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Con dos valientes en la foto: Gustavo Luzardo y Raúl Castañeda.

Hoy es el cumpleaños del bravo


teniente quien, al mando de un puñado de no menos bravos suboficiales y soldados conscriptos,
se cubrió de gloria en el único contraataque argentino en Monte Longdon. Lamentablemente
muchos de sus compatriotas no saben quien es Raul Fernando Castañeda. Vale entonces, aunque
más no sea, postear este fragmento de mi libro "Malvinas a Sangre y Fuego":

"Castañeda se dispone a atacar, cuando ve que los ingleses avanzan directamente hacia él.

Increíblemente, los enemigos no lo habían detectado y marchaban sin tomar precauciones, sin
protegerse. Sus siluetas eran fácilmente distinguibles,

Por medio de señas, Castañeda advierte a los jefes de grupo que él dará la orden de fuego libre,
cosa que hace cuando los británicos están a quince metros.

El apuntador de MAG que estaba a su lado, se paró, e insultando al enemigo, abrió fuego. Toda la
sección lo imitó. Del casi centenar de ingleses, más de la mitad cayeron, mientras que los demás se
replegaban hacia las posiciones de Baldini.

A partir de ese momento se produjo un fuego cruzado. Ambos bandos se encontraban tan cerca
uno del otro, que se insultaban entre sí.

El fuego era muy intenso, apenas si se podía levantar la cabeza. Pasaban los minutos, que parecían
una eternidad. Ninguno se despegaba del suelo. También había entrado en juego la artillería; los
obuses caían en derredor provocando heridas a los soldados.

Los argentinos aguantaban a pie firme, no dejaban avanzar al rival. El volumen de fuego británico
era demoledor y parecía que nunca se les agotaba la munición: en realidad, la razón estribaba en
que eran relevados. Determinados conscriptos, por iniciativa propia, iban a la retaguardia y volvían
con cajones de munición. Mientras algunos llenaban los cargadores, el resto mantenía el fuego.

–¡Gasco!

–¡Ordene mi teniente!

–Buscalo al segundo jefe, decile que estamos aguantando el sector y nos faltan apenas cincuenta
metros para lograr el objetivo, que envíe refuerzos.

–¡Sí, mi teniente!

Castañeda lo vio correr, agazapándose entre las piedras y esquivando las balas, lo vio caer y
levantarse inmediatamente. El teniente se enteró luego, que en esa caída un proyectil le había
arrancado media oreja, y aun así el conscripto continuó con su misión. "¡Que coraje, carajo!" –
pensó el oficial. El soldado Gasco Peralta fue abatido por un cáncer en el año 2008.

Castañeda le ordena al estafeta Gustavo Luzardo que vaya a ver a los jefes de grupo, para
averiguar en qué condiciones están sus hombres. Lo ve perderse entre el humo y las balas
trazantes.
Los ingleses están furiosos porque en su imprudente avance perdieron, según apreciaba
Castañeda, cerca de sesenta hombres. Su rabia se hacía sentir en la cantidad de fuego que recibían
los argentinos. Estos respondían sin piedad, con mucho odio.

El cielo enrojecía, el aire asfixiaba por la cantidad de pólvora que contenía, las balas levantaban
polvareda y partían las piedras en miles de fragmentos que azotaban los rostros de los
combatientes.

En el suelo había mucha sangre derramada. La situación era desesperante.

–¡Mi teniente, no encontré el búnker del segundo jefe!

–¡Está bien Gasco, andá a tu puesto!

Era una mala noticia, enfrente había un enemigo que parecía cada vez más numeroso, con el
correr de las horas. Los hombres de Castañeda trataban de responder a los ingleses con parejo
caudal de fuego, para que no se envalentonaran. Al mismo tiempo les gritaban que se vayan y los
insultaban. Los ingleses respondían con la misma moneda.

Algunos conscriptos utilizaban la munición y las armas que les habían quitado a los enemigos
muertos.

A pocos metros de Castañeda, el fusil del soldado Miguel Ángel Falcón no dejaba de escupir fuego.
De repente ocurrió algo insólito. Falcón se enfureció, salió de su posición, se plantó desafiante
frente a los británicos y continuó disparando desde la cadera mientras los cubría de insultos. El
teniente lo instó a que se protegiera, pero su voz se perdía en el ruido ensordecedor de los
proyectiles. Aunque, si lo hubiera oído, difícilmente le hubiera prestado atención.

Finalmente, una ráfaga de ametralladora segó al conscripto. Cayó de rodillas y cuando se


desplomaba hacia adelante, el cañón de su fusil se clavó en el suelo, quedando su pecho apoyado
sobre la culata. Parecía que estaba arrodillado rezando. Desafiando a su vez el fuego enemigo, el
soldado Luzardo se le acercó, lo recostó en el suelo, miró al teniente y con un gesto le dio a
entender que Falcón había partido.

Eran tres amigos: Miguel Ángel Falcón, Juan Ledesma y Gustavo Luzardo. En sus charlas en el pozo
de zorro surgió la idea de escribir una carta a un ser querido, que cada uno llevaría consigo, y sólo
en caso de muerte, sería entregada al destinatario. Al acercarse Luzardo y palpar el pecho de
Falcón, se dio cuenta de que la carta no estaba. Tiempo después Juan Ledesma le contó lo
sucedido. En una noche fría, queriendo calentar a sus camaradas, Miguel, que siempre
solucionaba todos los problemas, al no poder prender la leña, usó su carta para encender el fuego.
Pensando en que luego volvería a escribirla. Y no pudo ser. Irónicamente, sólo Miguel quedó en las
islas, sus amigos volvieron al continente, pero con las manos vacías.

¿Por qué Miguel Falcón actuó así? "Sólo lo sabe él – me expresó el teniente Castañeda. - Creo que
ya no le importaba nada, estaba haciendo lo que realmente sentía. Dios lo había llamado y se iba
feliz, sabedor de que había cumplido".

El platense Luzardo volvió, pero porque el misionero Ledesma le salvó la vida. En aquel combate
en el monte, Luzardo estaba tirado detrás de unas rocas que le servían de defensa y en el fragor
del combate no se percataba de que los tiros del enemigo las estaban deshaciendo. Finalmente,
una bala le acertó en el hombro. Al advertirlo, Juan Ledesma lo cubrió, disparando sin tregua, para
que Luzardo pudiera llegar a un lugar seguro. Pero Ledesma pagó su precio: también él fue herido.

Ya eran casi las cinco y media, el cielo comenzaba a aclarar. Hacía más de cinco horas que estaban
en ese infierno. Castañeda miraba a sus hombres y no advertía cansancio en sus rostros; tan sólo
bronca y coraje. No había tiempo para nada, ni siquiera para el miedo. La concentración era un
escudo.

El cabo Arribas se estaba quedando sin munición y tenía heridos. Ahora no sólo recibía fuego de
frente, sino asimismo desde su flanco izquierdo. Y el cabo primero Mamani estaba bajo fuego
también desde su flanco derecho. El ataque se producía desde tres frentes y encima los obuses de
la artillería enemiga estaban cayendo a apenas cincuenta metros de las posiciones argentinas. Era
evidente que el enemigo quería conquistar Longdon antes del amanecer.

Ya se hacía imposible resistir. Con todo el dolor del mundo, Castañeda ordenó el repliegue. En más
de un rostro pudo advertir lágrimas de impotencia. El grupo de Mamani se replegó primero,
mientras el resto lo protegía. Luego Mamani abría fuego, mientras los demás retrocedían.

El enemigo les pisaba los talones. Cada paso era un martirio. Castañeda le rogaba a Dios que los
hiciera llegar. Recordaba a su esposa embarazada y le pedía al Señor que le permitiera conocer a
su hijo.

Eran casi las siete y media cuando llegaron al pie del Longdon, recién ahí pudieron reunirse todos.
La sección de Castañeda fue la última en dejar el monte; aunque el día 12 siguieron bajando
soldados argentinos aislados, que se habían escondido.

Rápidamente el teniente se trasladó al puesto comando del jefe de Regimiento. Y en el lugar se


topó, no sin asombro, con el mayor Carrizo.

–¿Novedades, teniente Castañeda?

–¡Tres muertos, tres desaparecidos y veintiún heridos, mi mayor!

(Tan sólo al volver al continente, Castañeda se enteró de que sus soldados desaparecidos,
sobrepasados por los ingleses, se habían escondido entre las rocas y se rindieron luego de
finalizado el combate).

–¡Castañeda, con los que puedan, vuelva a sus posiciones!

Muchos de los heridos retornaron con el teniente a las posiciones, no quisieron irse al hospital. El
12, 13 y hasta la madrugada del 14 la sección continuó combatiendo.

El soldado Rodríguez Silva quien, tras trabarse en lucha cuerpo a cuerpo, había vuelto con una
boina roja de paracaidista inglés en calidad de trofeo, muere el día 12 por el impacto de una
bomba.

Otro soldado, Gustavo Luzardo se convierte en poeta. Luzardo fue el único herido por un proyectil
de 7,62 milímetros; el resto lo fue por esquirlas. Era el estafeta de Castañeda y durante el combate
se encargaba, junto con Rondi, de mantenerlo comunicado con los jefes de grupo. Y no por radio,
sino desplazándose audazmente en medio del fuego.

En su libro "Herido en Combate", Luzardo dedica uno de sus poemas a Castañeda, a quien
compara con un padre, "contagiándonos su calma, su bravura". El conscripto remata su poema
con estas líneas:

...Castañeda con honores bajó del monte ese día,

yo le agradezco a la vida haber servido a su lado,

yo me convertí en soldado a la luz de su experiencia

y hoy que los años pasaron llevo intacta su presencia.

La de Longdon fue quizá la batalla más cruenta de la guerra de Malvinas. Un largo y encarnizado
combate, que hizo decir al comandante de la Tercera Brigada de Paracaidistas británica, brigadier
Julian Thompson: "Estuve a punto de sacar a mis muchachos de allí. No podía creer que esos
adolescentes disfrazados de soldados nos estuvieran causando tantas bajas". (Del capítulo "El
contraataque de Castañeda". Nicolás Kasanzew "Malvinas a Sangre y Fuego", Editorial
Argentinidad).
Nacido en Chubut, en el pueblo de Gualjina (nombre Mapuche), su padre de clara ascendencia
araucana, formó hogar con su madre, Martina Giménez, nacida en Zaragoza -España (vasca-
aragonesa, al decir de Colemil). Del matrimonio nacieron cuatro hijos, el primero Rafael, nuestro
Infante de Marina protagonista de esta primera entrega que hacemos para conocer mejor a cada
uno de nuestros héroes, muchos de ellos casi anónimos para la gran mayoría de la población.

Ingresó a la Armada inicialmente como Conscripto de Infantería de Marina, luego de un breve


período solicita y logra su ingreso a la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina donde
egresa como Cabo Segundo en 1979.

En 1982 es designado para integrar la Compañía de Ametralladoras 12,7 destinada a Malvinas. El


Indio -su nombre de guerra en la IM- era Jefe del Segundo Grupo de tres ametralladoras.

Durante la defensa de Puerto Argentino, la Compañía de Tiradores B del Regimiento Motorizado


Nro 7 del Ejército Argentino, guarnecía el Monte Longdon, cerrando el acceso Oeste hacia la
localidad. Estaba reforzada con la Segunda Sección de Ametralladoras de la Compañía de esa arma
de la Infantería de Marina.

En la noche del 11 al 12 de junio, el enemigo atacó el Monte con el Regimiento de Paracaidistas


Nro 3, apoyado por un abrumador fuego de artillería. El esfuerzo principal del ataque fue llevado
por el centro del dispositivo defensivo, lugar donde se encontraba el Segundo Grupo de Amet 12,7
bajo la conducción de Colemil, que reforzaba ese sector.

Fue un combate durísimo, el más cruento de todos los librados en las Islas en cuanto a bajas
propias y enemigas (aproximadamente 270 efectivos entre muertos y heridos). Los informes
británicos son numerosos y suficientemente explícitos sobre esta sangrienta noche. Todos estos
señalan la resistencia efectiva de una ametralladoras pesadas (nuestras 12,7 IM) y la actividad
certera de tiradores especiales argentinos que contaban con visores nocturnos, ambas acciones
produjeron bajas y demoras al ataque británico.

A continuación se transcribe lo comentado por el ahora Suboficial COLEMIL:

Preparamos la defensa de la posición como estábamos acostumbrados, obras profundas, con


refugios, trincheras de arrastre, depósito de municiones, etc., siempre estábamos trabajando en
su perfección. Era la mejor forma de pasar el tiempo antes de entrar en combate, pues nosotros
estábamos convencidos que íbamos a tener que combatir y el trabajo permanente era la mejor
forma de superar la espera, según la tradición de la Infantería de Marina. Cuando sobrevino el
asalto inglés vimos lo acertado de esa actitud. Los que no lo hicieron, sufrieron bajas gratuitas y no
pudieron combatir con eficacia.

Dos días antes del ataque, concurrí al Servicio de Apoyo de Combate de la IM, allí el Teniente
Scotto me dijo: "Viscacha (otro apodo de Colemil) aquí tenés las alzas nocturnas recién llegadas,
llevate éstas para fusil y para las ametralladoras". Me llevé tres para fusil, una entregué a mi Jefe,
el Teniente Dachary, otra se la dí al Cabo Lamas y la tercera me la quedé. También cargué con seis
alzas Litton para las máquinas (NR ametralladoras) y 5 o 6 visores nocturnos de cabeza que no nos
fueron útiles. El día siguiente nos pasamos ejercitándonos con las miras nocturnas.

En la noche del 11 de junio el fuego artillero inglés se hizo mucho más intenso, incluso los barcos
tiraron iluminando la altura. Cuando vi a los paracaidistas que atacaban, abrí fuego y se desató el
combate de fusiles y ametralladoras. De mis tres ametralladoras, sólo una tenía un buen campo de
tiro terrestre, (era la Nro 4 de los Conscriptos Guiseppetti, Inchauspe, Fernández y Scaglione), pues
la habíamos preparado para combatir contra helicópteros y su visual horizontal no era buena. Pese
a ese inconveniente la Nro 5 tiró hasta que se trabó, la 6 tiro algo más pero también se trabó y
luego el fuego enemigo les impidió seguir combatiendo. Pero la Nro 4 tiró con gran eficacia y
detuvo el ataque enemigo. Yo estaba algo alejado de la misma pero oía el combate hasta que fue
acallada por una explosión, me dijeron que fue un misil Milán.

¡Esos Conscriptos de Infantería de Marina, sí que fueron heroicos!. Me contaron los Conscripto de
IM Leivas y Ferreira que luego del combate -ya prisioneros- debieron enterrar a los caídos y en la
pieza 4 los cuerpos estaban irreconocibles, todos quemados.

En mi caso, cuando se inició el combate traté de dirigir el fuego de la pieza 6 señalando los blancos
con munición iluminante de mi fusil, ayudado por mi alza de visión nocturna, hasta que la máquina
se trabó.

Luego quedé aislado por el combate, el fuego era durísimo, veía ingleses por todos lados. Quedé
con los Conscriptos Ferrandís y Cardozo, ellos me acompañaron en forma intermitente durante
todo el combate e incluso me ayudaron y curaron cuando fui herido en la cabeza. Ambos a su vez
combatieron por el fuego y resultaron heridos por el fuego artillero propio. Ferrandís con esquirlas
en las costillas y Cardozo con esquirlas en las piernas. Fueron dos sobresalientes combatientes
estos dos Conscriptos de IM, ¡lástima que no se los condecoró!.

Con mi visor nocturno pude ver la aproximación de los ingleses. Serían las 22/23 horas cuando
llegó a mi posición el Subteniente del Ejército Argentino Baldini con el Cabo Primero Ruiz; el
Subteniente estaba lleno de coraje y excitado por el combate, me pidió un fusil, se lo sacó a un
Conscripto y quiso correr hacia su Puesto de Comando, salió de mi posición abriendo fuego e
insultando a los ingleses, fue abatido de inmediato. Lo mismo hizo el Cabo Primero Ruiz y cayó al
lado de su Jefe. Eran dos hombres valientes.

Vi en un momento que el enemigo estaba tratando de recuperar un cañón sin retroceso propio
que estaba cerca de mi posición, abrí fuego sobre ellos, vi caer a un inglés y luego se desató un
fuego horroroso sobre mi posición. Allí me dije: si no combato estoy muerto. Empecé a
arrastrarme de posición en posición y abrir fuego cada vez que veía un enemigo... Vi un inglés
parado sobre un parapeto con un fusil con bípode, le tiré, cayó como fulminado, y luego le
continué tirando a sus otros camaradas que se le querían acercar, seguramente para recuperar el
fusil.

Serían las 23,30 horas más o menos cuando intenté asomarme en busca de blancos y recibí un
tiro, que dio en la parte frontal de mi casco, lo perforó y luego se introdujo en mi cuero cabelludo
y se detuvo en la nuca. Sentí que algo húmedo y tibio me corría por la cara y el cuello. Los
Conscriptos Ferrandís y Cardozo me pusieron un apósito de curaciones pero siguió sangrando.
Continué combatiendo a veces solo, otros con los Conscriptos antes mencionados, creo que batí
otros blancos. A las 02:00 horas aproximadamente no replegamos hacia el Puesto de Comando de
la Compañía B.

No sé en que momento fui herido en la pantorrilla con un proyectil de 9 mm, que aún no me fue
extraído. Me fui quedando adormecido, seguramente por la pérdida de sangre y algunos me
dieron por muerto. Permanecí horas boca abajo semi inconsciente, hasta que a eso de las 10:00
horas de la mañana gente de sanidad inglesa me recogió. Ellos trataban igual y con el mismo
esmero a ingleses y argentinos. Me llevaron en helicóptero a un Hospital de sangre de San Carlos
donde me operaron, en especial por la herida de la cabeza (Nota: por la forma de la herida que va
desde la frente a la nuca recibió otro apodo por parte de sus camaradas, alcancía). Luego fui
trasladado al buque británico Camberra, y posteriormente desde este buque al continente junto a
otros heridos.

Por haber sido dado por "desaparecido" y visto por Conscriptos de su Sección herido, boca abajo y
como muerto, cundió la noticia de su fallecimiento y hasta le rezaron una misa en Neuquén. Se lo
ofrecieron sus compañeros de colegio, donde lo conocían como "Tata".

El actual Suboficial Superior Rafael COLEMIL, está felizmente casado y es padre de tres hijos,
parece no dar gran importancia a su combate, pero nuestra Infantería de Marina valora el claro
ejemplo profesional de lo que puede hacer un integrante de su Cuerpo debidamente adiestrado y
templado. Así lo entendió la ARMADA toda que lo condecoró con la medalla al HEROICO VALOR EN
COMBATE por: "Su alto valor combativo demostrando al continuar el combate, herido, sin enlaces
con sus superiores y ejecutarlo por propia iniciativa hasta el agotamiento de sus fuerzas".

Aclaración: El presente relato fue extraído del Libro Anecdotario II de la INFANTERÍA DE MARINA
DE LA ARMADA ARGENTINA, compilación efectuada por el CNIM (R) Jorge A. ERRECABORDE.
Alfredo te comento que el Suboficial Principal Colemil no es Tirador especial ni nada de eso, el
utilizaba un FAL con visor en este momento no recuerdo si alza óptica diurna o nocturna me
inclino mas la nocturna ya que en la IMARA se utilizaron los dos tipos en MLV.

El mismo si no me equivoco esta de Pase en el COIE BATERIAS.

Yo tuve largas charlas en las guardias que compartíamos en el BIM 2

Los Blancos variaban en distancias pero ninguno mayor a 300 mts

Los británicos creyeron que había un tirador especial pero era Colemil. Con unos conscriptos que
se negaban a rendirse.

Y nunca supo cuantas bajas le produjo a los británicos ya que perdió el conocimiento a causa de
las heridas y se despertó en el buque hospital británico.

Puesto que sus hombres lo habían dado por muerto en combate.

Un abrazo

José Luis
La actuación de un solo francotirador argentino detuvo, durante horas, el ataque de una compañía
paracaidista británica.

Se trata del Cabo segundo de Infantería de marina Carlos Rafael Colemil. Si bien era operador de
MAG. Logro hacerse de un FAL M-M2 con mira nocturna LITTON de un muerto y abate gran
cantidad de enemigos en Monte Longdon la noche del 11 al 12 de Junio de 1982.

Rodeado y aislado, cuerpo a tierra entre las rocas, con un vendaje improvisado en la cabeza y su
FAL con visor nocturno se dedicó a hacer estragos entre los ingleses. Basta ver varias publicaciones
que hablan de un “francotirador” argentino que detuvo el avance un par de horas de los
paracaidistas. Un periodista inglés relata incluso que cerca de él una bala alcanzó a un hombre en
el cuello y se incrustó luego en el pecho de otro, acabando con los dos. No hay datos certeros de
cuantos eliminó, pero en esa noche Codemil consumió tres cargadores antes de escabullirse a las
líneas argentinas.Luego fue herido por una bala en la cabeza que le cortó a lo largo el cuero
cabelludo y le valió luego el sobrenombre de “alcancía” por la cicatriz que le quedó.Es herido en la
cabeza y en una pierna y es capturado. Recibe la medalla: Honor al valor en combate.