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MUSTAFÁ

Armando DISCEPOLO y Rafael J. De ROSAS

Sainete de un acto estrenado en el Teatro Nacional de Buenos Aires por la Compañía de Pascual
Carcavallo el 5 de marzo de 1921.

PERSONAJES
Mustafá
Gaetano
Constantino
Sara
Peppino
Elías
Omar
Turcos, Italianos, Vecinos

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SOBRE EL AUTOR

Don Armando es de las figuras más queridas y respetadas de nuestro teatro, al que verdaderamente
hizo aporte sólidos, sobre una temática bien nuestra, y de manera hasta ahora inigualada. “Mateo”,
“Babilonia”, “Cremona”, “Relojero”, “Stefano”, “El organito”, “Muñeca” y una veintena larga más,
son la prueba de la calidad escénica y espiritual del autor. Las tres últimas piezas constituirán en
breve un volumen que en su homenaje publicara Argentores con Ediciones del Carro de Tespis y en
el cual a manera de prologo se incluirá el emocionado texto que el gran César Tiempo escribiera
para el homenaje a Discépolo que se realizara a fines del pasado año en Argentores, y que creemos
es lo mejor que se ha dicho sobre el querido Don Armando.

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Estos personajes no quieren ser caricaturas, quieren ser documento. Sus rasgos son fuertes, sí; sus
perfiles agudos, sus presencias brillantes, pero nunca payasescas, nunca groseras, nunca
lamentables. Ellas, vivas, ayudaron a componer esta patria nuestra maravillosa; agrandaron sus
posibilidades llegando a sus costas desde todos los países del mundo para hacerla polifacética,
diversa. Yo las respeto profundamente, son mi mayor respeto. Y suplico a estos actores vociferantes
que increíblemente aún subsisten que se moderen o no los interpreten, porque... estudiarlos sí,
gracias, pero desfigurarlos no. Reír es la más asombrosa conquista del hombre, pero si reír es
comprender que se ríe solo para aliviar el dolor.
ARMANDO DISCÉPOLO
CUADRO PRIMERO

(Una de las dos habitaciones que ocupa Mustafá en un conventillo; la otra, a la derecha. La puerta
que da al patio, a la izquierda del foro. En el rincón de la derecha, cama de hierro de dos plazas;
hacia el proscenio, mesa desarreglada. Sillas. En el lateral de la izquierda, aparador ordinario. La
oleografía de un santo. Una guzla pendiente. Un gran almohadón y un viejo fino tapiz
churrigueresco, colgado en cualquier parte. Entre la cama y la puerta del foro, una ventana; en su
alféizar, algunas latas con plantas. Sobre un cajón, varias piezas de género. Vieja máquina de
coser. Baúl grande en el foro entre puerta y ventana.)

CONSTANTINA. — (A Sara, que retoca su peinado mirándose en un espejito de mano.) Hija,


abura, abura, gomida de badre y Omar.
SARA. —Ya está preparada. ¿Usted no va a comer más?
CONSTANTINA. — No. (Sara recoge los platos de sobre la mesa y los lleva a la cocinita de
forillo.) Ya mató hambre. (Sigue remendando una prenda interior. Pausa. A Sara, que desde la
puerta saluda a alguien hacia la izquierda.) ¿A quién saluda? ¿Istá nuviu?
SARA. — Sí, recién entró a su cuarto.
CONSTANTINA. — Bueno. Abura, abura. Dispués viene nuviu y habla toda la noche. (Pausa.)
SARA. — Ahí viene papá.
CONSTANTINA. — ¿Ha visto? Abura, abura.
SARA. — Qué temprano... (Se le ve ocuparse en la cocinita. Mustafá y Omar aparecen por la
puerta del foro; traen la conocida parihuela de “todo a veinte”. Mustafá adelante, de espaldas,
para "embocar" la puerta.) Buenas tardes. (El padre contesta con un gruñido.) ¿Qué tal, Omar?
(Otro gruñido. Entran, dejan la parihuela en primer término, adosada al lateral izquierdo.
Constantina, Mustafá y Omar salúdanse en turco, luego los dos últimos se sientan, rendidos.)
MUSTAFÁ. — Gaminao dreciendas guadras.
OMAR. — Dresciendas siede.
MUSTAFÁ. — No güenda pigo, Omar.
CONSTANTINA. — ¿Neocio?
MUSTAFÁ. — Boco mejor qui ayer; uno curenda. Y Omar bredada Chigo.
OMAR. — Gabeza. (Se rasca el chichón.)
MUSTAFÁ. — (Extrayendo el dinero de una carterita.) Midá uno curenda; sedenda. Doma,
socio.
OMAR. — (Tomando el dinero y casi dormido ya.) Neocio anda mal, socio.
MUSTAFÁ. — Ista guerra ruina neocio. Falta mircancía limana... y la japonesa moi gara, moi
gara.
CONSTANTINA. — Gracia qui gana algo, hijo e hija...
MUSTAFÁ. — ¿Gomida?
CONSTANTINA. — Bronda.
MUSTAFÁ. — Tene hambre; gamina mucho. Di Flore, Barraca, baso ridoblado. Di Barraca,
Palermo baso ridoblado. Di Palermo Yagarida, baso ridoblado. Di Yagarida agá...
CONSTANTINA. — Baso ridoblado.
MUSTAFÁ. — No, baso fúnebre. (Omar ronca.) Omar; socio... (Le da un puñetazo en las
costillas.)
SARA. — (Que entra con platos servidos) Papá, no le pegue así...
MUSTAFÁ. — Yo ganozco. Sueño bisado. Gamina durmiendo. (Otros dos puñetazos. Omar
despierta y, como si tuviese la parihuela, arranca.)
OMAR. — ¡Vamos, socio!...
MUSTAFÁ. — Deja, deja, durco flojo. Vos no parece hijo media luna, gomo yo, que año basado,
por vía tren, gamina di Córdoba a Mindoza y si no agarra nieve... mi drago gordillera.
OMAR. — (Golpeándose el pecho con los ojos cerrados) Mustafá, yo basé gordillera con nieve
e
tudo.
MUSTAFÁ. — ¿Vere Dios?
OMAR. — ¡Vere Dios!
MUSTAFÁ. — Abraza, Omar. (Lo abraza.) No desmiente raza. (En el abrazo se le queda
dormido el socio, pero Mustafá no lo advierte y lo abandona. Debe volverse precipitadamente y
sostenerlo para que no caiga de bruces. Sara y Constantina están atareadas en la mesa.) ¡Eh...
Omar... viene domóvil... (Imitando una corneta.) Bu... bu... bu...
OMAR. — (Da un salto lateral y como si cargara la parihuela.) ¡Cuidado! (Risas.) Berdona...
dengo un bogo de sueño.
MUSTAFÁ. — Si, duerme y brebara biernas que mañana vamos Tigre, gamino Dourin Club.
OMAR. — Sí, hasta mañana.
SARA. — ¿No come?
OMAR. — No.
MUSTAFÁ. — Gamino Yagarida gomió un queso Tandil (Omar se ha dormido apoyado al
marco de la puerta del foro.) Bu... bu... bu... (el Turco reacciona.)
O MAR. — ¡Guidado! ... (Mutis rápido. Mustafá se pone a comer, servido por la hija.
Constantina cose.)
SARA. — Tengo que pedirle una cosa papá.
MUSTAFÁ. — No tengo blata. Neocio va mal...
SARA. — Sin plata.
MUSTAFÁ. — Bide, endonce.
SARA. — Mañana cumple años la hija del encargado...
MUSTAFÁ. — Quiere regalo.
SARA. — Sí. Una de estas chucherías.
MUSTAFÁ. — (Entre la hija y la parihuela.) ¡No toca neocio!
SARA. — ¡Caramba! Démelo usted, entonces.
MUSTAFÁ. — No buede, no buede... Socio enoja. No buede. Gamina mucho, gana boco,
marchante... (Con rabia por su error.) ¡No buede!
SARA. — Está bien. Guárdeselo. (Se aparta.)
CONSTANTINA. — Is para hija incargado, Mustafá. Tudus regalan. Gunviene quedar bien, si
no aumenda alquiler.
MUSTAFÁ. — ¿Aumenda?... Entonces... doma beineta garey. Mira qui es mercancía de lujo.
¡Uno vente docena! Doma. (Le da una peineta.) Dice que combra centro, cinco pesos.
SARA. — Sí, diez. Déjela ahí. (Mutis derecha.)
CONSTANTINA. — ¿Ha visto? Va nujada.
MUSTAFÁ. — Mira (Señalando hacia la hija.) que ayer sacó otro baquete horquilla. Omar fija.
Esta hija gasta forduna desde que tene nuviu. (Come.)
CONSTANTINA. — Bodre, también drabaja. Sembre miseria. No pasea, no viste... gome
siembre buchero...
MUSTAFÁ. — Pero tiene nuviu daliano.
CONSTANTINA. — Nuviu bueno. Quere mucho. Siembre regala, lleva biúgrafo.
MUSTAFÁ. — Bueno... ya tiene beineta.
CONSTANTINA. — Calla, que viene nuviu.
PEPPINO. — (Por el foro. Es buen mozo. Tiene varios tomates y un manojo de perejil.) ¿Se
poede?
CONSTANTINA. — Adelande.
PEPPINO. — Buena noche.
CONSTANTINA. — ¿Ola, Bebino?
PEPPINO. — Aquí me tiene. Buen provecho. (Mustafá le contesta con un gruñido.) Disculpa, no
había visto que estaba rosincando un gueso. (Aparte.) Esto otomano cuando comen so peligroso.
(Alto.) Acá le traigo uno cuanto tomates, doña Constantina; lo mejore del mercado.
CONSTANTINA. — Gracia, Bebino, gracia.
PEPPINO. — (Brindando el perejil a Mustafá.) Y esto para osté. Come sé que lo otomano so tan
raro per comer, le ho traído este matuello de perejil. Lo hace en ensalata y estoy seguro que le va a
gustar. (Lo deja sobre la mesa.) Sal, venagre, pemienta y aceite. (Aparte.) Este aceite de máquena
que úsano. (Alto.) Lo mezclan bien y despues me dice lo que ha comido. (A Constantina.) Mañana
puede hacerle este regalo. (Por Sara, que aparece por la derecha, coqueta, sonriente.) Ahí esta la
novia mía.
SARA. — (Avanzando.) Buenas, Pepe.
PEPPINO. — (Retrocediendo.) Ahí viene, brillante luminosa, plateada como la luna llena.
MUSTAFÁ. — (Comiendo, brusco.) Media luna.
PEPPINO. — (Aparte.) Ya me patió el nido. (Alto, sonriendo.) Claro, a usted le gusta más la
media luna, ma yo me quedo con la luna llena.
SARA. — (Junto al lateral izquierdo.) Siéntate.
PEPPINO. — He llegado, he dejado la canestra, me he lavado el scracho, me he comido do plato
de pasta y un fatto a posta... y me he venido a buscar el postre.
SARA. — ¿Qué postre?
PEPPINO. — (Cerrando los ojos, más cerca de ella.) To perfume... y to trompita...
SARA. — Cuidado... (Mustafá se levanta de la mesa en busca de un gran trapo con el que cubre
la parihuela, cuidadosamente. Peppino le observa, amoscado.) Do Mustafá, ¿por qué baja la cortina
metálica al negocio?
MUSTAFÁ. — Pir tierra que ensucia mircancía fina. (Vuelve a la mesa.)
PEPPINO. — (A Sara.) Todas las noches me hace esta afrenta. ¿Se cree que me voy a ensuciar la
mano por un requecho de esto?
SARA. — Déjalo. Está de mal humor.
PEPPINO. — Francamente, che, con to padre no hacemo patria. (Sigue en voz baja.)
MUSTAFÁ. — Gostandina...
CONSTANTINA. — ¿Qué?
MUSTAFÁ. — (Le hace señas para que se acerque.) No gusta nuviu.
CONSTANTINA. — ¿Bor qué?
MUSTAFÁ. — Gumbadrito.
CONSTANTINA. — No. No istá malo.
MUSTAFÁ. — No gusta casamiento. Moy joven.
CONSTANTINA. — Bero tene que casar.
MUSTAFÁ. — No quere.
CONSTANTINA. — ¿Bor qué?
MUSTAFÁ. — Borque hija drabaja pir nosotros y cuando casa drabaja para él.
CONSTANTINA. — Baciencia, durco. Así está mundo.
MUSTAFÁ. — Está mal. No quere. (Muerde un pan con rabia.)
PEPPINO. — Sí, tengo colegio esta noche. No puedo faltar. Me dijo el director que se sigo así el
año que viene paso a segundo grado. Estoy peleando con la grámatica a ver si puedo sacarme este
acento taliano que tengo tan apegado... ¡Qué desgracia... soy argentino y todo me llámano tano!
SARA. — No te aflijas, yo te quiero igual.
PEPPINO. — Callate... es una disgracia. Me miro al espejo y no soy feo, pero me pongo a
hablarte e la embarro. ¡E pa llorare!
SARA. — Sin embargo, a mí me gusta como hablás.
PEPPINO. — Porque vo so buena e me conocés el fondo. Pero, ¡paso cada calor!... Allá en el
mercado, apenas me ve la muchachada creolla, empiézano: ¿Que hacés, Caderno?... ¿Cómo te va,
Giolotti?... Ciao, D Anunncio... ¡Apena un personaje taliano hace na macana, me lo encájano a mí!
D. GAETANO. — (Del foro, fumando su pipa de barro y caña.) ¡Salute, Mustafá!
MUSTAFÁ. — ¿Qué dice, don Gaetano?
D. GAETANO. — (A la turca, que va a la cocinita con la vajilla.) ¿Cóme va, siñora? (A
Mustafá.) Aquí estoy haciedo na bella fumata e visitando a lo bueno vecino. (A Sara.) ¿Cómo te va,
hijita?
SARA. — Bien; ya lo ve.
D. GAETANO. — ¡E sí que lo veo!... (A Mustafá.) ¿E se véndono esto cachivache? (Parihuela.)
MUSTAFÁ. — (Lamentándose.) ¡Quí esperanza!... Bodre durco... gamina siembre, no gana
nada. Hoy bodre durco gamina todo el día gana veinte centavos.
D. GAETANO. — Sí, francamente e poco. Yo no poedo ajejarme. Ho comprado al abasto un
cacón de aquise de requecho e se lo hay enjajado a una clientela otaria que me ha capitado, pe
cuatro vece lo que valía. Incima de lo aquise sólo me he ganado tre pesos o medio. Lástima que por
curpa de éste (Peppino.) me hay clavado co sei dozina de maranjenas. E se lo he dicho: “So cara: no
te la va comprare nenguno”... Pero s ha encaprechado: “Tata, hay que llevar también mercadería de
lujo”...
PEPPINO. — ¡Claro!
D. GAETANO. — E allí la mercadería de lujo. Se la va a comere osté, caprechoso. (Peppino lo
abandona para seguir hablando con la novia.) Sen embargo no puedo ajejarme, no poedo ajejarme.
Soy ganado nueve peso hoy. Osté comprende, Mustafá, que no puedo ajejarme.
MUSTAFÁ. — (Con las manos en la cabeza, azorado ante la suma fabulosa.) ¿Nueve peso?...
Durco precisa un mes gamina siembre... ¡Ah, lindo niocio virdura!... Si yo habla jintino tan bien
como usted, tira tudu a vente e garraba ganasta.
D. GAETANO. — ¡Ah, si capisce! Se precisa labia, chamuyo... Si capisce, si sopraentiende.
(Aparte.) Mustafá... decime una cosa; de lo billete que hamo jugado a media, te debía no pico, ¿no?
MUSTAFÁ. — Trenta centavo.
D. GAETANO. — (Ocultándose de los demás personajes.) Tomá. Cuenta limpia conserva la
amistá. ¿Ha visto Postrato?
MUSTAFÁ. — ¡No!
D. GAETANO. — ¿Habrá llegado?
MUSTAFÁ. — No, tene esperanza. Bodre durco no saca nada.
D. GAETANO. — ¿E per qué l ha comprado, antonce?
MUSTAFÁ. — Birque soñó número.
D. GAETANO. — Stá bien. De cuando en cuando hay que tirarse no pare de peso, se nó la
grande no te la sacá nunca. Hay que pinchare la suerte. Se la sacamo la sacamo e se no la sacamo no
la sacamo.
MUSTAFÁ. — Durco no saca nada, yo sé; durco no saca nada. (Sufre una extraña pesadumbre
que lo dobla, lo achica.)
D. GAETANO. — E se sabe que no saca nada, ¿per qué me invita a lo billete? Me lleva muerto,
osté.
MUSTAFÁ. — Durco está triste.
D. GAETANO. — ¿Qué tiene, Mustafá?
MUSTAFÁ. — No sé... Una pena adentro... Grande ... e punta de gabeza a punta de pie. Bienso
Durquía, patria querida. Bienso badre... madre... muertos... Durco biensa... durco está triste. (Le da
un escalofrío; pone los ojos en blanco.)
D. GAETANO. — Mustafá... ¿te siente male?
MUSTAFÁ. — Un boco.
D. GAETANO. — ¿Sorá esta carne de potro que te ha comido?
MUSTAFÁ. — No... recuerdo... Bodre durco... siempre bodre... no sé. Pena hunda... hunda...
D. GAETANO. — ¿Vamo a tomare una cañita?
MUSTAFÁ. — No quere.
D. GAETANO. — Ma, ¿qué l ha dado?
MUSTAFÁ. — Pena hunda... hunda...
D. GAETANO. — (Aparte.) ¡Qué otomano originale!... (Con misterio.) Decime: ¿te hano visto
lo billete?
MUSTAFÁ. — No.
D. GAETANO. — ¿No lo ha mostrado a nenguno?
MUSTAFÁ. — No.
D. GAETANO. — ¿Tu familia, no sabe?
MUSTAFÁ. — No.
D. GAETANO. — Tampoco mi hijo. Se anoja cuando juego. ¡No lo mostrare per la madonna!...
Nascondelo biene.
PEPPINO. — (Desde su sitio.) ¿Y qué chamúyano los viejos?
D. GAETANO. — De nada... (a Mustafá) Desemula. (Al hijo.) Estamo hablando custamente...
(A Mustafá.) Desemula. (Alto.) ...de lo casamiento. L estaba deciendo a do Mustafá que il mundo se
istrañara que se acáseno no hijo de italiano e na hija de turco.
SARA. — ¿Por qué?
D. GAETANO. — Esa e la pregunta que yo hago. ¿Per qué s extrañará il mundo? ¿La razza forte
no sale de la mezcolanza? ¿E dónde se produce la mezcolanza? Al conventillo. Antunce: la cuna de
la razza forte es el conventillo. Per esto que cuando se ve hombre robusto, luchadore, atleta, se le
pregunta siempre: ¿a qué conventillo ha nacido osté? “Lo do mundo”, “La catorce provincia”, “El
palomare”, “Babilonia”, “Lo gallinero”. Es así, no hay voelta. ¿Per qué a Bonasaria está saliendo
esta razza forte? Perqué éste ese no paise hospitalario que te agarra toda la migracione, te la encaja
a lo conventillo, viene la mezcolanza e te sáleno a la calle todo esto lindo mochacho pateadore,
boxeadore, cachiporrero, e asaltante de la madonna.
PEPPINO. — ¡Cómo habla este viejo!
D. GAETANO. — E lo lindo ese que en medio de esto batifondo nel conventillo todo ese
armonía, todo se entiendono: ruso co japonese; franchese co tedesco; taliano co africano; gallego co
marrueco. ¿A qué parte del mundo se entiendono como acá: catalane co españole, andaluce co
madrileño, napolitano con genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte. Este e no paraíso.
Ese na jauja. ¡Ne queremo todo! (Abrazandolo.) ¿Verdá, otomano?... Eso que dicen que turco e
italiano so como perro e gato, macanéano. (Teniéndolo estrechamente.) Mira un poco. (El turco
sigue triste, frío, no se levanta de su silla.) No tenemo afecto, cariño puro, sincero amore. (Parece
que se va fotografiar.)
PEPPINO. — (A Sara.) ¡Qué labia tiene mi viejo!... Si se queda en Italia se lo traga a Orlando.
(Siguen en voz baja sus arrumacos.)
D. GAETANO. — (A Mustafá.) Voy a vere l ostrato, co todo desemulo. Mustafá... estó nervioso.
(Se escurre.)
MUSTAFÁ. — (Monologa.) Idaliano virdulero gana nueve peso... durco mircero setenda
centavo... ¡Bodre durco!... ¡Bodre durco!... (Se ensimisma y luego de una pausa, inconsciente, se
escupe las manos y simulando tomar las varas de la imaginaria parihuela hace mutis por derecha,
como si la llevara.)
PEPPINO. — Qué dos viejo inteligente; nos han dejado solo... Dame el postre, porque esto no es
una boca, es un caqui japonés.
SARA. — (Coqueteando.) No... ¿Te acordaste de mí hoy?
PEPPINO. — ¡No me voy a acordar!... Se te tengo siempre delante de los ojos.
SARA. — Mentiroso.
PEPPINO. — ¡Por esa luz de tus ojo! ¿A que no sabés lo que me ha pasado esta mañana?
SARA. — Si no me lo decís...
PEPPINO. — Empujaba el carrito... El viejo iba adelante... Pensaba en vos... y empujaba el
carrito. De pronto en un rincón de la carrindanga, se me apareció tu cara. Estaba mismo, mismo allí,
al alcance de mi mano. Me miraba y se reía, como diciendo: “¿Que hacé, Peppino?... ¿No me
ves?”... Fue un especie de sueño. Estiré la mano y te agarré de la pera... (Ejecuta.) así... Me
encontré con un melón frío como mármol... ¡Lo tiré contra las berenjenas! ... (Ella ríe, satisfecha.)
Me pasa cada momento chascos como ese.
SARA. — ¿Sí?
PEPPINO. — Por la luz de tus ojos. ¿No querés creer que te veo en todas las frutas y en todas las
verduras? Mirá: Si son manzanas de California, me acuerdo de tu color cuando te pido un beso. Si
son duraznos, me parecen tu piel cuando estás de refilón al sol. Si es uva, cuando son negras, se me
ocurre que son tus ojos...
SARA. — ¿Y cuando es blanca?
PEPPINO. — Cuando son blanca... me pregunto por qué no son negras.
SARA. — ¿Y Cuando son naranjas?
PEPPINO. — Pienso que ya estamos casados y se me hace agua la boca. Cuando son papas...
"Para papa, la mía", me digo, y sigo empujando el carrito. Si son batatas, me acuerdo de la que yo
tenía aquella noche que te dije: "Torquita, yo te quiero, ¿y vos?".
SARA. — ¿Y si son frutillas?
PEPPINO. — ¿Si son frutillas?... (La mira.) Si son frutillas... no te puedo contestar.
SARA. — ¿Por qué?
PEPPINO. — ¡Porque me viene la fiebre! Pero si es una metedura tan grande que tengo con la
fruta y la verdura, que cuando le he echado el ojo a una y no la vendo, me alegro. Si hasta cuando
me acuesto le saco toda la factura al viejo de debajo de la cama y la pongo frente a la mía para
dormirme mirándola... mirándola... y despertarme entre naranjas, duraznos, damascos, manzanas,
frutillas y guindas... (Estirando los labios.) ¡Dame guinda!... (Ella se deja besar en la boca.
Aparece por el foro, sin verlos.)
SARA. — ¡Mi hermano! (Quiere apartarse.)
PEPPINO. — ¡Quedate acá! (Le sopla en un ojo.) ¿Salió?
ELIAS. — (Entrando.) Adiós, Sicilia...
PEPPINO. — Ciao, Dardanelo... Una pestaña que la volvía loca.
ELIAS. — (Incrédulo.) Sí... ¿Y mamá?
SARA. — En la otra pieza.
ELIAS. — Tengo que trabajar esta noche.
PEPPINO. — ¿Mocho trabaco a la fundición?
ELIAS. — Sí. Tres horas extra. Me conviene. Hasta las dos. (Mutis.)
PEPPINO. — Sarita... vamos a charlar a la pieza vacía.
SARA. — Pepe... ¿estás loco?
PEPPINO. — Creo que sí. Vamos a visitar a doña Catalina, entonce.
SARA. — A doña Catalina sí. (Inicia el mutis.)
PEPPINO. — (Aparte.) Esta doña Catalina está siempre tan ocupada que no está nunca a la
pieza. (A ella.) ¿Sabés lo que parecés esta noche?
SARA. — ¿Qué?
PEPPINO. — Una exposición de fruta. (Mutis.)
D. GAETANO. — (De foro, dominado por una excitación nerviosa que le revuelve los ojos y le
endereza el cabello. Casi no puede hablar, tartamudea. Tambaleante llega hasta la mesa, cerca de
la puerta de la derecha.) ¡Mostafá!... ¡Mostafá!... ¡Madonna dolorosa! ¡Mostafá!... ¡Dío mío!...
Mosta... Mosta... Mosta...
MUSTAFÁ. — (Aparece presuroso.) ¿Qué tene?
D. GAETANO. — ¡Mostafá! ¡Qué cosa terible! ¡¡Hamo sacado la grande!!
MUSTAFÁ. — (Los ojos tan grandes como la boca abierta.) ¡¡No!!
D. GAETANO. — Sí. (En voz baja.) Callate. Que no lo sepa nenguno. Do mil dosciento noventa
sei... cincuenta mil peso... tenemo un quinto a media... Madonna, qué felichitá. (Cae sobre una silla
como desmayado.)
MUSTAFÁ. — (El turco va a caer también, va a gritar su alegría, pero la idea relampagueante
del "A media" es un rayo.) ¡A media!... (Repite como un eco de angustia.) ¡A media!... (El italiano
tiene la cabeza sobre el pecho, los brazos caídos. Doblado en la silla. Al otomano un pensamiento
criminal lo levanta del cabello, le crispa las manos, le hace avanzar hacia el cuello de Don
Gaetano, que al sentirlas, creyéndolas manos amigas, lo abraza a su vez. Mustafá reacciona.)
D. GAETANO. — ¡Mostafá!... ¡Estamo rico!... ¡Estamo rico!... ¡No dice nada!... ¡Trae lo
billete!... (Lo manosea buscándolselo.) ¡Trae lo billete!
MUSTAFÁ. — ¡Deja!
D. GAETANO. — ¡Vamo a cobrarlo!... Trae... ¿Dónde lo tiene?
MUSTAFÁ. — (Desasiéndose.) ¡No tene!
D. GAETANO. — ¿Dónde lo ha puesto?
MUSTAFÁ. — No tene billete.
D. GAETANO. — ¿Qué?...
MUSTAFÁ. — No sabe de qué habla.
D. GAETANO. — (Riendo nerviosamente.) ¡Ja! ¡Ja!... ¿Quiere hacerme lo chiste?... ¡Ja! ¡Ja!...
¡Ja!... Vamo que hay que apurarse, nasconderlo... Te lo puédano arrobar... (El turco está ya vendido
a la traición; los dientes apretados, las cejas contraídas, rígido todo él, flaco, está preparado a
negar.) ¡Vamo!
MUSTAFÁ. — No sé qué billete habla.
D. GAETANO. — (En un gruñido.) ¡Mostafá!... (Cambia.) Basta de chiste. Está biene... ya me
ha dado el susto...
MUSTAFÁ. — No tiene billete.
D. GAETANO. — ¡Oh! ¡Osté se ha vuelto loco!
MUSTAFÁ. — ¡Usté lucu!
D. GAETANO. — ¡Lo billete que hamo comprado a media!
MUSTAFÁ. — ¡Mintira!
D. GAETANO. — ¿Eh?
MUSTAFÁ. — ¡Mintira! ¡Mintira!... ¡Dame proiba!
D. GAETANO. — ¡Ah, per la madonna!... ¡Yo l'afogo!... (Se le avalanza; pero el turco, como un
rayo, blande ya un cuchillo que arrebata de la mesa.)
MUSTAFÁ. — ¡Mintira!
D. GAETANO. — (Retrocediendo.) ¡Traicione!
MUSTAFÁ. — ¡Fuera! ¡Fuera!... ¡Está lucu!... Yo no jugando con usté... ¡Dame proiba! ¡Yo no
combro billete!... ¡Fuera!
D. GAETANO. — (En la puerta del foro, gritando, buscando un arma que no tiene.) ¡Latrone!
¡Traicione! ¡Latrone! (Mutis vociferando.)
(Mustafá cae de rodillas, pone su frente en el suelo, lleva su mano de los labios al piso, jura en
turco y perjura. Hay algo de demencia en él. No se sabe si es alegría de haber ganado o el miedo a
quien negó la ganancia.)
CONSTANTINA. — (De derecha.) ¡Mustafá! ¿Qué pasa, Mustafá?
MUSTAFÁ. — (Abrazándose a ella.) ¡Gosdandina! ¡Don Gaetano lucu! ¡Quere matar!... ¡Llama
Omar!... ¡Llama baisano, llama tudu baisanos!... (La empuja para que salga corriendo por la
derecha, y él va a la ventana, que abre, para gritar:) ¡Baisanos!... ¡Baisanos!... ¡Quere matar!...
¡Baisanos!...
SARA y ELÍAS. — (Por foro.) ¿Qué ocurre? (Elías pasa antes por forillo.)
MUSTAFÁ. — ¡Idaliano está lucu!... ¡Dice que cumpra billete conmigo y billete ganó grande!
SARA y ELÍAS. — ¿Qué?...
MUSTAFÁ. — ¡Lucu!... Besadilla idaliano... Yo no tene billete... Yo no compra billete... No tene
blata...
D. GAETANO. — (Delante del tropel de gente.) ¡Aquí está! ¡Hamo comprado no billete a
media!
MUSTAFÁ. — ¡Mintira!
D. GAETANO. — ¡Hamo sacado la grande!
MUSTAFÁ. — ¡Mintira!
D. GAETANO. — ¡E ahora me niega!
MUSTAFÁ. — ¡Mintira!
D. GAETANO. — ¡Hay que matare a toda la familia!... ¡Razza maledetta! (Lo contienen.)
MUSTAFÁ. — (Aparte a un turco.) Llama más baisanos. Son muchos dalianos. ¡Precisa más
durcos! (Sale el italiano.)
D. GAETANO. — (Al coro que lo contiene.) Ma se yo hay visto el quinto. L ha comprado él, ma
yo ho pagado la metá... ¡Hay que matarlos a todos! ¡Assasinos!
MUSTAFÁ. — (Entre sus connacionales, llorando.) ¡Mintira! ¡Está lucu y agarra durco bobre!
¡Durco bobre! ¡Durco honrado!
OMAR. — (Llorando también.) ¡Glaro! ¡Durco no miente! ¡Durco bobre, pero honrado!...
(Vuelve.)
D. GAETANO. — ¡Lo cacodrilo! Se lo cómemo a uno e después llóranno... ¡Amatémolo!
¡Amatémolo!... E saquémole lo quinto... (Es una fiera embravecida. Va de foro a proscenio,
contenido por los paisanos que gritan y Peppino que vocifera.)
PEPPINO. — ¡Tata, quedate quieto!... ¡Tata, conténgase!... ¡Tata, esto lo vamo a arreglar!
D. GAETANO. — ¡A coltellatte!... ¡Figlio, m arruba cinco mille pesi! ¡Madonna dolorata! ¡Io
impazzisco! (Lo tienen pegado al lateral izquierdo.)
ELÍAS. — (Que en medio del escenario defiende al padre, se vuelve hacia él.) ¡Hable usted!...
¿Es verdad esta imfamia?
MUSTAFÁ. — ¡Falsu!... ¡Hiju!... ¡Hija!... ¡Gosdandina! ¡Mintira! Istá lucu... (Llora.) Bobre
durco, gamina siembre nu gana nada. L ha murdidu berro rabioso. Bregunda baisanos si conoce
billete... Baisanos: bregunta familia si yo juego lodería. ¡Istá lucu! ¡Istá lucu!... Berro muerde y
garra rabia con bodre turco... (De pie.) ¡Regisdra! ¡Regisdra!
D. GAETANO. — ¡L ha nascondido!... ¡L ha nascondido!...
MUSTAFÁ. — (En un rasgo de valor, de cobardía, presenta el pecho.) ¡Mata, entunce! ¡Mata,
entunce! ¡Mata bobre durco!
D. GAETANO. — ¿Qué hago? Se lo amato voy in cafúa e pierdo lo billete; se lo denuncio, no
tengo prueba; se lo dejo, se lo come él solo...
ELÍAS. — (A Mustafá.) ¡Jure que no lo tiene!
MUSTAFÁ. — (Sin dudar un instante.) ¡Vere Dios!
D. GAETANO. — ¡Lo tiene, pe la madonna!
ELÍAS. — ¡Basta! Cuando mi padre dice: "Vere Dios", todo el mundo boca abajo.
PEPPINO. — Y cuando el mío dice: "Pe la madonna", hay que sacarse el sombrero.
ELÍAS. — ¿Qué pruebas tienen para manchar a mi padre con semejante mancha?
D. GAETANO. — ¡Ah, ista ese la disgracia mía! ¡Se lo ho dejado entierito, entierito come un
otario!
ELÍAS. — ¿En qué agencia lo compró?
PEPPINO. — (A Don Gaetano.) Claro... por ahí podemos...
D. GAETANO. — ¡No sé... no sé... l ha comprado él!
ELÍAS. — ¡Ah! ¡Está soñando!
D. GAETANO. — ¡Madonna doloratta!
MUSTAFÁ. — (Dando su último toque a su comedia.) Istá soñando. ¿Qué quere de bobre durco
que gamina siempre? ¿Quiere que se moera?
ELÍAS. — ¡Bueno, basta! ¡Afuera todo el mundo!
D. GAETANO. — ¡Ah, madonna mía, qué desgracia!
ELÍAS. — ¡Vamos!
D. GAETANO. — (En medio de los que salen.) ¡Vendetta! ¡Vendetta!
ELÍAS. — (Empujando a los últimos.) ¡Vamos! ¿No han oído que dijo: "Vere Dios"... ¡Vamos
entonces!... (Salen las mujeres primero, luego los vecinos italianos, que arrastran a Don Gaetano
comentando la incidencia. En toda esta escena no se han puesto las exclamaciones, interjecciones,
bocadillos, etc., de Constantina, Sara y demás personajes, porque se desprenden naturalmente de
la situación y escribirlos hubiera sido confusión. El director de escena no los necesitará.)
D. GAETANO. — (En el pasillo.) ¡Vendetta! ¡Vendetta!
PEPPINO. — (Rezagado a Elías.) Esto hay que arreglarlo.
ELÍAS. — Cuando estemos más tranquilos. Salí, ahora. ¿No has oído que ha dicho "Vere Dios"?
PEPPINO. — Y el mío: ¡Pe la madonna! (Mutis.)
MUSTAFÁ. — (Llorando.) ¡Baisanos, bobre Mustafá! ¡Tiene desgracia! ¡Daliano lucu, va a
degollar!...
SARA. — No; no tema...
CONSTANTINA. — Queda dranquilo.
OMAR. — (Con los ojos cerrados.) Queda dranquilo, socio. Baisanos desbiertos van a defender.
UNO. — Si, tudus... tudus...
MUSTAFÁ. — Gracias, baisanos, gracias...
CONSTANTINA. — (A Sara.) ¿Dónde istá hirmano?...
SARA. — (Temerosa.) No sé... (Van a foro y mutis.)
MUSTAFÁ. — ¡Bodre durco honrado!
UNO. — Sí, podre durco... (Están por llorar.)
MUSTAFÁ. — (Aprovechando la ocasión para enternecerlos.) ¡Ah, bodre durco, dulce
corazón!... ¡Bodre durco honrado!... (Se desmaya con un solo ojo. Resbala hasta el suelo.)
OMAR. — ¡Bobre socio!
TURCOS. — ¡Bobre durco!... ¡Gamina siempre!... (Se lamentan, de pie, junto a Mustafá, que
queda rígido.)
OMAR. — (A uno.) ¿Vamos, baisano? (Se escupen las manos y lo levantan... como si fuera la
parihuela, y lo depositan en la cama.) ¡Bobre durco! (Lloran.)
ELÍAS. — (Afuera.) ¡Bueno, se acabó! (Mustafá, como movido por un resorte, se sienta en la
cama. Entra con Sara y Constantina.) Y a ustedes también, paisanos. Se acabó. Gracias. Hasta
luego.
UNO. — (Mientras sale.) ¡Daliano sisino!
OTRO. — ¡Bobre durco!...
ELÍAS. — Se acabó. Hasta luego. (Mutis turcos.)
MUSTAFÁ. — (A Omar, que se ha quedado dormido en un banco de la derecha.) Socio, va a
dormir. (Le pega un puñetazo y Omar mutis por la derecha.)
ELÍAS. — (A Sara.) Vos, preparame la comida, que tengo que volver al trabajo.
SARA. — Sí... Arregla con Peppino...
ELÍAS. — Voy a arreglar todo... Ahora andá... (Mutis de Sara a la cocina.) Padre... Estamos
solos; dígame la verdad.
MUSTAFÁ. — Mintira, Alías, mintira.
ELÍAS. — ¿Entonces, don Gaetano está loco?...
MUSTAFÁ. — Lucu, lucu... (Elías mira a la madre, que baja los ojos.)
ELÍAS. — Está bien. Usté no sale de la pieza esta noche.
MUSTAFÁ. — ¿Mi? ¡Qu esperanza!
ELÍAS. — Yo voy a hablar con Peppino. Madre...
CONSTANTINA. — (Doblada, encogida, la cabeza baja, dominada por un mal pensamiento.)
¿Hiju?
ELÍAS. — No lo deje salir.
CONSTANTINA. — Nu, hiju, nu... (Mutis de Elías bajo ese mal pensamiento.)
(Quedan solos Mustafá y Constantina, la esposa esclava. El cierra la puerta del foro y la
ventana y la abertura de derecha. Anda agachado, como preparado a dar un salto. Constantina lo
mira hacer con un gran temor de corroborar sus sospechas.)
CONSTANTINA. — (Habla en voz baja.) ¡Mustafá!... (El turco de un salto se yergue y danza
un baile loco, sin ruido, con interjecciones en voz ronca, rasgada.) ¡Mustafá!
MUSTAFÁ. — Galla, galla boca... (Se prosterna y reza en turco.)
CONSTANTINA. — ¿Tiene billete?
MUSTAFÁ. — Sí...
CONSTANTINA. — ¿Robaste midá?
MUSTAFÁ. — Sí...
CONSTANTINA. — ¡Oh, durco; idaliano mata!
MUSTAFÁ. — No; yo defiende...
CONSTANTINA. — (Levanta la voz.) Daliano mata durco...
MUSTAFÁ. — ¡Un!... ¡Chist!... Galla boca...
CONSTANTINA. — (Aterrada, más fuerte.) ¡Daliano mata!
MUSTAFÁ. — (Fieramente, dominándola.) ¡Chist! ¡Galla boca o pego! ¡Apreta diente!...
CONSTANTINA. — ¡Durco!...
MUSTAFÁ. — Chist... (La turca se dobla ante el puño levantado.) ¡Esconde billete!... (Va a la
cama y del colchón saca un pañuelo anudado, extrae el terrible papel y lo besa.) Esconde... (Anda
sin hallar sitio seguro... Y como idea repentina.) Esconde pecho, Gosdandina...
CONSTANTINA. — ¡No!
MUSTAFÁ. — ¡Esconde pecho! ¡Ninguno busca aquí!... (Él mismo le introduce el pañuelo en el
pecho. Y mirándola.) ¡Durco rigo!... ¡Durco va a Durquía!... (De pronto.) ¡No! No está seguro... (La
liberta del papel a la turca, temblorosa. Busca. Va otra vez al colchón.) Aquí... Aquí no roban... (Se
sienta sobre el tesoro escondido. A Constantina que llora) Sentate. Galla boca... sonsa... sonsa...
Vamos Durquía con hijos. Sonsa... No... Aquí no... Dengo miedo... (La saca. Busca otra vez. Se lo
esconde en el botín. Y anda rengo.) ¿Dónde? (Intenta levantar una tabla del piso con los dedos.)
CONSTANTINA. — ¡Mustafá! ¡Mustafá!
MUSTAFÁ. — ¡Chist!... Galla... No boede... No boede ... (Corre por la pieza.) ¿Dónde?
¿Dónde?... (Abre el baúl.) ¡Aquí! (Saca ropa.) ¡No! (Vuelve todo a su sitio y cierra.) ¡Ah! (De un
tirón desarrima el baúl y esconde el billete en el zócalo.) Aquí... sí, aquí... (Aprieta el mundo al
muro y se sienta sobre él a la turca, las manos crispadas sobre sus bordes, sudoroso, fatigado, feo.)
No llora, sonsa... Vamos Durquía... Istamos rigos... No llora... sonsa...

CUADRO SEGUNDO

Telón corto. El frente de las habitaciones de Mustafá en la hilera conventillesca. Ventana de


barrotes, puerta y cocina de madera en cada pieza; la ventana que juega, en el centro; a su
derecha, un farol encendido. La hilera es de dos pisos; el superior, cerrado de derecha a izquierda
por una baranda de hierro.

(Cautelosamente se ha abierto la ventana del centro y aparece la cabeza del turco. En camisa,
mostrando el pecho velludo.)
MUSTAFÁ. — ¡Qué galor!... ¡Me hogo!... ¿No estará idaliano?... (Espía con la cabeza entre los
hierros.) ¿Qué noche terrible! (Respira profundamente, colgado de los barrotes. Parece un
chimpancé cansado de su jaula.) No boedo dormir... Besadilla isbandosa... Me muero de sé... y nu
dengu agua... Ganiya istá cerca... (La mira hacia la derecha, afanoso. En la calle dan unas
pitadas.) ¡Pito! (Cierra la ventana aterrado. Pausa.)
D. GAETANO. — (Aparece por derecha, en camiseta, desgreñado, ojeroso.) E inútile, no poedo
pegare los ocos. Tengo la nervatura caliente, de punta... ¡Ah! ¡Se lo potese agarrare a lo turco!... ¡Le
manyaría lo fégato!... E yo que le decía enocentemente: “¡Nascóndelo biene, Mostafá! “No lo
muestre a nenguno, que te lo arróbano”... ¡M staba haciendo la propia sepoltora!... Se potese
engañarlo; se potese con buena palabra ablandale lo corazone... ¡Ma qué!... Esto no ténemo
corazone, ne fégato, ne reñone: so anemale otomano. E yo, estúpedo, me ho confiado a ello como
un corderito... (Juntando sus muñecas.) ¡Mée!... Aquí estoy, amátame... Yo soy colpévole, perque lo
turco e lo taliano so come perro e gatos, se ódiano fino a la séttima generaziones... La colpa e mea,
mea, mea. (Se golpea el pecho, que retumba. La puerta de Mustafá se abre cautelosamente.) ¡Oh!...
La fiera quiere salire... (Se agazapa al alcance de un salto. Por la rendija abierta aparece una jarra
en un puño crispado. D. Gaetano se abalanza, forcejean en silencio; pero el turco consigue
encerrarse.) ¡Me hay aporado, imbecile!... Me hay aporado... Se lo potese engañare... (Golpea
suavemente en los vidrios de la ventana. Con su voz más tierna:) ¡Mostafá!... ¡Mostafá!...
MUSTAFÁ. — (Abriendo de golpe.) ¡Ladrún!... (Cierra.)
D. GAETANO. — ¡Madonna! (Ha saltado al proscenio.) ¡E claro... lo ladrone soy yo!... (Se
muerde el bigote.) Se le potese hacere un coento... (Va otra vez a los vidrios calculando la
retirada.) ¡Mostafá!... ¡Mostafá!... (Meloso.) ¡Abre!... ¡Te ahoga ahí adentro!... ¡Mostafá!...
MUSTAFÁ. — (Como antes.) ¿Qué quere?... (La cara entre las hojas.)
D. GAETANO. — (Lejos.) Mostafá... no sea así...
MUSTAFÁ. — ¡Deja dranguilo o salgo ahora con guchillo!
D. GAETANO. — ¡Sí! ¡Viene afoera!... (Aparte.) ¡Madonna! ¡Le hago no chaleco al cuero!...
MUSTAFÁ. — Deja dranquilo...
D. GAETANO. — (Con su mejor sonrisa, dominando apenas su voz de ira.) ¿Per qué me hace
esta porquería intonces? ¡Confiese que era uno lindo chiste e acabamo!
MUSTAFÁ. — Nu gonfiesa nada...
D. GAETANO. — (Acercándose cauteloso.) Somo todo hermano a este mondo; ne queremo
todo... Merá, con la plata tuya e la mía ajunta... ponemo una mercería e frutería ajunta... e comemo
todo ajunto a la misma mesa... e...
MUSTAFÁ. — Yo nu quere nada cun daliano...
D. GAETANO. — (Por entre los barrotes le tira un manotón y le yerra.) ¡T agarre!... ¡Ah, se
m'ascapado!... Me son aporado.
MUSTAFÁ. — ¡Traicionero!... ¡Traicionero!...
D. GAETANO. — Ottomano squifoso... ¡Repelente!... ¡Teburone!... ¡Te voy a cosere a
poñalada!...
MUSTAFÁ. — (Llorando.) Yo istá bobre durco, tene enfermo riñones de dando gamina siempre
e nu gana nada.
D. GAETANO. — Ahí empieza lo cocodrilo...
MUSTAFÁ. — Nu persigue durco, daliano bueno... Idalia istá bais generoso. Yo gonozco tuda,
tuda...
D. GAETANO. — E la Chacarita, ¿la conoce?
MUSTAFÁ. — Sí, también...
D. GAETANO. — ¿Per qué no se quedó?
MUSTAFÁ. — (Que quiere convencerlo, hace el tonto.) Idalia breciosa. Tene Visubio con
fuego, derrible, brecioso. Tene rey Vitur Menuel, hombre querido, generoso, brecioso, mejor que
tudu rey...
D. GAETANO. — (Con entusiasmo.) ¡Ya lo creo, ea así!
MUSTAFÁ. — Idalia valiente, idalianos generosos...
D. GAETANO. — Mocha gracia, mocha gracia... ¿E a Torquía dónde me la deja, querido
Mostafá?... Torquía ese no paíse incantébole.
MUSTAFÁ. — ¿La gonoce?
D. GAETANO. — ¡Cóme no! So ido a pie...
MUSTAFÁ. — Como durco... (Aparte.) Mintiroso... (Y mastica algo en turco, mirando al
italiano con odio, de soslayo.)
D. GAETANO. — Torquía ese más preciosa que Italia; con lo campanario redondo, la torres de
punta, co lo cielo azule e la nube, co lo mare Mármota, co lo canole de lo fósforo e co Yerusaleme,
adonde estropeárono a Jesucristo. (Aparte.) ¡Assasini de la madonna!
MUSTAFÁ. — (Como hechizado.) ¡Durquía linda!... (Aparte y como antes.) ¡Daliano bícaro!...
D. GAETANO. — ¡Co lo cuerno de oro!... Las mujeres atapadas, la danza de lo vientre e lo
turco bigotudo con lo matambre a la cabeza...
MUSTAFÁ. — ¡Durquía is breciosa!
D. GAETANO. — ¡Torquía es no paradiso!... ¿Vamo cunto a cobrare lo billete?
MUSTAFÁ. — (Violentamente, todo su juego perdido.) ¡Yo no tengo billete!
D. GAETANO. — (Tirándole el zarpazo.) ¡Eppp!... ¡Otomano squefoso!
MUSTAFÁ. — ¡Daliano sisino!... ¡Daliano musolina!... ¡Daliano lucu! (Cierra.)
D. GAETANO. — ¡Hico de judá!... ¡Madonna doloratta!... ¡Lo voy a sitiare per hambre (Se echa
al pie de la ventana.) ¡De aquí no me muevo!... E se sale...! ¡Lo degollo! (Pausa.) ¡Jesú, quién iba a
pinsar a esta desgracia!... ¡La grande!... ¡Jesú!... ¡Vendedos noventa e seis!... ¡Lo do patito e arriba e
abaco!... ¡Se yo toviese na proeba!... (Mustafá ha abierto la ventana y arroja un líquido. Dando un
salto.) ¡Zorrino!... ¿qué m'ha terado?
MUSTAFÁ. — ¡Jerusén!
D. GAETANO. — ¡Carusín!... ¡Qué puzza tremenda!
MUSTAFÁ. — ¡Addalajara jada!
D. GAETANO. — ¡A mametta!... ¡Spuzzolento!...
MUSTAFÁ. — ¡Andate, andate, que te tiro bósforo! (Le arroja fósforos encendidos.)
D. GAETANO. — ¡No!... (Salta.)
MUSTAFÁ. — ¡Andate, que te quemu vivu!
D. GAETANO. — ¡No, que se quema lu conventillo e se quema lo billete!...
MUSTAFÁ. — ¡Andate, que te quemu gamiseta!
D. GAETANO. — ¡No!... (Se guarece detrás de una cocina.)
MUSTAFÁ. — ¡Andate! (En su afán de tirarle un fósforo certero, introduce la cabeza entre los
barrotes y no la puede sacar.) ¡Bobre durco!... Bobre durco!...
D. GAETANO. — (Sin verlo.) ¡Madonna que me tenía que pasar a mí! ¡La grande!... ¡Yo
impazzisco!...
MUSTAFÁ. — (Forcejeando.) ¡Bobre Durco!
D. GAETANO. — Lo do patito e para arriba e para abaco. ¡Madonna santa, se lo potese agarrare
per la garganta, así!... ¡¡Así!!
MUSTAFÁ. — ¡Bobre durco!... (Cuando el telón comienza a bajar, se zafa el turco, maltrecho.)

CUADRO TERCERO

La misma decoración del primer cuadro. Las cinco de la mañana. Mustafá ha pasado la terrible
noche sobre el baúl. Está desgreñado y lívido, parece demente. Heroico lucha contra el sueño,
pero su cansancio es tan grande, su desgaste nervioso tan enervante, que sus ojos se cierran. A
Constantina ya la ha vencido el sueño y, vestida, duerme en la cama. En el cuadro de luz que hace
el alba en la ventana, aparece la cabeza trágica del italiano, golpea levemente con los nudillos en
los vidrios. Mustafá despierto, pero acostumbrado ya al terror de toda una noche, se vuelve al
ruido lentamente. Don Gaetano, apretando el pulgar y el índice de su diestra extendida, amenaza
otra vez con su venganza. El turco, inmóvil, tiene un gruñido bestial. El italiano desaparece
mordiéndose un puño. Mustafá se duerme con el gruñido, que a poco se hace ronquido y muy luego
una pesadilla de ladrones.
MUSTAFÁ. — ¡Mintira!... ¡No tengo billete!... ¡Istá locu!... (Ronca.) No... ¡Baisano!... Ih...
¡Sisino!... Minti... Baisano... Ih... ¡Daliano mata!... (Se retuerce defendiéndose de las puñaladas
imaginarias.) Ih... ¡Sisino!... (Las manos en las heridas del vientre.) ¡Socorro!... (Ronca y gruñe)
¡Soco...! ¡Ih!...
CONSTANTINA. — (Despierta.) ¡Mustafá!... (Cierra los postigos.)
MUSTAFÁ. — ¡Socorro!... ¡Uxilio!... ¡Sisino!...
CONSTANTINA. — (Tocándolo.) Mustafá...
MUSTAFÁ. — (Agazapado sobre el baúl da un salto, bajo el dominio de la pesadilla aún.)
¡Mintira!... ¡Sisino!... ¡No tengo billete!...
CONSTANTINA. — Soy yo...
MUSTAFÁ. — (Despierta.) ¡Ah!... (Derivando su rabia hacia ella.) Sisina... Casi rompe
corazón... Andate... (Con las manos sobre el baúl pinta una coz equina.) Andate... que te doy
batadas...
CONSTANTINA. — Mustafá, ti vas a infermar...
MUSTAFÁ. — Mi voy a moriri... (Se sienta, rendido.)
CONSTANTINA. — (Con toda su ternura de esclava.) No, durco, no... (Se sienta junto a él.)
Duerme... duerme...
MUSTAFÁ. — (Con el gruñido.) No...
CONSTANTINA. — Ti vas infermar...
MUSTAFÁ. — Sí...
CONSTANTINA. — Duerma...
MUSTAFÁ. — No. Daliano roba billede...
CONSTANTINA. — Yo cuido...
MUSTAFÁ. — No. Daliano mata... (Se está durmiendo con un gruñido mientras la turca lo
acaricia.) Daliano muselina. Mata tudos... No... No... (Constantina le habla en su idioma nativo,
con una gran ternura, en frases cortas, dulzonas, para que se duerma el atormentado. Él se resiste
primero, bajo el influjo del miedo, como un chico caprichoso, pero el sueño puede más y se duerme
al fin. Ha de ser una escena de arrumacos dolorosamente cómica, la cabeza triste de él sobre el
regazo de ella.)
CONSTANTINA. — (Cuando Mustafá se ha dormido.) ¡Vere Dios!... Vere Dios. Durco roba...
Durco istá ladrón... Durco va morir... si mi moere... Dios, llevate blata... Durca no quere blata...
Durca quere salú... Durca quere hijos, durca quere durco... sin blata... ¡Vere Dios!...
MUSTAFÁ. — (Sin abrir los ojos.) Gosdandina...
CONSTANTINA. — ¿Durco?
MUSTAFÁ. — Rasca gabeza... Rasca gabeza que durco istá muy disgraciado... Idaliano quere
mata ahora que durco istá rigo... Rasca gabeza qui'stá muy disgraciado hora que durco istá... muy
rigo... muy rigo...
CONSTANTINA. — No llora, vere Dios, no llora...
MUSTAFÁ. — (Como un chico.) ¡Rasca gabeza!... (Pausa.) Durco istá rigo... Durco istá rigo...
Durco se va Durquía con durquitos... Durco istá rigo... (La alegría de esta certeza lo pone
febriciente. Agil, salta hasta el rincón de la izquierda del foro, y una mano en el pecho, otra en la
nuca, Baila repitiendo su obsesión.) ¡Durco tene forduna, op, op!
CONSTANTINA. — ¡Ti vas a infermar!
MUSTAFÁ. — ¡Durco se va a Durquía! ¡Op! ¡Op!
CONSTANTINA. — ¡Ti van a oír hijus!
MUSTAFÁ. — ¡Durco no gamina más!... ¡Op!... ¡Op!... (En la ventana golpean los vidrios.
Deteniéndose.) ¡Daliano!...
CONSTANTINA. — ¡Galla!...
MUSTAFÁ. — (Arrastrándose hacia el baúl donde lo espera Constantina.) ¡Daliano que mata
alegría!
CONSTANTINA. — Galla, bur Dios, ¡galla!... (Escuchan.) ¡Se levandan hijus, Mustafá!
MUSTAFÁ. — ¡Bone gara alegre, Gosdandina!... ¡Bone gara alegre, gomo yo!... (Hace
esfuerzos inauditos para sonreír, pero no lo consigue.)
CONSTANTINA. — Sí, sí, bur Dios... Bobre hijus!... (Va al aparador y saca cafetera y
calentador.)
MUSTAFÁ. — Galienta gafé... ¡Bone gara alegre!...
CONSTANTINA. — Acusta gama...
MUSTAFÁ. — Sí. (Se acuesta, pero vuelve al baúl otra vez.) No... no boedo...
CONSTANTINA. — Hiju bregunda bur qué nu duerme; acuesta...
MUSTAFÁ. — Bone gara alegre...
SARA. — Buen día.
MUSTAFÁ. — Buen día.
MUSTAFÁ. — (A Sara que va a abrir la puerta del foro y que ha atravesado la escena bajo las
miradas temerosas de los dos turcos.) Hija...
SARA. — ¿Qué?...
CONSTANTINA. — No salga...
MUSTAFÁ. — Istá daliano.
SARA. — ¿Y?...
MUSTAFÁ. — Centinela... ¡Chits!... Vene Elías...
ELÍAS. — Buenos...
CONSTANTINA. — Buen día, hiju...
ELÍAS. — (Al padre.) ¿Qué tiene?... ¿No ha dormido?...
MUSTAFÁ. — Nu... duele barriga...
CONSTANTINA. — Susto di anoche infermó... Nu deja dormir...
ELÍAS. — Es una pavada...
CONSTANTINA. — Yo dije, bero...
MUSTAFÁ. — Bero doele barriga...
CONSTANTINA. — ¿Doma gafé?
ELÍAS. — Sí... (Va a salir por el foro.)
CONSTANTINA. — Hiju...
MUSTAFÁ. — Alías...
ELÍAS. — (Volviéndose.) Padre... Anoche hemos arreglado con Sara... Usted no sale más a
vender esas baratijas. Ella trabaja, yo también; no hace falta.
SARA. — Es un capricho suyo, ridículo...
ELÍAS. — Basta. No sale más...
MUSTAFÁ. — Como quera, hiju, como quera...
CONSTANTINA. — Gracias, hijus, gracias...
MUSTAFÁ. — Gracias... (Les ha tomado una mano a cada uno e intenta besárselas.)
ELÍAS. — ¿Qué hace?
SARA. — No haga eso. (Las retiran.)
MUSTAFÁ. — Dejá...
ELÍAS. — Le he dicho que no me gusta... (Va a salir.)
MUSTAFÁ. — (Deteniéndose.) Nu sale.
ELÍAS. — ¿Por qué?
MUSTAFÁ. — Venga... (Los lleva hacia el centro.)
ELÍAS. — (Fastidiado.) ¿Qué le pasa?
MUSTAFÁ. — Venga, hijus buenos. Acerca badre. Badre habla.
CONSTANTINA. — (Con miedo.) Mustafá... ¿Bur qué no acuestas?
MUSTAFÁ. — Deja hable. Hiju... ¿Sabe qué biensa tuda la noche? Biensa qui Jintina istá lejus
Durquía, muy lejus... Badre tuda la noche driste borque falta mucho Durquía. Falta veintiséis años.
Salíu joven con Gosdandina ricién gasadu. Gosdandina linda andunce, linda cume Sarida hura.
Mustafá istaba bobre e quere gana mucha blata para cumpra vestido y brillande a durquita quirida.
Bor eso salió Durquía y vino Mériga. Viaje largo, tercera cun baisanos bobres que buscan blata leju
Durquía. ¿Acuerda viaje Gosdandina?
CONSTANTINA. — Sí... ¿Bur qué nu duerme?
MUSTAFÁ. — ¡Dejá habla!...
ELÍAS. — Déjelo...
MUSTAFÁ. — Viaje feo. Barco driste, negro. Tudu migrante montón, mucho migrante... barco
lleno... Gosdandina yuraba, yuraba sembre, recuerdo badre y madre que dejaba batria. Y durco,
durco driste miraba agua verde, sin yurar, bero driste... Y cuando mujer yuraba mucho durco
nujado, abretaba buño y decía: "Vere Dios, mujer yura hura, bero durco fuerte drabaja, drabaja para
que durca ría... "
SARA. — ¡Papá!...
MUSTAFÁ. — Dejá habla que fin is alegre. (Elías lo escucha con la cabeza baja.) Jintina es
linda, bero, linda ojos. Jintina breciosa... bero drabajo nu hace rigo drabajador. Jintina drabajo
cansa, bone flaco a durco, gamina siempre, bero no bone rigo. Contrario, come mal y mata alegría.
Durco tudavía no boede hacer reír durca.
ELÍAS. — Siga, padre.
MUSTAFÁ. — Dispués vino hiju... (Lo acaricia.) Hiju bueno que también drabaja; dispués vino
hija... hija breciosa, breciosa como Durquía... que también drabaja y en casa durca todos drabajan y
siembre driste, nunca alegre, nunca rigo. Bur eso nu duerme toda la noche. Mintira doele barriga.
Badre biensa, biensa... Badre quere irse Jintina, badre quere volver Durquía con hijus buenos y
mujer valiente.
ELÍAS. — Para eso hace falta mucho dinero...
CONSTANTINA. — Y bodre durco no tene...
MUSTAFÁ. — ¡Tene!...
CONSTANTINA. — ¡No!
ELÍAS. — ¿Usted?
MUSTAFÁ. — Tene mucha blata...
CONSTANTINA. — ¡No, mintira!
SARA. — ¿Y cómo?
ELÍAS. — ¡Usted!
MUSTAFÁ. — Sí. (El pobre turco cree que el hijo grita de alegría.) ¡Yo tene billete!
CONSTANTINA. — (Cubriéndose el rostro.) ¡No, mintira, mintira!
MUSTAFÁ. — Iscapamos tudus, cumpro casita...
ELÍAS. — ¡Padre, y la parte de Don!...
MUSTAFÁ. — Yo cumpra billete, a él no toca. Si le doy nu alganza...
ELÍAS. — ¡Ah, no!... (Corre al foro.) ¡Don Gaetano!
MUSTAFÁ. — (Deteniéndolo.) ¡Alías, daliano mata! Hiju, ¿qué hace? ¿Qué hace? ¡Mata
badre!... Mata badre...
ELÍAS. — Pero ¿no tiene la mitad?
MUSTAFÁ. — Nu alganza... Queda bobre... ¡queda siembre bobre!
ELÍAS. — (Grita.) ¡Don Gaetano! (Pausa.) ¡Don Gaetano!...
MUSTAFÁ. — (Echándose sobre la cama.) ¡Hiju malo!... ¡Hiju perverso!...
CONSTANTINA. — ¡Hura sí que estoy cundenada!... ¡Hura sí que estoy cundenada!... (Abraza
a Sara.)
ELÍAS. — (Abriendo.) ¡Don Gaetano!... (El italiano, que empujaba de afuera, se le viene
encima.)

(UNISONO)

D. GAETANO. — ¿Adónde esta?


PEPPINO. — (Teniendo al padre.) Elías, ayudame a tenerlo que hace una macana... No ves que
ha dicho: ¡pe la madonna!
ELÍAS. — No hace falta. Tengo el billete.
D. GAETANO y PEPPINO. — ¡¿Eh?!
ELÍAS. — Se le había perdido... y pobre negaba de miedo. Tengo el billete que usté jugó a
medias con él.
D. GAETANO. — (La mano en el sitio del corazón.) ¡¡Ah!!
PEPPINO. — ¡Sos un hombre!... ¡Sarita!... (Le hace dar una vuelta.)
MUSTAFÁ. — (De pie.) ¡Hiju malu que no cumprende!
D. GAETANO. — (A Elías.) ¡Abrazame!... ¡Vérgine santa!... Qué noche que ho pasado. Eh, yo
sabía que osté lo iba a encontrar. Madonna, ho ganado dos veces esta grande... A ver lo billete...
ELÍAS. — Él se lo va a dar... (Va hacia la madre que llora.)
PEPPINO. — (Mientras don Gaetano se acerca cautelosamente a Mustafá.) Sarita... yo había
perdido do tesoro al mismo tiempo...
D. GAETANO. — Mustafá... alegrate... Hamo sacado la grande... ¿Quién dice que lo tuco e
italiano so como perro e gato? ¡Somo todo hermano a este mundo!... ¿No ve? Todo é armonía,
amestá, fratellanza... ¿Dónde está lo billete? Dame no abrazo...
MUSTAFÁ. — ¡Que gariñoso!... ¡Cómo me quere!... (Lo abraza y lentamente, como una boa, lo
aprieta, lo estruja, hablándole en turco en voz baja.)
D. GAETANO. — ¡Qué cariño que se le ha despertado!... ¡Qué amore! (Con movimientos cortos
del brazo, pero con todas sus fuerzas, golpea en las costillas de Mustafá.)
MUSTAFÁ. — ¡Ladrún!...
D. GAETANO. — ¡Asesino!...
MUSTAFÁ. — ¡Ladrún!...
D. GAETANO. — ¡Dame lo billete!...
MUSTAFÁ. — ¡Ladrún!... (Y mientras le dice en su lengua... quién sabe qué cosa terrible, "de
bolsa" le da un puñetazo en la cabeza y lo suelta.)
D. GAETANO. — ¡Otomano cremenale!... (Alto, disimulando, la mano en el sitio golpeado.)
¡Qué chechone está Mostafá!... (Grita.) Vammo... ¡Lo biyete!
ELÍAS. — Padre... ¿dónde está?
MUSTAFÁ. — Allí... sácalo...
CONSTANTINA. — Aquí... (Desarrima el baúl. Elías va a buscarlo. Situación.)
ELÍAS. — No lo encuentro...
D. GAETANO. — ¿Qué?
MUSTAFÁ. — ¡Cúmu!...
ELÍAS. — Ah, sí... aquí está...
D. GAETANO. — ¡Madonna, cuánto sufrire!...
ELÍAS. — Pero, ¿qué es esto? Se lo han comido los ratones. (Un solo grito.)
D. GAETANO. — ¡Ah! ¡Jesucristo cruchificati e avellenato!
MUSTAFÁ. — ¡Ah! ¡Bobre durco!
ELÍAS. — ¿Qué ha hecho, padre? ¿Por qué no me hizo caso?
D. GAETANO. — ¡Ah, turco maledetto!
MUSTAFÁ. — ¡Ah, bobre durco. ¡¡No va más Durquía!! (Cae de bruces, como muerto.)
D. GAETANO. — (Invocando de rodillas.) ¡¡Jesú, que venga un incendio al conventillo!!
(Sarita sobre el padre. Constantina en la cama. Peppino está como idiotizado.)

TELÓN

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