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Peck Scott 1

La Nueva Comunidad Humana

LA NUEVA COMUNIDAD HUMANA 1


Apartes Tomados de:
Scottt Peck: La nueva Comunidad humana.
Editorial Emecé Buenos Aires, 1991.

INTRODUCCION2

La salvación del mundo es la comunidad: sólo se puede lograr a través de ésta.


No hay nada más importante. Sin embargo, es casi imposible transmitir el sentido
comunitario a quien jamás lo ha experimentado… y es el caso de la mayoría de la
gente. Es como tratar de describir el sabor del alcaucil a quien nunca lo ha
tomado. Con todo, hay que intentarlo. Porque la raza humana se encuentra al
borde de la autoaniquilación.

Se dice que las víctimas de Hiroshima y Nagasaki vagaban a ciegas por las calles,
arrastrando su propio pellejo hecho jirones. Tengo miedo por mi pellejo y aún más
por el de mis hijos. Y por el de ustedes. Quiero salvar mi pellejo. Lo necesito, y
usted a mí, para salvarnos. Debemos construirnos en comunidad. Nos
necesitamos mutuamente.

Son muy pocos los que poseen el sentido de comunidad y muchos los que saben
que la primera prioridad de la civilización es la paz; por eso, el título que elegí
inicialmente para este libro es “pacificación y comunidad”. Después comprendí que
eso era poner el carro delante de los caballos. Porque no entiendo cómo los
norteamericanos nos comunicaremos de manera efectiva con los rusos (o con
cualquier otro pueblo de cultura distinta de la nuestra, si no sabemos
comunicarnos con el vecino de al lado, ni hablar del vecino de otro barrio. La
comunicación es como la caridad; bien entendida, empieza por casa. Tal vez la
militancia por la paz debe comenzar en escala pequeña. No quiero decir con ello
que debemos abandonar los esfuerzos por la paz mundial. Pero me parece difícil
que avancemos hacia la comunidad mundial -la única manera de llegar a la paz
internacional– sin aprender los principios elementales de la comunidad en
nuestras propias vidas y esferas de influencia.

*****

Por consiguiente, escribo desde mi cultura particular como ciudadano de los


Estados Unidos y desde mi fe cristiana. Si alguien se ofende por ello, le recuerdo
que su responsabilidad es aceptar mi particularidad, mi individualidad, así como la
1
Para efectos del desarrollo de uno de los temas a trabajar en la unidad de significación de
Orientación y Relación de ayuda, en el III Ciclo de la Especialización en Educación y Orientación
Familiar de la FUM, se han elegido: la Introducción y los capítulos III, IV, V y VI del libro de Scott
Peck: La nueva comunidad humana. Quienes deseen profundizar sobre el tema de comunidad
pueden acceder al texto completo que se encuentra en la Biblioteca de nuestra institución.
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Scott Peck. Bliss Road. New Preston. Connecticut.
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mía es aceptar la suya. Y que en el espíritu comunitario, que incluye todas las
confesiones y culturas sin eliminarlas, está la cura del “meollo de los grandes
problemas contemporáneos”.

ETAPAS DE CONSTRUCCION DE LA COMUNIDAD

Las comunidades son únicas. Como los individuos. Sin embargo, todos
participamos de la condición humana. Por eso los grupos que se reúnen con el
propósito de realizarse como comunidades siguen por lo general un proceso
dividido en varias etapas. Éstas son, en su orden: Seudo comunidad, caos,
vacío y Comunidad. No todos los grupos que se convierten en comunidades
siguen este paradigma. Por ejemplo, las comunidades que se forman ante una
crisis suelen saltar una o más etapas. Yo no trato de imponer- le esta fórmula al
proceso. Pero cuando se forma una comunidad por artificio, el orden natural y
habitual de los hechos es el mencionado.3

Seudo comunidad: La primera actitud de los grupos que tratan de convertirse en


comunidades es fingir que ya lo son. Con ese fin, los miembros se tratan con
extrema cordialidad y evitan cualquier disenso. Este intento de fingir que se es una
comunidad es lo que llamo "seudo comunidad". Jamás funciona.

Recuerdo que mi primera vivencia de la seudo comunidad me dejó atónito, sobre


todo porque se trataba de un grupo de gente experta en el tema. Sucedió en un
grupo formado en el barrio newyorquino de Greenwich Village por personas
sumamente cultas y motivadas. Muchos se habían sometido a psicoanálisis
durante Períodos extensos y estaban habituados a mostrarse "vulnerables en
forma no espontánea". A los pocos minutos de iniciada la reunión, ya estaban
hablando de sus vidas íntimas hasta en los detalles más recónditos. En el primer
descanso empezaron a abrazarse. Uno, dos, tres... ¡comunidad!

Pero faltaba algo. Al principio pensé: "esto sí que va a ser fácil, no hay
absolutamente ningún problema". Pero conforme pasaban las horas empecé a
sentir una vaga inquietud, sin poder identificar el problema. El ámbito comunitario
siempre despertaba en mí una maravillosa sensación de alegría que me faltaba en
esta ocasión. En todo caso, me sentía un poco aburrido. Sin embargo, la conducta
del grupo era la de una verdadera comunidad. No sabía qué hacer. Ni siquiera
sabía si era conveniente hacer algo, así que los dejé actuar hasta el final del día.

Esa noche dormí mal. Hacia el amanecer, sin tener la menor idea sobre qué era lo
más conveniente, decidí expresar mis sentimientos. La segunda mañana, cuando
nos reunimos, dije: "Ustedes son un grupo de personas de altísimo nivel
intelectual. Es por eso, creo yo, que aparentemente nos constituimos en

3
Otros conductores de grupos que se han realizado como comunidades han descubierto que
existen etapas en el proceso. Incluso tienen una fórmula para recordarlas: “formación, agresión,
normación, función". Pero ésta, aunque no del todo inútil, es incompleta en el mejor de los casos.
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comunidad ayer con tanta facilidad y rapidez. Pero me pareció demasiado fácil y
rápido. Tengo la extraña sensación de que nos falta algo: que todavía no somos
una verdadera comunidad. Hagamos un período de silencio, a ver cómo
reaccionamos".

¡Y cómo reaccionaron! Faltaban cinco minutos para concluir el período de silencio,


cuando estas personas tan cordiales y afectuosas empezaron a agredirse de la
manera más brutal. Añoraban decenas de rencores que habían permanecido
ocultos el día anterior. Los participantes se atacaban con furia, esgrimían
ideologías y teologías. ¡Fue un caos descomunal! Finalmente, pudimos retomar el
trabajo de construcción de una verdadera comunidad y llevarlo a término con
éxito. Pero hasta el momento del caos. Ese grupo; a pesar de su nivel cultural,
sólo había conseguido demorar el proceso durante un día entero.

Esta historia tiene dos moralejas. La primera es: cuidado con las comunidades
instantáneas. El proceso necesita tiempo, además de esfuerzo y sacrificio. No es
fácil. La segunda es que se puede construir una comunidad con gente menos culta
con la misma facilidad que con aquéllos. El proceso más rápido y efectivo que he
vivido fue el de un grupo de dirigentes cívicos de un pueblo del medio oeste cuyos
conocimientos de psicología eran escasos, por no decir nulos. Por el contrario, los
sectores más cultos suelen ser más hábiles para fingir.

En la etapa de la seudo comunidad, el grupo trata de hallar un camino fácil a la


comunidad por medio de la pretensión. No es una actitud maligna y consciente de
mentir. Más bien es un proceso inconsciente en el cual las personas que desean
mostrarse afectuosas tratan de hacerlo por medio de pequeñas mentiras y
ocultando algunos aspectos de sus sentimientos a fin de evitar los conflictos. Pero
es una ficción. Un atajo tentador pero ilegítimo que no conduce a lugar alguno.

La dinámica esencial de la seudo comunidad es la evitación de conflictos. La


ausencia de ellos no basta para hacer un diagnóstico. En las verdaderas
comunidades se suelen producir hermosos y prolongados periodos en los que no
hay conflictos, pero eso es porque han aprendido a manejarlos, no a evitarlos. La
seudo comunidad evade los conflictos, la verdadera comunidad los resuelve.

Lo característico de la seudo comunidad es la minimización, el no reconocimiento


o el desconocimiento de las diferencias individuales. Las personas amables están
tan habituadas a demostrar su buena educación que son capaces de exhibir
buenos modales sin si- quiera pensar en lo que hacen. En la seudo comunidad,
las cosas suceden como si todos los miembros observaran las mismas normas de
urbanidad. Esas normas son: no haga ni diga nada que pueda ofender a otro; si
otro hace o dice algo que lo ofende, molesta o irrita, actúe como si no hubiera
sucedido y finja que no siente la menor contrariedad; si aparecen señales de
disenso, cambie de tema cuanto antes y con la mayor destreza. Cualquier dueña
de casa y anfitriona conoce estas normas. Es fácil ver como ayudan al
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funcionamiento del grupo. Al mismo tiempo, anulan la individualidad, la intimidad y


la franqueza, y cuanto más se prolonga su aplicación, más aburrida es la reunión.

En el fondo, la seudo comunidad pretende negar las diferencias individuales. Los


participantes actúan como si compartieran la misma fe en Jesucristo, la misma
actitud hacia los rusos, incluso el mismo origen familiar. Una de las características
de la seudo comunidad es que la gente tiende a hablar de generalidades. .'El
divorcio es una experiencia horrible", dice uno. O bien, “hay que confiar en el
instinto”. O, “reconozcamos que nuestros padres actuaban con la mejor buena
voluntad". O, cuando uno descubre a Dios, ya no existe el miedo". O, 'Jesús nos
redimió de nuestros pecados".

Otra característica es que los miembros observan un silencio complice ante


semejantes generalizaciones. Uno pensará, yo descubrí a Dios hace veinte años y
todavía tengo miedo, pero es mejor que el grupo no se entere". Con tal de evitar
los conflictos, callan sus sentimientos e incluso asienten cada vez que alguien dice
una verdad universal. La presión para evitar el disenso suele ser tan fuerte, que
los comunicadores más experimentados, aunque conscientes de que la afinación
de generalidades impide la verdadera comunicación, se ven inhibidos de replicar a
lo que les parece equivocado. Ante semejante inhibición, un marciano que
observara el funcionamiento del grupo llegaría a la conclusión de que los terrícolas
son muy distintos por fuera, pero muy parecidos por dentro, y por añadidura, muy
aburridos.

Mi experiencia indica que la mayoría de los grupos autotitulados “comunidades"


son seudo comunidades. Pregúntese el lector si, por ejemplo, la mayoría de las
iglesias alientan o desalientan la expresión de diferencias individuales. El
conformismo característico de la primera etapa de la creación de la comunidad,
¿es la excepción o la regla en la sociedad? Tal vez, para muchas personas no
existe nada más allá de la seudo comunidad. Después de esa experiencia con el
grupo de Greenwich Village aprendí a reconocer precozmente la seudo comunidad
ya interrumpirla sin darle tiempo a florecer. A veces basta replicar a las
perogrulladas o las generalizaciones. Si María dice que el divorcio es una
experiencia horrible, yo comentaré:

- Ésa es una generalidad, María. Permítame que la use como


ejemplo para todo el grupo. Para aprender a comunicarse, hay
que utilizar la primera persona, decir "yo" y ”mi”. Por favor,
modifique la oración y diga, "mi divorcio fue para mí una
experiencia horrible".
- De acuerdo –asiente María-. Mi divorcio fue para mí una
experiencia horrible.
- Me alegro que modificara su afirmación -dirá entonces Teresa-
, porque divorciarme fue lo mejor que hice en los últimos veinte
años.
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Una vez que se permite y se alienta que afloren las diferencias individuales, el
grupo avanzará casi inmediatamente a la segunda etapa del proceso: el caos.

Caos: El caos siempre gira en tomo de los intentos de curación y conversión que
ensayan algunas personas, de buena fe pero equivocadas. Daré un ejemplo
prototípico. Comienza con un período de silencio incómodo, después del cual
alguien dice:

-Vine a este taller porque tengo tal y tal problema y pensé que
hallaría la solución aquí.
- Conozco ese problema por experiencia propia- dice -. Hice
esto y aquello y lo resolví.
- Yo lo intenté dice el primero-, pero no solucioné nada.
- Cuando acepté a Jesús como mi Señor y mi Salvador –tercia
otro- resolví ese problema y en realidad, todos mis problemas.
- Perdóneme, pero eso de que Jesús es el Señor y el Salvador,
para mí es cháchara -insiste el primero-. No me interesa.
- A mí en cambio me da asco, dice un cuarto.
- Pero es la verdad -exclama un quinto-. Así empieza.

La mayoría de las personas resiste los cambios. Por eso unos insisten en curar y
convertir a los otros y éstos a los primeros, para fastidio de todos. Es un verdadero
caos. El caos, más que una situación, es parte esencial del proceso de creación
de la comunidad. Por eso, a diferencia de la seudo comunidad, no basta adquirir
conciencia de él para que desaparezca. Después de un período de caos, cuando
yo digo que "aparentemente no hacemos muchos progresos como comunidad",
alguien dirá, "en efecto, y es por esto", y otro responderá, no, se debe a esto otro",
y vuelta a empezar.

En la etapa del caos, a diferencia de la seudo comunidad, las diferencias


individuales salen a la luz. El grupo no trata de ocultarlas ni negarlas, sino de
eliminarlas. El motivo que subyace tras los intentos de curar y convertir no es tanto
el amor como el deseo de normalizar... y el de ganar, es decir, imponer las normas
propias sobre las ajenas.

El deseo de convertir no siempre se centra en cuestiones teológicas. En el grupo


de dirigentes cívicos mencionado anteriormente, el eje del caos fueron las
diferencias entre los miembros sobre las necesidades más apremiantes de la
ciudad. Una sostenía que lo más importante era conseguir viviendas para los sin
techo. Para otro, el problema crítico era las relaciones entre patrones y obreros.
Otro sostenía que el problema esencial era poner fin al maltrato de los niños. Cada
una de estas personas altruistas tenía su propio proyecto, que trataba de imponer
sobre el de los demás.

El caos es una etapa de lucha y de conflicto. Pero ésa no es su esencia. También


hay lucha y conflicto en las comunidades plenamente realizadas, sólo que éstas
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han aprendido a manejarlo de manera eficaz. En la etapa del caos, el conflicto es


caótico. Es ruidoso' no es creativo ni constructivo. El disenso que surge en la
comunidad es afectuoso, respetuoso y en general sereno, incluso pacífico, ya que
cada miembro se esfuerza por escuchar a los demás. En ocasiones, la discusión
en el seno de una comunidad madura se vuelve acalorada. Pero aun así es
productiva. Y en definitiva lleva al consenso. No sucede lo mismo en el caos. Este,
como la seudo comunidad, suele ser aburrido: los miembros se agreden
constantemente y sin resultado. No tiene elegancia ni ritmo. La sensación
predominante que llega a un observador es la de desesperación. El conflicto no
avanza ni retrocede, es estéril. Nadie se divierte.

El caos es una etapa tan desagradable, que los miembros se agreden entre ellos y
también al conductor del grupo. "Estas riñas indican una falta de conducción
efectiva -dicen-. Merecemos una mejor conducción que la que nos brindas tú,
Scotty". En un sentido, tienen razón; el caos es una reacción natural ante la
relativa falta de conducción. Un líder autoritario -un dictador- que les asignara
tareas y objetivos concretos evitaría el caos fácilmente. El problema es que un
grupo dirigido por un dictador no es ni puede ser una comunidad, que es
incompatible con el totalitarismo.

En respuesta al vacío de dirección propio de la etapa caótica de desarrollo de la


comunidad, con frecuencia algún miembro del grupo (por lo general, un hombre)
tratará de ocupar ese lugar. Dirá: "vean, así no llegamos a ninguna parte. Por qué
no hacemos una ronda en la que cada cual hable un poco de sí mismo". O bien:
"Por qué no nos dividimos en grupos de seis u ocho, y así llegaremos a algún
lado". O incluso: "Por qué no formamos un subcomité que elabore una definición
de comunidad. Así sabremos adónde queremos llegar."

El problema no es que surjan "líderes secundarios "sino la clase de soluciones que


proponen, que casi siempre consisten en "refugiarse en una organización". Es
verdad que la organización es una solución al caos. Más aún, su objetivo principal
es minimizarlo. El problema es que organización y comunidad también son
incompatibles. Con comités y presidentes no se realiza la comunidad. No quiero
decir con ello que es imposible que surja cierto grado de comunidad en el seno de
una empresa, una iglesia u otra organización. No soy anarquista. Pero una
organización sólo puede dar lugar a un cierto grado de comunidad en su seno en
la medida que está dispuesta a tolerar una cierta falta de estructuración. Si el
objetivo es construir una comunidad, la organización no es una solución viable al
caos.

La duración de la etapa caótica es variable, de acuerdo con la naturaleza del


conductor y la del grupo. Algunos salen de ella apenas les muestro la salida. Otros
resisten la solución durante horas, a pesar de que es una etapa dolorosa y
desagradable. En la época de los grupos de sensibilización, algunos jamás salían
de la etapa de caos improductivo.
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La solución del caos no es fácil. Es una etapa tan improductiva y desagradable


que puede parecer una degeneración con respecto a la seudo comunidad. Con
todo, no es lo peor que le puede suceder a un grupo. Hace años tuve la
oportunidad de entrar en contacto con una feligresía grande que se encontraba en
estado de caos. Años antes, la congregación había elegido a un pastor muy
dinámico. Su estilo resultó más asertivo de lo que habían pensado. Cuando los
visité, un tercio de los miembros sentían un profundo rechazo por ese estilo de
conducción, pero la mayoría estaba más que satisfecha. El disenso había aflorado
de la manera más enérgica, hasta convertirse en un cisma, para gran dolor de los
miembros. Sin embargo, yo descubrí una gran vitalidad en su franqueza, en la
manera de expresar sus sufrimientos y en su firme decisión de seguir unidos a
pesar de los enfrentamientos. Yo no estaba en posición de darles una solución,
pero sí un poco de consuelo al decirles que había más vitalidad en su
congregación que en la mayoría de los grupos religiosos.

- El caos que ustedes padecen es mejor que la seudo


comunidad -les dije-. No son una comunidad sana, pero sí son
capaces de afrontar los problemas. Es mejor pelear que fingir
que la división no existe. Duele, pero es un comienzo. Ustedes
son conscientes de la necesidad de superar el fraccionalismo, lo
cual es infinitamente más prometedor que fingir que no pasa
nada.

Vacío: Existen sólo dos maneras de superar el caos -diré yo después de un buen
período de discusión estéril-. Una de ellas es la organización. Pero ésta nunca
conduce a la realización de la comunidad. La otra es en y por medio del vacío. En
la mayoría de los casos, el grupo hace caso omiso de mi intervención y sigue su
disputa. Dejo pasar un lapso y vuelvo a intervenir:

- Hace un rato sugerí que la única manera de pasar del caos a


la comunidad es en y por medio del vacío, pero parece que no
les interesa mi sugerencia.

Sigue la risa, hasta que alguien dice con fastidio:

- Bueno, por qué no nos explica qué es eso del vacío. No es


casual que el grupo acoja mi sugerencia con tanta frialdad. El
problema no está en las connotaciones místicas de un término y
un concepto como es el "vacío". La gente es astuta, en los
rincones más oscuros de su conciencia sabe más de lo que
quiere saber. Apenas escucha esa palabra, presiente lo que
sucederá, y no tiene el menor descuido asumirlo.

El vacío es lo más difícil del proceso, ya la vez la etapa crucial. Es la transición del
caos a la comunidad. Por fin, cuando me preguntan qué significa vacío, les
explico que deben despojarse de todos los obstáculos que impiden la
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comunicación. Utilizando ejemplos de la conducta que han evidenciado durante el


caos, les muestro que sus cabezas están tan llenas de sensaciones,
presupuestos, ideas y motivaciones, que son absolutamente impermeables a los
que les viene de afuera. El proceso de despojarse de esos obstáculos es la clave
de la transición del individualismo "rudo" al "blando". Los obstáculos más comunes
(e interrelacionados) que impiden la comunicación y de los cuales es necesario
despojarse para realizar la comunidad son:

Expectativas y preconceptos. La construcción de una comunidad es una


aventura. Un paso hacia lo desconocido. El vacío de lo desconocido aterra a la
gente. Por eso sus cabezas están llenas de expectativas falsas sobre la
experiencia que van a realizar. Los seres humanos raramente enfrentamos una
nueva situación sin tener preconceptos. Esta conducta suele ser útil, pero a veces
(y en el caso de la comunidad, siempre) es destructiva. Mientras no nos
despojamos de nuestras expectativas y dejemos de adular a los demás y nuestras
relaciones con ellos se basen en esquemas preconcebidos, no podemos oír,
escuchar ni vivenciar. "La vida es lo que nos sucede mientras hacemos planes",
dice un dicho sabio. A pesar de ello, nos es difícil entrar en una nueva situación
con la mente abierta (vacía).

Prejuicios. Los prejuicios suelen ser más inconscientes que conscientes, y


son de dos clases. Unos son los juicios que formulamos sobre las personas sin
haber tenido la menor oportunidad de hacer una experiencia con ellas. Por
ejemplo, cuando nos presentan a un extraño y pensamos: "Es afeminado. Pobre
infeliz". O bien: "Tiene cara de noventa años, seguro que está senil". Otros, más
comunes, los formulamos sobre la base de una experiencia muy breve y limitada.
En todos los grupos que he dirigido, he llegado en un primer momento a la
conclusión de que tal o cual miembro es un verdadero "idiota", para descubrir
luego que es una persona de grandes valores. Desconfío de la comunidad
instantánea, entre otros motivos, porque la construcción de una comunidad
requiere tiempo: el tiempo necesario para adquirir conciencia de nuestros
prejuicios y despojarnos de ellos.

Ideología, teología, soluciones. Evidentemente, no podemos avanzar


hacia la formación de una comunidad con nuestros congéneres si pensamos,
"Fulana no sabe valorar la doctrina cristiana; yo estoy salvado, pero a ella le falta
mucho". O bien: "Fulano es un republicano, un materialista y un belicista; espero
que podamos encontrar algo en común con él". Es necesario despojarse no sólo
de esa rigidez ideológica y teológica, sino también de la concepción misma de "el
único camino". Así, esos dirigentes cívicos tuvieron que despojarse de sus
proyectos, de la idea de que el proyecto de uno era la solución para la ciudad.

Con ello no quiero decir que debemos desprendemos de nuestros sentimientos y


concepciones, que hemos forjado en algunos casos a costa de gran esfuerzo. Un
buen ejemplo de la diferencia entre el vacío y la eliminación total nos lo da una
comunidad formada en Virginia hace unos años. Era un grupo imbuido de un
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espíritu misionero como pocos. Todos querían hablar sobre Dios; cada uno tenía
su propia concepción de Dios y estaba convencido de saber quién era Él. En poco
tiempo se inició un caos de proporciones. Treinta y seis horas más tarde, después
de la milagrosa transición del caos a la comunidad les dije:

- Es interesantísimo. Hoy siguen hablando de Dios, como ayer.


En ese sentido no han cambiado. Pero sí ha cambiado la
manera de hablar. Ayer, cada uno estaba convencido de tener a
Dios en el bolsillo. Hoy hablan con humildad y sentido del
humor.

La necesidad de curar, convertir, arreglar o solucionar. Durante la


etapa del caos, los miembros que tratan de curarse o convertirse mutuamente
creen que lo hacen por amor. El caos resultante los sorprende a todos. ¿Acaso
amar al prójimo no significa aliviar sus sufrimientos, ayudarle a descubrir la luz?
Sin embargo, en realidad, los intentos de curar y convertir, además de ineficaces e
ingenuos, se hacen por motivos egoístas. Me duele ver sufrir a mi amigo. Si puedo
ayudarlo a librarse de ese dolor, me siento mejor. El motivo fundamental que me
impulsa a curar es sentirme mejor yo mismo. Pero esto crea una serie de
problemas. Primero, me curo yo, pero no mi amigo. Al contrario, con mis
curaciones lo más probable es que su mal se agrave. Así, los consejos que recibió
Job de sus amigos durante su aflicción sólo agravaron su sufrimiento. La realidad
es que, para demostrarle amor a un amigo que sufre, lo mejor que se puede hacer
es compartir ese dolor: estar con él cuando sólo podemos ofrecerle nuestra
presencia y a pesar de que nos duele verlo sufrir.

Lo mismo sucede con la conversión. Una teología o ideología distinta de la mía


despierta dudas en mi mente. Es desagradable esa falta de certeza sobre mis
concepciones en cuestiones tan fundamentales. Si puedo convertir al otro,
convencerlo de que tengo razón, no sólo me siento mejor sino que tengo una
prueba adicional de la rectitud de mis convicciones. Y además, cumplo el papel de
salvador. Esto es mucho más agradable y fácil que esforzarme por comprender la
verdad del otro.

Al entrar en la etapa del vacío, los miembros del grupo empiezan a comprender
-gradual o bruscamente, según los casos- que el deseo de curar, convertir al otro
o "resolver" de alguna manera las diferencias interpersonales no es más que un
deseo egoísta de sentirse bien mediante la eliminación de éstas. Entonces se les
ocurre que existe el camino opuesto: respetar e incluso festejar esas diferencias.
Ningún grupo la comprendió más rápidamente que esos ingenuos dirigentes
cívicos. Debido a la falta de tiempo, les dije a boca de jarro: "Nuestro objetivo al
reunimos es constituimos en comunidad, no resolver los problemas de la ciudad.
Sin embargo, aquí nadie habla de sí mismo sino de las soluciones que propone.
Las ideas me parecen muy buenas, pero ustedes las esgrimen como garrotes,
para aplastar al vecino. Ahora bien, podemos seguir así durante las próximas
veinticuatro horas, pero me parece que eso no los beneficiará a ustedes ni a la
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ciudad en lo absoluto. Y desde luego que no les permitirá constituirse en


comunidad. Si quieren esto último, tendrán que despojarse de sus bellas
propuestas y de la necesidad de imponerlas. En ese caso, tal vez, y sólo tal vez, si
conforman una verdadera comunidad, podrán trabajar mancomunadamente en
bien de la ciudad. No lo sé. Pero tomémonos un descanso largo, de cuarenta
minutos, a ver si en ese lapso cada uno es capaz de despojarse de sus soluciones
a fin de poder conocemos como seres humanos." En menos de una hora, ya
éramos una comunidad…

La necesidad de controlar. Este obstáculo es mi cuco particular. Como


conductor designado de un taller, es mi tarea velar porque el grupo no pierda el
control ni sufra ningún mal. Además, aunque aclaro al comienzo que nadie es más
ni menos responsable que ningún otro por el éxito del grupo, en el fondo no pienso
así. Si el taller fracasa, la responsabilidad será mía. Por consiguiente, siento la
tentación de hacer cosas -manipular, maniobrar- que aseguren el éxito de la
experiencia. Pero el éxito -la realización de la comunidad- no puede ser obra de un
líder autoritario que da instrucciones. Paradójicamente, como conductor, mi tarea
durante la mayor parte del tiempo es no hacer nada, esperar, dejar que las cosas
sucedan. Lo cual no es fácil para mí, ya que por naturaleza tiendo a controlar.

La necesidad de controlar -asegurar el éxito de la experiencia- se debe al menos


en parte al miedo de fracasar. Para vaciarme de mi tendencia a controlar, debo
despojarme de ese miedo. Debo estar dispuesto a fracasar. Muchos de mis
talleres alcanzaron el éxito, se constituyeron en comunidades, después de que yo
pensé: "Bueno, parece que esta vez van a fracasar y no hay nada que pueda
hacer para evitarlo". No estoy seguro de que semejante coincidencia en el tiempo
sea casual.

Con frecuencia, lo aprendido en las experiencias de construcción de comunidad se


extiende a la vida cotidiana. Al aprender a despojarme de mi necesidad de
controlar, he mejorado muchas de mis relaciones, incluso la de mi matrimonio. A
través de la comunidad, muchas personas, y yo entre ellas, aprenden a entregarse
y a conocer la verdad de que "la vida no es un problema a resolver sino un
misterio a vivir". Los párrafos anteriores de ninguna manera agotan la lista de
cosas de las que deben despojarse los individuos para constituirse en comunidad.
Suelo pedirles a los participantes de un grupo que durante un descanso o durante
la noche reflexionen en silencio sobre las cosas de las que deben despojarse en
sus propias vidas. Las respuestas son tan variadas como la topografía del planeta:
“debo despojarme de la necesidad de ganarme la aprobación de mis padres", "de
mi necesidad de ser amada", "del fastidio que siento hacia mi hijo", "de mi avidez
de dinero", "de mi ira contra Dios", "de mi repugnancia por los homosexuales", “de
mi obsesión con la prolijidad" y así sucesivamente, hasta el infinito. Este proceso
de despojarme es como un sacrificio. Es decir, la etapa del vacío en el proceso de
desarrollo de la comunidad es tiempo de sacrificios. Y es doloroso.
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- ¿Debo despojarme de absolutamente todo? -gimió una vez un


participante.
- No -respondí-, sólo de aquello que le impide avanzar.

El sacrificio duele porque es como una muerte, la clase de muerte que requiere la
resurrección, y no basta comprenderlo en el plano intelectual, porque la muerte es
un salto aterrador hacia lo desconocido. En esta etapa, muchos participantes
quedan paralizados, atrapados entre el miedo y la esperanza, porque cometen el
error de no concebir el vacío como el paso previo a un renacimiento sino en
términos de la "nada" o la aniquilación.

La demostración más espectacular del terror que suele provocar esta experiencia
la proporcionó el "renacimiento" de Martín. Éste era un sexagenario de aspecto un
tanto rudo y ánimo deprimido, un obseso del trabajo que había triunfado e incluso
adquirido fama en su especialidad. En un taller del que participaron él y su mujer,
cuando el grupo trataba de asumir el vacío en el plano intelectual, Martín empezó
a estremecerse y a temblar. Por un instante pensé que sufría un ataque. Pero
entonces empezó a gemir y a repetir, como si estuviera en trance:

- Tengo miedo. No sé qué me pasa. Toda esta cháchara sobre


el vacío. No entiendo qué quiere decir. Me siento morir. Tengo
miedo.
Lo rodeamos y lo abrazamos para reconfortarlo, aún sin saber
si padecía una crisis física o emocional.
- Me siento morir -gimió-. El vacío. No entiendo qué es el vacío.
Toda mi vida he hecho cosas. ¿Quiere decir que no tengo que
hacer nada? Tengo miedo.
Su esposa le tomó la mano:
- No estás obligado a hacer nada, Martín.
- Pero toda la vida he hecho cosas. No sé qué quiere decir no
hacer nada. Vacío. ¿Eso es el vacío? ¿Dejar de hacer? ¿Puedo
estar sin hacer nada?
- No tiene nada de malo estar sin hacer nada, Martín.

Cesaron sus temblores. Lo rodeamos unos cinco minutos más, hasta que nos dijo
que su miedo del vacío, su terror ante la muerte, habían cesado. En menos de una
hora, su rostro trasuntaba serenidad. Sabía que había sufrido un quebranto y
había sobrevivido. Y que gracias a ese quebranto, había ayudado al grupo a
realizarse como comunidad.

En medio del dolor que provoca el vacío, hay dos preguntas que casi siempre se
formulan. "¿Existe un camino hacia la comunidad que no pase por el vacío?" La
respuesta es no. "¿Se puede llegar a la comunidad sin sufrir y compartir ese
quebranto?" Nuevamente, no.
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Cuando el grupo avanza hacia el vacío, algunos participantes empiezan a hablar


de sus derrotas, fracasos, dudas, miedos, deficiencias, pecados. A medida que
reflexionan sobre las cosas de las que deben despojarse, dejan de fingir que
"controlan sus vidas". Pero los demás no los escuchan con atención. Insisten en
tratar de curarlos o convertirlos, o bien cambian rápidamente de tema. Por
consiguiente, los que se habían mostrado vulnerables vuelven a erigir las barreras.
No es fácil confesar las propias debilidades cuando los demás tratan de curar o
bien actúan como si uno no dijera nada digno de ser escuchado.

En ocasiones el grupo descubre por sus propios medios que está bloqueando las
expresiones de dolor y sufrimiento, y que para aprender a escuchar, debe
despojarse incluso del fastidio que provocan las “malas nuevas". Si no sucede,
entonces debo intervenir para mostrarles cómo desalientan las expresiones de
quebranto. Algunos grupos reaccionan al instante y se despojan de su
insensibilidad. Pero otros levantan las últimas barreras para resistir el avance
hacia la comunidad. La típica expresión de ello es la siguiente:

- Vean, ya tengo bastantes problemas en casa como para


perder dinero y todo un fin de semana en adquirir más
problemas. Estoy a favor de la comunidad y todo lo demás,
pero no veo la necesidad de ser tan negativos. ¿Por qué no
hablamos de las cosas buenas, de lo que tenemos en común,
de éxitos en lugar de fracasos? Me gustaría que ésta fuera una
experiencia feliz. ¿Qué objeto tiene la comunidad si no es
brindar alegría?

En última instancia, esta última resistencia es un intento de hallar refugio en la


seudo comunidad. Pero aquí el problema ya no es la negación de las diferencias
individuales, etapa superada por el grupo. Ahora se trata de la integralidad, de si el
grupo está dispuesto a asumir no sólo la luz sino también las sombras de la vida.
La verdadera comunidad es feliz, pero a la vez realista. Las penas y las alegrías
asumen sus justas proporciones.

He hablado de la etapa de vacío como algo que sucede en las mentes y las almas
de los individuos que componen el grupo. Pero la comunidad es más que la suma
de los individuos presentes. Seudo comunidad, caos y vacío no son etapas
individuales sino grupales. La transformación del grupo, de una suma de
individuos en una auténtica comunidad, requiere muchas pequeñas muertes
individuales, pero también grupales. La sensación más profunda que me embarga
durante la etapa de vacío no es tanto el dolor de los individuos que sufren sus
pequeñas muertes y renacimientos como el de la agonía mortal del grupo en sí,
que parece estremecerse y gemir colectivamente. En ocasiones, un individuo
habla en nombre del grupo:
Peck Scott 13
La Nueva Comunidad Humana

- Estamos muriendo. El grupo agoniza. ¿No puede ayudarnos?


No sabía que teníamos que morir para realizamos como
comunidad.

Así como algunos individuos sufren la muerte física de manera rápida e indolora
mientras otros sufren agonías prolongadas, lo mismo sucede con el proceso de
entrega emocional de los grupos. Pero sea brusca o gradual, todos los grupos que
he conocido han logrado llevar a cabo, realizar esta muerte. Todos han atravesado
la etapa del vacío, el tiempo de sacrificio, para llegar a la comunidad. Esta es una
revelación extraordinaria del poder del espíritu humano. Significa que, dadas las
circunstancias adecuadas y el conocimiento de las reglas, en cierto nivel los seres
humanos somos capaces de morir los unos por los otros.

Comunidad: Una vez realizada su muerte, cuando está abierto y vacío, el grupo
se constituye en comunidad. En esta etapa final, reina una suave quietud, una
especie de paz. Esta paz impregna todo el salón. Una participante empieza a
hablar sobre sí misma. Se muestra muy vulnerable, habla de su ser más íntimo. El
grupo aguarda cada palabra. Nadie la creía capaz de tanta elocuencia.

Cuando termina, sobreviene el silencio. Un silencio muy prolongado, pero no lo


parece porque no hay la menor ansiedad en él. Entonces, otro participante rompe
el silencio. También habla de su intimidad, de su persona más profunda. No
intenta curar ni convertir a la primera, ni siquiera trata de responderle. El tema no
es ella sino él. Sin embargo, nadie tiene la sensación de que no la ha escuchado.
Más bien sienten que se tiende junto a ella sobre un altar.

Nuevamente se hace silencio. Habla un tercer participante. Tal vez responde al


anterior, pero sin la menor intención de curar ni convertir. Tal vez hace un chiste,
pero no es a expensas de nadie. O bien recita un breve poema, milagrosamente
apropiado para la ocasión. La actitud es serena y cordial, y una bendición para
todos.

Habla el siguiente. Mientras sigue la rueda, se expresa mucha tristeza y


sufrimiento, pero hay también risas y alegría. Hay lágrimas en abundancia.
Algunas son de tristeza, otras de alegría. A veces hay de las dos clases,
simultáneamente, y sucede algo todavía más singular. Hay un gran proceso de
curación y de conversión, sin que nadie intente curar ni convertir. Ha nacido una
comunidad. ¿Cuál es el paso siguiente? El grupo se ha convertido en Comunidad.
¿Hacia dónde avanza? ¿Cuáles Son sus tareas?

No hay una respuesta única a estas preguntas. La larca principal de los grupos
que se han reunido para hacer una vivencia comunitaria breve será simplemente
disfrutar esa experiencia y beneficiarse con la curación que la acompaña. Pero
tienen la larca adicional de disolverse. Tiene que haber un cierre. Hombres y
mujeres que han aprendido a amarse profundamente necesitan tiempo para
despedirse, para expresar el dolor de volver a una vida cotidiana sin comunidad.
Peck Scott 14
La Nueva Comunidad Humana

Es importante que las comunidades de corta duración se tomen ese tiempo de


finalización. Los mejores finales son aquellos en los que la comunidad elabora una
suerte de funeral alegre, una liturgia o rito de conclusión.

Si el grupo se había reunido con el fin de resolver un problema -planificar una


campaña, poner fin a un cisma en una congregación religiosa, instrumentar una
fusión empresaria, etc.-, entonces debe abocarse a su tarea. Pero antes debe
hacerse tiempo para disfrutar la experiencia de vivir en comunidad y Consolidarla.
La norma en estos casos es: “Primero, construir la comunidad; después, resolver
los problemas".

Tal vez se le plantee a la comunidad la penosa disyuntiva de mantenerse o no. No


es una decisión que se deba tomar a la ligera. En medio de su alegría, los
participantes suelen asumir Compromisos que luego no podrán cumplir. Los
compromisos a largo plazo tienen consecuencias graves, conviene meditarlos
largamente.

Una comunidad que resuelve seguir adelante como tal -con todos o algunos de
sus participantes- tendrá muchas tareas. Mantener una comunidad significa tomar
o modificar muchas decisiones de gran peso y a largo plazo. En ocasiones recaerá
en el caos, incluso en la seudo comunidad. Deberá sufrir el proceso de vacío una
y otra vez. Es aquí donde muchos fracasan. Por ejemplo, muchos conventos y
monasterios se autotitulan "comunidades", pero en realidad son organizaciones
rígidas y autoritarias. Cumplen funciones útiles en la sociedad, pero lo hacen sin
alegría y no constituyen un "lugar seguro" para sus miembros. Han olvidado que la
primera tarea de toda comunidad verdadera es conservarse como tal.

Después de este elogio tan encendido de sus virtudes, temo que alguien piense
que la vida en comunidad es más fácil o más cómoda que la vida cotidiana fuera
de ella. No es así. En todo caso, es más vivaz, más intensa. El sufrimiento es
mayor, pero también la alegría lo es. Sin embargo, la vivencia de la alegría en
comunidad no viene de suyo. En momentos de conflicto, los miembros no sienten
alegría; por el contrario, prevalecen la ansiedad, la frustración, la fatiga, y aunque
predomine la alegría, algunos miembros no compartirán el espíritu comunitario
debido a sus preocupaciones o conflictos individuales. Sin embargo, la reacción
emocional más frecuente al prevalecer el espíritu de comunidad, es la alegría.

Es como enamorarse. Al constituirse en comunidad, los participantes se enamoran


unos de otros. Se sienten impulsados a acariciarse y abrazarse, todos a la vez. Al
llegar este fenómeno a su apogeo, se genera un nivel de energía sobrenatural, un
éxtasis. Lily creó un mito comunitario durante un taller en un hotel de Knoxville, al
señalar el tomacorriente en la pared y afirmar: 'Es como si nos hubiéramos
conectado a toda la energía generada por una gran represa hidroeléctrica".

Con todo, la gran energía contiene peligros en potencia. El peligro, tratándose de


una comunidad verdadera, no es que se genere una mentalidad destructiva, sino
Peck Scott 15
La Nueva Comunidad Humana

el de la sexualidad grupal. Cuando surge el amor en un grupo de personas, es


natural que se libere una gran cantidad de energía sexual. Ésta rara vez es
dañina, pero conviene que la comunidad esté advertida de esta gran sexualidad
potencial a fin de que no escape a todo control. A veces es necesario inhibirla. Sin
embargo, no se la debe reprimir. Y es bueno recordar que la vivencia de otras
formas de amor, fila y ágape (amor fraternal y amor divino), suele ser una
experiencia más profunda y gratificante que la simple relación erótica o romántica.
La sexualidad es una expresión de la alegría de la comunidad, que puede
canalizar esta energía hacia fines útiles y creativos.

En estos casos, la vida comunitaria puede llegar a algo aún más profundo que la
alegría. Algunos tratan de realizar sucesivas experiencias breves de comunidad,
como si fueran "inyecciones" vivenciales. Eso no es de lamentar. Todos
necesitamos "inyecciones" de alegría en nuestras vidas. Pero lo que a mí me atrae
una y otra vez a la experiencia de comunidad es algo más. Cuando participo en un
grupo de seres humanos dispuestos a seguir adelante en medio de las agonías y
las alegrías de la comunidad, tengo la vaga sensación de compartir un fenómeno
para el que existe una sola palabra. Vacilo antes de escribirla. La palabra es
"gloria".

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA COMUNIDAD

En la cultura del individualismo rudo -en la que la mayoría de las personas no se


atreve a mostrarse tal como son, ni siquiera ante el vecino de banco en la iglesia-
se utiliza la palabra “comunidad” con toda ligereza. Se la aplica a cualquier
aglomeración de individuos -una ciudad, una iglesia, una sinagoga, una
fraternidad, un complejo habitacional, un sindicato- independientemente de la
buena o mala comunicación que exista entre los integrantes. Es un uso incorrecto
del término.

Para darle su verdadero significado, se debe aplicar a “un grupo de individuos que
han aprendido a comunicarse honestamente entre ellos, cuyas relaciones van más
allá de la máscara de indiferencia y que han asumido un compromiso profundo de
festejar juntos, llorar juntos a nuestros muertos, además de “mirarnos con buenos
ojos y asumir como propios los problemas ajenos”. ¿Qué aspecto tiene ese grupo
tan extraño? ¿Cómo funciona? ¿Cuál es la verdadera definición de comunidad?

Sólo podemos definir o explicar correctamente las cosas de magnitud menor que
la nuestra. Por ejemplo, yo tengo en mi oficina un calentador eléctrico muy
práctico. Si fuera ingeniero electricista, podría desarmarlo y explicar -definir- su
funcionamiento. Salvo un aspecto: el cable y la ficha que le conectan con algo
llamado electricidad. A pesar de las leyes físicas conocidas, la electricidad
presenta aún ciertas incógnitas, incluso para el ingeniero electricista más
avanzado. Porque la magnitud de la electricidad es mayor que la nuestra.
Peck Scott 16
La Nueva Comunidad Humana

Hay muchas “cosas” por el estilo: Dios, el bien, el amor, el mal, la muerte, la
conciencia, muchas más. Son tan grandes y multifacéticos que apenas podemos
describir o definir una faceta por vez. Nunca podemos aprehenderlas en toda su
profundidad: tarde o temprano chocamos con un núcleo en el que no podemos
penetrar.

Uno de esos fenómenos es la comunidad. Al igual que la electricidad, obedece a


leyes rigurosas. Pero siempre presenta un aspecto misterioso, milagroso,
insondable. No se puede definir la auténtica comunidad con una sola frase. Es
algo más que la suma de sus partes, los individuos que la integran. ¿Qué es este
“algo más”? Al intentar una respuesta, penetramos en un mundo que, más que
abstracto, es casi místico. Un mundo para el que nunca encontramos la palabra
justa, donde el lenguaje mismo es insuficiente.

Me parece pensar en una piedra preciosa. El germen de la comunidad está en la


humanidad -una especie social-, así como la piedra preciosa se encuentra en la
tierra. Pero solo lo es en potencia, por eso los geólogos la llaman piedra en bruto o
piedra, a secas. Una vez tallada y lustrada, es hermosa. Pero sólo podemos
describir esa belleza refiriéndonos a sus facetas. La comunidad es como la piedra
preciosa: algo multifacético, en que cada faceta es la parte de un todo que
trasciende cualquier descripción.

Se impone otra advertencia. La belleza de la comunidad es tan exquisita que


puede parecer irreal, como un sueño infantil bello e inasequible. Como dicen
Bellah y colaboradores, el concepto de comunidad “puede parecer una utopía
absurda, como un proyecto de crear una sociedad perfecta. Pero la transformación
a la que nos referimos es necesaria y a la vez modesta. Sin ella, tal vez no habrá
futuro que pensar”.4 El problema es que la falta de comunidad es la norma en
nuestra sociedad, al punto que uno se pregunta: ¿Cómo llegamos a ella desde
donde nos hallamos? Pero sí es posible llegar. Recuérdese que un ojo inexperto
jamás descubriría una piedra preciosa en estado bruto.

Las facetas de la comunidad están interconectadas, su interrelación es profunda.


Ninguna existe sin las demás. Se crean, se posibilitan mutuamente. En las líneas
siguientes, sólo se describen en forma esquemática las características más
pronunciadas de la verdadera comunidad.

Comunidad: reto para la inclusión, el compromiso y el consenso: La


comunidad es y debe ser incluyente. La exclusividad es el gran enemigo de la
comunidad. Los grupos que excluyen a los pobres o los de poca fe o los
divorciados o los pecadores o a los miembros de determinadas razas o
nacionalidades no son comunidades sino camarillas; en realidad, son bastiones de
defensa contra la comunidad.

4
Bellah, R. y Cols.: Habits of the heart. Berkeley, University of California Press, 1985. pg. 286.
Peck Scott 17
La Nueva Comunidad Humana

La inclusividad no es absoluta. Las comunidades a largo plazo llegan


invariablemente a la discusión sobre en qué medida serán inclusivas. A veces las
de corta duración también deben tomar esa ardua decisión. Pero en la mayoría de
los grupos, excluir es más fácil que incluir. Los clubes, las corporaciones,
difícilmente piensan en la inclusividad salvo que la ley los obligue. En cambio, las
verdaderas comunidades que quieren seguir siéndolo siempre buscan la manera
de extenderse. El peso de la prueba recae sobre la exclusividad. La comunidad no
se pregunta: “¿cómo justificamos el ingreso de esta persona?” La verdadera
pregunta es: ¿Existe la menor justificación para excluir a esta persona? Las
comunidades son más inclusivas que cualquier otra agrupación de la misma
magnitud o que se proponga los mismos fines.

En Friends Seminary, la primera comunidad que conocí, las barreras entre los
grados, entre alumnos y maestros, entre menores y mayores, eran siempre
“blandas”. No había exclusiones de grupos ni personas. Todos podían asistir a las
reuniones sociales. No había presiones a favor del conformismo. La inclusividad
de la comunidad abarca todos sus parámetros. Su carácter es “integral”. No se
trata solamente de sexos, razas y confesiones. También incluye toda la gama de
las emociones humanas: las lágrimas como la risa, el miedo como la fe. Lo mismo
con los estilos: belicistas y pacifistas, héteros y homos, idealistas y materialistas,
locuaces y silenciosos. Se incluyen todas las diferencias humanas. Todas se
nutren del individualismo “blando”.

¿Cómo es posible? ¿Cómo se pueden absorber las diferencias, lograr la


coexistencia de personas tan disímiles? Para ello es crucial que exista la voluntad
y el compromiso de coexistir. Tarde o temprano (cuanto antes, mejor, los
miembros del grupo deben adquirir ese compromiso si quieren convertirse en una
comunidad o seguir siéndolo. La exclusividad, enemiga mortal de la comunidad,
apareced bajo dos formas: la marginación de terceros o la automarginación. Si
uno se dice a sí mismo, “este grupo no es lo que busco, es demasiado esto o
aquello, me voy con la música a otra parte”, esa actitud es tan destructiva para la
comunidad como lo sería la del miembro de una pareja que dijera, “se acabó, es
hora de partir”. La comunidad como el matrimonio, requiere la capacidad de hacer
un esfuerzo en momentos difíciles. Es decir, un cierto grado de compromiso. No
es casual que Bellah y colaboradores pusieran como subtítulo de su libro, “El
individualismo y el compromiso en la vida norteamericana”. El individualismo
requiere el contrapeso del compromiso para con los demás.

Si hacemos ese esfuerzo, generalmente descubrimos que con el tiempo “lo áspero
se allana”. Un amigo del autor de estas líneas define correctamente la comunidad
como un “grupo que ha aprendido a trascender sus diferencias individuales”. Pero
ese aprendizaje requiere tiempo y este a su vez sólo puede ser producto de un
compromiso. “Trascender” no significa “eliminar” ni “demoler”, sino, literalmente,
“pasar por encima”. Llegar a la comunidad es comparable a alcanzar la cima de
una montaña.
Peck Scott 18
La Nueva Comunidad Humana

Tal vez la clave de esta trascendencia es el reconocimiento de las diferencias. En


la comunidad no se ignoran, niegan, ocultan ni modifican las diferencias entre
seres humanos. Antes bien se las acoge como virtudes. Recuérdese cómo yo
aprendí a apreciar el “don de la espontaneidad de Lily y ella mi “don de la
organización”. El matrimonio es una comunidad de dos a largo plazo. Pero en las
comunidades a largo plazo de cincuenta o sesenta integrantes, a pesar de que los
tiempos y la profundidad son los opuestos, la dinámica es la misma. Lily y yo
tardamos veinte años en transformar nuestras actitudes recíprocas y trascender
nuestras diferencias. Esa misma trascendencia se puede producir en un grupo que
aspira a transformarse en comunidad, en unas ocho horas. En ambos casos, la
alienación se vuelve reconciliación y aprecio. Y en ambos casos, la trascendencia
tiene mucho que ver con el amor.

Somos tan poco versados en esta política trascendente de la verdadera


comunidad, que ni siquiera hemos desarrollado un vocabulario que la exprese
adecuadamente. Cuando nos preguntamos cómo conciliar a individuos que
sustentan puntos de vista divergentes, el primer mecanismo al que recurrimos (tal
vez porque resulta el más infantil) es el del líder fuerte. Esperamos instintivamente
que un dictador benévolo –como mamá o papá- resuelva las diferencias como si
fuera una riña entre hermanos. Pero la comunidad, que fomenta el desarrollo del
individuo, no puede ser totalitaria. Por eso recurrimos a un método un poco menos
primitivo de resolver las diferencias individuales, que llamamos democracia.
Votamos y decidimos por mayoría cuáles diferencias se imponen sobre las demás.
La mayoría dispone. Sin embargo, este método margina las aspiraciones de la
minoría. ¿Cómo trascender las diferencias de manera tal que la minoría quede
incluida? Parece un acertijo. ¿Cómo y dónde se supera la democracia?

En las comunidades auténticas de las que he participado, se han tomado miles de


decisiones en grupo sin haber recurrido jamás al voto. Con ello no quiero decir que
debemos descartar los mecanismos democráticos ni abolir la organización. Pero sí
que la comunidad, al trascender las diferencias individuales, supera fácilmente la
democracia. El vocabulario de esta trascendencia conoce por ahora una sola
palabra: “consenso”. En la comunidad auténtica, las decisiones se toman por
consenso; el proceso es similar al que siguen los integrantes de un jurado,
obligados a ello por ley.

Con todo, cabe preguntarse cómo se puede llegar al consenso en un grupo donde
se fomenta la individualidad y florecen las diferencias individuales. Aunque
enriquezcamos el vocabulario del funcionamiento comunitario, me parece dudoso
que podamos elaborar una receta para el proceso consensual. El proceso en sí es
una aventura, con algo de místico, mágico. Pero funciona. Las demás recetas de
la comunidad permiten entrever cómo lo hace.

Comunidad: reto para el realismo: La segunda característica de la comunidad


es su realismo. Por ejemplo, en la comunidad de nuestro matrimonio, cuando Lily
y yo discutimos los problemas de alguno de nuestros hijos, generalmente llegamos
Peck Scott 19
La Nueva Comunidad Humana

a una solución más realista que la que obtendría cualquiera de los dos sin el otro.
Aunque más no fuera por esto, me parece sumamente difícil que un padre o una
madre solteros tomen una decisión correcta. En el peor de los casos, cuando
nuestros puntos de vista divergen, al menos se modulan entre sí. El proceso es
más efectivo en las comunidades más grandes. En una comunidad de sesenta
suelen aparecer hasta una docena de puntos de vista divergentes. De allí surge un
guiso consensual mucho más creativo que cualquier sopa hecha con dos
ingredientes.

Estamos habituados a considerar la conducta grupal como algo primitivo. Yo


mismo he referido con qué facilidad los grupos caen en el mal 5. Se ha
popularizado el término “psicología de la turba”. Pero los grupos, del tipo que
fueren, rara vez son comunidades. En realidad, entre el grupo común y la
comunidad hay algo más que un salto cualitativo: son fenómenos totalmente
diferentes. La verdadera comunidad es, por definición, inmune a la psicología de la
turba porque fomenta la individualidad e incluye la divergencia de puntos de vista.
Una y otra vez he visto cómo en una comunidad que está a punto de tomar una
decisión o establecer una norma, uno de los miembros dice, “esperen, me parece
que no puedo aceptarlo”. No puede reinar la psicología de la turba en un ámbito
donde los individuos ejercen la libertad de decir lo que piensan y nadan contra la
corriente. La comunidad crea esa clase de ámbito.

Por el hecho de incluir puntos de vista divergentes y reconocer a sus miembros la


libertad para expresarlos, la comunidad es capaz de apreciar una situación de
conjunto, mucho más que cualquier individuo, pareja o grupo. Sus conclusiones,
que incorporan las tinieblas y la luz, lo sagrado y lo profano, el dolor y la alegría, la
gloria como el todo, son globales. Difícilmente dejan de tener en cuenta algún
factor. Al incorporar tantos marcos de referencia logran una notable aproximación
a la realidad. Por consiguiente, la comunidad garantiza decisiones más realistas
que cualquier otro ámbito humano.

Hay un aspecto importante del realismo comunitario que merece destacarse: la


humildad. Mientras el individualismo rudo predispone a la soberbia, el
individualismo “blando” de la comunidad conduce a la humildad. El que es capaz
de apreciar los dones ajenos aprende a reconocer las limitaciones propias.
Cuando escucha a otros hablar de sus fallas, aprende a asumir sus propias
deficiencias e imperfecciones. La conciencia de la variedad humana le permite
reconocer la interdependencia de los seres humanos. A medida que el grupo
adquiere estas características -se transforma en comunidad-, sus integrantes se
vuelven individual y colectivamente más y más humildes y, con ello, más realistas.
En su opinión, ¿Qué clase de grupo tiene mayores posibilidades de tomar una
decisión sabia y realista: uno soberbio o uno humilde?,

5 Soctt Peck, M., Peope of the Lie. The hope for Healing Human Evil. Nueva York, Simon and Schuster, 1983.
Peck Scott 20
La Nueva Comunidad Humana

Comunidad: reto para la contemplación: Una de las razones de la humildad y el


consiguiente realismo de la comunidad es la contemplación. Se autoexamina y
adquiere conciencia de sí. “Conócete a ti mismo” es una norma segura para llegar
a la humildad. The cloud of Unknowing, un clásico ensayo sobre la meditación
escrito en el siglo XIV, lo dice así: “La mansedumbre no es sino el verdadero
conocimiento y sensación del ser del hombre tal como es. El hombre que
realmente se ve y se siente a sí mismo tal como es, sólo puede ser manso” 6.

La palabra “contemplativo” tiene varias connotaciones, la mayoría de ellas


referidas a la conciencia. El fin esencial de la contemplación, es una mayor
conciencia del mundo exterior a uno mismo, del mundo interior y de la relación
entre los dos. No se puede calificar de contemplativo al hombre se da por
satisfecho al adquirir una conciencia relativamente limitada de sí mismo.
Asimismo, se puede poner en tela de juicio su madurez psicológica y su salud
emocional. El autoexamen es la clave de la intuición, que a su vez es la clave de
la sabiduría. Platón lo dijo sin vueltas: “La vida que no se examina no merece ser
vivida”7.

El proceso de construcción de una comunidad requiere una actitud de autoexamen


desde el comienzo. A medida que los miembros meditan sobre sí mismos,
aprenden a meditar sobre el grupo. “¿Cómo nos va?”, se preguntan con
frecuencia creciente. “¿Estamos bien encaminados?, ¿Somos un grupo sano?
¿Hemos perdido impulso?”.

El espíritu comunitario no se logra de una vez y para siempre. No se puede


embotellar ni conservar en escabeche. Se pierde una y otra vez. Recuérdese
cómo en el grupo Tavistock de Mac Badgely sus miembros empezaron a reñir
luego de disfrutar de varias horas de fecunda camaradería. Pero recuérdese
asimismo que lo reconocieron rápidamente porque habían adquirido conciencia de
grupo. La rápida identificación de la causa del problema -la división en partidarios
de Sears Rocbuck y Grialistas- les permitió trascender rápidamente esa división y
recuperar el espíritu comunitario.

Ninguna comunidad puede aspirar a una buena salud perpetua. Sin embargo, por
ser un organismo contemplativo, la auténtica comunidad reconoce rápidamente su
mala salud y toma las medidas curativas apropiadas. Más aún, cuanto más se
prolonga la vida sana de la comunidad, mayor es su eficiencia en este proceso de
recuperación. Por el contrario, los grupos que no aprenden a ser contemplativos,
no llegan a ser comunidades o bien se desintegran rápida y definitivamente.

Comunidad: reto para construir un lugar seguro: No es causal que yo


reaprendiera el “arte olvidado del llanto” a los treinta y seis años, en el ámbito de
una verdadera comunidad. A pesar de este reaprendizaje, el individualismo rudo

6
Traducción al ingles de Ira Progoff. Nueva Cork, Julian Press, 1969. pág. 92
7
Platón. Apología.
Peck Scott 21
La Nueva Comunidad Humana

me fue inculcado de manera tan efectiva que aún hoy sólo puedo llorar en público
si me encuentro en un lugar seguro. Cuando vuelvo a la comunidad, una de mis
alegrías es la recuperación del “don de las lágrimas”. No soy el único. Cuando un
grupo se realiza como comunidad, la frase más frecuente que repiten los
participantes es: “Aquí me siento seguro”.

Es una sensación inusual. La mayoría de nosotros la experimentamos muy


parcialmente o en absoluto durante la mayor parte de nuestras vidas. Rara vez o
nunca nos sentimos en libertad de mostrarnos tal como somos. Rara vez o nunca
nos hemos sentido aceptados o aceptables en un grupo, cualquiera que fuese su
naturaleza. Por eso, casi todos nos ponemos en guardia al entrar a un grupo
nuevo. Es una guardia muy profunda. Aunque se intente conscientemente
mostrarse franco y vulnerable, persisten ciertas defensas inconscientes muy
fuertes. Además, ante una confesión franca de vulnerabilidad, los demás suelen
reaccionar con miedo, hostilidad o con la actitud simplista de querer curar o
convertir al que sufre. Por eso, sólo los más valientes evitarán refugiarse detrás de
sus muros.

En circunstancias normales, no existe la comunidad instantánea. Hay que trabajar


mucho para que un grupo de desconocidos adquiera la sensación de seguridad
que brinda la verdadera comunidad. Sin embargo, cuando se consigue, es como si
se abrieran las compuertas. Cuando la mayoría de los participantes sienten que
pueden abrir sus corazones, que se los escuchará y aceptará tal como son, las
frustraciones, heridas, culpas y dolor acumulados durante años salen en torrente,
y con fuerza cada vez mayor. La vulnerabilidad crece como una bola de nieve.
Cuando los participantes se vuelven vulnerables, esto aumenta en la medida que
se sienten apreciados y queridos por los demás. Al mismo tiempo, a medida que
crecen la aceptación y el amor, y se multiplica la intimidad recíproca, comienzan la
curación y la conversión. Se curan viejas heridas, se perdonan antiguos rencores,
se superan resistencias de larga data. La esperanza reemplaza al miedo.

Por eso, otra de las características de la comunidad es la curación y la conversión.


No he dedicado un párrafo aparte a esta característica por temor a que se pierda
de vista su aspecto más sutil.

Porque la realidad es que la mayoría de los intentos humanos de curar y convertir


a los demás impide la realización de la comunidad. Los seres humanos anhelan y
aspiran naturalmente a la sanidad y la santidad (palabras derivadas de la misma
raíz). Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo, esta aspiración, esta
energía, se estrella contra el miedo, y es neutralizada por las defensas y las
resistencias. Pero al hallarse el ser humano en un lugar seguro, donde las
defensas y las resistencias son innecesarias, el anhelo de sanidad es liberado.
Cuando uno se siente seguro, tiende naturalmente a curar y convertirse.

Los psicoterapeutas experimentados generalmente aprenden a reconocer esta


verdad. Cuando son neófitos, consideran que su tarea es sanar al paciente y
Peck Scott 22
La Nueva Comunidad Humana

suelen creer que lo consiguen. Sin embargo, la experiencia les enseña luego que
carecen del poder de sanar. Al mismo tiempo, reconocen su poder de escuchar al
paciente, aceptarlo, establecer con él una “relación terapéutica”. Por eso, sus
esfuerzos no se dirigen a curarlo sino a hacer de su relación un lugar seguro
donde el paciente pueda curarse a sí mismo.

Paradójicamente, el grupo de seres humanos adquieren la capacidad de sanar y


convertir cuando sus miembros aprenden que no deben tratar de hacerlo. La
comunidad es un lugar seguro precisamente porque nadie trata de curar, convertir,
encasillar ni cambiar a nadie. Los miembros son aceptamos tal como son. Uno es
libre de ser como es. Con esa libertad, puede desechar sus defensas, máscaras y
disfraces para buscar su salud psicológica y espiritual y convertirse en un ser
sano y santo.

Comunidad: reto para experimentar el desarme personal: Hacia final de una


experiencia comunitaria de dos días realizada en 1984, una señora madura
expresó al grupo: “Scotty nos dijo que no debíamos abandonar la experiencia,
pero anoche, cuando llegamos a casa, mi esposo y yo estábamos casi
convencidos de que debíamos hacerlo. No dormí bien anoche y esta mañana
estuve a punto de no venir. Pero ha sucedido algo muy extraño. Ayer contemplaba
a todos ustedes con mirada hosca. Hoy, por alguna razón que no comprendo, los
contemplo con mirada amistosa. Me parece algo hermoso”.

Esta transformación, que es común en las comunidades, es igual a la que describe


la historia del rabino y los monjes. El monasterio decrépito y el grupo moribundo
adquirieron vida (y se realizaron como comunidad) cuando sus integrantes
empezaron a mirarse con los “ojos de la amistad”, es decir, a través del lente del
respeto mutuo. Puede parecer extraño en una cultura basada en el individualismo
rudo que esta transformación suceda justamente cuando caen las defensas.
Mientras conservamos la máscara de la impavidez, nuestras miradas son hoscas.
Pero cuando caen las máscaras para revelar el sufrimiento, el coraje, la
vulnerabilidad y la dignidad subyacentes, empezamos a respetarnos mutuamente
como seres humanos.

Una vez, cuando hablaba sobre comunidad al organismo dirigente de una iglesia,
uno de los miembros hizo el siguiente comentario: “Entonces, usted afirma que
para realizar la comunidad es necesario confesar la propia debilidad”. Tenía razón,
pero aquí quiero destacar el hecho de que es necesario “confesar” la debilidad.
Concebimos la confesión como un acto que se realiza en secreto, en la oscuridad
del confesionario, con la garantía del secreto sacerdotal o psiquiátrico. Ahora bien,
la realidad es que todos los seres humanos son débiles y vulnerables. ¡Qué
extraño es que cada uno se sienta obligado a ocultar sus heridas, si todos
estamos heridos!

La vulnerabilidad es una calle de doble mano. Para realizar la comunidad, cada


uno debe ser capaz de mostrar sus heridas y debilidades a sus congéneres, y a la
Peck Scott 23
La Nueva Comunidad Humana

vez de ser afectado, herido, por las heridas ajenas. Esta es la “mirada amistosa”
de que hablaba esa mujer. Habían caído las barreras y, en verdad, le parecía algo
hermoso. Hay dolor en las heridas. Pero lo importante es el amor que surge entre
nosotros cuando compartimos recíprocamente nuestra vulnerabilidad. Es
innegable que en nuestra cultura, este acto de confesión recíproca conlleva un
riesgo: el de violar la norma de mostrarnos invulnerables. Para la mayoría es una
conducta novedosa, que aparentemente, tiene sus peligros.

La palabra experimentos puede parecer chocante en relación con la comunidad,


porque evoca el laboratorio, un lugar estéril y lleno de aparatos. No obstante, el
laboratorio es un lugar seguro para realizar experimentos. Es un lugar necesario,
porque experimentar significa probar nuevas formas de hacer las cosas. Así
sucede en la comunidad: es un lugar seguro donde experimentar con formas
novedosas de conducta. La mayoría de las personas aprovecha la oportunidad
que le brinda ese lugar seguro para efectuar profundas experiencias de amor y
confianza. Abandonan sus defensas habituales, sus poses amenazantes, dejan
caer las barreras de desconfianza, miedo, rencor, prejuicio. Hacen la experiencia
de desarmarse, de conocer la paz consigo mismos y con el grupo. Y descubre que
el experimento es eficaz.

Del experimento se derivan nuevas experiencias, las que a su vez brindan


sabiduría. Por eso, al realizar el experimento de desarmarse, los miembros de una
comunidad verdadera descubren por experiencia propia las normas de la
pacificación y aprenden sus virtudes. Es una experiencia personal tan fuerte que
puede convertirse en fuerza motriz para la búsqueda de la paz en escala mundial.

Comunidad: reto para luchar con gracia: A primera vista puede parecer extraño
que la comunidad, un lugar seguro y un laboratorio donde experimentar con el
desarme, sea también un lugar de conflictos. Para explicarlo mejor, recurriremos a
una historia. Un maestro sufí paseaba por las calles con sus discípulos. Llegaron a
la plaza central de la ciudad en momentos en que las tropas del gobierno y las
fuerzas rebeldes libraban una batalla encarnizada.

- Maestro –imploraron los discípulos, horrorizados por la


carnicería-, dinos rápidamente, ¿a cuál bando debemos
ayudar?
- A los dos– respondió el maestro.
- ¿Por qué a los dos?- preguntaron los discípulos, perplejos.
- Debemos ayudar a las autoridades a escuchar el clamor del
pueblo –dijo el maestro- y a los rebeldes a no rechazar de
plano la autoridad.

En una comunidad verdadera no hay bandos. No es fácil, pero cuando el grupo se


convierte en comunidad, es porque sus miembros han aprendido a rechazar el
espíritu de fracción y de camarilla: a escucharse mutuamente y a no rechazarse. A
veces se alcanza el consenso con milagrosa rapidez. En otras ocasiones, se llega
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La Nueva Comunidad Humana

a él después de una larga batalla. La comunidad es un lugar seguro, pero no libre


de conflictos. Con todo, es un lugar donde los conflictos se resuelven sin
derramamiento físico ni emocional de sangre, con inteligencia y gracia. Una
comunidad es un grupo capaz de luchar con gracia.

No es casual que suceda así. La comunidad es una arena donde los gladiadores
han depuesto las armas, se han despojado de su armadura, han aprendido a
escuchar y comprender, a respetar los dones y aceptar los defectos ajenos, a
festejar sus diferencias y vendarse mutuamente las heridas, donde se
comprometen a lugar juntos en lugar de unos contra otros. Es en verdad un campo
de batalla de lo más extraño. Pero por eso mismo es el más efectivo para la
resolución de los conflictos.

No se puede exagerar la importancia de esto. En el mundo hay muchos conflictos,


y los más graves no se resuelven. Pero sí hay una fantasía muy difundida, que en
pocas palabras se expresa así: “Si somos capaces de resolver nuestros conflictos,
algún día seremos capaces de vivir en comunidad”. Tal vez concebimos las cosas
al revés, y el verdadero sueño se expresa así: “Si somos capaces de vivir en
comunidad, algún día seremos capaces de resolver nuestros conflictos”.

Comunidad: reto para construir un liderazgo compartido: Como líder


designado de grupos, he descubierto que apenas uno de éstos se convierte en
comunidad, concluye mi tarea nominal. Entonces puedo relajarme y ser uno más
del grupo, porque otra de las características esenciales de la comunidad es la
descentralización total de la autoridad. Recuérdese que es antitotalitario. Arriba a
sus decisiones por consenso. Se suele decir que las comunidades son grupos sin
líderes. Es más acertado definirlas como grupos donde todos son líderes.

En ese lugar seguro, los líderes compulsivos se sienten en libertad –a veces, por
primera vez en sus vidas- para no dirigir. A su vez, los individuos tímidos y
recatados se sienten libres para ejercer sus dotes latentes de liderazgo. Por eso la
comunidad es el organismo ideal para tomar decisiones. La expresión “el camello
es un caballo creado por un comité” no significa que las decisiones tomadas en
grupos son invariablemente torpes e imperfectas, sino que los comités rara vez
son comunidades.

En 1983, tuve que tomar ciertas decisiones difíciles e importantísimas para mi


vida, tan difíciles que superaban mis poderes intelectuales, aun contando con la
opinión de expertos en la materia. Cuando pedí ayuda, acudieron veintiocho
hombres y mujeres de distintas partes de Estados Unidos. Pasamos tres días
juntos y dedicamos el ochenta por ciento del tiempo a constituirnos en comunidad.
Sólo dedicamos las últimas horas a las decisiones a tomar, y lo hicimos con la
velocidad y la precisión de un relámpago.

Y una de las características más bellas de la comunidad es lo que yo llamo el “flujo


de conducción”. Gracias a ese flujo, la comunidad de 1983 pudo tomar sus
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La Nueva Comunidad Humana

decisiones con rapidez y eficacia. Y puesto que los participantes se sentían libres
de expresarse, pudieron ofrecer sus dotes individuales al proceso decisorio en el
momento oportuno. De este modo, uno aportó la primera parte de la solución. Al
reconocer que era acertada, la comunidad la aceptó sin vacilaciones y así, de
manera casi mágica, otro miembro se sintió en libertad para aportar la segunda
parte. Y así sucesivamente.

El flujo de conducción es un hecho normal en la comunidad. Esto tiene gran


importancia para el que desea dar mayor eficiencia al proceso de toma de
decisiones, tanto en la empresa como en el gobierno o en cualquier otra parte.
Pero no es algo que se logra rápidamente. Antes hay que construir la comunidad.
Es necesario dejar de lado las pautas jerárquicas tradicionales, entregar en cierta
medida el mando. Porque en esa situación, el líder no es un individuo sino el
espíritu de la comunidad.

Comunidad: construcción de un espíritu: La comunidad es un espíritu, pero no


en el sentido habitual de la expresión “espíritu comunitario”. Esta evoca
generalmente el de la competencia y el chovinismo, el de los partidarios de un
equipo de fútbol o el de los habitantes de una localidad. La típica expresión del
espíritu comunitario podría ser “mi ciudad es más linda que la suya”.

Esta concepción del espíritu de comunidad es profundamente errónea, además de


superficial. Es acertada sólo en un sentido. Los miembros de un grupo que se ha
convertido en una verdadera comunidad encuentran placer, incluso deleite, en su
existencia como organismo colectivo. Saben que han logrado algo juntos, que
entre todos han descubierto algo de gran valor, que están “en el buen camino”.
Esa es la única similitud. El verdadero espíritu de comunidad no es competitivo.
Por el contrario, un grupo en el que reina el espíritu competitivo no es una
comunidad. La competencia es excluyente, la verdadera comunidad incluye. La
comunidad que se crea enemigos pierde el espíritu comunitario, si es que alguna
vez lo tuvo.

El espíritu de la verdadera comunidad es el de la paz. Las personas que participan


en una experiencia de construcción de comunidad suelen preguntar en las
primeras etapas, “¿cómo sabremos cuándo hemos constituido una comunidad?”.
Es una pregunta innecesaria. Cuando un grupo se convierte en comunidad, se
produce un cambio espectacular. El nuevo espíritu es casi tangible. No se lo
puede confundir con nada. Quien lo haya conocido no necesita hacer esa
pregunta.

Nadie puede poner en tela de juicio que el espíritu que predomina cuando un
grupo se convierte en comunidad es el de la paz. Empieza a reinar una serenidad
desconocida. Los participantes bajan el tono de voz, sin embargo, por extraño que
parezca, las voces se escuchan más claramente que antes. Se producen
silencios, pero jamás son incómodos. Al contrario, es un silencio agradable,
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La Nueva Comunidad Humana

sereno. Desaparece el frenesí, se desvanece el caos. Es como si hubiera música


en lugar de ruido. Se escucha y se oye. Reina la paz.

Pero el espíritu es esquivo. No se deja definir ni atrapar a la manera de las cosas


materiales. Por eso, en un grupo comunitario, no siempre reina la paz en el
sentido usual del término., En ocasiones surgen conflictos entre los participantes,
algunos de ellos muy ásperos. Los conflictos provocan excitación y extroversión, lo
que deja poco o ningún margen para el silencio. Pero es siempre productivo,
jamás destructivo. Avanza hacia el consenso, porque en medio del conflicto reina
el amor. Se produce sobre una base de amor. El espíritu de comunidad es
inevitablemente el de la paz y el amor.

La “Atmósfera” de amor y paz es tan tangible, que casi todos los participantes la
viven como un espíritu. Los propios miembros agnósticos y ateos suelen referir la
experiencia de construir una comunidad como unja vivencia espiritual. Lo que
varía, en cambio, es la interpretación de la experiencia. Los que tienen una
conciencia secular tienden a considerar el espíritu comunitario como una creación
del grupo, algo hermoso pero nada más que eso. En cambio, para la mayoría de
los cristianos, se trata de un fenómeno más complejo.

En este último marco de referencia, no se visualiza el espíritu comunitario como un


hecho puramente humano o una creación del grupo. Se le considera externo al
grupo e independiente de éste. Se lo concibe como algo que desciende sobre el
grupo, así como se dice que el Espíritu Santo descendió en forma de paloma
sobre Jesús en su bautismo. Con todo, esto no significa que la aparición del
espíritu es casual e impredecible. Sólo puede descender y echar raíces en tierra
fértil y labrada. Así, las personas de orientación cristiana, ven en la construcción
de una comunidad la preparación del terreno para el descenso del Espíritu Santo.
El espíritu comunitario es una manifestación del Espíritu Santo.

Esto no significa que la comunidad es un fenómeno limitado a los cristianos. La


he visto surgir entre cristianos y judíos, cristianos y ateos, judíos y musulmanes,
musulmanes e hindúes. Puede aparecer entre personas de cualquiera o ninguna
confesión. Tampoco significa que el ser cristiano garantiza la aparición de la
comunidad. Se dice que unos hombres observaron cómo los discípulos de Jesús
expulsaban a los demonios invocando su nombre y les pareció muy fácil. Sin
pensarlo dos veces, se acercaron a unos endemoniados y se pusieron a clamar:
“Jesús, Jesús, Jesús”, pero sólo consiguieron que los demonios se burlaran de
ellos.

Lo mismo sucede con los grupos. Un grupo de cristianos que no estén


preparados, por más que clamen “Jesús, Jesús, Jesús”, hasta quedar roncos., no
conseguirán nada, es decir, no se acercarán un ápice a la conversión en
comunidad. En cambio, un grupo de personas (cualquiera que sea su confesión
religiosa, y aunque jamás pronuncien la palabra “Jesús”) dispuestas a practicar el
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La Nueva Comunidad Humana

amor, la disciplina y el sacrificio que requiere el espíritu comunitario –el que Jesús
exaltó y mostró- estará reunido en su nombre y él estará con ellas.

En mi marco de referencia, el cristianismo, el espíritu de comunidad es el de paz y


amor, es decir, el de Jesús. Pero la concepción cristiana es aún más trascendente.
La doctrina de la Trinidad –tres en uno- sostiene que Jesús, Dios y el Espíritu
Santo en un sentido son tres personas y en otro una. Por eso, cuando digo que
Jesús está presente en la comunidad, hablo también de la presencia de Dios y del
Espíritu Santo.

El pensamiento cristiano identifica el Espíritu Santo con la sabiduría y visualiza


esta misma como una suerte de revelación. Para la mente secular, los seres
humanos llegan a la sabiduría por medio del pensamiento, el estudio y la
experiencia. Es obra del hombre, una especie de premio al esfuerzo. Los
pensadores cristianos de ninguna manera desdeñan el pensamiento, el estudio ni
la experiencia, pero creen que interviene un factor adicional en la creación de la
sabiduría. Concretamente, creen que la sabiduría es un don de Dios y el Espíritu
Santo.

La sabiduría de una comunidad verdadera puede parecer milagrosa. La mente


secular la atribuye exclusivamente a la libertad de expresión, la suma de talentos
múltiples y la toma de decisiones por medio del consenso. No obstante, según mi
visión religiosa, en ocasiones esta sabiduría se debe más bien al espíritu divino y
posiblemente a la presencia divina. Por eso el espíritu de comunidad conlleva
frecuentemente la sensación de alegría. Los participantes se sienten temporal y al
menos parcialmente transportados del universo mundano y las preocupaciones
cotidianas, como si el cielo y la tierra fueran uno.