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Amelia:

Tres, el poder del elegido.

Precioso Daimon
preciosodaimon@gmail.com

Precioso Daimon 1
Índice:
4º Parte – La guerra final

La historia hasta ahora.

Cáp. 1 – Recuerdos del padre.

Cáp. 2 – Entra Mateus.

Cáp. 3 – Intriga y rebelión.

Cáp. 4 – Preparaciones.

Cáp. 5 – Fishiku.

Cáp. 6 – La revelación.

Cáp. 7 – Reencuentro.

Cáp. 8 – Primera batalla.

Cáp. 9 – Invasores.

Cáp. 10 – Pelea en la playa.

Cáp. 11 – Bulen ataca.

Cáp. 12 – Choque inminente.

Cáp. 13 – Resistencia.

Cáp. 14 – Noche oscura.

Cáp. 15 – El nuevo Sulei

Cáp. 16 – Un amigo en un lugar extraño.

Cáp. 17 – Desaparecidos.

5º Parte: La lucha por el futuro.

Los 10 del Kishu.

Cáp. 1 – Futuro nuevo.

Cáp. 2 – Renacimiento.

Cáp. 3 – Futuro viejo.

Cáp. 4 – Los peregrinos.

Cáp. 5 – Persecución.

Cáp. 6 – La gruta.

Precioso Daimon 2
Cáp. 7 – Mensaje.

Cáp. 8 – Viaje infinito.

Cáp. 9 – Enfrentamiento II: Salvador

Cáp. 10 – Decisión.

Cáp. 11 – Rendición.

Cáp. 12 – El elegido.

Conclusión.

Previamente publicado en: http://vampirasanta.blogspot.com


Por Precioso Daimon

Precioso Daimon 3
4º Parte – La guerra final

La historia hasta ahora

En Duma, un mundo muy parecido a la Tierra, conviven tres razas inteligentes pero
enemistadas entre sí: los trogas, bestias fuertes que poseen la habilidad de absorber los
rasgos de otros seres a través de la digestión, los kishime, seres angelicales que a pesar
de su fragilidad se creen superiores por sus grandes poderes para controlar la naturaleza,
y los hombres, campesinos y cazadores que viven entre los restos de una gran
civilización perdida.
Entre los kishime se ha pasado una profecía que pronostica el fin de su raza con la
llegada del elegido. Todo hace suponer que este es un troga, el último sucesor del clan
Grenio, que sólo busca vengarse del guerrero Claudio, un humano que llegó de la Tierra
hace cuatrocientos años y asesinó a casi todos sus antepasados. Grenio logra cruzar,
usando un misterioso poder, y secuestra a Amelia, una lejana descendiente de Claudio.
Pero su honor no se recuperaría al matar a una débil muchacha, y en espera de una
mejor oportunidad la sigue por todo el planeta, mientras ella, en compañía de Tobía, un
monje tuké, quiere encontrar las gemas que los kishime robaron y sirven para hacer
funcionar la Agasia, la puerta que cruza dimensiones y es su única esperanza de volver a
la Tierra.
Sin embargo, el kishime Sulei tiene un plan secreto que involucra al elegido, y Bulen
es su fiel seguidor que hace todo lo necesario para que su jefe triunfe. Al ir en busca de
Tobía, secuestrado por los kishime, por culpa de un malentendido Amelia intenta matar al
troga con la espada de su antepasado. Glidria, un anciano troga solitario, y dos aliados
del clan Fretsa, cuidan de Grenio hasta recuperarse para poder enfrentar a los kishime.
Mientras, Amelia cae en manos de Sulei, quien la coloca en una máquina que la envía a
un vacío oscuro donde conversa con un ser fantasmal. ¿Quién es este ser que aparece
en la cabeza de Grenio y ayuda a Amelia, sobre todo cuando se encuentran en
problemas serios? ¿Para qué le servirá a Sulei el artefacto extraño que Grenio descubre
en su sótano? ¿Por qué los deja vivir, cuando toda su raza teme su mera existencia?
Las respuestas están en el pasado, en lo que ocurrió entre Claudio y el clan Grenio, y
en la real profecía kishime. Pero para llegar a la verdad, Amelia, Grenio y Tobía deberán
superar los recelos y diferencias del pasado, el deseo de matar y el miedo, para caminar
hacia el futuro y salvar al mundo.

Precioso Daimon 4
Cáp. 1 – Recuerdos del padre

Sesenta y seis años antes, Grenio había recorrido el mismo camino en compañía de su
padre. En ese entonces, quien encabezaba el clan había pensado que era tiempo de que
su hijo saliera del cobijo de Frotsu-gra y recorriera el mundo, entrenándose para lo que
iba a ser la tarea de su vida si él mismo no podía cumplir su cometido. Fueron momentos
difíciles para el niño troga, las penurias del viaje a pie y el enfrentarse a los humanos por
primera vez, pero la alegría de ser discípulo de su padre, a quien veía como un guerrero
excelente, superaba cualquier abatimiento. Los trogas que vivían en la costa, pasaban
gran parte del tiempo entrenando para pelear, pero el jefe del clan Grenio podía
derrotarlos a todo, lo que era una fuente de orgullo inagotable para su hijo.
La primera noche, luego de atravesar la llanura pedregosa que aislaba su ciudad de la
tierra fértil, su padre armó una fogata y descansaron, mientras lo preparaba para algunas
de las maravillas que iban a encontrar:
–Y montañas, mil veces más altas que el barranco más alto que hayas visto, con la
punta nevada y ríos que corren a sus pies. Ríos cien veces más caudalosos que los
arroyos que puedes encontrar en nuestra tierra. Llanuras verdes, amarillas, marrones. Y
muchos seres humanos, por todos lados –con expresión cautivante, trataba de responder
a la pregunta de qué contenía el mundo.
–¿Cómo son los seres humanos? –preguntó el joven, una versión mucho más delgada
de su padre, y que además no había heredado su par de cuernos torneados.
Después de pensarlo un minuto, Jre Grenio contestó con el ceño fruncido:
–Son pequeños.
El joven se quedó admirado, considerando que si eran pequeños, y por la expresión de
su padre no valían mucho, entonces sería fácil derrotar a su enemigo. No contaba con
que primero tenían que encontrar a algún descendiente de Claudio, que había
desaparecido cuatrocientos años antes. Pero eso lo iría descubriendo después, así como
que los humanos, aunque prácticamente indefensos, podían ser peligrosos cuando
venían en cantidades.
Los primeros que vio eran un grupo de niños pastores, del valle de Tise, y pronto
descubrió lo divertido y fácil que era asustarlos, arrancarles gritos de pavor y que salieran
huyendo, tan sólo con mostrarse ante ellos.
Su padre lo reprendió por tomar el asunto a la ligera:
–Si queremos que nos tengan respeto, no puedes andar por ahí luciéndote. Se tiene
miedo a lo que no se conoce, a lo extraño, lo inexplicable, así que ten cuidado.
En el valle de Nahiesa, por primera vez fue perseguido por una turba furiosa, que lo
culpaba de un incendio que destruyó sus silos y espantó a sus animales. Cuando llegó a
la cima de la meseta donde nacía el río, escapando a duras penas de unos tenaces
perseguidores que no querían perder la oportunidad de sacrificar la cabeza del demonio
en ofrenda a la tierra, sintió una voz que le hablaba desde la copa de un árbol:
–Tampoco es agradable ser el malo siempre ¿no? –comentó su padre, risueño,
dedicado a su actividad favorita después de pelear y cazar, que era lustrarse los cuernos.

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Visitaron muchas regiones. Solían entrar a las villas humanas por la noche, espiando lo
que hacían sus habitantes para luego comentar y burlarse entre ellos, mientras
disfrutaban el producto de la caza o el pillaje, a la orilla de un río o en las sombras de un
bosque. Tampoco descuidaban el ejercicio, siendo el jefe Grenio un especialista en todo
tipo de cuchillas, espadas y lanzas, estaba ansioso por pasarle las técnicas a su hijo, aun
siendo pequeño para un adiestramiento completo. A veces el niño se preguntaba por qué
apremiaba tanto a su padre transmitirle conocimientos, sobre la guerra, sobre la familia,
sobre el mundo, como si esperara dejarlo pronto.
El joven troga creció hasta tener la fuerza y la habilidad que su padre esperaba de él, y
aún para cumplir la tarea que su clan había intentado por cuatro generaciones, pero
nunca en sus largos viajes había vuelto a pisar Sidria, desde que dejó su querido cuerpo
convertido en cenizas.
Parado contra la luz del sol, contempló el paisaje ondulado, cubierto de un mar de
hierba verde, salpicado de espigas y flores y rocas negras que, como islas esparcidas en
lo verde, sobre las cuales uno podía sentarse y disfrutar de los días cálidos y las noches
estrelladas. El lago era un círculo casi perfecto que reflejaba los rayos del sol anaranjado
del atardecer. Tobía y Amelia también se habían detenido un momento; luego
descendieron del caballo y bajaron por la colina en dirección al espejo de agua.
La joven se arrodilló en la orilla para beber, recogiendo un poco de agua entre sus
manos ahuecadas. Estaba llevándosela a la boca, cuando Grenio, que los había seguido
con más prisa de la que se daba siempre, le dio un manotazo que no sólo la dejó sin
beber, también la arrojó al suelo con la oreja caliente. Azorada, Amelia se volvió hacia
sus ojos encendidos mientras sentía el sabor de la sangre en su boca; le había partido el
labio.
¿Por qué la atacaba ahora?
–¡Ey! ¿Qué haces? –gritó Tobía, interponiéndose entre los dos, temeroso de alguna
acción vengativa por parte del troga, que se venía esperando desde que habían salido de
Tise–. ¿Qué te pasa?
–¡Es un insulto! –exclamó Grenio, exaltado, dirigiéndose al lago y agregó, entre sus
dientes apretados–. Que ella beba del lago...
–¿Hum? –Tobía no se explicaba por qué era un insulto tomar agua.
Amelia se levantó y se acercó al tuké.
–¿Qué pasa? –musitó, pero no obtuvo respuesta. Miró las tranquilas aguas color
cobre–. ¿Qué hay allí?
Como Grenio se quedó callado, perdido en sus recuerdos, con la vista fija en el suelo y
Tobía no tenía idea de qué le había picado, ella decidió aproximarse de nuevo a la orilla.
Con movimientos deliberados puso su mano en el agua y esperó. Notando su gesto,
Grenio dijo al tuké:
–El cuerpo de mi padre descansa en estas aguas.
A Tobía le tomó un segundo procesar la información y exclamar:
–¡Amelia! –pero ella ya se había apartado de la orilla, más impresionada por el tono
lúgubre del troga que por su violencia anterior.
Su padre creía poder encontrar en ese lugar alguna pista sobre cómo llegar a la tierra
de Claudio, porque el último en morir a manos del humano había tenido alguna conexión

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con Sidria, donde había vivido por muchos años aislado del resto del clan. Además, allí
se podían encontrar los restos más antiguos de civilización, cuando los humanos
convivían y luchaban con las otras razas de igual a igual.
Una noche de luna llena dejó a su hijo a orillas del lago y se introdujo en la ciudad
antigua. Antes de que pudiera revisar las inscripciones y dibujos de las paredes y
columnas, se encontró con un troga de un clan rival, quien había tomado ese territorio
como coto de caza. Habitaba en una torre, acechando por las noches las aldeas y
cazando humanos y ganado en los alrededores.
El Grenio joven despertó mucho antes del alba, sobresaltado, y se halló solo,
acompañado del canto ominoso de las criaturas nocturnas que chillaban entre el pastizal.
Al poco rato, escuchó roces en la hierba, y su padre apareció rengueando. Un sangrado
abundante le salía de un mordisco en el pecho.
Con la luz del alba, descubrió que el estado de su padre era peor de lo que temía en
un principio. Aunque su herida podría cerrar en poco tiempo, le habían inyectado veneno
en su torrente sanguíneo y al no sacarlo antes, se había esparcido por su cuerpo. Ahora
su piel tenía una tonalidad grisácea, la herida estaba hinchada y la piel alrededor de sus
ojos y boca tenía una costra amarillenta. Recostado contra una roca, el herido miró a su
hijo que, enojado consigo mismo por no haber hecho algo a tiempo, estaba clavándose
las uñas en sus propias palmas.
–Te glaso... –comentó lo hermoso que era ese lugar, y preparando a su hijo para lo
peor dijo–. Tlo go tatso.
Su cuerpo se descompuso en los siguientes días, dejándolo incapacitado para mover
ni siquiera un brazo. El niño trató de buscar, con desesperación, las mejores piezas de
caza, las raíces que había visto usar como medicina, el agua más pura. No durmió ni
cerró un ojo, contemplando la fortaleza que admiraba y se desvanecía.
–Pareces enojado conmigo –murmuró su padre, un día que no le había quitado los ojos
de encima hasta parecer hipnotizado–. Sé que no quieres que me muera, pero hijo, no
podía eludir esa pelea. Ese troga es un renegado que creyó que invadía su terreno, y
estaba tan loco por vivir ahí solo que no se podía razonar con él. Además, nos insultó
diciendo que nuestro clan no había podido hacer nada contra un solo humano, y que no
merecíamos existir. Por eso tuve que terminar con él, para que no repitiera esas palabras
nunca más. Fue mi error no darme cuenta de que me había envenenado, con sólo una
mordida.
–Padre... –ahora se sentía mal porque en realidad había estado pensando que había
sido derrotado inútilmente.
Después de haber hablado más de lo que debía, su padre parecía agotado. Pidió
agua, pero cuando se la trajo, estaba desmayado.
–¡Padre! ¡Padre!
Jre Grenio entreabrió los ojos y no lo reconoció. Desesperado, el jovencito lo sacudió
para que despertara, deteniéndose luego en seco, con temor a empeorar su condición.
La luz declinó, el sol rojo se deslizó sobre ellos y al anochecer, el troga susurró, aún
tendido en el suelo y sin poder abrir los ojos: –Te nombro... Jre Grenio...
El joven tuvo que pegarse a sus labios para escuchar las últimas palabras.
Toda la noche permaneció inmóvil junto al cadáver, incapaz de reaccionar, porque
entonces tendría que darse cuenta de que estaba completamente solo en el mundo y era

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el último de su clan, y pronto tendría que levantarse y proseguir con el deber de limpiar su
nombre. El mundo giró y él seguía allí, viendo el rostro de su padre, que iluminado por el
nuevo sol de la mañana, parecía haber recuperado su lozanía. Arrastró el cuerpo hasta el
medio de la playa, fue a recoger ramas secas, juntó y ordenó sus cosas. Trabajó hasta
agotarse, sin pensar, preparando la pira funeraria. Lo vio encenderse en llamas y
consumirse, alimentando la pira cuando era necesario. Una tarea que habrían llevado a
cabo, en ocasiones normales, una media docena de trogas adultos. Tiró las armas al
fondo del lago, para que nadie más pudiera usarlas. Guardó la espada de Claudio, que
debía cargar con celo hasta cumplir su promesa. El humo gris se elevó en el cielo. Juntó
los huesos con sus propias manos, y los puso en las brasas para que se calcinaran.
–Vive... por nosotros –habían sido sus últimas palabras, y Grenio prometió mientras lo
ponía en su último lugar de descanso, que llevaría su nombre en alto y terminaría su
búsqueda.
Alzó los brazos y el viento llevó las cenizas en todas direcciones, esparciéndolas en la
superficie de las aguas, para que se volviera uno con ese paisaje fértil. Sesenta y cinco
años después podía pararse allí, sin la opresión de la pena en el pecho, que de pequeño
no sabía lo que era y le parecía que se habían llevado un pedazo de su carne, y decir con
satisfacción que había conseguido lo que quería. Podía entregar la sangre de su enemigo
como ofrenda en memoria de su padre y todos sus antepasados, podía hacerlo.
Amelia conversaba con Tobía, que le estaba contando cómo hacían sus funerales los
trogas, según lo que había oído de Mateus. Estaban sentados sobre la colina mirando
hacia la puesta de sol, mientras el troga seguía como una estatua, con los pies en el
agua.
–¿Hace cuanto que murió?
–Cuando veníamos para acá me dijo que hacía sesenta y cinco años que no pisaba
esta región, así que... debió ser entonces.
Ella lo miró, incrédula. A Tobía le gustaba tomarle el pelo, seguramente.
–¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuántos años tiene? –él la miró risueño, mientras ella calculaba,
impresionada–. Es un anciano, pero no se le nota para nada.
–Tonta. Apenas es un adulto. Ellos viven más años que nosotros...
Ella asintió, pensativa. Mientras, Grenio se aproximaba a ellos, con un humor negro y
aspecto amenazante. Alarmado, Tobía se incorporó y se interpuso en su camino.
–¿Qué pretendes? –le preguntó.
No le gustaba su expresión. Era el mismo rostro que la aterrorizó al verlo por primera
vez. Un demonio oscuro, con ojos como brasas, enorme.
–Sa... avla... te oño –murmuró, mostrando sus dientes feroces.
Amelia estaba temblando, pero no había intentado moverse. Permaneció con la
cabeza gacha y dijo, en voz calma: –Quiere acabar, por su familia... la venganza ¿no?
El troga se dirigió al caballo y sacó la espada. Tobía corrió hacia él, inútilmente, pues
con una mano Grenio se lo sacó de encima, arrojándolo al suelo. El animal relinchó.
–¡Déjalo! –exclamó la joven, temiendo por el tuké, que había pasado tanto por ella–.
Esto es entre nosotros, ¿no?
Grenio apuntó la espada hacia su cuello, y ella tuvo una sensación de deja vu.

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Todavía podía comprenderla, tenía la habilidad de entender sus palabras como si
leyera su mente, desde que la voz se había comunicado con él. Era un martirio ¡Qué!
¿por qué no pensaba defenderse? Ya que lo había herido con total impunidad, él no tenía
reservas en hacerle daño. No se trataba de una indefensa niña. Estaría muerto si no
fuera por Glidria. Ella era su enemigo, ¿por qué tenía que hacer tanto esfuerzo por
convencerse a sí mismo?
La situación disparó en la cabeza de Amelia la imagen de la última pelea entre el
Grenio del pasado y su ancestro Claudio. Recordó la expresión asesina del hombre, y su
propia compasión por los trogas; tal vez mal ubicada puesto que querían matarla por algo
que había sucedido hacía casi quinientos años. El ser luminoso que se hallaba allí le
transmitió un sentimiento cálido, como una sonrisa tierna o un día especial, que la ayudó
a mantener la cordura cuando estaba atrapada en el vacío.
–¡Espera! –gritó Tobía, arrastrándose de rodillas hasta alcanzarlos–. ¿Qué vas a hacer
con los kishime? ¿Ya los olvidaste? ¿Y la profecía?
–Luego me ocuparé de ellos... –Grenio bajó la punta de la espada–. Pero tengo que
cumplir la promesa que mi padre cargó toda su vida, que todos mantuvieron. Yo tengo
enfrente a mi enemigo, ¿cómo voy a dejarla ir? ¿Cómo puedo traicionar todo por lo que
ellos vivieron?
Estaba temblando de rabia y frustración, porque también recordaba lo que la voz le
había mostrado, los sueños. Mientras hablaba, Amelia se había acercado a una distancia
temeraria, y colocó sus manos sobre la empuñadura que aferraba con decisión. Él bajó la
mirada hacia su cabello castaño, enrojecido por la luz del atardecer, y escuchó que
murmuraba:
–Esto me pertenece... Yo, lo siento mucho por ti... pero no voy a dejar que...
Él soltó el arma, y sorprendida, Amelia la dejó caer a sus pies. Había decidido que no
quería morir, no quería terminar su vida en una estúpida venganza, porque quería vivir,
quería hacer muchas cosas, y tenía que volver a su casa. Sin embargo, ahora estaba
indefensa, su cuello preso entre sus garras.
–¡No, por favor! –exclamó el tuké, horrorizado, sin poder mover un músculo.
–Él se suicidó... –murmuró ella–. Yo lo vi, con sus propias manos...
El troga la soltó, sorprendido. ¡También podía comprenderlo, no podía ser de otra
forma!
En ese momento un grito los interrumpió. Una silueta emergió en lo alto de la colina,
dando la voz de alarma. Al segundo, un grupo de cinco jinetes subió el terraplén del otro
lado, haciendo temblar el suelo con sus cascos y paralizando a los tres, que absortos en
su problema no se habían percatado de que una cabeza los espiaba hacía rato.
Pronto estuvieron rodeados por un grupo de humanos, armados con lanzas, y
ballestas, un arma que Grenio no conocía, montados en sendos animales de brillante
pelaje. Amelia se preguntó, desazonada “¿y ahora qué?”, mientras que Tobía, más
previsor, se situaba detrás del troga.

Cáp. 2 – Entra Mateus

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Dos jinetes levantaron sus triples ballestas, y tiraron, arrojándoles una amplia red
asegurada por sendas líneas de cuerda a las seis flechas. Grenio era su blanco, pero los
humanos quedaron también atrapados cuando las flechas se clavaron en el suelo a su
alrededor.
La trampa estaba fabricada con un material resistente, hecho para la caza de animales
salvajes con dientes agudos. Cuando el troga tiró con su fuerza, las fibras se estiraron
hasta hincársele en la carne, pero no se rompieron. Los jinetes festejaron con alaridos,
elevando sus lanzas al cielo.
Amelia se agachó, aprovechando que la masa corporal del troga llenaba la red, tomó la
espada del suelo con ambas manos, y cortó un par de líneas. Al ver que la bestia
desconocida se liberaba con la ayuda de la joven, el grupo dejó de vitorear y se
prepararon para la pelea. Grenio avanzó hacia ellos, enfurecido. Mientras, su caballo se
acercó al trote y Tobía montó, instándola a huir:
–¡Vamos, Amelia! –gritó, y le tendió una mano.
Ella dudó.
–¿Por qué lo atacan? –exclamó.
Un momento de tardanza bastó para que uno de los jinetes se interpusiera entre ellos,
arrinconando a la joven y gritándole hasta aturdirla. Ella tenía el arma pero era inútil,
porque ni podía levantarla para defenderse. Tres atacaban en conjunto a Grenio, que
podía esquivarlos más o menos. La altura de los jinetes lo incomodaba, aunque si lograba
tirarlos al suelo, los vencería fácilmente. El último siguió Tobía y este huyó al galope
colina abajo, confiando en que Grenio se ocuparía de los demás.
Su atacante parecía un oso, pensaba Amelia. El hombre era barbudo, llevaba el pelo
largo e hirsuto, cubierto por un tocado de cuero con borlas de metal, la piel muy tostada y
despedía un olor apestoso. Como los demás, iba vestido de lana gruesa, con pantalón
negro y camisola blanca y un chaleco colorido; no cabía duda de que toda esa ropa en
ese clima era la fuente de su hedor. Lo peor era el brillo de sus ojos; la miraba con avidez
y ella no quería ser su tesoro. Retrocedió arrastrando la espada, y tropezó. Cayó sentada.
El hombre desmontó y se le acercó. Amelia gritó en cuanto se inclinó sobre ella.
Tobía, espoleando al animal para que corriera más veloz, divisó a lo lejos una figura
envuelta en una capa que había detenido su caballo para observar la corrida. El tuké no
dudó en desviarse para evitarlo, pero en cuanto notó este movimiento la figura se puso en
acción, dirigiéndose hacia él. Desesperado, Tobía se inclinó sobre el cuello del animal, lo
abrazó, y le gritó que corriera por lo que más quisiera. La nueva figura iba a interceptarlo.
Tobía logró pasar rozando, el otro se detuvo, tomó un objeto largo que llevaba en
bandolera, y lo extendió al frente. El perseguidor de Tobía se encontró con este en su
trayectoria y no frenó a tiempo. Su cabeza colisionó con el objeto cilíndrico y salió
despedido de su corcel, que siguió de largo sin pensar en su jinete.
–¡Para! ¡Espera! –Tobía sintió que le gritaban de atrás.
Miró por encima del hombro a su nuevo perseguidor, y le extrañó ese personaje,
minúsculo comparado con su montura, que le gritaba con una voz familiar. Lo esperó, y
apenas el jinete se quitó la capucha, reconoció a su maestro.
–¡Mateus! Digo, Gran tuké... ¿Qué haces aquí? –tartamudeó, confundido.
–Esa es mi pregunta –replicó Mateus, atando el tubo de nuevo en su espalda–. ¿Por
qué te persiguen? ¿Qué hiciste? ¿Y dónde está la elegida, eh?

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Avergonzado, Tobía miró en dirección a donde Grenio todavía estaba luchando con
cuatro humanos, oculto a sus ojos por la ondulación del terreno.
Además de gritar, Amelia le había pateado la espinilla. Fue un reflejo, en cuanto vio
que el hombre se le venía encima, lo golpeó sin pensar. Él lanzó un alarido, y le apuntó
con su lanza. Al ver que estaba en problemas, Grenio se acercó de un salto y le arrebató
la lanza al grandulón. La hizo girar entre sus dedos afilados y el hombre cayó, de un
golpe en la sien. Amelia sintió un silbido, y luego de un momento notó que un par de
flechas se habían incrustado en el suelo, muy cerca.
Una le dio al troga en un muslo. Grenio se la arrancó y se volvió a enfrentarlos,
gruñendo.
–Toma esto –le indicó Amelia, pero no pareció comprenderle. Repitió–. Tómala,
Grenio.
Al fin adivinó. Le estaba ofreciendo la espada. Dudó porque no quería usar para
defenderse esa arma con la que Claudio había tomado la sangre de los suyos, pero la
situación apremiaba; un humano venía cargando hacia él a toda velocidad. En un abrir y
cerrar de ojos, levantó y blandió la espada en el aire, y esta chocó contra la masiva lanza
del jinete, partiéndola en dos y tirando al hombre al suelo por la fuerza del impacto.
Amelia rodó a un lado cuando el caballo saltó sobre ella. Cayó pecho a tierra y, al
levantar la cabeza, en medio de la nube de tierra, vio que los otros dos atacaban al troga
por la espalda.
–¡No! –gritó, levantando un brazo como para detenerlos.
Grenio giró, parando con un solo golpe las dos lanzas que lo tenían encerrado. Aferró
una con la mano derecha y le quebró la punta. Giró la espada en su mano y en un
movimiento hacia atrás, atravesó el cuerpo del caballo a su izquierda. En cuanto retiró la
hoja el animal relinchó y corcoveó, sangrando de a litros por el cuello, y su jinete se
desplomó de espaldas. El otro había desechado su lanza y empuñó la ballesta. Tres
flechas volaron hacia el troga, este se dio vuelta como un rayo, la espada se elevó y cortó
lo proyectiles en el aire, antes de que lo tocaran. Pasmado, el jinete comenzó a reponer
los proyectiles, pero Grenio no perdió tiempo y le lanzó una estocada. El jinete se salvó
de milagro, porque su caballo retrocedió asustado, evitando que su amo fuera partido en
dos.
Amelia se paró de brazos cruzados y observó a los demás con gesto adusto. Habían
logrado ponerse en pie y contemplaban el cuadro sin la misma seguridad que antes.
Intercambiaron unas palabras y luego de una pausa vigilante se fueron corriendo. Tal vez
cazar a un monstruo no era tan buena idea. El último vio que sus compañeros lo
abandonaban, así que decidió tirar las armas y tomar las riendas para escapar.
Al final, todo estaba bien. Aunque parecían unos facinerosos, no quería que terminaran
muertos. En la luz gris del crepúsculo, una neblina fría comenzaba a levantarse del lago.
Ella se acercó con timidez al lugar donde Grenio se había detenido, clavando la espada
en el suelo, la mirada fija en el horizonte.
–¡Ey! –la sobresaltó un grito a sus espaldas.
Se trataba de Tobía, que como no podía ser menos, aparecía sano y salvo, sonriente,
y acompañado.

Los sirvientes se habían encargado de limpiar el pabellón hasta dejarlo pulido y

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brillante. Sulei atravesó una larga galería blanca, donde la luz entraba a raudales por la
pared oeste que consistía en una serie de ventanales, seguido de cerca por Bulen.
Saludaron a los otros kishime que descansaban o conversaban tirados en cómodas
poltronas, y al final de la sala, cruzaron una puerta para descender a un sótano, excavado
en la tierra de la montaña.
–¿Por qué volvimos aquí? –preguntó Bulen en cuanto estuvieron a solas en el
subsuelo, a la vez que encendía con un poco de electricidad de su dedo el tubo de gas
fluorescente que rodeaba todo el recinto.
Quedaron envueltos en un resplandor azulado.
–Tengo que ocuparme de algunos detalles –explicó Sulei, encaminándose al medio del
recinto, donde se detuvo y se agachó.
Bulen lo miró, inquisitivo. Sulei puso ambas manos sobre el suelo cubierto de piedras.
Bulen tuvo que cubrirse el rostro cuando las hizo explotar. Quedó expuesto un hueco.
Bulen se acercó y miró con curiosidad el interior, oscuro, de lo que parecía ser una gruta
natural.
–¿Qué es eso?
–Supongo que ahora es un agujero en el piso –respondió Sulei, sonriendo–. Una
cámara secreta.
Le dijo que lo siguiera, porque debía darle algunas indicaciones en caso de que algo
retrasara sus planes otra vez. Ahora tuvieron que iluminarse con una antorcha. Entraron
en una cueva oval de diez metros de largo, con un hueco en un extremo por donde se
colaba un atisbo de luz exterior, y otra grieta oscura casi a nivel del suelo.
–Ahora te voy a mostrar algo que nuestros antepasados preservaron para que nadie
olvidara la importancia y autenticidad de la profecía. Una prueba tangible.
Sulei se metió por la grieta. Tuvieron que agacharse y andar encorvados un largo
trecho, por un camino oblicuo y resbaloso.
–Hace frío –comentó Bulen.
–Claro, porque estamos subiendo a la cima de la montaña.
Bulen se preguntó si esa fisura llegaba tan lejos como hasta las nieves eternas. En
realidad, la grieta natural terminaba a cien metros del pabellón de Sulei, pero luego
entraron en una abertura horizontal excavada en la montaña para llegar a otra caverna,
una chimenea de altura impresionante. Allí, unos escalones les permitieron subir hasta
alcanzar un hueco taponado por la nieve. Sulei tuvo que hacer explotar la cubierta para
cruzar al otro lado.
Bulen se encontró dentro de un glaciar, rodeado de paredes de hielo azul y escarcha
que le entumecía los pies descalzos. Con seguridad, Sulei se dirigió a un muro
congelado, y limpió su superficie. Bulen se acercó a estudiar un marco plateado encajado
en el hielo, que contenía un cuerpo momificado. Se trataba de un kishime, por sus rasgos
delicados y finas vestiduras. Parecía dormido, los párpados caídos y los brazos cruzados
sobre el pecho.
–¿Quién es? –preguntó Bulen, asombrado. Nunca había oído que se conservara un
cuerpo en hielo, ya que los kishime cuando llegaban al límite de su vida se consumían en
su propia energía, porque su cuerpo era incapaz de contener por muchos años el poder
que cargaban.

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–Es muy antiguo... ¿Te preguntas cómo es posible que subsista en esta forma? No es
por el hielo, como se podría suponer. Fue congelado en la plenitud de su vida, porque
nadie quería perder su imagen, su recuerdo. Sin embargo, el tiempo destruye hasta la
memoria ¿cierto? –Sulei comentó con voz grave, se agachó y descubrió una placa de
metal con apliques en piedra azul–. ¿No has olvidado tu alfabeto antiguo?
Bulen se inclinó para leer el exquisito trabajo que pretéritos artesanos habían realizado,
tallando cada una de las letras en gemas azules que luego encastraron en el metal.
–“Kalüb shida... le sofu mo kishime” –descifró Bulen, con voz temblorosa, sintiendo la
presencia de ese ser que lo dominaba incluso muerto y con sus ojos cerrados.
–¿Quieres escuchar un cuento de las épocas antiguas? –bromeó Sulei.
El Kishu se hallaba dividido, la cuestión eran los humanos. Un grupo que quería
conservar la paz del mundo, decían que esas criaturas eran inofensivas pues no podían
hacer nada contra los kishime, y a la vez eran primitivos pero se podían mejorar si
interactuaban con ellos. Los otros ponían como ejemplo la Tierra, donde los humanos
habían llegado a ocupar todo un planeta a pesar de su ignorancia y brutalidad. Para
poder tomar una decisión y definirlos como enemigos o aliados, se les ocurrió consultar a
Kalüb, quien tenía gran fama por su exactitud para viajar entre dimensiones. Esto se
debía a su manejo consciente de la corriente del tiempo, que le permitía trasladarse por el
tejido del espacio a su antojo.
Kalüb aceptó la propuesta del Consejo y se preparó por largo tiempo, meditando a
mitad de un vasto desierto, único lugar libre de toda interferencia. Al cabo de sesenta
noches regresó, y dijo haber realizado un viaje astral por el futuro, pudiendo ver así lo que
le ocurriría a su raza.
–Entonces la profecía es realmente lo que ocurrirá, ya que pudo preverlo –exclamó
Bulen, tomando en serio por primera vez aquellas palabras, y admirando la figura
congelada.
–O lo que está ocurriendo –replicó Sulei.
–Pero si nosotros sabíamos lo que iba a pasar, es decir, como lo sabemos, podemos
cambiar el futuro ¿verdad?
Sulei sonrió misterioso, emprendiendo el camino de vuelta:
–De hecho ya sucedió, y ya lo cambiamos. Cada vez que intervenimos en el flujo del
tiempo, cambiamos un poco lo que él llegó a ver. Vamos, Bulen, debemos volver antes de
que los demás se pregunten que hacemos tanto tiempo en el sótano.
Bulen lo siguió, todavía confuso. El Kishu había creído por siglos que podía impedir la
destrucción de su raza torciendo el futuro, lo que implicaba evitar que apareciera el troga
con el poder de geshidu, que sería su gran destructor. Sin embargo, el tiempo transcurrió,
muchos se fueron olvidando de las antiguas tradiciones y habían cumplido un triste papel.
Quinientos años antes, sofu había dado inicio, cuando el clan Grenio trajo a un humano
de otro mundo y comenzó su leyenda. No habían sido destruidos, así que ¿estaba Kalüb
equivocado en lo que creyó ver? ¿O de alguna forma alguien había logrado cambiar el
futuro? ¿O lo que estaba destinado a pasar iba a suceder de todas formas, por más que
ellos retrasaran el momento?

Cáp. 3 – Intriga y rebelión

Precioso Daimon 13
Por las dudas evitaron el camino que pasaba por la aldea, y Amelia se llevó una
terrible desilusión ya que hacía tiempo ansiaba comer bien y descansar bajo techo.
Mateus venía de ese poblado cuando los encontró, y traía algunas provisiones, y
aunque no estaba muy contento por tener que compartir lo que había pensado disfrutar
solo, no tuvo más remedio que invitarlos. El tuké se había hecho huésped de una casa
por varios días, a fin de descansar luego de la marcha agotadora desde el lejano
monasterio. Los aldeanos eran pacíficos, los hombres cazaban y las mujeres se
dedicaban a cosechar granos silvestres y frutos secos del bosque. El episodio que
debieron enfrentar se debía a que en esa región no conocían trogas ni kishime, y los
humanos habían tomado a Grenio por un ser sobrenatural, que valía la pena ser cazado;
explicó Mateus mientras caminaban rumbo a las ruinas de Sidria.
La ciudad había sido imponente, pudieron comprobar al cruzar el puente de entrada
sobre un foso de veinte metros de ancho y diez de profundidad. Cubría un área circular
donde habían existido cinco palacios y un centenar de viviendas, además de plazas,
baños públicos y jardines que se extendían desde la muralla. Ahora los restos del muro,
las calles y los canteros, estaban cubiertos de musgo y maleza, pero todavía quedaban
algunas de las flores que crecían con exuberancia cuando eran cultivadas por expertos
jardineros. Amelia se quedó maravillada cuando escalaron la muralla y recorrieron la
explanada que circundaba la ciudad.
–Esto es más impresionante que las torres de aquella ciudad –le dijo a Tobía, que
estaba contemplando por encima del hombro de Mateus el vetusto mapa que este había
desplegado.
–Sí, es cierto –asintió Tobía, y preguntó al Gran tuké con tono socarrón–. ¿Eso es todo
lo que traías a cuestas? Y en serio, maestro, ¿qué haces tan lejos de tus deberes?
Haciendo caso omiso de su sarcasmo, Mateus contestó que él no se había quedado
tranquilo y también buscaba resolver su problema y le recordó, para fastidio de Tobía,
que no había podido recuperar las gemas del templo.
–¿Qué podemos hacer, si las tienen esos kishime? –lo defendió Amelia.
Al fin Mateus logró orientarse y exclamó: –¡Allá! –señalando un domo medio derruido,
encerrado entre bloques de piedra y maleza.
–¿Qué? –preguntó Tobía, contagiado de su exaltación.
–Eso era la Biblioteca.
–¡Ah...! –exclamaron Tobía y Amelia al unísono, con tono alicaído. ¿De que les servía
ahora ponerse a estudiar antigüedades?

Sadin escuchó en los corredores que Sulei había regresado y se apresuró a dirigirse al
salón del Consejo, que se reuniría ese mismo día, llevando de la mano a la niña. Dos
guardias lo detuvieron en la entrada del anfiteatro.
–Vengo de parte del consejero Sulei –mintió, decidido a entrar.
–El Consejo lo espera para dar informe de su misión. ¿Por qué manda un mensajero?
–Se va a retrasar un poco y tiene algo urgente que comunicar, por eso vengo yo.

Precioso Daimon 14
Uno de los miembros antiguos del Kishu, escuchó la discusión en la puerta y le hizo
una seña al guardia. Aliviado, Sadin caminó hacia él a toda prisa y le habló en el oído. El
consejero Koshin frunció el ceño y Sadin supo que había hecho una impresión en él, ya
que era famoso por nunca alterarse, para no deteriorar su belleza. En ese momento,
Sulei apareció en los escalones, subió rodeado de curiosos que querían tener un atisbo
del nuevo consejero, y entró con paso elegante y una sonrisa confiada en su rostro,
mirando a Sadin por el rabillo del ojo con expresión burlona.
–Saludos, honorables miembros –dijo, deteniéndose frente al hemicírculo.
Había ocho consejeros aparte de Koshin y este ya había pasado el arpa a los demás,
haciéndoles saber que tenía información crítica concerniente al recién llegado. Nueve
pares de ojos se fijaron en él con sorpresa.
–¿Es cierto que has intentado engañarnos, Sulei? ¿Qué la amenaza persiste y tú la
dejaste huir a propósito? –exclamó el de la punta, levantándose para señalarlo con un
dedo acusador.
El rostro de Sulei no se alteró y con una sonrisa afable, exclamó:
–Apenas llego y ya hay traición en mi Casa.
Sadin retrocedió involuntariamente en cuanto Sulei le clavó los ojos. Puso la mano en
su látigo, para sentirse seguro, y exclamó: –¡Él nos ha traicionado! ¡Él nos engaña
todavía!
–Eres tú el que me traiciona, Sadin... No le hagan caso –se dirigió a los demás–, sólo
está celoso porque cree que fue dejado de lado, ya que teniendo tal vez más experiencia,
elegí a otro para ser mi segundo. Pero no te preocupes, Sadin, pues Bulen no sabía más
que tú de mis planes secretos.
Sadin quedó helado, ofuscado por haber sido expuesto de manera tan brutal delante
de todos. Koshin intervino, indiferente a la susceptibilidad de su informante:
–Sulei, con toda esa charla, no has negado las acusaciones que trae tu guardia.
Además, podemos leer la mente de Kiren. Es claro –continuó, una mano sobre la cabeza
de la niña–, por lo que pude ver en este momento, que el troga y la humana estaban
vivos y tú la enviaste a vigilarlos, en tanto le hacías creer a nuestro enviado que tenías su
cadáver.
–Es verdad –asintió Sulei, y un murmullo se levantó de entre la multitud que se había
apretujado a la entrada para escuchar lo que pasaba adentro–. Gracias a que la mantuve
con vida la pude usar como carnada. Pero también pueden ver en su cabeza, que el troga
fue herido de muerte por la propia mujer.
Zefir, un miembro del Kishu conocido por su crueldad hacia sus protegidos, se
adelantó y comprobó las palabras de Sulei.
–Pero no he venido a defenderme –prosiguió Sulei–. También puede decirles Sadin
que el troga escapó con vida de mis manos, que con sus poderes que apenas controla
casi me derrotó –el murmullo entre los presentes se elevó–. ¡Si Uds. me acusan de
traición, yo acusaré al Kishu de incompetencia! ¡No hicieron nada cuando la amenaza era
limitada y ahora se ponen a hablar de profecías y de destrucción para alarmar a todos!
¡Este no es el Kishu que nuestra raza merece!
Todos los miembros se alzaron de sus lugares, unos sorprendidos, los otros
indignados.

Precioso Daimon 15
–Esto es inaudito, Sulei –siseó Zefir, arrojando a Kiren contra la escalera en su furia.
Sadin respiró aliviado, su señor se había cavado su propia tumba. Sonrió.
–No pretendo ofenderlos, mi intención es conmoverlos –replicó Sulei, recobrando un
tono calmo que la multitud de afuera se esforzó en oír–. He declarado la guerra a los
trogas y los humanos, tengo un ejército en preparación. Insto al Consejo a seguir, a
aprobar mi estrategia y a ayudarme. Si deciden oponerse, simplemente no reconoceré su
autoridad.
Sabía que con sus palabras conseguiría mucha adhesión entre los jóvenes de la
puerta, enardecidos por las ansias de ser parte de algo grande que el Kishu no les
ofrecía. Pero primero tenía que salir con vida de ese recinto. Koshin y otros movieron la
cabeza con desdén.
–Eso es inaceptable... Sulei, quien desafía así al Kishu está pidiendo ser borrado de la
existencia –dictaminó Bofe, el miembro más viejo en ese momento; tenía cuarenta años.
Bofe avanzó con un brazo extendido. Sulei tomó la shala y se puso en guardia. ”Está
loco”, pensó Sadin, mientras su antiguo jefe exclamaba: –¡Me voy a defender! Así que les
suplico, compañeros del Consejo, quienes quieran recuperar la grandeza de nuestra raza,
únanse a mí ahora, o caigan en el olvido.
Del brazo extendido surgió una bola de fuego, Sulei movió la cimitarra en diagonal y las
llamas fueron absorbidas sin dificultad. Manteniendo el arma en posición de defensa, se
preparó a disparar con su mano izquierda. Sintió el silbido que se le acercaba y dio un
paso atrás evitando el látigo, giró su cuerpo, y arrojó una descarga de energía que
impactó a Sadin en pleno rostro. Su cabeza voló en mil pedazos, y el cuerpo inerte cayó
sobre la escalinata.
Un silencio sepulcral cayó sobre todos los presentes. En más de mil años no se había
derramado sangre en la sala del Kishu. Koshin, Bofe y otro más lo cercaron. Podía sentir
el estupor de los espectadores, los guardias de la puerta no sabían si debían entrar y
apresarlo, los otros miembros lo contemplaban a él y al cuerpo decapitado sin decir
nada... “Tal vez exageré un poco”, pensó Sulei, y sabiendo que en ese momento se
definía su futuro, deseó con fervor que si moría allí, otros terminaran su obra. Por dos
minutos nadie dijo nada. Al cabo, Zefir se aproximó a Sulei por la espalda. Se puso
rígido... “¿Contra cuatro a la vez, lucharé?”
–Yo creo que tiene razón –dijo Zefir, con el mismo tono que habría usado para
condenarlo a muerte–. Algunos de nosotros estábamos esperando por un líder fuerte y
Sulei ha demostrado que tiene el temple para enfrentarnos a todos. ¿Qué dicen Uds.?
Uno a uno los miembros del consejo presentes fueron eligiendo su bando,
acompañados de vítores o abucheos por parte de algunos kishime que se ocultaban en
las galerías en torno al anfiteatro. Al final, Sulei se dio cuenta de que frente a él
permanecían Koshin, Bofe y Shadar. Junto a Zefir, se hallaban Dalin, Zidia, Budin, Lodar
y Fesha, respaldándolo.
El Kishu se había dividido en dos, y Sulei era el líder de la facción más poderosa.

Amelia se acomodó en el hueco de una ventana y dejó que su mente vagara. Hacía
tanto tiempo que estaba en este mundo, que las cosas que le preocupaban cuando
estaba en su hogar, le parecían infinitamente lejanas. Pensar en las materias que tenía
bajas, en el chico lindo que no había resultado como esperaba, en la diatriba que le daría

Precioso Daimon 16
su madre o en lo que iba a hacer el resto de la vida, eran tonterías si las comparaba con
sus problemas actuales. ¿Podría volver alguna vez a su casa? ¿Cómo iba a explicarle a
su madre dónde había estado? Pensando en eso, su madre y su tía debían estar
preocupadísimas por su desaparición. ¿Y si no podía volver jamás y se tenía que quedar
allí? Eso no le había pasado por la cabeza al principio, pero ahora...
Tobía interrumpió sus reflexiones, al tropezar con una enredadera de las que crecían
por todos lados, propietarias de los palacios y bibliotecas. Cayó aparatosamente con un
montón de trastos. Mateus los tenía de jardineros, haciéndolos desmalezar las
habitaciones que le interesaban, mientras él no hacía nada más que recorrer el lugar
antorcha en mano y hacer anotaciones en su cuaderno.
–¿Por qué estás descansando ahí? –le recriminó Tobía al verla.
–Estaba pensando qué iba a hacer si no puedo volver nunca más a la Tierra. ¿En tu
monasterio no aceptan mujeres, no? –intentó bromear.
–No... Aunque como estás flaca puedes pasar por un muchacho –replicó él, pero al ver
su expresión mortificada dejó de sonreír y le aseguró–. Descuida, nosotros te vamos a
ayudar. Mateus está buscando información sobre la puerta, y cómo puede ser reparada.
–¿Aquí? –se interesó ella, saliendo de su hueco para recorrer la sala.
–Sí, parece que originalmente provino en este lugar.
Los muros del edificio estaban cubiertos de pictogramas, dibujos y escritura, ocultos
por vegetación y sarro. Mateus buscaba la clave a un misterio que había encontrado
releyendo los manuscritos que los primeros tukés habían acarreado, originarios de esa
misma Biblioteca. El Gran tuké apareció por una de las puertas absorto en el libro que
ojeaba, murmurando en voz baja, y al verlos, prorrumpió en una serie de exclamaciones
incoherentes, regocijado.
–¿Estuvo tomando? –preguntó Amelia a Tobía en voz baja.
–¡Oh, vengan! ¿Dónde está el troga? Vengan todos.
–¡Grenio! –se extrañó Tobía–. No lo he visto desde que subimos a la muralla.
–Recuerda que dijo que aquí murió su padre –intervino la joven–. Creo que no le
agrada estar en esta ciudad.
–Pero, ¡tengo toda esta información nueva... –se quejó Mateus, sacudiendo el
manuscrito polvoriento delante de sus narices y haciéndolos estornudar.
Una sombra cruzó la ventana y el troga se apareció junto a ellos.
–Estaba aquí –le dijo a Tobías, ignorando al otro–. Pero no sé si me interesa escuchar
los consejos de este enano... La última vez sólo me dio problemas.

Cáp. 4 – Preparaciones

Mateus no había encontrado una forma de hacer que la puerta dimensional funcionara,
así que de todas formas debían recuperar las gemas robadas. Pero en el monasterio
había descifrado un manuscrito que contaba la historia de cómo había sido fabricada, y
entender eso le dio a Mateus toda una serie de ideas nuevas sobre los kishime y los
humanos. Les dijo que hacía mucho tiempo, algunos kishime pensaron distinto al resto de

Precioso Daimon 17
su raza, haciendo amistad con los humanos y enseñándoles los misterios del universo
que ellos ya poseían. La escritura y la tecnología de las antiguas ciudades eran una
prueba de esa relación. Pero a otros kishime no les agradó la forma en que los humanos
se volvieron tan poderosos y declararon traidores a todos los que ayudaran a los
humanos. Así, los kishime se vieron obligados a separarse de la gente de las ciudades,
que siguieron viviendo un par de siglos con el fruto de lo que sus poderosos amigos les
habían enseñado, hasta que lentamente se dispersaron.
Tobía y su maestro habían partido al alba hacia el pueblo donde Mateus había dejado
a sus escoltas. Los tukés no querían arriesgarse a perder otro Gran Tuké, aunque fuera
un egoísta y testarudo que sólo seguía sus propios intereses, por eso le habían dejado
marchar sólo si iba acompañado. Mateus se las había arreglado para dejar a sus escoltas
atrás, como pago de la deuda que había contraído con el posadero del último pueblo
donde se habían hospedado. Ahora que la situación con los kishime se estaba volviendo
peligrosa para todos, tenían que ponerse en movimiento y, de alguna forma, alertar a los
poblados humanos.
A Grenio y Amelia les encomendó que se dirigieran al levante, donde encontrarían
algunos kishime descendientes de quienes ayudaron a los humanos en el pasado, que tal
vez los ayudan a luchar contra los otros. Ella no dudó en aceptar su pedido, porque se
sentía mal de pensar que siempre tenía que ser salvada, de unos hombres sucios, de los
trogas, de Sulei, del Consejo, y quería hacer algo por sí misma. Además, ella era la causa
de que ese mundo se volviera loco por la profecía y comenzara una guerra. Grenio no
estaba tan convencido, primero quería ir a Frotsu-gra, y tenía que detener pronto a Sulei,
y además no le agradaba buscar aliados entre sus enemigos. Le parecía una estrategia
demasiado rebuscada como para ser honorable. No le gustaba.
–Yo voy a ir –anunció Amelia, mientras se despedía de Tobía que ya estaba montado
en el caballo que ella le cedió, cargado con un montón de cuadernos amarillentos. Estaba
segura de poder hacer el viaje con las indicaciones que le habían dado, aunque fuera
sola–. Él puede ir adonde quiera.
Mateus la abrazó con devoción, murmuró en su oído palabras de ánimo y luego le dijo
algo más al troga.
Al final, Grenio se despidió de su padre, jurando de nuevo cumplir su promesa si bien
no iba a ser tan sencillo como él le había contado, mojó su mano en el frío lago y partió,
siguiendo la figura de la joven que se perdía en el horizonte recortada por el sol naciente.

Sulei miró por los ventanales del pabellón hacia el bosque. Una procesión kishime
avanzaba entre los árboles, distintas Casas que podía distinguir por el color de los
vestidos, el entusiasmo pintado en sus rostros mientras se dirigían a la playa a escuchar
sus órdenes. Un sirviente se le acercó portando su cimitarra sobre un almohadón. Se
detuvo a su espalda con reverencia, esperando que se dignara a notar su presencia.
–Bis... ya estás aquí –dijo Sulei, al voltearse. Todos sus hombres ya habían dejado la
casa y estaban solos. Vio a Bulen bajando la escalinata, tranquilo, esperando el paso de
los demás para poder mezclarse con la multitud que se dirigía a la playa.– Tu nombre es
Zelene ¿cierto? –el sirviente asintió. Sulei tomó el arma y anudó la correa de tela en torno
a su camisa negra–. Siempre me sirves bien, pero muy pronto cambiarás de rango –
Zelene lo miró sin comprender–. Cuando dominemos el mundo tendremos montones de
sirvientes humanos, así que sería un desperdicio que los de nuestra propia raza se
dediquen a míseras tareas. Ya sé que desde que naciste te enseñaron que esa era tu

Precioso Daimon 18
misión, pero pronto haré que las cosas cambien para todos. Como conoces mis secretos,
tal vez seas jefe de la guardia. ¿Qué te parece?
El sirviente esbozó una pequeña sonrisa que no decía mucho. Estaba acostumbrado a
que su parecer no fuera tenido en cuenta, así que las palabras de su amo se le antojaban
un sueño utópico. Pero tenía confianza absoluta en lo que decía, así que lo siguió,
asombrado, comenzando a imaginarse siendo servido por otros en lugar de hacer el aseo
y cargar las cosas.
Sulei se paró junto a los otros miembros del Kishu sobre una roca que dominaba la
media luna arenosa que bordeaba el lago de aguas plateadas. Los demás lo miraron con
expectativa. Sulei disfrutó de la tensión que se respiraba en el ambiente. Se trataba de
una circunstancia histórica. Suspiró, y grabó la imagen de tantos kishime juntos, sus
caras blancas y tersas vueltas hacia él. Cerró los ojos un momento y anunció con voz
potente:
–¡El Kishu ha decidido, expresando la voluntad de todos nosotros, declarar la guerra
contra todas las criaturas que contaminan nuestro mundo hasta que lo libremos de cada
una de ellas!
Todos los presentes exhalaron un mismo grito, marcial y obediente.
–¡Vamos a purificar nuestro planeta! ¡Vamos a recuperar nuestra libertad y dominio
sobre toda la tierra! Ya no nos esconderemos de los débiles y sucios humanos. Hay que
exterminar hasta el último troga. ¡Esas son sus órdenes! –clamó Sulei, y cientos de
brazos alzaron sus espadas, lanzas, picas, como respuesta.
–La primera orden del Nuevo Kishu... –añadió, recorriendo con los ojos a los que se
hallaban más cerca de él, su sirviente y Bulen, que lo miraba con admiración desde
abajo, Zefir y Budin a su lado portando enormes alabardas que intimidaban incluso al
mismo Sulei, unos niños que se habían encaramado a la copa de un árbol para poder
verlo– es invadir y destruir por completo la morada de esas bestias salvajes, Frotsu-gra.
Las columnas de kishime fueron partiendo, siguiendo a sus jefes, que eran miembros
del Consejo o designados en su lugar. Sulei estudió una columna azul que marchaba con
orden riguroso, envueltos todavía en la bruma violeta de la mañana, mientras más lejos,
un grupo de blanco desaparecía en el horizonte, las puntas de sus lanzas lanzando
destellos al chocar con el sol.
–No puedo esperar para poner los pies en ese antro de bestias y borrarlo de la faz del
planeta –dijo alegremente Zefir, con un brillo vicioso en los ojos.
–Muy bien –aprobó Sulei–, pero no se olviden que nuestros hombres todavía no están
acostumbrados a sostener una guerra y que los trogas son resistentes... por eso es parte
de la estrategia destruir los pueblos que encuentren en su camino.
–Bien, también a mis hombres les encantará divertirse con los humanos –siseó Zefir, y
agregó riendo–. Pero tengo una apuesta con Budin, de quien llega más rápido. Así que
no creas que me tardaré más de dos o tres días en rodear a los trogas, por más diversión
que encontremos en el camino.
Bulen contemplaba con un poco de desprecio a este kishime vehemente, así que Sulei
se apresuró a despedirse de Zefir, quien pronto se unió a un grupo de sus guerreros.
–Nunca había visto a un kishime tan ruidoso –comentó Bulen, mientras bajaban a
reunirse con los demás.

Precioso Daimon 19
–Sí, es único –rió Sulei–. Aunque reconozco que yo también estoy ansioso por llegar
allá.
Bulen también lo estaba, para encontrarse con el único troga que merecía la pena
enfrentar, y de ser posible, acabar con él antes de que Sulei lo tomara para sí mismo. Sin
embargo, su jefe ya había pensado en esa posibilidad y le comunicó:
–Para ti tengo un encargo más importante que un inútil viaje por las tierras de los
humanos... Recuerda que el destino de nuestra raza depende de nuestra fortaleza. Hay
una carga especial que ya debe haber alcanzado puerto, navegando por el río Bleni, la
cual debes cuidar que sea transportada a un refugio seguro. Puedes llevarte a los
hombres que desees, y después te reúnes conmigo.
–Pero... –Bulen murmuró, inquieto porque a último momento le hacía saber que no lo
iba a acompañar y lo enviaba a hacer algo de lo que cualquier sirviente podía encargarse.
¿Acaso Sulei desconfiaba de él?
Sonriente, su jefe se marchó a reunirse con los demás, dejándolo solo en la arena
blanca. Bulen pensó un momento y luego se dio la vuelta, retornando al pabellón.

Los ancianos habían discutido por horas en la oscurecida habitación, argumentando


que ellos habían vivido tal o cual batalla y que había que hacer esto o lo otro, cansando
incluso a la paciente Sonie Vlogro, que comenzó a sentir una punzada en medio de la
cabeza. El jefe Flosru caminó de arriba abajo, hasta que los jóvenes de su clan, que lo
miraban expectantes, comenzaron a marearse:
–¡A fin de cuentas! –tronó parándose en medio del salón, y continuó, recuperando un
poco la calma–. Ninguno de nosotros tiene mucha idea de cómo enfrentar esto, porque
hace más de cinco siglos que no hay guerra y ninguno de nosotros tiene más de
trescientos años... –puntualizó, ojeando a los decrépitos ancianos que pretendían decirles
qué hacer con la ciudad–. Aclarado eso... ¿A qué nos enfrentamos? ¿Y cuáles son las
alternativas?
–No sabemos bien cuántos nos atacarán y tampoco tenemos idea de si se atreverán a
venir a la ciudad o sólo se dedicarán a asediar los sitios humanos –recordó Sonie Vlogro.
Desde que los hombres de Fretsa habían vuelto con noticias sobre Grenio y lo
sucedido en el valle de Vleni-gra, tras la ocupación de Tise por parte de un batallón
kishime, la ciudad era un hervidero de habladurías y cuchicheos. Por un lado, Vlojo y
Trevla habían logrado la reivindicación de Fretsa, que casi era una prisionera desde su
convalecencia; ya que habiendo ayudado a Grenio saldaban su pena por trabajar para los
kishime. Sin embargo, por esa misma causa, muchos habitantes ya no creían una palabra
de lo que decían.
–Bah... Son mentirosos y traicioneros –decía uno en la posada de Froño, un lugar muy
frecuentado esos días, porque todos querían estar al tanto de cada chisme para llevar
noticias frescas a sus respectivos clanes–. Y si los kishime se dedican a matar humanos,
¿qué importa? Nunca en esta vida van a venir acá.
El mismo día de la reunión, Vlogro se vio asediada por una asamblea improvisada en
la plaza, casi en el mismo lugar donde habían intentado quemar viva a Amelia. En los
rostros de esos fieros guerreros, la anciana jefa pudo leer emociones que apenas
recordaba haber visto en su vida: temor, incertidumbre, agitación. Pero lo que a ella más
le preocupaba era que continuaban las divisiones, rencillas y resquemores entre los

Precioso Daimon 20
clanes. Había oído que algunos querían expulsar al clan Fretsa, o a sujetos que sólo
habían expresado opiniones favorables hacia Grenio. En la taberna abundaban las riñas
cada día, fruto de las controversias que se calentaban más de lo necesario. Ahora,
mientras la mayoría la seguía ansiosa, algunos la increpaban: querían saber qué se había
decidido.
Un par de mujeres Vlogro vinieron a soportarla, temiendo que el gentío planease
aplastar a la jefa de su clan, que hoy parecía emitir una imagen de debilidad.
–Nosotros y el Consejo de los ancianos, no podemos decidir otra cosa que lo que haría
cualquiera de Uds. Cualquier troga resolvería lo mismo si se viera amenazado y ofendido
por sus enemigos... ¡Luchar! ¡Luchar! ¡Mientras seamos nosotros, si nos atacan,
lucharemos, y como defendemos nuestra tierra, nuestro nombre, nuestra gente,
venceremos!
La multitud pareció contagiarse automáticamente de su entusiasmo y salieron de allí
gritando gozosos, llenos de una confianza que la troga estaba muy lejos de sentir.
Albergaba un sentimiento de duda, porque ella había oído el relato de Trevla y Vlojo,
sabiendo que no eran asustadizos, y sin embargo le habían transmitido cierto espanto,
como si algo siniestro gravitara sobre ellos.
“Me estoy volviendo una vieja pusilánime”, se rezongó mientras volvía a su casa por
las calles de Frotsu-gra que aún mantenían su habitual tranquilidad. Miró los edificios, tan
antiguos y bien plantados. Seguro que ningún kishime iba a destruirlos. ¿Por qué lo
harían si nunca se habían atrevido siquiera a acercarse a la costa?
Al pasar una ventana, Fretsa la siguió con los ojos y cerró la persiana de un golpe.
–¡Avisen a todos nuestros guerreros que por la mañana nos reuniremos en la playa
frente al jardín de piedra! –ordenó a los tres que se hallaban en la habitación, sentados
en torno a la estufa bebiendo, y agregó con tono sombrío–. No sé qué piensan hacer
nuestros jefes electos, pero no pienso esperar sentada a que venga un blancucho volador
y quiera volarme la cabeza con sus extraños poderes. Sabemos que pelear contra ellos
no es tan fácil como imagina la gente que ha vivido toda su vida en este apartado rincón.
Tenemos que entrenar, y exigir a todos los guerreros bien dispuestos que se nos unan.

Siguió el camino recorrido antes con Sulei y apareció en el glaciar, donde la figura
dormida de largos cabellos y rica bata subyugaba el lugar. Se paró frente al cuerpo y lo
estudió. Tenía la sensación de que iba a cometer un sacrilegio, pero razonó que sentía
eso porque estaba tan bien conservado que daba la impresión de estar vivo, que sólo
necesitaba ser extraído de su cofre helado para moverse y gesticular. Pero no podía
dudar; después de todo ya estaba muerto, se justificó. ¿Qué mal le podía hacer?
Kalüb había sido capaz de predecir el futuro, porque lo había presenciado gracias a su
poder, y con ello había desencadenado una serie de eventos, que siguiendo la lógica,
habían cambiado el propio futuro que había augurado. Entonces, suponía Bulen,
necesitaban conocer de nuevo lo que iba a pasar. Por eso colocó sus manos sobre la
superficie del marco de metal que rodeaba al cuerpo de Kalüb y dejó correr su energía. El
metal comenzó a calentarse y en unos minutos, el hielo se derritió en torno a la pieza.
Media hora después, exhausto, dejó caer sus manos y contempló todo el líquido que
había corrido a sus pies. No podía detenerse a descansar o correría el riesgo de
quedarse dormido y congelado en esa galería. Enganchó unas cadenas al borde de metal
y tiró con todas sus fuerzas, logrando que poco a poco el bloque congelado se deslizara

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del lugar que había ocupado por siglos. Tuvo que ponerle más calor al hielo para
desprender por completo el marco y una hora después, logró ponerlo en el piso en
posición horizontal.
La figura permanecía imperturbable. Por momentos, en la superstición alimentada por
el sentimiento de estar haciendo algo incorrecto, había temido lastimar el cuerpo,
perturbar su sueño eterno. Ahora, se dio cuenta de que no podría meterlo por el camino
excavado en la montaña. Tendría que sacarlo por la cima; la cueva debía tener alguna
salida al exterior y si no, la crearía con una explosión. Tampoco podía cargarlo solo,
apenas podía arrastrarlo. Pero, recordó con ligera satisfacción, Sulei le había dado carta
libre para manejar a sus hombres, así que podía ordenarles lo que quisiera con toda
autoridad.

Cáp. 5 – Fishiku

El paisaje seguía siendo tan fértil como en Sidria y el clima igualmente agradable.
Algunos bosques, con sombra y frutas, crecían a intervalos, en medio de vastos
pastizales regados por arroyos elegantes, en un terreno ondulado por el que no costaba
mucho avanzar. Siguiendo a contramano el camino del sol, caminaron sin detenerse
hasta que vieron las señales que les había enseñado Mateus. En los días anteriores
habían pasado algunos lagos, a lo lejos como resplandecientes espejos escondidos entre
la hierba; pero al fin divisaron un estanque alargado en forma de jarrón. Sobre lo que
sería la boca, la parte más angosta, se erigía un montón de piedras grises y negras
formando una gruta llena de helechos. De allí partía una colina ancha. Cambiaron su
rumbo y ascendieron por la suave pendiente, entre árboles de tronco delgado cargados
de frutos amarillos, casi dorados, hinchados, madurando merced al suave verano.
Divisaron una roca blanca que parecía transportada allí desde otro lugar, la última señal
que les había mencionado el Gran Tuké.
Deteniéndose en lo alto a observar el panorama, Amelia se sacó la capucha, entornó
los ojos, hizo visera con una mano para cubrirse del reflejo, y al fin exclamó con
desesperación:
–¡No hay nada!
¿Acaso se habían equivocado de camino?
Eso les pasaba por creerle al monje, pensó Grenio. Desde allí se veía en todas
direcciones, y no había nada. Tampoco había captado el aroma de otros kishime ni
humanos, desde un pastor que se habían cruzado dos días antes. Amelia continuó hasta
donde había visto unos arbustos creciendo entre piedras. El vasto horizonte se extendía
solitario, más allá de donde alcanzaban sus ojos, y el cielo azul llameaba bajo la crudeza
del sol de mediodía.
Grenio la observó, creyendo cada vez más que había malgastado un tiempo precioso;
ella pasó por detrás de los arbustos, con paso titubeante para no resbalar con los
guijarros sueltos o clavarse las espinas que los rodeaban, luego se inclinó por encima de
un grupo de rocas y vio una pequeña cañada producto de la erosión de un manantial
fresco, y salió por el otro lado del zarzal. El troga desvió un segundo los ojos, molesto por
la brillante luz, y al mirar de nuevo, se dio cuenta de que ya no estaba. Sorprendido, miró
de nuevo, creyendo que había sido un truco de la luz. Tal vez el sol lo había cegado un
momento. No, ella estaba y al siguiente segundo había desaparecido.

Precioso Daimon 22
Corrió al lugar y lo inspeccionó. No había agujeros ni cuevas y ella no era tan rápida
como para correr fuera de su campo de visión.
Estaba perfectamente solo, en un silencio absoluto, bajo la luz deslumbrante que
cubría el sereno paisaje. Tras un minuto de completo asombro, lleno de una sensación de
misterio, empezó a sospechar. Tenía que haber una causa. Revisó de nuevo, incluso
entre la maleza baja y la cañada, aunque era poco probable que la joven pudiera meterse
en un hueco del tamaño de un conejo.

Amelia tropezó con una piedrita del camino y cayó al piso. Cuando miró alrededor, se
dio cuenta de que el campo, los matorrales, el cielo y Grenio habían desaparecido. Frente
a su nariz veía el brillo perlado de un piso liso y suave como el nácar, donde había caído
de bruces. Se incorporó lentamente, tomando cada detalle que la rodeaba: estaba en el
interior de una estancia espaciosa, con columnas envueltas en enredaderas plateadas
que sostenían un techo de espeso cristal. La luz se colaba atenuada, produciendo
sombras ligeras como las de un sueño. “¿Cómo vine a parar aquí?”
Caminó unos pasos en cualquier dirección, y entonces se detuvo, estremecida. Una
persona de enormes proporciones la miraba con fijeza, los brazos cruzados, y el rostro
oculto por la sombra. Tardó unos segundos en darse cuenta de que no era real; se
trataba de una estatua, toda blanca, plantada en medio de la estancia. En ese momento
escuchó que le preguntaba, con voz dulce pero resonante, como si hiciera eco en todas
partes:
–¿Quién eres tú?
Espantada, la joven titubeó en responderle a la estatua, y sólo después de unos
segundos se percató de que la voz provenía de una persona real parada a sus espaldas.
Se dio vuelta, asustada, y contempló a la figura más tierna que hubiera visto en su vida,
como sacada de un cuento de hadas de Disney. Se trataba de un joven, que aparentaba
once años, con rasgos regulares y sensibles, con enormes ojos azules, serenos y
curiosos, una pequeña nariz afinada y labios pálidos. La tez era blanca y esfumada, como
si su cuerpo fuera parte del ambiente, y se cubría con una túnica vaporosa de color gris
perla, cruzada sobre el pecho y bordada. El cabello era fino y platinado, como el de
Bulen, pero lo llevaba por el hombro, lo que le daba un aspecto infantil y menos femenino
de lo que hubiera resultado si lo llevara largo.
Ella se dio cuenta de que lo estaba estudiando con la boca abierta y no le había
contestado. No pudo menos que sonreír:
–¡Debes ser el que estaba buscando! –exclamó ella con alegría.
Al muchacho no le cayó muy bien que esta joven extraña de ropas sucias y gastadas le
hablara con tanta familiaridad, llevada por la emoción, como si no supiera con quién
hablaba. Luego razonó que no podía tratarse de una campesina, porque los humanos
nunca habían podido entrar. Entonces, ¿qué era? ¿Alguna criatura desconocida? Se
acercó y la tocó con la punta de un dedo, casi con asco. Amelia no sintió miedo o
aversión cuando él se acercó, porque su pequeña estatura y aire delicado lo hacían
parecer tan peligroso como una muñeca de porcelana. No notó el aire receloso ni la
expresión de disgusto del niño. Este retiró el dedo como si quemara y lanzó un aullido tan
agudo que la dejó sorda.
Al segundo se hicieron presentes dos kishime, del mismo estilo Barbie pero más altos.

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–¡Me li... Sel! –exclamó uno con alarma, sin fijarse todavía en que tenían compañía.
–Le kokume desi gu –señaló el pequeño Sel.
El tercero la observó con curiosidad, pero sin temor. Más bien la ojeó con sarcasmo y
audacia, de arriba abajo, y Amelia sintió que la cara se le ponía colorada. Pronto notó que
la tenían rodeada y los tres la miraban serios, como quien estudia un insecto que quiere
matar pero no se anima a tocar por asco. Esto no iba bien, se dijo.
–Oigan... –empezó, con tono urgente, y al notar su sorpresa intentó hacer una voz más
amable. Parecía que toda ella era de una rudeza impresionante comparada con estos
seres bellos, delicados, de voz dulce–. Me llamo Amelia, y no sé cómo llegué aquí pero...
En realidad, vine con... otra persona, a una colina llamada Fishi-algo, en busca de ayuda.
Me dijeron que hace tiempo vivían allí unos kishime que ayudaban a la gente.
Sorprendida, notó que el atrevido, el de cabello tostado, tomaba la punta de su capa y
luego, prácticamente la arrancó de su cuerpo. La olió y la estudió a trasluz.
–Esto fue fabricado por los tukés, no hay duda –dijo en su lengua.
–¿Todavía existen esos hombrecitos? –replicó el otro con una sonrisa.
–¿Qué son los tukés? –interrumpió Sel, sin quitar los ojos de la joven, como si temiera
que le saltara encima–. ¿No es un monstruo?
Sabía que hablaban de ella, pero no entendía una palabra.
–No, es una humana común y corriente, creo –le explicó su compañero–. ¿Qué dices,
Fishi? No sé como llegó hasta aquí, pero no parece tener poderes especiales que le
permitan hacerlo.
–No... Seguramente nuestra cubierta está debilitada por alguna causa y entró por
casualidad. Sólo es una enorme casualidad –declaró el que sostenía la capa, dejándola
caer al piso y ojeando a Amelia, que le devolvió la mirada con igual insolencia–. Hay que
deshacernos de ella y listo.
–¿Qué pasa, no te gusta mi vestuario? –le espetó Amelia, comenzando a sentir
hostilidad hacia ella, aunque no podía creer que estos ángeles tuvieran malas
intenciones.
Pero recordó que lo mismo había pensado de Bulen, y al final... Fishi la tomó del brazo
y la arrastró por la sala hasta una escalera que se abría en el suelo. Mientras iba
siguiéndolo a las corridas, ella notó que algunas partes de la majestuosa estancia
parecían oscilar, como pasa con el paisaje en pleno verano cuando el calor levanta del
suelo.
Descendieron a un cuarto, con restos de gran lujo pero mal cuidado: las columnas
estaban descascaradas en algunas partes, los rincones exhibían moho sobre el nacarado
suelo, y unos cortinajes azules colgaban a intervalos, pero parecían faltar algunos para
completar el cuadro. Fishi la tiró contra un asiento, como un trono, situado sobre un
estrado, y al momento vinieron los demás.
–Haz lo tuyo, Sel.
El pequeño unió las manos como para rezar, y unos momentos más tarde su rostro se
iluminó y su cabello voló por la fuerza de la energía concentrada en sus manos. Amelia
intentó moverse, pero de la silla surgieron finas enredaderas que envolvieron sus brazos
y cintura, inmovilizándola.

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–¡No! –exclamó ella y tomando aire, mientras la hiedra le apretaba el pecho, gritó–.
¡No...!
Su grito quedó ahogado en un pequeño espacio al tiempo que Sel separaba sus
manos y una caja brillante se formaba alrededor de la joven. Amelia sintió vértigo y todo
se ennegreció alrededor. Ya no estaba en el ilusorio palacio, y tampoco en el paisaje
soleado, ya no había nada a su alrededor. Gritó y gritó, hasta que se dio cuenta de que
ya conocía ese lugar y enmudeció.
–Parece que su aura se tranquilizó –comentó Fishi, que junto a sus dos compañeros
contemplaba a la joven derrumbada en el trono, encerrada en una especie de jaula
brillante–. Es raro, en general los humanos se enloquecen de desesperación perdidos en
la oscuridad. Están tan atados a sus cuerpos físicos que no soportan estar allí.
–A ti tampoco te gustaría estar solo una eternidad en lo oscuro –lo reprendió Deshin,
cansado de la falta de compasión que siempre evidenciaba su compañero–. Cuida tus
palabras, ¿qué quieres enseñarle a Sel?
–Pero pronto estará toda entera en ese lugar y nunca más podrá salir, ¿verdad? –
agregó el pequeño, viendo como la imagen de la joven fluctuaba entre este mundo y el
otro.
Fishi apoyó una mano en la cabeza de Sel y asintió satisfecho.
–¡Oh-oh! –los interrumpió Deshin–. Tenemos compañía.
Miraba hacia el techo; podía percibir que alguien deambulaba por encima de sus
cabezas, y aunque seguramente no podía verlos, las vibraciones eran tan fuertes que se
asustó.
–¿Un troga? –preguntó Fishi extrañado, con voz apagada, consultando al otro.
–No puede ser...

Grenio se iba enojando bastante mientras revisaba el terreno. Primero, porque la


extraña desaparición de su compañera se sumaba a la molestia que sentía por un viaje
que lo había apartado de su meta. Además, esto se añadía a que Mateus lo había
engañado al prometerle que allí iba a encontrar la shala que deseaba. Y sobre todo, no
soportaba no poder explicar lo que había pasado; eso significaba que alguien le había
hecho una buena broma.
–Bah... No sé por qué me tengo que preocupar de lo que le pase a esa mujer –
rezongó–. ¡Me voy!
Pero algo en su interior le impedía irse sin más, aunque ella misma le había dado
permiso ¿no? Había dicho que se marchara adonde quisiera, que ella podía hacer el viaje
sola. No… era una inservible, pero la necesitaba para usar geshidu. Estaba parado,
distraído, escarbando la tierra con su pie, cuando lo escuchó. Miró a todos lados, oteó el
aire. Había sentido un grito apagado, como si le llegara de lejos, o desde abajo de la
tierra.
Grenio se agachó, sintiéndose un poco tonto al ponerse a escuchar el suelo, a ver si
sentía de nuevo la voz o alguna vibración. ¿Había algo abajo, una cueva o madriguera? Y
en ese caso, ¿podía llegar por alguna puerta o trampa? No. Estaba parado sobre un
terreno sólido, lleno de arcilla y piedras, allí no había más túneles que los de un gusano o
roedor.

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–¿Quién eres tú? –esta vez la voz provenía de muy cerca.
De hecho, del kishime que estaba parado junto a él, observándolo con curiosidad.
Grenio se levantó de un salto y se puso en guardia.
–De dónde salió... –se preguntó en voz alta, con un gruñido de desagrado al
comprobar que se trataba de un kishime, de cabello trigueño y larga bata amarilla con
adornos dorados, tan brillantes como el propio sol.
Deshin extendió un brazo hacia él, y Grenio retrocedió aunque el otro no pretendía
atacar, sólo quería sentir su aura.
–No sé qué eres –dijo, y por un segundo el troga creyó ver la imagen de unas
columnas detrás de la esbelta figura, como un espejismo–. Pero si vienes por ella, lo
siento.
Grenio avanzó amenazante hacia él, y lo aferró por los hombros. El kishime no se
inmutó con el contacto, y continuó:
–Ya ha sido enviada a la otra dimensión.
–¿Qué otra...? –preguntó el troga, a la vez que sentía una opresión en el pecho, como
si le hubieran golpeado con fuerza sacándole todo el aire.
El kishime se desprendió de sus manos y se desvaneció en el interior de la colina. En
realidad, había descendido los escalones por los cuales había aparecido un minuto antes,
cuando Grenio estaba agachado. El troga lo siguió, intrigado, porque no veía por dónde
se iba metiendo la figura en la tierra, que parecía sólida. “Baja los escalones”, le ordenó la
voz en su cabeza. Aunque agradecía la ayuda ahora, no le gustaba que esa voz
apareciera cuando se le daba la gana, y siempre tarde. Ante sus ojos sólo había pasto,
pero puso el pie y descendió un escalón y luego otro, como si sus piernas se hundieran
en un mar verde. “Lo que crees ver no está ahí”, le explicó la voz, “se trata de un palacio
construido entre dos dimensiones del espacio”.
Muy claro. Grenio cerró los ojos y dio un salto. Aterrizó al final de la escalera, en una
superficie tan lisa que resbaló y tuvo que hacer equilibrio. Sus garras hacían clic clic en el
piso al avanzar. Estaba en medio de una estancia con una espantosa decoración azul, y
a unos metros Deshin se había detenido junto a un sillón, sorprendido de que el intruso lo
hubiera seguido. En el aire, se podía sentir aun el olor a la humana. Grenio corrió hacia el
sillón y se frenó de golpe cuando Fishi le salió al paso con una espada de cristal
extendida.
–¿Cómo es posible que un troga llegara a este lugar? –inquirió Fishi.
–Porque están entre dos dimensiones –replicó Grenio, con un ademán confiado–. Uds.
son poco hospitalarios, pero qué se podía esperar de un kishime... La humana, ¿dónde
está? Y esa espada, ¿de dónde la sacaste?
Demasiadas preguntas para el humor de Fishi. Deshin lo contuvo, mientras que Sel se
ocultaba tras una columna, viendo al monstruo con ojos como platos.
–Esa mujer ya se esfumó, la vaporizamos –contestó Fishi, causándole un shock.
“Amelia nos espera, nos está llamando”, sintió Grenio en su mente.
–No... está viva –murmuró, y el kishime sonrió con sorna, enfundando la shala.
–¿Es tuya? –preguntó Deshin, con repentino interés–. ¿Por qué andan juntos? –

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agregó, imaginando varias razones, y luego se dijo que los trogas no podían haber
cambiado tanto.
–Ella es... –murmuró Grenio con dificultad, porque estaba tratando de concentrarse en
la voz– mi ancla.
Los kishime se miraron asombrados, mientras el aire alrededor del troga súbitamente
se agitaba como un torbellino en miniatura. Después el espacio se abrió en una grieta de
un metro de ancho. Una ráfaga de luz iluminó sus rostros y al siguiente segundo, el troga
había sido tragado por el hueco, dejándolos allí boquiabiertos.

Cáp. 6 – La revelación

En un eterno cielo oscuro perlado de minúsculas estrellas, estaba suspendida, sin caer
ni flotar, porque allí el movimiento no existía. Sin duda no había aire, y se preguntó cómo
hacía para respirar, hasta que se dio cuenta de que no lo hacía. No necesitaba respirar.
No sentía frío ni calor, ni roce en la piel, existía en un vacío. La asustó imaginarse perdida
por siempre en este espacio, y su mente se volvió un torbellino, como una jauría de lobos
aullantes, como la cacofonía de un estadio lleno. Era el único ruido en aquel lugar.
¿Podía conectarse con el amigable ser luminoso que la había ayudado antes? Intentó
pensar en él, llamarlo, y con esperanza renovada extendió una mano, aliviada de poder al
menos moverse.
Algo tomó su mano.
Aterrada, ya que no veía nada ni nadie en lo negro, intentó desprenderla, pero estaba
bien sujeta por algo que le apretó la mano hasta hacerle crujir los huesos con dolor. Ella
chilló, y el apretón cedió. La mano estaba caliente, notó en cuanto el pánico cedió un
poco. Otra mano grande y fuerte la estaba aferrando y tiraba de ella. Amelia se dejó ir, sin
saber qué hacer. Sintió como si un viento huracanado la sacudiese, un vendaval que se
llevaba hasta las estrellas consigo, y al abrir los ojos, cuando la corriente amainó, aunque
seguía en la oscuridad ya no estaba sola.
–Ah... –suspiró, sintiendo con alivio que pronto la sacarían de ese lugar–. Eres tú...
–¿A quién esperabas? –replicó Grenio con brusquedad.
–Al otro que...
–¿Quién? –el troga se inclinó un poco más, para mirarla con suspicacia, o eso le
pareció a ella.
–Bueno... la otra vez que estuve aquí, o en un lugar igual... –explicó ella, confusa–
apareció un hombre brillante, con voz profunda, creo que el mismo que me salvó del
fuego... –luego se calló la boca, preguntándose por qué hablaba con él.
Grenio bajó los ojos, pensativo. Ese hombre que había visto la humana debía ser la
voz que él escuchaba; pero aunque la conversación era interesante, le hubiera gustado
seguirla en un lugar más sólido.
“Como gustes”, contestó la voz, y al segundo un suelo brotó bajo sus pies y pudieron
posarse en tierra firme. Miraron alrededor y se encontraron en la cueva de la montaña
donde habían luchado Claudio y Grenio, según sus sueños, y junto a ellos estaba parado
este hombre pálido, casi transparente, que sonreía ligeramente.

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–Es él –indicó Amelia, aunque sobraran las explicaciones; y a la vez especuló que
debían estar en un espacio creado por la mente de aquel ser, pues siempre se repetía
esa escena o parecidas.
Debía de haber visto mucha ciencia ficción.
–Primero déjenme presentarme, creo que nunca lo he hecho –Amelia y el troga lo
miraron con interés y él continuó–. Mi nombre es Lug.
–¿Qué eres? –preguntó Grenio, a la vez que Amelia decía–. ¿Estamos en tu mente?
Lug se movió a un lado y señaló detrás de él. En las sombras, apoyado contra una
pared, Claudio miraba horrorizado y cubierto de sangre al troga, mientras este se
sostenía el cuello con una mano-tenaza y con la otra se colgaba del humano, congelado
a mitad de su desplome.
–No, esto es sólo un set de recuerdos. Escenas y pensamientos grabados que se
repiten una y otra vez. No es algo creado en este momento.
–¿Cómo una película? –musitó ella.
Grenio los miró sin comprender.
–Pero, ¿son tus recuerdos? –inquirió, dudando que aquella figura fantasmal
correspondiera a alguno de los dos personajes presentes–. ¿Por qué los vi en mis
sueños? ¿Por qué los vio ella? –añadió con un gesto hosco.
–No son míos, son los recuerdos de Claudio, algunos de sus recuerdos por supuesto –
y ante sus caras de estupefacción, añadió–. Véanlo por Uds. mismos.
La escena se puso en movimiento. Amelia recordó, al ver la espada ensangrentada en
el suelo, que el antepasado de Grenio se había cortado el cuello cuando aún podía
matarlo y dar por terminada la sangrienta carrera de Claudio. Miró de reojo a Grenio, pero
este sólo observaba con calma todos los detalles.
El troga al fin perdió su sostén y cayó al piso mirando el techo. Claudio pareció salir de
su embotamiento y se abalanzó sobre el cuerpo. Grenio, con un último esfuerzo, extendió
su mano en forma de tenaza y tocó la frente del humano, quien se detuvo electrizado, los
cabellos erizados, los ojos se en blanco. Comenzó a respirar con fuerza. Aferró el brazo,
como si quisiera sacárselo de encima y no pudiera desprenderse, todo su cuerpo tensado
con el esfuerzo, hasta que al cabo de un minuto, el troga dejó caer su mano.
–Ella también me agradaba. Trató de ayudarme tan amablemente –susurró, y dejó de
respirar.
Su pecho simplemente se detuvo y sus ojos permanecieron abiertos, fijos en el techo,
perdiendo la fosforescencia que parecía brotar de adentro segundos antes. Claudio se
sentó, agotado, y respiró hondo.
Acto seguido, se levantó cargando con su espada. Se pasó una mano sudorosa por la
cara, embadurnándose aún más la sangre roja. Miró adelante, directo hacia el grupo que
atendía la escena, Amelia con asco, Lug con indiferencia y Grenio, entre indignado e
incrédulo. En ese momento se oyó un grito que sobresaltó al joven, quien ya se había
olvidado de la presencia de otros en la cueva. Por un momento se volvió hacia el cadáver
de su enemigo, pero este yacía inmóvil. Claudio se persignó y besó la cadenita que
llevaba en el cuello, contra la piel. Ya recuperado de su momento de superstición, caminó
hacia el otro cuerpo, frío y a sus ojos repulsivo, y sacó de entre los pliegues de la manta
al bebé que gemía suavemente.

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Grenio dio un paso adelante, como si quisiera prevenir un daño; pero luego recordó
que se trataba de una ilusión. Agarrándola con los dedos, el humano sostuvo a la
pequeña criatura lo más lejos que pudo, la estudió como a un espécimen del más horrible
reptil, y levantó el rostro al cielo con expresión de quien está por tomar una decisión
difícil. El pequeño había estado envuelto en una tela rústica; con eso Claudio improvisó
un atado que rodeaba su cuerpito y lo llevó colgando como un paquete, incapaz de
dejarlo solo pero sintiendo cierto temor de acercarlo a su cuerpo.
Lug levantó un brazo y las figuras se difuminaron. Los otros dos aun esperaban su
respuesta y además Grenio lo estaba mirando con recelo. ¿Cómo sabía que no estaba
inventando todo? ¿Por qué iba a creer que un troga iba a acabar con su propia vida?
–No pongas esa cara de duda, joven Grenio. Esos dos sólo querían acabar con una
pelea que se había vuelto tediosa, inútil, sin sentido. La herida ya era mortal, yo sólo
necesitaba acelerar la partida, sabiendo lo que pasaría si agonizaba... Y conocer los
motivos del humano, por qué iba a morir. ¿Acaso tú nunca te preguntaste por qué vendría
un hombre de otra tierra, de otro mundo, para cazar a cada miembro del clan?
No era algo que le preocupara realmente, en su mente simple sólo interesaba un lado
de la cuestión: que un hombre había matado a muchos de su clan.
–Así que esto que han visto en esta dimensión, y los sueños que han tenido, son los
recuerdos que tomé del humano antes de morir.
Amelia miró la figura envuelta en luz con asombro. Le estaba diciendo que era un
fantasma y aunque su cuerpo, tal como estaba parado frente a ellos, no tenía
consistencia, le transmitía una sensación de algo vivo, cálido, no espeluznante como ella
se habría imaginado.
–¡Espera! –exclamó de repente, sintiendo como en la maraña de su cabeza se iban
ordenando algunas cosas y las piezas caían en su lugar–. Tú no estás muerto. Tú
dijiste...
Lug sonrió, era agradable ser comprendido.
–... que habitabas un cuerpo, ¿no es así? Y como supongo que no es el mío, y estaban
Claudio y el troga... muerto, y también el pequeño... que sería el último del clan... de
alguna forma, tú llegaste hasta el cuerpo de Grenio –concluyó Amelia, fascinada,
volviéndose hacia el troga que escuchaba con recelo.
Grenio dudó. “¿Quieren hacerme creer que yo no soy yo, que hay alguien más en mi
cuerpo?” Pensó, tocándose el torso como para asegurarse. La maldita voz que sólo él
escuchaba, que le permitía usar poderes anormales para un troga, que lo curó, que lo
hizo viajar por el espacio, y rechazar las explosiones de Sulei.
–Sabe que eso lo explica todo –afirmó Lug, tomando la mano de Amelia, que estaba
tiritando–. Ni yo sabía que esto iba a suceder, no es lo que quería. Cuando morí, es decir,
cuando el cuerpo de Grenio se agotó, con su último minuto de vida copié las imágenes de
la mente de Claudio y luego caí en un estado de sopor, como si hubiera tenido una
sobrecarga. Después floté en el espacio negro y oscuro y entonces supe que no había
muerto, que iba a vagar por esta nada por siempre, y me espanté. En ese momento, sentí
una gran fuerza de atracción que me absorbía y volví a la cueva, al cuerpo del recién
nacido. Lo último que recuerdo, es que Claudio tomó al pequeño y salió. Después su
propia conciencia ocupó mi lugar y quedé dormido, a veces sabía lo que hacía o dónde
estaba pero todo era muy borroso, y nunca pude usar mis habilidades ni hablar con el
dueño del cuerpo. Creí que sólo restaba mi conciencia, como si mi pena fuera vagar de

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cuerpo en cuerpo por generaciones... Hasta que un día lograste ir a la Tierra, y al
contacto con la humana, renacieron todas mis habilidades. Entonces pude enviarte estos
pensamientos, en forma de sueños, y al final, hablarte.
–¿Por qué? –interrumpió Amelia, reflexionando que el día en que Lug despertó habían
comenzado sus problemas–. ¿Por qué él puede usar esas habilidades, si son tuyas?
–No sé. Creo haber estado en cuatro cuerpos distintos y ninguno fue capaz de usarlas.
–Fra... –murmuró Grenio, que todavía no se había recuperado del efecto de la
revelación y no creía poder acostumbrarse–. Porque entonces, ¿qué eres?
–Pensé que mi apariencia era bastante obvia –exclamó Lug abriendo los brazos.
–No eres humano como yo –consideró Amelia.
Y Grenio agregó, cubriéndose el rostro: –No puedes ser uno de nosotros.
–Es claro que soy kishime –replicó Lug.

Había hecho que dos sirvientes cargaran montaña abajo la pesada carga, que antes
había envuelto en unas telas oscuras y gruesas. Les prohibió ver lo que contenía, aunque
con los sirvientes nunca era necesario preocuparse de que tuvieran curiosidad. Bulen
notó, inquieto, que aunque sólo se hallaban a unos grados más de temperatura, las telas
ya se habían humedecido. Les mandó preparar una caja de madera y rellenarla con paja,
para meter dentro el bulto. Después supervisó que fuera llevada con cuidado a una balsa
que él mismo había robado a un humano.
Arrastraron la balsa por medio de cuerdas, hasta que el arroyo se volvió navegable, a
medio día de su confluencia con el Bleni. Bulen se sentía como un criminal, y se daba
cuenta de que su actitud no pasaba desapercibida a los sirvientes: la forma cómo cuidaba
la carga sin sacarle un ojo de encima, sin dormir ni apartarse. Al fin, cambiaron a un bote
más amplio y bajaron por el Bleni, un río que se iba ensanchando y aumentando de
caudal. La temperatura también iba en aumento, a medida que las montañas rocosas
pasaban por su lado. Fue dejando tierras solitarias por otras habitadas por humanos,
aunque a esta altura ya no tenía que preocuparse. Por todos lados se veían columnas de
humo negro o caravanas de gente y animales huyendo a la distancia, señales de que
algunos miembros del Nuevo Kishu se disputaban el título del mayor destructor.
Con alivio, al atardecer alcanzó el puerto del que le había hablado Sulei. Se trataba de
un simple muelle vetusto. Sobre una llanura amarilla, que flameaba bajo el sol rojo, divisó
las ruinas de un templo a la distancia, un punto blanco en las estribaciones de una
cadena montañosa. Todavía estudiaba la comarca cuando un kishime se le acercó desde
la orilla, para saludarlo y ayudarlo a descender del bote. Bulen hizo un gesto a los otros,
para que se apuraran a descargar lo suyo, y tras salvar de un salto la distancia entre el
bote y la tierra, pasó con indiferencia frente a quien los recibió. Tenía una idea fija y
actuaba como un poseído. El sirviente lo miró extrañado, mientras le iba explicando que
ya tenían el artefacto de Sulei en una carreta tirada por cuatro caballos para llevarlo
adonde él dispusiera.

Grenio se abalanzó sobre Lug y le soltó un zarpazo.


–¡Eso no puede ser! –gruñó.

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Amelia lo miró estremecida, pero su mano había atravesado la figura, que volvió a
aparecer detrás de ella, intacta. El troga se frotó la mano, azorado; no había palpado
nada.
–¡Es tu culpa! –continuó, más enojado, saltando sobre él. Amelia se apartó del camino,
pero Lug lo esperó, calmo–. Era a ti a quien perseguía, y por eso mató a todos, y ni
siquiera eras uno de los nuestros, sólo un vil parásito. ¡Frugo! ¿Por qué tenías que poseer
a un Grenio?
Lug bajó la vista, aceptando sus acusaciones y golpes, que sólo hicieron vibrar su
imagen.
Temblando, la joven intentó contener uno de sus potentes brazos:
–Es inútil –dijo entre dientes–, no puedes hacerle nada porque no está ahí. Y puedes
culparlo a él, pero Claudio también estaba loco, no tenía que hacer eso. Lo que él le haya
hecho, no justificaba todas esas muertes.
El troga se detuvo al fin, por sus palabras, no por su fuerza porque podía arrastrarla
fácilmente. “¿Aceptas la culpa de tu antepasado?” Amelia apartó sus manos, asustada de
los ojos rojos y la expresión anhelante que parecía decir que le daba lo mismo acabar con
ella que con el fantasma. No debía haber intervenido en una pelea entre Grenio y él
mismo.
Lug parecía estar entretenido, para irritación de los otros. Pero de pronto se acercó y
palpó las manos de Amelia.
–Hace rato que estás temblando.
–Hace frío.
Sobresaltado, Lug explicó: –No, es que tu cuerpo está perdiendo energía para
sobrevivir aquí, y se está gastando, porque tienes menos que Grenio. En poco tiempo no
podrás moverte ¿entiendes? Aquí sólo cuenta la energía que tengas. En un rato también
nosotros nos debilitaremos hasta quedar inmóviles.
–Bueno, sigamos esta conversación en el otro lado –sugirió Grenio, recordando que
tenían que salir de allí.
La cueva desapareció y siguieron suspendidos en la oscuridad tachonada de estrellas.
Lug perdió forma física y sólo escucharon su voz, retumbando en sus mentes:
–¿Cómo piensas hacerlo?
Grenio titubeó, porque ese ser traicionero le había dicho que tenía que concentrarse en
ir hacia ella, que estaba junto a él. Eso iba a ser un problema.
–¡Estamos los dos de este lado! Aunque logre hacer el viaje, no tengo adonde dirigirme
–exclamó el troga, estupefacto y tras un minuto, agregó con furia–. ¡Esto fue tu idea,
estúpido y traidor usurpador de cuerpos!
La joven no entendía muy bien de qué hablaban, excepto que estaban atrapados en
ese vacío, los dos, es decir, los tres solos. Ya no tiritaba de frío, había dejado de sentir
sus extremidades, aunque estaba abrazándose con fuerza.
–Y yo creía que me ibas a salvar –susurró, sintiendo como su mente se dejaba ir hacia
la oscuridad, que parecía tan tentadora ahora, porque estaba tan cansada.
Grenio la sujetó al ver que se iba inclinando, helada y dura como una estatua. Tenía
los ojos cerrados, dormida. No quería quedarse solo. “Lug, debes hacer algo”, le

Precioso Daimon 31
amenazó. “Grenio, el que está con vida y el que usa estos poderes, no soy yo. Sólo tú
puedes hacer algo”.

Cáp. 7 – Reencuentro

Después de haber actuado con precipitación, los tres kishime de Fishiku estaban
discutiendo si no debían haberlos escuchado antes de hacerlos desaparecer.
Mientras en la deteriorada habitación llena de colgajos azules, Sel miraba
alternativamente a Deshin y Fishi dar sus razones, Grenio repasaba los últimos
acontecimientos, congelado en medio del espacio con la joven humana entre sus manos.
Hacía unos días, ella había intentado matarlo, y ahora terminaba metido en esta situación
por ir a salvarla. Se daba cuenta de que Lug había interferido varias veces, impidiendo
que la dejara por el camino. Lo que más le dolía, era no haber cumplido la promesa con
su clan, aunque no esperaba pagar su honor con la vida de una muchacha débil.
Ya no podía moverse, no sentía sus manos ni piernas. No podía abrir la boca y menos
aún emitir un sonido. Llamó al kishime. Esperó un momento. Seguía solo. Nada le
contestó. Sin embargo, unas imágenes comenzaron a llegar sin que se esforzara en
imaginar nada. De día, pasto verde, árboles altos, un camino de piedras serpenteando
entre ellos. De pronto, se halló caminando con libertad, toda opresión y parálisis diluida
de sus miembros, y pudo trotar por el camino. No sabía dónde estaba o porqué. De
nuevo llamó a Lug.
Escuchó un eco. Su voz volvía hacia él como si hubiera alcanzado un callejón sonoro.
El paisaje cambió de golpe, y se asustó al encontrarse en medio de la gente. Humanos
por todos lados; pasaban a su lado, cotorreando entre ellos, ágiles, ocupados,
ignorándolo. Olía a comida, y a humo, y al mirar hacia arriba observó que se hallaba en
medio de una ciudad, rodeado de altos edificios cuadrados, grises, con muchas ventanas
brillantes. Era la hora del crepúsculo y la ciudad se encendió con mil lámparas amarillas,
rojas, verdes. Giró en su sitio, un poco aturdido por el ruido ronroneante que lo asediaba,
las voces, el sudor humano. Al girar la vio, cruzando entre medio de las máquinas con
esa expresión suya, la cual mostraba todos los dientes pero sin amenaza, saludando con
un brazo hacia un grupo de jóvenes.
Amelia, vestida de jeans y campera, se metió entre la gente mezclándose con facilidad,
y dobló la esquina. Se dirigió hacia un edificio con el palier iluminado y lleno de plantas,
sin notar que la seguían. Grenio reconoció la ciudad, el lugar donde ella vivía, y se dio
cuenta de que Lug no había respondido, pero había logrado comunicarse con ella. Desde
la vereda de enfrente, saltó por encima de la calle y un coche estacionado, y con dos
zancadas más se detuvo junto al edificio, a la salida de un callejón, donde lo asaltó el olor
a basura podrida.
Amelia creyó percibir una sombra, un movimiento en el aire, y se detuvo. Ese momento
le bastó para alargar un brazo y tirar de ella hacia las sombras. Ella gritó, sorprendida, y
de nuevo lanzó un alarido al ver la cara del troga.
No podía ser de verdad. Estaba frente a un demonio, un duende, un monstruo de
película. Tomó aire, pensando que alguien le quería hacer una broma pesada.
–¿Qué pasa? ¿No me conoces? –inquirió él.
–N-no... –titubeó ella, alargando una mano temblorosa hacia su cara, tratando de

Precioso Daimon 32
convencerse de que era una máscara y que no podía pasar por tonta. Seguramente sus
amigos estaban del otro lado de la calle, sacándole fotos con la cara de espantada que
debía tener–, pero casi me matas del susto. Para broma, no es agradable.
–¿Qué dices, mujer? –replicó Grenio, enfadado. Quería encontrar una forma de
regresar al mundo real, pronto, y ella actuaba como loca.
Amelia al fin tuvo el valor de poner las manos en su cara y tiró de la piel, que según
sus expectativas debía ser de goma.
–¿Qué estupidez haces? –exclamó él, al tiempo que ella retiraba las manos,
confundida.
El troga le tomó un brazo y la remolcó, caminando a cualquier parte.
–Esto debe ser un sueño –murmuró Amelia, incapaz de resistirse.
Grenio se detuvo, y ella vio que se hallaban en medio de un cruce, las luces de
semáforos estáticas, nadie alrededor, ni siquiera un auto circulando por las calles, un
silencio total, la luna brillaba en lo alto.
–Recuerda, estamos en lo oscuro, te quedaste dormida o desmayada... Tú eres mi
enemiga, la descendiente de Claudio, quien mató a mi clan y yo iba a vengarme de Uds.
pero aparecieron los kishime y su historia de la profecía –estaba obnubilada por sus
palabras. Tonterías porque ni siquiera él podía ser real, pero la trastornaban, le hacían
doler la cabeza–. ¿Tobía, los tukés? Bulen, Sulei, las torres blancas. Me clavaste una
espada en el pecho.
Amelia se sostenía el cráneo y él creyó que estaba logrando algo. Luego, ella negó con
la cabeza y Grenio no pudo contenerse más; la sacudió por los hombros con tal fuerza
que la joven creyó que la iba a matar y empezó a darse cuenta de que no se trataba de
una pesadilla. Una colección de imágenes inundaron su cabeza: ella cayendo en una
cascada, un joven atractivo se inclinaba sobre ella, fría, mojada y tosiendo agua; un
edificio desplomándose; una daga brillando en la oscuridad de la noche; el fuego que la
rodeaba y una voz que parecía consolarla; el troga herido mortalmente en el polvo de una
choza en penumbras.
–¡Es verdad! –exclamó ella, asombrada.
–Que me querías matar sí lo recuerdas... –murmuró él, fastidiado.
–¡No! –replicó Amelia, levantando la cabeza, despejada–. Quiero decir que ahora
recuerdo todo... –miró alrededor, admirada, y contenta por ver su ciudad aunque fuera
una ilusión de su cerebro–. ¿Cómo vamos a salir de aquí?
Creyó que era el momento de decir algo, puesto que estaban perdidos en una
dimensión paralela, los únicos seres reales, a punto de morir o peor, vagar eternamente
por el universo:
–No te había dicho que podía entenderte, al principio a veces, desde que salimos del
derrumbe... Es que quería pedir perdón, porque sé que a Tobía le dijiste que tenías tus
razones para atacar a la niña, que era una espía, y yo sólo quería defenderla... Pero tal
vez, nada sea suficiente para reparar el hecho... ¿qué le puedes decir a una persona que
intentas matar? ¿Perdón, me equivoqué? –exclamó, con desesperación.
El troga la miraba con indiferencia: –A mí me importa muy poco que lo hayas intentado,
estabas en tu derecho de hacerlo. ¿Qué es eso de perdón?

Precioso Daimon 33
Ella pensó un momento y murmuró: –Tu forma de pensar es muy rara. Yo hubiera
estado molesta porque alguien intentara algo contra mí, y no por lo que le haya pasado a
mi tatarabuelo que vivió hace cuatrocientos años –Grenio la escuchó y estuvo de acuerdo
en que la mentalidad de ella era extraña.
–Vamos a volver a Fishiku ¿no? ¡Seguro que puedes hacer uno de esos agujeros en el
aire con luz y viento! –lo animó, mientras que por su parte el troga vacilaba un poco.
Entonces recordó, parado en la calle asfaltada en medio de un cuadrado de rayas
blancas luminosas pintado en el suelo, que cuando al fin pudo encontrarla los dos
partieron de vuelta a su mundo, y entendió que Lug lo había engañado. Aunque estuviera
con ella podía hacer el salto a casa. En su furia repentina, no se percató de que la ciudad
se esfumaba y era reemplazada por un remolino grisáceo, formado por velos blancos que
los rodeaban girando a toda velocidad en medio del espacio negro. Por las dudas, Amelia
se aferró a su torso, sin tenerle miedo o repugnancia, aunque sus ojos brillaban como
fuego.
Sel dejó de oír la discusión de sus compañeros para contemplar embobado que el
espacio se agrietaba en una rajadura de luz otra vez.
Sintieron una compresión en las orejas y nariz, el aire se agitó, Deshin se mareó con
las oleadas que sacudieron su cuerpo, y al final un estallido zarandeó las cortinas, sus
ropas y cabellos. La luz que salía de la fisura perdió potencia, pareció espesarse,
concentrándose en su centro de emisión, y se apagó. Grenio y la joven regresaron.
El troga cayó de rodillas. Amelia se soltó y empezó a comprobar brazos y piernas, que
todo estuviera en su lugar.
–¡Qué... –balbuceó Fishi, estrujando su espada por si tenía que usarla.
–Ya no tienen que preocuparse por ellos –comentó Sel, saliendo de atrás de una
columna.
La joven se inclinó para comprobar el estado de su compañero, que parecía agotado.
Grenio se acuclilló y se sostuvo la cabeza.
Deshin se acercó con timidez, reconociendo de nuevo la presencia que tanto lo había
perturbado antes: –¿Eres tú, verdad? Hace quinientos años desapareciste, y te
convertiste en un íncubo. ¿Puedes escucharme, Lug?
Grenio se incorporó con dificultad y le contestó:
–Se iku, file goshe. Es bueno volver a casa.

A pesar de que muchos creían que implantar un sistema de guardia en base a las
mentiras del grupo Fretsa era una pérdida de tiempo, se alegraron de haberlo hecho
cuando el centinela llegó corriendo a avisar que se divisaba en el horizonte una banda
kishime. Caía la tarde, pero ese día estaba muy oscuro y Frotsu-gra cubierta por un
espeso manto de nubes negras que presagiaba vientos y una noche tormentosa. En
minutos, la noticia corrió por toda la ciudad, todas las actividades cotidianas se
interrumpieron y los pequeños fueron acarreados por los guardianes fuera de las calles.
Cuando Sonie Vlogro y Jre Flosru aparecieron en la arteria central, ya se habían reunido
una multitud de trogas, armados, expectantes, algunos asustados, y otros ansiosos por ir
a luchar.
–¡Un mensajero ha llegado desde el desierto de piedra! –anunció el jefe Flosru con voz

Precioso Daimon 34
de trueno, para ser escuchado por encima del murmullo y los gritos de la gente–. Pero,
eso ya lo saben. Se acerca un grupo kishime a nuestra ciudad. Debemos detenerlos y
averiguar cuáles son sus pretensiones. De eso me encargaré yo, al frente de mis
guerreros. No, no pueden ir todos –gritó, en respuesta al clamor de la mayoría, que no
quería quedarse afuera de la pelea–. No sabemos cuántos son, así que hasta saber qué
pasa, quédense tranquilos, alerta, y sigan la ley de la ciudad.
El jefe con el resto de su clan y algunos muchachos que actuaban como correos entre
los guardias destacados alrededor la ciudad y la jefa Vlogro, salieron a paso tranquilo
bajo la atenta mirada de su gente, que había caído en un extraño silencio que perduró
todo el día.
Apenas enterada de las novedades, Fretsa marchó a reunirse con sus guerreros en la
playa y alistar su ánimo para la lucha, pero antes pasó por la residencia Vlogro.
–Jefa, yo seguiré las órdenes que nos dicten en la ciudad –le dijo, luego de comentarle
sobre los guerreros con que contaba y sus habilidades–. Pero también tengo una
sugerencia: pongo la tierra de mi clan a disposición de los niños y ancianos que no
puedan defenderse.
Vlogro parecía distraída, pero en ese momento la miró fijamente. ¿Llegarían hasta ese
punto? Ella también sintió un presentimiento escalofriante, mientras veía las nubes
agolparse sobre la ciudad, y el viento aumentaba de velocidad, en tanto los minutos
pasaban y se iban sin tener noticias.

Después de conversar largo rato con Fishi, Deshin y Sel, los últimos habitantes vivos
de Fishiku, Lug subió en compañía de Amelia al salón de las columnas, el que ocupaba el
mismo espacio que la superficie de la colina.
–Así que eres Lug –comentó ella, vacilante.
Estaban bañados en la cálida luz dorada del atardecer, que se colaba por el techo
vidriado, y al caminar pasaban por franjas oblicuas grises, donde las columnas les hacían
sombra.
–Él estaba exhausto y desfalleció –explicó Lug–. Sólo en estos momentos puedo
manejar su cuerpo, por unos minutos... volver a vivir. Pero no es mi propósito –agregó en
seguida con voz grave–, mi aparición en este mundo sólo puede traer desgracia, sofu.
Amelia tenía muchas preguntas que hacerle, pero en ese momento el troga se
tambaleó hacia delante y colapsó. Puso una rodilla en el suelo para no desplomarse, a la
vez que alargaba un brazo hacia ella. Por instinto, la joven tomó su mano oscura y reparó
en sus garras, mientras Grenio inspiraba dos o tres veces y se pasaba la otra mano por la
frente. Amelia se percató de que la estaba contemplando con dureza y lo soltó al
momento.
Deshin apareció junto a ellos, tan silencioso que no lo sintieron hasta que habló. Les
explicó que habían discutido con sus compañeros, y aunque estaban de su lado,
consideraban que no debían enfrentarse a su propia raza. De todas formas no les serían
de ayuda como partidarios.
Sin embargo, habían decidido acceder al pedido de Lug, su antiguo camarada.
Fishi se acercó cargando una caja alargada de madera, cubierta de grabados y pintada
de celeste. La depositó a los pies de Grenio y se agachó para abrir la cerradura. El troga

Precioso Daimon 35
advirtió que conocía los dibujos labrados sobre la tapa, por lo menos dos o tres, porque
eran idénticos a los símbolos que había visto en la herrería de la montaña, en su
búsqueda inútil de una buena espada.
–Estos signos son los mismos... –murmuró, mientras esperaba con gran ansiedad que
Fishi levantara por fin la tapa.
En una tela acolchonada amarilla, descansaba una hermosa espada que emitía
centelleos azulados al desplazarse la luz sobre el borde filoso. La hoja ligeramente curva,
terminaba en un peligroso gancho cortante, una vuelta de arabesco, detalle que la hacía
parecer una llama de fuego radiante. La empuñadura argentina estaba recubierta por
trenzas de cuero negro.
El kishime se la presentó a Grenio, quien tomó la espada con una especie de
reverencia tímida que asombró a Amelia. Se preguntó qué tipo de piedra usarían para
fabricar un arma así, y si sería una sustancia tan dura como el diamante.
–¿Conoces el alfabeto antiguo? –preguntó Deshin, sorprendido por sus últimas
palabras.
–No –contestó Grenio con sencillez, mientras admiraba la hoja entre sus manos, sin
atreverse a empuñarla todavía–, no sé leer, pero reconozco estos dibujos. Los vi cerca de
Tise y los memoricé para averiguar qué eran.
Deshin lo miró con nuevo interés, pensando que tal vez no todos los trogas fueran tan
tontos como su raza creía.
–Es la firma de un famoso herrero kishime, que vivió entre los humanos de Dilut hace
muchos siglos. Les enseñó este arte para que se pudieran defender de trogas y kishime
por igual. No sé si hubiera aprobado que una de sus mejores obras terminara en tus
manos pero... es lo único que podemos hacer para que tu lucha contra Sulei sea más
justa.
–Esto es una shala; está hecha de un material único, por lo que puede cortar incluso lo
que no tiene materia –agregó Fishi, que tenía una similar en su cintura–. Claro que no
estoy muy seguro de que un troga pueda sacarle provecho.
Grenio empuñó su shala y se dispuso a demostrarle a este kishime soberbio si podía
usarla o no. Pero Deshin hizo una seña para calmar los ánimos, sabiendo que Fishi
tampoco tenía el más mínimo control de su temperamento cuando se trataba de buscar
pelea.
–Ahora no –los cortó, y se dirigió a Amelia–. A ti, kokume, queríamos pedirte disculpas
por enviarte al otro lado. Actuamos sin pensar... con precipitación y miedo por haber sido
descubiertos. Claro que ser cobardes no es disculpa por haberlos puesto en peligro.
–No importa –mintió Amelia, sonriendo–. Si tan sólo nos pudieran brindar alguna
ayuda, alguna idea para vencer a esos kishime que nos amenazan...
–Sólo les podemos decir que la profecía está de su parte. El Kishu, el Consejo
supremo de nuestra raza, tiene terror del día en que llegue el elegido y, su sola
existencia, es prueba de que nadie puede cambiar el destino.
Un poco decepcionados por esas palabras, Amelia y Grenio salieron del palacio bajo la
guía de Sel. Simplemente cruzaron una puerta de doble hoja y estaban de vuelta sobre la
colina, entre hierba, rocas y espinos. Era de noche, lo que indicaba que el tiempo había
fluido veloz mientras se encontraban atascados en la dimensión oscura.

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Cáp. 8 – Primera batalla

Sulei quería ese artefacto listo para cuando empezara la guerra definitiva, en caso de
que los trogas pudieran resistir mucho tiempo y sus jóvenes comenzaran a desgastarse.
Además, era parte integral de su proyecto secreto, con el cual pensaba superar en poder
a todo el Kishu. Bulen, entonces, tenía la excusa ideal para probarlo él primero. Tenía
que asegurarse de que funcionara y fuera seguro para los demás. Lo hacía por fidelidad
hacia su superior. Así que envió a los sirvientes a vigilar la entrada de la gruta y, cuando
estuvo solo, puso a descongelar lo que quedaba de hielo en torno al cuerpo de Kalüb,
extendido sobre hierba limpia, mientras preparaba el artefacto.
La pirámide negra estaba asegurada al piso mediante unas varillas de metal
enterradas cincuenta centímetros en la tierra, y lucía impresionante a la luz temblorosa de
las lámparas de aceite, que hacía relumbrar sus múltiples grabados. Bulen los pulsó en la
secuencia correcta y se escuchó un zumbido breve, como si expeliera aire. Ahora, según
las indicaciones de Sulei, tenía que colocar la otra parte. Tuvo que llamar a un sirviente
para que lo ayudara a poner en pie el cilindro con asas de metal y colocar unas mesas y
arcones que formaban parte en tiempos antiguos del mobiliario del templo abandonado,
para alcanzar con comodidad la parte de arriba.
Con gran esfuerzo, entre los dos lograron colocar el tanque en la cúspide trunca de la
pirámide. Con la ayuda de una lámpara, Bulen encontró los surcos que ajustaban las dos
piezas. Una vez completo, el artefacto tenía una altura de más de tres metros. El cuerpo
donador iba dentro del cilindro, sostenido por pinchos y tapado por una cubierta con
cables conectores. Uno servía de desagüe para el final del proceso, otro debía
conectarse a una fuente de agua, que en este caso sería un manantial próximo.
Lo más importante era que empezara a marchar y para ello necesitaba energía de
arranque. Luego, si todo andaba bien, debería funcionar con la fuente interna de energía
eterna. Bulen se paró frente a la máquina y colocó sus manos en dos dibujos esculpidos
sobre la oscura superficie. Pensaba darle una dosis de poder y soltarla, pero en cuanto la
energía empezó a fluir de sus manos al artefacto, este la succionó con avidez,
drenándolo totalmente.
Se desvaneció y terminó inconsciente en el suelo. Mientras, el artefacto zumbaba, un
brillo espectral envolvió cada uno de sus grabados, y arriba, el líquido burbujeó y algunas
varillas se pusieron anaranjadas, dándole a la carne muerta y pálida un falso matiz de
vida.
Cuando Bulen despertó, el artefacto murmuraba y latía con energía propia, invitándolo,
como en un ensueño, a acercarse. Se arrastró y entró de rodillas por la portezuela que se
descubrió frente a él. El interior no era negro como esperaba en un rincón de su mente,
sino blanco y mullido. Esperó, quieto, con la cabeza inclinada. La máquina se cerró, y por
un momento dudó, sintió pavor, pero enseguida fue presa de un sonido arrullador y
suaves ondas atravesaron su cuerpo, adormeciéndolo, preparándolo para el golpe.
Por largo rato, el kishime tuvo que soportar una fuerte irradiación sobre su cuerpo,
dolorosa como finas agujas penetrando por cada poro. Su carne hervía; la cabeza
parecía explotarle.
El ruido murió, hubo un soplido ligero y la puerta se abrió. Bulen salió tambaleándose
de ahí adentro, obnubilado, con los ojos ardiendo y una sensación de anestesia en todo

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el cuerpo. Sólo atinó a extenderse cuan largo era en el piso frío y se quedó dormido al
instante.

Relámpagos y truenos sacudían Frotsu-gra hasta los mismos cimientos.


Sonie Vlogro salió de su residencia embozada en un paño violeta y, luchando contra
los embates del viento, llegó a la calle principal de la ciudad al mismo tiempo que la figura
que había visto venir corriendo de lejos, a la luz de los rayos, desde la azotea. Estaba
oscuro, el troga venía inclinado hacia delante; por eso no había podido distinguir a qué
clan pertenecía. Alguien trajo una luz y escuchó vagamente abrirse algunas ventanas,
todos en tensa espera por las palabras que se demoraban en salir de la boca del
mensajero. El joven Flosru –ahora lo reconoció– alzó los ojos, inexpresivos. Vlogro se
impacientó. Dio un paso hacia el joven y este se aferró de su manga, manchándola de
sangre.
–Rotla... –graznó, un sonido gorgoteante comprimía su garganta–. Todos... muertos...
Jre Flosru también... Dos columnas... kishime... Vienen... más... hacia... aquí...
El troga susurró las últimas palabras en su oído; se había ido escurriendo hasta el piso
por obra de una gran herida que le cruzaba el vientre, y todavía no había expirado en su
regazo cuando la anciana lanzó un alarido agudo que desgarró la noche. Era la voz de
alarma y en unos pocos segundos todos habían cerrado sus ventanas, y se arrojaron a la
calle armas en mano, demostrando que ninguno dormía tranquilamente en su lecho.

Comprometido con sus palabras, la columna de Zefir alcanzó al grupo de Budin


cuando este se preparaba para asentar su campamento, a pocos kilómetros de la guarida
troga. Zefir se acercó al otro jefe, cargando su gran alabarda sobre el hombro, caminando
con indolencia como si diera un paseo en su propia casa. Budin lo esperó, alisando los
pliegues de su túnica verde agua, mientras algunos kishime alzaban unas tiendas a sus
espaldas y otros partían a estudiar el terreno.
–Hoy habrá tormenta –comentó Zefir, con más seriedad de la necesaria.
–Sí, eso es bueno para mí –replicó Budin, con una parca sonrisa–. Tal vez me ganaste
en la destrucción de esos pueblitos humanos, pero llegué primero, gané la apuesta.
–Apenas un empate. Pero igual pago. De todas formas, ahora empieza la diversión en
serio.
Al rato apareció en el horizonte una línea oscura y polvorienta.
Eran los guerreros de Flosru, que a toda marcha se aproximaban, casi corriendo. Jre
Flosru se detuvo de pronto, excitado, al comprobar con sus propios ojos lo que todavía
esperaba que fuera una ilusión de su mensajero. Ordenó a los trogas que actuaran con
discreción, que atacaran juntos y no se dispersaran. Calculó que había dos grupos,
parados en línea a lo largo del lecho seco de un arroyo, unos de blanco y otros de verde,
y entre todos sumarían cien. Dio la orden de atacar y los trogas emitieron un alarido al
unísono. La sangre del clan Flosru circulaba por la mayoría de sus acompañantes,
dándoles la seguridad de ser un gran organismo, tenían la fuerza de sus antepasados, el
poder de miles de hombres y mujeres unidos.
Los trogas arremetieron como una mancha oscura, a toda velocidad, acortando la
distancia en segundos. Los jefes kishime pronunciaron apenas dos palabras para

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asegurar a sus subordinados, aunque en sus rostros no se había movido un músculo ante
el vertiginoso ataque. Veían acercarse una masa de cuerpos grandes, sólidos, y aquí y
allá el brillo de un metal o de unos dientes afilados.
En el último momento, a través de una seña imperceptible, los kishime volaron hacia
delante, un borrón blanco, surgiendo ante los trogas. Muchos de estos se detuvieron,
sorprendidos, y contemplaron un momento a sus eternos enemigos, y algunos kishime
también, porque se encontraban cara a cara con un troga por primera vez. Pero otros no
esperaron para atacar. Pronto empezaron a caer algunos kishime heridos brutalmente,
sus delicados cuerpos cercenados por garras y cuchillas. Flosru sintió un poco de alivio,
que enseguida se convirtió en alarma. Comprendió la preocupación que Fretsa y Vlogro
habían tratado de transmitirle.
Más allá, Budin luchaba mecánicamente, y con una calma sobrenatural en el rostro iba
esquivando con facilidad todos los ataques de tres trogas armados con lanzas. Zefir
tampoco tenía ni que esforzarse todavía, y con una sonrisa decapitó a un troga que
pasaba por su lado desprevenido. Avanzaba como una máquina de muerte, asestando
cortes, asesinando, con su gran alabarda blanca.
Flosru chocó con un joven troga que había caído al suelo, lo volteó con un pie y
reconoció a uno de sus hijos. Tenía los ojos en blanco y un agujero en el lugar del pecho
en donde debería estar su corazón. Con furia se volvió y atacó a todo kishime que se le
pusiera en el camino, notando al final de su ciega embestida, que la mayoría había
esquivado sus golpes.
Los trogas se mantenían en pie merced a su orgullo y resistencia física, aun con cortes
y heridas serias. Los gritos del comienzo se habían apagado: todos luchaban en un
laberinto de miembros y cuerpos y cabezas, concentrados, respirando con esfuerzo y sin
gastar energía en palabras. De pronto, un trueno sacudió la tierra. Un relámpago surcó el
cielo.
Budin hizo una pausa, la cabeza vuelta al cielo, sonriente, disfrutando del aire de la
tormenta. Zefir lo vio emocionado e hizo una mueca irónica mientras se dirigía hacia el
jefe troga, que se distinguía porque un grupo de seis guerreros fuertes lo rodeaban. Se
divertía bastante, pero quería probar algo más serio. Los kishime parecían revivir con la
tormenta, el aire ionizado los recargaba, en especial a Budin, que comenzó a atacar con
mucho ánimo. Su piel resplandecía, su cabello se movía en el viento espectral que
soplaba del mar.
Un rayo surcó el cielo y se abatió directamente sobre el campo de batalla. Los trogas
que peleaban con Budin se abrieron, asustados. Él levantó un brazo y el rayo lo alcanzó,
llenándolo de luz y chispas azules. Cuando la energía se disipó, un troga volvió a
embestirlo, pero apenas lo tocó, una terrible descarga recorrió su cuerpo y cayó al suelo
carbonizado.
Flosru miró alrededor con la luz intermitente de la tormenta, y se encontró rodeado de
una maraña de cuerpos. Quedaban unos pocos trogas que seguían resistiendo a pesar
de sus heridas. La sangre de su clan bañaba las piedras del desierto. Vio que un guerrero
de otro clan, que conocía desde pequeño, luchaba con Zefir. Este giraba la alabarda a
gran velocidad, convirtiendo el espacio a su alrededor en un trampa mortal. El troga saltó
por encima usando su propia lanza y asestó un golpe en la cabeza del kishime con su
pie. Zefir lo vio venir y lo esquivó por un centímetro. Se dio la vuelta y enfrentó al troga,
quien había aterrizado sobre sus pies. Chocaron sus armas y la lanza troga se quebró.
Zefir clavó la alabarda en el piso; Flosru se preguntó qué pretendía, si ya tenía al otro

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desarmado ¿quería luchar de igual a igual? El troga se lanzó contra él, listo a una lucha
cuerpo a cuerpo, y Zefir se le desvaneció de entre las manos, reapareciendo detrás de él.
Flosru, mientras se defendía de unos cuantos kishime que pretendían terminar con él, vio
que Zefir golpeó al troga por la espalda, y para su asombro, su mano sobresalió por su
pecho. El troga se inclinó un poco, sorprendido, y el kishime retiró de un tirón su mano,
ensangrentada y sosteniendo el corazón del troga, aún latiendo.
El troga se deslizó al suelo como un muñeco de trapo enorme y Zefir dirigió su mirada
hacia Budin, como para mostrarle lo que había hecho. Pero Budin estaba ocupado dando
órdenes a sus hombres, y se contentó con avanzar hacia Flosru que, cubierto de heridas,
resistía aunque cercado por una ronda de kishime.
–¿Por qué no lo dejan huir, a ver qué hace? –dijo Zefir, acercándose tranquilo.
El cielo se iluminó un segundo y Flosru contempló los rostros impávidos de aquellos
seres, pálidos y etéreos en la oscuridad. Un par de ellos se apartó, dejándole camino
libre. Flosru los señaló con su espada, se enjugó la sangre que le salía por la nariz y dio
un paso, tambaleante. Budin se había colocado junto a Zefir y ambos lo vieron avanzar
tembloroso entre los cuerpos, esquivándolos con cuidado. En su mente confundida,
Flosru no entendía ni dónde estaba, sintiéndose de pronto muy viejo, muy cansado. Pero
un trueno le sacudió el cuerpo y se acordó de la ciudad, invisible en el horizonte. Tenía
que avisarles, debía enviar a alguien, pensó rebuscando en el suelo, entre los hombres
de su clan. Así avanzó una decena de metros.
–Tal vez no es buena idea –comentó Zefir, disponiéndose a avanzar.
Budin sonrió asintiendo, levantó un brazo y envió una descarga eléctrica que alcanzó al
jefe Flosru por la espalda. Ni siquiera supo que le causó ese repentino dolor y parálisis en
todo el cuerpo. Su corazón se paró, sus músculos se torcieron y cayó de rodillas, sin
gritar siquiera, antes de quedar inmóvil en el suelo.
Cuando los kishime se retiraron, a lavarse y descansar, dejando a sus compañeros
heridos y muertos en el lugar de la batalla sin darles una última mirada, pues ya no
existían, un troga emergió de abajo de los cuerpos de sus amigos, apartando con mano
temblorosa un cadáver kishime, y se arrastró sobre su pecho en la oscuridad, hasta llegar
tan lejos como para que ningún enemigo pudiera verlo. Entonces se incorporó con
esfuerzo y trotó, sosteniéndose la herida, dejando caer un rastro de sangre que no le
importó, para poder llegar y contarle a Sonie Vlogro lo sucedido.

Frotsu-gra tenía unas puertas que no se habían cerrado en siglos y pudieron moverlas
en sus bisagras con gran dificultad. De todas formas, las empalizadas que rodeaban la
parte de la península conectada a la tierra firme, no estaban hechas para resistir un
ataque y Vlogro mandó apostar una línea de guerreros que reforzarían la guardia y
debían mantener alejados a los intrusos. Desde adentro, otro grupo estaba encargado de
mantener la provisión de armas lista y estar prontos para entrar en batalla. Salvo los del
primer turno encargados de mantener esta vigilancia, todos los clanes se reunieron en
sus casas. Vistieron sus ropas más elegantes, tomaron sus mejores armas y salieron al
patio. En cada residencia se repitió la misma escena, de comunión y exaltación, mientras
los jefes animaban a sus familias con cuentos de las glorias pasadas y la felicidad de
poder defender la tierra de su clan.
La tormenta eléctrica se desvaneció, el viento empujó las nubes tierra adentro. El mar
seguía oscuro y agitado. Sonie Vlogro caminaba por el malecón, revisando las

Precioso Daimon 40
preparaciones de ese lado, cuando una joven de su clan se le acercó corriendo:
–¡Sonie, Sonie! –la llamaba aún antes de tenerla a la vista, y luego de respirar un poco,
explicó su apuro–. Por el lado del mar, viene alguien.
Temiendo un inoportuno ataque por ese lado, la anciana la siguió. En un rincón donde
el muelle de piedra descendía en cómodos escalones hasta el nivel del mar, un par de
trogas de piel marrón con una línea de pelusa blanca en su espalda, los barqueros, se
inclinaban sobre las olas. Ayudaron a subir a un troga viejo que se apoyaba en un báculo,
mientras en el bote de madera tosca se balanceaba uno de los hombres de Fretsa,
envuelto en una capa oscura.
–¿Vienes a buscar refugio, compañero? –inquirió Sonie Vlogro, mientras el troga subía
los escalones cuidándose de resbalar.
–¡Yo, refugio! –replicó el viejo con un bufido, y levantando la cabeza hacia la luz de las
antorchas de los guardias–. ¡Vlogro! ¿No me reconoces ya?
La anciana se alegró al descubrir a un amigo que creía muerto hacía años. Glidria
había decidido al fin partir hacia Frotsu, luego de quedarse solo en una tierra hecha
cenizas. Ya no valía la pena pasar sus últimos días en ese lugar. Los kishime le habían
destrozado su hogar adoptivo, y por ello aún debía pasarles la cuenta.
–He venido a luchar contra esos niñitos, no a esconderme.
Su vieja amiga le iba a preguntar dónde había estado metido tanto tiempo, cuando
oyeron voces de alarma del otro lado. El hombre de Fretsa movió la barca con una
pértiga, haciéndose a la mar, ya cumplida su tarea de ayudar a Glidria a entrar a la ciudad
sin pasar por el campamento kishime. El guardia lo vio perderse en el tenebroso mar,
donde las islas aunque cercanas apenas se divisaban como masas aún más oscuras
contra el cielo amarronado.
Vlogro y Glidria atravesaron las calles, mientras se les iban uniendo otros, hasta llegar
a la taberna. Allí una Vlogro les comunicó que se aproximaban los kishime. Subiendo a la
terraza de una de las casas vecinas, alcanzaron a ver una línea no muy cerrada de seres
pálidos, que venían caminando con calma, desperdigados por el terreno llano, con ligeras
túnicas claras flotando en el viento a pesar del frío imperante. Sus rostros, su serenidad,
sus poderes ocultos, su presencia allí, eran factores que llenaban de miedo a los trogas a
pesar de su diferencia en tamaño y fuerza física.
–Cuando venía hacia acá –comentó Glidria, tomando un poco del líquido ardiente de
su odre, y apoyado con tranquilidad en la balaustrada del edificio– vi tierras quemadas,
bosques explotados de raíz, animales muertos y humanos huyendo despavoridos.
El grupo de trogas que lo rodeaban lo miraron con asombro y un poco de pavor.
–¿Por qué? –susurró la jefa, observando la línea que rodeaba su ciudad como si los
quisiera encerrar.
Tal cual ella lo adivinó, al clarear el día Frotsu-gra se hallaba sitiada, excepto por el
lado del mar, pero los kishime no se habían movido de su lugar durante la madrugada. No
eran tan audaces como para enfrentar a un enemigo desconocido y encerrado en su
propio terreno; pero sólo faltaba la llegada de una tercera legión y el ansiado arribo de
Sulei para poner manos a la obra.

Cáp. 9 – Invasores

Precioso Daimon 41
Al separarse de Amelia, los tukés consiguieron caballos y partieron con rumbo
impreciso, pero notaron muy pronto que su velocidad no era suficiente para llegar a
alertar a la población antes de que fuera atacada por los kishime. Al principio, en ninguna
de las aldeas que cruzaron les hacían caso, hasta el día en que, viajando siempre al
norte, entraron en un poblado extrañamente silencioso y salieron de él con un par de
niños y cubiertos de un sudor helado. Los niños estaban tan despavoridos que no se
movieron al ser encontrados ni tampoco emitieron una palabra en días. Tobía los había
descubierto ocultos bajo un camastro en el fondo de una casa, y para sacarlos a la luz
tuvo que tomarlos en brazos, y pasar por encima del cadáver de sus padres, tirados como
cayeron en la puerta de la choza.
Mateus, Tobía y otros tres tukés, hicieron el viaje en sentido contrario y esta vez todos
les creyeron, pues de todos lados venían viajeros con cuentos increíbles sobre demonios
y ángeles vengativos que habían destruido sus aldeas y cultivos. Muchos creían que se
acercaba el fin del mundo y emprendían una peregrinación que sabían absurda, pues de
todas formas los iban a alcanzar.
Pero Mateus pensaba distinto, y empezó a sumar vagabundos a su séquito. Cerca del
río Bleni, hizo dividir al grupo. Les encomendó a los otros tukés que viajaran en
direcciones distintas sin detenerse, alertando a todos los que encontraran de la
posibilidad de una invasión, que debían tomar precauciones, si tenían armas pelear, o
huir a las montañas con sus hijos. Mientras, el Gran Tuké tomó el camino de regreso al
monasterio en compañía de un grupo de niños huérfanos y adultos trastornados tras
haber perdido de golpe a sus familias y pertenencias. Anunció que si las cosas
empeoraban mucho, el templo sería lugar de refugio para todo el que lo necesitara.
A Tobía le tocó en suerte ir hacia el este, y torciendo un poco al sur, regresó a la región
de Sidria. Esta zona permanecía intacta, pero esto no era de extrañar porque su
población era nómada y si los kishime pretendían espantar y controlar a los humanos
mostrando cuan sanguinarios podían ser, allí no había muchos poblados para aterrorizar.
Sin embargo, pensaba Tobía mientras surcaba entre hierba y espigas verdes, montado
en el caballo de Amelia, con la espada de Claudio visible entre sus bártulos, Sulei no
podía dejar de pasar por Sidria. No eran muchos, pero los cazadores de fieras y la gente
que vivía en la zona de los lagos eran fuertes y hábiles en la equitación y el manejo de
armas, y podían convertirse en una gran resistencia si alguien los unía y los ponía a
combatir.
Tal cual lo imaginaba desde que avizoró las ruinas bajo el ardiente sol, envueltas en
vapor ondulante por la humedad que levantaba el calor de la tarde, Tobía advirtió que
alguien más había estado allí. Más adelante cruzó el puente del foso, cubierto de huellas
patentes en el polvo. Toda la maleza y hierbas que cubrían los edificios la vez que
estuvieron allí, habían desaparecido como si una mano gigante las hubiera arrancado de
cuajo. Podía ver los restos de fachadas y los vitrales carcomidos por el paso del tiempo,
los canteros rotos y las fuentes agrietadas, pero todo estaba libre de musgo, y purificado,
por fuego, agua u otra fuerza no lo sabía. Recordó a Sulei caminando con paso altanero,
y apuntó en voz alta:
–No sé qué se propone hacer, pero parece que lo va a lograr, sea conquistar el mundo
o incluso el universo.
Reflexionó sobre Sulei, intrigado, porque para alguien que sólo había aspirado en su
vida a complacer las expectativas de sus hermanos tukés y ser tenido en cuenta por ellos

Precioso Daimon 42
con algún grado de respeto o admiración, la suficiencia que emanaba de las acciones de
Sulei era casi inconcebible. ¿Qué quería alcanzar al final? ¿Qué sentía cuando destruía a
su paso?
Tobía salió de la antigua ciudad cabizbajo y pensativo, y entonces se acordó de que a
unos kilómetros había un poblado, donde no habían tomado muy en serio sus palabras al
principio. Ahora, si habían sido visitados ya se habrían arrepentido de su escepticismo,
pero en caso contrario debía avisarles para que se pusieran a salvo.
Llegó al anochecer y encontró un movimiento inusual, con varios cazadores montados
a caballo y armados yendo y viniendo por las calles con gran premura. Desmontó y se
acercó a una mujer que estaba cargando una carreta con prisa y ella le explicó que
debían huir de allí. Tobía los dejó hacer, tan sólo parándose a prevenir a un grupo de
hombres sobre el camino a tomar. Después, llevando al caballo de la brida, caminó entre
la agitación general en busca de un poco de comida y agua.
A la entrada del pueblo se detuvo, sacó la espada de la alforja, y la clavó en el suelo.
Luego partió con paso cansino hacia el sur, iluminado apenas por la luz de las estrellas.
Al rato topó con un grupo de árboles y se echó a dormir contra un tronco caído, mientras
el caballo pastaba cerca.

Trevla estaba reclinado sobre a una roca con la cual su cuerpo se mimetizaba a la
perfección. Aun en la luz grisácea y reveladora del amanecer, que echaba sombras
sospechosas sobre toda la extensión de playa, nadie podría verlo. Sin embargo, contuvo
la respiración en cuanto vio aparecer a un par de kishime, avanzando con saltos
pequeños al bajar una duna de arenas sueltas. Eran muy jóvenes y parecían venir
charlando.
La jefa Fretsa les había encomendado vigilar la franja costera que se extendía hacia el
norte entre playas, esteros y puntas rocosas. El troga buscó la respiración de sus
compañeros, tratando de ubicar su posición.
Ahora percibió una sombra líquida que iba por la arena reptando hacia los kishime.
Uno de ellos se detuvo, alerta. Como un rayo, Vlojo saltó sobre él y lo derribó, mientras el
otro miraba pasmado por un momento. Luego lanzó un grito muy agudo. Vlojo tenía al
kishime clavado al suelo por los brazos. No se retorció ni se resistió, lo que convenció al
troga de que ya lo tenía, hasta que sintió un escalofrío que le subía de las manos a los
hombros. Momentos más tarde, se dio cuenta de que el kishime trataba de congelarlo o
casi, porque el frío iba en aumento. Se soltó, salvando sus brazos, y se apartó de un
salto. Al levantar la cabeza, en lo alto de la duna, vio asomarse a un grupo de ocho
kishime con espadas, en guardia.
Trevla también los había visto y al momento comenzó a llamar a gritos al troga que se
ocultaba detrás de una gran roca, más atrás. Raño se dejó ver y Trevla le ordenó:
–¡Corre a avisar a Fretsa!
Raño, que hacía un par de días se había alistado con ellos esperando la gloria de las
batallas por venir, salió disparado hacia la orilla, por donde podía correr a mayor
velocidad.
Mientras, Trevla fue a apoyar a su compañero. Los kishime, luciendo pantalones
anchos de color claro atados en los tobillos, y un peto de cuero castaño sobre una
camisola blanca, se fueron presentando en tranquilo orden, ocupando las zonas altas de

Precioso Daimon 43
las dunas, donde el pasto raso mantenía el piso firme. Trevla y Vlojo se sintieron
rodeados y superados en número, y calcularon que lo único que podían hacer era
entretenerlos un poco y evitar que avanzaran, mientras llegaba el resto de la tropa.

Zefir se impacientaba. Tenía a la vista la madriguera de aquellos monstruos. Le


bastaba con enviar a un grupo de sus hombres para arrasar el lugar, y luego terminar con
aquellos que escaparan de la ciudad. Mientras caminaba de un lado a otro, de un mal
humor tan llamativo que los demás le abrían paso asustados al verlo venir, Budin
contemplaba con frialdad los movimientos troga, sentado en una poltrona de lona y
atendido por sus sirvientes. En Frotsu parecían estar cambiando la guardia, seguramente
para enviar a descansar a los que pasaron la noche a la intemperie. Budin se levantó y
caminó hasta Zefir con movimientos felinos.
–¿Qué te parece si preparamos una pequeña diversión mientras esperamos? –
preguntó.
Zefir no se hizo de rogar y asintió, sonriente. Su mal humor se dispersó en un segundo.
Desde la azotea de una residencia cercana a la puerta, que había sido abandonada
por el clan para alojar a los que hacían guardia, Glidria no se perdía un movimiento
kishime. Observó que se comportaban distinto a como lo habían hecho en Tise y adivinó
que el jefe no era el mismo, no tan disciplinado y metódico. Tal vez podían ganar contra
estos ahora, en lugar de aguardar a que les llegaran refuerzos. Así se lo dijo a Sonie
Vlogro, y ella estuvo de acuerdo en que podían intentar una salida de la ciudad para abrir
el cerco. La quietud del enemigo, sólo podía significar que esperaban más tropas antes
de atacar.
Pero en ese momento los guardias estaban dispersos por el recambio, y en el interior
de la ciudad la gente se estaba poniendo un poco desordenada, ya que la mayoría iba
perdiendo la paciencia, y se reunían a comentar y exponer sus opiniones a gritos. Esperar
no era su estilo, preferían atacar o ser atacados de una vez.
De hecho, sus deseos se verían pronto satisfechos. Un momento antes estaban de su
lado y en un abrir y cerrar de ojos, sin preparación alguna, unos kishime se despegaron
de la línea y venían rápidamente hacia la ciudad, armas listas. Vlogro vio el movimiento y
gritó unas órdenes a los trogas que estaban abajo, conversando en la puerta de entrada
del edificio. Estos se pusieron rápidamente en acción y en el mismo momento en que los
kishime se detenían a unos pocos metros de la empalizada, la puerta de la ciudad se
abrió y salieron seis trogas.
Al frente de los kishime estaba Budin.
–¡Li mosi! –exclamó, sin alzar demasiado la voz, y con un gesto elegante de la mano
señaló–: Ataquen.
La mitad de sus hombres se lanzaron contra los trogas y ambos grupos chocaron
armas en un embate feroz. Los otros kishime eludieron el combate, y ante los
sorprendidos trogas que miraban la batalla desde los techos, saltaron la empalizada con
facilidad.
–Intentan traer la lucha adentro de la ciudad –murmuró Vlogro, contemplando a los
kishime que aun siendo rodeados por trogas, no se inmutaron ni se atemorizaron.
Afuera, Budin luchaba con una troga del clan Vlogro, que joven y elástica, esgrimía la
espada con gran habilidad, y parecía atacarlo por todos lados al mismo tiempo.

Precioso Daimon 44
Satisfecho, Budin se entretuvo un rato en la contienda hasta que recordó que sus
hombres lo esperaban adentro. Embistió con la hoja en posición vertical, buscando una
herida mortal; la troga giró el cuerpo y al pasar, le clavó un puñal en el hombro. Budin se
detuvo un poco más allá, sorprendido, se arrancó el cuchillo y la saludó con la espada,
antes de saltar dentro de la ciudad, cortando entre tanto a un par de trogas que intentaron
impedirle el paso.
Ya reunido con los kishime, que se estaban defendiendo lo mejor que podían de la
sucesión de trogas que parecía interminable, dio la señal. Los otros dejaron de luchar y
retrocedieron un paso. Budin se adelantó de un salto, cayendo entre sus adversarios, y
abriendo los brazos, dejó salir de sus manos y piernas una descarga eléctrica que se
extendió por el suelo, electrocutando y chamuscando a todos los trogas que se hallaban
en un radio de seis metros.
Varios cayeron en su sitio y otros escaparon apenas recuperados del shock. Budin
dejó caer los brazos, agotado, y sus hombres prosiguieron el ataque a su modo. Un
kishime envió una bola de energía hacia una casa, y explotó un muro, que se desplomó
hacia adentro. Los habitantes se salvaron por hallarse en el patio. Otro envió su poder
hacia la residencia más cercana, incendiando los establos y provocando una gran
confusión; los animales gemían y corrían despavoridos entre el humo y las llamas.
Al fin recuperados del susto del ataque repentino, los trogas se animaron a
enfrentarlos, más que nada rabiosos por la destrucción causada en sus hogares. Los
kishime siguieron atacando casas y personas por igual, usando sus habilidades
explosivas e incendiarias, y recurriendo luego a las armas cuando ya estaban agotadas.
En diez o quince minutos habían causado más daño del que había sostenido el lugar en
siglos.
Budin, en medio de sus hombres que ya sin fuerzas caían al suelo o eran heridos por
la furiosa turba de la ciudad, miró un instante hacia arriba y vio a la anciana Vlogro,
rodeada de otros jefes armados que contemplaban con nerviosismo la lucha. Saltó hasta
la azotea provocando la alarma de quienes rodeaban a la jefa. Glidria se interpuso entre
su amiga y el kishime. Budin sonrió y empuñó su espada. En un parpadeo, desapareció y
reapareció detrás de la jefa Vlogro, el filo en su cuello listo a cortarle la cabeza. Glidria
giró y aferró la espada del kishime, arrancándola con sus manos desnudas de ese punto
peligroso. Budin la movió de forma que le hirió las manos, y luego le clavó la hoja en un
costado. El anciano troga cayó encorvado, y al mismo tiempo, el kishime se desvaneció.
Vlogro contempló el amasijo de cadáveres que restaba de todos los kishime que
habían entrado en la ciudad, sus ropas verdes empapadas de sangre, algunas cabezas
separadas de sus cuerpos. También habían muerto varios trogas, pero lo que más la
perturbó fue la impunidad con que podían entrar y salir de Frotsu-gra, desvaneciéndose
en el aire.

Cáp. 10 – Pelea en la playa

Las huellas de que alguien había estado allí recientemente eran inconfundibles; había
pensado en eso demasiado tarde. Con un toque de agradable intriga, Sulei trató de
imaginar qué pasaría cuando fueran a buscar Fishiku. ¿Todavía habría descendientes
fieles a la causa de los rebeldes kishime? ¿Darían alguna clase de ayuda a los tukés?
¿Tendría que destruir a los tukés, visto que eran los únicos humanos que no aceptarían

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su dominio? Posiblemente, se contestó mientras caminaba junto a sus soldados por las
colinas verdes que rodeaban Sidria, buscando más pistas sobre la dirección que habían
tomados los humanos. Si pudiera, de alguna forma, encontrar el palacio perdido entre
dos dimensiones... pero Mateus se había llevado los manuscritos y borrado toda
indicación que permitiera encontrar las pistas.
–File Sulei, hay un pueblo adelante pero ha sido abandonado –se acercó a informarle
Zelene.
–Bien, supongo que los humanos empiezan a darse cuenta de lo que sucede y están
huyendo. ¿En qué dirección?
–Al oeste y al norte, fuera de nuestro camino y donde pueden encontrar comida.
Parece que algunos miembros del Kishu se nos han adelantado, señor, y de aquí en
adelante veremos las huellas de su paso.
Los kishime pasaron por el poblado, vaciado a toda prisa la noche anterior, y Sulei no
tardó mucho en encontrar la espada clavada en medio de la calle; extraña señal. Se
acercó y la contempló, dubitativo, como si temiera que de tocarla fuera a explotarle en las
manos.
Luego, su rostro se iluminó.
–¡Es la espada de Claudio! Tiene aún la esencia de la humana y la sangre en el filo –
se dijo, arrancándola del suelo–. ¿Qué quiere decir esto? Hay algo envuelto en la
empuñadura...
Desenrolló un delgado lienzo con signos escritos por una mano temblorosa, usando
como tinta barro o excremento. Contenía un mensaje en la lengua antigua. “¡Qué
ingenioso!”, lo felicitó Sulei.

Lodar contempló la vasta extensión de mar que se abría más allá de la arena y rocas,
un océano acerado y frío, revuelto y hostil como nunca había visto. Parecía que el mar
estaba de parte de los trogas y se resistía ante su llegada. Pero inevitable sería, pensó,
paseando la vista por los kishime que lo acompañaban, entrenados y serenos, prontos
para abordar una batalla, y luego miró a los dos trogas que se habían quedado allí,
detenidos, alertas, esperando que ellos atacaran.
Hizo una seña alzando dos dedos de su mano derecha, y como movidos por un
resorte, tres kishime comenzaron a bajar hacia ellos. Apenas parpadearon, y los trogas
se confundieron con el color y textura de la arena. Pero con la luz oblicua y a los ojos de
guerreros entrenados, sus trucos no funcionaban tan bien. Lo kishime se abrieron y luego
se pararon afirmando un pie en el suelo, mientras ponían sus espadas a nivel de la
cintura.
Trevla salvó la distancia en unos saltos breves que apenas tocaban el suelo, dejando
rastros minúsculos, y pasó entre dos kishime. Se dio vuelta, se tornó visible y sacó una
daga de entre sus ropas. La arrojó a un enemigo, pero este ya había reconocido el sonido
del filo cortando el aire, y la desvió con un golpe horizontal. Vlojo había atacado al
kishime de la punta, enviando un puñetazo directo a su rostro. Este lo esquivó y
contraatacó con una estocada que Vlojo no vio venir. La sangre goteó por el suelo antes
de que él mismo se diera cuenta de que lo habían herido en la espalda. Dejó su
camuflaje por inútil y se dispuso a pelear de frente.
Mientras, Trevla había sacado otra daga para enfrentarse a los dos kishime. Logró

Precioso Daimon 46
aferrar a uno por el brazo y lo lanzó al aire. Surcó un momento el cielo y aterrizó sobre
sus pies, resbaló, frenó y enseguida giró para volver a atacar. Jadeante, Trevla esquivó
apenas un corte del otro kishime, corrió, se zambulló, burlando en el último segundo la
punta de la espada que lo embestía a gran velocidad, y lo venció con su masa. El kishime
cayó al suelo, noqueado. Pero no podía descansar porque el otro ya lo estaba atacando
por la espalda.
Vlojo ya tenía tres heridas, y había logrado golpear al kishime en el rostro, lo que le
permitió zafarse de su continuo ataque por un instante, para retroceder, tomar impulso y
empuñar su cuchillo. Trevla cortó el aire con su daga, el kishime saltó por encima y lo
pateó en la cara, no con fuerza para tirarlo al piso pero bastante para enfurecerlo. El
kishime dio una voltereta hacia atrás y cayó de pie. Trevla lanzó la daga directo a su
pecho y notó, asombrado, que su hoja quedaba pegada en la espada kishime, como si
fuera un imán. El kishime sacudió la espada y la daga cayó al suelo, luego movió su
brazo y la daga cobró vida y salió volando hacia su propio dueño. Se le enterró en el
hombro a Trevla, tocando un nervio que le causó extremo dolor. Gritando, la arrancó,
pues la necesitaba como arma. Esperó que el kishime se acercara confiado, y asestó un
golpe rápido, disparando el brazo directo a su flaco cuerpo.
El kishime se detuvo, como sorprendido, porque Trevla le había efectuado un corte
diagonal que le cruzaba el pecho, aún a costa de sufrir una estocada que le atravesó la
cadera. Por suerte Lodar les había hecho vestir adecuadamente para la guerra, y ahora
notó con alivio que la daga había despanzurrado su peto de cuero pero apenas rozado su
piel. El troga había notado la resistencia al hacer el corte y sabía que no podía estar
herido, pero aprovechó la cercanía para golpearlo con el puño. El kishime echó la cabeza
hacia atrás, con sangre brotando de su nariz y boca, y pareció a punto de derrumbarse,
pero enseguida volvió a enderezarse y arrancó su espada de un tirón, destrozando la
carne del troga y abriéndole la herida para que sangrara. Trevla vio por el rabillo del ojo
que Vlojo intentaba golpear a su adversario con puños y cola, con golpes alternados que
al kishime le hacían perder terreno, pero ningún daño.
Desde lo alto, los demás observaban la lucha con interés deportivo. El tercer kishime
se estaba recuperando del golpe, apoyándose sobre un codo para levantarse, y Lodar
envió a otro para traerlo. Los otros dos mantenían una pelea pareja con los trogas,
sufriendo algunas heridas y golpes, pero todavía podían ganar. Vlojo tenía pocas heridas,
pero su adversario era tan rápido como él dando y recibiendo golpes, además tenía un
arma mientras que él había perdido la daga en algún punto. Por su parte, Trevla se
hallaba un poco mareado por el dolor en la cadera y el hombro, pero bastante excitado
como para atacar con energía. Su oponente lo mantenía a la distancia del largo de su
espada en una danza metódica y desgastante. Trevla veía su oportunidad en el pecho
abierto del kishime, si pudiera alcanzarlo con sus garras, pero para ello tenía que
arriesgarse a ser atravesado por la espada.
Estaba tratando de decidir si lanzarse hacia delante o buscar otra chance, cuando
escuchó a lo lejos ruidos y gritos que se iban acercando. Fretsa venía con el resto de sus
guerreros a gran velocidad, aprovechando la arena húmeda y firme de la orilla. El sol
había dispersado la neblina matinal y los kishime se distinguían con claridad sobre las
dunas. Trevla embistió y la hoja de la espada kishime entró en su costado debajo del
corazón. Sintió la caricia fría del metal y el ardiente fuego que le siguió, y al mismo tiempo
apretó el fino cuello del kishime, que lo miraba asombrado por su valor, desgarrándole la
piel con sus uñas. El kishime se apartó, sofocado en su propia sangre; abandonando la
espada en el pecho de Trevla.

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Vlojo vio caer a su compañero de rodillas, manteniendo el equilibrio gracias a su cola, y
no pudo evitar alargar un brazo hacia él cuando se desplomó de lado. A la vez, notó que
su adversario se había detenido, expectante, y escuchó la voz de mando de Fretsa,
ordenando a sus guerreros atacar. Raño había vuelto pronto, ¿por qué tenía que
sacrificarse sólo Trevla?
Sin aguardar a que los otros guerreros los alcanzaran, Vlojo se lanzó de cabeza entre
la tropa kishime, usando puños, dientes, cola y cabeza para atacar a cuantos tenía en su
camino.

El curandero estaba cansado, y hubiera deseado tener un clan más numeroso para
poder atender a los heridos. Pero irónicamente, muchos de su familia habían muerto por
envenenamiento de comida hacía unos cincuenta años, y ahora sólo le restaba un
hermano casi tan viejo como él y un sobrino que vivía lejos, exiliado. La jefa Vlogro pasó
a visitar a los heridos, los únicos dos sobrevivientes del encuentro a las puertas de la
ciudad y unos cuantos quemados y electrocutados en el disturbio que siguió adentro.
Observó la habitación de techo bajo, llena por completo de camastros sucios. El
curandero comentó que nunca había tenido tantos para cuidar, mientras revolvía líquidos
y aplastaba hierbas en un mortero grande.
–¿Necesitas hierbas? ¿Camas, lienzo, agua? –inquirió la jefa–. Puedo mandarte un par
de ayudantes.
El curandero asintió, Sonie Vlogro no supo bien a qué. Tal vez necesitaba de todo.
–¿Cómo estás, amigo? –soltó la anciana al llegar junto al sillón donde reposaba
Glidria, todavía con buen ánimo, los ojos brillantes y atentos, a pesar de la venda que le
envolvía el torso.
–Bien, Sonie... Creo que igual me quedaré un rato por aquí, porque puedo ayudar con
las heridas y preparar brebajes.
La anciana salió del ambiente sombrío y balsámico a la luz casi dolorosa del exterior.
Dos mujeres del clan la esperaban en la puerta, armadas, y la acompañaron al cruzar la
plaza hacia la puerta de la taberna de Froño. Al momento se halló en medio de una ronda
de curiosos: los guardias, que habían estado comentando lo sucedido durante la noche, y
los que habían vigilado el mar y no habían tenido ocasión de ver a los kishime pero
habían observado los destrozos que dejaron. Les comunicó que iba a salir una barca para
todos los que no pudieran pelear, rumbo a las islas, y los demás debían prepararse para
un gran ataque.
En silencio, cada uno se alejó, los gritos de protesta guardados en sus gargantas.

Raño había tenido suerte al encontrarse de golpe con una partida de guerreros que
venían en su dirección, entre los cuales se encontraba Fretsa. Apenas escuchó las
noticias, la troga dio órdenes para que corrieran en auxilio de sus compañeros. Luego,
empleando un delgado canuto, silbó, y de las rocas y pastizales empezaron a surgir más
guerreros, dejando a Raño admirado por su destreza para ocultarse.
El ataque de Lodar fue cauto y bien pensado, sin arriesgar todos sus hombres a la vez
ni perder la ventaja del terreno alto. Desde allí podía verificar que no se acercaran otros
trogas y los sorprendieran por la espalda. Tres enviados por Fretsa, que hicieron un rodeo
antes de llegar a la playa y alcanzaron el punto según indicaciones de Raño, intentaron

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derribar a Lodar y sus ayudantes, pero el jefe kishime estaba preparado para eso. Uno de
los trogas cayó con una lanza atravesada en el corazón, gracias a un kishime que había
estado camuflado bajo la arena de la hondonada. Los otros dos también fueron
sorprendidos por detrás y tuvieron que luchar a dos frentes, en lugar de llegar
furtivamente y asesinar.
En la playa, Fretsa sostenía una acometida incesante sobre los kishime. Había visto de
lejos la caída de Trevla y el ataque desesperado de Vlojo, y no podía desperdiciar sus
vidas. Tenía que marcar un alto a los kishime, impedir que cerraran Frotsu-gra. Mientras
que ella, en medio de la acción, dirigía y luchaba con sus tridentes de igual a igual contra
las espadas kishime, dos guerreras habían logrado desplazar el combate hasta los
esteros que comenzaban más allá. Engañados, tres kishime siguieron a las trogas del
clan Fretsa que parecían huir. Se metieron entre los juncos salpicando rocío de agua y
ellos las siguieron, quedando al instante empantanados hasta la cintura. Las trogas,
conocedoras del bajío desde chicas, sabían donde pisar y les llevaban ahora la ventaja.
Los kishime saltaron hacia ellas, y aterrizaron de nuevo en un metro de agua salada,
mientras que ellas sacaban sus dagas.
Después de media hora de combate intenso, cuando Fretsa ya casi alcanzaba el lugar
donde se había estacionado Lodar, este comenzó a indicar a sus hombres que se
reunieran. Los kishime dejaron la playa en retirada, y los trogas fueron contenidos por su
jefa. Primero tenían que ver en qué estado se hallaban; no podían perseguirlos sin saber
si se dirigían a una trampa. Lodar la observó desde lo alto mientras sus hombres lo
pasaban a toda velocidad, perdiéndose en las dunas como espectros. Fretsa enfundó sus
tridentes en la cadera con un ademán violento, Lodar se volvió y desapareció.
Raño la estaba llamando, mientras estudiaba los restos de la escaramuza:
–Sonie, mire esto.
Entre los surcos marcados en la arena, había encontrado un bulto oscuro
semienterrado. Fretsa caminó unos pasos y se agachó para ver: Raño había destapado
un cuerpo troga.
–¡Es Trevla! –exclamó, traicionando un poco de emoción cuando tiró de su cuerpo con
manos temblorosas–. Era uno de mis mejores hombres.
–Todavía puede ser –contestó Raño, viendo que débilmente abría los ojos.
El que más se alegró fue Vlojo quien, lleno de cortes, costillas quebradas y un brazo
dislocado, venía siendo sostenido entre dos trogas que habían salido ilesas de la pelea.
–Estos dos son muy fuertes o tienen demasiada suerte –comentó Raño, mientras
contemplaba los cuerpos grises de los kishime y los trogas caídos.
Ningún bando había tenido muchas bajas, porque sus jefes no habían forzado un
resultado definitivo. Ahora cada uno conocía sus respectivas fuerzas. Fretsa sorteó las
dunas de un salto, usando sus alas para planear, y a la distancia pudo vislumbrar al
grupo, rumbo al desierto de piedra. Los verían de nuevo muy pronto.

Sulei caminó por el trecho de pastos altos que bordeaban el río. Allí las aguas
formaban un remanso y giraban sobre unas piedras chatas que no se atrevían a asomar
en la superficie. Su sirviente Zelene había quedado atrás, oculto en un bosque que se
veía a lo lejos, porque había insistido en acompañarlo. C mo ahora era jefe del Kishu no
podía andar sin protección, había dicho. Pero Sulei sabía que si no venía solo el humano

Precioso Daimon 49
no le diría lo que quería.
–Hola, qué oportuno lugar elegiste para nuestro encuentro –saludó. El tuké estaba
sentado en los restos de un antiguo dique de piedra–. Justamente tenía que pasar por
aquí cerca para atender mis... asuntos –agregó, mirando la cadena montañosa que nacía
en el horizonte envuelta en una neblina grisácea.
–Así que vino –musitó Tobía, la cabeza inclinada como concentrado en el río.
–Claro, adolezco de una sana curiosidad –declaró Sulei, tirando la nota a sus pies–. Y
alguien que puede escribir en el alfabeto antiguo, aunque sea sólo un lugar y día, merece
mi atención. Ahora dime, ¿qué quieres?
Tobía alzó la cabeza, descubriendo su capucha para mirarlo directamente a los ojos, y
dijo:
–Supongo que tu oferta sigue en pie. Así que quiero que me devuelvas las gemas del
templo.

Cáp. 11 – Bulen ataca

Sel caminaba delante de ellos, con movimientos medidos como los de un joven felino.
Deshin le había encomendado guiarlos fuera del palacio y luego transportarlos lo más
lejos que pudiera hacia su destino. Sel nunca había ido más allá de las montañas que
limitaban la rica y cálida región de Sidria, pero al menos los dejó en la ladera sur de un
monte, evitándoles tener que atravesar las zonas altas. Allí divisaron una aldea
abandonada, donde pasaron la noche a cubierto.
Ya era de tarde cuando Grenio despertó, agotado por la experiencia del día anterior.
Dejaron la aldea, luego de constatar los destrozos efectuados por los kishime; habían
matado el ganado y quemado los silos, los humanos debieron huir antes de correr igual
suerte.
Los tres descendieron por una suave pendiente de tierra gris y negra, entre árboles
flacos de follaje susurrante que hacían muy agradable la caminata. Sin embargo, el
kishime daba la impresión de no apreciar nada, los ojos fijos en el sendero.
–¿Hasta dónde nos pensará acompañar? –preguntó Grenio, molesto por su presencia.
A la joven tampoco le transmitía ninguna cordialidad, con sus maneras distantes y el
movimiento petulante de su cabeza al mirarla, pero no dijo nada. Los kishime de Fishiku
le habían cedido a Grenio la espada que quería, así que pensó que no debería quejarse;
y a ella le regalaron un par de prendas, que sin tanto valor, le dieron un gran alivio al
poder cambiarse después de tantos días.
–Tengo que comer algo –dijo el troga, aunque más bien era un aviso para el
muchacho. Los kishime podrían vivir del aire, pero su cuerpo necesitaba algo más
nutritivo–. Aunque ya es tarde –agregó enfadado.
Amelia, que marchaba unos pasos adelante, destapó el paquete que había envuelto
con su ropa vieja y dejó a la vista un montón de frutas rojas, como ofreciéndolas. Grenio
la miró un segundo, y luego se volvió, casi indignado. Amelia no pudo contener la risa
ante su gesto dramático.

Precioso Daimon 50
–Las junté mientras dormías, todo el día –dijo después con sorna.
Sel se había detenido y los miraba, intrigado. Luego señaló:
–Hemos llegado a la cascada –anunció en tono terminante; allí cancelaba su
responsabilidad.
Amelia quedó extasiada al contemplar la caída espumosa de agua clara en un hoyo
entre las rocas amarronadas, los árboles inclinándose suavemente sobre la superficie
verde del agua. Dijo que tomaría un baño, aprovechando la transparencia del estanque,
mientras Grenio iba a buscar su comida, y miró significativamente al muchacho. Sel no
entendió al principio que quería estar sola, pero el troga le hizo una seña y al final se fue
con él. Amelia esperó unos minutos, luego descendió por las rocas, donde el agua había
excavado sucesivos escalones con el paso del tiempo, y probó el agua con los dedos.
Estaba fría pero podía soportarla, a cambio de un baño completo como no se había dado
desde Frotsu-gra.
Dejó la ropa estirada sobre la última roca y, echando un vistazo alrededor por última
vez, entró en el estanque. Primero se estremeció y tiritó, pero en cuanto dio unas
brazadas fue entrando en calor, y por último se sumergió. Emergió del otro lado,
alisándose el pelo y frotándose los hombros, feliz, en un lugar que hacía pie y el agua la
cubría hasta el pecho. Por un minuto disfrutó del baño fresco, del reflejo del sol en la
superficie, de las ondas que hacía con los brazos, del rumor de la brisa entre los árboles.
El follaje, las frutas, el color del cielo y los ruidos, eran algo diferentes a la Tierra, pero
hermosos. De repente se dio cuenta, el sonido que sentía no era viento, sino una persona
rozando las ramas al acercarse. Estaba a punto de zambullirse para ir en busca de su
ropa, cuando alguien se paró en una roca encima de su cabeza, y se paralizó. Alzó la
cabeza, esperando que fuera alguno de sus acompañantes, y para su sorpresa, el que
había aparecido no era otro que Bulen.
En un momento cruzaron por su mente todas las facetas en que lo había conocido: su
salvador, aún antes de saber quién era ella, el que parecía un héroe misterioso e
indiferente que hacía latir su corazón, luego el captor que la encerró en una extraña
máquina y trabajaba para su peor enemigo, el kishime que había desatado una guerra
contra los trogas y arrasaba a los humanos como si fueran muñecos. Sin embargo, no
podía sentir terror o antipatía en su presencia. El tiempo pasaba y seguían inmóviles,
Amelia parada en el agua, Bulen mirando a la joven con rostro sombrío, como quien ha
venido a tomar una difícil decisión.
Al final, él rompió la fascinación que los envolvía:
–He venido a matarte –dijo en su lengua musical, y ella lo sintió reverberar en su
mente.
Amelia retrocedió un paso, hundiéndose en el estanque verde, removiendo las aguas.
Sus círculos se cruzaron con las ondas que provenían de la cascada. Bulen dio un paso
sin prisa y se detuvo sobre una roca, los tobillos hundidos en el agua clara.
–¿Por qué? –protestó asombrada. Su rostro perdió la mueca de terror, y con una calma
forzada preguntó–. ¿Por ese kishime, tu jefe? Debe tener mucho... carisma, para que le
seas tan leal, y hagas cualquier cosa por él...
–¿Por qué me hablas de Sulei? –replicó Bulen, agitado.
Ahora expresaba más emoción de la que nunca había advertido en su rostro, y temió
haberlo excitado más de lo necesario. Pero de todas formas, pensó mientras el desánimo

Precioso Daimon 51
se apoderaba de ella, si alguien con su poder la atacaba no tenía escapatoria.
–Vi como lo mirabas –prosiguió ella, mecánicamente–. Hasta me puse un poco celosa,
por él podías tener afecto y en cambio yo... Pero supongo que no sabes de lo que estoy
hablando, Tobía ya me explicó muchas cosas sobre los kishime y los trogas. Ahora sé
que un kishime no puede interesarse por una mujer, en el sentido de... amistad. Pero no
creo que tengas que odiar a los humanos, porque somos distintos, o a mí en particular
porque vengo de otro lado. Igual, veo que sí puedes sentir algo por otra persona. Lo
sigues con todo tu corazón.
De repente se sintió extrañamente confiada, segura, y resignada. Bulen estaba muy
confundido, ya que esperaba que le tuviera miedo o que intentara huir o gritar auxilio.
Además lo confrontó con sentimientos que no creía tener, que no conocía.
Sacudió la cabeza y aclaró sus ideas:
–Será rápido –dijo, tomando su espada–. No te preocupes.
Con un movimiento vertiginoso, la arrancó del agua y la sostuvo del brazo frente a él,
chorreando. Amelia sintió ganas de gritar al sentir el filo contra su cuello, pero estaba
paralizada. Apretó los dientes, temblando, y lo miró sin querer, y vio algo distinto en sus
ojos grises, un dejo de locura, de desesperación. Eran los ojos de alguien que había visto
poco menos que el infierno. En su mente asomó el niño que se lamentaba porque el sol
iba a explotar.
–No estás siguiendo sus órdenes, ¿verdad? –susurró.
¿Acaso esta humana podía leer su mente, ver en el fondo de su alma? El secreto más
terrible que había guardado, la acción más atrevida que había llevado a cabo, y ella lo
sabía.
–¡No, no! ¡Sulei los quiere vivos! ¡Cree que puede usar el futuro a su antojo pero... ¡No
sabe, no sabe! –Amelia lo miró atemorizada porque hablaba como un loco–. Es peligroso,
mortal... ¡Tengo que impedirlo, por su propio bien! –gritó, a la vez que la soltaba.
Amelia perdió equilibrio y resbaló en el fondo limoso, cayendo de espaldas con un gran
chapoteo. Lanzó un grito cortado, y su estrépito espantó a los animales del bosque. Bulen
saltó tras ella, aferrándola del cuello antes de que pudiera emerger. Amelia luchó por
tomar un poco de aire, pero en la refriega tragó tanto oxígeno como agua.
Bulen tenía el rostro rosáceo, por el esfuerzo de luchar consigo mismo. Tenía que
terminar con la humana ahora que estaba sola, y después ir a aceptar la furia de su jefe,
porque sabía que lo estaba salvando; pero no antes de matar al otro. Vio los ojos
redondos fijos en él, sentía los movimientos convulsivos de su garganta y los arañazos en
la piel de sus antebrazos. Ella se debatía entre sus manos, pugnando por respirar y
expirando todo el oxígeno en su desesperación.
Aunque no quería hacerlo, ella tragó agua y por un momento se quedó quieta,
creyendo que sus pulmones explotaban. Bulen estaba tan absorto que no sintió el
chapoteo del otro lado del estanque, y una sombra abriéndose paso hacia él. La forma
masiva del troga emergió junto a ellos, y se alzó sobre Bulen. Este pareció sonreír un
segundo, copiando una expresión de Sulei, cuando Grenio lo aferró del vestido y lo lanzó
contra las rocas al tiempo que sacaba a Amelia del agua con su otro brazo. Bulen se dijo:
“ya es tarde”. De espaldas, chocó contra una roca y se deslizó hasta el suelo, el cabello
cubriéndole el rostro.
Desplazando gran cantidad de agua, Grenio saltó a la orilla y depositó a la humana en

Precioso Daimon 52
el piso, de costado. Ella tosió, echando agua por nariz y boca. Al escucharla, el kishime
reaccionó y aun medio inconsciente, se sostuvo de rodillas, tomó su espada y apoyó la
punta en el suelo. A pesar del golpe se sentía bien porque el agua lo reanimaba,
potenciaba su energía. Comenzó a brillar y Grenio, que ya había empuñado la shala, se
dio cuenta de que iba a aprovechar la humedad para que no pudiera evitar la descarga.
De arriba a abajo, una corriente eléctrica fluyó por el cuerpo de Bulen y se expandió en
zigzag, del lugar donde estaba arrodillado en dirección al troga.
Grenio jugó su carta, no tenía idea si iba a funcionar pero levantó y abatió la espada
con resolución, cortando el suelo frente a sus pies justo en el momento en que la energía
lo alcanzaba. La roca se hendió bajo su filo sin ofrecer resistencia, disolviéndose en
polvo; la energía se vio interrumpida y se desvaneció en el aire con un chisporroteo
inofensivo. Bulen observó espantado, recién se daba cuenta de que cargaba una shala.
Empezó a temblar, presa de un sentimiento fatídico, pero no se movió del lugar donde
estaba parado. Lo esperó con la espada en guardia, puesto que el troga venía hacia él
blandiendo la shala, encantado por el fulgor azul que emitía al hendir el aire, reflejando la
luz del sol.
En el último momento, Grenio dibujó un arco hacia arriba y Bulen lo atajó sobre su
cabeza. Las hojas tintinearon y el kishime se vio empujado hacia atrás. Sus pies
húmedos resbalaron en la piedra, y dio un salto hacia la roca superior, donde crecían los
primeros árboles. Grenio lo siguió, cortando el espacio donde un segundo antes estaba
parado Bulen. El kishime se frenó, ya fuera de su alcance, respingó y se dio la vuelta,
creyendo que había sido herido por la espalda. Unas cuantas hojas verdes flotaron en la
brisa hechas pedazos, y varias hebras de pelo blanco cayeron al suelo.
El troga lo embistió de nuevo, confiado, y Bulen, mientras levantaba su espada, usó su
habilidad para crear una pequeña distracción, un fogonazo para cubrir su retirada. Para
cuando Grenio batió la shala, el kishime desaparecía en medio de un estallido de
luciérnagas. Oyó un estampido seco como una botella descorchada.
Increíblemente, del aire se materializó y cayó al piso un pedazo de manga, de la
misma tela que llevaba el kishime, cercenada de su brazo mientras se dispersaba.
Grenio enfundó la magnífica arma en su cintura y al volverse, vio a la joven, encogida,
sentada con sus brazos rodeando las piernas. No se había movido del lugar mientras
duró la pelea, su mente ocupada con el extraño comportamiento de Bulen, y lo que había
dejado escapar. A pesar de estar bañada por el sol, sentía un frío que la helaba desde los
huesos y le erizaba la piel.
–Ven aquí –ordenó el troga, dirigiéndose a la espesura. Amelia levantó la cabeza,
como si recién notara su presencia, y siguió su mirada.
Una cabeza asomó sobre la roca de la cual saltaba la brillante corriente de agua, y Sel
descendió hacia ellos:
–Nunca había visto a un kishime tan alterado –dijo, extrañado–. Había algo en él
desequilibrado...
Amelia, que se había vestido a toda velocidad y estaba terminando de alisarse el pelo
húmedo, exclamó con asombro: –¿Estuviste viendo todo el tiempo?
Sel asintió.
–¿Por qué no me ayudaste entonces?
–Nunca gritaste ni pediste ayuda –respondió él, despreocupado.

Precioso Daimon 53
Amelia bufó, irritada.
–Además él ya venía hacia acá –continuó Sel, quien había percibido una presencia
kishime, fue a indagar, y sólo rato después Grenio se percató de que estaba solo y
volvió–. No creía que pudieras utilizar todas las capacidades de la espada, pero supongo
que es Lug el que la domina.
El troga no podía estar halagado con su comentario que partía del desprecio y encima
lo situaba bajo la protección de un kishime parásito. Ignorante del enfado que ocasionaba
en ellos dos, el flemático Sel caminó unos pasos y se dispuso a volver a Fishiku,
diciendo:
–Aquí los dejo, debo volver a contarle todo esto a Deshin –y se esfumó en un barrido
de luz blanca.

Cáp. 12 – Choque inminente

Sel demostró tener mucha suerte al informar a sus compañeros en Fishiku. Con sus
habilidades no había tardado en darse cuenta de la transformación sufrida por Bulen. Los
otros dos decidieron hacer algo antes de que esos kishime lunáticos pusieran en peligro a
toda su raza. Lo primero era brindar apoyo a los miembros descontentos del Kishu, de lo
cual se encargaría Deshin. Como no querían dejar desprotegido a Sel ni quedarse
inactivos, decidieron que el más joven lo acompañaría en su visita.
Al partir los ocupantes, el palacio perdió su defensa, y como resultado una parte quedó
en esta dimensión mientras que otros pedazos permanecieron del otro lado, no
materializados.
Cuando Sulei llegó, siguiendo las direcciones que había arrancado de Tobía como
prueba de buena fe, se encontró sobre la colina verde con unos segmentos del palacio
que se sostenían en pie milagrosamente. La fachada principal, con su puerta labrada de
doble hoja dorada, terminaba abruptamente en una línea diagonal, lo que permitía ver
algunas columnas del interior. Subsistía la mayor parte del techo, excepto en una esquina
donde faltaba el edificio como si le hubieran dado un mordisco. Medio arbusto crecía
contra una pared lateral, y el resto del follaje había quedado inextricablemente combinado
con el muro. El piso interior, blanco y brillante, presentaba manchas pardas donde pasto y
tierra se había fusionado con la superficie nacarada, y la escalinata por la que había
descendido Grenio, acababa directamente en la tierra sólida.
Con este panorama, Sulei no se extrañó de no percibir ninguna presencia. Sin
embargo, poco después su sirviente le llamó la atención sobre un detalle. Justo donde
comenzaba la pared exterior, se podía distinguir la mitad superior del cuerpo sin vida de
un animalito gris, peludo y de cuatro patas.
–Ya veo, Zelene –asintió Sulei–. Para quedar en ese estado, este aplastamiento
repentino debe haber sucedido hace muy poco tiempo, sino la tierra ya hubiera absorbido
su cadáver.
Había llegado tarde para demandar que se le unieran o para terminar con ellos en caso
de que se negaran. Ahora tendría que esperar que los acontecimientos le dictaran qué
bando habían elegido los últimos habitantes de Fishiku.
–Bien, ya terminamos con nuestros preparativos –le indicó a Zelene, que en silencio

Precioso Daimon 54
aguardaba órdenes–. Vamos a encontrarnos con Bulen, y seguir el camino de nuestras
fuerzas hacia territorio troga.
Zelene siguió a su amo Sulei y se transportaron a la cueva donde Bulen debía estar
esperándolo con todo listo.
Grande fue la sorpresa de Sulei cuando al preguntar por él, el sirviente que estaba
vigilando el artefacto negro le contestó: –¿Bulen, señor? Hace poco dejó este lugar.
El sirviente continuó explicándole que el día anterior había salido sin mencionar
adonde, y que al retornar traía muy mal aspecto, como si hubiera sido abatido en una
pelea.
–No debe ser esa la causa, sino que ha estado usando sus habilidades y gastando
mucha energía para probar el estado de este aparato. Bulen siempre se esfuerza y se
preocupa mucho por mi seguridad.
El otro no quiso contradecir a Sulei con dudas. El comportamiento de Bulen parecía
perturbado en los últimos días, aunque su energía y salud eran muy buenas desde que
probó la máquina. Por temor a hablar demás del favorito de su jefe, no le contó el detalle
de que lo había visto cortarse el cabello. Bulen había pasado toda la noche en vela,
sentado sin moverse, ni tomar su baño, pero a la mañana lo encontró fresco y energético,
aunque con el mismo rostro abstraído y sombrío. Segundos antes de la llegada de Sulei
se fue.
Su jefe se había acercado a admirar el aparato completo y funcionando, para escuchar
el zumbido interno y las luces que recalcaban los símbolos sobre la superficie.
Zelene se acercó para ayudarlo a quitarse la ropa, ya que su amo estaba impaciente
por probar el poder del artefacto él mismo. Mientras el sirviente le alcanzaba una bata
blanca, le ordenó: –Dame tu cuchillo.
De entre sus ropas, Zelene extrajo su daga de empuñadura dorada, mientras Sulei se
sentaba y descubría su muslo derecho. En medio de su perfecta piel blanca, resaltaba
una herida de unos diez centímetros de feo aspecto, por la hinchazón y los labios mal
cosidos. Sulei apretó los dientes y cortó el borde de la herida; sangre negra brotó y
escurrió hasta el piso. Luego metió dos dedos en la abertura y extrajo un trozo de carne
oscura y caliente que produjo un sonido de succión al arrancarla. No estaba pegada
totalmente a su pierna, apenas había logrado mantener el tejido vivo gracias a su calor y
sangre.
Parecía un pedazo de tejido enfermo. Se lo entregó a Zelene, quien siguiendo sus
indicaciones, subió por una escalera de madera y lo colocó en la parte de arriba del
artefacto. Después, accionó los distintos signos según le iba ordenando Sulei.
–Bien, Zelene –terminó de explicarle–. En caso de que me halle débil luego de este
experimento, te diré que haz de hacer en las próximas horas. Como a la mañana está
pautado que acabemos con los trogas definitivamente, es necesario que nos pongamos
en marcha hoy mismo. Si no puedo caminar tú deberás preparar mi transporte. La mitad
de los hombres ya está en camino, encárgate de que el resto parta a la noche luego de
pasar por aquí... y deja una guardia importante en esta gruta. Por último, cuida de que
Tobía llegue a Frotsu sin problemas... Tal vez obtengamos buen uso de él.
A paso entrecortado por el estado calamitoso de su pierna, Sulei entró en el lustroso
hueco de luz que se abrió frente a él. Zelene permaneció de pie junto al aparato,
escuchando con atención los ruidos de variadas frecuencias provenientes de la máquina,

Precioso Daimon 55
observando sin manifestar emoción el escueto pedazo de carne oscura que flotaba
perdido y el gorgoteo del líquido en la parte de arriba.
Unos minutos más tarde, la puerta se deslizó con un soplido y algo de vapor salió por
las junturas de los tubos. Sulei se tambaleó, Zelene corrió a sostenerlo. Pero en un
segundo su jefe ya se había recuperado y pudo caminar dos pasos hasta dejarse caer en
una otomana. Miró a su sirviente para tranquilizarlo y sonriendo le dijo:
–Después de todo es cierto, Zelene. Muy pronto tendrás el ascenso.
Ahora que tenía la esencia del troga en su cuerpo gracias al pedazo de piel y carne,
que arrancó durante su batalla en la montaña y que había guardado con precaución todo
este tiempo, se sentía y sabía mucho más poderoso. Las debilidades de su raza, su
tiempo de vida exiguo y su poca resistencia física, fruto tal vez del vasto avance espiritual
que les permitía controlar los elementos, podían ser subsanadas con este artefacto que
servía para absorber las propiedades de otros seres. Iba camino de vencer a los trogas y
acabar con su infortunada existencia, establecer el dominio y superioridad de los kishime
en todo el mundo, quizás en todo el universo.
No le preocupaba la ausencia de Bulen. Supuso que malinterpretando sus órdenes, se
le había adelantado en el frente de batalla. Que lo hubiera evitado en su llegada, sería
producto de una distracción.

Mientras tanto, los trogas que permanecían en Frotsu-gra, todos los combatientes
fuertes y los heridos que no habían podido ser trasladados o que preferían morir de pie
en la batalla, contemplaban la reunión de tres fuerzas a las puertas de su ciudad.
Lodar, ordenado y flemático, el ansioso Zefir, y Budin, brillante luego del éxito de su
incursión en la ciudad, mantenían un cerco estrecho en torno a la península. Los trogas
habían intentado varios ataques, saliendo en grupos por el descampado por la tarde y
cubriéndose en el manto de la noche para tomarlos kishime por sorpresa. Pero ningún
lado podía obtener la victoria todavía. Una partida de cinco trogas había logrado alcanzar
el lugar donde se había estacionado el grupo de Lodar, pero sus centinelas percibieron el
movimiento y el susurro de sus pasos aún en la neblina tenebrosa de la madrugada, y
alertaron a los demás. Lodar perdió tres hombres y otros diez quedaron heridos, pero los
trogas debieron retirarse a riesgo de enfrentarse a toda la línea kishime. Zefir, para no ser
menos, había intentado penetrar la ciudad, pero aparte de echar por tierra unos cuantos
muros y dejar un rastro de heridos, no pudo hacer más antes de que los habitantes lo
echaran a fuerza de aceite ardiendo y lanzas certeras.
En el interior, los guerreros de varios clanes, Fretsa y su tropa, incluidos Glidria y
Raño, peleaban por mantener la ciudad libre de invasores y cubrir la retirada de los
heridos. Del lado del mar la jefa Vlogro dirigía el embarque de una docena de heridos
graves, algunos niños demasiado pequeños para luchar, y un par de hembras a punto de
dar a luz. Ocultos por la niebla, expertos remeros guiaron las endebles balsas cargadas
con el vivo tesoro hacia las oscuras moles rocosas, apenas visibles mar adentro.
Al amanecer, Zefir hacía el recuento de sus hombres comprobando que, para su
desdicha, había perdido unos veinte hombres desde su llegada a esta comarca. No que
le importara mucho su suerte, pero se vería en inferioridad de condiciones a la hora de
atacar Frotsu-gra, mientras que sus colegas del Kishu se llevarían la gloria. Tenía que
hacerlos trabajar más duro, y les exigió, con una expresión que no admitía quejas, que
mataran tantos trogas como las demás casas kishime o él mismo se encargaría de

Precioso Daimon 56
cortarles los pies. Esta amenaza, acompañada del vaivén de su enorme alabarda, los
puso en un estado de inmediata excitación. Para su alivio, ya se distinguían en el
horizonte el cuarto y quinto grupo kishime, con lo cual el ataque masivo comenzaría muy
pronto.
Vlogro y su séquito contemplaban con desmayo el arribo de tantos kishime. Parecía
que todo su género pensaba venir a atacarlos. Sin embargo, ni una mueca de temor se
hizo evidente en sus gestos ni palabras de desaliento salieron de sus bocas; enfrentarían
lo que fuese necesario para sobrevivir. Su orgullo no les permitía rendirse, tampoco
manifestar miedo o inquietud ante la presencia de sus enemigos ancestrales.

Grenio había realizado un infructuoso intento de usar su habilidad para transportarse


hasta su tierra. Ahora estaba enojado con Lug porque no parecía dispuesto a darle
ninguna indicación. No lo percibía, ni podía escuchar su voz como otras veces. Esto lo
molestaba aún más porque cuando seguía a Sel a través del bosque en la montaña,
había sentido con claridad como lo guiaba, permitiéndole seguir su esencia y alcanzar la
cascada donde Bulen atacaba a la joven. Claro, comprendía ahora que Lug lo manejaba,
lo impulsaba a hacer cosas cuando la humana corría peligro o estaba involucrada. Lug le
tenía aprecio, sentía simpatía por ella y quería ayudarla, arrastrando a Grenio en una
corriente de actos que él no podía considerar apropiados.
Resignada a seguir a pie, Amelia andaba de buen ánimo por haber salido con vida; a
pesar de que el troga no le dirigía la palabra desde que dejaron la cascada y no tenía
idea de qué le pasaba. Había tenido la intención de agradecer su intervención a tiempo
para salvarla, pero había algo repelente en su actitud que la mantuvo callada mientras
seguían por tierras verdes y bosques de árboles esqueléticos. Pronto se distrajo al entrar
en un campo cubierto de cadáveres, esparcidos a lo largo de kilómetros entre la hierba,
animales y hombres muertos, con los que iba tropezando de cuando en cuando. El
corazón se le contrajo y el ánimo exaltado se le enfrió de golpe.
El troga se detuvo, ya que ella se había entretenido observando algún cuerpo que la
había impresionado especialmente. Estaba pálida, mareada por el hedor de la muerte. El
cabello le azotaba el rostro movido por la brisa de la tarde; su sombra alargada por el sol
declinante se mecía sobre la hierba amarilla. Grenio oyó el susurro entre el pasto y de un
salto se encontró junto a ella, sacó la espada y la hundió en el suelo. Sorprendida, Amelia
se apartó de un salto y ahogó un grito. El troga había cortado en dos una enorme
serpiente color esmeralda que estaba a punto de morderle los tobillos.
–Me salvaste dos veces hoy –murmuró con cierta admiración, levantando hacia él sus
ojos brillantes.
Grenio no respondió pero endureció el rostro, como si hiciera un gran esfuerzo
muscular. Bajo la luz anaranjada, la mujer se parecía mucho a la que había visto en
sueños, es decir, en los recuerdos de Lug. El kishime le tenía una consideración especial
porque esta humana le recordaba a la otra, la que había muerto en el fuego quinientos
años atrás. Grenio no sabía exactamente qué conexión tenían, pero algo impulsaba a Lug
a salvarla porque no había podido evitar esa muerte. Lug y Claudio; frente a él tenía la
forma de vengarse de una vez del kishime que había traído la desgracia a su clan y del
hombre que los había exterminado con su propia mano. Contuvo con una honda
inspiración las ganas de retorcerle el cuello.
–Tengo que llegar a Frotsu-gra antes que los kishime –dijo en cambio.

Precioso Daimon 57
Amelia comprendió al fin el motivo de su aspereza, de su agria actitud. Estaba
preocupado por lo que sucediera a su tierra, a su gente. Aunque evitó mirar los cuerpos
en putrefacción, en sus ojos incautos ya había quedado impresa la imagen del torso
abierto de una niña, y un muchacho con los brazos cercenados del cuerpo, brutalmente
asesinados unos días antes. La frialdad que atenazaba su pecho se convirtió en congoja.
No podía menos que sentir lástima por él, a pesar de su apariencia aterradora, de su
conducta hacia ella que fluctuaba de la amenaza a la indiferencia, y de no ser humano.
Se trataba de una criatura preocupada por su pueblo, que ansiaba saber como se
encontraban, para ayudarlos, y aún estaba muy lejos de su hogar.
–Vamos –replicó Amelia, poniéndose en marcha aunque el sol tocaba el horizonte y
pronto tendría que caminar en la tenebrosa oscuridad entre cuerpos y alimañas
peligrosas.

Cáp. 13 – Resistencia

El clima en Frotsu-gra seguía tan nefasto como las perspectivas de sus habitantes. Así
como las nubes negras y cargadas rodaban desde el mar movidas por un viento violento,
partidas de trogas salían de sus moradas, armados y adornados, para ocupar todo el
terreno posible, avasallantes y resueltos. Los kishime no se dejaron aplastar por este
desfile de seres impresionantes: altos, fornidos, ágiles, y provocadores. Sus filas no
resultaban menos vistosas; las túnicas de colores claros y telas satinadas, relucían en la
penumbra y ondeaban en las alas del viento, sus espadas y lanzas relumbraban por lo
alto. Formados en columnas cerradas, permanecían inmóviles como estatuas todo a lo
ancho de la tierra pedregosa.
Sonie Vlogro, embozada en un manto color ocre bordado con arabescos y trocitos de
cuarzo, subía lentamente la escalera de un edificio cerca de la puerta de la ciudad, uno
de los últimos que permanecía intacto. Los escalones giraban en torno a la estructura
circular y terminaban en una terraza amplia que miraba hacia el roquedal. Allí se detuvo la
anciana, se quitó la capucha y se volvió hacia sus acompañantes, luego de observar por
un minuto el ambiente ominoso que se cernía sobre su tierra. La tensión se sentía espesa
entre los grupos dispersos de trogas y la línea kishime que simulaba un bosque pálido
recién nacido a los pies de Frotsu-gra.
–Uds. son los cabezas de nuestros principales clanes –declaró–. No voy a hacerles un
discurso sobre la guerra. Sólo recordarles que si hemos sobrevivido, en un planeta que
un día fue nuestro coto de caza pero del que ahora sólo nos pertenecen los rincones
oscuros, ha sido gracias a este refugio, este santuario. Sin embargo, si no nos
mantenemos unidos, no servirá de nada sobrevivir a esta lucha. Si tenemos que
sobrevivir separados, solitarios, viviendo en los montes y en las cuevas como animales,
será una victoria para ellos, que creen que no merecemos el título de seres inteligentes.
Quiero que ganemos esta lucha, no porque temamos morir, sino porque tenemos algo
importante por lo que seguir adelante.
Sonie Vlogro calló y el silencio se prolongó un rato. Fretsa escuchaba con un brillo
ansioso en sus ojos inquietos, prestando más atención a los preparativos en el futuro
campo de batalla que a sus oídos. Jre Tavlo y Jre Froño asintieron con gravedad, en
tanto otros dos que nunca habían sido partidarios de la jefa, en especial por su
compasión en el caso de Grenio al dejarlo escapar con impunidad, miraron hacia otro
lado, y soltaron algunas palabras de aprobación. Por supuesto que en esos días, los

Precioso Daimon 58
extraños sucesos vinculados con la última visita de Grenio y el relato que habían traído
Trevla y Vlojo, estaban muy presentes, y todo tipo de comentarios supersticiosos sobre la
maldición que la profecía hacía pesar sobre sus cabezas, constituía materia totalmente
aceptada entre los pobladores de Frotsu-gra.
Zefir y Budin habían hecho pesar el haber sido los primeros en llegar para quedarse
con el ataque frontal, ante la indiferencia de Lodar, quien prefería de todas formas
explotar las habilidades de sus hombres sin enviarlos a una muerte segura. Él cubría el
flanco izquierdo junto con Zidia, quien se había retrasado al trabarse en lucha con los
humanos de la región de los lagos. Ellos intentarían rodear la península y cortar la salida
por los barrancos y playas del norte. Del otro lado, Dalin conducía un grupo que portaba
arpones, arma que no había sido utilizada por su pueblo en siglos y se remontaba a la
época en que cazar humanos, enganchando y arrastrando sus tiernos cuerpos, era un
deporte favorito entre los aristócratas kishime. Mientras tanto, la columna celeste de
Fesha se acercaba a gran velocidad y se hallaba a unos cuantos kilómetros del punto de
reunión, cuando envió mensajeros avisando de su pronta aparición, acompañado de la
mitad de los hombres de Sulei, que se les habían unido en el camino.
Las puertas de Frotsu-gra se abrieron de par en par, en franco desafío. No pensaban
esconderse y ahora iban a jugarse por el todo. Los jefes de los clanes salieron y fueron
saludados con gritos entusiastas por parte de los grupos más cercanos. Un
estremecimiento recorrió el cuerpo de todos los trogas apostados por el campo, y quienes
se hallaban sobre las terrazas y techos se inclinaron hacia delante, como si oyeran una
señal que los alistara para salir corriendo.
De pronto, el pálido bosque cobró vida, se puso en movimiento, y cientos de
extremidades y cabelleras claras se lanzaron hacia delante al unísono, tragándose el
terreno con gran aceleración.
Los trogas respondieron con un alarido que se alzó hacia el cielo mezclándose con el
rugido del viento, y el chasquido de sus armas al colocarse en posición de ataque. El
grupo más avanzado se desplegó, tratando de contener la ola kishime, cruzando enfrente
sus espadas cortas. Los guerreros de Zefir y Budin chocaron con ellos, se mezclaron en
una arremetida confusa y sangrienta: muchos kishime cayeron decapitados o
atravesados por las dagas, pero la fila troga cedió ante el impulso arrollador de veinte a
uno. Pronto el caos era tal que un troga aislado en un mar de enemigos no podía
distinguir a otro de su bando, ni fijar la vista en Frotsu-gra.
Entre los primeros que alcanzaron la puerta, estaba Zefir cargando con una velocidad
increíble y el peso de su enorme arma, contra los que se hallaban allí apostados.
Lodar había guiado a sus hombres, evadiendo el campo de batalla. Mientras unos
saltaban los muros y edificios para llegar al centro de la ciudad, otros rodearon el sitio
para evitar huidas. Zidia se había extendido hasta el Jardín de piedra, donde luchaba con
el grupo de trogas bajo el mando de Fretsa, que había pretendido encerrarlos entre dos
fuegos; mientras que Lodar se ocupó de los guardias del otro lado sorprendiéndolos por
la espalda.
Fretsa se enfrentó a Zidia con la idea de proteger la tierra sagrada de la destrucción
que pretendían llevar a cabo estos kishime con sus látigos de hueso y sus poderes para
manejar la piedra y el metal. Mientras que los guerreros de Fretsa tenían habilidades para
camuflarse, piernas fuertes y colas para saltar, y otros alas que les permitían planear en
las corrientes de aire, los kishime los neutralizaban con su facultad para hacer cambiar de
forma sus armas para pelear de cerca o de lejos, o el poder de hacer temblar y explotar

Precioso Daimon 59
las piedras, creando un terreno inestable y volviendo la protección escasa.
–¡Cuidado, jefa! –le avisó Raño, quien peleaba cerca de ella, al notar que Zidia la
atacaba con una daga puntiaguda por la espalda.
La reacción fue tardía y la guerrera sintió hundirse el metal entre sus alas, en la zona
cartilaginosa de su espalda. Raño se lanzó sobre él y lo mordió en el antebrazo izquierdo,
inyectándole veneno antes de que supiera lo que le había pasado. Zidia se quedó
mirando el mordisco, sorprendido, pero al ver los colmillos chorreantes y la expresión
vengativa del troga, comprendió. Extendió su brazo, y ante los ojos atónitos de Raño y
Fretsa, el kishime se amputó el miembro por arriba del codo con su propia espada. Otros
kishime lo rodearon, defendiéndolo de posibles ataques, mientras Zidia se ataba en el
brazo cortado el cinto de su vestido para contener la hemorragia, y luego seguía
luchando. En todo el episodio no había emitido un quejido o hecho una mueca. Pasmado,
Raño levantó mecánicamente la daga para defenderse de los demás adversarios.
Fretsa se percató de que no valía la pena proteger ese lugar, y gritó:
–¡A la puerta! ¡Cúbranme!
A la cabeza de un desesperado grupo de trogas, Fretsa se abrió paso cortando y
rompiendo huesos con sus tridentes, dejando un rastro de heridos fuera de combate,
hasta alcanzar la valla. Para ese entonces Lodar había tomado posesión del portal y
apostado a sus hombres en el perímetro, por lo cual los trogas se vieron expulsados de
su propio territorio.
Con la espada al hombro y encaramado sobre un poste de la entrada, Lodar observó
el avance frenético de unos guerreros bien coordinados, y supo que tendría la
satisfacción de una pelea interesante.
Jre Tavlo, el más grande de todos los habitantes de la ciudad, magnificado por el
espeso abrigo de piel y el tamaño de su maza de piedra, luchaba con Zefir. Incansable,
una sonrisa húmeda en los labios, el kishime paraba sus golpes con la enorme alabarda
blanca y suspiraba de ansias por cortar al ogro que pretendía detenerlo a las puertas de
la ciudad. No podía dejar que Budin, que en ese momento estaba dando cuenta de los
muros al igual que de los adversarios, lo aventajara en entrar primero.
Por todos lados se veía puro movimiento; trogas que surgían de las terrazas a medida
que sus compañeros iban siendo derrotados o caían agotados, seres que corrían en
todas las direcciones, golpes y estocadas que cortaban y arrancaban partes, bombas de
energía que explotaban muros sólidos, piedras y material incendiario arrojados desde los
techos. Muchos trogas que quedaron solos o heridos en el terreno luego que la pelea se
concentró frente a la ciudad, se vieron predados por bandadas kishime, muy
concentrados en torturarlos por medio de arpones que se enganchaban en su carne y le
arrancaban la piel a tirones. A pesar de su fuerza superior los trogas no podían librarse
de ellos. Superados en número, eran derribados y destrozados hasta quedar
irreconocibles.
Sonie Vlogro caminó sobre una alfombra de jóvenes kishime descuartizados, con sus
ojos abiertos y velados, la mirada fija en el cielo oscuro, y el cabello rubio empastado en
barro y sangre. Se detuvo en la plaza y llamó a gritos a unos trogas que corrían de un
lado al otro, desorientados, buscando algo, enceguecidos por la ira y la sed de matar. Lo
mejor que pudo, les dio a entender que fueran a impedir la entrada de más enemigos. En
eso, alguien gritó, alarmado, y todos se volvieron a observar las volutas de humo negro
que se alzaban de un lado de la ciudad. Las llamas lamían lentamente los establos y el

Precioso Daimon 60
interior de varias residencias, dejando escapar cenizas y bocanadas ardientes por las
ventanas. No había tiempo de detener el incendio. Sonie Vlogro rogó por que las nubes
dejaran caer su carga sobre ellos y que no siguieran de largo, que el viento no se las
llevara, y no avivara el fuego.
–¡Se incendió la sala del consejo de ancianos y vuestra residencia! –gritó una joven,
casi una niña, que se había quedado para atender a los heridos.
Sonie Vlogro le puso una mano en la cabeza, sobre la piel tersa y marrón que dejaba
entrever huesos delicados, y en sus ojos alargados leyó una incredulidad y sorpresa que
ella ya no podía sentir. La anciana se dio vuelta sin contestar y se dirigió a la zona donde
Zefir luchaba aún con el jefe de los Tavlo, mientras otros dos del clan se enfrentaban a
Budin. Glidria le salió al paso, caminando con tal ánimo y seguridad que si lo hubiera visto
Grenio no hubiera reconocido a su achacoso aliado:
–Amiga, la ciudad está siendo acechada por más lados que este. Los kishime
dominaron el jardín de piedra –advirtió en un tono terminante.
–Es temprano para hacer el recuento, viejo amigo –replicó Vlogro sin inmutarse–.
Además, Fretsa cubre ese lado y ella puede hacer más de lo que nosotros podemos.
Si los largos años compartidos habían puesto a la comarca de su lado, en ese
momento lo demostró al abatirse una lluvia torrencial sobre el campo de batalla,
apaciguando un poco el fuego y dando fuerzas a los combatientes.
En el centro de un mar de cuerpos danzantes bajo una cortina de agua, Tavlo hizo
apenas una pausa y cambió de posición el mango de la maza, preparándose para
descargar toda su fuerza en la cabeza del kishime. Zefir vio el gesto por el rabillo del ojo y
giró su arma, en posición horizontal, para darle impulso hacia su oponente al mismo
tiempo que este alzaba y dejaba caer un mazacote de sesenta kilos. El kishime aceleró
un segundo, esquivando el golpe de la piedra que se fue a enterrar en el suelo, y terminó
del otro lado del troga, que encorvado hacia delante aún no se había percatado de que
Zefir le había seccionado medio cuerpo. A la vez que la mole que había sido Jre Tavlo se
desplomaba de cabeza sobre el charco de sangre mezclada con lluvia que cubría las
rocas, una multitud de rostros se paralizó en medio de gestos de ira, dolor, asco,
sorpresa, y apatía.
Zefir levantó la alabarda ensangrentada y aulló de alegría. Muchos trogas se
asustaron, pero enseguida volvieron a lanzarse al ataque. Allí se encontraban varios
miembros de su clan, ansiosos de venganza, adoloridos y consternados por la muerte del
que consideraban un pilar inamovible de la vida. Mientras Zefir y Budin avanzaban hacia
Frotsu-gra como envueltos en un aura especial que les evitaba heridas y golpes, sus
hombres se sacrificaban a la rabia troga.
La jefa había vuelto al puesto de observación junto con Glidria y un par de guardias.
Había contemplado la muerte de Tavlo y el estado lamentable de varios guerreros
estimados; ahora veía venir a esos kishime que despedían seguridad y sintió asco. Sin
embargo, caía la noche y, con la cubierta de las nubes, tendrían una oscuridad perfecta.
Los ojos troga no necesitaban luz, eso les daría cierta ventaja, además del conocimiento
del terreno.
–Taj, Sonie –señaló un guardia, y sus esperanzas se vinieron abajo.
Una mancha clara en el horizonte negro. Llegaban nuevos contingentes: la columna de
Fesha y muchos guerreros de Sulei, entre ellos Bulen, frescos y listos para entrar en la
lucha, venían a reforzar un número de enemigos que ya resultaba demasiado.

Precioso Daimon 61
Budin se detuvo frente al edificio donde la jefa Vlogro contemplaba la batalla y extendió
los brazos. Del cielo tumultuoso surgieron rayos violetas, entre luces relampagueantes
que iluminaron la escena, y se unieron en sus palmas extendidas. Zefir se había puesto
su alabarda en la espalda y observaba de brazos cruzados cómo algunas figuras
reptantes y deformes que se iban acercando para rodearlos, se alejaron despavoridas al
ver la energía descender a descansar en manos de su compinche. El suelo mojado se
cubrió de chispas y destellos, el olor de ozono llenó el aire, y un potente rayo blanco cayó
sobre la cabeza de Budin. La electricidad se extendió enseguida en todas direcciones,
haciendo saltar chispas en los tejados y fuego en el interior de los edificios a su
alrededor.
Glidria y los guardias cubrieron a la jefa y ellos mismos se arrojaron al suelo cuando el
rayo cayó de improviso sobre Budin, tratando de evitar la onda expansiva. Cuando
alzaron la cabeza y para su sorpresa, se encontraban vivos, comenzaron a preguntarse
cómo era posible.
Frente a ellos se alzaba un troga que los había cubierto con un escudo protector
mientras la energía se disipaba en la atmósfera y el aire volvía a la normalidad. Vieron
con curiosidad que parecían hallarse en el interior de un huevo translúcido y brillante,
contra el que las descargas eléctricas chisporroteaban y luego se evaporaban. Glidria lo
había reconocido en el acto, como a su acompañante humana:
–¡Grenio! Por fin llegaste...
–Eso parece –asintió el troga soltando a la joven que tenía aferrada por un brazo, y
midiendo la situación, la ciudad destrozada, el kishime que había tratado de aniquilarlos,
sintió alivio al llegar a tiempo y al lugar correcto, aun sin saber cómo–. ¿Qué sucede
exactamente?
Los guardias se habían apretado en torno a Sonie Vlogro, aterrorizados de esa magia
extraña que los envolvía. Más curioso, Glidria intentó tocarla pero Grenio le advirtió que
no lo hiciera.
Zefir había notado el escudo brillante y esperó a que Budin se recompusiera, para
acercarse y señalárselo. Budin respingó; sabía que eso era una habilidad de espejo que
tenían algunos kishime poderosos.
–Ese lanzó el rayo y el otro de la lanza extraña es el que mató a Jre Tavlo y a varios
otros guerreros –explicó Glidria–. Ellos también derrotaron al clan Flosru.
Demasiado impresionado para decir algo, pero sintiendo que sabía lo que tenía que
hacer, Grenio extendió una mano, tocó la cubierta de energía que permanecía a su
alrededor y midió la distancia entre ellos. Luego, con un golpe seco, devolvió toda la
descarga que los hubiera electrocutado hacia Budin; a ver si podía absorberla de nuevo.
El kishime recibió el impacto en pleno pecho sin llegar a pararlo con sus manos, se vio
saturado con más energía de la que podía contener, y como resultado sus ropas se
hicieron añicos, el pelo se le incendió y la piel comenzó a desintegrarse sobre su carne,
incinerada a una temperatura excesiva.
Zefir retrocedió, estupefacto; en un momento se veían victoriosos y ahora esto. No
entendía qué sucedía, quién los atacaba. Budin cayó echando humo, mientras la carne
consumida hasta el hueso seguía disipándose. Amelia contempló el cuerpo como
iluminado por dentro, la carne que parecía hervir y desaparecer en el acto. Era un
espectáculo asqueante pero fascinante, y no podía despegar los ojos. A su lado, Grenio
también lo estudiaba con el ceño fruncido, comenzando a entender que esos poderes

Precioso Daimon 62
que ostentaban los kishime les cobraban un precio muy alto de subsistencia, y que su
vida podía ser efímera como una llama que se consume muy rápido.

Cáp. 14 – Noche oscura

Agotada la lluvia, el viento arremetió contra los combatientes. En la puerta que Fretsa
trataba de liberar del grupo de Lodar, guerreros trogas cruzaban sus puñales, lanzas y
tridentes contra las hábiles y rápidas espadas kishime. Habían visto el reflejo del fuego y
las descargas, y con cada ráfaga de luz que interrumpía de golpe la profunda oscuridad,
el corazón de los trogas se aceleraba.
Viendo una angosta abertura entre los cuerpos entrelazados, Fretsa se lanzó hacia la
puerta, donde se halló frente a frente con el jefe de los kishime. Lodar la detuvo a punta
de espada, y ella respondió con un par de golpes con la derecha y la izquierda, que el
kishime esquivó de un salto. Fretsa extendió sus alas negras y se alzó sobre el piso,
enganchada a una corriente de viento salado. Lodar corrió y tomó impulso para saltar,
encogiendo las piernas y girando, todavía en el aire, para lanzar su estocada desde
arriba. La troga vio venir el filo centelleante y viró en diagonal, haciendo que Lodar
perdiera su blanco y fuera a dar contra el piso. El kishime aterrizó sobre sus pies, se dio
vuelta y arremetió contra Fretsa en un solo movimiento. Ella se había posado sobre el
marco de madera de la puerta de la ciudad.
Lodar saltó y asestó un tremendo golpe vertical que lo derribó en mil astillas, mientras
Fretsa se movía hacia el interior de la ciudad, arrasando con los kishime en el camino y
gritando a sus guerreros que atacaran. Lodar se vio rodeado de trogas pero no desesperó
aún. No había logrado un buen golpe todavía. Se escabulló en la ciudad siguiendo a
Fretsa, que estaba tratando de hacer que los guardias echaran a los kishime. Sus
guerreros tomaron unas bolsas de tela que Fretsa había guardado en una de las casas
vecinas. Ella se detuvo en medio de la calle, presintiendo que la seguían. Al darse vuelta,
se encontró con el jefe kishime de nuevo, y detuvo su ataque a tiempo. Mientras estaban
entretenidos en la lucha, chocando sus armas, saltando sobre muros, escombros y
cuerpos, un par de trogas derramaban el contenido de los sacos, un tipo de pasto seco y
oloroso, alrededor de la puerta. Uno de ellos golpeó su espada contra una roca para
causar chispas, y las llamas no tardaron en propagarse por el material produciendo un
humo denso.
Aunque cansado, Lodar había logrado herir una de sus alas, mediante un corte que
separó el tejido membranoso con un ruido seco. Sorprendida, Fretsa dio un paso atrás,
tropezó, cayó y se levantó de un salto para evitar el próximo asalto. El kishime respiraba
exhausto, y en ese momento se dio cuenta del perfume penetrante que invadía el aire a
pesar del viento limpio y salobre del mar. Los guerreros de Fretsa se habían retirado, y
sus hombres se encontraron de pronto sofocados y mareados por la pestilencia. Un
guardia, la cabeza envuelta en una bufanda, arrojaba más pasto seco sobre las llamas
que ardían rápidamente.
Ahora perseguido por Fretsa, Lodar retornó a la zona donde había dejado al grueso de
sus hombres; algunos estaban tosiendo e intentaban ubicarse en medio del humo. Les
gritó que fueran a favor del viento, pero no parecían entenderle en la distancia. Saltó por
encima de un par de terrazas, para alejarse de la troga, y se detuvo un momento para
cubrirse el rostro con su manga. Algo silbó en el aire y sintió un ardor en el hombro.
Fretsa le había arrojado un tridente que se clavó en su espalda y le atravesó el pecho,

Precioso Daimon 63
errando por poco su corazón. Lodar lo arrancó con dificultad y se tambaleó hacia delante,
cayendo en medio del humo.
Cuando Fretsa se acercó, con cautela, no pudo ver nada en la oscuridad. Su tridente
estaba clavado en el suelo y el kishime había desaparecido.
Pronto varios de sus guerreros se le unieron, habiendo dado un rodeo para evitar el
humo nauseabundo; estaban contentos con el resultado de su plan.
–Bien hecho, y buena pelea –los elogió su jefa–. Pero este truco no durará mucho
tiempo. Vamos a reunirnos a preparar una defensa más fuerte, antes de que vuelvan.
Sonie Vlogro, sus acompañantes y Grenio habían descendido para enfrentar a Zefir,
pero este se retiró con prudencia evitando enfrentar al poderoso troga. Sus hombres se
asombraron al ver el rostro de su jefe, rígido, cuando se les unió en la entrada principal y
les ordenó quedarse ahí. Los trogas aprovecharon para unir fuerzas, hacer un recuento y
crear una nueva táctica. La batalla continuaba; pero ya sabían que no podían
mantenerlos afuera de la ciudad, que no estaba preparada para soportar un asalto
continuo, sin muralla, sin foso, sin medios de defensa resistentes contra los poderes
destructivos kishime. Contaban con que los enemigos se cansaran y se debilitaran, si
mantenían ese ritmo hasta la mañana. Sin embargo, sabían que luego deberían
enfrentarse a los nuevos batallones recién llegados y frescos.

En una barraca vieja, apenas iluminada bajo un par de lámparas amarillas, Amelia
estaba sentada contra una pared revestida de cuero, mareada por el aire pesado y tibio.
Grenio la había sacado del medio, según le dijo para evitar que los kishime la
secuestraran de nuevo o que algún troga la quisiera asesinar, y la abandonó en el refugio
que habían preparado de apuro para los heridos en la batalla. Se trataba de un antiguo
cobertizo cerca del muelle, con piso de tierra, húmedo y bajo.
Adormilada, se dedicó a mirar sin atención el ir y venir del curandero, un anciano troga
encorvado que susurraba palabras roncas y calmaba a los heridos con una fuerte infusión
de hierbas. A pesar de estar rodeada por incontables monstruos, no sentía miedo, tal vez
porque la mayoría estaban inconscientes, o porque ninguno le prestaba atención, o por el
perfume calmante de los remedios. De repente, al pasar junto a ella, el troga se la quedó
mirando. Al rato, Amelia reaccionó y se incorporó.
El curandero estaba junto al lecho de un troga de piel amarilla manchada y cráneo
alargado, que había llegado hacía poco tiempo con una fea herida abierta en el abdomen.
Amelia comprendió que el curandero le estaba pidiendo que se arrimara para sostener un
trapo mientras se dedicaba a cerrar el hueco ennegrecido. Había una astilla clavada en la
carne. Luego de vacilar unos instantes, la joven se acercó, tomó de sus manos el trapo
empapado e hizo como le indicó el curandero, limpiando y presionando los labios de la
herida. Tuvo que respirar por la boca para no sentir el tufo nauseabundo de sangre
caliente, hierbas y carne quemada. También tuvo que suministrarle en una ocasión más
calmante, de una botellita azul.
Satisfecho con su actuación, sin notar la mirada desmayada y descompuesta de la
joven ni la palidez de su rostro, el curandero le pidió que ayudara con los otros. Al menos,
estar ocupada la distraía de pensar en sus circunstancias, el asombro que le producía
estar metida en una guerra en un mundo extraño, ella que se consideraba la joven más
común con la vida más aburrida de la Tierra. Pero aún en ese ambiente atenuado, sentía
rumor de tropas marchando, alaridos y explosiones, amén del eterno rugido del viento y el

Precioso Daimon 64
mar; y no podía evitar sobresaltarse al notar los cuerpos destrozados que debía atender y
darse cuenta del producto de tal guerra. De repente, mientras aplicaba un emplasto sobre
las quemaduras de una joven troga, algo la tomó de un brazo y tiró de ella.
En el camastro contiguo, un ejemplar largo y escamoso había alargado una extremidad
hacia ella para atraerla hacia la luz y le clavó los ojos amarillos, furiosos.
–¡Kishime! –gruñó Trevla, quien se hallaba en un estado lastimoso y no había podido
ser transportado a las islas. Deliraba.
Amelia tironeó, tratando de zafarse, y gimió de miedo al reconocerlo. El curandero se
acercó de malhumor por ser interrumpido en su tarea, para separarlos y hablar un poco
con su paciente. Al momento, los ojos amarillos se aclararon y zafó su mano de Amelia,
pareció darse cuenta de donde estaba y preguntó al curandero cuanto tiempo había
pasado y cuál era la situación.
–Estuviste dormido desde ayer cuando te trajeron, y ya es de noche. No te preocupes
por la batalla, con tus heridas no puedes ni dar un paso, ya es increíble que sigas vivo –
explicó el curandero, implacable.
Trevla se recostó, un temblor de frustración recorriendo su cuerpo. ¿Dónde estaría su
grupo? ¿Cómo les iría? ¿Quiénes habrían muerto y a quiénes volvería a ver?

Fretsa estudiaba la gruesa barricada que sus guerreros estaban fabricando para
detener el avance del enemigo, apilando cajas, muebles y escombros, sembrada de picas
clavadas en el suelo, y trampas. Aprovechaban su buena visión en la oscuridad, ventaja
que no tendrían los kishime si decidían atacar antes del amanecer. Habían restaurado la
vigilancia, y en ese momento, Fretsa estaba contemplando el terreno irregular, lleno de
posibles escondites y sombras, desde lo alto de una residencia que ya había sido
devorada por las llamas. Notó una figura blanca que se desplazaba, vacilante, entre las
rocas y espinos; pero no podía dar crédito a sus ojos, apenas había sido un fantasma. Se
hundió en su capa negra y se acercó despacio al borde del tejado, se inclinó hacia
delante y miró fijamente.
Un sonido leve como el posarse de un pajarito en las ramas de un árbol acompañó la
llegada de un kishime, que apareció a sus espaldas y descendió sin resbalar por el
declive de piedra hasta el pretil. Se detuvo a su lado y Fretsa se volvió, sorprendida.
–¡Jo, gru kishim... –exclamó al verlo, y se contuvo cuando Bulen le puso la punta de su
espada en el cuello.
–Silencio, fagame –murmuró él, cuidando que no hubiera más trogas alrededor–.
¿Acaso no teníamos un acuerdo? Supongo que me traicionaste con el troga, después de
todo.
Fretsa notó el desagrado con que se refería a Grenio, con un brillo peculiar en los ojos.
También notó la diferencia en su vestimenta y peinado, y le pareció que este kishime
tenía un aire muy raro. Sin que él lo notara, puso su mano izquierda sobre un tridente.
Grenio tenía asuntos pendientes con Bulen, así que si lo vencía y se lo entregaba en
bandeja, obtendría algunos puntos con él.
–No tengo mucho tiempo –dijo Bulen, y se detuvo para soltar una risa aguda–. Debo
proponerte que mates al elegido, y tú puedes poner el precio si quieres. Aunque evitar
esta guerra sería pago suficiente, el futuro es adverso para tu raza.

Precioso Daimon 65
–¿Evitar la guerra? –repitió ella, mientras se debatía entre el alivio que esas palabras le
traían aun con la amenaza de ceder a la tentación, y la rabia porque un kishime le
propusiera rendirse antes de pelear.
–Sí, tú no entiendes nada, pero nosotros actuamos bajo las órdenes de Sulei, y uno de
sus objetivos es obtener al troga de la profecía –ahora Bulen hablaba con un tono de voz
y expresión fríos, vuelto a la normalidad–. Muerto, no le sirve de nada.
Fretsa mostró sus armas: –¡Nunca! –exclamó–. La otra vez cometí un error, pero ya
nunca haré tratos con los enemigos de mi raza, es una falta de respeto lo que me
propones. ¡Matar a un troga! Aunque todos terminemos muertos aquí, en esta misma
tierra que nos ha acogido por siglos, ninguno va a traicionar a un troga.
Con estas palabras se abalanzó sobre el kishime, lanzándole dos cuchilladas seguidas
que Bulen detuvo con facilidad. Esta guerrera ya no podía enfrentarse con él, que era
más que un kishime; era una aspiración y un alma kishime, dispuesto a todo para frenar
el futuro.
–Ya veo que te han reprendido y no te animas a actuar libremente –discurrió en voz
baja, conteniendo los sucesivos golpes con una sola mano–. Te digo de nuevo, que si
asesinas al troga y a la humana, salvarás esta tierra miserable y a tu gente.
–¿A la humana también? –murmuró ella, haciendo una pausa expectante.
Bulen presintió la llegada de un nuevo grupo kishime y supo que pronto habría una
batalla en ese sitio. Sin responderle, se desvaneció en el aire, dejando sólo polvo brillante
ante sus ojos, obnubilados, por las emociones en conflicto.
En el campamento de Fesha, una fila de kishime que esperaban para asaltar Frotsu-
gra, vieron pasar a Bulen, conocido partidario de Sulei, con respeto y admiración. Él
siguió de largo, absorto, sin importarle que lo vieran usando sus poderes para moverse de
un lado a otro, y fue a sentarse en una roca solitaria, alejado del resto. En medio de la
oscuridad y el viento helado, miró los puntos brillantes diseminados, carbones ardientes
donde antes había casas y almacenes, y percibió los grupos que pululaban por el
desierto, afilando sus armas para exterminar a los monstruos y limpiar el mundo, como
decían. Estaba recordando la duda súbita en la actitud de la guerrera troga, y de repente
entendió que ella bien podía cumplir con lo que le había pedido, a cambio de nada.
Parecía sentir una satisfacción personal al pensar en matar a la humana.
No tenía ninguna razón para ello, pero lamentaba que la troga se decidiera a hacerlo.
Si fuera él, lo haría rápido y sin dolor, porque no tenía nada contra ella; sólo que debería
haberse quedado en su mundo y no venir a poner en marcha la profecía.

Los kishime se ponían de nuevo en movimiento, lanzando un ataque masivo hacia la


ciudad, a pesar de la creencia de sus habitantes de que no se animarían a venir en la
noche.
Grenio salió por la calle principal, para enfrentarse con Sulei, Bulen y todo el que
tuviera poderes, determinado a evitar una masacre aunque usara hasta su última gota de
energía. Tomó la shala, depositando en su filo la fe con que contaba. No percibió las
miradas de reojo, llenas de desconfianza y velado temor, que sus compatriotas le
echaban.
Era un mal augurio caminando, un dios de la destrucción para los escépticos.

Precioso Daimon 66
Se encontró con Zefir, y los presentes se apartaron instintivamente, presintiendo que el
choque entre tales fuerzas podía llevarse a los que se pusieran en su camino.
Grenio levantó su espada, invisible en la oscuridad, excepto para los adiestrados ojos
trogas. Zefir sintió un escalofrío que lo traspasaba como si un espíritu hubiera caminado a
través de él, pero no reconoció las señales hasta que comenzó la lucha. Giró la alabarda
sobre su cabeza con gran ímpetu y trató de cortarle las piernas de un tajo, lo cual Grenio
evitó saltando con precisión. Luego intentó cortarle la cabeza, y el troga detuvo la punta
de su arma con el dorso de su espada. Sorprendido, Zefir se vio rechazado y empujado, a
la vez que el resto de los combatientes les daban paso para continuar luchando,
encerrándolos en medio de la batalla. El siguiente golpe, Grenio lo recibió con el filo, que
seccionó la alabarda como si fuera manteca tibia. La punta cayó al suelo y Zefir
contempló estupefacto el pedazo de asta en su mano. Aprovechando esa pequeña
pausa, el troga arremetió y lo decapitó de una vez.
Por un momento, los kishime se quedaron paralizados en sus lugares, incapaces de
creer en la muerte de Zefir, el segundo jefe del Consejo en caer esa noche y, algunos se
percataron, a manos del mismo troga, que no podía ser otro que el elegido de la profecía.
Si bien su poder les generaba terror, al cual no estaban acostumbrados y difícilmente
podrían haber descrito, saber de quién se trataba les dio una especie de desesperación:
contra él luchaban. Dominados por un temor innato, fruto de siglos de vislumbrar esa
amenaza, se lanzaron todos contra Grenio, una bandada veloz y mortal de espadas y
lanzas voladoras.
Los trogas que hasta ese momento habían desconfiado de él, ahora fueron presa de la
lealtad a su raza que tenían echa carne en ellos, y corrieron a defenderlo. Allí se
encontraba el vórtice de la batalla. La muerte de los kishime a cargo del ataque frontal,
atrajo a los demás jefes del Kishu, acumulando una fuerza irresistible a medida que todos
se sumaban a la lucha. El dique de unos cuantos guerreros trogas, entre ellos Raño,
Glidria y Vlojo, ayudando a Grenio, no pudo contener la invasión, que se colaba por todos
lados. En cuanto cruzaban el umbral de Frotsu-gra, los kishime eran presa de un ansia
destructiva. Querían acabar con sus propios miedos supersticiosos, destruyendo cada
roca sino cada habitante.
La fuerza de su conjunto podía parecer impresionante, pero pronto los trogas vieron
recompensada su resistencia. Empezaron a notar que sus oponentes podían ser
derrotados con mayor facilidad que antes. El brío kishime bajo continuas horas de batalla,
con poca recuperación, y el uso de sus habilidades especiales, volvía torpes sus reflejos y
desgastaba su organismo. En cambio, los trogas conservaban sus fuerzas, tenían
grandes reservas de energía en sus cuerpos fornidos.
Bulen se percató y comenzó a vadear la corriente de cuerpos, desde su posición en la
parte de atrás, directo hacia el troga, que percibía claro como si la luz del sol manara de
él.
¿Hacía cuanto que estaban luchando? Se preguntó Raño, cansado, a pesar de que se
había jactado con sus compañeros de que podía seguir por días. Le dolían los dientes de
tantos kishime que había mordido, tenía los brazos empapados de sangre hasta el codo,
así como el resto de los que seguían en pie. De vez en cuando pisaba carne todavía viva,
sin poder pararse a distinguir si era un amigo o enemigo. Había perdido la noción del
tiempo. En eso vio venir a Bulen, que se destacaba entre los adversarios por actitud
decidida, y la facilidad con que se venía abriendo paso, golpeando a diestra y siniestra sin
mirar.

Precioso Daimon 67
–¡Grenio, jra! –rugió, presintiendo que él era su objetivo.
Al mismo tiempo, Bulen dio un salto y zanjó los últimos veinte metros flotando en el
aire por un momento y cayendo a toda velocidad junto al troga, que se hallaba ocupado
reflejando el ataque ígneo de dos kishime de azul. Su espada surcó el espacio como un
rayo y se hundió en la carne.
Grenio se volteó, mientras los kishime salían despedidos a sus espaldas con el revés
de su propio ataque, y se dio cuenta de la presencia de Bulen, lo relacionó con el silbido y
la advertencia que había oído, y al mirar abajo, quedó consternado al notar que Glidria
había caído a sus pies. El kishime falló porque el viejo se atravesó en el último instante, y
recibió el pleno impacto de su hoja, que le abrió el cuerpo de lado a lado. Se tapaba con
los brazos pero la sangre brotaba por todos lados. La vida se le escurría segundo a
segundo.
Saliendo de su estupor, Grenio empuñó la shala para arremeter contra el kishime,
gritando. Bulen lo vio y tardó en reaccionar, sobrecogido por sus ojos rojos y el poder que
parecía emanar de su aura. Entonces, se desvaneció en el aire y Grenio se enfrentó a
una muralla de cuerpos. Frustrado, intentó seguirlo, pero las figuras se confundían,
destellos borrosos.
–Ñosu, Glidria –le dijo al volver y arrodillarse junto al viejo, apenado al notar lo
irremediable de su estado–. No fuiste sabio al no seguir tu propio consejo y venir aquí.
–Sólo a ti se te ocurre reprochar a un hombre que está agonizando –susurró Glidria,
tratando de fijar la vista en algo, parecía estar rodeado de un torbellino rojo y negro–.
No... Me alegro de morir luchando... y no de indigestión en una montaña... solo.
Grenio tardó un rato en darse cuenta de que había callado porque ya no podría emitir
otro sonido, jamás.

Cáp. 15 – El nuevo Sulei

La barraca no había sido suficiente para albergar a todos los heridos y había hileras de
ellos tendidos en medio de la calle, a medida que la luz grisácea señalaba el alba y la
batalla se volvía espasmódica. Algunos grupos aislados seguían peleando, en el extenso
campo cubierto de cuerpos, los kishime se iban retirando rendidos, y los trogas podían
volver a lo que quedaba de Frotsu-gra en busca de agua y medicina.
El curandero recorría esos despojos de guerreros, haciendo lo posible por sus
lesiones. Los que estaban mejor tenían que arreglarse solos. A Amelia la mandó a
llevarle agua a los más graves; los otros eran demasiado orgullosos como para recibir
ayuda, así que quienes podían se arrastraban hasta una fuente, y los que estaban muy
agotados permanecían sedientos.
–¡Fro! –exclamó uno de los guerreros en peor estado, con un brazo amputado y una
pierna aplastada, salido de una explosión que le había quemado medio cuerpo.
Amelia se detuvo, sosteniendo el balde y el jarro, fastidiada porque en tales
condiciones se negaba a aceptar su poca ayuda. Pero entonces notó que, levantando su
brazo sano con dificultad, el troga le señalaba a una guerrera que había caído dormida
contra una pared cercana. Temblaba como una hoja y tenía un brazo todo vendado. La
joven se arrodilló junto a ella y le puso el jarro en la boca. Sin abrir los ojos, la troga bebió

Precioso Daimon 68
y pareció mejorar al momento. Amelia se conmovió con la actitud del pobre herido que
había rechazado el líquido a favor de otro que estaba en mejores condiciones y deseó
poder hacer algo por él, aunque fuera para evitarle dolor. No sabía si sufrían, esos seres
parecían de hierro, parecían aguantar todo. Se volvió a mirarlo pero el troga había
cerrado los ojos y permanecía inmóvil. Siguió con su ronda, pensativa.
La luz del día descubrió a los ojos de los habitantes de Frotsu-gra que el día anterior
tenían una ciudad y ahora sólo les quedaban ruinas humeantes.
La humedad y los restos de lluvia se concentraban en charcos oscuros. Los edificios
que restaban en pie parecían tristes de hallarse rodeados de muros estallados, cúpulas
tiznadas y residencias que eran cáscaras vacías. También había cadáveres, y los que
seguían con fuerzas estaban sacándolos de debajo de los escombros.
Grenio seguía afuera, revolviendo entre los cuerpos en busca de heridos. Allí se
encontró con Fretsa y le extrañó, primero que nada, la mirada perpleja en lugar de su
habitual gesto resuelto, y que siendo la primera vez que se veían en mucho tiempo,
apenas lo registrara como a un simple conocido. Había esperado mayor efusividad de
alguien que le había ofrecido una unión.
Sonie Vlogro contemplaba la destrucción mientras palpaba el báculo de Glidria, que lo
había dejado abandonado en un rincón al salir al frente de batalla. “Nunca creí ver esta
catástrofe”, pensaba, dirigiéndose a la calle principal. Entonces, su mirada se cruzó con la
figura de Grenio, lleno de energía. Raño lo seguía parloteando sobre lo increíble que eran
sus habilidades, sin ser escuchado en lo más mínimo por el otro.
Amelia levantó la vista de su ocupación y lo vio venir, caminando enojado. Nunca
había dudado de que él iba a estar a salvo, a pesar de haber presenciado como caían
todos esos seres de fuerza monstruosa. Grenio se detuvo junto a ella y en ese momento
tuvo conciencia del lugar en que se hallaba, rodeado de ruinas, muertos y moribundos,
donde debería haber una ciudad floreciente y tranquila. Si no fuera porque ellos dos, ellos
tres en realidad, constituían una fuerza destructiva, profetizada como el fin del mundo o
algo así. Sintió todas las miradas de los trogas, su pueblo, clavadas en él con ojos
acusadores.
La joven le tendió el jarro con agua fresca, rompiendo el encanto. Grenio bebió
mientras observaba las cúpulas negras y el cielo con aire ausente, y percibía como a lo
lejos, las palabras de Vlogro. Estaban planeando enviar algunos trogas a colarse entre
las filas kishime y averiguar cuál era su estado, la cantidad de sus hombres y sus planes.
Por supuesto que se ofreció, porque podía usar su habilidad para desplazarse y
aprovechar el tiempo para buscar a Bulen y Sulei. Además él sabía cómo lucían sus
jefes, argumentó.
–Fla –la negativa de Vlogro fue tajante–. Jre Grenio, no podemos perderte ahora,
debes proteger Frotsu-gra, quiero decir a la gente, y sólo tú tienes el poder.
–Yo enviaré a uno de mis hombres –interfirió Fretsa que hacía rato deambulaba por
allí–. Tengo a unas excelentes guerreras que pueden introducirse y volver sin ser vistas.
Lástima que mis dos mejores hombres no puedan...
–Yo iré, jefa –exclamó Vlojo, animado con la idea.
Presintiendo que se planeaba algo interesante, Vlojo se había ido acercando al grupo
que discutía en medio de la calle, auxiliando a su amigo Trevla, que todavía cojeaba
aunque tenía mejor aspecto que la noche anterior.

Precioso Daimon 69
–No, también sería un desperdicio en caso de que... –replicó Trevla, soltándose de su
colega y mostrando que podía avanzar solo aunque despacio y usando la cola como
soporte–. Jefa, déjame ir a mi.
Fretsa lo miró a los ojos por largo rato, y asintió. Contuvo la protesta de Vlojo
prometiéndole que tendría la siguiente oportunidad para lucirse.
Sonie Vlogro, que temía más que nada la desmoralización de su gente por la derrota,
ya que aunque no le agradaba la idea su situación debía ser tomada de esa forma,
aprobó la elección de Fretsa y se alegró de que sus guerreros mostraran todavía tanto
ánimo combativo.
Mientras Sonie Vlogro reparaba en la guerrera con satisfacción, pensando en ella
como guía de los destinos de su gente en un futuro cercano, los pensamientos de Fretsa
estaban ocupados en una veta más bien personal. Después de que Trevla se marchara a
cumplir su misión, se quedó mirando a la humana, recordando sin querer las palabras de
Bulen y dejando que una ola de repugnancia y odio la invadiera. Le disgustaba su forma,
su pequeñez y su piel; se dijo que se parecía demasiado a un kishime con esa tez clara, y
hasta la vestimenta que llevaba parecía provenir de uno de sus enemigos. Si no estuviera
presente la anciana Vlogro y si no fuera por incurrir en el rencor de Grenio, la hubiera
arrojado en ese mismo momento al mar.

Respiraba afanosamente, y varias veces temió haber sido visto por los kishime que
rondaban por el desierto de piedra. Pero logró llegar, sin perder su camuflaje, hasta el
grueso de las filas kishime, que al contrario del día anterior andaban mezclados y
desorientados.
Lo sorprendió la aparente ecuanimidad de esos seres. Algunos estaban sentados en
grupo, pero no charlaban ni hacían ruido alguno. Otros descansaban, incluso alguno
dormía de pie. No se habían preocupado por los cuerpos de sus compañeros, calcinados
al sol. No parecían temer la presencia de la muerte, ni tener respeto por ellos; como si
aceptaran todo con absoluta resignación. Los heridos estaban siendo atendidos por unos
kishime que tenían la facultad de sanar con solo poner sus manos sobre el daño. Otros
se quitaban las ropas manchadas y recomponían su apariencia.
Con cuidado de no tropezar con ninguno, se coló entre un grupo que discutía frente a
una tienda cuadrada de tela blanca. Notó que muchos de estos no habían estado en
batalla, no había rastros de sangre o mugre en sus ropas ni en sus armas, y tenían una
actitud brillante que contrastaba con la apatía del resto. Luego percibió un movimiento en
el grupo y reconoció a uno. Bulen se había desprendido del grupo y avanzaba hacia él.
Pasó casi por su lado, y Trevla contuvo la respiración. Bulen no se detuvo y siguió para ir
a sentarse en una roca y contemplar el horizonte.
Lodar y Fesha también partieron, a contar a sus grupos lo que recién habían oído.
Zidia, todavía lleno de sangre seca y el ruedo de su túnica negra de barro, permaneció en
el lugar con Dalin y varios de sus hombres, discutiendo acaloradamente. Pero Trevla no
entendía su lenguaje.
Sin embargo, captó que su atención parecía dirigirse constantemente al interior de la
gran tienda y esto excitó su curiosidad por saber qué había dentro. La rodeó, dejando
atrás el animado grupo, y pegó el rostro a la tela, tratando de adivinar que sucedía allí.
Sulei había llegado poco antes del amanecer, irritado al notar desde lejos que no
habían hecho caso del acuerdo y habían comenzado la pelea. Venía pensando en

Precioso Daimon 70
reprender a unos cuantos, incluso poner un ejemplo, pero el relato de las batallas, con la
confirmación de Bulen, y el obvio estado de inferioridad en que habían dejado a los trogas
le quitaron las ganas. Además, los que habían iniciado todo no estaban allí, pues Zefir y
Budin habían perecido a manos de Grenio. Tener la certeza de que se hallaba al alcance
de su mano, también lo puso de buen humor.
Estaba reclinado en una poltrona formada por un montón de telas apiladas; junto a él
había una mesa improvisada sobre una piedra ancha, con algunas lámparas y cuencos
de agua fresca; y del otro lado estaba sentado Tobía.
–¿Lo habrán tratado bien en el camino? –inquirió del tuké, que lo miraba con infinita
curiosidad. Había algo distinto en Sulei, algo que no podía definir pero veía claramente.
–Sí, sus sirvientes me cuidaron muy bien –contestó con ironía.
Trevla escuchó las voces y supo que había un humano. Quedó estupefacto. ¿Para qué
traerían a un humano? Porque en esa región no habitaban; pero era insólito que los
kishime viajaran en compañía de un humano. ¿Estaría equivocado? Trevla se arrodilló y
trató de encontrar una rendija por la cual espiar.
–¿Ellos están aquí? –preguntó Tobía con voz entrecortada.
–Sí –Sulei sonrió–. Llegaron antes que nosotros. Eso quiere decir que no vinieron
caminando, ¿no le parece, tuké? ¿Será necesario, después de todo, su presencia en este
lugar? –añadió con sorna.
Tobía palideció. A razón de varias frases de Sulei del mismo tono, tenía la impresión
de que el kishime no lo consideraba necesario para sus planes, y que lo conservaba
como diversión, para torturarlo con su traición.
–Pero yo... –se interrumpió Sulei, y levantándose, preguntó burlón–. ¿Qué tenemos
aquí?

La cualidad que Tobía no podía fijar, se hizo evidente al verlo caminar a la luz del día.
Sulei había adquirido cierta materialidad, sustancia y gravedad, en contraste con la
apariencia alabastrina e ingrávidos movimientos de los demás kishime. Las ropas le
sentaban mejor, el conjunto negro se pegaba a su piel como si le hubieran crecido
músculos, y la calvicie blanca dejaba traslucir venas verdosas que sobresalían al caminar
y hablar. Esto se sumaba a su habitual energía y carisma, generando en los kishime,
medio agotados de tanto batallar, desconcierto y arrastre a la vez.
Sulei se dirigió con paso majestuoso hacia la ciudad devastada, y todos lo siguieron, lo
hubieran seguido adonde fuera.
Los guardias trogas notaron el lento acercamiento con gran nerviosismo, cuando no
creían tener que afrontar todavía otra lucha.
Al mediodía no habían tenido noticias de Trevla, y los jefes de clanes ya estaban
sacudiendo la cabeza sin esperanza, cuando les llegó la noticia del nuevo avance.
–¿Qué pasó con Trevla? –preguntó Vlojo, no podía creer que lo hubiesen capturado.
Pero ni Fretsa ni las otras guerreras le respondieron. Se estaban preparando para este
nuevo desafío y no podían pensar en amigos que debían quedar en el pasado.
Sulei iba al frente, flanqueado por Bulen y los guerreros nuevos que había traído
consigo. El resto los escoltaba; más ansiosos por ver los resultados que Sulei había

Precioso Daimon 71
obtenido que de pelear con los trogas. Los más tradicionales eran escépticos, pues
consideraban imposible que alguien mejorara su esencia con una máquina. Los demás
esperaban un gran show, porque el kishime que había ascendido a jefe del Consejo, que
casi lo había desbaratado, prometía grandes hazañas. Con este halo de esplendor y la
conciencia de tenerlo, se plantó frente a las puertas de Frotsu-gra, exigiendo que le
dieran paso.
Vlogro, Grenio y otros jefes de clan aparecieron en lo alto del camino.
–Me parece que esto es suyo –exclamó Sulei remarcando cada palabra, y les arrojó un
bulto.
Fretsa perdió color y los demás se sobresaltaron al contemplar la cabeza de Trevla, sin
su cuerpo. Un rumor sordo cundió entre los trogas. Vlojo, que casi podía decir que había
previsto esto en su ansiedad por su amigo, salió corriendo de la ciudad. Grenio lo atajó,
tirándolo con violencia al suelo. Vlojo tenía razón en sentir rabia, dolor, odio; y podía
descargarse contra todos los que quisiera, pero no todavía. Además, Sulei era suyo.
Vlojo se levantó hasta quedar arrodillado, ocultando el rostro entre las garras; aturdido
como para enojarse con quien lo había arrojado, pero sin deseos de humillarse frente a
esos fríos monstruos.
Grenio y los jefes tenían la atención fija en Sulei. De repente vieron cómo su imagen
parpadeaba y con el sonido de un corcho destapado, desapareció. Por un segundo lo
esperaron, inquietos, y cuando al fin percibieron su presencia, Sulei ya tenía entre sus
manos a la anciana Vlogro. Antes de que pudiera mover una mano hacia él, aunque
estaba a un paso de Grenio, los dos se habían esfumado. Sulei reapareció junto a su
gente y Sonie Vlogro miró confundida alrededor.
El kishime la sostenía por el cuello. Los trogas quedaron estáticos, temerosos de que
le hiciera daño, pero la anciana no tardó en recuperar su valor. Intentó desprenderse,
arañando con las garras en rápido zigzag su rostro y brazos. Extraño, el kishime no
perdió su sonrisa aunque tenía la cara surcada de estrías rojas rezumantes. Tan sólo la
soltó y empuñó su cimitarra y, sin aviso, la partió al medio. La troga cayó al suelo, torso y
cabeza separados de la parte inferior del cuerpo, todo embolsado torpemente en su capa
gruesa de piel. Un grito de asombro se elevó desde las filas trogas y Grenio dio un paso
adelante.
Sulei también avanzó, a la vez que los cortes en su piel blanca se iban cerrando a un
ritmo acelerado hasta no dejar rastros de haber sido herido. Se detuvo, confiado, a unos
metros del troga, que hervía de indignación. Sus músculos temblaban por el esfuerzo que
hacía por no salir corriendo hacia la multitud kishime con furia asesina.
El kishime alzó el brazo izquierdo y de su palma brotó una bola de energía; para la cual
Grenio preparó su shala. Sulei notó por primera vez que estaba mejor armado que antes,
y decidió aumentar la fuerza de su ataque; ya no temía el quedarse sin potencia.
La energía, que el troga percibía como una nube vaporosa, voló por el aire y cruzó el
surco que hizo con su shala. El filo interceptó la energía, difuminando gran cantidad, pero
no toda. Grenio sintió el impacto caliente y la fuerza cinética que lo tiró al suelo, de donde
se levantó enseguida, demasiado emocionado para sentir dolor. Los trogas lo seguían en
suspenso, si bien Fretsa, que se hallaba delante de todos, sintió el olor a quemado y vio
las prendas hechas jirones. Sulei, mientras tanto, preparaba otro lanzamiento de energía
que lo golpeó apenas Grenio pudo ponerse de pie. Esta vez, en lugar de calor como
fuego, Grenio sintió una onda que lo traspasó, haciendo tintinear cada célula como si

Precioso Daimon 72
trataran de arrancarle el alma.
Inspiró, para sacarse el aturdimiento, y se abalanzó sobre Sulei. Bajo la mirada
expectante de sus hombres, este mantuvo la calma y lo esperó, alzando su shala para
contener el golpe. Las hojas chocaron con un repique brusco, tratando de cortarse una a
la otra pero en igualdad de condiciones. Sulei apreció la hoja azulada de Grenio:
–¿Debería preguntar donde conseguiste esa maravilla antigua? –susurró, para
disgusto del troga, que quería más acción y menos de su charla necia–. Supongo que es
la respuesta que esperaba de Fishiku.
Preparó otra bola de energía. Esta vez tenía que detenerla, se dijo Grenio, y levantó
un brazo como lo había hecho tantas veces. Magia, cuando el poder lo alcanzó la barrera
se formó a su alrededor, y contraatacó en el acto con un golpe que le devolvió al kishime
su energía, reforzada. Sulei sonrió y levantó una mano. Era la oportunidad que estaba
buscando. El troga creyó que no podría desaparecer toda esa energía con su shala, pero
para su sorpresa, una pared invisible cubrió a Sulei.
Los kishime lanzaron una exclamación ahogada de admiración.
–¿Qué más tienes? –lo toreó Sulei, y zarandeó su cimitarra, emitiendo destellos de luz.
Bulen se dio cuenta de que se estaba rompiendo los dedos de tan fuerte que apretaba
sus manos mientras, con rostro forzado, observaba los movimientos de Sulei, buscando
una falla, un síntoma, cualquier cosa.
A esta altura ya debería haber aprendido de sus batallas, pero no. Grenio se lanzó
hacia el adversario, sabiendo que lo estaba tentando para cometer una tontería, pero
dispuesto a una lucha cuerpo a cuerpo si era necesario. Sulei consideró que su
personalidad no evolucionaba para nada a pesar del poder que ostentaba. “Es un tonto,
¿por qué le dieron el poder a él?”
El mundo no marchaba bien y él lo iba a arreglar, se decía mientras el troga lo
hostigaba con su espada. Los adversarios estaban cara a cara, sus hojas pegadas.
Grenio usó su mano derecha para golpearle el rostro.
Aunque le dio un golpe que hubiera derribado un árbol, el kishime apenas ladeó la
cabeza y lo miró impasible ¡como si no lo hubiera tocado! Grenio se separó un poco y giró
para dar impulso a su próximo sablazo; Sulei lo esquivó dando un pequeño salto hacia
atrás y, levantando su cimitarra por encima de su cabeza, la precipitó sobre el troga.
Grenio inclinó el cuerpo a la derecha y la hoja apenas rozó su brazo izquierdo. De
revés, despachó su espada contra el kishime, pero Sulei se evaporó en el aire.
Presintiendo que iba a aparecerle atrás, Grenio permaneció inmóvil y, apenas creyó
percibir su presencia, viró el cuerpo y le dio un codazo con su brazo hábil. Sulei se vio
sorprendido por la maniobra y recibió el impacto en su pecho. Por un momento se asustó,
trestabilló, sintió la preocupación de sus hombres como un imperceptible movimiento
hacia delante, y fue a dar con una rodilla al suelo. Apoyó una mano en el nacimiento de
su garganta, notando dolor pero ninguna lesión fatal. Su confianza volvió. Rebosante de
energía, paró la shala de Grenio con su cimitarra, se irguió al tiempo que empujaba al
troga, y saltó.
Desde el aire, como pendiendo de hilos, arregló la posición de su arma, pensando en
hundirla y partirlo de arriba abajo.
Grenio alzó los ojos y la luz del sol lo cegó, impidiéndole ver el ataque dirigido hacia él.

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Un troga gritó. Grenio cerró los ojos, y súbitamente, se movió escapando por milagro.
Sulei se posó y levantó una nube de tierra y polvo al estrellar su shala contra el piso. En
el lugar quedó un pequeño cráter.
–Li deshi gosü –ordenó Bulen, con voz nítida en medio del silencio del día.
Los guerreros de Sulei se adelantaron con paso marcial. Del otro bando no
permanecieron indiferentes. Preocupada por el futuro, al ver a los trogas que la seguían y
la inseguridad que nacía en sus miradas, Fretsa aferró sus tridentes y clavó un pie en
tierra. En esta batalla, Grenio estaría ocupado con este poderoso kishime, los jefes de la
ciudad estaban muertos, no había dirección ni buen ánimo, y el valor decaía con la lucha
constante y el número creciente de heridos. Más que a una guerra contra sus viejos
enemigos, se enfrentaban con la desaparición de su raza y su estilo de vida; y ella tenía
que tomar las riendas para impedirlo.

Cáp. 16 – Un amigo en un lugar extraño

Los enfermos estaban siendo embarcados, Amelia no sabía con qué destino. El
curandero se ocupó de seleccionar a los que podían mejorar, y un par de jóvenes de
aspecto repelente como grandes arañas, los llevaron a rastras hasta las balsas. Estuvo
contemplando un rato el procedimiento y luego comenzó a deambular por las calles
vacías. Todos los guerreros que seguían de pie estaban en la batalla; ahora sólo podía
esperar.
Pero no podía quedarse quieta, y empezó a vagar sin darse cuenta.
Se topó con una escalera y subió por ella, rodeando una construcción de bloques
grises y barro que se mantenía erecta entre el desastre general. El viento sopló en su
cabello y por un segundo miró hacia el mar, buscando con los ojos el puerto adonde se
dirigían los trogas que veía partir del muelle, en precarias barcas chatas que se
bamboleaban temerariamente. Después se dio vuelta y observó el campo de batalla por
primera vez. El efecto de esas imágenes, a plena luz del día, la dejó sin aliento. Había
estado todo el tiempo a un paso de esa masacre, esa violencia, y no podía creer lo que
veía; mucho más impresionante que piedras rotas y heridos que al menos respiraban. A
la distancia, no podía ubicar a quienes conocía, pero sabía que allí estaba peleando
Grenio. ¿Esperaba que saliera con vida o no? No, no podía desearle la muerte aunque
fuera su enemigo, como decía él; además, reparó en su soledad y lo impensable que
sería quedarse desamparada en ese lugar.
Pensaba en su propia situación, temiendo lo peor, cuando vio por el rabillo del ojo un
movimiento, alguien o algo que se acercaba por un camino oculto entre las dunas. Una
figura tapada aparecía y desaparecía en las vueltas del sendero. Pensó en dar la alarma.
Miró alrededor, no había ningún troga. Si volvía al puerto y le hacía señas al curandero,
iba a perder tiempo. Corrió escaleras abajo.
En la calle, se sintió enterrada entre los altos muros. Se apresuró hacia la puerta por
donde iba a entrar la figura y una vez allí, se ocultó tras un muro medio derribado.
La figura, totalmente tapada, aminoró el paso al acercarse a la ciudad y al llegar asomó
la cabeza con precaución. Amelia contuvo la respiración y probó a echar un vistazo por el
costado de su escondite. Así lo hizo, y obtuvo una fugaz visión de alguien pequeño que
cruzaba la calle y desaparecía de su vista tras una pared. Con el corazón galopante, se

Precioso Daimon 74
volvió a esconder. Tenía que ser un kishime, por su delgadez y estatura.
Amelia se deslizó hasta el final del muro, que descendía, agachándose. Al final, se
estiró y miró de nuevo por encima de la roca. Esta vez vio al extraño de espaldas.
Caminaba vacilante, con temor a ser descubierto pero arrastrando los pies, como
cansado. De pronto, la figura se volteó, sintiendo que lo estaban observando, y Amelia
tuvo un atisbo de su cara.
Intentó hablar, pero encontró que tenía la garganta atenazada, seca, por los nervios
que había pasado. Murmuró algo, pero eso fue suficiente para que el otro se detuviera y
corriera a ocultarse tras un pedazo de escombro.
Animada por esa actitud que lo delataba, la joven caminó lentamente hacia él y lo
llamó:
–¡Oye! ¿Eres tú?
Tobía levantó la cabeza un poco, sin dar crédito a sus oídos, y su expresión de pavor
se derritió gradualmente en una gran sonrisa. Corrió a abrazarla.
–¡Amelia! ¡Qué alegría encontrarte, y a salvo!
–Sí, Tobía –asintió ella, todavía en un apretado abrazo, y conteniendo un sollozo
contra su cuello. Preguntó en un murmullo–. Pero ¿estás bien? ¿Qué ocurrió? ¿Cómo
llegaste aquí?
Tobía se separó para respirar y, sonriendo, explicó rápidamente:
–Hay un grupo de tukés y humanos... vine con un grupo de mis compañeros, que nos
están esperando a cierta distancia de este lugar. Claro, que no podíamos acercarnos
para que nos vieran porque es peligroso, pero... hemos venido por ti.
A la joven se le iluminó el rostro.
–¡Gracias a Dios! –exclamó, apretándole una mano entre las suyas–. Ya estaba
pensando como salir de aquí... Hay tanto que contarte, además... Descubrimos algunas
cosas, estuvimos en Fishiku, vimos a los kishime pero... ¿Cuántos son Uds.? ¿Mateus
está bien, está contigo? Creo que le va a interesar saber lo que encontramos... un palacio
invisible, ¿puedes creerlo?
Tobía detuvo su entrecortada charla y, vigilando que estuvieran solos, respondió:
–Sí, ven conmigo, por favor. No podemos tardarnos mucho ¿entiendes?
Amelia lo siguió, ofuscada. En realidad no se había recuperado de la sorpresa, y
quería preguntarle varias cosas, pero caminó en silencio tras de sus pasos sin decir
palabra. Solo le susurró, una vez cruzaron el jardín de piedra:
–Nunca creí que fueras tan valiente como para venir solo a Frotsu-gra para buscarme...
–pero como sonaba demasiado a sarcasmo, agregó–. Gracias, Tobía.
El tuké no respondió, ni siquiera con una sonrisa, pues sus palabras de amistad y
confianza le quemaban el pecho. Rogó estar haciendo lo correcto y tener la fuerza para
llevarlo a cabo.
El camino que Tobía había tomado salía de la península, rodeaba un acantilado sobre
una estrecha playa de arenas blancas y se internaba en las dunas. Un pasto duro y color
ceniza crecía en las ondulaciones, sosteniéndolas contra el duro viento del mar.
Desembocaron en una planicie rocosa, que Amelia recordó haber pisado antes, y pronto
estuvieron a la vista de un barranco poco profundo en el fondo del cual corría un arroyo.

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Amelia miró hacia atrás; se habían alejado bastante, ya no podía ver Frotsu-gra, y sintió
lástima por sus guerreros.
Tan absorta iba en sus pensamientos que no percibió que habían sido rodeados por
cinco kishime vestidos de gris y armados con gruesas espadas, hasta que uno de ellos la
tomó del brazo.
–¡Ah! –gritó, alarmada, y luego vio a Tobía, quieto, mientras dos kishime la sujetaban–.
¿Qué hacen?

La lucha seguía trabada, ninguno de los dos tenía heridas de importancia, Grenio sólo
quemaduras y cortes leves, y Sulei parecía indestructible. Tenían la misma capacidad en
sus armas. Los golpes no parecían afectar al kishime más que a otro troga, podía estar
luchando con su reflejo. Ambos podían cubrirse de los ataques de energía. Pero Grenio
comprendía que Sulei tenía ventaja en la forma que podía trasladarse de un lado a otro y
en el uso de energía. Era cuestión de tiempo, de quien se desgastaba primero o quien
tenía más suerte. Él no podía confiar en la suerte, sino sólo en lo que podía hacer con
sus manos.
Hizo una pausa para respirar, luego de una seguidilla de estocadas que cortaron la tela
negra de Sulei, pero no más. Observó que Fretsa estaba peleando con un kishime alto
vestido de gris con cabello lacio blanco. Parecía tener problemas para vencerlo: en ese
momento ambos corrían en paralelo y los dos saltaron. La troga abrió sus alas, el kishime
flotó en el aire y desplegó su látigo. La punta se enroscó en un tridente de Fretsa y ella
tiró, aun antes de posarse en el suelo. No pudo con su adversario, y el kishime logró
arrancarle el arma de la mano. Acto seguido, el látigo ondeó de nuevo en dirección a la
troga, que había plegado sus alas negras, y cortó la trayectoria con su otro tridente, giró y
se lanzó hacia el kishime. El látigo se enroscó en el cuello de Fretsa, quien tiró hacia
atrás, interrumpiendo su embestida. Fretsa sintió un ahogo repentino y se congeló en el
lugar, tratando de arrancarse la correa con sus uñas. El kishime se adelantó con calma.
Grenio apretó sus manos para contener la furia que subía desde su estómago y
espalda, y se enfrentó a Sulei.
–¿Qué se han hecho? –preguntó con voz oscura.
–Al fin preguntas... –exclamó su adversario, apartándose del camino de otro
combatiente, con una sonrisa feliz–. Por fin notas que no somos los mismos, somos
superiores.
–¿Cómo? –replicó el troga, parando su estocada y asestando un puñetazo en su
pecho.
Sulei se detuvo un instante para sacudirse su mano de un empujón, y explicó:
–En mi carne está la tuya, todo tu poder. En la de mis hombres... la de simples
humanos. No es mucho, en comparación con el elegido... Sin embargo, también los
humanos cuentan con esta deliciosa sensación de gravidez y vitalidad; alimentan nuestra
carne voraz, nuestra energía sin límite que pugna por expandirse en el universo y
sobrepasar los límites del cuerpo.
Grenio no entendía la mitad esotérica de su explicación, pero sí lo suficiente para sentir
asco.
–La mía... no es posible –susurró, a la vez que lo asaltaba el recuerdo del cadáver de

Precioso Daimon 76
Tavla en el sótano, flotando en líquido en una maquinaria antigua.
–Sí, ¿no te acuerdas del estado en que quedaste cuando peleamos... o la última herida
en que perdiste un pedazo de muslo? –susurró la voz del kishime, invadiendo su mente
aunque no quisiera enterarse de eso.
Miró con atención; habían alcanzado lo que ningún troga podía creer, acostumbrados a
despreciar a los paliduchos kishime por su fragilidad. Una docena más o menos de
kishime, vestidos de gris como Bulen o negro como Sulei, estaban haciendo el trabajo
que el día anterior habían emprendido casi quinientos, enfrentados a los guerreros más
fuertes y habilidosos de la raza troga. Grenio desechó el pesimismo que lo invadía y
arremetió contra Sulei. Todavía tenía cosas que hacer, tenía que vencer a este loco, a
Bulen, vengarse de Lug y restablecer el nombre de su clan. Y no quería que este nombre
fuera el de destructor de su raza.

Amelia se dejó guiar, inquieta, pero no asustada. Se decía que, por lo que había
dejado escapar Bulen, su jefe la quería viva y además, los kishime no habían dado
señales en contra de ella o el tuké. Sólo los tomaban prisioneros y los estaban llevando
lejos de Frotsu-gra. La distancia no tenía importancia porque en el fondo esperaba que la
fueran a rescatar.
Observó que Tobía estaba transpirando, pálido, y que no le devolvía la mirada, y le
extrañó su miedo, cuando siempre se había mostrado aventurado y descuidado en todo
tipo de situaciones raras. Pero no le dio importancia, en ese momento llegaban a su
destino.
El kishime que la escoltaba, que no había más que deslizado sus ojos por ella en todo
el camino, como si no existiera, la empujó hacia el interior de una tienda de seda negra.
La joven se preguntó por qué habrían instalado una tienda en ese lugar desolado, a gran
distancia de donde se combatía, y al parecer vacía. Pero no, al acostumbrarse sus ojos a
la oscuridad, distinguió una figura delgada e inmóvil, un kishime, parado junto a un arcón
de madera profusamente decorado. Zelene tenía las manos ocultas entre sus vestiduras.
Amelia notó que Tobía se hallaba junto a ella, y dos guardias cerraban la entrada. El
otro sacó las manos de su ropa, extrayendo un objeto. Amelia retrocedió. Tropezó con
otro kishime. Inspiró fuerte, tratando de recuperar el valor. Vio que lo que llevaba Zelene
en la mano era una cuerda bien enrollada, delgada y oscura, y suspiró.
Zelene enrolló un trozo en las muñecas de Tobía, le ató las manos en la espalda y
luego lo hizo arrodillar, para unir la cuerda a sus pies. Luego le indicó al otro que hiciera lo
mismo con Amelia. La joven se quejó cuando el nudo comenzó a tirar y a hincársele en
las muñecas:
–Pensé que Uds. usaban métodos más sofisticados –dijo en tono irónico, aunque el
kishime no dio señales de entender ni de importarle lo que dijera.
Acto continuo perdió el equilibrio, y cayó pesadamente al piso, arañándose la cara
contra las piedras. Amelia intentó rodar sobre sí misma, pero si salía de esa posición, las
cuerdas se tensaban y la cortaban. Observó que un par de guardias kishime permanecían
en la puerta, los podía ver al moverse la tela de la entrada con la brisa; el que estaba
dentro al llegar, salió y habló unas palabras con ellos. Amelia los maldijo por haberlos
dejado solos, mientras con la punta de los dedos de una mano escudriñaba el suelo en
busca de un guijarro filoso. Había caído, por desgracia, donde sólo había pedregullo
pequeño. Igual probó raspar la cuerda con un pedacito de roca.

Precioso Daimon 77
Tobía había logrado darse vuelta para quedar de cara a la muchacha, cuando entró
Zelene. De inmediato ella cesó con su trabajo, en su sobresalto soltando la piedra filosa
que había encontrado. El kishime pasó entre ellos con indiferencia, seguido de cerca por
los ojos ansiosos de la joven. Abrió la tapa del arcón y sacó una daga aguda, que se puso
al cinto, un bol de metal verdoso que tenía los bordes repujados en forma de hojas y
frutas y un asa en forma de cola de animal; y por último un farol. Amelia notó que
depositaba la lámpara encendida sobre el arcón, y le dijo a Tobía:
–Oye, dile que necesito agua, ahora.
Tobía lo tradujo y el kishime se dio vuelta, sorprendido. En seguida se acercó para
observarla mejor, como si su petición fuera extraña. Al ver su rostro macilento y labios
resecos, debió de haber pensado que sí era necesario, pues dejó la tienda a
continuación.
Amelia comenzó entonces a arrastrarse y revolverse, tratando de arrodillarse a toda
prisa antes de que volviera.
–Ven acá, siéntate –le susurró a Tobía.
Mientras, ella se había aproximado al arcón y luchaba por arrodillarse. De espaldas a
la lámpara, trató de alcanzarla con sus manos. Pero el mueble era más alto de lo que ella
llegaba en esa posición. Sintiendo como el sudor corría desde la raíz del cabello y por su
rostro, hizo un esfuerzo doloroso por estirarse, clavando las rodillas en tierra y tirando de
sus brazos hacia atrás y hacia arriba. Toda su fuerza se desvaneció en medio del dolor, y
tuvo que encorvarse en el piso para recuperar el aliento y evitar que se le nublara la
conciencia. ¿Cuánto tardaría el kishime? Tobía la miró con lástima, y ante su expresión
de piedad, ella recuperó fuerzas y se volvió a incorporar de un salto. Con la cabeza,
empujando con la barbilla de costado, llevó la lámpara al borde y la dejó caer,
atrapándola en el aire entre sus dedos.
La depositó en el suelo y quitó el velo de cristal, sintiendo el calor cerca de sus palmas.
Acercó la cuerda que unía pies y manos y esperó a sentir el olor a quemado, para tirar y
romperla. El material era pastoso y al calentarse se estiró en lugar de romperse, pero
aplicando un poco más de fuego, podía rasgarlo. Con un gemido de satisfacción, Amelia
vio sus miembros separados y pudo volver a una posición más confortable. Entonces,
percibió un movimiento en la cortina y quedó helada.
Era sólo el viento; los dos guardias seguían vigilando sin mirarlos. Pero, ¿cuánto
tiempo le quedaba, y lograría desatar el resto de las cuerdas? Los nudos eran muy finos
para sus dedos. Desesperada, levantó la tapa del arcón y miró en el interior. Al principio,
creyó ver una cabeza y unos frascos y eso la llenó de un helado horror; hasta que se dio
cuenta de que se trataba de un espejo oval que reflejaba su rostro espantado, y unos
cuantos recipientes de vidrio, instrumentos de metal y unos cuantos cuchillos de metal y
cuarzo. Tanteó estos últimos, probando con la yema de sus dedos cual tenía más filo y
escogió el que la hirió primero. Con esto cortó la soga de los pies de Tobía y con cuidado,
desgastó la cuerda en torno a sus muñecas. El tuké tiró de las últimas fibras, y se halló
libre, sonriendo con un poco de malicia al imaginar la cara de Zelene al regresar.
Entonces, oyeron unas voces suaves. Amelia se tiró al piso y atisbó unos pies que se
acercaban.
–Vete –le susurró con urgencia al tuké, señalando la parte de atrás de la tienda.
Tobía negó con la cabeza y se acercó a desatarla. Amelia negó con la cabeza, ella se
sentía segura entre los kishime, pero él correría peligro si lo atrapaban ahora. Escondió la

Precioso Daimon 78
daga que había usado en el cinto de la pollera, debajo de la camisola. El tuké cerró la
tapa del arcón y se deslizó por debajo de la tienda, mientras Amelia pateaba la lámpara,
justo en el momento en que Zelene descorría la cortina.
Tobía se asombró de la diferencia que habían hecho unos minutos de ser prisionero:
dudó en volver por la joven, pero decidió correr. Sólo había avanzado unos metros
cuando oyó el grito de alarma de Zelene y se alegró de que, poco más adelante, el
terreno cedía paso a una quebrada o cañón. Miró hacia abajo: la tierra formaba un declive
casi vertical, de cinco metros o más, en tierra irregular, reseca y cubierta de guijarros.
¿Qué otra salida tenía? Se tiró hacia abajo, aterrizando en sus pies a un metro y medio
del borde y resbalando sobre su cola el resto del trayecto, mordido por piedras filosas y
levantando una nube de polvo que rogó los kishime no notaran.
Después, giró a la izquierda, probando de forma inconsciente el camino de vuelta a
Frotsu-gra, y escondiéndose a la sombra de la quebrada, se fue corriendo, hasta quedar
sin aliento cuando el terreno no era resbaloso por los cantos.

Cáp. 17 – Desaparecidos

El kishime se sorprendió al encontrarse en penumbras, pero unos segundos después


notó lo ocurrido al levantar la lámpara, su grasa desparramada en el suelo y el cristal
quebrado. Amelia se hallaba calmosamente sentada sobre sus piernas, mirándolo sin
temor. Zelene gritó y los guardias abrieron la tienda, inundando el interior con la luz del
sol. Ella parpadeó y ladeó el rostro.
Zelene era presa de una furia contenida, exasperado al haber sido engañado por una
humana. En su agitación, le arrojó a la cara el agua que había traído, lo que disolvió su ira
y dejó pasmada a la muchacha, aunque con más sed que antes.
Ahora, con la lámpara de nuevo encendida, y los guardias vigilándola de cerca, Zelene
recogió del piso el bol del agua y le sacudió el polvo con la manga. Luego hizo una señal
y uno tomó a Amelia del hombro, y sacó su arma. La joven vio alzarse en la pared la
sombra de la espada, y cerró los ojos. El filo descendió y cortó limpiamente sus ataduras,
dejando sus manos enteras de milagro.
Zelene tiró de su brazo derecho, atrayéndola hacia él, y con la daga le hizo un tajo en
la piel del antebrazo. Antes de que ella misma sintiera el dolor, que fue tan sólo un ardor
punzante por lo delgado de la hoja, la sangre empezó a brotar y a caer de la herida en
espesas gotas. El kishime las recogió en el recipiente, ante los ojos asustados y
fascinados de Amelia, que luchaba por desprenderse de su apretón.
Miró en torno, pensando en su terror que volvía a hallarse en el cuarto donde una
máquina se le clavaba en el cuerpo y penetraba en su mente; que nunca había salido de
allí. Pero no, sólo vio cuatro rostros pálidos que la contemplaban imperturbables, tal vez
un poco intrigados, y se dio cuenta de que estaba gritando. En el mismo instante calló, el
lugar giró y su visión se oscureció.
La humana cayó inconsciente en el piso, pero sólo un par de segundos. Al
recuperarse, Zelene ya había terminado con su tarea vampiresca y estaba guardando el
líquido rojo en un frasco con tapa, dejándolo correr gota a gota desde el bol recamado.
Los otros habían salido, excepto uno que seguía arrodillado a su lado.
Amelia dejó escapar un quejido y se incorporó. Seguía mareada. El brazo continuaba

Precioso Daimon 79
sangrando y lo apretó contra un costado del cuerpo, a ver si la tela contenía la
hemorragia. No tenía miedo, como si se le hubiera escapado con su sangre, pero sentía
asco, enojo, indignación, porque no entendía para qué hacían aquello.
En su cintura palpó la dureza de la daga; no se habían percatado de su ausencia.
Terminada la tarea y seguro de que el contenido del frasco se conservaría bien, Zelene
sólo tenía que cumplir la siguiente parte del plan: deshacerse de la humana para siempre.

No había tenido suerte en sus ataques, no había sido certero, y Sulei le estaba
llevando la delantera. Al embestirlo a fuerza de pura rabia, Sulei le encajó un corte en el
pecho, en tanto él apenas pudo rasparle el brazo, que enseguida sanó. El kishime lo
empujó con una descarga en pleno tórax, que lo envió hacia atrás con la garganta
quemada.
Grenio tropezó con un cuerpo. En la caída, percibió que se trataba de un troga. Al
apoyar una mano para incorporarse, la tela que cubría el cuerpo cedió, algo rodó, y se
encontró cara a cara con la cabeza de Sonie Vlogro. La anciana lo contemplaba con ojos
velados y siniestros, como si no pudiera creer, al morir, que el destino estaba echado en
su contra.
Sintió un soplo amenazador, y vio venir de reojo el ataque de Sulei. El kishime había
notado su distracción y le tendió una estocada directo al corazón antes de que pudiera
levantarse. Lo hirió en medio de un movimiento, errando el golpe fatal, aunque Grenio
sintió la cimitarra hundirse entre sus huesos, desgarrando músculos y arterias vitales del
cuerpo. Sulei se apartó y tiró de su shala, que terminó el trabajo al salir, astillando huesos
y piel.
El troga había quedado estático, entre la sorpresa y la dificultad para moverse. El
kishime sonrió triunfante:
–Y así termina la profecía.

Bulen había visto de lejos la proeza, felicitó a su jefe mentalmente y luego se unió a los
vítores que el resto de los que estaban contemplando el combate empezaron a aullar.
Pensaba acercarse, y de pronto, quedó helado al comprobar que el troga no había
muerto, ni aún se consideraba derrotado. Grenio se arrodilló y alzó su brillante espada,
pero Sulei no alteró su sonrisa confiada, sabiendo que la herida sería mortal más tarde o
más temprano, aunque el troga no se rendiría hasta el último segundo de vida. Eso
también lo enorgullecía, porque también llevaba un poco de esa tenacidad en su cuerpo.
Pero no sólo bastaba su esencia para obtenerla, también hacía falta la desesperación
de ser el último y tener una tarea que cumplir, legada en la sangre y la memoria por
generaciones, y un peso, un deber, un juramento firmado con todo su corazón a un padre
que admiraba y amaba como sólo una bestia puede amar. Su venganza, se dio cuenta
Grenio, al erguirse en medio del dolor que atenazaba sus manos y volvía la espada de
plomo, no se trataba de liquidar una cuenta, o de satisfacer un sentimiento herido, sino de
una enorme obligación que le habían legado, a portar por encima de su ser, de su vida y
de sus deseos. Pero él no se sentía disminuido o engañado por eso, al contrario, no
temía por su vida, porque era un instrumento. Se sentía liviano, fuerte y ágil para llevar a
cabo lo necesario.

Precioso Daimon 80
Se adelantó y movió la shala, barriendo hasta las moléculas de aire y creando un vacío
que succionó al kishime y lo arrastró en su danza mortal; luego la hoja volvió en reversa y
atravesó al kishime.
El fragor del combate había cesado, el rugido murió como viento que se pierde en las
montañas. La espada de Grenio cruzó el espacio ocupado por el kishime al mismo tiempo
que Bulen se materializaba junto a ellos, y detenía la hoja mortal de la única forma
posible, transportándola junto a su dueño a otro lugar. Pero en un mismo punto, en un
instante, se habían cruzado demasiadas fuerzas, lo que creó una deslumbrante
explosión.
Sulei parpadeó bajo los efectos de una nube de energía blanca y rayos más brillantes
que el propio sol. Luego de concentrarse en una esfera diáfana, toda señal de energía se
esfumó de pronto. El kishime comprobó que tenía una herida abierta pero no fatal, que
cruzaba su cuerpo.
Bulen y Grenio habían desaparecido en el estallido de luz.

–¡Cuatro hombres, cuatro poderosos kishime para matar a una pobre mujer como yo! –
exclamó Amelia, irguiéndose para parecer más alta, acorralada entre Zelene, el kishime
de atrás y otros dos en la entrada.
Sólo le contestó el viento de la tarde, que comenzaba a sacudir la tienda con violencia.
“Son cuatro, no es justo... cuando ni siquiera Grenio lo haría, y eso que él tenía una
justificación... esto no es justo”, se dijo, la respiración entrecortada y el miedo subiéndole
a la cabeza como una oleada de aceite rojo. Dio un paso, sin pensar en qué iba a lograr;
sólo reaccionó, se movió y tomó la lámpara de encima del arcón para lanzarla al rostro de
Zelene. El kishime se cubrió por instinto, porque sus pieles eran muy delicadas, y el sebo
ardiente le cayó en las manos y el cuello. La lámpara cayó al piso y encendió el aceite
que había caído antes. Amelia retrocedió un paso, chocando contra el otro kishime, y
reaccionó por puro miedo, pisoteando y moviendo los brazos frenética, y dándole un
codazo al joven por casualidad. Sintiendo un poco de valor renovado, volvió a golpearlo
en serio con todas sus fuerzas, y el kishime se dobló en dos. Pero al segundo un guardia
la tomó de los brazos, impidiendo que le diera una paliza.
Zelene se hallaba junto al arcón abierto, limpiándose las manos con un pañuelo negro,
entre ellos las llamas de grasa se consumían. El kishime miró la situación frente a él con
algo indefinible, como hastío o aburrimiento. Ella seguía debatiéndose para escapar de
las manos de su captor, que terminó por sujetarla de la cintura y cargarla al hombro como
a una niña pequeña. En ese momento, Amelia percibió ante sus ojos la espada que el
kishime portaba en la cintura, y tendió su mano para tomarla.
Una ráfaga de viento rugió y arrancó la tienda de cuajo, llevándose la lona en andas a
cientos de kilómetros o más.
–La... bidi –señaló Zelene hacia el horizonte, y el guardia que Amelia había golpeado
se puso en camino, remolcándola detrás de él.
Los otros dos cargaron con el pesado arcón y los siguieron, en una dirección que los
alejaba cada vez más de la tierra de los trogas.

Por unos minutos, trogas y kishime permanecieron en asombrado silencio, detenidos


en medio del campo de batalla. Pero poco a poco recomenzó la lucha, entre los gritos

Precioso Daimon 81
furiosos de Fretsa y Vlojo, que pugnaban por cerrar el camino que los separaba del jefe
adversario, y las voces melodiosas de los kishime, que elogiaban el estilo de los hombres
de Sulei. Incluso Lodar y Fesha aprobaron a gritos a su campeón.
Sin embargo, ninguno notaba la extraña contracción de los músculos del rostro que se
iba apoderando de Sulei. Intentó comandar a su cuerpo para que la herida se cerrara,
pero aún a costa de gran esfuerzo, se resistía a sanar por completo. Al realizar un
movimiento con el brazo, en lucha contra un troga alto con la espalda cubierta de
espinas, el tajo empezó a sangrar. Además, sentía un mareo que no podía deberse a la
herida ni al dolor: el escenario le daba vueltas. Utilizó un ataque de energía para repeler a
su enemigo y se tambaleó. Sus hombres observaron el temblor que sacudió su cuerpo
desde los pies, y cómo caía de rodillas, encorvado, presa de un dolor indescriptible. Su
carne le ardía y parecía querer salírsele por la piel. Los demás vieron con aprensión cómo
su cuerpo bullía bajo la pálida epidermis, las venas verdes saltaban a la vista, y se
convulsionaba en rítmicos sacudones.
Un guerrero se le acercó, temeroso, y al mirar su rostro, vio los ojos rojos y acuosos,
inyectados en sangre.
–Delüshi li di su –logró murmurar entre sus dientes apretados, y el otro kishime lo
levantó de un brazo y, sosteniéndolo apenas erguido, repitió sus palabras en voz alta.
Los trogas detuvieron sus combates, al notar que siete de sus oponentes se habían
colocado en línea, junto a Sulei. Este inspiró varias veces, luchando por dominar su
propio cuerpo, levantó la cabeza, y extendió el brazo izquierdo, manteniéndose de pie con
ayuda de la cimitarra. Fretsa sintió un escalofrío y se dio vuelta, aun descuidando a su
contrario.
Algunos trogas retrocedieron, por instinto, hacia el terreno de la ciudad, confiando
todavía en la mágica protección de la tierra materna. Los hombres de Sulei fueron
poniéndose de cara al enemigo, coordinados en silencio y con semblante tranquilo, las
espadas bajas y los ojos clavados en ninguna parte. Un respetuoso silencio y una
sensación ominosa dominaron la escena. Fretsa miró a un lado y otros: se hallaba en
primera línea, y Vlojo, que no se había separado de ella por temor a que le arrebatara su
codiciada revancha, estaba medio inclinado a unos metros. Su piel fluctuó en la luz de la
tarde, como al utilizar su mimetismo. Fretsa se preguntó si la actitud rara de los kishime
se debía al suceso con Grenio, o a la herida del jefe. De pronto, se dio cuenta de que la
piel de Vlojo brillaba, así como la suya y la de todos, bajo los efectos de un campo
lumínico que provenía de los kishime.
Cada uno de ellos estaba envuelto en una esfera de energía, unos brillante y difusa,
otros coloreada y definida; en el centro, Sulei tenía la cabeza gacha y la mano extendida,
en un puño, hacia ella. Fretsa enfundó y contó los segundos, sin querer, esperando.
Sulei abrió la mano y la energía condensada en su cuerpo corrió por su brazo y brotó
como de un manantial, pura corriente rosada. La troga se tiró al piso, y el disparo apenas
rozó sus alas; de otra forma, la hubiera vaporizado. Al mismo tiempo, todas las esferas
luminosas se abrieron como crisálidas y se fusionaron en una gran nube brillante y
caliente, que se expandió a gran velocidad rumbo al mar, arrasando todo a su paso.
De la ciudad de Frotsu-gra sólo quedaron pedazos de edificios humeantes, sólo rocas
que habían resistido la pulverización. El campo de batalla era un sembradío de cuerpos
amontonados, carne humeante, achicharrada, sangre pegada, y armas medio derretidas
incrustadas en el suelo.

Precioso Daimon 82
Los espectadores kishime se maravillaron con esta muestra de poder del ejército de
Sulei: resultaba increíble que tal cantidad de energía pudiera ser desplegada luego de
pelear por horas, y que tuvieran aún fuerzas para andar. Sólo el jefe parecía dañado,
pero en la euforia del momento, los vanidosos kishime le perdonaron que no fuera el más
fuerte de todos.
Sin embargo, Sulei no se dejaba engañar con una victoria fácil. Su plan, maquinado y
llevado a cabo contra todo riesgo, terminaba en que el proceso de asimilar al elegido no
funcionaba bien. El pedazo de carne de Grenio no era suficiente, o había perdido
cualidades al tardar tanto en utilizarlo. Sulei ya no tenía los poderes robados al troga, y se
sentía muy enfermo.
Poco a poco los kishime se fueron retirando del lugar. Su tarea allí estaba terminada.

Donde el desierto de piedras daba paso a una tierra ondulada, seca y salpicada de
espinos, Zelene mandó hacer un alto. Vio un raquítico árbol, de tronco retorcido y espinas
en lugar de flores, y decidió que era un buen lugar donde abandonar el cadáver de la
humana.
Amelia, quien venía caminando a duras penas detrás de sus captores, tratando de no
pensar en la sed y el calor, y la debilidad que le impedía sentir sus piernas, cayó al suelo
cuando se detuvieron. Por un momento cerró los ojos, le pareció que se iba a desmayar,
y eso la asustó, porque imaginó despertarse sola en el desierto. Luego, al abrir los ojos,
levantar la cabeza y notar la actitud de los kishime, hubiera preferido no estar conciente.
Era obvio que no formaba parte de su plan llevarla con ellos. No sabía si mantener la
esperanza de que la fueran a rescatar.
Un kishime la levantó del cuello y, por primera vez, fijó su atención en lo que llevaba
Zelene entre sus manos, lo que había sacado del arcón. El tamaño y forma eran los de
una espada, y al descubrir la tela que cubría su empuñadura, no pudo creerlo. ¿Qué
hacían con la espada de Claudio? ¿No la cuidaba Tobía? ¿La habían robado? Pero ¿por
qué no le había contado Tobía? ¿Por qué se la mostraba con tanta insistencia? ¿Qué
quería de ella?
Zelene la clavó en la tierra a la miserable sombra del árbol. Luego sacó un frasco del
arcón, lleno de un líquido anaranjado que brillaba al sol, y empapó el suelo junto a la
espada y el tronco. Cerró la tapa del arcón, donde viajaba la sangre que le había sacado,
hizo una seña, y los otros dos lo levantaron y partieron. Mientras ella los veía alejarse con
ojos turbios, el pensamiento insistente de que no quería estar allí repercutiendo en el
fondo de su mente, Zelene había tomado su daga y se acercó.
El guardia la soltó y creó una chispa con su espada, para encender el fuego. El líquido
oloroso prendió con voracidad. Amelia bajó los brazos, viendo venir la muerte en forma
de afilado cuchillo. ¿No la ayudaría Tobía? ¿Había huido para salvarse? No, no la
encontraría a tiempo, porque habían partido en dirección opuesta. ¿Grenio? Estaba
ocupado, luchando por los trogas.
–No esperes que vuelva por ti... –le dijo el kishime, y ella se sorprendió porque creía
que no la entendía. El tronco reseco comenzaba a ser devorado y el quejido de la madera
era un ruido de fondo espeluznante–. Aunque lo dejaste escapar. Él hizo un trato, tu vida
por algo que necesitaba más.
Amelia comprendió, pero no podía creerlo. Zelene se le acercó un paso más, y ella
saltó como una furia hacia él, clavándole el cuchillo en el vientre y sacándolo con rapidez.

Precioso Daimon 83
Al tiempo que el kishime respingaba, se alejaba un paso y abría los brazos de la
sorpresa, ella salió corriendo a todo lo que daban sus piernas, sin mirar atrás. Estaba
segura de que el otro la seguía, casi sentía el roce de sus manos tratando de detenerla.
Corrió hasta quedar sin aliento. De pronto una sombra pasó sobre su cabeza y se
detuvo en medio del camino. El guardia, girando en el aire interceptó su carrera, y ella se
dio de cabeza contra su pecho. “No puede ser... que termine aquí,” fue su último
pensamiento, mientras su mano con el cuchillo buscaba inútilmente la garganta del
kishime. Él la evadió, aferró su brazo y lo retorció, haciendo que soltara el arma. Amelia
perdió la consciencia todavía de pie, y cayó apenas el guardia atravesara su pecho con la
espada.
Su cuerpo exánime cayó de costado. El kishime la contempló un momento, y al final se
decidió a darle vuelta. Tenía los ojos cerrados, la piel pálida y sucia de tierra, la parte
superior de su vestido empapada de sangre pardusca, desde el cuello a la cintura, y no
respiraba.

Precioso Daimon 84
5º Parte: La lucha por el futuro

Los 10 del Kishu


Jefes del Consejo kishime
- Bofe: el de mayor edad y antiguo jefe del Kishu hasta ser derrocado por Sulei.
Se encuentra oculto en Sulabi (refugio donde nacen los kishime)
- Koshin y Shadar: son los únicos que permanecen fieles a Bofe, Deshin los
considera aliados.
- †Zefir: el más violento y cruel, murió a manos de Grenio en Frotsu-gra. Su divisa
es el color blanco, su arma la alabarda.
- †Budin: su poder elemental es la electricidad alimentándose de los relámpagos
de tormenta. Fue muerto por Grenio en Frotsu. El color que distingue a su gente es
el verde agua.
- Dalin: jefe de los arponeros, actúa interesado en la sangre y la gloria más que
por lealtad hacia su raza o a un aliado. Usa el color blanco.
- Zidia: se cortó su propio brazo luego de ser mordido por Raño. Maneja el poder
de la tierra.
- Lodar: es el mejor estratega. Su elemento, la arena o rocas. Su gente usa un
peto castaño y pantalón color crema o blanco.
- Fesha: su divisa es celeste. Muy enérgico y preocupado por el bienestar de su
gente.
- Sulei: viste de negro como una antigua clase guerrera que admira, y sus
hombres de gris.

Cáp. 1 – Futuro nuevo

Sel se había detenido encima de una saliente en el borde del precipicio. Desde allí
admiraba las grandiosas montañas que nunca había visto, habiendo nacido en Fishiku,
pero que el resto de su raza había pisado al menos una vez. Cadenas montañosas que
corrían enfrentadas por cientos de kilómetros, con sus picos nevados, laderas
escarpadas y áridas, y valles profundos cubiertos de árboles que subsistían en las
sombras. Las montañas se perdían en el océano, sepultadas bajo enormes cargas de
hielo eterno que se deslizaban lentamente, hasta que no podía señalarse dónde
terminaba la tierra y dónde comenzaba el mar.
–Vamos, Sel –lo llamó Deshin.
No habían encontrado en los palacios del Kishu a ninguno de sus antiguos miembros;
unos se habían marchado a la guerra, los otros habían huido asustados de sus antiguos
colegas. Muchos de los miembros de la Casa de Koshin y Shadar habían sido atraídos
por la promesa de aventura y fama, y ahora se contaban entre las filas de Sulei, Zefir o
Budin. Tal vez, en ese momento ya estaban muertos del otro lado del continente.

Precioso Daimon 85
–¿Por qué vinimos a este sitio tan apartado? –preguntó Sel, mientras seguía a Deshin,
que comenzó a descender por una escalera labrada en la roca, invisible desde arriba,
hacia las entrañas del precipicio.
La luz del sol quedaba oculta tras la montaña Sulabi, los rayos anaranjados encendían
la nieve del otro lado del valle; se dirigían a un bosque espeso donde la luz escaseaba.
–Presiento que en este lugar encontraremos a los kishime desaparecidos.
–¿Los puedes sentir? –inquirió el joven, emocionado, pero pisando con cuidado los
delgados escalones de piedra.
–No, es lógica –replicó Deshin–. Si los kishime desean convertir el mundo en un
escenario de guerra, al menos hay un lugar que deben dejar en paz. Además, Bofe,
según me dijeron sus sirvientes, está aquí.
Sel pensó que le hubiera gustado una explicación más fantástica. Se preguntó qué
estaría haciendo Fishi en ese momento, pero en seguida se entretuvo admirando el lugar
al que estaban ingresando. La parte rocosa de la montaña terminaba en una rampa de
rocas sueltas, despeñadas. Saltaron esa zona y aterrizaron en una tierra roja, un polvillo
metálico que se colaba en todas partes, coloreando los arroyos que serpenteaban por el
valle e iban a morir en una laguna, oculta entre los árboles.
El interior del bosque estaba oscuro y Sel percibió con temor que las sombras se
abatían súbitamente sobre ellos. Pero Deshin avanzaba sin dudar, metiéndose entre los
densos árboles de tronco ancho, corto y carnoso. Las ramas rozaron su rostro y Sel gritó
llamando a su compañero, hasta que se dio cuenta de lo que se trataba y se sintió
estúpido. El piso era húmedo, blando y descendía suavemente hacia el centro del valle.
Allí se convertía en un pantano fangoso que rodeaba el lago, quieto como un espejo.
Al menos ahora el ambiente poseía una luminiscencia verdosa por las emanaciones de
ciertas plantas suspendidas en el agua. Mientras caminaban hacia ese pantano, se
habían cruzado con varios animales que Sel nunca había visto, a no ser en sueños y en
libros: bestias peludas que colgaban de los árboles, caballos pequeños con cuernos,
lagartos y serpientes colgando de las ramas, entre los líquenes.
Deshin estaba contento con el paisaje, como si retornara al fin un lugar largamente
añorado, y al mismo tiempo sentía que no podía distraerse cuando tenía una misión
importante.
Por fin vio el refugio en un claro, entre las ramas, sus lámparas lanzando destellos
amarillos desde las ventanas hacia el bosque circundante. Se hallaba alejado del piso,
construido sobre unos troncos que, como columnas, sostenían el Criadero.

Sentado en una silla de madera, Sulei apoyaba un brazo sobre un cajón que servía de
mesa, cubierto por un desorden de faroles, frascos, ropas, vasijas y cucharas.
Se encontraba en la gruta, acompañado tan sólo por el eterno zumbido del artefacto
negro.
Zelene entró apresurado, apenas oír lo sucedido a Bulen, y se detuvo sorprendido
cuando su jefe alzó el rostro. Tenía los ojos rojos, la piel brotada, sudorosa, y un hilo de
sangre escurría por la comisura de su boca.
–¡Trajiste lo que te ordené! –rugió Sulei, quien levantándose y arrojándose sobre el
sirviente, lo aferró por la ropa como para sacudirlo, pero tuvo un espasmo en el abdomen

Precioso Daimon 86
y tuvo que sostenerse de la tela para no caer al piso.
Zelene lo ayudó a llegar a la silla, sin quejarse ni asombrarse por su rabia, que ni Sulei
podría haber explicado. El proceso había fallado; le había dado el poder del troga pero
por un tiempo limitado. Ahora, su cuerpo resentía el esfuerzo realizado, las heridas no
estaban sanando; parecía que la esencia troga se hubiera vuelto en su contra, y como un
virus le comía las fuerzas que le correspondían. Sobre la mesa, frente a sus ojos, Zelene
depositó el frasco lleno hasta la mitad de reluciente sangre roja y espesa.
–Espera... –dijo con voz cavernosa, deteniendo al sirviente que ya estaba en la puerta,
pensando en pedir ayuda–, voy a usar esta. Sí, mientras no encuentro al troga... La de
humanos le ha servido a nuestros hombres, y esta es especial, porque también es la
elegida.

En un haz de luz, vio desaparecer el campo de batalla y los cientos de rostros en


suspenso. Grenio notó, contrariado, que su espada se enterraba en el pecho de Bulen, y
llegó a preguntarse cómo era posible que siguiera vivo si la shala podía cortar hasta la
energía de su cuerpo. Luego, en un instante la luz implosionó en los ojos del kishime, que
se volvieron blancos y radiantes con el shock de la explosión. Grenio movió el codo hacia
atrás y liberó la hoja azulada. Al tiempo que salía, la sangre se iba concentrando en ese
punto, reparando y sellando la carne blanca, aunque al final le quedó una marca.
Grenio giró para ver el lugar adonde lo había transportado Bulen en su intento de
salvar a su jefe. Molesto, se dio cuenta de que continuaba rodeado de una nube que
empañaba el paisaje como un vidrio sucio, como si no estuvieran ahí del todo. Tal vez
porque el kishime parecía inconsciente. Inspiró aire y trató de volver al combate, fijando la
imagen de Frotsu-gra en su mente. Después de un rato abrió los ojos y comprobó que no
se había movido del aura borrosa. Probó llamar a la humana, no sucedía nada.
Comenzaba a desesperarse.
Mientras, Bulen se había arrodillado, empezando a recuperar el sentido. Confuso, miró
a su alrededor, y se sobresaltó. Vio que había logrado su cometido al sacar a Grenio de
la batalla, suspiró, pero no podía sentirse tranquilo. Cuando se le ocurrió transportarlo, no
había pensado que iban a terminar en otro tiempo. Se hallaban en el futuro; no muy lejos
de Frotsu-gra, pero a cientos de años en el futuro.
–¿El futuro? –repitió Grenio, tras escuchar en su cabeza su voz angustiada.
–Estamos en el futuro, troga. Muy lejos en el porvenir –contestó Bulen, irguiéndose.
A poca distancia del campo de cultivo en el que estaban parados, se levantaba una
ciudad humana, sin muros ni fosos, pero mucho más grande que las aldeas que había
visto Grenio en su vida. La gente iba y venía sin cesar por el camino que conducía a ella,
caminando o en carretas. Un cuchicheo constante provenía de sus casas y edificios.
Grenio miró hacia otro lado y distinguió una fuente, donde varias jóvenes sacaban balde
tras balde de agua. Más allá, reconoció la forma de la costa y las dunas que cercaban su
tierra. ¡Tan cerca de Frotsu-gra se levantaba una ciudad humana! No podía creer que los
trogas convivieran con ellos, entonces quería decir que... No podía pensarlo. No podía
creer que hubieran abandonado su tierra. ¿Dónde estaban los descendientes de los
clanes Fretsa, Vlogro, los Froño... ¿En las islas?
Como prueba patente del dominio de los humanos en aquella región, el desierto se
había convertido en campo de cultivo gracias a los canales de riego y a los aljibes.

Precioso Daimon 87
–No tengo idea de por qué o cómo puedes hacer esto, pero sácame de aquí ahora.
Bulen lo miró con indiferencia, declarando que no lo iba a intimidar con amenazas.
Grenio le puso la espada en el cuello. Bulen miró la hoja con desprecio:
–Te saqué de allí con un propósito y lo he logrado... –replicó, pero se interrumpió al ver
en la piel descubierta de su pecho, por el frente de su túnica destrozado por la explosión,
una marca roja irregular en forma de rayo.
–Tu herida no desapareció, te quedó una cicatriz.
–¿Por qué? –exclamó Bulen, aturdido, sintiendo de nuevo un escozor dentro del
pecho.
Estaba usando mucha energía para mantener a dos seres en el futuro; aún con la
fuerza de Kalüb no era suficiente. Tomó su espada y comprobó que le resultaba pesada.
Grenio lo miró con curiosidad. Bulen volvió a guardar la espada, se pasó una mano por
los ojos, aturdido, cansado, y después se desplomó en el piso, donde quedó sentado,
estático, en silencio.
–¿Se te acabó la energía? –se burló Grenio, y luego agregó con tono serio, para
sorpresa de Bulen–. ¿No puedes pedir ayuda a esta gente?
En su dirección venían unos humanos con su cargamento de agua. Pasaron junto a
ellos, borrosos.
–No pueden vernos... –murmuró el kishime–. No entiendo, ¿por qué no me mataste
ahora que puedes, si cada vez que nos encontramos intentas hacerlo?
Grenio bufó:
–Típica estupidez de los kishime. Si quería vencerte, era cuando parecías un enemigo
poderoso, digno de combatir. ¿De qué me vale aprovechar cuando estás herido, débil y
derrotado?
Bulen comprendió por fin un poco del modo de pensar troga, o al menos de Grenio, y
se sintió agradecido por haber sido su adversario. Pero la palabra derrotado destrozaba
su alma. No creía haber sido derrotado; al contrario, le pareció la solución perfecta. Por
eso el mundo que veía ahora no se asemejaba al futuro que había conocido antes. Como
el elegido estaba a cientos de años de distancia, su raza no corría ningún riesgo.
–Lo siento, no va a ser la muerte de un guerrero –le dijo a Grenio, quien intentaba
cruzar el aura de energía, que funcionaba como un escudo impidiéndole el paso.
Al volverse, el troga vio a Bulen desmayado. Atemorizado, miró alrededor, temiendo
desaparecer en lo negro. Pero no, el paisaje seguía sólido. Sólo que estaban atrapados
en ese hueco de la realidad y cada vez era menos probable que pudieran volver, a
medida que Bulen consumía su fuerza y su vida se agotaba.

Cáp. 2 – Renacimiento

Entre los kishime no había hombres y mujeres. Su raza no necesitaba dos sexos para
procrearse, porque cada uno de ellos nacía pronto para dar a luz a otro ser al madurar. El
nuevo ser recibía la señal de que era tiempo de existir, y comenzaba el crecimiento en el
interior del cuerpo de su progenitor. En esa época, cuando la gestación empezaba a

Precioso Daimon 88
notarse, los kishime se retiraban al refugio en Sulabi a descansar. El consumo de energía
para engendrar resultaba demasiado extenuante para su sistema, y caían en un letargo
de treinta y tres días.
Después del nacimiento, el pequeño era alimentado y cuidado en el refugio por los
especialistas, hasta cumplir año y medio. Entonces, cuando ya podían caminar y hablar,
eran enviados a una escuela fuera de Sulabi. Sus primeros años permanecían anónimos,
hasta que gracias a sus logros o su carácter, eran seleccionados por los jefes de las
Casas y desde ese momento pasaban a convivir con otros kishime y a tener una
ocupación.
En un dormitorio del refugio, hundido entre suaves almohadones blancos y protegido
por un tul que pendía del techo, Bofe dormía. Dos kishime guardaban su profundo sopor,
sentados en poltronas a ambos lados de la habitación, que por demás, estaba vacía.
Se levantaron de un salto al ver entrar a Deshin, altivo, Sel siguiendo sus pasos y
estudiándolos con curiosidad.
–¿Qué intentan? ¿Qué buscan? –preguntaron a un tiempo, recurriendo a las armas.
Deshin hizo un gesto conciliador con la mano derecha y, con calma, saludó:
–Se iku, file Kishu ilin –los dos kishime se miraron extrañados, notando el acento
anticuado del recién llegado; pero los dejó atónitos la letanía que siguió–. Soy Deshin, de
Fishiku, la traición. Me acompaña Sel, el más joven de Fishiku. Venimos a consultarlos,
miembros del Consejo, a rogar su ayuda, miembros del Consejo.

Al fin había encontrado la famosa tierra de los trogas.


Fishi había seguido el rastro kishime, su ruta de muerte y devastación. A él le
resultaban bastante indiferentes los humanos, pero por ese mismo motivo no entendía la
saña con que actuaban sus semejantes. Debían estar locos. Sin saberlo, seguía los
pasos de Grenio y Amelia, pero luego se desvió al seguir las huellas de Fesha, la última
tropa que alcanzó Frotsu-gra.
Mientras él deambulaba por el desierto, percibiendo en los cambios del viento alguna
alteración en las fuerzas de combate, a las puertas de la ciudad los sobrevivientes de la
catástrofe final levantaban la cabeza de entre los escombros. Lentamente, iban surgiendo
como sombras del Hades, entre el humo y la nube de hollín que cubría la tierra,
recuperando el sentido poco a poco.
Fretsa, que había quedado sepultada bajo una capa espesa de tierra y rocas, extendió
de golpe las alas y emergió de las ruinas con una exclamación de rabia en los labios, que
murió al tiempo que sus ojos tropezaban con la llanura irregular que había quedado en
lugar de la ciudad.
Fishi se agachó, y puso una mano sobre la superficie de la tierra, confirmando lo que
había sentido en el aire: la vibración de un ejército moviéndose. La primera luna aparecía
en el horizonte marino. Se dirigió hacia ese satélite, alcanzando pronto la orilla del mar y
de allí se transportó hacia la punta lejana de donde se levantaba una espesa humareda.
Recorrió el campo cubierto de cadáveres desmembrados tan lejos como podía
apreciarse, la mayoría quemados por la explosión, que calculó de formidable dimensión
ya que había aplanado la ciudad como una mano gigante. Las piedras que esa misma
mañana sostenían edificios, ahora eran rocas demasiado calientes para el tacto, y el aire

Precioso Daimon 89
estaba tupido de cenizas y de humo pestilente.
Consternado por haber llegado tarde a tal combate, deambuló por el campo
lentamente. Donde los kishime habían acampado, muchos utensilios habían quedado
abandonados.
Alejado de los otros restos, saliendo por detrás de una roca, divisó un pie.
Se acercó y reconoció la figura de un tuké, con su cabeza calva y brazos delgados,
poco dados al cultivo o la caza. Fishi lo pateó en las costillas, pero el tuké no reaccionó.
¿Estaba muerto? Era el único ser entero, al que podía consultar, y le pasaba esto. Se
agachó y tomó la cabeza entre sus manos. De sus dedos brotó energía, y el cuerpo se
Tobía se arqueó abruptamente, sostenido de la punta de los pies y la coronilla. Fishi lo
soltó y el cuerpo se ablandó, cayendo a tierra. Tobía parpadeó y al abrir los ojos, se
encontró cara a cara con un kishime. Por supuesto que rodó, se levantó de un salto y
salió corriendo.
Fishi lo siguió, sin apuro, por la dantesca escena de cadáveres y despojos revueltos.
–Recién estabas medio muerto y ahora tienes demasiada energía –le dijo.
Tobía tropezó con una pierna y cayó junto a una cabeza troga cuyos ojos amarillos lo
miraban fijo. Se volvió hacia el kishime, apretando una mano contra su pecho,
aterrorizado:
–¿Qué quieres? –balbuceó.
–Yo soy quien te salvó, monje idiota –respondió Fishi en un tono gélido, y luego
continuó, revolviendo entre sus manos la shala–. Dime, quiero noticias. Dime, ¿qué ha
pasado con la guerra?
Tobía lo miró, desconcertado.
–¿Cómo…? ¿Quién eres?
–Ah. Me olvidaba, mi nombre es Fishi y vengo de Fishiku, la ciudad libre.

La pequeña caravana había abandonado su aldea con todo lo que podía ser
transportado: cinco jurros, bestias de carga de patas peludas y cuerpo macizo, que iban
cubiertas de pieles curtidas, herramientas, sacos de comida. Mientras que los dos
caballos propiedad del jefe cargaban unos cuantos niños, muy pequeños para la ardua
caminata, los hombres abrían la marcha, sus rostros cuarteados por el sol y la sequía,
guiaban a los animales, y detrás venían algunas mujeres y niños. En total, viajaban unas
treinta personas, sobrevivientes del paso arrasador de las fuerzas de Fesha. Tratando de
dar un rodeo por zonas poco transitadas habían perdido su camino en este desierto que
no conocían.
El viento se había detenido, permitiendo a los peregrinos quitarse las capuchas o velos
que cubrían sus rostros. El primero en divisar el cuerpo fue un muchacho que
acompañaba a su padre, a la cabeza de la caravana. Destacaba como una sombra
alargada en la luz anaranjada del atardecer, a unos metros de su camino, y excitado, el
joven comenzó a gritar:
–¡Un muerto... un muerto!
Los adultos se pusieron a murmurar. ¿No sería peligroso seguir esta ruta? ¿Había una
aldea cerca? ¿De donde había venido ese cuerpo? El muchacho, sin tanta precaución,

Precioso Daimon 90
corrió hacia el cadáver, seguido de otros jóvenes curiosos. Lo rodearon y se pusieron a
contemplar el vestido manchado de sangre seca, en una tela fina de color azul como
jamás habían visto.
–¡Es uno de esos... ¡Un ángel de la muerte! –exclamó uno.
–No, tonto. Mi padre dice que son espíritus, por eso vuelan por el aire y echan rayos...
Además, esta es una mujer –replicó el que la había encontrado.
–¿Está muerta? –preguntó una niña, ocultándose tras su hermano.
–Seguro –respondió el primero, mirando con admiración el rostro medio oculto por el
cabello, que el viento había revuelto y llenado de polvo.
Para entonces, el padre del muchacho se había acercado, armado con un rústico
azadón, pidiéndoles a gritos que regresaran. Se estaba por poner el sol, debían armar un
fuego y permanecer juntos. Él también miró a la joven postrada, pero además se agachó
junto a ella y tocó su mano.
El hombre respingó y llamó a gritos a su esposa; había sentido la piel tibia y no fría
como era de esperarse.
La mujer, que tendría cuarenta años pero aparentaba diez más, se acercó a la joven y
aplicó la cabeza a su pecho.
–Tienes razón, esposo. Está viva, pero no le queda mucho tiempo. Mira esta herida –
dijo, descubriendo la tela y dejando ver un corte inflamado desde el hombro izquierdo al
esternón.
A pesar del dictamen de su esposa, el hombre decidió recoger a la joven y llevarla con
ellos, intrigado porque llevaba un vestido similar al de los espíritus, y ansioso por saber
cómo y por qué había llegado a ese lugar.

Tobía había corrido como loco por la quebrada, siguiendo al azar sus ramificaciones
hasta llegar a un pasaje estrecho y poco profundo. Trepó por la tierra como un gato y
salió al desierto. El viento le traía el fragor de la lucha. Pensó que Amelia estaba
corriendo peligro y tenía que conseguirle ayuda. Lo único que podía hacer era recurrir a
Grenio, aunque tuviera que meterse en medio de la batalla.
Eso pensó, pero cuando se aproximó a Frotsu-gra, se quedó impresionado ante la
cantidad de combatientes. Llegó justo en el momento de la interferencia de Bulen, y
aunque no pudo ver la desaparición de Grenio, percibió que algo malo pasaba por el
abrupto silencio. Tobía se escondió detrás de las tiendas y allí reconoció el color de Sulei.
Ya tan cerca, no resistió la tentación de echar un vistazo. Había visto donde guardaba las
gemas del templo, pues Sulei las había colocado frente a sus ojos en el cofre donde
guardaba sus armas, tal vez imaginando que ese conocimiento no le serviría de nada
después de muerto.
No había nadie cerca y se pudo meter en la tienda y extraer las gemas. Luego escuchó
la explosión, un estruendo que lo dejó helado en su sitio. Al instante, la onda expansiva lo
tiró al suelo. En cuanto recobró la conciencia y se dio cuenta de que los kishime se
preparaban a partir, se arrastró tan lejos de su vista como pudo.
Por supuesto que no le contó a Fishi nada de sus designios ni de la situación en que
había dejado a Amelia, limitándose a describir los planes del Gran Tuké y lo que había
visto al llegar a Frotsu.

Precioso Daimon 91
–Así que la profecía se cumplió, pero al revés –comentó Fishi con voz sombría.
–No puede ser, no creo que no haya sobrevivientes. Los trogas son fuertes.
–¿Y el elegido?
–¿Grenio? –Tobía frunció el ceño–. No sé, pero si él hubiera estado aquí, habría
detenido a Sulei y a sus hombres antes de que sucediera esta desgracia.
–¿Y la humana? –exclamó Fishi, alzando los ojos al cielo.
Tobía miró hacia otro lado y suspiró, preparándose para contarle una buena mentira.
Lo que fuera para lograr que lo ayudara a encontrarla.

–Me siento bien –aclaró Sulei, recién salido de la máquina, a Zelene que se acercaba
solícito.
Su sirviente asintió, y anunció: –Lo están esperando, shoko.
Sulei salió del templo. Dalin y Fesha aguardaban, escoltados por sirvientes y
mensajeros. Al verlo salir radiante, saludable y con rostro sereno, se inclinaron levemente
y lo saludaron.
–¿Qué desean?
–Sulei, es decir, shoko Sulei –comenzó Fesha–. Teníamos curiosidad... ahora que el
mundo es nuestro, ¿dónde le gustaría establecer nuestro nuevo Consejo?
–¡Ah, era eso! –exclamó Sulei, sonriendo y caminando por el puro placer de sentir su
cuerpo elástico, rejuvenecido–. Consideremos... Dilut sería el valle más hermoso, pero lo
destruimos, y Sidria es grandiosa, pero abandonada, y si no hay súbditos humanos no
vale la pena. Tal vez debamos construir nuestra propia capital, en algún lugar agradable,
como a las orillas del Bleni, o en los lagos.
–He escuchado que Rilay es una región hermosa y fértil –apuntó Fesha.
Sulei asintió.
–Está bien, entiendo sus indirectas. Den las órdenes necesarias para ocupar esa
región.
Dalin asintió y salió alegre, ansiando demostrar que también ellos podían hacer un
buen trabajo y no quedarse observando mientras otros se llevaban la gloria. Fesha
parecía titubear.
–Sí, Fesha –murmuró Sulei entre dientes, adivinando sus intenciones.
–¿Es posible que... la fuerza que han demostrado tus hombres... también la tengan los
nuestros? Debo confesar que varios de mis jóvenes desfallecieron de agotamiento en la
batalla.
A Sulei le cayó bien su preocupación, más que el ánimo belicoso y cruel que habían
evidenciado Zefir, Budin y Dalin. Por ello accedió a que trajera enseguida a los que se
hallaran en peligro de muerte. Sonrió, aparentando convicción, pero en el fondo no podía
dejar de cavilar acerca de qué le habría sucedido a Bulen.

Cáp. 3 – Futuro viejo

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Luego de pasar tres días encerrados en la burbuja viendo pasar humanos y
escuchando su charla, podían entender más o menos el futuro.
Al parecer, esa ciudad pertenecía o pagaba tributo a otra más grande y lejana, que
llamaban capital. Los hombres se quejaban de la pesada carga de fabricar joyas y piezas
metálicas para máquinas que sólo los superiores podían utilizar. Una vez, Grenio vio
pasar una comitiva fastuosa, y un carro que se movía sin caballos, que trasladaba al
señor supremo de la ciudad hacia un balneario de famosas aguas curativas. Desde lejos
lo presintió, y al verlo entre la aglomeración de sirvientes, no dudó de que se trataba de
un kishime. Un kishime era el gobernador y severo guardián de la ciudad. Entonces
entendió los comentarios de los campesinos. Los superiores que tenían el control de
todos los habitantes hasta el otro mar, eran kishime.
Pero, ¿acaso no había ni un troga en esta tierra, dominada por sus enemigos? Si
vivían, ¿dónde se escondían, y cómo sobrevivían?
Bulen, que seguía en estado catatónico pero percibía todo a su alrededor, entendía
que la causa de este futuro extraño era haber sacado al elegido del medio, cambiando la
profecía de forma radical.
El troga comenzaba a sentir también los efectos del drenaje de su energía. Miró al
kishime, que seguía sentado, la mirada fija en el suelo, en la misma posición que hacía
tres puestas de sol.
–Llévanos de vuelta –le dijo.
–No puedo –contestó automáticamente Bulen, sin mover los labios.
–Entonces voy a comerte.
El kishime sabía que los trogas podían absorber las facultades de otros seres mediante
la digestión, pero aún así no se movió. Grenio se acercó a él, puso las manos a ambos
lados de su cabeza y Bulen lo miró horrorizado, con pupilas dilatadas. Los ojos del troga
refulgían con luz purpúrea. Grenio le apretó la cabeza y Bulen trató de defenderse; no
quería ser comido. Trató de tomar su espada pero tenía el cuerpo paralizado. Entonces,
parte de la energía del troga comenzó a fluir hacia él, y asombrado, sintió renacer sus
fuerzas a la vez que la herida sanaba totalmente.
El aura borrosa que los rodeaba se volvió turbia y oscureció, como si el ocaso cayera
más rápido de lo habitual. El aire se arremolinó en torno al cuerpo de Grenio y este sintió
el cosquilleo y la presión del viaje. De pronto, el remolino quedó estacionado y el piso se
hundió bajo sus pies. Bulen trató de impedir el regreso y lo atacó con su espada. Grenio
soltó la mano izquierda de su frente, y la usó para detener la espada, atajándola por el
filo. La energía a su alrededor se dispersó en una onda y ambos quedaron flotando en el
espacio negro. El troga lo soltó y al mismo tiempo se desvaneció en un vórtice, mientras
Bulen se desintegraba y aparecía de nuevo en la luz del día.
Del cielo azul emergió su figura pálida, y antes de posarse en el suelo, Bulen se había
dado cuenta de que estaban de vuelta. Por voluntad del troga habían retornado, y eso lo
hizo pensar, con asombro, que cuando se decidía a utilizarla, Grenio poseía la capacidad
superior para transportarse que había tenido Kalüb en su tiempo.

La isla que había constituido el hogar principal del clan Fretsa por siglos, era un peñón

Precioso Daimon 93
rocoso casi en mar abierto, lejos de la protección de la costa y sujeto a los vientos y el
oleaje bravío. Se podía navegar hacia sus costas solamente por un canal que iba de la
península, sorteando varias islas y escollos. Si se equivocaba el paso, las corrientes
arrastraban las balsas al océano a gran velocidad. A sotavento, había una ensenada
circular, con una finísima playa custodiada por farallones verticales. El mar había
socavado los bordes bajos. De cerca, se podían divisar las entradas de las grutas que
llevaban arriba y al interior de la isla.
Las cuevas estaban repletas con gente de todos los clanes, y allí habían tratado de
acopiar víveres, combustible, madera. Unos fogones aislados iluminaban los rincones
donde algunos conversaban en susurros, y otros se miraban en silencio, resignados,
desalentados, con un talante oscuro, amargados y resentidos con el destino.
En la residencia, construida de roca gris y madera petrificada, se hallaban los enfermos
y jóvenes que habían llegado primero. Ocupaban los salones y el establo. Los pocos
animales que tenía el clan habían sido mudados al patio, y Fretsa tuvo que pasar entre
ellos y un montón de objetos desechados, para dirigirse al salón de entrenamiento, una
estancia grande en el primer piso, donde se reunían sus guerreros. Al traspasar el
umbral, notó con pesar lo reducido que había quedado su número, no porque fueran
vencidos en batalla, de eso podía enorgullecerse, sino por el fuego y los escombros que
habían asesinado a una docena sin previo aviso.
–Hija –la llamó la anciana jefa del clan, que estaba sentada junto al gran hogar
semicircular que adornaba la pared exterior–, ¿han llegado noticias de los otros clanes?
–No, abuela –anunció ella con gravedad–. No lo han intentado siquiera. Y tampoco
creo que lo hagan; al menos sé de unos cuantos que prefieren luchar por su cuenta.
–Querrás decir esconderse en sus islas y esperar que pase todo –acotó su tío,
contratado como entrenador de sus guerreros.
Toda la tropa se había reunido a su alrededor.
–Aunque no sea al estilo tradicional –dijo entonces su abuela, levantándose con
dificultad del sillón y arrastrando tras de sí una capa negra bordada, que a sus años le
quedaba larga de tan encorvada y consumida que estaba–, nosotros te apoyaremos si
decides ser jefa de los trogas, y estoy segura de que todos los clanes te darán su
confianza.
Los guerreros respondieron al unísono: –¡So, Sonie Fretsa!
Les respondió con gesto de conformidad, aunque en su interior dudara de la lealtad de
los otros, que se habían ido a ocultar en sus cuevas o en cualquier islote rocoso e
inhóspito.
Tenían otros problemas, además. Al pasar por las grutas, un troga le había comentado
que con la cantidad que habían llegado, no tendrían provisiones para más de una
semana, y la isla no podía sustentar a un cuarto de los hombres que tenían ahora. Los
guerreros en buen estado eran la minoría absoluta. La mayoría estaban heridos y el
curandero no daba abasto con sus pocas medicinas.
Necesitaba un milagro.
Fretsa dejó la residencia para vagar por el pequeño bosque que cubría las faldas del
peñón, helándose con el viento nocturno, escuchando el estruendo del mar, que al menos
coincidía con su ánimo. Cuando estaba alcanzando un promontorio que servía para vigilar
la llegada de los barcos, vio venir corriendo a Raño, lo que le pareció ridículo por los

Precioso Daimon 94
pequeños saltos que iba dando un troga de su tamaño. Se preguntó de qué se habría
estado alimentando últimamente. Luego vio su rostro iluminado, y escuchó que le gritaba,
lo cual no había notado antes por el rugido de las olas.
–Mira, mira –señaló Raño, agitado, al detenerse frente a ella–. Yo sabía, yo sabía...
Fretsa miró y sus ojos también se iluminaron, sintiendo un alivio tremendo al ver venir a
Grenio caminando lento y seguro por el mismo camino que Raño.
–Jra –saludó él con calma, contemplando el paisaje con una vaga inquietud.
Ver trogas, escuchar sus voces, había sido el paraíso por un momento, luego de volver
de un futuro desolado sin su raza. Pero ahora volvía la preocupación por la guerra, y el
estado en que habían quedado, por la forma en que lo recibirían.
Por Fretsa no tenía que temer; tanta emoción sentía que, lejos de poder expresarla en
palabras, y sin tener la confianza para tocarlo, cayó de rodillas a los pies de Grenio, y se
llevó ambas manos a la boca unidas con devoción.
Mientras, Raño le ponía una mano en el hombro.
–Ya lo sabía –repitió, y agregó con naturalidad–. Uds. serán nuestros jefes. Jre Grenio
y Sonie Fretsa, y esta vez vamos a darle con todo a esos enanos blancos.

Amelia se despertó en la oscuridad, sofocada de calor y perturbada por una pesadilla,


y lo primero que enfocaron sus ojos fue la niña de su sueño. Kiren la miraba con ojos
negros y brillantes, con un rostro serio y amenazante a la vez, mientras se acercaba a ella
despacio. Gritó su nombre y se incorporó de un salto, chocando con el toldo bajo de
cuero que cubría su lecho: –¡Kiren! –pero antes de que su voz se desvaneciera, ya se
había dado cuenta de su error.
La niña, asustada, había salido corriendo en busca de su madre. Hacía días que la
joven deliraba y se retorcía inquieta y sudorosa, hablando en lenguas extrañas y abriendo
los ojos pero sin reconocer dónde estaba. Mientras su madre estaba ocupada en otras
cosas, ella la vigilaba.
Con sus sentidos despejados y alerta, Amelia recorrió con la mirada el lugar donde
había despertado. ¿Frotsu-gra? En seguida sintió un dolor lacerante al moverse y notó el
grueso vendaje que le habían colocado por encima de un hombro y alrededor del pecho,
y al secarse el sudor del rostro también apreció la venda en su antebrazo derecho.
Recordó que había caído en el desierto, luego de ser herida por el kishime. ¡No había
muerto! ¡Nunca se había sentido tan viva como al despertar sana y salva después de
esos momentos en que vio su fin tan cerca!
La matrona apareció junto al lecho y la miró en un escrutinio severo. Le tocó la frente y
las manos con más rudeza que cuidado maternal, pero Amelia no podía resentir el trato
de alguien que la había salvado. La mujer se apartó y comenzó a hablarle en su lenguaje
gutural, haciéndole preguntas.
–No entiendo –contestó ella con voz lastimera y ronca, sacudiendo la cabeza con
desazón.
La mujer, al menos, entendió que tenía sed y le trajo un cuenco de madera con un
líquido turbio. No era agua pura y no sabía que otras cosas contenía, aparte de unos
frutos y hojas flotando arriba, pero para Amelia fue maná de los dioses. Bebió varios
sorbos con avidez y la mujer le arrancó el cuenco de las manos. Decepcionada, Amelia la

Precioso Daimon 95
contempló con despecho.
Pronto aparecieron los demás miembros de la familia y pronto toda la tribu se agolpaba
en torno al fogón para echar un vistazo a la joven salvada del desierto. Le dieron un
potaje para comer, y se dio cuenta de que no podía recordar cuándo había probado
bocado por última vez. Al rato le trajeron sopa y más jugos, de a poco, por indicaciones
de la mujer que parecía mandar sobre su tratamiento.
A pesar de todo se sentía bastante bien, y no le causaba ningún temor hallarse entre
esta gente. Le generaban una intensa añoranza por su hogar, por el mundo de los
humanos, aunque a la vez no podía sacar de su mente la preocupación por saber qué
había pasado con Tobía y los trogas.

Eran dos viajeros que se habían encontrado por casualidad y se unían por necesidad,
pero, por otra parte, Tobía no se quejaba. Ya había tenido compañeros de viaje raros.
Este tenía el malhumor de Grenio, y así se lo dijo cuando alcanzaron al fin las nacientes
del río Bleni y el otro protestó por la tardanza.
–Es porque duermes demasiado, monje, y paras para comer, beber y no sé cuántas
cosas más –se quejó Fishi, haciendo caso omiso del esplendoroso amanecer que los
saludaba, en un campo verde y amarillo jamás hollado por el fuego de la guerra.
–Tú duermes más que yo, y nada más caminar te agota –replicó Tobía, sin inmutarse
del gesto, habitual del kishime, de poner la mano en la espada cada vez que quería
hacerse notar.
A sus espaldas quedaban las montañas que aislaban Sidria. Tobía le había dicho que
sabía en qué lugar más o menos estaban los cuarteles de Sulei, pero resultó que Fishi no
podía transportarlos porque no conocía el río Bleni. Sólo podía ir a sitios conocidos, y lo
más cercano eran esas montañas. A partir de allí debieron usar el método tradicional, y
descender a pie.
–Espero que sepas adonde vas –agregó Fishi, sentado con calma en la orilla, mientras
Tobía miraba en todas direcciones, buscando una señal de vida.
–Fíjate si hay un barquero, o al menos alguna barca abandonada. Corriente abajo
llegaremos rápidamente.
–¿Adónde?
–No sé exactamente; vi a Sulei cerca del río y mencionó que le quedaba de paso. Sin
embargo, por su vanidad de conquistador del mundo, no creo que pase desapercibido
donde sea que esté.

Muy irritada como para soportar las quejas y preguntas de sus subordinados, Fretsa
había conseguido que todos los guerreros se quedaran murmurando del otro lado del
salón, cerca de la anciana que dormitaba junto al fuego. Sus cuchicheos también le
resultaban molestos, así que salió a dar una vuelta por el patio. Allí encontró a Vlojo, que
recién después de tres días se levantaba de su lecho, adonde llegó con quemaduras en
todo el cuerpo. Ahora sólo tenía unas en el torso y una pierna y se acercó con
entusiasmo:
–Jefa, escuché que Grenio regresó del otro lado. Son buenas noticias –afirmó.

Precioso Daimon 96
–So... –respondió ella entre dientes, conteniendo su rabia porque Vlojo le inspiraba
compasión, le hacía recordar a los guerreros que había perdido en la batalla.
–¿Dónde estuvo tanto tiempo? ¿Está herido? Presumo que agotado. ¿Dónde está?
–Dice que estuvo en el futuro –murmuró ella, y luego bramó–. Ahora está abajo, en la
cueva, hablando con el curandero. Porque quería ver a los sobrevivientes.
Vlojo asintió, inocente. No tenía idea de la forma cómo ella construía su curiosidad por
ver a los heridos: quería saber qué había pasado con la humana.
De hecho, Fretsa tenía razón en su suposición, porque en ese mismo momento Grenio
estaba escuchando de boca del curandero que Amelia había desaparecido durante la
batalla. Un momento estaba ayudando con los heridos, pero después que los
embarcaron, ya no la vio. Estaría enterrada en las ruinas, sugirió el curandero, restándole
importancia.
Pero Grenio no creía que hubiera muerto. Había sobrevivido a él mismo, a Bulen y a
viajar por el desierto con un monje inútil. ¿Por qué iba a perecer ahora?
Salió al exterior, a la madrugada gélida y tormentosa, se detuvo en medio del camino,
y trató de viajar hasta su posición. Cerró los ojos y la percibió, un punto en la inmensidad,
titilante y efímero como si estuviera muy lejos. Se disponía a usar el poder para saltar
hacia ese lugar, cuando sintió otra presencia idéntica, más fuerte, que ejercía sobre él la
misma atracción magnética que conocía bien, que lo había guiado tan lejos como a la
Tierra. Sintió miedo, dudó. Tal vez porque resultaba extraño que hubiera dos, su instinto
le prevenía con un escalofrío desagradable.

Cáp. 4 – Los peregrinos.

Amelia se despertó en su lecho de pieles de olor rancio, debido a una luz que le daba
justo en los ojos. Se levantó y caminó siguiendo el farol, que parecía flotar en el aire, y le
extrañó no tropezar con el resto del campamento. Estaba sola en mitad de la noche. Dos
lunas brillaban en el cielo, dos cuernos. Sintió un aullido y su eco. No tenía miedo de su
soledad.
Se dio cuenta de que estaba soñando y de que el círculo luminoso se había parado
frente a ella. Extendió una mano para tocar el cálido resplandor amarillo:
–Me alegra que estés bien –resonó una voz, al tiempo que la esfera se desvanecía.
Amelia miró alrededor, y en lo que parecía una superficie lunar, blanquecina y llena de
cráteres, no había absolutamente nada.
–Lug, ¿dónde estás? –gritó, corriendo de frente, luego se detuvo y corrió en otra
dirección–. ¿Dónde estás?
–En tu sueño –respondió él con naturalidad; lo cual no le pareció de mucha ayuda–. Lo
importante es que tú me digas dónde estás. No podemos localizarte.
Amelia intentó darle algunas referencias, pero en suma, no lo sabía. En algún lugar a
varios días de viaje de Frotsu-gra, pero había estado inconsciente y no podía hablar una
palabra con la gente que la había recogido. A veces creía entender la palabra tuké, por
eso suponía que la caravana se dirigía hacia el monasterio.
–Frotsu-gra ya no existe –acotó Lug.

Precioso Daimon 97
–¿Cómo? –se sorprendió ella, era la primera noticia de que algo había salido
realmente mal.
Si los trogas no podían detener a Sulei, pensó abatida, los humanos estaban perdidos.
–Sulei escapó con vida luego de una gran explosión que arrasó todo. Eso le contaron a
Grenio, porque él estuvo atrapado tres días en el futuro con Bulen.
–¿Bulen?
–Sí, y también regresó a salvo, gracias a que nuestro troga actuó con mesura esta vez
y no lo mató allí, a riesgo de quedarse anclado en un pseudo espacio. Aunque no lo mató
porque dice que no sería honorable derrotar a un enemigo herido. Ten cuidado.
–Lo sé... pero no te preocupes, ellos creen que estoy muerta –Amelia dudó un
segundo y luego le contó lo sucedido con Zelene, y su extraña prueba de sangre.
–El mensaje de Grenio es que no te dejes atrapar por los kishime de nuevo.
–¿Por qué no lo dice él mismo?
–Porque es tímido.
Amelia replicó, mientras su mente dejaba de soñar y perdía la conexión:
–Me alegra que conserves el sentido del humor –y agregó con sarcasmo–, aunque no
tu cuerpo.
Por segunda vez creyó despertarse, esta vez en serio, y la luz que la rodeaba era la
del sol en alto. La caravana había visto disminuido su ritmo de avance como
consecuencia de su herida, lo que no ayudaba a tranquilizar los ánimos de la gente.
Ahora que podía incorporarse, aunque le doliera el hombro, y como no podía caminar por
la debilidad en sus piernas, la pusieron en un caballo y siguieron la marcha. Los niños
volvieron a alborotar alrededor de los adultos, que iban serios y precavidos, escudriñando
en todas direcciones. La mujer que la había cuidado le puso una tela atada en la cabeza
para protegerla del sol. La blusa que traía había quedado inservible, así que le prestaron
una camisa blanca, una de las mejores prendas del muchacho que la había encontrado y
por eso creía tener cierto derecho de propiedad sobre ella.
Luego de varios días, había perdido la cuenta del tiempo que llevaban viajando, y el
paisaje no ayudaba, siempre plano, amarillo y gris, pasto alto, pasto bajo, soledad. De
esa forma se dio cuenta de que no seguían el mismo camino que ella había utilizado para
llegar a Frotsu-gra con Grenio y Tobía; pero también se alejaban del mar, y no se
cruzaron con los kishime, su mayor temor. Contagiada de la aprensión de esos hombres,
miraba todo el tiempo el horizonte en busca de alguna nube de polvo o mancha oscura,
sabiendo que si los hallaban no tendrían oportunidad alguna. Sin embargo, un amanecer
cuando ya se sentía más fuerte, saludó con alegría los picos que aparecieron a su
izquierda, una lejanísima franja azul tocando el cielo, en la cual creyó reconocer las
montañas que había atravesado antes con tanto esfuerzo. Por algún motivo, tal vez
porque le eran conocidas, le dieron un poco de esperanza. El muchacho, que llevaba la
brida de su caballo, se volvió hacia ella como buscando una respuesta y los dos
intercambiaron una sonrisa alegre; estaban emocionados de ver cambiar el panorama. El
muchacho tal vez creería que su hogar se encontraba allí.
Más tarde, descifró que su nombre era Jarut, y trató de hacerle repetir el suyo, aunque
en su lengua sonaba como “Amara”. Los demás le tenían desconfianza porque no
hablaba un idioma conocido, y de no ser por la mujer que la curó y juraba que era

Precioso Daimon 98
humana, la habrían tirado al costado del camino.
Ya no volvió a ver las montañas. En cambio, la caravana cruzó una zona pantanosa,
donde uno de los hombres cayó en el cieno y no volvió a salir más. Acamparon en un
lugar que a Amelia le recordó películas de terror: los rodeaba una niebla espesa que las
hogueras no podían dispersar, y toda la noche sintió criaturas que ululaban o lanzaban
chillidos, y algo que producía un chapoteo constante al moverse por el pantano no muy
lejos de sus camas. Además, luego de tantos días de sobrevivir a base de un potaje de
color indefinido, extrañaba las comidas suculentas que, en comparación, preparaba su
anterior compañero de viaje. Al menos con el troga siempre tenía carne y fruta. En sus
sueños, comía en establecimientos de comida rápida y bebía refrescos dulces y
burbujeantes, y al despertar se reprendía por acordarse de la Tierra por la comida y no
por su familia y amigos.
Luego de sobrevivir la noche de horror en el pantano, se levantó por primera vez sin
esfuerzo y sin fiebre, aunque todavía no podía levantar el brazo, que le había quedado
entumecido y le asustaba bastante.
Al poco rato de abandonar esas tierras húmedas, divisaron a lo lejos algo que se
movía rápido y errático. Con creciente temor, continuaron su camino y entonces los
hombres del grupo comenzaron a cuchichear ruidosamente y a recoger sus pocas armas:
palas y azadones. Al acercarse, Amelia pudo distinguir de qué se trataba: una manada de
animales salvajes, del tamaño de perros grandes, de color pardo. Notó la inquietud a su
alrededor; la gente temía por sus animales y no estaban seguros si esas bestias
atacarían a los humanos.
Primero, creyeron que la manada no los había olfateado y perseguían otra cosa, pero
luego las fieras dieron la vuelta y se dirigieron directo a la caravana. El olor a miedo debía
de ser un gran estimulante para aquellas bestias, que ahora Amelia podía ver claramente,
con lomos arqueados como hienas, hocicos cuadrados como Rotweilers llenos de feroces
dientes, y patas ágiles casi felinas. Era increíble la velocidad con que cambiaban de
rumbo y surcaban el pastizal. Apuraron el paso, pero el choque era inevitable.
Amelia se bajó de su montura y señaló a varios niños que ahora iban a pie, y
necesitarían el caballo más que ella. No quería imaginarse que una de esas bestias
hambrientas atrapara a un niño. Las madres, agradecidas, subieron a sus hijos y
espolearon a los caballos para que se alejaran; lo que no era necesario, una vez sueltos
de sus correas los animales huyeron despavoridos.
Pero parte de la manada pareció reaccionar a esta fuga, y los más rápidos fueron tras
ellos. Amelia se adelantó unos metros y cayendo de rodillas, empezó a recoger piedras
con su mano sana, y las arrojó tratando de atraer la atención de los animales o mejor,
espantarlos. Jarut se unió a sus esfuerzos y tiró cascotes aún más lejos, incluso
acertando alguno en el flanco de las bestias, lo que las hizo ladearse y girar
enloquecidas, lanzando tarascones al aire. Amelia tragó en seco, deseando estar a mil
kilómetros de esas fauces.
Mientras, el resto de la manada se iba acercando más precavidamente al grupo
principal, oliendo el temor de los jurros y de los hombres, con sus inútiles armas. La
primer bestia se lanzó, saltando encima de un hombre grande, que logró darle un golpe
con su azadón y tirarla al piso. El resto de la manada no se animó a atacar de a uno, y
una jauría se lanzó, chillando, sobre los animales y los humanos que se habían quedado
paralizados en lugar de huir. Amelia vio pasar corriendo junto a ella al resto de la tribu,
pero notó que dos hombres se habían quedado atrás dispuestos a cerrarles el camino. La

Precioso Daimon 99
mayoría de los animales se ensañaba con una torpe bestia de carga rezagada.
Lanzándole mordidas al cuello, vientre y lomo, derribaron al animal en pocos segundos.
Jarut estaba parado junto a ella con una pala que había conseguido mágicamente,
porque un momento antes no la tenía. No se quedaron a contemplar el espectáculo y
siguieron a los demás, a tiempo para darse de frente con una mujer que estaba siendo
atacada por un animal feroz, exponiendo los dientes y echando espuma al saltar sobre
ella. Derribó a la mujer de bruces y le lanzó una dentellada al cuello, errando por
centímetros la yugular y quedando atragantado con su cabello largo.
Sin darse cuenta siquiera de haber tomado la herramienta, Amelia se acercó y le dio
un palazo a la bestia, que se despegó de la mujer y rodó sobre su lomo. Sin dudar, le dio
otro palazo en el hocico al tiempo que el animal se lanzaba sobre ella misma. La bestia
cayó al suelo, ensangrentada, furiosa, chillando como demonio y debatiéndose en la
tierra. Una azada se le clavó con fuerza en la nuca y terminó con su miseria. Amelia
levantó la vista siguiendo el mango de la azada y reconoció al padre de Jarut. El
muchacho estaba ayudando a levantarse a la mujer, que estaba más asustada que
lastimada.
Lejos de contentarse con los jurros, la mitad de la manada había seguido a los
humanos, además de los que iban detrás de los caballos y ya se habían perdido de vista.
El terreno ascendía suavemente, pero ya resultaba mucho esfuerzo para Amelia, que se
cansó en seguida de correr y lamentaba haber usado los dos brazos con la bestia,
azuzada por la adrenalina, porque se le había abierto la herida. La sangre traspasaba la
venda y algunos puntos rojos se translucían en la camisa. Resoplando, notó que la tribu
la adelantaba, dispersa, tratando de alejarse de aquellos que alguna bestia elegía como
presa. No quiso mirar atrás, segura de que vería a un animal pisándole los talones o a un
hombre siendo desgarrado por colmillos y garras. Entonces, presintió que un par de
animales la seguía, olisqueando la sangre fresca en su ropa. Podía escuchar el jadeo de
las fieras. Se oprimió el brazo izquierdo con el otro, apretó los dientes, y corrió, trazando
una tangente respecto al resto. No quería que se lanzaran contra los otros por su culpa.
Iba acercándose adonde terminaba el terreno y se abría el cielo, en una carrera eterna,
pensando que tal vez se salvaría si llegaba a la cima de la colina, y temiendo lo que iba a
encontrar del otro lado. Llegó a ver la copa de unos árboles más adelante, a distinguir el
galope de los caballos que se habían alejado bastante de los demás. Jarut la llamaba a
gritos y se esforzaba por alcanzarla, seguido por su padre.
El pasto volaba bajo las finas suelas que llevaban sus pies, hasta que al fin resbaló,
por un momento le pareció flotar, y cayó de espaldas con un golpe seco. Sintió una
sombra que se acercaba a gran velocidad y sus dedos tantearon un cascote. Cerró los
ojos, evitando ver el momento final, cuando el primer animal se arrojó sobre su cuerpo,
caliente y resoplando un aliento fétido a carne cruda. Apenas sintió la pata sobre su
estómago revoleó el brazo derecho y la piedra en su mano se destrozó en mil pedazos
contra el costado de un hocico húmedo de sangre y saliva. Ahora no tenía con qué
defenderse. Abrió los ojos; tras un segundo de sorpresa y dolor, la bestia se alzó sobre
sus patas traseras para lanzarse hacia su garganta.
Al instante, el peso del animal desapareció y lo vio desplomarse sobre un costado. No
entendía por qué, pero no esperó y se arrastró con ayuda de sus piernas. Algo la levantó
por el cuello y entonces, se dio cuenta de que había sido un hombre alto el que la había
salvado, con una flecha que ahora distinguía sobresaliendo del pecho de la bestia. Lo
miró agradecida, y le extrañó, ya que no debía pertenecer a la tribu, con su pelo trenzado
y calva arriba, su atuendo de cuero brilloso y las armas contundentes que cargaba.

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Aliviada, miró mientras él se deshacía de la otra bestia con un tiro de ballesta, y volvió
a levantar la vista hacia el recién llegado, notando que apenas le llegaba al pecho y que
parecía una heladera de grande.
–¿Oro caló? –preguntó el hombre con voz ronca, clavándole unos ojos huraños.
Por suerte Jarut y su padre se acercaban y este último se encargó de hablarle al
extraño.
Amelia pudo comprobar que además de este, habían hecho acto de aparición otros
cuatro jinetes bien armados, que tenían a salvo al resto de la tribu y ya lograban espantar
a las fieras.
Pero todavía le esperaba una sorpresa mayor ese día, cuando la tribu se reunió con un
numeroso grupo de guerreros y cazadores. Por el atavío, Amelia reconoció a los
cazadores de los lagos cercanos a Sidria. Estaba allí parada entre animales y niños,
distraída entre la gente que pasaba a su alrededor saludando a los recién llegados, en
medio de un campamento bien surtido, cuando oyó gritar de lejos:
–¡Amelia! ¡Señora Amelia!
La joven movió la cabeza, atónita, porque nunca había esperado oír su propio nombre
en ese lugar, y su mente estaba tratando de buscar una explicación, cuando vio venir
corriendo a un tuké, la túnica flotando a su alrededor y saludándola con la mano
alegremente. Un gesto de la Tierra. Ella sonrió, aun antes de reconocer a Mateus por la
pancita que resaltaba en medio de su pequeño cuerpo.
Los demás se apartaron con reverencia mientras ellos se saludaban con un apretado
abrazo. Amelia apenas podía contener las lágrimas, y secándose los ojos con la mano,
iba contestando a las preguntas de Mateus:
–¿Estás bien? ¿Por qué estás herida? ¿Llegaste sola? ¿El troga? ¿Qué pasó con los
kishime? ¿No has visto a Tobía por casualidad?
Más o menos le fue contando lo que había sucedido desde que se separaron, y el
monje trató de contener las preguntas que se iban agolpando en su mente al escuchar
sobre los sucesos asombrosos en Fishiku, la historia de Lug, y la destrucción de Frotsu-
gra.
Amelia notó que el tuké era tratado con gran consideración en el campamento, los
guerreros más adornados y fuertes le cedían paso, y la gente común no se animaba a
mirarlo directamente, ni a rozarlo siquiera.
–De alguna forma he adquirido fama de hombre piadoso y sabio –explicó, al notar su
mirada curiosa–. Pero antes que nada, hagamos que revisen esa herida que traes. Estás
pálida.
Amelia agradeció el reposo a la sombra de un toldo, y el agua fresca, transparente. En
todo el rato que había pasado todavía no había decidido si contarle sobre Tobía. El tuké
no tenía por qué imaginar que se habían cruzado, y si le decía cómo lo dejó, se iba a
preocupar por su suerte. Además, la conducta de Tobía no era muy clara, y si no volvían
a verlo, quedaría como un traidor. No, se dijo la joven, mejor espero a ver qué pasa: si
vuelve vivo, que dé sus explicaciones y aclare la situación, si no, mejor recordarlo por
todo lo que ayudó en vida. Se acordó de la cara de orgullo que tenía cuando la llevó ante
el difunto Gran Tuké.
Mateus le contó que, camino al monasterio con una muchedumbre de gente que huía

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de sus aldeas destrozadas, sintiéndose todo un santo seguido de huérfanos y heridos, lo
picó la inquietud al cruzarse con este ejército que pretendía poner un alto a esos seres
extraños, pero no tenían ni idea de a qué se enfrentaban. Allí se le ocurrió que podía
satisfacer su impulso de presenciar una batalla histórica, y a la vez ser de utilidad, así que
dejó a los otros monjes seguir camino y se unió a esta tropa improvisada.
–¿Adónde vamos? –inquirió ella, al día siguiente, ya que apenas amanecer los
guerreros estaban preparando sus caballos y levantando el sitio.
–Nosotros vamos a seguir el rastro kishime hacia el oeste, ya que no tenemos
esperanza de interceptarlos a la salida de Frotsu-gra por lo que contaste –aclaró Mateus,
dándole a entender que ella seguía camino con el resto de campesinos que se dirigían al
monasterio.
–No –replicó ella, poniéndose a juntar las cosas del monje, libros y papeles–. Tengo
que ir con Uds. Pienso que no llegué a este mundo por casualidad, ni para quedarme de
brazos cruzados esperando que pase algo.
–¿Desde cuándo crees en tu destino? –preguntó Mateus, con escepticismo.
–Desde que puedo decir que mis sueños no son simples sueños.

Cáp. 5 – Persecución

Bulen caminó en círculos por el estrecho espacio que tenía como prisión, una
construcción con forma de cilindro cerca del centro de reunión del Kishu y de su propio
hogar, el pabellón de Sulei. Aún a través de gruesas paredes de piedra, podía sentir el
lago y la presencia de unos kishime; muy pocos porque la mayoría estaba en guerra,
desplazándose con impunidad y a la luz del día por territorios que hasta poco tiempo
atrás no se animaban a pisar, tierras de humanos. Al parecer, su jefe había logrado que
su raza recuperara el coraje. Tenía mucho tiempo libre para meditar sobre eso, desde
que Sulei lo había mandado encerrar.
El recinto estaba preparado para un kishime de alto nivel. Un anillo de color ámbar
ceñía las paredes de la prisión, absorbiendo su energía y manteniendo su fuerza en un
nivel bajo. De hecho, otro ya habría caído desmayado, pero Bulen seguía caminando con
nerviosismo dando vueltas, aunque esa actividad consumiera su preciosa energía. No
dejaba de pensar en la entrevista con su jefe.
–Se iku, su shoko –había saludado con calma, cuando entró en la cueva al volver del
futuro, como si nada hubiera pasado, aunque todos podían ver su túnica destrozada.
Comprobó que la herida de Sulei había sanado, a pesar de la ansiosa advertencia de
Zelene, el primero que lo había encontrado en el campo al amanecer.
–Bulen... –replicó Sulei, volviéndose con gesto adusto y un tono de voz áspero.
Ambos se midieron con la mirada. Sulei había notado el cambio en Bulen al segundo
de verlo en Frotsu-gra. En la gruta encontró rastros de sus actividades.
–¿Me vas a regañar por entrometerme en tu pelea? –lo atajó Bulen, con un tono más
atrevido del que se había animado a usar jamás.
–Ya me di cuenta de que probaste la máquina en ti mismo, profanando un cuerpo de tu
propia raza.

Precioso Daimon 102


–Otras veces hemos usado a nuestros semejantes –se excusó Bulen, dándole la
espalda–. Los artefactos que veneras, esa misma máquina, se basan en la esencia, en la
fuerza, de seres que alguna vez fueron como nosotros.
Sulei sonrió, pero había algo decepcionado, amargo, en su voz: –Cuando te di libertad
y poder fue para que te independizaras, te convirtieras en un líder y no una sombra, pero
tú... Tú, Bulen, superaste mis expectativas.
–Deli, Sulei –balbuceó Bulen, bajando la cabeza, sinceramente arrepentido ante la
mirada acusadora de su superior.
Dos guardias aparecieron en la puerta. No se sorprendió, pero esperaba la pregunta:
–¿Qué viste?
El frío Bulen lo miró con una expresión que lo intrigó, llena de lástima, desesperación,
o tal vez, desolación. Por un momento el corazón de Sulei se detuvo, dudando por
primera vez de sus planes. Enseguida se recuperó, atribuyendo su desazón a la sangre
humana.
–Vi que no hay profecía –fue la oscura respuesta de Bulen.
Por un momento pareció que iba a explicarse. En realidad, dudaba si contarle lo que
vio primero, la destrucción, y su indigna muerte, porque el futuro cambiaba radicalmente
al sacar al troga de la historia. Al final, se mantuvo callado, y a una señal de Sulei, los
guardias lo escoltaron. En la puerta se volvió, con una mueca torcida como si quisiera
sonreír:
–Si tanto creías en la profecía de Kalüb, ¿por qué no me haces caso? Yo soy Kalüb
ahora –exclamó, tirando de un mechón del cabello que le rozaba el hombro–. No
necesitas su poder, es peligroso para ti. La solución es terminar con el elegido.
Detuvo su caminata en torno a la cámara sellada y se sentó en el centro. La fuerza de
Kalüb brillaba en su interior, podía visualizarla como una galaxia girando, cristalina, móvil,
tranquila y fría, pero no desapegada del resto del universo. El espíritu de ese kishime
tenía mucha atracción, porque en vida había visto un futuro más allá de los peligros;
había tenido atisbos de lo que podía ser cuando las cosas fueran bien para su raza.
Bulen tenía esa idea impresa en su imaginación, pero no había logrado ver algo
magnífico que justificara la esperanza. Ahora que no podía ir a ningún lado, se concentró
en sus recuerdos, y dejó vagar la mente, esperando que alguna respuesta se abriera
paso, que un rayo de luz le mostrara cómo alcanzar esa paz.

La partida de jinetes se acercó al río Bleni al atardecer, levantando una intensa


polvareda gris. Sin saberlo pasaron a un par de kilómetros de donde se hallaba Sulei,
entre los montes que dejaban a su derecha, rocas ásperas que los vigilaban con
insolencia.
Los caballos cruzaron el vado, sus patas levantando una nube de rocío espumoso, y
Amelia sonrió ante tal espectáculo aunque se empapó hasta los huesos. En el transcurso
de su marcha, no se habían topado con ningún rastro de los enemigos.
Volvían a surcar una pradera ondulada y fértil, un paisaje adornado de pequeños
bosques, y perfumado por una templada brisa de flores y hierbas exóticas. Mateus, que
cabalgaba a su lado, le explicó que estaban cortando camino para llegar al Parilis, un
caudaloso tributario del Bleni que regaba la comarca llamada Rilay. Allí vivían pueblos

Precioso Daimon 103


prósperos y numerosos, los que sin duda atraerían la atención de los kishime. En su otro
flanco tenía a Krandon, el cazador que la había salvado de las bestias, quien señaló en
ese momento una columna de humo negro que se elevaba detrás de unos árboles. La
delgada cinta oscura destacaba en el azul profundo del cielo vespertino, pero ni él ni los
otros jinetes podían afirmar si se trataba de un incendio indeseable o del fogón de una
aldea.
El grupo se detuvo a cubierto del bosque y dos hombres se animaron a ir a investigar.
En tanto, Amelia desmontó y se sentó a esperar novedades junto con los demás; todos
estaban cuchicheando con gran animación pero sin dejar su precaución habitual.
Los dos valientes volvieron al rato, cuando las primeras luces de la noche tapizaban el
cielo aterciopelado y la brisa refrescaba bajo la humedad de la llanura. Apenas vieron sus
rostros pálidos y movimientos suspicaces, se dieron cuenta de que el fuego no era
natural. Los comandantes del grupo escucharon con atención su relato y luego dieron
órdenes de seguir la marcha con mucho cuidado.
–Los kishime ya han pasado por aquí –le tradujo el Gran Tuké–. Debemos proseguir
con mucha cautela, en silencio. Lo que han visto es espantoso...
Aunque se trataba de hombres endurecidos por años de vivir de la naturaleza,
luchando con fieras y otros pueblos aún más bravos, no estaban preparados para lo que
vieron. Un pequeño campamento humano había sido atacado, y sus modestos
habitantes, seres primitivos que no contaban con armas, ni herramientas, ni siquiera con
casas donde esconderse, habían sido desollados vivos con algún tipo de gancho filoso.
Por alguna razón, sus atacantes habían hecho una hoguera e incinerado algunos de los
restos, dejando otros cuerpos a la intemperie, masas sanguinolentas a disposición de los
insectos y fieras. Ya de lejos se podía sentir el olor nauseabundo de huesos quemados y
el hedor de las vísceras. Los cazadores, sobrecogidos, no se quedaron a contemplar la
escena y apenas se aseguraron de que los agresores habían partido, poco antes, a
suponer por el fuego que ardía con violencia, salieron corriendo a relatar lo encontrado.
Amelia recordó a los kishime que entrenaban en las afueras de Tise, asesinando y
quemando aldeas enteras, por diversión. Al menos, no parecían obtener ningún beneficio
de lo que hacían, y suponía que esto se debía a que no tenían un gramo de compasión o
interés por los seres humanos. Trató de contener los temblores que le recorrían el cuerpo
y le dificultaban hasta sostenerse erguida en su caballo y tomar las riendas. Se preguntó
cómo iban a enfrentar a tales enemigos y qué podía hacer ella.

–Jefa, tenemos kishime a la vista –anunció Vlojo en voz baja, pegándose a su hombro
en la oscuridad.
Llevaban días siguiendo el rastro dejado por sus confiados enemigos al salir de las
ruinas de Frotsu-gra. Sabían que algunos grupos se habían desviado de los demás, luego
de detenerse por cierto tiempo. Pero, aunque decidieran seguir distintos caminos, Fretsa
estaba segura de que se dirigían al oeste, donde los humanos habitaban sin ser
molestados todavía, disfrutando de la fertilidad de la tierra y el clima templado, lejos de
las inclemencias del océano y la aridez de las montañas. Si acaso creían que los habían
derrotado, y ya se podían dedicar a dominar humanos, estaban muy equivocados. Los
seguirían hasta el fin del mundo para vengar su ruina, aunque les llevara hasta el último
aliento de vida.
Fretsa sacó un brazo de la capa negra con un gesto veloz en el cual desenfundó su

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tridente corto. El movimiento puso en alerta a otra docena de sombras, que se
adelantaron al unísono, irguiéndose entre los pastos altos donde permanecían casi
invisibles en las sombras, aunque podían ver con claridad gracias a sus ojos nictálopes.
Acompañados por el susurro del viento que zarandeaba la vegetación, las sombras
avanzaron por el pastizal, sus ojos temibles brillando en las tinieblas. Pero no todos los
kishime tenían la certeza de haber terminado con toda amenaza, y cuando Fretsa se
abalanzó con sus guerreros, pensando tomarlos desprevenidos, se encontró con un
grupo que la esperaba bien preparado. No estaban solos, unas figuras fantasmales
comenzaron a brotar como hongos frente a ellos.
Vlojo se detuvo, agazapado, delante de una forma pálida que escrutaba la oscuridad
con ojos atentos, batiendo la espada lentamente delante de su cuerpo. En el rumor del
viento se confundían los roces producidos por los trogas al avanzar, y el kishime estaba
tratando de forzar su vista pero todo era muy confuso. Vlojo se arrojó sobre él y derribó
como un aluvión al sorprendido kishime, que no atinó a defenderse y cayó, con el cuello
dislocado, apenas exhalando un suspiro. El troga se levantó y miró alrededor: varios
enemigos habían sido abatidos antes de darse cuenta de lo cerca que estaban.
Sin embargo, no todos se hallaban en tan obvia inferioridad. El jefe del destacamento y
sus hombres cercanos resistieron el embate con destreza, esquivando los golpes y
manteniéndolos a raya con el largo de sus espadas. Vlojo sorteó un par de cadáveres
kishime y cruzó el campo en dirección al grueso de su gente, donde Fretsa avanzaba con
ligereza hacia el jefe, empujando fuera de su camino a todos los que intentaban frenarla.
Lodar la vio venir mientras combatía con una de sus guerreras que había logrado
colarse entre los enemigos sin ser vista, hasta que él mismo la detuvo. Lanzó una
estocada que partió el brazo de la troga y cuando ella se tiró a un lado, chillando de dolor,
él giró y tomando impulso, saltó la distancia que los separaba. Fretsa frenó en su carrera,
empuñó sus tridentes y se preparó a recibirlo. El kishime aterrizó frente a su cara a la vez
que trataba de derribarla con un golpe de espada. Fretsa inmovilizó el filo entre sus
tridentes y giró su mano. Lodar rotó junto con su espada, dando una voltereta en el aire y
liberando su arma. Fretsa lo perseguía para apuñalarlo. Lodar dio un sablazo hacia atrás,
sin mirar, y ella saltó para salvar sus piernas, desplegando sus alas, al tiempo que su
adversario se daba la vuelta.
Vlojo fue atacado con una lanza por la espalda. Percibió cómo salía la punta por su
hombro, y el sordo dolor punzante de la carne destrozada. Una guerrera del clan voló por
encima del kishime, arrancando sus manos de la lanza antes de que pudiera dar otro
golpe. Vlojo se retorció para quitarse el trozo que había quedado inserto en su espalda y
arrojó la lanza al suelo. Comprobó que la herida no era muy grave, y continuó avanzando,
golpeando de paso a un kishime en el rostro, lo mandó a varios metros de distancia con
las facciones desfiguradas, y de un colazo barrió a otro que intentaba meterse en la lucha
de su jefa. Lodar reprendió a sus hombres por interferir, y siguió tirando estocadas y
esquivando los golpes de Fretsa con gran agilidad.
De pronto, Lodar se dio cuenta de que sus hombres llevaban la peor parte, porque no
podían prever por dónde los iban a atacar: los trogas se arrastraban y se confundían en el
pastizal, saltándoles encima de todas partes.
–¡Le po fu li! –gritó, con voz calma y clara a pesar del esfuerzo que debía mantener en
la contienda con Fretsa.
Mientras él trataba de vencerla, arma contra arma pero sin poder ganar terreno
todavía, unos kishime extrajeron bolsitas de entre sus ropas y desataron las cintas que

Precioso Daimon 105


las cerraban. Luego esparcieron su contenido, un polvo muy fino que se mantuvo un
momento suspendido en el aire y fue arrastrado por el viento. El resto de los kishime
comenzó a moverse en retirada.
Lodar zafó la hoja de su espada y la apuntó al suelo, midiendo con ojos calmos a su
contendiente; luego de un momento, sonrió complacido. Fretsa gruñó y apretó los
dientes, estiró los brazos y cruzó sus tridentes frente a su pecho, los despegó con un
chirrido y dio un paso a toda velocidad. Lodar vio su semblante airado y su forma borrosa
al abalanzarse sobre él, y los tridentes que lo aprisionaban. Tenía el brazo derecho, el
que sostenía la espada, capturado entre las crestas que lo atravesaban a la altura del
codo. La única forma de arrancarlo era muy dolorosa y lo dejaría inhabilitado para seguir
usando la espada. Por otra parte, Fretsa tenía las dos manos ocupadas y para acabar
con él primero debía soltar una.
Los trogas se detuvieron, tosiendo por efectos del polvo corrosivo en sus sensitivos
órganos de olfación. Los kishime ya se alejaban, aunque cinco se quedaron esperando al
jefe. Vlojo se paró, impaciente, y le rogó a Fretsa que lo matara de una vez.
Antes de que ella se decidiera, Lodar abrió sus dedos por los que escurría la sangre,
dejó caer su espada y la tomó al instante con su mano izquierda. Fretsa reaccionó,
soltándolo y golpeando con ambos tridentes la hoja que venía hacia ella; la espada cayó,
mal dirigida, y Lodar saltó, flotando en el aire un momento. Un tridente voló hacia su
cuerpo y lo atravesó en un muslo. Lodar tembló. Acto seguido, Fretsa saltó y lo derribó en
el momento en que se posaba de pie. Lodar se arrastró por el suelo, escapando del peso
de su enemiga, y salió huyendo, con la ayuda de un kishime que lo vino a recoger. Fretsa
se enderezó e iba a ordenar que los siguieran, cuando de pronto notó la nube de polvo
ponzoñoso que ya estaba atacando a sus guerreros.
–¿Qué haces ahí parado? –le gritó a Vlojo–. ¿No hueles? Es veneno.
–Los cobardes cubrieron su huida –refunfuñó este, cubriendo su cara con una mano.
Aunque no respiraran lo suficiente para hacerles daño, los efectos de ardor y visión
borrosa eran inmediatos, volviéndolos inútiles para luchar por lo menos esa noche. Fretsa
fue la última en dejar el lugar para marchar hacia el ancho río que divisaban a lo lejos;
antes de seguir a sus guerreros, que corrían ansiosos a lavarse ojos y manos, echó una
última mirada al grupo que se perdía en la distancia, un poco disminuido pero en buen
estado, tratando de fijar su rumbo.
Además de cubrir su retirada, habían logrado borrar el rastro de su esencia en el
pastizal, tapándolo con el penetrante olor del veneno. Este adversario era un buen
estratega, y ella no podía quedarse atrás.

Fahgorn, el jefe de la banda de cazadores, los hizo avanzar con cautela al amparo de
las ramas que se alargaban desde el tenebroso bosque como si quisieran abalanzarse
sobre la pradera. Él marchaba a la cabeza y lo seguían en apretado grupo. Apenas se
sentía el susurro de los cascos sobre la hierba y la respiración fuerte de las bestias, todos
los ojos alertas a las sombras que los cercaban. Amelia respiraba por la boca, y llevaba la
cabeza agachada instintivamente.
De pronto, comenzaron a oír un rumor sordo, acompañado de golpes repentinos,
amortiguados, como un peso enorme cayendo en tierra. Los primeros jinetes debieron
sosegar a sus animales, que se resistían a avanzar, aunque en toda la extensión de tierra
visible no se distinguía ninguna presencia.

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–El olor de la sangre –susurró Krandon, quien se había deslizado hasta la cabeza del
grupo, mientras palmeaba el cuello de su cabalgadura, porque resoplaba con la boca
espumosa y giraba, los ojos inyectados en sangre.
En la cima de una colina a su derecha, apareció un resplandor verdoso. Los recorrió un
estremecimiento, pero Fahgorn mantuvo la compostura, e hizo señas para que nadie
saliera corriendo. Algunos se quedaron mirando fijamente la extraña luz que parecía flotar
en la oscuridad, donde se mezclaba el horizonte y el cielo. Amelia exigió a su cabeza que
mirara para adelante, aunque su corazón se le desbocaba. Su esfuerzo no le sirvió de
mucho, porque a los pocos segundos percibió a lo lejos una luz similar, de fuente
desconocida, de ese lado, y mientras tanto, el sonido de fondo no cesaba. ¿Adonde se
dirigían?, se preguntó con pavor. Pero como todos los hombres se mantuvieron en su
camino sin pronunciar palabra, decidió confiar en ellos, en su valor.
Adelante había un bosque, una mancha que cubría el horizonte, y atrás quedaban las
luces esparcidas por el campo, que ya sumaban una media docena. Ahora a la izquierda,
en lugar de un tono verdoso reconoció el brillo de una fogata, y cuando ya pensaba que el
fenómeno no significaba nada, un grito taladró la noche despertando ecos entre los
árboles y un revuelo de animales salvajes. Los caballos no aguantaron más y se lanzaron
al galope.
El grupo atravesó el bosque con las ramas golpeándoles el rostro. Amelia se cubrió
con un brazo al pasar por debajo de un gran árbol pinchudo. Del suelo brotaron raíces
como pitones. El rumor grave ahora se sentía más cerca, y ella percibió, entre los latidos
de su corazón, un aleteo violento que cruzaba el bosque no muy lejos de su posición,
arrastrando hojas y quebrando ramas ruidosamente. Lo que fuera los pasó, y recién
entonces notó que Fahgorn, Krandon y Mateus se habían detenido en un claro. Se
hallaban observando un trapo que colgaba de las ramas de un árbol, vestigio de la
vertiginosa acometida.
En realidad, se trataba de los restos de un cuerpo, que parecía humano con excepción
del cuero que tenía en lugar de piel, y las manos muy grandes con dedos alargados que
terminaban en garras. El vientre destrozado y vaciado, la cabeza colgante y el cuero
cabelludo desaparecido, resultaba demasiado aterrador y asqueante para ponerse a
mirar en detalle.
Saliendo del bosque, Amelia vio que estaban en una colina aplanada. En el horizonte,
avistó un campamento, cruzando un riachuelo que resplandecía como un cordón plateado
bajo las luces de faroles y fogatas, y reconoció la fuente de los sonidos que los
precedían. A su izquierda, se alzaba una columna de humo desde una hoguera como la
que habían visto los dos cazadores. Tuvieron que pasar entre la pestilencia de los
cuerpos humanos destripados, arrastrados y dejados allí, con la piel de la espalda
arrancada a tirones.
Fahgorn bramó una orden y el grupo se lanzó a la carrera por la dantesca escena en
dirección a la orilla, que parecía alejarse de ellos, sin mirar a los costados, sin prestar
atención a los que se reunían en torno a fogatas alimentadas de materiales misteriosos,
ni a las figuras nebulosas que recorrían la pendiente cerniéndose sobre ellos.

Cáp. 6 – La gruta

Fretsa encontró a la otra mitad de sus guerreros, que viajaban con Grenio para

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prevenir un desastre y ahorrar fuerzas, a la orilla del río, donde un par de guerreros
estudiaban el agua, percibiendo cambios que indicaban que sucedía algo más arriba.
Raño vio que se acercaba su jefa y corrió a avisar a los demás.
–Nos esperaban –informó ella lacónicamente, mientras sus hombres se lavaban con
esmero ojos y narices para sacarse los rastros de polvo venenoso.
Grenio observó que traía algunos rasguños pero no le dijo nada.
–Esta vez huyeron –agregó Vlojo, que no quería quedar como un perdedor de nuevo.
–Bah... –gruñó Fretsa, todavía encolerizada por la batalla como para preocuparse por
su orgullo–, utilizaron un truco pero funcionó para cubrir su partida. Si queremos ganarles,
debemos adelantarnos a sus planes. Grenio, yo no conozco las tierras humanas muy
bien, pero tú que has recorrido tanto, debes saber mejor que nosotros adonde se dirigen.
Vlojo, que intentaba refrescarse, al beber unos sorbos comenzó a escupir:
–¡El agua sabe a sangre! –exclamó con disgusto.
–No es muy difícil de suponer –Grenio miró el río, y dirigiéndose a Fretsa contestó–,
llevados por su temor, los humanos se van a concentrar en un punto. Allí se dirigen los
kishime, cercándolos poco a poco. Creo que este territorio se llama Rilay, no hay
ciudades fortificadas, y viven muchos humanos.
–Debemos ir corriente arriba –concluyó Fretsa, mirando a sus guerreros como para
medir el alcance de sus fuerzas.
–¿Con los humanos? –replicó una de sus guerreras, horripilada.
Fretsa la rezongó con dureza:
–Sí, no se preocupen por ellos. Además, nos servirán como carnada para atrapar a los
kishime cuando estén ocupados con ellos.

–Este lugar se llama Semel –le informó Mateus, mientras guiaban sus monturas por
entre el gentío que pululaba en el campamento humano.
Salvados por los pelos de ser atrapados por los hombres de Dalin, el grupo de
cazadores cruzó el menguado río y se halló en una llanura repleta de guerreros de todas
las regiones. La mayoría eran hombres y mujeres de Rilay, que habían acudido desde
sus pueblos y aldeas al llamado de Faney, un querido jefe. También había refugiados de
todas partes donde habían atacado los ángeles de la muerte, llegados con noticias
espeluznantes sobre destrucción y amenaza. El grupo con el que viajó Amelia, pronto se
reunió con otro oriundo de Sidria, y se pusieron a comentar todo lo ocurrido, a puro grito.
Enterados de la llegada de un sabio, el Gran Tuké, los asumidos jefes del campamento
exigieron su presencia y allá se dirigió Mateus, pidiendo la compañía de Amelia, a quien
presentaba como una importante maga.
En medio del mar de rostros, cansados y ateridos por la vigilia de la noche o
enrojecidos y ansiosos por la lucha que les esperaba, descubrieron una ronda de
hombres y mujeres, en torno a una fogata donde se recalentaba una olla de té de
hierbas.
Un hombre maduro, de barba gris y pecho amplio, se presentó como Faney. Aunque
vestía como el resto de su gente un pantalón oscuro de lana, camisa blanca y chaleco

Precioso Daimon 108


trenzado de colores, lo distinguía un aire de autoridad. Del resto, destacaba un joven alto,
de cabello moreno y piel bronceada, que tenía la camisa arremangada y se apoyaba en
su lanza mientras escuchaba el coloquio de Faney y Mateus sobre los kishime, con aire
interesado. Su nombre era Eduleim y se disponía a servir de capitán de las tropas de
Rilay en el frente de batalla, aunque toda su vida había sido un granjero. No se perdió
sílaba de la completa explicación de Mateus, entendiendo que contra los kishime de alto
rango no tenían oportunidad, y la única debilidad del resto era su capacidad física que no
les permitía sostener una lucha prolongada.
Amelia se fue a dormir un rato. A su pesar, se sintió oprimida en el tolderío; percibía a
su alrededor cientos de respiraciones. Cerró sus párpados a la visión de los ojos
temerosos, desorbitados, de los muchachos de su edad, y a la ilusoria seguridad de los
hombres mayores que se afanaban en sus tareas. Su sueño fue inquieto, perturbado por
el sonido de fondo de la transformación de herramientas de labranza en armas, como
lanzas, flechas, y boleadoras, y el afilado de cuchillos. Más allá, estaba la amenaza
latente del enemigo.
El sol espantó las sombras y la niebla de la madrugada, y despertó sobresaltada de
una pesadilla, con el hombro dolorido y la sensación de que en su sueño había ojos que
la vigilaban.

El sol plantaba sus primeros rayos sobre el conjunto de piedra, desvelando la neblina
blanca de la montaña sobre la cual se recostaba el antiguo templo. Tres kishime con
túnica celeste de amplio ruedo y largas cabelleras rubias guardaban la entrada, uno
sentado sobre una columna con displicencia, dos caminando por la escalinata que
atravesaba las ruinas.
Fesha salió de la cueva oscura, contempló el amanecer con placidez, pasó entre ellos
tres y se trasladó al pie del monte, donde el resto de sus hombres permanecían, sentados
o parados, observando el paisaje, vigilantes. Habían presentido el paso de algunos
humanos y trogas a lo lejos, pero no tenían intenciones de dirigirse hacia allí. Iban
siguiendo a Lodar, lo cual no preocupó a Fesha, quien conocía las habilidades de su
colega del Kishu. Se sentía contento por el buen estado de sus hombres, en especial la
docena que ya había pasado por el proceso revitalizador de Sulei. Necesitaban
materiales nuevos, así que encomendó a dos que fueran al río.
A la sombra del antiguo muelle, que sólo conservaba algunos tablones gruesos con
remaches en cruz sobre los ocho pilares de piedra que cortaban la corriente, había una
pequeña barca, tirada sobre la orilla. Los remos habían sido dejados con prisa junto al
bote, cuando Tobía vio bajar a los kishime que, conversando, se detuvieron en el muelle
justo sobre su cabeza. Desde su precario escondite, hundido en diez centímetros de
agua, tembló al escuchar los crujidos de sus pasos encima de él y se preguntó con
impaciencia qué estaría haciendo Fishi. Se había marchado poco antes del amanecer,
declarando que percibía un gran número de su gente y que iba a investigar, lo dejó solo
en el bote y desapareció.
Tobía se dio cuenta de que los kishime estaban discutiendo acaloradamente, y se
preguntó qué les pasaría, cuando el muelle crujió con estrépito gracias al golpe de uno de
ellos, y se disolvió sobre su cabeza, dejándolo a descubierto a plena luz. El tuké los miró
y sonrió, comenzando a decir algo, pero no se interesaron en su explicación. Lo subieron
y uno sacó la espada.
–Kel si o –objetó su compañero, poniendo una mano sobre la hoja de metal verdoso.

Precioso Daimon 109


Tobía estaba transpirando la gota gorda, cuando vio aparecer a Fishi detrás de ellos y
suspiró de alivio.
–¿Qué hacen? –exclamó el recién llegado, a lo que los hombres de Fesha se volvieron
sorprendidos.
Fishi ya había puesto una mano sobre la shala, pero al notar que portaba un arma de
tal calibre, los otros dos ejecutaron una leve inclinación de cabeza, creyendo que se
trataba de algún enviado importante.
–Se iku su goshe –saludó el que había detenido el impulso de su compañero, mientras
este envainaba la espada en su cinturón.
–Se iku –respondió Fishi con sarcasmo, y les preguntó–. ¿Uds. son los que andan
matando humanos indiscriminadamente?
Tobía se tapó la cara, asombrado por su falta de tacto.
Los kishime se miraron intrigados pero sin sospechar. Claro que no tenían ni idea de
qué era Fishiku, pero un rato después comenzaron a imaginar que se trataba de un
enemigo de Sulei y se adelantaron un paso.
–¿Quién eres? ¿Qué miembro del Kishu te envía?
–Mi nombre es Fishi, de la... –se interrumpió cuando Tobía comenzó a toser
desesperadamente.
Uno de los kishime lo aferró por un hombro y lo sacudió, preguntándole a su
compañero:
–¿Qué tiene? ¿Está muriendo?
–No sé, pero tal vez no sirva.
Tobía había acabado con su ficticio acceso de tos, y olvidando lo que iba a decir en
tono belicoso, Fishi se acordó de lo que tenía que averiguar:
–¿Dónde está Sulei? Tengo que verlo.
–Ahora no recibe a nadie excepto a Zelene y a nuestro jefe Fesha –replicó uno,
mientras el otro tomaba a Tobía del brazo y lo arrastraba consigo.
El tuké exclamó, tratando de zafarse: –¡Eh, yo estoy con él, no pueden llevarme! ¡Fishi!
Como los otros lo miraran con curiosidad, Fishi alzó los ojos al cielo, y suspirando les
dijo:
–No pueden tomarlo. Es mi prisionero.
Luego de un minuto de tensa espera en que Tobía se sintió perdido, el otro replicó:
–Entiendo, vienes por la máquina. Síguenos, te acompañaremos hasta la gruta.
Fishi sonrió, al fin llegaba adonde quería y pronto enfrentaría al tal Sulei, que tanto
alboroto había armado.
Apenas los dejaron solos para avisarle a Fesha de su llegada, Tobía aprovechó para
preguntarle:
–¿Qué quieren decir con una máquina? ¿Para qué me querían a mí, Fishi?
–No lo sé –murmuró entre dientes, observando el ir y venir de sus congéneres.

Precioso Daimon 110


¿Qué cuidaban tanto todos esos guerreros, mientras la guerra con la raza humana y
troga se libraba en otro lado?
–Grenio habló sobre un armatoste que Sulei tenía en los sótanos de Dilut –musitó el
tuké, reflexionando–. Desde entonces Sulei parece más poderoso y ya no está tan
interesado en el elegido, como si no lo necesitara...
–¿Un artefacto? ¿Kishime? –replicó Fishi, recordando el relato de Sel acerca de la
supuesta mutación de Bulen.
Notaron que Fesha salía de un agujero excavado en la pared rocosa, y callaron
cuando se les acercó. Tobía retrocedió un paso y bajó la cabeza, como correspondía a un
asustado prisionero. Pero el kishime siguió de largo, luego de echar un vistazo al
pequeño humano con desdén. Después los acompañaron a un salón del templo, vacío,
donde habían improvisado en una esquina una celda, colocando pilares de piedra a
manera de barrotes. Tobía fue arrojado en ese espacio, sucio y oloroso por la reciente
habitación de otras víctimas. Al kishime lo invitaron a descansar un rato, diciendo que si
tenía un mensaje para Sulei debía esperar, porque el shoko estaba ocupado.
Fishi esperó un minuto y salió, escurriéndose hacia la entrada de la gruta.
Zelene cuidaba el sueño de su señor, de pie junto a la entrada de su cámara, un
pequeño hueco subsidiario de la cueva del artefacto. Con expresión impasible,
escuchaba la respiración agitada que marcaba la alteración de su esencia kishime, y de
pronto, Sulei despertó y se incorporó con tal violencia que se dio de frente contra el techo
de su lecho excavado en la roca.
–¡Zelene! –llamó, pasándose la mano por la piel, donde la magulladura se tornaba
visible, mas cuando el sirviente entró lo fijó con la mirada fría de un superior–. Dime,
Zelene... ¿Está muerta la humana cuya esencia se encuentra ahora en mi sangre?
El sirviente quedó atónito, revolviendo en su cabeza los recuerdos de esa escena;
hasta que con cierto nerviosismo confirmó:
–Sí, shoko, porque eso fue lo que comandaste. También te confesé que ella me hirió
en el abdomen y no fui yo el que la asesinó sino un hombre de confianza.
–Hazlo venir, y a algún lector de mentes –ordenó Sulei, sentándose con calma en su
lecho.
No desconfiaba de la lealtad de sus hombres pero tenía la certeza de haber percibido
una presencia al dormir: voces familiares que no conocía y la imagen difusa de Amelia.
Pegado al muro que los separaba de la cámara principal, Fishi había escuchado su
conversación. Al sentir los pasos de Zelene de un lado y la entrada de los guardias del
otro, corrió al fondo, hacia el artefacto negro. Se cuidó de no tocarlo ni con la punta de su
ropa, lleno de una sensación desapacible, perturbadora.
No tenía salida, lo iban a ver en cualquier momento, así que abruptamente decidió
transportarse, sin pensar adónde iba a terminar.

Cáp. 7 – Mensaje

En ese paisaje, a mediodía, eran tan obvios como moscas en la leche. Fretsa se subió
la capucha para taparse del sol y mandó hacer un alto. Más adelantado, Grenio continuó

Precioso Daimon 111


la marcha hasta que un guerrero lo detuvo poniéndole una mano en el hombro. Iba tan
concentrado que casi se había olvidado de los otros y no le importaba el peligro que
corrían ahora.
Su destino seguía dividido. Por un lado una presencia fuerte y cercana, lo atraía como
una llama guiándolo en un túnel oscuro, hacia el hatajo de humanos que se hallaba
reunido más adelante, y por otro, una luz que se había ido apagando, le insistía a la
distancia, pero le hacía sentir desazón. En cuclillas, con la mano izquierda sobre su
espada, Grenio permanecía estático, los ojos fijos en los brillantes remolinos del río.
–Arg... –gruñó Fretsa, sentándose en el talud que bajaba hasta la orilla–. Los aromas
se confunden, sangre, muertos, humanos y kishime por igual. Voy a enviar unos espías
antes de que nos capturen desprevenidos.
Señaló a dos mujeres jóvenes de su clan y a Vlojo. Salieron reptando con movimientos
sigilosos y pronto se perdieron de vista; una guerrera entró a un grupo de árboles que
podía usar como trampolín, saltando de una copa a la otra, y su compañera se metió en
un arroyo que se abría a unos metros en el profundo declive que marcaba esa margen
del río. Vlojo se esfumó entre las hierbas y flores de la campiña.
Grenio había prometido a los trogas, quienes no le tenían excesiva confianza, poner
toda su fuerza en el combate, y acompañarlos hasta el fin. Eso lo mantenía quieto en su
lugar, porque temía lo que iba a hacer si actuaba.

En el refugio hundido en medio del bosque tenebroso, Sel velaba incansable el sueño
de Bofe. Lo estudiaba a la luz velada que se filtraba por las ventanas, el rostro inmutable
tras el tul blanco. Estaba tan ensimismado que al principio no percibió las palabras. Luego
de un minuto, se dio cuenta de que le hablaban y se levantó sobresaltado.
Estaba solo en el cuarto, comprobó, y la voz se había convertido en un murmullo grave
apenas le prestó atención. A su pesar, se estremeció, deseando que Deshin no hubiera
partido con una gente del Kishu, dejándolo solo entre extraños. Los especialistas le
daban un poco de temor, todos iguales, inexpresivos y parsimoniosos, cubiertos de pies a
cabeza por sus uniformes blancos. En ese momento uno entró y se dirigió hacia el lecho,
ignorándolo.
Sel le abrió paso, contemplando con curiosidad cuando descorrió el tul, pero poco a
poco se fue acercando para ver qué sucedía.
–Es un prematuro –anunció el especialista, y su voz sonó dulce en comparación con
los ecos de la voz anterior.
En el pecho desnudo del durmiente se agitaba algo, pugnando debajo de la piel y del
tejido superficial, empujando hacia fuera. El kishime alargó su brazo, envuelto de blanco
hasta la palma de la mano, y palpó la frente de Bofe.
–Dame tu arma –le dijo a Sel.
El joven dudó, con manos temblorosas tomó la espada que Deshin le había
encomendado para que defendiera la vida del antiguo jefe del Consejo, pero al final se la
tendió, ganando la serenidad del otro. ¿Qué iba a hacer? Seguramente no pensaba
hacerle daño con él vigilando. Aún antes de que pudiera objetar, el especialista tomó la
espada, la pasó sobre el kishime tendido y abrió una incisión en el centro del abdomen.
Sel dio un paso atrás.

Precioso Daimon 112


El especialista le devolvió el arma sin mirarlo. Sel se sintió repugnado cuando metió las
manos en el corte y maniobró entre la carne pegajosa. Con un sonido de succión, y un
suave tirón, sacó una especie de huevo membranoso. Lo sostuvo entre ambas manos,
ante los helados ojos del joven, que se fijaron en el interior de la sustancia gelatinosa,
ensangrentada, y pudo distinguir allí otra bola más pequeña que emitía un resplandor.
Luego reparó en el herido, pero el especialista le comunicó:
–Está bien. En efecto, ya está sanando.
Asombrado, Sel se dio cuenta de que Bofe no sangraba y aunque tenía un feo tajo
hinchado en su piel blanca, no parecía que recién le hubieran revuelto las tripas. Después
notó que el rostro del especialista asumía una sonrisa mientras miraba el huevo con
admiración, como si nunca hubiera visto uno igual. Sel se preguntó si para trabajar allí
habría que adorar esas cosas, porque era la primera expresión de sentimiento que le
veía. En el huevo se agitaba algo, y con cada convulsión el brillo aumentaba. Sel se
maravilló al percibir que de esa pequeña cosa provenía la misma sensación que de un
kishime adulto; y se dio cuenta de que estaba contemplando el comienzo de una vida,
toda una vida contenida en ese inconsistente recipiente.
Ya se había olvidado de la voz que lo había perturbado y no recordó preguntarle al
especialista si sabía quien podía haber sido.

Eduleim había llevado a unos cuantos hombres al otro lado del arroyo, apostándolos
en la llanura que de madrugada se había encendido con misteriosos fuegos verdes,
mientras el resto se preparaba para formar un segundo cerco en torno al campamento,
apilando armas, bultos, piedras.
Amelia pasó entre el bullicio y la actividad de los fogones donde forjaban puntas y
afilaban herramientas. Los cazadores de Sidria habían tomado el otro frente, ocupando
un triángulo de tierra formado por la desembocadura del río estrecho en el Parilis. Todos
esperaban, pero no creían correr peligro inmediato; sino que estaban comiendo y
bebiendo, haciendo bromas y alardeando, a pesar de sus rostros serios y alicaídos,
hombres y mujeres por igual. Porondeles y Fahgorn la invitaron por medio de señas a
reunirse con su grupo, que daban un festejo previo para animarse en la batalla, pero ella
rehusó. Había desayunado con Mateus y Faney, y como resultado tenía un nudo en el
estómago y un malestar que le hacía parecer prodigiosa la actitud de esos hombres.
–Que no sea su última cena, o mejor dicho almuerzo –murmuró al detenerse a orillas
del Parilis, a cierta distancia, y luego se agachó para refrescarse un poco.
Había una conmoción entre los apostados en el margen opuesto. Amelia se irguió y vio
que varios cruzaban el vado al galope. Su corazón dio un vuelco, creyendo que
comenzaba el ataque. Después vio que entre ellos traían a alguien colgando. Sin darse
cuenta, sus pies ya corrían hacia ese lugar mientras se preguntaba si se trataba de un
herido.
Se tuvieron que frenar, rodeados de curiosos que llegaban corriendo de todas partes, y
depositaron su carga en el suelo. Amelia se abrió paso entre dos hombres enormes y
observó, extrañada, que traían un prisionero. Lo habían encapuchado y lo llevaban
colgado de unas cuerdas atadas a sus monturas. El hombre a su lado gritó y Amelia
reconoció en él a Krandon, su salvador. Los presentes estaban furiosos y sedientos de
sangre. “¿Pudieron atrapar realmente un kishime, o será una trampa?” Quería alertarles,
decirles que no se confiaran. Notó que por debajo del manto que habían usado para

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atraparlo sobresalía un par de piernas oscuras y exclamó:
–¡Cuida... –su voz quedó ahogada en el mismo momento por la exclamación de
estupor del resto, cuando el prisionero se sacudió sus ataduras y se irguió, alto como el
más fornido de los hombres, arrastrando en su intento de fuga al jinete que trató de asirlo.
La cuerda se zafó de sus manos, ya que los demás no habían atinado a pararla, y la
criatura aprovechó para correr, tratando de sacarse la tela que le tapaba la visión. Todos
se habían echado para atrás, excepto Amelia y Krandon, quien le gritó a un jinete que se
acercaba desde el campamento. Al instante, Porondeles sacó su ballesta, en plena
carrera, y disparó una red a la vez que el troga lograba librarse del manto.
De nuevo atrapada, la furiosa criatura se sacudió en el piso, arrancando un dardo del
suelo pero enredándose más. Amelia creyó reconocerla, pero al acercarse a la carrera
notó que no era la Fretsa que recordaba, aunque se parecía mucho: piel rojiza, cuerpo
musculoso y pequeñas alas negras. Krandon y Porondeles apuntaron sus lanzas a la
cabeza de la bestia, quien les devolvió la mirada con ojos amarillos y rabiosos.
Amelia iba pensando a toda velocidad. ¿Estaban tan cerca los trogas? ¿Habían venido
desde Frotsu-gra? ¿Dónde estaba Grenio, y por qué no le había avisado Lug?
–¡No, no es su enemigo! –gritó, interponiéndose ante la lanza de los dos cazadores
que querían asesinarla.
Mientras, la troga cortó algunas hebras de la red con sus largas garras y se alzó libre.
Amelia advirtió que se erguía detrás de ella, alta y poderosa, y en un parpadeo, la tomó
del cuello. No trató de escapar; sentía su respiración entrecortada y se imaginó que la
troga estaba asustada, y la atacaba en defensa propia.
–Fla... –murmuró, recordando las palabras trogas y rogando no equivocarse, intentó
con más seguridad– Fla. Fla.
La troga se sorprendió y aflojó el apretón, dejando en su cuello unas marcas rojas pero
ninguna herida. Los cazadores apuntaron sus lanzas, y esta vez no se hubiera salvado,
de no ser por la llegada providencial de Faney, a quien todos respetaban.
–Alto, mis hombres. Están confundidos, esta criatura no es un ángel de muerte –
ordenó, frenando su caballo a escasa distancia.
Mientras, Mateus trataba de convencer a la troga de que no intentara nada y la
liberarían:
–No somos enemigos, ahora no.

Cáp. 8 – Viaje infinito

El sirviente dejó la prisión atemorizado. Día y noche, cuando iba a llevarle el agua
mínima necesaria para sobrevivir, veía a Bulen sentado en el suelo en la misma posición,
con los ojos abiertos y ninguna reacción. No se animaba a entrar, y los demás tampoco
sabían darle una respuesta. Tendría que consultar con Sulei, pero para eso necesitaba
mandar un mensajero.
Se dirigió al salón del Kishu. Atravesó las solitarias galerías, subió la escalera y caminó
bajo una columnata, donde encontró al kishime que buscaba, el guardia que había traído
al prisionero. Lo vio hablando con alguien de espaldas a quien no pudo reconocer, y

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esperó.
El kishime desconocido dijo algo al guardia y se dio vuelta, mostrándose ante el
sirviente. Este aprovechó para acercarse y comunicar sus dudas.
–¡Bulen! –exclamó Deshin, que había estado tratando de mantener al guardia ocupado
mientras esperaba a los otros dos afuera del salón del Kishu–. Repite lo que has dicho...
¿Bulen, el segundo de Sulei, en la prisión?
–Yo mismo lo traje por orden de shoko Sulei, por traición –interpuso el guardia, y se
acercó más–. ¿Por qué preguntas?
Si fuera Fishi ya hubiera recurrido a la shala, pero Deshin sonrió pacíficamente y
respondió que sólo tenía curiosidad. El guardia se fue con el sirviente, para examinar el
estado que le daba tanta preocupación, sabiendo que del bienestar de su prisionero
dependía su propia vida. Deshin suspiró, y un minuto más tarde aparecieron en lo alto de
la escalinata Koshin y Shadar. Notó con placer que Shadar cargaba con unas plaquetas
de metal atadas con cintas de cuero. Deshin tendió las manos y el otro le entregó el
paquete.
–Gekimi –agradeció en tono solemne, tocando la placa superior con reverencia.
–Vayámonos de aquí –replicó Koshin con impaciencia, comenzando a descender los
escalones muy apurado con Shadar y Deshin pisando sus talones–. ¿Te ha visto algún
guardia de los rebeldes?
Mientras tanto, el guardia y el sirviente de Sulei llegaban a unos pasos del edificio
cilíndrico al tiempo que un temblor sacudía el piso y las paredes se estremecían.
–¿Qué es eso? –preguntó el sirviente, haciendo equilibrio al igual que su compañero,
mientras el terremoto seguía sacudiendo el terreno–. ¡Hay que sacarlo!
El epicentro del temblor se hallaba en la misma celda de Bulen, y el guardia comenzó
sospechar que no estaban ante un fenómeno natural cuando la luz se coló a través de las
grietas que se iban formando en los muros. Pero tampoco podía ser un intento de
escape: a esta altura el prisionero estaría debilitado y el anillo protector seguía en su sitio.
En ese momento, como para corregirlo, el cordón ámbar empezó a agrietarse a medida
que las rajaduras de luz lo alcanzaban, y un segundo después estalló en mil fragmentos
cristalinos.
Los dos kishime se lanzaron al suelo, a la vez que una onda de trocitos ambarinos y
escombros de piedra barrieron el lugar.
Entre una cortina de polvo, Bulen emergió de la destrucción, caminando con sus
propios pies, sano y salvo; pasó como un espectro por delante de los dos, que apenas
alzaron sus ojos del suelo, aterrados, y se perdió de nuevo entre los restos de la inmensa
explosión.
Helado, Koshin se detuvo en la explanada lindante al salón del Kishu, al sentir el
estruendo y la energía desplegada por Bulen para romper el anillo que lo contenía.
Deshin movió la cabeza en la dirección de la que provenía tanta energía, como intrigado.
Bulen se detuvo junto al lago, los ojos perdidos en la distancia igual que cuando
permanecía sentado en su celda, y se metió lentamente al agua, despidiendo vapor allí
donde su ropa y piel, calientes todavía, se iban enfriando lentamente. Las moléculas del
lago lo atravesaron en reconocimiento a un viejo amigo. Bulen se hundió hasta la cabeza.
Después de diez minutos, las aguas se removieron y emergió, alzándose ligero sobre la

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superficie. Sus ojos, ahora claros y precisos, se volvieron al sol, y con un barrido de
luciérnagas, desapareció.

La troga ya había notado la vibración de sus pies en el suelo y el aroma familiar. Aun
corriendo, Vlojo observó que el grupo reunido en la playa no presentaba una actitud
sospechosa: la joven Fretsa se hallaba libre y un poco separada de los humanos, que
tenían sus armas bajas. Sólo después reconoció a la humana descendiente de Claudio.
Un cazador, Porondeles, sintió que algo andaba mal. No obstante, lo sorprendió el
grupo que se aproximaba, por su apariencia monstruosa y gran tamaño.
–¡Ea! –gritó, cuando pudo reponerse de la impresión.
Antes de que pudieran recomponerse del susto, estaban rodeados por los trogas. Era
la primera vez que se veían cara a cara con estas bestias de gran poderío; y a diferencia
de los animales, o los cadáveres que habían encontrado en el camino, sus ojos
transmitían astucia y comprensión. Mateus trató de comunicarse con ellos:
–Deben comunicarle a sus jefes, y al elegido, a Grenio, que nosotros los necesitamos
para luchar contra nuestros perseguidores, que son los de Uds. –aunque no recibió una
respuesta positiva por parte de Vlojo, quien miraba desde arriba a este hombrecito y le
parecía insólito que le exigiera algo.
De pronto, dos jinetes llegaron gritando la alarma. Los kishime se acercaban.
Luego de la algarabía, la actividad y la conmoción, en el campamento humano se
había abatido un silencio sepulcral. Eduleim había visto brotar ante sus ojos un conjunto
de figuras salpicando la planicie. Los hombres no sabían qué pensar, estaban
confundidos y preocupados: el enemigo se mantenía a poca distancia, inmóvil, disperso,
y tranquilo, mientras entre ellos crecía el nerviosismo y la agitación. A Eduleim le costaba
reprimir a algunos que tenían deseos de tomar sus caballos y lanzarse contra los kishime.
En cambio, los cazadores, con Fahgorn a la cabeza, parecían mantener un buen
ánimo, se mostraban dispuestos a enfrentarse a todo, y saludaron con entusiasmo la
llegada de la columna kishime bajo el mando de Zidia, que se ubicó en el recodo del
Parilis.
Faney daba órdenes a medida que los mensajeros iban llegando con noticias de un
frente y otro. A su lado, montados en sus caballos, a la espera, Mateus y Amelia
contemplaban cómo se iba formando un círculo de enemigos, hasta que no tenían más
escape que retroceder por tierra, y seguramente por allí también encontrarían kishime
ocultos.
–No entiendo a estos seres –comentó Faney al Gran Tuké–. Cualquiera diría que se
han equivocado. ¿Por qué están apostados del otro lado del río, cuando es más fácil
atacar por tierra?
–Así sería con nosotros –replicó Mateus, poniéndose serio–. Pero ellos pueden
atravesar el Parilis, tan caudaloso, de un salto.
Mientras, el primer grupo kishime se había aproximado velozmente a los hombres de
Rilay, lanzas en mano. Eduleim gritó que no se movieran, observando a lo lejos a los
otros que permanecían ajenos a la batalla, pero con sus arpones listos. A pesar de toda
su prevención, los hombres se vieron avasallados por los kishime, que aceleraron de
golpe y cual enjambre blanco se abatieron sobre ellos. Se escucharon alaridos

Precioso Daimon 116


escalofriantes mientras los veinte hombres de la avanzada eran asesinados, sin que
alcanzaran a herir a un solo kishime con sus armas. Eduleim bramó con furia y todos los
jinetes cargaron, espada en mano, mezclados con los hombres de a pie. Sus toscas
armas chocaron por un instante con diez kishime, que les devolvieron los golpes, saltaron
y esquivaron su embestida.
Eduleim le dio un golpe de revés a uno que le cortó el cuello, y su adversario cayó
echando chorros de sangre. Suspiró, aliviado porque también morían. Pero de pronto,
advirtió que su gente se había reducido a la mitad entre heridos y descuartizados, en
unos minutos, y allá atrás el resto de la tropa kishime avanzaba lentamente, guiados por
un hombre joven de cabellera larguísima y ropaje resplandeciente.
Helados como si presenciaran el advenimiento de un dios, los humanos se frenaron.
Luchando con la tenaza en su garganta, Eduleim logró dar la voz de retirada. Por más
que le doliera haber resistido menos de quince minutos de batalla, se daba cuenta de lo
poco que podían hacer. Dieron vuelta y corrieron como locos hacia el río, alcanzando el
vado que ellos conocían bien, y cruzaron rápidamente.
Del otro lado, Dalin sonrió con desprecio, pasando con cuidado por encima de los
cadáveres que sembraban la hierba. Uno de sus hombres levantó a un herido del cuello,
exclamando que algunos estaban vivos aún.
–Mátenlos –ordenó Dalin.
Eduleim sabía que muchos de esos hombres eran hermanos o hijos de los guerreros a
su lado. Sus rostros se contorsionaron de asco y desesperación, observando al enemigo
terminar con los heridos abriéndolos con sus arpones, que se enganchaban en la piel y
los destrozaban. Sudor frío corría por los rostros de los hombres que del otro lado se
culpaban por haberlos abandonado, apretando con fuerza sus armas hasta que los
nudillos les quedaban blancos y le saltaron lágrimas de los ojos.
–Vamos a resistir muy poco –murmuró Amelia al oído de Mateus, para que el resto no
sintiera su tono desesperanzado–. Si al menos tuviéramos apoyo de los trogas…
El Gran Tuké miraba la escena con rostro sombrío, recriminándose su ingenuidad y
precipitación. Debería haber aconsejado a todos que huyeran al monasterio, a las
montañas. El único que mantenía un rostro enérgico y voz serena era Faney, aunque una
línea en su frente traicionaba su preocupación.
Los cazadores mantenían una lluvia de flechas sobre la línea kishime, pero la mayoría
se encontraba fuera de su alcance. Zidia avanzó con la espada en su único brazo,
caminó entre la mortal precipitación como si llevara paraguas, y se paró a tan poca
distancia que le podían ver el color de los ojos. Allí alzó la espada: el sol pegó en el metal
rojizo y descendió hasta su mano. La tierra donde se hallaba parado se descorrió en
círculos como si fuera agua. La onda se expandió y hasta la orilla donde estaban los
jinetes se sacudió, la superficie de la tierra se abrió, las piedras se removieron en sus
lugares, y los animales retrocedieron espantados. Los guijarros de la playa y las piedras
arrancadas a la entraña de la tierra, se elevaron en el aire bajo el comando de Zidia, y
tras un instante de elevarse las arrojó con violencia contra los humanos, que se echaron
a huir despavoridos. Porondeles y su caballo recibieron una buena carga, y el cazador
tuvo que abandonar a la bestia que cayó al suelo llena de golpes y agujeros en los
flancos y cabeza. Él se arrastró, cubierto de magulladuras y con un tajo abierto en la
cabeza.
El aire en torno a Amelia se volvió denso y brillante, y los que se hallaban cerca

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quedaron espantados y aturdidos por la presión en sus oídos que atenuaba el sonido de
la matanza y los gritos de dolor, y la luz que bailoteaba frente a sus pupilas sin provenir
de ningún farol.
–¿Quién viene? –ella vaciló, y su voz transformada por el efecto sonaba lejana aunque
Mateus la tenía junto a su codo.
Faney y sus hombres miraron el cielo; no se veía tempestuoso. La presión disminuyó y,
con un brusco estampido, el ambiente volvió a la normalidad.
–Disculpa la demora –Amelia escuchó la voz cristalina, resonante, y por un momento le
costó recordar de dónde le conocía, esperando a otro y no a Deshin.
–¿Tú... –replicó, sorprendida– has venido...?
–Así es. Mi nombre es Deshin, de Fishiku la libre –el kishime se presentó ante los
asombrados jefes de Rilay, que no sabían si considerarlo un nuevo enemigo o un aliado,
pero igualmente les daban temor sus poderes fabulosos–. He venido con dos importantes
Señores, Shadar y Koshin, para reprimir a los traidores.
Ni Faney ni sus acompañantes atinaron a coordinar una respuesta, demasiado
extrañados por el hecho de que este ser les hablaba en lengua extraña y ellos lo podían
comprender.
–Todavía no se acostumbran a eso de aparecer de la nada y hablarle a sus mentes –
dijo Amelia, sintiéndose superada.
Mateus, en cambio, si no había hablado era porque todavía tenía la boca abierta,
maravillado y casi en éxtasis por conocer frente a frente a estos personajes míticos.
–He traído datos valiosos para vencer a tus enemigos –agregó Deshin, sonriente y
enseñando las tabletas color plata–, como tú lo solicitaste, gosu Amelia. Tú debes ser el
tuké que la envió a Fishiku, toma estas.
Mateus tomó las planchas de metal con expresión anonadada y las palpó con
reverencia.
Mientras tanto, Koshin y Shadar prestaban atención al campo de batalla: los humanos
que retrocedían palmo a palmo incapaces de detener a los kishime, que avanzaban en un
juego de gato y ratón, alargando la agonía por deporte. Los dos sacudieron la cabeza con
desdén.
–Ya presienten nuestra llegada –indicó Shadar, empuñando su espada y señalando al
grupo de Dalin, que ya había pasado el río.
–¡Zidia! –exclamó Koshin, por un momento abandonando su impasibilidad al divisar al
kishime en otro punto–. ¿Cuál prefieres, Shadar?
–Me da lo mismo, tú ve por Zidia y yo me encargo de Dalin.
Resueltos, se dirigieron cada uno en una dirección, mientras Faney todavía no se
había recuperado de su sorpresa. ¿Qué significaba esto? ¿Tenían nuevos aliados?
Absorto en los símbolos labrados sobre la superficie, Mateus recorría las tabletas con
fascinación, aunque a su alrededor había corridas, gritos de mujeres y hombres apurados
que llevaban lanzas y cargas de flechas para los guerreros, mientras los kishime se
acercaban inexorables.
–¿Podrías dejar eso para después? –rezongó Amelia, que miraba con preocupación a

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los recién llegados dudando si debían confiar en ellos, por como peleaban, sin cuidarse
de a quien lastimaban, humano o kishime.
–¡Esto es la explicación de todo! –exclamó él, haciendo caso omiso de sus quejas.
La figura en la cual se había detenido consistía de dos líneas horizontales, la de abajo
doble, entre las cuales habían dibujado tres símbolos, y una línea diagonal los
atravesaba.
–Driago –asintió Deshin.
Amelia miró el dibujo y los signos: –¿Es lo que dice ahí?
–No... –replicó Mateus, deleitado porque preguntara, así podía explicar–, esto es la
fórmula para conseguir driago. Driago literalmente quiere decir, tres, dri, poderes, ago.
Poder en el sentido de voluntad o albedrío. Mira, esta línea simple es el cielo y la de
abajo doble, es como los antiguos representaban la tierra. Entre el cielo y la tierra, se han
de juntar estos tres poderes, eso es lo que indica la línea cruzada.
–¿Y esos poderes que están ahí tachados, qué son?
–El poder o voluntad, también puede entenderse como ser. Y en nuestro caso, tres son
los seres que viven entre el cielo y la tierra. ¡Es tan obvio! Driago es la conjunción de
kishime, troga y humano.
–Pero –interrumpió ella de nuevo, exasperada–. ¿Qué es un driago? ¿Cómo nos va a
ayudar a salvar a esta pobre gente?
–¿No lo sabes? –replicó Mateus, pasmado–. Oh, pensé que te lo había dicho antes.
Me refiero al poder para viajar adonde se quiere ir, para atravesar a voluntad el tejido del
espacio, el poder del elegido, el viaje infinito.
Mientras Amelia intentaba tragar esta información, los otros dos se felicitaban
mutuamente.
–Muy bien –decía Deshin, recuperando sus tabletas–. Lo mismo interpreté yo.
–Si se sigue la historia y la escritura antigua, es fácil –dijo Mateus con modestia.
–Excepto que a las líneas yo les doy además el significado de luz y sombra, arriba y
abajo, la bipolaridad.
Antes de que Mateus pudiera dar su aprobación y Amelia curarse del mareo que le
provocaban, de nuevo se escuchó un trueno y en un rayo de luz azul, otra figura se
presentó.
–Gekimi ti seiku –exclamó Fishi, feliz al ver que había aparecido justo donde quería–.
Por no tener mucha energía, acabo de aterrizar en medio de un grupo de trogas y casi
me muero de la impresión.
Luego miró alrededor y se sobresaltó, se hallaban rodeados de humanos. Estaba a
punto de increparle a Deshin ¿qué trataba de hacer? pero este lo calló con una seña.
–Bueno, al menos están todos aquí. Deshin, tal como quedamos fui a Frotsu pero
encontré el territorio devastado, y del elegido ni rastro. De todos modos, encontré un
humano, un tuké...
–¡Tobía! –exclamó Amelia, tomándolo del brazo con regocijo aunque no fuera del
agrado de Fishi, y sin notar que Mateus se iba a dar cuenta de la mentira que le había
contado.

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–Sí, y juntos seguimos el rastro de Sulei. Sus mismos hombres nos guiaron hasta él.
Ya sé cuál es su plan con el elegido y conozco todos sus secretos.

Cáp. 9 – Enfrentamiento II: Salvador

Los trogas se habían añadido a la batalla, luchando con empeño, ocupando el lugar
dejado por los kishime sobre el Parilis al perseguir a los humanos hacia su campamento.
No es que Fretsa decidiera ayudar al pueblo, que encima estaba con Amelia, sólo tenían
deseos de pelear con los destructores de su tierra. Viendo que no estaban solos, los
hombres de Fahgorn se encastraron sus cascos más sólidos, tomaron unas piezas de
cuero o madera como escudos, y se lanzaron a la batalla con ánimo renovado.
Vlojo se despegó en medio de la confusión y atravesó el sector humano, encargado
por Fretsa de buscar a Grenio. Ella creía que se había aproximado a la joven humana.
Pero no, Vlojo divisó a Amelia, bien guardada entre un grupo de hombres a caballo, y
notó que también estaba acompañada de dos kishime. Raros, porque uno tenía cabello
castaño, y vestían distinto, pero seguían siendo kishime. Usando su habilidad para
mimetizarse se deslizó hasta su cercanía. Pero si bien podía ocultarse a los ojos de los
otros, no podía engañar a los sentidos de Deshin, quien se volvió y lo miró fijamente, lo
que lo puso a vacilar.
–¿Por qué has venido, troga?
Amelia notó, al seguir la mirada de Deshin, la fluctuación en el paisaje que producía el
cuerpo del troga.
–Es uno de esos hombres camaleón que están con Fretsa.
Vlojo se dio por vencido y decidió presentarse abiertamente. Encaró a Deshin y le
anunció que había venido a recuperar a su jefe, cho Grenio.
–¿Cómo? ¿No está con Uds.? ¿Qué ha hecho? –exclamó la joven, adelantándose
hacia el troga, lo que le ganó el respeto de todos los hombres de Faney, espantados de la
apariencia reptilesca del intruso–. Sulei tiene un poco de mi sangre... ¿acaso con eso
puede viajar hasta él? –añadió con voz trémula, volviéndose a Mateus y Deshin.
El kishime asintió. En su sangre estaba la clave que el troga necesitaba. Y si sabía que
Sulei era el poseedor, no dudaría en ir a enfrentarse con él, prosiguió Mateus. Amelia
sacudió la cabeza.
–Lo sabe... porque yo le conté todo a Lug.

–Tardaste más de lo que pensé –dijo Sulei.


No se había sorprendido por la llegada del troga, pero Grenio sí estaba sorprendido al
contemplar el lugar donde lo halló: la gruta natural, húmeda y fresca, el enorme artefacto
que pulsaba con vida aunque estuviera hecho de un mineral. Traía la shala en la mano, y
la apuntó hacia Sulei. El kishime sonrió y caminó hasta la mesa, donde Zelene había
dejado su arma adentro de un cofre de cristal almohadillado. El troga esperó mientras él
la sacaba y se volvía hacia él.
Sin más previa, Sulei se lanzó contra el troga de un salto, la punta de su cimitarra
buscando su pecho, su corazón. Grenio contuvo el ataque con el lomo de su espada y lo

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empujó hacia atrás, entre las chispas azuladas que saltaron del golpe. Enseguida avanzó
y cortó el aire. Sulei se detuvo, sorprendido, y se miró el brazo derecho: le había
destrozado la tela del vestido y tenía un rasguño en su piel. Mientras este se curaba, usó
la mano izquierda para tirarle una descarga de energía. Un escudo se formó frente a
Grenio y la repelió.
–Estamos iguales –comentó Sulei, cuando chocaron de nuevo sus shalas, sin haberse
provocado ningún daño serio aún.
Grenio bufó y le dio un empujón que lo envió contra la pared. Sulei sintió cómo crujían
sus huesos y cayó con una rodilla en tierra, y desde allí vio que el troga era atacado por la
espalda. Era Zelene, quien había escuchado los ruidos y alertado a la guardia, pero
además no dudó en ir a ayudar a su señor.
–Gracias, Zelene, pero estoy bien –protestó Sulei, levantándose, mientras Grenio se
deshacía fácilmente del sirviente, partiendo su espada en dos y tomándolo del cuello para
acto seguido lanzarlo a la puerta.
El troga vio que en el umbral aparecían Fesha y varios de sus hombres, y se apresuró
a liquidar a Sulei. Calculaba que con el líder, gran parte de la amenaza kishime
terminaría. Sus ojos ardieron, con la mano derecha sacó la daga de su cintura y la lanzó
hacia él. Se clavó en su hombro. El kishime se entretuvo sacando la hoja y Grenio
aprovechó ese momento para embestirlo, trazando un gran arco con la shala. Sulei
reaccionó en el momento en que el fuego azul lo tocaba y se desmaterializó.
Grenio se dio la vuelta y allí estaba, surgiendo entre vapor brillante. Sulei dio un paso,
vacilante, se tropezó, cayó de rodillas. Al mismo tiempo manó de su cuerpo un collar de
gotas de sangre, allí donde la shala lo había atravesado en el momento mismo de su
cambio de estado. Fesha había entrado en la cueva y, atónito, se dirigió a ayudarlo.
Grenio sabía que estaba rodeado, debía matarlo de una vez y salir, porque no podría
ganarle a todos los kishime reunidos. Alzó la shala, y de pronto el tiempo se detuvo.
A su alrededor flotaban luciérnagas de luz tenue y veía a Sulei, arrodillado mientras
sanaban sus heridas, Fesha con la mirada perdida, y el resto cercándolos, todo a través
de un vidrio sucio. Intentó moverse pero no pudo. Algo le sujetaba los brazos, con tanta
fuerza que la piel le ardía y los huesos le crujían. Ante sus ojos se formó una nube de
energía que luego le explotó en la cara.
El aire volvió a la normalidad y desde el piso, atontado por la explosión, Grenio vio que
Bulen se alzaba sobre él, y también se dio cuenta de que había dejado caer la shala y un
kishime ya tenía el pie puesto encima.

Antes de marcharse Fishi le había corrido un barrote dejándole espacio suficiente para
salir. Tobía apretó la oreja contra la pared a fin de oír la más mínima vibración que le
indicara que alguien venía, y luego de asegurarse un rato largo, se escurrió afuera.
Al llegar al pórtico del templo, escuchó pasos y roces producidos por un grupo
numeroso que se acercaba. Se agazapó contra una columna, y echó un vistazo rápido.
Con un suspiro de alivio, notó que seguían de largo y entraban en la gruta, atrás de las
ruinas. Saltó por un hueco donde la pared de piedra se había derrumbado y aprovechó
unos escombros para ocultarse mientras caminaba inclinado hacia esa entrada.
Los kishime que había visto eran Fesha y los otros guardias, que se apresuraban a
responder al llamado del silbato de Zelene, alarmados. Tobía pudo acercarse con

Precioso Daimon 121


impunidad luego de que ellos se introdujeron en la gruta. Ya de lejos se escuchaban
ruidos de cosas al caerse y los estampidos de la energía kishime al explotar contra
Grenio. El tuké se coló al amparo de la oscuridad que reinaba en el interior,
manteniéndose cerca de los muros, y llegó a ver cómo Bulen hacía acto de aparición y
sometía al troga.
Tobía buscó con desesperación la figura de Amelia, que él creía todavía era prisionera
de los kishime.
Sulei se levantó. La camisola negra cortada en dos dejaba apreciar la piel rosada
nueva donde antes lucía una profunda herida.
Tobía se cubrió la boca lleno de estupor cuando el kishime corrió Grenio, que estaba
desarmado en el piso, y saltando encima de su pecho, colocó ambas manos en su
cabeza y comenzó a emitir energía. No quería verlo morir, a pesar de todas las cosas que
había vivido por él, y aunque no podía nombrar una vez que lo hubiera ayudado, creía
que el troga no lo merecía. Sorprendido por su vicioso ataque, Grenio trató de sacudírselo
de encima, pero la energía que envolvía su cabeza era enloquecedora. Lo dejó aturdido,
cegado y paralizado.
Una luz roja empezó a irradiar de su pecho, hasta formar una burbuja que expulsó a
Sulei; pero se trataba sólo de una reacción defensiva cuando el troga ya había perdido la
consciencia.
Sulei se volvió hacia su antiguo subordinado, quien después de aparecer e
interponerse entre la shala y su jefe, se había mantenido aparte, contemplando la
escena:
–¿Cómo puede ser? ¿Te dejaron escapar o... acaso te has vuelto tan poderoso?
Bulen no contestó, pero tampoco parecía preocupado de que lo volvieran a capturar.
–Indudablemente te iba a matar en ese momento, y me pareció bueno intervenir.
Sulei se quedó helado:
–Dices que en mi futuro estaba la muerte... y que tú lo has cambiado.
–No; mi futuro era salvarte la vida, por eso obtuve esta habilidad y la fuerza para
escapar hasta de tu prisión.
A continuación, Tobía fue testigo de como tomaban el cuerpo inerte del troga y lo
colocaban sobre la mesa, desparramando los objetos para darle espacio. Se preguntó si
debía marcharse antes de que alguno lo descubriera, pero no pudo despegarse de su
lugar al ver que entre varios lo alzaban y lo metían en el cilindro transparente. “Así que de
esto estaban hablando... Con esa máquina Sulei se mejoró”. Al fin iba entendiendo la
idea de Sulei; por qué se había ocupado de enviar a Bulen, primero a salvarle la vida a
Amelia, y más tarde a luchar contra Grenio. Gracias a sus oficios, porque Amelia no se
pudo marchar, el troga había alcanzado el nivel que poseía ahora, y de alguna forma, el
kishime había conseguido una máquina para hurtar ese poder.
“La profecía... un poder que puede destruir al mundo... Claro, con la unión de las
habilidades de un kishime y la fuerza de este troga, es probable que se destruya a sí
mismo y a todos nosotros con él. Era verdad. Pero el elegido, tal vez se refería a...”
Sulei contempló con deleite la culminación de su obra y sonrió a Bulen, quien veía con
ojos serios cómo el líquido cubría totalmente el cuerpo, sostenido entre varillas que se
incrustaban en su carne hasta los nervios y huesos. En la superficie negra comenzaron a

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resplandecer unos símbolos y Zelene preparó la secuencia. El resto de los kishime se
mantenían expectantes, era la primera vez que veían en funcionamiento al artefacto.
Y Tobía se sentía un pusilánime cobarde, que inútilmente trataba de actuar pero no
tenía el valor para moverse. Tanteó las gemas en su bolsillo y se sintió culpable por
Amelia, porque había tratado de hacer una buena jugada y que al final todos tuvieran que
felicitarlo, y en cambio, no había podido salvar a nadie y ni siquiera era capaz de
sacrificarse para detenerlos.
En el interior del cilindro aparecieron burbujitas, el líquido destelló con tonos
anaranjados al calentarse las varillas, y el artefacto se estremeció al aumentar la
potencia. Sulei se quitó la camisa rasgada y estremeciéndose de anticipación, se dispuso
a penetrar en la cámara blanca que se abría con suavidad frente a él.
Un estruendo lo interrumpió en el último instante, y al volverse a investigar vio que sus
guardias eran arrojados por una fuerza que se iba abriendo paso hasta el centro de la
caverna. Fesha sacó su espada y los demás se pusieron en guardia, sin saber todavía
con qué se enfrentaban, mientras Bulen miraba la escena con la tranquilidad de quien ya
sabe que va a suceder, y no se sorprendió cuando Vlojo se hizo visible en el lugar,
seguido prontamente de Fishi, Deshin y Amelia.
Sulei titubeó. Por un momento creyó mejor entrar al artefacto para cumplir lo que tanto
tiempo le había llevado, y luego decidió acabar antes con los entrometidos.
–Tú, que te has erigido en líder de nuestra raza –lo increpó Deshin adelantándose a
Vlojo–, vas a respondernos a nosotros para que quieres este poder y en qué pretendes
que nos convirtamos.

Koshin corrió con la ligereza de un haz de luz y se interpuso en el camino de Zidia y


sus kishime, apenas cruzaron el Parilis. Zidia pareció sorprendido y se frenó, levantando
la espada antes de que mediara ninguna palabra entre ellos. La mitad de sus hombres
pasaron de largo y rodearon a los cazadores, mientras los demás permanecían para
enfrentar a los guerreros de Fretsa.
Shadar se transportó hacia la zona desocupada entre la gente de Eduleim, que venía
en retirada a toda marcha, y Dalin, quien avanzaba solemne con su vestido manchado de
sangre.
–¡Detente, Dalin! ¡Esta raza ya está vencida! ¿Acaso quieres exterminarlos?
El otro dibujó una mueca de satisfacción, lo que repugnó a Shadar. Tanta matanza sin
sentido, aprovechándose de seres débiles, le parecía ofensivo a su sentido del equilibrio
de las cosas.
–Mis hombres merecen divertirse. Pero si desean rendirse, son bienvenidos, ya que
necesitaremos bastantes esclavos para arreglar el desastre que... ah, nosotros mismos
hemos dejado –replicó Dalin, zarandeando su lanza con punta de arpón–. Aunque
supongo que si has venido a detenerme, tenemos que pelear.
Ambos se abalanzaron en una ráfaga de metal, y se apartaron, agotados por sus cien
estocadas. Los kishime esperaron respetuosamente, rodeando el campamento mientras
su jefe se ocupaba del adversario, Shadar.
Mientras tanto los humanos se iban congregando entre los restos del campamento, y
viéndose rodeado, Faney decidió marchar tierra adentro, donde esperaba encontrar

Precioso Daimon 123


refugio en los bosques. Pero no pudieron moverse un centímetro, pues su única salida
estaba siendo tapada por kishime vestidos de gris: los hombres de Sulei que tan
poderosa actuación habían mostrado en Frotsu-gra.
–¡Reúnanse! ¡Mantengan las defensas! –gritaba Faney a toda voz alzándose en su
montura por encima de las cientos de cabezas, armas y caballos que lo rodeaban.
Fahgorn observaba la lucha entre Zidia y Koshin maravillado: la velocidad con que se
movía este último, saltando, eludiendo los golpes y los temblores de tierra que Zidia
creaba para hacerle perder el equilibrio. Al final, Zidia optó por dragar y enviar contra su
adversario una granizada de polvo y piedras. Koshin cortó el aluvión con su espada y se
arrojó contra Zidia antes de que lo pudiera engañar y atacarlo cuando no tuviera
visibilidad.
Cara a cara, Koshin le encajó la espada.
Zidia rió suavemente, despegándose:
–No creas que porque me falte un brazo ahora tú tienes más habilidad –y el otro notó
con pasmo que había fallado el golpe y en cambio Zidia lo había atravesado de costado–.
Me gusta esa cara que pones.
Koshin sintió cómo la punta de la espada le pinchaba el corazón y luego salía por su
flanco, ensangrentada. Trestabilló, se apoyó en Zidia mientras su arma caía de sus
manos, y por último, le fallaron sus piernas. Murió con los ojos abiertos, atónitos, y una
expresión helada en el rostro, sostenido por su adversario, quien lo depositó en el suelo
con delicadeza. Al mismo tiempo iban apareciendo otros kishime, respondiendo al
llamado de su líder Koshin, venidos de todos los rincones del mundo, justo para
presenciar su final.

Cáp. 10 – Decisión

Frenético, Fishi no sabía a quién atacar primero y mantenía a Fesha y los guardias a
raya. Si bien ellos eran más y se sentían fortalecidos, no se hacían ilusiones de
enfrentarse con el filo de su espada que podía cortar incluso el aire. Por su parte, Vlojo se
dirigió directamente hacia Sulei e interrumpió la charla de Deshin:
–Yo he venido a vengar a mi compañero y todos los trogas. Con su muerte me basta –
exclamó, caminando hacia él con una daga desenvainada.
Sulei paró el cuchillazo con su mano desnuda y aplicó la otra contra el pecho del troga;
una bola de energía explotó y arrojó a Vlojo a varios metros, todo chamuscado.
Deshin se interpuso, considerando la diferencia de poderío y el temperamento del
troga, que había insistido en venir en contra de su opinión, y al final lo logró a la fuerza,
saltando sobre Fishi y enganchándose en el momento en que se abría el espacio entre
dimensiones.
–Bien –asintió Sulei, con rostro severo, tomando la cimitarra de la mesa–. Traidor, si no
te gustan mis explicaciones al menos nos entenderemos en la lucha.
Aunque su habilidad con la espada no era inferior a la de Fishi, a Deshin no le
agradaba que la situación hubiera llegado a esto, una pelea entre kishime. Mientras
cruzaban espadas y Vlojo se sacaba de encima a Zelene, que lo había dado por muerto

Precioso Daimon 124


prematuramente, Bulen se alejó hacia el otro extremo y se sentó sobre lo que restaba de
un muro del templo, a contemplar los acontecimientos plácidamente.
Lo que primero había notado Amelia al llegar fue que sus enemigos más terribles, los
que la habían intentado asesinar, se hallaban allí: Sulei, junto al extravagante artefacto
que le daba escalofríos, y sus secuaces, Bulen y Zelene. Como no sabía de lo ocurrido
entre ellos, no podía imaginar por qué el glacial Bulen se comportaba ahora de forma tan
extraña. Recién al acostumbrarse sus ojos a la penumbra había notado la figura de
Grenio, encerrado en el líquido.
–¿Está muerto? –preguntó, pero no había nadie para responderle ya que todos
estaban luchando, y entonces vio salir de entre las sombras a Tobía.
–¡Estás bien! –exclamó él, encantado y olvidándose del peligro que corrían, le tomó las
manos y la estudió con admiración.
–¡Tobía! –replicó ella, azorada, y también feliz de encontrarlo de nuevo.
Aunque ocupado con el metódico Deshin, cuyos ataques no eran fuertes pero sí
diestros y constantes, Sulei notó la escena y al pasar cerca sorteando una estocada,
comentó con ironía:
–Qué dulzura, los dos humanos... Si quieres puedo mostrarte algo que prueba que él
estaba trabajando para mí.
Deshin se movió hacia delante, ensartando su espada con un impulso que, aunque
Sulei retrocedió y evitó el golpe, despatarró la mesa y unas cajas quedaron
desintegradas.
–¿Lo dices por la espada de Claudio? –replicó Amelia, enojada–. ¿Por qué iba a
hacerte caso después de todas tus mentiras y tus maldades?
Sulei rió, encantado con su ingenuidad.
–¿Y tú, Bulen? –se interrumpió de pronto–. ¿Piensas quedarte ahí mirando?
Impasible, este replicó: –Yo he sido descastado. No puedo intervenir –y a la joven le
dio la impresión de que la miraba fijamente. No entendía a esa mezcla de Brad Pitt con
Yoda, le parecía que pretendía manipularla.
Fishi y Vlojo no eran cuidadosos en su lucha. La shala de Fishi cortó más cosas que
ropa y hierro, y con excepción de Fesha, ninguno quería enfrentarse con el encendido
kishime. Por su lado, Amelia y el tuké tuvieron que saltar sobre los despojos de la mesa y
apretarse contra un muro para evitar los misiles vivientes que el troga mandaba para
todos lados, arrojando kishime con sus puños y alguno que otro de un colazo.
–No puede ser que esté muerto –murmuró Amelia, todavía afectada por el estado del
troga.
Muchas veces había soñado con librarse de él, pero nunca, se decía, nunca hubiera
querido que le pasara algo malo realmente. Además, tenía la sensación culposa de que
tenía que hacer algo y no lo había hecho. Se escurrió cerca del muro de piedra húmeda y
musgosa hasta ubicarse en un rincón detrás del artefacto y miró hacia arriba, tratando de
adivinar cómo sacarlo. Estaba muy alto, las paredes lisas y selladas. No tenía siquiera
idea de cómo lo habían metido. Apoyó las manos en la piedra negra, frustrada. Sintió una
vibración en la superficie tibia y suave, mientras el líquido burbujeaba arriba.
–Una vez comienza el proceso no hay salida –dijo Sulei con voz grave, deteniéndose

Precioso Daimon 125


junto al artefacto a un paso de Amelia.
Deshin se detuvo para respirar. Fesha estaba atacando a Vlojo con una lanza. El troga
esquivó la punta, tomó un extremo y tiró de ella lanzando al kishime al techo. Fesha se
dejó impulsar y rodó en el aire, aterrizando a sus espaldas, al tiempo que el troga se
volvía invisible y cambiaba de posición. Fesha miró alrededor y le pareció percibir un
movimiento. Sorprendido, vio que un baúl entero venía volando hacia él. Sulei corrió veloz
como un rayo y se interpuso con la cimitarra levantada en el camino del mueble,
partiéndolo en mil pedazos. El contenido cayó con estrépito, lámparas, jarros de cristal,
espejos, todo se estrelló en el suelo.
Como si el ruido hubiera aplacado sus ánimos, los combatientes se detuvieron,
exhaustos. Sulei aprovechó ese momento para decir solemne a todos los que lo
rodeaban:
–Es muy tarde para cambiar el destino. He seguido los pasos de este troga –señaló al
Grenio inmóvil– desde que se reveló como el elegido, y he actuado para obtener su poder
para nuestra raza. No desperdiciarlo, como proponía el Kishu, matándolo antes de que
creciera su fuerza. No es para mí solo, porque cuando esté en mi cuerpo será patrimonio
de toda nuestra raza. Uds. humanos, no deben temer, porque no es mi deseo
exterminarlos y tan pronto tenga el poder absoluto haré que detengan la matanza.
Tampoco deseo tener enemigos de mi propia raza, gente de Fishiku –Sulei habló con
cierta humildad y sinceridad.
Ahora estaba cerca de Tobía; movió la shala a tal velocidad que no pudieron verla, y
cortó la parte delantera de su túnica, dejando caer al piso el contenido de sus bolsillos
internos. Las dos gemas tintinearon en el suelo de roca, lanzando débiles reflejos. El tuké
se sonrojó y miró turbado a la joven, que observó con curiosidad su pasaje a casa.
–¿Qué les parece si decide ella? –prosiguió Sulei–. Ahora que conoces toda la historia,
cómo te han utilizado los monjes, el troga, yo mismo. Sabes, tengo un poco de tu sangre
en las venas, así que me siento compenetrado. Puedes acabar con tu martirio ahora
mismo, yo tengo lo que necesito y tú te marchas a casa. ¿Qué decides?
Amelia miró al suelo. Como si el orden de los acontecimientos ya no dependiera de
ellos, todos los demás que se habían quedado paralizados, esperando, y les pareció que
ella quería acercarse a Sulei. Pero solo caminó dos pasos y se agachó. En el suelo había
visto la espada fabricada para Claudio, que había aparecido al estrellarse un arcón en la
batalla, con su empuñadura labrada y la hoja teñida con el óxido infame de la sangre
troga.
–¡No puedes... –exclamó de pronto Fishi, molesto, pero una mirada de Deshin lo calló.
–Esta espada –comenzó Amelia en voz baja y temblorosa, posando sobre el arma sus
dedos que iban adquiriendo firmeza– es de mi antepasado, él vino para acá siguiendo a
un monstruo, para vengar a su hermana... –la joven se enderezó con rostro sombrío,
movió la cabeza en un gesto afirmativo, y susurró–: Bien, ¿cómo sigue esta cosa?
Una sonrisa ensanchó el rostro de Sulei, pues nunca había creído que fuera tan fácil, y
se adelantó con un gesto triunfante.

Los seguidores de Koshin se hallaban perdidos, sin saber si debían luchar en contra o
unirse a los kishime vencedores. Los humanos, no se hacían más ilusiones y sólo
esperaban que al menos no cometieran con ellos las torturas que habían presenciado

Precioso Daimon 126


antes. Jóvenes, e incluso hombres mayores y cuarteados por la vida, lloriqueaban en
torno a su jefe, los rostros alzados al cielo o clavados en tierra, sin escuchar ya las
órdenes que les daban. Eduleim tuvo que abofetear a unos cuantos para que se
movilizaran y al menos no quedaran en el camino de los kishime que seguían luchando,
Shadar y una docena de sus hombres contra los cientos que comandaba Dalin.
Tampoco se daban por vencidos los trogas al mando de Fretsa, que habían mantenido
el terreno, sin dejarse aventajar por la habilidad de Zidia para mover la tierra o mandarles
explosiones y fuego, y aun heridos y apedreados lograron vencer a cincuenta kishime que
este había enviado. Pero al tiempo que la tarde se nublaba, vieron aparecer otros tantos
en la lejanía.
–Son los que vimos ayer, ¿cómo están detrás de nosotros? –preguntó una guerrera del
clan, enjugándose la frente.
–No te preocupes –bufó Sonie Fretsa–, y sigue peleando.
Tenían que mantener el ánimo. Esta vez se había preparado y mantuvo una parte de
sus guerreros ocultos entre los bosques, en caso de que intentaran una trampa entre dos
fuegos.
Fahgorn y Krandon estaban discutiendo si deberían disponerse a luchar aunque
significara la muerte, ahora que hasta les habían dejado sin caballos y debían correr a
pie. Estaban por echarlo a la suerte y dar la vuelta para enfrentarse a los kishime, cuando
los cegó una luz blanca, y alertados por los fabulosos ataques que habían sufrido, se
tiraron al piso. Entre los dedos con que se cubrían la cabeza, lograron divisar la aparición
de dos personajes más.
–¿Enemigos?
–Tal vez.
Los dos kishime recién arribados trataron de ubicarse, estudiando los restos, los
cuerpos, la gente que corría, el olor a cadáveres chamuscados, a sangre y miedo, los
llantos.
Zidia, que iba persiguiendo a los humanos, reconoció a uno de ellos y suspiró.
Bofe percibió el cuerpo de Koshin, reseco como una hoja marchita, y lamentó la
pérdida de uno de los kishime más poderosos, jóvenes y hábiles en el Kishu. Sus
seguidores lo rodearon, buscando consejo.
Necesitaba sostenerse en Sel para caminar. Apenas había despertado, y a pesar de su
estado débil, pidió trasladarse con los demás; el joven lo acompañó sintiéndose en la
obligación de cuidarlo. No le habían dicho que impidiera su salida sino que vigilara que no
le pasara nada. Bofe sabía que su extenuación, a sus cuarenta años, no le daba mucho
futuro. Pero creía que si el Kishu al que pertenecía se hallaba dividido y enfrentado, no
podía permanecer aparte, aunque le costara los últimos segundos de vida. No tenía otra
cosa mejor en que utilizarlos.

Sulei pasó por su lado y lo vio entrar desnudo en la cabina interior del artefacto, donde
se arrodilló sobre la superficie blanca. Los símbolos refulgían, la puerta comenzó a
cerrarse con suavidad. Amelia se tiró al piso, y antes de que Zelene o alguien más
pudiera darse cuenta de lo que intentaba, empujó la espada de Claudio hacia la abertura.
La espada patinó por el suelo y se coló justo cuando la entrada se cerraba.

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En seguida escucharon un golpe sordo, que provenía de adentro. Alguien intentaba
salir, pero la puerta no lo dejaba. Zelene corrió al artefacto y al punto se dio cuenta de
que no tenía ni idea de qué hacer. Sulei había dicho que no había forma de detenerlo, y
se escuchaban golpes desesperados cuando debería estar narcotizado. Fesha también
se acercó y le ordenó que pulsara algo, asustado al ver que la energía comenzaba a
correr por los conductos y se seguían escuchando gritos ahogados.
Amelia se había quedado mirando embobada el cilindro, preguntándose qué había
hecho, cuando la potencia aumentó drásticamente y de pronto el torso del troga empezó
a brillar, allí adentro de la sustancia, junto con los hilos de corriente roja-anaranjada que
circulaban por afuera del artefacto. La joven se echó para atrás, espantada, lo mismo que
los kishime.
–Toma su shala y sácalo –ordenó Deshin, que conservaba la cabeza clara, a diferencia
de los otros que estaban aterrados de perjudicar a su jefe por inútiles.
Fesha le tomó la palabra y se lanzó, arriesgando chocar con un gran cúmulo de
energía, contra el trozo de piedra negra y lustrosa que debía ser manteca para la
cimitarra de Sulei. Hizo dos cortes rápidos cruzados, y se alejó para contemplar su labor.
Todos los ojos se centraron en la pared de la pirámide, intacta.
–Está construida del mismo material que la shala, una gema invulnerable –alegó Fishi.
–¿Qué es eso? –lo interrumpió Amelia, alarmada.
Donde el pecho había formado una burbuja de luz, la piel oscura se había abierto,
explotada. El líquido comenzó a enturbiarse con la sangre troga. El resplandor no cedió,
se tornó amarillo brillante, y al mismo tiempo un sonido agudo perforó sus oídos,
haciendo huir a todos los kishime excepto a los de Fishiku, Zelene, y Bulen, que se
quedaron hasta el final. Tobía y Amelia se cubrían las orejas pero el ruido igual les
taladraba el cerebro. Fue aumentando de frecuencia hasta convertirse en un alarido a la
vez que la luz se expandía e inundaba hasta el último rincón de la cámara.
El fenómeno se agotó, los ecos del sonido vibraron en la pared de la cueva,
sacudiendo la montaña, el artefacto se apagó, y el ruido se diluyó en un estertor agónico.
La pirámide trunca silbó y una mano apareció en la rendija de la entrada, empujando,
porque ya no se abría de forma automática. Algo se había roto en el mecanismo,
sobrecargado de energía. El líquido, rojo grana, se desagotó, dejando el cuerpo del troga
sin vida, fláccido.
Después de la mano apareció un brazo, y el resto de un cuerpo blanco. Sulei se
arrastró, las manos machucadas y las puntas de los dedos ensangrentadas por los
arañazos que dio para escapar, los ojos inyectados en sangre, dilatados, y toda la
espalda cubierta de franjas moradas.

Cáp. 11 – Rendición

En Semel, sólo los trogas y algunos kishime seguían luchando. Fretsa ya no gastaba
energías en gritar y dar órdenes, confiando en que cada troga iba a continuar peleando
con cada gramo de energía que le quedara, como lo hacía ella. Tenía enfrente a los
hombres de Sulei, y detrás a Lodar. Vio cómo una de sus primas caía con la cabeza
destrozada a manos de un hombre de gris, luego un troga saltaba hacia él con una daga

Precioso Daimon 128


que clavó en su pecho y el kishime caía pero ya aparecían más por ese lado y lo
reducían. Ella se dio vuelta, paró una estocada de Lodar deteniendo su brazo en alto, y
enseguida le ensartó el tridente que le quedaba. Lodar giró la espada y le hizo soltar el
arma, que se clavó en la tierra.
El suelo temblaba con los golpes de Zidia, y notó que Raño y otros dos trogas se
acercaban a ayudarla saltando el río. Lodar le hizo retroceder unos pasos y ella decidió
pararse ahí y contraatacar, desplegando sus alas. Los kishime de Lodar la mandaron
volando. Cayó en medio de los combatientes, a pasos de un hombre de Zidia que
intentaba ensartar a un guerrero humano por la espalda. Fretsa se lanzó hacia sus pies y
lo volteó, salvándole la vida a Krandon, quien no había notado el peligro que corría. Unos
trogas se vieron aprisionados en un montículo de tierra, y las piedras volaron directo a
sus cabezas. Porondeles se zambullía al mismo tiempo para salvarse de la embestida de
doscientos kilos de troga dirigida contra un kishime gris, que opuso resistencia, y
resbalaron juntos hasta hundirse en el Parilis.
Bofe se metió en medio de la batalla. Algunos kishime reconocieron al opositor de
Sulei y se lanzaron hacia él. Pero en el último momento, Lodar se interpuso y gritó la voz
de alto.
–Lodar –le habló Bofe, cuyo rostro se estaba poniendo gris y reseco–. Detenlos tú,
que no eres la clase de ser que llevaría a cabo una guerra contra tu propia raza.
–¡Bofe! ¿Qué haces aquí, en este estado? ¿Cómo? –replicó Lodar, al volverse y notar
por primera vez la apariencia de su antiguo compañero–. Deberías estar recluido en el
refugio ¿no es cierto?
–Ya es tarde para mí. He vivido todo lo que podía y mis últimas energías las he usado
en venir hasta aquí... Detenlos... Shadar y Dalin, Zidia y los hombres de Koshin, y a
Sulei...
–Yo... –Lodar se rehusó, observando sin esperanza a su alrededor, los trogas heridos
que seguían adelante peleando a muerte con su propia gente, kishime matándose entre
ellos, los humanos aterrados, el río vuelto sangre y la tierra revuelta–. No sé... Pero tú,
puedes salvarte. ¿Sabes que Sulei ha encontrado una máquina que nos puede alargar la
vida, darnos más fuerzas?
Pero como lo había dicho, había gastado sus últimas energías en transportarse hasta
allí, y ya no iba a pronunciar más palabras. Lodar le tomó una mano y, en medio del caos
de la guerra que sólo era un remolino de ruido y color, observó cuartearse la piel gris, que
se hundía sobre sus delgados cartílagos blancos. El cuerpo cayó blando como una
pluma, se desinfló. El agua se evaporó como expiró su último aliento y Lodar creyó
sentirlo pasar a través, y se preguntó adónde había ido la persona, la energía con la que
había conversado. ¿Sólo así desaparecían? Miró alrededor; había unos cuantos kishime
muertos, todavía carnosos, llenos de líquido vital que se derramaba por sus heridas, y
sabía que pronto se volverían como Bofe, una mota de polvo en la llanura.

Zelene lo había cubierto con una túnica gris y estaba ayudándolo a levantarse. Sulei
parecía desorientado, los ojos en blanco y las manos temblorosas como las de un
anciano. El sirviente también lo ayudó a anudarse el cinturón y envainar la cimitarra.
De pronto, Sulei levantó la cabeza, los ojos brillantes y bien enfocados, fijos en la
joven. Alargó un brazo y la levantó del cuello, antes de que pudiera moverse.

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–¿Qué intentas, fagame? –le gritó, y la arrojó al piso.
–Cuando era chica mi madre también se enojó mucho cuando puse un tenedor en la
licuadora a ver que pasaba –replicó ella con calma.
–¿Funcionó? –preguntó Deshin, atrayendo la atención del kishime.
Como respuesta, Sulei abrió los brazos, cerró los ojos, y al mismo tiempo la gruta
comenzó a vibrar. Sulei inspiró hondo y las puntas de sus dedos sanados, brillaron.
–Aunque parte del poder se perdió por la... perturbación. Sí, soy la existencia más
poderosa de este mundo –declaró sintiendo el temblor de la montaña que resonaba con
su cuerpo.
–No lo creo, no es posible –replicó rápidamente Deshin, incrédulo.
–Veamos –repuso Sulei, haciendo apartar a Zelene y preparándose para la lucha.
Deshin desenvainó, pero antes de que comenzaran, Vlojo y Fishi se acercaron,
deseosos también de ser los primeros en probar si era invencible o no. No obstante
Deshin no pensaba sacrificarlos; les daría tiempo para escapar si lo necesitaban. Giró su
cuerpo y la espada en un solo movimiento. Sulei recibió el impacto de la shala con su
cimitarra, la cual había desenvainado luego de que Deshin comenzara su rotación.
Asombrado por su velocidad, Deshin le envió una carga de energía por la hoja cristalina;
quería vapulearlo y azotarlo contra el muro. Sin embargo, toda su potencia se desvaneció
al tocar la shala de Sulei que funcionaba como escudo y filo a la vez.
El shoko sonrió al ver el asombro en sus caras, y le dio un empujón a Deshin que lo
arrastró por el piso con la fuerza de un huracán. Revoleó la cimitarra, y la misma energía
que le había enviado, se la devolvió amplificada. Deshin se vio envuelto en un remolino
que lo hizo dar vueltas por el aire y lo estampó contra el muro opuesto, arrastrando
consigo los muebles y piezas rotas que encontraba en su trayectoria. Vlojo se zambulló a
un lado para evitar la corriente y Fishi se cubrió con la shala, cortando la tromba. Tobía
aprovechó para tirarse al piso, y lo primero que hizo fue recoger las gemas que Sulei le
había extraído. Amelia se hallaba detrás del poderoso kishime, a cubierto junto al
artefacto, que ya no brillaba pero conservaba un poco de calor.
Deshin intentó mover un brazo, defenderse. Había caído sentado luego de chocar
contra el muro y quebrarse los huesos. Era inútil, y ni siquiera había podido salvar a su
compañero. Movió los labios y un murmullo salió de su garganta, pero Fishi no se iba a
detener por nada que dijera. Exaltado, rabioso, saltó contra Sulei y este lo repelió con una
mano. Una bola de energía lo envolvió en un manto llameante y lo derrumbó de una vez,
todo quemado. Fishi tembló, se arrodilló con dificultad y sacudió su ropa hecha jirones.
Tenía media cabellera consumida por el fuego de la explosión, la piel tostada, y
magulladuras, pero sus ojos brillaban con una furia asesina. No tenía poderes como Sel,
no percibía cosas como Deshin y no tendría la fuerza de su enemigo, pero no se iba a dar
por vencido así nomás. Podía pelear aún; usó su fuerza para desvanecerse en el aire.
Sulei advirtió que una ráfaga de aire se acercaba a su cara, dio media vuelta y
extendió un brazo, a tiempo para detener el puñetazo que Vlojo, acercándose sin ser
visto, tiraba con la izquierda mientras preparaba la puñalada con la derecha. La daga
entró en el vientre de Sulei, debajo del brazo izquierdo, sin encontrar resistencia en la
carne blanda. El kishime reaccionó y abrió un tajo en el cuerpo de Vlojo, de la cadera
izquierda al hombro derecho. El troga se encorvó, sintiendo cómo se le escapaba la
sangre caliente, y se abrazó para contener un poco del dolor que lo abrasaba, aún
sosteniendo la daga. Cayó de rodillas con una maldición entre dientes y un juramento a

Precioso Daimon 130


su jefa, mientras sus órganos vitales pugnaban por seguir viviendo a pesar del daño
masivo. Apretó su arma, mientras trataba de enfocar el corazón kishime, y se esforzó por
levantar su mano. Sulei contempló con asco su túnica bañada en sangre y lanzó un
puñetazo a la arrugada frente troga, hundiéndole el cráneo y parando en seco el
movimiento del brazo que ya iba hacia su pecho.
Vlojo se desparramó en el suelo, de espaldas, los brazos abiertos. La daga rebotó en
el suelo entre fragmentos de vidrio y madera.
–Ya no queda ninguno –comentó Sulei, desencantado.
Fishi se materializó detrás de él con un retumbe apagado, la shala en una mano y una
espada en la otra, traspasándolo en el acto de lado a lado:
–Sólo fui a pedir esto prestado –replicó.
Aún con el gesto irónico en los labios, Sulei dio un paso, tropezó y se congeló; de su
garganta salió un murmullo agónico como si intentara gritar. Abrió los brazos, gimió,
movió la manos y con un nuevo esfuerzo que sacudió paredes, artefacto y cadáveres,
aferró las dos armas y las arrancó de su cuerpo. Bulen había saltado de su puesto de
observación y se acercó lentamente. Todos lo miraron atónitos; Sulei se precipitó al suelo
como una roca.

Lodar se plantó frente a Faney, Eduleim y Mateus, y les prometió sus vidas si dejaban
de resistir. Su rostro calmo y palabras sensatas los convencieron, aunque aceptaron con
desgracia y abatimiento, abandonando en ese acto su libertad y forma de vida para ser
esclavos de unas criaturas que no conocían, no entendían y temían.
Los humanos se inclinaron, la mayoría con desconsuelo y angustia, otros con
resentimiento como Krandon y el resto de los cazadores, algunos terriblemente heridos
como Porondeles, pero ansiosos por acabar. Se rindieron por respeto a la vida de los
demás y amor a sus familias en tierras lejanas.
Los que persistían, abrumados por un sentimiento de fatalismo que los impulsaba a
seguir adelante, eran los trogas, y Lodar tuvo problemas para convencer a Fretsa de que
dejara una lucha inútil. La troga y sus guerreros no se hacían ilusiones sobre sus vidas,
porque sabían que los kishime eran enemigos naturales de su raza y no pretendían dejar
a uno con vida.
–Yo les prometo, con honor de guerrero como somos todos, dejarlos partir –argumentó
el kishime, parado junto con Sel en medio de los trogas enfurecidos, que querían
descuartizarlos allí mismo.
Fretsa consideró la situación. Los kishime no tenían honor, pero este se había portado
como un guerrero en todos sus encuentros, y de todas formas si seguían luchando, iban
a morir más tarde o más temprano.
–No nos rendimos –gruñó, bajando su lanza–, pero vamos a esperar. Una tregua,
hasta que tengamos noticias.
–¿Esperan a Grenio? –preguntó Sel con frialdad, como si dudara.
Los trogas se le aproximaron peligrosamente.
–Sí –afirmó Fretsa, que todavía esperaba un milagro–. Por la profecía. Tregua hasta
saber si ha vencido Grenio o ese kishime que tienen por líder.

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Lodar asintió y le hizo una seña a Sel.
–Ven, jovencito. Ahora sólo me falta convencer al loco de Dalin para que no atormente
a los humanos, y tú ayudarás a contener a Shadar.

La gruta seguía vibrando como si la montaña estuviera bajo los efectos de un


terremoto y lo único que permanecía intacto era el misterioso artefacto oscuro. Tobía iba
retrocediendo como quien ha visto una serpiente y chocó con Amelia, que lo sacudió por
los hombros para que reaccionara, y entonces él a su vez la aferró de las manos y le
suplicó que escaparan juntos. La sangre de Sulei desapareció del piso, sus heridas se
contrajeron y el kishime se levantó, ante la sorpresa fugaz de Bulen y la rabia de Fishi,
cansado y hastiado de este enemigo que se recuperaba una y otra vez.
–No se rompió –murmuró Amelia.
–No –concordó el tuké, mirando al kishime que se erguía, fuerte y entero, en tanto se
volvía para enfrentarse con Fishi.
–Me refiero a esta cosa –acotó la joven, levantando una mano para tocar el cilindro
encima de la piedra negra–. Pensé que la había descompuesto, pero sólo se apagó.
Después creí que el cristal se iba a romper, con todo el escándalo que hicieron y estas
vibraciones...
–Hay una tapa arriba, por donde lo metieron –señaló Tobía, y luego sacudió la
cabeza–. Pero no sirve de nada, ya está muerto. Vamos, Amelia...
–¿Qué dices? ¿Qué huyamos dejándolo aquí? –replicó ella, frunciendo el ceño.
–Sí –respondió con firmeza Tobía, tirando de su brazo, y luego susurró, intenso–. Si
nos vamos ahora y huimos de los kishime, puedo llevarte al templo, a la puerta de
Agasia, y con estas gemas, te devolveré a tu hogar. Tienes que huir ¿entiendes? Tú no
perteneces aquí y esto se está poniendo muy feo...
Fishi había esquivado los ataques de Sulei, maniobrando para recuperar su shala del
suelo y con ella poder desintegrar su energía. Pero la cantidad que Sulei podía enviarle
superaba lo que podía dispersar en un solo movimiento y con cada descarga iba
quedando más devastado.
Deshin abrió los ojos débilmente y se alegró al ver que seguía vivo.
Zelene notó que los humanos cuchicheaban y adivinó sus intenciones de huir. Amelia
aún no había tomado una decisión, pero al mirar a Tobía, vio por encima de su hombro
que Zelene venía hacia ellos con una espada alzada sobre su hombro. Empujó al tuké y
se tiró a un lado, cayendo sobre el hombro herido y desmayándose por un segundo. La
espada, que no era otra que la shala de Grenio, siguió viaje y se estrelló contra el
artefacto, arañando cristal y piedra sin ningún efecto, salvo un tintineo metálico. Tobía
masculló con desagrado, cansado de que lo mandaran al piso, y notó que Zelene
observaba el arma que tenía entre manos con expresión desorbitada. Amelia abrió los
ojos en ese momento y también lo observó, sin comprender todavía qué le pasaba.
Fascinada, vio que por sus brazos se extendían unas estrías moradas hasta su cuello y
rostro. Su vestido y cara mostraban asimismo unas ramificaciones oscuras.
–So... –llegó a emitir el kishime antes de que su cuerpo se astillara en mil pedazos
como un cristal.
Adonde estaba parado, sólo quedaba polvo, y en el suelo la shala con forma de flama

Precioso Daimon 132


azul.
–¡Cielos! –exclamó Tobía, girando el cuello para cerciorarse de que sólo él había
explotado. En medio del aire enrarecido por el polvo de los temblores, Sulei seguía
intentando liquidar a Fishi, y Bulen, de lejos, esperaba el final–. Ahora sí que no me
quedo a ver otra...
Amelia se había arrodillado junto a la shala, y miraba el tanque.
–No la toques –le advirtió Tobía–. Viste lo que le hizo al kishime, porque no tenía el
poder para manejar una espada sagrada.
Sin hacerle caso, la joven se trepó al artefacto, poniendo los pies sobre los símbolos
esculpidos en él, y se puso a golpear el vidrio, llamando al troga por su nombre.
–¡Basta, Amelia! –suplicó Tobía, y si hubiera tenido se le habría caído el pelo de
preocupación.
Si las palabras del monje no la detuvieron, la risa burlona de Sulei la paralizó y decidió
bajarse. Fishi yacía en el suelo, un muestrario de heridas y exhausto.
–¿Qué dices, Bulen? ¿Este es el final que pudiste ver después de tu traición? –
exclamó Sulei con sarcasmo–. No estoy destruido. Al final, obtuve el poder del troga y la
humana, que combinados con un kishime dan un poder infinito. Bueno... debería tirar ese
cadáver, pero al parecer el artefacto se ha averiado.
Amelia sintió enfriarse su corazón, pero también percibió que algo no era del todo
correcto. ¿Qué había pasado con Lug, con los recuerdos de su vida pasada, y de
Claudio? ¿Por qué creía que todavía podía y tenía que salvarlos, a Grenio y a Lug? Le
costaba aceptar que quería salvarlo, pero no podía traerlo de la muerte. Le dio lástima
que no pudiera cumplir su venganza, en la cual había puesto toda su vida, toda su familia,
por tantos años.
–Y Uds. ¿por qué no huyeron? –prosiguió Sulei, mientras Tobía daba todo por
terminado y se sentaba en el suelo con un gesto de fastidio–. Me alegra que sean fieles
entre Uds. –aunque fuera el más poderoso del planeta, le hubiera gustado poder creer en
la confianza absoluta de Bulen, como antes.
–¡Maldito! –gritó la joven, dándole la espalda para esconder sus lágrimas, y masculló–.
¡Para qué todas estas muertes! ¿Qué poder tan maravilloso tienes, aparte de asesinar y
destruir?
Con un gesto ampuloso, Sulei le concedió:
–Tienes derecho a conocerlo antes de morir. Me caes bien. Te voy a mostrar.

Cáp. 12 – El elegido

Amelia sintió los delgados dedos del kishime cerrarse sobre sus hombros y se
acobardó, deseaba haberse ido, quería estar de vuelta en su casa como si nada hubiera
pasado. La punzada en el hombro izquierdo le hizo ver las estrellas y la devolvió a la
realidad que no podía abandonar.
–Tu cuerpo grita por salir de aquí –susurró Sulei, cerniéndose sobre ella, la vitalidad
que rebosaba los límites de su cuerpo llenándolo de gozo y optimismo, haciendo temblar

Precioso Daimon 133


la montaña–. Así que me gustaría ayudarte en tu deseo... ¿Qué lugar te parece
adecuado? ¿Adónde quieres ir?
–¡Detente! ¡Déjala en paz! –exclamó Tobía, arrojándose a sus pies, pero Sulei lo pateó
a un lado.
Bulen se había acercado con expresión sombría, pero sus ojos no estaban fijos en
Sulei ni en la humana.
–Te llevaré a una luna –murmuró, ante el rostro pálido y ojeroso de la joven–. Te dejaré
en un bonito lugar en la luna, o en el cielo...
Amelia cerró los ojos con fuerza, temiendo encontrarse sola en una dimensión oscura
al abrirlos de nuevo, o peor, en medio de la nada, sin oxígeno. Sulei sintió una vibración.
La gruta tembló y algunas piedras rodaron; los trozos de escombro, vidrio y madera
regados en el piso comenzaron a girar en torno a la pareja a medida que su energía se
convertía en un remolino. Finalmente el vendaval invadió todo el espacio. Entre el cabello
azotado por la fuerza desatada, Bulen alzó los ojos y se quedó helado. Tobía siguió la
dirección de su mirada, preguntándose qué le causaba tanta impresión y exclamó:
–¡Cielos!
Algo había llamado la atención del kishime, algo que le pareció extraño con el artefacto
y ahora al fin se daba cuenta de que el cilindro estaba vacío. Donde se hallaba el cuerpo
troga, voluminoso y lánguido, atravesado y clavado al mecanismo, no quedaban más que
un par de varillas de metal escurriendo líquido rojo.
Fishi se había arrastrado hasta donde Deshin, derrumbado contra el muro, miraba la
escena con ojos entrecerrados por el dolor. Las figuras de Amelia y Sulei se volvieron
borrosas y el remolino se concentró a su alrededor. Sulei sonrió triunfal cuando una grieta
luminosa los succionó desde abajo, evaporándolos.
Amelia abrió los ojos y su corazón se detuvo un instante. Luego comenzó a latir a toda
velocidad y se aferró al kishime, quien contemplaba admirado el espacio absolutamente
negro y vacío en el que se hallaban, aunque desconcertado por no haber llegado adonde
quería.
“Estamos entre dimensiones”, pensó ella. Sulei se fijó con atención y percibió que la
negrura estaba salpicada de estrellas tenues. Una de ellas comenzó a moverse en su
dirección, haciéndose grande y brillante al acercarse, y ambos advirtieron que parecía
una galaxia girando a toda velocidad sin detenerse hasta producir un borrón colorido. La
luz pasó entre los dos, y Amelia sintió un aliento cálido, sedoso, un aleteo de mariposas
le rozó las mejillas.
–¿Qué es esto? –inquirió Sulei, comenzando a irritarse.
El espacio se arrugó y los envolvió. Maravillada, ella sonrió. No recordaba haber visto
estos fenómenos cuando estuvo con Grenio y Lug, pues las luces lejanas no se les
habían acercado.
Sulei no estaba feliz. No había logrado llegar adonde quería... ¿por qué no podía
manejar su poder? La capa negra que los envolvía se tornó líquida, brillosa como
petróleo, luego iridiscente, y al final se fue aclarando hasta terminar rompiéndose como
una pompa de jabón que los devolvió a la gruta húmeda. Estaban en el mismo lugar del
cual habían partido, Tobía seguía arrodillado en el suelo con expresión pasmada y Bulen
observando el artefacto vacío. Apenas habían desaparecido de su visión un par de
segundos.

Precioso Daimon 134


El kishime se miró las manos, frustrado, y la ira subió como una oleada negra que lo
mareó. Amelia retrocedió instintivamente, percibiendo el color que subía a su rostro, pero
antes de que pudiera alejarse, Sulei le lanzó un puñetazo que le partió el labio y la hizo
caer de espaldas; chocó contra el artefacto y resbaló hasta el suelo. Aturdida, suplicó por
ayuda. Sulei la estaba mirando lleno de un odio irracional, como si fuera la culpable de
que no le salieran las cosas.
Pero al levantar la vista, Sulei notó lo mismo que Bulen, y se echó para atrás, pálido:
–¿Dónde está? ¿Cómo desapareció? –y tomando a la joven del cuello, la levantó y la
sacudió, gritándole–. ¿Qué has hecho? ¿Dónde está?
Ella no tenía idea de qué le estaba hablando, y lo único que quería era que dejara de
sacudirla. Se tuvo que morder el labio hinchado para no gritar por la herida medio abierta;
Sulei deliberadamente le puso una mano en el hombro y Amelia sintió un dolor tan agudo
que lanzó un alarido. Entonces, cuando estaba a punto de perder el sentido, una mano la
libró de la crueldad de Sulei, dejándola caer al suelo. Tobía los miraba pasmado, y el
kishime exclamó, con un tono que rayaba en el pavor:
–¿Cómo es posible? –retrocedió un paso y luego, recapacitando, se tranquilizó y lo
estudió con curiosidad, añadiendo en tono acusatorio–. No es posible, nadie puede
sobrevivir a este procedimiento...
Grenio apretó y aflojó los puños, mirándolos como si también le extrañara estar vivo.
Sin saber cómo, había salido de su prisión y se hallaba ileso, con la cabeza un poco
ligera, pero lleno de energía y repuesto de las heridas y la pérdida de sangre.
–Es posible que haya estado muerto –replicó con voz grave, mostrando los dientes
afilados–, pero he vuelto para exterminarte.
Sulei no esperó a que terminara de hablar para atacar. Grenio se abalanzó sobre su
shala abandonada en el piso entre los escombros, y la hendió en el aire al tiempo que
giraba y saltaba hacia él. La hoja describió un arco fulgurante, arrastrando la luz hacia el
vacío que generaba su vertiginoso viaje a encontrarse con la cimitarra que venía hacia su
pecho. Sus armas chocaron con estrépito, enterrándose un filo en el otro en medio de
una serie de explosiones centelleantes por las moléculas del aire que se partían en la
colisión de sus fuerzas. Decidido, Grenio lo empujó con todo su poder, apretando los
dientes a medida que sus ojos se ponían rojos al calor de la batalla. Sulei frunció el ceño
al notar las fracturas que se iban extendiendo por su cimitarra. El cristal crujió como hielo
al descongelarse y su espada se disolvió en minúsculos fragmentos.
Asombrado, arrojó el trozo de empuñadura que le había quedado e intentó
transportarse para evitar el sablazo que venía por su cabeza. En el mismo momento en
que se desvanecía, Grenio se detuvo y dio media vuelta, arrojando su shala. La espada
voló directo e interceptó a Sulei al tiempo que su figura se materializaba del otro lado de
la cueva. El kishime quedó rígido: la hoja atravesada en su vientre había esquivado el
corazón de puro milagro. Grenio gruñó, desilusionado, y se arrojó sobre él a toda marcha.
Sulei lo vio venir y le lanzó una masa de energía con una mano. Tobía se zambulló fuera
de su camino, tropezando con Amelia que seguía en el suelo, absorta en los dos
combatientes, y Bulen saltó con suavidad hacia atrás para esquivar el disparo. Entre un
gran resplandor y un sonido atronador, la cueva tembló, y al disiparse el polvo caliente
pudieron ver que alrededor de Grenio el piso de roca se había pulverizado. En medio del
cráter, el troga permanecía incólume, protegido por un escudo ovoide. Sulei quedó
estupefacto; se sentía harto de este troga.

Precioso Daimon 135


Grenio había levantado las manos por reflejo, pero ahora podía sentirse confiado ya
que conservaba sus habilidades. Desapareció junto con el huevo de energía y reapareció
frente al kishime. Tomó la espada que sobresalía del estómago de Sulei, y la arrancó de
un tirón.
Su tajo ya se estaba curando y, resuelto, seguro de ser el más poderoso, Sulei decidió
atacar de cerca, y antes de que Grenio adivinara su intención lo tenía aferrado del brazo
izquierdo y comenzó a traspasarle una energía que lo paralizó, impidiendo que usara la
shala. El troga sintió calambres en todos los músculos, mientras su corazón luchaba por
seguir latiendo. Los dientes le rechinaron, visibles en su boca fruncida.
–¡Muévete! –le gritó Amelia.
El troga trató de enfocarse, salir de allí, pero no podía convocar el portal para
trasladarse fuera de esa dimensión. Apenas podía resistir, pero además tenía que hacer
algo para no ser derrotado de nuevo. Notó que por alguna razón podía mover los dedos
de su mano derecha, aunque el resto del cuerpo lo tenía paralizado, y mientras Sulei
seguía electrocutándolo, creyendo que era cuestión de tiempo hasta que su corazón
dejara de latir, Grenio había logrado mover su brazo y, con un último esfuerzo, se lo
encajó en medio del pecho. Las garras penetraron la carne kishime y sus dedos se
cerraron con un último espasmo, entre la carne y el cartílago.
Sulei soltó su brazo, desorbitado, confuso. Bulen, que hasta ese momento observaba
de lejos, de golpe corrió a auxiliarlo: desenvainó la shala y la clavó en la espalda del
troga.
–¡No! –gritaron los humanos, al tiempo que Grenio dejaba libre a su víctima, con el
pecho abierto y sangrante, y Bulen extraía su arma rápidamente.
El troga vaciló y luchó por mantenerse de pie, la visión borrosa y la respiración
ahogada. Asombrado, se puso una mano sobre el tórax, y sintió un cosquilleo ligero.
Toda su piel cosquilleaba, cargada todavía con la electricidad de Sulei. Viéndolo caer
encorvado de rodillas, Sulei pensó en darle el golpe de gracia y, aun con el pecho
destrozado, adelantó el brazo derecho. El aire, denso, explotó hacia el troga. No
necesitaba verlo para percibir qué intentaba, Grenio sentía en su mente los
acontecimientos de la batalla: movió un brazo hacia atrás y lo disparó al tiempo que se
levantaba, enviando de revés la energía de su atacante. Bulen se cruzó en el camino, su
shala cortando el viento caliente formado al chocar la energía de su jefe con la carga
eléctrica que rodeaba el cuerpo troga y su propia fuerza vital. La energía se dividió en dos
corrientes que lo rodearon, encerrándolo en una nube más intensa de lo que podía
soportar, y después siguió su curso hacia Sulei, aunque no le hizo mucho daño.
Sulei se arrojó sobre su ayudante, horrorizado al verlo todo chamuscado, y le aplicó las
manos en el pecho tratando de recomponerlo. Bulen abrió los ojos débilmente. Tenía la
piel del rostro reseca, los labios cuarteados y la ropa chamuscada. Intentó decir algo pero
no pudo hacerlo con su voz. Quería explicarle a su jefe antes de morir, que todo lo había
hecho para ahorrarle una muerte indigna a manos del troga; estaba seguro de que había
nacido para ser un nuevo Kalüb y salvarlo, para que su vida no terminara en el momento
en que el troga le sacaba el corazón.
–Me salvaste... tres veces ya –murmuró Sulei, apoyando la cabeza de Bulen sobre sus
piernas, ajeno a los demás presentes en la gruta oscura.
Incluso Fesha, que había esperado mucho tiempo con sus hombres antes de animarse
a entrar de vuelta, observaba la escena. Tobía y Amelia se habían acercado a Grenio y

Precioso Daimon 136


este tampoco parecía interesado en interrumpirlos. Sulei se dio cuenta de que no tenía la
capacidad para curarlo, no podía hacer nada por él. Incluso con la potencia del antiguo
kishime, Bulen se había desgastado demasiado.
–No puedo sanarte –exclamó alzando los brazos al cielo, luego notó entre la ropa
desgarrada que en el pecho de Bulen resaltaba una marca delgada, rosada, una cicatriz
vieja.
–La herida ha vuelto a aparecer –murmuró Grenio con extrañeza, ya que se trataba de
la misma que había desaparecido gracias a su ayuda, y que también simbolizaba el
deseo de salvar a su jefe, interponiéndose en el camino de su enemigo en la batalla de
Frotsu.
Bulen sonrió aunque su piel se había tornado gris, agrietada, reseca, y ya no sentía
nada, ni siquiera las manos de su Señor posadas sobre su pecho y cabeza.
–Ni siquiera quedará de ti una hebra de estos cabellos –se quejó Sulei.
–No temas por mí, señor –replicó Bulen en su mente, sabiendo que su fin se
aproximaba–. Sólo abandono esta vil forma física que ni siquiera es mía. Nos volveremos
a ver, en otra dimensión, en otra forma, no lo sé... pero estoy seguro de que así será,
porque lo he visto en nuestro futuro.
Sulei se agachó para posar su frente sobre la de Bulen y percibió sus últimas frases,
palabras incoherentes, imágenes que había visto del futuro gracias a Kalüb. Estaba lleno
de esperanza, de gozo, aun cuando su carne se desvanecía como un soplo de hojas
muertas. Los humanos, el troga, miraron con espanto el acelerado trabajo de la muerte
que secaba y consumía su cuerpo desde la punta de los pies y manos, desde los frágiles
cabellos claros, el rostro hundido, hasta que toda la energía se concentró en el centro de
su pecho. Sulei, con los ojos cerrados, colocó su mano sobre esta pero aún así todo lo
que quedaba de Bulen se dispersó en el aire, mariposas de luz. Amelia no podía sacar
los ojos del cuerpo que lucía momificado, y hacía unos minutos parecía vibrante de vida.
Gritando furioso, Sulei lo barrió con su mano y espada, y los restos de su leal seguidor
se desparramaron en polvo y huesos calcinados. Su aura se expandió por la cámara, una
oleada de ira, y Amelia y Tobía se pusieron a cubierto detrás del troga, que se preparó a
enfrentarse con su espada. Fesha y su tropa los rodearon, aunque su presencia no
atemorizaba a Grenio, quien se sentía capaz de luchar contra todos.
–Sulei... Ríndete... –escuchó que le susurraban–. No puedes... Termina con esto... –
balbuceó Deshin.
Pero el kishime no quería darse por vencido porque la vida de Bulen no podía ser en
vano; estaba convencido de que debía ser el más poderoso.
Mientras tanto, la montaña ya había soportado demasiados temblores, y las ondas de
fuerza que continuamente la atravesaban habían socavado las paredes de la gruta y las
laderas que la rodeaban. Todos sintieron un estremecimiento y el techo se derrumbó
sobre sus cabezas con una tonelada de roca y tierra, acompañado de un monstruoso
estruendo.
Al sentir el ominoso temblor, Amelia, abrazada por Tobía, había extendido una mano
hacia el troga, y luego todo se oscureció. Grenio presintió el desastre cuando aún
escuchaban las palabras de Deshin y levantó la shala, creyendo instintivamente poder
pulverizar toda esa masa de tierra. El derrumbe barrió con todo un macizo de rocas,
llevándose las ruinas y todo a su paso, dejando una mordida de ese lado del monte.

Precioso Daimon 137


Dalin paseaba con impaciencia por la planicie plagada de muertos, acompañado de un
séquito de sus hombres, mientras del otro lado del río el campamento humano seguía
sumido en un profundo silencio. Faney y Eduleim, al frente de sus derrotados guerreros,
mostraban un rostro de piedra a la guardia kishime, que los miraba con indiferencia.
Lodar y Shadar conversaban tranquilamente, a unos pasos del lugar donde la jefa troga
estaba sentada, altiva, vigilándolos, y los cazadores palmeaban con gran disgusto los
cuerpos de sus caballos caídos en batalla. De pronto, los trogas se sintieron sacudidos
por un perfume extraño, acre como metal achicharrado. Sel percibió la vibración en el aire
que antecedía la llegada de un kishime y se adelantó, atrayendo la atención de Mateus y
los demás hombres que lo rodeaban.
En medio del campamento, entre el río, los trogas y los kishime, se levantó una nube
de tierra acompañado de una detonación y apareció un conjunto de figuras rodeadas de
un cerco de luz.
–¡Flo... ¡Onia! ¡Tro! –exclamaron los trogas con asombro, arrimándose a Fretsa, que se
había levantado, fascinada, esperanzada.
Sulei miró en torno y apreció la situación. Además de él, habían sobrevivido Fesha y
algunos de sus hombres, pero el resto de los kishime yacía enterrado bajo las ruinas del
templo, junto con el artefacto. También habían aparecido con ellos algunos trozos de
piedra y pedazos de cristal y madera presentes en la gruta. Tampoco se habían librado
de los humanos, Deshin y Fishi que parecían desmayados, y Grenio. Amelia suspiró
aliviada al encontrarse al aire libre, bajo el rico sol de la tarde, y Tobía saludó a su
maestro con energía, radiante por hallarse de nuevo entre humanos.
En medio de la expectativa general, Sulei cruzó la distancia que lo separaba de Grenio
y se detuvo, todos los ojos clavados en él. Grenio se removió incómodo; se sentía
incapaz de sostener otra batalla.
–Gracias por salvarnos la vida –dijo el shoko, inclinando la cabeza ante el troga.
–No era mi intención.
Sulei se dio vuelta y comenzó a alejarse, llamando a Fesha para que reuniera a los
demás y anunciara que se retiraban. Pero al pasar junto a Deshin, que se estaba
recuperando con la ayuda de Sel, no pudo evitar preguntarle:
–¿Sabes acaso... por qué no funcionó? ¿Por qué no pude convertirme en el elegido,
poseer el driago?
–Tenías tres poderes, tres razas en uno... Pero para completar la fórmula te faltaba tu
opuesto. Nunca consideraste lo que decía la profecía, creyendo que todo lo podías
cambiar a tu antojo. Por eso nunca observaste lo que ya se sabía... Ese poder sólo
funciona con dos.
–Bulen dijo que las profecías no existen.
Los humanos todavía no comprendían del todo qué sucedía, no podían creer lo que
veían: cuando ya los habían derrotado completamente, de repente sus enemigos se
marchaban. Tan rápido como habían llegado, los kishime se desvanecieron ante sus ojos
como un mal sueño.
–¿Vas a dejar que se vaya? –murmuró una voz desde el suelo, y Grenio notó que era
Fishi el que se quejaba porque Sulei escapaba.

Precioso Daimon 138


–Adonde vaya, lo puedo encontrar cuando quiera –replicó el troga, inclinándose sobre
él, y para disgusto del kishime, le traspasó energía para que se recuperara.
Amelia se había agachado junto a un cuerpo. Vlojo no había sobrevivido al ataque de
Sulei, pero al menos sus compañeros tenían sus restos mortales para venerar y enterrar
apenas regresaran a reconstruir su hogar. Raño, el primero que se animó a acercarse
una vez se marcharon los kishime, felicitaba a Grenio por su entrada heroica.
–¡Querido Tobía! –el Gran Tuké abrazaba fuera de sí a Tobía, que danzaba frenético
mostrándole las gemas que había recuperado y tratando de explicar, de forma
incomprensible para todos los demás, lo que había pasado–. ¡Amelia! Ya veo que han
encontrado la forma de cumplir la profecía sin destruir el mundo... ¿o no?
La joven sonrió y rogó que se apuraran a salir de allí mientras el troga estaba
entretenido con sus compañeros, antes de que se acordara de ella. Las milicias de Rilay
festejaban ahora que se veían libres, y también lloraban sobre sus muertos. Amelia se
mezcló entre la algarabía y pronto se perdió de vista entre la gente, rodeada por Faney y
otros jefes, que la saludaron como su salvadora.

Conclusión

Desde que llegó a este planeta se había sentido aislada y desprotegida, pero en sus
últimos días estuvo rodeada de personas que la llenaban de cariño y gentilezas. El
ambiente entre los peregrinos, a pesar de haber perdido sus casas, animales y cosechas
y tener que luchar por reconstruir su tierra, era cálido y alegre por haber sobrevivido. En
la noche de conjunción de las dos lunas llenas, la caravana de Rilay que iba a buscar a la
gente refugiada en el monasterio tuké, se detuvo para armar una celebración con
hogueras, comida y cantos. Amelia fue regalada con ropa nueva abrigada, bebió con
Mateus aunque nunca pudo ganarle, comió asado y rió con los bailes en torno al fuego.
Luego de horas de festejos, cansados y satisfechos, todos se fueron a dormir bajo el
manto de estrellas.
Arrebujada en un tapado de piel, Amelia miró con ojos insomnes la fogata, junto a la
cual dormitaba Tobía y roncaba su maestro. El cielo era azul terciopelo, iluminado por los
satélites blancos. La luna pequeña iba declinando; a su alrededor las sombras apenas se
movían en sueños, y sólo se escuchaba algún murmullo apagado. Alguien se levantó de
su lugar y caminó hacia los árboles, la joven lo escuchó y lo vio desaparecer en la
oscuridad, y se tranquilizó. A su lado, Tobía acomodó la cabeza sobre un atado de libros
de Mateus y suspiró. Amelia respingó al sentir una mano pesada sobre su hombro, y se
dio vuelta sofocando una exclamación.
–Fruso otla jo –murmuró la voz ronca junto a su oído mientras ella lo miraba con ojos
desorbitados.
Grenio llevaba la shala enfundada y cargaba la espada de Claudio en su mano
derecha. Le hizo una seña para que lo siguiera y comenzó a andar.
Tobía abrió los ojos y gritó: –¡Amelia!
Ella luchó por recobrar la compostura. Trató de sonreírle al tuké para tranquilizarlo, se
agachó y le puso un beso en la mejilla, susurrando:
–Déja vu... Tobía, no te preocupes por mí, no despiertes a los demás.

Precioso Daimon 139


El tuké sabía que no podía hacer nada contra el troga pero no le parecía justo que
viniera a reclamarla ahora, que estaban tan cerca de su destino. Amelia caminó
controlando el temblor de sus piernas y Grenio la escoltó fuera del campamento.
–No tuve más sueños... ¿Qué pasó con Lug? –preguntó cuando se detuvieron junto a
un río plateado, y como el troga no respondió enseguida, Amelia temió que hubiera
perdido la capacidad de entenderla.
–No está más... murió –contestó Grenio, señalándose el pecho. Por el borde del
chaleco calado se podía divisar una cicatriz estriada, donde la carne había explotado de
adentro con la luz roja. El troga recordó–. En el artilugio kishime, me estaba ahogando en
sangre y todavía podía oír su voz, me gritaba que siguiera respirando aunque creyera
ahogarme. Luego dijo que la índole del artefacto era absorber la esencia de un ser y
traspasarla a otro, pero que no era... necesario que a los dos... nos matara. Su voz se
perdió después.
Lug creía hasta ese momento que sólo podía salir del cuerpo troga si su huésped
moría primero. Sumergido en el líquido, la conciencia y los latidos del troga se volvieron
tan débiles que simulaba la muerte; entonces Lug aprovechó y fue absorbido por la
máquina junto con parte de la fuerza troga diluida en la sangre, y cuando el proceso fue
perturbado por el objeto que introdujo Amelia, empezó a sentir una fuerza de atracción
igual que cuando abandonaba un cuerpo y era llamado por otro del mismo clan. Amelia
consideró las palabras de Grenio, sintiendo un vacío al pensar que nunca más iba a ver a
Lug, nunca se despidió ni le agradeció por todas las veces que la salvó.
–¿Y qué vas a hacer conmigo entonces? –preguntó.
Ahora no había nada que se interpusiera en su camino, ni guerras ni kishime
entrometidos que retardaran su venganza por los asesinatos cometidos por Claudio.

En la cima de Sulabi, Deshin, Fishi y Sel estaban sentados en unas rocas,


contemplando el paisaje inhóspito iluminado por la fría luz lunar. Otro kishime se les
acercó, curioso por saber qué hacían ahí.
–Jefe Shadar –saludó Deshin–, se iku. Estábamos tratando de responder al joven Sel
qué fue la voz que escuchó cuando cuidaba el sueño de Bofe, poco antes de que diera a
luz.
–¿Una voz? –repitió Shadar, que había venido a visitar el refugio antes de regresar al
Kishu a trabajar por la unidad de su gente–. ¿Una voz grave que no parecía venir de
ninguna persona cercana? –Sel asintió, atemorizado con el solo recuerdo, y él explicó–.
Bofe estaba cercano a la muerte... He escuchado que muchas veces en ese estado
podemos recibir mensajes del más allá, tal vez de kishime muertos, fantasmas que
vienen a dar consejos importantes.
–¿El más allá? –exclamó Fishi, con desprecio–. Eso no existe.
–No... –repuso Shadar, contemplando la luna clavarse sobre el Sulabi–, es una idea
humana. Pero es una bonita forma de expresar, como creían los antiguos, que al
desaparecer nuestros cuerpos evolucionamos a otro estado superior, pura energía, sólo
espíritu.
–¿Es posible? ¿Hay gente sin cuerpo a nuestro alrededor, como esa voz...? –inquirió el
más joven, interesado pero temeroso de que fuera cierto.

Precioso Daimon 140


–Se supone que viven en otra dimensión, como la zona oscura cuando viajamos, Sel –
explicó Deshin para calmar los ánimos.
–Si es así, sólo lo saben los que ya no están –concluyó Shadar.
Fishiku había sido abandonado por su estado ruinoso, con trozos perdidos en otra
dimensión. Además, como decía Fishi, si un troga podía criticar su decoración, había algo
muy mal en su morada. Habían elegido irse al norte, donde las montañas se hundían bajo
el peso de la nieve, a vivir en un palacio nuevo entre los hielos eternos. Les gustaba un
paisaje yermo y blanco, resplandeciente en las noches de luna, y apartado de los
humanos y su alboroto.

Destituido del Kishu con su propia aprobación, rehuido por todos, Sulei se retiró a
pasar sus días en una isla en medio del océano. Allí tenía recuerdos de su Casa que
había ido acumulando a lo largo de los años, aunque se decía que nunca iba a utilizar
ese refugio: espadas, prendas negras, otomanas y mesas labradas en madera
petrificada, y montones de libros, grabados, tapices y sellos antiguos. No sabía cuánto
tiempo iba a estar allí pero no creía que su vida se fuera a consumir en la soledad. Ya se
le ocurriría una manera de volver y hacerle entender al resto de su raza que no podían
seguir ocultándose en un mundo que podía pertenecerles.
Mientras tanto, paseaba cada día por los montes de frutales encima de la playa,
porque aún conservaba parte de la naturaleza humana y troga que necesitaba alimento
sólido, y también pensaba en Bulen, Zelene y lo que podía haber sido; reviviendo en su
mente las imágenes que su ayudante le había regalado, de estrellas y cálidos luceros que
daban paz. Pero sobre todo, esperaba, a cada momento, que Grenio apareciera para su
combate pendiente.

Tobía logró al fin despertar a Mateus a fuerza de zarandearlo y los dos corrieron
adonde se hallaba Grenio, parado solo en medio de la llanura, seguidos de Eduleim y un
par de guerreros.
–¿Qué hiciste con Amelia? –gritó Tobía sin aliento, frenándose junto al troga.
Grenio lo ojeó como si fuera un insecto pero ni siquiera digno de ser aplastado.
–Por qué tengo que decirte... –replicó, sin preocuparse por los humanos que se
estaban poniendo inquietos.
Mateus revisaba el pasto alrededor, como detective tras un rastro de sangre o cabello.
–Tengo que irme –añadió Grenio, comenzando a alejarse de ellos–. Espero no verte
más.
Lo esperaban en Frotsu-gra, que para su alivio estaba siendo rehabitado por su gente,
bajo la dirección de Fretsa. La mujer había sido elegida una de las jefas temporales más
jóvenes de la historia; y luego de su nombramiento ella le había repetido su oferta. Fretsa
le había confesado además, que había sido presa de los celos por la cercanía que tenía
con la humana. Recordaba detalles que él ni había tenido en cuenta, como tomar agua
que le ofreciera Amelia; la troga había llegado a pensar que su frenesí por encontrarla
reflejaba un interés en su bienestar. Grenio se había burlado de su fantasía. Igual no
podía hacerse todavía a la idea de tomar a la valiente guerrera como pareja, pero había
prometido estar junto a ella.

Precioso Daimon 141


–¡Eh! ¿Dónde está la joven? –gritó Mateus, viendo que sus acompañantes no
pensaban perseguirlo.
–En donde la encontré –replicó Grenio sin darse vuelta, y luego se esfumó en una
grieta del espacio.
–Mateus... digo, Gran Tuké ¿crees que...?
Tobía se volvió hacia el otro tuké, quien se alzó de hombros, lo tomó del brazo y lo
arrastró hasta el campamento: –Bueno, Tobía. Vamos a dormir, que ya se acabó el
espectáculo.

A pesar de la alegría de volver a pisar su mundo, el horror comenzó para Amelia


apenas tuvo que explicar dónde había estado, ya sentía el calor que le subía y bajaba por
el cuerpo, cuando su madre le recriminó si la quería volver loca, perdida una semana
entera. ¡Una semana! Si el idiota hubiera tenido más puntería en su viaje, no tendría que
haber pasado por esto... El escándalo terminó en llanto cuando su madre y la policía
reunidas en su casa, descubrieron que tenía una terrible cicatriz como si la hubieran
atacado con un cuchillo. Ahora pasaba de ser una adolescente trastornada a una pobre
víctima de secuestro, con algo de amnesia por cierto. Amelia terminó derrumbada boca
abajo en su cama, abrazada a la frazada y extenuada, deseando estar en otro planeta.
Entraron un par de calzas anaranjadas y Amelia sonrió al ver la blusa hindú verde que
la acompañaba. Su amiga Cata se abalanzó sobre ella y la aniquiló en un abrazo:
–¡Ame! ¿Estás bien? ¿Qué te hicieron? –exclamó, llorando y empapando la camiseta
de su amiga, que sonrió consoladoramente, respondiendo que estaba bien.
Más considerada, Luna se la sacó de encima y le dio un beso.
–Nos alegra que estés bien, amiga.
–Sí, aunque hayas perdido el año por faltas –añadió Cata, sentándose junto a ella en
la cama.
–¿Qué? –Amelia cayó de golpe a la realidad, y sus recuerdos del otro mundo
parecieron muy lejanos en comparación con el peso de todo lo que debía soportar en su
tierra.
–Es una broma –explicó Luna, riendo–. Para ver si tenías amnesia.
–No es gracioso.
–Pero sí es verdad que Cata está saliendo con tu chico.
–Ja, te felicito... Muy buena elección.
–Es en serio –lloriqueó la aludida.
No preguntaron, pero Amelia sabía que se morían por que les contara qué había
sucedido cuando desapareció, así como su madre y la policía esperaban que
recapacitara enviándola a un psiquiatra para que le hiciera hipnosis. Como le hubiera
gustado contar simplemente la verdad, pero la mentira era más creíble, con todas sus
lagunas.
Cuando a la mañana siguiente su tía la vino a despertar trayéndole un café con leche a
la cama, al ver su rostro donde los años habían pasado benignos, no pudo contenerse y
confesó que lo que había contado era un invento.

Precioso Daimon 142


–No sé por qué, pero creo que tú, tía, podrías creerme sin pensar que estoy loca –
explicó sorbiendo su desayuno, mientras la mujer la escuchaba seria con una expresión
bondadosa, iluminada por la luz rosada colándose por las cortinas de la habitación, le
parecía que volvía a ver el retrato de Caterina.
Laura escuchó sin hacer comentarios gran parte de su relato, tan solo haciéndole
gestos para que se tranquilizara cuando llegaba a una parte en que se excitaba con su
historia.
–¿Me crees de verdad o me estás siguiendo la corriente como a los locos? –exclamó al
fin Amelia, ante el prolongado silencio de su tía que ponía una expresión dubitativa.
Sin responder, Laura caminó hasta la puerta y la cerró, y luego volvió junto a la cama
pero se agachó para sacar algo que había ocultado debajo, envuelto en una tela. Amelia
reconoció el abrigo que llevaba la tarde anterior.
–Cuando te encontramos en la puerta del edificio, medio trastornada, sucia, flaca y con
el pelo crecido como si hubieras desaparecido tres meses... –contó, depositando el
pesado bulto en la cama mientras la joven asombrada, apenas podía creerlo–. Querida...
Amelia, mientras tu madre te gritaba desesperada, mis ojos captaron esto brillando en un
rincón del palier, y sabiendo que iba a ser muy difícil para ti explicarlo, la empujé abajo del
escritorio del portero. En la noche la traje, mientras dormías profundamente, y me
impresionó tanto al tocarla, como cuando de chica tomaba la urna de la abuela. Por eso,
aunque suene increíble, creo que lo que viviste es cierto.
–Sí... –la joven descubrió la hoja lustrosa manchada de ocre y el pomo ricamente
labrado– es la espada de Claudio, nuestro antepasado.
Su tía volvió a parecer una solterona miedosa.
–¿Corremos peligro entonces? ¿Ese monstruo que dices, va a volver a hacernos algo?
Amelia sacudió la cabeza.
–No lo creo. Esta es la espada de un caballero, y él, a su manera, también lo es.
Quiero decir, no sería honorable para él, pelear con nosotras que no podemos ni levantar
esto.
Luego de que su tía se fuera a lavar las tazas, escuchó que su madre atendía el
teléfono, y se levantó para guardar la espada en el armario. Grenio no le había dicho que
renunciaba a su venganza, sólo que para hacerse justicia era tarde porque el instigador
de todo, Lug, había desaparecido. De todos modos, esperaba que el troga siguiera
adelante del otro lado, cambiando la búsqueda de venganza por una vida.
Se dio vuelta cerrando la puerta del armario de un golpe, y otro hizo eco adentro. Se
estaba cambiando la blusa cuando escuchó un nuevo golpeteo y giró sobre sí misma,
angustiada. “¿Qué pasa ahora?” Alargó un brazo hacia el armario, aunque allí no había
nada, recién lo había comprobado. Temió que algo le saltara de adentro, al abrir la puerta
de par en par:
–¡Ah! –saltó hacia atrás, pero como había pensado, no había nada, y se reprendió–.
Me estoy poniendo muy nerviosa, si sigo así...
Lo que se estaba moviendo adentro era la espada, que recién había empujado hacia el
fondo y ahora su punta asomaba entre las cajas de zapatos. Se inclinó y tocó el metal
con sus dedos. La espada tembló y saltó en su lugar, Amelia respingó y cayó sentada,
llevándose la mano a la boca para contener un grito.

Precioso Daimon 143


Se mordió un dedo, absorta. Pensó un minuto; en el cual la espada permaneció quieta.
–¿Eres tú? –le susurró, comprobando primero que estaba sola–. ¿Lug, estás ahí?
Como respondiendo o reaccionando a su voz, la hoja se sacudió. Amelia, a toda prisa,
tomó el tapado en el que había estado envuelta, lo puso sobre la espada, la empujó hacia
dentro rogándole que se quedara quieto, cerró el ropero y se apoyó de espaldas contra la
puerta.
Agitada como si hubiera corrido cien metros, todo fue encajando en su cabeza: por
alguna inexplicable razón, la conciencia del kishime que Grenio odiaba, después de
abandonar el cuerpo troga, había sido atraída hacia esa espada, y pensando que ella
debía tenerla porque pertenecía a Claudio, el troga se la había cedido. Su madre la
estaba llamando. Amelia se puso unos jeans y salió del cuarto para continuar con su vida.

FIN

Precioso Daimon 144