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Primer lectura para la síntesis

Capítulo 2

EL TESTIMONIO NEOTESTAMENTARIO

SOBRE EL BAUTISMO

Según el Nuevo Testamento la Iglesia ha practicado el bautismo desde sus orígenes,


y desde aquellos momentos hasta ahora siempre lo ha hecho siguiendo el mandamiento del
Señor resucitado (Mt 28,19; Cf. Mc 16, 16). Jamás ha existido la Iglesia sin el bautismo.

Y el rasgo esencial y constitutivo es su promesa de salvación y no la confesión de fe


de quien ha de ser bautizado. De entrada, hay que notar que el bautismo cristiano viene
precedido por el bautismo de Juan y por el hecho de que Juan bautizase a Jesús.

La mayoría de los exegetas y de los historiadores afirman que, en el Nuevo


Testamento, es imposible encontrar indicios de dos ritos distintos, es decir, lo que conocemos
ahora como los ritos del bautismo y de la confirmación, sucesivos y coordinados, que sean
ambos necesarios para ser cristiano.

EL BAUTISMO DE JUAN

Encontramos noticias de la práctica bautismal de Juan en los siguientes textos


neotestamentarios: Mt 3,1-12; Mc 1,2-8; LC 3,1-9.15-17: Jn 1,19-31; 3,23; 10,40; Fich 10,37;
18,24-28; 19,1-7. También las encontramos en los escritos de Flavio José, quien solo conoce
de Juan su bautismo y su Muerte.

El ropaje y el alimento de Juan manifiestan, básicamente, que vivía en el desierto (Mt


3,4; Mc 1,6; Le 7,25).

Juan era un profeta escatológico que llamaba a Israel al arrepentimiento ante la


inminencia del juicio. Esta inminencia sacudía todo estilo de vida, y el adoptado por Juan
expresaba, de una manera gráfica, esta denuncia. Así, rechazando una manera normal de
vivir, el Bautista expresa la abominación de un pasado pecador. Como los profetas de antes
(como Isaías o Jeremías) incorpora el mensaje a su vida, hasta jugarse la vida por su mensaje.
El bautismo de Juan es un bautismo de conversión para el perdón de los pecados (Mc
1,4; LC 3,3; Hch 13,24; 19,4). Mateo es el único de los sinópticos que desplaza hasta la
Última Cena la expresión *********que en Marcos y Lucas definen el valor sacramental del
bautismo de Juan: no es el agua del bautismo la que quita los pecados, sino solo la sangre de
Cristo (Mt 26,28); por tanto, según Mateo, el bautismo de Juan solo tiene valor penitencial
Mt 3,11.

Los rasgos característicos del bautismo de Juan son:

1. Es realizado por un bautista:


2. No es un autobautismo.
3. Es un rito único y peculiar, irrepetible, no como los continuos lavatorios cultuales de
los israelitas.
4. Está vinculado con la exigencia de conversión ante el juicio inminente.
5. Perdona los pecados al que es bautizado. El bautismo es signo del perdón de Dios.
6. No implica ninguna inmersión en el río Jordán; seguramente se vertía agua sobre el
que era bautizado (es, pues, con agua).
7. No se hace en nombre de nadie
8. No se trata de ningún rito de iniciación (Juan no pretendía formar ninguna comunidad
de seguidores, sino orientar la existencia a Dios y a su Reino); Juan se dirige a Israel,
quiere reunirlo y prepararlo ante la inminencia del juicio de fuego. Así, como Jesús,
Juan Bautista quiere reunir al pueblo de Dios, quiere preparar y disponer a Israel para
Dios y quiere dar respuesta a la crisis de identidad que sufre Israel.
9. Y no confiere el don del Espíritu. Solo Jesús, que posee el Espíritu, puede
comunicarlo; precisamente esta es la misión de Jesús: bautizar con el Espíritu Santo
(Jn 1,33; Mt 3,11; Mc 1,8; LC 3,16), en contraposición a la misión de Juan, que
bautiza con agua (Jn 1,26.31.33). Así, el bautismo de Juan Bautista tiene carácter
preparatorio (en la orilla oriental del Jordán, antes de entrar en la tierra prometida).

El cuarto evangelio sitúa la acción en la orilla oriental del Jordán (Jn 1,28), antes de
entrar en la tierra prometida. Mateo indica que Juan bautiza en Judea (Mt 3,1) y después,
como Marcos (Mc 1,9), cita al río Jordán (Mt, 3,13). La indicación del río Jordán recuerda el
paso de entrada a la tierra prometida. Podría ser un recuerdo histórico o un recurso literario,
teniendo en cuenta que la ribera era un nido de víboras y jabalíes, y con vados difíciles de
atravesar. Una información arqueológica aparecida en el diario Auui dice que los arqueólogos
han confirmado que en la ribera oriental del Jordán existió un lugar de peregrinación durante
los primeros siglos de nuestra era. Este dato viene a confirmar el carácter eminentemente
preparatorio del bautismo de Juan; el lugar también lo expresa. Juan bautiza preparando a los
bautizados para entrar en la tierra prometida, en el Reino de Dios que está a punto de irrumpir.

Puestos en una perspectiva escatológica podemos decir que el bautismo de Juan es un


rito visible, que simboliza un cambio espiritual invisible y que garantiza la salvación en un
futuro próximo. Así pues, el bautismo de Juan:

a) expresa el arrepentimiento del bautizado y su compromiso de emprender una vida


nueva;
b) una acción simbólica que proclama, anticipa y asegura la purificación del pecado
que, mediante el más fuerte, e Espíritu Santo llevaría a cabo el último día, cuando
fuese vertido como agua sobre el pecador arrepentido.

El bautismo de Juan es el medio por el cual el arrepentido recibe la firma promesa del
perdón de los pecados ante el juicio inminente. En cambio, Jesús no acentuará tanto el juicio
inminente Como la alegría del Reino ya presente en su ministerio. Juan bautiza con agua con
la promesa del más fuerte. El más fuerte bautizará con Espíritu y fuego (Mt y Lc), con
Espíritu (Mc, Jn, Hch 1,5; 11,16; 13,25). ¿Quién es el más fuerte? ¿El Mesías, el Hijo del
hombre, Dios (Mt 3„10.12), el profeta escatológico, una figura desconocida?

Posiblemente el más fuerte es una velada referencia no a Dios, sino a un personaje


del drama escatológico. Juan esperaba a alguien que condujera a buen puerto el drama
escatológico, aunque no tiene ninguna idea sobre quién podría ser. Esta vaguedad de Juan
permitió que los cristianos conservasen este logion y lo aplicasen a Jesús.

El vertido de agua sobre los arrepentidos de Israel prefigura la efusión de Espíritu de


Dios sobre el pueblo de Israel prometido en los libros proféticos, en los escritos
intertestamentarios.

El bautismo de Juan mira hacia un pasado a punto de desaparecer y hacia un futuro


inminente (el agua da vida al desierto, el Espíritu da vida eterna). Con la promesa de
esperanza hay una seria advertencia: el Espíritu abarcará solo a los israelitas a los que Juan
vierta ahora el agua de su bautismo, a todos los otros les espera el fuego.

Juan no usaba el bautismo como un rito de iniciación para crear a Su alrededor una
secta o un movimiento organizado. Flavio José, aun notando la similitud del bautismo de
Juan con los ritos de iniciación de los esenios, lo presenta como un hombre justo aislado. Los
discípulos de Juan Bautista de los que habla Mc 2,18 (y par.) no son ningún grupo organizado,
son los que han sido bautizados por Juan y han vuelto a su vida normal; y, como muestra de
arrepentimiento, seguían algunas prácticas, como el ayuno. Después de la muerte de Juan y
de Jesús, el movimiento del Bautista y la Iglesia vivieron en conflicto.

En síntesis, el bautismo de Juan es dirigido a Israel para que retorne a Dios y haga
realidad su Reino de salvación; así, conversión y perdón son sus efectos.

Sobre el origen del bautismo de Juan

De entrada, no hay que buscar el origen del bautismo de Juan en el llamado bautismo
de los prosélitos. En efecto, el bautismo de los prosélitos y el bautismo de Juan tienen en
común que ambos son únicos y piden ponerse dentro del agua, pero el bautismo de los
prosélitos no existía en el judaísmo del período precristiano. Por tanto, el bautismo de los
prosélitos no está en el Origen del bautismo de Juan.

El bautismo de los prosélitos aparece alrededor del siglo 11 dc como fruto del
rabinismo, e incluye circuncisión e inmersión. El bautismo de los prosélitos es un rito de
iniciación, hace pasar al convertido del mundo gentil al mundo judío, pero no concede el
perdón de los pecados. Precisamente, también en esta característica difiere del bautismo
cristiano; mientras el bautismo de los prosélitos significa la liberación de la impureza pagana,
el bautismo cristiano significa el perdón y la regeneración como gracia divina.

Seguramente el origen del bautismo de Juan radica en Su mensaje escatológico. I Juan


predica a la par que administra e bautismo. Sin duda, Jesús ofrece una interpretación del
mismo que ayuda a explicitar su misión. Jesús consideraba (a lo largo de su ministerio) el
bautismo de Juan, y toda su misión, como de inspiración divina. Si el bautismo de Juan es de
origen divino, también lo es la autoridad de Jesús.
Cuando llegaron de nuevo a Jerusalén, mientras Jesús estaba paseando por el Templo,
se acercaron a él los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos, y le
preguntaron: ¿Con qué notoriedad haces tú todo eso? ¿Quién te ha autorizado a hacer lo que
estás haciendo? Jesús les contestó: Yo también voy a preguntarles una cosa.

Respóndanme y les diré con qué autoridad hago todo esto ¿De quién recibió Juan el
encargo de bautizar: de Dios o de los hombres? ¡Respóndanme! Ellos se pusieron a razonar
entre sí: «Si contestamos que lo recibió de Dios, él dirá: " ¿Por qué, pues, no le creyeron?"
32Pero ¿cómo vamos a decir que lo recibió de los hombres?». Y es que temían la reacción
del pueblo, porque todos tenían a Juan por profeta. Así que respondieron: No lo sabemos.
Entonces Jesús les replicó: Pues tampoco yo les diré con qué autoridad hago todo esto.

Jesús centra su hábil pregunta en el bautismo de Juan: ¿De quién recibió Juan el
encargo de bautizar: de Dios o de los hombres? (Mc 11,30), que sería su práctica más
claramente ligada al ministerio de Juan el Bautista. Una práctica de Jesús que las autoridades
habrían encontrado inoportuna calificarla de meramente humana, siendo como era una simple
continuación de la introducida por un profeta mártir, que el pueblo veneraba.

En esto, si se reconoce un origen divino al bautismo de Juan, implica legitimar de


hecho la continuación de esta práctica también por el mismo Jesús. Esto supone que Jesús
continuó el bautismo de Juan durante cierto tiempo (posiblemente hasta que se dio cuenta de
que la voluntad de su Padre lo llevaba hacia Jerusalén), aunque también que, tanto Jesús
como sus adversarios reconocían que este bautismo era el de Juan y no una novedad que
Jesús hubiera introducido de la nada. He ahí como, en un momento, Juan y Jesús coincidirían
en que: (1) ambos querían reunir al pueblo de Dios disperso; (2) ambos querían preparar y
disponer a Israel para Dios; (3) ambos querían dar respuesta a la crisis de identidad que sufría
Israel.

Aunque si durante un tiempo ambos lo expresan con el bautismo para el perdón de


los pecados, en un momento dado, Jesús se dará cuenta de que no basta con perdonar los
pecados, sino que es preciso eliminarlos, quitarlos del mundo (Jn 1,29).
El bautismo, pues, no definiría la misión de Jesús, puesto que su misión consiste en
acabar con la soberanía del pecado, por esto hace presente al Reino de Dios y al mismo
tiempo apunta hacia él.

1.2. La recepción del bautismo de Juan y de Jesús por el bautismo cristiano:

El bautismo cristiano es una recepción nueva, a la luz del misterio pascual de Cristo
Jesús, del bautismo de Juan. Y la recepción cristiana del bautismo de Juan tendría en su
origen la raíz en estos tres datos:

1) El aspecto escatológico del bautismo de Juan es único e irrepetible ante la


inminencia del juicio que se acerca (Mt 3,7; LC 3,7).

2) El aspecto soteriológico, el rasgo más característico del bautismo de Juan es que


es un bautismo de conversión para el perdón de los pecados (Mc 1,4). En cambio, el bautismo
cristiano, aunque los discursos lucanos del Libro de los Hechos relacionen el arrepentimiento
y el perdón de los pecados con la conversión y el bautismo, 17 en el resto de los escritos
neotestamentarios, nunca se describe con la frase de Mc 1,4. En efecto, los escritos paulinos
y juánicos no vinculan el vocabulario del arrepentimiento y del perdón de los pecados con el
rito bautismal. El aspecto soteriológico del bautismo cristiano viene marcado por la vida
nueva, por el nuevo nacimiento.

3) El aspecto histórico: Jesús ha recibido ciertamente el bautismo de Juan.

El bautismo de Juan está dirigido a Israel para que retorne a Dios y haga realidad su
Reino de salvación; así, conversión y perdón son sus efectos. Así, mientras el bautismo de
Juan prepara por tal de evitar el castigo del juicio final (Mt 3,10; LC 3,9), el bautismo
realizado en nombre de Jesús da inmediatamente el efecto salvífico del juicio final.

En el bautismo cristiano, aunque tenga algún eco del bautismo de Juan, no deriva de
él. Según el testimonio de Flavio José, el rito del bautismo cristiano consta de dos elementos:
las palabras de quien bautiza (es realizado en nombre de Jesús, a diferencia del de Juan que
no es realizado en nombre de nadie) y la aceptación explícita del solicitante, es decir, una
confesión de fe, que Flavio José recoge en Roma, hacia el año 90, y que sería de inspiración
paulina y de estructura trinitaria.
En definitiva, el bautismo de Juan ha influido en el bautismo cristiano; concretamente,
en ambos bautismos se precisa la intervención de otro para bautizar, ambos son irrepetibles
(aspectos escatológico y soteriológico del perdón y de la vida nueva) y finalmente, Jesús ha
recibido el bautismo de Juan. Con todo, la asimilación del bautismo de Juan por la Iglesia va
acompañada de una interpretación.

Así pues, el bautismo cristiano no es solo una transformación del bautismo de Juan,
es una nueva realidad: el bautismo de Juan transformado en un sentido nuevo. Por tanto, la
novedad del bautismo cristiano consiste en bautizar en nombre de Jesucristo (Hch 238; 8,16;
10,48; 19,5; Rom 6,3; Icor 1,13b-15; 6,11; Gal 3,27).

Finalmente, estudiando la relación entre la obra lucana (Lc — Hch) y Flavio José,
Nodet indica que el elemento común importante entre Lucas (Lc — Hch) y Flavio José es la
ausencia de contacto directo entre Jesús y Juan Bautista, entonces para Lucas (Lc — Hch)
hay un bautismo de Juan transformado en nombre de Jesús, coherente con Pablo, que no ha
conocido a Jesús ni a fortiori a Juan, aunque ciertamente conoce el bautismo en nombre de
Jesús.

En resumen, el bautismo de Juan se dirige a Israel para que retorne a Dios y haga
realidad su Reino de salvación; así, conversión y perdón son sus efectos. En el bautismo
cristiano, aunque le resuenen algunos rasgos del bautismo de Juan, no resultan ser su origen.
Aunque la Iglesia naciente no podía olvidar el bautismo de Juan que Jesús también había
practicado (es evidente que Jesús deja de practicarlo en un momento dado), y así se siente
libre de adoptar el bautismo de Juan, insertándolo en el misterio de Cristo.

El BAUTISMO DE JESÚS

De entrada, hay que decir que existe unanimidad en reconocer que no hay argumentos
contra la historicidad del bautismo de Jesús. El bautismo de Jesús tiene un doble sentido: el
hecho de que Jesús bautizaba y el hecho de que fue bautizado por Juan.

El evangelio según Juan presenta a Jesús bautizando como Juan el Bautista (Jn
3,22.26; 4,1). Una práctica que posiblemente fue malinterpretada por los partidarios del
Bautista y por los cristianos. Por esto, el evangelista corrige todo posible malentendido:
recuerda que no era Jesús, sino sus discípulos los que bautizaban (Jn 4,2), y que Jesús
abandona Judea, el lugar donde bautizaba (Jn 4,3); después acabará de explicar la relación
de Juan Bautista con Jesús (Jn 5,33-36); en efecto, Juan es solo testimonio de la luz (Jn 1,6-
8), que es la verdad y la vida.

Es muy probable que Jesús estuviera algún tiempo con Juan Bautista como discípulo
y, a partir de este hecho es muy probable que se llevase con él a algunos del círculo de Juan
y que continuara el rito del bautismo.

Así pues, sería cierta la práctica bautismal de Jesús y la pertenencia de algunos


primeros discípulos al círculo de Juan.

Sin embargo, bautizar no era característico de Jesús sino de Juan. En efecto:

1) Juan Bautista inició esta práctica y Jesús la imitó.

2) El hecho de bautizar define el ministerio de Juan, aunque no el de Jesús, que


consiste en el anuncio del Reino como acontecimiento futuro ya presente, la manifestación
de esta presencia Con las Curaciones y los exorcismos, el hecho de que enseñe con autoridad
una nueva forma de interpretar y practicar la Ley (escrita) y la tradición (oral) y su posición
crítica ante el templo de Jerusalén.

A la luz de LC 16,16a: La Ley y los profetas eran hasta luan. He ahí que Juan se
encuentra justo en medio de los dos tiempos, el tiempo de Israel y el tiempo de Jesús; así
Juan no es solo el precursor del tiempo de Jesús, sino también quien lo inaugura. Jesús
anuncia y hace presente el Reino, y lleva a cabo todas las promesas (LC 24,44). En Jesús,
Dios ha visitado a su pueblo (LC 1,68; 7,16; 19,44). El Bautista es el último profeta que
prepara a su pueblo para recibir la visita de su Señor, que viene a invitarlo al banquete de su
Reino (LC 14,15). Por eso el Bautista hace preguntar a Jesús (Cf. LC 7,18-23) si Dios ya ha
venido a visitarnos, y Jesús responde con el cumplimiento de las promesas anunciadas por
los profetas (LC 7,22; Is 26,19; 29,18; 35,5-6; 61,1) y acaba proclamando: bienaventurado
es aquel que no halle tropiezo en mi (LC 7,23), augurio que conecta con el lamento ante la
ciudad de Jerusalén:

[...] Y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en


ti piedra sobre piedra, por cuanto no te diste cuenta del momento en que Dios
vino a visitarte (Lc19, 44).
¿Por qué Jesús se hace bautizar por Juan? (Mt 3,14-15). Jesús hace suyo el designio
del Padre: se solidariza con la humanidad pecadora (es el nuevo Adán) e inaugura el pueblo
escatológico de Dios (es el Mesías). Además, la confesión de los pecados en el antiguo Israel
no consistía en recitar una larga lista de culpas personales, lo que habría convertido el culto
a Dios en una reflexión narcisista del penitente sobre sí mismo.

La confesión de los pecados, en el antiguo Israel, era un acto de culto centrado en


Dios y que incluía alabanzas y acciones de gracias (Cf. Esd 9,6-15); se trata de confesar que
son miembros de un pueblo pecador e ingrato (son parte de una historia de salvación y de
pecado al mismo tiempo) y que piden a Dios que les conceda pasar a una comunidad
renovada, caracterizada por el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Por tanto, Jesús se identifica con el pueblo pecador, al que quiere guiar y salvar sin
separarse de él.

Por otro lado, ser bautizado por Juan simboliza la preparación de las bodas de Jesús
con el futuro pueblo mesiánico (Cf. SI 45), la alianza entre Dios y la Iglesia (Cf. Is 54,1-12;
2Cor 11,2; Ef 5,22-33; Ap 19,7-8; 21,2). Jesús es el Mesías Esposo y Juan es el amigo del
Esposo (Jn 3,29-30) que prepara la boda y está a disposición del Esposo; por eso, Juan
experimenta una gran alegría cuando escucha la voz del Esposo (Jn 3,29-30) y María
Magdalena (que significa Iglesia que busca) reconoce la voz del Esposo (Jn 20,16). La
tradición patrística oriental ve en este baño nupcial (que se realiza antes de la unción; Cf. Ez
16,8-9) la preparación del Esposo para su Esposa, la comunidad escatológica. Así pues, el
baño bautismal es signo de esta alianza de Dios en Jesús con el nuevo Israel (Jn 1,31) y una
pregustación del bautismo que transformará al bautizado. Y la Tradición de la Iglesia indivisa
explica que Jesús, por su bautismo, purifica el agua para que esta se convierta en
regeneradora»

Las narraciones del bautismo de Jesús

Las cuatro narraciones evangélicas del bautismo de Jesús (Mt 3,13- 17; Mc 1,9-11;
LC 3,21-22; Jn 1,32-34) iluminan el bautismo de Jesús y el de los cristianos. Mt, Mc y LC
sitúan la escena del bautismo de Jesús al lado (construyendo un díptico) de la escena de las
tentaciones (LC interpone la genealogía de Jesús).
El relato de Mc 1,9-11: Por aquellos días llegó Jesús procedente de Nazaret de
Galilea, y Juan lo bautizó en el Jordán. En el instante mismo de salir del agua, vio Jesús que
el cielo se rasgaba y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. 1 IY se oyó una
voz proveniente del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».

El relato de Mt 3,13-17: Por aquel tiempo llegó Jesús al Jordán procedente de Galilea
para que Juan lo bautizara. Pero Juan se resistía diciendo: «Soy yo quien necesita ser
bautizado por ti, ¿Y tú vienes a que yo te bautice? Jesús le contestó: «Déjalo así por ahora!
Es menester que cumplamos lo que Dios ha dispuesto». Entonces Juan consintió. Una vez
bautizado, Jesús salió en seguida del agua. En ese momento se abrieron los cielos y Jesús vio
que el Espíritu de Dios descendía como una paloma y se posaba sobre él. Y una voz,
proveniente del cielo, decía: «Este es mi Hijo amado en quien me complazco».

El relato de Lc 3,21-22: Un día, cuando todo el pueblo se estaba bautizando, también


Jesús fue bautizado. Y mientras oraba, el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió sobre
él en forma corporal, como una paloma. Y se oyó una voz proveniente del cielo: «Tú eres mi
Hijo amado; en ti me complazco».

El relato de Jn 1,32-34: Y Juan prosiguió su testimonio diciendo: «He visto que el


Espíritu bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él. Ni yo mismo sabía quién
era, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el
Espíritu y permanece sobre él, ese es quien ha de bautizar con Espíritu Santo". 34Y, puesto
que yo lo he visto, testifico que este es el Hijo de Dios.» He ahí los rasgos característicos de
los tres sinópticos:

1) Introducción

Situado en el Jordán (Mt y Mc) y en el momento del bautismo (LC omite la referencia
al Jordán, aunque más tarde sitúa a Jesús alejándose del Jordán: LC 4,1). Mt y Mc indican
que la visión de Jesús acontece una vez salido del agua; en cambio, LC dice que acontece
mientras Jesús rezaba, y no se nos dice que sea Jesús quien lo ve ni que sea Juan quien lo
bautiza (Lc subraya de entrada que es una manifestación divina de la identidad de Jesús).

2) El cielo se abre (Mt 3,16; LC 1,21; Cf. Is 24,18; 64,1; Ez 1,1; Gn 7,1; Ml 3,10) o
se rasga (Mc 1,10; Cf. Is 63,7-19). Representa la irrupción de Dios en el espacio tiempo. El
contexto es parecido al descrito en Ez 1,1-4.28 y 2,1-2, donde el escenario se sitúa en la orilla
de un río, los cielos se abren y acontece una visión simbólica, que motiva una llamada a un
ministerio profético dirigido a un Israel pecador (Cf. Ez 2,2-15).

3) El Espíritu desciende como una paloma (Cf. Is 11,2; 42,1).

Según Mt, Jesús ve al Espíritu de Dios que desciende como una paloma y que va a
posarse sobre él (Mt 3,16). LC precisa que el Espíritu desciende en forma corporal liba),
como una paloma sobre Jesús (LC 3,22). En la tradición judía, la paloma simboliza al pueblo
de Israel. Hay que notar la permanencia del Espíritu en Jesús, que queda muy clara en Jn
1,32: desciende sobre él por tal de quedarse en él. Meier nota que se continúa discutiendo su
significado: a) una alusión al espíritu de Dios sobre las aguas (Gn 1,2), Como una nueva
creación; b) una evocación de la paloma con la rama de olivo después del diluvio (Gn 8,11),
como rehabilitación de la humanidad después del juicio de Dios; c) una referencia a Dt 32,
11 como nuevo éxodo que Dios anima a hacer a Su pueblo, como el águila anima a volar a
sus aguiluchos. Sin embargo, no se trata tanto de cómo aparece como de la forma de bajar,
descender, es decir, como bajaría una paloma.

4) voz del cielo. Esta voz revela la identidad de Jesús (Dt 4,369: el Mesías (SI 2,7) y
el Siervo (Is 42,1).

Este es mi Hijo amado en quien me complazco (Mt 3,17); aquí Mt no ve la necesidad


de que Jesús sea informado de su filiación divina, pues ya se ha hablado de ella en los relatos
de la infancia; ahora y aquí es indicado al Bautista); «Tú eres mi Hijo amado; en ti me
complazco» (Mc 1,11; LC 3,22). La voz deja claro que, aquí y ahora, el amado (eco de Gn
22, donde el amado es Isaac) es Jesús y no Juan Bautista. Hay que tener en cuenta que la
teofanía no refleja ninguna experiencia interior que Jesús habría tenido en el momento de su
bautismo por Juan, sino el interés de la Iglesia para definir la identidad de Jesús desde el
mismo inicio del relato evangélico primitivo; sobre todo porque esta definición deviene
necesaria a fin de Contrarrestar la impresión de que Jesús estaba subordinado a Juan Bautista,
implícita en la tradición del bautismo de Jesús por Juan.

En el evangelio según Marcos, es preciso notar la interrelación entre la escena del


bautismo, la de la transfiguración y la del sepulcro vacío.
Las tres son epifánicas. En la primera, el mensaje de la voz del cielo se dirige a Jesús
(Mc 1,11); en la segunda, la voz de cielo se dirige a los discípulos (Mc 9,7) y, en la tercera,
el mensaje del joven con vestido blanco (iniciado) se dirige a todo el mundo (Mc 16,6). En
las tres escenas, antes había una profesión de fe en Jesús; en la primera, Juan Bautista confiesa
que viene quien es el más fuerte (Mc 1,7); en la segunda, Pedro confiesa a Jesús como Mesías
(Mc 8,29); y en la tercera, el centurión confiesa a Jesús como Hijo de Dios (Mc 15,39).

En el evangelio según Juan (Jn 1,32-34), no se nos dice que Jesús sea bautizado por
Juan Bautista (se supone); es el Bautista quien ve la manifestación divina y quien pronuncia
la palabra sobre la filiación divina de Jesús (Jn 1,34). Tampoco Lucas presenta a Juan
bautizando a Jesús, no por polémica sino por un motivo cristológicos" Por otro lado, en Le,
la declaración hecha en el bautismo precede al ministerio de Jesús en Galilea, y la realiza en
la transfiguración precede al gran viaje de Jesús a Jerusalén; en ambas escenas, la declaración
que viene del cielo subraya la relación de Jesús con su Padre, precisamente cuando empieza
una fase importante de su ministerio público.

El bautismo de Jesús es, pues, una teofanía (cielo abierto), manifiesta tonto la
identidad de Jesús de Nazaret —es el Hijo de Dios y el Salvador como la de Dios mismo —
es Padre e Hijo y Espíritu Santo—. En definitiva, la teofanía, y no el bautismo, revela la
verdad sobre Jesús.

2.2 Bautismo de Jesús, icono del bautismo cristiano

Desde su recepción cristiana, el bautismo de Jesús por Juan presenta tipología adánica
(nueva creación) y una mesiánica (el Reino de Dios inaugurado).

Estos cuatro datos lo indican:

l) El manuscrito 4Q521 encontrado en la cueva 4 de Qumrán, anuncia que así como


en los orígenes el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas (Gn 1,2), al final de los tiempos
aleteará sobre los santos y los reafirmará. En concreto, el verbo (rahap) que describe el vuelo
del águila sobre sus crías en Dt 32,11 (Cf. Ex 19,4) es el mismo que describe el vuelo del
Espíritu sobre las aguas en Gn 1,2.

2) En el cuarto evangelio, la simbología bautismal ilustra la crucifixión de Jesús como


una nueva creación (la misma idea en la tradición paulina: 2Cor 5,17). Entonces, tal como
Eva nace del costado de Adán (Cf. Gn 2,21-24), la Nueva Eva (la Iglesia) nace del costado
del Nuevo Adán (Jn 19,34; véase también 1Cor 15,21-22.45-49.

3) Los evangelios sinópticos presentan bautismo de Jesús y tentaciones como un


díptico. Jesús es expulsado (Ekballo) al desierto por el Espíritu (Mc l, 12). Adán también es
expulsado por Dios (Gn 3,23-24 LXX). Jesús permanece entre las fieras (Mc 1,13), en
cambio, Adán tiene allí problemas después de la caída (Vida griega de Adán y Eva, siglo I
aC).31 En la versión latina de la Vida de AYE, Adán se hunde hasta el cuello en las aguas
del Jordán; y después de su expulsión del Paraíso pasa cuarenta días de penitencia y tiene
solo como comida animales y bestias.

4) En la tradición bíblica de Israel la unción de aceite y el don del Espíritu van unidos
(ISam 10, 1.6; 16,13; Is 61,1). Los judíos del tiempo de Jesús creían que después de la muerte
de los últimos profetas los cielos estaban cerrados y el Espíritu de Dios sofocado. Así, la
apertura de los cielos, el descenso del Espíritu y In voz del cielo indican que el tiempo de la
salvación se ha inaugurado. Por otro lado, la voz del cielo que revela a Jesús como hijo (en
la 2ps: Mc 1,11; LC 3,22) recuerda a David (SI 2,7 LXX), al Siervo del Señor (Is 42,1 LXX)
o al profeta (Ez 1-2) y a Isaac (Gn 22,2.12.16 LXX). Datos que también remiten a la
transfiguración de Jesús donde aparecen Elías y Moisés (la Ley y los Profetas). Aquí y ahora,
el reagrupamiento de un Israel disperso (Is 42,1) no es la misión de Juan Bautista sino la del
Siervo en quien el Señor se complace: Jesús. Por tal de entender la relación tipológica (es
decir, la identidad en la de Jesús con Isaac, encontramos que, en el Testamento de Leví,
sacerdote (segunda mitad del siglo I aC), David es el Mesías Rey e Isaac es el Mesías
Sacerdote.

En resumen, en las narraciones sinópticas del bautismo de Jesús, existe una intención
clara de presentar a Jesús inseparablemente como el Nuevo Adán y como el ungido (el Cristo,
el Mesías), que acumula en su persona el privilegio de ser a la vez Mesías Rey (SI 2,7),
Mesías Profeta (Is 42,1) y Mesías Sacerdote (Gn 22,2.12.16), es decir: el munus triplex de
rey, profeta y sacerdote.

El bautismo de Jesús ilumina también la participación de los creyentes en la dignidad


real, sacerdotal y profética de Cristo y a la nueva creación inaugurada en él.
Los Padres de la Iglesia indivisa se referirán al bautismo de Jesús para destacar dos
elementos: el bautismo de agua (tipología adámica), que significa el nuevo nacimiento, y la
unción del Espíritu Santo, que significa la consagración para una misión (Tipología
Mesiánica).

Los acontecimientos centrales del Evangelio, es decir, la Pascua y Pentecostés,


devienen un solo acontecimiento en el bautismo» Y el bautismo de Jesús se convierte en
icono del bautismo cristiano. En efecto, Jesús ve el Espíritu de Dios posarse sobre sí y que el
Padre lo reconoce como Hijo suyo amado; el bautizado es reconocido hijo de Dios y ve al
Señor resucitado que le da la salvación. Un ejemplo lo tenemos en los Hechos de Tomás
(siglo III); en efecto:

1) El bautizado es configurado a la Trinidad y a la misión apostólica de Cristo (la


imagen de la paloma: Mt 3,16; 10,16)

2) Jesús resucitado se aparece al que sale del agua, a quien dice: Mi salvación sea
contigo, hermano;

3) el bautizado reconoce la voz (alusión al bautismo de Jesús y al encuentro de Jesús


resucitado con María Magdalena) y es confirmado en la fe.

Sobre la imagen de la paloma, san Agustín recuerda que el Espíritu Santo (enviado
por Dios) se muestra visiblemente en forma de paloma sobre el Señor en el bautismo del
Jordán, y en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos reunidos en el Cenáculo. Y si el
Espíritu Santo se muestra sobre el Señor en forma de paloma es «para que todos entendamos
que hemos de ser sencillos como la paloma, y que hemos de tener paz con los hermanos, cosa
significada con los besos que se dan las palomas; también se besan los cuervos, pero la paz
de los cuervos es falsa y la de las palomas verdadera […] (In loannem, 6,3-4).

3. EL BAUTISMO CRISTIANO EN EL LIBRO DE LOS HECHOS

En el segundo libro lucano encontramos las siguientes referencias al bautismo cristiano:

 El bautismo con el don del Espíritu: Hch 2,38; 9,17-18; 10,46-48.


 El bautismo necesita ser sellado con el don del Espíritu: Fich 8,12-17; 19,1-7.
 El bautismo ligado a la fe: Hch 8,12.13.26-38.
Existe una diferencia entre el bautismo en nombre de Jesús y la recepción del espíritu santo.

La obra de Lucas relaciona el bautismo de Jesús y Pentecostés, y describe el bautismo


cristiano desde Pentecostés. He ahí que, en primer lugar, tenemos:

l) Ambos acontecimientos (LC 3,21-22 y Hch 1,12—2,2/47) están enmarcados en un


contexto de oración: Jesús (LC 3,21) y la Iglesia naciente (Hch 1,14.24; 2,4246), oran.

2) Jesús (LC 3,22a) y la Iglesia (Hch 2,4) reciben el Espíritu Santo.

3) Jesús es el Mesías (LC 3,22b) y la Iglesia el pueblo mesiánico (Hch 2,17-18:


cumplimiento de la profecía de Joel).

4) Jesús y la Iglesia (el término técnico “Epi to auto” marca el momento previo y el
conclusivo del acontecimiento: Ac 1,15; 2,47) inician su misión llenos del Espíritu: LC
4,1.18-21; Hch 1,8; 2,48-11; 4,31 (segunda venida del Espíritu para la misión).

Y en segundo lugar, dentro del marco de la recepción del Espíritu Hch 2,1-41, Lucas
ofrece los elementos teológicos fundamentales del autismo cristiano:

l) El acontecimiento: Hch 2,1-4.

2) El acontecimiento constatado: Hch 2,5-13.

3) El acontecimiento interpretado: Hch 2,14-36 (el llamado discurso de Pedro):

a) el fenómeno de la diversidad lingüística: Hch 2,14-21;

b) Jesús ha resucitado: Hch 2,22-32;

c) de Jesús resucitado viene el Espíritu: Hch 2,33-35

d) proclamación final de la identidad divina de Jesús: Hch 2,36.

4) El efecto: el nacimiento de la Iglesia: Hch 2,37-41. Aquí tenemos una elaboración


teológica de Lucas sobre el bautismo cristiano:

a) La instrucción previa conduce al bautismo: Hermanos, ¿qué hemos de hacer? (eco


de las preguntas que los diversos estamentos del pueblo hacen a Juan: Lc 3,10.12.14).
También en Hch 8,26-40 hay una instrucción previa.
b) La aceptación de la Palabra escuchada y la disposición a implicarse en ella con la
propia existencia (Cf. Hch 8,37).

c) El bautismo: son bautizados; se precisa la acción de un ministro (Cf. Hch 8,38).

d) El bautismo es dado en nombre de Jesús.

e) Los efectos del bautismo son la remisión de los pecados y el don del Espíritu.

f) Ruptura con la situación anterior: es un nuevo nacimiento (una nuevaidentidad).

g) La incorporación a la Iglesia local.

5) La vida de la Iglesia: Hch 2,42-47. Los cristianos son perseverantes en la enseñanza


de los Apóstoles, en la Kóinonia, en la fracción del pan y en las oraciones.

En Hch 9,17-18 Lucas sugiere que lo más importante es la recepción del Espíritu, por
eso la pone en primer lugar, antes que el bautismo propiamente dicho. Al hacerlo así, Lucas
quiere destacar que la incorporación de Pablo a la Iglesia es un don de Dios. Este es el sentido
de la prioridad del Espíritu.

La distinción entre bautismo y don del Espíritu es un recurso literario para notar que
el Espíritu se comunica por medio de la Iglesia, especialmente mediante los Doce o por uno
de sus miembros (Pedro y Juan en Hch 8; Pedro en Hch 10; o un delegado, como es Pablo,
en Hch 19).38

4. El bautismo en el período apostólico y post-apostolicos

El punto de partida es el mandato del Señor resucitado (Mt 28,16-28; Mc 16,14-18).


Mt 28,18-20 ofrece una estructura literaria de misión o de investidura profética:

Jesús se acercó y les dijo: «Dios me ha dado plena autoridad en el cielo y en


la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a los habitantes de todas las
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y sepan ustedes que
yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.

En efecto, en el contexto tenemos:


 Una palabra de revelación, la declaración sobre la autoridad del Señor resucitado
(28,18)
 Un mandato a los discípulos sobre su misión en el mundo y para con todos los
pueblos (28,19).

Una promesa de seguridad: Yo estoy con ustedes Iodos los días hasta el fin del mundo
(28,20). He ahí que la misión actual de los discípulos a los pueblos y toda la vida eclesial
están bajo el signo de esta presencia del Señor resucitado.

La eficacia de la misión de los discípulos y la (autoridad) de su enseñanza Se


fundamentan en esta promesa — seguridad de Jesús. Incluso la fidelidad y la perseverancia
de los que son de Jesús, por el bautismo y la obediencia al Evangelio, derivan de esta promesa
del Señor resucitado. Si la primera misión consistía en anunciar, como Jesús, la proximidad
del Reino (Cf. Mt 10), la nueva misión, inaugurada por la Pascua, consiste en hacer discípulos
del Señor a todos los pueblos de la tierra. La acción de bautizar recuerda la eclesialidad de
ser discípulo y de la misión inaugurada por Pascua.

Tal como refleja e evangelista Mateo, ya antes del siglo II, el bautismo es dado en el
nombre de, es decir, en relación con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Pablo y el libro de los Hechos reflejan la práctica inicial: el bautismo es dado en el


nombre de Jesús (1Cor 6,11; Hch 2,38; 8,16; 10,48; 19,5), pero no en el nombre del que
bautiza o del apóstol (I Cor 1,13-15). Esta relación con Jesucristo manifiesta, a la vez, el
vínculo con su muerte y resurrección y con la salvación que nos ha dado (Col 2,12). He ahí
que, por el bautismo, hemos sido co-enterrados con Cristo para co-resucitar con Cristo por la
fe en el hecho de su resurrección (notad el vínculo del bautismo con la fe).

El Nuevo Testamento presenta una auténtica teología sobre el bautismo. He ahí una
muestra significativa:

1) La única definición explícita del bautismo en todo el NT: I Pe 3,20b-21.41 El


bautismo significa la salvación, ya es su prenda.

El arca en que unos pocos – ocho personas – se salvaron a través del agua.
Aquello fue una imagen del bautismo que ahora los salva. Bautismo que no
consiste en quitar una suciedad corporal, sino en comprometerse ante Dios; a
llevar una conducta limpia. Y los salva en virtud de la resurrección de
Jesucristo.

El bautismo no es una mera purificación automática o limpieza corporal sino una


formulación concreta de un compromiso dirigido a Dios con una recta disposición interior.
Así pues, en el bautismo, el creyente se implica con un acto personal completo e íntegro, que
abraza la disposición interior y su concreta manifestación.

No es un acto externo a la persona. La salvación solo se realiza en quien se implica


personalmente en ella. El cristiano queda relacionado (unido) con Jesús y la Iglesia, el
verdadero Noé y la verdadera Arca de salvación. Con el bautismo, el bautizado expresa
externamente su total adhesión a vivir en Cristo (Cf. I Pe 4,2.8-11), adhesión que mana de
una auténtica disposición interior.

2) Es el sacramento por el cual los creyentes devienen miembros de Cristo y de la


Iglesia (Icor 12,13). En efecto, Cristo resucitado es uno y muchos a la par, Su cuerpo (la
Iglesia) también es uno y muchos a la vez, porque todos los bautizados en un solo Espíritu
forman un solo cuerpo, aun siendo muchos.

3) Es una iluminación: Heb 6,4. Por el bautismo uno se convierte en ciudadano del
cielo: Flp 3,20 (Ef 2,6; Heb 12,22-23). Por la acción del Espíritu y de Jesucristo (las dos
manos de Dios en la creación y en la redención, según una expresiva imagen de san Ireneo
de Lyon), en el bautismo somos purificados, justificados y restablecidos (Icor 6,11).

4) El bautismo es un nuevo nacimiento: una vida nueva (Jn 1,12-13; 3,3-543 Rom
6,4; Ef 5,14; col 3,1.3.9-11; Tit 3,5; sant 1,18; IPe 1,3.23; 2,2; IJn 2,29).

El texto de Rom 6,3-11 ilustra muy bien esta nueva existencia que otorga el bautismo
cristiano. En efecto, si hemos sido sumergidos en Jesucristo, hemos sido sumergidos en su
muerte.

¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por el bautismo, fuimos vinculados también
a su muerte? Por el bautismo, en efecto, fuimos sepultados con Cristo, a fin de participar en
su muerte. Por tanto, si Cristo venció a la muerte resucitando por el glorioso poder del Padre,
es preciso que también nosotros emprendamos una vida nueva. Si hemos sido injertados en
Cristo compartiendo una muerte como la suya, compartiremos, también su resurrección.
Tened en cuenta que nuestra antigua condición pecadora fue clavada junto con Cristo en la
cruz, para que así quedara destruido este cuerpo sometido al pecado y nosotros quedáramos
liberados de su servidumbre. Pues cuando una persona muere, queda libre del dominio del
pecado. Si, pues, hemos muerto con Cristo, debemos confiar en que también viviremos con
él; sabemos, en efecto, que Cristo, al haber resucitado de entre los muertos es ya inmortal; la
muerte ha perdido su dominio sobre él. En cuanto a la razón de su muerte, murió para
liberarnos definitivamente del pecado; en lo que se refiere a su vivir, vive para Dios.
"Igualmente vosotros, considerad que habéis muerto al pecado y vivís para Dios en unión
con Cristo Jesús.

Por eso, según Pablo, por el bautismo:

1) Hemos muerto con Cristo (pasado): co-sepultados en su muerte (Rm 6,4), unidos
con la muerte de Cristo (6.5), crucificados con Cristo (Rm 6,6), muertos con Cristo (Rom
6,8)

2) Viviremos con Cristo (futuro): gozaremos de una resurrección semejante a la de


Cristo (Rom 6,5), viviremos con Cristo (Rom 6,8)

3) Si estamos unidos a una muerte semejante a la de Cristo también lo estaremos a su


resurrección (Rom 6,5); si hemos muerto con Cristo, por la fe en su resurrección, viviremos
con él (Rom 6,8); y si Cristo ha muerto al pecado una vez por siempre (epllapax) y está vivo
para Dios, los bautizados han muerto al pecado y están vivos para Dios (Rom 6,10-11).

En resumen, en el acontecimiento del bautismo (Rom 6,5-7), por la acción del Padre
(Rom 6,4), unidos al acontecimiento de la muerte-resurrección de Cristo (Rom 6,8-10),
hemos muerto al pecado por tal de vivir para Dios en Jesucristo (Rom 6,11); en definitiva,
hernos nacido a una nueva existencia (Rom 6,4).

5) El bautismo nos otorga la dignidad mesiánica de Jesús (2Cor 1,21- 22, juego de
palabras entre ungido y unción), con la triple dimensión que tiene la mesianidad de Jesús:
real, profética y sacerdotal (I Pe 2,9)

6) El bautismo está relacionado con la fe (Cf. Mc 16,16; Gal 3,26-27; Ef 1,13); con
el Evangelio de salvación (Hch 2,38; Icor 1,14-17; Ef 1,13; 5,26; Sant 1,18; IPe 1,23); con el
Espíritu Santo (Hch 1,15; 11,16; 1Cor 12,13; 2Cor 1,22; Tit 3,5; Heb 6,4). Incluso parece
que había una preparación (catecumenado): Heb 5,12-6,3 (Heb 6, 1-2: las enseñanzas sobre
Jesucristo; la conversión; la fe en Dios; la enseñanza sobre el bautismo, la imposición de las
manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno).

En conclusión, el bautismo cristiano es una participación real en la muerte y


resurrección de Cristo (Rom 6) y en su unción mesiánica (Cf. Lc 4, 16-21) y en su gloria de
Nuevo Adán (Col 3,9-11). El bautismo, pues, significa el nacimiento del cristiano como
persona eclesial, es decir, como miembro del Cuerpo de Cristo, del Pueblo de Dios, del
Templo del Espíritu.

5. El testimonio neo-testamentario sobre el don y los dones del espíritu.

En el NT encontramos textos sobre el don del Espíritu: Lc 2,25; 11,13; Jn 3,34; 7,39;
20,22; 1-Ich 2,38; 10,45; Rom 5,5; Icor 2,12; 2Cor 1,22; 5,5; Gal 3,2-3.5.14; 4,6; 6,1; Ef, ITe
4,8; Heb 6,4; IJn 2,20.27; 3,24; 4,13. Y también, textos sobre los dones del Espíritu: Rom
1,11; 14,17; Icor 12,1-3; 14,1-2.12; Gal 3,4; 6,8; col 1,8; ITe 1,6; Heb 2,4. Y finalmente,
textos sobre los frutos del Espíritu: Gal 5,22-25.

Todos los textos iluminan de alguna manera la teología, en el ahondamiento del


sacramento de la Confirmación, en su relación con el Bautismo y con la Iglesia (Cuerpo de
Cristo). Por ejemplo:

El Padre, con la fuerza del Espíritu, hace habitar a Cristo en los corazones de
los creyentes: Ef 3,14-21. Cristo está en el creyente: 2Cor 1,21; col 1,27; IJn
2,27.

El don del Espíritu es inseparable del bautismo: Jn 3,5; Hch 8,14-17;


10,44-48; 19,56; Icor 12,13; 2Cor 1,21-22 (sellados y ungidos); Ff 1,13, 4,30;
Tit 3,5.

Cristo es ungido con la fuerza del Espíritu: LC 4,18; Hch 10,38.

En la obra lucana la misión eclesial continúa por el bautismo de agua y de Espíritu (el
bautismo de Juan transformado, cristianizado), aunque también por la instrucción en la fe
recibida, la vida en Koinonía y la celebración de la fe vivida. (Hch 2,42-47).
Llegados aquí, habría que recordar que, en la tradición paulina y en la juánica, el
bautismo ya comunica el Espíritu Santo como don; en cambio, en la obra lucana se distinguirá
el bautismo en nombre de Jesús de la comunicación del don del Espíritu (Hch 8,14-17). Este
hecho servirá para que la Iglesia latina, ya en el siglo v, en la conocida carta del obispo de
Roma Inocencio I al obispo Decencio de Gubbio (Si instituta ecclesinsticn, 19/03/416),
recuerde que el Espíritu es comunicado con la imposición de las manos hecha por los
Apóstoles y sus sucesores actuales, los obispos.

En el Nuevo Testamento no hay dos ritos distintos, sucesivos y coordinados:


Bautismo, significado por el baño; y Don del Espíritu, significado por la imposición de la
mano o la unción; ambos necesarios para ser cristiano. Hay que esperar al inicio del siglo III
para que se desarrolle la denominada iniciación cristiana. Primero Tertuliano, en su Tratado
sobre el Bautismo; y poco después, la Tradición Apostólica (TA) ya ofrecen unos ritos
postbautismales: dos unciones (una presbiteral y la otra episcopal), una imposición de la
mano con una invocación epiclética, una signación y el beso de la paz, todo coronado por la
Eucaristía." El obispo preside esta unidad celebrativa, ayudado por los presbíteros y los
diáconos presentes.

No hay ningún término específico que designe estos ritos post-bautismales tan
diversos, aunque todos celebrados en la Vigilia pascual.

Como conclusión final destacaríamos que el rito del bautismo cristiano hace presente
el bautismo de Jesús, tanto en su elemento identitario de nueva creación (baño), como en su
elemento mesiánico de misión (don del Espíritu), y nos proyecta hacia el futuro en Cristo,
que vive por siempre con el Padre en la unidad del Espíritu. El hoy del bautismo cristiano es
idéntico, aunque a la vez diferente del bautismo de Jesús; por eso se puede decir que el
bautismo de Jesús es tipo del bautismo cristiano.