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Literatura y psicología | Edición impresa | EL PAÍS 17/01/18 9:17 p.m.

OPINIÓN
TRIBUNA:

Literatura y psicología
CARLOS CASTILLA DEL PINO

19 ENE 1989

La posibilidad de que de la obra literaria se obtengan inferencias acerca del autor


está desacreditada. Hay su razón. La mayoría de las veces tales deducciones son
de una gratuidad y ligereza absolutas; o bien responde a interpretaciones
derivadas de doctrinas psicoanalíticas que se aplican de modo estereotipado y
mecánico, sin que se ofrezcan los pasos que hagan convincente la
interpretación.Es evidente, sin embargo, que toda obra es predicado del autor.
Lo es un simple acto de conducta, lo es toda nuestra vida, como discurso de
conducta, como texto que se despliega en actuaciones ramificadas, dispares, en
sus últimas derivaciones, las unas de las otras. Si cualquier ser humano
inevitablemente ha de conjeturar cómo es su interlocutor a juzgar por lo que
hace y lo que dice, y toda la relación con él se hace a expensas de esta conjetura -
toda relación con otro exige un acto de fe, la confianza, mas también la
sospecha-, también los lectores de un texto no sólo tenemos derecho, sino que
estamos abocados a construirnos una imagen del autor; es decir, a figurárnoslo.
En última instancia, la mejor biografía de un autor es su obra, no el conjunto de
las acciones, en el fondo análogas a las de cualquier otro (comer, dormir, amar,
acudir a una u otra tertulia, ir a la oficina o donde sea), que a diario se ve obligado
a realizar.

La cuantía de información que cada cual, en este caso un autor, nos da de sí


mismo es insuficiente, y constituye, en el plano de la conducta, la instancia a
equilibrarse mediante una información mayor, si no real figurada.

El problema, pues, no es que no se puedan hacer tales inferencias y deducciones,


sino cómo hacerlas de manera rigurosa, plausible, convincente, de modo que
sirvan, en efecto, no sólo para saber cómo es el autor (o quizá fuera mejor
preguntar quién es) -cosa que a muchos, biógrafos por ejemplo, importa-, sino
para vislumbrar el proceso mismo de gestación de una obra de creación y de
imaginación, la necesidad que le condujo compulsivamente a la escritara,
precisamente a la escritura.

Los seres humanos realizamos muchos tipos de acciones, y todas ellas remiten
al sujeto actor, También cuando nos entregamos a la fantansía, se plasme ésta

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en obra de creación o no, estamos realizando acciones. Cuando la fantasía se


concreta en una obra de arte literario, este resultado (una novela, un poema)
remite directamente al creador, cualesquiera sean las mediaciones
instrumentales de que se valga.

La novela es, pues, discurso del autor. También muchas cosas más, pero ahora
quiero interesarme sólo por este aspecto. Todo en la novela es del autor y es el
autor. Ocurre igual que en el sueño. Si soñamos con A, B, C y D, aunque éstos
sean, en su punto de partida, seres reales, los hacemos a nuestro modo en
nuestro sueño; son, por tanto, criaturas nuestras, partes de nosotros mismos,
como los personajes de ficción, son ya seres de ficción. El novelista, como el
soñante, se fragmenta en innumerables personajes, que sólo se diferencian de
los soñados dormidos en que son soñados despiertos. Pero el novelista, como
cualquiera en la vida cotidiana, mantiene su unidad a pesar de la diversidad de su
fragmentación. Controla su disociación precisamente mediante ese proceso que
es la ejecución de la obra, y se salva así de la disociación descontrolada que es o
la fantasía como mero juego o el caos improductivo de la locura. La
interpretación (psicológica) de la obra literaria consiste en reconocer los
diferentes procesos de identificación del autor en sus personajes, qué
representan para él, para qué han sido construidos; qué pretende decirnos con
ellos. Cualesquiera sean los otros cometidos propuestos, hay algo consustancial
con el autor: la necesidad que ha sentido de expulsar fragmentos de sí mismo
convertidos en personajes de ficción, es decir, en fantasmas.

El mecanismo es el mismo que el de la alucinación, distinto, sin embargo, al del


delirio: se precisa expulsar fragmentos de sí porque, por razones que no puedo
exponer ahora, ya no se pueden conservar dentro como partes de uno mismo,
como integrados en uno, y hay que vivirlos como otros. Es por esto por lo que el
novelista se vacía tras cada obra de creación y apenas quiere saber acerca de lo
creado. Por decirlo metafóricamente, cada obra concluida es una etapa hacia la
cura; hacia una cura que no llega jamás, porque es inalcanzable, porque no
existe; es, como lo es en los otros contextos, un curar y un des-curarse. De
momento es sólo alivio. Hasta que él mismo vuelve a colmarse con su misma
creatividad y surge de nuevo la reiterada necesidad de expulsión de sus
fantasmas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de enero de 1989

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