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La antropología política constituye una especialización rela-

tivamente reciente dentro del marco de la antropología social.


Limitada inicialmente al estudio de las formas y procedi-
mientos de gobiernos de las llamadas sociedades primitivas.
su ámbito ha ido ampliándose tanto en extensión COOlD en
profundidad. Hoy día, el antropólogo se dirige también a lo
más próximo para analizar 10 que nos rodea, pero intentando
mantener la antigua mirada. distante y crítica. A esa aventura
se invita desde estas páginas. Por ellas se hacen desfilar
temas centrales y polémicos como la igualdad y el poder, el
lenguaje. la temporalidad, la globalización y las organizacio-
nes, el Estado lejano o los más remotos factores supranacio-
' nales y la inmediata comunidad aldeana. A través de ellos se
entrecruzan Lambién realidades españolas y ajenas, en el
tiempo y en el espacio. esquemas de análisis de hoy con
reflexiones permanentes acerca de lo político.
La perspectiva antropológica invita, además, a prestar espe-
cial atención a las relaciones simbólicas que articulan esOS
fenómenos. Articulaciones que son siempre específicas. de
contextos concretos, pero que sólo adquieren sentido cuando
se estudian en marcos, de teoría y de realidad, más amplios.
Como se apunta en la presentación del libro, es de ese modo
como podemos entender mejor no sólo cómo la política con-
diciona o controla nuestras existencias, sino también cómo
contribuye decisivamente a crear la realidad en que vivimos.

Ariel Ariel
Diseno eubienll: Vicente Morales

1: edición: octubre 1996

(') 1996: Enrique Luque B3en3

Derechos exclusivos de edición en espallol


reservados para lodo el mundo:
O 1996: Editorial Arid, S, A.
Córcega. 270·08008 Barcdon:.

ISBN: 84-344·220S.()
A Yaiza, Blanca y Teresa
Depósito leg:.l: B. 36.792· 1996

Impreso en Espal'ia

Ninguna p¡me de e~ta p... b!k llCiÓll. incluido el diseno


de la eubiena. p... tdc s.er reprod\IClda,lI.lltllICenadll. o tran~mi!ida
en manera dlsuna ni por niMlun medio, ya sea eléctrico.
qulmico. mee:lnieo, óptico. de ,rabación o de fotoo:opil,
~in permiso previo del editor.
PRESENTACIÓN

Los ensayos contenidos en este libro han sido escritos


en circunstancias y tiempos variados. Algunos son fruto,
directo o indirecto, de mi experiencia etnográfica en zonas
también diferentes de España. Otros, en cambio, constitu-
yen reflexiones sobre material empírico, de aquí o de fue-
ra de aquí, de otros autores, antropólogos o no. 0, también
los hay, cavilaciones propias sobre cavilaciones de otros.
Creo, con todo, que ni los primeros descuidan plantear
-casi de pasada a veces- problemas generales o teóricos,
ni los otros se alejan nunca ni por completo de las realida-
des que nos rodean. Al menos, siempre he tratado de que
no lo haga nada de lo que escribo.
Pero 10 que da unidad a esta colección, claro está, no es
sólo eso. Versan todos los ensayos acerca de temas que tie-
nen que ver con la política vista desde una óptica antropo-
lógica. En eso puede estribar su justificación, al menos en
parte. Ocurre que contamos hoy, por suerte, con bastantes
publicaciones en nuestro país que pueden ser etiquetadas
con el rótulo de la antropología. Pero, a diferencia de lo
que sucede en ciencias sociales próximas, escasean todavía
las que adjetivan con el ténnino política el nombre gené-
rico. A lo más, andan dispersas en revistas especializadas,
lo cual no garantiza precisamente en estas tierras su difu-
sión. Tal carencia contrasta, por otra parte, con el lugar
destacado que esta disciplina de la antropología política
tiene en los planes de estudio universitarios de estos lares.
Esa carencia puede justificar una publicación como
ésta. Pero tal vez no sea ahora mala ocasión para tratar de
explicar esa escasez. A1 propio tiempo, intentaré aclarar
8 PRESENTACiÓN PRESENTACiÓN 9

por qué los antropólogos parecen hablar de cualquier otra sentido, la aludida escasez de temática política en nuestra
cosa cuando en realidad están hablando de política. O de bibliografía podria ser más aparente que real Puede ser,
economía, pongo por caso. pero hay más y conviene aclararlo en esta ocasión.
Entiendo que esos conceptos son, ante todo, algo así Para bastantes antropólogos, entre quienes me cuento,
como lentes que nos pelmiten ver los mismos hechos de esa especie de cajón de sastre o de retazos que parece ser
distintas maneras y que nuestro entendimiento de los mis· siempre la disciplina, si alguna unidad tiene, la debe más a
mos mejora cuando sabemos cambiar a tiempo de unas a sus enfoques o perspectivas que a sus temas. Me explico.
otras. No hay, en principio, ah( fuera fenómenos diferen· Los antropólogos, traten de cuestiones generales o teóricas
ciados ya como religiosos o profanos, políticos o económi· o de minuciosos aspectos de la vida de un grupo humano,
cos, prestos a ser atrapados, si antes no los constnlimos suelen moverse con soltura (con excesiva soltura, a decir
como fenómenos mismos. Es más, es que ni los vemos, a verdad) de unas cuestiones a otras. Sean éstas religiosas o
no ser que previamente realicemos algún tipo de labor in- laborales, el derecho sucesorio o las actividades lúdicas.
telectual. Como dice Borges, siempre genial, «para ver una No acostumbra, en suma, quien anda por estos pagos de la
cosa hay que comprenderla»,' Las actividades y movimien- antropología parar mientes en esos obstáculos a la hora de
tos, aparentemente absurdos, de un demente adquieren traspasar fronteras que oh·os especialistas suelen convertir
sentido (y también, por qué no, una vía al tratamiento de eil'C'am pOsoTsciplinares bastante rígidos. Y, como todo,
su delirio) cuando se conciben como rituales plenos de fi- esto tiene ventajas e inconvenientes. Entre los segundos se
nalidad. Del mismo modo, hechos concebidos como pura- cuentan no pocas veces la frivolidad, la su~ficialidad y el
mente biológicos (en gran medida, todo lo que se relacio- escaso rigor conceptual. Cualquier lector atento de temas
naba con el parentesco para los pioneros de la antropolo- antropológicos puede aetectar deficiencias como ésas. Qui-
gía) se situaron en otra dimensión cuando entro en juego zá, en cambio, apreciar ventajas sea más dificil.
una perspectiva política de análisis de los mismos fe nóme- Entre ellas está un mejor acercamiento a las realidades
nos. Las consecuencias no son meramente teóricas, sino de que tratamos. Porque éstas tampoco tienen limites muy
éticas también: integrar en un único universo de discurso estrictos. Es el mismo hombre de carne y hueso -en esa
a la humanidad toda. Algo no previsto, quizá, pero inevita- precisa expresión tan del gusto unamuniano-- quien vota,
ble, como pongo de relieve en el primer ensayo incluido va a ver un partido de fútbol O se divorcia. y, por supues-
aquí (. Sobre antropología políticalt). A él también me re- to, no tiene que preocuparse de si su conducta o sus actos
mito por lo que respecta a la tardía aparición de la antro- van a ser anahzados por un politólogo, un sociólogo del
pología política y al modo en que todo ello condicionó la ocio, un jurista o quien sea. Es a éstos a quienes toca bus-
naturaleza de esta especialización. car lineas que conecten parcelas de vida tan disímiles. Al
Por otra parte, el carácter mismo de la antropología, en fin y al cabo, los mejores &utos de las ciencias sociales no
general, contribuye a una innegable difuminación de perfi- vienen a ser sino reconstnJcciones más inteligibles -o más
les. No resulta fácil deslindar con absoluta nitidez, por plenas de significado- del fragmentario mundo de nues-
ejemplo, una investigación antropológica de temas políti- tros sentidos. Son los grandes aciertos de Marx, de Webel~
cos de otra de temas religiosos . Tal vez cabria decir, paro- de Mauss o de Malinowski al sugerir relaciones no ,E.al!fla-
diando al famoso burgués de Moliere, que muchas mono- I~S entre economía y religión, política y comercio, magia
grafías tenidas por clásicos de la etnografía religiosa ha- y derecho ...
blan una excelente prosa politica. O económica. Y, en ese Con mucha más modestia, el antropólogo viene a trans-
gredir aquellas fronteras porque sus análisis suelen mover-
L 1984. p. 44. se en la esfera de lo local, de lo abarcable; por más que los
10 PRESENTACIÓN PRESENTACiÓN 11

límites y el significado mismo de qué sea lo local vayan es- ciones o articulaciones de la realidad diferentes de unos
tando cada vez más confusos. La más sencilla de las etno- SeclOres a otros. No creo que haya que recurrir aquí a la
grafías comporta -o deberla hacerlo- una deseable falta mayor o menor diferenciación de roles sociales (criterio de
de respeto hacia esos compartimientos que denominamos clasificación de sistemas políticos, de moda en la poli tolo-
política, economia, religión o de cualquier otra manera. No gía de los años cincuentaV Me refiero, por el contrario, a
ya o nO sólo por lo que acabo de apuntar: la vida real de las variaciones culturales que entrañan los ámbitos urbano
las gentes no se vive como a pedazos "i no se nos hace in- y rural, las clases sociales, las actJvidades laboraJes y pro-
teligible. más que cuando entrevemos la multiplicidad de fesionales, los géneros, las edades y tantas otras fuentes de
conexiones entre esas esferas. Es que, además, la tradición diversidad. Convivimos en un mismo espacio -tan reduci-
antropológica obliga de otro modo. Esa tradición ha sido do a veces como el doméstico- con ópticas diferentes y
for,lQSamenle Iransgresora de las convencionales divisio- enfrentadas con frecuencia. Nuestra identidad y nuestras
nes de lo social. Durante largo tiempo, los antropólogos se lealtades están igualmente fragmentadas en esa infinidad
han enfrentado con realidades culturales -las de las deno- de divisiones, y la comunicación entre subculturas se hace
minadas sociedades primitivas o exótkas- que suponen a veces tan difícil como la que revelan aquellos cultos car-
articulaciones del mundo bien diferentes de las acostum- go. Con pedantena estructura lista, habría que hablar aquL
bradas. Cuestión distinta es que las monografías clásicas de distintCí'SCOnjuntos sintagmáticos. "
trataran de forzarlas en los moldes familiares, consabidos. En tal sentidO,lo político (como lo religioso, lo econó-
Sin embargo, la realidad otra se vengaba. Pienso, por ejem- mico, lo demás) articula sectores de la realidad unidos en-
plo, en esa especie de lahoralOrio vivo de encuentros y de- tre sí por relaciones de contigüidad, de todo y parte, de
sencuentros cultw-ales que son los movimientos milenaris- causa y efecto ... Y lo complicado del asunto es que ni si-
tas de Melanesia conocidos como cultos cargo. En ellos, las quiera la sintaxis de cualquiera de esos conjuntos es idén-
rutinas administrativas, los saludos militares o los hábitos tica para todas las subculturas. La expresión más real de lo '
de consumo alimenticios del mundo occidental aparecen polftico -la única, prácticamente- en muchas de nues-
desplazados de sus ámbitos habituales - los nuestros- y tras zonas nrrales, el caciquismo, se conjuga menos y peor
colocados en un lugar central del culto religioso. El fenó- con las expresiones más convencionalmente políticas (elec-
meno revela cómo nuestras experiencias, instituciones, ciones, partidos) que con otras que solemos colocar en la
imágenes de lo que nos rodea, etc., se pueden combinar de esfera de la economía. Pero también la política local se nos
forma muy diferente a la acostumbrada. Lo que nos sor- ofrece a menudo con el ropaje de la asociación religiosa o
prende, o nos irrita incluso, es el mosaico que forman del parentesco. De una y otra cosa doy cuenta en este libro
otros con esos trozos, no el que constituye el marco habi- (_Aislamiento y caciquismo: El mediador inevitable» y
tual de nuestra existencia. Como ante un cuadro de Ma- «Amigos y enemigos»).
gritte, 10 que choca --o espanta- no son los objetos o per- y esto último nos lleva a la otra cara de la moneda ana-
sonajes que contemplamos. Éstos suelen ser bastante coti- lítica. Nuestra vida cotidiana está llena de intentos -falli-
dianos, incluso initantemente vulgares. Lo que, de verdad,
dos, las más de las veces- de trasladamos con éxito de
resulta sorprendente son sus dimensiones, su posición y,
unos de esos conjuntos a otros. De traducir visiones y ex-
sobre todo, su combinación en el conjunto.
periencias válidas en un terreno a otro. Dicho en términos
Cabria decir, pues, que las divisiones de lo real pueden
de análisis, pasamos del reino de lo sint~gmático al de lo
entenderse con más provecho si prestamos atención a esa
especie de ars combinatoria que suponen las diversas cul-
turas. Nuestro mundo cercano ofrece, también, organiza- 2. David Easlon. 1959.
12 PRESE NTACIÓN PRESENTACIÓN 13

paradigmático. J Acabo de aludir a ello. A escala local, lo re- El proceso político pone de manifiesto el uso de esas
mOto, ajen o y conflictivo -las cosas de la política- se específicas sintaxis y lexicologías sociales. Hay quienes es-
trasladan o traducen al lenguaje de lo inmediato y conoci- tán en mejores condiciones estructurale s que otros, o son
do - familia , hermanos (<<Amigos y enemigos»). Y no sólo más hábiles que sus convecinos, para sacar mejor partido
en esos ámbitos reducidos: las metáforas del parentesco de unas y otras . La especificidad de los casos que aquí se
traspasaron fronteras con el uníos, hennanos proletarios y presentan no deben hacemos olvidar, sin embargo, que ro-
tantas y tantas más. za~os....E9n sus elementos algunos temas centrales de lar e-
La antropología política realiza, a mi entender, opera- flexi.§n pOlítica, clásica o ac~ual. Uámense autoridad, igual-
ciones an álogas a las que acabo de esbozar. Porque consti- dad o jerarquía (<<Jefes y líderes»).
tuye también un intento de traducir e interpretar en deter- Me parece, por tanto, que la ang-opología política, aun-
mtnaclos regisfros las vivencias que "la gente tieneCIe1area- que circunsli:riba sus análisis a hechos o dimensiones loca-
l~dad y, sobre todo. las representaciones que de la sebace- les no olvida --o no deberla hacerlo--- el contexto teórico
o fenoménico, en el que unos y otras adq~i~ren -s~ntido o
misma. Esos registros coinciden con los temas clásicos de
la filosol1~y teoría políticas, tan pletóricas por otra parte x:ele",?ncia. El mismo término local ha ido perdiendo sus
de expresiones metafóricas .' Me refiero a conceptos tales connotaciones puramente espaciales. No podía ser menos.
como orden, pacto o contrato, conflicto o guerra, autoridad, Ya no quedan islas del Pacífico o tribus africanas cuyas
poder y opresión. Se trata, como es bien sabido, de concep- descripción y explicación se agoten en sus orillas o en sus
tos forzosamente ambiguos, polisémicos, cambiantes. En límites. En realidad, nunca las hubo. Del fenómeno más lo-
estas páginas me enfrento con algunos de ellos y trato de cal (me remito a algunos ensayos mencionados antes) sólo
no privilegiar ninguno en particular. Concretamente, el del puede darse plena razón cuando lo situamos en el contex-
~der es, valga la duplicación, un poderoso registro. Sin
to ~..§:p_as:!al e _hi~tórico más amplio. AsT,el perlado concre-
to de la Restauración consolidó estructuras caciquiles en
emoargo, creo que lo entendemos pobremente cuando lo
una determinada región de la que trata uno de estos ensa-
conceptuamos en términos absolutos o universales. O
yos. Como también el contexto político de la dictadura
cuando se hace de él la única clave de la ciencia politica.
franquista, la emigración de los años cincuenta y sesenta y
Qué duda cabe gue e.i.QQSler es ubicuo: nos invade y nos
asola por todas partes . Pero sus
exp resiones culturales son J el auge del turismo dejaron su impronta en la dinámica po-
lítica del pueblo andaluz de que trato en otras páginas. E
específicas. Como también es variado el papel que juega en
igualmente, pero a otra escala, está planteado el tema de la
la escena social. A una y otra cosa me acerco en «Poder y
con textualidad y el de la globalización en otros ensayos
dramaturgia política». El poder se presenta --o se disfraza,
(<<Comunidad rural y Estado» y (,El reto de las organiza-
como pongo de relieve allí- de fOITI1as muy diferentes. ciones))). Conectado con ellos está también el que dedico a
Ademá s, el poder no se expresa exclusivamente a través de la relatividad de los límites o fronteras políticas, dotadas
instituciones, ni de forma necesariamente coercitiva. Al po- de una fuerza configuradora ¡ññegab1e.
der de la persuasión y a sus condicionamientos políticos Esto último nos aproxima a otro aspecto, crucial hoy
apunto en otro ensayo (<<Sobre el poder del lenguaje»). en ciencias sociales. Me refiero a cómo los fenómenos que
condicionan nuestra vida, pública e incluso privada, políti-
3. Juego con los conceptos sintagmJ.tico y paradigmático de una fonna bastan-
cos en sentido laxo o estricto, no deben estudiarse como
te d ife,."nte a la utilización que de ellos hace J. W . Femán de~ (siguiendo a su vez el meras expresiones o reflejos de fuerzas sociales o cultura-
uso Iévi-estraussiano·j akob5iano en suma), en 1974. les. Antes al contrario, son por sí mismos configuradores
4. Soh,." la de<:adencia de alguna.. metáforas políticas clásicas a partir de la mo-
dernidad, es m uy i n tcrcsanl~ lo que a ello dedica en su libro Da vid G. Hale. de multitud de manifestaciones sociales y culturales. Más
14 PRESENTACIÓN PRESENTACIÓN 15

de una vez, a lo largo de estas páginas, intento poner de re- Centro de Investigaciones Sociolológicas/Centro de Estu-
lieve en qué medida pesan en nuestras vidas, en nuestra dios Constitucionales, Madrid, 1987, voL 1, pp. 37-63.
percepción y valoración de lo que nos rodea condiciona- «En tomo a la frontera», inédito; una primera versión
mientos políticos. La vieja dicotomía naturaleza/cultura se se presentó en Olivenza, junio de 1994.
nos presenta, cada vez más, como artificiosa. Entre otras «El reto de las organizaciones», inédito; básicamente,
razones, porque induce a pensar en un diálogo imposible responde a una conferencia pronunciada en La Coruña el
entre 10 prácticamente inerte y lo fundamentalmente mu- 5 de mayo de 1994.
dable. Nuestra condición histórica -no tenemos otra- «Comunidad rural y Estado» , publicado en Fundamen-
debe hacemos indagar en sustratos o paradigmas igual- tos de Antropología, n." 2, 1993, pp. 15-23.
mente movedizos. La colección concluye, precisamente, «Jefes y lideres», inédito, redactado para el homenaje a
con un ensayo donde abordo las titubeantes relaciones de Claudio Este\!"a-Fabregat: Ensayos de antropología cultural,
la antropología y con la temporalidad (<<Contra-tiempos J. Prat y A. Martínez (eds.), Ariel, Barcelona, 1996.
antropológicos» ). «Aislamiento y caciquismo: El mediador inevitable »,
Para terminar, quiero hacer alguna aclaración y expre- inédito.
sar algún deseo. Como he apuntado al principio, estos tra- «Amigos y enemigos», publicado en J. Prat y otros
(eds.), Antropología de los pueblos de España, Taurus, Ma-
bajos han sido elaborados en distintos momentos. Refle-
drid, 1991, pp. 571-586.
jan, por ello, sentimientos y opiniones sobre lo político
«El poder del lenguaje», inédito; próxima publicación
condicionados por el propio elltOino. No he querido forzar
en Revista Internacional de Sociología.
coherencia alguna en ese sentiao ni recurrir a fáciles ac-
«Contra-tiempos antropológicos», publicado en Revista
tualizaciones. Pero al releerlos me parece percibir el cre- Española de Investigaciones Sociológicas, n .O 66, 1994,
ciente desencanto que en ese terreno ha sufrido cualquier pp. 37-52; texto algo modificado en este volumen.
ciudadano de a pie de mi generación. La breve historia de
nuestro pais desde la recuperación de la democracia ha
sido para muchos tan apasionante como frustrante. Espe-
ro que la desilusión inevitable respecto a algo tan noble
como lo político no impregne demasiado estas páginas. De-
seo, también, que sirvan de alguna ayuda al aficionado a
temas antropológicos y a temas políticos . Si es estudiante
de uno u otro campo, tal vez encuentre en estas páginas al-
guna respuesta. Pero me alegrarla mucho más si le sirvie-
ran para hacerse una o muchas preguntas.

Nota sobre la procedencia de estos ensayos

«Sobre antropología politica», publicado en Revista es-


pañola de Investigaciones Sociológicas, n.O25, 1984, pp. 71-93.
«Poder y dramaturgia política », publicado en Política y
Sociedad. Estudios en homenaje a Francisco Murillo Ferro!,
SOBRE ANTROPOLOG1A POL!TICA

IntroduccióQ

Quiero aclarar que no pretendo ocuparme aquí de defi-


nir términos como politico O pO!flica. Si acaso, mi preocu-
paci6n se mueve en dirección opuesta. Por ell o, a lo largo
de estas páginas apuntaré a los problemas que entraña la
empresa misma de definir una y OU'8 noc ión y a algunos
no muy fructíferos intentos de delimitar sus ámbi tos.
Desde mi punto de vista, lo gue hoy se !Jama antropo-
laua política constituye no tanto una d isciplina o una es-
pecialización cuanto algo diferente: una etapa (no diré que
final) de un largo e intrincado proceso. Una etapa que, más
que a refon.ar el discurso del fil6sofó o del científico de la
polftica, viene a trastocar alguno de sus cimientos más fé-
rreos y más queridos:-Pero esa especie de labor traumática
si
parece ineludible queremos dOlar de dimensión humana
aquel discurso.
He aquí el ñrimer problemª que plantea la antropolo-
gfa polít~: del espacio reducido (ffsico y humano) que
alumbró el ténnino políticQ_hemos dado el increíble sa1 to ~
~ nos sitúa horen un espacio si n fronteras. Porque no
está de más recordar que el significado primero de la pala-
bra p6lis no era - incluso en tiempos históricos- equiva-
lente al de ciudad, sino al más arcaico de ciudadela, de {or-
taleza. De akyópolis, en definitiva. ' Sólo los etólogos llevan
camino de superarnos: ya vienen hablando hace algún
tiempo del comportamiento polltico de nuestros parientes

t. Benveniste. 1969. vol. 1, p. 367.


18 Al\lTROPOLOGíA pOLlncA SOBRE ANTROPOLOGíA paLmeA 19

simiescos. Y todo ello sin abandonar el nombre que en- tantes. Éste es el _mensaje..más_profundo.clel_"Ensayo....s..obre
gendró la fortaleza helénica. el don», el regalo del YJ!.galo . Aunque no el único, como lue-
Pero ill-érminQ no ha pervivido, claro está, impune- go veremos.
mente. Lo que.ha.ganado en exte!!?i6n lo_ha perdido en in- El potlatch (del cual recalca Mauss su naturaleza agó-
tensidad. El costo de la transfonnación ha sido elevado. nica) no viene a ser sino una suerte de guerra sublimada.
Pero el precio lo han pagado gustosamente muchos filóso- Leviatán, podriamos añadir, supone la suprema consagra-
fos y científicos de la política. Y, por supuesto, también un ción de la heteronom{a . El intercambio (festivo, aparente-
buen plantel de antropólogos contemporáneos. Sin embar- mente inútil y muchas veces destructor) conlleva, por el
go, otros se han mostrado más que reacios a abandonar contrario, el mayor grado de autonomía de las partes.
algo fundamental que encerraba el significado pnstino de Creo que con esto tenemos planteado el problema: la fi-
lo político. ~rMauss, por ejemplo, como espero hacer losofía y la ciencia políticas han secciona<}o un~fet.:a de
ver al final de este trabajo! Pero puedo adelantar ya que, la vida. Se diria que la teoría política ha ido ganando en
en el caso de Mauss, el costo ha sido otro: la indelimitaci6n claridad a la par que los súbditosJ'erdían autonomía. Al-
del ámbito político. Algo que, sin duda, puede llenar de gunos antrqpólogQs - pero no todos, como luego vere-
enojo a los obsesionados por las definiciones preliminares. mos- parecen haber seguido el camino opuesto: querien-
Porque Mauss, al ampliar.. como otros antropólogos, el do comprender realidades otras (donae la absoluta hetero-
universo""polítiCj) mucha más allá deJa pólis, se ha negado nomía aún no se había enh-o"iJzado), se han visto obligados
-como pone de relieve Marshall Sah1ins 1- a_ discutir la a prescindir de la nitidez conceptual. Lo cual, entre otras
g~nesis estructural de la vida social en términos conven- cosas, les ha valido el palmetazo aleccionador e indiscri-
cionalmente políttcos. y donde Hobbes pone el Estado minado de David"baston, quien hace ya años afirmaba que
como resuJtado necesario del pacto o contrato social, no existía ni existiría antropología política hasta que no se
Mauss pone el inte ~ ambio.J~omo telón de fondo tenemos, hubieran resuelto serios problemas conceptuales. Ante
en ambos casos, la guerra: Hobbes pretende suprimirla todo, cómo diferenciar lo político de lo no politico. 4
gracias al Leviatán (que, situándose por encima de los pro- Sin embargo, hay" por así decirlo, un triángulo en el
bables contendientes, da seguridad al atribulado burgués a que coinciden antropólogos y no antropólogos. Sus vérti-
cambio de una buena parcela de su libertad). Mauss, nos ces son la guerra, el pacto y el orden político. El desarrollo
viene a decir Sahlins, lee hobbesianamente el discurso de la de la antropología viene a ser, a través de él, un diálogo
guerra primitiva, y, sin embargo, el tipo de contrato que de continuo -a veces crispado y muchas veces clandestino--
ella resulta tiene, en Mauss, mucho más de Rousseau que con la filosofía y la ciencia políticas. Dejémoslo, de mo-
de Hobbes. La guerra de todos contra todos se convierte en mento, y volvamos a algo que tan sólo he sugerido.
el intercambio de todos con todos cuando de los pueblos
primitivos o arcaicos se trata. Una gran parte de la huma-
nidad nos enseña que la guerra no es la antítesis de la so-
Las dos grandes concepciones de la política
ciedad y que su supresión, siquiera sea temporal, no tiene
que llevar aparejada la renuncia a la libertad de los pac-
Jürgen Hab~!.1lli!§ ha puesto de relieve cómo la vieja
.f2..ncepción de la olitica la ue alumbró la p61is, se nos
2. Me ",fiero a su . Essai sur le don. Forme et raison de réchangc dans les so- hace ajena:y extraña a partir de la revolución conc~tual
ciétés archarques. , publicado originariamente en L'Amlie SQCi%gique (1923-1924) y
compilado con otros trabajos de Mauss en 1976, pp. 143-279.
3. 1974. 4. 1959. pp. 210-216.
20 ANTROPOLOGIA poLtnCA SOBRE ANTROPOLOGIA POLmeA 21

que inicia Maquiavelo y completa Hobbes.~ Veamos, de la a la larga, una ciencia política y una antropología política,
forma más breve posible; en qué consiste- la gran [ransfor- en el sentido contemporáneo del término. Las muraBas de
mación a la que se refiere Habermas. la fortaleza helénica se denumban definitivamente con la
En la concepción clásica y aristotélica. la "'política se obra de Hobbes (cuyo propósito, como han recalcado sus
considera un arte (esto es, @a práctica y no una técnica), estudiosos, es extender al campo de los fenómenos políti-
que..!l2- puede equipararse a una ciencia_ rigurosa. Y ello cos la revolución que Galileo ha llevado a cabo años antes
porque su objeto, lo Jl!sto Excelent~C;:jlrece de constan- en el de los fenómenos físicos).
cia ontológica y de necesidad lógica. Como parte de la fi· Pero no hay gue olvidar gue Hobbes red~.Ice, pese a
losafía más práctica que es, la politica ~~ basa en la phro- todo, I~lítico a lo estatal. Sin pretender en absoluto atri-
lIesis, ~n.& e~ndim~nto'pnldente de la situación. Ade- buir a los filóso os del siglo xvn lo que es fruto de una re·
más. _no h-ªy. ni puede haber discontinuidad entre ética.Y flexión muy posteIior (esto es, la noción de evolución so-
política, _entre el ámbito privado y el ámbito público, por- ciocultural), cabría afirmar, no obstante, que para Hobbes
que áer humano_y ser ciudadano es unª y la misma cosa: la l:!.um-ªnid-ªd s~ divide ~ dos bIQques:_la 911~ vive en es.:
ser un zoon polilik.on. tado de naturale~....YJ~eL m~diaQ.te el pact~t.§..9M..!1 -
En la concepción hobbesiana, por el contraIio, la polí- canza la RepJí,hlica (la-ª0tas). Pero hay que advertir en
tica se ha convertido ya en una técnica, _científicamente seguida queF lliLs~ta ni de etapas evoLutivas ni de c!.!stri-
fundamentada, cuyos postulados son v.!lidos_con indepen- bución geogn!fic~: Frente al conocido argumento aristoté-
dencia de todo cOlltexto ~spacial y temporaJ. Si se posee un lico de la sociabilidad nalural (la que ejemplifican abejas y
conocimi~.nto del orden correcto del Estado y de la socie- hormigas), Hobbes lanza toda una baterfa de contraargu-
dad, ya no se requiere la acción prudente (práctica) de los mentas para demostrar lo peculiar de la condición huma-
seres- humanos en sus mutuas relaciones. Lo que sI se re- na. Merece la pena mencionar el sexto y último:
quiere.,. por el contrario, es la producción correctamente
calculada de reglas, relaciones e instituciones. La conduc- Por último, el acuerdo de esas criaturas es natural, y el
ta humana deviene, as[, mero material científico, como los de los hombres proviene sólo de pacto. lo cual implica arti-
objetos de la naturaleza, susceptible de ser moldeada por {icio. En consecuencia, no debe asombrar que (además del
los ingenieros del orden social y al margen de toda consi· pacto) deba existir algo capaz de hacer constante su acuer-
do, esto es, un poder común que los mantenga en el temor
deración ética.
y dirija sus naciones al beneficio común.
No puedo detenerme a valorar aquí los contrastes que
establece Habennas." Aceptemos que, en líneas generales, Desaparecido ese 'Q<X1er c.Qffiún (dirá Hobbes aJ estudiar
,SQD válidos para marcar los rasgos antitéticos de dos gran-
la disolución de la Rep"ública. R9Lguerra ~xte.rior oj!!..t~
des concepciones del p.e..n:>.amiento pol~tico occidental, sur- .Ea), «cada h,9mbre _~tá _en libertad para protegers~r I~
gidas de la reflexión a.cex:ca de Ja pólis_griega .y del Estado- medios que su propia discreción le sugiera •.? Dicho de otro
nación europe~o. Vistas asf las cosas, la revolución hobbe- modo: hay que apun talar bien eCedificio, el artificio, porque
si ana representa la transformación que va a hacer posible,
el proceso es_t.ro:ill?lem~~(Sible en ~al guier _m0...!!1.!=I!.-
5. 1973. pp. 41 )' ss.
to y en cualWer l,!lgar. Que la solución hobbesiana sea el
6. Aunque si hab,.fa que lIpunt(ir que. según los estudiosos de la obra anSloLé. poder absoluto (de un solo hombre O de una asamblea) tie-
Ika, tales caracteres. pre$CnlCs sin duda en La política. corresponden, m:i< que al rea. ne menos trascendencia para la universalización del discur-
lismo ari510léllco, a la concepción más tradicional y más antigua, la dd maestro)' ano
tagonista Plalón. W~ la Introducción dc Carlos Garcfa Gual a la edición de Editora
Nacional. 7. 1979. pp. 266 Y 406 (CIll"Siva, m(a).
22 ANTROPOLOGÍA POÚTICA SOBRE ANTROPOLOGfA POLmCA 23
so político que el haber apuntado a la siempre posible libres tampoco aJgunos anlrOpólogos de nuestros días que
reversibilidad del proceso. ~ es precisamente -como ha parecen padecer de ces tatofobiall.
insistido Sablins- lo que hace al nsarniento hobbesiano Muchas veces se han preguntado los antropólogos RQr.
.!}'lucho ~r:..esaote para la .illUrOw:llogfa polftica con- ué no ha existido una antro 010 fa lítica daramente di-
temporá~ de lo que muchos sospechan. y, sin embarg9J ferenCia a asta os años cuarenta de nuestro siglo (des-
antropólogos y no a ntro"'pól ogo~ecen haber prestado mu- puéSaClararé las razones de esta fecha), mientras gue, por
cha más atención a una magra.referencia e tnográfica (.. las el contrario, contarnos cOll...Y.a.liosí.§imas y vetustas apona-
gentes salvajes de muchos lugares de América.) ue apare- ciones aJ campo de las creencias del ritual y del parentes-
ce en el famoso capítulo XTIl de Leviatán , capítulo que tra- co. De pasada, habria que decir que la pregunta está mal
ta, precisamente, .. De la condición natural del género hu- plan teada: precisamente lo que sí han hecho bastantes an-
mano, en lo que concierne a su felicidad y miseria_, Tal re- tropólogos antes, en y después de los años cuarenta es ne·
ferencia es casi por com pleto marginal a la argumentación garse (implícita o expIrcitamente) a seccionar las reaJida·
que allí desarrolla Hobbes. 3 Todo lo más,J:IDlela el más que des socioculturales de modo arbitario. El ejemplo más so-
explicable desconocimient~~ el intelectual europeo de la bresaliente es, una vez más, Mauss y su noción de hecho
época lenía de- sociedades myy.diferente5- a la suya. Otras social total. Pero sigamos.
fo nnas de hmnanidad que, sin embargo, apenas vislumbra- La respuesta, también convencional, a esa pregunta es
das, comenzaban ya a golpear con fuerza la conciencia civi- que los grandes pioneros (y muy ~oncretament e....Lewis H.
lizada y para las que habfa que buscar un lugar en el dis- Morgan). dividieron la h~a del pro~humano~n ~
curso. Aunque, como en este caso, fuera un maJ lugar. grandes etapas, significativamente caracterizadas por J!l
presencia oJlt!s.enciaJiel.Estado. Mo~an, ciertamente, ha-
bló de gQbiemo en un sentido tan laxo como para q.ue pu-
La problemática delimi ~ción del ámbito politico diera aplicarse tant2-S-pueblo_s primitivos como a civi liza-
d~ Pero, ~~éLJQ fundamental es la distinción entre dos

Lugar más decente rue el que les procuraron, mucho formas de gobieIDP...:~ocielas y civicas (asignando la prime-
ra a los primitivos, o a las etapas anteriores a la civiliza-
m ás tarde, los antropólogos evolucionistas, primero, y des-
ción, y la segy.naa a los civilizados). La primera se catacte..:,
pués sus criticos. Concretamente, los funcionalistas. A ries-
riza por las relaciones de consanguinidad entre los indiyi-
go de simplificar con esas dos etiquetas convencionales la
duos (lo que despuéS se Uamaria sistema de pare,ttesco); la
riqueza de posiciones y enfoques que una y otra encierra n,
segunda, por el surgimie~~de la eropiedad Erivada y por
podría decirse que os evolucionistas afrontaron el proble- la presencia de un marcoJen1torial;..se trata de relaciones
ma de la diversidad humru:a colocando sus pluriformes po.l!!icas. w Estamos~t~ aparición del EstadQ.. Dicho de
manifestaciones en una escala que era, ante todo, tempo- otro modo, ,al equiparar lo político con lo estatal. Morgan
ral. Los~i.oJJJl-lis tas--m:~i ndieron de la escala, pero no
de algt!.TI9.§. supuestos fundamentales ~n que aquélla se ci-
mentaba. Y uno de esos supues tos consistía, precisamente, 9. .La experiencia humana [ ... ] ha dMlllTOllado sólo dos planes de gobierno
.. ). La primera y más antigua fue una org~lIiZQción social. asentada sobre las gwtes ,
en examinar la diversidad a través de la homogénea lente {ro/rias y tribus. La segunda y posterior en el tiempo fue una organiwción poli/ka,
del EstadQ, qile es nuestra más poderosa, cotid iana y ab- afirmada $Obre territorio y propiedad. Bajo la primera se creaba una sociedad gentl-
sorbente realidad. De eUo, como luego veremos, no se ven licia, por medio de relaciones de gtns a tribu. üta¡; relaciones eran purolmenle per_
$Onal..5. Bajo la segunda se instilu/a una sociedad política, en la que el Gobierno ae-
tuab.liJObre las personas a través de relaciones terriloriaies {...}., 1971, p. 126 (cursi-
3. v~ase Juan J. Ruiz·Rlco. 1974, l'Specialmeme p. 171. vu. del autor). Vtanse también pp. 257 Y ss.
24 ANTROPOLOGÍA POLÍTICA SOBRE M'TROPOLOGlA POLmCA 25

,Sonsideró a la sociedª-fLprimitiva como carente_de organi- gan ha popularizado. En lugar de una monótona unifonni-
z~ción p..QIÚic.a. ~en tesco X política venían, pues, ~e¡;. en dad, encontramos una diversidad matizada [ ... ).11
la perspectiva de Morgan, ténninos antitéticos, correspon-
dientes a sociedades netamente dife~end;aaTen el pretéli- y, SID-lo CQu¡;;,e(nj~e~tudiQ de las «instituciones
to y en el presente. De esa forma, el pensamiento evolucio- poIWca§_~a,;;..», Lowie de~ga~(como años n~ás tar-
nista at~~ mundo no occidental y a Su pro.pJ..o easa- de hará Radcliffe-Brown en la obra que comentaré des·
do c~r<!.0~r~al, ~ro te nega~ carácter OlflicQ,. ~ pués) una notªble carencia te~. Es más, su propio
P~~s..<;'Q..Oo que Hobbes parece relegar a mero producto acercamiento al problema no deja de ser tentativo y cau·
de la cnaturallujuria . en el caso de las «gentes salvajes»IO)
J
teJoso:
venía a c.onvertir:se: nada menos que en el gozne clave, en
la_gran etapa que, superando la promiscuidad inicial cer- Yo.no empleo de momento la palabra poUtica más que
por comodidad, y a fin de designar el conjunto de funciones
canaJl. JaQ'!turaleza, con-d uana, a su vez, a Estado. - legislativas, ejecutivas y judiciales; pero su empleo no indi-
Pero el establecimiento de esa dicotomía ~nt~o¿po­ ca ninguna solución anticipada del problema que estudiare-
lHica (o, lo que es lo mismo, primitivos/eh" 'zaW) aparta- mos después de haber enumerado los hechos. u
baJ inevitablemente, i00s ant.t:oP.QlQgQ§. (degi¡;;ado.s. enton-
ces, y durante muchos años después, _aLeudio_deJo pue- Lo malo es que este punto de partida a la Montesquieu
blos primitivos) ckLe.s..tu,dio_de la poli!.k!!. per se,lI va a prejuzgar el análisis de esos hechos; por más que Lo..:..
Como vamos a ver en seguida,.la r!~z de tal p lantea- \IIie apunte en seguida, no exento de candor, gue «Los tres
miento se pierde por obra y gracia de los antievolucionis- pode:~ [h'] se confunden a menudoll. Pero lo que me im-
taso Primero, ~~mérica, los continuadores de la obra de porta resaltar es que el autor, al final de su análisis, subra-
1/\ Franz Boas...Y, algo más tarde, la te ndencia que encabezaba, s..a cómo la sociedad primitiva no carece de...orgapÜ:ación
en~ ~dc1iffe-Brown.L con sus ataques al evolu- polfticj.. ):a gue, junto al parentesco, existen asociaciones
cionismo morganiano, sientan las bases 9~ conducen a voluntarias (tales como los clubs masculinos, l!l~ses de
n~st~r~. edad o las organizacio~s secretas); asociaciones i.ndepen-
Un 9iscípulo de Boas, Robe[l H. Lowie, .ruUili.ca en dienies_ del parentesco gut¡: pueden llegar a ¡;e\',&:stjr fucjl-
1912 un libro importante (ErimitiPLqgg§!J!l que, a veces mente un carácter eolítico, si no 10 presentaban desde el
implícita, a veces muy explfci ta mente, conslituye un inten- principio. El propio Lowie iba a desarrollar estas ideas
.!2.l!e refutar las tesis de MOl'g~, Las primeras frases de la años después (en The Origin o{ the State, 1927), al analizar
conclusión pueden darnos una idea del contenido de esta el proceso de la génesis del Estado como producto debido,
obra de Lowie: en gran medida, a los factores de desigualdad interna que
crean asociaciones como las mencionadas.
La sociedad primiliva presenta L,,] en realidad un ca- Lowie, por tanto, no viene a c~stionar tanto la antíte-
rácter completamente diferente del que la escuela de Mor- §is parent§sgUpQ.lítica cQmo a ne@!:J ue la misma corres-
QQ.n9a con exactitud a I~ dicotQD1ía rimiti vo/~z
Con ello introduce definitivamente en eJ Ul!iverso_clel di§.:
ID. Levialdr.. p. 226.
curso políticf!...(;LnQ m~ra..!!lente social) a la humanidad en-
tI. Como escribe M. G. Smllh n:firiéndose aMorgan: . Oado que esla teorfa
evolutiva se fundamenta en su análisis de p¡tR:ntesco. el efeclO Inmediato de [a obra
de Morgan fue el cenlrar la aleDción en el e>wdio del parente!CO Y del matrimonio. a 12. 1936. p. 397.
upcnsa s de lo relativo al gobierno y a la pol!tka,. 1975. p. N. lJ. ¡bid., p. 3J4.
26 ANTROPOLOGÍA POLíTICA SOBRE ANTROPOLOGíA POLmeA 27

tera. 14 Pero -y hay que subrayar esto- .~ de ~ europeos) . Pero vayamos a lo que trasciende las circuns-
~ljzar también la dicotomía entre dos esferas: la ública tancias del momento.
la~jacinn.esl~J.a_prjvada (parentesco). Lo cual se acamo- Pues bien, el libro más significativo en este orden de
..@. perfectamente estilo de vida a la concepción del cosas es, sin lugar a dudas, African Political System... 1~ libro
..mundo burgue::&s; pero, por 10 mismo, resulta m s que com iladoJ2QL~er-EoJj:es y E. F. Evans-Pritchard y pro-
llLoblemática su universalización. Lowie traslada, además, logado P2! Radcliffe-Brown. Si nos atenemos a la declara-
la desigualdad en ciernes a la g~nesis misma deJQyolítico ciÓn expliCita de los compiladores, 19 que ellos llaman «las
~ por ende, cl.el Estado). IcD.ero.Qs~es, pacto (tímida- teorías de los filósofos políticos» no le? han aportado nada
mente oculto~n las «asociacione..s~ o~ni~ción políti- 'para comgrender las sociedadt;s estudiadª5;.Y.Jlor tanto, ~
ca sin nes:esWad.de...t:e.~;¡lrrir al otro \éé:r:tice del tdángulo: la consideran de escaso valor científico..;.
guerra. O, dicho de otro modo, Leviatán no crea la desi-
gualdad; siplemente la consagra. La filosofía política se ha ocupado, principalmente, de
El planteamiento de los estructural-funcionalistas, que cómo deberían vivir los hombres y de qué fonna de gobier-
lidera RadCliff~ÉIIDY!l, es difer~ en muchos aspectos al no deberian tener, en lugar de ocuparse de cuáles son sus
de Lowje. Entre otras cosas, creo, porque es más fiel a la hábitos e instituciones políticas.'"
interpretilciÓn convencional dejLC.Ons::epción hobbesiana
de lapolítica. Aparece expuesto con nitidez en el libro que, Conviene apuntar que los compiladores de esta obra
para muchos,~omi~nzo de una nueva etapa en el h.an recibido con posterioridad todo tipo de críticas...J!or ese
tratamiento antropológico de lo político, si no' el naci- olímpico ..desdén respecto a siglos d~lQQn acerca de lo
mtefitb-delaais~ipllna misma. No vaya detenenne aquí a polftico. 17 ~aI criticar esa suerte de adanismo, al que
discutir las razones por las cuales 1940 es un año impor- tan dados son muchos antropólogos, tal vez no se haya re-
tante en este orden de cosas . Sobre los factores coyuntura- parado (con la excepción de David Easton) que Jll!..Y.1llgo
les que hacen que en ese año se publiquen varios libros so- P~Q.L-'l.ue desdeñar la filosofía: hacer implicito uso de ella
bre política nativa africana se ha escrito bastante y no de sin tan siQ!!kU!J!!encionarla. Eso es, precisamente, lo que
buena calidad, en ténninos generales. No cabe dudar de la ocurre en este caso . .f.orgue de la concepción hobbesiana
influencia de tales factores (necesidad del indirect rule, ne- no estánJ an alejados estos antroQólogqs políticos. De ella
cesidad de «encoI}trar el jefe», el interlocutor válido, en les separan... obviamente, detennina..Q..os ostulados deljun-
pueblos donde la-s-c1aves políticas no estaban en manos de cionalis!lli>J:IDpirista (tales como la convicción de que eL
líderes o instituciones reconocibles como politicas a ojos origen de las instituciones no puede ser descubierto y que
el estudio de las instituciones políticas .9-ebe ser inductivo).
pero les acercan otros más importantes. :
]4. En lodo este trabajo e~toy utHi7.ando deliberndamente el término po/{tico
1
con la suficiente amplitud para hacerlo equivalente nada menos que a lo humano. Me referiré a estosuItimos de lat onna más breve posi-
Creo que hay que pensar como .ilustrados_ (la EconolIÚa política _ no lo olvidemos. ble. Para em~ezar - y no es el más importante---, el ténni-
tu'·o pretensiones de universalidad que luego se encargaron de disolver y fragmentar
las disciplinas sociológicas surgidas en el siglo XIX); pero evitemos también los plan- no ?obierno,ta diferencia del uso laxo 9..ue de él hacía 1\12!:.-
teamientos dicotómicos --del tipo cultura/naturaleza, bombreJresto de las especies ga~ se restnnge a .aquellas sociedades que tienen un siste-
animales- y =no=os nuestra deuda con el evolucionismo (que nos impide dar ma_ políti~o _de_ tipo estatal (o, en la perífrasis de los
el tremendo .....!to -aristotélico y hobbesiano- de ["" insectos sociales al hombre).
Como escribe Robin Fox, «las hormigas pueden tener sociedades, pero las honnigas
no tienen polhica. La política se presenta cuando los miembros pueden cambiar de lu- 15. 1970.
gar en una jerarquía corno resultado de una competición. Por tanto. el bombre es más 16. [bid. , p. 4 (cursivas , de los autores).
que social; es pol(tico, y e.~ político porque es esa especie de primate terrestre y gre- 17. La mM; certera es, probablemente, la de David Easlon, 1959. Véase también
gario ., 1975, p. 256. Georges Balandier, 1967.
28 ANTROPOLOGÍA POLÍTICA SOBRE AA'TROPOLOGíA POLmCA 29

compiladores, una state-like-structure, una «estructura se- j ica. Lo quegse hace es diferencÜr la familia, en un sen-
mejante a la del Estado»). Pero no es de la tipología de los tido casi puramente biológico, del sistema de linajes unili-
sistemas políticos de lo que quiero ocuparme aquí. Me im- neales y atribuie a estQS últimos funciones políticas en las
porta 1ª- concepción que subyac~ a la taxonomía. Concep- d~inadas ;-ociedades segmentarlas. ¿Por qué políticas?
ción que se pone más de relieve aún en el prólogo de Rad- Porgue los linajes son internamente solidarios y externa-
cliffe-Brown. Allí se dice que para estudiar la§jnstituciones mente hQstili!S. (al menos, en potencia) frente a otros gru-
polític~h.ay que asemrarse de 9!!S:.-" lo l2.olitico» d~fine pos de su misma estructura. Minúsculos «estados», podría-
«una cl~ de fenómenos»/8 aislable de,otros rasgos del,&s- mos pensar. o la cosa ta.bastante más complicada, Por-
tema~~UQ!ill;.. . que, como estudiaría .Evans-Pdtchard en su primera
monografía sobre los nuer. (publicada ese mismo año de
Al estudiar la organización política, tenemos que ocu- 19AQ), 19..gu~ caracteriza a una sociedad segmentarla como
parnos del mantenimiento o establecimiento del orden social,
ésa es su relatividad estructural. 21 En virtud de este princi-
dentro de un marco territorial, mediante el ejercicio organi-
zado de la autoridad coercitiva, a través del uso, o la posibi-
pio,- íO,S_gtUPQS. (y, en definitiva, el territorio mismo que
lidad del uso, de la fuerza física.'· ocupan) Q.l!e a un determinado nivel o en unas determina-
das c.i.!3:..unstanC¡aS.ªJlí!L~o frentagQsrt:n ot[Q§ niveles o
0, más brevemente: en otras circunstancias son solidarios. Dicho de otro modo:
los~pos sólo existen -en el plano del pensamiento y en
La ()rganización política es aquel aspecto de la organi- el plano de la realidad- en z;e1ª-,ióll \;Qll atros grupO;;¡.
za.c!ón to~I .9tle se ocupa ael1Q.t.iko_LY rf!Eulac.Mtif uso.. de ..&.ru... este magnífico hallazgo teórico de Evans-Prit-
!!!:1ue~'· chard queda casi oculto por el momento. Predomina en la
época la idea .d.e..9.Y.e, por minúscula que sea, la~!,;;,.omu~
Esto último,.á~gún Radcliffe-Bro\Y,.TI, proporciona la .defi- política se caracteriza por la supresión de la lucha inter-
n ición m~~~e. espet:iaLddenóme11os y m!. (la «guerra civil» hobbesiana) y-p.m:Ja..b.ostilidad de.,.
-posibilita un e~~.tivo. de las sociedadeLhlltp~al' ÍIQnteras afuera. Sin embargo, el propio .l9-dcliffe-Brown
<;pn arreglo a los métodos de las ciensia~atu~No olvi- se ve_en apuros cuando trata de distingJdr eutre gyerra y
demos que g:plejante pretensión animaba también a la obra ~ (las interminables vendettas. que caracterizan a las .§Q:
de Hob~¿Qué ha ocunido? Pues sencillamente que, ~ ~iedades segmentarlas a raíz de homi~, robos, adulte-
a la distinción que se hace en la introducción al libro men- dos, etc., y gue ponen de relieve, precisamente, la relativi-
cionado el1tre sistemas pQl(tioos centralizadas. -estatales-- dad eStrUctural). LQ..gus< hace es remitir estas últimas.iÚ. te-
L n_o ~tªtales acéfalos jy, más _collCretamente elsJLbtipo ;;:eno de lo que puede ser resuelto mediante arbitra'e: en
se~eEtad!}--, a flmbos se aplis an h!..s....característic_as defip.i- suma, ala decisión de alguna autoridad por encima de las
topas de lo que se entiende por Estadº-: marco t~_nitori~e­ .partes,22 E[ m:oblema es ruJ...e, como muestra Evans-Prit-
finiQQ. mono olio del uso legítimo de la violencia. chard en su estudio de los nuer, un árbitro de este tipo
Nada de extraño tiene, p antea as así las cosas, que.llQ. (como es el «hombre de la piel de leopardo») ólo _1J.e.d~
se establezca ya una neta.diferenciación (al modo de Mor- resolver _aquellas disp'utaLqpeJl.~rtes conten~
gan, e incluso de su critico Lowie) entreE~entesco y polí- U!.&resa...9l)e~s~suelvan!. Podríamos decir, por tanto, que
~n esas sociedades el acto con.trat9~socia1 , se está cele.:
18. 1970. p , XII.
19. [bid., p , XIV (cursivas , mlas). 21. 1940.
20. lbid. , p. XXIU (cursivas , mlas), 22. Op. cir. , p. XX.
30 ANTROPOl.OGÍA POúnCA SOBRE ANTROPOLOGlA POLmeA 31

. brando tantas veces cuantas está siendo revoca~­ y divergentes inteIJlretaciones antropológicas acerca de la
.ciar de nuevo el procesa.... guerra. Pocos antroPÓlo&Q!. estarian dispuestos a ver hoy
.El trasfondo del ordelLPolítico vuelve a ser de nuevo en la guerra (fenómeno colectivo y no pelea entre dos in-
-y esta vez por obra de los esuuctural-funcionalistas- la dividuos) una mera continuación de instintos agresivos. De
guerra. No deja de ser interesante que los ªntroPÓlo~a­ las leorias de Lorenz al respecto se dice lo recalca el pro-
~n prestado tan a atención (hasta hace relativamente pio Otterbein- que han despertado auténticos instintos de
..QQ@ tiempo) ~ estudio de los fenómenos bélicos. El pro. agresividad en muchos antropólogos contemporáneos . .NQ.
pio Raclcliffe-Brown lo ponIa de relieve en 1940. Y afirma- obstante. hay quienes. concibiendo la guerra como 110 fe-
ba. además. con una rotundidad que, más que a Hobbes, nómeno universal (propio de la especie humana, pero
recuerda cierta frase del Manifiesto Comunista: transcultural), ven en ella un mecanismo fundamenta
la adaptaciórr del bombre a su medio ambiegte. arwinis-
al menos la mitad de la historia del desarrollo poUtico es, de mo subyacente éste donde parecen coincidir nebeyolucjo-
una u Olra forma. una historia de guerras. l l
)'listaLY-.Propugnadores del neofuncionalismo ecológico. u
Otros antropólogos. en cambio, ven en la guerra, ante
robablem~nle, esa falta de interés por 10 bélico de
todo, el roducto d una invención humana relativamente
tiempos atrás se debu1 correspondiente..Qoco-ln.l&rés""p-OL
tardía (cuando de la evolución e a especie se ll-ata). Los
IQ...Q...olftico. Pero hay también otras razones. Un moderno
hallazgos más recientes de la oaleontología parece que vie-
estudioso de la antropología de la guerra, Keith Otter-
nen a cpnfirmar esta segunda temia: los CUlefaclos de pie-
bein l da tres razones para explicar el porqué de ese de-
sinterés:l~
dra que se encuentran juma <\.Ios restos fósiles de nuestros
probables antepasados homínidos, más que annas. pare-
cen destinados a macerar y a hacer deglutible la carne a un
a) Una razón fáctica: Jos pueblos .9.!1e estudiaron los
animal escasamente dotado para ser carnfvoro.~ Por otra
antrom.!.ow (incluso desde el siglo XIX) babían cesado de
parte, revisando la bibliografía que al respecto existe sobre
~erre.ar. som~s como estaban ua pax briral1niea o a
el Pleistoceno, Marilyn K. Roper afinna que, aunque pare-
otras im~s...llOJencias G9loniales.
b) Una razónj,ds:Jll.{!~ muchos de los primeros an-
ce que hay pruebas de muertes intrahumanas esporádicas.
trop6log9u~jdidQS enen:!igos de la guerra (Tylor era
los datos conocidos no son suficientes para documentar la
cuáquero, Boas era profundamente antibelicista). presencia de la guerra en tan prolongado periodo de tiem-
e) Una razón .metodQ16g!c~ lQLprimeros antropólo-
po.Z7 Probablemente, cabria agregar, nunca llegaremos a
gos no supieron apreciar el importante papeJ. que la guerra saber s i el trasfondQ de la política de nuestros antepasados
juega en las sociedades primitivas.. atento,S como estaban, -los auténticos primitivos- fue también la guern: pero
sobre todo, a la. mitología.y aLfolldore. los que por analogía, no exenta de elTOres, llamamos pri-
mitivos contemporáneos la conocen y la practican.
Habria que aftadir que d~l poco o nulo interés por la Con todo, conviene tener en cuenta un par de cosas. En
guen-a en antropología, hace ya muchos años, se ha pasa- primer lºruu:, algo que ya. apuntara Boas hace más de ci~
do a una auténtica obsesión or el tema. Pero hay m uchas cuenta años: que el CODce to de erra es eso, un concep-
to y no una unidad empírica~ y los fenómenos agrupados
2l. ¡bid.• p . Xl)(
24. 1973. El ankulo orrece un n ceknte resumen de 1a5 dir",.ell1e¡ perspectivu 2.5. Pued~ leerse una acertada critica de este uh.imo en C. R. Hallpike, \973.
amropológica$ sob"" los frnómen06 bélioos.; lo utili7.o en los párraros que , ll uen. iII1· 26. vtase , por e.;c,mplo. Rabin Fo., \979.
YO que Indique Otra COA.. 27. C,tadO por K. Ottel'bein, op. a l .
32 ANTROPOlOG~ POLnnCA SOBRE ANTROPOLOGÍA POLmCA 33

~en él pueden ser enormemente diversQs~ en significado y por el contrario, el extranjero (el xénos homérico) con el
"
contenido. de una sociedad a otra.lB Y,~gundo lugar, que se mantiene una relación de reciprocidad: hosrire equi-
que la ?ificultad de cQnceptualizar lo tie lJamamo~e~ vale a reciprocar. Pero añade Benveniste:
en sociedades muy diferentes deja nuestra estriba, acle-
~ás, ~n que en ellas es francamente. difícil deslindar,.!Q....9k
Cuando la antigua sociedad deviene naci6n. las relacio-
nes de hombre a hombre. de clan a clan. quedan abolidas;
lico de otras esferas de_acci.ón.J:l2-..bé.li.~as.> Las fronteras en-
s61a subsiste la distinción de lo que es interior O exterior a
tre la guerra "y la Rªz 521} en ellas fQ.u~ho I1!..ás lábil ~ flUk~ la civitas. Por un cambio del que no conocemos las condi-
tuan1§ que en el llamado mundo civilizado. Ilustraré 10 ciones precisas. la palabra hostis toma una acepción .. has-
que acabo de afirmar con la ayuda de la etnografía y de la ti). yen adelante no se aplica más que al enemigo. JI
filología.
Para lo primero contamos con ese mundo (práctica- ¿No podria invertirse. por tanto. el argumento hobbe-
mente desconocido hasta la segunda guerra mundial) que siano y pensar que es el Estado (cualquier Estado, o, en
es el interior de Nueva Guinea, y en el que bastantes an- este caso, el romano) el que crea la auténuca y fatídica
tropólogos han creído encontrar una perfecta muestra de guerra? Porque lo anterior --o 10 ajeno-- al Estado, por
lo que pudo haber sido la auténtica sociedad primitiva. Sea violento y destructor que sea, es, al propio tiempo, lúdico
como fuere (no voy a valorar esta forma de ver las cosas 29 ), y unificador potlatch. No deja de ser interesan te que fu era
los grupos humanos de esa zona se caracterizan por una el propio Radcliffe-Brown quien nos recordara que el póle-
intensa belicosidad. Belicosidad contra la que intentó todo mas pater pánton heraclitiano no Significaba sólo guerra,
la administración fideicomismia australiana y apenas con- sino también asociación o integración de contrarios o de
siguió nada. Tampoco lo han conseguido las nuevas auto- opuestos. JJ
ridades de Papúa-Nueva Guinea, independiente a todos los Aunque, tal vez, el problema no sea tanto de Hobbes
efectos a pru·tir de 1975.30 Pues bien, lo que caracteriza a como de aquellos a quienes Nicolás Ramiro Rico llamaba
esas poblaciones humanas es una continua oscilación en- .. pseudohobbesianos mistificantes,..).O A esta no infrecuente
tre la guerra y el intercambio matrimonial y comercial, en- especie pertenecen tanto adm iradores como denostadores
tre el canibalismo o la mutilación vejatoria del enemigo del filósofo inglés. Me temo que Pierre Clastres ande, cuan-
mueno y la difícil alianza, entre la agresión y la fiesta. El do menos, bastante cerca de la especie.""1:ñcü'fre, en todo
territorio mismo que les silve de asen tamiento físico care- caso, a mi modo de ver, en el error de la excesiva literali-
ce de fronteras permanentes y estables. J I dad de la lectura hobbesiana. También Clastres -pese a
y si preferimos movernos en el tiempo en lugar de en que lo niegue- llega a ver la realidad otra a través de la
el espacio, la moderna fi lología nos proporciona algunas reali.dad próxima, la estatal. Para él hay, fundamental yex-
cla\les. Pensemos que hostilidad y hospitalidad tienen una y clUSivamente, dos tipos de sociedades: la que ha caído ya
la misma raíz etimológica. Sin embargo, el término hosris, en las garras de Leviatán y la que lucha con todas sus fuer-
dice Émile Benveniste, no tiene en el latín más antiguo el zas para no ser presa de las fauces del monstruo. Esto es,
la «sociedad contra el Estado. Ambas son, bien es verdad,
significado de ellemistad que adquiere posteriormente. Es,
sociedades políticas; pero mientras la primera se cimenta
28. ! 966.
29. Se dispone ya hoy de pruebas históricas más que suficientes para refutar 32. Op. dI .. pp. 92 -96 (cita literal. p, 95).
esa pc". ....~tiva de antropólogos y no antropólogos. De ello dan cuenta ob!'a$ como [a 33. 1975, P 140.
de Erle R. Wolr, [983. . 34_ 1980, p_ 45. La expresión apanx:e en el eOOll'.110 de una reflexión más am-
30. Véase PauJa Brown. 1978. plia sobre agresividad. violt'Ilcia y guerra. Sobre esta úhima, ...tase tambibl otro de 105
31. Véa~ C. R. Hallpikc. op. Ci/ , lrabajos lncluidos en el mismo libro.• Guemo y t&nlea •.
34 ANTROPOLOGÍA POLfTICA SOBRE ANTROPOLOGÍA POLíTICA 35
sobre la desigualdad, la segunda la niega y consagra el más del <tEnsayo sobre el don lO de Mauss (al que ni siquiera alu-
puro y utópico de los igualitarismos. Sencillamente, porque de Clastres). Pues bien, lo que viene a decir Clastres es que
el jefe en ellas carece de poder coactivo; o, dicho de otro mientras que Hobbes no ve sino guerra en la vida primiti-
modo, lo polItico y lo social se funden en el Uno ahsoluto ».J\ va (y el Estado se hace necesario para favorecer el comer-
Lo malo es que la prosa de Clastres, con frecuencia cio), Lévi-Strauss, por el contrario, relega la guen'a al sta-
fascinante, oculta algo elemental: que es realmente difícil tus de comercio frustrado. Cada uno acierta, según Clas-
rebatir afirmaciones tan rotundas como ésas. ¿A qué so- tres, en lo que el otro se equivoca: Hobbes, porque no pudo
ciedades primitivas o contra el Estado se refiere? Sus saber que el comercio juega un papel importante en la vida
ejemplos etnográficos (cuando no son meras generaliza- de quienes él llamó salvajes (¿hará falta insistir en que el
ciones transculturales) sirven más para ilustrar malabaris- capítulo xm no es el todo Hobbes?); Lévi-Strauss yerra,
mos verbales que para dar solidez empmca a la argumen- pOI" su parte, al hacer depender la guerra del intercambio.
tación. Los pueblos de la Sudamérica indígena que él Solución de Clasrres: la guerra es el arma política por ex-
conoció carecen, sin duda, de un jefe equiparable a Crom- celencia para mantener la independencia del glUpO local
well, al Lord Protector; pero ¿puede uno darse por satisfe- (el pequeño poblado indígena). Y para poder guerrear
cho si el elemento coactivo no aparece donde el hombre hay que tener aliados y, claro está, enemigos. Bien enten-
de la calle europeo esperarla encontrarlo? Para Clastres, el dido que quienes hoy son nuestros aliados, mañana pue-
problema de la definición de lo político se resuelve fácil- den ser nuestros enemigos, y, por supuesto, a la inversa.
mente. Político es o bien lo que tiene que ver con el Esta- Pero el poblado mantiene siempre su identidad. Conclu-
do (poder coactivo) o bien lo que niega al Estado (poder s ión: teEI Estado está contra la guerra» de Hobbes es afir-
no coactivo: por ejemplo, el discurso -lanzado para no mación tan cierta como la que inversamente nos enseñan
ser oído- del jefe del poblado guaraní). Pero ¿es que en el los primitivos, que «la guerra está contra el Estadoll.
Estado sólo hay poder coactivo y sólo poder no coactivo Tal vez resulte cruel argumentar que tras la máscara de
ruera del Estado? ¿Es que lo político se reduce al poder o cada poblado autárquico de Clastres se oculta un mi-
a la dominación?l6 núsculo Leviatán, que se ve impelido a guerrear perma-
Sin embargo, Clastres plantea el triángulo guerra, pac- nentemente con los de fuera para impedir la división in-
to y orden polItico con tal nitidez que merece que le pres- terna. Pero no es dificil encontrar una sorprendente seme-
temos atención. Lo plantea en el contexto de una discusión janza entre lo que constituye el eje de la política para Clas-
en torno a la guerra primitiva. l 7 En esa d iscusión, Clastres tres (la diferenciación necesaria entre hostiles y aliados) y
opone, fundamentalmente, el discurso hobbesiano (tela la conocida definición de polftica del, en otro tiempo, hilie-
guerra de todos contra lodoslO) al discurso lévi-eS1I"aUssia- nano Carl Schmidt:
no ("Jos intercambios económicos -dice Lévi-Strauss-
representan guerras potenciales resueltas pacíficamente, y La distinciÓn especffica de lo político, en la cual pueden
las guerras son resultados de transacciones desafortuna- englobarse los actos y los móviles políticos, es la discrimi-
das»). Pero esto último -ya lo he apuntado y volveré a ello nación entre amigo y enemigo. JI
después- no es sino un desarrollo fecundo, pero parcial,
Distinción quién sabe si universal, como pretendía
35. Acen:a de todo CSIO, véase: 5U libro más popular. 1978.
Schmidt, pero, en todo caso, de problemática especifi-
36. Una critica a C$t05 plantumi~ntos de Clastres puede leersoe en Jean·William cidad.
Lapierre, 1977. pp. 323 'J $S.
37. ~ArqueologCa de la violencia: la guerra en las sociedades primlti~'llS. , 1981 ,
pp. 181·216. 38. Citado por J .• W. Lapierre, op. cil ., p. 266.
36 ANTROPOLOGíA POÚTlCA SOBRE A...'ITROPOLOcfA POLlnCA 37
De las cosas a las representaciones Una y otra \'ez en la hi.!.toria del mundo las tribus sal·
vaj~ deben haber puesto ante sus mentes esta sencilla '!
Creo que dos autores tan disímiles como RadcLj[fe- práctica alternativa: casarse cpn lru¡ dc..!uem 9 ser eXlemu·
Brown y Claslres, al intentar prolongar la reflexión politi- nadas por los de fuera,'"
ca más allá del Estado, incurren en errores de perspectiva
lo que nQ pudo saber IyIor es Que tal dilema no queda
semejantes. Tal vez, porque ninguno de ellos ha sabido
resueIto.-de una vez y PQr todas Hostilidad y alianza se
apreciar que l<?-'polftico constituye no tanto ---o no s610-
fundTn en la repetida frase que han recogido los antropó-
un orden d f nóm_enos (de COStlS, en un sentido estrecha-
logos de nuestra época: «nos casarnos con aquel~os con
mente durkeimiano) cuanto un orden de rgJrese1l1Qciones
g~ne.s luchamos». lo que ocurre es que a SOCiedades
(en un sentido ampITamente durkeimiano y, sobre todo,
avanzadas, industrializadas, son mucho m s: ega-
maussiano).
do el caso, extermman a os 1 • arse con ellos.
El propi.Q..futa4.o hobbesiano se configura como repre- No sólo eso, sino que, además, crean lo que C. Schmidt lla-
~e~ci6J1., CQJDAJ:lfLWl1fl colecgy",ª, y eLco~to mismo ck. maba el «enemigo interior» (el ~dent e) y acaban 01" ex-
persona ya.J:a..dra.llJJlJ..YrgLcoJ como r~cordara Hobbes mis- terminarlo también. Pero no está de m S recor al" que ~I
mO,J9 Más aún, pensemos que los rituales de investidura .ill:
holocausto juJío kla Alcmwnia nazi te nfa tras de sí una
las sociedades..Jr.ib.¡¡, le.i...X..Q,~ la.Lglcied<!Sies burocratizadas larga historia_sJ..e.....wuesenlaciol/cs colectivas acerca_9e; .k'l
convierten a simjJls.sl'!flivid~uo.s ~por más ineptos que nos perfidia sem~
paJ'ezcan- enJepresentantes de 1ª-fQ~t iUd.ad y, como ta- Creo que es el moment..o de atar algunos~ que han
les, dotados de autoridad y dignidad,oIO En las sociedades ido quedando ~o~ de J>Qsguejar olros que pueden
tribales, las diversas fases de tales ritQS acentúan o exage- completar las líneas generales 4dintri ncado_desarr..9110 de
ran, teatralizan en una palabra: como ha mostrado Victor la antrowlogía política. La antropología evolucionista
W. Tumer, la poquedad, la miseria del elegido, Los infor- ~specialmente con Morgan- cQncibió el desaITQllQ..de la
mantes ndembu decían a Turner: «Un jefe es exactamente humanidad como el paso de las,re.@c;iones geoonales -de
igual que un esclavo la noche anterior a su nombramien- parentesco- a las relaciones Htica. Los criticos del~
tO, .·1
lucioni~ Rnmel"O os asianQs, ~ los uncionalis-
Por otra pane, c_ualguier colectividad (sea la que cor- .!AS) nn.iyersalizaron el concepto_de oo)(tj,a, ~
poriza el Estado-nación, sea la del poblado amazónico tinción.e.ntre sistemas polít icos estatales YJlO e.stat~te
o neoguineano) necesita, además, .repTeselUar.se al otIll. aún el viejo esquema evolucionista, s?10 que wiyadQ duus....
como amigo o como enemi~an.l.es de poder aliarse con éL dimensiones, te..w.porales o SeCUeJlClaJ.a. Se había dado,
o luchar_cqn llJl-tl, Vistas así las cosas, la distinción que con todo, un paso decisivo y, pl"Obablemente, imprevis-
e, Schmidt concibe como primaria y universal no puede lo- en la concepción antropológica de lo poIrtico, que su-
considerarse, como mucho, más que como secundaria o peraba a la gjtica de Lowie:.....elruw:nJ.~se concibe, a
derivada. Un evolucionista como E. B. JX10r planteó, hace pal'ÜI" deE:!!9nces.. 1.10.)'a_comoalS2-que e5td 1'1/1110 a la po-
casi cien a ños, elRl"Oblema de la ex..ogamia..en términos que Irlica, sino cOJ119 algo que puede ocu )aJ:...s\!.ÁJ.lga4.0.CUta.u:n
tienen aún ho lert!..Ylg~ns ia. .1Y nombre. En suma, represel1/ar/a, sil1lbolizad(1. l,Jadisci:
pulas y colaboradores de Max Gluckman pr.Q.ÍYru!.izadw.
39. Op. d I. . pp. 255 Y $$.
40. V.!-asc. el magnifico trabajo de: Mcyer Fones al respeclO: . Rltual and OfnCf 42. .On a Melhod oí lnvestigatin¡¡ the Dev~lopmen\ of Insmulions; Applied 10
in Tribal &xiety., en Mu Gluckman, 1966. pp. 53-88. Laws of Mamag<: and Deso.nl~ (1889). Reimprew ~n NelJOn Grabum, 1971, pp. 19·
41 1969. p. 101. 30 (cita literal, p. 29).
38 ANTROPOLOG1A POLíTICA SOBRE ANTROPOLOGÍA paLmeA 39

e-ª--esa" dirección. Unos, (como M. G. Man.vick) verí-ª11-.eJ tribus kachin oscilan, a través del tiempo, entre dos polos.
conflictol.nherente a muchas sociedades de .tecnología.ek- sin caer por completo en ninguno de los dos: el extremo
~nt~l, expresa o a travéssle las mutuas acusaciones de anárquico (gumlao) y el extremo proclive a la tiranía (gum-
.hechicería entre las partes contendientes!} Otros 7como sal. Bien entendido que gumsa y gumlao son -tanto desde
..Iurnel~ ªnalizarían cómo (en una socied~ ·co~ un ~istema la perspectiva del antropólogo como de la gente que él es-
de filiaciónmat!i!ineal y un lipo- de residencia_pa~Ga.l tudia- tipos ideales, categorias mentales expresadas ver-
-los ndembu de la actual Zambia-) loLtiill ale~~ balmente, imposibilidades fácticas, negadas siempre cuan-
vos, lejos de expresar o reflejar la unidads.Qcial.J¡t~ do están a punto de realizarse plenamente. Va de suyo que
m'-sajeramente posible, luchando, de ese modo, contffi-d gumsa y gumIao carecen de entidad objetiva absoluta; exis-
~iempre Ercvisible c~ma que alientan las contradiccio~s ten. sí, pero más que nada en la representación simbólica
mternas. Lgs nuevos enfQ9.Yf~sJ_all1evar la dimensión ~ que de ellos se hacen los kachin, y sólo puede concebirse
lítica del conflicto a las esferas antes pacíficas del ritual.y uno en relación con su opuesto .
.Qrl.parentesco\.- !2..ugmiban con las fronteras convencionales El análisis de Leach ha sido2QIDetido a fuertes criticas .
.@ntre lo político Y.. otros amkitos de acción. Fronteras tan Pero es interesante resaltar queJa~rbas (prove-
queridas, por otra parte, por científicos de la polftica como nientes de antropólogos marxistas:L más que rebatir total-
David Easton. 45 Pero esos nuevos planteamientos ya esta- mente las conclusiones de Leach, lo que hacen es relativi-
ban preanunciados en el análisis frazeriano de la monar- zarlas. 01 Con lo cual la critica al realismo o esencialismo
quía divina, o en el atisbo de Malinowski (cuando vio en el radcliffe::br:o~i.a.ll9.-queda aún más patente. Parece que
mito una constitución no escrita), o en los estudios -hoy hay que buscar, Qo.uan¡o_otr~allces Dara la antropolo-
recuperados después de un largo tiempo de injustificable gía política Que los que se marcarQn ,;:n 1940.
olvido- de Arthur M. Hocart.
En este contexto hay que situar también una obra muy
importante de Edmund R. Leach. 46 Leach se rebela contra
eLpostulado estt:u.ct!!m!-funcip:Q.alista de .9.ue los sistemas
Rolíticos so~alidades naturales, _sistemas en equilibriO Ese gotar el análisis de dimensión simbólica presta, sin
~~Jable _y, en definitiva, na clase reaL de fenó...menps. y al duda, una mayor universalidad al discurso político. Lo
hacerlo .t:e_cul?era. significativamente, Ja dimensión perdida hace inexorablemente humanQ. Pero , no lo aleja demasia-
--:;:la temporaL-o Leach, en su estudio sobre os ~n de do deJas...grandes .~.e.tu.sias reflexiones acerca de lo políti-
las colinas birmanas, pont de nuevo -ª..MorK.,an sobre el ta- c_oa No, ~pre..-que... además, añadamOS otras dos cosas:
~ pero para eliminar de su esquema la ingeAMrotun-
una lectura menos mitificantli., y menos literal de Hobbes y.
didad ue lo caracterizaba. Los kachin no superan de una !.:!..na vuelta a os clásicos .. Pues bien. ~ olvidado -por
vez por todas el um ral del Estado, pero tampoco logran los antropólogos de la política- «Ensayo sobre el don» de
una victoria definitiva contra aquél. Antes al contrario, las Maus.§...parece que se ~ una y a aua. Pero también
del famoso «Ensay:~n hecho los antropólogos lecturas
diversas. Vaya sintetizarlas en las trss-siguientes.
43. 1965_
44. 1972_ ? l.J.na primera es la lectura economicista.; No vaya dete-
45. Fue probablemente Abner Coben el prime:.- antropólogo que supo dar una nerme mucho en ella. Es Ja más frecuente y la más nersis-
respucs~ ~ d.esafío que contenía el anfculo mencionado de D. Easton Y. Iambién quien
más ha insIstIdo en estos últimos años en destacar la dimensión simbóHca en los aná.
lisis antropológico--polftioos. Vl'anse sus artículos, 1979. 47. Véanse, por ejemplo. ]onatham F,iedman, 1977 y E. R. Wolf. op. cit .. pági-
46. 1970. nas 344-346.
40 A/'I.'TROPOlQGÍA POLtnCA SOBRE ANTROPOlQGfA POLíTICA 41

t.e.Ilk. Aparece en libros introductorios a antropología y, sayo .. es Que Mauss , . habiendo vislumbrado las inmensas
claro está, en publicaciones más especializadas sobre an- pOsibilidades aoalfticas del interca,??io ~omo ¡ene~~or ,
tropología económica. Silp-Oue colocar e l .!-EJlsaYQ» e.nJ!l sub..)!.acente ~s o~ raciones empmcas de. dar, reClb]r y
¡picio de las reacupaciones de los antropólogos po~ dev_olver. se g~edará tan sólo e . 1 fenóme-
formas de interca mbi o de los pu_eblQ:i no occidentales. No no. Peor aún; 9!l~ auss tratara da dar el .paso de la des-
obstante, con ser la lectura aparentemente más obvia (re- cripción e tnográfica a la explicación sociológic'!.. r~­
cordemos que el subtítulo del . Ensayo» reza asf: . Fonna y menda a la racionaHzac~6:n inQIgWi\- (neozelandesa, en
razón del intercambio en las sociedades arcaicas .), no es la este caso) del fenómeno: la fuer/-a mística, el hau de las co-
menos problemática. Entre OLras muchas razones, porque sas que obliga a los dones a circular, a ser emregados y a
lodo el trabajo constituye, de modo deliberado. un intento ser devueltos ..l'J Fuera espiritual que Mauss cree adivinar,
por situar el intercambio fuera o más aUá de la esfera pu- si bien en grados muy diversos..! tras realidades sociales tan
ramente económica. Al margen, en todo caso, de lo que la dislintru.,. distantes c mo el potlaatch de la Norteamérica
economía liberal o el pensamiento marxista emie nden por ind!genª-, eL e1anesio, los sistemas jmidicos de nues-
ecol16mico (o, para se,· más exactos, de lo que los durkei- tro pasado indoeuro ea incluso firoo~.aspectos de lrJ.le-
mianos concibieron PO]' marxismo) . g!§lación e las sociedades modernas (conw-1a..;::eguJ.asaó.o
!lna segunda lectura, mucho más fecunda, es la gue_ de la ru:oruedad intelectual).
Lcaliza Lévi-SU:auss, e sirve 'para fundameruax:.. nada me- Pues bien, es la lectura léyi-estraussiana (el intercam-
nos que toda la arquÜectura de Las estmcturas elememale~ bio corno gozne entre la naturaleza Ua c.u.l.tw:¡¡) la que
del parenJesco. Conviene tener en cuenta que, ~ n el «Ensa- puede darnos la c1aye de una tercera lectura que es la
..)'.2l.. Mauss recalcaba el carácter total d~ las ptestaciones. que aquí me interesa: la lectura política. Pero debo adver-
deJQs intercambips, en las soci~d_es arcaicas y primitivas tir inmediatamente que no es el tipo de lectura que hace
~ insistía en Que. en ellas, no sól~ objetos, sj no los.in- U.vi -S~Lévi-Strauss (diré utüizando casi sus propias
dividuos misllJ,llS -y concretamente las mujerd - circula- palabras contra Mauss) la vislumbra, pero decide quedarse
ball-entr:e.JQs grupos sociales. Eran, pues, IQLWQPs los en el umbral. Porque, para Lévi-Strauss, los inte rcambios
que se daban unos a otros a.J.1~ de sus propios miem- (el contrato social maussia no, como bien ha visto Sahlins)
.b.ros. Tal observación no pasó inadvertida wa.w;!.. todo un se apoyan en algo tan alejado de la consciencia como es el
grupo de antropólogos holandeses (pertenecientes a '"ª- de- principio de reciprocidad. ta l como él lo entiende, enraiza-
nominada E scuela de. Leiden), quienes en los a nos treinta do. a su vez, en el discutido y discutible esprit humain.
estudiaron, en algunas sociedades indonesias, un s istema Sin duda, a cada gran concepción de la política y de la
de intercambio matrimonial que suponía, precisamente, la sociedad subyace, cuando menos, una concepción de la na-
circulación de mujeres a través de grupos de filiación uni- turaleza -término polisémico si los hay- oPero la de Lévi-
lineal (al que denominaron «connubio circular.). Pero lo Strauss (que reduce en último extremo el polémico esprit
que para la Escuela de Leiden había sido nada menos hwnain a los componentes físico-químicos del cerebro)
- pero, tambi én, nada más- que un valioso instrumento poco liene que ver tanto con la noción de physis de los
heurístico, Lévi-Su·j¡\uss. lQ eleyó a.Jldnci.Qjo e~licativo gliegos como con las leyes de la naturaleza hobbesianas. Se
-J.!n i~almenle válido- de la _~esls eS l ructura~s sitúa mucho más allá de la p6/is y, por supuesto, a astro-
s.is.te.ma.s-de_~ntes.f.Q..4I Más aún, lo que Lévi-StIa.J,Js_U e- nómica distancia del contrato social. Otras alusiones espo-
.Q..roc..h! a tan colosal fu e nte de inspiración como es el «En- rádicas de Lévi-Strauss a la polftica de las sociedades pri-

48. Véase Rodnq N«dham. ]969. p. 7. 49. pp. XXXVW·XXXIX.


42 ANlllOPQLOGfA POLfnCA SOBRE ANTROPOLOOlA POLmCA 43

mitivas (como la absolula unidad, la resistencia al cambio pOlflica es la guerra continuada con otros mecHos ... SO Pero
o la inexistencia de conflicLOs internos) constituyen, pro- el espíritu es diferente. porque son otra guerra y otra polI-
bablemente, la fuente de inspiración de Clastres. y sus su- tica las de Mauss.
puestos han sido ampliamente cuestionados por antropó- No obstante, es de lamentar ...Q.ue Sahlins....po se haya
logos como Balandier. $O pe"catado totalmente de cómo Mauss amplía, de modo re-
Sahlins sí hace_una lectura-polftica del texto maussia- voluci~o el universo del disr;.urso político. Porque
..no. como he apuntado más de una vez. Lectura 9.u~ no e~­ Mauss, a mi ;Gtender, no sólo recupera el ayténtico dis-
clu~ -no puede exclulr- J~teriores (la económica y curso hobbesian9 ~_~o es tanto .1a guerra de todos con-
la del parentesco), sino ue Jas-l!!!s~ ya que cuest.!2m!. t:r'a todos .. , sino --ca nos ~ace ver saIíliílS= .la ¡ue.aa
una vez más, ~ artificiosidad de esas fronteras. La origi- contra la gue..c:ai).... s.i.n.Q...que va más allá. Atribuye a otras
nalidad de _Sahlins estriba en ~ \!!la doble-y ~la formas de humanidad (las. que él engloba en ese término
lec~ura delLeviaJáuS del «.Ensayo», que viene a poner de un tanto vago de spciedades segmentarlas) ~misn:.~_­
rehe~mo ambos son complementarios. ,Analizada por lcndimiento prudente de la situación/l, la misma p1lronesIs
Sah1in..§:, la obra de Hobbes se nos muestra sorprendente- que 10W áskos limitaron al redu.cto de la pólis. Porql~e nos
mente actual. Es más, argumenta Sah1ins, la cuarta de las e nsef\a, también, que podemos VIslumbrar la phrol1eSlS que
.. leyes º-Ua naturaleza/l, según Hobbes (la Gratitud) ~ue se ocu lta tras el insospechado ropaje simbólico del saliva-
depende de una..d12naOOl previa-<-no es sino el precedente zo, de las lanzas depuestas y de la fiesta. .
remoto~l. don...lJlaussiano.l de la reciprocidad, en suma." ~ndido así ~Ianteamiento de Mauss, nada oen!';, 4~
Mauss lo que hace es am"plio/ el espacio humano que me- extrai\o el que _haya trat(ld~. de buscar en una n9C:ión_místi-
dia entre naturaleza civilas al tratar de comprender aque- ca -pero consciente- como la de hau el fundamentQ.JkL
I1as otras sociedade~!!, sin necesidad de Leviatán. han intercambio. del cOgl[i!l.CL~. Mauss se~ivocó.l....l2.~
sabickl: «oponerse sin masacrarse-y darse sin sacrificarse blemente .(como han sei\alado otros antropólogos. en contra
los unos aJos otrqS! .'IJ Y, poco antes, citando a MalinowS: de lo que opina Lévi-Strauss" ), en la interpretación religiQsa..
ki, Mauss escribe: que dio de aquella noción indfgena. Nada tiene de extraño
que así fuera, QQrQu~ no tenía un copocimiento direc to de
Los hombres de Dobu ---dice un isleno de las Tro- los temas de 9,ue trataba en sus...9~s . Sin embargo .. no a~­
briand- no son buenos con nosotros; son crueles; son ca- duvo desacertado al ~.itl.W:. el fundamento de la ccmVl.venQ<.L.
níbales; cuando llegamos a Dobu los tememos. Podrian polítiCa en el reino de la cc;msciencia.;.. Y pienso que se ade-
matarnos. Pero he aquI que yo escupo la ralz de jengibre y cua melor al talaQle de Mauss Ja..,!:DQl]lla de reciprocidad.. ,
su espíritu cambia. Deponen sus lanzas y nos reciben
bien. D tal como la formuló Alvin W. Gouldner, que el""!princi io de
reciprocidad .. lévi-estraussiano. Para Gouldner, la ~jproci:­
dad es, ante todo, una norma moral que sine. . ruu61o..rut.@
. Nada expresa mejor --comenta Mauss- esta inestabi-
estabilizar los sistemas sociales (al modo como la entendió
üdad entre la fiesta y la guerra./I Esto tiene, quizá, un re-
el funcionalismg), sino ID:le fQnst~ truñbién, un impor-
moto parecido con la inversión que Michel Foucault hace
tante «mecanismo iniciador/l de sistema~ocia~, sea a e-L
de la célebre fórmula de Clausewitz, cuando afirma que «la
cala interindividual 9 a escala internacional. ~
50. 1974. pp. ISO Y u.
5 1. Op. cit .. p . 178. 54 1978. p. 135.
52. Op. cit., p. 278. .5.5. Vbse Sahlins. 01'. ell" pP.. 153-157•
53. lbiJ. .56. ~La """"" de reciprocidad: fonnutadón~. en 1979, pp. 21 .....244.
44 ANTROPOLOGlA POLITICA SOBRE ANTROPOLOGfA POLtrlCA 45

, I AJ fino olfato de Sahlins parece habérseJe escapado es- el estud io de las sociedades primitivas. 'b.
Más aún, escri-
tas reveladoras palabras con las que Mauss concluye el en .
bia unas (rases que no me resisto a transcn Ir porql.le son
«Ensayo sobre el don ,.: muy semejantes al talante de Mauss y p<:>r~ue constituyen
IOdo 1m aviso a los estudiosos superespec,ah7..ado.s de nues·
Estudios de este género permiten [... ] entrever, medir, tras sociedade.s.. Y, además, porque me parecen Impregna·
sopesar los diversos móviles estéticos, morales, rcBgiosos, das de un profundo espíritu lúdico:
económicos, los diversos factores materiales y demográficos
cuyo conjun to fundamenta la sociedad y constituye la vida Es un hecho -escribfa Hocart en 1935--- que en nues-
común, y cuya dirección consciente es el arte supremo de la Ira comunidad existen gentes que han reducido su búsque·
Política en el sentido socrático del término."
da del bienestar a la compra y venta de acc~ones, m.ien~ras
otros han reducido su interes al ceremomal eclesll~StICO.
No creo que sea necesario resaltar en exceso tres pala- Esto abre la posibilidad de que unos teóricos se dediquen a
bras de es te párrafo: consciente, ane y socrático. eSludiar especialmente la economfa mientrd5 OlroS se espe-
cializan en el ritual. Aun así, a uno le queda la duda. de que
esto sea acertado, y seguramente nuesu'os eeonor~lIs~s se
Conclusión habrían visto menos embrollados por los aconteclnucntos
que se han producido desde 1914 si no hubieran separado
En el libro Plimero de ÚJ. Po[{tica, Aristóteles niega-.-9!:,. la economía de la vida en general tan completamcntc como
lo han hecho.'"
r~cte.r....humanp. al en~mi~ ds la ~~iedad ciudadana,.; tal
tipo~
Porque ensanchar el universo del discurso ~o l.ic?~ por
o bien un ser inferior o más oc un hombre [ .. ,J. Al mismo ~é llevar aparejado ya lo he apuntado al pl1nClplG- el
tiempo, semejante individuo es, por naturaleza. un apasiO- aTimentar esas ficticias seguridades definitorias en las que
n,!do deJa.&UCo:a L.. ).51 suelen iw rse los académic Por suerte o por desgra·
cia, lo po - . rada arece estar dotado de
El logoL de..Occident.e..(el de Mistóteles, el de Hobbes) !.lna inherente ambigüedad. Proba blemenle, como o m~.s
parece oponer siempre la Q!l@nizaciQn política (cullura) a.. noble y eStrictam ente humano. Quién s~h<: ~i a eso se refc·
la guerra (naturale~ o mera anima,üdadJ. La antropología ría Mauss cuando recalcaba el doble slgmficado de la pa·
--<w e p-mcede, no lo o lvidemos, del mi§mo logos- ha te..:;. labra don en alemán (gift): regalo y veneno.""
nido que realizar el esfuerzo tilánico de comprender otras
[ormas de síntesis entre aquellos extremos. Además,.,gra.
cias a Maus~. la..lI:ntwp.ología....POlítjca.-por insospechados
y tortuosos vericuetos- puede vanagloriarse de ~r r~
cllP..eradQ la dimensióp de los c1<!§.icos, sin perder por ello
el realismo de los modernos.
Hace ya muchos años, Arthur M. Hocm (el otro gran
olvid ado de la a ntropología política) se sublevaba también
cont ra la art ificiosa demarc<"!-2.c?n entre ecOñ'Om{a y ritual
59. 1915. p. 212. 68 F e B n
60. Op. cil., p. 255. Vtase tamblf ... E.. 8cm<eniste. op. cit .. p. . . . a ey
51. Op. cil., p. 219.
58. Op. cil.• p. 49.
ha.c.:: uso de: la obsen;u:i6n dc: Maulo>' para tltular, dc: forma un tanto Irónica, un hbro
compilado por <'l, 1971.
PODER Y DRAMATURGIA POLÍTICA'

La legitimación implica, pues, enmasca~


ramiento [... ]. El enmascaramiento es el sim-
ple resultado de que el sistema valorativo del
grupo, para legitimar. simplifica, descarta
factores, estereotipa e incluso mitifica. Al
cabo, la rcalidad hace aquf más o menos lo
que han venido haciendo los tratadistas con~
vencionales del poder. Por supuesto. cuando
hablamos aquf de la legitimidad como en-
mascaramiento despojamos al ténnino de
todo sentido peyorativo; no pretendemos va-
lorar. sino sólo sei'talar una realidad.

• FRANClSCO MURlLLO FERROL '

Los disfraces d el poder

¿Es imaginable un estudio realista de los fenómenos


políticos que deje de lado la realidad del poder? A este pro-
pósito -_el poder como la clave de la poUtica __ escribfa
un sociólogo de la polItica hace ya algunos años lo si-
guiente:

Hay (se dice) tribus como la de los indios zuni cuya cul-
lura extirpa la ambición y difunde el poder de modo tal que
éste es invisible. Pero la ambición de poder (cualesquiera

• Ouiero agradec,.,r a ~m6n Palmer, que leyó un primn- esbow de elle traba-
.lo, tanto Su lectura atenta como sus o,,"nrac!c)lJC$. Esprro que, rn pane al menos, en-
CUentre rellejada.s estas últimas rn la nueva n:<fucciÓn.
1. 1963. p. 244.
48 ANTROPOLOGíA POÚTICA PODER Y DRAMATURGIA POLmeA 49
sean sus orlgencs sociales o psicológicos) constituye un he- tenimiento, ejercicio y lu~ha por .e~ poder•.' Y no otra cosa
cho imponante en todos los sistemas polfLicos principales. es lo que, en sustancia, VIenen diCiéndonos muchos antro-
tanto ágrafos como modeInos:
pólogos al menos desde que Radcliffe-Brown intentara de-
limitar el campo de lo político:' .
Paradójicamente, esa clave, el poder (como apuntaba el Parece, pues, que la apelaCIón al poder conflere al ~ná­
propio Mulilla) no es concepto «menos abstracto que el lisis de lo político no sólo seguridad, sino también u.ruver-
utili7...ado en la ffsica y ocasiona, además, una mayor difi.
cullad para medir s us efectos,.,l 0, como nos advierte SaI 'dad
I. ,
'Nos acercamos a 10 humano? Con la excepción
. )
de
los zuni (como sugiere irónicamente Mackenzle uno esta-
Louis Dumont, se trata de una noción .. que juega un papel ría tentado a pensar que sr. Nada de eso, asegura por el
tan considerable y tan oscuro en la teoría política de nues- contrario Pierre Clastres, ya que
tro tiempo. " Pero ni la abstracción ni la oscuridad del con-
cepto parecen arredrar a los estudiosos de realidades polí- Uno se encuentra [ ... ] confrontado con un e norme con·
ticas, que se sienten seguros y confiados asentando sus junto de sociedades donde los depositarios de lo que en otra
construcciones en un terreno que estiman firme y sin fisu- parte se llamaría poder, de hecho carecen de poder. donde
ras. Un terreno en el que se instala tanto el radicalismo de lo político se determina como campo fuera de toda coer-
un C. Wright Milis , cuando considera que «toda política es ción, fuera de toda subordinaciÓn jerárquica, donde,. en ~n~
una lucha por el poder; la naluraleza úJtima del poder es la palabra, no se da ninguna relación de orden-obediencia.
violencia»,' como la serenidad orteguiana de que «mandar
no es gesto de arrebatar el poder, sino tranquilo ejercicio Clastres tiene, además, la osadía de arremeter contra
de él [... ] Contra lo que una óptica inocente y folletinesca las convenciones habituales y de convertir la regla en ex-
supone, el mandar no es tanto cuestión de puños como de cepción:
posaderas».'
El poder politico como coerción (o como relación .or-
A esa instalación confortable en tan incierto basamen- den-obediencia) no es el modelo del poder verdadero, Sino
lO no son ajenos tampoco quienes se han ocupado de rea- simplemente un caso particular. una realización c~ncreta
lidades lejanas al mundo moderno y/u occidental. Baste un del poder político en ciertas c ulturas, co~~ la occlde~tal
par de ejemplos. En su artículo sobre los cambios políticos por ejemplo (que naturalmente no es la umca): No eXiste
en la zona montanosa de Papúa-Nueva Guinea, la antropó- pues razón científica para privilegiar esta mo:cJahdad de ~
loga Mane Ray aclara de entrada: eVoy a definir "políuca" der, para constituirla en el punto de referenCia y en el pnn·
como configuración de los asuntos públicos en ténninos de cipio de explicación de OLras modalidades direrentes."
relaciones de poder•. 7 Con un carácter mucho más general,
el también antropólogo Abner Coben afinna lo siguiente: Desde ahora tengo que manifestar mi casi total ~cuer­
«A lo largo de esle libro se entiende que el "poder" es un do con Clastres y su valiente inversión del planteamiento.
aspecto de todas las relaciones sociales y que "política" se Acuerdo casi total porque inmediatamente vaya hacer a.l-
refiere a los procesos implicados en la distribución , man- gunas salvedades que, al propio tiempo, me van a servir
· "E n pnmer
para adelantar el desarrollo de este tra b aJo. . Iu-
2. W. J. M. Mackenzle. 1969. p. 215.
3. Mut1110,op. dI .. p. 211 (cursivas, mlas). 8. 1974. p. 11. .
4. 1983, p. 13 (cul'$lvu. mlas). 9. Vid. mi articulo .Sob~ anlropologSlI poIrlicu. incluido en esle libro.
5. 1956. p. 171. 10. 1978. p. 11.
6. 1969. p. 117. 11. ¡bid.. p. 21 (cunj,...., del aUlor).
7. 1964. 12. Vid. mi anfculo cil.
50 ANn.OPOLOGtA POLÍllCA PODER Y DRAMATURGIA POÚTICA 51

gar, que ni siquiera nuestra propia cultura ha sido -sobre cruciales de poder es significativa e imp0l1ante. En. un do·
lodo- y en parte sigue siendo ajena a una deliberada ex- ble sentido. Significativa e importante porque hay Sistemas
clusión del poder del escenario polftico. En segundo lugar, políticos que dramatizan o ritualizan el poder y las con-
que cuando y donde los fenómenos de poder no aparecen frontaciones políticas; son los más próximos a nosotros en
como tales en escena no cabe infetir de ello su inexisten- el tiempo y en el espacio. Pero también hay otros sistemas
cia. Por último, que, desde mi pumo de vista, el conlraste que ocultan uno y otras (esa .difusividad. y esa . invisibi·
más importante entre sistemas políticos -primitivos y oc- lidad. a que se refiere Mackenzie) para presentar en esce·
cidentales, antiguos y modernos- no estriba en que algu- na la annonía del conjunto social. Tal vez estribe en esto el
nos nieguen o desconozcan el poder político coercitivo y contraste cultural más llamativo entre la tradición y la mo-
gocen de esa s ituación paradisíaca que es el reino del «po- dernidad, pero también entre las llamadas sociedades pri·
der no coercitivo_o Esto es lo que afirma Clastres. siguien- mitivas y el .mundo occidental moderno.
do, probablemente, la moda estructuralisla en voga afias Además, la diferente ubicación social del poder es tam·
atrás de las imágenes especulares (esto es, la sociedad pri- bién importante y significativa porque su entronización o
mitiva viene a ser, en último extremo, como la nuestra, su puesta en escena (su «visibilidad ,. ) corre pareja con su
sólo que al revés) . imparable crecimiento. Como bien dice Jouvenel casi al
Pero incluso en esos paraísos añorados hay mecanis· inicio de su famo so estudio sobre este preocupante y des·
mas coercitivos que establecen relaciones de supra y su· mesurado desanullo, ICe! poder es menos un objeto de ccr
bordinación, de mando y obediencia, tales como las que se nocimiento lógico que de conocimiento hislÓdco,.." Más
expresan a través de las diferencias de sexo y edad. Como aún: es este mismo autor quien alude como de pasada a la
apunta Lapierre en su critica a Clastres y en relación con correlación que acabo de mencionar. Lo hace cuando se re·
el pueblo amazónico estudiado por éste: . Comprendemos fiere a situaciones -no tan excepcionales- donde . el po-
ahora que el poder de su jefe no sea coercitivo, porque la der encuenLra un máximo de resistencias que le impiden,
fuerza de la coerción está en Oira parte, en la colectividad no solamente el crecimiento nonnal, sino hasta mantener·
de los varones adultos, de los cazadores guerreros .• n se como cuerpo visible en la sociedad •. ls
El problema, por tanto, no radica a mi entender en la Corolario proviSional: A la mayor difusividad y oculta-
presencia o ausencia de relaciones de poder. Admitamos ción del poder corresponde su más enteco crecimiento, del
con la inmensa mayoria de quienes se han ocupado de es· mismo modo que su más desaforado desarroUo va unido al
tos temas que esas relaciones están presentes en cualquier desenmascaramiento puro y simple de la prepotencia (de
organización social, a escala hmnana al menos. Ni que de· los soviets, del partido, del Führer). Cuestión, por tanto, de
cir tiene, por otra parte, que el contenido de esas relacio- grados, de puntos en una escala o continuwtl.
nes y sus basamentos ideológicos difieren de un grupo hu- Con todo, creo que es distorsionador y empobrecedor
mano a otro o de una a otra época histórica en el devenir violentar la rica y compleja diversidad humana estable-
de un mismo grupo. ciendo como modelo o rasero de toda vida política aqueUas
Pe1"O, al propio tiempo, insistamos (frente al habitual fonnas que más se aproximan a la hipertrofia del poder.
menosprecio hacia estas cuestiones por parte de lo que sin Entre otras cosas, porque cada vez resulta más cuestiona·
duda es tendencia mayoritaria en teoría, ciencia e, incluso ble la hipótesis de leyes de desalTollo inexorable de la evo-
antropología políticas) en que la diferente ubicación --ese lución humana. En este sentido es en el que estoy muy de
estar en olra parte al que alude Lapierre- de las relaciones
14. 1974. p. 26.
13. 1977. p. 346 (cu,..ins. mlu). 15. tbul., pp. 197.198 (cunivas, mSas).
52 ANTRO POLOCíA POUTICA PODER Y DRAMATURGIA POLtrlCA 53

acuerdo con Claslres cuando hace del mundo occidental la De la opacidad a la diafanidad del poder
excepción y no la regla. Lo chocante (o la triste gracia. de·
pende de como se mire) es que lo que pudo ser anomalía En la Politeia platónica, el sofista Trasfmaco contesta
siglos atrás vaya camino de convertirse -si no lo es ya- desafiante a la pregunta de Sócrates acerca de la justicia:
en pauta universal.
. No obstante. me parece también poco riguroso. cientf· Pues bien, escucha. Digo que la justicia no es otra cosa
ficamente hablando. todo cuesLionamiento en lomo a que lo que es provechoso al más fuene."
esencias (del tipo poder coercitivo poder no coercitivo)-
máxime si admitimos que, como en este caso, el susta nti~ y la réplica del Sócrates platónico tras el juego dialéc-
va es noción abstracta y oscura. A lo más que podemos tico acostumbrado:
acercamos es a Jos fenómenos, a las manifestaciones del
poder. O. dicho en ténninos wittgensteini anos, a los có- Por consiguiente. Trasfmaco. todo hombre que gobier-
mos y no a los qués (ya que lo segundo es místico e ine- na, considerado como tal. y cualquier.1 que sea la naturale-
fable). I' za de su autoridad, jamás se propone en lo que ordena, su
Porque, además, Jo que parece específico del poder interés personal, sino el de sus súbditos.'o
como fenómeno social (y con ello vuelvo a la cita de Muri·
110 que encabeza este capítulo) es su enmascara miento. En Poco después se nos desvela por qué la inju sticia es éti-
s ituaciones habituales, no excepcionales; e n aquellas ~i­ camente reprobable:
tia Onega- donde lo que cuenta son las posaderas y no
los pu fios. Es tal. pues, la naturaleza de la injusticia [ ... ) que, en
Pues bien, de lo que quiero ocuparme aquí es precisa- primer lugar. la hace absolutamente impotente para em-
mente de formas muy sutiles de enm ascaramie nto e inclu- prender nada a causa de las querellas y sediciones que pro-
so de invisibilidad del poder. Se trata de formas que sub- voca.'·
yacen a nuestro propio pasado y que aún perviven en sec-
tores del mundo rural. Que tienen, o han tenido en lodo En el escenario poUtico que dibujan los grandes pensa-
caso, plena vigencia en esas sociedades exóticas que nos dores clásicos no se admiten. no ya las representaciones
han descrito muchos antropólogos (cuyas aportaciones en descamadas del poder, sino ni siquiera la lucha por obte-
este campo me parece más valiosas que las simples defini- nerlo. Su lugar lo ocupa la justicia. Téngase en cuenta que
ciones de política por referencia al poder o que la cabrio- en esas grandes construcciones teóricas pesaba la tradición
lesca negación de su naturaleza). Pero de lo que esas for- de los estados aristocráticos que, como nos dice Rodríguez
mas fueron y, sobre lodo, de cómo dejaron de serlo nos da Adrados. ponían - siguiendo el modelo espartano-- la jus-
cuenta el propio desarrollo histórico de la filosofía, teoda ticia bajo el nombre de eUllomía, buen gobierno. Y ello sig-
y sociología políticas de nuestro viejo mundo eu ropeo. nificaba "'encerrar en los estrechos límites de su concep-
Prestémosle, por ello, atención antes de dirigir la mirada a ción clasista» el ideal de jusLici a, conjugado una jerarqui-
mundos más desconocidos, ya que éstos representa n los zaci6n de clases con la supresión dentro de cada una de
otros tonos del contrapunto. ellas de «los instintos competitivos y agonales»,20

17. 1979. p. 54.


16. .6.44 No ello m(;;tico cómo sea el mund<>, sino qtlt Ka el mundo. (cuI"$¡w~. 18. ¡bid., p. 58.
del ~utor): .10 místico» es.1o ine."qlI"eSabl.,. (6.552) y .7. Oc: lo que no se puede hablar. 19. Ibid., p . 65.
mejor es callal"$e" 197.3, pp. 201 Y 20.3. 20. 1975, p. 55.
54 ANTROPOLOGÍA POLíTICA PODER Y DRAMATURGIA POUTlCA 55
El pensamiento socrático - nos sigue diciendo Adra~ en definitiva, de la descamada presencia del poder), La fi-
dos- supone el intento de fundamentar racionalmente los nalidad, por el contrario, es la felicidad del conjunto:
va lores de la tradición. Pero en una época en que el nomos
ideal y el real de la ciudad no marchan ya al unisono; una Al fonnar un Estado, no nos hemos propuesto como fin
época de «divorcio cada vez mayor entre indlviduo y so- la felicidad de un cieno orden de ciudadanos, sino la del Es-
ciedad», de «conflicto constante entre la justicia O nomos y tado entero [ ... ] un Estado en el que la felicidad no sea pa-
los procedimientos indispensables para triunfan. JI Un con- trimonio de un pequeño número de particulares sino co-
mÚD a toda la sociedad,"
fliclo que culmina con la muerte del propio Sócrates y que
supone en definitiva la quiebra de la tradición: ... Sócrates.
Fue Werner Jaeger quien recalcó el gran contraste en-
buscando salvar y perfeccionar los valores tradicionales, ha tre el concep.to, técnico y estatal, de «política» en el mun-
roto con ellos. Ha escindido en interno y externo lo que an- do moderno con respecto al que inspira la misma palabra
tes era unitario. Dicho de otro modo, se ha quedado con pólis. Es ésta, dice Jaeger, «palabra de sentido concreto que
los valores restrictivos eliminando los agonales.»ll Con me- expresa plásticamente el conjunto plet.6lico de vida de la
nos dramatismo que su maestro, en Platón «continúan existencia humana colectiva y la existencia individual en-
identificándose moral y política y rechazándose todas las marcada dentro de aquélla, en su estructura orgánica».2s Y
posiciones agonales y competitivas». Con mucho mayor refiriéndose a Sócrates -pero ampliando la misma con-
pesim ismo que S6crates, el discípulo se opone a la desin- cepción a Platón y Aristóteles- afirma también: «Las "co-
tegración del orden tradicional propugnando la creación sas humanas" a que dirigía su atención culminaban siem-
de un «régimen hecho todo de una pieza, perfecto, no so- pre, para los griegos, en el bien del conjunto, del que de-
metido a evolución ni cambio». Un régimen que se oponga pendía la vida del individuo. ,.26
al derecho del más fuerte que pregona Calicles y que (fren- El bolismo (<<común,., «entero,., «todo», «conjunto») es,
te a la praxis política que ya se afirma como realidad coti- por lanto, el sustrato valorativo de esa concepción de la po-
diana) eümine de la escena politica «todos los factores de lítica. También lo es de un universo cultural que hoy se nos
autoafirmación del individuo causantes del egoísmo y de la antoja tan distinto del nuestro: el de la Jndia tradicional.
desintegración de la sociedad ateniense; también, en una Como observa uno de los más profundos conocedores de
fase anterior, de su progreso». En suma, se trata -a la de- esta última, La República de Platón «recuerda enormemen-
sesperada, s in duda- de t:eliminar todo aqueUo que es pri- te la leona india de las varnas, o más bien la tripartición
vado del individuo, incluso hacer común aqueUo que es indoeuropea de las funciones sociales».17 Nada tiene de sor-
privado por naturaleza: los ojos, oídos y manos deben ocu- prendente, ya que ambas construcciones rinden culto a la
parse en empresas comunes y todos deben aprobar y cen- jerarquía y a la desigualdad. Pero tampoco es ajena al ho-
surar las mismas cosas, alegran;e y afligirse por 10 mis- lismo, como veremos, la ritualización política de las sacie·
mo».ZJ dades tribales; esto es, aquellas sociedades donde lo que
Más aún, la finalidad del Estado platónico no tiene predomina son los valores igualitarios. E insisto en lo ya
nada que ver con las apetencias de seres individuales (que apuntado varias veces: esos tres universos (clásico, hindú y
son los responsables de la fragmentación, del contucto y, tribal) teatralizan --de diversas maneras, bien es verdad-

24. Platón: op. dI .. p. 124 (cursIvas. rnhu).


21. Ibid., p. 399. 25. 1974, p. 441.
22. ¡bid .. pp. 34G-341. 26. ¡bid.. p. 426.
23. lbid., cap. 2, J.' pane (ci lal; Iiw-ales. pp . .¡ 10. 415. 426 Y 428). 27. L Durnom. op. cit., p. 69.
56 ANTROPOLOGíA POLmCA PODER Y DRAMAT URGIA POLíTICA 57
los valores halistas mediante la deliberada y pareja exclu- donde el individuo pasa a ocupar ese lugar (individualis-
sión, marginación o sumisión de lo individual y del poder!S mo) es un proceso largo y compl ejo. Dumont analiza una
Como también habria que insistir en que tal dramaturgia de las primeras y fundamentales etapas de ese proceso en
no logra evitar lo uno ni lo otro. Es lo que nos viene a de- los plimeros siglos de cristianismo. l1 Pero también recalca
cir Jaeger a propósito de la obra de Isócrates: éste trata de que la sociedad medieval está más próxima a una concep-
demostrar que el poder conduce a los hombres al desen- ción holista y tradicional que a otra individualista y mo-
freno, pero es buen sabedor de que la ambición de poder derna. El umbral de la modernidad está en el conflictivo y
es el verdadero forjador de las almas humanas!9 Porque el apasionante siglo XN, donde se entrecruzan las polémicas
drama no representable es muy otro. También subraya Jae- teologicofilosóficas del realismo y del nominalismo, o las
ger que el Estado de los tiempos clásicos conoció la ten- de la razón y la revelación, con las luchas del papado y del
sión entre los polos de la educación (para la justicia) y el imperio." Distintas interpretaciones del aristotelismo lle-
poder; que los sofistas , y los hombres de estado que fueron van a diametralmente opuestas concepciones del orden so-
sus discípulos, introdujeron la concepción de la lucha por dopolítico. De una parte, el aristotelism o tomista, que
el poder como consustancial al estado moderno; y que, por hace compatibles razón y revelación , que concibe la natu-
últi.m?, el intento platónico de conjugar de nuevo paideia y raleza a modo de universo jerárquico donde la vida social
poI/tera surge frente a 10 que se concibe como degeneración y política forma parte del plan de la naturaleza como con-
de la vida política de su tiempo.){J Los Trasímacos y los Ca- junto; universo donde la ley hum ana no es sino parte del
lides -pensaría uno--- quedan mal en escena, pero sus ar- sistema de gobierno divino y donde el poder tan sólo con-
gumentos acaban por triunfar en la vida cotidiana. tribuye a dar fuer za a 10 razonable y a lo justo.}4
Muy oportuna me parece, a este respecto, la distinción De la otra parte, y frente a lo anterior, las teorías de
que Dumont establece entre dos diferentes sentidos de la Marsilio de Padua y Guillermo de Occam. En Marsilio, la
palabra «individuo». Nos conduce ya al progresivo desen- separación entre la razón y fe le permite insistir en que,
mascaramiento del poder. De un lado, individuo es «el su- desde el punto de vista de la primera, las sociedades hu-
jeto empírico de la palabra, del pensamiento, de la vol un- manas son autárquicas; ello conlleva, también, la tajante
tad, espécim en indivisible de la especie humana tal como distinción entre ley divina y ley humana: la sanción terre-
lo encuentra el observador en todas las sociedades)); de nal s6lo compete a la segunda y su fuerza deriva directa-
otro, <{el ser moral, independiente, autónomo y de ese mente del legislador, Un legislador que no puede ser otro
modo (esencialmente) no social, tal como se lo encuentra que -dice en Defensor pacis- «el pueblo o la totalidad de
ante todo en nuestra ideología moderna del hombre y de la ciudadanos o la parte de más valor de aqué]", Despunta el
sociedad».'! principio de la mayona, pero (insiste Sabine) todavía en un
El tránsito de una concepción donde el valor supremo contexto a la vez medieval y aristotélico: no mayoria nu-
lo constituye la sociedad como un todo (holismo) a otra mérica aún, '~ En Occam, el nominalismo fre nte al realismo
tomista. En su virtud, no podemos deducir conclusiones
28. El contraste , en ese sentido. entre sociedad jerárquica y sociedad igualit a-
noonativas de Jos términos generales que utilizamos, ni
ria (India y Occidente, en ese caso). lo recalcaba Durnont en 1970. pp. 296 Y ss. hay ley natural que pueda deducirse de un orden ideal de
29. W. Jaeger. op. ell .. p. 920.
30. /bid., pp. 293 Y SS., Y 59 1.
31. 1983, p. 69; tam bién en 1970, pp. 12 Y ss. Creo que un precedente impor. 32. 198 3.• De l"individu-hors-du·monde ¡, l'individudans-le monde" • . pp. 33 Y ss.
tante de estos desalTOllos de Dumont puede encontrarse en otros de Ma reel Mauss ; 33. Sigo ahorn también la exposición de G.,orge H . Sa bine, 1965. pp. 2 17 y ss.
muy concretamente en su ensayo .U ne cat"8orie de I'esprit huma in: la nOlion de per- 34. ¡bid., pp. 188-195.
sonne. celle de ·moi-~. inclui do en 1978. pp. 333-362. 35. lbid .. pp. 219 y ss. (ci ta genernl, p. 223 ).
r.

58 ANTROPOLOGtA roLfTlCA PODER Y DRAMATURGIA POLlTlCA 59

las cosas. Por el contrario, aquella concepción de la ley nudeces si quieren obtener clamorosos éxitos. Probablemente,
como expresión del orden que la razón descubre en la na- también, al sagaz Florentino no se le e5Qpa que en la esce.na
turaleza, se convierte en expresión del poder o voluntad del lásica la máscara de la justicia no cubrla más que a medias
legisladol: De considerar el derecho como relación justa fas vergüenzas de los hombres públicos. O, sencillamente, que
entre seres sociales, se transforma aquél en reconocimien- aquélla no puede entenderse ya de otro modo. .
to social del poder del individuo. Y concluye Dumont este porque rota ya la unidad clásica entre moral y polfu~, el
punto: «Un corolario inmediato de la transformación es el estadista se sitúa por encima de su grupo y de la moralidad.
acento puesto en la noción de "poder" (po/estas), que apa- La moral sólo rige ahora para lo privado; al gobernante se le
rece así como equivalente funcional moderno de la idea mide por sus éxitos en la consecución, ampliación y perpe-
tradicional del orden y de la jerarquía. Hay que subrayar tuación de su poder. La política se convierte, en suma , en una
lI
cómo esta noción de poder [... ] aparece de ese modo desde técnjca amoral cuyo sistematizador será Hobbes.
los primeros inicios de la era inrlividualista .• Jjo Es precisamente Hobbes quien a lude con claridad y con
Los pasos que sigue el proceso nos interesan menos aquí. cierta insistencia a la visibilidad del poder. Así, cuando al co-
Revelan pura y simplemente la creciente impudicia del poder. mienzo del capítulo xvn del Leviatál1 define la meta que per-
Pero sr quiero refel;nne brevemente a dos conocidos desen- siguen los hombres al const ituirse en repúblicas:
mascaradores. Primero Maquiavelo; luego, Hobbes.
El primero aconseja al gobernante el doble uso de la ley y Arrancarse de esa miserable situación de guerra [ ...1cuan-
de la fuel7..a con estas palabras: do no hay poder visible que los mantenga en el temor."

Es menester, pues, que sepáis que hay dos modos de defen- Pero también antes, al hacer equiparables lo religioso y
derse: el uno con las leyes y el otro con ]a fuena. El primero es el poder invisible:
el que conviene: a los hombres; d segundo pertenece esencial-
mente a los animales; pero, como a menudo no basta con aquél. El temor primero es en todo hombre su propia religión,
es preciso recurrir al segundo. Le es, pues, indispensable a un que tiene su lugar en la naturaleza del hombre ant~ que la so-
pnncipe el saber hacer buen uso de uno y otro enteramente jun- ciedad (... ] porque en la condición natural la desigualdad de
tos. Esto es lo que con palabras encubienas enseñaron los anti- poder no se discierne más que en el curso de la batalla ( .. .1 an-
guos autores a los principes, cuando escribieron que muchos de tes del tiempo de la sociedad civill... ] no hay nada salvo el te-
la antigüedad, y particularmente Aquiles, fueron confiados en su mor que cada uno de ellos venera como Dios.·
niflez al centauro Chirón, para que los criara y educara bajo su
disciplina. Esta a1egona no significa otra cosa sino que eUos tu- Parece como si el largo proceso se hubiera consumado
vieron por preceptor a un maestro que era mitad bestia y mitad Con Hobbes. El poder se presenta casi sin tapujos. Como
hombre: es decir, que un principe tiene necesidad de saber usar señala Sabine, la teoría hobbesiana equivale a ident ificar el
a un mismo tiempo de una y otra naturaleza, y que la una no po-
dria durar si no la acompahara la 00"3. JI" gobierno con la fuert.a. El poder absoluto del soberano es
complemento necesario del individualismo de Hobbes.: s~
Dirlase que la nueva situación requiere una puesta en es- el primero no hay m ás que individuos y guerra entre indi-
cena diferente: que los actores no oculten totalmente sus des- viduos: «Hobbes se equivocaba al c reerse capaz de dar un

38. En este Ultimo pámlfo me he limitado ca51 • paral"nuear. Sabine. op. cit .•
36. 1983, pp. 7J.74. Cfr. con el carkter .especializado, $I.lbordinado. Unú,.tIo. pp. 256 Y 259. Vid. t.ambitn Mwillo: op. cit .• pp. 224 Y ss. Y l (U¡en H.bermas. 1973,
de la potUlas (oon re6pt:C1o al ,mpuiurn y a l. lIuclorilas) en el mundo romano. loeJÚII pp. 41 Y ss.
MUlilla. op. cit .• p. 227. 39. n.omu Hobbc:s. 1979, p. 263.
37. Nloolú MaqulawJo, 1979. pp. 85·86. 40 . ¡bid.. pp. 238-239.
60 ANTROPOLOCIA POLITICA PODER Y DRAMATURGIA POLlnCA 61

refuerzo efectivo a la monarquía absoluta, pero no al creer do por Weber «Herrschafl» tiene difícil traducción a los in-
que el s igno distintivo principal de los estados modernos es gleses domination y authority (ni que decir tiene: también
la autoridad centralizada de alguna manera. »41 a sus equivalentes castellanos) porque es una síntesis de
A lo que creo que habria que añadir una cons ideración ambos: consentimiento del subordinado, pero también, en
similar, pero ésta desde la perspectiva de la antropología último extremo, poder como amenaza de fuer.la por parte
política contemporánea. El fallo de Hobbes estriba, tam- del dorninante. 404 Porque, además, entre los caracteres defi-
bién, en ese tremendo salto desde el «estado de naturaleza » nidores del Estado, según Weber, cuenta de modo decisivo
al Estado sin más; algo así como -expresado en ténninos el «monopolio legítimo de la violencia,.,,~
más afines a nosotros- de la mera animalidad al europeo La diferencia entre la leona política de Hobbes y la teo-
de la Edad Moderna. Contando, además, con unos seres ría sociológica de Weber no viene sino a quitar más velos
humanos totalmente inmutables. Fallo más que excusable al poder que en aquélla parecía ya tan desnudo, Con lo
en un hombre de su época!: Pero su atisbo no es menos cual la reflexión teórica hace sin más de réplica de ese de-
colosal: en condiciones ajenas a las de los estados moder- saforado crecimiento del minotauro en los té1minos estu-
nos, el poder se hace opaco, invisible. diados por Jouvenel. Con evidente extremismo no exento
De esto último vuelvo a OCuparme en el resto de mi de razón, Michel Foucault presenta así las cosas cuando se
trabajo. Pero no sin antes establecer más nítidamente el refiere a dos grandes sistemas de análisis del poder: Uno es
contraste con lo que ha venido a ser nuestro mundo políti- el viejo sistema que concibe éste como derecho originado
co contemporáneo. POI'que aquel proceso que parecía cul - que se cede y que constituye la soberanía en virtud del con-
minar en Hobbes no hace sino proseguir cuando se dan las trato; alJi la opresión aparece como desviación del contra-
condiciones «para que la política, que era un sustantivo y to, como abuso de la soberania. El otro concibe la polftica
aun la ciencia más comprensiva de todas para Aristóteles, como «la continuación de la guen'a por otros medios»; es to
haya pasado a ser un adjetivo tras una ciencia (la sociolo- es, no como contrato sino, como guerra-represión. En esle
gía) mucho más modema»:u segundo caso, la represión no supone -a diferencia de lo
La definición del fenómeno del poder más influyente que la opresión frente al contrato- la desviación, sino «el
en las ciencias sociales de nuestra época es, sin lugar a du- simple efecto y la simple continuación de una relación de
das, la de Max Weber. Los elementos de la misma son bien dominación [ ... ] la puesta en práctica, en el seno de esta
conocidos. Pero no está de más recordar que Weber conci- pseudopa:l, de una relación perpetua de fuerza».~ La refe-
be el poder como atributo -al decir de Bendix- . de la rencia a Clausewitz que hace Foucault no nos aleja de We-
mayoría, si no todas, las relaciones sociales»; o, lo que es ber: hay quien ve en la definición que este último da de po-
lo mismo, el poder deja de verse como mera característica der algo «muy similar a la definición de guerra de Clau-
de individuos: las relaciones de poder son ya ubicuas, per- sewitZYl. 41
mean todo el cuerpo social. Sin embargo, al delimitar el Por Otra parte, los esquemas de análisis sociológico
ámbito específico de lo político, el poder, bajo la forma de más próximos a nosotros no han cambiado sustancialmen-
dominación, ocupa allí necesariamente un lugar central
Como recalca el propio Bendix, el télmino alemán emplea- 44. 1969, pp. 290.291 Y 481-482.
45, Bendi:c, QP. cit .• p. 418, emplea aquí el ttrmino("trl<1; en cambio E. V. Wa.l-
41. &tbine.op. cit" pp. 346. 351 Y 359. ter -Frente a tnulucci<m<:$ (:QmO Ia$ de Pan;ons- cita un amplio ~rTlIfo de .Po!itik
42. Vid" a e5"~ n:sprcto Marshall D. Sahlins. 1974 Y E. Luqu.... Sobre anlropa- ~r. donde el término que predomina es Gewoluomkit (f...,nle al más gentrico Gt'-
logCa polf!ica .. ,~ También. mi exposición sobre el cambiante concepto de cultura en Wa/l), que estima debe traducirse por \'jo/encía: E, v, \Valter, 1972, PI', 49-50.
antropología. en 1990. cap. 3. 46. 1978, pp. 136-lJ7.
43. Murillo. qp. cil., p. 231. 47 , Bendix, qp. cit., p. 290, nota t t.
62 ANTROPOLOGÍA POLíTICA PODER Y DRAMATURGIA POLíTICA 63

te el panorama. En todo caso -cabría esperarlo- conti- der que el poder permite. Una representación donde se rin-
núan la labor de hacer más visibles los entresijos de las re- de ante todo culto al principio de la mayoría, a la vez que
laciones de poder. Steven Lukes, que ha intentado sinteti- se dirige una mirada compasiva al debido respeto a las mi-
zarlos y contrastarlos, resalta cómo en ellos sigue siendo norías.
predominante la influencia weberiana. 48 El propio análisis Lo representable -o lo ritualizable- se ha convertido,
de Lukes (que se presenta como «radical», pero también casi, en la antítesis de lo que permitía la escena clásica.
como prolongación o profundización crítica de tales enfo- Pero la representación teatral requiere siempre disfraces y
ques) contribuye a sacar a la luz aspectos del poder que actores, luces pero también sombras. Y, a veces, un calcu-
aún quedaban a oscuras: lo que éste impide que llegue si- lado exceso de luz en una zona deja completamente a os-
quiera al proceso de toma de decisiones, su eficacia para curas el resto. 0, como lo expresa Jouvenel, el minotauro,
evitar que los auténticos conflictos ocupen el primer plano. antes visible .en forma de rey, se enmascara ahora con el
Se trata, en suma, de introducir en el ámbito --escenario- disfraz del anonimato y de esa guisa, aparentemente al al-
político aquellos factores «sistémicos» (el moldeamiento de cance de todos, nadie se opone ya a su expansión. sl
deseos, pensamientos, intereses) que todavía deja fuera de Bien es verdad que aquello es más nota distintiva de las
escena el talante liberal e individualista. 49 democracias de raigambre liberal, aquellas en las que pre-
Sea como fuere, lo que desvela la sociología del poder, an- dominan a fin de cuentas los políticos sobre los estadistas,
tes y ahora, es una red de relaciones que entrañan --en vir- con arreglo a la distinción de Sir Winston Churchill: «El es-
tud de su ineludible componente coactivo- alguna suerte de tadista piensa en la siguiente generación; el político en las
conflicto, sea manifiesto o latente. Pero, además, la drama- elecciones siguientes.» Con más brutalidad, también la dic-
turgia política permite e incluso exalta la lucha por el poder. tadura proletaria (el triunfo de la clase) o la nazi (el de la
Weber vio en cada tipo de dominación una forma dife- raza o el del partido) exaltan el dogma de la mayoría; y, al
rente de afrontar problemas por medio de la lucha por el fin y al cabo, pronto comienzan a surgir en su propio seno
poder. Y, concretamente, el que caracteriza al estado mo- los disidentes. Como también otras dictaduras hacen uso
derno, la «dominación legal», como competición entre po- de elecciones y referenda donde, tras las oportunas mani-
líticos, sea para obtener votos del electorado, ya en el seno pulaciones, los resultados se presentan siempre como el
de los partidos o bien en el proceso de elaboración y eje- triunfo de una mayoría absoluta y aplastante (como ese
cución de las leyes.50 Más aún, cabría añadir: el consenso pintoresco 99,98 por 100 del último referéndum constitu-
entre fuerzas políticas que se presentan a su electorado cional del no menos pintoresco Haití de Duvalier), no de la
como rivales debe disfrazarse con tintes polémicos para totalidad.
que no parezca pura componenda (nuestro país está ofre- Pero trasladémonos ya al reino donde impera un dog-
ciendo en este sentido ejemplos luminosos en temas de po- ma bien diferente: el de la unanimidad.
lítica económica e internacional). Por eso es por lo que
creo que el ámbito político contemporáneo lo constituye el
escenario donde se representan aquellas luchas por el po- El fabuloso mundo de armonía

48. 1974, pp. 10 Y 22-23. P. Recientemente usted se ha referido a la democracia


49. !bid., pp. 21-25. Lukes llega a identificar planteantientos respecto al poder melanesia como opuesta a la democracia occidental. ¿Qué
tan antagónicos como el de Talcott Parsons y Hanna Arendt en tanto que ambos abo- entiende usted por democracia melanesia?
can a una exclusión del aspecto conflictivo del poder y a una paralela exaltación de
sus elementos consensuales. Vid ., pp. 27-3!.
SO. Bendix, op. cit., pp. 438-439. 51. B. de Jouvenel, op. cit., pp. 11-12.
64 ANTROPOLOGíA POLíTICA PODER Y DRAMATURGIA POLíTICA 65

R. La democracia melanesia consiste en decidir básica- cepción y, en cualquier caso, sólo parece exótica desde una
mente por consenso, después de una discusión larga, sa- óptica occidental y moderna.
biendo que la decisión no sólo es aceptada por la mayoría Hace más de cien años, en 1877 exactamente, Lewis H.
sino por toda la sociedad. Nuestro concepto de democracia Margan dejó constancia de un hecho interesante en su
es que una decisión no debe adoptarse únicamente basán- obra Ancient Society.54 Como se sabe, analiza allí Margan el
dose en una posición política, sino con el conocimiento de
desarrollo de la idea de gobierno atendiendo a dos etapas
cada persona y grupo de la sociedad y en las distintas islas.
Creemos que la democracia occidental está basada en la fundamentales: la «sociedad gentilicia» y la «sociedad polí-
existencia de un gran número de personas en la sociedad. tica» o estatal. La primera es lo que luego ha venido a de-
Un político occidental tomará una decisión asumiendo lo nominarse sociedad tribal o, con más rigor, sociedad seg-
que otros piensan y quieren. La democracia occidental se mentaria. La sociedad gentilicia constituye para Margan el
basa en unos pocos representantes. Creemos que debemos paso, la etapa 'necesaria y universal que conduce evolutiva-
continuar alentando la democracia melanesia, la unidad de mente al Estado. Su organización consiste en un conjunto
cada pueblo y clan, para trabajar a través de estas estructu- de grupos (segmentos, en la terminología contemporánea)
ras, a fin de conocer los puntos de vista y deseos de todos, de menor y mayor amplitud, de tal modo que las unidades
y no sólo de las personas electas. 52
menores quedan englobadas en las mayores (los tres im-
portantes al respecto para Margan son la «gens», la «tribu»
En este apartado voy a presentar varias ilustraciones
y la «confederación»). Margan utilizó como modelo o ar-
etnográficas que, espero, nos permitan captar un panora-
quetipo de sociedad gentilicia la de los iroqueses de la Nor-
ma radicalmente diferente del que he tratado de esquema-
teamérica indígena. Aunque convivió algún tiempo con
tizar bajo el epígrafe anterior. Los ejemplos que he escogi-
ellos, lo que dice Margan de ellos en lo relativo a sus for-
do no lo son al azar, tan sólo he procurado que su proce-
mas de «gobierno» se refiere necesariamente al pasado, ya
dencia geográfica sea muy diversa. Valgan como muestra
que sus instituciones tradicionales habían desaparecido ya
(ni que decir tiene: no en sentido estadístico) de un uni-
verso enormemente heterogéneo cual es el de las socieda- o estaban en trance de desaparecer.
des tribales. 53 Lo que las hace semejantes entre sí son las Pues bien, cuando Margan enuncia los caracteres gene-
grandes diferencias que cualquiera de ellas ofrece respecto rales de la «confederación» iroquesa (integrada por cinco
al mundo occidental. 0, más exactamente, respecto a lo «tribus»), destaca entre ellos la existencia de lo que se de-
que éste ha venido a ser a partir del surgimiento del Esta- nomina un «Consejo Genera!» , integrado por los sachems o
do moderno. Y para lo que aquí me interesa destacar, lo líderes de las tribus, consejo en el cual toda decisión debía
peculiar, como ya he apuntado, corresponde a este último. adoptarse por unanimidad. Así, escribe Margan:
La llamada «democracia melanesia» no constituye una ex-
La unanimidad entre los sachems era exigida para toda
cuestión de orden público, y era esencial para todo acto de
52. De la entrevista a Walter Lini, primer ministro de Vanuatu, El País,
10/1/1986, p. 6.
esa naturaleza. Era ley fundamental de la confederación.
53. El mismo concepto de tribu (utilizado, por ejemplo, por Max Gluckman en Adoptaron un sistema para indagar las opiniones de los
un sentido muy laxo para referirse a todo tipo de sociedad no moderna y/o no occi- miembros del consejo que hacía innecesaria la votación.
dental) ha experimentado revisiones críticas en las últimas décadas. Aquí lo utilizaré
de modo bastante convencional, como sinónimo de sociedad segmentaria (eso es, de
mayor amplitud y complejidad que la banda -la «horda. de los evolucionistas- pero . 54. Lewis H. Morgan, 1971. Para una valoración de esta obra y de su influen-
carente también de centralización de funciones políticas). Vid., en todo caso, trabajos ~Ia e~ el marxismo y en la antropología, en general, vid., mi articulo «El origen de la
como los siguientes: M. D. Sahlins, 1961, Morton H. Fried, 1967, pp. 154-170, y un re- ~milia, la propiedad privada y el Estado y la antropologia social contemporánea», en
sumen del estado actual de la cuestión terminológica en Roger M. Keesing, 1981, v o~ge~ ... Cien años después (1884-1984). (Varios autores.) Madrid, Fundación de In-
pp. 118-120. estigaclones Marxistas, 1985, pp. 32-48.
66 ANTROPOLOGtA POLtnCA PODER Y DRAMATURGIA POLÍTICA 67

Por otra parte, ignoraban por completo el principio de las que nos ofrecen «una vida política basada en el consenso,
mayorías y minorías en las actividades de los consejos. En sin que admitan otras decisiones que aquellas tomadas por
el consejo votaban por tribus y los sachems de cada tribu unanimidad».57 Argumenta también Lévi-Strauss que el ca-
debían estar de acuerdo para llegar a una decisión [ ... ] Si no rácter no competitivo de algunas de estas sociedades suele
lograban ponerse de acuerdo, la propuesta era rechazada y utilizarse como explicación de su resistencia al desarrollo
el consejo levantaba su sesión [ ._.] Mediante este sistema de
llegar al acuerdo, se reconocía y mantenía la igualdad e in-
industrial; podría pensarse igualmente -sigue diciendo
dependencia de las diversas tribus. Si algún sachem era ter- Lévi-Strauss- que la pasividad e indiferencia de algunos
co o poco razonable, se trataba de convencerlo sentimental- pueblos primitivos, que tanto han sorprendido a sus obser-
mente, lográndose su adhesión de una forma que pocas ve- vadores, pueden ser consecuencia del traumatismo conse-
ces le resultaba un inconveniente o una molestia el haberse cuente al contacto y colonización y no algo previamente
sometido. Cuando hubiese fracasado todo intento de llegar existente. Sin embargo, continúa, muy a menudo la ausen-
a la unanimidad, se dejaba de lado el asunto, pues era im- cia de espíritu de competencia de aquéllos es reflejo de
posible toda otra solución. ss toda una concepción del mundo. A tal respecto, Lévi-
Strauss alude a un trabajo de Read (al que luego me refe-
Podríamos pensar que o bien Morgan o bien sus infor- riré con cierto detalle) para hacer ver cuán diferentes son
mantes indígenas idealizaban una situación que era o co- las actitudes de los primitivos en comparación con las que
menzaba a ser irremisiblemente pasado. ¿Se tomaba como prevalecen en nuestra cultura: en las montañas orientales
realidad cotidiana lo que era ante todo su recubrimiento de Nueva Guinea, los nativos han aprendido ya hace años
ideológico? Volveré a esto un poco más adelante. Veamos a jugar al fútbol y lo practican; pero en lugar de buscar la
qué nos dice de otras realidades la antropología contem- victoria de uno de los equipos, los partidos se suceden has-
poránea. ta que el número de victorias y derrotas esté exactamente
Comenzaré por un antropólogo que ha dado a este fe- equilibrado. Es decir, el juego termina no cuando hay un
nómeno un mayor carácter de generalidad o universalidad vencedor, sino cuando se consigue que no haya un perde-
y luego analizaré algunos casos concretos. Me refiero, en dor. En suma, viene a concluir Lévi-Strauss, en tales socie-
primer lugar, a Claude Lévi-Strauss. Lévi-Strauss metafori- dades la idea de un voto tomado por mayoría resulta in-
zaba veinte años atrás la gran diferencia entre primitivos concebible: prima la cohesión social y la buena entente.
comparando a las sociedades constituidas por los primeros «No se toman, en consecuencia, otras decisiones que las
con máquinas mecánicas y a las de los segundos con má- unánimes. A veces, y esto se verifica en varias regiones del
quinas termodinámicas. Relojes frente a máquinas de va- mundo, las deliberaciones van precedidas por combates si-
por. Productoras de escaso desorden, de poca entropía, las mulados, en el curso de los cuales se dirimen las viejas
sociedades primitivas están situadas al margen de la histo- querellas. El voto tiene lugar únicamente después de que el
ria y del progreso. Sociedades que, consciente o incons- grupo, renovado y rejuvenecido, ha establecido en su seno
cientemente, evitan que en ellas se produzca todo tipo de las condiciones de una indispensable unanimidad.» 58
desigualdad y escisión entre sus rrlÍembros (que es lo que El escenario político primitivo queda bastante bien di-
ha permitido o favorecido el desarrollo de la civilización bujado con estos grandes trazos lévi-estraussianos. Con
occidental). Sociedades, en una palabra, donde todas las todo, tras el apunte de Morgan y la generalización de Lévi-
decisiones deben adoptarse por unanimidad;56 sociedades Strauss, a uno le queda la duda de hasta qué punto no se

55. Morgan. op. cit. , pp. 193-194. 57. C. Lévi-Strauss. 1973.


56. Lévi-Strauss. 1968. pp. 27 Y ss. 58. !bid.• pp. 272-273.
68 ANTROPOLOGÍA POLíTICA PODER Y DRAMATURGIA POLíTICA 69

toma -en uno y otro caso- por realidad factual lo que es Fuera de estos segmentos mínimos todo tipo de autoridad,
ante todo su recubrimiento ideológico. O, en los términos prestigio o influen~ia e~ de. tipo adquisitivo. Al ,tra~arse de
que aquí estoy empleando, la puesta en escena de la una- una sociedad muy 19ualltana (como lo son, en termmos ge-
nimidad y el consenso, que ocultan tensiones, conflictos y nerales, todas las de Melanesia), al no existir allí jefaturas
fenómenos de poder. Porque no hay mera simulación del permanentes y al valorarse la riqueza como algo que sirve
combate como catarsis de problemas grupales, al modo ante todo para ser gastado o distribuido, prolifera en tales
que señala Lévi-Strauss. La realidad parece menos confor- circunstancias un tipo de liderazgo que se conoce en la li-
61
tadora. De otra zona de Melanesia (las Islas Salomón, ve- teratura etnográfica con el nombre de big man. El nom-
cinas de las nuevas Hébridas -la actual Vanuatu-) un bre nativo que reciben estos líderes en el caso de los gahu-
buen conocedor de la misma resaltaba en 1939 cómo, efec- ku-gama es el que Read traduce al inglés como men with a
tivamente, los grupos locales tratan de mantenerse unidos name (<<hombres con nombre» o, menos literalmente pero
tanto para hacer frente a los ataques de grupos vecinos más ajustado al significado, «hombres de fama»). Se trata
como porque se cree que, divididos, son presa fácil de los de individuos que consiguen atraer seguidores y que tienen
hechiceros. Pero añadía: «Sin embargo, aunque en la su- prestigio e influencia porque poseen las cualidades que la
perficie todo puede parecer colmado de paz, los agravios se gente admira. Ser hijo de un «hombre de fama» propor-
soslayan, no se olvidan.» 59 ciona tan sólo (por lo que luego señalaré) una ligera venta-
Lévi-Strauss se refiere de pasada, como he indicado an- ja para convertirse en tal. Pero conviene insistir en que ese
tes, a un trabajo de Read sobre los gahuku-gama de las rol exige, ante todo, méritos o cualidades personales e in-
montañas orientales de Nueva Guinea. Una lectura más transferibles.
atenta del mismo nos revela otras cosas de más enjundia Tales atributos suponen una difícil conjugación de fac-
que el divertido ejemplo de fútbol sin perdedores. 6o Read tores antitéticos que reflejan el sustrato valorativo de so-
afirma que las características generales de estas tribus son ciedades permanentemente en peligro de desintegración o
igualmente predicables a otras zonas de Melanesia. Entre atomización. 62 Comienza a desvelársenos la tramoya del
aquéllas cabe destacar las siguientes: 1) los agrupamientos consenso. Pero sigamos. Estos atributos son los que Read
humanos son poco numerosos y relativamente igualitarios; traduce como fortaleza y equivalencia (o igualdad, o reci-
2) no existe más que una escasa especialización de tareas procidad). La fortaleza implica cualidades físicas (capaci-
o puestos y, raramente, algo que pueda identificarse con lo dad laboral para producir más, potencia sexual manifesta-
que se denomina «gobierno», y 3) por regla general, la au- da en el número de hijos -varones como fuerza de traba-
toridad es algo que se adquiere, no se hereda. jo y hembras para extender mediante los intercambios
En el caso concreto que Read nos presenta en su tra- matrimoniales, las redes de alianzas). Pero no sólo eso,
bajo, los segmentos tribales son los siguientes: el clan, que ya que un anciano puede ser considerado hombre fuerte.
comprende varios subclanes, que a su vez están integrados Porque la fortaleza es, ante todo, un conjunto de rasgos
por dos o más linajes. Estos últimos constituyen un grupo psíquicos: es fuerte quien es agresivo, fanfarrón, seguro de
de hombres y mujeres de no más de 10 individuos, des- sí mismo y sabe expresarse con conocimiento y persuasión
cendientes por vía patrilineal de un abuelo o bisabuelo co- en las asambleas. Además, la fuerza tiene que venir apoya-
mún. Pues bien, sólo dentro del linaje la autoridad es he-
reditaria (la ostenta el individuo de mayor edad y varón). 61. Una de las mejores síntesis que conozco sobre los contrastes entre el lide-
razgo melanesio y el polinesio es la de M. D. Sahlins, 1963. Vid. también mi ensayo
<Jefes y líderes», incluido en este libro.
59. H. Jan Hogbin, 1969, p. 76. 62. Vid. , a tal respecto las lúcidas páginas que dedica a Melanesia Mary Dou-
60. K. E. Read, 1959. glas, bajo el epígrafe «Impersonal Rules», en 1973.
70 ANTROPOLOGíA POLíTICA PODER Y DRAMATURGIA POLmCA 71

da por la riqueza (la abundancia de cerdos, fundamental- responde al sentimiento colectivo y ésa es la que uno de
mente, que es lo que se utiliza en los pagos matrimoniales ellos propone.
y lo que se consume y derrocha en fiestas y funerales).63 De Observemos que con lo anterior estamos en el extremo
otro lado, la equivalencia o reciprocidad. Es, dice Read, el opuesto al de la ideología de la mayoría: con arreglo a
precepto ético fundamental y se expresa mediante precep- aquélla -señalaba páginas atrás- las decisiones consen-
tos tales como «no dañar a otros miembros del clan», «re- suadas entre fuerzas políticas rivales resultan casi siempre
parar el daño que uno pueda causar» o «tratar a los demás sospechosas y el acuerdo de fondo se reviste con frecuen-
de manera educada y con suavidad». Supone todo ello, en cia de discrepancia; con arreglo a la ideología del consen-
suma, que uno debe estar dispuesto a dejarse convencer so, las decisiones mayoritarias terminan presentándose
por los demás. Y ahí estriba lo más importante: nadie debe como unánimes. En las sociedades neoguineanas (o mela-
obstinarse en seguir una determinada línea de acción en nesias, en general), además, el poder de individuos sólo
contra del parecer de los miembros de su grupo; cualquier consigue sus propósitos si se disfraza convenientemente de
asunto que concierna a la tribu o a sus segmentos debe re- respeto e incluso sumisión a los demás. El «hombre fuer-
solverse tratando de llegar a un acuerdo, al consenso. te» sin más nunca llegará a ser un «hombre de fama» si no
Ante cualquier asunto que concierna a un determinado demuestra a sus potenciales seguidores que son sus igua-
nivelo segmento tribal, se celebran reuniones o asambleas. les, ya que el uso de la fuerza queda proscrito en virtud del
A ellas pueden concurrir todos los integrantes del segmen- ideal del consenso del grupo. Habría que añadir que en ta-
to de que se trate y cualquier varón adulto tiene derecho a les sociedades la fama suprema sólo la adquiere un hom-
expresar allí su opinión. Sin embargo, sólo algunos ejercen bre tras su muerte, siempre que en sus funerales se consu-
ese derecho y siempre se trata de los hombres fuertes. Pre- ma, se distribuya o se destruya su riqueza: a mayor des-
cisamente, la fama de tal se propaga en esos debates. Allí trucción, mayor fama. Con lo cual, y de rechazo, se evita
el mejor orador difiere bastante de nuestros cada vez más que sus herederos gocen de una posición de privilegio y
asépticos parlamentarios: es un individuo que, en ocasio- tengan, por el contrario, que adquirirla empezando prácti-
nes, trata de apabullar a otros o que adopta actitudes agre- camente desde cero. 64 De ese modo, lo que constituye el
sivas, mientras que, en otras, llora o gimotea. Pero el ora- sustrato material del poder se elimina de raíz generación
dor que tiene más éxito es aquel que divaga e invierte más tras generación.
tiempo en manifestar una postura clara y definida. En esto Dejemos ya a los melanesios y trasladémonos a una
está, precisamente, la clave. El ideal consiste en que las de- realidad mucho más cercana a nosotros, geográficamente
cisiones sean el resultado del consenso unánime de la al menos. Se trata de las tribus nómadas bereberes del
asamblea, por más horas e incluso días que se tarde en Gran Atlas marroquí. En lo que sigue, me baso en el estu-
conseguirlo. Por eso, los más experimentados no hablan dio que realizó sobre ellas Ernest Gellner. 65 Tales tribus re-
nunca primero; son los más jóvenes e impulsivos los que lo presentan lo que este autor denomina «tribalismo margi-
hacen, a la búsqueda de notoriedad o fama. Los auténticos nal»;66 esto es, existen en los márgenes de otras sociedades
«hombres de fama» esperan y, si hablan, lo hacen siempre que no son tribales. Su cultura combina caracteres antité-
de forma ambigua; sólo después de largos debates, están ticos: de una parte, integración en el mundo islámico (si
aquéllos en condiciones de saber cuál es la decisión que bien con importantes rasgos peculiares); de otra, rechazo u

63. Vid .• la interesante monograffa de R. M. Glasse y M. J. Meggit (eds.): Pigs. Pear- 64. H. l. Hogbin, op. cil .• p. 73.
shells. and Women. Marriage in New Guinea Highlands. Prentice Hall. Nueva Jersey. 65. E. Gellner. 1969.
1969. 66. !bid .• p. 2.
72 ANTROPOLOGíA POLÍTICA PODER Y DRAMATURGIA POÚnCA 73
oposición constante al vecino reino de Marruecos, que s610 rrespondia a A, elegían solamente B y C; esto es, se podia
, en teoría ha considerado como súbdito a estas gentes. De
hecho, hasta 1933, bajo el régimen de protectorado y gra-
ser candidato o elector, pero no ambas cosas).
La consecuencia del procedimiento resulta bastante ob-
cias a los franceses no se Uegó a controlar completamente via: se evita la concentración permanente de poder en ma-
estos territorios. noS de un individuo o de un grupo. Al ser elegido el jefe
La organización sociopolítica de estas tribus responde por quienes son sus rivales en potencia, cabría pensar que
a lo que Margan hubiera denominado «sociedad gentilicia» a éstos interesara elegir al más débil entre sus enemigos.
y, en nuestros días. se llama sociedad segmentaria. Por de- Pero un jefe tiene que tomar decisiones importantes, como
finición, en una sociedad de este tipo cada segmento, des- dónde emplazar los campamentos para un mejor aprove-
de el linaje mínimo hasta lo que convencionalmente se sue- chamiento de los pastos o intervenir para que las disputas
le denominar clan, se opone a otros del mismo nivel al pro- por el ganado no se conviertan en lucha abierta. Como re-
pio tiempo que se engloba en otro superior hasta llegar a calca Gellner, conviene elegir a quien venga a representar
la ttibu. Esto hace que sociedades internamente divididas un tétmino medio enh"e la más absoluta incapacidad o ine-
por rivalidades sin cuento ofrezcan de cara al exterior un ficacia y la más desmedida ambición; y, añade, en último
aspecto unitario y un considerable potencial bélico .67 extremo nadie consigue convertirse en dictador o tirano en
tan corto lapso temporal.
En el caso estudiado por Gellner; a excepción de los
De todas formas, esta descripción plLdiera hacernos
segmentos mínimos (grupos familiares donde la autoridad
pensar en realidades como las nuestras. donde también se
la ostenta el varón cabeza de familia), cada segmento está
conocen controles del poder. Pero el panorama cambia por
representado por un individuo elegido entre su grupo. Por completo si tenemos en cuenta que el jefe bereber tiene
tanto, lo que diré a continuación, aunque relativo a la tri- que ser elegido por unanimidad y debe gobernar siempre
bu como conjunto, puede aplicarse en ténninos generales por consenso. Todos los medios que puede tener a su al-
a sus divisiones y subdivisiones. ~ En términos esquemáti- cance -fuerza física, influencia o prestigio- de nada le
cos, una tribu que comprenda tres grandes segmentos valen si intenta emplearlos contra un individuo sin contar
("clanes,» elige un jefe con carácter anual. Conviene tener con el resto. Volvemos, pues, a encontrarnos con algo que
en cuenta que en ese nivel tan amplio (tribu) la elección de no hubiera sorprendido ni a los indigenas americanos ni a
un jefe parece obedecer a fases criticas; fases de especial los melanesios. Pero como bien señala Gellner; más que de
antagonismo con otras tribus semejantes o épocas cuando unanimidad real habría que hablar de «apariencia externa
el mundo exterior (1os propios marroquíes, tradicional- de unanimidad". Porque, a veces, no se logra el acuerdo
mente, o los franceses durante el Protectorado) ha intenta- respecto a un determinado candidato; entonces se produce
do someter a los tribeños. Pues bien, cuando sí había elec- una fisión dentro de la tribu (o del segmento de que se tra-
ciones de jefe tribal y teniendo en cuenta el esquema de los te) y cada parte campa por sus respetos. No obstante, la fi-
tres segmentos, aquéllas se regían por tres procedimientos: sión es infrecuente y constituye más una amenaza que una
1) elección anual (sólo era posible la reelección con el con- realidad. Amenaza que se usa para imponer un determina-
sentimiento de las partes); 2) roración (si la jefatura co- do candidato.
rrespondía al clan A, al año siguieme le tocaba al B y al Creo, con todo, que el gran contraste entre el procedi-
posterior al C); y 3) complementariedad (si la jefatura co- miento electoral de esta sociedad hibal y los habituales en
Sociedades democráticas de nuestro mundo se pone de re-
67. Vid .• articulo de M. D. Sahlins cit., en nota 53. lieve de otra manera. En nuestro caso, las campañas elec-
68. Gellner. op. cit. , pp. 81 Y ss. torales son manifiestamente públicas, estentóreas incluso;
74 ANTROPOLOGIA POUTICA PODER Y DRAMATURGIA pOLtneA 75

el voto, secreto y en fecha fija, y la investidura o la toma de tra un jefe laico. Su s ituación aparentemente marginal (fí~
posesión de los elegidos, si reviste alguna solemnidad, no sicamente marginal, ya que sus santuarios se encuentran
viene a ser más que un apéndice de las luchas políticas. en los márgenes de las tribus), proporciona, sin embargo,
Una ocasión donde -ritualmente, cablia decir- tanto ga- a los igurramen. la posibilidad de presionar o persuadir a
nadores como perdedores. en regímenes parlamentarios, las partes en las fases preelectorales.
tienen que escenificar de nuevo sus antagonismos. El poder no es, por tanto, algo desconocido en estas so~
En las elecciones bereberes, por el contrario, según nos ciedades, sino que queda confinado a un lugar periférico.
cuenta Gellner; las confrontaciones previas se producen, En ellas el escenalio está colmado por los valores que re-
por supuesto; pero de lo que se trala es de alcanzar el con- presentan a la colectividad: los símbolos lotémicos (como
senso. Aunque se celebren en una época más o menos fija destacó Durkheim en las Fonnas elementales de la vida reli~
del afio, no finalizan hasta que el acuerdo se alcanza (a ve- giosa), el consenso que triunfa en las asambleas neogui~
ces, se tarda más de una semana). Una vez logrado (tras neanas o el penacho de yerba que simboliza la prosperidad
presiones, amenazas, negociaciones, etc., que tienen poco del conjunto de los pastores nómadas bereberes, por enci~
de públicas) se produce la elección propiamente dicha que ma o a pesar de las rivalidades y enfrentamiento de los seg~
reviste, al propio tiempo, carácter de investidura. Los elec~ mentos. En cualquier caso, el poder actúa, pero queda a
tores (reunidos en lugar diferente de los elegibles) conse~ ocultas, como entre bambalinas.
guida la decisión, que se presenta como unánime, avanzan O aparentemente excluido del ámbito de la ritualiza~
hacia el círculo que forman, sentados, los candidatos; dan ción política: En los minúsculos «estados .. mandari del Su~
tres vueltas alrededor del mismo y, por (Lltimo, alguien de dán, el soberano goza (empleo un «presente etnográfico»)
la procesión coloca un penacho de yerba [resca en el tur~ de autoridad en muy amplio sentido. pero el poder no está
bante del elegido (lo cual simboliza que se espera del jefe en sus manos.6'1 El mar -tal es el nombre que recibe su
que el año de su jefatura sea «verde,., esto es, próspero). cargo en lengua nativa- debe peltenecer a uno de los cla~
Hay que añadir a lo antel;or que la organización tribal nes propietarios (esto es, supuestos descendientes de los
de los bereberes cuenta con otro importante elemento (que fundadores celestes y míticos de la tribu). De él se espera
es lo que constituye propiamente el objeto del estudio de la prosperidad, en sentido muy lato, y la victoria en las
Gellner). Se u-ata de unos individuos que tienen un papel operaciones bélicas contra otros estados mandarlo Pero tal
formalmente religioso, pero que de hecho tienen influencia fin debe realizar determinados ritos propiciatorios que
decisiva en la organización política tribal. Son los santos sólo puede llevar a cabo si ha sido investido como mar. Su
(en bereber: sing, agurram, pI. igtlrramen.). Tales individuos cargo es hereditario -de padres a hijos, por regla gene~
(en parte curanderos, en parte jueces o árbitros de dispu~ ral- y una vez investido no puede ser depuesto. Pero pue~
tas, siempre considerados como descendientes del Profeta) de verse debilitada su función si por cualquier razón los
vienen a ser el reverso de los jefes laicos: sus cargos son vi~ cabezas de los otros linajes propietarios deciden retirarle
talicios y hereditarios, y no deben siquiera aparentar que su apoyo. Es más, los movimientos de población han he~
tratan de imponer su voluntad, sino que se presentan siem~ cho que esos linajes sean minoritarios en muchos territo~
pre corno seres pacíficos que buscan la armonia entre los nos y hayan quedado, en la práclica, sometidos a los fo~
segmentos o individuos enfrentados. Los igurramen son el raSleros. Sin embargo, los ritos de investidura siguen cele~
faclOr que da cohesión a toda la organización tribal y que brándose, porque sin mar no se concibe la mera viabilidad
pennile mantener la continuidad frente a los jefes transi~
torios . Su reputación o autoridad moral contrasta, tam~ 69. Me baso en el trnbajo de lean Bwaon, . The Mandari of the Sou!hem Su-
bién, con la débil posición en que en definitiva se encuen~ dan •. en J . Middleton & D. Tait (eds.). 1970, pp. 67-96.
76 ANTROPOLOGtA POLmCA PODER Y DRAMATURGIA POLITICA 77

del grupo y sin tales ntos -dicen los mandari- el sobera. ya/ es la consecución de un veredicto undllime y, en todo
no no se distinguirla de cualquier individuo poderoso. caso, la justicia tradicional de la India tiende, ante todo, a
lograr el compromiso y la reconciliación. 7•
• Creo que sobran los comentarios.
Arthur M. Hocart, que tanto insistió en la génesis ritual Sin embargo, Dumont no incurre en la ingenuidad de
de la monarquía y del estado. escribía en uno de sus libros confundir la ideología con la cruda realidad que muchas
dedicados a este tema (publicado en 1927) lo siguiente: veces recubre. Por eso recalca que estamos, más que nada,
"Hemos visto que hay razones para pensar que el rey· ante el intento de que no se manifieste claramente la dis-
sacerdote original no era una persona de gran majestad crepancia, la divergencia, porque ello impide el culto en
[, .. ] No era, probablemente, mucho más augusto que los re- comú n y paraliza el pallcayal en sí mismo. A este respecto,
yes divinos de la isla de Futura (Polinesia), quienes, a pe- cita Dumont a otro antropólogo, especialista en la lndia de
sar de que de ellos depende la prosperidad de su pueblo, nuestros días, y recalca el disgusto que produce allí, con
están continuamente expuestos a ser destituidos si expre- motivo de unas elecciones locales, el voto a mano alzada,
san opiniones que desagraden a sus ingobernables súb- ya que expresa divis ión de pareceres. y escribe Dumonl:
ditos .• 1O .entre bambalinas tuvieron lugar todos los tipos de tra-
Hasta aquí he tenido en cuenta datos procedentes de tos y compromisos, pero la elección será ap(lrelltemel1le
sociedades muy o bastante igualitarias y relativamente ho- ullánime •. 7~
mogéneas desde un punto de vista cultural. Vaya referir-
me brevemente a una institución de una sociedad tradicio-
nal que no es lo uno ni lo otro. Me selvirá para enlazar con Relativización y telón a m edias
lo que expongo en la última parte de este trabajo.
Se trata de la lndia y de un órgano que dirime contro- Pero ¿a qué preocupamos tanto por el enmascaramien-
versias en el seno de las castas y en los núcleos aldeanos. to del poder, si tras disfraces y farándulas del más variado
Tanto en un caso como en otro, tal órgano recibe el mismo plumaje nos encontramos siempre con algo parecido? Que
nombre: panchayat o pancayal (palabra que procede del no parece ociosa esa indagación ya lo he adelantado al
sánscrito O indo-ario panc = cinco)." Según Dumont, la pa- principio. Sin embargo, no quiero terminar sin que oiga-
labra designa -tradicionalmente cualquier reunión con fi- mos una voz discrepante. Me refiero a la de F. G. Bailey.
nes de justicia O arbitraje cualquiera que sea su amplitud; Buen conocedor antropológico de la India contemporánea,
en definitiva, es un tribunal ordinario en un sentido muy Baileyes también autor de un interesante artículo sobre el
lato y también, en el caso de la asamblea de casta, un ór-
lema que me ha ocupado aquf."
gano ejecutivo y aun legislativo_,n En realidad, el número Bailey parte allí del pancayar aldeano, pero, sobre todo,
de cinco no hace referencia más que a un pequeño conse- como punto de partida para debatir en términos generales
jo o comité (por oposición a una asamblea numerosa);
el problema del proceso de toma de decisiones. Aunque
pancayal significa, pues, autoridad plural, guardiana de la
este autor no menciona siqu iera a Lévi-Strauss en el men-
costumbre y de la concordia, a la que se acude para solu-
cionado trabajo, su planteamiento lo sitúa en las antfpodas
cionar conflictos, bien arbitrándolos, bien condenando lo
del antropólogo francés. Recordemos que, desde la pers-
que se estime contrario a la tradición. 7J El ideal del panca-
pectiva lévi-estraussiana, unanimidad y consenso se opo-
70. A. M. Hocan. 1969.
71. Du monl. 1970, p. 213. 74. ¡bUl•• pp. 227 Y 223.
72. ¡bul .• p. 217. 75. ¡bid•• p. 227 (cursi~'U, mi").
7l. ¡bUl.. pp. 220-221. 76. F. G. aaUt'yen Baruon, 1969. pp. 1·22.
78 ANTROPOLOGlA POLtnCA PODER Y DRAMATURGIA POLlTICA 79
nen a mayoría, división y. en definitiva, lucha por el poder, que diga a continuación revele que lo considera cualquier
de la misma manera que la sociedad primitiva se opone a cosa menos honorable). Lo que sí importa (ya que para
• la sociedad moderna y clasista. Vistas así las cosas, podría
afirmarse que unanimidad y mayoría son, respectivamen-
nuestro autor ésas son poco más que fónnulas de cortesía)
son los factores estructurales que inclinan a un órgano de-
te, los principios que inspiran o reflejan dos concepciones liberante a la unanimidad o a la decisión mayoritaria.
del mundo y de la sociedad diametralmente opuestas. Clas- Bailey (con ánimo de presentar tan sólo un esquema
tres, con menos sutilezas, toma al pie de la letra esa dico- útil de cara a futuras investigaciones) sintetiza esos facto-
tomía con las consecuencias que ya conocemos. res en tres. En primer lugar, el tipo de tareas o cometidos
Pues bien, desde la óptica de Bailey esos recubrimien- que tiene entre manos un órgano deliberante y, sobre todo,
tos ideológicos (lo cultural, en definitiva) carecen de im- si carece a) o, por el contrario, tiene b) fuerza para impo-
portancia en comparación con lo que recubren: lo que ocu- ner sus decisiones al resto del grupo o sociedad en que tal
rre realmente, cómo y por qué se toman d ecisiones. bus- órgano existe. En segundo lugar, el tipo de relaciones que
cando y consiguiendo la unanimidad en unos casos y sus miembros mantienen con el citado grupo o sociedad.
recurriendo a la votación que establezca una mayoría. Brevemente: bien se trate a) de relaciones jerárquicas (ba-
Pero, insisto en ello, para Bailey una y otra cosa no son sadas en el sexo y/o la edad -piénsese en el Consejo Ge-
procedimientos o principios caracteristicos de culturas o neral de los sachems- o en cualquier otro factor -conse-
sociedades diferentes, sino procedimientos resultantes de jo de directores de departamentos de una facultad univer-
situaciones o problemas diferentes. Situaciones o proble- sitaria. que es el ejemplo que pone Bailey-), bien b) de
mas que se plantean en c ualquier época o lugar, con bas- relaciones igualitarias (como podóa ser el caso de un par·
tante o absoluta independencia de la variedad cultura1. lamento moderno, con sus diversos grupos polIticos, re-
Para empezar, viene a decir Bailey, hay que dejar bien presentantes de fuerzas diferentes y/o rivales, o un comité
claro que la unanimidad s610 puede conseguirse realmente de empresa, integrado por representantes de diversos si n-
cuando un órgano deliberante está integrado por pocos in- dicatos). A los primeros Bailey los denomina de elite y a los
dividuos: unos 15 como máximo. Si un órgano de, ponga- segundos de base (arena, en el original). Por último, los
mos por caso, unos 100 miembros llega a una decisión problemas que afronta el órgano en cuestión: ya se trate a)
unánime, podemos estar seguros de que la decisión real se de problemas que conciernan a) a las relaciones del grupo
ha tomado al margen del mismo. De pasada: Bailey no ex- con su entorno o b) o asuntos internos de tal grupo o so-
plica las razones de por qué ese casi mágico tope de 15. ciedad.
Pero admitamos que los números tienen algo que ver con Pues bien, lo que sostiene Bailey es que un órgano de-
todo esto. liberante se inclinará con mayor probabilidad por una de-
Sigo insistiendo en que lo que importa a BaiJey son he- cisión unánime si se dan conjuntamente los factores a); a
chos reales, no disfraces ni apariencias. Tam bién en el pan- sensu cOl1lrario, cabrá esperar que el órgano se incline por
cayat aldeano de la india (recordemos: como en las asam- la decisión mayoritaria cuando se den conjuntamente los
bleas neoguineanas) las diferencias de opinión se expresan factores b). No es, ciertamente, difícil mantener que si un
de manera oblicua o ambigua . ¿Búsqueda del consenso o órgano carece de fuerLa para imponer sus decisiones (vuel-
de la unanimidad? No, responde Bailey. Eso no significa ven a ¡lustarnos los iroqueses), si sus miembros tienen in-
más que el que habla conoce el modo apropiado de diri- tereses comunes entre sí (y, probablemente, diferentes o
girse a una audiencia. Carece de tanta importancia como el incluso contrarios a los de sus representados) y si lo que se
término honorable que se ve obligado a usar un miembro debate supone potencialmente algún tipo de peligro será
del parlamento en la Cámara de los Comunes (aunque lo más fácil conseguir la unanimidad que en todos los su-
80 ANTROPOLOGíA POLíTICA PODER Y DRAMATURGIA POLíTICA 81

puestos b). Pero Bailey también insiste en que tales com- esa reducción (de Lévi-Strauss y de otros) a una simple di-
binaciones no tienen por qué darse nítidamente en la rea- cotomía. Pero más simplificador, si cabe, es el intento de
lidad (caben, por ejemplo, combinaciones b-a-b o cualquier Bailey de suprimir o soslayar la diversidad cultural e idear
otra y, consecuentemente, contaremos con una menor pro- una especie de Hamo politicus universal que se comporta
babilidad de decisión unánime o mayoritaria). Por otra prácticamente de la misma manera en todo tiempo y lu-
parte, Bailey recalca igualmente que lo que él denomina gar. 78 Porque lo diferente no son sólo, como pretende Bai-
base o elite se refiere a tipos ideales de órganos y que, por ley, las situaciones o cometidos de un determinado órgano,
tanto, en la práctica no importará tanto clasificar a un ór- sino también las sociedades en las que esos órganos ope-
gano en un tipo u otro cuanto determinar en qué ocasiones ran. Es por ello interesante que si bien los análisis antro-
actúa como una o la otra cosa y hasta qué punto su diná- pológicos posteriores al de Bailey no han podido por me-
mica no se traduce en una oscilación de uno a otro tipo. nos que reconócer la importancia del de aquél, lo han he-
Creo que la aportación de Bailey es importante en va-
cho resaltando igualmente sus puntos flacos. 79 Como
rios sentidos. Ante todo, porque nos obliga a dirigir la
muestra Maurice Bloch, no ya a escala universal, sino en
atención al proceso real de toma de decisiones en cual-
quier grupo humano (primitivo o civilizado, antiguo o mo- una sociedad concreta, la historia y la cultura (<<lo que qui-
derno), más allá de apariencias y disfraces. En este senti- zá no sea sino historia de otra guisa») condicionan que
do, Bailey habla de la «mística del consenso» y de cómo la unas decisiones se tomen por unanimidad y otras por ma-
unanimidad muchas veces no es más que indicio de que yoría; y concluye: «Sólo puede verse cómo operan las pre-
los discrepantes, por diversas razones, temen entrar en de- siones sociológicas funcionales dentro del marco histórico-
bate o han sido derrotados previamente por medios nada cultural.» 80
correctos. Como dice el propio Bailey -citando a un autor En efecto, sin apelar a ese disfraz de la historia (la cul-
que escribe sobre la India actual- «el consenso es un tura, como sugiere Bloch) resulta muy difícil entender o
nombre hermoso para lo que puede ser una sucia reali- explicar ciertos contrastes patentes. Como, por ejemplo,
dad».77 Por otra parte, me parece también importante la esa repugnancia india por resaltar la división y el conflicto
aportación de Bailey porque nos pone de relieve que los fe- frente a lo que se nos dice de las sesiones municipales en
nómenos de poder son enormemente complejos y, en su Gales e Inglaterra: los aldeanos galeses debaten y formulan
análisis, hay que tomar en consideración múltiples varia- una decisión a sabiendas de que ésta no depende de ellos,
bles (la reducción a tres, como él mismo aclara y he indi- sino de la administración central; en los ayuntamientos in-
cado antes, no es sino fruto del intento de ofrecer un mo- gleses se debate acaloradamente y se vota, aunque la deci-
delo inicial). También es interesante que Bailey recalque sión haya sido tomada realmente antes de que comience la
cómo los órganos asamblearios no son entidades inmuta- sesión. En ambos casos, se dramatiza deliberada y pública-
bles, sino que cambian sus estructuras y cometidos con
mente el conflicto, al margen, probablemente, del tema
arreglo a las circunstancias. Este dinamismo del análisis
concreto que se discute. Lo que importa -en el caso in-
da, evidentemente, una imagen más adecuada de las cam-
biantes realidades humanas. glés, sobre todo- es demostrar al público, a través de los
Sin embargo, esos logros no pueden hacernos dejar de informes de prensa sobre el debate, que los partidos repre-
lado los inconvenientes o los fallos. Ante todo, el menos-
precio por lo cultural. La diversidad humana casa mal con 78. Como he puesto de relieve en Luque, 1990, pp. 235 Y ss.
79. Tal es el caso del libro de Audrey Richards & Adam Kuper (eds.), 1971.
80. M. Bloch, «Decision-making in Counclls among the Merina of Madagas-
77. [bid., p. 19. car», ibid., pp. 29-62 (citas literales, pp. 59 Y 60).
82 ANTROPOLOGíA POLíTICA

sentan realmente posiciones enfrentadas de cara a la futu-


ra cosecha de votoS. 81
Pero ese mundo que nos parece tan lejano (las socieda-
des tribales, la India de las castas) no nos es completa-
mente ajeno. Ya he tenido ocasión de apuntarlo en la in-
troducción. Voy a terminar ahora con una referencia a mi
propia experiencia antropológica. Sirva de brevísima ilus-
tración sobre nuestro mundo rural. Hace años, refiriéndo-
me al organismo gestor de los bienes comunales de un pue- EN TORNO A LA FRONTERA'
blo granadino y al procedimiento para nombrar a sus
miembros, señalaba que más que de elecciones, aunque es-
tuvieran previstas en sus estatutos, lo que se producía eran A poco más de cien años de una contribución tan deci-
aclamaciones tumultuarias, donde las discrepancias, si las siva como fue la de Frederic J. Turner, The significance of
había, quedaban sofocadas por lo que, en definitiva, no era the frontier in American history, puede resultar interesante
más que apariencia de unanimidad. y, tras el análisis de reflexionar sobre la frontera desde un punto de vista an-
varias situaciones conflictivas, venía a concluir: «la estra- tropológico. Porque Turner define la frontera, en tanto que
tegia de los actores [ ... ] consiste en presentar sus movi- borde externo del avance hacia el oeste, como «el punto de
mientos en la escena de tal manera que sus peculiares in- encuentro entre salvajismo y civilización». Esta segunda se
tereses en cada caso aparezcan revestidos del ropaje acep- equipara, metafóricamente, al crecimiento equilibrado de
table para los espectadores. De éstos, como en el living «un sistema nervioso complejo en un continente origina-
theater, se espera que coadyuven al mejor desarrollo del riamente simple, inerte». Crecimiento que «ha seguido las
drama por medio de una participación controlada [ ... ]. Las arterias hechas por la geología, vertiendo en ellas un con-
continuas apelaciones de registros valorativos que los in- tenido aún más rico, hasta que, al final, los estrechos veri-
térpretes de estas representaciones tratan de pulsar para cuetos de la comunicación aborigen han sido ensanchados
conseguir éxito en sus empresas».82 Me refería entonces a y conectados por los mazos complejos de las modernas lí-
los años sesenta. Probablemente hoy haya adquirido ya la neas comerciales» . La misma ocupación de ese mundo, vir-
escena cierta coloración británica. gen -natural y, por ello, res nullius- para Turner, parece
haber seguido las grandes etapas que conducen de los ini-
cios a la plenitud de la humanidad. Así, citando a un tal
Peck, autor de una Guía del Oeste, publicada unos sesenta
años antes de la conferencia de Turner, los asentamientos
en las tierras ocupadas se nos presentan en tres grandes y
sucesivas oleadas:
- los pioneros, cazadores y recolectores o rudimentarios
agricultores, simples ocupantes más que propietarios de
las tierras;

l . Este ensayo fue en su primera versión una conferencia pronunciada en el Se-


minario Internacional sobre Antropolog{a de las Fronteras, patrocinado por la Junta de
81. A. Kuper, . Councils Structure and Decision-making. , ibid., pp. 13-28. Extremadura, Consejería de Cultura y Patrimonio, y celebrado en Olivenza del 13 al
82. En «Amigos y enemigos., incluido en este libro. 17 de junio de 1994.
84 ANTROPOLOCfA POLmeA EN TORNO A LA FRONTERA 85

- aquellos que compran esas tierras '1 se convierten en tomía se traducía en la distinción morganiana entre rela-
los primeros agricultores propiamente. pero conti- ciones de consanguinidad (esto es, propias de las socieda-
, -
núan llevando una vida sencilla y hugal;
por Ultimo. se produce la transfonnación de las al-
des primitivas o antiguas) y relaciones territoriales o políl~­
cas (peculiares de las sociedades modernas, estatales o CI-
deas en pueblos o ciudades de la mano de capitalis_
tas y empre5(lrios y. con ellos, llegan los lujos. las ele-
vilizadas). Como he mostrado en otro lugar, lo que se ha
gancias y las modas.' denominado antropología política fue no sólo producto de
razones coyunturales, sino resultado de un intento de rom-
Pero dejando a un lado los innegables méritos del en- per esa gran fron~era enlr: a~~eUas ~~s. form~s de huma-
foque de 1Umer, trato aquI de resaltar otros aspeCtos. Me nidad, las denormnadas pnmltlva y clvlhzada.
refiero a cómo de todos los temas y tópicos, teóricos e ideo- Sin embargo, ese intento se realizó a costa de proyectar
lógicos que constituyeron el sustrato de la primera antro- a realidades exóticas, distintas y distantes, nuestras imáge-
pología parlicipa este historiador, por otra parte tan inno- nes y conceptos de lo político. Es decir, los que correspon-
vador en otros terrenos. En breve síntesis tenemos reuni· den a la consolidación de los estados modernos europeos. y
dos aquí evolucionismo lineal, etnocentrismo, reproducción muy especialmente el territorio, el mante/limiellto del arde.n,
e n el espacio de las grandes etapas del proceso evolulivo y, y el liSO o posibilidad de uso de fa fuerza, 0, lo qu: es lo mis-
en suma, neta. separación espacio-temporal de dos formas mo las tres notas weberianas del estado, aplicadas por
de humanidad: nosotras (civilizados)l/os airas (salvajes).J Radcliffe-Brown a toda organización política. l Ni que decir
Como es bien sabido, la antropología se constituyó ini- tiene que la comradicción entre los principios teóricos y las
cialmente aceptando esa dicotomía y optando por el es- real idades empíricas terminaron por hacerse patentes. Pero
tudio de los otros; nosotros, en cambio, vendría a ser el ob- no de forma inmediata. Ahí queda como prueba el magnífi-
jeto de otras ciencias sociales, como la sociología, la co ejemplo de los nuer de Evans-Pritchard, donde la bús-
economía o la ciencia polftica. Opción que, además, ha hi- queda casi obsesiva de bases territoriales como sustrato de
potecado el futuro de la disciplina y cuyas huellas son bien lo político contrasta con el hallazgo del principio de relati-
visibles en nuestro presente .~ Una especialización que no vidad estructural, que afecta tanto a la organización social
ha sido sólo relativa a tipos de sociedad, sino también a fe-
como a su asentamiento. Predominó, en todo caso, y por
nómenos que se suponían distintivos de esos tipos. De ese
mucho tiempo la idea de que la comunidad polftica, por mi-
modo, la polftica y la economía se concebían como carac-
núscula que sea -digamos, la aldea o el segmento mínimo
terísticas de la modernidad o de la con temporaneidad.
de un linaje- se caracteriza por la supresión de la lucha in-
mientras que el parentesco y la religión se equiparaban con
terna y la hostilidad de fronteras afuera. De nuevo, las no-
lo primiti\·o o lo anLiguo.~
tas distintivas de las comunidades políticas aJumbradas tras
Concretamente, para lo que aquí nos interesa, la dico-
el Renacimiento europeo y consolidadas, sobre todo, con
2. Annual Repon of Ihe A"",rkan Hislorical Associalion for lhe Year 189J los nacionalismos de los siglos XIX y xx!
Wuhin¡lon: GoYennenl Prinlin. Officc. 1894. Ann Arbor Unh~rs¡ty MlcrofilfTUi, ink.
1966, pp. 189·227 (esp. pp. 200, 210 Y 214) (cun.h'aS. OOa5). .
3. Dicotomía cuyas impHcacio~s Ideológicas y oom:epluales aparecen am~ha.
meme docurnentadru; en dos Influ)'<'ntes obras: primero. la de George W. Slocking, 6. Vid. mi anículo .Sobre Intropologla polldca., Incluido en eSle vohulltn. En
1968 y más tArde, la de Johane55 Fablan, 1983 lo que sigue inmediatam~nte resumo pane del conlenldo de ese trabajo y UtUilO sus
4: A las eon5CeUencial que ello tiene p;u:iI la anlropologf•. me he I"l'rerido con ref.:rendll$ bibliogrificas; a ~Ila$ me n::mho. . •
derta :unptitud en mi ensayo .Contna·tlempos antropológicos., incluido en t'Ste libro. 7. (bid. Tambim. mi .Comunidad !'\Inal y Estado_, l¡ualmente mcluldo en ffie
5. Olna cosa.on los rdinad<:l& y bien eonocldos análisill de Louis Dumonl sobre YOIumen.
el sl5lcma de castas hindú o »Obre el ~urglmlento de lo poIftko y de 10 económico en 8. Adenuu de ten"" ya famosos como los de Gelln.:r y Hobsbawn (l988 y
el mundo IXdd~ntal. 1991). e. interesante el artículo sobre el t'Sudo de la ClIetllón de Tony Judl, 1994.
-
86 ANTROPOLOGíA pOLínCA EN TORNO A U FRONTERA 87
Pese a correcciones ulLeriores en la ingente literatura de nuestras realidades políticas, bien circunscritas en tér-
antropológico-política (británica, principalmente), esa idea minos espaciales y potencial o realmente hostiles entre sí,
I ha penneado otros ámbitos ajenos a los específicamente al ámbito animal, presentando allí los fenómenos de teni-
políticos. Pero también ha habido desviaciones de esa tóni- torialidad de modo sospechosamente antropocéntrico.
ca general. Baste, tan s610, aludir a Max Gluckman y el con- Esto es, como si el territorio de talo cual especie (algo que
flicto de lealtades, a Edmund Leach y su famoso estudio de tiene que ver con cuestiones de apareamiento y reproduc-
los sistemas políticos de las tierras altas de Birrnania o a ción) fuera la exacta réplica natural de los estados-nación
Marshall Sahlins y a su relectura de Mauss en lo concer- y de su soberanía. Y ello con W1a suerte de efecto boome-
niente al espíritu del don. No obstante, la persistente idea de rang, querido o no: que, de rechazo, las propias realidades
lo político como algo necesariamente vinculado con un te-
humanas se sitúen en la misma naturaleza, es decir, fuera
rritorio de nítidas fronteras, que excluye el conflicto ¡memo de la historia.
a costa de proyectarlo fuera y contra otras unidades externas
Creo que es responsabilidad nuestra (del antropólogo,
ha llegado a encon trar eco, paradójicamente, en enfoques
del historiador, del intelectual en suma) mantener una ac-
muy críticos de las claves ideológicas de la llamada Escue-
litud crítica cuando los acontecimientos desbordan la mí-
la Británica. Tal fue el caso del malogrado Pierre Clastres.
nima capacidad de reflexión . Y cuando los ideólogos y los
Contradicción, por otra parte, que tiene su paralelo en la
normativa constitucional de la sociedad internacional. Así, politicos buscan en nuestras disciplinas justificaciones
la Carta de Naciones Unidas proclama en su artículo pri- para las prácticas más diversas e injustificables, incluso.
mero el principio de «autodetenninaci6n de los pueblos», Teniendo en cuenta, además, que el espectro de la irracio-
mientras que en el segundo defiende la «integridad tenito- nalidad puede ser tan amplio como para abarcar desde el
nal o independencia política de cualquier estado» contra la intento, no poco ingenuo y relativamente inocuo, de re-
fuerza o amenaza de fuerza. 9 El caso de lo que fue Yugosla- montar a tiempos inmemoriales la identidad inalterada de
via en Europa y el de tantos paises africanos ofrecen mues- alguna de nuestras regiones autonómicas hasta la legiti-
tras pavorosas de esta trágica dialéctica de nuestro tiempo. mación de la limpieza étnica en las afirmaciones virulentas
Además, como ya he insinuado, el problema no afecta de los nacionalismos de nuestros días por la vía de la dis-
exclusivamente a temas de índole política. Pienso que mu- torsión histórica, cuando no de la mera fabulación .
chos -y buenos- análisis antropológicos sobre límites Tal vez como pocos otros, el tema de la frontera re-
simbólicos de lo cultural están igualmente influidos por quiere una actitud especialmente alerta en este sentido. No
esa imagen de las fronteras tenitoriales y políticas . Un cabe duda de que los límites, físicos y simbólicos, consti-
caso particulannente destacado es el de algunos brillantes tuyen uno de los atributos definitorios de cualquier grupo
análisis de Mary Douglas. 1O Imagen que adolece, como humano. Pero lo que estoy tratando de recalcar aqui no es
mostraré después, tanto de etnocentrismo como de crono- la presencia o ausencia de ese atributo sino su enonne va-
centrismo. riabilidad. La famosa proxémica de Edward T. Hall recalca
Por supuesto, el problema no se reduce al ámbito de las adecuadamente tanto la omnipresencia de límites y fronte-
ciencias sociales. Téngase en cuenta, por ejemplo, en la ras -en el ámbito humano y en el animal- como esa di-
proyección que Lorenz y toda una cohorte de etólogos hace versidad, sea entre especies o entre culturas. Esto es, no se
experimenta de idéntico modo la proximidad del otro en
9. Com" =erda T. ludl. op. cil. , p. 51.
esta o aquella cultura, y ello incide tanto en las relaciones
10. Me refiero a sus obra.s más divu.lgadas: 1910 y 19i3. De muy dislinto cariz cotidianas como en la configuración de las viviendas. La
son las obras de Fredrik Barth (comp.). 1976, y Erie R. Wolf, 1983. efusividad mediterránea contrasta con la sobriedad anglo-
88 AN1ROPOLOGÍA POUTICA EN TORNO A LA FRONTERA 89

sajona como el biombo oriental con las gruesas paredes de mas que plantea la comprensión de realidades semejantes,
las casas norteamcanas. pero situadas remotamente no en el espacio sino en el
Ahora bien, la insistencia de muchos antropólogos en tiempo. Pienso que la consideración de algunos hechos his-
exagerar diversidades y discontinuidades acatTea no pocos tóricos y emográficos, por somera que sea, puede contri-
riesgos. Entre ellos. el de la incomprensión de no pocos fe· buir a que veamos como relativas -esto es, circunscritas
nómenos de fluidez y de permeabilidad de Jos límites. No en el tiempo y en el espacio- estas otras realidades que
se resaltará, por tanto, lo suficiente que lo que denomina- constituyen nuestra circunstancia. Por férrea y universali-
mos cultura, en singular o plural, es, ante todo y sobre zable que nos parezca.
todo, un l'ótu1o o etiqueta que está cargado de los conteni- Detengámonos, pues, en algunas consideraciones fácti-
dos y valoraciones que imponen nuestras propias realida- cas. En primer lugar, dirigiendo la mirada a Jugares muy
des sociopolfticas. Y éstas -ya he insistido en ello- con- diferentes de lo~ nuestros; luego, teniendo en cuenta nues-
llevan una delimitación de ámbitos espaciales bastante tro propio pasado. Sin pretender embarcarnos en un reco-
férrea, sin apenas fisuras ni intersticios. Como se ha resal- rrido por la etnografía del planeta, sí que puede ilustrar el
tado recientemente, esa proyección de nuestros problemas dirigir un vistazo, al menos, a realidades diversas y distan-
y vivencias empaña en buena medida la comprensión de la tes, tanto entre sí como respecto a nuestras propias reali-
conrhulidad humana y, con ello, las más ambiciosas pre· dades. Pensemos, por ejemplo, en ese mundo neoguineano
tensiones de los antrop6logos. 1l La posibilidad misma de la en el que se ha creído encontrar una perfecta muestra de
empresa antropológica ---dice en un muy sugeridor ensayo lo que pudo haber sido la au téntica sociedad primigenia, Il
TIrn Ingold-, esto es, el mutuo entendimiento, el arte de En el interior de Nueva Guinea existen -o existían, hasta
lraducir, liene como precondición la continuidad, que no no hace mucho- grupos humanos caracterizados por una
implica homogeneidad. Es, más bien, la «retólica de la cul· intensa belicosidad. Contra ésta 10 intentó lodo la antigua
tura » y la insistencia en las etnicidades (reacción, pero se· administración fideicomisaria australiana; también lo han
cuela paradójica, tanto de la modernidad como de la cul· intentado Juego las autoridades de la ya independiente Pa-
tura occidental) la que hace difícil la traducción, Habiendo púa-Nueva Guinea. Sin resultados positivos. Pues bien, lo
dividido el mundo en piezas -----cuJturas-, ahora nos queda que caracteriza a esos grupos es la oscilación continua en-
la tarea de reconstJuirlo. ' 1 tre guerras e intercambios matrimoniales, entre canibalis-
¿Cómo contrapesar esos sesgos que introduce nuestra mo o mutilación de enemigos y alianzas de toda suerte, En
específica y condicionada óptica? Creo que podemos ha· definitiva, entre belicosidad y actitudes o fenómenos pací-
cerio por aquellas dos vías a las que aludía antes: luchan- ficos, Ni que decir tiene que el territorio mismo es diffci.!-
do no sólo contra el etnocencrismo, sino también contra el mente delimitable: carece de frontel'3S pelmanentes y es-
cronocentn·smo. Sin duda, los antropólogos están bastante tables.
más habituados a enfrentarse con el primero que con el se· En el alfa extremo (del espacio y de la complejidad)
gundo. No siempre con buena fortuna, bien es verdad. De nos sorprende el caso azteca, no tanto o no sólo por el rá-
hecho, muchos de los problemas que he mencionado casi pido y amplio crecimiento de un imperio, como por sus ca-
de pasada tienen que ver con UD insospechado, aunque racteres en lo que respecta a organización, delimitación y
comprensible, etnocentrismo de los antropólogos. Sin em- control, en suma, del territorio. Según el interesante y po-
bargo, mucho más imperceptibles parecen ser los proble· lémico estudio de Conrad y Demarest sobre el expansio-
11. PlUl\fraseo y sigo, .,n parte, a Tim Ingold.,n . 1ñe an of lr'al\Slation in a con-
tinou5 world». en Gls!i PilSQn (rd.), 1993, pp. 21().2)O. 13. R.,pI'OdUlOO en las \Jneu que s iguen (:Iui líteralment., o resumo párrafos de
12. ¡bid. 011 en~llyo .Sob,.., nntropologia poUtlca. ; vid. aur ,..,f.,,..,nc!a.; bibliográficas.
90 ANTROPOLOGfA POLtnCA EN TORNO A LA FRONTERA 91

nisma azteca e inca, el objetivo de la Triple Alianza de los Vernant que las denominadas reformas clisténicas marcan
primeros fue la obtención de alimentos para los dioses y el tránsito de una sociedad gentilicia a otra basada en prin-
tributo para el estado. Pero, una vez conseguidas tales fi- cipios territoriales; o de la concreción de los grupos fami-
nalidades, los rnexicas se mostraron impotentes para go- liares, territoriales, religiosos diferenciados y tradicionales
bernar y controlar a los pueblos sometidos. A medida que a la abstracción de los ciudadanos iguales con idénticos de-
el imperio creció hasta abarcar buena parte de Mesoamé- rechos a participar en los asuntos públicos. De Solón a
rica, su Iamano se hizo cada vez. más incompatible con Clistenes la transformación es evidente: en la época del pri-
esos limitados objetivos. De ese modo. los autores resaltan mero, la crisis de las ciudades se solventa con la apelación
que más que de impedo cabe hablar de una hegemonía un a un árbitro, a menudo legislador extranjero; por el contra-
tamo laxa constituida por ciudades-estados que rendían rio, el nuevo ideal de la isollom{a lleva consigo que los ciu-
obediencia y tributos a las capitales de la Triple Alianza. De dadanos resuelvan por sí solos, respetando sus institucio-
hecho, esa peculiar -para nuestros ojos- estructura im- nes, sus problemas. 13
perial tuvo como resultado la existencia de numerosos y lncident.almente, puede ser interesante evocar aqui el
extensos enclaves independientes denlro del denominado audaz recorrido que Marshall Sahlins realiza por Las obras
imperio azteca que terminaron por representar un auténti- de Dumézil, Frazer, Hocart y otros. Y, a través de ellas, por
co problema para su continuidad misma. lO las apasionantes semejanzas entre la realeza indoeuropea y
Pero vayamos ya a realidades culturales más próximas polinesia. En uno y alTO caso, el de la realeza arcaica, ésta
a la nuestra, si no en el tiempo, sr al menos en el espacio. se concibe como algo surgido desde fuera de la sociedad ,
Las nociones mismas de límites y fronteras son en el mun- con arreglo a lo que denomina Sahlins leuna leoria natura-
do occidentaJ antes, mucho antes, religiosas que políticas. lista de la dominación»: lePar su propio origen ajeno a la
Ni que decir tiene que la distinción entre uno y otro ámbi- cultura nativa de la sociedad, el rey aparece dentro de ella
to es, también en este caso, producto de un largufsimo pro- como una fuerza de la naturaleza. Surge en medio de una
ceso de racionalización o secularización que se inicia a escena pastoral de pacífica administración familiar y rela-
partir del Renacimiento. 0, vale más decir, que a partir de tiva igualdad que la nostalgia de una época posterior bien
entonces se acelera con el redescubrimiento de la antigüe- puede evocar como una edad de oro. Es característico, en-
dad. Veamos. tonces, que estos gobernantes no surjan siquiera del mis-
Refuiéndose al mundo helénico, Jean Picrre Vernant mo barro que los aborigenes: provienen del cielo o lo que
nos muestra cómo los límites del mundo sensible (el aire, es muy frecuente son de diferente origen étnico. En cual-
el océano, la lierra en sus rafees) no pueden estar limitados quier caso, lo regio es el extranjero. "l.
por nada: son dpeiron. Como tales, están asociados con no- Volviendo ahora al análisis de Vemant, cabria añadir
ciones igualmente cósmico-religiosas, alejadas de los hom- que, de modo significativo, frente a la fluidez que permi-
bres (kalaros, kralOS, nous, autocratés). Por el contrario, tian antes los únicos límites auténticos -los cósmicos- se
lecada punto, cada elemento del universo sean cualesquie- instauran ahora fronteras que hacen claramente diferentes
ra su lugar y su poder, es necesariamente limitado y parti- unas unidades políticas de otras. Pero las reformas no se li-
cular. Sólo el ápeiroll, al que nada limita ni domina, no está mitan a esa transformación del espacio cívico, sino que
tampoco particularizado». Pero es en el mundo griego mis- afectan también a otros ámbitos: organización del tiempo
mo donde se produce la gran transformación que conduce y sistemas de numeración marchan al unísono con el es-
de un espacio religioso a otro netamente político. Destaca
15. 1983. pp. 206 'J ss. (cita 1l1~raI. p. 218).
14. Ceo[(n,y w. Connad 'J Anhur A. DeIllllnSI. 1988, p . H . 16. 1988, pp. 80 Y ss. (cllalit"mI. p. 64).
r ,
92 ANTROPOLOGíA POÚTICA EN TORNO A U. FRONTERA 93

pacio. Racionalismo, abstracción son las marcas de la nue· t:para los antiguos, el estado nonnal es el estado de guerra,
va visión del mundo: al que viene a poner fin una paz. No se comprende nada de
I
. A la elaboración de un espacio abstracto, vinculado a la noción de paz y del vocabulario que la designa en la so-
la organización política, responde la creación de un tiem- ciedad antigua a no ser que nos representemos que la paz
po cívico, construido confonne a las mismas exigencias interviene como la solución accidental, con frecuencia
[ ...]. Como todavía el espacio, este tiempo cívico (contra- temporal. de conflictos pennanentes entre ciudades y Es-
riamente al tiempo religioso, ritmado por fiestas que COr- tados • ."
tan el ciclo del aí'Jo en trozos cualitativamente diversos, a De modo congruente. amistad y enemistad, hospitali-
veces netamente opuestos) se caracteriza por su homoge- dad y hostilidad se nos muestran como sentidos contradic-
neidad. Polfticamente. todos los períodos del tiempo cívico torios de unas mismas nociones primigenias indoeuropeas
son equivalentes, intercambiables. Lo que define a una pri- que revelan esa fluidez de los bordes y de las fronteras. Así
lania [esto es , la décima parte de un año de trescientos se- interpreta Benveruste un ténnino lan controvertido como
sema dfas], no es una cualidad temporal particular; sino arya/l (en la raíz o emparentado con vocablos igualmente
una homologfa en relación al conjunto. Se pasa de un sis- polémicos y evocadores -aparte, obviamente. del caso
lema temporal a otro, que es, en muchos aspectos, el con- mismo de ario- como la denominación étni ca iranio, la
trario ..,.J7 categorfa aristós o la divinidad védica Arimdll), Discute el
En el mundo romano, ha sido el filólogo ~mile Benve- filólogo interpretaciones como la del alemán P. Thieme.
ruste quien ha relacionado lrmites y fronteras con comeru- quien interpreta el término entendiendo que el radical arl-
dos netamente mágico-religiosos antes que con contenidos equivale a t:extranjero, amigo o enemigo.; su derivado a,,'Q
estrictamente políticos (entiéndase bien y una vez más, en sena quien tiene relación con el extranjero, su anfitrión.
el sentido que nosotros solemos dar a esta última locu- Benvenisle. por el contrario. concibe que tal combinación
ción). Tal ocu n ·c en el caso de los vocablos rex y regere: t:re- de hostilidad y amistad se encuentra instaJada en el seno
gere fines significa literalmente "trazar en líneas rectas las de un mismo grupo social: a través de los mecanismos de
fronteras". Es la operación a la cual procede el gran sacer- los intercambios matrimoniales que caracterizan a una so-
dote para la construcción de un templo o de una ciudad y ciedad de mitades exogámicas.-
que consiste en detenninar sobre el espacio el terreno con- No cabe: hoy duda de que ha sido toda una óptica deci-
sagrado. Operación cuyo carácter mágico es visible: se tra- monónica -nacionalista y belicosamente reividicativa de
ta de delimitar el interior y el exterior, el reino de 10 sagra- espacios soberanos netamente delimitados- la responsa-
do del reino de lo profano, el tenitorio nacional y el terri- ble de una importante defonnación del pasado. Es decir, la
torio extranjero •.l • que supone la conceptuación de la &-antera como un (ren-
En el plano más propiamenle político, el de los enfren- te militar fijo y como una clara delimitación territorial. Así
tamientos y las alianzas, el filólogo nos muestra, en cam- se argumenta de modo convincente y siguiendo al historia-
bio, un terreno de indefinición, de ambigüedad. Las nocio- dor Lucien Febre en un estudio sobre fronteras en el im-
nes mismas de guelTa y paz están relacionadas en la anti- perio romano. Resulta significativo constatar que Estra-
j
'

giiedad entrc sí de manera inversa a 10 que OCUlTe en el bón no menciona nunca frontera en toda su descripción del
mundo modemo. Mientras para nosotros, dice Benveniste, imperio. Tennilli y fines tienen un sentido religioso de deli-
la paz se ve como el estado nonnal que rompe la guerra,
19. lbid., vol. l . p. 3611.
11. Vem.nl, op. CIt., pp. 223·224. 20. Ibid., pp. 370-373.
18. 1969, \'01 2. p. 14. 21. c. R. Whinuer, 1994. pp. 1 Y 71.
'"
94 ANTROPOUJGM POLnnCA EN TORNO A LA FRONTERA 95

müación entre el ámbito doméstico y el militar: hacen re- cada y más interesante: se trató de un proceso de asimila-
ferencia, por tanto, a los lImites del orden intenlO, no del ción gradual de gentes de los bordes en una cultura que es-
I poder imperial. n taba cambiando ella misma al adaptarse a las presiones. De
La ideología imperial romana conlleva, por el conUll- tal modo que, al final, resultaba poco claro saber quiénes
rio, la noción de ilimitado. sin límites. Una ideología res- eran los bárbaros y quiénes los romanos • .15
paldada por la promesa de Júpiter, en la Eneida de Virgilio, Ese juego de zona (área) fronteriza y Ifmite lineal tiene,
de que Roma tendría un imperiunl sine fine. Idea a la que en todo caso, una larga y compleja historia. Se pone así de
sustentaron realidades en la época de expansión del impe- relieve en un estudio relaLivamente reciente sobre un pe-
rio, mientras éste fue fuerte y sus vecinos claramente infe- dazo de nuestra frontera, la que divide la antigua Cerdai'ia
riores. Pero, una vez que la situación se invirtió, la ficción entre España y Francia. 16 Previamente, hace su autor unas
llegó al extremo de proclamar al invasor, el godo Teodori- interesantes matizaciones. Para empezar, señala que la dis-
ca el Grande, propaga/or romani Hominis, domitor gentium. tinción entre división lineal -con evocaciones restringidas
y esa ideología de un imperio ilimitado impidió, a juicio al ámbito politico- y zona --con connotaciones más am-
de Whittaker, que los romanos admitieran que alguna vez plias, sociales-, si bien extendida en las lenguas europeas
habfa existido una frontera; es más, contribuyó a que quie- modernas, presenta coloraciones diferentes debidas a ex-
nes tenían con anterioridad un conocimi ento de primera periencias históricas diferentes. De todos modos, ese dua-
mano de los movimientos de población propusieran, sin lismo ha equivocado a los teóricos de la fromera desde el
embargo, que Roma absorbiera pacíficamente a los godos pasado siglo al hacerles percibir un proceso evolutivo, irre-
y expandiera así sus fronteras. u versible y necesario, que comienza con una zona mal deli-
En cuanto a las murallas de las que aún quedan vesti- mitada y finaliza en una línea matemáticamente trazada.
gios - las de Adriano y Antonino e n el actual Reino Unido, Tal perspectiva, dice Peter Sahlins, aparte de no apoyarse
las clausurae en el norte de África- reflejan probablemen- en pruebas históricas, ignora dos dimensiones importantes
te el fracaso de la politica expansionista romana. Pero ex- de las fronteras polfticas: que el carácter zonal persiste des-
presan sobre todo, según el autor mencionado, el control de pués del trazado de una línea y que la idea de delimitación
movimientos --de comercio , de pastoreo; mucho más que lineal es muy antigua. Claro está, habría que añadir, que
barreras militares, aunque sin excluir por supuesto esa uti- con ese carácter mágico-religioso al que me he referido ya
lización, constituyeron delimitaciones de zonas caracteriza- varias veces. Además, la delimitación (a veces claramente
das por sus rasgos ecológicos.2< No obstante, las fronteras visible, sea mediante signos naturales -piedras, ríos, ár-
que realmente importaron fueron zonales más que lineales, boles- o, incluso, artificiales) recubre dos conceptos dife-
necesariamente imprecisas. Y, a la larga, cuando el imperio rentes de soberanía: jurisdiccional y territorial. El primero
entró en su ocaso, se hizo prácticamente imposible deter- es evidentemente de origen feudal (señorío sobre personas)
minar si existían o no rronteras en su parte occidental. Am- y se prolonga hasta la monarquía absoluta. Como es bien
bigüedad que explica -afirma Whittaker- la transforma- sabido, el concepto de jurisdicción no lleva aparejado el de
ción del imperio en los reinos .. bárbaroslt que le sucedieron. una clara demarcación territorial; de hecho. las jurisdic-
Frente a la vieja imagen de un mundo civilizado invadido ciones se solapan o superponen. En cuanto al segundo, el
por intrusos incivilizados, la realidad parece «más compli- territorial, apunta a finales de la Edad Media, pero sólo al-
canza plenitud a panir del contenido naciona] que la Re-
22. ¡bid.. pp. 24-25. 26.
23. /bid .. pp. 29. 36, 66 Y 198. 25. lUid., pp. 8, 62. 71 y, dla lileral. pp. 132-133.
24. 1bUJ., passim y, especialmente, cap. 3. 26. fe!er Sahlins. 1989.
EN TORNO A LA FRONTERA 97
96 ANTROPOLOGlA POÚTICA

vo!ución francesa da al territorio y la consagración que los ción popular de los extremeños _se convierte en la colum-
estados del siglo XIX hacen de la línea fromeriza como ex- na venebral que articula el Área Rayana cuyos pobladores
presión de la soberanía nacional. Pero la historia de la con- intemalizan. comparten y difunden una peculiar "cultura
creta frontera que separo a la Cerdafia no puede verse de frontera" basada en la complementariedad de dos (pue-
como un simple proceso lineal, s ino como: «el juego com- blos, naciones), que sin dejar de ser dos, necesitan formar
plejo de dos nociones de límite -zonal y lineaJ- y dos uno ...lt En el Área Rayana se desarrollan procesos donde ni
ideas de soberanía -jurisdiccional y territorial-. Las dos la nacionalidad ni la territorialidad quedan i.nafectados;
polaridades pueden encontrarse en cualquier momento de unos y otros son negociados y manipulados por los raya-
la historia de la frontera. si bien la tendencia dominante, nos. cuya cultura fronteriza .. manipula y redefine constan-
pero no uniJineal, fue el colapso de las fronteras jurisdic- te y contextualmente la lealtad nacionalista (columpiándo-
cionales en beneficio de una única linea fronteriza de tipo se entre xenofobia y xenofilia) y manipula la nitidez de
territorial .,n la frontera geopolítica (oscilando entre la precisión pun-
Evoca Sahlins, precisamente, la aportación de Benve- lualllineal del marco-hito n.O695 y la bolTosa zona del Área
ruste respecto al carácter reHgioso del trazado regio de Rayana) ...JO _
fronteras cuando analiza el Tratado de los Pirineos de Tal vez sea esa ambigiledad que loda frontera entrana
1659, que consagró la división e ntre los dos estados en la la que ha llevado a valoraciones muy diferentes de su pa-
zona de la Cerdalla. y resalta cóm o la negociación, desa· pel en la historia del mundo moderno y, ~ás concr.eta-
1T01lada en la lsla de los Faisanes, en el Bidasoa. formaba mente, del mundo europeO y occidental. QUlero terminar
parte todavía de una representación de la soberanía arcai· -<:asi- mis reflexiones sobre este tema con la exposición,
ca y persistente y marca el contraste con lo que vendrla brevísima, de dos planteamientos antitéticos al respecto.
más tarde: . En 1659. el Cardenal Mazarino y Don Luis de Mientras el primero destaca con optimismo las ventajas del
Haco, como plenipotenciarios de sus reyes respectivos, no sistema de fronteras en la construcción europea, el segun-
respetaban simplemente una delimitación respectiva. Más do pone al descubierto las complejas fuerzas que subyacen
bien, mediante su presencia, creaban la división territorial tras la apariencia de las divisiones polftico-territoriales.
de los dos reinos de España y Francia. Porque, en su au· Veamos. Estamos ante una srntesis histórica sobre la
sencia, no había nada que definiera los límites territoriales emergencia y construcción de Europa que rezuma auto~­
precisos -ni piedras delimitadoras, ni linea de soldados, Lisfacción y etnocentrismo. Se trata de E. L. Jones y su nll-
ni guardias de aduanas. La Hnea fronteriza, como expre· lagro europeo. ampliamente difundido en la pasada década;'!
sión permanente de soberanía territorial, sólo hizo su apa· Jones recapitula, de modo casi panglosiano. todas las mara-
rición en el siglo xrx. El estado del xvm no era, estricta· villas _medioambientales, demográficas, de recursos .. _ has-
mente hablando, un estado territorial: se estructuraba, en ta tecnológicas y, claro está, el papel humano a través de las
cambio, en lorno a "jurisdicciones", .. 1e oportunas decisiones- para tratar de descifrar en qué han
Y, sin embargo, esa línea divisoria, que parecerla que consistido las claves del desarrollo y del éxito europeos fren-
hubiera emergido sólo para dividir y enfrentar, puede con·
te al resto del mundo. Y una de esas claves cree encontrarla
vertirse en lo contrario. Del otro extremo de nuestras fron·
en ellrazado de sus fronteras. primero estatales. luego tam-
teras se nos recalca lo que acabo de indicar. La Raya, es de·
bién nacionales. Europa, según Jones, triunfó. en este senti-
cir, la línea de la frontera luso-española en la denomina-
29. Luis M. unane. 1994. p. 276.
27. Ibid., pp. 4-7 (duo Uten.l, p. 7). 30. Ibid.
31. E. 1.. Jone5. 1990, especialmente. pp. 149·172.
28. Ibid .• pp. 27.28.

98 ANTROPOLOGÍA POLíTICA EN TORNO A LA FRONTERA 99

do, por haber optado por un sistema de estados, tras dese- interesante y esperanzador fenómeno del sincretismo, de]a
char otras formas de organización, como las federativas o superación fáctica de la división.
I las imperiales. Sistema bien articulado en «el que el cambio De la hoy atormentada Bosnia se nos comenta en una
de una célula afectaba a las otras» .ll Favorecido. además, muy reciente revisión bibliográfica cÓmo en lugar de tra-
por la geografía, tal régimen, que propiciaba zonas nuclea- tarse de «una frontera fatal entre las dos civilizaciones an-
res de desarrollo, se vio alentado por toda una multiplicidad titéticas -cristiandad e islam- Bosnia fue el lugar donde
de factores humanos: alianzas matrimoniales regias, bata- las dos habían aprendido, a lo largo de cinco siglos. a en-
llas, personalidades, etcétera. El resultado trajo todo tipo de tenderse y a coexistir»." El sincretismo había florecido am-
bendiciones, desde económicas a políticas, que se plasma- pliamente: «Todavía en el siglo xx, los campesinos cristia-
ron en un excepcional sistema de equilibrio. Lo cual llevaba nos acudían a menudo a la mezquita local y los musulma-
aparejadas no menos excepcionales ventajas: se favorecía el nes besaban iconos cristianos venerados, así como los
intercambio, se evitaba el estancamiento económico y tec- cristianos convocaban a veces a los denriches musulmanes
nológico, se garantizaba la libertad (ya que si uno era perse- para que leyeran el Corán a fin de curarles enfenneda-
guido por defender sus convicciones, podía atravesar la des.»35 Allí mismo se nos informa también de cómo en una
frontera y huir a otro estado) y, en suma, se conjuraba el pe_ situación donde la afiliación religiosa perdía fuerza a prin-
ligro de los imperios monolíticos ... cipios de este siglo (ser musulmán o cristiano -católico u
En las antípodas de Jones, las conocidas posturas de un ortodoxo-- era apenas seguir fonnalmente algunos ritos de
autor tan influyente como Immanuel Wallerstein. 3J En sus transición), la ideología nacionalista operó sobre esas dife-
planteamientos, la nitidez de las demarcaciones políticas rencias culturales ya tan difuminadas Hedefiniéndolas
territoriales no son sino envolturas aparentes de complejos como signos de identidad esenciales, puros e indisolubles».
procesos económicos. Así, la clave de 10 que aquel denomi- La realidad de los últimos tiempos no hace sino reflejar
na milagro, estriba básicamente para Wallerstein en un in- la consumación de ese proceso. Los ataques brutales a la
tercambio desigual entre un centro (siempre ganador) y una identidad musulmana por parte de las otras minorías están
periferia (perdedora). Vistas así las cosas, las fronteras y la acarreando ya la radicalización del gobierno de Bosnia. Se-
misma soberanía de los estados no son más que artilugios gún informa un corresponsal francés desde Sarajevo, las au-
para que pueda realizarse ese intercambio desigual. La toridades bosnias toman medidas que favorecen claramente
permeabilidad o la impenetrabilidad de esos artificios que una anhelada -y hasta ahora desconcida alli- pureza islá-
son las netas demarcaciones tenitoriales constituyen, des- mica. Con anteIioridad a la presente guerra, el 45 por 100 de
de esta perspectiva, meros objetos de transacciones y ma- los matrimonios de familias que vivían en la capital eran
nipulaciones de las oligarquías financieras. mixtos (esto es, de musulmanes con católicos u ortodoxos);
Para concluir ya, cabe que nos preguntemos por esas la cifra se reduce hayal quince por ciento. Además, desde la
zonas de ambigüedad que quedan fuera de muchos y bue- prensa financiada por el partido de Acción Democrática (es
nos análisis sobre el fenómeno de las fronteras. Las fron- deci..t~ el del presidente Alija Izetbegovic) se recomienda que
teras del mundo europeo nos muestran en algunas ocasio- tales uniones mixtas acaben de una vez por todas para
nes -pocas y no demasiado duraderas, bien es verdad- el «construir una sociedad libre de traumas». Por otra parte, el
árabe empieza a reemplazar al inglés como primera lengua
32 .Ibid. , p. 149.
extranjera que se enseña en las escuelas. También es en ára-
33. Sigo y reSumo - y si mplifico mucho-Ias lfneas generales de su famoso El
modemo sisremn mundial, Madrid, Siglo XXI. IOm"" J y II. 1984 Y 1989. Tamb¡é n, la 34. Mkha"] Ignatieff, 1994.
compilación de a"fcul"" del mismo Wa!lerstein y Étienne Balibar, 1991. 35 . [bid.
100 ANTROPOLOGfA POlmeA

be como se realiza el saludo en las noticias vespertinas de la


televisión de Sarajevo, para continuar luego en serbo-croata.
y hasta este idioma, en boca de los dirigentes, parece estar
cambiando al ai\adirle un deliberado acento árabe. Como
concluye un joven periodista bosnio, rebelde ante este esta-
do de cosas: «Mis amigos no musulmanes que luchan en el
ejército gubemamental bosnio son enviados de forma ruti.
naria a primera línea del frente. En diez años, si este país no
ha desaparecido , será islámico.,," EL RETO DE LAS ORGANIZACIONES
Resulta interesante considerar cómo en una situación
análoga, aunque en circunstancias históricas muy diferen-
tes, se dieron fenómenos semejantes. Al otro extremo de En estos Males de sig10 parece a veces como si las
Europa yen vísperas de la Edad Moderna, otra fromera , la ciencias sociales hubiesen olvidado su razón de ser, lo que
andaluza conocía también de alguna forma el sincretismo. ha justificado su existencia. Ésta no fue aIra.. en su génesis
En la Sevilla de la segunda mitad del siglo XlV, nos cuenta de la primera mitad del s iglo XIX,. que el mIento ~e dar
Joseph Pérez . la situación resultaba inquietante para las cuenta de la complejidad y profundidad de los cambiOS so-
au toridades religiosas: <cel número de los que no son judíos cioculturales que trajeron consigo la primera industrializa-
ni cristianos no cesa de aumentar; muchos conversos no ti- ción las revoluciones burguesas y los pujantes y belicosos
tubean ya e n declararse cristianos y reivindicar los benefi- nue~os nacionalismos europeos. Las postrimerfas del s i-
cios que esa calidad procura, entre otras cosas en el acce- glo xx, con unas ciencias sociales más que maduras, no.s
so a las cuestiones públicas y a los beneficios eclesiásticos, sorprenden con problemas (Otros nacionalismos, otras cn-
al mismo tiempo que observan casi abiertamente el judaís- sis económicas y políticas) cuyas dimensiones . sin embar-
mo: respetan el sahhat. hacen circuncidar a sus hijos. co- go, diríase que rebasan nuestros paradigmas descrip~iv~s y
men carne los días de abstinencia, recitan las oraciones ju- explicativos. Vamos como a remolque de los acontecl.~~fl.Jen­
días. celebran la Pascua y otras fiestas judías, entierran a tos, que son tantos y tan variados, además, que ~u. ~ Im pl e
sus muertos según las costumbres judías ...• l1 En aquel presentación en los media narcoliz~ nuestra sens l b~ hdad y
caso, fue la [nquisición (cuya génesis en nuestro país tuvo embota nuestra capacidad de reacción. Como ha dicho un
mucho que ver con esta situación, según el historiador) la escritor a propósito del estilo de algunos de nue~r.:0s re-
que acabó con el sincretismo incipiente. Fue en aquella porteros y presentadores televisivos, las peores nouctas, las
ocasión un estado moderno, luego poderoso y entonces que literalmente revuelven las lripas del telees~tador, .se
emergiendo sobre los reinos medievales, el que redefinió nos dan no sólo como ya acontecidas (esto es, ]rremed]a-
fronteras y abortó el inquietante fenómeno. Es hoy un mi- bIes), sino también como ya conmiseradas. 1
núsculo y acosado estado, fruto en este caso de la descom- De la vieja divisa comtiana, orden y progreso, o lo que
posición de otro estado, el que sin embargo recurre a es- es lo mismo, estática y dinámica sociales, hace ya mucho
trategia sospechosamente parecida. que las ciencias sociales consolidadas dejaron de creer en
lo que significaba el progreso; en cuanto al orden. quedan
ya muy atrás y no po~o en entn~dicho tanto I ~ sacrali za-
36.Rérny Ouroan. para LI. MO'lIk 28 de septiembre de ]99~. Apareeido en The ción parsoniana del sistema SOCial co~o .Ia busqueda de
e19 de octubre de ]994. p. 19, con pj titulo .The busni.n dnam oí
GrUl1IJi1l1l lVukly. órdenes más profundos a cargo de los distintos estructura-
• muhi~thnlc future is dyln¡o.
)7. 1988. P. 323.
l. SMcIla Ferlosio. 1992.
102 ANTROPOLocfA POÚTICA EL RETO DE LAS ORGANIZACIONES 103

lismos. La caída del muro de Berlín, la guerra del Golfo y Ante todo querría insistir en un aspecto epistemológico
los horrores de la antigua Yugoslavia, por último, nos han al que sólo he aludido. ¿Están preparadas las ciencias
enfrentado a todos con la vaciedad y fragilidad de estruc- sociales en general para abordar con rigor estos fenóme-
turas que imaginábamos férreas y duraderas o con la palé- nos? Porque lo desconcertante -o lo fascinante, según se
tica inanidad de aquello tan pomposamente Uamado, a mire- es que estamos ante fenómenos cuyos aparentes ca-
principios de nuestra década, nuevo orden que entusiasma- rácter duradero y solidez desmienten los acontecimientos
ba a unos y atemorizaba a otros. de un día para otro. Pensemos, por ejemplo, en el llamado
milagro japonés, esto es la sorprendente recuperación eco-
El peso del tiempo y la globalización nómica de un país derrotado y humillado en la segunda
guerra mundial. Durante los años setenta y ochenta , el mo-
De lo que quiero ocupanne aquí es de realidades que delo ;aponés de producción, las huelgas a la japonesa, el
desafían esa persistente obsesión de los científicos sociales himno canLado al comienzo de la jornada laboral y tantas
por encontrar elementos o estructuras persistentes más otras cosas exóticas constituyeron la envidia y el anhelo de
allá de sus cambiantes apariencias y que, al propio tiempo, muchos empresarios europeos y norteamericanos as! como
ex igen una conceptuación y un lenguaje que hagan posible la desesperación de no menos sindicalistas del viejo y nu e~
expresar el cambio como algo más que mera articulación o va mundo. Se buscaron las claves del mi/agro en la ra!ces
engranaje entre fases estables. históricas de la sociedad japonesa -luego me refetiré a
No descubro ningún secreto si afirmo que, cada vez esto- tal vez sin aventurarse demasiado a averiguar lo que
más, nuestra vida está regida por esos entes completamen- había tras la fachada de los himnos y las voluntarias aUlO-
te artificiales que se Uaman organizaciones --estatales o limitaciones salariales. Tener socios o patrones japoneses
no, laborales, financieras, etc.- y que nos condicionan debió representar para empresarios y trabajadores occi-
mucho más que lo que nos parece inmediato y natural dentales una garantía respaldada por milenios. Por su-
-nuestra familia, nuestros amigos o nuestras creencias-. puesto, también para gobiernos. Sin embargo, a principios
Como tipificadoras que son tanto de la era industrial como de J 994, las cifras del desempleo, aunque ridículas todavía
de la mptura de vínculos del aneie'l régime. las organiza- para estándares europeos, ofrecían una preocupante tasa
ciones, públicas o privadas. han sido objeto de estudio im- de crecimiento. Además, desánimo aparte, vuelve a hablar-
portante para la sociologfa prácticamente desde sus ini- se de una vuelta a un alannante nacionalismo cerril. Por
cios. El nombre de los más importantes sociólogos está último, la falla de imaginación de quienes aquí creíamos
unido de forma ¡ndisociable con el e~1:udio de aJgún tipo de sagaces y llenos de ideas acompaña a la profundidad de la
organización, sea la burocracia estatal, la empresa privada recesión. En palabras muy gráficas de un comentarista
o los partidos políticos. En cambio, los antropólogos. como .. hace ya tiempo que las luces se apagaron, pero los diri-
secuela duradera de una división del trabajo académico gentes del Banco del Japón andan lodavfa estudiando qué
que se perfiló en el siglo pasado, han permanecido casi por ocurrió la última vez que se fue la luz, los burócratas del
completo al margen del interés por estos fenómenos hasta ministerio de comercio e industria internacionales llevan a
fechas relativamen te recientes. Es más, habría que decir cabo un estudio para restablecer la corriente mediante la
que más que los antropólogos se hayan ocupado de estu- paralización de todo el sistema e1éctlico, mientras que el
diar las organizaciones, han sido otros especialistas en ministerio de hacienda se aferra a su ciega idea de que la
ciencias sociales los que Uevan tiempo ya utilizando. con oscuridad es un hecho normal de la vidalO .l
mejor o peor fortuna , instrumentos conceptuales e ideas
del bagaje antropológico al abordar estos temas. 2. Raffeny. 1994.
r •
104 ANTROPOLOGlA POLmCA EL RETO DE LAS ORGAN IZACIOl\'"ES 105

Señalaba antes que los antropólogos habían permane- isla del Pacífico, tal pueblo africano), si es que no fueron
cido durame mucho tiempo al margen de la corriente de °
idealizadas en su mismo aislamiento autosuficiencia, de-
interés de las ciencias sociales por las organizaciones. Algo jaron de serlo hace mucho tiempo. Lo que queda de ese
paradójico. si tenemos en cuenta que la vida del antropó- mundo representa, en palabras de un antropólogo, el bor-
logo. como la de c ualquiera, se desenvuelve en, y también de o el extremo del nuestro, del que llamamos civilizado.
por y para, organizaciones. lo cual. en el menor de los ca- Así las caracteriza Geertz: se trata, dice, «de una amplia va-
sos, debería habemos llevado a interrogamos sobre eUas. riedad de sociedades que viven en la periferia pero no son
Pero, también aludía a esto, la antropología sigue mos- en modo aJguno inmóviles -gentes de las colinas, del de-
trando las huellas de un pasado de dedicación a lo exótico, sierto, de la jungla, isleñOS, urbanos en algunos casos, cam-
a lo foráneo, a lo singular que casa mal con lo cotidiano y pesinos en otros- tratando todos de mantener aJgún tipo
anodino de las rutinas burocráticas, con la despersonaliza- de equilibrio, integridad y contacto con su pasado en me-
ción de una cadena de montaje o con la aridez de la me- dio de cambios a gran escala que ni ellos han iniciado ni
moria anual de un ejercicio bancario. Parece como si estas tampoco les afectan demasiado _. Marginales a los que se
y otras cosas semejantes tuvieran poco que ver con los in- les fabrica desde fuera -a veces, a enorme distancia- una
tereses convenci onales de los antropólogos. Al menos, con pobreza y se les impone un retraso al que a duras penas se
los que dieron un sello distintivo a la disciplina durante resisten.'
muchas décadas.
Porque lo cierto es que aun cuando hace ya mucho
tiempo que la amropología empezó a dirigir su mirada a El papel de las organizaciones
nuestros lares, no ha abandonado del todo los temas y tó-
picos que la hicieron famosa en las islas del Pacífico o en Pero volvamos a nuestro mundo, menos trágico que ése
las tribus africanas. Tampoco parecen haber renunciado pero donde lo condicionado e incompleto de nuestras exis-
por completo los antropólogos a la pretensión de que sus tencias se hace mucho más evidente. Vaya permitirme,
objetos de investigación ofrezcan una suerte de redondel.. para adentrarme en el tema de mi exposición, marcar, pri-
Es decir, la vieja y cada vez más desacreditada idea de que mero, ese gran contraste entre lo tradicional -cuyo polo
las realidades culturales tienen que presentar perfiles deli- extremo representó en su día ese universo primitivo que
mitados que nos permitan estudiarlas en toda su amplitud hoy agoniza en la periferia- y lo mollento, contraste que
gracias a las técnicas del trabajo de campo in silll. Eso sirvió para articular los primeros y más famosos esquemas
constituye, evidentemente, una vana pretensión en socie- de las ciencias sociales. En ese contraste se fundamenta,
dades como la nuestra, donde nuestras vidas y nuestras re- precisamente, la necesidad, racionalidad y superiOridad de
laciones con los demás están como segmentadas en muy las modernas organizaciones. Es la aportación señera de la
diversas y alejadas parcelas (profesionales, familiares, es- sociología al estudio de estos fenómenos. En segundo lu-
parcimientos, etc.), donde nuestras economías domésticas gar, y como complemento más antropológico a ese estudio,
tienen sus resortes últimos en las oscilaciones de los tipos me detendré en la especifiCidad cultural del fenómeno. Por
de interés del Bundesbank y donde la mera supervivencia último, apuntaré a la pOSibilidad y conveniencia de conce-
de pueblos e nleros queda al albur de la crisis del milagro bir estos fenómenos desde esquemas y enfoques más afines
japonés o de la coyuntural baralura de la mano de obra del con el moderno pensamiento científico.
sudeste asiático. El término organización es excesivamente amplio. Ya
Ni que decir liene que aquellas sociedades primitivas
que en su día se tomaron como paradigma de redondez. (tal J Ci«Tu, 1994.
..
106 ANTROPOLOGIA POÚTfCA EL RETO DE LAS ORGANIZACIONES 107

no nos sirve, tan siquiera, para caracterizar uoas determi- aceptable que adoptan algunas corporaciones empresaria-
nadas manifestaciones de la materia, la orgánica. Como les. Lejos de presentarse como antitéticos, linajes y organi-
dice Mono, «todo lo que la antigua fisica concebía como zaciones formales se manifiestan, así, como complementa-
elemento simple es organización. El átomo es organiza- rios. Bien es verdad que los primeros no tienen la profun-
ción; la molécula es organización; el astro es organización: didad genealógica que caracteriza a los grupos de
la vida es organización; la sociedad es organización ».· descendencia en las sociedades primitivas: el dicho popu-
Tal vez la ubicuidad del concepto no revele más que el lar americano, shirtsleeves lo shirtsleeves in three genera-
peso mismo de las organizaciones en nuestras vidas y en tions (algo así como el volver de la nada a la más absoluta
nuestras mentes. Ni que decir tiene que aquf me refiero tan miseria ---que diria Groucho Marx- de abuelos a nietos)
sólo a aquellas form acio nes sociales cuyos fines son cons- refleja la relativamente corta historia de la implicación de
cientes y específicos y están constituidas racionalmente un linaje concreto en la dirección y administración de un
(esto es, para obtener los fines que se proponen). ~ Carne- negocio. Pero no evoquemos romántkas imágenes de em-
tenstica de nuestras sociedades desarrolladas es tanto presas iniciadas épicamente por descamisados a los que, a
la abundancia y variedad de organizaciones que en ellas la larga, terminan sucediendo familiares reducidos a idén-
existen (públicas, privadas, económicas, políticas, deporti- tico estado. Se trala de otra cosa: «el dicho da cuerpo a dos
vas ... ) como la intensidad con la que marcan la vida de los temas de la cultura americana. Admite la pOSibilidad de
individuos. Se es, más que cualquier otra cosa, funcio nario acum ulación ilimitada de riqueza como &uto del indivi-
de taJ cuerpo, obrero de tal empresa o ejecutivo de tal otra dualismo, pero resalta el valor equHibrador de la igualdad
-«soy hombre de X., como dicen estos últimos, para mos- al predecir la fragmentación generacional de la riqueza
trar tanto su fidelidad a la organi zación X como su identi- acumulada».' El linaje, la dinasúa, actúa así como un me-
dad primordial. canismo legitimador o de .domesticaciÓn moral de la ri -
En ello parece que estriba el gran contraste entre so- queza».7
ciedades modernas y tradicionales. Estas últimas se carac- Pese a esos interesantes solapami entos y ropajes c ultu-
terizaban por grupos e instituciones aparentemente espon- rales específicos, no cabe duda de que nuestras reaUdades
táneas: familia, linaje, localidad, gremio. La gran transfor- se alejan del pasado, el de los gremios o el de los linajes.
mación que trajo la primera industrialización no fue tanto Nuestras vidas dependen cada vez más de organizaciones
las de unas herramienlas distintas cuanto una nueva orga- que se nos antojan ajenas y lejanas. De papeles, certifica-
nización del trabajo. dos, pólizas, créditos ... Pero tampoco esas organizaciones
Sin embargo, el fenómeno de las organi zaciones, como son aULOsuficientes. Dependen, ante todo de sus entornos.
todo fenómeno complejo, es reacio a la enconsertación en Porque no pueden crear o producir por sí solas todo lo que
ngidos esquemas, temporales o de cualquier otra índole. necesitan (fundamentalmente, el material humano que las
Elementos tenidos por tradicionales se entremezclan con sirve), y porque su finalidad está dirigida, por definición,
otros conceptuados como signos de la modernidad. Como al exterior: cu.rar, educar, reprimir, producir bienes y ser-
pone de relieve un estudio antropológico sobre las fortunas vicios.8
de ciertas dinastías familiares norleamericanas, el linaje, el Las organizaciones, pues, nos constriñen y limitan,
grupo de descendencia viene a ser la fonna socialmente pero están también constreñidas por sus entornos. Mintz-

4. Morin. 198] . p. 11 5. 6. GeoI1C E. Mam.Ill y PelCr Dobkin Ha.lI. 1992. p . 20.


5. Con a=-gln a la caracterización gcnbica que: de: ellas hace Maynt1_ 1980. I 1. ¡bid" p. 353.
la que sigo en esle: párrafo 'l. en sus lineas generales. mientras no Indique Qtra ~osa.. 8. Maynl2 . ]980. pp. 59 Y $S.
A

108 ANTROPOLOGÍA POLITICA EL RETO DE lAS ORGANIZACIONES 109

berg se refiere, en ese sentido, a tres círculos concéntricos más justa, sino. y sobre todo, más eficaz. Más aún, la posi·
que las rodean , de más difusos y constantes a más especí- bilidad de acceder a los puestos más altos de la adminis-
ficos y pasajeros:~ tración gracias a los méritos, consagra la igualdad de opor-
tunidades, tiene efectos niveladores y hace de nuestras so·
- ante todo, la cullUra de la sociedad de la que fOlman dedarles el remo de la meritocracia.
parte, que impone un estilo alliempo que marca po- No menos conocidos son los reparos a ese estado de co-
sibilidades y límites a las organizaciones (tal puede sas. Al propio Weber no escapó lo que se denomina bura-
ser, tópicamente, la agresividad de frontera de los cratización de la sociedad. Esto es, el desbordamiento de los
ejecutivos americanos o la armonía y cooperación fines que hace que el talante burocrático pennee toda la
de s us colegas japoneses); sociedad y que el funcionario (civil servan! en la expresión
pero esos límites difusos son muchas veces insufi- inglesa) se convierta en el fustigador inmisericorde de
cientes y se hace necesario que esas normas y valo- aquellos a los que tendlÍa que servir. Una viñeta de El Roca
res se concreten en preceptos más formales de tipo --ese surrealista del humor gráfico--- expresa con enorme
legal; brevedad lo mismo que muchos tratados de historia y so·
tampoco éstos bastan para establecer un control de ciologfa de la bW'ocracia: un funcionario, corpulento, so-
las actividades de una organización y son entonces bria y correctamente trajeado, levanta por las solapas al
sectores externos potentes (social y/o económica- pobre ciudadano, peor vestido y asustado, mientras le es-
mente) los que, como grupos de presión latentes o peta: ¿eH qué le puedo servir? 11
como campañas organizadas, tratan de condicionar Los criticas de Weber han ido más allá. Recordemos,
las decisiones de una organización. por ejemplo, las disfunciones de burocracia que estudió
Merton. Con mayor radicalidad, Adorno resalta cómo «el
Como es bien sabido, el intento de explicación más am- ejemplo de las SS muestra hasta qué punto el concepto de
bicioso del avance arrollador de las organizaciones en el racionalidad weberiano, restringido a la relación medios-
mundo contemporáneo fue el de Max Weber. La conocida fines impide el juicio sobre la racionalidad de los me-
equiparación weberiana de modernidad, racionalidad y or- dios».'l En definitiva, que un campo de exterminio nazi po-
ganización burocrática, atribuye el éxito de esta última a dria ser la suprema plasmación de la racionalidad y de la
su superioridad técnica sobre cualquier otro tipo de orga- eficacia. Las últimas cnticas apuntan, e ntre otras cosas, a
nización. lo que los valores estimados en nuestra época (imaginación,
Baste recordar en este punto que e l tipo ideal weberia- intuición, satisfacción a corto plazo, etc.) tienen poco que
no de organización burocrática resal ta las características ver con los del siglo pasado que inspiraron a Weber. u
que marcan el contraste entre el Estado moderno y otras
formas de dominación. Es decir, la impersonalidad (que
garantiza la objetividad), la jerarqufa (que amortigua las Organizaciones y cultura
fricciones), el registro escrito (que garantiza la publicidad),
el acceso a los puestos mediante estrictas regulaciones, etc. Aludía antes al papel de la cultura. Los fen ómenos de
Todo ello hace de la burocracia no sólo una organización parentesco, señalaba al mencionar el caso americano, pue-
den actuar como presemaciones aceptables de la cruda
9. Minlzberg. 1992. pp. 57 y S$.
10. Aparte de la caracleri¿¡lci6n del propio Max Webe~, 1964, son ,"speciaJmen· ]]. Diario/ó.6demayode1992.
te Inleresanles al respe<;IO 10$ a.nálisis de Rei nhart Bendlx, 1969. pp. 423 Y s.~ .. Y ]2. Adorno. 1991, p. 95.
TheodorAdomo.I991.pp.9J.1]3. ]3. V~. por ejemplo. Jesós de Miguel. 1990. pp. 72 Y ss.
w

110 ANTROPOLOGiA POúnCA EL RETO DE u,s ORGANIZACIONES 111

realidad económica empresarial. Pero esa relativa diferen- nea , los lazos de los individuos con sus leaJtades primarias
ciación de esferas - parentesco y finanzas- puede ser mu- se cortan en beneficio de la nueva colectividad en la que se
cho más tenue en otros ámbitos culturales. Así parece des- sumergen aquéllos. La nueva cultura -la de la nación-
prenderse, por ejemplo. de un estudio sobre la alta bur- se hace visible y objeto de culto.·· Pero la necesidad de ac-
guesía empresarial catalana. La peculiaridad del fenómeno tivar, simbólicamente y casi dfa a dfa, la solidaridad del
puede resaltarse con las palabras de su autor: _Los catala- conjunto pone de manifiesto la fragilidad de la misma. Ya
nes siguieron, en relación al Estado, una trayectoria hasta la división del trabajo --como vio Durkheim y recuerda
cierto punto independjente. El resultado fue la creación de Morgan- conlleva un proceso de desintegración o parce-
una industria familiar que subsu mía los valores tradicio- lación sociaJ que requiere otro de reconstrucción. Paralelo
naJes catalanes y basaba la cohesión de la elite en los lazos y complementario, pues, al plebiscito COTidiano que la na-
del parentesco [... ] De igual modo que la familia. la orga- ción emraña, las' organizaciones crean nuevas solldarida-
nización del capi tal también ha formado parte de la iden- des, como antes se resaltaba. Ahora bien, lo peculiar de es-
tidad ideológica de Cataluña.»H Pero esto pertenece ya a tas últimas -y 10 novedoso del fenómeno- es que sus per-
otra época: nuevas coyunturas de la economía mundial file s traspasan las fronteras nacionales y crea n subculturas
--el proceso general de globalización, la entrada de Espa- cuyos asentamientos territoriales carecen de contigüidad.
ña en el Mercado Común en la pasada década- han tras- Los ejecutivos de las multinacionales procedentes de países
tocado el panorama y han contribuido a la disociación ac- distintos comparten, probablemente, valores y formas de
tual de empresas y familias y al debilitamiento de estas úl· vida en mucha mayor medida que lo hace n con los obreros
timas en las esferas económica y política. de las mis mas firmas. También se podría decir a lgo pareci·
La breve ilustración, creo, pone de relieve el papel de do de los profesores universitarios de diversa procedencia,
culturas específicas en la configuración de las organizacio- de los deportistas profesionales, de los divos ... Los contac-
nes empresariales; también, el carácter temporal de estos tos, regulares o periódicos, parecen ser requisito de esta
fenómenos. Una síntesis útil sobre uno y otro aspectos es suerte de subculturas transnacionales. El fenómeno, pues,
la que nos ofrece G. Morgan. ls Destaca este autor cuatro afecta de manera completamente diferente a los diferentes
vertientes o facetas del conjunto en el que aparecen imbri- sectores de una misma organización empresarial: en un ex·
cadas cultura y organización: 1) impacto en la cultura de tremo, los altos ejecutivos y en el otro los trabajadores ma-
los fenómenos organizativos; 2) incidencia de la diversidad nuales. La facilidad con la que una multinacionaJ desman-
cultural en los modelos de organización; 3) la organización tela sus fábricas en un país y se instala en otro a miles de
misma como forma de c ultura y 4) equiparación entre uno kilómetros, donde las organizaciones s indicales son débiles
y otro fenómeno en tanto que ambos son configuradores o inexistentes, los sistemas de segu,r idad social poco o nada
gravosos y la represión politica eficaz, muestra cómo la
de realidades sociales. Utilizaré en lo que sigue bastante de
gestión de capitales saca buen provecho de la existe ncia o
cerca el esquema de Margan.
inexistencia de tales SUbcUltLU'3S.
2. A la otra cara de la moneda - la incidencia de la
1. Siguiendo la idea de Renan al definir la nación
variedad cultural en los modelos de organi zación- se ha
como plebiscito cotidiano y su creación como fruto del ol-
aludido varias veces. Las altas burguesfa s empresariales de
vido , Gellner ha subrayado cómo, en la era contemporá-
las sociedades más desarrolladas se asemejan entre ellas en
muchos aspectos. Pero no menos importantes o significa ti·
1_. McDollOih. 1989, p 108
15. G. Mor¡ao. 19116. pp. 11 1· 140. lu alusiones que .., ha=n a e$le autor tn lo
que sigut se reflt:kn a est .. libro y a _ pliginas.. 16, GcUner. 1989, pp. 17 Y ss..

112 A."ITROPOLOG1A POLÍTICA EL RETO DE LAS ORGANIZACIONES 113

vas son las diferencias en el modo en que sus miembros borales: la diferencia estriba en que los japoneses parecen
utilizan los recursos que sus respectivas culturas ofrecen te ner una mayor capacidad de aguante en esos terrenos.
para establecer o consolidar barreras de clase.!l Pero el modelo japonés encubre en realidad otras cosas.
¿En qué medida pueden explicar las especificidades Entre otras , una menor seguridad en el empleo de lo que
culturales el desarrollo capitalista de unas sociedades, el se supone (con una gran flexibilidad debida al empleo
estancamiento económico de otras o el auge de la raciona- eventual, a la baja edad de jubilación y, sobre todo, a la no-
lidad burocrática en el ámbito europeo y contemporáneo? table precariedad del empleo femenino) y fuertes restric-
El simple enunciado de cualquiera de estos temas evoca de ciones a la acción sindical. En suma, los tópicos conocidos
nuevo el nombre de Weber y el de sus criticos. En nuestro sólo se aplican a un sector de la empresa (personal muy es-
contexto temporal más próximo, recuerda Margan, el «mi- table e integrado y, por tanto, satisfecho) y sirven para su-
lagro japonés», de una parte, y el auge de los productores blimar el trabajo en cadena. l9
árabes de petróleo a raíz de la crisis energética de princi- En contraste, el Reino Unido, como resalta Margan, pa-
pios de los setenta han puesto el problema sobre el tapete. rece como si hubiera perpetuado en sus relaciones labora-
Lo segundo, de manera práctica, porque ha llevado a los les los antiguos antagonismos de una sociedad profunda-
empresarios europeos y americanos a enfrentarse con mente dividida en la era preindustrial. Del mismo modo, y
usos, horarios y de todo tipo, desconcertantes en el mundo en el terreno de la organización burocrática, se han busca-
convencional de los negocios. Lo primero, desde un punto do raíces en el pasado francés de monarquía absoluta para
de vista más teórico, porque ha venido a trastocar las ideas explicar que la larga tradición de administración centrali-
vigentes sobre desarrollo económico. A diferencia del capi- zada y autoritaria «ofrece a la sociedad francesa el único
talismo occidental -británico, concretamente- el modelo modelo eficaz capaz de responder a dos exigencias contra-
japonés se estima basado en la cooperación y no en el con- dictorias: garantizar la independencia de los individuos y
flicto de capital y trabajo. asegurar la racionalidad y el éxito de la acción colectiva».2u
Con arreglo a la hipótesis del especialista en temas ja- Sin embargo, en cada caso hay que desconfiar de con-
poneses, el australiano Murray Sayle, l S tal modelo hunde sideraciones atemporales . Recordemos que la proverbial
sus raíces en el pasado nipón. La solidaridad de los distin- combatividad de los sindicatos británicos quedó seriamen-
tos sectores de las industrias japonesas combina, según te en entredicho tras sus confrontaciones con la dama de
este autor, los valores culturales tradicionales de los culti- hierro; por su parte, el fenómeno burocrático francés co-
vadores de arroz y del espíritu de servicio de los samillai. menzó a experimentar una profunda crisis y transforma-
En el antiguo Japón, en un marco ecológico de recursos es- ción a partir de los años sesenta. l 1
casos y resultados azarosos, los campesinos se veían forza- Por lo que respecta a nuestro país, la aparente rigidez
dos a trabajar en equipo; en cuanto a los samurai, depen- billocrática ha ido acompañada (por fortuna , muchas ve-
dian de aquéllos para su propia existencia y, como contra- ces) de una estructura paralela de amistad, sobre la que Ju-
partida, actuaban como sus protectores y defensores . En lian Pitt-Rivers escribió algunas páginas realmente agu-
suma, la relación campesinos-samurai encuentra su corre- das .22 Hay, no cabe duda, continuidades. Una de ellas espe-
lato y su continuidad en la actual relación entre obreros y cialmente significativa es el hecho de que los funcionarios
patronos. Ello no obsta para que existan otros aspectos
más detestables o menos annoniosos en las relaciones la- 19. Gannend..ia, 1990, pp . 54-58.
20. Crozier, 1963 , pp . 288-289.
17. Véase, por ejemplo . el estudio compara lÍvo de Lamom. 1992, especialmen· 21. Crozier . pp. 367 Y ss.
te pp. 129 Y ss. 22. En el senl ido que la interpret .. MuriUo. 1963. cn el capItulo dedicado a la
18. Apud Ma rgan , ibid. burocracia; vid . el propio Pill·Rivers, 1971, cspcdalmcnte pp. 154 Y ss.
114 ANTROPOLOGíA POLmeA EL RETO DE LAS ORGANIZACIONES 115

se hayan considerado, ante todo. miembros de un cuerpo de especial interés desde un punto de vista antropológico.
-y, de aM, seguros en sus puestos como en pocos paIses- Se refiere al modo en que las distintas corporaciones em-
antes que servidores del Estado. Tradición esta que desco- presariales representan d istintos estilos, sistemas de valo-
noce cambios de régimen polflico e incluso cambio de res, ideoJogfas ... Algo que recuerda sin duda la caracteriza-
siglo. u ción en culturas y subculturas que los antropólogos hicie-
En otros terrenos, el de la empresa pdvada, contrasta, ron tiempo ha de los distintos pueblos a lo largo y ancho
en cambio, la falta de tradición de instituciones financieras del mundo. Una organización se basa en una ideología, es
a lo largo de nuestra historia con el absoluto predominio de decir, un sistema de creencias compartidas por sus miem-
las mismas en la actualidad. De lo primero da cuenta el clá- bros y que la distinguen de otras organizaciones. Fenóme-
sico y magnífico estudio de earande. l ' earande resalta. pese nos familiares a los antropólogos como la fOlja de tradi-
a tratarse de época de flujo de riquezas americanas hacia ciones diferenciadas o la identificación de los miembros
España, oc ia mala suerte de los bancos, pues, aunque reto- con sus respectivas organizaciones acompañan a esos sus-
ñaran, vivían poco_.u Aparte de las razones coyunturales y tratos ideológicos. n Eso de cara fundamentalmente hacia
estructurales que el historiador tiene en cuenta, apunta a el exterior; hacia su interiOl~ la organización acalla indivi-
otras de signo claramente cultural que marcan el contraste dualidades, ensalza lealtades y hace difícilmente imagina-
con lo que ocunia en otros lugares: tela racionalización del ble o penosa a sus miembros la opción de la salida o aban-
comportamiento, el cálculo fria, el espíritu de lucro, que se dono de la corporación. Dicho de otro modo. la ideología
agudizan ya ames de rayar la Edad Moderna, no lograron genera una suerte de naturalidad en los miembros de la or-
aquí frutos tan generalizados como en otros pueblos ... Bien ganización, análoga al modo en que uno se siente andaluz,
emendido que no se trata de que el español, contra estereo- gallego, francés o español frente a quienes son o se sienten
tipos al uso, rehusara el trabajo; más bien que el «concepto cualquier otra cosa equivalente. De manera semejante, esa
del mismo no se atenía a cálculos económicos».16 De la si- cultura se sustenta en mitos de origen, se desarrolla me-
tuación actual, por el contrario, se nos asegura que en las diante tradiciones y se refuerza cuando logra que los nue-
instituciones financieras está, junto con el papel del Estado vos miembros se identifiquen con la organización, sus va-
y el de la inversión extranjera, . el origen y desarrollo de la lores y sus creencias.
trama empresarial espafiola., con poquísimas excepcio- Ni que decir tiene que esos estilos y esas creencias, esa
nes. 27 Rasgo específico de nuestra banca no ha sido, en cultura, tratan de presentarse como peculiares o diferentes
cualquier caso, tanto su potencia económica respecto a las (esto es, mejores) en un mundo que hipervalora la compe-
de otros países cuanto la ostentación de que han hecho gala tencia y el triunfo de los más aptos. La bibliografía ameri-
sus sedes centrales. Ya en nuestro siglo, un observador iró- cana sobre culturas empresariales -y sobre estilos de or-
nico, Trotski, las equiparó con te templos de una suntuosidad ganización, en general- va siendo abrumadora. Se nos
aplastante .. , y resaltó el contraste con la austeridad del edi- ofrecen en ella ejemplos para todos los gustos: compañías
ficio que albergaba el parlamento.la en las que impera la camaradería frente a otras donde el
3. El tercer aspecto de los mencionados más atrás es parecido con un reinado del terror no resulta excesivo.
También conocemos tradiciones y rituales diferenciados.
23. Beltrán. 1994. Se analizan, asimismo, las subculturas que la organización
24. ClU'llnde. 1987. alumbra: distintos sectores de la producción o de la ges-
25. lbid. , vol. 1. p. JOS. tión, diferentes ópticas que articulan, a su vez, nivele ..di--;:-..
26. lbid., pp. 160 Y 161 . .. ~'t;';-"'"
27. Gonz4l« Urbanejil, 1993, p.131 .
-*"'- ~
28. Trorski , 1975, pp. 22, 23 Y 60. 29. Mintzbcorg, 1992, pp. 181 Y55. o.:
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116 ANTROPOLOGíA POLmeA EL RETO DE. LAS ORGANIZACIONES 117

ferentes de integración y participación. Por contraste, es tros usos (en el vestir, en el beber, en el viajar o en 10 que
muy parca la literatura espafiola sobre estos lemas. El auge sea) no se limita a cuestiones más o menos intrascenden-
de los bancos y de los banqueros (unido a algunos escán- tes. La tan trafda y llevada globalización afecta a niveles
dalos sonados) está permitiendo que algunas publicaciones mucho más prorundos de nuestra existencia.
-entre el periodismo de urgencia y la reflexión socioeco-
nómica- nos permitan vislumbrar fenómenos semejantes
en nuestro país: estilos empresariales, sagas de banqueros, Para seguir
historias ejemplares de vidas y liturgias de los consejos de
administración o de las juntas de accionistas. Me parece que en una colección de ensayos de antro-
Todo esto puede resultar muy atractivo para el antro- pología política no podia faltar el esbozo, al menos, de un
pólogo. Pero se con-e el riesgo en el que suelen caer con tema de tanta enjundia como el del rol de las organizacio-
frecuencia ciertas ópticas antropológicas dadas a deslum- nes en nuestros días. Su fuer za o su poder, como en el caso
brarse con lo aparentemente peculiar o lo llamativamente de otros fenómenos , específicamente políticos o no, est.dba
exótico de nuestro entorno. No está de más olvidar, sin em- no ya ---o no sólo- en cómo condicionan nuestras vidas,
bargo, que las planas mayores de las corporaciones empre- sino en cómo crean o transforman nuestra propia percep-
sariales pueden estar muy interesadas en que los elemen- ción del mundo que nos rodea. Lo que nos plantean estos
tos secundarios de la organización o las audiencias de ac- fenómenos es, ante todo y sobre todo, un desafío intelec-
cionistas centren su atención en tales elementos. Y un tual. ¿Cómo abordar estas nuevas realidades, configurado-
exceso de luces y farándulas sin'e no pocas veces para en- ras de la cultura de nuestro tiempo? Señalaba al principio
sombrecer algo mucho más importante a 10 que deberia- que las ciencias sociales nacientes, enfrentadas con una si-
mos preslar atención. tuación igualmente retadora, articularon esquemas válidos
4. Esto nos lleva a la última de las facetas antes enun- en su momento pero que hoy serian insuficientes. JI Como
ciadas. Menos llamativas que lo anterior son las reglas tá- nos recuerda Dana Zohal', la física newtoniana inspiró co-
citas, todo lo implícito que se origina en el proceso de in- rrientes y filosofías tan diversas como las de Hobbes y
teracción que una organización conlleva. Lo que llamamos Stuan Mill , Locke y los disti ntos reduccionismos (ma rxis-
cultura, sabemos hoy, no es un mero producto que se ma- ta, dan\.. inista o freudiano), la {(sica social de Comte O la
nifiesta en estilos, rituales, tradiciones o genealogías, sino teoría del libre mercado de Adam Smith. ll Y, a la búsqueda
que es -y de modo fundamental- algo que produce reali- de un nuevo pensamiento y lenguaje sobre el cambio, Zo-
dad social. lO Es ese proceso no langible de dar sentido a lo har propone la revolución científica de nuestro siglo. in-
que hacemos, juzgamos o percibimos. Fenómeno este que cluye ésta elementos de variada procedencia: leoría de la
no se limita , claro está, a los miembros de una determina- relatividad, mecánica cuántica y teoría del caos y de la
da organización , sino que nos afectan a todos. A través de complejidad. Por diferentes, e incluso contrarias, que sean.
los media, nuestros deseos y nuestras posibilidades mismas todas comparten un paradigma común. Paradigma que re-
se moldean en centros de gestión de los que, probable- sal ta la importancia creativa de lo indeterminado y de lo
mente, no tenemos noticia siquiera. Sin duda, también impredictible. La incertidumbre que propugna, permite que
nuestros gustos, las nociones de 10 bello y de lo bueno y la quepa esperar la apadción constante de formas nuevas
percepción de la realidad que nos rodea. Cuando acorda-
mos, nos damos cuenta de que esa configuración de nues- 31. Entre otraS muchas T1IWn<$. porque 105 esquemas temporales de la ciencia
clásica. a los que aqutll05 se aJusulban pugnan con 105 de la ciencia actual: vid. Prl·
gogine. 1992 y 1993.
30. Como pone de ",lleve Sackman. 1991. pp. 33 y <s. 32. 1m.
,

11 8 ANTROPOLOGÍA POlmeA

que se autoorganizan. Tanto la física cuántica como la no-


ción de complejidad hacen hincapié en la multiplicidad y
recalcan la posibilidad -y la necesidad- de un pensa-
miento que admita la conlradicción aparente. En la leona
imperante de la luz -frenle a la clásica- ésta es lanto on-
das como partículas. Del mismo modo, las cosas pueden
estar aquÍ y allí, o desarrollarse ahora y entonCes. La vieja
dicotomía objeto/sujeto (cartesiana y racionalista) debe re-
emplazarse por otra querida -al menos, programática- COMUNIDAD RURAL Y ESTADO
mente- por los antropólogos, la observaciór¡ participame.
La vieja objetividad va viéndose reemplazada por la verdad
siruacional o comprometida. La rotundidad de la distinción Voy a enfrentarme aquí a lo que parece ser una idea
hecho/valor se borra o se difumina. persistente en nuestra cultura. idea gratificante o consola-
Palabras apasionantes y marcos conceptuales promete- dora él veces; inquietante otras muchas. La tal idea, o quién
dores, pero, sin duda, difíciles de llevar a la práctica. En sabe si creencia ya, es que tras o debajo de nuestras artifi·
todo caso, arrojan alguna luz; bastante más que la obse· ciosas convenciones sociales hay un telón o un sustrato
s ión de cierto posmodemismo por la pura y simple vuella que a todos los humanos nos concierne y nos unifi ca. Te-
a la premodemjdad. Nos pueden servir, cuando menos, lón o sustrato humano o animal , según los gustos. Como lo
para emender cómo nueslro mundo, regido por organiza· uno o lo otro puede confortarnos si consideramos que,
ciones que nos hacen simples piezas de un enorme rompe· despojados de nuestros artificios, somos tan libres como
cabezas, pennite e incluso aüenta la individualidad. Tal los pájaros o los samoanos. Pero también lo contrario
vez, al igual que la luz, podamos ser ondas pero también cuando cavilamos que, tras la tenue capa de la civilización,
particulas. lo único que hay es pura agresividad reptiliana o de cual·
quier otro antepasado filogenéti co.
Ni que decir tiene que a esa idea responde y a ella ha
contribuido la antropológica oposición entre naturaleza y
cultura, distingo artificioso por demás. Pero, optimista o
pesimista, también se vislumbra en concepciones más ve-
tustas y tan disímiles entre sí como la temida condición na-
tural hobbesiana, el buen salvaje de los ilustrados, las uro-
pfas sociales del siglo XIX, el inconsciente freudiano o la
agresividad tan resaltada por Konrad Lorenz y los etó·
lagos.
Nada tiene, pues, de extraño, que la investigación de los
antropólogos, la práctica etnográfica, se guíe por esquemas
mentales como ésos. Aqui y fuera de aquí. Así, en las so-
ciedades exóticas se ha creído encomrar una casi perfecta
simbios is -material y simbólica- de los modos de vida y
de las instituciones con el medio ambiente, tomado como
con trapunto natural. O, desde arras perspectivas, se ha re-
í
120 ANTROPOLOGtA POlmCA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 121

saltado cómo en esos mundos primitivos la cultura moldea El mundo rural y las comunidades campesinas
la personalidad de los individuos violentando menos que
aquí, entre nosotros, la naturaleza humana. Además, esa ¿Cuántas veces oímos hace veintitantos años que habfa
I que estudiar la vida de nuestros pueblos antes de que de-
simbiosis y ese equilibrio armónico s610 parece alterarse
por el dominio y explotación colonial o, simplemente, por saparecieran? Si no físicamente. sr sus inmemoriales cos-
el influjo de usos y modos occidentales. tumbres, artesarua, tradiciones festivas y tantas y tantas
En nuestras propias sociedades, los equivalentes de pri- cosas entrañables. Qué duda cabe que esa búsqueda de lo
mitivos y exóticos han sido durante mucho tiempo -tal que parecfa ya evanescente respondía a una comprensible
vez lo sigan siendo para no pocos antrop61ogos- las co- preocupación, alimentada por la específica coyuntura de
munidades rurales y campesinas. Cuando menos, las se- aqueUos sesenta. En muy pocos años. los movimientos mi-
gundas se han venido a considerar la prolongación de los gratorios habían despoblado casi el agro, al tiempo que,
primeros. Y también en eUas se han buscado los mjsmos ti- gracias sobre todo a la cada vez más omnipresente televi-
pos de equilibrios y simbiosis. Equilibrios y simbiosis sión, campo y ciudad se homogeneizaban a ritmo vertigi-
igualmente alterados por la injerencia de aquello que se noso. Del antropólogo se esperaba, probablemente, que re-
presume ajeno o extra.ño: el estado, en este caso. La iden· cogiera W1 legado que nadie en tonces -al menos, no sus
tificación es aún mayor si pensamos que en ambos casos, legítimos legatarios- parecía tener el menor interés en
en el de los primjtivos como en el de los campesinos, las conservar.
cosas se presentan como si naturaleza y cultura fueran pie- Por otra parte, el campo, el mundo campesino, se ofre-
zas de un juego atemporal que s610 la historia perturba. cía ante no pocos como eslabón entre lo primitivo o es-
Nuestra época, por contra, ha conocido un importante pontáneo y lo urbano o sofisticado. Si uno no poella (por
giro conceptual en este orden de cosas. De tal calibre, que las razones que fuesen y que aquí eran claramente de fi-
lo que antes se entendía como externo o distorsionador ha nanciación) acercarse al primero, intentaba cuando menos
venido a considerarse como configurador de las realidades alejarse del segundo sumergiéndose en lo rural. Que, dicho
que hoy conocemos, sean primitivas o campesinas. A ex- sea de paso, para ser antropológicamente interesante, de-
poner algunas de las lineas generales de ese proceso inte- bfa ser lo más aislado y peculiar posible.
lectual quiero dedicar lo que sigue. Para ello, me ocuparé, Había razones de peso para que se produjera esa equi-
en primer lugar, de las razones que nos llevaron a bastan- paración entre primitivos y campesinos. De W1 lado, ya en
tes a estudiar nuestros ámbitos ruraJes. Después, del cam- el siglo XIX, cuando se gesta lo que luego será antropología
bio de perspectivas a que acabo de hacer referencia. Por úl- cultural o social, los intereses de los investigadores se ha-
timo, de cómo hay que cuestionar seriamente esa idea bían volcado por igual hacia lo rural inmediato y lo primi-
--entrañable. romántica o pavorosa, según se mire--- a que tivo alejado; más, sin duda, en el mundo germánico que en
aludía al principio. Dicho de otro modo, tenemos que em-
el anglosajón. 1 Campesinos y primitivos ocuparlan. ade-
pezar a creernos eso que tanto decimos, esto es, que nues-
más, un lugar importante en la elaboración de los esque-
tras rea.lidades están social y políticamente construidas. No
mas de los evolucionistas: los primeros como muestra vi-
cabe, pues, un salto en el vacío a ese estado de naturaleza
viente de un pasado cercano; los segundos, como vivo
que, como ya sospechaba el propio Rousseau, probable-
mente no ha exislido, ni existe ya, ni tal vez llegue nunca a ejemplo de un remoto pretérito.:
existir. Y detrás de nuestros usos y convenciones 10 que sí
se detecta son humanas realidades, cultural e histórica- l. Vid. Alvin W. Gouldnt'r, 1973. pp. 330-331.
mente circunscritas. 2. Carlos Gimbtez Rornt't'O. 1990.

122 ANTR.oPOLOGIA poLlnCA. COMUl\'lDAD RURAL V ESTADO 123

Por otra parte, en la división del trabajo académico que mento del tiempo. Problema este que entronca claramente
conJle...-ó la especialización en las ciencias sociaJes. tanto con los prejuicios antihistoricistas de los variados fundo-
las sociedades exóticas como el mundo rural venIan a su· nalismos. pero al que no fueron ajenos tampoco los ata-
poner el reverso del mundo civilizado. Para lo bueno como ques boasianos al e\'olucionismo.
para lo malo. Se daba asf cuerpo a viejas antítesis caras al Las primeras conceptuaciones antropológicas acerca
pensamiento occidental, revitalizadas gracias a los esque· del campesinado en esta segunda época muestran las hue-
mas sociológicos y antropológicos de la época contempo- llas de su ambigua posición. Entiéndase: no tanto la de los
ránea_ Esto es, Jo ágrafo o analfabeto frente a lo escrito; lo propios campesinos cuanto la de sus estudiosos. Así, por
religioso o ritualista frente a lo artificioso ... Ni que decir poner un ejemplo temprano y raro en la primera mitad de
tiene quién ocupaba cada extremo de la antítesis. nuestro siglo, la postura de Alfred L. Kroeber en su An-
No obstante, la antropología se consolidó en los ámbi. tJrrop%gy.J AllI aparece el campesinado como esa especie
lOS universitarios de Europa y de Norteamérica, ya en este de eslabón perdido entre lo primitivo y lo actual a que )'0.
siglo. con evidente alejamiento de los temas campesinos. he aludjdo. Kroeber establece una dicotomía muy del gus-
Institucionalizada como práctica investigadora el trabajo la de la época entre lo {o/k (IUraJ o tribal) y lo urbano, si-
de campo sobre el terreno, éste se pediló desde el pri nci- tuando a los campesinos en un lugar intermedio. Como las
pio como inevitable salida de las propias &unteras y como sociedades tribales, venia a decir este autor, los campesinos
alejamiento muy acentuado del propio mundo cultural. conservan un gran sentimiento de identidad, de integra-
Sólo donde el exotismo se haUaba al alcance de la mano. la ción y de vinculación a la tierra y a sus rituales; pero, a di-
primera de esas exigencias dejaba a veces de serlo. Entién- ferencia de aquéllas, las comunidades campesinas consti-
dase. en Estados Unidos y. bajo su inspiración, en la an- tuyen segmentos de sociedades más amplias, a las cuales
tropolog(a latinoamericana. En este último caso, además, se vinculan fundamentalmente a través de los mercados.
las distinciones entre campesinado y primitivismo resulta- No son, por tanto, ni totalmente autosuficientes, ni están
ban más que sutiles. aisladas por completo, ni gozan de plena autonom(a. Son,
Fue sobre todo a partir de la segunda guerra mundial precisaba Kroeber, sociedades parciales con culturas par-
cuando se reanudó el interés antropológico por el campe- ciales (parr-socielies with part-cultures).
sinado. Pero el paradjgma primitivista o exótico se habra Podrla afirmarse, en general. que los primeros estudios
enseftoreado ya de la anlropología. Y eUo con tres conse- sobre campesinado optaron por destacar lo que las comu-
cuencias. Primera. se privilegiaban unos detenninados nidades campesinas teo(an presuntamente de tribales. Tal
campos de estudio especialmente féniles en sociedades fue el caso de Roben Reclfield. RedAeld concibió lo cam-
otras. tales como el parentesco y la religión. y conviene re- pesino de forma muy parecida a la de Kroeber (sobre todo
cordar que éstos eran precisamente los temas preferidos en The Folk Culture o{Yuko.tan -1941- pero también en
desde la gestación misma de la antropología para marcar obras posteriores). La sociedad campesina venía a ser, en
el contraste, el negativo, que el mundo primitivo suponía su planteamiento, un tipo intennedio entre la tribu aislada
respecto al civilizado. Segunda, las unidades de estudio se y la ciudad; pero, a la larga, en su caracterización general
conceptuaban como illstllares. cercenadas de contactos con pesa bastante más el estereotipo tribal que las relaciones
el mundo exterior o estimando los mismos como irrele- que los campesinos mantienen con el exterior: Según Red-
vantes. Sin lugar a dudas, la máxima responsable en este field, las cuatro características básicas de toda comunidad
sentido fue la antropología funcionalista británica de en-
treguerras. Tercera, ausencia de dimensiones temporales e,
incluso. una especie de entronización del espacio en delri- ce. 1 AnlhrllflOloc.o' 11: Cu1tun. l'4Unru: CNII"rocusa. Nueva yon, HU'IXIUM. Bn!.
wllrid. t941. pP. S8 Yu.
124 ANTROPOLOClA POlÍTICA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 125

campesina son: autosu6ciencia en el abastecimiento, ta- munidades; tal \'ez, de sus desafortunadas experiencias al
maño reducido, homogeneidad y especificidad,' Lo malo es relacionarse con y ser explotados por su enlomo.
que ninguna de esas caracteristicas pueden generalizarse: Qu.ién sabe si esas generalizaciones o, más bien, extra-
todas lo son en lénnlnos puramente relativos, de mayor o polaciones de los antropólogos DO obedecían a inconfesa·
menor grado de en una escala o cmilinuum. das o inconfesables tentativas de dotar de fijeza atemporal
Esa casi tOLal identificación campesinado-Lribus refleja lo que a ojos vistas se desvanecía. Esto es, el mundo cam-
un problema de mayor envergadura. De hecho, lo que es- pesino o tradicional. De mí mismo puedo decir que lo que
taba sucediendo es que la 3nlrOpología ---como puso de re- me hizo enfrentarme pronto con estas o parecidas ideas
lieve Godelicr s_ se confinaba a sí misma a dos conjuntos fueron dos órdenes de consideraciones. De una parte, mi
de matcliales desechados por los historiadores; esto es, zo- propia experiencia; de otra, el re[or.tamiento de ciertos re-
nas colonizadas y zonas rurales del mundo occidental. De chazos pel"Sonales a aceptar aquelJas ideas que a muchos
nuevo nos lopamos con esa identificación en el plano de la nos proporcionó lo que ya se cocía en antropología.
atemporalidad o, como mucho, en el del acontecer cíclico He aludido a mi experiencia en el terreno etnográfico.
y repetitivo (el tiempo tribal por excelencia, el oecological Me refiero a la que ha tenido que ver con el mundo cam·
time del soberbio análisis de Evans-Pritchard acerca de la pesino y no a otras vías en las que ando metido en estos úl-
famosa tribu nilótica de los nuer). Pero historia había y, en timos tiempos. A realidades campesinas me he acercado,
muchos casos, [uenlcs documentales también. Lo demos. primero, en la provincia de Granada: más tarde, en las co-
tro, a principios de los cincuenla. Leach en su no menos marcas de Las Hurdes y de La Cabrera o Las Cabreras, ca-
famoso estudio de los tribeños kachin de las altiplanicies cereña la una y leonesa la otra.
de Binnania. Curiosamente, por la misma época en que De lo que para mí supuso el pueblo granadino de Güé-
otros anuupólogos iniciaban el estudio de zonas rurales jar-Sierra me gustarla resaltar algo que probablemente s610
europeas si n apenas hacer uso de la rica documentación los afias le hacen a uno ver con más claridad. Los finales
que, a no dudarlo, tenlan a su aJcance. y el requerimiento sesenta --que [ue cuando entré en contacto con el pueblo
de la dimensión histórica en el análisis de las comunidades serrano-- fueron, como es bien sabido, años de expansión
campesinas no es mero pnuiro de erudición. Muchas de económica en Espafia en los que el agro, y muy concreta-
las actividades, muchos de los componamientos, vaJores. mente el agro andaluz, no se nevó la mejor parte que diga·
etcétera, que Uegaron a ocupar un lugar destacado en una mas. Lo que se ofrecía ante los ojos de c ualquiera de no.
pretendida cuhura campesina -universaJ o regional- son souus invitaba a arrinconar de una vez por todas las hipó·
resultado de relaciones con el mundo exterior que cuentan tesis eufuncionalistas que ya rechazábamos de boquilla.
con una historia más o menos corta o larga. El amoral fa. pero que seguían impregnando las monograf1as que admi-
milism que estudió Banfield en el Messogiomo italiano, O rábamos como modelos de buen hacer etnográfico. Desde
la friendship stmclUre que anaJizó Pitt·Rivers en Andalucía, la perspectiva de la gente que me tocó estudiar, más que
o la imagen del bien [imitado que atribuyó Foster en gene. época de cambio parecía aquélla un tiempo de saldo y li-
ral a los campesinos de aquf y de alJá no son estigmas in. quidación. Día a día se abandonaban labrantíos o se supo·
delebles de lo campesino. Si a algo. probablemente res- mían fiestas tradicionales sin que apenas nadie pareciera
ponden a rafees detectables en la historia de concretas ca- lamentarse de una u otra cosa. Una gran parte de la po-
blación tenia puestas sus miras en Cataluña. Suiza o Ale.
". 1M ~rlk Comnm ..,(\,. Crucago. AldJl'lC!. 1955, p. 4 mania. El presente allf, en el pueblo, era irrelevante y su lu-
S, hltmpoklpl Y «otlomLt, &rcelona. Anagrama. 1976. p. 392. gar estaba ocupado por un impreciso. ne buloso pasado y
126 ANTROPOLOGiA POUTlCA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 127

por un futuro casi inevitable en cualesquiera de esas Lie- rídica que esos bienes habían adquirido (como respuesta a
rras, tan idealizadas como el pasado remoto. los peligros de la desamortización y temida venta de los
Lo interesante del caso es que ese pasado, que uno mismos) hizo posible una ampliación de la roturación en
imaginaria atemporalizado por así decirlo, tenía fechas. Y, terrenos a lejados de los núcleos de hábitat permanente.
más aún, las causas remOlas de los conflictos del hoy se si- Más recientemente, la norteamericana Ruth Sehar ha des-
tuaban también fuera de l pueblo. Me explico muy breve- crito consecuencias semejantes de idéntica coyuntura his-
mente. En la época de mi trabajo de campo (e, igualmen- tórica. En su estudio sobre un pueblo de la provincia de
te, desde hada ya algunos años y. por Jo que he podido sa- León, escribe a este respecto: «En una época en que (los
ber, bastantes años después de mi expedencia etnográfica) pueblos) necesitaban desesperadamente de sus reservas de
había un tema que presidía la vida pública del pueblo: la tierras comunales, éstas les fueron arrebatadas repentina-
titularidad de unos bienes comunales. No entro aquI en el mente y sometidas a nuevos constrerumientos legales. For-
detalle de estos aspectos.' Tan s610 diré que pocas personas zados a escoger entre e l hambre y la proletarización o la
en el pueblo carecían de una opinión, más o menos belige- desobecüencia a la ley, los pueblos optaron por el último
rante, sobre quién o quiénes deberian administrar y cómo camino, roturando y desbrozando en sus caminos subrep-
esos bienes; si bien -lo he subrayado en esas pubHcacio- ticiamente y esperando escapar al conocimiento de esos
nes-- el número de los implicados habitualmente en los cuadros de funcionarios estatales preparados para un Lipo
conflictos que de ahí se generaban era más bien limitado. moderno de supervisión.1I7
Pero, directa o indirectamente, la vida y los intereses de la Pero volvamos ahora al pueblo granadino. La polémica
gente se veían afectados en muy amplia medida por las po. a que he aludido entre Ayuntamiento y Junta no era tan
lémicas que tenían como centros visibles de las disputas el vieja como otros vecinos pretendían. Se había generado
Ayuntamiento y una Junta que se atribula la titularidad de por varias razones, igualmente ajenas a subterráneos me·
los comunales. canismos naturales. De una parte, la emigración crecientej
Pues bien, aunque no pocos al calor de los enfrenta. de otra, la revalOlización de los terrenos de uso agricola o
mientas prolongaban esa dualidad a los tiempos ¡nmedia. ganadero a causa del turismo de montaña y de nieve. Fac-
tos a la repoblación cristiana del lugar (esto es, al último tores, qué duda cabe, directamente ligados a procesos eco-
tercio del siglo XV)). las cosas parecen haber ocunido de nómicos de épocas concretas. También la coloración, el es-
forma bastante diferente. Fue, muy probablemente, esa di. lilo que adoptaban los confljctos mismos tuvo mucho que
ver con la situación polHica española de la época; es decir,
cOlOmía una solución bastante ingeniosa -pero no insóli·
la de la última etapa de la dictadura franquista. Pero, in-
ta o única- para p3Üar, en el siglo pasado, las consecuen-
sisto, a todo ello me he referido con cierto pormenor en
cias de la desamortización civil. Los conflictos y problemas
otro lugar.
internos eran, en definitiva, resultado de decisiones toma-
También es el entorno, próximo o remoto, elemento
das en centros de poder muy alejados del pueblo, pero en
configurador de realidades sociales en otras zonas campe-
momentos rusló¡icos muy concrelOS. El propio ciclo agrí-
sinas que he tenido ocas ión de conocer directamente. Me
cola, en su configuración casi atemporal -recordemos: el
refiero a Las Hurdes cacereiias y a La Cabrera o Las Ca-
oecologicallillle- estaba a buen seguro perfilado por idén- breras de León. Tal vez, precisamente, haya sido el olvido
ticos factores. SenciUamente, porque la peculiar fonna ju- o menosprecio de esas relaciones con el exterior lo que
haya conducido a todo tipo de malimerpretaciones sobre
6. Al interesado, remito a mi libro Estud,o Il1IlropoJógico social tk 1011 plItblo tkI
s"r. Madrid. To:cnO!i. 1974.".1 ensayo .Amlgos y eocml«o:so. Incluido en el pmlCnte
libro. 7. Ruth 8char. 1986. pp. 281-282.
128 ANTROPOLOGíA POLITICA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 129

una y otra comarca. En ambos casos --el primero ha ac- tiempo a que antes me referia. En pocas palabras, parece
tuado como modelo del segundo!- se ha solido insistir que los gustos personales de más de illlO iban por la geo-
tradicionalmente en el papel del aislamiento, unido a un grafía en lugar de por la historia. Pequeños cabildeos de
medio natural exageradamente presentado como hostil o capillitas académicas, renciUas personales, intentos de sin-
inhóspito, como factores causantes de las características ¡"'l.¡}arizarse o sabe Dios qué: todo eso ha contado en la mi-
peculiares de una y otra zona. Pobreza. marginación, re- crohistoria, nacional o foránea, de nuestra disciplina. Pero
plegamiento sobre sí mismos, etc., son algunas de las pin- no es el momento de entrar en episodios que tienen poco o
celadas de los muchos cuadros tétricos que se han pintado nada de gloriosos y sí mucho de mezquinos. Volvamos por
de estas comarcas. un momento a nuestras comarcas extremeña y leonesa.
Nada de todo eso es ajeno -no lo ha sido en un pasa- En uno y otro caso, habría que dar la razón a Paul Bois
do no demasiado remoto- a la realidad de esas zonas. cuando, al referirse a ta región, afinna que lo que configu-
Tampoco, bien es verdad, a la de muchas otras comarcas y ra a ésta -la comarca, en nuestro casa-- no es el espacio,
parajes de este país tiempo atrás o incluso hoy. Pero lo que sino el tiempo, la historia. 'o Por ejemplo, en el caso de La
me interesa resaltar es cómo la acentuación de determina- Cabrera, un fenómeno importante y al parecer endémico
das caracterísl il'<IS que tienen que ver con el fenómeno de ha sido el del caciquismo, problema, qué duda cabe, co-
la marginación se asumen desde dentro como marcas de nectado directamente con la escasez de recursos y con la
identidad. El caso hurdano y el caso cabreirés me mostra- desigual distribución de los mismos. ¿Hay que recun-ir a
ban que la tenue, casi imperceptible, identidad comarcal o cuestionables y cuestionadas hipótesis como la imagen del
global se configuraba como un proceso generado por la bien limitado? Pienso que no. Ese fenómeno como otros
dialéctica de los constreñimientos internos :sr de las presio- no es fruto de lUla perenne e inmodificada visión del mun-
nes del entorno sociopolítico. Aunque por vías muy dife- do. Es fruto, ante todo, de una experiencia y de una histo-
rentes, bien es verdad. Pero, en cualquier caso, un proceso ria de vivencias que afectan a la mayoria de los cabreireses
donde entran en juego no sólo factores objetivos -varian- y con las que se identifican más que con su comarca como
tes dialectales, modos de vida, relación con el medio am- mero espacio físico. Porque la identidad cabreiresa -la de
biente, etc.-, sino también, y de modo más trascendental, la comarca toda- no se expresa en manifestaciones colec-
la propia imagen que la relación con aquel entorno crea. 0, tivas. Ni sentimientos, ni consciencia ni rituales la avalan
expresado en términos de Bourdieu, esos sentimientos de o la ponen de manifiesto. Los símbolos de identidad de na-
pertenencia, esas representaciones que los actores se hacen turaleza tal quedan circilllscritos al pequeño lugar, al con-
de la división de la realidad y que contribuyen a la realidad cejo, al pueblo. Sin embargo, sí que pueden entreverse en
de las divisiones .9 la representación. que los cabreireses se hacen de sí mismos
Los fenómenos de identidad han sido objeto, fuera de como individuos emprendedores y superadores de los obs-
aquÍ también por supuesto, pero muy concretamente en táculos que su medio les crea. ¿Responden al estereotipo
nuestro país, de un tratamiento que peca igualmente de que recogió Madoz el siglo pasado en su Diccionario al de~
esa hipervaloración del espacio a costa de menospreciar el cir, sin matizaciones, que la configuración física de La Ca-
brera hace a sus habitantes de carácter despejado e indus-
8. He subrayado contrru¡tes y semejam..a-S humanas y cabrelresas en otros lro- lf"ioSO?11
bajos: . M.~ination. rdation. with th e exterior. and caciquismo in LWo spanish re- Diríase que hoy, en nuestra época, la gente de La Ca-
gions., en A. Blok y H. Dri"ssen (eds) .• Cultural Dorninance in ¡he Medite,nmean Ana ,
Nlmega. 1984. pp. 210·224. y . En tomo a u.s Hurdes • . en AHlropologfa Culturo! en
Extremadum, Asamblea de Extremadura. Mérida. 1989. pp. 793-802. 10. Apud P. Bourdi~u . op. cit. , p. 66.
9. Pierre Boun.lieu, 1980. !!. Pascual Madoz, 1850, p. 56.
130 At' ITROPOLOGíA POLíTICA COM UNIDAD RURAL Y ESTADO 131

brera tiende a identificarse, si con algo, con algunos ca- marcó los modos de vida, los valores y, en suma, el modo
breireses que han triunfado económicamente fuera de sus de relacionarse los hurdanos con su mundo exterior. Y en
tierras. Por lo general, en el ámbito de la industria o el co- cuanto a la industriosidad. cabreiresa es, ante todo, el ropa-
mercio. Pero no son tantos los cabreireses que triunfan je y la expresión de todo un conjunto de relaciones de pa-
fuera de sus tierras. Muchos de los que habían abandona- tronazgo y clientela que viene a conectar, económica y po-
do la comarca años atrás , llevaban a principios de los líticamente, el interior con el exterior de la comarca
ochenta una vida no demasiado envidiable en zonas indus- gracias a la labor de estratégicos middlemen (tradicional-
triales de España y del extranjero. Sin embargo, los que mente, individuos dedicados a actividades mercantiles). Y
contaban - ni que decir tiene: con ellos se identificaban es, en definitiva, ese entorno sociopolitico el que, al propio
con orgullo los que quedaban en la comarca- eran algu- tiempo que condiciona, posibilita la representación de los
nos prósperos comerciantes cahreireses de Madrid o el signos de identidad. Sean éstos el tópico, el estereotipo
País Vasco. Uno pensaría incluso que son éstos los únicos - la industriosidad cabreiresa-, el estigma -la miseria y
que desde la perspectiva local merecen el título de cabrei- abandono de Las Hurdes-, hiperbolizados o incluso dis-
reses. Tampoco en el caso hurdano -tantas veces equipa- torsionados en el famoso film de Buñuel. Emblemas, en
rado con el cabreirés, como he indicado antes- se expre- suma, de colectividades que pueden hacer del insulto tim-
sa con nitidez la identidad en el interior de la comarca. En bre de gloria. Recuérdese si no el famoso black is beauliful
su seno la identidad se niega. Como observa un antropólo- de los movimientos de color norteamericanos.
go a propósito de la comarca cacereña: «para los hurdanos
las propias Hmdes no existen [... ] Cuando los hUrdanos ha-
El molde político
blan de su comarca dicen : "Las Hmdes están más allá o
más acá." Así, Las Hurdes desaparecen». L2 Esto es, más allá
A principios de la pasada década, Erik WoU logró un
o más acá, pero nunca en el lugar del hablante hurdano.
buen impacto con su libro Europe and lhe People without
Sin embargo, algunos hurdanos también supieron, tiempos
History. La obra trata de muchos y variados temas, pero el
atrás, explotar de cara al exterior el estereotipo de la extre-
leirmoti{ puede resumirse con relativa facilidad. Según
ma pobreza de la comarca, mendigando como hurdanos Wolf, el grave error de la vieja y de la nueva antropología
fuera de su tierra. 0, si se quiere, representando ante los de- ha consistido en considerar los grupos y comunidades hu-
más el papel que de toda la comarca se había forjado. manos de modo predominantemente aislado, desatendien-
En definitiva, quema destacar para tenninar este pun- do la intrincada red de relaciones que conforma cualquier
to que, por vías muy diferentes bien es verdad, la identidad fenómeno cultural. No hay ya, por supuesto, pero tampoco
global en una y otra comarca se configura como un proce- ha habido desde hace cientos y cientos de años pueblos cu-
so generado por la dialéctica de los constreñimientos in- yos modos de vida no se hayan visto sensiblemente afecta-
ternos y las presiones del entorno sociopolítico. No -in- dos, en mayor o menor medida, por la existencia de otros
sistiré una y otra vez- en virtud de misteriosos o remotos pueblos más o menos cercanos o remotos. Sin embargo, la
condicionantes naturales o medioambientales, sino por ra- noción de cultura, acuñada en la época de auge de los na-
zones y en circunstancias históricamente registradas. En el cionalismos emopeos, se adecua a las premisas políticas de
caso de Las Hurdes, el vecino pueblo de La Alberca man- éstos: «La demostración de que cada nación beligerante
tuvo con aquéllas una situación de tipo casi feudal que poseía una sociedad diferenciada, animada por un espíritu
o cultura específicos, sirvió para legitimar sus aspiraciones
12. Mllur'i7.io Clltani , 1981 . a constituir su Estado propio y separado. La noción de cul-
132 ANTROPOLOGÍA POLÍTICA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 133

turas separadas y completas respondía a este proyecto po- en la tardía recepción del derecho romano (lo que permi-
líUco.» tl tió que el derecho germánico, más comunitario, se hubie-
Pues bien, en esa línea 10 que hace Wolf es prolongar ra enseñoreado de la parte norte de la península en los si-
criticamenle las aportaciones de Inmanuel Wallerslein so- glos anteriores) , en las distintas fases del avance de los rei-
bre el sistema mundial. En ese sentido, puede postularse nos cristianos (que configura distintas maneras de explotar
que pueblos y culturas de todo el planeta constituyen hace la tierra y sus recursos: individual, concejil, señorial) o, por
siglos un único sistema mundial . Que la antropología sea último, en la ya comentada desamortización. Fenómenos
hija del colonialismo es argumento muy cargado ideológi- como éstos cuentan por lo menos tanto como -y, proba-
camente y no poco simplificador, cuando no inexacto. Por- blemente, mucho más que- las tantas veces exageradas di-
que sucede más bien que son los pueblos que encontraron ferencias climáticas peninsulares.
los antropólogos los frutos de la expansión europea; del Como hipótesis general y de modo un tanto brutal ( y,
mismo modo que no hubiera sido posible la industrializa- cómo no, bastante simplista) , vaya fonnular lo que quiero
ción de Occidente sin el concurso forzado de esos pueblos, resaltar de la forma siguiente: muchos de los rasgos que
que aportaron a aquélla no sólo mano de obra práctica- solemos atribuir a las realidades culturales o, más exacta-
mente gratuita sino materias primas vitales. Cazadores in- mente, a éstas en tanto que grupales, derivan o proceden
dígenas norteamericanos, reinos africanos y traficantes de de nuestra propia configuración política. No son, en todo
opio de Birmania simplemente no hubieran llegado a ser caso, propiedades que puedan atribuirse a toda realidad
tal como fueron sin el mercantilismo, el tráfico de esclavos cultural descarnada, por así decirlo, de sustancia histórica.
o la expansión británica en el subcontinente asiático. Lejos Lo que OCUlTe es que --casi inevitablemente- solemos
de tratarse de meros mecanismos de adaptación a medios analizar los fenómenos culturales desde nuestras propias
ambientales específicos, tales organizaciones sociales son circunstancias. Fijémonos en algunos fenómenos de nues-
sencillamente ininteligibles si no se toma en cuenta la his- tro mundo actual, especialmente asediado y preocupado
toria de sus contactos con el exterior. por manifestaciones de tipo violento. Sean éstas guerras,
De otra parte, en el propio mundo occidental son vie- conflictos étnicos, telTorismo, actuaciones de fanáticos se-
jas ya las criticas a la pretendida pureza primigenia de de- guidores de equipos deportivos en y fuera de los estadios,
terminadas instituciones social es. Tal es el caso del deno- etcétera.
minado en su momento comunismo primitivo. En el si- Pues bien, para todas ellas se están dando explicaciones
glo XIX diferentes autores argumentaron cómo en Rusia, que podríamos agrupar en dos tipos a los que denominaré
Inglaterra y Francia los fenómenos que habían hecho ima- etologista y pnmitivista. Veámoslos por separado. En cuan-
ginar a algunos ancestrales edades de oro comunales no to al primero, qué duda cabe que pueden establecerse pa-
eran sino resultado de las actuaciones emanadas de la na- ralelismos sugestivos entre nuestras realidades humanas y
turaleza de los sistemas políticos respectivos. J' las del mundo animal. Sencillamente porque animales y
Nuestras zonas rurales no son ni mucho menos una ex- hombres no estamos tan alejados unos de otros como los
cepción en este orden de cosas. Muestran todavfa, a ojos segundos solemos pretender. Tal vez, porque cómo justifi-
no empañados por bobadas ahistoricistas o antihistoricis- car de otro modo que los utilicemos como carne, herra-
tas, huellas configuradoras de importantes acontecimien- mientas semovientes u objetos impotentes de experimenta-
tos políticos más o menos remotos. Piénsese, por ejemplo, ción. Por otra parte, cada vez parece más evidente que no
existe prácticamente ninguna cualidad o característica hu-
13. 1983. p. 387. mana (lenguaje, razón , sentido ético, aprendizaje y todo un
14. c. Girn~nez. QP. cit •. p . 28. largo etcétera) que de alguna forma no compartan otras es-
134 ANTROPOLOGíA POUTlCA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 135

pecies animales. El mundo animal se nos muestra hoy tan lidades históricas de nuestras sociedades - tribu, clan, li-
tremendamente heterogéneo que puede afinnarse que hay naje- a realidades exóticas; o, a la inversa, al utilizar las
probablemente más distancia, más diferencias interespecí- categonas exóticas ya cristalizadas por nuestras experien-
ficas entre animales que entre algunas especies animales y cias. (Tal es el caso del término tabú, empleado impropia-
la especie humana misma. mente por autores como Margaret Mead, como muestra la
En cuanto a lo que he denominado la tentación primi- excelente obrita de Stanner que tiene ese mismo título.)
tivista, me refiero con ello al riesgo de ver tras toda mani- Muy por el contrario, hay que marcar o resaltar dis-
festación cultural actual ese sustrato arcaico que parece continuidad o discontinuidades en este orden de cosas. En
hacemos semejantes, para bien o para mal, en determina- tres sentidos, fundamentalmente: con respecto al mundo
dos momentos a civilizados y primitivos. ¿Acaso no aso- animal, con respecto al denominado mundo primitivo, tri-
man tras el enfrentamiento de serbios y croatas, de anne- bal, exótico o como queramos denominar a lo más ajeno a
nios y azerbaiyanos ... o de equis y zeta las luchas tribales nuestra o nuestras culturas, y, por último, con respecto a
de África u Oceania? ¿No hay que ver rasgos totémicos en nuestro propio pasado, inmediato o remoto. Curiosamente,
algunas imágenes religiosas aclamadas en las fiestas patro- entre antropólogos sociales y culturales sólo lo primero
nales de pueblos y ciudades hispanos? Sin duda, la huma- suele admitirse sin dificultad; tal vez, porque de ese modo
nidad es, ha sido desde que podemos hablar de su existen- se resalta más la continuidad en los otros dos aspectos. De+
cia como tal (¿varios cientos de miles de años o tal vez herían, por el contrario, acentuarse las discontinuidades en
más?) una en su diversidad. La evolución ha generado de- los tres casos y en tres importantes aspectos: terrllOrio, na-
tenrunadas características somáticas y extrasomáticas que turaleza de la agresividad o de la violencia y en lo relativo
han acentuado ese paradójico carácter de una y diversa al a la identidad.
propio tiempo. Además, gran parte del desarrollo evolutivo
supone unas condiciones de vida que asemejan la de nues- Territorio. En cada uno de los tres elementos de la
tros antepasados bastante próximos -unos, pocos, miles teona clásica del estado (esto es, junto a este mismo, una
de años- a la de nuestros contemporáneos primitivos. En población definida y un corpus juridico-administrativo
este sentido, lo que llamamos civilización no representa igualmente definido) hay enormes contrastes entre las so-
sino una delgada película colocada sobre una inmensa ciedades tribales o, en general, no-estatales y las estatales.
montaña de «primitivismo» (la imagen la tomo de Jaspers, Entiéndase bien esto: No se trata, por supuesto, de que po-
en su Origen y meta de la historia). ¿Qué representan, en blación, sistema jurídico o alguna forma de ubicación del
definitiva, cinco, siete o, a lo más, doce mil años de la lla- grupo en un espacio no jueguen un papel importante en
mada civilización frente a los ciento de miles que la prece- cualquier grupo, comunidad o sociedad humanos. El quid
dieron? Y, sin embargo, el hecho de que todos -animales estriba en cómo aparecen organizados esos elementos en
y humanos, primitivos y modemos- formemos parte de unos y otros casos. Cuestión distinta es que la mera exis-
un solo y mismo mundo no significa que puedan o deban tencia del estado --esto es, vivir y pensar dentro de una or-
soslayarse importantísimas diferencias. De no resaltar la ganización estatal- nos haga difícil calibrar o entender
discontinuidad, podemos incurrir en el grueso error de otras realidades o nuestro remoto pasado preestatal.
mistificar e incomprender a nuestros antepasados -ani- Probablemente es este del territorio el elemento donde
males y humanos- al proyectar sobre ellos nuestras pro- la eficacia de ese constreñimiento sea mayor. Afecta a la in-
pias realidades. Yeso es lo que ocurre, a mi modo de ver, telección de realidades humanas y animales. Pensemos,
en el caso de Lorenz y, ni que decir tiene, en el de sus epí- por ejemplo, que un clásico ya como el antes aludido estu-
gonos. Por supuesto, también al aplicar conceptos de rea- dio de Evans-Pritchard sobre los nuer. Allí el territorio es
136 ANTROPOLOGÍA POLtnCA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 137

idemificado sin más con Jo político, pese a tratarse de súbditos). Ahora bien, después de debates sin cuento, sigue
asentamientos esencialmente fltúdos e inestables. No otra abierta la gran cuestión: ¿Genera el estado. cualquier esta-
cosa muy diferente se percibe en esa obsesión de muchos do, la violencia, o, simplemente, la toma en sus manos
etólogos por resaltar la terriforialidad de determinadas es- para responder a la previa, difusa y --ditian los elólogos-
pecies animales. y, para tenninar, tengamos en cuenta que prehumana violencia que todo colectivo engendra? La res-
s610 en nuestros dfas se ha cuestionado seriamente el pre- puesta (y, por supuesto, la pregunta misma) tiene innega-
tendido papel predominante del varón en la evolución de la bles connotaciones a favor o conlra el estado. No caben
especie, asociado precisamente a la importancia del terri- asepsias en este sentido. Y, en cierto modo, toda la filoso-
torio. Esa gloriosa y victoriana imagen del macho cazador fía política del mundo clásico y moderno (de Platón a Hob-
e impulsor activo de la cullura, mientras la pasiva hembra bes) es una justificación del estado. Pero también lo es
aguarda con la prole en el territorio que aquél defiende (pro/contra) la -teoría política contemporánea. 0, en un
contrasta patéticamente con lo que hoy parece que pudo ámbito mucho más cercano y famüiar, las polémicas de los
haber sido la más verídica historia de los hechos. Es decir, sesenta y setenta en el ámbito de la antropolgía france-
con una larga etapa de carroñeo, sin grandes desigualda- sa (por si mplificar: el «marxismo» de Godelier [rente al
des de género y con una base territorial necesariamente «anarquismo» de Clastres). Pero ¿qué cuestión realmente
cambiante, de continuas idas y venidas, para evitar el peli- importante de las que nos ocupamos no lien e connotacio-
gro de predadores que, éstos sr, eran propiamente cazado- nes valorativas?
res carnívoros." Sea como fuere, es interesante considerar algunos aS-
En suma, la gran diferencia que es y supone el estado pectos. En primer lugar, 10 que podría denominarse di{usi-
vidad de la violencia. La guerra perrnea todo en la sociedad
en este orden de cosas no cons iste en que en otras realida-
antigua -DOS resalta Émile Benveruste 10_ : es decir, no
des el espacio, el ten·itorio, sea algo inerte o pasivo. Nunca
existe una frontera precisa y clara enu"e la guena y la paz.
lo es. Pero el espacio realmente significativo en la sociedad
Tampoco en las sociedades plimitivas. (1 Pero, por eso mis-
tradicional o primitiva es el que se acomoda y refleja la es-
mo, la guerra no es en esas situaciones tan brutalmente
tructura social. la cultura de un grupo. En la moderna (y
destructiva como en nuestra época. _Un dia varios haigas
más a partir de la Revolución frnncesa) el espacio - tem-
(pueblo cazador-cultivador de las montañas Satfura, en la
torio--- es Eruto de una decisión consciente y racional que
India Central), ansiosos por ayudar a los compatriotas de
acota geográficamente espacios artificiales que vienen a
su amigo inglés, se llegaron a Elwin (el antropólogo que los
seccionar OlfOS espacios, y otras lealtades, previamente
estud iaba) con su montón de arcos y flechas, pretendiendo
existentes.
que los enviara al gobierno británico como ayuda para la
guerra. Cuando Elwin les explicó que las bataJlas moder·
Violencia. Recordemos la caracterización weberiana nas ya no se libraban con esas armas se quedaron anona-
del estado como monopolio legítimo de la violencia. Los dados. Pero si usan armas de ruego -<lijeron- las gentes
tres elementos son importantes, pero sobre todo el tercero, morirán realmen te.»ls
al que simplemente califican, definen o perfilan los otros Por otra parte, habría que tomar también en cuenta
dos (la exclusividad en el uso de la violencia y la pacífica que el estado, como vieron los clásicos de la leoría de la so-
-¿rcsignada?- aceptación del monopolio por parte de los

15. "-id. un buen resumen CTltioo de estos a>;¡>eCIO!i en Linda Marie Fedigan, 16. 1969. p . 95 .
• The changing role of "'omen In modeJ~ of human evoJuÜon •• Anml41 Rn'iew or An _ 17. Vid. mi ensayo . $ob..., antropología polftica., incluido en este libro.
Ihropology, vol. 15, 1986, pp. 25·66. 18. Ashley Montagu. 1988. p . 217.
138 ANTROPOLOGlA POLmCA COMUNIDAD RURAL Y ESTADO 139

beranía, suprime la violencia social interna, intraestatal, paradigmático: Nueva Guinea 11) de una sOl1Jrendente falla
sólo para potenciar la violencia bélica entre estados. Como de límites estables. Por otra parte, las relaciones entre co-
se ha recalcado desde la filología, palabras antitéticas munidades pueden ser, son belicosas, pero de una enorme
como hostilidad y hospitalidad, de raíz común, van que- inconstancia. Hacia adentro, además, las segmentaciones
dando separadas en el tránsito de la sociedad antigua al es- implican vinculaciones que hacen palidecer la siempre pre-
tado," Sea cual sea el origen del estado (un tema que tan- caria unidad del conjunto tribal o social. Sólo a través del
to interesó a la primera antropología, que fue tabú duran- conflicto interno, de la «guerra de todos contra todos» (li-
te tanLOS anos de funcionalismo y que revivió a partir de najes contra linajes, clanes contra clanes, aldeas contra al-
los sesenta) parecen quedar hoy pocas dudas a los arqueó- deas, dinastías contra dinastias, rebeliones periódicas y cí-
logos de que su consolidación requiere violencia contra los clicas donde existe algo que recuerda nuestro poder cen-
súbditos. Enterramientos masivos o sacrificios sangrientos tralizado), se hace tangible esa siempre dudosa unidad.
en muy distantes zonas del planeta son muestras de lo que Simplificando mucho, la «sociedad antigua» (con ese tér-
algunos gustarían denominar como terrorismo de estado. mino que empleaban los hombres del siglo XIX para refe-
Por último, no deja de ser interesante tomar en considera- rirse a cualquier realidad soc ial que no fuera la propia) re-
ción 10 que se pone de relieve en un estudio transcultural salta las diferencias internas y éstas, enfrentadas, conu·i-
sobre la pena de muerte. Interesante porque se trata de buyen al mantenimiento de una vaga consciencia de
una justificación apenas encubierta de la pena capital pertenencia a un todo (sea la tribu segmentaria, el reino
como inevitable respuesta estatal a la violencia social. Pues africano o los sistemas feudalés del medievo europeo). Por
bien, allí se recalca de un lado que la violencia (expresada el contrario, es en nuestro mundo occidental y moderno
en el número de delitos que se sancionan con la última donde, primero el absolutismo, luego las revoluciones, han
pena) no disminuye a medida que el estado se hace cada invertido la situación. Esto es, se anulan las diferencias in-
vez más presente, sino todo 10 contrario. Y, de otro lado, se ternas -demasiadas y demasiado obvias- y se pone por
advierte sin paliativos que la gran diferencia entre sistemas encima de todo la unidad del conjunto. Estamos ante el fe-
políticos centralizados y no centralizados estriba en la pu- nómeno del nacionalismo y de los nacionalismos que es
blicidad o no de las ejecuciones, para concluir que «la prin- precisamente donde estoy convencido de que hay que in-
cipal razón de la ejecución es mostrar el poder del rep.l1I sertar el fenómeno de la identidad y no en el de remotas y
más que cues tionables realidades pan-humanas o tribales.
Identidad. Territorio y violencia no son, por supuesto, Pero esto tiene la suficiente enjundia como para desbordar
definidores en exclusividad de una determinada forma de los límites de este trabajo.
organización política. Uno y otro cuentan, han contado, de
modo decisivo siempre -más la segunda que el primero---
en las relaciones entre comunidades humanas. Pero de Para tenninar
modo muy diferente a como cuentan cuando el estado
anda de por medio: de manera fluida o flexible en las so- ¿Qué hay detrás o debajo de las manifestaciones o de
ciedades no estatales. Aparte de los asentamientos más o los fenómenos culturales? Quién sabe si tan siquiera tiene
menos permanentes, si los hay, el resto del territotio es en sentido una pregunta como ésta. Pero a muchos, antropó-
algunas sociedades de las denominadas primitivas (un caso logos y no antropólogos, nos va quedando clara una cosa
al menos: que esa realidad del estado, tenida por algo me-
19. Bcrl\'enis{~, op. cif •. p. 95.
20. K~hh r . Onerbein. 1986. 21. Paula Brown, 1978.
140 ANTROPOLOGfA POLlllCA

ramenle añadido a 10 básicamente humano, Liene mucho,


demasiado, que ver con la construcción y configuración de
semejanzas y diferencias culturales. Lo atestiguan los pro-
cesos de formación de estados en el denominado Tercer
Mundo; lo pone de relieve la otra cara de la moneda: la de-
sintegración del megaestado soviético. Nos queda la pe-
queña venganza de darle la vuelta al argumento al que alu-
di al principio y pensar como en aquel delicioso ensayo de
Osear Wilde (tilulado La decadencia de la mentira) que es la JEFES Y LÍDERES
naturaleza la que imita al arte. Aunque éste empiece a pa-
recemos bastante más pavoroso que la insensible naturaleza.
Introducción

Ante hechos como el poder o la autoridad no caben


posturas neutrales. Se está, sin rem edio, a favor o en con·
tra de uno y otra. La simple descripción ~y mucho más el
intento de explicación~ de los fenómenos sociales en Jos
que intervienen lleva consigo, inevitablemente, algún tipo
de justificación o de cuestionamiento. Probablemente, se
deba ello a la contradi cción o paradoja que todo poder o
autoridad entrañan. Los estudiosos de la política aluden al
doble rostro, como el del dios Jano, cuando tratan de re·
saltar la ambivalencia de esos fenómenos. Pensemos en un
hecho simple y cotidiano: el mismo agente de la autoridad
que nos garantiza seguridad puede tomarse en violador
impune de los derechos más elementales. y no 5610 de ma-
nera sucesiva o alternativa. Simultáneamente, la protec-
ción de los derechos de unos no implica muchas veces más
que la violación de las más básicas necesidades de otros.
El problema ha preocupado a la filosofía política desde
hace milenios. Pero tal vez nunca se ha planteado con tan-
ta agudeza y profundidad como en el famoso ensayo rous·
seauniano sobre la igualdad. Con radicalidad se plantea
allí el espinoso tema de la autoridad política. Su única jus-
tificación o explicación, dice Rousseau, es la defensa con·
tra la tiranía: «los pueblos se han dado jefes para defender
su libertad, no para servirlos».' Los hombres, afirma poco
después, pueden despojarse de la propiedad, que es una

!. Rousseau. 1783. p. 149


142 ANTROPOLOGlA POLfTICA JEFES Y LIDERES 143

institución o convención humana, pero no de la vida o la litarías y estratificadas o entre aquellas que conocen y las
libertad. que son dones de la naturaleza. que desconocen las divisiones y jerarquizaciones políLicas.
Rousseau resalta, también, esa paradoja atemporal de Ha habido, en este sentido, dos planteamientos antagó-
la bifacialiclad que la autoridad conlleva: tenemos unos je- nicos. El primero ve en todo tipo de desigualdad humana
fes, en defirútiva, para evitar tener otros peores. Además, la un reflejo y una prolongación de las desigualdades y jerar-
reflexión del ginebrino viene a ser un preludio de la que quías que se creen apreciar en la naturaleza. El segundo
han Uevado a cabo las ciencias sociales en este orden de entiende, como Rousseau. que las diferencias sociales tie-
cosas. La antropología, concretamente. Porque Rousseau nen b:as de sí una larga historia y que suponen un agudo
diferencia continuamente lo que luego vendrla a oponerse contraste con lo que la naturaleza ofrece. Ambas perspec-
como naturaleza y cultura (convención, institución, con- tivas han conocido numerosas versiones. La primera inclu-
trato, en sus términos). Rousseau, como otros antes que él ye desde las viejas metáforas de los insectos sociales a las
y como muchos más después, relaciona el fenómeno de la modernas teorías etológicas. Entraña siempre un evidente
jerarquía pol1tica con el fenómeno más amplio de la desi- riesgo de antropomornzación y de proyección de nuestras
gualdad elllre los hombres. Dos fuentes hay, dice, de desi- realidades humanas a otros ámbitos. como la vida animal,
gualdad: una natural o física, otra moral o política. La pli- muy o completamente diferentes. Pensemos que reinas u
mera estriba en diferencias de edad o de salud, en las fuer- obreras de abejas u hormigas no son sino funciones dife-
zas del cuerpo o en las cualidades del alma.1 Por último, renciadas de un modo de vida no afectado por cambios
Rousseau resalta el enonne contraste entre la igualdad que mientras la especie de que se trate sobreviva; es decir, mi-
reina en la naturaleza y en la vida salvaje y las diferencias llones o cien tos de millones de años. Las jerarquías politi-
propias de la civilización, y entiende que «1a desigualdad cas y las desigualdades sociales que se dan en el ámbito
natural debe aumentar en la especie humana por la desi- humano son, por el contrario, contingentes, históricas, y
gualdad de institución,..' fruto de tensiones que Uevan en sí mismas el germen del
cambio. Su desaparición o transformación no afecta en
modo alguno a la supelvivencia de la especie.
Desigualdad y jerarquización política Sin duda, el planteamiento contrario se adecua mucho
mejor a lo que la investigación empúica nos ha permitido
Tras dos siglos de desarrollo, las ciencias sociales han conocer. Estriba en la premisa que sostiene que la evol ución
refinado considerablemente ese contraste que destaca social implica, en términos muy generales, tantO un incre-
Rousseau. Gracias a la investigación etnográfica, en parti- mento de la desigualdad como la aparición de líderes y la
cular, hemos llegado a conocer tanto la enorme diversidad consolidación o perpetuación de sus funciones. Ahora bien,
de los sistemas de desigualdad como la gran variedad de ti- las explicaciones en lomo a cuáles sean los factores que dan
pos de sociedades. Arqueología e historiograffa han puesto razón de esa evolución divergen enormemente. Plantea-
igualmente de relieve esa gran complej idad en el plano tem- mientos como el evolucionista o el marxista, por ejemplo,
poral. y, sin embargo, los cientificos sociales han seguido conocen múltiples variantes; lo mismo ocurre en cuanto a
utilizando dicotomías parecidas al tratar de la desigualdad las versiones antropológicas de esos planteamjentos.~
social y de la jerarquización política. Es decir, la contrapo- Pese a la diversidad de perspectivas teóricas a las que
sición básica -y no poco simplista- entre sociedades igua- se acaba de aludir, conviene insistir en que todas ellas com-

2. 1Ind.• pp. 59·60. 4. La bibliografía es amplísima . Una mJnima lista asequible en C&'lle\lano debe
l. [bid•• p. 113. Incluir Clasfres (1978). MeilIassowt (1977). Bloeh (1977) Y Senice (¡ 984).
144 ANTROPOLQGfA POlmCA JEFES Y UDERES 145

parten la idea de que la desigualdad y su correlato, la je- En esas sociedades el liderazgo parece muchas veces
rarquización política (algunos mandan y muchos obede- confinado a la esfera del ritual. La esfera de la política no
cen), son la contrapartida de la complejidad y del desarro- está en eUas desgajada de la religiosa ni de la del parentes-
llo sociocultural. Ello lleva, casi inevitablemente, a concebir co. Quien asume la función de dirigir ocasionalmente e! ri·
el conjunto de sociedades conocidas en ténninos dicotómi- tual. coordina actividades que son provechosas al grupo: el
cos: sociedades igualitarias. de una pane, esrralificadas, de éxito en la expedición de caza, la buena cosecha. Como
otra. Que los estratos o capas sociales sean tan tremenda- creía Frazer, la función primera del jefe sagrado consiste en
mente diferentes entre sf como estamentos, castas o clases controlar la fecundidad y el equilibrio de los ritmos natura-
importa menos que el hecho mismo de la desigualdad.' les. 7 Podrla decinie que la relación de esas actividades con
El problema fundamental de las dicoloTIÚas es que aho- la poUtica es, cuando más, tenue. Pero hay quien ha visto
gan los matices de la diversidad c ultural. Esta dicotomfa, en esta relación entre liderazgo y ritual el remoto origen del
además, soslaya la existencia de desigualdades importantes estado, por cauces bien diferentes de los concebidos por
en las denominadas sociedades igualitarias. E impide, de marxistas y evolucionistas. Surgido de esa manera el gel'·
rechazo, el análisis de importantes fenómenos de liderazgo men de una burocracia -.......el especialista ritual convertido en
que en ellas se generan. Gracias tanto a un mejor conoci· líder lemporal- se puede utilizar más tarde para la centra·
miento de tales sociedades, como a una renovación crítica lización de otras muchas funciones, ' Es imaginable que en-
de ciertas ópticas convencionales, se experimentó un cam- tre el orden del parentesco y el orden estatal, rompiendo el
bio importame en este sentido a partir de los años sesenta. control interno que el primero supone y haciendo posible el
Podría, en resumen, expresarse así: no hay sociedad cono- control externo que conlleva e! segundo, haya sido necesa-
cida en la cual, al menos a ciertos niveles, no se produzca ria esa jefatura mágico-religiosa.' Estaríamos. así, ante el
algún tipo de desigualdad y liderazgo.' pdmer puente tendido entre la sutil igualdad y la patente
Lo que se ha puesto de manifiesto en las últimas déca- desigualdad y, laIl1bién, entre liderazgo y jefatura. Veamos
das es que factores decisivos en la producción y reproduc- ahora las diferencias entre una y otra.
ción de des igualdades, que antaño se dejaron de lado por Las sociedades más igualitarias no desconocen, pues, al-
estimarlos naturales, se utilizan, canalizados por la cultura, guna forma de liderazgo, por exótica que resulte o por tran-
como elementos tan decisivos cual puede ser la posesión sitoda que sea, Precisamente, de su estudio ha surgido un
de recursos económicos. Es el caso, ante todo, de la edad concepto que ha venido a tipificar una forma transitoria,
o del género, Pero son también cualidades personales, personal. no oficial por así decirlo de liderazgo. Se trata
como la potencia física y sexual, las habilidades retóricas o del término big man (procedente del pidgin-english .bigfella
la manipulación de conocimientos mágico-religiosos o de manlt, que traduce, a su vez, una infinidad de nombres na·
relaciones personales. Todo ello ha llevado a añadir al pIa- tivos de! ámbito cultural melanesio). El término se ha uliU·
no del análisis la consideración de una micropolítica, que zado para contrastarlo con el de jefe, rorma de autoridad po-
completa y complemenla la usual óptica macropolftica . lítica permanente, jerarquizada y con carácter heredilruio.
Con arreglo a la más conocida generalización antropo-
5. No deja de ser curioso que una ob .... que inauguro la anlropolog(a palrllell. lógica al respecto,10 cada tipo con'esponde a un área cultu-
dto es la de Fonel y Evans-Pritchllrd (1970) . y que se prcSC!ltaIY" ~:<pICcitamente como
IIntievolucionisla, adoptal1l como criterio de ch... iRcación la distinción entre. IIOCledll-
de,¡ aCl!fulas y lOCiedadcs con dlructu .... acmejante B la estatal. En definitivt., OIMl for-
ma de hablar de sociedades igualitarias y no igualitarias, sin jefes y con jefes. 7, De Hensch, 1993. p . 17.
6, NeprK a apm:Lar est~ fl'OOmm05 en Ial! I<>cicdadcs primiti,.... , ac $ubMlya, 8, llaca", 1936.
lleva. p;iI .... d6jica~nte, a algunos planteanuentos l"IIdic;oks, oomo el de Cla$lrtS. a 9. De Hensch, 1993, p_ 26.
rolncidlr con 01'1'01 claramente reacdonari05 (Birb;¡um, 1977). 10, s..hillu, 1963.
146 ANTROPOLOGÍA POLÍTICA JEFES Y ÚDERES 147

ral, Melanesia y Polinesia, vecinas en el Pacífico sillorien- fuera de ellas. lI ¿Puede concebirse, por olra parte, la duali-
tal. Una y otra región ofrecen tanto contrastes agudos dad como un esquema mínimo de evolución política, des-
como grandes semejanzas. Estas últimas radican en los de la inexistencia de autoridad polítka al umbral de la or-
casi idénticos recursos (cosechas de ñames, plátanos, co- ganización estatal? Es más que dudoso. u Es posible, sí, que
cos) y en las parecidas técnicas agrícolas. Los contrastes, en la consolidación de los grandes imperios históricos (me-
en cambio, en los ámbitos de la religión, el parentesco y, sopotámicos, egipcio, azteca, inca) se hayan producido si-
sobre todo, la organización política. Con respecto a esto úl- tuaciones primigenias de transición de liderazgo temporal
timo, mientras las unidades políticas locales melanesias o excepcional a jefatura estable y hereditaria. Pero han de-
son autónomas, los grupos equivalentes polinesios -seg- bido jugar también un papel importante en esos procesos
mentos de c1anes- se integran en una estructura piram.i- otros elementos asociados con la transformación del sim-
dal que los engloba. En el primer caso, estamos ante una ple poder de un individuo en una situación excepcional y
sociedad fundamentalmente igualitaria donde el liderazgo relativamente minoritaria en autoridad estable y aceptada
se asocia con la figura del big mano En el segundo, cada ni- por muchos. Esto es, lo que Max Weber denominaba ruti-
vel de la pirámide está articulado por un jefe subordinado, nización del carisma: las cualidades atribuidas al líder ter-
en último extremo, al jefe supremo, rey o soberano. minan institucionalizándose en un cargo.
Caracterislica fundamental del primer tipo es que se No obstante, más que como tipos o realidades fenomé-
trata de un poder personal. No hay cargo de big man ni, por nicas, liderazgo y jefatura cabe considerarlos como princi-
tanto, puede heredarse. El estatus se adquiere a través de la pios que inspiran fenómenos concretos de poder y autori-
astuta utilización de los intercambios y la formación de un dad. En definitiva, estos mismos conceptos no son sino
grupo de seguidores (el big mnn es, dice &ahlins, un «pes- abstracciones de un continuum de realidades, ya que no
cador de hombres»). El prestigio de tal líder se basa en su hay poder que no busque legitimarse y consolidarse ni au-
generosidad: dar más de lo que recibe. Pero una vez conso- toridad estable que esté desprovista de algún grado de vio-
lidada su posición como líder de un grupo o facción, tal ge- lencia. Veamos las características fundamentales de uno y
nerosidad se proyecta hacia tuera, hacia otros big men, con otro principio:
la finalidad de desbancarlos y colocarlos, a su vez, en posi-
ción de seguidores. El proceso entraña un riesgo evidente: Liderazgo Jefatura
la competición suele ser tan dura que los primeros segui-
dores dellider quedan reducidos a meros dadores de bienes Carácter adquisitivo Carácter adscriptivo
o servicios, sin contrapartidas. Lo cual pone en peligro tan- Temporalidad Permanencia
to el principio axiomático de reciprocidad como las bases Cualidades personales Condiciones inherentes
mismas en que se apoya el poder del big mano al cargo
El jefe polinesio, por el contrario, debe su poder al lu- Inestabilidad Estabilidad
gar que ocupa en la jerarquía. Los grupos, en este caso, son de los apoyos de las adhesiones
permanentes y las reglas de sucesión a los cargos relativa-
mente precisas. Como resumen cabria decir que el jefe Bien entendido que sólo desde tul punto de vista lógico
nace, en tanto que el líder se hace.
Aun aceptando la polaridad (liderazgo/j efatura), lo que 1 L A este respecto, pueden consulta~ Allen (1934), Van Bakel el al. (1986).
han puesto de relieve posteriores aportaciones es tanto la Lindstrom (l984) y Godelier y Strathcm (1991).
12. Como pone de relieve la investigaci6n arqueológica reciente, la desigualdad
gran diversidad de situaciones en las áreas culturales que precedió en muchos caSOS a la acumulación de riqueza y 1"" jerarqui...aciones nO fue.
cubre como los problemas Que acarrea su aplicabilidad ron ajenas 11 contextos igualitarios (Painter, 1989).
148 ANTROPOLOGtA POLtnCA JEFES Y LIDERES 149

o formal puede predican;e su naturaleza antitética. La reali- grandes imperios americanos no fueron sino resultado de
dad combina o entremezcla los principios para fonnar tipos una violación semejante. Pero sí es bien conocida la histo-
específicos de autoridad política. Volvamos por un segundo ria del imperio romano como una desviación consolidada
a Polinesia. En likopia, por ejemplo, la jerarquía de jefes del principio de temporalidad del consulado. O la del im-
(arikei) se compagina con la de sus delegados (mam). Los perio napoleónico, que siguió el mismo modelo.
primeros, considerados sagrados, no pueden hablar (seria África ofrece otras combinaciones interesantes. La dua-
violar un tabú), sino que dan instrucciones a sus mo.ru para lidad de funciones o principios se manifiesta tanto en las
que hablen en su nombre. El estatus de los ari.kei es clara- sociedades más igualitarias como en las jerarquizadas. u Las
mente adscrito; el de mam, nombrado por aquéllos. supone monarquías tradicionales subsaharianas presentaban toda
alguna suerte de logro o adquisición. u Sin duda, la viabili- una jerarquía de jefes coronadas por un rey. En muchos ca-
dad del sistema radica e n hermanar la necesidad de comu- sos, tales figuras no eran sino pantallas de luchas por el po-
nicación e ntre la cúspide y la base con la protección de la es- der de facciones rivales. El carácter divino de algunos de ta-
tructura jerárquica. El jefe podrá ser un pésimo comunica- les monarcas no les garantizaba una posición cómoda que
dor, pero ni ésa ni otras debilidades quedarán al descubierto. digamos. Las expectativas que se concentraba n en tal es per-
El ser sagrado, que lo es por nacimiento (adscripción), no sonajes eran de tal magnitud -cósmica y social- que mu-
puede ser sustituido en cada circunstancia; su voz (la que chos eran depuestos, si no físicamente eliminados, para sal-
expresa su delegado, con su esta tus adquirido), sí. vaguardar la institución. El ocupante aparece, pues, como
En diferentes tiempos, en diferentes sociedades, cabe il1-elevante: el cargo, más que permanente, atemporal. Las
encontrar combi naciones semejantes o muy diferentes de reglas sucesorias eran lo suficientemente am biguas como
los mjsmos principios. Pensemos ahora en el factor tem· para permitir que las distintas facciones trataran de insta-
poralidad , que parece pugnar contra la cristalización delli· lar a su candidato en el trono tras el fallecimiento del mo-
derazgo (contra la rutinización del carisma). Lowie resaltó, narca reinante. De nuevo aquí el principio de la jeralura
hace muchos años, cómo la mayorfa de los sistemas políti· (hereda el hijo del rey) queda matizado por el del liderazgo
cos americanos precolombinos se caracterizaron por la au· (un hijo hábil----o su madre- que sepa suscitar lealtades y
sencia de líderes o jefes permanentes; las excepciones son desbancar a los hijos de otras madres).l. La monarquía del
bien conocidas: Mesoamérica y el área andina. Fue en antiguo Egipto, extremadamente celosa de la sucesión con
cambio muy frecuente la doble jefatura: el jefe del tiempo arreglo a normas esmctas de herencia que preservaban el
de paz y el del tiempo de guerra. Ninguno podia consolidar carácter sagrado o divino de la institución, no desconoció
su poder más allá de sus atribuciones específicas: ni el jefe en absoluto la existencia de faraones que hablan sido gene-
de paz podia encabezar una expedición bélica, ni el de gue· rales victoriosos o que procedían del campesinado.
ITa aprovechar su éxi to en una campaña para enlrQnizarse
El África actual se mueve en el dilema de acomodar a
una vez finalizada ésta. l. El inteligente sistema americano las nuevas ci rcunstancias el cometido de los jefes tradicio-
indígena conjugaba, así, la permanencia o estabilidad (está nales (que ,·espondían más a los rasgos adscriplivo y de
garantizada siempre la toma de decisiones) a nivel global, continuidad) y las exigencias que imponen las modernas
y la temporalidad a nivel de las ambiciones individuales. democracias. l? Tras la descoloni zación, los antiguos reyes y
Es más que probab le que se dieran rupturas del equilibrio jefes (intennediruios o peones de las metrópolis) quedaron
previsto; no sabemos si las excepciones que suponen los 15. De Hensch. 1993. pp. 11-14.
16. Gluckman, 1967. pp. 123·168.
13. Finh, I97S. 17. 1.0 pone de manifiesto el inle~nle ~nl\.Je de Liz Sly: .Ne", ..... S¡)CCI rOl'
14. t.owle. 1967. old "'I)'S" Chicago Tribune. 3 de diciembre de I99S.
150 ANTROPOLOGiA POLmeA JEFES Y LfDERES 151

en absoluto entredic ho ante sus pueblos y ante los líderes mento desaforado de competencias del ejecutivo y la limi-
que encabe7.aron los movimientos independentistas. Des- tación temporal (imposibilidad de un tercer mandato pre-
vanecida o suprimida su antigua autoridad, los nuevos lí- sidencial) de las ambiciones de los individuos que lo de-
deres no han satisfecho las expectativas creadas con la in- sempeñan. La fragilidad humana de éstos se hace cada vez
dependencia. Factores endógenos y exógenos han conflui- más patente o pública, lal vez en un intento desesperado
do en una corta pero sangrienta historia de golpes de de contrapesar sus crecientes atribuciones. Pero en sentido
estado. represión, corrupción, guerras, hambres, etc. Las contrario opera la teatralidad que rodea las apariciones e
masas campesinas ven con enorme desconfianza lo que su- intervenciones del presidente. Su discurso, cada vez más a
pone, en definitiva, criterios adquisitivos de obtención del las claras, se revela como obra de sus asesores subordina-
poder (elecciones 0, con más frecuencia, golpes de estado). dos. Curiosamente, el liderazgo de la primera polencia
No pocos intelectuales actualizan sus ideas políticas, sope- mundial viene a invertir la relación de arikei y maru de Ti-
sando las ventajas de los viejos sistemas de autoridad e in- kopia.
tentando unir el papel de los viejos jefes -ritual e integra-
dor- con el de los nuevos líderes -que obedecen a intere-
ses partidistas y responden a necesidades coyunhtrales-. Conclusión
El modelo de las monarquías constitucionales europeas
empie:t.a a resultar atractivo en tierras africanas. Regíme- Para terminar, conviene resaltar que los principios de
nes formalmente republicanos han reconocido a ciertos liderazgo y jefatura no operan exclusivamente a escala de
efectos a sus monarquías tradicionales (Ghana, Uganda). SOCiedades globales. En espacios e inslituciones mucho
En el caso de las monarquías europeas, por su parte, el más reducidos (pueblos, ciudades, universidades, hospita-
equilibrio constitucional parece radicar en que los reyes les, cárceles y un amplísimo etcétera), podemos encontrar
encarnen los atdbutos del principio de jefatura; sus jefes fenómenos semejantes. Se trata de si tuaciones y contextos
de gobierno o primeros ministros, los del liderazgo. Pero es no considerados convencionalmente como políticos pero
ésta una teorla continuamente desmentida por la prácuca. que obedecen a idénticos mecanismos y articulaciones que
Conocidos son los casos de monarquías obsesionadas por los que apreciamos en los grandes y conocidos escenarios
la buena imagen de los miembros de la familia real, o los estatales y mundiales de la política. El caso del caciquismo
de otras que lamentan la pérdida del carácter hierático de es bien conocido, operando al margen pero complemento
sus ocupantes. La realeza parece, así, tener que revalidar a necesario de la política oficial Es también el de otras mu-
diario lo que antes se daba por incuestionable. Teoría con- chas realidades cotidianas -desde el ámbito doméstico al
n·adicha, también, por el caso de líderes elegidos, tan afe- lugar de trabajo- donde presendamos conUnuamente el
rrados a sus cargos, que parecen olvidar que sus mandatos surgimiento y consolidación de estructura de dominación
son pro tempere; o por otros que, además, tratan de perpe- y subordinación. En el mundo que nos rodea, en muchos
tuarse a través de lo que se parece demasiado a un delfi- casos, en demasiadas circunstancias, los postulados de
nato. igualdad quedan contradichos por emergentes y muchas
Los principios, pues, pugnan y se entrecruzan en insti- veces consolidadas situaciones de patente desigualdad. En
tuciones que tratan de mantenerlos separados. Ejemplo es- ellas, quienes terminarán siendo lfderes y jefes se nos ofre-
pecialmente significativo es el de la presidencia de Estados cen inicialmente como garantes de nuestra libertad y bie-
Unidos. En la misma institución se concentran y compiten nestar, pero suelen terminar pOi· convencernos además de
expectativas y principios antagónicos. La historia constitu- que, aunque todos somos iguales, algunos son más iguales
cional reciente muestra los trazos de la lucha entre el au- que otros. Como en Animal farm, de Orwell.
AISLAMIENTO Y CACIQUISMO:
EL MEDIADOR INEVITABLE

El caciquismo es una simple forma de la


división del trabajo humano.
JOSE P PU'

El marco medioambiental
La comarca de La Cabrera es..upa..de las ,uatra regio·
n~ue-sueleJii.vldirse, geográficamente, la
provincia de León.' Ocupa el ángulo suroeste de esta pro-
vincia y limita al norte y al este, respectivamente , con otras
dos comarcas leonesas (El Bierzo y La Meseta), al oeste
con la provincia de Orense y al sur con la de Zamora. Su
extensión aproximada es de unos ochocientos kilómetros
cuadrados. Se diferencian en ella dos zonas: Alta y Baja
(tal dualidad hace que, a veces, la comarca sea conocida
en plural: Las Cabreras). Administrativamente. la primera
comprende un municipio, Truchas, y la segunda tres: Be-
nuza, Castrillo y Encinedo, lodos ellos divididos en varios
núcleos de población o concejos.
1. 1986, p. 74.
2. M= baso para esta breve caracl=ri:r.ación de la 70na. anle todo, en Cabero
Diégue'" [980, y tambi<'n en Carnicer. 1970, asf como en dos documentos mecano-
Ilraflad05 e in~dilos: lnfon"c de la Diputación I'rovi.tcial de l..«nz: U!s Cabrtras leOl1t;·
sas, 1980. y en d trabajo, al parecer tesis de doctorado O de nce tlel alura , de I$mae1 Va·
lladares Carela, Esmdio biodmwgráfico del aylll1l"",ltl1lo de E/II~¡'t~do (Cabrtra 00;<1),
sin fecha. El presente que empleo en eSle en.sayu se rdkre a finales de la d<!cada de
los sctenta. los dato. que nO pertenecen a esos y otros IIUIleriales que se mencionan
en este ensayo fueron recabados por mí mismo en dos eslanclas en 11. comarca. duo
rante lO:!! veranos de. 1979 Y 1980, así como en la encuesta I la que después hago refe-
rencia.
154 ANTROPOLOGIA POLíTICA AISL4...\UENTO y CACIQUISMO 155

El terreno, especialmente en La Cabrera Baja, es su ma- rencias económicas parece haber habido, por otra parte,
mente montañoso. Debido a la especial orograffa de la entre las gentes de la comarca.
zona, tanto las comunicaciones con el exterior como las in- Por último, lo referente a la población. Disminuye des-
ternas han sido escasas y muy deficientes. La entrada nor- de comienzos de este siglo, salvo en el intervalo de 1940 a
le la constituye la carretera que e nlaza Ponferrada con el 1950. A principios de siglo, la población superaba los nue-
Puente de Domingo Flórez; por el sur, el municipio de Tru- ve mil habitantes y a final es de los setenta no alcanzaba los
chas queda comunicado con La Bañeza. Pero esta úllima seis mil La causa es, sin lugar a dudas. la emigración, ace-
can'etera sólo comunicó con La Cabrera baja a finales de lerada a partir de los sesenta.~
los afios cincuenta (su trazado se terminó en la década si-
guiente y no fue asfaltada hasta mediados de los setenta).
El resto de las vías entre los diferentes núcleos de pobla- Autarquía, mediación y caciquismo
ción han sido ---conlinuaban siéndolo en no pocos casos en
1980- caminos de carro o de herradura. Vaya examinar, en primer lugar, los resultados de una
Actividades básicas de la comarca han sido, tradicio- encuesta aplicada en la comarca en el otoño de 1980; lue-
nalmente, agricultura y ganadería. La superficie cultivable go, tendré en cuenta otros datos de tipo más cualitativo. '
es escasa, pobre y, en su mayor parte, de secano. La gana- Una de las pl'eguntas tenía el siguiente enunciado: «¿A gué
derfa -lanar, predominantemente- fue actividad subsi- persona acude usted cuando tiene una discusión o c1ID en_
diaria de la agricultura; hoy, en cambio, se conoce una dis- frentamiento con otro vecino del ?
minución progresiva del labrantío y un correlativo aumen- ra ma ona (32 e un 83-res~5-@n*tidas,
to de los prados. El subsuelo es nco en pizarra, pero sólo esto e~el 83 6 %) se decantaba por la o ión« o
en las últimas décadas se ha iniciado su explotaci6n in- resolvemos entre los os»; mue os menos (21, 5..5 0(1) op,.
dustrial, a cargo de compañías extranjeras. También se ha tahan por acudir «a un am~o común de..aqu( del pueblo
producido un crecimiento de actividades mercantiles de para que me~nos aú (12 . 3,~peF-8Gudi~' 8-nTl
pequeña escala. abogado!,; casi nadie (1t 0.3 ro); y nadi~al _
La explotación agrícola se ha caracterizado por la enor- guien de fuera de la,J:.orna.rGa. En cuanto a la poSibilidad de
me parcelación y el extremo minifundismo. El régimen de respuesta abierta (29 entrevistados optaron por eUa), la
propiedad privada predomina, pero la emigración ha con- mayoña coincidían en negar que se les hubiera presentado
tdbuido al aumento del número de explotaciones en tal situación alguna vez (respecto a algún otro matiz suge-
aniendo. Con todo, la mayor extensión siempre ha corres- rido en esas respuestas abiertas, vuelvo luego).
pondido a la propiedad comunal, si bien la proporción res-
pecto a la privada varía según los municipios. TaJ propie- 4. Baste un dato: de 1940 I 1960 la eoman::a perdió 230 habitantes, mieomu;
dad comunal constituye el marco del terrazgo temporal de que ent!'!' la segunda fecha Y 1970 la p!rdida fue de 2.669 habitantes. Hay, tambi6t en
esto. algunas dife!'!'ocias intracomarc:ales.
quemada o bauza y ha servido para cubrir necesidades con- 5. la encuesta fue aplicada a una muestra de algo mi!¡ de cuatrocientas peBO-
cejiles o familiares; la mayor a menor presión demográfica nas ¡x>r un equipo de sociólogos. Con5tltula la misma pane Im¡x>Mante de un estudio
conuibuia a su cultivo o abandono periódicos.' Pocas dife- financiado por Planes Provinciales y del que yo me encargaba de los aspectos antI'Q-
pol6gicos expuestos en un ampHo Infonne que pcnnanecc InéditO. Aunque los estu·
dios sociológico y antropológico eran autónomos en su realliadón '1 conclw;iones, 'le
me habia pennitido incluir en el euestiolklrio una serie de preguntas. algunas de las
3. Una descripeión de estOS aprm'eChamientos y de sus beneficios puede v.::rK cuales llpaR'Cen ~íkjadas en esla$ piginas. Tomo estos datos merameme como indio
en COSta. 1898. pp. 313-314 Y 396; en cuanlO a 10 azaroso y precario de los mismos. cativos de actitudes y feDÓmenos que, por lo que indico despub, responden a realida·
se recogen te$timonios. de 10$1U\os SQ;enta. en Cami~r. 1970. p. 59. des pe~!entes en l. comarca.
156 ANTROPOLOGíA POLÍTICA AISLAMIENTO Y CACIQUISMO 157

Denomino índi e de autar. uía (el conflicto se resuelve significativos ni apuntan, por 10 señalado, a modificacio-
exc usivamente entre las artes 1m lca as a a opel n R.or nes sensibles de ese panorama. Éste no refleja, sin embar-
ue o la la mayoría e os entrevistados; a la se~nda go, una realidad utópica: inexistencia de conflictos inter-
{excluidas as res uestas a le as a a o m'dIée~e­ nos en los pequeños núcleos de población como son en su
dfac/6n. Pude examinar, también, un gran número de co- mayoría los concejos cabreireses. Ésa es la imagen que
rrelaciones de éstas con otras variables. De la mayada no pretenden dar bastantes de las respuestas abiertas a la pre-
se observaban matizaciones significativas. La tónica pre- gunta que comento. Pero lo que sucede es, más bien, que
dominante, sea cual sea la situación o condición del entre- a resolución de! conflicto uede, al menos, intentarse den-
vistado, es la que ofrecen los datos mencionados. Resalta- tro-de-les-lugar.ej~por.que..ba.y..en...ellos ti~ _!ld
ré, no obstante, algunos matices. d~intereses....com~lDes que....~stúan, ~: de me-
Ep_ ILnmer lugar, el género. Los hombres se muestran dIadores y aIJ!Oltlgy.ado.r.e.~tu:l.ª-S on:c reta-_
más partidarios de la autarquía que las mujeres (89,2 % de mente, bienes utilizados en común y.,.;::e..cks..de..pru;:entesco. 7
los ~primeros frente al 16,8 110 de las segundas y, correlati- Ahora biTri~ ¿qué ~lüga;-~upa en este panorama el fe-
vamente , más inclinadas éstas que aquéllos a la mediación nómeno del caciquismo y cuáles son sus fundamentos so-
(3,4 y 7,9 %, respectivamente). A.Qemás, es mujer también ciales? Antes de tratar de dar respuesta a estas cuestiones
la única persona entrevistada que opta por la medjaciÓn de examinaré algunos otros resultados de la encuesta conec-
aJ¿ilieIL.a$no al pueblo. Pero es difícil generalizar a partir tados con ellas . A otras preguntas del cuestionario en las
de esas diferencias; las respuestas abiertas a esta pregunta que se planteaba al entrevistado que señalara a quién acu-
permiten sospechar que las mujeres;..que..piensan en lID me.- diría en primer y segundo lugar si tuviera algún asunto
diador tienen en mente al marido. Respec!Q a la ~­ complicado que resolver, los porcentajes más altos eran, en
rece que el índice de autarquía se incrementa correlativa- ambos casos, para las opciones siguientes: «a una gestoría
ment>: CO.ILeLau.rne.ntQ en la mIsma. 190 está tan claro, JiO o a algún abogado» (37,2 y 31 %, respectivamente) y «lo re-
embar~_queJQsJllás...Jó1.'enes;:::::acop-tar:..P-O.LlW media or solvería yo directamente» (18,2 y 22 %). Otras opciones
imaginen otro que--ekpropi9"p~También en este caso (parientes, amigos, secretario de ayuntamiento ... ) recibían
las respuestas abiertas permüen este tipo de inferencia. De porcentajes sensiblemente inferiores. Tal vez, el porcentaje
nuevo, pues, los porcentajes de mediación pueden no en- de respuestas más elevado estuviera condicionado por el
cubrir sino la autarquía: Quien resueh:e...nl definitiva, es el intento de dar una buena impresión ante el entrevistador
varón agulto .. en su paP!'1 de marido o de padre . PQ!""_~ltimo~ (esto es, hacer ver que se conocen los modos urbanos de
a una m3_or instrucción, parece co~onder. igJ.l~!lle.llte resolver problemas) . Aunque pudiera ocurrir, también , que
un aumentO'dérrndrceaemeaiaCión. En cuanto a correla- estuviéramos ante un hecho significativo: lo complicado es
cÍones con otras variables (estado civil, ocupación, etc.), lo que se plantea fuera -del concejo, fundamentalmente--
los matices son aún más inapreciables. y por tanto no hay otra forma de resolverlo con los meca-
Dirlase, pues, que la actitud predominante entre los en- nismos internos. En todo caso, el porcentaje que le sigue
trevistados pone de relieve una conciencia y una práctica apunta, una vez más, a la más completa autarquía.
autárquicas, en el sentido que le he dado al térnlino. Hay, Cuando a los entrevistados se les planteaba, en diferen-
sí, matices diferenciales, pero ni parecen ser demasiado tes preguntas, por e! grado de influencia que en la comar-
ca tenían y deberían tener diversos grupos e instituciones,
6. Los restan(CS también suponen, claro está. otros tipos de mediación. pero
(apane del relativo al abogado, al que hago mención después) sus porcenJajes no son 7. Aspectos que CJlarnlno con detenimiento en mi infonne mencionado, pero a
significativos los que sólo puedo aludir aquí.
158 M'TROPOLOGfA PaLmeA AlSU.MIEI'II"O y CACIQ UISMO 159

contrastaban con nitidez los porcentajes obtenidos por los qlle iban a CQmerciar a ~ zonas~ a..La_Cabrem. fQL
caciques según que la opción fuera la influencia que tenían últ.imo, dadas las condiciones ~g:¡:i&J..I.)J.w:a..d~ubsis­
(el 76,8 % les asignaba la mayor lnOuencia) o que deberían tew:iallargos periodos de ocio durante e l invierno y prácti-
tener (para un 94,6 %. ninguna). OlrOS resultados de la en- camente nulos ingresos) ha existido un imD9rtantellujQ mi-
cuesta permilen entrever actitudes de desconfianza hacia gratorio estacj,oow badaAndab.Jcia....a la recogida de la acei-
la política oficial, por así decirlo; o, más bien, de su lejanía tuna, o, más pennanentemente, a América. Las condiciones
respecto a la comarca y de su ineficacia, en defin.itiva, para en las que se producía la emigración eslacional -que se
resolver los problemas de la gente. La política, en se ntido prolongó hasta después de la guerra civil- revela la preo-
amplio, parece tener así dos caras: una remota y poco útil cupaci6 n por obtener el máximo beneficio con el mínimo
y otra (la de los caciques) cercana y enojosa. Pero suma- costo. A principios de los años sesenta, un viejo de La Baña,
mente eficaz y. e n cualquier caso, inevitable en tanto per- dejó un vívido relato de sus experiencias infantiles: pasaban
duren otros factores. seis meses en Andaluda, de noviembre a mayo; el viaje se
Porque podría decirse que la aU larquía es el anverso de hacía a pie, dunniendo al raso o en pajares; tampoco en co-
una moneda que expresa tanto los condicionamjentos bá- mer se gastaba mucho: pan y tocino, que se llevaban de
sicos, infraestruClurales, muchas veces resaltados al refe- casa, y cardos que se cogían en el camino, lo
rirse a la comarca (malas comunicaciones, recursos esca- Interesa destacar respecto de esa emigraci6 n estacionaJ
sos, economía de subs istencia) como esos mecanismos so- que estuvo, en buena parte, condicionada por la necesidad
ciales internos que hacen posible la resolución de los de pagar las deudas contraídas con comerciantes y presla-
confli ctos y problemas entre gentes constreñidas a la con- mistas, a los que se compraba al {lila y que constituye una
vivencia cotidiana en un reducido espacio físico y social realidad viva aún.1I Como des taca un buen conocedor de la
-el pueblo, el concejo--. Su reverso es la necesidad de re- comarca, «-el endeudamjento-d.e....@-'l.o~jml.s.empesina
lac ionarse de alguna manera con e l exterior. ~abreiresa hiUido IIDa cOJlS1ant~_hi ~tQdca;_ prim e(QJ:.on la
unea han sido completamente autosuficientes .e sos lu- rglesia-y-despné·Sl::on- los--comerciantes....yJa lfacienda .Pú-
gru:§. Ca ero estaca, e onna a eeuada, los límites y las b.lica)t~l
quiebras tradicionales de la autarquia cabreiresa.' Pueden De es ta manera, se nos va perfilando ya e l fenómeno
resumirse e n los siguientes puntos: Primero, la existencia del caciquismo, tan presente como temido, a juzgar por los
de relaciones entre diferentes concejoS(fundamentalmen- resultados de la encuesta. El mundo exterior se ha conoci-
te, acuerdos mancomuna~ 'para la explotacióh de dis tin- do también a través de sus age ntes más temidos. Así lo ex-
tos recursos a través de determinad~s fOlmas de cultivo); a presaba, hacia los años treinta, alguien de fuera que habfa
e llo habría que -áñá'aiLla...ampliaci6n de redes de pare.~­ ejercido su profesión de maestro en uno de los pueblos de
co a pueblos pr6ximos, pese a la predominante endogawj¡t La Cabrera baja: «í\I escaso forastero que pisa ~.§tils...r~gj.9-
local e .iñCIuso_CQOS.a.o.guinidad 9 Hay que mencionar, ade- nes. se le....mlra X se leJecibe_ recelosas de,sconfiadamente;
más,.la existencia, a parJir de este siglo, de mercados esta- y es que, como con el Estado no tienen otra relaci6n que la
blecidos en al nos ueblos ue onfan en contacto pe- connibutiva, ni tienen de él más conocimiento que el de
riódicamente vados núcleos vecinos. -EILS o uga:í;Ja sus agentes investigadores y cobradores, para ellos todo fo-
ruptura de IiislOOnteras...comarc.aks a.,.cargo. df!-los.an:ieFeS- rastero supone uno del fisco, que jamás llega a darles algo,
8. Cabero Dit!guez. 1980. pp. I2·B.
9. En mi informe dedico una parte impon.me a resal l.:l.~ d peso de esos facto- 10. Camicer, 1970, pp. 170 Y $$.
n::s. pero también a deslaca~ la inevitable exog:unia... Un ""rumo delallado de una par- 11. Cabero Dit!¡uez. p. 66.
le de la comarca es el de Valladares mencionado en la nota 2. 12. Ibid., p. 65.
160 ANTROPOLOGÍA POLÍTICA AlSLAMIENTO y CACIQUISMO 161

siquiera el respiro de librarles de odiada visita .»'J ¿Con función. Retiene en los años de abundancia para los años
quiénes se endeudaban también los cabreireses? de escasez; es la esclusa de la riqueza pública, el pantano
En una ya vieja novela sobre la comarca se alude al del riego económico. Y tan así lo entienden los pueblos,
tema del caciquismo y se dibuja un panorama de gentes que he podido obseJ\far que, como ejerza el usurero hon-
que trabajan como los siervos en la antigua Rusia. El no- radamente su oficio, sin engaños, estafas, ni malas artes,
velista ofrece el retrato de un anciano pastor que está al lejos de guardarle rencor, le guardan reconocimiento, por
servicio de «un robusto señor, que ni siquiera vive en el caro que sea el interés que les lleve.»16
pueblo y que premia su labor con una sucia bazofia, un El fenómeno en La Cabrera está estrechamente ligado
mísero traje y un puñado de monedas al afio de las que in- a actividades de comercialización de los productos básicos.
duso le descuenta si uno de los animales muere o es devo- Así, en un informe realizado hace años se destacan tales
rado por ellobo».I ' Es difícil calibrar qué componentes de hechos y repercusiones en relación, concretamente, con el
pura ficción entran en el retrato y hasta qué punto no se ganado: «El problema [... ] procede de unas eSÍTIlctillas so-
han dado situaciones como ésa en la vida de los cabreire- ciales basadas en un sistema eminentemente caciquil, ya
ses. Parece, sí, que el novelista recarga las tintas sombrías que son los hombres fuertes quienes imponen unas condi-
y melodramáticas en ése y en otros muchos aspectos. Y ciones de comercialización de los productos ganaderos
uno está más que tentado a sospechar que se trata de una realmente leoninas [... ] la economía es en su mayor parte
imagen estereotipada de cacique, más apropiada para de trueque simple con lo cual comerciantes y especulado-
otras comarcas o regiones españolas de grandes desigual- res avispados, aprovechándose de las condiciones de mise-
dades económicas internas. ria en que la gente vive, les impone trueques altamente
La situación caciquil más frecuente e~ La Cabrera tie- desfavorables para los mismos.'> 17
ne que haberse equiparado, por el contrario, a la del pres- Esto proviene, claramente, de una óptica crítica, pero
tamista usurario al que se refiere una de las personas que vistas las cosas desde prisma muy diferente tampoco cam-
contestaron a la Memoria sobre Oligarquía y caciquismo de bia mucho el panorama. Quienes por la misma época ne-
Costa, en 1902, y que describía el fenómeno en la vecina gaban que tales imputaciones tuvieran validez, recalcaban,
provincia de Zamora: «NOJ.eWendp a quié..n...ª"cudir el infe- de rechazo la ubicación socioeconómica del caciquismo.
likJgbra.dm:_eQ.§l!L.fi~~J.lles apuros, por l~fuerfa ha ae En otro infonne respaldado por organismos oficiales se
entregarse al usur~(o del lugar, aceptando las condicioñes lee: «se ataca a la minoría rectora, que pese a todos sus de-
que quiera imponerle.»lS De modo realista, no exento de fectos sociales a los que en realidad son acreedores, no se
c1erto eITtismo,LJnamuno, en la misma obra, describe así consideran caciques, sino negociantes o comerciantes»Y
la figura y la necesidad del usurero: «He dicho que hay Es curioso, además, que en ese mismo informe, al tratar
pueblos que necesitan usureros y me conviene remacharlo. del comercio se haga alusión al tnleque, diciendo que «está
Entre gemes imprevisoras, sin instintos de ahorro ro gran más extendido de lo que se suponía» , al tiempo que se afir-
amor al trabajo, donde se vive al día cumple el usurero una ma de él que es «el campo más propicio a toda acción del
caciquismo». El Diccionario de Pascual Madoz, en el ar-
IJ. El p.hrafo p"rtenece a una cBreve memoria del estado general de las regio- tículo que dedica a la comarca, nos proporciona dos pin-
n~s Cabrera Alta y Calm:rn Baja (León). , mecanografiada , que aeompafulba a una caro
la que un diputado por LeOn envió el 10 de noviembre de 1931 a otr<J célebre diputa-
do por la misma provincia, D. Jose Ortega y Gasset. La documemación pertenece al 16. lbitL, p. 408.
Epistolario de este úhimo. microfilmado en la Biblio leca del Congreso de Washington. 17. CArilas de Astorga. 1963, .Infonne de la situación s.ocia-..conómica de la
y he tenido conocimiento de la misma gr.. cias a la amablUdad de Sil! Christian. zona Cabrera ]"on"sa». mecanografiado.
14. José Aragón y Escaccna, En/re brumas. Aslorga . 1921. pp. 46-48. 18. dnforme Diputación·Gobierno Civil de uón: La Cabrera >, LWn. \966. m e-
15. Cosla. 1975. pp. 415-422. canogrnfiado.
162 ANTROPOLOGÍA POLlnCA AISLAMIENfO y CACIQUISMO 163

celadas interesantes sobre el entomo medioambiemal y el minan, más o menos, con el mismo colofón que transcribe
modo de ser de sus gentes. Tras describir la zona como «un Camicer cuando le relatan esta última: «Mire si hay gente
verdadero nudo de montañas, circuido por otras mayores», de empuje en La Cabrera,,,21
tipifica a los cabreireses de esta manera: «la siL y consti- Dejando a un lado el problema de la estricta veracidad
tución física de este territorio hace de sus hab. de carácter de estos relatos, ]0 interesante es que se destaquen o repi-
despejado e industrioSO». 19 tan tan escenográficamente algunos elementos claves. Casi
Hahria que añadir: a unos con más fortuna que a otros. como si se tratara de un cuento analizado por VIadimir
Esos hombres fuertes ---como los denomina aquel infor- Propp, podemos diseccionar sus partes componentes. En
me- han debido desempeñar un tipo de liderazgo infor- primer lugar, una situación de adversidad inicial que hi-
mal basado, sí, en último extremo, en las relaciones iguali- perboliza en casos individuales las precarias condiciones
tarias que el tnleque conlleva, pero sacando al tiempo generales de la comarca. En segundo término, una serie de
buen provecho de esa redistribución a la que aludía Una- tribulaciones que ponen a prueba el temple de los futuros
muno. Como nos muestran los conocedores de los meca- triunfadores una vez que se alejan dellenufio. Por último ,
nismos de intercambio primitivo, las fronteras, estructura- la culminación de la empresa a través de actividades mer-
les y temporales, entre sistemas recíprocos y redistributi- cantiles de cualquier signo que cC2!m;.an-a-esta_especie..de
vos (y, por ende, entre igualdad y jerarquización políti- héro~eirés,...no.~a..p.or_encirna del resto de..sus paisa-
cas) son fluidas y responden a procesos temporales nada nos~ sino de la mayona de la g,ente gue vive .enJa ciudad .
abruptos. lO Por sup uesto, siempre_se trata deJ:elatQs s.obre_casos_indi-
Pero sigamos. Con frecuencia, en mis conversaciones viduales. La BlªY9(Ía dJ! los_eo:Ügrantes -nO--entra en esa ea-
con gentes de La Cabrera, al hablaL.df:...quienes..emigraron legaría.
con caráJ;::terJkfin,itivo - al País Vasco o a Madrid, por - ¿Qué subyace a la narración de estas biografías? La na-
ejemplo---- surgía_eLtgma..4djndOOd~ueJogró W!!arse rración, sin duda, homogeniza la imaginable variedad de
illli con .éxito-Eor más diferentes que fueran las personas a casos concretos, eliminando las disparidades, por no con-
las que se hiciera referencia y por muy diversos los lugares siderarlas significativas, y forzando, por el contrario, sus
a los que hubiera emigrado e incluso las actividades a las semejanzas. Diriase que ese proceso de simplificación y esa
que se hubiera dedicado, las historias eran sorprendente- estandarización de los relalos ponen de relieve una menta-
mente parecidas. Su_ esquema podria resumirse así: ui?a lidad que col.oca la clave del éxit.o en superar la mayor ad-
persona, que apenas tlene-.de...quL\O..'JlI:. en_su puebl0L-dáci.:.. versidad, la del propi.o entorno ----el más inmediato del con-
de'emiru:fuiJJ-espJJ,és de sufrir todo tipo de pen~lida es cejo o el próximo de la comarca- para situarse completa-
-~ándose de las más elementales comodidades e; co- mente fuera, física y socialmente, en el ámbito de las
grandes ciudades. Una vez allí, la fortuna deberia estar ga-
mida y habitación para poder ahorrar hasta el último cén-
rantizada,
Limo- comienza a cpsechar alguno§ éxitos,-- siempre en
Pero la mayoria no la alcanza, qué duda cabe. Sin em-
algo relacionado con el comercio, si bien en diferentes ra-
bargo, hay algunos individuos que, sin abandonar sus pue-
mQ§..dd.tnism~Bi(;Wafias parecidas todas a la c~si ~ítica
blos, sí consiguen situarse, por así decirlo, a medias entre
de aquel cabreirés que, de aprendiz de relojero en Inglate-
la inmensa generalidad de las gentes comentes y la exigua
rra, logró amasar considerable fortuna y fama, y que ter-
minoria de l.oS casos singulares idealizados en las bi.ogra-
fías. Se trata de esos comerciantes y negociantes locales a
19. Diccionario geográ(i<XHSfadfstico-hisrórico ... . Madrid, 1850, vol. 5, p. 56.
20. Me refiero al ya clásico análisis de Marshall D. Sahlins _On ¡he sociology of
primitive exchange., en &1IIon, 1968, pp. \39-236. 21. Carnicero 1970, pp. 29·30.
164 ANTROPOLOGÍA POÚTICA AISLAMIENTO Y CACIQUISMO 165

los que se ha aludido varias veces. Son gentes que se en- del municipio de Encínedo. que vivió a finales del siglo pa-
cuentran en una posición intermedia en un doble sentido. sado y primeras décadas del actual. Fue comerciante, es-
De un lado, son quienes, ciertamente, no han logrado e l tanquem y agricultor; ostentó, Lambién, cargos municipa-
éxito de aqueUos emigrantes que triunfaron en otros luga- les. Sus relaciones con las esferas políticas provinciales
res (y algunos de estos comerciantes locales parecen ser los eran frecuentes e importantes. De la correspondencia que
más aficionados a relatar aquellas casi legendarias biogra- recibía entresaco algunos párrafos de algunas cartas en las
fías); pero, sin embargo, gozan de una indudable mejor si· que esas relaciones se ponen de manifiesto. Así, la prime-
tuación socioecon6mica que el resto de sus convecinos. De ra, de 1899, se la dirige un diputado pmvincial que. entre
otra parte, sus propias ocupaciones los ponen periódica- otras cosas, le dice: «Me disgusta que Ustedes se ocupen y
mente en contacto con el exterior, bien personalmente, en molesten en hacerme obsequios y me disgusta aún más
sus desplazamientos para aprovisionarse de las mercancías que para ello molesten a los pueblos y pedáneos. De todos
que venden en sus establecimientos, bien a través de agen- modos agradezco a Ustedes mucho el jamón de jabalí y
tes comerciales que acuden a la comarca y se relacionan mejor será que lo salen y venga bien curado.» La segunda,
exclusivamente con ellos. Su nivel de información acerca de 1901, pmcede de un abogado de Madrid que agradece a
de lo que ocurre en la provincia, la nación o el mundo es nuestro hombre su ofrecimiento en las elecciones a dipu-
considerablemente supelior al de la mayoMa de sus clien- tados y le ruega que «de acuerdo con los amigos de esa for-
tes. En algún caso concreto, he podido constatar también me listas de personas que puedan ser interventoras en las
su interés por mejorar las condiciones de la comarca, y no mesas electorales». Es interesante destacar que, muchos
s6lo las del propio pueblo, no tiene parangón con el de años después, en 1929, ese mismo abogado escribe a un
otros muchos de sus paisanos. Uno me contaba cómo, hijo del personaje en cuestión para comunicarle que la es-
años atrás y mediante entrevistas con autoridades provin- cuela de un pueblo cercano que aquel, maestro, soUcitaba.
ciales y organismos competentes. había logrado. con otros (testá dada)) pero que le diga «cuá.l es esa Olra que quieres
comerciantes, hacer avanzar la canetera, casi palmo a pal- y cuenta con ella •.
mo, hasta que llegó a su zona. Estas breves notas nos permiten entrever la compleja
Conviene, por todo ello, situar estos fenómenos en sus red de intereses que vinculaban la comarca con sus ámbi-
justos términos. Cabe afirmar que actividades como las co- tos circundantes. La política provincial y el régimen políti-
merciales constituyen un mecanismo de articulación entre co nacional precisaban de gentes bien situadas dentro de la
esos lugares, aislados y replegados sobre sí mismos, y su comarca que pudieran hacer funcionar un sistema como el
mundo exteriOl: De ahí su funcionalidad. Pero al propio de la Restauración, basado tanto en las corruptelas electo-
tiempo tales mecanismos favorecen y posibilitan - aunque rales como en la apatía política de las masas campesinas.
no sólo ellos- el fenómeno del caciquismo en la comarca. Algunos individuos, como el vecino de Encinedo, podían
Hay, sin duda, una clara correlación con el aislamiento que ofrecer redes internas (<<los amigos de esa~) a cambio de
fue lradicional en la zona. Por tanto~may.or_ grad.u..de au- incrementar sus posiciones de poder y obtener beneficios
targuía.-e jncomu.o.icaci611.Jllás.....reducidas cias de. enlace. económ icos (así lo indica otra carta, en la que se le comu-
con el exterior y máLventajas para_quienes las tengan en.... nica la concesión de la expendeduría de tabaco). Como ha
sus manos. ~Q.LCa.ldO-d.e...culti:V(Lpar:a _el caciquismo. señalado un historiador del sistema polftico real de la épo-
Algunos documentos procedentes de un archivo parti- ca: «El cacique no era necesariamente una persona que de-
cular al que pude tener acceso revelan cómo, tiempo atrás, tentara riquezas; ni el poder económico razón suficiente
muy diversos factores configuraban la vida de un cacique. para alcanzar el poder político como cacique [ ... ] El siste·
Se trata del caso de un individuo de uno de los concejos ma de favores singulares y relaciones personales, basado
166 A,\lTROPOI.OGM poLtncA AISlAMIENTO Y CACIQUISMO 167

en un uso discriminante de la maquinaria administrativa, tenimiento de los conflictos dentro de unos det'erminados
favorecfa al politico profesional .• l l límites.:'
Probablemente, la confluencia en el caso al que me he Detengámonos en estas características en relación con
referido de posición económica pujante (son numerosos en lo hasta aquí expuesto. Por lo que respecta a la primera. ya
el archivo los documentos de compraventa de casas y par- he señalado en qué medida result6 eficaz para UD determi-
celas), comercio y cargo municipal, hacían de aquéUa la nado sistema la conjugaci6n en un mismo individuo de ro-
persona idónea para ocupar esa posición intermedia, clave, les econ6micos, administrativos y específicamente politi-
entre sus convecinos y los requerimientos del remoto siste- coso No es preciso, por otra parte, remontar el fenómeno a
ma político del país. Una posición incomparablemente más fechas tan lejanas como principios de siglo. Todavía está
enraizada en la estructura social local que la que pueda te- viva en los relatos de la gente la imagen de un famoso cura
ner un funcionario municipal en nuestra época (recuérde- (al que Camicer tuvo ocasi6n de conocer y dedicar unas di-
se algún resultado de la encuesta, relativo al secretario mu- vertidas páginas en su libro) que combinaba perfectamen-
nicipal, al que aludí páginas atrás), y por tanto mucho más te su misión sacerdotal con actividades rentables y con
susceptible de articular las demandas de las esferas inter- otro tipo de articulación de peso en la posguelTa: la de los
na y externa. maquis con los vecinos de los pueblos. De una forma u
otra, otl'OS clérigos preconciliares parece que respondían
~uiSOl.o~,é.s_.rulf'~ce, pu~s", t~nóm,S!!.Q-Ínti­
también a esa eficaz indiferenciación de roles. Más aún,
mamente. asociado con la incomunicacióu_,) 'da_autacquía.
tan diferentes como podían ser los curas que conocí a plin-
Pel~ al propio tiempo, ha sido uno.4e...1.oJi ..J.JQj;QS can~.les
cipios de los ochenta, deliberadamente ajenos a las redes
institucionali~dQs..con q.ue.nall..-contadJ.u .x:adidonal.mente
de poder tradicionales, no dejaban de ser vistos por mu-
los pueblos de-la..comarca_para-celacioruu:se.de.Joana..más chos de sus feligreses como eficaces mediadores ante orga-
que_espo;:ád.ica.G.on..su...mund.Q...exteQ.or. Este tipo de cacique nismos y personas de fuera. Probablemente, era ésa la con-
responde bien a las características de lo que, en la literatu- trapartida a sus afanes por atender a las gentes de sus pa-
ra antropológico-po.lítica, se ha denominado un broker o rroquias más allá de sus necesidades puramente espirituales.
un middleman , un tipo de rol que engendran determinadas En cuanto a las otras dos nolas que caracterizan a las
esnucturas sociales y que 'liene a regular el flujo_de-recur.:, comunidades encapsuladas. mi breve experiencia en la co-
sos polftico,S.,eXtemos-- haei~1 ¡nterio,de aquéUas. n marca DO fue obstáculo para que me Uegara información
Se trata de comunidades a las que Bailey define como abundante de formas de cooperación institucionalizadas
estructuras encapsuladas en otras estructuras sociales más entre vecinos en lo que respecta a faenas agrícolas. Res-
amplias (las de la provincia o nación, en este caso), sin que pondiera o no a la realidad, la gente alardeaba de Lrabajar
entre ambas existan abundantes canales de comunicación, ayudando a sus convecinos aunque no tuvieran labor aquel
entendida ésta en un sentido más amplio que el puramen- año y daban por supuesto que aquéllos harían 10 propio
te físico. Tales comunidades encapsuladas se caracterizan, cuando Uegara el momento. Se trata de esa especie de ca-
entre otras notas, por una gran indiferenciaci6n de los ro- pital no monetario, sino de servicios recíprocos, cuyos be-
les sociales, por una explicita convicción de que la relaci6n neficios se actualizan de modo difelido. Por otra parte, ya
con otros tiene que basarse en una especie de toma y daca señalaba antes c6mo a la pregunta de la encuesta relativa
--este segundo más diferido que inmediato-- y por el man- a la solución de los ~tlOflictos se subrayaba la fácil resolu-
ción de los mismos, su mediación posible, dentro de los Ii-
22. Varela Orteaa. 1977. p. 437.
23. Bailey. 1973. p. 166. 24. !bid .• pp. 147 Y "".
168 ANTROPOLOGíA poLtnCA

mites del pueblo. 0, de modo más utópico, su inexistencia


misma.
A ese middleman que es el cacique se le detesta tanto al
menos cuanto se le necesita. Porque lo que caracteriza su
rol y lo que lo hace necesario es que tiene UI1 pie en cada
campo, como se le ha definido gráficamente. l 5 Probable-
mente, en el caso de La Cabrera, mucho más finnemente
asentado en el campo interno que en el externo. Sin duda,
sus mayores logros se obtienen cuando la estructura social AMIGOS Y E NEMIGOS
encapsulada se encuentra más replegada sobre sí misma,
ya que puede monopolizar con mayor facilidad el flujo ex-
terno: infonnación, ciertos servicios, etc. Y para bastantes
cabreireses ésa era todavía en buena medida la situación
Introducción
cuando conocí su comarca.
El ámbito espacial de los hechos que se exponen en
este trabajo \ está constituido por una zona que conozco di-
rectamente por haber realizado en ella trabajo de campo:
un pueblo de la provincia de Granada. El marco temporal
está integrado por un presente que he vivido y un pasado
nada remoto del que he podido recabar la infonnación que
expondré aquí. No podria decir cuál de estas dos coorde-
nadas ---espado y tiempo- tiene más importancia para
entender los datos que presento en este trabajo. Sí, en cam-
bio, me atrevo a afinnar que la segunda, como marco al
menos, debe tenerse muy en cuenta. Y ello porque para
comprender aspectos importantes de la dinámica conthcti-
va en el pueblo tendremos, cuando menos, que tomar en
consideración un conlexlo socio-económico más amplio
que ha experimentado modificaciones sensibles en los últi-
mos diez o quince años.
Sin embargo, tengo que dejar constancia de que no me
ocupo aquí de un estudio del cambio social. Mis pretensio-
nes son bastante más modestas: sucede simplemente que
analizo realidades sociales en un contexto --el inmediato,

l. Se hacen bastantes ref.-reneias aquí a E . Luque Baena. 1974. Como allí se in-
dJea. lanla el nombre dd pueblo como el de la eomWlidad de bienes y los de ,us ór-
ganos inlegrantes Son todos ficticio,. Igual <>C\lITe aquí por lo que respecla al nomb",
de los personajes de los casos estudiados. Sólo sus hechos son reales. El preseme.
mientras nO Se indique otra cosa. hace referencia a los primeros anos de la década de
25. Baile)', ]970, p , 167. los setenta.
170 ANTROPOLOGíA POLmeA AMIGOS Y ENEMlGOS 171

el del pueblo y el más remoto- que de algún modo está Jaral de la Sierra. Hay que señalar que entre esas dos eta-
cambiando. pas que acabo de resumir se produce en España el proce-
El factor tiempo . entendido en un sentido bastante di- so de Desamortización, que llevó a la venta de bienes como
ferente del que acaba de mencionarse, también cuenta de éstos en muchos pueblos y ciudades de España, con lo que
otra manera. Como veremos, los conflictos siguen determi- pasaron a ser propiedad particular. No seria extraño que se
nadas secuencias (iniciación, técnicas de ataque y de con- hubiera recurrido por aquella época a una ficción legal
traataque, final aparente de las tensiones y rebrote de los consistente en presentar estos bienes como si siempre (en
antagonismos, a veces con los mismos protagonistas), se- los documentos se dice «desde tiempo inmemorial») hu-
cuencias a las que un estudio rígidamente estructural les bieran estado desligados del ayuntamiento y administrados
vendria muy estrecho. conjuntamente por lqs vecinos. Aunque no he encontrado
Por eso mismo, al abordar aqui fenómenos conflictivos, constancia de que así haya ocurrido en .el caso de Jaral, sí
presto más interés a procesos que a estructuras. Y, también existen documentos que pnteban que tal hecho ocurrió en
por eso, me interesa analizar en estas páginas la incidencia otros pueblos españoles que se encontraban en similares
de valores y símbolos en los acontecimientos y no llevar a circunstancias. 3 De cualquier manera, el cambio en la titu-
cabo un análisis más o menos estructural de los mismos . laridad de la propiedad comunal tuvo dos consecuencias:
una, inmediata, que fue que estos bienes no se vieron afec-
tados en absoluto por la polítiCa desamortizadora del si-
glo XIX, y otra, más tardía, que consistió en que, e_n parte,
El marco de los conflictos
los terrenos comunales fueron siendo cedidos a los vecinos
del pueblo para que los cultivaran con carácter individual.
Existe en Jaral de la Sierra, además de la palticular,
Como he indicado antes, este último hecho parece estar di-
otro tipo de propiedad de la tierra, de carácter comunal. rectamente relacionado con el crecimiento demográfico
Consiste, fundamen talmente en terrenos de monte y pastos que experimel)tó raral desde el último tercio del siglo pa-
que, desde el siglo pasado y paralelo al creciente aumento sado, ya que se halia necesario ampliar de fonna conside-
de la población, han sido, en palie, roturados y cultivados. rable la superficie cultivada en el término .municipal. .
En la actualidad, tales terrenos, por las razones que ex- Pero el mayor aprovechamiento de los terrenos de la
pondré más adelante, han dejado de ser cultivados y, en Comunidad de bienes ha consistido en los pastos. Y no han
gran medida, van dejando de ser utilizados también por el sido los ganaderos del pueblo los únicos beneficiarios de
ganado. En atTo lugar/ y gracias a los documentos que he los pastos: periódicamente, hacia final de la primavera y
podido utilizar, he descrito la trayectoria histórica que pa- comienzos del verano, acuden a la sierra de Jaral ganados
rece haber seguido la propiedad de esos terrenos .-En sín- de las comarcas limítrofes . Los propietarios de estos gana-
tesis, me referiré aquí a dos grandes etapas: hasta los pri- dos, a diferencia de los ganaderos de Jaral, deben abonar
meros años del siglo pasado, la propiedad comunal estuvo un tanto por cabeza de ganado. Estos ingresos han sido, en
en manos del Concejo (el precedente ·de los actuales ayun- otro tiempo, bastante importantes y es la Comunidad de
tamientos, como és bien sabido); a partir de unos años des- bienes la que los administra. A tal efecto, y de ello hay
pués , la propiedad comunal, si bien con los mismos carac- constancia documental desde el último tercio del siglo pa-
teres que ofrecía antes, pasa .a manos de un organismo dis- sado, existe lo que se llama la Comisión Administrativa,
tinto que se denomina, hasta hoy, Comunidad de bienes de compuesta por cinco miembros: un presidente, un tesore-

2. Op. cit., cap. 11. 3. ef. A1ej3ndro NielO, 1966, pp. 409 Y ss.
172 ANTROPOLOGlA POlmCA AMIGOS Y ENEMIGOS 173

ro, un secretario y dos vocales. Con arreglo a las previsio- materias legales que tuvo la Comisión. Una y otra cosa
nes de los estatutos de la Comunidad, todos estos cargos pueden haber contribuido a suavizar tensiones entre dos
deben renovarse anualmente, en la asamblea de vecinos entidades como éstas. potencialmente conflictivas, ya que
que se celebra el 6 de enero. No obstante, y aunque algu- mientras la Comunidad goza de poder económico y legiti-
nos estatutos hacen referencia a procedimientos de elec- midad popular. pero no tiene autoridad legal para hacer
ción, más bien habría que hablar aquí de aclamación, ya efectivos sus acuerdos, el ayuntamiento, por su parte. está
que en la asamblea se renuevan los cargos 0, de ordinario, desprovisto prácticamente de medios económicos, pero al
continúan los que los desempefiaban hasta entonces por el recibir su legitimación fundamentalmente de instancias es-
simple hecho de presentarse ante los partícipes asistentes,' tatales, posee la única autoridad legal que ex iste en Jaral
quIenes, según las circunstancias: gritan que sigan l~s.inis­ de la Sierra. Incidentalmente, se me ocurre que este tipo de
mos que ya estaban en la Comisión o que ésta se renueve contraposición, acentuado por la existencia de un determi-
con los individuos que se ofrezcan para integrarla. Insisto nado régimen político en nuestro país, ha favorecido el ac-
en que, en la práctica, y salvo que surja durante el período (Ual estado de cosas en el pueblo al provocar en los últimos
anterior algún problema, los miembros que forman la Co~ años el paso de la potencia al acto, es decil~ del mero an-
misión un af\o pueden dar por seguro que se mantendrán tagonismo formal al conflicto real.
en sus puestos al año siguiente. Pese a esto, la Comisión ha 2." La Comisión ha conseguido mantenerse en funcio-
tenido en los últimos treinta anos un carncter democrático, nes más de un año, como señalaba antes, pese a las nor·
al menos forma lmente. un agudo contraste con lo que su· mas estatuarias, en base a un s is tema de relaciones entre
cede por lo que respecta al ayuntamiento. ya que en la pli~ sus miembros y los electores que hace posible las aclama-
mera la designación de todos los cargos depende en última ciones en sucesivas asambleas anuales.
instancia de la voluntad de los vecinos, mientras que, como 3.- Los factores que sirvieron de marco a lo que he
es sabido, el puesto principal en el segundo, el de alcalde, descrito anteriormente han experimentado un sensible
es nombrado por el gobernador civil. Con todo, las cosas cambio en Jos últimos quince o veinte años. Por dos razo-
son bastante más complicadas, como tendremos ocasión nes: primera, eJ acusado proceso migratorio a que se ha
de ver a lo largo de estas páginas. visto sometido Jaral en ese período, y segunda, las nuevas
Conviene destacar algunos factores que complican lo perspectivas de explotación que ofrecen en estos últimos
tiempos las tierras de mayor altitud del término municipal,
descrito hasta aquí. Los resumiré en tres puntos:
dado el interés de una oferta de tipo turístico en zonas
donde el aprovechamiento tradicional ha sido de índole ga-
l." A pesar de la separación formal entre ayuntamien-
nadera.
to y Comunidad, que aparece en los documentos de la Co·
munidad y que reflejan también las actas del ayuntamien-
A1 primero de los puntos señalados dedico atención
to en alguna ocasión,5 se ha procurado, en los úllimos
más adelante. Me centraré ahora en el segundo y tercero.
tiempos al menos y hasta hace muy pocos años. que algún Como he indicado antes, la Comunidad de bienes ha
concejal sea al mismo tiempo vocal de la Comisión admi- dispuesto trad icionalm ente de importantes ingresos econó-
nistrativa. Por otra parte, el secretario del ayuntamiento micos, en su mayoría provenientes de la venta de los pas·
fue, hasta hace no demasiado tiempo, el único asesor en tos a los ganaderos forasteros. Un éapítulo menor en estos
ingresos lo ha constituido la venta a comerciantes, también
4. La cualidad de panfcipe ha expcrimemado cambios a Jo lar¡o de la historia
de la Comunidnd. Cf. Luque. op. cil .. pp. 67.71.
forasteros, de las plantas aromáticas silvestres, como el ro-
S. /bid. mero, el tomillo, la salvia y la alhucema, a cuya recogida se
174 ANTROPOLOGÍA POLtnCA
AMIGOS Y E."lEMJGOS 175
dedicaba buena parte de la gente del pueblo bastantes años como la Comisión de este hecho, no es eXLraño que se
atrás. Los acuerdos de la Comunidad establecen que tanto adoptara un sistema que beneficiaba a los primeros y la se-
los pastos como las plantas aromáticas se vendan median- gunda: la Comisión, en general, aceptaba lo que los labra-
te subasta. pero mientras éste parece haber sido el proce- dores tuvieran a bien declarar, siempre que éstos estuvie-
dimiento utilizado para las segundas. no ha ocunido así ran dispuestos a reelegir a sus miembros para el año si-
por )0 que respecta a los pastos. Hay que advertir que el guiente. El guarda se limitaba, por su parte, a efectuar un
único medio, hasta hace escasos años, de fertilizar la tierra reconido formulario por algunas fincas y, por otra, llevaba
de labor ha consistido en el «estercolos (es decir. el abona- a cabo un control más minucioso de las parcelas de labra-
do de los campos por medio del excn!men to animal). En dores de cuyas intenciones electorales no estuvieran muy
parte, el .estercolo» se realiza con los ganados del pueblo; seguros los miembros de la Comisión. Si se daba, como so-
pero cuando las labores agrícolas en la sierra eran de cuan- lfa ocurrir; falsedad en la declaración, se pasaba entonces a
tfa considerable,· aquéllos resultaban notoriamente insufi- una fase de transacción entre la Comisión y el labrador du.
cientes. Existía entonces, y me refiero a los afios cuarenta doso. La transacción, nonnalmente, traia como resultado
y cincuenta de este siglo, un sistema que permitía solven- una promesa de apoyo poI' parte del labrador para el día de
tar este problema: los labradores que teman tierras en la la asamblea.
sierra (en terrenos pertenecientes de derecho aunque ya no La Comisión podía obtener aún otro tipo de apoyo. Du-
de hecho a la Comunidad),· ... acordaban con ganaderos de rante el invierno, cuando ya la gente había vuelto al pueblo
fuera el .ceslercolo» de sus parcelas a cambio de algunas tras sus ocupaciones agrfcolas en la sierra, el guarda de la
contraprestaciones. Así, mienLras que los forasteros abona· Comunidad se dedicaba a vigilar la recogida de leña para
ban a los labradores la cantidad que estuviera fijada por usos domésticos en un monte cercano al pueblo, también
cabeza de ganado (cabrío o lanar), o parte de la suma a propiedad de la Comunidad. Se permite que cada vecrno
que ascendiera el total de cabezas, más el estercolado de la puede recoger allí sólo la lei'l.a caída, para su exclusivo uso
finca, los labradores les proporcionaban refugio en el .ccor· y no más de una carga, a fin de evitar que otros vecinos se
LijiIJo» y la comida durante el Liempo que durara su per· vean desprovistos de este combustible. Al existir hoy nue-
manencia en el lugar: Los labradores quedaban obligados a vos combustibles, la prohibición ha caído en desuso, pero
declarar a la Comisión administrativa cuánto ganado había años atrás los más pobres no encontraban en invierno
pastado e n sus parcelas y a entregarle el dinero recibido cuando escasean las faenas agricolas, muchas posibilida:
por tal concepto. des de allegar unos recursos. Así que se dedkaban a reco-
Para controlar a los labradores, la Comisión sólo ha ger cuanta leña podían y a venderla a personas de mejor
dispuesto de un guarda que debía recorrer todas las parce- posición económica. Al individuo que era sorprendido en
las y dar cuenta de la veracidad o falsedad de las declara- esta infracción por el guarda se le desposeía de toda la lei'l.a
ciones de aquéllos. Pero la dispersión de estas labores en- que tuviera consigo. Algunos, con previsión, ofrecían de
tre sí y el dificil acceso a ellas, dadas la extensión del tér- antemano a la Comisión su presencia en la asamblea y re-
mino municipal de Jaral y la complicada configuración cibían a cambio la promesa de una tolerame actitud por
orográfica del mismo, ha hecho que esta tarea fuera prác- parte del guarda de la Comunidad.
ticamente irrealizable. Conscientes tanto los labradores Si no se presentaban otras circunstancias (como una
intenrención directa del ayuntamiento o, sencillamente, la
6. Ibid. dimisión de miembro destacado de la Comisión), el orga-
6 bis. La siluadón afectaba a Sflllet que no teman má$ que eslU la~. asf nismo gestor de la Comunidad podía mantenere fácilmen.
como :1 0U'0l que ampliaban Ju su)'U con t~ de la Comunidad.
te durante varios años sin necesidad de que se renovaran
176 ANTROPOLOGíA POLmeA AMIGOS Y ENEMIGOS 177

los individuos que la constituían. Los factores que acabo propiedad y por la abundancia del minHundismo, pocos
de exponer favorecían tal estado de cosas. son los impuestos que pueden recabarse de los vecinos.
Ahora bien, a partir de los últimos años de la década de Ahora bien, a partir de hace doce o catorce afias, se ini-
los cincuenta se inicia en Jaral un proceso migratorio que cia en los aJrededores del término municipaJ, en Sierra Ne-
alcanzaba unos diez años después proJX>rciones casi alar· vada, el desarrollo de las posibilidades luristicas de la
mantes. 1 Esto supone, para los datos generales expuestos zona. Esto lleva consigo, por lo que respecta a Jaral, el des-
hasta aquí, varias consecuecias. En primer lugar. las tierras pertar de expectativas orientadas a la pOSible reconversión
alejadas del núcleo urbano han dejado de ser cultivadas en instalaciones bateleras y deportivas de terrenos hasta
casi en su totalidad. Por otra parte. la mano de obra abun· entonces prácticamente inútiles, como son los de mayor al-
dante que en otro tiempo se desplazaba a labores como la litud que posee la Comunidad de bienes. A diferencia de lo
recogida de plantas aromáticas no existe hoy de ninguna que ocurre en otros municipios limítrofes, en JaraJ la ad-
manera en Jaral. Por último, y en relación también con lo ministración de estos terrenos cae fuera de la competencia
que indicaba antes acerca del uso de nuevos combustibles del ayuntamiento, como queda indicado. Por tanto, no son
para usos domésticos, pocos son los individuos que no en- posibles aquí las concesiones administrativas que hacen
posible la explotación turística en la zona. Pero, por otra
cuentren trabajo fuera del pueblo y tengan que dedicarse a
parte, no puede la Comunidad tampoco, al carecer de re-
recoger leña en el monte. conocimiento legal, acometer una empresa que rebasa am-
Todo esto supone, a su vez, que los ingresos de la Co- pliamente sus competencias tradicionaJes. Ha habido, no
munidad disminuyan de forma considerable. Los ganade- obstante, en los últimos años intentos por parte de los
ros de fuera no encuentran ya las facilidades que les per- miembros de la Comisión, a veces a título personal, de re-
mitían estacionarse una larga temporada en Jaral, ya que solver el problema a pesar de las trabas legales. Tentativas
no queda en los cortijos de la sierra gente que los atienda. que, hasta el momento, no han conducido a ningún resul-
Tampoco puede disponer de ese capítulo menor, pero im- tado práctico.
portante, de ingresos provenientes de la venta de plantas Con todo esto, volvemos a lo que indicaba antes, relati-
aromáticas. Puedo citar aJgunos datos cuantitativos de vo al conflicto potencial entre la Comisión y el ayunta-
modo pw-amenle aproximativo. TaJ vez sirvan para dar una miento. Las modificaciones del contexto socio-económico
idea de los problemas económicos en que se debate la Co- en los últimos años han ido, de (onna paulatina, quebran-
munidad. Parece que hace unos veinte años pastaban en el do el difícil equilibli o entre una y otro. Cuenta todavía la
télmino de JaraJ más de 20.000 cabezas de ganado cabrío Comunidad, a pesar de sus problemas, con una especie de
y lanar, en la época en que por cada una de ellas se paga- apoyo tácito entre muchos de los vecinos de Jaral. No tan-
ba 1,50 pesetas y tan sólo 2.500 pesetas de contribución te- to porque estimen que la administración de los bienes co-
rrilorial al Estado. En la última campaña, 1973-1974, aun- munaJes está siempre, necesariamente, en buenas manos,
que se cobraron 60 pesetas por cabeza de ganado, la con- sino porque la imagen tradicional que la gente liene del
tribución parece que asciende ya a unas 400.000 pesetas ayuntamiento no favorece en absoluto que esa administra-
anuales. ción cambie de titulares. Vaya aclarar un poco esto. Hay
El ayuntamiento, por su parte, cuenta con recursos que tener en cuenta que pese a los, relativamente, impor-
económicos más problemáticos, si cabe. Baste decir que en tantes ingresos que ha tenido la Comunidad, no hay ape-
un pueblo que se caracteriza por la muy escasa mediana nas noticia, hasta hace bien poco, de que haya quedado di-
nero sobrante, una vez cubiertos los gastos, de un año para
7. Cf. Op. dI .. wp. l. otro. He leído las relaciones de cuentas de tiempos atrás.
178 ANTROPOLOGÍA POLfnCA AMIGOS Y ENEMIGOS 179

redactadas con motivo de la asamblea anual, y no recuer- puesto, el nombramiento de los alcaldes. De este modo, se
do que en ninguna de ellas los ingresos superaran a los enfrenta a la existencia de algún control sobre los bienes
gastos; normalmente, ambos capítulos suman lo mismo. El comunales, por muy mediatizado que sea, a l temor a la
sistema de relaciones entre los miembros de la Comisión y eventual ausencia total de control sobre eUos en el caso de
los vecinos de Jaral explica que no haya existido en la Prác- que pasaran a ser administrados por el ayuntamiemo.
tica cOnlrol alguno sobre la gestión de aquéllos. Sin em-
bargo, en el ánimo de la gente está que el estado de cuen-
tas no respondfa nunca a la realidad. He escuchado repeti- Situaciones conflictivas
das veces una anécdota referida a algo que ocurrió hace ya
bastantes años: en una asamblea, posiblemente promovido Dedico esta parte a la descripción de tensiones y enfren-
por un grupo que quería renovar la Comisión, se produjo tamientos concretos que tjenen como marco el que he expli-
cierto alboroto; la gente gritó a los miembros de la Comi- cado en las páginas anteriores. Se trata de dos casos - sobre
sión que se habían .. comido» el dinero. Los otros contesta- los cuales he podido recabar suficiente información- y de
ron que no era cierto, que lo que había ocun'ido es que el hechos cuya marcha he seguido directameme. Tengo que
dinero se lo habían «bebido ». La anécdota tiene más de advertir que presento una selección de hechos que me pa-
chiste que de suceso real, pero, más o menos cierta, reve- recen significativos y que mi descripción no pretende ago-
la, por un lado, que la gente es plenamente consciente del tar la multiplicidad de matices que ofrece la realidad.
uso que se ha hecho de los bienes comunales, y por Otro,
que tal estado de cosas se acepta, aunque no se esté nlUy l. Hace algunos años, la familia X, que no residía ya
de acuerdo con él. Hay en esto un evidente fatalismo,' apli- en Jaral, de las más pudientes del pueblo en su época, de-
cado aquí a la gestión pública. Fatalismo que no se limita cidió vender unos terrenos de su propiedad en un lugar
a lo que ocun'e con respecto a la Comunidad de bienes: sea muy cercano del núcleo habitado. Dado que estos terrenos
más o menos cielto o falso , esto es lo que se piensa tam- podían ser de utilidad para el pueblo, algunas personas
bién de la gestión municipal. Puede selvir de ejemplo lo destacadas pensaron que fuera la Comunidad de bienes la
que me deda un hombre, hablando de los alcaldes: «E l tío encargada de comprarlos, ya que, como he indicado antes,
que entra ahf (el ayuntamiento) y no come ... Si come, sale el ayuntamiento carece prácticamente de medios económi-
murmurao y si no come, sale munnurao ... De manera q ue cos. De acuerdo el segundo con la Comisión, se redactó un
más tonto es el que le ponen la mesa y no coge.» contrato de compraventa mediante documento privado. En
No obstante, pese a ser prácticamente idénticas las él se establecía una cláusula e n virtud de la cual los vende-
imágenes que proyectaban sobre sus vecinos las Comisio- dores se reservaban una parcela sin vender, por si querlan
nes y los alcaldes, está todaVÍa el hecho de que sólo las p ri- algún día edificar allf una vivienda. La cláusula también
meras dependen de la voluntad popular. No así, por su- determinaba que si más adelante la famili a en cuestión de-
cidía vender también esta parcela, la Comunidad tendría
8. Es tópico, al hablar de Andalucía, referirse a esta nota de penonatidad 00- una opción de compra (es decir, sería la primera en ofrecer
l«!llla, y recubre en muchas ocasiones intereses muy concretos. de clase: imposibili· un precio por la parcela, si así le interesaba en ese mo-
dad estructw-al en que se encuentran los sectort:$ no privilegiados de In sociedad ano
daluUI para luchar contra una determinnda or¡¡ani7.adÓn soci~onómica. Oia~ del
mento). Curiosamente, en el documento que redacta el se-
Moral. sin embaq¡o. poco $O!ópt'(:hoso de hacer el juego a esos intereses, resaltó el fa· cretario del ayuntamiento, asesor en la práctica de la Co-
talismo del cordo~, si bien mostró igualmente que . en ocasiones de crisis, la habi· munidad, se hace constar q ue el comprador de los terrenos
tual resignación frente a ese orden social se t.-ans[onnaba rápidamente en car<lCteds-
(jeas totalmente opuesw: la plena oonvk:dórl. casi rnilr:narista, ck que b K1Ciedad en· es el primero y no la segunda. Esto suporna colocar a la
tera podfa transronnarse. Comunidad en una posición muy desventajosa en el m~"';-:"""",.,
~.
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'" S d 'J
180 ANTRQPOLOGIA roLfncA AMIGOS Y ENEMIGOS 181

mento en que la cláusula tuviera que ponerse en vigor: Pa· res para vender a un precio inferior al que en realidad per-
saclo algún tiempo, la familia X. sin prestar atención a lo cibirla él de aquéllos. Los ánimos se exaltaron y Banolomé
estipulado en el contrato, vende a Bartolomé, un pr6spero estuvO a punto de ser linchado por la multitud aquel dfa.
comerciante, bien relacionado familiarmente y asociado Las ventajas obtenidas por Luis no estribaban precisa-
con un primo del alcalde. Este último, a su vez, estaba em- mente en la revocación del acto de compraventa de los te-
parentado en el mismo grado con una importante autori- rrenos: simplemente, se trataba de hacer patente al opo-
dad militar de la provincia. No pertenecían, sin embargo, nente cuál era su fuerza. El mensaje deberla recogerlo no
ninguno de eUos, salvo BartoJamé, al estrato tradicional- sólo Bartolomé (a quien probablemente se tomaba más
menle más pudiente. como medio que como objeto final del ataque), sino las
El asunto de la venta y quiénes han sido los beneficiados personas que habían respaldado a éste. Y asf fue: como
se conoce pronto en el pueblo. Luis, otro individuo, se en- Luis había hecho circular días atrás un escrito en el que se
carga de canalizar lo que es, en un principio, un difuso sen- ponía en entredicho la buena fe del ayuntamiento y había
timiento de extrañeza en la gente en algo mucho más con- recogido finnas de quienes se mostraron de acuerdo con
creto y perfilado: lo que deberla ser para provecho de todo su contenido, fue Uamado al cuartel de la Guardia Civil y.
el pueblo 10 han convertido en beneficio de unos pocos. Y al parecer, se le propinó una fuel1e paliza.
todo ello gracias al respaldo que los beneficiados tienen en Ataque y contraataque habían finalizado de momento.
ese momento en el ayuntamiento. Hay que señalar que Luis Sin embargo, algún tiempo después, Luis. una vez más, se
o. mejor, su familia. penenece a un estrato que, tradicional- ocupó de recoger nombres de algunas personas que habran
mente, ha tenido más peso que el del entonces alca1de. recibido también, y por distintos motivos. malos tratos en
Creado el estado de opinión favorable, Luis se propone el cuartel. Provisto de su nueva lista se dirigió a la capital
dar a Bartolomé una prueba de su fuerza. Entre las activi- y. avalado allí por viejos conocidos. hizo valer su condición
dades comerciales del segundo estaba una que ha adquiri- de suboficial durante la guerra y expuso a las autoridades
do mucha imponancia en Jaral en los últimos tiempos: la militares su Caso. Éstas ordenaron una investigación en el
compra de cosecha de verano a los labradores para ven- pueblo y. a pesar de que las personas que habían dado su
derla, mediante un procedimiento similar a la subasta, a nombre para la lista negaron los hechos, poco después lle-
compradores que acuden a diario al pueblo. Esta actividad gó la orden de traslado para el comandante del puesto.
se desarrollaba entonces en la plaza. el lugar nonnalmente Hay que tener en cuenta que, apane de las gestiones per-
más concurrido del pueblo y más aún en esas circunstan- sonales de Luis, sus relaciones famil iares en el pueblo ha-
cias, ya que los labradores siguen las incidencias de la su- bían cooperado en gran medida a que esto ocurriera. No
basta con atención porque no perciben dinero alguno has- obstante. el asunto no termina ahf: sus oponentes acudie-
ta que la operación de la jornada ha sido realizada. Ade- ron también a la capital y. usando el argumento del poSible
más. éste es el único medio que tienen para controlar las debilitamiento de la autoridad si se efectuaba el traslado
actividades de los intennediarios. Luis sabía que no pocHa del guardia civil. consiguieron que la mencionada orden se
atacar frontalmente a Bal1olomé aludiendo al asunto en el anulara. Con esto, el fracaso de Luis y de la gente que de
que había resultado beneficiado, ya que ello suponía un una forma u otra lo habían apoyado era palpable.
alaque a la autoridad del alcalde, para lo cual no tenía Sin embargo, algo se había conseguido: que quedara de
fuel-a suficiente. El alaque fue. por decirlo así, lateral: con manifiesto cómo los responsables de la Comunidad, los
sus seguidores más convencidos hizo correr el rumor de miembros de la Comisión, habían demostrado, en el menor
que los labradores estaban siendo engañados por Bartolo- de los casos, poco celo en mantener deslindadas la respecti-
mé, el cual se habra puesto de acuerdo con los comprado- va esfera de competencia con relación al ayuntamiento. Lo
182 ANTROPOLOGlA POLITlCA AMTGOS y ENEMIGOS 183

cuaJ, en este caso concreto, beneficiaba directamente a algu- constituía ese superávit a que me he referido ames. Tras
nos individuos bien relacionados con la otra esfera de poder. mucha insistencia por parte del nuevo presidente de la Co-
2. En este segundo caso nos volvemos a encontrar misión y casi un año después de haber renunciado a su
con algunos de los actores que intervinieron en el anterior puesto, Pedro devolvió el dinero. Pero esta resistencia a en-
y, por descomado, con el mismo escenario del conflicto. tregarlo (que algunos supieron utilizar convenientemente)
Pero la mayoria de los actores se han renovado ya, aunque le restó algún prestigio, como he dicho. Sin embargo, se
la procedencia social sea muy similar a la de los que parti- presentó una circunstancia que le haria recuperar en bue-
cipaban en el drama anterior. Por otra parte. es a partir de na parte su crédito y, en definitiva, el logro de sus deseos.
este momento cuando empiezan a definirse más claramen- Por aquella época se produjo el primer intento de que
te los frentes y comienza a hacerse más agudo el conflicto. yo tenga noticia de transferir la administración de los bie-
La situación creada por los sucesos relatados antes lle- nes comunaJes al ayuntamiento. Hay que tener presente
vó a la renovación de la Comisión poco después. También, que en ese momento se percibía ya claramente en Jaral la
algo más tarde, la alcaldía cambió de titular. En la nueva posibilidad de revalorización de los terrenos en virtud del
Comisión figuraba como vocal Luis, pero el personaje más desarrollo turístico de la zona. En la corporación local ha-
importante (no siempre ocurre esto por lo que se refiere a bía un concejal, Alejandro, que al mismo tiempo era vocal
la Comisión) era, sin duda, el presidente, un tal Pedro, de de la Comisión; en cambio, el antiguo secretario había fa-
posición social muy similar a la de Luis y Bartolomé. Pe· llecido y había sido sustituido por uno nuevo, venido de
dro llegó a la Comisión declarando que la maJa adminis· fuera (el anterior era naturaJ de Jaral) y sin relación algu-
tración que ha caracterizado tradicionalmente a la Comu~ na con la Comunidad de bienes. Se consultó a este último
nidad de bienes iba a acabar gracias a él. En efecto, en los sobre la posibilidad legal de que el ayuntamiento se hicie-
tres años que estuvo al frente de aquélla las cuentas que· ra cargo de los bienes comunales; el secretario dictaminó
daron bastante saneadas como resultado de su gestión. que debía enviarse un oficio a Madrid a tal respecto, con-
Esto acrecentó su prestigio entre la gente y aún hoy goza tando con el consentimiento de la Comisión, para que las
de buena reputación entre sus vecinos. Tal vez animado autoridades gubernativas decidieran sobre el asunto. Efec-
por este estado de opinión favorable, Pedro puso sus miras tivamente, así se hizo, salvo que ni siquiera se dio conoci-
en un puesto de mayor importancia: la alcaldía. Si en nues· miento de la gestión a la Comisión.
tro país hubiera elecciones para cubrir este puesto, muy De algún modo el asunto trascendió a la gente. y en
probablemente Pedro hubiera sido elegido aJcalde en aque· este momento entra en acción Pedro, que hace frente co-
lla época. Evidentemente, su caudaJ de prestigio había cre- mún con dos miembros de la Comisión que había sido sus-
cido de forma considerable. No obstante, surgió un pro- tituida por la que encabezaba éste. Comienza el ataque al
blema que, a los ojos de sus vecinos, provocó la menna de ayuntamien to, atacando a Alejandro, a quien se hacía res-
ese capital. Pedro hahía renunciado a su puesto en la Co- ponsable por su doble condición de concejal y vocal de la
misión y había dejado de pertenecer a ésta para dedicarse Comisión. No se descartaba la influencia en la tentativa de
a la consecución de sus aspiraciones, ya que no se puede transferencia de los bienes al ayuntamiento del anterior al-
ser al mismo tiempo presidente y alcalde (algo en lo que sí caIde, quien pese a su obligada retirada (no había convo-
parecen haberse respetado siempre los estatutos de la Co- cado elecciones a concejales, posiblemente creyéndose más
munidad). Pero, consecuente con su teona de que la respaldado en su cargo de lo que en realidad estaba) seguía
Comisión había usado siempre para su propio provecho involucrado en la política local; se atribuía a él incluso el
los ingresos de la Comunidad y sospechando que las cosas nombramiento del alcalde que lo sustituyó. Alejandro, un
iban a seguir siendo así, retuvo en su poder la cantidad que personaje de segunda fiJa, como Bartolomé, era, sin em-
184 ANTROPOLOCfA POLtrICA AMIGOS V ENEMIGOS 185
bargo, el blanco de sus ataques. Al crecer la tensión, aquél de la facción opuesta. Esto no debe hacer pensar que se
no encontró otra salida que la de acusar como responsable tratara de grupos en lucha constante. Lo sorprendente para
de todo el asunto al alcalde y al secretario, pero este último mí entonces fue constatar pronto algunos hechos:
hizo público, mediante un bando municipal, que la inicia-
tiva había partido de Alejandro y del alcalde. En este caso I) Salvo algunos de los más caracterizados oponentes
e l conflicto parece haberse resuello mediame una transac- (enfrentados no sólo en este asunto, sino en otros varios,
ción: Pedro, al que respaldaban sus buenas re1aciones fa- como pude ir sabiendo luego), el resto de los que fuj cata-
miliares en el pueblo. era nombrado alcalde poco después, logando más tarde como pertenecientes a una y otra fac-
mientras que Alejandro continuó de concejal y de miembro ción mantenían, al menos aparentemente, relaciones bas-
de la Comisión. El acuerdo entre el nuevo alcalde y el an- tante cordiales.
tiguo concejal se consolidó poco después: Pedro se enrren- 2) Estando yo presente, si había en la reunión gentes
tó pronto con el secretario, que le impedía realizar alguna que mantenían por separado actitudes favorables o contra-
operación con fondos municipales sin recurnr a procedi-
rias a la postura del ayuntamiento, ocurría una de estas
mientos legales, trámite que en este caso perjudicaba los
tres cosas: a) bien manifestaban una postura conciliatoria;
intereses del primero. La difícil situación del funcionario,
b) bien alguno de ellos se desdeda de lo que solía defender
precio de la solución del confl icto, cuya integridad física
llegó a peligrar en algún momento, se resolvió solamente cuando estaban otros individuos presentes, manifestando a
cuando, debido a su edad, consiguió la jubilación, lo cual, veces la postura opuesta a la que defendían en otra oca-
para su suerte, ocurnó pronto. s ión, o e) bien ni siquiera se abordaba el tema, y s i yo lo
3. En los últimos años ha habido continuados inten- traía a colación la conversación languidecía bien pronto.
tos por parte del ayuntamiento de conseguir la transferen- 3) El interés por el asunto, muy acusado e n ocasio-
cia de los bienes comunales a su tutela y administración. nes, que mostraban los partidarios de una u otra postura,
Tales intentos y la consiguiente resistencia por parte de los no era apenas compartido por otra mucha gente.
miembros de la Comisión (a la que se le ha agregado en
esa época una segunda, denominada Comisión asesora) He podido notar más tarde que apenas si tienen más
han provocado el surgimiento de dos factores en Jaral de que un vago interés en el asunto personas cuya posición en
características bastante similares a los fenómenos descl'i- la escala de estratificación socio-económica distaba bas-
tos antes. Cuando llegué al pueblo me sentí como cobijado tante de la de los individuos defensores de las posturas
por algunas personas que me exponían las inmensas ven- opuestas. Suelen tener, sí, una fuerte convicción de que los
tajas que para Jaral reportaría que el ayuntamiento asu- bienes comunales pertenecen «a todos los vecinos» y, en al-
miera el control de los bienes comunales. También me ha- gunos casos, una vaga conciencia de que los que manejan
blaron de la pésima administración que, desde siempre, el ayuntamiento y la Comunidad son, en definitiva, . Ios
había caracterizado a las sucesivas comisiones y de cómo mismos».
unos cuantos de las comjsiones actuales manipulaban al Entre los primeros, en cambio, ex isten pocas diferen-
resto de los de su camari lla y al resto de sus vecinos. Pocas cias de estrato: casi todos se e ncuadran bien en ese eStrato
ventajas podía encontrar uno, vistas las cosas de ese modo, que hoy se denomina clase media y que antes era conoci-
en el mantenimiento del actual estado de cosas. Pese a que do por el de «los riquillos » (para distinguirlos de las pocas
no es difícil e n un pueblo como Jaral conocer pronto a bas- familias que integran el de .los ricos», quienes, hay que se-
tantes personas, debo confesar que me costÓ trabajo trabar nalar incidemalmente, tampoco muestran excesivo apasio-
contacto con algunos de los más caracterizados individuos namiento por el asunto) o bien en las capas más altas de
186 ANTROPOLOGfA POLmeA AMIGOS Y ENEMIGOS 187

un sector mucho más amplio de la JX.lblación que en el de- los viernes de cuaresma, en los cuales es obligatoria la abs-
nominado allí de oc media fajia». tinencia de carne; como la bebida se suele acampanar de
Poco distingue. pues, a la mayoría de los individuos de una tapa, generalmente de carne, ésta era enérgicamente
una y otra facción, desde un punto de vista económico so- rechazada, el tabernero increpado por servir carne en vier-
bre (Odo. No podría decirse lo mismo por lo que respecta a nes y a continuación el grupo abandonaba el local para re-
otras variables. Voy a detenerme en una. En la época de mi petir la misma operación en otro bar. Puede fácilmente
trabajo de campo había desaparecido prácticamente en Ja- imaginarse que comportamientos como éste eran bastante
ral una especie de asociación de tipo religioso: la constj- mal recibidos por quienes no pertenecían al grupo.
tuida años antes por los cursillistas de cristiandad. Gracias Sea como fuere, la actitud de los cursiUistas se ha vis-
a la labor de algún párroco del pueblo y de algún otro cura to, desde fuera y desde dentro del grupo, como renovadora
de los comomos, empeñados en este tipo de proselitismo, en el contexto del pueblo. Por supuesto, valorada positiva
los cursillistas habían conocido hacia 1965 su época de o negativamente, según los casos. Porque la toma de pos-
máximo apogeo. Más tarde, los cmas cambiaron de orien- turas por parte de los cursillistas no se agota con el ejem-
tación pastoraJ y el fenómeno ha desaparecido totalmente plo citado; la renovación intentaba abarcar otros usos más
hoy. La labor de captación en aquella época consiguió sus tradicionales. Por ejemplo, los «hermanos» tomaron tam-
mayores éxitos entre gentes de los estratos acomodados del bién como asunto propio el tema de las procesiones de la
pueblo, aunque algunas personas de posición social bas- Semana Santa. Aunque sus puntos de vista no eran (ni son
tante inferior integraron también el movimiento religioso; hoy, una vez que se han suprimido ya las procesiones)
pero fueron, sin duda, la excepción en el mismo. Aparte de idénticos a tal respecto, ya que mientras algunos defen-
los fines netamente religiosos de la asociación, los cursi- dían el mantenimiento de la tradición, otros la atacaban.
llistas han afirmado siempre que uno de sus objetivos pd- Pero, en cualquier caso, el hecho es que pretendían hacer
mordiales era la ayuda mutua entre los miembros; éste pa- suyo el asunto, sin contar con la opinión de otros sectores
rece haber sido un factor muy importante en la captación del pueblo.
de individuos provenientes de capas sociales menos desa- Pero volvamos de nuevo al tema de este trabajo. La
hogadas económicamente. El uso, y el abuso, del término gente que forma hoy (me refiero a la época de mi estancia
oc hermano» para simbolizar esa unión espiritual y matel;al en Jaral) en la facción del ayuntamiento son todos _her_
entre los cursiUistas prontO traspasó las fronteras del gru- manos»; también hay algún antiguo cursillista en la fac-
po y sirvió para designarlos desde fuera de la asociación. ción opuesta, pero las criticas más despiadadas a la aso-
Cuando yo realizaba el trabajo de campo era ya éste de ciación religiosa provienen, sin duda, de este sector. Sin
ochennanos» un término totalmente peyorativo. Los oc her- tratar de extremar la conexión de un fenómeno con el otro,
manos», por su parte, expresaban su propia identidad (y sí en cambio parece conveniente senalar cómo el fenóme-
con ello los límites que separaban su cristianismo del de no del cursillismo ha servido para homogeneizar actitudes
sus convecinos) a través de dos medios, pdvado uno y pú- y para establecer líneas de demarcación previas a la agudi-
blico el otro. El pl;mero consistía en las reuniones con el zación del conflicto. Por otra parte, la pretensión de reno-
cura, en donde, además de las ceremonias estrictamente var tradiciones y comportamientos (acompañada luego, al
religiosas, se hacía examen de conciencia y se daban nor- envolverse los mantenedores de tal actitud en el confli cto,
mas de comportamiento. En cuanto al segundo, lo más de actitudes similares respecto a los bienes comunales)
destacado parece haber sido el acudir en grupo a los bares equivale a esa fase previa que presentan Jos casos descritos
del pueblo y hacer allí pública manifestación de sus prin- anteriormente: las tomas de postura de Luis y de Pedro.
cipios. A tal efecto, los días especialmente señalados eran La dinámica del conf:licto en la actualidad ha seguido
188 ANTROPOLOG~ POLh1CA AMIGOS Y ENEMIGOS 189

también pasos similares a los ya vistos con anterioridad, si han quedado, como cabría esperar, sin respuesta. Por lo
bien en este caso las iniciativas en los ataques las ha teni- que toca a la Comisión concretamente, en los últimos años
do más bien la corporación municipal, y la Comisión se ha ha incrementado su nonnal actividad en el pueblo: ha cos-
limitado a parar golpes. Por otro lado. las partes en con- teado el poste de TV que conecta con el distribuidor regio-
flicto han fijado ya un marco para desarrollar sus enfren- nal; también, la instalación de fluido eléctrico en el banio
tamientos, marco que se ha hecho. asimismo, conflictivo. donde viven los más pobres de J aral y asimismo ha finan.
(Recordemos que los ataques se producían antes desde po- ciado la conducción de aguas a ese banio. Estas y otras rea-
siciones exteriores al ayuntamiento y a la Comunidad.) Por lizaciones suponen para la Comisión un fuerte respaldo
último, hay que destacar que ha contribuido a consolidar porque afectan a todos los vecinos o a un amplio sector de
esta situación el hecho de que no haya ahora ningún indi- la población, poco beneficiado hasta ahora. Resaltándolas
viduo que sea al mismo tiempo miembro de la Comisión y una mujer, esposa de un miembro de la Comisión, le decía
de la corporación. a otro individuo, beneficiado de algún modo por este des-
Voy a resumi r a continuación, a grandes rasgos, las fa- pliegue de actividad y que públicamente aparecía como
ses del conflicto en los últimos años. La tensión última- partidario de facción opuesta: le Yo no sé c6mo puedes es-
mente ha estado centrada en las constantes tentativas por tar todavía tan pegao al alcalde. » Si a esto se at1ade la tra-
parte del ayuntamiento orientadas a conseguir la inscrip~ dicional imagen que tiene la gente de la utilidad puramen-
ción de los bienes comunales a su nombre. Se ha prescin~ te personal que reporta la gestión municipal, no es dificil
dido en estas gestiones totalmente de la Comisión y se han pensar que la Comisión encuentre todavía partidarios a su
llevado mediante peticiones y contac(Qs directos con las postura. Pese a haber desaparecido los vrnculos que liga-
autoridades gubemativas. Los miembros de la Comisión
ban a las comisiones con los labradores, la actual lleva va-
no han prescindido, como conjunto, de gestiones de carác-
rios años al frente de la Comunidad y ha cOOlado con gen.
ter oficial; pero. probablemente. el abrumador despliegue
de fuen.as realizado por la corporación municipal (que se te que asistiera a las asambleas para reelegir a sus miem-
refleja en articulos aparecidos en periódicos de la capital bros año tras año. Éstas se han venido celebrando hasta el
redactados por especialislas y muy favorables al ayunta- pasado, cuando el ayuntamiento (en una de las fases del
miento de Jaral) ha obligado a la Comisión ha entrar en proceso conflictivo) consiguió de la autoridad gubemativa
contacto con personas influyentes de Granada. Tales acti- que se suspendiera por motivos de orden público. cEstas
vidades no son nada nuevas en la vida de Jaral (como in ~ geOles -me decía un pro-ayuntamiento hace algunos
dican viejos documentos del siglo pasado), pero requieren años- son de izquierdas ... Se refería a eUos como si estu-
contactos de tipo personal y esto, inevitablemente, se in- vieran tomando la revancha por su derrota en la guerra ci-
terpreta en el pueblo como indicio de persecución de pro- vil. Nada más lejano a la realidad: sólo supe de un caso in-
vecho individual para quien realiza estas gestiones. Por su- dividual, el de un miembro activo del centro obrero -so~
puesto que, sea esto más o menos cierto o falso en casos cialista- durante la República y que ahora era vocal de la
concretos, conocida la gestión en Jaral se utiliza pronla~ Comisión. Por supuesto, no de Jos más importantes.
mente por la Facción opuesta. De dos maneras: a nivel ge-
neral. haciendo circular la noticia entre la gente para des-
prestigiar al contrario (lo que, de forma indirecta, refuerza Análisis
la propia poSición) y, a un nivel más concreto, se le hace
ver a otros individuos de las filas enemigas (y con ello se Utilizaré a partir de ahora algunos de Jos conceptos que
pretende debilitar su cohesión intema). Tales ataques no hoy se emplean en antropología política, tales como cam-
190 ANTROPOLOGÍA POLtnCA AMIGOS Y ENEMIGOS 191
po y arena. También. como resultará obvio de lo expuesto, de nuestros personajes. Por supuesto, esta categoría resul~
el término facci6n.' 1a más ampUa cuando uno piensa que no acaba en los lf.
Comenzaré por este último. Como he apuntado antes, mites municipales del pueblo, sino que se extiende a la ca.
sólo en la si tuación que he expuesto en último lugar pue- pita! de la provincia. Y, por úJtimo. otro sector, s in lugar a
den perfilarse grupos de personas con intereses contra- dudas el más extenso, integrado por gran parte de los veci~
puestos y con una cierta estabilidad en la pertenencia a los nos de Jaral. Son estas dos categorlas de personas, aunque
mismos. No podria asegurar que en los casos anteriores no bastante ajenas a la dinámica del conOicto normalmente.
ocurriera a lgo semejante; aunque, tal vez, la fijación del de enorme importancia en las fases de clímax, Se trata, por
conflicto, a que me he referido antes, puede haber conm- una parte, de los que puede n reforzar las posiciones de los
buido a producir esta impresión . Téngase presente, en contrincantes mediante el uso de sus influencias. y por
cualquier caso, que estamos ame lo que he venido deno- otra, de los que se usan, como número, para atemorizar al
minando facciones, no ante grupos (aunque alguna vez, oponente. e n el suceso de la plaza, por ejemplo, o para le.
por comodidad, los haya denominado asO. y por tanto la gitimar los intereses de la facción en cualquier caso.
fluidez de las fTonteras y la inconstancia en las afiliaciones Simplificando un tanto la compleja realidad soc io-eco~
son mayores que si de un grupo se tratara. Con todo, pue- nómica de Jaral, puede afirmarse que los que he denomi ~
de distinguirse una mínima organización en ellas, con una nado antes miembros activos de la facci ón pertenecen al
relativa diferenciación entre: 1) los que en cada caso capi~ estrato social de los vecinos acomodados, pero no a! más
tanean una facción (Luis, Pedro, los alcaldes, algunos alto, que forma parte de esa porción reducida de personas
miembros de la Comisión); 2) los que cooperan directa~ influyentes, En los miembros pasivos pueden e ncontrarse
me nte con éstos y los siguen de form a más constante (Bar- tanto personas de sirniJar posición a la de los miembros ac~
tolomé, Alejandro, el reslo de los miembros de la Comi- tivos como otras de «media fajfa. y, excepcionalmente, al~
sión, algunos concejales, y 3) aquellos que se muestran gún «pobre». Por últim o, son gentes mayorita riamente de
partidarios de una de las dos posturas enfrentadas (bas- .media fajfalD y pobres los integrantes de la últ ima catego.
tantes de los . he rmanoslt y algunos de sus oponentes más ría a la que me he referido.
caracterizados). Sólo los dos primeros pueden co n s ide rar~ Ahora bien. con esto queda analizada la situación en
se miembros activos de las facciones. Los terceros, en mo- muy ~a medida, ya que no deja de ser una simple abs~
mentos de tregua, son más bien el coro de los anteriores. A tracción de estos fenómenos. Las facciones no se enfrentan
estas tres categorías de personas hay que añadir otras dos: como cuerpos de ejército, en la forma que esa organización
una bastante reducida, que integran las personas que in- descri ta, por mínima que sea, podría sugerir. En un ma.
tervienen directamente, pero a quienes se supone que se mento determinado la facción A (cualquiera de las descri~
puede recurrir cuando una facción los necesite; a ellos he tas en las situaciones anteriores) aparece (Ten te a la fac~
aludido al mencionar las relaciones familiares de algunos ción B como mucho más numerosa, mientras que en una
fase siguie nte ocurre lo comrario. Volveré por un instante
9. Con el ttrmlno facción h.a¡o n:'!f~ncia a ~pamien(o de personas. o. si ~ a los datos anteriores: Luis consiguió, gracias al alboroto
quien:'!. cuui¡roJlO' que no >c organiun ck forma permanente. Una dlscu$i60 teórica en la plaza, dar la impresión de que buen número de per-
de CStOS ItnnlnOl puede ven>e en Ralph W. Nicholas, . Factian~: a Compal"3.¡i~ Analy.
51s., &nlon (ed.). 1969 y en Andoan C. Mayer, .The Significance or Ouasi·Group$ in
sonas estaba en contra de Bartolomé: los oponentes acusa.
¡he Study af Cample~ Socie¡i'ls, (A.S.A. MOI/agrap/u n.o 4, . Thc Social Anthropology ron el golpe y actuaron contra é l en la forma que expuse.
of Complex Societles., Londres, 1969). Ademú l'5 necesario ten<::r en euenta , para los Cuando ésta consiguió que se realizara una investigación
conceptos de Cl/.mpo y /I~, el artículo introdlKtorio de Mar.: J. SWlIn:r. rn 1969; es
in~resan~ uunbil':n, desde UN. pet'$pecth'B general. F. G. Bailey, 1913 Y 1971. Por úl· en el pueblo, todos negaron haber sido objeto de malos tra-
timo, como enfoque critico de alguno de lc& anteriores, eL Abn<::r Cohen, 1969. tos. Por otra parte. ni siquiera las líneas de demarcación
192 ANTROPOLOGlA POÚnCA AMIGOS Y ENEMIGOS 193
entre las dos categorías de miembros activos es demasiado eX"perimenta también cambios (debidos a lo que ocurre en
rígida: pensemos que, en los casos descritos, personas que el campo, pero también provenientes de modificaciones
aparecen en uno de ellos capitaneando una facción se nos paulatinas del conteX"to), cambios que a su vez repercuten
presentan en airo bien incluidos en la categoría de colabo- en el campo. Pero vayamos a los datos.
radores, bien en la de personas influyentes. El campo en las situaciones descritas está integrado, en
En definitiva, para entender mejor estas situaciones primer lugar, por los actores que hemos visto aparecer en la
hay que recurrir al empleo de conceptos que expresen más escena del conflicto y por los movimientos que realizan en
fielmente la dinámica conflictiva. Me parecen útiles los el escenario. No sólo por los más directamente implicados
empleados por Marc S. Swartz: campo y arena. Brevemen- en una situación conflictiva: Luis refuerza su posición ha-
te: el primero de estos conceplOS 10 hace referencia al sector ciendo entrar en juego a los labradores, primero; a los afec-
delimitarlo por los actores directamente implicados en un tados por los malos tratos de la Guarcfja Civil, después, y a
proceso de conflicto; el segundo, al área social y cultural sus buenas relaciones en el pueblo y en la capital, por últi-
que puede ser cons iderada como inmediatamente adyacen- mo. Bartolomé y los suyos paran golpes y conlraatacan:
te al campo. En definitiva, la arena puede ser en cierto hacen intervenir a la Guardia Civil, prim ero; lu ego, a sus
modo una forma diferente de referirse al contexto socio- buenas relaciones fuera del pueblo (equivalentes a las de
cultural. Por lo que respecta al material humano, la arena
Luis, pero de mayor peso) reducen , como resultado de esa
incluye el campo, pero también otros individuos que no es-
intervención, los efectivos de Luis y hacen patente, con el
tán directamente implicados en el proceso. Con vistas a
mantenimiento del cabo en sU puesto, qui én controla la si-
más datos, creo convenie nte e nsanchar este '!segundo con-
cepto para incluir en él todas las categorias mencionadas tuación, Algo parecido encontraremos en el segundo caso
al tratar de las facciones. Pero campo y arena no hacen re- expuesto: Pedro entra en juego como resultado de la pues-
(~ al descubierto de las maJlipulaciones antel;ores; acre-
ferencia sólo al materiaJ humano. De una parte, el campo
está inlegrado también por una serie de movimientos y fa- Cienta su prestigio mediante su buena administración de
ses que manifiestan una cierta ritualización del conflicto; los bienes comunales (con lo que confirma. ante los ojos
de otra, la are"a incluye, además de individuos, categorías del pueblo que merece el calificativo de .hombre honra-
y grupos, otras cosas: valores y símbolos; en definitiva , as- do.)," disminuido su prestigio, se recupera del golpe ata-
pectos culturales y, por supuesto, también acontecimientos. cando en un punto importante: la colectividad de bienes
Los referentes empíricos del campo son, fundamental- que algunos parecen interesados en utilizar para provecho
mente, realidades dinámicas; bastante más estable es la propio. con lo que con sigue llevar de nuevo a su facción a
realidad a la que me refiero con el nombre de arena. No gentes en principio ajenas a sus fines particuJares. Por su
obstante, e n ningún caso puede entenderse esta últ ima ~arte. Alejandro se defiende de los ataques de su contrario
como algo puramente esrático: los movimientos de los ac- l~tentando presentar, en la persona de un forastero (es de·
tores (personas o facciones) en el campo modifican tempo- CiT, alguien que, desde la perspectiva de la gente, podría ac-
raltnente la arena aJ repercutir sobre ella. A veces no ocu- tuar contra los intereses del pueblo), el verdadero respon-
rre así -y ello pu ede Significar el fracaso de una táctica de sable, para así llevar a su facción los apoyos que le resta
ataque-o Por otra parte, lo que designa el término arena Pedro. En términos similares compiten hoy la corporación
local y los miembros de la Comisión: ambas partes ataca n
10. Huy qu~ re¡allur qu~ el concepto empleado aquí no es idéntico al de [u. nu-
ción de Kun Le",ln: . UI\II totalldpd de h«hOll coexistc:ntes. que se conciben ~omo muo t ll. En mi lrabajo citado escribo al respecto: .El hombre honrado ..., es. ame
tuamente [ntenkpendienlt'!l. (.Fldd Theory in Social ScieflCt'o. Londn:s, 10ó3, odo. el. que no roba. "Matar" <'Il casos excremos .... pueck ser. por el oonlrario. casi
p..240). que Incluirla c:ampo y llrtnd. P~puvo. . Op. nI .. p. 151.
194 ANTROPOLOGlA PQLmeA AMIGOS Y E/\,TEMIGOS 195

al contrario apelando al mayor número de personas con nos o de buena parte de ellos, y por último, según interese
los beneficios que reportaría la transferencia de la admi· en cada momento, se manifiesta la oposición acudiendo
nislTación de los bienes comunaJes al municipio , o desde por separado a lugares públicos (los bares sobre todo) o se
la perspectiva opuesta, los perjuicios que ello acarrearía; expresa el buen ánimo respecto al contrario por los mis-
una y otra facción tratan de diezmar las filas de la opues- mos o parecidos medios. Paralelo a este ritual suele desa-
ta, bien acometiendo realizaciones que afectan a buena rrollarse otro, menos conocido, que rebasa los limites del
parte de los vecinos, bien anulando la expresión de apo- pueblo: también hay en él invocación de los mismos u
yos mediante la supresión de la asamblea anual , al tiem- otroS valores (como el desarroUo pacífico de la vida en el
po que tratan de recabar apoyos externos; por último, pueblo o las posibilidades turísticas de la zona), todo ello
ambas partes procuran el desprestigio del contrario, sa- realizado ante diferentes esferas de influencia de la capital
cando a la luz estas gestiones o tratando de arrebatar la y acompañado de regulares tomas de contacto con esos
máscara con que aparece en público (la supuesta falsedad sectores, a los que se acude mediante formas instituciona-
de la religiosidad de los «hermanos!! o el provecho que al- lizadas de propiciar su influencia (obsequios periódicos,
gún miembro pueda obtener mediante el mantenimiento invitaciones para que acudan al pueblo, etc.).
del statu qua). El mayor o menor éxito en la ejecución del ritual re-
Creo que de lo expuesto puede quedar claro cómo la percute, como insinuaba antes, en la configuración del
configuración del campo es esencialmente mudable. En campo. Es decir, que el ritual se ejecuta para rugo (conse-
ocasiones, después de un ataque con éxito, éste aparece guir posiciones ventajosas), para alguien y contando con
como si estuviera constituido sólo por una perS'lna, en- determinados recursos. Pero esto supone también que las
frentada no sólo a una facción , sino a todo el pueblo; en el relaciones del campo con su entorno no son fijas , estáticas;
momento siguiente puede ocunir lo contrario. Sus dimen- sucede, más bien, que entre aquél y la arena se establecen
siones, en cambio, experimentan una menor variación, so- relaciones dialécticas. Como el campo, la arena incluye no
bre todo en las fases más agudas del conflicto: lo que pier- s610 personas, como he indicado antes. Incluye fundamen-
de la facción A lo puede ganar la facción B, con lo cual lalmente redes de influencia, valores, objetivos a los que se
estas dimensiones se mantienen. Sin embargo, este equili- aspira y reglas de juego que permiten utilizar e incluso ma-
brio inestable que caracteriza el campo detennina la posi- nipular unas y otros. Todo este conjunto liene existencia
bilidad de que en cualquier momento el conflicto, al menos previa a la formación del campo y a la iniciación del con-
temporalmente, desaparezca. flicto. La actividad de los individuos que se ven envueltos
Hay, no obstante, y pese a las peculialidades específicas en una situación de este tipo consiste en extraer de la are-
de cada caso, una especie de ritualización del conflicto, na, en diferentes ocasiones, y en trasladar al campo ele-
mediante la cual, al verse envueltas en ella ambas partes. mentos de ese conjunto para emplearlos aquI como armas.
se logra de algún modo impedir el dominio total de una de Operación esta de los actores principales que tal vez pueda
eUas en muchas ocasiones. Se comienza siempre invocan- compararse a la del bricoleur de que habla Lévi-Strauss.
do valores como los intereses de la colectividad y la solida- Aunque aqui se trata- más 6ien-de continuos procesos de
ridad entre los vecinos, ya que lo que fomenta la facción bricolage, porque dada la inestabilidad que caracteriza ru
opuesta atenta a unos y otros; sigue un abandono táctico campo puede ser necesario iniciar la reconstrucción en
del campo para reaparecer con almas más contundentes, cualquier momento.
recurriendo en alguna ocasión a demostraciones de fuerla Es evidente, por otra parte, que la arena no consiste en
que sirvan para expresar el apoyo bien de individuos influ- una colección desordenada de elementos, sino que ofrece,
yentes (dentro o fuera del pueblo) , bien de todos los veci- por decirlo así, algunos de ellos dispuestos ya para ser uti-
196 ANTROPOLOGIA POLtr¡CA AMIGOS Y ENEM IGOS 197

llzados en el campo. En otro lugar he estudiado Il cómo la los apoyos familiares (en el semido de familja no nuclear a
familia, en JaraJ , pese a su carácter estrictamente nuclear que me acabo de referir) han funcionado adecuadamente.
(condicionarlo por factores socio-económicos), ofrece. sin La posibilidad de que el mensaje encuentre receptores y, en
embargo, un aspecto muy diferente ante la perspectiva de definitiva, el éxito o el fracaso momentáneo en el campo
la gente. El fenómeno de Jos mOles, y no sólo ellos, confi· depende una vez más de las características especiales de la
gura en el pueblo una especie de linajes ficticios que re· arena. Porque las reglas de la competición, condicionadas
ducen la realidad social. constituida en la práctica por cuhuralmente, sólo admiten un uso limitado de los sfmbo-
multitud de familias con intereses contrapuestos. Esas re- los. Así. el fenómeno de los . hermanos:. supone una dis-
laciones ideales entre familias nucleares se expresan, ri- torsión excesiva de lo que puede hacerse con el parentesco
tualmente, s610 en ocasiones excepcionales (en los duelos o y. en consecuencia, como ya vimos, el recurso puede vol-
en las fiestas anuales de la matanza del cerdo). Por tanto, verse contra quienes, voluntalia o involuntariameme, lo
con el rito, ineludible para lodos los individuos ligados por han llevado al campo.
esos vínculos ideales. se trata de mantener o de reforzar re- El bricolage no consiste únicamenle en la puesta en jue-
laciones que están en pe,li gro constante de ruptura en vir- go de símbolos. También en la utilización de valol"cs como
tud de esos intereses contrapuestos: hasta tal extremo, que ya he apuntado. A ellos acabo de aludir, además, al ;eferir-
una fuerte discusión por desacuerdo sobre una herencia, me al parentesco: lo que debe hacer un individuo por sus
por ejemplo, puede dar al traste con esa tentativa. Pero la familiares más cercanos (lo cual. en el con tex to del pueblo
ficción nos revela que la familia (en un sentido bastantes se expresa mediante un complejo semánt ico que se resume
más amplio que el de la familia nuclear) o, si se prefiere, el en las obligaciones de la «sangre») se lraslada a ámbitos de
parentesco, es un sfmbolo adecuado para expresar buenas relaciones mucho más débiles, como son las de los parien-
relaciones sociales y antagonismo potencial &ente a su en- tes apenas se traspasa el umbral de la familia nuclear. De
torno. Fenómeno que también puede descubrirse en otras todas formas, los actores apelan a ellos cuando buscan
relaciones: me refiero a las que tradicionalmente se han ex- apoyos familiares. La simple existencia de relaciones de
presado en el pueblo a través del compadrazgo. Mediante parentesco con gente de influencia es importante por sí
éste, personas de sim ilar posición social (por ejemplo, la- misma; pero lo que interesa des lacar aquí es que ese factor
bradores que tienen parcelas de cultivo vecinas) o de dife- es valorado de una determinada manera, sea eficaz o no el
rente estrato (es el caso de un propietario y su medianero) apoyo que puede obtenerse en vi.rtud de tales relaciones.
consolidan sus, con frecuencia, difíciles pero necesarias re- No obstame, el recurso entraña un riesgo: determinadas
laciones. actuaciones en el campo, presentadas por un actor como
Pues bien, éste es parte del material que llevan al cam- beneficiosas para todo el pueblo y, por tanto, desinteresa-
po los bricolellrs políticos. Aunque no se limitan a tJllSla- das, las entiende la gente en muchas ocasiones sólo en la
darlo sin más de una esfera (la estructura social) a la otra medida en que beneficia, pongo por caso, a un primo o a
(la del conflicto). El auténtico bricoleur manipula hábil- un cuñado de aquél.
mente con el material. Pero, en cualquier caso, los actores En definitiva, la estrategia de los actores (o el arte de
lanzan mensajes que circu lan por el campo y tratan de re" estos bricoleurs) consiste en presenta!' sus movimientos en
percutir en la arena. Mensajes que no consisten s610 en ex- la escena del conflicto de tal manera que sus peculiares in-
presiones verbales (como la invocación a valores acepta- tereses en cada caso aparezcan revestidos del l'"Opaje acep-
dos), sino también en actos: como la manifestación de que table para los espectadores. De éstos, como en el «living
theaten~, se espera que coadyuven al mejor desarrollo del
12. Op. dI" pp. 155 Y ss. drama por medio de una participación controlada. Claro
198 ANTROPOLOGÍA POLtnCA AMIGOS Y EI'lEMlGOS 199

que s6lo pocos aClores conocen cómo alentar esa partici~ mer juntos, por ejemplo, ya que la comensalidad en su
pación y cómo dirigirse a los espectadores (y potenciales más estricto sentido revela buenas relaciones. Se traLa de
actores). Las continuas apelaciones al bien de la colectivi- comportamientos reglados, por tanto, que además aqui se
dad. a la armonía entre los vecinos o incluso, a la mejor convierten en símbolos polisém icos, es decir; en signos
rentabilidad de los terrenos, son ejemplos de un proceso que tienen, a un tiempo, varios referentes empíricos: as',
interminable de registros valorativos que los intérpretes de por ejemplo, que varios individuos beban o coman juntos
estas representaciones tratan de pulsar para conseguir éxi- en repetidas ocasiones puede ser interpretado -por quie-
to en sus empresas. nes realicen tales acciones o por quienes los observen-
Para concluir, quiero destacar algunas notas que han como signos de amistad, igualdad, comunidad de intere·
ido quedando dispersas. Ante toclo, que los faclores que ses o preparación para un ataque a la facción opuesta.
entran en juego en los conflictos son de muy variada ín- Claro está que la posición de la persona (dentro o fuera
dole pero recursos, logros o ganancias (es decir, apoyos, del campo, en una u otra facción) es lo que determina, en
prestigio, poder de cualquier tipo o inAuencia) y derrotas cada caso y en cada momento, cuál es el registro adecua-
se ven como tales desde una perspectiva determinada. do para interpretar conductas como ésas. Con todo, no
Esto es, desde un mundo de valores que presta una colo- puede decirse que haya una clave fija y la misma poli-
ración determinada a los conflictos mismos: a veces vio- sem ia del signo favorece a los más hábiles bricoleurs, a
lentos, pero sin llegar a rupturas irreparables nunca, ya los que saben manipular hábilmente el símbolo de mane-
que lo que un dIa provoca cierto entusiasmo y hace en- ra que uno de esos referentes resalte más que los otTOS.
grosar las mas de una facción, deja paso a una actitud de Para tenninar, conviene indicar una vez más que lo
indiferecia por el mismo asunto al cabo del tiempo. Por que he denominado arena rebasa los Umites físicos y so-
otra parte, las tensiones concretas se apoyan en un tras- ciales de Jaral. Por ejemplo, la estratificación social es un
fondo que es, asimismo, conflictivo: tendencias fuerte- conlinuum que, desde la perspectiva de la gente, se pro-
mente individualistas frente a necesidades, no menos fuer- longa en individuos y grupos inHuyentes y poderosos que
tes, de tipo colectivo; igualdad confesada, creída o imagi- viven en la capital. También las modificaciones de ese con-
nada, &ente a diferenciaciones reales de tipo vario. u texto afectan, como hemos visto, a la dinámica de las ten·
Como hemos visto, los esfuerzos de los individuos directa- siones en el pueblo. Además, ese entorno impone, asimis-
mente implicados en el conflicto para conseguir sus fines mo, limitaciones a los poSibles conllictos internos. Quizá
suponen, en la práctica, en muchos casos, logros indivi- por eso pueda resultar algo sorprendente que habiendo
duales y consecución de posiciones privilegiadas, esto es, abordado aquí realidades sociales andaluz.as y fenómenos
diferenciadas de algún modo de las del resto de sus segui- conflictivos, aparezcan éstos limitados a un sector de la
dores, oponentes y, en general, de las del resto de sus con- población bastante reducido y homogéneo. Las cosas hu-
vecinos. Pero para ello tienen que convencer a la gente de bieran resultado. sin duda, diferentes si la dimensión temo
que actúan en provecho de la comunidad que es el pueblo. poral de este trabajo fuera más amplia: me refiero concre-
También , manifestar, al menos en momentos cruciales del lamente a los afias de la Segunda República , a cuyo nada
proceso, actitudes que revelen que sus líderes actuales o pacífico transcurrir en Jaral he dedicado alguna atención
potenciales seguidores son iguales. Ello supone, por otra en otro lugar.
parte, el uso de pautas estandarizadas que sirven para ex- Quiero destacar ahora dos series de fenómenos a los
presar que dos o más individuos son amigos: beber o co- que tan sólo he aludido en lo que antecede. Por una parte.
lo relativo a los cambios socio-económicos en Espana en
13. Op. r:il_. ClIp. VII. los años en que se desarrollaban los conflictos que he es-
200 ANTROPOLOGlA POLíTICA AMlGOS y ENEMJGOS 201
ludiado aquí; por otra, los condicionantes polIticos de la que durante los años en que se produjeron estos conOictos
época. Sólo puedo referirme brevemente a ambos. faccionales existía en España un régimen polftico autori-
Comenzando en la década de los cincuenta y alcan- tario. Entre sus principios programáticos figuraba la ex-
zando sus COlaS más altas en los setenta, se produce en clusión de las lucbas por el poder (encamado en una je-
grandes áreas de Espa~a. y muy especialmente en Anda- rarquía en cuya cúspide estaba el dictador, y en cuya base
lucra, un paulatino despoblamiento de las zonas rurales se situaban los alcaldes, siendo todos los cargos impor-
debido a la emigración. Las causas son muy variadas y tantes nombrados, no elegidos). Pero la exclusión progra-
complejas. y no puedo entrar aquf en ellas. Pero sí señala- mática de los partidos políticos no excluía, en la práctica,
ré alguna especialmente destacada que afecta no sólo a la la existencia de grupos contrapuestos entre sí -denomi-
economía espallola sino también a la europea. Una época nados, incluso oficialmente, .fam ilias del Régimen »- que
de auge económico, iniciada tras la segunda gue,r ra mun- podían competir entre sí por los favores del general Fran-
dial, y que parece estar finalizando en estos últimos aftos, co, siempre que aceptaran como principio inviolable su je-
tuvo como una de sus consecuencias el crecimiento in- fatura vitalicia y las normas diman .. das de la misma. A es-
dustrial y la necesidad crecie nte de mano de obra. Mucha cala muy reducida, los conflictos faccionales que he es-
gente del pueblo, como arras muchos españoles, italianos. tudiado aquí reproducen en cierto modo ese esquema
griegos, cte., emigró en esos años a otros paises europeos, general vigente en la época. Más aún, yo diria que esa ca-
especialmente a Alemania Occidental; también a otras zo- rac teJistica transitoriedad que suele atribulrse a las fac-
nas indus trializadas de España (País Vasco y catalán). Pa- ciones en general se debe en gran medida en los casos que
ralelo a ese proceso migratorio, se produjo también un he descrito aquí a ese condicionamiento políti co ex terno;
creciente interés de otros países occidentales hacia Espa- la imposibilidad legal de que se constituyeran grupos es-
ña como país turistico. El ejemplo - y el mayor auge de tables, partidos políticos, hizo que el faccionalismo se vie-
los ai'los sesenta- cundió también entre los españoles, ra ampliamente favorecido. Además, la específica natura-
quienes empezaron a descubrir las potencialidades turísti- leza del régimen político espaf'lol de aquella época se pone
cas de su propio país y su rentabilidad económica a corto muy de manifiesto en algún momentO del conflicto; recor-
plazo. Zonas hasta esos años apenas apreciadas, sal\'o demos cómo los afectados por el traslado del cabo de la
como terrenos de pastos para el ganado, comenzaron a Guardia Civil logran que tal decisión se revoque y cómo
verse desde una nueva perspectiva. Tal es el caso de Sierra los contrarios a la popularidad evidente de la Comunidad
Nevada, que Uegó a convertirse en una de las más impor- consiguen que se suprima la asamblea anual. El principio
tantes estaciones invernales del país. El término munici- de autoridad -indiscutible- y la salvaguarda del orden
pal de Jaral dc la Sicrra ocupa una parte extensa de estas público, ambos elementos esenciales del régimen, se ma-
montañas. nipulan como recurso de la arena más amplia en el cam-
Pues bien. como he indicado, los terrenos más altos del po de los enfrentamientos locales.
ténnino municipal, fácilmente convertibles en pistas para El carácter mismo de los conflictos (tendentes al en-
esquiar, pel1.enecen a la Comunidad. Los aprovecham ie n- frentamiemo violento, pero sin llegar salvo en ocasiones
tos tradicionales son cada día más problemáticos, debido excepcionales a ese extremo) parece esta,· también en rela-
entre otras razones a la emigración. Así pues, esos factores ción con el marco palluca vigente, e igualmente su carác-
externos han influido poderosamente en el desalTollo del tel' interclas ista. Durante la Segunda República española,
faccionalismo político local. cuando los partidos políticos eran completamente legales ,
Por otra parte, tampoco ha sido ajeno a este fenómeno los enfrentamientos en el pueblo sí adquirieron una consi-
el contexto polflico español. Es preciso tener en cuenta derable violencia entre dos grupos politicos, uno de iz-
202 ANTROPOl.OGlA POLtrICA

quierdas y otro de derechas , vinculados ambos a partidos


políticos nacionales. La pertenencia a uno u otro gruPO. sí
estuvo determinada , salvo excepciones, por razones SOC1Q-
econórnkas (los menos acomodados en el primero y los
más acomodados en el segundo).

EL PODER DEL LENGUAJE

We are suspended in a language in such


a way that we canno! say whal up and what
is down.
NIELS BOIIR !

La parolc étant la premiere institution


social De doil sa forme qu'A des causes na-
turelles.
J. J. ROUSSEAU'

Introducción

En otro lugar,) he tratado de mostrar cómo la comuni-


cación política se sitúa en esa zona del lenguaje y la razón
que suele enojar a bastantes filósofos ya na pocos lógicos.
Se trata de aquellos ámbitos que señoreó la retórica clási-
ca, obsesionada. a su vez por encarrilar pasiones y prestar
vehículo, al tiempo racional y estético. a emociones y sen-
timientos. Lo cual supone, en definitiva, la domesticación

J. Apud Sebcok. 1991 , p. 12.


2. 1782, p. 21 L
l. Me refiero a un ensayo \:00 el tflulo . De rozón, poder y palabras •. Tanto
aqu<!1 ~omo kte \:Onsthuyeo la 100roducclón n un estudio mucho O!ás amplio sobre en-
municaclón y lenguaje políticos. im..,.tlpclÓn que he podido empr'\!ndcr ¡neias a ID
financiación de la DGICYT para una estancia en el extranjero (Uni\'C:Ridad de ChIca·
10. EE.UU.) dUl'llnk el atto 1995. A lo Larao de estc trabajo, hago conunu" alusiones
a ese otro trabajo, del cual la introducción al presente constituye en buena medida re.
lumen.
204 ANTROPO LOGlA POÚTICA EL PODER DEL LENGUAJE 205

o el intcnto de control de lo que los griegos denominaron nes y estrategias de los hablantes, en de6nitiva, todos esos
el artesano o artífice de la persuasión. factores politicos del lenguaje --en un sentido muy amplio,
La ecos de la vieja retórica resuenan todavía en las mo- claro- en que se centra la pragmática aparecen seriamen-
dernas disciplinas de la lingüística, de la semiótica o se- te cuestionados desde esas otras perspectivas.
miologfa, de la teoría de la comunicación. Pero mientras
que la añeja disputa en el seno del trivillm entre lógica y
retórica sigue viva en las disputas filosóficas de nuestro si- El poder en el lenguaje
glo, esas otras disciplinas con revestimiento científico pre-
tenden sustituir sin más a la segunda. Y, tal vez vengativa, Examinaré, en primer lugar, el tratamiento del proble-
la retórica se refugia. sin excesivos corsés lógicos ya, en un ma por parte de Pierre Bourdieu. Creo que central a su
muy variado abanico de campos del conocimiento yexpre- concepción del lenguaje es la consideración del mismo
s iones pláslicas y artísticas. También, ni que decir tiene, en como un proceso, no meramente un objeto al modo durk-
105 terrenos de la persuasión política, cada vez más difícil heimiano que lo entiende la lingüística de Saussure. 4
de distinguir de la propaganda opresiva o de la publicidad Como tal, se desarrolla entre las reglas (la lal'lglle) y el mer-
machacona. cado de los intercambios lingüísticos, El discurso - u na ca-
El giro que la filosofía del lenguaje dio hacia los cin- tegoría a la que volveremos- es precisa mente la expresión
cuenta de nuestro siglo (por obra de J. L. Austin, sobre de las fuerzas dominantes en los intercambios IingUís ticos.
todo) puso de nuevo sobre el tapete la relevancia de los "Lo que circula en el mercado no es "la langue", s ino dis-
problemas retóricos. De una parte, la importancia del con- cursos estiJísticamente caracterizados, tanto desde el lado
texto y del c6mo de lo que se dice y no sólo del qu¿ se dice de la producción [...] como del lado de la recepción .• 5 He
(en ténninos a ustinianos: de lo perfonnativo sobre lo cons- subrayado el plural de la paJabra porque, para mí, marca
¡olivo); de otra, la repercusión del mensaje en la audiencia, el contraste entre el análisis puramente formal del lengua-
la eficacia o el poder de las palabras. El estudio del len- je y su ponderación sociológica. Bourdieu mismo resalta la
guaje polftico puede iluminarse desde una perspectiva tal, paradoja de la comunicación: supone un medio común,
especialmente si se atiende a ciertos desarrollos crític?S, pero s610 tiene éxito suscitando experiencias singulares, es
como los que encierra, por ejemplo, la teoría de la accrdll decir, socialmente marcadas . .La existencia y el sentido de
comunicativa , de Habermas. Sin embargo, la aparente li- las palabras dependen de contextos sociales. Son los dis-
bertad de poder hacer cosas con palabras, queda relativiza- tintos "mercados_ los que permiten su existencia, en tanto
da si tenemos en cuenta los constreñimientos, tanto exter- que el significado se define por la tensión entre el núcleo
nos como in ternos, del lenguaje. Esos límites son los que invariante (la langue) y esos diferentes mercados.
nos ponen de relieve, precisamente, las perspectivas O en- En realidad, a Bourdieu no interesa tanto la primera en
foques que prete ndo examinar aquí. Pero de fonna muy di- un sentido estrictamente lingUistica como su expresión so-
ferente o atendiendo a factores muy diversos. Ahí estriba, cial, mecanismo y escenario de poder en suma: la lengua
pienso, la conveniencia de tomarlas en cuenta en un terre- 6
leg(tima. Es más, lo que suele n tomar Jos lingüistas por
no tan resbaladjzo y de tantas facetas como es el lenguaje. langue, viene a decir, no es si no la lengua oficia l, la que de-
Pese a su diversidad, nos ponen de relieve cómo el auténti- valúa dialectos e idiolectos y los sit(¡a en una jerarquía de
co poder del lenguaje no radica en esa superficie un tanto
sin problemas 8 que atie nde la pragmática. La libertad de
4. Sigo, mientras nO indiqu~ otra cosa. a Bounheu, 1982 .
decir cosas, la cooperación en los intercambios lingOísti- 5. Ibid .. p. 16.
cos , el contr ol individual sobre el habla, las manipulacio- 6. Ibid., pp. 23-58.
206 ANTROPOLOGíA POLmCA EL PODER DEL LENGUAJE 207
usos lingüfsticos. La lengua correcta se consagra como len· Lecercle niega también la autonomia del lenguaje, de
gua de la administración, aceptada en el mercado de tra- modo mucho más vehemente. Desde su óptica no cabe ni
bajo y transmitida por el sistema educativo. El habitus lin- la postura stalinista en pro de la misma, ni la abstracción
güístico. en cambio, se construye y se transmite de mane- saussuriana de la langue.' Contra ambas dirige sus aLaques,
ra mucho más informal: en las situaciones prácticas de la pero más si cabe contra la segunda, So capa, viene a decir,
vida diaria. Modos de hablar, de mirar o de guardar silen- de pretender estudiar la (angue, lo que estudian en realidad
cio, aprobados o rechazados, que constituyen signos de los lingüistas es el estilo. Es decir, el depurado BBe English
clase y que, al tiempo, contribuyen a la existencia de las -<> cualquier aLTo, para el caso: pensemos en nuestras aca-
clases. Hablar, por tanto, supone apropiarse de un «estilo demias de la lengua-. Nada que tenga que ver con el ha-
expresivo. ya constituido en y por el uso y colocado en una bla real del minero de Durham , en el Reino Unido, o del
jerarquía de usos, «sistemas de diferencias de clase y cla- granjero del Midwest, al otro lado del AtJántico. El excesi-
santes, jerarquizados y jerarquizanteslt.1 vamente cuidado acento de Mrs. Thatcher, por ejemplo, re-
De este modo, la distinción saussuriana langueJparole vela el ascenso social desde menos elevados ongenes,IOSe
se nos presenta con un aspecto nuevo: dos escenarios de me ocurre en este punto -sin que pueda entrar en este en-
poder e incluso de violencia. La primera conlleva, por así sayo en su desarrollo--- que la m0l1ecina vida de la retóri-
decirlo, el respaldo oficial del sistema político, económico, ca durante este siglo o buena parte de él puede haber sido
administralivo, que se impone a todos los hablantes de un fruto de su lransitoria transformación en ciencia lingüísti-
estado como reglas o código; la segunda, parece fruto de ca, Si bien, dedicada esta última sólo a un aspecto de aqué-
procesos más sutiles y espontáneos, pero impllca igual- lla, el estilo (o, más concretamente, a una destilada y purí-
mente poder. En el mercado lingUistico, el homo lil1giUsli- sima ronna del buen hablar, del viejo arte del bene dicen-
co es tan formalmente libre de hablar como, en el otro, el di). Pero sigamos.
hombre abstracto de los economistas; pero, aquí también, Sentado, pues, que el lenguaje no es entidad autónoma,
sólo puede intercambiar palabras si las dice apropiada- sino ámbito de enfrentamiento y lucha de fuenas exóge-
mente. Esto es, si se ajusta a estilos socialmente predeter- nas. TIene, sr, apariencia coherente, ritmo y vida propios.
minados, al tiempo fruto de la desigual distribución del po- Pero eso no es más, diríase, que la punta de un iceberg, o
der y configuradora de la misma. la langlle de los lingüistas: «un cosmos parcial tratando in-
Creo que, tras la importante criba y critica sociológicas cesantemente de emergel' de un caos fundamental.,1I La
que Bourdieu hace de la lingUística, se adivina la previa y presentación completa del lenguaje debe incluir lo que Sus
decisiva de un lingüista como Benvernste. A él me refiero especialistas -lógicos, lingüistas- excluyen. A esto es a lo
con detenimiento después. Pero antes veremos olrO enfo- que Lecercle denomina el remainder (residuo, resto): -Este
que. Con una !fnea de argumentación muy diferente, J. J. lado oscuro emerge en textos poéticos y '" nonsensical", en
Lecercle aboca, sin embargo, a conclusiones parecidas a la iluminación de los místicos y en el delirio de los pacien-
las de Bourclleu. Según su propio resumen, «el intercambio tes logóñlos mentales .• lz
lingüístico es un locus de relaciones de poder; que, lejos de
9. ¡bid., p. 40. Un in[~=nte anilisis de las motlwc1ones polftl(:ll.5 tras la pos.
producirse en un vacío cooperativo depende de coyuntura tUI'1lde Stalin en pro de la autonomfa del lenguaje y de la phu'!Ilidad IingQf$tlc:a el! el
histórica y lingüística e implica a menudo estrategia y tác- dr era)', 1993,
ticas agonísticas».' 10. I..ecerele, 1990, pp. 48)' ss.
11. [bid., p. 32.
12, Ibid., p. 6. Noción e$ta que Leoercle ""ladona con Otra. utilluda en un libro
7. !bid., p, 41 . arHe riar (Pln/oscphy Ihrvugh mI< /ooking ¡km, 1985); .dili~ •. situación pott\co.Uten-
8. l.«erc:le, 1990, p. 267. na {no cUnica} donde el rrmairukr se mc:uenU'a a RIS aoch.a$.
208 ANTROPOLOGÍA POÚTICA EL PODER DEL LENGUAJE 209
Ese remaillderconstituyeel reino de las excepciones, la guaje deja de concebirse como mera representació/l del
inevitable infracción de las reglas gramaticales, de cual· mundo para transformarse en inte1VellciólI en el mundo,
quier gramática. Es, también, lo que hace ilusorias las es- donde las palabras no meramente hacen cosas (Austin),
peranzas, chomskianas, por ejemplo, de hallar un número sino que son cosas. l. Tal vez, debe s ubrayarse también
finito de reglas que abarquen los rasgos esenciales de todo cómo Lecercle insiste continuamente -para enojar a cier·
lenguaje. El propio Chomski, nos recuerda Lecercle. si bien tOS lógicos y lingüistas, supongo--- tanto en la historicidad
nunca ha abandonado tal pretensión, la ha limitado a los y temporalidad de la lallgue como en el carácter poco refe-
principios y constreñimientos de una hipotética gramática rencial y pobremente comunicativo del lenguaje. En todo
universal y a los parámetros que adaptan unos y otros a un caso y en suma, la langue tiene siempre en su plantea·
lenguaje espeCífico. La gramática científica no ignora el re- miento la contrapartida de un remainder subversivo, y el
mainder: s implemente, se niega a aceptarlo. Por eso Le- conjunto hac.e del lenguaje una estructura permanente-
cercle se distancia, también, de la pretendida facultad in- mente inestable y cambiante. La langue misma no es, ya se
nata del lenguaje, en tanto que vernculadora ya de reglas ha apuntado, más que una abstracción, porque ante lo que
sintácticas, y opta por la versión (más light, pensada uno) nos enfrentamos es (coinciden Bourdieu y LecercJe), en
que aparece en el tratamiento freudiano de los chistes. Con realidad, un conlinuum de dialectos en perpetua pugna en-
arreglo a ella, el aprendizaje del lenguaje en los niños atra· tre ellos por obtener la primacía.
viesa por una etapa placentera, en la que se experimenta o Esa especie de acratismo de Lecercle (que hace de sus
juega con palabras sin atender a su significado, para abo- libros probablemente más objeto de lec tura apasionante
car a otra donde la [unción crítica y el pensamiento lógico que de exposición serena y sistemática) pone de relieve, en
tenninan imperando. El proceso conlleva una represión cualquier caso, aquella faceta del lenguaje que suele deses-
del absurdo y su confinamiento al chiste o a situaciones to- peral' a quienes se ocupan de los aspectos estricta o apa·
leradas de cierto descontrol. u rentemente formales del lenguaje. Me refiero a esas zonas
Bourdieu ha subrayado adecuadamente la estrecha re- de ambivalencia, paradoja y metáfora por las que suele dis-
lación e ntre códigos lingüísticos y códigos legales. En tal cunir la comunicación política. Antes de su domesticación
conjugación estriba, precisamente, uno de los canales prio- retórica, el demiurgo de la persuasión parece ofrecer esas
ritarios de dominación y de poder presentes en la dinámi- mismas características, subversivas y eruptivas, del re-
ca sociopolftica. No desconoce esa óptica las infracciones mainder de Lecercle. En la épica homérica, el discurso se
de los cód igos, por supuesto; pero no recalca tanto como la manifiesta como poder irracional que mueve audiencias,
de Lecercle la transgresión de las normas. Para el segundo, algo que irrumpe siempre como regalo o inspiración de los
las reglas gramaticales no son equiparables a leyes físicas, dioses. 1'
sino a fronteras y, por tanto, susceptibles de ser traspasa- Desde ángulos dispares a veces, coincidentes otras,
das. Deseablemente transgredidas, desde la perspectiva del Bourdieu y Lecercle nos resaltan los condicionamientos
autor. Porque, para él, nos dice, el aprend.izaje de un idio- externos del lenguaje. De ese modo, éste se nos presenta
ma no supone una recuperación platónico-cartesiana de como escenario de manifestaciones de poder social o
ideas innatas, sino, más bien, la exploración de un tenito- Como campo de batalla entre fuerzas institucionales y re-
no. Un ámbito éste en el que lucha el individuo cont.ra un beldías psíquicas, individuales, apenas contenidas, siem-
agregado de palabras, reglas y costumbres. Pero no sólo el pre desbordadas. Simplificando no poco, dirfase que am-
individuo: tambi én las variaciones dialectales. Así, el len-
14. (bid. pp. 25 Y ss. Y 47 Y ss.
13. (bid., pp. 18·22. 15. Como pone de manifieslO Kennedy. 1963, cap. 2.
210 ANTROPOLOGIA POÚT1CA EL PODER DEL LENGUAJE 211

bas nos proporcionan excelentes enfoques acerca del po- una relación necesaria.!7 Dicho de otro modo, no podemos
der en el le nguaje. Una tercera vía para abordar las com- concebir la cosa sin la palabra. 0, como lo plantea Mari-
plejas relaciones de lenguaje y poder es la que nos ofTece rain al concluir un excelente ensayo sobre signos y símbo-
Émile Benveniste. Benveniste nos sitúa no en la mera cn- los, las dos funciones primordiales del lenguaje (expresar
tica. sociológica o filosófica, de la lingüística , sino en su el pensamiento y expresar la subjetividad -social, más que
fructífero desarrollo. De la lingüística saussuriana, con- individual-) nunca aparecen completamente fundidas.
cretamente. De ese modo, estimo. sus planteamientos pue- Sólo podrlan estarlo en la lengua de los ángeles si éstos
den servimos como complemento adecuado de los dos an- utilizaran palabras: "Mais les Allges /le se serven! pas de
teriores, ya que de lo que en est e caso se trata es del po- mOls. »" Nosotros, sí. Y, además, estamos atenazados por
der del lenguaje. ellas.
El ámbit9 de la arbitrariedad queda, pues, reducido a
la relación entre cosa y significante, realidad y representa-
El poder del lenguaje ción fónica. Ahora bien, afirmar que los signos son arbi-
trarios respecto a las cosas Significadas, si bien verdadero,
Para abordar algunos aspectos que considero claves, no resulta demasiado instructivo. Sean lingüísticos (buey/ox)
me resulta inevitable extenderme mínimamente en ciertas o no (luto blanco/lu to negro), los signos tienen otro tipo de
facetas de la fecunda obra de Benveniste. Quiero destacar, detenninación que no me resisto a llamar cultural, si bien
en ese sentido, tres desarrollos respecto a Saussure. En Benveruste no emplea explrcilamente este ténnino: «Arbi-
primer lugar, el referente a la arbitrariedad del signo lin- trario, sí, pero solamente bajo la mirada impasible de Sirio
güístico; segundo, la superación de la dicotomía latlgueJpa- o para quien se limita a constatar desde fuera el nexo esta-
role; tercero, la ubicación del lenguaje en los sistemas de blecido entre una realidad objetiva y un comportamiento hu-
signos. mano y se condena así a no ver más que contingencias [ ... ].
El verdadero problema es más profundo. Consiste en reen-
1. Como hemos visto, la expresión, el discurso, la pa- contrar la estructura íntima del fenómeno del cual no se
role aparecen condicionados no meramente por la langue, percibe más que la apariencia exterior y en describir su re-
sino, además, por el «mercado de los intercambios lingills- lación con el fenómeno del que depende.• !9
ticos» (Bourdieu) o por las presiones históricas -socia- Lo arbitrario. por tanto, es que tal signo o tal otro sea
les- y psíquicas -remail1der- (Lecercle). De una forma u aplicado a este o aquel elemento de la realidad; pero para
otra, la idea de la arbitrariedad pura del signo lingüístico el hablante -si no para ellingOista- hay adecuación com-
queda seriamente afectada. Benveniste se enfrenta con ella,
pleta entre lengua y realidad. El signo recubre y exige o
pero de otra forma. !6 En la tajante distinción saussuriana
pide La realidad; o, mejor dicho, es la realidad. Ello hace
entre significante (signo fónico) y significado (concepto),
que el dominio de lo arbitrario quede fuera de la com-
nos dice, se omite un tercer ténnmo: la cosa misma a la
prensión del s igno lingüístico. De ese modo. la mutabilidad
que el concepto se refiere, la realidad. La arbitrariedad
e inmutabilidad que Saussure atribuye al signo hay que en-
sólo puede predicarse de la relación existente entre aqué-
lla, la cosa, y el término mediador, el significame, pero no
tenderlas de otro modo. Para Saussure esa doble condición
de la que enlaza significante y significado; ésta constituye
17. Como bIen s.ei'lala 5<;hkif"r. 1990. pp. 4-6. el signo lin¡!ll.sLico en Bcn\'enis-
!e "5. al propio tiempo. arbitrario y motivado.
16. Me refiero en es!" apanado a $U .ND lun! du sign" lin¡u¡sliq~. = 1966. 18. MariUlin. 1988. pp. 157_158. .. .• t.· ;"
pp- 49 Y u. 19. Belwm¡st". 1966. p. 51. cUl'$ivu. mlas. .} t'
.$ 'o¡;
3- "S"d o0.1 ;"
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212 ANTROPOLOGÍA POLtneA El. PODER DEL LENGUAJE 213

d.el signo estriba en que el signo, al ser arbitrario, puede rión al terreno de la poUtica. Los prolegómenos de la Re-
s iempre alterarse; pero, por ser arbitrario también, no pue· volución francesa, por ejemplo. Se inventan pocas pala-
de cuestionarse en virtud de una norma racional. Benve- bras trascendentales, pero las que se constituyen en pa-
niste. en cambio, considera que lo que se modifica o man- labras clave (narion, foi, société) cambian radicalmente de
tiene estable no es la relación entre significante y signifi- significado: _la elite francesa definió problemas, analizó
cado. sino entre signo y objeto. Y ello porque, como queda acontecimientos, inten tó resoluciones --o resistió que se
indicado, la contingencia se aplica a la relación símbolo fó- tomaran- o Todos esos actos pedían un vocabulario. y
nico-realidad, la necesadedad a la que vincula s ignificante donde los acontecimientos precisaban lo que el lenguaje
con significado. no había expresado todavía, su plasticidad como instru-
Los problemas que pla ntea Benveniste desbordan la mento social se puso a prueba. ,!' Ya en marcha la revolu-
lingüística, tanto en éste como en otros casos. Detrás del ción, el gran conservadO!- que fue Edmund Burke se en-
debate con Saussure parece entreverse la viejfsima discu- frenta con la creencia de los revolucionarios franceses de
sión filosófica en torno a la naturalidad o convencionali- que _el lenguaje humano es arbitrario y pasajero (lo cual)
dad del lenguaje. Jonalhan Bames la remonta al siglo v se re[Jeja en su creencia de que reyes, reinas, sociedades y
a.C. ¿Significan los nombres por naturaleza (physei) o por leyes son arbitrarios y pasajeros, De ese modo, su esfuer-
ley (rhesei)? Lo que se dilucida -en Demócrito o en el Cra- zo en destruir viejos Significados y viejas sociedades im-
lilo platónico-- es, entre otras muchas cosas, la distinción plicaba una ideología que justificaba el cambio radical o
entre dos tipos de signos, señales y símbolos, y sus corres- cualquier tipo de cambio».ll Creencia que, en su forma ex-
pondientes significados (porque el griego _sémainei,, », trema o utópica, expresa un miembro dirigente de! la
como - significar» en nuestra lengua, se aplica tanto a la asamblea: _challger fes hommes; changer les choses; chan-
nube que anuncia lluvia como a la palabra "lluvia» que a ger les mOIS ... tout détruire; OU;, tout détruire; puisque tout
ella se refiere). _La distinción entre significado "naturar y est tl recréer».ll
"no natural" [... ] no es trivial: muchas teorías clásicas se Uno pensaría, con Benveniste, que los significantes, las
derrumban cuando no logran trazarla o porque presumen palabras se resisten a aparecer o a desaparecer (de la nada
que la relación de una palabra con 10 que significa es se- y en la nada) como pretende la utopía. Simplemente, esta-
mejante a la de la nube con la lluvia que anuncia .• to Uno blecen nuevas relaciones con la cambiante realidad. La
diria que la semiótica de Peirce (arbitrariedad de unos sig- utopfa perfecta sólo se realiza en la pesadilla de ficción del
nos -símbolos- frente a motivación de otros -índices e Newspeak, en el orwelliano Ni"etee,¡ eighly-{our, la muta-
iconos) y la lingüística de Saussure (arbitrariedad de todos ción del lenguaje en instrumento de dominación totalita-
los signos) no constituyen si no una etapa más de ese añe- ria: _Los supuestos implrcitos son que los pensamientos
jo e interminable debate. A este punto me refiero un poco son inseparables de las palabras que los expresan y que,
más adelante. controlando la palabra [ ...] uno controla o incluso elimina
Pero distanciémonos por un momento de los proble- el pensamiento .•.u
mas de la lingilística para volver, a esa luz, a un tema cen- De la revolución cultural maoísta, por el contrario, se
tra) del lenguaje y de la comunicación polftica. ¿Es posible nos dice cómo la pública autocritica adoptó usos que se
modificar la realidad actuando sobre las palabras que la aplicaban en la época pl'CITevolucionaria con fines y per-
designan? Las grandes transformaciones y crisis hi stóricas
21. Qppenheimer, 1976. p. 3&.
nos proporcionan ocas iones singulares para llevar la cues- 22 BLakemore, \988, p. 95.
23. ¡bid., p . 96, Cl.1T~i\lli5, mlu .
lO. Bames. 1982, pp. 466-170. 24. Younc. 1991. p . 4&.
214 ANTROPOLOGÍA POÚTICA EL PODER DEL LENGUAJE 21 5

sonas muy diferentes. ContralTevolucionanos y propieta- rin. No es, dice, la parole, pero tampoco la langue, sino una
rios tuvieron que someterse, verbal y gestua lmente, a de- especie de noción intermedia que pretende conectar esos
tenni nadas humillaciones reservadas antes a trabajadores dos niveles del lenguaje: la experiencia hablada, la prácti-
y jóvenes de tal modo que «el viejo mundo se reflejaba , en ca, más superficial, y el siste ma de la la ngue. l8 Nivel del
parte, todavía en determinados aspectos de usos y fórmu- que otra comentarista, Julia Krisleva, destaca su textura
las. El mundo nuevo de la revolución, parece, no se cons- social, cultural, histórica. La versatilidad y riqueza de la
truye, lingüísticamente ex nihilo»,¡' El signo se nos revela, obra de Benveniste (que le permite saltar con fortuna de
pues, aferrado a su significado por más que la cosa cam- la filología indoeuropea al surrealismo, o de la filosoEra a
bie. Quién sabe si en una realidad cambiante el significan- la semiótica de los códigos animales, musicales o pictóri-
te no tendrá que ser más realidad que nunca. Volvamos a cos) se conjuga -señala Kristeva- con la insólita modes-
Benveniste. tia que le impide alcan7..ar un metalenguaje, que, sin e m-
2. Operación semejante a la examinada en el aparta- bargo, no descarta. El obstáculo estriba en que cada siste-
do anteriOl~ pero de modo mucho menos explícito, es la ma de significación se topa con el límite que lo constituye
que realiza Benveniste respecto a otra dicotomía saussu- (la langue), pero para apuntar siempre al dicurso que lo
riana: langue/parole. Benveniste introduce entre ambas una desborda y que «fluye hacia una práctica del sujeto y hacia
tercera categoría que es la de discurso (discou rs). El uso y los procesos sociales en diferentes condiciones históricas.
abuso de este término en las pasadas décadas ha venido a Es un lingüista para quien le langage, un término vago, no
desvirtuar los contornos semánticos de un concepto lan existe; está e l sistema de la langue y, e mana ndo de él y con
neo como éste. Una especialista e n el tema afuma haber él. múltiples variaciones que dan lugar a le nguajes nacio-
recogi do «sin ser exhaustivos, por otra pal1e, seis acepc io- nales [oo.], discursos subjetivos (rilmos, milos, poesías) y a
nes diferentes de "discurso" en la literatura lingüistica».l6 A instituciones sociohistóricas reflejadas a partir de todo
buen seguro habría que contarlas por decenas si se rebasa ello».19
ese ámbito. La misma autora se refiere y utiliza la acep- Con todo, la terminología de Benveniste no parece diá-
ción foucaultiana de discurso, que desborda ampliamente fana ni constante por lo que a esos niveles del lenguaje se
la esfera lingüística: «Conjunto de reglas anónimas, histó- refiere. A veces, lenguaje se opone a discurso;lO otras, se di-
ricas, siempl'e determinadas en el tiem po y en el espacio, fere ncia entre la langue y le langage. ' ) Estimo que, denomi-
que han definido para una época dada, así como para un naciones aparte, lo importante radica e n que se diferencie
área social, económica, geográfica o lingüística determina- netamente entre lo que hace posible la comunicación y la
das, las condiciones de ejercicio de la función enunciati- comunicación misma. Lo primero (llámesele lallgue, lan-
va. »;t'1 Lo cual, a decir verdad, no parece sino una puesta al gage o aparato simbólico) es, tanto desde la perspectiva de
día, en época de supremacía lingtiística, de la noción de Benveniste como de la moderna semiótica, naturaleza, por
Wellanschauung de Mannheim. más que sea humana naturaleza, Lo segundo (discurso,
En todo caso, pienso que esas acepciones, mucho más pero también parole, habla específica, intercambios lin-
socioculturales que estrictamente lingüísticas. son las que güísticos cotidianos) tiene mucho que ver, en cambio, con
se adecuan a la noción de discurso de Benveniste. La no- condiciones socioculturales, históricas, concretas. E l len-
guaje no es un instrumento ni un medio de comunicación;
ción, empero, es harto compleja, como resalta Loui s Ma-
28. Mmn a al. , 1981, p. 212.
25. Feo¡ Yuan t I al, 1990. pp. 77,78. 29. !bid. p . 206.
26. Maln¡uencau, 1984. p. 4. 30. Ikm-enisle, 1%6, pp. 86 Y 258 Y ss.
n. /bid. 31. Ben~-eni$le. 1981, p. 7.
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la palabra y el discurso sí: «En realidad, la comparación filológica de Benveniste, sus magníficos análisis de las ins-
del lenguaje con un instmmento, y es preciso que se trate tituciones sociales indoeuropeas, avalan el buen hacer de
de un instrumento material para que la comparación sea un lingüista que, además, supera, con su finura de análisis,
fácilmente inteligible. debe llenamos de desconfianza, sociológico y anu'opológico, a muchos especialistas en es-
como toda noción simplista respecto al lenguaje. Hablar de tas materias.
instrumento es oponer el hombre a la naturaleza. La aza~ Es interesante, por otra parte, resaltar en este punto
da, la flecha, la rueda no se encuentran en la naturaleza. coincidencias del lingüista con CoUingv..'ood.. Desde su
Son elaboraciones. El lenguaje está en la naturaleza del perspectiva, el lenguaje tampoco es una herramienta, sino
hombre, que no lo ha elaborado. Estamos inclinados siem- «un modo de conducta, una actividad)). Ni se trata, tampo-
pre a imaginar ingenuamente un periodo original donde co, de una «invención)), equiparable a la del fuego u otra
un hombre completo descubrirla un semejante, igualmen- semejante. Por ello considera _un error pensar en él como
te completo, y entre ellos, poco a poco, se elaborarla el len- si tuviera ciertas propiedades o poderes por sí mismo y
guaje. Es pura ficción. Nunca alcanzaremos al hombre re- aparte de su «uso»; porque, dado que es una actividad, no
ducido a si mismo. ingeniándoselas para concebir la exis- un instrumento, no existe a no ser que sea «usado»."" E in-
tencia de ou"Q. Es un hombre hablando lo que encontramos mediatamente Collingwood describe el significado como
en el mundo, un hombre hablando a otl"O hombre, y es el atributo de esa actividad, lo cual permite a su comentaris-
lenguaje el que proporciona la definición misma de hom- ta relacionarlo con Wittgenstein. Una y otra perspectivas,
bre.»ll La subjetividad, viene a decir casi a continuación el además, son congIUas con esa declaración de Benveniste
l
autor, se constituye en el lenguaje, no a la inversa: que acabo de destacar: lo que encontramos no es lenguaje,
La semejanza, avant la lene, con la gramática generati- es el hombre hablalldo con otros hombres. Y ese uso no pa-
va de algunos aspectos de la obra de Benveniste se ha re- rece ser ni tan instrumental ni tan libre como sugiere el en-
saltado adecuadamente.J.O Tal vez en la larga cita que acabo foque austiniano.
de recoger puedan encontrarse también paralelos con de- 3. ¿Por qué es el lenguaje, según Saussure, el .. más
terminadas premisas chomskianas. Pienso, sin embargo, importante» entre los sistemas de signos homólogos (<<es-
que lo que nos aporta el li ngüista francés es más Eructífero critura, alfabeto de sordomudos, ritos simbólicos, fórmulas
para las ciencias soc iales. Los límites ú ltimos (la langue) de cortesía, señales miJitares, etc.»)? Ésta es la pregunta
sirven a modo de señales contra excesos sociológicos o an- que se hace Benveniste, utilizando las mismas palabras del
tropológicos de confinar todo el lenguaje a una de sus zo- aUlor del Course.~ ¿Más importante en relación con qué?
nas; como insuficientes son también las pretensiones de ló- Nada nos permite determinar que el lenguaje tenga más
gicos y filósofos a los que me he referido páginas atrás. importancia en la vida social que cualquier on'O sistema.
Pero lada una zona, enorme, del lenguaje (discurso, pala- Saussure, además, lanza la idea de que la lingüística tiene
bra), aunque limitada por ese tope último, sí que está so- una relación necesaria con la semiología , por la misma
metida a constreñimientos mudables y específicos, cir- época, precisamente, en que Peirce recuperaba el término
cunscri tos a espacios y tiempos concretos. La propia obra semiótica , usado por primera vez por John Locke. n

32. Benveniste. 1966, p. 259. cur;;vas. milis. 35. Según Boucher. 1989, ..1 trabajo de Collingwood (.ObstlVa¡ions on lan·
33. La dicotomía saussuriana de lengualhabla pn:supone otnl más discutible 8ul.&e.) es Un manuscrito in&UIO (citas lit~nlles. p. 137).
aún: soOroadlindh-iduo OUStamcnte .....ll$Urnda por Bdtr.l.n. 1991 , pp. 42 Y ss. Y 76)' 36. Siro ahora, mientnoS no indique Olnl cosa. a Bcn""n¡$I~, 1981.
ss.) que nada tiene qllC' "er con CMIo noción del hombre que 11" descubre ya habumdo 37. 1.&$ difercndas y semejanzas enlre la sonioliki. •doctriruu o .elencla. d~
con OlT05. los sIgnos. lógica, en definitiva, en Locke y Peirce. las pone de relieve K:!.linowdci,
14. Krisleva, ~n Mann el al.. 1981. p. 206. 1985. pp. 9 Y 5$. Vid.. Ulmbifn Decly, 1994, pp. 109 Y ss.
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El contraste entre ambos genios, Peirce y Saussure. por ña al _rito», o el «protocolo .. que rige las reglas de eti-
usar la expresión de Benveniste, puede resumirse con rela- queta. Todos 105 signos que se dan en la sociedad pueden
tiva brevedad usando los términos que este último emplea. ser interpretados íntegramente por el lenguaje, pero no a
Para Peirce, el lenguaje estaba cen todas partes y en nin- la inversa; y la sociedad misma se interpreta a través del
guna parte.; apenas prestó atención a é1 y lo contempló lenguaje.
siempre desde la perspectiva de sus elementos, las pala- Tal jerarquía se fu ndamenta en esa no reversibiJidad.
bras. Habrfa que añadir, tal vez, que ese quedarse en las Aparte del lenguaje, ningún otro sistema dispone de un
puertas del lenguaje ha contribuido a que Peirce sea consi· _lenguaje .. propio que le permita su propia categorización
derado punto de arranque de la semiótica, en tanto que e interpretación. Piénsese en las expresiones artísticas,
análisis de sistemas de significación: de señales, más que plásticas o sonoras: _Una cosa al menos es cierta: ningu-
de símbolos.:J3 na semiología de sonido, color o imagen puede formular-
Saussure. en camb io. parte del lenguaje como lema de se o expresarSe en sonidos, colores o imágenes. Cada se-
reflexión y lo adopta como objeto exclusivo. La lingüística miología de un s istem a no lingüístico debe usar el lengua-
se concibe como parte de la semiología, pero aparte de re- je como un intermediario y, de ese modo, sólo puede
saltar el nexo -señala Benveniste- poco más avanza en existir a través de la semi ología del lenguaje .• oo El lengua+
ese cam ino. El nexo consiste en considerar la «naturaleza je, en cambio, sí que puede categorizarse e interpretarse a
arbitraria del signo .. com o principio gobernante de todos sí mismo.
los sistemas de expresión. Peirce, por su parte, al estable- Benveniste establece una sutil distinción entre relación
cer con respecto a los signos una división tripartita Ondi- semiológica y sociológica. Estamos, reconoce, ame el in-
ces, iconos y símbolos), reserva la arbitrariedad para los temljnablemente debatido tema de lenguaje y sociedad y
símbolos y la motivación para índices e iconos, si bien de su m utua dependencia. La solución podría parecer, sólo
apunta que _cada imagen material es ampliamente con- a primera vista, salomónica. En términos de dimensiones,
vencional en su fonna de representación •. " A la arbitra- apunta, es fácil concluir, con el SOCiólogo que el lenguaje
riedad ya me he referido con anterioridad; veamos ahora funciona dentro de la sociedad y ésta lo engloba .• Sin em-
lo relativo a las relaciones entre lenguaje y sistema de bargo, la consideración desde una perspectiva semiológica
signos. inviene esta relación, ya que el lenguaje permite que la 50+
Benvcniste parte del punto en que Saussure dejó ape- ciedad exista. El lenguaje forma lo que mantiene unidos a
nas esbozado su análisis. El desarrollo es minucioso y los bombres, la base de todas las relaciones, que, a su vez,
complejo, pero merece la pena resumir y destacar algunas constituyen la sociedad. Podrlamos decir, de ese modo, que
de sus facetas. Objeto de la semiología, nos dice, no son es el lenguaje el que contiene a la sociedad. Así, la relación
sólo los sistemas de signos a los que alude Saussure, s ino de ilJlerpreraciólI (interprerance), que es semiótica, se mue-
-y muy fundamentalmente- las relaciorles entre ellos. ve en dirección opuesta a la de inclusión [ ... ], que es socio-
Relaciones que se establecen de modo jerárquico; es de- lógica ...·'
cir, el sistema que necesita ser interpretado depende del Sin duda, "Benveniste, al plantear las cosas de ese
que lo interpreta. Sea este último el _mito» que acompa- modo, se refiere a aquel constreñimiento último que es la
¡alIgue, no al discurso o a la palabra. Y aquf rozamos de
3$. lA distinción arm.m.:a de la obt1ll de u.nger, 1978. cap. m, IiObre lodo. y. ter- nuevo la polémica cuestión de las funciones comunicati-
minoló¡lcamcntt, de la rcvblón realizada por 111 misma autOra (l'rlflJr;e ro t/~ edirlo"
of 1951 . Ibld .. p. X). Desde una perspecti\'11 muy difeRnte. es ambil!n muy inlereun-
'e a ""te respectO Tbom. 1973. 40. Ben\'ffIlste. 1981 . p. 16.
39. ApwJ Cu1lcr, 198\ . p. 24. 41. {bid .• p. 18.
EL PODER DEL LENGUAJE 221
220 ANTROPOLOGíA POLíTICA

vas del lenguaje. En este sentido, la coincidencia de Ben~ ver con la comunicación donde el lenguaje es especial-
veniste es plena con otras perspectivas sobre lenguaje y mente relevante. En suma, el aspecto puramente comuni-
simbolismo. Tal es el caso, por ejemplo, de las premisas de cativo del lenguaje se ha exagerado: es preferible admitir
Van Uexküll que inspiran la moderna semiótica. El len- que el lenguaje es, ante LOdo, «a vocal actualization of the
guaje, argumenta Sebeok, supone, en tanto que Umweltle- tendency to see the reality symbolically», y es esa cualidad
re (esa suerte de burbujas específicas en las que vivimos), la que lo hace instrumento adecuado para la comunica-
un aparato adaptador y específico en la evolución huma- ción, pero una vez que el toma y daca del intercambio so-
na. Como tal, no deriva de ningún sistema de comuni- cial complica y refina el lenguaje en la forma en que po-
cación animal ni responde a exigencias de tipo comuni- demos llegar a conocerlo en la actualidad:) Traduzcamos
cativo. El discurso, la palabra (speech), que derivan y se vocal actualization por speech, «habla» o «discurso» y la
apoyan en el lenguaje, sí sirven a tales exigencias y com- semejanza de i,d eas con aquellos otros enfoques se hará
plementan el repertorio de aparatos no verbales heredados evidente.
de nuestros antepasados. Filogenéticamente, pueden ha- Volviendo ahora a Benveniste, la preeminencia del len-
ber transcunido cientos de miles o millones de años entre guaje como sistema interpretador de todo sistema de sig-
la aparición del lenguaje y su expresión sonora. Su tardía nos no obedece, viene a deciI~ a factores externos: su ma-
y, por así decirlo, marginal condición la resalta Sebeok yor uso, eficacia o amplitud. Responde, por el contrario, a
con estas palabras: «Incluso hoy, los humanos no tienen un principio semiológico; esto es, al hecho de estar inves-
órgano especial para el habla [sino] que está formado por tido el lenguaje de doble significado, semiótico y semánti-
un tracto originariamente diseñado para dos funciones co. Los demás sistemas poseen una sola dimensión de sig-
biológicas completamente diferentes: la alimenticia y la nificado: bien semiótica sin semántica (gestos de cortesía),
respiratoria. El habla es recibida luego, como cualquier bien semántica sin semiótica (expresiones artísticas). E l
otro sonido, por el oído, que tiene también otro origen fi- ámbito de la semiótica es el de la identificación de unida-
logenético y es. más bien, un receptor sensorial adquiri- des discretas (señales). A través de la semántica entramos
dO.~4¡ Esa marginalidad trae a las mientes el remainder de en el ámbito de significado que genera el discurso, que de-
Lecercle. lo extemporáneo del discurso en la épica y la do- riva del lenguaje (langue). El mensaje no se reduce aquí a
mesticación retórica . una serie de unidades identificables de modo aislado, sino
Parece, pues, que las funciones comunicativas del len- que es su significado global lo que se divide en signos es-
guaje están seria y variadamente cuestionadas. Y no sólo pecíficos (palabras): «La semiótica (el signo) debe ser re-
en los últimos años o con las últimas modas lingüísticas y conocida; la semántica (el discurso) debe ser compren-
semióticas. Ya he reseñado antes las ideas del propio Ben- dida.»'"
veniste al respecto y su paralelismo con las de Collin- Pienso que seria difícil exagerar la trascendencia de una
gwood. Tempranamente, Sapir se enfrentaba, al analizar distinción como la anterior para el estudio de los diferentes
las funciones del lenguaje, con esta de la comunicación. sistemas de signos y, por ende, de comunicación. En el ám-
Resaltaba cómo, pese a considerarse habitualmente como bito humano, que es el que menciona expresamente Benve-
la primera y principal, las cosas deben verse de otro niste, y con respecto a las cruciales diferencias entre se-
modo . Hay, decía. por una parte, efectiva comunicación
sin lenguaje y, por otra, situaciones que nada tienen que
43. Sapir, 1935, p. 159. Vid. una postura l"mbi~ n similar en Langcr. 1978,
pp. 126 Y ss.
42. s"bcok, 1991, pp. 55 Y s.~. (cita jjt~raI, p. 70). Puede ve~. como contraste.
44. Ben\'~niSle. 1981 , p. 20 , cursivas del autOr.
pero ron algunos puntos de contacto con este planteamiento. Armstrong el 11/. , 1994.
222 ANTROPOLOGíA PQtJnCA EL PODER DEL LENGU..uE 223

mios is humana y animal . tema éste al que no alude.~s Por- nados con la comunicación política. Son los siguientes: re-
que a esa luz se nos hace manifiesta, pienso, tanto la pro- lativización de la arbitrariedad del signo lingüístico (fun-
funda unidad estructural de aquellos sistemas (la hipótesis damentalmente, su constreñimiento cultural, por así lla-
de Gaia), como la pobreza de los reduccionismos biológico marlo, pero también la persistencia de los significantes),
o semiótico."" Qué duda cabe que los n.tidos fannan parte categorización del discurso como esa ins tancia intermedia
1
de los códigos de comunicación de muchos animales: En entre la palabra fugaz y la langue (1os limites naturales de
ese sentido, puede decirse que tales animales reconocen se- nuestra especie) y, por último, la producción de Significado
nales (ruidos, «voces_ , si queremos), pero no necesitan a Lravés de ese discurso. El conjunto, a mi entender, nos da
comprenderlas. Eso es problema nuestro y de nuestras pala- otra dimensión de la relación poder y lenguaje. Menos ob-
bras. La grandeza y la miseria de estos otros sonidos nues- via que las dos destacadas en páginas anteriores, más pro-
tros estriban es que su comprensión plena no se adquiere funda o más radical tal vez. Las palabras con las que a ella
más que en el conjunto del que fonnan parte (la frase, el se refiere Benveniste no son sólo certeras, sino francamen-
discurso). La persecución del significado por debajo de éste te hermosas además. Las reproduzco: «el le nguaje es el
e incluso de la palabra, .. más allá de la especie lexical dife- simboli sm o más económico. A diferencia de otros sistemas
renciada, más allá del núcleo semántico de la palabra, has- representativos, no exige ningún esfuerzo mus c ul al~ no en-
La el nivel de los semas,. de la semiótica estructuralista, tec- traña desplazamiento corporal, no impone manipulaci ón
nicismo depurado aparte, olvida entre otras muchas cosas laboriosa. Imaginemos lo que sena la tarea de representar
que "el lenguaje neutro no existe jamás,. ..oa Semiótica, por ante los ojos una "creación del mundo" si fu era posible ex-
otra parte, que, aplicada, por ejemplo, al análisis del dis- presarla en imágenes pintadas, esculpidas u OlfaS al precio
curso poHtico de la Quinta Re pública francesa, parece con- de una labor sin sentido; luego, veamos en qué queda la
ducir a conclusiones que a uno le recuerdan sospechosa- misma historia cuando se reali za en el relato: una secuen-
mente la lógica binaria que Lévi-Strauss dice hallar tras los cia de pequeños ruidos vocales que se desvanecen apenas
mitos de los pueblos primitivos.~ percibidos, pero toda el alma se exalta y las generaciones
la repiten y cada vez que la palabra despliega el aconteci-
miento, comienza el mundo. Ningún poder igualard jamás
Conclusión este que hace tanto con tan poco_. 50
Recapitulemos ahora los lres aspectos que desarrolla . E~ ésta aquella capacidad , e n términos leibnizianos, de
Benveniste para relacionarlos con otros aspectos relacio- Imagmar un número de mundos prácticamente infinito
que carac teriza a los humanos. Que cuando se une con el
45. No ob$tant~, ~n Bcn,~st~, 1966. pp. 56-62, se incluye un im~rt'$OllIlf5lmo artífice de la persuasión puede convertirse en un arma de
capftulo sobn! .Com~ón animal y lenguaje humano~. con un Onico inco'l"e- efectos incalculables. Y mucho más barata. Como dice Ber-
nlente: su temprana ~]:¡.boradón hace n;arse a su autor sólo en un fo'Studio clásico.
COml'> el el de Von Fnsh iObre Iat .be;as. Apetece imaginar ~n qué medida l>Oi hubi~ra trand Russell, expresando u na idea muy parecida a la de
~nriquecido l••¡x.nación d~ Ben~mste de tomar en cuenta ~tudio:. po&terio~ d~ I~ Benveniste, pero con ironía que ronda el sarcasmo, la su-
sem i(t!;ls animal. Pienso, por ejemplo, en el dcll'\!COlWCimiffltO de menSllp b,oqufml-
<:05, como las reromornos, en la comunicación entm hormigas (Wilson y Bos5et, 1963). premacía del lenguaje hablado respecto a otras formas de
46. Vid. un buen anículo de mferenda a esle tema en mlación con 18 obra de comunicación humana «posee un buen fundamento, ya
Sebcok: Ponlio. 1993. que no hay otro modo de producir un número de movi-
47. Puede verse, por ejemplo, el ptt<:ioso articulo de Nanll5, 1995.
48. Ricoeur, 1975, pp. 174. 175 Y 178 (se ¡¿¡cm, concretamente, • la tendcnclll. mientos corporales tan rápidamente y con tan poco es-
de G...,UnM Y Prieto). fuerzo muscular. La oratoria pública seria tediosa si los
49. Me refiero ~lflC8.mente al de una aUlOra que se confiesa mlemhrv de /'1.-
role sl.mlOlique de 1'I>..u, encabezad. por Greimas. sob..., un discurso de M. Deliré:
• OlSODUfS poIilique el rantasi. actantidlc~. Hm.ult. 1983, pp. 96-103. .so Bmvcnl$te, 1966, p. 29 (CW$iva$, mlas) .
224 ANTROPOLOGlA POLfTICA EL PODER DEL lENGUAJE 225
hombres de estado tuvieran que usar el lenguaje de los sor- je políticos. Trataba sólo de desbrozar un terreno desde el
domudos, y muy agotadora si todas las palabras implica- que poder abordar en otra ocasión la enorme variedad de
ran tanto esfuerzo muscular como el encogerse de hom- una y otro. E, inevitablemen te, me he topado con las ma.
bros •. " rañas del lenguaje. Siempre tenninan enredándonos por-
La oratoria pública nos deja a las puertas de la comu- que en ellas vivimos, pero mucho mds cuando tratamos de
mcación polftica. Un terreno que sólo he podido esbozar decir algo de ellas. Quisiera, al menos, haber dejado claro
aquf 5l y que se aJimenta precisamente de es,,: mundo ima- que las rulas aparentemente nitidas o Lorcidamente subte-
ginativo que la palabra produce y actualiza. Ambito donde mnas nos sirven de muy poco s i queremos explorar con
s uelen circular los tropos y. muy concretamente, la metá- mínimo provecho ese mundo. Demasiado próximo, en
fora, que tanto irrita a lógicos y a algunos filósofos.!) De cualquier caso, para que lo podamos conocer alguna vez
modo nada casual, porque la metáfora supone ese «poder bien.
mediante el cual el lenguaje. incluso con un pequef¡o voca- Tampoco me gustaría abandonar este intento con la so-
bulario. puede abarcar millones de cosas,..'" Además, la lemnidad de la alusión a los problemas insolubles del len-
metáfora, desde la Retórica aristotélica, se ha visto como el guaje ni, menos, con la de la mera evocación de las cimas
recurso más adecuado para el que trata de persuadk a de la retórica clásica. La retórica se hizo fútil hace muchos
medio camino entre los conceptos enigmáticos y las pala- siglos y la polflica se nos amoja cada día más sórdida. La
bras corrie ntes." Acorde, en definitiva, con esa peculiar ra- comunicación con la que nos topamos se mueve por de-
cionalidad - humana, demasiado bumana- que entraña ITOleros nada nobles: enlodados, vocingleros y zafios. De
la política. ~ Porque ésta se mueve e n esa zona de la lógica ella me he propuesto no ocuparme aquí, pero sí quiero ter-
que desborda los límites del razonamiento analítico y que minar lanzando un rápido vistazo a la de nueSll'O país, en
pone de relieve _que existe un dominio enorme que escapa otra época, en otras circunstancias. Tal vez no tan distan-
al cálcu lo y a la demostración. aquel donde se delibera y se tes ni ta n distintas; quizá menos crispadas. Me s ilvo de las
discute, se clitica o se justifica y donde se usa toda suerte cáusticas observaciones de un comen tarista de la escena
de argumentos para obtener la adhesión de un auditorio •. n política española del primer cuarto de siglo. La parodia es,
Pero no era. mi intención abordar en este trabajo estos una vez más, la venganza del voyeur de la política.
problemas. como tampoco el papel de la metáfora y de Brillante y mordaz como pocos observadores, Fernán-
otros LrOpos en el campo de la comunicación y del lengua- dez Flórez supo destacar los extremos penosos de la co-
~unicación política. Por exceso y por defecto. De un cons-
51 Aplld Lanaer. 1978. p. 75. PICUO político nos dice que su palabra «fl uye con la abun-
52. Conjunlamel11e 0011 mi aludido _De rIOlÓll . poo:k~ Y palabras •. dancia de una catarata, y en ella se van diluyendo los
S3. Vid. I..K'ercle. 1990. pp. 144 Y u . (donde llega a equiparar mel'fora <:011 re·
m4i....) y Eco. 1986. p. 88.
conceptos y aparecen perdidas las ideas • . La metáfora des-
~. ~. 1978. p_ 141. cribe con certeza un discurso a buen seguro hinchado de
SS. Aristót"l~. 1953. p. 199. eUas. La hipérbole, en cambio, es el perfecto veh1cuJo para
5ó. Como hilO ver Grot!!! ,n su Inl¡ualado Arista/k la oprnskión platónica ,ni"" describir el extremo opuesto, representado por otro políti-
opinión (dau) y ciencia (eput{me) _ la retónc. tiene: qlH' ''el" mn la primera. la dia-
!k¡lca con la 5elluuda- se \r.ln)fonna por completo en la obm aristotélica: . en la fi- co más del montón: es el gesto imposible y patético cuan.
10000rla de AristÓteles. l~ 01al&tka es olao diferemc. Es situada junlO con la Retórica
en lo región de J¡. OpInIón. Tnnlo el rhelor eomu el dial&tico I",hln de todos los t~·
do el orador está, además, ayuno de otros recursos. Dice
mas, sin reconocer llmitCII; nlacan o defienden una o toda!; 1u cooclu$iones. em· así: .. Cuando el señor Vitórica se pone en pie para defen-
pleando el proc:t:liO dc raciodnio que Arillólele5 ha lratndo con el ~bre de Sil~s­ derse, la curios idad de la Cámara se aviva. El señor Vitóri-
mo. (1973 , p. 20$). Pc$e. todo. la potIidón que Aristót",1e5 asigna. la ~tórica es de
clua IUbordinaclón (C~, 1867, pp. 11 Y ss. Y 11 y ......; Ricoeur. 1975. pp. 14 Y $5.). Ca suelta el hilo de una voz casi atiplada. Está en ese terri-
57. Pe~lm.n. 1982, p. 280. ble momento en que el orador desea ser manco. Primero
226 AJrrROPOLoclA POt.tnCA

intenta dejar las manos sobre el pupitre; después las ~ar­


da en el bolsillo del pantalón; pero no tarda en prefen~ los
de la americana, más anchos y profundos. D~rla -lo Jura-
mas- unos cuantos miles de pesetas por deJM caer hasta
el suelo los brazos y empu~rlos disimuladame.nte c?" el
pie hasta debajo del djván.» La catarata y el hiJo. NI que
decir tiene que estamos en las antlpodas de esa economía
que, según Russell . enlrai'\a la expresión sonora del len-
guaje. CONTRA-TIEMPOS ANTROPOLÓGICOS

La guardia civil del Danubio. los legio-


narios de Bosnia; son expresiones contem-
poráneas que a algunos nos dejan alucina·
dos por sus cruces semánticos
EDUARDO HARO TECCLE.N '

Resulta innegable y al propio tiempo alentador el cre-


cimiento que la antropología ha conocido en nuestro país
en apenas poco más de dos décadas. DenlrO y fuera de los
ámbitos universitarios. pero especialmente en estos úh-i·
mos. Rara va siendo ya la universidad donde la disciplina
no está presente en mayor o menor medida. La puesta en
marcha de planes de estudio y licenciaturas contribuirá sin
duda a incrementar un rilmo casi inimaginable a princi-
pios de los setenta. Algo que está encontrando eco también
en el interés por la antropología por parte de los organis.-
mos autonómicos y otras entidades , hoy púbUcas y quién
sabe si privadas o privatizadas mañana.
Ante un panorama que sólo parece que puedan enturbiar
los vaivenes de la actual crisis económica, tal vez suene a
aguafiestas -y este ténnino, como veremos, tiene pleno sen-
tido en algo a lo que luego me referiré-Io que quiero plan-
tear aquL Ahora bien, de nuestro país y de nuestra antropo-
lOgía quiero ocupalme más adelante. De momento intentaré
plantear el problema en términos bastante más generaJes. O,

51. F~nda f'lOru, 1964. pp ~ J In _ El "'1$, 2J de mayu de 1993.


228 ANTROPOLOGiA POLmeA CONTRA-TIEMPOS ANTROPOLÓGICOS 229
si se quiere, de una manera un tanto simplificadora y brutal. raleza y gozando de predicamento. Confieso que la obra y
¿Está preparada la anlrOpología -epistemológica y heuns- el pensamiento de Claude Lévi-Strauss me producen semi-
ticamente- para abordar las realidades que nos circundan? mientos muy ambivalentes, Me imagino que como a cual-
¿Nos hemos detenido siquiera a manifestar alguna zozobra quiera de mis colegas, aunque tal vez por motivos diferen-
al respecto? Me temo que para muchos el momento de las tes. Me seduce su prosa, me fascinan muchos de sus análi-
vacilaciones, si alguna vez lo hubo, ha quedado atrás y bien sis, admiro y envidio la amplitud de sus gustos, intereses y
atrás. «Hablan en voz más alta [... ] con el aplomo de quie- conocimientos ... y me irritan profundamente sus argucias
nes ignoran la duda" ) dice sarcásticamente de nosotros los dialécticas. Detesto, además, que no sólo fuera de los ámbi-
espaftoles Jorge Luis Borges.l tos antropológicos, sino en buena medida también dentro,
y otra pregunt'a: ¿Entendemos qua antropólogos el su antropología se haya considerado y se siga considerando
mundo que nos ha tocado vivir? A veces tengo serias du- la antropología. Máxime cuando, como cabría esperar, sus
das. Lm aginemos una reunión de sabios, como antes se de- actitudes éticas y estéticas permean, mal que le pese, su en-
da, en la Que junto a teólogos, biólogos, físicos y filósofos tera producción, Una obra -se ha dicho y repelido- que
participa un antropólogo social. Tras cuatro días de deba- ha conocido notables cambios temáticos, pero que, a mi
tes sin ninguna intervención de este último, toma por fin la modo de ver, conjuga esa versatilidad con una incomovible
palabra para desvincularse de las pl'eocupaciones de los lealtad a ciertas profundas convicciones. Una de ellas pare-
demás, pobres mortales, y asegurar que su papel allJ es el ce ser, precisamente, su rechazo o incluso su repugnancia
de observador objetivo de fenómenos de enfrentamientos y con respecto a la actualidad, a lo contemporáneo,
coaliciones. Los temas de fondo y la lógica de la argumen- Así se manifestaba hace poco ante el importuno perio-
tación parecen, pues, inelevantes; simples fOlmas de com- dista que le acuciaba para que se pronunciara acerca de la
portamiento verbal. Quien asegura que ese cuadro no es tragedia de la antigua Yugoslavia: . Puedo decirle que todas
pura ficción es nada menos que Sir Karl R. Popper, que esas cosas ya han ocurrido en el pasado. ¿Y quiere que yo le
además tilda con justicia de marciano al antropólogo y hable de su importancia porque suceden durante mi corta
duda con razón de que su pretendida objetividad tenga existencia? . Usted también habla de nuestros días: adviella
algo que ver con el quehacer científico:) que son angustiosos sólo para nosotros. Todos los hombres
han vivido períodos terribles a sus ojos [ ...J. Nuestras angus-
tias actuales se fundirán con las pasadas y las futuras .•
La huida del presente y la negación teórica del tiempo ¿De qué se ocupa, pues, el antropólogo por antonoma-
sia? . Lo que me interesa de los hombres es el equivalente
Exagerada o más o menos real , la anécdota ilustra cuál de las conchas (de los moluscos), es decir, las obras que
puede ser nuestra situación vista desde fuera. No creo, con ellos ~segregan" . Tienen una belleza y un sentido to talmen-
todo, que el común de mis colegas -aquí y fuera de aquí- te independientes de los organismos que las fabrican .• _Es
siga haciendo gala de ese dérachemenr ingenuamente obje- necesario tener tiempo, es necesario consagrarse entera-
tivista o positivista que ridiculiza el filósofo. Alguno debe mente al hombre contemporáneo. Raymond Aron, amigo
quedar por acá y por acuUá., Pero esos alardes en público mro, lo hacía de manera espléndida. Yo hice una elección,
hace aflos que dejaron de ser de buen tono. la de interesarme por cosas muy lejanas en el espacio y en
Otros, en cambio, sí que siguen teniendo carta de natu- el tiempo .• '

2. 1981. p.37, " Emrevis!a col"l«dida a Ulderl",o Mun:¡oJ, Comen de /Q Sua/EI M¡mdo. 3 de
3. Popper. 1972. pp, 106-109. m¡¡yo Ikl 1993.
230 ANTROPOLOGíA POÚTlCA CONTRA-TIEMPOS ANTROPOLóGICOS 231

De pasada: la referencia a Aron recupera sin tapujos cual isla»,6 No, por supuesto, el melanesio de tal O cual ¿po-
desde la antropología la vetusta y al parecer no superada ca. Una lástima para el desarrollo teórico de la antropolo-
división del trabajo entre las ciencias sociales. El aquf y el gía que quien podria haber comribuido al mismo como po-
ahora, frente al alU y el etltonces. Pero voy a detenerme en cos baya optado por el escapismo a lugares lejanos o a
otro conU-aste íntimamente relacionado con éste. Lo ilustra tiempos que, más que remotos, parecen cristalizados o fo-
muy bien Lévi-$lrauss con su metáfora del molusco. Sub- silizados.
raya el antropólogo cómo su interés por las conchas que El planteamiento de Lévi-Strauss supone, se ha dicho
esas fonnas de vida segregan deriva de que encierran ver- ya, la eliminación del tiempo y, por ello mismo, la incapa-
dades malenwticas. Tal vez, más pitagórico en esta ocasión cidad radical para entender el mundo contemporáneo.
que kantiano en muchas otras, debe menospreciar en todo Pero, extremismos aparte, no es caso insóUto. Ni dentro ni
caso al sujeto segregante -el hombre de carne y hueso fuera de los lares antropológicos. En nuestros enfoques y
unamuniano--- y considerar cie ntíficamente inelevantes esquemas, en los que están detrás de nuestras investigacio-
sus angustias y tribulaciones del momento. Las matemáti- nes por más inconsciente que se sea de ellos, sigue impe-
cas podemos considerarlas sub specie aeternitatis; las se- rando el primado de la variable espacial. Por mucho que
gundas, en cambio, aunque reiterativas son pasajeras. Tem- hagamos -va siendo ya costumbre- rituales proclama-
porales en suma. ciones en loor del tiempo, de la historia o del cambio
Para mí, aquí está una de las claves del problema: el social.
tiempo, la temporalidad. La renuncia a abordarlo con una Una vez pasada la moda de los estudios de comunidad,
mínima radicalidad y profundidad equivale a renunciar a su Jugar lo han ocupado los de identidades regionales y/o
entender qué terreno pisamos, por más que proclamemos nacionales, los de ciudades, fábricas, barrios, comarcas, et-
que estudiamos e investigamos temas de actuaUdad. cétera. No dudo que en todos ellos -y algunos conozco
El ejemplo del estructuralismo lévi-estraussiano es, sin bastante de cerca- está presente el factor tiempo, la di-
duda, un caso extremo. «Su estrategia -ba dicho uno de mens ión histórica o cualquier otra expresión de lo cam-
sus criticos~ consiste en eliminar el TIempo como una di- biante y perecedero. En todo caso, bastante más de lo que
mensión significativa, ya sea de la integración cultural o de estaba en la mayoría de aquellos estudios de pueblos, aldeas
la etnografía.»' Pero, al fin y al cabo, se trata de una estra- y villorrios. Pero la balanza sigue inclinándose a favor del
tegia coherente con ese intento del antropólogo Erancés de espacio.
estudiar verdades matemdticas; esto es, entidades despro- Va a ser realmente difícil que nos desembaracemos por
vistas de tiempo. No, curiosamente, de espacio. Recorde- completo de ciertas premisas del trabajo de campo con-
mos su preocupación por situar la etnografía de mitos o de gruas con las del funcionalismo, Premisas que suponfan,
fenómenos relacionados con el parentesco en lugares, no precisamente, una repulsa consciente y deliberada del
en tiempos concretos. Por eso mismo considera Lévi- tiempo y una hipervaloración de lo espaciaL De la isla me-
Strauss garantía de que un hecho social total corTesponda lanesia o la tlibu aflicana (mucho más difícil ya de fijar es-
con la realidad el que sea abarcable «en una expeIiencia pacialmente) a la ciudad provinciana, el barrio o el centro
concreta»: tma sociedad o un individuo localizado en el es- sani tario parece que continuamos buscando unidades de
pacio o en el tiempo. Por ejemplo, dice, Roma y Atenas bordes delimitados por los que uno puede moverse. Mucbo
(tiempo y espacio); pero también «el melanesio de lal o más aislables, en todo caso, espacial que temporalmente.

5. Fabian, 1983. p. 52. 6. Lévi.strau!lS. 1978, p. XXVI; cursiva. mfa.


232 ANTROPOLOGíA POLmCA CONTRA-TIEMPOS Afo..'TROPOLÓGICOS 233

Lo paradójico del caso es que aquel rechazo casi pro- la guerra actual de Yugoslavia, como en las guerras del pa-
gramático del tiempo por parte del funcionalismo y de los sado, los agresores buscan recuperar el momento de su
primeros trabajos de campo sólidos estaba más que justifi- mayor gloria. "Cada nación -escribe Kaplan- exige que
cado en un cierto sentido. Se luchaba de ese modo contra sus fronteras revie11an a donde estaban en el momento en
una noción del tiempo -la evolucionista- que hoy nos el cual su imperio había alcanzado el cenil de la antigua
parece impugnable también aunque por razones muy dife- expasión medieval."»'o
rentes. El tiempo de los evolucionistas era el tiempo uni- Parafraseando la conocida frase de Lévi-Strauss a pro-
versal y homogéneo, nawral y, por ello. negación de la his- pósito del totemismo, cabria decir que la tragedia de los
toria. Algo que Herbert Spencer dejó muy claro cuando Balcanes no sólo es buena para sufrir, sino también para
afirmaba: «Hasta que no se tenga una verdadera teoría de pensar. Aunque quizá el problema de muchos intelectuales
la humanidad no podrá interpretarse la historia, y cuando estribe en que tratan de disociar artificiosamente sus fun-
se tenga [. .. ] ya no se necesitará la historia.»' La revolución ciones intelectivas del gozo o del sufrimiento. Operación
en la física de este siglo vendría a trastocar los cimientos cartesiana en la que uno corre el riesgo de no entender ni
de esa artificiosa oposición al reivindicar un concepto del lo que le rodea ni las trascendentes cuestiones de las que
tiempo que tiene que ver más con el de los historiadores dice ocuparse.
8
que con el de Newton o Laplace.
Nada tiene, por tanto, de extraño que el intento de eli-
minación del tiempo, funcionalista primero, estructuralis- TIempo de la filosofía, tiempo de los hombres
ta después, condujera a la paradoja que resaltó y trató de
resolver con lucidez Sigrried F. Nadel. A saber, que la es- Hoy la física ha reencontrado una nue-
tmctura social. es decir, el concepto privilegiado por uno y va coherencia centrada, no en la negación
otro enfoque, fundamentalmente sincrónicos, no podía de- del tiempo, sino en el descubrimiento del
finirse -como algunos intentaban- por su pennanencia, tiempo en todos los niveles de la realidad
física.
estabilidad o duración al margen del tiempo.9 Aunque, tal
vez, otros fenómenos claramente espaciales no planteen ILYA PRlGOGlNE"
esos problemas. Por ejemplo, el territorio, los límites y la
extensión de nuestras unidades de observación. ¿O no es Ha sido Norbert Ellas quien se ha referido con especial
esto más que una ilusión? brillantez a las dificultades que tienen las ciencias sociales
Por las mismas fechas en que aparecían aquellas decla- a la hora de abordar el tema del tiempo .'2 por más que la
raciones del autor de Mitológicas en la prensa, otro diario, bibliografía sociológica y antropológica sea abundante al
The Washington Post, recogía un agudo comentario a pro- respecto y goze de una respetable vetustez. lJ Aclaro, de en-
pósito de un estudio histórico sobre la extinta Yugoslavb. trada, que no me interesa aquí el tiempo como objeto de in-
Su autora decía lo siguiente: «Los Balcanes son un mundo vestigación (el tiempo nLler o el tiempo tiv, p;or así decirlo,
invertido: la histOlia se mantiene mientras que la geografía
cambia. Las invasiones vuelven a trazar el mapa de los Bal- 10. Tina Rosenberg; comentarlo al libro de Robert D. Kaplan . Ha/kan:; Ghosl: A
luum")' Through lIiswry. en The Gu~rdu:m Weekly. 2 de mayo de 1993. p. 20.
canes en pocas décadas, provocando nuevas invasiones. En 11. 1992. p. 78.
12. Elias. 1989.
7. Citado por BUITOW . 1970. pp. 198_199. Se trata de una calla de Spencer que 13. Como se pone de relieve. por ejemplo. en la reci~nte compilación, al aJean-
he adaptado al estilo impersona1. Véase tambi~n Fahian. 1983. pp. \ 1 y>;s. ce del lector espaflol. de Ramos, 1992. Una revisión más especializada. en el ámbito
8. Prigogine. 1992 )" 1993. de la antropologfa. pero con una selección bibliográfica muy amplia es la de Munn .
1992.
9. NadeI.1966. pp. 196-206.
234 ANTROPOlOGIA pOLtrIeA CONTRA-TIEMPOS ANTROPOLÓGICOS 235
el tiempo de otros), sino como una dimensión que nos afec- No sé si me alejo en exceso de las intenciones del autor
ta por igual a mí y a los otros. a al interpretar que esa dicotomía puede disolverse si consi-
Rico en ideas y sugerencias el libro de Elias, voy a des- deramos que no hay tiempo (físico) sin consciencia y con-
tacar tan sólo algunas de ellas que se relacionan directa- ciencia del tiempo (social y cultural). No creo que esto sea
mente con mi exposición. Ame todo, resaha Elias cómo la subjetivismo, sino pura desconfianza hacia cualquier dua-
dificultad inicial y básica con la que nos enfrentamos es la lismo por lo que tiene de artificioso. Como tampoco pare-
consideración sustantivada que el tiempo tie ne en muchos cen ser muy diferentes las cosas cuando las contempla un
idiomas -entre ellos el nuestro- y de la que se ven libres físico como Stephen W. Hawking. Para Hawking, la con-
por ejemplo los angloparlantes con su envidiable (iming. cordancia entre las tres flechas del tiempo (psicológica
Habrfa que añadir que no tenemos tampoco la suerte de --esto es, recordamos el pasado, no el futuro--, termodi-
los tiv de Nigeria, para los c uales «el tiempo está implícito námica - progresivo aumento del desorden- y cosmológi-
en (su) pensamiento y habla. pero no constituye una cate- ca --estamos en la fase expansiva del universo-) es la úni-
garla de uno u otra y no necesitan medirlo». 15 Nosotros, en ca que hace posible la existencia de seres inteligentes. Las
cam bio, angloparlantes incluidos, sf. Y ello comporta que fuentes nutricias de estos últimos se basan en el proceso
tomemos el tiempo como objeto, como algo determinable termodinámico de convertir una fuente ordenada de ener-
y medible. Sólo a partir de Einstein, el tiempo comienza a gía (alime nto) en otra desordenada (calor ); y ese proceso
considerarse forma de relación y no flujo objetivo, al modo s6lo es posible en una fase expansiva. 11
newtoniano. Pero ni el propio Einstein se ve libre del feti· Por otra parte, y vuelvo a Elias, no se debe cercenar el
chisma de las palabras y recrea el mito del tiempo objetivo conlinuunl tiempo-espacio alegremente. Porque todo cam-
como algo que se expande o que se encoge. ¡ . bio en el espacio es un cambio en el tiempo y a la inversa.
Se opone, además, Elias -como también Prigogine- a Ocurre, simplemente, que separamos o aislamos uno de
la dicotOlIÚa tiempo flsico/liempo social, que no ve sin o otro ",diciendo: 10 que llamamos "espacio", se refiere a re-
como fruto o resultado de las falsas oposiciones del tipo laciones posicionales entre acontecimientos móviles que se
naturaleza/cultura o sociedad y otras semejantes: «Los busca deteJIDinar, prescindiendo de que se mueven y cam-
"hombres" y la "naturaleza" no están en realidad tan sepa- bian; por el contrario, "tiempo" denota relaciones posicio-
rados existencialmente como parece insinuarlo nuestra nales dentro de un continuum en devenir que se busca de-
manera actual de hablar y pensar. Separadas entre sí están terminal~ sin prescindir de su transformación y movimien-
las ciencias que tienen por objeto respectivamente la "na- tos constantes». 19
turaleza" y los "hombres". Cada representante de una es- Antes de abandonar a tan atractivo pensador, resaltaré
pecialidad ciemifica tiende a percibir su campo de estudio que apunta Ellas a una interesante explicación del porqué
como un objeto aislado y adjudicarle una autonomía abso- esas huidas de lo contingente que ya conocemos: .. Según
luta fren te a los objetos de investigación de otras cien- mi opinión, la razón personal por la cual descubrir algo
cias .• 17 e terno y duradero tras toda transformación posee para los
hombres tan alto valor es e l miedo a la propia caducidad:
el miedo a la muerte. PIimero, los hombres intentaron su-
14. Otra aclaración: eSloy jugando con ideas tomadas de Fabian, 1983, y de Ga-
damer, 1993, pp. 1]4 Y SI. Me parece muy oportuna la matización "rillea que sobre la perarlo recuniendo a la idea de los dioses etemos; luego
supuesta, por Fabian, homogc~idad del ticmpo dc los informantes hace James W. pretendieron armarse contra ella con la idea de leyes natu-
Femánd.,.¿, 1990, p. ]26.
15. Bohannan. 1966, p. 328.
16. Elias. 1989, pp. 53 Y ss. 18. Hawking. 1989, pp. 189 Y SS.
17. Ellas, 1989, p. 99. 19. Elias, 1989, pp. 113_114.
236 ANTROPOLOGfA POÚT1CA COSTRA'TIEMPOS ANTROPOLóGICOS 237
rales eternas que representaban el orden imperecedero de de la incomprensión respecto al tiempo a esa largufsima
la naturaleza .• - saga que va de Zenón de Elea a Kam. Esto es, desde el nn.
Diffcilmente cabe expresar mejor y con menos palabras cimiento a la negación de la metafísica. u El primero, al
el dilema de nuestra brevedad -individual. social. biológi· Uamar la atención sobre el absurdo del cambio \' el mo\i.
ca incluso- y la ilusión majestuosa. cósmica. de la etemi· miento tal como él los concebia, Ueva a los filósOfos a bus.
dad atemporal . Desde esta óptica, se DOS antojan sospe- car la realidad \'erdadera en lo que no cambia; el último,
chosos muchos sistemas filosóficos o científicos que se afe- situando el ejercicio de nuestros sentidos y de nuestra
rran a alguna forma de basamento inmutable o persistente. conciencia en un TIempo real, estima relath'os los dalos
Elias menciona en este sentido el entusiasmo kantiano por que de ello se derivan y busca una fundamentación en
las leyes elentas del cielo o por la ley moral elerna en n~ algo que está más allá de la percepción sensoriaJ. El pro.
sotros; también, la obsesión por equiparar ciencias con le- blema es, sigue Bergson, que unos y otros «han retenido
yes invariantes o el prestigio asignado por algunos filóso- del cambio lo que no cambia y del movimiento lo que no
fos a la lógica rormal y la matemática pmo. Y reproduce eJ se mueve • .u Lo que ocurre es que, aJ razonar acerca del
sueño que Bel1rand Russell relató al matemático Godfrey movimiento, lo hacemos «como si estuviese hecho de in·
Harold Hardy. En su sueño. el fi16sofo contempla cómo en movilidades, y cuando lo miramos, lo reconstruimos con
el a,ñ o 2 100, en una biblioteca universitaria. un biblioteca- i~movilid3des. El movimiento es para nosotros ulla posi.
do, cubo en mano, revisa libro tras libro de las estanterlas clón, después otra nueva posición, y así sucesiva e indeR.
y arroja en aquél los que debe estimar inserdbles ya. Con nidamentell.l,j
horror de Russell, el bibliotecal;o termina por llegar al vo- ¿Y qué sucede con los intervalos entre posiciones, con
lumen que resulta ser el último ejemplar de sus Priucipia los pasos? ¿Oué ocurre, en dellnitiva, con el mo\;miento
Mathematica: alH, el hombre, irritado al parecer por los ex· mismo? Pues que o bien volvemos a subcHvidirlo o le da.
trai'!.os sfmbolos que ve en sus páginas, balancea indeciso el mas el nombre de paso o cuaJquier otro y eso nos basta.
libro en sus manos ...JI A más de uno, estoy seguro. se nos Pero tenemos miedo a pensar el mo\;miento en Jo que tie-
viene a las mientes la concha del molusco y sus verdades ne de moviente: lógicamente, porque lo hemos llenado de
matemáticas. inmovilidades. Ahora bien, «si el movimiento no es todo no
Y, sin embargo, es dificil concebir nuestra chiliz.ación es nada: y si por de prontO hemos afinnado que la inmo\·i.
sin la fascinación por lo que permanece y el desdén o el Udad puede ser una realidad, el movimiento resbalará de
horror hacia lo que cambia. Nuestras ciencias sociales tie- nuestros dedos cuando creamos tenerlo •. n
nen todavía demasiado cerca la filosofía, la metafísica in- Casi de pasada habrla que recordar que algunos de
cluso. Negar estas rafees o , )0 que es más frecuente, pre· los más brillantes y famosos análisis antropológicos acerca
tender que ya las hemos superado para traspasar comlia· del tiempo, recalcan precisamente lo inmóvil. Tal es el caso
namente el umbral de la ciencia es cuando menos ingenuo de los justamente célebres ensavos de Leach rel:ui\'os a la
o, sencillamente. fruto de la ignorancia. Pues bien, es esa representación simbólica del tiempo, donde sostiene la
dependencia de nuestros basamentos la que explica muy - perspectiva estática durkheimiana de que las im:el'siones
probablemente esa fascinación por lo inmutable e impere- '·crea,., el tiempo" al crear los intervalos • .:'
cedero.
Asf lo vefa Henri Bergson. Bergson hada responsable 22. 8erpon. 1976.
2J Ibid .• p . 131.
H IbuJ." p. 134
20. El, .... 19119. p , 143 25. 1b.J.. P. 135.
21 EIIM , 1989. p. 144 26 Apud Munn. 1992. Po 102; cursiva del propio Lf:olCh
238 ANTROPOLOGlA POLfTICA CONTRA-TIEMPOS ANTROPOLóGICOS 239

El poder del tiempo mente reprobable. Pero es la Revolución Industrial la que


consagra la nueva forma de producción y dominación: «el
Esa resistencia ante la temporalidad casa mal con lo cronómetro entra en el taUer. y se conviene. en palabras
que podrla denominarse la obsesión por el tiempo del de Coriat . en un instrumento poIrtico de dominación sobre
hombre contemporáneo. Lo ha señalado hace poco Marc e1 trabajo.-
Augé al referirse a la más rabiosa acrualidad.17 Ésta, a la Pero nuestro tiempo inmediato es ya muy alTO. La ace-
que denomina sumJOdemité. viene a ser la Olra cara de la leración del ritmo del cambio social provoca la obsoles-
posmodemidad y se caracteriza por el exceso. Ante todo, el cencia del pasado y hace del relOj digital «el sfmbolo más
exceso de tiempo, dada la superabundancia de aconteci· elocuente de la nueva era_o Servan Schreiver describe con
mientos con que nos bombardean los medios de comuni- agudeza nuestra situación actual: . EI reloj de esfera y aguo
cación. Pero también un exceso de espacio. Curiosamente. jas se parecía a todos los relojes de los siglos pasados. El
mientras el mundo se nos hace cada vez más pequeño, gra- tiempo gira en eUos como un caballo con correa alrededor
cias a los viajes y a la perspectiva que dan los satélites ar- de su domador. En esta circularidad de los minutos y las
tificiales. nuestros hogares se lJenan de muchos espacios horas, la duración se enrosca sobre sr misma con eJ plane-
de los más remOlOS lugares del planeta por la vfa de la te- la y la galaxia. Como inmutable. Con el reloj digital por el
levisión. Un mundo, como bien dice Augé. en el que vivi- conlrario el tiempo, al cesar de girar, se pulveriza. Cada se-
mos pero que no hemos aprendido a rllrrar todavfa. y, aña- gundo empuja al anterior a la nada y pone fin a la ilusión
do yo, que será muy dificil que lo logremos si seguimos de un tiempo circular y repetitivo._"
aCerrados a cienos cimiemos inconmovibles.
En todo caso, pienso que ese exceso de tiempo, que
como señala Augé, viene a desbordar el tiempo mismo, La negacl6n prnctica del tiempo
puede ser el final de un proceso que se inicia con lo que se
suele denominar edad contemporánea. Un proceso aquel Quiero bacer una pausa para confesar en este punto
que ha supuesto el tribu to que esa época ha pagado por ser que he sido no sólo usuario, s ino también sien'o de esa ate-
diferente de los hombres salvajes o primitivos o de su pro- rradora máquina, el reloj digital, y que. desesperado, he
pio pasado. Como dice Hans-Georg Gadamer, . la concien- vuelto de nuevo al dieciochesco reloj de esfera. Digo siervo
cia histórica que caracteriza al hombre contemporáneo es porque nunca he abandonado del todo este ultimo. y la
un privilegio, quizá incluso una carga, que, como tal , no ha combinación de ambos, unida probablemente a mi torpeza
sido impuesta a ninguna de las generaciones anteliores_.!I y a la baratura del ingenio, hacía que fuera tarea muy pe-
Pero el mundo occidental ha conocido desde la Edad nosa compaginar el segundero de uno con ese vértigo de
Moderna a la actualidad un imponante cambio cualitati\'O los segundos de otro. Uno de los dos marchaba mal y. al fi·
en relación con el tiempo.N Primero la ética protestante, nal. hacía que me preguntara para qué diablos me intere-
con los controles horarios que. de los monasterios. pasan a saba a m! saber qué segundo era cuando ya no era. He op-
regular la vida del cristiano laico. El derroche de 10 que se tado en definitiva por liberar mi mente del problema colo-
fragua ya como realidades intercambiables. esto es, del cando la vieja ficción en mi muñeca.
tiempo y del dinero. se convierte en moral y económ ica- Creo que algunos (que lal vez hayan superado con é1ti-
la la prueba del digital) nevan. en cambio. algo parecido a
27. I99J. pp. 36 Y u.
211. 1993 , p ..'1
29 En ~ Irroeu que si&um me ..,.,. de rorma muy resumida, en el attIr;n~ 30. Jbul~ p 120.
~yo lIObnt t'S1e leITIa de 1¡IeAu de U...!. 19117. JI. IInd.. pp. III ." U2.
240 ANTROPOLOGlA POtJnCA CONTRA-TIEMPOS A/Ir.'TROPOLOGICOS 241

la esfera repetitiva en sus cabezas. Pondré tres ejemplos. desacuerdo con quienes. antes y ahora, sostienen que el na-
algunos con nombres y apellidos. Los dos primeros supo- cionalismo despierta suSlnHoS dormidos prestos a conver-
nen, al parecer, un intento de insertar temática antropoló- tirse, cuando las circunstancias lo permiten, en naciones o
gica en marcos de palpitante actualidad. El tercero se me incluso en estados. O, peor aún, quienes un tanto a vuela
antoja pura inmersión en la atemporalidad so capa de aná- pluma, vislumbran una especie de reviva! tribal -algo asf
lisis antropológico de realidades históricas. Los Lres repl-e- como una realidad universaJ , transcuhuraJ, panhumana-
sentaD, qué duda cabe, novedosos intentos de llevar la detrás de los nacionalismos y sus confrontaciones.
investigadón fuera de campos más que trillados en la Ni que decir tiene que ese uso a la ligera de términos
emografía hispana de los sesenta y setenta (esto es, comu- como el de tribu implica desconocer la mucha tinta que so-
nidades rurales más o menos abarcables y homogéneas o bre ellos ha corrido. Término como éste cuyos referentes
el mundo rural, en términos generales). Sin embargo, traIl- empíricos carecen de las connotaciones de clara delimüa4
tando de situarse en el tiempo, actual o pasado. se colocan ción territorial que muchos creen ver en él cuando se re4
-intencionadamente o no- fuera de él. Tal vez, porque en Beren a enfrentamientos por razones tenitoriales. La flui-
los tres casos se parta de una premisa cada vez más cues- dez de las fronteras, la dificil deHm.it'ación de los grupos ét-
tionable y cuestionada: que lo inmanente, lo recurrente o nicos, la fácil incorporación de elementos foráneos gracias
lo incambiable es len'emo más sólidamente científico que a las manipulaciones de las genealogías hace prácticamen 4
lo fugaz. lo cambiante o la sorprendente conjunción de l~ te imposible equiparar esos fenómenos con los nacionalis-
conocido en diferentes épocas y contextos, pero en combl4 mos comemporáneos. Pensemos sin ir más lejos que el
nación difícilmente repetible. mapa tribal de África (no ya, por supuesto, el mapa de las
El primero de esos ejemplos no es que sea anónimo modernas naciones africanas), dibujado en plena época co-
precisamente. Lo que ocurre es que responde a una pers4 lonial, responde a los intereses de las metrópolis y está
pecliva muy extendida entre muy diversos profesionales de concebido, en cualquier caso, desde mentes cuyo marco vi-
la pluma o de la palabra: periodistas, políticos y, por su 4 vencial es el estado.
puesto, cienúflcos sociales, antropólogos incluidos. ~~ re- No está de más recordar que, detrás de esa búsqueda de
fiero al auge de los nacionalismos en los años que ViVImos sustratos dormidos, hay toda una invendón o construcción
y a su presentación como un fenómeno cíclica o periódica- romántica y decimonónica que proyecta al pasado las reali-
mente recurrente. Ni que decir tiene que no puedo abordar dades del presente. Así, el historiador Jules Michelet, evo-
aquí el lema en su enonne complejidad. cando nada menos que el BnaJ de los Liempos carolingios, se
Sí, en cambio, quiero hacer hincapié en algunas notas preguntaba retóricamente: _¿ Habíamos perecido sin reme-
muy generales del fenómeno. Considero que éste es funda 4 dio como nación? ¿No había en medio de Francia una fuer-
mentalmente histórico. Esto es, que aparece en una etapa za centralizadora que permitiera creer que todos los miem-
concreta; se genera gracias a una confluencia de factores bros se volverlan a unir y fomarlan de nuevo un cuerpo?
específicos; se desarrolla de una determinada manera ... En y otro historiador, también francés, Lavisse, rememora
suma, se trata de un fenómeno encuadrado en tiempo y es-
a Juana de Arco hablando con Carlos vm acerca de san
pado delimitados. Por tantO, manifiesto mi acuerdo pleno
Luis y de Carlomagno: _Esta hija del pueblo sabía que
con las líneas generales de planteamientos como los que en
Francia existía desde hada mucho tiempo y que su pasado
los últimos diez años han mantenido Emest Gellner y Ene
estaba lleno de grandes recuerdos .•JJ ¿Oué pensar de todo
Howsbawn. 1l Y, por lo mismo, expreso mi también pleno
3). Ambooi. 1IpUd Girardet, 1957. P. 151 , cumvu. mlas; pueden ~
)2. 198& 'J 1991. ~vamenk. CJC!mpac. ~nlai m un inleraanlc aludlo del fenómeno en Mu.nllo Fcmd. 196).
242 ANTROPOLOGlA POÚTICA CONTRA·TIEMPOS ANTROPOLÓOICOS 243

esto cuando se sabe que nación. pa(s o palria eran, todavía por qué coincidir con los del ciudadano. Es la Adminis·
a finales del siglo xvw, t~nninos locaJes -esto es, de aldea tración la que decide lo que es rele\'ante y por tanto real o
o, a lo más. de comarca o región? El mismo término patria existente.
apareda definido así, localmente, en fecha tan. ~fa como Frente a esa realidad se estrella toda crítica. Amigos ar-
la de 1776. es decir. en vísperas de la Revolución . queólogos me cuentan las dificultades administralivas con
Mudables, además. parecen ser los contenidos de esos las que se topan cuando un yacimiento desborda los Iími-
términos y los sentimientos que evocan en distintos gru- les de una comunidad autónoma. A nosotros nos puede
pos en el correr de los tiempos. Pensemos en nuestras pe- pasar lo mismo, si no nos está pasando ya. El estudio de
ninsuJares tierras. De un reciente estudio histórico sobre las identidades aUlonómicas. con la a veces obsesiva bús-
los conflictos que generaba la administración de las colo- queda de lo especifico andaluz, vasco ... o lo que sea, ro7..a
nias americanas enlre grupos nacionales de nuestro paIs o cae sin más en el peligro al que vengo reCiriéndome. y
durante el siglo xvn tomo las siguientes palabras: .Con- entonces sirve de muy poco la sabia advertencia de lodo
trariamente a Jo que se pueda creer, el vasco intentaba un teórico del fenómeno nacional, cuando aventuraba
mostrarse como el más español de los españoles [ ...] Se hace ciento once años, en 1882. la posibilidad de una con·
creía el vasco la fior y nata de la "nación española"; de- federación europea, superadora de los nncionalismos beli-
tentador de una fidelidad a su rey muy por encima de la cosos. Decfa EmeSl Renan: _Las naciones no son algo
de un andaluz, un castellano o un extremeño [... ] Dentro cIerno. Han tenido un inicio y tendrán un final.. J ' Clru"O
de la "nación espaf\ola" convivfan otras ~'naciones" que que es posible que lo que provocara las palabras de Renan
juntas componían aquélla. El hecho de aplicar la VOl. de fuera no tanto la deseada unidad europea como la temida
"nación' a los miembros de una comunidad no implica, ni nación gennana.
mucho menos, que esos individuos albergasen un senti· Vayamos ahora al segundo ejemplo. Tiene que ver con
miento nacionaL. " lo que Michel Maffesoli ha denominado el reencamamien·
Sin embargo. puede ser vano intento mostrar lo mo\'e· 10 del mundo." Se trata, mucho más que en el caso ante-
dizo y cambiable de estos fenómenos. Si las administra- rior. de una tendencia o una actitud bastante extendida en
ciones locales o autonómicas de estas tierras se empeñan la investigación antropológica, en nuestro pa(s y fuera de
en realizar esa proyección hacia el pasado que practicaron él. Se manifiesta a través de una yo dirla que obsesiva y
los románlicos. poco puede hacer el investigador que de· casi exclusiva dedicación a las ocasiones festivas, muchas
penda de subvenciones procedentes de esas .~entes: Com.o veces religiosas y algunas otras profanas. Frecuentemente.
escribe un sociólogo estudioso de la AdrnIDlstraClón pu· la lógica preocupación por situar esos hechos en un con·
blica, ésta realiza una definición de la realidad que supo. texto social hace que se busquen las conexiones que la fies-
ne una neta demarcación entre . dos mundos diferentes: el ta. romería o procesión de que se trate tiene con fenóme-
mundo de lo que por ser existente es relevante para su nos de identidad grupal: local. comarcal o de comunidad
consideración l. .. ] y el mundo de lo que por su ine.'tisten· autonómica. Lo cual viene a jugar el papel de aval de que
cia es irrelevante para la Administración •. M Bien entendi· el antropólogo se ocupa de cuestiones actuales. pero sin
do que los criterios de existencia e inexistencia no ticncn abandonar en absoluto la temática más añejamente antro·
pológica.
14 Uobt;....:IIwn. 1991. p. 99 Tradición -de anteayer, a veces- fundida tenitorial-
15. !ktnno, 1991, pp. ]0.]1. Nación: _En e1.1'KYn n'Ju- fue un Ibmlno.-.
p-ifico [... ] , . dmammlr .....1eI drI 17 dr)uUo dr 1789 no hubo runaün parWno que'
¡n&an~""''' ,..ricot •.
0ppr0brlmeT. 1976. P. 17. ]7 1917. p. 14
16. ~Itrin. 1991 p. 166. l8 1990.
244 ANTROPQLOGlA POLlnCA 245
mente con la demarcación de unidades administralivas. y de la webetiana desencancamietilo." Como Jo son igual-
con ello va rozamos esas definiciones de la realidad a que mente eslas otras: lo local frente a Jo global, el pueblo fren-
me referÍa hace un momento. He sido testigo ~nLre di· te al proletariado, la magia frente a la r~6,. o la masa [ren-
vertido y estupefacto- de cómo algunos responsables de la te al individuo'"
Administración (estatal, autonómica, pro\'incial) aceptan Ni que decir tiene Que son los primeros términos de es-
con naturalidad que el oficio de antropólogo tiene mucho tos pares de oposiciones los que definen, según Maffesoli.
que ver con fiestas, festejos y festh;dades. nuestro momento histórico. Un momento, hay que apun-
Tal vez, el riesgo que puede correrse es que algún ges- tar, Que se parece demasiado a lo que antecedió a la mo-
lar de caudales públicos piense algún dIa que, ya que las dernidad, si bien los contenidos son diferentes: .Podemos
estudiamos. por qué no actuamos también de pregoneros imaginar que hoy en día nos hallamos ante una rorma de
de esas actividades lúdko-religiosas. Actitud. qué duda "comunión de los santos~. Las mensajelias informáticas,
cabe, encomiable desde la óptica ahorrativa de un buen ad- las redes sexuales, las distintas solidaridades y las convo-
ministrador. pero qUi7..á algo atentatoria contra la dignidad catorias deporti\'as y musicales son sendos índices de un
pl"Ofesional del antropólogo. Probablemente, por eso no e/has en formación [ ...] nuevo Espíritu del TIempo .• f..!
venga nada mal que en muchos trabajos antropológicos Pero lo de nuevo resulta gratuito si pensamos que en
que aborda.n estas cuestiones aparezcan con enorme fr-e- este mundo reeltcantado .se sacrifica a "dioses" locales [ ...]
cuencia los términos rito y ritual. TaJ vez, muchas veces no que pueden haber cambiado de nombre desde la antigOe-
signifiquen nada o muy poca cosa, o es posible que contri- dad grecorromana pero cuya carga emblemática sigue sien-
buyan a que nuestros saberes y prácticas parezcan bastan- do idéntica a sE misma 11 •..,
le más crípticos de lo que ya se supone que son. Pero, en En realidad, no sé qué imla más de u.n planteamiento
todo caso, pueden apol1ar algo así como un seUo de caB- como éste: si lo ficticio de las oposiciones binarias o la fas-
dad o denominación de origen y e\'ilar esas lamentables cinación por el retorno de lo mismo. Lo primero suena a
confusiones. puro pulso dialéctico con un manual de modernización so--
De todos modos , estrategias como éstas son compren- ciopolírica de los años sesenta. Supone, además, tomar
sibles. La bondad de los resultados cuando de ellas se de- c.omo dato de realidad lo que es ante todo categoña anaU-
rivan investigaciones emphicas es, obviamente, muy dis- lIca. Ahora bien, la complejidad, que muchos consideran
par. En otl'3 ocasión y a propósito de esto mismo escribe con justicia la man:a de nuestra época (en el pensamiento
que me preocupaba que el dIa de mañana algún lector de yen la \'i?a) , casa mal con esos dualismos simplificadores.
la etnogrnrra hispana pensara que nuestro hoy era pura- que reflejan tan pobremente las realidades sociales anti-
mente festivo y aproblem<\tico." También me preocupa que guas, ~odernas o posmodemas. En cuanto a lo segundo,
muchas o bastantes im'cstigaciones de esa especie se apo- no es SinO una muestra más de esa dificu.ltad para enten-
yen en un sustrato tcólico e ideológico afin a ese supuesto der y aceptar la lrre\'ersibilidad del tiempo.
rumcanlamietlto del mundo. Antes de abordar el tercer ejemplo, es conveniente una
Es decir, en ese discurso de Maffesoli que consiste en aclaración. Es posible que cierta antropolOgía hayn exage-
concebir la sociednd actual. o posmoderna, como simple
imagen invertida o especular de la sociedad moderna. La 40 Em¡'If'eIiU probablememe desnnadlo al fnlCUC) OImo ....1\lI.Ia F.lKan. va Par_
misma expresión reellcantamiento no es sino la contraria 50rISIntentó• .5ln wto. 4punfYml Wd,~,."s bnlLrlllly rorukrlStd o""lwtc.J "","""';1$ flouI
"1M COfUtnICts fror,t IlIar hUlont:aI, r~pDf'fII subsulltUo (f.bian. 1983. p . 23)
41 MafJ~i. 1990. pp. 66. 70. lB \ I~
42. JbuI.• p . tJ.5.
39 Luque. 1991 "l_ lbul , Po 92. CW'S,,",llI. mln.
246 ANTROPOLOGÍA PQÚTlCA CONTRA·TIEMPOS ANTROPOlÓGICOS 247
rada la singularidad de las culruras y la consiguieDle difi· Pero el autor no parece confonnarse con esa concre.
cultad para entenderlas desde (uera. sin imponerles las ca· ción espaciaJ y sigue avanzando: -Esta constatación de fi.
legarías. ,,'alores. óptica. vivencias en suma, de la cultura liación y penenencia a una e.'ttensa y prorunda área cultu.
de la que el investigador procede. Situación esta que, sin mi, con ser imponante y verdadera. presenra un reto intri-
duda, responde, más que al presente. a la concepción de gante a I.a reO~'tió~ imaginativa del antropólogo: ¿quedan
otra época en el desarrolJo de la disciplina. Al margen de por esta lOcardinaclón cultural explicadas as! la monarquía
que el antrOpólogo trabaje cada vez. más en su propia o se· y la realeza? En modo alguno; debe seguir inquiriendo y
mejante sociedad y los problemas sean mucho más sutiles, b~scando conexiones más primarias y ekmentales. princi.
hay que tener en cuenta que el absoluto aislamiento de so- plOS toda\'fa más un;versales y engloban tes que incluyan en
cied.ades y culturas nunca ha sido más que una premisa este cas~ concreto a la reaJe1.8 o más exactamente preparar
teOrica sin apenas apoyatura empírica. Además, el plantea- el tránsllo de la reaJeza de los Austrias a lA Realeza esto es
miento mismo (fuera/cumro) revela a las claras el primado a una concepción meta{fsiCQ de mayor distribución '[...]. un
del espacio. En breve, que la comunicación entre mundos ~~o p~mario y rundamental de clasificación, un comple.
culturales distantes y distintos no sea en modo alguno fá- JO slrl tétrco melllal. un arquetipo [ ...] El que entiende la
cil, no quiere decir que sea imposible. Realeza como adscrita sólo a un tiempo. forma política o
Algunos deben pensar que lo que no plantea, en cam- persona concl'ela ha perdido su sigl1ificado potel/cial esen.
bio, ningún problema es el estudio antropológico de otra cial. Mrs. Thatcher rezumaba realeza....
época de nuestra propia historia. Me refiero a una apona· Lo único que de verdad comprendo, aunque no com.
ción reciente sobre la imagen del rey en la monarquía de parto. de esta parrafada es el encendido entusiasmo ante
los Austrias." la ennoblecida dama británica. Pero no tengo empacho
Voy a detenenne muy poco en esta tercera y última en declarar que no me importa perderme el significado
ilustración. El texto aquí habla casi por sí solo. De ella me potencial esencial de nada. Tampoco creo mucho en lA
interesa destacar algunas notas finales de un largo y \-"CT. Rea/~za ni en cosa alguna con mayúsculas. Dudo. además.
balmenle enrevesado discurso. Como se trata de materia kanll3namente. de muchas mela{ísicas, Desconfío profun.
propiamente histórica (una época bien delimitada en el damenle de todo lo primario y elemental, algo que me re-
tiempo), uno esperarla que el antropólogo no cayera en la cuerda la inútil búsqueda de átomos que terminan siendo
seducción de lo inmóvil o pennanente. Por desgracia. no es divisibles ... Echo de menos, en cambio. un estudio antro.
el caso. Tras ad\'enir que no es lo mismo la realeza aus- pológico de la génesis y Lransformaciones -rituaJes si se
triaca. babilónica, del Sali de hace poco o del Egipto de quiere-- del Estado moderno en la Espana de los' Aus.
hace mucho, asiria o escandinava ... se dirla que nos enea· trias.
minamos ya a conocer la especificidad de la que se estudia. De momento, me temo que haya que seguir confiando
Pero no. De ahí se nos lleva, primero, a añejos conceptos en el ~uen quehacer de historiadores y sociólogos. Pienso,
espaCiales como son los de drea y subdreas culturales, para por ejemplo, en ese magnífico estudio de Peter Burke so-
abocar. luego, a la más concreta del mundo indoeuropeo, bre la {abn'cación de Luis XIV de Francia, donde se combi.
lodo eUo combinando las «aportaciones históricas de Du· nan magistralmente el estudio del ritual de la corte con el
mézil. con eJ «análisis estructural del mismo fenómeno a de las técnicas de propaganda que preanuncian nuestra
lo Needham.:' época. Burke apela, precisamente. a la estrategia de los nn.
lropólogos, especialistas en otras cuJturas. para hacer inte.
44 Uaón. 1992.
45. lhuL p. 178 "6. lbiJ., pp. ISO Y 181

248 AA'TROPOLOClA POúnCA CONTRA-TIEMPOS AATROPOLÓGICOS 249

Iigihles al bombre de hoy el ritual politico de la segunda mente de reliC\'"e las dificultades del antropólogo que no
mitad del siglo xvn, dada la dislaDcia cultural que separa quiere huir a la galaxia de las verdades malemálicas. Nues·
una de otra época. u Cautela esta que no deberla resultar lro tiempo, cualquier tiempo, nos lanza retos nuevos y di·
novedosa para quienes. desde cualquier óptica disciplinar. ferentes que no podemos ni siquiera afrontar, y mucho me-
intenten acercarse a época tan próxima y distante a la vez nos entender y explicar, si buscamos refugia en la repeti-
como la de la sociedad conesana. Ni Que decir tiene que es- ción, en el sustrato dormido, en lo universaJ o en lo
tay aludiendo a lo que representa el espíri~ y la ohra con· inmanente. El estudio de lo actual impone, como nunca tal
creta de Norbert Ellas," Historiadores y sociólogos han de- vez, la necesidad de una perspectiva histórica , porque el
bido aprender la lección de los antropólogos; en nuestro presente -también como nunca- se hace pasado mucho
caso basta que la recordemos. antes de que podamos asimilarlo.
Verdaderamente, nuestra época nos impone un rilmo
tan vertiginoso que conviene en más que problemática la
Eppu r. si m u ove! vieja y extendida afición de los antropólogos por lo dura-
dero, por lo que viene del pasado, Augé resaJta que ese ex-
A"d yet, alld yet ... Negar la sucesiÓn ceso de acomecimienlOs, unido al intento de comprender
temporal. negar el yo, negar el universo as- todo el presente, hace dificil otorgar senlido a la historia e
tronómico, son desesperaciones aparentes y incluso al pasado reciente.~ Con carácter más pesimista o
consuelos secretos. Nuestro destino (a dire·
renda del infierno de Swed.enborg y del in- más radical. Agustín García Calvo habla de nueSLrn cir-
fierno de la mitologfa tibetana) no es es· cunstancia como cun tiempo \'ado y siempre futuro, don-
pantoso por irrea1; es espantOSO porque es de nada pasa, puesto que todo lo que pase ya ha pasado: es
Irreversible v de hierro. El tiempo es la sus- Hisloria en el momento que sucede [ ... ] Y la imagen más
tancia de que estoy hecho. El tiempo ~ un perfecta de esa reducción de la vida a historia [... ] nos la
río que me arrebata, pero yo so}' el río: es presenta aquI mismo y cada día la Televisión: por el solo
un tigre que me destroza, pero yo so\ el ti· hecho de estar encuadrado en la pequei'\.a pantaUa, todo lo
gre; H un fuego que me consume, pero \"0
so,. el fuego. El mundo, desgraciadamente,
es real; yo, desgraciadamente, soy Borgcs.
. que sucede está ya sucedido, es en el mjsmo momento His-
toria •. "
OlTO autor subraya, precisamente, la inautenticidad del
mundo que nos rodea, caraclerizado por preferir el confort
Las ilustraciones que anleceden no agolaIl, por supues· de lo desechable a lo que dura tiempo, o que opta por el
lO, la panOrámica de la investigación antropológica actual cambio superficial en vez de una cierta estabilidad .donde
de nuestro país. Mi propósito no era tan ambicioso. A1gu. se sedimentan la experiencias y el significado •. !l
nas desbordan nuestras realidades y nuestra disciplina; por Por desgracia, no podemos elegir nuestro tiempo .• En
otra parte, como sugería al principio, estoy convencido de realidad -dice Gadamer- la historia. no nos pertenece,
que otros tipos de investigación que abordan asuntos de sino que nosotros pertenecemos a ella .• !) Y ese inacabable
palpitante aClUalidad no se ven en absoluto libres de pro· nujo del tiempo se nos presenta hoy como un calidoscopio
blemas de fondo semejantes. En todo caso, espero que los cuya enJoquecida combinación de piezas -como esa que
ejemplos a que me he l-eferido hayan puestO suficiente·
50 A~, 1993, p. n .
47. BlII'V, 1992. p. )6 .51_ Garda CalYO, 199), p. 291.
.. 1982. .5.2 FffTVOli, 1990, p. 91.
49 8orJet. 1911. P 117. .5) En MulleT·VollnLT, 1990. p. 261
250 ANrROPOLOGfA poL1TICA

alucina al periodista de mi cita inicial- no p~e anun-


ciar ninguna tendencia ni permitir ningún pron6suco. Son,
paradójicamente. las ciencias duras. ~uc.ho más que nues-
tras disciplinas humanIsticas. las que mSlslcn. hoy la.?lO en
la irreversibilidad del Liempo cuanto en las stngulandades
de las configuraciones de cada tiempo,so Tal vez sea ése un~
de los pocos consuelos que nos quedan: que esta época ru
nosorros ni nadie va a volver a \'ivirla jamás.
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