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7.

LAS TESIS SOBRE EL JUGAR (I):


MAS ACA DEL JUEGO DEL CARRETEL

En principio, tendremos que renunciar a la idea de encon­


trarlo adscripto a una sola función. En los distintos momentos
de la estructuración subjetiva observaremos variantes, trans­
formaciones, en la función del jugar. Insisto en la importancia
de decir jugar y no j uego, siguiendo la propuesta de Winnicott,
para acentuar el carácter de práctica siunlücante que tiene para
nosotros esta función; en tanto el juego remite al producto de
cierta actividad, a un producto con determinados contenidos,
la actividad en sí debe ser marcada por el verbo en infinitivo,
que indica su carácter de producción.
Para nosotros el concepto de jugar es el hilo conductor del
cual podemos tomarnos para no perdemos en la compleja
problemática de la constitución subjetiva. Partimos de un
descubrimiento: no hay ninguna actividad significativa en el
desarrollo de la simbolización del niño que no pase vertebral-
mente por aquél. No es una catarsis entre otras, no es una
actividad más, no es un divertimento, ni se limita a una
descarga fantasmática compensatoria o a una actividad regu­
lada por las defensas, así com o tampoco se lo puede reducir a
una formación del inconsciente: más allá de estas parcialida­
des, no hay nada significativo en la estructuración de un niño
que no pase por allí, de modo que es el mejor hilo para no
.perderse. Los conceptos más abstractos o genéricos (como el
de deseo y tantos otros) que podamos invocar, bienvenidos
sean, pero, ¿dónde voy a verlos funcionar si es que funcionan,
dónde comprobaré su pertinencia si no en esta práctica por
excelencia? En particular, cada vez uue quiero evaluar el
estado de desarrollo simbólico de un chico, no hay ningún
índice qué "lo brinde-más claramente que el estado de sus
posibilidades e n~cuanto al jugar. No hay ninguna perturba­
ción severa o de cuidado o significativa en la infancia que no
se espeje de alguna manera en el jugar.
Los primeros textos psicoanalíticos sobre esta actividad
concernían a materi ales de corte edípico; un clásico al respec­
to es el caso de Juanito, en donde por vez primera se aplica el
método a la observación de distintas actividades lúdicas (di­
bujos, fantasías), que en ese historial están enfocadas predo­
minantemente a la luz del Complejo de Edipo y de todo lo
concerniente a la fase fálica y al complejo de castración.
Posteriormente. Frcud mismo hizo unaaprchensión más inci­
siva. cuyas consecuencias no parece haber entrevisto. No
ocurrió lo mismo con sus continuadores; en general, no hubo
quien no se ocupara en psicoanálisis de la observación del
fo rt/d a , prácticamente no hay analista importante que no
haya vuelto sobre él a fin de retrabajarlo. Y no ha sido por
cierto un ceremonial escolástico.
Durante mucho tiempo este juego de aparición y desapari­
ción quedó consagrado como siendo también la manifesta­
ción de la actividad lúdica en su originariedad. al tiempo que
función primera asignable al juego, nada menos que poder
sim bolizar una desaparición, una pérdida, dar representa­
ción a la ausencia. En 1985 publiqué un artículo tomando
com o base ciertas ideas desarrolladas por los Lefort en El
nacimiento del Otro e impresiones extraídas de mi propia
experiencia, y llegué a laconclusión de que existen funciones
del jugar más arcaicas, más decisivas, más primordialcsque las
del/¿r//í/fl. En mi opinión, laprácticaclínicaimponelaevidencia
de funciones del jugar anteriores a aquél, funciones que pueden
verse desplegaren su estado más fresco a lo largo del primer año
de vida, relativas a la constitución libidinal del cuerpo'4.
En rigor, no de otra cosa hemos estado hablando, desde la
perspectiva del significante del sujeto, al referirnos a la nece­
sidad de extraer materiales para fabricar el cuerpo, materiales
que deben ser arrancados al cuerpo del Otro. Las prim e­
ras funciones del jugar, tan fundamentales, son ese proceso
mismo. Puede decirse que, a partir del jugar, el chico se
obsequia un cuerpo a sí mismo, apuntalado en el medio. Todo
lo que hace el entorno posibilita u obstruye, acelera o bloquea,
ayuda a la construcción o ayuda a la destrucción de ciertos
procesos del sujeto, pero éste no es un eco o un reflejo pasivo
de ese medio, com o creen las teorías ambientalistas más (o
menos) ingenuas, sino que, apoyado en las modalidades de
aquél (fundamentalmente el mito famil iar, la estructuración de
la pareja paterna, la circulación del deseo), el niño va produ­
ciendo sus diferencias.
Si hay una idea o un prejuicio del cual el psicoanálisis se ha
ido separando muy enérgicamente, ha sido la concepción del
niño com o pasivo en los primeros tiempos de su vida, el
célebre “oral pasivo” (Abraham), una especulación no justifi­
cada por los hechos, ideada por analistas que no atendían niños
y cuando aún no se los atendía. Pero los datos biológicos lo
desmienten, y tanto más los psicoanalíticos. En efecto, la idea
de que el niño es pasivo al mam ar es de por sí absurda en aquel
primer nivel, porque sabemos que al mamar trabaja para
fabricar la leche que toma, mediante la estimulación de las
glándulas mamarias (aunque es curioso que la misma ciencia
que lo descubrió suela contribuir a desalentarlo). En cierta
forma el pequeño se da de com er a sí mismo a través de la
madre. Por otra pane, nada de lo que se ve en psicoanálisis
avala la concepción del infans com o ente pasivo. La creencia
de que el niño sería más activo en la etapa fálica y más pasivo
en la etapa oral, es falsa. Más aun, si hay una etapa en que no
corresponde en absoluto el término pasividad es en los prime­
ros años de la vida e incluso durante la vida prenatal. En todo
caso, el término “pasivo” nos conviene a veces más a los
adultos, pero nunca antes.
Cuando detectamos en un infans algo que realmente pueda
pensarse com o pasividad, es que estamos frente a una pertur­
bación seria, com o puede serlo una depresión grave o un
incipiente proceso autista, a menos que — lo más común— se
trate de una enfermedad orgánica que lo aquieta. En cambio,
si todo está en orden, el niño, a través del jugar, durante el
primer año de vida y apoyado en las funciones, hace lo que
hemos ya señalado. Y nada ni nadie puede reemplazarlo en
esa labor. De la misma manera que uno camina con sus
propias piernas, apoyado en algo (sí, no podría hacerlo en el
aire), necesita un lugar, pero eso no quiere decir que el suelo
camine o done a los miembros la fuerza para realizarlo. Eso
es precisamente lo que Winnicott aísla como el factor de la
espontaneidad, algo que ni la madre ni el padre le dan al bebé.
Si no se lo tiene en cuenta, sucede lo que con muchas
inflexiones actuales basadas en la teoría del significante, que
reducen el sujeto a una marioneta de la estructura concebida
como destinación a priori.
En ocasiones, la clínica nos pone en contacto con versiones
míticas donde al niño se le ha dado todo lo que es, pero claro
que se trata de un fantasma patógeno que circula en esa
familia, merced ai cual se desconoce la actividad inherente a
la posición hijo. En idéntica dirección es lo más correcto
decir, ajustándose mejor a los hechos, que el analista no
analiza al paciente, y si es usual escuchar esa fórmula convie­
ne recordar que su cómoda simplicidad involucra un error:
uno no analiza a ningún paciente, es el paciente quien se
analiza a sí mismo a través del analista, usando de éste,
circuito de la transferencia mediante. La primera y más
común formulación corresponde a una fantasía omnipotente
proyectada o asumida por el terapeuta que remite al analizan­
do a la pasividad receptiva. Tal creencia no es demasiado
peligrosa (si bien a veces plantea resistencias insuperables)
cuando pertenece al paciente, pero sí muy peligrosa en quien
conduce un psicoanálisis.
Existe además otra razón fundamental para nunca en lo
sucesivo confundir la dependencia del infans respecto de los
materiales con que se estructura, con pasividad. Es que los
materiales en sí no son nunca unívocos. El mito fam iliar es
una cosa extremadamente heteróclita, jamás un sistema
armonioso y homogéneo, obediente a la lógica aristotélica. Su
organización es la del collage, donde los elementos están
bastante mal pegados, y así permiten la subsistencia de
muchas contradicciones. De modo que en realidad el mito
familiar no tendría cóm o im poner al niño unadirección unívo­
ca de la que él mismo carece. En conjunción con la espontanei­
dad, esto promueve lo imprevisible. Creo que es tarca urgente
rescatar esta imprevisibilidad, reprimida por cierto estructura-
lismo. En efecto, es una apuesta fácil de ganar predecir que el
niño extraerá materiales del mito familiar, dadoque no tiene—
al menos hasta su adolescencia— alternativa. Pero es una
apuesta segura de perder pretender un conocimiento a priori
sobre cuáles aspectos tomará y cuáles rechazará el pequeño
sujeto de ese gran archivo. ¿Cómo acertar, por ejemplo, en las
identificaciones dominantes? Es por esto que la causalidad en
psicoanálisis nunca es simple. Las funciones no son causa;
plantean, lo que no es poca cosa, condiciones.
No es nada raro en nuestra práctica reconstruir (en el caso
de pacientes adultos), o prácticamente asistir al hecho, cómo
un sujeto inconscientemente es llevado a aferrarse a una figura
o a un personaje colateral en la trama mítica y con el que, a
veces, apenas estuvo en contacto (física o discursivamente).
Este aferramiento, esta investidura espontánea se produce a fin
de obtener algún material con el cual tramitar ciertos procesos.
Esto no implica ideales del yo constituidos; aparece muy
temprano. En psicoanálisis, hay que acostumbrarse a conside­
rar el material del mito preexistente com o un potencial del cual
desconocemos loque será actualizado; si no ocurriera así (si la
espontaneidad no existiese), la fabricación del sujeto se ase­
mejaría a la de un robot, lo cual es el sueño de algunas familias
con elevado potencial psicótico. Tal sueño en particular in­
mortalizó al padre de Schreber, pero hasta en un caso límite la
dimensión de lo imprevisible retorna obligadamente. Los
perfectos robots salieron mal: suicida uno, demenciado el otro.
Las derivaciones patológicas, por cierto, tampoco escapan a la
espontaneidad del inconsciente. Y vale lo mismo para la salud,
para las tentativas de autocuración, que impulsan a buscar
fuera del mito familiar materiales para construir categorías
simbólicas ausentes en él.
Es un episodio común — que a veces se comenta en el
consultorio— que los padres invistan algo y se lo regalen para
que el hijo juegue, y he aquí que el deseo de éste produce un
desplazamiento a otra cosa de escaso valor para ellos, desen­
cuentro que genera decepción. Los padres harán hincapié en
‘lo que gastaron’ para nada, queja que se refiere a un aspecto
económ ico— en términos del psicoanálisis— más fundamen­
tal. Episodio banal, aunque por su misma pequenez pone de
relieve hasta qué extremos la dimensión de lo imprevisible
implicada en la espontaneidad está infiltrada en el corazón de
los lazos intersubjetivos, y sirve de modelo para pensar la
relación del niño con el mito familiar. Si quisiéramos com pa­
rar a éste con un rompecabezas, introduciríamos dos modifi­
caciones: 1) no existe “ la” solución final; cada cual hace su
itinerario y su composición de armado de las piezas; 2) no se
lo podría imaginar en forma adecuada como un dispositivo de
figuras fijas que permite yuxtaponer ésas y sólo ésas; m ejores
concebirlo cinematográficamente, hechode piezas con movi­
lidad interna, ¿xtensibles y mudables. Y si algo en las condi­
ciones previas del juego estorba seriamente, hay que esperar
que el rompecabezas se comporte literalmente com o tal.
Y aun debemos añadir que este proceso inconsciente se
vuelve más complejo, teniendo en cuenta que los padres no
saben lo que ponen; de hecho ponen más o menos de lo que
creen poner, entre otros motivos a causa de su propia sujeción
a la prehistoria, que cuestiona los límites imaginarios del
‘triángulo’ edípico.
Todas estas consideraciones inducen a matizar al máximo
La problemática de la edificación del cuerpo durante el primer
año de vida. No hay que olvidar que el niño, antes de disponer
de manos ya cuenta con ojos y con boca, que son también y en
grado extremo órganos de incorporación; con ellos em pieza
la tarea de arrancar a lo que, para no simplificar, corresponde
agregar la piel35. Hay entonces una actividad múltiplemente
extractiva que empieza mucho antes que las manos — pero es
cierto que se vuelve más notoria una vez que las manos
quedan liberadas por la maduración neurológica— , actividad
que dijimos horadante; “el perverso polimorfo” em pieza por
ser un arrancador, un agujereador nato, práctica con la que
produce cosi 11as, desechos (en apariencia), pequeños objetos.
Cuando aún vacilamos en otorgarle el nombre de sujeto y
cuando sería impropio referirse a un ego, ya el de agujereador
le cabe con toda justeza. Pero hay más: ¿Qué es lo que va
haciendo con esos materiales extraídos? Una observación de
alcance universal constata la regularidad de una secuencia:
extraer-fabricar superficies continuas, extensiones, trazados
sin solución de co n tin u id ad .J^^ acu y id ad iiu c^v iju c pausar
com o jugar primero es una combinación de dos momentos:
aguTerear^liacer superficie! afcuTeréai^haa^ ^ En La
fortaleza vacía, de Bettelheim, el prim erm sto rial clínico
(Laurie) destaca un momento absolutamente fundamental en
cuanto a la posibilidad de cura, momento en que la pequeña
autista, en un paso para dejar de serlo, ¿qué se pone a hacer?
Munida de papel (imposible no recordar la banda de Moebius)
recorta larguísimas tiras delimitando territorios que constitu­
yen ante todo superficies ininterrumpidas, acabando ulterior­
mente por quedarse dentro. La escala de estas extensiones va
en aumento. Y claro que transferencias escalonadas (a la insti­
tución, a ciertas figuras del equipo terapéutico) sostienen el
proceso en su conjunto.
Pero si uno lo quiere ver en situaciones menos dramáticas
q u een lad e un niñoautista, puede vcrificarloen cualquier bebé
de cierta edad que se em badurna con todo entusiasmo y unta
luego cuanto está a su alrededor: toma la papilla, la extiende
formando una película homogénea, momento en que si uno va
a tocar a ese niño que está comiendo lo nota pringoso, época
del niño siempre pegoteado con alguna imprecisa sustancia
mezcla de caramelo, moco, baba, sopa, todo lo que sirva como
materia prima. Ese pegote toma sentido para nosotros, como
no podría tenerlo nunca para la psicología de cuño conductista
o comunicacional, porque sólo el psicoanalista está en condi­
ciones de reconocer lo estructurante de una práctica como la
descripta (justamente por no ser verdaderamente una psicolo­
gía)36, al descubrir en su clínica que en realidad el cuerpo
mismo no es más que un gran pegado, y nada más engañoso
que fascinarnos con su unidad anatómica. La pintura contem ­
poránea, desde Picasso hasta los procedimientos de collage,
nos proporciona un modelo mucho más compatible con nues­
tra experiencia, que no nos pone en contacto con átomos bien
cerrados, sino que por todas panes habla del cuerpo com o un
rejunte, con partes no humanas en él metidas, a veces con
elementos de más, otras con piezas de menos, etc. En ocasio­
nes puede rastrearse en el interés que muchos chicos psicóti-
cos o autistas tienen por las máquinas, por adosarse a una de­
terminada máquina inclusive, y formar con ella una sola agre­
gación. Ocurre que la máquina aparece como ente que ha
logrado resolver el problema de un mínimo de funcionamien­
to unificado para ese niño quien, por su lado, no consiguió
hacer lo mismo vía identificación; de allí que establezca un
circuito identificatorio, restituyendo loque no logró con seres
humanos. Muchos historiales de autismo o de psicosis han re­
gistrado muy bien esta peculiar form a de hacer superficie y
que nos impone de su extraordinaria importancia. Lacan insta
a no desperdiciarla, en su momento, enigmática observación
de Freud sobre el yo en relación con ella. Ya podemos
justificar m ejor esa sentencia después de trabajos como los de
Bettclheim, I-efort y el mismo Lacan, porque desde la estruc­
turación primordial del cuerpo a través del jugar, lo primero
que se construye no es para nada un interior, es decir, un
volumen, sino una película eirb&nda continua.
La problemática de lo /volúm enes en psicoanálisis fue
tratada intensivamente por Klein, quien siempre está intere­
sada en una dialéctica entrW im e riftrd e l cuerpo y lo exterior'
a él, así como en relaciones^fameímáticas confincnTe/ctfñt?~
nido. Por cierto que todo esto tiene firmes soportes clínicos en
la teoría de Klein, pero se diría que equivoca los tiempos: lo
que ella da com o primario no loes. Mucho antes de poder fun­
cionar en ese nivel de volúmenes que su concepiualización
requiere, un niño tiene q ue autoinscribirse bajo la forma de
una superficie, requisito sine qua non para que sea válido
suponer operaciones del tipo de las de dentro/fuera. Estos
términos son inaplicables si no se apuntalan en la anterior
continuidad.
Lo esencial de ésta es su ajenidad de fondo (y no sólo
episódica, fondo pues que permanece) respecto a ese más
conocido par opositivo. La célebre cinta de Moebius es su
referencia exacta. Lo esencial es sólo una cosa: su no solución
de continuidad. Por eso mismo no nos sorprenderá que no se
limite sólo al cuerpo del infans. La banda incluye a la madre y
a otros elementos.
Si esto es así, obliga a reformular muy a fondo el estadio d el
espejo en su concep t ual i zación -ya~cl;ísicn (Lqrnn), a fin de
obtener un acuerdo más profundo con la experiencia clínica
más reciente y de avanzada del psicoanálisis. La fecha relati­
vamente tardía de ese estadio o fase, entre los seTs"y~To§
dieciocho meses, nos lo indica. A los seis meses, un bebé ya
dispone de un montaje de superficies hechas por una diversi­
dad de zonas que, junto a lo visceral, hace figurar algo tan
diferente com o el oído, por ejemplo. Converjo y concuerdo así
con diversos autores (Aulagnier, Sami-Ali, W innicott) en que
el estadio del espejo no es una formación originaria (y no ven­
dría tan mal, parece, recordar que esa hipótesis anda por el
medio siglode edad). El mismo Lacan, más adelante, le añadió
observaciones que suponen anterioridades lógicas. Digamos
que tienen que pasar una importante serie de cosas para que el
niño llegue a ese encuentro con el espejo en condiciones de tal
índole como para que ésteexista para él. De fase inaugural pasa
así— con todos los honores— al coronamiento de un complejo
itinerario.
Ya unos años más tarde se introdujo una modificación al
referirse Lacan a un tiempo en que el bebé accedeal espejo (sin
reconocerse todavía, por lo dem ás) en brazos del O troprim or-
dial. En esta situación se revela dccisivoque la mirada de aquél
(que sí es reconocido) confirme, y así se apuntale en ella, lo que
el pequeño logra poco a ^ ó c o ver. Ysuin hubo que esperar a
1971 para la ^ lic i ta c ió n de WinnicotLsábre un tiempo previo
a los anteriores, cuando directam ente es el O tro — o su rostro—
el espejo y la condición del efectivamente llamado así, primer
paso m u el que la llegada a ése y de éste no se produce. En gran
medida, la escansión entre estas puntuaciones teóricas tuvo
que ver con la represión que por muchos años recayó sobre la
teoría especular de Dolto, de hecho bastante más rica y
multidimensional. Y en otra gran medida por otra represión —
la originaria— que convierte en perdidos para siempre los pri­
meros acontecimientos de la existencia y ayuda a ‘naturalizar’
la noción de varios meses de vida, y tan luego los iniciales, sin
que acaeciese ninguna operación estructurante de importan­
cia. La clínica desconfirma este adultocentrismo, marcando
además cómo la no constitución de las categorías simbólicas
antes/después da un peso enorme a factores que en otro mo­
mento de la existencia serían de poca monta, pero que en aquel
período pueden provocar daños muy severos. Quienes han''
pasado por formas de detención ilegal y concentracionaria
destacan siempre de sus condiciones inaugurales, el haber
sido introducidos compulsivamente en otra dimensión
temporal, donde no cuenta más el mañana: a bolición de las,.
fechas. Ahí se puede volver a tener una reviviscencia (no re­
miniscencia) del funcionamiento de la temporalidad_ETÍmor-
dial. Por supuesto que la clínica con afecciones narcisistas de
cuidado (aun las no psicóticas ni autísticas) nos brinda otro
acceso, cuando un relámpago transierencial permite echar
una ojeada en la extensión abismal que un par de minutos de
mora en atenderlo toma para un paciente.
Otro ángulo para abordar la com pleja constitución y fun-
ción temprana de superficies es una observación bastante
común en el dibujo de niñospsicóticos: me refiero al contorno
‘‘en flecos”. En lugar de hacer un borde firme, ininterrumpido
de la silueta, ésta parece deshilacliarse, con temblorosa con­
sistencia. Indice de gran significación al traer a colacloñ la
destrucción de^ma^npefficic corporal. Un fragmento célebre
de un c a s o 4 c Victor Tausk, al que Frcud dio vueltas sin
terminar de entenderlo en un pasaje de la Metapsicología
(“ Lo inconsciente”): el paciente, un esquizofrénico, estiraba
los calcetines haciendo notar en primer plano una miríada de
porosidades en su trama, que Freud a su tumo pensó corres­
pondían al complejo de castración, sin escapársele — y es lo
esencial y más vivo de su comentario— que un histérico, por
ejemplo, jam ás utilizaría una simbolización así para represen­
tarla. Es que son demasiados agujcrillos, y en una extensión
demasiado vasta. Un neurótico ‘elegiría’ algo como una con­
cavidad o un agujero en particular, suficientemente conspi­
cuo. Es por esta problemática de la superficie arcaica que, in­
variablemente, cualquier historiaí de psicosis, infantil o no, de
autismo o de depresión, una vez alcanzada cierta respuesta
favorable al análisis, ésta se deja traslucir en series de episo­
dios de embadumamiento (concreto o figurado) que incluyen
al terapeuta y al consultorio ¡unto al propio cuerpo. Llegado a
cate-punto, un pequeño paciente inundaba mi corisuItorio con
agua, no tan interesado en divertirse co n c horros discontinuos
— com o otros niños que apelan aeste material— como en tener
una cantidad de agua suficiente para extenderla en una capa
delgada que cubriese absolutamente todo: es un tipo de activi­
dad en laq ue el juego se pone al servicio de curar una herida,
mientras que en los casos más comunes y corrientes no se trata
de eso, sino de intentar una comunicación orientada desidera-
tivamente (mojar=coito, por ejemplo, en muchas enuresis).
Idéntico procedimiento se repite en el discurso verbal
cuando es un paciente que ya habla. Evoco materiales de ad(>
lescentes paranoicos, cuya escritura llama mucho la atención
por la abolición de signos de puntuación. Flujo sin cortes
(apenas con la intensificación de algunas m ayúsculas)de muy
difícil lectura, al no haber puntos aparte ni tipo alguno de
escansión, ni paréntesis, ni guiones; pura apretadura de pala­
bras y palabras, rellenando todos los blancos de la página,
banda restitutiva frente a la amenaza inminente de caos y des­
integración. Es importante, llegado a este punto, escapar a
cierto lugar común (favorecido por la obra de Klein, quien no
lo redujo a esa triste condición) de un estado inicial de frag­
mentación angustiosa, del cual nos salvaríamos casi por m ila­
gro o por la buena letra de la posición depresiva. Parece más
justo decir, siguiendo a Winnicott, que ‘en el principio’ era un
estado de no integración, cercano a la policromía sexual que
proponen los Tres ensayos, sin ser necesario hacer intervenir
ningún pánico a priori, porque hay una diferencia. Ese estado
de no integración se sostiene bien en la medida en que acudan
funciones que aporten la integración fallante, lo cual exime al
bebe de esfuerzos especiales por juntarse; ya existe un lugar,
el cuerpo del Otro que lo dona. En cambio, el pasaje de la no
integración a una desintegración que podría ser caótica y
aniquilante se da cuando hay fallos graves y sostenidos en las
funciones primordiales. A veces recibimos niños que han
debido instrumentar prematuramente sistemas obsesivos na­
cidos al margen del complejo de Edipo durante el segundo año
de vida, y que son índice de problemáticas en realidad muy
graves, debido a que el niño tuvo que arm ar de prisa disposi­
tivos de defensa frente al potencial desintcgrativo implicado
por funciones fracasadas en unificarlo. “Lo que natura non
da. . . ” Salamanca presta como mejor puede, obteniendo así
adaptaciones aparentemente exitosas a un precio muy caro:
pobreza sublimatoria, derrumbe como m ar de fondo, aliena­
ción en ideales exclusivamente tomados en su sesgo norma-
tivizante. Esta seudo objetividad nos devuelve al problema
originario de fabricarse una superficie para ser o parecer.
Otra referencia crucial — que acaso sonaría riesgosa si no
proviniese de autores insospechables de psicologismo ficcio-
nal— para esta tempranísima función del jugar la hallamos en
Tosquelles y Lacan, y puedo por mi parte agregar que mi
experiencia en depresiones graves la ratifica totalmente.
Hablo de las membranas placentarias com o primer objeto
perdido, objeto cuyo desprendimiento al nacer condensan
ciertos discursos al recogerlo en diversas fabulaciones y cre­
encias que ligan la buena o mala fortuna esperable con el efec­
to de ‘cofia’ o con la precedencia de las membranas en salir
del vientre materno. Como siempre, el río del mito suena, lo­
calizando algo subjetivamente significante en este peculiar
objeto que hay que separar de sí para salir a la vida extrauteri­
na. Pero, notemos, su función de envoltura nos pone de nuevo
sobre la pista de lo que hemos detectado com o superficie.
En las depresiones reencontramos inesperadamente y del
modo más concreto esto que podría parecer especulativo, más
literario que literalj i o r m í y ^ i i e j ^
se da el caso de pacientes en quienes
facilitaeíreconocim iento de que están abatidos (niños, inclu­
sive) el hecho de que en sesión, por más calor que haga, no se
quiten el abrigo, hasta acostarse en el diván con el sobretodo
puesto. Búsqueda activa de calor o de una demasía de calor,
que personalmente considero una restitución de la más arcai­
ca envoltura corporal a falta de función de forjarse en un punto
de mayor evolución como la mirada materna37. Pero, más allá
de la patología depresiva, es una nueva verificación clínica que
nos impulsa a valorizar en muy alto grado la categoría de la
continuidad en la estructuración temprana. De un modo más
abarcativo, la reencontramos — con un alcance diferente— en
la práctica del pediatra, cuando se sostiene que el bebé necesita
de ciertas rutinas. Muy probablemente, el especialista ignora
cuánto está diciendo al hacerse cargo de transmitir esta idea y
que lleva a regiones de la subjetividad harto más importantes
que el carácter de medida o consejo ‘práctico’ para la crianza.
En efecto, las rutinas que un bebé necesita suponen ciertas
regularidades y ciertas previsiones para un sujeto en condicio­
nes tales que todo le es imprevisible o peor aun, impensable,
dado que está en un mundo absolutamente nuevo. Las rutinas
son otros tantos nombres de la fabricación de superficies: cabe
al Otro primordial ofrecer por medio de ellas los medios para
armar una cotidianeidad. Y, ¿qué es ésta, si no un sistema de
continuidades unificantes? Su validez se extiende lo menos
hasta la estructuración del fortlda, que posibilita simbolizar la
ausencia (la discontinuidad). Antes de ‘educar’ la formación
de hábitos, forma cuerpo. Vemos cóm o no hay bebé que no se
resista denodada e indignadamente a que se le desprenda
cualquier pegote de la cara. El enojo es universal, pero la
repulsa no es a la limpieza, sino a que lo despojem osíJcjina
parte sustancial de su cuerpo, la que lo cohesiona/
En las antípodas, puede verse en cualquier (lin y e ra ’ ]Á
necesidad de envolverse concienzudamente con diaríÓTc) con
lo que tenga a mano, la predilección por grandes ropones que
le permitan taparse, complementados con la proliferación de
pilosidades: capa sobre capa, en un trabajo de restitución
interminable (trabajo eminentemente cultural pese a sus aires
de marginalidad), a loque a su vez se agregan gran cantidad de
objetos en los bolsillos, figura inmortalizada por Beckett:
Ibasura, sí, pero es con esa basura, con esos desechos heterócli-
tos (olores, voces, pedazos de frases coaguladas en su sentido,
harapos de otrora espléndidas identificaciones, percepciones
fugaces de ínfimas tensiones posturales) que fabricamos nues­
tra corporeidad de seres deseantes. Es nuestro abono, ¿cómo
no entender el llanto airado y la repulsa del pequeño a la mano
que le saca los mocos o le jabona la cabeza? Para su nivel de
simbolización no se trata de ningún pegote extemo, forma
intrínsecamente su unificación en trámite.
Se ha hablado de fenómenos de este orden como que son
posesiones. Pero lo que hay que entender es que no son sólo
posesiones en el sentido yo/no-yo, aunque también llegue un
momento en que esto entre en juego: en un nivel más primi­
tivo no es tanto ‘esto es mío, no es tuyo’, sino ‘con esto es mí:
lo soy’. El verbo tener todavía cuenta poco. Medidas tec-
nocráticas, com o las erradicaciones y procedimientos sanita­
rios compulsivos a fin de ‘m ejorar’ el estatuto social de com u­
nidades marginadas, fundan en el desconocimiento de esta
problemática una licencia para su sadismo más o menos
‘reaccionario*.
La profunda y acendrada ignorancia (ignorancia mucho
más que intelectual, es decir, no remediable con un superávit
informativo) arrastra a interpretaciones racistas y reacciona­
rias de estas respuestas incomprensibles para una perspectiva
psico y socialmente epidérmica: ¿cóm o alguien puede ser tan
mal nacido que rechace elementos de confort nuevos y sobre
todo limpios, anteponiéndoles sus viejas ‘porquerías’? Pero
no se quiere entenderque los sujetos en cuestión no pueden re­
conocerse en su continuidad narcisista (tan trajinada además
por la migración y otras calamidades) en el ‘bienestar’ al que
se les coacciona. Idéntico mecanismo que el que esclarece el
porqué de tantas exigencias de regularidades en la transferen­
cia de ciertos pacientes: por qué una mudanza del consultorio
de su analista desencadena a veces toda una débaele (actua­
ciones incluidas) y hasta la imposibilidad de proseguir el tra­
tamiento. Si me explayo en esta fenomenología ‘de bazar’ es
a propósito, con miras a evitar una trivialización recurrente
donde se reifique el pequeño ejemplo de ‘a los tres meses
untan’, desplegando con holgura una gama verdaderamente
muy rica de acontecimientos verbales y no verbales, de
capilaridades cotidianas, a través de las cuales un sujeto se va
haciendo su cuerpo o lo restituye si lo ha perdido o, si nunca
lo ha alcanzado, a inscribirlo de manera consistente. Además,
tal gama previene de circunscribir la operación de constituir
superficies a un periodo breve y acotado, cuando lo planteo
com o invariante estructural.
Era por buenas razones que Winnicott insistía en el punto de
no tirar indiscriminadamente esos elementos a los que un
pequeño se aferra, aunque suelan oler mal u ofendan visible­
mente la estética familiar. Hay que andar con más cuidado, lo
podemos tirar a él. No sirve pensar en un objeto en el sentido
más cartesiano del término tomado en su contraposición con
una subjetividad: es objeto en todo caso en el psicoanalítico,
objeto paradójico porque bien podemos descubrir que en
realidad es el sujeto mismo en su corporeidad libidinal. Por lo
tanto, su pérdida traumática provoca desde una ruptura narci-
sista hasta una devastación detipopsicótico. La vulnerabilidad
en este punto es asociable a menudo con patología objetiva —
en lo manifiesto— de gravedad en el entorno, en última ins­
tancia ligada a fantasmas paranoicos que discurren por el eje
limpio/sucio. En una familia así, se descarga con gran violen­
cia esa temática delirante sobre el hijo sometido demasiado
pronto a políticas higienistas, cuyo principal efecto es destruir
una y otra vez lo que de superficie el niño ha ido levantando.
Los residuos que se lleva el agua no son sino él mismo en su
subjetivación más espontánea. Nuevamente insisto: estos ro­
deos tienen su razón de ser en la importancia, decisiva clínica­
mente, de mostrar la complejidad de lo que investigamos y
descubrimos, más allá de formulaciones atinentes al primer
año de vida. De hecho, las irrupciones patológicas de una
formulación defectuosa y precaria de superficies es muchas
veces bien tardía. Por otra parte, no es nada difícil localizar
manifestaciones de perturbación temprana al respecto. En los
niños autistas, estamos habituados a encontrar esbozos ampu­
tados, restos de superficies mal formadas, por ejemplo, lo que
psiquiátricamente se llaman estereotipias; vemos allí lo que
quedó de un niño jugando, índice además de que todavía
subsiste algo de un niño, ardiendo débilmente en el fragmento
mutilado de loque sería en otras circunstancias un movimiento
plenamente extendido en el tiempo y en el espacio. De manera
que no es azaroso que acudan figuras topológicas a la mente al
estudiar la formación del narcisismo, del mismo modo que una
niña como Laurie (Bettelheim) produce la impresión curiosa
y anacrónica de “saber” de la banda de Moebius.
Pregnante durante el primer año la actividad de hacer
bandas queda luego resignificada y recubierta por otras es^
tructuras, puesta al servicio de ellas, pasando entonces total-
mente desapercibida. Pero esto no debe en absolutoelítender-
se en el sentidode una desaparición: su subsistencia subterrá­
nea es indispensable a la existencia dol sujeto, casi diríamos
al mantenimiento de la ‘tensión’ que lo hace tal. El recubri­
miento es posible porque ya no es problemática para el niño
la constitución de superficies. No será entonces loque requie­
ra nuestra atención en la consulta por un pequeño neurótico,
en quien nos preocupan muy diferentes cosas. Pero, en prin­
cipio, nadie está a cubierto de que la intensidad regredientede
-una situación vuelva al prim er plano la problemática de hacer
superficie. Al respecto, los testimonios de quienes pasaron
por campos de concentración u otras formas de deteñcíoñsin
derechos legales nos aportan suplementos de prueba. ¿Q u ées
lo prim ero que se organiza en esa coyuntura, cuando"se desea
seguir viviendo, cuando no se han bajado los brazos y p r e ­
gado a la muerte? Nada más y nada menos que una rutina J ts
decir, algún tipo de banda, una superfj5a e ^ r u t i ^ l m m ^ a la
cual puede pasarse a otra cosaTD etam ism a forma, quien sale
de atravesar una enfermedad algo prolongada — lo suficiente
como para introducir una solución de continuidad en su vida
cotidiana— experimenta el goce del convaleciente: reencon­
trarse con sus lugares habituales, paulatinamente con sus
hábitos habituales, con todo loque la enfermedad había roto,
goce cuya delicia señala el reflujo del investimento libidinal
sobre territorios temporariamente desnarcisizados, abando­
nados a lo real. No dura mucho; la superficie recuperada de
lugares yde tiempos vuelve a hundirse en su silencio fiel. Pero
— si ninguna patología lo interfiere— siempre hay un lapso en
el que por sobre todo se privilegia el restablecimiento de la
vieja continuidad en donde el sujeto habita y se reconoce. Lo
que la antigua (aunque-aúi^sobreviviente) psicología estudia­
ba bajo el nombre.de hábito s ta r a nosotros, psicoanalistas, es
parte de una funciórTmucfío más trascendente porque consti­
tuye una retícula de sopones narcisistas en los que toda
subjetividad necesita apuntalarse. Es esencial a esa función
que no se piense en ellos, se hacen otras cosas, tal cual el bebé
no se preocupa por su madre.
Y con esto apunto a su génesis: son los herederos de la
función materna. Arriesgaría decir que toda la cotidianeidad
en su sentido de plataforma, qe apoyo, es heredera d é l a
función materna, y al insistir en esta nominación estoy dicien­
do que la cotidianeidad presupone además un desarrollo sim­
bólico ya muy sofisticado. En familias con un elevado poto»-
cial psicótico es posible observar en la clínica que el sujeto se
encuentre en la imposibilidad absoluta de prever lo que va a
ocurrir: no hay constitución de rutina; mientras que un neuró­
tico suele quejarse de ella y de las impasses que según él
ocasiona a su deseo.
En cambio, tanto en funcionamientos com o en diversos
trastornos narcisistas, la rutina es valorada de otra manera. En
el análisis de una adolescente pudimos descubrir cóm o su
expectativa constante de catástrofe, que era uno de sus sufri­
mientos más acentuados, estaba ligada a un dispositivo fami­
liar donde no había sistem as de rutinas configurados, lo cual
aclaró mucho para ella el carácter flotante, innominable, de
dicha catástrofe, rebelde a organizarse en alguna escena (lo
cual ya implicaría una considerable elaboración imaginaria).
Basados en ello, pudimos analizar luego cóm o repetía este
procedimiento por cuenta propia, por ejemplo, en su estilo
discursivo y en cómo no organizaba nunca su día. Si uno le
hubiera hecho contar en todas las sesiones con precisión cómo
pasó el día anterior, descubriría que ninguno era igual a otro,
porque tomaban forma sobre la marcha. A sí fuimos reconstru­
yendo cóm o dependían de contingencias, de encuentros calle­
jeros; en cierta ocasión uno de éstos la lleva a participar de una
reunión política: en creciente insight experimentó en un
momento dado una vivencia de extrañamiento al darse cuenta
de que la reunión política en la que se hallaba no tenía que ver
con la reunión a la que ella hubiera ido si se ocupase de política.
La moraleja es que, cuando no ha quedado una superficie or­
ganizada, hay que construirla (restitutivamente) día por día y
con lo que se pueda. Igualmente su llegada a sesión se pro­
ducía o no de acuerdo con itinerarios librados al azar.
W innicott llamó nuestra atención sobre la forma intuitiva
—dado que Freud carecía en ese momento de elementos
teóricos para fundamentarlo— , en la que se montó desde los
inicios una rutina de la situación analítica. Contemporánea­
mente, Lacan puso un énfasis crítico particular sobre deriva­
ciones secundarias e indeseables de ella: burocratización
formalista de la terapia, promoción de la rutina al ritual. Pero
lo primario está en otra parte: la cpníimudad es u n jwsgo,
diferencial del tratamiento psicoanalíticQ. Las razones
prácticas que sería obvio invocar ño alcanzan a explicarla;
hay razones más profundas: con sólo la estabilidad en un psi­
coanálisis no alcanza, como no basta con ningún otroelem en-
toconsiderado aisladamente, pero creo que ningún análisis se
puede realizar sin ese elemento: el apuntalamiento en la
continuidad. Para esto no se requiere que el analista se
imposte como ser excepcional: apenas que sea previsible,
“confiable” (Winnicott), así como lo imprevisible debe ser un
elemento fundamental para que su intervención tenga efectos
interpretativos. Esta combinación paradójica de estabilidad,
con sorpresa constituye una de las dificultades de la posición
del analista y, en el corazón mismo de la práctica, suministra
otra prueba de la función primordial que hemos reconocidoen
el origen del jugar.
8. LAS TESIS SOBRE EL JUGAR (II):
EL ESPACIO DE LAS DISTANCIAS ABOLIDAS

Pero debemos seguir adelante con nuestros descubrim ien­


tos sobre funciones del jugar mucho más tempranas y fundan­
tes que el célebre fortída, ligadas a la edificación del cuerpo
propio. Memos ya logrado establecer una primera donde se
trata, en definitiva, del trazado y la inscripción de una super­
ficie sin volumen y sin solución de continuidad: o com o dicen
los Letort: su flejjK jg jin im ü e r ^ s .
Hlay que agregar aún lo siguiente, matiz decisivo para que
la observación no nos lleve a engaño. Cuando vemos a un
chico, por ejemplo, em badurnando con papilla el sitio donde
come, no hay que pensar que está efectuando una intervención
sobre un objeto del mundo externo; lo nuevo que aporta el
psicoanálisis es la comprensión, la revelación, diría yo (pues
introduce una iluminación diferente en todo un campo de
hechos), de que en realidad trabaja como albañil de su propio
cuerpo. Es erróneo imaginar una separación, que todavía está
lejos de constituirse, del orden de cuerpo/espacio, cuerpo/no
cuerpo, etc.; todo lo contrario, en ese tiempo luego remoto el
espacio es el cuerpo, cuerpo y espacio coinciden sin desdobla­
miento. Por lo tanto, toda operación que el niño efectúa sobre
lo que un conductistaconsideraría un objeto externo, involucra
su ser más íntimo, vale decir corpóreo. La oposición interno/
externo en este nivel de desarrollo es una ilusión que el
observador adulto proyecta en la situación. Por eso la observa­
ción “ pura” sin la introducción de ciertas categorías del psico­
análisis indefectiblemente nos engaña. Sin contar con que,
además, la investigación clínica nos entrega pruebas concre­
tas de la ecuación (formulada explícitamente porS am i-A lino
hace muchos años) cuerpo=espacio.
En efecto, los relatos que en sesión nos llegan de las
vivencias correspondientes a estados de intoxicación con
alcohol o con drogas, repiten incansablemente, a través de sus
variaciones imaginarias, un motivo conductor: la abolición
(sería inexacto decir la pérdida) de los límites corporales. I .os
relatos nos hablan de un cuerpo que se ensancha fusionándose
al espacio circundante, hasta hacer coincidir los límites de
ambos.
La famosa ‘supresión de inhibiciones’ atribuida a ese
estado3* tiene que ver con tal abolición, con el levantamien­
to de la separación (que habitualmente creemos tan irreversi­
ble) yo/no-yo. Estos materiales clínicos hacen desaparecer lo
aparentemente enigmático de la ecuación mencionada. Debe
subrayarse muy especialmente, entonces, que para un niño
muy pequeño no hay ninguna operacíon sobre el espacio que
no sea una operación sobre su cuerpo. La idea de modifica­
ción aloplástica es totalnjem eioa^Iicable aquí.
• De otra manera, yrflanto indirect*N> más sinuosa, reencon­
tramos la cuestión b i Melanie K leinjen numerosos pasajes
repite que determimfch»-f>roceso-eftíc sucede en el mundo
interno sucede siempre simultáneamente en el mundo exter­
no. Es una forma desmañada de decirlo, porque si sacara las
consecuencias de su aseveración no podría sino concluir que
la oposición está de más, es una categoría que no funciona.
Este singular régimen de especialidad lo conocemos com o
la forma de especialidad inconsciente narcisista originaria
por excelencia, conceptualmente enriquecida bajo el nombre
deespaciode inclusiones recíprocas (Sami-Ali), especialidad
donde ninguna de las polaridades que luego van organizando
la vida del psiquismo están vigentes (yo/no-yo, sujeto/objeto,
externo/interno); ninguna está constituida. Espacialidad tam ­
bién bidimensional, pues está claro que para la constitución
de polaridades se necesita un espesor, la dimensión tridimen­
sional. Aplastado el espacio en una bidimensión, los dos
puntos de cualquier polaridad coinciden.
La banda de Moebius viene justamente a proporcionar una
ilustración conceptual de este espacio, al causar la inflexión de
su curvatura la desaparición de la oposición entre la cara
externa y la cara interna. Adrede acuñé la expresión “ilustra­
ción conceptual”, pues me parece más cercana al espíritu con
que Lacan la introduce, algo más que un recurso.visual
entretenido. Más seriamente, retorna el viejo esfuerzo analíti­
co para romper con la noción tenaz de un espacio que origina­
riamente naciese interno y externo. La adquisición de lo in­
terno/externo se hace por un proceso de simbolización bastan­
te trabajoso. Debería bastamos con registrar todas las luchas
que los niños libran por sus propiedades y por delimitarlas de
las propiedades ajenas. Cuando al respecto se dice que el niño
no poseería ‘sentido de la propiedad’, se incurre en una sim­
plificación asaz burda, pues más adecuado sería observar que
no se posee a s í mismo, demasiado incrustado en el cuerpo del
Otro como está. Además, este espacio de inclusiones recí­
procas es simultáneamente tiempo de inclusiones recíprocas
en la medida en que enfrentamos un orden en donde las
categorías del tipo pasado/futuro, por ejemplo, no han empe­
zado a funcionar. Tampoco es cierto que haya un perpetuo
presente; ésa es otra formulación defectuosa y excesivamente
influida por el proceso secundario. Acaso la mejor manera de
representar este régimen temporal es tomando el gerundio
habitual en inglés (como en playing, de Winnicott) que supone
algo que está continuamente siendo, un sucediendo.
Tras esta nueva ampliación podemos ya presentar la segun­
da función del jugar concerniente al scpnnrin momento en la
Estructuración delcuerpo. Si respetamos una secuencia tem­
poral que también nos permitirá ir de lo más sencillo a lo más
complicado, diremos que el segundo tipo de actividad a la que
se puede ver a un bebé entregado — no mucho tiempo después
su arranque del de la formación de superficies, produciéndose
así un encabalgamiento parcial— involucra una serie de jue­
gos de relación continente/contenido; por ejem pío/se podrá
observar en esta época al niño intentando agarrar la cafféracfc
la madre, sacarcosas de allí, o descubrir el interior de una caja,
^ x traeTcIcmentos v de volverlos?todo fleTmaTnanera msTsten-
te, absorta y repetida3y. Dicho esto, inmediatamente hay que
proceder a una salvedad: nos equivocaríamos, y mucho, si
pensásemos que supone (como primero se pensó), contenido
interno diferenciado del continente ‘externo’. Nuevamente
sirve aquí apelar al auxilio del concepto de inclusiones re­
cíprocas, dado que la relación entre contenido y continente
que descubrimos es totalmente reversible. Del mismo modo
que coloca un objeto dentro de otro, puede recolocar esos ele­
m entos a la inversa; la afirmación preconscicnte de que el
continente debe ser más grande que el contenido no tiene
validez en este nivel arcaico. Dentro del esquema de inclusio­
nes recíprocas cabe perfectamente concebir que el contenido
que es más pequeño que el continente pueda, sin embargo,
albergarlo a su vez. Es lo que el psicoanálisis se acostumbró
a reconocer en los fantasmas de devoración; por ejemplo, la
incorporación del cuerpo materno por parte del bebé que a la
vez funciona incluido en aquél. Aquí no rige que “el pez
grande se come al chico”, ya que el chico se puede com er al
grande también. Con lo cual deducimos que la relación
pequeño/grande no está planteada de la forma en que luego la
solemos encontrar.
En otros términos, la espacialidad prosigue bidimensional.
El siguiente juego ofrece una muestra explícita y es lo
suficientemente típico. Lo hace un chico de siete años, al que
su inconsciente lo retrotrae a una^structuración que ya no es
en él la dominante. De acuerdo con la escena, estamos ambos
en el interior de una nave espacial que el paciente llama,
echando mano de su cultura televisiva, “la nave madriza” .
Pero he aquí que, simultáneamente, él es una especie de
sunerrobot galáctico que devora la nave en cuvo vientre e s-
taba refugiado. La reversibilidad, tanto espacial como tem po­
ral, de las relaciones de continente/contenido —cuyo lazo es
de ambigüedad y no de oposición— , permite que la fantasía
proceda con toda naturalidad a esta clase de operaciones, que
se hallan en la base de lo que denominamos omnipotencia en
el imaginario infantil. Pero son muchos y muy importantes los
procesos psíquicos que llevan este sello específico de la
segunda función del jugar en el coito: toda vez que se alcance
un punto de real intensidad erótica, no es subjetivamente
decidible quién está dentro de quién (amén de que sería deci­
didamente contraproducente intentar resolver esta paradoja).
En muchos juegos que traen los niños a sesión, la equipara­
ción de lo pequeño y lo grande funda esas escenas en que el
sujeto derrota fácilmente a un contrincante gigantesco. A
postenori, esto sufre la infiltración de lo edípico y se asemeja
al mito de David y Goliat; pero, en realidad, en los niveles más
arcaicos se trata de otra cosa, pues las relaciones chico/grande
no significan nada demasiado consistente. Esto mismo se re-
pite en fenómenos que luego, en procesos psicóticos, pueden
tener una enorme intensificación como, por ejemplo, las fan­
tasías de ser succionado por el inodoro, donde nuevamente
extrañamos una discriminación, esta vez entre parte y todo, o
las vivencias esquizofrénicas en tomo a ser devorado por la
comida que se ingiere, muy directamente relacionadas con
cjertas anorexias psicóticas.
Estas leyes del funcionamiento psíquico más temprano y
más radicalmente inconsciente, previo a la separación diferen­
cial respecto del cuerpo del Otro primordial, hacen ver lo
erróneo de tantas versiones psicológicas simplistas, donde la
madre sena el continente y el niño el contenido. Incluso en el
embarazo no es nada raro constatar fantasmas reveladores de
que la cuestión es mucho más compleja, cuando una mu,ier nos
relata que para ella el feto que lleva adentro se la traga, locuál
suscita un montante de angustia que empuja al aborto, cuando
no a abonos a repetición, o por lo menos ocasiona una fuerte
ambivalencia hacia esa criatura en formación que no le deja
hacer nada, que ocupa todo su ser. La literatura ha inmortali­
zado esos espacios laberínticos sin salida (no hay otro lugar)
donde acaba uno por perderse sin remedio a falta de distincio­
nes como extemo/interno que, lejos de oponerse organizada­
mente, se intercambian recíprocamente.
Desde el punto de vista teórico debemos poner todo esto en
relación con loque llamo la segunda paradoja de W innicott, y
que reza más o menos asi: para poder separarse hay que estar
mnv unido, muy en tusión. es la fusión lo que permite (la con­
dición de) la separación y no al contrario. Laclínica abunda en
testimonios de los efectos negativos de la separación prema­
tura entre yo y no-yo que fuerza a categorizar esa diferencia
de algún modo. Esto altera la espontaneidad del pequeño
sujeto, y lo orienta compulsivamente a adaptarse al deseo del
Otro (por ejemplo, el de abreviar todo lo posible la fusión ori­
ginaria) que no es lo mismo que un genuino desarrollo
simbólico. A la vez, la diferencia que el pequeño se ve llevado
a jeconocer es tan abrumadora, que favorece la inscripción de
vivencias de impotencia y de vacío. Hay que pensar que la
dependencia del bebé es tan extrema y polimorfa — al no
agotarse en la atención de sus requerimientos biológicos—
que la única forma de soportarla es que no sea requerido a
tomar conciencia de ella hasta no haber logrado cierto
mínimo de autonomía. La función estructurante de la om nipo­
tencia temprana es justam ente en tanto protege al infans de
percatarse tan precozmente de que es O tro el que lo sostiene
y que ese O tro podría desaparecer, lo cual, si genera crisis de
angustia cuando cerca del año em pieza a reconocerlo, se
tornaría decididamente aniquilante a los pocos meses de vida.
De ahí la insuficiencia de una concepción exclusivamente
defensiva y psicopatológica de esa omnipotencia.
En términos más asimilables al funcionamiento adulto,
digamos que no soportaríamos nuestra existencia de ser
constantemente arrojados — y en un volumen amplificado
com o por un altoparlante— a tener presente que en cualquier
momento podemos morir, a no olvidar nunca la absoluta
contingencia de nuestra vida, su indefensión radical. Desde
ese punto de vista, decir ‘hasta m añana’ pone en juego la
misma omnipotencia que hemos rastreado en la vida fan-
tasmática del niño bajo formas más notorias y coloridas.
Tener presente la delicadeza y la importancia estructurante
de estos procesos fundados en el espacio de inclusiones
recíprocas, nos previene contra un excesivo hincapié que a
veces se hace en psicoanálisis en la discriminación tomada
com o valor. En este sentido, escuchamos descripciones clíni­
cas donde un sujeto vive en un estado de indiscriminación,
siguiéndose que lo deseable sería a través de un psicoanálisis
llevarlo a una inequívoca diferenciación yo/no-yo, etc. La
promoción unilateral de ideas así, sin preocupaciones de
contexto, pone peligrosamente nuestra práctica al servicio de
una ideología de la discriminación, que no atiende situaciones
en las que el paciente viene dañado en la medida en que se le
impuso una separación muy temprana, a través de una serie de
circunstancias y características de funciones maternas fallidas,
y donde una terapia centrada en la discriminación no hace más
que reforzar la repetición, iatrogenizando, cuando en realidad
un cam ino analítico mucho más plausible sería dar las condi­
ciones para que el sujeto hiciese una regresión en transferencia
a una posición fusional y, en todo caso, saliera de ella espontá­
neamente, no por vía y obra de una conducción del tratamiento
que en el fondo tiende a valorizar únicamente lo adaptativo.
Por obra y gracia de ese orden paradójico característico del
inconsciente, la segunda función del jugar pone de manifiesto,
en un espacio bidimensional, cierta dimensión de volumen,
contradicción que no hay más remedio que aceptar. En un
espacio plano donde aún no se ha producido lo diferencial del
espesor, se acusa inesperadamente un modo extraño del volu­
men, volumen reversible, que tan pronto surge como se desva­
nece, donde sin transición se pasa del continente con conteni­
dos a la desaparición del continente tragado, engullido por
ellos. Esta pendulación esencial causa confusiones. Desde esta
perspectiva se recuperan de una forma más entendiblc muchas
formulaciones y muchas descripciones vinculada^áTla ferio--
-¿«enología de las fantasías infantiles que inventahcLMclanie
Klcin^ftabemos del rechazo que suscitó y de las reservas-qtte-
aüTTpcrduran, aunque cualquier analista de niños las redescu­
bre. La dificultad central parece ser que ella las categorizaba
mediante un lenguaje demasiado tradicional para el objeto
entre manos, contra cuyas paradojas choca, algo así como si
uno de esos cuentos laberínticos de Borges se narrara en el
estilo minucioso, cotidiano y racionalista de Balzac. Por de
pronto, ésta es una de las propiedades del espacio que ella
redescubrió, que en un régimen bidimensional el volumen
com o rasgo del cuerpo del sujeto y del Otro primordial es algo
que a cada instante se insinúa sólo para deshacerse como un
edificio de arena.
Cuando esta segunda función no puede desplegarse por
causa de imposición de la diferenciación, el niño nuevamente
resulta agujereado; así lo encontramos a través de diversos
fantasmas psicóticos, acribillado, perforado de un modo
irremediable muchas veces. La obra de los Lefort nos ha
vuelto especialmente sensibles a este punto. Que esa irrever-
sibilidad resulte limitada a vivencia subjetivadel paciente que
la sufre o quede confirmada por el tratamiento analítico, es
cosa sólo contestable caso por caso, entre otros factores por
depender tanto del momento en que el análisis interviene en
la situación. En patología temprana los períodos críticos son
mucho más definitorios. Como lo sabe en términos prácticos
cualquier terapeuta, no es lo mismo tom ar un paciente que ha
atravesado varios brotes, varias internaciones, varios infruc­
tuosos tratamientos, que hacerlo antes de que todo esto se pro­
duzca, de manera que ninguna respuesta unívoca es válida.
Pero también debemos precavernos del error de homologar
‘frágil’ — término que conviene a lo expuesto del bebé como
a lo que teje el factor temporal en las perturbaciones tem pra­
nas— con ‘incurable’, equivocación proveniente de un es­
quematismo psicopatológico harto com ún, según el cual las
neurosis son lo más leve, idea cuya fundamentación no va
mucho más allá de un prejuicio.
Hay mucho que objetaren este esquema. Por ejemplo, no
faltan testimonios sobre perturbaciones psicóticas o narcisis-
tas de gravedad que se han curado solas en el curso de la vida
de la gente, ‘solas’ en el sentido de carentes de toda ayuda
especializada, cura apoyada en circunstancias de la existen­
cia, en imprevistos (para la compulsión de repetición) de tipo
histórico que ‘dieron vuelta’ una predestinación mítica me­
diante la irrupción del acontecimiento. Por lo mismo, la
fragilidad juega en ese caso com o factor de ayuda al implicar
una permeabilidad al medio que en cam bio sería vano esperar
en las formaciones neuróticas. Entonces, el eje gravedad/
levedad, intersectado por el de curabilidad/incurabilidad es
insuficiente por sí solo. Olvida que una de las cosas más
incurables de este mundo es una neurosis largamente (o
precozmente) cronificada: no matará, pero no tiene ninguna
posibilidad de remisión espontánea y se muestra inaccesible a
las influencias de la vida, mientras que un paciente, cuyo
equilibrio narcisista es mucho más precario formalmente,
tiene en esa labilidad una ocasión de cambio, siempre que se
dé un encuentro favorable en el plano objetal (en el plano
relacional pero sobre todo en el del Otro como lugar). El nivel
del acontecimiento en el plano transferencial tiene un peso
desconocido en las neurosis graves, donde prima la actualiza­
ción de lo preexistente.
Me he detenido y extendido en este punto porque conside­
ro fundamental oponerse a la correlación apresurada que esta­
blece una proporcionalidad, donde la neurosis es a la curabi-
lidad com o la psicosis a lo inmodificable, a lo que no tiene
remedio. Esta proposición es demasiado rectilínea. Igualmen­
te, creo que debemos rechazar el hacer de la neurosis un ideal
(por ejemplo, un ideal terapéutico deseable com o meta en el
tratamiento de las psicosis), olvidar que se trata de una patolo­
gía y que un sujeto puede quedar absolutamente imposibili­
tado de hacer nada libidinalmente productivo en su vida a
causa de una severa neurosis, y confundir lo difundido, loque
es común con la dimensión problemática y suplementaria de lo
saludable.
Acostumbrémonos a pensar y soportar mejor la diferencia:
la neurosis tiene su propio eje y la psicosis^U uyo. Levedad y
gravedad son internas a cada campo, independencia que no
significa encasillamiento clasificatorio (demasiado frecuente
en el estructuralismo contemporáneo) ni excluir sus interac­
ciones y sus reglas de transformación que permiten desde la
coexistencia de ambas en una subjetividad, hasta el pasaje que
alguien realice de la una a la otra. Lo único excluible es la
simplificación que he analizado.
Teniendo a la vista estas dificultades he optado con el tiem­
po por hacer un uso muy parco de la referencia a las estructuras,
que suelen convocarse hoy a cada momento y para todo.
Prefiero, siguiendo a Nasio, hablar deform aciones clínicas?
considerablemente más flexibles, toda vezque la acepción que
ha ganado terreno en psicoanálisis (en lo que a estructura
concierne) nos coloca en un corsé metodológico que impide
pensar muchas cosas, contra la tendencia contemporánea en
la ciencia que valoriza la transformación energética y conser­
va aquél, pero no sin relativizarlo. En cambio, el concepto de
formaciones es un término más libre de compromisos meta-
físicos y permite, sobre todo, pensar en la heterogeneidad,
pensar la combinación de aspectos neuróticos y psicóticos en
un mismo paciente, y superar a la vez cierta relación lineal
preestructural, pero sin excesivas fidelidades al principio de
identidad que, de un modo desconcertante, gravó la introduc­
ción del análisis estructural en el psicoanálisis. El concepto de
formaciones — más afín al escaso entusiasmo de Freud por las
tradiciones psiquiátricas a las que era ajeno—40 posibilita
sostener a un tiempo la diferencia que hace a neurosis y
psicosis tener cada una su propio desarrollo y el hecho de su
entrecruzamiento, sea efectivo sea una latencia en la subjeti­
vidad, lo cual nos ahorra esa deshistorización que conviene a
la estructura en una nueva entelequia.
Pensar así diversifica problemas, ayuda a reconocerlos
mejor. Por ejemplo, la neurosis tiene su propia gravedad, la
psicosis tiene la suya, y no se confunden la una con la otra,
pero por otra pane su coexistencia ambigua en un mismo caso
nos enseña que también hay caminos que llevan de una a otra,
caminos que no coinciden con los de la gravedad que, en su
propio campo, cada una exhiba. El diagnóstico diferencial en
transferencia — única forma psicoanalíticamente válida—
conoce estas arduas polimorfías, que lo tornan a menudo tan
inseguro, por grande que sea la pasión por estructurar. En el
mejor de los casos, tenemos con él un mapa móvil donde se
configuran y desconfiguran las estabilizaciones. Retengamos
este modelo posible, más cinematográfico que el del cuadro,
al cual, al decir estnictura, seguimos (disimuladamente)
demasiado atados. Pero estamos en la época del cine hace ya
mucho tiempo; podríamos incorporarlo. El inconsciente se
aviene bien a la práctica del montaje, mientras que el cuadro
(la toma) no es ninguna unidad en sí. A la vez que ser más
justos con la variedad de las producciones psíquicas, proceder
así nos ahorra el inútil esfuerzo de hipostasiar por decreto, a
priori, tres estructuras, para a continuación empezar a inven­
tar términos, ‘prepsicosis’, ‘locura’, etc., a fin de acomodarse
a la fastidiosa realidad de que el material con que nos medimos
es ajeno a nuestros deseos de sistematizar, el material es
rebelde, se resiste, el inconsciente se resiste a la estructura­
ción, el inconsciente es siempre lo que subsiste tras una estruc­
turación teórica. La aporía del nuevo formalismo en psicoaná­
lisis es que apuesta a estructurarlo todo, pero com o el costo de
estructurarlo todo es la desaparición del inconsciente y la
carencia de objeto a estructurar, hubo que ‘abrir’ lo que
previamente se había clausurado, e introducir lo real en una
versión ad hoc, demasiado tarde para modificar por dentro la
situación. Poresose ha llegado a una extraña convivencia entre
una taxinomia maquillada por los tics estructuralistas y el
cultivo de una moderna forma de acting ota a cargo del
terapeuta: las intervenciones en lo real, que terminan por abolir
el campo de significaciones a fuerza de cono circuitos.
Retornemos a la singularconformación continente conteni­
do a la que nos hemos dedicado. También en el cam po trans-
fcrencial se repite un destino de ella que no es el mejor 4I,
cuando el analista impone demasiado que es él quien da al pa­
ciente la interpretación, imposición otra vez prematura favo­
recida por el esquematismo psicológico dar/recibir (que la
teoría de la comunicación emplea hasta el cansancio, sin ad­
venir lo que tiene de lugar común). La consecuencia es que el
paciente se constituye en permanentemente agujereado. Es el
analista quien lo ‘llena’ con sus palabras; el paciente no crea,
no participa en la producción de las interpretaciones; el proce­
so entero queda muy alejado del analítico fundado en un espa­
cio transicional, donde no se sabe bien ni interesa de quién es
la interpretación; se puede decir aproximativamente que se ar­
mó entre los dos pero no reconoce unívocamente un autor.
Si se estructura una situación transferencial en donde el
analista se polariza como el autor y continente, y el paciente
como el receptor y el contenido, permanentemente agujerea­
do por otra parte, triunfa la repetición de una pauta temprana
en la estructuración continente contenido caracterizada por
cierto daño en su necesaria reversibilidad.
Una circunstancia excepcional nos fuerza a volver al estu­
dio de aspectos de la función parental que permiten, sostienen
o interfieren en esta segunda inflexión del jugar. Varios ana­
listas han tenido la ocasión de caracterizar a través de su
trabajo con niños, un tipo de función materna descrita com o
errática, con un alto grado de imprevisibilidad, función m a­
terna errática que, para empezar, ya provoca problemas en la
construcción de superficies, al especificarla el no estar allí
donde (y cuando) se la busca. Varios autores han coincidido
en señalar que este comportamiento inconsistente de la fun­
ción es por lo demás más patógeno, en lo que hace al menos al
narcisismo temprano, que una movilidad más continua pero
menos errática, estilo de la intervención del Otro que trae sus
perjuicios, pero al menos más pronosticable. En el contexto
de la errancia, el chico se ve coaccionado a adaptarse a una
diferenciación prematura entre él y el cuerpo materno; pasa
dem asiado pronto por experiencias de agujereamicnto, en la
medida en que no existe fluida reversibilidad de continente a
contenido. Reconstruimos condiciones así en la historia in­
fantil de muchos adolescentes drogadictos: éste es el aguje-
reamiento que luego se intenta colm ar con la droga en busca
de restituir cierto bienestar siempre frágil y perdido desde el
comienzo. Tengamos en cuenta que, en psicoanálisis, ‘bien­
estar' es algo cualitativamente otro que una sensación pla­
centera: decir ‘bienestar’ es significar un bien ocupar (en el
sentido de la Besetzung) poder instalarse en un lugar a partir
del cual construirse subjetivamente, poder mantener una po­
sición dentro de ciertos sitios libidinales simbólicamente
determinados.
La clínica psicoanalítica, a través del trabajo en sus nuevos
territorios, evidencia que la diferencia yo/no-yo forzada de
modo prematuro — al ritmo de la función en vez de alcanzada
espontáneamente ajustándose al ritmo de los procesos psí­
quicos del niño— , obtura y complica el desarrollo. Es muy
común en nuestra práctica cotidiana (y esto vale también para
pacientes adultos) tropezar con patologías que se podrían
llamar es decir, especificadas porel adherir­
se desesperadamente a algo y/o a alguien, modalidades que
en muchas ocasiones definen un tipo de existencia. Lacompul-
sividad y la angustia de caída es lo más notorio en tales
patologías, por lo demás en absoluto siempre groseras y
espectaculares, pues se dan también en muy sutiles equilibrios.
Un ejemplo trivial es cierta interferencia en el jugar ligada al
estar pendiente de aquel a quien el niño está com o colgado, lo
que bloquea seriamente la espontaneidad o por lo menos
reduce su alcance. El análisis demuestra que muchos de estos
sujetos vivieron la imposición de la diferencia cuando ésta era
aún insoportable. El conceptode “alteraciones del yo” (Freud)
se ha visto muy enriquecido en sus contenidos y en su denota­
ción por el relevamicnto minucioso de éstas y otras problem á­
ticas que no encajan cómodamente en la santísima trinidad
estructuralista.
La pregunta por lo soportable, por lo que se tolera sin
alteración patológica es muy importante en la clínica con
niños y adolescentes. Sabemos que el trabajo histórico de la
simbolización siempre debe considerarse sobre la base de un
fondo de angustia, trátese de inscribir la diferencia sexual,
constituir la separación del yo/no-yo, o tom ar las primeras
disjanrins.il la madre. Pero hay esenciales variacio­
nes. Melanie K lem jnsistió con mucha energía en la cuestión
'del quantum de angustia soportable para el psiquismo tempra­
no (de acuerdo con un complejo interjuego entre las series
complementarias) y en el peligro consiguiente de operaciones
defensivas que a la postre resultan pcijudiciales. Al fin y al
cabo eso tra paradoja: las defensas 110 sólo protegen: traspues-
to cierto margen son iatrogénicas, y el estudio que la misma
Klein hizo sobre las disociaciones excesivas conserva todo su
interés.
Esta referencia tiene un alcance general, se extiende a
cualquiera de las crisis en el desarrollo de la estructuración
subjetiva cada vez que se debe levantar algún mojón. Invaria­
blemente, el factor temporal interviene dando por resultado
que cuando la simbolización se fuerza inoportunamente, el
coeficiente de angustia es tan grande que aquélla se alcanza, sí,
pero a un costo muy alto, mensurable en escisiones, en forma­
ciones de reacción de inusitada rigidez y violencia. La delica­
deza, marca de fábrica de los procesos más arcaicos, es un
factor tanto más problemático cuanto que no nos es posible
poner fechas genéricas; son fechas propias, secretos de cada
subjetividad. Pero desde ya es posible pensar en secuencias:
cuando no está estabilizada una estructura precedente, dar el
siguiente paso eleva más allá de lo aconsejable ese monto de
angustia mencionado. Si alguien no logró hacer una superfi­
cie lo suficientemente continua, ¿cómo y con qué emprenderá
una diferenciación radical del cuerpo materno que amenaza
desintegrarlo?
Es por eso mismo que el jugar representa una función tan
esencial, en el ejercicio de la cual el niño se va curando por sí
solo respecto de una serie de puntos potencialmente traumá­
ticos. A llí donde las fracturas, las interferencias del mito fa­
miliar dislocan las simbolizaciones incipientes atacando el
proceso del jugar, el sujeto ya no dispone de ese su único
recurso de asimilación, gravedad que supone un impedimen­
to a tal extremo que se enuncia en una relación directamente
proporcional: a mayor deterioro patológico, mayor es tam­
bién la imposibilidad en el juego: el caso límite es el autismo
donde la función se anula y se defomia casi por completo.
A lo largo del proceso de estructuración y en la medida de
ella, el jugar se va resigniücíuido, lo que debemos recordar
para no interpretar mecánicamente situaciones lúdicas sobre
la base de lo que ‘vem os’, es decir, sobre la base de un reduc-
cionismo conduetista del significado que aísla secuencias jjel.
contexto que las esclarecería. Por ejemplo, la fabricación de
continuidades en'superficie pasa luego a ser material de la
angustia de castración; el daño al cuerpo en banda se transfor­
ma en injuria imaginaria en el nivel fálico, básicamente refe­
rida a los genitales. Por su parte, la relación de indiscrimina-
ción continente contenido se puede convertir en otro tiempo
soporte de la fantasmática edípica bajo el imperativo deseante
de recibir un hijo del padre. Por todo esto, tanto más esencial
es que no se produzcan interferencias de importancia que
también obstaculizarían el trabajo futuro de la resignifica­
ción.
La comprensión de estos procesos nos da una pauta mucho
más valiosa en la dirección de la cura, que el afán de poner al
paciente bajo un cartel que lo nomine como de una estructura
u otra. En el fragor de la clínica, una excesiva memoria de tal
rotulación, una sobreestimación de su utilidad, nos perjudica
en la tarea. Desde posiciones teóricas muy diferentes, Bion y
Nasio advirtieron sobre el riesgo, para el pensamiento en
psicoanálisis, de quedar dependientes de conceptos en el fondo
demasiado macroscópicos, que a veces conforman unidades
que más bien debemos problematizar. El culto al principio de
identidad que subtiende clandestinamente estos procedimien­
tos (el paciente X ‘es’ psicótico) no es ciertamente el aliado
mejor para quien conduce un psicoanálisis. El método que
hacemos nuestro se procesa de modo más fecundo apartándose
de nominaciones globales y masivas (que en todo caso, como
la síntesis, habría que dejar para después del final). A prehen­
der, por ejemplo, si el niño al que asistimos tiene o no cuerpo,
si éste está sólo parcialmente separado, si está implantado en
una demasía de falización del cual no puede salir, es mucho
más operativo que discurrir por los monótonos carriles de
neurosis, perversión, psicosis, especialmente cuando hay poco
tiempo, como en el trabajo institucional, donde el analista se ve
presionado y debe evitar que la vocación nosológica de todo
sujeto devenga un primer acto de iatrogenia.
Trazado el rodeo de estas salvedades, se puede decir que la
referencia psicopatológica es muy importante, siempre y
cuando se reconozca la poca importancia que tiene; sin sus
categorizaciones faltaría cierto mapa y por eso el psicoanálisis
no pudo desprenderse por entero de los encuadramientos
psiquiátricos. El psicoanálisis fue mucho más permeable con
la psiquiatría que la psiquiatría con el psicoanálisis. Se pueden
encontrar psiquiatras intransigentes con el psicoanálisis, pero
es más difícil encontrar un analista realmente intransigente con
la psiquiatría. Sin ciertas categorizaciones nos perderíamos o
no podríamos teorizar; nos perderíamos en una serie de prácti­
cas caseras, de artesanías de momento, pero no hay que dar por
esas categorizaciones más de lo que valen. Nuestro nivel de
teorización más valioso, en cuanto sistema de abstracciones
específicas, está constituido por lo metapsicológico — inven­
ción totalmente analítica— y no por la pslcopatología que se
mantiene en un plano intermedio, codificación de rafees m í­
ticas, vía de pasaje de ordenamientos tradicionales, cuyo ver­
dadero nivel es más técnico que científico (en el sentido en
que, por ejemplo, existe un cuerpo técnico de procedimientos
culinarios cuyo grado de formalización, aun cuando implique
regularidades y hasta exactitudes, no está en un pie de igual­
dad con las leyes de la física o de la genética).
Es parte de nuestra ética el deber de recordar que hay cosas
más peligrosas que la inexactitud: una de ellas es la apariencia
de exactitud, la exactitud simulada. ThcodorReik ya lo había
dirimido. Es inútil esperar del estructuralismo psicopatológi-
co al uso (cuando no psicopatologista) que haga algo más que
dar un ropaje formal a lo ya averiguado por la clínica. La pro­
ducción de conocimiento sólo la puede concretar la reflexión
metapsicológica en psicoanálisis.
9. LAS TESIS SOBRE EL JUGAR (III):
LA DESAPARICION SIMBOLIZADA

La segunda función del jugar conduce a la formación dgjin


tubo, tubo caracterizado por una relación de continente a
contenido, en cuyas particularidades nos hemos detenido a fin
de dejar en claro cómo no coincide con la tradicional delim i­
tación imaginaria interno/externo. El efecto de entubamienjo
se pone de manifiesto en infinitos juegos dé inclusiones de
unos objetos en otros, modalidad del agujero descubierta por
el psicoanálisis y fundamental en la construcción del cuerpo.
Simultáneamente localizamos una actividad primordial de
horadamiento y de extracción practicada sobre el cuerpo del
Otro (por lo tanto, del mito familiar) por parte del pequeño
sujeto, praxis en cuya originariedad se forma la pulsión; Ja
pulsión está estrechamente enlazada a esa actividad de arran-
camiento. Nuevamente tenemos que referim os a la importan­
cia de releer cop'ffíucha ateñcuSlwm este contexto todos los
descubrimicntíí^dc Melanie Klein, qye fundamentalmente se
centran en este pequeño ser txfirm rdeando, agujereando,
cavando, sacando del cuerpo materno.
No nos hemos pronunciado aún en todo este decurso por
cuál vacilación terminológica nos inclinaremos a la hora de
ubicar estas tempranísimas funciones del jugar en relación con
el concepto de narcisismo y sus necesarias diferenciaciones
internas. Prefiero reservar la designación de primario para
todas aquellas actividades que conducen a la protounificación
corporal, dejando a uno y otro lado de él una dimensión de ori­
ginariedad y el narcisismo secundario. Reúno en éste lo acos­
tumbrado: operaciones de reflujo desde lo objetal que ya
suponen un lugar (no corporal) al cual se puede retornar. En
cuanto al narcisismo originario (el narcisismo primario abso­
luto de Freud) se trata de una referencia indispensable en la
medida, me parece, en que nombra la pulsión de vida en su
registro límite de lo simbólico, cualifica lo constitucional,
localiza la tendencia inherente a la materia viva de crecer y
desenvolverse. Explícita así futuras relaciones de apuntala­
miento y su vigencia clínica se justifica cada vez que el
pronóstico o el desenlace de un tratamiento manifiestan su
dependencia en última instancia, pero radical, del deseo de
vivir. Todos estos subaspectos a su vez exigen noconfundirle.
en su conjunto, con el complejo de Edipo, que se apoya y
realiza sus propias transformaciones del narcisismo, particu­
larmente del secundario.
Efectuada la remisión, tercera función, tercer viraje: su
punto de partida o su plataforma de arranque lo da encontrar
el cuerpo en un estado de relativa continuidad como superfi­
cie y además entubado a través de ciertas relaciones oscilato­
rias continente contenido, que insinúan el pasaie al volumen,
aunque de una sorprendente rebatibilidad: todos estos logros
son frutode un intenso trabajo subjetivo durante el prim er año
de vida y, de plasmarse consistentemente, dejan al infans
bastante a cubierto de destrucciones autísticas, depresivas o
psicóticas.
Cuando decimos superficie sin discontinuidades graves
podemos recurrir también a lo que nos enseñan las enferm e­
dades psicosomáticas, en las que aquélla queda comprometi­
da tempranamente y algún órgano sufre agujereamiento. Vale
recordarlo porque éste se manifiesta en muchas patologías
formalmente no psicóticas. El concepto (o la modificación)
de forclusiones locales, forjado en los últimos años, es otra
alternativa convergente con la nuestra.
La tercera función del iuear (oue hasta hace poco fue
considerada com o primera)42 aparece generalmente en el
último cuarto del prim er año: conviene señalarlo porque, por
supuesto, com o todos los fenómenos, tiene un período de
aparición más o m enos fluctuante, y luego uno de despliegue
en el que se da una serie de repeticiones, impasses, saltos hacia
adelante, destinos, según esa función se consolide o no. Pero
es importante conocer aproximadamente, pese a aquella flota­
ción, su tiempo esperable de emergencia, ya que nos brinda un
criterio precioso de evaluación clínica: cuando nos traen un
niño de cierta edad tengo derecho a suponer que se han
cumplido en él determinadas funciones dentro de cienos lími­
tes. Si no las encuentro realizadas (o de un modo asaz inestable
y precario) debo aplicar mi escucha en ese punto específico
para descubrir qué sucede; por tal causa, no nos es indiferente
la cuestión del tiempo de aparición de una operación simbólica
que debem os separar nítidamente del tiempo de repetición
necesario a su consolidación.
La forma más sencilla y segura de detección de esta tercera
función del ju g ares a través de juegos de escondite, pequeñas
prácticas de aparición y desaparición, muy típicas por j o
dem ^Ty^eduplicaH as por~él adulto Son el principio mPun
largo cam ino que desemboca en juegos más complejos, regla­
dos inclusive, en los que el goce en ocultarse se mantiene
esencial. Merece insistirse sobre lo significativo del viraje: la
desaparición que hasta ese momento no provocaba ningún
placer o bien causaba angustia, pasa ahora a ser un aconteci­
miento libidinal, el niño ‘se mata de risa’ y reclama la repe­
tición.
En torno a esta operación simbólica se despliega una
multiplicidad de jugares que conviene inventariar: por ejem­
plo, “ dejar caer cosas”(Winnicott), primero soltándolas, más
adelante, cuando ya se alcanzó un cierto dominio de la motri-
cidad por un lado y de este tipo de simbolización por el otro,
el placer de arrojarlas con fuerza se vuelve preeminente. Por
una parte, este juego está ligado al destete, cuando la red de
compulsiones sociales (médicas, laborales, etc.) no lo interfie­
re en demasía. Sabemos desde Winnicott que “destete” desig­
na un proceso complejísimo, irreductible al hecho anecdótico
de dejar de mamar. Por otra parte, este mero dejar de mam aren
un sinfín de ocasiones poco y nada tiene que ver con la
operación simbólica efectiva, porque se produce en esos casos
— por mandamientos de origen mítico o ‘científico* (véase el
cronometraje pediátrico sobre el lazo boca-pezón)— en tiem­
pos del desarrollo tales que no puede tener ninguna significa­
ción psíquica útil para la estructuración del sujeto.
La célebre definición de W innicott del destete com o “dejar
caer cosas” es muy sapiente en su sencillez y amplitud. Su
principal mérito es poner el asunto sobre sus pies: es el niño
quien se desteta, cuando encuentra el mínimo necesario de
colaboración por el lado de la función; contra los clichés
míticos que lo imaginan sólo deseando la fusión, espontánea­
mente la va haciendo a un costado de m odo imperceptible: es
un acontecimiento muy poco dramático si nadie lo interfiere;
sucede finalmente en techas que pueden estar cerca de los dos
años, el año y medio o el añ o ... depende del niño y de una serie
de situaciones. Es muy raro verlo actualmente com o proceso
en lo fundamental ritmado por las iniciativas y los emprendi-
m ientosdel pequeño; lo usual es encontrarlo tan manipulado
por la industria, la medicina, la psicología en sus formas de di­
vulgación que han logrado conjuntamente un sistema de in­
tromisiones tan patógeno, que no e s ajeno probablemente a
ciertos violentos retornos de la oralidad propios de nuestra
época, modulados com o adicciones.
En esas condiciones que dem asiado a menudo nuestra
práctica cultural vuelve ‘ideales’, el dejar caer cosas jugando
—jugando el desinvestimento, el olvido en su modalidad más
saludable— se vincula a lo que Freud llamaba “represión
originaria” (sin agotarla en sus instancias).
El otro gran avance en esta concepción no conductista del
destete es no centrarlo exclusivamente en el acontecimiento
oral, pues es mucho más que eso, cubre toda una serie de
aspectos en la vida del sujeto. Tan legítimo como en su
circunscripción primera es localizarlo también en los juegos
de ‘taparse’ ya mencionados, que tematizan una desaparición
ahora gozada y el desprendimiento trascendental de la mirada
del O tro y de su ligadura fuerte con el ser: soy mirado, existo.
Lo escópico es así tan decisivo en la operación jugada del
destete como la oralidad clásicamente establecida, al punto
que hoy en el psicoanálisis para todo lo que hace al primer
tiempo del narcisismo ‘seres ser m irado’, ‘soy mirado, luego
existo*; la mirada tiene tanta importancia com o lo oral que se
priorizó más en psicoanálisis. Hoy ya no es del todo correcto
el concepto de una primera etapa oral. Parecería más exacto
referirse, en todo caso, a un tiempo de la constitución desig-
nable como(§ral vjsuafiftie hace mayor justicia al intrinca­
m iento pulsional. Existe entonces también un destetarse de la
mirada materna: esos momentos fugaces, escenas que en lo
fáctico duran segundos, cuando un chico se deja caer o deja
caer la mirada que lo sostiene, escapa y reaparece con el goce
duplicado del escondite y del reencuentro. Trátase aquí de un
verdadero fenómeno de destete porque se está produciendo
una separación fundamental yo/no-yo, partición simbólica,
escisión básica de laque depende toda la proliferación imagi­
naria sobre lo externo y lo interno. Triple desprendimiento,
podríamos decir; ruedan por el suelo la mirada, el seno... y el
sujeto mismo.
Esta nueva adquisición, la capacidad de desaparecer, se
vuelve decisiva para la cuestión de que haya algo real: algo es
real sólo a partir de que demuestra y hace valer la posibilidad
efectiva de su desaparición, tanto desde el lado del sujeto
com o del objeto. El niño cobra conciencia de este flamante y
extraño poder que va independizando su consistencia de la
presencia concreta del Otro primordial; pero asim ismo aquél
adquiere la cualidad de lo condicional4'. La investigación
analítica ya ha demostrado abundantemente la articulación
esencial entre este nuevo orden de cosas y un mucho más
elevado montante de angustia respecto del hecho de que los
estados fusiónales eran ilusorios o al menos finitos... hay un
marcado aum entoen la sensibilización al potencial de ausen­
cia que ahora late en cada encuentro, clínicamente objetiva-
ble en lo explosivo de las manifestaciones de angustia en el
pequeño cuando, en las postrimerías del primer año de vida,
em pieza a franquear este reposicionamicnto con respecto a
cóm o lo encontrábamos unos pocos meses atrás. Pero por otra
parte también y por primera vez, se constituye un par oposi-
tivo presencia/ausencia antes inexistente: cuando alguien
desaparecía no estaba incluida la posibilidad de su retorno.
En cambio, cuando aún no se dan al menos los albores de
esta categoría, toda separación que se le im ponga al sujeto no
tiene ningún efecto positivo o productivo sobre su aparato
psíquico. Sólo causa daño o, como mínimo, plantea exigen­
cias de trabajo prácticamente imposibles de tram itar sin alte­
raciones del yo44, al nivel del primitivo yo corporal inclusive.
Varios autores han señalado, como Lefort y Tosquelles, la
incidencia de tempranos abandonos en el desencadenamiento
de meningitis u otras enfermedades infecciosas graves, sin
contar las secuelas depresivas, con frecuencia de no desdeña­
ble importancia. Treinta años después pude verificar en un
paciente la repetición crónica de pequeñas — a veces apenas
perceptibles— diarreas que eran en realidad todo un testimo­
nio de una gran diarrea de lactante que duró dos meses y puso
en peligro su vida, consecutiva a la partida de la madre para
un largo viaje. Reformulándolo, antes de que exista la catego­
ría presente/ausente, el hecho de la separación no puede
simbolizarse, y por ende va a retom arcom oreal en bruto, bajo
la forma de destrucción corporal o alguna otra suerte de
agujereamiento patológico.

Por el contrario, esbozada la nueva operación simbólica


(insistoen esta presentación procesual porqueel uso indiscri­
minado, sin contrapesos ni mediaciones, de cierta inflexión
del estructuralismo ha redundado en la pérdida de sensibili­
dad clínica a las fluctuaciones de la duración; al hecho pon-
derablede que un niño, antes que en la rigidez binaria vive por
largo tiempo en el plano del todavía no, pero ya sí), la angus­
tia lentamente vira hacia su utilización posible como señal,
una de cuyas primeras aplicaciones es su apronte a los
menores indicios de que el Otro se dispone a partir. Forma
parte de este tránsito, de esta profunda modificación subjeti­
va, que la nueva simbolización de la separación sólo se
sostiene por períodos limitados; si se olvida esta temporarie-
dad luego es inexplicable, por ejemplo, que las vacaciones de
un analista desaten en determinados pacientes respuestas tan
destructivas para el tratamiento y para sí mismos, llegando a
destituir para siempre la viabilidad del psicoanálisis. Sencilla
pero desgraciadamente, estas vacaciones ocurrieron antes de
que estuvieran algo elaboradas en transferencia antiguas situa­
ciones de agujereamiento.
El primer fenómeno regularmente destacable de esta época
o de este tiem po lógico fue reconocido y bautizado por René
Spitz com o angustia del octavo mes, exteriorizable ante el
extraño. Sobre ella, Sami-Ali nos enseñó que, más que loque
la descripción connota (que limitaría al psicoanálisis demasia­
do a lo observacional), esta angustia es un índice de que se está
inscribiendo por vez primera algo como extraño a la madre. En
efecto, un bebé pasa de brazo en brazo sin inmutarse mayor­
mente por la diñriencia: para él todos los brazos son los de la
madre. May aquí una confusión a evitar. Dado que la relación
del padre con el infans puede ser muy activa desde el comienzo
de la vida siempre que el padre así lo quiera, un bebé lo
reconoce muy pronto, de hecho casi tan pronto (si excluimos
ciertos canales corporales) com o a su madre, y da señales
inequívocas a los pocos meses de diferenciar muy bien entre
uno y otro en tanto personas. Pero esto nada quita al punto de
que, en lo que concierne a las categorías simbólicas que se
están manejando, todos son madre; todo es madre. El padre no
escapa a este englobamiento. El viraje de la función paterna a
delimitar un Otro de aquélla es algo que todavía no se ha
constituido, lo cual en absoluto resta importancia a la presen­
cia deseante activa del padre.
La escritura psíquica del extraño, la mutación que experi­
menta el mismo al que poco antes sonreía y que ahora le
provoca llanto, configura otro trazo fundamental en la opera­
ción destete, forma pane de su esencia. Es una escritura que
requiere una lectura cuidadosa para no pasar por alto su
multiplicidad de matices. Dice algo del tenor de “ si no todo es
madre, si hay elementos no madre, al menos uno, basta con
uno, yo no soy ella tampoco y ella no es yo”, conclusión que
de rebote genera adherencias ansiosamente reactivas como
para desmentirla: la fusión ha perdido ingenuidad. Un solo
extraño es suficiente para introducir el derrumbe en el conjun­
to ‘todo m adre’, que así pierde de un único golpe su vigencia
y su validez universal. De ahí la agudeza de la crisis, la reso­
nancia de la conmoción, que no responde al extraño como
eventualidad em pírica (si así fuera, como observa acertada­
mente Sami-Ali, bastaría la presencia de la madre para cal­
marlo, mientras que en lugar de eso, ese extraño al chico le
sigue molestando igual), sino que es el índice de la magnitud
del trabajo de simbolización que ha emprendido. De ahí que
psicoan a líricamente saludemos como auspiciosos los desa­
rrollos de angustia característicos.
Si la observación del fort/da se volvió privilegiada y d e­
mostró tan generoso potencial de riqueza para recom pensar la
reflexión es por la nitidez, no ajena a la precisión clínica de
Freud, desu carácter céntrico, que permite remitir a ella tantos
fenómenos cotidianos y así ordenarlos, afinando la penetra­
ción en sus matices. El examen detenido de este proceso
muestra que invariablemente en primera instancia el niño
pone el acento en el arrojar; la dialéctica presencia/ausencia
no es neutra en su establecimiento: valoriza e\fo rt que es pre­
cisamente lo nuevo, lo que incluso el mismo Freud ya pudo
notar. Lo acentuado del goce recae sobre este mom ento de la
operación. Un modo alternativo de replantear el problema
completo y dilucidar mejor tales inflexiones privilegiadas es
por la vía que abre la siguiente pregunta: ¿A qué dificultacT
lógica tiene el chico que enfrentarse en d eterminado monien~
to y que con su jugar intenta resolver?
' Caifcrpuiiiui'ifllCoen laesiruciuíación subjetiva es suscep­
tible de esta aproximación. Así, ya Lévi-Strauss señaló como
dificultad específicamente edípica adm itir que un ser provie­
ne de dos diferentes, de la conjunción de esa diferencia. Aquí
el enigma es notoriamente diverso; la pregunta a la que el
pequeño necesita dar curso a través de múltiples jugares es:
“¿Cómo puede existir algo en calidad de ausente? ¿Cómo
puede tener estatuto de existencia algo que no se otorga como
visible? ¿Cómo se puede ir a buscar lo que no está?” Un
paciente con un atascamiento grave en toda esta zona de
simbolización hablaba de un curioso comportamiento (para
él, sintomático) con el teléfono: simplemente le era imposible
usarlo, lo que le creaba una larga serie de complicaciones en
su vida cotidiana, sobre todo en su trabajo: si algo dependía de
su llamado, en ese mismo punto instantáneamente se detenía
todo, no ocurriendo así si lo llamaban a él. Lo que el análisis
acabó por descubrir fue que, en última instancia, para el
paciente, en un estrato muy oculto, cuando alguien no estaba
ahí, lisa y llanamente dejaba de existir: por lo tanto, le resultaba
imposible recurrir al telefono por propia iniciativa. Nunca era
una iniciativa espontánea, pensable.
En efecto, ese acto trivial de hablar por teléfono significa
que ya se cuenta con un fort/da lo bastante estabilizado, lo cual
posibilita realizar algo sin que la mirada lo soporte. Previo a su
emergencia tal cosa es imposible, y es por eso que muchos
pacientes traen la cuestión de que cuando no están en sesión no
pueden pensar algo d e la sesión, no me refiero a fenómenos de
resistencia neurótica puntual y fluctuante, aquí la dificultad es
sostenida e indiferente al estado de la transferencia. De la
misma forma escuchamos cóm o alguien piensa en sus cosas
únicamente en sesión, atada su misma posibilidad de pensar al
espacio físico del consultorio, no entonces algo que pueda
llevarse al salir. Bien diferente de aquellos casos donde en cada
sesión nos encontramos con que el trabajo del análisis prosi­
guió en el ínterin por su cuenta... es decir, por cuenta del in­
consciente. Niños bastante pequeños ya se bifurcan en ambas
direcciones, lo mismo, por supuesto, que los adolescentes.
O tro tipo de fenómeno lúdico fácilmente reconocible por su
proliferación en el segundo año de vida y en el que la operación
del fo n /d a se popéenteramchíle en juego, nos conduce al
descubrimiento dfeja puerta^en particular en su función de
cierre (así com o e T U m ^ ^ r Ü n a en la manipulación del
carretel). Es interesan te o b síiv ar que en tiempos de la form a­
ción del tubo, cuando el niño encuentra cosas tales com o la
cartera de su madre como continente de extracción, o bien el
interior de un placard al cual se acercó gateando, la puerta es
ahí simplemente el borde de un entubamiento sin verdadera
exterioridad; no tiene ninguna otra importancia y carece de
relieve psíquico, pues no ha sido investida. Con esos mismos
materiales durante el segundo año lo que sucede es algo
enteramente distinto: una dedicación incansable a cerrar cuan­
ta puerta encuentre, desapareciendo así o haciendo desapare­
cer al Otro o a lo que fuere. De un modo más sutil, esto mismo
se repite al descubrir el vidrio: fascinado, el pequeño va
tomando nota de una característica esencial en éste, la de que
a su través algo se ve pero no se puede tocar, propiedad que
abre un jugar a agarrar la nada, jugar a manotear a otro, por
ejemplo, chocar con ese vidrio pero no como una torpeza sino
a propósito, acompañando la secuencia con intenso placer.
Hay aquí otra forma de desaparición que en apariencia no pasa
por la mirada pero que en realidad sí pasa por ella, pues
debemos tener en cuenta que la mirada de los primeros
tiempos del narcisism oes una mirada táctil,es una miradaque
toca, no es una mirada en el sentido de percibir aquello que
está allá más o menos lejos, sino que es eminentemente
fusional. Ahora, en cambio, se pone en acción otra índole de
lo escópico y lo que se desprende por el camino es lo táctil,
desaparición que produce la demasía de placer inherente a
este jugar.
Tcxla esta compleja gama de fenómenos es susceptible de
ser reagrupada bajo el nombre de denegación originaria o
protodenegación, si consideramos que acompaña, preludia o
es coextensiva a laüpaácjón en el lenguaje verbal del no. Bn
el segundo añ ad e vida también se hace sentir la irrupción del
jugar con el n(^d el jugar al noj dina incluso del jugar a ser no,
respondiendo eTm ño a toda solicitación del Otro,
aunque luego toma lo que se le ofrece. Este tiempo de jugar
a no querer, es decisivo en la constitución subjetiva desde el
texto freudiano de 1925, trascendental al realizar la articula­
ción teórica entre la formulación denegatoria y lo pulsional,
plasmada en el par opositivo “ lo trago/lo escupo”. Claro que
la elección del lenguaje oral no debe sobre valorarse: lo veo/
no lo veo, lo veo/dejo de verlo, lo toco/ya no lo puedo tocar,
me acerco/me alejo, y, como éstas, infinidad de modulaciones
son igualmente valederas para categorizar esta operación,
mucho más abarcativa que la oralidad como tal, ya que
envuelve todos los planos del desanollo de la simbolización
del sujeto. La práctica clínica nos impone de su peso cada vez
que asistimos a un niño ya mayor pero que sigue con fallas en
la adquisición de la operación, por así decirlo, a medio
constituir. Invariable, toda una etapa del tratamiento, la más
decisiva, se consagran» a jugaren la transferencia la aparición/
desaparición, por ejemplo, proponiendo el niño juegos de
escondite y/o, si el espacio físico lo permite, mandando al
analista a otro sitio, a otra habitación mientras él se queda
trabajando en la primera. O tra alternativa común es encerrar-
se largos ratos en el baño, a veces hablándose a distancia con
el analista, o aun fabricando un teléfono. Lo curativo y lo
constitutivo confluyen en todos estos emprendimientos.45
El estudio de los fallos, desmayos o abiertos fracasos en la
fabricación del fort/da debe efectuarse con sumo cuidado, sin
perder detalleJiU kuiL iitrfiagiw ento permite mayores escla-
recimientosatín niño de siete añ o s^ ronezándose con su analis­
ta a las puertas aei edificio oonde éste atiende, adelanta el
inicio de la sesión proponiendo una carrera: aquél subirá por el
ascensor y él por la escalera. Revestido con el aspecto de la
competición, el contexto del tratamiento lleva a pensar que lo
que realmente importa al niño, a loque intenta forzarcl acceso,
es a la separación del cuerpo del Otro en posición primordial.
Pero su propósito se malogra a poco andar, porque cada vez
que la luz en los pasillos se apaga automáticamente, se asusta
y llama; flaquea allí la posibilidad de que para él algo siga
existiendo aunque no lo vea, lo que se manifiesta como
reacción fóbica a la oscuridad. Luego, una vez en el consulto­
rio, se encierra en el baño, lo que ya mencionamos como
actividad típica de los chicos que están jugando al fort/da en
una fase de su análisis, trabajo de restitución que emerge
espontáneamente si no median obstrucciones transferenciales.
Desde allí muchos pacientes suelen hacer alarde de los secre­
tos que tienen y de lo excluido, lo solo, lo afuera que dejan al
analista; nada menos que la dimensión de lo público/privado,
que va de la mano del control de esfínteres, se juega en ese
descubrimiento del baño como espacio cerrable. Instalado este
niño ahí, ¿qué ocurre ahora? He aquí que han cortado el agua
en el edificio, al cortarse el agua no se puede limpiar, m ejor di­
cho: ante todo no puede apretar el botón, no puede despedir le­
jos la caca, cosa que provoca tal emergencia de angustia que
fuerza la entrada del analista, pues el chico ha comenzado a gri­
tar que está toda la caca ahí en un verdadero paroxismo de
pánico.
Cabe retornar sobre el hecho de que la crisis se desenc.uk-
na al no haber agua para lanzar fo rt sus heces, lo que parece
presentíficar en lo real su imposibilidad de arrojar. Aquello
inexpulsable, aquello que no puede pasar a la categoría de
ausente, se vuelve extremadamente persecutorio, pero
además el niño grita también que él mism o está lleno de caca,
desde que no dispuso de agua para lavarse como acostumbra.
El desenlace es adherirse al cuerpo del analista (como,
rítmicamente, lo hacía durante la carrera anterior) al no que­
darle recurso suplementario alguno. El acceso de angustia
viene a confesar la impotencia para avanzar en la simboliza­
ción de un lugar desprendido de la ligadura concreta al objeto,
un lugar que subsista cuando esté oscuro, por ejemplo. Esta
inermidad en que el sujeto se estanca yace en el entretejido de
otros motivos de consulta, y con marcada frecuencia. Escasa­
mente aparatosa a veces, a poco que el medio familiar concu­
rra en su caractcropatización, sus consecuencias son de cuida­
do al obstruir procesos de separación yo/no-yo decisivos para
que el niño ingrese a una posición más matizada en su depen­
dencia originaria. A sí puede no tanto soportar, cuanto crear
distancia, hacer espacio tridimensional en el acto mismo de
arrojar, puestoque aquél no lo preexistesinoquees inventado
y descubierto a través de prácticas como la de lanzar lejos o
la de cerrar una puerta o la de esconderse, formas varias de la
ausencia.
Por otra parte, no basta constatar la tridimensionalidad, los
alcances van más hondo: trátase de un espacio ya resuelta­
mente exterior al cuerpo materno, una modificación sustan­
cial con respecto al espacio primordial de inclusiones recípro­
cas desde que no se vive ahora en el cuerpo del Otro, o por lo
menos ya no se vive sólo en él, en cam bio emerge la alternan­
cia, la escansión entre el aquí y el allá. Es revolucionario,
Freud mismo alcanzó a señalarlo, cuando el chico, consolida­
do en sus nuevas operaciones, disfruta de ignorar ostensible­
mente el retorno de la madre del que se lo suponía pendiente:
en lugar del abrazo alegre o ansioso he aquí la más evidente
y subrayada indiferencia. En la transferencia esto se repite: el
niño responde, por ejemplo, a separaciones prolongadas o a
algún espaciamicnto irregular entre sesión y sesión con un
comportamiento que prolonga la ausencia. Punto delicado en
el que por sobre todo el analista debe cuidarse de actuar la
intromisión, de imponer un ‘aquí estoy’ y obligar al paciente
a reconocer su presencia, lo que arruinaría — al menos de
momento— el esfuerzo por hacerse un espacio propio, gober­
nado por referentes más afines al proceso secundario: lejos/
cerca, antes/después, arriba/abajo, derecha/izquierda, etc. A
proposito de este último par, no pocos trastornos narcisistas de
sintomatología psicomotriz remiten para su tratamiento y cura
a este punto de fijación en un desarrollo defectuoso del fortida.
Son chicos cuyas operaciones del tipo constituir pares
como derecha/izquierda o revés/derecho no se han realizado o
se han realizado en forma demasiado precaria, demasiado
tambaleante, lo que retorna en sus trastornos: es característico
el verse siempre desde el punto de vista del otro, por lo cual
nunca pueden corregir su movimiento, invenirlo; entonces, si
el semejante enfrente mueve su mano derecha, ellos no respon­
den con la propia sino con la izquierda, literal izando la imagen
al no rectificar el movimiento pasándolo por su propio cuerpo,
que permanece escasamente diferenciado o con una elevada
propensión a lo fusional. Digamos que no han arrojado su ser
lejos, fort.
Acaso en mayor proporción numérica en instituciones
hospitalarias que en consultorios privados, nos consultan por
infinidad de pequeñas conductas coloreadas con un matiz
ambiguo, y que llevan a preguntarse si hay algo orgánico en
juego. Lo que seguro hay (con o sin organicidad) es un
trastorno narcisista en este nivel, es decir, un insuficiente o
defectuoso despliegue de la denegación originaria; entonces,
todas las operaciones superiores que requieren que la diferen­
ciación yo/no-yo funcione con fluidez vacilan; el chico sigue
fijado a un estadio simbólico fusional, no sabe en lo esencial
existir sino en adherencia, pegándose a lo visual, a lo concreto.
En la consulta con los padres de estos niños siempre se
comprueba que sin otros no pueden estar; el jugar solos, en
particular, no se sostiene. Son niños a menudo descritos como
muy buenos y muy cariñosos pero que exigen de los demás
estar ‘ahí’ todo el tiempo. Nunca parecen cansarse de la plena
presencia, nunca parece pesarles.
En un caso ya evocado donde se agudizaba al extremo esta
patología, un recuerdo característico era que no soportaba
cuando niño ju g ar a las escondidas. El juego de las escondidas
es una entronización ya formalmente institucionalizada del
goce en la desaparición, sin el cual el juego no encuentra su
gracia, pero en su situación, si no lo descubrían de inmediato,
una irrefrenable ansiedad lo empujaba a hacerse ver. Por la
misma razón, en su adolescencia y adultez no soportaba una
relación sexual con las luces apagadas. Condición irrenuncia-
ble era ver, pero no en tanto condición erótica para estimular
el deseo; en él se trataba de localizarse porque en la oscuridad
se perdía. No es que le gustara la contemplación del cuerpo
femenino, sino que el mismo debía mantenerse visible para
que no lo arrasara la angustia innombrable.
El relativo fracaso en lograr el fo rtid a inevitablemente
complica toda la problemática edípica del niño. Si no puede
franquear la denegación originaria, todo en aquélla queda
empastado por un pegoteo fusional, dando por resultado ma­
nifestaciones seudo edípicas. En la transferencia podemos
diferenciar muy bien entre el niño que quiere seducir y el que
necesita entretener. Entrando al consultorio un pequeño me
dice, con cierto m atiz de coquetería: “ Me corte el pelo, ¿no te
diste cuenta?” El deseo de ser visto com o lindo es lo que prima
aquí, continuando cuando, al encontrar en el pizarrón un
dibujo hecho porotrochicoexclam a: “es feo,está mal hecho”,
lo borra y se pone a hacer algo de él comentando, “esto sí
q u e ...” etc., etc. El propósito inconsciente de estas formula­
ciones es ser fálicamente privilegiado en el deseo del Otro,
seduciéndome con su apariencia o con sus hermosos dibujos.
Es muy distinto en cam bio el que está pendiente de entretener
al analista, haciéndolo todo con la mirada en el rostro de éste,
preguntando a cada rato (abiertamente o no) qué se desea que
él realice, algo así com o si suplicara ‘no dejes de mirarme, por
favor, porque me caigo en un vacío’, mientras que la seduc­
ción del prim ero requiere, por el contrario, de cierto efecto de
distancio, a fin de montar la’ escena com o tal. Preciso es
subrayarlo: el apresto edípico requiere una dimensión de
perspectiva. El segundo niño apenas si puede tom aren consi­
deración el gustar: necesita entretenerse en el sentido estricta­
mente narcisístico de necesidad. Su preocupación responde a
leyes más arcaicas.
En las depresiones es un punto de la mayor importancia esta
posición respecto del Otro; una cosa es decir que el deseo se
juega a, por ejemplo, arrancarle la mirada al Otro, como
popularmente lo consagra una frase del estilo de ‘se le van los
ojos tras e lla ’, designando con mucho rigor una operación
pulsional en el orden del mirar/ser mirado. Cosa por completo
diferente es, no el deseo de arrancar una mirada, sino la
demanda apremiante de que el Otro lo sostenga con ella para
que no sobrevenga angustia de aniquilación.
Cuando el niño está en plena elaboración de los jugares fo rt/
da, lo encontramos también en una situación crítica de am bi­
valencia ai respecto, claramente reconocible en la alternancia
entre momentos, a lo mejor muy breves pero siempre signifi­
cativos, en los cuales desaparece en un sentido metafórico,
desaparece en su jugar a solas, unos pocos pero preciosos
minutos (medirlo sólo en minutos sería tan equivocado como
pasar por alto el hecho de si hay algunos minutos así), tiempo
en que se olvidó de abrocharse al Otro primordial y momentos
de vivos estallidos de angustia relativos a su desaparecer o a
que desaparezca la madre, sobre todo esto último. En este caso
sí el orden de los factores altera el producto, porque si ella se
va y él se queda, el niño puede tener un ataque de llanto, pero
si en cam bio lo llevan a la plaza a él primero y es el Otro quien
permanece en la casa, comprobamos que el chico se marcha de
lo más contento, resultando el orden de la secuencia decisivo
por la trascendencia de la cuestión en juego, nada menos que
relativizar el peso de la mirada en tanto función. No puede
extrañamos que el atravesamiento de la negación originaria
sea un tiempo de agudización de la ambivalencia, desde el
oscilar el niño entre conductas amorosas y agresivas a, sobre
todo, pasar de la angustia más violenta ante la separación, al
gozar de ella acabadamente.
Otro aspecto de envergadura que la clínica nos ha enseña­
do concierne a la magnitud de la resignificación sobre el
material anterior, una falla importante a nivel de la construc­
ción de la superficie continua, falla que pudo haber pasado
inadvertida hasta el mom ento, sQ Tiiiam é s t ^ a P j ^
segundo a n o je viflaen toda sudm icnsión. Cualquierclcstruc-
ción p ro d u cid aen la superficie corporal va a perjudicar
sobremanera la operación de fort/da, sencillamente porque
separación quedará implicada com o sinónimo de destruc­
ción, destrucción de sí mismo por ejemplo, destrucción de su
propio cuerpo.
Ocurre que para que se cum pla con éxito lo que se tramita
en esta multiplicidad de juegos que se despliegan com o
función fortlda o negación originaria, es absolutamente nece­
sario simbolizar la diferencia entre separar y destruir del
modo más rotundo, ya que en el momento mismo en que di­
ferenciación se homologa a destrucción, toda separación, aun
mínima, es imposible, obligando al niño a fusionarse deses­
peradamente para evitar el caos. Considerem os esta consulta:
es un niño de dos años que tiene grandes rabietas en las que
se tira al suelo con gran escándalo. Son fenómenos propios de
este momento que forman parte del proceso de desprendi­
miento corporal; entonces abundan los violentos estallidos
que implican también la profunda conmoción del mundo
donde se vivía, ya que hace falta el ejercicio de considerable
agresividad para que la separación del cuerpo materno sea
posible. En principio, habida cuenta de todo esto, la consulta
parece muy banal y la atención analítica se dirige a las
características del discurso de los padres antes que hacia el
niño en sí mismo. A sí noto que la madre demanda por un niño
que sea quieto, no desordene nada, guarde silencio. Pero,
¿existen esos chicos? No, salvo cuando están enfermos. Cabe
la hipótesis de una marcada ambivalencia al crecimiento del
hijo que el padre a su turno redobla.
Siguiendo esta pista encuentro que este niño oscila entre
adquisiciones y retrocesos de un modo llamativo; por ejem­
plo, comía solo, pero ahora su madre le da de comer en la boca;
hay una complicidad entre ellos sin contrapeso de interven­
ciones verdaderamente terciantes, esto es, distintas. Otro ín­
dice: ya se bajaba solo el pantaloncito para sentarse espontá­
neam ente en la pelela, ahora en cambio quiere que la madre lo
alce para orinar y le tenga el miembro, cosa que es aceptada.
Este es un caso en el que se puede ver status nascendi cóm o se
está perturbando desde sus orígenes una función, cómo aque­
llo que se estaba despegando y desplegando del cuerpo mater­
no se vuelve a unir; recogemos indicios de que el pequeño ya
ha percibido el nuevo em barazo de su madre; ésta nos informa
que el análisis de laboratorio dio resultado positivo, pero los
psicoanalistas sabemos que los niños muy pequeños tienen
m edios de detectar estos hechos antes que nadie, y que respon­
den con cam bios bastante agudos e inmediatos.
Por otro lado, el pequeño está inmerso en el revoltijo de una
crisis porque no encuentra función paterna que lo sostenga en
sus procesos. Hay una escena clave: se hallan en la casa la
madre y la abuela por un lado, el padre y el tío por otro; estos
últimos se encierran a ver por televisión un partido de fútbol,
dejando al niño con las mujeres. Pero él quiere ir a toda costa
a la pieza de los hombres y son ellos, aparentemente para estar
más tranquilos, los que le cierran la puerta. El niño reacciona
en ese m om ento con un acceso de cólera y de angustia tan
.íayúsculoque los alarma. Este episodio, com o otros de la vida
cotidiana, es rico en resonancias simbólicas para el psicoaná­
lisis: la pieza de los hombres, el lugar de las mujeres, un
pequeño sujeto pugnando por pasar de un sitio al otro, una
puerta que lo disyunta de su meta, devolviéndolo a un espacio
en el que no tiene otra alternativa que fusionarse, razón por la
cual responde con una rabieta.
La situación relatada expone una de las tantas variantes en
donde la intervención analítica, desasida del plano médico-
psicológico del consejo, puede desarticular impasses y anuda­
m ientos potencialmente patógenos. Una de las primeras cosas
que para ello hay que hacer es no com plementar la demanda de
los padres, ansiosos de traer al hijo apresuradamente y delegar
en él algo del orden de la enfermedad. En mi opinión, no ver
al chico al menos durante bastante tiempo, para no dar lugar a
su rotulación com o ‘el* paciente, es indispensable para la
eficacia... y para la ética. En cambio se ha de trabajar en
entrevistas con los padres sin apuro en ponerle al asunto un
nombre, sea el de “ tratamiento” u otro cualquiera. A lo mejor,
bien posible es que de este trabajo salga un tratamiento,
aunque no siempre el que se descontaba. Por ejemplo, uno de
los padres decide analizarse, o bien resulta que unas pocas en­
trevistas son todo loque se requiere. Retomando este caso en
su particularidad, la indagación analítica desplazó el planteo
inicial a otro terreno: el de la prehistoria, donde aparecía el
padre como hijo no reconocido por su propio progenitor.
Trátase de esa clase de hallazgos que, en el curso de nuestra
labor, resignifican bajo una luz diferente una consulta que en
principio respondía a otras cuestiones, haciendo aconsejable
dar la prioridad al trabajo con los padres. Vamos así replan­
teando diversos aspectos. Han forzado un poco al pequeño
con respecto al control de esfínteres, han acelerado el tiempo,
por lo que a los dos años el niño ya parecía haberlo adquirido.
¿Por qué ahora dicen una cosa y están haciendo otra? En no
pocas ocasiones, con este trabajo es suficiente porque lo
diferencial de la intervención analítica y del espacio de
escucha que abre a los padres produce una reestructuración
del campo, siempre y cuando no haya patología grave y
cronificada comprometida. Una reestructuración del campo,
por ejemplo, puede consistirenqueel padre deje de reduplicar
lo que hacía la madre, o que deje de librarlo exclusivamente
a ella, en resumidas cuentas, que logre ocupar con algo de
plenitud y algo de consistencia su posición en la estructura­
ción del hijo. Con lo que apuntamos que el establecimiento
equilibrado de lo que hemos llamado denegación originaria
no es para nada ajeno a la función paterna.
10. LAS TESIS SOBRE EL JUGAR (IV):
PEQUEÑOS COMIENZOS DE GRANDES PATOLOGIAS

Subsiste, en lo que al fort/da concierne, un aspecto funda­


mental sobre el cual es buena y válida la insistencia, la
repetición, a fin de que la complejidad de las funciones de esta
operación quede esclarecida: es que al tirar el carretel el niño
crea un espacio míe antes no cxiMia. No es uue el objeto se ve
arrojado afuera, sino que al arrojar el objeto se produce un
afuera; despuéslT ^ podriln arrojar cosas a ese afuera, pero
hay un acto inaugural a localizar teóricamente y que es la
fabricación de ese afuera46. Este aparatito que el pequeño se
inventa tiene antes que otra cosa esa función, y le permite
simbolizar loque antes era para él impensable: la partida de la
madre. No tenia modo de concebirlo salvo como desaparición
peligrosa e insoportable; a partir de la producción de este
espacio inaugura una manera de pensarlo, se vuelve imagina-
rizable, representable y, por lo tanto, da curso a una regulación
diferente de la angustia, lo que es otro fruto absolutamente
capital.
Esta no es la menor hazaña del fort/da cifrado en pequeñas
prácticas: tirar menudencias, improvisar juegos de escondite.
Hasta esc momento, el m odode la angustia era muchísimo más
destructivo e inmanejable, porque una cosa es la ansiedad
enclavada en una estructuración psíquica, donde lo que se va
no tiene cómo retornar, y se desvanece en una eternidad de
sufrimientos, y otra bien distinta es un irse abrochado en una
dialéctica de la reaparición que reordena totalmente la tempo­
ralidad. El tipo de angustia aue solemos llamar Dsicótica está
juiítdojiLespaciojicÍDclusiflaesj££íprocas, que no reconoce
níiíl^p«r fuera de él, cuya representación acorde es la que
A ulagniejconceptualiza pif fn^pjnrn, subrayando ella
lalrnposíbilid ad de principio de esta representación para
inscribir algo en términos que no sean los de una fusión sin
distancia entre sus componentes*7.
El marasmo del infans desprovisto de función materna y
otros deterioros tempranos constituyen casos límites pero de
existencia empírica no tan rara, que nos advierte a qué se ex­
pone un infans cuando se dan fallas de grueso relieve en la
función; también la muerte misma nos impone de cuánto está
en juego, algunas veces. A sí sea por un lapso muy reducido,
un pequeño em pieza su autosostenim ientocuandodisponc de
cierto quantum de capacidad para fabricar ¡magos. Fabricar
jmaüos quiere decir que cuando el O tro se va, no se vaTo^opa^
ra éí, en especial no se le va su a je r p o T ^
gos que le ayuden a ^ sp e ra r Es irrcmediable: cuancfó no
dispone aún déesrférecurso, la ausencia del Otro equivale a su
destrucción, sobre todo en los primerísimos tiempos de su
vida posnatal, porque no cuenta con los tipos de defensa que
más tarde se instrumentan, llámense disociación, identifíca-
ción proyectiva, repudio, etc. Está expuesto por la-lanío a lo
que desde W innicott conocemos comdclepresión nsicótiowes
decir, la pérdida no acotada al objeto, sino puro agujero en lo
corporal. -------------------------
La manifestación clínica embrionaria más fácil de obser­
var de lo que, de no discontinuarse, constituye el punto de
arranque de la depresión psicótica o agujcrcamiento, la en­
contramos en cualquier bebé presa de un llanto angustioso.
Huelga recordar el carácter masivo de esta respuesta primor­
dial: el bebé se hace a ello; cuando no se acude a tiempo, lo
regular son enfermedades muy graves de los primeros meses:
diarreas crónica^ y pertinace^, meningitis, o bien, incluso.,
una vulnerabilidad extrem aa lajflfe£cío?LEl pequeño respon­
de con el cuerpo, no tiene otroinSirrimento a su alcance. Por
eso el psicoanálisis enfatiza la gran importancia de toda fabri­
cación de intermediarios, Mamémoslos o bjeto sjcmsicionales
o pequeños a . Una vez que empieza a disponer de ellos, queda
liberado de recurrirá lo somático en sus modalidades más con­
cretas o más reificables.
Este accionar del agujereamiento más precoz y más patóge­
no es el que encontramos en algunos historiales en donde en el
primer año de vida tiene lugar una llamativa seguidilla de
enfermedades; por ejemplo, nos enteramos que dos o tres
veces el sujeto estuvo al borde de la muerte. Este material nos
indica (unido a testimonios en la patología presente o vigente)
que el niño en cuestión fue atacado muy tempranamente en sus
procesos mismos de constitución del aparato psíquico, y se vio
compelido a improvisar una repfieióivtti el único nivel posible
que ya hemos expuesto. El(marasmojps una respuesta asaz
extrema en esta dirección, pero tamt)i?n las depresiones ana-
clíticas (y su continuación) para no hablar de lo obvio: la
respuesta autista48.,
' Comparemos, en cambio, el caso de un pequeño que tiene
con qué revertir una situación displaciente o aun potencial-
mente destructiva para él, por ejemplo, inviniéndola e infli­
giéndosela imaginariamente a alguien, así sea uno de sus
muñecos. Esto ha sido primeramente conceptualizado como
identificación con el agresor, de la cual lo más trascendental es
esedar vuelta un acontecimiento y viraralhaceractivo el sufrir
pasivo original. La distancia al bebé ya es inconmensurable,
por muy ‘prim itivos’ que parezcan los mecanismos que se
ponen enjuego, y el témiino “desamparo” de tan antiguocuño
en psicoanálisis, debiéramos conectarlo a este estado de cosas
más a menudo: ser carente *de imagos, que com ienza a
desprender pequeños objetos del cuerpo materno. Más allá de
lo transitorio de una afección com o las descritas, el peligro
njayor del agujereamiento corporal es dejar fijada una matriz
ae repetición. Por ejemplo, en la consulta nos enteramos de una
larga lista de enfermedades padecidas por el niño durante sus
primeros años, distinta, en su composición, de las típicas
infantiles; afecciones realmente serias, bronquitis de magnitud
o cuadros de infecciones virósicas, entre las que no son tan
habituales daños tales com o úlcera, diversos procesos reu­
máticos, en síntesis, toda una dirección y una propensión
psicosomática generan un patrón sumamente negativo para el
bebe, puesto que no puede responder al conflicto sino vol­
viendo su cuerpo enfermo, mientras la vida o el psicoanálisis
no le ayuden a fabricar otros medios y, sobre todo, otro
territorio para ventilar sus trastornos y sus crisis.
Al reconsiderar globalmente la situación, podemos decir
que la operación de denegación originaria capitaliza a su
favor (es decir, a favor del sujeto en desarrollo) toda esa
asombrosa extensión, diseminada en un delta de innúmeros
brazos, de actividad extractiva a laque se entrega el lactante
apenas tiene manos: pellizca, tironea, pretende meterlas en
los orificios nasales, en la boca, en los ojos, arranca cuanto
puede, se ensaña con el pelo, manotea anicojo& araña. frota,
sin olvidar que hay otra actividad extraefíva más^femprana y
aun menos visible, que esparadójicameRte la mirada; mnibién
é sta arranca, incorpora incesantemente (y~SntTsÍTfdos vale
señalar4t^trrt5Tno)^ lis lo que en lo sustancial descubrió muy
bie<£Melanie Kíeity el chico horada, perfora el cuerpo mater­
no, se mete en él para extraer. Toda esa actividad aparece muy
bien en los historiales kleinianos, la fascinación por el conti­
nente materno del cual no cesa de arrancar partícúTas7m*ües
bien, a la larga, con este m atm aTse cuenta y a él sé recurre
para fabricar sus propias imagos, operación en la que el f o n /
da es instancia de viraje decisiva. A partir de su desarrollo,
medianamente el niño puede ir disponiendo poco a poco de la
capacidad simbólica de autosustentarse; así es cuando lo
sorprendemos en fenómenos espontáneos observables alre­
dedor de los dos años: de pronto, inopinadamente, separarse
unos momentos del adulto o ir a jugar solo un ratito, o estar
con alguien por ahí, alguien que está apoyando la situación
pero sin conexión dircírtícoíriL Foresto rmsmo, la patología
ligada a lfi>rf/(/q£s d(£ppiQteo. jEÍcíucoTen lugar d elab n car
sus propias imagos y coll Klms esa nueva espacialidad fuera
del cuerpo materno, sólo atina a existirintentando refusitanar-
se continuamente al Otro, anexarse a ^T^AsfTTTo^uceoe
únicamente que perm anezca adherido, sino que todas las
derivaciones patológicas posibles permanecen adheridas a lo
corporal en un estatuto de reificación de su concrctud.
Es también un hecho clínicamente frecuente e interesante
el planteado por situaciones manifiestamente inversas, en las
cuales el niño se vincula fácilmente a cualquiera, y se muestra
centrífugo en exceso y desapegado desde bastante pequeño.
Como aquella inversión podría denunciarlo o hacerlo sospe­
char, el punto de estructura es exactamente el mismo; no se ha
construido verdaderamente el fortlda. ni siquiera se ha simbo­
lizado el extraño en tanto tal, simplemente la situación de
adherencia, de anexión al cuerpo del Otro está disim ulada en
lo fenoménico porque se reparte entre muchos. Multiplicidad
engañosa: todos son madre, lo familiar campea por doquier.
La complicación en este caso deriva de los beneficios
secundarios que acarrea: el niño, por lo general, es muy
querido socialmente, establece relaciones con rapidez y faci­
lidad. Esta adaptación tan aceitada, tan aconflictiva, tan despo­
jada de ambivalencia y angustiave nmascara tjmdamentalmer)-
te la absolutcun cjjiK tcid a^ ara^starjo lo . Es el típico niño o
¡jidoTe^emequehanf^ ek íia quelefatíe n todos los amigos.
Entonces lo veremos ansioso (y por demás) o sumergido en el
aburrimiento, cuando no en la franca depresión. La temática
que se despliega es la de ‘no saber qué hacer’, reveladora de la
compulsividad que escondía esa ‘buena’ socialización, no
orientada genuinamente por la espontaneidad deseante, sino
para eludir el vacío del déficit en la producción de imagos. Una
adolescente v in ó lP n rin5nsuTTírpo?gÍuTl^^ el
último año de su secundario, resultándole más que próBTémá-
tico el estudiar sola, siempre debía hacerlo acompañada. En su
caso era notorio lo indiscriminado de esta condición: con tal de
no estar sin nadie, podía llegar a reunirse con cualquiera.
Digamos que sus pretensiones se reducían al máximo: em pe­
zaba buscando amigas o amigos, pero si nada lograba, el único
requisito que quedaba en pie era el de que fuese un semejante.
En mi opinión, he aquí un montaje característico que en ciertas
ocasiones, en particulares condiciones y contingencias (en
este punto, la dimensión económica es fundamental, por
ejemplo, en lo que concierne a la intensidad de la angustia)
puede muy bien dar lugar al desarrollo de una adicción. Pienso
que ésta necesita ser replanteada sobre una base más am plia y
teóricamente más pródiga que la que ofrece una apelación
superficial a lo 'socioeconóm ico’. A fuer de indicación, abre
un camino valorarla como una de las formas posibles de
intento elaborativo o restitutivode tempranos apuiereamien-
tos que tornan inalcanzable el fa ñ id a . Por ejemplo, es cósa
regular descubrir en líb a s e de las formaciones de un adicto,
un potencial depresivo de magnitud estrepitosa. Por eso mis­
mo creo que debem os referimos a la adicción no sólo en el
sentido toxicológico, porque hay adicciones que no son nom­
bradas o catalogadas como tales tan sólo porque no tienen esa
complicación secundaria e intensilicadora de la droga. Para
dar un ejemplo com ún,Ja adicción a la televisión, que se nota
en muchos sujetos va desde niños. Tuve la suerte de analizar
a fondo una situación así, lo que me permitió investigar el
punto. Justamente la carencia radical de imagos propias
parece estar en la raíz de lo atrapante que el mirar televisión
se vuelve no tan pocas veces. A falla del recurso generativo de
sus propias ¡magos — ese recurso del que tanto abusa un
neurótico cuando vive sumido en sus sueños diurnos, pero
que también inaugura sublimaciones como escribir algo en la
adolescencia o en el niño al hacer un dibujo o jugar— el sujeto
se(ase)lesespe rudamente de esas imágenes restituí ivas.
D fcuestión se agrava o se complica al generarse un círculo
vicioso, porque la televisión no ofrece genuino apoyo a una
m ejor estructuración simbólica. A diferencia d elju g ar^ n o
avuda a fabricar las propias i^ a g o s T p o T e s ^
razones más clínicas que ideológicas), la exposición tempra­
na de un niño pequeño a ella es negativa y debe evitarse. Un
niñode doso tres anos está desprendiendo un espacíoclejuego
para él, esta descubriendo la imaginarización de algo de él
com o dimensión de intimidad: poco a poco descubre que
nadie puede ver sus pensamientos, que él no es transparente49.
En el espacio de inclusiones recíprocas, el chico supone
que lo que él piensa lo saben inmediatamente sus padres y no
sólo lo saben sino que lo ven. El es y existe en una transparen­
cia. Ax&rtirde los dos años, va dt^ubriendoquenoe¿_asL I
aparición de la mentira es porellounaconquista simbólica, ya
que puede mentir porque no es transparente. Algunas perso­
nas nos dicen que ellas no pueden mentir, pero no se trata de
una ética que las lleve a determinados pactos, fundados en
ciertas relaciones de alianza, sino porque no conciben no ser
transparentes, es una seudovirtud sin mérito alguno.
Debemos además tener en cuenta que en todo lp que estoy
considerando hav gradaciones^ matices significativos, desele
ufí fort/da constituido pero tambaleante, que fácilmente un
conflicto hace renguear, hasta la ausencia radical de toda
forma de negación. Para hacer justicia a las variaciones de esta
gama es necesario manejarse con más cuidado respecto del uso
desaprensivo y esquemático de la oposición binaria neurosis/
psicosis. En la clínica psicoanalítica, las oposiciones binarias
suelen ser también oposiciones sumarias. Entonces, si en
principio parece cierto que las neurosis disponen de formacio­
nes como sueños, fantasías, o sea formaciones que implican
una cierta separación del sujeto, no hay que olvidar que, por
ejemplo, una operación queda comprometida retroactivamen­
te, y entonces un fracaso rotundoen sobrepasar el complejo de
Edipo afecta, por regresión y resignificación, a adquisiciones
simbólicas anteriores. Por esc camino, m fo rt/d a q a c ya estaba
establecido puede volver a ser puesto en discusión.
En el análisis de muchas mujeres adultas, como también de
adolescentes (y alguna que otra vez, más en sum ís nascendi,
trabajando con niñas), llegamos a la conclusión de que, si en
el mom ento de producirse en la paciente el viraje al padre
—esa apelación, ese llamado a su presencia que está en la
médula del Edipo— éste no concurre, falta a la cita bloqueando
la salida, a menos que encuentre alguna sustitución rápida, el
abuelo, el tío o algún otro personaje, la niña queda en el aire,
con la libido desencadenada en vano. Puede suceder, valga el
caso, que se trate de un padre fóbico que quiere a su hija pero
a la distancia, que es muy evasivo y que, además, sufre
particulares interdicciones incestuosas con respecto a la niña.
El resultado es un profundo y eventualmente traumático des­
encuentro que hace retroceder a la pequeña nuevamente hacia
su madre, porque lo que no puede hacer es quedarse sin dirigir
su am or hacia algún lugar; retom ará entonces a aquélla, car­
gada de decepción. Para ocultarla, debe hacer una transforma­
ción en lo contrario, demostrándole entonces un apego sobre-
dimensionado, base de toda una proliferación de fenómenos
en el campo dual (o mejor dicho, dualizado) que recuerdan y
retrotraen a la situación pre-fortlda%cuando primaba la adhe­
rencia corporal, acrecentada y enrarecida por la dependencia
del deseo materno, de la palabra materna, etc. A esto se llega
regresivamente por un cieno fracaso de la situación edípica,
no es una verdadera falla del fortlda, es unfo rt/d a trastornado
por regresión, pero el punto de crisis no es el fortlda, es el
Edipo que lo resignifea. Con tiempo de análisis, y un poco de
buena suerte (esto es, de transferencia positiva), la paciente
llega a recordar, a desenterrar, retom a; de lo reprimido, un
olvidado período de intensa búsqueda del padre, cuando todo
lo que nos contaba al principio hablaba de una larga y
uniforme vinculación a la madre; el análisis consiguió recu­
perar un período oculto tras una dolorosa y mortificante
decepción, lugar de lo^jwetrf-pcuicipio parecía limitarse a una
peripecia en la denigración originaria nunca atravesada.
En el caso de (¡a adolescente, iu y a fobia a la soledad
analizábamos, en cam brar-sH tíen de la situación edípica
heterosexual subsistían débiles muñones, las condiciones de
su conformación narcisista eran más complicadas. Se trataba
de una melliza además, lo que el tratamiento a la larga
descubrió como un factor muy importante en su demanda
compulsiva de presencia. Sustitutos permanentes durante su
adolescencia de una hermana melliza a la cual se igualaba,
pasaban más o menos desapercibidos bajo los modos corrien­
tes de la amistad íntima e inseparable.
Estos indicios son los de una complicación mayor, no la
única pero tampoco nada raro de encontrar- Consiste en que
aparentemente se ha podido efectuar la operación delfortlda,
per o ü n análisis masUetemdo localiza en él una infraestruc -
tura débil, del orden de una condición precaria. Entonces,
cuando el viraje edípico hacia el padre se consuma y se
consume en no encontrarlo disponible, la regresión inevitable
hacia lo primordial materno aprovecha además la falla que y a
había en el fort/da y resulta una formación mixta, en donde lo
propiamente neurótico se sinergiza con un punto frágil de
claudicación narcisista que obliga al analista a abrir un segun­
do frente. A ello hay que agregar que la relativa claridad del
esquema empalidece ante la embrollada complejidad del caso
clínico, donde nada es tan binario, donde sobran las ambigüe­
dades y los matices cambiantes y sorpresivos. Pero podemos
afirmar que el interjuego entre los conflictos no resueltos en el
nivel edípico y el grado de consolidación del fort/da es muy
variable, tanto como sus desenlaces.
Siempre que hacemos un esquema teórico o psicopatológi-
co no podemos evitar una cierta simplificación. Ya exponien­
do un caso practicamos muchos rcduccionismos propios de la
elaboración secundaria50, infligiendo aquí y allá al material
toda suerte de escansiones perfectamente convencionales, que
sin duda tienen una función positiva, pedagógica inclusive, o
resultan de la estructura del lenguaje. Escom o las batallas, uno
las veen una película o en ciertos relatos y entiende todo, como
en un partido armoniosamente jugado. Por el contrario, las
descripciones y vivencias de quienes han participado en ellas
nos hablan de algo infernal donde nadie entiende nada, algo
absolutamente distinto de esa visión de conjunto en la que es
sencillo distinguir a los buenos luchando contra los malos. En
un tratamiento ocurre lo mismo; es un conglomerado de
hechos abigarrados que aun la exposición más matizada no
evita atemperar. Lo que no deberíamos olvidar a la hora de la
pasión por estructurar.
Es loqueocurre cuando se filma una película; es notorio que
si en ella se reprodujeran puntualmente los movimientos
cotidianos, el cine como arte y como industria se habría ido a
pique hace rato. El fluir del tiempo vital con respecto al tiempo
cinematográfico se hace insoportable, ni aun los directores
más célebres por su morosidad conforman su esti lo a ese ritmo.
Una sola hora de la existencia real constituye un objeto esté­
tico imposible. El montaje, enfrentado a esta complejidad irre-
producible y atiborrante, tiene que hacer una nueva contextura,
producir simplificaciones, cones en la materia concreta, trazar
a grandes rasgos bordes que delimitan situaciones postulán­
dolas com o significantes, lo cual la escritura teórica opera a su
vez sobre la textura clínica, puntuando cosas tales com o una
falla originaria de simbolización en el fort/da a nivel de una
operación nunca efectuada o deficitariam ente'efectuada31.
Que no hay verdadera diferenciación del O tro primordial,
que en el fondo se está viviendo siempre en un espacio que es
el cuerpo de la madre, es de lo más corriente que se mantenga
disimulado por la adaptación social. Clínicamente, tal condi­
ción estructural se descubre taponada por un fluido irse
encajando del sujeto en carriles prefijados: de la casa a la
escuela, de la escuela al trabajo, del trabajo al casam iento, de
alguno de estos lugares a la muerte, en fin. No hay que esperar
siempre, por lo tanto, sintomatología espectacular. El trabajo
preconsciente de normalización regulada por los ideales del
yo muchas veces lo cubre todo, si no es por una crisis
coyuntural que viene a romper la calm a de la adaptación, y da
pie a distinguir una falla a ese nivel constitutivo y aun algo
más que una falla: un retorno a la situación del fo rt/d a por
dificultades en salir de la situación edípica.
Si bien en principio acordaríamos en que el segundo caso
— al tratarse de una operación constituida, ya que se recon-
flictúa regresiva o retroactivamente— merece un pronóstico
más favorable, son numerosas las condiciones de incertidum-
bre que relativizan esta aseveración. Todo analista sabe en
carne propia que una neurosis adaptada o cronificadaes reacia
al máximo a una transformación. Y en cambio muchos niños
desorganizados por trastornos narcisistas no psicóticos res­
ponden con bastante rapidez al análisis cuando éste trata de
producir una operación de fort/da que no se había constituido,
o no del todo. El criterio de leve o grave en términos psicopa-
tológicos y su correlación positiva con el éxito y el fracaso en
la cura es verosímil en los papeles pero tambaleante en la
práctica. Conviene no precipitarse entonces a consideracio­
nes globales y mejor delimitar regiones cuya integración en
'una* psicopatología es problemática, cada una de las cuales
presenta sus propias zonas de incurabilidad.
Pero aún nos falta desarrollar la otra dirección que desde
fo n ! da se alcanza y se vislumbra: la del no y, tras él, la función
toda de la palabra, del nombrar ahora activamente lomado a
su cargo por el pequeño sujeto.
11. LAS TESIS SOBRE EL JUGAR (V):
TRANSICION AL1DADES

Un estudio mínimamente minucioso de las funciones del


jugar no puede detenerse en los umbrales de la adolescencia,
como si ésta no le concerniera. Si esto suele ocurrir es debido
probablemente a la excesiva ligazón que se ha hecho entre
jugar y juguetes, lo que hizo lo suyo para que la función del
jugar en la adolescencia quedase marginada. Para no incurrir
en la misma equivocación, por de pronto hay dos órdenes de
cuestiones que es preciso eonsidcrar._La primera es ouc la
c ris is de la pubertad golpea con sus repercusiones todos y

É
)lutamente cada uno de los niveles previos de la eslm clu-
án subjetiva, retomándolos, dislocándolos, en otro n iv e la
altura de aguas del desarrollo simbólico. No hay adquisi­
ción que no deba replantearse.
Esto implica que todas las funciones dcl.jyga.Lse v u e lv ^ a
desplegar y srin .1 nm*v:i>¿ exi^nr.ins Hi- trnhnjn. con
presclndencia de cuestiones psicopatológicas de fondo. En
segundo lugar, hay un cambio radical en los materiales mismos
que se utilizan a lo largo de los momentos de la subjetivación
que hemos ido puntuando. De hecho, esto no cesó nunca de
ocurrir, desde el bebé que jugaba con las propias panes de su
cuerpo y las del Otro, hasta aquel pequeño que lo hacía con una
puerta, o el niño volcado a las personificaciones con soldaditos
u otros objetos, o bien al dibujo y al modelado. Pero en tiempos
de la adolescencia se da un salto de especial magnitud.
Ilumina de un modo diferente el com plejo panorama de la
adolescencia ver cómo se replantean todos los puntos de
estructuración que hasta ahora suponíamos más o menos con­
solidados. Veamos, por ejemplo, qué ocurre en relación con
la primera función del jugar, o sea la problemática de arm ar
superficies, habida cuenta de la profunda crisis en la especu-
íandad. Hasta ese mom ento el espejo funcionaba como pro-
mesa, como anticipo de una cierta unificación lejos aún de la
experiencia efectiva del propio sujeto. A partir de la metamor­
fosis de la pubertad, esta función del espejo se desarticula y se
subvierte; lo que de él retom a no sirve ya como realización
adelantada de unificación individuante52; más bien, por el
contrario, acentúa e intensifica el desfasaje, la desarmonía, la
falta inclusive. De allí que lo habitual sea que el vínculo del
adolescente con el espejo, en el sentido más concreto, se
manifieste com o un vínculo intrínsecamente conflictivo:
aquél devuelve una especie de niño a medias, perdido, disyun-
to también del ‘ser grande’, cuando no directamente un des­
conocido.
No le devuelve por tanto ninguna promesa de fusión al
ideal ni de estabilización. Pero entonces no es nada extraño
q ue las funciones más elementales que se debatieron en el
jugar para darse cuerpo se reactualicen con virulencia. La
necesidad narcisística irrenunciable e írremplazable de con-,
tinuidad ininterrumpida es retomada, com o ya hemos dicho,
en otro nivel. ¿A través de qué, ahora, generar nuevas super­
ficies? Por cierto, sólo en casos de patología muy grave se
apelaría a los mismos materiales que otrora. Pero lo corriente
es que la adherencia al cuerpo materno en absoluto retom g
como tal. En cam biol gs d e jg m ás regular que nuevas bandas
se fabriquen en relación con nuevas personíficacioneso
encamaciones del yo ideal o al grupo de pertenencia (grupo de
pares) tomado en su conjunto: barras, bandas, diversos fenó­
menos y modos de conglomeración, de nucleamiento, cuya
descripción sociológica o conduchsta no dejTentrever su
honda penetración en la reimplantación corporal, en lo más
íntimo de la subjetividad. No pretendo agotar en esto la
función de tales agrupamientos (la incansable insistencia del
reduccionismo fuerza a aclararlo), sino apuntar a cómo — en
el nivel mismo de lo que Dolto caracteriza como imagen de
base- apuntan a re-establecer■cierta continuidad perdida. Por
eso mismo, la relación del adolescente consu grupo no es una
relación que pueda entenderse por el lado de externo/interno;
es m is, la relación de él con su grupo sólo se ilustra acabada­
mente usando de nuevo He ln h a i^ a de Moebius. reconstitu-
yéndosc un espacio de inclusiones recíprocas.
Otro modo muy distinto^de restablecer aquella antigua
superficie se puede encontrar clínicamente en ciertas formas
de masturbación, donde no sólo está en juego lo sexual, stricto
se/isu, también el (jarse cuerpo, buscando reunificarse en el
placer genital com o eje para reunir la dispersión.
Tampoco es cosa rara (ni debe psicopatologizarse) el retor­
no pasajero de práctic as más arcaicas en cuanto a formación de
superficies; por ejemplo, períodos_de suciedad que a veces al
^adulto le cuesta tolerar, o adhesiones a ciertas ropas que se
llevan puestas indefinidamente: significativo es quc^sevuel-
van uniformes (toda la polisemia del término merecelíBrarse
en su resonancia). Comportamientos habituales del niño pe­
queño, olvidados ya, parecen reinstalarse, y con contenidos no
demasiado dispares. Pero siempre como verdaderas restitucio­
nes de una superficie rota.
También el fort/da entendido como operación constituyen­
te experimenta un agudo replanteo sobre nuevas bases. En
particular, el registro del par familiar/extrafamiliar es comple-
tamente resignificado. Para el adolescente se trata Jeflysy pa­
decer, pero no sólo en relación con la familia como entidad
concreta o literalmente concebida, sino respecto de todas las
categorías familiares que organizaban su vida en lo simbólico,
sus núcleos de identidad, de reconocimiento habitual. Así, un
paciente de diecisiete años había bautizado “ hacer facha” a un
variado recorrido que había emprendido, donde sucesivamen­
te (y sin indebidas preocupaciones por la coherencia
ideológica)53 se lo encontraba formando parte de un grupo
pacifista cristiano, de una secta supuestamente oriental, de una
pequeña banda pro nazi interesada en la marihuana y en
cometer o fantasear pequeños delitos, etc. Lo importante era
que en cada una de estas ocasiones él transformaba m asiva­
mente sus índices de reconocimiento narcisista: forma de
vestir, corte del pelo, etc. Lo que con el tiempo ambos fuimos
develando es que ello había tomado para él —entre otras
cosas— el significado de jugar a las escondidas, pasando por
tantas modas,7opas, “fachas \ discursos, consignas, horarios,
prácticas; se constituían en equivalente de jucpos de aparición
y dcsaparicióíT Claroque^él pacícrftc no sabía qué era lo que
de suyo tenía que aparecer: lo único siem pre claro era que lo
hacía bien lejos de los modelos de identificación familiar.
Digamos que el factor com ún a todo este itinerario tan hete-
róclito era que ninguno de esos sitios donde por un tiempo
habitaba eran lugares demasiado congruentes con las tradi­
ciones mítico-históricas que le concernían. Entonces fue
posible entender todas estas manifestaciones, como jugar en
su sentido más estricto y exacto. Aquí conviene detenerse un
poco porque, incluso desde el psicoanálisis, ha sido bastante
fácil equivocarse y hablar con excesiva ligereza de actuacio­
nes o acting-out en la adolescencia (que por supuesto también
y mucho se dan), tendiendo insensiblemente a caracterizar
todo de esta forma, o bien ha salteado el factor histórico,
otorgándole a ciertas manifestaciones la misma significación
que podría asignárseles varios años después. Se extravía así la
consideración teórica, sin com prender hasta qué punto cuán­
to en el adolescente tiene em inentemente estatuto lúdico:
jugar a la política, por ejemplo, o incluso a la delincuencia o
a la adicción, lo cual exige un difícil diagnóstico diferencial
(valga el caso, respecto de una verdadera impulsión). Así
com o un niño en el consultorio narra con dibujos o juguetes
su vida imaginaria, con todas sus alternativas, el adolescente
lo hace extrayendo, arrancando semas y mitemas de los
yacimientos ideológicos del adulto. Esto es lo que sí com ­
prendió Erikson, con su idea de la “ moratoria psicosocial”,
injustamente olvidada, siendo una conceptualización tan
conectada a la de latericia; más allá de un período histórico,
un rasgo esencial de la sexualidad (de la subjetividad) huma­
na: levantar estructuras de diferición. Por otra parte, decir
“moratoria” remite, en lenguaje temporal, a la necesidad
lógica de espacio transicional. Todas las cosas que parecen
poblar el espacio de la vida del adulto (trabajo, política.
decisiones y elecciones) las toma la adolescencia y las vuelca
en el suyo, lo cual produce una mutación en ellas, sutilmente
penetradas en tanto jugares por el proceso primario. Muchos
equívocos y desconciertos se originan en esto. Por ejemplo, al
verlas posiciones ideológicas del adulto, muy otras de aquellas
con las que jugó, y en las que el que ahora se sorprende había
creído al pie de la letra, inadvertido de su carácter figurado o
de puesta en escena.
Cuando por los más diversos factores esta transicionalidad
no tiene lugar, tropezamos con fenómenos del orden del falso
self: alienación en la demanda social o en el deseo del Otro,
precipitación de decisiones que aplastan el jugar reemplazán­
dolo por trabajo puramente adaptativo. Huida hacia la adul­
tez... o invasión patógena de las exigencias de ésta en tanto
ananké. En el trabajo clínico, ciertas supuestas ‘elecciones*
vocacionales o de pareja — o de lo que sea, pero precozmente
asentadas se revelan como verdaderos actings-oui (pues és­

tos no deben limitarse a actos antisociales). La severa dificul­


tad o la severidad de la interferencia para ju g ares la precondi-
ción mctapsicológica del acting.
El siguiente material es ejemplar para pensar esta articula­
ción: tras un tiempo de análisis, una paciente, aún lejos de los
veinte años, arriba a la posibilidad de un encuentro efectivo
con su edad, vale decir, arriba a la posibilidad de asumirse
como adolescente (pues no lo concebimos en psicoanálisis
como un período que se cumpla automáticamente). Hasta
entonces se había mantenido, represión mediante, alejada de
atravesar esa experiencia en sus mil matices libidinales y
narcisísticos. Pues bien, justo entonces, en ese mismo momen­
to, ella precipitó un par de decisiones que el tratamiento no
alcanzó a evitar pero pudo comprobar su carácter de acting-
out, y que dejaban cancelada la emergencia de una auténtica
adolescencia en su vida. Se da así por terminado algo que
estaba a punto de empezar, colocándose imaginariamente ya
en posición de adulta, también de cuerda, de “ realista”. Supri­
mía violentamente por este medio el enfrentamiento angus­
tiante con la des-identificación, con el des-ser que para ella
significaba la pérdida de sus referencias familiares en una
pluralidad de territorios, por ejemplo, no reconociendo ele­
mentos perversos polimorfos ‘extraños’ en su vida sexual.
El caso nos instruye acerca de con qué regularidad allí
donde se puede jugar con algo no hace falta que se actúe, y
viceversa. El acting-out por sí mismo nos indica un fracaso en
la esfera del jugar. Por parte del analista, su falta de com pren­
sión da generalmente como resultado un largo malentendido
apoyado en una perspectiva más adultocéntrica. Entonces, se
trabajará sobre la base de la supuesta inconsecuencia o versa­
tilidad del paciente, com o si se tratase de una falencia en su
deseo, demandándole inconscientemente el adulto que no es,
cuando lo que en verdad está en cuestión y en conflicto es su
posibilidad de tomar y dejar, de ir y venir (para mantenerse en
el plano del fort/da por ahora), análogamente a cóm o en un
niño vemos la apasionada adhesión a un juguete que con el
tiempo cae. Lo que hay que realmente advertir es que no se
trata de una comparación ilustrativa sino, estrictamente, de
una variación, para expresarlo en código musical. Lo que
engaña es que el adolescente no lo lleva a cabo en un espacio
aparte, fácilmente visualizableen su condición de “com o si”:
lo hace en el espacio mismo de la realidad social cotidiana,
subterráneamente transformado en el espacio transicional
primitivo54.
Lo mismo ocurre en el campo de la transferencia: en
adolescentes no tan tempranos, de diecisiete años en adelante,
el análisis se puede parecer mucho al del adulto, incluso
porque por lo general no hay obstáculos al uso del diván; los
aspectos más formales y visuales ligados al ‘análisis con
niños' han desaparecido. Esta asimilación al analista le puede
costar, si no se va con cuidado, una serie de malentendidos,
especialmente si le hace olvidaro u e a lo la rg o dc laadolesccn-
cia no deja de haber una búsqueda incondicional Incesante,
de reunificación bajo algún significante y, por lolanto, en al­
gún momento eso va a oponer cantidad de resistencia al aná­
lisis, del mismo tipo, pero acrecentada, que la que W innicott
descubrió en la latencia. En efecto, la contradicción entre los
objetivos de desarrollo del proceso secundario propio del la­
tente y los objetivos que el psicoanálisis le (y se) propone se
radicaliza durante la adolescencia tardía. Cuando el paciente
está organizando incluso su sintomatología de un modo más o
menos estabilizado y desde el punto de vista de cierto acuer­
do con la realidad social compartida, llega un momento en que
el convite que le hace el análisis al des-ser, a desestructurarse,
resulta incompatible y difícil de soportar. Por lo que es tan fre­
cuente que el final del tratamiento irrumpa a través de un
ácting-out que trae una interrupción brusca, más o menos ra­
cionalizada, pero fundamentalmente ligada a las resistencias
del analista. Este no se percató de lo que estaba en juego, se
dejó engañar por las apariencias de estar analizando a un
adulto. En determinadas ocasiones, se puede ver a un paciente
que se trató en la adolescencia, que en determinado momento
no toleró proseguir, precisamente cuando se aproximaba a esa
desestructuración transitoria y que retoma cuando consigue
estabilizarse en algunas posiciones de su existencia en la
comunidad: trabajo, asentamiento heterosexual, etc.
Esto nos acerca a lo más específico en la función del jugar
durante este tiempo de la constitución subjetiva. Dijimos por
una parte que se vuelven a plantear viejas funciones en nuevos
niveles, pero hay también algo diferencial en aquélla, aprchen-
sible en el itinerario de identificaciones que hemos destacado.
Lo más importante en mi concepto es volver materia de juego
algo que de otro modo q uedaría inevitablemente inscripto en
la dim ensión de significante delsupervó. sobre Todo pdrnúé~ño~
cesan las múltiples (Temandas^eTC?!!^, presionando para que
normalice su posición se x u a I y t a n tasfo tras cosas que hacen a
su ubicación y rendimiento social. Si el sujeto no consigue
metabolizar estas demandas y transformarlas en algo propio a
través del jugar, queda atrapado en lo que funciona como
mandamiento superyoico de adaptación al ideal, conminado a
gozar, com o dice Lacan, entregado en suma aúna exi stcncia en
la que ya no tal ocual deseo, sino su desear mismo es rechazado
y desconocido55.
Sólo si consigue (y aquí es el punto donde de fracasar la
praxis lúdica puede sustituirla el acting-out) transformar eso
que viene desde el Otro como significante del superyó en
material de juego, material para construir su difiriendo — que
es tanto como decir su subjetividad, su deseancia— aguje­
reando, extrayendo, aceptando, dejando caer, aquello que
venía en el modo de la violencia de la imposición deviene,
transfigurado, significante del sujeto, o sea que lo representa
a él y no meramente a lo que lo ordena, en todos los sentidos
de la palabra. Con esto rozamos otra dimensión de la función
del jugaren la adolescencia, también algo que hemos tratado
poco en psicoanálisis y es, sin embargo, de tanta importancia'
(como que retoma cuando el proceso falló haciendo síntoma
en el adulto): lograLiiu c el trabajo, cualguisiajsea, pueda.
investixse^qmcjjijegQ; función capital entonces para derrum ­
bar por anticipado la dicotomía jugar/trabajar, que hace
estragos en la existencia del adulto.
Efectivamente, en muchos discursos de ‘los grandes’ se
escucha contraponer el dichoso (por despreocupado) jugar de
los chicos al ‘serio’ trabajo posterior, plagado de desdichas ya
desde lo mítico. Después de haber podido analizarlo m inucio­
samente en varios tratamientos, he llegado a la conclusión de
que una tarea de incomparable envergadura en la adolescen­
cia, regada de consecuencias del más diverso signo según sus
resultados.es lograr que aquello que se convierta en su traba­
jo para él se mantenga en su inconsciente radicalmente ligado
al jugaren toda su fuerza desiderativa, pues si se ve separado
de eüa el trabajo acarreará, en más o menos, alienación y em ­
pobrecimiento al sujeto. Por supuesto, esto conlleva arduos
problemas, inabordables aquí, pues el cam po social es cual­
quier cosa menos una materia neutra y dócil. Para empezar, no
todas las actividades se prestan de la misma manera ni ho­
mogéneamente para esa transformación que es tan necesario
que se opere. Digamos que hay materias más resistentes a la
infiltración inconsciente por lo lúdico56. Seria una ideologi-
zación en extremo equivocada de tan compleja cuestión
hacerla depender unívocamente de factores subjetivos indivi­
duales, existiendo incluso form acioi^s míticas desparram a­
das en el campo social que cualifican positiva o negativamen­
te el potencial creativo de tal o cual práctica. Ello sin contar
aquellas, por lo general ejecutadas en silencio, que directa­
mente necesitan y explotan potenciales paranoicos o esquizo­
frénicos, en donde la posibilidad de jugar se reduce a cero.
Pero si abandonamos tales extremos (bien remunerados,
por lo demás, según parece) de hecho se despliega toda una
vasta gama de actividades, cuya transformación en lo funda­
mental depende del sujeto, bien en una práctica em inentemen­
te a cargo del superyó y de lo crasamente adaptativo de la
normalidad más represiva o bien en producción auténticamen­
te sublimatoria que tratamos de categorizar en el registro de la
salud, como concepto diferente del de la normalidad. En lo
fáctico, es fácil experimentar esa diferencia entre un maestro
y otro, entre un psicoanalista y otro, entre otros casos57.
Sea lo que fuere, el caso es que instancias muy decisivas
para el desenlace, para los destinos de este proceso, se definen
en la adolescencia, no pocas veces de un modo que a la postre
ya no sufrirá alteraciones de importancia. Al clínico le consta
con qué frecuencia el destino que prevalece impone la escisión
entre jugar y trabajar; el primero queda del lado de lo infantil,
librado a los sueños diurnos o al “fantaseo’' (Winnicott)
improductivo. En cuanto al otro, privado de las raíces libidina-
les, se conforma al funcionar al servicio del superyó, dando
lugar a coeficientes de insatisfacción que el paciente adulto
trae al análisis, ora com o fracaso rotundo, éxito relativo y
escaso goce, ora como ‘triunfo’ en una perspectiva adaptacio-
nista a ultranza, que no repara en costos del orden del fa ls o s //.
Lo único que aquí triunfa sin cortapisa alguna corresponde al
significante del superyó. En los casos más favorables, la
función de esa miríada de juegos desplegados en el campo
social permite que — una vez de a poco y otra a saltos—
determinadas actividades del adolescente se estabilicen a la
par que pasa a ellas la savia del jugar. Los puntos en que este
pasaje no se produce preparan futuros síntomas e inhibiciones.
Quisiera detenerme en la idea — que me parece crucial— de no
buscar esto siempre ‘en grande’. A fin de cuentas el analista
encuentra muchas más pequeñas manifestaciones de aquéllos,
imperceptibles las más de las veces al sentido común o a una
teorización ajena al deseo inconsciente, pero cuya sumatoria
reticular resulta en efectos no espectaculares y sí muy signifi­
cativos: atemperaciones diversas del placer de vivir y de la
dolorosa alegría de crear. Converge con esto algo habitual de
hallar en la vida erótica: cuántas veces escuchamos la queja
por esa pulsionalidad que era idealizadamente más libre o más
rica o diversificada, antes de que se estabilizara en una
elección de objeto. A llí hubo algo del jugar que se perdió en
el camino hacia la vida sexual adulta formalizada en un
vínculo de pareja, y entonces, en lugar del incremento que se
esperaba acontece lo contrario, cierto quantum de deslibidi-
nización, una verdadera devaluación de lo erótico. Todo el
orden del polimorfismo perverso queda reprim ido bajo un
significante superyoico de la genitalidadque arrastra al sujeto
lejos de la sexualidad como juego. He aquí entonces el coito
como ‘trabajo’, rendimiento, cum plim iento... pero no del
deseo.
También en este caso el psicoanálisis comprueba que el
adolescente, angustiado ante el rebrote polimorfo, incapaz de
soportar su ambigüedad, apurado por reunificarse bajo una
bandera significante socialmente viable, reprim e sin quererlo
el potencial de juego para normalizarse sin estorbos. Así, el
pasaje de la vida sexual del “segundodespertar” a la del adulto
nos confirma p*r su cuenta la trascendencia de las funciones
del jugar en la adolescencia.
Digamos que el jugar con las identidades sexuales y con la
pluralidad de los dispositivos pulsionales es una de las tareas
que en este tiempo de la estructuración subjetiva recibe una
decisiva intensificación. Esto explica ciertos chascos por pre­
cipitarse a diagnosticar perversiones en los años que siguen a
la pubertad, dando a un episodio homosexual o de otro tipo un
cariz patológico que está lejos de tener. El analista (o quien
fuere) no ha advertido que tales sucesos o fantasías tenían que
ver con un itinerario lúdico, con una búsqueda de significan­
tes del sujeto en lo atinente a la vida erótica y no de lo que
imprudentemente se ha psicopatologizado.
Lo mismo en términos generales cabe decir de hj&^idic^io-
nefc. Ciertamente, eiLÍa_adolescencia.constituyen una pro*
flem ática de suma gravedad, sobre todo en grandes nuclea-
mientos urbanos. Pero no todo adolescente que en un momen­
to dado atraviesa una fase en que recurre al alcohol o a otra
droga está destinado a estabilizarse como adicto. Se trata de un
terreno especialmente resbaladizo porel peso de lo contingen­
te en cuanto al objeto de la adicción: en efecto, en muchas
situaciones en que el sujeto está en el filo de la navaja, la clase
de droga y su incidencia biológica vuélvense decisorias. Por
ejemplo, vemos pacientes que, en pro de hacer superficie con
un grupo de pares (o para ayudarse en las ansiedades hom ose­
xuales que éste les despierta) se aficionan a beber; tiempo
después esa afición desaparece sin dejar rastros, pero otro
género de intoxicación lo hubiera hecho mucho más difícil o
imposible. No hay por qué subestimar la gravitación de estas
contingencias, y el psicoanálisis menos que nadie, siendo
com o es un método para estudiar cómo lo accidental se
convierte en estructurante y en estructural.
La marcha de algunos tratamientos nos alecciona sobre la
necesidad, inmanente a la posición analítica, de abstenerse en
relación con la prisa por referir el material clínico a parámetros
psicopatológicos tan tranquilizadores com o falsarios. Por
ejemplo, uno de estos adolescentes ‘alcohólicos’ cambia brus­
camente de rumbo y de rubro: con un nuevo amigo planea
ahora robar cubiertas de automóviles. ¿Paso de la adicción a la
psicopatía? Tanto más fecundo y resolutorio fue el análisis
exhaustivo de su atracción inconsciente por la marginalidad.
Si aquella idea no se materializó, había en cambio toda una
historia de pequeños hunos y actos antisociales desde la
latencia inclusive, pero que nunca alcanzaron magnitud y
nodalidad com o para nombrar al paciente en base a ellos. En
todo caso eran fenómenos ambiguos, nada raros, entre el
acting-out y el jugar, para encuadrarlos totalmente en el
primero faltaba que realmente revistieran para él ese carácter
compulsivo que no deja al sujeto otra alternativa, la imposibi­
lidad de detenerlo. Y para ubicarlos sin resto en el segundo
echábamos de menos la estabilización cabal de una zona de
juego. Se trata de un criterio bien fundamentable para deslin­
dar cuándo estam os ante una práctica lúdica y cuándo ésta, si
existe, se sintomatiza mudándose en otra cosa, como en los
casos en que un juego se transforma en ritual obsesivo o
fetichista y se compulsiviza, crispando en formaciones rígidas
la espontaneidad que tendríamos derecho a suponer. Es ésta
una interferencia, una interceptación del proceso más saluda­
ble que, por el contrario, exhibe esa cualidad de “ser llevado
a término”58.
El terreno mism o de la formación de muchos futuros
analistas en la Facultad de Psicología proporciona otro campo
privilegiado para examinar y reflexionar sobre esta cuestión.
En efecto, también aquí encontramos una diferencia sustan­
cial entre quien puede jugar con las identidades teóricas que
circulan a lo largo de laenseñanza, y así hacer “com o si” fuese
lacaniano, kleiniano o cualquier otra cosa, mientras que en
otras ocasiones vemos lamentablemente un prematuro cierre
de la cuestión, donde tales nominaciones no se sostienen en lo
lúdico y se constituyen en significantes del superyó, situación
en que el sujeto es abrochado y conm inado a localizar su
posición ‘en serio’ muy prematuramente, sin la oportunidad
de realizar un itinerario que no significa otra cosa que la
apertura de un espacio donde la deseancia puede respirar.
En un artículo de no mucho tiempo atrás59 sostuve la tesis
de que la posibilidad potencial de una cierta formación psico-
analítica en el grado (o sea, con estudiantes aún adolescentes
al comenzar) era justamente no coagular identidades teóricas,
estimular la dimensión lúdica del trabajo intelectual y descu­
brir el psicoanálisis jugando, para lo cual remarcaba también
la necesidad de defender una enseñanza pluralista y, sobre
todo, una transmisión apuntalada en él. Es decir, todo aquello
que las instituciones psicoanalíticas en general desalientan y
que tantas y tantas veces nos aflige cuando analizamos o su­
pervisamos a colegas: síntomas o rasgos ya egosintónicos de
esclerosamiento precoz del pensamiento, que inmediatamen­
te nos avisan de un proceso de juego detenido, disociado,
cuando no en franca involución. En este sentido, considero
que la frecuente demanda de identificación precoz, de adqui­
sición precoz de identidad por parte del docente comporta un
serio fallo a la ética del psicoanálisis. La abstención de educar
en su connotación más inseparable de una normalización
represiva y patógena debería extenderse con todo rigor al
campo de la formación de los analistas. Quizás deberíamos
subrayar mejor lo iatrogénico de dicha demanda, su ridículo
fundamental, comparable al de una nena que, cuando se halla
jugando con sus muñecas, se le exigiera que mantuviese sos­
tenidamente las veinticuatro horas del día la responsabilidad
formal de ser madre. Lo que no es un ejemplo literario más o
menos feliz, porque así sucede en algunas familias cuando a
una nena, por ser la mayor y por defecciones en la función
parental, se le impone concretamente convertirse en la madre
de sus hermanos, posición que engendra toda una patología
subterránea, asunción en falso de un sitio a expensas de lo que
reivindicaría com o derecho a jugar.
Por todo esto, en mi opinión, el docente analista debería
abstenerse cuidadosamente de estim ular y valorizar la adhe­
sión más que a una línea, al principio mismo de ponerse en ella
como un ideal a alcanzar60. Menos aun debiera com plementar
especularmente tal demanda, que no deja regularmente de
formularse, porque no es que el estudiante sea una víctima
esclavizada; en el ám bito subjetivo sabemos de la existencia de
activos deseos de que eso ocurra, articulados y responsables de
una formidable apelación a que una línea se haga cargo de
nuestra vida intelectual; pero en todo caso desde la posición
psicoanalítica, desde su ética, tenemos derecho a exigir la no
respuesta y la crítica, el desmontaje de tal llamado.
A mi entender, al psicoanálisis le ha faltado hasta ahora (y
eso hace síntomas en el tratamiento de adolescentes) encarar
más a fondo y con sus herramientas la categoría del trabajar,
como si perteneciese por derecho a otras disciplinas y no
pudiera agregar otra cosa que simbolizaciones que plantean
equivalencias, por lo general tratadas en forma sumaria y
pintoresquista (típicamente, significaciones ‘sexuales’). O
bien salir del paso con una referencia — cuya nuclearidad se
inefectiviza por el nivel abstracto en el que se mantiene el
discurso teórico— a la sublimación61. Ahora bien, psicoanalí-
ticamente hablando hay sólo una manera, y sólo una, de tom ar
el toro por las astas: ligar la categoría mítico-histórica del
trabajo al deseo, o al desear mejor aun, com o eje de la
producción subjetiva. Todo el trayecto que venimos abriendo
desemboca en el punto en que ahora estamos, por poco que el
movimiento de la teorización no se restrinja. Nuestra primera
operación consistió en cómo el orden y el campo íntegro del
jugar infantil está originariamente (y no a causa de una
articulación secundaria) atravesado por el deseo inconscien­
te, al igual que si éste estuviese entubado en columna verte­
bral de aquél al tiempo que metastcisiciclo hasta en sus capita­
lidades más recónditas. Nos alejamos así al máximo de cómo
el fenómeno lúdico fue concebido en las psicologías de tipo
evolutivo; me refiero a pensarlo en términos de actividad
preparatoria para la vida adulta, actividad por ende em inente­
mente adaptativa y completamente al margen o com pleta­
mente marginante de la problemática dcsiderativa. Nos sirvió
de apuntalamiento un hecho clínico fundamental: si se quiere
conocer acerca del deseo de un niño, lo conseguiremos a
través de sorprender sus jugares. No existe vía más segura. La
referencia, por ejemplo, a su escolaridad, a su aprendizaje en
sentido general, aun al más exitoso, es sustancialmente inse­
gura, porque ahí puede estaren germen la escisión patogéni­
ca trabajo/juego que tantas veces domina el decursode laexis-
tencia humana. Pero aun en el terreno de lo que describimos
al decir“este chico está jugando’*, la detección de la presencia
o ausencia de la espontaneidad es imprescindible al diagnós­
tico diferencial, pues el niño bien puede estar haciendo los
gestos del jugar — incluso en nuestro consultorio— y en
realidad aplicarse a llevar las demandas que descifra o supone
en el adulto.
En ese caso, hará todos los movimientos del que juega
com o alguien puede hacer todos los movimientos del amor,
pero eso no quiere decir que haya sujeto jugante allí; no ha de
ser tampoco la presencia de juguetes lo que dé garantías.
Repitámoslo (ya que tanto se lo olvida): el único criterio
válido para decir que algo pertenece al t&Sstrolúcfico e s
descubrir lili í circulación líH d jñ á F T B S p te gue. y no sólo
deseo familiar que toma al sujeto de bjanco. Este es un punto
muy importante, porque la división dísocíativa e irreductible
juego/trabajo se encuentra en muchos casos preparada y
como preanunciada en ciertos empobrecimientos que suelen
perfilarse y constituirse durante la latencia, cada vez que el
aprendizaje todo (o sea nada menos que el desarrollo del
proceso secundario) queda capturado bajo el régimen de una
actividad sólo adaptativa comandada por el superyó al servicio
del deseo del Otro. Cuando así ocurre, la actividad escolar —
por ejemplo— no se ve penetrada, no es intrincada al jugar, el
niño podrá tener “ buenas notas” (y muchas veces ni siquiera
eso, porque de hecho no escasean ‘problemas de aprendizaje’
motivados en que el niño no consigue investirlo, lo cual suele
agravarse aun en el adolescente que sigue la escuela secunda­
ria), pero en nada remedian la disyunción que una vez plantea­
da tiende a crecer y a propagarse por toda la esfera cognitiva
y por toda la praxis del trabajo. Antes de que un adolescente
demande análisis por cuestiones ligadas a lo ‘vocacional’, nos
acostumbramos a recibir consultas por fracasos o serios fallos
en el aprender, cuya raíz es esa prematura dicotomización que
tratamos de cercar y mojonar teóricamente. Es mucho más fe­
cundo, en mi opinión, insistir en esta dirección que limitarse a
denostar prejuiciosamente los mass-media, culpándolos de
todo.
La epistemofilia, la curiosidad intelectual, el deseo de
saber, el espíritu de investigación, nada de esto tiene sentido si
no es transformación del jugar. El adulto que experimenta con
variables de laboratorio no debe pensarse en mera analogía al
pequeño con sus ‘chiches’, e idéntico vínculo liga éste a
prácticas muy distintas del trabajo intelectual.
Vale detenerse en un comentario o, mejor dicho, en una
consigna característica del período escolar: ‘con esto no se
juega’; ‘ahora no estamos jugando’. Es una puntuación ya de
por sí iatrogénica: el recreo es ‘para jugar’, y además se lo
concibe como.una válvula de escape (me estoy refiriendo, por
supuesto, a hechos comunes: el plano de las declaraciones es
distinto, claro está) con mero valor de descarga. La hora
escolar, en cambio, no es para jugar; de un modo tan rudimen­
tario se asienta la primera sacralización del trabajo. En los
márgenes de esta burocratización, pese a todo, algunos docen­
tes logran que un poquito al menos de lo del jugar entre en la
hora de clase, y no es casual que el latente o el adolescente, por
lo general, los reconozca espontánea y rápidamente. Son aque-
líos que provocan una experiencia de aprendizaje y el saldo
de una marca que no es la del superyó, pero sí confirmatoria
de loque estoy desarrollando: para hacerlo tienenque socavar
la disyunción entre tiempo para jugar y tiempo para el trabajo
escolar.
La disyunción no sólo es estructural; también (para peor)
es histórica. En efecto, recordemos que el pequeño lo adquirió
todo jugando (si verdaderamente es una adquisición subjetiva
y no un amaestramiento)65: comer, cepillarse los dientes, ves­
tirse; habilidades a su vez apuntaladas en una sólida fijación
del ser al cuerpo que la práctica lúdica conquistó. No hay, por
tanto, razones de deseo para cambiar de rumbo ni para variar
el procedimiento. Si se esgrimen, pues, argumentos, serán los
del superyó.