Anda di halaman 1dari 12

El poder de un libro

o el Facundo como afterimage*

Adriana Amante

Probablemente todos recordemos el comienzo de un libro. El algún caso,


incluso sin que lo hayamos elegido, porque viene prácticamente asociado a
nuestra lengua, como ocurre con El Quijote: “En un lugar de la Mancha de cuyo
nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo […]”; o
asociado a la nacionalidad, como el “Aquí me pongo a cantar / al compás de la
vigüela”, del Martín Fierro. También porque pudo habernos impactado
particularmente al haber sido uno de nuestros primeros accesos a la literatura
adulta, como el demoledoramente lacónico incipit de El extranjero, de Camus:
“Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”. En otros casos, ese comienzo
puede estar vinculado a nuestras pasiones más personales –compartidas por
muchos, claro–, como me pasa a mí particularmente con Juan José Saer y el
comienzo de La mayor: “Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la
cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando […]”. O el de El
limonero real: “Amanece, y ya está con los ojos abiertos”. O el de Glosa, en cuyo
devaneo está la cifra de toda su literatura y que no siempre repito del todo bien
de memoria, pero al que mi glosa desmelenada le da de todos modos en el
clavo conceptual: “Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre, del sesenta o
del sesenta y uno, octubre tal vez, el catorce o el dieciséis, o el veintidós o el
veintitrés tal vez, el veintitrés de octubre de mil novecientos sesenta y uno
pongamos –qué más da”.
Y no es improbable que el comienzo del Facundo de Sarmiento sea el
preferido o, por lo menos, uno de los más recordados por muchos de nosotros –
(más en San Juan, claro): “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte!”. Al

* Este texto fue leído en el Capítulo Cuyo de los Foros por una Nueva Independencia, organizado
por la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional en San Juan los
días 28 y 29 de mayo de 2015. Recopilado en Mauricio Meglioli y Ricardo de Titto (coord.)
(2016). Una y otra vez, Sarmiento. Buenos Aires: Prometeo.
menos hasta ahí. Y, en el mejor de los casos: “para que sacudiendo el
ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida
secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble
pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!”.1
Un comienzo que recuerda la invocación con que abren Las meditaciones
del Conde de Volney, donde también había un fantasma. Pero Sarmiento le dice
a esa sombra terrible: “voy a evocarte”. Se sabe: “evocar” significa ir hacia atrás,
por la memoria, para recuperar hechos o cosas del pasado. Y, en efecto,
Sarmiento va hacia el pasado, como en toda evocación, en busca de sus
recuerdos (y de los que pueden aportarles quienes lo conocieron) acerca de la
figura del caudillo riojano que, para 1845, hace diez años que está muerto,
previendo que la distancia temporal le permitirá una comprensión más
abarcadora del dilema político.
Pero “evocar” además quiere decir “invocar”: pedir ayuda, en general, a
una entidad considerada superior, como los santos o los dioses. Así, el
movimiento de la prosa de Sarmiento es también espectral, porque instalándose
en su presente –en el que Rosas gobierna y él lo padece– recurre a otra
dimensión para encontrar la clave, imponiéndose como un médium, que es el
que puede ver, oír y ante todo interpretar arcanos vedados a los hombres
comunes. De esta forma, cumple de manera literal con uno de los significados
de la palabra “evocar”, que es el de invocar las almas de los muertos (Cf.
Diccionario etimológico de María Moliner), haciendo de la escritura política un
coqueto truc de ilusionismo espiritista que derivará –hacia el final de esta
primera entrega del folletín– en una imprecación directa al hombre que,
precisamente porque aún está vivo, es su verdadero fantasma: Juan Manuel de
Rosas, a quien lanza una maldición cuando le advierte que “la prensa de
Francia, Inglaterra, Brasil, Montevideo, Chile y Corrientes va a turbar tu sueño en
medio del silencio sepulcral de tus víctimas” (Facundo, p. 15). Sarmiento, gótico

1
Domingo F. Sarmiento, Facundo (prólogo y notas de Alberto Palcos), Buenos Aires, Ediciones
culturales argentinas, 1962, p. 9. En las próximas, el número de páginas se indicará a
continuación de las citas.
como los folletines que publica en el mismo periódico El Progreso en el que sale
el Facundo, nos hace derivar de un sepulcro a otros.
¿Y qué decir de la famosa frase de Diderot mal atribuida por Sarmiento a
Fourtoul en ese piélago de lecturas variadas en el que se sumergía con la
decisión del que busca, pero no siempre con la precisión del que anota con
cuidadoso registro? On ne tue point les idées es, en rigor, el auténtico pórtico del
texto, quizás el verdadero comienzo del libro que coloca en bastardilla esa cita
como epígrafe ya en la portada misma. Y el epígrafe ilumina la obra,
orientándole un sentido, porque esa es su función primordial.
Como ha propuesto Jacques Derrida en Mal de archivo: el epígrafe es el
exergo; literalmente: un fuera de la obra que “consiste en acumular por
adelantado un capital y preparar la plusvalía de un archivo”, o sea, también con
sus palabras: es “almacenar por anticipado”. Y, algo también importante en el
Facundo, porque en su caso produce un efecto inmediato, es que “[c]itar antes
de comenzar es dar el tono”.2
Y claro: la cita, antes de que el texto mismo comience, le impone al
Facundo un tono alto. Pero no solo por la frase de Diderot que, aun potente en
su síntesis, padece un minus respecto de la traducción criolla que le inflige
brillantemente Sarmiento. “On ne tue point les idées”: “A los ombres se degüella:
a las ideas no”, como aclara en español, no vaya a ser que no sea suficiente. Y
elige sustituir el “matar”, generalizador, por la palabra que esgrime como
denuncia de la originalidad argentina, según él encarnada por su archienemigo
Rosas, de acabar con el enemigo político pasándole un cuchillo afilado por la
garganta.
Y, en la contundente inclemencia de la frase de Sarmiento en castellano,
me interesa destacar una sutileza de estilo: el valor catafórico de los dos puntos
que separan, como en hemistiquios, la sentencia: “A los ombres se degüella, dos
puntos, a las ideas no”. Los dos puntos convierten la juntura apacible entre dos
proposiciones en una advertencia que no está lejos de los tonos de desafío o de

2
Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión freudiana, Buenos Aires, Madrid, Trotta, 1997,
p. 15.
amenaza que pueden lanzarse, ciertamente, desde cada bando (como el que
pone en boca de un mazorquero el antirrosista Hilario Ascasubi en su
tenebrosamente bella composición “La refalosa” o los que dispara Luis Pérez
desde sus periódicos federales emitidos por gauchos y gauchas).
Y la traducción de la frase en francés, en su ortografía original (que
escribe la palabra “ombres” sin hache), nos deja ver, de paso, la obcecada
militancia de Sarmiento por una reforma ortográfica en la que se ensañará hasta
perder la partida, pero cuya motivación fue una de las más democráticas de sus
posiciones –no siempre del todo reconocidas–, esta vez, de política de la lengua:
la de permitir el acceso de la mayoría y particularmente del pueblo no letrado a
la escritura con la mayor facilidad y –esto es importante– sin sentirse humillado
ante la posibilidad del error; por eso proponía una sola letra para un mismo
sonido, anulando –entre otras– la hache y sobre todo la zeta y la ce, en su
enconada y denodada lucha por dejar de ser colonizado por el imperio de los
españoles.3
Entonces, la alucinada invocación a un muerto para desentrañar la
naturaleza de la organización política de la Argentina no era el único comienzo
del libro que, en concreto, tiene varios. Porque la “Sombra terrible de Facundo”
es la frase con que abre la “Introducción” de la primera edición de 1845, tanto en
el folletín como en su inmediata publicación en forma de libro; pero a esa
introducción se le anteponía un prólogo, también inolvidable: “A fines del año
1840, salía yo de mi patria, desterrado por lástima, estropeado, lleno de
cardenales, puntazos y golpes […]”. Y, en el mejor de los casos, si nuestra
memoria de lectores nos es propicia: “recibidos el día anterior en una de esas
bacanales sangrientas de soldadesca y mazorqueros”.
¿Qué cuenta ese prólogo? El periplo del héroe. No de Facundo Quiroga,
claro, sino el del propio Sarmiento yendo al destierro luego de un encontronazo
con los hombres de Nazario Benavídez, el gobernador de San Juan. No es esta
la primera ni la última vez que Sarmiento contará esta escena, en la que al pasar

3
Cf. Domingo F. Sarmiento, Memoria sobre ortografía americana, en Obras de Domingo F.
Sarmiento, tomo IV, Ortografía, Instrucción pública 1841-1854, Santiago de Chile, Imprenta
Gutenberg, 1886.
por los baños de Zonda escribe con carbón su afrenta de letrado. Pero sí es la
versión más sintética y por lo tanto la más estratégica y la más eficaz, en la que
Sarmiento eleva a máxima universal el episodio político personal que vivió en su
provincia. ¿Cómo? Borrando el nombre de Benavídez para que cuando se diga
que el “gobierno” no había podido descifrar el jeroglífico se lea directamente
Rosas, confirmándolo en el podio de la barbarie.
Se trata de solo dos carillas que constituyen un material precioso para un
estudio sobre la arquitectura de la página. Se ve a simple vista en la disposición
del texto en esa primera edición del 45. Hay tres zonas de verdadero peso
tipográfico. La primera, dada por el epígrafe en francés y castellano, que es en
rigor una repetición. Como si hiciera falta, yo también lo repito: “On ne tue point
les idées.” “A los ombres se degüella: a las ideas no”. A esta altura, es difícil
pensar que no vaya a quedar impresa –y hago aquí un juego de anclaje
material– en la memoria reptiliana de los argentinos. Reaparecerá, como si no
fuera ya suficiente tanto machacar, solo en francés, en el medio de la página y
del relato de la peripecia del héroe Sarmiento, para coronarse por medio de la
tercera zona de peso tipográfico con esas dos líneas y media de puntos
suspensivos con que Sarmiento elige, sutil y refinado en la crudeza de su
posición, representar la ignorancia del bárbaro, puesta en evidencia en la
imposibilidad que tendría de traducir la frase, que es sobre todo la imposibilidad
de entenderla.
Dejo para otra ocasión otros dos comienzos posibles para el libro, como
el capítulo I, en que bajo la aparente objetividad de un diseño cartográfico para
la Argentina, usual en un libro de geografía o de viajes (que tantas veces se
contaminan), se desliza la primera consideración política sobre el derramamiento
de sangre, o el brillante relato enmarcado (cinematográfico avant la lettre) que
abre el capítulo V, verdadero comienzo de lo que el réclame del libro ha
prometido: narrar la vida de Facundo Quiroga.
El Facundo es casi saeriano en su condición iterativa (la matriz de la
escritura de Saer podría resumirse en un estar estando). Comenzar, en el
Facundo, se convierte en una acción iterativa, como los verbos que mencionan
acciones que consisten precisamente en la repetición de la acción: como
apedrear, repicar o tirotear (y no elijo esos verbos sin pensar que son adecuados
para caracterizar la acción política del libro). El libro mismo es una acción
iterativa; repito: una acción que consiste en la repetición de la acción. Porque el
Facundo, como digo, está siempre comenzando. Pero, también, porque ha
tenido a lo largo de la vida de Sarmiento varias composiciones o estructuras y,
por lo tanto, estuvo en permanente proceso de escritura.
Así –es hora ya de señalarlo– lo que el libro es no puede separarse de su
historia, o mejor: de la historia que Sarmiento estableció con su libro. Porque
¿qué diríamos si nos dieran a leer un Facundo al que le falte la “Sombra terrible
de Facundo”? ¿Y qué pensaríamos si, además, no trajera la cita en francés, ni
su acriollada versión con degüello?
Creeríamos que es un producto de alguna inadmisible censura o –
inimaginable en el caso de Sarmiento– la apostasía de un creyente. Sin
embargo, así venía la segunda edición del libro, del año 1851, sin la sombra
terrible del caudillo riojano, sin los hombres que se degüellan ni las ideas que no.
1851 es el año del pronunciamiento de Urquiza, a partir del cual será viable una
alianza de uruguayos, brasileños y argentinos opositores que caerán sobre
Rosas y que en febrero del año siguiente lo eliminarán del gobierno aunque no –
por tantos años más– de la escena política. Sarmiento saca la Introducción del
libro, dejando, no por casualidad, el Prólogo: “A fines del año 1840, salía yo de
mi patria, desterrado por lástima”.
Es allí, en ese relato en primera persona, y no en la invocación al muerto,
y no en la teoría del hombre representativo que tan bien le calzaba a Facundo, y
no en la valoración de una biografía americana, donde Sarmiento deposita ese
año de 1851 la mayor carga política del libro: hace énfasis más en el hombre
que escribe que en el hombre que, representando para él la barbarie, le permitía
dilucidar el problema nacional.
Y no es extraño que esto pase: un año antes, en 1850, Sarmiento ya
había dado, con su Recuerdos de provincia, una señal inequívoca de que él
podía (de que él quería) ser la figura que reemplazara a Rosas cuando cayera.
También este exergo marca el tono del libro, que no es ahora menos sangriento,
pero sí ante todo, más marcadamente personalista. Se agrega, sí, una
imperdible carta a Valentín Alsina, especie de ofrenda a quien se respeta y cuya
opinión es convalidante, en la que entre la confesión de ambiciones políticas y
cierta captatio benevolentiae, le dice lisa y llanamente: “He suprimido la
introducción como inútil, y los dos capítulos últimos [que eran el programa
político en nombre de la generación de jóvenes antirrosistas proscriptos] como
ociosos hoy, recordando la indicación de usted, en 1846, en Montevideo, en que
me insinuaba que el libro estaba terminado en la muerte de Quiroga” (Facundo,
p. 22).4
La primera edición del libro es la más pendenciera y quizás tal vez por
eso, o por las necesidades de una lucha más enconada, la más articulada. La
que pone –podríamos decir– toda la carne al asador. Más incluso que su primera
aparición como folletín, claro, porque inmediatamente después de la publicación
como ensayo en serie del texto, Sarmiento reacondiciona ese material para un
libro, que es lo mismo que el del folletín pero no del todo porque le adjudica
ahora mayor proyección internacional contemporánea (necesita imperiosamente
que Francia e Inglaterra –por lo menos y sobre todo– lean este libro americano,
para que entiendan el problema argentino y en consecuencia, intervengan). Pero
en esa necesidad de acción sobre la política práctica contemporánea la apuesta
a la memoria del futuro ya se le insinúa en las entrañas.
Sarmiento publicará una nueva edición del Facundo en 1868, al final de
su estada de cuatro años como representante del gobierno de Mitre en Estados
Unidos, en plena campaña por su candidatura presidencial. Esa es, en principio,
la más lavada de todas las ediciones que Sarmiento ha hecho del Facundo. Ni
sombra terrible, ni destierro por lástima, ni degüellos ni ideas que no se matan,
ni los dos capítulos finales. La mayor neutralidad, dentro de lo posible tratándose
de un libro como este, para la vida de Quiroga. Pero lo que suaviza por un lado,
lo sobrecarga por otro, dado que esta vez hay una pieza más candente en

4
Así, Sarmiento pone y saca los últimos capítulos también según las conveniencias del
momento, y el mismo análisis que estamos haciendo con los variados comienzos del Facundo
puede hacerse con los finales.
relación con la política: estando en Estados Unidos, Sarmiento ha escrito su
complemento del Facundo: El Chacho Peñaloza. Último caudillo de la cordillera
de los Llanos (Episodio de 1863), y lo incluye –otra vez con el Aldao, como en la
segunda– en esta tercera edición.
Sintomático: en el momento en que se ofrece como candidato a la
presidencia decide hacerse cargo de la muerte del Chacho como su obra, entre
el desafío y la vanagloria. A diferencia de José Hernández, que disparó contra
Sarmiento su Vida del Chacho en noviembre de 1863, cuando aún estaba
caliente el cuerpo de este otro caudillo riojano, Sarmiento procesó y desplegó
una estrategia de más meditado diseño: señala sus diferencias con Mitre, el
presidente saliente que ya no es para nada su amigo querido, y se afirma en sus
decisiones políticas como queriendo mostrar su capacidad de conductor
inquebrantable hacia el verdadero y definitivo estado de civilización.5
Para esa época, Sarmiento siente una fe y un orgullo renovados por su
obra predilecta, gracias a que el libro convalidaría su poder incantatorio entre los
sabios de Concord: Emerson, Longfelow, las hermanas Peabody, Gould.
“Facundo es mi cañón Parrot. Nada le resiste”, le lanza por carta a su amada
Aurelia, en octubre de 1865.6 Las novedades tecnológicas y científicas siempre
lo han deslumbrado: el telégrafo, la elaboración del acero, los observatorios
astronómicos modernos, la fabricación en serie de rifles a repetición. El cañón
Parrot es una de esas “pasmosas invenciones” de la reciente guerra de
Secesión que Sarmiento detecta, celebra y usa como metáfora conceptual para
representar el poder de su obra y una de las articulaciones más claras entre las
armas y las letras.
La cuarta edición del Facundo saldrá –y tampoco debe considerarse una
casualidad– para el final de su mandato presidencial de seis años, en 1874. Esta
cuarta edición vuelve a aquel Facundo de 1845. ¿Por qué ahora sí este Facundo

5
El Aldao es el folletín que Sarmiento publica en febrero de 1845 cuando aún está caliente el
cuerpo de otro caudillo: el del gobernador de Mendoza, Félix Aldao, muerto en enero, al que no
casualmente también le organiza una imaginería fantasmal truculenta, como si ya lo estuviera
rondando un procedimiento eficaz para la argumentación política.
6
Carta del 15 de octubre de 1865, en Obras de Domingo F. Sarmiento, Tomo XXIX, Ambas
Américas, Buenos Aires, Imprenta y Litografía Mariano Moreno, 1899, p. 67.
con sombra terrible y ensangrentado polvo, puntazos y cardenales, e ideas que
no se degüellan? Quizás porque ya ha cubierto todo el arco. Porque fue gracias
a ese libro que llegó a la presidencia; y si bien no piensa retirarse de la escena
política, sabe que ha alcanzado su punto culminante, el non plus ultra de la
política y de la escritura.
Esta edición del 74, más que ninguna otra, es la que enojará a Alberdi,
que despotricará contra la reputación que –injustamente a su criterio– ha
alcanzado Sarmiento gracias al Facundo, que no es para él sino el precipitado
de las ideas que los desterrados conversaban en los encuentros fuera del país y
que los otros habían meditado más profundamente que el sanjuanino. Alberdi
lamenta enfáticamente el efecto engañoso producido por el libro: “[...] las
consecuencias de esa usurpación no han sido sin daño para el país, que le ha
confiado grandes puestos, atribuyéndole las capacidades de que ese libro lo
acreditaban dotado y poseedor. [...]. En ninguno se ha mostrado consecuente
con las ideas y doctrinas liberales del Facundo, por la sencilla razón de que, no
siendo suyas, las olvidó tan pronto como las dio a luz, si alguna vez las tuvo
presentes antes de copiarlas”.7 Y sí: pese a su intención de condenarlo, Alberdi
acierta cuando afirma que la presidencia de Sarmiento es una consecuencia
directa de su Facundo. De todos modos, para la fecha, Alberdi sabe por
experiencia propia cuánto poder puede tener un libro ya que en 1852 publicó sus
Bases y puntos de partida para la organización política de la República
Argentina, que fue determinante para la redacción de la Constitución Nacional
del 53, no obstante lo cual siguió viviendo fuera del país, sin ocupar puestos
decisivos; por eso puede que el libro de Sarmiento le pese particularmente.
Sarmiento se pasó la vida enumerando lectores y situaciones de lectura
asociadas a su obra, y entre ellas hay una que quiero destacar. En un bellísimo
artículo de 1881, a propósito de la traducción al italiano de su texto, Sarmiento
define el efecto que produce la lectura de su libro por medio de un fenómeno
óptico: el de lo que en inglés se llama afterimage, literalmente, en castellano,

7
Con respecto a la originalidad de las ideas de Sarmiento, cf. Adriana Amante, “Sarmiento y sus
precursores”, en Boletín del Instituto de Historia argentina y americana Dr. Emilio Ravignani,
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (en prensa).
una postimagen, que la ciencia llama “persistencia retiniana”: ese fenómeno que
ocurre cuando luego de haber observado fijamente un objeto luminoso, al cerrar
los ojos, seguimos percibiendo su forma. (Sería improbable que no lo recuerden:
a ese mismo fenómeno óptico echó mano en el capítulo II del Facundo para
rematar la más bella ekphrasis que pudiera haberse escrito sobre una tormenta
en la pampa, pequeño párrafo que vale solo lo que una obra entera).8
En este texto de 1881, Sarmiento se regocija: “[A Avellaneda] Aquel libro
lo sorprendía, como visión de los objetos que nos hace ver el rayo en la noche
oscura, cayendo de nuevo en las tinieblas, pero ya con la imagen fulgurante en
la retina. No hay más que cerrar los ojos, para volver a ver el paisaje
encantado”.9 Y con esa capacidad que lo caracteriza para manipular los hechos
con el fin de convertirlos en consecuencias necesarias, inmediatamente agrega:
“Avellaneda fue hombre público al andar del tiempo”. Con gesto hiperbólico,
quiere dar a entender que hasta la presidencia de Avellaneda ha sido
consecuencia directa de su Facundo.
Para el final literal de su vida, otra obsesión le rondará a Sarmiento en
relación con el libro preferido: la de ver publicado pronto el tomo VII de su obra
chilena (como parte del proyecto de sus obras completas), editada por el hijo de
su gran amigo y protector Manuel Montt, y donde le devuelve al Facundo todas
las piezas. Pese al control que ejerció sobre Luis Montt y para su insatisfacción,

8
“De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por carácter, por naturaleza. ¿Ni cómo ha
dejar de serlo, cuando en medio de una tarde serena y apacible, una nube torva y negra se
levanta sin saber de dónde, se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de
repente el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, y reteniendo el
aliento por temor de atraerse un rayo de dos mil que caen en torno suyo? La oscuridad se
sucede después a la luz: la muerte está por todas partes; un poder terrible, incontrastable, le ha
hecho en un momento reconcentrarse en sí mismo, y sentir su nada en medio de aquella
naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la aterrante magnificencia de sus
obras. ¿Qué más colores para la paleta de la fantasía? Masas de tinieblas que anublan el día,
masas de luz lívida, temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas y muestra la Pampa a
distancias infinitas, cruzándola vivamente el rayo, en fin, símbolo del poder. Estas imágenes han
sido hechas para quedarse hondamente grabadas. Así, cuando la tormenta pasa, el gaucho se
queda triste, pensativo, serio, y la sucesión de luz y tinieblas se continúa en su imaginación, del
mismo modo que cuando miramos fijamente el sol, nos queda por largo tiempo su disco en la
retina” (Domingo F. Sarmiento, Civilización i barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga i aspecto
físico, costumbre, i ábitos de la República Argentina, Santiago de Chile, El Progreso, 1845).
9
Sarmiento, “Facundo. Civiltà o barbarie. Versione al'italiano de F. Fontana" El Nacional, 22 de
septiembre de 1881, en Obras de Domingo F. Sarmiento, tomo XLVI, Páginas literarias, Buenos
Aires, Imprenta y Litografía Mariano Moreno, 1900, p. 321.
el tomo que incluiría el Facundo, el Aldao y el Chacho se le demorará tanto que
terminará saliendo finalmente en 1889. Así, ese tomo, planificado en vida pero
publicado post mortem, es la materialización de su obra como legado, que
terminará proyectando la sombra terrible y magnífica de Sarmiento, nos guste o
no, sobre la eternidad política argentina.
¿El Facundo le hizo mal a la República Argentina, como temía Juan María
Gutiérrez en carta privada a Alberdi cuando salió la primera edición del libro?10
Lo que hace mal, lo que pudo haber hecho mal, lo que seguramente nos hará
mal –me tomo el atrevimiento de augurarlo– es no leerlo, o dejar de leerlo.
Porque la peor forma de conjurar el sentido de su dicotomía civilización-barbarie
es juzgándolo a través de la mala vulgata que circula de la obra entera de
Sarmiento.11
El Facundo está construido a fuerza de filípicas, énfasis políticos
montados sobre brillantes anáforas, de hipérboles, porfías y desmesuras, de
axiomas inclaudicables, y de esas ekphrasis magistrales con las que Sarmiento
diseñó una forma ideológica para la pampa que, por prepotencia estética, se
impuso en el imaginario argentino como una certeza. Nos sigue interpelando el
brío de un discurso argumentativo poético y certero, construido para convencer y
convencerse, anticipando la réplica del otro, incluyendo las fintas de una
estrategia política y de un deseo de imponerse que se juega la mayor parte de
sus fichas al poder de la palabra para instaurar opiniones como si fueran
verdades.
Si lo leemos, si lo leemos bien, seguramente muchas posturas
ideológicas de Sarmiento que nos indignan nos irritarán todavía más; pero, si lo
leemos bien, podremos ver también a uno de los escritores más subyugantes de
la historia argentina en un pacto de buena fe entre un hombre y la escritura, un

10
Carta de Juan María Gutiérrez a Juan Bautista Alberdi, Valparaíso, 6 de agosto de 1845, en
Facundo, edición de Palcos, ob. cit.
11
Que no significa que no estemos en guardia frente a la ideología que quiere imponer, como lo
muestra –entre tantos– el gesto iconoclasta de los adolescentes del Colegio Nacional de Buenos
Aires, que en el Aula Sarmiento, bajo la placa de bronce que recuerda su nombre, han escrito
con marcador, y sobre todo con desparpajo: “Civilizame estaaaaa!”.
hombre que cree ante todo en el poder que los libros tienen para intervenir sobre
lo real.
Es verdad: el Facundo ha producido en la historia cultural y política de la
Argentina un afterimage, un efecto ideológico de larga duración; y, por eso,
aunque cerremos los ojos, seguiremos viéndolo, porque ya estamos condenados
a cargar para siempre con su imagen fulgurante en la retina.