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A mis obligaciones.

Relato
Juan José Meneu Muñoz
A pesar de la tormenta seguía haciendo calor esa noche. No le importaba. Pasaba demasiado
frío a lo largo del año como para no disfrutar de ese marítimo calor pegajoso, húmedo y constante.
Apuró la cerveza, ya tibia, e hizo un gesto al camarero para pedir otra. Era ligera e insípida pero
estaba fría. Necesitaba mantener la euforia que sentía como fuera y el alcohol era la forma más
rápida, directa y sencilla que conocía.
Todo con ella había sucedido con tanta facilidad…
No era capaz de explicárselo. Había sido maravilloso, desde luego. Y especial. Pero no se lo
explicaba. No lo comprendía. Estaba emocionado pero desconcertado. Burlonamente se decía a sí
mismo: “ahora pareces un playboy”. La ironía, la autoironía, era un arma que empleaba desde hacía
mucho tiempo.
Él nunca había sabido como abordar a una desconocida. Era una habilidad de la que carecía.
Contemplaba, envidioso y asombrado, como sus amigos de aquellas lejanas noches de juventud
decidian, con brillo afilado en la mirada, seducir a aquella muchacha y lanzándose a la tarea sin
temor. Hasta lo lograban en muchas ocasiones. Él no sabía siquiera acercarse a cualquier mujer y
presentarse. Ni sonreir en la distancia, ni hacerse notar, ni reaccionar al creer percibir un asomo de
interés a través de la barra del bar. La mera idea de intentarlo le hacía sentirse un entrometido, un
pesado, casi un acosador.
Con la tercera cerveza se reconoció a sí mismo que, ademas, siempre le había disgustado la
idea de acostarse con alguien por poco más que el sexo. No era un mojigato. Había follado por
follar. Y había repetido si era posible. Pero siempre con chicas a las que ya le unía algo, a las que ya
encontraba interesantes más allá de la idea del sexo.
Conocer como hoy, en este brillante día de verano, a alguien por la mañana, pasar el día
juntos en agradable compañía porque sí y acabar en la cama con naturalidad era algo que jamas le
había sucedido.
Estaba desconcertado. Alegre, indeciso, satisfecho, sí. Pero desconcertado. No sabía como
había sucedido. No sabía como volver a repetirlo.
No la volvería a ver, claro. No le importaba demasiado. El marido le había pagado por matarla
y él, como el poeta, sólo había cumplido con su oficio. “…piedra con piedra, pluma a pluma..”.
Bala con bala, en resúmen.