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El Gran Océano

Rafael Bernal
Primera edición (Banco de México), 1992
Primera edición (FCE), 2012
Primera edición electrónica, 2012

D. R. © 2012, Fondo de Cultura Económica


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ISBN 978-607-16-1200-7

Hecho en México - Made in Mexico


ÍNDICE

Prólogo a la edición del FCE, por Alfonso de Maria y Campos Castelló


Presentación [a la edición del Banco de México], por Miguel Mancera
Preliminar
Prólogo
Introducción

Capítulo I
Los primeros hombres en el Pacífico. Los negritos. Los australoides.
Los malayos. Los polinesios. Japón. China y los anamitas. El
comercio chino. Los melanesios y micronesios. Las costas
americanas.

Capítulo II
Los primeros contactos de Oriente con Occidente. Las grandes rutas.
Alejandro. Roma. Bizancio. El islam. Su expansión al Oriente. Los
malayos musulmanes. El sultanato de Sulú. Los mongoles. Los
grandes viajeros de Europa. Marco Polo.

Capítulo III
Portugal en el siglo XV. Don Enrique el Navegante. La revolución en
la geografía. La vuelta de África. El comercio con la India. Malaca.
Las Molucas. Macao. Japón. La decadencia. San Francisco Javier.

Capítulo IV
El hombre español en 1500. Su formación y su realidad. Colón.
Vespucio y De la Cosa. El fracaso en las Antillas. Balboa y el Mar
del Sur. La búsqueda del estrecho. Solís. Las juntas de Badajoz.
Magallanes. La primera circunnavegación. Loayza y Elcano. El
patache Santiago. Saavedra Cerón. El problema del tornaviaje.

Capítulo V
Culturas aisladas versus transculturadas. La conquista cortesiana. La
“igualación” de los naturales. La conquista como revolución social.
Suerte del indígena del mundo hispánico. El Tratado de Zaragoza.
Conquista del Perú. Continuación de las exploraciones españolas en
el Pacífico. Situación del Asia oriental hasta fines del siglo XVI.

Capítulo VI
Expedición de descubrimiento de las “Islas del Poniente”. Urdaneta
y López de Legazpi. Instrucciones para abrirse en alta mar. La ruta
de regreso a Nueva España. Viaje del patache San Lucas. Revueltas
de Plun y de los Carrión. Viaje del San Jerónimo a Cebú; motines.
Reacción portuguesa. El documento de Culhuacán. Continuada
espera de refuerzos e instrucciones. Establecimiento de la capital en
Manila. Muerte del gobernador Legazpi. Desarrollo del comercio
con China.

Capítulo VII
El continente austral. Papel del Perú en las exploraciones al sur del
ecuador. Álvaro Mendaña de Neira. Nuevas rutas de navegación por
el Pacífico. Pedro Fernández de Quiroz. Nueva Jerusalén y la Orden
del Espíritu Santo. La de Quiroz, última gran aventura hispánica en
el océano Pacífico. Misioneros en Filipinas. El galeón. Vida de los
chinos en Manila. Relaciones con el Japón.

Capítulo VIII
La situación europea. Inglaterra y el paso al Pacífico. Francis Drake.
Reacción española. Poblamiento del estrecho. Thomas Cavendish.
Richard Hawkins y el fin de las empresas piratas inglesas en el
Pacífico. Derrota de la Armada Invencible. La expansión holandesa.
Capítulo IX
La lucha por los mercados mundiales. Pérdida del poder portugués.
El comercio asiático: el té. La situación de China. El Imperio
hispánico. Los piratas a partir del siglo XVII. William Dampier. La
vida del marino inglés Woodes Rogers.

Capítulo X
Las guerras europeas. Planes ingleses para tomar Manila y
Cartagena de Indias. Dominio inglés de los mares y el comercio
internacional. Decadencia del Imperio español. Expulsión de los
jesuitas. La expansión rusa. Búsqueda inglesa del continente austral.

Capítulo XI
El despertar científico. La Condamine. Fermento cultural e
ideológico en las colonias americanas. Vuelta al mundo de
Bougainville. Posibilidad de las grandes navegaciones. James Cook.
Impacto de los viajes de Cook en Inglaterra. Nuevas expediciones.
Muerte de Cook. La moda del Pacífico invade Europa. Las
exploraciones francesas. La Pérouse. Sidney y los prisioneros
ingleses. El motín del Bounty. George Vancouver.

Capítulo XII
Expansión marítima de Occidente. Factores de cambio en el estatus
del Pacífico. Modificación de la importancia comercial de las
colonias asiáticas en Europa. China y el Asia sudoriental. Japón.
Expansión norteamericana en el Pacífico. Independencia de México.
Sidney, en la Nueva Holanda. Tasmania. Nueva Zelanda. Entrada
tardía de Francia a la carrera expansionista en Asia.

Capítulo XIII
El naciente sentido del colonialismo. La misión del hombre blanco.
El comercio de pieles. Los loberos. Los balleneros. Tasmania. Los
traders y los beach combers. Los plantadores. La economía de la
copra. La caña de azúcar. El guano. El comercio de hombres.
Capítulo XIV
Decadencia del espíritu misional hispánico. La Sagrada
Congregación para la Propagación de la Fe. Los sucesores del padre
Mateo Ricci. Las misiones en Vietnam. El rito mandarín y el rito
malabar. Los primeros cristianos en Corea. Las misiones de la
Iglesia ortodoxa rusa. Nacimiento del sentido misional protestante.
Las sociedades para las misiones. William Carey. Los misioneros del
Duff. Los reinos polinesios y los misioneros. Los misioneros
católicos en Oceanía.

Capítulo XV
El comercio en Cantón. La primera guerra del opio. La rebelión Tai
Ping. La segunda guerra del opio. Los tratados y puertos. La guerra
con el Japón. La emperatriz y la rebelión de los bóxers. La caída de
la dinastía Manchú. La República. El Kuomintang.

Capítulo XVI
El Japón en 1850. Los primeros intentos de comercio de los
occidentales. El comodoro Perry y sus “barcos negros”. Tratados con
otras naciones. Caída de los shogunes Tokugawa. La era Meiji. La
guerra contra China. La guerra contra Rusia. El Japón moderno hasta
1930.

Capítulo XVII
El colonialismo comercial del siglo XIX. Intentos de España por
recobrar sus colonias americanas. Expansión chilena al estrecho de
Magallanes. La guerra del Pacífico. La guerra hispanoamericana. La
ocupación de Filipinas por los Estados Unidos. La anexión de
Hawai. La independencia de Panamá y la apertura del canal.

Conclusiones
Bibliografía
A la memoria de los marinos mexicanos y filipinos que, con su
anónimo heroísmo, hicieron posible la gesta del Galeón de Manila.
No puedes hablarle del océano a una rana de charco; su esfera
es limitada. No puedes hablarle del hielo a un insecto del
verano; su capacidad está restringida por el tiempo. No puedes
hablarle del Tao a un pedagogo; su magnitud está confinada por
la enseñanza. Pero ahora que has salido de tu estrecha esfera y
has visto el Gran Océano, conoces ya tu propia insignificancia y
puedo hablarte de los grandes principios.
CHUAN-TZU
PRÓLOGO A LA EDICIÓN DEL FCE

Rafael Bernal y García Pimentel nació en la Ciudad de México el 28 de junio


de 1915. En ese año la famosa generación de los Siete Sabios iniciaba su
ascenso en la vida nacional. Fueron sus padres don Rafael Bernal Bernal y
doña Rafaela García Pimentel y Elguero. Por el lado materno, sus
antepasados —tanto los García Pimentel como los Elguero— habían sido
todos ricos propietarios y muy destacados hombres de letras del siglo XIX
mexicano.
Poco después de la muerte de su abuelo materno, Luis García Pimentel,
en 1930, al término de la guerra cristera en México, el quinceañero Rafael
Bernal salió a Montreal, Canadá, para estudiar su bachillerato en filosofía y
letras en el Loyola College de los jesuitas. Fue ahí donde perfeccionó los
idiomas inglés y francés que habrían de sustentar su carrera diplomática.
Después regresó a México para concluir sus estudios preparatorios en el
Colegio Francés de San Borja y en el Instituto de Ciencias y Letras, ambos de
la ciudad capital.
En 1933, con sólo 18 años de edad, Rafael Bernal decidió probar fortuna
en Chiapas con el famoso “oro verde”: el cultivo del plátano. Si bien el
resultado fue un rotundo fracaso en lo económico, que él con su ingeniosa
ironía recordaría después: “¡qué oro verde ni qué nada, puro loro verde fue lo
que encontré!”, en lo intelectual y en lo humano mucho fue lo que aprovechó
con este autoexilio en la selva chiapaneca. Al rico patrimonio de imágenes
bucólicas de Tenango y La Gavia, propiedades de sus tíos, vino a sumar la
exuberancia y la crueldad de la costa, la sierra y la selva chiapanecas. Éstas le
dieron un material riquísimo que supo explotar durante muchos años en
cuentos, novelas y obras de teatro. Su estancia en el sureste mexicano se
prolongó tres años, hasta 1936.
Arrancado de los “horrores de la selva”, que, como él decía, todo lo
destruye, Rafael Bernal regresó a la Ciudad de México y coqueteó con la idea
de estudiar alguna carrera universitaria, como derecho o filosofía y letras, y
siguió algunos cursos pero decidió entonces ir a probar fortuna a Europa. Más
tarde, en su edad madura como diplomático, lamentó no contar con una
carrera universitaria, “con los papeles al menos”, que le permitieran
convertirse en académico, profesor e investigador. Hacia fines de la década
de los años treinta colaboró como guionista en dos películas de la naciente
industria del cine mexicano. Con lo ahorrado, partió a Europa a estudiar,
escribir y abrirse nuevos horizontes.
Llegó pues a París, donde estudió cinematografía, lo que le serviría para
elaborar luego sus guiones dramáticos y de radio y televisión. También
trabajó en el periodismo y enviaba regularmente crónicas y artículos para
periódicos de México como Excélsior y Novedades. Todo esto habría de
dejar una viva impresión en el joven veinteañero. También conoció Nueva
York y más tarde la costa oeste, Hollywood, la meca del cine, donde también
probó fortuna como guionista y se acercó a actores como Dolores del Río y
Jorge Negrete.
En 1941 publicó su primera obra literaria formal bajo el título de
Federico Reyes el cristero, en la serie Prosas Breves de la editorial Canek,
que fundó con José Muñoz Cota. Se trata de un elaborado pero eficaz poema
narrativo, una especie de corrido, lleno de imaginería popular y religiosa que
canta el drama de los cristeros y en el que el protagonista es un hombre
“rápido en el combate y lento en el consejo”.
Dos años más tarde, en 1943, ya de regreso a México, Bernal pasa de la
denuncia cristera al grito anticapitalista. El tema no puede ser más
cosmopolita, la ciudad de Nueva York; pero el tono es crítico y desgarrado,
lo que, a pesar de sus orígenes sociales, lo aleja de la generación literaria que
lo antecede, la de los llamados Contemporáneos. Así, bajo el exótico sello de
ediciones Quetzal —probablemente de su propia creación también—,
Improperio a Nueva York y otros poemas retrata esa nueva jungla, la del
asfalto; la urbe capitalista denigradora del hombre, racista y destructiva.
En 1946 Rafael Bernal publica en Editorial Jus, que lo acompañaría casi
siempre a partir de entonces, seis cuentos breves de la selva bajo el título
sugerente y eficaz de Trópico. La portada del libro fue bellamente ilustrada
con un lagarto o caimán, del pincel del célebre muralista y pintor Fernando
Leal. El tema es Chiapas. Remata el ciclo narrativo inspirado en la selva del
sureste mexicano una novela magistral, pionera en la literatura de ciencia
ficción en México, junto con las de Francisco Tario, Su nombre era muerte.
Paralelamente a sus novelas sobre la selva, el hombre y Dios, de los años
cuarenta, Bernal cultivó con éxito el género policiaco, al cual regresaría casi
al final de su vida para conquistar el mundo literario mexicano con El
complot mongol (1969), tres años antes de su muerte.
Poco antes de llegar a los 35 años de edad, hacia el final de la década de
los cuarenta, Rafael Bernal se entregó de manera casi total al activismo
político y a la causa del sinarquismo que defendía el partido Fuerza Popular.
El dato es relevante porque, como se sabe, el sinarquismo se formó con el
campesinado del centro y el norte del país, y sus líderes fueron todos ellos
profesionistas de clase media, sin descontar a intelectuales que, sin ser
miembros del movimiento, simpatizaron con él, como José Vasconcelos o el
fundador del Partido Acción Nacional, Manuel Gómez Morin. No fue, por
tanto, un movimiento que reclutara adeptos de las clases altas. Rafael Bernal
fue una de las excepciones y para cuando llegó el sexto jefe nacional, Luis
Martínez Narezo, Bernal ocupó la cartera de secretario de Finanzas.
Convertido ya en un escritor y orador destacado, a Bernal se le recuerda
también por los hechos registrados en pleno alemanismo, cuando el gobierno
llevó a cabo la agresiva campaña contra la aftosa mediante la aplicación del
“rifle sanitario”. Tal es precisamente el tema de la novela realista de Bernal:
El fin de la esperanza. Se trata de un auténtico compendio de los ultrajes de
la Revolución, la guerra contra los cristeros, el agrarismo cardenista y la
corrupción del campo en la época alemanista, acentuada por la campaña
contra la aftosa y el uso del “rifle sanitario”. Todo esto promovido, según el
autor, por el dinero y la actitud afrentosa de Washington.
Hoy inconseguible, esta novela magistral no corrió mejor suerte en su
momento. Publicada en 1948, el mismo año en que Bernal cayó varias veces
en la cárcel por su activismo político.
Enganchado en la diplomacia por el propio secretario de Relaciones
Exteriores, Bernal coincidió nuevamente en el trabajo de esos años con su
querido hermano Joaquín, varias veces director de protocolo y embajador en
Etiopía, Senegal, Suiza, cónsul en Nueva York y embajador en República
Dominicana, país donde murió en la última década del siglo XX. La
trayectoria diplomática de Rafael habría de ser más corta y menos
impresionante que la de Joaquín, pero intensa y creativa en lo intelectual y
literario. Su ficha de filiación en el expediente del Servicio Exterior lo
describe como casado, de 1.89 de estatura, tez morena, pelo negro, frente
grande, cejas espesas y juntas, ojos castaños, nariz convexa y boca mediana.
Como referencias se menciona a Agustín Velázquez Chávez y a su amigo de
la época de la Editorial Canek, el también diplomático José Muñoz Cota.
El 29 de junio se ordena el retorno de Bernal a México por haber llegado
ya el nuevo embajador mexicano ante el gobierno de Honduras, Reyes Ruiz,
al que llamaban de cariño el señor Bonjour Tristesse. En Tegucigalpa,
empero, su trabajo fue paciente y sensible. Su éxito no pudo ser mayor dada
su inteligencia, educación y chispa personales. También le fue de utilidad
haber conocido en México, como estudiante universitario, al entonces
secretario del Trabajo del gabinete hondureño.
Incluso antes de volver a México ya designado el nuevo embajador,
Rafael Bernal siguió en el centro de la intelectualidad, la cultura y la
diversión hondureñas, lo que le permitió obtener la amistad generosa del
presidente Villeda Morales. Apenas dos meses después de su regreso a
México, el 8 de septiembre de 1961, recibió su traslado para el otro lado del
mundo, como los mejores navegantes de que siempre hablaba, a Filipinas.
Por cierto que desde 1950, bajo el sello de Jus, había publicado, con una
dedicatoria a Emilio Salgari, Gente de mar, un librito de biografías literarias,
muy al estilo de Lytton Stratchey, que mostraba una de sus nuevas pasiones,
junto con la hacienda rural y la selva: el mar. De aliento más literario que
histórico y de estilo fluido y grato, la obra recrea en primer término la vida de
Caracciolo, que como diría el poeta catalán José Agustín Goytisolo, era un
“pirata honrado” que prohibió la bebida y la blasfemia en sus barcos, como el
Victoire, y que con sus amigos Misson y Tew fundaron en el sudeste asiático
la población independiente de Libertatia. La segunda incursión corresponde a
Edward Teach, Barbanegra y el mayor Stede Bonnet, quienes dominaban la
costa atlántica del sur de los Estados Unidos y el Caribe en su célebre barco
Revenge; la tercera es la de Anne Bonny y Mary Read, bellas muchachas
caribeñas “de tez morena, con los ojos grandes y azules, el pelo rojo de cobre
y un genio endiablado”; la cuarta biografía es sobre el extravagante Jurgen
Jurgensen, rey de Islandia, que combatió primero a los intervencionistas
daneses y regresó después a los mares del Sur como el pirata que siempre fue.
Finalmente, y como una extraordinaria premonición del destino del autor en
Filipinas, 10 años antes de su entrada al Servicio Exterior, cierra el volumen
la biografía de Gerónimo de Gálvez, piloto del rey, que desde Nueva España
se dirigió a Filipinas para vengar la muerte de su prometida.
Desde finales de 1961 se encuentra Rafael Bernal en Manila, a la vía del
Gran Océano; la embajada está encabezada por un hombre de carrera con
experiencia, Muñoz Zapata, y durante los cuatro años que permanece ahí, es
ascendido a primer secretario. Era presidente de Filipinas el muy ilustrado
Diosdado Macapagal, y el hecho de que Bernal fuera un hombre de cultura y
de letras le permitió una especie de diplomacia extraordinaria de notables
resultados. En efecto, aprovechando la visita del presidente Adolfo López
Mateos, el “presidente viajero”, y el aniversario de los 400 años del
descubrimiento de las islas por los novohispanos que partieron de México, se
creó una “corriente intelectual transpacífica” de gran utilidad.
De inmediato Bernal estableció contactos académicos con la Universidad
Dominica de Santo Tomás, hija de la Real y Pontificia Universidad de
México, y con los círculos de tradición hispánica. Invitó a Filipinas a
intelectuales mexicanos como Jaime Torres Bodet, Miguel León-Portilla,
Ignacio Chávez, Luis Villoro y Lothar Knauth, entre otros, y las
publicaciones sobre la Nao de China, o de Acapulco, o el también llamado
Galeón de Manila, no se hicieron esperar. Durante su breve visita, el propio
presidente López Mateos donó a la Biblioteca Rizal una selección de
ediciones finas reunidas por el historiador Arturo Arnaíz y Freg. Más
aproximaciones a su gran “biografía” del océano Pacífico.
Posteriormente, Bernal escribió su largo ensayo México en Filipinas.
Estudio de una transculturación, publicado por el Instituto de Investigaciones
Históricas de la UNAM, con prólogo de Miguel León-Portilla, en 1965, poco
antes de que Bernal dejara Filipinas.
Obra sin parangón, en ella sobresale el influjo mexicano sobre la Filipinas
del siglo XVI, especialmente a través de la lingüística y lo popular. Celebra no
sólo a los grandes navegantes, militares y religiosos novohispanos, sino a los
llamados guachinangos, mestizos mexicanos de las clases bajas —marineros
y soldados, entre otros— que llevaron y trajeron a través del Pacífico sus
costumbres: comida, vestido, etc. Bajo el signo del Año de la Amistad
México y Filipinas 1564-1964, en sólo cuatro años Rafael Bernal dejó una
huella indeleble en la historia de ambos países. Sus servicios fueron tan
provechosos que, poco antes de la visita del presidente López Mateos a los
países asiáticos, fue trasladado a Japón, entre el 25 de junio y el 1º de
septiembre de 1962, para apoyar el relevo del embajador saliente, Jorge
Castro Valle, por el que sería designado con motivo de la visita presidencial.
Sus servicios discretos y exactos oficios fueron entonces reconocidos por su
profundo conocimiento de la cultura y la historia de los pueblos de Asia-
Pacífico y su relación con México.
Fue en Filipinas donde Bernal escribió y publicó, esta vez en inglés, la
lengua franca entre el español en desuso y el tagalo local, su prólogo para
Historia de Filipinas durante el siglo XVI, y una sección de la historia de Los
chinos en Filipinas. Empezó en esos años también la investigación que
sustenta la presente obra: El Gran Océano, publicada muchos años después
de su muerte, en 1992, por el Banco de México. Auténtica biografía del mar
Pacífico, protagonista semejante, toda proporción guardada, al que Braudel
perfiló en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II.
El 27 de diciembre de 1965, con 50 años cumplidos, Rafael Bernal es
informado por la Secretaría de Relaciones Exteriores que tendrá la función de
encargado de negocios ad interim en la embajada de México en Perú, país
también ribereño desde América del océano Pacífico. La penetración social
de Bernal y su diplomacia extraordinaria por vía de la cultura fue inmediata.
Como lo había hecho antes en Manila, ahora se incorporó como profesor en
la Universidad Católica de Lima. El diplomático Bernal era una realidad. Por
entonces debió someterse a exámenes médicos que empezaron a nublar no
sólo sus pulmones, sino la perspectiva entera de su vida. Se volcó entonces en
su tiempo libre a proseguir su obra magna El Gran Océano y terminó la
novela negra, más que policiaca, que lo consagraría ante la crítica y, sobre
todo, entre los lectores, El complot mongol.
El 23 de mayo de 1969 Rafael Bernal recibió su traslado a Berna, Suiza.
Consideraciones de tipo personal y de salud ayudaron a dicho traslado por
intermediación de don Alfonso de Rosenzweig, entonces director general del
Servicio Exterior.
Instalado ya en la capital de Suiza fue condecorado por el gobierno de
Perú, y con apoyo del embajador Federico Mariscal buscó los contactos con
el medio académico local, que en todas sus anteriores adscripciones le había
resultado útil y placentero. En la Universidad de Friburgo encontró tanto la
masa crítica de los temas que más le interesaban entonces —la expansión de
Occidente en Asia y América durante el siglo XVI—, como al grupo de
autoridades y especialistas que podrían ayudarlo en sus estudios.
Tras reconocer sus méritos de inteligencia, cultura y buena pluma, la
Universidad de Friburgo le abrió las puertas, y así, poco antes de su muerte,
pudo doctorarse con todos los honores —summa cum laude— con una tesis
escrita en español: Mestizaje y criollismo en la literatura de la Nueva España
del siglo XVI. Con ese mismo título su familia logró, 20 años después, que el
Banco de México nuevamente sufragara su edición, hoy agotada. Días antes
de fallecer, lo que sucedió el 17 de septiembre de 1972 en Berna, ya contaba
con el ascenso a consejero del Servicio Exterior Mexicano, habiéndose
cancelado, por enfermedad, su traslado a Colonia, Alemania.
En El Gran Océano, Rafael Bernal volcó sus años de diplomacia e
investigación cultural sobre México, Perú, Filipinas, Japón y China. La obra
de Bernal es una suerte de biografía cultural de la parte más extensa del
planeta: el océano Pacífico con sus principales civilizaciones costeras e
insulares. Se trata de conocer los intercambios que tenían lugar a través de
esos dos grandes continentes: América y Asia, separados por un inmenso
mar, incorporando también a los diferentes grupos antropológicos insulares.
Así, curiosamente, a la manera de otro gran autodidacta contemporáneo,
Miguel Covarrubias, quien estudió Bali y la Melanesia, además del Istmo de
Tehuantepec, Rafael Bernal desde Perú y Suiza escribió sobre los procesos de
transculturación entre Filipinas y México, China y Perú, por poner una
muestra. Sólo que para llegar a esos intercambios culturales Rafael Bernal se
remontó desde el origen de los primeros grupos de población en la costa
asiática, los llamados “negritos”, malayos, chinos y japoneses, hasta la
presencia de los exploradores portugueses, españoles e italianos al servicio de
los reinos de Portugal y de España. Como Enrique el Navegante, Magallanes,
Balboa, Cristóbal Colón, Américo Vespucio y Juan Sebastián Elcano, y más
tarde su seguidor, Urdaneta, que encontraría el viaje de Tornavuelta, Filipinas
a México.
En los primeros capítulos, a manera de gran síntesis se relatan tanto la
exploración de África como el camino a las Indias —India y China— que
resultó en el descubrimiento de América. Todo ello con gran erudición y
precisión, pero en un relato ágil y accesible.
Desde la gran revolución portuguesa en las embarcaciones de velas —
goletas, galeones y pataches— hasta el conocimiento de los mapas, rutas,
vientos y estrellas que los llevó a controlar la ruta alrededor del cabo de
Buena Esperanza, hasta el comercio con Oriente con los musulmanes a los
que arrebataron la importante ciudad de Goa, de donde saldrían telas,
diamantes, perlas y otras piedras preciosas, pero sobre todo el valioso marfil
tallado.
A la par de estas conquistas y del establecimiento de rutas, surgen los
primeros esfuerzos por propagar el cristianismo. Primero con la humildad de
Francisco Javier, y después con los conocimientos de la filosofía de Confucio
que tenía el jesuita Ricci o el padre Roberto Nobili en la India con la filosofía
brahmánica.
Posteriormente, El Gran Océano entra en el relato de Portugal, extenuado
económicamente por España, que aprovecha los nuevos conocimientos de la
navegación portuguesa así como sus propios marinos e italianos. En un inicio
fue la corte española, la reina Isabel, como antes sus homólogos portugueses
en África, la que abrió el camino con Colón. Más tarde la conquista de
América con Cortés y Pizarro se dio como un negocio privado, que cuando
mostró ganancias fue controlado nuevamente desde la corona española.
La Iglesia de la Contrarreforma de Erasmo y Vives fue la que se ocupó en
América de la “conquista espiritual” con franciscanos humildes y de
posición, entre quienes destaca sobre todos Vasco de Quiroga, “Tata Vasco”,
como se le conoció con cariño en Valladolid, México. En materia de
navegación serían Magallanes y Elcano los primeros en dar la vuelta al
mundo; fue entonces que las Filipinas aparecen por primera vez para los
españoles pero llegando desde la India.
Fue mucho más tarde y desde México, con criollos y mestizos lidereados
por Urdaneta, que se logró la ruta de ida y vuelta entre Filipinas y Nueva
España que daría lugar al fascinante comercio monopólico de la Nao de
China o del Galeón de Manila que transformaría el gusto de todas las clases
sociales del reino de México, desde la china poblana, originaria de India,
hasta biombos, joyas, objetos de marfil y lacas que se asentaron y se
reinventarían hasta el día de hoy en ciudades no lejos de las costas del
Pacífico: Uruapan en Michoacán, Olinalá en Guerrero y Chiapa de Corzo en
Chiapas. Este vínculo transcultural dejó su impronta lingüística y culinaria en
Filipinas gracias a los llamados guachinangos (mestizos mexicanos), que
fueron como tropa novohispana a la colonización de Filipinas.
En efecto, a finales del siglo XVI el nuevo soberano español Felipe II, en
su afán cristianizador, ordenó a fray Andrés de Urdaneta ir a las “islas del
Poniente hacia las Malucas”; esto es, a las Filipinas. El Gran Océano trata
entonces de la conquista de las Filipinas, la fundación de Manila bajo
Legazpi y la apertura del viaje de Tornavuelta a la Nueva España en medio
de grandes vicisitudes. Asimismo, el establecimiento de los agustinos
mexicanos en Filipinas para propagar la fe en ese lugar. El establecimiento
español en Filipinas tomó varios años y muchas vidas, entre las que
estuvieron las de muchos nacidos en México. En el siglo XVII, los
descubrimientos al sur del Perú por el Pacífico, en Ecuador, y la lucha por el
paso por el norte de América donde el pirata Drake genera la reacción
española. Poco más tarde terminarían las empresas piratas inglesas en la
región, mientras los holandeses se lanzan al control del Pacífico Sur
desafiando los intereses portugueses.
La derrota de la Armada Invencible le significará a España un costo
enorme frente a Inglaterra y las potencias europeas. Se inicia ahí, según relata
en su obra Rafael Bernal, la disputa por los mercados globales mientras
China se cierra, salvo por los contactos vía Filipinas con españoles y
holandeses. Es el XVIII el siglo de las nuevas grandes expediciones científicas;
en este caso, Cook por Inglaterra y La Pérouse del lado francés reavivaron el
interés por el Pacífico, por sus plantas, animales, sus pueblos y sus formas de
vida.
Así, Bernal llega a la independencia de los Estados Unidos, que se
convertirá en un nuevo jugador en el Pacífico. La independencia, más tarde,
ya en el siglo XIX, de México y las colonias españolas, la tardía entrada de
Francia a la carrera asiática; así como Rusia en América desde Alaska hasta
topar con las colonias mexicanas en Alta California y Oregon. El Gran
Océano inicia su cierre con el relato sobre los enclaves extranjeros en China
y sobre todo con la famosa guerra del opio, que impulsaría la caída de la
propia dinastía Manchú y el surgimiento en pleno siglo XX de la República
del Kuomintang. Paralelamente surgirá el nuevo Japón moderno con la caída
de los shogunes y la guerra con China.
Cierra su fantástica obra Rafael Bernal con el fin de las colonias
españolas en el Pacífico. Las Filipinas y Cuba son cedidas a los Estados
Unidos en la guerra hispanoamericana; la anexión de Hawai y la apertura del
esperado canal de Panamá. Este canal permitirá por primer vez la navegación
del Atlántico al Pacífico sin pasar por el largo y temido Cono Sur y el
aumento del comercio mundial, al acortar la ruta.
Finalmente cabe mencionar que la primera edición de esta obra por el
Banco de México se hizo con motivo del quinto centenario del Encuentro de
Dos Mundos, como llamaría Miguel León-Portilla a esta importante pero
cruenta gesta de conquista cultural y espiritual que produjo el mestizaje
mexicano y nuestro México con una identidad propia.
Así, entre marinos, piratas, balleneros, soldados, conquistadores y
conquistados, nuevas plantas y animales y un notable avance científico, en lo
geográfico y en lo natural, se lleva a cabo el acontecer de una historia de
intercambios de tres continentes teniendo como protagonista al Pacífico, el
Gran Océano por excelencia.
ALFONSO DE MARIA Y CAMPOS CASTELLÓ
PRESENTACIÓN

La conmemoración, en el presente año de 1992, del Quinto Centenario de la


gesta emprendida por Cristóbal Colón aparece en el mundo de habla española
como ocasión igualmente propicia para rescatar del olvido una hazaña de
proporciones semejantes: la exploración y conquista del océano Pacífico,
epopeya en la que cabe a nuestro país un lugar eminente.
Por uno de esos extraños enlaces que el azar teje cotidianamente, en 1992
se cumple también el vigésimo aniversario del fallecimiento del distinguido
ensayista, poeta y diplomático Rafael Bernal y García Pimentel, ocurrido en
Berna, Suiza, el 17 de septiembre de 1972. Rafael Bernal podría ser con
justicia llamado el historiador por excelencia del que él mismo llamaba, con
constancia ininterrumpida, el Gran Océano, objeto permanente de su
cuidadosa e incisiva mirada de humanista.
Al sobrevenirle la muerte, Rafael Bernal había logrado dar cima a su
ambicioso proyecto de escribir “la historia” de su admirado Gran Océano,
resumiendo bellamente, en un libro lleno de eruditos e interesantes capítulos,
el devenir de este mar que nació a la conciencia de Occidente en el siglo XVI
como un mar hispánico.
Revisado por su autor a lo largo de cuando menos cinco años, el libro se
hallaba listo para su edición, faltando adicionarle únicamente el prólogo, las
conclusiones y la bibliografía, partes que el doctor Bernal había ya
desarrollado en diversos grados, cuando ocurrió su lamentado deceso. Apenas
unos meses antes, en julio de 1972, había recibido, cum laude, de la
Universidad de Friburgo, Suiza, el grado de doctor en letras, con una tesis
relativa al Mestizaje en el idioma español en el siglo XVI.
La obra de Rafael Bernal publicada antes de esta primera edición del libro
que presentamos, tan rica y diversa, y tan fiel reflejo de su propia vida, basta
para asegurarle un lugar destacado en la vida intelectual de la patria que tanto
amó. Sin embargo, se encontraría trunca al faltar en ella, como hasta ahora,
aquella muestra de su pensamiento que, hemos dicho, mejor permite apreciar
el objeto de su profundo e insistente interés: el Gran Océano.
Así, conjuntando el propósito de conmemorar el quinto centenario del
Encuentro de Dos Culturas, con el de redondear la fecunda producción
literaria, poética y particularmente histórica de Rafael Bernal y García
Pimentel, en el vigésimo aniversario de su muerte, el Banco de México
publica El Gran Océano.
El lector habrá de tener presente, en todo momento, que ésta es una obra
cuya redacción se concluyó alrededor de 1965 y que continuó siendo revisada
por su autor a principios de la década de los años setenta. En la presente
edición se ha procurado incorporar todos aquellos elementos que debieron
formar parte de ella, pero cuya elaboración no se vio sujeta a la minuciosa
revisión que el autor acostumbraba en sus escritos. Es de lamentar, en
particular, la ausencia de la rica bibliografía que la lectura del texto promete.
[*]
El Banco de México desea hacer patente la valiosa colaboración recibida
de la señora Idalia Villarreal de Bernal y del señor ingeniero Rafael Bernal y
González Arce, esposa e hijo del autor, quienes se esforzaron por rescatar y
poner en nuestras manos todo el material relacionado con la presente
publicación, así como el material gráfico y biográfico relacionado con el
doctor Rafael Bernal y García Pimentel.

MIGUEL MANCERA
Director general del Banco de México
[1992]

[*] En el ánimo de resarcir esta ausencia, la presente edición incorpora la bibliografía citada
por el autor a lo largo del texto, así como una selección de obras clásicas e
imprescindibles para el lector interesado en el tema [N. del E.].
PRELIMINAR

Se dice que el hombre ha logrado vencer las distancias y, por lo tanto, ha


reducido en tiempo la superficie del globo a tal extremo, que ahora todos los
pueblos del mundo son vecinos entre sí. Y ser vecino significa compartir
gozos y problemas. Por lo tanto, ya no existe un solo problema en el mundo
que no se convierta al instante en un problema universal. El hambre en la
India, el resentimiento sordo de China hacia sus expoliadores, la injusticia
social en muchas naciones sudamericanas, la racial en los Estados Unidos o
en la Unión Sudafricana, son problemas que afectan al hombre del siglo XX,
cualquiera que sea el lugar donde viva; y no lo afectan tan sólo moralmente o
en un sentido afectivo y romántico, sino en su propia economía y su propia
seguridad. Y lo afectan también en los programas que, como parte de un
grupo humano, pueda tener para el futuro. Y es que hemos llegado a vivir una
historia verdaderamente universal, fruto no tan sólo de esa reducción en las
distancias, sino de un largo proceso histórico que culmina con el asombroso
fenómeno de la expansión de los pueblos que hemos dado en llamar
“Occidente” y otros que, aun cuando muchos historiadores les niegan el título
de occidentales, han formado parte de esa expansión y de la creación de la
universalidad de la historia.
El hombre actual no está preparado a vivir con ese fenómeno y aún busca
las defensas que cree indispensables, en las diferenciaciones y divisiones que
han servido para darle identidad propia entre los otros hombres. Pero la
universalidad tiende a destruir esas divisiones y diferenciaciones de grupos.
El Occidente, por llamarles así a los pueblos de la expansión, en su avance no
tan sólo destruyó o modificó las culturas con las cuales tuvo contacto, sino
que implantó una serie de modalidades y de sistemas que son ya idénticos en
todo el mundo. Los principales son los de la ciencia y la tecnología, que
obedecen a leyes universales…
PRÓLOGO

No sé, en verdad, cuándo empecé a interesarme por el océano Pacífico y su


historia. Tal vez fue la lectura de la colección de los viajes clásicos que
publicara, en la década del veinte, Espasa-Calpe, sobre todo los luminosos
diarios del capitán Cook. Para esas fechas yo nunca había visto el Pacífico,
tan lejano entonces de la Ciudad de México y probablemente no tenía
conciencia de la importancia que los hombres de mi patria tuvieron en ese
mar durante más de dos siglos. Claro está que el Gran Océano ya estaba
mezclado a las familiares leyendas: sabíamos de san Felipe de Jesús, y el 5 de
febrero íbamos al viejo Teatro Hidalgo a ver la representación de su vida, con
la tormenta en las costas de Japón y las cruces en Nagasaki. Objetos
familiares eran el papel de China, ocultador de yemitas de huevo, adorno de
embarazadas piñatas durante las posadas y de calles y balcones; el mango de
Manila, el mantón que también era de ese lugar mítico llamado Manila,
deslumbrante de sedas y de flores coloridas, y los tibores y la china poblana.
Todo eso nos hablaba del Oriente y de ese Gran Océano, tan cercano en sus
dones antiguos, y tan lejano en su moderna presencia, que todo el
conocimiento de ello quedaba envuelto en el misterio.
Más tarde, al despertar una más profunda conciencia histórica, empecé a
buscar con ahínco mayores datos y documentos. La lectura de los cronistas
españoles me fue abriendo horizontes y el compañero de Magallanes,
Antonio de Pigafetta, fue el primero en llevarme a esas islas, ahora tan
amadas, de las Filipinas. Aparecieron libros sobre Magallanes, como el de
Stephan Zweig, encontré los trabajos de don José Toribio Medina sobre el
Pacífico y cayó en mis manos la primera edición del extraordinario libro de
Schultz The Manila Galleon. Tal vez entonces, hará de esto unos 30 años,
resolví dedicar todo el tiempo posible a hacer un estudio sistemático de la
historia de ese mar extraordinario.
Al principio me concreté a leer todas las crónicas y relatos de
navegaciones en el Pacífico, desde Magallanes y los primeros españoles y
portugueses, hasta los exploradores de la Antártida, pasando por los piratas,
los balleneros y los aventureros. Allí entré en contacto con personajes tan
extraordinarios como el pirata Lunahon, o William Dampier, o Pedro
Sarmiento de Gamboa. En esos afanes empecé a darme cuenta de lo poco que
se había escrito en español sobre el tema. Aparte de las crónicas y diarios de
navegación, difíciles de encontrar por lo general, no había prácticamente
libros modernos, con la excepción de una biografía, bastante plagada de
errores, que publicara el R. P. Mariano Cuevas sobre fray Andrés de
Urdaneta. Resultaba extraordinario que, habiendo sido el Pacífico tan
importante en la historia de México, se tuviera tan poco en cuenta y se
hubiera estudiado tan poco en nuestro medio. Parecía como si México, al
haber perdido en su independencia toda ambición de expansión al oriente,
hubiera perdido al mismo tiempo todo interés en la historia que lo ligara a ese
mar. Esto me movió, aún con más empeño, a seguir adelante en el estudio
que me había propuesto.
Después de leer muchos volúmenes de viajes, de exploraciones y
aventuras, me di cuenta de que por ese camino lograría a lo más hacer una
síntesis de las grandes colecciones de relatos de viajes, como la de Hackluyt
o la de Fernández Navarrete, pero que el lector de esa síntesis no llegaría a
entender la verdadera historia del hombre en esa zona.
Por un lado, la historia es el estudio del suceder del hombre y en el mar
no hay hombres. El mar en sí es antihistórico, porque es inmutable en su
esencia y en su forma. La tierra también lo es, pero sirve como lugar de
habitación para el hombre y teatro del suceder humano; así, cuando decimos:
la historia de España, no pensamos en el estudio de los cambios geológicos o
climáticos que han afectado a esa porción del mundo, sino al estudio del
suceder en el tiempo de los hombres y mujeres que han habitado esa parte del
mundo. Claro está que también podemos estudiar los cambios que ha sufrido
la geología, la hidrografía, el clima, la flora o la fauna, pero éstos se estudian
en las ciencias naturales y tan sólo entran a la historia cuando afectan el
devenir del hombre.
Pero en el mar, repito, no habitan hombres y así la historia del Pacífico no
puede ser el estudio del suceder de los grupos humanos que habitan esa área
del globo. Cierto es que hay miles y miles de islas regadas en la magnitud del
Gran Océano, muchas de ellas habitadas desde tiempos antiguos, pero si
tratáramos de conocer la historia de cada uno de esos grupos, nos
encontraríamos ante un mosaico de pequeñas culturas, ante un enorme
catálogo de curiosidades etnográficas dispersas. Sabríamos que en algunas
islas se acostumbraban los sacrificios humanos, que en otras el canibalismo
era habitual; conoceríamos muchos diferentes pensamientos acerca del sexo,
de la virginidad y de la familia; tendríamos frente a nosotros una enorme
variedad de sistemas de alimentación, de agricultura, de caza y de pesca. En
pocas palabras, tendríamos a lo más un enorme acopio de datos para la
etnografía o tal vez la antropología social, pero no para la historia, porque su
estudio es, como lo ha resumido Toynbee en forma tan admirable, el estudio
de un campo histórico inteligible.
Entre los grupos que habitan el Pacífico, ese campo histórico se reduce a
un atolón, cuando más a un pequeño archipiélago. Estudiar un campo
histórico es, necesariamente, estudiar procesos de transculturación, y en el
medio isleño del Pacífico la mayor parte de esas transculturaciones son tan
vagas, tan remotas y la memoria histórica tan breve, que no dan lugar a la
formación de un verdadero conjunto estudiable, como sucede por ejemplo
con Mesoamérica o con la Insulindia. Es cierto que se han hecho muy
notables estudios tratando de perseguir, en la bruma del tiempo y entre las
nubes de la mitología de las genealogías, esa transculturación indispensable
al nacimiento de una cultura, pero a pesar de los brillantes trabajos realizados
por hombres como Peter Buck, Shapiro o Suggs, no logramos ver ese campo
histórico inteligible y, por lo tanto, el cúmulo de brevísimas historias de los
pueblos del Pacífico no nos proporcionaría una imagen histórica verdadera y
su estudio se relacionaría mucho más con la etnología que con mi propósito.
Pero ya hemos visto que el estudio de un campo histórico inteligible
empieza necesariamente por el estudio de uno o varios procesos de
transculturación y allí es donde aparece la importancia del mar en el proceso
del hombre. El mar puede ser barrera final o camino fácil. En sus dos
aspectos modifica la cultura de los pueblos ribereños o isleños. En el primero,
los limita, los aísla; en el segundo, les abre los horizontes inmensos de la
expansión y de la transculturación. Así, el pueblo para el cual el mar
representa una barrera, será el que recibe las culturas exógenas y modifica
más profundamente la suya; y el grupo humano que considera el mar como
un camino, será el que lleva su cultura, el que la impone a otros pueblos, el
que transcultura.
Típico caso de este segundo grupo lo fue el de los pueblos mediterráneos,
emanados de la síntesis greco-hebraica, en sus tres grandes ramas. Con
criterio bastante parroquial y considerable ceguera se le ha dado el nombre de
Occidente a uno de esos tres grupos tan sólo: la rama cristiana con
antecedentes en el Imperio romano. Los otros dos, el cristianismo ortodoxo
griego y el islam, no suelen considerarse como parte de Occidente. No es éste
el lugar para estudiar las razones de esta omisión que provoca tan increíbles
confusiones y que llega hasta la graciosísima distinción de una doctora
norteamericana según la cual el hombre en el mundo se divide entre
occidental y no occidental.
Pero es, sin duda, en el tiempo histórico que conocemos, ese grupo de
pueblos nacidos de la síntesis greco-hebraica el que ha buscado la expansión
marítima o terrestre, más allá de sus necesidades demográficas, hasta cubrir
con su presencia toda la superficie del globo. Así, los demás grupos humanos
se han convertido en receptores de esas tendencias culturales y han sido
influidos por ellos con mayor o menor profundidad, o bien, han desaparecido
de la faz de la tierra, ante el empuje de los expansionistas.
Con este criterio, ya se perfilaba claramente cuál sería el alcance de
escribir la historia del océano Pacífico. Sería el estudio de esa incontenible
transculturación que ha venido sucediendo desde el siglo XIV, en diversas
zonas del océano y para lo cual éste ha servido como camino. Sería, en pocas
palabras, un ensayo de estudio acerca de la llamada expansión de Occidente
en el Pacífico.
De todos los fenómenos históricos conocidos, esta expansión es la que
mayores efectos ha provocado y ahora podemos afirmar que en el mundo
actual no hay un solo hombre o mujer cuya vida o cuyo devenir histórico no
haya sido modificado en mayor o menor grado por esa expansión. Pero no tan
sólo se ha modificado la vida de los pueblos que recibieron esa expansión,
sino la de los mismos expansionistas. Se dice que la Revolución industrial de
fines del siglo XVIII y principios del XIX movió a Inglaterra hacia una
expansión colonialista. Pero, por otro lado, esa revolución fue posible porque
la expansión inglesa ya estaba en marcha desde el siglo XVI. Así, Inglaterra,
en su expansión colonial, modificó fundamentalmente la vida de los pueblos
con los cuales entró en contacto, pero, debido al mismo fenómeno, la
sociedad inglesa sufrió cambios hasta en su misma estructura, que han
afectado su devenir histórico.
Una de las consecuencias de esa expansión es la de la universalidad de la
historia que vivimos ahora y que, salvo una catástrofe difícil de imaginar,
será ya un factor permanente en la cultura del hombre. Al desaparecer los
grandes imperios coloniales y crearse decenas de naciones y de
nacionalismos y regionalismos, sigue presente el factor determinante de lo
universal en el pensamiento del hombre. Por una parte, la tecnología y el uso
creciente que hace el hombre de ella nos conduce a ciertas normas
universales. Un motor de explosión funciona por los mismos principios de la
física en Pekín que en Washington. Por otra parte, ciertas ideas políticas,
como la de democracia, entendida de diferentes modos, pero democracia
siempre, ha tomado carta de ciudadanía en todas las culturas. Hasta los
militares latinoamericanos, cuando dan uno de sus típicos golpes de Estado,
lo hacen para “salvar a la democracia”. Con ese mismo fin se establecen
férreas dictaduras en algunos estados socialistas.
Esta universalidad requiere una interrelación entre todos los pueblos. El
aislamiento ya no es concebible, ni como doctrina política, ni como sistema
de defensa o protección. Por lo tanto, esta universalidad obliga al hombre a ir
despojándose de una enorme cantidad de conceptos propios de su tribu, de su
clan o de su cultura, que no se pueden sostener ante la necesaria interrelación
con los otros pueblos. Pero ese racional despojo de elementos culturales que
fueron de gran importancia no se lleva a cabo al instante y por el solo deseo
de los directivos del grupo social. Por lo general, primero se llega al
conocimiento subconsciente de que esos elementos culturales, que antes
fueron piedras angulares de la estructura social, se han convertido en
inoperantes y, por lo tanto, en un estorbo. Pero el saberlo sólo
conscientemente no lleva de necesidad al descartamiento. Para ello, para
activarlo por lo menos, se necesita del choque con otro pensamiento, esto es,
de un proceso de transculturación. Tomemos como ejemplo el caso tan claro
de fray Bartolomé de las Casas y de Ginés de Sepúlveda ante el hecho
histórico de la expansión hispánica a las Indias. Los dos están de acuerdo en
que esa expansión es un hecho necesario, pero en completo desacuerdo en
cuanto a los métodos para llevarla a cabo. Fray Bartolomé fundamenta su
tesis en la idea, piedra angular de la Edad Media, del Ecumene Cristiano.
Sepúlveda sabe o intuye que la idea de ese ecumene, que fuera tan
importante, se ha convertido en un estorbo para la marcha hacia adelante del
espíritu del Renacimiento, cuyo fundamento será la idea del nacionalismo.
Las Casas, en sus empresas americanas, busca extender en beneficio de los
naturales y de toda la cristiandad la idea de ese ecumene. Sepúlveda, en sus
tesis, no se atreve a decir que la idea misma del ecumene ha pasado al desván
de la historia, pero le contrapone la idea del nacionalismo. Así, Las Casas se
convierte en el conservador, en el medieval, y Sepúlveda en el hombre de su
tiempo. La corona misma apoya a Las Casas. Pero los hombres que van a la
empresa, el pueblo de guerreros y misioneros echa por la borda sin decirlo, a
la manera de Sepúlveda, las dos tesis. No lo dice porque probablemente no
sabe que obra por esas motivaciones distintas y que son distintas porque se ha
transculturado al transculturar a los naturales. Sabe que no serán parte del
Ecumene Cristiano, porque ese ecumene ya no existe y que tampoco, por
razones obvias, serán castellanos. Pero él mismo, ya sea Cortés o Motolinía,
o don Vasco de Quiroga, ya no son tampoco castellanos puros ni parte del
Ecumene Medieval. Por un lado son hombres del imperio y, por el otro, se
han “aindiado”. Así, de un modo subconsciente, buscan su apoyo en las tesis
humanistas de Erasmo, de Moro o de Cisneros, y el hombre indígena, así
como el europeo, cobran a sus ojos una nueva dimensión: la de ser hombres.
Hasta esas fechas, el hombre era cristiano o era musulmán; en otras palabras,
era bueno o era malo. De pronto esa tesis fundamental en España no sirve ya,
porque hay otros hombres que no entran o caben en ninguna de estas dos
categorías. Posiblemente, si nos dejamos ir un poco por el camino del
vaticinio histórico, si la tesis subconsciente de esos hombres se hubiera
podido cimentar y no se hubiera ahogado en un mar de contradicciones, otra
habría sido la historia del mundo.
Además, debemos tomar en cuenta que el hombre, y la sociedad formada
por el hombre, al contrario que la formada por otros seres, es capaz de
promover ella misma sus cambios y que, en verdad, vive siempre en un
estado de cambio. La rapidez con la cual se provocan esos cambios, da la
velocidad histórica. Hay épocas en las cuales esta velocidad es notablemente
acelerada y otras en las cuales la marcha parece detenerse. Siempre que en
una cultura se provoca esa aceleración, podemos encontrar que ello se debe a
que esa cultura ha entrado en relación con otra o, en otras palabras, que ha
habido una transculturación.
INTRODUCCIÓN

Y los que sabían las cosas más importantes, que eran los
sacerdotes de los ídolos, y los hijos de Nezahualpitzintli, rey
que fue de esta ciudad y su provincia, ya son muertos.
Y además de esto, faltan sus pinturas en que tenían sus
historias, porque al tiempo que el marqués del Valle don
Hernando Cortés, con los demás conquistadores, entraron la
primera vez en ella, que habrá sesenta y cuatro años, poco más
o menos, se las quemaron en las casas reales de
Nezahualpitzintli, en un gran aposento que era archivo general
de sus papeles, en que estaban pintadas todas sus cosas
antiguas, que hoy día lloran sus descendientes con mucho
sentimiento, por haber quedado como a oscuras, sin noticia ni
memoria de los hechos de sus pasados.
Y los que habían quedado en poder de algunos principales,
unos de una cosa y otros de otra, los quemaron de temor a don
fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México, porque
no los atribuyese a cosas de idolatría, porque en aquella sazón
estaba acusado por idólatra, después de ser bautizado, don
Carlos Ometochtzin, hijo de Nezahualpitzintli.
Conque del todo se acabaron y consumieron y así han hecho
mucha falta para hacer copiosa esta relación. Y tanto más se ha
trabajado de buscar y escudriñar lo que se ha dicho. De manera
que si en ello pareciere faltar algo y quedar en otras corto, se
atribuya a lo dicho y no a la falta de diligencia.
Relación de JUAN DE POMAR,
Texcoco, 1582

La historia se refiere al hombre y a la obra del hombre, ya que en el fondo no


es más que el estudio del acaecer humano en el tiempo. Los animales y las
cosas no tienen más historia que en cuanto se relacionan con el hombre. Por
lo tanto, hablar de la historia de un mar parece ser un absurdo, porque en el
mar no habitan los hombres. Cuando mucho es un camino, una manera de
llegar de una sociedad a otra sociedad, de una tierra a otra tierra. Así el mar
se convierte en el campo por el cual van y vienen las mercaderías, las ideas,
las culturas, las pasiones y los odios que conforman la historia del hombre y,
al ser eso el mar, se convierte en principalísimo agente del proceso de la
transculturación, proceso que si bien ha estado vigente desde los orígenes del
hombre en la Tierra, en los últimos tiempos, con la aparición cada vez más
clara de una universalización de la historia, se convierte en fundamental.
En nuestros tiempos, lo que Arnold Toynbee llamara “el campo histórico
inteligible”, ya no se concreta a un grupo de naciones o de seres humanos que
han influido sobre otros grupos, condicionando su manera de ser. Ahora ese
campo histórico es todo el mundo y, por lo tanto, se vuelve ya más necesario
cada día estudiar, no la historia de un grupo humano o de varios, sino la de
los caminos por los cuales se ha podido llevar a cabo esa transculturación,
que es base para el cambio. Y este cambio, esta posibilidad constante de
cambio, que es típica del hombre y del hombre tan sólo, es probablemente
necesaria para la marcha de la sociedad hacia lo que consideramos el
progreso, esto es, la búsqueda de un estado de cosas donde haya el menor mal
para el menor número de hombres o, dicho en forma positiva, la mayor dicha
para el mayor número.
He expresado que el cambio es típico en el hombre. Tal vez el humanoide
empieza a ser hombre cuando se da cuenta de que es capaz de realizar
cambios en sus estructuras sociales y en sus relaciones con los otros seres y la
fuerza neg-entrópica, que diría Einstein, vence a la entrópica que empuja al
hombre hacia el conservatismo y la fuga de esa curiosidad que lo arroja hacia
el descubrimiento, el avance o el desastre. Y en el instante en que empieza el
hombre a realizar cambios, aparece la historia, porque ya hay acaeceres
distintos, que es necesario ordenar para entenderlos y que, con el tiempo, será
necesario conservar en la memoria, para poder medir con este conocimiento
la trascendencia y la profundidad del cambio. Por eso vemos que los pueblos
más primitivos, los entrópicos por excelencia, donde nada cambia a través de
los siglos, carecen casi de memoria histórica. No hay nada que recordar,
porque un día es igual al otro y, cuando inesperadamente sucede algo que se
sale de lo diario, se convierte de inmediato en mito, ya que es demasiado
extraordinario para una mentalidad entrópica y, por lo tanto, no puede ser
humano. Así, esas sociedades que viven ajenas al cambio necesario al
hombre, se van quedando en su primitiva pereza, mientras otras avanzan
siempre hacia nuevos cambios y nuevas metas, y la rapidez con la cual se
realizan esos cambios y la proporción en la cual participa la sociedad en ellos,
nos da la intensidad de la historia.
Es indudable que en los últimos 500 años de la historia, primero del
hombre europeo y luego de todo el mundo, el tiempo de la historia se ha
acelerado y esta aceleración se debe fundamentalmente al proceso histórico
que hemos dado en llamar el de la expansión de Occidente y que el
historiador hindú K. M. Panikkar llamará “la era de Vasco de Gama”. Esta
aceleración de la historia, basada en un largo proceso de transculturación
nunca visto anteriormente en tal magnitud, nos ha traído al punto actual de la
universalidad de la historia, y los hechos sucedieron y llegaron a su cumbre
en el océano Pacífico, tanto en el lado asiático como en el americano. En
verdad, en este libro se estudiará la historia de ese proceso.
Decimos que es importante señalar como determinante de los últimos 500
años de la historia la era llamada de Vasco de Gama, pero que, con mayor
propiedad, debió nombrarse de don Enrique el Navegante, ya que él fue su
originador y a su increíble genio se debe que el hombre europeo haya podido
extenderse al resto del mundo y modificar en forma irreversible el devenir
histórico del hombre sobre la tierra. El fenómeno que conocemos como
“expansión de Occidente” se origina en él, aunque ya el proceso estaba en
marcha desde muchos siglos antes, como una lenta expansión terrestre que
intentaran Alejandro de Macedonia y los romanos y, posteriormente, los
árabes islámicos. Pero don Enrique de Portugal, al convertir esta expansión
en netamente marina, le dio tal magnitud que la llevó a cubrir todo el globo.
Por lo tanto, preferimos usar el término de Panikkar a ése de “expansión de
Occidente”, el cual tendríamos que empezar por definir lo hasta ahora
indefinible: el concepto de Occidente. Tradicionalmente se ha definido como
el grupo de pueblos que ha vivido ciertos procesos históricos que van desde
la síntesis greco-hebraica del cristianismo hasta la Revolución industrial del
siglo XIX, pero esa definición peca de parroquial y de no explicar bien a
cuáles pueblos se refiere ni de abarcar todos los que son o excluir a los que
no son. Además, en los diferentes tiempos históricos de cada pueblo aparecen
no en forma coetánea los fenómenos que, en teoría, señalan a los pueblos
occidentales. Cuando aparece el necesario fenómeno, según los definidores,
del sentido legal romano, Inglaterra no toma parte en ello y, por lo tanto, no
forma parte del Occidente, pero cuando se presenta el último fenómeno, el de
la Revolución industrial, al parecer ya Roma y, sobre todo Grecia, han dejado
de formar parte de Occidente. Por lo tanto, la definición puede ser válida, si
es que lo es, para el año 1900 por ejemplo, pero no para años anteriores, esto
es, no es válida para el estudio de la historia. Tan vaga es la definición de
Occidente que la doctora Michele Dean tiene que definir a los pueblos en
occidentales y no occidentales y, en verdad, considera como occidentales
sólo a los pueblos cristianos con gran desarrollo industrial. Si los definidores
quieren decirnos que para pertenecer a Occidente es necesario que un pueblo
haya vivido todos esos procesos históricos, no nos adelanta en nada en el
estudio de la historia del hombre, ya que entre ellos no se encuentra el más
importante: haber sido actuante en el fenómeno fundamental del mundo, el de
expansión y creación de la universalidad de la historia. Por lo tanto, nos
parece que si se ha de hacer una división entre grupos de pueblos y reducirlos
a tan sólo dos, se podría decir “pueblos que se lanzan a la expansión” y
“pueblos que reciben la expansión”. Entre los primeros se encuentran
obviamente los árabes islámicos y Rusia y, naturalmente, Portugal y España,
además de aquellos que fueron condicionados por los primeros para lanzarse
a la expansión, como lo fuera por un tiempo México. La expansión de los
Estados Unidos es una expansión secundaria inglesa, como la de México
hacia Alaska y las Filipinas fuera una expansión hispánica secundaria. Si
analizamos a los pueblos expansionistas, nos encontramos con una constante:
todos emanan de la gran síntesis greco-hebraica, ya sea en las ramas del
cristianismo, la griega y la romana, o en el islam. Por lo tanto, todos ellos
tienen como base fundamental de su cultura el sentido de un Dios único,
celoso, que no admite junto a sí a otros dioses y que es necesario llevar al
conocimiento del resto del mundo. Aunque en Israel la religión era racial, ya
Isaías (XLIX-6) decía: “Él ha dicho: poco es que tú me sirvas para restaurar las
tribus de Jacob y convertir los despreciados restos de Israel; he aquí que yo te
he destinado para ser la luz de las naciones a fin de que tú seas la salud
enviada por mí hasta los últimos términos de la Tierra”. Así, el Dios de Israel,
el de los cristianos y el de los musulmanes, estaba destinado a ser un dios de
expansión y conquista, que había de llegar hasta los últimos términos de la
Tierra. Ahora bien, se ha afirmado que los pueblos expansionistas tenían otra
calidad constante: la de poseer la tecnología necesaria para llevar a cabo la
expansión. Esto es indudable, pero no es exclusiva de esos pueblos. Los
chinos, en los siglos XII y XIII tenían una tecnología suficiente para poder
enviar sus flotas hasta las costas africanas; tenían además un potencial
económico suficiente, así como el humano, para buscar una expansión
marítima o terrestre y no lo hicieron. En cambio, Portugal, en tiempos de
Enrique el Navegante, sintió la necesidad de la expansión y, para lograrla,
tuvo que empezar por crear la tecnología adecuada, que no poseía, y, como
veremos adelante, tampoco contaba con la fuerza económica ni con el
potencial humano para llevar a cabo esa empresa. Pero se lanzó a ella, en
gran parte, por ese sentido del Dios único que había heredado de Israel.
Habíamos dicho anteriormente que la importancia del mar en la historia
radica en que es el camino, el medio ideal para conectar culturas dispersas y
poder realizar así los cambios tan necesarios al hombre. Y hemos dicho
también que el hombre es el único ser en la creación capaz de cambiar sus
estructuras sociales y el medio ambiente en el cual se desenvuelve y que, por
lo tanto, es capaz del progreso o, por lo menos, del movimiento histórico.
Cierto es que hay muchos animales que han logrado organizar sociedades en
las cuales viven y que esas sociedades se conforman por leyes rígidas y, en
muchos casos, por especializaciones que han creado características físicas
adecuadas a la especialización que se les ha asignado. Pero todos los
zoólogos están de acuerdo en que, aunque hay individuos en cada especie que
pretenden violar esas leyes, no se conocen casos en que las leyes en sí sean
alteradas por la conveniencia de los individuos o los grupos. El hombre,
desde hace probablemente muchos milenios, ha vivido en sociedad y ha
alterado sin cesar las leyes que rigen esa sociedad y las sigue alterando. Ése
es el cambio básico. Pero es curioso observar cómo el hombre, consciente o
inconscientemente, teme esos cambios, lo cual provoca una tensión constante
entre los “progresistas” y los “conservadores”, siendo éstos, por lo general, la
mayoría. De allí la clásica admiración en todas las culturas a la “diligente
república de las abejas”, a la organización de las hormigas y las termitas. Dan
la impresión de ser sociedades que han encontrado ya su forma perfecta.
Cuando nuestros escritores piensan en utopías a la manera de Tomás Moro,
por ejemplo, inmediatamente caen en ese tipo de sociedades estabilizadas,
donde el cambio se vuelve imposible. Pero, en verdad, lo que es imposible
para el hombre, por lo menos para el hombre en el actual estado de
desarrollo, es vivir en una sociedad así, porque aún siente ese afán
fundamental, en su esencia misma, del cambio y esa extraña curiosidad por la
experimentación y la investigación, ese horror a lo misterioso y desconocido
que lo lleva a levantar o tratar de levantar los velos de todo misterio y a
encontrar la explicación humana de las cosas. Así, desde sus orígenes a la
fecha, el hombre ha vivido en un constante estado de cambio, a veces lento y,
en otras, de gran rapidez, como en los últimos 500 años.
Pero el cambio tiene que ir relacionado con el concepto de tiempo. El
hombre es, probablemente, el único ser de la creación que entiende lo que es
el tiempo, en cuanto se relaciona con el concepto de cambio, ya que puede
cambiar en la geografía o permanecer en la misma, pero no puede evitar
cambiar en el tiempo. El mismo concepto del tiempo nos nace de esa
necesidad de cambio. Ya hemos visto que, para entender el cambio,
necesitamos de una idea de historicidad que nos permita comparar. Por ese
sentido del cambio, para poder fijar en el tiempo las etapas, hemos necesitado
de un calendario, de una medida, universal hasta donde sea posible. Pero en
las leyes del tiempo no hay cambio posible; en las leyes físicas de la tierra,
que nos permiten la agricultura, tampoco lo hay. Si el hombre se conformara
con la agricultura, esto es, con la sobrevivencia y la reproducción de la
especie, como lo hacen los animales, el calendario pudiera ser breve, de tan
sólo un ciclo agrícola. Bastaría con poder predecir el tiempo necesario de la
siembra, para que todo lo demás sucediera infaliblemente, pero el hombre no
es sólo eso. Necesita más del tiempo y de la medida del tiempo y, porque lo
sabe inmutable en sus leyes, lo utiliza para comparar y medir su propia
mutabilidad, como vara de medir. Y la medida es la historia.
El historiador, por razones obvias, tiende a dedicarse al estudio de ciertos
tiempos, al estudio de sociedades estáticas. Cuando el tiempo es lento, esto
resulta posible, ya que las modificaciones son tan graduales que se puede
hablar de una manera de ser, de una sociedad en tal parte, en tal tiempo. Pero
ahora, cuando una manera de ser de una sociedad es tan breve que casi no da
tiempo a su estudio, nos damos cuenta de que la historia es el estudio no de
una sociedad en sí, sino del cambio, del constante modificarse,
transculturarse, de las normas de conducta del hombre y del grupo. Para esto
existe una dificultad: no conocemos las leyes que rigen el cambio, si es que
existen leyes. Un fenómeno físico sigue siempre los lineamientos de una ley
y, por lo tanto, cada vez que se presentan los factores que lo hacen posible
sucederá ese fenómeno. También, mediante la experiencia o el estudio de la
ley, podemos saber qué es lo que sucede si modificamos algunos de esos
factores. Por ejemplo, si lanzamos un cohete al espacio, sabemos
exactamente qué fuerza se requiere para que se coloque en la órbita que
deseamos, pero también sabemos qué es lo que sucede si esa fuerza varía. En
el fenómeno histórico no podemos hacer otro tanto, ya que es único y no se
repite. Nunca podremos saber, por ejemplo, qué es lo que hubiera sucedido si
el rey de Portugal acepta la propuesta de Colón y los portugueses descubren
América. Así, a través de su historia, resulta indudable que el hombre se
lanza hacia el cambio sin saber exactamente el sitio al cual ese cambio lo
conduce: si al triunfo o al desastre.
Por lo tanto, cuando el hombre, por ser hombre, inicia un cambio, no
puede saber hacia dónde lo conduce. Cuando hablamos de revolución,
siempre encontramos el pensamiento, que se podría llamar entrópico, que
clama acerca de la falta de metas concretas. Se va a la revolución, esto es, al
cambio, sin saber la meta y esto parece ser otra de las constantes del cambio.
Adelante veremos las graves dudas que un hombre de la sobriedad de
pensamiento de Cook tenía acerca del cambio que se estaba efectuando en las
sociedades polinesias en el contacto con los europeos. Y tal vez otra de las
constantes del cambio sea que, por lo general, una vez alcanzada la meta, el
hombre no se da cuenta de ello, no sabe si ha triunfado o ha fracasado, en
gran parte porque, cuando llega a ella, ha iniciado ya un nuevo proceso de
cambio. Es decir, la mentalidad que lo llevó al cambio se modifica en el
proceso del cambio y, por lo tanto, cuando logra la meta pensada, ya no la ve
con los mismos ojos que antes de iniciar el primer proceso. En otras palabras
y poniendo un ejemplo, el hombre de lo que llamamos Occidente se lanzó a
la expansión por unos motivos tanto económicos como sociales y espirituales.
Cuando logró alcanzarlos, éstos ya no eran sus motivos y las resultantes de su
afán de cambio fueron otras, que no sospechaba. Una de las insospechadas
consecuencias del cambio provocado por los pueblos expansionistas ha sido
la que ahora vivimos y no entendemos aún en su magnitud: la universalidad
de la historia.
Al hablar de cambio, tenemos que hablar de la manera del cambio. Por
una parte, existe en todo hombre un estado de cambio perpetuo, constante y
gradual que, por ser así, es imperceptible para el actor mismo del cambio. No
se le puede poner una fecha exacta, ni un principio ni un fin. Emana de la
esencia misma de la sociedad y la va modificando sin cesar. Por lo tanto, no
hay una sociedad estática. Hemos dicho, con otros muchos, que la sociedad
colonial hispánica era estática, porque en 300 años de vida no observamos un
cambio brusco, un día o un año o un acontecimiento en el cual se provoca un
cambio. Esto es cierto, pero, al contrario, si la observamos en su conjunto
vemos que hubo una serie de cambios constante, en otro nivel, donde se
modificó varias veces el pensamiento en cuanto a las relaciones de razas, de
creencias y del sentido de pertenecer a un grupo más o menos limitado o a un
ecumene. Así se pudieron crear las diferentes personalidades nacionales en
los distintos virreinatos, audiencias o gobernaciones, lo cual nos comprueba
palpablemente que se estaban llevando a cabo cambios, de acuerdo con los
diferentes medios ambientes, en las estructuras sociales de las varias regiones
que componían el imperio y el resultado de esos cambios graduales,
imperceptibles para los mismos hombres que los vivían, se hizo palpable en
el momento de la independencia, cuando en vez de un todo hispánico
surgieron varias naciones diferentes.
Pero hay otro cambio operante en la historia, y por lo general violento,
que es el que se provoca por la transculturación, esto es el encuentro de dos
culturas, de dos maneras de ser. Es el cambio, sobre todo si deja una huella
sangrienta, que primero se percibe en el estudio de la historia y el que más ha
modificado la manera de ser del hombre. Entrar en contacto de una sociedad
con otra puede ser pacífico y encontramos algunos ejemplos de ello, sobre
todo en el estudio de las relaciones comerciales de los pueblos. Un cambio de
este tipo suele ser fructífero para las dos culturas que libremente pueden
escoger aquello que les conviene, tanto en las ciencias como en las
humanidades y adaptarlo a su manera de ser y a sus necesidades. Por
desgracia, esto sucede rara vez. La mayor parte de las transculturaciones son
violentas, esto es, una cultura le impone a la otra, hasta donde es posible, su
manera de ser, de pensar, de modificar su devenir, su “progreso” y sus
humanidades. Es la conquista. Si la sociedad que recibe la expansión es débil,
por lo general desaparece; si tiene ya cierta cohesión interna, puede formarse
un mestizaje, con todas sus ventajas y desventajas; si es fuerte, habrá siempre
un estado de guerra entre ambas. Así, la resultante de una conquista no
depende sólo de la voluntad del conquistador, sino también de la manera de
ser del conquistado. En la expansión hispánica tenemos muchos ejemplos de
ello: con diferentes resultados se aplicaron los mismos sistemas al Perú y la
cultura incaica, a México y sus culturas mesoamericanas o a los llanos de
Venezuela y la pampa argentina.
Otro de los frutos de la era de Enrique el Navegante ha sido el de acelerar
notablemente el cambio en la historia de los últimos 500 años. La doctora
Margaret Mead nos habla dramáticamente del hijo de un caníbal de la Nueva
Guinea que estudia medicina en la universidad. Nos recuerda a los jóvenes
indígenas de México, nacidos a principios del siglo XVI en la “paganía”, que a
los 30 años de edad hablaban latín, griego y hebreo, y traducían las Escrituras
directamente de sus textos originales a las lenguas indígenas. Y también nos
obliga a pensar en los hombres europeos que en 1500 entreveían como en un
sueño comerciar en la Guinea africana o en las costas turcas y que, 20 años
más tarde, planeaban el envío de barcos y mercaderías a las Molucas y a
China. El siglo XVI fue también de gran aceleración histórica, de cambios tan
radicales como el nuestro, pero con una diferencia capital: ahora el cambio
reviste el carácter de universal y obedece a factores universales y las mismas
causas se pueden encontrar para los cambios que se están realizando, en
forma tan rápida, en Manu, en Japón, en la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas, en China o en los Estados Unidos. Y este aspecto de la
universalidad, naturalmente, modifica todo el problema. Por una parte, el
cambio que pretende llevar a todos los hombres hacia el siglo XXI encuentra a
algunos en el siglo XX después de Cristo y a otros en el siglo XX antes de
Cristo. Ni siquiera en lo que llamamos Occidente hay una igualdad en el
tiempo histórico del “despegue” hacia el siglo XXI. Ya lo hacía notar el
profesor Manfred A. Max Neef en una brillante conferencia dada en
Montreal, Canadá, cuando afirmaba que la ciencia, desde Max Planck, ha
despedido al siglo XIX para inaugurar el XX, mientras que las ciencias
humanas y las humanidades siguen, sin rumbo, dentro de las teorías del XIX.
Éste es el problema que nos ha dejado, al irse liquidando, la “era de don
Enrique el Navegante”. Creo que resulta de importancia para el hombre
actual, que está dando el paso entre esa era y la atómica, conclusión de
aquélla, conocer los caminos recorridos por el hombre y los cambios sufridos
para llegar a ser lo que es ahora. En este libro he hecho el intento de estudiar
ese proceso histórico, como sucedió en el área del mundo que llamamos el
océano Pacífico.
Pero, ¿qué es ese océano que tanto ha atraído la atención del mundo, ese
mar antes intuido por los sabios que visto por los navegantes y
conquistadores? Se extiende, ocupando una superficie de 165 000 kilómetros
cuadrados, desde el Polo Ártico al Antártico y de las costas asiáticas a las
americanas. Su superficie, sin contar los mares a los cuales da vida, es mayor
que la de todas las tierras juntas. Estos mares son, en las costas asiáticas, el
de Behring, el de Ojotsk, el de China, el del Japón y los pequeños que se
forman en la Insulindia, como los de Filipinas, de Sulu, de Arafura, de Sonda,
etc., y el de Coral entre las costas australianas y la barrera coralina que las
separa del Gran Océano. En toda esa superficie se encuentran, en su mayoría
cerca del ecuador, miles de islas pequeñas y tan esparcidas que son muchos
los navegantes que han cruzado todo el océano sin verlas. Como excepción,
en las costas asiáticas hay algunas islas grandes, como la Nueva Guinea, las
de Japón, las Filipinas y la Nueva Zelanda.
Las costas, a un lado y el otro, son completamente distintas. En Asia se
rompen en miles de islas, senos, mares pequeños, estrechos, golfos que se
extienden desde las Sajalín al norte del Japón hasta la Nueva Zelanda y
Tasmania. El número de islas es casi infinito. Tan sólo el archipiélago de las
Filipinas cuenta con más de 7 000. En cambio, en las costas americanas, con
la excepción de los extremos norte, las Aleutianas, y sur, en las costas de
Chile, desde el golfo de Reloncaví hasta el cabo de Hornos, no se encuentra
más accidente geográfico de importancia que la larga península de la Baja
California, que separa al Pacífico del mar Bermejo o de Cortés. Las islas son
pocas, como las Revillagigedo, las Cocos o las Galápagos. Paralelas a las
costas americanas se yerguen grandes cadenas de montañas, casi
ininterrumpidas de norte a sur, desde las Rocallosas, la Sierra Madre hasta los
Andes, que dejan sólo una angosta faja de llanura entre la sierra y el mar. En
Asia, en cambio, hay grandes llanuras costeras, con montañas de poca
elevación, lo cual propicia la formación de grandes ríos, como el Amur, el
Amarillo, el Yang Tse Kiang, el de Perlas y el Mekong y vastas planicies
aluvionales, propicias a la agricultura.
Son varias las corrientes marinas que cruzan el océano y las principales,
que han sido de importancia para la navegación, se pueden reducir a las
siguientes: la de Kurosibo, que va desde la isla de Formosa o Taiwán hasta la
Columbia Británica; la norecuatorial, que corre paralela al ecuador, a unos
10° al norte, desde California hasta Formosa; la de Humboldt, que fluye de
sur a norte, de la Antártida, lamiendo las costas sudamericanas, hasta cerca
del ecuador, en cabo Blanco; la sudecuatorial, paralela a la norecuatorial, a
10° al sur del ecuador, desde las islas Galápagos hasta la Nueva Caledonia y,
finalmente, la llamada ecuatorial, que va desde la Nueva Guinea hasta
Panamá. Las principales corrientes de los vientos siguen a las marinas, tanto
la norecuatorial como la surecuatorial y son inversas a los 40° de latitud norte
y latitud sur.
Ya hemos dicho que dentro de esta enorme cuenca se encuentran miles de
islas de todo tipo; desde las de origen volcánico, con montañas elevadas,
como las Hawai, las de la Sociedad o las Marquesas, hasta los atolones bajos,
que no sobresalen del mar más de cinco o seis metros, como las Bikini. Todas
ellas son de origen volcánico y reciente. Algunas se forman con volcanes que
emergieron del mar y que, en algunos casos, como en Hawai, están aún
activos. En otras, los volcanes no llegaron a emerger y los industriosos
corales fueron construyendo sobre el borde de los cráteres, hasta formar las
típicas lagunas de los atolones donde, con el tiempo, el mar fue reuniendo
arena y ripio de coral, hasta formar islas. En verdad, los volcanes parecen ser
el leitmotiv del Pacífico, donde han creado y han destruido sin cesar. Las dos
terceras partes de los volcanes activos en la superficie del globo se
encuentran en esa zona y provocan desastres grandiosos, como el de 1960
que destruyera las ciudades chilenas de Valdivia y Concepción y provocara
una ola gigantesca que, 24 horas más tarde, causara graves daños en las
costas japonesas. La cadena volcánica parece rodear todo el Pacífico, desde la
Antártida, donde está activa, pasando por todas las costas americanas, hasta
Alaska, y de allí, doblando al sur, por Japón, las Filipinas y la Nueva
Zelanda.
Los geógrafos y los antropólogos han dividido las islas del Pacífico en
tres grandes grupos, de acuerdo con las razas que los poblaban a la llegada de
los europeos. Uno de ellos, la Polinesia, se forma por un enorme triángulo
cuyos vértices son las Hawai, Pascua y la Nueva Zelanda. Aparte de estas
islas, contiene los archipiélagos de Tonga, Sociedad, Samoa, Cook, Tubuai,
Fenice, Tokelau, Maniki, Tuamotú, Espóradas y Marquesas. La Melanesia se
integra con la Nueva Guinea y los archipiélagos de la Nueva Caledonia, las
Nuevas Hébridas, Bismarck, Salomón, Luisiadas y Fiji. La Micronesia abarca
las Palau, las Carolinas, las Marianas, las Gilbert, las Ellice y las Marshall.
Éste es el campo geográfico de nuestra historia, campo de mar y cielo,
cielo y mar durante semanas y semanas de navegación; inhóspitos mar y
cielo, enemigos del hombre terrestre, hambre y sed ardorosa, dolor en los
ojos enrojecidos por la búsqueda en el horizonte y la señal de alguna tierra
amiga, entre el largo pasar de las olas, como grandes lomas viajeras. Éste es
el mar soñado, presentido y buscado por los hombres de Europa durante
siglos; es el mar de las extrañas aventuras, de los viajes maravillosos, de las
leyendas increíbles y de las verdades que parecen más increíbles que las
leyendas. Es el mar donde parece lógico inventar el barco fantasma de los
holandeses o el “caleuche” de los marinos chilotas. Es un mar cuya
inmensidad lastima el pensamiento del hombre terrestre.
Desde hace unos 40 años empecé la apasionada lectura de todo lo que se
pudiera referir al Pacífico y poco a poco me fui formando la idea de escribir
la historia que relata la navegación y los descubrimientos, desde Vasco
Núñez de Balboa y Magallanes, hasta Charles Darwin. Si hubiera escrito este
libro hace 15 o 20 años, eso hubiera sido. Pero entre más leía diarios y
crónicas de viajes, más me daba cuenta de la inutilidad de ese trabajo. La
mayor parte de los viajeros han narrado sus experiencias mejor y con más
frescura y conocimiento directo de lo que pueda hacer un historiador. Desde
Antonio de Pigafetta, que relatara el primer viaje de circunnavegación y
consignara los primeros datos para la antropología del Gran Océano, pasando
por los cronistas españoles, Drake, Dampier, Bougainville, Cook, Banks, La
Pérouse, hay cientos de relatos de viajes extraordinarios que, por lo general,
son amenos y están muy bien escritos. Por lo tanto, se podría optar por
cualquiera de estos dos caminos: o preparar una nueva edición conteniendo
los principales viajes, todos ellos ya de sobra publicados y conocidos o hacer
un resumen. El primer camino no me interesaba mayormente y el segundo ya
ha sido intentado, siempre con éxito escaso, por varios historiadores y han
fracasado porque la relación de una serie de episodios de viajes, por más
extraordinarios que sean, puede resultar amena y curiosa, pero no nos
adelanta en el conocimiento de la historia. Quedaba por lo tanto el camino
que he intentado tomar: estudiar el pensamiento, siempre cambiante, de los
hombres que llevaron a cabo esas empresas y de cómo, según las diferentes
maneras de pensar de los pueblos expansionistas, se modificaron las formas
de contacto con los pueblos receptores de la expansión.
Adoptado este camino, fue necesario cambiar la metodología del estudio.
Para poder llevar a cabo una investigación de esta magnitud, era
completamente imposible pensar siquiera en adentrarse en una de primera
mano en los archivos de Portugal, España, Hispanoamérica y Filipinas,
Inglaterra, Holanda, Francia, Rusia, el Vaticano, China, el Japón y la
Insulindia. Una vida no alcanzaba para ello. Asimismo, resultaba imposible
dedicarse al estudio de primera mano de todas las culturas afectadas, desde la
de China hasta la de los Estados Unidos. Tan sólo un estudio cabal de la
cultura china de primera mano requeriría dedicarle todos los años que el
hombre tiene disponibles. Por lo tanto, resultaba necesario basarse en el
trabajo de síntesis hecho ya por hombres de probidad reconocida en sus
diversos campos. Bien sé que a los historiadores les parece una falta de
seriedad este dejar a un lado las fuentes primordiales. Quieren tener en sus
manos el documento original y sólo así se atreven a utilizarlo, y si encuentran
la más mínima discrepancia, aunque en nada afecte el sentido entre el original
y una copia ya publicada, llenan la página con la erudición de sus notas. Esto
está bien cuando se va a hablar de un hecho aislado, breve, pero en una
historia de la magnitud de ésta, tales minucias son intrascendentes y el lector
afecto a ellas puede remitirse, según la bibliografía que acompaño, a los
paleógrafos y editores de los documentos que he utilizado, ya que en este
libro no habrá notas. Será una historia, como lo es su autor, sin el aparato de
erudición tan grato a estos tiempos, que pretende sólo presentar en conjunto
una época humana.
Creo que la dificultad que se presenta en las fuentes históricas no radica
en los copistas o en los paleógrafos, sino en el pensamiento de los hombres
mismos que redactaron esos documentos o esas narraciones. Cuando Bernal
Díaz del Castillo y Hernán Cortés nos dan sus narraciones de la conquista de
México, las variantes que encontramos entre los dos relatos, realizados por
actores en el hecho, no se deben a la mala lectura de los paleógrafos o a la
mala fe de los copistas y su tradicional descuido, sino a que son las opiniones
de dos hombres distintos, en diferentes niveles y con diversas intenciones al
narrar y que, por lo tanto, han visto el hecho histórico con diferentes ojos.
Esto nos lleva a concluir que, irremediablemente, el conocimiento que
tenemos de la historia está sujeto a la interpretación de aquellos que nos la
han narrado. Entre más remoto es el hecho y, por lo tanto, entre menos
intérpretes se han conservado, es necesario creer más y más en lo dicho por
los que tenemos. Así, nuestra información histórica sobre un hecho aislado
puede estar viciada de origen, cuando pretendemos analizar un hecho aislado,
mínimo en el tiempo y en el espacio. Por otra parte, nunca podremos saber si
los hombres que nos narraron los hechos incluyeron en su texto todos los
factores trascendentes, no sólo porque pretendieran ocultar algunos, sino, más
bien, porque no se pudieron dar cuenta exacta de cuáles lo eran y cuáles no.
Tan sólo después de corrido el tiempo y de verse la resultante de un hecho,
podremos saber qué fue lo verdaderamente trascendente en él, cosa que
resulta imposible cuando lo estamos viviendo.
Lo mismo sucede con el estudio de las culturas. Por lo general, el viajero
que llega a un pueblo con la idea de estudiar su cultura, no se da cuenta de
que su sola presencia en ese sitio está provocando una serie de cambios,
muchas veces irreversibles. El investigador tiende a pensar que la cultura es
estática, que ha sido como la ve desde hace siglos y que lo seguirá siendo.
Así, los sabios de Occidente han recolectado esos enormes catálogos de
costumbres y maneras de ser de diferentes culturas, desde la parte sexual
hasta la lingüística que, si bien tienen su utilidad para el estudio del hombre,
no tienen vigencia alguna ni nos adelantan en el aspecto histórico. Quien
vaya al Japón moderno y lo quiera entender con los ojos de Lafcadio Hearn,
se llevará la misma sorpresa que se llevó él, pues soñaba con el Japón
descrito en las memorias de Perry, que había estado allí 40 años antes, y
cuando Perry y sus compañeros dan su imagen del Japón, no se paran a
reflexionar que, justamente por su estancia allí, se están originando cambios
tan drásticos que van a convertir, en 30 años, a un estado del siglo XIII
europeo en un estado del siglo XX.
Estos pensamientos me han llevado a la conclusión de que las
deficiencias humanas en la información histórica, que son irremediables, se
pueden subsanar en parte cuando se contempla un panorama lo bastante
ancho. Entonces, las consecuencias de los hechos sucedidos nos obligan a ver
qué fue lo trascendente en ellos y en su tiempo. No niego que el sistema
tenga sus inconvenientes, y uno de ellos, y no el menor, estriba en que
tenemos la misma falibilidad de juicio que la que sufrían aquellos que nos
narraron el hecho en primer lugar. Pero si estudiamos los hechos en forma
que tienda a la universalidad y no al parroquialismo de una sola cultura, la
posibilidad de error se verá reducida.
Por esta razón es lógico que el lector se encuentre con que en este libro
faltan muchas de las cosas que él quisiera encontrar, ya sea para recordarlas o
para conocerlas más a fondo. También le parecerá que a otros temas se les ha
dado una importancia excesiva o menos de la que, según su criterio, tiene.
Cada quien quisiera ver a su nación favorecida en espacio, en relatos de
heroísmos y trascendencias. Yo mismo hubiera querido explayarme más en la
parte que México jugó en esta historia, profundizar más en la epopeya del
Galeón de Manila y en el descubrimiento de las costas americanas. Pero
había cosas que, a mi juicio, eran de mayor trascendencia y hubo que
sacrificar las que estaban más cerca del afecto. Así también, en aras de una
relación total, se han dejado a un lado muchas partes anecdóticas, amenas e
interesantes en sí, para favorecer otras que, si no tan entretenidas, tuvieron
según mi creer, mayor peso en el devenir humano en el área del Pacífico.
En el estudio bibliográfico se verán las fuentes que he utilizado,
prácticamente todas ellas publicadas o, por lo menos, mimeografiadas. Otras
fuentes no tienen cabida en la disciplina de una bibliografía, pero me han
enseñado tanto como los libros. Éstas han sido las de los contactos directos
con los lugares y las gentes de esos sitios. Cuatro años en el Oriente, una
larga convivencia con el maravilloso pueblo malayo de las Filipinas, la vida
de Hong Kong y de Macao, la increíble complejidad de Tokio y de Osaka; los
escasos saldos de vida polinesia en Hawai o micronesia en Guam; el
conocimiento de las costas americanas del Pacífico, desde San Francisco,
California, hasta el estrecho de Magallanes, me abrieron enormes
perspectivas de pensamiento y de comprensión.
Una de las dificultades de este libro radicaba en la grafía de los nombres
geográficos y de personas, tanto de la América indígena como del Asia. Para
los primeros se utilizó la grafía que ya es tradicional, indudablemente
hispanizada pero que hemos empleado durante 400 años y ya tiene autoridad
entre nosotros. Lo mismo he hecho con los nombres filipinos, mucho menos
hispanizados que los nuestros. Para el resto de los nombres geográficos,
aunque muchas veces en desacuerdo, he tomado la grafía del Atlas de
Aguilar, por ser el catálogo más completo de nombres geográficos en
castellano. Si esa grafía, tomada generalmente del inglés o del francés,
representa efectivamente los sonidos en las lenguas orientales, sobre todo en
chino, no es lugar aquí para discutirse. Y aunque aplaudo la tesis de Salvador
de Madariaga de escribir los nombres en castellano con la misma sencillez
como lo hacían los cronistas del siglo XVI, no he seguido el consejo, para no
turbar al lector con grafías que le serían exóticas, como por ejemplo, Toquio
o Caolún. En los mismos documentos de los navegantes españoles, ingleses o
franceses, hasta el siglo XIX, encontramos una gran variedad de grafías, como
en el caso de Tahití, escrito también Otaheetee, Tayti, Otaiti, etc.; he
preferido utilizar la más conocida. Para los nombres de personas de Oriente
he usado la grafía más común, aunque el castellano no refleje la
pronunciación verdadera. Por ejemplo, se encontrará escrito indistintamente
Kan y Jan pero no Khan. El paso Kiber y no Jiber o, mejor aún, Jaiber, cosa
que no haría más que confundir al lector.
Como este libro está escrito fundamentalmente para los pueblos
hispanoparlantes, que tan poco tienen escrito acerca de esta historia, doy por
conocida de sobra la parte anecdótica de la América, desde la conquista hasta
la Independencia y tan sólo relato, cuando lo considero necesario, para que se
entienda el punto que trato.
Comprendo y lo comprenderá el lector, que la empresa es demasiado para
un hombre solo, aislado de los grandes centros de cultura y con escasa
disciplina. Si me he lanzado a escribir este libro ha sido porque he visto que
hay 11 naciones latinoamericanas que tienen costas en el Pacífico; que
durante 250 años fue éste un lago hispánico y que, a pesar de todo ello, casi
no hay libros en español que se refieran a esta historia. Pasada la época de las
crónicas y, sobre todo, después de la emancipación, la América hispánica
parece haberse desentendido del Pacífico, el mar que fuera por todos
conceptos tan suyo. El chileno don José Toribio Medina se ocupó de ello en
su historia del descubrimiento del Pacífico, y en sus trabajos acerca de la
imprenta en Filipinas. En México, el padre Mariano Cuevas, S. J., redacta
una historia, con bastantes errores, acerca de la vida maravillosa de fray
Andrés de Urdaneta. Y eso es prácticamente todo. De allí que considerara
necesario este libro, porque es el libro de nuestra historia. Claro está que se
pueden escribir otros muchos y fuera bueno que se escribieran, que
corrigieran mis fallas y mis errores, que ampliaran los datos que consigno.
Fuera conveniente hacer, como han hecho los ingleses, una edición anotada
cuidadosamente de todas las crónicas de nuestra maravillosa epopeya
pacífica. Ojalá y algún día, cuando tengamos una mayor conciencia de la
importancia de nuestra historia, lo hagamos.
CAPÍTULO I

Navegaron al oriente, a Mangareva; al sur, a las islas de los


Pericos; al poniente hasta Samoa, y al norte al ardiente Vahiki.
Leyenda de Tahití

Los primeros hombres en el Pacífico. Los negritos. Los australoides. Los


malayos. Los polinesios. Japón. China y los anamitas. El comercio chino.
Los melanesios y micronesios. Las costas americanas.

MUCHOS milenios atrás apareció el hombre en las márgenes del océano


Pacífico. Antes de los descubrimientos de restos humanoides realizados en
África se suponía que los restos humanos más antiguos eran los del “Hombre
de Pekín” y los del “Hombre de Java”, llamado Pithecantropus robustus, que
dejó sus huellas en la actual Indonesia, las Filipinas y Australia. Fue, por lo
tanto, hasta que sepamos más, el primer hombre del océano Pacífico.
Más tarde, cuando los grandes glaciares hicieron que bajara el nivel del
mar y muchas de las islas de Indonesia y Filipinas quedaron ligadas al
continente asiático y entre sí o separadas tan sólo por angostos estrechos,
irrumpieron en el área que podemos llamar Insulindia los pigmeos llamados
por los primeros españoles “negritos”, que aún subsisten en las islas
Andamanes del océano Índico, en partes de la península malaya y en las islas
Filipinas. Los estudios realizados en las tribus que aún subsisten nos
demuestran que se trata de cazadores y recolectores extraordinariamente
primitivos, sin ninguna organización, sin gobierno ni leyes. Los pocos
artefactos que fabrican y utilizan los han tomado de razas que han entrado en
contacto con ellos, como son la cerbatana, el arco y la flecha y el veneno para
las puntas de sus dardos. En las islas Andamanes han desarrollado el arte de
construir pequeñas canoas de troncos ahuecados y conocen la alfarería, pero
no así en las Filipinas o en la Malasia. Su religión y sus mitos se han visto
también influidos por sus vecinos, sobre todo los malayos, y cambian en cada
grupo o tribu. Son originariamente nómadas y tan sólo en los últimos
tiempos, debido a la falta de territorios, se han empezado a dedicar a la
agricultura primitiva, pero aún subsisten primordialmente de la recolección
de raíces y de la caza. En otros tiempos ocuparon zonas de mucho mayor
extensión que las que tienen, ya que las sucesivas migraciones, con culturas
más desarrolladas, los han ido arrojando a las montañas del centro de las islas
grandes o a las islas casi desérticas, como en el caso de las Andamanes. Los
de la península malaya y las Filipinas viven lejos del mar, en sitios de difícil
acceso. Su estatura media es de 1.50 metros en los hombres y menos en las
mujeres, y no presentan deformaciones que nos puedan hacer pensar en una
degeneración patológica. Sus facciones son de tipo negroide, con el cabello
lanudo, la nariz muy ancha en la parte inferior, la cabeza redonda y el color
oscuro, casi negro.
Algún tiempo más tarde apareció en la zona de la Insulindia una raza,
probablemente de origen dravidio, emparentada a los vedas de Ceilán.
Poseedores de una cultura más desarrollada, recolectores y cazadores más
hábiles, desplazaron a los pigmeos de los sitios que se interesaron en ocupar.
Sus rasgos físicos nos indican un posible origen caucásico y quedan marcadas
huellas de ellos en las tribus llamadas “Sakai” de la península malaya y en los
“australoides” de Nueva Guinea y de Australia. Más claros de color que los
pigmeos o que los negroides que los siguieron, como veremos adelante,
tienen el cabello lacio y ondulado y una altura media superior a los pigmeos,
aunque inferior a la de los actuales malayos. Su organización social es más
elaborada que la de los negritos; habitan en grandes casas comunales y son
agricultores más cuidadosos, aunque aún en nuestros tiempos se ven
obligados a acabalar su dieta con la recolección de frutos silvestres y con la
caza. Las tribus que permanecieron en la península malaya han conservado
más elementos culturales, aunque muy influenciados por sus vecinos de
culturas superiores, que los han transculturado sistemáticamente. En cambio
los australoides del continente australiano, completamente aislados de todo
contacto con el exterior hasta fines del siglo XVIII, han perdido gran parte de
sus elementos culturales y han degenerado hasta el extremo de que ahora se
les ha considerado el grupo humano más primitivo sobre la tierra.
Tras esta migración apareció el grupo de los negroides con probable
origen en Madagascar y que dejaron sus huellas en Ceilán y el sur de la India.
Cruzaron por las islas, se mezclaron en muchos sitios con los australoides y
se localizaron en la Nueva Guinea y en la zona del Pacífico que llamamos la
Melanesia. Una rama de ellos, por razones desconocidas, bajó hasta
Tasmania, donde vivió hasta que fue exterminada por los europeos en el siglo
XIX. El avance de estos negritos hasta las islas de la Melanesia y Fiji nos hace
pensar que eran ya navegantes competentes y que fueron los primeros en
surcar las aguas del Gran Océano y establecerse en sus islas. Se les encuentra
en las Bismarck, las Nuevas Hébridas, las Salomón y las Fiji. Su aspecto
físico se asemeja al de los malgaches, con rasgos negroides muy marcados,
cabello lanudo y alta estatura.
Mientras estas migraciones se iban sucediendo a través de los siglos,
aparecían en el norte de China las primeras culturas del arroz y del mijo,
notablemente la que conocemos con el nombre de “cultura Huang Ho”. Estos
pueblos mongoloides desarrollaron el cultivo del arroz, el trabajo del bronce
y la cerámica, así como la cría del cerdo, de la gallina y del perro. Como toda
cultura que logra asegurar con amplitud su subsistencia, sufrió un notable
incremento en su población y, como consecuencia, las necesarias expansiones
sobre los territorios vecinos. Los habitantes de éstos, ya en parte
transculturados por China, se vieron obligados a emigrar a tierras ocupadas
por tribus más primitivas. En su peregrinar, estas tribus mongoloides se
mezclaron con los dravidios y, en parte, con los pigmeos y los negroides y
formaron la raza que conocemos con el nombre de malaya. Aportaron el
cultivo del arroz, que es determinante para los pueblos del Asia, como el
cultivo del maíz para los pueblos americanos o el trigo para los del Creciente
Fértil.
Los más modernos estudios de antropología parecen indicar que estos
pueblos bajaron por los grandes ríos asiáticos, el Mekong y el Irrawady y se
les llama “protomalayos”. Sus restos se encuentran aún en las montañas de
Assam y de Birmania y en algunas tribus de Luzón, como los igorotes y los
ifugaos.
Otras migraciones con mayores características mongoloides siguieron a
las de los protomalayos, que el doctor Van Heine-Goldern ha llamado
“cultura de Dong Son” y otros han bautizado con el nombre de
deuteromalayos. Sus rastros arqueológicos se han encontrado en Dong Son,
cerca del actual Hanoi. Es muy posible que todas estas migraciones que
llegan a las costas del mar de China y del golfo de Bengala no sean más que
un solo y largo fenómeno histórico y que sus culturas, en sus orígenes, hayan
sido esencialmente similares. Sus dialectos, como ya observaba Schmidt,
están relacionados íntimamente entre sí, tienen un origen común y su uso se
extiende en la actualidad desde la isla de Madagascar hasta Rapa Nui o isla
de Pascua, en las costas chilenas. Es el complejo idiomático que Dempelwolf
ha llamado malgache-malayo-polinesio. A él pertenecen los idiomas
polinesios, los filipinos y los de Indonesia en las costas e islas del Pacífico.
Este emigrar constante de razas semejantes, pero en diferentes grados de
cultura, hace que el Asia sudoriental sea, en los tiempos actuales, un
verdadero paraíso para el antropólogo. Allí viven pueblos con muy antiguas
culturas, en diferentes grados de desarrollo, desde la total edad de piedra,
hasta los modernos conceptos políticos, democráticos o socialistas, y junto a
esas ancianas culturas, aún vivas, por las cuales, como sucede siempre en los
pueblos primitivos, parecen no haber pasado los milenios, hay enormes
huellas arqueológicas de otras culturas desaparecidas.
Cuando la raza que conocemos por malaya entra en los albores de la
historia, ya está establecida en la Insulindia, conoce el cultivo del arroz
mediante el uso de sistemas de irrigación, trabaja el bronce y el hierro, ha
domado el búfalo de agua o carabao y se ha convertido en un pueblo de
notables navegantes. Para su vida interior, ha creado una mitología dual, con
un marcado culto a los muertos, de influencia china. Como característica
notable tiene la de realizar entierros de muertos, tanto primarios como
secundarios, en grandes ollas de barro.
Sobre esta cultura malaya, que más que una cultura, es un grupo de
subculturas, pesan durante siglos dos grandes influencias: la de China y la de
la India. Por razones geográficas, la cultura hindú presiona con mayor fuerza
en la actual Indonesia occidental y la cultura de China en la zona que le
queda directamente al sur, la antigua Indochina francesa, las islas Filipinas y
Borneo. Así, podemos afirmar que a esta zona colindante con el Pacífico
llegan sólo leves rastros de la cultura hindú, filtrados por los malayos de
Indonesia. Pero sería un error pensar que las influencias de China o de la
India fueron tan poderosas que lograron modificar sustancialmente las
culturas malayas. Más bien se podría decir que los malayos, en su constante
peregrinar, fueron tomando los rasgos culturales hindúes o chinos que les
convinieron.
Las culturas malayas crearon dos grandes ramas, la de los orang utan,
esto es, hombres de la montaña, y la de los orang laut, hombres del mar. Los
primeros se dedicaron a la agricultura, dejaron de viajar y de emigrar y
conservaron, por lo tanto, con mucha mayor pureza, sus costumbres y sus
características raciales y sufrieron menos las influencias exteriores. Los
orang laut, en cambio, siguieron emigrando y se convirtieron en tan hábiles
navegantes que lograron dominar la inmensidad del Pacífico y llegar, con
toda probabilidad, a las costas americanas. Los orang laut veían con gran
desprecio a los hombres de la montaña al extremo que para designar a los
antropoides de Sumatra emplearon el término orangután, de donde proviene
nuestro orangután. De acuerdo con la dirección de sus viajes, tomaban
diferentes aspectos culturales, ya fuera de Amán, de China, de Birmania o de
la India y ese constante desplazarse hace aún más confusa la prehistoria de
esta zona.
A través de más de un milenio siguieron adelante las olas invasoras, en
rutas intrazables, conquistando a veces, comerciando otras y dedicándose por
lo general, con bastante entusiasmo, a la piratería. Posteriormente, como
veremos, una gran parte de ellos se convertirá al islam, pero no perderá por
ello sus principales características.
Por lo que se refiere a las islas Filipinas, básicas en este estudio por
constituir la entrada al océano Pacífico, sería difícil asegurar cuándo
aparecieron las primeras oleadas de malayos, que siguieron llegando sin
interrupción hasta aún después de la conquista española. Según la cronología
del doctor Otley Beyer en The Prehistoric Philippines, la edad de bronce se
inicia unos 800 a.C. y sostiene la tesis de que la edad de hierro aparece más o
menos unos 700 años después. El doctor Robert Fax en The Philippines in
Prehistoric Times no está de acuerdo totalmente con el padre de la
antropología filipina y cree que las edades de bronce y hierro son
prácticamente simultáneas y las llama edad calcolítica, que sitúa en sus
principios alrededor del año 500 a.C. Según él, por esas fechas aparecen en el
archipiélago algunos objetos de cobre, de bronce y de hierro, además de la
costumbre de los entierros en jarras de barro. Al parecer, eso significa la
llegada de las culturas superiores de los malayos. Otras migraciones
posteriores aportarán elementos definitivamente hindúes, como el arte de la
escritura con trazos en forma de astillas de bambú, inscritos en ollas de barro
y en hojas de árboles. Aportarán también ciertos elementos alimenticios, el
fuelle tubular para la fundición de metales, hecho de bambú, y las barcas con
balancín.
Una prueba de cómo fueron llegando a las Filipinas, y probablemente a
las Célebes y las Molucas, grupos migratorios con diferentes grados de
cultura, nos lo proporciona la diferencia que se observa en las actuales
culturas de los diferentes grupos. Esta diferencia, presente en los pueblos
convertidos al islam o al cristianismo, se hace mucho más notable en los aún
paganos, con muy escasos elementos transculturados. Y no sólo sus culturas
son diferentes, sino su aspecto físico: hay negroides, negritos, pigmeos,
australoides con rasgos caucásicos y otros con francas características
mongoloides. En su vida social encontramos también notables diferencias. El
doctor Fay Cooper Cole en su libro The People of Malaysia presenta un
cuadro comparativo de las razas y de las costumbres que se observan en ellas.
Las razas filipinas que estudia son los igorotes, los ifugaos, los tinguianos, los
ilocanos y los bagabas. En estos grupos humanos no ha habido cambio
apreciable por lo menos desde el siglo XVI y se puede afirmar que sus
costumbres siguen siendo las mismas, en cuanto se refiere a construcción de
casas, sistemas e instrumental agrícola, sistemas de guerra y de caza,
mutilaciones físicas, manufacturas, organización social, religión, ciclo de
vida y creencia en vida ultraterrena. Encontramos algunos rasgos comunes
básicos en todos los grupos. Por ejemplo: todos edifican sus casas sobre
pilotes y todos cultivan el arroz mediante el regadío. En cambio, sólo los
bagabas y los tinguianos usan arcos y flechas y sólo los bagabas y los
ilocanos usan la cerbatana con proyectiles de barro. Durante sus guerras, los
cinco son cazadores de cabezas, pero sólo los tinguianos y los bagabas
ofrecen sacrificios humanos. Todos se tatúan el cuerpo, pero tan sólo los
igorotes se mutilan los dientes. Solamente los bagabas y los igorotes han
aprendido a fundir el bronce. Los igorotes y los ifugaos conservan el culto a
los antepasados, mientras que los ilocanos, tinguianos y bagabas veneran los
espíritus de ciertos árboles o bosquecillos, y así sucesivamente.
Estas diferenciaciones en las costumbres no provienen, al parecer, de
diferentes grados de transculturación de tribus vecinas, sino de una serie de
migraciones marítimas, a través de muchos siglos. Por una parte, con el paso
del tiempo, la cultura de los grupos de sitio de origen más cercano a las
fuentes hindúes y chinas se transforma con nuevas aportaciones, mientras que
la de los grupos alejados que ya han iniciado el camino de la migración,
tiende a quedarse estática por la lejanía de las fuentes o a tomar otros
aspectos por transculturación de pueblos anteriormente establecidos en esos
territorios. Para los malayos que llegan aportando el bronce y el hierro, los
que han llegado 200 años antes, sin esos adelantos, aunque son de su raza, ya
no son de su cultura; son bárbaros a los que hay que destruir o lanzar a las
montañas del interior, para que dejen libres las planicies de la costa. Además,
cuando, como en este caso, las migraciones son marítimas no se forma el
necesario puente cultural que se crea en toda migración terrestre. Cuando los
pueblos emigran por tierra, por lo general lo hacen lentamente,
estableciéndose por un tiempo o por algunas generaciones en un sitio,
dejando una huella que los sigue atando durante mucho tiempo a su lugar de
origen. Se puede decir que van dejando tras de sí unas culturas más o menos
establecidas, que sirven como estaciones en sus viajes. Pero cuando la
migración se hace por mar, nada de esto sucede. El inmigrante llega
exactamente con las mismas ideas y con la misma cultura con las que salió de
su lugar de origen; llega de golpe, en su desembarco rápido se impone y
conquista, si es posible, por la fuerza. En verdad deja de ser el inmigrante
para convertirse en el conquistador. Ése fue el proceso de la larguísima ola de
migraciones de los orang laut, desde la Malasia y la Indonesia hasta la isla de
Pascua y las Marquesas.
El gran número de islas de la Insulindia y lo montañoso del territorio en
las islas grandes propició, desde un principio, la formación de pequeños
grupos, más lógica si pensamos en la forma de su llegada, por etapas, en
naves pequeñas en las cuales se podrían acomodar pocas familias. Así, el
mundo malayo de las márgenes del Pacífico se constituye con muy pequeños
grupos sociales que hasta la llegada del Occidente no habían logrado nunca
una cohesión interna ni erigirse en grandes imperios, como sucedió en
Indonesia, en la isla de Sumatra con los grandes imperios Srivijayan y
Madjapahit. Los españoles observaron desde el principio este fenómeno de la
dispersión de la autoridad y los grupos y en la Relación de la conquista de
Luzón leemos: “No debe entenderse en la Nueva España o en España que los
señores de esta tierra son señores absolutos o que tienen gran autoridad o
poder. Más bien lo contrario es cierto. Con frecuencia sucede que en un
pueblo, por más pequeño que sea, hay cinco o seis y hasta diez señores, cada
uno de los cuales tienen veinte o treinta esclavos”. El primer arzobispo de
Manila, fray Domingo de Salazar, observa: “Aquí todos son pueblos
pequeños y cada uno es su propia cabeza”. El jesuita Juan José Delgado dice:
“Cada familia vivía para sí, bajo su jefe y tomaron el nombre de barangay de
los barcos que los trajeron a estas islas”. Don Antonio de Morga en sus
Sucesos de las islas Filipinas, hace la misma observación.
En verdad no será sino hasta la llegada del islam y, posteriormente, de los
ibéricos, cuando se empezarán a formar naciones, aglomerando en forma más
o menos accidental grandes grupos de tribus. Y este mismo fenómeno de la
dispersión y falta de una autoridad centralizada, se va a observar en los
seguidores de las grandes migraciones malayas, los polinesios.
Las islas Filipinas y las Molucas fueron, en verdad, la frontera oriental de
los malayos. Pero algunos pequeños grupos siguieron adelante, en busca de
nuevas tierras y de nuevos mares. Eran los orang laut, los señores del mar,
para quienes su hábitat natural era el océano. Y así esos grupos, a través de
los años, cruzaron la Melanesia, y cerca del siglo I de la era cristiana se
adentraron más hacia el oriente en el Gran Océano.
Ellos venían, según sus cantares y genealogía, de Hawaiki. Pero más que
un lugar geográfico era una nostalgia. Los muchachos y las muchachas, en
las noches del Pacífico, tibias y claras, sentados en las playas bajo los
cocoteros, cantaban y cantan aún en los sitios donde la irrupción de
Occidente no ha destruido los últimos vestigios de las culturas polinesias:
“Venimos de Hawaiki el grande, de Hawaiki el largo, de Hawaiki el lejano”.
El sitio geográfico de ese Hawaiki presentó un problema que no se ha
resuelto, el problema del origen exacto de los polinesios. Los primeros
marinos y exploradores de Occidente se admiraron al encontrar hombres en
islas tan remotas y tan lejanas a cualquier tierra firme y se formularon por
primera vez la pregunta de su origen. Se hicieron, como con los hombres de
América, todas las hipótesis imaginables. Claro está que no faltó la de las
tribus perdidas de Israel, tan socorrida para los primeros investigadores de los
orígenes americanos. También se ventiló la teoría del origen egipcio y se dio
como prueba irrefutable que en Polinesia al sol se le dice ra, y era Amon Ra
el dios solar de los egipcios. Pero como los maorís de la Nueva Zelanda
recordaban una tierra llamada Uru, se pensó al instante en Ur de los caldeos,
del cual saliera Abraham a fundar el Pueblo Escogido. Pero las genealogías
de Rarotonga hablaban de Atia te varin ganui o sea, Atia la lodosa, porque
vari significa lodo y como en la India padi significa arroz, que se siembra en
el lodo, se dedujo que los polinesios venían directamente de la India y que,
aunque habían perdido el conocimiento del arroz y su cultivo, conservaban la
memoria del lodo.
Tan peregrinas ideas tienen sus aspectos modernos en el origen
americano de los polinesios, sostenido por Thor Heyerdahl, marino nórdico
quien, con su balsa Kon Tiki ha navegado desde las costas peruanas hasta las
islas polinesias, queriendo demostrar así que los americanos hicieron otro
tanto en tiempos remotos. En verdad, lo único que ha demostrado es que
dicha navegación es posible y que es un marino extraordinario, pero nada
más que eso. Los habitantes que ocupaban las costas americanas no eran
grandes marinos y los polinesios sí lo eran; por otra parte, los polinesios no
usaban balsas en sus navegaciones, sino las grandes canoas dobles y, además,
el idioma polinesio está emparentado, como ya hemos visto, con los idiomas
del sur de Asia y nada tiene que ver con los que se hablan en las costas del
Pacífico americano. Por lo tanto, conviene descartar la teoría de Heyerdahl,
junto con las otras y buscar en la arqueología una base seria para situar ese
Hawaiki y el origen de los polinesios.
Los estudios emprendidos tanto en Asia como en las islas de la Polinesia
bajo el patrocinio del Bishop Museum de Hawai han logrado reunir un
material enorme, tanto en lo referente a los idiomas, como a la arqueología y
a las leyendas de las islas. No se ha olvidado la antropología, especialmente
en los trabajos del doctor Shapiro, ni la botánica y la zoología, en lo que se
refiere a la distribución de plantas y animales en las zonas de la Polinesia y la
Melanesia, muchas de ellas llevadas por el hombre, ya sea en forma
intencional, para su uso, o accidentalmente, como en el caso de las ratas y las
lagartijas.
Los polinesios conservan aún en la memoria, con la ayuda de ciertos
sistemas mnemotécnicos, lo que se ha dado en llamar “las grandes
genealogías”, que no son más que listas de nombres de los antepasados de los
jefes, que se cantan en las grandes fiestas, para recordar las glorias pasadas.
Es posible que estas mismas fueran de nombres que no fueran, a su vez, más
que sistemas rítmicos, que se quedaban fácilmente en la memoria y que
permitían recordar antiguos hechos que se tenían por gloriosos. Algunas de
ellas, como las de Rarotonga, se remontan 90 generaciones, hasta llegar a un
ser mitológico y semidivino, como sucede siempre con las genealogías de los
poderosos, llamado Tuterangimarama, el cual, calculando que cada
generación duró 25 años, debe haber vivido alrededor de 400 años antes de
Cristo. Estas genealogías fueron traducidas a idiomas europeos en el siglo
pasado por los primeros misioneros, tanto católicos como protestantes. Al
principio se les dio gran importancia para el estudio de la difusión del hombre
en el Pacífico, ya que en ellas se encuentran menciones de viajes migratorios.
Debido a ello, la arqueología, la antropología física y los estudios lingüísticos
fueron dejados a un lado. Se supuso que, dada la claridad aparente de la
genealogía, bastaba con ellas para el estudio y conocimiento de la historia
polinesia, pero más tarde se fue observando que esos relatos inducían a
graves errores, ya que las listas de antepasados habían sido infladas, como lo
pudo demostrar el doctor neozelandés de ascendencia maorí, Peter H. Buck.
Entre los nombres de los caudillos se introdujeron toda suerte de datos
extraños, cuyo único objeto era ampliar las listas. Así, al hablar de un jefe se
mencionaba el nombre de su canoa, de los remos, de las velas y hasta de los
cuencos de coco que se usaban para achicar el agua. Por otra parte, resultaba
muy aventurado fijar un número preciso de años para cada generación.
Fue entonces cuando el Bishop Museum inició los trabajos
antropológicos de arqueología y lingüística que le han dado tanta fama. El
resultado de esos estudios confirma muchas veces lo dicho por las
genealogías y nos permite ahora seguir las migraciones polinesias desde las
costas asiáticas hasta las islas más remotas y, posiblemente, las costas
americanas, con bastante exactitud y con una cronología precisa.
De todo esto se desprende que unos 500 años antes de Cristo, después de
haber cruzado, como ya hemos visto, las Filipinas y las Molucas, se
establecieron en las primeras islas propiamente polinesias, al sur del ecuador.
Las largas travesías y el medio que encontraron en las islas fue marcando los
rasgos característicos de sus culturas. Es curioso observar cómo, en los
atolones arenosos, pierden el arroz y la idea de su cultivo, lo mismo que la
cerámica que se conserva sólo hasta las islas Fiji, pero no más adelante. Pero
a cambio del arroz, lograron cultivar algunas plantas nuevas y utilizar otras
asiáticas, basando su agricultura donde la tierra y el clima lo hacían posible,
en el taro, el cocotero, el árbol del pan y el camote. En algunas zonas
pudieron cultivar la palma asiática llamada sagú. No conocieron las fibras
para hilar, aunque sí fabricaban esteras finas y telas con cortezas de árbol,
cosidas con fibras de coco. Cuando les tocaba en suerte habitar en alguna de
las islas altas, con la suficiente agua para el regadío, vivían principalmente de
la agricultura y de la cría del cerdo y la gallina, y la pesca se volvía
complementaria. Pero cuando se encontraban en los atolones o en islas de
poca agua, su principal recurso era la pesca, tanto en las grandes lagunas de
los atolones y en los bancos de coral, como la de profundidad. En los
atolones sólo cultivaban cocoteros y taro en zanjones artificiales. En la Nueva
Zelanda, donde se enfrentan a un clima extremoso y a grandes bosques de
pinos, aprenden a vivir de la caza y modifican la forma tradicional de sus
embarcaciones, para aprovechar el tamaño y rectitud de las grandes coníferas.
Como se ve, se trata de un pueblo con grandes posibilidades de
adaptación al medio, pero su verdadero hábitat era siempre el mar. Lo mejor
de su arte y de su ingenio se empleaba en la fabricación de las
embarcaciones, tanto las pequeñas para la pesca, provistas con el típico
balancín o las grandes canoas de dos quillas, propias para la guerra y las
largas navegaciones, que medían hasta 30 metros de largo y podían llevar 200
personas, como las que vio el capitán James Cook en Tahití. Navegaban a
vela y a remo y fabricaban sus velas con esteras y fibras de coco, en forma de
velas latinas, mediante las cuales podían ceñirse al viento y seguir cualquier
rumbo. Para la pesca usaban redes y anzuelos y para la guerra y la caza
utilizaban lanzas y rompecráneos, algunos profusamente adornados.
Desde los primeros contactos con Occidente, sus costumbres asombraron
a los marinos europeos. Los españoles dejaron pocas descripciones de ellos,
ya que tuvieron escasos contactos y fueron Bougainville, Cook y Joseph
Banks, en el siglo XVIII, quienes los dieron a conocer al mundo, en su doble
aspecto de los amables salvajes idílicos, tipo rousseauniano o el de los
temibles guerreros caníbales. Pero lo que quedó en la mente de los marinos
occidentales fue la belleza y la absoluta libertad sexual de las mujeres que
mostraban, sin pudor alguno, sus cuerpos ejercitados en la natación. A
primera vista, la vida era un idilio donde el día se pasaba jugando en las
pozas de agua fresca, bailando, cantando, haciendo el amor, sin
preocupaciones ni temores. Todo eso parecía, a los ojos de los marinos que
llevaban tantos meses en la estrechez e incomodidad de los navíos, cosas del
paraíso. Así, desde el principio, muchos tripulantes, tanto de las empresas
científicas como posteriormente de los barcos de guerra, de los balleneros y
traficantes, trataron de desertar de los navíos y quedarse para siempre en ese
paraíso. Pero pronto esa imagen se fue haciendo turbia. El mismo almirante
Cook presenció un sacrificio humano. Se vio que en ese paraíso se vivía
siempre en peligro y que había guerras constantes y crueles entre los
habitantes de los diferentes valles o las distintas islas.
Es verdad, la historia de los pueblos polinesios ha sido cruel. Siempre
sujetos a los peligros del mar y a la sobrepoblación de las islas que obligaban
a las grandes migraciones, es una historia azarosa y llena de contrastes.
Veamos ante todo el aspecto marítimo, que es el fundamental en estas
culturas.
Ya hemos dicho que se trata de marinos asombrosos que lograron
navegaciones increíbles, dados los elementos con que contaban. Cierto es que
varios marinos modernos, con elementos semejantes, han logrado repetir esas
hazañas, como el francés Bishop, Heyerdahl, de quien ya se ha hablado, y el
famoso viaje del catamarán Kaimiloa, que fue de Honolulú a París. Pero estos
marinos han realizado esas hazañas notables conociendo ya perfectamente los
mares que han de cruzar, las distancias y las tierras que hay en el otro
extremo, mientras que los polinesios se lanzaban casi siempre al azar.
Para las grandes navegaciones utilizaban las canoas dobles, con dos
quillas y una plataforma atada encima, con una casa o cabina de palma y un
mástil bajo. Cada canoa tenía un nombre y estaba dedicada a un dios, lo
mismo que cada uno de los dos grandes remos del timón, las palas para bogar
y hasta los cuencos de coco para achicar el agua. En cada una de esas grandes
canoas podían acomodarse hasta 80 personas, con víveres y agua suficientes
para un largo viaje, pero como en las migraciones con ánimo de establecerse
en otra isla era necesario llevar, no sólo los alimentos para el viaje, sino las
plantas de taro, camote, árbol del pan y cocos para sembrarse, así como
cerdos, perros y gallinas para la cría, se veían obligados muchas veces a
reducir el número de los viajeros en cada canoa. Con estos elementos a mano,
para ser cultivados en la nueva tierra, cualquier isla se prestaba para
establecer en ella la vida polinesia.
Lo más importante para este tipo de viajes era contar con las
embarcaciones adecuadas. Para construirlas se empezaba por buscar los
árboles apropiados, los que se consagraban primero a los dioses y luego se
derribaban y tallaban, para formar con ellos las dos grandes quillas. Los
carpinteros de ribera hacían penitencia y ayunaban durante varios días, para
propiciar a los espíritus, y dedicaban sus hachas y escoplos de piedra al mar,
mojándolos en agua marina. Cuando ya las dos quillas estaban ahuecadas, las
arrastraban hasta la orilla del mar, en el lugar escogido para su lanzamiento,
donde se había construido previamente un gran cobertizo de palma. Con
tablones se levantaban las bordas, cogiéndolas a las quillas con fibras
vegetales y calafateando las junturas con resinas y estopas de fibra de coco.
Los talladores de maderas labraban las enormes proas ornamentales, los
mástiles y los remos. Terminado todo esto y preparadas ya las velas y los
cordajes, se procedía a la botadura, con grandes ceremonias entre las cuales
se solía incluir el sacrificio de un hombre, cuyo cadáver se ataba a la gran
proa.
En sus largos viajes, los polinesios se orientaban mediante el
conocimiento que tenían de las estrellas. Sabemos por ejemplo que lograban
navegar desde Rarotonga hasta Hawai, una distancia de 3 200 kilómetros de
mar abierto, buscando las Pléyades, bajo las cuales estaban las islas Hawai.
Es lógico pensar que con tan pocos elementos de orientación, la navegación
no podía ser muy precisa, pero conocían a fondo los secretos del mar y las
señales por las cuales podían deducir que había tierra cercana. El piloto
vigilaba cuidadosamente la ruta de los pájaros marinos y espiaba el
movimiento de las olas para percibir el eco de las playas lejanas, cosa
sorprendente para los marinos occidentales y que sin embargo lograron
comprobar muchas veces. En el cielo se buscaban las formaciones de nubes
que pudieran significar la presencia de montañas y reflejar las aguas verdes
de las lagunas de los atolones. Naturalmente que muchas de las islas
descubiertas por los polinesios fueron encontradas por casualidad y que
muchas de las expediciones se perdieron para siempre en las inmensidades
del Pacífico. También podemos pensar en que algunas de ellas llegaron a las
costas americanas y llevaron el camote y el cocotero, si es que lo había antes
de la llegada de los españoles, y ciertos rasgos de las culturas polinesias que
se pueden detectar en algunas culturas peruanas.
En los largos viajes se embarcaba comida en forma de una masa hecha
con taro cocido llamado “poi” y harina del árbol del pan, así como animales
vivos. El agua se llevaba en carrizos bien tapados con rodajas de madera. La
dieta se acabalaba con pesca o con algunas aves marinas que lograban abatir.
Para los viajes migratorios se escogía a hombres jóvenes y fuertes,
conocedores del mar y buenos remeros. Las mujeres que tomaban parte en la
expedición debían haber probado ser capaces de tener hijos, ya que una mujer
estéril se consideraba como una carga muerta. Por lo general, se embarcaba
también a algún anciano, que fungía como sacerdote de los dioses y consejero
del jefe de la empresa y tenía por principal encargo cuidar de los ídolos que
se llevaban en la pequeña cabina de palma. Con él se ligaban las viejas
tradiciones a la nueva tierra que se iba a colonizar.
Para iniciar los viajes, aprovechaban las épocas de los grandes vientos
alisios que conocían bien y, sobre todo, las tempestades que, en pocos días,
los llevaban lejos. Conocían y temían sobre todo las calmas ecuatoriales,
porque al encontrarlas tenían que cruzar una zona de cerca de 20° de latitud a
base de agotadores remos. Por lo tanto, para cruzar el ecuador esperaban el
tiempo de los tifones y navegaban con ellos, casi sobre las crestas de las olas.
Sería imposible dar a conocer, en tan breve espacio, todo lo que
actualmente se sabe acerca de las apasionantes culturas polinesias. Cada una
de las miles de islas, cada atolón habitado, cada valle y cada pueblo tiene su
historia y sus variaciones en cultura y lengua. Considerar la cultura polinesia
como algo monolítico, algo igual en el enorme triángulo que ocupa, que va
desde las Hawai a Pascua y Nueva Zelanda, es un error tan grave como el que
se cometió en América cuando se consideró que todas las culturas indígenas
eran iguales entre sí. Claro está que existió una unidad cultural lo bastante
fuerte para que podamos hablar de una cultura polinesia, pero la evolución de
cada rama de esa cultura y la maravillosa capacidad de adaptación al medio
de los polinesios, desde los albores de la era cristiana hasta el siglo XIX,
cuando fueron prácticamente destruidas por el impacto de la expansión
occidental, ha creado diferencias notables que ameritan estudios
independientes para cada una de ellas. La unidad se observa sobre todo en la
lingüística, pero ya desde fines del siglo XVIII, cuando el almirante Cook
visitó varias islas y estudió sus idiomas, se pudieron captar grandes
diferencias en la pronunciación y en la gramática. La palabra tabú, ahora de
uso universal, se pronuncia así en las islas de la Sociedad, pero en Hawai
decían kapú. La palabra ube, que significa camote, recibe en diferentes islas
nombres como ute, uhe, ue. Los estudios de Dempelwolf han logrado
finalmente, como ya hemos visto, ligar todos estos idiomas en el mismo
complejo idiomático de los malayos y los malgaches.
Ante la imposibilidad de revisar la historia de cada una de las islas que
forman la Polinesia, tomaremos los rasgos generales de las del archipiélago
de las Marquesas, ya que fueron unas de las primeras descubiertas por los
europeos y constituyeron un importante centro cultural. El archipiélago está
situado al sur del ecuador y, con la excepción de la isla de Pascua, es el más
cercano a la costa americana. Está formado por dos grupos de islas: las del
noroeste con Nuku Hiva, Ua Pou y Ua Huku, más algunos islotes
despoblados; y el grupo del sureste que se forma con Hiva Oa, Tahuata y
Mohotome y, unos 65 kilómetros al sur, Fatu Hiva. Son islas de origen
volcánico, con elevaciones de más de 1 300 metros sobre el nivel del mar y
carecen de las lagunas coralinas que se ven en tantas islas polinesias. Así, en
las bases de sus acantilados el océano bate con fuerza, dejando pocas playas y
puertos útiles. En las vertientes que ven al sur hay fuertes lluvias y, por lo
tanto, los cerros están cubiertos de vegetación y de los altos cerros cortados a
pico caen innumerables cascadas a los valles bajos, formando pozas y ríos de
increíble belleza. El paisaje es atractivo y extraño, dejando esa huella de
asombro, casi de miedo, que se observa en muchas de las islas polinesias. Las
nubes y el arco iris coronan constantemente las montañas altas, casi cortadas
a pico, y el golpear constante de las largas olas del Pacífico contra los
farallones de la costa, lo angosto de las cañadas llenas de vegetación de un
verde violento, dan al paisaje el aspecto de una estampa imaginaria de Doré,
más que de una realidad. Por el contrario, en las vertientes que ven hacia el
norte, donde las lluvias son escasas, los cerros están casi desnudos y los
valles son áridos y rocosos.
Como no hay lagunas coralinas y el mar es muy profundo en las cercanías
de la costa, amén de la abundancia increíble de tiburones, estas islas se
prestan a la pesca fácil desde las playas, así que los marquesinos dominaron
la de altura y vivieron de pescar las grandes especies marinas como el bonito,
el atún y el pez sierra. Esta misma falta de la fácil pesca de laguna hizo que
los polinesios de las Marquesas se volvieran hábiles agricultores y cultivaran
los valles ricos de las costas sur como verdaderos jardines, que fueron la base
de su economía. Los principales productos han sido el árbol del pan, el taro,
el camote y el cocotero. En cuanto a animales domésticos, lograron llevar
hasta allí el cerdo, el perro y la gallina.
El conocimiento que tenemos de la historia de las islas Marquesas se
debe, principalmente, a los trabajos realizados por los doctores Shapiro y
Suggs, en los años 1956 y 1957, por instrucciones del Museo de Historia
Natural de Estados Unidos. Anteriormente se habían llevado a cabo algunos
estudios antropológicos, pero faltaban las pruebas arqueológicas de las
excavaciones sistemáticas, que ahora nos abren ante los ojos una prehistoria
deslumbrante.
El doctor Suggs divide la historia de estas islas desde su ocupación por
los polinesios hasta la llegada definitiva de los europeos y el establecimiento
de autoridades francesas, en cuatro grandes periodos.
El primero es propiamente el de la ocupación de la isla y se extiende
desde el año 150 a.C. hasta el año 100 de nuestra era. Las excavaciones
efectuadas en el valle de Ha’atuatua, en la isla de Nuku Hiva, demuestran que
los primeros pobladores de las Marquesas llegaron de la Polinesia occidental,
probablemente de las islas de la Sociedad. La expedición o serie de
expediciones se componía de un gran grupo de embarcaciones de doble quilla
y pudieron ocupar en forma casi simultánea varios puntos de la costa, en la
zona fértil, como se ha comprobado por el hallazgo de restos de casas y
templos, con objetos y conchas que no son nativos de la isla y que fueron
indudablemente traídos por los primeros colonizadores. Entre estos objetos se
ha encontrado cerámica rojiza de Melanesia, discos y anzuelos hechos con
conchas de moluscos que no existen en las Marquesas y las formas de esos
anzuelos no se volvieron a repetir, ya que eran propios para la pesca de
laguna e inútiles en la de profundidad que, como ya hemos visto, era la única
posible en las Marquesas. Eso nos comprueba también que dichos anzuelos
no fueron tallados en el archipiélago, sino en otro donde había lagunas, como
en el de la Sociedad. Los colonos construyeron al principio casas pequeñas,
de forma oval, con pisos de arena sobre los cuales tendían esteras tejidas con
hojas de cocoteros. Hicieron sus pueblos en los valles bajos, cerca de los
riachuelos que les proporcionaban agua potable y del mar, que era aún su
principal medio de vida. En huertos cercanos a los pueblos cultivaron las
plantas que trajeron consigo y que prosperaron en la isla. Las tumbas que se
han encontrado prueban que se trataba de una sociedad que sentía un
profundo respeto hacia los muertos y que no había entre ellos grandes
diferencias o distingos sociales. Es probable que el duro y largo viaje en las
canoas, el haber escogido en las islas de partida a los hombres que parecieron
al jefe ser idóneos para la empresa, los grandes trabajos y peligros pasados en
compañía y el probable compartir de las pocas mujeres que llegaron, fueron
factores de importancia en la formación de esa sociedad igualitaria.
Conservaban la religión polinesia y eran caníbales, probablemente en un
sentido ritual.
El segundo periodo, que dura más o menos hasta el año 1100 de la era, es
el del asentamiento de la cultura. En este milenio la manera de vida de los
polinesios de las Marquesas toma ya su forma definitiva. La economía se
vuelve cada vez más agrícola y se usa menos de la pesca y, como sucede
siempre, la vida agrícola cambia las formas sociales; la gente se aleja del mar
y penetra en la tierra, hasta los pocos valles fértiles del interior, casi siempre
de muy difícil acceso, tanto desde la costa como de los otros cercanos. Con
esto se van creando pequeñas comunidades aisladas y se originan los clanes
bélicos, con las formas de gobierno autoritarias que son típicas de esos casos,
pero con la misma dispersión de la autoridad que hemos visto entre los
malayos. También, como sucede siempre, cada grupo se va llenando de un
sentido clánico, se enorgullece de sus tradiciones guerreras y, naturalmente,
honra tan sólo a los jefes o caudillos fuertes. Así se forma una casta
dominante, de guerreros más que de administradores, con un grupo sacerdotal
que adquiere gran influencia en las decisiones de los caudillos y coopera con
ellos para mantener las tradiciones bélicas y el espíritu de sacrificio entre los
miembros del clan. Como consecuencia lógica, se inician los grandes trabajos
comunales en construcciones de considerable importancia, que serán la tónica
del periodo siguiente. El gran crecimiento de la población obliga a los grupos
más débiles a ir ocupando las vertientes del norte, semidesérticas y los
atolones estériles, o a emigrar en busca de nuevas islas, y por esos tiempos,
seguramente por esas causas, se inicia la colonización de la isla de Pascua, a
la cual sus habitantes, herederos del orgullo marquesino, llamaron “el
Ombligo del Mundo”. Los de las Marquesas le habían nombrado a su tierra
te-pito-te-henua “la Tierra de los Hombres”. En la isla de Pascua los
emigrantes de las Marquesas crearon la cultura más extraña y más discutida
del Pacífico. Otras migraciones que se pueden seguir fácilmente por las
huellas dejadas fueron hacia las islas de Mangareva.
Las casas de este periodo eran mucho más amplias que las del primero,
levantadas sobre grandes plataformas de piedras talladas. Se empezaron a
construir también los templos llamados “ahu”, con el altar típico de esa edad,
hecho de piedra tallada y recubierto de arena fina. Los feligreses aún
quedaban a la intemperie, en el gran patio exterior, pero éste ya estaba
cercado de piedras o con troncos, así es que el templo se había convertido en
un edificio especializado.
El tercer periodo es el de las guerras intestinas, debidas en gran parte al
exceso de población, eterna amenaza de esta cultura. Se siguieron enviando
expediciones migratorias y se construyeron, probablemente con trabajos
forzados, las grandes fortalezas que se ven en las cumbres de algunos cerros,
y con ellas creció enormemente la autoridad y el poder de los caudillos.
Durante este periodo se restablece, si es que se había interrumpido, el
comercio con las islas de la Sociedad y aparecen piedras o manos de moler el
taro, de hechura tahitiana. También es probable que este comercio haya
producido el incremento en las tallas en piedra que se observa en este
periodo, en el cual se inician las formas que van a florecer en el cuarto
periodo que pudiéramos llamar el “clásico” de esta cultura.
Éste se inicia en el siglo XIV y dura hasta la llegada de los europeos y la
ocupación de las islas en el siglo XIX, pues aunque Álvaro de Mendaña las
descubrió en los albores del siglo XVII y las bautizó con el nombre que llevan,
no tuvieron un contacto permanente con los occidentales sino hasta el XIX,
primero con los norteamericanos que establecieron allí una pequeña base
naval de corta vida y luego con los franceses, que las ocuparon
definitivamente. Cambia la arquitectura del ahu y aparece la gran plaza para
las reuniones del pueblo. Los patios de los templos se cubren con enormes
techos y frente a ellos se traza una gran plaza, llamada tohua, especie de
ágora que tanto asombrara a Cook. Las casas y los palacios crecen
enormemente y se tallan grandes monolitos, ya que, ante la autoridad total de
los caudillos, el pueblo se ve obligado a destinar todo el tiempo que le queda
libre de sus labores agrícolas a la construcción de estos grandes monumentos.
Las estatuas antropomorfas, los famosos tiki, se vuelven monumentales.
Otros, pequeños y tallados en hueso, muestran la increíble habilidad que
habían alcanzado los artesanos, y se encuentran ahora en los principales
museos del mundo. En este periodo apareció también el complicado arte del
tatuaje, llevado al extremo de recubrir todo el cuerpo con los más intrincados
dibujos. Tanto el tiki en su postura ritual como el tatuaje son típicos de todas
las culturas de la Polinesia, pero en las Marquesas alcanzan una perfección
extraordinaria. En este periodo se afirma también la estructura social y los
ciudadanos de la “Tierra de los Hombres” se convierten, ante todo, en
guerreros orgullosos de sus rompecráneos de maderas duras, finamente
tallados, de sus cascos de plumas rojas, de sus escudos y conchas, sus lanzas
y sus dardos. No son ya los pacíficos navegantes, ni suelen recibir con cantos
y danzas a los extraños que llegan a sus playas, como pudieron observar
Mendaña y Cook. Cuando los barcos balleneros y la Marina norteamericana
empiezan a frecuentar esas islas como puerto de recalada, les llevan el
dudoso don de las armas de fuego, con lo cual las guerras intestinas se hacen
mucho más crueles y la economía se desquicia, ya que los caudillos, para
conseguir armas, pólvora y balas, venden a los barcos los mantenimientos
necesarios para el pueblo. La situación se agrava con la introducción de
algunas enfermedades occidentales, como las venéreas, el catarro común y la
tuberculosis, amén del aguardiente. En 1848 Francia, después de una serie de
combates y bombardeos navales, ocupa las islas para “salvar a sus habitantes
de sí mismos” y la población polinesia casi desaparece, como por desgracia
veremos que ha sucedido en muchas de las otras islas. Cuando Cook llegó a
las Marquesas calculó su población en unas 80 000 personas. En la
actualidad, en todo el archipiélago hay apenas unos 10 000 habitantes, de los
cuales sólo la mitad son polinesios.
Semejante a la historia de las islas Marquesas es la de los otros
archipiélagos de la Polinesia. Las diferencias son notables, pequeñas, y la
mayor parte se originan por diferencias en el medio ambiente. En la isla de
Pascua, donde los cultivos tropicales son imposibles, cambia por completo la
organización social, cobra mucho mayor importancia la magia o religión y se
le da una desproporcionada importancia a la talla de la piedra volcánica, tan
abundante en la isla. Lo mismo, aunque en menor proporción, sucede en
Tonga, mientras que en las islas Fiji se logra conservar el arte de la alfarería.
Nueva Zelanda, con un clima extremoso, presenta problemas distintos a la
cultura polinesia. Fue más o menos en el siglo X de esta era cuando polinesios
de Tahití ocuparon esas islas, bajo el mando de un jefe llamado Kupe.
Sabemos que entre los siglos X y XIV hubo por lo menos tres grandes
expediciones. Ante la imposibilidad de cultivar las plantas tropicales que
llevaban, tuvieron que convertirse en cazadores del moa, especie de avestruz
hoy extinta, que abundaba en los bosques. También, como ya hemos visto,
modificaron la estructura de sus embarcaciones, para aprovechar los nuevos
tipos de maderas blandas. Se organizaron en grupos pequeños que vivían de
la caza y de la pesca primordialmente. Éstos fueron los maorís que
encontraron allí los ingleses.
La religión de los polinesios en todas las islas era primitiva y cruel.
Basada en el miedo, obligaba a la adoración de los dioses del mar y del
fuego, elementos básicos en las islas volcánicas, muchas de ellas con conos
aún activos, como las Hawai. El sacrificio humano era frecuente y en las
grandes solemnidades se colgaba a los sacrificados de una cuerda que les
pasaba por la cabeza, como pescados colgados de las agallas, y con ellos se
rodeaba el templo. Existía también el canibalismo, por lo menos en muchas
islas. La esclavitud se hizo cada vez más opresiva, conforme los grupos
fueron fijando sus normas y fue creciendo el poder hereditario de los
caudillos. Éstos, inmóviles casi siempre, se preciaban de no tocar el suelo
nunca, ya que si era tierra de ellos los manchaba, y si era ajena, le pasaban su
maná o fuerza espiritual y la hacían suya por el solo hecho de tocarla. Con
eso, iban siempre en hombros de sus seguidores, muchas veces dentro de una
canoa y eran enormemente gordos. Los tabúes que tanto han gustado a los
modernos psicólogos hacían la vida diaria casi imposible y la llenaban de
terrores. No era seguramente la sociedad ideal que imaginara Diderot cuando
leyó los relatos de los primeros navegantes, pero tampoco era una sociedad
depravada e incorregible, como nos la han pintado los primeros misioneros.
En 150 años de presencia del Occidente, la cultura polinesia ha
desaparecido casi en su totalidad, dejando en el mundo una huella, una
nostalgia de sus formas ágiles, de la increíble belleza de sus paisajes, de sus
mujeres y sus danzas. Es la cultura que quisieran rastrear hombres como
Melville, Stevenson y Gauguin. Y aún en las islas pequeñas, donde el
europeo o el norteamericano no han encontrado atractivos de riqueza o de
turismo, subsiste en parte esa vida despreocupada, donde los muchachos y las
muchachas cantan en las noches del Gran Océano sus viejas genealogías, las
lucidas canoas de doble quilla y los grandes viajes de aquellos tiempos
cuando todo ese mar era el campo polinesio.
Porque los otros ribereños del Gran Océano no se adentraron nunca por
sus aguas. Tal vez, después de los malayo-polinesios, hayan sido los
japoneses, como pueblo insular, los mejores navegantes. Hará 8 000 o 10 000
años aparecieron los primeros hombres en las islas que ahora forman el
imperio del Japón. Probablemente venían de las cercanas costas de la
Manchuria o de Corea, pero en la antropología nipona se encuentran
indudables huellas de una raza anterior, tal vez caucásica y con rasgos
semejantes a los polinesios y a los taiwanos de Formosa. Es posible que
alguna rama de los dravidios que, como hemos visto, aparecieron por las
orillas del Pacífico en tiempos remotos, haya remontado desde las Filipinas
hasta Taiwán (Formosa) y de allí a las islas Ryukyu y al Japón. Restos de esta
raza caucásica son los actuales sinus que viven aún en la isla de Hokaido, al
norte del archipiélago. Pero es indudable que fue el contacto estrecho con
China y con Corea el que dio al Japón sus características actuales. De China
llegaron los primeros rudimentos de civilización, el cultivo del arroz, los
kangis para la escritura, las ideas filosóficas, como el primitivo shintoísmo y
el culto a los muertos y, más tarde, la influencia bienhechora del budismo
chino.
Hasta el siglo VI de la era cristiana, la organización social del Japón era
tribal, aunque ya la gran familia Fujiwara había cobrado ascendiente sobre los
otros clanes y había establecido las bases políticas de lo que fuera, más tarde,
el imperio del Japón. Su primera capital estuvo en la ciudad de Nara y,
posteriormente, en la de Kioto. La religión era el shintoísmo, el shinto, esto
es, el “camino de los dioses”, basada en el culto a los antepasados deificados,
no por el bien que hubieran hecho en sus vidas, sino por la cualidad de
transmutación que tiene la muerte, que da al espíritu del hombre poderes
especiales que lo hacen semejante a un dios. Así, el shintoísmo no tuvo
propiamente una doctrina moral en la cual el bien realizado en vida recibe un
premio en la muerte y el mal un castigo. La muerte era niveladora y hacía
dioses a todos los hombres y, por lo tanto, era conveniente que los vivos,
descendientes de los muertos deificados, los tuvieran gratos con actos de
respeto, ofrendas y ceremonias para que desde las sombras siguieran
protegiendo a la sociedad familiar. Esta idea de un culto netamente familiar
se fue convirtiendo, con el crecimiento de la idea imperial, en nacional y,
sobre todo, en nacionalista, ya que a ese culto, por razones obvias, no se
puede invitar a aquellos que no sean japoneses. Pronto el culto que se rendía
a los muertos familiares ya no se rendía tan sólo a los muertos de la gran
familia Fujiwara, y más tarde, se rindió a la idea imperial misma. Esta
modalidad es de capital importancia para entender el proceso histórico del
Japón. A pesar de la introducción del budismo, proveniente de China y que
plantó raíces profundas en el Japón y modificó todos los sistemas de vida,
sobre todo el de la educación, el shintoísmo ha seguido viviendo hasta la
fecha y encarnando esa idea nacionalista e imperial en la cual el Estado y la
Iglesia son todo uno. Esta manera de creer ha hecho que la familia Fujiwara,
con toda suerte de altas y bajas, se sostenga a la cabeza del imperio hasta
nuestros días, a veces como gobernantes efectivos, a veces como simples
personajes decorativos, encerrados en sus grandes palacios, mientras los
shogunes detentaban el mando.
La organización social, emanada de los clanes, era netamente feudal. El
daimio o señor tenía sus tierras, sus ejércitos de samuráis y sus siervos que
labraban los campos. Era el amo y señor de todo, dueño de vidas y haciendas
y sólo debía obediencia al clan Fujiwara, obediencia que practicaba cuando le
convenía hacerlo o no tenía la fuerza bastante para rebelarse e imponerse.
Este sistema tenía las consecuencias que tuvo en todos los pueblos que lo han
utilizado: una sucesión inacabable de guerras intestinas entre los daimios,
ansiosos de adquirir nuevos territorios a costa de sus vecinos, o mayor poder
entre sus iguales o ante la casa imperial. Y en todas estas guerras, como
siempre sucede, se fue creando una casta guerrera de gran poder, la del
hombre de armas, el samurái, sujeto a un riguroso código de honor y esclavo
de un orgullo sin medida. Aún en el siglo XIX, un samurái podía matar a un
labriego o a un burgués sin dar explicaciones, con decir tan sólo que le había
faltado al respeto.
Muchos años tardó la casa imperial o los shogunes a su servicio en
dominar todas las islas que forman actualmente el imperio. A veces
extendieron sus ambiciones a las costas del continente, en Corea, Manchuria
y la misma China, así como hacia Formosa o las Ryukyu; pero esas
inacabables guerras de los daimios entre sí o para tomar al emperador bajo su
protección nulificaron para siempre estas conquistas al otro lado del mar y
cuando Ieyasu resolvió cerrar Japón al mundo, a principios del siglo XVII, se
redujo a las islas que actualmente ocupa. Pero así como los intentos de
expansión marítima siempre fracasaron, fallaron también los intentos de otras
potencias por ocupar el Japón mediante el uso de la fuerza y no ha sido sino
hasta el año de 1945 cuando un ejército enemigo ha podido sentar sus plantas
en el suelo nipón como vencedor.
Como todo pueblo insular, el japonés ha llegado a ser un buen marino.
Sus empresas antiguas sobre las costas de China y de Corea demuestran que
podía manejar una flota considerable, y a fines del siglo XVI sabemos que
traficaban con las Filipinas y enviaron una expedición militar a Cagayán, en
Luzón, tratando de apoderarse de parte de estas islas. Asimismo, un poco más
tarde, pudieron hacer la navegación en sus propias embarcaciones, hasta el
puerto mexicano de Acapulco. En expediciones de comercio, llegaban hasta
la India desde tiempos bastante remotos, y hasta la llegada en cantidad
considerable de la plata americana al Asia, fueron los principales productores
y exportadores de este metal a China.
Los coreanos, en cambio, no parecen haber sido navegantes de
importancia y se concretaban a viajes al Japón o a lo largo de la costa, en
empresas de comercio y de pesca. Igualmente, los chinos tardaron muchos
siglos en entregarse a los riesgos de la navegación. Poseedores de un
territorio compacto, lo fueron ocupando paulatinamente, desde los orígenes
de su cultura en las márgenes del río Wei, avanzando hacia el sur según los
impulsaban las presiones demográficas. Ocuparon primero el enorme valle
del Yang Tse Kiang y se extendieron hasta Cantón, en el río Sin Kiang.
Posteriormente pretendieron, durante un milenio, la ocupación de Vietnam, y
es el único sitio en el cual intentaron una acción de conquista y un intento de
sinificación permanente, que duró más de 1 000 años.
Muchos historiadores han encontrado un marcado parecido en las
relaciones existentes entre el mundo del Asia sudoriental y China con las del
mundo mediterráneo de los primeros cuatro siglos de la era cristiana y Roma.
Como en toda comparación histórica, hay en ésta algunos puntos de
semejanza y otros muchos de diferencia, pero establecer la premisa de que la
cultura china era para el Asia sudoriental lo que la cultura romana para la
cuenca mediterránea, nos llevaría a una enorme serie de errores de
interpretación. Una de las principales diferencias entre las dos culturas está en
el hecho de que la romana fue, desde sus principios, una cultura de expansión
territorial, de conquista. Uno de sus principales objetivos era el de
“romanizar” el mundo conocido y extender el imperio de Roma, en lo
cultural, en lo administrativo y en lo económico, hasta las más remotas
fronteras y crear el “mundo romano”. Por su parte, la cultura china se
extendió sólo en la medida en que iba necesitando de mayores territorios para
su crecimiento demográfico. Así, hasta unos 200 años a.C., la expansión
china no había sobrepasado las fronteras de la actual República Popular
China. K. S. Latourette dice con gran razón: “Con algunas marcadas
excepciones, no ha sido sino hasta una época reciente cuando ellos [los
chinos] han empezado a buscar en el exterior una salida para su exceso de
población. No fue sino hasta los siglos XVII y XVIII cuando un gran número de
chinos se trasladó a Formosa y no fue sino hasta el siglo XX cuando
empezaron a inundar Manchuria”.
Otra de las características de la cultura china es su unidad casi monolítica.
Las condiciones geográficas y climáticas de su territorio, formado por
enormes valles cultivables y separado del resto del mundo asiático por
grandes cadenas de montañas y desiertos, permite una unidad cultural y
política, y los mismos chinos han hecho, a través de su historia, todo lo
posible por conservar y fomentar esa unidad y por separarse del resto de la
humanidad. El mismo nombre de la nación antes de la República, y aun bajo
ésta, indica este centralismo: Imperio del Medio o del Centro y ahora Chung
Hua Min Kuo que significa la “República Florida Popular del Medio o del
Centro”. Como se ve, este nombre no es más que una localización del país en
su mapa ideal. Por muchos siglos, los chinos han tenido la idea de que para
todo hombre civilizado no puede haber más sistema aceptable de vida y de
administración de la cosa pública que el de ellos. Así, no se preocuparon en
buscar un nombre para su país, ya que era el único digno de llamarse país y lo
rodeaban tan sólo los bárbaros. El nombre con el cual lo conocemos (China)
es extranjero; sus habitantes le han dado otros nombres en el curso de la
historia. Algunos le llamaron T’ieng Hsia (Bajo el Cielo) y en otros tiempos
se llamaron a sí mismos Han Jen o T’ang Jen, de acuerdo con la dinastía
reinante, ya que la sílaba Jen significa hombre. Es muy probable que el
nombre China venga de Ch’in Jen, esto es, hombre de la dinastía Ch’in, que
se inició el año 221 a.C. Como se ve, todos estos nombres no indican una
nación, sino un lugar ideal en la geografía o un tiempo en la historia, pero
tienen siempre el sentido de la unidad. Y este sentido se fortalece aún más
con la escritura mediante caracteres. Aunque las palabras se pronuncien de
diferente manera en las variadas provincias chinas, al extremo de que en
lenguaje hablado un cantonés no logre entenderse con un pekinés o con un
vecino de Amoy, al escribir se entienden todos.
El fenómeno tan notable en el siglo XIX de la emigración de chinos hacia
todos los rincones del mundo es bastante reciente. Pero aun ahora, aunque se
ha escrito tanto acerca del asunto, la emigración china es muy baja,
comparada a la de otras naciones. A pesar de todos los desastres que han
recaído sobre esa gran nación en los últimos 150 años, a pesar de una
densidad demográfica muy superior a los recursos naturales en un país de
economía fundamentalmente agrícola, en 1960 vivía fuera de China sólo 8%
de la población total, lo cual es un índice extremadamente bajo, si se compara
con naciones como Italia o Portugal.
Pero el avance terrestre de los chinos es muy antiguo. Partiendo del río
Wei donde, con toda probabilidad, se desarrolló la primera cultura estable,
los chinos fueron avanzando hasta llegar al golfo hacia el sur de Tonkín.
Hacia el norte, en el desierto de Gobi y Manchuria y hacia el poniente, la
penetración fue mínima en los primeros tiempos.
El pensamiento chino, madurado en los siglos anteriores, se consolida en
el siglo VI a.C. con los escritos y doctrinas de Kung Fu Tse y de Lao Tse.
Coinciden estos grandes maestros en el tiempo, con el auge del pensamiento
humanista en la India y el nacimiento del budismo, con la gran filosofía
hebraica en tiempos de Isaías, con los principios de la escuela filosófica de
los griegos y con Zoroastro en Persia. Si hay una relación directa, mediante
contactos, en este auge simultáneo del pensamiento del hombre en tan
diversos sitios de Asia, es cosa abierta a toda suerte de conjeturas. Lo que
importa señalar es que, mientras las otras escuelas de pensamiento se dividen,
se transforman o se transculturan, el pensamiento chino, al igual que el
idioma escrito, sigue siendo el mismo a pesar de la gran influencia que, en
siglos posteriores, tuvo el budismo. Y este pensamiento chino se interesa en
forma predominante por la convivencia humana y, por razones naturales, por
la administración de la cosa pública, de la cual depende esa convivencia
armónica. Así la estructura administrativa o sistema burocrático se conserva
inalterable a través de los siglos, de las invasiones y de los recurrentes
cambios de dinastías. Cuando los mongoles de Gengis Jan ocupan el imperio
y Kubilai Jan su nieto funda la dinastía Yuan en 1279, se convierte en
hombre chino y sus sistemas de gobierno, su maquinaria administrativa, sigue
siendo la misma que bajo las dinastías anteriores. Así sucede más tarde, en
1644, cuando cae la dinastía Ming y los manchúes, extranjeros como los
mongoles, fundan la dinastía Ch’in.
Teniendo en cuenta estas características de la cultura china saltan a la
vista las grandes diferencias que existen entre ésta y la romana o,
posteriormente, la islámica y la cristiana. Y observando ese sentido chino de
encerrarse en sí mismo, no debe extrañarnos la muy escasa huella que deja en
las culturas de sus vecinos más cercanos, con la excepción del Japón. Esta
huella casi no se observa en el Asia sudoriental, por ejemplo, y cuando está
presente, es de origen casi contemporáneo. Por lo tanto, no hay un verdadero
proceso de transculturación. Fay Cooper observa en la península malaya:
“Los primeros contactos [con los chinos] eran principalmente de comercio, y
aunque cooperaron a dar su forma a la historia de Malasia, rara vez fueron lo
bastante intensos para introducir métodos chinos, como por ejemplo el torno
del alfarero; muy pocas palabras entraron en el lenguaje y la influencia de sus
ideas políticas y religiosas fue nula”. En Filipinas, donde han vivido durante
400 años en grandes números, casi no han dejado huella en los idiomas
nativos, ni en las costumbres. La misma situación se detecta en las grandes
migraciones masivas, como al Perú, en el siglo XIX.
Su primera y única conquista, como ya hemos visto, fue sobre el actual
Vietnam, que los chinos llamaron Nan Yueh. Este reino anamita se extendía
desde las cercanías de Cantón hasta el centro de la Indochina. El año 111
a.C., según el profesor Olav E. T. Jansen, fue conquistado por los ejércitos de
la casa Ch’in y dividido, a la manera tradicional china, en nueve distritos
administrativos. Bajo el emperador Hgi Kuang, que reinó del año 1 al 25 de
la era, se trató de sinificar a los vietnamitas y el intento acabó con una serie
de revueltas populares, como la encabezada por la famosa heroína Trung
Trac, el año 40. Lo que parece indudable, como afirma Henri Maspero, es
que los anamitas, antes de la invasión china, eran cazadores y recolectores y
sus grandes y ricos deltas estaban cubiertos por pantanos, donde moraban
tigres, rinocerontes y elefantes, y fue alrededor de los centros administrativos
chinos donde empezaron a establecerse en pueblos permanentes y a sembrar
el arroz. Tal vez por eso los anales chinos conocen esta tierra con el nombre
de “el Reino de los Desnudos”.
El comercio de China con las naciones malayas no se inicia sino hasta el
siglo III, a lo más temprano, y no eran chinos, ni barcos chinos, los que
llevaban esos productos a Java, Sumatra, Borneo y las Filipinas. Latourette
afirma con razón que los mercaderes chinos eran muy tímidos navegantes y
dejaban, por lo general, en manos de forasteros la iniciativa del comercio
exterior. Pero este comercio, con un incipiente avance marítimo que se puede
observar a lo largo de las costas anamitas, parece haberse suspendido en los
siglos IV, V y VI, desde el final de la dinastía Han hasta el advenimiento de la
Sui en 589. Ésta es una de las épocas trágicas de la historia china, que se
repiten periódicamente, colmada de revueltas, divisiones e invasiones de
bárbaros, donde parece que, al igual que el Imperio romano, va a naufragar el
Imperio chino. Pero cuando se logra establecer con firmeza la dinastía Sui y,
un poco más tarde, en 618, la T’ang, se vuelve a pacificar y consolidar el
reino y se inicia nuevamente el avance hacia el sur. El año 617 llega a Siam
una misión comercial china por la ruta marítima y ya en 756 hay relaciones
comerciales con la isla de Java y un intercambio frecuente de emisarios y de
regalos que los emperadores chinos interpretan como tributos de sus vasallos
“bárbaros”.
Por ese tiempo, en Occidente se abren las grandes rutas de comercio y se
establecen las grandes ciudades mercantiles de los hindúes y los malayos, con
su mezcla extraordinaria de naciones, lenguas, religiones y razas, unidas
todas ellas sólo por el afán del comercio. En los principios, es muy poco lo
que se oye hablar y se sabe de los chinos en esas rutas comerciales y son
siempre los árabes, los hindúes, los persas y los malayos quienes van a los
puertos del sur de China, particularmente a Cantón, a llevar y traer las
mercancías. Llegan también, aunque en número muy limitado, griegos,
romanos y más tarde, bizantinos. Pero este abstenerse de viajar de los chinos
por el mundo bárbaro que los rodea no evita que sientan una honda
curiosidad por conocerlo. En 1214 Chao Ju Kua, miembro de la casa imperial
de los Sung, escribe su famoso libro de geografía. El autor era cobrador de
impuestos de importación en la provincia de Amoy y estaba, por lo tanto, en
tratos constantes con marinos y mercaderes. Con esos informes, describe el
mundo conocido, desde España hasta las islas de la Malasia.
Los libros de geografía parecen interesar más y más al mundo chino,
sobre todo durante el establecimiento de la dinastía Jánida, cuando se inicia
una era, fallida por cierto, de conquistas marítimas. Kubilai Jan envía la
primera empresa contra la isla de Java, en la cual se embarcan 5 000
soldados. Aunque triunfa en algunas batallas, el clima y las enfermedades
tropicales diezman a los chinos y tienen que abandonar la empresa. Pero la
guerra contra el imperio Srivijaya no termina allí y los chinos logran tomar la
ciudad de Palembang y, conforme a los anales de Wang Ta Yuan, en 1349
había una considerable colonia china de mercaderes en el antiguo Singapur.
Con la dinastía Ming, por el año de 1405, se inicia la era de las grandes
flotas chinas, llamadas de “los eunucos”, por haber sido mandadas casi
siempre por eunucos imperiales o, como las llamaría dos siglos más tarde el
doctor don Antonio de Morga, “el gran capado”. El más famoso de ellos fue
Cheng Ha, deificado más tarde como premio a sus grandes hechos bajo el
nombre de Sam Po Kung. Sus principales capitanes eran otros eunucos, como
Hung Pao y Yung Chen y el gran eunuco menor Chang Ta. Entre ellos
realizaron siete grandes viajes al mar de China y, a través de los estrechos,
hasta la India, Arabia y las costas africanas que se extendieron desde el año
de 1405 hasta el de 1431. Estas empresas no eran de conquista y la idea
fundamental, aparte del comercio, era la de hacer resaltar la grandeza del
imperio de los Ming y de patrullar los mares para evitar que se formaran
coaliciones de señores, teóricamente feudatarios de Pekín, en contra del
imperio. De paso se reprimía la piratería, sobre todo la de los grandes piratas
chinos del sur, que comandaban verdaderas flotas de guerra, como veremos
más tarde en los casos de Li Ma Hong y de Coxinga. Es indudable que esta
flota de los eunucos logró implantar en todos los mares del Asia sudoriental y
el golfo de Bengala la famosa pax sinica que encontraron aún los portugueses
a principios del siglo XVI.
La principal ruta de comercio chino por mar iba de Amoy a los estrechos
de Malaca, siguiendo el perfil de la costa, y regresaba, impulsado por el
monzón, tomando una ruta por el sur, llegando hasta Borr Palawan en las
Filipinas y Formosa. Otra ruta, como lo vemos por las instrucciones que se
daban a los capitanes, salía de Cantón, tocaba Luzón en el golfo de Lingayen
y seguía hacia el sur. Esta ruta es la que seguirá funcionando durante todo el
tiempo que dura la dominación hispánica en Filipinas.
El comercio con Filipinas, que tendrá tan gran importancia en la historia
del Pacífico, se había iniciado en verdad por el año de 1225, cuando ya se
hacían viajes de comercio regulares, especialmente a la isla de Mindoro.
Posteriormente es probable que se haya establecido una pequeña colonia
china en el río Kinalatangan, que extendía su influencia comercial hasta el
sultanato de Sulu y sabemos que uno de los sultanes de Brunei se casó con la
hija de un gobernador chino de esta colonia. En las excavaciones
arqueológicas llevadas a cabo en una infinidad de sitios en Sarawak, Borneo
y, sobre todo, las Filipinas, se han encontrado increíbles cantidades de
cerámica china, de la época Sung en adelante. De allí nace la costumbre muy
extendida en la isla de rendir culto a ciertas grandes jarras, costumbre que aún
se observa en varios lugares.
Para estos viajes cortos, los mercaderes chinos no se reunían en grandes
flotas. Por lo general iba un junco solo, una embarcación pesada que podía
tener hasta 200 toneladas de cupo de carga, regida con velas de estera y con
muy alto bordo. Llevaba bastantes hombres armados para evitar así el
encuentro con los piratas malayos quienes, con sus rápidos praos, muy bajos
sobre el agua, no podían atacar esas verdaderas fortalezas flotantes que eran
los juncos. Aunque muy lentos, eran muy seguros y capaces de llevar
considerable cantidad de carga y de pasajeros. Los artículos principales que
traían de China para este comercio eran telas de seda, cerámica, artículos de
hierro y vinos de arroz. A cambio de ello llevaban fibras vegetales, resinas,
hierro en bruto, cuernos de rinoceronte, marfil y esclavos.
Con los pueblos primitivos y bárbaros el comercio se llevaba a cabo en
una forma muy especial, llamada “comercio silencioso”. Nadie podía confiar
en nadie, y así se trataba de evitar todo contacto, para lo cual, en una playa
convenida a veces desde tiempos inmemoriales, los naturales del lugar al ver
aparecer un junco, colocaban la mercancía que deseaban trocar y se
escondían en la selva. Entonces desembarcaban los mercaderes chinos,
valuaban esa mercancía, la recogían y dejaban mercaderías con el valor que
les parecía justo. Si el trato había sido beneficioso para ambas partes, el
monzón siguiente, cuando el mercader volvía a esta playa, se encontraba un
nuevo lote de mercancías y así se seguía operando a través de los años.
En el libro de viajes de Chao Ju Jua, el capítulo X está dedicado al
comercio con Filipinas. Los chinos le llamaban a la isla de Luzón Ma Yi que,
según el doctor Blumentritt, es una degeneración del nombre malayo Bayo
Bahy que se le da a la gran laguna cercana a Manila. Vale la pena transcribir
algunas partes de este libro, que pinta el comercio chino en las márgenes del
Pacífico y es probablemente el documento más antiguo que trata este tema:

Son pocos los mercaderes que visitan estas partes. Cuando los mercaderes llegan a este
puerto sueltan sus anclas en el lugar [que llaman] Los Mandarines. Éste les sirve como
mercado o sitio donde los productos de sus países se pueden intercambiar. Cuando el
barco ha entrado al puerto, se les ofrecen regalos consistentes en sombrillas blancas y
paraguas, que les sirven en el uso diario. Los traficantes tienen que respetar estas
cortesías para contar así con la buena voluntad de los bárbaros. Para poder comerciar,
se reúne a los mercaderes salvajes y se les coloca toda la mercancía en canastas y
aunque muchos de los que llegan son desconocidos, nunca se pierde nada ni se roban
nada. Los mercaderes salvajes transportan esta mercancía a otras islas y así se pasan
ocho o nueve meses, hasta que han obtenido bienes por un valor equivalente al de
aquellos que han recibido. Esto obliga a los mercaderes del barco a demorar su regreso
y así sucede que los barcos que hacen el comercio con Ma Yi son los que más tardan en
regresar al país […] Los productos de ese país son cera amarilla, algodón, perlas,
conchas, nueces de betel y tejidos de yute. Los mercaderes extranjeros llevan allí
porcelana, oro comercial, vasos de hierro para perfumes, objetos de vidrio, plomo,
perlas de colores y agujas de hierro.

Prosigue el autor chino a hablar de otras razas o grupos más primitivos,


probablemente “negritos” con los cuales el comercio es más complicado. Los
bárbaros tienen que llevar a bordo mercancías por dos o tres veces el valor de
los bienes que esperan adquirir, antes que los comerciantes chinos se atrevan
a desembarcar. Este exceso de mercancía sirve como garantía del buen
comportamiento de los bárbaros y, terminados satisfactoriamente los tratos,
éstos pueden recoger los sobrantes.
Según el libro Ming Shi, en 1404 el emperador Yung Lo envió a Luzón a
un oficial de importancia para que gobernara la isla, pero no se explica qué es
lo que iba a gobernar, si una colonia china establecida allí o por establecerse,
o a los naturales a quienes esperaban sujetar. El doctor Beyer no cree en la
posibilidad de que hubiera colonias chinas importantes en Filipinas antes de
la llegada de los españoles y hace notar que a la muerte del eunuco Cheng Ho
y al terminar el reinado de Yung Lo, de la dinastía Ming, finalizaron los
intentos chinos de expansión marítima. Desgraciadamente, para el
conocimiento de esta época no contamos más que con los anales chinos, y los
mandarines que los escribían, teniendo tanto que contar acerca de la grandeza
de los Ming, no se ocupaban en relatar la vida de la gente de clase baja y
escasa importancia, de las zonas marítimas del imperio. Además, para los
mandarines, como veremos adelante en los primeros contactos con los
españoles, los emigrantes eran gente ingrata y desnaturalizada, de la cual no
valía la pena tratar.
Es muy posible que las pequeñas colonias chinas no hayan sido estables y
tan sólo quedaban en algún sitio mientras esperaban el pago de su mercancía.
A veces, cerca de alguna ciudad musulmana fuerte, donde los comerciantes
podían contar con garantías, como en Malaca, en Manila y en Jolo, se
formaban pequeñas colonias chinas y, más tarde, bajo la protección de los
españoles en Manila, se formará una de grandes proporciones.
Aunque el documento chino que hemos citado no menciona el tráfico de
esclavos, consta que éste se llevaba a cabo y era, posiblemente, el de mayor
importancia. Pigafetta, compañero de Magallanes, hace notar que se
encontraron a un mercader de “Ciano”, tal vez Siam, que andaba por las islas
Filipinas traficando en busca de “oro y esclavos”, y Juan de Salcedo, a fines
del siglo XVI, se encuentra en el golfo de Lingayen un junco chino que
llevaba un considerable cargamento de esclavos, a quienes el
hispanomexicano libera. Pero si los mercaderes chinos se dedicaban a
comerciar con esclavos, es seguro que no se dedicaban a la guerra para
conseguirlos, como hacían tantos otros pueblos.
También hay constancia, en documentos españoles, de que los chinos
navegaban aguas del Pacífico, al oriente de las Filipinas. Arellano, en el
patache San Lucas, encontró un barco chino frente a lo que es ahora Legazpi,
en las costas orientales de Luzón, y es seguro que viajaban hasta Guam, en
las islas Carolinas y Marianas.
Otra raza navegante del Pacífico fue la de los melanesios, establecidos en
los grupos de islas al sur del ecuador, entre Australia y la Polinesia.
Probablemente fueron los primeros navegantes, aunque no se extendieron
como los polinesios que ya hemos visto. Unos 2 000 años antes de Cristo,
una raza mezclada de negroides y australoides ocupó las costas de la Nueva
Guinea, arrojando a los anteriores habitantes, los papúas, hacia las montañas
del interior. De la Nueva Guinea siguieron avanzando por las cadenas de islas
que forman las Salomón, las Nuevas Hébridas, las Bismarck, las de Nueva
Caledonia y las Fiji. Es una raza de piel oscura, de cabello generalmente
lanudo y de aspecto negroide. Los mejores estudios que se han hecho acerca
de ellos se deben a la doctora Margaret Mead, quien convivió con varios
grupos durante años. Pero antes de que ella estudiara a estos pueblos, muy
poco se sabía acerca de ellos y, al entrar inconscientemente en la gran guerra
pasada, por primera vez se enfrentaron con los llamados avances de nuestra
cultura y conocieron de ella el poder que tiene para destruir.
Los melanesios nos presentan un muy buen ejemplo de cómo el medio
físico afecta la cultura de los pueblos. Siendo de la misma raza, teniendo los
mismos orígenes, las diferentes culturas melanesias no aparecen a primera
vista relacionadas entre sí. Algunos grupos son cazadores de cabezas y viven
en las montañas de la Nueva Guinea, dedicados a la caza y al cultivo del
camote, sin sospechar siquiera la existencia del mar. Otros, como los de
Manu, que estudiara tan cuidadosamente la doctora Mead, son básicamente
gente de mar, que vive de la pesca y del comercio costero, enemigos de la
guerra, pero de gran astucia en sus tratos.
La pobreza de estas islas en recursos fácilmente explotables y
exportables, el aspecto poco acogedor de los naturales, su manera de ser
huraña y desconfiada, hicieron que se salvaran de la invasión del hombre
blanco durante casi todo el siglo XIX y que se hayan conservado en su estado
primitivo hasta la fecha. Su primer contacto con los europeos fue cuando
llegó a sus costas Mendaña de Neira y bautizó esas islas con el nombre de
islas del Rey Salomón. Posteriormente vivieron durante siglos
completamente olvidados por el hombre blanco, hasta que el almirante Cook,
siguiendo las rutas españolas, volvió a esas tierras. Luego llegaron los
misioneros y los plantadores, pero siempre en escaso número.
Muchos de los grupos melanesios eran caníbales y se convirtieron en el
prototipo de las inacabables historias, cuentos y caricaturas acerca del
misionero comido por los indígenas de una isla. Como navegantes, no
alcanzaron la grandeza de sus primos polinesios ni de los micronesios, cuyos
archipiélagos quedaban al norte, en las que se llaman ahora islas Marianas y
Carolinas.
Los micronesios se caracterizan por la adaptación de la vida al atolón, lo
que crea una extraña cultura. Los grupos humanos tienen que ser muy
reducidos, ya que el agua siempre escasea y solamente la pesca y el coco
proporcionan alimentación. La vida se organiza en forma comunal para las
tareas de la pesca en las lagunas coralíferas y se establece una sociedad de
tipo patriarcal. Cuando la población crece en una proporción peligrosa, la
emigración se hace indispensable y un grupo parte en busca de otras islas en
las cuales poder vivir. Claro está que muchos de esos grupos se han perdido
para siempre en el mar y que con ese sistema de vida resulta imposible
establecer tradiciones sólidas y continuidad histórica. Hemos visto hasta
ahora los grupos humanos, tanto asiáticos como de origen asiático, que
fueron los primeros navegantes del Pacífico, pero también en las costas
americanas de ese océano se establecieron desde hace varios milenios grupos
humanos que conocemos por los conchales dejados por ellos y que se
encuentran desde las costas de Chile hasta las de Alaska.
Las costas americanas tienen una longitud mayor que las asiáticas, pero
son costas sin interrupciones ni grandes accidentes geográficos o grupos de
islas, con la excepción del extremo sur. Tal vez por esta conformación de las
costas, con grandes extensiones de tierra atrás de ellas, el hombre americano
del Pacífico no fue navegante ni se adentró por el mar frente al cual había
nacido. Las grandes culturas mesoamericanas y sudamericanas no nacieron
propiamente en las costas del mar, con la excepción de las que se encuentran
en las costas desérticas del Perú, como la mochica, la vicús y la nazca. Las
otras brotaron en los altiplanos mexicano, guatemalteco y andino, lejos del
mar. En verdad, en toda la América sólo los caribes, en el golfo de México y
en el mar que con justicia lleva su nombre, pueden considerarse como
culturas marítimas, y ello se debe, indudablemente, al gran número de islas
que allí se encuentran y que propician esta manera de ser en los pueblos. Del
lado del Pacífico tan sólo al sur, en las inhóspitas aguas al norte del estrecho
de Magallanes al sur de Chile, se creó una pequeña cultura del mar, con las
tribus alacalufes y onas, ya casi desaparecidas, que vivían exclusivamente de
la pesca y la caza de focas y lobos marinos. Pero estas mismas tribus, dada la
pobreza de sus embarcaciones y lo duro de su clima, no se adentraron nunca
por el océano y se concretaron a la pesca costera, en los canales y los grandes
senos, como el de Última Esperanza.
No es materia de este libro entrar en un examen de las culturas
americanas de las costas del Pacífico. Basta haber afirmado que no fueron
marítimas y son muy escasas las tradiciones de viajes por mar. Una hay en el
Perú donde el inca Yupanqui tomó unas balsas y se adentró un año por el
mar. También sabemos, por cronistas españoles, que se hacía un tráfico
costero, tal vez hasta cerca de Panamá, en grandes balsas impulsadas por
velas, pero si comparamos estos medios de navegar con los de los malayos y
los polinesios, nos daremos cuenta de que el Pacífico, hasta la llegada de los
españoles, era un océano asiático.
CAPÍTULO II

Aristeo, hijo de Caistrobio, natural de Proconeso, declara en su


poema en hexámetros que, por la inspiración de Apolo, viajó
hasta los isedones; que más allá de los isedones existen los
arismapi, gente de un solo ojo; más allá de ellos los grifos que
guardan el oro, y, más allá, los hiperbóreos que llegan hasta el
mar.
HERÓDOTO

Los primeros contactos de Oriente con Occidente. Las grandes rutas.


Alejandro. Roma. Bizancio. El islam. Su expansión al Oriente. Los malayos
musulmanes. El sultanato de Sulú. Los mongoles. Los grandes viajeros de
Europa. Marco Polo.

ARISTEO DE PROCONESO, cuando emprendió su viaje al país de los isedones y


escribió su Arismapea en bien cortados hexámetros, no sabemos si también
con la inspiración de Apolo, no tenía idea de que iba a entrar a la historia
como el primer hombre de la cultura mediterránea que haya mencionado a
China y al océano Pacífico, ya que es muy posible que los hiperbóreos, más
allá de los grifos que guardan el oro, fueran los chinos y que el mar hasta el
cual llegaban, el océano Pacífico.
Claro está que el poeta Aristeo nunca llegó hasta China y se contentó con
conocer personalmente a los isedones que moraban por aquellos tiempos,
siete siglos antes de Cristo, al pie de los montes Altai. Fueron éstos quienes le
relataron, mezclando el mito con la verdad, algo acerca de los extraños
arismapi que tenían un solo ojo, los grifos y los hiperbóreos con el mar
oriental que los limita. Aristeo da también una imagen clara de la vida de
esos pueblos nómadas del centro de Asia, que tan importante papel han
desarrollado en la historia del Viejo Mundo, cuando nos dice que todos ellos,
con la excepción de los hiperbóreos, al parecer gente de paz, presionan a sus
vecinos. Así los isedones fueron arrojados de sus comarcas por los arismapi,
quienes a su vez empujaron hacia el mar Negro a los escitas, los cuales
obraron en forma semejante con los cimerios. Este presionar de una tribu a la
otra, este vagar por las estepas y montañas del Asia Central, se repite en la
historia hasta los tiempos modernos y, en muchos aspectos, marca la pauta y
el tiempo de las relaciones entre Europa y el Extremo Oriente. Lo que
presenció Aristeo seguía ocurriendo 2 000 años más tarde, con Gengis Jan y
su horda, y tal vez siga sucediendo en la actualidad. Por otra parte, si dejamos
a un lado la peculiaridad de tener un solo ojo, la descripción que hace de los
arismapi coincide bastante con la de los mongoles. Heródoto aclara también
que, con excepción de los hiperbóreos, los otros pueblos eran bien conocidos
de los griegos, a través de los escitas que comerciaban o trataban con los
mercaderes de la Hélade y, a la vez, con las tribus del interior de Asia.
Durante el siglo VI a.C., China vivía las postrimerías de la sabia dinastía
de los Chou, y aunque ésta había decaído notablemente, su nombre tenía tal
prestigio que se conservaba una unidad, por lo menos teórica, en el imperio,
con un sistema de tipo feudal en el cual los grandes señores competían por el
poder. Ya para entonces la cultura china era relativamente antigua y había
producido a hombres como Kung Fu Tse, conocido en el Occidente con el
nombre latinizado de Confucio. Grecia se despertaba también a la vida
filosófica y del pensamiento y, sobre todo, al momento histórico en el cual
los pueblos buscan, para cimentar su economía y su poder, relaciones con
otros pueblos.
Así, desde esa remota antigüedad había ya relaciones, más o menos
tenues, entre China al Oriente y el Mediterráneo al Occidente. Esto no quiere
decir que existieran comerciantes que viajaban de El Cairo a Pekín, llevando
sus mercaderías, sino que éstas iban de mano en mano, de tribu en tribu, a
veces en caravanas, a veces en barcos costeros, por el océano Índico. Una de
las rutas de este comercio se pierde en la más oscura antigüedad. Es la de las
caravanas que ligaba Pekín con las ciudades del mar Negro o del
Mediterráneo, pasando por las estepas al norte de los Himalayas. La ruta
marítima que parece ser de origen más reciente pasaba por la India y cruzaba
el océano Índico, para penetrar al Asia, ya fuera por el golfo Pérsico o por el
mar Rojo, hasta las ciudades mediterráneas como Sidón y Tiro. Para llevar la
mercancía de China a la India se utilizaban varias rutas, de acuerdo con las
situaciones políticas de los territorios que era necesario cruzar. Una de ellas,
partiendo del sur de China, de Cantón, cruzaba por tierra hasta la parte alta
del río Irrawady, bajaba por él y llegaba hasta las bocas del Ganges. De allí,
algunos cruzaban la India por el cabo Comorín y remontando la costa de
Malabar hasta el golfo Pérsico. Otra ruta cruzaba los Himalayas por los altos
pasos del Kiber, para bajar después al Indo, y una tercera, que se fue
estableciendo a medida que se ampliaba la tecnología marítima, zarpaba
directamente de Cantón a los estrechos de Malaca, de allí a la costa
Coromandel de la India y por el cabo Comorín al océano Índico y el mar
Rojo. Estas rutas del sur permanecerán inalterables hasta que los portugueses,
en los albores del siglo XVI, descubran la ruta del cabo de Buena Esperanza y
se restituirán con la apertura del canal de Suez. La ruta terrestre al norte se
sigue utilizando hasta nuestros días para el Ferrocarril Transiberiano.
La antigüedad de estas rutas de comercio se puede comprobar mediante la
arqueología, especialmente en las excavaciones llevadas a cabo en las
márgenes del río Indo, en el Pakistán occidental, donde se han encontrado
tanto objetos que provinieron de China, como otros del Mediterráneo. Esto
quiere decir que ocho siglos antes de Cristo ya existía ese comercio y se
traficaba por esas grandes rutas.
El año 329 a.C., Alejandro de Macedonia, en su gran marcha de
conquista, atravesó la Bactriana y Sogdiana y llegó hasta el río Iaxartes,
donde creyó encontrarse en las fronteras de la parte habitada del mundo. Por
eso fundó allí la ciudad más oriental, que denominó Alejandría la más
Remota. Al retirarse, para seguir su viaje hacia la India, dejó varias
guarniciones que, con el tiempo, formarán las colonias helénicas de Bactriana
y Sogdiana. Durante esos años, China se debatía en una de sus cíclicas
revueltas y es muy posible que el comercio se hubiera suspendido por la ruta
de las caravanas y se hubiera perdido hasta la memoria de él y de los pueblos
cultos al otro lado de las montañas. Por eso Alejandro, en lugar de seguir su
marcha en busca de ellos, cree junto con su maestro Aristóteles, que Asia se
compone sólo del Imperio persa y de la India y tuerce su ruta hacia el sur.
Las colonias griegas de Bactriana y Sogdiana sobrevivieron a su fundador
unos 200 años y abrieron nuevamente el tráfico y el contacto con China. En
ellas estuvo, el año de 138 a.C., Chang Chien, enviado por el emperador Wu
Ti, de la nueva y pujante dinastía Han. Con grandes trabajos logró cruzar la
Mongolia, donde pasó 10 años como prisionero de los nómadas y, al llegar a
Bactriana, se encontró en las fronteras del mundo griego, del ecumene y de la
cultura mediterránea. En los mercados de Bactriana observó ciertos productos
que le parecieron de manufactura china, como sedas y bambú tallado y, al
informarse que venían del sur, piensa en la posibilidad de simplificar el viaje
y activar el comercio con esa parte del mundo que estaba descubriendo para
China, trayendo la mercancía por mar y a través de la India. El año 126
regresa a China e intenta abrir esa nueva ruta, pero se da cuenta de que es
más difícil y peligrosa que la del norte, ya que, como hemos visto, por esas
fechas los chinos no eran marinos. De regreso a Pekín, vuelve a tomar el
camino del norte y uno de sus compañeros logra llegar hasta el golfo Pérsico.
Chang Chien llevó del Occidente a China las uvas y la alfalfa.
Bajo la autoridad de la dinastía Han, China logró salir de la larga época
de revoluciones que marcó el final de la dinastía Chou, para lanzarse
nuevamente por los caminos de la expansión territorial. Al oeste fue ocupada
la provincia de Sin Kiang, colindante con el moderno Pakistán, y se
empezaron a delinear las fronteras de la China actual. Al sur el avance llegó
hasta la actual Tonkín, en el golfo de su nombre, que es ahora parte de
Vietnam. La influencia china se hizo sentir en Corea, Japón y Manchuria. Se
cuenta que el emperador Shi Huang Ti, de la dinastía Chin, oyó hablar de que
en las islas del oriente existía una droga que producía la inmortalidad, pero
que los señores de esas tierras tan sólo la daban a cambio de donceles y
doncellas. Inmediatamente envió a un grupo de jóvenes en busca de la droga
y estos expedicionarios, aunque no lograron el secreto de la inmortalidad,
fueron los primeros en llevar los rudimentos de la cultura china a Japón.
Así vemos cómo desde la más remota antigüedad se van formando las dos
cabezas culturales del mundo, la una en las márgenes del Pacífico y la otra en
el Mediterráneo y cómo, a través de los siglos, hacen intentos por encontrarse
y no es sólo el Occidente quien trata de penetrar el misterio del Oriente, sino
China quien pretende descubrir las tierras que le quedan al Occidente. Lo
enorme de las distancias, lo precario de los viajes a través de estepas,
montañas y tribus bárbaras, hace que estos contactos sean largos y penosos y,
poco a poco, se vayan llenando de mitos y leyendas. Pero la evidencia
arqueológica nos comprueba que existieron y que llevaron de un extremo al
otro de Asia mercancías y, por lo tanto, tal vez, ideas y experiencias nuevas
en el devenir del hombre.
Poco antes de la era cristiana el mundo occidental logró la unidad que
China había forjado 10 siglos antes. Bajo los auspicios de Roma y mediante
la fuerza de sus legiones, el mundo mediterráneo se unifica y nace a la vida el
Imperio romano de Augusto, que implanta en toda la zona la pax romana.
Así, con un gobierno sólido en el Occidente, con ejércitos disciplinados que
saben poner en paz a cualquier vecino, y otro en el Oriente, bajo el mando de
los Han, el contacto va a hacerse más frecuente y más fácil.
El Imperio chino se extendía ya hasta la meseta del Pamir y el de Roma
hasta el Éufrates y controlaba además a algunos de los estados fronterizos
que servían como mamparas en las siempre inquietas marcas asiáticas. Hacia
el sur los romanos habían ocupado ya Egipto y llegado hasta el mar Rojo, la
entrada del océano Índico. Además, el imperio había creado un grupo social
inmensamente rico, amante de los lujos y con la suficiente plata y el bastante
oro para pagárselos. La mayor parte de esos artículos de lujo provenían del
Oriente, como las sedas, los marfiles, los diamantes y rubíes, además de
incontables plantas medicinales o mágicas, junto con bálsamos y perfumes de
todo tipo. Así, ante esa demanda, se establece un tráfico intenso, siguiendo
las dos rutas tradicionales: por la del norte llegan las sedas directamente de
China a las ciudades mercantiles del Mediterráneo, como Gaza y Damasco.
Por la ruta del sur llegan las especias, los marfiles y las mercancías de la
India.
Este comercio se hacía generalmente mediante varios intermediarios. En
la ruta del norte había ciudades mercantiles en las cuales se organizaban las
caravanas, que tomaban la carga para avanzarla en una nueva etapa. En las
rutas marítimas del sur, los árabes y los hindúes hacían prácticamente todo el
comercio hasta el Mediterráneo, donde los mercaderes griegos y romanos
compraban los artículos para llevarlos a los grandes centros del imperio,
sobre todo a Roma. Pero también algunos viajeros mediterráneos se
adentraban por esas rutas. Sabemos que un tal Alejandro llegó hasta Zabea,
probablemente la actual Saigón, y dejó escrita una narración de sus andanzas.
Maes Titinius escribió también un relato del viaje que hizo por la ruta de las
caravanas, por encargo de un comerciante de Tiro, llamado Mariano. Es
probable, por lo tanto, que ese Alejandro haya sido el primer hombre
mediterráneo que vio el océano Pacífico. Los datos proporcionados por estos
viajeros fueron incorporados por Ptolomeo en su geografía y sirvieron de
base y referencia para todos los exploradores de los siguientes siglos.
También se hizo famoso en Roma el libro intitulado Periplo del mar Eritreo,
en el cual por primera vez se le da al Imperio del Medio el nombre de Thin,
cuando dice: “Más allá de ese país [la península de Malaca] el mar termina en
un lugar llamado Thin; y es en el interior de ese país, en algún lugar al norte,
donde hay una gran ciudad llamada Thinae, de la cual se traen la seda cruda,
los hilos de seda y los tejidos, por tierra a Bactriana”.
Plinio relata una embajada que el rey de Taprobana (Ceilán) enviara a
Roma en tiempos del emperador Claudio y le llama Seres a China, tal vez
porque de allí provenía la seda, seris en latín. Los taprobanos le hablaron de
los chinos y le contaron que eran hombres fuertes, de gran estatura, de
cabellos rojos, ojos azules y voces roncas. No sabemos si los enviados del
monarca ceilanés estaban engañando a los romanos para desorientarlos en las
rutas del comercio, o si se referían a ciertas tribus del Himalaya que tienen
efectivamente el aspecto dicho y que muchas veces servían como
intermediarios en el comercio entre China y la India.
Estrabón dice que durante el reinado de Augusto más de 120 naves
romanas salieron en un solo año rumbo al Oriente, partiendo de puertos
egipcios en el mar Rojo y que algunas de ellas llegaron hasta las bocas del
Ganges. En un libro chino, el Hou Han Shou se relata que en el año 166 de la
era cristiana el “rey” de Ta Tsin, llamado Antún (Marco Aurelio, de la Casa
de los Antoninos) envió una embajada que partió de Amán, llevando como
regalos para el emperador objetos de marfil, cuernos de rinoceronte y conchas
de tortuga. Probablemente Marco Aurelio nunca se enteró de que había
enviado a sus embajadores a la corte del Celeste Imperio e indudablemente se
trataba de comerciantes griegos o romanos, los cuales, muchas veces, para
garantizar sus vidas y sus haciendas, se hacían pasar como embajadores. Los
mismos regalos que llevaban, todos ellos de origen asiático, nos hacen ver
que no provenían de Roma. En otro libro chino, el Laing Shu, se dice que, por
esas fechas, muchos romanos visitaban Siam, Anam y Tonkín, pero que eran
pocos los chinos que viajaban hacia el Occidente.
Uno de estos chinos fue Kang Ying, quien el año 97 d.C. recibió órdenes
del emperador para dirigirse a Ta Tsin, como llamaban a Roma, pero sólo
logró llegar hasta Babilonia, y de allí a las costas del golfo Pérsico donde,
con el asombro lógico en un hombre de tierra, observó que ese mar era
salado. Unos conocidos suyos le dijeron que ese extraño mar salado era tan
grande que, con vientos favorables, podía cruzarse en tres meses, y sin ellos
podría tardar hasta dos años y agregaron: “que hay algo en el mar que hace
que el hombre suspire por su casa y que muchos han perdido la vida en él”.
El prudente Kang Ying regresó a China por la vía terrestre.
El principal artículo de comercio entre China y Roma era la seda, que
había enloquecido a las coquetas mujeres romanas y a los orgullosos
senadores. Ésta llegaba a Sidón, Tiro o Gaza, tramada en gruesos tejidos, y
allí los hábiles artesanos fenicios sacaban algunos de los hilos de la trama,
para hacer la tela casi transparente y ligera, que recibía entonces el nombre de
gasa. Con ella, las mujeres de Roma, con gran horror de los moralistas como
Séneca, podían lucir sus encantos. Al parecer las telas gruesas, como los
damascos, no gustaban en la Roma de los césares, pero en cambio los tejidos
ligeros, casi transparentes, ya eran tradicionales en el mundo mediterráneo
donde, desde tiempo inmemorial, se tejía en la isla de Cos la famosa
bombacina, con la fibra del capullo de un gusano semejante al de la seda. La
ligereza de la gasa preparada por los fenicios con las telas chinas era tal, que
Plinio tuvo que exclamar: “ut denudet feminas vestis”. La importación de las
sedas chinas, de mejor calidad y más baratas, a pesar de lo largo del viaje,
acabó con la industria textil de Cos, como lo hará, siglos más tarde, con la
naciente industria textil de la Nueva España.
A cambio de la seda, las especias y demás artículos de lujo que le
llegaban de Oriente, Roma remitía plata y oro, al extremo que Plinio protesta
de ese comercio, que está arruinando a Roma a razón de 55 millones de
sestercios al año (unos dos millones de dólares actuales) y un poema tamil de
Ceilán habla de las naves que llegan de Roma a la costa de Malabar, cargadas
de oro y plata y se van llenas de canela, pimienta, clavo, nuez moscada y
marfil.
La mayor parte de esa moneda romana se quedaba en la India, donde aún
se encuentra en considerable cantidad, y los hindúes llevaban a la China
artículos manufacturados por ellos y especias de las islas Molucas, a cambio
de su mercancía. Uno de los pocos artículos elaborados en Roma que
llegaban al Oriente era el vidrio, sobre todo en forma de cuentas y, cosa
curiosa, consta que de Gaza regresaban a China las telas, ya destramadas y
teñidas de púrpura.
El emperador Vespasiano, al ver cómo la plata romana se fugaba hacia el
Oriente, dictó leyes para que el comercio se hiciera utilizando para el
intercambio productos elaborados y no metales preciosos. Esta disposición,
probablemente obligó a los romanos a convertirse en comerciantes de
artículos orientales en el Oriente, como hemos visto en el caso de los
“embajadores” de Antún. Es curioso observar que tanto los portugueses como
los holandeses y los ingleses, siglos más tarde, van a seguir este mismo
derrotero en su comercio con la China y la India. Pero las medidas
económicas de Vespasiano al parecer fueron tardías o sus órdenes no se
cumplieron, porque se puede calcular que en los tiempos de Cómodo ya
habían salido de Roma, en plata y en oro, más de 300 millones de dólares,
cosa que contribuyó indudablemente al derrumbe económico del imperio.
Es interesante hacer notar cómo desde sus orígenes el comercio entre
Oriente y Occidente toma ya sus características, que han de durar hasta
principios del siglo XIX. Europa y, más tarde, América, exportan metales
preciosos e importan, a cambio de ellos, artículos de lujo. Cada vez que los
traficantes occidentales en artículos orientales se dan cuenta de lo ruinoso del
tráfico que están haciendo, se dedican al comercio en Oriente de artículos
orientales. Portugal comerció con caballos de Arabia y especias en China y la
India. Inglaterra, más tarde, introduce el opio a China, a falta de un producto
con el cual pagar las mercancías que desea. Solamente España y la Nueva
España insistirán siempre en realizar ese comercio a base de plata acuñada y
lograrán, como sucediera ya en tiempos de Roma, que el peso mexicano, al
igual que el sestercio, se convierta en la moneda base del Oriente.
La decadencia del Imperio romano se empieza a agravar a principios del
siglo III y afecta profundamente el tráfico con el Oriente. Aunque Roma
conserva aún durante algún tiempo intacta su extensión territorial, pierde la
fuerza necesaria para hacerse respetar por sus vecinos y baja tanto el valor
adquisitivo de su moneda, que los emperadores se ven obligados a devaluarla
varias veces, poniendo cada vez menos plata en la aleación y haciéndola
inaceptable en los mercados orientales. Con Diocleciano primero y, más
tarde, durante el gobierno de Constantino, se detiene en algo la decadencia
económica romana, pero ya el mal es irremediable y tanto al oriente como al
sur de Roma van surgiendo potencias comerciales que van a interrumpir los
contactos directos. Al este, en las márgenes del Tigris, vuelve a surgir, como
una verdadera potencia, el Imperio persa que acaba por controlar totalmente
el tráfico por la ruta de las caravanas. Al sur, en las costas del mar Rojo, se
crea el reino de Axum, que logra tener un control total sobre el mar Rojo y,
por lo tanto, el tráfico marítimo con la India y la Especiería. Los señores de
Persia y de Axum, seguros en sus posiciones geográficas, acabaron por
dividirse entre sí todo el comercio, reservándose los primeros el de la seda y
los segundos el de las especias, con lo cual el puerto de Abdulis, en el mar
Rojo, se convirtió en el principal centro de contratación de esas mercaderías.
Con eso Roma y todo el mundo mediterráneo quedaron sujetos a los precios
que esos dos países quisieron fijar por las mercaderías que pasaban por sus
manos, y esta situación, con diferentes señores que controlen en las ciudades
intermedias, va a durar mil años, hasta que los portugueses abran la ruta
directa por el sur de África.
En la ruta marítima, la del sur, había otras varias ciudades que medraban
con el tráfico, encareciendo en cada caso la mercancía. Las especias, por
ejemplo, partían de las Molucas, donde su precio debe haber sido ínfimo, y
llegaban a alguna de las ciudades que sucesivamente fueron dominando los
estrechos de Malaca. Allí cambiaban de manos y subían de valor, para pasar a
alguna de las ciudades mercantiles de la India, en la costa de Malabar, donde
volvían a cambiar de manos y aumentar su valor. De esa ciudad, que pudo
haber sido Cochín, Goa o Calicut, pasaban por el mar Rojo y también
cambiaban de manos, aumentando aún más su valor. De Abdulis llegaban a
las ciudades mediterráneas como Alejandría, Gaza o Damasco, desde las
cuales se distribuían al resto del mundo romano. Así, el comercio de Oriente
daba vida a una infinita cantidad de ciudades y gente, tanto mercaderes como
marinos, pero empobrecía en forma sistemática al imperio.
Con la fundación de Constantinopla, la situación se agrava. La nueva
gloria imperial, muy influida por el fasto de Oriente, requiere una enorme
cantidad de sedas, piedras preciosas y perfumes para sostener su boato e
impresionar a los reyes bárbaros que se aglomeran en las fronteras. Para ello
Bizancio consume una cantidad enorme de artículos del Oriente y depende
cada día más, en su economía, de los comerciantes y del Imperio persa, su
enemigo tradicional. Surge entonces el caso que se ha de repetir con el islam,
de que por un lado se combate al enemigo, pero por el otro se le enriquece
con el comercio de artículos orientales. Los mercaderes persas, seguros de su
comercio y al fin y al cabo buenos mercaderes, saben aprovechar las
angustiosas necesidades de la casa imperial y aumentan sus precios sin ton ni
son, provocando escaseces artificiales de seda y especias. Pero si los
traficantes persas y etíopes eran astutos, no se quedaban atrás los bizantinos,
que trataban por todos los medios de romper el monopolio y forzar a los
comerciantes de Axum para que empezaran a importar sedas por la ruta
marítima, para hacer competencia a los persas. Pero los mercaderes se
reunieron en contra del imperio y siguieron en su acuerdo de dividirse
fraternalmente el tráfico. Entonces los bizantinos, resueltos a tener seda y a
no pagar los precios tan altos, lograron establecer en sus territorios el cultivo
de la morera y del gusano de seda, en el año 542. Se cuenta que unos clérigos
trajeron de contrabando, dentro del puño hueco de sus bastones, las larvas de
los gusanos de seda. Con el cultivo local, el comercio de esta mercancía fue
decreciendo en Europa y se establecieron sericultores en varias partes del
Mediterráneo, desde Grecia hasta España.
Subsiste el tráfico de unas especias que no se pueden cultivar en el clima
europeo, pero va decreciendo poco a poco, porque la Europa convulsionada
por las inmigraciones de los bárbaros, no tiene dinero y, muy pronto, apetito
por esos lujos exóticos. Los nuevos señores del imperio de Occidente, más o
menos cristianizados y romanizados, no saben de sedas, ni del sabor de las
especias; comen la carne asada en grandes truscos y se visten con pieles,
cáñamo, lino y hierro; sus palacios son fortalezas de piedra, frías, oscuras,
hechas no para gozar de la vida, sino para defenderla de la acometida
constante de los vecinos y de los invasores. En ellos no tienen cabida los
tapices y los cortinajes. En verdad, en ese mundo del principio de la Edad
Media, el lujo del Oriente ya no tiene sentido.
Pero no necesitar lujos y la escasez de dineros no detiene el afán de los
occidentales de adentrarse por los caminos del Asia, aunque en la Edad
Media ya no buscan mercaderías, sino almas que redimir. Son los cristianos
los que se riegan por los antiguos caminos de las caravanas, estableciendo
comunidades, especialmente después del triunfo de la religión cristiana sobre
el paganismo, en el gobierno de Constantino. La mayor parte de ellos son de
la secta nestoriana, condenada por el Concilio de Éfeso, pero tremendamente
activa en su labor de proselitismo en Asia. Sus huellas se encuentran en
Persia, en el Turkestán, en Siber y la Mongolia y llegan a penetrar hasta la
misma China, donde forman comunidades que han sobrevivido en el tiempo.
Para el hombre europeo ha llegado la gran hora del cristianismo, y el
pensamiento y la cultura se encaminan a estudiar y tratar de aquilatar esas
asombrosas relaciones que existen entre el hombre y su Dios y que el
Evangelio y san Pablo han dado a conocer. Y ese nuevo pensamiento está
abierto, al contrario de las antiguas religiones, a todos los hombres,
cualquiera que sea su raza y su religión, sean o no ciudadanos romanos, sean
libres o esclavos. Por primera vez, Occidente tiene una religión ecuménica,
con un mensaje de sinigual trascendencia y siente la necesidad de extenderla
a todo el mundo, necesidad que va a ser uno de los principales motores de la
gran expansión del siglo XVI. Pero, por otro lado, el hombre medieval, al
integrar su pensamiento en función de la Divinidad y de la persona humana y
divina de Cristo, trata de reducir todo conocimiento a esa gran verdad y
encontrar una síntesis entre lo natural y lo sobrenatural, lo humano y lo
divino. El mismo estudio de la geografía, que había llegado a ser una ciencia
exacta en tiempos de los griegos y romanos, sobre todo con Ptolomeo y
Eratóstenes, se inunda de ese nuevo espíritu místico que ha de perdurar hasta
los días de Enrique el Navegante, cuando vuelve a convertirse en una ciencia.
El extraordinario geógrafo Cosmas Indicopleustes, en su famosa Topografía
cristiana universal crea una nueva concepción del mundo, conforme a la cual
la Tierra está contenida en el Arca de la Alianza, cuya tapa es el firmamento.
La Tierra es plana y tiene la forma de un paralelepípedo en cuyo centro se
alza la montaña de Jerusalén, porque no se podía concebir que Cristo hubiera
muerto en un lugar que no fuera el centro exacto de la tierra. Según Cosmas,
para ir a China había que seguir el siguiente derrotero: “El viajero que vaya a
Tzinista tiene que virar hacia arriba, después de Taprobana y tierras allende,
tanto como el golfo Pérsico se extiende hacia Persia. Y más allá de Tzinista
no hay navegación ni tierras habitadas”.
Con tan vagas indicaciones, algunos viajeros occidentales siguen
buscando los caminos del Asia y en la crónica de Guillermo de Malbesburie
leemos que en el año 883 el rey Alfredo de los anglos “envió también
regalos, más allá de los mares a Roma y santo Tomás en la India. Su
mensajero en este asunto fue Sigelmus, obispo de Shirburne, quien con gran
prosperidad viajó a través de la India y regresó con muchos y extraños
contactos y costosas especias, tales como ese país produce abundantemente”.
Eso es todo cuanto sabemos acerca de ese viaje, pero es seguro que el obispo
Sigelmus buscaba esos mitológicos cristianos que convirtiera en el siglo I el
apóstol santo Tomás y que seguirán figurando en la esperanza de los
cristianos del Mediterráneo hasta el gran desencanto del siglo XVI.
Mientras Roma vivía el proceso de su decadencia y muerte como imperio,
China pasaba por conmociones semejantes desde el año 220, cuando acaba
entre grandes convulsiones la dinastía Han, hasta el 608 cuando la dinastía
Hang logra afirmarse en el poder; todo es guerras, desastres, invasiones de
bárbaros mongoles y manchúes, lo cual, indudablemente, hace que se resienta
la producción de sedas y su comercio. Al finalizar este periodo de guerras
intestinas, China, al contrario de lo que sucediera en Europa, se vuelve a
unificar y no se convierte, como el Imperio romano, en una serie de naciones
distintas, sino que conserva su unidad.
En el siglo VII d.C. cambia por completo el panorama de Europa y del
mundo euroasiático con la aparición de una nueva fuerza, la de las naciones
arábigas, reunidas en torno de una idea religiosa, el islam. No quiere decir
esto que los árabes salieran al mundo por primera vez con el movimiento
expansionista del islam. Desde tiempos muy antiguos los encontramos ya
dispersados por todo el mundo, tanto el asiático como el mediterráneo,
entregados por lo general al comercio. En las rutas del Oriente dominaban el
tráfico marítimo desde muchos siglos antes de la aparición del profeta
Mahoma y, como hemos señalado ya, comerciaban hasta China y la
Especiería. Pero reunidos bajo los estandartes del profeta, con un ideal común
que los alentara, se lanzaron, no ya a una expansión privada y comercial, sino
de conquista. En el Medio Oriente, en muy pocos años lograron la conquista
del Imperio persa y dominaron todo su territorio. En unos cuantos combates
destruyeron los ejércitos del Imperio bizantino y se adueñaron de la cuenca
mediterránea desde Damasco hasta Marruecos. De allí saltaron a España, que
ocuparon casi totalmente, lo mismo que Portugal, y pasando los Pirineos se
extendieron por el sur de Francia hasta que fueron detenidos y replegados por
primera vez, por Pipino el Breve. En menos de un siglo habían podido
conquistar la mitad del mundo romano y el mundo de los sasánidas y habían
presentado a la cristiandad la más grave amenaza que hubiera visto. Durante
700 años el mundo cristiano de Europa luchará por reponerse de ese golpe, y
toda su historia, hasta el siglo XVII, girará alrededor de esa lucha a muerte
contra los musulmanes y de los diferentes reinos e imperios creados por ellos.
Y aun después de tantos siglos de lucha y de esfuerzo, que origina como
veremos adelante la expansión occidental hacia todo el mundo, la cristiandad
no ha logrado recobrar la cuenca mediterránea en su totalidad. Para la historia
europea, como lo hace ver Ortega y Gasset, la expansión arrolladora del islam
en su primer siglo significa un cambio más profundo que la misma caída del
Imperio romano. En cuanto a la geografía de la historia, la tradicional línea
del mundo occidental, griego, romano y cristiano que se había tendido, como
centro, a lo largo del Mediterráneo, con África al sur y Europa al norte, se
modifica y se convierte en la línea carolingia, que corta Europa en dos
mitades, de norte a sur, separando lo que, con el tiempo, han de ser Francia y
Alemania. Así, desde el siglo VIII, la historia europea o cristiana, ya no gira
alrededor y a lo largo de la línea mediterránea, perdida para siempre, sino de
la línea carolingia. Otro de los notables efectos de esta expansión será la
creación de las características básicas del pueblo español que ha de surgir, en
el siglo XV, con modalidades y con una historia distintas a las del resto de
Europa.
Antes de esa increíble expansión islámica, comparable sólo en su
magnitud y rapidez a la española del siglo XVI, los pueblos de la península
arábiga estaban divididos en dos grandes grupos. Uno era el de los pastores
nómadas del desierto que aunaban a la pacífica labor de criar camellos y
caballos la bélica de hacer incursiones sobre los vecinos agricultores o la de
asaltar caravanas de mercaderes. La otra parte de la población vivía en los
centros comerciales de La Meca y de Medina y se dedicaban al tráfico, tanto
de los escasos productos de la misma Arabia, como de los del Oriente. Entre
ellos vivían comunidades de judíos y de cristianos, aunque la mayoría
conservaba aún su antigua religión idolátrica.
Es indudable que la prédica de una nueva religión y una nueva moral
hecha por Mahoma como el profeta del Dios Único, en el siglo VII, dio
cohesión y propósito común a esas fuerzas dispersas y unió al beduino y al
mercader, al traficante de caravanas y al marino del mar Rojo en un solo
espíritu, para el logro de un fin común: el de extender los beneficios del islam
a todos los rincones de la Tierra. El pensamiento teológico y filosófico del
profeta, como se ve en el Corán, estaba basado y enraizado profundamente en
la religión hebraica y podemos afirmar que el Dios del islam era el mismo
que el de Israel y, por lo tanto, que el de los cristianos. Muy pronto, en su
avance por el Medio Oriente, los musulmanes entraron en contacto con la
filosofía griega, a través del cristianismo y de las comunidades cristianas,
tanto ortodoxas como nestorianas y tomaron mucho de esa cultura, que
fundieron con la suya y con la de Israel. Sobre todo supieron aprovechar los
grandes adelantos en matemáticas, cosmografía y geografía de los griegos de
principios de la era cristiana.
La Hégira, Hijra en árabe, o sea la salida del profeta de La Meca hacia
Medina para formar la primera ciudad-estado, tuvo lugar el año 622, y 10
años más tarde, a la muerte de Mahoma, ya las dos ciudades eran
comunidades islámicas dominadas por el Corán y la ley musulmanes.
Siguiendo la tradición árabe, que habría de incorporarse definitivamente a la
tradición musulmana, los sayids o personas principales escogieron al sucesor
de Mahoma. Fue designado Abu Bakr. Pero una vez electo, ya no era un
jeque como tantos anteriores, jefe de una tribu, sino que era la cabeza de un
estado territorial. Para gobernar adoptó el título de “califa” o “delegado” (del
profeta) y se convirtió también en jefe religioso e inició la expansión violenta
del islam.
Esta primera expansión, como ya hemos visto, se llevó a cabo en el
Medio Oriente y el norte de África, hasta España. Hacia el Oriente no hubo
tal expansión violenta, sino hasta pasados cinco siglos, cuando se funda, en el
norte de la India, el gran Imperio gujerat. Lo extraño del caso es que antes de
la expansión del islam los mercaderes árabes se habían extendido mucho más
hacia el Oriente que hacia Europa o África. Por los anales chinos ya citados
de Chau Ju Kua, sabemos que por el año 300 de la era cristiana ya había una
colonia de mercaderes árabes en la ciudad de Cantón. Estos comerciantes
tenían enclaves y factorías en varios puntos del mar de China, en la actual
Indonesia y en las costas de la India. Eran originarios del sur de la península
arábiga, del Hadrami en las costas del océano Índico, la parte más pobre y
desértica de toda la región. Desde tiempos muy antiguos se habían dedicado a
la navegación y habían descubierto el régimen de los vientos del monzón, que
les permitía cruzar de Arabia a la India con relativa seguridad y facilidad. Y
por esta ruta, que habrían de usar también los griegos y romanos, chinos y
malayos, lograron acaparar casi todo el comercio de las especias, de las perlas
y del marfil y abrir la ruta marítima que llevaba hasta el mar de China y,
probablemente, hasta las islas Molucas.
Al consolidarse el poderío islámico, este comercio adquirió un auge
mayor que en tiempos de Roma y muchos de los mercaderes árabes dispersos
en el Oriente se convirtieron al islam, lo cual los ligó más aún con su patria
de origen. Fue tan rápida esta conversión al islam, que para el año 628 ya los
mercaderes árabes de Cantón eran musulmanes. Las crónicas chinas relatan
que el emperador Tai Tsong, de la dinastía T’ang, tuvo en ese año un sueño,
en el que vio a un hombre con un gran turbante en la cabeza que se postraba
frente a él. Deseoso de conocer el sentido de ese sueño, envió a tres
mensajeros para que le buscaran a ese hombre del turbante e investigaran cuál
podía ser su raza y su nación. Sólo uno de los tres mensajeros pudo regresar a
la corte, trayendo al hombre del turbante, el cual le habló al emperador del
Corán y de la fuerza de ese movimiento que se había gestado en el otro
extremo del Asia. Si descartamos de tan bella leyenda la parte del sueño
imperial, nos encontramos con que para esas fechas, cuando apenas se
iniciaba en el Medio Oriente la gran explosión islámica, ya había en China o
cerca de sus fronteras árabes que habían oído hablar de esa región.
La paz islámica en el Medio Oriente y el norte de África creó ciudades
prósperas y cultas que ambicionaban y sabían usar, al contrario de los
europeos de esa época, las mercaderías de lujo del Oriente, lo cual abrió
grandes mercados a estos artículos. Además, por el mismo orden islámico
establecido en todos los territorios conquistados, el transporte se hizo más
fácil y seguro, ya que los caminos, por primera vez en muchos siglos, se
vieron libres de asaltantes. Más tarde, cuando las ciudades italianas, sobre
todo Venecia y Génova, empezaron a comerciar con los musulmanes, a pesar
de las reiteradas prohibiciones pontificias, los árabes radicados en China, la
Insulindia y la India se convirtieron en los monopolizadores de ese tráfico,
sobre todo el de las especias y no sólo aseguraron los mercados
mediterráneos en los cuales poder colocar sus productos, sino también
lograron mercancías europeas para ofrecerlas en Oriente, lo cual les dio
mayor prestigio y riqueza. Tal vez porque ya estaban establecidos como
comerciantes y eran hombres prominentes en sus comunidades, los árabes del
Oriente, al convertirse al islam, no intentaron una conquista violenta, ni
trataron de llevar a cabo un intenso proselitismo religioso. El comercio siguió
sus cauces más o menos pacíficos hasta el año 758, cuando las colonias
persas y árabes de Cantón saquearon e incendiaron la ciudad. No podemos
explicarnos bien a bien las causas de esta actitud violenta y contraria a las
normas del comercio pacífico. Estos hechos sucedieron bajo la dinastía T’ang
y los musulmanes en China, por ese tiempo, ya no eran sólo comerciantes,
sino que unos años antes habían servido como mercenarios en los ejércitos
chinos, para sofocar la rebelión de Au Lu Shan. Tal vez el conocimiento de
su fuerza que adquirieron con esa experiencia, más las muchas trabas y
humillaciones que las autoridades imperiales imponían a los extranjeros,
provocaron el incidente, único en las relaciones comerciales del islam con
China. La reacción inmediata de los emperadores fue la orden de cerrar todos
los puertos del imperio a los extranjeros, sobre todo a los musulmanes, y los
árabes, durante muchos años, tuvieron que permanecer en la periferia de
China y comerciar con Indonesia, las Filipinas y Borneo. Esto hizo que
algunas casas de comercio y colonias árabes se establecieran en esos sitios y
controlaran las rutas de comercio secundarias.
El régimen de los monzones, que marcaba la navegación en todo el sur de
Asia, obligaba a los navegantes y mercaderes a esperar el cambio del viento,
de acuerdo con la temporada, en algún puerto, a veces hasta durante medio
año. Por otra parte se veían obligados a aguardar durante varios meses en
ciertas factorías que se reuniera la mercancía necesaria para llenar sus naves,
la cual solía provenir de diferentes regiones. Esto obligó a los mercaderes a
formar establecimientos permanentes en todas las rutas, tanto la principal que
iba de Cantón a Arabia, como las secundarias, que partiendo de ésta se
adentraban entre las islas de la Insulindia o remontaban los grandes ríos de la
península de Siam. Con el tiempo, estos establecimientos se convirtieron en
verdaderas ciudades, colonias musulmanas con sus fortalezas, sus flotas y sus
ejércitos.
Los que se establecían en ellas se casaban con las mujeres del país y las
convertían al islam, lo mismo que a los parientes cercanos, pero el
proselitismo religioso no pasaba de eso. En todas las ciudades mercantiles de
Oriente se encontraban estas colonias, más o menos numerosas, de árabes
musulmanes, junto a colonias de otras razas y otras religiones, ya que en toda
la ruta que pudiéramos llamar de las especias había una extraordinaria
libertad de conciencia, de comercio y de navegación. Los enemigos no eran
los hombres de otra raza o de diferentes creencias, sino los bandidos de tierra
y los piratas. Claro que en aquellos tiempos resultaba difícil marcar la línea
divisoria exacta entre el honrado mercader y el pirata y muchos hubo que
comerciaban cuando pudieron hacerlo y se volvieron piratas cuando vieron
que había mayores ganancias en ese negocio. Pero las ciudades, ya fueran de
la India, de los imperios indonesios, de los kemeres, de los champas en el
reino de Siam, de China o del Japón, eran abrigo seguro para todos los
marinos que llegaran a comerciar en ellas. Entre esas ciudades se destacaron,
por la importancia estratégica de su posición geográfica, las que, una a una,
fueron dominando los estrechos de Malaca, puerta occidental del mar de
China. Han sido varias las ciudades que han tenido ese dominio, desde Perak,
Pasai, Malaca y Aché hasta el moderno Singapur.
En 1258 los musulmanes del Asia central sufrieron un impacto semejante
al que la cristiandad había sufrido 500 años antes. Aparecieron de las llanuras
del norte de Asia los mongoles y en campañas de asombrosa rapidez lograron
tomar Bagdad y destruir el califato. Las consecuencias se hicieron sentir en
todo el mundo islámico, aunque no con la magnitud que le han querido dar
ciertos historiadores. Desde hacía tiempo, el califato era la sombra del poder
y su caída se veía como irremediable, de una manera o de la otra. Pero la
caída tan violenta tuvo consecuencias inesperadas. La principal fue la
dispersión del poder civil y el fin de la unidad del mando en lo político y lo
religioso. Por otro lado, esta dispersión violenta provocó la diáspora de sabios
y de hombres de guerra musulmanes hacia todos los extremos de su mundo,
especialmente hacia la India. Un tiempo más tarde se forma allí, en la zona
del norte, el gran Imperio gujerat, totalmente musulmán y los sabios y los
santos islámicos acentuarán el proselitismo religioso, tanto en la India como
en toda la ruta de la Especiería.
En 1290 Marco Polo estuvo en Perak, que era entonces la ciudad más
importante de los estrechos y observó que los habitantes de Sumatra eran
idólatras en su mayoría, pero que muchos de los que vivían en los puertos,
cerca de las colonias de mercaderes árabes, se habían convertido ya al islam.
Sabemos que 10 años más tarde el rey de Pasai, en Perak, se convirtió al
islam y tomó el nombre árabe de Malik el Salek. Con la ayuda de los
comerciantes musulmanes, que preferían tratar con caudillos de su misma fe,
convirtió a la ciudad en la más importante de los estrechos, primacía que le
duró un siglo hasta que el gobernante de Malaca se convirtió a su vez a la ley
del profeta y le arrebató el primer sitio. Ibn Batuta, el gran viajero musulmán,
estuvo dos veces en Samudia, en Sumatra, cerca del año 1345, y recuerda en
su libro, con gran satisfacción, que el rey Malik Az-Zahir era musulmán y
que con sus correligionarios sostenía guerra en contra de los idólatras. Si se
trataba de guerras religiosas, el caso no es típico de la expansión islámica al
Oriente. Más bien, parece tratarse de una de esas inacabables guerras
malayas, en este caso contra el poderío del Imperio madahapahit.
De acuerdo con Richard Winsted, en 1416 los viajeros chinos al Asia
sudoriental informaban que en Aru, Sumadra, Pidir y Lambri, en la isla de
Sumatra, todos los habitantes eran mahometanos ya. La grandeza de Malaca,
que será durante 100 años la metrópoli del islam en Asia sudoriental, se inicia
alrededor del año 1409, cuando su gobernante se convirtió. La historia de esta
ciudad ilustra, tal vez mejor que ninguna otra, los sistemas de expansión de
los mahometanos entre los malayos y los complejos negocios de la política en
aquellos tiempos.
El año de 1400 Malaca era un miserable puerto de pescadores malayos y
formaba parte del territorio del reino de Siam. Un príncipe malayo,
Paramesvara, se establece allí, junto con un pequeño grupo de seguidores y
algunos praos. De inmediato inicia su política de provocar fricciones entre
sus dos fuertes vecinos, el reino de Siam al cual debe vasallaje y el imperio
de Mataran en Sumatra. Pronto se hace de fama por su arrojo y su largueza en
el reparto del botín y se le unen grandes grupos de piratas y de pescadores,
con los cuales organiza una flota poderosa, para cobrar tributo y dar
protección a todos los navegantes que cruzan por el estrecho. Aún patrullaban
los mares las grandes flotas de los eunucos chinos, de quienes ya hemos
hablado, y tanto el reino de Siam como el de Mataran habían rendido
vasallaje teórico al emperador de China. Paramesvara conoce a fondo la
turbia política fronteriza del estrecho y sabe que a la nueva y pujante dinastía
Ming no le cuadran los grandes reinos que se puedan formar en sus fronteras
o en sus zonas de influencia. Así, hace alianza con el gran eunuco Cheg Ho y
con su ayuda logra derrotar al rey de Siam y hacerse amo y señor de los
estrechos. Mientras logra esto, ha conseguido la neutralidad del imperio de
Mataran, pero no bien ha acabado la guerra con los siameses, se vuelve en
contra de los de Sumatra, y siempre con la ayuda de Cheg Ha, los destruye y
queda dueño de ambas márgenes del estrecho.
Para afianzar su posición, hace el largo viaje hasta Pekín y el emperador
Ming le concede el sombrero y el traje ceremoniales, que serán el símbolo de
su nueva autoridad como vasallo y representante del Celeste Imperio en el
sur. Muy pronto Malaca se convierte en lugar obligatorio de recalada para
todas las embarcaciones que pasan de la India al sur de China a las islas de
las Especias, y se establecen allí varios grupos de comerciantes musulmanes
de Arabia. Paramesvara se da cuenta de que ha llegado el momento oportuno
de cambiar su alianza y dejar a un lado a la lejana China, cuyas flotas de
guerra empiezan a desaparecer de esos mares y hacer alianza con los
musulmanes, que son la nueva potencia. Para ello se convierte al islam con
toda su casa y toma el nombre de Megat Izkandar Sha. El hecho de adoptar
para su título el término Sha nos indica, según el doctor César A. Majul, que
en la conversión de Paramesvara hubo una indudable influencia de los sabios
persas de la gran rama sufí del islam, que se esparcieron por todo el mundo
mahometano, especialmente el sur de Asia, a la caída del califato de los
Abásidas de Bagdad en poder de los mongoles. Durante los siglos XIII y XIV
se encuentran en esa zona, con mucha frecuencia. las huellas de esos hombres
santos de la división Suri. En la crónica malaya Sejarah Melayu se dice que
los grandes maestros del islam que dieron vida a la cultura de Malaca eran de
“arriba del viento”, esto es, hombres que habían llegado con los vientos del
monzón de Arabia o de Persia, y el uso constante de los nombres de Izkandar
(Alejandro) y de Sha, nada usuales en Arabia, nos indican que eran de Persia.
Con la conversión de Paramesvara, su dinastía se afirmó en Malaca y la
ciudad se convirtió en el bastión más fuerte y el emporio de mayor riqueza
del islam en el Oriente, hasta su destrucción por Albuquerque en 1511.
Hay que hacer notar que la parte del norte de la India, el Imperio gujerat
sobre todo, se vio profundamente influida por los grandes pensadores y
filósofos persas, mientras que las colonias de las ciudades comerciales del sur
de la India y de Ceilán seguían el pensamiento de los maestros árabes, pero
tanto los unos como los otros parecen haber iniciado, a principios del siglo
XVI, una etapa de proselitismo sin precedentes en esa zona. Para fines del
siglo XV esta expansión, pacífica por lo general, había llegado ya hasta las
islas Molucas y el sur de las Filipinas, en las márgenes del Pacífico y
probablemente se empezaba a extender hasta la Micronesia. En ese tiempo un
hombre santo árabe convirtió al sultán de Tidore en las Molucas, al igual que
a toda su corte y muy pronto el pueblo siguió a sus dirigentes en la nueva fe.
En 1474, otro sabio misionero árabe, el jeque Abdala, hizo proselitismo en el
sultanato de Kedah, en la península malaya, y fue otro árabe quien consolidó
el islam al sur de Filipinas, el jeque Aulia Tarim-ul Makdum, quien
construyó la primera mezquita en Bwansa, en el archipiélago de Sulú.
Aunque el islam no tiene un clero organizado a la manera de las iglesias
judías y cristianas, muchos hombres sabios musulmanes han dedicado su
vida, a la manera de los misioneros cristianos, a la propagación pacífica de la
fe del profeta. Estos hombres, cuyo número se incrementa notablemente en
los siglos XIV y XV, eran por lo general de santa vida y de gran cultura en el
Corán y en su ley. Vemos cómo muchos de los sultanatos rajás y datus de los
malayos los llaman a sus señoríos para que funjan como jueces y consejeros
y, además, se encarguen de instruir en la fe musulmana al pueblo. Y muchas
veces, tantas que casi parece un sistema establecido, el aula u hombre santo
se casa con una de las hijas del sultán y hereda el poder, creando en muchos
casos una dinastía.
Caso típico de ello es Sulú, el sultanato musulmán más antiguo y más
importante en las márgenes del Pacífico, al sur de Mindanao, dentro de la
actual República de Filipinas. Los primeros musulmanes que llegaron allí
eran malayos islamizados que aparecen, según se desprende de la Genealogía
de Sulú, en una de las típicas oleadas de expansión malaya que ya hemos
visto. Conviene citar esta primera parte de la Genealogía, tanto por la forma
tan clara con la que explica este fenómeno histórico de las invasiones por
oleadas como por ser típica en su estilo narrativo de otros muchos textos de
esa épica:

Este capítulo trata de los habitantes originales de la isla de Sulú. Los primeros
habitantes de la isla de Sulú fueron las gentes de Maymbung, cuyos gobernantes eran
los dos hermanos datu Sipad y datu Nargwansa. Después de ellos vino la gente de
Tahimaha, que formaron otro grupo. Después de ellos llegaron los Bajaro de Juhur
Uohore en Malasia. Fueron traídos hasta aquí por una tempestad y divididos en dos
grupos. Algunos de los Bajaws fueron llevados por la tempestad a Brunei y otros a
Mindanao. Después de la llegada de los Bajaws, la gente de Sulú formó cuatro grupos.
Un tiempo después de que sucediera eso llegó Karimil Makdum [el jeque Aulio Karim-
el Makdum]. Cruzó el mar en un vaso o bote de hierro y se le llamó Sarip. Se estableció
en Bwansa, en el lugar donde vivían los nobles Tahimaha. Allí gente de todas las
direcciones se estableció alrededor y construyó un templo. Diez años más tarde el rajá
Baginda vino de Manakalaw en Zamboanga [Mindanao]. De allí pasó a Basilan y
después a Sulú. Cuando llegó a Sulú, los jefes de Bwansa trataron de hundir sus praos y
ahogarlo en el mar. Allí se defendió y luchó en contra de ellos. Durante la lucha
preguntó la razón por la cual querían sumir sus praos y ahogarlo. Les dijo que no había
cometido ningún crimen en contra de ellos y que no había llegado allí arrojado por
alguna tempestad, sino que tan sólo estaba viajando y que había venido a Sulú para
vivir entre ellos, porque era mahometano. Cuando supieron que era mahometano lo
respetaron y lo recibieron con hospitalidad. Los jefes que vivían entonces en Sulú eran:
datu Layla Uján, datu Sana, datu Amu, datu Sultán, datu Dasa y datu Ung. Otra clase de
jefes llamados mantiri eran tuan Jalal, tuan Akmat, tuan Saylama, tuan Hakim, tuan
Buda, tuan Da’im y tuan Bujang. Los jefes de los tahimahas eran oranghaya Simtu y
oranghaya Ingsa. Todos estos jefes estaban vivos cuando el rajá Baginda llegó a Sulú.
También llegaron a Sulú, desde Bwauyan [en Sumatra] Sangilaya Bakti y Sangilaya
Mausala. La mujer de éste se llamaba Baliya’an Nyaga. Cinco años después de la
llegada del rajá Baginda a Sulú, el rajá de Java envió un mensajero a Sulú, portador de
un regalo de elefantes salvajes. El nombre del mensajero era Jaya. Murió en Ansang y
sólo los elefantes llegaron a Sulú. Después de ese tiempo, llegó el sayid Abu Bakr de
Palembang [Sumatra] a Brunei y de allí a Sulú. Cuando llegó cerca encontró algunas
gentes y les preguntó “¿Dónde está su ciudad y dónde está su mezquita?” Ellos dijeron:
“En Bwansa”. Entonces fue a Bwansa y vivió con el rajá Baginda y estableció la
religión en Sulú. Aceptaron la nueva religión y declararon su fe en ella.
CAPÍTULO III

El gran servicio que hemos de hacer a Nuestro Señor echando a


los moros de este país y apagando el fuego de la secta de
Mahoma, para que no pueda encenderse ya nunca. Y también
tengo por cierto que si quitamos a los moros este tráfico de
Malaca, Cairo y La Meca, quedarán arruinados y Venecia no
recibirá ya más especias, si no va a comprarlas a Portugal.
Palabras de don ALFONSO DE ALBUQUERQUE,
antes de la toma de Malaca en 1511

Portugal en el siglo XV. Don Enrique el Navegante. La revolución en la


geografía. La vuelta de África. El comercio con la India. Malaca. Las
Molucas. Macao. Japón. La decadencia. San Francisco Javier.

EL HOMBRE europeo del siglo XV tenía tras de sí una larga tradición de


expansiones territoriales o ampliaciones del ecumene. Alejandro de
Macedonia había llevado los confines del mundo conocido hasta las faldas
del Himalaya y el río Indo. Los romanos lo habían extendido por el sur hasta
los desiertos atrás de Egipto y habían incorporado la cultura romana a la
península ibérica y las Galias. Pero a la destrucción del Imperio romano y
durante la Edad Media, ese ecumene se había vuelto a reducir notablemente,
sobre todo debido a la presión del Imperio musulmán, que para el año 800 ya
le había arrebatado a los europeos toda la cuenca sur del Mediterráneo y toda
posibilidad de expansión hacia el Oriente. La geografía, como lo hemos visto
ya, imposibilitada para extender sus conocimientos en un plano horizontal,
crecía verticalmente, buscando respuestas divinas a los problemas planteados
por la forma de la Tierra. Y esa geografía teocéntrica de Cosmas
Indicopleustes se reducía a un pequeño plano mediterráneo, en el cual más de
la mitad pertenecía al enemigo de la cristiandad y que, al poniente, estaba
limitado por el misterio impasable del océano Atlántico. Y ante la aparente
imposibilidad de adentrarse por ese mar tenebroso, la cristiandad se
desangraba tratando de romper la muralla del islam por el oriente.
Algunos visionarios, desde fines del siglo XIII, concibieron la posibilidad
de modificar esa táctica de las cruzadas y enfrentar el misterio por las costas
africanas y llegar así hasta la retaguardia del islam y el sitio de donde
provenían todas las riquezas tan codiciadas por los europeos. Uno de éstos
fue el genovés Ugolino de Vivaldo que, en 1291, cruzó en su galera de remos
el estrecho de Gibraltar e inició la exploración de la costa africana, llegando
casi hasta el cabo Bajador. Pero la nave no era adecuada para los grandes
viajes y los expedicionarios hubieron de regresar desalentados.
Por el norte, los vikingos navegaban hasta Islandia, Groenlandia y las
costas americanas, pero entre ellos y el mundo mediterráneo había un abismo
cultural y de distancia, así que sus proezas eran totalmente desconocidas en
las ciudades mercantiles de Italia y de Portugal. Los viajes que hemos visto
en el capítulo anterior, como el de Marco Polo, no hacían más que seguir
rutas ya conocidas por otros pueblos y por la antigüedad clásica y servían tan
sólo para comprobar, una vez más, la barrera que el islam significaba para
una verdadera expansión europea. Debido a todos estos factores, el hombre
europeo de principios del siglo XV no veía más posibilidad de extenderse a
otras partes del mundo, que la de seguir, en el Mediterráneo y en las costas
del norte africano, la cruenta lucha en contra del islam.
Y en el siglo XV la situación de Europa se había vuelto intolerable.
Aunque los musulmanes habían sido arrojados de Portugal y casi totalmente
de España, donde ya tan sólo controlaban pequeños territorios al sur, en el
Oriente se habían vuelto mucho más poderosos, hasta el extremo de que, a
mediados del siglo, lograron tomar la ciudad de Bizancio, que durante cerca
de 1 000 años había sido bastión de la cristiandad ante las fuerzas de Asia. La
caída de Constantinopla sacudió a la cristiandad casi tanto como la de
Jerusalén seis siglos antes, pero ya no existía la unidad necesaria alrededor de
Roma y del papado que permitiera iniciar una acción conjunta como la de las
cruzadas. La ilusión que se tuvo años antes de que los mongoles podían ser
aliados de los cristianos en contra del islam se desvaneció pronto, cuando
éstos se convirtieron a la fe del profeta y fortalecieron las fuerzas
tradicionalmente enemigas, con nuevos elementos del Asia Central.
Pero Europa, con una población creciente, con mayor riqueza y mayor
cultura debido a las universidades y al descubrimiento del tipo móvil para la
imprenta, necesitaba cada día más de las mercancías y artículos de lujo del
Oriente. Se ha dicho que la gula europea por las especias provocó la
expansión de Occidente hacia el mundo. Claro está que como toda síntesis
excesiva no es la verdad histórica, sí es indudable que el creciente deseo de
poseer esos bienes, sobre todo aquellos que hacían agradable la insípida
comida medieval, fueron en parte causa de ese afán de comerciar con Asia.
Las ciudades mercantiles de Italia, sobre todo la república de Venecia,
dejaron pronto a un lado los escrúpulos de conciencia que pudieran haber
tenido de comerciar con el enemigo tradicional de la cristiandad y se
enriquecieron con el tráfico del Oriente, a través de las ciudades mercantiles
del Asia Menor y del mar Negro. Pero si ese comercio enriquecía a Venecia,
enriquecía también al islam y se daba el caso curioso de que, por un lado, la
cristiandad luchaba incansablemente en contra de los mahometanos y, por el
otro, sin su comercio, los enriquecía y les proporcionaba los medios
suficientes para proseguir la guerra. Asimismo, el oro en Europa se volvía
escaso y su precio, en proporción a la plata, subía desmesuradamente. La
mayor parte del oro que llegaba era traído por musulmanes desde el África
negra, a través del Sahara, en grandes caravanas y vendido a la cristiandad en
las ciudades costeras del Mediterráneo.
Parece indudable que la aportación de los hombres arrojados de Bizancio
y el creciente lujo que venía del Oriente influyeron en mucho en el
Renacimiento de Italia que, con el tiempo, había de marcar los caminos de los
renacimientos de los otros pueblos de Europa. Así, ya estaba en la conciencia
del mundo occidental la necesidad de abrir caminos para el trato con Oriente,
con esos maravillosos reyes y emperadores que describiera Marco Polo o que
inventara la fértil imaginación popular y, en el siglo XV, Portugal era el único
Estado capaz de iniciar esa hazaña.
Había sido el primer país de la península ibérica en verse totalmente libre
de los moros desde el año 1249 y en organizar su gobierno monárquico, con
sus respectivas cortes. Por otro lado, por encontrarse aislado de Europa por
Castilla, no se vio envuelto en las constantes guerras que azotaron Francia,
Inglaterra y los ducados y principados, así como al imperio y al papado.
Encerrado así, era lógico que tendiera su vista hacia el mar y, desde el siglo
XI, ya se habían establecido rutas de comercio marítimo entre Portugal y las
ciudades del canal de La Mancha y el mar del Norte y las flotas pesqueras se
remontaban hasta Islandia. Tal era el interés de los reyes de Portugal por la
expansión marítima de su pueblo, que en 1317 don Denis contrató los
servicios de un marino genovés, Emmanuel Pessagno, para que se trasladara
a Lisboa y adiestrara maestros de batel y pilotos. Pessagno, cuyo nombre se
convirtió en Pessanha, realizó una muy buena labor, y en su tiempo se
hicieron las primeras expediciones de descubrimiento y se encontraron las
Azores y las Canarias. El rey premió sus servicios ennobleciéndolo y dándole
la villa de Odemara.
La sucesión al trono de Portugal trajo la guerra con Castilla y en 1385 los
portugueses, bajo el mando de don Juan de Aviz, lograron derrotar a los
castellanos en Aljubarrota y don Juan tomó el nombre de Juan I de Portugal.
Estaba casado con Felipa de Lancaster, inglesa, y tuvo de ella varios hijos,
entre los cuales se encuentran don Duarte el mayor, que habría de heredar el
trono, y don Enrique, que se haría inmortal en la historia con el nombre de
don Enrique el Navegante.
Seguro ya en su trono, don Juan I resolvió llevar la guerra en contra de
los musulmanes al África y atacar la ciudad de Ceuta. El mando de la
empresa le fue confiado a don Enrique, quien, con todo éxito, logró tomar la
ciudad enemiga y asentar un gobierno portugués. En esas fechas los lusitanos
seguían el mismo camino que toda la cristiandad al llevar la guerra al
Mediterráneo, donde radicaba la fuerza principal de los musulmanes, pero al
parecer don Enrique tuvo allí el principio de su idea y, al regresar a Portugal,
empezó a ponerla en práctica. Para premiar sus esfuerzos, su padre le
concedió la maestranza de la orden del Cristo, heredera de los cuantiosos
bienes de los caballeros templarios, y con esa riqueza don Enrique inició sus
trabajos.
La idea era sencilla en extremo. Si los musulmanes se enriquecían con el
comercio del oro africano y de las especias y usaban de esas riquezas para
hacerle la guerra a la cristiandad, ésta, en lugar de atacarlos de frente, en el
Mediterráneo, debería buscar su retaguardia, rodeando el África para llegar
hasta el mítico océano Índico. Así se lograría arruinar económicamente al
islam y atacarlo donde, con toda seguridad, era más débil. Como se ve, la
idea era simple, pero para su ejecución se presentaban grandes dificultades.
Aunque en forma vaga, por muy antiguas leyendas, que más bien parecían
cuentos inventados, se sabía que la navegación alrededor de África era
factible; los mapas de Ptolomeo mostraban al océano Índico como un mar
cerrado por el sur, ya que en ellos África se extendía, más o menos a la altura
de Madagascar, hacia el oriente, de manera que convertía al Índico en una
especie de Mediterráneo, sin acceso al sur. Por otra parte, ningún europeo
había cruzado el ecuador y los viejos mitos aseguraban que, pasado éste, el
calor iba en aumento al extremo que el mar hervía y las naves se incendiaban.
Otros muchos mitos, fantásticos, pero creídos ciegamente por la marinería de
la época, hacían parecer la empresa como descabellada. Por los mares del sur
vivía el gran pájaro hoc, de tal tamaño que podía tomar toda una nave en sus
garras, elevarla sobre el mar y estrellarla contra las rocas. Y estaban también
aquellas islas prodigiosas, imantadas en tal forma que sacaban la clavazón de
los navíos y los deshacían. Y seguramente el mar tenebroso terminaba en un
gran abismo, del cual no podría salir ningún hombre con vida. Es posible que
muchos de estos mitos, como tanta otra cosa referente a la navegación,
hubieran provenido de los países árabes y nos recuerdan indudablemente los
relatos de Las mil y una noches.
Pero no eran tan sólo la deficiente cartografía y el mito los que se oponían
a la empresa. La tecnología marítima de los europeos de principios del siglo
XV era lamentable. Las navegaciones conocidas —y recordemos que las de
los vikingos no lo eran— se reducían a las de los griegos y los fenicios. Era
un arte propio para el Mediterráneo, mar pequeño, tachonado de islas, con
costas siempre cercanas, donde se usaba más del remo que de la vela. Allí los
fenicios, los griegos y los romanos desarrollaron la galera de remos, útil para
navegaciones breves, pero inadecuada para largos viajes en los cuales no se
pudiera tocar tierra y reabastecerse de alimentos y de agua. Debido al gran
número de remeros que era preciso mantener, el consumo de bastimentos era
enorme y muy escasa la capacidad de carga. Por lo tanto, se trataba de una
nave de gran movilidad pero de muy escaso alcance y, además, poco propicia
para enfrentarse a la mar gruesa del océano. Para darnos idea del alcance de
una galera a remos, sabemos que las de los grandes piratas berberiscos, como
Alí el Tiñoso, no tenían un radio de acción superior a seis días. El otro tipo de
barcos conocido era el llamado “barco redondo” que se usaba en el Atlántico
y el mar del Norte. Era éste un armatoste con una proporción de dos a uno
entre la manga y la eslora, un solo mástil con vela cuadrada que desarrollaba,
en el mejor de los casos, una velocidad máxima de dos nudos y se volvía
prácticamente ingobernable en un mar agitado.
Era imprescindible, si se iban a realizar navegaciones largas, crear el
barco adecuado para ello, y el genio portugués, tomando de todo el acervo
tecnológico de la época, desarrolló la carabela, cuyo diseño había de ser
fundamental en toda construcción naval en los tres siglos siguientes. La
proporción entre la eslora y la manga se modifica de dos a uno a tres y aun
cuatro a uno, y en lugar de un mástil se pusieron tres: el de mesana, el mayor
y el de trinquete y, sobre todo, se inventó el bauprés, el mástil que saliendo
en forma casi horizontal al barco, en la proa, sostiene los estayes y, además,
permite el uso de los foques delanteros. En estos mástiles era posible tender
una enorme superficie de velas, ya fueran triangulares o latinas, ya fueran
cuadradas, según los vientos dominantes que se esperara encontrar en la
travesía. La línea del puente se modificó totalmente, para crear el castillo de
popa, con las cámaras y el puente de mando y una proa baja que rompiera
fácilmente en el mar. El timón, que había consistido en una gran pala en la
popa, se transformó en la rueda, con lo cual la proa y la popa se fueron
distinguiendo cada vez más. Claro está que no existió lo que pudiéramos
llamar un modelo único de carabela. Las había de muchas formas, de muchos
tamaños y de diferente cantidad de mástiles, pero todas obedecían, en su
construcción, a las reglas básicas trazadas por los carpinteros de ribera y
maestros de navíos de don Enrique el Navegante. De ese modelo básico se
desarrolló al poco tiempo el galeón, que no era más que una carabela grande,
y el patache, barca pequeña para exploraciones costeras y avisos rápidos, que
tenía por lo general tan sólo media cubierta y dos palos. De la misma
carabela, al desaparecer el castillo de popa, nacerían la fragata y la corbeta
del siglo XVIII. Estas naves requerían de poca marinería para su gobierno, con
lo cual su radio de acción era infinitamente mayor que el de la galera y eran
capaces de llevar mucho mayor cantidad de carga, tanto en volumen como en
peso. Para su defensa y para usarse como barcos de guerra, se modificó
también todo el sistema del uso de artillería naval que en las galeras solía
colocarse en la proa, ya que los remos impedían el uso de artillería en las
bordas y se seguía utilizando sobre todo el espolón de proa para atacar. La
carabela, sin remos que estorbaran su acción, permitió que se colocaran los
cañones en las bandas, en mucho mayor cantidad. Esto, a su vez, obligó a
cambiar la táctica de los combates navales para que fueran ya no de abordaje
o de choque, sino a distancia, con el uso de cañones y el buen
aprovechamiento del viento. Esta nueva técnica de combate naval, nacida del
uso de la carabela, dará sus frutos más tarde en el océano Índico y en el mar
de China.
Pero para la labor de exploración no era suficiente contar con un buen
barco, sino que era necesario encontrar un medio para saber en qué lugar
exacto del globo se encontraba el navegante, cuando no tenía a la vista tierra
alguna. En este campo los árabes habían progresado notablemente con sus
trabajos matemáticos de álgebra y de cosmografía y don Enrique no desdeñó
sus conocimientos. En Sagres formó una verdadera academia de geografía y
cartografía y en la biblioteca reunió cuanto libro se refería a esas ciencias o a
viajes. Además, invitaba a todo viajero del que oía hablar para que pasara a
Sagres a relatar lo que había visto y a que sus conocimientos fueran
evaluados a la luz de los antiguos. Para que la cartografía avanzara hizo que
se le copiaran todos los mapas y portolanos que se pudieron encontrar en
Europa e hizo venir a los mejores cartógrafos, como el judío mallorquino
Cresques, y a su pedido el famoso Toscanelli diseñó su planisferio. Para sus
capitanes, realizó mejoras en los instrumentos aportados por los árabes, el
astrolabio y la brújula, y desarrolló la ballestina y la corredera, la primera
para poder tomar la altura de los astros y la segunda para medir las distancias
navegadas y la velocidad de los navíos. Para poder medir las latitudes con
exactitud, se redactaron tablas astronómicas exactas con la declinación diaria
del sol. El problema de la medida de las longitudes siguió en pie y los
marinos portugueses las calculaban por el cómputo del tiempo que habían
navegado, cálculo necesariamente inexacto. Para sus primeras navegaciones
siguiendo de norte a sur la costa africana, la longitud no tenía mayor
trascendencia y la latitud era lo único de verdadera importancia, pero para las
navegaciones de oriente a poniente o viceversa, era indispensable la medida
de longitudes que no resolvió, sino hasta fines del siglo XV Américo
Vespucio, al medir la longitud del cabo de la Vela, en las costas de la actual
Colombia, usando una conjunción astronómica y las tablas de Toledo como
meridiano base. Pero en verdad no será sino hasta el siglo XVIII, con la
construcción de cronómetros marinos, cuando se puedan calcular las
longitudes con cierta exactitud.
Con todo este acervo de conocimientos reunidos en Sagres, se fue
despejando y aclarando la imagen del mundo físico y se abandonó el
pensamiento medieval en geografía y las tesis de gente como Cosmas
Indicopleustes, para volver a la exactitud de los griegos como Ptolomeo y
Eratóstenes y la teoría de la esfericidad de la Tierra, junto con un concepto
bastante exacto de la medida del ecuador.
Pero mientras se realizaban todas estas mejoras, estudios e inventos, ya
los marinos portugueses se lanzaban a la exploración. La primera empresa
propiciada por don Enrique salió en 1418 para tratar de descubrir nuevamente
las islas Madeira y en 1431 otra reencontró las Azores. Tres años más tarde
zarpó ya la primera expedición para explorar la costa de África, bajo el
mando de Gil Eanes, el cual logró doblar el cabo Bajador, y poco después se
llegó hasta el río Senegal. En 1441 leemos de flotas enteras que comerciaban
con el Senegal y río de Oro en esclavos, marfil y oro. En 1445 Dinis Dias
llega hasta el África negra, al sur de los territorios ocupados por los
musulmanes y el año siguiente consta que ya había más de 50 carabelas
ocupadas en el comercio con África. Los capitanes de esas empresas eran casi
todos portugueses, pero no se desechaban los servicios de extranjeros, como
el famoso danés Valarte o el veneciano Cadamosto. Fue éste, junto con don
Diego Gomes, quien descubrió las islas de Cabo Verde.
Cuando llegó a Portugal la noticia del descubrimiento de los grandes ríos
Senegal y Gambia, don Enrique ordenó a Cadamosto que penetrara hasta
donde fuera posible por el primero de ellos, y a Diego Gomes por el Gambia.
La idea era saber si esos ríos se conectaban con el Nilo y encontrar las
fuentes del oro, que los árabes transportaban por el Sahara hasta las ciudades
del Mediterráneo. Así Cadamosto y Gomes fueron los primeros europeos que
se internaron en el corazón del África negra.
El 13 de noviembre de 1460, a los 66 años de edad, murió don Enrique y
se le dio sepultura, junto a sus padres y sus cinco hermanos, en el monasterio
de Batalla. Con su muerte y los disturbios internos, debidos en gran parte a la
errática conducta de don Alfonso V, el ritmo de las empresas se hizo más
lento y la corona pareció perder interés por la gran empresa. Para hacerse de
fondos, se rentó la Guinea a Fernando Gomes, pero en el contrato de
arrendamiento se le impuso la obligación de que siguiera las exploraciones
por lo menos hasta 500 leguas al sur. En estos años Portugal tiene una doble
frontera, la una interna en la lucha de la corona por aplacar a la turbulenta
nobleza y las constantes intromisiones de Castilla y la otra en las grandes
rutas trazadas por don Enrique el Navegante. Así, a pesar de la ineptitud de
don Alfonso V, para 1472 ya se había explorado todo el golfo de Guinea y se
habían encontrado las islas de Fernando Po y el comercio se activaba más y
más, tanto en oro, que ya fluía en cantidades considerables, como en
esclavos, marfil y una especie de pimienta llamada “malagueta”.
En 1481 subió al trono don Juan II, uno de los reyes más grandes que
haya tenido Portugal y las exploraciones tomaron nuevo impulso y se inició
la serie de fundaciones de ciudades y fortalezas en las costas africanas con la
erección de San Jorge de Mina, la actual Elmina. Al año siguiente Diego Cão
logró llegar hasta el río Congo que llamó Zaide y cruzar el ecuador hasta las
costas de Angola. Para esas fechas, todos los capitanes que salían a explorar
la costa hacia el sur tenían la orden de erigir un padrão —esto es, una
columna de piedra con un cartel alusivo— en el sitio más austral al que
hubieran llegado, para que así el siguiente navegante supiera exactamente
dónde se iniciaba el territorio desconocido y no perdiera tiempo explorando
lo ya sabido. En el norte de Angola, Diego Cão plantó su padrão, que aún se
conserva, con la inscripción siguiente: “Año de la creación del mundo 6681,
año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo 1482, el muy alto, muy
excelente y poderoso rey don Juan II de Portugal, envió a descubrir esta tierra
y colocar estos padrães a Diego Cão, caballero de su casa”. Al año siguiente,
el mismo Cão llegó hasta lo que es ahora el África sudoccidental, donde
colocó un padrão en el cabo de la Cruz, a los 23° de latitud sur.
Con los resultados de estas empresas, los cosmógrafos portugueses se
convencieron de que ya se encontraban cerca de la punta de África y que muy
pronto podrían navegar en el Índico, pero eran muy escasos los datos exactos
que había acerca de ese mar, de sus vientos y sus costas. Así don Juan
resolvió enviar a dos portugueses, que hablaban el árabe a la perfección, a
que espiaran la tierra y se informaran de todo lo concerniente a ese océano.
Fueron éstos Pedro de Corvilha y Alonso Paiva. Cruzaron a Italia y de allí
por mar hasta El Cairo, donde se separaron. Corvilha se embarcó en el mar
Rojo, cruzó el océano Índico hasta la costa Malabar de la India y luego se
remontó por ella hacia el norte, hasta Ormuz, en la boca del golfo Pérsico y la
isla de Socotra, en la entrada del mar Rojo. Tomó luego camino hacia el sur,
por la costa africana hasta Sofala, de donde se regresó a El Cairo. Allí se
enteró de que su compañero Paiva había muerto sin poder explorar la
Abisinia, así que resolvió llevar a cabo él mismo esa empresa. Para estar
seguro de que sus informes llegaran a la corte de Portugal, escribió un largo
memorial que puso en manos de un judío, Abraham, el cual se comprometió,
como lo hizo, a llevarlo a Lisboa. Hecho esto, tomó el camino de Etiopía, en
busca del famoso y legendario Preste Juan de las Indias que, para esas fechas
la imaginación occidental situaba ya en África. Grande ha de haber sido su
sorpresa cuando se encontró, efectivamente, con que el rey de ese país, el
negus, era cristiano aunque en más de 700 años no había tenido contacto con
Roma. Corvilha se quedó en la corte del negus, donde se casó con una dama
etíope y allí lo encontró, muchos años más tarde, el primer embajador de
Portugal ante la corte de Etiopía.
Antes de que llegara a Lisboa el informe de Corvilha, había zarpado una
nueva armada con tres carabelas, bajo el mando de Bartolomé Dias, con la
orden de explorar al sur del cabo de la Cruz, hasta el cual había llegado Diego
Cão. Dias reconoció la costa hasta una bahía que llamó Angra das Voltas, la
actual Luderitz Bay a los 33° sur y colocó allí su padrão. Al salir de la bahía,
lo sorprendió una tempestad que lo llevó al garete durante 13 días, alejándolo
de la costa. Cuando amainó el tiempo, viró en busca de la costa africana,
hacia el oriente, donde se imaginaba encontrarla. Al no dar con ella, viró
hacia el norte y, con gran entusiasmo y asombro, descubrió la costa, no a su
mano derecha, sino a la izquierda. Comprendió que había logrado doblar la
punta de África y que navegaba ya en el océano Índico. En el río Grande del
Pescado pudo desembarcar y colocar el primer padrão portugués en la costa
oriental de África. Ansioso de llevar la buena nueva a la corte, no exploró
más adelante y se regresó, teniendo a la vista el cabo al extremo sur de
África. Según João de Barros en sus Décadas de Asia, Dias le llamó “cabo de
las Tormentas”, pero a su llegada a Portugal el rey le cambió el nombre por el
de “cabo de Buena Esperanza”, pues el descubrirlo era una de las mejores
noticias que se habían recibido en Portugal y abría nuevas esperanzas a la
exploración. Era el año de 1488, 70 años después de la primera empresa que
despachara don Enrique el Navegante.
La noticia que trajera Bartolomé Dias conmovió a Portugal, y de
inmediato se empezó a organizar una gran flota que siguiera esa ruta y llegara
hasta la India. Los datos proporcionados por Corvilha daban a conocer las
posibilidades del tránsito por el Índico y, en verdad, no quedaba por explorar
más que el tramo de la costa oriental de África, entre el río Grande del
Pescado y Sofala, pero dado que Dias había observado en el río Grande del
Pescado que los naturales tenían artículos del mundo árabe, la fácil
comunicación entre los dos puntos parecía asegurada y para pasar de Sofala a
la India se tenían ya los informes que Corvilha había proporcionado acerca
del régimen del monzón.
Pero mientras se preparaba la flota, en 1493 llegó a Lisboa la
sorprendente noticia de que un oscuro marino llamado Cristóphoro Colombo,
al servicio de la reina de Castilla, había cruzado sin mayores dificultades, con
tres carabelas pequeñas, el océano Atlántico y afirmaba haber encontrado al
otro lado las legendarias tierras de Marco Polo, Catay y Cipango. Colón no
era exactamente desconocido en Portugal. Unos 10 años antes se había
presentado ante don Juan proponiéndole la empresa que ahora asombraba al
mundo, pero el rey lusitano rechazó el ofrecimiento. Mucho se ha escrito y
mucho más se ha inventado acerca de la aparente ceguera y falta de criterio
de los portugueses al no aceptar el plan colombino que, probablemente, fue
gestado en la misma Lisboa. La verdad es muy otra. En la actitud portuguesa
ante la propuesta de Colón no había ni ceguera, ni falta de criterio y, mucho
menos, esa tan decantada historia de que los portugueses no creyeran en la
esfericidad de la Tierra. No tan sólo creían en ella, sino que la habían
comprobado al cruzar el ecuador y ver que el clima, hacia el sur, como hacia
el norte, se volvía templado al alejarse de la línea equinoccial. Además, como
ya hemos dicho, los cosmógrafos portugueses, desde los tiempos de don
Enrique, conocían las medidas del ecuador de Ptolomeo y de Eratóstenes, lo
cual implicaba conocer la esfericidad de la Tierra así como la enorme
distancia que había entre Europa y Asia por la ruta colombina del poniente.
Es muy probable que esa ruta se hubiera discutido ya varias veces, pero para
los fines que perseguían los lusitanos, llegar a la retaguardia del islam,
indudablemente la ruta por el sur de África era, y lo sigue siendo, más corta y
más útil. Si los portugueses hubieran aceptado la propuesta de Colón,
hubieran tenido que abandonar toda la empresa africana, a la cual habían
destinado ya 70 años de esfuerzos y de estudios, para lanzarse a una aventura
que, probablemente, no los llevaría a la India y la China, puntos a los cuales
querían llegar. Por otra parte, si examinamos el pensamiento geográfico de
Colón, imaginando que la Tierra tenía la forma de una pera y buscando por
todos los mares el Paraíso Terrenal, y lo comparamos al concepto geográfico
de los portugueses, veremos de inmediato que el de Colón suena anticuado y
medieval. La misma insistencia del Gran Almirante de que había llegado a
Catay y Cipango, en contra de la opinión autorizada de los cosmógrafos, no
tan sólo portugueses, sino españoles e italianos, nos comprueba que tenía una
idea errada de la longitud del ecuador. El viaje de Colón, al poner a España
en el mapa de los grandes descubrimientos, alteró completamente la situación
en Europa donde, hasta esa fecha, tan sólo Portugal se había ocupado de esas
empresas. Durante todo el periodo de los descubrimientos africanos, los reyes
de Portugal habían recibido de manos de los papas una serie de bulas
dándoles lo que pudiéramos llamar el monopolio de la exploración. En una de
ellas, dada por Nicolás V, se lee: “…hemos concedido al rey Alfonso el
derecho total y absoluto para invadir, conquistar y sujetar todas las naciones
que se encuentran bajo el gobierno de enemigos de Cristo, sarracenos o
paganos, por estas nuestras Letras Apostólicas deseamos que el mismo rey
Alfonso, el príncipe y todos sus sucesores ocupen y posean en exclusivo
derecho las dichas islas, puertos, mares indeterminados…” Además, como la
ocupación por España de las islas Canarias había provocado ya ciertos roces
con los portugueses, en el Tratado de Alcazovas, ratificado en 1481, que
ponía fin a la guerra entre Castilla y Portugal, se reconocía la posesión
española en las islas Canarias, pero la reina de Castilla se comprometía a no
explorar y ocupar territorios al sur de cabo Bajador. La llegada de Colón a
Lisboa, con la noticia de su descubrimiento, daba la impresión a los
portugueses de que la reina Isabel y el almirante habían violado tanto las
bulas pontificias como el tratado de 1481. Desde Lisboa misma donde arribó
a su regreso de América, Colón notificó a Isabel de la protesta de don Juan II,
y los Reyes Católicos ordenaron a su embajador en Roma que solicitara del
papa Alejandro VI, español de origen y gran amigo de los reyes, una bula que
protegiera sus derechos en las tierras descubiertas. Alejandro VI, sin hacer
aprecio de la opinión portuguesa, dio la famosa bula Inter Coetera, la cual
partía el mundo en dos grandes medias esferas, mediante una línea imaginaria
que pasaba a 100 leguas de las islas Azores y las de cabo Verde, de polo a
polo. Las Azores y cabo Verde no están en el mismo meridiano, así que dicha
línea era una imposibilidad geográfica y, además, según el pensamiento
portugués, era perjudicial a ese pueblo, ya que los privaba de extender sus
exploraciones y pasaba demasiado cerca a las costas africanas. La bula, en
verdad, no menciona para nada a Portugal y tan sólo da a Castilla amplios
derechos de exploración y ocupación en las tierras no dominadas por
príncipes cristianos que pudieran quedar al poniente de dicha línea. Ese
mismo año Alejandro Borgia dio una nueva bula, Dudum Siquidem, en la
cual se trataba de evitar toda nueva exploración portuguesa y de que Portugal
se conformara con las ciudades y fortalezas que había fundado en África,
como San Jorge da Mina y Argim.
El rey de Portugal no protestó ante Roma, sabiendo que perdería su
tiempo frente a un pontífice tan parcial hacia Castilla, así que trató
directamente con los Reyes Católicos y se llegó a un acuerdo que fue firmado
en Tordesillas, el 7 de junio de 1494. Por este tratado, la línea se corría 370
leguas al poniente de las islas de cabo Verde y las dos naciones se
comprometían a respetar sus zonas de ocupación o de influencia: Portugal al
oriente y España al poniente de dicha línea. Este tratado trajo aparejadas
varias consecuencias, entonces imprevisibles; una de ellas fue que el Brasil
quedara del lado portugués de la línea de demarcación. La otra, que apareció
algunos años más tarde, con el viaje de Magallanes, fue la imposibilidad que
hubo durante mucho tiempo para fijar la misma línea en las antípodas, debido
a la dificultad de fijar longitudes y, por lo tanto, de saber con exactitud la
extensión de un grado del ecuador, lo cual provocará una serie de discusiones
y reuniones de cosmógrafos y finalmente un nuevo tratado.
Mientras se discutían todos estos puntos, en Portugal se seguía
preparando una nueva armada para que doblara África y llegara a la India. El
mando se le había confiado a Esteban de Gama, quien murió antes de zarpar
y el nuevo rey don Manuel, que sería llamado más tarde el Afortunado, dio el
mando a su hijo, Vasco de Gama. Don Juan II, o Príncipe Perfeito como le
llamaron sus contemporáneos, había muerto en 1495, sin hijos, con lo cual,
por presión de doña Leonor su mujer, el trono recayó en don Manuel, su
cuñado y duque de Beja. Así terminaba la Casa de Aviz, pero no el
entusiasmo de Portugal por las exploraciones y conquistas de rutas de
comercio. En 1497 salió la armada, que consistía en cuatro barcos y 170
hombres. La nao capitana era la San Gabriel y en ella debía viajar hasta San
Jorge da Mina Bartolomé Dias, quien, con un discípulo suyo, el piloto Pedro
de Alenquer, había trazado una nueva ruta. Dias sostenía que ya no era
necesario seguir la costa africana, lo cual hacía el viaje largo y difícil. Con los
conocimientos adquiridos, se podía trazar un gran arco desde San Jorge da
Mina, al norte del ecuador y aun desde las islas de cabo Verde, hasta el cabo
de Buena Esperanza, aprovechando vientos y corrientes y eliminando la
lentitud y el peligro de toda navegación costera. La teoría de Bartolomé Dias
quedó plenamente comprobada y así los portugueses se anotaron un nuevo
triunfo en el arte de navegar y trazar rutas, siguiendo la curvatura de la Tierra,
cosa que nadie había realizado o imaginado siquiera hasta esa fecha. Con una
rapidez increíble para aquellos tiempos, la armada que había salido en mayo
del Tajo llegó el 22 de noviembre a la bahía de Santa Elena, cerca del cabo de
Buena Esperanza y para el 28 de noviembre navegaba ya en el océano Índico.
Allí, en mares desconocidos, Vasco de Gama se guió por los informes de
Corvilha y puso proa hacia el norte, siguiendo la costa hasta Mozambique, en
donde encontraron barcos árabes y un señorío musulmán. Al principio se les
recibió bien, pero cuando el régulo local se enteró de que eran cristianos,
cambió de actitud y los portugueses, que no deseaban a esa altura de la
empresa un combate, tuvieron que salir del puerto. A pocos días llegaron a
Mombasa, donde también tuvieron dificultades con los jeques musulmanes y
estuvieron a punto de caer en una bien urdida trampa. El siguiente punto que
tocaron fue Malindi, donde el sultán los recibió amistosamente, a pesar de ser
musulmán también; hizo una visita a bordo y les proporcionó un piloto que
los llevara a la India. Era éste un hindú de Gujerat, Malemo Cana, con el cual
pudieron cruzar el Índico sin incidentes y anclar frente a la ciudad de Calicut
el 27 de mayo de 1498.
Calicut era uno de los estados independientes del sur de la India,
gobernado por un rey que se llamaba a sí mismo “zamorín”. El resto del sur
de la península estaba ocupado por el fuerte Imperio vijayanagar, de cultura y
religión hindúes y en lucha constante en contra de los musulmanes del norte,
que habían logrado fundar varios señoríos, como el de Bijapur y, sobre todo,
el de Gujerat. El zamorín de Calicut era hindú pero, al parecer, no tomaba
parte en la larga guerra entre el Imperio vijayanagar y los mahometanos, ya
que sabemos que en su ciudad había una fuerte colonia de mercaderes
musulmanes. Calicut, por su posición, dominaba la zona del tráfico de la
canela, tanto del sur de la India como de Ceilán y, además, comerciaba en
gran escala con las ciudades de Malaca, de donde llegaban las otras especias,
como la pimienta, la nuez moscada y el clavo. Para poder sostener este
comercio, que daba vida a la ciudad y riquezas considerables al zamorín, se
había establecido en forma ya tradicional una absoluta libertad de comercio
para todas las razas, todas las religiones y todas las culturas. Para su defensa,
el zamorín tenía fortificaciones artilladas y una flota pequeña, no artillada,
para la supresión de la piratería. La colonia musulmana tenía también su flota
de guerra y contaba con el apoyo del sultán de Egipto y de los turcos, aunque
éstos no tenían fuerzas en el Índico y toda su flota, también artillada, estaba
en el Mediterráneo.
A la llegada de los portugueses, el zamorín aceptó de inmediato
comerciar con ellos, como lo hacía con tantos otros pueblos, pero los
mercaderes musulmanes vieron con malos ojos la llegada de cristianos a
interferir en un comercio que consideraban como suyo en exclusiva y durante
varias semanas hubo una serie de negociaciones, intrigas, conjuras y
denuncias ante el zamorín. Vasco de Gama no era tan sólo un hábil marino,
sino un buen diplomático y tratante, así que logró llenar sus barcos de
especias y zarpar de regreso hacia Portugal, no sin verse obligado, para poder
salir de Calicut, a hacer un alarde de fuerza con su artillería y zarpar antes de
que llegara el monzón, lo cual hizo que cruzar el Índico fuera una verdadera
odisea, en la que murieron cerca de 80 hombres.
Desde este primer viaje de los portugueses al Oriente se empezó a
plantear el conflicto entre las dos maneras tradicionales del comercio y de la
guerra. El pensamiento lusitano estaba condicionado a una de las finalidades
principales de la grandiosa empresa, la de atacar y destruir la retaguardia del
islam. Era la prolongación de esa guerra a muerte que se había desarrollado
en el Mediterráneo durante ocho siglos. De Gama, poco antes de llegar a
Calicut, tomó un barco de musulmanes y lo quemó con todos los tripulantes
dentro. Veremos que esa misma actitud se repite en muchos casos en los
primeros 15 años de la expansión portuguesa en Asia. Claro está que los
hindúes, sobre todo el Imperio vijayanagar, eran tan enemigos de los
musulmanes como los cristianos, pero en las ciudades mercantiles tenía más
importancia el comercio pacífico que la guerra por cuestiones religiosas. Así,
para el zamorín y los señores hindúes de Cochín y Quilón, los portugueses
eran tan sólo unos mercaderes más, útiles en cuanto toda competencia haría
subir precios y porque aportaban productos que los árabes no traían. En
cambio para los portugueses, el rey don Manuel era “Señor de todos los
mares, islas y tierras firmes del Oriente”, según se desprendía de las bulas
dadas por Nicolás V y Calixto III. João de Barros resume el pensamiento
portugués de la época sobre la libertad del comercio en el mar, en esta forma:
“Es cierto que existe un derecho común de todos para navegar los mares de
Europa y que reconocemos los derechos que otros tienen en contra de
nosotros; pero este derecho no se extiende más allá de Europa y, por lo tanto,
los portugueses, como señores del mar, están en su derecho al confiscar todos
los bienes de todos los que navegan en esos mares sin permiso”. Con este
principio de mare clausum se cerraba el comercio para los musulmanes, pero
también para las otras naciones europeas. Para poder imponer este
pensamiento y ante la presencia de fuerzas musulmanas en el Índico, el rey
Manuel ordenó que la segunda expedición, cuyo mando se dio a Pedro
Álvares Cabral, fuera una verdadera expedición militar. Se componía de 33
barcos, con unos 1 500 hombres. La nueva armada tuvo mala suerte en el
viaje y tan sólo unos cuantos barcos pudieron llegar a Calicut y Álvares
Cabral de inmediato solicitó del zamorín que se le dieran seguridades para
poder comerciar, abrir una factoría en tierra y desembarcar a cinco padres
franciscanos que predicaran libremente el Evangelio. El zamorín aceptó estas
condiciones y un grupo de portugueses desembarcó y construyó la primera
factoría europea en el Oriente. Desgraciadamente el jefe de la factoría, un tal
Correa, era hombre irascible a tal extremo que pronto provocó un motín
popular, en el cual murió con 50 de sus compañeros. Álvares Cabral de
inmediato levó anclas y bombardeó la ciudad desde sus naves. El zamorín
ordenó a su flota que saliera a presentar combate, pero Cabral, sin esperarla,
regresó a Lisboa.
Se siguen una serie de expediciones de comercio y guerra, con una
rapidez que nos causa admiración. Parece imposible que Portugal, con su
escasa capacidad en hombres y recursos, pudiera armar todas esas flotas que,
en los primeros años, pasaron a la India. Sabemos que para hacerse de
recursos, se recurría, por parte de la corona, a solicitar empréstitos,
garantizados por las mismas mercancías de Oriente, a las grandes casas
bancarias de Holanda, como los Welser. Para 1503 ya los portugueses se
habían visto obligados a abrir una factoría con bodegas en Amsterdam, para
garantizar los dineros invertidos en las armadas por los banqueros alemanes y
holandeses y así se iniciaba el proceso ruinoso para los lusitanos, mediante el
cual ellos, esto es, la corona, sostenía el gasto ocasionado por las armadas, las
fortalezas que se fueron creando en la ruta y las ciudades en Asia, pero el
provecho iba a dar, casi íntegramente, a Amberes. Los artículos que se
llevaban al Asia para el comercio eran, en su mayor parte, manufacturas
holandesas o inglesas y alemanas y poco a poco Amsterdam se fue
convirtiendo en el verdadero centro de distribución de especias y artículos de
Oriente para toda Europa.
En 1505 el rey de Portugal decidió nombrar un primer virrey de la India y
el nombramiento recayó sobre don Francisco de Almeida, de la más rancia
nobleza lusitana. Almeida no llevaba la intención de conquistar territorios,
sino de afianzar las rutas que llegaban hasta la India, para lo cual tomó
Mozambique y Sofala, donde construyó fortalezas y estableció pacíficamente
una base en Malindo. El zamorín y los comerciantes musulmanes de Calicut
vieron estas actividades portuguesas con temor y resolvieron hacer alianza
con el sultán de Egipto. Las dos flotas se reunieron en la isla de Diu sin que
Almeida se diera cuenta, ocupado como estaba en establecerse en Cochín.
Allí el aventurero de Bolonia, Ludovico Valterna, quien, haciéndose pasar
por musulmán, recorría la India, le dio noticias del peligro en que se hallaba.
De inmediato le ordenó a su hijo don Lorenzo que fuera a destruir la flota del
zamorín, antes de que pudiera reunirse con la egipcia, lo cual realizó
brillantemente. De allí zarpó hacia Gujerat, en busca de la flota de los
mercaderes que, se decía, estaba cerca de Diu. El combate se dio en Chaul,
durante el cual cayó herido de muerte don Lorenzo y su barco quedó en poder
de los musulmanes. Don Francisco se aprestaba a salir a vengar la derrota y la
muerte de su hijo, cuando recibió la noticia de la llegada de don Alfonso de
Albuquerque, quien venía a ocupar su puesto como segundo virrey de la
India. Don Francisco se negó a entregar el mando, hasta que hubiera podido
lavar la afrenta hecha a la marina portuguesa. En 1509 logró encontrar a la
flota aliada de Egipto y Gujerat frente a Diu, donde logró destruirla
completamente. Con esta batalla empezó a declinar definitivamente el
poderío musulmán en el Índico, por lo cual tiene, en la larga lucha entre el
islam y la cristiandad, una importancia semejante a la de Lepanto, en las
costas mediterráneas. Por ella, los egipcios y los turcos perdieron para
siempre el monopolio del comercio de Oriente, sobre todo el de las especias,
y los sultanatos que se extendían desde la India hasta el Pacífico quedaron
desvinculados de su centro mediterráneo. En varias ocasiones el poderío
turco trató de recapturar el océano Índico, pero sus esfuerzos ya fueron
inútiles y todo el sur de Asia fue cayendo en manos de los europeos, no tanto
las tierras y ciudades en sí, como el comercio, que era vital para esos pueblos.
Antes de salir para Portugal, adonde no llegaría, pues la muerte lo
sorprendió en la costa de África, don Francisco de Almeida ordenó a su
segundo, Diego Lopes de Sequeira, que fuera hacia Malaca a explorar las
rutas que llevaban de la India a la Especiería. Sequeira se dejó sorprender por
los musulmanes en Malaca y estuvo a punto de morir con gran parte de sus
hombres, así que se regresó a Cochín con la nueva infausta de otra derrota.
Entre la gente que iba con Sequeira a Malaca se encontraba Fernando de
Magallanes.
Albuquerque resolvió ampliar las medidas políticas de su predecesor y
evitar que una nueva flota musulmana pudiera irrumpir al Índico, ya fuera por
el mar Rojo o por el golfo Pérsico. Para ello conquistó y fortaleció la isla de
Socotra, donde San Francisco Javier encontraría a una olvidada comunidad
cristiana, y Ormuz. Así, las dos entradas al Índico por el norte quedaban
definitivamente selladas. Hecho esto, resolvió buscar una nueva capital para
su virreinato, ya que Cochín, situada en una pequeña isla cerca de la costa, no
tenía las calidades necesarias. Su primera intención fue la de ocupar Calicut
para establecer allí su capital y liquidar, de una vez por todas, la amenaza que
representaba el zamorín. Con el gran mariscal don Fernando Coutinho y las
flotas llamadas De la India y De Portugal atacó la plaza, logrando
desembarcar sin mayores dificultades. Pero al asaltar la fortaleza, las tropas
del zamorín se defendieron con toda bravura, matando en el combate a
Coutinho y a 70 hijosdalgo que lo acompañaban e hiriendo gravemente al
mismo Albuquerque en el cuello y en un brazo. Con esta derrota impensada,
los portugueses comprendieron la imposibilidad de llevar a cabo una
conquista terrestre total y buscaron la manera de establecerse en algún punto
de la costa de la India, donde no tuvieran que combatir.
La ocasión se las dio Tulaji, jefe hindú de Goa, al cederles esta plaza, de
acuerdo con los emperadores vijayanagar. En la larga lucha entre éstos y el
islam, sobre todo el Imperio gujerat, los hindúes vieron en los portugueses, si
no un aliado para sus guerras, sí una posibilidad de abrir rutas de comercio,
por las cuales pudieran recibir tanto armas, como los necesarios caballos de
Arabia. Albuquerque inició este tráfico de inmediato, trayendo a la India
caballos de Ormuz y el emperador vijayanagar, Krishna Deva Raya hizo a los
portugueses nuevas concesiones en Baktal y estableció con ellos relaciones
de amistad, que duraron hasta la ocupación de la India por los ingleses, 230
años más tarde.
Asegurado el océano Índico y establecida la capital en Goa, Albuquerque
volvió su atención a la ruta que llevaba a China y las Molucas, y en ella como
principal ciudad, señora de los estrechos que ligaban el mar de China del sur
con el Índico, estaba Malaca. En 1511 Albuquerque zarpó hacia allá con una
considerable flota. Después de varios asaltos se pudo tomar la ciudad y todos
los musulmanes fueron sacrificados, aunque las personas y bienes de chinos y
siameses fueron respetados cuidadosamente. El prófugo sultán de Malaca,
Mahumud, pidió ayuda al emperador de China, del cual era vasallo, y éste,
Wu Tsung, se concretó a publicar un decreto en el cual demostraba su
desagrado por la intromisión de los occidentales y ordenaba al rey de Siam
que era, en teoría, también su vasallo, que los desalojara de Malaca y los
castigara severamente. El rey de Siam parece haber visto con buenos ojos la
destrucción de Malaca, así que no hizo caso alguno de la orden de su
emperador y estableció relaciones amistosas con los lusitanos,
intercambiándose regalos y embajadas.
El botín logrado por Albuquerque en Malaca fue enorme. Aparte de una
gran cantidad de especias, había barriles de diamantes, rubíes y perlas, fardos
de sedas chinas, porcelanas y un elefante blanco que fue enviado a Portugal y
de allí como regalo al papa en Roma. El papa se regocijó grandemente con el
elefante blanco, hasta que a los pocos días se dio cuenta de que era un regalo
bastante caro de mantener y de que no sabía cómo disponer de él, con lo cual
se acuñó el dicho de “un elefante blanco” para designar algo de gran valor,
pero que de nada sirve.
Los marinos malayos de Malaca le informaron a Albuquerque de la ruta a
las Molucas y envió allá una flota al mando de Antonio de Abreu. Uno de sus
capitanes, Francisco Serrano, llegó hasta Ternate, en las Molucas, y fue el
primer europeo que en un barco europeo navegara las aguas del Pacífico, un
año antes de que las viera Balboa en el Darién. Así, en 13 años, los
portugueses habían logrado dominar las rutas de comercio que se extendían
desde Lisboa hasta el Pacífico en Amboyna. Pero aquí parece terminar ese
rapidísimo empuje de Portugal y el avance toma un ritmo mucho más lento.
Es lógico pensar que era necesario ir consolidando las posiciones y que se
encontraran varias reacciones contrarias, sobre todo en las fuerzas islámicas
que aún eran poderosas en la India. Cuando Albuquerque regresó a Goa, tuvo
que librar varias batallas hasta poder asegurar su capital. También en Malaca
hubo combate en contra del depuesto sultán, quien logró la ayuda de
Constantinopla.
Pero quedaba por darse uno de los pasos capitales, el del gran imperio de
la China. En Malaca había una considerable colonia china de mercaderes, por
los cuales los portugueses se enteraron de la grandeza y la riqueza del
imperio. En 1519 un tal Rafael Pesterello fue en un junco y al año siguiente
otro portugués, Mascarenhas, llegó hasta Cantón y a Chaung Chow y
comerció allí con los chinos. Las noticias de estos dos viajeros hicieron que
el virrey enviara un embajador con cartas del rey de Portugal dirigidas al
emperador Ming. El escogido fue Tomé Pirés quien, bajo la protección de
una pequeña fuerza al mando de Fernando D’Andrade, llegó hasta Cantón y
pidió un salvoconducto para dirigirse a Pekín y entrevistarse con el
emperador Kang Te, permiso que le fue debidamente concedido, después de
las acostumbradas demoras. La corte de Pekín estaba bastante bien enterada
de las actividades de los portugueses, tanto en la India, como en Malaca y
estos informes, generalmente transmitidos por mercaderes islámicos y por el
depuesto sultán de Malaca, no eran favorables para los lusitanos, así que
desde el principio hubo un cierto ambiente de desconfianza. La dinastía
Ming, establecida en 1368, se había impuesto por su espíritu nacionalista, al
derrocar a los mongoles y por su afán de resucitar todos los valores de la
cultura tradicional china. Pero, a pesar de ello, como lo demostraría más
adelante con otros pueblos europeos, no era adversa al comercio con el resto
del mundo, aunque sí celosa de su prestigio y sus derechos. Mientras Pirés
avanzaba lentamente hacia Pekín, Simón D’Andrade, hermano de Fernando,
se aburrió y resolvió volver a la vieja tesis del dominio de los mares para los
portugueses y, dado que los comerciantes de Cantón no querían traficar por
las buenas, resolvió obligarlos por la fuerza. Con una carabela salió al río de
Perlas y se dedicó a la piratería y a saltear los pueblos ribereños. Cuando la
nueva llegó a la corte imperial, se ordenó la expulsión de todos los
portugueses, incluyendo al embajador Pirés, quien fue reducido a prisión, y el
embajador le ordenó a su “vasallo” don Manuel de Portugal que restituyera
Malaca a su legítimo señor, el sultán Mahmud. A pesar de la cólera imperial,
los cantoneses habían probado ya las ventajas que les reportaba el comercio
con los europeos y lo siguieron practicando, especialmente en Chuang Chow
y en Ningpo. Las noticias de China llamaron poderosamente la atención a los
europeos de esos tiempos, sobre todo a los italianos. Andrés Corsalis, en
1515, había dado, en una carta dirigida a Lorenzo de Médicis, las primeras
noticias de los chinos, desde tiempos de Marco Polo: “Son gente de gran
habilidad, y de calidad semejante a la nuestra, pero de aspecto más feo y de
muy pequeños ojos”. Más adelante agrega que los portugueses “pudieron
vender su mercancía con gran provecho y dicen que puede haber tantas
ganancias en llevar especias a China, como a Portugal”.
Y aquí surge una nueva fase de la expansión portuguesa al Asia. Cada día
el tráfico con Europa era más costoso y la compra en Holanda de artículos
europeos de comercio más ruinosa para los lusitanos. Así, buscan éstos
convertirse en comerciantes asiáticos. Ya hemos visto cómo Albuquerque
inicia un comercio de caballos de Ormuz en la India. Asimismo, se inicia un
comercio de especias entre Malaca y las Molucas y los puertos del sur de
China, donde se truecan por sedas y porcelanas, muchas de las cuales no
llegarán a Europa, sino que quedarán en la India y en las mismas Molucas.
Además de las especias, llevan a China bálsamos tropicales, marfil, cuernos
de rinocerontes, nidos de golondrinas y otros muchos productos que sólo
tienen consumo en la extraordinaria cocina del Celeste Imperio. Para llevar a
cabo esta labor tenían varias ventajas: sus barcos eran capaces de transportar
más carga y su artillería los hacía inmunes a los piratas que infestaban las
aguas del Asia del sur y las costas chinas, con lo cual los mismos
comerciantes cantoneses usaban los barcos de Portugal como cargueros de
sus mercancías.
Un barco portugués, a mediados del siglo XVI, ayudó a un almirante chino
a perseguir a los piratas que asolaban la bahía de Hong Kong, y como premio
se autorizó a los lusitanos a establecer un puesto de comercio estable en la
península de Amakau, donde fundaron la Ciudad del Nombre de Dios,
conocida como Macao. De allí extendieron sus rutas de comercio hasta los
puertos del Japón, especialmente Nagasaki, adonde llevaban productos
chinos, en su gran mayoría, a cambio de plata japonesa. Pero ya en estos
“altos barcos de Amacón”, como les llamara el marino inglés Adams, la carga
por lo general pertenecía a chinos y a daimios japoneses o a la Compañía de
Jesús. La corona de Portugal se había convertido en la mayor transportadora
de mercancías de su tiempo, pero los provechos eran exiguos para Portugal y,
poco a poco, se fue iniciando la decadencia lusitana en Asia.
Por otra parte, como veremos adelante, en 1521, con la llegada de los
españoles por la ruta del estrecho de Magallanes al Asia, los portugueses se
enfrentan con un nuevo problema y tienen que reforzar sus posiciones.
Entonces ya no se busca la destrucción del islam, sino la alianza con los
sultanes musulmanes de las Molucas y otros sitios, para poder proseguir el
tráfico. Serrano, en las Molucas, hace un tratado con el sultán de Ternate para
establecer una factoría en esa isla y otra en Halmahera, en las orillas del
Pacífico, y una tercera en Amboyna, sobre el mar de Banda. Así, las rutas
portuguesas en Asia llegaron a extenderse, por un lado, hasta el Japón, y por
el otro, hasta Amboyna, al sur del ecuador. Para toda la parte oriental de Asia,
la ciudad de Malaca era la central, pero ésta a su vez dependía,
administrativamente, del virrey de la India en Goa. La ruta de Malaca a China
iba por la costa anamita hasta Macao y de allí partía hacia el norte, por el
canal de la isla de Taiwán, llamada Formosa por los portugueses, hasta
Nagasaki. La ruta más frecuente hacia las Molucas pasaba por los mares de
Java y de Flores, al sur de Borneo, para llegar así al mar de Banda y al de las
Molucas. Posiblemente el comercio de especias con Cantón abrió una nueva
ruta desde estas islas a la costa china, cruzando por el mar de las Célebes y el
de Sulú, al mar de China. Pero en esta inmensa extensión de rutas, las
posesiones territoriales portuguesas eran ínfimas. Tan sólo el pequeño
enclave de Goa, la fortaleza de Cochín, las de Diu y Socotra con Ormuz en el
océano Índico; Colombo en la isla de Ceilán; Malaca en los estrechos, con un
muy breve territorio, las fortalezas de las Molucas y la ciudad de Macao. El
Imperio portugués, más que un imperio de conquista y ocupación de
territorios, era en Asia, en el siglo XVI, un imperio netamente comercial, de
grandes rutas con factorías colocadas en lugares estratégicos. El imperio
territorial portugués se formará posteriormente en el Brasil, tierra descubierta
por Cabral y que, gracias al Tratado de Tordesillas, quedaba incluida dentro
de la demarcación lusitana y, mucho más tarde, a las costas africanas en
Guinea, Angola y Mozambique.
Pero un imperio de rutas comerciales estaba necesariamente sujeto a
muchos inconvenientes, debidos en gran parte a las enormes distancias, como
la falta de una autoridad central efectiva y, muy pronto, tal vez desde la
ocupación de las Molucas, de un verdadero espíritu nacionalista y de
conquista. Ya hemos visto cómo en 1511 Albuquerque aún alimenta la idea
de destruir el poderío islámico en Asia, como principio de su destrucción en
el Mediterráneo. Poco después, en Ternate, Francisco Serrano no intentará la
guerra contra los mahometanos, sino que hará alianzas con ellos, se quedará a
vivir en el paraíso de las Molucas como consejero de guerra del sultán y
mercader, y se formará un considerable harén. Serrano es el primer beach
comber del Pacífico, el hombre que se deja llevar por la facilidad de la vida,
el gozo de los placeres que se encuentran tan a mano en esos climas
paradisiacos e irá olvidando la gran misión que lanzó a su patria hacia esos
mundos. El comercio crea una enorme riqueza, no ya del rey o del Estado,
sino de comerciantes particulares, hombres no preparados a ese lujo del
Oriente, y Goa se convierte, según el mismo Luíz de Camoens, en una nueva
Babilonia. Otros muchos portugueses, menos afortunados en el legítimo
comercio, se dedican a merodear los mares como piratas o a comerciar por la
fuerza con los señores de la Insulindia y algunos se vuelven en contra del
mismo Portugal, como los que se aliaron con los musulmanes para destruir
Goa en 1514 y que fueron bárbaramente castigados por Albuquerque. Y
como sucede siempre en esos casos, junto a la extrema riqueza de algunos
comerciantes y oficiales reales que reciben abiertamente toda suerte de
cohechos, hay entre los mismos portugueses casos de la más extrema miseria.
Uno de ellos es el del gran Camoens. Otros los encontramos en esos hombres
a los cuales dedicó con tal amor el esfuerzo de su caridad san Francisco
Javier. En los hospitales de Goa, las Molucas, Malaca, Macao, morían a
diario portugueses en la más extrema miseria física y moral. En estas
condiciones sociales, la labor de acercamiento a los pueblos indígenas, así
como la misional, resultaba prácticamente imposible. Es notable observar que
los portugueses permanecieron en las Molucas hasta entrado el siglo XVII,
más de 100 años, y que cuando se retiraron ante el empuje de los holandeses,
sólo había 600 familias cristianas.
Las bulas pontificias obligaban a Portugal, igual que a España, a tratar
por todos los medios la conversión de los naturales a la fe de Cristo. Durante
el primer periodo portugués en Asia, la labor misional necesariamente fue
mínima. La principal idea religiosa era aún la de la guerra de reconquista, o
sea, destruir el poderío del islam y hacer con eso un señalado servicio a la
cristiandad. Una vez establecidas las principales ciudades, la labor religiosa
parece dedicarse casi en exclusiva a los portugueses mismos y el rey don
Manuel ordena la construcción de iglesias en las factorías y enclaves y se
nombran obispos en Goa, Cochín y Malaca. Mediante el Padroado, esto es,
el Real Patronato establecido por la bula de 1514, se dejaba en manos de la
corona de Portugal toda actividad religiosa en los nuevos territorios. Así, el
obispado de Goa se estableció en 1534 y se destruyeron los templos hindúes
que quedaban aún en la ciudad y sus bienes se repartieron entre franciscanos
y dominicos que ya habían establecido conventos, hospitales y escuelas.
Bajo don Juan III cambió la idea misional. En Europa se iniciaba la lucha
de la Contrarreforma y toda la península ibérica se había colocado
resueltamente del lado de Roma. Don Juan pide al papa hombres que vayan
al Oriente a predicar la fe de Cristo y esto lo oyen los miembros de una nueva
orden, la Compañía de Jesús, que Ignacio de Loyola y otros compañeros
trataban de establecer y lograr para ella la aprobación pontificia. Al llamado
espiritual de los papas, envía a dos hombres, a Francisco Javier y Simón
Rodríguez, quien queda en Lisboa. Francisco Javier marcha solo en 1541 y su
increíble caridad se va incendiando conforme se acerca al Oriente y ve el
dolor humano en la costa africana, en Socotra y finalmente en Goa. Cuando
llega allá no toma un palanquín para dirigirse al Palacio Episcopal, sino que a
pie se va al hospital de leprosos, donde se dedica a curar a los enfermos, a
ayudar a bien morir a los moribundos y a enseñar la fe de Cristo.
Su espíritu misional lo lleva a las pesquerías de perlas del sur de Goa,
donde los pescadores viven en condiciones infrahumanas. De allí zarpa a
Malaca, donde trata de convertir nuevamente a los portugueses a una vida
cristiana y entra en contacto con chinos, japoneses y malayos, y viaja a las
Molucas. En todas partes se aloja en los hospitales, donde sirve a los
enfermos, sean quienes fueren. Regresa a Malaca, pasa de nuevo a Goa,
donde funda el Colegio de San Pablo para la preparación de misioneros, y
sale nuevamente hacia el Japón y China. Logra establecerse en Nagasaki e
iniciar la pasmosa conversión de los japoneses; en esa ciudad llega a haber
más de 300 000 cristianos. Pero esto no le basta. Su sueño, como lo será el de
miles de misioneros en el tiempo, es la conversión del Gran Reino de la
China. Sale hacia allá y muere, en una isla desolada en la costa de Kwantung,
mientras esperaba un barco que lo llevara a China, en 1552.
La obra de san Francisco Javier en Asia parece dispersa y estéril.
Quitando el Colegio de San Pablo, nada quedó de sus fundaciones, y Japón, a
principios del siglo XVII, destruyó todo lo que quedaba de cristianismo en
esas islas. Como misionero, en un sentido moderno, da la impresión de ser
inestable y hasta inconstante. No se detiene a estudiar la realidad de los
pueblos no cristianos; apenas conoce los idiomas en que ha de predicar;
permanece poco tiempo en cada sitio y parece saltar a cada nueva
oportunidad hacia un nuevo horizonte, sin haber afianzado lo anteriormente
emprendido. Todo eso puede ser cierto. Pero también es cierto que ningún
hombre, en la historia del cristianismo en Oriente, ha dejado una huella tal de
su paso. El ardor de su caridad, su increíble entrega a todo lo que era el bien,
la ayuda, el consuelo, forjaron una leyenda que los siglos, las nuevas
doctrinas, las guerras, no han podido destruir. El mundo oriental vio en él al
modelo perfecto del hombre cristiano y creyó en él, porque para él no había
distingos de razas, de colores, de lenguas. Tanto en la India como en el Asia
sudoriental y, posteriormente, en China, abrió el camino para que los jesuitas
pudieran establecer sus grandes centros misionales. Si éstos no dieron los
frutos que se esperaba de ellos, no se debe ciertamente a que Francisco Javier
no supo organizar, sino más bien a que, con la organización, se perdió esa
llama incontrolable de la caridad.
De san Francisco Javier en adelante, fueron los jesuitas quienes se
encargaron con más ahínco de la labor misional en el Asia portuguesa y en
China. Aunque fuera del ámbito de este libro, hay que recordar a hombres
como el padre Ricci, que logra penetrar a China hasta Pekín y colocarse en la
corte imperial, gracias a sus extraordinarios conocimientos de la filosofía
confuciana y de la matemática occidental. O el padre Roberto de Nobili, que
hace otro tanto en la India, con la filosofía brahamánica. Gracias a la labor de
ambos, se establecen los tan discutidos ritos mandarín y malabar que ofenden
la ortodoxia de los padres dominicos, pero que abren enormes puertas en el
Oriente.
La expansión portuguesa al Asia llenó al mundo de asombro. A pesar de
haber sido opacada rápidamente por la labor española, que hemos de ver
adelante y que fue mucho más estable, la huella de la admiración de la
primacía lusitana, pudiéramos decir, se observa en todos los documentos de
la época, hasta mediados del siglo XVI. Muchos de los marinos que han de
llevar a cabo la expansión de Castilla serán portugueses, empezando por
Fernando de Magallanes, hasta el piloto Juan Fernández o Pedro Fernández
de Quiroz, que han de dejar sus nombres y su fama en la historia del Pacífico
del sur. Asombra de pronto cómo, dado lo escaso de la población de Portugal
en esos siglos y la gran demanda de hombres para sus empresas de
expansión, aún quedaban tantos y tantos que sirvieran a Castilla o que, en la
confusa geografía de Asia, se dedicaran a la piratería o se pusieran al servicio
de los señores locales. Probablemente, entre otras causas, destacan dos para
explicar este fenómeno. Por una parte, desde tiempos del infante don
Enrique, Portugal había preparado una gran cantidad de hombres para el
trabajo del mar, pilotos, maestres de batel, etc., al extremo de que el mar se
había convertido en la primera de las profesiones, como lo era la de las armas
en España o en Francia. Al terminarse la labor de expansión, cuando ya más
que navegantes se requieren administradores y soldados, todos estos hombres
se quedan sin empleo que les sea grato. Por ejemplo, para Magallanes no se
encuentra, en Portugal, una ocupación digna de su categoría. Lógico es que
estos hombres, en una Europa donde aún el nacionalismo surgía apenas,
busquen empleo al servicio de otros reyes que pueden darles las
oportunidades que no encuentran ya en Portugal. Hay que tener en cuenta
que, entonces, eran muchos los europeos que servían banderas que no eran
las suyas. Es curioso observar la gran cantidad de italianos que trabajaban en
otras naciones, sabiendo que la expansión de los países occidentales era
contraria a los intereses de Italia y las ciudades mercantiles del Mediterráneo.
Ya hemos visto, por ejemplo, al genovés Pessanha creando la primera flota
portuguesa o a Cadamosto, el veneciano, al servicio de don Enrique. A fines
de ese siglo encontraremos a la familia Caboto sirviendo a Inglaterra, en la
primera expedición inglesa a las costas americanas, bajo Enrique VII, y a
España, en la exploración del río de la Plata. En todos los relatos de la
conquista de América encontramos constantemente a italianos en toda suerte
de trabajos. Con Magallanes viajará, entre otros, Antonio Pigafetta. España
tendrá como cosmógrafo a Américo Vespucio y es muy probable que
Cristóbal Colón fuera también italiano. Las ciudades mercantiles de Italia, a
fines del siglo XV, pasaban la misma situación que Portugal un poco más
tarde. Habían forjado su economía en el comercio marítimo y, para ello,
habían preparado a toda suerte de hombres, desde cartógrafos hasta marinos
comunes. Con la decadencia del comercio, debido en gran parte a la apertura
de nuevas rutas en el Atlántico, estos hombres quedan sin oficio en su patria
y emigran en busca de señores que les den ocupación estable y honrosa.
Como Portugal, la nación que encabeza la marcha en el mar, tiene también
sus hombres y ya no necesita de los extraños, los marinos de Italia tienen que
buscar acomodo en las cortes de Castilla, Aragón e Inglaterra, donde dejan
una huella permanente. Cierto es que, hasta donde sé, no hay una monografía
completa de esta influencia italiana en el primer siglo de la expansión
occidental, que va desde los marinos y cosmógrafos, hasta los tres pintores
italianos que establecieron la famosa escuela del Cuzco en el Perú, y creo que
valdría la pena de hacerse.
Otra de las razones para la emigración del talento portugués fue el
centralismo de la obra de expansión lusitana, donde todo era labor de la
corona, por lo menos en lo que al Asia se refiere. No hubo en la historia
portuguesa de esos años la idea de la iniciativa privada, que daba empleo a
tantos hombres y adelantaba, sin costo para la corona, los descubrimientos y
poblaciones. Esto aparecerá, por influencia de Castilla, más tarde en el Brasil.
Los hombres que se lanzaban “por su cuenta” en las fronteras de Asia, ya no
trabajaban para Portugal, como lo harán los que dirijan la iniciativa privada
hispánica en América, sino que, por lo general, terminaban en vulgares
piratas o, como ya hemos dicho, tomando servicio con los señores locales y
dedicándose, por cuenta de éstos, a la piratería.
Pero la rápida decadencia portuguesa, más que una decadencia en los
hombres en sí, lo fue en los sistemas y, sobre todo, en la economía. Ya hemos
visto cómo, para poder proseguir su tráfico en el Oriente, Portugal debía
comprar productos manufacturados en Holanda y en Inglaterra o traficar con
artículos de Asia, con lo cual las enormes riquezas acumuladas no llegaban
ya a Lisboa. Asimismo, el dinero para financiar las empresas se conseguía en
las casas bancarias de Holanda. Esto obedecía en gran parte a la expulsión de
los judíos portugueses, decretada por don Manuel el Afortunado, al subir al
trono en 1496, desarticulando así, en forma irremediable, toda la economía de
su reino. Podemos afirmar que para 1520, cuando Castilla empieza a cosechar
los frutos de sus conquistas, con la toma de la ciudad de Tenochtitlán,
Portugal se encuentra ya al borde de la quiebra, la inflación es caótica y el
campesino y el artesano pueden escasamente subsistir, lo cual, como es
lógico, provoca mayores migraciones de talento, no a las factorías de Asia y
de África, que ya no pagan lo esperado, sino a reinos donde hay mejores
posibilidades de medro.
CAPÍTULO IV

Vivan los muy altos e muy poderosos reyes, don Fernando e


doña Juana, reyes de Castilla, de León, de Aragón, etc., en cuyo
nombre e por la Corona real de Castilla, tomo e aprehendo la
posesión real e corporal e actualmente de estos mares e tierras e
costas e islas australes con todos sus anexos, e reinos e
provincias que les pertenecen e pertenecer pueden en cualquier
manera e por cualquier razón e título que sea e ser pueda e del
tiempo pasado e presente e por venir sin contradicción alguna.
VASCO NÚÑEZ DE BALBOA,
29 de septiembre de 1513 en Panamá

El hombre español en 1500. Su formación y su realidad. Colón. Vespucio y


De la Cosa. El fracaso en las Antillas. Balboa y el Mar del Sur. La búsqueda
del estrecho. Solís. Las juntas de Badajoz. Magallanes. La primera
circunnavegación. Loayza y Elcano. El patache Santiago. Saavedra Cerón.
El problema del tornaviaje.

AUNQUE fue Portugal el que abrió, como ya hemos visto, las rutas de la
navegación del mundo al hombre europeo e hizo posible esa expansión que
hubo de llenar la historia hasta nuestros días, durante 250 años fue España el
centro de esa historia y fueron sus hombres los que descubrieron la mayor
parte de las tierras entonces desconocidas, así como las rutas navegables.
Muy pronto, a principios del siglo XVI, sobrepasó a Portugal en la magnitud
de sus empresas de exploración y de conquista; y los esfuerzos de otras
naciones que pretendieron imitarla, como Holanda, Inglaterra y Francia, no
fueron durante todo ese tiempo más que pequeños ensayos de exploración
marítima y tímidas aventuras comerciales, comparadas con la amplitud de las
empresas hispánicas.
Conviene, por lo tanto, detenerse un poco y estudiar lo que era el hombre
español al iniciarse el siglo XVI, durante el cual España se enfrenta al mismo
tiempo a dos situaciones históricas totalmente nuevas para ella. Por un lado
se abre ante sus ojos la posibilidad de un imperio colonial de una magnitud
tal que sobrepasaba todos los sueños de los más audaces conquistadores de la
Antigüedad; se trata de un imperio que abarca la mitad del mundo, de
acuerdo con la bula Inter Caetera y que, en 1580, con la anexión de Portugal,
cubrirá todo el mundo, con la excepción de la Europa no ibérica. Por otro
lado, también por primera vez en su historia, España se ve envuelta en los
asuntos europeos y toma entre sus manos la dirección de la cristiandad. Así,
en Europa, su campo de acción, que jamás había sobrepasado los Pirineos, se
extiende de golpe hasta el Danubio y la frontera turca, y hacia el norte hasta
Flandes y el canal de La Mancha.
El hombre español, sobre todo el castellano, que es quien va a soportar
casi totalmente el peso de esa fenomenal empresa colonizadora, ha vivido
durante casi 800 años al margen de los asuntos europeos. Su único contacto
constante en el exterior ha sido con el papado, pero nunca tan estrecho como
lo fuera el de Francia, el del imperio o el de las ciudades italianas. Así, el
hombre español no interviene en los dos grandes movimientos históricos que
son el fundamento de la Edad Media europea: las cruzadas y la guerra entre el
papado y el imperio. Pero a falta de las grandes cruzadas en Tierra Santa,
España sostiene durante siete siglos lo que pudiéramos llamar su “cruzada
propia” en contra, no tanto del islam en sí, sino de la ocupación islámica de
su territorio. Durante esos 800 años, toda su política cultural y económica se
centra en la esperanza de liberar toda la tierra de la península. Para el hombre
de Castilla, cualquier otra consideración, cualquier otra empresa es
secundaria. La guerra contra el islam se convierte en una verdadera obsesión
que aparece en el fondo de toda actitud castellana, desde el rey don Rodrigo
hasta la caída de Granada. Y, como es natural, esa obsesión de siete siglos
forja el carácter español y, por inercia, seguirá fija en su pensamiento aun
después de la derrota de Boabdil. Las huellas de esa lucha quedarán marcadas
con fuego en su alma, al extremo de que cuando vive la nueva epopeya de la
conquista de un imperio, sigue con su pensamiento nostálgico repasando
todos los episodios de la terminada gesta de la reconquista. Así, los
misioneros de la Nueva España, cuando tratan de enseñar a los indios
conversos danzas que les hagan olvidar las que tuvieron en su “paganía”, les
muestran la de “Moros y cristianos”, que revive los episodios de la guerra de
reconquista, desde Carlomagno y Roldán hasta la toma de Granada. Y los
grandes escritores del Siglo de Oro, que vivían ya la realidad del imperio, no
parecen interesarse mayormente en ello, ni encontrar inspiración en los
hechos prodigiosos de los conquistadores, en el fabuloso develar de nuevas
culturas, sino que siguen con su constante temática extraída de la guerra de
reconquista. No surge entre el pueblo el romancero de la conquista, aunque
sabemos que se escribieron romances, como uno que cita Bernal Díaz del
Castillo: “Mira Cortés de Tacuba…”, pero no permean en el alma española,
que prefiere seguir cantando los romances fronterizos de antaño. Los
portugueses, más alejados de la guerra de reconquista que los españoles, no
padecen esa obsesión nostálgica. Su poeta más grande, uno de los más
extraordinarios del mundo, Camoens, canta casi en exclusiva en Os Lusíadas,
la epopeya de Asia, pero en España, tan sólo Ercilla, en La Araucana
conmemora un pequeño episodio de la gran empresa. Para las gestas de
Cortés, de Pizarro, de Jiménez de Quesada y de tantos otros, no hay grandes
poetas, a pesar de los esfuerzos del buen clérigo Castellanos. Parece como si
el español que ha luchado y ha esperado su liberación durante más de siete
siglos, cuando ésta llega no puede ni creerla ni olvidar los trabajos sufridos y,
como este momento coincide con el descubrimiento de América y la gesta de
la conquista, lleva a cabo estas últimas, pero sigue con el pensamiento puesto
en el tema que ha sido la base de su estructura. Cuando cae Granada, llega
casi al mismo tiempo la noticia del descubrimiento de Colón, pero los poetas,
tanto cultos como populares, no tienen ojos y lenguas más que para la toma
de Granada y llenan la península con esa noticia jubilosa: “Se sueña de
Granada / que es tomada”. Serán extranjeros, como Américo Vespucio,
quienes lleven al resto del mundo las noticias de América.
Una nación como la española, en guerra durante más de siete siglos, tuvo
que forjarse un carácter especial, distinto al del resto de Europa, ocupada en
pequeñas guerras sin continuidad histórica, guerras en las cuales podía existir
siempre la esperanza de una paz concertada. En España, sin la posibilidad de
esa paz hasta no vencer totalmente, la estructura social tuvo que basarse en
dos clases de hombres imprescindibles: el hombre de armas y el clérigo, para
cuyo sostén vivía la nación. El primero era el necesario defensor de la
“marca”, de la frontera siempre cambiante entre los territorios dominados por
los musulmanes y por los cristianos. De allí el título de marqués, tan grato a
la nueva nobleza batalladora de Castilla; de allí los cargos que han de
reaparecer en las Indias, como el de “adelantado”, o sea el que ha avanzando
y ha logrado establecerse en territorio conquistado a los moros, y el de
capitán general, el caudillo que tiene el mando sobre los otros hombres de
armas. Era este tipo de hombre, el guerrero, quien organizaba generalmente
por su cuenta las “entradas” en tierra enemiga, en las cuales se ganaban
villas, castillos, ganado, cautivos y riquezas y, además, se liberaba a los
cristianos que habían sido hechos prisioneros en alguna entrada de moros.
Este constante batallar en la frontera llegó a ser no una manera de vida, sino
la manera de vida de todo hombre de valor. Jorge Manrique, al hablar de su
padre el maestre de Santiago, don Rodrigo Manrique, define perfectamente
este sistema de vida:

Non dejó grandes tesoros,


ni alcanzó muchas riquezas
ni vajillas,
mas hizo guerra a los moros
ganando sus fortalezas
y sus villas;
y en las lides que venció
muchos moros y caballos
se prendieron
y en este oficio ganó
las rentas y los vasallos
que le dieron.

Pero la guerra contra el moro no era sólo una guerra utilitaria, en la que se
ganan honra, territorios y riquezas. Era algo más, era una verdadera cruzada,
una guerra santa, y el hombre de armas español tenía una fe ciega en que al
tomar parte en esa guerra agradaba a su Dios y ganaba el cielo. El mismo
Manrique define este pensamiento:

El vivir que es perdurable


non se gana con estados
mundanales,
ni con vida deleitable
donde moran los pecados
infernales;
mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
y con lloros,
los caballeros famosos
con trabajos y aflicciones
contra moros.

Y así aparece el segundo elemento de la estructura social hispánica y


ocupa su lugar: junto a los “caballeros famosos” están los “buenos
religiosos”. Así como el guerrero conquistaba mediante la fuerza la tierra de
los moros, el clérigo se encargaba de la labor subsecuente de pacificación y
organización política y administrativa. El tercer elemento o columna de esta
estructura, por lo general el más débil, era el rey quien, en teoría, era el
director nato de las empresas bélicas y de la labor pacificadora y
administradora de los clérigos pero que, casi siempre, en lugar de ir a la
cabeza, de dirigir las empresas, iba a la zaga, ya que muchas de las entradas y
conquistas que se hacían, desde los tiempos del Cid Campeador por lo
menos, eran empresas particulares, de la iniciativa privada diríamos hoy, en
las cuales tan sólo intervenía el rey, en forma tardía, para asegurarse parte de
los frutos obtenidos. En estas condiciones es fácil ver por qué la obediencia,
el respeto y la lealtad a la corona no eran características fundamentales en los
hombres de armas. El pueblo había puesto en boca del Cid estos versos:

Por besar mano de reyes


no me tengo por honrado;
porque la besó mi padre
téngome por afrentado.

Y, años más tarde, el labrador de El gran teatro del mundo, de Calderón


de la Barca, exclamará: “Con buen año y sin rey, la pasaremos mejor”. La
alta nobleza de Castilla no tenía empacho en levantar su bandera, por
cualquier pretexto, contra su rey y señor natural e incluso hacer alianzas
momentáneas con moros, aragoneses o portugueses contra la corona. Por su
parte, el rey, desconfiando siempre de la lealtad de sus nobles y sus
guerreros, se apoyaba cada día más en los clérigos y los hombres de letras
quienes por lo general eran también clérigos, y este grupo fue adquiriendo el
verdadero poder político y usándolo, casi siempre, con gran acierto. Un
ejemplo, el más notable de este tipo de hombre de Iglesia, lo encontramos en
el cardenal Cisneros, y lo hemos de ver más tarde, en las Indias, en hombres
como Vasco de Quiroga, Pedro de la Gasca o fray Juan de Zumárraga. Esta
división tan marcada no dará lugar a la formación de una burguesía, como se
estaba forjando en el resto de Europa y que será la modeladora del continente
hasta nuestros días.
Tener un débil sentido de lealtad hacia la corona no quiere decir que el
hombre de armas fuera desleal en principio. Su lealtad se polarizaba, sobre
todo, hacia su comunidad y hacia el concepto que él mismo, en su larga
lucha, se había forjado del cristianismo y de la cristiandad en general.
Pudiéramos decir que era una lealtad a lo castellano y a lo que él consideraba
como bueno y santo. El hombre de Iglesia, por el contrario, preocupado más
que por la fama y la riqueza personales por el poder político y la
estructuración del Estado naciente, dirigía su lealtad hacia la corona y el
papado, como poderes centrales y unitarios de la estructura castellana y de la
cristiandad.
Debajo de la nobleza, del hombre de armas y del clérigo, estaba el pueblo
labrador y artesano, soldado a veces, cuando la ocasión lo requería. Con su
trabajo constante mantenía todo ese enorme esfuerzo bélico y supo extraer
frutos políticos de la situación, colocándose unas veces con los caudillos y
nobles en contra del rey, y otras, del lado del rey en contra de los señores
feudales. De esta forma va adquiriendo sus fueros y libertades, que guarda
celosamente frente a los ataques del rey o de la nobleza. Así, funda sus villas
en las tierras conquistadas, conoce los derechos y deberes que las leyes le
imponen y sabe exigir los primeros y cumplir con los segundos. Se hace
representar en las cortes del reino por sus procuradores, quienes, a principios
del siglo XVI, se convierten en un freno y en moderadores de la corona, al
limitar sus fondos.
Durante el siglo XV esta sociedad hispánica se encuentra aún en un estado
de formación, ya que todo se ha supeditado a la guerra de reconquista. Lo que
ahora es España se divide en tres reinos cristianos, el de Castilla, el de
Aragón y el de Navarra, y uno musulmán, el de Granada, y vive con dos
propósitos fundamentales: uno es la conquista de Granada y el final de la
ocupación musulmana; el otro es la unificación de los reinos cristianos. Este
último se cumple fundamentalmente en 1469, con el matrimonio de Isabel de
Castilla y Fernando de Aragón, ya que en el contrato matrimonial se convino
que el heredero de ambos fuera rey de Castilla y de Aragón y se acuñó la
célebre frase, primer eslogan publicitario en política, de “Tanto monta, monta
tanto, Isabel como Fernando”, para dar a entender que, aun en vida de los dos
monarcas de coronas separadas, ambos tenían ya la misma importancia en los
dos reinos. Esta unión rinde sus primeros frutos con el fin de las rebeliones de
la nobleza y con la toma de Granada en 1492 pero, en un principio, la nueva
fortaleza adquirida por la corona no atenta ni debilita los fueros de la nobleza
y del pueblo.
Esta sociedad, aislada del resto de Europa más por su obsesión de la
reconquista que por los Pirineos, vivía por necesidad encerrada en sí misma.
Su única salida al mundo había sido, en lo que a Castilla se refiere, la
conquista y la colonización de las islas Canarias llevada a cabo por el francés
Juan de Bethencourt en 1402, cuando reinaba en Castilla Enrique III el
Doliente. Los aragoneses y catalanes habían participado en la vida
mediterránea y uno de ellos, el caballero Clavijo, había viajado hasta
Karakorum, en busca del Gran Kan, llevando una embajada del rey de
Aragón. En una sociedad así, sobre todo la castellana, los nexos familiares y
de clan revisten una importancia capital y muchas de las grandes familias sin
títulos, como los Velázquez de León, los Garcilaso de la Vega, los Manrique
y los Guzmán adquieren una fuerza social, económica y política superior en
muchos casos a la de la nobleza titulada e incluso a la de la corona. El Cid era
parte de esa pequeña nobleza, pequeña en sus títulos pero enorme en sus
hechos, y a esa misma pertenecerán muchos de los hombres que forjaron el
imperio ultramarino, como Cortés, Jiménez de Quesada, Hurtado de
Mendoza, los Velasco, etc., así como los primeros grandes virreyes que
consolidaron las conquistas y establecieron la vida política del imperio. Su
gran fuerza emanaba sobre todo de su cohesión interna, fundada en vínculos
de familia, muy extendidos por lo general, pero sólidos y basados en un gran
sentido de lealtad y de orgullo por el apellido, a tal grado que preferían su
nombre simple a cualquier título de nobleza con el cual el rey quisiera
premiarlos o cohecharlos. Los grandes títulos de la nobleza hispánica no
están presentes en la conquista; no suenan allí los nombres de Medinaceli,
Medinasidonia, Osuna, Cabra, Carreón, Feria o Alba porque para esas fechas
ya la gran nobleza se había sometido a la corona y, como hemos dicho, la
conquista fue una empresa privada, una empresa de ese hombre español cuya
acción y pensamiento van mucho más lejos que los de la corona. Es
interesante comparar esta clase social con la burguesía de los siglos XVIII y
XIX en Europa, según la define Carlos Marx, y que tenía por principal
cualidad ir siempre adelante del gobierno y no depender de él.
En Portugal, como ya hemos visto, desde el principio de la expansión, la
Casa Real dirige las empresas y las impulsa, todas ellas son organizadas y
financiadas por el rey, tanto las de descubrimiento como las de conquista y de
comercio. En cambio, en Castilla son contadas las empresas pagadas por la
corona en su totalidad y hasta en la primera de Colón vemos que son los
marinos del puerto de Palos los que tienen que poner el dinero y el equipo
faltantes. En muchas de ellas, como la de Hernán Cortés, la corona se entera
de una conquista cuando ésta se ha realizado. Y, al ser la conquista una
empresa privada, sus caudillos serán no los validos y favoritos de los reyes y
de la gran nobleza sino aquellos que están sobre el terreno y demuestran tener
mayores dotes para el mando y la organización. Pueden éstos pertenecer a las
grandes familias o ser hijos bastardos e iletrados, como el caso de Francisco
Pizarro, bajo cuyas banderas militaban hombres que llevaban el apellido de
Garcilaso de la Vega, quienes en España probablemente ni siquiera hubieran
saludado al cuidador de cerdos.
Éstos fueron los hombres españoles que llevaron a cabo la gran empresa
de crear el imperio, una vez que Isabel la Católica le abrió las puertas a la
expansión, con el apoyo que prestara a la empresa colombina. Y desde
entonces la gran reina se da cuenta de que la conquista de las “islas y tierras
allende el Mar Océano” va a convertirse, para el español, en una
prolongación de las guerras de reconquista y fija, con extraordinario genio
previsor, las diferencias fundamentales. La guerra de reconquista se ha hecho
para eso, para recuperar el territorio perdido siete siglos antes y ha sido una
guerra constante contra un enemigo de diferente cultura, religión y lengua,
con el cual no puede haber un tratado permanente de convivencia. Ha sido,
por lo tanto, una guerra a muerte que no va a terminar hasta que el último
musulmán salga de España. Pero en el Nuevo Mundo no se presenta esa
situación y la reina da un paso definitivo al declarar que todos los habitantes
de esas tierras desconocidas, que ni siquiera tienen nombre o pueden ubicarse
en los mapas, son sus vasallos con los mismos derechos que tienen sus
súbditos de Castilla. Por lo tanto, no se trata de una guerra a muerte contra los
“indios” del Nuevo Mundo, sino de una acción de convencimiento, de
acercamiento y de conquista espiritual. Que en la práctica haya resultado así
o no es accidental, pero sí podemos decir que las advertencias de la reina,
sostenidas siempre por la corona, modificaron todo el aspecto de la conquista
del imperio y le dieron esas características únicas.
Pero mientras el castellano se encuentra ocupado en crear un imperio
allende los mares, su estructura social se modifica fundamentalmente en
España. El 1520, un año antes de que Cortés tome la ciudad de Tenochtitlán,
y cuando ya Magallanes navega hacia el oriente, los ejércitos del emperador
Carlos V derrotan en Villalar a los comuneros. En esta derrota, en muchos
aspectos trágica para el pueblo, se modifica no sólo el curso de la historia,
sino la mentalidad misma del hombre español. Se abre allí la puerta al
absolutismo que va a culminar con Felipe II y con el necesario y desastroso
centralismo de la administración imperial. Porque en Villalar no luchan tan
sólo las ciudades y la nobleza por sus antiguos fueros, sino que aparece,
importada por Carlos V y sus consejeros flamencos, alemanes y franceses,
una idea de Estado que es nueva en España: la de la completa e indiscutible
autoridad del rey que gobierna por la gracia de Dios. Es extraño que el
hombre español haya aceptado esta teoría del Estado, pero hay que tomar en
cuenta varios factores. Por una parte, el español entraba en contacto, a través
del imperio, con la vida y la cultura de Europa, donde empezaba a cimentarse
el movimiento absolutista de los reyes. Por la otra, el español se encontraba,
indudablemente, en un estado caótico de pensamiento. Demasiadas cosas
sucedían con excesiva rapidez, para que pudiera asimilarlas en su integridad y
adaptarlas a sus estructuras tradicionales. Terminaba para siempre, en
Granada, la obsesión de la reconquista; se descubría todo un mundo que era
necesario asimilar a la vida cristiana y política de España y, a la vez, España
se convertía en la cabeza de Europa y el rey Carlos se coronaba Emperador
del Sacro Imperio Romano. Y todo esto sucedía en menos de tres décadas.
Un hombre que a los 20 años hubiera luchado en Granada como si fuera la
última frontera, a los 50 podía estar guerreando en México, en las Molucas o
en la marca del Danubio. Era lógico también que el brillo del imperio
deslumbrara al español acostumbrado a la estrechez castellana y que se
entregara, por lo tanto, en cuerpo y alma a la creación de esa grandeza nunca
soñada antes, olvidando sus fueros y conquistas personales. Hernán Cortés,
un español típico del momento imperial, siente hasta lo más profundo esa
idea y está dispuesto a sacrificarlo todo por ella, ya sea organizando y
financiando ejércitos para más conquistas en el Mar del Sur o siguiendo al
emperador en el desastre de Argel. Y para el hombre medio, para el
comerciante de las ciudades, el asombro debe haber sido igual. En 1490
apenas si se atrevía a concurrir a la feria de Medina del Campo y en 1525 es
muy posible que tuviera intereses desde las Molucas hasta Amberes y de la
Coruña a Panamá.
También las ideas filosóficas básicas del español, como el concepto
geográfico, sufrían cambios fundamentales. Muchos factores contribuían a
ello, desde el agotamiento de las fuerzas pontificias e imperiales que llevaban
a una paz inestable lograda tan sólo por ese agotamiento, hasta la invención
del tipo móvil para la imprenta y la consecuente difusión de libros y de ideas
a la cual cooperaron de manera importante las universidades. El
Renacimiento italiano se extendía al mundo europeo con la libertad de sus
formas y la amplitud de sus humanidades, y el español que viaja por toda
Italia como soldado imperial lo absorbe, pero no será este Renacimiento el
que lo afecte: tiene demasiado de pagano y de sensual para que pueda mover
el alma de un pueblo que ha dedicado siete siglos de su historia a una guerra
religiosa. No quiere decir esto que el español fuera ajeno al Renacimiento; lo
admiraba, trataba de imitarlo en muchos aspectos, pero tomaba de él lo
formal y rara vez lo fundamental. Garcilaso y Boscán adaptaron al castellano
la métrica italiana; otros pretendieron introducir la novela y allí, con mayor
claridad, se observa cómo el Renacimiento de Italia se modifica en España:
una historia italiana, como Romeo y Julieta, se convierte en La Celestina.
Cervantes, que tanto había vivido en Italia y tanto la admiraba, al escribir sus
novelas, “por do la lengua castellana puede mostrar con propiedad un
desatino”, toma la forma de Bocaccio, pero el fondo del romancero y de la
picaresca tradicional.
En cambio, el pensamiento humanista del norte de Europa, encabezado
por Erasmo de Rotterdam y santo Tomás Moro y llevado a España primero
por Vives y Valdés, penetra profundamente en el espíritu. La obra de
Bataillon Erasmo y España nos hace ver la extraordinaria importancia que el
pensamiento humanista tuvo en las universidades, en los conventos y en la
vida política. En las letras afecta, aparte de Vives y Valdés, a fray Luis de
León, santa Teresa y san Juan de la Cruz, por citar sólo a algunos. En los
conventos provoca la reforma de las órdenes y tal vez, con mayor fuerza que
la Inquisición, aleja de España la penetración de la Reforma protestante. Era
lógico que este pensamiento humanista, cargado de la trascendencia del
hombre y su posibilidad de obrar, embonara mejor con el espíritu español,
individualista y místico, que con el germánico, forjado en la disciplina
imperial. Y ese humanismo pasa a las Indias, ya que entre los primeros
hombres de la conquista es notabilísima su influencia. Se destaca con mayor
fuerza entre los letrados, como don Vasco de Quiroga, que llevaba en su
escasa biblioteca las obras de Erasmo y de Moro; pero también se encuentra
en el clero, sobre todo en el regular y hasta en los hombres de armas. Es
indudable que el pensamiento político de Cortés está influido por el
humanismo. Y será ese mismo pensamiento el que provoque las grandes
disputas filosóficas y jurídicas que iniciara Las Casas y que prosiguieran
Motolinía, Sepúlveda y Palacios Rubio, hasta llegar al claro pensamiento de
fray Francisco de Vitoria y del jesuita Suárez.
Para mediados del siglo XVI, la Reforma protestante y la Contrarreforma
ya han considerado sospechoso al humanismo, que ambas combaten. Y con el
Concilio de Trento se implanta una nueva norma en la vida religiosa de tan
graves consecuencias para el hombre español, sobre todo en el Nuevo
Mundo, como lo fuera en un sentido social y político la derrota de Villalar.
Las conclusiones de Trento, que pudieron servir en Europa para contener la
expansión del protestantismo, rompen en América el espíritu mismo de la
gran obra que se estaba forjando en los conventos y en las sedes de gobierno.
Se acaba el arranque misional, lleno de entusiasmos, que tan grandes frutos
había dado en los primeros años de la conquista espiritual y que había hecho
surgir a hombres como Motolinía, fray Juan de San Miguel, fray Pedro de
Gante, fray Jacobo Daciano o san Francisco Solano. Es muy posible que
fuera verdadera, hasta cierto punto, la acusación que se les hacía en el sentido
de que los indios bautizados en tales cantidades por ellos, no estuvieran muy
fuertes en teología; pero tampoco lo estaban la mayoría de los españoles de
aquel tiempo. Si entre los indios subsistían abusiones, supersticiones y
brujerías, aun después de bautizados, también las había entre los españoles y
no sólo entre los soldados más burdos, sino entre personas principales y hasta
priores de conventos. Los primeros misioneros, al bautizar a los indios, no
pensaban en crear teólogos sino, con la ayuda de Dios, colmar hasta donde
fuera posible el abismo que había entre las dos razas, entre las dos
concepciones del universo y del hombre, para poner un cimiento de lo que
habría de ser andando el tiempo —y eso lo veían muy claro— un solo pueblo
y una sola raza.
Trento, al reglamentar la vida religiosa hasta en sus más ínfimos detalles,
al querer salvar sobre todo la ortodoxia, rompe con el espíritu. El clero
regular se ve obligado a encerrarse en sus conventos, donde puede gozar de
sus riquezas, y el indio será ya, para siempre, un semirracional y un
semicristiano. Se prohíbe en forma terminante el estudio de las
“antigüedades” de los indios y se les rompe su historia. Llega el momento en
que importa más ser de perfecta ortodoxia que de perfecta caridad y esa
perfecta ortodoxia se convierte en el fin, no tan sólo de la religión, sino de la
vida misma del español. Así, el mundo hispánico se llena de miedo ante todo
lo que pueda ser extraño y, por lo tanto, sospechoso, ya sea que provenga del
mundo indígena que convive con él, o del mundo exterior. Y el español,
encerrado en sí mismo, dominado por el temor sacro de un rey casi divino y
de la ortodoxia, ya sin caridad, entra en la larga noche de su decadencia.
Ya hemos visto que el español ha sido, durante siete siglos, un pueblo de
frontera, no sólo entre dos naciones, sino entre dos culturas, dos religiones
antagónicas y dos maneras de concebir la vida. En esa situación, ha
aprendido muchas cosas que el resto de Europa ignora y una de ellas es que la
“marca”, la frontera, no es sólo una línea divisoria que separa, sino un sitio de
reunión y de intercambio. En la frontera el mestizaje es inevitable y si bien al
principio ambos lados tratan de rehuirlo, acaban por aceptarlo y, finalmente,
por considerarlo como necesario. Y esto no se refiere sólo a un mestizaje
físico que en el fondo reviste poca importancia, sino a un mestizaje cultural.
Así, mientras en Europa, aislada de la gran influencia islámica, se van
gestando los nacionalismos y los prejuicios raciales, en España se capta la
necesidad de tratar de comprender y aceptar a los otros pueblos y de tomar de
ellos lo que de bueno tengan, en cultura, en palabras, en sistemas de gobierno
y en maneras de vida. Esta aceptación tradicional del mestizaje le da a las
conquistas hispánicas ese sello especial que no tienen las de los otros pueblos
europeos, ni siquiera el portugués, y que provoca y encauza el mestizaje. Así,
el conquistador, ante todo, busca la convivencia con el indígena. Cortés dice
en su quinta carta de relación: “Como a mí me convenga buscar toda la buena
orden que sea posible para que estas tierras se pueblen, y los españoles
pobladores y los naturales de ellas se conserven y perpetúen, y nuestra santa
fe en todo se arraigue…” Éste es el pensamiento fundamental, que ha de
imponerse sobre los abusos cometidos en los principios, tanto por maldad
como por ignorancia, y este pensamiento, que ya vemos surge desde Isabel la
Católica, se origina indudablemente en esa aceptación del mestizaje que ha
logrado el español en su guerra fronteriza de siete siglos. Y debido a este
pensamiento se puede elevar tal clamor por la “destrucción de las Indias”,
cosa que en otros pueblos europeos hubiera pasado inadvertida. Pero el
rompimiento de la estructura española, que situamos en Villalar y en Trento,
acaba por destruir también en él el sentido del verdadero mestizaje, para crear
en el imperio una aristocracia criolla, rica, altiva y, como se ha dicho con
justicia, sin pasado, sin presente y sin futuro. En ese momento, el hombre
español deja de ser una parte integral de América y de sus conquistas, para
convertirse en el “peninsular”, esto es, en el europeo, en el extranjero.
El viaje de Cristóbal Colón, bajo el patrocinio de la corona de Castilla,
tenía el mismo objetivo fundamental que las empresas organizadas por
Enrique el Navegante, esto es, llegar por vía marítima hasta las islas
productoras de las especias y a las fabulosas Catay y Cipango y atacar al
islam por la retaguardia. Colón, a su regreso, estaba convencido de que había
descubierto esa nueva ruta y que las Antillas eran Cipango o, por lo menos,
estaban cerca de él.
Pero los geógrafos españoles e italianos Juan de la Cosa y Américo
Vespucio advirtieron pronto que Colón no había llegado a las costas de Asia,
sino a un impensado continente al cual, después de realizar cuatro viajes de
exploración, Vespucio llamó Mundus Novus y que otros nombraron Tierra de
la Santa Cruz. También pudo Vespucio, por medios astronómicos, medir la
longitud de un sitio de la costa de esa tierra, el cabo de la Vela, y así fijar la
costa americana en el planisferio. Entonces los geógrafos se dieron cuenta de
que era necesario que hubiera otro mar entre ese Mundus Novus descubierto
por Colón y las costas asiáticas, o sea el mar que había visto Marco Polo en
China. En el globo de Benhaim, de 1492, que resume el conocimiento
geográfico hasta antes del descubrimiento de América, aparece sólo una isla
entre Europa y Cipango, pero conociendo más o menos la medida del
ecuador, era imposible que la tierra de Colón fuera Cipango, y al fijarla
Vespucio en el mapa, cambia el concepto de la cartografía. El primero en
trazar un mapa completo es Juan de la Cosa. Lo sigue Johann Ruysch, con su
mapa de 1508, en el cual América aparece como una gran isla, con algunas
otras más pequeñas al norte, como La Española y Dominica. En los mapas de
1511, América sigue siendo una isla, pero ya va cobrando su forma y en el
Ptolomeo de 1513 la costa americana limita completamente el océano
Atlántico, dividiéndole del mar que baña las costas asiáticas, al cual acababan
de llegar los portugueses. Este conocimiento de las costas americanas en el
Atlántico se debe a una serie de viajes, algunos autorizados por la corona,
otros sin llenar ese requisito y a pesar de las protestas del Gran Almirante que
alegaba tener el monopolio de los viajes. Entre ellos hay que tomar en cuenta
los de Juan de la Cosa, Ojeda, Vespucio, Solís, Rodrigo de Bastidas y Guerra,
junto con los Pinzones. Todos ellos, al ir delineando la costa de América,
posiblemente desde el río de la Plata hasta el golfo de México, ya que es
probable que Vespucio estuviera en el golfo de México, se van dando cuenta
de que si han de pasar al Oriente y a la Especiería y Catay, tienen que
encontrar ese mar intuido y no visto.
Los primeros establecimientos españoles en Tierra Firme fueron
fracasando el uno tras del otro, y las villas que se fundaban, casi todas ellas
en las costas de Castilla del Oro y de Urabá, en los actuales Colombia y
Panamá, se despoblaban constantemente. Alonso de Ojeda trató de
establecerse cerca del lago de Maracaibo y fracasó. Más tarde, asociado al
cosmógrafo Juan de la Cosa, quien murió de un flechazo envenenado, se
estableció en la actual Cartagena de Indias, de donde pasó a Urabá. Allí, mal
herido y enfermo, resolvió pasar a La Española en busca de refuerzos y dejó
como su lugarteniente a un soldado llamado Francisco Pizarro. La empresa
de Diego de Nicuesa en Veragua había fracasado también, después de las ya
típicas escenas de hambre, enfermedades, desencantos y guerras de indios.
Los sobrevivientes resolvieron unirse a la gente que dejara Ojeda,
aprovechando un navío que había traído Diego de Colmenares y allí los
encontró Martín Fernández de Enciso, quien, junto con los socorros, llevaba a
un soldado llamado Vasco Núñez de Balboa, colono fracasado y prófugo de
sus acreedores, quien ya había recorrido esas costas en la armada de Rodrigo
de Bastidas. Pronto Balboa demostró que era el único soldado capaz de llevar
a cabo la empresa y salvar a la gente que estaba desesperada. Con maña
convenció a los hombres, tanto a los del bachiller Enciso como a los de
Nicuesa, que les quitaran el mando por no ser aptos, y se lo dieran a él. El
hecho de que todos los hombres hayan aceptado demuestra una vez más ese
sentido del conquistador español, acostumbrado en los momentos de peligro a
elegir al caudillo que más le convenga o que mayores garantías le dé de
llevarlo al triunfo. Nicuesa y algunos hombres leales fueron embarcados en
un mal batel y nunca se volvió a saber de ellos, mientras Enciso pasaba a
Santo Domingo. Ya como jefe absoluto, Balboa se dedicó a dar vida a la
agonizante colonia, a tratar alianzas con los caciques indios de las cercanías y
a asegurar los mantenimientos, sin olvidar las dos labores fundamentales de
todo conquistador que quisiera agradar a la corona de Castilla: reunir todo el
oro posible y cuanto informe geográfico pudiera ser útil. Como capitán electo
por los soldados, sin autorización de la corona y esperando, día a día, la
reacción de Nicuesa y del bachiller Enciso en su contra, sabía que sólo un
gran éxito económico o un descubrimiento de gran importancia podrían
salvarlo.
Entre los informes que recaba de los indios, hechos ya sus amigos, hay
uno que se repite constantemente y que afirman todos los caciques: a poca
distancia de la villa de Santa María la Antigua, donde están poblados, hay
otro mar que no es el Caribe o Mar del Norte. Balboa piensa que bien puede
tratarse de ese mar intuido por los geógrafos y que su descubrimiento, por sí
solo, le garantizará el reconocimiento de la corona.
El 15 de septiembre de 1513, con 190 españoles y 600 indios amigos,
zarpa la expedición por mar, siguiendo la costa con rumbo a Acla, y de allí,
guiados por el cacique Careta, se adentran en la tierra por unas serranías
bajas, pero cubiertas de vegetación, que hacen la marcha en extremo difícil.
Por fin, el día 25, desde la cumbre de un cerro, vieron frente a ellos el Mar
del Sur, llamado así para diferenciarlo del Caribe o del Atlántico que, en
Panamá, queda al norte. El día 29 llegaron al golfo de San Miguel y pudieron
tocar las aguas del Pacífico. Balboa entró al mar, la espada en alto, golpeó las
olas con ella y tomó posesión de todo ese mar, islas y tierras allende el mar
en nombre de doña Juana y don Fernando, reyes de Castilla y de Aragón.
Luego levantó un acta, tanto del descubrimiento como de la toma de
posesión, que firmaron 67 compañeros suyos, entre los cuales se encontraba
Francisco Pizarro quien, por primera vez, se veía frente a ese mar que habría
de ser, 20 años más tarde, campo de sus hazañas y origen de su gloria y
fortuna.
Cuando la noticia del descubrimiento llegó a España, ya las quejas del
bachiller Enciso habían rendido su fruto y estaba lista para zarpar de Sevilla
“la lucida expedición” al mando de Pedrarias Dávila. La noticia del
descubrimiento hecho por Balboa hizo que más gente aún se uniera a la
nueva empresa y así, cuando salió, llevaba 1 500 hombres a bordo, “la más
lucida gente que de España ha salido”, como diría Pascual de Andagoya en su
memorial. Como a Pedrarias en sus capitulaciones se le había concedido ya el
título de gobernador, a Vasco Núñez de Balboa se le dio el de adelantado del
Mar del Sur y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba.
Balboa, en carta dirigida al rey el 20 de enero de 1513, pedía: “lo
principal es menester que vengan mil hombres de los de la isla Española,
porque los que agora vinieren de Castilla no valdrían mucho fasta que se
ficieren a la tierra, porque al presente ellos se perderían y los que acá estamos
con ellos”. La gente que traía Pedrarias era nueva en los trabajos de las Indias
y el resultado fue exactamente el previsto por Balboa. Andagoya informa al
rey: “Comienza a caer la gente mala en tanta manera, que unos no podían
curar a otros y ansí en un mes murieron setecientos hombres de hambre y de
enfermedad de modorra”. La dualidad del mando entre Pedrarias, nuevo en la
tierra, y Balboa dificultaba la administración conveniente de los pocos
elementos que había, y Balboa, al darse cuenta del desastre que se avecinaba,
envió a las islas a Francisco de Garavito para que le trajera bastimentos para
su gente. Cuando regresó la nave, Pedrarias lo supo y la mandó apresar, junto
con Balboa, a quien tuvo en su casa, encerrado en una jaula en el patio.
Intervinieron algunas personas para hacer las paces entre los dos caudillos y
Pedrarias, temeroso de que la gente se levantara en favor de Balboa y de las
repercusiones que el asunto pudiera tener en la corte, hizo un pacto con él,
mediante el cual Balboa pasaría a la banda del Pacífico, donde se ocuparía en
la exploración de la costa. Además, para cimentar la alianza, Balboa se
casaría con una hija de Pedrarias, que había quedado en España. Con esto
Balboa salió libre y se marchó al río de Balsas a vigilar la construcción de
unos navíos, con los cuales pensaba explorar rumbo al sur donde, según el
dicho de algunos caciques, había tanto oro que nadie hacía aprecio de él. Se
ha dicho siempre que esa nación llena de oro era el Imperio incaico, pero a la
luz de la evidencia histórica parece seguro que los caciques panameños se
referían a los chibchas y miuscas de Colombia, grandes trabajadores de oro y
entre quienes habría de nacer el mito de El Dorado.
Libre ya de la presencia de Balboa, Pedrarias envió a varios de sus
capitanes a explorar la tierra, tanto hacia el norte como hacia el sur. Esto dio
origen a quejas de Balboa ante el rey, en las cuales acusaba a esos capitanes
de toda suerte de atropellos en contra de los indios a quienes él había
pacificado, pero Fernando, que nunca tuvo mucha confianza en el aventurero
Balboa, se puso ahora resueltamente del lado de Pedrarias y mandó órdenes
de que se aprehendiera a Balboa y una carta en la cual lo reprendía con rigor
con la orden de que dicha carta no se le entregara hasta que se “le tenga a
recabdo”. Para colmo de males, los dos barcos construidos por Balboa no
sirvieron, porque los carpinteros de ribera ignoraban la calidad de las maderas
y escogieron unas que no resistían el agua de mar, con lo cual no pudo, en el
plazo fijado de un año y medio, iniciar las exploraciones a las cuales se había
comprometido. Por otra parte, algunos de los capitanes enviados por
Pedrarias a descubrir, sufrieron algunas derrotas a manos de los indios, de las
cuales el gobernador culpó también a Balboa. Asegurado Pedrarias por la
carta del rey, no dudó más y mandó a algunos soldados, con Francisco
Pizarro a la cabeza, a que aprehendieran a Balboa y lo llevaran a Acla. Allí
Pedrarias no quiso intervenir en el juicio, ya que se trataba de su yerno y
nombró como juez a un licenciado Espinosa. Después de un juicio muy
breve, Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Mar del Sur, gobernador y
adelantado de Panamá y Coiba, fue condenado a muerte y degollado en la
plaza de Acla, el mes de enero de 1517.
Con Balboa terminaba una etapa en la conquista de América por los
españoles. No fue sólo el descubridor del Mar del Sur, sino el primero que
logró una franca cooperación con los caciques indios y, gracias a ella,
establecerse en la tierra, lección que unos cuantos años más tarde habría de
seguir y ampliar Hernán Cortés en la conquista de la Nueva España. Se
pudiera afirmar que Balboa fue el primer conquistador español y el primero
entre los que modificaron los sistemas de conquista, como se había llevado a
cabo en las islas del Caribe y en Tierra Firme, para sentar las bases de los
sistemas que habrían, un poco más tarde, de hacer posible la ocupación y
pacificación de todo el continente.
A la muerte de Balboa, Pedrarias trasladó su capital a Panamá, en las
costas del Pacífico, siendo ésta la primera ciudad hispánica sobre dicho mar.
La ciudad, al fundarse, tenía 400 vecinos, entre los cuales se distribuyeron
solares. De allí se enviaron exploraciones por mar y tierra. El licenciado
Espinosa reconoció la costa hacia el norte hasta Nicaragua. Ese mismo año
llegó a Panamá Gil González de Ávila, quien había hecho capitulaciones con
la corona para explorar esa misma costa, y con Francisco Hernández de
Córdoba llevaron las exploraciones hasta el golfo de Fonseca, bautizado así
en honor a don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y presidente
del Consejo de Indias.
Pero a pesar del oro que había llegado del Darién, para Fernando de
Aragón (regente de Castilla en la minoría de don Carlos y la locura de doña
Juana) ese Nuevo Mundo era, más que otra cosa, un estorbo para lo que él
consideraba lo más importante: el comercio con las especias. Mientras a
Castilla la conquista de las islas del Caribe le costaban dinero, hombres,
barcos y esfuerzos, con muy escaso rendimiento, Portugal se enriquecía a
ojos vistas con el comercio del Oriente, y Lisboa se había convertido, en esos
primeros años del tráfico, en la ciudad más rica del mundo europeo,
sobrepasando con mucho a Venecia. Llevado por este ejemplo, don Fernando
resuelve mover cielo y tierra con tal de poder llegar hasta esas islas
prodigiosas y en 1508 ordenó una reunión de pilotos, los mejores de su reino,
en Burgos. Estuvieron presentes Juan de la Cosa, Américo Vespucio, Juan
Díaz de Solís y Pinzón, a quienes se pidió que vieran la manera por la cual se
pudiera pasar al mar de Catay, ya fuera por el norte o por el sur de esa
molesta tierra de la Santa Cruz. Los miembros de la junta revisaron todas las
navegaciones que se habían hecho en las costas y después de largas
discusiones no encontraron mejor arbitrio que recomendar la colonización de
la América Central, en Castilla del Oro, hacia donde y hacia su muerte salió
Juan de la Cosa.
La verdad era que Castilla no había tenido a un genio como don Enrique
el Navegante que la preparara, con 80 años de anticipación, para la empresa
colonial y le adiestrara un elemento humano suficiente, tanto para las
empresas en sí como para su preparación adecuada en España. Ahora los
castellanos tenían que aprender sobre la marcha, sacar fruto de los cientos de
errores cometidos, de los miles de desastres, y aprovechar lo que pudieran de
esas experiencias. Pero ese sistema tomaba tiempo y dinero y don Fernando
no era amigo de gastar el uno o perder el otro. Así, las colonias se instalaban
llenas de entusiasmos, por lo general, como hemos visto en el caso de
Pedrarias, con hombres que no estaban preparados para ello, en lugares mal
escogidos o elegidos al azar, ya que no se hacían las necesarias exploraciones
previas. Pronto le llegaba a los colonos el desencanto, y los sueños del oro y
las riquezas sin cuento se trocaban por la mísera realidad del hambre, de las
flechas “enhierbadas” y las enfermedades, de los malos ranchos en medio de
inacabables pantanos; de las escisiones internas y la falta de cumplimiento de
las promesas hechas por los caudillos. Los socorros tardaban en llegar o no
llegaban nunca; los bastimentos eran de ínfima calidad y se echaban a perder,
por lo que, más tarde, el capitán Arellano llamara “constelación de la tierra”.
Y a todo esto se sumaban los trabajos de las entradas y el constante temor de
las emboscadas de los indios. Así fracasaron todas las empresas de la tierra
firme anteriores a la de Balboa y así siguieron fracasando otras muchas, tanto
en las costas sudamericanas, como en el Pánuco y en la Florida. Y por otra
parte, los padres jerónimos de Santo Domingo, así como los dominicos,
dirigidos por el padre Las Casas, empezaban a alzar el grito por las matanzas
insensatas de indios y cargaban la Real Conciencia, haciendo notar al
monarca que en la bula Inter Caetera se le imponía la obligación
principalísima de cristianizar a los naturales de esas tierras, pero que al paso
que iban las cosas, pronto no quedarían indios que cristianizar: los unos
porque morían en las guerras y en los trabajos que les imponían los colonos,
los otros porque no soportaban las enfermedades introducidas por los
europeos y, tal vez los más, porque huían de la cercanía de las villas de los
blancos y se remontaban en sus sierras y “arabucos” para protegerse.
Para don Fernando, el contraste con los éxitos de Portugal era
insoportable, pero no veía toda la realidad. Las empresas de Portugal y las de
Castilla eran completamente distintas. En las primeras, como ya hemos visto,
era la corona la que organizaba todo, pagaba todos los gastos, enviaba los
socorros necesarios y las tropas suficientes, con sueldo fijo, para que
protegieran sus intereses. Y todo eso estaba arruinando a Portugal. Don
Fernando, en cambio, no era amigo de soltar los cordones de la bolsa y
gustaba de las empresas privadas, de las capitulaciones, mediante las cuales
hombres ricos o con posibilidades organizaban por su cuenta las expediciones
y conquistas, garantizando el real tercio de lo que se consiguiera. En las
instrucciones dadas a Juan Díaz de Solís el 24 de noviembre de 1514, se le
ordena: “Habeis de mirar que en esto ha de haber secreto, e que ninguno sepa
que yo mando dar dineros para ello, ni tengo parte en el viaje hasta la
tornada, porque la gente que con vos fuere no se altere en decir que quieren
sueldo ni parte, antes habeis de decir e publicar que vos, e vuestros hermanos,
e gente, a vuestra costa is a aquellas partes bajo de donde está Pedro Arias, e
que yo vos hago merced de la licencia para ello, e de las dichas lombardas e
armas para dicho viaje”. Con este sistema, la corona no se empobrecía, pero
las empresas, indudablemente, se desorganizaban y, en muchos casos, el
empresario se quedaba sin fondos para seguir adelante y mandar socorros,
con lo cual las villas morían de hambre y de abandono. Y pronto, las
principales empresas dejaron de organizarse en España y se formaron en las
mismas Indias, sin participación y conocimiento del rey. Así se hicieron las
conquistas de México, Guatemala, Perú y Cundinamarca.
Tan desesperado se hallaba don Fernando por la falta de utilidades en las
empresas americanas, que el año de 1512 encargó secretamente a Juan Díaz
de Solís que organizara una expedición a las Molucas o a Malaca, siguiendo
la ruta portuguesa del cabo de Buena Esperanza. Según el ministro portugués
en España, Juan Méndez de Vasconcelos, en carta dirigida a su rey desde
Logroño, el 30 de agosto de 1512, Solís opinaba que Malaca estaba tan al
oriente de la India, que quedaba ya dentro de la demarcación de Castilla y
que así lo había afirmado públicamente. Si esto es cierto, bien pudo don
Fernando pensar en organizar una empresa para tomar posesión de lo suyo.
Pero al pretender tomar la ruta por el sur de África, violaba lo pactado con
Portugal y por eso ordenó la expedición con gran secreto. Pero éste no fue
tanto que don Manuel el Afortunado no se enterara y protestara de inmediato,
lo cual bastó para que don Fernando desistiera de la empresa, ya que el violar
abiertamente lo estipulado en el Tratado de Tordesillas lo hubiera indispuesto
con el papado y llevado a una guerra con Portugal. Y en esos días llegó a
Castilla la noticia del descubrimiento del Mar del Sur en Panamá, con lo cual
se empezó a meditar en la posibilidad de hacer naves en esas aguas para
llegar por allí a las Molucas, para lo cual, como ya hemos visto, se capituló
con Gil González de Ávila y con Niño; pero los malos resultados obtenidos
por Balboa con sus naves y por González de Ávila hicieron pensar de nuevo
en la conveniencia de encontrar un estrecho que ligara ambos mares y llevara
directamente de España al Oriente.
Con esa mira, en 1516 salió Juan Díaz de Solís a recorrer las costas
americanas, al sur de las tierras descubiertas por Cabral, con el objeto de ver
si podía llegar a “la espalda de Castilla del Oro”. Las tres carabelas que
formaban la expedición llegaron hasta el río de la Plata que bautizaron con el
nombre de mar Dulce y se internaron por él para explorarlo, en la esperanza
de que fuera el estrecho. Desde una isla pequeña, unos indios charrúas les
hicieron señales, que ellos interpretaron como amistosas, y Díaz de Solís
resolvió desembarcar en uno de los bateles y hablar con ellos. No bien había
tocado tierra con otros ocho hombres, cuando los indios cayeron sobre ellos y
los mataron, menos a uno. Luego, ante la mirada asombrada de sus
compañeros, que veían todo desde los barcos, procedieron a comerse los
cadáveres. Sólo quedó con vida el grumete Martín García, quien años más
tarde sería rescatado por la armada de Sebastián Caboto. Muerto Díaz de
Solís, la flota tomó el camino de regreso, pero una de las carabelas naufragó
en las costas de Brasil y uno de los pocos sobrevivientes, Alejo García, se
quedó a vivir entre los indios, se convirtió en su caudillo de guerra y atravesó
por tierra gran parte del continente, hasta la actual Bolivia, donde murió a
manos de los guaraníes.
El fracaso de la armada de Juan Díaz de Solís fue un golpe duro para las
aspiraciones españolas en las Molucas. Por la experiencia de la empresa
intentada por la ruta de África, se sabía que Portugal habría de oponerse con
todas sus fuerzas y, por más que se exploraban las costas americanas, ya
fuera por el Atlántico o por “la espalda de Castilla del Oro”, no se encontraba
huella alguna de un paso al Mar del Sur. Cierto era que los portugueses
habían violado ya en parte las cláusulas del Tratado de Tordesillas al enviar
en los años 1500 y 1501 a los hermanos Corterreal para que exploraran las
costas de América del Norte en la “tierra de los bacallaos” o sea arriba de los
50°; pero España, muerto Fernando el Católico, bajo la regencia del cardenal
Cisneros, en espera de la llegada del joven monarca Carlos I, no estaba en
condiciones de buscar dificultades con Portugal. Así, se pensó en organizar
una nueva empresa hacia el sur, dirigida por el piloto Esteban Gómez.
En esto se estaba, cuando el 20 de octubre de 1517 llegó a Sevilla el
marino y soldado portugués Fernando de Magallanes, quien ya para entonces
había castellanizado su nombre de Magalhaes, y trabó amistad con un
paisano suyo que había pasado a Castilla desde hacía algunos años y había
progresado notablemente, hasta llegar a ser comendador de la Orden de
Santiago y oficial de la administración de Sevilla. Era éste Diego de Barbosa,
quien en su juventud había estado en la India y, tal vez, en Malaca y, por lo
tanto, tenía amplios puntos de contacto con Magallanes. Es muy posible que
Magallanes y Barbosa se hubieran conocido en Asia, ya que el primero pasó
a la India en la flota de don Francisco de Almeida, en 1505, cuando tenía
unos 25 años de edad. En Asia tomó parte en la batalla naval de Cananore y
luego en el desastre de Lope de Sequeira cuando el primer viaje a Malaca, así
como en la toma de la ciudad por Albuquerque. En estas andanzas había
trabado estrecha amistad con Francisco Serrano, quien le seguirá escribiendo
desde las Molucas, invitándolo a que vaya allá y se haga rico. De Malaca,
Magallanes regresó a Lisboa, con un esclavo malayo bautizado con el
nombre de Enrique y de allí pasó a Marruecos, donde durante el sitio de
Azamor recibió una herida en una pierna, de la cual quedó cojo para toda su
vida. Con todos estos servicios prestados creyó que podría obtener una buena
recompensa de su rey, pero éste, que empezaba a sentir la pobreza en la cual
se iba hundiendo su reino, no estaba dispuesto a repartir recompensas a todos
los hidalgos que regresaran después de haber servido un tiempo en Asia y así
Magallanes, por todo premio, recibió un aumento de medio cruzado al mes en
su “moradía”. Magallanes se sintió ofendido por esta actitud y resolvió
abandonar el servicio de su rey para pasarse a Castilla, donde tenía cosas
importantes que ofrecer. Por las cartas de Serrano, podía afirmar que las islas
Molucas quedaban tan al oriente de la India que ya estaban dentro de la
demarcación de Castilla, como ya lo había afirmado Solís. Por otra parte,
decía haber visto en los archivos portugueses un mapa en el cual se veía
claramente un estrecho al sur de América, que ligaba los dos mares. La
primera de estas premisas resultaba completamente falsa, ya que si la línea de
demarcación se había de trazar a 370 leguas al poniente de las islas de Cabo
Verde, caería cerca del meridiano 45 W de Greenwich y por lo tanto, esa
misma línea en las antípodas, estaría en el meridiano 125 E, con lo cual tanto
las Molucas como las Filipinas y una gran parte de la Nueva Guinea
quedaban incluidas dentro de la demarcación de Portugal. Por lo que se
refiere a la localización del estrecho, es difícil saber exactamente qué es lo
que Magallanes había visto en los archivos portugueses, ya que siempre
guardó celosamente su secreto, como veremos adelante. Tal vez se trataba del
mar Dulce o mar de Solís visitado antes por Vespucio y Solís, lo cual parece
confirmarse por el hecho de que, durante su viaje, perdió un tiempo precioso
en explorar el estuario del Plata. Por otra parte, es posible que en algunos de
los mapas de Martín Benhaim hubiera visto trazos del estrecho mítico de
Amián, que desembocaba al mar de Java y que era, probablemente, una mala
localización del estrecho de Sonda. Pudo Magallanes considerar que la masa
de tierra que limita este estrecho por el oriente, fuera una representación
defectuosa de América. Hay que recordar que aún había dudas acerca de la
medida del ecuador, así que si Magallanes consideraba que las Molucas
quedaban dentro de la demarcación de Castilla, las colocaba mucho más al
oriente, o sea más cerca de las costas americanas. También es posible que en
los archivos portugueses hubiera visto las relaciones de marinos como
Cristóbal Jaques o González Coello, quienes a principios de siglo habían
reconocido la costa, al sur del Brasil, hasta latitudes bastante bajas y que,
posiblemente, hubieran mencionado algunas abras que se pudieran tomar por
el estrecho soñado.
En Lisboa, Magallanes había hecho amistad con el astrónomo y astrólogo
Ruy Faleiro, quien estaba también resentido con el rey don Manuel que lo
consideraba enajenado de sus facultades mentales, por lo cual le había
negado el puesto de astrónomo real. Juntos pensaron ir a Castilla y
pacientemente estudiaron el plan que habrían de presentar a los españoles y
juraron guardar el secreto para siempre. Magallanes fue solo a Sevilla a
iniciar los arreglos con la Casa de Contratación y se alojó en casa de su
paisano Diego de Barbosa y trabó tal amistad con él, que casó con su hija.
Barbosa presentó a su yerno a los oficiales de la Casa de Contratación, que
había sido fundada por Fonseca, para aprender todo lo que se refería al tráfico
de las Indias. Ante los oficiales de esa casa, Magallanes dio a conocer sus
tesis, pero no quiso revelar sus fuentes de información, que eran su secreto y
el de Faleiro, por lo cual la casa desechó la propuesta, pero uno de los
oficiales, Juan de Aranda, se interesó en el asunto y, al parecer, ante él
Magallanes estuvo más explícito, con lo cual provocó una de las muchas
cóleras de Ruy Faleiro cuando éste llegó a Sevilla y se enteró de esas charlas
y creyó que su socio había revelado el secreto.
En 1518 Magallanes, Faleiro y Aranda lograron interesar a algunos de los
miembros del Consejo de Su Majestad y consiguieron una entrevista con el
joven monarca. Lograron también el apoyo económico de Guillermo de Haro,
mercader de Amberes y Lisboa, disgustado también con don Manuel de
Portugal y miembro típico de esa naciente clase de mercaderes
internacionales. El apoyo de Haro, que era conocido de los consejeros
flamencos del rey don Carlos como un comerciante de extraordinaria
habilidad y gran conocedor del tráfico con Asia, fue definitivo para que el rey
aceptara las propuestas de los dos portugueses. Así, el 22 de marzo de 1518,
en Valladolid se firmaron las indispensables capitulaciones por don Carlos y
el secretario Francisco de los Cobos por un lado y por Magallanes y Ruy
Faleiro por el otro. Mediante esas capitulaciones, Magallanes y Faleiro
recibían el nombramiento conjunto de capitanes generales de la armada que
habría de disponerse, además de adelantados y gobernadores de las tierras
que descubrieren y ocuparen. Algunos particulares, como Haro, pondrían
parte de los fondos necesarios a la empresa y llevarían también parte de las
utilidades. El mismo día en que se firmaron las capitulaciones, el rey dio las
órdenes necesarias a los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla para
que organizaran la armada a la brevedad posible.
Pero los burócratas de la casa empezaron a poner toda suerte de
obstáculos, alegando siempre que con esa actitud defendían la hacienda real e
informando al monarca de las sospechas que tenían acerca de la lealtad de los
capitanes generales portugueses hacia Castilla. Por su lado, los agentes
portugueses en Sevilla hacían correr toda clase de rumores contra Magallanes
y Faleiro y hasta tramaron la muerte del primero. Don Álvaro de Acosta,
embajador de Portugal ante don Carlos, llegó hasta el extremo de
entrevistarse con el monarca para hacerle ver que su proyectado matrimonio
con doña Leonor, hermana de don Manuel el Afortunado, podría verse
comprometido si Castilla insistía en la empresa magallánica. A pesar de todas
estas presiones externas e internas, el rey don Carlos sostuvo a Magallanes y
Faleiro y escribió con dureza a los oficiales de la Casa de Contratación para
exigirles que sin excusa ni pretexto cumplieran sus órdenes a la mayor
brevedad. El 30 de marzo de 1519, el rey nombró a varios otros capitanes que
habrían de ir en la armada en diferentes cargos: Luis de Mendoza como
tesorero; Juan de Cartagena, veedor y capitán de una de las naves; Gaspar de
Quesada como capitán de otra de las naves, y Antonio de Coca como
contador. Apenas se supo del nombramiento de estos capitanes españoles,
llegó a Sevilla el agente del rey de Portugal en esa ciudad, Sebastián Álvarez;
se hizo amigo de ellos y les fue insinuando lo poco conveniente que
resultaba, para un caballero español, servir bajo las órdenes de portugueses
que ya habían traicionado a su señor natural. Asimismo, les hizo notar que
Magallanes, ya traidor una vez, podía fácilmente repetir la hazaña y traicionar
al rey de Castilla. Por otra parte, con el ánimo de que la nueva llegara a oídos
de Magallanes, Álvarez hizo correr la voz de que Juan de Cartagena y
Esteban Gómez, quien iba a ser el capitán general de la empresa anterior y
que había sido nombrado piloto de ésta, tenían órdenes secretas del rey para
que, encontrado el estrecho, depusieran del mando a Magallanes y lo mataran
si era necesario. Álvarez informó de todo esto al rey de Portugal y le incitó
para que, con promesas y engaños, lograra que Magallanes pasara a Portugal,
donde se pudiera disponer fácilmente de él. Haber usado el nombre de
Esteban Gómez era lógico, ya que con seguridad estaba resentido con
Magallanes, pues éste le había quitado el mando de la empresa y al ir en ella
ya sólo con el cargo de piloto se podría suponer que llevaba un encargo
especial del rey.
Tantas fueron las intrigas y tantos los rumores, que el rey don Carlos
empezó a tomar precauciones. Por lo pronto trató, sin mayor éxito, de limitar
el número de los portugueses que fueron en la armada, decretando que tan
sólo deberían embarcarse cinco, aparte de Magallanes y Faleiro. Por otra
parte, mandó redactar unas instrucciones detalladísimas, dirigidas tanto a
Magallanes como a Faleiro, acerca de todo lo que debían de hacer y no hacer
durante el viaje. Para complicar más las cosas, pocos días antes de que
zarpara la armada de Sevilla, Ruy Faleiro desistió de ir en ella, alegando que
se había trazado su propio horóscopo y que había visto que moriría en la
empresa. Magallanes veía con buenos ojos que Faleiro se quedara en España,
teóricamente preparando una nueva armada, ya que sin duda se había dado
cuenta de que tenía un carácter muy difícil y estaba mal de la cabeza, pero
nada le complació que el rey nombrara a Juan de Cartagena en lugar de
Faleiro como capitán general y conjuncta persona. Como esto sucedía unos
cuantos días antes de que saliera la armada de Sevilla, las facultades de los
dos capitanes generales no quedaron bien establecidas y es de suponerse que,
desde el principio, Cartagena creyó tener las mismas de Magallanes, pero éste
lo consideraba como su segundo, quien debía obedecerlo sin réplica.
El 10 de agosto de 1519 zarparon de Sevilla las cinco naves que
componían la armada. Eran éstas: la Trinidad de 110 toneles, bajo el mando
directo de Magallanes; la San Antonio bajo el mando de Juan de Cartagena,
con 120 toneles; la Concepción de 90 toneles, llevando a Gaspar de Quesada
como capitán; la Victoria de 85 toneles, con Luis de Mendoza, y la Santiago
de 75 toneles, al mando de Juan Serrano. Iban en ellas 257 personas, con
víveres para dos años y gran cantidad de buhonerías y artículos de rescate, así
como de telas, vestidos y regalos para los reyes y señores que encontraran. Y
también en el ánimo de los capitanes, pilotos y soldados, tanto castellanos
como portugueses, iba plantada la semilla de la desconfianza.
El 20 de septiembre zarparon de San Lúcar de Barrameda y el 26 llegaron
a Tenerife y pararon en el puerto de Monterroso. Allí, los capitanes
españoles, encabezados por Cartagena, le pidieron a Magallanes que les
trazara la ruta que habían de seguir y les señalara los puntos de recalada en
los cuales reunirse en caso de que alguna de las naves se separara de la
armada. Magallanes no quería acceder a ello y les respondió que les bastaba
con seguir a la Trinidad y que, para la navegación en la noche, pondría
siempre un fanal a popa. Insistieron los españoles y, por fin, estuvo de
acuerdo en darles el esquema de la ruta que pensaba seguir hasta las costas
americanas. Zarparon de Monterroso y el 3 de octubre Magallanes,
saliéndose de la ruta trazada, enfiló hacia el sur cerca de la costa africana, en
lugar de al sudoeste. Era obligatorio que cada tarde los barcos se acercaran a
la Trinidad y saludaran al capitán general con la frase: “Dios vos salve, señor
capitán general e maestre e buena compañía”. Al acercarse al saludo, Juan de
Cartagena quiso interrogar a Magallanes acerca del cambio de la ruta, pero
éste se concretó a decir que lo siguieran, con lo cual al día siguiente Juan de
Cartagena, que era persona conjuncta con el capitán general, no salió de su
cámara a la hora del saludo y mandó a un paje que lo diera, omitiendo lo de
“general”. Magallanes se ofendió, pero guardó su ofensa. A los pocos días,
con motivo de juzgar a dos marinos encontrados en acto de sodomía,
Magallanes convocó a todos los capitanes y pilotos para que se reunieran en
la Trinidad. Una vez que los marinos culpables fueron debidamente
condenados a muerte, según era costumbre en las flotas de aquel tiempo, los
capitanes aprovecharon para pedir explicaciones a Magallanes acerca del
cambio de ruta, y Juan de Cartagena, como igual en el mando, llevó la voz
cantante y, al parecer, dijo palabras agrias y puso en duda la lealtad del
capitán general, ya que le parecía que llevarlos tan cerca de las costas
africanas era indicio de que pensaba entregarlos a los portugueses. Ante estas
palabras, Magallanes se puso de pie de un salto, tomó a Cartagena del jubón
y le ordenó que se diera preso por amotinador y apellidando a sus hombres
para que vinieran en su ayuda. Los otros capitanes españoles, sorprendidos
por una acción tan impensada, no acertaron a intervenir y Cartagena fue
depuesto del mando y quedó preso bajo la custodia de Luis de Mendoza, en la
Victoria. El mando de la San Antonio se le dio a Antonio de Coca. Poco
después, mientras hacían aguada en las costas de Brasil, Magallanes destituyó
a Coca y le dio el mando de la San Antonio a su pariente Álvaro de la
Mezquita. No fue sino hasta el 9 de enero, cuando ya estaba muy avanzado el
verano austral, que llegaron al río de la Plata, donde Magallanes ordenó que
se detuvieran y envió a la Santiago a explorar, “por ver si había pasaje”. En
estas exploraciones perdió 20 días, anclado en lo que es ahora Montevideo y
fue hasta el 2 de febrero cuando siguió camino al sur, ciñéndose mucho a la
costa y buscando en todas las abras y bahías la posibilidad de que fueran la
boca del estrecho. Así investigaron, mientras se acercaba más y más el
invierno austral con sus tempestades, la bahía Blanca, San Matías, Patos y la
bahía de Trabajos, con los barcos en constante peligro, debido a los famosos
“pamperos” que, aún ahora, hacen peligrosa la navegación en esas aguas. En
la bahía de los Patos, la Victoria estuvo a punto de perderse en unas rocas
hacia las cuales la arrastraban el viento y la marejada. Por fin el 21 de marzo,
según el diario de navegación del piloto Francisco Albo, llegaron a la bahía
de San Julián, donde Magallanes resolvió pasar el invierno.
Conforme se iba explorando en forma tan minuciosa la costa americana,
los capitanes españoles se alarmaban más y más y hacían toda suerte de
instancias ante Magallanes para que les explicara sus planes de navegación y
les dijera con exactitud dónde pensaba encontrar el estrecho, pero el
portugués se negaba a dar explicación alguna y a todos les contestaba que ése
era su secreto y que a nadie había de confiarlo. Inútil resultó hacerle ver que
ya no había peligro alguno en que lo revelara, ya que se hallaban tan lejos de
Europa que nadie podría utilizarlo, si no eran los que iban en la misma
aventura que él. Tal vez Magallanes recordaba las insinuaciones de Sebastián
Álvarez, el agente de Portugal en Sevilla, y temía que Cartagena y Esteban
Gómez, al conocer su secreto, habían de deponerlo del mando y, tal vez,
matarlo por órdenes del emperador. Pero también es posible que él mismo no
estuviera muy seguro del sitio donde pensaba encontrar el estrecho y esto
parece confirmarse con la minuciosa exploración que iba haciendo de la costa
y con lo asentado por Antonio Pigafetta, que le era tan parcial y amigo, que
habría de seguir hasta los 75° en demanda del estrecho. Por su parte, los
castellanos recordaban también las insinuaciones de Álvarez y renacía en
ellos la desconfianza al extranjero que ya había roto una vez con su señor
natural y que, por lo tanto, era posible que ahora pensara en traicionarlos.
Juan de Cartagena, aunque depuesto del mando de la San Antonio, se sabía
aún nombrado capitán general y conjuncta persona con Magallanes y tenía la
conciencia de que su misión era la de velar por las vidas de los españoles que
iban en la armada y por los barcos y demás bienes de Su Majestad. Además,
como españoles y hombres de mar, especialmente Esteban Gómez, estaban
resentidos de que el extranjero no tomara para nada en cuenta su parecer y ni
siquiera los consultara en los casos graves que se presentaban, sino que los
trataba como servidores sin importancia. Ellos estaban acostumbrados a
tomar sus determinaciones en reunión de capitanes, donde todos se sentían
libres para dar su parecer.
Durante la larga espera en la inhóspita bahía de San Julián, mientras
arreciaban los vientos y el frío, la situación se fue deteriorando y los
capitanes españoles se reunieron para, de una vez por todas, liquidar la
situación y poner a salvo sus vidas, las de sus paisanos y la hacienda real que
consideraban en peligro de perderse. El Domingo de Pascua de Resurrección,
Magallanes los invitó a asistir a una solemne misa que se iba a celebrar en la
playa y luego a un banquete a bordo de la Trinidad, pero los capitanes
españoles no aceptaron y, mientras se celebraban la misa y el banquete,
resolvieron apoderarse, esa misma noche, de la San Antonio y de la persona
de su capitán, Álvaro de la Mezquita, a quien consideraban su enemigo, y así,
dueños de tres barcos, cercar a la Trinidad e intimarle la rendición, para luego
deponer a Magallanes y navegar a la Especiería por el cabo de Buena
Esperanza. A la medianoche pusieron en marcha su plan y lograron apresar a
De la Mezquita y colocar sus tres naves en la boca de la bahía de manera que
la Trinidad no pudiera escapar. Durante toda esta acción el capitán Juan
Serrano y el patache Santiago parecen haber sido neutrales. Al amanecer,
Gaspar de Quesada, que se había erigido como jefe de los amotinados, dirigió
una carta conciliatoria a Magallanes, diciéndole lo que habían hecho y las
razones por las cuales lo habían hecho, y ofreciéndole que si aceptaba sus
consejos y se comportaba más abiertamente con ellos de allí en adelante
podría seguir como capitán general de la armada. Magallanes, en silencio,
leyó la carta y un poco más tarde envió a Gonzalo Gómez de Espinoza con
cinco hombres, a la Victoria, con pretexto de llevar una respuesta, pero con
instrucciones de apresar a Quesada y al capitán Luis de Mendoza. Además
envió otro batel con 15 hombres, para que, en el momento oportuno, fueran
en socorro de Gómez de Espinoza. Se logró el plan y Luis de Mendoza quedó
muerto en la Victoria, de una estocada que le dieron al aprehenderlo. Duarte
Barbosa había venido con los 15 hombres del segundo batel y, con su ayuda,
se pudo sujetar a los demás miembros de la tripulación y mover la nao para
colocarla junto a la Trinidad, con la artillería apuntada hacia la San Antonio y
la Concepción. Serrano, viendo el giro que tomaban las cosas, se puso del
lado de Magallanes. Todo el día estuvieron los barcos así, como si se tratara
de dos flotas enemigas, mientras la San Antonio y la Concepción se
preparaban para zarpar. Al caer la noche intentaron hacerlo, pero Magallanes
les cerró el paso con la Trinidad y, en medio de un tremendo vendaval, la San
Antonio embistió a la Trinidad. Los hombres leales a Magallanes saltaron a
bordo y apresaron a Gaspar de Quesada y a Juan de Cartagena. Al verse sola,
al amanecer, la Concepción se rindió. Magallanes ordenó que se juzgara a los
amotinados, pero temiendo quedarse sin gente bastante para maniobrar las
naves, sólo enjuició a Gaspar de Quesada, a Juan de Cartagena y al clérigo
Sánchez de la Reina, disimulando la actitud que habían tomado otros, como
los pilotos Esteban Gómez y Juan Sebastián Elcano. Álvaro de la Mezquita
fue nombrado juez y, con bastante brevedad, condenó a Gaspar de Quesada a
ser degollado y a Juan de Cartagena y al clérigo a ser abandonados en esas
playas a la partida de la armada.
Durante su estancia en San Julián, los españoles entraron en contacto con
un pequeño grupo de aborígenes de descomunal tamaño, a los cuales
pusieron por nombre “patagones”, de donde la provincia toda vino a llamarse
la Patagonia. Antonio de Pigafetta los describe minuciosamente y cuenta que
los europeos les llegaban apenas a la cintura y que eran de una fuerza
descomunal. Tratando de llevar algunos a España, lograron con mañas
apresar a dos de ellos, pero murieron en la larga travesía del Pacífico, no sin
haber sido antes bautizados y haberle enseñado a Pigafetta muchas palabras
de su vocabulario. Mucho se ha dicho que estos naturales y su descomunal
tamaño eran imaginación de los españoles y de Pigafetta, pero Francis Drake,
cuando 60 años más tarde recala en el mismo sitio, los encuentra de nuevo y
los describe en la misma forma; en los parcos relatos de la empresa de
Loayza se habla de ellos también. Por lo tanto, aunque no quede ahora rastro
alguno de ellos en esa zona, su existencia parece haber sido cierta.
Para ganar tiempo, una vez terminado el motín y nombrados como
capitanes, en lugar de los españoles, Álvaro de la Mezquita y Duarte Barbosa
que eran portugueses e incondicionales del capitán general, Magallanes envió
a la Santiago para que explorara hacia el sur, pues siendo un barco más
pequeño podía ceñirse mejor a la costa. Así, Serrano salió de San Julián y
llegó hasta Santa Cruz, cuya bahía y río reconoció detenidamente, pero al
tratar de salir de ese puerto lo sorprendió un temporal tan fuerte que lo
estrelló contra la costa, donde se perdió el navío. Los tripulantes, con la
excepción de un esclavo negro de Serrano, pudieron salvarse, pero la carga se
perdió toda. Los náufragos, con muchos trabajos lograron llegar por tierra
hasta la bahía de San Julián, donde informaron a Magallanes tanto del
desastre como del descubrimiento de otra bahía buena para invernar. Como
San Julián estaba lleno de malos recuerdos, Magallanes optó por pasar a la
bahía recién descubierta y la armada zarpó hacia allá el día 24 de agosto,
dejando en tierra a Juan de Cartagena y al clérigo Sánchez de la Reina, de
quienes nunca se volvió a saber nada.
Como aún no terminaba el invierno austral, Magallanes permaneció hasta
el 18 de octubre en la bahía de la Santa Cruz, consumiendo los víveres
necesarios, ya que al parecer la Patagonia no les proporcionaba ningún
bastimento y la pesca, en medio de tales tempestades, rendía muy poco. El
día 21 llegaron hasta el cabo de las Vírgenes, que nombraron así por ser su
fiesta, a los 52° de latitud sur y, atrás de él, vieron una bahía grande a la cual
resolvieron penetrar. Magallanes ordenó a la San Antonio y a la Concepción
que exploraran el fondo de la bahía y pronto se perdieron de vista, tras de una
punta de tierra. En esos momentos sobrevino una nueva tempestad que obligó
a la Trinidad y a la Victoria a salir mar afuera, para no verse en peligro de
que las olas y el viento las estrellaran en la costa. La tempestad duró día y
medio y, al cabo, pudieron volver a entrar en la bahía, temerosos de que los
otros dos barcos, sin campo para maniobrar, se hubieran estrellado en la
costa. Pasados los cinco días que Magallanes había ordenado usaran en
explorar, con gran júbilo de todos aparecieron las dos naves, empavesadas y
disparando salvas. Cuando llegaron cerca de la Trinidad, De la Mezquita y
Serrano informaron a Magallanes que la tempestad los arrojó hacia el fondo
de la bahía, donde creyeron perderse en contra de unas rocas, pero que vieron
una segunda abra frente a ellos y pudieron pasar a una segunda bahía amplia
y que, al fondo de ella, vieron un nuevo canal, que no quisieron detenerse a
explorar por acudir a la cita que se les había dado. Magallanes envió
nuevamente a la San Antonio, con De la Mezquita como capitán y Esteban
Gómez como piloto; cuando regresaron informaron que sin duda se trataba
del estrecho tan buscado. Magallanes convocó entonces a los capitanes y al
piloto para que pasaran a bordo de la Trinidad a discutir lo que convenía
hacer y ver con qué recursos contaban para seguir el viaje. Esteban Gómez
sostuvo, con cierta razón, que el mejor camino era regresar a España con la
nueva de su descubrimiento, ya que seguir adelante con tan pocos
bastimentos y con los barcos tan maltrechos por las tempestades pasadas, era
exponerse a perder todo, tanto las vidas como la noticia que importaba al
emperador. Otros capitanes opinaron, entusiasmados por el hallazgo, que
había que seguir adelante, ya que las Molucas no podían estar muy lejos de la
boca del estrecho descubierto y que habían llamado de Todos los Santos, por
ser el día el 1º de noviembre. Otros pensaban que tal vez fuera bueno
despachar a España uno de los barcos y seguir con los otros, para que de esa
manera quedara asegurado que la noticia iba a llegar a España. Magallanes
escuchó las opiniones de todos y ordenó que fueran adelante y ese mismo día
pasaron a la segunda bahía y embocaron el tercer canal que, un poco más
adelante, se dividía en dos, una rama que iba hacia el sudeste y otra hacia el
sudoeste. Se ordena que la Trinidad y la Victoria exploren el canal del
sudoeste y las otras dos el del sudeste. A poco andar, Magallanes encuentra
un muy buen puerto, que llama río de Sardinas y resuelve enviar desde allí
uno de los bateles a que explore más adelante, mientras él trata de pescar y
avituallarse. Encuentran allí mucha pesca y para los enfermos una hierba
semejante al apio, que es antiescorbútica. Tres días más tarde regresa el batel
con la nueva de que atrás de un cabo cercano, al que han nombrado Deseado,
está la Mar del Sur. Mientras, la San Antonio y la Concepción navegaron por
el canal que ahora se llama fiordo del Almirantazgo, donde se separaron. La
San Antonio regresó al lugar de la cita y, al no ver las naos de Magallanes, el
piloto Esteban Gómez se amotina con la tripulación y, después de herir en
una pierna a Álvaro de la Mezquita, logra apoderarse del barco y sale del
estrecho rumbo al Atlántico y España. La Concepción encuentra a las naves
de Magallanes y se reincorpora, pero no puede dar noticias de la San Antonio.
Varios días esperó Magallanes para que se le reuniera y envió a buscarla, sin
resultados, con lo cual resolvió zarpar del río de las Sardinas y el 27 de
noviembre, a los 52° de latitud sur, salieron al Pacífico o sea, por el canal al
norte de la isla Desolación, sin adentrarse, para su fortuna, en todos los
canales y senos que llevan hasta el golfo de Penas, en medio de un dédalo de
islas y escollos, glaciares y ventisqueros. El piloto Francisco Albo en su
diario de navegación no deja lugar a duda en este punto: “Y a mano izquierda
vimos un cabo con una isla, y le pusimos nombre cabo Fermoso y cabo
Deseado y está en altura del mismo cabo de las Vírgenes, que es el primero
del embocamiento”. Anteriormente había escrito: “Esta punta se llama cabo
de las Vírgenes; y la punta de arena está a 52° de latitud”. El estrecho que
había descubierto, que tan mala fama tendría posteriormente, hasta ahora,
pues basta ver los nombres que los marinos siguientes le han puesto, a los
hombres de Magallanes les pareció maravilloso. Ya vemos que Albo, parco
en sus conceptos, dice que le llaman a una punta cabo Fermoso y comenta: “y
en este estrecho hay muchos ancones y las sierras son muy altas y nevadas y
con mucho arboledo”. Y Pigafetta exclama entusiasmado: “Creo que no hay
un estrecho mejor y más hermoso estrecho que ése”. Contrasta esto, como ya
hemos dicho, con los nombres actuales: puerto del Hambre, golfo de Penas,
seno de Última Esperanza, bahía Inútil, isla Desolación, etc. Durante toda la
travesía a través del estrecho no vieron a los naturales, pero en la banda del
sur observaron gran cantidad de hogueras, con lo cual le pusieron por nombre
a esa tierra isla del Fuego.
Al desembocar a la Mar del Sur no encontraron ya tempestad alguna, por
lo cual, según Pigafetta, la bautizaron con el nombre de océano Pacífico. Pero
a cambio de las tempestades, durante los 110 días que duró la travesía,
encontraron hambre, sed, soledad inaguantable entre el largo ir y venir de las
grandes olas y una nueva enfermedad, el escorbuto. El hambre llegó a tal
extremo que se pagaba hasta un escudo por una rata y se comieron los forros
de cuero de los mástiles, después de remojarlos en agua de mar durante
algunos días.
Hay ciertas dudas acerca de la ruta que siguió la escuadra desde la salida
del estrecho de Magallanes hasta la isla de Guam en las Marianas. Una de las
rutas que se han trazado, lleva a Magallanes primero hacia el noreste hasta
dar con las costas chilenas, y después al norte hasta los 30° de latitud sur. Allí
tuerce hacia el noroeste y descubre una isla que llama de San Pablo, a los
16°15’ de latitud sur, en la cual no encuentra sitio para desembarcar y que
bien puede ser la que actualmente se llama Puka-poka. Unos cuantos días
más tarde encuentran otra isla desierta que llaman de Tiburones, por la
cantidad de escualos que observan en sus cercanías y que puede ser uno de
los atolones de las Carolinas del Sur, que quedan a 11°15’ al sur del ecuador.
Siguiendo rumbo al noroeste, según el diario de bitácora del piloto Albo,
cruzaron la línea equinoccial y, según Pigafetta, esto lo hicieron a los 122° de
longitud oeste de la línea de demarcación “que está a 30° del meridiano y el
meridiano a 3° al este de las islas de Cabo Verde”, lo cual quiere decir que
cruzaron el ecuador, más o menos, a los 165 W del meridiano de Greenwich.
De allí continuaron, siguiendo siempre el diario de Albo, hasta los 13° de
latitud norte y el 1º de marzo torcieron para tomar rumbo directamente al
oeste, hasta que el día 6 de ese mismo mes estuvieron a la vista de Guam.
Pero algunos de los investigadores modernos, asombrados de que en tan larga
navegación, cruzando toda la Polinesia, hayan visto tan sólo dos islas
pequeñas, han trazado otra ruta, según la cual, como lo explicara George
Emra Nunn en 1934, la armada siguió rumbo hacia el norte directamente y,
pasada la isla de Clipperton, torció hacia el oeste y hacia Guam. Hay algunas
dificultades graves que no nos permiten aceptar esta tesis. Una es el diario de
navegación de Albo, el único documento fehaciente que tenemos de los
detalles marítimos de la navegación, que marca, desde el 15 de diciembre
hasta el 28 de febrero, una derrota casi constante hacia el noroeste y luego,
sólo durante ocho días, hacia el oeste. Para aceptar la teoría de la navegación
por el hemisferio norte, tenemos que creer que en tan sólo ocho días lograron
cruzar desde Clipperton a Guam, lo cual es completamente imposible. Por
otra parte, la única longitud que tenemos es la dada por Pigafetta y, aunque
como ya se ha dicho, las medidas de longitudes rara vez eran exactas, no es
de creerse que sufrieran un error de 40°. Finalmente, Magallanes sabía que
las Molucas y Malaca, donde había estado, quedaban muy poco al norte del
ecuador, así que la ruta lógica es la que aparece en el diario de navegación de
Albo, ruta que ha de seguir unos cuantos años más tarde la armada de
Loayza, la cual tampoco encontró islas en las cuales avituallarse. Por lo tanto,
a pesar de la falta de islas en la ruta, la ruta primeramente señalada, como la
define tan claramente don Juan Oyarzábal, de la marina española, en su obra
Descubrimientos oceánicos, es la más probable.
El 7 de marzo la armada llegó a Guam y trató de rescatar bastimentos con
los naturales, pero éstos se mostraron tan amigos de lo ajeno que acabaron
por robarse el batel de la Trinidad. Magallanes ordenó que desembarcaran
algunos soldados e hicieran un escarmiento, en el cual murieron siete
micronesios y se quemaron las casas de un pueblo, a la vez que se recogía el
batel. Después de esto, se pudieron embarcar vituallas y llenar las pipas de
agua, con lo cual la armada siguió su camino. Se había hecho el primer
contacto entre europeos y micronesios y se había marcado la pauta sangrienta
que habría de seguirse hasta el siglo XX. Magallanes llamó a éstas, islas de los
Ladrones. Al parecer, el respeto a la propiedad privada no era el fuerte de los
isleños de todo el Pacífico y esta situación la hemos de encontrar con tanta
frecuencia que, de aceptar los cánones occidentales sobre el punto, bien se
pudiera llamar el “océano de los ladrones”.
El 16 de marzo llegaron a otras islas grandes que Magallanes creyó que
eran ya las Molucas, pero con gran desencanto se enteró de que eran Samar
en las Filipinas. Allí permanecieron, avituallándose, hasta el día 25 y se
internaron por el archipiélago, que llamaron de San Lázaro, hasta llegar a
Cebú el 7 de abril, donde el datu local, llamado por Pigafetta Humabón y por
otros Zulia, los recibió en paz, deseoso de entablar tratos comerciales y
creyendo que se trataba de portugueses de Malaca. Enrique, el esclavo
malayo de Magallanes, pudo entender bien la lengua local y servir como
intérprete en los tratos con los cebuanos y por él pudo saber Magallanes que
se encontraba relativamente cerca de las Molucas y de Malaca y que la parte
principal de su proyecto estaba cumplida. En verdad, al llegar a este punto,
donde el Occidente, en su expansión, volvía a encontrarse, quedaba
plenamente comprobada la posibilidad de la circunnavegación del globo y el
mismo Magallanes, así como su esclavo, prácticamente la habían hecho, ya
que antes estuvieron en Malaca. Cuando consideramos que no habían pasado
ni siquiera 30 años del viaje de Colón y del de Vasco de Gama, asombra la
increíble velocidad que, tanto los portugueses como los castellanos, le dieron
a sus empresas de descubrimiento, una vez abierto el rumbo.
El datu de Cebú, como ya hemos dicho, recibió en paz a Magallanes, y al
saber por un mercader musulmán que no eran portugueses, sino vasallos de
un monarca mucho más poderoso, hizo un tratado de alianza con los
españoles y se dio por vasallo del emperador Carlos V. Para solemnizar el
acto, el 14 de abril se celebró una misa en la playa de Cebú, a la cual asistió
el régulo local, con toda su familia y los principales de su corte, que
sumaban, según Pigafetta, 500 hombres. Magallanes y los españoles se
pusieron sus mejores armas y galas y desde los barcos se hicieron salvas de
artillería. Antes de la misa se procedió a bautizar a Humabón con todos sus
cortesanos, y se le impuso el nombre de don Carlos, en homenaje al
emperador. Por la tarde se presentaron las mujeres de la corte muy bellas
según el mismo Pigafetta y la reina recibió el nombre de doña Juana, en
homenaje a la madre del emperador. Como regalo se le dio una talla en
madera del Santo Niño de Praga que volverá a figurar en esta historia.
Don Carlos de Cebú, como todos los régulos malayos que aún no se
habían convertido al islam ni adoptado la organización política de los
sultanatos, vivía en guerra constante con sus vecinos y dominaba un muy
escaso territorio. En la presencia de los españoles, en las palabras de aliento
que le había dicho Magallanes y en el acuerdo firmado, vio la oportunidad de
incrementar su reino y destrozar a sus enemigos. Así, en combinación con
otro datu de la isla de Mactán, frontera a Cebú y separada de ella sólo por un
estrecho angosto, convenció a Magallanes de la necesidad de hacer guerra a
otro régulo de la misma Mactán, llamado Cilapulapu. Los guerreros de Cebú
y los del régulo de Mactán, a quien Pigafetta llama Zula, se reunieron en
Cebú, y Magallanes vio en ello una muy buena oportunidad para afirmar su
poderío y demostrar a los malayos el valor de los castellanos y la eficacia de
sus armas. Para ello invitó a los dos datus a que estuvieran presentes en el
ataque a Mactán, pero que no tomaran parte en la acción, ya que con los
españoles bastaba para la victoria. El 27 de abril salieron de Cebú a la
medianoche en varios barcos malayos y los bateles de las naos, en los cuales
Magallanes llevaba 60 españoles, seguidos por una infinidad de malayos, con
don Carlos y Zula. La playa de Mactán es baja y rocosa, y aunque el mar no
bate en ella con fuerza, el desembarco es difícil, porque hay que dejar lejos
los bateles y caminar con el agua hasta la cintura sobre las piedras cortantes
del fondo. Los expedicionarios llegaron frente al pueblo de Cilapulapu tres
horas antes del alba, pero resolvieron esperar el amanecer, aunque ya el
enemigo se había dado cuenta de su presencia y reunía a sus guerreros. Al
despuntar el alba, Magallanes dio la orden de desembarcar, cuando estaban a
más de dos tiros de ballesta de la orilla. Lo siguieron sólo 49 españoles, ya
que los otros quedaron cuidando los barcos. En la playa había, según
Pigafetta, 1 500 hombres armados de lanzas con puntas endurecidas al fuego
y algunas con puntas de hierro, así como con rejos de hierro. La artillería que
llevaban en los bateles no pudo usarse por la distancia, así que los españoles
se vieron atacados de golpe por tres grupos distintos, cuando estaban aún en
el agua, casi sin poder caminar debido a las piedras del fondo. Como
pudieron llegaron a la playa y Magallanes ordenó a un grupo que fuera a
quemar las casas de los de Mactán, pensando ponerles espanto con ello, pero
esto los enardeció más y atacaron con tal brío que los castellanos tuvieron
que retroceder hacia el mar, bajo una lluvia de flechas, lanzas y piedras.
Magallanes quedó en la retaguardia, tratando de poner orden en la retirada y
que ésta no se convirtiera en una desbandada donde murieran todos. Un
hombre lo hirió en un brazo. Clavó su lanza en otro, pero no la pudo retirar y
quiso echar mano de la espada, cosa que le impidió la herida del brazo. Un
guerrero le clavó su lanza en una pierna y cayó por tierra, donde fue rematado
a cuchilladas, junto con ocho de sus compañeros. Los demás lograron llegar,
heridos todos, a los bateles y tuvieron que retirarse sin recoger el cadáver de
su caudillo. “Así murió nuestro guía, nuestra luz y nuestro sostén”, exclama
Pigafetta.
Los españoles que se habían quedado esperando en Cebú recibieron la
noticia con el espanto consecuente e inmediatamente embarcaron todo lo que
tenían en tierra y se reunieron para elegir nuevos jefes. La elección recayó en
Duarte Barbosa y Juan Serrano. El recién convertido don Carlos regresó
también a Cebú, sin dar muestras de desprecio hacia los vencidos castellanos.
Según Pigafetta, Enrique el malayo, el esclavo de Magallanes, que había
resultado herido en el combate, se enemistó con Duarte Barbosa pues, muerto
su amo, se sentía libre y Barbosa le aseguraba que no habría de darle su
libertad, sino llevarlo nuevamente a España, porque pertenecía ahora a la
viuda de su antiguo amo. Resentido con esto, al parecer complotó con don
Carlos de Cebú para adueñarse de los barcos y bienes de los españoles. El
datu, convencido de que sus nuevos aliados no eran invencibles como se
había asegurado, y codicioso de sus bienes, resolvió tenderles una celada.
Para ello, el 1º de mayo, invitó a los dos capitanes y a otros 20 hombres a un
banquete, durante el cual les entregaría las joyas de oro que había mandado
preparar para el emperador. Pigafetta, que no pudo ir al banquete por
encontrarse hinchado de una herida recibida en Mactán, cuenta que a eso del
mediodía escucharon un gran clamor en el pueblo y por los gritos y carreras
comprendieron que sus compañeros habían sido atacados. En eso llegó
corriendo por la playa Juan López Caraballo, gran amigo de Juan Serrano y,
tomando un batel, llegó a los barcos con la noticia de que los cebuanos
habían caído por sorpresa sobre los españoles y los habían matado a todos.
Inmediatamente dio la orden de que se levaran anclas y se izaran las velas,
temeroso de que atacaran a las mismas naos surtas en el fondeadero. Estaban
realizando la maniobra, bajo las órdenes de López Caraballo, cuando vieron
aparecer en la playa a un grupo de guerreros que llevaban, cubierto de sangre
y atado de manos, a Juan Serrano. Inútilmente éste les rogó a sus compañeros
y a su amigo Caraballo que hicieran algo por rescatarlo, pero era tal el temor
que habían cobrado los españoles que izaron sus velas y salieron de la bahía,
dejando allí a Serrano entre sus enemigos.
Saliendo del puerto, pusieron proa hacia la isla de Bohol, después de
elegir como capitán a Juan López Caraballo, que había sido piloto y a quien
Pigafetta acusa de cobardía por haber abandonado en esa forma a su amigo
Serrano. En disculpa de Caraballo hay que hacer notar que bien pudo tomar
esa terrible determinación, pues se dio cuenta que tratar de liberar a Serrano
era poner en peligro a toda la armada y que, de todos modos, no lograría
liberar a su amigo sin que antes los cebuanos lo mataran. Frente a la isla de
Bohol, como ya no tenían hombres bastantes para gobernar las tres naves,
resolvieron vaciar la Concepción y quemarla. Hecho esto, la Trinidad y la
Victoria empezaron un lento vagar por entre las islas del mar de Sulú. Fueron
de las costas de Mindanao hasta Palawan, cruzaron luego a Borneo y
regresaron a Zamboanga, en las costas de Mindanao, dedicándose a actos de
franca piratería contra los barcos de los sultanatos musulmanes. Pero este
vagar sin rumbo, que Caraballo prolonga hasta el mes de octubre, sin acertar
a encontrar el paso hacia el mar de las Célebes y las Molucas, cansa a los
españoles, que le quitan el mando y nombran como capitán general a Gonzalo
Gómez de Espinoza y como capitán del Victoria a Juan Sebastián Elcano,
quedando Caraballo en su antiguo cargo de piloto. Este cambio se hizo
mientras estaban anclados en Zamboanga, de donde Gómez de Espinoza
resolvió zarpar a la mayor brevedad hacia las Molucas, en busca del amigo de
Magallanes, Francisco Serrano, quien seguramente habría de ayudarlos. Con
la ayuda de pilotos malayos que conocían bien ese dédalo de islas, el 8 de
noviembre pudo anclar frente a Tidore, donde fueron recibidos
amistosamente por el sultán Almanzor, quien, a su vez, se declaró vasallo del
emperador don Carlos. Allí también supieron que Francisco Serrano había
muerto, envenenado, según se contaba, y recogieron a su viuda. También por
un portugués compañero de Serrano supieron cómo habían llegado órdenes
desde Goa hasta Malaca para que las flotas lusitanas estuvieran dispuestas a
interceptarlos, ya fuera en el cabo de Buena Esperanza o en Malaca, lo cual
parece comprobar que el rey don Manuel no creía en la existencia del
estrecho y estaba seguro de que los castellanos tratarían de llegar al Oriente
por la ruta de Portugal.
Apenas llegados a Tidore, con la ayuda de Almanzor, empezaron la
compra de especias y, para el mes de diciembre, ya había en las bodegas de la
Trinidad 1 000 quintales de clavo y 533 en la Victoria. El 17 de diciembre
Gómez de Espinoza dio la orden de partida, pero la Trinidad se vio obligada
a volver inmediatamente al puerto, debido a que le habían abierto algunas
vías de agua y las bombas no bastaban para tenerla a flote. Fue necesario
descargar toda la mercancía y volcar el barco en la playa para repararlo.
Almanzor prestó toda la ayuda posible para la maniobra, así como las
maderas necesarias y sus mejores carpinteros de ribera, pero desde un
principio se vio que la empresa iba para largo. Los capitanes resolvieron
entonces, en vista de que el monzón ya estaba adelantado y perderlo
significaba tener que esperar hasta el año siguiente, con peligro de topar con
los portugueses, que la Victoria, a las órdenes de Juan Sebastián Elcano,
zarpara de inmediato por la ruta de los portugueses al sur de África y que la
Trinidad, una vez reparada, saldría de nuevo por el Pacífico, en busca de las
costas de Panamá, donde se sabía que estaba asentado Pedrarias Dávila.
Antes de zarpar, la Trinidad tuvo que descargar parte del clavo que llevaba,
ya que su peso era excesivo y el 21 de diciembre salió de Tidore rumbo al
oriente, para pasar al océano Índico por el sur de la isla de Java.
El 6 de septiembre de 1522, cuando faltaban sólo 14 días para que se
cumplieran tres años de la salida de San Lúcar de Barrameda, la Victoria, con
sólo 18 hombres a bordo, regresó a su puerto de origen, habiendo realizado la
primera circunnavegación del globo. La noticia de una hazaña semejante
causó sensación en toda Europa y el consiguiente desagrado en la corte de
Portugal, donde, de inmediato, se procedió a protestar ante el emperador por
las violaciones al Tratado de Tordesillas, no únicamente en cuanto se refería
a viajar a las Molucas, que los portugueses consideraban como suyas, sino
por haber utilizado, para el regreso, la ruta del sur de África. Las protestas
lusitanas no empañaron la alegría de los españoles que veían en la
navegación de Magallanes y Elcano no sólo una hazaña única al
circunnavegar el globo, sino la trascendencia del descubrimiento de un
estrecho que ligaba el Atlántico con el Pacífico y la navegación a través de
todo este océano. También, por primera vez en la historia, se había navegado
la ruta de las Molucas al cabo de Buena Esperanza, al sur del ecuador,
llegando en ocasiones hasta los 37° y se había descubierto el curioso
fenómeno de que, durante la navegación, los expedicionarios aparentemente
habían ganado un día ya que, al llegar a las islas de Cabo Verde, según los
diarios del piloto Juan Albo y de Antonio Pigafetta, la fecha era miércoles 9
de julio y, según los isleños, era jueves 10. Juan Sebastián Elcano fue
recibido por el emperador y, como premio, se le asignó un escudo de armas
con el lema Tu primus circumdedisti me escrito alrededor de un globo
terráqueo, más una pensión que debería pagar la Casa de la Contratación de la
Especiería que se acababa de fundar en la Coruña, para el tráfico con Oriente.
Mientras tanto en Tidore, Gonzalo Gómez de Espinoza logró reparar su
nave y zarpó con rumbo a Panamá, informado por el mercader portugués
Llorosa de apellido, de que don Diego López de Sequeira preparaba una
armada en Goa para ir a aprehender a los castellanos. Espinoza sabía que en
Panamá se estaban apercibiendo barcos para la empresa de las Molucas,
según las capitulaciones de Gil González de Ávila, así que esperaba poder
regresar a las Molucas y abrir, por ese lado, un tráfico constante con la
Especiería. Tan seguro estaba de ello, y al ver la buena voluntad que hacia los
españoles tenía el sultán Almanzor, que resolvió hacer una pequeña fortaleza
cerca de Tidore y dejar en ella a algunos hombres bajo las órdenes del factor
Juan de Ocampo. Hecho esto, el 6 de abril zarpó hacia el Pacífico y, en busca
de vientos propicios, navegó hacia el norte, donde descubrió algunas de las
islas Carolinas y Marianas, pero no las corrientes que lo llevaran hacia las
costas americanas. En busca de ellas siguió rumbo al norte, hasta llegar a los
43°, en medio de una tremenda tempestad. Había perdido tanto tiempo en
remontarse hacia el norte, que ya empezaban a escasear los víveres y la
mayor parte de la tripulación iba enferma de escorbuto, por lo cual resolvió
regresar a Tidore. Cuando llegó a Zamafo, al sur de las Molucas, se enteró de
que por fin había aparecido la anunciada flota portuguesa, había tomado la
fortaleza de Tidore y apresado a los españoles que la defendían. Era el
capitán de los portugueses Antonio de Brito, un hombre experimentado en los
asuntos de Asia que había recibido en Goa la orden de echar fuera o
aprehender a los españoles y fundar una fortaleza en Ternate, para controlar
así en forma definitiva las islas Molucas, con las cuales sólo habían tenido,
hasta ese momento, relaciones comerciales y a su agente Francisco Serrano,
que se encargaba de reunir las especias para el tráfico. Así, una de las
primeras consecuencias del viaje de Magallanes fue obligar a Portugal a
extender aún más sus rutas y sus fortificaciones, con el gasto consiguiente.
Gómez de Espinoza, que no tenía más que 23 hombres, la mayor parte de
ellos enfermos, y una nao que se desbarataba ya, no tuvo más remedio que
rendirse a Antonio de Brito, quien puso a trabajar a los prisioneros españoles
en la construcción de la fortaleza de Ternate y, finalmente, los envió a Goa
por la vía de Malaca, desde donde fueron embarcados hacia Lisboa. La
experiencia de la Trinidad al intentar el viaje de regreso de Asia a América
fue la primera noticia que se tuvo de que esa derrota ofrecía serias
dificultades para los barcos de vela, ya que los vientos eran constantes del
oriente al poniente y así se empezó a crear la leyenda de que el llamado
“tornaviaje” era completamente imposible, lo cual estuvo a punto de dar por
tierra con los intentos expansionistas españoles en Asia.
Con la llegada de Elcano, el emperador vio la posibilidad de una
conquista en el Oriente, que pusiera en sus manos las fabulosas riquezas de la
Especiería, que tanto poder habían dado a Portugal y así, el 13 de noviembre
de 1522, firmó unas capitulaciones con fray García Jofre de Loayza,
comendador de la Orden de San Juan de Rodas, para que fuera con una
armada a las Molucas, poblara allí y estableciera el tráfico de las especias,
para lo cual se le dieron los títulos de capitán general de la armada y de
gobernador de las islas Molucas, pero la flota no se hizo a la mar sino hasta el
mes de julio de 1525. El rey de Portugal, enterado de los planes del
emperador, había protestado nuevamente y la integración de la flota se detuvo
hasta ver si se podía llegar a un acuerdo con los lusitanos. Para ello se firmó
un protocolo en el cual ambos monarcas convenían en que “hay duda y
debate así sobre a quién pertenece la propiedad del Maluco, como sobre la
posesión de él, y somos acordados que se vea por justicia por astrólogos,
pilotos y marinos y letrados que él [el rey de Portugal] ha de nombrar y
declarar por su parte, y nos por la nuestra, cuyo es el dicho Maluco, y en cuya
demarcación cae, y así sobre la posesión de él, de que se ha de hacer asiento,
según el modo de que está entre nos concordado”. Las reuniones se iniciaron
en la frontera, cerca de Badajoz, el 1º de marzo de 1524 y a ellas
concurrieron los mejores pilotos y marinos de Portugal y España, además de
algunos teólogos y juristas. Entre los representantes y ponentes de la causa
española encontramos a Diego Colón, el hijo del almirante; a Juan Vespucio,
sobrino de Américo; a Juan Sebastián Elcano, y a Simón de Alcazaba. De las
largas y reñidas discusiones pronto surgieron dos aspectos fundamentales de
la cuestión, que pudiéramos llamar el geográfico y el histórico. Para resolver
el primero era necesario ponerse de acuerdo en la magnitud exacta de cada
grado de longitud, para lo cual se requería saber la extensión del ecuador.
Sólo así se podría fijar la línea de demarcación en el Atlántico y, después, en
las antípodas. Otra rama de esta discusión geográfica se centró en tratar de
ponerse de acuerdo sobre cuál de las islas de Cabo Verde serviría como base
para contar las 370 leguas al poniente. En este punto no se pudo llegar a
ningún acuerdo, a pesar de las muy interesantes e ingeniosas sugerencias de
algunos de los presentes, como las expuestas por Diego Colón para medir
astronómicamente las longitudes, mediante los eclipses de luna y las estrellas
móviles.
El punto histórico se refería al descubrimiento y posesión de las Molucas,
en cuanto estos hechos pudieran dar algún derecho de posesión. Los
portugueses alegaban el hecho indudable de que ellos habían descubierto las
islas y llegado a ellas antes que ningún otro europeo y que, además, y eso era
lo más importante, Portugal tenía en ese momento establecida allí una
fortaleza y como gobernador de ella a Antonio de Brito. Los españoles, por
su parte, alegaban que cuando ellos llegaron a las Molucas no había autoridad
portuguesa alguna en ellas, ya que Francisco Serrano había obrado
únicamente como mercader y como vasallo del sultán de Ternate y no a
nombre del rey de Portugal. Por lo tanto eran ellos, los españoles, quienes
antes que nadie habían edificado una fortaleza en las Molucas, fortaleza que
había sido malamente destruida, sin derecho ni razón, por los portugueses.
Además, el sultán de Tidore, rey y señor natural de esa isla, se había
declarado, de su libre voluntad, como vasallo del emperador, con lo cual la
isla de Tidore era, por la libre elección de su soberano, española. Como es
lógico, en este punto tampoco pudieron ponerse de acuerdo los delegados, y
uno de los españoles expresó que, de no ser a estocadas, nunca se podría
dirimir la cuestión. Con esto, se suspendieron las reuniones y cada uno de los
monarcas se reservó sus derechos para proseguir su acción en Oriente.
Ante el fracaso de las juntas, Carlos V resolvió activar los preparativos de
la armada de Loayza, para que tomara posesión, de una vez por todas, de las
codiciadas islas. A ello los animaban varios factores: la certidumbre de la
existencia del estrecho y la posibilidad de una navegación directa de España a
las Molucas; el buen acogimiento que los españoles habían recibido del
sultán de Tidore quien, aun después del desastre de la Trinidad, habíase
mostrado leal a sus compromisos y las cartas que enviara desde México
Hernán Cortés, avisando de la toma de Tenochtitlán y agregando: “Todos los
que tienen alguna ciencia en la navegación de las Indias, han tenido por muy
cierto que, descubriendo por estas partes la Mar del Sur, se habían de hallar
muchas islas ricas de oro y perlas y piedras preciosas y especiería, y se había
de descubrir y hallar otros muchos secretos y cosas admirables”. Un poco
después el mismo Cortés escribió que ya estaba descubierta “por esas partes”
la Mar del Sur y que estaba estableciendo astilleros en sus costas para labrar
naves con las cuales intentar una posible expedición a las Molucas, a las
cuales se ofrecía a ir en persona. Así, el emperador veía la posibilidad de
enviar algunas armadas desde la misma España y reforzarlas con las que
saldrían de la Nueva España y para ello, además de la empresa de Loayza, se
preparaba otra que habría de dirigir Sebastián Caboto.
El 24 de agosto de 1525 zarpó por fin la armada, bajo las órdenes de
Loayza, llevando como piloto a Juan Sebastián Elcano. La flota consistía en
siete barcos: la capitana Santa María de la Victoria de 250 toneles; la Sancti
Spiritu, bajo el mando directo de Elcano; la Anunciada; la San Gabriel; la
Santa María del Parral; la San Lesmes, y el patache Santiago. Elcano había
aconsejado que la armada saliera antes de la mitad del año, pero los atrasos e
inconvenientes de costumbre la detuvieron, así que no se pudo llegar al
estrecho en la primavera austral, como lo hubiera querido Elcano, sino a fines
de enero, cuando ya estaba muy avanzado el verano. En el trayecto habían
tenido los acostumbrados percances de todas esas navegaciones y en la larga
monotonía de la vida en el mar se habían agriado los caracteres y brotado
toda suerte de discordias y rivalidades, al extremo de que Loayza se había
visto en la necesidad de poner preso, a bordo de la Victoria, a Rodrigo de
Acuña, capitán de la San Gabriel, y colocar en su sitio a Martín de Valencia.
En una fuerte tempestad en la boca del río de la Plata, la flota se dispersó y
cuando volvió a reunirse en el cabo de las Once Mil Vírgenes, Loayza se
enteró de que la Sancti Spiritu había naufragado y que se habían perdido
nueve hombres y toda la carga. Elcano pasó a la Victoria y aconsejó a Loayza
que intentara cuanto antes el paso del estrecho, aunque ya se iniciaba el otoño
austral, con sus acostumbradas tormentas de nieve e increíbles vendavales.
Anclados en la segunda bahía, donde Esteban Gómez abandonara a
Magallanes, sobrevino una nueva tempestad, de tal fuerza que la Victoria,
aunque tenía echadas cinco anclas, garreó hasta la costa y tocó fondo. Loayza
ordenó que se aligerara la nave, echando por la borda el cargamento, los
cañones y la obra muerta, pero la nave seguía tocando y al chocar con las
rocas se le abrían vías de agua por todo el casco. En el único batel que
quedaba, se desembarcó a toda la gente que no fuera necesaria para la
maniobra, pues estaban todos seguros de que la nave se perdía sin remedio.
Amainó en algo la tempestad y con ello se pudo poner de nuevo a flote la
Victoria, aunque se vio que era imprescindible hacerle grandes reparaciones y
reponer toda la obra muerta, por lo que resolvieron volver a la bahía de Santa
Cruz. En medio de todas esas tormentas, la carabela San Lesmes se había
separado nuevamente de la armada, y al reunirse en Santa Cruz, da una
extraña nueva a la cual, por el momento, no se le concede importancia.
Andrés de Urdaneta, en su relación, dice que la nave fue arrojada por la
tempestad “hacia el sur hasta cincuenta e cinco grados e dijeron después
cuando tornaron, que les parecía que era allí acabamiento de tierra”. En otras
palabras, la San Lesmes, sin entenderlo ni quererlo, había descubierto el cabo
de Hornos. La Anunciada y la San Gabriel no se reunieron con la armada en
Santa Cruz, la una porque desapareció para siempre y la otra porque inició un
aventurado viaje de regreso a España.
Dos meses estuvieron en Santa Cruz ocupados en reparar las naves, pero
ante la creciente falta de víveres, a pesar de lo avanzado de la estación,
resolvieron intentar de nuevo el paso del estrecho, lo cual lograron hacer con
relativa facilidad, aunque en medio de furiosas nevadas, y el 26 de mayo
desembocaron en el océano Pacífico, el cual, como para contradecir la fama
de su nombre, los recibió con una furibunda tempestad, durante la cual la
Victoria se separó definitivamente de la armada y emprendió la larga
navegación hacia el poniente. Se puso la proa hacia el noroeste y las
anotaciones van cayendo frías y terribles en el diario de bitácora del piloto
Martín de Iriarte: “Martes a 31 de dicho mes [julio] tomé altura en 4°8’ ”; el
diario no lo dice ni comenta, pero ese día moría el capitán general de la
armada, fray García Jofre de Loayza, comendador de la Orden de San Juan de
Rodas. Unos días más adelante el piloto anota: “Domingo 5 de dicho mes
[agosto]. No tomé el altura. Hicimos camino hacia el noroeste”. Pero al hacer
camino dejaron sepultado en las olas el cadáver del segundo capitán general
de la armada, el piloto Juan Sebastián Elcano, primer circunnavegador del
globo. Siguen cayendo los días en el diario de bitácora, inhumano y frío. Hay
hambre y sed. Las encías se inflaman por el escorbuto. Los hombres casi no
aciertan a atender ya a la maniobra. Y siguen, a la proa, mar y cielo, cielo y
mar. El 9 de agosto el tercer capitán general, el contador Toribio Alonso de
Salazar, ordena que se ponga la ruta directamente al poniente, sobre las
Ladrones, que es la tierra más cercana de la que tienen noticia. Ya no irá en
busca de Cipango y Catay, como se había pensado en un principio. Ahora
sólo pretende salvar la última nave de la flota. El 4 de septiembre llegan por
fin a Guam, donde rescatan a un tal Gonzalo de Vigo quien, junto con otros
dos compañeros ya muertos, había desertado de la Trinidad cuando, en 1523,
trataba de regresar de las Molucas a Panamá.
Sigue la navegación y sigue muriendo la gente. El tercer capitán general,
Toribio Alonso de Salazar, baja también a las profundidades del Gran
Océano y toma su puesto Martín Íñiguez de Carquisano. Por fin, el 12 de
octubre, después de 14 meses de navegación, llegan a las costas de
Mindanao, donde no encuentran buena acogida por parte de los naturales.
Demasiado débiles para pelear, parten hacia la isla de Talaut, donde el datu
los recibe bien y pueden descansar y aprovisionarse y, en un prao malayo,
enviarle un mensaje al sultán de Tidore, para avisarle de su llegada. El sultán
Almanzor ya ha muerto, pero su hijo sostiene la palabra del padre y ve en los
españoles unos aliados providenciales, ya que sigue en eterna guerra contra el
sultán de Ternate, protegido de los portugueses. Enríquez, el gobernador del
rey de Portugal en Ternate, se entera también de la llegada de unos nuevos
castellanos y envía una armada de coracoras, barco híbrido malayo-europeo,
adoptado por los portugueses para sus navegaciones en esa zona, a que
intercepte a los españoles y los lleve prisioneros a la fortaleza. Íñiguez de
Carquisano topa con la flota de coracoras mientras navegaba de Gilolo a
Tidore y el capitán lusitano le entrega la carta de don García Enríquez, en la
cual se le ordenaba que fuera a Ternate a rendirse inmediatamente. Íñiguez
repara que la carta portuguesa no lleva firma y el capitán le explica que, con
la prisa de despachar la flota, no hubo lugar a que se firmase. Íñiguez le da
una carta de respuesta, en la cual tampoco firma, explicando: “Yo no dejo de
firmar por descuido ni por prisa, sino porque don García vuestro capitán debe
mirar cómo escribe a un capitán del emperador”. Y diciendo esto, ordenó que
se izaran las velas y zarpó entre las impotentes coracoras, que muy poco
podían contra una nave de alto bordo y con artillería. Como se nota por la
respuesta del castellano, a pesar de hallarse en tan lamentable estado, en las
antípodas del mundo y muriéndose de hambre, los españoles no olvidaban
que eran parte de esa gloria imperial de Carlos V.
En llegando a Tidore, construyó una fortaleza y tuvo que varar la nave
que ya difícilmente se sostenía a flote. Muy pronto, los portugueses llegaron
a sitiarlo, con un considerable número de aliados de Ternate y empezó de
nuevo esa inacabable guerra de las Molucas, en la cual participaban, cada día
con mayor entusiasmo, los señores locales. Hay que recordar que los malayos
eran, ante todo, hombres de mar y guerra que habían vivido y vivirían hasta
principios del siglo XX en constantes luchas entre sí y contra los europeos.
De las otras naves de la armada de Loayza, la San Lesmes desapareció en
la tempestad de la boca del estrecho y no se volvió a saber de ella. En el siglo
XVIII, el capitán peruano Bonaechea, explorando las Marquesas por órdenes
del virrey Amat, descubrió en una de ellas una inexplicable cruz de madera,
que bien pudo haber sido erigida por los náufragos de la San Lesmes. La
Santa María del Parral siguió navegando en busca de las islas de los
Ladrones y tras de las acostumbradas hambres, muertes y trabajos, dio por fin
con las costas de Mindanao donde, en un combate contra los naturales, murió
su capitán, Diego Manrique. Eligieron como capitán a don Diego, su
hermano, y zarparon en busca de Tidore, pero la marinería, hambrienta y
desesperada, se amotinó, pasó a cuchillo a Diego y a sus amigos y
favorecedores, y, sin piloto ni guía, dieron al través de unos bajos de la isla
de Saguín. Sólo tres de los amotinados lograron salvarse, como veremos más
adelante.
El capitán del patache Santiago era Santiago de Guevara e iba con él
como sacerdote castrense Juan de Aréyzaga, quien más tarde hizo un relato
pormenorizado de sus aventuras al cronista González de Oviedo. Al separarse
el patache de la armada, se dieron cuenta de que no tenían víveres suficientes
para esa travesía hasta Ladrones y tampoco tenían ánimos para intentar
nuevamente el paso por el estrecho. Así, resolvieron zarpar hacia el norte, en
busca de Panamá o de la Nueva España. El patache tenía un cupo de 50
toneles, o sea un peso bruto de 60 toneladas y, después de su larga travesía
desde España y las tempestades sufridas, estaba bastante averiado y no
llevaba ya batel en el cual poder desembarcar y, en esas condiciones, tenían
que navegar desde los 53° sur hasta los 13 norte. Cuando ya sin víveres ni
agua dieron con tierra al oriente, se acercaron a ella, pero era una playa
abierta, con gran reventazón de olas, a la cual no podían acercarse.
Siguiéndola un trecho, en busca de algún puerto, vieron con gran júbilo una
gran cruz de madera en un pequeño cerro y comprendieron que se
encontraban en tierra de cristianos. Como el tiempo estaba tranquilo, se
pusieron al pairo, pero no hallaban cómo acercarse a la playa en la cual
vieron que se agrupaban indios que les hacían señas. Al padre Aréyzaga se le
ocurrió hacer una caja con los tablones de cubierta, a manera de un ataúd y se
ofreció a ir en ella a tierra, llevando algunas bujerías de rescate para los
indios. Hízose así y echaron al buen padre en su ataúd y las olas lo fueron
acercando a la playa, hasta que una de ellas volcó la extraña embarcación y
allí se hubiera ahogado, a no salir al mar algunos de los indios que pudieron
salvarlo. Por ellos se enteró de que cerca quedaba una villa y puerto de
españoles, en el cual podían atracar con seguridad el patache. Al poco
tiempo, Guevara y Aréyzaga llegaron a Tehuantepec y de allí pasaron a
México, donde le relataron a Cortés las peripecias de su viaje y fortalecieron
en su ánimo el deseo de intervenir en la empresa de las Molucas. El viaje del
patache Santiago fue el primero que se hizo siguiendo la costa occidental de
América, y en él se comprobó que dicha tierra no se extendía, como algunos
lo creían, hasta las cercanías de Asia.
A poco de zarpar la armada de Loayza, Carlos V envió otra al mando de
Sebastián Caboto, pero este marino llegó sólo al río de la Plata y en lugar de
seguir al sur optó por explorar río arriba, hasta el sitio donde ahora se
encuentra la Asunción de Paraguay. Caboto tomó esta extraña determinación
porque, en las costas de Brasil, se encontró a una docena de españoles,
sobrevivientes de la armada de Juan Díaz de Solís y de la San Gabriel de
Loayza, los cuales le contaron que, río arriba del mar de Solís, había una
tierra fabulosamente rica, noticia que tenían por las andanzas de Alejo
García, quien había convivido con varias tribus indias y llegado con ellas
hasta la actual Bolivia y, probablemente, había entrado en contacto con el
imperio de los incas o tenido noticias ciertas de él.
Haber hallado el estrecho al extremo sur del continente americano no
impidió que tanto los españoles como los ingleses y franceses lo buscaran por
el norte de América y Europa, por el Mar del Norte. A poco de la salida de la
expedición de Loayza, el piloto Esteban Gómez, quien desertara en el San
Antonio de la armada de Magallanes, consiguió que le dieran naves para ir en
busca de un paso por el norte, en “la tierra de los bacallaos” y aunque no
encontró ningún paso, fue el marino español que navegó por la costa
americana del Atlántico en latitudes más septentrionales. Estas expediciones
se abrieron con los viajes de Juan y de Sebastián Caboto, en 1497 y 1508,
respectivamente, por órdenes del rey de Inglaterra. El portugués Cortereal
hizo dos viajes, en 1500 y en 1501, y el francés Jacques Cartier, en 1534,
cuando descubrió el río San Lorenzo. Otros grupos, al ver que por el norte de
América no había posibilidad de llegar a China, intentaron el viaje al Oriente
por el norte de Europa y aunque no pudieron encontrar una vía marítima, los
ingleses Chancellor y Jenkinson, en 1553 y 1557, lograron llegar por mar al
puerto de Arcángel, en el norte de Rusia y, de allí, por tierra y por vías
fluviales, a Moscú. Jenkinson siguió adelante, pasó el mar Caspio y llegó a
Bocara y logró establecer un importante comercio de pieles, para el cual se
creó en Londres la Real Sociedad de Moscovia. Así, en la primera mitad del
siglo XVI, quedaron explorados todos los rumbos donde pudiera haber un
estrecho navegable que llevara del Atlántico al Pacífico, pero durante todo
ese siglo las únicas rutas viables para el comercio mundial fueron las
descubiertas por España y Portugal, ya sea por el estrecho de Magallanes o
por el cabo de Buena Esperanza.
Cortés, en la Nueva España, estaba enterado de los intentos de la corona
por llegar a las Molucas y, como todo español de esa época, tenía la creencia
que ésa era la empresa máxima de Occidente. Apenas tomada la Ciudad de
México, oyó hablar a los embajadores del rey de Michoacán de la existencia
cercana del Mar del Sur. Inmediatamente envió a dos parejas de soldados
para que exploraran las rutas hacia ese mar, reconocieran sus costas y, de
paso, vieran si había minas de oro. En su tercera carta de relación, Cortés le
informa al emperador del resultado de esas exploraciones y del
descubrimiento de las costas del Pacífico, relativamente cercanas a la Ciudad
de México, ya sea en Tehuantepec o en Michoacán. Pronto logra establecer
astilleros en dos sitios de esas costas. También Cortés siente esa necesidad de
encontrar el estrecho y una de las razones que lo mueven a hacer el viaje por
tierra hasta Honduras y los límites de la gobernación de Pedrarias Dávila, en
persecución de Cristóbal de Olid, es el comprobar si en esa pequeña zona,
aún no explorada, hay o no un estrecho. De regreso a México, después del
desastroso viaje a las Hibueras, comprobado de una vez por todas que en esa
zona no había paso de un mar al otro, ordena que se active la construcción de
los navíos en la Mar del Sur, cuando recibe “un mensajero de la Mar del Sur
con una carta en que me hacían saber que en aquella costa, cerca de un
pueblo que se dice Tecoantepeque, había llegado un navío, que, según
pareció por otra que se me trajo del capitán de dicho navío, la cual envío a
Vuestra Majestad, es la armada que Vuestra Majestad Sacra mandó ir a las
islas de Maluco con el capitán Loayza”. Y, más adelante, en la misma carta
agrega:

porque ya que no se descubra el estrecho, yo pienso dar por aquí camino para
Especiería, que en cada un año Vuestra Majestad sepa lo que en aquella tierra se hiciere
y si Vuestra Majestad fuese servido de me mandar conceder las mercedes que en cierta
capitulación envié a suplicar que se me hiciera cerca de este descubrimiento, yo me
ofrezco a descubrir por aquí toda la Especiería y otras islas, si hubiere arca de Maluco y
Malaca y la China y aun dar tal orden, que Vuestra Majestad no haya la Especiería por
vía de rescate como la ha el rey de Portugal, sino que la tenga por cosa propia y los
naturales de aquellas islas le reconozcan y sirvan como a su rey y señor, y señor
natural.

El 20 de junio de 1526, antes de que Cortés enviara su quinta carta de


relación, citada anteriormente, ya el emperador le había enviado una real
cédula en la cual le ordena que en vista de que

he visto que por vuestras cartas, relaciones que habéis enviado, hacéis memoria de las
cuatro carabelas o bergantines que teníades hechos y echados al agua en las costas del
mar del Sur: y como decís que las teníades hechas para el propósito del descubrimiento
de la Especiería, por la gran confianza que Yo tengo de vuestra voluntad para en las
cosas de nuestro servicio y acrecentamiento de nuestra corona real, he acordado de
encomendaros a vos este negocio. Por ende yo os encargo y mando, que luego que ésta
recibáis, con la diligencia e gran cuidado que en el caso se requiere, e vos soléis poner
en las otras cosas que son a vuestro cargo, deis orden como dos de las dichas carabelas,
o una de ellas con el bergantín o como mejor os pareciere que puede haber mejor
recaudo, enviando en ellas una persona cuerda, y de quien tengáis confianza que lo hará
bien, y bastecidas e marinadas de la gente y todo lo demás necesario, vayan en
demanda de las dichas islas de Maluco, hasta hallar nuestras gentes que en ellas están.

Con estas instrucciones, tan semejantes a sus deseos de intervenir en los


asuntos del otro lado del Pacífico, Cortés alistó la armada, que pudo zarpar el
día último de octubre, bajo el mando de Álvaro Saavedra Cerón, llevando
110 españoles en tres naves: la Florida, la Santiago y la Espíritu Santo. En
las instrucciones que Cortés le dio a Saavedra Cerón se le marca como
principal objetivo localizar las armadas de Loayza y Caboto, lo mismo que la
Trinidad de Magallanes, así como averiguar si aún vive Juan Serrano, que
quedara en Cebú cuando el desastre de Mactán. También le encargaban ver si
los portugueses habían edificado fortalezas y de hacer una él mismo donde
más conviniere y lograr pactos de alianza con los señores locales. Se le
dieron cartas para Loayza, Caboto, el rey de Cebú y una en general para
cualquier otro rey que topare. Curiosa es la carta al rey de Cebú, encabezada:
“A vos, el honrado e buen rey de la isla de Cebú que es en las partes del
Maluco” y en la cual dice, hablando de la empresa de Magallanes y su
fracaso, que el emperador: “puesto que de todo recibió pena, lo que más
sintió, fue haber su capitán ecedido de sus reales mandamientos e
instrucciones que llevaba, mayormente en haber movido guerra o discordia
con vos e vuestras gentes”; y luego añade “y no le hizo Dios poco bien [a
Magallanes] en morir como allí murió, porque si vivo volviera, no fuera tan
liviano el pago de sus desconciertos”. Lo cual, aunque era indudablemente
muy diplomático y bastante típico de Cortés, era una interpretación de los
hechos bastante alejada de la verdad y poco justa para Magallanes.
Con todos estos documentos e instrucciones, salió la armada de
Zihuatanejo y el 15 de diciembre perdiéronse de vista la Santiago y la
Espíritu Santo y nunca se volvió a saber de ellas. Eran capitanes de estos
navíos Luis de Cárdenas y Pedro de Fuentes, según la relación de Vicente de
Nápoles, aunque Francisco Granado, escribano de la armada, en su diario de
navegación no menciona el hecho. Lo que es indudable es que la Florida
llegó sola a las Filipinas. El 29 de diciembre llegaron, con la nave bastante
maltrecha, a las islas de Ladrones, que bautizaron con el más piadoso nombre
de Marianas. El 25 de enero murió el piloto y lo suplió un tal Viurco, que “no
sabía nada del altura, mas de ser un buen hombre de la mar y tantear bien”.
Parece que la opinión de Granado sobre Viurco era cierta, porque sin más
contratiempos llegaron a las costas de Mindanao y de allí a Tidore. En una
isla recogieron a un tal Sebastián de Porto, portugués, uno de los desertores
de la Santa María del Parral, y un poco adelante, a dos gallegos llamados
Romay y Sánchez, quienes contaron historias terribles de sus sufrimientos y
naufragios, aunque posteriormente se supo, por contradicciones en que
incurrieron, que los dos gallegos habían sido parte en el motín donde mataron
a Diego Manrique y que Porto había desertado antes. Los dos gallegos fueron
debidamente ahorcados.
La situación de los españoles en Tidore, bajo el mando de Hernando de la
Torre, pues Íñiguez de Carquisano ya había muerto, era precaria. Atacados
constantemente por los portugueses, no se atrevían a hacer salidas y a
comerciar, si no era con el hijo de Almanzor. Antes de llegar, Saavedra topó
con unas barcas nativas que los lusitanos llamaban coracoras, en las cuales
iban algunos castellanos, quienes pusieron al tanto a Saavedra de lo que
sucedía “y el capitán maravillábase mucho de las guerras que había entre
ellos, habiendo tan grandes amistades entre el emperador y el rey de
Portugal”, como dice Vicente de Nápoles. El escaso refuerzo de Saavedra,
sobre todo cuando se dieron cuenta de que las dos naves desaparecidas ya no
llegarían nunca, no bastaba para enfrentarse a los portugueses y sus aliados
malayos, con lo cual De la Torre y Saavedra resolvieron que el segundo
tratara de regresar a la Nueva España en busca de más refuerzos. Al zarpar de
Tidore, intentó seguir una ruta al sur del ecuador, descubriendo la Nueva
Guinea y las islas que hoy se llaman del Almirantazgo, sin encontrar vientos
que los llevaran hacia la Nueva España. Torcieron entonces hacia el norte
hasta los 14°, de donde se vieron obligados a retroceder a Guam y de allí a
Tidore, donde llegaron en noviembre de 1528, sin bastimentos.
Saavedra insistía en regresar a la Nueva España y reparó su nave y la
avitualló con lo que se pudo haber, pero Hernando de la Torre reiteraba en
que debían tomar la ruta de Elcano, por el cabo de Buena Esperanza, pero
Saavedra insistía a su vez en regresar a la Nueva España y a su jefe directo
que era Hernán Cortés. Así, el 3 de mayo siguiente vuelven a zarpar,
empeñados en explorar las rutas por el sur, con el mismo resultado negativo.
Ante esto, Saavedra resuelve seguir el consejo de Torres y emprender el
camino a España por el cabo de Buena Esperanza, pero a fines de agosto, en
las islas del Almirantazgo, encuentra vientos favorables y se anima a volver a
intentar la ruta hacia la Nueva España por el norte del ecuador. En su viaje de
Zihuatanejo a Guam había comprobado que a unos 10° de latitud norte los
vientos eran constantes de oriente a poniente, tan constantes en verdad que
esa ruta se seguirá usando durante 300 años. De allí deduce que en las
latitudes más septentrionales los vientos dominantes deben ser los contrarios,
esto es, del oeste al este. Así, enfila hacia el norte, pero al llegar a los 26°,
destruido por los trabajos y el escorbuto, muere. La tripulación elige para
sucederle en el mando a Pedro Lazo, quien porfía, siguiendo los planes de
Saavedra, en buscar buenos vientos por el norte, pero a los ocho días muere a
su vez y el maestre y el piloto, con la nave casi destrozada y comida por la
broma, resuelven regresar a Tidore, adonde llegan el 19 de noviembre. Allí
sigue la lucha contra los portugueses y, finalmente, una alianza con ellos para
salvar la fortaleza lusitana de Ternate, amenazada por un sultán islámico.
Finalmente, en 1534, gracias al Tratado de Zaragoza, que veremos
adelante, los pocos sobrevivientes españoles de las armadas de Loayza y
Saavedra son llevados a España por los mismos portugueses y llegan a
Lisboa en 1536. Entre los así repatriados iba un joven marino y soldado,
pariente de Juan Sebastián Elcano, que se había distinguido en los servicios
prestados y que se llamaba Andrés de Urdaneta.
CAPÍTULO V

Maestro mío Simón, digáis al rey Nuestro Señor y a la reyna


que por descargo de sus conciencias, deberán dar aviso al
emperador o a los reyes de Castilla que no manden más
armadas por la vía de la Nueva España a descubrir islas
Platáreas, porque tantos cuantos fueren, todos se han de perder.
SAN FRANCISCO JAVIER,
Carta fechada en Goa, el 8 de abril de 1552,
al padre Simón Rodríguez, S. J., en Lisboa

Culturas aisladas versus transculturadas. La conquista cortesiana. La


“igualación” de los naturales. La conquista como revolución social. Suerte
del indígena del mundo hispánico. El Tratado de Zaragoza. Conquista del
Perú. Continuación de las exploraciones españolas en el Pacífico. Situación
del Asia oriental hasta fines del siglo XVI.

EL 13 DE AGOSTO DE 1521, fiesta de los santos Hipólito y Casiano, en el año


tres casa, día uno serpiente del calendario de los nahoas, en medio de una
llovizna sucia, del hedor de los muertos, del llanto desesperanzado de las
mujeres, del humo de los incendios, de las montañas de piedras ya sin orden,
del grito moribundo de los teponaxtles y los caracoles de guerra, del pisar
fuerte de los caballos españoles y del sonar metálico de las armas, la gran
ciudad de México-Tenochtitlán cayó en manos del venturoso capitán don
Hernán Cortés. Todo un mundo de piedras y plumas, de cantos, flores,
chalchihuites quedaba muerto entre las ruinas de las grandes pirámides y los
crueles dioses vencidos gemían en aquella noche cuando “llovió y
relampagueó”, en aquella noche cuando se engendraba todo un mundo nuevo
de hierro, de cuentas de vidrio y de temibles caballos y de tepuzques que
vomitaban fuego. Para los descendientes de Tenoch y de Acamapixtli todo
había muerto en el instante cuando Cuauhtémoc subió las gradas del templo
derruido para rendirse ante los teules españoles. El relato indígena de la
conquista lo dice con su extraordinaria simplicidad: “Ése fue el modo como
feneció el mexicano, el tlatelolca. Dejó abandonada su ciudad. Allí en
Amaxac fue donde estuvimos todos. Y ya no teníamos escudos, ya no
teníamos macanas y nada teníamos que comer, ya nada comíamos. Y toda la
noche llovió sobre nosotros”.
Nacidos de culturas aisladas de las del viejo mundo y de las africanas, los
nahoas así como todos los grupos indígenas de América no concebían más
cultura que la suya y ahora, cuando se cumplían frente a sus ojos los viejos
mitos, esa cultura, ese imperio de los mexicas, que había parecido eterno,
estaba allí roto de un solo golpe, como cosa de compasión y de lástima. Ya
nada quedaba para ellos, para los señores del canto y de las guerras floridas,
más que tenderse en la tierra y morir.
Si observamos el impacto que sobre los naturales pudo tener la toma de
Malaca o la de Tenochtitlán, notaremos enormes diferencias, que han de
redundar con el tiempo en radicales distingos culturales en las dos márgenes
del Gran Océano. Las culturas malayas no eran culturas aisladas como las de
Mesoamérica, y desde los albores de su historia estuvieron en constante
contacto con China, la India, Persia y la gran cuenca mediterránea. Habían
recibido las influencias de todos esos pueblos y el intenso comercio llevaba y
traía las religiones, las ideas filosóficas, las técnicas que influían en la manera
de vida de todo ese gran conjunto humano que se extendía desde las
márgenes del Atlántico hasta el Japón. En cambio, los pueblos de América
habían desarrollado sus propias culturas sin transculturaciones notables del
exterior y desconociendo totalmente, si no es tal vez a través de remotos y ya
mal comprendidos mitos, la existencia de otros continentes y otros pueblos al
otro lado del mar. Para los malayos, la caída de Malaca en manos de los
portugueses fue, sin duda, un gran desastre en el sentido cultural y
económico, así como un descalabro guerrero y político, pero no significó el
final inmediato e irremediable de su cultura, como la caída de Tenochtitlán lo
significó para los pueblos mesoamericanos. La toma de Malaca fue para el
Asia sudoriental lo que la toma de Constantinopla para el Occidente, pero
para los indios americanos la llegada de los españoles fue un corte total e
irremediable con su pasado. De ese 13 de agosto en adelante, ya no se podrá
hablar de culturas vivas americanas, sino de culturas europeas o de culturas
mestizas que se irán formando a través de los años.
No es posible hacer aquí el estudio completo de la conquista española en
América, de los diferentes sistemas que se emplearon y de sus resultados;
basta con señalar que en la mayor parte de la América conquistada por
España se empleó el sistema de la conquista total, en el cual, teniendo a la
vista la lamentable experiencia de las Antillas, se trató de hacer que los
pueblos indígenas, cuando tenían desde antes una cultura suficiente para ello,
formaran parte de la nueva nación que se estaba creando. Por lo tanto, la
conquista española, con la excepción de algunos puntos fronterizos, no se
puede considerar como una larga ocupación militar o administrativa, sino
como la integración de dos pueblos y de dos culturas en un mestizaje. Es
lógico pensar que en la conquista de América se hicieron toda clase de
experimentos, se cometieron toda suerte de errores, desde la terrible
destrucción de los pueblos del Caribe, hasta la excesiva protección al indio en
las reducciones dominicas y jesuíticas. En Venezuela, los “Belzares”
experimentaron con el sistema de factorías y entradas en busca de oro, sin
tratar de conquistar la tierra y reunir a las poblaciones indígenas. En otras
partes, como en el Paraguay, en el noroeste de la Nueva España o en el
Orinoco, la conquista será netamente misional. Pero en todos los sistemas
hispánicos surge la idea central que, podemos decir, emana de Hernán Cortés,
la de integrar una república indoespañola, y esa misma idea será llevada por
Legazpi a las Filipinas y se hará, en toda el Asia, el único experimento de una
conquista de ese tipo. Los otros pueblos europeos, tanto portugueses como
holandeses e ingleses, se iniciarán siguiendo los sistemas empleados ya por
los árabes y crearán factorías y puestos de comercio, sin intervenir en la vida
y política de los naturales, mientras que éstos no perjudiquen, con sus
actitudes, ese comercio. No será sino hasta unos 200 años más tarde cuando
intenten una conquista total pero, al repudiar el mestizaje, tanto físico como
cultural, convertirán esa conquista en una larga ocupación militar y
administrativa o, como en Australia, en un trasplante de la vieja cultura
europea, sin intervención alguna de los indígenas y, por lo general, con su
completa desaparición.
La conquista total, que bien podemos llamar de tipo cortesiano, requiere
que los conquistados sean dueños ya de una cultura relativamente elevada.
Las tribus nómadas, de bajas culturas, no se prestan a ese tipo de conquista,
Como sucediera a los mismos españoles en Argentina, en Chile y en
Venezuela. En esos casos, el conquistado, que no tiene arraigo en un lugar
determinado, empieza luchando en una serie de pequeñas escaramuzas, para
acabar por retirarse a otros territorios, aún no ambicionados por el
conquistador. Pero cuando la cultura del conquistado tiene igual fuerza que la
del conquistador, como sucedió en la India por ejemplo, el mestizaje también
se vuelve imposible. Las dos culturas son completas y no necesitan la una de
la otra. Entonces se presenta el caso de que la conquista se convierte en una
ocupación militar inestable siempre, que aportará sin duda algunos bienes
culturales al país dominado, pero nunca una integración completa. La
conquista de la zona central de México por Hernán Cortés fue probablemente
el mejor ejemplo de una integración completa, y por ello, rápidamente rindió
sus frutos y pudo conservarse la paz interna de la Nueva España durante 300
años.
El emperador don Carlos captó también las posibilidades de esa nueva
modalidad en la conquista y vio que se había encontrado, por fin, un camino
viable hacia la creación de un verdadero imperio ultramarino. Cuando llegó a
España en 1518, a los 18 años de edad y empezó a ocuparse de los asuntos de
Indias, todo era un desastre, en lo económico, en lo político y, sobre todo, en
lo moral. Y ahora, de pronto, surgía un reino que parecía ser estable, un reino
al cual su conquistador bautizaba con el nombre de la Nueva España, porque
sería exactamente eso, una nueva España en la cual, junto con la cultura
cristiana y occidental, se conservarían los rasgos más importantes y las
estructuras fundamentales de las culturas indígenas. No en balde uno de los
primeros franciscanos que pasaron a México era el hermano lego fray Pedro
de Gante, de quien se dice que era pariente del emperador. Y este fray Pedro
fue quien inició esa educación mestiza del mundo indígena, en la cual se
buscaba darle al indio la dignidad humana del cristianismo, sin restarle a su
dignidad de indígena de la tierra. Así, transmite en náhuatl la buena nueva del
Evangelio, como lo harán más tarde muchos otros en todos los idiomas
americanos, desde el elegante purépecha hasta el primitivo otomí. Y así como
el indígena es invitado, desde el principio, a compartir los bienes espirituales
básicos del español, será también llamado a compartir sus bienes materiales y
su economía se revolucionará con los sistemas agrícolas importados y las
nuevas artesanías. La infinidad de tamemes, empleados tradicionalmente
como bestias de carga por los señores mexicanos y por los primeros
conquistadores, serán de pronto dueños del burro, del caballo, de la mula y de
la carreta de bueyes. Parte de esa enorme fuerza de trabajo, liberada del
servicio de la carga, se podrá dedicar a las minas y a la agricultura, esto es, a
la creación de nuevas riquezas. Por otra parte, en los primeros años de la
conquista, el español no se interesa mayormente por la posesión de la tierra y
por su propiedad, ya que no ha salido de Castilla y vivido los trabajos de la
conquista para colocarse de nuevo tras del arado, sino para convertirse en un
señor de vasallos, en un encomendero, en un dueño de minas.
Naturalmente, el conquistador espera el premio que le corresponde por
los trabajos y peligros en que se ha visto. No ha venido con un sueldo o
soldada, sino a participación, pudiéramos decir, pero la cantidad de oro que le
corresponde en el reparto en la Nueva España, bastante exigua por cierto, no
le basta ni la considera justa. Tampoco le parece premio suficiente que se le
asigne un solar en la villa o ciudad que se funda. De acuerdo con la tradición
de la guerra de reconquista, quiere una encomienda, que se le asignen
vasallos a los cuales pueda imponer y cobrar tributo, así como trabajos
personales. Por lo general, la corona se opone a las encomiendas y a la
prestación de trabajos personales o repartimientos, pero accede en muchos
casos por no encontrar un sistema mejor para premiar a sus servidores y para
pacificar y administrar los nuevos territorios. Por este sistema, el
encomendero tendrá, durante una o, a veces, dos generaciones, el derecho a
cobrar el tributo de los vasallos y adquiere la obligación de protegerlos en
contra de cualquier enemigo y de cristianizarlos y civilizarlos, pero no se le
concede propiedad alguna sobre la tierra, que sigue siendo de sus vasallos
tributarios. El mismo Hernán Cortés, cuando crea en su encomienda de 30
000 vasallos el primer ingenio azucarero en el actual estado de Morelos, no
puede, mediante su apoderado, vender las tierras que proveen de caña a su
ingenio porque son propiedad de los indígenas. Así, porque el español de los
primeros años de la conquista es, fundamentalmente, un conquistador y no un
colono, los terrenos propios para la agricultura permanecen en poder de las
comunidades indígenas siguiendo el sistema nahoa del “calpulli”, que más
tarde se llamará, a la española, “ejido”.
Pero si la comunidad indígena no sufre una revolución en cuanto a la
posesión de la tierra, sí la sufre en sus íntimas estructuras culturales, sociales
y económicas. La vida cristiana que se impone con gran rapidez en la Nueva
España modifica esencialmente el ambiente cultural de los pueblos indios; la
conquista, por otra parte, tiende a igualar a todos los “indios” y, desde el
momento de la caída de la ciudad de Tenochtitlán, ya se empiezan a
confundir todos: “Por esta causa están afligidos los principales y de eso
hablan unos con otros: ¡Hemos perecido por segunda vez!” En todos los
cantos indígenas de la conquista, así como en las leyendas, se refleja esta
angustia de la nobleza nahoa después de la derrota. Nobleza guerrera por
excelencia, no conoce más gloria y más triunfo que la derrota de sus
enemigos y la celebración con los grandes sacrificios humanos; pero ahora,
vencida, no halla camino hacia el futuro ni ocupación alguna que le parezca
digna. Algunos seguirán, como el Tapiezuelo que tanto menciona Bernal
Díaz del Castillo, las armas de los conquistadores y se ocuparán, al igual que
los españoles, en expander el imperio, pero otros no pueden resistir el terrible
choque de verse vencidos y humillados y no piensan ya más que en la muerte
propia y la de su especie. Su angustioso grito se refleja en los cantares de los
mexicas escritos en el momento de su agonía como pueblo:

Llorad, amigos míos,


tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexicana.
¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!
Esto es lo que ha hecho el Dador de la Vida en Tlatelolco…

Y otra imagen, evocada en un cantar que nos llega en la brillante


traducción del padre don Ángel María Garibay K., no puede ser más emotiva:

En los caminos yacen dardos rotos,


los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.

Gusanos pululan por calles y plazas,


y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas
y cuando las bebimos
es como si bebiéramos agua de salitre.
Golpeábamos en tanto los muros de adobe
y era nuestra herencia una red de agujeros.
Con los escudos fue su resguardo,
pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad.

Y también, en sus cantares, recuerdan la patética escena de la prisión de


Cuauhtémoc después de su heroica resistencia, y de su sobrina y mujer, que
luego sería bautizada con el nombre de doña Isabel:

¿Quién eres tú que te sientas junto al Capitán General?


¡Ah, es doña Isabel, mi sobrinita!
¡Ah, es verdad, prisioneros son los reyes!

Y los sacerdotes de los ídolos, los conservadores de la cultura y tradición


del pueblo, se quejan así ante los padres franciscanos:

Pero, si como vosotros dijisteis,


ya nuestros dioses han muerto,
dejadnos pues ya morir,
dejadnos ya perecer,
puesto que ya nuestros dioses han muerto.

Leyendo estos cantares y relatos, parece como si todo hubiera acabado


para los indios de la Nueva España, pero toda esta imagen no es propiamente
la del pueblo, la del “macehual”, sino la de los señores y de los sacerdotes,
esto es, de las clases dominantes. Pero para los tlaxcaltecas, los totonacas, los
michoacanos, para todos los innumerables enemigos del Imperio mexica,
muchos de los cuales han combatido junto a Cortés, ese 13 de agosto es un
día de triunfo, al igual que para los castellanos. Claro está que, al poco
tiempo, las clases aristocráticas de esos pueblos han de sufrir las
consecuencias, pues por más que la corona haya querido respetar y hacer
respetar su estatus, irremediablemente se fueron viendo convertidas en una
clase social secundaria y menospreciada por el español. Con ello, poco a
poco, se fue fundiendo con el indio del pueblo, salvo muy escasas
excepciones. Pero el pueblo en sí, el tameme y el macehual, será elevado de
categoría por el cristianismo que, teóricamente al menos, lo iguala a cualquier
otro hombre, así como por la tecnología que le proporciona el español, y no
será sino más tarde cuando se empiece a emplear, como término peyorativo,
el de “indio”. Pero cuando eso sucede, ya ese “indio” había ascendido en su
escala cultural y se había convertido en un notable campesino o en un muy
buen artesano. Por lo tanto, para la mayoría indígena, la conquista se vuelve
una verdadera revolución, que altera las estructuras tradicionales del pueblo y
tiende a igualar en un mismo grupo a todos los naturales.
Pero también para el español que viene a América la experiencia de la
conquista se convierte en una verdadera revolución que rompe las estructuras
que empezaban a estratificarse en la península. Ya hemos visto cómo la
antigua nobleza prácticamente no toma parte en la conquista y cómo en las
Indias surgen los caudillos, no de entre los miembros de las más ilustres
familias, sino entre los hombres más capaces, cualquiera que sea su origen. Y
una vez terminada la conquista, el español tiende a nivelarse a medida que se
conforma la clase directiva de los nuevos reinos. Se siente hijodalgo y utiliza
el “don”, que en España nunca se hubiera atrevido a colocar frente a su
nombre. Mientras, surgen y cobran fuerza una segunda y una tercera
generaciones, en las cuales sobresalen el criollo y el mestizo; el español es
quien dirige y gobierna, bajo la lejana supervisión de la corona, esa sociedad
en formación. El destripaterrones castellano se convierte en encomendero y
compite con sus iguales y superiores en eso de enviar memoriales al
emperador para hacer valer sus servicios y pedir mercedes. Un bastardo
analfabeto, cuidador de puercos en Extremadura, puede ser marqués en las
Indias. La estructura social hispánica se ha roto y empiezan a surgir lo que
pudiéramos llamar las estructuras primarias de América. Con la aparición,
cada vez en número creciente, del criollo y del mestizo, esas estructuras
cobrarán su forma definitiva, lo cual sucede en la Nueva España con notable
rapidez. Para mediados del siglo XVI ya se ha estratificado en tal forma la
sociedad novohispana que se ha creado un concepto de pertenencia al
virreinato más que a España o a la totalidad del imperio y, así, el término
genérico de “mexicano”, que se usó al principio exclusivamente para
designar a los habitantes de la ciudad de Tenochtitlán, se hace extensivo a
todos los nacidos en el virreinato, tanto criollos como mestizos o indios. Ya
en 1566 lo encontramos empleado con ese sentido en documentos impresos,
como la célebre carta de Valencia, en la cual se anuncia la conquista de
Filipinas.
Con esta imagen de la conquista, vista como una revolución, no se
pretende justificar el hecho mismo de la conquista violenta, ni tampoco
repudiarlo. Los hechos históricos no se deben medir por su bondad o por su
crueldad, lo cual resulta de muy escasa trascendencia, sino por su eficacia
histórica y, para comprender la historia de los siguientes 250 años en el
océano Pacífico, es imprescindible tener presente, en la conquista cortesiana,
la notable eficacia del hecho, que pudo configurar un nuevo grupo social con
extraordinaria rapidez y capacitarlo para intervenir en la conquista de la ruta
océanica más larga y peligrosa del mundo, así como en los asuntos de Asia.
En la Nueva España, por primera vez, pudo un conquistador crear una
nación distinta sin destruir totalmente a la población indígena, como había
sucedido anteriormente en el Caribe. El reconocimiento de esta verdad
modifica totalmente el criterio y el sistema que se ha de seguir de esa fecha
en adelante en las grandes conquistas. Ante todo se había llegado a la
conclusión de que la verdadera riqueza de un país conquistado no consiste
tanto en sus productos naturales exportables, como el oro y la plata, sino en
una población numerosa, de cultura lo bastante estable para poder organizar a
un mestizaje que sirviera como fuerza de trabajo. Y para que esta riqueza
produjera, era necesaria la conservación del indígena y, junto con él, de
muchos de sus elementos culturales. Eso lo entienden enseguida los primeros
misioneros, como fray Toribio de Benavente, Motolinía, y buscan la forma de
quitarle al indígena todo aquello de su anterior cultura que vaya en contra del
derecho natural, como los sacrificios humanos y la sodomía, o en contra de
los mandamientos fundamentales de la Iglesia, como la idolatría y la
poligamia, pero conservando su sentido de autoridad, su estructura social, sus
fiestas sanas en las cuales los bailes paganos se convierten, como hemos
visto, en “danzas de moros y cristianos” y, sobre todo, en preservar su idioma
y verter a él las verdades de la nueva religión.
Por otra parte, el español que pasa a las Indias empieza a tener al poco
tiempo características diferentes a las del peninsular. El desastre de Villalar y
el creciente poderío en todos los órdenes de la corona, no le afecta
notablemente y sigue viviendo su estado anárquico o de reprobación tácita a
toda autoridad. Los conquistadores, de Hernán Cortés para abajo, piden
constantemente al emperador que no envíe abogados a las Indias porque todo
lo enredan. Y este mismo pensamiento anárquico en contra de la autoridad
constituida lo encontramos en la parte religiosa. Cortés pide al rey

los concejos de las villas desta Nueva España y yo enviamos a suplicar a Vuestra
Majestad mandase proveer de obispos y otros prelados para la administración de los
oficios y culto divino, y entonces pareció nos que así convenía; y agora, mirándolo
bien, háme parecido que Vuestra Sacra Majestad los debe mandar proveer de otra
manera, para que los naturales de estas partes más aína se conviertan, y puedan ser
instruidos en las cosas de nuestra santa fe católica.
Pide que se manden tan sólo religiosos de santa vida y añade: “Porque
habiendo obispos y otros prelados, no dejarán de seguir la costumbre que por
nuestros pecados hoy tienen, en disponer de los bienes de la Iglesia, que es
gastarlos en pompas y otros vicios; en dejar mayorazgos a sus hijos e
parientes”. Sin letrados y sin obispos, con la tradicional libertad del hombre
hispánico, la empresa de Indias puede marchar mejor. Para suerte de la Nueva
España, entre los obispos y letrados que pasaron a estas tierras en los
primeros años, estaban fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de
México, y Vasco de Quiroga, oidor primero y más tarde obispo de
Michoacán.
Además, el español una vez en América había aceptado, por gusto o por
necesidad, muchos de los elementos de la cultura indígena, se había
“aindiado” en diferentes aspectos. Ya hemos visto cómo Vasco Núñez de
Balboa pedía hombres que hubieran pasado ya un tiempo en las Antillas, en
esa “universidad de la conquista” como con acierto las llamara Carlos
Pereyra. Los pedía porque, por experiencia, sabía que esos hombres ya no
eran iguales a los peninsulares. Por una parte, habían aprendido a vivir a la
manera india, a comer maíz, cazabe de yuca, gallinas de la tierra, etc.; por
otra, habían desarrollado una manera especial de hacer la guerra con muchas
de las armas de los indígenas, como el famoso escaupil, especie de camisón
de grueso acolchado para evitar piedras y flechas, que acompañaría a los
conquistadores hasta Chile y hasta las Filipinas; ya saben que la carga de
caballería a la manera española no surte efectos entre los indios a pie y con
valor tal que son capaces de dejarse clavar una lanza con tal de arrebatársela
al enemigo y derribarlo del caballo. Así, han desarrollado el sistema de atacar
“con las lanzas por los ojos”, a medio galope. Finalmente, han conocido, en
el sentido bíblico, a las mujeres indias y han tenido hijos con ellas y, en la
mayor parte de los casos, los han reconocido y son muchos los que se han
casado con las madres. Por lo tanto, empieza a nacer el amor entre las dos
razas. Juan Velázquez de León perderá la vida en la Noche Triste por salvar a
su manceba de Tlaxcala. Alvarado sostendrá lujosamente a la hija de
Xicoténcatl en Guatemala aunque esté ya casado con doña Beatriz de la
Cueva. Cortés cuidará siempre de la Malinche y de su hijo a quien ha puesto
el nombre de su propio padre, Martín. Y ese español aindiado, en contacto
con la mujer indígena, cuando es hombre de inteligencia despierta, empieza a
comprender la vida indígena, a saber de su política y a aprovecharla para sus
propios fines. Para él, el indio no es una masa amorfa como la definiría
mucho más tarde un escritor español: “Quien ha visto a un indio, los ha visto
a todos”. En las Indias ha aprendido que cada indio es una persona humana,
distinta a las demás.
Conviene insistir acerca de la necesidad que tenemos de forjarnos una
imagen verdadera acerca de lo que fue ese hecho histórico que llamamos la
conquista española de América. Durante muchos años, para interpretarla se
ha partido de una de estas dos concepciones: la que representa al
conquistador como un cruzado, un “caballero de la Virgen” cuyo único
interés en la vida es el bien y la cristianización de los indios de América que
viven en su miserable idolatría y en la más negra de las barbaries, o la que
emana de la “leyenda negra” y que enseña que todos los españoles eran unos
monstruos de crueldad, ansiosos tan sólo de oro y de sangre, que cayeron
sobre las nobles y puras culturas indígenas para pisotearlas, envilecerlas y
destruirlas. Juzgar así la historia es reducirla a un cuento de niños, donde tan
sólo hay personajes buenos, infinitamente buenos, o personajes malos de una
maldad descomunal. Equivale a considerar la historia, no como el estudio de
la acción del hombre en su tiempo y su hábitat, sino como una eterna lucha
entre ángeles y demonios.
Ya hemos visto lo que era el español que se lanzó a la conquista de las
Indias; un hombre con los vicios y cualidades que se heredan de los casi ocho
siglos de lucha a muerte. Si a nuestro sentido refinado, al cual repugna la
crueldad individual, pero que tolera cosas como Dachau, Nagasaki, Vietnam,
le subleva la crueldad española, debe entender que ésa era la manera de ser de
su tiempo en toda la Europa cristiana y que esa crueldad la demostraba el
español no sólo contra del indio sino en contra del mismo español. Pero,
asimismo, cuando contempla la destrucción que ha causado, se duele de ella,
como lo dice Bernal Díaz al hablar de ese 13 de agosto:

digo que en tres días con sus noches en todas tres calzadas, llenas de hombres y mujeres
y criaturas, no dejaron de salir, y tan flacos y amarillos y sucios y hediondos, que era
lástima de verlos; y como la hubieron desembarazado, envió Cortés a ver la ciudad, y
veíamos las casas llenas de muertos, y aun algunos pobres mexicanos entre ellos que no
podían salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad, como echan los
puercos muy flacos que no comen sino hierba; y hallose toda la ciudad como arada y
sacadas las raíces de las hierbas buenas, que habían comido cocidas, hasta las cortezas
de algunos árboles; de manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada.

Como se ve, no hay mucha diferencia en el pathos que el español pone al


describir la escena de su victoria, al que pone el indio al describir su derrota.
Al conquistador lo movían tres deseos tradicionales, nacidos de ese amor
a la vida, a las tres vidas de las cuales habla Jorge Manrique:

No se os faga tan amarga


la batalla temerosa
que esperáis,
pues otra vida más larga
de la fama gloriosa
acá dejáis.
Aunque esta vida de honor
tampoco no es eternal
ni verdadera,
mas con todo, es mejor
que la otra temporal,
perecedera.

Y luego la otra vida, “el vivir que es perdurable” allá en el cielo del
cristianismo, en la unión con su Dios. Así, llega a América movido por el
deseo de riquezas con las cuales gozar de esta vida terrenal, con un deseo de
realizar hechos heroicos que le den la vida “de la fama gloriosa” y el íntimo
deseo de hacer algo para propagar esa fe de Cristo, de ese Dios cristiano que,
después de la larga lucha contra el islam, que adora a ese mismo Dios, lo ha
convertido en un ser un tanto tremebundo, vengativo, celoso, al cual toda la
influencia del humanismo no ha logrado cambiar sus características
tradicionales. Por lo tanto, la actitud del español frente a los indios se verá
motivada por estos tres deseos vitales llevados en mayor o menor grado,
según la calidad espiritual del hombre. Porque, ante todo, el conquistador es
un hombre. Bernal Díaz del Castillo, temeroso de que su lector los considere
héroes y no hombres, insiste “e como éramos hombres, temíamos a la
muerte”. Como hombre, la intensidad de cualquiera de estas tres
motivaciones puede llevarlo a ser un Nuño de Guzmán, un Francisco
Carbajal, el Demonio de los Andes o un Lope de Aguirre, “el Tirano”; o bien
puede ser un Cortés, un Sandoval, un Jiménez de Quesada, hombres con tan
tremenda ambición que su visión de esa “vida del honor” no tiene límites; o
pueden convertirse en un fray Bartolomé de las Casas, en un Motolinía, en un
Vasco de Quiroga o en un Francisco Solano que buscan en el humanista
ejercicio de la caridad sin límites el “vivir que es perdurable”.
Si analizamos a fondo a los conquistadores cuyos hechos conocemos, nos
va a sorprender el que, más que su crueldad y su sed de oro, se destacan en
ellos las cualidades que emanan de ese amor a la fama que ya Cervantes pone
como motivación principal en las acciones del “cortesísimo Cortés”. Y
también conviene observar que los más oscuros matices de la leyenda negra
provienen de los relatos y las discusiones de los mismos españoles en
ejercicio del derecho de la autocrítica. La palabra ardiente y no siempre justa,
como no lo podía ser, de un hombre incendiado como fray Bartolomé de las
Casas, llena en tal forma el concepto histórico que se nos presenta como
reacción única, haciendo olvidar las voces de muchos otros hombres de letras
y de la Iglesia y hasta de los mismos hombres de armas. Balboa, Cortés,
Bernal Díaz protestan siempre ante las crueldades que consideran
innecesarias. Bernal Díaz critica en su ídolo Cortés el que haya ahorcado a
Cuauhtémoc en el viaje a las Hibueras y dice “lo mató sin justicia”. Balboa se
queja ante el rey de que los hombres de Pedrarias cometen abusos en contra
de los indios ya pacificados. Los ejemplos son innumerables. Por su parte, la
propia corona, en seguimiento de las normas trazadas por la reina Isabel,
expide durante todo el tiempo que dura el proceso colonial leyes y cédulas
para promover el buen trato a los indígenas y para proteger sus derechos. La
insistencia de estas leyes y cédulas es una clara muestra de que muchas de
ellas no se cumplen, porque aunque el español en las Indias conserva siempre
su sentido de lealtad a la corona, no es muy amigo de obedecer leyes e
inventa pronto la salvadora fórmula de “obedézcase, mas no se cumpla”.
Conforme crecen el centralismo de la administración pública y la extensión
geográfica del imperio, se vuelve más y más difícil hacer cumplir las leyes,
muchas veces por haber sido dictadas a tan gran distancia y con muy escaso
conocimiento de la realidad, lo que las hacía prácticamente imposibles de
cumplir. Pero de ese enorme fondo jurídico que son las leyes de Indias,
quedan algunas indudables realidades: el indio no se convertirá en esclavo en
el sentido que lo es el negro; se respetarán, hasta la llegada del siglo XIX, las
tierras de las comunidades; el indio, en sus quejas, será oído por la corona y
en muchas ocasiones se le hará caso y justicia.
Toda comparación histórica suele, además de absurda, ser peligrosa para
el verdadero entendimiento de la historia, pero si comparamos en general la
suerte del indígena del mundo hispánico con la de los indígenas de otras
partes donde llegaron colonos de otros pueblos, veremos que en la marcha
arrasadora de la expansión occidental al indio hispano-americano le tocó la
mejor parte. Y esto se debe en buena medida al hecho de que una de las
características hispánicas del siglo XVI fue la de conquistar, en lugar de
colonizar y, aunque parezca extraño, para el indígena la colonización es
mucho más cruel y destructiva que la conquista. El conquistador, como
hemos visto en el caso del español, acaba siendo conquistado. El hecho
mismo de que se presenta en una tierra nueva y ante una cultura nueva sin
familia, lo hace vulnerable. Cuando necesita una mujer, tiene que tomar a una
de las mujeres indígenas y tiene hijos con ella y, a la larga, es dominado hasta
cierto punto por esa mujer y por esos hijos. El colono, en cambio, llega con
su familia, a la cual tiene que alimentar y proteger y, por lo tanto, el indígena
es el enemigo y el rival y mientras exista la familia estará en peligro
constante. Como colono, por lo general no tiene marcadas ambiciones de
riquezas inmediatas, ni de gloria, y tan sólo desea vivir en paz con su
conciencia, cualquiera que ésta sea. Si para lograr estos fines es necesario
eliminar toda la vida indígena, la elimina y la conciencia no parece
molestarle. Pero el español no tiene alma de colono. Su pasado histórico de
siete siglos está en contra de ello. Pasa a América y se establece con mayor
predilección en los sitios donde hay una comunidad indígena de cultura
superior de la cual pueda valerse como fuerza de trabajo y de expansión y, en
cierto modo, a la cual pueda incorporarse porque, por tradición secular y por
venir solo, no le teme al mestizaje. En el siglo XVI los españoles hicieron
algunos intentos de colonización que en su gran mayoría fracasaron
ruidosamente, no porque el español fuera incapaz de organizarse como
colono y rehuyera el trabajo, sino porque no pasaba a las Indias para seguir
siendo el destripaterrones castellano, y su ambición era otra. El resultado de
esto fue, deseado o inconsciente, el de conservar la vida indígena en los sitios
como México, Guatemala, Colombia o Perú, donde había ya culturas
establecidas, y promover, en mayor o menor grado, un mestizaje cultural. Y
al hacer eso, forjaron con extraordinaria rapidez naciones con características
propias que subsisten hasta la fecha, que se distinguen entre sí, porque
emanan en su mayor parte de las diferentes calidades de las culturas
indígenas que se fundieron con la hispánica.
Carlos V, como ya hemos visto, entendió esta nueva modalidad de
conquista que abría al mundo español caminos ilimitados en esas mismas
Indias que antes se habían considerado tan sólo como un estorbo geográfico y
esto compensó las noticias de los constantes descalabros sufridos allende el
Mar del Sur. Tras las extraordinarias nuevas de Cortés en México, llega
Pizarro a pedir la conquista del “Río Birú” con muestras de las maravillas que
había en esa tierra. Así, en el ánimo del emperador y sus consejeros se va
debilitando el deseo de esas difíciles conquistas en Asia, que van resultando
no sólo muy costosas, sino llenas de complicaciones internacionales en la
misma Europa. El balance que se hace es ruinoso: de 12 barcos que han
zarpado de España y tres de la Nueva España, dos se han regresado sin llevar
a cabo la empresa y sólo uno, el Victoria de Elcano, ha podido regresar con
una carga útil, pero aprovechando la ruta portuguesa e infringiendo los
derechos de Portugal. Además, el “tornaviaje”, ese regreso de Asia a las
Indias, parece ser imposible. El rey de Portugal, después del fracaso de la
Junta de Badajoz, ha seguido protestando ante el emperador por lo que
considera violaciones a sus derechos exclusivos en las Molucas.
A principios de 1529 los dos monarcas acuerdan hacer una nueva junta,
pero en ella no se van a discutir puntos técnicos ni antecedentes geográficos e
históricos, sino que se va a tratar de llegar a un verdadero acuerdo. Así, el
emperador conviene en ceder “para siempre jamás al dicho Señor Rey de
Portugal, para él y todos sus sub cesares de la Corona de sus reinos, todo el
derecho, acción, dominio, propiedad y posesión o casi posesión y todo el
derecho de navegar e contratar e comerciar por cualquier modo que sea, que
el dicho Emperador e Rey de Castilla dice que tiene e podrá tener por
cualquier vía e manera que sea en el dicho Maluco, Islas, Lugares, tierras e
mares”. Además, se acuerda fijar la línea de demarcación en el Pacífico 17°
ecuatoriales más al oriente, en las islas llamadas de las Velas y Santo Tomé,
más o menos en el meridiano 155 este. Como compensación, el rey de
Portugal le pagará al emperador la cantidad de 300 000 ducados.
Con ese tratado, firmado en Zaragoza, España renunciaba prácticamente a
seguir adelante sus exploraciones y conquistas en Asia y se reducía a su
Imperio americano y a las tierras que se pudieran descubrir en el Pacífico,
como el misterioso continente austral, pero en las Indias los 186
conquistadores no estaban dispuestos a detenerse en el Pacífico. La leyenda
Plus ultra del escudo imperial los llamaba a más aventuras. Ya hemos visto
cómo Cortés había empezado a crear una sociedad de hombres de mar en las
costas del Pacífico, de donde envió la armada de Álvaro de Saavedra.
En 1532, cuando regresa de España, envía a Diego Hurtado de Mendoza
con dos navíos para que explore hacia el norte en busca de nuevas islas y
tierras de acuerdo con lo que había capitulado con el Consejo de Indias.
Cuando los dos barcos cruzaban frente a las costas de Jalisco, la tripulación
se amotinó y uno de los barcos fue a encallar en unos bajos cerca de la costa,
mientras que el otro, con Hurtado de Mendoza a bordo, desapareció para
siempre. Para buscarlos, Cortés envió a Diego Becerra de Mendoza con dos
navíos que tenía armados en Tehuantepec, pero apenas habían zarpado los
dos barcos se separaron y el capitaneado por Hernando de Grijalva se metió
mar adentro y descubrió una isla a la que llamó Santo Tomás. Becerra, con el
piloto Ortuño Jiménez, siguió su derrota hacia el norte como se le había
ordenado. Becerra era un hombre altanero, incompetente e ignorante de las
cosas del mar, mientras que Jiménez era uno de los mejores marinos que
había en aquel tiempo en la Nueva España. La mayor parte de los marineros
eran vizcaínos y, por lo tanto, paisanos suyos y completamente de acuerdo en
fomentar sus ambiciones y seguir sus dictados. Jiménez pudo convencerlos
fácilmente, si es que no los había convencido ya desde antes de zarpar, de
que se hicieran con la nao y así, una noche, dieron sobre Becerra y sus
parciales y los mataron a estocadas. Prosiguieron la ruta hacia el norte con
Ortuño Jiménez como capitán y llegaron a una tierra que creyeron era isla y
que llamaron Santa Cruz, donde el capitán dijo que con seguridad había en
ella gran cantidad de perlas. Para cerciorarse, desembarcó con algunos
compañeros y no hicieron más que saltar a tierra cuando cayeron sobre ellos
unos indígenas y los mataron. Los marineros que habían quedado a bordo, al
ver este nuevo desastre, no quisieron seguir adelante y se regresaron a la
Nueva España, donde informaron lo que había sucedido exagerando con toda
seguridad la noticia de las perlas para congraciarse con Cortés y que
disimulara lo del motín.
Con esta nueva, Cortés quiso probar personalmente su fortuna en una
nueva empresa en la Tierra de Santa Cruz y se hizo a la vela, desde el puerto
de Acapulco, con tres navíos que le habían fabricado en Tehuantepec. Iba con
él un lucido grupo de caballeros, pues cuando se supo que el mismo capitán
general y marqués del Valle de Oaxaca encabezaría la empresa, todos
quisieron tomar parte en ella, seguros de que resultaría como la de México.
Sin dificultades llegaron a Santa Cruz, la actual Baja California y no
encontraron ni indígenas ni perlas y mucho menos mantenimientos y agua
potable. A pesar de lo poco atractivo del sitio en el cual habían
desembarcado, Cortés estaba resuelto a que la empresa fuera un éxito, así que
despachó a dos de los navíos para que le llevaran refuerzos y víveres, con la
mala suerte de que los dos encallaron en las costas de Jalisco y la nueva
colonia empezó a padecer las ya típicas hambres y desesperanzas. Con el
barco que le quedaba, salió Cortés en busca de los otros dos, logró
encontrarlos, ponerlos a flote, repararlos y llegar con ellos cargados de
víveres a Santa Cruz donde, según Bernal Díaz, “comieron tanta carne los
soldados que lo aguardaban que, como estaban debilitados de no comer cosa
con substancia de muchos días atrás, les dio cámaras y tanta dolencia que
murieron la mitad de los que quedaban”. Doña Juana de Zúñiga, la segunda
mujer de Cortés, al enterarse en México de que los navíos habían encallado
en la costa, pidió ayuda al virrey Antonio de Mendoza y pudo enviarle a su
marido auxilios y la súplica que se regresara en otros dos barcos que ya
estaban acabados en los astilleros de Tehuantepec. Al mando de estos dos
navíos iba Francisco de Ulloa, quien encontró a Cortés en Santa Cruz y lo
pudo convencer de que volviera a sus casas de México y Cuernavaca, a su
joven mujer y al gozo de su gloria y sus riquezas.
Al año siguiente, por órdenes de Cortés, Ulloa volvió a salir hacia el norte
a explorar las costas de California hasta la isla de Cedros y el cabo del
Engaño en los 30° de latitud norte y regresó, sin mayores tropiezos, al puerto
de la Navidad o de Juan Gallego, donde a los pocos días de tomar tierra uno
de sus soldados lo asesinó a puñaladas. Todas estas empresas, aunque
adelantaron algo el conocimiento geográfico de la costa, habían terminado en
un fracaso económico. Sin embargo, Cortés seguía intentando pasar adelante,
hasta el famoso estrecho que tantos habían buscado por el Atlántico, que
llamaban de Amián y que estaba “en la tierra de los bacallaos”. La misma
ambición tenía el virrey Antonio de Mendoza, de modo que al salir Cortés
para España en 1540 despachó a Hernández de Alarcón, pero éste en lugar de
navegar por la costa externa de California se adentró por el golfo o mar de
Cortés, hasta la desembocadura del río Colorado. En 1542, el virrey mandó
una nueva empresa que aclarara ese misterio del golfo de California,
indistintamente considerado como golfo o como estrecho. El mando recayó
sobre Juan Rodríguez Cabrilla, portugués de origen. Llevó consigo dos naos,
la San Salvador y la Victoria, y como piloto a Bartolomé Ferrelo. Enfilando
hacia el norte no entraron por el golfo de California sino que siguieron la ruta
de Ulloa hasta la isla de Cedros y, a los 34° de latitud norte, descubrieron la
isla de San Miguel que Cabrilla llamó “de la Posesión” y donde murió el 3 de
enero de 1543. Ferrelo siguió explorando hacia el norte, hasta el cabo Blanco
y el cabo Mendocino, llamado así por el virrey Antonio de Mendoza, a los
43° de latitud norte. El mes de abril de ese año, después de las acostumbradas
hambres y miserias, trabajos y escorbuto, lograron regresar al puerto de la
Navidad. Habían adelantado la exploración hacia el norte unos 12 grados.
En Panamá el gobernador Pedrarias Dávila soñaba también con tomar
parte en la empresa del Maluco, pero la pobreza de su gobernación y su
avaricia le hacían pedir ayuda al rey, como lo hace en su carta de abril de
1525: “Entendiendo estoy en hacer navíos y lo que es necesario para traer
aquí a esta ciudad de Panamá la especiería donde me certifican pilotos que la
traerán. Suplico a Vuestra Majestad, porque los gastos de acá son muy
grandes y para esto es menester ayuda de Vuestra Majestad me mande
favorecer y ayudar para ello”. El emperador no parece haber atendido la
solicitud de Pedrarias en vista de que ya Cortés, por su cuenta, se ocupaba de
ello, pero en Panamá la ambición de la gente no estaba en las Molucas sino
en esa tierra llena de oro que habían mencionado algunos indios desde
tiempos de Balboa y que quedaba hacia el sur. En 1522 Pascual de
Andagoya, que había llegado a Castilla del Oro con Pedrarias, inició los
descubrimientos por la costa de Colombia por instrucciones del gobernador,
pero el carácter desconfiado de éste y su avaricia hacían imposibles todos los
esfuerzos. Cortés a los 10 años de tomada Tenochtitlán ya había podido
mandar una armada al oriente y descubrir la costa hasta California, pero
Pedrarias aposentado desde 1517 en Panamá, en la costa del Mar del Sur, en
cinco años tan sólo había podido descubrir, con la ayuda de Gil González de
Ávila, la costa hasta el golfo de Fonseca hacia el norte y un pequeño tramo
hacia el sur.
Francisco Pizarro, vecino acomodado de Panamá que había estado con
Balboa en el descubrimiento del Mar del Sur, no olvidaba lo que afirmaban
los indios acerca de la existencia de oro en el sur, noticias que parecían
confirmarse con la exploración de Pascual de Andagoya. Con el afán de ir,
hizo compañía con otro soldado acomodado de Panamá, Diego de Almagro, y
con un maestrescuela de la isla de Taboga, Hernando de Luque, para hacer
una entrada en el país del sur. Era 1525 y ya habían llegado a Panamá las
noticias de las hazañas de Cortés y de su buena fortuna, cosa que los animaba
aún más a tentar fortuna. Como era necesario pedir la autorización del
gobernador para poder zarpar, tuvieron que interesarlo en el negocio, lo cual
permitió a Pedrarias presumir ante el emperador de que él había mandado la
expedición: “Al levante por la Mar del Sur, tengo enviada otra armada, como
le he escrito a Vuestra Majestad, a descubrir con el capitán Pizarro, mi
teniente”, y agrega, en honor de la verdad, que Pizarro, Almagro y Luque han
ayudado con sus haciendas. Pizarro, en un solo barco, salió de Panamá en
1525, mientras Almagro preparaba otro barco para ir tras de él y socorrerlo.
Los dos barcos no se encontraron sino a su regreso a Panamá, y los resultados
económicos de la entrada fueron tan magros, por no decir nulos, que
Pedrarias se negó a autorizar una nueva empresa que pensaban emprender los
socios y, sobre todo, a facilitar dineros para ella. Luque salió al rescate y puso
a disposición de sus socios 20 000 pesos de oro, con lo cual partieron
nuevamente Pizarro y Almagro hacia el sur, en 1526. Llegaron hasta
Atacama, donde encontraron una ciudad bien poblada y muestras de una
cultura estable e importante y, además, oyeron las primeras noticias ciertas
del gran imperio de los incas y de sus riquezas. Es curioso observar que el
oro al cual se referían los caciques de Panamá era seguramente no el de los
incas, sino el de los chibchas de Colombia, pero los españoles, en su ansia de
llegar al sur, pasaron adelante de estos pueblos, que serían descubiertos más
tarde por tierra, desde Venezuela, Cartagena y Quito, y dieron con el Imperio
incaico. Como no contaban con elementos suficientes para emprender una
verdadera entrada por tierra resolvieron regresar, pero Pizarro, para obligar a
los de Panamá a que le mandasen refuerzos, optó por quedarse con algunos
hombres en la isla del Gallo, mientras Almagro iba por refuerzos. Las
noticias de la nueva tierra que dan Almagro de palabra y Pizarro por carta son
fantásticas, pero los hombres que quedaron en la isla del Gallo pudieron
también enviar su opinión, contraria a la de los caudillos. En Panamá hay
nuevo gobernador, Pedro de los Ríos, quien oye lo que tienen que decir los
marinos y resuelve que no se siga adelante con la empresa; a duras penas
consiente en que salga una nao, al mando de Pedro Tafur, para que recoja a la
gente. Cuando llega a la isla del Gallo, Pizarro se niega a embarcarse e invita
a sus hombres a que se queden con él para seguir adelante en la empresa.
Trece pasan la raya que traza, los 13 de la fama, y los otros regresan a
Panamá. Ante esta insistencia de Pizarro y los ruegos de Almagro y Luque,
Pedro de los Ríos autoriza la salida de otro barco con la condición de que ha
de regresar en seis meses a lo sumo y, de no encontrar la seguridad de tierras
ricas en oro, no se volverá a hablar de la empresa. En ese barco Pizarro logra
llegar hasta el golfo de Guayaquil y la ciudad de Tumbes, ya dentro del
Imperio inca, donde encuentra muestras palpables de su riqueza, de su cultura
y de la grandeza del inca Huayna Capac, que hacía poco había conquistado
Quito y lo había anexado a su imperio.
Las muestras de telas, llamas vivas y oro que Pizarro llevó a Panamá no
convencieron a Pedro de los Ríos, quien se negó a autorizar una nueva
armada. Ante esa actitud del gobernador, los socios resolvieron que Pizarro
pasara a España a entrevistarse con el emperador, mostrarle lo que había
traído de Tumbes y capitular con él la conquista del “Río Birú”. Las
capitulaciones se firmaron en Toledo, por la emperatriz doña Isabel en
ausencia del emperador, y en ellas se le concedía a Pizarro el título de
gobernador y capitán general por vida de las tierras que conquistase, mientras
que Almagro debía contentarse con el título de alcalde de Tumbes y una vaga
promesa de una gobernación al sur de la de Pizarro. Luque sería obispo de
Tumbes cuando se erigiera esa diócesis. De regreso de Panamá, Pizarro llevó
consigo a sus hermanos Hernando y Gonzalo. Almagro no quedó conforme
con lo que para él se había capitulado, ya que sostenía, con razón, que era en
la sociedad igual a Pizarro, así que estuvo a punto de separarse de la empresa.
Luque logró arreglar las cosas y en enero de 1531 zarpó Pizarro con 180
soldados y 70 hombres de mar con rumbo al sur, mientras Almagro quedaba,
como la vez anterior, preparando otra expedición.
Ciñéndose a la costa y efectuando varios desembarcos en el trayecto, en
uno de los cuales se les unieron Hernando de Soto y Belalcázar, llegaron a
Tumbes, que tomaron después de un combate con los indios. Pizarro fundó
allí cerca la ciudad de San Miguel, la actual Piura, aunque no en el mismo
sitio que ésta ocupa en la actualidad. Allí Pizarro se enteró de la guerra que se
había librado ente los dos hijos de Huayna Capac, Atahualpa y Huáscar, por
la herencia paterna y cómo el primero había vencido al segundo, pero aún no
ocupaba Cuzco, la capital imperial, y estaba en Cajamarca con su ejército.
Pizarro resolvió aprovechar la ocasión y marchó de inmediato en busca de
Atahualpa, al que encontró en Cajamarca, y con un audaz golpe de mano se
apoderó de él, le exigió un fabuloso rescate y lo asesinó. Desde Cajamarca
envió a algunos de sus capitanes para explorar la tierra. Él se fue a Cuzco y
Hernando Pizarro a Pachacamac en la costa. Allí recibió también el refuerzo
de Almagro, con lo que marchó sobre Cuzco, adonde llegó el 15 de
noviembre de 1533.
Desde Cajamarca Pizarro había enviado a España el quinto del oro que
correspondía al emperador y que sumaba una cantidad fabulosa para la época
y opacaba todo lo que en la Nueva España se había logrado. Naturalmente, la
noticia de tales riquezas corrió como reguero de pólvora por todos los
ámbitos del Imperio español y llegó a oídos de Pedro de Alvarado,
adelantado de Guatemala y antiguo conquistador de México con Cortés,
quien estaba alistando una armada para salir hacia las Molucas, de acuerdo
con unas capitulaciones que había firmado en España. Dicha armada, según
la carta que escribió él mismo al emperador, se componía de ocho naves,
entre las cuales se destacaba la San Cristóbal de 300 toneles, la nave más
grande que se había fabricado hasta entonces en las costas del Pacífico.
Pensaba llevar 500 hombres y había gastado ya más de 50 000 castellanos de
oro. Decía además:

Se me ofreció que vinieron dos portugueses a esta provincia para pilotos, hombres de
mucha experiencia y habilidad en la navegación, los cuales a fama de la armada fue su
venida, de los cuales informándome muchas y diversas veces de la Especiería y de toda
la tierra e islas, dello han dado muy gran relación, por saber la tierra a cabsa que a más
de 30 años que han navegado por ella i saben la lengua de algunas gentes que en ella
hay. Dicen de tierras de V. M. en que se entrometen portugueses, de la facilidad i
brevedad de la navegación a tierras muy ricas e de la seguridad de conquistarlas.

Uno de estos pilotos era Juan Fernández, quien más tarde habría de
prestar notables servicios en las costas de Perú y Chile, además de descubrir
la isla que lleva su nombre. Al principio de esa misma carta Alvarado decía
que pensaba hacer la armada para ir al Perú, ya que consideraba que Pizarro
solo no podría conquistarlo todo, pero que finalmente se había resuelto por el
viaje al Asia debido a los consejos de sus pilotos portugueses. Pero antes de
que zarpara la armada llegó la noticia de la increíble cantidad de oro que
había en el Perú y el 18 de enero de 1534 le vuelve a escribir al emperador
desde el puerto de la Posesión, en Nicaragua, para informarle que está ya listo
a zarpar con 12 naos, 450 españoles, 140 hombres de la mar, 260 caballos “y
otros 200 negros esclavos de los españoles”. Ya no hará el viaje hacia el
Oriente, sino que buscará un sitio al sur de la gobernación de Pizarro para
hacer allí una conquista. Pero, según él, obligado por las corrientes y los
temporales, con el solo intento de “fazer aguada e tornar al viaje” se llegó a
las costas de Caraques, en la actual república del Ecuador, donde los pilotos
se negaron a seguir adelante con toda la armada por ser las corrientes
contrarias, y con los trabajos del mar se estaban muriendo todos los caballos,
que tuvo que echar al mar más de 60. En Caraques, Alvarado se enteró de
que, además de la capital incaica de Cuzco, había otra en Quito, a la cual no
habían llegado los españoles, y resolvió ganársela a Pizarro. Se dirigió hacia
ella atravesando los Andes, donde perdió gran parte de su ejército en las
nieves y los ventisqueros. Cuando llegó al altiplano encontró huellas de
caballos. Sebastián de Belalcázar, partiendo de la villa de San Miguel, le
había ganado la partida, y a los pocos días apareció Diego de Almagro con
otro ejército. Cuando parecía inminente una batalla entre los mismos
españoles, se llegó a un acuerdo mediante el cual Alvarado entregaba su
ejército, sus barcos y sus esclavos negros a cambio de 100 000 pesos en plata,
que le daría Pizarro. Los dos caudillos se entrevistaron en la costa, en
Pachacamac, y Alvarado, con un barco que le dejaron para ello, salió de
nuevo hacia Guatemala mientras que el piloto portugués Juan Fernández
quedaba al frente de la flota, en Pisco, explorando la costa.
Los procuradores que Pizarro y Almagro habían mandado a España con el
oro de Atahualpa regresaron trayéndole el título de marqués a Pizarro y para
Almagro el de gobernador de un territorio al sur del de Pizarro, pero la
propiedad de la ciudad de Cuzco quedaba dudosa, ya que la medida de la
gobernación de Pizarro era en la costa, sin aclararse si se había de tomar en
línea recta o midiendo por los contornos de la costa. Pizarro, anteriormente,
había resuelto no fundar la capital de su gobernación en Cuzco, temeroso de
estar lejos del mar, así que encontró un sitio cerca del famoso templo de
Pachacamac y del valle de Lurín, en las márgenes del río Rimac, donde en
enero de 1535 fundó la ciudad de Lima de los Reyes, a tres leguas del mar y
un buen puerto que llamó El Callao. Al obrar así, consciente o
inconscientemente, Pizarro rompió con la idea cortesiana de integración y
Cuzco siguió siendo la capital indígena tradicional y Lima de los Reyes se
convirtió en la capital hispánica, abandonada pronto por los indios y
repoblada con esclavos negros. Así, desde ese momento, el Perú quedó
partido en dos grupos o naciones diferentes: el indígena en la sierra, casi sin
contacto con el español, cristianizado pero no hispanizado, y el español en la
costa, con gran número de esclavos negros.
Radicado Francisco Pizarro en Lima, surge la discusión acerca de la
posesión de Cuzco y vuelve a estar en peligro la paz. Finalmente, Francisco
Pizarro logra convencer de nuevo a Almagro y éste parte de Cuzco con gran
cantidad de gente para la conquista de Chile. Dado que toda la costa era
desértica, Almagro resolvió avanzar por la sierra y logró llegar hasta el
desierto de Atacama, donde recibió la noticia del levantamiento del inca
Manco II y de cómo tenía sitiada la ciudad de Cuzco y había matado a gran
cantidad de españoles que estaban desperdigados por el reino. Con esto
resolvió regresar a Cuzco.
La situación, frente a la revuelta de Manco II, se volvió tan grave que
Pizarro escribió a Panamá, Guatemala y México pidiendo ayuda. Alvarado,
resentido con Pizarro por el trato del ejército vendido que, insistía, había sido
injusto, y porque, como le dice al Consejo de Indias el 20 de noviembre de
1535, la plata que le entregaron en pago “fue en plancha de plata que hicieron
de joyas y vajillas del Perú, y al tiempo que las fundían para hacer las
planchas, revolvieron con ella tanto cobre en pedazos, que donde pensé que
traía plata, era la más parte cobre, por manera que yo perdí por este engaño
casi la mitad de lo que pensé que traía”, no envió socorros, aunque Pizarro le
hacía ofertas tentadoras. Cortés, en cambio, al recibir las noticias del Perú,
envió una carabela al mando de Hernando de Grijalva y de Fernando
Alvarado. Según el cronista Herrera, cuando llegaron a Paita se enteraron de
que Almagro había vencido a los indios y que éstos habían levantado el sitio
de Cuzco y que la costa estaba apaciguada, con lo cual resolvieron intentar
por su cuenta una expedición al Oriente. No se sabe exactamente qué ruta
tomaron, pero fue probablemente cerca del ecuador, un poco al sur. Durante
la larga navegación murieron Grijalva y gran cantidad de sus hombres y los
pocos sobrevivientes que lograron llegar a las Molucas no tuvieron más
remedio que entregarse a los portugueses.
Cimentada ya la conquista del Perú y reducida la rebelión indígena a las
inaccesibles serranías de Vilcabamba y muerto Almagro, Pizarro confió la
conquista de Chile a Pedro de Valdivia, quien por tierra y mar logró llegar
hasta la ría de la actual ciudad de Valdivia, que fundó, lo mismo que
Valparaíso y La Serena y Concepción, con lo cual el conocimiento de la costa
se extendió hasta los 40° de latitud sur.
En España, firmado el Tratado de Zaragoza, se suspendieron las empresas
a las Molucas, pero dadas las noticias del Perú se pensó en la posibilidad de
encontrar una ruta mejor para esos fabulosos reinos del oro por el estrecho de
Magallanes, para lo cual, en 1534, salió Simón de Alcazaba, el cosmógrafo
que había estado en las juntas de Badajoz, con dos naos con la finalidad de
establecer una gobernación para sí en el extremo sur de Chile. La definición
geográfica no es muy clara, ya que dice que dicha gobernación se extenderá
desde Chincha, que queda al norte de Pisco, en el Perú, hasta el estrecho.
Alcazaba llegó al cabo de las Once Mil Vírgenes y logró penetrar al primer
ancón o bahía del estrecho, pero una serie de vendavales le impidió seguir
adelante y resolvió salir y esperar buen tiempo. Trataron de invernar en las
costas de la Patagonia y allí los hombres se amotinaron y mataron a
Alcazaba. Algunos leales pudieron recobrar el mando y regresaron a España
con las dos naos. Otra empresa más salió de España en demanda del estrecho,
en 1539, al mando de Francisco Camargo, hermano del obispo de Placencia,
quien financiaba la expedición. La flota constaba de cuatro naves, aunque el
cronista Herrera dice que eran sólo tres. La intención era la misma que la de
Alcazaba: llegar a las costas de Chile. Dos de las naves se perdieron en el
estrecho y no se volvió a saber de ellas, aunque una leyenda dice que muchos
de los hombres se pudieron salvar y fundar una ciudad en la Patagonia, que
conforme a la misma leyenda se llamó ciudad de Los Césares. Los otros dos
barcos, separados el uno del otro, lograron invernar dentro del estrecho y
regresar a España.
En 1557 el gobernador de Chile, García Hurtado de Mendoza, intentó a
su vez encontrar una ruta directa a España, tal vez con la intención de ir
desligando su gobernación de la del Perú. Para ello envió dos naves que había
mandado construir en Concepción, bajo el mando de Juan Fernández de
Ladrillero y del piloto Hernán Gallego. Las dos naves se separaron, pero
ambas hicieron una extraordinaria labor de descubrimiento y planificación,
hasta encontrar Ladrillero la boca del estrecho hacia el Pacífico, harto difícil
encuentro dada la infinita cantidad de islas, canales, arrecifes y glaciares que
hay en la costa, al sur de la isla de Chiloé. En este viaje se descubrió el
dédalo de islas de esa costa y Ladrillero pudo llegar, por el estrecho, en
sentido contrario a los anteriores, hasta el cabo de las Vírgenes. Las dos
naves regresaron a Valparaíso, pero la ruta no llegó a utilizarse, aunque el
viaje sirvió para ampliar los conocimientos que se tenían sobre el estrecho.
Con estas navegaciones, cuando apenas habían pasado 50 años del primer
viaje de Cristóbal Colón y del de Vasco de Gama, ya era conocida la costa
americana del Pacífico desde el estrecho de Magallanes al sur hasta el cabo
Mendocino, a los 43° de latitud norte, y se habían estudiado rutas que
pudieran utilizar las corrientes y los vientos. Juan Fernández había trazado el
arco para navegar de Panamá al Callao y de allí a Valparaíso, sin necesidad
de ceñirse a la costa y luchar contra la corriente de Humboldt. Además, se
había fundado en esas costas un gran número de villas y puertos y algunas
ciudades de gran importancia, como Panamá y Lima. Había gran número de
astilleros, tanto en las costas mexicanas como en las centroamericanas, en
Guayaquil y en Chile. Asimismo, se habían trazado las dos rutas
fundamentales del Pacífico, la del sur, del estrecho a Guam, y la del norte del
ecuador, a los 12°, desde las costas mexicanas hasta Guam.
Pero los antiguos conquistadores, siempre ansiosos de nuevas empresas,
no estaban satisfechos con lo que habían logrado; Pedro de Alvarado, en
Guatemala, con la plata que le había dado Pizarro y los recursos de la ciudad
de Santiago de los Caballeros de Guatemala y los propios, resolvió organizar
una nueva empresa para llegar a la Especiería, a pesar de las protestas de sus
gobernados que alegaban que los estaba arruinando y despoblando la tierra.
La primera intención de Alvarado, según oferta hecha al emperador en carta
de 12 de mayo de 1536, era pasar a España y organizar allá su armada, con
700 arcabuceros y ballesteros y ponerlos

en la costa de la Especiería, pasado el estrecho; y los sostendré allí hasta que de esta
tierra (Guatemala) vayan 2 000 de a caballo, pues como digo, para entonces habrá
abundancia de caballos; y ansí mesmo bastimentos de carne e bizcochos de la tierra, y
pez y alquitrán e xarcias y algunos navíos de los que en esta costa habrá; y con toda esa
gente se podrá conquistar y sostener todo lo que hay en la Mar del Sur.

Esta gestión de tan grandes vuelos no tuvo éxito, así que resolvió armar
su empresa en la misma Guatemala a pesar de que opinaba: “los flacos navíos
que en esta costa se pueden hacer y los bastimentos, que no son tan durables
como los de Castilla”. La armada estuvo lista en 1540 y zarpó en ella hacia el
puerto de la Navidad en la Nueva España, donde esperaba reunir mayor
número de pertrechos y de hombres. Al llegar allí, recibió una orden del
virrey Antonio de Mendoza que, como ya hemos visto, también deseaba
tomar parte en empresas de ese tipo, para que pasara a entrevistarse con él al
pueblo de Tiripitío, en el reino de Michoacán. Allí se reunieron el virrey y el
adelantado y convinieron en llevar a cabo la empresa juntos y encaminarla a
algún sitio en el cual no se violaran los derechos del rey de Portugal, de
acuerdo con lo pactado en Zaragoza. Esto, lógicamente, descartaba la
posibilidad de las Molucas, y tal vez se pensaba en la Nueva Guinea, que
había visto Saavedra, o en descubrir nuevas tierras, pero a pesar de ello la
armada se sigue mencionando como “del Maluco”. Para la dirección, se
convino en nombrar a dos capitanes generales, el uno por parte del virrey que
sería el marino Ruy López de Villalobos y el otro por parte de Alvarado, su
hermano Juan. Entre los pilotos que debían ir se contaba con Andrés de
Urdaneta, quien había ido en la armada de Loayza y había permanecido allá
varios años, como ya hemos visto. Urdaneta había sido repatriado por los
portugueses y, según carta de Luis de Sarmiento, embajador de España en
Portugal, a la emperatriz, fechada el 15 de julio de 1536:
En una nao de la India han venido dos Castellanos que fueron con Loayza. Uno de ellos
Vizcaíno, llamado Andrés de Urdaneta ha estado conmigo; yo le apretaba que al punto
fuese a dar cuenta a V. M. Traía unas Cartas, i un libro de las cosas del Maluco, de un
Fernando de la Torre que era Capitán de los Castellanos, i se lo tomaron en Lisboa, a do
quiere volver a ver a su Compañero Piloto que havía dejado malo. Irá luego.

Efectivamente fue y allí, en España, entró en tratos con Alvarado y pasó


con él a América, para tomar parte en las empresas del Maluco.
Llegados a este acuerdo el virrey y el adelantado, éste regresó al puerto de
la Navidad, pero en el camino supo que Cristóbal de Oñate estaba en
Guadalajara en dificultades por los indios que se habían rebelado y no se les
podía desalojar de un peñón desde el cual hacían grandes daños.
Inmediatamente que lo supo fue en socorro de su amigo con la gente que
llevaba y trató de tomar el peñón por asalto, pero sufrió una grave derrota a
manos de los indios. Al huir rumbo a Guadalajara, su caballo se desbarrancó
y lo “tomó debajo”, quedando tan mal herido que murió en Guadalajara a los
pocos días. Con su muerte, la gente se dispersó y el proyecto quedó sin
realizarse.
En 1542 el virrey Mendoza pudo por fin llevar a cabo parte de su
proyecto y enviar a Villalobos al Asia con tres de las mejores naves de la
armada de Alvarado. La orden era dirigirse a las islas de San Lázaro o a la
Nueva Guinea, sin tocar las tierras que tuviera ya ocupadas el rey de
Portugal. En la instrucción no parece tomarse muy en cuenta la nueva línea
de demarcación trazada en Zaragoza a los 155° de longitud este, ya que
indudablemente las islas de San Lázaro, como lo alegaría posteriormente
Urdaneta, quedaban dentro de esa línea. La flota salió del puerto de la
Navidad, llamado en aquel entonces de Juan Gallego, el 1º de septiembre de
1542, y llegó sin tropiezos a la isla de Leyte a principios del año siguiente.
Allí Villalobos tomó formal posesión de esa tierra a nombre del emperador
don Carlos y, en honor del príncipe Felipe, la nombró Filipinas. Más tarde, al
tomar posesión de la isla de Mindanao, en homenaje al emperador la llamó
Cesárea Caroli.
Los filipinos lo recibieron en son de guerra, influidos tal vez por los
portugueses, y empezó el ya típico e inacabable vagar de isla en isla
buscando un sitio adecuado para poblar una villa. Durante esos viajes, los
castellanos se dieron cuenta del intenso tráfico que había entre las islas
Filipinas y China y de que los naturales, acostumbrados a ese comercio,
tenían ánimo abierto a cualquier tráfico, pero no a rendir vasallajes que no
entendían, y mucho menos a entregar sus territorios a extranjeros. En toda
Asia imperaba la libertad del comercio marítimo, pero del respeto a las
soberanías de los estados o ciudades que existían y cooperaban en ese
comercio. Sin embargo, Villalobos, influido por la tradición española en las
Indias, soñaba con realizar una conquista del tipo de la de la Nueva España, y
al ver la actitud de los naturales, tan contraria a ella, y la gran cantidad de
gente que había en las islas, comprendió que iba a necesitar refuerzos
considerables. Así, en busca de ellos, puso proa hacia la Nueva España,
saliendo al Pacífico por el estrecho de San Bernardino el 4 de agosto de 1543,
pero aunque seis veces intentó la navegación, los vientos le fueron siempre
adversos y perdió dos de sus barcos. Con el que le quedaba, el 20 de julio de
1544 llegó a la Nueva Guinea, que bautizó con ese nombre por el color
oscuro y aspecto negroide de sus habitantes y, por fin, muy enfermo, sin
bastimentos, con el barco comido de broma y casi deshecho, se dirigió a
Amboyna, en las Molucas, a entregarse a los portugueses. Allí, al poco
tiempo, moría en brazos de san Francisco Javier, quien lo atendió en su
última enfermedad y el que, además, llevó al buen camino a uno de los
clérigos que iban en la armada, Cosme de Torres, que según él mismo: “Vine
por fin a la tierra que llaman de la Nueva España… Y después de cuatro años
pasados en los placeres del siglo, diré aún más, después de haber agotado la
copa, mi espíritu inquietó […], no se por qué presentimiento, de alguna cosa
más sólida… En nuestro camino llegamos a Amboyna y allí fue donde
encontré al padre Javier”, y el padre Javier lo llevó a la Compañía de Jesús y
se le confiará la misión en Japón, hasta su muerte en 1570. Con el viaje
desastroso de Villalobos y sus vanos intentos de regresar a la Nueva España
se cierra el primer ciclo de exploraciones y viajes rumbo a “descubrir Islas
Platáreas”, como diría el mismo san Francisco Javier.
Mientras España exploraba y conquistaba las Indias Occidentales, en la
primera mitad del siglo XVI, y además buscaba caminos hacia el mundo
asiático de la leyenda de Marco Polo, los portugueses lograron establecerse
con mayor solidez en las Molucas, fundando la gran fortaleza y factoría de
Ternate, aunque sin intentar una gran conquista territorial. Por otra parte,
abrían sus rutas hacia China y fundaban, en una península cercana a Cantón,
la ciudad de Nombre de Dios de Macao para poder comerciar desde allí con
el Imperio del Medio, y luego extender su tráfico a la isla de Taiwán que, con
justicia, llamaron Formosa, la cual en esas fechas no era parte del Imperio
chino. Se extendieron también hasta el Japón, propiciando allí el
establecimiento de las misiones católicas de los padres jesuitas y el comercio
mediante una flota anual. También, en empresas pequeñas, probablemente de
particulares, comerciaban entre las islas Filipinas y Borneo, lo mismo que en
Timor, Java y Sumatra y las Célebes. Pero ya Portugal empezaba a sentir la
enorme sangría de hombres y dineros que le había costado la expansión hacia
el Oriente y había suspendido, desde el primer cuarto del siglo XVI, toda
nueva empresa en Asia, para empezar a volver los ojos a sus territorios de
Brasil.
En el continente asiático, los anamitas habían logrado independizarse del
Imperio chino después de una lucha de más de 1 000 años y a mediados del
siglo XV se había establecido en el trono la dinastía Le. Pronto empezó la
decadencia de los reyes, que se dedicaron a sus placeres, dejando la
administración y la defensa en manos de sus validos. Dos familias
prominentes iniciaron una larga lucha por el poder que, para 1570, había
rematado en una nueva división del reino. El norte, con su capital en Hanoi,
quedó bajo el dominio de los Mac y el sur bajo la poderosa casta de los Trink.
Para poderse sostener, el grupo del norte solicitó nuevamente la ayuda de los
Ming de China, y aunque los chinos no ocuparon esta vez el territorio,
volvieron a influir en forma determinante en los destinos de Vietnam.
En China la dinastía Ming, que había llegado al trono derrocando en 1368
a los mongoles descendientes de Gengis Jan, iniciaba ya su larga decadencia,
siguiendo ese ciclo que parece irremediable en todas las dinastías chinas. Los
Ming, cuyo nombre significa “brillante” o “glorioso”, cuando llegaron al
poder desataron una ola de nacionalismo para contrarrestar en la cultura china
la larga dominación mongólica; volvieron a establecer las antiguas formas de
administración pública y a resucitar las viejas formas del arte tradicional,
sobre todo en cerámica y tejidos, pero por lo general no experimentaron con
formas y sistemas nuevos, como lo habían hecho los Tang y los Sung. Con
ello lograron incrementar la riqueza del imperio y darle un auge nunca visto
antes a ciertas industrias y al comercio con el exterior. Su nacionalismo no les
hizo dejar a un lado los procedimientos comerciales y de navegación
aportados por los cánidas, antes bien los incrementaron, y en el siglo XVI los
pesados juncos chinos viajaban hasta Ceilán y África, por un lado y por toda
el Asia sudoriental, y se internaban en el Pacífico, probablemente hasta las
Marianas y Carolinas. Pero esta nueva grandeza, este renacimiento, fue
propiciado activamente por los tres primeros emperadores, sobre todo por
Hung Wu y Yung Lo, pero sus descendientes se mostraron más débiles y ya
para 1500 el imperio se sostenía, más que por la fuerza de sus caudillos y su
gobierno, por la inercia y la maravillosa organización burocrática de los
mandarines. Pero, como hemos visto, las fronteras se fueron reduciendo; se
perdió el reino de Anam, los mongoles reconquistaron la Mongolia exterior e
infligieron serias derrotas a las tropas imperiales, llegando hasta el extremo
de capturar a uno de los emperadores; los piratas nipones paralizaron
totalmente el tráfico comercial entre Japón y China, lo cual permitió a los
portugueses, con sus naves de alto bordo y bien artilladas, adueñarse de él, ya
que ellos no temían a los piratas. Estos mismos piratas llegaron a saquear
ciudades de importancia, como Ning Po y Yang Chow, y para fines del siglo
los japoneses intentaron una invasión en forma. Así, la China Ming que va a
enfrentarse a la agresión de Occidente es en el siglo XVI un gran edificio con
cimientos que empiezan a desmoronarse. La autoridad imperial se ha relajado
en tal forma que rara vez es obedecida, y aunque se dicta toda suerte de leyes
para evitar contactos con los “bárbaros”, como llaman ellos a cualquier
extranjero, y para que los chinos no salgan del imperio, dichas leyes no se
cumplen y las ciudades marítimas se enriquecen con el comercio exterior y
aceptan la presencia de los portugueses en Macao y en algunos otros puntos
de la costa.
El Japón se había constituido como un imperio centralista, por lo menos
desde la famosa Reforma Taika, alrededor del año 645 de la era cristiana,
bajo el príncipe Naka-nooe, pero el poder de los emperadores se había
debilitado a tal grado que ya para el siglo XV, éstos estaban prácticamente
encerrados en sus palacios de Kioto, mientras que los shogunes, de poderosas
familias, gobernaban en su lugar. Era la época que se ha dado en llamar
feudal en el Japón, donde los daimios o señores de provincias se sentían de
tal manera independientes que estaban en constante guerra entre ellos mismos
y muchas veces en contra del shogún y, por lo tanto, del emperador. No fue
sino hasta mediados del siglo XVI cuando uno de esos daimios, Nobunaga, de
la pequeña nobleza, logró imponerse y tomar el control efectivo del Estado.
Lo habrían de seguir Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu, quienes
consolidarían definitivamente el poderío nipón y lograrían cerrar el imperio a
toda influencia extranjera durante más de 200 años. Pero antes del triunfo de
Oda Nobunaga ya los jesuitas estaban establecidos en el sur y habían logrado
convertir a un considerable número de japoneses, entre los cuales había
algunos daimios. Por otra parte, el comercio con los portugueses de Macao
aportaba también gérmenes de ideas extrañas junto con productos de China y,
aunque muy pocos, de Occidente. Así, ya para mediados del siglo XVI se
iniciaban en Japón los cambios que habrían de dar su estructura definitiva al
imperio, hasta la época del emperador Meiji, en la segunda mitad del siglo
XIX.
En verdad, hasta fines del siglo XVI, el Occidente, representado por
Portugal y España, no había tocado más que la periferia del Asia oriental. Tan
sólo los malayos, tanto musulmanes como animistas, habían resentido la
fuerza del impacto con la toma de Malaca, pero su cultura, sobre todo la
sostenida por el pensamiento mahometano, seguía viva y en proceso de
expansión. La caída de Malaca en manos de Albuquerque había provocado
una diáspora semejante, aunque en pequeño, a la que se provocó en todo el
mundo islámico con la caída de Bagdad en manos de los mongoles. Los
grandes sabios, los políticos, los guerreros de Malaca habían emigrado a las
islas de la Insulindia hasta Borneo, donde se habían establecido varios
sultanatos, y poco a poco avanzaban hacia el norte, a la isla de Luzón, donde
a principios del siglo XVI se habían establecido ya comunidades musulmanas
en lo que sería más tarde la gran ciudad de Manila.
En Europa, durante la primera mitad del siglo XVI, el cambio de la
sociedad había sido notable, sobre todo en España. La inmensa cantidad de
metales preciosos llegados de América había provocado una inflación nunca
vista que, con los medios y conocimientos de economía de la época, no había
forma de controlar. Así, los campesinos, la pequeña nobleza, los hidalgos de
pueblo, empezaban a vivir esas hambres que tan bien supieron pintar los
escritores de la picaresca y Cervantes. La misma corona se veía en constantes
aprietos de dinero para sostener la corte, las guerras inacabables de Europa,
sobre todo contra Inglaterra y los rebeldes flamencos, así como la
administración civil y religiosa de todo el imperio. Con la abdicación de
Carlos V, que dividió el imperio de España, las cosas hubieran podido
mejorar para esta última, pero dejarla ligada a Flandes y a Italia le provocó
una eterna sangría en la que se consumían sin remedio todas las riquezas de
las Indias. Por otra parte, en los españoles había desaparecido ya ese espíritu
individualista de hacer de la conquista una empresa privada y empezaba a
surgir la idea, originada por el centralismo de la corona, de que debía ser el
Estado el promotor de toda empresa de expansión y de descubrimiento.
Podemos decir que con Jiménez de Quesada se había cerrado el ciclo de los
grandes conquistadores para dar paso al de los administradores y funcionarios
reales.
CAPÍTULO VI

Ello es cosa grande y de mucha importancia y los de México


están muy ufanos con su descubrimiento, que tienen entendido
que ellos serán el corazón del mundo.

Expedición de descubrimiento de las “Islas del Poniente”. Urdaneta y López


de Legazpi. Instrucciones para abrirse en alta mar. La ruta de regreso a
Nueva España. Viaje del patache San Lucas. Revueltas de Plun y de los
Carrión. Viaje del San Jerónimo a Cebú; motines. Reacción portuguesa. El
documento de Culhuacán. Continuada espera de refuerzos e instrucciones.
Establecimiento de la capital en Manila. Muerte del gobernador Legazpi.
Desarrollo del comercio con China.

EL FRACASO de Villalobos en el Oriente al parecer había marcado el punto


final de las empresas hispánicas allende el Pacífico, pero Felipe II, al tomar la
corona de España de manos de su padre el emperador, estaba resuelto a llevar
el cristianismo a todos los rincones del mundo. Así, escribió a un agustino de
México, fray Andrés de Urdaneta:

Yo he sido informado que vos, siendo seglar, fuisteis en la armada de Loayza y


pasasteis el estrecho de Magallanes y a la Especiería, donde estuvisteis ocho años a
nuestro servicio. Y porque ahora nos habemos encargado a don Luis de Velasco,
nuestro visorrey de esa Nueva España, que envía dos navíos al descubrimiento de las
islas del Poniente, hacia los Malucos […] Yo vos ruego y encargo que vayáis en los
dichos navíos y hagáis lo que por dicho visorrey os fuere ordenado.

Esta carta está fechada en Valladolid, el 24 de septiembre de 1559, y en


esa misma fecha el rey había escrito a don Luis de Velasco: “Os mando que
para hacer el dicho descubrimiento, enviéis dos naos del porte y manera y
con la gente que allá pareciere, los cuales enviéis al descubrimiento de las
islas del Poniente, hacia los Malucos, que procuren traer alguna especiería,
para hacer ensayo de ella y se vuelvan a esa Nueva España para que se
entienda si es cierta la vuelta”. Naturalmente que también se ordenaba que
por ningún motivo se llegara a tierra tomada ya por portugueses, ni se
infringieran en lo más mínimo los derechos del rey de Portugal.
En sus órdenes, Felipe II no indica cuáles son las islas del Poniente y si se
trata de las Filipinas, la Nueva Guinea o el Japón. Urdaneta, al contestar al
rey aceptando el cargo, hace notar que, según su criterio, las islas Filipinas
quedan dentro de “lo del empeño”, esto es, los territorios cedidos a Portugal
por el Tratado de Zaragoza. Esto obliga a fray Andrés a trazar tres rutas
diferentes. La primera hacia las Filipinas, la segunda hacia la Nueva Guinea y
la tercera hacia el Japón, y en mayo de 1560 se dirige al rey diciendo:

Podría haber algún inconveniente o escrúpulo en hacer la navegación que Vuestra


Majestad manda hacer… pues es manifiesto y está claro que la isla Filipina no
solamente está dentro de los términos del empeño, sino que la punta que sale de la parte
del levante está en el meridiano de las islas del Maluco y el asiento o concierto de lo
capitulado es… que ninguna de las armadas de V. M. ni de sus vasallos pueden entrar,
ni poblar ni contratar.

Como se ve, Urdaneta estaba seguro de que las islas Filipinas quedaban
dentro de la demarcación de la corona portuguesa. Pero había otros pilotos
cosmógrafos españoles que no estaban de acuerdo con el agustino o, tal vez,
que no consideraban importante ya seguir respetando los tratados, en vista del
decaimiento de la fuerza portuguesa y del engrandecimiento de la casa real
española. Entre éstos se encontraba el piloto Juan Pablo Carreón, que también
había estado en el Oriente y cuya opinión pesaba mucho. Y esto nos lleva a
tratar de imaginar qué fue lo que hizo que Felipe II, 15 años después del
fracaso de Villalobos, se animara a ordenar una nueva empresa, pagada
directamente por la corona. Indudablemente esta actitud del rey responde al
sentido del lema de Carlos V, su padre, el famoso Plus ultra. El Imperio
español tenía que seguir creciendo y, se sabía, no se había llegado aún a sus
fronteras de lo posible. Por eso vemos que en todas las regiones americanas
los virreyes ordenan empresas a los sitios no descubiertos o conquistados. En
el Perú se hacen expediciones al estrecho de Magallanes, por el lado del
Pacífico, como la de Juan Ladrillero. Se ordenan otras al interior americano, a
la gran cuenca amazónica, como la de don Pedro de Urzúa al Marañón, que
tan trágicos resultados habría de tener. En la Nueva España se intenta,
incansablemente, la penetración hacia los desiertos del norte, lo que es ahora
el sur de los Estados Unidos. Era lógico pensar que la empresa, que fuera un
tiempo la de mayor importancia, de las Molucas y la “Especiería” volviera a
renacer. Por otra parte, en el ánimo de Felipe II pesaba un escrúpulo
religioso: el rey de Portugal, falto ya de fuerzas y dineros, no extendía la fe
de Cristo como era su obligación por el Oriente y nada se hacía para la
conversión al cristianismo del gran reino de la China. Si Portugal no podía ya
con esa carga, España debería tomarla sobre sus hombros y cumplir así con la
misión que los pueblos ibéricos se habían fijado: la de llevar el Evangelio a
todos los rincones del globo. Más tarde el mismo rey dirá que nada le importa
gastar todos los recursos del imperio con tal de que pueda haber en China una
ermita dedicada a la Virgen.
Dado que el rey no indicaba claramente cuáles eran las islas del Poniente,
en la Nueva España, mientras se organizaba la empresa, las discusiones
geográficas, cosmográficas, políticas y morales no tenían fin. Urdaneta
sostenía que era inmoral ir a las Filipinas y su parecer era el del virrey don
Luis de Velasco, pero Juan Pablo Carreón y algunos de los miembros de la
Audiencia sostenían que la empresa debería dirigirse exactamente a las
Filipinas, ya que, decía Carreón, quien había estado allá, en las islas llamadas
de la Nueva Guinea no había más que negros desnudos, igual que en las
costas africanas, que no representaban interés económico alguno. Afirmaba,
además, que en la Nueva Guinea no había especias, ni posibilidad de
contratación, dado el estado primitivo de sus habitantes.
Mientras las discusiones iban y venían, el virrey preparaba la armada en
el puerto de la Navidad. El mando se le confió, como capitán general, a un
vecino de la Ciudad de México, secretario del Santo Oficio de la Inquisición
y regidor, don Miguel López de Legazpi y Gorrochátegui, originario de las
provincias vascongadas y paisano, por lo tanto, de Urdaneta. Se prepararon
dos naos gruesas, un galeoncete, una fragata y un patache, y se alistaron 380
hombres, entre soldados y marinos. Irían además cinco padres agustinos y,
como superior de ellos, Andrés de Urdaneta. Como maestre de campo, al
mando de los 190 soldados, se nombró a Mateo del Saz y como su segundo a
Martín de Goiti. El tesorero real era Guido de Lavezares. Con la armada iría
el nieto de Legazpi, nacido en México, Felipe de Salcedo. Como uno de los
principales objetivos de la empresa era descubrir la posibilidad del tornaviaje,
que Urdaneta había asegurado, iban varios pilotos, entre los cuales se habrían
de destacar el francés Plan y el mulato Lope Martín de Ayamonte.
Después de los atrasos de costumbre y sin conocer aún definitivamente el
destino final, la armada zarpó el 21 de noviembre de 1564 del puerto de la
Navidad. Cinco meses antes había muerto el virrey don Luis de Velasco y el
gobierno de la Nueva España había quedado en manos de la Audiencia
formada por los oidores Ceinos, Villalobos y Orozco y el visitador real
Gerónimo de Valderrama, amigo del piloto Juan Pablo Carreón. Esta
Audiencia, para cortar con los pleitos inagotables acerca del destino final de
la empresa, entregó a Legazpi un sobre sellado en el cual se contenían las
instrucciones y que debería abrirse, en presencia del escribano Riquel,
cuando estuvieran a 100 leguas de la costa.
Cuando esto se hizo, Urdaneta comprendió que se le había jugado una
mala pasada, ya que la Audiencia ordenaba que, sin lugar a duda, la flota se
dirigiera a las islas Filipinas. Urdaneta y los agustinos que lo acompañaban
no podían renunciar ya a ser parte de esa empresa, así que no tuvieron más
remedio que seguir adelante y contentarse, por lo que a fray Andrés se
refería, con el intento que iba a hacer de demostrar que sus teorías eran
correctas y que el tornaviaje era posible. Esas teorías de Urdaneta estaban
basadas en su creencia de que, como en el Atlántico, debería haber en el
Pacífico corrientes de aire inversas al norte y sur de las cercanas al ecuador.
Así, si cerca del ecuador el viento era constante del este al oeste, en el norte,
cerca de los 45°, el viento debería ser constante del oeste al este. Esta teoría
de buscar vientos propicios al tornaviaje en el norte, como lo hemos visto, ya
la había tratado de comprobar Saavedra Cerón. Es muy posible que Urdaneta
haya conocido a la gente que estuvo en esa aventura con el desafortunado
Saavedra y haya oído hablar de sus experiencias, ya que permaneció hasta
1536 en el Oriente y llegó allá con Loayza, antes de la llegada de Saavedra.
Esta teoría, al contrario que las magallánicas, resultó ser completamente
científica y exacta.
La lectura de las órdenes selladas se llevó a cabo el sábado 23 de
noviembre y dice una relación del mismo Urdaneta:

Día de Santa Catalina, el General Legazpi, por ante Hernando Riquel Escribano de
Gobernación, exhibió una instrucción que traía, sellada y cerrada de la Audiencia Real
de la Nueva España, la cual le fue mandado no abriese hasta que se hallase cien leguas
la mar adentro y visto que por la dicha instrucción se le mandaba que, siendo los
tiempos favorables, hiciese su viaje derechamente a las islas Filipinas… mandó llamar
e juntar en la nao capitana a los religiosos, capitanes y oficiales de S. M. y alférez,
sargento y alguacil mayor, a todos los pilotos de la armada y estando todos juntos
díjoles lo que por la dicha instrucción se les mandaba y que, conforme a ella, su
derecha derrota había de ser las islas Filipinas.

En verdad, Legazpi conocía ya el contenido de las minuciosas


instrucciones que ese 25 de noviembre leía ante sus hombres y los padres
agustinos pero había jurado guardar el secreto, con todos los formulismos de
la época, como lo dice la relación misma: “ex prometió e juró por Dios
nuestro Señor y por la señal de la cruz en que corporalmente puso su mano
derecha y por las Palabras de los Santos cuatro Evangelios…” Pero es
indudable que tanto Urdaneta como los superiores agustinos que lo enviaron
no lo sabían, ya que en las letras patentes extendidas para fray Andrés y sus
compañeros en el convento de Culhuacán, de la Nueva España, se dice: “La
cual expedición ha de dirigirse por el mar que cae al poniente de este Reino,
hacia el continente y ciertas islas en el espacio que se extiende desde el
ecuador hasta los polos Ártico y Antártico y dentro de la zona tórrida”. Vale
la pena comparar esta definición del fin de la empresa, tan vaga, con la que se
contiene en las instrucciones dadas a Legazpi “… Haréis vuestra navegación
en demanda y descubrimiento de las islas de los dichos Malucos porque no se
contravenga el asiento que Su Majestad tiene tomado con el Serenísimo Rey
de Portugal, sino en otras islas que están comarcanas a ellas, así como son las
Filipinas, y otras que están fuera del dicho asiento, y dentro de la
demarcación de S. M. que dizque tienen también especia…”
Las instrucciones dadas a Urdaneta en el convento de Culhuacán son
anteriores a la muerte de don Luis de Velasco, pero las dadas a Legazpi por la
Audiencia y Valderrama, el visitador, son posteriores, ya que están fechadas
el 1º de septiembre de 1564. En esas últimas se ve con toda claridad que ha
triunfado en el ánimo de la Audiencia Real la opinión de Carreón de que las
islas Filipinas no quedan comprendidas en “lo del empeño”, o sea, no están
comprendidas en los términos del Tratado de Zaragoza. El virrey creía lo
contrario.
Leídas las instrucciones y dada la ruta “hueste cuarta del sudueste” según
don Alfonso de Arellano, capitán del patache San Lucas, la flota siguió
rumbo, a los 14° norte, declinando poco a poco hacia los 10°. En la noche del
1º de diciembre, el patache se separó de la armada y no volvió a encontrarse
con ella, aunque no se perdió en el mar, como era tan frecuente en aquellos
tiempos. El 9 de enero la flota encontró unas islas bajas o atolones cubiertos
de cocoteros y habitadas. Legazpi le ordenó a su nieto y a fray Andrés que
desembarcaran y tomaran posesión de ellas en nombre del rey. La isla era una
de las del grupo Marshall en la Micronesia y Urdaneta describe así a los
habitantes: “El indio era muy bien dispuesto y las mujeres de buen gesto,
andaban vestidas de palma, de unos petates que ellos hacen muy delgados y
primos; habían muchas gallinas de Castilla y muchos pescados y cocos;
tenían canoas muy pulidas y anzuelos de hueso y redes; llevan el cabello
suelto y luengo. No tenían armas defensivas ni ofensivas ni ningún género de
vaso de barro. Púsole a esta isla por nombre isla de los Barbudos”.
Siguiendo su navegación el 24 de diciembre llegaron a las Marianas y en
Guam bajaron a tierra y tomaron posesión de la isla en nombre del rey Felipe
II. Allí Urdaneta propuso a Legazpi emprender el tornaviaje, pues así
ahorraría tiempo y bastimentos, ya que la navegación entre Filipinas y Guam
era perfectamente conocida y no tenía caso repetirla. Legazpi se negó a ello e
insistió que, antes de desmembrar la armada, debía llegar a Filipinas,
acatando las órdenes que se le habían dado. Es creíble que Urdaneta no
quisiera llegar hasta las Filipinas porque no estaba de acuerdo, en su
conciencia, con esa conquista que infringía sin duda los derechos del rey de
Portugal. El 3 de febrero salió la flota de Guam y el 20 llegó a Samar, donde
Legazpi tomó nuevamente posesión del archipiélago a nombre del rey don
Felipe. En marzo llegaron a Leyte, donde fueron bien recibidos por el rajá
Malitic, y de allí pasaron a Bohol, donde los naturales, al ver las naves
castellanas, huyeron y, por más señales que les hicieron, se negaron a salir a
la playa. Extrañado por esta actitud, Legazpi interrogó a un piloto musulmán,
de Borneo, que estaba con su prao en el puerto, el cual le dijo que dos años
antes habían llegado a las islas ocho barcos con portugueses que habían
hecho toda clase de depredaciones que llenaron de temor a los naturales. Por
fin, después de enviar a varios mensajeros, apareció el rajá del lugar llamado
Sikatuna, quien se entrevistó a bordo de una de las naves con Legazpi y allí
firmaron un pacto de amistad, sellado, según la costumbre local, al beber los
dos caudillos una copa en la cual había sangre de ambos.
En las instrucciones que la Audiencia de México había dado a Legazpi, se
le recomendaba y ordenaba que no desembarcara nunca a entrevistarse con
señores locales, pues se consideraba esto como ponerse en grave peligro.
Además, se le decía que si era necesario mandar a uno de sus segundos a
tierra a entrevistarse con naturales, que la entrevista se llevara a cabo en la
playa, cerca de los barcos y con por lo menos dos bateles con gente armada,
donde se pudieran acoger en caso de una traición. Estas recomendaciones,
indudablemente, tenían su origen en la historia de la muerte de Magallanes y
de sus compañeros en Cebú, que hemos visto en el capítulo anterior.
Saliendo de Bohol se dirigieron a Dapitán y allí se les unió el hijo del
rajá, llamado Manooc, quien ya bautizado recibió el nombre de Pedro
Manuel. Por fin, el 27 de abril, llegaron a Cebú, donde el rajá Tupas,
recordando el trato que la gente de Magallanes había recibido a manos de su
antecesor, resolvió combatirlos. Hubo un breve encuentro y la victoria fue
para los españoles, y aunque el rajá huyó con la gente principal hacia el
interior, Legazpi y su gente se establecieron en la isla.
En las instrucciones dadas a Legazpi por la Audiencia, los poderes que se
le confieren son un poco vagos. Se le ordena que pueble, pero también se le
advierte: “Si no halláredes oportunidad para poder poblar entre esa gente así
por no dar ellos consentimiento para ello, o por paresceros que se aventura
mucha, por ser poca la gente que lleváis, o por otro algún caso, y os
paresciere que desde allí debéis dar la vuelta con el armada entera para esta
Nueva España, habiendo primero sentado amistad y contratación para
adelante con los señores y naturales de la tal tierra…” Y en otro sitio se le
dice: “… que en aquellas partes hay príncipes y grandes señores, y gente de
mucha qualidad, con las cuales Su Majestad desea tener toda buena amistad,
y hermandad para que entre los súbditos y vasallos de los unos y de los otros
pueda haber comunicación y contratación, y ofrecerles habeis esta amistad en
su Real nombre…”, con lo cual se infiere que el principal objeto del viaje es
establecer el comercio y “se queden de los religiosos que lleváis los que a vos
y a ellos paresciere porque será de mucho efecto para adelante, así para la
conversión de los naturales, como para conservar la amistad y paz que con
ellos dejáredes asentada”. Pero en todo ello no se ve un claro poder para
conquistar la tierra y adueñarse de ella, como se encuentra en otras
capitulaciones, como las que en Toledo en 1529 se concedieron a Francisco
Pizarro y a Diego de Almagro, donde claramente se autoriza el
descubrimiento, conquista y pacificación de unas tierras. En cambio, en las
instrucciones dadas a Legazpi, tan detalladas en muchos casos y que
consideran toda suerte de posibilidades, hasta una posible arribada al Japón,
no se menciona nunca la palabra conquista. Lo más que se llega a decir al
respecto es: “… y si os pareciere que la tierra es tan rica y de calidad que
debéis poblareis en la parte y lugar que más viéredes que convenga, y donde
mejor amistad os tuvieren, la cual asentareis y guardareis inviolablemente”.
Así, se puede deducir que las órdenes eran fundamentalmente las de ir a
Filipinas, descubrir la ruta del regreso, poblar, si era posible, y se podía hacer
en paz una villa española, organizar el comercio de las especias y otras
mercaderías y, sobre todo, asentar la base para la labor misional.
Seguramente la Audiencia Real de la Nueva España había llegado a estas
conclusiones debido a los informes dados por gente como Urdaneta o el
piloto Carreón, que habían estado ya en el Oriente, y por las historias, ya
conocidas por todos, de las empresas de Magallanes y de Loayza. Asimismo,
la idea de poblar una villa en los sitios donde se encontrare naturales amigos
y sólo en ésos, se asemeja a los sistemas usados por los portugueses en sus
factorías y no a los utilizados por los españoles en América. Por otra parte,
como hemos visto, Legazpi llevaba 190 soldados al mando de Mateo del Saz.
Para un viaje que fuere tan sólo de exploración y contratación, esto es,
comercio, eran demasiados y no constituían más que bocas inútiles; en
cambio, para conquistar aquellas tierras, de las cuales ya se sabía que había
muchos y poderosos señores, como lo dice la misma instrucción, eran
insuficientes. Por lo tanto, llegamos a la conclusión de que la empresa era de
carácter mixto: descubrimiento de una posible ruta de regreso, la marcada por
Urdaneta, y exploración de las posibilidades de establecerse pacíficamente,
tanto para el tráfico futuro de especias, como para la labor misional.
El 1º de junio de 1565, para dar cima a la parte más importante de la
empresa, o sea el descubrimiento de la posible ruta de regreso a la Nueva
España, salió fray Andrés de Urdaneta, acompañado por Felipe Salcedo, en
un barco. Llevaban una carta firmada por Legazpi y muchos de los
pobladores, dirigida al virrey de la Nueva España, pidiendo refuerzos tanto en
hombres como en pertrechos. En las bodegas se colocó un cargamento de
especias y algunas cosas de China como “una arroba de conchas riquísimas,
de oro y blancas, joyas de oro, cera y otras cosas”.
Iba como piloto Rodrigo de Espinoza, quien en la primera página del
libro de navegación escribió, como se acostumbraba, “En Nombre de Jesús y
de su bendita Madre” y con eso el San Pedro zarpó en busca del estrecho de
San Bernardino y, una vez en aguas del Pacífico, puso proa directamente al
norte, buscando los 40°. El 26 de septiembre, después de cuatro meses de
navegación, vieron por fin las costas americanas, a la altura del actual estado
de California. Pusieron proa al sudeste siguiendo la costa, y llegaron a
Acapulco a los seis meses de haber zarpado de Cebú, con hambre, escorbuto
y muertos a bordo. Pero se había comprobado la teoría de fray Andrés de
Urdaneta y el tornaviaje era posible, con lo cual se abría para España todo el
mundo del Oriente y se hacía viable la ocupación de las islas Filipinas.
Ya en Acapulco, con gran sorpresa, fray Andrés se enteró de que poco
antes había llegado el patache San Lucas, al mando de Arellano y el piloto
Lope Martín de Ayamonte. Por lo tanto, era el patache el primer barco que
lograba hacer el tornaviaje y tanto el capitán como el piloto y la marinería
habían pasado a México en peregrinación al santuario de la virgen de
Guadalupe, en las afueras de la ciudad, y habían sido festejados y honrados.
Salcedo y Urdaneta les pusieron de inmediato pleito, acusándolos de
deserción y desobediencia a las órdenes dadas por el capitán general de la
armada y, además, afirmando que con toda probabilidad nunca habían
llevado a cabo tal viaje y habían mentido.
Lo relatado por Arellano y suscrito por su piloto y los demás miembros
de la tripulación era lo siguiente: El 1º de diciembre de 1564, el patache se
había separado de la armada en una mar gruesa que si bien no ponía en
peligro a las naves de alto bordo, amenazaba a cada paso con anegar el
patache. Afirmaban haber señalado con luces sin obtener respuesta y que al
amanecer se vieron completamente solos en el mar. El piloto creyó que el
resto de la armada iba adelante, con lo cual resolvieron seguir la ruta que,
unos días antes, cuando se leyó la orden de la Audiencia, les habían trazado.
En el patache iba un total de 20 hombres y tanto Arellano como el piloto
Lope Martín de Ayamonte, mulato, seguramente habían residido muchos
años en la Nueva España, ya que su idioma está plagado de nahuatlismos.
Cuando se vieron solos, su situación no era muy halagüeña y el mismo relato
de su viaje la describe: “Mal apercibidos, tanto que ni un ‘escaupil’ ni una
rodela, ni una munición para los arcabuces de los soldados me dieron que
todo lo guardaron para dármelo en el mar”.
El 15 de enero llegaron a unas islas donde los naturales los recibieron en
son de guerra y “ya no había en el navío que de comer fuese, porque lo que
nos dieron en el puerto de la Navidad para bastimentos estaba todo podrido y
dañado, no por falta de beneficio, sino que debió ser constelación de la tierra;
además de esto, estábamos tan desprovistos de todo lo necesario, ansí de
jarcias, como de bastimentos y armas, que por momentos temíamos morir”.
A pesar del hambre, falta de pólvora con la cual poder defenderse y atacar
a los naturales, siguieron adelante sin tocar las dichas islas y el 29 de enero, a
eso del mediodía, descubrieron tierra, que resultó ser la costa de la isla de
Mindanao. Allí desembarcaron, trataron pacíficamente con el datu del lugar y
no recibieron noticia alguna de la armada, pero pudieron proveerse de los
víveres que tanto necesitaban y sacar el navío a tierra para adobarlo como
mejor pudieron.
En este punto la relación se vuelve un poco confusa. Al parecer, algunos
de los miembros de la tripulación se quisieron amotinar, pero entre Arellano
y Lope Martín los pudieron someter y no se llegó a combatir y se pudo
terminar el arreglo de la nao. Los naturales daban ya muestras de inquietarse
y, como los del patache tenían tan pocas armas, Arellano resolvió zarpar a la
mayor brevedad, sin esperar noticias de la armada. De Mindanao pasaron a
algunas otras islas y probablemente estuvieron a menos de 100 kilómetros de
la armada, sin recibir noticias de ella. Como ya habían pasado cuatro meses
desde que se separaron, Arellano y el piloto calcularon que la flota de
Legazpi se había perdido o había regresado a México, así que resolvieron
poner proa hacia allá, siguiendo la ruta que había trazado Urdaneta. Para
gobernarse, llevaban una carta de marear en la cual, como lo dice el mismo
Arellano, “en los 43° no había en la carta más mar”.
Llegaron hasta esos 43° y encontraron vientos que los llevaban al este.
Impulsados por ellos, el 16 de julio vieron las costas americanas, a la altura
de California, en los 27° y tres cuartos, con lo cual doblaron hacia el sur y
siguieron la costa hasta el puerto de la Navidad, de donde habían zarpado un
poco más de ocho meses antes. Lo peor de su viaje había sido frente a la
costa americana, donde toparon con una serie de tormentas que los puso en
graves aprietos y por lo cual decidieron, si se salvaban, hacer una
peregrinación al santuario de Guadalupe, en México.
Mucho se ha discutido acerca de la veracidad del relato de este viaje de
Arellano en un patache abierto, como el San Lucas, pero parece indudable
que sí lo hicieron. No sólo los detalles parecen ser auténticos, así como la
descripción de los naturales, sino que hay varias informaciones que no
pudieron obtener de otros navegantes anteriores. Una de ellas es el haber
avistado, a los 30° norte, un extraño peñol que emergía del mar, sin playas ni
lagunas a su alrededor y que describen en esta forma: “Descubrimos un peñol
de tamaño de una casa pequeña y tan alto que dudo haber en el mundo torre
más alta”. Mucho tiempo se dudó de la existencia de este peñol que ningún
otro marino lograba ver, hasta que en 1788 el capitán inglés John Meares en
la fragata Felice lo vio y lo situó a los 29.50° de latitud norte y 157.4 de
longitud este. Lo describe como una roca que se alza del mar directamente a
una altura de 350 pies y dice que, de lejos, sus vigías lo confundieron con un
galeón español con todas las velas desplegadas. Con esto parece confirmarse
la verdad del relato de Arellano y se puede decir que, efectivamente, logró
realizar tan extraordinario viaje, casi único por tratarse de un patache abierto,
con 20 hombres de tripulación y por rutas inexploradas.
Urdaneta y Salcedo trataban de desmentir lo dicho por Arellano alegando
que no había habido tal mar gruesa el día que ellos decían, pero la Audiencia
de México no castigó a los del patache y el piloto Lope Martín, como
veremos adelante, volvió a zarpar con rumbo a las Filipinas, aunque nunca
llegó a ellas. Urdaneta salió casi de inmediato a España para informar a la
corona y sostener su parecer de que las islas Filipinas quedaban
comprendidas dentro de los límites de lo pactado en el Tratado de Zaragoza,
y por lo tanto pertenecían al rey de Portugal. Tal vez estuvo imprudente
presentar sus tesis, porque no recibió premio alguno de la corona. Todo el
mundo suponía que se le concedería una mitra, pero cuando regresó a la
Nueva España era tan sólo fray Andrés y se quedó en su convento de México,
donde lo encontró la muerte.
Mientras esto sucedía, Felipe Salcedo activaba los preparativos para una
nueva empresa en ayuda de su abuelo y en alistar el galeón San Jerónimo,
que debería zarpar cuanto antes de Acapulco.
Al zarpar el San Pedro rumbo a la Nueva España, Legazpi y la gente que
quedaba con él, más o menos 200 hombres, se aposentaron en el fuerte que
estaban construyendo junto a la pequeña bahía en la cual estaban ancladas las
tres naves restantes. El 25 de mayo de 1565 Legazpi había tomado posesión
formal del sitio según el acta levantada por el escribano Hernando Riquel y
había realizado todos los actos que se acostumbraban en esas ocasiones. En la
misma acta consta que:

… con parecer del maestre de campo y de otras personas que se hallaron presentes,
señaló y trazó el fuerte que se ha de hacer en la dicha punta, en triángulo, con tres
caballeros que ha de tener que miren y defiendan a la mar y a la tierra y luego el dicho
señor gobernador tomó una azada con la mano y comenzó a cavar el lugar y puso por
señal un madero alto y en el segundo caballero empezó a cavar el maestre de campo y
se puso otro madero y en tercer caballero comenzaron a cavar los capitanes Martín de
Goiti y Juan de la Isla en que ansí mismo se puso otro madero.

Para evitar la posibilidad de incendios, se hizo una casa de tierra y piedra


en la cual guardar la pólvora, y se señaló sitio para las iglesias y el convento
de los padres agustinos. Unos cuantos días antes, cuando el combate que hizo
a los españoles dueños del terreno, un soldado Juan de Camuz, rebuscando
entre los escombros de una de las chozas indígenas incendiadas, encontró un
cofre de madera atado con cuerdas. Al abrirlo, creyendo que podía contener
joyas, se encontró “una imagen del Niño Jesús en una cajita de madera de
pino y con un gorrón fleco belludo, de lana colorada, de los que se hacen los
Flandes, y su camisa de volante y los dos dedos de la mano derecha alzados
como alguien que bendice, y en la otra izquierda su bola redonda sin cruz y
su collarito de estaño dorado al cuello”, según reza la información jurídica
que mandó hacer el mismo Legazpi acerca del hallazgo. Los españoles no
vieron en el caso un milagro, sino que estuvieron conformes en que se
trataba, indudablemente, de una imagen dejada por Magallanes o alguno de
su grupo, cuando el desastre de Mactán y la matanza de Cebú. Más tarde, los
cebuanos a quienes se interrogó sobre el caso afirmaron haber tenido la
imagen en su poder desde mucho tiempo atrás, pero ignorar de dónde
provenía, lo cual ha suscitado, en tiempos recienes, algunas polémicas acerca
del origen de la imagen llamada ahora “El Santo Niño de Cebú” y cuya
devoción se ha extendido a todas las islas Filipinas. Hay historiadores que
afirman que es una huella de misiones franciscanas en el siglo XIV, llegadas
allí en tiempos de Montecorvino. El mismo Urdaneta afirma que seguramente
se trata de una imagen traída de Magallanes. Confirmando lo anterior
Antonio Pigafetta, en la relación de su viaje con Magallanes y Elcano, dice:
“… yo le mostré [a la reina de Cebú] una imagen de Nuestro Señor, una
esculturita representación del Niño Jesús y una cruz… La reina me pidió el
Niño para remplazar a sus ídolos y se lo di”. Con esto parece quedar
perfectamente claro el origen de la imagen, que Legazpi y Urdaneta
colocaron con gran ceremonia en el sitio donde se estaba haciendo la iglesia y
que se conserva aún en el convento de San Agustín de Cebú. Debido a esta
imagen, Legazpi llamó a la nueva villa que fundaba “Del Santísimo Nombre
de Jesús de Cebú”.
Seis días después de la dedicación de la capilla, zarpó el San Pedro y aún
los naturales de la isla y el rajá Tupas no se acercaban a los españoles para
concertar las paces y rendir vasallaje al rey don Felipe. Los españoles seguían
encerrados en el fuerte y el gobernador vivía, siguiendo las instrucciones de
la Audiencia, a bordo. Había órdenes de que nadie saliera a la playa o al
pueblo incendiado, pero los soldados no veían al enemigo y uno de ellos
resolvió pasear por la orilla del mar y, a poco de haber salido del fuerte, fue
muerto en una emboscada. Legazpi vio que era necesario tomar nuevamente
medidas de represión, así que envió a su maestre de campo, Mateo del Saz,
con algunos hombres, a que buscaran a los culpables y los castigaran. Del Saz
recorrió parte de la costa y regresó con algunos cautivos, entre los cuales
estaban dos mujeres de alto rango y dos niñas. El gobernador ordenó que se
les alojara en una choza especial y se les tratara con todas las cortesías. Al
mismo tiempo despachó a otra de las mujeres cautivas, llevando un lienzo
blanco de Castilla como identificación, para que hablara con Tupas y le
informara de la suerte de las dos cautivas. Al día siguiente apareció un
mahometano residente en Cebú, llamado Sidamit, con el mismo lienzo como
señal de que se había recibido el mensaje y preguntó cuánto oro querían los
españoles como rescate de las dos damas cebuanas y de las niñas. Legazpi le
respondió que no querían rescate, sino hablar con el rajá Tupas para concertar
las paces, y entonces el musulmán le confesó que una de las mujeres era
esposa del hermano de Tupas, Simaquio, y que las dos niñas eran sus hijas.
Agregó que Simaquio tenía grandes deseos de venir a ver a su mujer, a lo
cual Legazpi dio de inmediato su consentimiento. Fuese el musulmán y el
gobernador dio a las mujeres unas camisas y sayas de Castilla para que se
adornaran y así las encontró Simaquio al siguiente día, cuando vino a
visitarlas. Con ese motivo empezaron las pláticas y finalmente apareció
Tupas con sus principales nobles, convencidos todos, por los buenos tratos
que Legazpi había dado a las cautivas, de que el intento de los españoles no
era vengarse de los agravios hechos a Magallanes. Se concertó la paz y Tupas
rindió vasallaje al rey de España, con lo cual se volvió a poblar la ciudad y se
inició el comercio entre cebuanos y españoles. Al poco tiempo, una sobrina
de Tupas resolvió convertirse al cristianismo y fue bautizada con el nombre
de Isabel y casada con un soldado de origen griego llamado Andrés. Para ello
se hicieron grandes fiestas y Legazpi fue el padrino de la boda. Años más
tarde, le hizo merced de dos caballerías de tierra cerca de la ciudad de Cebú.
Por esos días apareció en Cebú un comerciante musulmán malayo de
nombre Mahomet, quien venía de Manila, al parecer enviado por el rajá
Solimán a iniciar tratos de comercio. El mundo musulmán de la zona veía en
los españoles unos comerciantes más, como los portugueses, y pensaba poder
seguir adelante con su antiguo tráfico. Por Mahomet, los españoles se
enteraron de la existencia de Manila y del comercio con China. También, con
tristeza, se dieron cuenta de que para el comercio de artículos chinos, sus
buhonerías de rescate como espejos, tejidos corrientes y cuchillos servían de
poco. Mahomet no aceptaba, a cambio de su mercancía, más que plata de
buena ley y perlas. Es interesante observar que Legazpi ya tenía para esas
fechas una buena cantidad de perlas, probablemente adquiridas mediante
trueque con los cebuanos y los vizayos y que pudo utilizarlas ahora para
comprar la mercancía de Mahomet, entre la cual había muchos artículos
chinos. Se hizo el cálculo que, en ese comercio, las perlas valían su peso en
plata, pero la plata tenía un valor mucho más alto que en la Nueva España,
donde se calculaban 17 tantos de plata por uno de oro. En las Filipinas se
calculaban cuatro tantos de plata por uno de oro. Este factor de diferencia de
valores va a ser decisivo en el comercio entre China y la Nueva España a
través de Manila.
Aunque la paz con los súbditos de Tupas se respetaba, los vecinos de
Mactán, la isla que quedaba frente al puerto y donde había muerto
Magallanes, así como los del pueblo de Gavi, hostilizaban constantemente a
los españoles, lo mismo que a los cebuanos que habían hecho alianza.
Legazpi resolvió mostrar el poderío de España y acabar con ese constante
estorbo, para lo cual despachó a dos grupos de soldados hacia esos pueblos, a
las órdenes de Del Saz y Juan de la Isla. Pero los enemigos habían sido
advertidos del ataque, al parecer por los mismos cebuanos amigos de los
españoles, así que los pueblos estaban vacíos y los conquistadores se
conformaron con incendiarlos y regresar a Cebú con mediano triunfo. Los de
Mactán y Gavi se trasladaron a Samar, desde donde siguieron hostilizando a
los españoles.
Con la larga espera de refuerzos, la incertidumbre y el ocio, la moral del
ejército se relajaba cada día más. Por una parte, los soldados se daban cuenta
de que los nuevos vasallos del rey don Felipe, empezando por Tupas, no eran
todo lo leales que fuera de desearse. A ojos vistas sostenían tratos con los
enemigos de Mactán y Gavi, con lo cual reinaba la desconfianza. Los víveres
escaseaban y la isla de Cebú no producía lo bastante para sostener a sus
habitantes y a los recién llegados. La presencia de Mahomet encarecía aún
más los víveres, ya que hizo saber a los cebuanos que las buhonerías de los
españoles no tenían casi valor y que debían pedir plata y perlas a cambio de
mantenimientos. Los soldados sabían también que el gobernador no tenía
poderes bastantes para conquistar y poblar, y aunque los había solicitado al
rey en carta que enviara con Felipe Salcedo y fray Andrés de Urdaneta, no
había ninguna seguridad de que se los concedieran y, sobre todo, había
graves sospechas de que el San Pedro no pudiera llegar a las costas
americanas. Para colmo de males, el oro de que tanto se había hablado era
escaso, a pesar de lo afirmado por Legazpi en su carta: “… y podrán dar el
tributo y reconocimiento que fuese justo en oro pues lo hay en todas ellas [las
islas]” y las especias no se producían allí, sino que venían del sur, de las
tierras ya ocupadas por los portugueses y que tenían la orden de no tocar. Con
todos estos factores adversos empezó a crecer al descontento entre la gente,
sobre todo entre los marinos y los que no eran españoles. Entre los más
exaltados estaban el piloto francés Pierre Plun y los venecianos Jaime Fortuns
y José María. Al parecer, desde la salida de México habían tramado, junto
con el piloto Lope Martín de Ayamonte, alzarse con alguno de los barcos, ir
en busca de especias por su cuenta y marcharse a Europa a gozar de su
riqueza. La separación del patache San Lucas con Lope Martín a bordo
detuvo sus planes; pero ahora en el ocio de la espera en Cebú se reunieron de
nuevo y metieron dentro de su acuerdo al soldado Pablo Hernández, al recién
casado Andrés el Griego y a algunos otros. El plan era cargar armas en el San
Pablo, adueñarse de él, hundir el patache San Juan y zarpar rumbo a las
Molucas.
La noche antes de llevar a cabo su intento, que hubiera significado la
muerte para todos los que quedaran en Cebú, el veneciano Juan María tuvo
miedo y delató el complot al maestre de campo Mateo del Saz. Legazpi, al
saber el caso, obró con rapidez y mandó prender a todos los cabecillas y los
condenó a ser ahorcados. A la mañana siguiente, en el centro de la plaza, se
empezó por ejecutar al francés Plun y a un griego llamado Jorge. Cuando le
iba a tocar el turno a Andrés, intervino el padre Herrera, haciéndole ver al
gobernador los pocos hombres que tenía y que lo más prudente sería
disimular y perdonar a los otros, pues para escarmiento con lo hecho bastaba.
Legazpi convino en ello y perdonó a los otros, pero Pablo Hernández había
logrado huir y estuvo prófugo durante varios días, buscando asilo primero
con los padres agustinos y después con unos cebuanos que lo entregaron a los
españoles. Fue degollado y su cabeza se clavó en una lanza, en la plaza, para
escarmiento de otros.
Poco después, a pesar del escarmiento, Juan Núñez de Carrión y Miguel
Carrión, con el francés Guillermo de la Fossa y un tal Chávez, resolvieron
ejecutar el mismo plan que había trazado Plun, pero no tomar los barcos
españoles, sino el prao del comerciante Mahomet. De la Fossa delató a los
conspiradores y los Carrión y Chávez fueron ejecutados.
La constante necesidad de encontrar alimentos obligaba al gobernador a
enviar expediciones a otras islas. Los capitanes de estas empresas eran, por lo
general, Mateo del Saz, Martín de Goiti y Juan de la Isla. En una de esas
incursiones, Goiti fue hasta el estrecho de San Juanico, que separa las islas de
Samar y Leite, donde oyó decir que desde hacía muchos años había un
cautivo español en uno de los pueblos de Samar. Fue allá al momento y,
aunque encontró el pueblo abandonado, pudo hablar con tres vecinos, los
cuales le confirmaron la historia. El español, llamado Juanes, era esclavo de
un datu, Sibuco, el cual lo trataba como a un hijo y le había dado en
matrimonio a una de sus hijas. Con estas nuevas, Goiti regresó a Cebú a
informar a Legazpi. En las instrucciones de la Audiencia de México se decía:
“procurareis de saber si hay algunos de los dichos españoles vivos en algunas
de las tales islas y trabajareis, aunque sea rescatándolos, de los liberar y traer
a vuestra armada a ellos y a sus hijos, si los tuvieren”. Siguiendo estas
instrucciones, a las cuales la corona daba gran importancia, salió Mateo del
Saz con regular número de hombres y bastante oro para el rescate. Con él,
para dar fe y cuidar del oro, iba el tesorero real Guido de Labezares. No bien
habían partido de Cebú, cuando llegó Pedro de Herrera, que venía de Samar
con un cargamento de resinas para adobar los navíos y con la nueva de que
unos pescadores trashumantes le habían dicho que había tres españoles más,
prisioneros en la isla. De inmediato, Legazpi envió a Juan de la Isla a que
alcanzara a Del Saz y le diera la nueva, con la orden de buscar también a esos
tres españoles. De la Isla no encontró a Del Saz, pero a los pocos días de
navegar dio con el galeón San Jerónimo que venía de la Nueva España con
refuerzos y una trágica historia. Así que, dejando a un lado su primera
empresa, llevó el galeón hasta la ciudad de Cebú.
Mientras tanto, Mateo del Saz llegó al pueblo de Sibuco y, al no
encontrarlo, le envió mensajeros con presentes. Sibuco había hecho lo
imposible por conservar a Juanes en su casa, llegando hasta el extremo de
atarlo de pies y manos para que no se fuera en busca de los españoles. Pero
ahora, ante la fuerza que mostraba Mateo del Saz y los ricos presentes que le
ofrecían, resolvió enviarlo. Al llegar a la playa donde esperaban los
españoles, cayó de rodillas gritando: “Yo creo en Dios”. Del Saz se adelantó
para abrazarlo y Juanes le dijo: “Oh, bendito y alabado sea mi dios
todopoderoso”. Pero grande fue la sorpresa del maestre de campo cuando se
dio cuenta de que el cautivo redimido, aparte de esas palabras, no hablaba ni
entendía el español. A través de un intérprete malayo se supo que, además, no
era español, sino un indio mexicano que había pasado de México en la
armada de Villalobos como criado de un tal Juan Crespo. Llegó a Samar con
otros 16 españoles y allí perdieron el batel en que viajaban y quedaron
prisioneros de los naturales. Todos los otros ya habían muerto, en batallas
locales, sirviendo a sus dueños como soldados y el último, un cierto Juan
Flores, desapareció con otros 30 guerreros de Samar en una expedición en
contra de otra isla, cinco años antes. Juanes tenía en su matrimonio con la
hija de Sibuco dos hijas que había nombrado Catalinica y Juanica. No consta
que haya hecho esfuerzo alguno por recoger a su mujer y a sus hijas cuando
regresó con Del Saz a Cebú. Un poco después murió, al parecer envenenado
por una mujer cebuana con la cual tenía relaciones. Por su relato se supo que
los otros tres españoles eran parte del mismo grupo y que ya habían muerto.
El galeón San Jerónimo llegó a Cebú el 15 de octubre de 1566, 16 y
medio meses después de la salida del San Pedro. Traía la noticia fundamental
para Legazpi de que el tornaviaje era posible y que, por lo tanto, podía seguir
adelante con su empresa. Las demás noticias no eran muy alentadoras y el
refuerzo de 136 hombres era escaso, las armas pocas y el navío tan viejo y en
tan mal estado, que fue preciso desmantelarlo al poco tiempo.
Cuando Felipe Salcedo y Urdaneta llegaron a México con las noticias de
que la armada de Legazpi había llegado felizmente a Filipinas, de que se
había establecido en Cebú, de la riqueza de las islas y la posibilidad del
tornaviaje, el júbilo fue inmenso. Las noticias de la riqueza de las islas
crecían conforme se iban repitiendo. En la famosa carta que le envían de
Sevilla a Miguel Salvador de Valencia y que un año más tarde sería impresa
en Barcelona, se habla de Cebú “muy abundante en todos los
mantenimientos” y se dice:

Hay muchas otras islas por allí, muy grandes y son del mismo modo que ésta. Entre las
otras hay una tierra tan rica en oro, que no lo estima nada; y hay tanta cantidad de
canela que la queman en lugar de leña. Es tan lucida gente que la igualan a España. Hay
allí un rey que tiene a la continua mil hombres de guardia… Tienen en tan poco el oro
que dio este rey por un pretal de cascabeles, tres barquillas de oro en polvo: porque allí
todo cuanto oro hay es en polvo. Cargaron estas tres naves cuando tornaron tal cantidad
de oro en aquella isla, que montó el quinto que dan al rey 1 millón 200 mil ducados…
Hay tantas islas que dicen que son 70 mil 800.

Tanto entusiasmo despertó el descubrimiento de la ruta de regreso y el


pensamiento que ante los españoles y novohispanos se abría la posibilidad de
toda el Asia y del gran reino de China, que se procedió a enviar de inmediato
el San Jerónimo, un galeón viejo y en mal estado. Las realidades, muchas
veces trágicas, de América no habían matado la fe en el mito. En 1560, poco
antes que la expedición de Legazpi, había salido del Perú la trágica empresa
de don Pedreo de Urzúa en busca de la ciudad de Oro de los Omaguas y el
reino de las Amazonas. Poco después saldrán empresas marítimas peruanas
en busca de las islas del Rey Salomón y del continente Austral. A fines de
este siglo, un hombre de la cultura y experiencia de Sarmiento de Gamboa
asegurará que en las desoladas y gélidas pampas del estrecho de Magallanes
se producen en abundancia el clavo y la canela. Así, las noticias llevadas a la
Nueva España y a España acerca de las Filipinas entraban fácilmente en esa
corriente del pensamiento fantástico de la época y provocaban por todos
lados el deseo de ir en demanda de esas tierras y de conquistarlas.
Por ello en México, aún antes de saber qué resolvía la corona de España,
se dieron prisa en enderezar como se pudo el San Jerónimo y enviar en él los
hombres que se tuvieron a mano. El mando se le confió a Pero Sánchez
Pericón, quien llevaba como segundo a su hijo. Pero el caso extraordinario es
que el piloto era nada menos que Lope Martín de Ayamonte, al que se había
acusado de deserción en el patache San Lucas y que había estado preso en
México, no sabemos si a causa de ese pleito o por otras razones. Lope Martín
había resuelto no llegar ante Legazpi, ya que estaba seguro de que lo
mandaría ahorcar, con lo cual resulta incomprensible que haya aceptado el
nombramiento de piloto, si no es que, desde el principio, llevaba la intención
de alzarse con la nao y no llegar con ella a las Filipinas. Pero Sánchez
Pericón no era hombre para una empresa semejante y su hijo, impulsivo,
cruel e irresponsable, más que una ayuda era un estorbo y ya su padre había
confiado a otros que el muchacho habría de causarle la muerte con sus
barbaridades.
A los pocos días de navegación, Lope Martín le ofreció a Sánchez
Pericón que tomaran el navío y fueran a la Nueva Guinea, en una empresa
independiente, ofreciéndole que lo convertiría en el hombre más rico del
mundo. Sánchez Pericón no le hizo caso pero, cosa increíble, tampoco tomó
providencias para precaverse de un golpe de mano. Además, su manera
arrogante de tratar a la gente, las impertinencias de su hijo y las injusticias
cometidas por ambos facilitaron la labor subversiva de Lope Martín. Así,
muchos de los soldados y casi todos los marinos, hasta el escribano Zaldívar,
estaban en un acuerdo para deshacerse del capitán y la noche del 3 de junio,
Jueves de Ascensión, penetraron en la cámara donde dormían padre e hijo, el
maestre de campo Pedro Núñez de Solórzano, el capitán Ortiz de Mosquera y
Lope Martín y mataron a estocadas a los dos Pericón. Los miembros de la
tripulación que no habían sabido de la conspiración aceptaron lo hecho, ya
que los muertos no se habían granjeado simpatías entre ellos y eligieron
como su capitán a Ortiz de Mosquera. Al tomar éste el mando, aseguró a
todos que los llevaría directamente a Cebú, ante el gobernador y capitán
general, al cual explicaría los motivos que habían tenido para deshacerse de
los Pericón.
Esta determinación del inocente Ortiz de Mosquera no cuadraba con los
intereses de la facción de Lope Martín y, por lo tanto, con el escribano
Zaldívar y otros formaron una nueva conjura y la noche del 21 de junio,
mientras dos de los soldados entretenían a Mosquera con su charla y sus
jarras de vino, los otros conspiradores recogieron las armas a todos los que
eran de la parcialidad del capitán. Hecho esto, Lope Martín fue a cenar con
Martín de Mosquera y a hacerlo tomar más vino y como jugando y en broma
le pusieron unos grillos pesados en los pies y lo sacaron así al puente.
Mosquera creía que era una muy buena broma y se reía de todo, hasta que el
piloto le dijo que se confesara porque iba a morir sin remedio. Fray Juan de
Viveros, que iba a bordo, trató de intervenir, pero Lope Martín le dio la
espalda, y en ese momento, sin aguardar a que se confesara, ahorcaron al
capitán y echaron su cadáver al mar con todo y grillos. Lope Martín tomó el
mando total del San Jerónimo. Sabía por su viaje anterior que estaban cerca
de unas islas bajas que tenían palmeras, así que empezó a buscarlas. El 29 de
junio el vigía dio la voz de tierra y apareció a proa un atolón bajo, sin
palmeras ni huellas de agua, consistente en unas 17 isletas alrededor de una
laguna de formación coralina. Estaban en el archipiélago que llamamos de las
Marshall. Lope Martín, que aún llevaba bastante agua a bordo, no se quiso
detener a buscarla y siguió adelante. A la tarde siguiente encontraron otras
islas que estaban pobladas, en las cuales, a cambio de unos clavos y otras
chucherías, consiguieron cinco pipas de agua, cocos y camotes. Era
indudablemente la isla de Namu, que dos años más tarde volviera a encontrar
Álvaro de Mendaña y en la cual vio clavos de hierro.
De allí, Lope Martín resolvió enfilar la proa hacia Guam, con lo cual viró
hacia el noroeste para buscar la latitud de 13°. A unas 100 leguas de Namu
dieron de golpe con una barrera coralina en la cual estuvieron a punto de
naufragar, pero quiso la suerte que apareció frente a ellos un canal estrecho
por el que pudieron pasar a la laguna interior de Ujelang, la isla más al
occidente de las Marshall. Allí anclaron frente a una playa llena de cocoteros
donde encontraron cuatro chozas abandonadas. Los jefes hicieron un consejo
de guerra para ver qué convenía resolver acerca de aquellos quienes, como el
capitán Garnica, no eran partidarios de irse a la aventura. Algunos opinaban
que lo mejor era abandonarlos en la isla, porque siempre existiría el peligro
de que conspiraran a su vez para recobrar el barco. Lope Martín fue de ese
parecer y para no provocar sospechas ordenó que todos los soldados
desembarcaran con sus enseres ya que era necesario aligerar el barco para
limpiarle el fondo. Hecho esto y habiendo tomado la precaución de dejar
todas las armas a bordo, se empezó a aderezar la nave. Un día aparecieron
tres canoas de micronesios y Lope Martín quiso apresarlas, para lo cual
ordenó a los soldados que estaban en la isla que se escondieran entre los
cocoteros y que cuando desembarcaran los de las canoas cayeran sobre ellos
y los prendieran, mientras él, con algunos marineros, tomaba el batel para
cortarles la retirada por el lado del mar. Se hizo todo como lo ordenó el
piloto, pero los micronesios fueron demasiado rápidos y lograron escapar.
Esto enfureció a Lope Martín, que había concebido la peregrina idea de
apresar a aquellos salvajes para obligarlos a que trabajaran para ellos en la
pesca y en bajar cocos y las mujeres en el servicio. Parece que al verse al
mando de un barco, Lope Martín empezó a soñar ya no sólo con pequeñas
empresas piratas, sino en grandes conquistas y se imaginaba ya un segundo
Hernán Cortés.
A pesar de las precauciones de Lope Martín, se formó una nueva
conspiración en su contra y un día en que desembarcó, un grupo, formado por
el sargento Angle, De Lara y Garnica y el artillero Enríquez, se apoderó del
barco, con lo cual se invirtieron los papeles. Angle era marino y sabía
navegar, pero sin los instrumentos, las cartas de marear y las principales velas
que estaban en tierra, dudaba de poder llegar a su destino. Además, antes de
zarpar, deseaba embarcar a aquellos que no eran de la parcialidad de Lope
Martín y estaban en la isla, como el padre Juan de Viveros. Empezaron así
una serie de conversaciones, del batel a la playa, de amenazas y acuerdos,
hasta que se convino que Lope Martín dejaría embarcar a los que quisieran
hacerlo, incluyendo a fray Juan, y entregaría los instrumentos náuticos y las
velas. A cambio de ello se le dejaría una suficiente cantidad de comida y
algunas armas. Lope Martín sólo retuvo por la fuerza a seis pobres
muchachos que iban a bordo para el servicio y como pajes, entre los cuales
había un mestizo de México, llamado Francisco, que era paje de Felipe del
Campo.
Cuando el San Jerónimo zarpó de Ujelang el 21 de julio, quedaron allí 27
personas. Como capitán de la nao se nombró a Bartolomé de Lara y como
piloto a Rodrigo de Angle. El cargo de capitán del San Jerónimo tenía, al
parecer, una cierta jettatura. Ya la habían tenido, en tan sólo un viaje, Pero
Sánchez Pericón, Mosquera y Lope Martín. Bartolomé de Lara tampoco pudo
llevar la nave hasta Cebú. Entre Garnica, Angle y Morales, que no se fiaban
de Lara, que sabían que había sido de la parcialidad de Lope Martín, hicieron
una conspiración, prendieron al capitán junto con el escribano Zaldívar y los
condenaron a muerte. De Lara fue ahorcado y echado al mar, pero fray Juan
de Viveros intervino nuevamente y salvó la vida del escribano. Angle, el
único capaz de navegar, tomó el mando.
Pero la extraña historia de este viaje no acabó allí. Angle no pudo dar con
la isla de Guam y tocó, en cambio, en Rota, donde se repusieron de víveres y
agua y donde los soldados, ya sin ningún sentido de disciplina, hicieron una
insensata matanza entre los naturales que habían salido en sus canoas a
comerciar con ellos y, posteriormente, también sin razón, incendiaron un
pueblo. Angle, temeroso de que sus hombres siguieran adelante con esos
excesos, ordenó la partida y puso proa rumbo al poniente. Con tanta tardanza,
ya había pasado la buena temporada de los vientos y estaban en el tiempo de
los grandes tifones que azotan esos mares. Dieron con uno que desarboló la
nave y la arrojó de nuevo hacia Guam, hasta llevarlos a la vista de la isla.
Quisieron tomar tierra, pero el viento los arrojó de nuevo hacia el poniente,
casi hasta las costas de Luzón. Cinco veces fueron y vinieron, hasta que se
acabaron los víveres y el agua, y casi muertos de hambre, sed y trabajos
lograron por fin embocar por el estrecho de San Bernardino y entrar al mar
interior de las Filipinas, donde, como ya hemos visto, encontraron a Juan de
la Isla y el refugio de Cebú. Legazpi, entusiasmado con la certidumbre del
tornaviaje y el pequeño refuerzo que le llegaba, disimuló los pasados errores
de la tripulación del San Jerónimo y les extendió un perdón general, con la
excepción del escribano Zaldívar, que fue ahorcado en la plaza en vista de
que todos lo acusaban de haber sido uno de los principales instigadores del
motín en contra de Ortiz de Mosquera.
Nada se supo de los hombres que quedaron en Ujelang con el piloto Lope
Martín. En la relación que tenemos acerca del motín del San Jerónimo se
habla de que en una de las isletas de la laguna encontraron una canoa
micronesia, casi terminada, capaz de llevar 30 hombres. Si los amotinados
lograron llegar hasta esa isla y apoderarse de la canoa, tal vez intentaron
abandonar la laguna y poner proa rumbo a Guam, un trayecto de 1 100 millas
de mar abierto. Si así lo hicieron, es probable que hayan muerto en el mar o a
manos de los justamente indignados naturales de la isla de Rota. Si no
pudieron recobrar la canoa, es probable que hayan permanecido en Ujelang,
viviendo de la pesca y del coco, hasta que fueron muriendo uno a uno o a
manos de los micronesios que solían frecuentar la laguna. Lo interesante de
este caso es que en las revueltas empresas españolas no eran frecuentes este
tipo de motines. Muchos hubo, tanto en las empresas marítimas como en las
terrestres, para deponer a capitanes que se consideraban incompetentes para
el mando o demasiado exigentes y crueles, pero no se atentaba contra la
autoridad del rey y siempre se trataba de seguir adelante, con un nuevo jefe,
en la empresa que se había empezado. Ésa es la actitud de Ortiz de Mosquera
cuando toma el mando después de eliminar a Sánchez Pericón, pero no es la
de Lope Martín. Hay un indudable paralelismo entre el motín del San
Jerónimo y la rebelión de Lope Aguirre en el río Amazonas. Cuando en esa
expedición los amotinados asesinan al capitán general don Pedro de Urzúa,
pretenden seguir adelante en busca de la ciudad de los Omaguas, pero Lope
de Aguirre se impone a ellos, los hace romper su vasallaje con el rey de
España, proclamar un rey, al cual asesina al poco tiempo y, por fin, adoptar el
título de “Caudillo de los Marañones” e intentar la conquista del Perú para sí
y sus hombres. Del mismo modo, Lope Martín en Ujelang rompe con el rey y
se niega a seguir adelante con la empresa que se ha iniciado, ni a justificarse
ante las autoridades españolas. En verdad, como Lope de Aguirre, ha dejado
de ser un español. Este tipo de motines se va a repetir muchas veces en las
inmensidades del Pacífico y algunos de ellos se harán famosos en todo el
mundo, como el del H. M. S. Bounty en el siglo XVIII, pero no sucederán más
en barcos españoles. Aunque el San Jerónimo no ha logrado tanta fama como
el Bounty, no se puede negar que el viejo galeón, construido en las costas de
Nueva España, merece un lugar en la relación de barcos que se han hecho
famosos y que el extraordinario y desafortunado piloto Lope Martín de
Ayamonte, principal factor del increíble viaje del patache San Lucas y del
motín del San Jerónimo, merece también un sitio entre los grandes marinos
del mundo.
Desde el día en que Magallanes, después de cruzar el Pacífico, llegó por
el Oriente a las Molucas, los portugueses estaban pendientes de cualquier
nueva intromisión por parte de los españoles. La empresa de Villalobos en
1541 les había comprobado que el Tratado de Zaragoza estaba sujeto a muy
diversas interpretaciones, ya que nunca se había llegado a un acuerdo en el
punto fundamental, o sea la extensión de cada grado de longitud en el
ecuador. Ya hemos visto cómo fray Andrés de Urdaneta consideraba que,
debido a ese tratado, las Filipinas quedaban comprendidas dentro de la
demarcación portuguesa, pero que de acuerdo con el Tratado de Tordesillas
de 1494 esas islas y las mismas Molucas correspondían a España. La misma
opinión tenían Rada y Herrera, que no era otra que la de los cosmógrafos
españoles que habían discutido el punto en las reuniones de Badajoz y de
Barcelona. Los portugueses, por su lado, sostenían también las mismas tesis
de sus geógrafos en esas reuniones. Pero para Urdaneta el Tratado de
Zaragoza, que él llamaba “lo del empeño”, daba a Portugal derecho sobre una
extensión del mundo que se contaba desde el sitio por el cual pasaba la línea
de demarcación hasta las Molucas, incluyendo por lo tanto las Filipinas. Los
otros españoles sostenían que el Tratado de Zaragoza afectaba tan sólo a las
Molucas y que, por lo tanto, las Filipinas eran de España. Los portugueses
insistían, con razón por cierto, que la línea de Tordesillas pasaba al oriente de
las Molucas y, por lo tanto, que estaban en su derecho de arrojar a los
españoles de las Filipinas. No hay huellas de que hubieran intentado la
ocupación de las Filipinas, pero sí traficaban en el mar interior y habían
hecho correrías en algunas islas. Incluso circulaba la leyenda de que poco
antes de la llegada de Legazpi habían hecho toda suerte de atrocidades en
Samar y en Leite, diciéndose españoles, para poner así a los naturales sobre
aviso en contra de los castellanos. Es probable que sí hubieran hecho ciertas
depredaciones, no como soldados de Portugal, sino como aventureros
independientes, ya que sabemos que había muchos que si no lograban
utilidades en el comercio, no tenían empacho en dedicarse abiertamente a la
piratería.
Ya hemos visto cómo los portugueses, desde el desastre de Albuquerque
en Calicut, no intentaron colonizar partes de Asia, sino que se conformaron
con la fundación de ciudades enclaves como Goa, Malaca y Macao y en
erigir fortalezas como en las Molucas. Estas fortalezas tenían como objetivo
sólo la protección de sus mercaderes y sus mercancías y la defensa contra una
nueva llegada de españoles que, si bien respetarían sus fuertes en la
“Especiería”, se podían instalar cerca, como ya lo habían intentado los de la
expedición de Loayza y arruinarían el comercio portugués, ya que ellos
podían pagar la mercancía con plata contante y sonante de la Nueva España.
Los españoles llevaban, como una de sus principales ambiciones, la de
intervenir en el tráfico de las especias, y eso indudablemente lo sabían los
portugueses, que mantenían una verdadera red de espionaje en todos los
puertos del Imperio español, empresa fácil dada la enorme cantidad de
marinos portugueses que trabajaban para las armadas españolas.
La noticia del arribo de Legazpi a Cebú llegó pronto a oídos de los
portugueses, transmitida por unos comerciantes de Borneo que habían estado
en contacto con Legazpi en Bohol. Cuando llegó una flota lusitana, que el
virrey de la India mandaba para reprimir una revuelta en las Molucas, el
capitán general de ella, don Gonzalo de Pereira, se enteró del asunto y
resolvió investigar. Seguramente Pereira creía que esta nueva empresa tendría
el triste fin de todas las anteriores y que la acción se reduciría a mostrar su
fuerza, recoger a los sobrevivientes y remitirlos a Goa, para que de allí los
despacharan a Lisboa. Para los portugueses del Extremo Oriente esto se había
convertido ya en una rutina.
En noviembre de 1566 Legazpi envió a Mateo del Saz en el San Juan,
con 100 hombres, a Cavit, en las costas de Mindanao, para adquirir canela
que pensaba enviar a la Nueva España. Cerca de las costas de Mindanao, Del
Saz topó con una galera pequeña portuguesa al mando de Antonio de
Sequeira, quien le envió una nota diciéndole que ya sabían de la presencia de
Legazpi en la zona y que, para desalojarlo, venían cuatro galeones de la flota
de Pereira, con lo cual sugería que lo único que podían hacer los españoles
era rendirse sin combatir y que serían bien tratados. Mateo del Saz contestó
orgullosamente que estaban allí por órdenes de Felipe II, cuyos territorios
eran, y que ya se habían establecido y fundado una ciudad en Cebú y que no
pensaban, ni por un instante, abandonar su empresa. Al leer la respuesta,
Sequeira hizo preparativos para combatir, pero el viento separó a las dos
naves.
Del Saz resolvió regresar en ese momento a Cebú para informar a
Legazpi y en el trayecto, en medio de un mar embravecido y un fuerte viento,
pudieron ver los cuatro galeones portugueses, con lo cual quedaba
confirmada la amenaza de Sequeira. Apenas lo supo Legazpi ordenó que se
preparara todo para resistir, tanto en el fuerte como en los barcos. El rajá
Tupas, con sus guerreros, se puso resueltamente del lado de los españoles.
Unos días más tarde aparecieron frente al puerto de Cebú dos galeras
portuguesas y Legazpi habló con el capitán de ellas y se intercambiaron toda
clase de cortesías. Las galeras se fueron y no aparecieron los galeones, con lo
cual los españoles creyeron que habían zarpado ya rumbo a las Molucas. Pero
Pereira, que efectivamente había zarpado a las Molucas a intervenir en la
rebelión de un datu local, no estaba dispuesto a dejar las cosas así y al año
siguiente hizo un nuevo intento, pero los vientos contrarios le impidieron
llegar a Cebú. Por su parte Legazpi, en el intercambio de cartas con el capitán
de las galeras, insistía en la paz que había entre los dos reinos. Para suavizar
la situación, ordenó a todos sus capitanes que cuando salieran a explorar o
buscar comida, si topaban con portugueses los trataran con cortesía y, si
estaban en dificultades, hicieran todo lo posible por ayudarlos. Con esto, se
creyó que había pasado ya todo peligro por ese lado y los españoles volvieron
a su larga espera de refuerzos y noticias de la Nueva España.
En el convento agustino de Culhuacán, en el norte de la Nueva España, el
9 de febrero de 1564 el vicario general de la orden, fray Pedro de Herrera, dio
a los religiosos que habían de tomar parte en la empresa de Legazpi las letras
patentes necesarias. Estos religiosos eran fray Andrés de Urdaneta, electo
como prior, fray Diego de Herrera, fray Andrés de Aguirre, fray Lorenzo de
San Esteban y fray Martín de Rada. Los acompañaba un hermano lego, fray
Diego de Torres. En esas letras patentes se les encargaba: “Os enviamos para
que tengáis cuidado de la Armada Española, así de los marineros como de los
soldados […] Pero también y principalmente os enviamos para que hagáis
resplandecer la luz brillante de la fe entre los numerosos gentiles que habitan
aquellas regiones del mundo”. Y más adelante, después de explicar las
razones que los movieron a aceptar ese encargo del rey, decían: “Además
exhortamos a vuestras caridades, con todo apremio en el Señor que anunciéis
el Santo Evangelio de Cristo a todas las gentes”. Para poder llevar a cabo su
misión, se les concedía todas las facultades necesarias, las mismas que los
pontífices romanos habían otorgado a la Orden para su labor misional en
América. Se les autorizaba también para fundar casas y conventos. Al
nombrar como prior a fray Andrés de Urdaneta, como sabían que tenía
instrucciones de regresar a la mayor brevedad para marcar la ruta del
tornaviaje, se les daba el poder de elegir sucesor: “Esta autoridad no
queremos que fenezca con el dicho padre [Urdaneta] según el uso de nuestras
constituciones, sino que si algún otro eligiereis, pasen al nuevo electo
plenísimamente estas facultades, y ansí en lo sucesivo, por tiempo
indefinido”. Por lo tanto, los padres agustinos iban no sólo como capellanes
de la flota, sino como misioneros y con todas las facultades para establecer en
aquellas nuevas tierras la vida completa de la Iglesia.
Este maravilloso documento de Culhuacán, en dos folios escasos, es una
síntesis perfecta del ideal misionero y contiene toda la experiencia lograda en
40 años de triunfos misionales en la Nueva España. Ya no eran tanteos, como
los del principio, donde se trataba de destruir, mediante la conquista armada y
la espiritual, toda la estructura social de los nuevos vasallos. Ahora se
ordenaba: “Enseñadles también a obedecer a sus príncipes y señores
legítimos”, o sea, que se pretende conservar la estructura social y política de
los naturales. También se recalca que la labor misional se debe llevar a cabo
mediante el ejemplo de una vida cristiana:

Os exhortamos, encareciéndolo ante Dios Nuestro Señor, que en todas partes esparzáis
buen olor de santidad… principalmente deseamos que resplandezca en vosotros esa
señal clara y singular de los cristianos, la que Nuestro Salvador Jesucristo… recomendó
a sus discípulos diciéndoles: en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis
los unos a los otros. Recomendándoles con ello ese hermoso fruto de caridad que san
Pablo llama vínculo de perfección. El cual habéis de tener no solamente entre vosotros
como conviene a los que en Cristo están concordes asociados y unidos en el mismo
espíritu, sino también ha de dimanar de vosotros como de fuentes purísimas ese afecto
de paz y de amor hacia los demás.

El documento de Culhuacán, que contrasta en su brevedad con lo prolijo


de las instrucciones dadas por la Audiencia a Legazpi, está inspirado en el
mismo principio de tratar de sujetar y cristianizar en paz, utilizando más bien
los medios políticos que la fuerza de las armas y la caridad más que el temor.
De los seis agustinos nombrados en las letras patentes de Culhuacán, fray
Lorenzo de San Esteban murió en el puerto de la Navidad antes de
embarcarse y como el hermano en obediencia, fray Diego de Torres, no pudo
hacer el viaje fue sustituido por el padre Pedro de Gamboa. Así, al salir
Urdaneta de Cebú en busca de la ruta del tornaviaje, quedaron tan sólo cuatro
agustinos que eligieron como su prior a fray Diego de Herrera, quien
construyó la iglesia y primer convento de Cebú y administró los primeros
bautismos, entre otros a la sobrina de Tupas. Pronto algunos otros señores de
la casa de Tupas, incluyendo a uno que era musulmán, pidieron también el
bautismo y el mismo Tupas lo recibió el 21 de marzo de 1568, casi a los dos
años de la llegada de los españoles. En verdad, en este tiempo que
pudiéramos llamar de espera, no se llevó a cabo una amplia labor misional,
con conversiones multitudinarias, como se había hecho en la Nueva España.
Al parecer tanto la conquista de las islas como la labor misional quedaron
pendientes, hasta cierto punto, en espera de instrucciones más completas de la
corona. El mismo fray Martín de Rada, en una carta fechada en julio de 1569
y dirigida al virrey don Martín Enríquez, lo dice:

Eso he querido escribir, confiando en el Señor que por medio de Vuestra Excelencia
esta tierra ha de recibir la fe y ha de haber entrada en China, que por la gran
incertidumbre y por no saber si Su Majestad no ha de mandar esto, no nos hemos
atrevido a bautizar, que creo que si a ello nos pusiéramos hubiera más de 20 mil
cristianos; en sabiendo la voluntad del Rey con gran facilidad tomarán nuestra fe.

Un año más tarde, en carta dirigida a Felipe II, fray Diego de Herrera dice
que, hasta esa fecha, no se habían bautizado más de 100 personas.
Como se ve por estos testimonios y los resultados mismos de la empresa,
la estancia en Cebú y posteriormente en Panay es de espera tanto de refuerzos
como de instrucciones y poderes. Este tiempo se aprovecha para explorar
varias islas y estrechos y en afirmar la fundación de la ciudad de Cebú; pero
sobre todo, la tarea principal parece ser la de buscar alimentos, siempre
escasos. Los agustinos aprovechan el tiempo, aparte de sus labores de
capellanes castrenses, en aprender los idiomas nativos siguiendo el ejemplo
de lo que habían hecho en México. El padre Rada había sido, en la Nueva
España, gran conocedor de la lengua otomí y el padre Herrera de la
mexicana. Pero no inician la labor misional así como Legazpi no inicia la
conquista. En 1570 el gobernador le escribía al rey: “Quería estar cierto de la
voluntad de Su Majestad, si e de cobrar el maluco y lo que más le pertenece
de aquella parte; porque para esto es más cómodo Cebú que otro, por la
bondad del puerto; pero si Su Majestad pretende que sus ministros se
extiendan a la parte del norte y costa de China, tengo por más acertado hacer
asiento en la isla de Luzón, de donde agora vino el maestre de campo…” Esta
duda de Legazpi nos indica que, para esas fechas, ya se consideraba como
uno de los principales objetivos de la empresa española en Asia, la labor
misional y lo que es más importante, no sólo en lo que se refiere a la
conversión de los filipinos, sino a la penetración del imperio de China que era
la gran ilusión de todos los misioneros de aquella época.
Pero mientras esperan en Cebú, los padres agustinos tienen necesidades y
requieren medios para subsistir, ya que en esos primeros cinco años no han
podido establecer la vida económica de la orden en el archipiélago. Tampoco
se había establecido una economía individual entre los soldados, marinos y
funcionarios reales, y se hacía vida comunal, como en campaña. El tesorero
Guido de Labezares manejaba la real hacienda, reunía el oro que se lograba
rescatar o el que se encontraba en las antiguas tumbas malayas y se encargaba
también de comprar las especias y otras mercaderías que se pensaba enviar a
la Nueva España, así como los bastimentos necesarios para la gente y los
efectos para las naves. El padre Herrera, cuando la mayor parte de la colonia
se traslada a Panay en busca de provisiones, pide a Legazpi que asigne una
cantidad fija para la manutención de los padres, lo cual quiere rehuir el
gobernador pero accede al fin y, el primer año, a cada fraile se le dan 75
pesos de oro y 100 fanegas de arroz. Posteriormente se aumenta la paga en
oro a 100 pesos.
Pero un ejército que espera largo tiempo se empieza siempre a
desmoralizar. Legazpi y sus capitanes lo sabían, y para impedir nuevas
conspiraciones enviaban constantemente expediciones a las islas cercanas,
tanto a descubrir nuevas tierras y posibles puertos, como a comerciar y reunir
alimentos. Los hombres tenían prohibido comerciar por su cuenta, pero para
evitar mayores daños, Legazpi y los principales capitanes disimulaban
muchas cosas. Según la opinión de algunos de los padres agustinos, como
Herrera, Rada y Alva, se consentía demasiado a la tropa y ésta se
desmandaba en contra de los naturales. El padre Herrera, en su carta al rey
del 15 de enero de 1570, fechada en México, dice: “Yo vine a esta Nueva
España a dar noticia de las grandes necesidades que allá se pasaban y de los
grandes agravios que a los naturales se hacían a causa de las necesidades que
los soldados pasaban”. En carta posterior al virrey menciona en forma
detallada algunos de esos agravios, acusando de ello a capitanes como Juan
de la Isla y al mismo Legazpi, de quien dice que se encuentra ya caduco.
Pero a pesar de este consentir abusos para calmar a la gente, siguieron
ocurriendo los motines, fomentados sobre todo por los marinos no españoles.
En 1567 Mateo del Saz salió con 80 hombres a bordo del San Juan rumbo a
Mindanao en busca de canela para enviar a la Nueva España. La gente se dio
cuenta de que los naturales se interesaban mucho por la ropa de los españoles
y, a pesar de las prohibiciones, uno de los marinos, Martín Hernández,
empezó a comerciar por su cuenta. Él y otros lograron rescatar 20 quintales
de canela hasta que Del Saz lo supo y la decomisó a favor de las Cajas
Reales. Era sin duda importante para los oficiales reales impedir el comercio
individual, ya que de permitirse la competencia se establecería entre los
españoles mismos y subirían notablemente los precios de los artículos
vendidos por los naturales y bajarían, en los mercados europeos y
americanos, los de las especias, con lo cual se arruinaría el tráfico. Pero para
los soldados y marinos la tentación era grande, como había sido en América
la de rescatar y ocultar oro. Martín Hernández, que era portugués, se
confabuló con otros compañeros y resolvieron llevar a la práctica ese sueño
tan largamente acariciado por muchos, el de dar un golpe de mano,
apoderarse de la nave e irse a comerciar por su cuenta. En un navío tan
pequeño y con tanta gente resultaba imposible guardar un secreto y la noticia
llegó pronto a oídos del capitán y sus segundos, Morones y Ramírez. Del Saz,
que estaba muy enfermo de disentería, ordenó que inmediatamente se
procediera a desarmar a los sospechosos y se ahorcara a Martín Hernández.
La operación se llevó a cabo con toda eficacia y Hernández fue ahorcado ese
mismo día. Dos días más tarde moría Mateo del Saz, maestre de campo de la
armada y brazo derecho del gobernador. Cuando el San Juan llegó a Cebú,
después de hacer unos funerales con la solemnidad posible a Mateo del Saz,
se ahorcó a otros tres amotinados.
Debido a las dudas que tenían todos acerca del destino que se le iba a dar
a la empresa, Legazpi resolvió enviar el San Juan con cartas en las cuales
pedía refuerzos e instrucciones. Se estaba aderezando la nave para la travesía
cuando aparecieron frente al puerto dos coracaras. En cada uno de ellos venía
un capitán portugués con seis soldados y tripulación de las Molucas. Legazpi
recibió cordialmente a los capitanes portugueses, quienes le entregaron una
carta de don Gonzalo de Pereira, fechada en “el Mar de Maluco” el 25 de
mayo de 1567. En dicha carta, Pereira se extrañaba del tiempo que llevaban
ya los españoles en Cebú, en vista de que, como tenía entendido, sólo iban de
paso y no pensaban poblar esas tierras que pertenecían al rey de Portugal.
Pero si los españoles se encontraban en dificultades, les ofrecía su ayuda y,
en forma discreta, les recordaba sus fracasos anteriores: “… aunque más
holgaría si se quiere vuestra merced recoger por nuestro camino, como lo
hicieron los de las armadas pasadas, que vinieran a estas partes por el
estrecho de Magallanes y por la Nueva España, por no poder descubrir la
vuelta por esotra vía, gastando mucho tiempo, vidas y navíos; y aunque ahora
quieren descubrirla, siempre han de volver a nuestra costa”.
Indudablemente Pereira no sabía que ya se había descubierto la ruta del
tornaviaje, lo cual hacía posible la permanencia de los españoles en las
Filipinas y cambiaba totalmente el aspecto de la cuestión. Legazpi contestó la
carta con grandes muestras de cortesía, diciéndole que habían llegado allí y se
habían visto obligados a invernar en espera de un barco que se les había
perdido. Daba además la información de que ya era posible el tornaviaje y
que, con un navío que había salido para la Nueva España, había pedido
instrucciones al rey, con lo cual tendría que esperar en Cebú a que le llegaran
para saber qué partido debía tomar. Opinaba que no creía que se le ordenara
permanecer en las Filipinas “porque no es de tanta calidad ni codicia la tierra,
que a nadie convide a ello”.
La noticia de la posibilidad del tornaviaje causó sensación en el mundo
portugués, tanto en la India como en Lisboa y en Macao. Don Juan de Borja,
embajador de Felipe II ante la corte lusitana, escribió al rey: “En la India y en
Portugal ponen mucho cuidado en la ida de estos castellanos desde la Nueva
España a aquellas islas, así por ser aquella carrera y descubierta ya sabida,
como también por estar aquéllas en el mayor paraje que pueda haber para la
contratación de las drogas y especiería”. Y más tarde, en 1570, dice: “No
puedo dejar, en todas las que escribiere, de suplicar a Vuestra Majestad, que
se acuerde de los de las islas Filipinas; pues los de la India de Portugal han de
poner todo su cuidado en echarlos de donde estén”.
Al parecer don Gonzalo de Pereira tenía exactamente esa idea, así que al
recibir la carta de Legazpi resolvió zarpar de Borneo con una flota
considerable para acabar de una vez por todas con la amenaza de los
españoles en el Oriente. Pero mientras hacía sus preparativos le llegó a
Legazpi el segundo refuerzo de la Nueva España, consistente en dos barcos
con 300 hombres a bordo, al mando de Felipe de Salcedo y de su hermano
menor Juan. Sus nietos le llevaron al gobernador el título de adelantado que
le había concedido el rey, que lo facultaba para hacer conquistas y poblar,
aunque quedaba en duda el sitio en el cual debería poblarse para no infringir
los derechos del rey de Portugal. Pero por el solo hecho de estar en Filipinas,
según los portugueses, ya se infringían esos derechos y, por lo tanto, Pereira
al llegar frente a Cebú insistió en el retiro total de los españoles, agregando
que si no tenían barcos suficientes, él podía trasladarlos a Goa, de donde
serían enviados a Lisboa con todas las cortesías del caso. Legazpi, por su
parte, insistía en que sólo aguardaba instrucciones de Felipe II y que, antes de
recibir esas órdenes, no se podía mover de Cebú. Poco a poco fue subiendo el
tono de las notas y el 14 de octubre Pereira envió un ultimátum definitivo y
colocó sus barcos de manera que cerraran las dos entradas del puerto de
Cebú. Legazpi reforzó el fuerte con la artillería de los barcos y construyó un
fortín en la aguada para impedir que los lusitanos pudieran abastecerse. El 20
de octubre tuvo lugar el primer encuentro violento, un duelo de artillería, y
los portugueses se dieron a la tarea de interrumpir todo el tráfico, sobre todo
el de bastimentos, lo que puso a los españoles en la situación que describe el
padre Herrera: “… por ser algo largo el cerco y la ración tan corta vinieron a
tanta necesidad los pobres soldados, que se daban a cazar ratones de los
cuales en aquella tierra hay gran abundancia y son muy mayores que los de
España”. Pero el hambre afectaba también a los sitiadores, al extremo de que
el 1º de enero de 1569 Pereira dio la orden de levantar el sitio y regresó con
su flota a las Molucas.
El sitio de Cebú demostró a los españoles que el lugar no era el indicado
para una base de operaciones, ya que una pequeña flota podía cerrar las dos
entradas marítimas al fuerte y, además, los mantenimientos que producía la
isla y que parecían ser tantos al principio, no eran suficientes para el gran
número de españoles que había ya en la nueva colonia. Con esto, Legazpi
ordenó a sus capitanes que buscaran otro sitio y Diego de Artieda, que había
llegado de México con Juan de Salcedo, encontró al norte de Cebú la isla de
Panay, que prometía ser más rica en mantenimientos y tenía un buen puerto,
con un río fácilmente defendible. Legazpi pasó allá, con una buena parte de la
gente, dejando una guardia en el fuerte de Cebú.
Hasta esas fechas, los españoles habían explorado tan sólo las islas del sur
del archipiélago en busca principalmente de especias, pero como esas islas
estaban pobladas por musulmanes no se establecieron en ellas. Ahora volvían
los ojos al norte, lo cual significaba acercarse a las costas de China y sus
promesas, tanto en comercio como en el campo misional, pero alejarse
irremediablemente del tráfico de las especias. Hasta esa fecha no habían
tocado la gran isla de Luzón, aunque tenían noticias de un establecimiento
musulmán en Manila, sobre el río Passig. El sitio de Panay desagradó a
muchos, pues les parecía “… bien peligroso y desabrigado lugar para navíos,
y a los pilotos y maestres que los navíos estaban allí con mucho peligro”,
según afirmaba el padre Herrera, el cual añade:

La gente que de nuevo venía se afligió harto de ver tan triste y ruin sitio como está en
que están poblados porque […] es una ciénaga muy mala con las casas a la orilla de un
río que aun el agua no es buena por encienagada y en creciendo son menester canoas
para ir de una casa a otra; sino muy caluroso y enfermo y que casi de día y de noche no
deja de llover y está agora tan falto de comida con ser tanta antes que viniesen los
españoles tan abundantes que se pasa trabajo.
Como se ve, la agricultura de esas islas no era capaz de sostener el
incremento de población provocado por la llegada de los españoles y a éstos
no les gustaba dividirse en varios sitios y estar siempre en peligro de ataques
de los naturales. Al parecer Legazpi no consideraba a Panay como el sitio
definitivo en el cual fundar su capital, y lo había adoptado provisionalmente
mientras subsistiera el peligro de un ataque portugués y porque había allí más
arrozales que en Cebú. El que no pensara establecerse allí definitivamente lo
demuestra el hecho de que no nombró oficialmente autoridades, ni repartió
solares entre los futuros vecinos.
Mientras esto sucedía se empezaba a regularizar el tráfico de barcos con
la Nueva España, y en una extraordinaria epopeya marítima vemos a Felipe
de Salcedo y a Juan de la Isla ir y venir en los famosos pataches San Lucas y
San Juan, cruzando las 16 000 millas de mar abierto. En Guam se perdió la
primera nao de este incipiente comercio, el San Pablo, que no pudo
remontarse lo bastante para encontrar los vientos adecuados y acabó por
encallar allí. No se perdió nadie de la tripulación y se construyó un batel en el
cual pudieron regresar a Cebú. En uno de esos viajes de ida y vuelta se fue
fray Diego de Herrera con la idea de activar la venida de religiosos y hacer
saber ciertas cosas que no le parecían bien en Filipinas. Se le ordenó que
regresara a su misión lo más pronto posible. Juan de la Isla, en otro viaje,
trajo por fin las cédulas reales mediante las cuales se le confirmaba a Legazpi
el título de gobernador vitalicio y de capitán general y se le asignaba un
salario anual de 2 000 ducados, a pagarse de las rentas de Cebú, que por
cierto eran inexistentes.
Para esas fechas, ya Legazpi se había dado cuenta de dos aspectos
fundamentales de su empresa. El primero era que si quería tener parte
importante en el tráfico de las especias debería ir al sur, hacia las Molucas, lo
cual provocaría una guerra contra los portugueses y sus aliados malayos. Con
eso no sólo se contravenían las órdenes del rey Felipe II, sino que se ponía en
peligro la existencia misma de la colonia. Pero la cuestión era encontrar un
medio para organizar la economía de esa colonia, sin el tráfico de especias y
dado que el oro, que pareció ser tanto en un principio, era relativamente
escaso. El segundo aspecto era el del comercio con China, del cual tenían día
con día mayores muestras, un comercio ya tradicional que no había necesidad
más que de encauzar. Este segundo aspecto gustaba más a los misioneros que
tenían la mira puesta en la conversión de China como fundamento y
justificante de toda esa empresa. Para eso era necesario ir más al norte y
Legazpi ordenó la exploración de esa parte del archipiélago. Las cartas y
relatos dan la impresión de que llegó a esa determinación, fundamental para
el futuro de las Filipinas y la vida hispánica en Asia, alrededor de 1569. A
ello influyó seguramente la actitud resuelta del portugués Pereira, pero
también la presencia de grupos musulmanes bien organizados en el sur del
archipiélago que hacían difícil la labor misional y ese afán constante de
acercarse a China, buscando en ella la posibilidad de una cosecha espiritual
sin precedentes. Para esas fechas, los españoles tenían, como la tendrán
todavía durante varias décadas, la idea de llevar a cabo, en Asia, una
conquista total del tipo de la que habían logrado en América, pero parece ser
que la meta era, por lo menos en los sueños de los audaces, la conquista de
China.
Aquí se presenta, ante un caudillo español de la conquista, una duda que
es nueva, sin precedentes en la labor de la conquista. Todo está dispuesto
para lanzarse, pero la meta no se ha definido. En otras palabras, se duda del
objetivo. Las órdenes de la corona no son precisas, lo mismo que las de la
Audiencia de México y de los virreyes. Y ahora se trata de una empresa
ordenada directamente por el rey y a su costa y no de iniciativa privada, como
la mayor parte de las empresas americanas. Por lo tanto, el objetivo final no
dependía de las posibilidades que se encontraran en el lugar de los hechos,
sino de la voluntad de la corona que, lógicamente, estaba mal informada y se
encontraba demasiado lejos para poder medir la importancia y procedencia de
sus órdenes. Los conquistadores en América obraban con absoluta
independencia; conquistaban donde y cuando les parecía oportuno y, más
tarde, justificaban ante la corona sus hechos; pero la empresa de Legazpi
había que realizarla, como dice la Carta de Valencia, en “la Armada que Su
Majestad mandó hacer” y, por lo tanto, bajo las órdenes de Su Majestad. De
allí esa constante duda de Legazpi y de los padres agustinos acerca de las
medidas a tomar, tratando de adivinar la voluntad real. Por una parte saben
que no deben infringir los derechos del rey de Portugal en las Molucas; por
otra se les ha enviado, por lo que se refiere a la parte económica, a buscar el
comercio de las especias y en su primera carta al virrey don Luis de Velasco,
Felipe II ha dicho claramente: “… y proveáis que procuren traer alguna
especia para hacer el ensaye de ella”. Y ahora resulta que la única manera de
conseguir esas especias es infringiendo los derechos lusitanos. Pero también
se ha hecho hincapié en la labor misional, y en la zona de las especias hay
musulmanes que no son fáciles de llevar a la fe de Cristo y siguen siendo, en
cierto aspecto, los enemigos tradicionales de la cristiandad. Los españoles
están conscientes de que los portugueses han fracasado en esa empresa
fundamental de la cristianización y que no poseen esas tierras en señorío,
como lo expresara Cortés. En otras palabras, que Portugal ha abierto rutas de
comercio, ha instalado factorías, pero no ha conquistado. España está
acostumbrada a conquistar y a implantar, en los territorios adquiridos, la vida
cristiana hispánica. Pero esta vida no se podrá implantar en las zonas
musulmanas, en las zonas de los moros, como los españoles llamaban ya, en
trasplante directo del norte de África, a los malayos musulmanes; en cambio,
esa vida se puede crear entre los malayos animistas del norte del archipiélago
y de las Vizayas, como ya se ha probado en las conversiones logradas en
Cebú y, sobre todo, como se espera hacer entre los muchos millones que
viven en China y que han demostrado no ser adversos al cristianismo. En
1569 Legazpi, los padres agustinos y los principales capitanes, como Juan de
Salcedo, Martín de Goiti y Juan de la Isla, resuelven que importa más para el
Real Servicio y para el servicio de Dios (lo que más tarde se llamaría el
servicio de Ambas Majestades) el establecimiento de la vida cristiana en Asia
y dirigen sus miradas hacia el norte.
Mahomet, el comerciante de Manila, había traído a toda su familia a
Panay y se había convertido al cristianismo. Las noticias que daba de Manila
y de Luzón en general animaron a los españoles a explorar esas posibilidades
y Juan de Salcedo salió hacia Mindoro. Después de un breve combate allí
contra una fortaleza musulmana, pasó a Lubang y encontró la muestra de que
se estaba acercando a pueblos con culturas más desarrolladas que la de los
vizayos. Tanto los praos grandes de guerra como las fortalezas estaban
defendidos con artillería ligera de origen chino, consistente en pequeños
cañones de bronce llamados lantakas. Salcedo asaltó y tomó un fuerte que
encontró en Lubang, recogió una buena cantidad de oro, que repartió entre
sus hombres, y regresó a Panay con las buenas nuevas. Contó cómo había
visto tierras bien sembradas y datus que gobernaban con mayor autoridad que
en las Vizayas y Cebú. También relató cómo los musulmanes del sur
empezaban a ocupar esas tierras y a establecer factorías y fortalezas en ellas,
sobre todo en las bocas de los ríos y otros puntos estratégicos.
Con estas nuevas, el 8 de mayo de 1570 Legazpi envió a Martín de Goiti
y Juan de Salcedo con 90 hombres y muchos aliados filipinos a explorar más
a fondo esas nuevas tierras. Iban en un patache construido en Panay, el San
Miguel, el primero de una larga serie de barcos famosos que se habrían de
fabricar en las Filipinas, y los acompañaba una verdadera escuadra de barcos
nativos. Cuando Goiti llegó a Mindoro se encontró con que la vanguardia
había apresado a dos juncos chinos cargados de sedas y porcelanas, causando
bastantes daños entre los tripulantes. Inmediatamente liberó a los prisioneros
y les devolvió uno de sus juncos para que pudieran regresar a China. El otro,
con cuatro marinos chinos que manejaran el aparejo, tan extraño para los
europeos, fue enviado a Panay. Goiti y Salcedo siguieron en su viaje y
lograron hacer las paces con el señor de una fortaleza grande situada en la
costa de Mindoro, de donde cruzaron a Luzón. Mahomet les hizo saber que
por un río, cuya boca tenían a la vista, se podía penetrar hasta un lago grande
llamado Taal, centro de una zona muy poblada y rica en mantenimientos.
Salcedo dirigió a un grupo hacia allá, y en un lugar angosto del río fueron
atacados con flechas por los naturales, de donde Salcedo resultó herido en
una pierna. A pesar de ello siguieron adelante y tomaron un fuerte en el cual
hallaron a unos prisioneros chinos que sufrían uno de los típicos tormentos de
los malayos: el ser expuestos, desnudos, al sol hasta que murieran. Varios ya
habían muerto, pero por dos sobrevivientes los españoles averiguaron que
eran comerciantes que habían tenido dificultades con los de la fortaleza
cuando sus juncos encallaron en el río, y que con los disparos de sus
culebrinas mataron al datu del fuerte, por lo cual, al ser apresados, los
condenaron a ese tormento. Los dos prisioneros, con las caras y cuerpos
desollados por el sol, fueron embarcados más tarde en un junco para que
regresaran a su patria.
Salcedo salió de la laguna de Taal, dejando pacificada la fortaleza y, junto
con Goiti, siguió la costa hasta penetrar en la bahía de Manila y cruzarla hasta
la desembocadura del río Passig, donde vieron la fortaleza del rajá Solimán,
en el sitio que ocupa ahora el fuerte de Santiago de la ciudad de Manila. Los
españoles se dieron cuenta, como lo habían hecho los musulmanes de Borneo
medio siglo antes, que era ese un sitio ideal para fundar una ciudad. El
puerto, dentro de la enorme bahía, era inmejorable y fácilmente defendible.
El río, que era navegable, comunicaba la bahía con la laguna de Bay,
cruzando tierras de asombrosa fertilidad que bien podían mantener a una gran
población. Al norte se extendían las praderas cultivables de la Pampanga
hasta la lejana sierra, cruzadas por infinita cantidad de ríos y de esteros
navegables que facilitaban el transporte de los productos. Además la
población, formada en su gran mayoría por agricultores, era densa y no se
había convertido aún al islam. Por fin habían llegado al sitio ideal para
establecer la capital de la Gobernación y la vida cristiana y, sobre todo, para
estar en contacto con China, ya que tenían pruebas de que muchos juncos de
esa nación visitaban la bahía.
Pero ese sitio ideal estaba ocupado por los musulmanes que habían
establecido allí dos fortalezas, en Manila y en Tondo, desde las cuales
traficaban tanto con los naturales como con los chinos y los de los sultanatos
de Brunei y Jalo. La fortaleza de Manila, la más grande, estaba cercada por
una muralla de gruesos troncos de árbol y tierra y defendida por un
considerable número de cañones que asomaban sus bocas por las troneras. Su
jefe, el rajá Solimán, hombre rico y poderoso, estaba emparentado con los
rajás de Brunei. La fortaleza de Tondo estaba al otro lado del río y, aunque
menor, representaba también un obstáculo para la ocupación. Los barcos
españoles anclaron frente a la fortaleza de Manila, al otro lado del río. Arriba
estaban anclados cuatro juncos chinos con mercaderes de Cantón, los cuales
enviaron un presente de sedas, gallinas y arroz a los españoles.
Con un hermano de Mahomet se envió la primera embajada a la fortaleza,
que fue bien recibida por Solimán y a la que siguieron varias visitas. Solimán
recelaba de los españoles, temeroso de que trataran de imponerle tributo, pero
Goiti insistía en que sólo trataban de comprar bastimentos y hacer un tratado
de paz. Así pasaron varios días, hasta que los aliados cebuanos supieron que
Solimán los estaba entreteniendo en espera de un día de lluvia en el cual los
españoles no pudieran usar armas de fuego para atacarlos. Con esto, Goiti y
Salcedo estaban más sobre aviso y un día, cuando aparecieron en la boca del
río algunos praos, Goiti envió varios hombres a que investigaran. Solimán
creyó llegada su oportunidad y empezó a disparar sus cañones contra el San
Miguel, dándole con una pelota en la cubierta. Los españoles contestaron el
fuego y desembarcaron a un contingente de tropa bajo el mando personal de
Goiti. Éste pronto se dio cuenta de que el fuerte estaba mal construido y que
las troneras eran tan anchas que bien podían sus hombres entrar por ellas. Así
lo hicieron y tomaron el fuerte e incendiaron la ciudad. Solimán huyó con su
gente hacia el interior y Goiti, sin esperar a rendir la fortaleza de Tondo,
regresó a Panay a darle la nueva a Legazpi.
En mayo de 1571 Legazpi fue en persona a Manila, tomó nuevamente la
fortaleza, así como la de Tondo, y fundó allí su capital con todas las
solemnidades acostumbradas. El 3 de junio, frente al escribano Hernando
Riquel, nombró a los alcaldes y demás autoridades necesarias y se
distribuyeron los solares, dejando marcados sitios para las iglesias, conventos
y casas de gobierno. Posteriormente se hizo la paz con los rajás Solimán y
Lacandola y se les concedieron, a ellos y a sus descendientes, ciertos
privilegios y exenciones. Desde Manila se inició la conquista del resto de
Luzón.
El 20 de agosto de 1572 murió el adelantado, gobernador y capitán
general de las islas Filipinas, don Miguel López de Legazpi y Gorrochátegui,
y fue sepultado en el piso de la iglesia de San Agustín, en la misma ciudad de
Manila. Al abrirse el pliego de sucesión, se vio que en caso de su muerte
debería sucederle el maestre de campo Mateo del Saz, pero en vista de que ya
había fallecido, como hemos visto, se escogió al segundo nombrado en el
mismo pliego, Guido de Lavezares, quien de inmediato tomó posesión de su
cargo y prosiguió con la política de pacificación y reparto de encomiendas
que había iniciado Legazpi. Los otros cargos de la ciudad quedaron en manos
de los que antes los tenían. Al morir Legazpi, dejaba en Filipinas a uno de sus
nietos, originario de la Ciudad de México, el capitán Juan de Salcedo, hijo de
doña Teresa de Legazpi. El adelantado tenía, a su muerte, cerca de 70 años y
había pasado a la Nueva España, desde su Guipúzcoa natal, en 1528, y se
había avecindado en la Ciudad de México donde, aunque no tuvo nunca
repartimientos de indios con los que sustentarse, tuvo varios oficios, como el
de escribano mayor del Ayuntamiento y secretario del Santo Oficio de la
Inquisición. En estas funciones firmó el acta de relajamiento al brazo secular
del único indio mexicano que fuera ejecutado por la Inquisición en México,
don Carlos de Texcoco. También aparece su nombre entre los fundadores de
la Real y Pontificia Universidad de México y entre los patronos constantes
del convento de San Agustín. Al parecer, en la Nueva España no había
desempeñado nunca cargos militares, ni se había hallado en ninguna
conquista o entrada, pero en un memorial escrito un año antes de su salida a
las Filipinas afirma haber sido capitán en España. Su nombramiento como
capitán general de la armada, siendo ya un hombre de más de 60 años y sin
experiencia en conquistas o guerras de indios, como les llamaban los
españoles, parece un poco extraño, pero hay que tomar en cuenta que era un
hombre respetado, amigo y probablemente deudo de fray Andrés de
Urdaneta, y el gran piloto y fraile pudo influir para que se le nombrara.
Estaba casado en México y tenía cuatro hijos varones y cinco hijas, para
las cuales pidió desde las Filipinas una renta o una encomienda en la Nueva
España que, con el tiempo, les fue concedida. En México dejó fama de
hombre piadoso, serio en sus asuntos, culto y de obrar siempre con justicia y
rectitud.
Antes de la muerte de Legazpi se habían establecido los fundamentos de
la vida española en Manila y se había construido un fuerte provisional y unas
galeras de madera y techo de palma de nipa que servían como iglesia y casa
de gobierno. Las fortificaciones estaban artilladas con piezas que se habían
traído de la Nueva España y otras que se habían arrebatado a los señores
musulmanes de Manila y Tondo. Había en Filipinas, para esas fechas, unos
450 españoles, repartidos entre Manila, Cebú y Panay y sujetos todos al
reglamento militar. Esto es, todos ellos tenían que tomar las armas, ya fuera
para entradas de descubrimiento y conquista o para la defensa de sus
ciudades. Las poblaciones indígenas pacificadas o, por lo menos, conocidas y
en espera de ser ocupadas se habían distribuido ya en encomiendas, como
veremos adelante.
Al tomar Manila, varios de los pueblos comarcanos vinieron en paz a
rendir vasallaje, y otros, que no quisieron hacerlo, fueron sometidos por la
fuerza en expediciones bajo el mando, por lo general, de Martín de Goiti,
Juan de Salcedo o Juan de la Isla. Las comunidades rebeldes eran, por lo
general, musulmanas, como la de Macabebe en la Pampanga, que Goiti tuvo
que sujetar y donde murió el famoso rajá Solimán de Manila, quien a pesar de
haber firmado las paces con Legazpi se había unido a los musulmanes y
pampangos y se había convertido en su caudillo. Otro de los pueblos con
fortaleza que Goiti tuvo que tomar por la fuerza fue Navotas, sobre el río
Passig y desde donde los musulmanes trataban de impedir el acceso a la
laguna de Bay. Así se extendió la dominación española por Luzón, con muy
escasos combates y ninguno de verdadera importancia, y se sometieron
Laguna, Pampanga, Pangasinan, Ilocos, donde Juan de Salcedo fundó una
nueva ciudad con el nombre de Villa Fernandina y que es actualmente Vigan.
Es interesante observar la facilidad que tuvieron los españoles para estas
conquistas en medio de poblaciones grandes, muchas de ellas con armas de
fuego. Puede decirse que fueron varias las causas que facilitaron la conquista
de Luzón, una vez tomadas y destruidas las fortalezas de los mercaderes
musulmanes que hacía relativamente pocos años se habían establecido allí.
Una de ellas fue, sin duda, la división de la autoridad entre los malayos que
ya hemos visto anteriormente y que les impedía cualquier acción conjunta,
aun en momentos de peligro. Otra causa, posiblemente más poderosa, era el
dislocamiento que en las sociedades malayas de Luzón había provocado la
penetración musulmana proveniente de Borneo. Los mismos españoles
pudieron observar, como se lee en la relación de Juan Pacheco y Maldonado
o en la Anónima conquista de Luzón, que mientras en las Vizayas y Cebú no
había prácticamente armas de fuego y fortalezas, en Mindoro y Luzón, donde
había factorías musulmanas, éstas estaban protegidas por fuertes dotados de
artillería. El hecho de que los rajás como Solimán y Lacandola tuvieran estas
fortalezas, que eran inexpugnables para los indígenas armados sólo con arcos,
flechas y lanzas, nos hace ver que estaban allí en son de conquistadores y que
se habían establecido en esos puntos por la fuerza. Por lo tanto, a la llegada
de los españoles la conquista ya estaba hecha, en el sentido de que se había
roto el espíritu de resistencia de los naturales, los cuales ya estaban
acostumbrados a la presencia de extranjeros más poderosos que ellos y que
los dominaban. Así, la derrota de Solimán en Manila y la toma de las otras
fortalezas cerca de la bahía de Manila y en la laguna de Bay no serán para los
tagalogs y los pampangos actos de conquista que los afecten especialmente,
sino más bien un cambio en el poder dominante. Hay que tener en cuenta que
en esa zona los naturales aún no se habían convertido al islam, como en el
sur, así que ni siquiera se presentó el problema religioso.
Pero si entre los naturales filipinos no encontramos una gran resistencia a
la conquista, en cambio entre los españoles apareció de inmediato el
problema de conciencia que surge en todo el proceso de la expansión
hispánica: Los hombres de Iglesia, los padres agustinos, dirigidos por fray
Martín de Rada y fray Diego Herrera, opinan que la conquista ha sido un acto
“tiránico” que se ha sujetado a los naturales por la fuerza y con lujo de
crueldad. En su famoso Parecer acerca de los tributos, el padre Rada dice
textualmente:

… está claro ser injusta cualquier conquista que se haya hecho en estas islas por la
fuerza de las armas, aunque haya habido causas para hacerla, cuanto más que en
ninguna de ellas o casi ninguna ha habido causa alguna, porque como V. S. sabe, a
todas partes se ha ido con mano armada y les ha requerido que sean amigos y den luego
tributo y a las veces han rompido la guerra por no darles tanto cuanto les piden; y si no
les quieren dar tributo sino defenderse luego, les han acometido e fecho guerra a sangre
y fuego.

Aparte de negar la legitimidad de la conquista y de los métodos


empleados en ella, el padre Rada expone la tesis de que no se puede en
justicia cobrar tributo si no se da un servicio a cambio de ello:
¿Qué título ha habido para todos estos sujetarlos y ponerles tributo y ya que hubiera,
con qué conciencia se les pide tributo adelantado, antes de que conozcan ni se les haya
fecho beneficio alguno? Con qué título se les ha dado tres repelones de cantidad de oro
a los ilocos, sin tener otra comunicación y trato con ellos más que ir allá y pedirles el
oro y volverse? … En todo esto, no está claro que es injustísimamente llevado?

Ya anteriormente, desde 1570, cuando aún no se fundaba Manila, fray


Diego de Herrera había expuesto argumentos semejantes en carta que le
dirigiera al virrey de la Nueva España y en 1575, en carta dirigida también al
virrey, el mismo padre Rada decía: “Porque no hacen más que llegar a un
pueblo y decirle que si quiere paz y amistad con ellos, que den tributo y si no
luego les hacen guerra; y esto sin darles noticias de Dios y de Su Majestad;
de suerte que tan robado es el tributo que llevan, como lo que abiertamente
roban”. Con la excepción del padre Francisco de Ortega, también agustino,
que defiende abiertamente la actitud de Legazpi, mas no así la de Lavezares,
en una carta que en 1573 dirige a don Martín Enríquez, virrey de la Nueva
España, todos los sacerdotes agustinos que estaban entonces en las Filipinas
se expresan duramente de Legazpi, Lavezares, Juan de Salcedo, Juan de la
Isla, Martín de Goiti y de los otros capitanes, criticando tanto la brutalidad de
sus métodos como su codicia. A Legazpi y Lavezares los tildan de incapaces
de controlar a sus hombres debido a su edad avanzada. De Legazpi había
dicho el padre Herrera: “… el Gobernador caduca ya de viejo, porque de él
decían, antes que acá viniese, era muy buen cristiano y limosnero y acá se le
va el alma tras de un poco de oro y por haberlo comete veinte bajezas
indignas de su cargo, que tiene tan viva la codicia como si agora viniese al
mundo”. De Lavezares escribe el padre Ortega: “… en nueve años que
gobernó el buen viejo [Legazpi] que esté en gloria, no hubo tantas
inquietudes y disensiones sino ha habido y hay de nueve meses a esta parte
que Guido de Lavezares gobierna; por lo cual y porque es ya de más de 70
años de edad y creo desea quietud, es necesario el remedio”.
Si estudiamos cuidadosamente los textos de los alegatos de los dos
bandos y tratamos de encontrar la verdad, que es la tan discutida verdad de la
conquista española, tropezamos con el problema, tanto histórico como
filosófico, acerca de la verdad del hecho en sí y la verdad de la percepción
que tenemos del hecho. Nosotros percibimos un hecho histórico sólo a través
de lo que otros nos han relatado acerca de ello, así que en verdad no
percibimos el hecho, sino lo que otros percibieron del hecho. Podemos
afirmar que la percepción no es nunca igual al hecho, así que lo que
conocemos de la historia está, necesariamente, distorsionado por los defectos
de percepción de quienes nos han relatado el hecho. Cuando el relator es
testigo del hecho, la situación no mejora, antes bien, por lo general, se vuelve
más confusa, ya que, como quien toma parte en el hecho, no lo podía ver con
una verdad pura y objetiva, sino de acuerdo con sus propias características,
sus pasiones y sus conveniencias. Además, las motivaciones de los diferentes
testigos son diversas y afectan en forma distinta su juicio acerca de lo
sucedido. Para los hombres de armas, la motivación principal en los 100
primeros años de la expansión estaba en el lema imperial, el Plus ultra de
Carlos V; para los sacerdotes estaba en el mandato evangélico de ir y predicar
a todas las naciones. Para los primeros el triunfo material, el abrir el camino
para la cristianización y para la hispanización de los naturales, justificaba
cualquier exceso de la conquista; para los segundos sólo la absoluta entrega
de la caridad era válida para sujetar a los naturales. Lo notable de los
españoles de ese tiempo es que se dieron cuenta, durante la acción misma, de
la doble percepción del hecho histórico que estaban viviendo y no tuvieron
temor a expresar sus miras divergentes. Esto nos da la medida de lo que era el
español de la conquista, quien, a través de su historia, había logrado un
notable sincretismo entre el poder de la fuerza bruta y el poder de la caridad.
Así, el hombre de armas nunca pone en duda la necesidad que hay de la
caridad y de buenos misioneros que extiendan sus bienes entre los naturales,
y los hombres de la Iglesia, tal vez con la excepción del padre Las Casas,
nunca ponen en duda la necesidad de la fuerza de la espada que les abra el
camino para implantar la fe.
Pero a la vez que la mayor parte de los clérigos comprendían la necesidad
de los hombres de armas y de algunos de los métodos de conquista utilizados,
no aceptaban los abusos que lógicamente cometían esos mismos hombres de
armas. Pretendían que fueran guerreros con calidad de santos, como lo
fueron, en el ánimo de los fundadores, las antiguas órdenes militares de las
cruzadas o las españolas de Santiago y Calatrava. Este pensamiento de aunar
al guerrero con el fraile aparece en Las Casas y su fracasada empresa en
Cumaná y en la empresa de Pedro Fernández de Quiroz a las islas Salomón.
Asimismo, los hombres de armas, conscientes de ese sincretismo, tomaban
muchas veces actitudes de misioneros y exigían que los frailes llevaran una
vida de absoluta entrega a su ministerio. Todos los conquistadores, aun los
más crueles, piden insistentemente que se envíen a las tierras conquistadas
por ellos “frailes de santa vida” para que adoctrinen a los naturales.
Por lo tanto, para tratar de entender la verdad de ese hecho histórico que
llamamos la conquista española, hay que tener en cuenta al leer los
documentos de esa época las diferencias en la percepción de acuerdo con el
autor y, a la vez, ese sincretismo propio del español, donde se funden el
misionero y el hombre de armas o, por lo menos, se ven obligados a marchar
juntos, a un mismo acto, con una misma fe, pero con finalidades distintas.
Debido a esto nos encontramos con dos pareceres, dados al mismo tiempo,
acerca del tributo en Filipinas. Junto al de fray Martín de Rada que hemos
visto y el del gobernador Lavezares. Para éste, hombre de armas y de letras
por cierto, la conquista se justifica porque los anteriores regímenes de los
naturales eran tiránicos e impuestos por medio de la fuerza y han sido los
españoles quienes han traído la paz:

… y ansí es grande la utilidad y provecho que [a] los naturales les vienen de estar los
españoles en estas partes, la seguridad que tienen unos de otros y porque libremente
acuden a sus tratos y granjerías sin ser impedidos de nadie y robados, lo cual no solían
hacer antes que los españoles viniesen a estas partes, porque es cosa averiguada,
pública y notoria, [que] en sus mismas casas los prendían y robaban y no eran señores
de salir a pasear al mar que no los cautivasen, y agora no tan solamente están seguros
en sus casas, pero van a diversas partes seguros y sin que se les haga mal alguno.

Por lo que se refiere al tributo, Lavezares considera que es justo y aun


alega que es bajo el que se ha fijado y afirma: “… esto es cosa llana de
entender que para la sustentación de los que en esta tierra viven, es muy
necesario que los naturales ayuden con los tributos, como lo hacen en las
demás partes de las Indias, y ellos no se tienen por amigos ni tienen seguridad
ninguna sin haber pagado primero el tributo”. Así, para Lavezares la
conquista, pacificación, reparto de encomiendas y tributos forman una cadena
lógica y ya tradicional que redunda en una serie de beneficios para los
naturales al implantar en su medio una vida política y ordenada. Por todas
estas razones considera, sin criticar las personas de los frailes —como por
cierto lo hacen ellos con las personas de los conquistadores—, que

… aunque el parecer del padre provincial y de los demás religiosos sea fecho con celo
santo y bueno, es muy dañoso al aumento de la población desta tierra y a la
perpetuación de los españoles en ella y a los mismos naturales es pernicioso, porque
sino pagan tributo a los españoles, han de quitarles sus bastimentos y cosas que tienen
para sustentarse, como se hacía antes que la tierra estuviese repartida y antes que
pagasen tributo.

Así, vemos que en los primeros años el español ha vivido, durante la


conquista, de la tierra, provocando con ello la carencia de artículos de
consumo necesarios a los naturales y las hambres consecuentes. Pero una vez
terminada la pacificación se establece la vida política y la encomienda, cuya
finalidad principal era la de facilitar la adaptación de los naturales a su nueva
forma de vida cristiana y a la vez permitir la sobrevivencia del conquistador
y, por lo tanto, asegurar la permanencia de los misioneros. A los
conquistadores les interesaba el sostenimiento de la encomienda por razones
económicas; a la corona por razones políticas, y a los misioneros siempre y
cuando fuera en favor de la cristianización y no en contra, como cuando se
cometían abusos graves. De allí el constante estira y afloja en las discusiones
y en la legislación acerca de las encomiendas. Pero, haya sido como haya
sido, con los abusos que se conocen o se sospechan la encomienda dio sus
frutos en cuanto permitió la estabilización de los nuevos reinos y de la vida
política española en ellos. De otra manera, lo probable hubiera sido la
liquidación total de las poblaciones indígenas. Así, por lo menos en cuanto a
hecho histórico, la encomienda resultó un hecho eficaz.
En Filipinas, la última conquista de importancia de los españoles, ya
había permeado más profundamente el espíritu de la conquista pacífica que
en los tiempos de Cortés o de Pizarro. Legazpi era, más que un caudillo
militar, un hombre de letras y, además, ya anciano. Por otra parte, no era una
empresa personal de él, como la mayor parte de las anteriores, sino que era de
la corona. Legazpi llega a Filipinas con un grupo considerable de padres
agustinos, perfectamente organizados y con larga experiencia en misiones y
con gran ascendiente sobre los guerreros debido a su influencia en la corte
virreinal y ante el rey mismo. Así, no se cometen crímenes inútiles, como las
muertes de Cuauhtémoc en México o de Atahualpa en el Perú, ni hubo entre
los agustinos sacerdotes que pidieran a gritos la muerte del vencido, como el
padre Velarde en Cajamarca.
Cuando ya los españoles se sintieron seguros en Manila y dominaron todo
el centro de Luzón, y sobre todo cuando tuvieron la certeza de que la
voluntad de Felipe II era que se poblaran las islas, Legazpi distribuyó las
primeras encomiendas y fijó el tributo que los naturales debían pagar a los
encomenderos en tres “maes” de oro al año por cabeza, lo cual equivalía a
seis reales de plata. Dicho tributo se podía pagar en oro o en especie: “… dos
fanegas de arroz sucio y una manta de colores de dos varas de largo y una de
ancho”. Otros pagaban con los productos de su región, bálsamos, cera,
gallinas, puercos, etc. El monto del tributo era, más o menos, 50% que el que
se había fijado a los indios de la Nueva España, por lo cual Lavezares lo
consideraba muy bajo. Las encomiendas eran de diferentes proporciones e
iban desde 3 000 o 4 000 tributantes, hasta 200 y aun menos. Como no había
una regla fija para su reparto y se daban como un favor del gobernador, hubo
grandes disputas sobre ello y el gobernador don Francisco de Sande, en un
informe al rey, acusa tanto a Legazpi como a Lavezares de haber repartido las
encomiendas sólo para favorecer a sus amigos y parciales y a los
“gentileshombres de sus casas” y de no haber asignado los bastantes indios a
la corona para el sostenimiento de la Real Hacienda. Hubo algunos
encomenderos que recibieron indios en zonas que se conocían, pero que no se
habían pacificado, con lo cual resultaba imposible sobrar el tributo. Por lo
tanto, había grandes diferencias en las rentas que recibían los españoles y
mientras unos vivían con cierta opulencia otros pasaban hambres y miserias y
tenían que ser socorridos por las Cajas Reales. La encomienda afectó en poco
a la vida indígena en Filipinas, pero no así el “repartimiento”, sistema
mediante el cual los naturales estaban obligados a prestar su trabajo personal,
tanto al encomendero como a la corona, mediante una pequeña paga. El
sistema trajo una serie de revueltas que habrían de durar, en Filipinas y en el
Perú, hasta fines del siglo XVIII.
Mediante el repartimiento se pudieron construir las fortificaciones de
Manila, los conventos y las iglesias tanto de la capital como de las provincias
y, sobre todo, se fabricaron los grandes galeones en los astilleros de Cavite y
de Arévalo. Este último aspecto, permanente durante toda la vida colonial
hasta los albores del siglo XIX, fue el que mayores daños causó a la población
indígena, más que nada por el inhumano trabajo de corte y acarreo de
maderas hasta los astilleros. Esto interfería mucho más con la vida indígena
que el tributo, ya que desorganizaba los pueblos y comunidades y muchos de
los hombres jóvenes que salían a cumplir con el repartimiento no regresaban
a sus lugares de origen, desarticulando así la vida filipina del campo. En los
primeros años de la presencia hispánica en Filipinas, siguiendo también en
eso la costumbre establecida en América, los caudillos españoles utilizaban
grandes ejércitos indígenas en sus correrías a otras islas o a la tierra firme de
Asia y los filipinos concurrían gustosos a estas empresas, por más que se
mostraran renuentes al trabajo en el repartimiento. La razón de esto la
encontramos en la misma vida malaya, donde la guerra es la ocupación del
hombre y la que le da prestigio. Así, los datus y sus hombres seguían
gustosos a caudillos españoles que se habían mostrado hábiles en las guerras.
Los misioneros, que tanto protestaran por el tributo y las encomiendas, no
alzaron su voz en contra del repartimiento ni en contra del uso de guerreros
filipinos en las empresas de expansión.
Establecida ya en forma más o menos permanente la nueva colonia,
pronto se vio que a pesar de los tributos y las encomiendas la riqueza tan
soñada y que había movido a los conquistadores a abandonar España o la
Nueva España no existía. El oro era escaso y las buenas minas estaban en
lugares lejanos y de difícil acceso, entre poblaciones bárbaras que resultaba
casi imposible sujetar. Así, no se contaba con la suficiente mano de obra y sí
con muchos peligros entre los famosos cazadores de cabezas, por lo cual la
minería fue quedando en manos de algunos indígenas que se aventuraban a
buscar arenas doradas en los ríos para el pago del tributo. De las codiciadas
especias, sólo se producía la canela y de calidad inferior a la de Ceilán. Otros
productos exportables, como las telas de algodón de llacas o la cera, no
alcanzaban grandes precios en la Nueva España ni se producían en tal
cantidad que se pudiera cimentar con ellos una economía. Por lo tanto, si la
colonia había de establecerse en forma permanente, como era la intención
real, era necesario encontrar nuevos arbitrios para que los españoles pudieran
vivir en ella y los misioneros seguir adelante en su labor, sin que el costo
total de ello recayera sobre las Cajas Reales de la Nueva España. Ya para
esas fechas se había iniciado la costumbre, que habría de durar hasta la
independencia de México, de que la tesorería mexicana cooperara con una
cuantiosa suma anual, llamada el “situado”.
Desde el viaje de Magallanes, Pigafetta se había dado cuenta de que
existía un comercio intenso entre China y las Filipinas y en los cronistas
subsiguientes son muchas las menciones que hay sobre ello, pero al parecer
fue el piloto Juan Pablo Carreón el primero que se dio cuenta de la
importancia que podría tener este comercio y afirmaba que las islas no se
podrían sustentar sin que se estableciera ese comercio. En este punto, la
Iglesia y la administración civil se encontraban totalmente de acuerdo: los
misioneros porque veían en el comercio una posibilidad de penetrar en China
y los soldados y administradores no sólo por el fruto que esperaban del
tráfico, sino porque aún soñaban con la conquista de toda el Asia, o por lo
menos de China.
Según el padre Zúñiga, en 1571 Juan Pablo Carreón encontró un junco de
comercio chino que naufragaba en las costas de Luzón y pudo salvar a los
tripulantes a los que dejó en completa libertad y buscó la forma para que
pudieran regresar a Cantón. Al año siguiente los comerciantes que iban en
dicho junco regresaron a Manila, llenos de gratitud por el favor que se les
había hecho y ansiosos de probar, con alguna mercancía, las posibilidades del
comercio con esos nuevos “bárbaros” que llegaban, y así se inició el
comercio. Probablemente sea un hecho cierto que Carreón haya salvado a los
náufragos chinos y que el comercio en Manila se haya iniciado entonces, pero
hemos visto que en el San Pedro, el primer galeón en regresar con Urdaneta
en 1565, ya iban varios artículos chinos. Así, lo que se inició conforme al
relato de Zúñiga fue el tráfico en Manila. En el galeón de 1573 iban a
Acapulco 712 piezas de seda y 22 000 de porcelana fina. Dada la enorme
importancia que para la historia del océano Pacífico, sobre todo de Filipinas,
de México y China, tuvo este comercio, merece que se le dedique capítulo
aparte. Baste decir aquí que, gracias a él, se pudieron sustentar los españoles
en Filipinas durante 250 años.
En esos principios en Asia muchos de los españoles, que soñaban aún con
ser émulos de Cortés o de Pizarro y no se conformaban con ser mercaderes,
meditaban en la posible conquista del imperio de la China. El gobernador
Sande instaba a Felipe II para que autorizara esa conquista y opinaba: “el
aparato que es menester para esta jornada son de 4 mil a 6 mil hombres,
armados de pica y arcabuz con los navíos, artillería y municiones necesarios”.
Y más adelante agrega: “La guerra con esta nación de China es justísima”.
Hay que hacer notar que Sande tenía una animadversión especial por los
chinos y además conocía, no sólo en forma superficial, sino que
completamente errado, lo que eran la cultura y la realidad chinas. Este
desconocimiento hacía pensar constantemente a los españoles de aquella
época en la posibilidad de la conquista, cosa comprensible si tomamos en
cuenta que a la ignorancia de las cosas chinas se aunaba el conocimiento de
los hechos de los castellanos en las Indias. Así, en 1573 Diego de Arteaga le
propone a Felipe II entrar en China con 80 hombres y recorrer toda la costa
hacia el norte hasta encontrar las costas septentrionales de la Nueva España.
Diego García de Palacios, de la Audiencia de Guatemala, pensaba organizar a
los españoles que no tenían oficio ni beneficio en la Nueva España en un
ejército de 4 000 hombres y, con otros que le proporcionara su amigo el
gobernador Sande en Filipinas, conquistar el imperio. Años más tarde, el
factor Juan Bautista Román opinaba que, con el favor de Dios, bastaba con 7
000 españoles para conquistar China. En muchos de esos proyectos de
expansión hacia el Celeste Imperio se pensaba en utilizar auxiliares
japoneses, quienes, según los españoles, eran enemigos irreconciliables de los
chinos.
Pero lo que Sande y otros españoles sólo soñaban con hacer en China, un
chino intentó realizarlo en las Filipinas. Se trataba de un poderoso corsario de
la costa del sur de China, más que corsario, pirata, ya que no llevaba patente
alguna de corso y era enemigo de su propio rey. Era éste Li Ma Hong,
conocido entre los españoles y filipinos como Limahon, quien tenía a sus
órdenes una gran flota de juncos y mandaba sobre 4 000 o 5 000 hombres de
guerra. Según el informe que Sande enviaría más tarde a la corte española,
Limahon capturó a uno de los juncos chinos que regresaba de Manila a
Cantón, “los cuales llevaban algún oro y muchos reales de plata mexicanos”.
Interrogados sobre ello por el pirata, los pobres mercaderes contaron “que lo
llevaban de Luzón, de la Contratación de los Castillas”. Además, el piloto,
probablemente para salvar su vida, informó que los españoles de Luzón
andaban dispersos por muchas partes y sin ningún cuidado por su seguridad.
Limahon entonces resolvió atacar a esos “castillas” que tenían tanta plata y
hacerse dueño y rey de Luzón, en vista de que ya esos mismos castillas
habían destruido las fortalezas musulmanas que antes protegieran la isla. Un
amanecer, en la costa de Zambales, topó con una pequeña galera española
que Juan de Salcedo había enviado desde Ilocos a Manila por bastimentos, y
la atacó. Los 22 españoles que iban a bordo trataron de defenderse con un
cañón que llevaban y que tenía el extraño nombre de Vigilantib, pero se
incendió el barco y los castellanos tuvieron que saltar al agua, donde fueron
muertos por los chinos o se ahogaron. Limahon pudo apagar el fuego de la
galera y hacerse dueño del cañón que habría de desempeñar más tarde, en
contra de los españoles, un papel importante. Siguió navegando en demanda
de Manila y un amanecer, sin ser sentido de nadie, ancló frente a Cavite.
Aunque los de Manila no se dieron cuenta de la llegada de esta flota, uno de
los soldados de Salcedo vio desde la costa de Zambales el incendio de la
galera española y la gran flota de juncos de guerra, con lo cual dio noticia
inmediata a su jefe de esa extraña novedad. Salcedo, sin saber bien a bien qué
pudiera ser aquello, pero con la conciencia de que Manila estaba
desguarnecida y sin los suficientes hombres para su defensa, emprendió la
marcha tratando de seguir desde tierra a la flota del pirata.
Al amanecer el 30 de noviembre Limahon ordenó el desembarco de unos
400 hombres en la playa de Manila y el ataque de la ciudad. Algunos
naturales y un japonés vieron la llegada de los barcos y corrieron a la casa del
maestre de campo Martín de Goiti, que quedaba fuera de las fortificaciones,
para decirle que llegaban los piratas moros de Borneo. Goiti, que estaba
enfermo en cama, les dijo que seguramente estaban equivocados, pues no era
ese tiempo de incursiones de piratas moros del sur y que lo dejaran dormir en
paz. En eso estaban cuando llegaron los chinos a la casa y la atacaron. Goiti,
su mujer y los que con él estaban se defendieron cuanto pudieron, pero los
chinos pusieron fuego a la casa y, finalmente, mataron al maestre de campo y
a varios de sus compañeros. La mujer, malherida, pudo huir y esconderse en
unos hierbazales. La conmoción puso sobre aviso a los de la ciudad y el
gobernador Lavezares ordenó a todos que se aprestaran a la defensa. Había en
la ciudad unos 70 españoles que, con pocas esperanzas de salvarse al ver la
gran flota del corsario, se dispusieron a morir luchando. En el combate los
arcabuces españoles lograron matar a unos 70 u 80 chinos y los piratas
tuvieron que embarcarse de nuevo. Murieron 14 españoles y los restantes se
dedicaron, en cuerpo y alma, a reparar las defensas de la ciudad y montar la
artillería que, en su mayor parte, se encontraba tirada en la playa.
Terminada la batalla, un comerciante chino avecindado en Manila se
acercó a Lavezares para informarle sobre quién era Limahon y cómo no era
un enviado del emperador de China, sino un pirata, enemigo del mismo
emperador, quien había puesto precio a su cabeza por los muchos daños que
había hecho en la costa china. Aconsejó además que se quitara la palma de
nipa de los techos de las casas para que no se incendiara tan fácilmente la
ciudad, pues los chinos eran hábiles en arrojar bombas de fuego, cosa que se
hizo al instante. Esa misma noche, con la llegada de Juan de Salcedo con un
refuerzo de 50 hombres, mejoró el ánimo de los defensores y se trabajó sin
descanso en las fortificaciones usando para ello cajas, barricas, tablazones y
lo que hubo a mano. Dos días más tarde el mismo Limahon dirigió el ataque
con cerca de 1 000 hombres, pero fue nuevamente rechazado y en el combate
murieron tres españoles y, según Sande, quien llegó a Manila poco después
del suceso, más de 200 chinos. Pero la victoria de los castellanos no fue tan
completa que pudieran evitar el reembarque de los piratas y su salida de la
bahía. La ciudad de Manila, que era de madera y palma, quedó casi
totalmente quemada y tanto la iglesia de San Agustín como la parroquia
fueron destruidas con todo cuanto tenían dentro.
La noticia del ataque a Manila se extendió como un reguero de pólvora
por todo Luzón y las islas cercanas y muchos de los naturales aprovecharon
la coyuntura para volverse en contra de los españoles, que estaban dispersos
en diferentes sitios creyendo que el núcleo principal de ellos había sido
completamente destruido en Manila. Muchos de los conventos y centros
misionales fueron quemados y varios españoles muertos y otros, como el
padre Albuquerque, pasaron graves peligros y se pudieron dar cuenta de que
hombres convertidos ya al cristianismo, como el tal don Pedro de Mindoro,
se revolvían en contra de ellos, cosa que el padre Albuquerque encuentra
natural: “… voló luego la fama por toda la isla y otras partes de manera que
fue causa para que no sólo los comarcanos más los muy apartados pueblos se
rebelasen e hiciesen y demostrasen lo que tenían en el corazón, de lo cual no
me maravillo porque tales son las obras que los españoles les hacen…” La
rebelión de los naturales duró sólo hasta que se supo que los españoles habían
vencido a los piratas y los habían arrojado de la bahía de Manila, y cuando
Salcedo fue a desalojar a Limahon, que se había hecho fuerte en Pangasinán,
llevaba 1 500 aliados indígenas.
Las noticias de Manila hicieron que todos los españoles que andaban
dispersos en diferentes empresas, sobre todo la pacificación de Camarines, se
concentraran en Manila y con ellos y los indios aliados marchó Salcedo en
contra del pirata. En los primeros encuentros en el río de Bolinao pudieron
los españoles quemar la flota de juncos, pero no lograron capturar el fuerte
que estaba en una isla y desde el cual se les causó muchos daños con el
famoso cañón Vigilantib. El sitio se prolongó durante cuatro meses y el 3 de
agosto de 1575 Limahon logró, después de haber construido algunos barcos
dentro del fuerte, romper el sitio, salir al mar y desaparecer. Sande critica
vivamente a Salcedo por no haber podido tomar preso al corsario.
Mientras los españoles estaban sitiando la fortaleza de Limahon, llegó a
Manila un enviado del emperador de China para hacer saber a Lavezares que
el emperador era enemigo del corsario y para asegurarse que éste no
regresaría nunca a China. El enviado viajó a Pangasinán y trató de conseguir
que el pirata se rindiera, pero ante la negativa de éste regresó a Manila. Allí
convino en llevar a China a una delegación española compuesta por los
padres Rada y Gerónimo Martín, el alguacil mayor de Cebú y algunos otros
vecinos. Los padres iban con el afán de explorar las posibilidades de una
conquista espiritual y los otros con el de ampliar el comercio. Llevaban
regalos apropiados para los virreyes de Fu Kien y Ching Chaw y lograron
hacer el viaje sin ningún tropiezo y regresar el 28 de octubre de 1575 con
maravillados relatos del buen trato que se les había dado y la grandeza de las
poblaciones que habían visto. Con ellos venía una nueva embajada china, que
pedía a los españoles la destrucción total de la fuerza de Limahon, sin saber
que éste ya había escapado. Esta embajada no la pudieron presentar ante
Guido de Lavezares, que estaba sujeto ya a su juicio de residencia en vista de
que había llegado el nuevo gobernador y capitán general, el doctor don
Francisco de Sande, oidor de la Real Audiencia de México. El nombramiento
del doctor Sande se debía, probablemente, a informes que había dado en el
Consejo de Su Majestad fray Diego de Herrera en el sentido de que ya
Lavezares estaba muy viejo e incapacitado para el mando. Por lo tanto fue el
nuevo gobernador quien recibió a los embajadores chinos y, dados los buenos
informes que le proporcionó el padre Rada, los despachó con buenos regalos.
Al poco tiempo, en abril del año siguiente, llegó un nuevo emisario de
China para informar a Sande que el emperador había designado una isla,
cerca de Cantón, para que se llevara a cabo allí el comercio con las Filipinas
y que los españoles podían ir allá y traficar en las mismas condiciones que los
portugueses en Macao. Sande, como se puede observar en el largo informe
que escribió al rey, era hombre de carácter duro e inflexible, que encontraba
defectos en todo. Por alguna razón que no está clara, parece que había
cobrado una especial antipatía a los chinos, de los cuales se expresa en los
términos más despectivos: “Es gente ruin y desvergonzada y muy
pedigüeña”, dice. Y en otra parte de su informe opina, demostrando el
absoluto desconocimiento que tenía de lo que era China: “Es gente cobarde,
tanto que ninguna anda allá a caballo, con haber muchos caballos, porque no
osan subir a caballo y ninguno trae armas”. Y más adelante: “Son todos
grandes haraganes que, por no sembrar, si no los fuerzan a ello, no cogen, y
venden los hijos con necesidad para comer por poca cosa”. Al parecer los
emisarios primeros le habían informado al virrey de Cantón que ya el pirata
había sido hecho prisionero y ahora le rogaban a Sande que informara en el
mismo sentido. Sande no accedió a ser parte en ese engaño y despachó a los
emisarios con cajas destempladas y sin regalos. Muchos de los vecinos de la
ciudad, que veían ya los buenos frutos del comercio con China, al igual que
los padres agustinos que se veían ya predicando en Cantón, le rogaron a
Sande, que reconsiderara su determinación, pero él se negó. Los padres Rada
y Albuquerque habían acordado con los chinos embarcarse con ellos para
regresar a Cantón y así lo hicieron, pero los chinos, enojados por la actitud de
Sande, los desembarcaron en las costas de Bolinao por la fuerza y dejaron a
los dos sacerdotes atados a un árbol después de matar a un criado filipino que
iba con ellos y al intérprete chino. La idea era que los naturales de esas costas
mataran a los dos frailes, pero éstos se salvaron milagrosamente debido a que
el sargento mayor, Juan de Morones, pasaba por ese sitio y los rescató y
envió a Manila. Con este incidente, el gobernador Sande decretó romper toda
relación con los chinos.
El 11 de marzo de 1576 murió, mientras visitaba su encomienda en
Ilocos, el capitán Juan de Salcedo, nieto de Legazpi, a la edad de 27 años.
Había pedido licencia para regresar a México a cuidar de sus hermanos que
quedaron huérfanos, pero una fiebre lo mató antes de que pudiera
embarcarse. Su cadáver fue llevado a Manila y enterrado en San Agustín,
junto al de su abuelo y al de Martín de Goiti. Al leerse su testamento, se vio
que dejaba sus encomiendas a beneficio de los mismos naturales
encomendados. A pesar de algunas opiniones en contra suya, emitidas por
Sande y algunos otros, el consenso general era que fue en vida no sólo un
muy buen capitán en acciones de guerra y de conquista y pacificación, sino
un hombre caritativo y humanitario, bien querido por los naturales, quienes lo
seguían gustosos en sus empresas. Esto parece confirmarse en su testamento,
pues aunque era soltero sabía que sus hermanos en México no estaban en
buena situación económica y aun así prefirió beneficiar a sus encomendados.
El gobernador Sande, disgustado profundamente con los chinos, trató de
extender su gobernación hacia el sur, con la esperanza de poder volver a
controlar el tráfico de las especias. La oportunidad se la brindó la llegada a
Manila, en 1577, de Sirela, depuesto sultán de Borneo, a quien su hermano
había despojado del trono. Venía a pedir ayuda a los españoles para
recobrarlo y a cambio ofrecía convertirse en vasallo del rey de España. Sande
vio en esto una oportunidad única para extender sus conquistas sin escrúpulos
morales ni protestas de los agustinos, ya que lo hacía a petición del legítimo
señor de Borneo, quien de su libre voluntad aceptaba el vasallaje. Para llevar
a cabo su proyecto reunió un ejército de 400 españoles y 1 500 naturales,
junto con 300 guerreros musulmanes de los parciales de Sirela. Pudo, sin
dificultades, llevar su ejército a Borneo y reponer en el trono a Sirela y hasta
pensó en construir allí una fortaleza, pero el clima y las enfermedades
empezaron a diezmar a la gente y optó por regresar a Manila. La empresa, por
lo tanto, no dio los frutos apetecidos, ya que dos años más tarde Sirela fue
nuevamente arrojado del trono y el gobernador Ronquillo tuvo que enviar una
nueva expedición a defenderlo.
Al regresar de Borneo, Sande le ordenó al capitán Esteban Rodríguez de
Figueroa que reconociera las costas de Jolo y Mindanao. En el primero de
esos sitios, el sultán Ilog Pangilán presentó combate y fue derrotado y, al
firmar las paces, aceptó el vasallaje al rey de España. Por su parte, el capitán
Gabriel de Rivera logró derrotar al sultán Buhayen y establecer una fortaleza
en Mindanao, con lo cual la gobernación de Filipinas empezó a cobrar su
forma definitiva desde el norte del Borneo hasta el norte de Luzón, aunque el
dominio español era efectivo sólo en partes de Luzón, Mindoro, Cebú y las
Vizayas.
Por ese tiempo, debido a las constantes noticias que llegaban, tanto a
México como a España, de las cosas de Filipinas, la corona pareció tomar
nuevo interés en esa empresa, tanto por consolidar su dominio en las islas en
sí, como por estar cerca de las puertas de China que las convertían en una
estupenda base de operaciones para la conquista, ya sea militar o espiritual,
del Imperio del Medio. Por todas estas circunstancias, Felipe II resolvió
elevar a Manila a sede episcopal y propuso como el primer obispo a fray
Domingo de Salazar, dominico de muy larga experiencia misional en la
Nueva España. A la vez, para incrementar la población española en las islas,
se aceptó la propuesta del alguacil mayor de la Audiencia de México, don
Gonzalo Ronquillo de Peñaloza, el cual, a cambio del título de gobernador y
capitán general vitalicio, se comprometía a traer a su costa 600 españoles,
tanto soldados como labradores con sus familias. Ronquillo salió
directamente de España con la gente convenida y, aunque tuvo una pérdida
considerable en una tempestad al salir de España, logró rehacer su expedición
y tomó el rumbo de Panamá, donde se les había preparado dos galeones para
su traslado a Filipinas. Asimismo, en 1577 llegaron a Manila los primeros 15
franciscanos para auxiliar a los agustinos en la labor misional. Todo esto nos
hace pensar que la corona, después de la larga espera en Cebú, deseaba ya el
rápido progreso de la nueva colonia en todos sentidos, tanto en el espiritual,
con la creación de una sede episcopal y la mayor concurrencia de misioneros,
como en el político, con el aporte de más soldados y colonos. Cierto es que
en la corte había habido grandes dudas acerca de la conveniencia de
sostenerse en Filipinas, pero para esas fechas ya se habían disipado
totalmente y se pensaba en un establecimiento de gran importancia desde el
cual se abriera, para la fe y para España, toda el Asia oriental. Es posible que
la muerte del rey don Sebastián de Portugal, sin herederos directos, hiciera
ver la posibilidad de que Felipe II heredara también esa corona. Sabemos que
aún en vida del sucesor de don Sebastián, el cardenal don Enrique, los
agentes de España forjaban un partido portugués en pro de la candidatura de
Felipe en contra de la del bastardo prior de Crato. Con este pensamiento de
anexar Portugal a la corona de Castilla, la posesión de las Filipinas cobraba
una nueva importancia, pues estaba prácticamente dentro del Imperio
portugués en Asia.
CAPÍTULO VII

Los mercaderes y hombres de negocios es la mayor parte de los


residentes en las islas, por la ocasión de las muchas mercaderías
que a ellas acuden (fuera de los frutos de la tierra) de China,
Japón, Maluco y Malaca, Siam y Camboya y Borneo y otras
partes en que hacen sus empleos y cada año los cargan en los
navíos que salen para la Nueva España.
Sucesos de las islas Filipinas
ANTONIO DE MORGA

El continente austral. Papel del Perú en las exploraciones al sur del ecuador.
Álvaro Mendaña de Neira. Nuevas rutas de navegación por el Pacífico.
Pedro Fernández de Quiroz. Nueva Jerusalén y la Orden del Espíritu Santo.
La de Quiroz, última gran aventura hispánica en el océano Pacífico.
Misioneros en Filipinas. El galeón. Vida de los chinos en Manila. Relaciones
con el Japón.

LOS ESPAÑOLES, para 1670, conocían ya tres grandes rutas a través del océano
Pacífico: la trazada por Magallanes y seguida luego por Loayza, desde el
estrecho a los 52° de latitud sur, rumbo al noroeste, hasta cruzar el ecuador y
luego, a los 10° de latitud norte hasta las Filipinas; la ruta seguida por
Saavedra Cerón, llamada por lo tranquila y segura la Ruta de las Damas, que
partía de las costas de la Nueva España y, por el paralelo 12 norte, con
buenos vientos constantes de popa, llevaba hasta Guam y de allí al estrecho
de San Bernardino y las Filipinas, y la del tornaviaje, descubierta por
Urdaneta, remontando desde las costas de Luzón hacia el norte, hasta los 43°
y luego torciendo al sureste, para llegar a las costas americanas entre los 30 y
los 35 grados de latitud norte. Estas tres rutas, si bien eran las fundamentales
para el tráfico entre México y el Oriente, dejaban hacia el sur un enorme
triángulo sin descubrirse, que se extendía del estrecho de Magallanes a Guam
y la Nueva Guinea. Y en este enorme vacío la imaginación de los geógrafos
colocaba el quinto continente, llamado “Austral”, donde seguramente habría
toda suerte de riquezas y de secretos admirables, amén de naturales que
convertir a la fe de Cristo. Este continente, según los cartógrafos, estaba
separado de América por el estrecho de Magallanes, así que la Tierra del
Fuego no era una isla sino parte de esa inmensidad de tierra que, según
Sarmiento de Gamboa, era necesaria para equilibrar las masas de agua y
tierra sobre la superficie del globo. Y seguramente en ese continente se
encontrarían todos los lugares mitológicos que ya se esperaba hallar en
América o en Asia. Allí sin duda estarían las islas maravillosas en las cuales
el rey Salomón había logrado el oro para el templo de Jerusalén y la
Antípoda, donde los habitantes tenían la cabeza colocada bajo los hombros.
Así como la empresa de la especiería, desde un principio le correspondió
a la Nueva España, la del sur del ecuador cayó en suerte a los peruanos,
quienes en verdad tenían mayores elementos marítimos que los mexicanos
para llevar a cabo ese tipo de empresas. La vida del Virreinato del Perú, el
cordón umbilical que lo ligaba con España, a través de Panamá, era el mar, lo
mismo que por mar era la única ruta viable que lo unía a la Gobernación de
Chile. La Nueva España no necesitaba más flota que la que iba de Veracruz a
España, pero Perú necesitaba de dos flotas, la del Atlántico que llegaba hasta
Panamá y la que iba de Panamá al Callao y seguía hasta Valparaíso y
Concepción. Tal vez la conciencia de esta ruta marítima, que dependería
exclusivamente del Perú y no, como la del Atlántico, de España, movió hasta
cierto punto a Francisco Pizarro a fundar su capital en la costa, para
asegurarse así de la línea de comunicación tan necesaria. Así, Lima, con el
Callao, se convirtió en una ciudad mercantil y marítima. Para el hombre de la
Nueva España, en las grandes ciudades que iba fundando, con la excepción
de la siempre malsana y temida Veracruz, el mar era algo remoto, que no
afectaba fundamentalmente su vida. En México, Puebla, Valladolid,
Guadalajara o Monterrey el mar estaba lejos y las ciudades, así como las
gobernaciones, audiencias y las capitanías, se comunicaban, incluyendo la de
Guatemala, por rutas terrestres y la flota de la plata, que llegaba a Veracruz,
se armaba en España, con tripulantes españoles en su gran mayoría. En el
golfo de México no había astilleros grandes, como fue necesario hacer en las
costas del Pacífico desde el principio de su descubrimiento. Pero la población
de la Nueva España se concentró en el altiplano y raramente bajaba a las
ardientes costas del Pacífico, donde no se fundaron ciudades de importancia.
La población marítima que se forjó en esas costas no tenía más razón de ser,
al principio, que la exploración y, posteriormente, el tráfico con las Filipinas,
pero era una población ajena al resto de la naciente república y los pilotos,
como veremos adelante, generalmente eran extranjeros y la marinería
reclutada a la fuerza o formada por chinos y malayos.
Pero el Perú tenía una verdadera necesidad del mar y, por lo tanto, es
lógico que apenas asentado el gobierno apacible del marqués de Cañete se
hubiera interesado por explorar esos mares que le quedaban enfrente y en los
cuales pudieran hallarse tierras que eclipsaran por sus riquezas todas las ya
conocidas. Por un lado se buscaban insistentemente en las selvas amazónicas,
donde se habían situado una serie de lugares míticos, como la Ciudad de los
Omaguas, el País de la Canela y el Reino de las Amazonas, los cuales, desde
el viaje de Gonzalo Pizarro y Orellana, ya habían costado muchas vidas y
mucha hacienda. En busca del mito marítimo, el 19 de noviembre de 1567
salió del Callao el joven Álvaro Mendaña de Neira, sobrino del presidente de
la Real Audiencia, Lope García de Castro, al frente de dos naves y llevando
como segundo en el mando, piloto y, probablemente, inspirador de mucha
parte de la aventura, a Pedro Sarmiento de Gamboa, de quien más adelante se
hablará con amplitud. Iban en busca del continente austral y de las islas del
Rey Salomón. Sarmiento había trazado la ruta por los 16° de latitud sur,
directamente hacia el poniente, así que del Callao zarparon rumbo al suroeste
y, al llegar a la latitud deseada, hacia el oeste, durante 800 leguas, sin ver
tierra alguna. Sarmiento entonces resolvió navegar en zigzag, primero al
noroeste y luego al sudoeste para, en esa forma, recorrer mayor superficie de
mar. Es curioso observar esta determinación de Sarmiento. Sus
conocimientos geográficos sobre esa zona eran seguramente los mismos que
sirvieron a Abraham Ortelius para su famoso mapa de 1570, publicado en
Amberes en el Theatrum Orbis Terrarum, en el cual se ve que el continente
austral se extiende desde la Tierra del Fuego, que forma parte de él, hasta la
costa norte de Nueva Guinea, un poco al sur del ecuador. Si Mendaña y
Sarmiento buscaban ese continente, no tenían más que navegar hacia el sur
para dar con él, de acuerdo con Ortelius, quien, en esto, copiaba a Mercator.
Pero navegando, como lo hicieron, en zigzag al norte y al sur, perdían el
tiempo, precioso en esas empresas, ya que al norte no esperaban encontrar
nada. A los 24 días dieron con una isla pequeña y baja, un atolón típico, a la
que pusieron por nombre isla de Jesús y que probablemente es una del grupo
de las Ellice. De ser así, lo que parece comprobarse por su siguiente escala en
Santa Isabel, se habían remontado mucho al norte, más o menos hasta los 7°
latitud sur. La isla estaba poblada y salieron unas canoas hacia el barco.
Mendaña hubiera querido esperarlas, pero sobrevino una mar fuerte, que se
convirtió en tormenta, y no habiendo abrigo en la costa se alejaron de ella
rumbo al suroeste.
Después de estar a punto de estrellarse en unos bajos coralinos que
llamaron, por ser el 2 de febrero, de la Candelaria y de los cuales se salvaron,
según el piloto Hernán Gallego, por milagro, vieron el día 9 una tierra alta y
grande que les pareció tenía que ser el continente austral. Al acercarse a ella
se vieron entre unos arrecifes, donde reventaba con fuerza el mar y sin fondo
para poder anclar, mientras que el viento y la marea los llevaban sin remedio
a su destrucción. De pronto surgió frente a ellos una estrella y el piloto
resolvió seguirla y dio con un paso entre los arrecifes y un buen puerto.
Hernán Gallego, el piloto, piadosamente dice que se encomendó a la virgen
Santísima y que gracias a ella se pudieron salvar, pues Ella les puso enfrente
ese lucero para que los guiara. Los naturales le llamaban a su tierra Samba
pero Mendaña la bautizó con el nombre de Santa Isabel, que aún conserva.
Los españoles desembarcaron y entraron en tratos con los naturales, pero el
canibalismo de éstos pronto llevó las cosas a extremos. Uno de los jefes, que
ellos llamaban tauriquis, para halagar a Mendaña, le llevó como regalo un
muslo de hombre asado. El joven capitán se negó naturalmente a comerlo y
ordenó que se enterrara allí mismo, frente al tauriqui, quien se sintió
gravemente ofendido y empezó a tratar con desprecio a los españoles.
Mientras tanto, el maestre de campo, Pedro de Ortega, había hecho una
incursión de ocho días y llegó con la nueva de que indudablemente no se
trataba del continente austral, sino de una isla relativamente pequeña.
Mendaña resolvió construir un bergantín que le permitiera explorar las costas
sin poner sus navíos en riesgo de encallar y envió en él al mismo maestre de
campo y al piloto Hernán Gallego. En un mes de exploraciones se dieron
cuenta de que estaban en medio de un archipiélago y reconocieron y
bautizaron las islas de Ramos, Galera, Buena Vista, Florida, San Dimas, San
Germán, Guadalupe, Sesarga, Guadalcanal y San Jorge. Muchas de ellas
conservan sus nombres y se hicieron famosas en todo el mundo durante la
guerra del Pacífico. Dado que las tierras halladas no eran el continente
austral, las bautizaron con el nombre del segundo de los mitos, el del oro del
templo de Jerusalén, y les pusieron islas del Rey Salomón.
Pronto los españoles se dieron cuenta de que no había oro en las islas que
habían descubierto y los naturales empezaron a mostrar su impaciencia por la
partida. La ofensa al tauriqui había provocado el primer alejamiento y ahora
los indígenas se daban cuenta de que los nuevos huéspedes consumían
enormes cantidades de víveres y que los espejos y demás bujerías no servían
de gran cosa. Mendaña, viendo esto y no queriendo guerra con los
melanesios, resolvió zarpar de allí, lo que hicieron el 8 de mayo hacia
Guadalcanal, donde el maestre de campo había dicho que abundaban los
mantenimientos. Tal vez abundaban, pero los naturales no estaban dispuestos
a compartirlos y recibieron a los españoles en son de guerra, hubo algunos
encuentros, y los de Guadalcanal conocieron el poder de los arcabuces, “el
buen cortar de las espadas” y el acostumbrado incendio de sus caseríos. De
allí pasaron a San Cristóbal, donde tuvieron nuevos encuentros y la situación
empezó a hacerse angustiosa, ya que a pesar de las fáciles victorias sobre los
indígenas no había forma de conseguir víveres. Ante esta perspectiva,
Mendaña resolvió dar vuelta al Perú, para que se conociera su descubrimiento
y conseguir refuerzos con los cuales seguir adelante en sus empresas en busca
del continente austral. Hubo una larga discusión acerca de la ruta que se
debería seguir para el regreso, ya que muchos querían poner la proa
directamente al oriente, cosa que los pilotos decían que era imposible, debido
a los vientos reinantes y que era necesario remontarse hacia el norte, hasta la
ruta que había trazado fray Andrés de Urdaneta. Privó esta última opinión y
tomaron rumbo al norte, donde dieron con algunas de las islas Marshall, una
de las cuales ya había visitado Lope Martín en el malhadado galeón San
Jerónimo, y por fin, con las acostumbradas hambres, enfermedades,
tempestades y desastres, pudieron llegar al puerto de Santiago, en las costas
de Colima, de la Nueva España. Era el 23 de enero de 1569. En cuanto al
fruto de esta empresa, la mejor definición fue la dada por el licenciado Juan
de Orozco en su informe a Felipe II: “… en estas descubiertas no hubo
muestras de especiería, ni de oro ni de plata, ni de otra mercadería ni
aprovechamiento y la gente era toda desnuda”.
Pero si la expedición, comercialmente hablando, resultó un fracaso,
geográficamente se exploró un área enorme del Pacífico, se descubrió la
Melanesia y dos nuevas rutas posibles de navegación. Álvaro de Mendaña era
hombre terco, de ideas fijas, y consideraba que aunque en ese viaje no se
habían hallado muestras de oro, eso no probaba que las islas Salomón no
fueran ricas y que no hubiera otras, más adelante, de mucho mayor riqueza,
así como el continente Austral, ya bautizado en los sueños de todos como
Tierra Austral del Espíritu Santo. Buscando la posibilidad de realizar un viaje
más, pasó de Perú a la corte de Madrid. Posteriormente, en el Perú, conoció
al piloto portugués Pedro Fernández de Quiroz, que tenía las mismas
ambiciones y sueños, y con su ayuda consiguió que se le dieran cuatro
barcos, para lanzarse a una nueva empresa a las islas del Rey Salomón.
Conforme a las capitulaciones que había logrado firmar en España para sus
descubrimientos, usaba el título de gobernador y adelantado de las islas del
Mar del Sur. En España, asimismo, se había casado con doña Isabel de
Barreta y la había llevado al Perú, junto con sus cuñados Diego, Luis y
Lorenzo Barreta. Era entonces virrey del Perú el marqués de Cañete, el cual
ofreció todo su apoyo a la empresa, siempre y cuando se embarcaran en ella
los muchos españoles que andaban por el reino sin oficio ni beneficio,
alborotando y provocando dificultades con los indios y con las autoridades.
Claro está que gente de esa calaña, de donde habían salido los compañeros de
Lope de Aguirre para la empresa de la Ciudad de los Omaguas, no era el
elemento ideal para una expedición tan dificultosa como la que intentaban
Mendaña y Quiroz, pero el virrey insistía en ello y tuvieron que aceptar a
todos los hombres que quisieron embarcarse. Como maestre de campo iba el
irascible Pedro Marino Manrique, el cual tomó ojeriza desde el principio al
piloto Quiroz, y por cuestiones de preeminencias, tan importantes para los
hombres sin méritos en aquellos años, pelearon bruscamente desde antes de
zarpar del Callao. Intervino Mendaña, pero tan débilmente y con tanta falta
de autoridad, que la situación enojosa quedó pendiente y todos se dieron
cuenta de que el adelantado no tenía las cualidades necesarias para una
empresa de esa magnitud.
La armada se hizo por fin a la vela y el 21 de julio, después de una
navegación sin incidentes, dieron con unas islas altas y cubiertas de
vegetación, en una de las cuales resolvieron desembarcar. Al hacerlo,
tuvieron un encuentro fuerte con los naturales y el maestre de campo hizo una
buena matanza entre ellos. En honor de la esposa del virrey, Mendaña las
llamó islas Marquesas, nombre que aún conservan. Era éste el primer
contacto de los españoles con los polinesios y con la cultura polinesia.
Allí conocieron por primera vez el árbol del pan y se asombraron ante la
fertilidad de la tierra volcánica de la isla. Esta fertilidad y lo bello del lugar
movieron a Mendaña a querer poblar allí y utilizarla como base para sus
siguientes exploraciones, pero el maestre de campo y un capitán, llamado
nada menos que Lope de Vega, se opusieron a la idea, alegando que la
conquista sería difícil, dado lo belicoso de los habitantes y que nada de valor
parecía haber en las islas. Habían explorado superficialmente tres de ellas que
llamaron San Pedro, Dominica y Santa Isabel, y Mendaña y Quiroz hubieran
querido conocer más a fondo el archipiélago, pero la opinión del maestre de
campo se impuso a la debilidad del adelantado y, embarcando la gente,
siguieron adelante, en demanda de las islas del Rey Salomón.
La navegación se fue alargando, sin ver nuevas tierras; los soldados
empezaron a dar muestras de inquietud y, movidos por el maestre de campo,
empezaron a murmurar en contra del piloto portugués, diciendo que había
errado la ruta y que los llevaba a su perdición. La situación se volvía grave,
cuando vieron a lo lejos una gran columna de humo, y al acercarse a ella se
dieron cuenta de que era un volcán en erupción en una isla. Esa misma noche,
en forma misteriosa, desapareció una de las naves, la Santa Isabel, y nunca se
volvió a saber de ella. Con precauciones se acercaron a la isla del volcán,
vieron que era grande y creyeron que era una de las del Rey Salomón, pero
cuando desembarcaron y entraron en contacto con los naturales se dieron
cuenta de que no lo era y que habían descubierto unas tierras nuevas, a las
que llamaron Santa Cruz. Como habían encontrado un buen puerto,
resguardado de los vientos, con buen aguaje y esperanzas de mantenimientos,
Mendaña resolvió que desembarcaran los soldados con el maestre de campo y
empezaran a construir un fuerte y una villa. Mendaña, su mujer y sus cuñados
quedaron a bordo de las naos con el piloto Quiroz. Mendaña estaba ya muy
enfermo y casi no salía de su cámara y eran sus cuñados los que daban las
órdenes. Los soldados en tierra se mostraban cada día más descontentos,
porque no había entradas, ni oro, ni especias y tan sólo el trabajo de la
fortaleza y las casas y sembrar camotes. Ellos no habían salido del Perú para
convertirse en labradores muertos de hambre y la actitud del maestre de
campo no era la adecuada para calmar a la gente. Con esto, todo se
presentaba para un motín y Mendaña, enfermo y débil como siempre, aunque
se daba cuenta de la situación, por lo que le contaban su mujer y sus cuñados,
no podía hacer nada y pronto ya no había prácticamente comunicación entre
las naos y los soldados en tierra. Los Barreta, que veían venirse el motín, en
el cual llevarían la peor parte, porque se sabían odiados por el maestre de
campo, convencieron a Mendaña de que era necesario dar un buen golpe de
mano, matar a Marino Manrique y volver a hacerse dueños de la situación.
Mendaña convino en ello y los hermanos Barreta desembarcaron con algunos
de sus parciales y apuñalaron al maestre de campo y a algunos de sus validos,
se hicieron dueños del campo y mandaron degollar a los soldados que se
habían mostrado más rebeldes. Los otros, llenos de terror, se sometieron y no
sólo por el miedo que les había causado el escarmiento, sino porque unos días
antes habían asesinado al cacique local, así que los melanesios, en lugar de
llevarles comida para el trueque por bujerías, los flechaban desde la espesura.
En medio de estos desastres murió el adelantado y fue nombrado como su
sucesor su cuñado Lorenzo Barreta, quien también murió una semana más
tarde. Entonces doña Isabel tomó para sí el título de adelantada de las islas
del Mar del Sur, resuelta a seguir adelante con la empresa, pero el mismo
Quiroz y los otros hombres ya habían tenido bastante de locuras y errores y
ansiaban regresar al Perú o a cualquier tierra de cristianos. Además, los
melanesios estaban cada día más levantiscos, no llevaban mantenimientos y
se presentaban, fuera del alcance de cañones y arcabuces, en actitud
amenazadora. Quiroz convenció a doña Isabel de que lo conveniente era ir en
busca de la nao Santa Isabel, que tal vez los estuviera esperando en las islas
Salomón, para reforzarse con su gente y bastimentos y luego buscar un sitio
mejor en el cual poblar. Doña Isabel aceptó el plan y el 11 de febrero de 1596
abandonaron bahía Graciosa, como habían nombrado al puerto y villa, y
pusieron proa directamente hacia Manila, sin preocuparse de la búsqueda del
Santa Isabel. En el trayecto a Manila perdieron dos de las naves, una de ellas
en las costas de Mindanao, de la cual se pudieron salvar algunos hombres.
Doña Isabel, la adelantada de las islas del Mar del Sur, y Quiroz siguieron su
viaje a la Nueva España, donde llegaron con toda felicidad, y de allí pasaron
a España.
El piloto Pedro Fernández de Quiroz no se dejaba amilanar por los
fracasos sufridos por él mismo y por Mendaña. Era, más que todo, un místico
que soñaba con implantar la fe de Cristo en todo un nuevo continente y
fundar una orden de caballería. La misma idea de las islas del Rey Salomón
le había metido en la cabeza la idea de fundar, en el continente Austral, una
nueva Jerusalén, una especie de Utopía humanista en la cual se pudiera vivir
en todo su esplendor la vida cristiana. Para ello fue a Roma y logró que el
papa le diera poderes para crear esa orden que habría de llamarse, por el
nombre que le habían puesto a la tierra no descubierta, Orden del Espíritu
Santo. Su insistencia, tanto en la corte española como en el Perú, tuvo éxito,
y el 21 de diciembre de 1605 pudo zarpar, en dos galeones, un patache y con
unos 300 hombres, del Callao en demanda del continente Austral. Llevaba
como piloto y segundo de a bordo a Luis Váez de Torres, cosmógrafo y
marino experto. Antes de zarpar, Quiroz entregó a cada uno de los capitanes,
maestres de campo y personas principales un instructivo detallado de cómo
debían comportarse en el viaje, que va desde trazos de la ruta que pensaba
seguir, hasta sistemas de navegación, maneras de descubrir la cercanía de
tierras en la inmensidad del océano, hasta el trato que debía darse a los
naturales de las tierras que toparen. Sobre todo, probablemente debido a la
memoria que le quedaba del viaje hecho con Mendaña, trata de la disciplina
que hay que observar durante el viaje y del respeto que se debe a los que
están en autoridad. Todas estas instrucciones parecen haber caído en oídos
sordos, ya que a poco de zarpar estalló un motín a bordo que con trabajos
pudo aplacar.
Durante la travesía descubrieron las islas Tuamotú, las de la Sociedad, las
Samoa y, por fin, un archipiélago grande que llamaron, por el nombre que
aún conserva, del Espíritu Santo. Allí, al desembarcar, con todas las
ceremonias de costumbre, fundó Quiroz la villa de la Nueva Jerusalén y
estableció formalmente la Orden del Espíritu Santo, de la cual él era gran
maestre y los principales que iban en la armada, caballeros. Todo parecía
marchar bien, con la excepción de que por ninguna parte se encontraban oro
ni especias, cuando el 20 de julio de 1606 Quiroz resolvió salir del puerto de
la Nueva Jerusalén a explorar otras tierras. Por razones que aún no logramos
entender, al salir del puerto Quiroz decidió emprender el viaje de regreso a la
Nueva España, sin dar aviso de ello a sus compañeros. Más tarde, cuando se
trató de aclarar la razón de tan extraño comportamiento, Quiroz dijo que al
salir del puerto le sobrevino una tempestad tal que estaba seguro de que las
otras dos naves habían perecido y que para que la noticia de su
descubrimiento no se perdiera resolvió regresar a la Nueva España. Luis Váez
de Torres, que había quedado en la Nueva Jerusalén, afirmaba que no había
habido tal tempestad y que el capitán general tranquilamente había desertado,
para regresar a México. Resulta ahora prácticamente imposible conocer la
verdad del asunto y, sobre todo, explicarse la actitud de Quiroz. Si lo de la
tempestad fuera cierto, al amainar ésta lo que menos podía hacer como
capitán responsable de una armada era regresar a la Nueva Jerusalén y ver
qué había sucedido con su gente, cosa que no hizo. Tal vez la explicación
esté en el carácter extraño de Quiroz, lleno de arranques místicos y, como ya
hemos visto en la empresa de Mendaña, también de deseos de fuga cuando la
situación se volvía difícil.
Váez de Torres, al ver que no regresaba Quiroz, embarcó a la gente y
resolvió tomar el camino a las Molucas. Pero era, al fin y al cabo, un
extraordinario marino y geógrafo, así que resolvió aprovechar la oportunidad
para ver si esa tierra de la Nueva Guinea era efectivamente parte del
continente Austral. Por lo tanto, en lugar de enderezar la ruta hacia el norte,
va hacia el poniente y descubre el arrecife que rodea el mar de Coral y las
islas llamadas ahora las Luisiadas, y finalmente, por el sur de la Nueva
Guinea, entre ésta y Australia, que posiblemente viera en la desolada región
del cabo York, logra pasar al mar de las Célebes y a Tidore. Así, en esta
expedición por lo menos se ha comprobado la insularidad de la Nueva
Guinea, y aunque Váez de Torres no se dio cuenta de que al sur del estrecho
por él descubierto quedaba un enorme continente, fue tal vez el primer
europeo que lo viera. El estrecho que separa Nueva Guinea del cabo York y
une el mar de Coral y el golfo de Carpentaria lleva ahora el nombre de ese
extraordinario navegante, pero durante muchos años después de su
descubrimiento no lo llevó. El relato de Váez de Torres había quedado
sepultado en los archivos de Manila y no fue sino hasta la toma de la ciudad
por los ingleses, a fines del siglo XVIII, cuando éstos se dieron cuenta de que
esa verdad geográfica que tanto habían buscado era ya conocida y le dieron al
estrecho, con una noble hidalguía, el nombre de su verdadero descubridor.
La empresa de Quiroz fue la última gran aventura hispánica en el océano
Pacífico, y con ella en verdad ya el Gran Océano no tenía para el hombre
europeo secretos de importancia. Quedaban por descubrirse algunas islas y el
secreto del continente Austral, lo mismo que el de la tierra que ya por esas
fechas los holandeses habían visto al extremo del océano Índico y que
llamaran Nueva Holanda, aunque nunca la exploraron; pero las rutas
principales, las características fundamentales de ese enorme mar, habían sido
exploradas desde los 42° de latitud norte hasta los 53 de latitud sur por los
marinos de México y del Perú. Habían pasado escasos 80 años desde que
Magallanes descubriera el estrecho y 90 desde el día en que Núñez de Balboa
viera el Mar del Sur en Panamá.
Entre estos viajes de descubrimiento es menester incluir los del piloto
Sebastián Vizcaíno, con base en la Nueva España. En su primer viaje hacia el
norte funda la ciudad de La Paz en la Baja California, que tiene que
abandonar por falta de recursos y de refuerzos. Posteriormente recorre y
planifica la costa de la Alta California hasta los 43° y luego salió a recorrer el
Pacífico norte en busca de dos islas perdidas, las famosas Rica en Oro y Rica
en Plata, cuya legendaria existencia había surgido probablemente de la
relación de un marino Juan Gaetano, de la armada de Villalobos, que
probablemente avistó las islas Hawai. Vizcaíno surcó el Pacífico, al norte de
los 35°, sin encontrar las islas, pero aprovechó su tiempo para planificar las
costas japonesas, que tantos riesgos y tantas esperanzas ofrecían a los
marinos de aquellos años.
Al terminar el siglo XVI, las naciones en las costas del Pacífico ya habían
tomado la configuración política que habrían de tener durante los siguientes
200 años. Desde el punto de vista occidental, se había convertido en un mar
netamente español, ya que eran españoles quienes controlaban la totalidad de
la costa americana, desde el cabo Mendocino hasta el estrecho de Magallanes
y los pequeños puntos en Asia, así como la Insulindia, donde estaba presente
el europeo. La división política de las costas americanas había ya tomado su
forma básica y en el norte se había formado el Virreinato de la Nueva
España, que se extendía hasta la actual República de Costa Rica, incluyendo
la Capitanía General de Guatemala, con su respectiva Audiencia. En el sur,
Panamá dependiente del Virreinato del Perú, las audiencias de Santa Fe de
Bogotá y Quito, el Virreinato del Perú, centro administrativo de toda esa
inmensidad y la Gobernación de Chile extendiéndose hasta el estrecho de
Magallanes. Pero a pesar de la extensión de esos reinos las únicas dos
ciudades españolas importantes que se habían establecido en aquellas costas
eran Lima de los Reyes, la capital del Virreinato del Perú, Santiago de Chile
y Valparaíso en la Gobernación de Chile, y Panamá. En la Nueva España no
había ciudades de importancia y Acapulco nunca sería más que un puerto,
defendido por una fortaleza, que cobraba vida exclusivamente a la llegada
anual del galeón de Filipinas. Las costas al norte de la Audiencia de la Nueva
Galicia, el actual estado de Jalisco en México, así como al sur de la población
de Valdivia, hasta el estrecho, eran conocidas pero no habían sido ocupadas
todavía. Y aun en el conocimiento que existía de ellas había grandes dudas.
La península de California, que Ulloa había descrito como tal, posteriormente
fue considerada como isla y apareció así en la cartografía europea durante
muchos años. Y a pesar de las expediciones hechas por tierra hacia el norte,
como las de Vázquez de Coronado, las de los Oñate, etc., seguían
apareciendo las fantásticas Cíbola y Quivira, hijas de la imaginación de fray
Marcos de Niza.
En las costas asiáticas, España y Portugal, unidos aún, poseían las islas
Filipinas, por lo menos la parte de Luzón y las Vizayas, junto con pequeños
enclaves y factorías en las Molucas, la ciudad de Macao y una factoría en la
costa japonesa. Como ciudades importantes tenían Manila y Macao. Así, el
Pacífico era verdaderamente un mar español, en lo que a Occidente se refiere,
pero en cuanto a los barcos y navegantes había surgido un mundo nuevo, el
mexicano y el peruano, que era en verdad el dueño y navegante de esos
mares. Desde la empresa de Loayza, ya ningún barco español va a surcar las
aguas del Gran Océano y la empresa de Filipinas, como ya lo hemos visto,
será una empresa mexicana. Los hombres que la llevaron a cabo, sobre todo
los de la segunda generación filipina, como Juan de Salcedo, fray Pedro de
Agurto, primer obispo de Cebú, eran nacidos en México y se clasificaban a sí
mismos, aun en documentos oficiales, como mexicanos. Y era
indudablemente la plata de México, tanto para el “situado” con el que se
sufragaban los gastos de la nueva colonia en Filipinas como para el comercio,
la que hacía posible la vida hispánica en el Oriente.
Una vez establecida la ciudad de Manila y pacificada la mayor parte de la
isla de Luzón, junto con las Vizayas, algunos españoles siguieron soñando
con conquistas de reinos maravillosos y con una segunda América. Así,
aparte de las empresas a Borneo a reponer al sultán, que ya hemos visto, se
hicieron entradas y exploraciones en el reino de Siam, en el río Mekong, y
hasta en Birmania, y se establecieron pequeños puestos de corta vida en lo
que es ahora Hong Kong, que se llamó El Pinar, y en Formosa. Hacia el sur,
donde imperaba la religión de Mahoma, se hicieron varias empresas, tratando
de conquistar la isla de Mindanao y el sultanato de Jalo, en las cuales se
distinguió Esteban Rodríguez de Figueroa, pero los resultados siempre fueron
menos que mediocres y Mindanao, Palawán, grandes partes de Samar y Leite
quedaron fuera del dominio efectivo de los españoles de Manila.
El gobernador Gonzalo de Ronquillo intentó también explorar nuevas
rutas a través del Pacífico que abrieran el comercio con Sudamérica, y para
ello envió a su pariente Juan Ronquillo del Castillo para que intentara cruzar
el océano al sur del ecuador. La empresa fracasó, como habían fracasado
antes en la nao Trinidad los capitanes Saavedra y Villalobos, ya que los
vientos constantes eran del este. Ronquillo había llegado a Filipinas
directamente de España, por la ruta de Panamá, y al parecer tuvo la idea de
establecer el comercio con Filipinas por el istmo y no por Acapulco y a través
de toda la Nueva España, pero al no poder Juan Ronquillo encontrar una ruta
practicable por el sur, se descartó este proyecto. También el mismo
gobernador, para abrir más el comercio, despachó una nave directamente al
Perú, para vender allá mercancía de Asia, pero se le hizo saber la
inconveniencia de ello y no se repitió el caso.
Desde 1580, con la unión de las coronas de España y Portugal, gran parte
de la atención de los españoles en Manila se reconcentró en la defensa de las
Molucas, primero en contra de los sultanes locales que trataban de echar
fuera a los portugueses y posteriormente en contra de los recién llegados
holandeses, quienes en varias ocasiones llegaron a atacar la misma ciudad de
Manila. Esto influyó para que se redujeran las empresas de expansión, pero
otra razón fue la distancia enorme que había entre Manila y España y el
hecho indudable de que ya había terminado la época de los conquistadores.
Ya hemos visto cómo la misma empresa de la conquista de Filipinas no había
tenido esas características de empresa privada y entusiasmo que tuvieron las
de América, sino que fue propiciada por la corona directamente. A esto hay
que añadir la dificultad, cada vez más palpable para los españoles, de llevar a
cabo una conquista total en Asia. La fuerza de las culturas emanadas de
China y la India, la presencia del islam que las ligaba a toda la cultura
musulmana, la gran cantidad de habitantes y la cercanía de europeos de otros
pueblos hacían que el sueño de una conquista de ese tipo fuera
completamente imposible. Poco a poco el español en Asia, que llega con
ímpetus de conquistador, comprende que la única forma como puede
sustentarse en las islas es mediante el comercio, y que para ello tiene en
Manila un centro ideal. Así empieza por perder sus ideales de conquista
exterior y hasta en las islas mismas, se reconcentra en algunas ciudades y
finalmente, con la excepción de los misioneros, en Manila, que se convierte
en una próspera factoría. Con este sistema, las encomiendas van
desapareciendo, el filipino no se hispaniza, aunque sí se cristianiza
profundamente, y el español se encierra en la capital, rodeado de artesanos y
servidores chinos, con muy pocos contactos con la masa malaya. Fuera de la
ciudad, sólo los frailes de las órdenes que intervienen en la labor misional
hacen sentir la presencia de Occidente entre los malayos, pero no provocan
esa revolución en la producción agrícola que se llevó a cabo en América. Los
sistemas y los productos de la agricultura prácticamente no se modifican. No
se llevan bueyes, asnos o mulas y los caballos son escasos, ya que sigue
imperando, hasta la fecha, el carabao. Se trata de introducir el maíz de
México, con poco éxito, ya que a los malayos no les gusta el sabor y nadie les
enseña a prepararlo en forma de tortillas. Se llevan también el tabaco, el
cacao y la caña de azúcar y algunos frutos secundarios, pero que no cambian,
sino hasta el siglo XIX, la economía de los filipinos, que sigue siendo
básicamente la del arroz y la pesca.
Los misioneros, siguiendo la experiencia adquirida en México, donde
habían trabajado largamente antes, con la excepción de los jesuitas, trataron
de respetar las estructuras sociales básicas de los pueblos encomendados a su
cuidado y a la vez de cristianizarlo. La misma debilidad de las religiones
anteriores, sin aparatos de culto y sin templos y grandes ceremonias rituales,
facilitó este proceso. Asimismo, de acuerdo con la experiencia adquirida en
México, no se intentó hacer que los naturales aprendieran el español, sino que
los frailes, como ya hemos visto en el caso de los primeros agustinos, se
dieron el trabajo de aprender las lenguas indígenas y de traducir a ellas los
textos cristianos. Y además trataron, y lo tratarán aún mucho más tarde,
cuando ya es contrario a los intereses de los naturales, de que éstos no
aprendieran el castellano, para librarlos así, en lo más posible, de todo
contacto con el español. También, conforme a la experiencia mexicana, las
órdenes se repartieron entre sí el territorio. Primero lo tuvieron totalmente los
padres agustinos, que habían estado solos en la conquista; posteriormente
llegaron los franciscanos y los dominicos, quienes recibieron también sus
“provincias” en las cuales erigir sus conventos y dedicarse a la labor
misional. Los jesuitas llegaron al finalizar el siglo XVI y se ocuparon
principalmente de las fronteras con los moros en el sur y de colegios para
hijos de españoles en Manila, como el famoso de San José. Finalmente
llegaron los padres recoletos que recibieron también su parte del territorio.
El primer obispo de Manila fue don Domingo de Salazar, dominico, quien
trajo de México la imprenta para hacer doctrinas en las lenguas indígenas,
aunque anteriormente, mediante tipos de madera chinos, se había hecho una
doctrina en esa lengua. En 1611 se constituyó la primera universidad, la Real
y Pontificia de Santo Tomás de Manila, bajo el gobierno de los dominicos, a
pesar de las protestas de los jesuitas que, insistían, su Colegio de San José
merecía tener la preeminencia.
La imposición más onerosa para los filipinos fue la del repartimiento, o
sea el trabajo forzado, que ya hemos visto. Éste se dedicó fundamentalmente
a la construcción de la ciudad de Manila y a los astilleros, donde, debido a las
inmejorables maderas orientales y al muy buen trabajo de los carpinteros de
ribera nativos, se construían no sólo los galeones para el tráfico, sino los de
guerra, para la defensa en contra de los piratas moros y de los enemigos
europeos, japoneses y chinos que amenazaban constantemente la vida de la
colonia. Así, además de las flotas, hubo que hacer fortificaciones en regla en
Manila y amurallar la ciudad y además en todas las costas, verdaderas
iglesias-castillos para la defensa en contra de las incursiones de los piratas,
como lo es actualmente la de Bolinao, en Pangasinán. Estas fortificaciones
requerían de tropas, tanto llevadas de México, a las cuales les llamaban
“guachinangos”, término mexicano que denota a un pez del golfo de México,
como nativas, especialmente de la Pampanga. El costo de todo esto tenía que
sostenerlo, al fin y al cabo, la corona, y para ello se establece el “situado”,
una cantidad de pesos de plata de a ocho que el Virreinato de México envía
anualmente para el pago de oficiales, funcionarios y demás. Éste era de 250
000 pesos anuales al principio y varía poco durante el periodo que se
sostiene, hasta principios del siglo XIX. Los tributos de los filipinos y los
impuestos cobrados al comercio nunca alcanzan para los gastos y la corona
sostuvo la gobernación más que por otra cosa por principios religiosos. Se
cuenta que Felipe II dijo en una ocasión, cuando se le hizo ver el tremendo
gasto que significaba el sostenimiento de las Filipinas, que mientras hubiera
una ermita dedicada a la Virgen en Asia, poco le importaba el gasto. Por otra
parte, ya era tal el número de cristianos que había en las islas, que no era
posible abandonarlos en manos de los musulmanes o, posiblemente, de los
holandeses protestantes. Los misioneros, por su parte, trataban de sostenerse
como fuera posible en las islas, tanto por cristianizar a los malayos como por
la eterna obsesión de “hacer la entrada en China”, como dijera el padre Rada.
Sobre todo los dominicos y los jesuitas trabajaban por pasar a China. Los
jesuitas ya lo habían logrado y uno de ellos, el padre Mateo Ricci, radicaba
en Pekín. Los dominicos se preparaban cuidando a la gran colonia china de
Manila y aprendiendo con ellos el idioma.
Ya hemos visto cómo todo este edificio colonial tuvo que sostenerse con
el comercio, caso único en el Imperio español. Este comercio que fue la vida
de Filipinas durante 250 años se estableció en una forma más o menos casual,
como una herencia del que ya tenían los chinos con la fortaleza musulmana
de Manila. El agustino Zúñiga dice que en 1572, al año de fundada la ciudad,
llegaron a la bahía los primeros juncos chinos con mercaderías de Cantón. En
1573, como ya hemos visto, el galeón llevó a Acapulco 712 piezas de seda y
20 000 de porcelana fina dorada, y desde ese punto fue creciendo el tráfico y
la costumbre de que todo español avecindado en las Filipinas podía disponer
de algún cupo en el galeón del rey para enviar sus mercancías a la Nueva
España. Ya en 1574 llegaron a Manila seis juncos grandes y hay que tener en
cuenta que estos juncos llevaban hasta 400 toneladas de carga. En 1575
llegaron 15, porque los comerciantes de Cantón habían visto que los
españoles tenían plata y la daban a bajo precio. Para 1588 llegaron 48 juncos
y el comercio ya estaba establecido sobre bases firmes.
Al crecer tanto el tráfico, las autoridades españolas, mexicanas y chinas
quisieron ponerle ciertos límites y reglamentarlo, pero el éxito siempre fue
muy escaso. Para España era importante controlar la salida de la plata
mexicana hacia el Oriente, plata que se restaba a la que debía llegar a la corte,
y además muy pronto se vio que las sedas chinas hacían la competencia a las
españolas y las ciudades de Córdoba y Sevilla empezaron a protestar. Leyes y
reglamentos van y vienen; se nombran y cesan oficiales que vigilen su
cumplimiento, pero nunca se logra acabar con el contrabando.
El Galeón de Manila, la línea de navegación que más larga vida ha tenido
en el mundo, no era una empresa privada y ni siquiera una compañía estatal,
como se acostumbraba en aquel tiempo en Inglaterra, Francia y Holanda. Era
simple y sencillamente propiedad de la corona, la cual la sostenía con
pérdidas considerables, para que no muriera la nueva colonia. La única
ventaja económica que lograba el fisco era el cobro de los impuestos, sobre
todo el del almojarifazgo, que se cobraba tanto en Manila como en Acapulco.
Pero como ya hemos visto, estas cantidades no alcanzaban para sostener las
Filipinas y el tráfico del galeón, más los gastos de la labor misional que,
debido al Real Patronato, corrían también por cuenta de la corona. Así, aparte
de sostener a los misioneros, la guarnición de Manila y algunos otros puntos,
los oficiales reales, del gobernador para abajo, era necesario pagar los gastos
del galeón. Sabemos que su acondicionamiento cada año en Filipinas costaba
cerca de 100 000 pesos y en Acapulco otro tanto. Además había que construir
constantemente nuevos galeones, tanto para el tráfico como para la defensa
de las islas. Para sufragar estos gastos se estableció el “situado” de 250 000
pesos que ya hemos visto, que pagaba la tesorería del Virreinato de México.
Pero no era sólo ésta la plata que salía hacia el Oriente: iba también la
necesaria para adquirir la mercancía china que, a poco de iniciado el tráfico,
se limitó a 300 000 pesos. Pero esta medida no se aplicaba nunca y el
contrabando sumaba probablemente más que la cantidad permitida. Hubo
años en los cuales el galeón de regreso llevó mercancía por valor de dos
millones de pesos, precio de Acapulco que equivalía, en Manila, más o
menos a un millón. Así, la sangría de plata que Filipinas hacía sobre la
tesorería de la Nueva España era considerable, y en los 250 años que duró la
línea se puede calcular que salieron hacia el Asia, para no regresar más que
en mínima cantidad, unos 300 millones de pesos. Y a cambio de esta plata,
que dejaba de pasar a España, se recibían en México artículos de lujo y telas
de algodón, que hacían la competencia a las locales y que llegaron a arruinar
la industria de los tejidos y de la sedería en México.
Aunque los galeones eran propiedad de la corona y ésta operaba la línea,
eran los particulares, los comerciantes españoles avencindados en Manila, las
órdenes religiosas y los funcionarios reales quienes medraban con el tráfico.
La utilidad del comercio radicaba no tanto en lo barato de la mercancía china,
sino en la diferencia en el valor de la plata, que tenía muy bajo poder
adquisitivo en la Nueva España y en la misma Europa y muy alto en China.
Se puede calcular que en los mejores años del tráfico, a principios del siglo
XVII por ejemplo, el valor de la mercancía se duplicaba entre Manila y
Acapulco, aunque no siempre era así, pues, como ha demostrado Pierre
Chaunu, el tráfico en el Pacífico seguía las mismas fluctuaciones económicas
que el tráfico en el Atlántico. Teóricamente toda la mercancía del galeón
debía pasar a España, pues estaba prohibido el comercio entre una colonia y
otra, pero en la práctica la mayor parte de la mercancía quedaba en la Nueva
España y una parte considerable de ella pasaba de contrabando al Perú, de
donde llegaban cada año uno o dos barcos a Acapulco a esperar la feria. Así,
el impacto económico y social de China y Filipinas se hace mucho más
notable en México que en el resto del imperio. Muchas de las costumbres
mexicanas, muchos de los actuales productos, celebraciones, objetos de lujo,
tienen su origen en el galeón, como las peleas de gallos con navaja,
importada de Filipinas, así como los extraordinarios mangos de Manila que
conservan ese nombre en México. El papel de China o papel de seda para
hacer picaduras y adornos conserva también, en su nombre mexicano, la
huella de su origen. Los fuegos artificiales, llamados castillos en México,
fueron importados de China y se sabe que el virrey Enríquez solicitó se le
enviaran dos expertos pirotécnicos para que los indios aprendieran a hacerlos.
En las fiestas que se celebraron en la Ciudad de México desde principios del
siglo XVII encontramos constantemente la mención de terciopelos y sedas de
China como parte del vestuario de las comparsas y de los caballeros que
habrían de correr cañas. Los alfareros de la ciudad de Puebla, enseñados a
fabricar la “talavera” con sus hábiles manos antiguas, se dejaron llevar por la
influencia de los dibujos Ming, también en azul y blanco, y empezaron a
hacer tibores con pagodas y dragones; asimismo, los talladores peruanos de
piedras de Huamanga empezaron a hacer leones imperiales de Pekín. Así, las
costumbres criollas americanas, sobre todo en México, se vieron modificadas
por el comercio de Oriente en forma importante y gran parte de ese lujo
mexicano que tanto asombrara al barón de Humboldt a principios del siglo
XIX era una herencia del comercio de la Nao de China.
Cuando se inició el comercio y empezaron a llegar los juncos a Manila,
cada mercader compraba lo que le parecía que pudiera darle una utilidad en
Acapulco y trataba directamente con los chinos, pero éstos eran mucho más
hábiles en sus tratos que los españoles y aprovechaban la competencia para
subir desmesuradamente sus precios. Para evitar esto, se estableció un
sistema que recibió el nombre portugués de pancada, mediante el cual los
oficiales reales adquirían toda la mercancía de los juncos chinos y
posteriormente la distribuían entre los comerciantes españoles. A la vez,
como era necesario limitar la carga que iba en el galeón anual, se estableció
el sistema de las “boletas” que daban autorización al portador de ellas para
embarcar un “fardo” en el galeón. Antes de hacer las boletas se calculaba el
cupo del galeón y se dividía por fardos, esto es, espacios de dos y medio pies
de largo, dos de ancho y 10 pulgadas de grueso, y cada boleta amparaba un
fardo. Hecho esto, se reunía la Junta de Repartimiento, integrada por el
gobernador, un representante de la Iglesia y otro de la ciudad y el comercio
para distribuir las boletas entre los que tuvieran derecho a ellas.
Teóricamente, como hemos visto, todo español avecindado en las Filipinas
tenía derecho por lo menos a una de ellas, así como las órdenes y las
llamadas obras pías que con el tiempo se convirtieron en la financiera y
banco de todo el sistema.
Los dictámenes de la Junta de Repartimiento solían ser recibidos con toda
suerte de protestas y se acababa siempre en un gran escándalo que al parecer
era necesario en una sociedad que no tenía más ocupación que la de ver que
le correspondiera la mercancía exacta de la pancada y que se recibieran las
boletas. En 1635 el escándalo fue tan grave que el gobernador Hurtado de
Corcuera ordenó que se disolviera la Junta y él solo se dedicó a repartir
boletas como quiso, por lo cual lo acusaron de haber favorecido únicamente a
sus amigos y, naturalmente, a su propia persona y haberse reservado una gran
cantidad de boletas, lo cual parece confirmarse con lo dicho por fray
Domingo Fernández de Navarrete acerca del incendio en Acapulco de
mercancía muy valiosa del gobernador Corcuera.
Conforme a las ordenanzas, cada galeón no debía llevar más de 4 000
fardos, pero por lo general llevaban por lo menos el doble, y como en el caso
del San José que se perdió en la mar, 12 000. Como en las mismas
ordenanzas se prohibía embarcar mercancía por valor de más de 250 000
pesos (que más tarde se aumentaron a 300 000), el valor de cada fardo puede
calcularse en 125 pesos en Manila y más o menos el doble en Acapulco, pero
se sabe que muchos comerciantes calculaban el valor de cada fardo en Manila
hasta en 5 000 pesos, con lo cual cada boleta tenía un valor considerable,
pues autorizaba a su dueño a enviar mercancía en un fardo que pudiera valer
hasta 5 000 pesos y reportar otro tanto de utilidad. Así, muchos españoles
pobres de Manila que no tenían ni dinero ni interés en comerciar vendían sus
boletas a los comerciantes ricos y con el producto de esa venta vivían ociosos
todo el año. A tal extremo llegó esta venta de boletas que el gobierno ordenó
que tan sólo se distribuyeran entre las órdenes religiosas y los comerciantes
de buena fe establecidos en Manila.
Recibidas en la distribución o compradas las boletas, los comerciantes
compraban las telas u otros objetos que querían enviar y procedían a
empacarlos para el largo viaje. Para esto contaban con chinos expertos que
lograban meter, en el espacio asignado, dos o tres veces el peso que se había
calculado. Las telas iban prensadas en tal forma que los fardos parecían de
hierro, y no sólo eso, sino que los lugares destinados a llevar los víveres, el
agua y hasta los cañones se llenaban también de mercancía, de acuerdo con
los oficiales reales, encargados de vigilar la carga del galeón, los cuales, para
no darse cuenta de nada, llevaban una buena utilidad en el negocio. Así
muchas veces, desde que salía de Manila, el galeón iba sobrecargado y en
peligro de anegarse, en ocasiones hasta remolcando balsas con más fardos de
telas corrientes, y en cambio con víveres, agua y leña escasos, todo lo cual
hacía el viaje, ya tan difícil de por sí, mucho más peligroso.
Por una cédula real se había ordenado, de acuerdo con los pilotos, que el
galeón debía salir de Manila a más tardar en el mes de junio, para aprovechar
los buenos vientos del noreste que lo llevaran hasta fuera del estrecho de San
Bernardino y a la vez no encontrar tifones en las costas del Japón, pero
debido a toda suerte de tardanzas generalmente salía con retraso, así que
tardaba mucho en poder llegar a la isla de Capul, en el Pacífico ya abierto, y
encontraba tifones. Una vez que todo estaba dispuesto y el galeón cargado en
Cavite, se le llevaba a Manila y el gobernador daba la orden de salida. En la
ciudad se hacía una gran procesión con la virgen llamada del Consejo y Buen
Viaje, y más comúnmente La Naval, y el arzobispo bendecía la nave.
Entonces se embarcaban los pasajeros y una copia de la estatua de la Virgen,
que se colocaba en la cámara de popa, y se levaban anclas.
El viaje de Manila a Acapulco era algo que sobrepasa la imaginación
moderna. Por lo general, como hemos visto, el galeón iba sobrecargado y los
pocos pasajeros que conseguían una litera se encontraban con que sólo
podían disponer de un mínimo espacio de tres varas de largo y una y media
de ancho en el cual dormir y guardar su equipaje y lo que llevaran de comida.
Los otros pasajeros dormían donde podían, ya fuera en el puente, si el tiempo
era favorable, o entre las cubiertas, cuando había tempestades o frío. El rey
sólo proporcionaba agua, bizcocho y leña en cantidades bastante moderadas y
los pasajeros que tenían fondos llevaban consigo algunas cosas de comer,
especialmente chocolate, que empacaban en grandes tibores chinos de
porcelana. Otros se contrataban con algunos de los oficiales o pilotos para
que les proporcionaran comida durante la travesía. Al poco tiempo de estar en
el mar, el bizcocho era más gusano que bizcocho, al grado que se decía que
los viernes no se podía saber si al comer el bizcocho se guardaba el precepto
de la vigilia. La carne de cerdo salada que llevaban los pasajeros y algunos de
los oficiales se convertía también en una masa de gusanos casi incomible y el
agua se volvía verdosa. Además, en el fondo de la cala, entre el balastre que
llevaba el barco, generalmente de piedras y arena, se juntaba el agua que no
lograban succionar las bombas y despedía un olor nauseabundo a cada
movimiento del barco.
El galeón, después de la escala que hacía en el estrecho de San
Bernardino para cargar agua fresca, frutas y animales vivos, no volvía a tocar
tierra hasta llegar a Acapulco. Un tiempo se establecieron misiones en las
costas de California para servir como sitio de recalada, pero no pudieron
prosperar y no fue sino hasta fines del siglo XVIII, poco antes del final de la
línea, cuando se fundaron Monterrey, San Diego y otras misiones
californianas. Así, sin tocar tierra pasaban de cinco a 10 meses metidos en esa
estrechez donde, para usar la frase de Cervantes, “toda incomodidad tiene su
asiento”. Pronto aparecían las enfermedades, sobre todo el escorbuto que
diezmaba a las tripulaciones. A veces en las últimas etapas del viaje se
arrojaban al mar hasta 40 cadáveres en un solo día. En el galeón de 1606
murieron 80 hombres durante la travesía y 114 en el de 1643. El galeón San
José, el primero de ese nombre, tardó más de un año en hacer el viaje, y
como ya había sido avistado en San Blas y no llegaba a Acapulco, salió un
aviso a buscarlo. Se lo encontró en las costas de Oaxaca, navegando
serenamente, con toda la tripulación muerta de hambre y de sed entre los
fardos de sedas y de porcelanas.
La mayor parte de los galeones se construía en Filipinas, sobre todo en
Cavite, y el modelo prácticamente no se alteró durante los 250 años que se
sostuvo el tráfico. Eran anchos y pesados, con enormes castillos de popa que
hacían difícil la maniobra, sobre todo con vientos de travesía o en
tempestades, de las cuales, por el atraso en la salida, se solían encontrar
varias, y hubo galeón que pasó 18 tormentas en un solo viaje, tanto en las
costas del Japón como en las de California. Varias veces se trató, a instancia
de los marinos y de los pilotos, de modificar la estructura, sobre todo la del
castillo de popa, pero nunca se pudo llevar a cabo, lo mismo que la
modificación de la ruta, una vez que se descubrió que se podía navegar más
al sur de los 43°. Las cédulas reales siguieron insistiendo en que se usara la
ruta tradicional, pasara lo que pasara.
El primer puerto destinado al tráfico en el Pacífico había sido el de
Navidad, en las costas de Jalisco, pero muy pronto, por indicaciones del
mismo fray Andrés de Urdaneta, se trasladó la base a Acapulco, debido a su
cercanía con la Ciudad de México y por su inmejorable bahía. Acapulco no
era en aquel tiempo el maravilloso lugar de descanso que es ahora. Todos los
que pasaban por él lo consideraban como un verdadero infierno. Lafond de
Lurcy lo describe diciendo: “todo el aspecto es sombrío y salvaje e inspira
una profunda melancolía… El clima es tremendo, un cielo de bronce, un
calor agobiante y ningún movimiento en el aire. Nada hay que compense este
cuadro desolador”. El italiano Gemelli Carreri dice:

Creo que más bien se puede llamar un miserable puerto de pescadores, que no el
principal mercado de los Mares del Sur, el puerto del viaje a China, tan miserables y
pobres son sus casas, hechas todas de madera, lodo y paja… La mala condición del aire
y la tierra montañosa, son causa de que Acapulco deba ser abastecido desde otras partes
y, por lo tanto, es muy costoso vivir allí… El lugar, además de caro, es sucio y lleno de
inconvenientes.

Mejor opinión no tienen el barón de Humboldt ni el gobernador de


Filipinas, don Simón de Anda, quien le llama “infierno abreviado” y
“sepulcro de mexicanos y filipinos”.
Cuando el galeón llegaba a Acapulco, se hacía la “feria”, en la cual se
ponía en venta la mercancía. Llegaban a comprarla mercaderes de toda la
Nueva España, aunque estaba prohibido por varias cédulas del Perú, los
cuales, si había visitadores reales que no pudieran ser cohechados
convenientemente, anclaban en puerto Marqués. Gran parte de la tripulación
filipina desertaba y se esparcía por los pueblos vecinos y el galeón quedaba
desmantelado en la bahía, sin cuidado alguno, hasta que antes del siguiente
viaje se le empezaba a alijar y componer. A la hora de zarpar nuevamente era
menester reclutar una tripulación nueva, y cuando no se lograba por el
convencimiento, se embarcaban presos. Naturalmente que esta tripulación
mexicana, al llegar a Cavite, desertaba a su vez y así se iba haciendo un
intercambio humano que ha dejado sus huellas tanto en Luzón como en las
costas del actual Guerrero, en México.
El viaje de Acapulco a Filipinas era mucho más fácil y seguro, tanto que
dio en llamársele La Ruta de las Damas. Los vientos alisios empujaban la
nave en forma constante durante los dos meses en promedio que tardaba la
travesía de Acapulco a Guam. Allí se proveían de agua fresca, víveres y
frutas y llegaban, en 20 o 30 días más, a la isla de Capul, donde tenían
nuevamente la oportunidad de abastecerse. Cuando los vientos eran
contrarios, muchos de los pasajeros desembarcaban en la provincia de
Camarines, al sur de Luzón, y seguían su camino a Manila por tierra,
aposentándose en los conventos franciscanos de la zona.
En la historia de la ruta se perdieron o no lograron llegar a su destino 30
naos. Cuatro de ellas cayeron en manos de piratas ingleses y las otras se
perdieron en el mar, se incendiaron o tuvieron que regresar, después de
buscar inútilmente la ruta hacia el norte, desmanteladas y semidestruidas.
Uno de los galeones se quemó en alta mar y perecieron todos sus tripulantes.
Otro, el Santa Margarita, salió de Manila en 1600 y durante ocho meses trató
de remontarse hacia el norte en busca de los vientos contralisios, sin lograrlo.
Por fin, acabada toda la comida, muertos los pilotos, vino a encallar en una de
las islas del archipiélago de las Marianas, y dos años más tarde el Jesús
María logró rescatar a los 16 supervivientes. Se habían embarcado 260
personas.
En 1766 llegó a Manila, por la ruta del cabo de Buena Esperanza, el navío
de alto bordo El Buen Consejo, directamente desde Cádiz. Era la primera
nave española que llegaba a las islas desde la expedición de Loayza y era
como un anuncio de que la línea del galeón de China estaba a punto de
desaparecer. Carlos III había abierto algunos de los puertos del imperio a los
barcos de todo el mundo y se había fundado la Compañía de Filipinas que
inició su tráfico por el cabo de Hornos y navegando directamente del Callao a
Manila. Muchos de los comerciantes de Manila siguieron solicitando que se
prolongara la vida de la línea de Acapulco, pero estaba ya condenada. En
1815 el último galeón, el Asia, llegó a Acapulco, para no volver a zarpar más.
Ya las guerras de independencia revolvían toda América, y Filipinas se
encontraba al margen de esa lucha.
Ya hemos visto que los chinos comerciaban desde tiempos inmemoriales
con los filipinos, pero no acostumbraban emigrar en gran escala ni
establecerse en las islas. Los cronistas españoles no mencionan la existencia
de tales colonias y en la carta que el visitador de “Chincheo” manda a don
Pedro de Acuña, gobernador de Filipinas, y que transcribe el doctor Morga,
se dice: “Lla tierra de Luzón es tierra miserable, de poca importancia, y que
antiguamente sólo era morada de diablos y culebras; y que por haber venido
de algunos años a esta parte a ella tanta cantidad de Sangleyes, a tratar con
los Castillas, se ha ennoblecido tanto”. Pero con el establecimiento de los
españoles en Manila al parecer una gran cantidad de chinos se quedó a poblar
cerca de ellos y al amparo de su fortaleza, y a pesar de un constante
malentendido con los españoles y varias masacres han permanecido allí hasta
la fecha. En 1586 ya había unos 10 000 chinos en la ciudad de Manila y en
1596 el doctor Morga consideró indispensable expulsar a la mitad de los que
había e hizo que salieran 12 000, calculándose que quedaron más de 12 000.
Para 1621 había 15 000 y Garu y Monfalcón asegura que en 1536 había más
de 30 000. Si comparamos estas cifras con las de los españoles y
novohispanos que rara vez pasaban de 1 000, se verá la enorme
desproporción entre los unos y los otros y el constante temor de los españoles
de que los chinos se sublevaran y acabaran con ellos. Sobre todo recordaban
constantemente la invasión del pirata Limahon y el asesinato del gobernador
Dasmariñas a manos de los remeros chinos de su galera.
La corona hizo varias cédulas reales para ordenar la vida de los chinos en
Manila. Se trataba de un caso especial, ya que era la única colonia extranjera
residente en todo el imperio de diferente raza, distinta lengua y diferente
religión. En varias de esas cédulas se ordenaba que no se permitiera la
estancia en la ciudad y sus alrededores de más de 6 000 chinos, pero vemos
que no era obedecida, como de costumbre, y que siempre había por lo menos
20 000. Además se les puso un impuesto especial a los no convertidos al
cristianismo, que eran la mayoría, de ocho pesos anuales por cabeza. Pero
cuando se hablaba de expulsarlos a todos los mismos españoles residentes
ponían el grito en el cielo y afirmaban que la ciudad no podría sostenerse sin
ellos, ya que eran los servidores, cocheros, remeros, artesanos, panaderos,
mercaderes en pequeño y proveedores de verduras. Pero a veces el temor era
demasiado y se organizaban verdaderas cacerías de chinos, alegando que se
habían sublevado. Una de ellas, en 1603, le costó la vida a unos 20 000,
aunque Argensola afirma que pasaron con mucho de los 23 000 que dijo el
gobernador Acuña. Pero cuando se acabó la matanza, a la cual cooperaron
con entusiasmo los pampangos y unos 3 000 japoneses que radicaban
también en Filipinas, los españoles se vieron en un dilema. Si los chinos no
reanudaban el comercio, la ciudad se moriría por falta de negocios y de
subsistencias. Entonces recordaron que la harina de trigo, el ganado de
consumo, los patos gordos, las ropas y telas, todo provenía de Cantón. Por
otra parte, el virrey de Cantón, el Gran Capado, como le llama Morga, bien
podía mandar efectivamente una flota en contra de los españoles y ponerlos
en aprietos. Se mandaron embajadores al Gran Capado y éste consintió en
que se reanudara el tráfico y envió una de las cartas más extraordinarias que
se han visto en las relaciones internacionales de los pueblos. Según la
traducción de ella que publica el doctor Morga en su Sucesos de las islas
Filipinas, el Gran Capado asienta que acepta las excusas de los españoles (los
bárbaros) de Manila y que

por tres razones no convenía vengarse, ni hacer guerra a Luzón. La primera porque los
Castillas, de mucho tiempo a esta parte, son amigos de los Chinos; y la segunda razón
porque la victoria no se sabía, si la llevarían los Castillas o los Chinos; y la tercera y
última razón, porque la gente que los Castillas había muerto, era gente ruin, y
desagradecida a China, su patria, padres y parientes, pues tantos años había que no
volvían a China; la cual gente, dice el rey, que no estimaba en mucho, por las razones
arriba dichas; y sólo mandó al virrey, al Capado, y a mí, escribir esta carta con este
embajador, para que sepan los de Luzón que el rey de China tiene gran pecho, gran
sufrimiento y mucha misericordia; pues no ha mandado hacerles guerra a los de Luzón.

Con este tan extraordinario documento que, por desgracia, no conocemos


en su texto chino, se reanudó el comercio y los chinos volvieron a poblar el
Parián y los barrios que les habían sido asignados al otro lado del río Passig.
Aun así hubo otras matanzas, como las de 1639, 1662 y 1686. En 1762,
cuando los ingleses ocuparon Manila, los chinos tomaron su partido, y al irse
los invasores fueron muertos muchos de ellos.
Para asegurarse de los chinos, los españoles les prohibían vivir dentro de
la ciudad amurallada o “intramuros”, como aún se llama esa zona de Manila.
Así, habían hecho sus pueblos en Tondo y Binondo y en el Parián, donde
tenían su mercado, pero durante el día entraban y salían por la ciudad y,
como ya hemos dicho, eran los artesanos y servidores de los españoles. Esto
hizo que el español se alejara aún más del malayo, ya que el chino se
convirtió en una clase intermedia e impermeable que impedía todo contacto.
Por lo tanto, cooperaron a esa cristianización y no hispanización de los
tagalos, pampangos y vizayos, que tenían muy escasos contactos con los
españoles.
Se hicieron muchos esfuerzos, sobre todo por los padres dominicos, para
la conversión de los chinos en Manila, pero su resultado fue bastante pobre, si
se compara con lo logrado en la Nueva España o entre los tagalos y
pampangos. Habían pasado ya casi 200 años cuando la invasión inglesa y los
chinos cristianos, en su mayor parte, renunciaron a su fe para volverse contra
los Castillas y, como dice don Simón de Anda, volvieron a adorar sus
“cabezas de cerdo, sus reptiles y sus confucios”, lo cual comprueba lo poco
que entendían los españoles de la cultura china. Fray Diego de Aduarte, en su
Historia de la Provincia del Santo Rosario, dice que aunque los religiosos
que llegaron a esas partes del mundo querían convertir a todas las gentes, lo
que más buscaban era la conversión del gran reino de China, y para ello
intentaban la cristianización de aquellos que tenían a mano en Manila como
un peldaño o prólogo para la obra que nunca ha llegado a realizarse.
Las relaciones de los españoles en Filipinas con el Japón tuvieron otro
cauce. El primer contacto importarte fue en el norte de Luzón, donde
desembarcó una considerable fuerza japonesa al mando de un tayfusa o
zaysufer, que había llegado en 27 barcos. Se apoderaron de Cagayan y del río
y fundaron una fortaleza y a la vez hicieron tratados con varios de los señores
locales. Juan Pablo Carreón salió a combatirlos con 138 españoles y muchos
pampangos, tagalos y vizayos aliados, y después de combates bastante serios
logró derrotarlos y obligarlos a abandonar la isla. Los combates fueron tan
reñidos que los españoles cobraron un gran respeto a los guerreros japoneses
y siempre tuvieron el temor de una nueva invasión en mayor escala. Ya en
1591 el gobernador Dasmariñas informaba al rey de España que la
conservación de la colonia dependía en gran parte de las buenas relaciones
que se pudieran tener con los japoneses. Un año más tarde llegaba a Manila
una carta del shogún Hideyoshi en la cual proponía suscribir un tratado de
comercio y amistad, con la condición de que se le pagara un tributo anual.
Dasmariñas, que temía a los japoneses, contestó con diplomacia, por medio
de fray Juan de los Cobos, afirmando que aceptaba gustoso el tratado de
comercio y amistad, pero que en cuanto al tributo tenía que pedir
instrucciones al rey don Felipe, “el monarca más poderoso del mundo”.
Hideyoshi recibió al embajador y contestó por el mismo conducto una carta
amistosa y Dasmariñas envió una nueva embajada, esta vez por intermedio
del franciscano fray Pedro Bautista, pero la respuesta fue tan altanera que los
españoles, muerto Dasmariñas ya, no quisieron seguir adelante sin pedir
instrucciones a México.
En esta embajada y tratos estaban, sin llegar a un acuerdo, cuando en
1596 el galeón San Felipe, que llevaba muy rico cargamento para Acapulco,
fue sorprendido por una tempestad y buscó refugio en la bahía de Hirado.
Unos marinos japoneses salieron en su ayuda, pero lo hicieron encallar en un
gran banco de arena y, con pretexto de poderlo poner a flote, lo descargaron
totalmente. A pesar de las protestas del capitán Matías de Landecho, los
tripulantes fueron encerrados en una estacada y la mercancía desapareció
como por encanto. Probablemente con el ánimo de poner espanto a los
japoneses, el piloto mayor del galeón le enseñó al gobernador de Shikoka un
gran mapa en el cual estaban marcadas todas las posesiones del rey de España
y las de Portugal y le dijo cómo su rey era uno solo y cómo para ganar tantos
imperios y tierras había empezado por introducir en ellos a los misioneros
que hacían a la gente cristiana. Para esas fechas, hay que hacerlo notar, había
ya probablemente más de 200 000 cristianos en Japón que habían provocado
graves sospechas en el ánimo de los shogunes. La charla imprudente del
piloto reavivó esas sospechas al extremo de que los hechos llegaron a oídos
de Hideyoshi. Inmediatamente se ordenó que se confiscara el barco, lo mismo
que el cargamento, y que todos los sacerdotes que se encontraran entre los
españoles o entre los japoneses, en cualquier lugar del territorio, fueran
crucificados. Según el doctor Morga, la sentencia decía así:

Por cuanto estos hombres vinieron de los Luzones, de la isla de Manila, con el título de
embajadores, y se dejaron quedar en la ciudad de Miaco, predicando la ley de los
cristianos, que yo prohibí los años pasados rigurosamente, mando que sean ajusticiados,
juntamente con los japoneses que se hicieron de su ley. Y así estos 24 quedarán
crucificados en la ciudad de Nagasaki; y porque yo torno a prohibir de nuevo, de aquí
adelante la dicha ley, entiendan todos esto y mando se ponga en ejecución. Y si alguno
fuere osado a quebrantar este mandato, sea castigado con toda su familia. Fecho a
primero de Echo en la luna dos.
Así murieron los famosos 26 mártires de Nagasaki, entre los cuales se
encontraban fray Pedro Bautista y un franciscano lego, Felipe de las Casas,
natural de Puebla de los Ángeles en la Nueva España, conocido desde
entonces como san Felipe de Jesús. La orden de crucificar a todos los otros
sacerdotes que se encontraban en el Japón no se llegó a cumplir debido a la
muerte de Hideyoshi en 1598.
Al saberse en Manila la noticia de lo que había sucedido con el San
Felipe y del martirio de los franciscanos, más la pérdida de todo el
cargamento, que Morga estima en más de un millón de pesos, hubo una gran
indignación. Muchos pedían abiertamente que se organizara una armada
contra Japón para vengarse del agravio y acabar de una vez por todas con la
arrogancia de esos hombres; pero las autoridades sabían que no contaban con
la fuerza suficiente para una empresa de esa envergadura, sobre todo en esos
años, cuando los holandeses empezaban a merodear por esa zona y dos
empresas inglesas habían logrado, como veremos adelante, cruzar el Pacífico.
Así, no era posible dejar desguarnecidas las islas y ya se conocía, desde los
combates en Cagayan, la fuerza de los japoneses como guerreros. Por otra
parte, el desastre del San Felipe hacía ver palpablemente la necesidad que
había de contar, para la seguridad del galeón, con una base en el Japón donde
pudiera refugiarse en caso de tempestades y avituallarse.
Movido por esos pareceres, el nuevo gobernador Luis Navarrete Fajardo
envió una embajada para que tratara la restitución de los bienes robados y la
firma del famoso tratado de comercio y amistad. Junto con los embajadores,
envió muy buenos regalos al nuevo shogún, Iyeyazu, entre los cuales iba un
elefante que el rey de Siam había mandado como regalo al gobernador
Dasmariñas. Iyeyazu recibió bien la embajada y los regalos pero se negó a
devolver la mercancía, alegando que por antiguas leyes del Japón todo barco
que arribara a sus costas era propiedad ipso facto del emperador, con toda la
carga que llevara, pero que, por aprecio a los españoles, iba a ordenar que
desde ese día en adelante se hiciera una excepción con los barcos que iban de
Manila a la Nueva España y se les recibiera y avituallara en los puertos
nipones. Con esto tuvieron que conformarse los españoles, y en 1609 se vio
el valor de la palabra del shogún Iyeyazu cuando los dos galeones que iban
para Acapulco, el Santa Ana y el San Francisco, tuvieron que recalar,
gravemente averiados por una tempestad, en las costas japonesas. Iba a bordo
el gobernador saliente de Filipinas Rodrigo de Viveros y todos los náufragos
fueron bien recibidos, se respetó su hacienda y el shogún ordenó al pintoresco
marino inglés, avecindado en Japón, Williams Adams, que construyera un
barco a la manera europea en el cual el gobernador y su séquito pudieran
proseguir su viaje hasta Acapulco. El barco fue hecho con bastante rapidez y
Viveros se embarcó en él y pudo llegar sin más contratiempos a Acapulco,
acompañado de una misión comercial japonesa, la primera en llegar a tierras
mexicanas.
Iyeyazu parecía tener interés en abrir nuevas rutas de comercio para el
Japón y ya en 1602 había enviado mensajeros a Manila con una propuesta de
establecer un tráfico constante del Japón a Acapulco. Los comerciantes de
Manila y las mismas autoridades vieron con malos ojos el asunto, pues sabían
que si el comercio se desviaba de su ciudad, ésta no tendría medios para
sustentarse. Lo mismo habían opinado de la pequeña factoría que se había
establecido en El Pinal, en la costa china. Dada la respuesta evasiva de
Manila, Iyeyazu enviaba ahora una misión directamente al virrey,
encareciendo al ex gobernador Viveros que hablara a favor de ellos. Pero el
virrey tuvo que pedir instrucciones a Madrid, y en 1611 envió a Sebastián
Vizcaíno, en el mismo barco construido en Japón, que reintegrara a la misión
a su tierra, sin que llevara una respuesta concreta, y que además planificara
las costas japonesas para el servicio del galeón y de paso buscara las
fabulosas islas Rica en Oro y Rica en Plata que nunca se encontraron.
Uno de los daimios cristianos, Masamune, resolvió enviar una nueva
misión a la Nueva España a cargo del padre Sotelo, con destino a Roma, a
entrevistar al Santo Padre y de paso ver si podía conseguirse el comercio
directo. La misión constaba de 68 miembros y varios de ellos con el padre
Sotelo pudieron llegar hasta Roma y entrevistarse allá con el Santo Padre.
Los que quedaron en México fueron atendidos por Antonio de Morga, que ya
había regresado de las Filipinas. Al salir de nuevo para el Japón en sus
propios juncos se les advirtió que no intentaran ya más viajes a la Nueva
España y que si querían comerciar lo hicieran con Manila. En 1616 el daimio
Masamune insistió en su intento, ya que no entendían por qué los españoles
podían llegar al Japón y comerciar y evangelizar y ellos no podían ir a
Acapulco. En México se les volvió a advertir que no deberían regresar y sólo
se les permitió recoger a los peregrinos que habían ido a Roma con el padre
Sotelo y regresarlos a Japón.
Esta negativa de parte de los españoles para abrir sus puertos al comercio
seguramente influyó en el ánimo de los japoneses para cortar toda relación
con Occidente, pero también influyeron otras causas. Por un lado, las
discusiones a veces violentas entre dominicos, jesuitas y franciscanos en el
Japón, ya que todos alegaban mejores derechos que los otros para hacerse
dueños de todas las misiones y, por otro, la llegada de los holandeses que no
pretendían convertir a nadie sino sólo dedicarse al comercio y veían en los
españoles y portugueses a unos competidores peligrosos. Por lo tanto, se
dedicaron a influir en el ánimo de los shogunes y los daimios acerca del
peligro que representaba para ellos la cristianización de sus súbditos. En 1616
murió Iyeyazu y subió al poder Hidetada, quien ya desde varios años antes
había demostrado su antagonismo hacia los cristianos y el 1º de octubre dictó
un nuevo decreto de prohibición a los sacerdotes para predicar el cristianismo
y a los japoneses para oír sus prédicas, bajo pena de muerte, no sólo para
quien se hiciera cristiano, sino para toda su familia. Muchos sacerdotes
europeos fueron expulsados, pero otros lograron esconderse y seguir
predicando y, según informa el padre Sebastián Vieyre, superior de los
jesuitas, a pesar de las persecuciones, aún lograron convertir a 1 600
japoneses más. Por todo el Japón se empezó entonces a sacrificar a los
cristianos, tanto europeos como japoneses, entre los cuales murió Luis Sotelo,
el franciscano que había llevado la misión japonesa a Roma. Para 1637,
prácticamente había desaparecido el cristianismo en Japón, en una verdadera
orgía de sangre y de martirios. En el sur hubo una rebelión de cristianos, que
fue sofocada en la ciudadela de Hara a sangre y fuego y todos los defensores,
con sus mujeres e hijos, pasados a cuchillo. Era shogún el Tokugawa Iemitsu,
que al parecer intentaba enviar una flota para la conquista de Filipinas,
empresa que se vio interrumpida por la rebelión de cristianos en el sur.
Deseoso de terminar de una vez por todas las dificultades que le
provocaban los cristianos y los contactos con el Occidente, en 1640 ordenó el
cierre de todos los puertos japoneses a cualquier nave que no fuera nipona y
prohibió a sus vasallos, bajo pena de muerte, que viajaran al exterior. Un
barco que había llegado ese año de Macao fue apresado y 68 miembros de su
tripulación fueron ejecutados en Nagasaki. Solamente se permitió a los
holandeses, tal vez por los servicios prestados al denunciar a sacerdotes, que
conservaran una pequeña base en la isla de Deshima, en la cual podían
comerciar y, sobre todo, pagar un fuerte tributo a los shogunes. Con esas
medidas, los japoneses que se habían avecindado en Manila se retiraron, y el
Japón dejó de figurar en la historia del Pacífico a mediados del siglo XIX.
CAPÍTULO VIII

Our Generall at this place and time, thinking himself both in


respect of his private injuries received from the Spaniards, as
also of their contempts and indignities offered to our countrey
and Prince in general, sufficiently satisfied, and revenged: and
supposing that her Majestie at his return would rest contented
with this service, purposed to continue no longer upon the
Spanish Coasts, but begun to consider and to consult of the best
way to his Countrey.
The famous voyage of Sir Francis Drake into the South Sea,
and therehence about the whole Globe of the earth, begun in the
year of our Lord 1577.
RICHARD HACKLUYT

La situación europea. Inglaterra y el paso al Pacífico. Francis Drake.


Reacción española. Poblamiento del estrecho. Thomas Cavendish. Richard
Hawkins y el fin de las empresas piratas inglesas en el Pacífico. Derrota de
la Armada Invencible. La expansión holandesa.

EN EL último cuarto del siglo XVI, la situación europea se modificaba


radicalmente. España, después de la batalla de Lepanto en 1571, donde
obtuvo la más señalada victoria marítima sobre los turcos y la reunión de la
corona de Portugal en 1580, había llegado al zenit de su poderío. Aunque
Carlos V había dividido, al abdicar, el imperio de España, Felipe II en 1580
era rey de toda la península ibérica, partes de Italia, Flandes, toda la América,
las costas africanas, las ciudades portuguesas de la India, Malasia y la costa
de China, además de las Filipinas. En el tratado que había suscrito con las
cortes portuguesas al tomar la corona de ese reino se había hecho constar que
las dos naciones se seguirían gobernando en forma completamente
independiente, de acuerdo con sus propias leyes, con funcionarios
portugueses en las zonas que eran de Portugal, y que los dos grandes
imperios coloniales seguirían separados, dirigiéndose el uno desde Lisboa y
el otro desde la nueva capital de España, Madrid. Pero en la práctica, Felipe
II, junto con la corona de Portugal, había heredado los enormes problemas de
la desintegración ya irremediable de su imperio y las fuerzas españolas
tuvieron que acudir en defensa de muchas de sus ciudades, atacadas por
fuerzas nativas o europeas. En las Molucas, los españoles de Filipinas
tuvieron que salir en defensa de los portugueses y más tarde, en Brasil, las
flotas de España tuvieron que socorrer a los portugueses atacados por los
holandeses.
En Europa, además, la Reforma protestante había dejado una amplia
huella política y las ciudades holandesas, después de su larga rebelión, se
organizaban nuevamente con la ayuda de Inglaterra y se volvían más y más
audaces en sus ataques por mar. Piratas y corsarios ingleses, franceses y
holandeses habían aparecido en el Atlántico y hostilizaban tan gravemente el
comercio español, que pronto hubo que implantar el sistema de las flotas o
convoyes, para que la plata y las mercancías de América pudieran llegar a
España. En Inglaterra la reina Isabel, con extraordinaria habilidad, se
colocaba a la cabeza de las naciones protestantes en su guerra constante,
declarada a veces, solapada otras, en contra de Felipe II y la Iglesia católica.
Inglaterra, ocupada tradicionalmente en sus guerras en Francia y sus
guerras intestinas, se había quedado muy atrás en el desarrollo de su marina,
pero durante el siglo XVI alcanzaba ya a España y a Portugal. Hasta los
tiempos del rey Enrique VII la flota inglesa nunca había sido permanente.
Cuando el rey necesitaba de navíos para transportar tropas a Francia o para
alguna acción bélica, los pedía a sus súbditos, especialmente a los puertos
llamados “Cynque Ports” del canal de La Mancha, los cuales los facilitaban a
cambio de ciertos privilegios que se les concedían para su comercio y para la
pesca del bacalao. Los barcos de estos mercaderes eran los “barcos redondos”
de altos castillos de proa y popa, que tanto españoles como portugueses
habían dejado de usar hacía tiempo. Enrique VII, que logró pacificar el reino,
fue el primero que se hizo de una marina propia y comprendió la importancia
que ésta tenía para una nación insular. Como buen administrador que era, en
tiempos de paz dedicaba sus naves al comercio y hasta las rentaba a
particulares para que traficaran con ellas. En aquel tiempo prácticamente no
había diferencia entre un barco de comercio y un barco de guerra y aun los
ingleses no acostumbraban poner cañones en las bordas, temiendo que al
agujerearlas con escotillas se debilitaría la estructura de la nao. Los cañones
pequeños que llevaban los colocaban en los castillos de proa y popa donde,
en un combate a distancia, resultaban completamente inútiles. Enrique VIII,
que siempre tuvo una enorme curiosidad por todo lo que fuera artillería, fue
el primero que colocó cañones gruesos en los barcos y, como debido a su
peso éstos no se podían colocar en los castillos, construyó un segundo puente,
sobre el de la carga, para colocar allí los cañones en banda.
A pesar de las flotas reales, Inglaterra siguió confiando durante mucho
tiempo en los barcos de mercaderes y corsarios particulares, tanto para la
defensa del reino como para empresas lejanas y actos de agresión en contra
de sus enemigos. En Londres y otras ciudades inglesas se formaron desde
fines del siglo XV asociaciones de mercaderes dedicadas al comercio con
países lejanos y a la exploración de rutas, como la de Mercaderes
Aventureros de Londres, que abrió el tráfico con Moscú y Persia por el Mar
del Norte. Estas sociedades son el antecedente de las grandes “Compañías”
que van a forjar el Imperio inglés en los siglos XVII y XVIII. Esas compañías,
en las cuales la persona del rey o la reina era a veces socio, se lanzaron a
empresas sobre las costas americanas desde tiempos de Enrique VII.
Posteriormente buscaron, por el norte de América, el paso al Asia, el famoso
estrecho de Anián, y finalmente se dedicaron al comercio, prohibido por
España, entre Inglaterra, las costas africanas y las Antillas, a las cuales
llevaban sobre todo esclavos negros. Uno de estos comerciantes era John
Hawkins, quien hizo tres viajes a las costas africanas y americanas en 1562,
1564 y 1568. En el último de ellos tuvo que arribar al puerto de Veracruz, en
la Nueva España, donde fue sorprendido por la flota española. Sólo dos de
sus barcos pudieron salvarse, el uno bajo su mando y el otro al mando del
joven marino Francis Drake.
Este descalabro provocó en Drake un odio sin límites hacia los españoles,
movido por el cual dedicó toda su vida a atacarlos. En 1572 emprendió un
viaje por su cuenta a Nombre de Dios, en Panamá, con la idea de tomar esa
ciudad cuando estuviera en ella la plata del Perú. Logró tomar la ciudad, pero
no estaba aún la plata en ella, con lo cual se retiró a una bahía escondida en la
selva y aguardó a que llegaran nuevas conductas. Ayudado por los negros
cimarrones, esclavos negros de los españoles que se habían escapado a la
espesura, donde habían formado verdaderas comunidades, logró llegar hasta
el camino que unía Panamá y Nombre de Dios y asaltar allí una de las
conductas de plata. Se cuenta que en este viaje, desde la copa de un árbol,
pudo ver por vez primera el océano Pacífico y juró navegar por él algún día.
Pero Drake no fue el primer inglés que realizara esa hazaña. Uno de sus
compañeros, John Oxenham, se le adelantó, zarpó de Inglaterra llevando a
bordo unas barcazas desarmadas, que trasladó con sus amigos cimarrones
hasta el Pacífico; en Panamá las armó y se lanzó a piratear, hasta caer pronto
en manos de los españoles, que lo remitieron a Lima donde, con el tiempo,
fue ahorcado.
Cuando Drake regresó a Inglaterra de su aventura en Nombre de Dios, la
corte española había elevado graves protestas ante Isabel, ya que los dos
reinos estaban en paz y por lo tanto se pedía el castigo del pirata. Isabel se
contentó con indicarle a Drake que se mantuviera más o menos oculto en
algún lugar de Inglaterra, esperando el momento oportuno para iniciar otra
empresa que, se esperaba, fuera tan productiva como la anterior. Durante esta
espera forzosa, Drake maduró el plan de su gran viaje, del cual hizo partícipe
a lord Walsingham y a la reina misma. El plan consistía en llegar, por el
estrecho de Magallanes, al océano Pacífico, y atacar allí a los españoles que
seguramente estarían desapercibidos, ya que no esperaban la llegada de
enemigos a esas aguas. Por esos tiempos el Pacífico era efectivamente, como
lo definiera el padre Medina, “un mar español” al cual se pretendía aplicar la
teoría del Mare clausum, así como Roma había considerado el Mediterráneo
el Mare nostrum. La tesis española se basaba en que todas las costas del
Pacífico donde había cristianos estaban bajo las coronas de Felipe II, lo cual
era indudable, y además en la bula Inter Caetera, aunque para ese tiempo ya
los derechos basados en las bulas pontificias se consideraban por los mismos
españoles como dudosos y, en el mejor de los casos, débiles. Los países
europeos en vías de expansión no aceptaban esos principios y los que eran
protestantes, como Inglaterra y Holanda, lógicamente no iban a respetar los
acuerdos del papado. En Holanda, a principios del siglo XVII, Gracia lanzó la
tesis de derecho internacional acerca del Mare liberum, aunque es curioso
observar que los mismos Estados Holandeses, que se basaban en la tesis del
Mare liberum para invadir aguas que los españoles consideraban suyas,
trataron más tarde de aplicar la tesis contraria del Mare clausum para
defender sus rutas de comercio por el Índico del sur.
Así, la mayor parte de los viajes de los ingleses tenían por objeto
encontrar el paso al Pacífico, como los de Martin Frobisher al norte del
Canadá, entre 1576 y 1578. Pero estas empresas habían fallado en su
totalidad y los ingleses, que mandaran su primera expedición desde 1497 con
Sebastián Caboto, durante el reinado de Enrique VII, no habían logrado fruto
alguno de todas ellas, si no era el que los piratas y corsarios, disfrazados de
comerciantes o abiertamente, habían logrado arrebatar a los españoles. Es
lógico, por lo tanto, que Drake meditara en un viaje de ese tipo, un crucero
por los mares del sur para, como se decía en aquellos tiempos, “chamuscarle
la barba al rey de España” y hacerse de riquezas. El que España e Inglaterra
estuvieran por esos años en paz, e Isabel hizo siempre todo lo posible para
conservar esa difícil paz, no tenía importancia. Todos los ingleses sabían que
tarde o temprano deberían enfrentarse al gran poder de España y cualquier
acción que tendiera a debilitar ese poder era grata tanto al pueblo como a la
reina. Así, lord Walsingham y la reina aprobaron secretamente los planes de
Drake y le dieron el apoyo financiero necesario para poder armar cinco
barcos y reunir una tripulación suficiente. El ejemplo de la reina, murmurado
tan sólo, hizo que muchos otros mercaderes de Londres, Plymouth y Bristol
confiaran algo de sus dineros en esa empresa, a pesar de que se guardó el
secreto de su destino hasta el último momento para que no llegara a oídos del
embajador de España que tenía espías por todos lados. Oficialmente se dijo
que la armada iba a comerciar a las costas del Mediterráneo, a Turquía.
En agosto de 1577 zarpó Drake de Plymouth con sus cinco barcos y
lentamente se dirigió hacia el Atlántico del sur, sin desdeñar hacer algunas
presas, tanto españolas como portuguesas, en el camino. En una de esas
presas, cerca de las islas del cabo Verde, se hizo del piloto portugués Nuño
da Silva, a quien obligó a acompañarlos hasta las costas de la Nueva España,
donde le dio su libertad. Con tanta tardanza, no fue sino hasta junio del año
siguiente cuando llegó a las costas de la Patagonia, en pleno invierno austral,
y resolvió aguardar el buen tiempo en la bahía de San Julián. Lo primero que
vio al entrar y anclar en ella fue el cadalso que Magallanes había levantado
58 años antes para ajusticiar a Gaspar de Quesada. El patíbulo pareció ser un
mal agüero. Uno de los capitanes de Drake, su segundo, llamado Thomas
Doughty, desde hacía tiempo venía tratando de amotinar a las tripulaciones y
decía tener poderes mágicos para destruir a sus enemigos. La tripulación de
Drake estaba formada por caballeros y mercaderes independientes y por
marinos llevados muchos de ellos a la fuerza. Entre los dos grupos había
siempre una gran desconfianza y los caballeros se negaban con frecuencia a
cumplir las órdenes. Sobre ellos había actuado la persuasión de Doughty, y
Drake se dio cuenta del peligro. Prendió a su segundo, formó un tribunal y lo
condenó a ser degollado. Fletcher, el pastor que acompañaba a la expedición,
dio la comunión al condenado y Drake estuvo junto a él durante la
ceremonia. Doughty comulgó piadosamente, luego habló a todos pidiéndoles
que siguieran fielmente a su capitán y que sirvieran en todo a la reina, y
finalmente fue degollado. Todos los caballeros y mercaderes quedaron
sobrecogidos con esta justicia tan rápida y eficaz, y Drake aprovechó la
oportunidad para quitarles a todos sus cargos y convertirlos en oficiales de la
reina y obligarlos a jurarle lealtad como general que era de la reina. Luego les
hizo ver a todos, después de ordenar que participaran en la comunión, que
caballeros o marinos, todos tenían que trabajar al igual y compartir al igual
los sufrimientos, las hambres, los peligros y la gloria. Al parecer el resultado
fue el esperado, pues no volvió a haber ni la sombra de un motín en tan largo
viaje.
Llegada la primavera austral, zarparon rumbo al estrecho, que lograron
cruzar con relativa facilidad llevando ya tan sólo tres barcos, pues los dos
pequeños, construidos especialmente para llevar carga, fueron
desmantelados. Los tres barcos eran el Pelican, el Elizabeth y el Marygold.
Al salir del estrecho, en el cabo Deseado, los sorprendió una furibunda
tempestad que dispersó a la armada. Drake, en el Pelican, fue llevado muy al
sur, donde descubrió una isla, perdida ahora y que parece haber sido
sumergida por el mar y formar unos bajos grandes a los 57° de latitud sur.
Cuando regresó a las bocas del estrecho no encontró ya a ninguno de sus
compañeros. El Marygold desapareció para siempre y el Elizabeth, empujado
por el viento, tuvo que penetrar nuevamente en el estrecho y fue arrojado
hasta el Atlántico en bastante mal estado. Sus tripulantes, creyendo que
Drake se había perdido en la tempestad, resolvieron regresar a Inglaterra.
Al verse solo, Drake puso proa al norte, hacia las costas de Chile, y le
cambió su nombre al barco, bautizándolo con el de Golden Hind, esto es,
“cierva de oro”. Remontando la costa de Sudamérica, trató de entrar en
contacto con unos indígenas de Chile, que lo recibieron en son de guerra, por
lo que siguió adelante, hasta Valparaíso, donde sorprendió a varios barcos
españoles atracados en el puerto. Uno de ellos, grande, estaba prácticamente
sin tripulación y uno de los españoles, creyendo que el barco que llegaba era
también español, los recibió con música de tambores e invitándoles a
compartir una bota de vino chileno. Pronto se dio cuenta de su error y fue
encerrado en la cala con sus compañeros, menos uno que pudo saltar por la
borda, nadar a tierra y dar la alarma en la ciudad. Ésta constaba de nueve
casas y rápidamente quedó desamparada. Drake desembarcó, saqueó la
ciudad, donde encontró buena cantidad de vino chileno y unos vasos sagrados
en la iglesia, que le regaló a Fletcher, el pastor. Remolcando el barco aquel,
salieron de la bahía y lo saquearon a su vez, encontrando en él unos 37 000
ducados de oro de Valdivia y otra buena cantidad de vino, consignado a Perú.
De allí pasaron a Tarapaza, donde desembarcaron en busca de agua y
encontraron a un muchacho indio con ocho llamas en las cuales llevaba 800
libras de plata, que le fueron quitadas. En Arica saquearon tres barcos
pequeños y otro más, cargado de telas, en alta mar.
El 13 de febrero llegaron a Lima y entraron en la bahía del Callao donde
había una docena de barcos atados todos a una sola boya y sin velas ni
tripulación. Los ingleses saquearon los barcos y cuando pensaban
desembarcar vieron que un gran contingente de españoles se acercaba a
caballo y con armas, ya que se había dado la alarma en la misma Lima y el
virrey había ordenado que todos los vecinos salieran a defender la ciudad y El
Callao. Drake soltó los barcos para que se fueran mar adentro, y enterado de
que el galeón de la plata, el Concepción, había salido pocos días antes con un
gran tesoro, zarpó tras de él. En el camino tomaron otro barco cargado de
jarcia y cordaje, y a 150 leguas de Panamá lograron alcanzar, frente al cabo
San Francisco, al Concepción. Con tres disparos de artillería le cortaron el
palo de mesana y lo pudieron abordar. El Concepción iba prácticamente
desarmado, tanta era la seguridad de que gozaban los españoles en el
Pacífico. Dentro encontraron un enorme tesoro en plata que, según el piloto
portugués, consistía en 1 300 barras de plata y 14 cofres grandes llenos de
reales de a ocho y de polvo de oro. Parece ser que el Concepción, en el habla
vulgar de los marinos, se llamaba el Cacafuego, pero era tanta la plata que
sacaron de él que un grumete español le dijo a Drake que desde ese día más
bien debería llamarse el Cacaplata.
Drake había oído hablar del Galeón de Manila y resolvió remontarse
hasta la costa de la Nueva España, saltear el galeón si podía encontrarlo y
seguir hacia el norte, en busca de la boca del estrecho de Anián, para pasar
por él rumbo al Atlántico e Inglaterra. Poco después de saquear el
Concepción toparon con un barco que venía de Acapulco, propiedad de un tal
Zárate, lleno de mercancías chinas, que también saquearon. Ya en las costas
de la Nueva España, desembarcaron en Huatulco y lo saquearon, para seguir
hasta la Baja California, donde esperaron al Galeón de Manila. El Golden
Hind iba lleno hasta los topes de plata y mercancías, así que en verdad ya no
tenían mucho interés en nuevas empresas, sino más bien en llegar con su
tesoro y sus noticias a Inglaterra; así, Drake siguió con rumbo norte, hasta
pasar la entrada de la bahía de San Francisco, que parece no haber visto, y
llegar a una pequeña bahía un poco más al norte, donde encontró un sitio
adecuado para reparar su barco. Tomó posesión de esas tierras y las llamó
Nueva Albión.
Con el Golden Hind ya en buen estado resolvió regresar a Inglaterra
siguiendo la ruta de Magallanes y de Elcano, esto es, circunnavegando el
globo. El estrecho de Anián no aparecía en ninguna parte y regresar por el de
Magallanes, cuando ya los españoles de toda la costa estaban sobre aviso, era
temerario. Por lo tanto, la única ruta que le quedaba abierta era por Asia y
África. De Nueva Albión zarparon rumbo al sur hasta tomar la ruta española
a los 12° de latitud norte y el 14 de noviembre llegaron a las Molucas, donde
hicieron un tratado de alianza con el rey de Ternate, que tenía guerra contra el
de Tidore y los portugueses y españoles. Allí cargaron clavo y nuez moscada
y por la vía del cabo de Buena Esperanza regresaron a Inglaterra, a la cual
llegaron el 3 de noviembre de 1580, casi a los tres años de haber zarpado.
Entre los paralelismos históricos, pocos hay tan interesantes y llenos de
coincidencias como los que existen entre los dos primeros viajes de
circunnavegación del globo, el de Magallanes y el de Drake. En ambos casos
salieron de Europa cinco barcos y sólo logró realizar el viaje uno de ellos,
pero el valor de su cargamento compensó el de todos los barcos perdidos. En
ambos casos hubo un conato de motín, exactamente en la bahía de San Julián,
en las costas de la Patagonia, que terminó con la ejecución del cabecilla en la
playa. El San Antonio de Magallanes y el Elizabeth de Drake abandonaron la
empresa en el estrecho y regresaron a Europa, y en los dos grandes viajes se
empleó un tiempo de casi tres años.
Si el viaje de Drake a Nombre de Dios había provocado una ola de
entusiasmo entre los ingleses y las más severas protestas del embajador de
España, este viaje llevó las cosas a extremos increíbles. A pesar de las
protestas del embajador de Felipe II y de su solicitud de que Drake fuera
encarcelado como pirata, la reina Isabel recibió alegremente su parte del
botín, y en solemne acto a bordo del Golden Hind, anclado en el Támesis, la
reina lo armó caballero. Y no sólo eso. Para gran indignación del embajador,
la reina recibía en forma privada a Drake, el cual siempre tenía la precaución
de llevarle regalos, y la noche de año nuevo la reina usó una corona de oro y
esmeraldas que Drake le había dado. Mientras en España “el Draque” se
convertía en símbolo de toda abominación y maldad, y talentos como el de
Lope de Vega escribían poemas hablando de todos los horrores cometidos
por ese ser demoniaco, en Inglaterra, por el brillo de su hazaña, por las
riquezas traídas, por la magnanimidad con la cual las compartía y sobre todo
por el favor que le mostraba la reina, sir Francis se convirtió en el héroe del
momento y en ejemplo e inspiración de la juventud y nacía para Inglaterra la
época que, con justa razón, algunos historiadores han llamado La Edad de
Drake. El viaje de circunnavegación, haciendo toda clase de daños a la
corona española y además realizando una extraordinaria hazaña marítima,
probaba a los ingleses —y a los holandeses que ya empezaban a interesarse
por empresas lejanas— que una fuerza naval, pequeña y bien dirigida, podía
causar enormes daños a un enemigo por más poderoso que fuese y además
obligarlo al enorme gasto de tratar de proteger su imperio con fortalezas,
naves de guerra y guarniciones. Por lo tanto, en la guerra, una flota no sirve
sólo, como habían creído los ingleses hasta entonces, para transportar
ejércitos, sino como una verdadera arma independiente que puede, si se sabe
usar de ella, defender a una nación insular mucho mejor que los ejércitos que
se reúnan en las costas. La lección de Drake van a aprovecharla los ingleses
en 1588, cuando Felipe II resuelve por fin lanzarse a la invasión de Inglaterra
y envía la Armada Invencible en contra de ella. Debido a la experiencia de
este viaje de Drake, cuando empiezan a llegar a Londres las noticias de la
armada que se reúne, se envían naves a hostigarla, a tomar puertos e
incendiar barcos. Y este sistema presentaba otra gran ventaja para una reina
siempre escasa de fondos, las empresas marítimas no costaban gran cosa y
por lo general se podía recuperar la inversión y en muchos casos obtener
espléndidas utilidades. El Golden Hind pagó por cada libra invertida en la
empresa 47 libras.
Ante esta realidad, Inglaterra se convence de que lo fundamental, si
quiere tener poder, riquezas y comercio, es tener el dominio de los mares,
más que de las tierras. Los imperios coloniales vendrán más tarde, como
lógica conclusión y como medio de disponer de sobrantes de población y
colocar minorías heréticas. En el siglo XVI Inglaterra intenta sólo una
colonización, en Virginia, propiciada por sir Walter Raleigh, que fracasa, y
Drake recoge a los colonos para llevarlos de nuevo a Inglaterra, pero en
cambio sus barcos cruzan todos los mares e inician la apertura de rutas de
comercio. Para esto no se emplean fondos y hombres de la corona, sino que
se crean las grandes compañías, como la de los Mercaderes Aventureros que
ya hemos visto, y más tarde la de las Indias Orientales y la de las Indias
Occidentales. Estas compañías, al igual que las holandesas, cuentan siempre
con la protección del Estado, que les concede un monopolio y ciertas
facilidades, pero sus fondos provienen del público en general y se suscriben
por acciones. Y atrás de esas compañías está siempre la creciente Armada
inglesa dispuesta a protegerlas, a conservar abiertas las rutas de comercio y a
reprimir la piratería, cuando ésta va en contra de los intereses de la Gran
Bretaña.
Otro de los frutos del viaje de Drake y del pensamiento isabelino es la
política internacional inglesa de ese siglo y el siguiente. En el siglo anterior
Inglaterra ha sido arrojada de Francia y la reina María pierde la última
posesión en el continente, la ciudad de Calais. La Gran Bretaña ya no va a
intentar dominios en Europa. Se contentará con afirmarse en la isla, con la
anexión de Escocia en la unión de las coronas y con sus siempre dudosas
conquistas en Irlanda, pero todo su poderío se va a destinar a empresas
lejanas, en América y en Asia al principio. Francia, que tuvo también la
oportunidad de asumir una política semejante, nunca pudo desentenderse de
las luchas internas de Europa y se fue quedando atrás en su expansión
colonial, y España, que por su situación geográfica pudo hacer lo mismo que
Inglaterra, por razones religiosas se vio siempre envuelta, durante ese siglo
crucial, en los asuntos de Flandes y de Italia y en la guerra en el
Mediterráneo.
Al regreso de Drake, el embajador de España, don Bernardino de
Mendoza, escribe constantemente a Felipe II, ocupado como estaba por los
asuntos de Portugal, para hacerle ver toda la magnitud de la hazaña de Drake
y del peligro en que se veía España de que los ingleses, piratas o soldados, se
adueñaran del estrecho de Magallanes. Así, le avisa al rey que Drake ha
hecho escuela aun entre los más altos círculos de la sociedad inglesa:
“Conolls, hijo del tesorero de esta casa de la reina, que es el que armó los
navíos para ir a robar en la carrera de las Indias agora dos años, va con seis a
invernar a la costa de Brasil y en el puerto de San Julián, que es en la boca
del estrecho de Magallanes y que de allí pasa con la instrucción que lleva de
Drake”. Y dice también que Leicester y la reina están haciendo preparativos
para que Drake vaya con 10 navíos a las Molucas. Tan importante se
considera en la corte española este negocio, que el duque de Alba, consultado
en Lisboa acerca de los planos de los fuertes que se han de hacer en el
estrecho, como veremos adelante, contesta al rey: “En lo de los fuertes de
Magallanes, hace Vuestra Majestad una cosa tan necesaria que ninguna hay
ahora en el mundo, que yo sepa, que lo sea tanto para el servicio de Vuestra
Majestad”.
Los avisos del embajador don Bernardino de Mendoza eran justos, ya que
la actividad marítima inglesa cobra nuevos bríos cada año. En mayo de 1582
sale el capitán Fenton, que había hecho exploraciones en el Ártico con
Forbisher, en busca del estrecho de Anián, con una escuadra de cuatro naves
y con la intención de llegar a las Molucas por la ruta portuguesa y aprovechar
en Ternate el tratado hecho por Drake con el sultán. Pero en el Atlántico su
tripulación se rebela y lo obliga a tomar la ruta del estrecho de Magallanes
para seguir los pasos de Drake y caer sobre los españoles en el Pacífico.
Divergencias de criterio entre Fenton y su segundo, el joven Richard
Hawkins, de la poderosa familia de mercaderes y piratas, puso fin a la
empresa en las costas de Brasil, pero uno de los barcos, bajo el mando de un
sobrino y discípulo de Drake, desertó y quiso llevar a cabo la hazaña por su
cuenta, pero fue capturado por los españoles en el río de la Plata. Ese mismo
año, los Hawkins hicieron un viaje corsario provechoso a las islas de cabo
Verde, Puerto Rico y Margarita, y Drake, en 1585, volvió a zarpar y cayó
sobre Santo Domingo, Cartagena, San Agustín de la Florida y recogió a los
colonos de Virginia. Esto era lo que llamaban “chamuscarle las barbas al rey
de España”. Dos años más tarde, cuando ya se conocen en Inglaterra los
preparativos que se hacen para la invasión, Drake acomete una hazaña más
grave para el prestigio hispánico: entra en la bahía de Cádiz y bajo las
mismas fortificaciones de la ciudad quema la flota española que se
encontraba allí reunida, y a su regreso captura el promontorio de Sagres,
donde estuviera el castillo de don Enrique el Navegante. Como se ve por
estas empresas y otras muchas, Inglaterra ya estaba plenamente convencida
de que la guerra y el triunfo serían en el mar.
Si en España cundía la alarma por los hechos de los ingleses, en el Perú
sucedía otro tanto. El estrecho, que hasta 1557 había parecido ser una
bendición para España, lleno de posibilidades de nuevas rutas, poco a poco,
cuando empresa tras empresa fracasaban como ya hemos visto, se fue
olvidando su existencia, y se llegó incluso a pensar que algún cataclismo lo
había cerrado. Alonso de Ercilla, en La Araucana, dice:

Por falta de pilotos o encubierta


causa importante quizá y no sabida,
esta secreta senda descubierta
quedó para nosotros escondida…

Pero, de un golpe, el paso de Drake al Pacífico demostraba no sólo que el


paso estaba abierto, sino que era aún perfectamente practicable y además que
su secreto ya era conocido por los ingleses. El virrey del Perú, don Francisco
de Toledo, vio de inmediato el grave peligro en el que se encontraban esos
reinos y todo el Imperio español en el Mar del Sur. Su primer intento fue el
de destruir a Drake, para que la noticia no llegara nunca a Inglaterra, y para
ello reunió en El Callao los barcos que pudo conseguir. En dos de ellos
mandó a su propio hijo don Luis de Toledo, al maestre de campo y almirante
Diego de Frías Trejo y a Pedro Sarmiento de Gamboa en calidad de piloto. La
empresa resultó en vano. Los barcos mal apercibidos por la prisa nunca
pudieron alcanzar a Drake por más que, como lo expresa tan gráficamente
Sarmiento: “Arasen la mar en todas direcciones”. Como con tanta frecuencia
sucedía en las armadas españolas, debido a esa división del mando entre
varios, los jefes discutieron incesantemente acerca del plan que había de
seguirse. Conocemos estas discusiones por Sarmiento y al parecer su plan era
el más lógico, ya que consistía en zarpar directamente a las costas de
Nicaragua o de la Nueva España y aguardar allí al corsario. Pero los otros
preferían ir costeando, preguntando en todas partes noticias de los ingleses y
perdiendo con ello un tiempo precioso.
Al regreso de Sarmiento a Lima el virrey Toledo resolvió enviar una
armada hacia el estrecho de Magallanes, por ver si Drake intentaba regresar
por allí, y de no encontrarlo para que zarpara a España y convenciera a la
corte de la necesidad de proteger el paso y de poblar esas tierras. El mando de
esta empresa se le confió a Pedro Sarmiento de Gamboa. Era éste,
indudablemente, uno de los hombres más pintorescos e interesantes que
pasaron a las Indias. Como marino, era un muy buen cosmógrafo y
cartógrafo, que conocía toda la costa del Pacífico, de la Nueva España a
Chile, y que había tomado parte en el primer viaje de Mendaña de Neira. Pero
también había conocido las cárceles de la Inquisición en México y en Lima,
porque era dado a hacer horóscopos, filtros mágicos y anillos cabalísticos.
Era también notable escritor y regular poeta, y el virrey Toledo lo había
utilizado en la preparación de su alegato acerca del dominio tiránico de los
incas y en algunas pacificaciones en la sierra del Perú, donde se había
probado como un buen caudillo que se hacía respetar y obedecer por su
gente.
El 10 de octubre de 1579 zarpó de El Callao con dos naves y llevando
como a su segundo a Juan de Villalobos y como pilotos a Antón Pablos y a
Hernando Lanero, cuyo barco había sido saqueado por Drake en Valparaíso.
Pronto surgieron diferencias entre Villalobos y Sarmiento, pero éste insistió
en recorrer la costa y los canales chilenos al sur de Chile, para cartografiarlos
y ver si había otras bocas hacia el estrecho. Al parecer no conocía el diario de
navegación de Ladrillero, que había llevado a cabo las mismas exploraciones
30 años antes, tal vez porque éste había regresado a Valparaíso para morir a
los pocos días: “con un marinero y un negro de servicio los cuales venían tan
desfigurados que no había hombre que los conociese” y, así, es posible que su
derrotero quedara en Santiago de Chile y no llegara a Lima. En medio de una
tormenta Villalobos desertó, pero aun así Sarmiento siguió explorando y dio
fácilmente con el estrecho que recorrió con toda lentitud dibujando la costa
en sus mapas, así como las siluetas de las montañas y tomando en varias
partes posesión de esas tierras en nombre del rey de España y plantando
grandes cruces de madera.
Sarmiento pensaba ya en regresar al estrecho, poblarlo y fortificarlo, para
lo cual iba señalando los lugares que le parecían adecuados y, en contraste
con su acuciosa investigación náutica, inventando toda suerte de calidades en
la tierra que veían. Según él, esas tierras eran templadas, cubiertas de bosques
con maderas útiles, y en ellas se daban plantas como la canela y el algodón.
Lo de la canela extraña indudablemente, ya que era sabido que ese árbol
crecía tan sólo en climas sumamente cálidos y posiblemente Sarmiento se
confundió debido a que el árbol sagrado de los araucanos de Chile se llamaba
“canelo”. El caso es que vio las tierras inhóspitas del estrecho como un
verdadero paraíso, donde había hasta papagayos y huellas de tigres y leones,
que podía convertirse en amplias dehesas para ganado y producir todos los
granos de Castilla.
El 15 de agosto de 1580 llegó a España, siendo el primer hombre que
hiciera el viaje directo, por mar, de Lima a Sevilla. Allí se encontró con que
su empresa de convencer a la corona del peligro en que se encontraba el
Virreinato del Perú ya estaba hecha. Como hemos visto, en España había
tanta alarma como en las Indias. Al saber su llegada, el rey, que esperaba en
Badajoz los resultados de la campaña del duque de Alba en Portugal, lo
mandó llamar con toda premura y, con extraordinaria rapidez para esos
tiempos, se convino de inmediato en la necesidad de fortificar y poblar el
estrecho y se encomendó a Antonelli, uno de los arquitectos castrenses más
notables de su época, el diseño de los fuertes que habrían de construirse y se
discutió su traza con el duque de Alba, el mejor general que tenía entonces
España. Las órdenes de Felipe II eran terminantes en cuanto a que se diera la
mayor prisa a la organización de la empresa, y en cuanto a su magnitud irían
hombres bastantes para poblar la zona, con sus familias, animales, aperos y
semillas. Irían soldados para los fuertes y hasta se pensaba en una gran
cadena que cerrara una de las angosturas del estrecho. Además, se
fortalecería la población de Chile como una segunda defensa, y dentro del
estrecho se fundarían dos ciudades por lo menos. Los informes que daba
Sarmiento de Gamboa acerca de la bondad del clima, de su templanza y de su
sorprendente variedad de productos animaban a una colonización importante.
En cierto aspecto, para los españoles era ésta una experiencia nueva, no de
conquista como las anteriores, o de colonización después de la conquista,
sino de una colonización lisa y llana. Sarmiento había llevado consigo tres
indios pacíficos del estrecho, probablemente onas o tehuelches, que en
España se mostraban, con lo cual se suponía que sus paisanos ayudarían en la
empresa si se les trataba bien y que se establecerían cerca de los colonos.
Hasta se pensaba en posibles encomiendas. Pero la inusitada magnitud de la
empresa, las nuevas características y la poco acostumbrada prisa que se daban
todos en montarla no lograron evitar una ya tradicional falla de la
organización española: la dualidad del mando. Se olvidaron los desastres que
en empresas anteriores esta dualidad había provocado, y aunque a Sarmiento
de Gamboa se le nombró gobernador del estrecho y se le hicieron otros
honores y mercedes, el importantísimo título de capitán general de la armada
recayó en un marino de la carrera de Indias, de indudable experiencia como
tal, pero que, como se vio más tarde, no tenía ningún interés en esta nueva
empresa. Era Diego Flores de Valdez, quien además iba como “conjuncta
persona” con Sarmiento, título este que nos trae a la memoria la tragedia del
San Julián y el triste fin de la otra “conjuncta persona”, Juan de Cartagena.
La Casa de Contratación de Sevilla recibía la orden de activar los
preparativos, de reunir a la gente necesaria y alistar las naos. Así, para el 27
de septiembre de 1582 ya estaban dispuestas en San Lúcar de Barrameda 23
naves y 3 000 personas, entre marinos, soldados, colonos con sus familias y
vecinos para las poblaciones del sur de Chile. El tiempo se presentaba poco
bonancible y tanto Sarmiento como Flores de Valdez no querían zarpar, pero
era tanta la prisa que daba el rey, que ordenó al duque de Medinasidonia que
fuera personalmente a San Lúcar y ordenara la partida. A pesar de las
protestas del capitán general y del gobernador, zarpó la flota y fue dispersada
al momento por una furiosa tempestad en la cual se perdieron varios barcos y
murieron muchas personas. Los barcos que lograron resistirla regresaron a
San Lúcar, de donde Sarmiento notificó al rey la desgracia que había
sucedido. La respuesta real no se hizo esperar. La Casa de Contratación debía
poner todos los medios necesarios para que la flota zarpara de nuevo a la
mayor brevedad, y el duque de Medinasidonia debía estar sobre Sarmiento y
Flores de Valdez para asegurarse de que no perdieran tiempo. Sarmiento
hacía ver, con justa razón, que ya había pasado la época para poder llegar al
estrecho en el verano y que convenía más aguardar en España el año
siguiente, pero los oficiales y el mismo rey no quisieron ni oír hablar de ello.
Las cartas del embajador de España en Inglaterra apremiaban más y más cada
día respecto a la necesidad de proteger el estrecho y así, el 9 de diciembre,
con sólo 16 naves y la promesa de otras posteriormente, zarpó la armada,
llevando, aparte de los marinos y soldados, a 153 pobladores con sus
familias, entre las cuales había 30 mujeres y 21 niños, 10 frailes y los tres
indios patagónicos.
El 25 de marzo, con vientos contrarios y calmas, llegaron a Rio de Janeiro
y resolvieron aguardar allí el verano austral. Unidas ya las dos coronas, los
españoles podían estar en Brasil como en tierra propia y rehacerse allí del
desgaste del viaje y proveerse de lo que necesitaran, aunque al parecer los
oficiales portugueses no se mostraron algo renuentes en eso de dar
bastimentos y lo que requirieran los navíos. Por otra parte, Sarmiento y
Flores de Valdez no dejaban de pelear y discutir, mientras la gente hacinada
en los navíos, bajo el sol tropical al que no estaba acostumbrada, enfermaba y
moría.
Por fin, el 2 de noviembre, con víveres ya escasos, zarparon de Rio de
Janeiro y a poco de navegar sobrevino una tempestad en la cual se perdió una
nao, La Riola, con 350 personas a bordo. Los colonos de Chile y su capitán
insistieron en quedarse en el río de la Plata para pasar a Chile por tierra,
cansados ya tanto del viaje por mar como de las constantes disputas entre
Sarmiento y Flores de Valdez. El 17 de febrero los barcos restantes llegaron
frente a la boca del estrecho y penetraron unas tres leguas dentro de la
primera bahía, en un día tranquilo y tibio. Sarmiento había pensado en fundar
allí una de las ciudades y ordenó que se anclara para al día siguiente
desembarcar a la gente y los pertrechos. Sarmiento ansiaba ese instante para
poder despachar a Flores de Valdez y quedarse solo en su gobernación, pero
el 18 amaneció brumoso y desde la mañana empezó a soplar el viento con tal
fuerza que tuvieron que levantar anclas y salir del estrecho, donde la
tempestad los detuvo tres días. Cuando amainó un poco el viento, se
encontraban al norte del cabo de las Vírgenes y Flores de Valdez, en lugar de
dar la orden de poner proa al sur y buscar nuevamente la embocadura, dio la
orden de poner proa a España, alegando que ya habían intentado todo lo
posible y que tratar de hacer más era poner en peligro la armada y a toda la
gente. Sarmiento acercó su nao a la del capitán general para hacerle ver que
esas tormentas eran cosa frecuente en esas latitudes y que lo conveniente era
refugiarse en río Gallegos y esperar el buen tiempo, pero Flores de Valdez,
“dando una castañeta”, se entró en su cámara y enfiló hacia el norte.
Sarmiento habló aun con el piloto Diego de la Ribera diciéndole que
abandonar la empresa era una traición al rey y que informaría de ello a Su
Majestad, a lo cual el piloto contestó, según el mismo Sarmiento: “No se me
da nada que lo sepa la reina” y viró hacia el norte. El resto de la flota no tuvo
más remedio que seguir a la capitana y en el mes de mayo llegaron de nuevo
a Rio de Janeiro donde, para gran gusto de Sarmiento, encontraron cuatro
naos con los refuerzos prometidos.
Flores de Valdez, para esas alturas, estaba convencido de que toda la
expedición era un error y de que Sarmiento no era capaz de dirigirla, con lo
cual propuso que él se regresaría a España y le dejaría a Sarmiento cinco
barcos, los marinos y soldados necesarios y los colonos, un total de 529
personas. Sarmiento tuvo que aceptar la oferta ya que, en esa coyuntura,
regresar a España hubiera sido olvidar para siempre los sueños de su
gobernación. Así, el 2 de diciembre zarpó nuevamente hacia el estrecho con
sus cinco naos comidas de broma para llegar al cabo de las Vírgenes el 31 de
enero y encontrar la ya tradicional tempestad. Sarmiento resolvió entonces
desembarcar a la gente al norte del cabo y llevarla por tierra hasta el sitio que
había marcado en la primera bahía. Así lo hizo y desembarcaron todos,
colonos, mujeres, niños, frailes y soldados y fundaron, con todas las
ceremonias de rigor, la ciudad de Nombre de Jesús. Hecho esto, resolvió
avanzar por tierra, estrecho adentro, hasta el sitio que había llamado Las
Fuentes para fundar la segunda ciudad, mientras que el barco que le quedaba
aún útil iría con los bastimentos, los cañones y los ganados. La marcha fue
tremenda entre los pantanos a la orilla del mar, sin encontrar comida más que
mariscos que tenían que sacar de las aguas heladas, y algunos lobos marinos,
en cuya caza no se mostraron muy diestros. Por fin llegaron al sitio y
habiendo encontrado allí al navío fundaron la ciudad de Rey Felipe, un poco
al poniente de donde ahora se encuentra la ciudad chilena de Punta Arenas. El
sitio estaba rodeado de bosques, pero no de aquellos que elogiara tanto
Sarmiento, a la manera europea, sino de árboles pequeños, retorcidos por el
viento en las más increíbles formas, de madera dura. El piso del bosque no
era un gran prado, sino un pantano impasable en verano y helado en invierno.
Una vez fundada la ciudad, Sarmiento resolvió regresar a la de Nombre
de Jesús en el barco, para traer más refuerzos y enviar otro barco a Brasil en
busca de mantenimientos, pero al llegar frente a la ciudad sobrevino un
vendaval y lo arrojó al Atlántico, con las velas completamente desgarradas y
el casco haciendo agua. La tempestad no amainaba, con lo cual resolvió
dirigirse a Brasil en busca de los esperados refuerzos. En Rio de Janeiro
convenció a los oficiales portugueses para que lo ayudaran, le escribió al rey
y zarpó de nuevo hacia el sur, pero las tempestades parecían querer proteger
al estrecho de la presencia de los hombres blancos y naufragó dos veces. De
regreso a Rio de Janeiro, comprendió que sólo en España podría encontrar la
ayuda necesaria, ya que los oficiales portugueses le negaban barcos y
bastimentos y, sobre todo, hombres. Pero la suerte lo había abandonado.
Entre Brasil y España, en una barca portuguesa, cayó en poder de unos
piratas ingleses que le robaron cuanto tenía y, al saber por el piloto de la nave
que era un gobernador español, lo llevaron preso a Londres pensando lograr
un muy buen rescate por él. En Inglaterra estuvo bastante tiempo como
prisionero, aunque bien tratado, y pudo entrevistarse con la reina. El pirata
que lo había apresado era hombre del famoso Guatarales, como los españoles
le llamaban a sir Walter Raleigh, y éste se interesó por su prisionero y
finalmente le dio la libertad. Sarmiento tomó de inmediato el camino de
España pensando en la gente que había dejado en su gobernación y la
necesidad que tendría seguramente de refuerzos y bastimentos, pero en
Burdeos cayó en poder de unos hugonotes franceses que a su vez le exigían
rescate. La situación en España se volvía caótica después de la derrota de la
Armada Invencible y nadie parecía ocuparse de la libertad del gobernador del
estrecho, así que no fue sino hasta 1590 cuando pudo llegar a España. Ya
para entonces su gobernación había terminado en tragedia y nunca regresó a
ella.
Mientras tanto, los colonos de las ciudades de Nombre de Jesús y de Rey
Felipe esperaban ansiosamente la ayuda ofrecida por el gobernador. El primer
invierno había sido mucho más riguroso de lo que esperaban y los víveres no
eran suficientes. Las semillas y ganados de Castilla no se daban en esas
tierras áridas y barridas por los vientos y pronto se vieron reducidos a vivir
casi exclusivamente, por lo menos durante el verano, de mariscos. Los de la
ciudad de Nombre de Jesús resolvieron, antes del segundo invierno, que no
podrían resistir allí y recordando lo que había dicho Sarmiento acerca de lo
ameno del sitio de la ciudad de Rey Felipe emigraron por la costa para
reunirse con sus compañeros. La marcha fue terrible. Casi desnudos, sin
comida, teniendo que detenerse a buscar mariscos en las playas y rocas entre
aguas siempre heladas, muchos fueron muriendo en el camino. Y cuando
llegaron a la ciudad de Rey Felipe se encontraron con que la situación allí era
semejante, cuando no peor a la que habían dejado. Pasó otro invierno;
murieron muchos. Algunos quisieron insubordinarse y fue necesario construir
una horca en la plaza y ahorcar a varios. Los indios empezaron a merodear,
no los indios amables que había pintado Sarmiento, sino indios nómadas que
lograron robarse a algunas de las mujeres. Antes del tercer invierno, al ver
que no llegaban refuerzos, que definitivamente era imposible cosechar trigo o
cualquier otra planta en esas tierras, y que los ganados habían desaparecido,
un grupo grande resolvió regresar a la ciudad de Nombre de Jesús y murió en
la nieve durante el trayecto. En la primavera quedaban 16 hombres y mujeres
en la ciudad de Rey Felipe. Resolvieron abandonarla y caminar junto al
estrecho en busca de sus compañeros, cuya suerte ignoraban, y con los ojos
clavados en el mar por donde habrían de llegar seguramente los refuerzos
prometidos. Recordaban seguramente que la corona siempre, como en el caso
de Magallanes, de Loayza y de Villalobos, había hecho lo imposible por
recoger a los españoles que habían quedado abandonados en cualquier rincón
del mundo. No podía ahora fallar, sobre todo porque esta empresa era una de
las más grandes y más importantes que habían salido de España y, se les
había dicho mil veces, la fortificación del estrecho era asunto vital para el
imperio. Pero pasaban los días y no llegaban los barcos salvadores.
Sosteniéndose unos a otros, cubiertos por harapos y pieles, los arcabuces en
las manos pero inútiles por falta de pólvora, caminaban por la playa buscando
mariscos. Quisieron cazar unos lobos marinos, pero estaban tan débiles que
tres hombres murieron en el intento. Por fin, un día tres hombres vieron a lo
lejos unas velas. Eran tres navíos que avanzaban por las aguas serenas del
estrecho. Hicieron señas como pudieron y pronto los navíos se pusieron al
pairo y una lancha se desprendió de uno de ellos. Los tres españoles se
metieron en el agua y de la lancha les informaron que no era el socorro que
esperaban, sino una flotilla inglesa al mando del capitán Thomas Cavendish.
Los españoles retrocedieron asustados y los ingleses les gritaron que si
querían salir de ese infierno saltaran a la lancha. Uno de ellos, Tomé
Hernández, subió a la lancha, los otros dos no pudieron alcanzarla y se
quedaron en tierra. Años más tarde otro más fue rescatado, también por un
pirata inglés, un tal Marrick.
Cavendish ancló en la ciudad de Rey Felipe. Encontró unas cuantas
chozas casi derruidas por el viento, un fuerte a medio construir, cañones
inservibles abandonados en la playa y una horca en la mitad de la plaza, de la
cual pendían tres cadáveres momificados. Con muy justa razón le cambió el
nombre por el de Puerto del Hambre. Thomas Cavendish había salido de
Inglaterra un año antes tras las huellas y la fama de Drake, pensando en
repetir su hazaña. Logró cruzar el estrecho sin dificultades, pero al llegar a las
costas de Chile se encontró con que los españoles ya estaban sobre aviso y
con defensas preparadas. Sin hacer presas de importancia, se remontó hasta
las costas de la Nueva España, y frente al cabo San Lucas esperó el paso del
Galeón de Manila. El 4 de noviembre de 1587 el vigía dio la voz de que se
acercaba el galeón esperado y con los dos barcos que le quedaban, el Content
y el Desire, salieron los ingleses a perseguirlo. Era el Santa Ana, al mando de
Tomás de Alzola, de 600 toneladas, que llevaba como piloto a Sebastián
Vizcaíno. Cavendish atacó con su artillería y se sorprendió al ver que el
galeón no contestaba el fuego ni hacía intentos de sacar sus cañones. Se
acercó a él y le disparó una andanada casi a boca de jarro. Desde el castillo de
popa del Santa Ana cayeron sobre el Desire piedras, flechas, jabalinas, palos,
pero ni un disparo. Por fin los corsarios ingleses entraron al abordaje y con
poco trabajo se adueñaron de la nave y se dieron cuenta de que no llevaba
cañones ni arcabuces. A pesar de esas condiciones de lucha, el Santa Ana se
defendió durante seis horas.
Cavendish le exigió al capitán el registro de la mercancía y se dio cuenta
de que había capturado el barco más rico que jamás cayera en manos de un
pirata. Había 122 000 pesos de oro de Filipinas y gran cantidad de sedas,
damascos, bálsamos, especias. El gobernador Vera de las Filipinas declaró
que el precio de la mercancía, en Acapulco, hubiera sido de más de dos
millones de pesos de a ocho, sin contar algunas cantidades de oro que no
habían sido declaradas. Los ingleses pasaron lo mejor de la mercancía a sus
barcos, que toda no podían llevarla, y desembarcaron a 179 españoles en la
costa después de ahorcar, por razones no bien explicadas, a fray Juan de
Almendáriz. Hecho esto, soltaron el galeón y le prendieron fuego y se
alejaron rumbo al norte. En la playa, Vizcaíno organizó a algunos hombres,
pudo llegar hasta el galeón, apagar el fuego, recoger al resto y llegar a
Acapulco con el triste saldo de la mercancía y la aún más triste historia, que
significaba la ruina para muchos vecinos de Manila.
Del cabo del Espíritu Santo, guiado por un piloto español que tomó del
Santa Ana, Cavendish se dirigió directamente a Guam. En el trayecto, el
Content desapareció para siempre y, con el Desire sólo, llegó a las Filipinas
donde trató de incendiar un galeón que se estaba construyendo en Arévalo, al
sur de Panay. No tuvo éxito en esta empresa y, dado que llevaba su barco
cargado de tesoros, resolvió seguir lo más pronto posible hacia Inglaterra.
Antes de dejar las Filipinas ahorcó al piloto Alonso de Valladolid porque
había intentado comunicarse con unos españoles y darles la noticia de la
llegada del pirata. En septiembre de 1588, a los pocos días de la derrota de la
Armada Invencible, Cavendish regresaba a Inglaterra cargado de riquezas.
En 1591 Cavendish intentó un nuevo viaje al Pacífico pensando tal vez
cumplir la amenaza que le había hecho por carta al gobernador Vera de
Filipinas de saquear Manila, pero no pudo cruzar el estrecho y tuvo que
regresar a Inglaterra sin haber logrado botín alguno. Dos años más tarde
Richard Hawkins, hijo de sir John, hizo un nuevo intento de piratería en el
Pacífico, pero en esta ocasión no sólo con la idea de saltear barcos y puertos,
sino de fundar un imperio colonial inglés en las islas del Japón, las Filipinas o
las Molucas. Logró cruzar el estrecho con facilidad, pero su tripulación lo
obligó a tomar el rumbo de la costa de Chile con la intención de saquear
algunos pueblos y así cayeron sobre Valparaíso, que lograron tomar con muy
poco provecho económico. Esto alertó a los españoles que ya tenían naves de
guerra listas y seis de ellas le dieron alcance frente a Atacames, en las costas
de la actual república del Ecuador. Hawkins fue hecho prisionero y llevado a
Lima, pero con el tiempo se le puso en libertad y regresó a Inglaterra, donde
murió ya muy anciano.
Con Hawkins acabaron las grandes empresas piratas inglesas al Pacífico,
hasta que se reanudan en el siglo XVIII, pero la expansión comercial inglesa
siguió su camino y en Londres la Compañía de las Indias Orientales recibió
su Royal Charter para dedicarse a empresas de comercio en las Indias
Orientales, y se organizaron viajes siguiendo la ruta portuguesa, hasta las
Molucas. En Amboyna, los ingleses llegaron a fundar una factoría, así como
en las costas de la India. También se hizo sentir la necesidad de una
expansión territorial, promovida desde antes, como ya hemos visto, por sir
Walter Raleigh y se inició la emigración a las costas americanas del Atlántico
que habrían de convertirse en las Trece Colonias y posteriormente en los
Estados Unidos de América. Que en aquellos años ya se veía esta expansión
como una necesidad de espacio vital, lo vemos en la obra The Maid of
Honour del dramaturgo isabelino Phillip Massinger, cuando dice:

And we by force must fetch in what is wanting


Or precious to uso Add to this, we are
A populous nation, and increase so fast,
That if we by our providence are not sent
Abroad in colonies…
We must starve
Or eat up one another[*]

Ese término, “por nuestra propia providencia”, bien podía referirse a las
grandes compañías, como la de Virginia o la de la bahía de Massachusetts,
que intentaban formar colonias en las cuales acomodar a la población
sobrante de Inglaterra y a los disidentes en materia religiosa. Pero otras
muchas sólo se ocupaban del comercio, de abrir rutas, establecer factorías y,
posteriormente, por necesidades lógicas, fortalezas. Entre éstas cabe señalar
la de los Mercaderes Aventureros de Londres, la de Moscovia, la del Levante
y la mayor de todas, la de las Indias Orientales o East India Company. Esta
última es, de hecho, el origen de todo el Imperio británico en Asia, tanto en la
India como en las islas y en Malasia. Eran, por lo tanto, dos intentos
completamente diferentes: el uno de expansión territorial, pequeño y limitado
a las costas de América del Norte, y el otro, comercial, que terminará siendo
también territorial, extendido a todo el resto del mundo. Pero en el siglo XVII
la empresa más importante era la comercial, y las grandes compañías
lograron tales riquezas que, en varias ocasiones, pudieron refaccionar a la
corona. Este sistema de expansión, aparte de fomentar las industrias inglesas,
sobre todo la de hilados y tejidos y la del acero, creó esa clase marinera que
habría de ser el espinazo del imperio del siglo XIX.
A la muerte de Isabel I y la coronación de Jacobo de Escocia, Inglaterra y
Gales tenían más o menos cuatro millones de habitantes y Escocia se
acercaba a los dos millones. La ciudad de Londres había crecido
notablemente en población, llegando tal vez a los 70 000 habitantes, y en
riqueza, aunque seguía siendo una ciudad llena de miseria, de malos olores y
de barrios paupérrimos donde las plagas hacían su agosto con frecuencia. A
pesar de ello, había gran cantidad de mercaderes ricos, y cuando la corte y el
Parlamento se reunían el lujo era extraordinario. Era, además, el principal
puerto del país, seguida por Bristol. Las principales estructuras sociales
inglesas estaban ya perfectamente delineadas, pero la alta nobleza, los squires
o caballeros y los mercaderes ricos empezaban a fundirse. El poseer tierras
era el símbolo de un caballero y los comerciantes de Londres y otras ciudades
importantes se afanaban por adquirirlas, para que sus hijos fueran aceptados
entre el gentry o baja nobleza. La clase artesana iba cobrando importancia,
pero su situación era aún miserable, aunque no tanto como la del campesino
que no acababa de salir de su estado medieval de servidumbre. En la alta
política, las ideologías partidaristas se mezclaban siempre con ideologías
religiosas y desde tiempos de Isabel I se había iniciado una lucha sorda entre
la Iglesia de Inglaterra y las sectas más estrechas, sobre todo el puritanismo.
Como el rey era la cabeza visible de la Iglesia de Inglaterra, el Parlamento
estaba dirigido generalmente por la pequeña nobleza puritana y por los
mercaderes. Mientras vivió Isabel, su enorme prestigio y su unión con el
pueblo, basada sobre todo en la lucha contra el catolicismo y España, que
unificaba a todos los ingleses, estas divergencias no se hicieron notables.
Pero con Jacobo I el Parlamento empezó a inquietarse, a negarle fondos al rey
y a tratar de restarle facultades políticas. Esta situación llegó a su cumbre
bajo Carlos I y provocó la rebelión del Parlamento, la ejecución del rey y el
periodo de la dictadura de Cromwell, el lord Protector, símbolo y entraña del
puritanismo. Esta larga lucha entre el Parlamento y la corona frenó por un
tiempo la expansión comercial inglesa y le dio tiempo a los holandeses para
que ocuparan su lugar. Pero en cambio activó la expansión territorial, ya que
por razones de religión muchos grupos emigraron a las colonias de América.
La unión de España y Portugal y la derrota de la Armada Invencible tuvo
enormes repercusiones y consecuencias en Europa. Ya hemos visto cómo en
Inglaterra fue el principio de las grandes empresas piratas y mercantiles y del
dominio de los mares por los ingleses. Los holandeses, en larga rebeldía
contra España, fundamentalmente por razones religiosas, y que habían
logrado ya liberar las grandes ciudades del norte, vieron que con la unión de
España y Portugal se les cerraba el comercio ya tradicional de las especias en
Lisboa. Estas ciudades mercantiles se habían convertido, desde principios del
siglo XVI con la expansión portuguesa, en el centro distribuidor para Europa
de todos los productos del Oriente, sustituyendo en esto a Venecia y Génova.
Pero, al tomar Felipe II, enemigo de esas ciudades rebeldes, la dirección de
los asuntos de Portugal, este comercio peligraba. Con la derrota de la Armada
Invencible vieron los mercaderes de Holanda la posibilidad de lanzarse de
lleno a los mares y sustituir a los portugueses como intermediarios de ese
comercio con Oriente.
Con toda seguridad, desde hacía muchos años estaban bien enterados de
la situación de los lusitanos en Asia y de la decadencia de su imperio.
Sabemos que muchos holandeses habían viajado hasta la India y Macao en
los barcos portugueses y hasta los ingleses realizaban esos viajes, como
consta por la carta que en 1579 un tal Thomas Stevens le escribe a su padre
desde Goa. Por lo tanto, conocían las rutas y los lugares en los cuales había
mercados importantes de productos orientales. Sabían también que los
portugueses iban perdiendo poco a poco su poderío en Asia y que en varias
partes, como en las Molucas mismas, en Java y Sumatra, se habían formado
reinos nativos, tanto musulmanes como hindúes, que disputaban los mercados
a los portugueses y frente a la misma ciudad de Malaca, señora de los
estrechos y llave del mar de China, se habían establecido competidores
musulmanes en el sultanato de Atje, en Sumatra y Johore. Los mahometanos
intentaron varias veces la reconquista de Malaca, ayudados por los turcos, así
como en las Molucas se perdió Ternate y los portugueses se vieron obligados
a buscar otras fuentes de abastecimiento en las Célebes y Borneo. Estos
estados musulmanes volvieron a abrir la ruta de comercio por el golfo
Pérsico, y Portugal ya no tenía el poder suficiente para detenerlos. Era, en
pocas palabras, un enorme imperio que se desbarataba por todos lados y la
ayuda que pudieran prestarle los españoles, con escasos barcos después del
desastre de la armada, era escasa. En las Molucas pudieron contener la
liquidación total y sostener por un tiempo la factoría de Tidore, pero se
perdió Amboyna. En la India, en Malaca y en las costas africanas no podían
hacer nada y hasta el Brasil se encontraba prácticamente desguarnecido.
Con este conocimiento, los astutos mercaderes de Holanda
comprendieron que había llegado el momento de intervenir en el Oriente, ya
que España y Portugal no podían impedir sus viajes por falta de navíos. En
1592 un grupo de estos mercaderes resolvió formar una compañía para el
tráfico con la India y en 1599 salió la primera flota holandesa, de cuatro naos,
bajo las órdenes de Cornelius de Houtman, quien había vivido algunos años
en Lisboa y estaba informado de todas las rutas. Houtman logró llegar hasta
la actual Indonesia y traficar entre las islas comprando especias. Aunque en el
viaje murieron 150 hombres de una dotación de 259, la empresa le reportó a
los armadores una utilidad de 80 000 florines. Ante tan buen resultado,
resolvieron ampliar la compañía, que fue reconocida por los Estados
Generales el 20 de marzo de 1602 como Compañía Unida de las Indias
Orientales. En el acta de reconocimiento se le asignaba un monopolio total de
ese comercio con el Oriente y el derecho de celebrar, a nombre de las
ciudades holandesas, tratados con los reyes y señores de las tierras a las
cuales llegaran, de fundar ciudades, factorías y fortalezas, de concertar
alianzas, conquistar territorios y armar flotas de comercio y de guerra. Dos