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CONVERSACIÓN CON MARTA CARRASCO

POR ROBERTO GARCÍA DE MESA

Publicado en el suplemento de cultura “El Perseguidor” (nº. 44, 7 de mayo de 2011, pp. 2-4), del
Diario de Avisos (Tenerife, Islas Canarias, España)

“Si no hay emoción no hago teatro”

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Durante este último mes de abril, Marta Carrasco (Barcelona, 1963) ha representado Blanc d’ombra
en París, Aiguardent en Nepal y La India, y Dies Irae. En el Réquiem de Mozart, en Sant Cugat
(Barcelona). Esta coreógrafa, bailarina y directora de escena lleva varias décadas sobre los
escenarios y ha recibido un gran número de reconocimientos por su trabajo. Su obra, seguida por
un público incondicional de todo el mundo, se encuentra a caballo entre el teatro y la danza y ha
ganado por méritos propios un espacio imprescindible dentro de las artes escénicas
contemporáneas. En esta conversación, que mantuvimos el día 11 de abril, Marta Carrasco nos
confiesa, entre otras cosas, algunas impresiones muy interesantes sobre la alquimia de sus
creaciones, su forma de pensar y sentir la escena, así como algunas reflexiones acerca de la
libertad de expresión, la condición de la mujer actual y su legítima denuncia contra el maltrato
psíquico y físico que ha recibido a lo largo de su historia, por parte de la Iglesia Católica, tema que
toca en su última producción Dies Irae. En el Réquiem de Mozart.

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Roberto García de Mesa: ¿Qué ha supuesto para usted despertar de nuevo a Camille Claudel,
en París?

Marta Carrasco: Esta obra, junto con Aiguardent, son mis dos solos. Y ésta es la que más me ha
costado hacer de todas. Incluso más que el Dies Irae. Porque está basada en la historia de alguien
que vivió y yo tenía que estar a la altura de ella y de la verdad para ofrecerle mis mayores respetos.
Tuve que investigar mucho. No quería hacer cualquier cosa porque yo la admiraba profundamente.
Desde que vi su biografía lo traté de leer todo acerca de ella en francés, en castellano. Me enamoré
y me hice muy amiga suya. Tardé 9 meses exactos en hacer el espectáculo. Un embarazo. (Se ríe).
Lo estrené en la temporada 1998-99. Hacía mucho tiempo que no lo volvía a poner en escena.
Pero, en esta ocasión, me pidieron que lo representara otra vez en el Espace Michel Simon, en
París, porque los internos del manicomio Ville-Evrard habían hecho una exposición de pintura y
Camille Claudel fue ingresada también allí. Ella estuvo 30 años en varios manicomios. Y, entonces,
que se hiciera Blanc d’ombra cerca de donde alguna manera estuvo encerrada era algo muy

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especial. Y, claro, algunos de los espectadores de la obra la conocieron en vida. Para ellos fue muy
emocionante.

R. G. d. M.: ¿Qué es lo que más le fascinó de Camille y qué hay de ella en usted?

M. C.: Lo que más me fascina es la valentía y el mal genio, francamente, más que el talento,
incluso. Y yo soy muy impaciente, que es distinto. Pero mal genio, no. ¿Y qué tenemos en común
ella y yo? Somos tozudas, somos mujeres... Pero, en realidad, no nos podemos comparar. Ella es
un genio, y yo, no. Y yo lo he tenido mil veces más fácil que ella. Pero me ha dado libertad, amor,
un motivo de lucha, a la vez que me ha apoyado como si estuviera al lado mío..., me ha dado
fuerza.

R. G. d. M.: Al menos, dos elementos de esta obra han pasado a la historia de las artes escénicas
contemporáneas: las célebres escenas de los plásticos y las sombras. Me gustaría que me
explicara cómo surgió la primera de ellas.

M. C.: Bien. Yo trabajaba veinticuatro horas en este espectáculo. Y una vez iba por la calle y me fijé
en que estaban pintando una tienda. Habían puesto un plástico para que no se ensuciara nada y
debajo de él habían colocado luces. Me quedé alucinada. Y pensé: tiene que ser un plástico. Y
pensé: su madre que le repetía constantemente que no tenía que haber nacido... La sociedad que
la ahogaba porque ella quería ser escultora... Que se ahogaba ella... Fui a la ferretería a comprar
un plástico, lo puse en vertical, lo chupé y me ahogué. Y claro, a partir de esto, tu imaginación, las
luces, todo. Era la placenta de la que nunca debía de haber nacido. Era la sociedad que la ahogaba
con ese plástico o con cualquier cosa. Y para mí, que me gusta trabajar con objetos que siempre
estén justificados, insisto mucho en esto, lo del plástico y el ahogo eran la respuesta. Es como el
texto. En el texto no vas a decir cualquier cosa o algo banal. Pues para mí es lo mismo. Aquí
tampoco. Mi texto es con objetos a veces. ¿No?

R. G. d. M.: Sí... Y en la imagen de las sombras, la escultura y la danza tienen en común un gran
número de cosas. ¿Le dio muchas posibilidades el hecho de que Camille fuera escultora?

M. C.: Sí. Las sombras vinieron como idea después de comprar el plástico. Las sombras siempre
tienen algo muy onírico, muy bello. Y yo intenté que fueran algo monstruosas, que se deformaran,
que se alargaran, porque ella tiene una obra a medio hacer de unas caras y de una cosa que me lo
sugerían. Pero tiene piezas bellísimas y entonces intentaba combinarlo.

R. G. d. M.: Ha comentado que había experimentado con muchas cosas. En el proceso de creación
de Blanc d’ombra, ¿qué imágenes descartó en su momento o ha incorporado a sus otros montajes?

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M. C.: Muchas. No sabría decirte. Porque yo trabajo con la intuición, con la música que escojo, en
este caso. Y con la base de la historia de ella sin querer contarla literalmente... Con la base de un
hilo conductor mucho más fino... Emoción. No me puede faltar. Si no hay emoción no hago teatro...
No salgo de casa si no hay emoción. (Sonríe).

R. G. d. M.: ¿Y por qué, casi al final de la obra, usted le regala un vestido rojo a su Camille
Claudel?

M. C.: Porque ella siempre había soñado con tener un vestido rojo y nadie se lo regaló. Pero yo sí
lo hago, y además con un sombrero haciendo juego. (Sonríe).

R. G. d. M.: El proceso y la entrega personal en sus obras son muy intensos...

M. C.: Mucho. Es que yo soy así en todo, en la vida. A la hora de tratar y de conocer a la gente... A
veces, me equivoco y me entrego demasiado. Por eso, hace tiempo que decidí quedarme al
margen de según qué asociaciones en Barcelona. Me parece lo mejor estar dentro
profesionalmente, pero en el plano personal no quiero. Yo prefiero estar en mi casita de colores. Lo
máximo que puedo dar de mí es ir a un estreno, pero mirando al suelo.

R. G. d. M.: ¿En qué se parecen su Violeta de Aiguardent y su Camille de Blanc d’ombra?

M. C.: Violeta tiene muy poca autoestima y el peso de que es una perdedora. Sin embargo, Camille
no lo sabe de sí misma. Es mucho más luchadora y tozuda. Digamos que Camille se lame mucho
menos las heridas que Violeta. Y Violeta es más poética. Porque yo la veo mucho más allá de un
simple ser humano. Porque cuando está plantada en el escenario y mira te transporta. Camille es
más terrenal. Violeta está más herida.

R. G. d. M.: Está esperando...

M. C.: ¿Violeta? No lo sé. Lo he pensado muchas veces. Como es un espectáculo con un final
abierto, unos dirán que sí y otros que no. Depende del estado de ánimo de quien lo vea.

R. G. d. M.: ¿Usted cómo lo ve?

M. C.: Yo creo que ella no espera. Ya no... Sigue adelante. Es una gran triunfadora (con ironía).

R. G. d. M.: Pero vive su propio sueño...

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M. C.: Ya ni sueña. Sobrevive.

R. G. d. M.: ¿Y usted: se considera una superviviente?

M. C.: No... Porque las cosas me han ido saliendo y las voy impulsando hacia delante, poco a poco.
Ahora es un tiempo muy difícil. No quiero ponerme nerviosa. Quiero hacer cosas pequeñas.
Probablemente, entre otros proyectos, haré algo muy pequeño con el actor que hizo de Mozart en
mi Réquiem: Alberto Velasco. Pero todo está muy mal de dinero. Y no tengo una gran ambición de
estrenar, por ejemplo, en grandes teatros. En el Grec. No. A mí me gusta que la gente esté a 20
centímetros. Ese es el teatro que me gusta hacer. Igual que también me gusta colaborar con otras
personas. A veces, la cuenta baja, pero no me meten en un manicomio por decir lo que pienso,
como a Camille.

R. G. d. M.: Dies Irae se estrenó en octubre de 2009, en un festival de Girona, y se representa este
mes, una vez más, en Sant Cugat. Recientemente ha sido nominada a los próximos premios “Max”
como mejor espectáculo de danza. Pero también ha recibido otros reconocimientos, entre ellos, el
“Butaca”, el público ha elegido su obra como la mejor de la temporada pasada en Cataluña, en la
modalidad de danza. Y en 2010, en Valladolid, le dieron un premio-homenaje “por ser referente
inagotable de la danza y por su compromiso artístico con la creación”, en el XI Festival Internacional
de Teatro y Artes de Calle de Valladolid (TIC). ¿Qué cree que pueden encontrar los espectadores
en su Dies Irae?

M. C.: Unos se pueden sorprender mucho... por la atmósfera con la que se encuentran desde el
principio. En segundo lugar, por la intensidad del Réquiem de Mozart, que es una música que te
encoge el corazón desde que empieza. Y en tercer lugar, por las ocho personas que están en el
escenario explicando claramente y sin tapujos, con metáforas e imágenes, todo lo que existe
alrededor de la Iglesia en cuanto a hipocresía, fraude, horror, mentira, chantaje, asesinato,
crueldad, criminalidad... Algo que ya no solo toca a la Iglesia, sino a muchos feligreses... Pero todo
esto con respecto a la mujer, que es la que siempre pringa más. Y ahora te digo que no soy
especialmente feminista, pero soy muy femenina... Y tengo ojos en la cara... Yo creo que es un
espectáculo bellísimo. Últimamente lo encuentro de humor... Debe ser que últimamente me río
mucho de mí misma. Es muy bueno reírse de uno mismo... Pero no me dejo nada, no me callo.

R. G. d. M.: ¿Cómo llegó a relacionar el Réquiem de Mozart con su denuncia contra la Iglesia
Católica en lo que respecta a la creación de un modelo artificial de mujer?

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M. C.: En primer lugar, el Réquiem de Mozart me parece una música anticlerical porque parece que
su autor esté maldiciendo a Dios todo el rato. Parece que esté enfadadísimo o con Dios o con el
obispo... Porque yo con Dios, en realidad, no me meto. Dioses hay muchos... vete tú a saber. Pero
toda la farándula esta del Papa y los obispos... todas las barbaridades que han hecho a lo largo de
la historia, las manipulaciones, los asesinatos, la Inquisición... Es que no pararíamos de decir... Y
llegué a todo esto por la propia música. La rabia me llegó a partir del extracto del Réquiem que se
llama Dies Irae, el Día de la Ira. Entonces pensé: ¿el Día de la Ira se llama? Pues va a ser la mía.
La de todas nosotras... as... Se acabó. Esto lo digo. Aunque me cueste que no haga el
espectáculo...

R. G. d. M.: Esta obra ha recorrido varios países. ¿Cómo se entiende en los diversos lugares donde
se ha representado?

M. C.: Maravillosamente bien. He tenido unas sorpresas alucinantes. Por ejemplo, en Brasil, me
daban las gracias, me decían: “bendita seas”. Normalmente si les gusta el espectáculo dicen
“bravo”, pero “gracias” o “bendita seas”... Es que estamos haciendo algo. Quiero decir que han
entendido algo, que yo me he sabido explicar en algo... Y en España, cuando fuimos a Santiago de
Compostela, me dije déu meu, aquí me cae una piedra. Pero no, fue al contrario. La gente agradece
mucho que no tenga ningún esparadrapo en la boca. En Portugal nos dieron un premio, el del FIT.
Y estaban entusiasmadísimos, como muy agradecidos de que alguien se haya atrevido a hablar.
Luego, tendrás a otros programadores que no se atreverán a programarlo. Pero me da igual. Yo
quería decirlo y lo he hecho.

R. G. d. M.: En el catolicismo se dice que fue Jesucristo el que se sacrificó por todos nosotros, y
viendo su obra, constata la idea de que es la mujer la que más se ha sacrificado, realmente, por la
humanidad...

M. C.: Yo creo la verdad: que sí... en todo... desde los siglos de los siglos: las maltratadas, las
encerradas, las que cierran la boca, las que han apedreado, las que han humillado, las que han
pegado... Bueno, sin ir más lejos... Dice Juan Damasceno: “la mujer es una burra tozuda, un
gusano terrible en el corazón del hombre, hija de la mentira, centinela del infierno”. Y Santo Tomás
de Aquino: “la mujer es un hombre malogrado, un ser ocasional. Solo el hombre ha sido creado a
imagen de Dios”. O Alberto Magno: “la mujer es un hombre ilegítimo y tiene la naturaleza incorrecta
y defectuosa”. Y Agustín, el “gran” obispo de Hipona, sostiene que “el hombre ama a la mujer
porque es su esposa, pero la odia porque es mujer”... Quédate con esto.

R. G. d. M.: Es el final de la obra...

M. C.: Sí. Lo digo bajito, con mi voz... Mira si viene de lejos. Y no sé cómo lo vamos a solucionar.
Avanzamos, sí, en muchos sentidos: hay mujeres llevando la dirección de empresas y eso... Pero
se siguen cargando a muchas... Hay un gran número de mujeres analfabetas que no hacen nada
para cambiarlo, porque creen que es así como tiene que ser. Bueno, y el tema de que se pegue a la
gente, que a las ex novias se les tire ácido, etc. ¿Y cómo se trata a las mujeres en otros
continentes...? Yo me quedo corta. No sé qué hacer. Este tipo de espectáculos, lo único.

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R. G. d. M.: Hay una escena donde se plastifica a una mujer... Es una de las más impactantes. Y
probablemente ya forma parte de la memoria visual de las artes escénicas contemporáneas...

M. C.: La mujer queda plastificada para que no oiga, no mire, no diga, no piense...

R. G. d. M.: Por un lado, está la mujer artificialmente construida, a imagen y semejanza de cómo
quieren que sea, y, luego, está la mujer, en sí misma como desea ser... ¿Qué es lo que para usted
caracteriza especialmente a la mujer y qué es lo que hay que proteger de ella, a parte, por
supuesto, de su integridad física y psíquica?

M. C.: En primer lugar, la mujer debe aprender a protegerse a sí misma... Y para conseguirlo debe
cuidar su autoestima, tener seguridad económica, un trabajo estable y creer en ella. Esto último es
lo más importante y en eso fallan muchísimas mujeres.

R. G. d. M.: ¿Qué le falta al teatro que tiene la danza y viceversa? Usted habita en un espacio muy
particular en medio de ambos...

M. C.: Porque a los de la danza, lo que les encanta es seguir levantando piernas, girar, bajar al
suelo, y a los del teatro, hablar... Y a mí, me gusta mezclarlo todo.

R. G. d. M.: Usted ha trabajado con muchos profesionales dentro y fuera de España, tanto en sus
obras como en los talleres que ha impartido a lo largo de estos años. Incluso considero que una de
las principales claves de su trabajo es la intensidad, esa implicación emocional, muy por encima de
la media de las obras que se representan en España. ¿Qué le interesa de un intérprete o un actor y
qué le exige a la hora de trabajar?

M. C.: Muchas cosas. Una: que tenga una capacidad de entrega muy grande. Dos: que tenga un
espíritu también muy grande o que me engañe... No importa, estamos haciendo teatro. Porque todo
eso lo tendré que ver, luego, en escena. Tres: cuanto más cosas sepan hacer, mejor. Me interesa
todo. Desde que sepa cocinar hasta que... Todo. El bailarín me interesa. El circo me interesa. El
domador de leones, también... Cuatro: necesito que me crean. Si vienen a trabajar conmigo es
porque me conocen. Y no soy profesora. Tienen que ser muy rápidos, porque cuando voy a decir
una idea ya quiero que la conozcan. (Sonríe). Lo siento, soy así. Cuido mucho, mucho a la gente,
pero soy muy impaciente.

R. G. d. M.: Usted dota a sus obras de autenticidad. ¿Cómo se consigue la verdad, lo auténtico en
el teatro?

M. C.: Poniéndote al nivel del público. Yo no pienso en él cuando creo. Lo que pasa es que Marta
no se cree superior al público. Por lo tanto, me es muy fácil. Yo quiero explicárselo a ellos y que lo
compartan conmigo. ¿Por qué debe ser difícil? No me cuesta nada conectar con la gente.

R. G. d. M.: ¿Cuál es el valor más preciado para usted que guardan cada una de sus obras, a partir
de Aiguardent, inclusive?

M. C.: Aiguardent: la ternura. Blanc d’ombra: la fuerza. Mira’m: la belleza de la fealdad. Eterno?: la
crudeza. Ga-gà: ¿reírse de qué, de qué te ríes...? J’arrive: un final al que nunca se llega o seguir
corriendo. Y Dies Irae: la rabia.

R. G. d. M.: En Mira’m destaca la belleza de la fealdad y eso me conduce a un tema que usted ha
señalado en varias ocasiones: que parece interesarle más el error que el virtuosismo...

M. C.: Como mínimo me interesa tanto una cosa como la otra. Pero el error cuando se da y lo
sabes utilizar te resultará un momento más provechoso que lo que te habías marcado. Será algo
único, que nadie más sabrá hacer. (Sonríe). Y algunos de estos errores los has hecho tan
inconscientemente que no los puedes repetir. Por eso, me gusta también trabajar con personas que
nunca han bailado, porque se mueven de unas maneras tan inconexas y tan sorprendentes que me

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fascina colocarlos al lado de alguien que sí tiene técnica. Y entonces se hacen unos conjuntos que
a mí me pueden encantar muchísimo. Y luego, poner a prueba a la gente... Cuando cometes un
error, a ver cómo lo solucionas... El espectador no debe darse cuenta. Miéntele, ya. Porque no
tienes un segundo, tienes medio... Pero siempre con algo interesante... Es así la profesión.

R. G. d. M.: ¿No le gustan mucho las palabras ‘danza contemporánea’?

M. C.: No me dicen nada. No me enamoran. Pero tampoco sé cómo se llama lo que hago,
francamente. Se acercaría a teatro-danza, ¿no?

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