo importancia el elemento territorial


en la denominación de la última etapa de la historia romana: la palabra
''imperium" hacía referencia al poder que se ejerce sobre ios hombres, que en
definitiva era el elemento esencial de la ecuación. San Pablo fue ciudadano de
Roma a pesar de no ser romano ni desde el punto de vista geográfico, ni
religioso, ni étnico. Ello le confería una serie de privilegios, entre los cuales
estaba el derecho de ser llevado a Roma para ser juzgado por el "Imperium".
¡^Durante el medioevo la convivencia del rex y el regm un evidenciaron la
inexistencia del Estado en cuanto éste denota monopolio de la coacción sobre
un territorio. Máxime dado el hecho de la multiplicidad de situaciones duales
"de tal carácter que, como hemos visto, caracterizaron esa época. No obstante,
como apunta Jellinek, aparece por entonces el uso de la palabraLand y Terrae
para denotar el elemento espacial.
Sin embargo, tal espacio físico no alcanzaba a significar el elemento
territorial en la acepción moderna sino que era el ámbito del dominio del dueño
de la tierra. La relación entre el Señor y la tierra era de carácter privado, 110 de
carácter público como es ahora, y es por ello que los señoríos se transmitían
como hacienda privada por medio de diversos instrumentos, integraban dotes
matrimoniales, se cedían al perderse una guerra, se legaban y heredaban y
hasta se recibían en donación como ocurrió con las tierras de América, donadas
por el Papa a los Reyes Católicos que, mucho después, por testamento, las
transfirieron a la Corona.
Otro argumento favorable a nuestra opinión en el sentido de que en la
Edad Media el Estado era algo desconocido, es que aquella idea de Land o
Terrae no hubiera sido aplicable, como observa Jellinek, a las ciudades me­
dievales que también constituían unidades políticas con rasgos muy similares
a las antiguas polis. Tampoco alcanzaba la expresión italiana cittá utilizada
en la acepción actual de centro urbano.
Como es sabido la palabra stato en el sentido moderno, comienza a usarse
en la Italia del Renacimiento, denotando originariamente, según la opinión de
autores como Burchardt y Rumelin, al gobierno y a su Corte, usurpando
posteriormente el concepto de dominio territorial y, finalmente, el de la
comunidad total? Por otro lado, la aparición de la palabra en aquél momento
demuestra que la evolución histórica había ya creado Irrealidad a la cual se iba
a referir en lo sucesiw: el Estado Moderno. Como afirma Jellinek, "con la
aparición de la idea moderna del Estado nace igualmente la voz que le
corresponde^
. Es en el siglo XVIII cuando se consolida el uso de la palabra para denotar-
a la comunidad territorial politizada, en donde el segundo término había ya
perdido el sentido de dommio.personal propio del feudalismo para convertirse
en ámbito espacial del poder; Pero, al poco tiempo, una nueva .dualidad se, va
a producir: la dicotomía- entre Estado y Sociedad:
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En efecto, no es de extrañar que en aquel siglo se produjera tal consolidación


gramatical ya que en ese momento es cuando se produce el fortalecimiento del
Estado absoluto bajo la forma del Despotismo Ilustrado. Una vez más los
conceptos y la realidad iban de la mano. Pero tampoco debe asombrarnos que
fuera en ese momento de apogeo cuando, por obra de la escuela clásica del
Derecho Natural, naciera la;dicotomía entre Sociedad y Estad^Precisamente,
la perspectiva de un Estado omnipotente originó la reacción adecuada compren­
diendo que, al fin y al cabo, en la sociedad occidental el Estado había tardado unos
seiscientos años en aparecer y que, por consiguiente, era un cuerpo adventicio.
Esta.doctrina que separa ambos conceptos, adquiere según afirma Sampay
tres expresiones concretas:
a. La nacional: SegúnJa cual el "tercer estado" es la nación que se opone
al Estado, por consiguiente un Estado sólo es legítimo en la medida en que
represente a la Nación. De ahí surgirá el concepto de Nación-EstadcTó Estado
nacional, para denotar"“al concepto en la Edad Contemporánea.
b. La social: Considera que'siempre va a existir una tensión entre el
elemento social y el aparato del Estado. Ahí reside, según Saint Simón, el motor
vital de la historia.
c. La combativa: El. Estado no sólo es diferente a la sociedad sino que
además deviene necesariamente en su opresor. La concepción marxista de la
historia se basa en la lucha de clases y el Estado como instrumento de la clase
dominante. Por ende, no hay conciliación posible y en última instancia el
Estado debe desaparecer.

Tipos empíricos e ideales


Al referimos en el Cap. IV al método en las ciencias sociales tuvimos
, oportunidad de acércanos al método de los tipos. En dicha oportunidad dijimos
que los..tipos no eran más que clasificaciones generales de ciertos fenómenos
agrupados a partir de ciertas características comunes. O sea: crear un tipo era
hacer, un instrumento de nuestra mente, para ordenar la realidad y conocerla
~-mej.or..._ ^
Cuando nos referimos a Jellinek y su teoría de los tipos, dijimos que
distinguía entre los tipos ideales y los empíricos. Los primeros constituyen
modelos dé "deber ser" o sea que -siguiendo una antigua tendencia griega- trata
de detectar aquéllos que sirvan para el perfeccionamiento del hombre y la
sociedad. El perfeccionamiento ético dado por el fin del hombre se constituía así
en objetivo de esta clasificación.
En cambio el tipo empírico es el que incumbe a la ciencia o teoría del
Estado pues al decir de Sampay. "importan una coordinación de rasgos
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característicos de los fenómenos estatales, realizada desde el ángulo de


observación que el investigador prefiera'".
Lo cual nos va a llevar al tema inmediatamente siguiente, pues si el tipo
resulta de adoptar las características preferidas por el investigador, es decir
condicionada por sus preferencias y valores, la_posibilidad de respuestas^
varias es completamente lógica.

Naturaleza del Estado. Teorías.


La idea de encontrar la naturaleza de algo está muy emparentada con una
concepción gnoseológica realista, es decir aquélla que, de filiación aristotélica,
encuentra fuera de la mente humana una realidad distinta que el hombre no
crea sino que descubre. No obstante, autores como Jellinek, afiliados a una
posición kantiana, también hablan deJa ''naturaleza". del Estado quizá como
convención verbal más que otra cosa. En cambio, Bidart Campos, cuando
también se refiere a la naturaleza del Estado, ensambla su terminología con la
filiación filosófica neotomista que impregna su obra.
Curiosamente*, un autor español como Sánchez Agesta, que adhiere a la
filosofía peripatética,' desecha la palabra "naturaleza" y la reemplaza por
"concepto", titulando el tema como "El concepto del Estado”; posición
terminológica que también adopta López, que a su vez no és, neotomista.
Por otra parte, no todos los autores cuidan en destacar si se están
refiriendo al Estado como comunidad organizada o como Poder, lo cual daría al
tema un matiz diferente. En el primer caso es una conjunción de elementos, en
el segundo la presencia de uno sólo de ellos. Pero, además y por encima de ello,
es toda una decisión de doctrina política y aún’ filosófica, ya que implica adherir
a un concepto griego totalizante o a una concepción dicotómica basada en la ya
referida distinción entre Estado y Sociedad. En otras palabras: si creemos que
existe una naturaleza "per se" del Estado y que éste es la comunidad política­
mente organizada,estamos a un paso de aceptar el concepto orgánico totalizante
de los aristotélicos que deja muy poco margen a la libertad humana; a menos
que una concepción trascendental del hombre separe las esferas de lo temporal
y de lo espiritual. Por el contrario, si nos limitamos a considerar el concepto, o.
naturaleza del Estado como referido sólo al poder, entonces admitimos la
separación entre una órbita de la autoridad y otra de la persona, lo cual,
naturalmente, tiene en contrapartida el riesgo de acentuar los rasgos anárqui­
cos del^individualismo extremo.
Suelen clasificarse la^ teorías én tres grupos fundamentales:
a. ’SocíSlogica^: concentran._ei_enfpque en los fenómenos tal como se
presentarLajiuestros..,s.entidos. En este aspecto podemos decir que son las teorías^
más toscas intelectualmente, pero más comprensibles y que, de hacerse una
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encuesta, gozarían de mayor popularidad. Su empirismo se basa en dos hechos


incontrastables:
La existencia de un poder de dominación fácilmente detectable a
través de la expresión simbólica- dé la autoridad (fortal^zasTliñifoHnesí
edificios gubernamentales, etc.). Nadie dudaría en señaíáf'a éstos Hechos como'
expresión del "Estado-Poder". Sobremanera en los tiempos actuales donde,
como vimos, el agigantamiento del Estado-Poder ha sido importante. Esta
dominación ha sido juzgada de diversa manera, tal como veremos.cuando
estudiemos la justificación del Estado, que es un tema estrechamente vincula­
do con éste.
La convivencia de hombres es otro dato verificable. Si estos hombres
forman un agregado de individuos o una especie de entidad supraindividual,
da lugar a intensos .debates entre sociólogos y filósofos. Si a ello se le debe
llamar "Sociedad” o "Comunidad" también origina medulosos análisis en una
teoría social, más cuando ello se liga estrechamente con el concepto de Nación,
que es un tipo determinado de sociedad, aparecido en la modernidad y de la cual
nos ocuparemos en su lugar.
La conclusión a la que llegamos, pues, es que desde el punto vista
sociológico el Estado implica dos elementos: los hombres v el poder. Existiendo
los que acentúan uno u otro elemento según sus preferencias 40Ctivmarias.
implican un análisis intelecfüCJmente más refinado pues,
sin perjuicio de admitir los elementos «ucialeó 'eriores, indagan sobre el
sistema de relaciones entre los hombres y éstos oon el poder, comprobándose
qué la vinculación se produce como consecuencia de la existencia de.ciertas reglas
o pautas de conductas que se denominan normas. La exageración de esta postura "j
es la de sjipñner que las normas lo son todo y termmar'identifiHñdo al Estado [
con_eLDéré'cHo\^~cdmo^Ei.'cOCeiseh7No~ó5Ítañte su unilateralismo, las teorías
jurídicaslmplican la posibilidad de librar al Estado de la semejanza con.un.ente
físico tal cómo lo postulaba Schdmidt, y analizarlo a la luz de conceptos culturales _
en los cuales el margen de libertad es cualitativamente diferente. Tiene, eso sí,
un riesgo: sí identificamos el Estado con el Derecho estatal, echamos la base de
cualquier despotismo.
( c j políticas: las que más escapan al análisis objetivo, son aquéllas que
están basadas en valores fondados en doctrinas diversas. Así,, por ejemplo,
identificar al Estado con la soberanía, es dar por presupuesto que nos estamos
refiriendo al poder y que éste es supremo con relación a ios demás entes
políticos; o calificanaLEstado de empresa, es presuponer que los que la dirigen
la llevan a objetivos referidos a valoraciones previas. Es decir, no descartables,
pero con la advertencia de que la idea de soberanía, de empresa y^similares
pueden justificar no sólo el dominio del Éstado-Poder, sino su exacerbación en
aras de destinos soberanos, con peligro o en detrimento de los derechos de las
personas.
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No obstante, considero que la que más importancia merece en esta


I categoría, es aquélla que identifica al Estado con la Nación y que es aceptada
I en general al definirse al Estado como la Nación personificada, o dicho de otro
i modo, afirmar que la Nación se personifica en el Estado. Todo lo cual lo veremos
"‘ con mayor detenimiento al estudiar a la Nación en lITCap. XVII. Sin perjuicio
de adelantar que ésta es una de las teorías que menos rigor científico presenta
hasta convertirse, en nuestro criterio, en simple doctrina que encierra determi­
nadas finalidades extraeientíficas.
En nuestra opinión, al identificar el Estado__con el Poder asentado _sobre
un territorio y que pretende ejercer el monopolio de la coacción sobre las
personas, resulta lo siguiente:
rtL) Que se trata de un ente creado por los hombres en una determinada
etapa de sü evolución histórica.
Cual objeto cultural, es susceptible de ser conocido por el método
adecuado según su condlcTóm ~~
(c? ¡ Es decir el método histórico por adaptarse a su naturaleza histórico-
cultural.
d/) Que es análoga, a_ la_ relación política de mando y obediencia,_pgro
especificada en ía coordenada tem poralPor ende el Estado es la. relación
pautada (según normás) ‘d e‘mand¿"y obediencia, que sé produce en cierto
ámbito espacial (territorio), y en cierto tiempo histórico (siglo XIV en más).
éT'í De lo cual se desprende que el género, es la relación política y la
§spe.cie histórica, el Estado, que una vez hizo su aparición en la civilización
occidental y la abandonará cuando su misión esté cumplida, dando lugar a
nuevas formas de relación política.
Buscar más allá de ios datos histórico-culturales, es pretender encontrar
algo que no es ya la relación política. Es el hombre que, en su dimensión
integral, es la última realidad que se sirve de ciertas instituciones para
sobrevivir primero y luego vivir como tal, es decir, desarrollando plenamente
sus facultades físicas, morales y espirituales.

Los sistemas políticos. Concepto. Clasificación. Análisis.


Cuando estudiamos a los modelos del conocimiento dijimos que los
sistemas podían ser utilizados tanto como método, cuanto como objeto de la
ciencia. En este segundo supuesto, entendemos por sistema político a un
determinado conjunto de elementos de la realidad que se constituye en el objeto
de análisis tanto de la Ciencia Política, como de la Teoría del Estado.
El modelo sistèmico, como esquema de conocimiento, es útil para la
aprehensión de los fenómenos no sólo políticos sino de los sociales en general,
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ya que su carácter interdisciplinario nos da la posibilidad, a través de la Teoría


General de los Sistemas, de llegar a resultados muy fecundos basados en los
principios universales de la analogía y del isomorfismo, entre otros.
El modelo sistèmico como objeto del análisis político es el conjunto de
conductas políticas orientadas a la asignación autoritaria de valores. Como
objeto pretende reemplazar a los conceptos tradicionales, tales como el Estado,
los poderes, órganos, instituciones, etc. por nocipnes de interacción política,
roles, intercambios, demandas, apoyos, etc.
Pero las pretensiones de la teoría de los sistemas políticos no se agotan
en una mera cuestión gramatical. Va mucho más allá en sus ambiciones
epistemológicas: subyace en ella una especie de doctrina implícita que preten­
de desmitificar el papel del Estado como eje alrededor del cual giran los
conocimientos políticos y radicar en las conductas humanas el eje de estudio;
de conductas políticas, específicamente, cuando de sistemas políticos se trata;
por otro lado este enfoque distinto reduce o minimiza el papel de lo jurídico en
el tema político. Subyacen en él las concepciones de la escuela conductista o
behaviorísta que considera que el objeto de análisis son sólo las conductas
externas, observables y, por ende, verificables, de los hombres, que quedan en
realidad reducidas a un haz de conductas. Lo cual, a su vez, es muy coherente
con ciertos postulados básicos de la teoría del conocimiento anglosajona.
Gabriel Áimond propone la siguiente"tabla...de equivalencias" entre los
í conceptos tradicionales y ios sístémicos:
Estado = sistema poiítíco.
Poderes = funciones.
Cargos - roles.
Instituciones = estructuras.
Ciudadano = socialización política.
Los segundos deben reemplazar a los primeros, que se encuentran
.cargados de connotaciones normativas y legales, Este desplazamiento dará
lugar, según el autor, a la aparición de una auténtica teoría política purificada
de elementos ajenos, y significará un paso fundamental hacia ima verdadera
ciencia política.
La ciencia política no debe estar limitada -afirma- por el estudio de
conceptos cargados de significados legales e institucionales, que excluyen el
análisis de una serie de problemas. Sobremanera en sociedades donde las
instituciones legales funcionan en forma muy precaria según el concepto de las
democracias occidentales y donde, sin embargo, los fenómenos políticos son tan
ricos como variados. ’
De igual manera se predica la aplicación de este esquema a grupos
menores, tal como puede ser la familia, a la que se le quita cualquier
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connotación institucional para reducirla a un conjunto de roles y no de


personas. El conjunto de estos roles que ínteractúan entre sí, constituyen una
familia. De igual manera, un sistema político integrado por conductas, se.
reduce a una suma de roles interactuantes asumidos por los individuos que
portan dichas conductas.
Así los jueces, legisladores, votantes, etc. que pueden asumir, al mismo
tiempo, otro tipo de roles en el orden familiar, económico o religioso.
Como dijimos, otro de los intentos de sustitución es el de 1institución' por
el de 'estructura'. Esto reviste importancia, pues buena parte de la teoría
continental europea acentúa la importancia de las instituciones (recordemos a
Prelot, por ejemplo), como actores de los procesos políticos. Pues bien, la noción
de institución se convierte, en .la-de-esfcmctura que^a-su-vez„es,defínida por ía
regularidad de acciones a través del tiempo. Así, la institución tribunal se
disuelve en una suma de conductas interactuantes ejercidas por jueces, aboga­
dos, fiscales, etc. Científicamente, diríamos entonces, el objeto de análisis son
esas interacciones que, cuando se refieren a una actividad específica, se denomi­
nan roles. Finalmente, pues, los roles son los átomos que componen el universo
social y político. La ventaja que encuentran los .■partidarios de esta concepción,
como Almond y Powel, es que nociones como rol y estructura están desprovistas
de connotaciones normativas (legales o morales) que se refieren más. a. cómo se_
debería actuar que a cómo se actúa en la realidad, siendo este último aspecto el
que importa a la ciencia interesada por la conducta observable tal "como es” y no
como "debería ser”.
Los roles a su vez forman un subsistema, por ejemplo un cuerpo legislativo
o judicial; y éstos, sumados todos, forman el sistema político total. De lo cual
se desprende, como decíamos antes, que, en definitiva, nn_ sistema j yqlítico no
es más que la suma de los roles que. asumen las conductas interactuantes de los
individuos que lo integrara
Este esquema, que por momentos tiene resabios de mecanicismo, trata de
atenuarse con la idea de "cultura política"; vale decir, de creencias o valores que
guían a las conductas hacia determinados objetivos, entrando en el terreno de
lo psicológico y por lo tanto de aquéllo menos susceptible de ser captado por los
sentidos, a no ser por las conductas que lo exterioricen.
La nueva terminología propuesta por los sistémicos continúa con los
conceptos de "funciones”, "capacidades", "conversión", mantenimiento1", "socia­
lización", etc. etc. En una gama muy variada que confirma, por otro lado, la
impresión de la existencia de un importante intento de crear una disciplina
autónoma desprendida de cualquier lastre semántico.
• - Como afirma Robert Dahl, el.sistema político no existe aislado^ pues hay
otros sistemas que de una forma u otra, influyen sobre él. Por otro lado, no
siempre es fácil'detectarloslímites'aunque, generalmente, cuando se trata de
sistemas políticos globales, es el factor geográfico, siempre convencional, el que
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lo hace. De igual manera, son convencionales las clasificaciones de los sistemas,


adoptándose uno u otro criterio en función de los intereses selectivos del
observador.
Para Dahl existen tres criterios para efectuar la clasificación de los
sistemas políticos: ' ——
a. La medida de la legitimidad del poder.
b. La proporción de los miembros que influyen o participan en las
decisiones~dél"gobíérnó......... ...... “ ~~ ~~ ......
c. El número de subsistemas y la extensión e independencia que tienen.
De lo cual, resulta el siguiente cuadro:

E! gobierno posee E! gobierno posee


fuerte legitimidad débi! legitimidad

Poder finaí de Autonomía de los Autonomía de los


las decisiones subsistemas subsistemas.
del gobierno
ejercido por: Baja Alta Baja . Alta
unos
pocos

muchos

mezclados

Por su lado JeanJBlondel .asegura que no sólo se pueden comparar y


clasificar sistemas en función de las estructuras que posean, sino además,
considerando la operatividad de las mismas, ver cuál es su eficiencia. Señala
Linares..Quintana al respecto, que la clasificación o tipificación se puede
efectuar en función de las tres preguntas clásicas:" ¿quién gobierna?"," ¿cómo
gobierna?" y " ¿para qué gobierna?“. Por eso el autor francés entiende que las
cuestiones a dilucidar son tres:
a. Participación en la toma, de decisiones, que van en un amplio margen
desde los llamados gobiernos monárquicos hasta los democráticos, con serias
dificultades, en el último supuesto, en lo que hace a detectar exactamente el
grado de participación que corre desde niveles aceptables a, en el otro extremo,
niveles ínfimos.
b. Con respecto a los medios de gobernar, las dificultades residen en
detectar los indicadores exactos que permitarT es®bTécei“ cíiáres el margerTde
J ibertad que dejan los gobiernos, teniendo en cuenta que existen zonas grises
entre los regímenes democráticos y los autocráticos.
c. La finalidad, presenta el problema de la presencia de las ideologías
como representación, del mundo, cuya extensión precisa no es fácil de determi­
nar. Tampoco lo es, según Blondel, encontrar indicadores de las normas de los
sistemas. Lo que sí es factible es dar una ubicación general a los mismos.

De todo ello emana una clasificación cuatripartita de las sociedades:


o. Las democracias liberales: con participación elevada, pluralismo de
estructuras, partidos desarrollados y capitalismo operante,....
b. Los sistemas comunistas (en los tiempos anteriores al derrumbe), en
los que existía la afiliación coactiva a pocos o a un sólo partido, y la economía
estatizada.
c. Los sistemas subdesarrollados, con escasa participación (aunque en
aumento), pocas agrupaciones fuertes y escasa posibilidad de movilidad social.
d. Las sociedades primitivas, casi sin participación, ínfimos grupos
independientes y herméticamente cerradas.
Esto lleva a Blondel a efectuar una clasificación o tipología de sistemas,
aunque admitiendo el carácter ideal de los mismos, conforme a lo que denomina
"pautas de gobierno", a saber:

Radica!

Monárquico
Conservador
. La teoría que ve a los sistemas políticos como objeto de la ciencia.política
o teoría del, Estado tradicionales, ha encontrado .opositores en autores tanto
norteamericanos como europeos:
Lucas Verdu, citado por Linares Quintana, entiende que las principales
objeciones se centran en:
a. Su elevado grado de sofisticación que petrifica la complejidad del
fenómeno político.
b. El simplismo del esquema "input-output" de valor gráfico pero que, de
ninguna manera, describe la realidad.
c. No todas las decisiones o respuestas emergen del sistema político, y
no todas las demandas surgen del medio.
d. Puede haber ingresos que no encuentren respuestas correlativas,
cortándose, en consecuencia, el flujo.
e. La representaci<fo gráfica es una expresión descarnada de la realidad.
En síntesis, afirma Verdu, "se comprende que una civilización altamente
mecanizada y automatizada haya aceptado tal concepción de los sistemas
políticos como ejemplar significativo y modélico del acontecer político. La
cuestión estriba en saber si los análisis de los sistemas políticos orientados de
ese modo, pueden ser útiles para la comprensión de la morfología política".
El norteamericano Young, por su parte subraya, las. siguientes limitacio­
nes de la teoría sistèmica:
а. El isomorfismo, reclamado por la teoría como uno de los elementos
fundamentales, no es significativo como fenómeno real.
б. El afán de sistematizarlo todo, lleva a los partidarios de la teoría a
forzar la realidad, para encajarla dentro del esquema.
c. Llegando hasta la propia Teoría General de los Sistemas, encontra­
mos que es una estructura conceptual general abstracta, que no existe cuando
se llega al terreno de las hipótesis y las proposiciones.
A estas observaciones podemos agregar aquellas advertencias dichas por
el propio creador de la TGS, el profesor Ludwig Von Bertalanffy, cuando se
refería al peligro del uso indiscriminado del esquema sistèmico por mentes
tecnocráticas.
Lo cual -en nuestra opinión- no obsta a reconocer que posee un aspecto
positivo, en cuanto tiende a diluir la omnipotencia conceptual del Estado para
dar lugar a una visión más horizontal, participativa y libre de la sociedad
política, al mismo tiempo que asume un esquema general del mundo tomado
como totalidad jerárquica, integrado por. subsistemas, coordinados según el
principio de recursividad que plasma ei Universo.
CAPITULO XIV.

Origen del Estado.


Cuestiones históricas y filosóficas.

i—'
1 Suelen confundirse en este tema los aspectos de carácter histórico con los
de carácter filosófico.-Los-primeros, hacen referencia a los hechos que aconte-
cieron en el pasado y que dieron lugar (por una serie de causas) a lo que luego
se llamaría Estado. Los segundos, se preguntan por los motivos o razones que
justifican la existencia del Estado^/
Además, indaganei.Qrigen.histQrico presupone..admitir que no siempre
existió el Elstádo ( en cualquiera de las acepciones que le demos a la palabra),
pues algo que tiene un origen, un comienzo, en el momento anterior no tenía
existencia. Lo cual deriva en interesantes aspectos en lo atinente, ahora sí, a
una u otra acepción del término. En el primer supuesto (el Estado como
comunidad organizada), nos lleva ineluctablemente a la admisión de una
situación preestatal en la cual los hombres vivían en un estado social o en un
estado natural sin organización política, es decir sin mando ni obediencia. En
el segundo supuesto, que es el que hemos aceptado, el Estado aparece como una
forma histórica de dominación política que tiene origen a fines del medioevo
occidental.
Por eso es que conviene organizar la exposición distinguiendo todos los
supuestos, de manera tal de poder sistematizar los conocimientos. Entonces,
proponemos el siguiente esquema:

De la comunidad política.
("Estado antiguo")
Origen histórico
Del Estado (moderno)

De la comunidad política
Justificación
Del Poder estatal.
Hipótesis sobre el origen histórico.
Con respecto al origen histórico de las comunidades políticas veamos las
hipótesis más modernas sobre un problema que en principio es netamente
científico pues se puede resolver por medio de los conocimientos históricos,
arqueológicos, antropológicos, etc.
Ralph Linton' sostiene que los primeros hombres se organizaban en algo
así como bandas o conjuntos de individuos que posteriormente pasaron a
formar las tribus, que no eran otras cosas que bandas reunidas por razones
de, contigüidad, amistad, o simplemente, intereses comunes.
distinguido antropólogo, estas tribus fueron el antecedente
inmediato de la organización política del hombre, aunque se diferenciaban
netamente de ella en el hecho que la tribu era una organización social que
desconocía la jefatura política. Es decir que el jefe tenía más una función de
servicio, que poder en la acepción moderna. En igual sentido opina el profesor
francés Pierre Clastres, que ha indagado este fenómeno preestatal en algunas
sociedades amerindias. Destaca Linton que, además, la organización tribal
conocía un menor grado de conflictos, de oposición y de coacción que la futura
organización política. En suma, estableciendo un cuadro comparativo tene­
mos lo siguiente:

Tribu Organización Política


Ente social Ente polftico
con con
actividad automática actividad consciente
menos conflictos más conflictos
menos oposición mayor oposición
menos coacción mayor coacción

Se pasa del estado social tribal al estado, político por medios pacíficos (como
por ejemplo, una confederación de tribus) o bien por la violencia (ej.: cuando una
tribu subyuga a otra). Pero para Linton ello implica necesariamente que los
hombres hayan dejado atrás el nomadismo y que utilicen una técnica ciertamente
más avanzada. Cuando han dejado de ser cazadores errabundos o pastores
nómadas, es entonces cuando se da la posibilidad de la conversión de aquel estado
social en político.
En esta nueva situación histórica, los prisioneros nó se matan sino que
se mantienen vivos a fin de que trabajen para los vencedores, ya que se ha
comprendido que valen más vivos que muertos.Ello no obsta a una posterior
evolución en donde se opta por dejarlos vivos a cambio del pago de fuertes
impuestos. Este es_el_qrigen de antiquísimas instituciones como la esclavitud,
los metecos, ilotas y otros estratos integrados por pueblos vencidos no
esclavizados pero que, en definitiva, al igual que los esclavos, trabajan para
los vencedores y sus descendientes. Esto para Lintonimplicabajtoda _una
elaboración intelectual donde se buscaba mantener principalmente la orga­
nización, para lo cual tampoco convenía cobrar impuestos excesivos a efectos
de no producir sentimientos de desesperanza en los sometidos, que los llevara
a eventuales enfrentamientos.
Se utilizaba no tanto la fuerza como la amenaza de su uso, a lo cual se
agregaba un sistema de espionaje e información permanente, como hacían los
espartanos con sus servidores a fin de prevenir rebeliones.
Lo que parece aceptado en general, es que la organización política del
hombre, desde el punto de vista histórico, es posterior a otras instituciones a
las que luego va a absorber, tales como la familia, la religión y la propiedad. Así
opina Mc.Nall Bums, para quien tales instituciones preexisten a la organiza­
ción política, que recién emerge después de la aparición de la propiedad, y como
ésta a su vez era consecuencia de la llamada revolución, agrícola ( de la cual
hablamos oportunamente), producida hace unos 8.000 años, entonces resulta
que la organización política de los hombres tiene origen en aquellos tiempos
como consecuencia de la agricultura, el fin del nomadismo y la domesticación
de los animales. Tanto este autor como el anterior coinciden en que .la
organización de un poder político se debe a simultáneas necesidades económi­
cas y.militares.
Del mismo parecer es Prelot, quien relaciona el origen del poder político
con la fijación al suelo de los pueblos, como consecuencia de la agricultura. Lo
cual daría lugar (aunque esto se discute desde hace más de 100 años.) a la.
aparición del régimen patriarcal, sustituyendo al matriarcalismo que impli­
caba el parentesco uterino. También -según el autor francés- se produce una
especie de división de trabajo en las funciones gubernamentales, con la
aparición de los roles religiosos a cargo de magos que al mismo tiempo son
jueces; un consejo de ancianos que certifica sobre la vigencia de usos y
costumbres y, finalmente, un jefe militar que es una persona con suficiente
carisma y autoridad. Esta jefatura termina fusionándose con la religiosa, en
nna sólida unidad. Las consecuencias de esta verdadera revolución son la
diferenciación entre gobernantes y gobernados, la centralización en manos de
un jefe y la localización en un ámbito humano y territorial: ha nacido el Estado
antiguo.
La aparición de la comunidad políticamente organizada o el Estado
antiguo, empero, no explica racionalmente su aparición y ello, precisamente,
es objeto de estudio de los que indagan sobre la justificación del Estado,
buscando alguna respuesta racional a dicho interrogante. Esto implica un
presupuesto a priori de que dicha pregunta pueda tener una respuesta
racional.
Finalmente, digamos que las hipótesis que hemos visto sobre el origen
del Estado antiguo no se aplican al nacimiento histórico del Estado Moderno
las que, lógicamente, son diferentes. De ellas hemos hablado en el Cap. IX.

Doctrinas tendientes a justificar al Estado.


En efecto, la gran pregunta previa a toda indagación es sí es posible
encontrar una justificación racional del Estado, esto es, una hipótesis del
conocimiento que, mirando ai presente y al futuro, nos dé razón suficiente sobre
el principal actor de la política en estos últimos 700 años. Ello tiene que ver
mucho con el auge que en siglos anteriores tuvieron ciertas escuelas racionalistas
o iusnaturalistas que buscaron elaborar dichas explicaciones con intención de
encontrar una base filosófica que sirviera como regla para medir la racionalidad
de los Estados entonces existentes, y que, como se recordará, eran de la especie
absolutista. Lo cual daría a entender que estas doctrinas no buscaban tanto
racionalizar al Estado moderno sino juzgar, a partir de la razón abstracta, al
Estado absolutista, al cual, naturalmente, al no encontrárselo adecuado a las
pautas de la razón natural, sólo le podía caber un juicio negativo, que primero
fue filosófico, luego político y finalmente revolucionario.
En segundo lugar, debemos destacar que muchas de las respuestas que se
dan (conocidas como "teorías justificadoras"), no son más que doctrinas, es decir
un conjunto de ideas destinadas a hacer la apología de una determinada
situación de poder. De modo que no se refieren al Estado como comunidad toda,
sino al poder político del Estado, y a veces ni siquiera con pretensiones
generalizadoras, sino limitándose a justificar una muy concreta situación
coyuntural.
Otras doctrinas son tan vetustas que en realidad valen más como
curiosidad histórica y por ello nos remitimos a los excelentes inventarios que
hacen obras como las de Jellinek, que prácticamente deben agotar la temática.
Preferimos, por nuestro lado, incluir a autores recientes que, en su afán por
analizar al Estado, no han rehuido abordar el tema de la justificación y sin
presentar ideas totalmente nuevas (pues en esto es muy difícil ser muy
original), lo han puesto a consideración a partir de nuevos conocimientos y en
función de la realidad de fines del siglo XX.
Siguen en vigencia las clasificaciones que es conveniente adoptar por
cuestiones didácticas, aunque advirtiendo que no existe una separación
absoluta entre unas yjytras. Hecho lo cual digamos que lo que más conviene es
distinguir entre doctrinas:
a?) \Religiosas], que encuentran una j ustificación trascendente de carácter
sobrenatural. .......... .—
b. Humanas , que encuentran las respuestas en la natu raleza hum ana,
aunque haciendo dentro"deeste aspectouna serie de distinci_on,Qax}Ufe¿3niugar
a las Mguiehfes^ubelPfecrésVl,,,
En la naturaleza racional.__
E n lan atu raleza„irracio n al-
En las estructuras creadas por el hombre, que pueden ser;_
estructuras psico-sociales.
estructuras económicas,
estructuras culturales.

a. Las d octrinas religiosas.

I En el primer supuesto encontramos^á'ffóctrin^


esjjañola^que nos parece la forma más notable de perfeccionamiento de la vieja
concepción aristotélica amalgamada con la doctrina cristiana. En ella se

impreso en la naturaleza humana a la sociabilidad y a la politicidad como


atributos necesarios.; Otra, es la causa inmediata que actúa sobre laJlistQiiajy
que mediante el consentimiento” establece dos reaU5ad.es: Ja_sctciedad^_en
piimer-lugar ("pacto societatis") y eL poder...en...segundo término ( pacto
sujetionis").-'La sociabilidad y politicidad, por lo tanto, son atributos de los
hombres porque Dios les ha dado tal dimensión ontológica. Luego, histórica­
mente, los hombres determinan la forma que la sociedad y el poder deben
revestir. La conclusión surge a la vista: el Estado_gueda j ustificado no sólo por
estar en los planes divinos, sino también porque el hombre, dentro de éLjmede
alcanzar la perfección mediante su desarrollo pleno. También prevé esta
doctrina la Hipótesis de reversión del poder al pueblo en los supuestos de
vacancia y tiranía, lo cual se verá más adelante, cuando analicemos la doctrina
de la"resistencia a la opresión". ¡
Como afirma Bidart Campos:" si comprendemos al Estado como necesa­
rio para desarrollar nuestra existencia, es porque lo instituyó Dios, en cuanto
autor de la naturaleza humana... Dios es el único fundamento, la única ratio
del Estado y de su validez...; ... por eso la fórmula "omnis potestas a Deo’Vtpdo
poder viene de Dios- quiere significar que el fundamento mediato del Estado
radica en Dios, pero no que Dios elija a los gobernantes. La organización del
Estado, de su régimen, de su gobierno, es obra puramente humana’^ j ^
r^Para finalizar digamos que la. doctrina neoescolástica tiene tal afinidad. ]
con las doctrinas contractualistas oue se verán más addante,,,-en _cuanto
reconocen a los hombres', coma, causa, inmediata jiel. origen del Estado.f que e l j
profesor argentino mencionado anteriormente, ubica las concepciones de sus
^principales exponentes (Molina, Vitoria, Suárez, etc.), dentro de las 'teorías del
consentimiento", pero teniendo presente que se diferencian de las primeras en
que más que crear al Estado, lo organizan. Por lo tanto, el Estado, no es un
hecho producto de la naturaleza, sino resultado de la razón.
Cabe repetir lo que dijimos anteriormente: sólo mencionamos aquellas
doctrinas religiosas que sean las más válidas y vigentes en la doctrina actual.
Las restantes sólo tienen valor como referencias a hechos del pasado y a
pensadores que quisieron mezclar a Dios en la elección de determinada forma
de gobierno y de esa manera justificar posiciones políticas del momento.

b. Las doctrinas humanas.

Adiferencia de las anteriores, que encontraban una justificación trascen­


dente; estas radican el origen del poder en los hombres. Desde este ángulo,
distinguimos-las que se fundamentan en la naturaleza racional de los.hombres,
aquéllas que lo hacen basándose en factores no racionalesjy las que emanan de
estructuras humanas }

b. 1. Doctrinas basadas en factores racionales: Propiedad y pacto.


A r*
Aquí distinguimos dos .variantes: la._priro.era se basa en el derecho que
surge del dominio de la tierra (teoríapatrímoniaj), y puede tenersentido para
justificar al Estado tanto en la antigüedad como, eri las etapas finales de la Edad
Media, a lo cual nos referimos anteriormente^ la segunda, se funda en los
derechos-emergentes de_un convenio, pacto o~cbntrato o r i^ n ^ c nÜas~féoHas
que siguen esta variante son denominadas ^tfoHS^actuálistas^y dada su
extraordinaria importancia, las desarrollaremolTarfihanJel présente capítulo^
í LaJ&Qríajjatrimonial. en nuestro criterio, tiene su mejor exponente en la
concepción de Haller, quien „encuentra la razón del reconocimiento deí Estado
eji. la..propiedad. Para este autor los creadores del Estado son hombres que
poseen bienes en un nivel tal que les permite adquirir tierras. Ni bien ío hacen
adquieren un poder no solo económico sino político. El poder político surge de
un reconocimiento racional que efectúa la comunidad, de su dominio sobre la
tierra^
Naturalmente que la doctrina de Haller además de justificar el poder
medieval es útil como hipótesis para entender el origen histórico del Estado,
ya que no debemos olvidar que los reyes que crearon las monarquías naciona­
les, es decir el Estado en su versión moderna, fueron primeramente propieta­
rios de feudos, ergo, señores feudales y posteriormente, jefes políticos.
También considero útil esta idea para explicar buena parte del origen de
los Estados antiguos, máxime si recordamos que la mayoría de los autores
vinculaban su nacimiento con el de la agricultura, lo cual presupone la apa­
rición del concepto racional de propiedad privada.
i Por lo tanto la ecuación es:

•agricultura -— > propiedad privada — > tierras— > dominio

'F

b.2. Doctrinas, basadas, en factores irracionales: el miedo.


HLas ideas de Thomas Hobbes han sido colocadas correctamente en las
denominadas teorías contractuales donde las volveremos a encontrar; Pero es
interesante puntualizar que el frío análisis del autor inglés esta basado en
última instancia en factores irracionales emergentes del miedo como última
explicación del poder. En efecto, Hobbes parte de la base de una naturaleza
humana cruel y egoísta que busca el placer y trata de evitar el dolor. Cuando
en su hipótesis imagina la situación preestatal del ser humano, no puede
concebirla sino como una guerra civil permanente.de todos contra todos, en la
cual llega un momento en que la inseguridad, el miedo y la incertidumbre hacen
preferí? álos hombres la existencia de un sólo poder frente al cual todos hayan
renunciado a la libertad. Es el miedo a la libertad lo que ha originado al Estado
y lo que lo mantiene (y aún fortalece) a través de los tiempos^ Bien dice Chatelet,
al referirse al estado de naturaleza: "... predominan la envidia y el miedo,
singularm ente el m ied o al sufrim iento y a la muerte. Desde ese momento,
si el orden natural -orden mecánico- es la "ley de los lobos", resulta que el estado
de naturaleza es a la vez y contradictoriamente, plena libertad -al margen de
todo derecho- y terror constante: es invivible".

b.3. Doctrinas basadas en determinadas estructuras.


b.3.1. Las estructuras psicosociales.
Etienne de La Boetie ha sido redescubierto recientemente ya que su
nombre sólo hubiera sido recordado como la de aquél á quien Montaigne le
dedicó su inmortal ensayo sobre la amistad. Lo han reanalizado dos compatrio­
tas llamados Lefort y Clastres, los que hacen suyas las palabras de La Boetie
cuando se^ pregunta: " ¿Cómo es posible que.tantos hombres, ciudades y
naciones soporten a veces cualquier cosa de un tirano, que no tiene más que el
poder que se le.da?...'Cosa verdaderamente sorprendente ver a millones de' j
hombres miserablemente esclavizados, sometidos, con la cabeza baja, a un /
yugo deplorable y no porque estén obligados por una fuerza mayor sino porque :
están fascinados, y por así decirlo, hechizados" .J
_¿Cuál es la explicación ante este fenómeno colectivo de hechizo y fascina­
ción?; La Boetie excluye la explicación irracional que encantó a Hobbes y la
económica que atraparía a Marx; por el contrario -según Lefojrt- "iaclave-de la
dominación reside en el deseo de cada uno... por identificarse con el tirano, al
hacerse dueño del otro".
La esclavitud voluntaria -sostiene Chatelet- descansa sobre una doble
cadena de identificación: por la primera, la sociedad se identifica con el poder
(el "Uno” en la terminología boetiena); por ia segunda, que descompone el
mandato, se constituyen grupos que ejercen el poder en su nombre. \
Fierre Clastres completa la exégesis del poeta del siglo XVT afirmando
que las sociedades primitivas vivían sin ■Estado y en algún momento del
neolítico se consideró que el Uno era imprescindible para las sociedades. Esta
es la revolución más importante de la prehistoria, más aún que la agricultura
o el hierro. Pero no todas las sociedades primitivas optaron por el Uno. Se
produjo como una opción metafísica. Para ciertas sociedades, como la griega,
el Uno era el Bien; para otras, que continuaron existiendo sin Estado,
significaba el Mal. La gran pregunta, aún pendiente, es qué fue lo que-hizo creer
a los griegos que el Estado era el Bien.
b.3.2. Explicaciones basadas en la estructura económica.
Hemos hecho ya referencia a¡ la doctrina del materialismo histórico en lo
qüehace a la ubicación del Estado con relación a la estructura económica de la
sociedad.: En la oportunidad manifestamos que estábamos ante una hipótesis
que se refería específicamente al poder, pues aceptaba la dualidad Sociedad-
Estado que había propuesto el racionalismo en los siglos XVTÍ y XVTIL
‘ En realidad, al decir que se coloca la fundamentación del Estado en
una estructura injusta y que sólo sirve como instrumento que la clase
dominante utiliza para explotar, más que justificar al Estado lo que se hace
es destruirlo, o al menos echar las bases doctrinarias para una concepción
revolucionaria destinada a hacerlo desaparecer como instrumento de opre­
sión. Mal entonces está colocarlo como teoría justificadora, pues-ru^sjeoría
ni mucho menos justificadora. En cuanto a denominarla "teoría de fuerza"
es contemplar el fenómeno Estado por los efectos -uno delosTcuales esr la
fuerza-, pero no por las causas/
De todos modos es una posición doctrinaria importante que merece ser
conocida, más allá de sus innumerables tendencias internas y de sus contrarie­
dades internacionales. Y que ha elaborado una doctrina destinada a."explicar"
al Estado -ya que no a justificarlo- como resultante de factores económicos. Lo
cual podría ser teóricamente válido, como hipótesis de trabajo.

b.3.3. Explicaciones basadas en estructuras culturales.


Son las de algunos seguidores de Marx que han tratado de modernizar su
pensamiento a partir de la comprobación de que la superestructura no actuaba
como el materialismo histórico pretendía y que, por el contrario, las institucio­
nes superestructurales son más importantes de lo previsto.
Hebert Marcuse^ siguiendo las huellas de Marx y de Freud, ha pretendido
encontrar la explicación del Estado no en los factores económicos aislados sino
en todo el contexto de la civilización a partir de concebir a la misma como un
mecanismo de represión del placer. La sociedad para subsistir exige un grado
de renuncia en aras de mitos como la libertad, el progreso, la dominación de la
naturaleza, etc. que el hombre está dispuesto a aceptar, pero pagando el precio
de su enfermedad: la neurosis.) Y es inútil toda esperanza en los proletarios
como líderes de la revolución toda vez que ellos han perdido su fuerza absor­
bidos por la competencia, el afán de ascenso social y, principalmente,por el
consumo. Sólo queda para Marcuse la posibilidad de la rebelión de los
marginados que no han entrado aún en el circuito productivo! De ahí, que no
nos podemos extrañar ante la vigencia del pensamiento del autor alemán en las
rebeliones estudiantiles de fines de la década del 60 en Europa y Estados
Unidos, rebeliones capitaneadas por hoy prósperos "yuppies", engranajes de la
tan criticada sociedad de consumo.

Importancia del contractualisino -


A las doctrinas contractuales las encontramos entre las justificaciones
racionales del Estado y han ocupado ~y ocupan- un lugar de preferencia entre
todas las demás} no sólo por el prestigio histórico del cual gozan, sino también
porque, cualquiera sean las críticas, dentro de ellas hay buena parte de verdad:
todo. Estado se asienta en un mínimo de consentimiento.
Ello no implica desconocer los errores a los cuales indujo y, porqué no
decirlo, a los abusos que se cometieron cuando algunos exaltados quisieron
plantear el cambio total de la sociedad sin reparar en costos; o el hecho de que
algunos se escuden detrás de la presunta voluntad de las mayorías para
gobernar según sus propios intereses.
Ni qué decir sobre la vana pretensión de hallar, en las doctrinas contrac­
tuales, una explicación sobre el origen histórico del Estado; nunca nadie pudo
probar (ni siquiera imaginar) que alguna vez, en algún lugar, un Estado se haya
originado contractualmente.
1 Lo bueno, empero, es que se puede usar como idea, ordenadora de la
realidad, como hipótesis de trabajo a partir, de la cual analizar el Estado
existente y ver de qué manera se ajusta a ella; podríamos decir que nos sirve
más como instrumento de nuestra mente, que como llave mágica para explicar
el pasado y mucho menos para elaborar políticas a partir de tal idea. ,
En esta somera exposición haremos una reseña de los principales autores
contractualistas, tratando de seguir un orden cronológico para, al final,
efectuar una síntesis sinóptica y extraer algunas conclusiones.
Si excluimos, por las razones apuntadas, al P. Francisco Suárez de la lista
de contractualistas, para ^colocarlo en la de las teorías religiosas, el primero
sería entonces el holandés Hugo. Grocio, tan vinculado a. la idea-de un derecho
natural independiente dé Dios. Pues bien, otro de los principios básicos de
Grocio es la veneración por los pactos, sin los cuales cualquier sociedad
naufragaría de inmediato,. Luego transporta esta idea general al origen de los
regímenes políticos y aduce que cada uno de ellos registra como base a un pacto
original. Esa historicidad del pacto, lo separa de otros autores para los cuales el
pacto es una idea hipotética y no algo que hubiera efectivamente ocurrido. Sostiene,
en fin, Grocio que. detrás de cada Constitución política ha existido un.pacto. \
Menos conocidos, aunque considerados como precursores de la teoría
contractual, son el inglés Richard Hooker (en el siglo XVI), sobre el cual
trabajara posteriormente Locke; y el alemán J. Althusius, a principios del siglo
XVII, que introduce la interesante idea de que los elementos constituyentes del
contrato no son los individuos sino las ciudades y las provincias.
,— 1%
Hemos mencionado varias veces la obra dé Thomas Hobbes^Jcpmo una de
las más importantes en la historia de las ideas, y manifestado queflajustifica­
ción que realiza del Estado autoritario es prácticamente impecable una vez
aceptadas que sean sus premisasj Pues ahí radica precisamente la fuerza de su
pensamiento: sentar ciertos presupuestos antropológicos sobre los cuales
levanta un edificio sólido y coherenteJ Tales premisas, que muchas personas
comparten implícitamente, tipifican a un hombre naturalmente egoísta que
busca su propio placer y huye al dolor. Eso es el hombre, una máquina atraída
por el placer y que huye al dolor. Por ende si. imaginamos que los hombres
vivieran en un estado preestatal, sin autoridad y sin leyes, es fácil suponer lo
que ocurriría: intentando cada uno hacer prevalecer su propio bien, sacrificaría
a los demás, que para defenderse, tratarían de destruirlo. Esto deriva, siempre,
por razonamiento, en una situación de permanente agresividad, donde cada
uno usa de toda su astucia y violencia. En semejante hipótesis la brutalidad es
regla y el miedo básica naturaleza humana. Pues bien, el segundo supuesto de
Hobbes es que los hombres no quieren vivir acorralados por el miedo al dolor
y a la muerte, como decía Chatelet y. entonces (tercera hipótesis del autor
inglés) deben acordar salir de este estado natural de guerra. Para lo cual
entregan todos sus derechos ilimitados a uno sólo que se quedará con las
libertades ajenas, pero garantizará, en contrapartida, la paz y la seguridad,
hasta entonces ausentes. Nació así el Estado, de un contrato fundado en el
miedo de los hombres a volver al estado de naturaleza.! Por supuesto que ese
Estado, que es la suma de las brutalidades, no puede ser menos que brutal.
Como corolario digamos que para Hobbes (cuarta hipótesis), el Estado nunca
devuelve lo que le fue entregado: ha tomado irreversiblemente las libertades,
porque los hombres así lo han dispuesto.
r ^Otro holandés notable del siglo XVII (aunque de ascendencia sefaradí) fue
‘ Baruch Spinoza; quien ha elaborado un sistema filosófico de gran influencia
posterior. Spinoza es un panteísta que intenta reducir todo a una. sola realidad,
a una sola substancia, que llama "Deus sive natura", de donde emana todo lo
que existe y que, por ende, es^perfecto. Todo está bien, todo es necesario, las
valoraciones negativas que podamos hacer (ante el dolor o la muerte) no son
más que apreciaciones subjetivas nuestras que no entienden el orden perfecto
de la naturaleza.¡^Nada hay de injusto en el mundo, lo natural es lo justo. El ser"
humano está sujeto a esta necesidad natural y todo lo que puede también es
justo. Por ende, los hombres en el estado de naturaleza se manejaban como un
simple ente físico o natural. Para lograr la propia conservación en algún
momento los .hombres deben, haber creado el Estado y haberle conferido los
derechos que todos los hombres poseían en estado naturall De lo que se
desprende que el razonamiento de Spinoza es similar en las conclusiones al de
Hobbes, aunque no lo sea en las premisas, al construir el holandés todo un
sistema, lo cual no había sido pretensión de Hobbes. Pero también difieren en
las conclusiones pues, coherente con sus postulados^, Spinoza entiende que los '
hombres deben respetar el pacto mientras conserven las ventajas que obtienen
al firmarlo. En cuanto estas desaparezcan, los hombres quedan en libertad de
acción para recuperar sus derechos.: Lo cual para Hobbes es totalmente
inconcebible, pues entiende, con mayor lógica, que nadie querría volver al reino
del miedo y el terror, a menos que fuera una especie de lobo humano (en cuyo
caso, sugiere, habría que tratarlo como tal).
‘ Samuel Putfendorf, también del siglo XVII, intenta conciliar las tesis de
Grocio y de Hobbes en cuanto a que el contrato es consecuencia de una fusión
entre el instinto de sociabilidad (que adopta del primero), con el interés (que
toma de Hobbes). De igual manera desarrolla el concepto de estado de
naturaleza y Ja renuncia a sus derechos por parte de los hombres que. cons­
tituyen, de tal modo, al.Estado. Anteriormente, habíamos señalado que el
autor alemán distinguía entre los derechos "innatos”, que el hombre posee en
el estado de naturaleza, de los "adquiridos", que posee a partir del momento que
ingresa al Estado. De igual manera es importante la distinción que efectúa
Puffendorf entre el contrato de unión, mediante el cual los individuos forman
un pueblo, e l "decretum", mediante el cual se adopta la forma de Estado, y un
contrato de sujeción, mediante el cual se traspasa al soberano el gobierno._j
John Locke,.. tantas veces citado, a finales del siglo XVII echó las bases del
liberalismo y también fue uno de los principales contractualistas. Inspirado en
Hooker y distanciándose de Hobbes, considera oue el estado de naturaleza era
benéfico, pues los hombres eran libres, felices, iguales y poseedores de ciertos

lidad de tales derechos,.los hombres crean la autoridad. El poder así originado,


no puede desconocer tales derechos, no sólo porque son anteriores sino también.
por el hecho de que es racionalmente inconcebible que ios hombres hubieran
pasado de un estado favorable a otro de signo distinto. El contrato es una
garantía para los derechos y no su acta de defunción. La sumisión al poder
público depende de que el Estado cumpla con su función de respetar los
derechos’ naturales, pues de lo contrario los hombres pueden revocar la
autorización y ’’clamar al cielo”, o sea rebelarse contra el gobierno que se ha
tomado ilegítimo. /
El contractualista más famoso fue sin duda J. J. Rousseau, aunque por
razones que no están aún claras. Quizás haya sido por su personalidad
neurótica o la pasión que ponía en sus obras, tan alejadas de la frialdad
intelectual de los anteriores. Idolatrado en otros tiempos, ya hacía rato que su
mito había caído, cuando el libro de Johnsonn terminó por destacar rasgos de
su personalidad totalmente diferentes a los inventados por los revolucionarios
franceses.
r**
En realidad, cuando Rousseau escribió su obra (1753/62), la idea del
contrato flotaba entre los intelectuales de Europa desde hacía casi 150 años. Lo
original, en todo caso, fue el estilo, mezcla de tratado y de panfleto, la pasión
que transmite el fanático y un razonamiento impecablemente hilvanado a
partir de ciertas premisas.
íjRecepta la idea en boga del estado de naturaleza, donde el hombre vivía
en un estado angelical y bueno, porque por hipótesis la naturaleza es buena. La
pérdida de ese estado es un fenómeno histórico surgido a partir del momento
en que se inventó la propiedad privada, que fue el principio de la civilización
y de la dominación de unos hombres sobre otros; desde entonces el hombre ha
"caído" perdiendo todo: su bondad, su libertad natural. Cuanto más civilizado,
más perverso. Lo peor de todo es que se trata de un proceso irreversible. No se
puede retornar al estado de naturaleza (como algunos pretendieron después):
se debe buscar una alternativa que^sin volver las agujas del tiempo hacia atrás,
le permita al hombre recuperar su estado de inocencia, bondad y libertad?; Para
“semejante utopía lo que j5ostul a Rousseau/ es crear una idea que actúe como
modelo ideal. Esta íctea reguladora es la del contrato social que debe permitir
crear una sociedad tal que cada hombre se obedezca a sí mismo y quede tan libre
como antes. Es decir: predicaba un "deber ser"; no describía en ningún momento
un hecho histórico acaecido en el pasado. Un Estado se justifica en tanto y en
cuanto cumpla con estos requisitos.".
i El contrató -'como hipótesis mental-'debería surgir de un acuerdo de
voluntades en él cual cada parte entregara su voluntad individual en aras de
la creación de la^''Voluntad General", que es aquella fuerza resultante Ae. las
voluntades individuales, no una suma. Al obedecer a la voluntad general los
hombres recuperan su libertad, pues en realidad”se están obedeciendo a sí
mismos. La obediencia a la voluntad general es la obediencia a la ley, que es su
expresión. ^
La voluntad general es soberana, perpetua, indelegable, pero en la
práctica es la voluntad de la mayoría frente a la cual las minorías "ño tienen
ningún; derecho. En realidad, lo que ocurre con las minorías, es que no han
sabido comprender a la voluntad general, que es la genuina expresión de la
libertad. Cabe, por lo tanto, "obligar a ser libre" a los remisos.'
Emmanuel Kant acepta también la hipótesis del contrato como idea
reguladora, no como un hecho histórico, afirmando que el Estado "debe ser"
constituido según la hipótesis de un contrato social, no que tal contrato haya
acaecido efectivamente.
De lo cual se desprende que dentro de los intentos racionales de justificar
al poder, ha sido la idea contractual la que más adeptos ha recogido, aunque las
contradicciones superan a veces a los principios generales y las críticas hayan
demolido muchos de sus supuestos. De tales críticas, resaltan las siguientes:
a. Descartando al contrato como explicación histórica del origen de los
Estados, queda sólo una construcción propia del racionalismo más puro.
b. Olvida que los regímenes políticos son producto de la historia y que
sólo bajo esta premisa se los puede juzgar.
c. La mente humana no debe elaborar, ni aún a título de hipótesis, una
idea que pretenda regular de una vez y para siempre a los distintos Estados.
d. Salvo que escondan intenciones más políticas que científicas o filosófi­
cas puras, como ocurrió durante el período de incubación del racionalismo que,
en el fondo, lo que buscaba era generar ideas que cuestionaran a los absolutismos
vigentes.

Importancia del contraetualismo.


Vinculación con el liberalismo. Vertiente totalitaria.
No obstante, hay que reconocer que, aunque discutibles teóricamente, las
doctrinas contractualistas tuvieron un rol de primerísima importancia en toda
la doctrina del derecho natural racionalista o clásico, continuando presentes en
el sustento doctrinario de dos corrientes siempre vigentes: la que acentúa el
valor libertad en los seres humanos, y las que prefieren poner el acento sobre
la autoridad.
1 La corriente contractualista liberal encontró en Locke a su precursor y se
manifestó después de un siglo,en_las “Declaraciones de Derechos" y en las
Constituciones del siglo XIX, que reconocían a los derechos individuales como
elemento esencial e infaltable. En el siglo XX, a pesar de los avatares que ha
sufrido la libertad humana y muchos retrocesos en la materia, no cabe duda que
el espíritu de libertad campea en las Declaraciones de Derechos Humanos
que a partir de la 2a Posguerra, han estado presentes en los organismos
internacionales. De manera que no obstante reconocer que en su génesis estas
doctrinas estuvieran enmarcadas en un contexto político muy concreto y que no
eran "inocentes", su supervivencia histórica demuestra que más allá de aquel
"pecado de origen" habían sabido captar algo permanente en los hombres. Hoy
son no sólo patrimonio de liberales y burgueses, como efectivamente lo fueron
en un principio, sino de la raza humana.
■Lo extremadamente interesante, es que la misma justificación racional,
naturalista y contractualista, diera lugar a la concepción no sólo del absolutis­
mo (que fue un fenómeno histórico pasajero) sino a cualquier realización
autoritaria y aún totalitaria del Estado, que surge inevitablemente cuando los
hombres se cansan de la inseguridad, la anarquía y la violencia generalizada,
y que el miedo se apodera de sus almas. Mientras eso exista, existirán las
amenazas a la libertad y el fantasma de Hobbes se levantará una y otra vez
para recordarnos su concepción pesimista de la misma raza humana que
reclama derechos, pero también reclama poder vivir sin mié doj
CAPITULO XV

Los elementos del Estado.

¡ Cuando hablamos de ''elementos1' del Estado nos estamos refiriendo al


eoncepto^ampHo, es decir a la comunidad poHticammte” o r g a ^
contrano~HáhIaríamos dé "elementos" del Poder, que es otra cosa distinta.
Hecha la aclaración, ^"recordamos¡ que tradicionalmente suelen mencionarse
tres elementos, esto es, Territorio, Población y Poder, al~cual-algunos- autores
agregan un cuarto elemento: el Gobierne^. Los dos primeros presentan interés
en la medida en que se trata de los aspectos políticos del territorio pues su
estudio como fuente de riquezas, por ejemplo, es prioritario para otras
disciplinas como puede ser la economía política. Lo mismo ocurre con el
elemento poblacional: debe recurrirse, por ejemplo, a la demografía como un
elemento auxiliar a su análisis político.

El Territorio.
Antiguamente se creyó ver en los elementos geográficos cierto
condicionamiento sobre el carácter o fisonomía de los pueblos. Así, determina­
dos climas producían ciertos caracteres ora proclfves a los absolutismos^ ora
tendienteg:.a-Iaa.Jiberfcades..republicanasI Como se sabe, esto es parte de la
concepción de Montesquieu, quien tras agii3¥sl)bsei^ációnés'cohcluía' admi­
tiendo tal correlación. Tampoco se puede negar que los hombres han tomado
muy en cuenta la existencia del agua en ciertos lugares para fundar ciudades
en remotos tiempos (tal el caso Roma, Londres, París, etc.), pero también
pensemos en qué medida dependían los sumerios, acadios, babilónicos, etc., de
los ríos que integraban la "Media Luna de las Tierras fértiles"; ni qué decir de
la relación sagrada entre los egipcios y el Nilo.
• Suele preguntarse por qué si tomamos un globo terráqueo nos encontra­
mos con que todas las civilizaciones aparecidas' en el "globo pertenecen al
hemisferio norte, y sólo existió un caso en el sur, que sería la excepción que
confirma la regla: es el de los Incas. En efecto, si consideramos como hipótesis
la lista de más de veinte civilizaciones referidas por Toynbee, tenemos que
todas (menos una) están ubicadas, o lo estuvieron, al norte de Ecuador. Pues
bien, una de las respuestas posibles es que eso es resultado del clima que
permite el asentamiento más cómodo de los grupos humanos entre los 20 y 60
grados de latitud. Para corroborar ello observemos que, en la actualidad, las
grandes ciudades del mundo se encuentran ahí localizadas.
La ubicación, geográfica de un Estado también condiciona su destino en
función de los vecinos que tenga. Observemos en la historia cuál ha sido el
destino de los pueblos que'colindaban con Roma, o bien, cual fue la suerte de
Polonia durante muchos siglos, teniendo vecinos tan poderosos como Alemania
y Rusia. En cambio, la posición aislada de Estados Unidos, favoreció su
ubicación durante las dos Guerras mundiales, además de darle la ventaja de
que su territorio no fuera escenario de las batallas que se producían en Europa.
Estas consideraciones previas nos llevan a la conclusión de que hay dos
formas' dé cófí^siderár ar territorio r comó" ün elemento estático definido jurídi­
camente, o como un elemento dinámico que interactúa sobre los hombres y
sobre los demás Estados.
En la primera concepción, decimos que el Estado es el asentamiento
material del poder, o el ámbito de validez del orden jurídico estatal. Es esta una
aeepción más bien formalista; y entonces, da la impresión de que le hubiéramos
sacado al Estado una fotografía que se va a mantener "estática" (observemos
la etimología), tal vez, fiel y perfecta, pero que nunca nos muestra la vida del
Estado que, como fenómeno humano-cultural, se da en el tiempo. Incluso, la
misma fotografía puede tener sorprendentes cambios en distintas etapas de la
historia de un territorio estatal.
Por otra parte debemos libramos, al estudiar el espacio político, de dos
preconceptos que todos arrastramos: el primero se basa en la falsa idea de
"bidimensionalidad" del territorio, que se proyecta en nuestra mente cual
aparece en unfe mapa, siendo que, por el contrario, e|^Estado,.esjjiLi^erpo
poliédrico que se manifiesta en una superficie ,y que se proyecta hacia el. espacio,
pero también hacia el centro de la tierra, con todo el potencial económico que
encierra el subsuelo, y sin dejar de recordar la proyección marítima del
territorio sobre aguas jurisdiccionales, suelo y subsuelo marino.
El segundo prejuicio es la ubicación convencional de las tierras a partir de
un planisferio mundial donde hay países que están "arriba" y otros "abajo"
(hemisferios norte y sur), en una arbitraria colocación que se repite en cuanto
tomamos un globo terráqueo, donde los habitantes del Hemisferio Sur, están
tan mal ubicados que casi no se los ve. Por eso, en el estudio de los problemas
político-geográficos, es conveniente trabajar con mapas que rompan el esque­
ma convencional y proyecten el planisferio desde otros puntos de vista que,
obviamente, pueden ser tantos cuantos decida el observador tomar en cuenta.
En suma, el territorio no es_ un elemento estático sino un elemento
dinámico del Estado, por la simple razón, que hemos expuesto tantas veces, de
que el propio Estado es un ente que se manifiesta en el tiempo,..''es1' tiempo^p
convivencia de los hombres a través del tiempo. El Territorio igualmente nace
se transforma, y aún desaparece^ como los propios, hombres que lo habitan.

La Geopolítica;
f ~Fundada por Sir Halfor Mackinder hacia principios del siglo.XX, intenta
ser_una fusión^entm geografía y política a partir de aceptar la idea, desque" el
territorio tiene primordial importancia sobre el destino, de un EstadoTTambién
esbozó una doctrina sobre las llamadas "islas del mundo" (Asia, Africa,
Europa), que tienen un corazón Chartland"), que se convierte en el eje del poder
mundial: quien lo domine, mandará en el mundoj
Frederick Hartmann brinda numerosos ejemplos históricos que parecen
avalar la posición de la escuela geopolítica:
La relación entre el régimen republicano en Estados Unidos y
monárquico inglés, ambos de notable estabilidad, en conexión con el hecho de
su aislamiento’ geográfico. Así desde el 1066 todos los intentos de invadir las
islas británicas fracasaron (Armada Invencible, Napoleón, Hitler). Lo mismo
ocurrió en EE. UU que desde 1815 no tuvo un sólo invasor en su suelo.
Algo similar ocurre con la tradicional estabilidad de los países
escandinavos que se debe, a criterio del autor citado, al simple hecho de estar
en una ubicación alejada de las tradicionales rutas de invasión europeas, lo que
les ha permitido mantenerse al margen.
La integración entre Gran Bretaña y Canadá, que se ve como una
consecuencia de la cercanía geográfica con un poderoso vecino en el sur que ya
los había invadido en 1815. Cuando tal peligro desaparece, lo que se produce
es el movimiento contrario: la integración con EE. UU.
La existencia de vastas llanuras en Alemania y Rusia, sin defensas
naturales que las protejan de eventuales invasiones, ha llevado forzosamente
a dichos países a convertirse en fuertes Estados militares, y por ende,
autoritarios.
La neutralidad suiza es también producto de su geografía que la
coloca en lugar de confluencia y paso de distintas potencias siempre beligeran­
tes entre sí. A partir de 1815 cuando se establece su neutralidad, Suiza prospera
y se constituye en uno de los países más democráticos de Europa.
El tamaño del territorio es también un elemento geopolítico relevan­
te. La Unión Soviética y China son difíciles de conquistar por su extensión
(sobre la primera está aún fresco el recuerdo de los intentos del siglo pasado y
del presente).
Otro autores consideran a Ratzel como el precursor de la Geopolítica,
quien la denominó "Geografía Política". Un discípulo suyo, llamado Kjellen,
fue el que encontró la palabra: geopolítica. Uno de los más notables exponentes
fue el alemán Karl Haushoffer que brindó ideas muy importantes al
nacionalsocialismo y terminó ejecutado tras los Juicios de Nuremberg en 1946.
r í o s aspectos principales de la doctrina geopolítica pueden resumirse de
la siguiente manera:
a. El Estado es considerado un organismo vivo que precisa de recursos
para sobrevivir (alimentos, materias primas, etc.)
b. Para el logro de tales recursos debe estar en una permanente lucha,
en la cual el elemento espacial es fundamental.
c. Existen espacios históricos en el planeta que tienen sus propias leyes,
autónomas de los seres humanos.
d. Existen dos clases de espacios: los "dominantes" y los de "disensión”.
e. La lucha entre Estados por sobrevivir convierte a los espacios
geográficos en "espacios de fuerza".
f. Todos estos conceptos se vuelcan operativamente en la política
exterior, con el fin de servir, a. los intereses nacionales.
Todo esto implica que cada Estado acepta los principios geopolíticos, los
interpreta y los aplica conforme a sus propias conveniencias, de lo que se
desprende que más que una teoría científica se trata de una doctrina destinada
a favorecer determinadas políticas en detrimento de otras, i

La población.
Es muy útil la clasificación que formula Bidart Campos de las cuatro
acepciones de la palabra “pueblo":
(a^ La primera se refiere al pueblo como conjunto de habitantes de un
Estado en un momento determinado, comprendiendo tanto a nacionales conio
a extranjeros, a hombres como a mujeres, a mayores como a menores: es decir:
a todos los seres humanos que viven sobre el territorio de un Estado. Esta es,
sin duda, la concepción,,más^mdia,
(lx) El pueblo como el conjunto de los ciudadanos, es decir, de aquellos
habitantes que pueden ejercer los derechos políticos (elegír_y.s er^ejegidos para
ocupar cargos en los órganos políticos). Desde este ángulo no todos los
habitantes son ciudadanos; aunque la inversa no es cierta, ya que todos los
ciudadanos forzosamente son habitantes. ¿
ELcnn^aptcule. ciudad ana comaportadorde-derechos políticos., ha^variado
a través, de.los siglos. En Grecia los hombres libres gozaban de tal status;. en
Roma, igualmente, la ciudadanía era un privilegio que, recién hacia el final,
en la etapa imperial decadente, se degenera por vulgarización. En las democra­
cias occidentales el número de ciudadanos fue incrementándose con el correr
de los años, siendo ilustrativa la evolución del sistema electoral inglés en
cuanto al número de empadronados. Uno de los últimos ensanchamientos
importantes, ha sido la inclusión de la mujer en la categoría de ciudadanos.
© El pueblo como los más pobres, JSst_a.no es imsLcategoria_.aue.gace.de
mucha precisión, lo cual no obsta a su utilización frecuente en la práctica
política. Suele identificarse a este pueblo como los que están en una situación
desventajosa a raíz de su insuficiencia económica, social o educativa; factores
estos que suelen presentarse en forma conjunta.
(cLy El pueblo como Nación, es uno de los conceptos más polémicos desde
el punto de vista doctrinario, pero uno de los más operativos en la realidad.
Cuando en el Cap. XVII analicemos el asunto a fondo veremos que, en
definitiva, la idea de Nación implica la de una sucesión de pueblos engarzados
a través del tiempo. El pueblo del. ayer. conmás.eLpueblo-de hoj^ con más el del
mañana,.constituyen la.Naciónj concepto.de marcado carácter espiritual y por
ende difícil,de. manejar con categorías científicas..
En cada caso, en el contexto, será entonces cuando deberemos especificar
cuál de estas acepciones estamos utilizando. Aunque sin dejar de reconocer que
estamos generalmente en presencia de la primera cuando hacemos referencia
al conjunto de seres humanos que habitan el territorio en un momento
determinado.
Hjartmann,admite algunos principiog en materia poblacional:
La cuestión "tamaño" es importante. Cuanto mayor es el número de
habitantes de un país, mayor, es su poder-potencial, "porque.habrá más
hombres para trabajar, más mujeres para procrear, y más ciudadanos para las
fuerzas .armadas".
EL-SBgundo ..aspecto, ^es_Ja„ tendencia^ poblacional;..es_decirr_si. la
población declina,..aumenta o se.mantiene estacignaria. /En este sentido es
interesante observar la declinación de Francia que, comparada con Alemania,
tiene unos 54 millones de habitantes contra 82 de esta última (estimaciones de
1981), cuando 100 años atrás, estaban a la par. A la inversa, países como la
India, Egipto y México tienen las tasas de natalidad más altas del globo.
- ' ElJiereet-aspecto, es la estructura poblacional,. o sea saber cuántos
varones y_mujeres entre 15 y 44 años de edad existen en cada Estado, lo cual
es importante .porque entre ellos están los que van a las guerras, los que
trabaj an y Jos que procrean.
Esto, origina la llamadaL"pirámide;:ppblacional"(donde...se compara, esa
franja con las personas de edad menor..Y^mayor^respectivamentej Es típico el
ejemplo de países~del tercer mundo donde el porcentaje de menores de 15 años
llega a cifras realmente impresionantes: en Africa entre el 40 y el 50 %; en la
India alrededor del 40 %. En cambio, en los países europeos, la cifra ronda el
24 % y un punto más en laAmérica del Norte. En Brasil, el 70 % de su población
tiene menos de 30 años.
^Comenta Morgenthau quejla cantidad de población lógicamente no coloca
a un país ala cabeza del planeta (China y la India,' en ese caso, serían ios Ííderesf
indiscutidos); rpéro que, de to&os modos, sin una gran cantidad tampoco jes_
posible ser gran potencia, pues no sería factible montar .una. gran..industria
bélica ó poner miles de soldados en los campos de batalla, y que^por ejsa razón^
las naciones imperialistas fomentan el aumento de la natalidad, con premios
y diversos tipos de beneficios familiares. ^
Estados Unidos que tiene aproximadamente la misma dimensión geográ­
fica que Australia y Canadá, nunca hubiera sido gran potencia con los pocos
millones de habitantes que tienen aquéllas ( 15 y 24 millones, respectivamente^/
Con respecto a la tasa de natalidad el ejemplo anteriormente referido que
surge de la comparación entre Francia y Alemania había alcanzado dimensio­
nes alarmantes en el lapso 1870 (Guerra Franco Prusiana) y 1940 (caída de
París) en donde los franceses aumentaron sólo en 4 millones, mientras que los
alemanes lo hacían en 27 millones.
Sostiene Morgenthau que esto pudo llevar a precipitar la Ia Guerra
Mundial, habida cuenta que así como los franceses comprendían que el tiempo
corría a favor de Alemania, éstos pensaban que corría a favor de los rusos (que
tenían una tasa aún superior a la alemana).
Además, encuentra un paralelismo entre el incremento poblacional de
Estados Unidos y su mayor poderío político. Mientras que en 1870 la población
de Alemania y Francia juntas era mayor que la de Estados Unidos, en 1940 esta
última se había incrementado en 100 millones contra sólo 31 millones de los dos
países europeos.
Finalmente, digamos que emparentadas con este tema se encuentran las
doctrinas raciales que buscan mejorar la calidad de la población sea a través de
la eugenesia o bien por medio de un proceso de selección basado en principios
en boga en Europa en buena parte del siglo XIX y que encontraron su máxima
expresión práctica en el régimen nacionalsocialista alemán desde 1933 hasta 1945.}

El Poder..Elementos.
En cuanto a importancia, como vimos en capítulos anteriores, algunos
autores le dan absoluta prioridad, pues entienden que es el objeto alrededor del
cual gira la Ciencia Política y la Teoría del Estado.
Hay que admitir que es el más difícil de caracterizar, dado el grado de
espiritualidad que contiene. Omnipresente e inasible, su presencia impregna
la historia humana. Por ello, de los múltiples enfoques y definiciones, creemos
que mucho se acerca al ideal de precisión y claridad la construcción teórica de
MarceLPxelot^
El profesor francés distingue, siguiendo a Romano Guardini, entre
potencia ypo¿eiü-¿ajorimero es el género; el segundo-la..espeeie politizada. Nos
explicamos: ........ .
Todos sabemos que la realidad que nos rodea no se mantiene inalterable,
que todo cambia aunque sea lentamente. Estas modificaciones, a vefees muy
bruscas, se producen por factores capaces de hacerlo. Llamemos “energía" a
toda fuerza capaz de cambiar la realidad: el viento, la presión, un rayo, etc.; o
sea, las llamadas generalmente, "fuerzas naturales". Pugs bien, cuando esa
energía es consciente, vale decir, responde a una intención y a una voluntad,'
decimos que estamos ante una "potencia". Una idea, algo que pensamos, en
principio no modifica la realidad; pero si a través de esa idea o de ese
pensamiento logramos modificar la realidad, entonces estamos ante una
"potencia".
Define Guardini a ¿la potencia como: "La ca p a cid a d d e .p o n e c. en
m ovim iento a I r r e a lidad11. Lo cual implica que las fuerzas naturales no son
potencia sino energía, en cambio las ideas de los hombres, cuando son capaces
de dicha modificación, adquieren el carácter de potencia, es decir, en otra
definición, "capacidad consciente de modificar la realidad".';
Por consiguiente, el mundo está lleno de potencias, es un universo de
potencias que actúan permanentemente. La historia es, tal vez, la lucha de
potencias. Pero, he aquí que, en algún momento de la evolución, ocurre que
alguien reclama el monopolio de la potencia: ha nacido el poder.
1 Entonces* "el p od er es una poten cia politizada" (Prelot) o, en otras
palabras, el poder que se hace político y que reclama para sí el monopolio
espacial de la coacción legítima. O en la célebre definición de Max Weber:
"Comunidad humana que, en los límites de un territorio determinado, reivin-
dica con éxito, por su propia c^ n ta rermonopolio^de~íocoacción físicalegítima7'.
De la cual, el autor francés extrae los dos datos esenciales: el monopolio de la fuerza
(no hay potencia superior a él), y la legitimidad. Lo cual nos lleva al tema siguiente. ,

E lem entos

Fuerza y legitimidad, O^en palabras de los antiguos romanos: imp^rium


y au ctoritas. Estos son los elementos del poder, que pasamos a desglosar para
su mejor comprensión.
El im perm ro no es solamente fuerza física o capacidad dp, usarla: en
realidad, es, algo mucho más sutil y potente; jmplica„.tres. aspectos,
indisolublemente unidos, y que descansan, naturalmente en la coacción. Esos
tres elementos son:

La riqueza.
El conocimiento.
Con lo cual -como vimos en su momento- adoptamos el correcto análisis
que formulara Alvin Toffler, que llama herramientas o palancas al trío de
elementos.
La fuerza o violencia es el elemento menos versátil, más tosco: no implica
castigo, sino la amenaza del castigo, omnipresente e incorporada a los hábitos
humanos desde tiempos inmemoriales, quizá ya contenida en su código
genético. Basada en el miedo, en el dolor o en la ausencia de placer, brutal v
ci.ega^-dfígr.ada- a...la .dignidad .humana v ha protagonizado buena parte de la
historia. Nuestro conocido Hobbes sonreiría con beneplácito. Modernos
estudios de psicología política han mostrado el rol de la fuerza y el dolor en las
predilecciones de muchos hombres deseosos de encontrar quien los castigue o
los amenace con un látigo.
La riqueza no es solamente dinero, sino algo más sutil que motiva a los
seres humanos a través de un sistema de premios y castigos. Su uso potencial
es el máximo de perfección y su ostentación discreta parte de los usos que
recomienda Morgenthau a los Estados deseosos de prestigio. A veces tal política
lleva a demostraciones ostentosas (las pirámides, Versailles, etc) pero basadas
todas en el mismo concepto;jnosjbrar el poder político. Dada su extraordinaria
versatilidad y fungíbilidad, la riqueza puede convertirse en cualquiera de los
demás elementos.
: Ei f?or?./>r;'?T^n¿^no^Qljo^s ^ j m ^ jiifícil d e ^ grehender sino .eL-más
maleable. Ayuda a adquirir los otros dos y puede evitar los desafíos de la riqueza
y de. la fuerza. Sin_e.il.Qs se puede lograr, no obstante, lEL.persuasión...necesaria
paraque otraspersonas. haganJo _que_desea_ el "persuasor". No en vano los
antiguos reyes, con pretensiones de monarcas, buscabárTrodearse por los
burgueses más capaces. No en vano el conocimiento del Derecho Romano dio
legalidad a los nacientes absolutismos modernos. Por algo el dominio de la
tecnología informática, el ”soft”, se considera una de las explicaciones del
reciente triunfo del capitalismo sobre el comunismo.
■' La auctoritas, o el consenso, nos lleva a un aspecto moral de la cuestión
Pues implica ese mínimo de consentimiento (que tanto subrayaban los
contractualistas) para que el poder funcionen Aquí es de rigor la frase célebre
que algunos atribuyen a Napoleón y otros aTayllerand: ”con las bayonetas se
puede hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas’1! Es decir, es esa
convicción, compartida por la sociedad o o por una mayoría de ella, que cree que
el poder es legítimo. ■/

La legitimidad. Relación con la legalidad.


Cuando hablamos de creencias nos estamos refiriendo a valores que una
comunidad ha incorporado en un momento determinado y que la induce a
admitir, a aceptar, un determinado fenómeno.; En ese sentido se puede mencio­
nar a la esclavitud,que fue considerada legítima por el consenso que tenía en la
antigüedad; o a la monarquía, que en su momento tuvo consenso y legitimidad,
pues se ajustaba a valores de la época. Estos valores y creencias no son medibies
por un acto instantáneo, sino que surgen de una sedimentación temporal. El
tiempo es el termómetro del consenso.; O en las palabras de Fréurid: "Ningún
régimen es auténticamente legítimo, por el hecho mismo de la pluralidad-dé los
.principios de legitimidad' con el tiempo se convierte en legítimo, si logra hacerse
aceptar como el más conveniente y adecuado”.
En su meduloso estudio sobre el tema, Andrés Fínk trae a colación
distintas opiniones sobre el concepto de legitimidad, de las cuales vale la pena
destacar la de Fueyo Alvarez, quien aduce queQa convivencia humana tiene
que ser legitima para separarla de una mera concepción física basada en la
fuerza.^Por su parte, Legaz y Lacambra admite que el concepto de legitimidad
puede “parecer antiguo", no obstante poseer un sentido fundamental que hace
a los principios de justificación del derecho. .Para el autor citado, "en el fondo
de toda pretensión de legitimidad hay~*una no disimulada invocación al
misterio, que puede ser absorbida por la fe, pero no asimilada por un análisis
racional". En efecto, agregamos nosotros, ¿valores y creencias?; pues bien, esto
último, implica un acto de fe, que es también de adhesión; pero -como recuerda
Duverger- "una adhesión interna,. íntima, no por una sumisión exterior,
obtenida por la fuerza”.’ De lo cual resulta que esja’si^étalalin" juicio de valor
que realiza la sociedad (¿quizá la Nación?}, a través del tiempo, para determi­
nar si el poder ha cumplido con los requisitos de los tiempos. O en palabras de
' Toynbee: si el poder, la clase dirigente, ha contestado con adecuadas respuestas
los desafíos que se presentaron. Nace así la "mimesis social" que permite a las
sociedades crecer. O como dice Fink, citando a Pietro Piovani: "El grado de
legitimidad de los sistemas políticos contemporáneos depende de la medida en
que hayan resuelto los problemas claves que históricamente dividían la
sociedad".
r-"
1 Mientras que la legitimidad descansa.sobre un iuicio.xl.ejyaiQr. hecho -por
la„socáedad¿„través..deLtiempo, la legalidad es un juicio, de valor-atinente.al
orden legal positivor tendiente a determinar si el poder se ajusta al..Derecho
positivo vigente en un momento de terminadojLa pregunta es pues, sobre la
legalidad del peder; si cumple con lo preceptuado por la Constitución, si aplica
las leyes correctamente. En otras palabras, si ”se ajusta a Derecho", o si como
se suele decir, estamos ante un "Estado de Derecho". Como vemos, la diferencia
es notoria. La le^itimidad.no.sup.one, mi,acto. instantáneo, _sino^itranscursQ_del
tiempo; en cambio la legalidad, depende de un juicio de valor momentáneo. La
legitimidad emana de un juicio de la sociedad, en cambio la legalidad surge de
un juicio de un órgano del Estado. La legitimidad brota desde "abajo, hacia
arriba", como dice Freund, en cambio, la legalidad lo hace "de arriba hacia
abajo". En síntesis, la legitimidad'es un fenómeno político, y la legalidad es un
fenómena jurídico.,
Las funciones del poder
Si el poder es una clase de potencia, vale decir, de fuerza dirigida con .
consciencia-, y si ello es lo queja diferencia de las fuerzas de la naturaleza, que
no tienen consciencia (al menos en términos humanos), entonces toda potencia
implica Yun ñn u objetivo que, por carácter transitivo, es también propio del
poder Para el logro de esos objetivos existeii las funciones, que son aquellos
atributos de la unidad en cuestión ( el concepto de función, no sólo se aplica al
poder), que están encaminados a la búsqueda de alguna meta. No puede existir
poder sin función, pues sería como admitir que existe consciencia sin objetivos.
Esquematizando, tenemos:

“Energía + Consciencia = potencia


+
politización

Poder Estafa!------s> funciones------> fines.

Las funciones permiten el logro de los fines del poder; esto significa que
ellas son los modos como el poder modifica ía realidad (capacidad o potencia
ínsita en el poder). Es decir, que son exteriorizaciones
palpables deja existencia del poder. Sin ellas no sabríamos de su existencia,
sería algo en estado latente. Las funciones convierten al poder de algo implícito
en algo explícito.
. Por ende, el poder es único, no existen "los poderes" como, por abuso de
lenguaje, o doctrina política, se dice incorrectamente. Lo que existen son las
funciones del poder o modos de modificar la realidad para el logro de objetivos,
y que la doctrina moderna, tipifica como legislativa. eiécutiva^yjudicüd. -Los,
llamados “poderes", insistimos, son en realidad las funciones del, poder.
Por lo tanto:

-función legislativa.

Poder -función ejecutiva.

-función judicial.

Dice Blondel que en cada sistema político (el Estado es uno.),.se detectan
cinco funciones;
Selección de ingresos o insumos al sistema, que está a cargo de los
grupos sociales y económicos. ' ""
Combinación y selección, que las efectúan los partidos.
* Creación de reglas como respuestas a las demandas.
* Decisiones particulares.
* Adjudicación de normas.
Las tres últimas, SQiiiag_£uncio?2ggd,e¿gQdgC--para.eLlogro-delos.obietiy.os
del Estado^Cada .una- de estas funciones está a cargo de estructuras u órganos
específicos, es decir los órganos del poder.'.

Organos.
^En definitiva, los órganos o estructuras del poder son seres humanos que
en forma individual o colectiva encarnan las funciones del „poder! O sea que,
detrás de toda terminología abstracta, terminan apareciendo los hombres que
..pcupan el poder, es decir, que ejercen las funciones; que buscan cumplir los
objetivos medíante la modificación consciente de la realidad; los que tienen
potencia, los "poderosos" como los llama Dahl.
Naturalmente, a cada función le corresponde un órgano específico: asi a
la función legislativa le corresponderá el Congreso o Parlamento ( el nombre
varía pero no la función); a la función ejecutiva, la Presidencia o el Ministerio
(Primer Ministro, o Canciller); a la judicial, los jueces en sus diversos niveles.
Todo ello conforme a la doctrina de la llamada (mal) división de los poderes o
separación de poderes.
Ampliando el cuadro anterior tenemos:

-función legislativa -órgano legislativo (Congreso, Parlamento o Cortes).

Poder -función ejecutiva -órgano ejecutivo (Presidente, Primer Ministro, etc.).

-función judicial -órgano judicial (jueces).

Lo cual no fue siempre, de este modo,, pues lo que hemos visualizado es


el esquema clásico de la doctrina liberal, que se ha impuesto prácticamente en
los. regímenes republicanos de la civilización occidental, con todas las peripe­
cias que son conocidas en este siglo y en todos los tiempos, en donde la
concentración de poderes (de funciones) en un sólo órgano, fue una pretensión
del absolutismo antiguo y de los totalitarismos modernos.
Por otró lado, este esquema liberal clásico, inobjetable desde el punto de
vista racional y una de las garantías eficaces de la libertad humana, no
contempla las nuevas funciones económicas y sociales del Estado moderno.)

Distinción entre Estado, poder y gobierno.


,f La suma de los órganos que titularizan las funciones del poder del Estado,
es lo que se denomin a go 6¿erno. Por ende, el gobierno -es decir: las personas que
titularizan dichas funciones-, no debe confundirse con el poder, y mucho menos
con el Estado, aún en su acepción restringida.
El esquema sería así:

-función legislativa. -órgano legislativo

Poder — -función ejecutiva. -órgano ejecutivo - Gobierno

-función judicial. -órgano judicial

En resumen, el gobierno es la suma de órganos que titularizan. las ,


funciones del poder del Estado. O dicho al revés, el poder del Estada logra.sus
fines_ u objetivos mediante sus funciones, las cuales son titularizadas por
órganos que, en su conjunto, forman el gobierno. ?
De manera que a esta altura ya no podemos confundir los tres conceptos
básicos, Estado, poder y gobierno, cada uno con su estructura propia y su
significado específico. Consecuentemente, no sería admisible identificar al
Estado, en el sentido amplio del término, con el poder, y a su vez a éste, con el
gobierno. Ello no sólo es incorrecto teóricamente, sino que suele ser utilizado
por regímenes poco adeptos a respetar las libertades individuales, para
justificar cualquier tipo de uso o abuso estatal.
¡ El Estado, volvemos a repetirlo, es unaj^ontingencia.histórica, emergen­
te, en determinados momentos, de la natural tendencia quelleva alhombre a
vivir en forma organizada. Esa organización política puede revestir la forma
Estatal, que es detectabíe en la antigüedad, en otra civilización, y en los
tiempos modernos, en la propia. Se manifiesta a través de la pretensión de
monopolizar la violencia, legítimamente, sobre un territorio. Para ello necesita
ejercer ciertas, funciones como elemento esencial para el cumplimiento de sus-
objetivos; dichas funciones pueden estar a cargo de una o varias personas, que
son los órganos estatales, y que sumados entre sí, forman el gobierno, -El-
Estado,,__en resumen, es.jeL poder. deLEstado; el gobierno en- cambio^son los
hombres qué ocupan dicho poder,que actúan en su nombre, y, generalmente
(aún en slstemas no totalitarios), pretenden hablar no sólo en nombre del-poder
sino de la sociedad sobre la cual dicho poder recae, i
CAPÍTULO XVI.

\La~soberanía» Origen, del .concepto^

Pocas veces como ahora encontraremos justificación para nuestro aserto


en el sentido de que la historia se convierte en auxiliar insustituible. .Pocas
veces, como ahora, vemos a la historia, guiándonos en un laberinto de ideas y
de hechos.
En efecto, este tema es casi inaprehensible sin nuestra visión del pasado,
primordialmente en lo que significó el origen yja evolución de una idea desde ya
polémica y que algunos consideran agotada. *La^soberanía es algo así como un
elemento-inseparable a la formación del Estado moderno. Rastrear a^nacimien-
to_es buscar el comieñ^ó^I^EstalI^Seguir su crecimiento, es contemplar el
desarrollo del absolutismo; es verifftfar simultáneamente su conversión en otra
cosa y en lo mismo; es asombramos de su apropiación por los que venían a
combatir el absolutismo. En fin, verla a la luz de lo que se llama el "nuevo orden
mundial" es una tarea intelectual fascinante.
Nuestro viaje por el pasado nos lleva nuevamente hacia los finales de la
Alta Edad Media, cuando Occidente salía lentamente de los años oscuros y
entraba en una era civilizada. Estamos en un medioevo preestatal pero no
prepolítico. Es decir: el hombre vivía en sociedad con sus semejantes, regulada
su convivencia por una pluralidad de poderes (espirituales y temporales), pero
no sujeto a un Estado, que todavía no había aparecido. En esta era ya se
vislumbraban algunos intentos de imantar los poderes dispersos para fusionarlos
en un centro único de decisión, intentos que, como hemos ya visto, terminarían
con el triunfo del principio de libertad encarnado por los señores feudales. Por
entonces, ni siquiera existía la palabra soberanía.
El término ‘soberanía1tampoco había sido conocido en la antigüedad por
los griegos o por los romanos. Los primeros, pues no podían concebir comparar
a la polis con nada, ya que por definición era un ente que en sí mismo satisfacía
todos los requerimientos humanos (espirituales y materiales); la polis se
caracterizaba por la cualidad que Aristóteles denominaba "autarqueia", que de
alguna manera implicaba la autosuficiencia, y no un término comparativo con
restantes entidades análogas.; además presuponía una imposible comparación
con los bárbaros, a lo cual se hubiera resistido cualquier griego.
Por supuesto que menos aún los romanos podían hablar de soberanía, lo
cual hubiera supuesto en ellos un punto de referencia externo. Roma era la
civilización, y más allá estaba la barbarie. Por otra parte, mal hubieran podido
teorizar sobre un supuesto inexistente los prácticos romanos, que ni siquiera
lo hacían sobre hechos e instituciones políticas con siglos de vigencia.
! Por ende, laj^oterama.es una.creación de la doctrina Occidental; surgida
como consecuencia d e ja lucha de los reyes para convertirse.en. monarcas
absolutos y que tuvo, como recordamos, numerosos contradictores; doctrina
inventada al efecto de darle un sustento de legitimidad a las. monarquías
nacionales, justificando el absolutismo. Lo cual equivale a decir que la idea de
soberanía y de absolutismo están vinculadas estrechamente desde la cuna. :

La evolución histórica de las soberanías nacionales.


Los contradictores al nacimiento del absolutismo fueron:
a. .La Iglesia* que no sólo ponía coto a las aspiraciones del Imperio, sino
que también intentó hacerlo con los reyes, empresa en la que, al contrarío que
la primera, podemos decir que fracasó. En efecto, si bien había tenido éxitos en
la "Querella de las Investiduras", no menos cierto es que tales enfrentamientos
habían terminado en un desgaste que la encontró debilitada cuando en el
horizonte aparecieron los primeros aspirantes al absolutismo. Recordemos el
denominado "Rapada de-Avignon", que fue una de las épocas más nefastas de
la historia de la Iglesia por su subordinación al rey de Francia, por entonces
Felipe el Hermoso. Es entonces, cuando en una especie de "canto del cisne" el
Papa emite aquella célebre bula ("Unam Sanctam”, de 1302) donde pretende
reivindicar no sólo el poder espiritual sobre el mundo (lo cual por entonces no
se debatía), sino también el poder político. Simultáneamente, en el horizonte
aparecía la doctrina opuesta, que le daba superioridad al Imperio sobre la
Iglesia (Dante y Marsilio de Padua). La derrota de la Iglesia por. Eelipe traio no
sólo un gran desprestigio para el papado, sino que echó las simientes de la gran
descomposición posterior y abrió paso a los teorías estatistas envalentonadas
con el notable triunfo.
b. El Imperio,salvo en Alemania, fue siempre poco más que una sombra
a la cual los reyes rendían culto y reverencia formal. La resistencia práctica y
doctrinaria contra su predominio surgió también de la Francia de los Capetos:
la "superbia gallicana", como la denominaban documentos de la Iglesia de esa
época, había generado este nuevo paso hacia la concreción del Estado moderno.
En síntesis, el Imperio nunca significó una valla de contención sería -como
lo había sido la Iglesia- contra el absolutismo.
c. En cambio, sí lo fue el feudalismó.que, por siglos, contuvo los- avances
del poder real. En esta lucha no hubo batallas decisivas; por el contrario, fueron
pequeñas rencillas, combates aislados, acumulados a través de los siglos, el
método utilizado por los reyes para derrotar a sus enemigos. Sostiene Jellinek
al respecto que, entre los comienzo del proceso en Francia ( siglo XI con Luis
VI) y Bodin, transcurren nada menos que 500 años. Este proceso no obstante,
se acelera en ocasiones con reyes con fuerte personalidad política, como Felipe
Augusto (comienzos del siglo XIII), que en veinte años de reinado había
incrementado de 38 a 94 los distritos judiciales reales. Según el mismo autor,
a finales de aquel siglo aparece la idea de que el rey era sovrains de todo el
reino sobre los barones ( a quienes igualmente se los llamaba soberanos);
Beaumanoirs, citado por el autor alemán, afirma 'que se le reconoce, en esa
época, de hecho y de derecho al rey, el poder de juzgar como órgano supremo
de justicia y lagénéral garde de son roiaum e.N o olvidemos que también hay
que admitir en este proceso, la influencia de los juristas dominados por las ideas
absolutistas del renacido Derecho Romano.
Es. lógico entonces deducir que cuando en el siglo XV se produce el
Renacimiento.de toda la cultura antigua, los-ansiosos ojos de los absolutistas
se dirijirían al Estado grecorromano como modelo.

La. importancia de Bodin.


Otro aspecto de interés en el tema que estamos tratando, es la relación.,
existente entre los hechos y las doctrinas políticas que aquí vemos aparecer
precisamente en ese orden, en..el cual las ideas -vienen a confirmar lo que la
práctica había4clo consolidando en un trabajo de siglos.
NoeS-Bodin,.el primero en teorizar, sobre la soberanía, sino quien le.da ala
doctrina una-perfección hasta entonces inexistente, ya que por entonces 1aletear
era confusa. Para algunos, la idéa~de 'souverain' se refería indistintamente al
rey o a los barones ("cada barón es soberano en su baronía")- Para otros,, la nota
cualificadora. no subrayaba el poder del Estado sino el del Imperio; tal el caso
de Aeneas Sylvius (imitatem suprema potestas), si bien sus elaboraciones
fueron cercanas a las de Bodin. Por otro lado, como apunta Jellinek, en los
tiempos de Francisco I, nació la célebre “Escuela de Toulouse" (integrada entre
otros por Montaigne), en la cual Grassaille (1588), enumera 20 derechos generales
del rey, a los cuales se adicionan otros 20 referidos a las relaciones con la Iglesia.
' De manera que cuando Jean Bodin publica sus: "Seis libros de la República'/
en 1576, el terreno está abonado por siglos de sedimentación histórica, lo cual.le
permite elaborar un concepto, abstraerlo de la coyuntura francesa y Jiacerlo
universal.
Los principales ...aspectos de ia_doctrina_de _la soberanía, según el autor
francés son ios siguientes:
La "potestad soberana” es nota cualifícadora de la comunidad política
e integra su definición (“República es un recto gobierno de.varias familias y de
lo que les es común, con potestad soberana").
Se define a la soberanía.como11la potestad absoluta y perpetua en una
República" (recordando que ésta última expresión es equivalen té a F.staHn) Lo
cual implica la .idea-de- infinitud -temporaJ. y jle „estar, "el príncipe absuelto
(absolutus) del poder de las leyes".
L_a soberanía puede-residir en la muchedumbre, o en una minoría, o
en un sólo hombre. Lo cual no obsta a las preferencias de Bodin por el ultimo
sistema, que es por otra parte la salida lógica para terminar con la guerra civil-
religiosa que azotaba a la Francia por entonces.
La soberanía pulveriza al sistema.feudal ^garantiza la independen­
cia nacional frente a los poderes externos .(Imperio y papado).
"Es un crimen de lesa majestad hacer de los súbditos compañeros del
príncipe soberano".
La sobgmma.es indivisible:, no puede pertenecer simnltánpamAnfp a
varios poderes; si así fuera, la guerra debe dirimir la controversia hasta que se
produzca la concentración en uno solo.
Siguiendo las huellas de la doctrina medieval, ¿Bodin afirma que la
soberanía tiene límites en las leyes divinas y en las naturales: Los reyes no
pueden contravenirlas so pena de incurrir en crimen de lesa majestad divina.
El rey, además, debe respetar la libertad y la propiedad de los súbditos;
Este escrúpulo final de Bodin no lo tendrá, cien años después, nuestro
conocido Thornas Hobbes quien, además, crea una doctrina que no sólo serviría
para fundar el poder de un príncipe, sino de cualquier forma de Estado,
evitando caer en el derecho divino de los reyes, o las tesis del pátriarcalismo de
Filmer u otras ideas análogas, destinadas a sucumbir por el mero transcurso
del tiempo.
Damos por conocidas las hipótesis de Hobbes referidas a la naturaleza
humana, su pesimismo visceral, su noción del estado de naturaleza, el miedo
como motor psicológico que origina el poder. Damos también por aceptadas sus
nociones sobre el pacto social y político que obliga a los hombres a renunciar
a su libertad, y por admitido que en dicho pacto no haya intervenido el
gobernante (extraño que se limita a recoger las libertades ajenas para consti­
tuirse, en ese momento, en el único hombre libre). Finalmente, damos por
tolerada la idea de que tal pacto hipotético obliga, generación tras generación,
a personas que ni siquiera habían nacido cuando se suscribió.
>Aceptado todo eso, ¿cómo es el poder que ha nacido de tales circunstan­
cias? y ¿cuáles son sus características?
EiLpoder-es-indivisible; no puede estar repartido, pues ello llevaría a
su fragmentación y al riesgo de retornar a la guerra permanente.
El poder es la única fuente de la ley. No puede haber ley injusta. Poder,
derecho y'Ie^sbxij'en definitiva, lo mismo. „
ELderecho de propiedad es una concesión del .poden
El soberano no está limitado por la ley que él mismo aprobó, pues el
que hace la ley, puede derogarla.
- La única libertad de los súbditos es la que surge de la ley en forma_
expresa, o de sus silencios.
El soberano tiene deberes hacia los súbditos,pties debe garantizar la
paz y la prosperidad.
Su ineficiencia o debilidad es lo único que justifica que se vuelva al
estado de naturaleza y que cada súbdito recupere su libertad originaria, hasta
que venga un nuevo soberano, tras imponerse en la respectiva guerra que para
ese entonces se habría desatado.
No debe permitir el Estado que los súbditos juzguen lo que está
permitido o no. Ese juicio sólo le corresponde al soberano.
El carácter soberano del poder no perpnite compartir ningún tipo de
jurisdicción con las autoridades eclesiásticas. El soberano es _el único autoriza­
do a interpretar las leves religiosas. El súbditoeñ~todos los campos civiles y
religiosos., debe obedecer al soberanol sin peijuicio, en este último caso, de la
libertad de conciencia que no atañe al soberano: sólo las conductas son objeto
del poder.
En resumen, Hobbes caracteriza a su soberano en íormajcoherente con jas
premisas que habíamos aceptado (aquí radica el peligro del sistema hobbiano):
unajnáquina, fundada en el_miedo, que sólo se interesa por mantener el orden
y de la cual emana toda legalidad: ante el cual no hay derecho que valga, salvo
aquél que suija del propio orden positivo; un soberano que,, realmente, es un
Dios sobre la tierra y frente al cuál no hay poder alguno, temporal o espiritual,
que se resista;,y que, por supuesto, no reconoce límite alguno, salvo aquél que
la propia conveniencia le imponga.
Una doctrina ideal para ser receptada por los absolutistas antimonárquicos
que se avecinaban.

Soberanía.del pueblo, y de la Nación.


Rousss.eau*
ÍPorque, como hemos dicho anteriormente, lo que hicieron lojsxevQiuciona-
ños del sjglo.XVIII fue reemplazar al_príncipe como, titular de la soberanía y
poñeFemsuTúgáFaT pueblo^ Esto, como vimos, estaba implícito en la doctrina
de Bodin, y aún no se habíállevado a la práctica sólo por una razón de tiempos.
No es coincidencia, pues, que emanen todas estas doctrinas dieciochescas de la
misma fuente galicana a la cual hicimos referencia.
Esta vez la doctrina se adelantó a la práctica histórica, ya que Rousseau
escribe su obra varias décadas antes del proceso revolucionario. La doctrina
roussoniana, como las anteriores, también presupone ciertas premisas que
damos por más que conocidas.
/Así la idea de la bondad natural del hombre, su vida libre y feliz en el estado
de naturaleza, su desgracia al perderla en el momento que nace la apropiaHon
de los bienes por particulares. El lento paso de la civilizaciónque, siglo a siglo,
trae más desventuras a los hombres, los vuelve más infelices y corruptos. El poder
es un mal que hay que vencer a través de la acción redentora del pueblo. Así,
emanad§_de un contrato tan hipotético como^confuso, nace la voluntad general^
expresión popular por excelencia. Lógicamente a partir de aquí aparece la idea
de_soberanía que en muchos aspectos parece un calco de lo imaginado por los
absolutistas, a los cuales Rousseau decía combatir.
El soberano (es decir el pueblo, que se expresa en la voluntad general),
esjnfalible. El pueblo no puede querer nunca su propio mal, por lo tanto, nunca
se equivoca.. — — —.......... —
La soberanía es indivisible. Es del pueblo en forma integral: si el pueblo
cede parte de ella, ya no es soberano.
Es jnalienabiei_por consiguiente, no se puede ceden.Si se lo hiciera,
entonces el soberano sería la persona o personas que representan al pueblo.
Es absoluta, no tiene límites; ni tampoco existe el derecho de las minorías
frente a ella. A quien no está de acuerdo, corresponde "obligarlo a ser libre".,
La soberanía popular se expresa en la ley. La ley, por surgir delpueblo
(que es infalible) siempre esjusta.
Para garantizar la rectitud de la ley, su elaboración debe estar en manos
de una especie de superhombre, que es el gran legislador, genio y sabio a la vez.
La soberanía, por esencia indelegable, hace que los gobiernos sean
meros comisionistas del pueblo. Sin representación alguna, deben ejecutar lo que
el. pueblo ha decidido.
El soberano debe decretar la. religiónxiyil, fijar sus dogmas y castigar
a los remisos en comportarse externamente conforme a sus preceptos.
Tal religión civil impone preceptos para la convivencia social que deben
ser cumplidos por los ciudadanos. Se aconseja la muerte y el destierro para los
disconformes.

Sieyes.
Si bien la doctrina de la soberanía nacional está estrechamente relacio­
nada con la anterior, hay algunas diferencias importantes que debemos
marcar:
La construcción de Rousseau no responde a un apremio de la situación
coyuntural. Se puede estar o no de acuerdo con ella, pero hay que reconocer que es
producto de una elaboración intelectual de gabinete que no responde a intereses
inmediatos a los cuales se debiera defender. Por otra parte, "El Contrato" es parte
de una obra mayor que comprende los célebres discursos sobre las ciencias y las
artes , y el relativo a la desigualdad entre los hombres. Sin excluir al "Emilio'1y a
la "Nueva Eloísa".
La obra de Sieyes es resultado de las circunstancias del momento,
destinado a justificar el rol del "Tercer Estado" en Ja revolución que se
preparaba en los espíritus, puesta al servicio del odio a los privilegios que se
venía incubando desde hacía tiempo^
La posteridad hizo que la obra de Rousseau fuera aprovechada por los
sectores revolucionarios, no sólo en los hechos posteriores a 1789, sino en todos
los episodios similares ocurridos en el siglo XIX.
- rLa obra de Sieyes ha sido utilizada indistintamente por los sectores
revolucionarios, por los nacionalistas antiliberales y por los constitucionalistas
demoliberalesj
Como erróneamente tiende a unificarse el concepto de ’’Nación" con
el de "Estado”, entonces la cualidad de la soberanía, inherente al poder estatal,
se transfiere a la Nación, hablándose así de.. "naciones soberanas", cuando lo
correcto, ál menos terminológicamente, sería hablar de "Estados soberanos".
Pero, sobre esto volveremos luego.
rpor consiguiente, la obra, del abate Sieyes es una extraña mezcla de '
doctrina y práctica quereíi poco tiempo, se concretaría. Diríamos que la práctica
completó meses después a la doctrina. Incluso, salvo en un análisis prolijo, es
dificultoso ver dónde terminan las ideas y dónde empieza la realidad.
Pero los postulados esenciales son estos:
La nación (es decir el Tercer Estado) es la unidad social decisiva.
La nación es soberana.
Por ende es la única que puede dictar, una .Constitución.
Por medio de un órgano específico.
Por ende, la Nación no tiene, poder, dentro o fuera de sí que pueda
disputar- su-soberanía. ,
Finalmente esto permite hacer una diferencia también sutil con Rousseau.
El protagonismo que le da Sieyes a la Nación, es diferente al que le da Rousseau
al pueblo, toda vez que éste no tolera la delegación de la soberanía; cosa que
el abate acepta a partir de su hipótesis de la necesidad de dictar una
Constitución por medio de una Asamblea Nacional.
Naturaleza, caracteres y límites de la soberanía.
Dado el carácter eminentemente histórico-político que cubre el concepto
de soberanía, es inútil pretender encontrar naturalezas eternas o al menos
permanentes. De igual modo, caracteres, límites y en general las categorías de
la soberanía, deben estar referidas a un determinado tiempo y lugar.
No obstante, suele presentarse algunos marcos formales que, vaciados de
contenido histórico, pueden servirnos como esquema general de conocimiento.
Con ese fin únicamente pasamos a desarrollar lo <jue' sigue.
En primer término observamos que ]a soberanía va estrechamente unida
a.Ja idea de poder, o„de Estado en el sentidajie^noder. No debería estar referida
a los otros elementos del Estado, aunque suela hablarse de soberanía territo­
rial o soberanía del pueblo. En realidad, én su origen.la intención fue imaginar
un poder que no tuviera rival ni dentro ni fuera del territorio. ~
Lo cual nos lleva a la clásica distincíórupntre:
a. J ^ l^ a m a "del11Estado'., que implica la idea de que el Poder del Estado
no está subordinado a ningún otro: que es independiente de todo otro poder.
En~terrmnos de Prelót diríamos que la "potencia” del Estado, en cuanto a
energía consciente, no depende de ninguna otra potencia. Esto tuvo un carácter
negativo -es decir: no depender, no subordinarse-, y también un carácter
polémico y combativo en la lucha contra los poderes medievales que intentaban
limitar a las monarquías nacientes.
b. Soberanía "en" el Estada; que se refiere a la persona que ejerce la
suprema potestad^dentnrdeJnsJUmites-teprít&ríalesr Podían ser, recordando a
Bodin, uno, varios o todos indistintamente. De manera que no había - no podía
haber- contradicción entre lo argumentado por Bodin y lo expresado por
Rousseau 200 años después, cuando sostuvo que la voluntad general era la
soberana; tampoco con Sieyes, que ponía a la Nación como titular de la
soberanía; ni con el jurista Blackstone, al invocar al Parlamento. Porque al
margen del debate sobre quién es el soberano, todos coinciden en que en algún
ente ideal debe recaer tal atributo.
En la última parte veremos algunos aspectos críticos, y comprobaremos
que, más allá del valor didáctico de esta clasiñcación, la misma no resiste el
análisis teórico. Lo cual es explicable'ya que, en realidad, estos conceptos están
cargados de valores destinados a legitimar o cuestionar cierto tipo de poder
histórico existente eh el momento de haber sido elaboradas.
No obstante, de quedar algo en pie, ello es la sensación de que una u otra
tienden a superlativizar un concepto que, operativamente, ha funcionado casi
siempre en detrimento de la libertad de los hombres. Esta es la conclusión sobre
la naturaleza del concepto de soberanía, purgada de sus contenidos accidentales
e intereses comprometidos.
En otras palabras, puede haber sido una idea teóricamente falaz pero de
extraordinarios resultados en la lucha política concreta, en que" no sólo se
necesitan medios humanos y materiales, sino también, y fundamentalmente,
buenas ideas.
Los denominados caracteres o manifestaciones de la soberanía, en reali­
dad estarían haciendo referencia_-a_lasJ&ancioiies--d.eL_poder; no nos debe
extrañar que se tendiera a confundir ambos conceptos. Así Bodin, en clásica
referencia, menciona los ocho derechos (¿por qué ese número exacto?), que son
los que siguen:
Legislación.- En su momento fue compartido por los restantes pode­
res, tanto en el orden interno como en el externo. Observemos que siendo
atñbute>-de--la~seberauía, es~.e¿-poder- quien legisla, no cierto y determinado
poder.
- ' Justicia^üLa. constitución,,.de. los tribunales^ Ja. jiesignación de los
jueces garantizaba que el derecho sancionado por el soberano^fueraxorrecta-
mente.aplicado e interpretado, máxime que durante siglos, la coexistencia de
diversos ordenes jurídicos hacía de meras cuestiones, intrincadas situaciones
de puro derecho atinentes a las norma vigente.
Nombrar altos funcionarios.- Recordemos que los reyes se rodearon
de una "clase política" integrada,"en su mayoría, por burgueses especialistas en
administrar y legislar, formados en las universidades bajo la doctrina del poder
absoluto, tal como lo describían las Institutas de Justiniano. Esta clase política,
o "burocracia" en los términos de la tipificación de Max Weber, se constituyó en
pieza fundamental del poder del Estado, deseosa siempre de extender su
influencia, incrementar el poder, y en su momento ocuparlo.
Derecho a la fidelidad y a la obediencia.- Mediante un juramento que
relevaba del equivalente que se prestaba anteriormente a los señores feudales.
También tendía a evitar, que los lazos de obediencia quedaran relajados ante
un eventual conflicto con el papado y una aún más eventual excomunión, ante
la cual los compromisos de fidelidad podían quedar sin efecto. Habilitaba,
asimismo, para sustanciar un juicio por perjurio contra el futuro desobediente.
En los sistemas políticos posmonárquicos fue reemplazado por juramentos a ia
bandera,.ala Constitución y equivalentes, destinados a soldar.lazos.morales.de
lealtad-.
Derecho de gracia,:. Convertía al monarca en últimainstancia judicial
y fortificaba la imagen de_divinidad ^ue pretendía asociarse, al poder para
fortalecjrsu realeza. Las repúblicas, no desecharon tal atributo, transfmén-
dosekyi atros ó.rganps, lo cual, una vez más, demuéstrala continuidad histórica
del conc'epto de poder y de soberanía, entre formas de gobierno aparentemente
contrarias.
Acuñar moneda.- Lo cual quitaba similar atribución a los poderes
feudales y daba una herramienta destinada a controlar la economía y, de tal
manera, manejar políticamente a la sociedad. Su recepción entusiasta por los
regímenes democráticos -sin ninguna vacilación- nuevamente confirma lo que
comentábamos más arriba.
■ Fijar impuestos^- O sea, succionar las riquezas de la comunidad-para
mantener el poder y la burocracia creciente. Fue uno de los atributos más
discutidos, antes y después dé la instauración del absolutismo. Los regímenes
posteriores reservaron esta facultad del poder en manos de los Parlamentos o
bien se las ingeniaron para establecer el mayor control posible al respecto, no
siempre -claro está- eficientemente. Pero siempre, quedando el poder -a secas-
con tal derecho, que la sociedad resiste mediante mecanismos diversos.
- \Hacer~Ia~paz y la guerra^ Referido más al aspecto externo que al
interno déla-soberanía. Loüüal^nÓ significa que queden escindidos desde el
punto de.vista teórico, ni muchn.menos. en, la„práctica, toda vez que para la
guerra se necesitan recursos (impuestos), contribuciones de sangre, y una lenta
y gradual militarización de la sociedad; tarea -hay que reconocerlo- en la cual
no tuvieron mayor éxito los monarcas absolutos ("los tiranos") y sí las repúbli­
cas que les sucedieron.
Por otro lado, al referimos a las cualidades de la soberanía (absoluta,
inalienable, indivisible, etc.), entramos todavía en un terreno más resbaladizo,
en el cual, como comenta Bidart Campos, suele confundirse el concepto de
poder con el de soberanía, confiriéndole a aquél los atributos de éste.
Así, cuando hablamos de la''indivisibilidad", nos referimos al poder que,
en todo caso, posee funciones titularizadas por órganos distintos, tal como
vimos cuando analizamos el tema de la mal denominada "división de los
poderes". Si hablamos del carácter de "perpetuidad también nos estaremos
refiriendo al poder y no a la soberanía. Y así sucesivamente, en aras de la
concepción del autor argentino, en cuanto entiende que la soberanía es
"cualidad" del poder, y no el poder mismo. Lo cual hace que, sensatamente,
advierta sobre los peligros de otorgarle a la soberanía atributos (como la
indivisibilidad y la inalienabilidad), que considera "perniciosos".
Finalmente, en cuanto a los límites de la soberanía, es interesante
observar cómo los regímenes republicanos (que habían adoptado la idea
absolutista, a pesar de su lucha contra el absolutismo) intentaron crear vallas
a dicha cualidad. En este sentido Sánchez Agejsta destaca dos metodolQgías
posibles:
—- La doctrina de la. división de los poderes, que según el autor español
suscitará la concepción de la soberanía dividida.
Los„mtentos-doctrinales de rescatar su. unidad, atribuyendo- la-sobe­
ranía al Estado,- al Derecho o al poder constituyente.
El intento liberal -en nuestra opinión- fracasa toda vez que no puede
distinguir.eL poder-de-la.soberanía, y por consiguiente'el poder.sigue siendo
únicoja pesar de sus múltiples funciones. No hay, pues, división de. poderes y
por ende tampoco división de soberanía.
Atribuir la soberanía al Estado no dice nada, pues, o nos estamos
refiriendo al Estado como poder -en cuyo caso, caemos en lo mismo que
señalaba Bidart Campos-, o estamos mentando al Estado como comunidad
organizada, en cuyo caso, visto desde el punto de vista internacional, ello es una
falacia.
Decir que el Derecho es soberano, es una fórmula vacía de sentido, a
menos que aclaremos qué idea estamos expresando. Si es el Derecho positivo,
ello no sólo no limita a la soberanía, sino que la confirma en los términos de
Hobbes y de Rousseau, que lo entienden como expresión normativa de la
voluntad del soberano.
Finalmente, si nos referimos al poder constituyente, no agregamos nada
sino que estamos cambiando conceptualmente al titular de la soberanía (en
términos agradables a Sieyes), pero de ninguna manera limitándola.
Creemos que, en_la medida, en-que aceptamos a la. soberanía con los
alcances clásicos, tendremos que olvidarnos de la limitación, a menos que
confiemos en dos sistemas:
El derecho natural: que puede limitar a los que ejercen el poder
siempre y cuando crean en su vigencia y en la posibilidad de ser captado por la
capacidad racional del ser humano.
La doctrina neoescolástica: que postula la limitación de la soberanía
en función de dos determinaciones: la „primera, que hace referencia a la
comunidad que le sirve dábase; y la segunda atinente a la finalidad que es el
bien común de la comunidad. De aceptarse este postulado, la soberanía
(potestad suprema en "su esfera y en su orden"), -como afirma Sánchez Agesta-
pierde sustantividad y pasa a ser una mera función del poder.
Lógicamente, estos dos últimos tipos de limitaciones no valen para
aquéllos que no comparten la doctrina de los derechos naturales o la doctrina
teleológica. Lo cual significa, en síntesis, que limitar a la soberanía es como
intentar limitar al poder. Ni hablar si ambos términos se conjugan (poder +
soberanía = "poder soberano" ), en cuyo caso la tarea es ímproba, como la
historia lo demuestra.

Críticas actuales al concepto de soberanía.


No obstante, existen numerosas corrientes que tratan de amortiguar al
menos sus efectos:
La tesis de León Duguit, para quien es imposible justificar racional­
mente a la soberanía, lo cual lleva a su negación como categoría del pensamien­
to; esto es compatible con su idea del Estado, en cuanto a considerarlo como un
centro de imputación de servicios públicos, [que carece de sustancia e, inclusive,
del carácter dé persona moral o jurídica. '
- El lamentablemente hoy poco conocido Nicolás Berdiaeff, sin duda
impresionado por sus experiencias con el totalitarismo soviético, cgchaza,
aunque con argumentos literarios, a la soberanía, ya que la .considera yina
forma de sometimiento del hombre, denominándola "gran mentira" e "idea
hipnotizadora engendrada por el mundo objetivo que es siempre un mundo de
esclavitud".
Jacques Maritain es de la misma opinión, ya que la considera como
un derivadoTfeíos regímenes absolutistas, que debería haber desaparecido con
aquéllos. "La soberanía^etaatributo.de.Ios déspotas"! afirma.
Hans Kelsen, analizando el asunto desde el principio de su teoría, que
identifica al Estado.cp.n .eLDerecho, estima que ello significa que, por_encima
del orden jurídico gstatal,-no puede haber .otro orden, jurídicamente.superior.
Para saber si un Estado es o no soberano, hay que saber si el orden jurídico
internacional es o no’ superior al orden jurídico nacional; es decir: si la norma
fundamental de éste último tiene su fundamento de validez en una norma de
aquél.. Por consiguiente, para los que afirman la primacía del orden interna­
cional, no hay soberanía; en cambio, para los que dan primacía al orden
nacional, si la hay. Afirma al respecto: "La soberanía del Estado no es un hecho
que pueda o no ser observado. El Estado "ni es" ni "no es,! soberano y tal
suposición depende de la hipótesis que se emplee al estudiar el ámbito de los
fenómenos jurídicos". Si aceptamos la primad a. _del„ ord en. int ^nación a1,
entonces el "Estado no es soberano"... Si,.por.el.contrario aceptamos lahipótesis
de la primacía del derecho nacional, entonces "eLEstiado es soberano"...M ás
adelante agrega que si un Estado es soberano, en el sentido originario del
término, tal soberanía excluye a la de cualquier otro Estado. Es decir, que todos
serían soberanos, los cual es una contradicción.
Por eso para Kelsen la cuestión de la soberanía es insoluble en términos
científicos; y en términos políticos ocurre otro tanto, pues si damos por superior
al orden internacional, no hay soberanía, y si damos por superior al nacional,
tampoco, ya que no todos los órdenes nacionales pueden ser soberanos
simultáneamente. Ante lo cual la soberanía, para decirlo de algún modo, se
reduce a una cuestión de gustos o intereses..
Por otro lado, aceptando la hipótesis de la primacía del orden
nacional, la cuestión de la soberanía se reduce a un simple problema formal de
verificación. Si la norma fundamental no ha sido creada conforme al procedi­
miento y por los órganos establecidos por otro orden jurídico, entonces es
soberano. La soberanía, originariamente tan superlativa y grandiosa, se
reduce a una cuestión de validez y vigencia de normas.
La existencia de los Estados federales también plantea problemas
inextricables a los defensores a ultranza de la soberanía; porque una de dos: o
la soberanía es cualidad de todos los Estados (lo que por definición acepta la
tesis ortodoxa), en cuyo caso los estados federados no son estados; o puede
haber Estados no soberanos, en cuyo caso los federados lo son, pero la soberanía
pierde su carácter ineluctable como cualidad del poder estatal.
La actual Carta de la ONU, si bien reconoce el carácter igualitario y
soberano de los miembros, por otro lado limita el uso de la guerra (no sólo para
los estados miembros sino también para terceros estados), lo cual significa
restringir uno de los derechos que, de Bodin en adelante, caracterizaban al
Estado soberano.
Si la soberanía no es el poder sino cualidad del poder y éste esta
integrado, en cuanto im perium . por aquellos tres elementos que analizamos
oportunamente: fuerza, riqueza y conocimiento, ¿dónde queda el principio de
soberanía ante la extraordinaria disparidad de fuerzas, riqueza y conocimiento
entre los Estados?
La reflexión final se refiere a la actual coyuntura internacional y a la
posibilidad de que se esté gestando un futuro gobierno mundial por medio del
Consejo de Seguridad de la ONU,, frente a lo cual, quizás, los Estados nacionales
se asemejen a aquellos barones feudales que día a día perdían sus atributos.
C A P Í T U L O X V II.

La Nación.

Terminología.
Etimológicamente la palabra "nación" hace referencia al lugar de nacimien­
to de una persona ("natus"), utilizándosela en ese sentido en la Edad Media para
significar el origen o procedencia de los estudiantes que concurrían a las
universidades; así en Bolonia se hablaba de las "naciones cisalpinas" y de las
"naciones transalpinas". Otro tanto ocurría en París, en cuya Universidad
también concurrían estudiantes de diversas procedencias. Por su parte, en el
Concilio de Constanza se agrupó a los obispos según las naciones de origen,
aunque denominándolos en forma genérica; así la "Nación Alemana" denotaba
a los oriundos de Europa oriental, y la "Nación Inglesa", a los que lo eran del
Norte. Ello no significa, claro está, que ya existiesen las naciones en el sentido
actual del término -o sea: como comunidades nacionales-, ni mucho menos los
Estados-Naciones posteriores. La Edad Media no conoció el fenómeno nacional,
ya que las ideas unificadoras de la cristiandad impedían concebir unidades que
reclamaran lealtades más allá de las impuestas por los vínculos contractuales
feudales. •
Tampoco en la antigüedad el fenómeno nacional fue conocido, aunque los
griegos, tan dispersos políticamente, se sentían parte de una sociedad más
grande que los abarcaba, que era la cultura común que los englobaba. Así, a pesar
del policentrismo político, la existencia de valores y creencias afines se demos­
traba en la vigencia de los santuarios como el de Apolos, los Oráculos y también
las célebres Olimpíadas.
De igual modo, la idea de nación no fue conocida por los romanos, que
mantenían con Roma una vinculación de tipo jurídico, cómo era la ciudadanía,
que constituía un lazo formal, aunque con consecuencias legales muy importan­
tes, tal como vimos en anterior oportunidad.
Las naciones europeas»
El Absolutismo, al unificar territorialmente al Estado, al centralizar la
economía, al mejorar los caminos y resguardar su defensa, al unificar el
derecho, etc., fue preparando el terreno para que los súbditos nacidos en
lugares cercanos comenzaran a conocerse y reconocerse como pertenecientes a
una unidad mayor que les era común. iLo cual no impedía que el poder basado
en el denominado "lazo dinástico" estuviese basado en vínculos supranacionales.
En efecto, se había generado en Europa una aristocracia de carácter
transnacional, adherida solamente por lazos de lealtad a la dinastía a la cual
transitoriamente pertenecía. Más aún, los reyes incentivaban las rivalidades
nacionales en la segundad de que ello garantizaba la unidad del reino. Con las
palabras exactas del Emperador Francisco II de Austria: Mis pueblos son
extraños los unos a los otros y eso es perfecto... yo pongo húngaros en Italia e
italianos en Hungría. Cada uno vigila a su vecino, no se comprenden y se
detestan. De su antipatía nace el orden y, de su odio recíproco, la paz general .
Mientras perduró la lealtad a las dinastías supranacionales, el fenómeno
10 se manifestó, pero inmediatamente que fuera puesto en causa, afloraron con
extraordinaria virulencia las naciones que habían estado latiendo tras la
máscara de las monarquías. Este es uno de los efectos más notorios de la
Revolución Francesa. No es casualidad que la doctrina de Sieyes sobre la
soberanía nacional precisamente hiciera eclosión en ese instante.

' El Estado-Nación como fenómeno histórico.


La nación en armas pasó a constituirse en una de las ideas fuerza que llevó
a los revolucionarios más allá de las fronteras, intentando imponer su credo al
resto de los países, y provocando una profunda reacción contra el racionalismo
francés, que no se expresó en otra cosa que el nacionalismo antifrancés. La
respuesta de los alemanes -condensada maravillosamente en tos Discursos a
la Nación alemana" de Fichte-, es la expresión política de ese movimiento
mucho más amplio, llamado romanticismo, que inundó a Europa a partir de
entonces y que tuviera en cada país, en cada nación, su manifestación propia.
Desde ese momento y hasta mediados del siglo pasado, lucharon dos
principios: el dinástico y el nacional. El primero pareció imponerse netamente
a raíz de la derrota napoleónica y sobretodo por la política impuesta a partir del
Congreso de Viena, basado en la legitimidad como base de la restauración de
los poderes y de la configuración territorial. Con algunas alternativas, el
principio dinástico predominó en Europa hasta 1848, en que se produce una
serie de revoluciones de tipo nacionalista que dan por tierra con las normas de
la Europa de Mettemich, provocando, incluso, su propia caída en Austria.
Desde entonces la marea nacional es prácticamente general y tras sus pasos
andan los revolucionarios en Francia, Italia, España y otros países. No es
extraño, pues, que en 1851 Mancini pronunciara su célebre discurso enTurín,
y que dos años después, muy lejos de ahí, en la ciudad de Santa Fe de la
Confederación Argentina, se dictara la Constitución, con un Preámbulo cuyas
primeras palabras se referían a la nación.
El siglo XX tiene eclosiones de la idea nacional realmente impresionan­
tes. Podemos decir que todo lo que se había incubado, y también reprimido,
durante el siglo anterior explota en nuestro siglo con fuerza inaudita. Vemos
así cómo la lealtad nacional predomina sobre cualquier otra en la Ia Guerra
(incluso en los socialistas que se proclamaban "intemacionalistas"). Al termi­
nar esta guerra la idea nacional está presente en la doctrina de Wilson,
conocida como minimalismo, buena parte de la cual sustentaría el orden de
la posguerra. Ni qué decir de la exacerbación de los regímenes fascistas en
Italia y en Alemania; principalmente en la primera, en virtud de la influencia
ideológica de Alfredo Roceo, autor de la "Carta del Lavoro" en la cual se define
a la nación como “un organismo dotado de una existencia, de fines y de medios
de acción superiores en potencia y en duración a la de los individuos aislados,
o los grupos que la componen".
Sugestivamente, en esa primera posguerra aparece un fuerte interna­
cionalismo catapultado a partir de la Sociedad de las Naciones" (reparemos en
el nombre) y de la instauración del régimen soviético que funda al poco tiempo
la IIIa Internacional, destinada a aglutinar a todos los partidos leninistas del
planeta.

Cuestiones doctrinarias.
Concepto .
La idea de nación está estrechamente vinculada a la de pueblo; incluso
en algunos idiomas se hace difícil la distinción. La realidad humana común a
cada uno de esos términos, explica la identidad; pero hay otro factor , y es el ;
tiempo. En realidad, el factor temporal es el que permite distinguir a la nación
del pueblo, pues mientras este concepto denota la significación temporal del
presente, la nación se refiere a una sucesión de pueblos a través del tiempo, vale
decir, que es la sumatoría del pueblo del pasado, del presente y del futuro. Esta
alianza de generaciones, que vincula a las vivientes con las que han sido y las
que serán, lógicamente hace privar el concepto de nación sobre el del pueblo,
que es algo fugaz y transitorio, como el propio presente. Ello tiene relevancia
política toda vez que sirve para destacar la superioridad de la voluntad de la
nación, expresada a través de instituciones con sedimentación histórica, sobre
meras modas políticas manifestadas de muchos modos, hasta electoralmente,
inclusive.
Marcel Prelot, con respecto al mismo asunto, entiende que hay dos
posibles conceptualizaciones: son las que él llama "nación sociedad" y "nación
comunidad".
La ’’nación sociedad'! es producto de un agregado de voluntades individua;)
les. La nacionalidad se adquiere por un compromiso voluntario o por nacimien­
to, aceptándose implícitamente, en todos los casos, la pertenencia al grupo
nacional. El gobierno, votado en elecciones, representa la voluntad nacional. Es
una asociación contractual creada por sus miembros conñnes prácticos. Nación
y Estado son dos realidades que se superponen y que se necesitan. I!E1 Estado
esJa forma jurídico-política de la Nación".. Agrega Prelot que la base de esta
unidades.individualista, voluntaria y temporal..
La "nación comunidad"} considera a la nación desde el punto de vista de
un organismo que nace, evoluciona, tiende a crecer, expandirse, etc. Tiene un
carácter más mítico que racional, y critica a la anterior por mecanicista y
artificial. Por lo tanto la nacionalidad no se adquiere como quien compra un
pasaje. Se nace francés, o alemán o argentino. Comenta el autor francés que los
suizos tienen dos palabras diferentes para distinguir al nacional del naturali­
zado ("papierschweizer", suizos de papel). Ocurre lo mismo con los alemanes.
Esta última acepción, es la que más se asemeja a la que hemos dado
nosotros, aunque se diferencia también en el. hecho de que no admitimos
comparar a la nación con un organismo y si, en todo caso, con una idea que se
mantiene a través del tiempo y que hace a los fines de la comunidad.

Elementos.
Veamos ahora qué es lo que conforma una nación. Sobre este punto no hay
una doctrina pacífica, pues mientras algunos autores hacen hincapié en
elementos objetivos, otros acentúan la importancia de elementos subjetivos.

a. Elementos objetivos:
- La raza: La postura que prioriza este elemento ha gozado de cierto
predicamento en la doctrina alemana, en autores como Gunther y Clauss,, sin
dejar de recordar los estrechos lazos entre este concepto y la doctrina
nacionalsocialista de las obras de Rosemberg y Hitler (aunque registra ante­
cedentes en una gran cantidad de autores del siglo XIX, entre los cuales los más
importantes son Gobineau, Lapouge y Chamberlain).
El Instituto Real Antropológico de Londres -citado por Prelot-define a la.
raza como "el grupo que posee en común cierto número de características que
deben existir en la mayoría de los individuos”, jpero se cuida bien de aclarar si
tales características son físicas solamente o también psicológicas, cosa que no
hace el autor francés precitado, para quien la idea de raza implica “caracteres
psicológicos y rasgos antropobiológicos comunes". Esto no obsta a reconocer que
hoy en día, sin perjuicio de la existencia de grandes razas y subrazas, el grado
de mezcla es muy grande y ello impide rescatar pautas seguras para la
tipificación. Esta realidad, trasladada al plano político, que es el que nos
interesa, significa la dificultad casi insalvable para fijar el criterio objetivo
nacional basado en la raza.
- La religión: Los que sostienen a este elemento como decisivo en la
conformación'de una nacionalidad, aducen que religión y nación tienen el
mismo tipo de raíz emocional, y de transmisión por medio de las generaciones
sucesivas. Si bien son conceptos distintos, esta similitud los convierte en
compañeros en el viaje a través de los siglos, y auxiliares el uno del otro. No
obstante, ello no resiste frente a ejemplos históricos de naciones consolidadas,
en las cuales las diferencias religiosas suelen ser notorias, como en Alemania
o incluso en Estados Unidos, donde el pluralismo religioso es muy importante.
- El idioma: Es sin duda el elemento objetivo que con mayor fortuna
resiste el análisis pues, en efecto, como aglutinador de voluntades, como
expresión de sentimientos y características nacionales muy profundas, es
manifestación inigualable^ Hasta se ha dicho que las creencias subterráneas
que sustenta un grupo humano, suelen manifestarse en expresiones idiomáticas
no siempre comprensibles para el profano. La historia también suministra una
idea adicional: la primera lucha que entabla un conquistador sobre los
conquistados, es tratar de hacerles perder el idioma nacional y reemplazarlo
por el foránea. De ahí, naturalmente, el carácter reivindicatorío que tienen los
grupos nacionalistas actuales para restaurar su propio idioma en las escuelas,
periódicos y documentos oficiales.
- El territorio: como bien señala Bidart Campos, se constituye en
elemento esencial en el momento de formación de la nación, pero una vez
consolidada ella con los otros elementos, se puede independizar de la base
física.,Al, respecto el caso más conocido de existencia de naciones sinjejmtorio
es el de lo judíos, desde los tiempos de la Diàspora, hasta el año 1948 que es
cuando se crea el Estado de IsraeL) No obstante, la misma constitución
territorial del nombrado Estado parecería demostrar que tarde o temprano las
naciones errabundas ( la Diàspora, al fin y al cabo, ño se produjo por voluntad
de los judíos), tienden a buscar un espacio físico para asentarse.

b. Elementos subjetivos:
Quienes acentúan la importancia de estos elementos, encuentran los
fundamentos de la nación en factores espirituales o estados de consciencia,^)
comunes a todos sus integrantes. Grandes figuras de i'a literatura, la historia,
la filosofía y la política, han sido sus sostenedores; citemos, entre otros a
Michelet, Foustel de Coulanges, Renan, Bergson, Benda, Barres y Horiou.
Como las concepciones son diversas y suelen ir mezcladas, convengamos
en hacer una clasificación a los fines de una mejor comprensión, tomando en
cuenta el factor temporal. Así, podemos distinguir:
La nación como unidad cultural en el pasado: i Es la idea de la
presencia de los muertos, el pueblo pretérito que tiene plena vigencia en el
pueblo del presente. En este sentido la nación es un legado o herencia que no
hay que despilfarrar; un mandato que hay que cumplir, pues lo exigen los que
ya no están. Se manifiesta en el culto a los antepasados en el hogar, en la
veneración a los patricios, es decir a los "pater", los padres fundadores. Por
ende, se encuentra totalmente vinculado al sentido de '’Patria" o sea, a la tierra
dejos padres.)
La nación como unidad cultural en el presente: La idea de vivir ,y
querer convivir con nuestros connacionales. La consciencia de pertenecer a una
nación y querer hacerlo voluntariamente, sin pensar nunca en abandonarlá. En
este sentido la nación es el plebiscito cotidiano -como decía Renán-, en el cual,
día a día, tácitamente, con nuestras conductas, manifestamos nuestro consen­
so a la nación.
La nación como unidad cultural proyectada hacia el futuro: Dicho con
palabras de Ortega y Gasset; la nación sería " un proyecto sugestivo de vida en
común", vale decir, un plan dirigido hacia el futuro que todos compartimos.
La fusión de las tres: La nación sería un estado.del espíritu que nos
hace sentir acreedores de aquellos que hicieron la nación, da.quienes nos
sentimos herederos y cuya herencia aceptamos sin beneficio de inventario, es
decir, con sus aciertos y con sus errores, y ante quiénes nos sentimos obligados
no sólo a no dilapidar el patrimonio material y espiritual recibido, sino también
a conservarlo e incrementarlo. Asimismo, significa aceptar el presente y día a
día ratificar nuestro compromiso de convivencia, compromiso basado en una
esperanza: la que radica en un futuro cubierto con el objetivo nacional, o sea
la gran empresa que aglutina voluntades, que sugestiona y atrapa. >
En la reunión de los elementos subjetivos, y su consolidación o expresión
en formas externas, como el idioma, está entonces la clave de la existencia
nacional; o como dijo Mancini en su célebre conferencia deTurin en 1851: "La
nación es una sociedad natural de hombres a quienes la unidad de territorio,
de origen, de costumbres y de idioma, lleva a una comunidad de vida y de
conciencia social". \
¿Puede estos entes sociales, llamados naciones, tener una organización
política?; ¿pueden organizarse políticamente en forma de Estado? Esto lo
veremos a continuación.

Relación entre Estado y Nación.


Como tantos otros temas, éste no puede entenderse correctamente si no
se efectúa un análisis histórico. De ahí que las respuestas absolutas no sean
posibles. La perspectiva del tiempo, las circunstancias del lugar, sólo ellas, nos
brindarán alguna aproximación.
Cuando vimos la ola de sentimiento nacional que había invadido. Europa
a partir de la Revolución de 1789, dijimos que ésta fue una de las consecuencias
del proceso en Francia: la idea de nación exaltó sentimientos dormidos durante
siglos, no sólo a uno y otro lado del Rhin, sino en toda Europa. Así, los belgas
se declararon independientes de los holandeses (valones y flamencos); los
griegos se levantaron contra los turcos (con la simpatía de toda Europa); y los
italianos comenzaron su proceso nacional, el "rissorgimento", que culminaría
en 1870 con la unificación política de la península.
En todos los casos el sentimiento nacional, el nacionalismo, iba unido a
reivindicaciones fuese de unidad (italianos), de rechazo a invasores (alemanes
y griegos), de expansión de principios universales (franceses).
Había nacido la" teoría de las nacionalidades" que postulaba que cada
grupo nacional tenía derecho a organizarse en forma política, asentado en un
territorio y con un poder directivo; en otras palabras: pedían el Estado.
Podemos decir que éste fue el movimiento más intenso durante el siglo pasado,
con fuertes remezones en el nuestro.
Esta "teoría” ("doctrina", deberíamos decir), sostiene que "todo Estado
debe ser una nacionalidad", de lo contrario, el Estado es una creación artificial;
por otra parte, toda nacionalidad tiene derecho a constituirse en Estado, pues
tal es el derecho de un pueblo a su libertad personal.
El último paso hace referencia al hecho de que tras la lucha por la nación,
había una lucha frontal contra otro Estado que ocupaba parte o todo de dicha
nación. Así, la lucha nacional griega era contra los otomanos que ocupaban
buena parte de la península desde hacía siglos. La guerra de los italianos era
contra su eterna enemiga, Austria, quien ocupaba parte del norte de la
península; pero también era contra Roma, en cuanto capital de los Estados
Pontificios, apareciendo en esto un fuerte sentimiento de anticlericalismo, muy
propio de los nacionalistas italianos (Garíbaldi, Mazzini, el propio Cavour), y
que diera lugar a la participación de la Francia bonapartista para defender a
Roma de los revolucionarios nacionalistas.
Este principio tuvo bastante fuerza en declaraciones internacionales
posteriores a la Ia Guerra, y los tratados de paz 1919-20 se inspiraron en gran
parte en el principio de las nacionalidades, aunque en la práctica fue ignorado
por los países hegemónicos que solían aplicarlo según marcaran sus convenien­
cias. Luego de la IIa Guerra, el principio tuvo nuevos ímpetus con los procesos
de liberación nacional ocurridos en Asia y Africa, que hicieron nacer nuevos
Estados donde antes existían las colonias europeas.
El principio de las nacionalidades tiene un doble procedimiento para
actuar: imas veces obra por agregación; y otras, por el contrario, por disgrega­
ción.
El primer caso es el de una nación repartida entre varios Estados. La
agregación implica romper los lazos con los respectivos estados, y crear un
nuevo Estado que abarque por completo a la nación preexistente. Este ocurrió
con los alemanes e italianos durante el siglo pasado
El caso contrario, es cuando dentro de un sólo Estado coexisten varias
naciones, entonces cada una de ellas tratará de secesionarse del resto para
formar su propio estado nacional. El caso típico es el del extinto Imperio Austro-
Húngaro (desaparecido en 1918), que comprendía innumerables nacionalida­
des, algunas de las cuales provenían de tradiciones independientes
multiseculares (Bohemia había sido independiente durante 8 siglos; Hungría
durante siete). No fue sorprendente, pues, que luego de la Ia Guerra y en
aplicación del principio de las nacionalidades, se hubiera reconocido a tales
naciones como Estados.
No obstante su apogeo, ya a principios de siglo hubo autores que
comprendieron algunos riesgos que presentaba; así, E. Cimbali, en una obra
presentada en 1906, decía: "una teoría, que bajo las falaces apariencias de
principio de libertad y progreso puede ser una manifiesta encamación del
delito de conquistas, es la teoría de las nacionalidades. Ella es un mero crimen
de conquista cuando pretende que por el sólo hecho de ciertos comunes
elementos, como la lengua, la religión, las costumbres, la raza, el territorio,
quedan obligados todos los grupos de individuos que los poseen, a constituir
una sola unión política, ún sólo Estado, un sólosujeto o persona internacional.
Superior a tal o cual otro elemento común, físico o moral, es la voluntad. Donde
ésta falte, no hay comunidad de elementos de determinada índole que tenga
poder legítimo para obligar a los independientes grupos de individuos a vivir
una vida política en común".
La doctrina actual se divide entre aquéllos que asimilan el Estado a la
Nación, ya que lo consideran como la Nación políticamente organizada (doctri­
na francesa), y los que sostienen que Nación y Estado no sólo son conceptos
diferentes, sino que nunca la Nación se organiza como Estado (doctrina
alemana).
Dentro del primer grupo podemos mencionar a Duverger, quien sostiene
que: "Las naciones constituyen todavía, en la segunda mitad dei siglo XX, las
entidades territoriales fundamentales. De hecho y de derecho, la tierra se
encuentra dividida fundamentalmente en naciones... esta situación es propia
de un momento de la historia". Más adelante, el profesor francés admite que las
instituciones políticas nacionales -cuyo conjunto constituye el Estado- son las
mejor organizadas de todas las instituciones políticas. "El Estado -afirma-
dispone de medios de sujeción más fuertes que los que posee cualquier otra
comunidad, incluida la comunidad internacional".
Sigue esta corriente el profesor argentino Mariano Grondona, quien
distingue los tres momentos en que se puede producir la vinculación entre el
Estado y la Nación. Así, puede haber sido el caso de que la nación emergiera
simultáneamente al Estado, que es lo que les ocurrió a Francia y-a Inglaterra
hace siglos; que la Nación precediera al Estado nacional, como en el caso de
Italia y Alemania; y tercera posibilidad, que el Estado preceda a la Nación, que
para Grondona, es el caso argentino.
La denominada1'doctrina alemana" considera que la nación es un fenóme­
no social de suma importancia pero que no se organiza ni adquiere personali­
dad moral, distinta a la de los miembros que la integran; por consiguiente no
se puede transformar en Estado. La nación, integrada por personas, puede
componer, dentro de un Estado, el elemento poblacional; o sea que, dentro de
los “habitantes" de un Estado, puede existir un grupo numeroso que compone
lo que se denomina una nación; pero en ningún momento dicho grupo adquiere,
cualquiera sea su número, carácter de hegemónico, ni su voluntad se expresa
en la voluntad del Estado. Esta es la idea de Jean Dabin, de la ciencia política
anglosajona, y de los profesores Bidart Campos, Llerena Amadeo y Ventura, en
nuestro medio.
Nosotros compartimos la preocupación de esta última posición; o sea: el
temor de que la voluntad nacional, interpretada como fuerza irresistible,
aplaste cualquier disidencia tal como ocurrió con los totalitarismos de base
nacionalista acaecidos en la primera mitad de este siglo. En la medida en que
el poder del Estado se ponga al servicio de la Nación y que sus dirigentes se
propongan objetivos expansionistas, todos los recursos del Estado pasan a
sumarse al servicio de aquellos fines. Este es el segundo riesgo. En suma:
peligro para las libertades individuales y riesgo de empresas imperialistas, son
los dos argumentos políticos para rechazar la doctrina francesa.
No obstante, hay que reconocer que los movimientos nacionales del siglo
pasado no estuvieron comandados por elementos totalitarios sino todo lo
contrario, por defensores de la libertad. Bien se ha dicho que liberalismo y
nació- nalismo eran una sola cosa, como bien lo había percibido el sagaz
Metternich.
También debemos admitir que no se entiende cómo se hubiera producido
la unidad italiana, por ejemplo, sin dotarla de un poder centralizado que
organizara los poderes preexistentes; en otras palabras, sin crear un Estado
nacional. O, de igual modo, no se visualiza de qué otra manera hubieran logrado
su unidad los alemanes en 1870, si no a costa de los poderes locales y la erección
de uno superior.
Pero yendo mucho más atrás en el tiempo, allá por los albores de la Edad
Media aparecen en Europa los pueblos germánicos que integraban lo que_hoy
llamaríamos una nación; Lo curioso es que estos pueblos no tenían una base
territorial fija, pero sí su organización política y socxalr'costumbres, idioma,
leyes, tradiciones, planes hada el futuro, todo hacía de ellos una nación, pero
no un Estado, toda vez que hoy estaban en Hungría, mañana en Italia, luego
pasaban a Francia y finalmente se radicaban en España. Estoy hablando de los
Visigodos. No eran Estado (salvo sus últimos 300 años en España), y sin
embargo poseyeron una organización política tal que les permitió perfectamen­
te vivir durante siglos hasta remontarnos a tiempos inmemoriales. O bien, eran
un Estado, siglo tras siglo, que encubría una nación.
En conclusión, la historia parece enseñar que las naciones, cuando se han
sentido tales, tratan -sea por dispersión o por agregación- de formar unidades
políticas dotadas de organización estatal. Ponen el aparato estatal al servicio
de la nación, lo dotan de sus símbolos (los llamados símbolos nacionales), le
proveen de su historia (los hechos del pasado ocurridos a los hombres que la
integran), le dan su idioma, a veces su religión, y ciertas características
inconfundibles del llamado "carácter nacional" que analizara Morgenthau con
su agudeza habitual.

El nacionalismo
De todo lo dicho se desprende que los movimientos nacionalistas tuvieron
su origen en Europa en el siglo pasado en pos de lograr convertir ciertas
naciones en Estados independientes?. Generalmente esto presuponía una lucha
contra quienes ostentaban el poder en el Estado dentro del cual la nación en
cuestión se encontrara. Tal el proceso de los italianos del cual hemos hablado,
o de los griegos, o de los húngaros, o de las nacientes repúblicas en latinoamérica:
Podemos decir que la ola nacionalista invadió Europa y fue el principal
factor disolvente (más que el racionalismo francés) de los sistemas dinásticos.
Luego de la IaGuerra, el nacionalismo logró importantes victorias dando origen
a nuevas entidades políticas que encerraban naciones latentes durante siglos
(Checoslovaquia, Hungría, Finlandia),
Posteriormente, el nacionalismo tomó otros rasgos desde la revolución
social que se produce en toda Europa a partir del auge del socialismo y
principalmente de la instauración de los leninistas en Rusia. En este caso
el nacionalismo, muy influenciado por una corriente francesa de fines de
siglo, adquiere tonos antiliberales, autoritarios y dogmáticos, característi­
cas éstas que no eran frecuentes en las generaciones anteriores de naciona­
listas. Conservaban, en cambio, como los anteriores, el denominador común
de cierto anticlericalismo. Las figuras más destacadas fueron las de Maurice
Barres y Charles Maurras, sobremanera éste último quien, curiosamente,
predicaba una vuelta a la monarquía en Francia, destacándose del antiguo
nacionalismo que era, en general, antidinástico.
La corriente siguiente, de origen italiano, exalta a la Nación y al Estado
como realidades superiores al hombre, reivindica las corporaciones medieva­
les, y se convierte abiertamente en belicista, antiliberai e imperialista; parti-
daría de una filosofía irracional y violenta sucumbe, como su homologa
alemana, en la IIa Guerra.
Pero como consecuencia de estas experiencias históricas del nazi-fascis­
mo, la idea de nacionalismo quedó muy vinculada con la idea de totalitarismo.
Es decir, que ocurrió algo similar a lo que ocurriera con otras ideas (la geo­
política, por ejemplo) cuya alianza singular con un régimen determinado, la
lleva a correr la suerte del principal.
Los movimientos nacionalistas en las colonias europeas, adquieren
características especiales, pues en su lucha contra los poderes centrales
encontraron distintas formas de manifestación propias de sus circunstancias
culturales; no es de extrañar, ya que surgían de culturas distintas, donde
ciertas improntas del nacionalismo europeo no tenían ninguna aplicación (por
ejemplo, el anticlericalismo). De tal manera, ocurrió lo que tema que ocurrir:
se enfrentaron (como tantas veces en Europa) dos nacionalismos: el de los
países colonizados y el de los colonizadores. Eso pudo verse muy bien en Argelia
a partir de 1960, cuando la metrópoli resolvió abandonar a los colonos franceses
a su suerte.
Otra característica de los movimientos nacionalistas en el Tercer Mundo
es que solían tener una cierta propensión a alianzas ideológicas y materiales
con el marxismo. Así nacen los llamados "movimientos de liberación" que
buscaban aglutinar a la mayor parte de adeptos a través de una alianza de
clases, recibiendo armamentos de la TJRSSjChina u otros países afines; con
guerrillas, atentados, instructores-extranjeros; llevaban a una situación que
concluía en el hecho de pasar de un dominio a otro dominio. Las figuras que
encarnaron este sentimiento, con muy diversos matices, fueron Nasser en
Egipto; Ben Bella en Argelia; Ho Chi Ming en Vietnam; Lumumba en el Congo;
GadafK en Libia, etc. etc., todos los cuales se decían nacionalistas y
antiimperialistas. Este nacionalismo "tercer mundista" tiene su apogeo en los
años que cubren las décadas del 50, 60 y 70, comenzando luego a declinar
lentamente, quizá por haber logrado la mayoría de sus objetivos políticos.
El nacionalismo del Tercer Mundo se ha mimetizado con la religión
predominante en la cultura islámica. Esto ha dado lugar a un renovado fervor
de los pueblos árabes en su lucha contra Occidente. En realidad, el Islam se
considera una nación en los alcances occidentales del término, aunque con
características muy particulares de una cultura que no ha aceptado la dicotomía
entre el poder político y el espiritual, propio de los países occidentales desde
hace siglos. De ahí al llamado "integrismo“ musulmán hay un .sólo paso. La
Guerra Santa es voz de orden política y moviliza con fervor a millones de
adeptos. El exponente más notable ha sido el desaparecido líder persa
Khomeini, jefe de la parte siíta de la religión de Mahoma. En la Guerra del Golfo
el líder iraquí Sadam Hussein intentó, sin mucho éxito, llamar a la"Guerra
Santa" contra las fuerzas de la Coalición.
Resurgimiento en la posguerra fría.
El fin de la guerra fría, el derrumbe del imperio soviético y otras
circunstancias que se venían incubando desde hacía años, con problemas que
nunca fueron resueltos (irlandeses, vascos, armenios), han dado lugar a la
reaparición de naciones que parecían sepultadas por los tiempos, como los
croatas, bosnios, servios, y a la aparición de novedosas ’'etnias”, expresión que
hace referencia preferentemente a la lengua común que poseen los que la
integran. La situación es tal, que la podemos resumir de la siguiente manera,
siguiendo el excelente estudio especial de "La Nación", ya referido, titulado
"Integrismos. Nacionalismos. Fundamentalismos", que clasifica a los "Movi­
mientos o conflictos de origen" en:
Etnico y/o nacionalista: vascos, catalanes, corsos, Países Bálticos,
moldavos, rumanos, húngaros, servios, albaneses, búlgaros, todos en Europa;
los sind en Pakistán, los grupos siks en la India; más la situación en los
siguientes países de Africa: Sahara Occidental, Senegal, Liberia, Angola,
Mozambique y, principalmente, Africa del Sur.
Nacionalista y religioso: Libia, Armenia, Georgia, Sudán, Irlanda, etc.
Religioso: Argelia, Egipto, Arabia, Irán, etc.
Nacionalista y político: Francia, Alemania e Italia ( se refiere a fuertes
partidos de ultraderecha).
Político: Camboya, Perú (por "Sendero Luminoso").
Todos confundidos: coloca nada menos que a la URSS.
C A P I T U L O X V III.

Formas de Estado.

Planteo del problema.


Por formas de Estado entendemos lo§. modos cómo se distribuyen los
distintos elementos del Estado entre sí; esto implica relacionar el territorio y
la población con el poden Trataremos el tema siguiendo pautas tradicionales,
lolñiál hace necesario~acordar algunos aspectos antes de adentramos en la
cuestión
En primer lugar debemos aclarar que5tomamos el término "Estado" en
el .sentido amplio. 4e comunidad políticamenteorganizada;' esto significa que
nos vamos a referir al denominado “Estado moderno”, y no a otras formaciones
históricas análogas.
Dentro del Estado moderno tendremos que intentar buscar una tipificación
actualizada,j ya que el contenido histórico de las clasificaciones posibles
tornaría casi imposible la tarea. Pensemos que efectuar este tipo de clasifica­
ción en los tiempos de Luis XIV hubiera sido muy diferente a hacerlo en la
actualidad.
La forma denominada ’^Federalismo’1, para dar otro ejemplo, tiene un
carácter no sólo histórico sino tamBieñ~dÍnámico, con una evolución constante
hacia otras formas. Inclusive, durante siglos, tal forma de Estado fue descono­
cida (a pesar de ciertos antecedentes que siempre se citan), tanto en Grecia
como en Roma.
Finalmente, observemos que hablamos del Estado como comunidad ,y_no
«imojaparato de poder, lo cual no obsta a que éste sea el principal protagonista
de la clasificación'. Por esta razón, en realidad lo que está latiendo detrás de las
formas de Estado es la pregunta ¿cómo se ejerce el poder? Es decir que existe
una intención de valorar tal ejercicio. Por ende, las que surgen no son, en rigor
de verdad, teorías, sino doctrinas destinadas a juzgar a determinados Estados
a la luz de ciertos tipos ideales, en el sentido de Jellinek. En segundo lugar,
convengamos en dejar la relación "poder-población" para ser tratada en el
capítulo siguiente, dentro del tema de las formas de gobierno, con el cual está
estrechamente vinculada.
Relación del poder con el territorio.
Hemos definido ajioHeaicomo u n a j g o t ^ a j ^ z a d a » io^cual sjgnjfjcaba
que existen^ otras potenciasteenergías conscientes ..capaces de modificar la
realidad), ^entro de un determinado ámbito espaciaLjLa cuestión es saber si
el .poder político, o poder Estatal, tolera la existencia de esas. Qtras .potencias
o si, por el contrario, trata de evitar su existencia o su funcionamiento; y en el
primer caso, sj tal existencia se manifiesta en algún tipo de función de carácter
público, análoga-alas^jue ejerce eí poBeFpolítico, en cuyo caso estaríamos ante
la llamada "descentralización”.'
Cuando la potencia ejerce sus funciones políticas asentada en un deter­
minado espacio, estamos ante lá descentralización geográfica, que es la que
ahora nos interesa.
Pero los tipos de descentralización no se agotan en la espacial o territorial.
Existen varios tipos más de descentralización, como aquéllos relacionados con
la base profesional y la nacional. Siguiendo a Bidart Campos, observamos lo
siguiente:

poder federa!
O
o - Territorial -
<

< poder municipal


H
£
W
a
C/3
- Profesional
Q
- Nacional

La forma de Estado federal, es una forma de descentralización del poder


político con base espacial, que presupone la existencia de una pluralidad de
poderes políticos sobre el mismo territorio, regulados por medio de una norma
o ley suprema que establece la competencia de cada uno de ellos. Volveremos
sobre ella.
La descentralización, profesional no significa únicamente reconocer a
gremios y corporaciones su vida y acción en pro del cumplimiento de sus
objetivos, sino además otorgarles..atribuciones de carácter^político, darles
participación en el proceso de gestación y formación de las leyes. Esto se
presenta en muy diversas formas históricas, de las cuales las más importantes
fueron las experiencias corporativas en la Italia fascista de los años a 30, a
través de la denominada "Cámara de Fascios y Corporaciones", órgano que
reemplazaba al Parlamento tradicional integrado por representantes de los
partidos políticos. Este tipo de descentralización encuentra formas acordes con
el sistema democrático liberal, en los llamados “Consejos Económicos y
Sociales", vigentes en muchos países a partir de la 2a posguerra. El corporati-
vismo, por otro lado, fue identificado con el fascismo a todos los efectos
prácticos, a pesar de ser -desde el punto de vista de la teoría política- conceptos
diferentes atinentes a cuestiones distintas.
Finalmente, la descentralización nacional o étnica, ha sido, la respuesta
a ciertos problemas conflictivos creados por la coexistencia, no siempre pacífi­
ca, de comunidades nacionales o étnicas diferentes, sobre el mismo territorio,
estatal. jEs una buena respuesta a problemas harto difíciles que se plantean
actualmente en ciertas zonas del planeta, tal como vimos en el capítulo
anterior.
En los tres supuestos, la descentralización significa la reducción del poder
del Estado sobre las personas. Es decir, que sin desaparecer la relación política,
el poder del Estado, único y omnipresente por definición, queda amortiguado.
Y ello, a la postre, redunda en un mayor margen de libertad para los hombres.
Las formas de descentralización, son formas de libertad.

Federación y Confederación.
Estas dos expresiones estuvieron mucho tiempo confimdidas y aún hoy se las
suele mencionar indistintamente. Inclusive "hasta en el siglo pasado, en las
ConstitucionessuizasUe” 1848 y 1874, se las utilizaba como sinónimos. Ello no
respondía solamente a una cuestión de imprecisión o inmadurez de la doctrina,
sino al mismo carácter histórico y mutable del concepto, en permanente evolución.
Antes de las referidas constituciones suizas, el primer intento (que lleva más de
doscientos años) se dio en Estados Unidos, en 1787. Otros tipos federales fueron
la Constitución de Álemáma^e~ÍS71, las de Brasil, Venezuela, México y, por
supuesto, la nuestra de 1853.
Después de las dos guerras mundiales otros países hicieron suyo el
sistema federal aunque, cabe aclarar, cada uno de ellos presenta caracteres
muy disímiles que van desde las formas más descentralizadas hasta formas
casi centralistas.
Los casos de confederaciones, en cambio, son más reducidos. Suele citarse
a la unión que rigió fenTas colonias norteamericanas desde 1776, fecha de la
Independencia, hasta la sanción de la Constitución de 1787; la suiza desde
1815 a 1848; y las varias germánicas anteriores al Imperio. Suele omitirse,
inexplicablemente, a la Confederación Argentina fundada en el Pacto Federal
de 1831 y que rigió (confínas propias características)^ hasta 1853. A su vez, es
objeto de polémica el carácter confederativo de la Constitución soviética de 1936.
En realidad confederación .y. federación, en ese orden, son dos momentos
del mismo proceso histórico de-unión de Estados, que se vinculan en virtud de
intereses, historia, afinidades, objetivos,'todo lo que constituye ese sustracto
común que hemos denominado Nación..£n ese sentido la Nación preexiste a los
estados confederados y a las federaciones. Sin ella hubiesen sido totalmente
imposibles. Basta ver los antecedentes históricos para llegar a esa conclusión:
los colonos americanos,, los suizos, los alemanes no se hubieran confederado si
no se hubieran dado tales requisitos. A su vezólas confederaciones sirvieron de
antecedente necesario a las federaciones, o bien se dispersaron cuando la
nacionalidad común dejó de existir^ tal como ocurrió cuando los austpacos
fueron excluidos en 1866, después de Sadowa, de la Confederación Germánica.
•Es correcto hablar de "forma de Estado" con referencia a las federaciones,
pero no en relación a las confederaciones, que son uniones de una pluralidad
de Estados, y situaciones de transición histórica^
Con respecto a las diferencias restantes entre ambos tipos políticos,
adoptamos el excelente cuadro dé Mario Justo López, que sintetiza los aspectos
fundamentales:

Rasgos Confederación Estado federa!


característicos

Naturaleza de la norma Pacto de derecho Constitución


vincuiatoria. internacional

Carácter de ios Estados- Estados soberanos, Estados autónomos


miembros. con vinculación in­ sin vinculación in­
mediata a la comuni­ mediata con la co­
dad internacional. munidad internacional

Finalidad Protección externa, Omnicomprensiva.


principalmente.

Organización Organo u órganos co­ Organos comunes


munes permanentes (sin permanentes (que
constituir una perso­ constituyen una
na jurídica): no es Estado. persona jurídica):
es Estado.

Extensión del poder del Sobre los Estados Sobre los Estados
órgano u órganos miembros, solamente miembros y los ciu­
comunes dadanos
Derechos de ios De nulificación y de Inexistencia de
Estados miembros secesión. derechos de nulifi­
cación y secesión.

Por consiguiente, laconfederación admite que los estados que la integran


se puedan marchar cuando lo deseen (secesión); que veten la.aplicación de las
normas-sancionadas por el órgano común (suele llamarse "Dieta Confedera]"),
que es lo que se. denomina poder de nulificación; y que celebren tratados
internacionales, aunque las decisiones en materia de guerra y de paz, así como
la conducción de las fuerzas armadas, dependen del órgano confedera!'Esto
dependiendo siempre de las distintas modalidades históricas que han asumido
las confederaciones. -
En._cambio las federaciones son una forma de Estado, en la cual coexisten
sobre "un" territorio, una pluralidad de poderes; pluralidad compuesta por un
poder central, nacional o federal (se utiliza más este último término por razones
doctrinarias), con más una -plúralidad de poderes denominados estaduales,
cantonales o provinciales que, por definición, no son soberanos (este atributo
se reserva al poder federal o nacional); Esto demuestra, como dijimos antes, que
la soberanía no es cualidad esencial del poder político, toda vez que existen
estados no soberanos, a los cuales se les da la denominación de "autónomos".
La coexistencia sobre un sólo territorio de un poder soberano con otros
poderes autónomos dio lugar a una laboriosa tarea doctrinaria y jurisprudencial
destinada a compatibilizar un esquema que no cuadraba dentro de las
definiciones clásicas del Estado europeo, imbuido por el lastre histórico de la
doctrina de la soberanía; sobre todo de los Estados nacionales más antiguos,
sin duda marcados por la circunstancia de la aparición simultánea de ambos
términos de la ecuación. Así, para ingleses, franceses y españoles, la raigambre
absolutista les hacía difícil percibir una realidad distinta a la unitaria. En
cambio para Estados nuevos, como el alemán, la idea de federación era asi­
milable en función de los innumerables particularismos.
/ Cabe agregar dos. aspectos con relación al sistema federal:
a. Que siendo la norma fundamental de la federación lo que se denomina
"Constitución", ésta es la que marca las. relaciones entre el poder federal y los
poderes, autónomos. Tal relación se da en una triple esfera:
Relación de subordinación: en virtud de ella, las normas emanadas
de poderes autónomos dependen, en cuanto a su validez, de estar en conformi­
dad con las normas de la ley fundamental.
Relación de participación::, los poderes autónomos participan dé la
sanción de las normas nacionales a través de una representación específica en
algún órgano del gobierno federal (Senado, por ejemplo).
Relación..de. coordinación-, determina sobre qué materias recaen las
normas federales y sobre cuáles las provinciales. \
Para evitar el riesgo de la superposición, se reparten las atribuciones o
competencias en aquellas que son propias del gobierno federal (paz, guerra,
leyes de fondo, etc.); las que son propias de las provincias (dictar sus Constitu­
ciones, instrucción primaria, etc.), y las concurrentes (facultades impositivas,
convenios comerciales, etc.).

r¿>7 Que la federación registra una característica qye Bidart Campos


denomina la ‘'dinámica del federalismo"; ello significa, como lo ha advertido el
profesor argentino, que no se trata de una categoría inmutable sino que'debe
ser maleable a los tiempos, máxime cuando éstos indican las fuertes embes­
tidas hacia el federalismo por parte de los gobiernos centrales que, por
definición, son celosos y propensos a su agigantamiento, además del hecho,
siempre advertido, del impacto de las innovaciones tecnológicas, los medios de
comunicación, la velocidad de los transportes, etc. que hacen cada vez,más
difícil evitar la progresiva centralización del poder en el gobierno, federal/Ni
Hablar, como recuerda Bidart Campos, de las situaciones de emergenciaTcnsis,
depresiones económicas, guerras), en donde el federalismo queda como una
sombra latente pero no siempre efectiva. Cuando estudiemos, en la última
parte, el Estado argentino, tendremos oportunidad de analizar más a fondo el
asunto que, en nuestro país, se ha acentuado en las últimas décadas, no
solamente por las causas apuntadas, sino además por la acción de los gobiernos
llamados "de facto” que, por definición, son centralistas.

Regionalismo.
Producto de las nuevas circunstancias emergentes de la dinámica histó­
rica,: la región se constituye primero en una realidad territorial basada en
estructuras socio-económicas, y luego en un ente de carácter jurídico y político.
De esto se desprende que estas unidades vienen a reordenar,. en base a una
nueva realidad, ei mapa político hacia adentro del Estado y fronteras afuera.
Me explico con los siguientes ejemplos:

a. R egionalism o inierprovincial: Por razones de conveniencias econó­


micas, afinidades culturales, proximidad geográfica, etc., varias provincias
constituyen una región a efectos de beneficiarse recíprocamente y obtener
objetivos que, aisladamente, no lograrían. Ejemplos, el Noroeste Argentino
(NOA), ente supraprovincial que actuando de consuno establece estrategias de
largo plazo.
h. R egionalism o interm unieipal: Por iguales razones, ja bien por
carecer de. posibilidades de obtener éxito en determinado tipo de políticas
(sanitarias, educativas u otras), varios municipios actúan en forma conjunta,
peticionan,. coordinan^ Es el caso de las municipalidades del denominado
"conurbano", superadas en forma aislada por problemas que, en forma conjun­
ta, pueden resolver.

c. R egionalism o supraestatal: Sin duda es el más importante porqu


; aglutina varios Estados nacionales en lo que ha dado en llamarse actualmente
los_procesos de integración, de los cuales existen diversos ejemplos como:
7 - La Comunidad Económica Europea: aglutina a buena parte de los
países de Europa, creciendo desde el año 1957 en que nació con el nombre de
Mercado Común Europeo. Sus próximos objetivos son integrar a los países
europeos que salen de la órbita de la URSS (unidos iníructuosámente hasta
ahora en el extinto COMECOM) y en segundo lugar consolidar la unión política,
germen de la futura federación europea.
Mercado Común del Norte: que vincula a Estados Unidos, Canadá y
próximamente á'Mexico.
MERCOSUR: Mercado que aglutina a Argentina, Brasil, Uruguay y
Paraguay, y que se encuentra en funcionamiento desde 1994.
La diferencia, que es útil retener, entre un mercado común y una. zona de
líbrecomercio, es que en la primera existe una barrera común aduanera frente
a terceros países, en cambio en la segunda existe solamente libertad de tránsito
de mercaderías y personas entre los países signatarios, pero no fronteras
aduaneras, ante terceros. De manera que, como mecanismo de integración, el
mercado común es más complejo y más avanzado. También es cierto que éste
se encuentra más cerca de una eventual integración política.
Ejemplos históricos de zonas de libre comercio fue la llamada ALALC
("Asociación Latinoamericana de Libre Comercio"), nacida a principios de los
años 60, que fracasó hasta ser reemplazada por la actual ALADI ("Asociación
Latino Americana de Integración”), que tampoco ha logrado avances en alrede­
dor de diez años de vida. Finalmente digamos que el proyecto (hasta el momento
no es más que eso) del presidente norteamericano George Bush llamado
"Iniciativa para las Américas", propone la conformación de una zona de libre
comercio que abarque las tres Américas.
Los pactos interregionales supraestatales en los momentos actuales
tienen cierta equivalencia histórica con los antiguos pactos interprovínciales
de ios cuales está llena la historia de nuestro país. Si bien en un primer
momento sólo fueron convenios de mutua conveniencia económica (supresión
de aduanas, libre tránsito de personas, etc.), lentamente se fueron convirtiendo
en nexos de unión política. Ello es característica general. La finalidad última
(a veces a largo plazo), que tienen como objetivo estos intentos de integración
económica, es la creación de comunidades políticas JEste desenlace parece muy
cercano en el caso de la CEE (donde ya funciona el denominado "Parlamento
Europeo"). El caso de los países del Cono Sur sin duda llegará por otros caminos.
Los mecanismos de integración política.han sido diversos en el pasado:
a. En ocasiones, la integración se hacía a partir de un Estado que
actuaba como motor de la unión; así, por ejemplo, Castilla en España y Prusia
en Alemania. El camino español y el alemán, no están exentos de violencia, ya
que ambos fueron acompañados de guerras contra terceros países, en las cuales
el factor militar funcionaba de vínculo primario.
b. El camino siguiente es el pacto pacífico que celebran estados indepen­
dientes que racionalmente buscan su unión por intereses diversos. Muchas
veces está acompañado por una guerra que aglutina a los Estados frente al
enemigo común, tal el caso de la confederación de las colonias americanas en
1776 mientras se luchaba contra la metrópoli.; otras veces es consecuencia de
una guerra de terceros que afecta a los interesados en la unión, como ha sido
el caso suizo en 1815, tras las guerras napoleónicas. La unión argentina nacida
del Pacto de San Nicolás estuvo precedida por la guerra civil internacional
contra el gobierno de Rosas. La unión definitiva de la República Argentina, se
consolida luego de dos batallas, Cepeda y Pavón.
c. Los caminos anteriores parecen actualmente intransitables. No sólo
porque las guerras estarían descartadas por las circunstancias generales, sino
porque el denominado "Nuevo Orden Mundial" no lo permite, tal como ha
quedado suficientemente demostrado con la Guerra del Golfo, precedida, como
todos recordarán, por la anexión que consumó Irak del Emirato de Kuwait que,
al "margen" de otro tipo de consideraciones, era un Estado reconocido por la
comunidad internacional, incluso por la ONU. Políticamente hablando, Irak
estaba intentando, digamos, un método incorrecto de integración a partir de la
conquista (que hubiera seguido en otras direcciones, sin duda alguna, de no
haber actuado la ONU).
También está casi descartado el método puramente racional de que dos
jefes de Estado, munidos de amplios poderes, se sienten en una mesa y firmen
un tratado de unión de tipo confederal. Por el momento suena a utopía y lo que
más se puede pretender al respecto, es que tal evento sea una especie de paso
final tras un largo camino en el cual hay mucho que recorrer.
d. Queda la alternativa que han ensayado los europeos con éxito desde
los tiempos de la posguerra: la cesión o delegación de funciones del poder
político a órganos supraestataíes, en un proceso sin prisa pero sin pausa que
no roza intereses, ni Hiere susceptibilidades, ni pisa en falso echando a perder
el conjunto.
Como dice Morgenthau, hablando de la experiencia europea: "Las comu­
nidades europeas parten, valga la expresión, desde el punto opuesto de la
estructura prevista; se inician desde la base en lugar de hacerlo desde la cima.
Están empeñadas en crear una unidad funcional dentro de una esfera de acción
limitada, en la suposición de que su actuación conducirá, en primer lugar, a una
comunidad de intereses dentro de esa esfera particular, y que su ejemplo se
difundirá a otros campos funcionales, tales como la agricultura, los transpon
tes, la electricidad, las fuerzas militares. Finalmente se espera que estas
unidades funcionales propicien el crecimiento orgánico de la unidad política.
Una vez que todas las unidades funcionales se hayan establecido como
corresponde, la soberanía habrá sido transferida de hecho a un gobierno
europeo común mediante pasos graduales y sin que las naciones individuales
caigan en la cuenta de ello".
La metodología propiciada por el autor norteamericano no es utópica en
el doble sentido de que no desconoce las realidades nacionales ni la fuerza que
aún posee la idea de soberanía, y es realista también en cuanto a observar un
proceso que ha salido del campo de la teoría para convertirse, tras una
generación, en una verdad tangible. La propuesta es ésta y vale la pena tenerla
en cuenta en nuestros intentos integracionistas:
Primer paso: Creación de un órgano supraestatal con funciones específicas.
Segundo paso: Delegación en dicho órgano de funciones propias del poder
estatal, en materias limitadas. t
Tercer paso: Confiando en el buen éxito del ejemplo, dejar prevista la
creación de nuevos órganos con nuevas funciones.
Cuarto paso: Consolidación del órgano supraestatal y transferencia del
resto de sus funciones específicas.
Por el momento, no hay otro camino para la integración primero económi­
ca y en el futuro política.

Descentralización administrativa.
Volviendo al orden interno, digamos que existen dos tipos de descentra­
lización: la política y la administrativa;.esto es al menos desde el punto de vista
teórico, pues en la práctica suelen darse casos donde ambas categorías se
presentan en forma confusa. Además, la clasificación no carece de importancia
pues con la primera se vinculan cuestiones doctrinarias de primer orden.
Siguiendo a Burdeau, digamos que la descentralización política implica,
para el órgano descentralizado, la capacidad de autoorganizarse, es decir,
dictar sus propias normas. Todo ello emanado de un "título propio" es decir, por
propio derecho y no en virtud de una concesión que le efectúa otro órgano.
Resumiendo, hay descentralización política por razón de:
Objeto: capacidad de dictar las propias leyes.
Título: que no proviene de ninguna delegación.^
En cambio,1.la descentralización administrativa excluye ambas capacida­
des, o sea que un determinado órgano es administrativamente descentraliza­
do, cuando por razón del objeto no dicta sus propias normas sino que las recibe
del órgano jerárquicamente superior, careciendo de título, legitimidad propia,
y recibiéndola desde el órgano subordinante. \
En cuanto a la capacidad de elegir a las personas que integran sus
órganos, ello es atributo de una y otra clase de descentralización.
La descentralización política tiene siempre base territorial, pues_.emana
de circunstancias., históricas propias, tal el caso de las provincias; esto significa
que en la práctica (no en la teoría) no existe posibilidad de descentralización
política sin un ámbito espacial donde se ejerza dicha descentralización, de
donde surge, en última instancia, el título legitimante al cual hacíamos
referencia.

Autonomía y autarquía.
Ambos conceptos están estrechamente vinculados a los dos tipos de
descentralización que venimos tratando. En efecto, los entes autónomos son
aquéllos que gozan de descentralización política, es decir aquellos entes
políticos, de base territorial,.que se autoorganizan (dictan sus leyes), por propio
derecho. Por ende, son autárquicos los entes sólo descentralizados
administrativamente. Veamos cómo lo resumimos en el siguiente cuadro:

z
o Ciases: sólo con base íerritorial
Capacidad: Dictan sus normas.
o Política: Entes autónomos.
Título: propio.
<
SI Ejemplos: Provincias en un Estado federal.

c/base territorial^)
<
OS Clases _
f—1 s/base territorial**)
z
w Entes
u Administrativa: Capacidad: reciben normas.
tr¡
CU Autárquicos Título: por delegación.
Û Ejemplos: Provincia en un Estado Unitario.

La autonomía, tal como se la define en el texto, está muy emparentada con


la soberanía que, como hemos, visto involucra también la capacidad de
autoorganizarse, dictando las propias leyes en virtud de una legitimidad
indiscutida. Ello ha dado lugar a que se planteen dificultades y debates -que vimos
en su oportunidad- relativos a saber si la soberanía es requisito imprescindible de
los Estados.
La existencia de Estados autónomos dentro de los regímenes federales
parece demostrar que la nota de soberanía no es elemento "sine qua non" y que
de admitírsela como cualidad del poder estatal, entonces entre soberanía y
autonomía no habría una diferencia esencial sino simplemente de grados. De
ahí a concluir -como lo hemos dicho anteriormente- que la soberanía, en el
plano teórico (pues en el real está fuera de toda duda), es un concepto relativo,
hay un sólo paso.
Pero hay algo más, de extraordinaria importancia en un tema aparente­
mente tan abstracto, y es lo que Mario Justo López denomina la "introducción
de elementos valorativos" en la cuestión estimativa basada en el resguardo de
la libertad personal por medio de la descentralización.
Esto significa que, en la medida en que un poder se descentraliza, pierde
parte de su potencia (en terminología de Prelot), acrecentándose las posibilida­
des de laa personas,-de escapar de su fuerza. Esta, como vimos, fue una de las
viejas banderas del liberalismo que, precisamente por ello, introdujo la doctri­
na de la denominada división de poderes que, en .realidad, como venimos
repitiendo, es una mera división de funciones de un poder único, que por tanto,
no se descentraliza. Pues bien, a esa intentona doctrinaría(que algunos
denominan descentralización política vertical), se ie acopla la idea de que la
coexistencia de poderes sobre un sólo territorio, amengua la fuerza del poder
central en beneficio de la libertad. En otras palabras: el federalismo-sería
garantía de la libertad, no sólo para las provincias como entes corporativos, sino
también para las personas.
Bien sostiene López que esta doctrina encontró expositores de las tenden­
cias más variadas, que iban desde el reaccionario de Boriald, hasta el anarquista
Proudhon, coincidentes, por muy diferentes motivos, en la descentralización
como garantía de la libertad. Pero ello no es solamente el único argumento que
le quitaría consistencia en cuanto implica una gran confusión de objetivos y
metodologías, sino, además, el simple hecho de verificación de la realidad en
cuanto muestra que la descentralización política o autonomía, no lleva a excluir
al poder central de la órbita de la libertad personal, sino a superponerlo, a
través del sistema de los llamados "poderes concurrentes". Esto significa que
el hombre, en un régimen federal, tiene que soportar no uno sino dos poderes
sobre sus espaldas, a los cuales suele agregarse, cual si no fuera bastante, un
tercero qué es el municipal; todos ávidos de grandeza, en permanente pugna
entre ellos, y pactando muchas veces (la denominada "coparticipación"), no
para aligerar1su peso, sino para incrementarlo.
En síntesis, los sistemas de descentralización son muy útiles para
entender el funcionamiento del Estado moderno, pero no esperemos de ellos
ninguna ventaja para las libertades individuales.