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La libertad del lobo

Autor: José Luis García


(Nos encontramos en un claro del bosque. Es de noche y en lo alto del cielo brilla la Luna llena).
(Entra el Lobo, es grande, pero flaco y desmadejado).
LOBO.-
Perra suerte la mía. Hace días que no pruebo bocado.
(Entra el Perro, es mucho más pequeño el que Lobo, pero se le ve bien alimentado; lleva un grueso collar de
cuero al cuello).
PERRO.-
-¿Perra suerte has dicho? Si te quejas, deberías decir “loba suerte”, ya que a mí me van bien las cosas.
LOBO.-
-¿Y eso cómo es posible, señor Perro? Se supone que yo soy más fuerte, y sin embargo tú estás mejor
alimentado que yo.
PERRO.-
Es mi amo quien me cuida y alimenta. A cambio, yo vigilo su casa.
LOBO.-
No parece un mal trato.
PERRO.-
Vente conmigo. La casa de mi amo es grande y hay mucho que vigilar. Mi buen amo estará contento de que
seamos dos quienes vigilan.
LOBO.-
-¿Hablas en serio? Estoy más que harto de pasar hambre.
PERRO.-
Los perros somos gente seria. Vente conmigo.
(El Lobo se acerca al Perro).
LOBO.-
No sabes la alegría que me das.
(Observa el collar del Perro).
Por curiosidad, -¿qué es eso que llevas al cuello?
PERRO.-
-¡Ah!, un simple detalle sin importancia. Es el collar al que mi amo
ata la cadena que me sujeta durante el día.
LOBO.-
-¡Vaya!
PERRO.-
Pero no pasa nada. Por la noche me deja libre y puedo ir de aquí para allá.
LOBO.-
-¿Atado durante todo el día?
PERRO.-
Así vigilo mejor y no me despisto de mis obligaciones.
LOBO.-
Lo siento, señor Perro. Yo no renuncio a mi libertad. Prefiero pasar hambre de vez en cuando que dejar de ser
libre.
(Se escucha el canto de un gallo).
PERRO.-
Me voy pues, señor Lobo. Oigo el cantar del señor Gallo, que me avisa de que mi amo me espera con la
cadena y con mi plato de comida.
(Sale el Perro. Vuelve a cantar el gallo).
LOBO.-
Por mi abuelo Pancracio. -¡Una cadena a cambio de comida! Sólo pensarlo me quita el apetito.
(Sale el Lobo).
FIN
El león y el ratón
Una tarde muy calurosa, un león dormitaba en una cueva fría y oscura.
Estaba a punto de dormirse del todo cuando un ratón se puso a corretear
sobre su hocico. Con un rugido iracundo, el león levantó su pata y aplastó
al ratón contra el suelo.
-¿Cómó te atreves a despertarme? -gruñó- Te-voy a espachurrar.
-Oh, por favor, por favor, perdóname
la vida -chilló el ratón atemorizado-Prometo ayudarte algún día si me dejas
marchar.
-¿Quieres tomarme el pelo? -dijo el león-. ¿Cómo podría un ratoncillo
birrioso como tú ayudar a un león grande y fuerte como yo?
Se echó a reír con ganas. Se reía tanto que en un descuido deslizó su pata y el ratón escapó.
Unos días más tarde el león salió de caza por la jungla. Estaba justamente pensando en su próxima comida cuando
tropezó con una cuerda estirada en medio del sendero. Una red enorme se abatió sobre él y, pese a toda su fuerza,
no consiguió liberarse. Cuanto más se removía y se revolvía, más se enredaba y más se tensaba la red en torno a
él.
El león empezó a rugir tan fuerte que todos los animales le oían, pues sus rugidos llegaban hasta los mismos
confines de la jungla. Uno de esos animales era el ratonállo, que se encontraba royendo un grano de maíz. Soltó
inmediatamente el grano y corrió hasta el león.
—¡Oh, poderoso león! -chilló- Si me hicieras el favor de quedarte quieto un ratito, podría ayudarte a escapar.
El león se sentía ya tan exhausto que permaneció tumbado mirando cómo el ratón roía las cuerdas de la red.
Apenas podía creerlo cuando, al cabo de un rato, se dio cuenta de que estaba libre.
-Me salvaste la vida, ratónenle —di¡o—. Nunca volveré a burlarme de las promesas hechas por los amigos
pequeños.

La gallina de los huevos de oro


Había una vez un granjero muy pobre llamado Eduardo, que se pasaba
todo el día soñando con hacerse muy rico. Una mañana estaba en el
establo -soñando que tenía un gran rebaño de vacas- cuando oyó que
su mujer lo llamaba.
-¡Eduardo, ven a ver lo que he encontrado! ¡Oh, éste es el día más
maravilloso de nuestras vidas!
Al volverse a mirar a su mujer, Eduardo se frotó los ojos, sin creer lo que veía. Allí estaba su esposa, con una
gallina bajo el brazo y un huevo de oro perfecto en la otra mano. La buena mujer reía contenta mientras le
decía:
-No, no estás soñando. Es verdad que tenemos una gallina que pone huevos de oro. ¡Piensa en lo ricos que
seremos si pone un huevo como éste todos los días! Debemos tratarla muy bien.
Durante las semanas siguientes, cumplieron estos propósitos al pie de la letra. La llevaban todos los días
hasta la hierba verde que crecía ¡unto al estanque del pueblo, y todas las noches la acostaban en una cama
de paja, en un rincón caliente de la cocina. No pasaba mañana sin que apareciera un huevo de oro.
Eduardo compró más tierras y más vacas. Pero sabía que tenía que esperar mucho tiempo antes de llegar a
ser muy rico.
-Es demasiado tiempo -anunció una mañana-,Estoy cansado de esperar. Está claro que nuestra gallina tiene
dentro muchos huevos de oro. ¡Creo que tendríamos que sacarlos ahora!
Su mujer estuvo de acuerdo. Ya no se acordaba de lo contenta que se había puesto el día en que había
descubierto el primer huevo de oro. Le dio un cuchillo y en pocos segundos Eduardo mató a la gallina y la
abrió.
Se frotó otra vez los ojos, sin creer lo que estaba viendo. Pero esta vez, su mujer no se rió, porque la gallina
muerta no tenía ni un solo huevo.
-¡Oh, Eduardo! -gimió- ¿Por qué habremos sido tan avariciosos? Ahora nunca llegaremos a ser ricos, por
mucho que esperemos.
Y desde aquel día, Eduardo ya no volvió a soñar con hacerse rico.
Bambi
Érase una vez un bosque donde vivían muchos animales y donde todos eran
muy amiguitos. Una mañana un pequeño conejo llamado Tambor fue a
despertar al búho para ir a ver un pequeño cervatillo que acababa de nacer. Se
reunieron todos los animalitos del bosque y fueron a conocer a Bambi, que así
se llamaba el nuevo cervatillo. Todos se hicieron muy amigos de él y le fueron
enseñando todo lo que había en el bosque: las flores, los ríos y los nombres de
los distintos animales, pues para Bambi todo era desconocido.
Todos los días se juntaban en un claro del bosque para jugar. Una mañana, la
mamá de Bambi lo llevó a ver a su padre que era el jefe de la manada de todos
los ciervos y el encargado de vigilar y de cuidar de ellos. Cuando estaban los
dos dando un paseo, oyeron ladridos de un perro. “¡Corre, corre Bambi! -dijo el padre- ponte a salvo”. “¿Por
qué, papi?”, preguntó Bambi. Son los hombres y cada vez que vienen al bosque intentan cazarnos, cortan
árboles, por eso cuando los oigas debes de huir y buscar refugio.
Pasaron los días y su padre le fue enseñando todo lo que debía de saber pues el día que él fuera muy mayor,
Bambi sería el encargado de cuidar a la manada. Más tarde, Bambi conoció a una pequeña cervatilla que era
muy muy guapa llamada Farina y de la que se enamoró enseguida. Un día que estaban jugando las dos
oyeron los ladridos de un perro y Bambi pensó: “¡Son los hombres!”, e intentó huir, pero cuando se dio cuenta
el perro estaba tan cerca que no le quedó más remedio que enfrentarse a él para defender a Farina. Cuando
ésta estuvo a salvo, trató de correr pero se encontró con un precipicio que tuvo que saltar, y al saltar, los
cazadores le dispararon y Bambi quedó herido.
Pronto acudió su papá y todos sus amigos y le ayudaron a pasar el río, pues sólo una vez que lo cruzaran
estarían a salvo de los hombres, cuando lo lograron le curaron las heridas y se puso bien muy pronto.
Pasado el tiempo, nuestro protagonista había crecido mucho. Ya era un adulto. Fue a ver a sus amigos y les
costó trabajo reconocerlo pues había cambiado bastante y tenía unos cuernos preciosos. El búho ya estaba
viejecito y Tambor se había casado con una conejita y tenían tres conejitos. Bambi se casó con Farina y
tuvieron un pequeño cervatillo al que fueron a conocer todos los animalitos del bosque, igual que pasó cuando
él nació. Vivieron todos muy felices y Bambi era ahora el encargado de cuidar de todos ellos, igual que antes
lo hizo su papá, que ya era muy mayor para hacerlo.

El grillo Cri-cri-cri
Nunca supe dónde vive, nunca en la casa lo vi, pero todos escuchamos al grillito
cri-cri-cri.
¿Vivirá en la chimenea debajo de un baldosín; donde canta cuando llueve el
grillito cri-cri-cri, donde canta cuando llueve el grillito cri-cri-cri?
¿Vive acaso en la azotea o en un tiesto en un balcón o en las ramas de algún
árbol o metido en un cajón?
Nunca supe dónde vive, nunca en la casa lo vi, pero todos escuchamos al grillito
cri-cri-cri, pero todos escuchamos al grillito cri-cri-cri.
Dónde puede estar metido que jamás lo pude ver; por más que seguí sus pasos
nunca pude dar con él.
Nunca supe dónde vive, nunca en la casa lo vi, pero todos escuchamos al grillito
cri-cri-cri, pero todos escuchamos al grillito cri-cri-cri.
El árbol mágico
Hace mucho mucho tiempo, un niño paseaba por un prado en
cuyo centro encontró un árbol con un cartel que decía: soy un
árbol encantado, si dices las palabras mágicas, lo verás.
El niño trató de acertar el hechizo, y probó
con abracadabra, supercalifragilisticoespialidoso, tan-ta-ta-
chán, y muchas otras, pero nada. Rendido, se tiró suplicante,
diciendo: "¡¡por favor, arbolito!!", y entonces, se abrió una
gran puerta en el árbol. Todo estaba oscuro, menos un cartel que decía: "sigue haciendo
magia". Entonces el niño dijo "¡¡Gracias, arbolito!!", y se encendió dentro del árbol una
luz que alumbraba un camino hacia una gran montaña de juguetes y chocolate.
El niño pudo llevar a todos sus amigos a aquel árbol y tener la mejor fiesta del mundo, y por
eso se dice siempre que "por favor" y "gracias", son las
palabras mágicas

LA BOBINA MARAVILLOSA
Erase un principito que no quería estudiar. Cierta noche, después de
haber recibido una buena regañina por su pereza, suspiro tristemente,
diciendo:
¡Ay! ¿Cuándo seré mayor para hacer lo que me apetezca?
Y he aquí que, a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama una
bobina de hilo de oro de la que salió una débil voz:
Trátame con cuidado, príncipe.

Este hilo representa la sucesión de tus días. Conforme vayan pasando,


el hilo se ira soltando. No ignoro que deseas crecer pronto... Pues bien,
te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo, pero todo aquello que hayas desenrollado no podrás
ovillarlo de nuevo, pues los días pasados no vuelven.

El príncipe, para cerciorarse, tiro con ímpetu del hilo y se encontró convertido en un apuesto príncipe. Tiro un
poco mas y se vio llevando la corona de su padre. ¡Era rey! Con un nuevo tironcito, inquirió:

Dime bobina ¿Cómo serán mi esposa y mis hijos?

En el mismo instante, una bellísima joven, y cuatro niños rubios surgieron a su lado. Sin pararse a pensar, su
curiosidad se iba apoderando de él y siguió soltando mas hilo para saber como serian sus hijos de mayores.

De pronto se miro al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de escasos cabellos nevados. Se asusto de
sí mismo y del poco hilo que quedaba en la bobina. ¡Los instantes de su vida estaban contados!
Desesperadamente, intento enrollar el hilo en el carrete, pero sin lograrlo.

Entonces la débil vocecilla que ya conocía, hablo así:

Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días perdidos no pueden recuperarse. Has
sido un perezoso al pretender pasar por la vida sin molestarte en hacer el trabajo de todos los días. Sufre, pues tu
castigo.

El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la existencia sin hacer nada de provecho.
EL MUÑECO DE NIEVE

Había dejado de nevar y los niños, ansiosos de libertad, salieron de


casa y empezaron a corretear por la blanca y mullida alfombra recién
formada.

La hija del herrero, tomando puñados de nieve con sus manitas hábiles,
se entrego a la tarea de moldearla.

Haré un muñeco como el hermanito que hubiera deseado tener se dijo.

Le salio un niñito precioso, redondo, con ojos de carbón y un botón


rojo por boca. La pequeña estaba entusiasmada con su obra y convirtió al muñeco en su inseparable compañero
durante los tristes días de aquel invierno. Le hablaba, le mimaba...

Pero pronto los días empezaron a ser mas largos y los rayos de sol mas calidos... El muñeco se fundió sin dejar
mas rastro de su existencia que un charquito con dos carbones y un botón rojo. La niña lloro con desconsuelo.

Un viejecito, que buscaba en el sol tibieza para su invierno, le dijo dulcemente: Seca tus lagrimas, bonita, por
que acabas de recibir una gran lección: ahora ya sabes que no debe ponerse el corazón en cosas perecederas.

EL CEDRO VANIDOSO
Erase una vez un cedro satisfecho de su hermosura.

Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás árboles. Tan bellamente dispuestas estaban
sus ramas, que parecía un gigantesco candelabro.

Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás árboles. Tan bellamente dispuestas estaban
sus ramas, que parecía un gigantesco candelabro.

Si con lo hermoso que soy diera además fruto, se dijo, ningún árbol del mundo podría compararse conmigo.

Y decidió observar a los otros árboles y hacer lo mismo con ellos. Por fin, en lo alto de su erguida copa,
apunto un bellísimo fruto.

Tendré que alimentarlo bien para que crezca mucho, se dijo.

Tanto y tanto creció aquel fruto, que se


hizo demasiado grande. La copa del cedro,
no pudiendo sostenerlo, se fue doblando; y
cuando el fruto maduro, la copa, que era el
orgullo y la gloria del árbol, empezó a
tambalearse hasta que se troncho
pesadamente.

¡A cuantos hombres, como el cedro, su


demasiada ambición les arruina!