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El Espíritu santo en los Padres de la Iglesia

EL ESPIRITU SANTO EN LOS PADRES DE LA IGLESIA PRENICENOS:

Ignacio de Antioquía, Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Orígenes.

Por
Eduardo Enrique Neira Miranda

Santiago, Chile
04 de Abril de 2006

INTRODUCCIÓN

En la actualidad hay movimientos carismáticos que abogan por la manifestación de

los dones espirituales, en especial, la glosalalia y los milagros de sanidad. Sin embargo,

¿son sólo estas manifestaciones las pruebas del Espíritu Santo en el creyente? ¿Qué

sucede con aquellos que no tienen estas manifestaciones externas? ¿Hay cristianos de

primera y segunda categoría? ¿Cómo se ha interpretado el Espíritu Santo a través de la

historia cristiana? ¿Es, por tanto, más amplio éste concepto? Debido a estas interrogantes

y al mal uso de la fraseología “andar en el espíritu”, es que estudiare el Espíritu Santo en

Los Padres de la Iglesia Prenicenos para comprender la relación que ellos hacen entre su

concepción del Espíritu Santo y la unidad de la Iglesia y la doctrina para corregir los abusos

que hoy se cometen al interior de la Iglesia respecto al Espíritu Santo y su manifestación

externa. Por tal razón, la presente monografía abordará el pensamiento de Ignacio de

Antioquía, Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Orígenes.

Retrocedamos en el tiempo y adentrémonos al siglo II y III pues es el mundo en que

vivían los Padres y descubramos su pensamiento que, de seguro, tendrá mucho que decir

en la actualidad.
I.- EL ESTUDIO DE LA PATRÍSTICA

La Patrología, es una ciencia teológica que estudia a los escritores de la antigüedad

cristiana, acogidos por la Iglesia entre los testimonios de su doctrina, aplicando a este

estudio, los principios metódicos de las ciencias históricas.

El nombre “Patrología” lo usó por primera vez el teólogo luterano Juan Gerhard al

publicar su obra PATROLOGÍA. La misma denominación sirvió para indicar hasta el siglo

XIX, al menos en parte, la historia de la producción literaria eclesiasticoteológica hasta la

edad Media, y aun hasta la Reforma.

Cuando la difusión del cristianismo en el mundo grecorromano empezó a

considerarse como una época especial, poco a poco, el campo de la patrología se fue

restringiendo a este período.

Patrología y Patrística, aunque se han tomado como sinónimos, no es así. La

Patrística es un concepto acuñado por otro teólogo protestante. Su nombre era J.F.

Buddeus que utiliza este término como adjetivo cuando aborda el tema de la teología

patrística. Este título, a partir del siglo XVII, sirvió para que teólogos dogmáticos estudiaran

la doctrina de los Padres, separándola así de la teología bíblica, escolástica, simbólica y

especulativa. Por ello, es interesante observar que la teología patrística precede a la historia

de los dogmas.

La literatura cristiana primitiva apunta a la valoración del carácter literario de los

escritos de los Padres. Este campo de la teología estudia los aspectos lingüísticos y

literarios. Es, en suma, hacer filología de las obras de los Padres. Se puede decir que la

patrología apunta a presentar la vida, obra y pensamiento de los Padres de la Iglesia. La

patrística, en cambio, se interesa por el campo doctrinal y dogmático elaborado por los

Padres.

II.- LOS PADRES PRENICENOS


Para los efectos de la monografía, se entenderá como Padres Prenicenos a aquellos

que han vivido antes del Concilio de Nicea en el 325 d.C. y que, en sus escritos, han

enunciado “los principios” de las primeras fórmulas dogmáticas que desarrolló la Iglesia en

diversas materias; en particular, con referencia al tema que nos ocupa: El Espíritu Santo.

Dentro de estos, tomaremos como referencia a: Ignacio de Antioquía, Ireneo de

Lyon, Tertuliano y Orígenes.

IGNACIO DE ANTIOQUÍA

San Ignacio, que lleva por sobrenombre Teoforo era, probablemente, Sirio de

nacimiento. Ningún autor habla de su país de origen. Al parecer no era del interés de los

biógrafos. Según Eusebio, san Ignacio fue el segundo obispo de Antioquía y su episcopado

se habría inciado después del año 100. Hay discrepancias respecto a esta fecha. Carlos

González atribuye el ejercicio del episcopado de san Ignacio por el año 69.

Según Simeón Metafraste, san Ignacio era el niño mencionado en el Evangelio de

san Mateo. Se cree que fue discípulo del apóstol Juan. Fue llevado de Siria a Roma para

ser arrojado a las fieras, bajo el reinado de Trajano (98-117), el 20 de Diciembre de 107 en

el anfiteatro Flaviano. Juan Crisóstomo escribe: “San Ignacio fue consagrado obispo de

manos de los Apóstoles Pedro y Pablo”.

En su viaje de Antioquía a Roma, donde fue ejecutado, escribió siete cartas. Jaime

Morales dice de ellas:

Las cartas son una fuente importante de información sobre las creencias y organización
de la primera iglesia cristiana. Ignacio las escribió como advertencias contra las doctrinas
heréticas, lo que permite a sus lectores contar con resúmenes detallados de la doctrina
cristiana.

San Ignacio fue el primer escritor cristiano en usar el término Iglesia católica al

referirse a toda la comunidad de los fieles. Propiamente no fue un teólogo, sino un pastor.

La inquietud doctrinal de Ignacio, nace por la preocupación que tenía por las sectas de cuño
gnóstico y judeocristiano que dañaban a las comunidades primitivas referente al “misterio

del salvador y reflexiona en ello respecto del Espíritu Santo”.

IRENEO DE LYON

Nacido en Asia Menor entre el 130/5, de Joven conoció a san Policarpo de quien

aprendió la doctrina. No se sabe por qué motivo se hallaba en Lyon en el año 177 como

presbítero. En Lyon, tuvo que enfrentar a las herejías gnósticas y ebionitas, así cómo a la

incipiente desviación montanista. Debido a esto, fue enviado a Roma por al obispo Eleuterio

para tratar el problema de las falsas doctrinas. Eusebio nos dice que Ireneo era

recomendado por los mártires al obispo de Roma:

De nuevo y siempre pedimos que estés bien en Dios, Padre Eleuterio. Persuadimos a
nuestro hermano y compañero Ireneo que te lleve este escrito, y te suplicamos que le
tengas por recomendado a causa de su celo por el testamento de Cristo. Porque si
supiéramos que una categoría confiere justicia, de entrada te lo hubiéramos recomendado
por lo que es, el presbítero de la iglesia.

De sus numerosos escritos sólo nos han llegado dos en traducción: Contra los

herejes y Demostración de la predicación apostólica. Entre los teólogos de su tiempo,

Ireneo es el más importante y, en cierto sentido, es el “Padre de la dogmática católica”.

Ireneo no es un teólogo especulativo que se esfuerza por adquirir nuevos

conocimientos. Generalmente, su dicha, esta en exponer las bases de la predicación

eclesiástica en materia de la fe tomándolos de la Sagrada Escritura.

CLEMENTE DE ALEJANDRÍA

A fines del siglo segundo y principios del tercero, Alejandría era una de las

principales ciudades del Imperio. En importancia política y económica, sólo Roma y

Antioquía podían hacerle sombra, pero su actividad cultural era aún superior a la de la

capital.
Tito Flavio Clemente, nació de Padres paganos, probablemente en Atenas entre los

años 140 a 150 de nuestra era, donde hizo sus estudios básicos. Hombre de vastísima

cultura se convirtió al cristianismo en fecha que no sabemos. Se dice que con el fin de

conocer a los grandes maestros cristianos, hizo muchos viajes por Italia, Siria, Palestina y

Egipto. Finalmente se asentó en Alejandría. Ahí fue discípulo de Panteo, director de la

famosa Escuela de Catequesis, de la cual fue su sucesor alrededor del año 200.

Clemente de Alejandría por su vasto conocimiento puede ser considerado como el

primer sabio cristiano. Clemente atribuye a la filosofía griega un carácter sobrenatural.

Afirmaba que la filosofía fue dada a los griegos con el mismo propósito con que la Ley fue

dada a los judíos: para servir de ayo que les condujese a Cristo. Al igual que Platón,

Clemente defiende que las penas divinas no tienen otra finalidad que la de purificar. A

diferencia de los gnósticos que sostienen que la fe y la ciencia se contradicen entre sí,

Clemente se esfuerza en demostrar la correlación exacta y armónica entre las mismas. Fue

un buen observador y crítico de la vida social de su época.

Para Clemente, las Escrituras, sin duda, son inspiradas por Dios. Sin embargo, para

él es muy importante determinar el modo en que Dios habla en sus Escrituras. Por esta

búsqueda, ningún Padre de la Iglesia ha suscitado juicios tan dispares. Sin embargo, era

más hombre del diálogo, de la experiencia espiritual, de la dirección de almas.

Campenhausen dice: “él se sentía cristiano, católico, ortodoxo, y lo era de verdad. En sus

discursos no buscaba al ‘anatema’ sino un esclarecimiento y comprensión mutua de las

tesis en ocurrencia”.

Para Clemente, todo texto tiene dos sentidos: uno literal y otro espiritual, y ésta es la regla

fundamental de la exégesis Clementina.

ORÍGENES

Orígenes, fue hijo de padres cristianos. Nació en Alejandría, por el año 185. Hijo de

Leonidas, a quien, Orígenes, exhortó a ser fiel hasta la muerte. Se le puede denominar,
con propiedad, el sabio más grande de la antigüedad cristiana. Por ende, fue consignado

como uno de los más destacados teólogos de la Iglesia griega. Enseñó filosofía, teología

especulativa y Sagrada Escritura. Justo González citando a Eusebio escribe:

Dedicaba gran parte de la noche al estudio de las divinas Escrituras, ciñéndose cuanto le
era posible a las leyes y hábitos de la filosofía. Pues durante el día sufría en la práctica del
ayuno; de noche, medía el tiempo del sueño, al que procuraba entregarse no en una cama,
sino en el desnudo suelo.
En sus escritos Orígenes alude mucho al Espíritu Santo, los cuales están
impregnados de referencias escriturales. En cuanto a la forma en que expone Orígenes,
Carlos González dice:
El autor intenta expresar la enseñanza de la Escritura y de la Tradición en moldes de
pensamiento más acordes con su época… Es pionero y con la falta de precisión en su
lenguaje, por cierto, en la elaboración de un lenguaje trinitario que se desarrollo
posteriormente en los siglos IV y V.

La pneumatología es todo un mundo en Orígenes, rica en facetas y tan compleja en

su vocabulario. Tenía predilección por la interpretación alegórica. Justo González dice:

“Estas obras constituyen la fuente principal de nuestro conocimiento del método exegético

de Orígenes, que es de importancia primordial para comprender su pensamiento”.

Doctrinalmente, Orígenes esta en conformidad con la tricotomía platónica, por lo

cual el Alejandrino distingue un triple sentido en la Escritura: el Somático (o literal, histórico

gramatical), el Psíquico ( o moral) y el Pneumático (o alegórico-místico).

Fue el primer escritor cristiano del cual se sabe con certeza que cristianas fueron su

cuna y su educación. Campenhausen dice: “Para Orígenes la fe cristiana es un dato

intangible, el meollo de cualquier verdad a partir del cual piensa abarcarlo todo”.

III.- CONCEPTO DEL ESPÍRITU SANTO EN LOS PADRES

En la época de los Padres estamos asistiendo al parto de lo que significó el quehacer

teológico de los primeros siglos de la Iglesia. Es en este momento histórico que

contemplamos la gestación “maravillosa” de la vida que arranca por sus propios senderos

con pisadas propias para la transmisión y explicación del kerygma.


Por este motivo, debemos tener cuidado de no entrar por senderos que pudiesen

llevarnos a sendas trampas: El primero es suponer que la doctrina primitiva no conoce la

verdad con profunda experiencia, puesto que su vida de fe es aún imperfecta. La segunda,

se refiere a su extremo opuesto. Es decir, proyectar las primeras manifestaciones de fe

sobre significados conscientes que sólo se desarrollaron en el devenir del tiempo, en la cual

experimentaron muchas crisis en su desarrollo interno (sobre todo en el ámbito del combate

contra las herejías), de eludir oposiciones desde fuera como son los ataques paganos a la

fe; de corregir sus propios errores buscando aquellas verdades que, bajo la luz del Espíritu,

fueron descubriendo en la comunidad eclesiástica y que son, en definitiva, jalones

irrenunciables en el trayecto de la fe.

La iglesia, en su proceso de expansión entre las naciones, vivía su fe de manera

inmediata, tratando de ser fiel al Evangelio según fuese guiada por el Espíritu. Sólo poco a

poco inició un proceso de reflexión doctrinal sobre el contenido de su fe. La Teología, como

la conocemos en la actualidad, vino mucho después: primero se descubre la experiencia

del Espíritu, más tarde, la enseñanza sobre quien es él.

Desde aquí partiremos el estudio sobre el concepto que tenían, proclamaban y

enseñaban acerca del Espíritu Santo los Padres de la Iglesia Prenicenos.

EL ESPIRITU SANTO EN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

En Ignacio de Antioquía la principal preocupación son el combate contra las herejías

gnósticas y judeocristianas que dañaban las comunidades. Es por ello que en sus escritos

encontramos pocas referencias directas a la tercera persona de la trinidad. Estas aparecen

en uno que otro lado de sus textos pero siempre con relación al misterio de Cristo y de la

Iglesia. Estas alusiones al Espíritu Santo se dan más que en un contexto teológico

dogmático, están vívidamente retratadas en la manifestación de la fe por parte de la

comunidad, en especial, en todo lo concerniente a la celebración litúrgica. Es por esto que


en Ignacio las expresiones al Espíritu Santo se encuentran expresadas en dos áreas: las

fórmulas trinitarias y el contexto eclesial.

Las Fórmulas Trinitarias

En este aspecto, el Espíritu Santo confiesa la fe trinitaria como forma inseparable

del bautismo el cual refleja el proceso de la Economía con la que el Padre nos ha salvado

en su Hijo en el Espíritu, en el cual, el creyente es incorporado a la unidad de la comunidad

eclesiástica en torno a su obispo. En la epístola a los Efesios escribe:

Sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de Dios Padre, elevados
a lo alto por la máquina de Jesús, que es la cruz, usando como cable al Espíritu Santo:
vuestra fe os guía a lo alto, y vuestra caridad es el camino que os lleva a Dios.

Es evidente en estas palabras las concepciones paulinas en cuanto a la concepción

trinitaria. Es claro el contexto antignóstico de Ignacio: desea asentar que la salvación está

en la cruz de Cristo y no en el conocimiento como tal. En estas palabras el Espíritu Santo

se haya incorporado en el Padre y en el Hijo manifestando su divinidad e integrada a ellos.

Es interesante observar que “el Espíritu Santo se nos aplica a la cruz y sin él, ésta sería

solo una máquina inerte, levantada ante nuestros ojos, pero no asiría nuestra alma”.

Otro texto interesante en Ignacio es:

Empeñaos en poner vuestra fuerza en las enseñanzas del Señor y de los apóstoles a fin
que cuanto hagáis lo realicéis con entusiasmo, en carne y espíritu, en fe y en amor, en el
Hijo y en el Padre y en el Espíritu, junto con vuestro obispo. Someteos a vuestro obispo y
unos a otros, como según la carne Jesucristo se sometió al Padre, y los apóstoles a Cristo
y al Padre y al Espíritu, para que la unidad sea tanto carnal como espiritual.

Aquí Ignacio utiliza, como base, la segunda epístola de Pablo a los Corintios por lo

cual se refuerza el estilo de Ignacio muy cercano a la era apostólica. Para él, el Espíritu

Santo es parte importante del engranaje de la vida del creyente. Lo conmina a poner toda

sus fuerzas en las enseñanzas del Señor y de los apóstoles, de la cual no hace ninguna

diferencia y avala la predicación y enseñanza apostólica. El creyente por tanto debe vivir su

vida de manera práctica y basado en la enseñanza recibida consciente que es ayudado por

el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.


Es interesante observar que Ignacio enfatiza fuertemente la sujeción de la

comunidad eclesiástica a su obispo, así como Jesús al Padre y los apóstoles al Hijo (Cristo)

y al Padre y al Espíritu Santo. Por tanto, es de suyo una actitud moral la que deben guardar

los creyentes en la comunidad ante su obispo. La unidad de la Iglesia es uno de los temas

principales en las cartas Ignacianas. Esta unidad debe ser en la carne y en el espíritu y para

ello, la misma unidad reflejada en la trinidad debe ser también la unidad de los creyentes.

Mi espíritu es un residuo de la cruz, la cual es un escándalo para los incrédulos, para


nosotros salvación y vida eterna. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el disputador? ¿Dónde la
jactancia de los llamados entendedores? Porque nuestro Dios Jesucristo ha sido portado
en el seno de María según la economía de Dios, de la simiente de David, por el Espíritu
Santo; nació y fue bautizado para purificar con su pasión el agua.

En esta perícopa se ve claramente la influencia paulina en su redacción [1 Cor.

1,20]. Para Ignacio el Espíritu Santo está presente en la economía de Dios respecto del

misterio de la salvación, en particular, y en la concepción de Jesús en María. Ciertamente

el texto es una apología en favor del misterio de la salvación y la concepción divina de Jesús

frente a aquellos que, sintiéndose dominadores de la sabiduría, niegan este misterio. Al

respecto Carlos González citando a A. Hamman dice:

Al igual que san Pablo, Ignacio parece conocer dos clases de afirmaciones sobre Cristo,
una sintética y otra narrativa. La primera aporta fórmulas antitéticas, próximas a las
profesiones de fe paulinas o inspiradas en ella, que oponen a la filiación davídica la filiación
de Dios, a la filiación de María la del Padre (Eph. 7, 2; 18, 2; Symyr 1, 1; Tral. 9, 1).

Es dentro de estas dos formas de expresar la fe en Cristo que Ignacio sitúa la obra

de Dios y la acción del Espíritu Santo.

El Contexto Eclesial

A los Magnesios, Ignacio, aludiendo a la acción eclesial del Espíritu Santo, les hace

notar que la unidad de la Iglesia es por la fe y la caridad la cual va paralela a la unidad en

Cristo por medio del Espíritu Santo. Es más, entendiendo que contaban con el Maestro

supremo, cual profeta enseñando las cosas de Dios – Cristo – sencillamente ellos podían

aprender y atender a sus enseñanzas porque el Espíritu Santo operaba en ellos.


De manera similar a los hermanos de Filadelfia les dice:

Saludo. Ignacio, llamado también Portador de Dios (Teóforo), a la Iglesia de Dios Padre y
del Señor Jesucristo que está en toda la Filadelfia del Asia, de la que el Señor se ha
compadecido, y está fincada en la concordancia de Dios y se alegra en la pasión del nuestro
Señor y en su resurrección, llena de toda misericordia, la saludo en la sangre de Cristo.
Esta [Iglesia] es gozo eterno y perenne, sobre todo si se mantiene en unidad con el obispo
y con sus presbíteros y diáconos, constituidos según la gracia de Jesucristo, a los cuales él
afianzó según su propio querer, dándoles la firmeza en su Espíritu Santo.

Ignacio reconoce en el saludo la firmeza de la cohesión que como comunidad tiene

la Iglesia de Filadelfia y la cual se manifiesta en conjunto con toda la Iglesia debido al don

que les ha concedido Jesucristo, en y por su Espíritu Santo. Hamman dice al respecto:

Ignacio saca para su gobierno de estas consideraciones una conclusión para su vida. La
imitación de Cristo consiste en la marcha y retorno al Padre. Y como quiera que el martirio
se le antoja más fiel imitación de Cristo para llegar a ser como El ‘hombre perfecto’, es decir,
para ser transformado y transfigurado por el Espíritu, se apresura a recorrer este camino
hasta el final.

EL ESPIRITU SANTO EN IRENEO DE LYON

Recordemos que para Ireneo toda su exposición se basa en la refutación de

herejías, en especial, la gnóstica. Ellos [los gnósticos], según Carlos González, predicaban

que:

No existía un Dios único, multiplicando el número de seres divinos desde el Dios supremo
y desconocido hasta los espíritus de inferior categoría que habían dado origen al mundo
material, por lo cual la carne sería corrupta e insalvable. Negaban, en consecuencia, la
verdadera encarnación del Hijo de Dios y, la redención por su verdadera muerte y
resurrección. Toda salvación del hombre consistiría en la del alma, chispa espiritual de la
divinidad, que desprendida de la materia se elevaría por el conocimiento hasta la plenitud
(el pléroma).

Para esta postura Ireneo contrapone la regla de fe que profesan los bautizados. Tres

son las áreas en que Ireneo desarrolla su pensamiento e inserta su concepción del Espíritu

Santo: La regla de fe, La misión del Espíritu Santo y La obra salvífica.

La Regla de Fe

Esta para Ireneo se funda en “la predicación de la verdad”. Al igual que muchos de

los primeros Padres de la Iglesia, da mucha importancia al rito del bautismo y su confesión:
por ella somos cristianos, de manera que no podemos orar sino como creemos, y no

podemos creer sino como hemos sido bautizados.

Esta profesión de fe para Ireneo es muy importante pues contradice a los gnósticos

al plantear que “la Iglesia expandida por todo el orbe hasta los confines de la tierra recibió

de los apóstoles”. Al respecto, Carlos González plantea:

Ireneo considera que ‘mantener inalterada la regla de la fe’ es una condición necesaria para
integrarse en el plan salvífico de Dios. Pues bien, en todas las diversas síntesis que este
Padre nos propone de dicha norma, se halla la mención del Espíritu Santo como uno de los
pilares sin el cual caería el edificio de nuestra salvación, a la que nuestra fe está ligada,
porque tiene como objeto la verdad; sin ella viviríamos en la mentira.

Una de las primeras analogías del mundo físico que sirvieron para ilustrar la

Trinidad, no sólo en la obra de la creación, sino también en la ejecución de toda la

economía, es el siguiente texto de Ireneo:

Dios no tenía necesidad de ningún otro, para hacer todo lo que él mismo había decidido
que fuese hecho, como si él no tuviese sus manos. Pues siempre le están presentes el
verbo y la Sabiduría, el Hijo y el Espíritu, por medio de los cuales y en los cuales libre y
espontáneamente hace todas las cosas, a los cuales habla diciendo: ‘Hagamos al hombre
a nuestra imagen y semejanza’ (Gén. 1, 26): toma de sí mismo la substancia de las
criaturas, y el modelo de las cosas hechas, y la forma del ornamento del mundo.

Ireneo debe leer con justeza los textos escriturales que atribuyen las obras de la

creación y de la redención al Hijo como al Espíritu Santo. Estos pasajes de la Biblia le dan

pie para exponer la fe en el concepto de la Trinidad: es el mismo Dios Padre, como fuente

y origen de todo, quien actúa por su Hijo y el Espíritu Santo como sus manos, o bien por su

Verbo y su Sabiduría.

En otro texto, muy interesante, Orbe nos dice que Ireneo plantea la pluralidad de

personas en la acción de Dios:

Unicamente en el cuerpo humano actúan en plenitud y ‘ad aequalitatem’ el Verbo, como


imagen de Dios, y la Sabiduría [es equivalente a Espíritu Santo], como semejanza del
Padre. Sólo en el plasma modelado por ambas personas divinas, imprimen éstas su propia
forma de manera perfecta… El cuerpo humano recibe, en cambio, del Hijo y del Espíritu
Santo en plenitud aquello que personalmente les caracteriza. Y sólo él, a diferencia de todas
las demás especies e individuos creados. Su intervención se hace, de consiguiente,
necesaria y excepcional.
Por ello, se desprende que si al principio por sus manos concedió Dios a Adán la

imagen y semejanza, una vez perdida por el pecado, será por esas mismas manos como

restaurará en el hombre la imagen y semejanza perdidas, por la acción de Hijo que es la

imagen de Dios, y del Espíritu, su Sabiduría. El motivo es que “las manos de Dios se habían

acostumbrado en Adán a ordenar, sostener y apoyar a su criatura, y a ponerla y cambiarla

a donde querían”.

La Misión del Espíritu

En relación con el Padre Ireneo plantea que es originado en el Padre. Por ello llega

a escribir: “El Espíritu Santo tiene su origen del Padre, por el Hijo, a quien el Padre se la ha

comunicado; y el Señor, a su vez, lo participó a la Iglesia”. También plantea que ya que

oramos como creemos, y creemos como fuimos bautizados, nuestro reconocimiento de la

gloria de Dios sigue el mismo proceso salvífico: “El Padre es glorificado por su Verbo y por

el Espíritu Santo, y por ellos las criaturas elevan su doxología”.

Es interesante, sin embargo, que Ireneo nunca llama Dios al Espíritu Santo. Para

esta confesión de fe la iglesia hubo de esperar hasta dos siglos más. Al Espíritu Santo

tampoco lo llama “persona” y, sin embargo, le atribuye muchas actividades que tiene que

ver con el orden personal: revela al Padre y al Hijo y su economía salvífica, anuncia por los

profetas, enseña, conduce y glorifica al Padre.

En varios otros textos, Ireneo compara al Espíritu de Dios con el alma humana:

primero es eterno, pues tiene en sí mismo la incorruptibilidad; el alma humana se hace

incorruptible por la resurrección al participar del Espíritu. Es muy particular las imágenes

que utiliza Ireneo para referirse al Espíritu Santo. Le denomina como “agua de lluvia”,

también dice del él que es “el rocío”, “el buen samaritano”, es, además, “el injerto de olivo”

o “el óleo de alegría” o “el agua de regadío”. En fin, para Ireneo es también “el Paráclito”,

“el don”, “el agua viva”, “la escalera para subir hasta Dios” y, en otro texto le llega a llamar

“el dedo de Dios”.


Para Ireneo el Espíritu Santo es coeterno con el Hijo, de manera indirecta siempre

que atribuye a ambos la mediación del Padre con la acción creadora, en la cual ha plasmado

su propio carácter en los seres: el Padre se complace y manda la creación, el Hijo le da

forma, el Espíritu la alimenta y le da el crecimiento. Quizás la imagen más hermosa respecto

a cómo Ireneo califica la obra del Espíritu en nuestra redención es la del “óleo” con el cual

el Padre ungió al Hijo para que realizase, como descendiente de David, la obra salvífica

que había prometido. Al respecto escribe:

…en efecto, el Hijo, siendo Dios, recibe del Padre, es decir de Dios, el trono de la realeza
eterna y el óleo de la unción es el Espíritu con el que es ungido y sus compañeros son los
profetas, los justos, los apóstoles, y todos aquellos que participan de su reino, es decir, sus
discípulos.

La Obra Salvífica

Uno de los elementos básicos de la contienda teológica de Ireneo contra los gnósticos es

la unidad entre los dos Testamentos. Para él hay una unidad de continuidad, la cual está

hilada por el actuar permanente del Espíritu de Dios.

En el Antiguo Testamento Ireneo resalta tres actividades del Espíritu: inspiró a los

profetas, dio la gracia a los justos y escribió la Ley de la Alianza. El Nuevo Testamento

revela con mucha claridad la actividad salvífica del Espíritu en: la vida de Cristo, la vida de

la Iglesia y la vida escatológica.

Finalmente, Ireneo concluye que quienes rechazan los dones del Espíritu Santo y el

carisma profético, son gente que no sirve a Dios, pues no pueden producir fruto alguno,

sino que permanece para siempre como un campo estéril. Al respecto, Ireneo escribe:

Que nadie vaya a imaginar que existe otro Dios Padre aparte de nuestro Creador, como
sueñan los herejes… Otros, a su vez, desprecian la venida del Hijo de Dios y la Economía
de su Encarnación que los apóstoles han transmitido…Otros no aceptan los dones del
Espíritu Santo, y rechazan el carisma profético, por el cual el hombre, cuando es rociado,
produce como fruto la vida divina… Este tipo de gente no sirve a Dios para nada, puesto
que no pueden producir fruto alguno”.

Por lo mismo, no pueden poseer a Dios ni la salvación que él ha preparado para el

hombre. A éstos Ireneo los compara con “cisternas agrietadas” y con “pozos terrenos donde

beben agua corrompida”.

EL ESPIRITU SANTO EN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA

Su doctrina con respecto al Espíritu Santo no se distingue de modo especial.

González dice: “La antología de sus fragmentos sobre este tema es breve y tomada de

pasajes dispersos de algunos escritos”. Clemente es muy escaso en cuanto a sus

referencias al Espíritu Santo. Por ello, es muy complejo hablar sobre lo que pensaba

respecto al concepto trinitario. Sin embargo, cuando escribe, hay momentos en que es

explícito: “Uno solo es el Padre de todos; uno solo es el Verbo de todos; y uno es el Espíritu

Santo, que está en todas partes”.

Un aspecto interesante sobre lo que opina, Clemente de Alejandría, sobre el Espíritu

Santo se dan en los escritos de Teodoto, en especial, en el texto “Extractos”. A semejanza

de Ireneo, reconoce la obra del Espíritu en el ser humano natural, para convertirlo de carnal

a espiritual. Por ello escribe: “Porque el Espíritu Santo… se transplanta en cada uno según

su limitada capacidad, aunque él mismo es ilimitado”.

Conocedor de las doctrinas de Justino e Ireneo sobre la inspiración profética como

obra del Espíritu Santo, no la trata con la frecuencia de ellos. Sin embargo escribe: “David,

o sea el Espíritu Santo que habla por él, canta acerca del mismo Dios…”. En este sentido,

también plantea que es el Espíritu Santo quien iluminó a los escritores del Nuevo

Testamento y, en este sentido, escribe: “El Espíritu Santo que estaba en el apóstol,

impersonando la voz del Señor…”.


Teodoto nos informa que Clemente denominaba al Espíritu Santo como “la virtud

del nombre”. Aunque Clemente no abunda en cuanto a la relación del Espíritu Santo con la

vida litúrgica, sí hay un esfuerzo por saber qué piensa. Carlos González, cita a J.N.D. Kelly,

quien expone:

Clemente de Alejandría habla del bautismo (Ped. I, 6, 26) como el que imparte la
regeneración, iluminación, filiación divina, inmortalidad, remisión de los pecados; explica
(Ped. I, 5, 21) que la filiación es el resultado de la regeneración obrada por el Espíritu. El
bautismo imprime un sello, o timbre, que es de hecho el Espíritu, imagen de Dios (Extractos
de Teodoto 86, 2); el Espíritu que inhabita es el ‘carácter’ de la membresía cristiana de
Cristo (Strom. IV, 18, 116). Como por ningún lado insinúa en ningún rito litúrgico la
imposición de las manos, podemos razonablemente inferir que mira el bautismo como el
que media directamente al Espíritu.

Finalmente, para Clemente el Espíritu Santo es, según J. Solano, “la naturaleza

divina del Verbo”. Así se desprende del texto de Clemente: “De modo alegórico su carne

significa el Espíritu Santo, porque él fue el que formó su carne”.

EL ESPIRITU SANTO EN ORÍGENES

De los Padres de la Iglesia que hemos estudiado hasta ahora, Orígenes, es quien

más alude al Espíritu Santo en sus escritos. Debido al límite de palabras que nos impone

la presente monografía, sólo se hará un resumen de sus conceptos, escribiendo algunos

de sus textos, para ratificar lo dicho.

Tres son las áreas que abarcan sus escritos con relación al Espíritu Santo: La

profesión de fe, la Trinidad y su obra en el creyente. En sus escritos, el autor, como se

expresó anteriormente, intenta exponer la enseñanza escritural y la tradición de la iglesia

según los modelos de pensamiento de su época.

La Profesión de Fe

Desde el prólogo de su obra “De los principios” pone Orígenes, como cimiento de

toda su doctrina la predicación apostólica que él recibió de sus maestros. Como en su época

no hay un dogma definido, la fórmula básica de fe era la bautismal, de ahí que escribiese:

“Ninguna verdad se ha de aceptar sino aquella que en nada difiera de la tradición de la


Iglesia y de los apóstoles”. En cuanto al Espíritu Santo, Orígenes ha descubierto en los

pensadores griegos, esbozos de Dios y de su Verbo, a través de las cosas visibles; pero

ninguna de ellas puede guiar al hombre, por ende, sólo es posible que el hombre fuese

guiado por el Espíritu Santo a través de la Escritura. De ahí que la confesión básica de la

Iglesia deba mantenerse fiel a la Palabra revelada y, esta confesión, no pertenece sino a la

obra del Espíritu Santo: la encarnación del Hijo, “nacido de la Virgen y del Espíritu Santo”,

como signo de que su cuerpo es en todo semejante al nuestro; pero el modo virginal de ser

concebido, es un signo de quien es en su ser más íntimo aquel que se ha hecho hombre.

La proclamación litúrgica del Espíritu es con igual dignidad y honor que el Padre y el Hijo,

y la obra del mismo en cuanto inspiró a los santos, profetas y apóstoles. En esta línea de

pensamiento, Orígenes llega a concluir que la relación de las tres personas se plantea un

problema que para su época aún no había sido planteado: su relación interna. Concluye,

además, que es el Espíritu Santo quien actuó en el Antiguo Testamento y obró en el Nuevo

a través de Cristo, la Iglesia y la comunidad.

En La trinidad

Sus escritos abundan de fórmulas trinitarias. Lo interesante de ello, es que todas

parten de un contexto salvífico.

Todo lo que sabemos sobre el Padre, lo conocemos por la revelación del Hijo en el Espíritu
Santo… así como sólo el Hijo conoce al Padre y lo revela a quien quiere, así sólo el Espíritu
escruta las profundidades de Dios, y revela a Dios a quien quiere.

Teológicamente este texto es un aporte formidable al dogma trinitario que plantea

Orígenes. En el se descubre el dato que el Espíritu Santo no es una criatura, ya que éstas

no conocen el interior de Dios. Del Espíritu nunca se dice que haya conocido quien es Dios

por revelación recibida del Hijo; sino que es él mismo quien escudriña lo íntimo de Dios. De

ahí que escribe:

Si así fuese [Dice Orígenes] el Espíritu nunca se habría confesado al interno de la trinidad,
esto es del Dios Padre inmutable y de su Hijo; sino porque desde siempre es el Espíritu
Santo.
Desde aquí, Orígenes avanza hacia la regeneración bautismal y plantea que sólo

puede ser llevada a cabo por el poder trino de Dios:

Aquel a quien Dios regenera para la salvación, necesita del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, y no recibe la salvación si no es en virtud de toda la trinidad, y no puede participar
del Padre y del Hijo sin el Espíritu Santo.

Esta no es una afirmación gratuita pues incorpora a la soteriología el concepto

trinitario la cual importa al ámbito antropológico de la misma. En el mismo texto,

comentando sobre el Salmo 104, 29-30 dice: “El Espíritu Santo no habitará en todos, ni en

aquellos que son carne, sino en aquellos cuya tierra será renovada”. Para Orígenes todas

las criaturas racionales son logiká precisamente por participar del Logos donde éste

impregna su imagen en ellas. Sin embargo, el Espíritu Santo se ha dado sólo a las personas

elevadas al nivel de seres espirituales, “aquellos que se convierten a las cosas superiores

y caminan por los senderos de Jesucristo”. Para Orígenes desde el inició el Espíritu Santo

se comunicó a los ya bautizados por la imposición de manos de los apóstoles.

Tomando las palabras que Carlos González cita de M. Simonetti hablando de la

trinidad dice:

Para Orígenes la trinidad, en su articulación trinitaria, se caracteriza por la posesión


substancial, y por tanto indefectible del ser, o sea del bien, según la ecuación platónica ser
= bien, que Orígenes suscribe integralmente. En cambio los otros seres intelectuales
poseen el ser, o sea el bien, sólo de modo accidental.

Para finalizar, no se puede dejar pasar un aspecto importante del cual Orígenes se

adelantará casi un siglo: “todo fue hecho por él” (Jn. 1:3). Esta expresión “todo” sería

utilizada vehementemente por los herejes enemigos del “Espíritu”. ¿Esta expresión “todo”,

comprende también al Espíritu Santo? El alejandrino da tres posibilidades:

a) La de quienes afirman que el Espíritu Santo fue hecho (génetos) por el Hijo, como

las demás criaturas. “Mas entonces el Verbo debe existir como anterior al Espíritu”.

b) La de quienes enseñan que el Espíritu Santo no fue hecho por él (agénnetos); y,


c) La de quienes sostienen que “no tiene su ousía propia distinta de la del Padre y

el Hijo”.

Orígenes no plantea una solución sino posturas, aunque se inclina por pensar: “el

Espíritu tiene su propia substancia (ousía)”. La respuesta tiende a defender la realidad del

Espíritu Santo, por una parte y, por la otra, situar su ser en la esfera de Dios y no de las

criaturas.

La obra en el creyente

Orígenes, plantea que si el Espíritu Santo que descendió sobre Jesús en el bautismo

y no le abandonó, fue, entonces, “para manifestarse de esta manera a los hombres, que no

podían sobrellevar continuamente su gloria”, y esto para actuar la salvación en la

humanidad de Jesús por medio de ella.

En su carta a los Romanos, Orígenes nos dice, respecto a la Trinidad que “siempre

está con el Padre y el Hijo, y siempre existe, ha existido y existirá, como el Padre y el Hijo”.

En esta línea plantea que el fruto del Espíritu es la vida del hombre nuevo tomando como

referencia Rom. 9. Por eso, ser discípulo de Cristo es solo por gracia del Espíritu, puesto

que éste es un don del Cristo para quienes han abrazado la fe. Por ello, los signos de esta

permanencia en el Espíritu son variados pero para Orígenes quien “sabe mortificar los

apetitos de la carne, no privándola de lo necesario, pero sin servirla en la concupiscencia”

ha avanzado en la vida de fe.

Por esta razón, la filiación adoptiva para Orígenes es gradual: no son hijos quienes

no creen en Jesús, ni lo han recibido por el bautismo. A los que creen se concede “poder

llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1:12). Por ello, la vida presente es un camino para ir

asimilando lo que se recibió en prenda, a fin de transformarse poco a poco de carne en

espíritu.

Otro signo del don del Espíritu en Orígenes es: la esperanza. “Por el mismo hecho

de creer en Cristo, sabemos que se nos ha concedido la salvación; sin embargo, todavía
tenemos esta salvación en esperanza, y no ante la vista”.

Finalmente, Orígenes entiende que fruto del Espíritu es la misión de la Iglesia y que

los fieles consignan en sus vidas por el ministerio al que han sido llamados: el apostolado.

Por ello, se ha identificado con la oración misionera de Romanos 8, 26 al decir:

La oración del apóstol es el índice de cuánto éste es llevado por el Espíritu, porque nuestra
carne es tan débil, que arrastrada por sus impulsos ha olvidado incluso cómo conviene orar,
de manera que necesita ser guiada por el maestro de la oración. Si el Espíritu interpela por
nosotros con gemidos inefables… ¿cómo no tendrá razón cuando dice: ‘Todo coopera para
el bien de aquellos que aman a Dios?’… el Espíritu ayuda, y la naturaleza divina se digna
a ser su guía en el camino del bien.

CONCLUSIÓN

Al indagar en el pensamiento de los Padres de la Iglesia, ciertamente se asiste al

parto que significó el quehacer teológico en el desarrollo de las doctrinas que se vieron en

los Concilios posteriores de la Iglesia cristiana.

En cuanto al tema sobre el Espíritu Santo, es muy decidor lo que plantean los Padres

pues, si bien no niegan en sus textos la manifestación que nosotros conocemos como la

glosalalia o milagros de sanidad, ellos sí plantean argumentos más amplios para evaluar la

influencia del Espíritu Santo al interior de la Iglesia y del creyente.

Ellos ven la manifestación del Espíritu Santo en:

1. La celebración litúrgica (Ignacio, Clemente, Orígenes).

2. La inspiración de las Escrituras (Ireneo, Clemente, Orígenes).

3. El bautismo (Ignacio, Ireneo, Orígenes).

4. La Enseñanza y el quehacer práctico en el creyente (Ignacio, Orígenes).

5. En la unidad de la Iglesia (Ignacio).

6. La confesión de fe (Doctrina) y en las doxologías litúrgicas (Ireneo).

7. La tradición eclesiástica y la Esperanza cristiana(Orígenes).

8. En la sujeción al Obispo (Ignacio).


Si bien queda afirmada, sólo por Ignacio de Antioquía, la principal acción apologética

de los Padres respecto al Espíritu Santo, se basa sobre cuatro líneas de pensamientos: la

liturgia, la inspiración de las Escrituras, la acción bautismal y la Enseñanza y vida práctica

del creyente. Por esto, los cristianos de hoy, debemos poner estos principios en el tapete

para determinar si un creyente o una iglesia en particular es llena del Espíritu Santo. No

bastan solo con las manifestaciones externas, aspecto que los padres no condenan, pero

tampoco exaltan sobremanera pues mas importantes es la confesión de fe, la esperanza,

la liturgia, el bautismo, etc.

Finalmente, deseo terminar el presente trabajo con el pensamiento de Ignacio de

Antioquía cuando dice: “Esta [Iglesia] es gozo eterno y perenne… constituidos según la

gracia de Jesucristo, a los cuales él afianzó según su propio querer, dándoles la firmeza en

su Espíritu Santo”.

Término técnico por el cual se conoce el “hablar en lenguas”, comúnmente durante el servicio
de adoración.
Frase que se utiliza como sinónimo de que el Espíritu Santo está en el creyente.
Dr. Berthold Altaner, PATROLOGIA. ( Madrid, España: Editorial Espasa-Calpe S.A.
1962 ), Pág. 31
Teólogo protestante nacido en Viena en el año 1653.
Altaner, loc. cit.
Ibid.
Contreras, Peña. INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LOS PADRES. (Argentina:
Editorial Monasterio Trapense de Azul, 1991). Pág. 35.
Nacido en Leipzig, 1730.
Cuando se habla de teología patrística se refiere a analizar la teología que acuñaron
los Padres de la Iglesia.
Altaner, op. cit., pág. 32
Ibid.
Del gr. filología, a través del lat. philologia. 1. f. Ciencia que estudia una cultura tal como se
manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos.
2. Técnica que se aplica a los textos para reconstruirlos, fijarlos e
interpretarlos. DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA, Edición Electrónica.
Versión 21.1.0, Espasa Calpe, S.A. 1995.
Teoforo, nombre tomado de su salutación a la carta a los Filadefios. En Griego es “Theoporo”
que significa “portador de Dios”.
Sigfrido Huber, LAS CARTAS DE IGNACIO DE ANTIOQUIA Y DE POLICARPO DE
ESMIRNA. (Buenos Aires: Ediciones DESCLÉE, 1945). Pág.17.
Eusebio de Cesarea, HISTORIA ECLESIASTICA – TOMO 1. (Terrasa, Barcelona: Edición
CLIE, 1988). Capítulo 36, pág. 193.
Carlos Ignacio González, EL ESPIRITU SANTO EN LOS PADRES GRIEGOS. (México:
Editorial Colección Autores, 1996). Pág. 21.
Huber, op. cit., pág.19
Mateo 18, 1- 4 dice: “1En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el
mayor en el reino de los cielos? 2Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,
3y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en

el reino de los cielos. 4Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el
mayor en el reino de los cielos. 5Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como
este, a mí me recibe”. Aunque es interesante esta afirmación del siglo IX, según los
eruditos, no tiene mayor fundamento.
González, op. cit., Pág. 21.
Cinco fueron dirigidas a las comunidades cristianas de Éfeso, Magnesia, Tralles, Filadelfia, y
Esmirna ubicadas en Asia Menor. Las dos restantes están dirigidas a Policarpo, obispo
de Esmirna y a la comunidad cristiana de su destino, Roma.
Jaime Morales Herrera, PATRISTICA – LOS PADRES APOSTÓLICOS Y LOS
APOLOGISTAS. Seminario Internacional de Miami, www.MINTS.edu. Pág. 8.
Altaner, op. cit., pág. 113.
Ibid., pág. 22.
Ibid., pág. 38.
Ibid.
Ibid.
Eusebio, op. cit., pág. 296.
González, op. cit. Pág. 39.
El nombre completo de la obra es: “Refutación y destrucción del falso conocimiento de la
gnosis”. Según Justo González esta obra se llama: “Denuncia y refutación de la
supuesta gnosis”. Esta obra es además conocida, dentro del mundo académico como:
“Adversus haereses”.
Altaner, op. cit. pág. 144.
González, op. cit., pág. 61
Según Justo González: “En lo que a la vida de Clemente se refiere, nuestros
conocimientos son harto escasos” op. cit., pág. 188.
Según Justo González: “Panteno” op. cit., pág. 189. Eusebio de Cesarea dice al
respecto: “Este Clemente se refiere a Panteno como maestro suyo en su libro
Hypotyposeis, en el cual escribió”. Eusebio, op. cit., pág. 307.
González, loc. cit.
Altaner, op. cit., pág. 193.
Ibid., pág. 196.
J. González, op. cit. Pág. 191.
Platón escribía: “El que soporta un castigo acoge un beneficio” (Paed. 1, 67).
Altaner, op. cit., pág. 196.
Altaner, op. cit., pág. 193.
J. González, op. cit., pág. 192.
Campenhausen, op. cit., pág. 38.
Ibid.
Ibid, pág., 40.
J. González, op. cit., pág. 193.
J. González, op. cit., pág. 201.
Murió como mártir en el 202 durante el imperio de Septimio Severo.
J. González, loc. cit.
Altaner, op. cit., pág. 198.
Ibid., pág. 199.
J. González, op. cit., pág. 201 – 202.
Ibid.
Ibid.
Ibid.
Altaner, op. cit., pág. 200.
J. González, op. cit., pág. 205.
Altaner, op. cit., pág. 204.
Campenhausen, op. cit., pág. 54.
Ibid., pág. 55.
González, op. cit., pág. 9.
La palabra “Kerygma” comúnmente se asocia a la proclamación del evangelio de la
comunidad primitiva. Sin embargo, hay que hacer notar una pequeña diferencia que,
aunque sutil, es necesaria en el campo del análisis teológico: “Kerygma” enfatiza el
modo en que se entrega el mensaje y, “evangelion”, se refeire a la naturaleza del
contenido. Everett Harrison, DICCIONARIO DE TEOLOGÍA. Grand Rapids, Michigan,
USA: Editorial Libros Desafío, 1999). Pág. 242.
González, loc. cit.
Que es el tiempo en que se sitúa el presente análisis de la Monografía en cuestión.
González, op. cit., pág. 11.
Ibid., pág. 22.
Ibid.
A los Efesios 9, 1.
González, op. cit., pág., 23.
Ibid., pág., 24.
A los Magnesios, 13, 1 - 2
2 Corintios 13, 13.
A los Efesios 18, 1 – 2 .
20¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este

siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? 21Pues ya que en la sabiduría
de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los
creyentes por la locura de la predicación. VRV’60
La oikosnomía, economía, es pues, aquello que tiene que ver con la administración o con las
normas que han de regir en el funcionamiento de una casa. Dios es, por tanto, para los
Padres griegos, el administrador bondadoso y providente del acontecer de su casa en
el mundo. Por ello, la historia es la economía divina, administración de un designio
salvífico que tiene Dios para la humanidad. Juan Noemí. “EL MUNDO, CREACIÓN Y
PROMESA DE DIOS”. (Santiago, Chile: Editorial San Pablo, 1996) pág. 430 y 433.
González, op. cit., pág. 26.
Ibid.
A los Magnesios 1, 2.
A los Magnesios 9, 1 – 2.
Sic.
A los Filadelfios, saludos.
González, op. cit. pág. 28.
Ibid., pág. 39.
Ibid., pág. 40.
Demostración 3, pág. 31.
Ibid., 7, pág. 41 – 42.
Adversus Haereses, I, 10, 1.
González, op. cit., pág. 41.
Adversus Haereses, IV, 20, 1.
Es interesante observar que cuando Ireneo habla de “mano de Dios” en singular,
normalmente se refiere al Hijo.
A. Orbe. ANTROPOLOGÍA DE SAN IRENEO. (Madrid, España: Biblioteca de Autores
Cristianos, 1969), pág. 43.
Adversus Haereses, V, 5, 1.
Adversus Haereses, III, 17, 2.
Demostración 10, pág. 46-48.
González, op. cit. pág. 46.
Adversus Haereses, V, 12,4.
Ibid., III, 17, 2.
Ibid., III, 17, 3.
Ibid.
Adversus Haereses, V, 10, 2
Demostración 47, pág. 107-108.
Ibid., 89, pág. 157.
Adversus Haereses, III, 17, 2 y 3.
Ibid., III, 6, 4; 11, 8; 17, 2; 24, 1.
Ibid., III, 17, 2; V, 18, 2.
Ibid., III, 24, 1.
Demostración 26, pág. 73.
González, op. cit., pág. 50. En cuanto a la cita de Ireneo, esta se encuentra en Adversus
Haereses, IV, 38, 3.
Demostración 47, pág. 107-108.
González, op. cit., pág. 53.
Adversus Haereses, IV, 13, 15.
Ibid., III, 6, 1; IV, 20, 8; Demostración 49, pág. 110; 73, pág. 141, entre otros.
Ibid., III, 11, 8; 17, 1-2; V, 1, 1; 6, 2; 8, 2; 7, 2; 9, 2-4; 12, 2; 24, 1; Demostración 5; 42, pág.
98; 2, pág. 29; 89, pág. 157.
Demostración, 99, pág. 169.
Jeremías 2, 13.
Adversus Haereses, III, 24, 1.
González, op. cit., pág. 61.
Pedagogo I, 6.
De Teodoto se sabe muy poco. Era seguidor de Valentín, de origen oriental y contemporáneo
de Clemente. Se comprometió con la doctrina gnóstica del cual fue un notable
exponente.
Tapetes VI, 8.
Pedagogo I, 9.
Pedagogo I, 6.
Extractos de Teodoto 86, 2.
González, op. cit. pág. 64.
J. Solano. TEXTOS EUCARÍSTICOS PRIMITIVOS. (Madrid, España: Editorial de Autores
Cristianos, 1988), pág. 106.
Pedagogo I, 6.
Cf. Página 21 de la presente monografía.
González, op. cit. pág. 76.
De los Principios I, pref. 2.
Ibid., I, 3, 1-3.
Ibid., Prol. 4.
Posteriormente llamará en su textos Hypóstasis.
De los principios I, 3, 4.
González, op. cit. pág. 78.
De los principios I, 3, 4.
Ibid., I, 3, 5
González, op. cit., pág. 79.
De principios I, 3, 5.
Ibid.
González, op. cit., pág. 80.
González, op. cit., pág. 82.
Los modalistas.
Se debe comprender que por aquella época aun no se había fijado un vocabulario técnico
para este tema.
Comentario a los Romanos VI, 7.
Ibid., VI, 13-14.
Ibid., VII, 5.
Ibid.
Ibid., VII, 6.
Ibid., VII, 7.
Posted by Eduardo at 1:05 PM