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Armando Robles Godoy

( 1923 )

En la selva no hay estrellas

Ya el indio había levantado su machete cuando la bala le atravesó la barbilla y le destapó el cráneo.

El hombre se sacudió el cadáver de encima con un movimiento de repulsión, se puso en pie, reemplazó en
el revólver la bala disparada y revisó la mochila. Carajo, la brújula se había roto en la lucha. La arrojó, se ajustó
la mochila sobre los hombros, recogió su machete y pasó sobre el indio muerto como si fuera un tronco caído.

El río Huallaga sólo quedaba a un día de distancia en la dirección correcta; pero la dirección correcta es un
misterio en la selva y el hombre sabía que le sería imposible avanzar en línea recta. Su única probabilidad de
salvación estaba en llegar a una corriente de agua; por pequeña que ésta fuera lo conduciría a otra mayor, y
finalmente al río.

Avanzaba muy lentamente, macheteando constantemente la maleza, arrastrándose bajo enmarañamientos


espinosos, saltando con dificultad sobre grandes troncos podridos. Todo eso constituía nada más que una
dificultad física, penosa de vencer, pero dominada de antemano; en cambio la pérdida de la brújula le había
devuelto a la selva su máscara inmutable de por aquí no y por aquí tampoco.

La mochila pesaba mucho. Dos horas de camino y pesaba el doble. Dos horas más y otra vez, el doble.
Desde que partió del caserío no terminaba este absurdo aumento del peso y se preguntaba si lo resistiría o si
de pronto caería aplastado. Pero el peso no lo aplastaba. Al contrario, lo empujaba y le aseguraba una reserva
de energía para el momento en que la suya comenzara a esfumarse. Por ahora le bastaba con la fuerza
puramente biológica de sus piernas. Llevaba sobre las espaldas, entre otras cosas más importantes por el
momento, treinta kilos de oro en polvo.

A medio día se detuvo a descansar y comer. De la mochila sacó un trozo grande de carne de venado salada
y un plátano verde sancochado. Cortó un trozo de la carne y se lo comió junto con el plátano. Tenía comida
para dos días. Se echó en el suelo.

No tenía agua, pero el futuro estaba en su poder, y esa noche llovería. Necesitaba agua para beberla y para
caminar por ella. Pensó en el indio muerto. La solución no estaba en olvidarlo. El no era una máquina que
ejecutaba actos programados; él vivía, y cada latido, grande o pequeño, era él. Se estaba, pues, mirando en el
cráneo destrozado por la bala. Había sido una vida joven y hermosa. El indio era un hombre contento de vivir y
orgulloso de sí mismo. La vieja le había enseñado a leer y a ser astuto con los hombres civilizados; aprendió a
comprenderlos, es decir, a engañarlos y a despreciarlos. Era el director económico de aquella extraña y
pequeña comunidad; efectuaba todas las compras y ventas con la seguridad implacable de un hijo de puta.
Maldita la vieja, no había culturizado al indio, lo había civilizado. Ahora estaba muerto. La combustión de la
pólvora fue más rápida que su brazo. Los dos rodaron por el suelo como gatos furiosos, el hombre tratando de
sacar el revólver de su funda y el indio tratando de soltar su brazo derecho para espantar a machetazos la vida
del otro y la muerte que se le vino con dos cabezazos certeros en la nariz y la mano que aflojó un segundo y
salió el revólver y la bala y los sesos por el aire, todo al mismo tiempo. Y quien había tenido la culpa de todo
había sido la misma vieja, que se empeñó en hacerlo acompañar hasta el río por su hombre de más confianza,
y en la mañana del segundo día la mochila se abrió un poco y el indio vio el polvo robado y los dos al mismo
tiempo, durante un segundo largo como una sombra, comprendieron que no eran libres, que la vida los había
arreado hasta meterlos en ese callejón estrecho de dos salidas inevitables y ahora mismo sin más tarde ni
perdóname, ahora, en un segundo, y se abrazaron atraídos por la muerte, sin querer matar ni morir, y uno mató
y el otro murió, y ahora el hombre estaba fuera del callejón, libre hasta la próxima tranquera, y luego hasta la
próxima, y así, de encrucijada en encrucijada, sin poder escaparse del arriero, hasta el último rincón acorralado.
Pero no habría rincón acorralado esta vez. La mochila abriría todas las puertas.

Gracias a la vieja. Extraña. Sola por dentro y por fuera. ¿Para qué juntaría todo ese oro? Quizá al comienzo
tuvo una finalidad rica y precisa que el tiempo y la selva borraron.

Abrió los ojos con un pequeño salto. Había dormido. Debía descansar, pero no perder el tiempo. Se
levantó, aseguró el complicado correaje de la mochila y continuó su camino. Hasta dentro de tres días no
saldrían a perseguirlo, siempre que antes no descubrieran el robo. Pero era imposible que lo descubrieran. Sólo
cuando el indio no volviera... Y por último, si la persecución comenzaba antes todo podía irse a la misma
mierda. Refrenó la exasperación. Si pudiera dejar de pensar para que sus otras inteligencias le desenredaran
su ruta. Ahora debía confiar en la fuerza de sus brazos y sus piernas, y en el oído aguzado para descifrar de
entre esa maraña de ruidos el hilito de agua que lo estaba esperando.
A las seis de la tarde terminó la jornada. No había hallado agua y tenía mucha sed.

Comenzó a preparar un refugio para pasar la noche. Buscó dos árboles delgados que estuvieran separados
unos tres metros y ató en los troncos las sogas de una hamaca muy liviana que llevaba en la mochila. Luego
pensó en la lluvia. La deseaba y por eso decidió protegerse de ella. Desenvolvió su poncho impermeable y lo
ató por tres puntas a los árboles formando un techo triangular sobre la hamaca. No tenía hambre. Mejor. En
cambio la sed ya se estaba haciendo insoportable. Esa noche debía llover. Se acomodó en la hamaca. La selva
ya estaba completamente oscura.

Tengo sed. La mujer saltó de la cama y sin ponerse nada encima anduvo a tientas hasta la cocina. Al poco
rato volvió con un vaso de agua y mientras él bebía se metió entre las sábanas y pegó su cuerpo desnudo
contra el de él, buscándolo. Siempre estaba lista, renovada, abierta a sus manos, a sus ojos, a lo que decía y
no decía. Terminó de beber y se puso a examinarla. Era hermosa, morena, de piernas largas y senos duros y
pesados. Amaba con dulzura que de pronto, inesperadamente, desembocaba en un torrente furioso lleno de
gritos y asombro y alegría y ven ven más no me dejes ahora. Después, entraba en un remanso luminoso como
el torrente, pero lleno de paz; y siempre se adivinaba en el fondo una palpitación sostenida, presente, nunca te
cansas, nunca.

Le besó ligeramente los labios, que estaban húmedos y tibios, como siempre. Ella sonrió sin abrir los ojos y
se quedó saboreando el beso. Por la ventana abierta entró una bocanada de frío de la playa y los dos se
estremecieron. Ella se acurrucó más cerca del hombre todavía, y él la abrazó con fuerza, pero sin ganas,
quédate quieta, no me quieras. Qué espantoso era el amor. Inútil. Pero no. Inútil para ella, pero de un valor
incalculable para sus planes y si me quieres tanto harás lo que te pido lo que te ordeno lo que es tan importante
para mí para nosotros. Pero ella se resistía y lo seguía mirando con las chispitas de amor en el fondo de los
ojos casi ahogados por la pena que la inundaba toda cuando él le pedía que lo hiciera por él que no tenía nada
que ése era el verdadero sentido del amor y no la posesión egoísta ni la entrega absoluta. Y entró otra
bocanada de frío, de modo que volvieron a temblar y el hombre recogió las frazadas y los dos se quedaron
cubiertos, apretados, inmóviles, entrando poco a poco en calor y escuchando el rumor incansable del mar.

Era un rumor inmenso. Brotaba de todas partes. Aplastaba toda grandeza. Parecía crecer y crecer de modo
interminable. Estaba lloviendo. Sacó la cabeza por una esquina del rancho y le cayó en la cara un chorro
fresco. Abrió la boca y bebió a grandes tragos, sin respirar; descansó un momento y volvió a beber. Luego se
acomodó en la hamaca y se quedó dormido.

Todo amaneció empapado. La lluvia había cesado mucho antes y el poncho estaba hundido en el centro por
el peso del agua acumulada. Comió un plátano y mordisqueó un poco de carne; tenía hambre, pero no estaba
hambriento.

Como no tenía dónde llevar agua bebió toda la que pudo y después sacudió el poncho. Seguiría lloviendo.

El primer machetazo para abrirse paso le dolió como si lo hubiera recibido en la espalda; el segundo, le dolió
un poco menos; y el tercero, menos aún. Al cabo de diez minutos ya los músculos se le habían calentado y los
machetazos caían solamente sobre los arbustos y los dejaban muertos o mal heridos; pero la gran vida de la
selva continuaba imperturbable y monótona. Estaba muy oscuro y por todas partes brillaban las grandes hojas
mojadas. A veces, cuando el hombre sacudía un follaje alto, le caía una lluvia breve, fría y desagradable. Los
sapos y los grillos acentuaban el silencio, y cada cierto tiempo el hombre se detenía y escuchaba con esfuerzo;
era posible pasar a veinte metros de un gran río navegable sin percibirlo; y él no quería tanto; con un poquito de
agua corriente le bastaba.

La caminata era larga y desagradable porque la estrecha quebrada se calentaba con rapidez apenas se
asomaba el sol; además, no había camino y era preciso sortear rocas y hendiduras, y todo de prisa, porque si
se retrasaba encontraba ya una larga hilera de chicos y mujeres que esperaban su turno para llenar sus baldes
en el único caño de agua que había para toda la barriada. Los hombres nunca iban por agua. Él sabía que en
algún momento, en forma natural, dejaría de ir por agua y ésa sería la señal de que ya era hombre. Por ahora
debía resignarse a llenar sus dos baldes todas las mañanas y a volver a su casucha a todo lo que le daban los
brazos y las piernas, porque encima de todo estaba la jodienda de la escuela a la que no se podía llegar tarde.
Aprendió a leer con rapidez y a partir de ese momento comprendió que la escuela ya no le servía para nada
más. Todo lo que le pudiera enseñar la maestra emputecida e hipócrita era una sarta de mentiras que sonaban
como bofetadas o escupitazos al ser dichas con seriedad de hay que educarse en ese rincón seco, de cerros
pelados, de pan frío de ayer, de fealdad triste y sin remedio.

La barriada quedaba a veinte kilómetros de Lima, pero Lima era sólo una palabra mágica para él, como la
meta de los cuentos que le contaron una vez. Nunca había ido. Sabía que la primera vez sería la última, ya que
jamás volvería a aquel rincón de mierda y miseria donde se sobrevivía con mentiras de pueblo fuerte sostén de
la sociedad y clase trabajadora y productiva. Un día la barriada recibió la visita de un ministro. Llegó rodeado
por un séquito de autoridades locales, ayudantes, periodistas y fotógrafos, todos disfrazados deportivamente,
en mangas de camisa y pantalón de corduroy. Después de caminar un poco por entre las covachas sin
esperanza el ministro pronunció un discurso, y luego se largaron sin mirar para atrás. Pero el discurso se le
quedó pegado a la memoria como un mensaje secreto que sólo él había descifrado. Pueblo cojudo. Allá en
Lima está la vida. Este es un rincón encantado del que no pueden escapar porque sólo nosotros conocemos la
fórmula del encantamiento y por nada del mundo se las diremos ni permitiremos que se libren de estos cuatro
cerros. Deben quedarse aquí, quietecitos y jodidos, para que nosotros seamos felices allá, donde nunca
entrarán, y él había comprendido que la única forma de escapar de allí era solo. Sin la palabra mágica, sólo una
persona anónima tenía la probabilidad de entrar en el castillo y pasar inadvertida hasta haber adquirido la
ciudadanía de la fuerza. Y desde entonces, cuando iba por agua todas las mañanas, se escuchaba a sí mismo
para ver si ya era hombre y podía arrojar los baldes y seguir su camino. Pero por ahora su meta era el agua.
Sin embargo llegó el mediodía y no la había encontrado aún.

Lo mismo que el día anterior, se quitó la mochila de encima y comió un trozo de carne y el penúltimo
plátano. Luego se echó en el suelo y apoyó la cabeza en la mochila. Ésta había disminuido algo en peso y
volumen, pero la sucia esencia amarilla descansaba en el fondo y allí continuaría hasta el fin. Miró los pequeños
espacios azules sobre los altos árboles. Por ahora no llovería. Parecían cielos independientes. Muy pocos
conocían el oro, y de estos pocos, la mayoría sólo en función de ceremonias menores. Pero el dios se mantenía
oculto en sus tabernáculos de acero y se comunicaba con los hombres a través de sacerdotes de níquel, de
cobre o de papel. Los hombres habían olvidado los motivos para vivir, o nunca los habían encontrado, o tal vez
no existían. Pero si en un ataque de lucidez aceptaban la ausencia absoluta de motivos, sólo les quedaba la
salida de la muerte más inmediata posible. Y antes que eso, cualquier cosa. Y lo más sencillo era inventar
motivos. A eso se reducía la evolución de la humanidad. Y el invento más generalizado y perdurable había sido
el dinero como evangelio y religión del dios amarillo. Era un dios aparentemente generoso y puto que se dejaba
poseer y controlar por todos, pero en realidad los hacía bailar una danza perpetua en pos de los sucedáneos,
con ceremonias de homenaje y exorcismos de ciencias económicas. Él también había bailado esa danza, y
ahora mismo la continuaba bailando. Pero lo sabía. Por eso no se preocupaba por las cabriolas de la
ceremonia, a pesar de que había sido muy larga y en ella el dios le había exigido sacrificios terribles para estar
seguro de que era digno de él. Por fin se había apoderado de una minúscula partícula legítima del dios. Era
sólo una reliquia, pero bastaba.

Cuando el viejo cauchero le contó aquella historia de la vieja encerrada en la selva, en un pequeño caserío
de indios y con una gran cantidad de oro acumulada en largos años de trabajo, no la creyó; pero el cauchero no
tenía ningún interés en engañarlo, y nada se perdía con probar.

De acuerdo a los detalles que le proporcionó el viejo, elaboró un plan minucioso y perfecto. Todo dependía,
naturalmente, de que existiera el oro. Le fue relativamente fácil hallar el caserío. Desde el río, y con la ayuda de
la brújula, siguió el rumbo que le indicó el cauchero y a los dos días llegó al arroyo; lo siguió aguas arriba
durante medio día más y de golpe se encontró entre las chozas del caserío. Nadie salió a recibirlo. Los
chiquillos que jugaban en el suelo escaparon a toda carrera apenas lo vieron, y algunas mujeres se asomaron
por los huecos de las chozas redondas, lo miraron sin decir nada, y desaparecieron. El hombre buscó un sitio
con sombra y se sentó a esperar.

Media hora más tarde se puso en pie, repitió el esfuerzo rutinario de colocarse la mochila sobre la espalda, y
se volvió a lanzar contra la selva. No ocurrió nada en toda la tarde. Los cielos independientes se habían
nublado y era seguro que volvería a llover por la noche; esto lo tranquilizó porque ya estaba sediento de nuevo.
Se sentía cansado, pero normalmente fuerte. El dolor de los hombros era ya algo habitual. De pronto apareció
la vieja.

Era muy vieja. No demostró nada cuando se encontró con el hombre, ni contestó a su saludo, ni hizo nada;
se quedó parada, mirándolo con fijeza. Pero algo le dijo al hombre que no lo estaba rechazando. Se presentó
como un buscador de oro y le confesó que sabía todo acerca de la fortuna que ella tenía acumulada.

Se quedó en el caserío una semana. Con monosílabos, la vieja le dijo que creía que le sería muy difícil
encontrar algún lavadero en la región, ya que sus indios exploraban continuamente los alrededores. Era una
manera impasible de advertirle que todo el oro de por ahí era de ella. Pero no le pidió que se marchase;
tampoco le dio ninguna explicación acerca de ella misma, ni de por qué vivía allí juntando esa fortuna. A veces,
por la noche, la mujer se quedaba sentada junto al fuego y escuchaba las historias que le contaba el hombre,
pero no decía nada; y de pronto, en algún momento, se levantaba y se iba a dormir.
El oro estaba en la choza de la vieja, almacenado en botellas de cerveza alineadas en un estante rústico, sin
tapar y cubiertas de polvo. Nadie las vigilaba ni les prestaba atención. Un día le preguntó a la vieja cómo era tan
descuidada y ella, para su sorpresa, se lo explicó: “Nadie viene por aquí. Usted es el segundo en muchos
años. Pero si alguien robara algo, usted ya ha visto que a cada rato yo entro en mi choza. Nunca está vacía
más de una hora, y una hora de ventaja en la selva no es nada para mis indios. Antes que el ladrón se diera
cuenta estaría tumbado con una flecha en la espalda”.

Y quizá la flecha no era necesaria y bastaba la selva. Se siguió arrastrando lentamente, pero sin detenerse
más que un par de segundos cada veinte o treinta metros para escuchar el agua. Recién mañana se darán
cuenta, en algún momento, de que el indio no vuelve y entonces todas las sospechas se amontonarán sobre las
botellas, que estaban íntegramente cubiertas de polvo. La cuestión era sacar el oro sin tocarlas para no dejar
huellas que serían visibles hasta para un ciego. Introdujo por el cuello una varita de acero muy delgada y la
hundió todo lo que pudo en el polvo de oro; luego ladeó la botella y la sostuvo por debajo con una mano. Y así,
sujetándola con la varita por un extremo y con una mano por el otro, la sacó del estante. Debía ser paciente y
cuidadoso. La catástrofe comenzaría en el momento en que se descuidara y comenzara a huir. No estaba
huyendo. Nadie lo estaba persiguiendo. El indio había muerto. La vieja estaba lejos. El río quedaba cerca.
Ninguna exasperación. Ningún apuro. Lentamente siguió ladeando la botella hasta que el oro comenzó a caer
en la bolsita. Cuando la bolsita estuvo llena enderezó la botella y con el mismo cuidado la colocó en el estante,
exactamente sobre la huella redonda que había formado. Sin impaciencias, con naturalidad, pero al mismo
tiempo con prudencia. Si se enredaba con algún espino se desenredaba con tranquilidad, sin cólera contra la
selva, que estaba agazapada, esperando el momento propicio para comenzar a asestarle sus golpes. Volvió a
llenar la botella con arena que llevaba en otra bolsita casi hasta la boca, pero la última pulgada del cuello no,
aquí echó un poquito de oro, por las dudas. Y las dudas lo salvaron, ya que al despedirse de la vieja ésta le
obsequió unas cuantas escamas doradas que vertió de una de las botellas sobre una hoja. Felizmente la
generosidad de la mujer era muy limitada, y desgraciadamente su fuerza para cargar también era limitada,
como la de las llamas; no se atrevió a meter en su mochila más de diez bolsitas, que eran unos treinta kilos de
oro y que quedaron allí, mezcladas con otras bolsitas llenas de muestras que había recogido en su camino y
que había tenido buen cuidado de mostrar a la vieja. Y todo como si no estuviera pasando nada, como una
rutina tediosa: entraba en la choza de la vieja cuando ésta acababa de salir y, sin tomar ninguna precaución,
llenaba una bolsita que se metía en el bolsillo; luego, más tarde, la colocaba en su mochila que dejaba abierta,
a la vista de cualquiera.

A las seis se detuvo y amarró su hamaca con el poncho encima. Era esencial que mantuviera una línea de
conducta normal para que la selva no se diera cuenta de que estaba perdido. No hizo caso del hambre y sólo
se comió un plátano, el último. Se echó en la hamaca y se quedó dormido instantáneamente. Esa noche volvió
la mujer, le pidió perdón y se metió en la cama. Hicieron el amor con el resultado de siempre y se quedaron
estrechamente abrazados; y así, muy juntos, él habló y habló tratando de convencerla de que lo que le pedía no
tenía nada de malo, que el ricachón era un buen hombre, convenientemente cojudo, y que su plan era perfecto,
y que el toque de gracia era que el cojudo quería casarse con ella y ella debía hacerlo, por él, nada más que
por él, por ellos, y después de casados las cosas se desarrollarían como estaba previsto hasta echarle las
manos a una buena parte de la fortuna del cojudo ahora convertido en marido; después, el divorcio y quedaban
libres y ricos. Pero ella lloró como nunca la había visto llorar, con una desolación más definitiva que la tristeza, y
se quedó fría y sin fuerzas, y cuando él insistió e insistió ella le dijo que estaba encinta de tres meses, entonces
él le explicó que abortar a los tres meses era la cosa más fácil del mundo y en ese momento a ella se le quebró
algo por dentro y se fue, y la encontraron dos días después muerta al pie del acantilado de Magdalena del Mar.

Se despertó cuando paró de llover. Todavía estaba oscuro. El cielo se limpió de nubes en pocos minutos.
Por una esquina del poncho trató de ver las estrellas, pero los árboles tejían su propio cielo apretado y no logró
ver ninguna, a pesar de que se quedó mirando hasta que comenzó la claridad del amanecer. Ese día
principiaba la fuga.

Mientras aumentaba la luz devoró la mitad de la carne que le quedaba. Luego, con los dientes apretados, se
colocó la mochila en la espalda. El dolor lo asaltó como un latigazo y pareció extenderse hasta la misma
mochila. Pero se sentía fuerte. Siguió avanzando por la selva del mismo modo que lo había hecho hasta
entonces, a pesar de que una urgencia sorda comenzó a apretarse en su estómago como una bola de pánico.
Hoy comenzaba la fuga; pero tal vez la persecución no; quizá esperarían al indio hasta la noche y entonces ya
sería muy tarde y no podrían salir tras él hasta la mañana siguiente. Pero ¿necesitaban luz los indios? No hizo
más preguntas. Era evidente que el cholo no iba a darle muchas respuestas, y además a él no le interesaban
las aparentes razones del melodrama de zarzuela que era la politiquería nacional. Todo no era más que un
baño de mierda envuelto en bellos discursos y amor a la patria cuando debajo latía la única vida de todos esos
títeres de salón que jugaban a salvemos al país mientras aumentaban sus cuentas bancarias y se terminaba la
construcción de sus residencias de medio pelo en las Casuarinas o en la Rinconada. Querían eliminar al indio
alcalde de una comunidad de la sierra central, y que el crimen pareciera obra de los extremistas de izquierda.
Se pusieron de acuerdo en el precio y en que el pago sería por adelantado. El hombre recibió el dinero y se
quedó mirando al cholo mientras se alejaba por la pampa desierta. ¿Quién sería? Le importaba un carajo, lo
mismo que la identidad del indio al que iba a matar y la razón de todo, así como las consecuencias. Lo único
importante era llegar al río; de ahí en adelante lo podían perseguir todas las tribus de la selva amazónica con
brujos y flechas. Pero, ¿dónde estaba el río de mierda? La selva seguía con su silencio estridente y sus árboles
iguales a los de antes y después, y ninguna pauta orientadora, ni siquiera una leve gradiente del suelo para
seguir cuesta abajo. Escogió unas rocas enormes, que formaban un castillo de pesadilla, y se ocultó en lo más
alto. Desde ahí veía una gran extensión de pampa en todas direcciones. El camino se tendía de horizonte a
horizonte y pasaba bastante cerca de su escondite. Graduó con cuidado la mira en relación con el punto donde
le dispararía al comunero y se acomodó lo mejor posible para relajarse y respirar con tranquilidad; cuando las
pulsaciones se redujeron a setenta por minuto supo que ya estaba listo y que sólo necesitaría un tiro. Muy poco
después, allá lejos, comenzó a precisarse la silueta del indio montado en su mulo. El hombre se tendió boca
abajo y apoyó el fusil en el borde de una roca. Después de mirar fijamente al indio que se acercaba, calculó que
tardaría veinte minutos en llegar a la muerte. Sonrió. Qué fácil era eliminar la vida; y se suponía que eran
necesarios dioses y cataclismos para crearla. Tanto esfuerzo y divinidad para un producto tan frágil y tan sin
sentido. Metió las manos enguantadas entre las piernas para mantenerlas calientes y elásticas. Al fin y al cabo
dios era sólo un fenómeno de perspectiva. Ahora, por ejemplo, podía elevarse por sobre los árboles más altos,
y más aún, y desde esa altura vería el diminuto organismo que era él, avanzando lleno de determinación por la
selva resignada, avanzando sin avanzar quizá, y por ahí el arroyo que estaba buscando, y más allá el río, y la
continuación de la vida, al menos por el momento. Se sacó los guantes y los anteojos oscuros, apoyó la mejilla
en la culata del fusil y apuntó. Cuando tuvo al indio en la cruz de la mira oprimió el gatillo con suavidad y el
comunero cayó como si él mismo se hubiera arrojado al suelo y quedó inmóvil mientras que el mulo avanzó un
poco y luego se detuvo. A grandes saltos el hombre bajó de su observatorio y se acercó al indio caído para
rematarlo si era preciso, aunque estaba seguro de que lo había matado. Con el fusil listo llegó hasta el cadáver
y le levantó el poncho que le había caído sobre la cara. Las hormigas todavía seguían trabajando, pero ya la
calavera estaba casi limpia. El indio no era sino un esqueleto. Había descrito un círculo, quizá perfecto, y
estaba en el punto de partida. Trabajosamente se desembarazó de la mochila y se sentó con la mirada fija en la
calavera. ¿Qué significaba eso? Por toda la mierda del mundo ¿qué significaba eso, carajo?

Había descrito un círculo y podía describir muchos otros, siempre que le alcanzara la vida. Inclusive el
siguiente podría ser mayor, y así sucesivamente. Pero describir un círculo era tan imposible como seguir una
recta. ¿Qué significaba esto? ¿Significaba algo?

La risa del indio le daba la bienvenida al clan de los sabios. Quédate allí sentado que nada sacarás con
llegar al río, si es que llegas; y es tan dulce la paz horizontal del sueño sin sueños. Estás atrapado desde que
comenzaste a latir en el agua oscura de tu madre. Acuéstate conmigo, duerme, cierra los ojos, descansa tu
espalda, y así descubrirás la risa desolada, dura y desorbitada que es tuya para siempre sin que nadie pueda
quitártela jamás.

Pero el hombre se levantó con rapidez y comenzó a cortar palos delgados y rectos de unos dos metros de
largo. Cuando tuvo reunido un número que le pareció suficiente para comenzar, se volvió a colocar la mochila
en la espalda, clavó en el suelo el primer palo, y se metió en la selva. Treinta pasos más tarde se dio vuelta y
clavó el segundo palo, asegurándose de que no había perdido de vista el primero. Luego avanzó otros treinta
pasos y clavó el tercer palo, alineado con los dos anteriores; y a continuación el cuarto, y el quinto, y el sexto. El
esqueleto del indio le acababa de enseñar que el hombre que perdía contacto con el principio estaba
condenado a caminar permanentemente en círculos; la única forma de avanzar en línea recta era conservando
una relación directa y sin olvidos con el punto de partida. Lo malo era que el punto de partida tampoco lo
olvidaba a él. ¿En qué momento comenzaría la persecución? La vieja le había dicho que una hora de ventaja
en la selva no era nada para sus indios; pero él les llevaba cuarentiocho horas de ventaja. ¿Y cuánto era
cuarentiocho veces nada? Maldición. Los indios también tenían que caminar. Y dormir, como él. ¿Duermen los
indios? Selva, ¿duermen los indios? Selva, selva, selva. Todo era selva. En el campo, la tierra era campo; aquí,
era selva. ¿Serían selva los indios? Él no lo era. Eso lo sabía y lo sentía. La selva no muere de selva. Pero la
selva tiene ríos. Siguió clavando palos.

La cuestión esencial era llegar al río. Esta vez no se detuvo a mediodía. A pesar de que el trabajo de
avanzar era mucho más penoso ahora, sabía que estaba avanzando y se sentía tan fuerte como al comienzo.
Era extraña esta sensación de libertad cuando lo único que había hecho era atreverse a salir de la quebrada y a
caminar con timidez y asombro por el valle, que siempre había visto desde arriba como algo prohibido, aunque
nadie le había prohibido que anduviera por ahí. Había escondido los baldes, antes de llenarlos en el caño, y se
había lanzado en esta excursión audaz fuera de la seca protección de su quebrada. El valle era pequeño y
fresco, sombreado por eucaliptus y casuarinas, y flotaba por todas partes un olor a humo de hojas que le era
completamente nuevo. Avanzaba con cuidado, cuando de pronto los acontecimientos comenzaron a
precipitarse. Su camisa se enredó en unas espinas grandes, y al tratar de zafarse se le prendió una manga.
Exasperado, tiró violentamente y avanzó a grandes trancos, tropezó con una raíz y cayó de bruces. El peso de
la mochila le oprimió el tórax y se le escapó un quejido. Colérico contra sí mismo intentó ponerse en pie, pero el
peso de la carga se lo impidió. Entonces decidió quedarse así unos minutos, descansando y tranquilizándose.
Lo rodeaba el silencio, pero era un silencio muy diferente del silencio duro de la quebrada, que a veces hacía
doler los oídos. De pronto se detuvo y se quedó escuchando con el cuerpo tenso por la atención. Era un rumor
casi inaudible, pero en cierta forma se asemejaba al del agua del caño. Detuvo la respiración y ya no le cupo la
menor duda. Se echó de espaldas y desató el correaje de la mochila. Una vez libre de su joroba se levantó y
avanzó hacia el rumor. De pronto el pie derecho se le hundió en un agujero lleno de agua, y diez metros más
allá se encontró con el nacimiento de un arroyo que afloraba del suelo. Se quedó absorto. Nunca había visto
tanta agua. Se acercó hasta la orilla del canal y se echó boca abajo, hundió las manos en el agua y lanzó una
carcajada honda y larga. El problema estaba resuelto. Se acababa de liberar de los palos.

Le quedaban pocas horas de luz pero tenía que llegar al río ese mismo día. La marcha era mucho más
rápida, y a pesar de las curvas del arroyo ya tenía un sentido preciso. Conforme avanzaba, el caudal de agua
crecía, y a las dos horas ya estaba caminando con las rodillas hundidas, pero no se atrevía a salir del arroyo
para tratar de andar por terreno seco. A veces una playita de arena le permitía acelerar la marcha, y otras veces
la selva se abría un poco y podía salir del agua para caminar por ella un trecho; pero nunca era mucho, y
tampoco se atrevía a perder de vista el arroyo. En cierto momento tuvo que cortar un palo grueso que le sirviera
de bastón, porque el agua ya le llegaba a la cintura, y entonces el avance se hizo muy lento, y además el arroyo
comenzó a describir curvas interminables y amplias. Pero la cosa no tenía remedio, y las curvas y el caudal
eran señales de que el río ya no podía estar muy lejos. El caudal tampoco aumentaba y el agua no le subía de
la cintura. Avanzaba con cuidado porque no sabía nadar y tenía miedo de hundirse en un hoyo, pero poco a
poco se animó a agacharse, y por último se sentó en el fondo con el agua al cuello. Nunca había estado
hundido en el agua; ésta siempre había sido escasa y preciosa, como si el mundo se estuviera secando y a
cada familia sólo le correspondieran dos baldes al día. Y esta abundancia entonces ¿de quién era? ¿Cómo es
que había tanta agua y a él sólo le tocaba una pequeña parte de un balde sucio? Y por lo que ahora sentía su
cuerpo pequeño y desnudo era evidente que el agua era buena para el hombre; no la satisfacción a veces
desesperada de una necesidad, sino una caricia amplia y fresca que le embellecía la piel y lo ampliaba más allá
de sus brazos y piernas. Y entonces tuvo una conciencia distinta de todo lo que lo rodeaba. Los ruidos de la
selva seguían temblando por todas partes y la oscuridad de la noche ya era visible, pero todo se había vuelto
amable, siempre con un fondo irónico, pero era como si la piedad acabara de nacer y él fuera el centro y el
motivo de esa piedad.

Poco antes de que la oscuridad se cerrara definitivamente escuchó un ruido fuerte y continuo. Era un río.
Quizá pequeño, pero un río. Siguió avanzando. La vegetación era mucho más cerrada, aun sobre el arroyo, y
éste describía curvas apretadas que carecían de sentido, ya que el río estaba tan cerca. La poca luz que
quedaba se fue debilitando y al fin sólo quedó el débil resplandor del agua. A veces macheteaba su ruta para
descubrir que se estaba saliendo del arroyo. Así perdería la noche. Debía arriesgarse. No veía, pero
escuchaba. El ruido estaba muy cerca. Salió del agua y avanzó hacia el ruido frenéticamente, macheteando sin
cesar... Por momentos quedaba abrazado por los arbustos, se sacudía del abrazo y volvía a caer en otro, más
estrecho y ardiente; pero el ruido se acercaba, hasta que por una curva próxima del cerro apareció el tren. El
niño estaba parado en la vía y saltó rápidamente hacia un costado, de modo que quedó entre los rieles y el
pequeño canal de regadío. Nunca había visto un tren. Desde lo alto de la quebrada había escuchado todos los
días el largo silbato que se diluía lentamente, y le habían dicho que era el tren; y ahora, de pronto, se
encontraba parado entre aquella masa rodante que hacía temblar el suelo, y el agua, que en cantidades
inimaginables, corría en la misma dirección. Cuando terminó de pasar aquella cosa tan grande y ruidosa que lo
había dejado helado de espanto, un hombre que estaba en el techo del último vagón le hizo adiós con la mano
y le gritó algo que él no entendió; pero estaba demasiado asustado para contestar el saludo y dejó que el tren
se perdiera de vista valle abajo. ¿Adónde iban el tren y el agua? Echó a correr por la orilla del canal hasta que
en una sacudida espasmódica cayó de rodillas en la arena. Allí estaba el río. Una especie de luz
fantasmagórica permitía ver la espuma. Era un río de poco caudal y podría caminar por él hasta llegar al
Huallaga. Reunió todo su valor y sin detener la carrera saltó en el agua. Se hundió, pero sus pies tocaron fondo
y al enderezarse se quedó parado con el agua al pecho. Entonces se tomó de unos arbustos y se echó; quería
aprender a flotar. El frescor del agua lo enervó y fue diluyendo poco a poco el dolor y el cansancio. Durante
largo rato dejó que el agua le pasara por encima. A veces hundía la cabeza, abría la boca y el agua entraba sin
que tuviera que hacer casi ninguna contracción para beberla. Todas las tensiones se esfumaron. La selva
estaba vencida. Sintió sueño. ¿Y si durmiera en la arena? Los indios estaban muy lejos.

Durante días había luchado sin cuartel contra la selva y contra sí mismo sin encontrar a los aliados del
hombre. Ahora, el aire de la noche era tibio. Salió del agua, se tendió en la arena desnudo, y se envolvió con el
poncho. Dejó que el descanso recorriera su cuerpo como una mano. Poco a poco la mano se fue haciendo más
imperiosa y profunda y el hombre se quedó dormido.
Se despertó cuando todavía estaba oscuro. Se vistió, se comió el último trozo de carne y comenzó a bajar
por el río. El dolor de los hombros era casi agradable. A ratos caminaba por la arena de cualquiera de las
orillas, y a ratos, por el fondo pedregoso, apoyándose en el palo para resistir el empuje de la corriente. Pero
ahora avanzaba con mucha más rapidez que antes.

A mediodía llegó al Huallaga. Sin perder un segundo se despojó de la mochila y comenzó a caminar por la
amplia playa que formaba la confluencia de los dos ríos. En pocos minutos encontró lo que buscaba: un
bosquecillo de topas. Derribó cuatro, cortó trozos de tronco de cinco metros de largo y los arrastró hasta el
borde del agua. La misma corteza de las topas, cortada en tiras, le sirvió de soga y en dos horas de trabajo tuvo
lista una balsa lo suficientemente fuerte para el breve viaje que lo esperaba. Flotaba bien. Alguna vez fue una
puerta, pero ahora sólo era un rectángulo de madera podrida, llena de huecos y rajaduras. Pero flotaba bien.
Con cuidado se tendió sobre la puerta, se equilibró y se soltó de las ramas. La suave corriente del canal lo
comenzó a arrastrar y con la caña que había cortado se fue impulsando hacia el centro del río. Y cuando ya iba
a entrar en la correntada, una larga flecha negra se clavó en uno de los palos de la balsa.

Inmediatamente la balsa entró en la correntada y el hombre no pudo mirar atrás, ya que se concentró en
dirigir el rumbo. Era evidente que la persecución había comenzado la víspera, o en cambio los indios volaban.
Pero los indios no eran perfectos ni todopoderosos. Ahora, por ejemplo, acababan de cometer un error. El que
le disparó el flechazo había fallado, tal vez porque estaba muy lejos, pero había disparado sin estar seguro de
dar en el blanco, y eso era un pecado imperdonable.

Atento al rumbo de la balsa pensó en el problema que tenía por delante, mejor dicho, por detrás. Huir era
imposible; los indios lo alcanzarían. Por otra parte debía continuar por el río; volver a internarse en la selva era
un disparate; esconderse y dejarlos pasar, otro. Debía solucionar el problema de un solo golpe, y de inmediato,
porque dentro de poco se haría de noche y forzosamente tendría que detenerse. ¿Y qué pasaría de noche? Los
indios eran selva, y también serían noche.

De pronto supo lo que tenía que hacer. Esperó hasta llegar a un lugar del río que se prestara para su plan:
una curva cerrada que arrojara la balsa hacia la orilla. Media hora más tarde llegó al sitio ideal; el río se dividía
en dos brazos y por uno de ellos el agua se lanzaba caudalosamente hacia los árboles. Remó vigorosamente y
logró atracar en el punto escogido. Ocultó la embarcación algo más abajo y remontó por la orilla hasta el lugar
donde el agua golpeaba con más fuerza. Confiaba en que los indios buscarían la máxima rapidez de la
corriente, lo que los acercaría a su escondite. Pero felizmente no lo vieron. Eran unos hombres fuertes y
oscuros, pero que hablaban despacio y en monosílabos. Pasaron casi encima de él, pero no vieron su balsa
oculta entre los arbustos. El niño temblaba. Quizá el castigo era la muerte. Pero los hombres pasaron y
continuaron su camino en la misma dirección que el tren y el agua. Todos iban hacia allá. Y entonces los vio
aparecer. Venían en una balsa muy pequeña y remaban furiosamente. Eran dos. Confiaba en sus indios la vieja
de mierda.

Todo sucedió como había previsto. Los indios calcularon pasar muy cerca de la orilla para aprovechar la
velocidad. Por lo visto querían alcanzarlo antes de que anocheciera. Lo habían conseguido. Cuando los tuvo a
diez metros disparó. Los dos tiros salieron casi en una sola detonación y los indios se desplomaron hacia
adelante, pero no cayeron en el agua. Ya sin rumbo, la balsa se lanzó contra la orilla, giró, trató de seguir, y por
último se quedó atascada en la vegetación. El hombre no dudó de la eficacia de sus disparos. Apenas cayeron
los indios avanzó río arriba por la orilla hasta que tuvo a la vista una recta larga del río, y ahí se quedó,
agazapado detrás de un tronco. Pero pasó mucho tiempo y no vinieron más. Entonces se soltó de los arbustos
y la corriente del canal lo volvió a llevar blandamente hacia abajo, hacia donde iban todos, y hacia donde él
también quería ir para olvidar la quebrada, los baldes, la tristeza seca de los cerros. Era casi de noche cuando
se detuvo. Atracó la balsa en una playa de arena blanca y se echó con la cabeza apoyada en una piedra. Se
estiró con toda su fuerza y luego relajó la tensión poco a poco hasta que el cuerpo comenzó a disfrutar de la
blandura de la arena y de la tibieza del aire. Ya no tenía ningún apuro. Por sobre los árboles del horizonte más
alejado, que ya se veían como un perfil negro, el cielo también se iba volviendo negro. El río corría
mansamente, casi en silencio. La inmensa fuerza de la selva estaba ahora concentrada en la paz, y era una paz
como ninguna otra, que le quitaba importancia y hasta sentido a todo lo demás. En aquel rincón estaba la
verdad, y la contemplación extática de la verdad. El hombre deseó, con toda esa paz que se había hecho suya,
que nada cambiara, que ninguna fuerza, de afuera o de adentro, lo obligara a alejarse de ahí, que pudiera
retener para siempre lo que ahora sabía, que el olvido no volviera a guiar todos sus pasos. Y en ese momento
vio que la balsa se acercaba por el río. Pero no sintió ningún temor. Era la primera vez que la oscuridad de la
noche no se le echaba encima como un peso tenebroso, sino que lo envolvía como un apacible silencio de los
ojos. Y en aquel instante de serenidad supo que el agua del canal le había abierto la ruta que le permitiría
escaparse para siempre de la esterilidad irremediable de la quebrada. Giró sobre sí mismo hasta quedar boca
abajo sobre la arena y, sin movimientos bruscos, sacó el revólver. No se veía casi nada, pero el bulto aplastado
de la balsa seguía acercándose. Tomó puntería y entonces se dio cuenta que era la balsa con los indios
muertos. Se puso en pie de un salto y se quedó inmóvil, duro, resistiéndose a la fascinación de terror primitivo y
misterio. Era distinta aquella noche junto al agua de las noches siempre iguales de la quebrada. El cuerpecito
desnudo se estremeció con el frío, pero no se movió mientras dejaba pasar la balsa de los indios muertos,
como una escultura olvidada por una raza antigua en medio de la selva para ver pasar el resto de la vida sin
hacerle caso.

No pudo dormir en toda la noche, a veces debido al hambre, y a veces debido a la nube de zancudos que
buscaban tenazmente el menor resquicio en la protección de su poncho para chuparle un poquito de sangre. Y
pasaron las horas. Y por fin se durmió pesadamente al alba.

Se despertó con el calor del sol. Era un sol alegre que jugaba con las ramas más altas de los árboles y que
no se parecía en nada al sol agobiador de la quebrada, que señalaba el comienzo de la rutina sin esperanza de
todos los días. La puerta vieja seguía atada a la orilla del canal con la pelotita de sus ropas en el centro. Se
sentó en la balsa y siguió corriente abajo. El río era lento, como el tiempo largo de la selva. ¿Qué pensaría de él
la selva? ¿Lo estaría viendo? Quizá la selva no se llamaba a sí misma selva, sino que tenía otro nombre
extraño y una manera más extraña de decirlo.

Pasó todo el día, y cuando ya hacía un buen rato que el sol se había hundido en el horizonte, vio una
columna de humo. Estaba demasiado cansado y débil para alegrarse. Además, era lo previsto. Cantó un gallo,
ladró un perro. Era una casa.

La larga inactividad a que lo había sometido el viaje acumuló su impaciencia y sintió un hormigueo de
moverse en todo el cuerpo. Comenzó los preparativos para desembarcar. Desató la mochila, se la aseguró en
la espalda y tomó la caña para impulsar la balsa hacia la orilla; pero el río era demasiado hondo para tanganear
y cambió la caña por el remo. En ese momento una esquina de la balsa tropezó con un tronco semihundido y el
hombre perdió el equilibrio y cayó en el agua. Se hundió de cabeza. La balsa se alejó lentamente.

El hombre no perdió la calma. Cuando tropezó con el fondo se encogió, apoyó los pies y se impulsó hacia
arriba. Logró sacar la cabeza, pero volvió a hundirse. Entonces trató de sacarse la mochila, pero
inmediatamente comprendió que le sería imposible. Volvió a encogerse y a impulsarse hacia arriba, pero esta
vez no logró sacar la cabeza. Ya con desesperación abrió la mochila para que el maldito polvo saliera y él
pudiera flotar. Y en ese momento sintió un estallido prolongado y luminoso. El sol se reflejaba en el agua y le
golpeaba los ojos. Sentía que estaba flotando en una corriente de luz, y no había nada fuera de esa luz. La
puerta vieja se lo seguía llevando hacia donde iban todos, lejos de la quebrada, sin ningún recuerdo que le
hiciera apartar la vista del reflejo del sol. El miedo quedaba atrás para siempre. Ahora sí sabía que nada ni
nadie podría detenerlo ni obligarlo a volver.

El cadáver quedó inmóvil en el fondo, sujeto por la mochila y por una rama sumergida que impedía que lo
arrastrara la corriente.

Así estuvo mucho tiempo.

Mientras tanto, poco a poco, el oro iba saliendo de la mochila. Fue un proceso muy lento, pero
ininterrumpido. Al final, el cuerpo quedó liberado del peso, se deslizó sobre la rama y siguió río abajo. La
mochila ya estaba casi vacía. Los restos del oro que aún quedaban siguieron saliendo, hasta que por último no
quedó nada.

El cadáver salió a flote y en un recodo, el agua, que formaba un pequeño remolino cerca de la orilla, lo dejó
boca arriba sobre la arena.

Era de noche.

Los ojos abiertos del hombre estaban fijos en las estrellas.