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Subjetivismo: consideraciones iniciales

Consideremos tres enunciados, cada uno de los cuales expresa a su


manera la idea de que las opiniones morales, o los juicios morales, o las
concepciones morales son «meramente subjetivos» a) «Los juicios morales de
un hombre meramente consignan (o expresan) sus propias actitudes.» b) «De
los juicios morales no se puede probar, decidir o mostrar que sean verdaderos
como puede hacerse de los enunciados científicos; son cuestión de opinión
individual.» c) «No hay hechos morales; sólo hay la clase de hechos que la
ciencia o la observación común pueden descubrir, y los valores que los hombres
asignan a estos hechos.» Estos juicios se aproximan mucho entre sí y en las
discusiones sobre el subjetivismo y el objetivismo uno encuentra versiones de
los tres que son usadas como virtualmente intercambiables. Por supuesto que la
correlación entre estos juicios es genuina. Pero son significativamente
diferentes.
El primero, a) expresa lo que en un sentido amplio podríamos llamar un
punto de vista lógico o lingüistico: pretende decirnos algo sobre lo que las
observaciones morales son o hacen. El segundo, b), introduce un conjunto de
nociones que no está presente en el primero, nociones conectadas con el
concepto de conocimiento, y puede considerarse que expresa un punto de vista
epistemológico sobre los juicios morales. El tercer enunciado, c), es el más vago
y el menos tangible de los tres, y muestra en su superficie el riesgo-de hundirse,
parcial o totalmente, en uno u otro de los dos primeros: que es lo que muchos
filósofos pretenderían que debía hacer. Sin embargo, en su forma inadecuada
parece hacer un ademán apuntando hacia algo sumamente próximo a aquello a
lo que se han referido muchos a quienes ha preocupado la cuestión de la
objetividad moral: la idea de que no existe un orden moral «ahí fuera» -ahí
fuera, en el mundo, sólo existen las clases de cosas y las clases de hechos de los
que trata la ciencia y otras formas más cotidianas de pesquisa humana de las
que la ciencia constituye un refinamiento.1

1
WILLIAMS, Bernard. Introducción A La Ética, Colección de teorema, 1972,pp. 27-28
0 6 Relativismo
¿Está la belleza en el ojo del que mira? Sin duda la pregunta
más familiar en el campo de la estética es si los valores
estéticos como la belleza son propiedades «reales»
(inherentes, objetivas) de las cosas a las que se adscriben.
O si bien, tales valores, están inextricablemente ligados, o
dependen de los juicios y actitudes de los humanos que
hacen la valoración. En pocas palabras, la hipótesis del
relativismo moral es que la segunda respuesta es la
correcta y que lo que funciona para la estética lo hace
también para la ética.

Hasta cierto punto, la propuesta relativista consiste en que tratemos


los juicios morales como si fueran estéticos. S i uno dice que le gus­
tan las ostras y a mí no, estamos de acuerdo en discrepar. En tal caso,
no tiene sentido decir que uno de nosotros está equivocado o bien
que tiene razón; y me resultaría absurdo intentar convencer a la otra
persona de que no deberían gustarle las ostras, o bien al revés.

Del mismo modo, argumenta el relativista, si un grupo social o comu­


nidad particular aprueba, por ejemplo, el infanticidio, no se puede de­
cir que se equivoquen, porque para ellos está moralmente bien. Y no
sería adecuado que los demás los criticaran o intentaran convencerles
de cambiar de opinión, porque no hay una postura neutral desde la
que se pueda hacer. Según esta perspectiva, no hay verdad moral — o
principio o creencia moral— que sea «realmente» correcta o errónea:
solo se puede considerar así desde la perspectiva de una cultura parti­
cular, sociedad o periodo histórico.

La costumbre reina U na de las atracciones obvias del relativis­


mo es que encaja bien con la gran diversidad de creencias morales que
existen hoy en día y han existido en diferentes tiempos y lugares en el
pasado. Este asunto ha aparecido en la historia desde muy temprano.
El historiador griego Herodoto, que escribió en el siglo v a.C., cuenta
la historia de un grupo de griegos en la corte de Darío, rey de Persia,
que se horrorizaron por la sugerencia de que deberían comer los cuer-

Cronología
Siglo VI a.C. Siglo V a.C.
Según Herodoto, Darío el Grande de Persia Protágoras y otros sofistas griegos
explora la idea del relativismo cultural. defienden el relativismo moral.
|tos muertos de sus padres; entonces, se encuentran con los miembros
ile la tribu de los calatianos, que seguían esa práctica y a quienes les
disgustaba de igual modo la costumbre de los griegos de incinerar a
sus muertos. Consciente de que la moral es bási­
camente una cuestión de convención, el histo­ ( ( ¿Qué es la m oral
riador, entonces, cita con aprobación las pala­ en algún tiempo o
bras del poeta Píndaro: «La costumbre reina lu g ar indeterm inado?
sobre todo».
E s lo que acepta la
Disentir en estar de acuerdo en disentir m ayoría entonces y
Uno de los problemas del trato relativista de los allí. Y lo inm oral es
juicios morales como si fueran estéticos es que lo que no les
parece descartar cualquier desacuerdo en cuan­ g u s ta .) )
to a valores morales: no parece tener sentido
discutir sobre las ventajas y desventajas de co­ AlfredNorthWltitehead,
mer ostras o cometer infanticidio. N o obstante, filósofo inglés,
en realidad, nuestras vidas rebosan de ese tipo 1941
de discusiones y debates: a menudo tomamos
posiciones fuertes respecto a asuntos éticos, como el aborto y la pena
capital, individualmente o como sociedad, y a menudo cambiamos de
ideas con el tiempo.

Un relativista empedernido replicaría no solo que diferentes cosas


pueden parecer correctas a diferentes personas, sino que las mismas
cosas pueden ser correctas o erróneas para las mismas personas depen­
diendo del momento. ¿De verdad puede un relativista vivir con la
conclusión de que prácticas como la esclavitud o la quema de herejes
están mal ahora pero estaban bien en el pasado porque las culturas
(interiores así lo afirmaban? Los defensores del relativismo a veces in­
tentan dar la vuelta a esos fallos para llevarse a su terreno aspectos de
nuestras vidas morales. Tal vez, argumentan, no deberíamos juzgar tan
duramente a otras culturas; deberíamos ser más tolerantes, abiertos de
mente y sensibles a otras costumbres y prácticas. En resumen, debería­
mos vivir y dejar vivir. Solo que esto no funciona, puesto que única­
mente la persona no relativista y supuestamente no tolerante puede
aceptar la tolerancia y la sensibilidad cultural como virtudes que to­
dos deberíamos abrazar. Desde la perspectiva relativista, por supuesto,
la tolerancia es solo otro valor con el que las diferentes culturas o so­
ciedades pueden estar de acuerdo o no.

i seo- zoos
Las ideas relativistas dan alas al auge del El cardenal Joseph Ratzinger condena
libertarismo del «todo vale». la «dictadura del relativismo».
La. á\ chañara. dei rdód'ívísnio
La ideología opuesta al relativismo es bueno y nos da el conocimiento
es el absolutismo, que defiende que necesario para distinguir lo cierto
hay ciertos principios morales que de lo falso», estaba intentando ser
nunca deberían violarse, y que sustituida por el relativismo, una
ciertas acciones siempre están mal. creencia corrosiva en que cualquier
punto de vista es tan bueno como
Los absolutistas abundan entre las
otro, y que por tanto hace
moralidades religiosas, que a su vez
imposible llegar a alcanzar la
se sienten amenazadas por las ideas
auténtica verdad en ningún tema.
relativistas.
Él creía que todo esto daba como
En 2005, poco antes de convertirse resultado una «dictadura del
en el papa Benedicto XVI, el relativismo»: una tiranía que
cardenal Joseph Ratzinger dio un alentaba una falsa y anárquica
sermón en el que expresaba su sensación de libertad y precipitaba
miedo a que la certeza de la fe, que una caída en el libertinaje moral y
«nos abre las puertas a todo lo que especialmente sexual.

S i to d o vale... A partir de la habitual y extendida opinión de


que «todo es relativo», a veces se llega a inferir que «todo vale», y
en décadas recientes esas palabras se han convertido en el eslogan
de cierto tipo de libertarismo que se sitúa contra todo tipo de fuer­
zas tradicionales o reacciones de la sociedad, la cultura y la religión.
Sin embargo, el tipo de incoherencia que aflige al relativista tole­
rante rápidamente sobrepasa a estas versiones más extremas del re­
lativismo.

El relativismo radical, por su parte, defiende que cualquier postura,


moral y de cualquier otro tipo, es relativa. Entonces, ¿no debería­
mos llegar a concluir que la afirmación de que todo es relativo es
relativa tam bién en sí misma? Bien, tiene que serlo para evitar auto-
contradicciones; pero si es así, ello implica que mi declaración de
que todas las afirmaciones son absolutas es cierta para mí. Así, por
ejemplo, los relativistas no pueden decir que siempre está mal criti­
car las disposiciones culturales de otras sociedades, puesto que para
mí puede ser correcto hacerlo. En general, los relativistas no pue­
den mantener consistentem ente la validez de su propia posición.

Aceptable con moderación Los primeros nombres que se aso­


cian al relativismo moral son los sofistas de la G recia clásica, los filó­
sofos viajeros y profesores, como Trasímaco o Protágoras, que afirma­
ban (según Platón) que las cosas eran buenas o malas, correctas o
incorrectas, justas o injustas según la convención humana, y no por
los hechos naturales. Las inconsistencias del relativismo de Protágo-
mi se exponen con destreza en las diálogos platónicos protagonizados
poi Sócrates, pero, de hecho, Protágoras. parece que adoptó una posi­
ción moderada, y que llegó a argumentar que debía haber unas reglas
Inamovibles (es decir, basadas en la convención) que aseguraran que
la sociedad pudiera funcionar tolerablemente.

l a postura de Protágoras implica el reconocimiento de que tenemos


que estar de acuerdo en algo, tener una base común, para vivir juntos
como seres sociales. Precisamente, el relativismo radical socava esa
liase común. Sin embargo, en realidad, como ha demostrado la antro­
pología, aunque puede haber diferencias innumerables en los detalles,
indas las culturas, pasadas y presentes, comparten virtualmente mu-
i líos de los valores básicos: por ejemplo, hay normas aceptadas contra
d asesinato fuera de la ley, sin las que la vida en sociedad sería impo­
nible; y reglas contra la ruptura de promesas, sin las que la coopera-
i lón sería imposible. Una dosis comedida de relativismo, por tanto,
podría ser un sano correctivo al aislamiento cultural o al fanatismo.
I n dosis grandes, no obstante, es tóxico, puesto que conduce a algo
muy cercano al nihilismo moral.

La idea en síntesis:
¿la moral como
resultado del voto
de la mayoría?