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ODAS LIBRES

MATERNIDAD

Origen de mis sueños,

y donde

se proyectan los sueños de mis sueños.

me cobijaste un día

entre tus cuatro paredes;

siendo testigo de mí divorcio,

cuando

rompiendo el cordón umbilical

que me unía a mi madre,

quedé solo.

y de una palmada en un mundo extranjero

mis ojos

se llenaron de llanto,

al descubrir que mi prístino mundo

no me pertenecía.

que ahora mi medioambiente

era frio, agresivo, y distinto.

Y mi llanto se hizo más grande

al enterarme que mi madre,


no

era completamente mía, que

solo por un tiempo

me había sostenido,

en su vientre

confortable y oloroso.

Maternidad,

vieja amiga

de paredes grises

techumbre roja,

como la sangre que tantas veces haz

visto correr,

por tus salas de parto.

también fuiste testigo,

de la primera vez

que vi el rostro de mi madre;

con sus ojos grandes

mezclas de dolor y de alegría.

Y una mirada

tierna,

y negra como mis sueños;

pero llena de calor


y fantasía.

Tú viste como me resguardó

en sus brazos,

y musitó

mil veces su amor en mis oídos.

Enjugando mis lágrimas

con sus besos.

Maternidad, vieja construcción

tantas veces ampliada,

inexorablemente vuelta

a colapsar,

por el incremento de

tu oficio.

Tú que has visto nacer

a tanto mal nacido,

tanto malhechor, y tanto corrompido.

Si supieras que en

este mundo,

el bien es la excepción y

el mal es general.

Pero tú no tienes culpa,

tú no eres Dios para saberlo;


ni siquiera tienes

conciencia de tus actos.

Además,

que cuando niños todos

nos vemos iguales:

indefensos,

somnolientos, engañadores;

con

una tremenda dependencia de nuestras

madres, y con

esa carita de niño bueno.

¿Cómo podrías discernir sin confundirte,

entre los monstruos en que

a veces nos convertimos,

la gente de bien que es tan

escasa en este mundo?

Maternidad,

origen de mis días, y

donde quiero ver surgir

mi descendencia;

tú que me mostraste el

mundo frío y agresivo que

existe en tu interior,
pero mil veces mejor

del

que conocí afuera.

Hoy he vuelto nuevamente

a tus paredes frías,

con los nervios alterados, y un sabor a

adrenalina,

para ver el nacimiento de

mi hijo, desde

el vientre de su madre.

Hay de mí vieja amiga,

conociendo este mundo, como ahora

lo conozco, mi temor

es que mi hijo

a quien quiero abrazar,

con todas mis fuerzas,

no

me salga un bien nacido,

como es

lo que más quiero.

Hay tan poca gente buena

que luchando desinteresadamente

nos prodiga esperanza, y

este mundo está


tan lleno de egoístas,

y orgullosos, de truhanes,

malhechores, drogadictos, traficantes;

dignatarios no muy

dignos,

honorables sin honor.

Este mundo es del que lucha por

tener a los demás,

sometidos a su arbitrio

por la fuerza, el poder,

o por

su palabrería,

sus lisonjas y mentiras;

y su gran capacidad

de echar

la culpa a otros de sus males

y fracasos,

que nos llenan de

injusticias, desazón, e

impotencia.

La justicia pervertida, trastocada

en su esencia,

deja libre al delincuente


y encarcela

en sus hogares al que no sabe matar.

Pero hoy solo

he venido

para ver el nacimiento de mi hijo,

nada más.

Sin embargo, al entrar por

tus puertas y al

sentirte familiar,

comencé este soliloquio,

por hablarte nada más.

Porque

afuera no hay nadie que

me escuche en mi dolor.

Con

decirte que este mundo

está loco y sin remedio.

Todos corren para un lado y

para el otro

sin descanso.

Todos andan estresados, exaltados,

temerosos.

Es como si a cada uno

el mismo diablo le siguiera;


es

como si en nuestras vidas

el infierno se encarnara.

Si hasta los

adolescentes en demonios

se convierten,

y se matan entre sí, o delinquen

salvajemente.

Hay mi vieja amiga

de pasillos encerados, y de grandes

ventanales, por

donde entra un tibio sol.

Tus paredes se parecen a la iglesia

donde se encuentra Dios,

permitiendo el nacimiento

de la vida en

tu interior.

A ti todos acudimos,

los malvados y los santos,

los injustos y correctos;

los

que venden la justicia, y los que

tratan de imponerla.

Con los nervios alterados, y un sabor a adrenalina


que recorre todo el cuerpo.

Produciendo palidez, y un temblor

en las palabras,

un sudor interminable, ante

las expectativas

de un hijo al nacer.

Sin embargo muchas veces

te conviertes en el Hades,

donde mueren nuestros hijos,

o fallece alguna madre.

Es por eso el

nerviosismo que

yo tengo en este instante.

¡Oh!

mi vieja amiga mía,

con olor a cloroformo,

pulcramente desinfectada,

cada

día por tu gente.

Yo me alegro que hasta hoy,

te dediques a dar vida,

no te hayas convertido, de puro


lucro en abortiva.

Ensuciando tu prestigio

con la sangre de mil fetos.

Si mi hijo nace bien, te

prometo en este día

educarlo con amor, e inculcarle

los

principios de los mansos y humildes,

de los llenos de bondad,

de los justos

y los santos, de esta pobre humanidad.


AL BANCO DE MI PLAZA

Fiel amigo y

testigo de mi amor y mis

desvelos.

Compañero de aventuras

y cansancios.

Siempre cauto, reservado, y

silente.

Sostuviste mil veces todo

el peso de mi cuerpo cansado

y magullado.

Tus maderas han cambiado muchas

veces, pero tú

eres el mismo, el de siempre.

Tal vez sea el fierro forjado de tus patas,

o sea tu función

sencillamente.

Pero en ti he mitigado

tantas veces el dolor de los

combates de la vida.

Testigo de la pobreza

el desconsuelo.
El otro día

y después de tanto tiempo,

yo venía

a tu encuentro nuevamente;

y encontré una señora sentada en ti.

Era pobre y harapienta

y masticaba unos mendrugos

de pan endurecido.

Yo quería estar a solas contigo.

Lo necesitaba.

más no quise interrumpir su soledad,

y entonces

me di cuenta que tu existes,

para dar a los cansados un reposo.

Y me fui

solitario entre la gente,

masticando el agobio de mi pena,

pues no pude

compartirla con mi esposa,

ni pretender que ella entienda

mi tristeza.

Banco amigo de la

plaza de mi barrio.

¿Te acuerdas que hace más de diez años,


una muchacha grácil,

hermosa y sonriente,

osó sentarse en ti, un aciago día

de verano?

Y yo que estaba cerca

con un grupo de mis amigos,

fui el primero que

se atrevió a conversarle.

Y cuyo nombre mantuviste

grabado en tu respaldo de madera,

durante tantos años;

y que a pesar

que tantas veces te pintaron,

el seguía notándose.

Hasta que un día cambiaron

tus maderas,

y ya no quise volver a grabarlo.

Amigo mío,

hace unos días la vi,

y me dio pena.

Su rostro desfigurado por

los golpes de la vida,

y de su esposo;

y unas ganas de estallar en llanto.


Su piel marchita

como los pétalos de una rosa

deshidratada.

Sus ojos descoloridos,

sin sueños ni brillo,

en su mirada una ilusión perdida.

¡Quiso huir de mi presencia!

Mas, la retuve.

Me acordaba de su nombre claramente.

Conversamos tantas cosas

que los temas

parecían brotar de manantiales,

al mismo tiempo

que las horas se iban sin remedio;

como las rosas que

desaparecen en invierno.

Pero un temblor estremeció su cuerpo.

Era tarde,

había pasado mucho tiempo,

tuvo miedo.

Entonces tomó mi mano,

miró a mis ojos por algunos segundos,


y a modo de despedida,

esbozó una sonrisa con sabores de antaño,

para añadir:

¿Por qué…?

la miré atentamente,

esperando que continuara,

mientras

su mano se soltaba de la mía.

Luego de un instante

se apartó de mí,

sin volver la vista atrás.

Por eso banco amigo,

he vuelto en este día a conversar contigo,

tratando de encontrar una

respuesta, a

esa pregunta inconclusa,

y a la suerte de esa chica que no entiendo.

No es que quiera

encontrar la solución,

pues ya no importa, ella se fue.

Lo que quiero es entender:

¿Por qué los golpes tienen que ser parte

del amor?

¿Por qué una mujer,


acepta y se somete a tales cosas?

Tú sabes banco amigo

que no tengo en quién confiar,

que si voy a mis amigos

me dirían que soy tonto. Que,

¿Por qué no pregunte su dirección,

ni le pedí su número

de teléfono? O

¿Por qué no asumí mi papel

de casanova?

Tú los conoces,

los he traído hasta aquí.

El dolor no se mitiga

con

cualquier tipo de aventura,

mucho menos aun

a quién se recuerda con cariño.

Viejo amigo de cuatro patas,

estoy cansado

y no puedo descansar en los brazos de

mi amada.

Ni tampoco confidenciarle

este problema.

Aunque
debo confesarte que ella

es muy equilibrada,

y ha sabido reemplazarte todo este tiempo,

que dejé de frecuentarte.

Más

no puedo revelarle mi tristeza,

sin que ella sienta que no la quiero

o pretenda

revolverme las cenizas

para ver si es que aún existe fuego.

O despierte mil sospechas,

en la simple y sencilla casualidad.

Banco amigo,

que terrible mi dilema…

Perdona,

pero tengo que dejarte.

Tu

nueva amiga,

la mujer del otro día, la pordiosera.

Viene a buscar refugio en ti,

y yo

no quiero estorbarla. Y

gracias por lo de siempre,

por tan solo escucharme.


DERECHO A DISENTIR

Lo que alguien dijo

será muy respetable,

pero no es la opinión de todos.

Y aunque lo sea,

no es la mía.

Solo es la opinión de alguien

que piensa distinto a mí.

Que merece tanto respeto

como el que ese alguien, respete la mía.


LA VOZ DE DIOS Y LA DEL PUEBLO

La voz del pueblo

no siempre es la voz de Dios.

No hay más que

recordar,

que cuando Pilatos preguntó abiertamente

al pueblo, si querían

que liberase a Jesús, llamado

el Cristo;

el pueblo,

a una voz respondió que no.

Que ellos querían ver

libre a Barrabás, y

a Cristo crucificado.

La democracia muchas veces

es la opresora de las minorías.

Y la voz del pueblo,

no es más que un reflejo incondicional

de quienes lo manejan.

Porque hay

un trecho demasiado corto, entre

crear conciencia y

concientizar.
Y cuando tratamos que el pueblo

vista su conciencia,

con nuestro propio ropaje;

lo

estamos doblegando,

y el pueblo ya no tiene voz.

Solo se ha convertido en un oscuro

eco de nuestras

propias voces.

Por eso yo no transo mi conciencia,

y no busco los consensos.

Solo busco el respeto

de mi forma de pensar.

Y no quiero ser gurú, ni

el maestro de otra gente.

¡Qué bien sabe mi conciencia que me

suelo equivocar!

Pero que no me atropellen

ni

pretendan doblegar.

Porque yo piense distinto

a la voz de los demás.

Que es verdad que Dios nos habla,

pero no siempre lo hace


a través de muchedumbres

que no saben nada de Él.

Para ser la voz de Dios,

hay que ser como Jesús, que

fue fiel a los principios

de

su Padre Celestial;

y no anduvo manoseando

la conciencia de la gente,

ni impuso a la fuerza

su verdad

a las personas.

La voz de Dios,

se encuentra claramente expresada

en las Sagradas Escrituras.

Y también

en ocasiones, en la voz

de los sin voces,

que desnudan la conciencia,

y nos muestran

nuestra cruda indiferencia.

En los que hemos pisoteado

como hicimos con Jesús.

Y en personas que nos


aman,

sin haberles hecho el bien.

En aquellos que respetan los derechos

de su prójimo.

Para ser la voz de

Dios,

hay que escucharlo a Él,

con respeto y sumisión;

permitiendo a nuestra vida

amoldarse a sus designios.

La voz del pueblo, por otro lado,

es del pueblo nada más,

debemos respetarla,

mientras esta no atente contra

nuestra libertad.

No divinicen pues entonces

la opinión mayoritaria,

que no es más que el concepto

de mortales como yo.

De ese modo lograremos

una democracia más pluralista, y menos

despótica. De

esa forma las minorías no serán


más pisoteadas,

ignoradas, desoídas, desplazadas.

Y sobre todo,

la democracia será un concepto

que identifique a cada uno

por igual;

al no ser ya más de ustedes,

sino nuestra.

Porque los derechos que el pueblo

dice tener sobre mí

terminan,

cuando comienzan los míos.

Y no se logra mejor

nuestro consentimiento,

que cuando uno se siente

¡respetado!