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La filoposía y los filóposos

El título de estas páginas, que parece quizá tambaleante, no es un error, no es


una errata, aunque de alguna forma la filoposía, y a veces las palabras o actos
que se cometen en un estado filopósico, no dejan de inscribirse, justamente,
bajo el signo de la errata, el tambaleo. ¿Pero qué es la filoposía? Para saberlo
hay que remitirse al bello libro “Qué es la filosofía antigua” de Pierre Hadot. En
él su autor hace un recorrido erudito por la filosofía antigua, mostrándola como
un modo de vida, como un verdadero ejercicio espiritual. En sus primeras
páginas, rastrea la misma palabra filosofía; cuándo surgió, cuándo fue por
primera vez usada, etc.
Y bien, es en esas páginas donde nos encontramos con este párrafo, traducido
fielmente de la página 37 del libro (Gallimard, 1995):
“Heródoto revela pues la existencia de una palabra que tal vez ya estaba de
moda y que en todo caso habría de estarlo en la Atenas del siglo V, la Atenas
de la democracia y los sofistas. De una forma general, desde Homero, las
palabras compuestas con philo- servían para designar la disposición de alguien
que encuentra su interés, su placer, su razón de vivir, en consagrarse a tal o
cual actividad: philo-posia, por ejemplo, es el placer y el interés que se toma en
la bebida, philo-timia es la propensión a adquirir honores, philo-sophia será
pues el interés que se toma por la sophia.”
Lo de la filosofía ya lo sabíamos todos-aunque ésta afirme que no sabemos
nada. Lo de la filotimia es una práctica por siempre ejercitada. Pero la que nos
interesa aquí, es la palabra deslumbrante de filoposía. Ya quedó bien
explicada: la filoposía es la afición a la bebida. Un estado filopósico, así las
cosas, sería la embriaguez. Un filóposo, luego, alguien que se ejercita en el
arte o disciplina de la filoposía.
La filoposía además, hay que confesarlo abiertamente, en nada ha compartido
jamás las glorias de la filosofía –su etimológica vecina.
A decir verdad, incluso puede afirmarse que, en general, filoposía y filosofía
tomaron caminos muy diferentes, casi nunca convergieron, tal vez incluso se
llevaron mal. Después de todo, la filosofía fue una ocurrencia local y ateniense,
mientras la filoposía es una disciplina universal. Con todo, es pertinente
recordar, reivindicar, a los primeros filóposos, a los grandes fundadores de la
disciplina filopósica.
El primero de ellos, evidentemente, es Noe. En Génesis 9:20-21, en efecto,
vemos que no solo inventó el vino, sino que es descrito como un borracho:
Entonces Noé comenzó a cultivar la tierra y plantó una viña. Y bebiendo el vino,
se embriagó y quedó desnudo en medio de su tienda.
Tras el rubor con que semejante y justa delación hace pasar Noe al campo de
los filóposos, como el equívoco padre fundador de la disciplina, sucede luego
un gran alivio gracias a la otra gran figura que se sienta a su lado: la de
Sócrates. Y no solo eso, pues ocurre que el Banquete de Platón, en el cual se
traza la gloriosa semblanza de Sócrates –que bebe siempre lo que parece-
como un gran filóposo, es además el primer gran tratado de filoposía. Es que el
Banquete, o Simposium, como cualquiera que lo haya leído podrá recordarlo,
es también la historia de una farra. En sus inolvidables primeras páginas, en
efecto, Pausanias y Aristodemo hablan sobre la bebida, mientras algunos
cuentan que padecen del malestar que sucedió a una noche anterior
excesivamente filopósica.
A partir del Banquete, en el que filoposía y filosofía se encarnaban en un
mismo héroe, lo cierto es que los caminos de la filoposía y los de la filosofía se
separaron. Para dar un ejemplo saltando unos siglos, resulta así inimaginable
que un Kant, por ejemplo, haya tenido una tentación filopósica considerable. A
lo sumo tomaría un licor de anís tras las comidas, pero antes de encarar el
mismo anís como una cuestión filopósica, no habrá pasado de considerarlo una
micro estrategia dietética. Es que lo propio de los grandes filósofos es que no
tienen tiempo para pensar sino en lo que piensan, mientras que el tiempo de
los filóposos no los deja pensar sino en la verdad a la que los entrega la
bebida.
El divorcio que tan lamentablemente se sucedió a través del tiempo, de la
historia, entre la filoposía y la filosofía tuvo otra cara, dura, terrible y también
gloriosa: la filoposía se refugió, a veces a escondidas, a veces radicalmente, en
las artes. A partir del siglo XVI, en efecto, es en los grandes poetas donde hay
que buscar a los filóposos más notables. Chaucer, Rabelais, Bocaccio, vuelven
a cantar los excesos del vino y de las intensidades parejas con que la dicha
sexual aporta a la plenitud de las prácticas filopósicas. La figura del poeta
vinosus, en todo caso, queda completamente afianzada. El hic bibitur
rabelaisiano se convierte en una divisa, en una enseña.
Debido a que el escueto espacio propio de esta página no nos permitiría
excedernos en señalar los innumerables hitos de la Historia de la filoposía,
permítasenos mencionar solo algunos y muy arbitrariamente.

Las grandes corrientes filopósicas1

En alguna página que tiene por ahí, Octavio Paz, pese a no haber sido ningún
filóposo –lejos de ello- establece una aguda distinción entre las bebidas –
posein- destiladas y las fermentadas. Ejemplifica luego su distinción entre estas
grandes corrientes filopósicas oponiendo el whisky al vino. Una pequeña
fenomenología del estado filopósico y social en que resulta el ejercicio de una u
otra de tales corrientes filopósicas lo lleva, sin que él se de cuenta –y pese a no
filoposar- a acercar la destilación al materialismo y la fermentación al idealismo,
a oponer la brusca y urbana inmanencia del whisky al estacional y agrario
trascendentalismo del viñedo. A partir de tales reflexiones, apunta al carácter
comunitario del consumo de las posein fermentadas, al solitario de las posein
destiladas. Lo notable, cuando uno revisa estas distinciones esenciales, radica
en las consecuencias sociales, personales e históricas en que, a través de los
pueblos europeos, tales corrientes llegaron a manifestarse. Para ir rápido,
atengámonos inicialmente a dos ejemplos y muy a grosso modo: en la literatura
francesa brillan los grandes filóposos por su ausencia. Villon, Verlaine,
Baudelaire… muy pocos más. Que hay montón de personajes excesivos de
uno u otro tipo, de acuerdo, pero filóposos propiamente dichos… Hijas de

1
Por razones de espacio, nos abstendremos de considerar, en este breve tratado, las relaciones por demás
complejas entre el cristianismo y la filoposía. Si bien por una parte el vino, en cuanto posein, ocupa un
lugar central en la mitología cristiana, sus relaciones con la filoposía propiamente dicha son por demás
ambiguas. Con todo, la figura del cura ebrio, filóposo eclesial, es muy cara a los pueblos. El púlpito ebrio,
en este sentido, quizá sea uno de los espacios privilegiados desde los que se imparte el sermón poético.
Descartes después de todo, las letras francesas no conocieron una práctica
seria de la filoposía. ¡El mundo anglosajón en cambio! Para decirlo de una
forma un tanto tajante y quizá exagerada: es en él que la filoposía sentó más
definitivamente sus reales.
Gran parte de la gran literatura anglosajona, en efecto, está constituida por
inmensos filóposos. Ejemplos que se le viene rápido a uno a la cabeza: Dylan
Thomas, Auden, Malcom Lowry, Scott-Fitzgerald, Dashiell Hammet… sólo
recientemente. Que si quisiéramos remontarnos a épocas más lejanas,
tendríamos que empezar, quizá, por John Wilmot, el conde de Rochester, que
a mediados de 1600 blandía la causa de la filoposía de una forma denodada,
militante y bárbara, aunque acompañada por una gran desenvoltura y acierto
en el manejo de la pluma. Sin duda que otros casos dignos de mención
abundan, pero ya no nos extenderemos más sobre ellos.
Pero ya que habíamos entrado a hablar de las relaciones entre la filoposía y
los distintos pueblos, no dejemos de señalar la suerte de los alemanes y los
chinos en cuanto compete a este campo de la gnoseología corporal y espiritual.
En cuanto a los primeros, ya habíamos mencionado el caso de un Kant, por
demás extensible no solo al resto de los filósofos germanos, sino a sus otras
lumbreras. ¿Acaso podría imaginarse alguien a un Goethe, a un Thomas Mann
ebrios? Jamás de los jamases. Pero aquí viene lo más sorprendente: ¡que
fueron, más bien, los grandes músicos los más destacados filóposos! ¡Bach
incluido! Consta en los diarios de su mujer, Ana María Magdalena Bach, en
efecto, que una buena parte del exiguo presupuesto familiar se iba en pagar los
vinos de Johann Sebastián. Y luego Mozart, Beethoven, Schubert… todos una
punta de filóposos.
Finalmente, tenemos el caso de los chinos. Es que ellos fueron, quizá, los
mayores filóposos conocidos. Los ejemplos son muchos, pero aquí no
podemos extendernos en presentar un resumen abreviado de la poesía china
filopósica. Bástenos recordar al gran Li Po, el eximio poeta de la dinastía Tang.
Si ya los jarrones Tang son de por sí famosos, cuánto más lo son, en el mundo
de las letras, ¡las copas Tang en que bebió Li Po! La leyenda en torno a la
muerte o desaparición de Li Po (como bien lo recuerda Pound en un poema),
por otra parte, ya dice bastante: estando en un profundo estado filopósico, Li
Po quiso abrazar la luna y, al tratar de hacerlo, perdió el equilibrio en el puente
en el que estaba y fue a parar al río –y se ahogó. Vale la pena recordar los
primeros versos del poema Mientras bebo, solo, a la luz de la luna: “Un vaso de
vino entre las flores:/bebo solo, sin amigo que me acompañe./ Levanto el vaso
e invito a la luna:/con ella y con mi sombra seremos tres.”
¡Salud!
Apuntes sobre el afuera
K’ita, puruma2 y literatura

Empieza así esta historia3 : un niño se acuesta, por la noche, y espera, muy
despierto, a que pasen los ruidos de la noche, a que se haga el silencio más
propio de la noche; que dejen de ladrar los perros, no se escuche nada más en
casa, llegue al fin la noche verdadera, reine entera la clara oscuridad más
cierta. Cuando considera que ya es así, que definitivamente se hizo de noche
en la noche, se levanta entonces, sigiloso. Camina de puntas, sale de su cuarto
y se dirige al aparador en el que su mamá atiende y tiende sus porcelanas más
preciadas y apreciables. Abre el aparador. Luego, siempre de puntas, va
sacando, una a una, todas las piezas preciosas de porcelana y las lleva a su
cuarto. Una vez que las tiene ahí todas, empieza con la minuciosa catástrofe.
Meticuloso, preciso, silencioso, envuelve en un trapo cada pieza y muy luego,
con una piedra o un martillo, sin hacer ruido, la destroza. Una por una, todas.
Cuando ha terminado, respira hondo.
Ahora vuelve a salir de su cuarto, atento, siempre de puntas. Va al escritorio de
su padre. Abre o deschapa la vitrina en que éste atesora los cartapacios en que
ordena su fabulosa colección de estampillas. Igual. De puntas, lleva los
cartapacios a su cuarto. Cuando los tiene todos, en muy silencio, va
destrozando con tijeras todas las hojas, todas las estampillas, todas.
A todo esto, claro, la noche, o el grueso de la noche, casi ya ha pasado. Ya
empiezan a ladrar algunos perros.
Entonces el niño (tiene doce años en mi recuerdo) toma su atado, como se
debe, amarrado éste a la punta de un palo y otra vez, otra vez muy
sigilosamente, se desliza hasta la puerta principal. La abre. Sale. La cierra
pulcramente.
Y se va para siempre.

*** *****
Una inquietante palabra aymara, bellísimamente anticomunitaria, asocial, es
k’ita. K’ita puede ser tanto un niño que se va de casa, se desprende de
comunidad, familia o territorio, como puede ser también una planta silvestre
que crece sin cuidado, lejos del cultivo. El viento arrastró a una semilla, lejos, y
ahí se puso a crecer una planta al lado de una piedra, sin riego ni cuidado: k’ita.
Puede ser el aromo de Atahualpa Yupanqui, para quien, recuerde esa canción
del mismo título y en la que el aromo crece lejos del agua. Pero k’ita también
puede ser un animal, el animal salvaje de las alturas y las lejanías, que no es
posible domesticar ni llevar a ningún corral. Los seres k’ita, así, “viven y crecen

2
Las palabras aymaras que se usan en esta nota provienen del libro, aún sin título oficial, de
Jacqueline Michaux sobre el mundo aymara, la mujer, la “medicina” étnica y la procreación.
Para estos términos, de los que me sirvo de otra forma, muy libre y personal si se quiere,
Jacqueline Michaux, a su vez, se apoya fuertemente en el libro “Pacha: en torno al pensamiento
aymara” de Thérése Bouysse-Cassage y Olivia Harris.
3
Es la que cuenta Dylan Thomas en su hermosa novela “Traficante de pieles”.
en un espacio que no está controlado por las reglas sociales y políticas de la
sociedad de origen” (Jaqueline. Michaux). ¿Y dónde van los k’itas, al irse?
Pues van a la puruma, ese lugar de la periferia y las tierras desérticas o en
barbecho, ese espacio de penumbra alejado de las comunidades, cercano a los
espíritus, los demonios, los saxra y los ojos de agua; la pampa. En el espacio
puruma también vive el chuquila, el cazador de vicuñas, el más grácil e
indomesticable animal de las pampas.
En el espacio puruma se aloja la gran literatura.

*** *** ***


Walter Benjamín, en Infancia en Berlín o en Calle de una sola mano, no
recuerdo bien: La peor nostalgia es la de no haber escapado de casa a tiempo.
*** *** ***
O, también, uno podría decir: la mayor nostalgia de “la pobre, breve infancia” es
la de no haber sido un piel roja. Eso lo sabía muy bien Franz Kafka: “Ser un
indio, siempre dispuesto, y sobre el caballo a la carrera, hendir el aire, vibrar
siempre de nuevo sobre el terreno que vibra, hasta que se abandonan las
espuelas, porque no hay espuelas, hasta que se arrojan las riendas, porque no
hay riendas, y ya no se ve más que el campo frente a sí, igual a una extensión
pelada, ya sin el pescuezo y sin la cabeza del caballo”. El “nuevo mundo” como
llama Benjamin al espacio al que así accede ese jinete, esa extensión pelada,
es el del espacio puruma, el afuera de todo y en el que Kafka, que nunca se fue
de casa, vivía por la noche mientras escribía esa literatura grande y misteriosa
que atravesó las letras y las pampas.
*** *** ***
A esa escapada de la que en definitiva hablamos aquí, la llamaba Gilles
Deleuze línea de fuga. Se refería, con tal formulación, a esa dimensión en que
el alma se rehúsa a ser atrapada, conquistada, domada, por el poder o los
poderes. O por la comunidad, o por el cultivo: el alma que se va a la pampa
peligrosa. Y Deleuze tiene sus grandes filósofos k’itas, que desdeñaron los
sistemas, apostaron por la libertad y la línea de fuga: Lucrecio, Spinoza,
Nietzsche…
Gente “del afuera” llama el poeta y escritor Kenneth White a todos aquellos
que, en los campos de la literatura, vivieron en los márgenes de la literatura,
salieron a la puruma, o, como ya también lo dice Blanchot, a lo neutro:
Rimbaud, Thoreau, la poesía zen…

*** *** ***

Y si bien aquí relacionamos la literatura, o al menos cierta literatura con los


conceptos de k’ita y de puruma, tal vez, antes que de la literatura, y de una
forma radical, el espacio puruma sea más bien el lugar del viento y del silencio.
O como el espacio blanco en el poema. Dice Pascal Quignard: “El lenguaje es
para la familia, o para la sociedad, o para la ciudad. El sexo y la muerte –que
son los otros dos dones que de la vida nos acorda- deben ser preservados del
contacto con el lenguaje. La pasión y el goce reposan en la exclusividad y el
respeto del silencio.” Silencio puruma.

*** *** ***


¿Y cuál sería la literatura más afín a ese espacio puruma, ese espacio de las
afueras?
La respuesta no debiera ser difícil, y para que no lo sea, bastará que
recordemos, dando un pequeño salto, los espacios de las religiones o dioses,
los dioses. Dentro de las religiones (seamos rápidos y algo inexactos) se dice:
hay una parte exotérica (hacia fuera) que se encarga de intermediar entre el
“pueblo” y su eventual ansia de “dios” y cosas así. Para eso están los altares,
los ritos y las pompas, etc. Todos más o menos contentos, ya que a ningún hijo
de vecino se le puede pedir, en efecto, que se tome demasiado en serio eso de
Dios o los evangelios, o la verdad, pues lo destrozarían -o en otro lo trocarían.
Luego está, entonces, el núcleo esotérico de cualquier religión (el sufismo en el
Islam, cierto budismo en el budismo, el misticismo cristiano, el cabalismo judío,
etc.). Es decir ese coto, verdaderamente vedado para nosotros hijos de vecino,
en que de verdad se atisba al Dios vivo.
Valgan las distancias, valga el símil de la asimilación religiosa y aún el abuso
metafórico que éste implica. Pero ahí íbamos: hay literaturas y literaturas. Hay
cuentos y cuentitos. Para todos y para casi todos y “ninguno” -como el libro de
Zarathustra. Hay la literatura k’ita, la del espacio puruma, y hay la (muchas
veces muy buena) doméstica, de corral.

*** *** ***

El gran niño que se fue de casa y no solo de la casa, sino hasta de la literatura
misma, fue Arthur Rimbaud, el poeta k’ita por excelencia, que a los dieciséis
años, poco antes de irse de Charleville, “la más idiota de las pequeñas
ciudades de provincia”, escribe el gran poema Les poetes de sept ans, en el
que anticipa al otro niño, el que antes de irse masacra porcelanas y
colecciones numismáticas. El niño de Rimbaud, A los siete años hacía novelas,
sobre la vida /de los grandes desiertos, en los que brilla la Libertad arrebatada,
/Espesuras, soles, orillas, sabanas! Y antes de irse, a lo que procede es, para
S. Solmi4, a la “masacre de los significados”. En palabras de Jacques Riviere,
“Rimbaud rechaza todo en bloque: se erige contra la condición humana, o
mejor: contra la condición física y astronómica del Universo.” Con ese talante,
lo deja simplemente todo, aunque más allá tampoco encuentra nada. Pero
antes que preguntarnos sobre su itinerario, su final moderadamente trágico,
quedémonos con las palabras que quizá también lo anunciaban, y profetizaban,
a tiempo que le cambiaban el rostro a la poesía entera. Como cuando en las
Iluminaciones, algo más tarde, vuelve al niño: “Y hasta sería el niño
abandonado sobre un muelle partido hacia alta mar, el pequeño sirviente que
sigue un pasaje cuyo extremo toca el cielo.
Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retama. El aire está
inmóvil. ¡Cuán distantes los pájaros y las fuentes! Esto no puede ser sino el fin
del mundo, que se anticipa”…

Desiertos

4
Datos preciosos en Roberto Calasso, La Folie Baudelaire, Anagrama 2008, pags. 293 ss.
Circuló la noticia, hace un tiempo y en diversos periódicos del mundo, del
posible hallazgo de los restos de un numeroso ejército antiguo al que el
desierto se lo había tragado. Habrían sido 50.000 mil los soldados
desaparecidos un día, tras la arena, hace 25 siglos. Herodoto fue el primero
que registró la desaparición: "Un viento del sur sumamente violento se desató
sobre los persas mientras tomaban el almuerzo y arrastrando torbellinos de
arena los sepultó". He ahí una escritura tajante, una mera relación de hechos,
formulada como un parte de guerra. Queda el detalle chistoso, casi surrealista,
de que la tragedia ocurrió mientas “almorzaban”, como nos llega la traducción.
Es decir, no se lo imaginaban…
Y desaparecieron -soldados, camellos, caballos, armas, estandartes y
pertrechos- para siempre, en algún lugar del Gran Mar de Arena, quizá por la
planicie de Gilf Kebir… Y de todos ellos, ¿qué quedó?
Según el grupo de arqueólogos italianos que pretende haber hallado los restos
de la armada: quedaron “puntas de flecha, una daga de bronce, un brazalete
de plata, un pendiente”… Sin hablar de que los mismos arqueólogos, afirman
que para hallar esos restos tuvieron que atravesar un "valle de huesos",
sembrado de numerosos esqueletos blanqueados por el sol…
De las desapariciones en la arena hay demasiados casos. Así por ejemplo,
Theodore Monod, el conocido especialista en los desiertos, menciona en su
libro Meharés, una caravana de 2.000 personas enterrada del todo en el
desierto, tan recientemente como el año 1805.
En todo caso, y dando otra vuelta de tuerca, el hallazgo de restos similares, ya
había sido, en 1996, reclamado por un egipcio: Barakat su estólido nombre.
Arguye cosas impresionantes, de esas que dejan paralogizado a un niño que
estuviera leyendo Las mil y una noches: que encontró ese tipo de cosas en
Wadi Mastour, cerca del oasis de Bahrein. Para colmo de colmos, Wadi
Mastour querría decir Valle Perdido. Es como si uno nunca dejara de leer Las
mil y una noches u otros libros del desierto –aún cuando lee los periódicos.
O ya también esto: Barakat confiesa que su expedición no iba tras el gran
ejército perdido. Que era miembro, más bien, de una expedición –astropoética
debíamos llamarla- que buscaba meteoritos.
Donde mejor sobreviven los meteoritos, se sabe, es en los desiertos.
Sólo en los desiertos no se desintegran. Apagados, hundidos, siguen viajando
–ahora dentro de la Tierra-, sin desintegrase del todo. De caer en medios
húmedos, algunas partes desaparecen. En los desiertos, en cambio, casi no les
pasa nada. Los meteoritos más antiguos conocidos llegan a tener hasta 40.000
mil años. Más viejos que eso, aún no se han encontrado.
Lo curioso es que a las “pinturas rupestres” más antiguas que se han
encontrado hasta ahora se las data, como mucho, de hasta hace 40.000 años.
Más viejas que eso, aún no se han encontrado.
Es el tipo de coincidencia que se presta maravillosamente como para cualquier
delirio interpretativo. Reconozcamos, sin embargo, que no es para menos: la
coincidencia temporal entre la creación del arte y los primeros meteoritos…
Como si la creación alegre o el alborozo ante la creación del arte, la celebrara
el cielo con un gran derroche de luces artificiales a escala cósmica: y los
meteoritos, las estrellas fugaces poblaron la noche… Queda sugerido, por otra
parte, que el arte mismo sea quizá un meteoro.
El uranio y los otros elementos radioactivos, los que figuran al fondo de la
gloriosa Tabla de los Elementos de Mendeleyev, aunque sirvan para las
bombas atómicas, no dejan de tener un aspecto casi poético: se van
desgastando mensurablemente con los siglos. Su radiación atómica amengua.
Como la de los meteoritos caídos en la tierra, la radiación del Arte caído entre
los hombres, ¿se va amenguando? Para algunos, hay señales de que así
ocurre y así está ocurriendo hoy en día.
Como quiera, los meteoritos, a veces, no caen así nomás, pues hay los que al
caer incendian el desierto todo.
En un viejo número del Scientific American, se cuenta de unos investigadores
asombrados que se toparon, inesperadamente y en una travesía, con extrañas
dunas arrebatadas, en inusuales formaciones, pedazos de arena fundida y que
los llevaron a colegir: aquí, hace miles de años, cayó un gran meteorito e
incendió el desierto, incendió la arena. Pruebas: cuando los cristales y
semejantes que caben en un grano de arena entran en incandescencia, se
vuelven igualitos al vidrio que producen las fundiciones de metales -y fósiles
de ese tipo de vidrio se hallaron en el perímetro del incendio. La arena entera
se habría incendiado. Y se verían entonces dunas ondeando al rojo vivo. Y por
lo del vidrio, por lo de los enseres enterrados de esa armada, casi sin ton ni
son uno recuerda ese verso de los Salmos, otro libro del desierto, que dice: “He
venido a ser como un vaso perdido” (Salmos 31:12)…
¿Qué estarían bebiendo, o brindando, en qué vasos o vasijas, los cincuenta mil
soldados que desaparecieron, a la hora de almuerzo de un día, en el infinito del
viento y el desierto?
Pero no sólo los ejércitos desaparecían en el desierto. Que a desaparecer en el
desierto se dedicaban los místicos cristianos hacia el siglo IV. Eremitas y
anacoretas, ahí están los Padres del Desierto. San Palemón, San Antonio
Abad, San Jerónimo, San Pacomio, San Macario, Simón el estilita, etc. Todos
ellos se entregaban al desierto, al vacío del desierto, dando las espaldas a los
hombres y buscando la hésikya o paz interior, la unión mística con Dios. El
caso de Simeón el estilista es elocuente: pasó nada menos que 37 años en una
pequeña plataforma sobre una columna (del griego stylé, de ahí su
sobrenombre) cerca de Alepo, Siria. “A causa de la continua molestia que le
suponían las muchas gentes que venían a visitarle, apartándole de la vida
contemplativa y la oración y acercándole a la tentación, decidió que le
construyeran una columna de 3 metros de altura, luego una de 7 y por último
una de 17 metros para vivir subido en ella y alejarse del tráfago humano”
(Wikipedia). Thomas Merton, ese notable escritor y sacerdote católico, tiene un
hermoso libro en el que reúne los apotegmas de los Padres del Desierto,
muchos de ellos tan semejantes a esas sabidurías del silencio y el vacío que se
encuentran en todos los “místicos” de cualquier religión. Y el propio Merton dejó
dicho: “El desierto se convierte en un paraíso cuando es aceptado como
desierto. El desierto sólo puede ser un desierto si se trata de escapar de él”.
Están las guerras del desierto: las guerras contra las tentaciones del desierto,
que el desierto también es el escenario del demonio y la tentación, como muy
bien lo supieron Cristo, o San Antonio, cuyas “tentaciones” dejaron toda una
secuela literaria y pictórica, que va de Flaubert a Dali. Y están las guerras
armadas. Sobre estas últimas, sobre el desierto como teatro de guerra, queda
el extraordinario libro de T.E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría, que
aparentemente tradujo Victoria Ocampo. En él Lawrence de Arabia, como se lo
llamó, cuenta de la guerra, su guerra. De su asimilación por el desierto, que lo
traga en muchos otros sentidos: todo el tiempo, a través del voluminoso libro,
se suceden las descripciones de los paisajes por los que pasan guerreros,
caravanas y camellos. No en vano Lawrence sedujo tanto a Deleuze, cuyo
comentario a los Siete pilares de la sabiduría (en Crítica y clínica) es otro
tratado lateral sobre los desiertos.
Y finalmente, es hora de acercarse al más grande habitante del desierto: el
gran poeta y pensador franco egipcio Edmond Jabés. “El desierto fue mi
tierra./El desierto es mi viaje, mi errancia”, dice. En Jabés (El Cairo, 1912–
París, 1991) la judeidad, la errancia, un misticismo sin mística, la página en
blanco, la escritura, el Libro, una dura poética del vacío, en fin, se repiten como
dunas en su extraordinaria obra, de varios libros que son el mismo libro 5. En
algún momento Jabés se pregunta si no habría un abrigo para la palabra, que
solo lo es en tanto que expuesta. Ese abrigo, precisamente, él lo crea y lo halla:
en el desierto, en el silencio, donde la palabra procura ser salvada. Pero las
cosas, así dichas, no son fáciles, puesto que “nunca el silencio se refiere al
silencio”. En otra parte, dice: “La experiencia del desierto fue, para mí,
predominante. Entre el cielo y la arena, entre el Todo y la Nada, la pregunta es
quemante. Arde y no se consume. Arde por sí misma en el vacío.” El desierto
candente de Jabés: “Mi desierto es espejo divino pulverizado.” O: El desierto es
universo de transparencia.” La pregunta arde en el vacío del desierto y lo
incendia: como un meteorito –la palabra de Jabés, o el incendio de la
transparencia.

Cosas de mujeres

5
Quien quiera encontrar en español y a mano algo sobre y de Jabés en Bolivia lo tiene en la separata que
un número de la revista paceña La Mariposa Mundial le dedicó.
Hace unos años se fue, sin que sea sabido por nadie más que por
ellas, un secreto de mujeres, un secreto como ningún otro y cuya
desaparición también despoja de secreto al mundo mismo. Se
trata de esa triste, penosa noticia de agencia que dieron los
periódicos hará ya más de un par de años o más y que recorté.
Copio partes de dicha noticia: “El 23 de septiembre de 2004
murió Yang Huanyi quien ha puesto fin a siglos de una lengua del
sur de China, el nushu, hablada sólo por mujeres para poder
comunicar sus secretos sin que estos pudieran ser conocidos por
ningún hombre. Yang Huanyi se ha llevado con ella los secretos
de esta legendaria lengua. La anciana, que ha muerto a los 90
años, aprendió el idioma antes de casarse. Se cree que el nushu
fue creado por campesinas analfabetas que, ante su
desconocimiento del mandarín por falta de acceso a la educación,
decidieron crear su propio lenguaje. El nushu, que en chino
significa ‘escritura de mujeres’, era utilizado para escribir las
‘cartas del tercer día’, libros que las madres daban a sus hijas
después del matrimonio. Su escritura era alargada y se utilizaba
en bordados, abanicos y piezas del ajuar de las mujeres”. En
Wikipedia uno puede encontrar más precisiones: “En la antigua
Hunan, la enseñanza del Nan Shu o ‘escritura de hombres’
estaba vedada a las mujeres. Se inventó entonces el Nü Shu y
fue usado en secreto por las mujeres. Ellas aprendían el idioma
transmitido de madres a hijas o entre cuñadas. Algunas veces los
caracteres sirvieron como marcos decorativos o en artesanía,
dada su forma más estilizada y estética que la forma ‘masculina’.
La mayoría de los escritos forman poesías con líneas de verso de
cinco o siete caracteres.” Lenguajes secretos de los hombres
entre sí, lenguajes secretos de la mujeres entre sí… pliegues y
repliegues de los juegos entre poder y lenguaje, los juegos entre
el poder y el secreto.

Que las lenguas de los hombres se extinguen a diario, así como


pueden hacerlo las especies botánicas y animales, es por demás
sabido. Se cuenta, incluso, con estremecedoras estadísticas al
respecto. Este caso, sin embargo, desborda al resto de los casos
por su particularidad. La escritura y el habla de la(s) mujer(es), el
campo del diario y el secreto… Psicoanalistas, etnólogos y
psicoetnólogos, historiadores, feministas, todos tendrán, sin duda,
algo que decir en torno a este penoso hecho de despoblación de
lenguas en una época que pareciera opuesta a la del
Pentecostés, esa proliferación ecuménica de lenguas. Lo mejor
sería, quizá, leer la historia contada por un novelista… Éranse
tales y cuales chicas, tales mujeres, que tenían que decirse
mucho entre ellas, cosas de mujeres, pero que no podían hacerlo
en la sociedad en la que vivían, en la que sus palabras y sus
signos pasaban indefectiblemente por la criba del Poder y de los
hombres. Y susurrar a la rápida no les bastaba, murmurar a
escondidas les era insuficiente. Pero había que dar rienda suelta
al flujo y a las rondas de murmullos y susurros y de ayes y de
cuitas, de cuidados, de quejas, de hombres y de cuentos. O tal
vez es muy romántico pensar eso. Tal vez habría que recordar,
más bien, el libro de cabecera que durante años mantuvo Sei
Shonagon, en la corte japonesa del Siglo XII. (en un número de la
revista Mariposa Mundial hay extractos antologados de ese libro).
En él se escuchan los ruidos de palacio, los murmullos de
biombos, los pasos de guardias, y se confeccionan inagotables
listas, se espía la vida de palacio. Los más bellos sonidos, las
más bellas montañas, las mejores formas de irse… Encontramos,
también, las “Cosas que, si bien próximas, son distantes: Las
relaciones entre un hombre y una mujer. La ruta de un barco. El
Paraíso”. Esas líneas son un poema perfecto. Sei Shonagon a su
vez guardaba o escondía su cuaderno, es decir las hojas, debajo
de la especie de almohada japonesa. El libro del velador rezan
otras traducciones. La escritura de Shei Shonagon era también un
secreto, se escribía en secreto. ¿Pero qué era lo secreto? No
importa, ya que, en la consideración del secreto, no hay que
dejarse imponer por los contenidos. “Es necesario que el secreto
adquiera su propia forma, en tanto que secreto. El secreto se
eleva del contenido finito hasta la forma infinita del secreto”, dicen
Deleuze/Guattari. Y están, también, las listas infinitas, de cosas a
su vez infinitas y reiteradas. Más ruidos, pasos, murmullos, hojas
que caen, estaciones…

Ese lenguaje femenino nacido del secreto, otra vez femenino,


directamente nos lleva a preguntarnos sobre la mujer y el secreto.
¿Cuál es la relación profunda que tiene la mujer con el secreto,
con qué tipo de secreto?

De la relación del hombre con el secreto, aparentemente


sabríamos más. Ésta pasa por la gnosis o la guerra. En efecto,
las vías místicas y esotéricas se llenan de secretos. Sólo los
iniciados, a medida que las recorren, pueden ir haciéndose
depositarios del evanescente contenido, nunca llegado a saberse
del todo, de esos secretos. O, en los campos de batalla, en las
guerras diplomáticas, es fundamental guardar el secreto; ante el
enemigo, hay que negarse a dar información o darla falsa. Hasta
podríamos decir: ni bien surge un enemigo que ya surge un
secreto. Inmediatamente, también, es necesario develar,
interpretar los secretos del enemigo, así como había que hacer
con los del Hado. Se desarrollan lenguajes cifrados, encriptados.
Los grandes textos místicos, a su vez, siempre parecieran estar
escritos en una lengua secreta, por mucho que emplee las
mismas palabras. La cábala, el Zohar, son incomprensibles para
el lego. Gershom Scholem, por ejemplo, cita esta maravilla:
“¿Cuál es la serpiente que vuela por el aire, camina sola y, con
una hormiga que se encuentra entre sus dientes, siente el placer
de comenzar en grupo y acabar en soledad? ¿Cuál es el águila
cuyo nido se halla en un árbol que no existe?...” Y la lista de
preguntas sigue. ¿No es ese también un lenguaje secreto? En
todo caso, en ambos tipos de secreto, el de la guerra o de los
textos sagrados, los oráculos, habrá luego que tratar de descubrir
códigos y claves, mensajes escondidos. Surge la pareja del
intérprete y el espía. A un tiempo, el espía interpreta y el
intérprete espía.

Pero la guerra, la diplomacia o el altar no son campos de la mujer, o por lo


menos ella está, estuvo vedada para ellos. Ni poder en la tierra de las batallas
ni poder en el cielo de los lenguajes divinos. ¿Habría una especificad propia del
secreto femenino, de los secretos de mujeres? “A pesar de que la lengua
nushu existía desde el siglo III de nuestra era, no fue conocida por el mundo
hasta 1983, debido al intenso secretismo que siempre ha rodeado a esta
lengua.” Un secreto mantenido por siglos y, justamente, por las que
proverbialmente no saben guardar secretos, las que no pueden aguantarse
tener un secreto. Las más parlanchinas, las más habladoras. ¿Qué
mantuvieron secreto, durante tantos siglos? Otra vez, no hay que dejarse
arrastrar por el contenido del secreto. Que seguro no se trataba, en el fondo, de
nada secreto, nada del otro mundo. Lo que sí era secreto era el lenguaje en el
que se decía cualquiera cosa. Que el mismo lenguaje en sí era el secreto. De
pronto uno recuerda el gusto que tienen las mujeres en ir acompañadas al
baño. Estar a solas entre ellas, estar en secreto. No importa si para decirse
secretos o hablar solo de perfumes, de enemigas, de zapatos, de guerreros,
amores o traiciones. Lo que queda o se conserva del nushu, recordemos, está
sobre todo hecho de “poesías con líneas de verso de cinco o siete caracteres”.
Y, otra vez, las artes más propiamente femeninas hacen, por cierto, de soporte
para el despliegue de semejantes versos y quizá secretos: el bordado y el
adorno de las prendas, los abanicos, los ajuares.

Las mujeres que hablaban y escribían el nushu eran campesinas de una


alejada provincia del imperio. ¿Otra vez: de qué hablarían? Tenemos el
hermoso ejemplo que ilustra esta página y cuya traducción se conoce: “Le
enseñaron a aplicar maquillaje y peinarse, llevaba en el pelo perlas brillando
magníficamente; está sentada como una Guanyin (una diosa) budista en un
altar budista”. Tampoco pareciéramos estar ante una campesina perdida en la
lejanía. La gran sofisticación y la cultura que destilan esas líneas es demasiado
evidente. En todo caso, esa mujer con un tocado de refulgentes perlas y que
blande un abanico, oculta el rostro detrás de él, mientras desaparece tras el
tiempo. Ya nadie habla lo que ella hablaba. Con lo que algo el mundo mismo
pareciera tener menos que decirse, o por quién ser dicho.

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