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Sabiduría chamánica del sentimiento

El estar siendo – ocurriendo

Peter Wild

Cuatro Vientos, 2002.


Santiago de Chile
ISBN: 978-956-242-080-8
Agradecimientos

Cuando se observa con perspectiva la huella que se


ha transitado, la mirada se detiene en todos aquellos
seres que han participado del propósito, muchas veces
inconsciente, al cual uno se lanza en la vida.

Agradezco desde el sentimiento más profundo a


Claudia Murillo, mi pareja, quien ha sido mi amada com-
pañera en este proceso que hoy se ve retratado en este
libro. A Carmen del Campo, mi madre, por aquella “sa-
biduría del saber escuchar y acompañar”, que me ha
permitido hallar la salida cuando me he perdido en el
laberinto. .

Gracias al Doctor Luis Eduardo Flores, del Departa-


mento de Educación de la Universidad Católica de Chi-
le, quien me mostró que la excelencia académica va de la
mano de la pasión por conocer, y me abrió el horizonte
cuando me permitió ponerle alas a] pensamiento. A Fresia
Salina, antropóloga de la Universidad Bolivariana, quien
me ha mostrado el camino de la rigurosidad y el
cuestionamiento, en sus comentarios, sugerencias y estí-
mulos, frente al propósito de realizar una investigación
académica desde la perspectiva que aquí se presenta.

A Miguel Muñoz, amigo del alma, quien trabajó en


la composición gráfica de este libro como si fuera suyo.
A José Gengler, psiquiatra gestáltico, quien siempre es-
tuvo para brindarme su ayuda y compañía en el trans-
curso del trabajo realizado junto a Illapa.

A Illapa, quien me ha permitido recordar y revitalizar,


entre muchas otras cosas, la convicción de que toda sa-
biduría se encuentra en el propio interior. Gracias a él,
he redescubierto la existencia de la montaña, del ave,
de la vertiente, del viento, del fuego y de todos aquellos
seres que nos contienen silenciosamente en el anoni-
mato de lo desconocido, de la oscuridad.
Y a muchos otros amigos y compañeros de esto que
llamamos vida que palpitan en n1i interior, con los cua-
les mantengo una deuda de gratitud.

Primera Parte

LA BÚSQUEDA DEL SENTIMIENTO

CUALQUIER UNO Es EL TODO Y EL TODO Es UNO

Conversando con Sara, me comentó que había ini-


ciado un trabajo de sanación con un médico-chamán,
que había llegado a1 país invitado a dar una conferencia
sobre medicina andina.

Tal hecho llamó fuertemente mi atención, pues me


impresionó notar el gran cambio que en ella se había
producido. Se veía feliz, llena de vitalidad y frescura,
sentimientos poco frecuentes en ella. Por otra parte,
según lo manifestado por Sara, el método utilizado por
este hombre ponía el acento en la capacidad de todo ser
humano de ser protagonista dentro de su proceso de
sanación, vale decir, planteaba que la enfermedad se
producía como resultado de la forma de vida del propio
individuo, por lo que era el mismo enfermo quien debía
revertir su estado de enfermedad al de salud. Su rol como
chamán era indicar el camino a seguir, es decir, entre-
gar al enfermo un tratamiento pertinente en relación con

su propia naturaleza y acompañarlo en el proceso de


recuperación de la salud.

Mientras ella hablaba, sentí un gran interés por co-


nocerlo. Me fascinaba la propuesta que escuchaba, en
el sentido de ver al enfermo como un participante acti-
vo, como protagonista dentro de su propia búsqueda
que, en este caso, era obviamente la restauración de la
salud de Sara. Sentía que, por lo general, muy pocos
están dispuestos a hacerse cargo de las consecuencias
de su forma de vida, y sin lugar a dudas es más fácil
soñar con que, al final de todos nuestros abusos y senti-
dos, llegará un ser sobrenatural que, haciendo uso del
poder, se hará cargo de todas nuestras dificultades, ya
sean físicas o existenciales.

Fue así como tomé el teléfono y me comunique’ con


José. Le dije directamente que no lo estaba llamando
por un problema de salud. Mi interés en conocerlo esta-
ba dado por una inquietud personal y sólo le pedía una
reunión para conocerlo y conversar con él.

—Muy bien —me dijo en tono amable—. ¿Cuándo pue-


des venir a verme?

—Cuando usted diga —respondí.

-¿Te parece bien mañana jueves, a las cinco?

—Me parece bien. '

—Entonces será hasta mañana —dijo él.

Cuando llegué al número que buscaba, él estaba pa-


rado en la puerta de entrada a la casa. Lo ví y por un
momento no supe qué estaba haciendo yo ahí. Me bajé
del automóvil y me acerqué a e'l. Me miró, abrió sus
brazos y me abrazó, una vez hacia la derecha y otra

hacia la izquierda, mientras me decía: “Que sea en bue-


na hora”. Su expresión era de completa calma y sereni-
dad. En sus labios había una sonrisa y en sus ojos un
brillo especial.

—¿Dónde prefieres estar, dentro de la casa o en esta


mesita del jardín? —me dijo mientras entrábamos al
antejardín.

Preferí afuera. Nos sentamos.

Nos encontrábamos frente a frente, nuestras mira-


das se cruzaban y guardábamos silencio, un silencio
poco usual que envolvía y desnudaba. Comencé a ha-
blar, a contarle de mí, quién era, qué hacía, qué busca-
ba. Le conté que soy antropólogo, que vivo en el cam-
po con una mujer hermosa y que me encuentro ahí por
una inquietud personal, profunda, que abarca y empa-
pa todas las dimensiones de mi vida, un sentimiento
de ser protegido y amorosamente tratado por la vida y,
sin embargo, sentir una sensación de “desconexión”
con la esencia misma del sentido. Una característica
común en nuestros días. Aprendemos, conocemos y
mientras más sabemos más fuerte es la sensación de
que en la práctica no sabemos nada, o casi nada de lo
que nos rodea, de lo que llamamos realidad. Las teo-
rías nos satisfacen por un tiempo pero luego nos da-
mos cuenta de que en realidad no hemos hecho más
que explicar “algo” de una manera diferente, más
sofisticada y más abstracta que antes. Nuestra mente
por un minuto se aquieta pero nuestro ser siente, o por
lo menos mi ser siente, que hay “algo” allí alrededor,
cerca, muy cerca, encima, dentro de uno que es inex-

plicable y por lo menos impenetrable, a través del uso


restrictivo de la razón. Algo así como explicar el amor,
la compasión o el dolor. Las palabras se agotan en afa-
nados intentos de explicación y aunque logre quedar
medianamente claro para la mente racional, para quien
lo siente le queda la sensación de no haber dicho nada.
Es por ello que la poesía nos libera y nos interpreta, ya
que nos comunica con el sentimiento que nos liga a
nuestra naturaleza del sentir.

—Es en este sentido que estoy aquí -proseguí—. La


verdad es que explicar claramente mi intención de
haberlo llamado es algo así como explicar lo que acabo
de decir. Lo que sé es que no es casualidad mi inquietud
por conocerlo en cuanto usted es un “indígena”, por lla-
marlo de alguna manera. Siento que el conocimiento de
los pueblos originarios, de los cuales usted forma parte,
es lo más transparente, en cuanto a lo que de ideologías
y teorías científicas o esotéricas se refiere.

José permanecía absolutamente quieto y en silencio.


Sentado en una silla de jardín, con su cuerpo recostada
levemente hacia atrás, me miraba fijamente a los ojos,
lo que dificultaba mi claridad para comunicarme, se
podría decir que mi sentimiento era algo así como estar
hablando puras bobadas. Sin embargo, yo continuaba,
pues sabía que si me dejaba llevar por esta idea me ca-
llaría y no hablaría más.

Continue mi exposición diciendo que no estaba ahí


en busca de un sistema de creencias, de una religión o
de una filosofía que pudiese colocarme como un pon-
cho. De hecho, aquello era lo que quería decir cuando

planteaba mi idea o intuición con respecto a que, den-


tro del conocimiento chamánico, la filosofía o marco
conceptual es menos importante que la dimensión prác-
tica de hacer y sentir. Hice una pausa y José entonces
habló.

—Hoy, el “chamán”, como tú le dices, ya no viste ne-


cesariamente con ropas especiales, ni plumas. Él es un
tipo de hombre que se adapta al espacio y al tiempo que
tiene que vivir. Lo indígena está muriendo y eso es una
realidad. Así como muchos indígenas vienen hoy a las
ciudades en busca del mundo moderno, existen sólo al-
gunos hombres que desde dentro de las ciudades van en
busca del conocimiento indígena, de la sabiduría que
muchas culturas ancestrales han guardado por siglos, que
han protegido silenciosamente hasta nuestros días en que
comienza a ser transmitido. Yo estoy aquí por ellos, para
conectarme con aquellos pocos y mostrarles lo que bus-
can “ver”, pues es humana aquella necesidad de condu-
cir el sentido de la vida, es parte de la naturzfleza de los
hombres, una exigencia para quien indaga dentro de sí.
Es importante comprender que lo que tú llamas “chamán”
no es más que el desarrollo de las potencialidades laten-
tes en todo ser humano. No es una condición del hombre
indígena, te reitero, es humana.

Sus palabras me fueron envolviendo, creando una


atmósfera de templanza y contención. La agitación y la
incertidumbre con que había llegado a nuestro encuen-
tro se fueron transformando en un sentimiento de silen-
cio interior. De un momento a otro, mis preocupacio-
nes ordinarias quedaron atrás, para dar lugar a todos
aquellos pensamientos que guardamos dentro y que
cultivamos solos en algún rincón. Observe a mi alrede-
dor, lo nliré, le sonreí, me sonrió.

—Sabes, José, el vivirla existencia sintiéndose un ob-


servador de la realidad, en la cual uno está inmerso, es
algo que me provoca una sensación extraña, en este
momento no tengo mucha claridad para explicarlo. Es
por ello que prefiero desciibirlo como un sentimiento.
El hecho de haber elegido una carrera como antropolo-
gía no fue casualidad. Todo comenzó como una inquie-
tud que, sin ir más lejos, es la misma que hoy me tiene
aquí. Y por ello es que esta intención no se distancia de
n1i disciplina, ya que va en busca de lo mismo, de la
comprensión del ser humano. La diferencia es que hoy
ya no me sirven las especulaciones, las ideas, las creen-
cias intelectuales, las teorías. El punto está en que yo
formo parte de este universo y, por lo tanto, siento que
la búsqueda de cualquier respuesta debe partir de uno
mismo; no quiero ni pretendo pasarme la vida hablan-
do de los otros, emitiendo juicios, explicaciones e in-
terpretaciones que reproduzcan lo que para mí es un
teatro del absurdo, vale decir, pararse como observador
reconocidamente subjetivo y hablar de otros sin nunca
mirarse a sí mismo.

Pensé y le comenté lo que tantas veces me había cues-


tionado en relación al planteamiento de la antropología
nativa, una corriente que cabe dentro de la que fue lla-
mada, hace algún tiempo, corriente postmodema y que
surge a partir de la antropología interpretativa. Este en-
foque desarrolló una toma de conciencia respecto del

contexto geopolítico en el que la disciplina se había de-


sarrollado, que no fue otro que el de la expansión colo-
nialista en una primera fase, seguida de la expansión
imperialista de las potencias occidentales en el siglo XIX,
con la imposición de nuevos regímenes coloniales en
zonas del mundo tecnológicamente subdesarrolladas, las
llamadas sociedades primitivas en las que los primeros
antropólogos habían estado trabajando. En definitiva,
hizo un profundo cuestionamiento de los presupuestos
implícitos de la disciplina. El régimen colonial impo-
nía por definición una situación de desigualdad en la
relación del antropólogo con el pueblo nativo, confi-
riendo a los practicantes de la disciplina una posición
de privilegio y autoridad implícitos. Por ello, la antro-
pología nativa plantea que la disciplina en toda su tra-
yectoria no ha hecho más que, en nombre de la objetivi-
dad, hablar de sí misma y ha tenido que pagar el precio
de quedarse sola, llena de sí misma y con el abismo de
la alteridad.

—Esto lo digo, José, porque la pregunta para mí es


cómo poder, a partir de uno mismo, decir algo sobre el
hombre. El punto está en no caer en los extremos de,
por una parte, hablar de otro sin tener conciencia de
que uno está proyectando lo propio en lo diferente y,
por otra, no comenzar con uno y agotarse en ello. En
este sentido, aunque de pronto sólo parezca como un
principio metodológico, un punto de vista explícito res-
pecto del trabajo de campo contemporáneo es que se
trata de un encuentro social, en donde la intención del
investigador está orientada a construir historias de for-

ma cooperativa, viendo el encuentro antropológico como


un proceso esencialmente interactivo.

Al margen de todas las diferencias culturales, así


como individuales que los seres humanos constatamos,
somos todos parte de lo mismo; llámese universo, rea-
lidad, totalidad, o como se le quiera denominar. La di-
ferencia radica en la interpretación que damos a la rea-
lidad como culturas y como individuos pertenecientes
a un grupo social determinado.

-—No estoy planteando la supremacía de la concep-


ción de realidad de un grupo por sobre los demás, sino
que, por el contrario, todas las interpretaciones son vá-
lidas en su contexto; sin embargo, pienso que mi cul-
tura, que pertenece a lo occidental, no cuenta con el
modelo cognitivo que le permita explicar ni menos ac-
ceder a otra dimensión de la realidad que no sea la físi-
ca y por ende racional. Lo sabemos, es lineal y lógica
y, por lo tanto, limitada. Es extraño, pero el hombre
occidental sabe que existen muchas culturas milenarias
que han logrado crear métodos a través de los cuales
introducirse en dimensiones no físicas o conocidas por
nosotros como espirituales, desde los cuales han perci-
bido nuevas categorías y descripciones de la realidad,
incluso logrando actuar sobre ella de manera pragmá-
tica y, sin embargo, seguimos creyendo que nuestra
descripción de la realidad es la más correcta. Nos
arrogamos el derecho de categorizar y clasificar la di-
versidad cultural en la búsqueda de leyes universales
que expliquen la naturaleza humana, olvidando que los
seres humanos no nos relacionamos directamente con

la realidad, nos aproximamos interpretándola, lo que


nos indica que no es posible la pretensión de buscar el
valor de verdad de la expresión humana, como si la
visión de mundo del investigador estuviera dotada de
una moral que va más allá de la cultura, entregándole
los criterios de verdad y racionalidad con los cuales
pudiese evaluar las diferentes expresiones culturales.
De hecho, un antropólogo llamado Paúl Rabinow plan-
teó que en realidad no existen primitivos, sino otros
hombres que llevan otras vidas. Personalmente pienso
—como le decía anteriormente- que lo que cambia de
una cultura a otra, por ejemplo en el caso de las cultu-
ras que cuentan con los llamados por nosotros genéri-
camente chamanes, es la interpretación y por lo tanto
la descripción que hacen de las percepciones alcanza-
das en estados “alternos de conciencia” pero que, sin
embargo, aluden a lo mismo; lo que cambia es la for-
ma lingüística, la simbología, las representaciones que
están dadas por la dimensión cultural de un grupo hu-
mano. Todos somos sujetos bajo la misma condición
humana y nosotros, los antropólogos, nos abocarnos a
nuestro quehacer motivados por conocer el mundo des-
de el punto de vista del otro, de entrar en diálogo con
él con el propósito de poder comprender su particular
visión de mundo, pues representa una creación y ex-
presión de vida que, como tal, amplía la propia visión
de lo humano.
José me escuchaba pacientemente, sus ojos entrece-
rrados me miraban con un brillo que por momentos se
perdía cuando cenaba los ojos. De pronto tomó la palabra.

-Yo estoy dispuesto a acompañante si tú lo quieres...


éste es mi propósito. Sin embargo, por ahora no habrá
espacio para la teoría, contigo sólo seremos práctica.
Al parecer tienes ideas muy claras, pero debes saber
que la teoría sólo es útil cuando uno es capaz de hacer y
sentir lo que teoriza; de lo contrario, sólo son palabras
que nos alejan de la realidad. Quiero dejar claro algo:
yo te he elegido a tí, tú no me elegiste a mí. Todo cuan-
to hagamos y hasta donde lleguemos, depende de ti. La
elección de que te hablo es sólo un propósito, pero ella
no es sinónimo de nada, no es una garantía. El trabajo
lo tienes que hacer tú, yo sólo puedo guiarte y entregar-
te lo que sé. Tú tienes que buscarme a mí, yo no te bus-
caré a ti. Pero bien, ya hemos hablado suficiente; ahora
sólo queda comenzar a trabajar, se podría decir que quie-
ro que sufras —hizo una pausa y continuó—. No sabemos
escribir con ambas manos; de izquierda a derecha y de
derecha a izquierda, de abajo hacia arriba, y en diagonales.
No manejamos los dos pies, ni escuchamos igual con
nuestros dos oídos, ni vemos lo mismo con nuestros
dos ojos, tenemos uno más desarrollado que el otro. Te
estoy hablando de equilibrio. Si estamos aprendiendo a
escribir solamente con una mano, estamos en desequi-
librio. No tenemos los dos lóbulos cerebrales desarro-
llados, el hombre vive polarizado —sentenció.

Cambiando rápidamente la actitud, se levantó enér-


gicamente y me pidió que sacara un lápiz y papel para
que anotara los primeros trabajos que debía comenzar a
realizar desde ese mismo momento.

—Primero, una dieta.

Consistía en sustituir los alimentos del desayuno y


de la once por frutas. El almuerzo y la comida, por ver-
duras crudas sin sal, aliñadas sólo con aceite de oliva y
mucho limón. Todos los otros posibles alimentos que-
darían excluidos de la alimentación.
Debía realizar además diariamente ejercicios con la
mano izquierda. Al respecto me dijo:

—No hay nada que puedas hacer antes de equilibrar


tu lado izquierdo y derecho. Si no eres capaz de escribir
y hacer todo tipo de actividades con la mano izquierda,
no podrás llegar a ninguna parte.

Para ello me entregó una serie de ejercicios que de-


bía realizar en un cuaderno cuadriculado. El primero
consistía en hacer espirales en todos los sentidos, vale
decir, de izquierda a derecha y viceversa, de arriba ha-
cia abajo y viceversa, así como también las diagonales
en ambos sentidos. Me explicó que la idea era hacer
círculos continuos dentro de cada pequeño cuadrado,
que se fueran interceptando a] igual que la intersección
de conjuntos: detenerse cuando termina una línea y co-
mienza otra. (Ver Fig. I, pág. 193).

Un segundo ejercicio consistía en hacer rayas si-


guiendo los bordes de cada cuadrado de la hoja, reali-
zándolas en las mismas direcciones anteriores. (Ver
Fig. 2, pág. 193).

El tercero consistía en hacer pirámides: “Como las


que hay en las alfombras y tejidos andinos”, me dijo.
(Ver Fig. 3, pág. 193).

Por otra parte, durante todo el día debía taparme un


ojo y anotar qué cambios se producían al mantener la

visión unilateral. Al día siguiente, debía alternar cam-


biando de ojo. Asimismo, debía taparme un oído y lue-
go el otro. La idea era tomar conciencia de ambos la-
dos, sentir cómo se diferenciaban y complementaban.

Por último, debía realizar las respiraciones de los


cuatro elementos: la hiperventilación, que se realiza
inspirando por la nariz y exhalando por la boca de ma-
nera muy rápida e intensa; la hipoventilación, en donde
se sostiene la respiración, tanto al final de la exhalación
como de la inhalación, por espacios de tiempo que pue-
den llegar a durar más de tres minutos; la respiración
circular, que consiste en botar el aire por la boca e
inspirarlo por la nariz y que se logra desplazando la
mandíbula hacia adelante y colocando el labio inferior
sobre el superior sin que éstos se junten, lanzando el
aire hacia la nariz, con lo cual, al inspirar nuevamente,
se vuelve a introducir al organismo parte del aire que se
ha exhalado y, por último, la respiración lenta y fluida.

La primera es llamada por José la respiración del


aire; la segunda corresponde a la del agua; la tercera, a
la de la tierra y la cuarta, a la del fuego.

Del aire, porque se aumenta el nivel de oxígeno en


la sangre; del agua porque al contener la respiración se
disminuye el ritmo cardíaco y el metabolismo de todo
el organismo, llegando a los ritmos vitales de la vida
prenatal; de la tierra porque aumenta el nivel de
anhídrido carbónico al volver a respirar el aire que sale
del organismo, y la del fuego, que corresponde al espí-
ritu. La persona experimenta los cambios que se han
producido en su metabolismo a partir de las tres prime-

ras respiraciones. Se activa el sistema límbico, conoci-


do también como el cerebro primitivo.

“Una cosa más”, me dijo en tono serio‘ antes de ter-


minar:

—Recuerda el sentimiento que nos liga: “Cualquier


Uno es el Todo y el Todo es Uno”.

SUSPENDIDO EN LA NEGRURA

La primera semana de trabajo fue realmente difícil.


En la primera reunión con José, producto del entusias-
mo, no pude dimensionar qué significaba adoptar la dis-
ciplina que me estaba proponiendo. Debo reconocer que
no pensé jamás en lo dificultoso que sería para mí cam-
biar mi rutina y mis hábitos. El realizar los trabajos y
cambios que José me proponía no era tan difícil de
implementar, como el hecho de modificar los patrones
de conducta existentes. A simple vista, entrar en el mun-
do de José implicaba añadir ciertos hábitos y ejercicios,
pero, sin embargo, lo ¡nas difícil era dejar atrás todos aque-
llos modos de ser que interferían con lo que José me pro-
ponía. Por más que creyera entender el objetivo de tales
ejercicios, en la práctica no entendía nada. La ansiedad
era cada vez mayor; emocionalmente me encontraba ab-
solutamente inestable; lograr la disciplina de realizar to-
dos los días por más de dos horas los ejercicios fue algo
que por momentos me sobrepasó. Al igual que aprender
a comer sin sal, sin azúcar y sin salirme de la dieta.

Las dudas comenzaron a asomarse. Sin darme cuen-


ta, de pronto empecé a pensar qué era lo que estaba
haciendo y para qué. Lo único que había logrado sentir
de verdad era un sentimiento de gran tranquilidad lue-
go de las respiraciones. Dudé de José, de mí y de todo
cuanto estaba sucediendo. Realizar los ejercicios me era
dificultoso. Me dolía la laringe, la mandíbula, el pecho
y la cabeza. Me costaba mantener las vocalizaciones
que José me había enseñado sin pensar en otra cosa. Mi
pensamiento se disparaba hacia cualquier parte, impi-
diendo la concentración. Los alimentos me parecían ho-
rribles, pues la dieta era prácticamente todos los días
igual. Al poco tiempo perdí interés en comer. Los días
pasaban lentamente y, para colmo, yo no sabía nada de
José. Si bien podía comunicarme con él, no tenía moti-
vo para hacerlo, pues me había dicho que por lo menos
esperara cuarenta días antes de verlo nuevamente.

De no haber sido porque José llegó un día a mi casa


sorpresivamente, creo que no habría podido continuar
con mi disciplina. Se podría decir que fue justo el mo-
mento para lograr volver a estimular el trabajo comen-
zado hacía pocas semanas. Me encontraba trabajando
en la huerta de mi jardín cuando, sin una intención deli-
berada, subí la cabeza y lo vi llegar. Rápidamente me
acerqué a él mientras le abría la puerta de entrada y lo
invitaba a pasar. Venía caminando desde la casa de la
vecina que me habló por primera vez de él. Al entrar,
me saludó y al momento fue como si se ausentara. Se
quedó quieto, de pie con los ojos cerrados y la cabeza
levemente inclinada hacia los hombros. Después de un

momento me miró y me felicitó por el lugar en donde


yo vivía. En aquella casa abundaba la vegetación
cordillerana, la montaña y el constante fluir del agua.
Me comentó que el agua era fundamental tanto como
alimento como por la vibración que ella emitía cuando
corría. Recordó el lugar observando cada detalle, jugó
con los perros en silencio y luego me pidió que lo acom-
pañara al cerro. Debía ir a ver a un joven que, producto
de un accidente automovilístico, se encontraba paraplé-
jico. Sin más preguntas accedí. Subimos al auto y nos
dirigimos al bosque de almendros en donde se hallaba
el enfermo.

En el lugar se encontraban cinco o seis personas


que, bajo instrucciones de José, preparaban un
temazcal. El temazcal lo utilizaban los antiguos
chamanes de diferentes culturas de América. Se reali-
za en una especie de carpa hermética (tipo iglú o tipi).
En el interior, las personas que participan, desnudas,
se sientan alrededor de un hoyo de aproximadamente
setenta centímetros de profundidad y de un diámetro
no mayor a 50 centímetros, en donde se van echando
piedras al rojo vivo que son calentadas en un fogón
que se realiza fuera de la carpa. La puerta se abre cua-
tro veces, cada una corresponde a un punto cardinal y
a un elemento, vale decir, agua, tierra, fuego y aire. En
cada una de las ocasiones en que la puerta se abre, una
persona ubicada fuera de la carpa coloca ocho piedras
hirviendo en el hoyo. En el interior, existe una perso-
na que tiene por función verter agua sobre las piedras.
El efecto es similar al de un sauna. A los pocos instan-

tes, el vapor inunda el ambiente, elevando la tempera-


tura a niveles prácticamente insoportables.

Este temazcal era uno de una serie de temazcales pre-


parados para el joven parapléjíco. El propósito de José
era someterlo a estas terapias de calor con el objetivo de
ir estimulando el sistema nervioso del paciente. Yo ob-
servaba a José mientras él realizaba un ritual en donde
saludó a los cuatro puntos cardinales e invocó a la
“Camacha” recitando rezos en aymara. Entendía que la
“Camacha” era una manera particular de invocar a
“Dios”, o por lo menos así lo asumí. Una vez terminada
la ceremonia que presidía, sin aviso, me dijo que me sa-
cara la ropa para ingresar al temazcal. No tuve tiempo ni
siquiera de pensar si quería hacerlo, jamás había estado
en un temazcal y de un instante a otro ya estaba adentro.
El calor era insoportable, la deshidratación fue práctica-
mente inmediata. No podía respirar producto de 1a gran
cantidad de vapor en el interior, no existía ni el más mí-
nimo agujero de ventilación y de mi cuerpo brotaba el
sudor en tal cantidad que podía recogerlo con la mano
ahuecada. Al ver a Andrés, el enfermo, en peores condi-
ciones que yo, me puse a acompañarlo, aunque reconoz-
co que a la vez intentaba dístraerme para no caer en la
desesperación. De un momento a otro, comencé a per-
der, por segundos, la lucidez y a caer en un estado de
verdadera impaciencia. Se abrió por tercera vez la puer-
ta y José sin mayor explicación me indicó que me acos-
tara boca abajo con la nariz apegada a la tierra. Me dijo
que si me desesperaba me desmayaría, pero que podía
pedirle a la tierra que me ayudara a equilibrarme. En un

acto de fe, me puse rápidamente en la posición indicada


y comencé a respirar con la nariz metida en la tierra. Sentí
una frescura revitalizante e inmóvil; entré en un estado
maravilloso de tranquilidad y paz. Sólo me incorporé
nuevamente cuando el temazcal ya había finalizado.

Mientras me incorporaba, José indicó que me levan-


tara lentamente y fuera al estero que se encontraba a po-
cos metros del temazcal para darme una zambullída an-
tes de partir. Estaba oscureciendo y el lugar se encontra-
ba vallado de un tono plateado bajo una maravillosa luna
llena, que se asomaba entre las nubes que se alejaban
luego de largos días de lluvias. El contraste del intenso
calor de mi cuerpo con el frío del agua me dejó en un
estado de suspensión y relajo difícil de explicar.

—¿Qué te pareció? —me preguntó José mientras nos


dirigíamos en auto hacia la casa de la vecina que lo lle-
varía de vuelta a Santiago.

—Fue una experiencia increíble —manifesté—. Lo que


más me impresiona es cómo pude, una vez acercada
mi nariz a la tierra, entrar en un estado de tanta paz y
por qué no decirlo, de placer. Por otra parte, tengo la
certeza que, de haber continuado con la desesperación
que me invadía, habría perdido de seguro el conoci-
miento. Por un momento creí que me ahogaría. Sin
embargo, de un momento a otro, cuando sentí la fres-
cura de la tierra ventilarme por dentro, algo en mí supo
que si lograba tranquilizarme y no perder el control
nada podría pasarme. '

La experiencia me hizo recordar y me permitió dar-


me cuenta que en la vida diaria tengo la frecuente ten-

dencia a caer en desesperación cuando algo me sobre-


pasa. La sensación de paz y tranquilidad que me em-
bargaba estaba sin duda para mí relacionada con el he-
cho de haber tomado conciencia de que, mientras fuera
capaz de contenerme a mí mismo y no desesperaime,
nada podía pasar. Le comenté a José que, en esos mo-
mentos, la sensación que tenía era de estar mirándome
desde arriba o desde afuera, vale decir, sentía una espe-
cie de desapego conmigo mismo, en el sentido de que
podía ver cómo, por una parte, no podía resistir más el
estar allí adentro y, por otra, sentía una total indiferen-
cia por mi situación.

—Así es -dijo él—. Es por eso que el hombre de sabi-


duría no teme a nada, ni a la muerte. Porque ha estado
junto a ella. Sabe que no tiene adonde ir porque siem-
pre ha estado acá y siempre estará, Lo que tú llamas
desesperación es caer preso de los miedos, de la mente.
Es ella la que crea los escenarios que temlinan conven-
ciéndote de que algo te puede pasar o incluso de que te
puedes morir. i

Ya era de noche, José a mi lado donnitaba y yo no


podía continuar más ‘en silencio.
—José —pregunté—, ¿es usted un chamán?

—Sí —contestó—. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, porque así lo supongo, pero, sin embargo,


nunca se lo había preguntado directamente. ¿El ser
chamán es una elección o una vocación, vale decir, es
una condición dada?

—Es una vocación, pero también es una elección


-respondió—. Cuesta mucho esfuerzo y trabajo. Tienes

que trabajar sin detenerte. El trabajo se debe realizar


sobre la relación que estableces con lo que comes, con
lo que tomas, con lo que respiras y en cómo te relacio-
nas con el mundo. A propósito —continuó—, ¿cómo te
ha ido con los ejercicios?

—Bien —respondí—. La verdad es que no ha sido fá-


cil tomar el ritmo, pero he tenido, en cienas ocasio-
nes, una sensación de estar flotando o suspendido. Al
momento de comenzar las respiraciones, con los ojos
y los oídos vendados, tengo la sensación de estar mi-
rando de frente a la negrura. De pronto, después de la
respiración del agua, me suspendo y la sensación es
de ser parte de la negrura. Es como estar en medio o
envuelto en ella.

—Qué maravilloso, ¿no, hijito? —exclamó animado


con la voz y la mirada—. Cuando respires tienes que po-
ner la atención en tus manos, hasta que sientas cómo
ellas laten. Esto se llama sentir el corazón en las ma-
nos. Sigue así y siente quecada vez que te esfuerzas,
estás ganando voluntad y libertad.

Pennanecíamos en silencio, mientras en mi interior


verbalizaba las inquietudes que me asaltaban ante lo
que José representaba. Extrañamente, él tenía la capa-
cidad de hacerme sentir que las preguntas estaban de
más; sin embargo, no pude contenerme y sin siquiera
darme cuenta le pregunté si podía hablarme sobre su
conocimiento. Permaneció en la misma posición en que
se encontraba, creo que no movió ni un solo músculo
de su cara. Yo, por mi parte, sentí como si alguien más
hubiera hecho la pregunta.

—Sí que eres curioso —de pronto habló—, no te puedes


estar callado y no me refiero al hecho de no pronunciar
palabras, sino que al tener tu mente silenciosa.

—Lo que sucede es que, desde que estoy trabajando


con usted, he sufrido fuertes cambios y de pronto no sé
quién es usted.

—Bueno, bueno, tranquilízate —me dijo núentras reía—,


te voy a contar algo de mi historia, aunque creo que no te
servirá de mucho.

Comenzó entonces a relatar que fue educado en la


sabiduría de los Incas, la que había adquirido por la ins-
trucción de la familia materna y paterna. Esta sabiduría
o, como él la llamaba, Iachai, nace del sentimiento de
la Unidad del ser humano con la naturaleza y el cos-
mos, y se fundamenta en la unidad de la existencia, Ser
y no Ser, vale decir, ser Individuo y totalidad. Su nom-
bre ancestral es Illapa, y significa Rayo de Sabiduría.
Entonces, los Illapas fueron los sabios y sabias de la
sociedad íncaíca ancestral de Tahuantinsuyo en la Amé-
rica meridional y fueron los depositados y transmisores
de la más profunda sabiduría y sentimiento de Unidad
en la existencia que hunde sus raíces en la antigua cul-
tura que floreció en Tiahuanaco.

Como sabio o sabia, un Illapa es un Amauta que en-


seña y vive en Iachai. E1 Iachai es la sabiduría que se
desarrolla en el Estar en Whipala.

—¿Qué significa Whipala? —pregunté.

—“Whi” es la sustantivación de la Totalidad y “pala”


es su manifestación en lo visto y lo no visto.

—Un Illapa vive en Whipala —por un instante guardó


silencio ante mi cara de asombro, y continuó—, vive en
su Estar siendo-ocurriendo, es decir, fluye a cada instan-
te, vive sin expectativas ni reproches, sin lamentos.

Con voz pausada, continuó contando que el Amauta


es lo que accidentalmente se puede de modo genérico
llamar un chamán. Él actúa sintiendo y estando en equi-
librio, en complementación, en consenso y en respeto
con la diferencia y con la semejanza de cada ser, de
cada individualidad.

Sonrió, con su cara hizo un gesto de suspenso y me


dijo en tono solemne:

—Éstas son las palabras que describen a quien se sien-


te de corazón un Illapa, un Amauta que vive aún en el
sentimiento de la Unidad al modo de los abuelos y de las
abuelas ancestrales -volvió a hacer un silencio mientras
con su mano ondulaba al viento y con su dorso hacía una
reverencia ante mi’. Lo quedé mirando con los ojos bien
abiertos y el ceño fruncido, mientras él comenzó a reír
como un niño travieso, disfrutando de mi desconcierto.

—Esa manía de hacer de lo desconocido algo conoci-


do termina por aburrirnos; pero qué vamos a hacer, ¿no?
—y se calló.

EL SENTIMIENTO

Me comunique con José para preguntarle cuánto


tiempo era el conveniente para cada respiración. Me
respondió que el que yo considerara adecuado.

—Cada persona tiene su propio equilibrio y es nece-


sario que tú aprendas a reconocer y a determinar el tuyo
—dijo.

La respuesta me pareció coherente; sin embargo, el


problema era que yo no sabía qué tiempo era el perti-
nente, pues no sabía qué buscaba con los ejercicios. Mi
actitud desde el comienzo de los trabajos era de com-
pleta expectación. Toda mi atención estaba colocada en
cultivar y crear la disciplina de realizar todos los días
los ejercicios.

Me pidió que fuera a su casa para conversar conmi-


go y fijó la reunión para las ocho de la noche de ese
mismo día. Cuando llegué, él estaba en una consulta
con un hombre de edad. Yo lo esperaba sentado en una
sala, cuando de pronto entró.

—Cómo estás, hijito lindo.

—Bien, José —respondí.

—Ahora estoy ocupado y creo que me demoraré bas-


tante tiempo en terminar en lo que estoy. Te quiero pasar
un cuaderno escrito por mí hace mucho tiempo atrás para
que lo revíses y lo trabajas. Luego hablaremos de ello.

Me dio un gran abrazo y me invitó a llamarlo más


tarde.

Me fui con el manuscrito del texto escrito por José,


llamado Acerca del origen del Código de K ‘ama Tayita
en el mundo originario de Abya-yala. Lo revisé duran-
te toda la semana, intentando poner toda mi atención en
lo que ahí planteaba.

Todo el conocimiento expuesto por José se sustenta y


fundamenta en el código ancestral de K’anta Tayita, el

cua] se encuentra grabado en un bloque de piedra de gra-


nito en el centro arqueológico de Trahuanaco, ubicado
actualmente en territorio boliviano, a pocos kilómetros
de la ciudad de La Paz y muy cerca del límite con Perú.

Hasta ese momento, mi intención era realizar una


aproximación a la sabiduría que José representaba, la
cual, según él,‘no es conocida por el mundo occidental,
incluyendo en ello a las ideologías indigenistas adopta-
das por los miembros de su propia cultura andina.

Sabiduría Inca, entendiendo por ella no sólo el con-


junto de conocimientos racionales y técnicos que lo-
graron desarrollar, que le han valido el reconocimiento
de occidente, al ser considerada una de las culturas más
avanzadas del nuevo mundo, sino algo más significati-
vo aún, su visión de mundo que se sustenta en el Senti-
miento de Estar en una Realidad indivisible que no exi-
ge ni contiene, en sí, valor de verdad.

En una ocasión, conversaba con José sobre las res-


puestas que darían los antiguos sabios incas ante las
preguntas que hacía la filosofía clásica: ¿de dónde ve-
nimos?, de ninguna parte porque siempre hemos estado
aquí; ¿quiénes somos?, la Realidad misma expresada
en su individualidad; ¿para dónde va.rnos?, hacia nin-
guna parte, porque la Realidad fue, es y será.

Según José, estos hombres sabios, llamados Amautas,


llegaron a aprehender que la realidad es Una e integral
como Totalidad, donde todo está unido a todo, donde todo
es inseparable, donde absolutamente todo se interpenetra,
se interceptar, se combina de un modo equilibrado, com-
plementario y consensual de manera subyacente y de

fondo, pese a las diferencias de cada ser que, como una


unidad, es diferente a otra por su originalidad, pero se-
mejante en tanto que todo ser expresa la Totalidad en su
propia individualidad.

Llegaron a tal saber por vivencia en lo que llama


estar siendo-ocurriendo, siempre de un hacer-sabiendo
sintiéndose la realidad misma. De esta manera, por vi-
vir en Unidad con 1a Naturaleza y el Cosmos llegaron a
una expresión de lo Humano que logró en su finitud-
infinitud, en su inmanencia-trascendencia vivir plena-
mente la potencialidad humana.

Para José, las nociones ancestrales del hombre


andino acerca del Espacio-Tiempo o acerca de la Rea-
lidad fueron más lejos que el desarrollo actual, no sólo
de las ciencias físicas, astrofísicas, sino mucho más
lejos que todo el presente desarrollo de la cientificidad
y del pensamiento o concepciones filosóficas contem-
poráneas. Los Amautas o Sabios Incas no sólo supie-
ron conceptualizar su conocimiento de la realidad; lo-
graron desenvolverse y actuar de manera pragmática
dentro de ella.

Los fundamentos que constituyen la visión del mun-


do del hombre originario de América, los ancestros ori-
ginarios que en estas tierras vivieron la llamaron por
otros nombres; Amerikua en lengua Quiché, Tahuan-
tinsuyo en Rumasimi, Tawanaco en Aymara, Abya-yala
en lengua Cuná; en todos los nombres que podía haber
de originales a estas tierras se encontraba la sustanti-
vación de ser tierra o mundo de equilibrio, de floreci-
miento para todos y en todas direcciones.

José plantea que las culturas ancestrales concebían y


al mismo tiempo vivían en unidad con la naturaleza y el
cosmos. Todo lo que existe se concebía y se respetaba
como Es, unido al todo existente. El ser humano no se
sentía, no se pensaba, no se intuía, no se imaginaba, no
se percibía, no se soñaba fuera de la realidad, sino que,
por el contrario, se apreciaba parte de la realidad rnis-
ma. Ser humano y realidad era entonces una sola enti-
dad, y en esta entidad percibía su identidad de estar in-
cluido, de estar dentro de la realidad misma, porque Todo
está atado o vinculado a todo. El hombre no se conside-
raba extraño o al margen de la realidad. Todo era reali-
dad, no había lugar a existencias no reales, pues así los
pensamientos, los sueños, los “seres intangibles” eran
tan reales como nuestra materialidad. En el Cosmos todo
tiene su lugar, así era, así es y así será; no hay jerarquía,
cada elemento existe por y para sí, por y para todo. Sos-
tiene que para el hombre sabio del mundo andino cual-
quier expresión era viva y no muerta.

Cuando hablé con José por teléfono, me preguntó


cómo me estaba yendo con el libro. Le dije que bien; de
hecho podía decir que lo estaba entendiendo.

—No te lo he pasado para que lo entiendas, sino para


que lo sientas —me señaló—. No hay nada que entender en
lo que estamos haciendo -agregó-; la Totalidad se alcan-
za con el sentimiento, no con el intelecto.
No tuve que decir ni me atreví a agregar nada más.
Cualquier intento de explicación sería inútil. Además,
lo que me decía me estaba abriendo una nueva perspec-
tiva. Por lo menos ya sabía algo. Mi tendencia a expli-

car la realidad me estaba impidiendo abrirme a otra for-


ma de relación conmigo y con los demás. El simple he-
cho de preguntarme a mí mismo qué sentía, y no qué
pensaba de todo lo que estaba viviendo con José, modi-
ficaba mi condición.

Para José, el que yo accediera a su visión de mundo


sólo era posible en la medida en que fuese capaz de
comprometer no sólo mi intelecto y mi buena disposi-
ción, sino que, por sobre todo, mi propio cuerpo y mi
tiempo. De lo contrario, mi posibilidad de comprender
lo que yo llamaba su visión de mundo quedaba sólo en
el nivel teórico, vale decir, en el mundo de las ideas.

—La Realidad no es una abstracción —me dijo en una


ocasión—; mientras tú estás pensando en ella, ella sim-
plemente Está, por lo que sólo podrás entrar en “mi
mundo” en la medida en que estés y actúes en él.

Para José, el Sentimiento define la condición Ser,


ya que en el sentir se constata la existencia presente,
vale decir, como sujeto puedo dudar de la concordan-
cia de mis pensamientos con la realidad o dudar de
determinada concepción de realidad, pero no puedo
dudar que siento.

Durante las siguientes semanas trabajé prácticamen-


te sin hablar con él. Mi intención estaba puesta en rea-
lizar mis ejercicios e incorporar la metodología que se
me había entregado. Terminada la dieta, llamé a José
y le dije que quería reuninne con él. De inmediato me
acogió y me invitó a verlo a su casa. Cuando llegué
me pidió que le contara sobre mis experiencias y ade-
lantos.

-—He experimentado una serie de sensaciones desco-


nocidas para mí. Cuando realizo los ejercicios de respi-
ración he llegado a sentir el palpitar en las manos. Sien-
to como si crecieran en volumen dos o tres veces lo que
son. Se me ponen calientes. Por lo general, esto va aso-
ciado a una sensación de sentirme suspendido en el aire.
Es difícil de explicar, ya que en el momento es una sen-
sación y no un pensamiento. De hecho, en esos mo-
mentos pierdo la ubicación témporo-espacial: no sé
cómo estoy ubicado, podría estar de cabeza o de pie, y
no podría asegirarlo. Por otra parte, el tiempo transcu-
rre de manera diferente; cuando termino las respiracio-
nes y salgo de la experiencia, me he dado cuenta de que
he pasado más de dos horas en este estado, lo que para
mí fue vivido como un lapso no mayor de 30 minutos.

-Muy bien —exclamó—, has estado trabajando y se nota.

Continuo diciéndome que tenía la intención de rea-


lizar una charla de unos tres días sobre la “Whipala”.

-Sería muy bueno que tú pudieras asistir —dijo—, sa-


bes que en estos días me encuentro muy atareado y por
unas cuantas semanas no tendré mucho tiempo para
entregarte. Por lo demás, no sería positivo detener la
continuidad del trabajo que vienes realizando.

Le dije que no tenía dinero y que no sería fácil para


mí asistir. Me dijo que lo meditara y que buscara una
alternativa a mi negativa.

-Pero bueno, vamos a lo nuestro, ¿cómo te ha ido


con la dieta? —preguntó.

—Bien —dije—. Al comienzo me costó bastante pero


he logrado integrarla a mis hábitos, aunque debo reco-

nocer que me cuesta un gran esfuerzo ser sistemático


en todo lo que me has propuesto.

—Eso no es extraño —respondió—, pero está muy bien,


continúala sin hacer caso a los pensamientos que inten-
tan boicotear tu propósito y quizás algún día compren-
das para qué es todo esto.

Me fui con una sensación extraña. Las últimas pala-


bras de José hacían eco dentro de mí dando vueltas; no
tenía claro por qué estaba realizando todos aquellos ejer-
cicios, cuál era mi verdadero propósito. De algún modo,
para mí José era un extraño, no siempre lo comprendía.
Mi confusión, más la incertidumbre frente a su perso-
na, me tenía en un estado de desagrado y desconcierto.

Por otra parte, no lograba entregarme a la idea de


cambiar mis viejos patrones de conducta por los nue-
vos propuestos por José. Era extraño, pero al margen
de encontrarlos convenientes, el peso de los hábitos me
impulsaba a continuar con ellos y el simple hecho de
modificar uno me ponía en un quiebre anímico y psico-
lógico de grandes dimensiones. Por ejemplo, la dieta
que José me proponía era, desde el punto de vista de la
salud, más conveniente, pero el incorporarla sin obje-
ciones era algo muy difícil de hacer. Para qué hablar de
los ejercicios, que me exigían una dedicación diaria de
por lo menos tres horas. Debía hacerlos al finalizar el
día, lo que para mí significaba comenzar cerca de las
once de la noche y finalizar después de la una de la
madrugada. El trabajo con José me colocaba en una si-
tuación difícil, donde la constancia y la fuerza de vo-
luntad se hacían indispensables para lograr el ritmo ne-

cesario que me permitiera seguirlo y de esta manera


experienciar su propuesta.

Veinticuatro horas antes del inicio del taller, José me


llamó y me preguntó de qué manera yo podría equilibrar-
me para asistir al taller. Le dije que podía construirle un
huerto de plantas medicinales en su jardín. Lo encontró
estupendo y me animó a que asistiera a su charla, dicien-
do que luego veríamos cómo hacíamos con el jardín.

Asistí al taller. Fueron tres días en donde, junto a un


grupo de aproximadamente quince personas, participé
en una serie de módulos y charlas impartidas por José.
Allí trató algunos de los temas incluidos en su texto.
Habló de la Whipala, de su origen y su implicancia en
el hombre actual.

José plantea que la Whipala se desprende del códi-


go ancestral andino de K‘anta-Tayita ubicado en el cen-
tro arqueológico de Tiahuanaco. La Whipala representa
a cualquier “ser” y a la vez a toda la Realidad. Es,
entonces, un símbolo dual, por lo que en el nivel del
planeta representa a la Tierra; en el nivel de lo huma-
no representa al hombre, como específico, natural y
cósmico; y en el nivel planetario representa al accio-
nar del conjunto del Sistema Planetario Solar. Es de-
cir, es una representación de la Realidad en su conjun-
to y cualquiera de sus “elementos”, sin que éstos sean
autónomos y diferentes en sí, sino “parte” que se dilu-
ye y confunde en la realidad misma del Todo, de ma-
nera que el Todo es una Unidad en donde cada “ele-
mento” es, a su vez, expresión de la totalidad que con-
centra y desconcentra al Todo.

El códice del Whipala está constituido por los siete


colores del llamado “Arco Iris del chamán”, cada uno
de los cuales representa una determinada modalidad de
energía. A su vez, los colores del “Arco Iris del chamán”
determinan el ámbito de la realidad perceptible por el
ser humano, vale decir, incluye lo que se conoce y lo
que se puede llegar a conocer. La totalidad, que incluye
las dimensiones de la realidad a las que no es posible
acceder a través del conocimiento, está representada por
la oscuridad, vale decir, es a partir de la totalidad, del
negro, desde donde emerge la realidad perceptible por
el hombre, la cua] se expresa a través de diferentes ni-
veles vibracionales.

A la semana siguiente comencé los trabajos en el


jardín de su casa. Este hecho fue el que me permitió
iniciar el comienzo de una nueva relación con José.
Todos los días almorzábamos juntos y continuábamos
toda la tarde conversando, jornadas que se extendían
hasta altas horas de la noche, lo que permitió que la
relación se hiciese más cercana y cotidiana.
En una de las tantas ocasiones en que nos encontrá-
bamos reunidos en tomo a una taza de té, conversamos
sobre lo que denominaba como el “desarrollo de las
potencialidades humanas” y sobre el método de apren-
dizaje propuesto por él. Hasta ese momento, la sensa-
ción era que "mi trabajo con José se encontraba disper-
so. Lo conocía hace algunos meses y a mi parecer nues-
tra forma de trabajar era improvisada y poco metódica.
Él me entregaba ejercicios y podían pasar diez o quince
días antes de volver a verlo. A mi entender nuestra rela-

ción había ido creciendo pero, con respecto al objetivo


que habíamos determinado en la primera entrevista que
sostuvimos, no habíamos sistematizado nada.

En aquella conversación me planteó que, en la prác-


tica, ninguna persona de las interesadas en su propuesta
trabajaba de manera real. Todos le pedían mucho pero
no daban nada. Planteó que él no estaba dispuesto a
trabajar con lo que llamó “un rebaño”, con lo cual alu-
día a la existencia de un grupo de personas que hicie-
sen de su propuesta una ideología o una religión, a la
cual pudieran adherirse desde una aproximación ra-
cional.

—Lo que yo propongo es la autovalencia del hombre,


ser verdaderamente un individuo —señaló-, la capaci-
dad de desarrollar las capacidades latentes y transfor-
marse en un ser autónomo, autovalente. Yo no persigo
a nadie, ni tengo interés en hacerlo, no tengo expectati-
vas con nadie, por lo que no espero nada. El hombre
tiene ocho cerebros y no utiliza ni un décimo de uno de
ellos; se podría decir que el hombre está muerto en vida
y no lo sabe. El que tiene interés pregunta, indaga, ave-
rigua, busca; es a este tipo de hombre al que yo puedo
servir. La persona que desea ser curada sin ningún es-
fuerzo de su parte no tiene nada que hacer conmigo, yo
no asumo el desequilibrio, la enfermedad de nadie, por-
que ella es el producto de una forma de ser. Lo que yo
puedo hacer es guiar, indicar el camino que lo conduz-
ca a la sanación por medio de la mutación.
En aquel momento tomé conciencia de que mi com-
promiso con el trabajo comenzado con José no era to-

tal. Me di cuenta de que si yo sentía que no se lograba


un ritmo de trabajo, era porque yo no lo buscaba. De
alguna manera, no clara para mí entonces, evadía el
entrar más profundamente en su mundo, él estaba ahí, y
yo estaba esperando que él me buscara o me hiciese
sentir que yo era capaz de entrar en su propuesta. Por
una parte, mi interés en el mundo de José chocaba con
la inseguridad que yo tenía sobre si sería capaz de en-
trar en él, más mi desconocimiento y dificultad de po-
der definir lo que implicaba y significaba el mundo que
él representaba.

Ese mismo día, en un momento en que José se en-


contraba sentado en silencio, me acerqué y le pedí for-
malmente que comenzáramos un trabajo sistemático.

-¿Cuál es tu disponibilidad de tiempo para trabajar


en este propósito? —preguntó.

—El que sea necesario —respondí—, ya que había de-


terminado colocar esta actividad como la primera de
mis prioridades.

-Muy bien —dijo—, entonces pronto iniciaremos re-


uniones sistemáticas, como tú dices que quieres.

Durante los siguientes diez días se lo pedí en cada


ocasión en que nos veíamos, a lo cual él respondía que
bueno y que ya lo veríamos. La última vez que se lo
solicite fue en una ocasión en que nos encontrábamos
en la costa, en una cabaña ubicada en un bosque de pi-
nos. Él me había invitado a pasar juntos ese fin de se-
mana. En aquella oportunidad me habló de su padre, de
su gente en Cuzco. Pasamos largas horas conversando
sobre su hacer como médico-chamán, habló del gen y

de la relación existente entre éste y la mutación. Mi an-


siedad aumentaba a cada momento y nada sucedía.
Al regresar a Santiago decidí tomar unos días de va-
caciones junto a mi pareja en las playas del norte de
Chile. Me reuní con José para despedirme y me dijo
que a mi regreso comenzaríamos nuestro trabajo.

—Por ahora, continúa trabajando en lo que ya cono-


ces —dijo—, y ya muy pronto nos veremos.

Durante los siguientes veinte días trabajé intensa-


mente en los últimos ejercicios que me había entrega-
do. Se realizaban a través de visualizaciones mentales a
partir de la Whipala; la idea era recorrer los colores en
todas las direcciones, para lo cual lo primero que se
debía hacer era construir un referente. Por ello, el pri-
mer ejercicio consistía en dibujar una Whipala y pintar-
la siguiendo la composición de un arco iris.

Luego se visualizaban mentalmente los colores si-


guiendo la secuencia de las columnas, vale decir, de
arriba hacia abajo y viceversa, comenzando por la co-
lumna del medio y continuando por la derecha o por la
izquierda, indiferentemente. (Ver F ig. 4, pág. 194).

Un segundo ejercicio se realizaba por las líneas ho-


rizontales de la Whipala, de derecha a izquierda y vice-
versa, siguiendo la misma lógica que en el primer ejer-
cicio, es decir, comenzando por la columna del medio y
continuando por arriba o por abajo, hasta recorrer todas
las líneas. (Ver Fig. 5, pág. 194).

El tercer ejercicio se realizaba de la misma manera que


los anteriores, pero por cada una de las dos diagonales. Se
comenzaba por el rojo o el violeta. (Ver Fig. 6, pág. I 94).

Un cuarto ejercicio consistía en realizar los tres pri-


meros movimientos pero de manera circular. (Ver F ig.
7, pág. 195).

Por ejemplo, en el primer ejercicio, que consistía en


seguir los colores de las verticales, se realizaría visualizando
el rojo, naranjo, amarillo, verde, celeste, azul, violeta,
para regresar partiendo por el violeta, azul, celeste, ver-
de, amarillo, naranjo y rojo.

En todos los ejercicios circulares se visualízaba la


Whipala como realmente es, como una esfera en donde
por su naturaleza no existe la línea recta. José me había
explicado que son ondas espirales que se contraen y
expanden a la vez.

Una muestra de ello es el ejercicio anterior, que se


realiza siguiendo la frecuencia en donde se inicia por el
rojo, naranjo, amarillo, verde, celeste, azul, violeta, para
ascender por la parte posterior de la esfera que es repre-
sentada por la Whipala, es decir, rojo, naranjo, amari-
llo, verde, celeste, azul hasta llegar al violeta que, por
decirlo de algún modo, se encuentra más arriba y más
atrás del rojo superior de la columna del medio.

Un quinto ejercicio consistía en recorrer la Whipala


siguiendo la trayectoria de un movimiento espiral. Se
comenzaba por el rojo o el violeta de la periferia. De
allí se continuaba en forma de espiral, hasta llegar al co-
lor verde del cenI:ro. Luego se debía salir, siguiendo la
misma frecuencia con que se entró. (Ver F ig. 8, pág. I 95).

Para comenzar cada uno de estos ejercicios se debía,


antes que nada, repetir la frecuencia que se iba a reali-
zar mirando detenidamente la Whipala construida; lue-

go se repetía de la misma manera pero con los ojos


entrecerrados. Posteriormente se realizaba con los ojos
cerrados; la idea era construir la Whipala mentalmente
a través de sus colores; los ejercicios se realizaban jun-
to con las cuatro respiraciones, con los ojos y los oídos
vendados, mientras se verbalizaban vocalizaciones y se
tocaba el tambor.

A los diez días regresé a Santiago y llamé a José


para saludarlo y preguntarle cuándo podríamos reunir-
nos. Me contestó y sin comentarme absolutamente nada
me dijo: “Mañana a las ocho de la mañana te espero en
mi casa”.
LA AUTOINGESTA

La relación que he establecido con José se puede di-


vidir en dos momentos. Por una parte, aquella que sostu-
ve en la primera etapa, desde que me comunique por pri-
mera vez con él, hasta las reuniones que sostuvimos en
su casa, antes de mi viaje al norte. El cone fue determi-
nado por un cambio en la forma de trabajo, en cuanto a la
frecuencia y la intensidad, así como por el compromiso
establecido por ambos. José por su parte accedió, des-
pués de reiteradas peticiones, a instruir-me y traspasarme
por lo menos parte de su conocimiento de manera siste-
mática, vale decir, con dedicación diaria y exclusiva. Yo,
por mi lado, realicé de manera total todos y cada uno de
los ejercicios entregados por él, así como implemente’

lentamente los cambios que me sugirió en mi forma de


vida en lo que se refiere a los hábitos y rutinas.

Mi intención al trabajar con José ha estado colocada


en la posibilidad de aproximarme y conocer su visión del
mundo, así como su sabiduría, que se ubica dentro del
contexto del mundo andino, específicamente de la cultu-
ra Inca. En reiteradas ocasiones me ha planteado que su
padre, considerado brujo de brujos, desde muy temprana
edad lo instruyó en las bases del conocimiento chamánico
en lugares de] Cuzco y Machu Picchu desconocidos para
el hombre moderno. Lo crió enlregándole con ello las
herramientas necesarias con las cuales él terminó por
configurar su propia visión de la realidad, no sólo en tér-
minos teóricos sino que, más importante aún, en su for-
ma de Ser y Hacer en el Mundo. Las herramientas entre-
gadas por su padre guardan relación con el arte del “vue-
lo chamánico” o lo que José denomina la “autoingesta”.

Para José la “ingesta” corresponde al consumo de plan-


tas medicinales que pertenecen a las especies que contie-
nen, como principio activo, sustancias enteógenas. Des-
de su perspectiva, el consumo de tales plantas alucinógenas
por parte de personas no instruidas en el conocimiento
del arte de la “ingesta” no tiene ninguna utilidad, más
bien corresponde a lo que él define como una simple
“vola ”, en donde el sujeto asume una actitud pasiva
desde la cual no puede actuar ni significar la experiencia.

—El hombre común, cuando consume plantas, no pue-


de más que entregarse a sus vicios y no hace más que
salir corriendo o tirarse al suelo entregándose al sueño
y al cansancio. El hombre de sabiduría se queda senta-

do mirando de frente lo que se le presenta y es dueño de


los controles que lo conducen en su vuelo. Su actitud es
templada y amable.

La autoingesta corresponde a la capacidad del ser


humano de alcanzar estados no ordinarios de concien-
cia sin la utilización de plantas enteógenas, sino a tra-
vés de técnicas de respiración, visualizaciones menta-
les, dietas en la alimentación, ayunos, ritmos de percu-
sión y un conjunto de disposiciones que el sujeto debe
adoptar en la forma de relacionarse con el mundo y la
totalidad. El mundose refiere al espacio en el cual nos
desenvolvemos como seres humanos que habitamos esta
tierra; en este contexto José plantea que el aspirante debe
tomar conciencia de lo que respira, de lo que toma, de
lo que come y de cómo se relaciona con los otros seres,
ya sean humanos, animales o vegetales.

La totalidad se refiere a cómo se ubica el hombre


con respecto a su dimensión natural y cósmica.

-Para el normal de las personas, el universo se en-


cuentra allá afuera, olvidan que la totalidad no tiene
tiempo ni espacio, no existe un centro, ni una periferia.
No hay adónde ir, pues todo está aquí y ahora. Lo más
importante es cultivar el sentimiento de que todos los
seres, ojo, no sólo los humanos, somos parte de lo mis-
mo; lo fuimos, lo somos y siempre lo seremos.

Es así como, a partir de la primera reunión que sos-


tuvimos luego de mi regreso del norte, emprendí, bajo
la guía de José, los primeros ejercicios que para él co-
rresponden al primer peldaño de la primera escala que
conduce a la “autoingesta”.
Durante semanas trabajé en los ejercicios relaciona-
dos con los cuatro aliados del chamán, que correspon-
den al Cóndor, al Puma, a la Serpiente y al Sapo; ya
había realizado más de veinte tipos de ejercicios dife-
rentes en relación con estos animales. Debía practicar
las respiraciones de los cuatro elementos y, a diferencia
de los ejercicios anteriores, éstos se realizaban dinámi-
camente, por ello debía hacerlos en espacios amplios y
en lo posible al aire libre. Lo que para mi’ no significaba
problema alguno, al vivir en la cordillera.

La idea era seguir con todo el cuerpo las diferentes


frecuencias de colores que José indicaba en un gran
Whipala “colocado” imaginariamente en el suelo. Me
paraba en el color que daba inicio al ejercicio y desde
allí me desplazaba intemalizando y ejecutando el mo-
vimiento característico del animal que estaba trabajan-
do, mientras seguía la frecuencia de colores indicada;
la exigencia era incorporar, indistintamente, las carac-
terísticas y las cualidades de cada uno de estos seres
hasta lograr sentirlo con tanta intensidad que fuese el
propio cuerpo el que adoptara la posición y las actitu-
des del animal.

Luego de dar témiino a esta serie de ejercicios, co-


mencé a trabajar con los mismos animales pero en ejer-
cicios de visualizaciones mentales.

-Lo primero que debe suceder —dijo— es que tu cuer-


po recuerde que Es estos animales. Tú estás con los pies
en la tierra como la Serpiente y el Sapo, eres el Puma
que se despega de la tierra con sus saltos, así como tam-
bién eres el Cóndor que se lanza al vuelo. Pero el Puma

se come al Cóndor y éste se come a la Serpiente, así


como ella se come al Sapo. Cada uno de ellos contiene
a los demás como tú los contienes a todos ellos y ellos a
ti. Tienes que sentirte el Sapo, la Serpiente y el Puma
antes de ser el Cóndor y emprender tu vuelo.

Los ejercicios se realizan con el Whipala y su com-


plemento. Si el Whipala representa a cualquier ser de la
Realidad, el complemento corresponde a toda aquella
“parte” de la realidad perceptible que la integra. Por
ejemplo, si un Whipala está representando a un hombre
constituido por siete energías, el complemento corres-
ponde a la humanidad. Si representa a la Tierra, el com-
plemento será el Sistema Planetario Solar.

Los ejercicios se realizan en fondo blanco y luego en


fondo negro, entrando en espiral por cada una de las
cuatro entradas del Whipala hasta el centro verde que
corresponde al lugar en donde yo me debía ubicar
“ímaginariamente”. El Whipala gira hacia la derecha y
los animales se persiguen sin alcanzarse en el mismo
sentido que el Whipala; una vez terminada esta frecuen-
cia debía realizarlo en el sentido contrario.

No habría podido llegar a comprender estos ejerci-


cios si no hubiera sido por la presencia de José; estar
con él era algo fuera de lo común. La forma en que se
expresaba, sus gestos y su tono eran algo que no tenía
comparación; la manera en que miraba, la suavidad de
sus movimientos y la destreza de su cuerpo me dejaban
absorto y perplejo en cada oportunidad.

Como el Cóndor, que en su vuelo no enfrenta las co-


rrientes de aire sino que las utiliza para planear, José se

desenvolvía en su vida de una manera muy especial. No


criticaba ni juzgaba como tampoco se molestaba, no eva-
luaba ni esperaba, estaba siempre atento, observaba.

LA METODOLOGÍA m: LA AUTOVALENCIA

Al tiempo de trabajar junto a él me pude dar cuenta


de que, en la práctica, él no sigue ninguna pauta en su
forma de instrucción; por otra parte, no existe manera
correcta o incorrecta de hacer los ejercicios. En una pri-
mera etapa, esto produjo en mí grandes conflictos, pues
acostumbrado al método de instrucción occidental, ten-
día constantemente a evaluarme desde el punto de vista
objetivo, presumiendo que debía existir una fonna co-
¡’recta de realizar los ejercicios. Para mi sorpresa, el ob-
jetivo de los ejercicios es permitir que el aprendiz logre
realizar ciertas maniobras mentales o, desde el punto
de vista chamánico, consideradas energéticas, a partir
de las cuales la persona logra entrar de manera paulati-
na en estados no ordinarios de conciencia. El ejercicio
puede ser considerado un trampolín desde el cual el
aprendiz se lanza al abismo de lo desconocido.

En términos metodológicos la enseñanza de José puede


ser considerada caóüca, no sigie ningún orden lógico.

—Yo no elijo, ni planifico —me dijo en una ocasión en


la que yo lo indagaba sobre la posibilidad de establecer
un camino a seguir que condujera al logro de los objeti-
vos propuestos por una persona. Su visión no considera

rutinas ni estructuras rígidas que conduzcan nuestras


acciones. Su forma de hacer está siempre abierta a las
señales que su entorno le entrega. De esta manera su
actitud no es siempre la misma, ya que está sujeta al
contexto en el cua] se desarrolla. Para él, esta forma de
Ser se alcanza junto con la capacidad de “fluir”, que
está dada en el hombre que vive sin expectativas y sin
hacer juicios de la realidad; asume lo que le toca vivir,
al mismo tiempo que genera su propia realidad.

El propósito de los ejercicios es despertar y activar


las potencialidades individuales. El énfasis se coloca
en el individuo y no en el método. Él es considerado
una totalidad en sí misma.

-Nunca debes entregar una respuesta. Ella siempre


debe ir velada. La verdadera enseñanza consiste en en-
tregar las herramientas necesarias para que cada indivi-
duo construya sus propias respuestas a partir de su ex-
periencia. No existe una verdad exterior objetiva, pre-
determinada, por lo que tampoco existe un método úni-
co. Cada individuo que se inicia en el conocimiento de
sí vive su propio proceso y crea su manera de Ser. Lo
que une a uno y otro es el sentimiento que emerge de la
capacidad de constituirse como un individuo autova-
lente, total. La única exigencia para mí es ser y hacer lo
que digo; lo demás está abierto al infinito.

Por mi parte me sentía, para variar, absolutamente


confundido, cansado y por momentos desolado; defi-
nitivamente debía reorganizar todas mis actividades
estratégicamente y dejar de lado todos aquellos hábi-
tos que consumían mi energía, impidiéndome cumplir

con la disciplina que venía intentando asimilar. Siem-


pre tenía algo que hacer o siempre quería hacer otra
cosa al momento de realizar los ejercicios: leer, echar-
me a descansar, ver televisión, salir con algún amigo,
ir a1 cine y, en fin, todas aquellas actividades que si
bien nunca habían sido preponderantes en n1i vida, en

"esos momentos se hacían más indispensables y nece-

sarias que nunca.

Por otra parte, cuando hacía los ejercicios tomaba


conciencia de mi autornatismo. No lograba parar mis
pensamientos y abocarme a los colores, por lo que de-
bía comenzar los ejercicios una y otra vez, ya que cada
vez que me entregaba a una idea perdía la frecuencia.
Mis pensamientos eran como un zumbido incesante que
en todo momento buscaba describir y explicar lo que
iba sucediendo; la exigencia de “hacerlo bien”, de no
estar equivocándome y desviándome del objetivo no me
dejaba en paz.

Los ejercicios que José me entregaba cada día au-


mentaban en cantidad y en complejidad en cuanto a su
ejecución. Me encontraba trabajando en la serie de ejer-
cicios que él llamaba el tablero de ajedrez; es un tablero
de 8 x 8 cuadrados/circunferencias, cada uno de los
cuales, a su vez, se divide en cuatro triángulos forma-
dos por las dos diagonales de cada cuadrado. El ejerci-
cio se debía realizar comenzando por el primer cuadrante
ubicado en la parte superior izquierda. José me había
indicado “pararme” virtualmente en el triángulo negro
y “ver” los colores que salían del triángulo blanco de
enfrente; a continuación, el triángulo blanco se hacía

negro y el triángulo negro se hacía blanco. Debía des-


plazarme, sin despegar los pies del primer triángulo
negro, hacia el triángulo blanco que esta vez era negro
y “ver” cómo emanaban los colores. Luego, en el mis-
mo cuadrante, debía cambiar la diagonal y repetir la
misma frecuencia pero esta vez de manera inversa.

Se realizaban cuatro movimientos por cada uno de


los sesenta y cuatro cuadrados/circunferencias del table-
ro, lo que daba doscientos cincuenta y seis movimientos
en total. La idea era nunca despegar los pies del triángu-
lo negro con el cual se iniciaba el ejercicio; José me
había señalado que debía seguir la frecuencia diagonal-
mente hasta llegar al último cuadrado/circunferencia de
la parte inferior derecha, sin despegar los pies del pri-
mer triángulo negro de la parte superior izquierda. La
idea era estirarse como un “chicle”; el propósito era es-
tar, virtualmente, en la totalidad del cuadrante y al rnis-
mo tiempo lograr la capacidad de colocar la atención en
cada uno de los colores de la frecuencia.

El siguiente esquema muestra desarrollada cada po-


sición de la frecuencia del ejercicio. Se debe leer “ima-
ginando” que estos cuatro tableros se encuentran so-
brepuestos los cuatro a la vez. (Ver F ig. 9, pág. 196).

Luego de haber realizado gran cantidad de ejerci-


cios con el tablero de 8 x 8, comenzamos a trabajar con
el Whipala y su complemento, que corresponde a 64
cuadrados/circunferencias.

Los primeros ejercicios consistían en sustituir la fran-


ja de color verde por cada una de las líneas diagonales
compuestas por los otros colores; se debía ejecutar al igual

que en los ejercicios anteriores, vale decir, acompañado


de las respiraciones y de las demás disposiciones.

La figura A representa al Whipala sobre el cual se


realizaba la frecuencia desenvuelta en los Whipalas B,
C, D, E, F y G. En el Whipala B se ha sustituido la línea
verde del centro por la celeste que la continúa, el verde
está constituido por siete cuadrados/circunfereneias y
el celeste por seis. Esto nos señala que no sólo se debe
sustituir una línea por otra: es toda la estructura la que
se modifica en su composición. En el caso señalado, el
verde “sobrante” se ha trasladado a la parte superior
izquierda de la primera fila, quedando libre el celeste
que ahí se encontraba para completar la fila del medio.
(Ver F ig. 10, pág. 197).

Se debe imaginar que el Whiphala en este ejercicio


representa a la Tierra cuando ésta se encuentra en
solsticio de verano en el hemisferio norte. Esto se ve
representado porque los colores cálidos se encuentran
en la parte superior del código, vale decir, en el norte, al
mismo tiempo que en el sur se hallan los colores fríos
que representan al solsticio de invierno. Terminando esta
frecuencia, debía realizarlo en los otros tres solsticios,
así como también en los cuatro equinoccios; son dieci-
séis Whipalas y se realizan siete movimientos por cada
uno, lo que corresponde a realizar, seguidamente, cien-
to doce movimientos en total.

LA CROMATICIDAD Y EL SER-EN-EL-MUNDO

La primera serie de ejercicios se realizaba utilizando


los colores del “Arco Iris del Chamán”. La segunda se-
rie trabajaba con lo que José denomina “la negrura”.
José hablaba de la existencia de más de doscientos ejer-
cicios que su padre le enseñó, los cuales tienen diferen-
tes grados de complejidad y dificultad en su ejecución.

Los ejercicios de la primera serie están orientados a


abrir la percepción del individuo en su Ser-en-el-Mun-
do; se obtiene la intemalización de los colores a través
de visualizaciones mentales que permiten expandir la
conciencia témporo-espacial. Personalmente lo he re-
presentado como el acto de entrar en un Caleidoscopio.
En un comienzo, el trabajo es aprehender los colores
siguiendo múltiples frecuencias. Para ello se utilizan
diferentes ejercicios a través de los cuales el aprendiz
va lentamente intemalizando de manera fragmentada
el Whipala, hasta llegar a un punto en que la mente in-
tegra todas y cada una de las perspectivas, constituyen-
do una sola y total percepción. En este punto, la expe-
riencia es “ver” y estar inmerso en un espacio constitui-
do por filamentos de luz de múltiples colores que giran
en todas direcciones sin principio y sin fin. Se percibe
de manera tridimensional, en donde la combinación de
los colores va cambiando así como la composición dada
por la forma y el movimiento. Uno se encuentra ahí, de
manera total, no hay tiempo, ni espacio. La realidad te
absorbe y uno no piensa ni cuestiona nada. El panora-
ma es demasiado “real”, dentro de un caos perfecto. Lo

puedes oler e incluso tocar, aunque no con tu cuerpo.


(Ver Fig. II, pág. 198).

La constancia es esencial para el logro de los objeti-


vos. Se puede decir que lo único que uno puede hacer
es ser sistemático y abocarse a la ejercitación intentan-
do no cultivar expectativas. Según mi vivencia, uno no
controla los resultados ni los efectos de las respiracio-
nes y ejercicios, la experiencia se da. Uno no sabe cómo
llega, ni cómo se va.

En mi experiencia, un hecho de gran importancia fue


el momento en que logré visualizar los colores sin ne-
cesidad de verbalizarlos. Al principio me veía en la ne-
cesidad de nombrar el color, aunque fuera en silencio,
para verlo internamente. La palabra crea realidad, la
mente necesita un referente, un punto de apoyo desde
el cual levantar la estructura del pensamiento. De he-
cho, uno necesita las palabras incluso para hablarse a sí
mismo. Cómo explicar la necesidad de verbalizar cuan-
do nos hablamos a nosotros mismos siendo que lo que
nos decimos está “dentro” de uno. Algo así como ex-
plicamos lo que ya sabemos. La dificultad está en que
no sabemos relacionarnos ni con nosotros ni con los
demás sin hacer uso del pensamiento. No sabemos cómo
callamos y sentimos. La mente está constantemente
describiendo y explicando. Se encuentra demasiado ata-
reada como para darse cuenta de cómo está, cómo se
siente sencillamente estando.

De pronto me vi y automáticamente tomé concien-


cia de que me hallaba en absoluto silencio. Fue como si
de un segundo a otro apareciera el observador, el pen-

samiento; vale decir, tomé conciencia de que había es-


tado en silencio sólo cuando emergió el pensamiento.
En los momentos en que me encontraba en silencio, el
observador no estaba presente. En ese momento sentí
un gran movimiento interno. Lo vivido es en sí inexpli-
cable, pues cómo explicar la experiencia en donde “yo”
no estuve presente. Tomé conciencia de nuestra
esquizofrenia, de aquella característica de los seres hu-
manos de decir una cosa y hacer otra. Estamos dividi-
dos, fragmentados. Cuando el observador y lo observa-
do se unen, desaparece el pensamiento, y por lo tanto el
tiempo. No hay distancia, ni movimiento, simplemente
se está. No existe un deber ser, por lo que cualquier
cosa puedes ser y en donde todo puede suceder.
Dentro de esta primera serie, se encuentra una segun-
da categoría que incluye a aquellos ejercicios orientados
a que el aprendiz logre, luego de intemalizar los colores,
sentirlos y verse a sí mismo constituido por ellos. José
plantea que el hombre se encuentra rodeado por el infini-
to y que en realidad su ser no tiene un arriba y un abajo.
El hombre, acostumbrado a sentirse el centro del univer-
so, o por lo menos de la naturaleza, no considera que el
universo es una totalidad sin centro, por lo que se podría
decir que se encuentra flotando, junto a la tierra, en el
espacio infinito. Para José, esto es un hecho y no una
posibilidad. Plantea que los antiguos por lo menos deter-
minaban el arriba y el abajo, en relación a] Sistema Pla-
netario Solar en su conjunto; ubicados en el hemisferio
Sur (A), se encontraban abajo cuando el hemisferio nor-
te se hallaba en solsticio de verano. Por el contrario, se

encontraban arriba cuando el solsticio de verano se ha-


Haba en el hemisferio sur (B). De esta manera, su posi-
ción estaba determinada por el Sol y los astros.

En este caso, el Whipala representa a la Tierra. (Ver


Fig. 12, pág. 198).

La figura A representa a la Tierra cuando el solsticio


de verano está en el hemisferio sur y el solsticio de in-
vierno en el hemisferio norte; en la figura B se repre-
senta el solsticio de verano en el hemisferio norte y el
solsticio de invierno en el hemisferio sur. El color rojo
representa la zona de mayor temperatura, que paulati-
namente se va volviendo más fría en la medida que avan-
za hacia el centro verde, que corresponde al color del
equilibrio, que en este ejemplo simboliza lo templado.
Gradualmente los colores van perdiendo temperatura
hasta llegar al violeta, que corresponde al color más frío,
por lo cual representa al solsticio de invierno. Si las
figuras se sobreponen se observará que los colores se
complementan en opuestos.

En las siguientes figuras se observan los equinoccios.


La figura C muestra cuando el hemisferio sur se halla en
equinoccio de otoño y el hemisferio none en equinoccio
de primavera. Las temperaturas son equilibradas y se re-
presentan por el color verde. (Ver Fig. 13, pág. 98).

Por último, en la figura D se representa al hernisfe-


rio sur en equinoccio de primavera y el hemisferio del
none en equinoccio de otoño.

En el Whipala que sigue se observa a un hombre


ubicado en un espacio de 360 grados, lo que indica que
la Whipala representa a un ser humano. En este caso, el

ejercicio se realiza intemalizando los colores de la mis-


ma forma que en los ejercicios anteriores, con la dife-
rencia que esta vez no los proyecta fuera de él sino que
se ve a sí mismo como Whipala, como un ser luminoso
constituido por colores, por energía. Al respecto, José
me dijo en una ocasión:

—Si ves los colores al frente de ti, estarás reprodu-


ciendo el paradigma que plantea que el hombre es un
observador de la realidad. El sentirlos y verlos en ti es
ser parte de la realidad. (Ver F ig. 14, pág. 199).
En reiteradas ocasiones, plantee a José mi confusión
con respecto a la posibilidad de que, en realidad, la perso-
na que realizaba los ejercicios no estuviera más que “ima-
ginando” lo que ve, pero que en la práctica no fuese más
que lo que él llamaba una “volada”, a lo cual respondió:

“Ésta es una de las confusiones más grandes del hom-


bre de la cultura occidental, el separar los hechos en
reales e irreales, en concretos y abstractos.

”El hombre occidental —dijo— podría experienciar el


trance más real y profundo y, sin embargo, seguiría du-
dando de la realidad que percibió; un ejemplo de ello es
la manera en que conciben los sueños, los catalogan
como irreales y los atribuyen a procesos del inconscien-
te; sin embargo, para el hombre de sabiduría son parte
activa de la Realidad, en donde ellos pueden actuar de
manera pragmática, logrando resultados que se pueden
corroborar en la vida diaria.

”Sostiene que los ejercicios posibilitan el despertar


de las capacidades del hombre, lo que quiere decir que
la potencialidad se encuentra desde siempre en él.

”Al respecto —me dijo—, el chamán no hace llover


porque dialogue con las nubes y el rayo, sino porque él
es la nube y el rayo. Se comunica a distancia, no porque
viaje físicamente a algún lugar lejano, sino porque es él
el sentimiento y el pensamiento que no tienen tiempo
ni espacio”. Para José todo está en creer y en conven-
cerse de que uno es Todo. '

Con el tiempo tuve la posibilidad de comprenderlo.


Fue un vuelo maravilloso que comenzó en un espacio
de infinita profundidad en donde los colores y el movi-
miento no tienen ni principio ni fin. No sé cómo llegué
allí, sólo sé que de pronto me encontraba envuelto en
una percepción más real que la de la vida diaria. Mi
conciencia no era la habitual, no cuestionaba, tan sólo
me encontraba ahí, suspendido. No sentía mi cuerpo,
pero sí una sensación de completa quietud; de pronto
pude entrar en la escena que yo decidiera, la sola invo-
cación de un episodio de mi vida lograba llevarme ha-
cia él, Las imágenes venían a mí. Reviví profundamen-
te experiencias de mi infancia que había olvidado; del
jardín infantil, del recorrido que hacía todos los días,
desde muy temprana edad, de mi casa al colegio. Pude
ver y oler el aroma de cada árbol, de cada flor, de cada
calle. De un momento a otro “vi" a Claudia, mi pareja,
que se encontraba en algún lugar para mí desconocido
de la cordillera de la Séptima Región. Ese fin de sema-
na ella había ido a una salida de terreno con un grupo
de botánicos que hacían estudios en el lugar. La “vi”
desde arriba; ella se enconlraba al aire libre sentada en
la esquina’ de una mesa, rodeada de un grupo de perso-

nas que no pude ni intenté identificar. Recon-í el lugar,


la “vi” tranquila, callada. Su pelo estaba suelto y vestía
unos jeans y una parca azul. La mesa se hallaba rodea-
da de arbustos bajos de gran follaje bajo una gran luna
en un cielo estrellado. Luego, sin aviso, me encontré al
frente de José, me miraba con una gran sonrisa en sus
labios. Estaba sentado en el estar de su casa, vestía una
camisa blanca y tenía el cabello suelto. Sorpresivamente
su imagen se diluyó y en su lugar apareció una serpien-
te inmensa y majestuosa que frente a mí se enrosca en
sí misma y me clava su mirada. Algo en mí pasó, me
sobresalté, tomé conciencia de lo que estaba viviendo y
quise volver. No pude hacerlo a pesar de que la serpien-
te ya no estaba, me encontraba suspendido, ausente.
Regrese a la visión y una pequeña luz blanca creció hasta
envolverme por completo y en ese instante miles de fi-
lamentos de luz de múltiples colores se abalanzaron
sobre m1’; luché por volver, detuve el ejercicio y me que-
dé en silencio, sentado en la posición que me encontra-
ba. Me angustié, abrí los ojos, no podía pensar; me in-
corporé y mi primer impulso fue llamar a José, estaba
ocupado y no me pudo atender. Mi conciencia iba y
venía, estaba entre dos mundos. Me quedé parado fren-
te a la chimenea con mi atención detenida en el fuego;
el lugar se hallaba absolutamente oscuro y las sombras
lo habitaban.
Al día siguiente me encontré con José, le conté lo
sucedido y él sólo rió. Supe que el día anterior él había
estado en el estar de su hogar, en el momento y vestido
como yo lo “vi”. No tenía cómo saberlo, pues ese día

no me había reunido con él. Al día siguiente llegó


Claudia; le describí el lugar y su contexto, así como el
grupo de personas que la acompañaban y, para mi sor-
presa, pude corroborar que mi “visión” concordaba com-
pletamente con la realidad.

El lunes siguiente nos reunimos como de costumbre


a primera hora en la mañana con José. Personalmente
me encontraba bajo un sentimiento de letargo ante lo
vivido. Me costaba pensar y no artículaba las interro-
gantes que mi mente cada ciertos instantes formulaba
en silencio. Cuando José dijo:

—No te afanes en buscar explicaciones. Lo que has


vivido no requiere de tu comprensión en este momento,
déjate sentir, no cuestiones y verás que luego cada cosa
toma su lugar. Por ahora dejaremos los colores para
adentrarnos en los ejercicios que corresponden a lo acro-
mático, nos aproximaremos a los atisbos de la totali-
dad. Para iniciar estos ejercicios, tendrás que construir
un Whipala en blanco y negro de diecisiete por dieci-
siete cuadrados/circunferencias. Vas a entrar en movi-
mientos de espiral y luego lo recorrerás siguiendo las
líneas que en sí son curvas, hasta el centro. Es impor-
tante que distingas lo blanco de lo negro y que no te
pierdas en tu recorrido. Si lo ves desde arriba y lo le-
vantas tomándolo desde su aparente centro -continuó-
verás que es una pirámide compuesta por cuatro
Whipalas. El objetivo de este ejercicio es llegar a la
oscuridad de la oscuridad, pues la negritud es la madre
de todo conocimiento.

Guardó silencio y luego continuó:

—Me ausemaré por algún tiempo de este lugar. He


decidido viajar a Bolivia a reencontrarme con aquellos
abuelos que habitan en sus montañas. Tú tendrás que
continuar solo con tu proceso y para ello te daré los
ejercicios que tendrás que realizar en mi ausencia. No
te confundas, yo no soy tu maestro ni nada que se le
parezca; la “Camacha” es la única que enseña y yo sólo
te estoy ayudando a recordar. (Ver F ig. 15, pág. 199).

Segunda Parte

EL SENTIMIENTO DEL ESTAR SIENDO

REENCUENTRO CON LA LUNA Y EL SOL

Después de tres meses de alto en las reuniones que


veníamos sosteniendo, reanudé el trabajo que desde hace
meses vengo realizando bajo la instrucción de José.
Cuando llegó de vuelta a Chile, me llamó para saludar-
me y para decinne que, si así yo lo quería, él me espera-
ba al día siguiente en su casa, a las ocho de la mañana,
como era costumbre.

Fue una sorpresiva y agradable noticia escucharlo,


pues cuando partió no dijo nada con respecto al tiempo
que tardaría en regresar. Incluso pensé, durante su au-
sencia, que era posible que no volviera más. No sé, algo
había en él que me hacía sentir que era total y absoluta-
mente irnpredecible. Tal vez era el hecho de que, cada
vez que me reunía con él, tenía la gracia de dejar todo
detalladamente cerrado como sí fuera nuestra última
reunión. Por otra parte, aunque siempre se lo veía feliz
y bien, tenía la sensación de que José añoraba, aunque

fuera de una manera muy diferente a lo habitual, su país


y su gente. Pues se veía extraño en un ambiente tan oc-
cidenta] como el que existe en mi país.

A1 día siguiente, muy temprano, llegué donde José.


Como vivo a más de sesenta kilómetros de Santiago,
debía levantarme cerca de las cinco de la mañana para
poder cruzar la ciudad antes de que los autos congestio-
naran sus calles. Por ello solía llegar antes de la hora
fijada para la reunión; sin embargo, en cada oportuni-
dad, me encontraba a José esperándome como si supie-
ra mi llegada de antemano.

Abrió la puerta y allí estaba, como de costumbre,


luciendo la mejor sonrisa con los brazos abiertos y los
ojos brillantes de pasión.

—Hola, hijito lindo —exclamó con gusto mientras fes-


tejaba mi llegada—. ¿Cómo estásí’, ¿cómo te ha ido en
todo lo realizado?

-Bien —respondí animado—. Y tú, José, ¿cómo has


estado?

—De maravilla y con nuevas decisiones para concre-


tar —respondió—. He decidido dejar de atender a las per-
sonas que se reúnen conmigo —manifestó.

Se refería a un pequeño grupo de personas de ambos


sexos y de diferentes edades que se reunían de vez en
cuando con é]; lo venían siguiendo desde que él había
realizado una serie de charlas.

“No puedo seguir entregando conocimiento a perso-


nas que no saben hacer uso de él, es peligroso. Yo ya les
he entregado mucho, y ninguna ha logrado comprender
el sentido de lo que les he dado”, dictaminó.

Yo escuchaba inquieto, pues durante los tres meses


que él estuvo ausente no dejé de pensar en la posibilidad
de continuar el trabajo realizado. Si bien se podría decir
que ya había cumplido con mi propósito de aproximar-
me y conocer su particular forma de ver la realidad, exis-
tía en mí un sentimiento indescriptible que me decía que
no tenía otra opción que la de continuar el proceso en el
que me hallaba imbuido. No era por él, por el contrario,
tenía completa claridad del hecho de que para José no
modificaba nada el que yo lo llamara o desapareciera de
su vida. Sin embargo, por otra parte, existía también en
mí el sentimiento de querer desaparecer, incluso me ha-
llaba viendo la posibilidad de viajar en el corto plazo
fuera de Chile. Me aterrorizaba la idea de volver al ritmo
de trabajo sostenido durante meses, que en la práctica
me había transformado en un neófito dedicado al estudio
y a la práctica de su propuesta. El trabajar junto a él me
significaba estar sometido a un cambio constante, en don-
de la claridad mental como llegaba se marchaba, deján-
dome envuelto en densos procesos emocionales que em-
papaban todas las dimensiones de mi vida.

—¿Cuándo podemos reanudar nuestras reuniones de


trabajo? —pregunté bajo un tono de entusiasmo y a la
vez de preocupación.

—Ahora mismo —respondió.

Cerró sus ojos e hizo una larga pausa. Tomó mis


manos y pedí junto a él porque fuese en buena hora el
momento en que reanudábamos nuestro trabajo.

“Los astros que constituyen el Sistema Solar actúan


con participación de la Luna y de la Tierra. Los rayos

del Sol piden permiso para ingresar a la Luna así como


a nuestro planeta. Se podría decir que primero lo con-
sultan, lo participan. De hecho, los rayos del Sol no son
los mismos cuando llegan a la Tierra. De hecho -conti-
nuó—, imagina lo que sucede con un meteorito que se
lanza contra el planeta, se desintegra; sin embargo, los
rayos del Sol al igual que otras energías cósmicas cuen-
tan con el permiso de la Luna y de la Tierra. Asimismo,
la energía de los hombres influye en los astros y en la
configuración de la energía galáctica, todo está relacio-
nado con todo, todo está atado a todo”.

Desde el momento en que comenzó a hablar tuve la


sensación de que no había existido el tiempo en que él
estuvo ausente. No se refirió a ningún tema que no
fuese el que nos convocaba. Solía ser así. Nunca trata-
ba temas ordinarios en nuestras reuniones, lo que lo-
graba que mi mundo cotidiano no interfiriera en mi
atención. Las reuniones se trasformaban en un espa-
cio sin tiempo en donde todo podía suceder; mi men-
te, como por “arte de magia”, se desconectaba de pre-
ocupaciones y tensiones y quedaba literalmente sus-
pendida en el aire. Cuando tennínábamos de trabajar
y me marchaba, me daba cuenta de esta situación, pues
lo que me preocupaba antes de verlo ya no tenía tanto
valor. Se podría decir que el estar junto a é] me permi-
tía lograr un desapego con respecto a las circunstan-
cias de la vida que me absorben, haciéndome sentir
que soy el centro del universo y que todos mis recla-
mos tienen justificación.

—Te propongo que el propósito sea entrar en la Tierra

pasando por las Lunas y los astros del Sistema Planetario


Solar —me dijo seriamente. (Ver Fig. 16, pág. 200).

“El verde del centro es la Tierra, rodeada por las cua-


tro lunas; nueva, creciente, llena y menguante que a la
vez se complementan con su masculino, con lo cual nos
dan ocho lunas. Alrededor de ellas se encuentran las
doce constelaciones del Sistema Planetario. Vamos a
imaginar que el rojo superior es el sur, el rojo de la iz-
quierda puede ser el este, el violeta inferior el norte y el
violeta de la derecha el oeste. Digo imaginar, porque en
realidad no existe el arriba, ni el abajo”.

—Pero, José —inquirí-, estábamos trabajando con el


negro y el blanco.

—Sí, hijito, pero ahora los uniremos. Debes realizarlo


en fondo blanco y en fondo negro. Entras en espiral hasta
la Tierra y luego sales de la misma manera. Para ello uti-
lizas un solsticio de verano y otro de inviemo. Ten pre-
sente —agregó- que debes identificar cuál luna es femeni-
na y cuál masculina, de ello dependerá lo que logres.

Insistí recordándole que el último ejercicio que me


entregó antes de su partida no era sólo el fondo el blan-
co o negro, sino que era en vez de los colores.

—Ahora dedícate a lo que estamos viendo y ya luego


volveremos a lo que dices —reiteró.
Nos despedimos en silencio, no había más que agre-
gar. Me fui con un sentimiento de gratitud ante aquel
hombre que parecía colocar cada cosa en su lugar. Ver-
daderamente, después de cada reunión que sosteníamos
algo sucedía en mí; mi mente parecía cristalizarse, de-
tenerse en un espacio que sólo podía intuir.

Lentamente, bajo el sonido del tambor y el canto de


las vocalizaciones, me fui adentrando en un tiempo in-
finito. Como ir perdiendo aquella dimensión humana
que me identifica con circunstancias determinadas y co-
nocidas, para ir penetrando un espacio sin dimensiones
y un tiempo que, por su infinitud, te absorbe y paraliza.

De un momento a otro, sin aviso, fui parte de aque-


llo que ahora sólo puedo describir. El traducirlo a lo
conocido, vale decir, a las representaciones de mi reali-
dad que evocan el contenido de la experiencia que in-
tento comunicar, traiciona la emoción inconmensura-
ble de lo eterno que se expresa en mi individualidad. El
sentimiento de la totalidad en mi expresión de ser. Por
ello es un sentimiento que, sin dolor, abre las paredes
de mi pecho, de mi mente, de mi ser. ¿Cómo acotar el
sentimiento a unas pocas palabras?

Fui parte de la Tierra, con sus lunas y sus constelacio-


nes. Y digo “fui parte de”, porque no fui un observador
ajeno y pasivo. Estuve allí. Por un instante sin tiempo,
sentí cómo cada uno de aquellos seres me conocía. Yo
era parte de ellos y ellos parte de mí. Su luz me constituía
y mi luz los constituía a ellos. Éramos Uno y, sin embar-
go, éramos todos. Girábamos en una armonía que acu-
mica y silencia. Sentí un profundo amor, plenitud y una
paz nunca antes vivida. Nada faltaba y nada sobraba, una
sensación de equilibrio inundó todo mi ser, quería llorar,
quería reír y, por sobre todo, quería seguir ahí.

Cuando le conté a José cuál había sido mi experien-


cia, sonrió y me dijo que estaba entrando en una nueva
etapa que todavía no podría dimensionar. Se sentó fren-

te a mí y me habló durante horas de su vida. Me contó


con detalles ciertos sucesos que habían sido deterrni-
nantes en su forma de conducir su sabiduría. Me habló
de muchas instancias en que pudo haber optado por una
vida más acomodada entrando en círculos de poder del
mundo intelectual y político, no sólo de su país sino del
mundo. Me habló de su pueblo, de la muerte y del ex-
terminio de una cultura milenaria que ha dejado su he-
rencia dormida en _la piedra.

—Te cuento todo esto para que veas cómo vive un


hombre como yo. Te hablo para que sepas que la sabi-
duría siempre debe ir un paso antes del poder. Es por
ello que te he dicho que la sabiduría no puede ser entre-
gada a cualquiera. Imagina qué sucedería si todos los
hombres, o incluso unos pocos seres humanos pudie-
sen acceder al conocimiento que te estoy entregando,
sin humildad y verdadera comprensión. No sólo corre-
ría peligro la existencia del hombre, o incluso la Tierra,
sino que la de] Sistema Planetario Solar.

Pensé en pedirle que me explicara a qué se refería


cuando decía que corría peligro el Sistema Planetario
Solar; sin embargo, no me atreví a preguntar, pues el
tono solemne y la profundidad de su ntirada me dejaron
mudo, olvidando tal hecho y entregándome por entero
a su atención.

—Nuestm propósito es entregarlo a ciertas personas para


que tal conocimiento no se pierda el día que nosotros ya
no estemos. Es importante preservar tal sabiduría para que
viva en los tiempos en que exista una generación de seres
humanos que no traduzca la sabiduría en poder.

Cambiando de tema, planteó que debía realizar el


mismo ejercicio pero colocando la atención en la Tie-
rra. Para ello debía utilizar la frecuencia de colores de
los solsticios y equinoccios, lo que equivalía a whipaliar
ocho Whipalas; cuatro solsticios y cuatro equinoccios.
Según él, esto me permitiría sentir la Tierra en su totali-
dad. Al respecto me dijo que observara cómo el hom-
bre caía en la equivocación de identificar sus circuns-
tancias con la Realidad. Las personas tendemos a creer
que el planeta se encontraba en la estación del año que
a uno le toca vivir:

—La Tierra, en su Estar, siempre está en solsticios y


equinoccios. Siempre está de día y siempre está de no-
che —me señaló.

Esta vez, la propuesta era sentir cómo este universo


abierto hacia el infinito, representado por los cuatro
puntos cardinales, se encontraba de igual manera al in-
terior de la Tierra así como de cada ser. “Las fuerzas del
universo se mueven concéntrica y excéntricamente y la
totalidad se expande hacia el infinito al igual que se
concentra en un punto”, me recordó.

Al día siguiente comenté a José que sin ningin esfuer-


zo había logrado entrar en el ejercicio. Se podría decir
que cada vez me era más fluido el entregarme a la expe-
riencia o, mejor dicho, al sentimiento. Sentí, para decirlo
de alguna manera, que el universo se hallaba contenido
dentro de mi ser. La Tierra, junto a sus lunas y sus astros,
giraba rítmicamente. Me impresionó darme cuenta de que
cada uno de ellos, incluyéndome, se mantenía en su fluir
gracias a los otros. De pronto, algo sucedió y tuve la serí-

sación de comenzar a quedar atrapado, aninconado, xo-


deado de negzura y sumergido en una sensación de estar
envolviéndome hacia adentro, en movimientos de espi-
ral, como la visión del líquido dentro de una juguera ob-
servada desde arriba. No pude segur respirando y en un
acto instintivo me afemé a los colores del Whipala, que
sin mayor aviso me jalaron devolviéndome la amplitud.
José me escuchaba en silencio, cuando de pronto habló:

—La próxima vez no te escapes de ti.

Fue en esos momentos en que tomé conciencia de


que estuve en las puertas de una dimensión desconoci-
da hasta ese momento, del propio interior.

—Luego —continuó——, toma una fruta, una gota de agua


o si prefieres una molécula de oxígeno, whipaléala sin-
tiendo cómo pasa por tu boca y desde allí penetra en
cada una de tus células.

DE LA SEMILLA Y TonAs LAS CosAs

Debía tomar dos semillas que yo tuviera en el lugar


en donde vivía y conseguir una tercera de la misma es-
pecie pero que no estuviera en casa. El propósito era
whipaliar, entrar en la semilla B, “pasarla”, al igual que
en el ejercicio anterior, por cada una de las células de
mi cuerpo. La diferencia esta vez era que primero debía
entrar en la semilla y desde allí ingresarla a mi cuerpo,
para luego pedirle a mis células que me devolvieran
cada molécula de la semilla tomada por ellas. Luego,

debía devolver a la semilla toda su energía pero agre-


gando además la energía extraída de mis células. Por
último, debía plantar las tres semillas en espacios sepa-
rados, pero bajo las mismas condiciones de tierra, agua
y luz. Todos los días debía whipaliar la semilla B. Me
señaló que este simple ejercicio me permitiría constatar
el uso de la energía.

Al día siguiente, cuando José me pregmntó cómo me


había ido, respondí que mal, pues había tenido que de-
tener el ejercicio producto de un temible dolor de cabe-
za que se expandió hacia la mandíbula, abarcando las
sienes y parte de los dientes. Su risa me dejó perplejo,
fue como si le hubiese contado la mejor de las bromas;
reía agarrándose el estómago mientras me miraba y
volvía a reír. Yo, desconcertado, no entendía qué era lo
que causaba su risa.

—¿Qué fue lo que pasó? -pregunté extrañado.

—¿Por dónde intentaste entrar en la semilla? -pre-


guntó José.

—-Bueno, de frente, ¿si no por dónde? —exclamé.

-Ahí está el problema, hijito —y volvió a reír, como


niño travieso que no puede contenerse—. Ése fue tu
problema —continuó—, cuando entras a cualquier ser,
sea cual sea su naturaleza, debes ingresar por la fisu-
ra. Imagina el poder de la semilla; es el Todo el que
debe concentrarse en esa pequeña unidad, mientras
más pequeño es su tamaño, más poderosa es su fuer-
za. Piensa: un virus puede acabar con toda la huma-
nidad. Bueno, por lo menos has aprendido la ley del
reflejo. No hay forma de penetrar la energía a no ser

que sea por la fisura, de lo contrario se devuelve a ti


—y volvió a reír.

Me aconsejó que realizara nuevamente el ejercicio,


pero esta vez tomando en cuenta su recomendación.

Como de costumbre, comencé mis ejercicios con lar-


gos períodos de respiración. Me aproximé a la semilla
lentamente y distinguí una fisura, o mejor dicho, un
punto ubicado en la intersección que une los dos capu-
llos que la constituyen. La oscuridad me fue cubriendo
como un manto negro, a la vez que mi pensamiento se
fue diluyendo, haciendo difuso, distante. De pronto,
escuché una voz que me decía “soy la negrura expresa-
da en color”, aquí estoy, soy la semilla, soy tu gen, una
gota del mar; soy una chispa‘ de color que ha saltado de
la negrura, soy tu padre, tu madre y todas las cosas.
Recuerda, tú eres la negrura expresada en color, eres
una chispa de luz, una gota del mar.

El sentimiento no me permitía pensar, me hallaba


perplejo, suspendido. Continuó diciendo que siempre
ha estado aquí y que siempre estará, expresada en una
planta, en su flor, en su fruto, en su azúcar y dentro de
mis células. La negrura, en un acto de creatividad, ha
creado el color, la vida, la piedra, la tierra, el agua y
todas las cosas. La negrura no se halla en ningún lugar,
está aquí, en todo y siempre estará.

Lentamente comencé a sentir mi cuerpo, aunque no


podía pensar, ni tampoco lo quería. Me quedé largo rato
recostado en un estado de suspensión, sintiendo cómo
cada parte de mi cuerpo vibraba suavemente hasta que
el sueño me invadió.

Sólo quería ver a José. La experiencia había sido tan


real que no había espacio para la duda. La semilla me
había hablado y no necesitaba explicación. Mi lógica
se hallaba paralizada ante una certeza sin límites de
haber “dialogado” con ella.

Cuando vi a José tuve la sensación que de alguna


manera él ya lo sabía. Lo saludé y me abrazó luciendo
una enorme sonrisa. Me tomó por la cintura y me le-
vantó jugando al igual que un niño. Me miró, se reía.

—¡José, la semilla me habló! —exclamé por fin. Sus


ojos con un brillo profundo se hicieron cómplices de
mi emoción, y guardamos silencio.

”Era sólo negrura; de hecho al expresarlo de esta ma- v

nera siento que no doy cuenta de lo que ‘realmente’


senti’. No hay palabras para describir mi sensación. Pero
el hecho es que no cuento con otra forma de expresión.
De la negrura comenzaron a brotar colores, y ‘supe’ que
era vida. Algo así como negrura a otra vibración, com-
prendí que la negrura no se hallaba perdida en un hoyo
negro en algún lugar del universo. Por el contrario, está
aquí, en todas las cosas. ‘Vi’ o sentí, como se quiera
llamar, que la semilla, al igual que un óvulo o un esper-
matozoide, es una chispa de color. Una gota de energía
que se expresa a un nivel vibracional que percibimos
como nuestra ‘realidad’. ¡Todos somos negrura expre-
sada en color, José!”.

—Así es —respondió—. Lo has sentido, has sido la se-


milla, y has comprendido por qué cada uno de nosotros
es un todo semejante dentro de la diferencia. Tus célu-
las son energía —continuó-; ¡mira, hijito, la realidad es

KEENCUENÏRU

estática! —exclamó mientras apuntaba a un florero—. Es


tan rápida la vibración de sus moléculas que la percibi-
mos estática, fija. Si existiera un gigante de proporcic»
nes inconmensurables, vería la Totalidad, la Pacha como
estática. Tus genes son energía, al igual que tu semilla,
al igual que el universo. Es materia, pero la materia es
una manifestación de la energía -recalcó-; por ello, acti-
vando tus genes, accedes a la totalidad, eres la totalidad
y la totalidad eres tú. Ser la totalidad es entonces un
asunto de energía. No es una cuestión de ética ni de
moral. No incluye un sistema de creencias, no es bue-
no, ni malo. Es simplemente la capacidad de todo ser
humano de alcanzar diferentes estados vibracionales.
De activar y utilizar la vibración de su materia.

"La ciencia oficial dice que la neurona no se repro-


duce. Afirma que desde el momento de nacer comienza
a morir. La verdad es que sí se reproduce pero a una
velocidad imperceptible, a la velocidad de la luz. Y si
muere es porque no se utiliza su capacidad; lo que no se
usa se atrofia. A eso debes sumarle que es alimentada
con basura. De esta manera, se podría decir que se va
ensuciando, secando, marchitando. Por el contrario, si
se la alimenta con buena energía y se utiliza su poten-
cial, ella no sólo vive, sino que se enriquece con la ex-
periencia de la vida misma y se multiplica.

”Todo lo que tú haces, todo lo que tú aprendes du-


rante tu vida puede enriquecer tus células, tus genes, se
graba en ellos. El Hacer es la brecha que existe entre el
pensamiento y el sentimiento, allí convergen, en la ac-
ción, pues se codifica en tus células. Por ello, tú eres

tus antepasados, tus abuelas y abuelos viven dentro de


ti, todo te lo han heredado en tus genes, así como tú lo
darás en herencia a tus hijos. Recuerda lo que te he di-
cho: el pensamiento y el sentimiento del Estar siendo-
ocurriendo siempre no más.

”Por lo pronto, lo que has hecho es comenzar a des-


pertar tu memoria mediata, la información de tu incons-
ciente, que en tus términos sería decir que estás acti-
vando lentamente tu cerebro derecho, el sentimiento.
El hombre sólo utiliza su memoria inmediata, que co-
rresponde a su cerebro izquierdo, a la racionalidad. Sin
embargo, lo que el hombre no sabe es que su vida es
dirigida por su cerebro derecho. Te voy a contar el cuento
del genio:

”Dos hombres había en un reino, los cuales habían


sido traicionados por sus mujeres. Uno de ellos había
dado muerte a su mujer y el otro no había tomado tan
drásticas medidas. Decidieron irse a un lugar lejano;
cuando iban por el camino vieron un remolino de vien-
to que venía hacia ellos. Uno de los hombres, asustado
exclamó: ‘¡Es un genio!, debemos escondemos’, y rá-
pidamente corrieron al árbol más cercano para subirse
a su copa. El genio se detuvo justo en aquel árbol y se
echó a dormir apoyado en su tronco. Los hombres, in-
móviles, vieron que del turbante que se hallaba en la
cabeza del genio salía una mujer hermosa, que con un
movimiento de mano los invitaba a bajar. Los hombres
asustados respondieron que no, pues el genio podría des-
pertarse y darles muerte, pero la mujer, no satisfecha
con la excusa, amenazó a los hombres con que, si no

bajaban de inmediato, ella misma despertaría al genio;


viendo que no tenían otra alternativa bajaron del árbol,
y la mujer deseosa hizo el amor con ambos. Por último,
cuando todo había terminado, la mujer les exigió a cada
uno de los hombres que le dieran un anillo de los que
llevaban en sus manos. Sin otra alternativa, los hom-
bres accedieron y vieron con asombro cómo la mujer
guardaba los anillos en un cofre que contenía muchos
mas”.

LA CoMPAcTmrLmAD DE LA TOTALIDAD

Me encontraba en mi casa ubicada entre las monta-


ñas de los Andes del sector sureste de la ciudad de San-
tiago. Durante toda la noche había estado nevando y, al
mediodía, ya había caído más de medio metro de nieve.
Aquel día debía realizar el ejercicio de la ubicuidad.
José me había planteado que la ubicuidad era el acto de
Estar en cualquier lugar y tiempo. Cuando me plantea-
ba propuestas como ésta, mi mente se paralizaba, pues
lo asumía con naturalidad, ya que me eran- tan extrañas
e inconcebibles, que las abordaba con aparente norrna-
lidad. Le respondía con comentarios lógicos, como si
estuviéramos hablando de mecánica o de cualquier otra
realidad objetivable. Le sugerí la idea de transportarse
a un determinado espacio-tiempo a voluntad, se podría
decir que daba por hecho la premisa, pues no tenía otra
opción que aceptarla y luego corroborarla; de lo contra-

rio, debía pensar que me encontraba frente a un demen-


te volviéndome loco junto a él.

—N0 hay adónde trasladarse —respondió—, todo está


aquí en este mismo instante. La idea del traslado impli-
ca un movimiento, un cambio de espacio, un aquí y un
allá. Lo que haces es abrir tu percepción a la Realidad,
y ves lo que siempre ha estado aquí y siempre estará.

La tarea consistía en cubrir mi cuerpo desnudo con


barro, sentarme en algún lugar del jardín y allí realizar la
frecuencia de whipaleo indicada por José, junto con las
tres respiraciones habituales. Una vez whipaliado debía
“verme”, o lo que José llamó desdoblarme y, desde ese
estado, bailar mi propia danza; me aclaró que mi baile
estaba integrado por todos aquellos movimientos que
expresaban el sentimiento de mi cuerpo y de mi Ser. De-
bía poner mi atención en el contexto en que se desarro-
llaba el suceso, cómo era el lugar, cómo se encontraba la
luna, con quién me hallaba, entre otros aspectos. Recal-
có que yo sólo debía dejarme llevar y no preocuparme
por dirigir mi “viaje” a algún lugar específico.

—Pero, ¿cómo lo haces tú, José, para lograr dirigirte


al lugar y al momento que deseas?

-Todo lo sucedido en la historia del tiempo está aquí,


ahora mismo, al igual que los muertos, nuestros ante-
pasados. Te conduces con la intención, que no es sinó-
nimo de pensamiento. La intención es el sentimiento
que conduce los actos desde el silencio, su velocidad es
infinita —afirmó.
Aquel día, me sentía inquieto, abrumado, ansioso.
Pensaba que realmente era un acto de locura desnudar-

me, cubrirme de barro y pasarme horas sentado sobre la


nieve, bajo un frío que calaba los huesos incluso vesti-
do con parca, gorro de lana y todo lo que se pudiese
llevar encima. Durante todo el día estuve bajo estos sen-
timientos, congelado física e interiormente. Esperé que
oscureciera, pues para colmo debía realizar el ejercicio
de noche. En un acto de desatino, me quité la ropa, salí
de la casa, cogí el balde donde había preparado abun-
dante cantidad de barro y cubrí mi cuerpo con él. Horas
antes había llamado a José para comentarle que había
nevado, con la esperanza de que me dijera que mejor
no realizara el ejercicio en esa oportunidad pero, para
mi desgracia, hasta ese momento, me dijo que buscara
un lugar en donde no hubiera caído nieve.

Comencé mis ejercicios y haciendo un profundo es-


fuerzo logré, al cabo de un largo rato, regular los movi-
mientos compulsivos que hacían tiritar mi cuerpo ente-
ro. Creí que no aguantaría el frío; veía cómo salía el
vapor de mi cuerpo al tiempo que el barro se iba secan-
do. “Para qué hago esto, en estas condiciones; qué bus-
co, qué sentido tiene”, me preguntaba desolado y sin
hallar explicación. Sólo me consolaba el sentir que mi
decisión se fundaba en romper la lógica de tener siem-
pre una buena razón para actuar. El saber que vivimos
atrapados en patrones de conductas “coherentes" y ló-
gicos que nos han enseñado desde pequeños a cumplir
en nombre del sentido común me empujaba a la aven-
tura; sin embargo, no lograba aquietar mi fuero interno.

De un momento a otro comencé a sentir que mi cuer-


po se endurecía, asustado toqué mi carne y para mi asom-

bro constaté que estaba tibia y blanda. Mi cuerpo au-


mentó su volumen en tres o más veces su proporción
“real”, me sentí inflado, y de pronto no pude moverme,
estaba duro, impenetrable, al mismo tiempo que flota-
ba, suspendido en medio de la nada. Sobresaltado, in-
tenté volver a mí, pero sólo pude incorporarme y salir
de allí luego de un tiempo para mí indefinido.

Cuando al día siguiente me junté con José, le conté


lo sucedido, le manifesté que la fuerza de lo vivido no
me había permitido llevar a cabo el ejercicio tal como
él me lo había sugerido. No prestó importancia a esta
situación, mas me señaló:

—Debes dar gracias a la Camacha, al Gran Espíritu


que se prestó o te ayudó para que sintieras esta sensa-
ción, pues has experimentado la existencia de la piedra.
Es tan compacta la Unidad —agregó— por la estructura
de las vibraciones y vibraciones que se interpenetran que
¿dónde está el vacío? —preguntó—. Eso es lo que estás
sintiendo. La compaginación de tu unidad es tal que no
puedes expandirte, salir. Estás sintiendo lo que es el sen-
timiento de sentir la misma totalidad en su compactibí-
lidad. La secuencia vibratoúa de tu girar te ha llevado a
la compactibilidad, similar a lo que sucede cuando bates
el huevo hasta que se hace merengue: si no dejas de ba-
tir se hará compacto; es eso lo que estás haciendo, el
punto es que lo hiciste directamente, lo que te indica
cómo es posible la transportación de un estado.

”En el norte hablamos del Apu Cuna, el Señor, el


Espíritu de la Montaña. Cuando un ser humano en su
vida se identifica con ella, no sólo en el pensamiento

sino que con el sentimiento, se siente parte de la tierra y


dentro de ella escoge estar en la montaña. Es su Uni-
dad. Lo que has cogido tú es la dureza del espíritu de la
tierra, de su roca. Tú has vivido, por tanto esfuerzo rea-
lizado, la bendición de la quietud, del espíritu de la
montaña. Este sentimiento se te puede repetir otra vez,
porque ya has entrado a otra opción de Estar en esta
Totalidad”.

No sabía qué agregar a lo que escuchaba, me hallaba


enmudecido, pues sus afirmaciones eran nuevas para
mí y el sentimiento de lo vivido era innegable. Para
colmo no me había enfermado, ni congelado; más aún,
me encontraba con un entusiasmo y una vitalidad poco
habituales. Le comenté sobre cuánto conflicto me ha-
bía producido la simple idea de salir desnudo, cubrinne
de barro y quedarme durante horas a la intemperie. No
podía concebir el realizar una acción tan irracional, la
lógica me decía que daba lo mismo esperar una semana
hasta que por lo menos la nieve se hubiera ido, o mejor
aún, esperar la llegada de la primavera para realizar este
tipo de ejercicio. Hacerlo me exigió dejar la lógica y la
cordura y dar un salto a lo desconocido; es por ello que
la explicación que él daba de mi experiencia no me pa-
recía anormal; al parecer, algo estaba sucediendo en mí,
en donde la lógica comenzaba a perder poder, dejando
espacio para el sentimiento de aquella incomprensible
sensación.

“Algún día estaremos junto a los abuelos y verás a un


anciano o anciana que siente el sentimiento de Unidad y
está en el agua de un estero frío y no se congela. Estás

alcanzando por tu esfuerzo ese nivel de Ser. Una persona


se pregunta cómo lo hace, cómo se mete, cómo está ahí,
pero ésa es la Individualidad, la diferencia que te está
dando el sentimiento del Ser más allá del cotidiano”.

Pregunte si mi experiencia tenía algo que ver con lo


que en la literatura antropológica llamaban “trance ex-
tático”.

—Así es —respondió y agregó-z si te das cuenta es lo


mismo que la imagen que se ve del faquir, si lo ves bien
te darás cuenta que está duro.

—Pero, José, la dureza se siente por fuera porque por


dentro se siente lo contrario.

Asintió con la mirada y una sonrisa en sus labios.


“Por dentro se está fluyendo, hijito”.

—Mi padre me contó —dijo, mientras se sentaba a mi


lado- que cuando el español llegó a Cajamarka, captu-
ró al Inca Atahualpa y logró matarlo; cuenta el mito que
unos amautas iban del Cuzco a Cajamarka. En el cami-
no encuentran a amautas que vienen de Cajamarka, quie-
nes les dicen que el Inca ha muerto. Después de una
larga conversación, los amautas dicen: “Enterraremos
nuestro saber. Lo convertiremos en piedra”. Es el saber
que se hizo piedra; esa piedra ya dejó de ser piedra y
estás recuperando el discurso de los amautas. Hoy día,
tienes que buscar cómo destapar, hacer que los amautas
sigan hablando. Tienes que leer de las piedras. Luego
deberás leer de la cerámica, de los mantos y de lo que
los abuelos y abuelas cuentan. Reencontrarte con los
hombres sabios y las mujeres sabias que viven en el
Illampu, que viven en el Illimani. Hay viejitos que vi-

ven dentro del Tunari. Viven cuidando el fuego, el wayra,


la tierra. Son los depositados de la sabiduría.

Se levantó, se acercó al equipo de sonido y lo encen-


dió colocando música de instrumentos de viento
andinos. Se dio vuelta rítmicamente y clavó su mirada
en mis ojos, luego sonrió y continuó diciéndome:

—En la mañana vino un joven a verme y me planteó


que tiene miedo a expresarse en unos ejercicios que le
he dado hace algunas semanas cuando vino a verme
por problemas de salud. Me comentó que ha ingestado
plantas durante años, de éstas que ustedes llaman
alucinógenas; entonces, yo me pregunto, ¿de qué le
sirve haber tomado plantas si no encuentra la unidad?
Los miedos surgen de la no unidad con el Todo. Uno
no debe tener miedo a morirse, ni a nada. Cuando uno
entra a este proceso de Ser una verdadera Individuali-
dad, no debe tener miedo de nada, tiene que fluir, nada
le pasa.

Movió la cabeza como buscando explicación y


agregó:

—Le dije a este joven que lo primero que debe hacer


es dejar de ingerir plantas. La planta sirve para detonar
un proceso, pero el proceso en sí se debe realizar desde
uno mismo. La libertad es real cuando uno es capaz de
entrar en la planta o en cualquier ser que en sí no es
diferente de uno. De lo contrario, es la planta la que
entra en el hombre y así no pasa nada, o lo que es peor,
el proceso no se hace real dentro de la persona y se vive
en una “volada”, pues no se alcanza ninguna nueva
modalidad de existencia, se sigue igual. Le di unos ejer-

cicíos para equilibrarlo y no pudo salirse del miedo, está


cagado, de verdad que lo está -dijo sin lamento.

Mientras hablaba, recordé que al comienzo de mi


relación con José, le comenté que, sin deliberada inten-
ción, en determinados momentos experimentaba cier-
tas sensaciones que me producían pavor. Recordé que,
en un taller de sueños que realicé un año antes, experi-
mente en una serie de oportunidades la sensación de
expandirme y sentir que literalmente me salía del cuer-
po, a lo que se sumaba la pérdida de la movilidad cor-
poral. El psiquiatra a cargo del taller me comentó que
en términos “chamánicos” este estado se denominaba
trance extático; de hecho, esto había detonado el que yo
le planteara a José la relación entre este tipo de trance y
la sensación de sentirme roca.

Le plantee que al parecer el pánico había desapare-


cido, ya que en mi trabajo con él yo había decidido
lanzarme a la experiencia y dejar de contraerme su-
gestionado por mi imaginación. El trabajar con José
me mantenía en una exigencia constante, no sólo por
el hecho de mantener la disciplina diaria, sino que por
el de ser capaz de ir sobrepasando, o en términos de
él, equilibrando las sensaciones que resultaban de los
trabajos; ya no me descolocaban haciéndome perder
el control de mí mismo.

—Lo importante —comentó— es no tener expectativas,


no estar esperando que algo suceda, simplemente se debe
Estar. La expectativa crea dicotomía. Lo que has vivido
ayer fue el Estar sin expectativas, ya que nunca pensas-
te llegar a ello. Debes continuar con el mismo ritmo de
trabajo, sin disminuir la velocidad. Yo, encantado, te
daré todo lo que tenga que darte, al final de cuentas yo
sólo puedo colocane en la puerta y tú solo te tienes que
lanzar. La importancia de tu trabajo es que has logrado,
con tu esfuerzo, llegar a otro que eres tú mismo, has
hecho el movimiento de tu sentimiento sin plantas ni
nada, ya es tuyo.

DEL SENTMENTO A LA CONCIENCIA

—Los ejercicios te van abriendo —me dijo mientras


servía una taza de té—, tú ya eres la totalidad.

—Es precisamente ése mi problema —expresé—. Por


momentos me parece que estoy demasiado abierto.

José rió con tal gozo que no pude más que reír junto
a él. Cambiando de tema, retomé un pensamiento que
desde hace días daba vueltas por mi mente.

—José, cuando tú te “comunicas” con un abuelo, o “vas”


a algún lugar, lo que se podría entender como un “vuelo",
¿lo haces directamente sin ningún trabajo previo?

—Accedo con mi voluntad, pero también debo entrar


en la totalidad; como un Uno que es un Todo, se debe
primero comenzar con el sentimiento de la totalidad.

—Y ¿cómo lo haces en el caso de ir a algún lugar


específico y no a otro? —insistí.

-Ello se dirige con la intención. Se podría decir que


te programas para ello. Claro está quelaintención se

sostiene con el sentimiento, no con la razón. Lo que i


quiere decir que no es una cuestión de estar pensando.

—Te lo pregunto, José, porque yo en los ejercicios de "l

la ubicuidad que estoy realizando no tengo el control,

vale decir, no sé cómo llego, ni a dónde llego, ni tampo- y


co cómo, ni cuándo me voy.

—Alguna vez te hablé de los controles del cambio.


Por ahora continúa y déjate fluir en tu Estar.

Le hablé de un sentimiento que desde hace días ha-


bitaba en mí. Sentía que toda su enseñanza estaba di-
rigida a aprender a creer, ya que de ello depende la
posibilidad de sentir, de Ser. El creer está ligado a]
sentir, ya que se podría decir que el creer no es más
que el abrirse a la posibilidad de aquello que no cabe
dentro de nuestro mundo. Si, en efecto, por naturaleza
somos la totalidad, “no hay más” que abrirse a ello,
sentirlo y transformarlo en una realidad tan concreta
como nuestra corporalidad. A mi parecer, esto corres-
pondía a lo que yo entendía como conciencia, en el
sentido de ser la facultad de contener, de incluir en el
marco de nuestras experiencias un contexto de com-
prensión y de hacer determinado en el mundo, vale
decir, no sólo incluye el conocimiento intelectual o
reflexivo de determinada realidad, sino que a su vez
incluye la capacidad de actuar concurrentemente con
lo que comprendo.

—Es el sentimiento -dijo él—. La conciencia excluye,


separa; es antropocéntrica, pues es el hombre el que
continúa al centro del contexto. El sentimiento es Estar
y Ser ese contexto, es Unidad, tú eres lo Otro.

Sus palabras entraron con tal fluidez por cada poro


de mi piel, que en un acto inmediato recordé la situa-
ción vivida hace algunos días. A] detenerme en un se-
máforo en rojo, observé a un vagabundo mientras se
acercaba a la ventana de mi automóvil; yo lo seguí con
la mirada, por mi mente no pasó ni un solo pensamien-
to, mas sentí en mi pecho una profunda desolación, aban-
dono y dolor. Cuando dieron la luz verde, continué mi
camino y de pronto se activó mi pensamiento con la
imagen de aquel hombre retenida en mi mente, sus pies
descalzos, los harapos sucios que cubrían su cuerpo, su
mirada perdida, sus ojos cansados e idos. Pensé en su
realidad y la mía, en nuestras vidas.

Las palabras de José me hacían mucho sentido; cuan-


do vi a aquel anciano, por algunos segundos fui aquel
hombre y lo sentí. Cuando paní en mi vehículo, pensé en
su penosa realidad, en su soledad y abandono, tuve con-
ciencia de su realidad separada de la mía, ya éramos dos.

Le dije a José con vehemencia que sentía que la


verdadera conciencia efectivamente nacía del puro sen-
timiento; por e] contrario, es sólo un acto ético o moral
que emerge del pensamiento. En este sentido, la con-
ciencia pasaba a ser la descripción del sentimiento, pues
la existencia es un acto, no una descripción, por lo cual
sólo concebimos al otro cuando lo sentirnos, cuando lo
somos. El pensamiento es la descripción del sentimien-
to en donde el equilibrio entre estas dos dimensiones
daba nacimiento al actuar.

Mientras hablaba, José me miraba fijamente a los ojos


dejando entrever dos remolinos negros que me jalaban.

—AsI es —dijo cuando hube terrninado-. El hombre


cree que vive conducido por la razón cuando en verdad
lo hace por su sentimiento; el pensamiento nace del sen-
timiento, y no al revés. Es del sentimiento que nace toda
creatividad —dijo en tono solemne—; por el contrario, el
hombre vive bajo ciertas estructuras de pensamiento que
se pueden entender como ideologías. Todas ellas son
aprendidas en el proceso de socialización que se enmarca
dentro de un proceso que se lleva a cabo en un momen-
to histórico y en una cultura determinada. Esto conlle-
va a la alineación de los individuos desarraigados de su
identidad natural y cósmica. Nada se sabe por verdade-
ra sabiduría, por verdadera experiencia; se acepta lo que
calza dentro de lo conocido y es así como se cristaliza
la percepción quedándose el hombre frente a un mundo
inerte, predecible y conocido.
”El trabajo que tú estás realizando tiene ese valor
—continuó—, el de conducine hacia la autovalencia, a la
totalidad que se expresa en tu individualidad. El whipaliar,
los ejercicios que realizas con el Whipala, son el camino
y ser el caminante. Como alguna vez te mencioné,
Whipala viene de uiaa, que significa energía, eso es el
universo, eso es la totalidad. Estás despertando el poten-
cial, la energía que existe en tu neurona, en tus genes. Al
alcanzar la activación total de la estructura molecular, se
alcanza y se contiene la totalidad. Así podrás dejar de
creer en lo que crees porque te 1o han enseñado, podrás
hablar desde tu sentimiento, que estará sustentado en tu
propia experiencia de vivir, de Estar en la Realidad y se
corroborará en tu capacidad de actuar en ella”.

—Pero, José, ¿por qué los seres humanos, en nuestra


condición, no podemos percibir lo que tú dices que en
esencia y por naturaleza somos, vale decir, energía?

-Sencillamente por lo que te acabo de decir; vivi-


mos creyendo que somos seres finitos y estáticos, y esto
es producto del actual estado vibracional del ser huma-
no, de su sentimiento de separatividad, que se genera y
reproduce a partir de la fuerza del sistema social, que
mantiene al hombre dormido, atado a un estado de exis-
tencia limitado y desconectado de sí, de la Realidad. El
alcanzar un estado de activación de la vibración de tus
células permite regular los controles vibracionales y, de
esta manera, ser, percibir y existencializar la totalidad
que, como no me canso de decirte, ya nos contiene y
contenemos.

”Sin embargo, esto debe ir ligado a un sentimiento


de Unidad —señaló-, el conocimiento no puede
masificarse mientras el hombre sostenga la ilusión de
separatividad. En la medida en que se despierta el po-
tencial, se obtiene innegablemente poder. Se hacen pre-
sente realidades, energías que siempre estuvieron pero
que ahora se vuelven accesibles. El hombre sabio que
vive en Unidad no hace uso del poder en ninguna de
sus formas, sólo fluye en la Totalidad; por ello, Está y
no Está, actúa en la realidad sin apegos y sin identifi-
carse con lo que hace. Está libre, pues, si bien vive apa-
rentemente como un hombre común, sus actos son deli-
berados y guardan relación con su naturaleza cósmica.
Imagina lo que sería la sabiduría en manos de los hom-
bres con ansias de poder; ya hemos hablado que no sólo

Cetrería peligro la vida del hombre, sino que la del pla-


neta y la de todo el Sistema Planetario Solar y más, aun-
que no lo creas —afinnó.

”Para los Amautas, para los abuelos y abuelas, lo


que Occidente llama cultura era concebido como lo que
todos nosotros juntos a Todo hacemos, sabiendo en esta
vida o en este mundo en el estar siendo-ocurriendo siem-
pre no más aun antes de haber nacido y aun más allá de
la muerte, pues el nacer y el mor-ir son sólo estados de
un Estar—siendo en el seno de la Realidad total. No existía
en ellos el ansia de poder, conocían el ane del fluir,
pues el poder sólo los ataría a una modalidad de exis-

' tencia y ellos se sabían la Totalidad.

”Algún día tú tendrás que ver qué haces con la sabi-


duría; un día yo ya no estaré a tu lado y tú tendrás que
ver cómo se ha de expresar en tu Ser y tu Hacer la Tota-
lidad.

"Te repito —dijo fuertemente, llamando mi atención—,


nunca olvides que la sabiduría debe ir un paso antes del
poder. El poder es la polarización de la intención, es el
afán de dirigir la energía en base a un propósito restric-
tivo y limitado, en beneficio de uno mismo, y la Totali-
dad no cabe dentro de ello. Ella se expresa en múltiples
formas y se manifiesta en la pluralidad de modalidades
y planos.

”Por otra parte, si haces uso del poder, éste se devuel-


ve con la misma fuerza que has usado. El hombre común
quiere poder y cree que al morir se libra del asunto; no
considera que no hay muerte, la existencia nunca muere,
sólo se transforma en modalidades y estados de Estar. El

que muere dicotómico seguirá dicotómico en su Exis-


tencia y sufrirá las consecuencias de ello, no porque a1-
guien le haga algo, no por la existencia de un diablo que
lo torture, sino porque estará asociado, vinculado a aque-
lla energía que sólo crea dolor y confusión. Como dijo
Hennes Trimegistro, el padre de la alquimia: ‘Como es
arriba es abajo’, como estás aquí estarás allá”.

Lo escuchaba con total atención y con un sentimien-


to de gratitud hacia él; sus palabras provocaban en mí
un sentimiento de profunda emoción que oscílaba entre
la alegría y una tristeza que no lograba interpretar.

Desde que me encontraba trabajando con José, gran-


des cambios se habían producido en mi vida. Cada re-
unión que sosteníamos me introducía en un mundo nue-
vo, infinito, lleno de desafíos y perspectivas que me
exigían reconstituir mis apreciaciones y concepciones
sobre mi vida, el mundo y la Realidad. Se podría decir
que cada día era realmente nuevo y desconocido, todos
mis juicios y creencias se derrumbaban en segundos y
mi mente paralizada pasaba del pánico más abarcador
al silencio más pleno.

No era simplemente que yo aceptara pasivamente


todo cuanto él me decía, sino más bien él ponía las pa-
labras a “algo” que yo había sentido y verbalizado de
alguna manera, durante mucho tiempo en mi vida, y
que hoy estaba experienciando con mi propio cuerpo.
No sentía que lo que él planteaba fuera la única forma
de decirlo ni de hacerlo pero, sin embargo, interpretaba
mi sentimiento y me mostraba una visión de la Reali-
dad más inmensa e incomprensible que la historia que

había leído y de las cosas que había escuchado. Mi ín-


tuición siempre me decía que no había lógica que ex-
plicara la manifestación de la vida, ni las preguntas fi-
losóficas que todo hombre de alguna manera se había
hecho. Creer en cualquier respuesta era aceptar la
causalidad, una determinada linealidad, un proceso es-
calar; exigía suscribirse a algo en desmedro de aquello,
implicaba conformarse con aquellas abstracciones men-
tales que concordaban con la propia concepción de rea-
lidad. Sentía que la propuesta de José podía no ser al-
canzable por la pura comprensión y la buena intención;
quizás sólo estaba abierta la posibilidad para seres como
él o como otros que lo han expresado desde diferentes
perspectivas y en distintos momentos de nuestra histo-
ria, o para aquellos que lo han vivido en completo si-
lencio, no quedando nunca testimonio de su existencia
en el papel; sin embargo, me estimulaba la posibilidad
de aproximarme aunque fuera a través del límite de la
razón a esta propuesta de estar inmerso en un mundo
insondable, misterioso e incomprensible. La altemati-
va de que nada tuviera propósito, de que todo estuviera
dado y de que nuestra realidad fuese sólo un apéndice
de la Existencia me hacía sentir vértigo, y al mismo
tiempo la tranquilidad de sentir que todo lo que sucede
ha de suceder. Sentía que la necesidad del ser humano
de fundamentar el sentido, de la deliberación del bien y
del mal estaba detenninada no por nuestra naturaleza,
sino por nuestra condición de sentirnos excluidos de la
Realidad, de la Totalidad. Sentir que alguien que podía
existir como parte de la totalidad no habría de tomar

una elección, no tendría nada que elegir, pues sus actos


serían parte de la corriente de la vida, de creación, que
encajarían perfectamente con el ritmo de lo que ha de
ser. En definitiva, vivimos asustados de lo que teme-
mos y las cosas que suceden siempre se producen al
margen de nuestra consideración. La elección está en
cómo vivirlas, cómo relacionarse con ellas, las acepta-
mos o las negamos. Si las negamos creamos confusión
y dolor, si las aceptamos nos ponemos al servicio de
una fuerza inconmensurable que nos enseña y nos acon-
seja cómo actuar en relación a nuestro propio desarro-
llo y el de los demás.

LA ROSA ROJA Y EL Lnuo VIOLETA


-Vas a realizar el whipaleo con una flor roja y otra
violeta —afirmó J osé-. La roja corresponde a lo mascu-
lino, la violeta a lo femenino. Debes conseguir las flo-
res y tomar una con cada mano, las whipaleas con dos
Whipalas al mismo tiempo, uno en cada flor. El Whipala
lo tienes que meter en la flor. Vas a reproducir lo que se
ve en la carta de Tarot occidental, en donde hay un per-
sonaje sentado en un cubo que tiene encadenados dos
sujetos, un macho y una hembra; es el Tifón, el Diablo.
Con este ejercicio vas a whipaliar la transmutación, el
equilibrio en todos los estados; con ello se abre la posi-
bilidad de sentir tu individualidad más allá del género.
Procura entrar por las cuatro entradas del Whipala que

corresponden a los solsticios y a los equinoccíos; ésas -;


son las verdaderas entradas de la tierra, los puntos car-
dinales son un cuento —manifestó.

Cuando lo realicé, la primera situación que llamó mi


atención fue el sentir cómo las flores vibraban a un rit-
mo imposible de provocar intencionalmente. Tuve la
sensación de entrar en un espacio de completo equili-
brio y complementación; de pronto fui jalado por un
remolino que me condujo a un espacio de completo si-
lencio en el cual perrnanecí durante un buen tiempo.

Por la noche soñé que hacía el amor con dos muje-


res, una era joven e inexperta y la otra mayor. La joven
fluía y se dejaba llevar con gracia y soltura, la mayor
me evocó el sentimiento de la rutina, la estructura de
las pautas repetidas día tras día.

José me escuchó y de pronto preguntó:

—¿Qué ropa tenían las damas?

-—La más joven vestía ropa suelta, de colores claros,


que dejaba ver su cuerpo desnudo; la otra usaba camisa y
pantalón de tela con diseños a rayas y colores oscuros.

Le comenté que la situación se producía simultá-


neamente con las dos mujeres, y que lo que más me
llamaba la atención en el sueño era lo que cada una
de las mujeres producía en mí, más que la relación
sexual, que por lo demás no pasaba de ser sólo un
juego erótico.

—En el sueño has trabajado lo femenino de ambas


plantas —señaló—. Ahora te pregunto, ¿la sensación de
la flor violeta era más víbratoria?

—Sí —respondí.

-¿Y la cambiaste de mano durante el ejercicio o la


tuviste siempre en la misma?

-La tuve siempre en la misma mano —respondí.

-¿Y en cuál la tuviste? —preguntó.

—En la izquierda -le indique levantando la mano ha-


cia él.

“Si te das cuenta, los hemisferios del cerebro van


cruzados en relación a las manos, vale decir, has traba-
jado femenino con femenino y masculino con masculi-
no. Ahora vas a hacer el mismo ejercicio pero con la
flor roja en la mano izquierda y la flor violeta en la mano
derecha, así repites la experiencia.

”Las mujeres que viste en tu sueño son en sí el espí-


ritu de las plantas. Estás viendo cómo son ellas. Es la
planta la que te está hablando, y lo continuó en el sue-
ño. Vas a tomar doble porción de ajenjo y repetir el ejer-
cicio”, me indicó.

“Ésta va a ser la primera experiencia que vas a reali-


zar hoy día. La segunda la vas a hacer con una rosa roja
y la otra blanca. La vas a agarrar con fuerza, hasta que
te hagas heridas en tus palmas y en tus dedos, y esta vez
vas a tomar triple porción de ajenjo. La idea es que las
rosas se nutran de tu sangre, por eso las tienes que aga-
rrar fuerte, te tienes que clavar sus espinas, recuérdalo”.
WAYNAPICCHU, EL EQUILIBRIO DE LA UNIDAD

—Vas a tomar dos porciones de datura y dos porcio-


nes de ajenjo, bien fuertes, y para temúnar vas a tomar

otras dos porciones de datura, las vas a cocer cinco mi-


nutos, ya sabes que tienes que estar en ayuno. Te vas a
whipaliar con toda la Whipala como lo has hecho an-
tes, con sus doce constelaciones y sus ocho lunas, lo
vas a hacer por sus cuatro puertas y en las ocho Whipalas
por tres veces, lo que te da 96 Whipalas; haces tus res-
piraciones con todo lo que es tu proceso; es potente este
ejercicio —afirmó—. Ten preparado jugo de naranja o de
limón con bastante azúcar para el día siguiente.

—¿Para qué?

-Para glucosarte, porque el desgaste de energía al


nivel neurológico, al nivel total va a ser grande. Es im-
portante darte potasio y glucosa. ¿Conoces Kenko?
—preguntó.

—Me parece que sí -respondí.

—Hace algunos años había estado en Cuzco y reco-


rrido el Camino del Inca. Visite algunos lugares pero
no estaba seguro de haber estado específicamente en
Kenko, pues me encontraba con poco dinero y no había
podido entrar a todos los centros sagrados de los Incas.

José dibujó el lugar en una hoja de mi cuaderno de


notas, y me indicó no darle más vueltas a la idea y dejar-
me llevar por las indicaciones que él me estaba dando.

“Debes llegar a la Luna, luego te metes a la Tierra y


te vas a Kenko, entras por la puerta que está más cerca
a la ventana, por el este, que se llama la Huaca de la
Luna, y te metes ahí. Ése es tu trabajo”.

No podía seguir ninguna de las indicaciones que me


daba. No sabía qué hacer, pues la verdad es que no sa-
bía si realmente había estado alguna vez en Kenko.
Mientras más me explicaba más confundido me halla-
ba, al mismo tiempo que me iba poniendo nervioso e
inquieto.

—¿No es posible realizar el ejercicio con otro lugar?


—pregunté de pronto sin darme cuenta de lo que hacía.

—¿Has estado o no en Kenko? —inquirió.

—No sé —respondí confundido—, pero lo que sé es que


no recuerdo nada de lo que me dices.

—El ejercicio es para Kenko, pero bueno -continuó-


has estado en Machu Picchu.

—Eso sí —dije victorioso.

—¿Conoces Waynapicchu, la montaña puntiaguda que


está enfrente?

—Sí —respondí.

—Entonces te vas a Waynapicchu y entras por la pun-


ta hacia adentro, a su interior.

Prepare las plantas siguiendo estrictamente las indi-


caciones de José, y luego entré a la habitación en que
acostumbro realizar mis ejercicios. Me quedé en silencio
y pedí bendiciones, pedí que todo saliera bien. La idea de
tomar datura me preocupaba sobremanera, pues eran
muchas las historias que había escuchado de personas
que habían consumido esta planta enteógena y sus expe-
riencias corroboraban la manera como se le denominaba
comúnmente: Hierba del Diablo, cuyo nombre científico
es datura stramonium. Es una solanácea que, en las ho-
jas y especialmente en las semillas, contiene un alcaloi-
de activo, la daturina, que en dosis mayores a 30 gramos
provoca la muerte. El ajenjo me era más familiar, ya que
solía ingerirlo de manera más habitual. Su nombre cien-

tífico es Artemisia Absínthium y su uso medicinal, según ‘

José, era estimular el sistema límbico, conocido también


como el sistema primitivo.

Por otra parte, me asustaba el ingestar solo; si bien


anteriormente había tomado otras plantas, esta vez sen-
tía la necesidad de la presencia y de la guía de José.

Sentí que perdía los puntos de apoyo. El miedo se


apoderó de mí. Mi norte era el Whipala, sentí que efec-
tivamente eran los controles, como los llamaba José.
Me permitían mantener un cable a tierra, aunque claro
está, un cable y una tierra un tanto virtuales. Mientras
whipaliaba era capaz de contener las múltiples sensa-
ciones que me asaltaban, pero en cuanto perdía la se-
cuencia del color, caía en un miedo profundo. Consta-
té que, visto al revés, cuando caía en pánico, perdía la
secuencia del color, vislumbraba que si dejaba de
whipaliar caería en un torbellino de desesperación y
angustia.

En esos momentos lo único que quería era volver a la


“normalidad”, pero sabiendo que me encontraba con la
planta en mi interior, no existía ninguna posibilidad de
volver atrás, lo cual me causaba más angustia. Volvía a
whipaliar y recobraba la tranquilidad por algunos mo-
mentos; observé que mientras no pensaba lograba conte-
nerme y fluir, pero mi mente, en intentos desesperados,
buscaba lo que para mí era la realidad; quería estar como
de “costumbre”, verlas cosas como “son” y lo único que
lograba ver si abría mis ojos eran manchas borrosas en-
tremezcladas con espesas sombras que circulaban entre
filamentos de colores y formas que se desplomaban por

el suelo que, por lo demás, tampoco lograba ver. Todas


las formas eran onduladas, no existían líneas rectas.

Me encontraba en la posición de costumbre, sentado


en posición de loto con los brazos cruzados sobre mi
pecho y las palmas sobre mis hombros, intentando man-
tener la frente en alto y no caer desplomado. José mu-
chas veces me había manifestado que era aquella posi-
ción la correcta para encarar lo desconocido. Yo sólo
quería acostarme, esconderme, refugiarme en el sueño
de la inconciencia; sin embargo, ya estaba ahí y no te-
nía caso perder la oportunidad, pues si no era en ese
momento, sería mañana o pasado.

Me costaba tragar; recordé que la datura era astrin-


gente y que muchas veces había oído decir a personas
que esto solía pasar al punto en que la lengua se queda
pegada al paladar. Mi cabeza sobrepasaba los límites
de mis hombros, sentía que la posición de mi cuerpo
estaba inclinada y en gestos bruscos, reflejos, tendía a
enderezarme constatando contra la pared que mi espal-
da estaba recta en “realida ”.

Los colores pasaban veniginosamente ante mí. Su


brillo e intensidad me sobrecogían y por momentos me
maravillaban, su realidad era indiscutible, su fuerza, su
profundidad. Waynapicchu emergía como fondo detrás
de los colores. Estaba ahí, todo era demasiado real, me
dejé llevar y al momento sentí que me moriría, que no
podría volver a mi cuerpo, que me disolvería en la más
espesa negrura. Quería ser espectador de lo que tenía
frente a mí y una fuerza me jalaba, me hallaba en un
abismo, en el límite, aferrado a la razón; quería dejar-

me llevar, pero necesitaba certeza de que nada sucede-


ría, de que al final todo continuaría igual.

Del pavor pasé a la desolación más profunda, no


podía entender por qué me contraía de tal manera. Que-
ría o por lo menos pensaba dejarme llevar pero mi cuer-
po se negaba, haciéndome perder el equilibrio. Tal si-
tuación me sobrepasó y sólo recobré la conciencia al
día siguiente, cuando amaneció.

Muy temprano me reuní con José; me escuchó en


silencio durante un largo rato sin hablar. Hasta que de
pronto habló.

—Para decirlo de algin modo, hemos dicho que cuan-


do whipaleas una realidad te aproximas, a través de una
película, para no hablar de un túnel, porque aún así la
noción de película es una noción de membrana. Siempre
te he recordado que todo está atado a todo, no existe un
allá y un acá; la Realidad es densa. Cuando tú logras
manejar los controles y salir del caos con el whipaleo,
estás, en tu lenguaje, hegemonizando el cerebro izquier-
do. Si tú te tiras nomás a eso que te da miedo y te dejas
llevar, primero te vas a encontrar con la oscuridad, con el
caos que es el cerebro derecho, vas a encontrar la Whipala
que contiene luces en fondo negro. Tienes que quedarte
ahí nomás, porque como’ has comprendido y sentido, con
la sensación de Ser el frijol, de conversar con él, el Estar
sencillamente Es. Se podría decir que son niveles de exis-
tencia asociados a diferentes niveles de vibración de tus
genes que comparten ciertas categorías y otras no. Cuan-
do puedas lanzarte sin estos temores, que, entre parénte-
sis, dijiste no tener cuando te hablé del joven que vino a

verme lleno de miedos y que por ello te he llevado hasta


aquí, de la afirmación tuya al sentimiento, será porque
logres equilibrar la energía de ambos cerebros introdu-
ciéndote dentro de tus genes, que empiezan a correr a
una velocidad increíble, que es la oscuridad y sus colo-
res; eso es Waynapicchu, por eso no has logrado entrar.
Ese sentimiento de temor, para algunos, se traduce en un
sentimiento, entre comillas, de muerte, por esa dicoto-
mía de vida y muerte, muerte y vida.

"No existe la separación entre materia y espíritu, entre


vida y muerte, no la ves. Todo está amarrado. Todo es
una totalidad única. Todo se compenetra en todo.

”Todo está metido en todo. Nada está aislado. Cuan-


do conversamos con nuestros muertos, no estamos con-
versando con abstracciones mentales, sino con energías
que existen realmente como existe una mesa.

”Es una modalidad, una frecuencia, una longitud de


onda de esa energía en su estar siendo y ocurriendo,
que existe en la realidad.

”Por ello, no hay muerte, sino un transcurrir nomás.


Donde hay muerte, empieza otra forma de vida. Segui-
mos existiendo como energía viva, no desaparecemos...
Esto te da el sentido de vivir en la realidad más allá de
lo que es la imagen simple de lo que percibimos.

”Tienes que lanzarte nomás porque, te reitero, no hay


muerte, y tampoco vas a morir.

”Si lo vas a repetir hoy día, hazlo, pero tu opción es


tirarte a lo negro así nomás, porque es velocísimo, es el
caos mismo, ahí lo vas a sentir y vas a decir ¡qué viva el
caos!”, y echó a reír gozando ante mi desconcierto.

—Pero, José —exclamé—, ¿por qué siento cuando en-


tro en la negrura que pierdo la secuencia de colores y
caigo en un torbellino?

—Porque te metes en un túnel, en este caso el túnel es


tu miedo, porque realmente no hay túnel, no hay nada.
Si no te resistes y pasas rápidamente, vas a encontrar
dentro de lo negro, dentro de ese caos vertiginoso, una
vertiginosa combinación de colores mucho más lumi-
nosos de lo que has visto. Lo que has hecho con los
ejercicios, durante todo este tiempo, es sacar los colo‘
res de afuera hacia adentro, que significa, dicho en tus
términos, correr a la velocidad que está más asociada a]
hemisferio izquierdo, pero el hemisferio derecho corre
y vibra a una velocidad infinitamente mayor que el iz-
quierdo. Si el derecho es el metro, el izquierdo es su
pasajero, y esto corresponde a sacar el color de adentro
hacia fuera. Pero no te atreves a asumir el caos.

-Pero ¿cómo es eso del hemisferio izquierdo? -pre-


gunté—; a mi entender, todo el trabajo se realiza desde
el derecho, pues suponía que el izquierdo era pura ra-
cionalidad.

—Nada es blanco o negro. Todo en sí tiene su com-


plemento y su doble. El cerebro izquierdo tiene su di-
mensión no racional o emotiva. Por otra parte, hablar
de cerebro es una fonna didáctica de referirse a la ubi-
cación física dentro del cuerpo humano; en realidad,
cada célula tiene un pequeño cerebro dentro de sí. El
cerebro se encuentra en todo el cuerpo y no sólo dentro
de la cabeza. V

-Pero, José, lo que no entiendo es cómo si te dejas

llevar por los colores te vas, por ejemplo en este caso, a


Waynapicchu. ¿Cómo mantienes el propósito?

-Igual mantienes el propósito pero sin expectativas,


ojo, ésa es la diferencia —aclaró—. Es como que tú ma-
nejes un vehículo, puedes ir hablando por tu teléfono o
conversando con tu acompañante pero de igual manera
mantienes el rumbo. Has manejado el vehículo pero em-
briagado —me dijo, y echó a reír—. Por ello, has tenido el
pensamiento de querer parar, porque te puedes estre-
llar; sin embargo, el estrellarte sólo puede producir me-
jorías a tus genes, ya que estás sacando experiencia de
este choque que no es más que tu miedo y tu descontrol.
En esto, al igual que en todo 1o que respecta a la vida,
se aprende a través de la experiencia. Así se va forman-
do el hábito que te llevará a otros niveles.

—Pero entonces la sensación de miedo y pánico es


sólo imaginación —comenté.

—No es imaginación —respondió enfáticamente—; la


realidad es concreta, no es una abstracción. Las imagi-
naciones y las fantasías que tú tienes en este mundo se
pueden hacer realidad.

-Te planteo que el miedo es producto de mi imagi-


nación, ya que tú dices que si salto no me sucederá nada,
por lo cual, para mi sólo queda la posibilidad de enten-
der mi miedo como una construcción mental, un acto
imaginativo en donde supongo que algo puede suce-
derme desde el momento en que mi razón no es capaz
de contener lo que siento. Dicho de otra manera, es el
hemisferio izquierdo, la racionalidad, la que proyecta
un supuesto de lo que pudiese pasar si pierde el control

y da paso a la manifestación de una dimensión humana,

tan desconocida por el hombre contemporáneo como lo ‘


es el mundo del hemisferio derecho, del inconsciente. '
Para el hombre actual, la concepción de realidad está «

detemiinada básicamente por la percepción visual, ten-


demos a corroborar nuestros juicios e ideas sobre la rea-
lidad a partir de lo que vemos; dinámica que se sostie-
ne, potencia y constituye a partir de la realidad social.
¿Quién podría decir que un tronco con ramas y hojas
verdes no es un árbolí’, si desde que nacemos nos dije-
ron que eso es y a quien preguntemos nos corroborará
lo mismo. De esta manera, siento, se van construyendo
los patrones de nonnalidad y las estructuras mentales, a
partir de las certezas que necesitamos tener para sentir
que tenemos el control y que nada podrá sucedemos;
necesitamos sentir que conocemos y por tanto pode-
mos manejar la realidad.

—Lo que tú dices es así, pero es otra cosa lo que te


estoy diciendo. Está claro que si un niño de tres años vive
esta experiencia verías cómo se mata de la risa; sin em-
bargo —continuó- tu sensación de pánico nace de la exce-
siva velocidad que han logrado tus genes, no es una cues-
tión ideática, es manejo de energía. Lo que importa en
estos momentos —agregó— es que sepas que no puedes
pasarte mucho tiempo reiterando esta situación. Es posi-
ble que choques una vez, mientras aprendes a conducir el
carro, incluso puede ser beneficioso si sales ileso y apren-
des del error, pero si te la pasas chocando puedes salir
herido y nunca aprender a conducir; es más, puedes to-
marle verdaderamente miedo al volante. De igual mane-

ra tus genes pueden aprender de esta experiencia que has


tenido, puede beneficiados, pero si permaneces sin lan-
zarte y te aferras a tu idea de la realidad, puedes lesionar
tus genes. Tú ya sabes manejar, sólo tienes que lanzarte.

—Pero ¿qué podría pasarme, José? —pregunté más


asustado que antes.

—Ya te he dicho que todo cuanto hacemos se graba


en cada una de nuestras células y, ojo, no sólo en nues-
tras neuronas; la realidad es infinita y en su naturaleza
no tiene ninguna relación con lo que el hombre común
ve y describe de ella. Si fluyes verás más de lo que has
visto durante tu trabajo, sólo la “Camacha” sabe cuán-
to. Si te trancas, tus células se desgastan y se quedan
donde están grabándose con información equivocada
de la experiencia; las traumas, como ya te he dicho, las
deterioras.

—Pero eso quiere decir que si hoy día vuelvo a repe-


tir la experiencia con datura y ajenjo, y no me lanzo,
¿voy a salir dañado?

Me miró, cerró sus ojos y con el gesto amable de


quien se llena de paciencia continuó:

—Cuando tú comenzaste a subir la cordillera no lo


hiciste de una sola vez, ¿no?, tuviste que ir lentamen-
te abriéndote paso. Tuviste vértigo, miedo, te caíste y
te perdiste, hasta que lograste aprender a moverte por
sus senderos, valles y quebradas, incluso pudiste per-
der la vida en el intento, no existe la seguridad, ¿no lo
ves? En lo que estamos haciendo es exactamente igual,
estás subiendo tus profundidades internas, que son
infinitas, por eso son viajes hacia el infinito de Uno,

que es Todo. Este viaje es la extensión de Todo, estás


sintiendo el Todo en ti porque Uno es imagen y seme-
jante del Todo. Una vez que se siente eso, mágicamente, j
entre comillas, sientes la unidad de la Realidad en ti, a
ese otro nivel, ya lo sentiste en otro nivel cuando te
habló el frijol. En todos los niveles vas a sentir siem- 1
pre la proporción Uno es Todo y Todo es Uno igual la
Unidad, pero hay vibraciones, y cada vez vas a entrar
en otros niveles en donde cada frecuencia te abre a
otro tipo de sentimiento y a otro tipo de pensamiento
y de imaginación. Ése es el poder de la datura, te lleva
hacia adentro, en cambio el San Pedro es más excén-
nico, te conecta con lo externo. Sólo tienes que seguir
y lanzarte.
"Por lo demás, tu temor es el clásico; al pensamiento,
a la razón, por naturaleza, no les gusta que el otro cere-
bro, por decirlo en tus términos, los domine. El cerebro
derecho no analiza, es global, le importa un culo anali-
zar, de hecho ni siquiera habla, no quiere controlar nada.
Pero aún así debes tratar de, y te repito, tratar de
‘lentizarlo’; cuando se manifiesta el derecho a través del
caos vertiginoso de colores, es el izquierdo el que debe,
en vez de salir corriendo o imponerse, dirigir el whipaleo,
lo que significa tomar los controles del caos. Tienes que
trabajar un potencia] que vas a descubrir en ti y que co-
rresponde a la capacidad de equilibrar los dos cerebros,
porque ten presente que nada es blanco y negro, pues
hemos visto que el negro contiene al blanco y viceversa.
Lo que intento decirte es que uno habla de ambos cere-
bros como si se hallaran en oposición cuando en realidad

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se contienen, se complementan y se necesitan para Estar


en equilibrio. Cuando logres tal equilibrio podrás entrar
a Waynapicchu, eso es Waynapicchu, y por eso no has
logrado entrar. El ser humano camina contra-evolución,
porque hegemoniza su cerebro izquierdo, no pone el acen-
to en el derecho; es más, lo aplasta cada vez que él inten-
ta manifestarse”.

Para José, la acción de “lentizar” el proceso signifi-


ca ser capaz de dirigir el caos de imágenes y sensacio-
nes que se presentan durante un trance o estado no ordi-
nai-io de conciencia; de hecho, por ello hablaba de to-
mar los controles. El propósito es ser protagonista del
proceso, en un acto aparentemente contradictorio que
combina el control sin resistencia y el entregarse sin
desvanecerse ante la fuerza de la percepción.

—¿Se podría decir, José, que el cerebro derecho co-


¡’responde a lo que Occidente, a partir de Freud, llama
inconsciente?
——Es más amplio que eso, hijito.

—Pero me refiero a lo que connota, más allá de la


definición, algo así como una dimensión humana des-
conocida, un espacio infinito.

—Podría decirse —manifestó-, pero ten presente que


se acostumbra a hablar del inconsciente a partir de la
razón, y esto es sencillamente imposible, pues para lle-
gar a lo inconsciente debes soltar todo lo conocido. Tus
únicos controles son los Whipalas, las frecuencias de
colores con los que has ejercitado.

EL OBSERVADOR Y L0 OBSERVADO

Sentí cómo bajaba mi ritmo cardíaco, la frecuencia


respiratoria y el metabolismo de todo mi organismo. El

. tiempo se “lentizó” y mi sensación fue estar sumergido

en el agua tibia. La negrura se hallaba enfrente de mí y


poco a poco fue cubriendo todo mi campo de visión has-
ta abarcar una visión de 360 grados. Dejé de sentir mi
cuerpo, estaba flotando en la negrura más absoluta y pro-
funda, algo así como saberme simplemente por Estar ahí,
pero no identificado por mi cuerpo sino tan amplio y ex-
tenso como la negrura de n1i alrededor. Los colores co-
menzaron a aparecer como filamentos de luz, desteHos
palpitantes que se enredaban e ínterceptaban en comple-
to desorden; sentí un orden perfecto, rítmico, danzante.
Desde el silencio más absoluto comencé a seguir la fre-
cuencia de los colores en forma de espiral, escalofríos
recorrían mi cuerpo entero subiendo a lo largo de toda
mi espina dorsal hacia la nuca. Por momentos tomaba
conciencia de lo que estaba sucediendo y el miedo una
vez más tendía a apoderarse de mí; rápidamente dejé de
pensar y me dejé llevar, recobrando la quietud y el equi-
librio. De un momento a otro perdí la conciencia, el ob-
servador se diluyó, no hubo testigo ni descripción.

Lentamente me fui incorporando a medida que volvía


a sentir la presencia de mi cuerpo. Creí que había pasado
muy poco tiempo, quizás quince minutos, o un poco más.
Vi la hora y para mi sorpresa ya habían pasado más de
tres horas desde que había iniciado el ejercicio con la
datura y me encontraba en la misma posición.

—No sé lo que pasó —le dije a José—. La verdad es que


no intenté disminuir la velocidad de los colores, senci-
llamente fue así. No sentí miedo, o por lo menos no al
nivel de lo sentido anteriormente, pero lo que no en-
tiendo es que no llegué a Waynapicchu. Sólo estuve en
los colores y en ciertas escenas de mi vida que pasaron
ante mí.

—Vas, a repetir nuevamente la ingesta. Pero esta vez


vas a trabajar con el Whipala de 49. Vas a jalar el rojo
de arriba que simboliza el norte y lo estiras lo que más
puedas, como si fuera un chicle, junto al naranja y al
azul que contiene. Luego repites el movimiento, pero
con el naranja que contiene al rojo y al amarillo; luego
tomas el violeta que contiene al rojo y al azul y lo esti-
ras de la misma manera. Así lo vas haciendo con cada
uno de los colores de toda la línea; lo importante es que
si el rojo es el centro, vayas sacando los colores de ma-
nera altemada para mantener el equilibrio; continúas
con el naranja inferior hasta llegar a la última línea de
abajo centrada en el violeta. Luego subes de la misma
forma. Ya que has “lentizado” tu proceso, lo que se po-
dría entender como que has regulado tu cerebro izquier-
do en el sentido que no has perdido el control. Por ello
tienes que sacar los colores del negro, para que, entre
comillas, regules el hemisferio derecho, le des el senti-
do total que le corresponde, haciéndolo trabajar en una
red organizada de colores.

—La interrogante que tengo -manifesté— es si acaso


pudo no causar-me efecto la planta que he ingestado ayer.
La verdad es que la experiencia vivida ayer no fue tan

diferente a lo experimentado muchas veces durante los


ejercicios sin haber tomado plantas; si bien fue más in-
tensa y más rápida en lo que respecta a la velocidad con
que entré en los colores, en esencia fue similar.
—Digamos que tus genes ya tienen experiencia, ya
aprendieron independientemente de tu voluntad. Su es-
tructura ya aprendió. Para terminar lo que te decía, una
vez que lo haces en negro lo haces en blanco, no sé
cuánto tiempo te llevará pero tienes que hacerlo y lo V
vas a hacer con más datura, ya que estás comprobando
que la dosis de la planta que estás tomando no te causa
estragos. Por lo tanto, debes por tercer día volver a ayu- ‘
nar. Si una persona tomara lo que tú estás tomando, la
dejaría por el suelo, pero ya ves, ha sido tanto lo que
has ejercitado sin planta que ella no hace más que po-
tenciar algo que ya tienes —y continué». No será reco-
mendable pasar a otro ejercicio hasta que logres el teji-
do de este hemisferio, porque los otros ejercicios te van
a implicar trabajar todo. Así como tejes los colores de
una Whipala con otra, el cerebro también es una Whipala
que tiene que ordenarse o equilibrarse, llámalo como
quieras; lo importante es que te des cuenta de que la
actitud debe ser paciente y debes aproximarte a ambos
cerebros con paciencia y ternura. Como decias tú, al
caballo no se le dan golpes sino que con cariño te lo
ganas. De la misma manera debes aproximarte a tus ce-
rebros, no puedes imponerles nada a razón, pues se re-
velan y se resisten con más fuerza aún. Menos puedes
aproximane al derecho con prepotencia y apuro, pues
se escabulle y se encabrita; poco a poco tienes que ir

r
v
x

‘x

haciéndolo tuyo. Para entrar en él, debes incluso dejar


el propósito, tú ya has sentido la intención, el propósito
y eso está muy bien, ya que te ha permitido tomar el
control, pero la verdad es que la vida no tiene ningún
propósito. Es el hombre el que le coloca propósito a
todo. La vida sale del caos, y en el caos tienes que en-
contrar cómo es posible el orden. Por eso en el negro se
pone el blanco y tú abres el blanco y tiene todos los
colores y a su vez abres el negro y también tiene todos
los colores, no en el blanco sino en su negritud.

Mi comprensión iba más lento que mi sentimiento;


podía sentir lo que me decía pero en cuanto lo
verbalizaba para explicármelo perdía el entendimiento.

4 —¿El negro es el hemisferio derecho? —pregunté.

—Es una forma de decirlo, por eso el blanco corres-


ponde al hemisferio izquierdo. Pero aquí viene cómo el
Uno, el cerebro, se hacen dos y dos se hacen cuatro,
porque uno contiene al otro. Digamos que el negro con-
tiene al blanco y el blanco contiene negro, y este negro
contiene otro blanco y el blanco contiene al negro n
veces hacia el infinito, es una progresión infinita. Es la
misma dinámica del espacio/tiempo.

—En este sentido el tiempo corresponde al cerebro


izquierdo, ¿o no, José?

—La verdad es que no hay espacio sin tiempo y vice-


versa, por eso se contienen y al final de cuentas cuando
tú amalgamas los dos no queda nada. Porque tú lo haces
correr a una gran velocidad y desaparece el blanco, desapa-
rece el negro, no queda nada. Hablar de blanco/negro, al
igual que hablar de espacio/tiempo. es una cuestión di-

dáctica; lo que existe al final es una concritud insutil y Í


sutil; la totalidad es compacta, es dura. Se dice que lo ‘A
más sutil es lo más vibratorio, pero, realmente, lo más
condensado es lo más vibratorio; si no ¿cómo se man-
tiene la realidad que observamos? ¿Qué te dice el 1
kibalión? A menor vibración más masa, menos masa ‘
más vibración, para justificar cómo el ser etérico tiene
más vibración. Estamos desmereciendo la solidez, pero
curiosamente lo desmerecido es lo que está vibrando a
más velocidad, porque para mantener su estructura tie-
ne que vibrar con más cohesión. Esto hace hincapié en
que tú sientas que la vida está ahí siendo vida. Esa mesa
que tienes enfrente está viva aunque ya no esté haciendo
fotosíntesis; esa estructura, esa realidad está congelada,
como hielo. Por eso la teoría del kibalión, como princi-
pio, es parte epidérmica. Cuando tú ya estás entrando a
lentizar la Whipala en negro, quiere decir que ya estás
sintiendo tu cerebro; en cambio, cuando la viste rápida-
mente estaba muy sutil, pero la realidad total no es sutil,
es concreta, todo es concreto, todo es energía.

”De igual manera en nosotros, a pesar de lo compac-


to que tenemos en nuestra estructura, los espacios
intercelulares son infinitos para una célula; imagínate,
el epitelio de una célula a otra parece una realidad com-
pacta, pero también tiene espacios por donde circula
aire, materia, energía. Ahora, hay grandes ríos de ener-
gía; así como la tierra tiene grandes ríos como el Ama-
zonas, el Orinoco y el Vilcanota, nosotros tenemos co-
rrientes por donde corre mucha energía, más que por
otras partes del cuerpo”.

Durante toda la tarde de aquel día estuve trabajando


sentado frente a la computadora, me sentía como nunca
antes. Acostumbrado a vivir con mi cabeza llena de pen-
samientos que circulan en todas direcciones, me sobre-
saltó el darme cuenta de que escribía con total fluidez,
prácticamente sin pensar. Había en mi interior una pro-
funda quietud. El pensamiento sólo actuaba como el
vehículo de traducción de mi sentimiento al papel; no
había tiempo, me hallaba completamente ahí.

Llamé a José para preguntarle si acaso podía ser esta


sensación un efecto de la datura ingestada el día ante-
rior. Me dijo que no, que era yo, pues la planta ya había
activado algo en mí. Durante todo el día escribí en el
mismo estado de tranquilidad; en los últimos tres días
no había comido y no tenía hambre, en mi cuerpo no
había ansiedad.

Decidí terminar de trabajar, estaba cansado y en un


par de horas más comenzaría mis trabajos junto con una
nueva ingesta de datura, y esta vez la dosis aumentaría al
doble. Tranquilamente prepare la planta hirviéndola por
cinco minutos, tal como José me había indicado.

Antes de ingerir la planta, comencé a sentirme fati-


gado, extremadamente débil, mareado, sin fuerzas. Me
encontraba en casa de mi madre, junto a ella y a Claudia,
mi pareja, quien me acompañaba desde la distancia,
renunciando a sus apreciaciones matemales que le de-
cían que yo estaba yendo demasiado lejos y que algo
me podría pasar. Me comentaron que mi cara estaba
roja, exaltada; sentía por todo mi cuerpo una comezón
similar a cuando un miembro se “duerme” producto de

xl
una mala posición. Las mujeres iban saliendo, les ínsis-
tí que fueran a lo que tenían que hacer, pues enfaticé =
que yo estaría bien, sólo debía descansar por unos mo-
mentos; sin embargo, las sensaciones fueron en aumen-
to, cada vez más intensas, más envolventes, me recosté
en la cama de mi madre e intenté estar tranquilo y no
pensar.

Ya no podía más y de un momento a otro el pánico


se apoderó de mí. Sobresaltado me levanté, me senté a
los pies de la cama tomando mi cabeza entre las manos,
tuve el impulso de salir corriendo sin dirección. El pá-
nico disminuyó y llamé a José. Me preguntó los sínto-
mas y se los describí con precisión; me indicó no reali-
zar la ingesta con datura.

-—Debes quedarte tranquilo —enfatizó—; se te está


detonando un proceso y es preciso esperar.

Fui al baño, me mojé la cara y con gran esfuerzo


volví a recostarme, cerré los ojos e instantáneamente
el pánico volvió, sentí una presión en la nuca, sentí
que mi cabeza explotaría, que me moriría. Desconcer-
tado, bajo una sacudida de temor, me levanté nueva-
mente y me quedé recostado con los ojos abiertos; no
estaba solo, la pieza inundada de sombras y voces no
me dejaba en paz.
Por fin llegó Claudia y rápidamente le pedí que nos
fuéramos a nuestra casa; el viaje era largo y yo sólo
quería acostarme y descansar. Me hallaba un poco más
tranquilo, pero una vez sentado en el auto mi cuerpo
comenzó con sobresaltos desquiciantes a temblar y mis
manos a sudar; no podía controlarlo, no podía parar.

Claudia manejaba y yo a su lado me iba desvaneciendo,


cayendo nuevamente en la desesperación más absoluta
que pudiese contar; no pensaba nada, era mi cuerpo el
que caía en un precipicio sin fondo, era mi cuerpo el
que no podía aguantar, quería gritar, pedir auxilio, que
me sacaran de ahí. Literalmente me sentía poseído por
una fuerza que me enloquecía, me aterrorizaba. Preocu-
pada, Claudia llamó desde el auto a José, quien quiso
hablar conmigo y me dijo que no me desesperara; le
dije que no sabía cómo hacer para no descontrolarme,
que la sensación era demasiado horrible y que así como
venía se iba. Comenzaba con sensaciones físicas hasta
abarcar todo mi ser, introduciéndome en un torbellino
donde el sentimiento era que me iba a desintegrar. Para
mí no era pánico, no era angustia, mas era una sensa-
ción inexplicable que no podía resistir. “Debes obser-
vane —me indicó—; es preciso que logres no caer preso
de lo que estás sintiendo y logres mirarte, verte en lo
que estás, cómo reacciona tu cuerpo, tu mente. Estás
cruzando un túnel y ya verás lo que has ganado, hijito
lindo. Intenta estar tranquilo y llámame en cuanto lle-
gues a casa".

Entré a la casa sintiendo escalofríos y tiritones por


todo el cuerpo. José me llamó, me dijo que estaba junto
a mí y que en esos momentos sentía un profundo dolor
en el pecho, porque estaba dentro de mí, que si era pre-
ciso lo llamara a la hora que fuese, que él estaba ahí.
Que debía glucosarme con abundante miel y jugo de
limón, que me recostara pero que por ningún motivo
me durmiera.

colores vendrán a ti.


—Pero, José —pregunté—, ¿por qué la datura me est}

haciendo efecto veinticuatro horas después?


—N o es la datura -dijo él—, ya te he dicho que la plan-

ta en tu caso sólo la hemos utilizado para detonar un ‘

proceso que tú has posibilitado con tu sentimiento.

Sus aseveraciones lograron por un instante darme ‘


serenidad y me dispuse a efectuar lo que me había in- _

dicado.

Bajo el sonido del tambor fui cayendo en un espacio l


templado lleno de color; las lágrimas cayeron de mis '

ojos bajo un sentimiento de completa plenitud. Los co-


lores me atraparon con su brillo, con su fuerza, llenos
de vitalidad. Sin ninguna premeditación entré en la casa
donde viví mi infancia, recom’ sus rincones, cada deta-
lle de ella vino a mi’ con total realidad, estaba ahí. Vi a
mi padre enredado entre los colores que emergían des-
de la negrura. Eran serpentinas que danzaban al uníso-
no de un tono magistral que podía escuchar en la pro-
fundidad infinita del océano en que me hallaba sumer-
gido. Las fibras de luz me envolvieron llevándome por
el recorrido de mi infancia con total fluidez, claridad.
Abrí los ojos, ya estaba amaneciendo. Con la mirada
recorrí la habitación, examine’ cada detalle sin pensar;
sobrecogido repasé lo vivido, me sentí cansado, sus-
pendido. Indeciso, pensé en levantarme cuando, de pron-
to, como un manto negro la sensación volvió y mi cuer-
po experimentó una sacudida de temor; miré a Claudia,

no sabía qué hacer. Debía ir a Santiago a ver a José pero


comprendí que bajo este estado no podría conducir. Lo
más difícil para mí era entender cómo podía caer preso
de estas sensaciones de un instante a otro para luego
lentamente ir perdiendo intensidad hasta dejarme en un
estado de letargo. En esos momentos me sentía tranqui-
lo y pensaba en lo vivido con desapego, comprendien-
do que estaba viviendo un proceso y que nada tendría
que pasarme; sin embargo, al momento volvían las sen-
saciones con tal fuerza, que nada ni nadie me podía con-
solar, perdía la conciencia de minutos atrás.

Una vez junto a José volví a inquirir en lo que hasta


ese momento ocupaba toda mi atención. Decididamen-
te algo no encajaba.

—¿Y si no fue la planta la que produjo mi reacción,


entonces qué fue? —pregunté.

Hizo una larga pausa, llevó su mano al mentón y dijo:

—El esfuerzo que has hecho al realizar durante me-


ses los ejercicios te ha permitido cultivar el sentirnien-
to que te está llevando a donde estás. Las plantas no
producen el mismo efecto en todas las personas, es la
fuerza del sentimiento lo que determina la extensión de
la existencia. Has trabajado el sentimiento por el cual
tú estás llevando a la planta y no has hecho el camino
errado de esperar que la planta te lleve a ti. Estás en un
constante estado de crecimiento, de Estar acá y no Es-
tar acá. Este estado no se te pasará —aseveró y mi cora-
zón golpeó con fuerza—, ya estás en un estado de exis-
tencia desde donde sientes la totalidad, y eso no tiene
palabras. Estás sintiendo una extensión de tu existencia

y tienes que ver cómo equilibras tus procesos internos.


Las experiencias que han marcado traumáticamente tu
vida y que están grabadas en tus células deforrnan el
estado de Ser que estás sintiendo.

Comente a José que la única coordenada que me


permitía comprender mi situación actual era el asociar
mis sensaciones con una serie de situaciones de mi vida
pasada, en donde despertaba atemorizado sin saber en
dónde me hallaba, moviendo mis manos en intentos
desesperados por lograr ubicarme, mientras me sentía
caer o flotar en un espacio indeterminado.
—Has abierto tu gen en una regresión, en una espe-
cie de rebobinada de la memoria asentada en tus célu-
las que ellas mismas tapan para borrarla. Los hechos
que marcan la vida los enterramos, pero siempre si-
guen ahí, por ello este trabajo te va depurando y per-
mitiendo la mutación del cuerpo en la medida en que
se van curando heridas, afectos, ideas y todo lo que
tenga que salir. Ésta es la verdadera autosanación. Un
cambio de estado significa reconstituir lo vivido, pero
para ello primero se debe destapar lo que se encuentra
oculto, cubierto, y es eso lo que estás haciendo. Si tu
cuerpo ha detonado es porque está preparado para exi-
girse una aventura así; de romper sus censuras, sus
autocensuras y sus miedos. En estos momentos lo más
importante es observarse, porque el miedo es la cen-
sura que impide el proceso.

Tras una pausa continuó:

—E1 whipaleo ha detonado la vibración de tus genes


y ello te hará recordar, pues siempre hemos estado aquí

‘a

y siempre estaremos. Todo está en ti —recuérdalo—. Ahora


vas a hacer lo siguiente: revisa las fotos familiares que
encuentres y haces lo mismo que con el frijol. Para que
en este trance, desde este nuevo estado tuyo, “veas” tu
infancia desde otro plano.

La explicación no logró satisfacer mis sentimientos,


aunque mi acuerdo intelectual con ella era completo.
Me sentía espantosamente vulnerable y me aterroriza-
ba pensar que en cualquier momento la sensación vol-
vería, robándome la cordura. Me instó a seguir mis ejer-
cicios y dejar las especulaciones.

“Es preciso que no te quedes en el puro entendimien-


to, debes sentirlo. El hombre no sólo metaboliza los ali-
mentos, los líquidos y el aire, sino también debe
metaboliza: las impresiones y percepciones de sí mis-
mo, la familia, la sociedad y la cultura. Estás empezan-
do a sentir eso, estás empezando a entrar en el camino
del conocimiento de la Realidad”.

—¿Y el ejercicio debo hacerlo con datura y ajenjo?


—pregunté titubeante.

— No —respondió enfáticamente-, la planta ya no es


necesaria; como te dije, el proceso ya se ha echado a
andar, ya se ha detonado.

Ese mismo día conseguí gran cantidad de fotogra-


fías tomadas años atrás. Una a una las puse frente a mí.
Recon-í mi infancia junto a mis hermanas, a mi madre,
a mi padre. Al observadas, con total fluidez, no sólo
recordaba el instante en que habían sido tomadas sino
que además lograba, en un acto sublime, introducirme
en ellas. En mi cuerpo sentí lo que sentía aquel niño;

sobrecogido, reviví muchas instancias en donde el ¡nie-


do y el temor habían sido los sentimientos que habita-
ban dentro de mí. No recordaba, no era una cuestión
que involucrara el pensamiento; tomé conciencia de que
era todo mi cuerpo el que se hallaba comprometido con
la recapitulación. Bajo una gran agitación constaté que
era el mismo sentimiento que me abarcaba hace veinti-
cuatro horas; sentí que el niño de la fotografía no era un
otro abstracto perdido en el tiempo; en efecto, dentro
de mi’ están vivos todos aquellos seres que fui. Recordé
lo que José me había planteado: “Todo lo que ha suce-
dido está vivo de manera real y presente”; el recordar
es simplemente un acto de la conciencia que se desa-
rrolla en una historia lineal. Sentí que ese niño de mis
recuerdos no era un ser abstracto; por el contrario, está
vivo en mí como seres sobrepuestos que comparten la
presencia del instante, del segundo vivido en el momento
presente del aquí.

Si bien yo era consciente desde una perspectiva ra-


cional de mis dolores y ausencias, de mis conflictos in-
(emos, desolaciones que enmarcaba dentro de una his-
toria personal que podía narrar con sus personajes y
acontecimientos, jamás pude imaginar que si volvía
atrás, soltando las amarras del control y la normalidad,
podía constatar que mi ser sehallaba detenido en un
acto sin tiempo, en instancias y emociones que tarde o
temprano debía recuperar si mi propósito era asumir mi
vida y vivirla con integridad. Vislumbraba que el orden
aparente en que desarrollaba mi vida estaba construido
sobre una base incierta de supuestos que satisfacían mi

necesidad de seguridad, de seguir adelante, como sol-


dado herido que detrás del disfraz y las armas amena-
zantes esconde la incomprensión de lo vivido, el llanto
de lo perdido, la vulnerabilidad del estandarte que jus-
tifica nuestros actos y nuestro discurso sobre la vida.

Todo cuanto me rodeaba se presentaba como un ser


vivo. Me hallaba en el jardín de mi casa, cuando de pron-
to comencé a observar que los árboles parecían respirar,
al igual que las plantas, las estrellas, las piedras y todo
cuanto me rodeaba; bajé la mirada y una oleada de pro-
fundos sentimientos se manifestó en mí. ¿Qué sucede?,
pregunté desconcertado ante el panorama que se me pre-
sentaba. En seguida un ataque de pavor me envolvió nue-
vamente, dejándome paralizado; o estaba comenzando a
penetrar en un espacio desconocido que superaba las más
locas fantasías, o bien me encontraba con serios proble-
mas mentales. La posibilidad de estar volviéndome loco
me hizo caer en un estado de desesperación y temor; lu-
ché por parar mis pensamientos, me encontraba en un
abismo sin precedentes y sólo pude incorporarme luego
de un buen rato, yéndome a acostar.

Durante toda la semana estuve bajo lo que sólo pue-


do llamar como ataques de pánico. Mi cuerpo tembla-
ba, no tenía hambre y no podía pensar con claridad. La
sensación sólo la puedo describir como el sentimiento
de estar pronto a desaparecer; no pensaba directamente
en la muerte y, sin embargo, sentía que me desvanece-
ría en el aire.
Durante semanas sentí un movimiento pendular que
oscilaba entre la contracción y la expansión; si me dejaba

llevar me transponaba a cualquier realidad que estuviera

observando, dejando al unísono de ser observador. No


era un acto de imaginación, sentía cómo mi cuerpo con
un suave vibrar perdía su densidad hasta sentirme sus-
pendido, al mismo tiempo que me oprimía un sentimien-
to aprensivo que emergía de la creencia de que no podría
volver a mi cuerpo, de que me iría de “este mundo”.

Poco a poco me fui dando cuenta, aunque desde


una aproximación intelectual, de que efectivamente me
encontraba en un estado de conciencia o, como diría
José, bajo un sentimiento no ordinario. Sin embargo,
no lo podía gozar, necesitaba que el mundo se ajustara
a mi pensamiento y no podía contener las sensaciones
y agudas‘ percepciones que mi cuerpo estaba experi-
mentando. Me sentí eternamente solo, por más que ín-
tentara explicar lo que vivía, sabía que nadie me podía
ayudar.

Sentí que se me estaba dando la posibilidad de to-


mar las riendas de mi vida, hacerme protagonista en mi
existencia y dejar de ser tan sólo el producto determi-
nado por las circunstancias de mi historia de vida, dejar
de ser presa de mis miedos y encaminar mis acciones a
través de un trabajo sistemático que me permitía osar
“verme”, observarme, sin justificar mi forma de Ser.

Recién comenzaba a darme cuenta de lo que estaba


haciendo hace más de un año junto a José. Si bien había
sido mi elección, no comprendía de dónde había
emergido la fuerza que había permitido que me mantu-
viera de manera constante junto a él, yendo en una infi-
nidad de situaciones en contra de todas mis creencias,

postulados e ideas sobre la realidad y, más difícil aún,


contra mi instinto de conservación.

Por primera vez, el pensamiento no satisfacía mi ra-


zón. Acostumbrado a explicarme la realidad desde pers-
pectivas ideáticas, comprendí que sólo podía colgarme
a mi intuición y abrirme a creer que aunque en esos
momentos nada podía consolar mi ser, estaba sucedien-
do lo que debía suceder. Sólo la humildad de aceptar
sin preguntar lograba aquietarme, sentía que mi visión
de mundo había sido mortalmente fisurada, no sólo al
nivel de la razón; era mi cuerpo entero el que se sabía
sacudido. No lograba reconstituir mis certezas y la pla-
taforma de mi percepción se diluía dejándome frente a
un mundo incierto y desconocido.

La razón es como el bote que nos permite llega: a la


orilla, ahí cumple su finalidad; lo que nos sirvió, luego,
se vuelve un estorbo si intentamos llevarlo encima y
caminar con él.

Observar mi propia vida y el mundo que me rodea


era prueba suficiente de que el conocimiento intelec-
tual, visto como un desarrollo escalar, demuestra la inca-
pacidad que afronta la racionalidad y la lógica del pen-
samiento lineal, para comprender la Realidad a través
de sí mismo. Es llegar al borde de un abismo infran-
queable en donde el siguiente requisito es precisamente
soltar la razón y “dejarse caer”.

Si existe un estado de ser en donde no hay observa-


dor, vale decir, el observador y lo observado son una
Unidad y no hay descripción, entonces ¿quién cuenta el
tiempo? Podrán decir que aunque no haya sido medido

sotros como sujetos? Dicho de otra manera, si el obser‘


vador se diluye ¿quién nos dice que el tiempo queda‘?
¿A quién se le ocurriría suponer que cuando uno se vai"
su sombra queda en la pared? °

Lo SUTlL Y L0 DENSO

Comente a José que desde hace un tiempo la muerte


se había hecho presente, no vista como el fantasma que
da término a la vida, esa visión amenazante y voraz que
provoca miedo y desolación, sino que bajo un senti-
miento en donde la muerte deja de ser una limitación
de la expresión de nuestra individualidad y se constitu-
ye en una realidad pragmática que contiene a la vida
misma. sentirme y verme actuar en el whipaleo me ha-
bía llevado a un profundo sentimiento de existir con
independencia a la identificación establecida con mi
cuerpo; vale decir, me sabía con independencia de mi Ï
corporalidad. Este saber, sin embargo, se oponía con un
sentimiento que yo defim’ como apego a aquella reali-
dad que me era propia y con la cual me identificaba
desde que tenía uso de razón.

Me miró como si evaluase algo en m1’, hasta que por


fin habló.

—Generalmente el lenguaje nos atrapa. La sensación


que sientes no es el apego; el apego es una palabra, no

cabe dentro de una sensación de existencia. Sucede que


con lo que estamos haciendo, tú tienes, metafóricamen-
te hablando, los pies en la Tierra, pero la Tierra puede
ser un punto en el espacio, como este lugar es un punto
en el continente. Donde pongamos los pies estamos,
entre comillas, apegándonos, sintiendo la compactación
de la totalidad en nosotros. Nos sentimos la totalidad;
entonces, por eso digo que no es apego en sí entendido
como dependencia a una realidad determinada y limita-
da, sino que es el sentimiento, la existencia de la “com-
pactibilidad” de la Totalidad en la cual uno está inserto.
Vamos a dar un descanso al trabajo que has estado rea-
lizando con respecto a la metabolización de lo humano.
El trabajo estará orientado a la humanidad anterior que
dejó sus huellas en la Tierra.

”Alguna vez decíamos que es muy simple decir que


lo más denso tiene menos vibración y lo menos denso
tiene más vibración; éste es un conocimiento que for-
ma parte de la ilusión, es sumamente engañoso. Tal pos-
tulado forma parte de un levantamiento ideológico para
orientar y conducir cierro proyecto humano. Realmente
lo más sutil es lo menos denso y ése es el trabajo que
vas a hacer. Una montaña tiene los genes, una estructu-
ra tan sensible que recoge, a pesar de su dureza, todas
las vibraciones, todos los sentimientos, las imaginacio-
nes e intuiciones, los sueños y los logros de quienes
han vivido en esa montaña. En una montaña tú no sola-
mente podrás encontrar su historia geológica, que por
lo demás no dice nada; en una montaña podrás encon-
trar los restos paleontológicos de fósiles que te pueden

hacer suponer que en esta montaña antes hubo mar; que a


la montaña subió o que el mar bajó, relativo. Lo cierto “
-continuó— es que la montaña por su capacidad Ï
víbratoria absorbe el fósil del espíritu humano, por eso "
ahí están los abuelos y las abuelas, la historia “espiri- ‘

tual” de la humanidad anterior. Pero también está en el


viento, en las aguas; los abuelos han dejado sus huellas
ahí. El fuego que prendes no es nada nuevo, siempre
estuvo, al igual que el agua, la tierra y el viento. Enton-
ces vamos a pasar a recuperar el sentimiento de socie-
dad, de cultura, de agrupación humana colocado como
impacto, como huella, en la montaña.

”Tu tarea será trabajar la montaña; te introducirás a


la montaña por la punta, ésa es su fisura. Tú la debes
elegir y no olvides que te queda pendiente entrar a
Waynapicchu. No lo apures, no hay pena. Tu proceso
se ha dado como tiene que ser.

"Pero hay un ‘algo’ que tienes que sentir y se dará.


Estamos ingestando la tierra y veremos qué sucede.

”Después volaremos a las estrellas, a la Luna y a los


planetas más cercanos que también han recogido, han
sentido el paso del sentimiento de la humanidad. Qui-
zás en algún momento viajaremos a otros mundos que
forman parte de la misma Unidad. i

”El ejercicio lo debes realizar con el Whipala de ocho


por ocho colores. En cada uno de los cuadrados/circun-
ferencías debes trabajar el color que corresponda más a las
cuatro formas de blanco y negro dadas por sus diagonales:

—José ——pregunté-, para este ejercicio, ¿debo tomar


datura?

—En tu caso, la planta ya no es necesaria —respon-


dió.

Mencioné que no dudaba de la presencia del senti-


miento de la humanidad en la montaña, pero que, sin
embargo, existía en mí la duda con respecto a si sería
capaz de percibirla y sentirla.

—Tú eres la montaña y puedes sentirlo, así como has


sentido el dolor del vagabundo sin que pase un solo
pensamiento por tu mente. Cuando se definió una línea
de acción de una teología política que definió dejar la
Unidad, entonces no se dejó de usar tampoco, ya que
cualquier hombre puede verificar la concenualidad y la
divergencia del Todo. El proyecto mesiánico judeo-cris-
tiano pone en una cruz y en el sujeto que está en la cruz,
el referente de la concentración de la energía. Así se
disminuye y se condena al ser humano a vivir acondi-
cionado y a una frustración orientada y planificada, en
donde el símbolo no es una representación neutra, la
energía se desplaza en diagonales, la realidad no es cua-
drada y la cruz está formada por dos rectas perpendicu-
lares que impactan su energía en el punto de intersec-
ción, se confrontan. Entonces el símbolo de la cruz es
la representación de la neutralización de la energía. Hay
un dicho popular que dice “hacer la cruz”; actúa como
un escudo que detiene la energía; en cambio las
diagonales no se chocan, el cruce de ellas permite la
dinámica de su trayectoria. l

”Estás viendo cómo vas a penetrar, sin dudas, a un


espacio-tiempo histórico que no tiene data pero que está
ahí y que también está en tus genes. Entonces vas a

impactar tus genes con los genes de la montaña, en


unidad que tú tienes que establecer con ella. Pero no p
lado a lado, sino que de estar metido en el otro. Todo e

trabajo en sí es desarrollar la Unidad constante, esto te.

lleva a la Unidad de ser la totalidad.

”Una montaña tiene miles de años, mira el poder que '


concentra ante dos mil años de imposición y dogmatismo -
religioso. O simplemente un virus, mira su eternidad p‘

ante la ideología humana. Por eso debes trabajar con el


agua, con la tierra; éstos son nuestros referentes que
nos atan al Todo, entonces debemos apegamos más a la
Tierra, adherimos más al sentimiento de Unidad com-
pacto de Ser Uno solo”.

—Pero, José, si el ser humano es parte de esta totali-


dad, ¿por qué tuvo que marginarse de ella? En definiti-
va somos los únicos seres que vivimos en dicotomía.

—El ser dicotómico lo que busca es poder, actuar so-


bre la realidad de la cual forma parte, poder sobre los
otros, sobre lo diferente. Y en ese proceso ha olvidado
que la totalidad es Unidad. Este tipo de ser humano vive
a este nivel, el ser no dicotórnico no puede construir
una sociedad no dicotómica acá. Vive en otro plano. En
este mundo, por decirlo de algún modo, es difícil y muy
poco probable, porque aunque construyas un modelo
de sociedad, como por ejemplo “ciudad de Dios", al
modo de San Agustín o un Tahuantinsuyo, al modo del
proyecto Inca, seguiría el conflicto.

—Pero, entonces, se podría decir que en la sociedad


Inca se tuvo el propósito de construir una sociedad sin
dicotomías y se dieron cuenta de que no se podía.
—El proyecto Inca fue un proyecto de restaurar la Uni-
dad. En las sociedades antiguas, antes de los Incas, exis-
tía la no Unidad, la acumulación del poder, de la riqueza,
en donde ya se manejaba el ritual y el mito en función del
poder. El proyecto Inca tuvo la intención de aminorar esto
y retornar a un modelo donde existiera la complementación,
la Unidad. Pero este modelo también tuvo que manejar
el conflicto en su interior; por eso cuando llega Occiden-
te lo que hace es aprovechar el conflicto y con ello logra
fisurar, quebrar el propósito, al igual que lo hicieron en
el norte de América. Es por ello que el trabajo que tú
estás haciendo no se puede pretender instaurar como un
modelo social; tú lo tienes que hacer por ti y por todos
los que están en tu entorno inmediato.

—Pero me imagino que también tiene sus repercusio-


nes en los individuos que no son parte del entorno in-
mediato de uno.

—Les llega si trabajan en sí mismos; si no, no. El cam-


bio es individual, no existe la posibilidad de hacerlo en
sociedad, no debes nunca tentarte con la organización,
porque se va a ir al tacho. Hacer de esto un manejo social
significa manejar la sabiduría con el poder y esto no tie-
ne por dónde funcionar. En este caso, debes sobrevivir
con el poder que has generado y esto significa haber ge-
nerado perros que te pueden morder. Si se hace de la sa-
biduría un instrumento de poder se pierde la Unidad. Si
se estructura, se transforma en un sistema de creencias y
dejá de ser una realidad posible de realizarse en uno mis-
mo, de manera real y pragmática, se transforma en una
ideología. El ser humano necesita que le digan qué ha-

cer, por dónde andar, ser pastoreado. Son muy pocos


que están dispuestos a corroborar con su propio cuerpo,
con su propia vida el conocimiento de la Realidad. No",
vislumbra el ser humano su potencial interno. '
”Una vez sentido el sentimiento de la Unidad ten- ‘l
drás que recrear y reinventar desde tu propia indívidua- 1‘
lidad la expresión de la totalidad. Y verás que en esta
realidad todo es contradicción, como por ejemplo, la
insociabilidad de la sociedad. No desde una perspecti- ,
va lógica, pues abundan los teóricos que hablan desde 7
ahí, sino desde el sentimiento de quien ha hecho de la
Unidad la Realidad”.

—¿Qué piensas, José, de la fuerza o, en tus términos,


de la energía que sostiene el actual modelo social? I

—Los seres humanos que modelan este sistema ac-


tual lo hacen haciendo uso de la energía dicotómica;
ésta es una fuerza Real, no es una abstracción, es un
hecho concreto y determinado. El punto está en que se
han anquilosado y este sistema de no unidad ya no tiene
recursos para desarrollarse, no tiene creatividad. Se ha
fisurado y se está marchitando producto de su misma
naturaleza, necesita energía nueva de otra naturaleza,
energía que en sí no puede generar. El desequilibrio exis-
tente necesita compensarse para no destruirse; la dico-
tomía necesita de la unidad, por el contrario se termina
destruyendo a sí misma. El modelo Inca se desarrolló
dentro de un sistema en donde existía dicotomía, pero
ésta se sostenía bajo la tendencia de la Unidad. El sis-
tema social aquílataba las fuerzas y promovía la
complementación, el equilibrio y el consenso. Siem-

pre ha existido y siempre existirán distintas fuerzas, es


la naturaleza de la Realidad, y los hombres sabios, los
Amautas, lo sabían y por ello buscaron la forma de con-
ducir la sociedad bajo ciertos principios ordenadores
que tendieran e impulsaran la vida de los hombres ha-
cia el sentimiento de la Unidad.

”El hombre contemporáneo dice saber del hombre


antiguo y en realidad no conoce nada. Cómo puede co-
nocerlo si lo que hace es proyectar lo propio en lo aje-
no. Cómo pudo un sabio inca hablar de igualdad en el
pasado, cuando ta] cosa no ha existido. Cómo va a ha-
ber igualdad si cada uno es diferente a su semejante; la
igualdad solamente existe allá donde existe la aliena-
ción y la enajenación. La igualdad nunca ha existido.
Ni siquiera dos gotas de agua son iguales, y el hombre
antiguo reprodujo la naturaleza en su pensamiento.

‘Conceptos como igualdad, comunitarismo, solida-


ridad, reciprocidad y economía de redistribución no
surgen del espacio cultural andino. Surgen de
antropólogos y etnólogos que han colocado a su crite-
rio nuestra cultura.

”Los principios fundamentales en los cuales se regia


esta sociedad eran el equilibrio, la complementación, el
consenso y la identidad. Principios que no surgieron de
la cabeza de un pensador. Surgieron de la realidad que
los abuelos vivieron y desarrollaron.

"Esto se refleja en la sociedad de manera que los


seres humanos no vivimos solos. No estamos aislados;
vivimos como individuos en relación con nuestras fa-
milias, la sociedad, la naturaleza y el cosmos.

”En la sociedad de unidad no se hablaba de justicia, Ï

sino de buscar el equilibrio. ¿J usticia, para qué? Si nunca

ha habido justicia. E] indio, más que en justicia, vive en É,

equilibrio. Había equilibrio entre los hombres y entre el

hombre y la naturaleza. El hombre antiguo no podía ‘

arrasar el monte más de lo que requería para la sobrevi-

‘vencia de su familia y la sociedad. Había que preservar

la naturaleza.

”En la sociedad originaria, nadie se decía libre como


en la sociedad occidental, sino que todos vivían en
complementación. Todo estaba atado a todo, amarrado.
Nadie estaba suelto. Nadie podía matar un animal si no
lo requería como alimentación, como complementación
para seguir viviendo. Podía matar una gallina para el
consumo del día, pero no podía matar cinco, pues no
iba a consumir las cinco.

”Tenía unas cuantas hectáreas de tierra, que él podía


trabajar junto a su familia. No tenía 50 hectáreas, por-
que no las podía trabajar con su familia.

”En la sociedad occidental se desarrolla la democra-


cia, mientras que en los ayllus y en toda la nación origi-
naria nunca se hace nada por democracia. Todo se hace
por consenso, se vive en consenso, bajo una misma iden-
tidad, la natural y cósmica.

”Se respetaba al individuo, se respetaba al árbol, a


los animales, a todo lovexistente, al ser humano y su
entorno, como también al cosmos.

”El hombre, antes que un ser de carne y huesos, es


energía y como tal se puede asociar a cualquiera de las
formas en que esta se manifiesta. Estas fuerzas no sólo

existen, por decirlo de una manera, en la vida terrenal;


por el contrario, se manífiestan y constituyen en todas las
modalidades de existencia, vale decir, el que muere
dicotómico seguirá dicotómico. Se tiende a separar cuan-
do en realidad todo lo que uno es lo seguirá siendo aun-
que se exprese en diferentes modalidades de existencia;
la Totalidad _es una y no hay a dónde ir. El que es
dicotómico en su vida está asociado a todos aquellos se-
res dicotómicos que existen en otros planos; así la ener-
gía se retroalimenta de un plano a otro y se perpetúa como
modalidad. El pensamiento y el sentimiento no se des-
truyen, no se disuelven en el aire; sigien existiendo”.

Cuando cesó, sugerí que, visto desde esta perspecti-


va, lo denominado comúnmente como el ma] era en sí
la separatividad, la dicotomía.

—Así es —afirmó asintiendo con la cabeza—. No exis-


te el diablo, ni el infierno. El hombre habla de Dios y,
sin embargo, vive bajo el dominio de la dicotomía, de
la destrucción, del miedo y del egoísmo. Cada vez que
uno siente, piensa y actúa en dicotomía está activando
una fuerza que se opone a la Unidad. Visto así, el ser
humano no hace más que hablar de Dios cuando en la
práctica lo desconoce y niega.

”El trabajo que tú estás realizando, así como el de


otros que lo harán, inyecta una nueva energía que com-
pensará, cuando exista una masa crítica, la fuerza del
actual modelo. Cada hombre que se convierta a sí mis-
mo en Individuo estará generando una nueva energía
que con el tiempo transformará lo que hoy reconoce-
mos como nuestra realidad.

”Lo cierto es que es posible que el ser humano gene- ‘-

re en su individualidad la no dicotomía, la Unidad”.


Hizo un silencio y agregó: “Inca significa el ‘que no

Es’, vale decir, no Ser, que no es lo mismo que no Hacer. i

El que Es niega, es dicotómico, ya sea ‘bueno’ o sea

‘malo’, separa, excluye. Sólo en el No Ser se expresa la ‘


Totalídad, la Unidad que se manifiesta en su Hacer que r

es su forma de Estar. El Hacer no está asociado al pensa-

miento, es un acto presente en donde no hay tiempo. El p

sentimiento de Ser es un sentimiento que niega; en cam-


bio, la negación afimia. Esto no es un juego de palabras,
es una variable lógica; la destrucción crea el orden, ése
es el caos. Por eso siempre digo ¡qué viva el caos! Mien-
tras más problemas se producen, más posibilidades de
solucionarlos tenemos —y me miró riendo ante mi des-
concieito-. Si no nos colocamos más allá del bien y del
ma], estamos generando una incapacidad atroz”, afirmó.

“Cuando se plantea el concepto de Dios, se está


creando la dicotomía. Cuando se genera la sustantiví-
dad esencia] de esta manera, se está generando destruc-
ción y esto se ha visto en todo el proceso histórico".

-—Visto así, José, si el ser humano hiciese lo que pien-


sa, sin lugar a dudas, en un momento detemiinado sus
pensamientos disminuirían considerablemente, se podría
decir que sólo se activarían cuando fuese necesario.

De pronto, mientras hablaba recordé y comenté a José


el planteamiento de la metodología deconstructiva pro-
puesta por el filósofo francés Denida, que es adoptada
por la etnohistoria. Sostiene que con la llegada del hom-
bre hispano al continente americano se introduce una

visión de mundo que contemplaba un “deber ser”, al


momento que Occidente define la realidad dentro de un
marco donde el espacio y el tiempo son concebidos
como realidades independientes y simultáneas que se
desarrollan dentro de una historia lineal y escalar. Im-
planta una epistemología antropocéntrica que concibe
al hombre como separado de la Realidad, atribuyéndo-
se la potestad de definir el Ser. De esta manera, en un
acto instantáneo, se escapa del momento presente y lo
sustituye por el futuro; su existencia se desarrolla en un
espacio y en un tiempo que no existe, que no está. Vive
pensando que “debe llegar a ser”, sin darse cuenta de
que lo único que uno tiene es lo que Es, al margen de lo
que piense. La vida se vuelve una ilusión en donde el
pensamiento es el protagonista, siendo que el Ser se ma-
nifiesta en el sentir que es existir, Estar. “De hecho
-manifesté— cuando uno realiza algo que piensa hacer,
suele acompañarlo una sensación de tranquilidad y de
infinita paz”.

Volviendo al tema, plantee a José mi perspectiva


sobre el hecho de que la visión moderna de la realidad
no considera que todo acto humano emerge de una in-
tención. El conocer la naturaleza de lo que somos y de
lo que nos rodea considera implícitamente un porqué;
el cómo corresponde a las acciones y al orden predeter-
minado que nos permitirá cumplir con el logro de nues-
tros propósitos, corresponde a la metodología que se
utilizará para el logro de los objetivos, detennina la for-
ma. Desde el momento en que occidente obvia o supo-
ne el porqué —el fondo—, está negando a] ser que realiza

la acción, pues está dando por hecho la naturaleza de


humano —afirmé.
—Pero, sin embargo —continué—, al No ser ¿se pierdo‘;
la individualidad? —pregunté, intentando contener la dig
vagación. n
—No la pierde porque está acá y en todas partes, es un ,4
Uno que espun Todo y un Todo que es un Uno cuando g
quiere. En su máxima expresión, un Amauta —chamán— ‘g
puede descorporalizarse y corporalízarse nuevamente.
Están en un plano de no pertenencia y de no correspon- í
dencia.
”Volviendo a tu ejercicio —dijo—, tu trabajo es entrar l
por la montaña hasta el lugar del origen. La Tierra es el i
hecho de la realidad compacta, a ella uno pertenece, ‘
ésta es la raíz, uno está ligado con los pies y con la .
cabeza, porque tus pies son tu cabeza y tu cabeza son
tus pies. Una cosa contiene a la otra. y
”As1' como el centro de la célula es el núcleo y el ‘
centro del núcleo es el nucléolo y dentro del nucléolo j
está el núcleo del nucléolo y así infinitamente.
”Entonces tu trabajo es ir al centro de la Tierra, al
igual que Orfeo de la mitología griega, que viaja al cen-
tro de la Tierra en busca de su memoria. Y esa memoria
es la memoria de tus genes, la Tierra como tú es imagen
y semejanza del Todo, para allá vas”.

Pon ASALTO A LA RAZÓN

Definitivamente, el whipaleo dejaba de ser el puro


intento y se convertía cada día que pasaba en una reali-
dad más pragmática y accesible a mi voluntad. Ya no
respiraba y a los segundos de realizar las frecuencias de
colores me depositaba en un espacio de contemplación
en donde la percepción se expandía a dimensiones in-
sospechadas que mi pensamiento no lograba contener.
Cada experiencia era más potente y absorbente y se cons-
tataba su veracidad con hechos de mi realidad ordina-
ria, lo que me colocó en una situación de gran tensión y
quiebre, no sólo emocional, sino que de mi capacidad de
deliberar y de mi concepción de realidad. Las premisas
expuestas por José habían fisurado mi racionalidad; sin
embargo, en la práctica rr1i mundo continuó, hasta un
determinado momento, siendo percibido por mí como
estable e inamovible. Las experiencias que sucedieron
lograron desencadenar un proceso que, imagino, José
había previsto o por lo menos visualizado. Eran mis
sentidos los que se hallaban comprometidos, ya no sólo
mi intelecto; mi concepción del mundo fue lentamente
desmembrándose hasta el punto en que llegué a dudar
de qué era efectivamente lo “real”. Necesitaba sentir
algo seguro, estable, constante. Mi ser no podía aceptar
el hecho de encontrarme en medio de una realidad que
no podía explicar y en donde todo podía suceder ante
mis propios ojos. El trabajo que venía realizando junto
a José había penetrado no sólo las estructuras de mi
personalidad, sino que aquellos principios subyacentes,

los axiomas desde los cuales se levantaba y estructuraba ‘¡

mi concepción de realidad.
Necesitaba imperiosamente sentir que mi realidad

era más “rea” que todo lo que percibía en mis ejerci- [


cios. Estaba dispuesto a aceptar que existieran, por de-
cirlo de alguna manera, otras realidades y que incluso Í’
éstas se pudieran manifestar, pero no podía asimilar lo =
que se me presentaba, a saber, que todas tenían el rnis- “

mo nivel de concretud y que mi corporalidad era sólo


una de las modalidades de mi existencia. Constaté que
los hombres necesitamos sentir que la realidad tiene lí-
mites, pues sin fronteras de percepción, no podemos
construir un orden y ciertamente desaparecen las cosas.

Temí estar literalmente volviéndome loco. Recurrí a


un psiquiatra en busca de ayuda; recuerdo que entre mu-
chas otras razones me dijo que una de las característi-
cas del demente es precisamente no estar consciente de
su locura. Debo reconocer que este simple hecho logró
por un tiempo tranquilizarme.

José me decía que esta sensación de vértigo y des-


contención iría disminuyendo en la medida en que yo
fuera aceptando desde mi interior el hecho de que la
Realidad era un caos y que nada tenía explicación. Sos-
tenía que la necesidad del hombre de ordenar la reali-
dad era el origen de su fragmentación. Por el contra-
rio, la desfragmentación se producía en el momento
en que asumía su condición de ser un Ser infinito que
fluía en lo Eterno. En relación a los temblores que sa-
cudían mi cuerpo, planteó que ésta era la respuesta de
mi cuerpo ante el impacto de pasar de una frecuencia

vibratoria a otra. Mc dio el ejemplo de un objeto veni-


do del espacio al momento de entrar a la gravedad de
la Tierra, señalándome que la vibración produce cam-
bios en su estructura. Sin embargo -añadió-, la mane-

ra en que yo me relacionaba con tal fenómeno pasaba‘

por mi propia historia de vida.

En muchas ocasiones pensé en decirle a José que no


podía continuar, que no podía más; sin embargo, sentía
que no podía detenerme pues no tenía vuelta atrás. Debo
reconocer que en esos momentos sólo deseaba volver a
la “normalidad” ya que no sabía por cuánto tiempo po-
dría contenerrne en este estado y hasta qué punto sería
capaz de sostener y sobrellevar mi vida con un mínimo
de equilibrio y sobriedad.

El hecho que definitivamente asaltó mi razón fue la


experiencia vivida durante la realización de uno de los
ejercicios, que consistía en whipaliar la montaña.

Como de costumbre, cerré mis ojos y guardé silen-


cio. Lentamente mis pensamientos se fueron distancian-
do, los veía pasar como nubes por el cielo, no me iden-
tificaba con ellos así como tampoco los enfrentaba. Mi
experiencia me decía que sólo debía observar mi pro-
ceso interno como un espectador hasta que la mente,
por voluntad propia, una vez consumida su energía,
detenía su devenir y quedaba en silencio. Se podría de-
cir que el acto consistía en detener la mente en el silen-
cio que existe entre un pensamiento y otro. Tomé con-
ciencia de que la continuidad de la realidad y su per-
cepción se producen debido a que un pensamiento nace
de otro pensamiento creando el continuum del tiempo.

Uno corrobora al otro en una línea infinita que se cie

en sí misma. De ahí nace la concepción de tiempo ya

nuestra idea sobre la realidad.

La pregunta siempre está orientada a qué debo haceriïí

—deber ser- y nunca nos preguntamos qué podemos dejar

de hacer. Detener el flujo de pensamientos nos parece ,

una gran equivocación, sería perder el tiempo cuando


queda tanto por conocer y tan poco tiempo por vivir.

“No hay tiempo que perder” es nuestro lema y lo llena- ‘


mos ocupando el silencio con pensamientos reíterati- ‘

vos que corroboran a cada instante nuestra visión de la


realidad; nuestros miedos y angustias nacen del senti-
miento de sentirnos fuera de la Realidad misma.

Tenía mi atención en la montaña de mi elección, cada


segundo que pasaba se iba volviendo más real y más
presente ante mi campo de visión. Mi cuerpo fue per-
diendo peso y aumentando su volumen; sentía como si
me elevara perdiendo toda identificación con lo que
podía llamar n1i realidad ordinaria. Una sensación de
completa serenidad y equilibrio, como si no quisiera
nada, como si nada sobrara. Estar suspendido en un es-
tado en que no existe el tiempo, pues no hay pensa-
miento, saberse como individuo existente pero no de-
terminado a circunstancias personales, algo así como
saberlo todo y no tener nada. Sencillamente Estar aquí.

Instantáneamente sentí como si subiera una octava


dentro de una escala musica]. Supe que me encontraba
con la madre de mi pareja que había muerto meses atrás,
no puedo decir que la “vi”, sólo tenía la certeza de estar
junto a ella. La quise, le hablé sin palabras, con el soni-

do del más profundo amor, supe que ella estaba bien


pero todavía con nosotros, cuidando a sus seres quen’-
dos y asumiendo su propio proceso. Vacile’, y sin
verbalizar palabra alguna, le pedí que se hiciese pre-
sente; me quedé en silencio sin esperar, cuando de pronto
el equipo de música que se encontraba en el otro extre-
mo de la casa se encendió sonando a todo volumen.
Abrí mis ojos y con la mayor normalidad me levanté y
me dirigí hacia el artefacto. Se encontraba en FM erni-
tiendo el sonido de una radio sin sintonizar cuando
momentos antes de iniciar el ejercicio lo había apagado
observando que se encontraba en la opción CD, pues
yo mismo había colocado el disco.

Volví hacia la habitación y al pasar por la cocina cons-


taté que también el calefactor de agua se encontraba
activado; lo apagué y regresé al lugar en donde me en-
contraba realizando mis ejercicios.

Para mi asombro todo lo hice con absoluta normali-


dad, no pensé en nada de lo sucedido y en un acto inme-
diato reanudé mi ejercicio. Rápidamente fui recubierto
por un manto de oscuridad en donde sólo se encontraba
la montaña, observé cada detalle de su geografía, de su
ser; me vi desde arriba y me oprimió un sentimiento de
aprensión. Respiré hondo buscando el equilibrio, mi
cuerpo vibraba sutilmente cuando instantáneamente fui
la montaña, como si mi cuerpo fuera la tierra y su roca.
No era yo el que estaba dentro de ella, sino que era ella,
mi anatomía era su magnitud. '

“Vi” a cientos de seres humanos caminando por mis


laderas, mis cumbres; esparcidos como rebaños, reali-

l
zando todo tipo de faenas. Unos trabajaban, otros ca-
minaban con sus hombros cargados, se desenvolvían 1
como en un día cualquiera, como si el tiempo no hubie-
ra transcurrido, como si la historia se encontrara amal-
gamada en un solo instante y todo sucediera en un solo
momento.

Excitado me incorpore’, no podía moverme y esto


aumento mi agitación. Mi cuerpo se encontraba estáti-
co, congelado; en cuanto recobré la movilidad salté de
1a cama en la cual me hallaba sentado y me dirigí hacia
el esta: en donde se encontraba la chimenea encendida.
Todo mi cuerpo tiritaba seguido de temblores que no
podía controlar al mismo tiempo que mi conciencia por
momentos se perdía. Después de un momento necesite
ver a alguien, no quería estar solo y Claudia no se en-
contraba en casa; en un acto deliberado la llamé con mi
sentimiento y a los veinte minutos ella llegó, entró apu-
rada y me buscó. Me dijo que estaba reunida con unos
amigos cuando de pronto sintió que debía volver, se
levantó y sin despedirse se marchó.

Luego de estas experiencias supe que mi vida ya no


sería igual; sentí en lo más íntimo de mi ser lo que José
quería decir cuando hablaba del Estar y del no Estar. El
sentimiento que sucedió a mi experiencia fue de com-
pleta paz, todo cuanto abarcaba mi percepción se toma-
ba profundo y lleno de vida. Sentía que la realidad que
se mostraba frente a m1’ era sólo una capa, una película
de su naturaleza. Me vi en un mundo encantado en don-
de mi ser se desenvolvía al unísono en múltiples reali-
dades relacionadas entre sí. Supe que nuestra noción de

realidad nos consume, nos absorbe, nos restringe, ha-

ciéndonos creer que lo que sentimos propio es en sí lo_

real, y le damos poder absoluto e incondicionado supo-


niendo que la existencia se agota en lo que considera-
mos nuestras vidas.

Nunca nos impresionamos y el mundo se vuelve está-


tico y rutinario. Cuántas veces habremos entrado a una
habitación sin damos cuenta de que se ha cambiado el
color de sus paredes o el orden de sus elementos. Vivi-
mos sumergidos en nuestros pensamientos, suponiendo
que de ellos emergerá la comprensión de la realidad.

No sentía que lo vivido en mis experiencias fuese


posible de ser considerado como una modalidad más
real que lo que llamamos realidad; sólo sabía que la
Realidad es incognoscible en su naturaleza a través del
uso restrictivo de la racionalidad. Somos seres interpre-
tativos y ésa es, a mi entender, nuestra forma de conce-
bir la Realidad. No la percibimos directamente, por lo
cual no hay posibilidad de definirla y determinarla; la
sensación experimentada durante un ejercicio sólo puede
ser expresada como un sentimiento que, en cuanto es
traducido a lo conocido, se deforma en la exigencia de
ser acondicionado a las representaciones de la propia
realidad que evocan el contenido aproximado, siempre
imperfecto, de lo vivenciado. Los conceptos son abs-
tracciones de la realidad definidos y determinados; la
existencia es un acto pragmático e indeterminado que
se expresa en la Individualidad.

Queremos creer que reduciendo el caos de la Totali-


dad al orden causal del pensamiento, nos libraremos de

lo impredecible y de las fuerzas que habitan y gobier-


nan la Realidad, y es así como construimos patrones de
normalidad desde donde anclar el pensamiento. Levan-
tamos así las estructuras que nos dan la aparente segu-
ridad de creer que el universo es factible de explicarse a '
través de procesos causales, predecibles y determina- "

dos. Lo desconocido 1o explicamos desde lo conocido.


La experiencia de ser la montaña, al igual que otras

tantas vividas tiempo atrás, como el whipaleo que ha- ,.

bía realizado a un gran nogal que se encuentra en n1i


jardín, me hicieron pensar que se producían debido a
que yo me desdoblaba, vale decir, un acto en donde una
dimensión de mi ser, que se podría entender como n1i
espíritu o “algo” correspondiente, se extendía desde mi
cuerpo para abarcar otras entidades, Si bien esto ya se
lo había planteado a José en otras oportunidades, y de
hecho él negaba tal explicación, volví a plantearle la
situación diciéndole que tenía esta impresión debido a
que, momentos antes de llegar a la experiencia misma,
sentía mi cuerpo desalineado, creía estar fuertemente
inclinado, ya fuese hacia adelante o hacia los lados,
cuando constataba que mi espalda se hallaba recta en
relación a la pared que me servía de apoyo o al respaldo
de la silla en que me encontraba, lo cual iba asociado a
la pérdida absoluta de la sensibilidad corporal.

—No es un desdoblamiento —te lo he dicho en mu-


chas ocasiones: es una extensión que te permite alcan-
zar todas las posibles realidades en las cuales tú te estás
extendiendo. Esto pasa por un profundo sentimiento
interno que equivale a la más intensa y auténtica y, en-

tre comillas, real introspección, no vista desde la aproxi-


mación que aplica la psicología, ya que esto sólo sería
la observación de todo el conjunto de procesos raciona-
les. La introspección que te planteo incluye el senti-
miento, ya que no te puedes observar si primero no te
sientes. El conocimiento se funda en la dicotomía suje-
to-objeto a través de una relación en donde el sujeto
está fuera del objeto. Existen algunos intentos, como la
fenomenología de l-Iusserl, que plantea la intuición, pero
la intuición vista desde esta perspectiva también es otra
lógica racional. Lo que has sentido con la montaña, el
árbol, el perrito, la flor, la semilla, los abuelos y tantos
otros seres a los cuales te has extendido, es la opción de
que tú sientas un marco de sabiduría fundada sobre la To-
talidad y no restringido por una perspectiva antropocéntrica.
Te sientes el otro al mismo tiempo que te sientes tú.

”Cuando el occidental hace conocimiento, está se-


parado de la realidad que va a conocer. El conocimien-
to surge de la realidad, pasa por el hombre que está fue-
ra de la realidad y vuelve a la realidad para transformar-
la de una manera que llaman dialéctica.

”Pero en nuestra sabiduría, no hay tal dialéctica. Un


hombre así, que realiza la acción de conocer, no está
afuera, sino adentro de la realidad. Para decirlo en tus
palabras, abría que decir que esta epistemología se fun-
damenta en el “cosmocimiento”, lo que te plantea que
no es un cono, vale decir, una aproximación lineal ha-
cia un objeto determinado que exige la exclusión de los
demás. Por el contrario, el cosmocirniento se realiza con
la atención colocada en la totalidad. Cuando el hombre

de sabiduría quiere conocer, aprender, coger esta reali- y


dad que llamamos Pacha, no se separa de la realidad, Í
no se siente extraño o fuera de ella. Se coloca dentro de

ella sintiéndose y viviéndose como la realidad misma.


”No existe la separación entre sujeto y objeto. De tal
manera que cuando el cosmocimiento de un árbol se

realiza por parte de un hombre, es e] hombre el que se ‘r

conviene en árbol, es el hombre el que se hace árbol, o


el árbol que se hace hombre. Es otra forma de saber.

”Es por eso que podemos ver a un chamán con la fiierza


de un tigre, porque ha llegado a compenetrarse con el
tigre. Siente que él es un tigre, y de un golpe, sentimos la
fuerza del tigre, que incluso nos puede matar.
”Este ser humano del que te hablo comienza a apren-
der a coger, a levantar la realidad dentro de él con el uso
no sólo de la razón sino también con el uso del senti-
miento, de la intuición, la imaginación, los instintos, la
percepción, la voluntad, los deseos, los sueños.

”Cuando se dice que un yatiri habla con los muertos,


o se dice que un chamán del oriente o de la Amazonía
se transforma en otro animal, o se transforma en una
planta, sucede que el ser humano, que es naturaleza y
cosmos al mismo tiempo, asume una identidad total con
la naturaleza y el espacio que no es imaginación ni pro-
yección: es Realidad.

”Racionalmente, parece imposible que el hombre se


meta en un árbol, en un animal o en una estrella, pero el
hombre sabio sabe que su naturaleza es cósmica, por lo
que está en su poder hacerse uno con la totalidad o con
cualquier expresión de ella hecha individualidad. Sabe

que cualquier elemento de la realidad, sea una planta o


un animal, cualquier uno, es a la vez todo.

”En esta simple y a la vez compleja relación está el fun-


damento de la identidad del hombre de sabiduría, de cómo
se accede al conocimiento, cómo se hace cosmocimiento.

”Es importante que entiendas —enfatizó— que la Rea-


lidad no es algo que está fuera del ser humano. La Rea-
lidad llega a lo humano y a su vez el humano se da en la
Realidad. Nada se encuentra fuera de la realidad. No
existen las divinidades, ni buenas ni malas; sencilla-
mente la Realidad, la Pacha transcurre. Es por esto que
el hombre debe siempre ajustarse a una existencia equi-
librada, porque en sí la existencia real nunca se margi-
na o aísla de la Realidad misma, que es equilibrada. Es
más, lo que llamamos desequilibrios no son más que
otras modalidades de desarrollo del equilibrio.

”La Realidad no es axiológica, no tiene epistemolo-


gía. La Realidad Es”.

L0 EXCÉNTRICO v L0 CONCÉNTRICO

—La compactibilidad, que has sentido en reiteradas


ocasiones, es el sentimiento de la existencia de la pie-
dra que en sí es la visualización de la montaña y, en
última instancia, corresponde a la visualización de la
Tierra o a otros planetas u otras estrellas, que podrían
ser otras Tierras lejanas. Si nos desprendemos del ape-
go a estos conceptos, a su sustantivación, se trata de

modo más mediato de sentirse polvo cósmico, el pol-


vo del infinito, que puede estar aparentemente dilui-
do, dífuminado o compactado en planetas, estrellas y
galaxias.

”Ya fueses polvo cósmico diluido o un planeta, estás


en la compactibilidad del Todo; sin embargo, es una
Unidad sin centro; por ello en el Todo hay que
descentrarse, lo que significa no reconocer referentes
típicos como norte y sur o derecha e izquierda.

”El Todo se desenvuelve en una dinámica continua


de expansión y contracción dentro de la compactibili-
dad. Es importante que experimentes el sentimiento de
descentrarse, ya que puedes anquilosarte, estancarte en
tu proceso.

”Es, sin lugar a dudas, un gran ser humano el que


inició el conocimiento de sí, de la Realidad, pero tam-
bién es una pequeñez dentro del Todo. Todos labramos
nuestro destino y nuestras consecuencias por nuestros
antecedentes”.

-Cambiando el tema —me preguntó—, ¿puedes parar-


te de cabeza?

—Creo que sí —respondí.

—Bueno, entonces te vas a parar de cabeza y con ello


vamos a hacer la inversión, va a haber más sangre en tu
cabeza. No lo puedes hacer más de una hora; cuando
termines te tiendes horizontalmente hasta que la sangre
baje y se nivele, luego te sientas y al rato te puedes le-
vantar. Lo haces frente a un espejo sin despegar la mi-
rada de tus ojos; el vidrio o el cristal como nitrato de
plata capta energía, es una ventana a una dimensión. Y

un espejo es una entidad viva, sus átomos, sus molécu-


las están en vibración. Ilurnina la habitación con una
luz tenue y en lo posible de color verde, este color te
ayudará a equilibrarte.

”El propósito es verte invertido, verás la otra realidad


inversa a la tuya; tu dualidad. Tendrás los pies en la cabe-
za y la cabeza en los pies, con ello fundes la dicotomía al
ser lo que aparentemente no eres. La dicotomía se ve y
desde allí se levanta la opción de estar más allá de la
dicotomía. Este ejercicio es muy potente —añadió—, entre
comillas, condiciona el ejercicio de la Luna, que es el
otro ejercicio que vas a hacer. Uno va abriendo la posibi-
lidad del otro”.

Hizo un movimiento de cejas y asintió con la cabe-


za, como corroborando mi comprensión ante lo que me
indicaba, y luego llamó mi atención diciéndome:

—Ten presente que estamos trabajando las percepcio-


nes de ti mismo y al entrar en el espejo estás entrando
en ti —y agregó-z sales del ejercicio y una vez nivelados
tus flujos, te whipaleas y te vas a la Luna, ella es un
espejo solar.

Mis ojos lloraban y no podía fijarlos en la visión


que se reflejaba en el espejo; mi imagen se deformaba
y por momentos se hacía difusa. De un segundo a otro,
mi cuerpo se hizo ligero y quedé suspendido, al tiem-
po que fui recubierto por una masa densa de negrura
que sólo me dejaba ver mi imagen en el espejo. Co-
mencé a sentir que el sujeto que tenía enfrente me
miraba, tenía presencia con independencia de mi; sen-
tí una sacudida de temor y una brusca contracción y

mi cuerpo se hizo presente. Evalué nuevamente mi,


visión y en un giro instantáneo fui mi reflejo en frente ¿

de mi cuerpo; creí que caería en el pánico más devas- -


tador, pero, para mi asombro, empecé a ser testigo de v

mis sentimientos y sensaciones sin identificarme con


ellos, hasta que en un momento indeterminado, todo
se desvaneció y experimente la sensación más exci-
tante que hubiera podido imaginar. Cada célula de mi
ser se hallaba en la más silenciosa plenitud, flotando,
perdida en el universo convertido en un reflejo con mi
imagen enfrente de mí.

Cuando José me preguntó, le dije que había sentido


la sensación y el sentimiento más maravilloso y recon-
fortante que pudiera recordar.

—Cuéntame qué has sentido —dijo él.

—No sé cómo empezar. La sensación sigue viva en


mí y la verdad es que me cuesta mucho verbalizarla, ya
que es tan plena que cada palabra que encuentro me
parece insignificante y muy limitada como para evocar
mi sentimiento.

Hice una pausa.

—Siento —continué— como si hubiera traspasado un


umbral dentro de mi propio proceso. Alguna vez te he
comentado mi sensación con respecto a mi actitud, en
relación a las experiencias que se han desarrollado a
través del whipaleo, y te lo he manifestado como si yo
no hubiera más que ‘_‘sacado mi cabeza por una venta-
na”, resistiéndome a introducir todo mi cuerpo. No es-
taba dispuesto a entregarme por entero y de alguna ma-
nera lo que hacía era entrar en la experiencia queriendo

rápidamente salir con-iendo y describir lo que sucedía,


o por lo menos como yo lo interpretaba. Añadí que, de
hecho, en esos momentos, me sobrecogía tal situación,
ya que me revelaba la fuerza del modelo cultural en el
cual yo me hallaba imbuido, así como la postura disci-
plinaria de la antropología, de nunca dejar de ser un
observador aunque fuera participante, ya que el postu-
lado plantea que al dejar de ser observador se entra al
mundo de la participación pura, perdiendo con ello el
puente que permite la comunicación, la interpretación
de un universo cultural a otro. Nunca había perdido la
imagen que aprendí en los años en que estudiaba antro-
pología, en donde el antropólogo era visto por mí como
un emisario de la cultura occidental que partía rumbo a
un mundo desconocido en busca de información para,
una vez obtenida, partir a toda prisa a contarlo a los
suyos. Esto iba acompañado de la imagen de ser un per-
fecto idiota en la cultura estudiada y un osado aventure-
ro en la propia cultura. En definitiva, al cientista le era
más importante definir y teorizar de lo exótico y dife-
rente, en vez de vivirlo y sentirlo. La realidad de los
“otros” siempre ha sido evaluada y determinada a partir
de la visión que entrega la propia cultura.

”Aunque debo reconocer —añadí— que, desde el ám-


bito de lo intelectual, me es sumamente excitante leer
un buen libro de teoría antropológica, de epistemolo-
gía, psicología, o bien, de ciencia en general; me in-
troduzco en un mundo verdaderamente fascinante, lle-
no de juegos mentales que a través de un orden lógico
perfecto me hacen sentir, por algunos instantes, que la

. y}
realidad es comprensible y que “verdaderamente” va- l
mos los hombres progresando en el camino del cono- 3

cimiento. Sin embargo, no puedo dejar de preguntar- K


me momentos después cómo será 1a vida del famoso

autor; tiene ideas tan claras, su mundo parece estar tan


ordenado, me imagino que ha logrado darle solidez a
su vida, me imagino cómo será su vida personal, la

relación con su señora, con sus hijos, con la gente en v

la calle, qué cosa le ‘pedirá a Dios’ por las noches,


qué ‘sentirá’ cuando piensa en la muerte, cuando mira
el cielo en una noche estrellada y toma conciencia de
que la Tierra está suspendida —junto a e'1- en medio
del infinito y dimensiona que infinito significa sin co-
mienzo y sin fin.

”De qué manera sus concepciones y supuestos teóri-


cos serán capaces de dar respuesta a aquellas interrogantes
ontológicas que nos asaltan cuando penetramos al ám-
bito de lo privado y nos vemos solos ante un mundo
incierto que no se agota ante la razón”.

—Es así —continué— como el conocimiento que Occi-


dente ha construido de la realidad, ya sea del mundo
físico o social, sólo tiene existencia dentro de nuestra
propia cultura y en un tiempo determinado. La historia
de la humanidad es nuestra propia historia y, si otras
culturas forman parte de ella, es simplemente porqne
nosotros las hemos fagocitado obligándolas a estar en
nuestro interior.

”Siento que, en la experiencia de ayer, fui por entero


un participante; la esquizofrenia de ser dos seres a la
vez se disolvió para encontrarme detenido en mi propia

unidad. De alguna manera, al ser observador desde mi


reflejo, me vi, supe y pude soltar las amarras, aunque
fuera por un instante, de mi universo cultural. Constaté
el hecho de estar existiendo más allá de mis apreciacio-
nes con respecto a lo que sucedía”.

José se encontraba en completo silencio. Me miraba


sin mirarme; con su visión penetraba mis pupilas apre-
hendiendo el sentimiento más allá de mi descripción.
Sentado, recto, en una silla con sus manos cubría su
boca apuntando con los dedos unidos en las yemas ha-
cia la nariz, su pelo suelto caía por los hombros hacia
su pecho y su cuerpo, como un cedro de la India, se
elevaba revelando la fuerza de su presencia.

—Te das cuenta del poder del whipaleo —afirmó.

—Puedo “ver” —dije— que el whipaliar me ha perrniti—


do desarrollar la capacidad de la observación sin des-
cripción, de la atención, de actuar en la dimensión in-
tema. Acostumbrado a relacionarme con una realidad
externa, desconocía la concretud de mi mundo interior
y hoy “veo” que este mundo interior no es una abstrac-
ción, no es la idea que tengo de Dios, no son mis valo-
res y mis juicios sobre el bien y el mal. El mundo ínte-
rior es una realidad pragmática en donde se tiene la ca-
pacidad de actuar a voluntad, permite ver que la exis-
tencia va más allá, o más acá, de lo que entendemos por
vida. A través de mi cuerpo he llegado a sentir que ésta,
mi vida, es una expresión de mi existencia, que se desa-
rrolla de manera simultánea en diferentes planos y, lo
más importante, que es posible actuar en ellos.

”Para rm’, el whipaleo es la capacidad activa de todo

ser humano de focalizar la atención haciendo uso de su :


voluntad; la voluntad la entiendo como la fuerza que se
aplica sobre algo, expandirse a esa realidad, abarcarla.

Eso es lo que he hecho en los ejercicios; en primer lugar,


observo detenidamente la entidad que voy a whipaliar

hasta aprehender su imagen en mi mente; la observación ‘

exige tener abiertos todos los sentidos de la percepción,


no sólo la visión. Luego cierro mis ojos y comienzo la
frecuencia de colores con la imagen en el fondo hasta
que en un indeterminado instante la imagen cobra pre-
sencia. Concentrarse en un punto hasta ser él, en un
movimiento sin tiempo de expandirse desde el ser. Los
seres humanos vivimos diluidos en nuestros miedos,
deseos, expectativas y en la necesidad de sobrellevar la
vida, quedándonos poco 0 nada de energía para acceder
a otra realidad. A eso llamo colocar la atención, vale
decir, concentrar la propia energía y dirigirla a volun-
tad”.

Continue diciendo que sentía que los hombres des-


conocíamos esta dimensión interna y ‘que sólo podía-
mos entenderla haciendo uso de categorías que iban
desde la voz interna hasta la manifestación de Dios.

—Lo que has sentido con respecto a que el whipaleo


te ha permitido desarrollar la observación —dijo- te pue-
de ayudaI a entender la serie de ejercicios que realizas-
te al inicio de tu trabajo, cuando whipalíaste al Puma, a
la Serpiente y al Cóndor. Cuando el chamán cubre su
cuerpo con pieles, su cabeza con una máscara natural
de felino y su cabello con plumas de aves, está hacien-
do explícitas las cualidades de estos seres. La pacien-

cia, la capacidad de observación y la destreza del felino;


la visión, el vuelo y la fluidez del ave y el enraizamiento
de la serpiente a la tierra, así como su vitalidad y ener-
gía. El Amauta desarrolla estas cualidades que lleva
dentro para encarar la Realidad.

Sin aviso, verbalicé lo que pasaba en ese instante


por mi mente y le pregunté si acaso el sueño era una
forma de whipaleo.

“Todo el tiempo estás trabajando, incluso es eso que


llaman sueños. Tú ya no puedes soñar, estás despierto siem-
pre. Tú ya no estás durmiendo, estás despierto aun dur-
miendo. En cambio, el muerto sueña sueños de muertos”.

—En relación a eso, José, te quería decir que de he-


cho ya no duermo como antes. Por una parte, duermo
menos horas y despierto más descansado, se podría de-
cir que salto de la cama. Y por otra, me he percatado
con gran asombro de que en los sueños me doy cuenta
que estoy soñando. Es algo así como ver una película
en que soy protagonista y espectador a la vez.

-Esto te tiene que servir para extender tu trabajo de


una vigilia a otra vigilia, es decir, el que despierta nun-
ca se duerme aun cuando duerme, entonces el sueño del
que está despierto no es sueño. El mundo de los sueños
pertenece a1 que despertó. El que está dormido no reco-
noce ni actúa desde su naturaleza energética, está dor-
mido aunque este’ despierto, incluyendo en sus sueños.

mitirá sentir la presencia de lo que aún queda del anti-


guo mundo de nuestros abuelos y abuelas, la herencia
dormida en la piedra que es posible recobrar porque
está durmiendo, no ha muerto.

"Que sea tu elección y que sea lo que tenga que ser.


Mí casa está abierta para tí al igual que lo que yo soy.
Estoy dispuesto a entregarte toda la sabiduría que me
fue dada en herencia por mis padres y abuelos. Como
un limón, me estrujaré hasta darte la última gota de sa-
biduría que contengo.

”Pero bien —dijo él—, mientras me miraba con sus


ojos brillantes y una gran sonrisa en su rostro, levantán-
dose del sillón en donde se encontraba.

”Hace mucho tiempo te mencioné que no era nece-


sario estar en la montaña para sentir la montaña. Debes
tener un propósito trascendente y encauzar tus acciones
bajo propósitos inminentes. El ser humano vive apega-
do a todo aquello que su imaginación le dice que si no
tuviera no podría vivir. No es libre para elegir. Sus elec-
ciones están acondicionadas por sus miedos y las justi-
fica en nombre de una libertad que no alcanza a vislum-
brar. El propósito ha de ser conducido por el sentimien-
to de saber que nada se tiene y que sólo se puede aspirar
a Estar de manera consciente y voluntaria en lo que siem-
pre se ha estado; imbuido dentro de una realidad infini-
ta y eterna, incognoscible desde una aproximación ra-
cional, lineal. El arte está en dejarse llevar, en fluir, en
observar y desde allí determinar los actos que te condu-
cen de manera pragmática y coherente por el sentimiento
de la Unidad. Sin embargo, para ello es indispensable

que te alïevas a mirarte, a reconocerte y a metabolizar "_


tu vida, tu sociedad, tu cultura, tu mundo, tus ideas y
creencias. H

”El ser humano no se da cuenta de que su discurso


no tiene ninguna coherencia con su actos y con sus sen- -
timientos. Si representaras a los hombres podrías ver-
los como árboles caminando por las calles con sus raí-
ces desnudas, flotantes. Viven atrapados en contradic-
ciones, justificando sus actos de acuerdo a la ocasión.
Si hicieran un alto y se miraran tal como son, sería el
primer acto de sabiduría que les permitiría anular las
dicotomías y el dolor. Reconocer lo que se es sin críti-
cas ni juicios conduce a recuperar la historia perdida,
sanar el dolor y lograr la unidad de uno mismo que nun-
ca ha estado separada de la Realidad. Pero el camino es
difícil, exige la vida y eso es mucho esfuerzo para en-
tregar; se prefiere seguir atrapado en la estrechez, en el
poder de los dioses, creyendo en la suene y en la ilusión
de lo que llamamos libertad, espiritualidad, conocimien-
to. La Realidad, la existencia es un hecho pragmática,
no es una idea, no es un pensamiento”.

Tercera Parte

EL ESTAR DEL CHAMÁN

EL COSMOCIMIENTO DE LA REALIDAD

El día 12 de octubre tomé un vuelo con destino a La


Paz y de allí volé directamente hasta la ciudad de
Cochabamba, que se ubica en el centro geográfico del
territorio boliviano. Éste era uno de una serie de viajes
que realizaba a este país para reunirme con José.

A las 16:00 salí de Policía Internacional hasta la sala


donde me esperaba José; se encontraba parado con los
brazos cruzados y me miraba fijamente sin moverse.
Me acerqué, dejé mi bolso a un lado y lo saludé mien-
tras él se aproximó a darme un abrazo. Como de cos-
tumbre, nos abrazamos una vez por el lado izquierdo y
otra por el derecho; esta forma de saludar tiene como
sentido mantener siempre el sentimiento de equilibrio.
José solía buscar el equilibrio no sólo en la manera de
saludar, sino que en cada acto que realizaba, como por
ejemplo cuando brindaba, tomaba e] vaso con las dos
manos y luego lo levantaba. Planteaba que la forma que

una persona tenía de relacionarse con la vida se revela-


ba no sólo en las grandes acciones, sino que también y
con mayor fuerza aún, en las pequeñas. El tomar el vaso
con las dos manos no sólo tiene como sentido el equili-
brio, sino también manifiesta la intención de la perso-
na; cuando se brinda, se está deseando salud y prosperi-
dad alos que participan del evento y eso, para que sea
cierto, debe ser con la totalidad de uno mismo y no so-
lamente con la mitad.

Yo había llegado a integrar en mi forma de actuar es-


tas sugerencias. Después de haber estado trabajando junto
a José por un año, había llegado a comprender que mu-
chas de mis actitudes las realizaba de manera incons-
ciente. La tendencia a repetir de manera automática cier-
tos patrones de conducta, que han sido aprendidos con
tanta “naturalida ” desde la infancia, me impedía hacer-
me presente de manera consciente "en mis actos.

Una de las características de José que más llamaba mi


atención era su prestancia. Al estar junto a él, sentía la
fuerza de su presencia, especulaba sobre el sentimiento
de aquel hombre de mirada eterna y silenciosa. Sentía
que estaba ahí, detenido y palpitante, lleno de sí y del
misterio que lo envolvía, conectado a la vida, a su vida,
con una intención definida y consciente que lo hacía res-
ponsable de sus actos y consciente de sus elecciones.

Me sorprendía darme cuenta de la poca consistencia


de nuestras opiniones y fundamentos. Por lo general,
estaban sustentados en supuestos o creencias, pero casi
nunca en experiencias. Hablamos con total naturalidad
de ideas que hemos escuchado y con las cuales nos he-

l
.’«
,
y

mos sentido identificados pero que no hemos corrobo-


rado con la vivencia. Forman parte de nuestras teorías o
del sentido común y, por lo general, tienden a evitar
todas aquellas situaciones y posibilidades que nos ate-
rran. Es cosa de observar cuántas veces hemos defendi-
do una idea determinada por el simple hecho de no po-
der asumir lo contrario; en definitiva, lo que buscamos
es sentirnos seguros y por lo tanto tranquilos. No esta-
mos dispuestos a reconocer que no sabemos y que con
nuestras vidas sólo lo estamos intentando. Nos apega-
mos a nuestras concepciones hasta confundirlas con la
realidad. Nos identificamos, limitándonos frente a nues-
tra propia imagen y nos abandonamos perdiendo el sen-
tido y la presencia en nuestros actos.

Me miró a los ojos y le sonreí.

—¿Cómo has llegado? —me preguntó.

—Bien, José, y bastante rápido, ya que recién a las


ocho de la mañana me encontraba en Santiago.

Me ayudó cargando el bolso de la máquina fotográ-


fica y con paso lento salimos del aeropuerto sin hablar.

-Vamos a caminar un rato —comentó—, la tarde está


agradable y podemos tomar un taxi más allá.

Me sentía extraño y tranquilo y la idea de caminar


me parecía muy pertinente para mi estado, quería esti-
rar las piernas y observar la ciudad.

Una vez que me hube acomodado en la habitación


que José me había preparado, me invitó a que lo acom-
pañara al mercado, que corresponde alo que en Bolivia
se conoce como la “Cancha”. Nos bajamos de la micro
y abriéndonos paso entre la gente recorrimos rápida-

mente el lugar hasta llegar a los puestos donde venden


todo tipo de hierbas secas y frescas, inciensos naturales

.y en general los elementos que las personas utilizan en

los rituales; hojas de coca, fetos de llamas, inciensos,


arreglos decorativos, entre muchas otras especies.

José negociaba con una mujer de edad a la cual él


llamaba “mamita”. Yo no comprendía bien qué discu-
tían, ya que hablaban un poco de quechua y algo de
aymara. Por sus gestos comprendí que José estaba com-
prando unas “mesas”, las que son para “challar”. El
challar es una ceremonia que tiene como objetivo agra-
decer y ofrendar a la Tierra lo que ella nos da; también
se puede pedir algo que se desea o, simplemente, darse
un tiempo para Estar en silencio sintiendo la presencia
de la Tierra y tomar conciencia de que gracias a ella el
hombre puede sobrellevar su vida.

La mesa es una bandeja de papeles de múltiples co-


lores sobre los cuales se coloca todo tipo de inciensos,
especies vegetales, un feto de llama, papelitos de colo-
res, entre otros elementos que en su conjunto represen-
tan todo aquello que la Tierra brinda al ser humano para
su sobrevivencia, así como también a la Pacha o Reali-
dad que la contiene, pues la Tierra no es vista como un
elemento aislado del Todo. Pachamama significa ma-
dre-tierra, pero Pacha en una segunda acepción alude a
lo que llamarnos Realidad. La Tierra es madre en el sen-
tido que nos alimenta, nos cobija, nos contiene, y la
Pacha es madre también, pues el hombre es una chispa
de la energía universal, de la realidad o Totalidad que
nos contiene.

Todas estas especies se queman sobre carbón al rojo


vivo en un contenedor especialmente diseñado para ello.
Para apagar las llamas se vierte alcohol puro, mientras
los participantes beben alcohol y fuman cigarrillos pre-
parados artesanalmente con tabaco tradicional.

En la noche realizamos la “quemita” en casa de José.

Durante los siguientes diez días trabajé sumergido


en los textos, buscando información sobre lo que pu-
diese haber escrito sobre la sabiduría Inca y las técnicas
de los ejercicios realizados con el Whipala. Recorrí junto
a José todas las universidades de Cochabamba y de La
Paz. Revisé la biblioteca de él, abundante en textos so-
bre el tema; en su mayoría las investigaciones nacen a
partir de hallazgos arqueológicos conjugados con los
datos aportados por la historia y la etnohistoria.

De la bibliografía revisada, llamó especialmente mi


atención el texto Génesis de la cultura andina escrito
por el arquitecto Carlos Milla. Su investigación trata el
tema de lo que él llama “La Cruz Cuadrada”. Intenta
demostrar que la cultura Inca debe ser considerada como
una “civilización", ya que Platón escribió en los diálo-
gos de Timeo: “El uso del cuadrado y su diagonal era el
conocimiento que probaba que el Hombre era digno de
tal nombre". La Cruz Cuadrada corresponde a lo que en
Occidente conocemos como la constelación de la Cruz
del Sur, conocida en el mundo andino como la
“Chakana”. Esta constelación que, con su eje mayor,
señala el Polo Sur, es rectora del hemisferio austral al
igual como sucede con la estrella polar en el hemisferio
boreal.

Su forma de cruz es puramente casual y la longitud


de sus brazos, menor y mayor, está en la misma rela-
ción que el lado de un cuadrado y su diagonal: si el lado
de un cuadrado es el brazo menor, el mayor sale siendo
la diagonal exacta; ésta es llamada la proporción sagra-
da que corresponde a la raíz cuadrada de dos. (Ver F ig.
17, pág. 201).

Milla sostiene que, a partir de este conocimiento, los


Amautas del mundo andino resolvieron el problema de
la cuadratura de la circunferencia, que consiste en cons-
truir un cuadrado cuya área sea igual a la de un círculo
dado, lo que corresponde a una forma teórica de calcu-
lar geométricamente un valor aproximado para “pi”. A
partir de la Cruz Cuadrada (Whipala), Milla reconstituye
paso a paso la metodología utilizada por los sabios
andinos, para concluir que el valor de medida de la cien-
cia andina fue la Unidad (la circunferencia cuando el
diámetro es la unidad “pi”). La unidad corresponde al
Todo, por lo cual el universo deja de tener magnitud y
sólo tiene proporción en la relación Unidad=Todo /
Todo=Unidad. La Unidad o Totalidad representada por
un círculo que, en términos operativos, se representa en
un cuadrado, encuentra su propio límite en el cruce de
las diagonales, El fin y el principio se encuentran, en-
gendrando la eternidad que corresponde a la dinámica
espacio/tiempo del mundo andino. ( Ver F ig. 18, pág. 201).

En una ocasión pregunté a José cómo los Amautas


habían logrado llegar a un nivel tan desarrollado de co-
nocimiento. Me respondió que por sentirse y saberse la
Realidad misma. Planteaba que la sabiduría de sus

ancestros no había sido desarrollada a través del uso de


la razón como planteaba Carlos Milla, toda la sabiduría
se sustentaba en el sentimiento de Unidad. El conoci-
miento de la realidad física y astrofísica era el resultado
de una modalidad de Ser, en donde el hombre al no
marginarse de la realidad lograba conocerla en su natu-
raleza, lo que José llamaba el Cosmocímiento.

—La totalidad —manifestó— es excéntrica y concéntrica,


donde nunca hay un centro. Todos son centros. Es una
expansión y una contracción en todo sentido y dirección.
No hay arriba, no hay abajo, no hay derecha, no hay iz-
quierda. La Pacha se mueve en toda dirección y sentido
de carácter circular y semicircular.

”Esto Occidente recién lo supo en las décadas del


’20 al ’30, cuando un científico dice que el espacio está
en expansión. Y, lo que dijo Einstein en el pasado, con
respecto a que todo en el espacio es curvo, los Amautas
del mundo inca ya lo sabían. Cuando nuestros abuelos
representan en una piedra una recta, no representan la
recta sino una curva. Cuando representan un cuadrado,
representan una esfera. Ellos sabían todo lo que recién
está conociendo Occidente”.

Comenté a José que lo que me decía no me dejaba


de impresionar; efectivamente, el desarrollo de la cien-
cia modema constataba las premisas que los Amautas
habían logrado determinar con respecto al universo y a
la realidad.

El paradigma materialista, la física de Newton y la


óptica dualista del universo cayeron con la revolución
producida por Einstein. La Teoría de la Relatividad sos-

tuvo que el espacio es curvo —espiral— y que es modula-


do por la materia. La idea del tiempo absoluto se hizo
inaceptable, concluyendo que lo único absoluto en el
universo es la velocidad de la luz, debido a que no cam-
bia en ninguna circunstancia y es independiente de la
dirección y ubicación de la fuente emisora.

Cuando ésta se alcanza, el tiempo se detiene, el espa-


cio se angosta progresivamente hasta desaparecer y la
masa se hace infinita; concluyendo que el tiempo y el
espacio son inseparables a] observador. La idea del tiem-
po que fluye es una ilusión, no es una progresión conti-
nua del pasado al futuro. Todo esto está sólo en nuestra
mente, somos nosotros los que nos movemos en el tiem-
po. El pasado, el presente y el futuro son igualmente rea-
les. El tiempo Está simplemente ahí como el espacio.
Para Einstein, el cosmos es una esfera cuadridimensional
en la cual, desde cualquier punto, un observador ve sólo
un infinito de estrellas y galaxias. Es finito pero no tiene
límites para quien lo observa en tres dimensiones. La
materia pasó a ser un patrón de energía concentrada.

Sencillamente, lo anterior no cabe dentro de nuestra


comprensión. Comprensión es la capacidad de integrar
los nuevos conceptos e ideas dentro del mundo de nues-
tras experiencias. El espacio, el tiempo y el universo
escapan a esa posibilidad. La física moderna ha demos-
trado claramente que todos los sistemas anteriores, desde
la matemática newtoniana hasta la primera teoría
cuántica, cayeron en el error de identificar la apariencia
con la realidad. Gran parte de las estrellas que vemos
en el firmamento durante una noche despejada pueden

haber dejado de existir, porque la luz que de ellas nos


llega puede haber ocurrido en los albores del universo,
millones de años antes de la formación del sistema so-
lar, por la “sencilla razón” de que su pasado, su presen-
te y su futuro se realizan en un espacio sin tiempo y en
un tiempo sin espacio. Imaginar tal situación es exacta-
mente igual que intentar representar la Nada y concluir
que es Todo, la Unidad. _
En el otro polo de las magnitudes, en el microcosmos,
la situación es por lo menos igual de abismante y si con
la Teoría de la Relatividad se socavaron los pilares de la
objetividad científica, con el Principio de Incertidumbre
de I-leisenberg tenninó por derrumbarse. Plantea que es
imposible establecer al mismo tiempo la posición y la
dirección de una partícula dada. Si tomamos un átomo,
podremos determinar dónde está, pero no sabremos dón-
de va. Si sabemos dónde va, no sabremos dónde está. Si
hacemos experimentos para detectar ondas, se verán como
ondas. Si hacemos experimentos para detectar partícu-

' las, veremos partículas. Además, el simple hecho de ob-

servarlas altera su naturaleza, pues se les debe aplicar


luz. A esto se debe agregar que un hecho fundamental en
el mundo atómico es que estamos hablando esencialmente
de espacio vacío. Si a un ser humano se le extrajera el
vacío de sus átomos, se transformada en una entidad
microscópica de materia densa.

Podemos concluir que el átomo, la materia, tiende a


existir en una dinámica, en un fluir constante y eterno
de onda a materia, de materia a onda. ¿Qué son nues-
tras células; son la unidad básica de la constitución hu-

mana que tiende a existir, al igual que el ser humano en


su corporalidad y en lo que podríamos denominar su
“espiritualida ”; su Estar y no Estar.

¿Cómo comprender el hecho de sentirnos tan sóli-


dos, tan concretos cuando nos dicen, científicamente
comprobado, que nuestras células son energía que flu-
ye de un estado a otro, dentro de un espacio vacío? Aquí
radica la fuerza de lo que he denominado el sentimien-
to: nos sentimos sólidos y predecibles y nos concebi-
mos como sólidos frente a una realidad determinada y
estática. Nos sentimos como energía que se expresa en
el árbol, en la piedra, el agua y el ave, y nos concebimos
como energía que es parte de una totalidad.

Se hace necesario sustituir e] “ver para creer” por el


“creer para ver”. El átomo que se identifica" con su mate-
ria no será capaz de ver su onda; sin embargo, si osa abrir
los límites de su acondicionamiento se sorprenderá al
constatar que siempre ha sido onda y siempre lo será.

Ciertamente, José, que a este nivel de abstracción se


diluye la línea de existencia de la física para‘ hacerse
filosofía. Es sobrecogedor constatar que el desarrollo
de la razón en todo su esplendor se transforma en poe-
sía, en donde lo lógico se vuelve ilógico, aparentemen-
te contradictorio.

Las conclusiones que emergen a partir de las teo-


rías cuánticas así lo demuestran, al igual que la filoso-
fía subyacente. La razón desarrollada en su máxima
capacidad llega a un punto en que se agota en sí mis-
ma, dejándonos dentro de un universo incomprensi-
ble e insondable.
Para José los planteamientos de Carlos Milla no son
incorrectos en cuanto al saber del hombre andino, pero
sí reduccionistas, ya que suponen que tal conocimiento
habría sido desarrollado a partir de la misma metodolo-
gía utilizada por Occidente, vale decir, a través de la
geometría sustentada en la lógica y la razón.

Por ello, José sostenía que en el mundo andino ja-


más existió una cruz y menos la geometrización de la
realidad; el conocimiento de los antiguos Amautas fue
de la Totalidad a lo particular, desde el sentimiento de
Unidad construyeron el conocimiento de la realidad; se
podría decir que al ser el Todo lograron también ser la
parte o la individualidad.

José parecía más entusiasmado que yo en el estudio


que realizaba, me sugería un libro tras otro. Nos levan-
tábamos antes de las seis de la mañana y terminábamos
el día pasadas las dos de la madrugada. Yo no lo podía
creer, nunca había estado bajo un ritmo tan intenso de
trabajo. Pasaba todo el día en el escritorio de José su-
mergido en los textos. Sólo detenía la rutina para comer
algo y cuando iba con José a alguna biblioteca o uni-
versidad.

El training de José era absolutamente inalcanzable.


Escribía durante todo el día sin detenerse, mascando
hojas de coca y escuchando música étnica, trabajaba
sin la menor distracción. Cada cierto tiempo, yo me acer-
caba a él; me escuchaba venir, levantaba su mirada y
me sonreía mientras me preguntaba cómo me estaba
yendo. Comentábamos las lecturas que yo realizaba y
con pasión se esforzaba por entregarme todocuanto sa-

bía, intentado que yo lograra construir mi propia aproxi-


mación frente a la materia estudiada. Planteaba que
nunca debía creer algo sin antes haber considerado mi
propio sentimiento: “Tienes que dar vuelta la informa-
ción que lees, y así conocerás al que escribe y podrás
comprender por qué dice lo que dice”. Sin saberlo José
estaba aludiendo al método deconslïuctivo que sostie-
ne que, para conocer el mundo indígena a través de las
crónicas producidas durante la conquista española, se
debe de-construir el discurso de los cronistas, lo que
significa construir la visión de mundo del cronista a par-
tir de la descripción que hace de la realidad observada,
y con ello lograr determinar las bases epistemológicas
que sustentan la descripción. De aquí que el método
deconstruclivo sea una metodología que pemiite conocer
lo observado a partir del metalenguaje del observador.

En ningún momento José se encontraba ocioso; siem-


pre estaba dedicado a escribir o a la lectura, por instan-
tes se me hacía insoportable tal situación ya que me era
sumamente difícil lograr tal nivel de concentración y
dedicación.

Lo observaba y constataba que efectivamente era


dueño de su voluntad. Tenía la capacidad para abocarse
a lo que decidía sin postergarlo; de esta manera lo que
pensaba lo ejecutaba, quedando su mente libre de la
responsabilidad y abierta al silencio.

Para José, ésta era simplemente la opción de vivir


sin dicotomías.

—Cuando tú haces lo que sientes y piensas —me dijo-,


estás en unidad, se cierra el círculo del Estar. En esos

momentos tu mente se aquieta, pues el pensamiento re-


petitivo nace del no hacer lo que se dice, siempre queda
pendiente y la mente presa de la ilusión del tiempo se
justifica y posterga, perdiendo su capacidad de estar en
silencio, requisito indispensable para sentir la unidad.
Los días pasaron rápidamente, ya habían transcurri-
do un par de semanas desde mi llegada a Bolivia, cuan-
do sin mayor aviso, José me dijo que al día siguiente
partiríamos hacia la Paz, con destino a Tiahuanaco.

EL COMPLEMENTO HACE LA UNIDAD

Llegamos a La Paz, a la ciudad roja construida de


ladrillos en la ollada andina, a más de cuatro mil metros
de altura sobre el nivel del mar.

Como es costumbre en aquel país, almorzamos en la


calle y en seguida tomamos un autobús con destino a
Tiahuanaco, que queda aproximadamente a dos horas
de La Paz. Nos fuimos en silencio y llegamos antes del
atardecer.

Tiahuanaco es un pueblo pequeño que subsiste gra-


cias al centro arqueológico del mismo nombre y al mu-
seo que se encuentra en el lugar en donde se puede en-
centrar la mayor parte de los hallazgos arqueológicos
producidos en la zona.

Caminamos por las calles de tierra, bañadas con el


dorado que irradiaba el sol poniente, mientras el viento
tibio acariciaba nuestros rostros y jugaba con nuestros

cabellos. Llegamos a la pequeña plaza central y nos di-l

rigimos a una hospedería que José conocía; dejarnos


nuestro pequeño equipaje y partimos en seguida al cen-
tro arqueológico.

En el momento en que llegábamos, las puertas se


estaban cerrando. José pidió entrar unos momentos y el
guardia se negó explicando que estaba prohibido el in-
greso después de la hora de visita.

Carninamos por las afueras del lugar mientras José


intentaba explicarme la ubicación de las ruinas. El área

arqueológica se encuentra protegida con un cerco de ’

malla metálica y alambre de púas en la parte superior.

De pronto José se detiene, me mira, vuelve su mira-


da hacia el cerco y me dice:

—Recorramos el lugar para ver por dónde sería posi-


ble pasarnos.

Me quedé helado, lo miré y pregunté:


—¿Pasam0s, cuándo?

—Hoy día en la noche —respondió.

—Pero, José, debe estar prohibida la entrada.

-Por eso te estoy diciendo que busquemos un lugar


por donde entrar —reiteró.

Buscamos minuciosamente hasta encontrar un sec-


tor en donde la malla se encontraba suelta en la parte
inferior pegada a la tierra. En mi opinión, ésa era la
única alternativa, pero sin embargo no sería nada fácil
ingresar por ahí.

—Me parece bien —dijo J0sé—, volveremos a media-


noche para encontrarnos con los abuelos, aunque pue-
de ser que sea mejor que vengas tú sólo; de esa mane-

ra podrás hacer tus ejercicios sin distraerte con mi pre-


sencia.

Caminábamos hacia la hospedería cuando de pronto


me dijo:

—N0 pasará nada, hijito, no te preocupes. Nadie anda


por ahí a esas horas. Todas las personas que aquí viven
dicen que suceden cosas muy extrañas por las noches
en las ruinas, les temen, pero nosotros no tenemos a
qué temer, nosotros no estamos en dicotomía.

Yo lo escuchaba atónito, sin saber qué podía agre-


gar. Mientras fuera con él no habría problema, pero es-
taba absolutamente decidido que solo no ingresaría ja-
más. Ya podía imaginarme corriendo despavorido por
el terreno escarpado lleno de hoyos, montes y obstácu-
los, para terminar metido en la cárcel intentando expli-
car el motivo de mi intromisión; sin embargo, sus pala-
bras habían logrado preocuparme sobremanera y no lo-
gré aquietarme hasta que estuvimos en la pieza y me
indicó levantarme de la cama para irnos.
Esa noche había luna, por lo que pudimos caminar
sin ningún problema. José no hablaba ni una sola pala-
bra y yo, concentrado, seguía sus pasos. No podía qui-
tarle la mirada de encima; me impresionaba la rapidez
con que caminaba, pues a mí, con por lo menos treinta
años menos que él y acostumbrado a caminar durante
semanas por la cordillera, me costaba esfuerzo mante-
nerme a su ritmo.

Llegamos al lugar en donde se encontraba la reja


suelta y José me dijo: “Tú vas a pasar primero y yo te
voy a levantar la reja”. Para ingresar había que

encuclíllarse y prácticamente comenzar a subir con el


cuerpo paralelo a la reja. Una vez adentro me senté en
la tierra y apoyando mis pies en la malla hice fuerza,
logrando ampliar el hueco para que José pasara.

Caminamos unos quinientos metros y de pronto nos


encontramos frente al código de K’anta-Tayita. Nos
acercamos y José se inclinó ante la imagen, cruzando
sus brazos sobre su pecho con las palmas de sus ma-
nos sobre sus hombros; yo repetí el saludo mientras él
sacaba de un bolsillo de su parca una bolsita con hojas
de coca, me dio un puñado y me indicó seguirlo mien-
tras las echaba alrededor del bloque de granito. Luego
sacó un paquete de tabaco y uno a uno dejó los ciga-
rrillos en el suelo frente al código. En seguida abrió
una botella de alcohol puro y lo vertió sobre la tierra y
la piedra.

—Te vas a sentar en aquella piedra que está justo al


frente de los Whipalas y los vas a whipaliar —me dijo.

Se refería a una piedra plana y rectangular de unos


cinco por tres metros de tamaño, que se encontraba le-
vemente inclinada y semienterrada en la tierra a pocos
metros del código.

“Yo me iré para atrás y haré lo mismo. Ten presente


que estás en frente de una ventana; si bien las piezas
han sido cambiadas de lugar en reiteradas ocasiones
durante los trabajos de restauración, la fuerza de estas
piedras sigue intacta”.

Me senté en la piedra que me había indicado, con las


piernas cruzadas al igual que mis brazos; me encontra-
ba a no más de dos metros mirando de frente a los

Whipalas. Ésta era la primera vez que whipaliaba al


Whípala, por lo que me sentía profundamente extraño
en aquel lugar; llevaba un año trabajando con este sím-
bolo y por primera vez me encontraba ahí, frente a él.
Era un rectángulo perfecto y en su interior, esculpido
en bajorrelieve, se encontraban los dos Whipalas he-
chos con impresionante precisión. Bajo una noche es-
trellada y el canto de grillos y chicharras cerré mis ojos
y me sumergí en los colores del arco iris del chamán,
que rápidamente abarcaron todo mi campo de visión.
Intensos filamentos de luces serpenteantes me fueron
envolviendo hasta perder totalmente mi sentido de ubi-
cación.

Sentí por momentos que perdía la conciencia, cuan-


do de pronto comencé a ser jalado por una fuerza que,
efectivamente, venía de enfrente de mí. Mi corazón
palpitó con fuerza mientras mi cuerpo giraba en movi-
mientos de espiral sutiles y rítmicos que giraban en tor-
no a mi espina dorsal. Una sensación de quietud y tran-

‘quilidad inundó mi ser, una vez más estaba flotando,

suspendido, con el bloque de granito frente a mí enre-


dado en filamentos de colores.

Abrí mis ojos y José se encontraba a pocos metros de


mí, me miró fijamente a los ojos y con su mirada me indi-
có seguirlo. Lentamente me incorpore, nos pusimos una
vez más frente al código, nos inclinamos y lo dejamos atrás.

Nos fuimos caminando silenciosa y calmadarnente.


Yo no podía pensar ni tampoco articular las palabras. Me
sentía insólitamente cercano a José; sin necesidad de usar
palabras tenía la certeza de estar comunicándome con él.
—¿Qué sentiste cuando whipaliaste? —preguntó, poco
antes de llegar a la hospedería. _

—Me sentí fuertemente atraído por una fuerza que


me jalaba —respondí.

—Cuando me acerqué a ti para decirte que debíamos


irnos, que de hecho fue porque sentí que alguien ven-
dría, estabas sentado con el cuerpo inclinado hacia de-
lante por lo menos en cuarenta y cinco grados. Te dije
que el poder de estas piedras es así. ¿Viste el código?
—preguntó.

—Sí, José, un poco antes de abrir mis ojos estaba frente


a él.

—¿Y cómo lo viste? —volvió a inquirir.

—EI de mi derecha era negro y el de mi izquierda era


blanco.

-—Yo los vi al revés que tú —respondió.

—¿Y eso significa que me equivoqúé, José?

Sonrió moviendo la cabeza como quien se llena de

paciencia y me dijo:

—¿Cómo podrías haberte equivocado? —y agregó-:


significa, hijito, que nos hemos complementado.

LA MUJER DE PIEDRA Y EL ALTIPLANO DE SAL

Del lago Titicaca nos dirigimos a La Paz, de la capital


nos fuimos a Oruro, de allí nos trasladamos a Uyuni y
posterionnente llegamos a Jirira, pequeña localidad prác-
ticamente aislada si no fuera por un autobús que va, con

relativa continuidad, una vez por semana. J irira está ha-


bitada por comunidades quechuas y aymaras que viven
de la venta de la quínoa. En la actualidad están trabajan-
do para lograr introducir la came de llama en los merca-
dos intemacionales. Todas las comunidades están orga-
nizadas y coordinadas por Germán Nina, quien actúa
como negociador y representante del mundo andino frente
a organismos internacionales como la ONU.

El pueblo se encuentra rodeado por el Salar, por lo


que las tierras cultivables se encuentran ubicadas en su
mayor parte en las faldas del cerro sagrado, que es el
más alto del área, llamado “La Tunupa”; éste, observa-
do a distancia, se ve como una mujer tendida de espal-
da con las piernas estiradas y su cabeza levemente in-
clinada hacia atrás, deja caer su larga cabellera que res-
bala por sobre sus hombros. Dibujado se ve su vientre
de mujer embarazada, al igual que sus empinados pe-
chos blancos de leche matema.

Para José, La Tunupa tiene un significado muy espe-


cial; plantea que ahí habitan abuelos de gran sabiduría
que lo aconsejan y guían en sus decisiones más impor-
tantes, Éste fue uno de nuestros motivos para llegar hasta
Uyuni. La segunda razón tenía que ver con el altiplánico
mar de sal.

El Salar de Uyuni ocupa una extensión de aproxi-


madamente 12.000 kmz y se ubica en la región suroeste
de Bolivia, a pocos kilómetros de la frontera con Chile,
sobre el límite o declinación del paralelo que marca el
Trópico de Capricornio. Como salar, presenta una gruesa
capa de sal ubicada en salmueras superpuestas, por lo

que su presentación física es más sólida que líquida,


similar a una esponja húmeda cargada de agua por el
río Lípez, que desciende de la cordillera oriental de los
Andes hasta el salar, cargándolo además de todo tipo de
minerales arrastrados por la erosión.

José sostiene que el Salar de Uyuni es una enorme


“batería” o “acumulador eléctrico” que actúa, en parte,
como regulador del conjunto de la carga eléctrica de la
Tierra, así como también equilibra la energía electro-
magnética de la radiación que recibe la Tierra del espa-
cio y de la energía que el planeta irradia hacia el cos-
mos, estableciendo de esta manera el equilibrio general
del planeta en el Sistema Planetario Solar. Sostiene que
esta estructura de “batería” o “acumulador” es única en
todo el planeta debido a que no hay ningún otro acumu-
lador de] tamaño del Salar de Uyuni en el mundo, la
extensión y profundidad de placas de múltiples y dife-
rentes minerales que, estando en solución de salmuera,
permiten las ionízaciones eléctricas positivas o negati-
vas suficientes para mantener el actual equilibrio eléc-
trico del planeta.

En cuanto al equilibrio electromagnético, las


disociaciones atómicas y subatómicas que suceden en
el Salar y su entorno inmediato con la atmósfera, así
como el carácter de su litosfera volcánica circundante,
permiten, según José, señalar la importancia comple-
mentaria al nivel electromagnético correspondiente al
nivel eléctrico. Señala que “el Salar de Uyuni recibe
una ‘sobredosis’ electromagnética cósmica y a su vez,
irradia o devuelve al cosmos la ‘dosis’ más fuerte que

la Tierra brinda al cosmos respecto a otros lugares del


planeta”. Esta función permite señalar el gran rol elec-
tromagnético del Salar de Uyuni por su extensión, pro-
fundidad, naturaleza y ubicación.

Por otra parte, el Salar de Uyuni es fuente de pro-


ducción de litio evaporítico, que se evapora en toda su
extensión durante las veinticuatro horas del día, perrni-
tiendo la litionificación de toda la atmósfera, sumando-
se a la producción de los océanos.

Esta función es de suma importancia, ya que la insu-


ficiencia o carencia total de litio en una persona produ-
ce trastornos nerviosos que, sumado a otros factores,
produce inevitablemente el colapso fisiológico del es-
tado de coma llegando a la muerte. De manera seme-
jante la escasez de litio en la atmósfera y en la Tierra
provocaría trastornos atmosféricos, climáticos y meteo-
rológicos que la llevarían a una aceleración del colapso
ecológico.

Además, el Salar de Uyuni es el más grande produc-


tor de ozono del planeta. Del conjunto de su extensión
y profundidades a partir del agua que recibe del río Lípez
y con recombinaciones físicas a niveles atómicos y
subatómicos, sumado a reacciones químicas que se pro-
ducen en su interior en complemento con el entorno, se
obtiene por el Salar el mayor porcentaje de ozono que
la Tierra contiene en la atmósfera.

El Salar es el lugar con la asepsia más óptima del


mundo por lo que, para cualquier patología, es el lugar
más indicado y en donde se logra la mayor velocidad en
la recuperación de la salud.

Por ello José atiende a sus pacientes con enfermeda-


des críticas en este lugar que para él representa uno de
los sitios más potentes del planeta tanto por las caracte-
rísticas antes señaladas, como por el valor sagrado re-
presentado por la presencia de La Tunupa.

Durante una semana alojamos en casa de Germán.


Desde allí salíamos cada día a recorrer la zona en largas
caminatas que comenzábamos a] amanecer.

Nos encontrábamos sentados frente a.l pozo de agua,


José me había llamado para mostrarme la magr1ificen-
cia de aquel atardecer. El cielo azul salpicado de nubes
pintadas de múltiples colores se proyectaba en la impo-
nente y majestuosa Tunupa, que se encontraba frente a
nosotros. El sol poniente vestido de tonos dorados cu-
bría el lugar de misterio y silencio.

—Mañana partiremos muy temprano a La Tunupa


—dijo José—. Tenemos que llegar a aquellos ríscos ro-
jos que se ven en su sima. La recorreremos desde sus
pies a orillas del salar, subiendo por sus piernas hasta
su vientre. Cruzaremos sus pechos para alcanzar su
rostro. Es importante que ayunes, que descanses y guar-
des silencio.
Los primeros rayos de sol comenzaban a aparecer
por el este. José caminaba adelante y yo lo seguía, lle-
gamos a los pies de La Tunupa y nos detuvimos. Abrió
su morral y sacó una bolsa con hojas de coca, me dio un
puñado y sacó otro para él. En silencio nos echamos
una a una las hojas a la boca. Me miró y sonrió.

—Aquí estamos, hijito —dijo mientras miraba alrede-


dor—; hoy es un día muy especial. Cuando fui a Chile la

decisión partió de aquí. Fue La Tunupa la que me acon-


sejó viajar a tu país y es ella quien me dirá si debo re-
gresar ahora. Procura subir en silencio y ten presente
que la fuerza del propósito que te tiene aquí es el que
determina la claridad de tus decisiones.

Nos detuvimos a descansar al costado de unas mura-


llas de piedra, el sol golpeaba con fuerza y la altura ha-
cía difícil el ascenso. Estábamos cerca de los cinco mil
metros de altura y la cumbre todavía se veía distante. El
estado físico de José era formidable, caminaba con paso
firme y constante mascando su hoja de coca.

Ya eran cerca de las tres de la tarde y, según mis


cálculos, sería difícil lograr nuestro objetivo y alcanzar
a bajar con luz. Pero a José esto no le preocupaba; cuan-
do se lo comenté, me miró y moviendo su cabeza en
señal de quien se llena de paciencia me instó a dejar de
preocuparme y entregarme a lo que ocurriera.

—Deja tus cálculos para otro momento, hijito, ya es-


tamos acá y suceda lo que suceda no será más que lo
que ha de suceder.

Cerca de las siete de la tarde llegamos al lugar deter-


minado por José. Como de costumbre a esa hora en aquel
lugar, el sol poniente comenzaba a cubrir el cielo de
múltiples tonos rojizos y dorados. El viento tibio había
comenzado a soplar con mayor fuerza desde nuestra lle-
gada. Nos sentamos unos instantes sobre unas piedras a
contemplar el sobrecogedor paisaje que se desplegaba
a nuestro alrededor; el salar derramado a nuestros pies
parecía interminable y los riscos de La Tunupa se nos
venían encima pintados de rojo, amarillo y tonos cafés.

José me pidió que recolectara piedras y que con ellas


construyera los contornos de un gran Whipala. En su
interior prendimos fuego con las ramas secas obtenidas
de los pequeños arbustos de alrededor. Una vez conver-
tidas en carbón colocamos las camitas que traíamos en
el morral.

José, luego de echar gran cantidad de hojas de coca


y tabaco sobre las brasas, caminando en círculo alrede-
dor del Whipala venió alcohol, tomó un trago y poste-
riormente se sentó a orillas del código mirando de fren-
te al rostro de La Tunupa. Me indicó hacer lo mismo y
sentarme frente a él guardando silencio por unos ins-
tantes, luego continuó diciéndome:

—Es el momento en que cada uno de nosotros debe


agradecer a la Tierra el haber llegado ahí, así como todo
aquello que sientas el deseo de agradecer. Somos un
puro corazón —dijo mirando a su alrededor-, esta tierra
es nuestra madre, nuestro padre y nuestros hermanos.
Tú eres mi madre, mi padre y mi hermano así como yo
también lo soy para ti. Nuestros abuelos son nuestros
hijos y ellos son nuestros hermanos. Todo está atado a
todo; no existe la distancia entre uno y otro, no existe el
tiempo cuando el sentimiento es total.

Su mirada penetraba las piedras absorbiendo cuanto


había alrededor, su pelo suelto caía por sobre sus hom-
bros hacia su pecho. Del silencio más absoluto nació el
canto de sus vocalizaciones y mi cuerpo se estremeció.
Cerré mis ojos, respiré profundo llenando mis pulmo-
nes de aire y me dejé llevar por el sonido de su voz.
Abrí mis alas y me lancé dejándome caer por el borde

de un abismo. Sentí cómo mi cuerpo se expandía fusio-


nándose con el entorno, no había ni pasado ni futuro;
estaba detenido en un instante sin tiempo sintiendo la
-risa más intensa que hubiera podido imaginar. Mis vo-
calizaciones se entremezclaban con las de José mien-
tras él golpeaba dos piedras imitando el suave sonido
de un tambor.
Abrí mis ojos y ya estaba oscureciendo. Miré a José
y se encontraba estático, con su mirada difuminada en
el entorno. Por sus mejillas rodaban unas lágrimas y
sus ojos irradiaban un destello especial; observé su cara
y me sobresalté, cada facción de su rostro estaba fina-
mente delineada y sin embargo parecía una sombra fren-
te a mí, sentí que aquel hombre no estaba presente, es-
calofríos recorrieron mi cuerpo mientras llevé la vista
alrededor, volví a enfocarlo y sus ojos estaban cerra-
dos. Cerré mis ojos y entonces supe que estaba junto a
los abuelos.