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habían tomado asiento contra la pared tuvieron problemas para enderezarse.

Jesús esperó
a que todos estuvieran de pie, y dijo:
—Sentaos. ¿Sois trece? Ah, claro, ya comprendo. Tú eres Matías, y ocupas el puesto de mi
desdichado y querido Judas, a quien mataron su propio amor y su propia inocencia.
Todos se miraron, incómodos. Siempre había tenido el don de mencionar lo
inmencionable.
—Y tú debes de ser Bernabé, el desafortunado número trece. Bueno, pruebas y tribulaciones
no van a faltaros a ninguno.
Sonrió a Tomás, que compartía con Bernabé el banco cojo. Le dijo:
—Y ¿cómo van hoy tus dudas?
—Ya sabes lo que pensé —rezongó Tomás, con su áspero acento del norte de Galilea—, y
estaba en mi derecho al pensar de ese modo. Hay demasiada falsedad hoy en día. Y no son
muchos los que vuelven de la tumba. Ya sé: está Lázaro, que lo mataron en una reyerta
tabernaria tres días más tarde, con lo que, la verdad, vaya un esfuerzo desperdiciado. Y hubo
también la muchacha del sitio donde yo trabajaba cuando me reclutaste para la hermandad,
diciendo que necesitabas lo qué llamaste un escéptico. Bien, pues hemos tenido montones
de falsos profetas a nuestro alrededor, y a ver quién iba a impedir a alguno de ellos que se
paseara por ahí con un toque de pintura roja en las muñecas. Yo tenía razón al decir que si
no veía no creería.
—Y yo vuelvo a decir que bienaventurados los que no vieron y creyeron.
—De eso no me vas a convencer. O, por lo menos, no siempre.
—Escuchad, y comed mientras escucháis.
Los tajadores de madera rechinaron apagadamente, y resonaron las baratas copas. El
cuchillo de Mateo hubo de resolver un arduo problema de aritmética para dividir el pescado
en catorce porciones.
—Tenéis que tratar de impartir esta fuerza de la fe inocente a los que escuchan la palabra.
Mi palabra, pero, ahora, también la vuestra. Ésta será la última vez que me manifieste ante
vosotros, pero no olvidéis que con vosotros permanezco en estos sencillos dones de Dios.
Yo voy a iniciar la ceremonia, vosotros habéis de concluirla. Tomo este pan y lo rompo. Esto
es mi cuerpo. Haced esto en memoria de mí.
Troceó la hogaza. Las heridas de las muñecas parecían casi curadas. A los que estaban más
lejos les arrojó sus pedazos, y a los que estaban más cerca se los dio en la mano. Pedro dijo,
habiendo masticado el cuerpo de Jesús antes de tragárselo:
—¿La última vez, Señor?
—Sí; os dejaré mañana, al amanecer. No me preguntéis adónde voy.
—A todos nos consta adónde vas —dijo Tomás—, sin necesidad de verlo. Vas a reunirte
con tu padre.
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—Es difícil —dijo Jesús, quitando las espinas del trozo de pescado que tenía en la mano—
que esta carne se convierta en espíritu. Pero demos por sentado que es eso lo que va a
ocurrir. No voy a tomar ninguno de los caminos llanos que salen de Jerusalén. Subiré al
Monte de los Olivos y desapareceré en lo alto, y nunca más se sabrá de mí. Podéis venir a
decirme adiós con la mano, si queréis. Luego tenéis que aguardar una visita muy particular.
No habréis de esperar mucho. Ahora voy a charlar un rato con mi madre. Concluye la
ceremonia, Pedro.
Se puso en pie y se llevó los dedos a los labios. Con la otra mano les hizo gesto de que
siguieran sentados. Abrió la puerta, sin que entrara el viento, y la cerró. No oyeron el ruido
de sus pasos por la escalera exterior de madera. Silencio. Pedro, tras un profundo suspiro,
tomó la jarra, llenó su copa y dijo:
—Ahora su sangre —la hizo circular. Todos bebieron un sorbo.
—Es cuestión de esperar, ¿verdad? —dijo Tomás. Nadie añadió nada. La última y breve
visión del Dios viviente, caprichoso, nada propenso a prestar ayuda, les había servido de
escaso consuelo. Necesitaban consuelo de mala manera. El viento seco se hizo más fuerte y
sacudió la contraventana.
—ES UN MUCHACHO, señoría —estaba diciendo la madre de Caleb—, y ya sabes tú cómo
son los jóvenes: llenos de ideas desatinadas. Como no tiene padre que lo lleve por el buen
camino… Las madres no podemos hacer nada cuando nos sale un hijo con locuras en la
cabeza. La libertad, y tonterías por el estilo.
—De modo que la libertad es una locura —dijo Quintilio—. Y una tontería. ¿A ti qué te
parece? A ti, digo.
Estaba interpelando a la hija mayor, Sara, de dieciocho años, pálida, alta, sin velo, que lo
miraba de hito en hito, sin ninguna apreciación sexual, más bien con una especie de tranquilo
desafío de un extremo al otro, que a él se le hacía difícil interpretar. ¿Judea contra Roma?
¿Generación contra generación? ¿La valedora de un riguroso esquema social de conducta
contra su despreocupado infractor? Porque Quintilio se había empeñado en que la
entrevista se celebrase en su comedor. Las tuvo de pie mientras comía. Rut, de dieciséis
años, con el velo hasta los ojos, observaba cada pedazo que él se llevaba a la boca con algo
semejante al horror. Un sirio descalzo mezclaba vino con agua de pozo. Iba contra la ley judía
que los creyentes permanecieran bajo el techo de los gentiles. Matías, que las había
conducido hasta allí, insistió en esperarlas en el patio, aunque con ello dejase a las mujeres
sin el debido acompañamiento. Ellas consideraron que la necesidad de abogar por su hijo y
hermano las absolvía de un tabú que, como mujeres que eran, tampoco se podían tomar
demasiado en serio.
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loco más que en lo tocante a creer que el mundo pronto caería en poder de las ratas,
achbroschim, y que los romanos, que hablaban lo que él tenía por lenguaje de ratas, eran
los heraldos de tal invasión. Matías, por su parte, poseía una casa de buenas dimensiones,
no lejos del Templo. Estaba ahora en la treintena, pero se había quedado viudo a los
veintitantos, al fallecer su esposa, Ana, víctima de una infección que se produjo intentando
cortar la hogaza de la atardecida y llevándose por delante un dedo. La culpa, según Elias, era
de las achbroschim. De camino, en la sonochada, el pequeño grupo pudo ver, sin regocijo
alguno, cómo adornaban los altos de las casas en las calles más estrechas, en preparación
del venidero Pentecostés o Shabu’oth, fiesta de las semanas, o día de los primeros frutos.
Mozos subidos a escaleras tendían ristras de hojas secas de un lado al otro de la calle,
subiéndolas con palos horquillados hasta las azoteas de las casas enfrentadas. Había calles
enteras engalanadas de esta guisa. El grecojudío Esteban, desde lo alto de su escalera, vio a
las tres mujeres vestidas de negro y a Matías con sus ricos harapos. Deduciendo de su
aspecto lúgubre lo sucedido, les gritó:
—No os preocupéis. Todavía no está cerrado el asunto.
De camino hacia casa, Matías pasó junto al Templo, tras el cual resplandecía el espléndido
y aparentemente casual derroche del crepúsculo, como una especie de bendición. ¿Era aún,
hablando con propiedad, se preguntó Matías, el recinto de su fe? Sí, el Templo era más suyo
que de cualquiera que no aceptara que la historia de la raza había alcanzado su culminación.
Era el sólido e inamovible tabernáculo del numen viviente a cuyo hijo él había conocido —
aunque brevemente y sin intimidad— en carne y hueso, y cuyo mensaje había aceptado de
todo corazón. ¿Por qué, pues, en el crepúsculo, se le antojaba el Templo vagamente hostil?
Porque estaba en manos de los guardianes de un pasado polvoriento ya; que nada tenía que
decir al presente. La misión de los nazarenos consistía en ir ocupando el Templo, lenta, muy
lentamente, mediante la infiltración de la fe. Iba a ser el Tempo de la culminación, pero no
todavía. En cierto sentido, había que amarlo más que nunca, como a una criatura viva, pero
un poco torpe, a la que era menester enseñar con suavidad que aquélla era, tanto como la
del Padre inmemorial, la casa de Cristo. Pero los duros de corazón opondrían larga
resistencia a la verdad.
Y, hablando de duros de corazón, ahí teníamos uno: joven, pero prematuramente
momificado por la más recalcitrante intolerancia sacerdotal. Muy cerca de casa de Matías se
hospedaba, con su hermana, el joven estudiante de teología procedente de Cilicia. Estaba a
la puerta de la casa, en el jardín sin vallar, con las piernas cruzadas sobre el suelo de tierra,
cosiendo con dedos encallecidos las lonas para las tiendas, apurando la última luz del sol.
Saludó a Matías con un movimiento de cabeza en el que había algo amenazador. Matías le
contestó con más amabilidad.
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—De manera —dijo Saulo— que te has convertido en el sustituto del que se colgó.
—El duodécimo del grupo interior, sí. ¿Cómo te has enterado?
—Me considero en la obligación de mantener los ojos y los oídos abiertos a todo lo que, si
tal cosa fuera posible, iría en detrimento de la serena fortaleza y la sempiterna verdad de la
fe judía.
—Hablas con demasiada rimbomba, para la edad que tienes. Pero el mucho estudio suele
dar jóvenes rimbombantes. ¿Por qué me miras con tanta acritud?
—¿Te estoy mirando con acritud? Pretendía que fuese compasión. Has caído en un terrible
error. Y dicen que el error hay que arrancarlo en seguida, de raíz, antes de que prenda. ¿No
te asusta que te erradiquen?
—Soy un buen judío a quien, por la misericordia de Dios, le ha sido dado ver la salvación.
Muy bien, pongamos que tiene razón la gente, que estoy en el error. Apenas si hay un
profeta en las crónicas sacras que no haya sido apedreado y cubierto de ultrajes por haber
percibido un destello de la verdad. Se nos ha prometido un Mesías en el tiempo, no en la
eternidad. Nació en el reinado de Augusto, y en el de Tiberio le dieron muerte. ¿Acaso por
revestirse de lo temporal, llevando el manto de la historia humana, ha mancillado lo eterno?
—Ahora eres tú quien habla rimbombantemente. Sabes tan bien como yo que en los
últimos años han aparecido montones de estos falsos salvadores repletos de enloquecidas
visiones interiores. Todos ellos a cuál peor. Y los que quedan por venir. Algunos han tenido
la sensatez suficiente como para no escupir contra la autoridad. Tu hombre blasfemó contra
todo… Incluso contra el Templo.
—Vengo ahora, precisamente, de admirar la belleza del Templo en el resplandor del
crepúsculo. Él nunca blasfemó contra el Templo como casa de Dios. Le tenía el mismo amor
que todos le tenemos. Pero así como la presencia de Dios puede ser inherente a un pedazo
de pan, no siendo el pan sino harina y agua, así el Templo, sin la presencia de Dios, no es
sino ladrillo y piedra y barro, con un poco de oro y un poco de plata. Está hecho por la mano
del hombre, igual que el pan. Pero él dijo que el cuerpo era un Templo mayor, porque no se
hizo por mano del hombre. Si hemos de elegir entre ambos Templos, hasta un descamado
es más santo que la obra de Salomón, rematada, para su propia y depravada gloria, por
Herodes. No digas incluso contra el Templo, joven. Hay cosas más importantes que los
templos y los sanedrines y los sumos sacerdotes.
—¿Ves? —Saulo parecía atónito—. Se las han compuesto para llevarte a un peligrosísimo
error.
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—¿Por fin te has venido con nosotros? —dijo—. Éste es un buen sitio para quitarse la rigidez
de cuello.
—Muy bien —dijo Saulo—. ¿Hasta cuándo va a durar esto? Dejas a los fariseos para unirte
a los esenios. Y ahora formas parte de esta secta blasfema. Ya veo que también Esteban.
Qué despropósito. ¿Tú también lo has vendido todo a beneficio de los tullidos babosos?
—Todo, Saulo.
Lo cual no era enteramente cierto. Aquel mismo día, algo más tarde, en la antigua casa de
Matías, Pedro le repitió, aunque con más donaire, la pregunta de Saulo.
—Todo, Pedro —replicó Ananías—. Cuenta el dinero. Está ahí, encima de la mesa.
—¿Y la factura de venta?
—Eso —dijo Ananías, incómodo— no es, en sentido estricto, asunto de la comunidad. No
tenía ninguna obligación de vender mi finca. Fue un acto voluntario. Porque supongo que
todo lo que hacemos es por voluntad propia, ¿no?, que no actuamos por obligación.
—Habiendo hecho voto de vivir sin posesiones y de compartirlo todo en comunidad, tú,
como miembro de ésta, venías obligado a darlo todo. Te lo vuelvo a preguntar, Ananías:
¿todo?
—Todo.
—¿Qué significa tu nombre, Ananías?
—¿Mi nombre? ¿Qué tiene que ver mi nombre? La forma correcta es Hananíah, según me
han dicho. Algo así como Jehová beneficia…
—Te burlas de lo que hace Dios y te burlas de tu propio nombre. Te veo hasta el alma,
Hananíah. Y tú, Safira, ¿respaldas esa falsedad?
Safira era la mujer de Ananías, y su nombre —Shappira, en transcripción correcta—
significaba la bella. Es peligroso dar a los recién nacidos nombres que, más adelante, pueden
ponerlos en evidencia. Safira tenía los ojos pequeños y los labios finos, con el pelo tieso por
culpa de un exceso de grasa natural. Dijo, algo desconcertada:
—La finca era de mi padre. Es un regalo que nos hizo mi padre desde la tumba, y él no
había prometido nada a los nazarenos. Los nazarenos ni siquiera existían cuando él murió.
—Pero el dinero es vuestro, y a vosotros corresponde entregarlo. Te vuelvo a preguntar:
¿respaldas esa falsedad?
—No soy ninguna embustera —dijo ella—. ¿Acaso no tenemos derecho a un pedacito de
tierra que sea nuestro? ¿Dónde quieres que viva un hombre con su mujer? Hay cosas que
marido y mujer tienen que hacer en privado. No está bien que duerman en una especie de
calabozo, con los ronquidos de unos extraños que se llaman a sí mismos hermanos, y que lo
mismo se quedan despiertos para mirar lo que está prohibido mirar.
—Luego parte del dinero ha sido retenida. ¿Es así, Ananías?
—Nada se ha retenido. Eso lo juro.
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—El maestro nos mandó que no juráramos nunca, que nos limitáramos a decir sí o no.
¿Eres un embustero, Ananías?
—Según lo que se entienda por embustero. Nos hemos quedado con una pequeña porción
de la finca, una dependencia, nada más. Pero el dinero de la venta está todo aquí.
—Muy bien —dijo Pedro—. Ananías el embustero por fin ha dicho la verdad. Ahora vete,
y Safira contigo. No somos como los romanos ni como los del Sanedrín. Nosotros no
aplicamos castigos. Eso lo dejamos en manos de Dios. Por ahora, el conocimiento de que
habéis obrado mal os será penitencia bastante. Paladead vuestro delito a solas, los dos
juntos.
Y les volvió la espalda.
—Dadme un poco de agua —dijo Ananías—. Me siento desfallecer. No tengo el corazón
fuerte.
Nadie le dio nada.
—Ya veo. Lo de dar opera en un solo sentido. Esto se convertirá en una maldición para
vosotros, ya lo veréis.
Y se alejó tambaleándose, apoyado en Safira. Matías le dijo a Pedro:
—Perdona mi presunción. Ya sé que soy el más bisoño del grupo y, por consiguiente, el que
peor entiende. Pero no veo en qué ha obrado mal Ananías. Yo tuve la posibilidad de hacer
que liberaran a mi sobrino… me refiero a Caleb. Era cuestión de soltar algún dinero. ¿Qué
habría ocurrido si me hubiera quedado con parte del dinero que fue mío?
—Que fue tuyo —dijo el otro Yago, el hijo de Zebedeo—. Fue, no lo olvides. Ahora te hallas
en mejor posición. Antes estabas equivocado, porque, sabiendo que el soborno es inútil,
tenías la leve esperanza de que, quizá, por una vez, obrara su efecto. Siempre es mejor estar
sin dinero. Hay que convertirlo en algo que se pueda consumir, y deprisa. Así nos apartamos
del error, y de la avaricia, y de otros muchos vicios.
—Tú habrías perdido tu dinero —dijo Pedro— y, si Dios no lo hubiera dispuesto de otro
modo, tu sobrino habría perdido la vida. Tiene razón Yago: los romanos no se andan con
componendas. Y las cosas han salido del mejor modo posible. Confía siempre en la mano de
Dios.
—¿Como ahora, por ejemplo? —preguntó Matías. Tenía la mirada en la calle, donde
Ananías acababa de desplomarse. Safira, inclinada sobre él, le tenía puesta una mano en el
pecho desnudo, buscándole los latidos del corazón. Levantó la cabeza y, a gritos, pidió
auxilio. Pasó un camello, rebramando sus propias insatisfacciones, llevado por un hom-
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—Al padre de Juan se le metió en la cabeza la insensata idea de que hay sangre de
conquistadores en su familia. Juan y él están reñidos. Juan no es más que Juan, un buen
nombre bíblico. Juan quiere matar a Graco.
—¿El prefecto?
—Graco hizo flagelar a Juan. Igual que a ti. Acusado de una especie de malversación.
Mentira, claro. Juan llevaba dinero del tesoro para pagar a las tropas. Todos sabemos quién
fue el verdadero malversador.
—Bueno y ¿por qué no le da una puñalada?
—No es tan fácil. ¿Estás hecho a la pelea?
—Una vez encabecé un ataque contra un alojamiento del desierto. Ahora creo que ha
llegado el momento de golpear más cerca del centro. Eso es lo que importa, en mi opinión.
No se trata de ganarles batallas concertadas a los romanos. Hay que convencerlos de que no
van a obtener nada de Palestina. Ha sucedido otras veces. Optarán por retirar a sus
procónsules, permitiendo que de nuevo entre la sangre de Herodes. Es sangre mala, pero
nativa. Y será el comienzo de algo mejor.
El Juan con quien se vio luego Caleb era, aunque bastante joven, todo barba negra y calvicie
integral. Estaba sentado, con las piernas cruzadas y remendando sandalias, en un lugar de
las afueras. Su choza estaba sucia.
—Ya han venido antes otros forasteros iguales que tú —dijo—. Saduceos a sueldo de los
romanos.
—Por supuesto —dijo Caleb—. Y los latigazos me los di yo mismo. Me encanta darme
latigazos.
Se los enseñó. Juan soltó un silbido. Caleb dijo:
—¿Cuántos hombres tienes?
—Puedo reunir doscientos. Buenos para ataques por sorpresa. Diestros con el puñal y con
el palo tostado. Casi todos de primera línea, claro. Últimamente hemos permanecido
bastante quietos, y estamos algo anquilosados. Para atacar la prefectura, hay que contar con
el cantón militar de la ciudad, que se halla en la puerta contigua. No estamos listos. Aunque
no sé. No podemos estar esperando para siempre. Graco tiene que ser crucificado.
—¿Crucificado?
—Cortarle el gañote sería demasiado fácil. Hay que crucificarlo y luego quemar sus restos.
—Eres un tipo duro, Juan —sonrió Caleb.
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El ataque era osado, y Dios —o lo que sea— estuvo de su parte. Invadieron el cantón antes
de quebrar albores, estrangularon a los centinelas, acuchillaron a un centurión dormido y a
un par de decuriones despabilados. Se arrojaron contra hombres desnudos y temerosos, en
los dormitorios, y luego prendieron fuego al cantón, que era de madera. Tuvieron
dificultades para incendiar la prefectura, que era de piedra, pero destrozaron todo lo que
había dentro, quemaron documentos y mataron a la guardia; luego se encaminaron hacia
las afueras en busca de la villa del prefecto. Graco apareció en camisa de dormir. Una súcuba
samaritana, todavía con el calor del lecho de Graco en el cuerpo, trató de escapar, pero la
atraparon y le pusieron el cabello en llamas. Rebanaron el pescuezo a los centinelas. Luego
arrastraron a Graco, gimoteante, por la calzada abajo, hasta el centro de la ciudad. Allí nadie
dormía. Hombres con cubos de agua trataban de evitar que el incendio del cantón se
propagase a casas y tiendas inocentes. Las llamas y el humo sirvieron de buen telón de fondo
para la representación supervisada por el propio Juan. Los samaritanos habían hallado gran
acopio de cruces de madera —del nuevo tipo, con el travesaño ya clavado en el asta, y el
asta afilada como una estaca por el extremo de tierra— en el patio del cantón. A una de ellas
clavaron, con verdadero deleite, al desnudo Graco, que sollozaba y profería gritos en un
dialecto desconocido para todos los presentes, tal vez una forma del oseo o del umbro que
se hablase en su tierra. En un momento dado llamó a su mamá, y ninguno recibió la palabra
piadosamente. Abrieron, con prisa y sudor, el hoyo para el asta, y levantaron la cruz, que
quedó poco firme, bamboleante, pero qué más daba. Antes de que arrojaran pez hirviente
sobre el cuerpo todavía vivo, Juan le cortó los genitales de un solo tajo, con una chaira de
zapatero. Caleb, para propio bochorno, vomitó.

EL GRITO de Tiberio fue menos desesperado, pero no poco intimidatorio. El mensajero que
le había traído las misivas de Siria, vía Roma, se mantenía frente a él, sudando, como todos
los portadores de malas noticias. La serpiente mimada de Tiberio, enroscada a los hombros
de su dueño, dio réplica al humor de éste con un siseo. Tiberio aporreó con el puño el tablero
de la mesa que había en la glorieta, echando a volar las copas de vino. Curcio Ático
permanecía junto a él, empavorecido. Tiberio, por fin, acertó a hablar:
—¿Hasta cuándo vamos a seguir tolerando esto? ¿No he hecho más por los judíos que
que…?
La repetición del quam se hizo frenética. Curcio dijo:
—Sí, César: les reintegraste sus propiedades. En parte. Tiberio siseó igual que su serpiente.
—No me vengas a mí con tus sarcasmos de estoico, Curcio. Las canas no te confieren
ninguna inmunidad.
—Haz que me maten, César, si con ello se te alivia la frustración. A la
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