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C L AUDE KAPPL ER

Monstruos, demonios
y maravillas
A FINES DE LA EDAD MEDIA

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AKAL UNIVERSITARIA
Serie Interdisciplinar
Director de la Serie:
José Carlos Bermejo Barrera
Maqueta: RAG

Título original:
Monstres, démons et mer\>eilles á ¡a fin du Moyen Age

Reseñ ados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en


el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas
de multa y privación de libertad quienes reproduzcan
sin la preceptiva autorización o plagien, en todo o en parte,
una obra literaria, artística o científica fijada
en cualquier tipo de soporte.

© Payot. París, 1980


© Ediciones AWal. S. A., 1986, 2004
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
T e l-.918 061 996
.„ 5407033993
CLAUDE KAPPLER

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■ ^ 3

MONSTRUOS, DEMONIOS Y
MARAVILLAS A FINES
DE LA EDAD MEDIA

Traducción
Julio Rodríguez Puértolas
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AGRADECIMIENTOS

El presente trabajo debe mucho a las bibliotecas universitarias


de Estrasburgo, Basilea y Ginebra, generosamente abiertas a los in­
vestigadores. Es en ellas donde he hallado lo esencial de la docu­
mentación iconográfica, así como excepcionales condiciones de tra­
bajo y todas las facilidades posibles para la reproducción de
materiales.
Los bien provistos fondos antiguos de la Biblioteca Nacional de
Estrasburgo me han sido de gran ayuda, y debo expresar aquí mi
reconocimiento a quienes en ella me han facilitado mi trabajo, en
especial al Sr. Claude Rehm.
Con excepción de los clichés que debo a la amabilidad y profe-
sionalidad del Sr. Jean-Pierre Bouley, la mayoría de las reproduc­
ciones fotográficas que aparecen en este libro han sido realizadas
por el Sr. Kistler, de la Biblioteca Nacional y Universitaria de Es­
trasburgo. En lo que a este asunto se refiere, agradezco a la Sta.
Greiner, conservadora-jefa de la misma institución, las autorizacio­
nes que generosamente me concedió para reproducir los oportunos
materiales, y a la Sta. Zehnacker por la ayuda prestada.
No pudiendo mencionar a todos aquellos que me han ayudado
de modo tan precioso, debo al menos manifestarles, por lo menos,
' mi total gratitud.
Deseo que Jean Subrenat, profesor de la Universidad de Pro­
venza, encuentre aquí un testimonio de mi profundo reconocimien­
to: es él quien, con una paciencia y una generosidad siempre a pun-
; to, me ha ayudado paso a paso en mi trabajo, y me ha hecho des­
cubrir lo mejor de mi investigación al darle el sabor de la vida.
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INTRODUCCIÓN
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La idea de llevar a cabo este trabajo nació contemplando la obra
de Hieronimus Bosch, el Bosco. La cual, pese a todo intento de in­
terpretación, continúa siendo un misterio para las generaciones mo­
dernas. Mas no ocurría lo mismo en los siglos XV y XVI: sus cua­
dros fueron adquiridos en gran número por Felipe II, «el Rey Ca­
tólico», quien deseó tener frente a sí, en la hora de la muerte, el
tríptico de El jardín de las delicias. El Bosco fue extremadamente
apreciado en vida, y sin duda comprendido. Hay quien, para em­
pezar, rechaza la imagen de un pintor diabólico, alucinado, hereje,
maldito, imagen que de acuerdo con algunos críticos modernos, lle­
varía a «explicar» su monstruosa creación. Y así se plantea el pro­
blema que se halla en la base de nuestra investigación: lo que para
nosotros es oscuro parece haber sido claro en aquella época. cPor
qué? Si el Bosco fue, a lo que parece, un artista muy apreciado,
pero sin «historia» y sin escándalo; si su obra fue aceptada de ma­
nera natural y generalmente reconocida, es porque se inscribe en
un contexto que la aclara y la explica. Ese contexto es lo que aquí
nos interesa: nos interesa por sí mismo y no en tanto que explica­
ción del Bosco. Quisiéramos así rasgar el velo que nos oculta la ac­
titud de la Edad Media ante el monstruo. Los modernos no com­
prenden éste al modo medieval, ello es evidente. Para ellos, el
m onstruo es misterio, escándalo, ralea maldita: está ligado a una pa­
tología, ya sea de la Naturaleza, de los artistas creadores o del es­
píritu humano en general. Pero, ¿qué era en la Edad Media? ¿Cómo
se entendía entonces el monstruo y el papel que representaba?
Según indica este punto de partida (la obra de un pintor), nues­
tro estudio tiene por objeto el monstruo en la imaginación y no en
la naturaleza; sin embargo, la actitud adoptada con respecto a lo pri­
mero puede ser parcialmente tributaria de lo que suscita lo segun­
do. Y así, no rehusaremos el recurrir a las posibles iluminaciones
que pueda ofrecer esa naturaleza.
Para partir en busca del monstruo nos hemos dirigido a los tex-

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lo s lite ra rio s, o . com o se les califica en ocasiones con c ie rta c ir c u n s ­
p e c c ió n . «paraliterarios»». No teníamos ideas p re c o n c e b id a s en
c u a n to al cam po de investigación se refiere: la que se h a im p u e s to
e s la que hem os descubierto ahí donde aparece la m ás a lta d e n s i­
d a d de m onstruos, allí donde los monstruos se m u e stra n m á s «vi­
vos». Los m onstruos no están ausentes de los «g ran d es» t e x t o s li­
te ra rio s. mas aparecen en ellos muy disem inados y son r e l a t i v a m e n ­
te raros. En los libros de viajes, por el contrario , a p a re c e n co n ta n ­
ta frecuencia, con tanta insistencia y de m odo tan n a tu ra l, q u e a d ­
q u ieren existencia propia. En estos libros, en e fe cto , fo rm a n u n c o n ­
ju n to para el que no hemos hallado equivalente. Se e n m a rc a n en
un cuadro concreto: el mundo de los viajeros, la te x tu ra d e e n c u e n ­
tros. de experiencias vividas, de paisajes...; lo q u e so n los viajes,
en fin. Hay. sin duda, viajes pretendidam ente re a le s q u e so n . en
verdad, compilaciones. Tales viajes no son, p o r ta n to , « im a g in a ­
rios»»: compuestos a partir de otros auténticos, so n t a m b i é n reales
en el espíritu de todos (incluido el autor). La d istin c ió n e n t r e rea!
e imaginario es, por otro lado, una convención m e to d o ló g ic a: se
verá lo que se hace preciso pensar acerca de esta d istin c ió n al tra ­
tar de las narraciones medievales (cf. capítulo ii, p. 49). N o h a b la re ­
mos mucho de las peregrinaciones: tienen lu g ar seg ú n esq u em as
convencionales y a lo largo de itinerarios que n o o fre c e n grandes
misterios. Los monstruos habitan esp ecialm en te en t i e r r a s lejanas
y poco —o casi— conocidas: el O riente y A frica so n s u s p a tr ia s de
elección. Nos ocupamos de la época de los « g ra n d e s v ia je s » , del si­
glo XIII al siglo XV. sin olvidar los com ienzos del X V I.
Los libros de viajes nos han conducido d e m o d o n a tu r a l hacia
el ámbito de la cosmografía y de la geografía, q u e a c l a r a n satisfac­
toriamente ciertos aspectos. Las estru ctu ras del u n iv e rso tie n e n sor­
prendentes «correspondencias» con las e s tru c tu ra s m e n ta le s , a
menudo, estas últimas son tributarias de las p r i m e r a s : s o n las que
determinan los lugares en que se d esarro lla lo i m a g i n a r i o . E s to s ira
bajos de aproximación nos ayudan a in fo rm a rn o s a c e r c a d e l estado
espiritual de los viajeros, el clima in telectu al d e los v ia je s y el clima
mítico de la época. Interesa precisar la re la c ió n e n t r e el v iaje, el
cuento y el mito: en efecto, c o n sid eram o s q u e los m o n s tr u o s que
aparecen en los libros de viajes se d irig en a u n c i e r t o n ú m e ro de
funciones mentales igualmente so licitad as p o r c u e n t o s y m ito s No»
interesa de modo muy particular lo q ue B ru n o B e t t e l h e i m h a dicho
sobre los cuentos de hadas:

A ctú an ai nivel d e lo c o n s c ie n te y d e lo in c o n s c i e n t e ( . . . ) Los obie-


tos que p o n en e n e s c e n a d e b e n a s í p o d e r a d a p t a r s e al nivel de
co n scien te, ev o c a n d o a s o c ia c io n e s m u y d i f e r e n t e s d e las de su up*
re n te significación1.

1 B. Bettelheim. Ps\chanal\se des com es de fées. p 332.

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Entre esos «objetos» figuran los monstruos. Y así nos parece
que entre viajes, cuentos y mitos existe una afinidad natural: en
cada caso, la imaginación es fuertemente estimulada. Una afinidad
también muy fuerte une al monstruo con esa tríada: no sólo el mons­
truo aparece con frecuencia en esos tres ámbitos, sino lo que es
más, «funciona» de acuerdo con los mismos principios. Cada uno
de esos elementos —viajes, cuentos, mitos— constituye un vehícu­
lo para marchar, a veces por oscuros caminos, hacia una Verdad;
el viaje es, para el individuo, una búsqueda de varias dimensiones;
búsqueda del conocimiento del mundo; búsqueda de la verdadera
identidad; búsqueda de una Verdad superior. El mito: . y con me­
nor fuerza primordial el cuento*3, son. igualmente, caminos que con­
ducen hacia esa Verdad. En fin. el monstruo ofrece también una
vía de acceso al conocimiento del mundo y de uno mismo. El mons­
truo es un enigma: apela a la reflexión, exige una solución. Todo
monstruo es una suerte de esfinge: interroga y se relaciona con las
encrucijadas del camino de toda vida humana.
Diferentes puntos de vista sobre lo imaginario se destacan tam­
bién en la Primera Parte (capítulos I-III), en los cuales se intenta
abordar al monstruo sin enfrentarse directamente con él. La Segun­
da Parte (capítulos 1V-VII) es un ataque directo: se trata de una «di­
sección» del monstruo. ¿Es posible clasificar a los monstruos al
modo en que los naturalistas clasifican los diversos componentes de
la Naturaleza? Los procedimientos de composición se prestan de
buen grado a tal experiencia. Los monstruos tienen en sí mismos
vitalidad suficiente para resistir a unos intentos tales que marcan
sus propios límites. «Desmontar» el monstruo, como puede hacer­
se con una maquinaria, ofrece ciertas satisfacciones, pero, de modo
inmediato, parece más atractivo observar cómo cobra vida a través
de diversos modos de expresión; lengua e imagen encierran dos gér­
menes de monstruosidad y se disputan el honor de producirla, des­
cribirla, hacerla figurativa.
La observación del monstruo y de su gestación a través de los
medios de expresión abunta a penetrar su misterio: sin embargo, es
la exploración de la noción misma de monstruo lo que permite una
aproximación más acuciante. De Aristóteles a Lucrecio, en San
Agustín, Sébastien Brant, Ambroise Paré, el monstruo es asediado
de modos diversos: se le integra —de grado o por fuerza— en sis­
temas del mundo que se explican y se comentan mutuamente. El
monstruo se justifica, y ahí reside su auténtica de-construcción en
piezas. Sin embargo, queda por desvelar su razón de ser: nunca ven­
cido, el monstruo se perpetúa a través de los siglos, de las civiliza­
ciones. Si surge con mayor facilidad en unas épocas que en otras,
y en particular en la Edad Media, ello significa, quizá, que tiene
una ventaja que le es propia. Sabe, en efecto, hacerse útil recogien-

¿ Véanse los trabajos de C. G Jung. M Eliade y C Lévi-Strauss


' Véase en particular la obra de B Bettelheim más arriba citada.
d o y e x p re sa n d o todo aquello que produce tem or; sa b e ta m b ié n h a­
c e r re ír. E n tiem pos en que los instrum entos del c o n o c im ie n to se
r e v e la n frágiles frente a la inmensidad de la ta re a , el m o n s tru o se
a firm a co m o un «símbolo de totalización, de re c u e n to c o m p le to de
p o s ib ilid a d e s naturales»4.
L a p a la b ra sím bolo aparece, en efecto, en estas p á g in a s; sin e m ­
b a rg o , en ningún momento forma parte de n u estro p ro p ó s ito esb o ­
z a r u n a te o ría del símbolo. El monstruo es una im a g e n . N o d u d a ­
m o s en intentar descubrir sus funciones en el a lm a h u m an a.
A lo largo del presente trabajo nos hem os se rv id o , c o m o hem os
d ic h o , de los libros de viajes. Pero tam bién o tro s te x to s h a n con­
trib u id o a ensanchar el panorama de nuestras in v e stig a c io n e s, a des­
c u b rir puntos de vista numerosos acerca del m o n s tru o : e n tr e ellos
fig u ran textos de los cosmógrafos (esen cialm en te la Im a g e du
M o nde de Pierre d ’Ailly); los textos didácticos (c o m o el B u c h der
N atur de Conrad von Megenberg o el H ortus San ita tis d e Jo h an n e s
de C uba), una versión rimada y m oralizada d el tr a ta d o d e T h o m as
de C antim pré sobre los monstruos, textos p o ético s c o m o la D ivina
Comedia, polémicas y semi-poéticas com o la d e S é b a s tie n B rant.
uno de los primeros manuales inquisitoriales (M a lleu s M aléfica-
rum), crónicas (en particular la Chronica M u n d i d e H a r tm a n n Sche-
del), escritos diversos, tales como los Carnets d e L e o n a r d o d a Vin-
ci... En cuanto a la cronología, no nos hem os d e te n id o a fin a le s del
siglo XV, como hubieran querido viejas c o n v e n c io n e s5, y h e m o s re­
currido también a textos del XVI que nos h an p a re c id o te n e r es­
trecha relación con el pensamiento m edieval: C o n ra d G e s s n e r , Am-
broise Paré y otros de sus contem poráneos, q u e , e n g ra d o s diver­
sos, han servido para enriquecer nuestras re fle x io n e s.
Cada exploración en un nuevo corpus rev ela p r o f u n d id a d e s tam ­
bién nuevas. Demonios y maravillas son d o s p o lo s d e l m o n stru o ,
múltiples al propio tiem po, y seria ilusorio p e n sa r q u e el m onstruo
se deja encasillar bajo un título. La m a te ria es a b u n d a n te p o r de­
más; crece, y con frecuencia se oculta. El e s tu d io d e l m o n s tru o no
podría, en verdad, ofrecer «respuestas». C o m o h a d ic h o G . Las-
cault, cada nuevo punto de vista

instaura otra forma de plantear la cuestión del m onstruo; pone en


evidencia el carácter fragmentario y parcial del problem a previamen­
te planteado; no discute las soluciones ofrecidas: las hipótesis se re­
velan a la vez fundadas, justificadas e insuficientes6.

* G . D urand, Les Struciures anthropologiques de l'imaginaire, p . 360


5 Cf. por ejem plo el epílogo de R o b e n K lein a la fa m o sa o b ra de Burckhardt
La Civtlúanon de la Renaissance en Italie, d o n d e m a n ifie sta abundantes reservas
acerca de la idea tradicional del R enacim iento c o n sid e ra d o « c o m o un gran desper­
tar» Es ya un hecho admitido que los lím ites c ro n o ló g ico s d e la Edad Media y del
R enacim iento están mucho más lejos de h a b e r sid o d e lim ita d o s de lo que se
p reten d ía.
6 G . L ascault, Le Monstre dans l'art occidental, p. 13.

12
El lector se sorprenderá, acaso, ante cierta clase de razonamien­
tos que a menudo proceden por analogía, por asociaciones de ideas:
ello es debido a la propia naturaleza del tema estudiado y a las fre­
cuentes «desapariciones» del mismo.
La búsqueda del monstruo es una cacería rica en imprevistos.
El monstruo, en efecto, tiende constantemente a escapar, y ello es,
sin duda, uno de los atractivos de esta persecución sin fin; es mejor
entregarse a ella con flexibilidad, con placer y también con fantasía
antes que obstinarse ciegamente en una «lógica» inadecuada; es me­
jor hacerlo con habilidad que con la violencia de un duelo, que ten­
dría ganado de antemano este proteico adversario. Si en ocasiones
el discurso sobre el monstruo puede aparecer como sospechoso él
mismo de monstruosidad, que nadie se sorprenda más de lo nece­
sario: otros, antes de nosotros, se han apercibido de los peligros de
la contaminación7 y han aceptado el riesgo. Las gentes lógicas pue­
den irritarse ante lo que acaso sea considerado como una flagrante
desenvoltura: sin embargo, deseamos evitar tanto como sea posible
esos momentos en que el pensamiento fraterniza con el adversario.
Este libro está jalonado de ilustraciones, en su mayor parte gra­
bados en madera procedentes muy a menudo de hermosísimos in­
cunables, entre los que destacan de modo especial la Chronica Mun-
di de H. Schedel y las Fables d ’Esope de S. Brant. Estas «Ilustra­
ciones» no aparecen aquí como un simple ornamento: el monstruo
es un objeto esencialmente visual y por ello el texto se refiere una
y otra vez a la imagen, así como la imagen al texto. Ambas formas
de expresión se inspiran mutuamente, y es inconcebible hablar del
monstruo sin ofrecer su imagen. Los textos medievales que tratan
de los monstruos suelen aparecer abundantemente ilustrados. La
mayoría de los ejemplos aquí incluidos —muchos de ellos inédi­
tos— acompañaban en la Edad Media a los textos que estudiamos.
Otros provienen de fuentes diversas: incunables cuyo texto no nos
ha sido de utilidad directa; obras gráficas o pictóricas célebres, como
las de Alberto Durero; más raramente, ediciones modernas. La ico­
nografía de los monstruos es, como se sabe, un mundo inmenso, he­
mos dado siempre preferencia a las ilustraciones que guardan
relación con los textos, y de modo muy particular con los aquí es­
tudiados. Queremos así devolver al monstruo medieval algo de esa
espontaneidad, de esa presencia inmediata que Ies dieron en el pa­
sado y les dan, todavía hoy, todo su atractivo.

7 Ibid. , p. 13. Véase también C. Lévi-Strauss. Le cru ei le cun, «Ouverture».

13
I LA C O S M O G R A F ÍA Y LO
IM A G IN A R IO
En la perspectiva medieval, los monstruos son parte integrante
de la creación; figuran entre la exuberante población del universo.
Si existe, como es el caso, una solidaridad entre la criatura y su lu­
gar de elección, merece la pena detenerse un momento en
este último.
¿Cómo se representaba la Tierra, el Universo, en la Eda'd Me­
dia? Cuestión un tanto ridicula si se piensa que esa Edad Media se
extiende, más o menos, a lo largo de diez siglos. Se ve, en efecto,
que las representaciones cosmográficas no experimentan revolución
alguna entre los siglos V y XV; en esta última centuria, las más an­
tiguas y sumarias coexisten con las más recientes. La Ymago Mun-
di de Pierre d’Ailly, de hacia 1410, es un buen ejemplo de tales con­
fluencias de teorías; constituye un excelente cuadro de las diversas
cosmografías conocidas en aquel momento. Por añadidura y por for­
tuna, se conserva un manuscrito de d’Ailly anotado por Cristóbal
Colón1: es decir, que de una sola ojeada abarcamos la elaboración
erudita del texto y la manera en que éste ha sido recibido por uno
de los más grandes viajeros.
Pierre d’Ailly, para quien una de las auctoritates más importan­
tes es Isidoro de Sevilla (prelado del siglo VII, heredero por igupl
de las tradiciones antigua, bíblica y patrística), ofrece a sus lecto­
res, ante cada posible cuestión, los pareceres de varios autores, al
tiempo que su preferencia personal —y razonada— por uno u otro,
o bien los motivos oportunos para permanecer en la duda.
Una de las principales características de la cosmografía medie­
val es la de admitir la coexistencia de sistemas muy diferentes y
aceptar, al propio tiempo, las teorías más variadas, sin partir nunca
de una tabula rasa que permitiera favorecer a un sistema fren­
te a otros.

1 C onservado en la Biblioteca Colom bina de Sevilla.

17
N o resulta fácil imaginarse a los viajeros de los siglos X III a XV
provistos del enorme bagaje intelectual form ado p o r la acum ula­
ción de todas esas tradiciones, así como tam poco p a re c e m uy hace­
d ero conceder un abanico tal de conocimientos a to d o s los q u e han
descrito el mundo o hablado de la N aturaleza. Pese a e llo , las va­
rias visiones del universo formaban un clima e sp iritu al q u e en bue­
na medida determinaba las condiciones de la creación in d iv id u al, li­
teraria, pictórica o filosófica.
Lournagioaxte-medievahe s ^ tre m a d a m e n te « e s tru c tu ra 1ista >>; es
la J o rn ia Jg,significante*^^es d é la form a de la q u e se p a rte para
imaginar el contenido_que se ignora, o p a ra ju stific a r lo que
se¡£0nóce7 *" ~~ ' J
El universo se ordena en una geometría sim bólica y según una
escala de valores que atribuye un lugar a cada e le m e n to , ta n to es­
piritual como material. Si ese lugar está claram en te determ inado,
el elemento que se le atribuye es a la vez uno y m ú ltip le: siendo él
mismo, es al propio tiempo una parte del T o d o , del q u e encubre
sus cualidades y su secreto. Entre el m undo y cad a e le m e n to exis­
ten afinidades, correspondencias. Por ello, o cu p arse d e un aspecto
específico de la creación significa, al propio tiem p o , e n fre n ta rse con
el universo entero.
Las grandes obras enciclopédicas de la E d ad M ed ia testim onian
esta necesidad: el conocimiento del mundo no co n o ce el tra b a jo de
detalle. Speculum Majus, Speculum Historíale, S p e cu lu m S a tú ra le
estos tres grandes textos de Vincent de B eauvais así lo in d ican , cada
parte del mundo es espejo del Todo, y la o b ra m ism a no sabe ser
otra cosa que un espejo encargado de reflejar ese conocim iento
Si minerales y plantas reflejan y explican la o rg an izació n del uní
verso, el reino animal y el hombre, que ocupan en la je ra rq u ía de
la creación un rango más elevado, son espejos to d a v ía m ás ricos y
más seductores para ser descifrados. Pero el en ig m a q u e esos rei­
nos suponen en la repesentación habitual se d esd o b la e n o tro que
puede, a la vez, oscurecer las pistas y ayudar a d e sc ifrar el prime­
ro; es lo que ocurre con las criaturas que m uestran a lg o , q u e la Na­
turaleza designa como enigmas vivos, contrad icto rio s, y q u e desde
la Antigüedad se conocen con el nom bre de m o n stru o s.
El monstruo constituye un problema al cual no es posible sus­
traerse. Un mundo en el cual todo es norm al, en el cual to d o se en­
cuentra en su lugar, tanto desde el punto de vista g e o m étric o y es­
pacial como desde el espiritual, no precisa ser c o m e n ta d o ; el co­
mentario no es otra cosa, en suma, que un discurso d e acción de
gracias o una paráfrasis del universo, a través de lo cual el alma.*I.

2 Forma dat esse reí, adagio relacionado con las teorías aristotélicas: Física, libre
II. 193b; Metafísica, libro VI, 1.041b. Estas referencias nos han sido amablemente
facilitadas por M Toumon (Universidad de Provenza, U E R , A rte s . Letras, Expre
sión). según el cual, sin embargo, no sería necesario ver en tal fórmula esbozo a!
guno de estructuralismo

18
animada por un espíritu cósmico, tiende a acercarse a un conoci­
miento más perfecto, a lo largo de un camino en el que el único obs­
táculo es la densidad de lo material.
Mas el monstruo ofrece una imagen distorsionada del orden an­
tedicho; es a la vez misterio y mixtificación. Desconcierta, y con­
forme el universo se halla más organizado y más jerárquicamente
justificado, el problema planteado por el monstruo es más acucian­
te. No bastan las explicaciones: el enigma exige ser descifrado.
¿Cómo acercarse a él, en una primera aproximación? La
tentativa inicial no puede consistir en justificar tal desorden, sino
en entregarse con placer y confianza al juego propuesto por la na­
turaleza a través del monstruo:

Hec atque talia ex hominum genere ludibria sibi nobis miracula in­
geniosa fecit natura ad detegendam eius potentiam sequentes gentes ín­
ter prodigia ponere libuit3.

(«Todas esas criaturas relacionadas con el género humano, diversio­


nes para ella y milagros para nosotros, las ha producido la ingeniosa
naturaleza para que nosotros podamos descubrir su poder: he aquí
por qué le ha placido situar esas razas anexas entre los prodigios»).

La Naturaleza se divierte: el monstruo no constituye, a priori,


una negación o una duda del orden que ella ha instaurado, sino la
prueba de su poder. Los cuatro elementos —fuego, aire. agua,
tierra— no pueden aislarse uno de otro, y ello hasta el punto de
que cada uno de ellos lleva en sí cualidades de los otros, lo que per­
mite las transmutaciones. En un sistema de oposiciones, incluso,
hay puntos de contacto entre los varios elementos. Por lo tanto, ¿es
concebible que el orden pueda prescindir de su contrario, el desor­
den, para testimoniar su poder y para revelar su propio misterio?
Si como ha dicho M. Foucault. «el mundo se enrosca sobre sí mis­
mo»4, la circularidad sería el carácter dominante de la actividad
universal, así como el de la actividad intelectual que se dedica a des­
cifrarla, a describirla o a comentarla.

El u n iv e r s o d e l a s f o r m a s

El todopoderoso círculo, en efecto, se afirma tanto en el ámbi­


to de las formas como en el del pensamiento. El universo es circu­
lar, como lo atestigua el sistema de las nueve esferas insertadas en
un orden inmutable; la tierra se halla en su centro, y viene a ser

3 Hartmann Schedcl, Chronica Mundt (Augsburgo, 1497), «Secunda Etas Mun-


di», fol. XII.
4 M. Foucault. Les Mots el les choses, cap II, p. 32.

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co m o la yem a del huevo, según im aginaron m uchos a u to re s m e d ie ­
v ales, en tre ellos Beda el Venerable:

La tierra es un elemento situado en el centro del mundo; está en el


centro como la yema lo está en el huevo; en torno a la tierra está
el agua, como en tomo a la yema del huevo está la clara; en tomo
al agua está el aire, como en torno a la clara del huevo está la mem­
brana que lo encierra; y todo ello está rodeado por el fuego, del mis­
mo modo que la cáscara en el huevo. Así, la tierra está situada en
el centro del mundo, soportando sobre sí todos los pesos5.

Se han dado a la tierra las form as más so rp re n d e n te s . Cosm as


Indicopleustes, viajero egipcio que escribía en el siglo V I d e nues­
tra era, asegura, con un fanatismo im penitente, q u e

el tabernáculo de Moisés es la verdadera imagen del mundo, que la


tierra es cuadrada y que está encerrada por el sol, la luna y los de­
más astros en una especie de jaula o de enorme cofre oblongo, cuya
parte superior está formada por un doble cielo6.

Cosmas rechaza con violencia cualquier o tra p o sib le idea del


mundo, ya que sólo la del tabernáculo de M oisés es co n fo rm e con
las Escrituras; todas las dem ás posibilidades no son sino el produc­
to de espíritus orgullosos que buscan una inútil gloria p erso n al fue­
ra de los caminos de la verdad; un cristiano, y co n m a y o r razón la
propia Iglesia, debe execrarlos. Tam bién en el siglo V I Prisciano
imagina la tierra en forma de honda, y en el siglo IX e l mapam undi
de Asaph ofrece análoga concepción.
Es posible ser asaltado por la p erplejidad a n te la enum eración
que en su prefacio a la Ymago M undi de P. d ’A illy h ace Edmond
Buron: «la tierra ha sido sucesivam ente re p re se n ta d a con figuras
cuadradas, oblicuas, triangulares, ovaladas; co n sem icírculos; en
clám ide». Los dibujos que acom pañan dicho te x to so n extrem ada­
m ente sumarios y no ofrecen claridad alguna. N o es indispensable
profundizar en esta cuestión porque in teresa no ta n to p re se n ta r esas
form as como comprender sus relaciones con las e stru c tu ra s menta­
les; de m om ento, ha de bastarnos m encionar tales fo rm as e imagi­
n a r la confusión que podía reinar en este o rd e n de ideas. Pues si
E . B uron se dedica a ofrecernos este vértigo g e o m étrico , crea al
m ism o tiem po la ilusión de un orden cronológico: tales form as no
h an sido creadas de modo «sucesivo»; en su m ay o ría h a n coexistido
d u ra n te siglos. No todas conocieron igual é x ito ..., p e ro significaría
tra ic io n a r el espíritu de la cosm ografía m edieval su p o n e r que en al
gún m om ento se puso una junto a o tra acu d ien d o al pretexto de

5 B eda, libro IV , De elementis Philosophia, p. 225. (citado p o r S am aro n , t


6 E d o u ard C harto n , Voyageurs anciens et m odernes (P arís, 1855), t. II. p

20
& cbbm ean a quáicc^

p ie rvie n e k n r r f t r c p * r (je n m d o n * C r r f r cy a foobnk / n i l i p f r r ^ tln r d k <ñ coma**


• o irm d rc a r t fo n * d c ñ r m u í te re * de r t * > m leiord ¿ \ pdwfieíHdk.lCerfctHef1•<*?«'
k w . E m ff q t U d ? *k - * d i fc4c fl r td n r td a k w fl rxnoyc er p*nfk k i me lufre* e n tro
c tftc c fr í ia f r d r 9m c r*c io n a d r c c n fc n ttl onl a be facer oó w t.rr ft cril a» para fl rfe
o n f i co m m c f l tp p rrT trd c ó e fo ft r * n o c t r f m d oo ffi d fe fo n p ir f i c b i k v m iw flor
q a d k ifo n r e n g e n d re n k * n y n r i p * r |« ter fe t x f ñ * ix irprtke porni rt ix perf rim# be
n é l i d ¡> ilm r o e (c 4n lJ lw É n r(t> « k w d 1 fon ix 'ii-H V irr^Hrf la cintrar «fl M kérfoyf
d n w v « a c rrte r f ■ ulcuncfoy • c m fc oc c o l ctafc (xaviaroan rf n i p*i p fi m ore mil*
ra p o o n f i tóme fl « p e m oa m fro o r ir d in t q u i p ir K ddm r fi commr rf i f p m m m g e n tic
« t W b tip p o e r c « « fe be >• < t> « k » 4 -rtm » ¿ < f Me quf cf\ aic*Hr qd fe prrt «T fe ccunk p«r l«
r iy o O c liir q u ifo n e b r tfiq O c fJ u i k i n l a r i ctn lnr q*t fí enfrnckr. tCc rrtinef I» rpikar
tKK rre fc k f U c tw k n r f i r tm ifw le í d > o ft» be rft ri*fr be kgfcm r be fi ni rwrffcdntr il ip
f l b » l to c e C tlk i be l if f n i / f i co m m r ti le p a re pert n g rtln t et en tóate» cb cfri qaf forte pf*
q u in e U c tx k u r m onee be h n 01 c6 íegkrn pune dk* (Míe fo ^ x in pie itn lrrr
o a tflt U fe rre en n w e rln n re n tir a l« r «a aerlk* nertofene tHwnf. *>r retfrief nxnf li
fe n p ( • rrc tw e f U c tH k w . f l * * " o llc cpiknr oom f en ynr epofr mrtflt eik f
• ir fa iie fo y * I r * c tM e -i t w r i f l c-onm w d ip q drt me fomttqté ron k coipu Done i M pío*
p c it be -m g o c o fq *< e ft r ie r a lo cd b e f i n a t kgfcr.'rt Ot cr rknr qor rng f<*p* n f <0 pie»
re q it rfl o x ir r t p ie I * d > a k w en fe iJ O * m k p t r qm ootnt J <fi m o l pour k ct>«knr 1 lef
c t> k f l« d ftla r U f i * * é a s x fo y s k a c fá r w prrte qik rft c ir o Y r x i« nrondokOacorp*
SrvflctaffpcffttóronrirtrndrrtafcmtinL rff n r x ñ p i i otico»pi moje «o re e ywne w f
t»/ ft comme d ipperT ewU gbct qaf tfi p v fle fi qor nooi faenmei p k » k(pcr« «pte» mtyer

Fig. I. Barthélemy de Glandeville: Le propiétaire en francoys (Toulousc, H.


Meyer, 1494; m folio), p. C5. Fotografía de la Biblioteca Nacional de París.

21
B x s b m m é q u tiK i.
que eran demasiado fantásticas para p o d er hacer o tra c o sa . Pasan
las centurias, pero nadie se siente obligado a m a rc h a r al ritm o del
tiem po; así, en el siglo XIII, R obert de S ain t-M arien d A u x e rre y
Gervais de Tilbury dan al m undo form a c u a d ra d a , c o m o lo había
hecho Rábano Mauro en el IX , es decir, c u a tro c ie n to s a ñ o s antes.
La mirada no nos lleva hacia un p resen te o h acia un fu tu r o de
descubrimientos que permitan hacer un corte o e leg ir e n tre la m ás
ajustada de las formas posibles, sino hacia las e s tru c tu ra s p e trific a ­
das del pasado. Algunos m apam undis, si bien c o n c e b ía n la tierra
como redonda o esférica, la inscribían en un c u a d ra d o co n o b je to
de estar de acuerdo con la palabra bíblica, según la c u al los ángeles
anuncian la hora del juicio final en las cu atro e sq u in a s del u n iv e r­
so: «Emittet angelos suos cum tuba et voce m ag n a et con g reg ab it
a quattour angulis terrae»7. Por o tro lado, tal re p re se n ta c ió n se h a ­
lla en armonía con el simbolismo universal del círcu lo — figuración
de lo increado, de lo trascendente— y con el c u a d ra d o , q u e desig­
na el universo creado: la asociación de am bas fig u ras sim b o liza «dos
aspectos fundamentales de Dios: la unidad y la m anifestación
divina»8.
Resulta difícil imaginar hasta qué p u nto los co sm ó g rafo s su frie­
ron para representar la tierra com o un volum en; el p ro p io C olón,
para quien la tierra no era cuadrada, se d e ja d e cir e n c ie rto m o­
mento que «por los cuatro costados, nu estra tie rra h a b ita b le e stá ro­
deada por una tierra desconocida»9. U na in creíb le d ificu ltad para
representar la tierra de modo concreto b a jo la fo rm a de un volu­
men esférico —como lo admitía teó ricam en te— llevó a C o ló n a re­
fugiarse, espontánea e involuntariam ente10, en u n a visión plana y
cuadrada, traicionada por las palabras utilizadas. E llo p o d ía prove­
nir en parte, acaso, del hecho de que los m ap am u n d is m edievales
son representaciones «planas» del universo; no ex istían sin o esca­
sas esferas: la de Nicolás O resm e11, del siglo X IV , te n ía pocos
antecedentes.
Ninguna de las formas de la tie rra era c o n sid e ra d a co m o «im
posible», e incluso a fines del propio siglo X V a p a re c e n conjeturas
tan sorprendentes para nosotros com o las de la m ás an tig u a Edad
Media. Cristóbal Colón, quien pese a las fantasías exp resiv as seña­
ladas poco más arriba no d u daba de la esfericid ad de la tie rra , se

7 Maleo, 24.31: «El cual enviará sus ángeles, que a voz de tro m p eta so nora, con­
gregarán a sus escogidos de las cuatro partes dei m undo, desde el uno al otro ex­
tremo del ciclo*
8 Dictionnaire des symboles. artículo «Carré» (« C u ad rado»), p. 141.
* En Fierre d'A illy, t. III, apostilla 664, p. 623.
10 Esta frase es una nota escrita al m argen de la Ym ago M undi de d'A illy: se fc
puede conceder una espontaneidad cuya intensidad no sería la m ism a inserta en u«'
cuadro más elaborado.
11 Sin duda inspirada en una esfera de A ristóteles o de G uillaum e Fillastre. se­
gún los concilios de Pisa y Constanza. Tam bién G crb crt se servía d e una esfera para
sus enseñanzas en Reims.
im a g in a a é sta de una form a bien particular en verdad: com o una
p e r a , p o rq u e el P araíso T errenal (que según m uchos autores está
e n la p a r te m ás a lta del plan eta) constituye una especie de hincha­
z ó n a n á lo g a a la q u e ofrece la pera en la base del pedúnculo.
E l p a ra ís o es el p u n to m ás alto de la tierra; para llegar hasta él
es p re c is o a s c e n d e r, y a causa de su altura es por lo que escapó ai
d ilu v io . T al id e a estu v o m uy extendida, pero en general, no dio lu­
g a r a e sp e c u la c io n e s so b re la form a de la tierra com o las hechas
p o r C o ló n .
C o n to d o , se ría in ju sto p en sar que la E dad M edia sólo ofrecía
v isio n e s sim p lista s de la tie rra y del universo; a lo largo de los si­
g lo s h a y n u m e ro s o s y anim osos espíritus que proclam an la esferici­
d a d d e la tie rra : N icolás O resm e. Sacrobosco. R oger B acon, por
no c ita r sin o los m ás fam osos, com pusieron tratados que gozaron
de a m p lia d ifu sió n . D e Sphaera. de Sacrobosco, fue una obra utili­
z a d a c o m o m an u a l h a sta finales del siglo X V II, y publicada todavía
e n 1656; só lo del X V conocem os veinticuatro ediciones. En cuanto
a P ie rre d ’A illy, se a d e la n ta a C opérnico en defen d er la idea de que
la tie r ra y los a stro s giran a lre d ed o r del sol, y no al contrario. /
Si la co e x isten c ia y la sim ultaneidad de las varias teorías es algo A
d e s c o n c e r ta n te , lo es m ucho m ás la am bigüedad que a m enudo e n - 1
c ie rra n . E n ig m a s in q u ie ta n te s, com o el de la ex trañ a «esfera» que I
a p a re c e p in ta d a en la p a rte ex te rio r de los p a n e le s12 que cierran el \ ^
tríp tic o d e E l ja rd ín d e las delicias del Bosco.
A h í, la tie rra es re p re se n ta d a com o un disco plano en el que se
a d iv in a n u n a s fo rm a s angulosas, quizá rocas o plantas, sin vida ani­
m al o h u m a n a : ¿se tra ta de la tie rra después del diluvio? ¿del m un­
d o e n el te r c e r día de la creació n , todavía sin anim ales? La cues­
tió n n o h a sid o d ilu c id a d a , ni tam p o c o , p o r el m o m en to , nos in te­
r e s a 13. El c ita d o disco se inscribe en una esfera translúcida; volu­
m e n y tra n s p a re n c ia q u e d a n sugeridos y reflejados en el panel de
la iz q u ie rd a . E l b o rd e inferior del disco te rre stre perfila con los con­
to rn o s d e la se m ie sfe ra tam bién in ferio r u na superficie en form a de
m e d ia lu n a , u n ifo rm e m e n te grisácea. El volum en su p e rio r de la e s­
fe ra lo o c u p a un cielo to rm e n to so , n uboso en to d o caso.
L a a m b ig ü e d a d de esta figuración p ro v ien e de la necesidad de
r e p r e s e n ta r u n a su perficie te rre s tre p la n a , tal com o la vivim os co­
tid ia n a m e n te , sin p a sa r p o r re p re se n ta c io n e s g e o m é tric as a b stra c ­
ta s , y d e la n e c e s id a d ta m b ié n , sin e m b a rg o , de d a r una id ea de la
e s fe ric id a d d el u n iv erso : el efe c to de tra n sp a re n c ia y de volum en o b ­
te n id o g ra c ia s a los reflejo s sim ula una e sfera de vidrio. La im p re ­
sió n d e a lg o in m a te ria l así c re a d a recoge la am b ig ü e d ad nacida del

12 Se trata de los paneles de la derecha y de la izquierda, que se cierran sobre


c1<-n*ríll- C uando el tríptico está cerrado es cuando puede verse la -esfera-.
1 El panel de la derecha lleva la siguiente inscripción. «Ipse dixit et factum íuit-.
Y el de la izquierda: «Ipsc nominavit et creata fuit». Ello favorece la tesis de que
se trata de una creación.

23
c h o q u e d e la percepción in m e d ia ta c o n la a b s tr a c c ió n d e la s fo rm a s
d e l u n iv e rso .
Si la visión del universo es so b re to d o c ir c u la r , e llo h o e x c lu y e
la p o sib ilid a d d e una o rg an izació n e n t o r n o a u n e j e v e rtic a l.
A s í, la e sfera tran sp aren te del B o sc o se c o m p o n e d e d o s s e m ie s fe -
r a s u n id a s p o r un eje co m p u esto p o r el d o b le z d e d o s p a n e l e s . Los
c írc u lo s o esferas concéntricas del u n iv e rs o r e p r e s e n t a d o p o r P ie rre
d ’A illy e stán atravesados p o r u n e je v e rtic a l, lla m a d o « e je d e la
tie r r a * , que va del uno al o tro p o lo . L a m is m a n o c ió n d e e je tie n e
u n a im p o rtan cia p rim ordial. E l itin e ra rio d e D a n t e , p a r a q u ie n el
m u n d o es efectivam ente u n a se rie d e « c írc u lo s» c o n c é n t r i c o s 14, se
e fe c tú a siguiendo prim ero u n m o v im ie n to d e s c e n d e n te y d e s p u é s as­
c e n d e n te . El Infierno tiene u n e je v e rtic a l q u e n o e s o t r o q u e e l p r o ­
p io c u erp o de S atán. C u a n d o d e sp u é s d e h a b e r v is ita d o to d o s los
círculos infernales D an te y V irgilio a b a n d o n a n a q u e llo s lu g a r e s , el
p rim e ro se aferra con am b o s b ra z o s a su g u ía y d e s c ie n d e n h a s ta la
c a d e ra de Satán p a ra , tra s g ira r s o b re sí m is m o s , t r e p a r a lo largo
de los m uslos. C u an d o lo g ran salir y m ie n tr a s d e s c a n s a n e n una
ro ca, D a n te m ira en to rn o suyo y ve al D e m o n io « p a ta s a r r i b a » 15.
A n te la so rp resa de D a n te , V irg ilio le e x p lic a q u e d e s c e n d ie n d o a

(lo largo del c u erp o de S a tá n h an lle g a d o al o tr o h e m is f e r io , d e s d e


el q u e se ve al D em onio en p o sició n in v e rtid a . E l c e n t r o d e la tie r r a
es, p o r así decir, el o m bligo d e S a tá n , y s u c u e r p o , e l e j e del
7 Infierno.
D e igual m odo que ha d e sc e n d id o d e c írc u lo e n c ír c u lo , D a n te
sube d e cielo en cielo h asta el n o v e n o ; u n a v e z a llí, se d a la v u e lta
y co n tem p la las «bóvedas v o la n te s» q u e g ira n e n t o r n o a u n c e n tr o
refu lgente: la T ie rra . P o d ría d e c irse q u e n o h a y u n e je e x a c t a m e n ­
te v ertical, y q ue el ascenso s e ría fa c tib le d e m o d o o b lic u o . E n r e a ­
lidad, la verticalid ad e s a q u í m á s e s p iritu a l q u e m a te r ia l:

mas las vueltas son m ás divinizadas


en el m undo sensible, en la m edida
en que del centro se hallan a le ja d a s16.

14 E l In fie rn o c o n sta de n u ev e c írc u lo s, al ig u al q u e el P a ra ís o y el m u n d o de


Las nuev e e sfe ra s, e n cuyo c e n tro se e n c u e n tra la tie rra . E s ta e s tr u c tu r a es vivida
p o r D a n te in te n sa , físicam ente: su v ig o ro so le n g u a je lo a te s tig u a a c a d a instante
15 In fie rn o , c a n to X X X IV , w . 88-90:
¡o levai gli occhi, e credetti vedere
L u c ífe ro c o m 'io i'avea lasciato
e vidili le g a m b e in su ten ere.
T e x to ita lia n o según la Societá D antesca Italiana. (L a tra d u c c ió n c a s te lla n a de éste
y d e lo s d e m á s frag m en to s de D a n te , seg ú n la m e n c io n a d a e n la n o ta bibliográfica
d e l tr a d u c to r ) .
16 P a ra ís o , c a n to X X V III, w . 49-51:
S i a n el m o n d o sen sib ile si p u o te
veder le volte tan to p iu d ivin e,
q u a n t’elle so n da l cen tro p iu rem ó te.

24
El últim o cielo, el noveno, previo al Em píreo, el que asegura el
m ovim iento del universo, es el más perfecto, ya que es el am or di­
vino el que lo m ueve.
E n c u a n to a los otros nueve círculos del Paraíso, es más perfec­
to el q ue se encuentra más próximo a) centro del que «toma su ser»;
a este últim o círculo del Paraíso corresponde el último del univer­
so físico:

éste, pues, que arrebata al peso grave


de todo el universo, pertenece
al cerco que más ama y que más sabe17.

C ada universo de las esferas responde a otro como su homólo­


go o su contrario, y cada uno se organiza, al igual que el conjunto,
según una jerarquía vertical.
M ijail Bajtin considera que tal jerarquización es lo verdadera­
m ente medieval:

Lo que caracteriza al cuadro del cosmos en la Edad Media es la gra- ^


duacíón de los valores en el espacio; los grados espaciales que iban .
de lo bajo a lo alto correspondía rigurosamente a los grados de valor <*
(...) Los conceptos e imágenes relativos a lo alto y lo bajo, su ex- i
presión en el espacio y en la escala de valores, eran consustanciales I
al hombre de la Edad Media18. y*

C ierta representación gráfica ilustra de modo notable la doble


estructuración del espíritu medieval, a la vez circular y vertical, una
imagen que ha servido como figuración de la tierra más a menudo
que otras; su frecuencia y su aspecto especialmente curioso han he­
cho que se designe tal representación con la fórmula «Mapas T.O.».
La tierra es un círculo en el cual se inscribe la T, figuración geo­
m étrica de tres mares: el Mediterráneo (indicado por el trazo ver­
tical de la T), el Helesponto y el Mare Indicum (que comparten el
trazo horizontal). El nombre del Mediterráneo no varía, pero los
otros dos m ares cambian con frecuencia; un ejemplo de ello puede
verse en los mapas de Honorio d'Autun, que insertamos a conti­
nuación (figs. 2 y 3).
La cruz sirve de eje de la tierra, como es eje del mundo el árbol
invisible en torno al cual se despliega la espiral de la serpiente que
aparece en un extraordinario grabado de las Geórgicas (fig. 4). En
cuanto a la posición del hombre en el universo, varía poco durante

17 Paraíso, loe. cit., w . 70-72:


Dunque costui che lutto quanto rape
l'altro universo seco, cornsponde
al cerchio che piú ama e che piú sape.
18 Mijail Bajtin, La cultura popular en (a Edad Media y en el Renacimiento, p.
328. (En la traducción castellana por mí utilizada parece una notable errata, que he
corregido: «grandes espaciales» por «grados espaciales». Nota del Traductor).

25
I

la Edad M edia, y p o d ría defin irse así: el h o m b r e e s tá e n e l c e n tro


del m undo físico (fío n u m F in itu m ). e n el p u n to d e c o n v e r g e n c ia de
v todos los elem entos, en el c e n tro d e los c írc u lo s ; se e n c u e n t r a tam -
1 bien equidistante del universo d el M al — lu g a r d e l f u e g o o s c u r o \
I de tem pestades abism ales— y del c írc u lo d e l B ie n A b s o l u to (fío-
1 num ¡nfinitum ), lugar del fuego lu m in o s o , s e d e d e D io s . M u n d o s
? Archetypus.
Si el ser hum ano está situ ad o de m o d o d e f in itiv o e n el u n iv erso
(fig. 5), y si en este vasto d o m in io , p u r a m e n te im a g in a d o e n sum a,
su lugar no se presta a confusión, no o c u rre lo m is m o c u a n d o se tra ­
ta de precisar cuál es el que o c u p a e n e l e s p a c io te rre s tre .
E n efecto , el m undo era m uy m al c o n o c id o . A u n q u e la p e n ín ­
sula hindú y las islas del O c é a n o In d ic o f u e r a n f r e c u e n ta d a s por
a lg u n o s v iaje ro s y co m ercian tes, eran te r r ito r io s p o b r e m e n te r e p r e ­
se n ta d o s. Se desco n o cían las costas ú ltim a s d e C a t a y , y n o se sabía
d ó n d e « te rm in a b a » el m undo p o r O rie n te .
A fric a no e ra co n o cid a sino hasta los lím ite s im p u e s to s p o r el
A tla s; se ig n o ra b a to d o acerca de las fu e n te s d e l N ilo . e n to rn o a
lo cual se p ro p a g a b a n c o n je tu ra s fa n tá stic a s; se s u p o n ía q u e A frica
e ra un c o n tin e n te m uy p e q u e ñ o s itu a d o t o d o é l a q u e n d e el e c u a ­
d o r, en n u e s tro h e m is fe rio , y n o se su p o n a d a d e s u s c o s ta s occi­
d e n ta le s h a sta las n a v e g a c io n e s p o r tu g u e s a s , h a c ia 1434.
N o se so sp e c h a b a q u e p u d ie ra e x istir o t r o c o n ti n e n te « e n tre las
c o stas o c c id e n ta le s de E s p a ñ a y las c o s ta s o r ie n t a l e s d e la India»:
e sta «laguna» explica q u e C o ló n no q u is ie ra r e c o n o c e r n u n c a haber
d e sc u b ie rto un « n u ev o m u n d o » .
M ás allá d e G a d e s . «la p u e r ta d e l m u n d o » , se s u p o n ía la exis­
te n c ia de las islas A fo rtu n a d a s , la d e S an B a r a n d á n . u o t r a s no m e­
n o s m ític a s, h a lla d a s u n a vez p a ra ja m á s v o lv e r a e n c o n tra rla s
E n c u a n to a las reg io n e s á rtic a s , h a b ía n s id o e x p lo r a d a s hasta
el M a r B la n c o , p e ro se tra ta b a m á s b ie n d e c o n o c im ie n to s d e ma

26
©cojgicowin

c J t m o .A V cw n p » < a * lo feríW D u n d if j ü t m í»
difimiam*: M m i daet-r Calcáreo errtls dimenfum partibus orbem du.P i!' pie» q
rO típmfi Se. horaria. N S d io uí (ig n a v f duodena
fldfTO m rfu i wurfuíi|i.
per duodena rt^u fotaurnis aft n . alba.De h» ibi lupmua
M an o libro i.dt p a iiiil.ib i.Q u a loe* E n *
fom fcnhiO .moderatut a o o íit rr . > Reaic o r
cma difliim&ic. N S fpa* W . A . Perduodfa abra.
c » cma diftimoo eft d C m i» pamb*. A . I > g n » *o Sol * m (v t Pti lib .li r v i.d o c r il p la n n a u i medí* frr( ana
n u mtfllrjru r [> m m (u m p n o b 'o il'i 8 Anno dm< pldTima m agnitud me ac p tJ c r n r t trporii m fi mrarifcc*.
fum in rjtuoi rp j- Se xii.íwna re.*», meóle» acapím*. Kdfiderii r o l ipíorum cp reetor: h x lu e í reb* m in if t n r :
í Ouoxlm » m ilJi alb a .A A llí» míidi dun qi z o d u ' a ukrtqi cm ebradue rcfcqua M r t » oeeukat: h « v k i »
«u t orcoluí-dk vit*:rt iníum m o <flo<M q vete mfuf'vo lempoi* annfup lem p euanefeentí n vta naturf «íperat.
citui q uí f gnu diuiíum vrl dilbm.'Jüvidcro'.i'linluacj hKC(li uiíiiaidifcuDcauj euS nubil* hoam ajumi íart

Fig. 4. Virgilio: Opera (Estrasburgo, J Gruninger, 1502; in folio), p XL1X ver­


so. Fotografía de la Biblioteca Nacional de París.

27
M 0 N 0 K 11

I'ig. 2
*; »g 3
(Bcojgicowiu
r i n o s y d e p e sc a d o re s a n te s q u e d e g e ó g ra fo s : a llí f u e r o n situ a d a s
v a r i a s islas fa b u lo sa s, p a ra o c u p a r el e s p a c io y e l e s p í r i t u .
L o s p ro g re s o s e n el c o n o c im ie n to d e la t i e r r a c h o c a b a n c o n d o s
o b s tá c u lo s in su p e ra b le s. E x c e p to e l M e d i te r r á n e o y s u s a n e j o s , una
p a r t e d e l O c é a n o In d ico y las a g u a s q u e b a ñ a n lo s p a ís e s d e l n o rte,
n o s e so s p e c h a b a n a d a d el siste m a d e l c o n ju n t o m a r i n o ; p o r otro
l a d o , la s tie rra s del h e m isfe rio s u r e ra n c a si d e s c o n o c i d a s , au n q u e
a lg u n o s n a v e g a n te s h u b ie se n c o n s ta ta d o a lg u n a v e z q u e a p a r t i r de
t a l o cu al p u n to d el O c é a n o In d ic o el f ir m a m e n to n o e r a e l m ism o,
q u e c ie rta s co n stelacio n es h a b ía n d e s a p a r e c id o , q u e o t r a s habían
c a m b ia d o de lugar y q u e el m o v im ie n to d e l so l ta m p o c o e r a ig u a l19.
E l h em isferio su r p la n te a un p r o b le m a e s p in o s o : ¿ e s tá h a b ita ­
d o , y e n tal caso , p o r se res h u m a n o s ? L o s c o n o c im ie n to s g e o g rá fi­
c o s d e la época no p e rm itía n o tra c o sa s q u e h ip ó te s is d e l o r d e n de
n u e s tr a science-fiction *.
V a ria s teo rías se e n fre n ta b a n e n tr e sí. U n a s p r e t e n d í a n q u e to d o
el h em isferio su r e sta b a c u b ie rto p o r las a g u a s ; o t r a s , m á s m atiza­
d a s, afirm ab an q u e te n ía m u ch a a g u a , e sc a sa t ie r r a y u n firm a m e n ­
to m uy p o b re en c o m p a rac ió n co n el d e l n o r te . E s la o p in ió n de
D a n te , p a ra q u ien el h em isferio su r es c o m o « u n n a tu r a l p a s a je con

Ii su elo d u ro y con cla ro r m ez q u in o » 20. O tr a s o p in io n e s , e n fin, su-


I g ieren que dicho h em isferio p o d ría se r u n a r é p lic a d e l nuestro
T ales c o n je tu ra s, sin e m b a rg o , tr o p e z a b a n e n to d o m o m e n t o
I con el p ro b lem a de la zona in te rm e d ia , la c u a l f o r m a b a c o m o u n a
especie de «tam pón» — c o n sid erad o in fra n q u e a b le -— e n tr e los dos
hem isferios. Se la llam aba «zona tó rrid a » , y m u y a m e n u d o s e la
re p re se n ta b a cu b ierta p or aguas n o n a v e g a b le s , a c a u s a d e l e x c e s i­
vo calor. N o faltab a q u ien , com o P ie rre d ’A illy , la c o n s id e ra b a a si­
m ism o « tó rrid a» , p ero sin agua; o tro s , e n fin , p o r c o n tr a s te c o n los
a n te rio re s, ia im aginaban te m p la d a , y lle g a b a n a a fir m a r q u e e r a el
lugar del p rim er E d é n 21.

Se tr a ta d e u n a c o n s ta ta c ió n p u r a m e n te e m p ír ic a : u n o b s e r v a d o r s itu a d o en
el h e m is fe rio n o r te y m ir a n d o h a c ia e l s u r . v e al s o l l e v a n ta r s e p o r su iz q u ie rd a >
p o n e rs e p o r su d e r e c h a ; o t r o , s itu a d o e n e l h e m is f e r io s u r . h a b r á d e m ir a r hacia el
n o rte p a r a te n e r al so l fr e n te a sí y v e rle s a lir p o r la d e r e c h a y p o n e r s e p o r la \i
q u ie r d a . P u e d e v e rse u n a e x te n s a d is e r ta c ió n s o b r e e s te a s u n t o e n M andeville
(c a p 2 0 ). S u s c o n s id e r a c io n e s s o n casi in c o m p r e n s ib le s , p u e s a p a r e c e n e n u n a cas
c a d a d e m e d ia c io n e s e n g ra d o s y m in u to s (« m in u s» o « m e n u tz » ) r e f e r id a s a la posi­
c ió n d e v a ria s e s tre lla s . T a le s m e d ic io n e s so n o p u r a f a n ta s ía o p u r a c ie n c ia : a los
a s tr ó n o m o s le s to c a d e c id ir.
* E n in g lé s e n e l o rig in a l ( N o ta d e l T r a d u c to r ) .
20 I n f ie r n o , c a n to X X X IV , w . 98-99:
...n a tu r a l b u rella
c h 'a v e a m a l su o lo e di lu m e d isa g io .
21 A e s te r e s p e c to , h a y e n P d ’A illy u n d iv e r tid o p a s a je q u e d a u n a b u e n a ideJ
d e l e m b r o l l o d e te o r ía s e n q u e se d e b a tía n los c o s m ó g ra fo s . D ic h o fra g m e n to figur *
e n u n c a p í t u l o titu la d o « E l d ie c ise isa v o c a p ítu lo , q u e c o n tin u a n d o la ex p o sic ió n dd
p r c c c c i e n t c , d is ip a a lg u n a s o sc u rid a d e s» (P r e m ie r T ra ité d e la C o sm o g ra p h K
c a p 16 t. I I I , p . 6 4 7 ). D e s d e e s ta p e rs p e c tiv a e sc la re c e d o ra e s c o m o el te x to ofre&
t o d o su s a b o r:
LlBRi.VlI. TRACTATV’S .f-

S2 ver-
Fig. 5 . RciscK: M a ,S*ri,a Phifoiophica ( E ^ » u r g o . J Scho». .504). P-
F o to g ra fía de la B iblioteca Naciona

29
E n to d o caso y puesto que esta z o n a , c u a le s q u ie r a q u e s e a n sus
c u a lid a d e s clim áticas, no es fra n q u e a b le , el h e m is f e r io s u r e s tá ri­
g u ro sam en te aislado del nuestro. A d m ita m o s q u e h a y a e n é l tie rra s
h a b ita d a s: el problem a es c o n sid e ra d o p o r S a n A g u s tín e n el
L ib ro X V I, capítulo IX , de La ciudad de D io s; p a r a lo s a u t o r e s m e­
d iev ales resulta im posible olvidar este te x to . S e d ic e q u e la p a la b ra
d e D io s fue predicada en el universo entero. M a s c o m o la z o n a tó rri­
d a es inaccesible, esa palabra no p u d o lle g a r a lo s e v e n tu a le s h a b i­
ta n te s del hem isferio contrario del n u e s tro . P o r lo t a n t o , n o puede
adm itirse que existan allí seres h u m a n o s p o r la s e n c illa ra z ó n de
q u e si así fuera serían víctim as de u n a in ju s tic ia m o n u m e n ta l, al no
p o d e r estar «sujetos a la Iglesia de R o m a » 22. L a a r g u m e n ta c ió n es
p erentoria: el m undo está dividido e n tre c ris tia n o s e « in fie le s» , y
n o es concebible que pueda h a b e r o tra c a te g o ría d e g e n te s n o cris­
tianas (no culpables de su paganism o) en n u e s tr a tie r r a , e n tre g a d a
al combate entre el Bien y el M al.
Como consecuencia, si tales tie rra s e x iste n , d e b e n e s ta r d e sh a ­
bitadas o, por el co ntrario — y ello es lo m ás c ó m o d o — e s preciso
admitir que, en efecto, no existen.
En el caso de que no se d escarte la a rg u m e n ta c ió n te o ló g ic a de
t San A gustín, es difícil sostener sin re stric cio n e s la id e a d e q u e el he-
m misterio sur esté habitado. P ierre d ’A b a n o se lib e r a , e n el siglo
1 X IU, de tal problem a gracias a u n a p iru e ta b e lla e n verdad

Se puede objetar que estas partes de la tierra estén h ab itad as, y (que)
tal opinión no estaría en contradicción con la de A ristóteles, quien
creía que estaban deshabitadas a causa del excesivo calor, porque
una gran porción de estas regiones (nótese bien) se halla ocupada
por los mares, y quienes habitan en los trópicos o en sus proxim ida­
des viven, por así decirlo, de una m anera extrao rd in aria* .

D ’A b an o invita, en sum a, a los p a rtid a rio s d e la in h ab itab ili­


d a d , a hacer dos pequeñas concesiones q u e — se c a p ta la insinúa
ción— no les costaría mucho adm itir. L a p rim e ra c o n sis te en una
ligera alteración de la idea de que el h e m isfe rio s u r se h a lla total

«Avicena enseña en su décim o libro de los A n im a le s y en el p rim e ro del Ar¡<


de la Medicina que estos parajes son los m ás te m p la d o s. D e tal hecho, har
concluido algunos teólogos que el p araíso d eb e e sta r a llí, e n c ie rta montará
situada en la parte oriental. C ualquiera q u e sea la o p in ió n d e A viccna y de
los teólogos tocante a esta región p re te n d id a m e n te m u y te m p la d a , es sin env
b arg o verosímil la afirmación de T o lo m eo , q u ie n so stie n e q u e esto s lugarí'
son b astante tem plados por los razonables m otivos q u e A v icen a alega por
p a rte en apoyo de una opinión contraria».
E l te x to latin o dice, «quas in contrarium A vicenna cgregie assignat» (« q u e Avicen-'
u tiliz a n o ta b le m e n te para probar lo con trario » ). L o q u e a q u í no s in te re sa es el
b ro s o sesgo de d ’Ailly: Avicena y T olom eo p ru e b a n do s o p in io n e s co n trarías co<|
a y u d a d e los m ism os argum entos. Piénsese, d esp u és de e s to , en la p erp lejid ad de
le c to r, sea m edieval o m oderno.
22 N ico lás O rc sm c , L'espére, cap. X X X , en Y M , t. I , p. 200.
23 C ita d o p o r S an tarem , t. 1, p. 88.
m ente ocupado por las aguas: si hay tierras, son tan escasas que no
vale la pena ocuparse de ellas. La segunda consiste en aceptar que
si hay criaturas en tales lugares son tan «extraordinarias» que se
ap artan por com pleto de los parám etros en que aplicamos nuestro
razonam iento: son extravagancias que bien pueden ignorarse.
D e este m odo, la tierra pertenece casi por completo al hombre.
Las aguas quedan relegadas a las zonas en que menos molestan. El
océano, por ejem plo, es enviado a la periferia del universo, y ello
sucedía ya en tiem pos de H om ero, lo cual podía satisfacer a los más
ardientes partidarios de la tradición.
Nicolás O resm e parece confiar grandem ente en la experiencia:
¿podía servir ésta en la E dad Media para aclarar las cosas? Nada
m enos seguro, si aceptam os lo dicho por d'Ailly:
C u a le s q u ie r a q u e s e a n e s ta s v a ria s o p in io n e s, n o es cosa m ía el p ro ­
n u n c ia rm e a c e rc a d e e lla s , p u e s, p o r u n la d o , n o o saría yo p o n e r en
d u d a el te s tim o n io d e lo s a n tig u o s , y p o r o tro , no es im posible co n ­
tr a d e c ir las a firm a c io n e s d e los te stim o n io s o cu lares m o d e rn o s24.

N o será Pierre d ’Ailly el único que permanezca a la expectati­


v a... ¿N o se encuentra ahí la idea de no impedir por más tiempo el
progreso del conocim iento del m undo y también la de desanimar a
quienes desean llevar a cabo sus propias investigaciones? D'Ailly
responde a su m anera proponiendo una actitud de gran desinterés:
que la avidez de la certeza ceda el paso a la humildad de la inves­
tigación. E sta renuncia, que no es una dimisión, sí es, en efecto,
una de las pocas soluciones que perm ite, pese a todo? seguir
adelante:
A u n q u e n o se p u e d a n c o n o c e r las co sas con ex actitu d p erfecta, debe
c o n s id e r a r s e sin e m b a r g o el c o n o c im ie n to e n sí com o algo bello y
ú til, c o n ta l d e q u e n o se a falso en su p rin c ip io 25.

¿D e qué principio se trata? Acaso no nos equivocamos en de­


m asía si suponem os que se trata esencialm ente de una actitud mo­
ral de honestidad y sinceridad en la investigación.
Posiciones com o las de Nicolás Oresm e o Pierre d'Ailly son casi
científicas. Y sin em bargo, incluso en el caso de espíritus tan avan­
zados com o los suyos, ¿puede la imaginación, para representarse lo
desconocido, p artir de o tra cosas que no sea lo conocido? Cuales­
quiera que sean sus esfuerzos para «liberarse de lo conocido», para
escapar a las opiniones establecidas, les es difícil apartarse por com­
pleto de la visión del m undo propia de su época.
La im portancia concedida a las estructuras universales sigue
siendo prim ordial, ya que es, pese a todo, la única «certeza» que
se tiene: n uestro m undo terrenal, entregado al combate de las teo-*23

24 y m , t. n , p. 455.
23 Y M, t. I, cap . V . p. 191.

31
r í a s y p a r a l i z a d o p o r la i g n o r a n c ia , s e r í a e n v e r d a d c a ó t i c o s i n o re
c i b i e r a l a im p r o n ta d e l o r d e n c e le s tia l.

LOS LUGARES Y LAS FO R M A S

C i e r t o s lu g a r e s , p o r s u n a t u r a l e z a y p o r s u p o s i c i ó n e n e l u n i ­
v e r s o , e s tá n p re d e s tin a d o s a u n a f u n c ió n m ític a , a u n a g e r m in a c ió n
m a r a v illo s a y s o rp re n d e n te . Si el lu g a r e n q u e s e e n c u e n t r a e s la p ri­
m e r a r a z ó n d e s e r d e to d a c o s a , e s ta m b ié n a llí d o n d e r e s i d e la e x ­
p lic a c ió n d e l m o n s tru o : lite r a lm e n te , e s p r o d u c t o d e l a t i e r r a que
l e s o s t i e n e . S e t r a t a d e u n a le y n a t u r a l e n u n c i a d a a s í p o r R o g e r B a-
c o n : « e l lu g a r d e su n a c im ie n to e s e l p r in c ip io q u e p r e s i d e la g e n e ­
r a c i ó n d e la s c o s a s » 26. E s t a i d e a n o e s e x c l u s i v a m e n t e m e d i e v a l
S a n A g u s t í n a f i r m a q u e h a y a n i m a l e s q u e n a c e n d e l a tie r r a , c o m o
p o r e j e m p l o la s r a n a s ( « r a n a e n a s c u n t u r e x t é r r a » 27) , y a c u d e p a ra
e l l o a a q u e l p a s a j e d e l G é n e sis ( 1 .2 4 ) e n q u e D i o s o r d e n a a l a t ie r r a
q u e p ro d u z c a a n im a le s :
Si v e r o té r ra e x o r t a e s u n t s e c u n d u m o r ig in e m p r im a m , q u a n d o dixit
D e u s : « P r o d u c a t té r r a a n im a n v iv a m » .

\ A n t e s d e c u a l q u i e r d i s t i n c i ó n p a r t i c u l a r d e c l i m a y d e p a is a j e ,
o s l u g a r e s s o n s o m e t i d o s a u n j u i c i o d e v a l o r g e n e r a l d e d u c i d o de
►u p o s i c i ó n e n l a j e r a r q u í a u n i v e r s a l . L a l e y d e l o a l t o y d e - l o b a jo ,
d e l o s u p e r i o r y d e l o i n f e r i o r , t i e n e , s in d u d a , u n p a p e l p r i m o r d i a l
L a t ie r r a e s c o m o u n c u e r p o c u y a p a r t e m á s n o b l e e s e l ro s tro
N i c o lá s O r e s m e , c ita n d o a A r is tó te le s , r e c u e r d a q u e « la p a r t e ha­
b i t a b l e d e l a t i e r r a e s c o m o e l r o s t r o y e l f r o n t a l d e l a t i e r r a » . Es
e v i d e n t e q u e s ó l o p o d e m o s h a b i t a r l a p a r t e s u p e r i o r d e l a tie r r a ,
« e l f r o n t a l » , e s d e c i r , la p a r t e q u e « m ir a h a c i a e l f r o n t a l d e l c ie lo »
B a s á n d o s e m á s q u e e n la o b s e r v a c i ó n e n e l v a l o r s i m b ó l i c o d e n u e s ­
t r a p o s i c i ó n e n e l u n i v e r s o , O r e s m e d e c l a r a s u p r e f e r e n c i a p o r la
h i p ó t e s i s q u e a f i r m a q u e « n o s o t r o s e s t a m o s e n l a p a r t e s u p e r i o r del
m u n d o , l a m á s d i g n a y la m á s n o b l e » 29.
E l h e m i s f e r i o q u e se e n c u e n t r a d e b a j o d e l n u e s t r o e s t á , d e al­
g u n a m a n e r a , « d e t e r i o r a d o » , c o r r o m p i d o , p o r q u e e s e l l u g a r e n que
S a t á n s e s u m i ó a ra íz d e su c a íd a . D e m o d o p o é t i c o , D a n t e o f r e c e
u n a i m a g e n s o r p r e n d e n t e d e m o v i m i e n t o , v i v a , d e l h e m i s f e r i o in­
f e r i o r : c o m o e n u n e s p a s m o d e t e r r o r , la t i e r r a s e r e f u g i a e n e l h e ­
m i s f e r i o s u p e r i o r , y lo q u e q u e d a a llá a b a j o s e « o c u l t a » b a j o e l m ar

26 R o g C r B a c o n , O p u s M ajus ( h a c i a 1 2 6 0 ): « f o r t h e i r p l a c e o f b i r t h is t h e prin
c i p l e o f t h e g e n e r a t i o n o f th i n g s ~ C i t a d o p o r A . P . N e w t o n e n T ra v e l a n d Trove
Ittrrs o f t h e M id d U - A g r s . i n t r o d u c c i ó n ^
Z7 y 2* S a n A g u s t í n . ___ T a ciudad de D ios, l i b r o X V I . c a p . 7 : « l a s r a n a s n a c c n
d e l a t i e r r a » . « S í e n e f e c t o n a c e n d e la t i e r r a , s e g ú n s u e s p e c i e , c u a n d o O i o s d»J°
q u e l a t i e r r a p r o d u z c a s e r e s vCi vXoX
s’ -
V III. c ita d o p o r E . B u r o n , e n Y M , t. I. cap
29 O r e s m e , J ’c s p é r e , c a p
196
T am bién las estrellas escapan hacia nuestro hem isferio, dejando allí
un firm am ento casi vacío; esa parte inferior del globo es una parte
enferm a, m inada p o r un «gusano» que le «perfora:30» la N aturale­
za, con el h o rro r físico que de pronto experim enta ante tales intru­
sos, da a luz en un m undo mal form ado, degradado.
E n el sistem a de las esferas, el Infierno se halla en el centro, ya
que es, com o hem os visto, el punto más alejado de la perfección
de esas esferas, y p o r lo tan to ocupa, como sugiere D ante, «il pun­
to al qual si traggon d ’ogni p arte i pesi31»: Satán es com o el centro
de gravedad, es «da tu tti i pesi del m ondo costretto»32, el prim e­
ro de cuyos castigos consiste en hallarse sujeto en el punto donde
el universo p esa de m odo inconm ensurable.
Si, pese a to d o , el cen tro no es ya el de una esfera (o esferas),
sino sim plem ente la zona m edia de la superficie terrestre, puede sur­
gir un valor co n trario : el sentido simbólico de la palabra centro o
m edio, con las nociones que com porta de sim etría, equilibrio, igual­
dad, equ idistancia, conduce a la idea de perfección.
D ’A illy busca — no sin precaución— situar el Paraíso Terrenal
en función de esa sim bología del centro:

A u n q u e c ie r ta s c o m a r c a s s itu a d a s m á s allá d e C a p ric o rn io 33 sean h a ­


b ita b le s ; si al d e c ir d e A ris tó te le s y d e A v e rro e s en los lib ro s D el C ie­
lo y D e l M u n d o , c o n s titu y e n la p a rte m á s n o b le y h e rm o sa de la
tie r r a , e s to e s , el p a r a ís o te r r e n a l a n tig u o , c o m o p re te n d e n algunos
a u to r e s , n o e s m e n o s c ie r to q u e n in g u n o h a c e u n a d escrip ció n de ta ­
les c o m a rc a s .

Es la objetividad la que habla aquí, pues si no hay descripcio­


nes de las zonas geográficas en cuestión, no faltan las del paraíso.
En cuanto al p u n to m ás elevado del m undo, es designado como
lugar del P araíso T e rre n a l gracias a o tro tipo de excelencia, por ser,
según expresión de A n to in e de La Sale, «la cabeza del cuerpo de
toda la tie rra » 34.
En una visión este-oeste de la tierra, como en los mapas T .O .,
el punto m ás alto (el P araíso) se en cu en tra «allí donde comienza el
m undo, do n d e se u n e n , se dice, los confines de la tierra y del cié-
*J C ^

lo» . El paraíso se halla en los extrem os orientales, ya que el con­


tinente asiático es la p a rte su p erio r del m undo habitado.
Por o tro lado, en una visión de la tierra norte-sur, como la de
d ’Ailly, el p araíso d e b ería e sta r situado en el Polo N orte. Sin em ­
bargo, de h ech o , co n tin ú a en o rien te. C on todo, el mencionado
Polo N orte incluye u n a región feliz q ue, a causa de las muy parti-

30 Inlierno, c a n to X X X IV , v. 108.
M Infierno, c a n to X X X IV , v. 110: «y el punto en que converge todo peso».
33 ^>araIso ’ canto X X IX , v. 57: «pesos del m undo hacer de confluencia»
YM , t. I, cap. 11, p. 233 Se tra ta de la zona intertropical o zona media
A. de L a Sale, L a Salade, p. 139.
5 San A vito (v. 523).

33
c u l a r e s c o n d ic io n e s d e su re lie v e 36, e s c a p a a la le y d e l G r a n Norte
y c o n s t it u y e u n p a ra íso q u e n o lle v a t a l n o m b r e ; e s u n lugar

d o n d e se hallan las gentes más felices de la tie r r a : g e n te s q u e nunca


m ueren, pero que se lanzan al m ar d esd e lo a lto d e u n acantilada
cuando se han cansado de vivir. E n E u ro p a se le s lla m a h ip e rb ó re o s
y aronfeos en Asia37.

A d e m á s de los c ita d o s s is te m a s , e x is te u n c a s o e s p e c i a l , el de
C o l ó n . Sin d u d a sin in te n c ió n a lg u n a d e h a c e r u n j u e g o d e pala
b r a s , co n sig u e co n ciliar la id e a d e q u e e l p a r a í s o e s t á e n o r i e n t e \
a l p r o p io tie m p o e n el p u n to m á s a lto d e l a t i e r r a ; s e g ú n C o ló n
y c o m o se d ijo m ás a rr ib a , la tie r r a t ie n e f o r m a d e p e r a , y el pa
r a í s o fo rm a el a b u lta m ie n to d e l e x tr e m o s u p e r i o r d e e s a figura
E n to d o c a so , el P a ra ís o es u n lu g a r i n a c c e s i b l e , « a n o s t r a ha
b ita b ile reg io n e s e g re g a n ^ » 38, s e g ú n G e r v a i s d e T i l b u r y . U n a s ve­
c e s , esa se g re g a c ió n h a s id o c a u s a d a p o r la s a g u a s : e n t a l c a so e
p a ra ís o e s c o m o u n a isla 39. O t r a s , se d e b e a la s t i e r r a s : s e g ú n An
to in e de L a S a le , e l p a ra ís o e s tá r o d e a d o p o r a l t a s m o n t a ñ a s , po­
b la d a s de d ra g o n e s , s e r p ie n te s y o tr a s b e s t ia s « p r ó x i m a s a l elemen
. t o íg n eo » 40. E l fu e g o , a m e n u d o s irv e c o m o d e b a r r e r a n a t u r a l de
tí p a ra ís o : e s a m o d o d e u n c in tu ró n d e g r a n d e s m u r a l l a s encendidas
B Y , e n fin , e l p a ra ís o e s ta m b ié n in a c c e s ib le a c a u s a d e s u situaciór
.1 p a rtic u la rm e n te e le v a d a . S e g ú n I s id o r o d e S e v i l l a , J o s é D a m a s c o
° o , B e d a el V enerable , E s tr a b ó n y P lin io , c i t a d o s p o r d ’ A i l ly e n con
fu s o r e v o ltijo , « e stá ta n a lto q u e to c a la e s f e r a l u n a r , y e l agua de
d ilu v io n o lle g ó h a s ta allí»41. L o q u e la s m e n c i o n a d a s a u to rid a d e
t o m a b a n al p ie d e la le tra e s , p a r a d ’A i l ly , u n a e x p r e s i ó n h
p e rb ó lic a ,

q u e significa sim plem ente que su altitu d , e n re la c ió n a la d e las tierra


b a ja s, es incom parable, y que alcanza las c a p a s d e l a ire calm o qt*
d o m in an la atm ósfera turbulenta, d o n d e d e s e m b o c a n las em anacio
n es y los vapores que form an, com o dice A le ja n d r o , u n flu jo y u'
re flu jo hacia el globo lunar42.

T a l e s id e a s a c e rc a del lu g ar d e l P a r a ís o T e r r e n a l n o s o n con^
d e r a d a s c o m o fá b u la s . T ie n e n u n a g ra n i m p o r t a n c i a p a r a lo s viaj¿
r o s : t o d a e x p e d ic ió n h a c ia o rie n te e s u n a f o r m a d e a p r o x im a c ió n
p a r a í s o . C u a n d o C o ló n , c re y é n d o s e j u n t o a la s c o s t a s de la Indi-

36 S e t r a t a r í a d e u n a m o n ta ñ a c ó n c a v a , e s p e c i a l m e n t e a p t a p a r a r e c i b i r lo s ra'
d e l s o l . c o n c e n t r a r l o s , y v o lv e r a e m itir lo s m u l ti p l i c a n d o s u i n t e n s i d a d . YM . 1
c a p - 12, p - 2 4 1 .
37 Y M , t- I, cap. 11. p 235.
3e C i t a d o p o r S a n t a r e m , t. 1. p . 108: « s e p a r a d o d e n u e s t r a t i e r r a h a b ita t"
39 T a m b i é n s u e l e r e p r e s e n ta r s e así e l o t r o m u n d o c é lt i c o .
40 A - d e L a S a l e , L a Salude, p. 139.
41 Y M , t . I I , c a p . 5 2 , p- 459.
42 Y M , t. I I , c a p 52, p 459
entonces «en el extremo oriental del mundo», descubrió la desem­
bocadura del Orinoco, estaba persuadido de haber hallado uno de
los ríos del paraíso terrenal, y convencido de que si remontaba el
curso de tal río llegaría al propio paraíso: la tibieza del agua y los
vientos perfum ados que le llegaban, aumentaban su íntima con­
v ic c ió n .
El mundo está así surcado por rutas fluviales o terrestres que
no deben considerarse desde un punto de vista utilitario o pura­
mente material, sino como caminos vivos que conducen a otros
mundos. Si hay ríos que salen del paraíso, también los hay que sa­
len del Infierno, como el Aqueronte o el Leteo. El universo está
lleno de «agujeros» que llevan al Infierno: el lago Averno, las islas
Lípari, y en general los volcanes, «pozos del infierno»4344. El purga­
torio de San Patricio, que se encuentra en Irlanda, fue un lugar de
peregrinación cuya fama atrajo durante toda la Edad Media no sólo
a multitud de fieles, sino también a toda clase de marginados45.
Nunca se pierde de vista la estructura geométrica que determi­
na la existencia de lugares tan notorios:

Y por eso dicen los sabios que así como el dicho paraíso terrenal es
la cabeza de la tierra por su enorme altura, los infiernos son la parte
más baja y profunda del cuerpo de la tierra, donde desembocan to­
das las suciedades y hediondeces de los cuatro elementos46.

Las posiciones respectivas del infierno y del paraíso se deducen


y se complementan mutuamente. Entre la altura sublime y la pro­
fundidad fétida, la bondad divina quiso situar, en el céntro del mun­
do, una ciudad humana y fuerte, en la cual murió «el Hombre-Dios
nacido sin mancha y muerto sin mancha»:47: Jerusalén.
Los caminos que irradian de Jerusalén, que conducen a las de­
más ciudades, a los lugares ordinarios de la humanidad, son los que
pueden llevar a los mismos viajeros a los más fascinantes lugares
míticos.
La estructura universal así construida, organizada de acuerdo
con las relaciones de fuerza que van desde un punto importante a

43 Cristóbal Colón, Tercer Viaje, «Memorial a los Reyes», (p. 184): «Y creo que
si yo pasara por debajo de la línea equinoccial, en llegando allí, en esto que más
alto que fallara muy mayor temperancia y diversidad en las estrellas y en las aguas;
no porque yo crea que allí es el altura del extremo sea navegable ni agua, ni que se
pueda subir allá, porque creo que allí es el Paraíso Terrenal, adonde no puede lle­
gar nadie, salvo por voluntad divina».
^ A. de La Sale, La Salade, p. 140.
A fines del siglo XV el pozo fue cerrado por orden del Papa (véase Ferdinand
Denis, Le Monde enchanté, pp. 156-157). Volvió a ser abierto más tarde, y luego
cerrado definitivamente por mandato de Enrique VIII de Inglaterra. Buena prueba
de hasta qué punto esta «geografía» es intensamente vivida por el conjunto de la
cristiandad.
46 A. de La Sale, La Salade, p. 139.
47 Dante, Infierno, canto XXXIV, v. 115.
otro, llega a ser así el lugar de una maravillosa e b u llic ió n que va
a invadir toda la tierra y a modelar la geografía d e a c u e r d o con si
propia fantasía.
Si hay unos lugares especialmente caros a lo im a g in a rio , son la<
islas. Una isla, contrariamente a un continente, d o n d e lo maravi­
lloso se halla siempre englobado en un conjunto q u e « d ilu y e » el en
canto, es un universo cerrado, replegado en sí m ism o : estéticam er.
te, se asemeja al «género» del medallón, en el q u e se in scrib e el re­
trato dentro de un marco para él cincelado, h ech o a su m e d id a . L
isla es, por naturaleza, un lugar en donde lo m a ra v illo so existe pe
sí mismo fuera de las leyes habituales y bajo un ré g im e n q u e le e
propio, es el lugar de lo arbitrario. El ser com ún q u e llega a un<
isla no puede observar todas sus particulares c a ra c te rístic a s si deci
de quedarse en ella: debe elegir entre abandonar e so s lu g a re s o re
vestirse de la nueva naturaleza que aquéllos le im p o n e n . A sí, Ul.
ses y sus compañeros no escapan a la m etam orfosis sin o porqu;
huyen de la isla de Circe.
Ya desde la antigua Grecia las islas son lugares p re d ile cto s par;
las más extraordinarias aventuras humanas y div in as. N o es so:
préndente que hayan sido los griegos quienes h a n a lim e n ta d o est.
i* mitología, ya que sus costas están bañadas p o r un m a r ta n rico e:
islas48. Y tampoco puede sorprender que los v ia je ro s medievale
volvieran a utilizar esa mitología al descubrir las a b u n d a n te s isla
del Océano Índico, más de una de las cuales p o d ría p a re c e r-fabi
/ lo», con justo título, a los occidentales.
Ames incluso de ocupamos de la literatura, la sola consulta d<
mapas y mapamundis nos descubre el interés p o r las islas; así ur
del Codex Taurinensis (siglo XII) «encierra» varias en el corredo
mediterráneo, donde aparecen como una especie d e c o fre s, bien lk
nos, bien varios. El mapa ofrece casi igual n ú m ero d e unos y
otros; unas llevan, sin más precisiones, la lacónica inscripción de \r
sula\ otras esperan una denominación real o una a p o rta ció n de i-'
imaginario, pero no tienen necesidad de ello p ara ex istir, y son,
alguna manera, «blancos» donde la fantasía p ued e e jercitarse co-
libertad. Tal procedimiento prueba también que n o existía mucb
preocupación para fijar la posición y la denom inación de lugares ('
que ese juego de la fantasía podía llevarse a cabo con la may
satisfacción
Otras representaciones de la tierra son m ás precisas; p o r ejetf
pío, el mapamundi de Hereford es fiel al pro ced im ien to del «nv
dallón», e inscribe en algunas de sus islas oblongas un m onstruo
aspecto especialmente curioso. Pero la posición de las islas, disput*
ta como un collar en el océano circular, es casi p o r compld1
arbitraria.

** La mitología acerca de las islas es igualmente muy nca en el m undo céH»1"


pero nos inclinamos hacia el Mediterráneo y el Oriente por razones que a p a re c í
con mayor claridad en lo que sigue más adelante

36
Es probable que, además del placer de dar rienda suelta a la fan­
tasía y del placer estético que pudieran procurar, las islas fuesen un
expediente cómodo para imaginarse y situar, sin atormentar el es­
píritu, tierras desconocidas esparcidas por el espacio marítimo, en
gran parte también desconocido.
Para algunos autores, las islas proliferan más allá de toda me­
dida: se llegan a enumerar hasta doce mil en el Océano Indico; es
inútil detenerse en el carácter sagrado de esta cifra. Mandeville
es un caso extremo: si hubiera tenido que hacer un mapamundi, es
casi seguro que en él los continentes hubieran ocupado un espacio
mínimo en medio de mares invadidos por las islas. Cada capítulo
de Mandeville, cuando se trata de oriente, describe una isla e in­
cluye fórmulas que mencionan otras. Basta abrir al azar su libró
para hallar ejemplos como el aquí compendiado:
De aquesta tierra se va hombre por la mar océana por muchas y di­
versas islas (...) Item , yendo de aquella tierra de Moni suso dicha
para M ediodía hay una otra isla (...) Después de aquesta isla falla
hombre otra isla grande y buena, la cual se llama Canamase (...) De
aquesta tierra se va hombre por la mar Océana en una isla que ha
nombre Boffón (...) E después pasa hombre por muchas islas de
mar, fasta una isla que ha por nombre Millo (...) De aquesta isla se
va hombre por la mar océana por muchas islas hasta una isla que ha
nombre Bacemerán...*

Se trata exclusivamente de un periplo insular. Expresiones como


«por la mar» o «la mar Océana» pueden hacer creer que cuando se
trata de continentes la manía desaparece, mas no es así; Mandevi­
lle no se priva tampoco en este caso:
Este país de India está formado por diversas islas a causa de estar
regado por los ríos que vienen del paraíso terrenal, que dividen la
tierra en muchas partes49.

La frase «este país de India está formado por diversas islas» no


es eso que suele llamarse «un modo de hablar»; corresponde en ver­
dad a la idea que Mandeville tiene del Oriente, y condiciona la pre­
sentación de su libro: los continentes han estallado en tantas islas
como capítulos y parágrafos... Por ello, es ilusorio buscar ahí uni­
dad o encadenamiento alguno.

Es raro que lo maravilloso exista dentro de los límites de nues­


tro horizonte: casi siempre nace allí donde no alcanza nuestra vis­
ta. Es por ello por lo que los «extremos» de la tierra son tan fecun-

El texto se refiere al capítulo 21 de Mandeville, que no se corresponde con nin­


guno equivalente en la versión española que he utilizado. Lo citado, en pp. de ésta
(Nota del Traductor).
Cap. 30, p. 383 (Este texto no figura en la traducción manejada por mí. Nota
del Traductor). ^

37
d o s , io mismo se trate de las regiones p o lares q u e d e la p e rife ria o
sim plem ente de lugares misteriosos, in e x p lo ra d o s, e n lo s confines
d e l m undo conocido.
E l estado de ánimo más favorable a la c re d u lid a d o a la fabula-
ció n es el de receptividad extrema y de in q u ie tu d e n q u e se en cu en ­
tra n los viajeros que marchan por vez p rim e ra a u n o d e e s o s terri­
to rio s en que no se puede estar muy seguro d e la m a te ria lid a d del
su elo que se pisa ni del equilibrio entre los v a rio s e le m e n to s . Esta
e s la disposición anímica de Giovanni de M a rig n o li, q u ie n al atra
vesar el desierto de Gobi describe esas

montañas de arena formadas por el viento, m ás allá de las cuales,


antes de que los tártaros vinieran a visitarlas, se pensaba que se ex
tendía un país inhabitable, si es que llegaba a pensarse que existía
tierra alguna...50.

Ese país, aunque esté poblado, no es m en o s in q u ie ta n te : los tár­


taros son considerados con dificultad com o s e re s h u m a n o s , y se les
describe casi como demonios; los m isioneros q u e se aventuraban
por aquellos lejanos territorios tenían n e c e sid a d d e p ra c tica r el

i
exorcismo:

en este país Dios ha favorecido tanto a los frailes m enores para arro
jar al diablo del cuerpo de los posesos, que ya lo hacen como si ex
pulsasen de casa a un perro51.

Y en fin, es Piene d’Ailly quien m ejo r re su m e e sa s visiones qu¿


se producen en los extremos de la tie rra , al tr a ta r d e la s regiones
polares:

Hermes afirma, según Haly, que en estas reg io n e s e x tre m a s habité


los malos espíritus, los demomos y las b estias h o stile s y e n e m ig a s
hombre52.

N ada de ello puede sorprender; es en esas p a rte s d o n d e se abrcf


los respiraderos del infierno: «y enco n tram o s q u e e n los m ás leí3
n o s lugares del cuerpo de la tierra se a b re n re sp ira d e ro s
p o z o infernal»53. El autor. A ntoine de L a S ale, a lu d e tam bién 3,
«pozo del purgatorio» que hay en H ib ern ia, a los « respiraderos» ^
A frica y a los volcanes de Italia y de Sicilia: E stro n g o l y BouUa
Si se cita a estos últimos tras los a n terio res, a u n q u e se en cu en t^
e n p len o M editerráneo, es porque la colo ració n in fe rn a l de los t
ire m o s terrestres es tan fuerte que hace q u e to d o v o lc á n , más 3

50 M ichel Mollat, Grands voyages..., t. II, p. 170.


51 O dorico de Pordenone. cap. XXXI, p. 485.
52 Y M , t. I. cap 12- P 241
53 A . de La Sale, La Salade, p 140, versión C.

38
de su situación real, sea considerado como secreción de las regio­
nes maléficas.
El prestigio de esos lugares «extremos» se impone tanto en
O riente como en Occidente. Si nosotros hemos imaginado en los
confines orientales del mundo una numerosa familia de monstruos,
los asiáticos nos han devuelto el favor, y a su vez han poblado de
monstruos el extrem o occidental de la tierra, el nuestro. Baste un
ejem plo. Si nosotros suponíamos la existencia en el Este de un pue­
blo de m onoculi (seres con un solo ojo), ellos situaban en nuestras
regiones a las mismas criaturas: ¡tanto aquí como allí eran sin duda
monstruos muy cortos de vista!
Los lugares aislados, los desiertos y las montañas son también
lugares favoritos para lo imaginario.
M arco Polo, espíritu positivista, poco dado a lo maravilloso, al
tratar del desierto de Lop se entrega al placer de narrar una anéc­
dota destinada a producir fuertes sensaciones en el lector:

P u es c a b a lg a n d o d e n o ch e p o r aquel lugar, si un m ercader se reza­


g a , s e p a rá n d o s e al c a b o d e sus co m pañeros con o b jeto de dorm ir, o
p o r a lg u n a o tr a ra z ó n , si el g rupo desap arece cam inando tras una co­
lina o m o n ta ñ a , c u a n d o el re tra sa d o q u iere alcanzarlo puede que los
espíritus m alig n o s le h a b le n a través de los aires, fingiendo ser sus
a c o m p a ñ a n te s ; y m u ch as veces le llam an p o r su nom bre (...) obli­
g á n d o le a se g u ir su s voces h asta qu e p ierde la R u ta; de suerte que
ya n u n c a a lc a n z a rá la c a ra v a n a , y nunca nadie volverá a encontrarlo
ni a s a b e r n a d a d e él ( ...) , m uchos v iajeros m ueren tras haberse
p e rd id o 54.

El desierto, cubierto por las tinieblas, da lugar a toda clase de


fantasmas: el ser hum ano no se lleva bien ni con los espacios «va­
cíos» ni con la noche que borra los contornos. La angustia crea la
alucinación: la caravana real es perseguida en cada uno de sus com­
ponentes aislados por una caravana inmaterial, doblete de magia y
de maleficio, espejism o auditivo en el que el hombre sólo se pierde
como a través de un espejo. Mas no puede decirse que se trate úni­
camente de ilusiones nocturnas; también de día el desierto es esce­
nario en el que pululan los espíritus:

Y a ú n a ñ a d iré q u e e sto n o sólo pu ed e ocu rrir de n o ch e, sino ta m ­


b ién d e d ía . M u c h o s h o m b re s h a n oído las voces de estos espíritus;
y o tra s v eces se e sc u c h a re so n a r en el aire el sonido de gran n ú m ero
d e in s tru m e n to s m u sicales, so b re to d o tam b o res ( ...) A sí, p asan d o
ta n to s p e lig ro s , m ie d o s y a n g u stias, se logra a trav esar el d e sie rto 55.

No es M arco Polo el único que ha hablado de esta misteriosa


música; m uchos otros viajeros la han escuchado.

54 Marco Polo, cap. LV1I1, p. 121.


55 M arco Polo, cap. LVI1I, pp. 121-122.

39
También las montañas son lugares en donde flo rece el m isterio,
lo insólito; según Jourdain de Séverac. nadie ha p o d id o h o lla r las
nieves del monte Ararat: gracias a una especie de p ro d ig io , los ani­
males perseguidos por los cazadores dan media v u e lta c u a n d o lle­
gan a las alturas nevadas, y se entregan por sí m ism o s a sus
enemigos56.
Una suerte de barrera magnética protege las cim as; la p ro p ia na­
turaleza experimenta el poder del carácter sagrado d e ta le s lugares
el instinto más elemental e irreprimible de supervivencia su fre una
auténtica revolución: la palabra retrocedunt evoca m uy b ie n ese mo­
mento en que la naturaleza bascula sobre sí m ism a, e n q u e las le­
yes de la vida se invierten brutalmente en dirección c o n tra ria ai
movimiento natural, ante el absoluto poder de u n esp a c io pro­
hibido.

El lugar secreto, a causa de su naturaleza y del d e stin o que so


bre él pesa, lo monstruoso.
Babilonia, ciudad maldita, ciudad destruida, h a d e ja d o sobre la
tierra su huella infernal: la tierra, como si estuviese em porzoñada
produce monstruos y terrores57.
Como en el desierto de Lop, la noche tiene so n id o s extraños
no la ilusión falsamente tranquilizadora de voces am ig as,.sin o cía
mores, gritos, silbidos infernales. Ningún hom bre a c e p ta ría pasa:
una sola noche —ni siquiera rodeado por un p o d e ro so ejército -
en ese lugar, en que le asedian «ilusiones y te rro re s infinitos»58
La naturaleza humana se ve vencida por los p o d e re s salidos de
la tierra.
Cualquiera que sea su fe en la fuerza generad o ra d e la tierra, ls
Edad Media es heredera de una tradición bíblica de la q u e hay tes
timonio en Isaías. Las profecías sobre Babilonia son tex to s sorpren
dentes, de extraordinario vigor. En B ab ilo n ia, la poblador
humana será sustituida por animales dañinos o p o r seres de
moniacos:
se guarecerán allí las fieras (...) y allí retozarán los sátiros peludos5'

También en Edom surgirá el desierto maléfico:


y gritarán unos contra otros los sátiros; allí se acostará lilit y encor
trará su reposo60.

De modo especial, que este monstruo fem enino p u ed a desear

* Jourdain de Séverac, cap. I. p. 38 ,,r


57 Jourdain de Séverac, cap VIH, p. 59: «Est ib» una te n a in qua erat Baby'
destructa el deserta, ubi sunt pilosi serpentes atque anim aba m onstruosa»,
s* Ibid «Pro íllusiombus et terroribus infmitis».
* Isaías, 13.21.
40 Isalas, 34.14.

40
sar entre un pueblo también monstruoso y bullcnte refleja la natu­
raleza del lugar en cuestión.
Nuestro hemisferio, por fecundo que pueda ser en criaturas
monstruosas, haría mal en intentar rivalizar con su simétrico, el al­
ter orbis. Según quienes lo creían habitable, el hemisferio sur está
poblado por los antípodas o antíctonos.
Por otro lado, estos seres son tan fascinantes porque no existe
comunicación alguna entre ellos y nosotros. Según Beda el Venera­
ble, «ninguno de nosotros puede visitarles, ni ninguno de ellos pue­
de llegar hasta aquí»61 . Tal opinión se perpertuará hasta mediados
del siglo XV, época en que los portugueses empiezan sus navega­
ciones a lo largo de la costa occidental de Africa. Colón, anotando
la Ymago M undi de Pierre d ’Ailly, escribe al margen del capítulo
6 que la zona considerada como inhabitable e innavegable no lo es
en realidad,
p o rq u e los p o rtu g u e s e s la navegan hoy. Incluso está muy poblada.
Bajo la lín e a e c u a to ria l se e n c u e n tra el F u erte de la M ina, p erten e­
cien te al se re n ísim o rey d e P o rtu g al, y que nosotros hem os visto62.

Se adivina la revolución que afirmaciones y experiencias tales


podía llevar a cabo en espíritus acostumbrados a imaginar el mun­
do según leyes simétricas extremadamente rígidas.
Lo cierto es que hasta dicha época el alter orbis fue conside­
rado por lo general como un lugar inaccesible, y en el cual todo
ocurría al revés, puesto que era el «otro lado» de la tierra.
El término «antípoda» es bien característico, y define lo que de­
signa: los antípodas son «gentes que tienen los pies hacia nosotros,
porque están en la parte opuesta de la tierra»6 . Más sorprendente
es la fórmula de Mardeville por el espectacular efecto que crea:
p o rq u e v o so tro s sab éis b ien q u e aquello s que son en derecho de la
e stre lla A u te n tiq u e * , so n d e re c h a m e n te de aquellos que están de-
b ax o de n o s o tro s , y son p ies c o n tra pies con nosotros que estam os
d e b a x o d e la T ra m o n ta n a ; p o rq u e to d a s las p artid as de la m ar tie­
n en sus c o n tra ria s p a rte s h a b ita b le s, d e acá y de allá64.

Los antípodas son gentes literalmente pegadas a nuestras sue­


las; a cada uno de nosotros nos corresponde uno de ellos. Tal idea,
que lleva a su límite extrem o la concepción de los antíctonos, lleva
a pensar en ciertas visiones del mundo propias de los pueblos cha-
mánicos descritos por M ircea Eliade65: el otro mundo66, el de los

61 Citado por Santarcm , t. I, p. 27.


62 Apostilla 16, en Pierre d’Ailly, YM , t. I, p. 197.
6J Nicolás O resm e, citado por Santarem. t I. d . 142
Anientique es. claro está, «Autártica» (Nota del Traductor).
M Mandeville, pp 118-119.
^ M. Eliade. Le chamanisme et les lechniques archaiques de l'éxtase. \
Las palabras alter orbis se traducen de modo natural por «el otro mundo»,
que hoy sirven para designar el de los muertos.
e s p ír itu s , es reflejo exacto del nuestro, de ahí las p r á c tic a s fu n era ­
r ia s consistentes en enterrar al m uerto con su c a b a llo , o b je to s fa­
m ilia re s , alimentos. Resulta interesante te n e r e n c u e n t a la s ideas
m e d ie v a le s porque en buena medida lo fa n tá stic o o lo m o n stru o so
e n la E d ad Media hace pensar en m itologías c h a m á n ic a s .
E n el país de los antípodas todo ocurre «al r e v é s » , c o m o en un
n e g a tiv o fotográfico: el sol se levanta allí c u a n d o se p o n e aq u í; el
ritm o de noches y días es diferente; cuando n o s o tro s e s ta m o s en in­
v ie rn o ellos están en verano, y viceversa; su f ir m a m e n to e s oscuro
y p o co estrellado, al contrario que el n u e stro , e tc . T o d o lo qu e un
a u to r medieval sabe de los antípodas a d q u ie re u n s e n tid o especial
a la luz de este fragmento de M. E liade ace rc a d e la s fu n c io n e s psi-
cofúnebres de los chamanes del norte de A sia:
Los pueblos del Asia septentrional co n cib en e l o tr o m u n d o come
una imagen invertida de éste. T odo pasa allí c o m o a q u í, p e ro al re
vés: cuando es de día en la tierra, es de n o ch e e n e l m á s alia (...)
al verano de los vivos corresponde el in v iern o e n e l p a ís d e los muer
tos (...) En el Infierno, los ríos se re m o n ta n h a c ia su s fuentes. N .
todo lo que en la tierra está invertido se h alla e n p o s ic ió n norm al en­
tre los muertos. Jes por ello por lo que se d a la v u e lta a los objeto
que,en la tumba, se ofrecen para uso de los d ifu n to s , a m enos que
no se rompan, porque lo que está ro to aq u í e stá in ta c to en el ma>
allá, y viceversa . ; 1
— -
En ninguno de los textos que hem os u tiliz a d o a p a re c e n alusio
nes al mundo de los m uertos, ya que el c ristia n ism o tie n e ideas mu-
diferentes a\ respecto; sin em bargo, no es im p o sib le q u e el m ito de
alter orbis y de los antípodas sea un re c u e rd o d e e s o s o tro s mito
norasiáticos, de los cuales, por lo dem ás, q u e d a n o tr o s v e stig io s e:
las leyendas occidentales.
L os antípodas, como los m uertos, p la n te a n u n e n ig m a : ¿exister
o n o , y bajo qué forma? H ablando de las d o s z o n a s h a b ita b le s, de
cía M acrobio que «una de ellas está p o b la d a p o r n o s o tro s ; la otra
p o r h o m b res de especie desconocida». A la c e rtid u m b re que repre
s e n ta ese nosotros, y que M acrobio c o n sid e ra in ú til c o m e n ta r ,
o p o n e la incertidum bre representada p o r e sa especie h u m a n a qó
n u n c a hem o s visto y que nunca v erem os. R e c o rd e m o s ta m b ié n >
fó rm u la de Pierre d’A bano, según la cual n o h a y c o n tr a d ic c ió n a'
g u n a 68 en adm itir que estos seres existan o n o , y a q u e e n to d o ca>‘
te n d r ía n form as extraordinarias. Se c o m p re n d e así la consistenci
re a l e irre a l de las criaturas míticas qu e p u e b la n lo s m a p a m u n d i*
lo s lib ro s de viajes.
L o s an típ o d as plantean todavía o tro e n ig m a : ¿ c ó m o se sost»^
n e n e n el g lobo terráqueo, ya que al igual q u e las m o sc a s camina
p o r e l te c h o ellos lo hacen cabeza a b a jo p o r el o tr o la d o d e la tierr*

67 M . E l i a d e , o p . c u ., cap . V I, p. 188.
** Cf. su p ra , p- 30.
San ^A lberto M agnt^ piensa que «acaso les atraiga alguna fuerza
m agnética, com o el imán al hierro»69. La misma idea se encuentra
e n jT o lo m e o jy se expresa de diferentes m aneras. [Hartmann Sche-
deljrazona así, no sin cierto lirismo:

C ur autem non decidant mirantur et illi nos non decidere. Natura


enim repugnante ut possint cadere. Nam sicut ignis sedes non est nisi
in ignibus, aquarum in aquis, spiritus nisi in spiritu, ita terre arcen-
tibus cunctis nisi in se locus non est70.

(«Produce sorpresa que no se caigan, al igual que ellos se sorpren­


den de que no nos caigamos nosotros: es que la Naturaleza repugna
el dejarles caer. Así como el lugar del fuego no es otro que el fue­
go, el del agua las aguas, el del aire los aires, para todas las criaturas
ancladas a la tierra no hay otro lugar que en ellas mismas»).

C a d a c ria tu ra tie n e en sí m ism a su p ro p ia justificación, su p ro ­


pia e x p lic ac ió n . E s te tip o d e p en sam ien to m edieval — al m enos tal
com o es c o m p re n d id o p o r un h om bre m o d ern o — tiene la p ro p ie­
d a d de n e g a r el p ro b le m a y de e n c e rra r la cuestión en sí m ism a, de
m a n e ra q u e se h a c e im posible el dilucidarla. Es p ropio de los mis­
terio s y es p ro p io de esas c ria tu ra s ser lo que so n , allí donde estén.
A caso no sea ta m p o c o ex ag erad o ver ahí la idea de que no
existe la m e n o r d u a lid a d e n tre la criatu ra y el lugar que la contie­
ne: c a d a c ria tu ra es su p ro p io lugar. *
¿ H a q u e rid o H a rtm a n n S chedel re sta u ra r la unidad original de
la c re a c ió n a trib u y e n d o a cada cosa un c arácter de necesidad y
de e v id e n c ia m ás allá de posibles explicaciones? Su fórm ula puede
p re sta rse a v a ria s in te rp re ta c io n e s. M as ocurre que si ella dism inu­
ye los p ro b le m a s , é sto s, sin e m b a rg o , no desaparecen.
La E d a d M e d ia g u sta b a de sus enigm as, así com o de «la infinita
diversidad» de la n a tu ra le z a y del ancho cam po que ésta ofrecía
p ara la b ú sq u e d a gustosa d e explicaciones q u e , sin agotar nunca las
posibilidades de la investigación, con stitu ían , p o r otro lado, com en­
tarios acerca d e ta n d e le ita b le variedad: e ra un juego, una m anera
de « sa b o re a r y ru m ia r» 71 el p lac e r p ro p o rcio n ad o por la contem ­
plación activa. A c a so se creía asim ism o que el m undo estaba tan
bien o rd e n a d o q u e n a d a p o d ría ro m p e r su unidad.
U n a p rim e ra cap tació n de tal u n idad se ob ten ía ante la eviden­
cia de las fu erz a s q u e ligan tie rra y criatu ras. E n tre una y otras exis­
te una relaci(5ri e n v e rd a d sustancial;' sL en un lugar hay pigmeos.

69 Citado por Santarem , t I, pp. 80-81. .


™ C/tronica M undi (1493), fol, 2, «Secunda Etas Mundi». \
1[M ontaigne, E ssais.iIII.xiii: «Los otros experim entan el dulzor del contento y
de la prosperidad. Yo lo experim ento tam bién, al igual que ellos, pero no de pasada
ni frívolam ente: es preciso estudiarlo, saborearlo y rumiarlo para dar gracias con­
dignas de lo que se nos otorga». Puede sorprender la cita que aquí se hace de Mon­
taigne, p ero, sin em bargo, el espíritu del com entario medieval se define, en gran me­
dida. por la necesidad de gustar el m undo y dar gracias a su Creador. '
e * p o i q u e c * c lujUM n o p u e d e p t o d i m i s i n o p i g m e o s . «<< u . m . i , , j
g e n t e n m m W q u e h a b i t a c o n e l l o s t i e n e h i j o s e n a q u e l p a í s , t u l e s ,h
h m » o n s c m c i a n t c s e n l o d o » l o s p i g m e o s » . E s t a o p i n i ó n d e < >,\(l
r i c o ? í r e a p a r e c e e n M a tu lc v illc , q u i e n a ñ a d e e s ta e x p lic a c ió n

C u a n d o e n t e n d í a n h ijo s n o s o n m a y o r e s q u e l o a o t r o a d e la i»r i l ,
C a to c a u s a la n a tu r a d e a q u e l l a t i e r r a 75.

V a q u e se c o n s id e ra n n a t u r a l e s la s l e y e s q u e r i g e n a l a s p la n ta s j
¿ p o r q u ó h a b r í a n d e p a r e c e r s o r p r e n d e n t e s a l a p l i c a r l a s a u,
h o m b re s? *
^Si t a l r e l a c i ó n d e s e m e j a n z a p u e d e e x i s t i r e n t r e l a t i e r r a y h
c r i a t u r a s e s p o r q u e la f i e r r a e s t a m b i é n u n c u e r p o . A . d e L a Sale
c o m o y a se h a v is to , h a b l a e n s u d e s c r i p c i ó n d e l m u n d o d e l «cuci
p o d e l a t i e r r a » , e l c u a l , c o m o e l d e l h o m b r e , t i e n e u n a « c a b e /.»
n o b l e (e l p a r a ís o ! y u n a s e x t r e m i d a d e s i n f e r i o r e s i n m u n d a s ; el m
t r e m o s e e n c u e n t r a e n « l a p a r t e m á s b a j a y p r o f u n d a d e l c u e r p o cU
la tie r r a , d o n d e d e s e m b o c a n t o d a s la s s u c i e d a d e s y h e d io n d e c e s '
d e l o s c u a t r o e l e m e n t o s » 723 4 .
P a r a l e l a m e n t e , t a m b i é n l a m e d i c i n a s e o c u p a d e e s t u d i a r la!
« g e o g ra fía » s e g ú n la c u a l se d i s p o n e n la s r a íc e s d e l c u e r p o hum ano
y ^ la s d i v e r s a s « c o m p l e x i o n e s » d e l c u e r p o d e l a t i e r r a :

L o s m é d ic o s d ic e n q u e , p o r lo q u e s e r e f i e r e a c o n o c e r l a n a v u ra le /a
d e l c u e r p o h u m a n o , c o n v i e n e a t e n d e r a l a r a í z d e a r r i b a , e s t o e s. e'
c ie lo , y a la d i s p o s ic ió n , y q u e c o n v i e n e t a m b i é n c o n s i d e r a r la raí*T
d e a b a j o , e s to e s , la c o m p l e x i ó n o d i s p o s i c i ó n d e l a p e r s o n a
D e m o d o s e m e j a n t e , p o r l o q u e s e r e f i e r e a l a p o b l a c i ó n d e l a tierra
u n a c a u s a g e n é r ic a t ie n e q u e v e r c o n e l c i e l o , a s a b e r , l a d istan cia
m o d e ra d a o a te m p e ra d a d e l c a m in o d e l s o l . e t c .
P e r o o t r a s c a u s a s e s p e c ia le s p u e d e h a b e r p o r l o q u e a l a t i e r r a se re
f i c r c , y s o n t r e s p r i n c i p a l m e n t e , e t c . . . 75.

E l h o m b r e , c o m o l a s p l a n t a s , t i e n e s u s r a í c e s , p e r o m á s p e rf c ^
t o , l a s r a m i f i c a t a n t o h a c i a e l c i e l o c o m o h a c i a l a t i e r r a . « D e rcx° [
s e m e j a n t e » la tie r r a , c o m o e l h o m b r e . . . A l l l e g a r a q u í s e hace
a r t i f i c i o s o q u e r e r d e t e r m i n a r u n a r e l a c i ó n , s e a m a t e r i a l o d e sltl[Y
l i t u d . e n t r e l a t i e r r a y e l h o m b r e , y a q u e u n a y o t r o s o n escasam ^
t e d i f e r e n t e s e n t r e s í , p u e s v i v e n d e u n m i s m o e s p í r i t u y d e u n a &L
m a c a r n e . L a f ó r m u la d e \M . F o u c a u l t ^ s e g ú n l a c u a l « e l c u e rp o .
m a n o e s s i e m p r e la m ita d p o s ib le d e u n a t l a s u n i v e r s a l » 76, n °
h a s t a e l f o n d o d e l p e n s a m ie n to m e d ie v a l: e l h o m b r e e s u n o ,
l a t i e r r a e s u n a , y t a n t o la t i e r r a c o m o e l h o m b r e , a q u é l l a c o n c

72 O d o r ic o d e P ord en on c, cap X X IV . p . 3 4 5 .
73 M an d e v ille . p 136.
74 a . d e L a S a l e , Lu» S a l u d e „ p . 1 3 9 . ,
T5 O r é a m e , l » ‘E s p i r e , c a p . X L . e n Y M . 1, p . 2 4 0 .
?6 p o u c a u lt, M o t s e l le s c h a s e s , c a p . I , p . 3 7 .
lo i huid e n mu n ilc g i mIíu I un albín u iu v n sa l I .a figura dr Im !ierra de
p e n d e , e n igual m e d id a q u e la del h o m b re , de la» condicione» mi
m oH Íérica», clim ato ló g ica » , axtrale*.
P ara I a u to rc » m edieval*» (corno para I del uglo X VI), el
o n on

It'límn no ««lamente e je rc e una influencia vibre el f t o > o la m oral,


de lo» hombre»: lo» produce, lo» form a a su imagen.¡ Fierre d ’
resu m e así la o p in ió n d e sus predecesores: ^

T olom eo. H aly y otro» antiguos autores pretendían que en esa» do»
regiones extrem a»77 hay hombres salvajes antropófago», de rostro
disform e y horrible Haly atribuye este hecho a la distribución desi­
gual del calor y del frío en dichas regiones, causa de complexiones
anorm ales y de espantosas deformaciones, causa también de la per­
versión de costum bres y de la imjicríección grosera del lenguaje: se
trata de seres de los que resulta difícil decir si son hombres o bes­
tias, según la expresión del bienaventurado Agustín7879.

L a d e s ig u a ld a d d el clim a e n tra ñ a la anom alía, la deformación


(y la d e fo rm id a d ), la p e rv ersió n : ello implica la fealdad. La Edad
M ed ia es a q u í h e r e d e r a " d é la A n tigüedad; para Platón, «la inele­
gan cia d e la fo rm a , la fa lta de ritm o v de arm onía, son hermanas
del e sp íritu y d e l c o ra z ó n perversos» .
D el clim a e n q u e viven d e p e n d e la conform ación de las criatu­
ras te rre s tre s ; d e su c o n fo rm a c ió n física depende su conformación
m oral: la c a d e n a d e in te ra cc ió n e n tre los diversos elem entos es tal
q u e a m e n u d o a p a re c e ta m b ié n en otros dom inios de la ciencia
m ed iev al.
E n e sta n a tu ra le z a rig u ro sam e n te o rd en ad a, en que la deform i­
d a d y la fe a ld a d tie n e n su razó n de ser, lo m ás terrible es el ele­
m e n to d e c o n fu sió n q u e a p o rta n una y o tra jC o ló n j anotando el ci­
ta d o p a s a je d e d ’A illy , e scrib e al m argen: es allí donde hom bres,
b estias y m o n s tru o s tie n e n tan ho rrib le aspecto, que resulta difícil
d istin g u ir u n o s d e o tro s» . C o lón d a un paso m ás que d ’Ailly; éste,
a u n q u e c o n s ta ta la a n o m a lía de tales criaturas, las sitúa en dos rei­
n o s, el h u m a n o y el a n im al; C olón , p o r su parte, añade otro:
el re in o d e lo m o n s tru o s o . E llo es señal de que la dualidad normal-
a n o rm a l n o se c o n c ib e co m o un funcionam iento natural en el do­
minio d e los re in o s e x iste n te s (com o habitualm en te enseñan las es­
tru c tu ra s m e d ie v a le s). P o r el c o n tra rio ,[lo anorm al se sale de tales
e n c u a d ra m ie n to s p a ra c o n stitu ir un rein o propio, que parece rom ­
p e r e se e q u ilib rio in te rn o en q u e lo positivo y lo negativo no son
sino m u tu o s re fle jo s in v e rtid o s. ) [
i P a re c e q u e c o n fo rm e la E d a d M edia se acerca a su final se acen­
tú a m ás e s ta te n d e n c ia a h a c e r de lo m onstruoso un reino aparte,!

77 Esto es, los polos.


78 YM, t. I, cap. 12, p. 241.
79 La República, 401a. *
a complacerse en ello y crear así una nueva estética; ta l m o d a l ida,
de gusto aparece ya completa en la fórmula de San B e rn a rd o : dt
formisformositosocformosadifformitas;defo rm idad d e la bellez,
y belleza de la deformidad.
El excepcional atractivo de tal expresión proviene d e q u e exclu-
ye toda visión unilateral de la naturaleza; niega un a v isió n simplist;
del mundo, en la que lo que no es ni «bello» ni « co n fo rm e» sen*
lo contrario de bello y conforme lAl negar esta falsa id e a d e orden
se afirma otro en que no puede existir ni contradicción n i falta al­
guna, ya que la consustancialidad de los contrarios es la condicio:
misma de la estética.)
En tal sentido es preciso interpretar el m onstruo: o sc u re c e . iguá j
que ilumina, el orden universal, esto es, lo oscurece p a rá llu m in a ; j
lo. Lugar donde la naturaleza se manifiesta, es un en ig m a qu e ofre­
ce al hombre la posibilidad de alcanzar el conocim iento fu e ra ya ¿I
caminos pueriles, donde se extravía su ilusoria n ecesid ad d e de$e<
tructurar —para comprenderlo— lo que es uno.
II. VIAJES Y MENTALIDADES
El inventario libresco conocido nos ha ofrecido un paisaje inte­
lectual. Nos dirigimos ahora hacia paisajes más tangibles. Tras una
incursión en el universo de las ciencias —cosmología y geografía— ,
nos acercamos a individuos que han vivido el descubrimiento del
mundo. ¿Q uiénes eran los viajeros? ¿Por cuáles climas históricos
viajaban? Y sobre todo, ¿cómo veían y pensaban por comparación
con el fondo intelectual y fabuloso de su época?
La situación histórica en que tienen lugar los viajes condiciona
grandemente, sin duda, el ánimo y el punto de vista de quienes los
hacen. Es también esa misma situación histórica la que impone sus
leyes en la selección de viajeros —soldados, misioneros, diplomá­
ticos, comerciantes, exploradores, etc.— , y la que, como con­
secuencia, determ ina las diferencias en las observaciones de la
realidad y en las narraciones que de ellas resultan.
A mediados del siglo XIII se inicia la época de los grandes via­
jes, que durante siglo y medio fueron casi únicamente continenta-
les. Hasta entonces, las gentes que se habían desplazado hacia .
Oriente o hacia O ccidente lo habían hecho con espíritu hostil: el si­
glo ( ¡ XI e n efecto, es para nosotros el de las Cruzadas, las guerras
santas; un estado espiritual que una vez despojado de su belicosi­
dad no tuvo otro resultado que el de las peregrinaciones a los San­
tos Lugares. El próxim o O riente no es sino una región de infieles
que es preciso aplastar, conquistar o convertir. En cuanto al Extre­
mo O riente, es tierra de leyendas, a la cual el hombre occidental
no ha tenido acceso desde la época de A lejandro Magno. Se le ima­
gina también de acuerdo con las historias de A lejandro, repletas de
fábulas, o según los escritos de los antiguos, de que ya hemos ha­
blado. Por otro lado, el Extrem o O riente manifiesta idéntica igno­
rancia que el O ccidente. Michel M ollat1 no hace sino comenzar a

1 M ichcl M o llat, Grands voyages et connaissance du m onde du milieu du X llle


siécle á la fin du X V e siicle. P rim era P a rte: A sia; p. 30.
desflorar la cuestión al señalar que
Hay allí tantas leyendas sobre el Occidente le ja n o c o m o aq u í sobre
el Extremo Oriente. Los chinos ignoran todo de O c c id e n te , salvo al­
gunas leyendas muy vagas. Europa se halla a u se n te d e sus libros cas; (
por completo. También para ellos, el O ccidente es u n m u n d o mítico [
y escatológico23. '

Los comienzos del siglo XIII ven el surgir de u n o d e los más inv
portantes pueblos orientales: los mongoles.
En 1214, Gengis Khan invade China, p ara e m p re n d e r despucs
una sistemática marcha de conquista hacia el o e ste: el im perio de
los Seleúcidas. el Irán...; avance sangriento q u e sus sucesores lie
varón hasta Europa. Cracovia cae el 9 de abril d e 1241. H ungría es
invadida. El ejército mongol avanzaba hacia V ien a c u a n d o , feliz
mente para la cristiandad, la muerte del G ra n K h a n O godai in
temimpe la conquista a fines del terrible año 1241.
El avance mongol había tenido lugar con u n a ra p id e z y una efi­
cacia asombrosas, y sobre todo con «un gran lujo d e atrocidades»
hasta el punto de poner a la cristiandad en posición desesperada
El 3 de julio de 1241, Federico II lanza este llam am ien to :

i
Esperamos que los tártaros que han venido del T á rta ro sean arroja
dos al Tártaro (es decir, al Infierno). El mismo S a ta n ás les^alient¿ í
Y cuando todos los pueblos del Occidente decidan unánim em ente en \
viar soldados contra ellos, no tendrán que luchar c o n tra hombre?
sino contra demonios45.

Se alza entonces con intensidad el mito del A n ticristo : son ellos


los pueblos de Gog y de Magog, dominados en el p a sa d o por Alf
jandro, los destinados a invadir y destruir la cristian d a d entera. Hc
aquí lo cjue escribe Vincent de Beauvais, citando a S im ón de Saifl1
Quentin , para explicar «los varios nom bres de K han»:
En su lengua, Cuyné y Gog son la misma cosa; G og es su noin^
propio, y Magog el de su hermano. Pues el S eñor, p o r su p r o f e t a E z
quiel, predijo la venida de Gog y de Magog, y con ellos nos a m ^
za con la ruina y la desolación. También, los tártaros llevan el n°
bre propio de Mongles o Mongoles. El espíritu de este G og Kh<*n^
inflama con la destrucción de los hombres, y es co m o un fuego
diente, dispuesto a devorarlo todo6.

2 Se verá más adelante hasta qué punto los p u eb lo s m o n g o le s h a b ía n sido r


tid o s d e un sentido escatológico por los occidentales. .u,i"
3 V éase sobre esto René Grousset, L 'E m pire des S te p p e s, p p . 330-333;
B a ltru sa itis, La Edad Media fantástica, cap. V , p. 172.
4 J. B aJm isaitis, op ca .,p . 191. .ófie-
5 P a rte para su tarea misionera el año 1247 N o p o s e e m o s n in g u n a re»aC cfl-
crita suya; el único testimonio conocido es el de V in c e n t d e B e a u v a is , q u,e
S p e c u lu m Historíale inserta vanos capítulos to m ad o s d e S a in t-Q u e n tin .
* 6 B e rg e ro n , Relaiion de Plan Carpin, cap. X , col. 17.
De este m odo, en la proclama de Federico II Tatar se transfor­
ma en Tártaro por asociación de ideas, y por otro lado, Mongol lle­
ga a ser Magog por contagio fónico: todas estas contaminaciones
diabólicas acaban por asociar a este pueblo con el propio Infierno.
En medio de esta situación de alarma generalizada, el papa Ino­
cencio IV reúne en 1245 el concilio de Lyon y decide el envío de
misioneros a O riente.
• Podría creerse que las perspectivas demoníacas que se abrían
ante los misioneros habrían de aterrorizarles hasta el punto de im­
posibilitarles todo contacto con esos pueblos y toda objetividad. En
realidad no fue así; los misioneros eran —al menos cierto número
de ellos— hombres de espíritu muy abierto, y en cuanto a los mon­
goles, no estando en pie de guerra, aparecieron como gentes muy
acogedoras y llenas de curiosidad por las cosas de Occidente.
Tal aproximación, lo mismo desde el punto de vista oriental que
occidental, se ilustra con dos notables ejemplos. Uno lo proporcio­
na Federico II, quien desde 1228-1229 considera que las tres gran­
des religiones, «cristianismo, budismo, islam, ofrecen una explica­
ción del mundo igualmente respetable»; Federico II conocía el ára­
be y visitó los santuarios musulmanes7. El otro procede de Mangu
Khan, quien antes de la despedida de uno de los misioneros cris­
tianos, Guillaume de Rubrouck, organiza en su corte una gran
«disputa» en torno a las varias religiones allí representadas por nes-
torianos, sarracenos, tuinianos (especie de maniqueos) y cristianos8.
Cada representante es encargado de ofrecer una exposición de
su religión; el Khan escucha a todos con interés y cierra estas justas
oratorias explicando su propia fe, la doctrina «moal».
La intensidad del tráfico humano de Occidente a Oriente no
puede explicarse sino por la tolerancia de los mongoles: las rutas
terrestres hacia el Extremo Oriente se cerraron en 1368 con el ad­
venimiento de la dinastía Ming.
Hasta entonces, se suceden los viajeros de toda clase y origen.
La primera generación de misioneros incluye nombres de gran va­
lía: Jean du Plan de Carpin (1245), Nicolás Ascelín (1246). Simón
de Saint-Quentin (1247), Guillaume de Rubrouck (1253)9. Plan de
Carpin y Rubrouck sobre todo eran notables personalidades, y han
dejado cautivadoras relaciones de sus viajes.
Sin embargo, en menos de diez años, el espíritu de los misione­
ros cambia; la relación de Plan de Carpin termina con una muy
violenta incitación a la Cruzada (con objeto de impedir una nueva
invasión tártara), mientras que la de Rubrouck acaba de manera

7 Les Métamorphoses de l'humaniié. Les Cathédrales, p. 205.


Bergéron, Voyage de Rubruquis (o Rubrouck), cap. XLV. Edición latina de la
Socieié de Géographie, pp. 355-359.
Las fechas entre paréntesis son las del comienzo del viaje hacia oriente.

51
mucho más moderad*, propone enviar en lo su c e siv o c o m o misio
ñeros no frailes menores, sino obispos y e m b a ja d o re s
Se multiplican las relaciones entre O riente y O c c id e n te . L os her­
manos Polo. Nicoló y Matteo, regresan de su p r im e r v ia je con la
misión de pedir al Papa, con destino a la c o rte d e l G r a n Khan

Cien hombres sabios, para que predicasen la religión y la doctrine;


cristianas; y quería que fuesen expertos en las siete vías del conocí
miento divino1011.

Los Polo volvieron a partir hacia C hina en 1271; a llí permane j


rieron durante veinte años.
Se llegaba entonces a Oriente por d ife re n te s r u ta s terrestres
pero también por vía marítima12. Una segunda o le a d a d e misione
ros parte en condiciones bien diferentes a la p rim e ra : G io v a n n i di
Montecorvino (1289), Odorico de P o rd e n o n e (1 3 1 4 ), Jourdair
de Séverac (hacia 1320)13 Pascal de V ictoria (h a c ia 13 3 8 )1415, Gio
vanni di Marignoli (1342) .
Había entonces en China iglesias, arzobispos, c o n v e n to s francis
canos y bautizados, incluso en la familia im p e ria l. L e jo s estaban ya
los tiempos en que era preciso callar, y e ra p o sib le , c o m o lo había
hecho ya Marco Polo, observar librem ente, a d m ira rs e , m aravillar

) se. Todos los viajeros religiosos nos han d e ja d o su s e sc rito s; por e


contrario, los comerciantes, con excepción d e M a rc o P olo y de
Francesco Balducci Pegolotti16, no hicieron re la c ió n d e sus ex
/ periencias.
El interés de esta serie de viajes radica e n h a b e r p u e s to en cir
culación, entre Oriente y Occidente y a la in v e rs a , u n a serie de
ideas religiosas, de influencias artísticas y ta m b ié n a rtíc u lo s y obje
tos cuya influencia en Occidente es bien c o n o c id a . E l flujo haci^
Oriente fue sin duda más importante, p e ro ta m b ié n fu e ro n busca
dos por aquél los contactos con O ccidente17.
Los viajes se hicieron desde entonces con p e rs p e c tiv a s muy di­
ferentes: no dependían de una grande y sola c o r r ie n te , sino de ini­
ciativas más dispersas. Aunque los cam inos d e O r ie n te quedaror
casi cerrados hacia 1368, seguirá habiendo v ia je ro s q u e m a rc h e n ha
cía el Este: Hans Schiltberger (1396)18, R uy G o n z á le z de Clavija

10 B erg ero n , Voy age de Rubrouck, col. 150. E d ic ió n d e la S o c ié té d e G éograph'


p. 395.
n M a rc o Polo, cap V IH , p. 28.
12 V éase R G rousset, L'Empire des Sieppes, y L . B o u ln o is , L a R o u te de la í *71
,J V é a se lo dicho en nota 9.
14 S u relació n está fechada el 10 de ag o sto d e 1338.
15 F e c h a de su llegada a Pekín.
16 C o m e rc ia n te florentino de com ienzos d el sig lo X IV .
17 V é a s e R . G rousset, op cu., pp 372-373, 4 4 2 -4 4 3 , 4 4 8 -4 5 1 .
lo * « d e n h o m b re s sabios- solicitados por el G r a n K h a n K u b ila i. e0
ís V ia je fo rz a d o , pues Schiltberger cayó p ris io n e ro d e lo s tu r c o s e n 1 3 VO.
b a t a l l a d e N icó p o lis
(1403), Guillebert de Lannoy (1413), Nicoló de Conti (1419), Jo-
saphat y Ambrogio Contarini (1473), Bernhardt de Breydenbach
(1483), San Anselmo (1507), Martini a Baumgarten, etc., todos los
cuales han dejado relación de sus viajes.
Pero los viajeros miran hacia el Oeste cada vez más. Ello no sig­
nifica, sin embargo, que piensen en el descubrimiento de un conti­
nente desconocido: lo que buscan son islas... islas de las que han
oído hablar como Afortunadas; a este respecto, el descubrimiento
de las Azores y de las Canarias 9 podría haber constituido suficien­
te satisfacción. Pero también se busca, hacia Occidente, una nueva
ruta para llegar a las Indias: no es otro el objetivo de los viajes de
Cristóbal Colón (1492-1503), de Jean Cabot (1497-1498), de Amé-
rico Vespucio (1497-1504), de Vasco de Gama (1498-1503), de Ma­
gallanes (1519-1520)20. De todos estos viajes quedan las oportunas
relaciones.
Esta breve ojeada da una idea del Corpus formado por los libros
de viajes. Todos los mencionados son auténticos viajeros; sin em­
bargo, sus narraciones no han conocido la celebridad que sobrevive
a los siglos. Paradójicamente, es un «viajero de cámara», Mande-
ville, el autor del libro más famoso, el de las Maravillas del mundo
(1356). A lo que parece, Mandeville visitó Tierra Santa y quizá
Egipto, pero había evitado ingenuamente (casi sin quererlo, se di­
ría) llegar hasta la India:
y nosotros habríamos ido a ver estos árboles del sol y de la luna, si
pudiéramos pasar, mas no podrían allá pasar cien mil hombres d’ar-
mas, por causa de la gran copia de bestias salvajes...**21

Se nos presenta Mandeville como destrozado por el reumatis­


mo, atenazado por «gotas artríticas»22; tal carácter, delicado y sua­
vemente cobarde, contrasta de modo bien cómico con la decisión y
audacia de otros viajeros.
Aunque no haya visto los países de que habla, Mandeville no
duda en multiplicar las protestas de veracidad:
Y los que hayan visitado este país (...) me creerán y sabrán si digo
lo que he visto23.

Esta relativa mala fe contrasta también con el deseo de objeti­


vidad de los verdaderos viajeros24. La obra de Mandeville tuvo un

lv Juan de Betancourt llevó a cabo, en nombre de España, la conquista de las


Cananas entre 1402 y 1405. Los sucesos de la expedición fueron narrados por fray
Pierre Bontier. franciscano que tomó parte en ella. (Las Canarias no fueron con-
quistadas por «España», como dice el autor, sino por Castilla. Nota del Traductor).
21 Viaje narrado por Pigafetta, un italiano que formaba parte de la expedición.
Mandeville, edición española citada, p. 174.
22 Mandeville's Travels, edición Hakluyt, tomo II. p. 411.
23 Ibid., p. 353.
24 Véase más abajo, p. 55.

53
éxito extraordinario: se conservan más de trescientos m an u scrib ­
en diez lenguas diferentes (francés, inglés, latín, a le m á n , holandés
danés, checo, italiano, castellano, irlandés)* y n o v e n ta ediciones
hasta el año 160025.
El éxito se explica, en parte, por el carácter selectiv o d e la ohr;
de Mandeville: este «viaje» es casi exclusivamente u n a compilación
un «concentrado» de mirabilia. Acaso su fama y d ifu sió n se debar 1
también a la que la primera versión difundida fue e s c rita en ler
gua vulgar:

Y debéis saber que escribí este librito en latín, para más brevemen
redactarlo. Mas porque muchos entienden mejor el rom ance que <
latín, lo he romanceado, para que todos lo entiendan (...y

Este deseo de propagación, que responde, ad em ás, a u n a nece


sidad de «público» (utilizando un cliché m oderno), n o e s un cas:
único. Jean du Plan de Carpin, a su regreso de T a rta ria , se habí
embarcado, en 1247, en una verdadera gira de co n feren cias pe
Francia:

Había escrito un grueso volumen con lo que había visto de notab


entre los tártaros y en otras partes27, y cuando le cansaban con pn

i guntas, hacía leer su relación, como yo muchas veces he oído


visto*
Los frailes leían su libro, y él interpretaba y explicaba lo que paree
algo oscuro29. (Crónica de fray Salimbene de Salimbeni).

Los libros de viajes despertaban, pues, un in te ré s apasionad,


el descubrimiento y desarrollo de la im prenta les proporcionad
una difusión aún mayor. Famosos manuscritos son e n to n c e s repd
ducidos en gran número, como el 1380 de la B ib lio teca N acional^
París, que incluye en particular las narraciones del m o n je Haitof
de Ricoldo da Monte Croce, de Odorico de P o rd e n o n e : más q*
nunca, los viajes del pasado gozan de todos los h o n o re s . La
prenta no sirve únicamente para difundir las « noved ad es» , sino ta'T'
bién para fijar esquemas y conocimientos arcaicos. L o s siglos
y XVII verán grandes ediciones, las de Simón G ry n a e u s , Giamb-
tista Ramusio, Reinier Reinecke, Richard H ak lu y t, to d a s las cu­
tes incluyen tanto viajes medievales como los m á s r e c ie n te

• También en aragonés y en catalán (Nota del trad u ctor.)


25 Véase R. Grousset, op cit., p. 450.
26 Mandeville s TraveLs, p. 231.
27 El texto latino dice. «De factis Tartarorum et aliis m irabilibus
28 Crónica de fray Salimbene de Salimbeni, en Sbaraglia, Supplem enium e;
agatio ad scripiores tnum ordumm Francisci, p. 452; citado y trad u cid o por d
zac, loe. cu., p 598.
29 Citado y traducido por Michel Mollat, op. cit., t. 1, p. 44.
jo Son también del siglo XVU la compilación de Sam uel P u rch as (1626) )' ‘
modesta de Fierre Bcrgcron (1634).
T ales son las co n d icio n es d e los viajes, tal la atm ó sfera q u e les
rodea. E n c u a n to a los v ia je ro s m ism os, ¿con qué estad o de ánim o
em prenden sus e x p e d ic io n e s, cuál es su actitud an te sus propios
descubrim ientos?
Según M an d e v ille , los o ccid en tales han nacido p a ra viajar; su
constitución, su d e stin o a stra l les im pelen a ello, al co n trario que
los o rien tales, los cuales

no son movibles porque están en el primer clima, que es el de Sa­


turno, y Saturno es lento y se mueve poco, ya que tarda treinta años
en hacer su recorrido por los doce signos31.

Si S aturno es u n p la n e ta le n to , la L una es un p lan eta de «m o­


vimiento ligero», u n « p lan eta v iajero», que «pasa p or los doce sig­
nos en un m es». Según e sto , los occidentales estam os en un clima
influenciado p o r la L u n a ,

la cual nos da ocasión y voluntad de movernos ligeramente y de ca­


minar por caminos diversos y de conocer cosas extrañas y las diver­
sas cosas del mundo32.

La m isma expresión de M andeville, llena de m ovim iento, indi­


ca bien ese carácter giróvago de este occidental de pies ligeros.
El verbo conocer es utilizado en las situaciones más típicas: «co­
nocer» lejanos países33, «conocer» el m undo34. Tam bién lo em plea
Marco Polo en el p rim er capítulo de su libro, donde afirm a que an­
tes’ de él nadie h a «conocido» ni viajado «en las distintas partes del
mundo ni tan grandes m aravillas»3 .
La búsqueda de las m aravillas constituye uno de los más im por­
tantes atractivos de la exploración del m undo.
Las m aravillas son el gran tem a de todos los libros de viajes. La
relación de .Jourdain de Séverac lleva, sencillam ente, el título de Mi-
rabilia, algo m uy habitual en la E d a d M edia. La prim era página es
paradigm ática, y com ienza así: « Inter Siciliam autem et Calabriam
est unum mirabile*6 in m ari». C u atro líneas después: «ñt una revo-
lutio mirabilis»*1. O cho líneas más abajo: «et hoc est mirabile val-
de»38. Diez más: «mirabile m agnum etian»39. A bundan exclamacio­
nes como M irabile!*0, M irares!*1, Mirae adm ir adonis*2\ son muy
frecuentes las expresionesdel tipo «m aravillarse», «deben maravi­
llarse»43. Su sentido sigue siendo el del verbo latino mirari, que in-

33 Ibid., p. 411.
34 Ibid., p. 333.
^
Marco DPolo,
í *1, -v
cap. I, p. 20.
37 y 38 Jourdain, p. 37.
Jourdain, p. 38.
y 42 Jourdain, re: respectivam ente pp. 43 y 45, 49, 44.
Maco Polo, passim.

55
dica admiración, sorpresa, gusto por lo n u ev o y e x tr a o r d in a r io , n
p o r lo bello. J .
Para un lector moderno no dejan de te n e r e n c a n to fra s e s core
éstas:
En esu isla se hallan las gentes más maravillosas y m ás m alvadas dt
mundo (...) El padre se come al hijo, el hijo al p a d re , el mando
la mujer y la mujer al marido*4344.

Las maravillas son fértiles en sensaciones f u e r te s , y a h í radie,


el placer buscado. Marco Polo era apreciado e n la c o r te mongo
por su talento de narrador; ello es lo que hizo q u e s e fija se en e
pese a su juventud, el Gran Khan, por
sabcT contar todas las novedades y cosas m aravillosas que hab
visto45.

El gusto por lo exótico reinaba tanto e n O r ie n te c o m o en (Á


cidente. Mandeville, como todo autor de mirabilia, e r a conscien:
del carácter popular de su obra.
porque muchos toman placer y solaz en oir fablar las cosas e\
trañas46*.

Las novedades llegadas de tierras e x tra n je ras a p o r ta b a n a la vio.


un elemento de diversidad que la E dad M edia a p re c ia b a d e mo¿
particular. El comienzo del libro de M arco P o lo , c o n su estilo ó
charlatán de feria, atestigua la fascinación que e je r c e e s a diversidac
Señores, Emperadores y Reyes, M arqueses, D u q u e s , C ondes, t
balleros, Burgueses, y todos vosotros, en fin , q u e a n h e lá is conoce
las diferentes razas de los hombres y la e n o rm e v a rie d a d de las d '
versas regiones del mundo, y deseáis inform aros s o b re su s usos y cos­
tumbres: tomad este libro y hacedlo leer; p u es e n él hallaréis tod*’
y cada una de las extraordinarias m aravillas y p e c u lia rid a d e s de
Armenia Mayor y la Menor, de Persia, de T u r q u ía , d e la India yj
las tierras de los tártaros, así como de tan tas y ta n ta s reg io n es ( 1

El hecho de que las cosas de los países le ja n o s s e a n , en conjur 1


to , diferentes de las nuestras es uno de los e le m e n to s m á s imp° 1
ta n te s (y más buscados) del viaje:
Simpliciter dico: quod haec India, quod fru ctu s e t a lia , a térra chn |
tianitatis est aliena*®.

44 M a rc o P o lo , cap 119, p. 133 de la edición c ita d a p o r e l a u t o r .


43 M a rc o P o lo , cap 17, p 39.
44 M a n d e v ille . edición española citada, p. 19. n {,0
47 M a r c o P o lo , cap 1, p 19 La diversidad r e a p a re c e c o m o u n leitmotiv
d e v ille , c f Trovéis, cap 16, p 309.
44 J o u r d a m d e S éverac, p 42.
(«En una palabra: todo lo que hay en la India, sean frutos u otra
cosa, todo es diferente de lo que se encuentra en tierra cristiana»).

La diferencia provoca la maravilla:

algunos de sus pájaros son tan extraños y diferentes de los nuestros


que provocan asombro49.

La diferencia es también garantía de calidad:

y todas sus cosas son muy diferentes de las nuestras, pero mucho me­
jores y de mayor belleza50.

Y constituye también un aspecto de las relaciones antitéticas que


existen entre nuestro mundo conocido y el que descubren los via­
jeros. Esta radical falta de semejanza es la que expresa Colón del
siguiente modo:
En este tiempo anduve así por aquellos árboles, que era la cosa más
fermosa de ver que otra se haya visto (...), y los árboles todos están
tan disformes de los nuestros como el día de la noche; y así las fru­
tas y así las hierbas y las piedras y todas las cosas51.

Todos los viajeros experim entaban en algún momento la gran


sensación de e n tra r en otro m undo. Plan de Carpin dice a propósi­
to de los tártaros: Forma personarum ab ómnibus hominibus aliis
est remota52. Son diferentes, por su aspecto, del resto de los hom­
bres. R ubrouck nota con claridad esta sensación de pasaje:

Después de haber partido de Soldaia, al tercer día nos encontramos


con los tártaros; y cuando los hube visto y observado^ me pareció en­
trar en un mundo nuevo: «quoddam aliud seculum» 3.

Jourdain de Séverac, que sitúa en las fronteras de la India el co­


mienzo del o tro m undo, traduce idéntica sensación mediante el giro
más familiar de alter mundus:

Hic sunt multa et infinita mirabilia; et incipit in hac prima India qua-
si alter mundus54.

49 Marco Polo, cap. 194, p. 464.


50 Marco Polo, cap. 183, p. 446.
51 Colón, Prim er V iaje, miércoles, 17 de octubre de 1492; p. 39.
52 Plan de Carpin, cap. 11, Société de Géographie. p. 611.
53 Rubrouck, B ergéron, col. 5, y Soc. Géo., p. 220. Cf. también Soc Géo., p.
238. «Quando crgo ingressi sumus ínter istos barbaros, visum fuit michi, ut dixi su-
perius, quod ingrederer aliud seculum» («Cuando nos encontramos en medio de es­
tos bárbaros, me pareció, com o dije más arriba, que entraba en otro mundo»).
34 Jourdain, p. 41.

57
(«Hay aquí infinitas y numerosas maravillas; e n e s ta prim era Ind
comienza como otro mundo»).
Esc mundo no se caracteriza ú n icam en te p o r u n a infinidad c
diferencias, sino también porque allí m u ch a s c o s a s s o n lo contrar
de las nuestras. Marco Polo nos ofrece u n c o n v in c e n te e je m p lo , gr
cías a su misma sencillez:
aquellas gentes hacen retratar y pintar a todos sus dioses e ídolos
color negro, mientras que sus diablos son blancos com o la me
pues dicen que Dios y todos los Santos son m uy negros, y blanc
ios demonios5'.
Pintan sus dioses de negro y sus dem onios d e b la n c o . P a ra el cr
tiano. el negro es el color diabólico, evoca la m a ld a d d e l pe cae
mientras que el blanco es el de la p u rez a, d e la tra n s p a re n c ia esp
ritual, de ia santidad, por lo tanto.
Puede notarse que la expresión otro m undo h a evolucionado
partir de Rubrouck: éste se contenta con d e c ir aliud seculum . de
pues se utiliza aher mundus. Se sabe que el m e d ie v a l es un lai
más que decadente, pero ello no im pide p e n s a r q u e el sentidi3 ^
alter designa el otro no entre otros varios p o s ib le s , sin o com o of
sición nominal de dos cosas: alter es el que n o so y y o . Alter mur
^ dus es. en la perspectiva de dos únicos m u n d o s p o s ib le s , el núes:
u y el de los «otros», esto es. el contrario del n u e s tr o 56.
■ Ese otro mundo, en fin. es un m undo v irg en : lo s viajeros so'
f l°s primeros en descubrirlo, y al hacerlo e x p e rim e n ta n una suei'
V ^e embriaguez. Afirma Colón en su te rc er v ia je q u e su itinerar
«nunca nadie lo ha andado ni enviado a b u sc a r h a s ta a g o ra » 57. E
le confirma en la idea de que el otro m u n d o es ta m b ié n un nu­
do nuevo:
este de acá es otro mundo en que se tra b a ja ro n ro m a n o s y AU"
dre y gnegos. para lo haber con grandes e jercic io s58.
Es nuevo en tamo que hasta entonces no h a b ía sido visita^
p u es existe desde siglos atrás en la T radición: C o ló n a lu d e , en c,e‘
to . a gnegos y romanos. Lo que se busca es lo « conocido» m''1
visto. Rubrouck. durante su estancia en tre los tá r ta r o s del n^1'
p reg u n ta por la existencia de criaturas q u e . al d e c ir d e Solin. h*.
ta b a n «en los límites de este país, a la p a rte d el septentrión
tuve curiosidad de informarme acerca de e sto s h o m b re s mon*11*
sos. mencionados por Solin e Isidoro, p ero m e d ije ro n que n°

-*•* M a rc o Polo cap 179. p. 429.


*+ C í supra. cap I. pp 39-40.
*’ C o ló n . T ercer Viaje, cana a los R eyes, p. 183.
» C o ló n , ib id . p 171.
59 B c rg c ro n . col 89

58
bían de qué se trataba y que no habían oído nunca hablar de ellos,
de lo que quedé sorprendido, y en la duda de si era así o no60.

Para el religioso R u b ro u c k debió tratarse de un caso de concien­


cia: ¿es posible d u d a r de la palabra de las auctoritatesl
T am bién G iovanni de M ontecorvino se esforzó por verificar la
tradición; su conclusión es lacónica, pero revela su buena voluntad
para con las «autoridades»:

he preguntado y he buscado mucho, no he podido encontrar nada61.

Estos v iajeros so n , en su m ayor parte, espíritus «curiosos»; quie­


ren, sinceram ente, conocer lo que existe. Tienen necesidad de ver­
dad, una necesidad que suponen tienen también sus lectores. Sus ,
narraciones se hallan repletas de protestas de veracidad, y a menu­
do comienzan con una tom a de posición extrem adam ente clara en
favor de la objetividad. En cierta ocasión, Marco Polo da muestras
de una firm eza de estilo que, por lo general, no se encuentra en él:

Por ello os presentaremos las cosas vistas como vistas, y como oídas
las que así lo fueron, de suerte que nuestro libro sea sincero y ver­
dadero, sin sombra de mentira (...), cualquiera que haga su lectura
o la escuche deberá darle crédito por ser verdadero en todas sus
partes62.

No es M arco Polo el único en insistir en su propia objetividad


y en la credibilidad de su narración. Al comienzo de su libro, Odo-
rico no pierde tiem po en anunciar, en una corta frase, el tema de
su obra, con objeto de conseguir más rápidamente la confianza
del lector:
No quiero poner en este libro ninguna cosa como verdadera que no
haya visto yo mismo. Y si pongo algo que haya oído contar a gentes
dignas de fe y nacidas en el país del que se dicen esas maravillas, se­
rán pocas, y las pondré tal como las oí decir, y las atestiguaré úni­
camente como oídas63.

Todo depende, sin duda, de lo que se entienda por testimonios


«dignos de fe» y de hasta dónde lleguen las exigencias de los via­
jeros que los escuchen64. A este respecto es bien edificante el párra­
fo inicial de Jourdain de Séverac relativo a «la Tercera India»:

Bcrgeron. col. 83, y Soc. Géo., p. 237: «Quesivi j e monsiris. sivc de mons-
truosis hominibus. de quibus narrant Ysidorus el Solinus. Ipsi dicebant michi quod
nunouam viderunl talia. de quo multum miramur si verum sit».
6 Cúado por Michel Mollai. op. cit., t. I. p. 119.
62 Marco Polo, cap. 1. p. 20.
63 Odorico. pp 1 y 2.
** En lodo caso, puede ponerse en el haber de tales viajeros esas pruebas de bue­
na voluntad. Jacques de Vitri ciia sus fuentes en su Historia Ontntalis (siglo XII),

59
I>e Tcrtia autem India dicam: quod non vi d i, e o q u od ubi non ♦.
vcnim a ñde digms audivi mirabilia multa; nam ibi sunt dracone^
quanntaic maxima, qui super caput portant lap id es lucentes, qui c¿
bunculi vocantur
(«Quiero hablar de la Tercera India, que no he v isto porque no-
estado allí, pero he oído muchas maravillas acerca de ella a testig
dignos de fe; en efecto, hay allá dragones en gran número, que
van en la cabeza unas piedras luminosas q\ie se llaman carbunc
i i » )

Parece que ese nam figura en el te x to c ita d o p a r a ilustrar la o



jetividad de los testimonios aducidos. P ero e s m e n o s p érfid o y cíe
tam ente más justo pensar que tal palabra in d ic a q u e e l país en cue
tió n es fértil en maravillas. Es allí ta m b ién d o n d e se encuentra
pájaro rock, ave fabulosa famosa ya en JL^cvs m il y vina noches**, l
«verdaderos unicornios» (ártico m e s veri), lo s h o m b r e s con cabe:
de perro, etc. ¡Que se juzgue la veracidad d e e s o s testim onios du
nos de fe! El capítulo siguiente se refiere a la A r a b i a M a j o r , >
en la primera frase declara Jourdain:
Oe Majori Arabia, ubi fui, pauca narrare possum —67
(«De la Arabia, donde estuve, poco puedo decir__»).

Las maravillas no vistas personalm ente d e b e n ex istir en algu:


Pa n ^, ¿por qué dudarlo? Pero desde esta ó p tic a , h a y m en os que ¿
cir del país visitado— N o acusemos a Jourdain d e S é v e r a c . s i n err
^arg°> de haber prestado oídos d em asiad o co m p la cien tes a
narraciones fabulosas, ya que es posible q u e la ú n ica versión q>
d e su libro ha llegado hasta nosotros haya sid o abundantem ente rr-1
tila d a o refundida por un copista p oco e sc r u p u lo so .
E n conjunto, los viajeros dan pruebas de un in n eg a b le deseo*!
o b jetiv id a d . Rubrouck encuentra, en el país d e lo s tártaros, a -1
s a c e r d o te de Catay vestido con una túnica d e un rojo espléndido' I
y le pregunta acerca de ella. Le responde qu e e s e admirable coK 'l
r o j o s e obtiene a partir de la sangre de ciertas extrañas criatuf j
q u e s e parecen a los hombres, pero que n o so n
más altos de un -codo, están cubiertos de pelo y Habitan en caven*
a las que nadie ha p o d id o llegar**8*
.

y d e s p u é s a p a r e c e c o m o totalm ente in d ife r e n te a la s r e a c c i o n e s d e l lecto r : «Si *°


a l i c u i i n c r e d i b ü i * v id ean tu r, nos n em in em c o m p e l lim u s a d c r e d e n d u m » («Si
p a r e c e n i n c r e í b l e s , n o obligam os a nadie a a c e p t a r l o s » ) .
<•5 J o u r d a i n , p . 55 V éa n se tam bién pp 5 6 -5 7 .
6* / yic r r tíi y u/w/ ncxrHtrs, traducción fra n cesa d e A n t o i n e G a lla n d (E d . Ga*1'*1 *.
F l a m m a n o n ) . t . 1, - S e g u n d o viaje de S im b a d » , p . 2-41, t. I I I , - H is t o r ia de Al
n o » , p l ”7 4 sr-y
J o u r d a i n , p - ->f -
aa R u b r o u c k , B e r g e r o n . coi. 90. y S o c G éo.. p. 328.
Para poder acercarse a tales seres, se vierten licores embriaga­
dores en los hoyos donde se recoge el agua que beben; una vez
adorm ecidos, se les extraen «tres o cuatro gotas de sangre de algo
más abajo de la garganta»: esta es la base del color rojo que Ru-
brouck encontró tan herm oso. El cual cree que tal historia tiene un
aire de autenticidad, pero se niega a aceptar lo que sigue:

Este mismo sacerdote me aseguró algo que yo no creo de buen gra­


do, que más allá y más lejos que Catay existe una provincia donde
los hombres, cualquiera que sea su edad, permanecen en dicha edad
desde que entran en ese territorio hasta que salen de él69.

En sum a, hay cosas extrañas en las que se puede creer y otras


a las que no se puede dar crédito. ¿Cuál es el principio que preside
esta selección? R esulta difícil juzgar la cuestión con certeza, pues
Rubrouck no explica nada más. De hecho, las opiniones de los via­
jeros no son libres; si en ocasiones pueden escapar al contexto ima­
ginario y mítico de su época, se hallan mucho más a menudo in­
fluenciados por un conjunto de fábulas que parecen creíbles, bien
a causa de cierta fam iliaridad que ofrecen con el folklore o con las
concepciones m edievales de la naturaleza, bien por otras razones
profundas. O dorico, quien como muchos otros se encuentra en tal
situación, no d uda, sin em bargo, en reconocer la realidad cuando
las cosas no ofrecen duda ninguna:

Si hablo de la tierra del Preste Juan y de la isla Pentesona, no es mía


la centésima parte de lo que se dice acerca de que sea rica región y
noble país70.

El reino del Preste Ju an , es cierto, había servido de pretexto a


tantas maravillas, que la realidad debía ofrecer un contraste en ver­
dad sorprendente.
La relación de Pigafetta, la más reciente de todos nuestros via­
jeros, trata con m enosprecio de la m ayoría de las narraciones oídas
durante el viaje. A sí cuando habla de los panotis71

Li nostri non andarono a vedergli perche il vento, correntia del mare


gli era contraria, reputarono quello che fu loro detto di detti populi
esscr fauole72.

(«Los nuestros no fueron a verlos porque los vientos y las corrientes


marinas eran contranos, y consideraron que lo que les fue dicho de
tales gentes era fábula»).

69 R ubrouck, B ergeron, col. 90, y Soc. Géo., p. 328.


™ O dorico, cap. X X V III, p. 433.
71 «Hom bres que tienen orejas tan grandes que pueden cubnrse con ellas» (Pi­
gafetta, p. 135). Cf. capítulo ÍV del presente libro, «Tipología del monstruo».
72 Ram usio, t. I. fol. 406c, d.

61
Entre la actitud crítica de viajeros an te rio re s y la d e Pigafetu
se sitúa la de Cristóbal Colón: las relaciones e n tre lo o b je tiv o y l(
fabuloso alcanzan en él un raro grado de c o m p lejid ad y sutileza. Co­
lón es capaz de hacer juicios muy medidos q u e s o rp re n d e n porque
revelan su capacidad de análisis. En su p rim e r v ia je , los indios
que le acompañan tiemblan de miedo al llegar a u n a isla , ya que

Había en ella gente que tenía un ojo en la fre n te , y o tro s que se lia
maban caníbales, a quien mostraban tener gran m ie d o . Y desque vit
ron que lleva este camino, diz que no podían h a b la r p o rq u e los c
mían y que son gente muy armada. El A lm irante d ice q u e bien ere.
que había algo de ello, mas que, pues eran a rm a d o s, sería gente dt
razón, y creía que había captivado algunos y q u e p o rq u e no volvía:
dirían que los comían73.

Colón no conocía todavía a los can íb ales a n tr o p ó f a g o s , pero s.


análisis es notable; se apoya en u n a a tre v id a d e d u c c ió n : si esas ger
tes, consideradas como extraordinarias, c o n s ig u e n h a c e r prisionc
ros de modo sistemático, es que están b ie n a r m a d a s , y p o r lo tañí
civilizadas, o al menos organizadas. L o c u al n o s ig n ific a , adema'
que sean monstruos. Antes de aceptar u n a v e r s ió n fa b u lo s a d e 1
historia, Colón prefiere atenerse a una e x p lic a c ió n a p o y a d a sólo
la realidad. Lo que Colón propone rev ela u n a c i e r t a penetracior
al tiempo que una interesante disposición p a r a e l a n á lis is d e los ir
tos. De hecho, Colón razona a partir de lo c o n o c id o (s u p ro p io mur
do); con todo, esta actitud positiva p u e d e im p e d ir e l v e r o acepta
una realidad nueva.
Colón pane de la idea de que iba a c o n q u is ta r lo s fa b u lo so s pai j
ses del Onente. Por un lado, constata q u e n o h a lla m o n stru o s, lo i
monstruos que siempre se espera e n c o n tra r e n O r ie n te :

Hasta el presente, no he hallado en estas islas h o m b res monstrua


sos, pese a lo que piensa tanta gente74.

Por otro lado, está firmemente decidido a d e s c u b r ir , a pesar ^1


to d o , el país del Gran Khan, y no o tro . A sí, c u a n d o lo s indíg<-’n3'
le hablan con terror de los «caniba» o « c a n íb a le s » , d e d u c e quC-
h alla ya en los dominios del Gran K han (K h a n h a b r ía d a d o , por
riv ació n, caniba )75. Igualmente, cuando d e s c u b re C u b a la asifl1'*1'
a C ip an g o :76 entre la objetividad y el s u stra to m ític o se in sta u ra 11 1
c o n sta n te vaivén.
C o ló n necesita convencer a los so b e ra n o s e s p a ñ o le s d e quv 11 1
d e sc u b ie rto efectivamente las Indias, de lo q u e é l m is m o no di^’ t

73 C o ló n , Prim er Viaje, viernes, 23 de noviem bre d e 1492; p . 66.


74 C o ló n , carta a Luu de Santángel acerca del P rim e r V ia je ; G a llim a rd . P
7 5 p n m er V iaje, martes, 11 de diciembre de 1492; p. 85.
76 p rim e r V iaje, martes, 23 de octubre de 1492; p . 45.
L
si bien constata im portantes diferencias entre las narraciortes que
ha leído y la realidad que encuentra:

La gente de que escribe Papa Pío, según el sitio y señas, se ha ha­


llado, mas no los caballos, pretales y frenos de oro77.

Colón había leído la cosmografía de Eneas Silvio78; si éste no


insistía en lo de las gentes monstruosas, es probable que, como los
demás, los m encionase. Colón cree haber descubierto los lugares de
que habla porque ciertam ente ha encontrado en Eneas Silvio, co­
mo en Pierre d ’Ailly, mediciones que concuerdan con las que él mis­
mo ha ido haciendo durante su navegación. Pero concede un tanto
apresuradam ente a las gentes que encuentra la certidumbre que tie­
ne sobre los lugares, y así, traiciona en parte a la vez la realidad
que está viviendo y los libros de que habla.
Para Colón es sin duda de importancia primordial el probar que
todo se va cumpliendo con normalidad; ha encontrado ya ciertos de­
talles que dem uestran que se halla ya en las Indias, y descubrirá
otras tierras que no harán sino confirmar su opinión:
y que no podía ser que, andando el tiempo, no hobiese la España
de aquí grandes provechos, pues que se veían las señales que escri­
bieron de lo que de estas partidas tan manifiestas, que también se
llegaría a ver el otro complimiento79.

Sabiendo desmitificar su viaje cuando «toca en lo vivo», Colón,


con todo, se ve obligado (por su propio error, pues creía y quería
estar ervlas Indias) a imponer a la realidad el elemento fabuloso de
las narraciones anteriores, y, cosa curiosa, es lo fabuloso lo que
prueba la verdad de sus descubrimientos.
He aquí cómo se felicita del éxito de su navegación, que consi­
dera como una victoria:
Y no c ab e d u d a de qu e esto lo es, pues ya se había hablado o escrito
de estas tie rra s, p e ro ú n icam ente p o r conjeturas y sin aportar prue­
bas m a te ria le s, de m an era qu e la m ayor parte de quienes de ello oye­
ron h a b la r p en sa b a n q u e se tra ta b a de historias fabulosas80.

Según Colón, no se trata ya de narraciones fabulosas, sino de


una realidad en que se confirma lo fabuloso.
De hecho, aunque la posición de Colón sea bastante contradic­
toria, lo es menos de lo que parece: lo fabuloso que pretende

Cuarto V iaje, carta a los Reyes, p. 199. (El autor dice, equivocadamente, que
se trata del T ercer Viaje. N ota del Traductor).
Cosmographia seu historia rerum ubique gestarum, locorumque descriptto. Es
obra compuesta en la prim era mitad del siglo XV, antes de que su autor accediera
al solio pontificio.
™ Colón, Tercer V iaje, carta a los Reyes; pp 170-171.
Carta a Luis de Santángel acerca del Primer Viaje; Gallimard, p. 187.

63
h a b e r d e sc u b ie rto radica e s e n c ia lm e n te e n l a s r i q u e z a s r e a l e s o v
t u a le s d e lo s países d e s c u b ie rto s , a sí c o m o e n e l c a r á c t e r paradisi., \
c o d e la g en ero sa n a tu ra le z a d e a q u e l lo s c l i m a s . S i C o l ó n s ig u e en [
p ic a n d o u n térm in o v ag o c o m o fa b u lo s o p a r a r e c u b r i r realidad? \
p re c is a s , ello es p o rq u e n e c e s ita s u s c i t a r e n s u s l e c t o r e s (F e rn a m
e I s a b e l, o sus p rin cip ales p r o t e c to r e s , j u n t o a l o s m o n a r c a s ) mav
e n tu s ia s m o , con o b je to d e q u e le a u t o r i c e n á e m p r e n d e r n u e v o s vi
je s . P u e s C olón sabe b ie n q u e la r e a l i d a d e s s i e m p r e m e n o s sedui
t o r a q u e el m ito.
F re n te a este sutil c o m p ro m is o e n t r e l a o b j e t i v i d a d y la fide!
d a d a la ley en d a se sitú a n a c titu d e s m á s e l e m e n t a l e s o m á s suma
ria s , m ás c la ra m e n te a ñ n c a d a s e n e l r e a l i s m o .
P a ra ad h erirse a lo m a ra v illo s o e s n e c e s a r i o s e r u n p o c o poet
E n tr e n u e stro s v ia je ro s h a y u n o q u e p a r e c e l o m e n o s p ro c liv e pe
sible a ta l e sta d o de á n im o : M a r c o P o l o 81. E l l o n o s i g n if ic a que ¿ |
v ez en cu an d o n o se a u n m ix tif ic a d o r , p e r o e s a n t e t o d o u n comci I
c ia n te , y si ta b u la , lo h a c e e n e l d o m in i o q u e l e f a s c i n a : lo s palacio I
de o ro ñ n o , la v id a d e lo s g r a n d e s s e ñ o r e s , l a r i q u e z a y e l nivel deB
civilización de las c iu d a d e s , p o r n o h a b l a r s i m p l e m e n t e , e n ocasn I
nc?: ^ el n *v c' d e v id a. C u a n d o se r e f i e r e a l p a p e l m o n e d a que v. I
utiliza e n C h in a , in sin ú a (h a y q u e s u p o n e r q u e c o n h u m o r )

que se Duede decir que el G ra n K h a n e s tá e n p o se sió n de


alquimia42.

T ie n e M a rc o P o lo la te n d e n c ia a c o n s i d e r a r q u e s e t r a t a de «p i
p e í m o ja d o » , q u e n o vale lo q u e la s e s p e c i e s c o n t a n t e s y sonante
S u a so m b ro lin d a con la in c o m p re n s ió n a l v e r c a m b i a r a n t e é l bn' I
c a d o s , se d a s , p ie d ra s p re c io s a s , p e r l a s , p o r e s t e p a p e l monedJ I
C o n s ta ta q u e gracias a e s ta m o n e d a s in v a l o r e l G r a n K h a n po^ [
to d o el o ro y p la ta y p ie d ra s p re c io s a s d e la t o t a l i d a d d e su s tierra*'

T o d o e llo , e n fin, le p a re c e , h a s ta d o n d e s o m o s c a p a c e s de inte-1


p r e t a r l e , u n a ingeniosa s u p e rc h e ría .
M a r c o P o lo es el m ás re a lis ta , e l m á s m a t e r i a l i s t a d e to d o s tult" !
t r o s v ia je r o s , y no p ierd e o c a sió n d e e n v i a r a l d e s v á n d e lo s tra^ 1j
i n ú ti l e s las c ria tu ra s m íticas. L a m á s d i v e r t i d a d e e s a s desmitit*1'11
c i o n e s e s la q u e hace del u n ic o rn io :

T ie n e n m u ch o s elefan tes s a lv a je s y t a m b i é n u n i c o r n i o s , q u e s‘ 1
m e n o r e s q u e los c ic la n te s , é s to s t i e n e n la p ie l c o m o la d e l búbl ‘

Q u e n a d i e se u ir p r c n d a de e ste a v e n c c u c r ó n i c o h a c i a l a o b j e t i v i d a d .
en efecto, depende de los in d iv id u o s y d e lo s c a r a c l c r r c s m á s q u e d e l con*
tiem po
M a r r o P o lo , c a p W , p. 227. n4"-
a* M a r c o P o lo , c a p W . p . 230. P o lo n o lle g a h a s t a fo r m u la r e l ju ic io
t r o i | c i m b u i m o s , p e r o se tra n s p a rc n ln su o p i n i ó n p c r s o n u l .
ia pezuña como la del elefante, con un gran cuerno de color negro
en medio de la frente. Mas he de advertiros que no atacan a los hom­
bres ni a los animales con su cuerno, sino utilizando la lengua y las
patas; pues tienen en la lengua unas espinas muy agudas y largas
(...) Su cabeza es similar a la del jabalí silvestre y siempre la lleva
baja, inclinada hacia tierra; suelen reposar sobre el limo y el fango
de los lagos y bosques y son animales de muy desagradable y horri­
ble aspecto. En nada se parecen a los de las leyendas que en nues­
tras tierras cuentan, cuando pretenden que se dejan atrapar por una
virgen si los cogen del pecho. Y en realidad actúan contrariamente
a cuanto entre nosotros se cree84.

Para Marco Polo, el unicornio es un animal más o menos como


el elefante. Tiene un grueso cuerno de color negro en medio de la
frente, y su cabeza recuerda la de un jabalí salvaje. Para colmo de
desgracias, el lugar favorito del unicornio es el cieno y el fango. Es
muy desagradable, y no se parece en nada a ese puro unicornio de
las ingenuas historietas occidentales. Imaginemos una «doncella»
que en vez de un unicornio tenga en su regazo un rinoceronte...
¡Porque de un rinoceronte se trata! ¡El encanto ha queda­
do roto!
Con todo, si M arco Polo desmitifica el unicornio, no queda cla­
ro que desee superponer su imagen a la del rinoceronte, y a la
inversa.
Con el pretexto del realismo, Marco Polo llega a desconocer to­
talmente el folklore local y a «rectificar» con su propia mitología la
de otro pueblo. Así se enfrenta con el grifo:

se e n c u e n tra n , según dicen los pocos hom bres que han llegado tan
lejos y tan a b a jo , uno s terribles pájaros a los que llaman grifos (...).
Mas no creáis q ue se parecen a los grifos de los que hablan las gen­
tes de aq u í, haciéndolos rep resen tar com o m itad aves y mitad leones
(...) , d esm esu rad am en te grandes ( ...) A seguran en efecto que es
aquél un anim al ta n grande y poderoso que. tom ando un elefante en­
tre sus g a rra s, lo llevan por los aires subiéndolo hasta el cielo (...)
Los que los viero n aseguran que es tal su tam año que con las alas
abiertas cub ren m ás de treinta pasos, y que las plumas con las que
vuelan tien en doce pasos de longitud; y añaden que son muy grue­
sos, p ro p o rcio n ad am en te a sus restantes dim ensiones (...) Añadiré
que ios h o m b res de aquella isla lo llaman rock"5, sin darle ningún
otro n o m b re; y n o han oído hablar nunca de los grifos ni saben qué
cosa p u eden ser; m as a mí m e parece, por el enorm e tam año que atri­
buyen a este p á ja ro , que debe ser el mismo que nuestro grifo*6.

En suma, es el mismo Marco Polo quien llama grifo a un ave

* Marco Polo, isla de Java. can. 169, pp 393-394.


^ Se tratu del pájaro rock, famoso tanto en Oriente como en Occidente
Marco Polo, cap. 194. pp 465 467. Lo* puntos suspensivo» corresponden a in­
cesantes repeticiones, que ofrecen un ejemplo del estilo de Marco Polo en sus peo­
res momentos, y hacen de su sintaxis un verdudero cao*.

ft í
que no tiene nada de tal, y ello con una a u to rid a d q u e h u n d e en
menosprecio a la tradición local: esto es e n v e r d a d c o m o ton
el rábano por las hojas, y decir que las h o ja s s o n lo q u e impon
Otros viajeros, más sobrios y más m o d esto s q u e M a rc o Polo s
ben desmitificar de modo mucho m ás eficaz. A sí. G u illa u m e de R
brouck, a propósito de un episodio de b ru je ría 8^ c o n sig u e poner
descubierto que se trata de una m aquinación d e s tin a d a a acusa-
una honesta joven, y no se deja en g añ a r p o r la escenogra!
preparada.
Bernhard de Breydenbach señala que los c o m e rc ia n te s egipci
venden pieles de dragones, pero que es p rec iso d e sc o n fia r de
falsificaciones:

Solcnt naute captis cocodrillis pelles d e tra h e re e t e a sd e m dessicat


mercatoribus venderé qui eas in longinquas d u c e n te s té rra s pelles t
so asserunt esse draconum8788.

(«Suelen los marinos, cuando capturan c o co d rilo s, q u itarles la pi¿


Después de secarlas, las venden a los c o m ercia n te s, q u e las llevan
tierras lejanas y afirman falsamente que se tra ta de pieles
dragones»).

Es seguro que tales viajeros te n ía n g ra n m é r ito a l s e r objetivo


¿cómo distinguir la verdadera de la falsa c u a n d o o s o f r e c e n una p*
de dragón? ¿creéis en los dragones?
Tales bestias no eran solam ente c r ia tu r a s lib r e s c a s durante
E dad M edia. En muchas ciudades salían u n a v e z a l a ñ o d e sus > ■
biles en form a de «dragones p ro c e sio n a le s» , c o n o c a s ió n d e algu í
festividad religiosa89. El ejem plo m ás fa m o s o , p e r p e t u a d o (con
term itencias) hasta 1946, es la tarasca d e T a r a s c ó n . C e re m o n ia s ' i
m e ja n tes y tam bién conocidas te n ía n lu g a r a s im is m o en Ly°r 1
R o u e n , M etz, M ons, etc. T odavía hoy p u e d e n v e r s e e n el teso’ I
d e la c a te d ra l de M etz los «despojos» d e G r a o u lly 90, u n d ra g ó n u t
c id o d u r a n te la E d a d M edia p o r S a n C l e m e n t e , obispo • j
dicha ciudad.*
E sos m om entos de la vida litúrgica p u e d e n s e r in te r p r e ta d ^
diversas form as. E s bien sabido que la im a g in a c ió n h u m a n a e*N
rím e n la una fuerte influencia de ta le s rito s . L o q u e h a d ich o L

87 R u b ro u c k , B crgcron. col. 125 (cap. X L V I1). S o c. G é o ., p . 364.


88 B e rn h a rd de Breydenbach (edición de 1490; fol. 9 6 r ) .
89 S o b re este asunto véase A rnold van G e n n e p , M a n u e l d e fo lk lo r e franqa^ jv
te m p o r a in e , t. III (1937). pp. 423-424: m onstruos y g ig a n te s p ro c e s io n a le s Tanl
H e n r i D o n te n v ille , M ythologie Franqaise, pp. 162-169. ..i
90 Y a e n el siglo X I, la Gesta E piscoporum d e M e tz c u e n ta la le y e n d a ta'kt
s e hn a p e rp r p ceiu
tuaaw
d ov .
•• L a s T arascas existían — y existen todavía— e n E s p a ñ a . R e c u é rd e s e la M(i.
Tarasca
g u ra mm ee nn ttee es es la
la m ás fam osa de todas, la d e T o le d o . (N o ta
D um ont a propósito de la tarasca se puede aplicar también a otros
dragones procesionales:

La explicación popular más favorecida, que es también la de algu­


nos autores, ve en la tarasca una muestra de alguna especie animal
conocida, actual o fósil91.

El espectador de la procesión o el participante en ella veía en


tal conm em oración com o un residuo de una realidad histórica de he­
cho legendaria:

en la base de todo ello se encuentra la noción, producto del sentido


común, de que en toda leyenda hay algo de verdad12.

Dicho de otro modo: entre el mito y la realidad hay lazos muy


estrechos, de lo cual podrían ofrecerse abundantes ejemplos.
N uestros viajeros viven en una época en que esos lazos mencio­
nados son tan fuertes que les resulta difícil situarse con nitidez a
uno o a otro lado. La siguiente frase de Pierre d’Ailly es un mode­
lo que puede encontrarse en casi todos los viajeros:

En la Mauritania Tingitana hay bestias salvajes, simios, dragones y


avestruces.

Plan de Carpin reproduce el mismo tipo de enumeración a propó­


sito de las diversas etnias de las regiones del norte:

Este país de Comania tiene inmediatamente hacia el norte, después


de Rusia, a los morduinos y a los bileres, es decir, la Gran Bulgaria;
a los bastarcos, que es la Gran Hungría; después, a los parositas y
a los samogedos, que se dice tienen rostro de perro...93.

Los parositas, precisa Carpin, son seres monstruosos que no tie­


nen boca, sino un minúsculo orificio en su lugar, y no se alimentan
sino del olor de la comida94.
Las curiosidades forman parte de la realidad, lo mismo que las
cosas más conocidas. La figura número 6 ofrece un ejemplo entre
muchos; se trata de un grabado en madera de la edición de 1490
del Itinerarium Hierosolymitanum ac in terram sanctam, de Bem-
hard de Breydenbach.
¿Qué es la realidad? ¿Qué es el mito? (Precisemos aquí que no
damos a la palabra mito el sentido extremadamente preciso que le
dan, cada uno a su manera, Mircea Eliade o Claude Lévi-Strauss,

^ Louis Dumont, op. cit., pp. 213-214.


Ibid., p. 215. Lo subrayado, en el texto original.
^ Plan de Carpin, Bergeron, col. 62; Soc. Géo.. p. 720.
Para una enumeración más completa, véase Bergeron (Plan de Carpin), col.
48, y Soc. Géo., p. 677 y ss.
s in o la acepción más vaga y más amplia de tra d ició n le g e n d a r ia , su s­
tr a to fabuloso). Bastará acudir a frases co m o la s sig u ie n te s p a ra
com pren der que, si hay una distinción entre re a lid a d y m ito , o p e r a
s e g ú n unas modalidades que se nos escapan:
U n a gran maravilla he oído c o n ta r y a fir m a r e n t r e g e n t e s dignas de
f e , p e ro yo no la he visto. E n el re in o d e C a d il i o C a lo y h a y unas
m o n tañ as llamadas «crispadas»95. D ic e n q u e e n e s t a s m o n ta ñ a s cre­
c e n unas frutas m aravillosam ente g ra n d e s . C u a n d o e s t á n m aduras,
se las abre y se encuentra en su in te rio r u n a b e s t e z u e l a v iv a , al modo
d e un pequeño cordero, y se c o m e n e sa s f r u t a s y e s a s b estezu elas.
M uchas gentes no lo quieren c re e r, y sin e m b a r g o e s t o e s ta n posi­
b le y tan creíble como las ocas q u e e n I r la n d a n a c e n e n lo s árboles9697.
i
Por su parte, Mandeville se apropia de esta h istoria y la termina
d e l siguiente modo:
au n q u e yo les dixe que yo no lo te n ía a g ra n m a r a v il l a , p o r q u e tam­
bién había árboles en n u e stra tie rra , e s a s a b e r e n I n g la tie r r a . que
las flores que caen en la tie rra se to m a n p á x a r o s v o l a n t e s y son bue­
nos para com er, y no viven m ás; los q u e c a e n e n e l a g u a viven .

A l ig u al q u e O d o r ic o , M a n d e v ille s e s i r v e d e u n a m a r a v i l l a para
^ í f i c a r o tr a . O m á s b ie n c o n s i d e r a n q u e e s e c o r d e r o v e g e ta l es
p r e te n d id a m a r a v illa , y a q u e e n I r l a n d a h a y á r b o l e s q u e pro-
o c a s ... lo c u a l e s c o s a t o t a l m e n t e n a t u r a l . U n a m i n i a t u r a del j
L ^im o de las M aravillas ( m a n u s c r ito fr. 2 8 1 0 , B i b l i o t e c a N a c io n a l j
d e a r i s , fo l. 2 1 0v) ilu s tra e s ta c u e s tió n d e m o d o b i e n c l a r o ; a lo* i
¿y*-* o r i e n t a l e s q u e o fre c e n u n c o r d e r o v e g e t a l , r e s p o n d e n tre s oc* J
c i d e n t a l e s b la n d ie n d o u n a r a m a d e la c u a l p e n d e n t r e s p á j a r o s . ¡M* j
r a v i l l a p o r m a ra v illa ! (fig u ra 7 ).
M a s ta le s p ro d ig io s p a re c e n a n u la r s e m u t u a m e n t e . S ó l o h ay m* j
r a v i l l a si e l « o b je to » e x tr a o r d in a r io e s t á l o c a l i z a d o e n u n ú n ic o
t r e m o d e l m u n d o , si e s e x c lu s iv a m e n te a j e n o . E s a « exclusividad » ¡
e s l a c o n d i c i ó n d e la s o rp re s a y d e la a d m i r a c i ó n .
E s p o s i b l e a s o m b ra rs e a n te el h e c h o d e q u e e l á r b o l i r l a n d é s ^ :
f i g u r e e n la c a te g o r ía d e lo m a r a v illo s o , y m á s a ú n q u e e l l o ocuñ* I
e n l a s n a r r a c i o n e s d e O d o ric o y d e M a n d e v i l l e . S i n d u d a q u e est i
a u t o r e s t e n í a n u n a n o c ió n d e lo p o sib le m u y d i f e r e n t e a l a nuestf* •
n o e s s i e m p r e fá c il p a ra n o s o tro s c o m p r e n d e r p o r q u é c o s a s igu* \
m e n t e e x t r a o r d i n a r i a s p u e d e n s e r c o n s i d e r a d a s y a c o m o m ito > j
c o m o re a lid a d . x. I
S e d a e l c a s o d e q u e m ito y r e a l id a d n o s o n c a t e g o r í a s antag
n i c a s : l a s c iv i l iz a c io n e s e n q u e la m a g ia t i e n e u n l u g a r o f i c i a l m ^ .
r e c o n o c i d o s o n u n e je m p lo . E n las s o c i e d a d e s c h a m á n i c a s , el

** O « C a s p i a s - , d e l C a s p io
96 O d o r i c o , c a p . X X V I, p. 424.
97 M a n d e v ille , pp 160-161
___ H on tvníbr te ,m<

P'io c^Háccr bptcta fien vibtnuio 1/1tm* fiutcu


leffQ^ *■ Bcrufr
tQttl- Breydcnbach: Itinerarium Hierosolymitanum ac in

69
je* del chamán es un viaje real: desciende efectivam ente a los in­
fiernos, se meiamorfosea realmente en lobo o en o tro animal má­
gico Todo lo que proviene del otro mundo es considerado como
A auténtico. Los espectadores no pueden verlo con sus propios ojos.
I pero se les ofrece un testimonio gracias a la danza del chamán. I*
imúsica, el canto, el ritmo del tambor y los diferentes estados físicos
f y nerviosos (el trance) que experimenta el cham án ante sus ojos.
Rubrouck se acerca de este modo a una experiencia sem e ja #

Algunos de ellos se dedican también a invocar a los diablos. pafl


aprender de ellos lo que desean saber. Cuando quieren responder* j
alguna pregunta que les hace el Khan, ponen durante la noche # j
zos de carne cocida en medio de la casa, tras de lo cual el que haCÍ i
la invocación comienza a murmurar sus fórmulas mágicas, y con |
tamboril en la mano, lo golpea fuertemente contra el suelo, y se 0 j
ve y agita de tal manera que parece fuera de sí, y comienza a & j
vanar, tras de lo cual se hace atar de modo bien apretado, y vlC.jJ ¡
el Diablo en la oscuridad de la noche, y le da a comer de aqu¿
carne, y Ies da la respuesta a sus preguntas98.
_ij{
Rubrouck habla también del «viaje» de una jo v e n esclava Qj
los «adivinos»habían «dormido»; al cabo de tres d ías regresó *
«viaje» y dio los nombres de las personas que h a b ía visto: d e c |
se deducía que esas gentes vistas en el otro m u n d o h ab rían de
rir pronto".

98 Rubrouck, Bergcron. col 127. Sobre la función de la carne cocida, véa*’ ^


cea Eiiade, Le Chamnisme el les techmques archaiques de l'exiase, p “s
cen las carnes para enseñar el arte de 'chamamzarV
99 Rubrouck. ibid._________________________________________
En otros casos, el m ito es re v iv id o p erió d ic am en te p o r la co m u ­
nidad entera en form a de fie s ta ; ya h em os visto un e jem p lo , el de
los «dragones procesionales», q u e serv ían de p retex to p ara c erem o ­
nias más im portantes, ta n to e n el p la n o social com o en el religioso.
La Edad M edia e ra m uy apta p a ra la introducción de elem en to s m í­
ticos o irracionales en la vida fe stiv a , al igual que ocurre en n u m e ­
rosas sociedades «prim itivas», e n q u e las fiestas son a m en u d o un
importante soporte m ágico. E n alg u n as de esas sociedades, el b ru ­
jo es el m aestro de cerem onias.
La magia es un reino en el cual to d o es posible. C onfiere al
mago un poder sobre todas las c o sa s, todas las criaturas. La magia
es como el eje vertical que atraviesa el universo, del Infierno al Pa­
raíso; pone en relación todas las fu erzas, todos los seres, que, sin
ella, quedarían confinados en la o scu rid ad y el aislamiento.
Los casos de m agia que los v ia je ro s descubren a lo largo de sus
itinerarios son muy ab undantes. C ie rto que los orientales son m a­
gos de primera clase. M arco Polo no d e ja de insistir en este punto.
Rubrouck y Plan de C arpin se im presionan tam bién ante la
importancia de la m agia en tre los tá rta ro s:
Divinationibus, auguriis, aruspiciis, veneficiis, incantationibus mul-
tum intendunt100.
(«Se dan mucho a las adivinaciones, augurios, arúspices, sortilegios,
encantamientos».)

Se trata p re c isa m e n te d e los p u e b lo s originarios del Altai de que


habla M ircea E lia d e ; allí las tra d ic io n e s cham ánicas están sólida­
mente ancladas.
Marco P olo, e n u n o d e los c ap ítu lo s dedicados a la vida en la
corte del G ran K h a n , n a r r a co n c ie rto co lo r de verdad, pues sitúa
lo que cuenta en u n c o n te x to d e sc rip tiv o y etnográfico perfectam en­
te verosímil. Son las g e n te s d e l T e b e t (T ib et) las que llevan a cabo
los encantam ientos m ás e sp e c ta c u la re s:

Tanto poder m uestran entonces aquellos sabios hechiceros y encan­


tadores con sus ciencias y conjuros, que las copas, llenas como es­
tán, se alzan por sí solas y avanzan por el aire hasta colocarse frente
al Gran Khan, siem pre que quiere beber; hacen esto sin que nadie
las toque, volviendo las copas por sí mismas al lugar de donde vi­
nieron, una vez que el G ran Señor las ha apurado. Muchas veces ha­
cen esto ante diez mil testigos atentos, y ante todos aquéllos a los
que el Señor quiere m ostrar este prodigio. Y podéis tener por cierto
lo que os digo, por ser digno de fe y sin mezcla alguna de mentira101.

Así pues, d u ra n te los b a n q u e te s , los tib e ta n o s presentes conseguían

Plan de C arp in , Soc. G é o ., p. 626; B erg éro n , col. 32-33.


Marco Polo, cap . 76, p. 168.

71
grandes éxitos al enviar al G ran K h an p o r lo s a i r e s c o p a s llenas j*
bebidas sin que nadie las tocara.
Estando Rubrouck en la corte del G r a n K h a n , e s te s tig o de ui
acontecimiento mágico, algo d iferente p e r o n o m e n o s típico:

Una vez que fueron llegados estos m aestros ad iv in o s, sentándose


algo alejados de la enferma, ordenaron a u n a d e las m ujeres que pu­
siera su mano en el sitio en que aquélla se n tía m ás dolor, y queá
encontrara algo, lo arrancara de inm ediato. L o cual hizo la mujer,
y halló un trocito de paño o fieltro, que le h iciero n echar a tiem,
el cual, de improviso, comenzó a hacer ruidos y a re p ta r por el sudo
como si estuviese vivo; arrojado después al ag u a, adquirió de pronto
forma de sanguijuela; fue entonces cuando d eclararo n resueltamen­
te que la dama había sido embrujada ( ...) 102.
El universo recorrido por el viajero e s tá s o m e tid o p o r completo
a los poderes mágicos. Así, uno de los rie sg o s p o s ib le s n o es otro
que el de ser embrujado y, por e je m p lo , n o p o d e r reg resar a su
país. La tripulación de Colón es presa del p á n ic o d u r a n te el cuarto
viaje, en el curso del cual, en efecto, se p ro d u c e n te m p e s ta d e s y re­
veses varios, hasta el punto de que los m a rin e ro s a c a b a n por pre­
guntarse si no habrán caído bajo el p o d e r d e a lg ú n sortilegio
Cuando yo andaba por aquella m ar en fa tig a , e n alg u n o s se p*^
■v herejía que estábamos enfechizados, que h o y d ía e stá n en ello

t Varios días antes habían arribado a u n a isla , d o n d e , según Co-1


lón, los habitantes «son grandes fechiceros»104; le s h a b ía n enviado.
a dos ninas que se habían puesto a b ailar a n te e llo s , y q u e «traía®j
polvos de hechizos escondidos»105.
Cieno que la magia no es para el cristian o c o sa d iv in a , sino q#
por lo general se trata de una m aquinación d ia b ó lic a . L o que di#
Ricoldo da Monte Croce es categórico:
Et etiam coram hominibus comedunt sco rp io n es e t serp en te s non ^ |
lum crudos sed etiam crudos vivos. Sed sig n u m a liq u o d uúle, PfJ
ta deliberacionem infemi vel aliquid ta le , n u llo m o d o possunt
re, sed sola Antichristi signa ut precu rso res A n tic h risti faciunt

(«Comen delante de la gente escorpiones y s e rp ie n te s , y no solantf®


te crudos, sino crudos y además vivos. P e ro n o sa b e n hacer nada
utilidad; todo lo que saben hacer es actu ar y c o m p o rta rse com°
Anticristo y los precursores del A nticristo»).

L a m agia no puede ser otra q u e un « a rte d i a b ó lic o » 107.

102 R u b ro u c k , Bergeron, col, 125; Soc. G éo., p. 364.


103 C o ló n . C u arto Viaje, carta a los R eyes, p 199.
km y ios C o ló n , C uarto Via)e, carta a los R e y e s, p . 199
106 R ic o ld , cap XXXVI. p. 141, Miracula S a rra c e n o ru m
l0fT O d o n c o , cap. XXVI, p 369
Si nuestros v iajero s son m uy activos y propagan la religión cris­
tiana con infatigable a rd o r, el D iablo, por su parte, es un vagabun­
do terriblem ente eficaz;

Me asom braba m ás de una vez al ver cómo el Diablo había llevado


allá la falsa ley de M ahom a, pues desde la Puerta de Hierro, que
está en la extrem idad de Persia, hay más de treinta jornadas de via­
je, y los desiertos se extienden a lo largo de E tilia...108

Como se ve, el D iablo es un caminante envidiable, un campeón


al que no le d etien en desiertos ni montañas, y al que sus competi­
dores difícilmente p o d rán alcanzar. En estos países alejados de la
cristiandad, el dem o nio se hace oir sin problemas:
Quid dicam? D iabolus ibi etiam loquitur, saepe et saepius, homini-
bus, nocturnis tem poribus, sicut ego audivi109.

(«¿Qué decir? A quí el D iablo habla a las gentes a menudo, muy a


menudo, por la noche, com o yo mismo he escuchado»).

Parece, e n e fe c to , q u e se le oye m ucho más en O riente que en­


tre nosotros; los id ó la tra s n o se d a n cu en ta de que cuando hablan
sus ídolos es el D ia b lo el q u e se expresa por medio de ellos.

Et cum a daem onibus eis respondetur credunt quod Deus ipse


loquatur110.
¡Y cuando los d e m o n io s les re sp o n d e n , imaginan que es Dios el
que habla! T a m b ié n M a rc o P o lo co n sid era que hacer hablar a los
ídolos es cosa d e « e n c a n to s y a rte s diabólicas» 111. En algunos casos
le falta poco p a ra to m a r p o r d e m o n io s a los propios indígenas. Des­
cribe a los n egros d e Z a n z íb a r d e u n a m anera que nos parece bien
pintoresca: son «m uy g o rd o s y g ran d es» , y m enos mal que no son
tan grandes com o g o rd o s , p u es si así fuera «parecerían gigantes».
Son

extraordinariamente fuertes (...) Son totalmente negros y van ente­


ramente desnudos, aunque cubren sus naturas (...) Y su boca es muy
grande, y sus narices tan chatas112 y respingonas como las de los mo­
nos, y tan gruesas que parece imposible (...), y sus labios muy grue­
sos (...) y tienen tan grandes y saltones los ojos que todo ello junto
constituye un rostro espantoso; de modo que quien los viese en cual­
quier otra región del m undo creerían que eran diablos113.

i» Rubrouc^- B e rg c ro n , col, 40; Soc. G éo., p. 266


uo ^ourt^a' n de Séverac, Soc. G éo ., p. 53.
lM p,an de C arp in , cap III, Soc. G éo ., p. 626.
UJ Marco Polo, cap. 49. p.108.
tu original dice rebufes.
Marco P olo, cap. 195, p p . 467-468.
Podemos preguntamos en qué país p o d ría o c u r r ir ta l cosa, y qué
circunstancias harían de un encuentro s e m e ja n te u n ep iso d io infer­
nal. Nuestros viajeros, varios de ellos al m e n o s , v ie r o n al diablo a
persona, pero hablaremos de ello m ás a d e la n te 114.
Cuando los viajeros son, adem ás, relig io so s, g o z a n d e l privile­
gio de dar órdenes a los demonios y de e x p u ls a rlo s . E l capítu­
lo XXXI de Odorico, «Los rabiosos», es m uy b re v e y p u e d e citarse
completo:

En este país Dios ha favorecido tanto a los frailes m e n o re s para arro­


jar al diablo del cuerpo de los posesos, q ue y a lo h a c e n como si ex­
pulsasen de casa a un perro. Lo mismo h a ce n e n la G ra n Tartaria,
y les traen gentes rabiosas de lugares situ ad o s a m á s de diez joma­
das, y les sacan los diablos del cuerpo en el n o m b re del Padre y dd
Hijo y del Espíritu Santo. U na vez curados, se h a c e n bautizar y arro­
jan sus ídolos al fuego, y a menudo ocurre q u e p o r el po d er del dia­
blo los ídolos salen de las llamas, pero los frailes lo s rocían con aguí
bendita y el fuego acaba con ellos. C uando los d ia b lo s escapan. $t
van gritando por el aire, y dicen: «He sido a rro ja d o d e mi casa». Y
así se convierten muchos a la fe cristiana115.

Estos viajeros cristianos y religiosos se h u b i e r a n sorprendido


grandemente de saber que algunos de su s a c to s e r a n realizad o s con
un ánimo también próximo a la m agia. R o b r o u c k c u e n ta de mane­

i ra vivaz y divertida la enferm edad de C o tta , u n a d e la s grandes da-j


mas de la corte tártara. Es prim ero e n tr e g a d a a lo s c u id a d o s de un j
tal Sergio, que se dice fraile y en q u ie n R u b r o u c k h a reconocido i |
un charlatán e impostor. Sergio se e m b a r c a e n la t a r e a de sanar {
a la dama, mas su única m edicina es u n a p o c ió n d e ru ib a rb o qu* [
pone en trance de muerte incluso a los e n f e r m o s m e n o s graves *
A n te la catástrofe que se avecina, so licita la a y u d a d e Robrouck- ¡
q u ie n , por caridad, acepta. Y he aquí c o m o c o n f e c c io n a n el nuevo
rem edio entre los dos: una noche, S erg io p o n e u n c ru c ifijo en $
p o ció n de ruibarbo, al tiempo que R o b ro u c k a ñ a d e a g u a bendita
p u e s ésta tiene «gran virtud para a rro ja r los e s p ír itu s m alignos» ^
e n fe rm e d a d , en efecto, es considerada c o m o o b r a d e lo s malos
p íritu s. Es necesano expulsar el m al — o el e s p ír itu d e l m a l ^ 9ü.e
se h a introducido en el cuerpo de la e n fe rm a . A l d ía sig u ien te vlS1
ta n a la dam a, y mientras que Sergio le a d m in is tr a la poción. ^
b ro u c k lee «sobre ella» la Pasión según S a n J u a n . E s ta magia &
g r a d a , unida a la magia de pacotilla d e S e rg io , p r o d u c e b u en o s1
s u lta d o s , y la dama queda sana y sa lv a 116. P o r d e s g r a c ia , la cür{()
c ió n d u ra bien poco, y la m ujer m o rirá n o m u c h o d e sp u é s.
e llo y a no form a parte de nuestra h isto ria . ¡.
E l m u n d o se halla dominado por fu e rz a s c o n tr a r ia s , todas

C í infra, cap. VI, «La noción de monstruo**.


1,5 O d o ric o , cap 31. pp 485-486 ft-
116 E l e p iso d io aparece en Bcrgeron, col 86-88; S o c . G é o ., p p 323.

74
traordinariamente poderosas: todo puede ocurrir. Los objetos ina­
nimados se animan, se desplazan, se metamorfosean. Y los seres
humanos... Los viajeros siguen tras las huellas de caminantes so­
brenaturales; sus senderos se cruzan; en ocasiones incluso compar­
ten hasta los gastos.
Bajo tales condiciones, ¿cómo sorprenderse de que no les im­
presione esta o aquella maravilla? ¡Las esperan! Se narra un fenó­
meno extraordinario, se habla de una planta, de un animal prodi­
gioso: el mundo está tan saturado de cosas pasmosas que siempre
es posible encontrar una maravilla tan convincente, si no más, que
la anterior. Y sin embargo, lejos de ser indiferentes o incrédulos,
estos viajeros mantienen viva una impresionante capacidad de
asombro, de admiración, y una amable propensión a fabular en sus
propios escritos...
III. VIAJE, CUENTO Y MITO
■= í . v 1
Los e ru d ito s q u e se han m o strad o interesados en la edición de
libros de v iajes h a n sid o so b re to d o geógrafos e historiadores. Así,
Plan de C a rp in , R u b ro u c k y Jo rd a in de Séverac han sido publica­
dos por la Société de (Jéogrpahie; O dorico aparece incluido en la
colección Recueil de voyages et de documents pour servir a i kisto iré
de la géographie. E ste títu lo es bien significativo: desde esta óptica,
el viaje q u e d a a sim ila d o a un d o cu m en to ; se utiliza para servir, y
ofrece in terés en la m e d id a q u e enriquece la serie de conocimien­
to» históricos y g eo g ráfico s.
Esta p ersp ectiv a p a re c e ex clu ir de la literatura los libros de vía
jes, en la cual lo a g ra d a b le es m ás im portante que lo útil Se ignora
así todo un a sp ec to d e los lib ro s de viajes que saboreaba con gusto
la Edad M ed ia, y q u e d e sd e la A n tig ü ed ad asum en, entre otras im­
portantes fu n cio n es, la del p lacer.
Es inútil p re g u n ta rse si el libro de viajes constituye un género
literario: d esd e la Odisea h a sta las novelas de science-fiction* del si­
glo XX (viajes en el tie m p o , en el espacio, a través del cuerpo hu­
mano, e tc .), p a sa n d o p o r L u cian o (historias verdaderas, y otra»
narraciones), la a b u n d a n te lite ra tu ra de viajes reales c imaginario»
responde a n u e stra s n e c e sid a d e s. A lo largo de la historia del hom ­
bre, el viaje, el lib ro d e v iajes, son vehículos ideales de sueños y
de mitos. ¿ C ó m o , p u e s, ig n o ra r sus aspectos estéticos?
Se p ro d u ce, sin e m b a rg o , un curioso fenóm eno: las narraciones
elegidas p ara ser p u b lic a d a s m ás a m en u d o y ofrecerlas así a la aten ­
ción del p ú b lico , las q u e se p re se n ta n com o m ás dignas de interés,
no son siem p re las q u e tie n e n m ás valor literario. El fenóm eno se
produce ya en la E^dad M edia: los viajes m ás famosos son los de
Mandcvillc, q u e n o a h o rra n al lec to r la m olestia del aburrim iento.
Ya hem os visto q u e M andeville no es un viajero: sufría de reu­
ma y tenía un te m p e ra m e n to m edroso. Pero com puso, a base de

E n inglés e n el o r ig in a l ( N o ta d e l T r a d u c to r )

79
compilaciones, una especie de sum m a, c o m o e l a n u a r i o telefonía
lo es a su manera. No aparece en é l, e n v e r d a d , la e stru ctu ra de!
viaje; quedan las maravillas, las curiosas , q u e s e e n s a r ta n una tras
otras sin constituir un conjunto.

Quien quiere ir a ultramar puede ir por m uchos cam inos, o por mar
o por tierra (...) quien pane de poniente de In g la te rra , d e Irlanda,
de Escoda, de Noruega, puede ir por A lem an ia y por el reino de
Hungría (...) y ha de pasar gran tierra, po rq u e h a d e andar Hungría.
Esdavonia y una gran partida de Panonia y de B ulgaria (...), vdel
reino de Rusia (...)*.

El género es, sin duda, ingrato: el sim p le e n u n c ia d o d e un iti­


nerario no tiene necesariamente un in te ré s e s té tic o , p e ro idéntico
procedimiento se encuentra en m uchos o tr o s c a s o s e n que es me­
nos excusable. Sucede que las frases se e n c a d e n a n sin el m e n o r nexo
sintáctico entre ellas. Unas veces, el n e x o e s im p líc ito , p o rq u e e
conjunto de las oraciones se sostiene g ra c ia s a u n a id ea común;
otras, se recurre a una enum eración c o m o la s ig u ie n te :

En este país hay unas gallinas blancas que no tienen p lu m as, sino
lana blanca, como corderos. Las mujeres casadas llevan en este país
un sombrero con un cuerno, para diferenciarse de las no casadas
En este país hay un animal que se llama layre, el cual se acerca a las
aguas para comer los peces. Se echa este anim al en los viveros yen

t
los ríos profundos, y sacan del agua peces grandes, tantos como se
•desea12.

Desgajadas del marco que podría d a rle s su v a lo r, estas «mara­


villas» no consiguen, en verdad, co b rar vid a: n o so n «explotadas»
estéticamente, como ocurre en otros a u to re s.
¿Por qué, pues, la Edad Media se ha in te re s a d o ta n to e n el te*'
to de Mandeville? Lo maravilloso es la e sp u m a d e l v ia je , y el hom­
b re alimenta en ocasiones la ilusión de q u e a is la n d o e sa s maravilla*
las saboreará mejor. Imaginemos por un in s ta n te q u e no se reto*
v iese de los cuentos sino los elem entos m a ra v illo so s, c o m o espejos-
an illo s y otros accesorios mágicos...: se d e c u d iría c o n facilidad qü¿
h a desaparecido la sustancia vital.
Si la Edad Media mostró tanto interés p o r el L ibro de las ^
ravillas de Mandeville, que no tiene una c a lid a d lite ra ria incuesti0'
n a b le , nosotros, los modernos, hem os a c tu a d o d e m o d o sem ejad
e n o tr o texto, los Viajes de Marco Polo. N o se tr a ta d e denigrar e*ta
o b r a , sino de situarla en un conjunto m ucho m e n o s conocido a p*
s a r d e sus cualidades. En ocasiones, M arco P o lo e s m u y vivaz. Pc^
e s a s ocasiones parecen raras si se tiene en c u e n ta la ex ten sió n
su lib ro : 232 capítulos (algunos son breves, es c ie r to ) , q u e ocuf

1 M an d e v ille. pp 1L12-
2 M a n d e v ille , pp 345-346 (según la edición c itad a p o r e l a u to r) .
288 páginas e n la e d ic ió n d e la S o ciété G éo g ra p h iq u e . M u c h o s de
ellos no so n sin o re p e tic ió n d e lo q u e se h a d ich o e n o tro s p re c e ­
dentes, y no d ic e n n a d a n u e v o , ni e n e stilo ni e n c o n te n id o . El c a ­
pítulo 148 — p o r n o c ita r s in o u n e je m p lo — p o d ría se r el m o d e lo
de los d em ás. E s lo s u f ic ie n te m e n te b re v e co m o p a ra s e r in c lu id o
aquí com pleto:

N am ghín es u n a pro v in cia noble y rica perteneciente al Mangí, que


está situ ad a e n dirección a Poniente, sus habitantes son idólatras y
súbditos d el G ra n K h a n , y utilizan su moneda de papel. Viven del
com ercio y d el a rte sa n a d o y tienen mucha abundancia de seda con
la que fabrican p a ñ o s de o ro , de todas clases y calidades; tienen tam ­
bién gran c a n tid a d d e to d o tipo de granos y de cuanto necesitan para
vivir, pues es u n a provincia fértilísima en la que abundan todo tipo
de caza. Q u e m a n allí los cuerpos de los muertos, y hay muchos mag­
níficos leones e n to d o aquel país. Como viven en él gran cantidad
de poderosos y ricos m ercaderes, el G ran Señor obtiene muchos in­
gresos y trib u to s gracias a sus aranceles sobre todas las compras y
ventas que realizan.
Mas p artien d o de e ste lugar, pues no hay nada más que sea digno
de m ención, h a b larem o s de la noble ciudad de Saianfú, de la que
hay mucho que c o n ta r, pues es de gran importancia cuanto de ella
tenemos que d e ciro s3.
N o se d e je e l le c to r s e d u c ir p o r el final del cap ítu lo , pues véase
cómo c o m ie n za e l s ig u ie n te ;

Saianfú es una ciudad grande y noble que tiene bajo su señorío otras
doce grandes y ricas poblaciones (...). Cuenta con mucho comercio
e industria y sus h a b itan tes son idólatras, usan la moneda de papel,
incineran a sus m u erto s y obedecen al G ran Khan, etc.

El libro d e M a r c o P o lo te r m in a c o n un to n o épico bien inespe­


rado, e incluye a b u n d a n te s d e s c rip c io n e s d e batallas. La prim era
(capituló 205) p a r e c e m u y b ie n tr a z a d a ; e stá c o m p u esta, sin duda,
atendiendo al e fe c to a r tís tic o q u e q u ie re p ro d u c ir. Por desgracia, el
m odelo ha q u e d a d o a s í d e f in itiv a m e n te e sta b le c id o , y se reproduce
en cada b a ta lla ; a p a r e c e d e m o d o casi id e ñ tic o en los capítulos 212,
219, 228, 229, 2 3 0 ... (la lis ta n o e s e x h a u s tiv a ).
El estilo d e M a r c o P o lo p a s a p o r se r v iv az; c ie rto es que la je r­
ga fran c o -ita lia n a e n q u e e s tá e s c rita la p rim e ra versión es muy sa­
brosa. P ero h a y p a s a je s e x tr a o r d in a r ia m e n te m ed io cres, en los cu a­
les, si no se q u ie re b u s c a r m á s , se im p o n e al m en o s algo evidente:
que ni M arco P o lo ni su e s c rib a s e n tía n la m e n o r necesidad de re ­
leer lo que se a c a b a b a d e d e c ir . E l fra g m e n to q u e describe el p á ­
jaro rock es u n a o b r a m a e s tr a e n su g é n e r o (M a rco Polo pensaba,
por o tro la d o , q u e ta l a v e e r a u n g rifo ):

« C ap ítu lo 148, p p 321-322.


Capiculo 149, p. 322.
Mas no creáis que se parecen a los grifos de los q u e hablan las te:
tes de aquí, haciéndolos representar como m itad aves y mitad le­
nes. Esto no es verdad, según aseguran los que los h an visto Pu.
yo mismo, Marco Polo, cuando oí hablar de ellos p en sé q u e aqucll*
aves eran los grifos de los que se habla en n u e stras tie rra s; y pr
guntando por ellos a los que afirman haberlos v isto , éstos respond í I
ron siempre que en nada se parecen a ningún anim al terrestre, sir­
que tiene dos patas de pájaro y son en todo iguales a las águilas, au:
que desmesuradamente grandes y gigantescos.
Para que os hagáis una idea os diré lo que afirm an a este respe,
to, así como lo que por mí mismo pude com pro b ar. Aseguran ;
efecto que es aquél un animal tan grande y podero so q u e , toman,
un elefante entre sus ganas, lo llevan por los aires subiéndolo hac
el cielo sin ayuda de ningún otro pájaro; y añaden que cuando esta'
ya muy altos, dejándolos caer estrellan los elefantes contra la tierra
deshaciéndose por completo; baja entonces el p ájaro grifo hasta dr
de ha caído el cuerpo del elefante y, desgarrándolo, se lo come h
ta que queda harto y satisfecho (...) En cuanto a lo que pude ver >
comprobar por mí mismo, lo contaré en otro lugar, pues así conv
ne al buen orden de nuestro libro5.

Muy a menudo, el estilo es el de la lengua h a b la d a . C uando M r |


c° Polo se olvida de algo, no tiene el m en o r e s c rú p u lo en explu
lo así .

\ Habéis de saber que hemos olvidado relatar una importante bata


que tuvo lugar en el reino de Uncián; y como debe contarse en e-
hbro, la narraremos ahora con toda claridad, tal como ocurrió ye
todos sus detalles67.

H ay, 000 t0í*0, momentos de calidad e n el lib ro de M arco 1


(de los que hablaremos más abajo; cf. pp. 86-87) m a s, pese a *l'Jl
no se comprende bien por qué ha sido tan p u b lic a d o e n los lienipjj
modernos mientras se han dejado en el o lvido te x to s como lo>_
Je a n de Plan de Carpin o de Guillaume de R u b ro u c k . M e jo r• t
tu n a ha tenido Cristóbal Colón, ya que una e d ic ió n c o m p le ta de \
o b ras apareció en el siglo XIX a cargo de M a rtín F ern án d ez de
v arrete ; en francés, han sido publicadas d o s n u e v as ediciones1
cientem cnte. Muchos libros de viajes escrito s e n latín duran*1’
E d a d Media no han sido traducidos. E xiste in clu so una vieja,f
ducción sepultada en algunas bibliotecas, y ra d ic a lm e n te olv¡d;,J
la com pilación de Bergeron.

5 Capítulo PM, pp 465-4ft6


* C apitulo 124. p. 286.
7 M Fernández de Navarrctc. Colección de los viajes y descubrimiento>
Citrón p o r nutr los esputóles desde fines del siglo X V , cinco vo lú m en es en
ñ o r (M adrid. 1H25). Traducción francesa de De V crn eu il y D e lu H‘u*‘
, . '*c ra *ura, que a prim era vista parece secundaria (sobre
to o si sólo se conocen los ejem plares actualmente accesibles en li­
brerías y bibliotecas), resulta ser de excelente calidad una vez me­
jor conocida.
No mencionaremos sino algunos ejemplos, destinados a dar cier­
ta idea del sabor de los libros de viajes. Añadamos que, con todo,
con muestras aisladas resulta difícil apreciar apropiadamente el ca­
rácter vivo del conjunto de un relato y su unidad de tono e inten­
ción, todo lo cual hace de estos textos una lectura agradable y
atractiva.
Las imágenes más brillantes aparecen en la relación de Ru­
brouck. Así se refiere a su caballo, terrero de todas las incomodi­
dades de este tipo de viajes:

Pero de veinte o treinta caballos, nosotros teníamos siempre los peo­


res, ya que éramos extranjeros. Porque ellos, antes que nosotros, ele­
gían los mejores. A mí me proveían siempre de un caballo más fuer­
te que los demás, puesto que yo era un poco más pesado y grueso;
pero si el animal era tranquilo o rudo, de eso no se preocupaban.
Yo no me quejaba, con tal de que me dieran uno que fuera capaz
de trotar (...) Muy a menudo, los caballos no podían ni llegar hasta
el próximo alojamiento; teníamos entonces que hostigarles y golpear­
les, cargar nuestros fardos en otros, cambiar nosotros mismos de ca­
balgadura, e incluso montar dos en un sólo caballo8.

Mas no eran las cabalgaduras las únicas dificultades que era preciso
superar. A R ubrouck se le proporciona un intérprete (un trucha­
mán) particularm ente inepto y holgazán:

Me enojaba mucho, sobre todo al ver que cuando quería decirle al­
guna palabra de edificación, nuestro truchamán me replicaba: «no
me prediques hoy; no entiendo nada de lo que me dices». Y era ver­
dad, pues luego supe, cuando comencé a comprender un poco la len­
gua, que cuando yo le decía algo, su fantasía le hacía decir cosa muy
diferente9.

Por ello, viendo R ubrouck el peligro en que se hallaba al hablar


por medio de su in térp rete, prefiere callar10: decisión más bien frus­
trante cuando se viaja para evangelizar y convertir. Hay, sin em­
bargo, ocasiones en que no puede prescindir de su truchamán, y
cuando los tártaros se retuercen de risa y le señalan con el dedo,

„ Rubrouck, Fiercerón, col. 4H; Soc. Géo . pp 276-277.


Bcrgcron, col, 27-28; Soc. Géo.. pp. 248-249. El texto latino es más expresivo
«vjuando diccban unum , ipse totum aliud diccbat secundum quos ei occurrebat»
io 8 ,a 8° ,0 U»lmcntc diferente, según se le ocurría»)
P 24V- I u n c v,dcns Pcr,culuni loqucndi per ipsum, elegí mugís lacere»; Soc. Géo..
Rubrouck se pregunta si tal hilaridad p ro v ie n e d e lo q u e él ha que­
rido decir o de lo que su intérprete, llev ad o p o r su fantasía, h:
dicho.
Las costumbres de los tártaros no son sie m p re d e l gusto de Ir
misioneros, y en ocasiones chocan d irectam en te c o n su s costumbre
—y convicciones— religiosas. Así, los K h an es e x ig e n q u e se postre
ante ellos con las dos rodillas en tierra y la c a b e z a e n el suelo Rü
brouck, que es diplomático, inventa un p e q u e ñ o tru c o teológio
para que tal gesto, sólo a Dios debido, n o c o n stitu y a sacrilegio

Puse entonces una rodilla en tierra, como ante un hombre, peroei


me indicó que pusiese las dos, lo que yo hice, no osando desobede­
cerle; imaginaba entonces estar rezando a Dios, ya que doblaba la
dos rodillas, y comenzaba mi arenga con estas palabras: S e ñ o r mu\
roguemos a Dios, de quien iodo bien procede, etc. 11

La misión de Ascelin es mucho más cóm ica p o r lo que a este as­


pecto se refiere (se trata del punto de vista d el le c to r, desde lue­
go)* Es una embajada que carece totalm ente d e su tileza; Ascelir:y
sus compañeros están más dispuestos para el m artirio que para b
carrera diplomática. Rehúsan arrodillarse a n te el K h an Bajotno\ ¡
su horda no se hace cristiana, lo cual indigna m ucho a los tártaros,
.quienes dicen:

Que no debían exhortarles a hacerse cristianos y perros como


ellos, que el papa era un perro y todos ellos igualmente verdad^1*
peños. El hermano Ascelin quiso responder a esto, pero no pu^
a causa del gran escándalo, amenazas, gritos y rugidos que Píl
tiñeron12.

El Khan, en medio de un terrible acceso de ira, decide coi^e


nar a muerte a los cristianos, y se discuten las ideas m ás extra'
gantes y refinadas acerca del método de ejecución. E n tre ellas.ve
se una que debía ofrecer tonalidades especialm ente ag rad ab les
de el punto de vista tártaro:

otros pensaron en desollar al principal de ellos, rellenar su Plt


heno y enviársela al papa13.

A p a rte de este fragmento de A scelin, v e r d a d e r o festival


( p u e s no es otra cosa, por decirlo así), la n a rra c ió n m ás rica >''
to re s c a sigue siendo la de R ubrouck. G ra c ia s a e lla disponen10

11 Bergeron, col. 43
12 Bergeron, col. 71.
13 Bergeron, col. 72.
los más precisos datos acerca de la vida cotidiana de los viajeros,
con una expresión ágil, viva, y en ocasiones chispeante de malicia.
Mandeville está lejos de poseer ni la mínima parte de las cuali­
dades de R ubrouck, pero no faltan en él momentos divertidos. Al
contrario que éste, no ha visto la mayor parte de las cosas que des­
cribe; en R ubrouck, lo pintoresco viene dado por la experiencia
viva y directa; en Mandeville procede a menudo de su ingenuidad,
como testim onia su descripción de los cocodrilos: estas sierpes llo­
ran mientras devoran a la gente14. También los autores de libros de
viajes tienen preocupaciones literarias. Cuando Mandeville desea
describir las propiedades del diamante, sabe que esa página intere­
sará sobre todo al lapidario y que estará un poco fuera «de tono»;
la idea de que está «alargando» su texto le lleva a justificarse así:

Y por esto los grandes señores y caballeros que quieren haber honor
de armas, los lievan de buen grado en sus dedos. E aun yo fablaré
adelante un poco de los diamantes, aunque alargue la materia, a fin
que ellos no sean engañados por aquellos que los lievan vendiendo
por el m undo15.

Mas es C ristó b a l C o ló n q u ien , quizá, expresa más intensamente


la poesía del viaje: su cam ino hacia la «tierra prometida» (fórmula
que en su caso no es ex ag e ra d a) se enriquece día a día con una ten­
sión cada vez m ás v ib ran te. La pureza del cielo, la calma o los ca­
prichos de la m a r, los p á ja ro s, las plantas llevadas por las olas, todo
es anotado p o r C o ló n con ta n to entusiasm o como precisión, y dan
al texto un realism o y un vitalism o incomparables. Cuando Colón,
navegando en u n a m ar calm a y con herm oso tiempo, evoca el Gua­
dalquivir, la p rim av era sevillana, la suavidad del aire, los ruiseño­
res y los perfum es de A n d a lu c ía 16, pone de manifiesto, sin afecta­
ción y sin artificio, su sentim iento poético, al contrario de lo que
ocurre con ta n to s «profesionales» de la literatura.
Tam poco el libro de M arco Polo se halla exento de preocupa­
ciones literarias. N o resulta dem asiado sorprendente que las mis­
mas aparezcan en la segunda p a rte de su narración: es precisamen­
te escribiendo (o m e jo r dicho, dictando) cuando Marco Polo siente
la comezón literaria. E ste com erciante que es Marco Polo, enfras­
cado únicam ente en las realidades m ateriales, debió de compren­
der de im proviso que tenía a su disposición un instrumento de
excepcional valor, acaso no im aginado por él hasta entonces: la ru­
tina del dictado cotid ian o podía transform arse en pretexto para ha-

U ^ aní cv'ü c caPf‘u l° 31. P 396 (según la edición citada por el autor).
ift Mandeville, p 105.
fcchl lu n i s 18 dC octubrc; sábado 29 dc setiembre, etc. (La pnmera
eferrñ? c M“ 'vc>cada: se trata del miércoles 17 de octubre, p 39; la segunda
cfercncia, en p. 25. N ota del T raductor). K
cer una obra de arte. Los episodios é p ic o s q u e j a l o n a n el libro d<
M arco Polo del capítulo 205 en a d e la n te , r e v e la n c o n to d a evide:
d a esa voluntad artística. A parecen a h í to d o s lo s t e m a s d el géner
los dos ejércitos magníficamente o r d e n a d o s , l a e m b ria g u e z de lo
d a rin e s, los combates m ortales. Son d e rig o r la s f ó r m u la s poética
com o puede verse en este breve fra g m e n to :

todo el aire cubierto por las flechas, com o si de u n a gran lluvia <
tratase. Entonces caen muchos hom bres y caballos m ortalm ente h
ridos, todo con tanto ruido y griterío que los tru e n o s de Dios no p:
dían escucharse. Y atacándose así los dos p artid o s, lo hacían con tí
dureza que bien se veía cómo eran m ortales enem igos (...) cómo ta­
tos hombres tambaleantes caían en tierra (...) Sin duda realizó aqie
día el rey Caidú grandes proezas17.

En esta pintura no falta tam p o co el h é ro e : e l á n im o del res


su coraje galvanizan su ejército. P o r o tro la d o , a m b o s bandos v
igualmente valerosos, y en ocasiones n o h a y v e n c e d o re s ni vencido'
Son evidentes, desde H om ero, las a fin id a d e s e n tr e viaje y ep
peya. Puesto que ésta es la prim era m a n ife s ta c ió n q u e se califica o
«literaria», ¿podría el libro de viajes te n e r u n a re la c ió n c o n s u s u r
cial con la epopeya, y podría tam b ién fig u ra r e n tr e las formas ex­
presivas primeras y esenciales?
Aparte de la m ateria épica, el libro d e M a rc o P o lo incluye tanv
1 bién varios episodios que son au tén tico s c u e n to s e n m in iatu ra *
I capítulo 181, por ejem plo, narra la h isto ria d e u n p rín cip e de Ce
f lán con inclinaciones a la santidad. Su p a d re , e l re y , le h abía ocu
tado el hecho de que los seres hum an o s m u e r e n , y h a b ía prohibí
q u e tullidos y deformes aparecieran e n su p re s e n c ia . C ierto día ;
príncipe, durante una cabalgada, d e scu b re p rim e ro u n muerto |
después un anciano enfermo. Al m o stra r su s o r p r e s a , su séquito"
in fo rm a de que ése es el destino de to d o s lo s n a c id o s. El prín^t
d e c la ra entonces

que no quería permanecer por m ás tiem p o e n u n m u n d o in,Pe¡L;í


y malvado; y se propuso iniciar la b ú s q u e d a d e A q u él que
m uere y de Aquél que todo lo hizo18.

D e c id e c o n sag rar su vida a D io s y se h a c e e r m i t a ñ o . L a ¿


e r i g i d a a su m em o ria después d e m u e r to f u e e l p r i m e r íd o lo o ^
l á n . E s t e c u e n te c illo no es ú n ic o , y se a s e m e j a m u c h o a otras
c i o n e s q u e se llam an ta m b ié n ... « m ito s » .

17 C a p ítu lo 202. pp 490-491


*• C a p ítu lo 181, P 439.

86
M it o s y c u e n t o s e n l o s l ib r o s d e v ia je s

Sucede con frecuencia que el mito, el cuento, están como sub­


yacentes en los libros de viajes. ¿De qué manera?
Según Mircea Eliade, «un mito es una historia verdadera ocurri­
da en el comienzo de los tiempos y que sirve de modelo para el com­
portamiento hum ano»19. «En el comienzo de los tiempos» es tra­
ducible por otra expresión, algo más vaga, cara a Eliade: in illo tem-
pore. El mito es «la revelación de un suceso primordial que ha dado
origen a una estructura real o a un comportamiento humano»20. No
es necesario tom ar al pie de la letra las palabras «historia verdade­
ra»: no se trata de una verdad histórica, sino de una verdad ante­
rior a la H istoria. Un hecho considerado como verdad por el mito
ha dado origen, anteriorm ente al tiempo histórico, a una creencia,
a un com portam iento, que desde entonces se repiten, de acuerdo
con un ritmo regular, en el cuadro de la Historia.
La narración de Marco Polo más arriba citada señala la «histo­
ria verdadera» que dio origen al culto idolátrico.
Los mitos tienen también la misión de transmitir, en forma ima­
ginada, las experiencias humanas fundamentales: juventud, vida y
muerte constituyen uno de los temas básicos (la muerte encierra en
sí misma el nacimiento). Así, el joven príncipe de la historia en cues­
tión es justamente uno de esos héroes que, de modo voluntario o
no, parten al encuentro de la muerte, descubriendo el ciclo vital y
fundando en este conocimiento una vida regida por aspiraciones
superiores.
Con todo, el mito, en tanto que está vivo, es sentido por el in­
dividuo y por la colectividad como reactualización del acto o acon­
tecimiento original al que se refiere21. Mas no puede decirse que
sea así como Marco Polo siente y transmite la narración antes cita­
da: el mito ha pasado a la literatura, se ha transformado en cuento.
«Cuando no se asume como revelación de los ‘misterios', el mito
se ‘degrada’, se oscurece, llega a ser cuento o leyenda»22. Bajo esta
forma «velada» recibe la Edad Media los mitos, y no pudiendo vi­
virlos exactamente como una sociedad arcaica los vive, se ve forza­
da a reciclar la energía vital del mito en una manera tal que no se
transforma en acto. Acaso podría decirse, incluso, que la explota­
ción literaria o artística del mito no se hace posible sino a partir del
momento en que la experiencia mítica ha desaparecido...
Se podría objetar que nada de lo dicho tiene una relación evi­
dente, incuestionable, con el viaje. Pero no debe olvidarse que via­
jar no es solamente ver, observar, contar; es también escuchar y re-

^ Mircca Eliade, Mythes, réves el mystéres (Idées/Gallimard, 1957), p. 22.


2j tbid., p. 14.
32 ^ asc ^ ‘rcea Eliade, Initiation, rifes, socittis secrétes (Idées/Gallimard, 1959),
22 Mircea Eliade, Mythes..., p. 14.
tener las historias de algún hábil narrador, encontrado por azar du­
rante el viaje. Y al igual que en Las mil y una noches los cuento^
se engarzan unos con otros, la narración del viaje se decora cor
cuentos diversos o historias de sustrato mítico, que la jalonan de foi
ma atrayente. Estos «adornos» del texto contribuyen a conferirle
un carácter estético, y los autores, en numerosos casos, saben uti
lizar tal recurso.
Si el viaje es fácilmente proclive a lo maravilloso, es porque 1*
partida hacia lo desconocido es un momento esencial de la avenid
ra humana. El viaje supone, a la vez, un cierto número de date-
reales y un gran componente extraordinario, en el sentido primor
dial deí término. El cuento fantástico reúne también tales caracú
rístkas. Cuentos y mitos, como ha mostrado en concreto Claude L«
vi-Strauss, se encargan de expresar un conjunto de estructuras hu
manas y sociales fundamentales. Pues lo que hace avanzar al mu­
do, lo que le hace pasar de la inmovilidad primera al movimiento
y progreso, es una separación inicial: separación del cielo y de
tierra en los mitos cosmogónicos; separación de Dios y de los hotr
bres. De tal hecho se deriva un estado inestable entregado al a:a<
de las aventuras, pero sobre el cual el hombre tiene un cierto cor.
trol. Son, exactamente, las características del viaje: el viaje es rup
tura, y esta ruptura engendra el peligro. Pero es un peligro que pue
de ser fecundo: al igual que en los mitos de los orígenes la ruptura
del estado edénico primero se salda no solamente con el sufrimier
to, pero también con la cultura, sello del genio específicamente hü
mano, el viaje conduce al individuo hacia un conocimiento supe
rior del Mundo, del Hombre y de sí mismo. El viaje encierra u:
mensaje: el mensajero (que no podría ser otra cosa que viajero)C'
el intermediario, desde tiempos inmemoriales, entre el secreto de
los dioses y de las cosas y los hombres. De este modo, lo deseen
cido se entrega a la humanidad.
Cuentos y mitos presentan un cierto número de procedimiento:
descriptivos y de temas que se encuentran en los libros de viajes
La geografía terrestre es también una «geografía de las historias'
los mapamundis de Ebstorf, de Hereford (siglo XIII), son buer
ejemplo de ello. Monstruos y criaturas fabulosas aparecen ahí acotf
panadas de una leyenda de pocas líneas, en un marco convención*
de montañas, ríos, ciudades reales; pero tales lugares se sitúan cor-
una precisión relativa, y son a menudo elegidos por su carácter re­
presentativo o evocador (las columnas de Hércules, R om a, Dd1'-
Jcrusalén, Jericó...). La intención del mapamundi no es la de
cluir la totalidad de los conocimientos geográficos, sino la de pfl
poner una selección de lugares destinados a servir d e cuadro, si ^
de urna: no son sino el continente, y éste importa m ucho menj
que lo que designa. Ninguna ruta terrestre surca este espacio
es «utilizable» en la práctica. Para desplazarse, el viajero usa i ‘
raríos de otra naturaleza, pero sabe que en alguna parte de ^
te», cerca de las bocas del Oxus, hallará la manticora (rigor

88
próxima al tigre y al minotauro; que en el espacio comprendido
entre el Nilo, el Mar Rojo y el Mar Muerto, encontrará la salaman­
dra, la mandrágora, el ave-fénix... Esa geografía no tenía por lo tan­
to, con mínimas excepciones, nada fijo.
El viaje, tal com o se desarrolla en la práctica, es como un doble
astral: inscrito en el espacio fuertemente cualitativo de los mapa­
mundis, despliega su red de imágenes, de criaturas, de narraciones
legendarias, y si los pies de los viajeros hollan los caminos, su ca­
beza se encuentra en una atmósfera más tenue (pero no menos
real). Ciudades y paisajes no son los únicos que señalan los cam­
bios de comarcas: las historias que se cuentan de un lugar a otro
balizan, como testim onios seguros, el paso de nuevos umbrales...
Este fenómeno puede compararse con uno de los cuentos de Las
mil y una noches:

Marzaván viajó de ciudad en ciudad, de provincia en provincia, de


isla en isla, y a cada uno de los lugares que llegaba, no oía sino ha­
blar de la princesa Badur [así se llamaba la princesa china) y de su
historia. Al cabo de cuatro meses nuestro viajero llega a Torf, ciu­
dad costera grande y muy poblada, donde ya no oyó hablar de la pnn-
cesa Badur, sino del príncipe Camaralzamán, del que se decía esta­
ba enfermo, y del que se contaba una historia muy parecida a la de
la princesa Badur23.

^'8-8. SébastianBrant: Fabies d ’É sope(ediciónde 1501),fol. 189verso;«De


u,tUris indicis».

Las mil y una noches (Garnier-Flammarion). t. II. p 177.

89
En este texto, las atmósferas geográficas se corresponden cor
presencia de diversas narraciones, y se n o ta e l cam bio en ei m
mentó en que ya no se escuchan esas n arra cio n e s. P e ro cada atnx
fera no es sino el revés de otra, pues la h isto ria q u e se cuenta
muy semejante, la del príncipe C am aralzam án. S erá a éste a l.
busque ahora el viajero, y traza su cam ino siguiendo el hilo,
Ariadna que constituyen los cuentos.
El viaje es, por esencia el pretexto p a ra innum erables narra:
nes; ello significa que, en ciertas civilizaciones, la transmisión o:,
tiene un papel mayor que la escrita, y q u e la n arración hablada
más movida, rica y viva que el texto: éste n o es sino una vers.:
petrificada de los hechos. Es por ello p o r lo q u e , p o r ejemplo. Pi­
de Carpin no puede contentarse con en tre g ar su libro a quienes:
hacen preguntas acerca de su viaje: p a ra satisfacerles, debe ex?
cario, y añadir detalles y aclaraciones.
Puesto que el viaje guarda relación con los resortes fúndame'
tales del ser humano (pasiones, vida, m u e rte ...), su narración
viste a menudo un carácter de necesidad. E n m uchos casos, los^-
jeros se ven obligados a contar sus aventuras (casi siempre el m
mo viaje) para salvar su propia vida. E sta situación, bien cono:

i en el cuento —veánse, como ejem plos concretos y en particu


dos narraciones de las Mil y una noches: la historia de los tres D:
viches ciegos24 y la del comerciante y el genio25— , es uno de
componentes del viaje. El cual es, a m en u d o , ocasión de halla:
muerte, mientras que la narración del viaje suele serlo de sa’y-
la vida.
Esta brecha entre la realidad vivida y la transposición de la rtf
lidad narrativa, que encuentra su analogía en la doble función ma­
te-vida, permite bien comprender la im portancia que para lo m
ginario puede tener por una parte el viaje y p o r otra la narrad
Viaje y cuento son nociones tan íntim am ente unidas que a mer>
resulta difícil desenredar el nudo de sus relaciones. Comportar
cúmulo tal de conexiones que constituye un verdadero proble-
distinguir las recíprocas influencias que existen entre ambos
La distinción entre cuento y libro de viajes tal como aparece-
nuestros autores da paso, con todo, a varias constataciones D^‘
nuestro pumo de vista, el elemento de «realidad» es más impoí!*:,
te en los libros de viajes: la presencia del detalle vivido actual^
experiencia. El contenido realista del libro de viajes, cuando e*j\
(pues ello no es sistemático), envuelve los episodios míticos P°®
distinguirse el cuento del libro de viajes por la intensidad de b ^
presión y de la intención míticas. El cuento ofrece un conjun^
experiencias míticas o arquetípicas de form a concentrada; e*TJ
cuento es raramente cuestión de desenredar o de delimitar 1°

24 G am ier-F lam m arion, t. I, pp. 113-224.


25 G am ier-F lam m arion, t. II, pp. 45-63.
ravilloso de lo real, ya que uno y otro forman un todo, pues se ha­
llan indisolublemente unidos al menos por la existencia de seres y
de objetos mágicos, que los mantienen en contacto en todo mo­
mento. El cuento ofrece lo real-maravilloso en estado puro: se
sitúa p o r com pleto a un sólo lado del mundo. Si acudimos al her­
moso filme O rfeo, de Jean Cocteau, vemos de qué modo los pro­
tagonistas pasan de un m undo a otro a través de espejos. En el cuen­
to, la acción y los actores están «al otro lado del espejo», en un
sólo ámbito: no se traza el límite de lo maravilloso; el mundo es uni­
lateral. En el caso del libro de viajes, la realidad y lo maravilloso
no tienen las relaciones geminadas del cuento: existen entre ellas
contactos que atraviesan esa impalpable película que es la conscien­
cia del doble aspecto del m undo. Pero no se trata aquí de una dis­
tinción entre lo real y lo fabuloso, menos aún entre lo real y lo
irreal: hasta el siglo X V (época que hace de pivote) no aparece una
brecha sem ejante, to d o es real. Más que a una discriminación ver­
tical entre niveles de realidad, se asiste a una confrontación hori­
zontal (espacial, cabría decir) entre el aquí y el allá, lo familiar y
lo extraño, lo ordinario y lo unheimlich*.
C uando el a u to r de la narración no es al propio tiempo el actor Á
del viaje que c u e n ta , com o es el caso de Mandeville y en parte el J
de Jo u rdain, el tex to se aproxim a, sin duda, al cuento. Por el con-
trario, cuando el n a rra d o r es el viajero, se observa que lo mágico
se encarna, p e n e tra en la vida, como la vida penetra en lo mágico, •
form ando así una en tid ad que no cesa de afirmar la unicidad de su
doble n atu raleza. O cu rre que los viajeros pasan, sin saberlo, a tra­
vés del espejo; un ejem plo de ello puede verse en el episodio en
que O dorico p re te n d e que el cordero vegetal no tiene nada de ex­
traordinario, ya que en Irlanda existe un árbol en el que nacen ocas.
A m biguo p o r natu raleza, el carácter maravilloso del libro de via­
jes se mezcla rep etid am en te con el del cuento. Recordemos con qué
insistencia se d etien e R ubrouck en la impresión de que, a partir de
cierto m om ento, p e n etra en otro mundo. El viajero, en efecto, re­
corre los lugares dei o tro mundo; el mundo encantado existe con
evidencia suficiente com o para que se pueda vivir a la vez con am­
bos registros: lo o rdinario y lo extraordinario. Colón vivió en este
estado de espíritu d u ran te los primeros meses del viaje de 1492:

le parecía que estaba encantado26.


dice que to d o era tan herm oso lo que vía, que no podía cansar los
ojos de ver tan ta lindeza y los cantos de las aves y pajaritos27.

Esa «lindeza» es la de la Naturaleza. Marco Polo, por el con­


trario, es m ás sensible a las bellezas y obras humanas. El Gran Khan

^ En alem án en el original. (Nota del traductor.)


27 M artes, 27 de noviem bre de 1492; p. 72.
Sábado, 3 de noviem bre de 1492, p. 53.

91
es, como el rey de los cuentos maravillosos, hermoso, arrogante J
valiente:

E* de buen* estatura, ni muy bajo ni muy alto, sino de mediana ta­


lla. No es excesivamente gordo ni delgado, sino de adecuadas pro.;
porciones, bien formado de todos sus miembros. Tiene su rostro muy
blanco con mejillas bermejas, del color de la rosa, lo que le da una
agradable expresión, con los ojos negros y hermosos y la nariz bien
hecha y adecuada a sus facciones2*.

El palacio del Khan es un lugar mágico, en el que los reflejos


del oro y de las piedras preciosas contribuyen a la fascinación de
los visitantes:

Los muros de las salas y de las diferentes cámaras están totalmente


recubiertos en su interior de plata y oro; y en ellos se representan,
finamente cincelados, leones y dragones, pájaros y todo tipo de ani­
males (...) y hay allí además cuatrocientas cámaras, número que pa-
rece verdaderamente increíble. El palacio es tan grande, tan hermo­

( so, tan rico y tan proporcionado, que ningún hombre en el mundo


podría imaginarlo o construirlo mejor. Sus techos, en la p a rte mis
alta y vistos desde fuera, son de colores rojos, verdes, am arillos y
de distintos tonos del azul, de los más claros a los más o scu ro s, en
finvde todos los colores, tan bien barnizados todos ellos q u e bullan
como cristal resplandeciente, y se les ve lucir desde mucha distancii
a la redonda (...) Entre los diversos cinturones amurallados que an­
tes os decía hay bellas y muy grandes praderas y jardines, con her­
mosos árboles frutales de variadísimas especies; y muchos extraños
animales, ciervos blancos (...j*29.

Los palacios maravillosos abundan en Las m il y una noches y


en otros muchos cuentos. La princesa china B ad u r, de la q u e ya sí
ha hablado, vive en este ambiente:

El primer palacio es de cristal de roca, el segundo de bronce, el tei'


cero de fino acero, el cuarto de otra clase de bronce m á s precios0
que el anterior y que el acero, el quinto de piedra angular, el sc*t°
de plata, y el séptimo de oro macizo. Están amueblados con una su0'
tuosidad asombrosa (...) No son de olvidar los jardines q u e les
deán, los parterres de césped esmaltados de flores, estanques,
dores, canales, cascadas, bosquecillos en que se pierde la vista (•••)

Los palacios chinos, como se ve, fascinaba ya la im a g in a c ió n ^


persas y árabes. Por otro lado, lo que M arco Polo dice en pocas ífa

u Marco Polo, capítulo 83, pp. 187-188. ^


29 Marco Polo, capítulo 85, pp. 193-194. Véase tam bién el capítulo 97, otra5
cripciones fastuosas; halcones y pabellones de caza del G ran Khan. ^
«Historia de los amores de Camaralzamán»; G am ier-Flam m anon, t. H- P
ses, Mandeville lo expresa con am plitud; su descripción del palacio
del Gran Khan, puesto q u e no lo ha visto en persona, se halla muy
próximo al cuento; la frecuencia de sus repeticiones atestigua la
atracción que sentía por la lectura de narraciones previas, así com o
su deseo de transm itirla al lector:

Primeramente al cabo de la sala está la silla del emperador, bien alta,


donde él se asienta a comer, que es labrada de piedras preciosas y
perlas gruesas. Y las gradas por donde él sube a la silla son todas de
piedras preciosas, con los cabos de oro".

Tam bién C o ló n se sien te fascinado por la visión de Eldorado.


Ha partido p a ra d e sc u b rir unas islas en que el oro se recoge a ma­
nos llenas:

Pero supo el A lm irante, de un hombre viejo, que había muchas islas


comarcanas a cien leguas y más, según pudo entender, en las cuales
nace muy mucho oro, y en las otras, hasta decirle que había isla que
era todo oro, y en las otras que hay tanta cantidad que lo cogen y
ciernen como con cedazos y lo funden y hacen vergas y mil labores:
figuran por señas la hechura32.

Colón u tilizará h a sta el últim o m om ento la magia del oro ante


sus contem poráneos y sus reyes. El oro justifica el viaje, y ¿cómo
se podría ren u n ciar co n scien tem en te a su búsqueda cuando se sabe
que el preciado m e ta l confiere un poder casi maravilloso?:

Genoveses, venecianos y toda gente que tenga perlas, piedras pre­


ciosas y otras cosas de valor, todos las llevan hasta el cabo del mun­
do para las trocar, convertir en oro: el oro es excelentísimo, del oro
se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mun­
do, y llega a que echa las ánimas al paraíso33.

El térm ino convertir es bien significativo: genoveses y venecia­


nos com parten u n a ex p erien cia casi alquímica.
La riqueza d e los países lejanos no está constituida sólo por el
oro y las p iedras p recio sas; se m anifiesta también en la abundancia
de toda clase de b ie n es. T o d o lo necesario para la vida lo ofrece
ahí la N aturaleza:

tienen todo lo necesario para vivir, muy abundante y barato34.

" M andeville, p. 139.


J} Martes, 18 de diciem bre de 1492; p. 96
i* L uarl° v ‘aje, c arta a los R eyes; pp. 200-201
Marco Polo, cap ítu lo 183, p. 447.

i_________________________________________________________
L a isla de Madagascar, nos dice M arco P o lo 35, ea d e una nquqj
ex trao rd in aria: marfil, sándalo, á m b a r, b r o c a d o s d e o ro y de scdi,
a lim en tan un comercio en extrem o flo re c ie n te . L o s a n im ale s son 4
v erso s y numerosos: leopardos, o so s, le o n e s , c ie rv o s , corzos, g*
m o s, jabalíes salvajes... Una gran m u ltitu d d e a v e s se añade a tala
encantos.
E s un mundo mágico. ¿U na tra n sp o sic ió n d e la r e a lid a d , por lo
ta n to ? Si así ocurre, en efecto, en los lib ro s d e v ia je s q u e narran
d e oídas, ¿qué decir de los que d e sc rib e n u n a r e a lid a d vivida? Via-
je ro s como Marco Polo han visto , e n v e rd a d , riq u e z a s fabulo­
sas. Lo que en sus descripciones se a s e m e ja a lo s c u e n to s nocí
precisam ente lo im aginativo, sino m ás b ie n su a so m b ro ante uní
re a lid a d que h asta e n to n c e s n o h a b ía s id o p a r a ello s sino
soñada.
Ciertos temas son m ás aptos q u e o tro s p a r a m a n te n e rs e en equi­
librio en el punto de contacto de tres e le m e n to s , m ito , c u e n to y rea­
lidad, sin acusar añnidad especial p o r u n o u o t r o , d a d o que parti­
cipan por igual de los tres. E n tre eso s te m a s , la N aturaleza vista
como un ja rd ín m a ra v illo so .
Pues en los países o rien tales la N a tu ra le z a e s , e n e fe c to , un jar­
dín maravilloso; tal evidencia im p re sio n ó d e ta l m o d o a Colón que
por dos veces bautizó a ciertos lu g ares c o n el n o m b re de jardín.
C uando durante su segundo viaje d e sc u b re las islas situ a d a s cerca
de C uba, las llama «Jardín de la R ein a» ; d u r a n te el c u a r to viaje re­
conoce la parte oriental de C osta R ica y d e s c u b re la z o n a del Cabo
L im ón, una región que llam a, sim p le m e n te , « L a H u e rta » . Véaseli
descripción que hace, el 21 de o c tu b re d e 1 4 9 2 , d e L a Isabela:

Y aquí en toda la isla son todos v e rd e s y las h ie rb a s com o en el abrí


en el Andalucía; y el cantar de los p a ja rito s q u e p arece que el hom­
bre nunca se querría partir de a q u í, y las m a n a d a s de los papagayo*
que oscurecen el sol; y aves y p a ja rito s d e ta n ta s m aneras y tan^
versas de las nuestras que es m arav illa; y d e s p u é s ha árboles de mí
m aneras y todos de su m a n era fru to , y to d o s huelen que **
m aravilla .

T a m b ié n se encuentran ja rd in e s en M a rc o P o lo y e n Mandew
Ue, p e ro son jardines cerrad o s, d e b id o s a la m a n o d el hombre-
m ie n tra s q u e el jardín m aravilloso d e C o ló n es u n e sp a c io virgen-
v a s to , h e ch o a la m edida del C re a d o r m ás q u e al d e la criatura V
isla d e M o a, a la que llega el 25 d e n o v ie m b re d e 1492, se le ap*'
re c e c o m o un cuadro grandioso:

L a s sierras altísimas, de las cu ales d e sc e n d ía n m u c h a s aguas lindí*

m M a r c o P o lo , capítulo 194, pp. 463-467.


36 C olón, p 43.

94
mas; y todas las sierras llenas <lr pinos, y por todo aquello diversísi­
mas y herm osísim as florestas <lc árbolrv'

Las anotaciones realistas (cien navios podrían acogerse a cierta


cala; esos p in a re sp o d ría n prop o rcio n ar mástiles «para las m ayores
naos de España» ; los ríos son propicios para la instalación de a ser­
raderos), si bien exageran en ocasiones las posibilidades reales de
explotación, b o rd ean lo p o é tic o :

Vio venir un grande arroyo de muy linda agua que descendía de una
montaña abajo y hacía gran ruido. Fue al río y vio en 61 unas pie­
dras relucir, con unas manchas en ellas de color de oro39.

Esas p ie d ra s p e rm ite n p re sa g ia r, sin duda, minas de oro. No es


preciso te n e r e n c u e n ta q u e realism o y poesía son cosas diferentes:
la realidad es m á g ic a , y e s to es lo que fascina a Colón.
El tem a d e l ja r d ín m a ra v illo so es algo más que un asunto favo­
rito de los c u e n to s ; tie n e u n a dim ensión casi mítica. Sufre variacio­
nes de una h is to ria a o tr a , m as no es nuestro propósito analizarlas.
Pero en los c u e n to s o rie n ta le s , al igual que en los occidentales (y
no olvidemos las m in ia tu ra s , e n que tan a m enudo aparece el tema),
el jardín es un lu g a r d o n d e florece el sueño.
Persas y á ra b e s s ie n te n u n a auténtica pasión por los jardines
(por otro lad o , b ie n ju s tific a d a p o r el clima). Son abundantes en
Las mil y una n o ch es, a u n q u e sean jardines reales:

Me parecía estar en un jardín delicioso: veía árboles por todas par­


tes, unos cargados de frutos verdes y otros de frutos maduros, y de
riachuelos de agua tranquila y clara que hacían agradables revueltas.
Probé los frutos, que encontré excelentes, y bebí de ese agua, que
parecía ofrecérsem e40.

O jardines fa b u lo so s:

bajó de la terraza y se detuvo en el jardín para observar los frutos


que no había visto antes sino al pasar. Los árboles de este jardín es-

* Colón, p. 68.
39 Colón, P rim er V ia je , p . 68.
40

Uc hahi^H*nt° v‘aí e d e S im b ad » ; G arnier-F lam m arion, t. I, pp. 268-269. Mandevi-


de «ma dC á rk ° les q u e , e n E g ip to , «llevan siete veces fruta en el año» (p. 37), y
no t|e nzan*s» deliciosas llam ad as «m anzanas del paraíso» (p 37), «y cada manza-
$in duda m^S de c‘e n manzanas>> (P 38). E n la India hay una fuente cuyas aguas,
yeCes a’ vienen del P a ra íso , « u n a fu en te qu e tiene olor y sabor Y quien bebe tres
8a* (ddC v ?e% Uas d c e sta f u c n tc - q u ctla sanado de cualquier enfermedad que ten-
din del p j'326, ed lció n c ñ a d a p o r el au to r). Se reconocen ahí elementos del Jar-

95
Uban todos repletos de frutos extraordinarios. C ada árbol tem¿ ú
ferente color, los había blancos, relucientes y transparentes con J
cristal; rojos, unos más intensos que otros; verdes, azules, \ miel!
(...) Los blancos eran de perlas; los relucientes y transparentes,!
diamantes; los de color rojo más fuerte, de rubíes; los de color roj
más suave, de corindones; los verdes de esm eraldas; los azules dettí
quesas; los violetas, de amatistas (...), y estos frutos eran todos**
un tamaño y de una perfección sin igual en el m undo41.
.

Tam bién nuestros cuentos e u ro p e o s h a n u tiliz a d o el tema dd


jardín, pero con un sentido m ás sim bólico y m ístic o . E l ámbito dd
unicornio es, precisamente, el ja rd ín . V ie ja s b a la d a s , c o m o «Lab*
Ha está en el jardín del A m or», re v e lan u n a in sp ira c ió n poética*
que se adivina la mística am orosa. E n fin , e n c u e n to s m ás «reciet*
tes», pero en los cuales el sim bolism o e s p a rtic u la rm e n te rico, como
La Bella y la Bestia, se co n tin ú a a n im o s a m e n te la tradición;

Se dirigió al jardín, donde a pesar del rigor del invierno notó, coa»
si fuese primavera, que las más raras flores exhalaban un perfuu*
encantador. Se respiraba un aire suave y tem plado. P á ja ro s de toda
clases mezclaban sus gorjeos al vago murmullo de las aguas, forma
do una deliciosa armonía42.

La n o s t a l g ia d e l p a r a ís o

Los jardines naturales com portan un re g u sto del Paraíso. Joifl*


dain de Séverac hace una descripción d e C e ilá n casi edénica U
enum eración de las aves es in te resan te ta n to p o r la fascinación q#
ejercen sus colores (tem a clásico de los c u e n to s m aravillosos y *
las pinturas del paraíso) como p o r la co n clu sió n d e l au to r:

D e avibus autem dico: (...) sunt alb ae a liq u a e sicut nix per totuia
aliquae virides sicut herba; aliquae m e d io ru m colorum coloratae.*
tanta quantitate et jocunditate, q u am n o n p o te st dici. Psittaci
vel papagii, uniuscujusque colorís in g e n ere su o , excepto colore ^
gro, quia nunquam nigri in v eniuntur, sed albi p e r totum , c^v,Iv¿
et rubei, et etiam colorís perm ixti. V id e n tu r recte aves istuifl^
creaturae Paradisi43.

(«H ablando de los pájaros, diré q u e algunos de ellos son


com o la nieve; otros, rojos com o g ran o d e escarlata; otroS’
des como la hierba; otros, en fin, d e co lo res tan variados y he

41 « H is to n a d e A ladino»; G a m ie r - F la m m a r io n , t. I I I , p . 79.
*2 C o n d e s a d ’A u ln o y (C lub d e s L ib r a ir c s d e F r a n c e . L e s Libraires
19651, p . 34.
4 Í J o u r d a i n d e S év erac, p. 50.
Im m tn r M P u e d e describir. Periquitos y papagayos de todos
los c o lo r e s , p e r o n u n c a negros: los hay blancos, verdes, rojos, inclu­
so d e c o lo r e s m e z c la d o s. A decir verdad, estos pájaros de ia India
p a r e c e n c r ia t u r a s d e l P araíso»),

A sí se e s ta b le c e la re la c ió n en tre los seres de este país real y los


del P araíso. P o r o tr o la d o , la descripción continúa hasta form ar un
todo m uy c o h e r e n te . S e h a b la de una alberca en medio de la cual
crece un á rb o l. T o d o o b je to m etálico que allí cae, se transform a en
oro; to d a h e rid a o lla g a fro ta d a con una hoja de ese árbol, queda
sanada44. L o s a n im a le s s o n m ás grandes que en otros lugares, y a
menudo m uy e x tr a ñ o s , c o m o los dos gatos alados que el autor vio
durante su e s ta n c ia e n C e ilá n . A lgunos árboles tienen hojas tan
enorm es q u e c a d a u n a d e e lla s puede albergar hasta cinco hom ­
bres45.
En o tra isla , h o m b r e s y m u je re s van desnudos, y no se guare­
cen sino tra s u n a e s p e c ie d e c o rtin as:

E st e t a lia í n s u la u b i h o m i n e s e t m u lie r e s o m n e s sim pliciter incedunt


nu d i ( . . . ) I s t i , d e p a n n i s q u o s e m u n t , fa c iu n t a d m o d u m co rtinarum
p a ñ e te s ; n e c c o o p e r i u n t s e , n e c v e r e c u n d ia s su as, aliquo tem p o re
m u n d i46.

(« H a y t a m b i é n u n a is la e n q u e h o m b r e s y m u je re s van d esnudos,
co n to d a i n o c e n c i a . C o n t e l a s q u e a d q u ie r e n , co n feccio n an unas a
m o d o d e c o r t i n a s , y n o s e v i s t e n n u n c a , y n o c u b re n ni siquiera sus
v e rg ü e n z a s , c u a l q u i e r a q u e s e a la e s ta c ió n d e l a ñ o » ).

Se tra ta d e la p r i m e r a d e s c rip c ió n d e un país real llevada a cabo


por un v ia je ro q u e e f e c tiv a m e n te lo h a visto47 con la suficiente cla­
ridad com o p a r a a s im ila r la a la s d e l p a ra íso terren al propiamente
dicho.
Esa p ro fu s ió n v e g e ta l y a n im a l, e sa sim plicidad de la desnudez
hum ana, se h a lla n t a m b i é n e n el tríp tic o del Jardín de las delicias
del Bosco. A v e s , a n im a le s v a ria d ís im o s , e n o rm e s frutos, seres hu­
manos q u e v iv e n e n a m p o lla s d e v id rio (n a d a im pide com parar és­
tas con las « c o rtin a s » — c o r tin a r u m p a ñ e te s del texto mencionado),
así com o la p r e s e n c ia d e l a g u a , d e fu e n te s ... to d o ello parece como
*a ilustración d e l t e x t o d e J o u r d a in .
El te m a d e l P a r a í s o , e n e f e c to , e s u n o de los grandes asuntos
la lite ra tu ra m e d ie v a l d e v ia je s . E l P a ra ís o es o b je to de una bús­
queda b ien r e a l, y si e n o c a s io n e s a lg u n o s v ia je ro s piensan que nun-

t H>id.,: « e st a q u a u n a e t in m e d i o q u a e d a m a rb o r. O m n c m ctallum quos lava-


tritaCUni aq ua c f f ic itu r a u r u m ; o m n is p la g a , in q u a p o n u n tu r folia illius arbons
inm cd iatc c u r a tu r » .
na -t°u rd a in d e S é v c r a c , p . 50: « S u n t a r b o r e s q u a e d a m q u a e babent folia ila mag-
¿ u o d p a ssin t s ta r e q u i n q u é v c l s e t h o m in e s , valde b cn e sub um bra illius».
47 J o u rd a in d e S p e v e r a c , p . 5 1 .
Es d e c ir, « p r im e r a » e n e l c o r p u s q u e h e m o s seleccionado y delim itado.»

m .
ca llegarán a encontrarlo, hay otros que c o n tin ú an aferrados a vj
creencia. . ,
Pero existen paraísos engañosos. El viajero p u e d e encontrarse;
con peligrosos y maléficos espejismos que le llev arán a creer quej
se halla ante el Paraíso, y ello por verse atra p ad o e n tre las image-i
nes vividas de una naturaleza tan generosa com o en el alba de los]
tiempos (que ofrece un parentesco tan próxim o al E d én original))
las imágenes soñadas del Paraíso T errenal, lugar ún ico , geográfica-:
mente delimitado (si no incluso «situado»), lugar tam bién histórico;
— hasta arquetípico— del primer hom bre.
Entre los países donde la naturaleza es pró d ig a en toda clase de
bienes, los hay civilizados, donde «lujo, calm a y voluptuosidad- pri­
man sobre la visión del jardín edénico. A llí, la existencia paradisía­
ca es para los privilegiados. De tal m odo describe M andeville. como
en una atmósfera de ensueño, la vida de los m andarines (término
que él no utiliza, pero que puede deducirse sin problem as)48 Son
aquellos que viven «sin facer ningún fecho d ’arm as»49. Su nacimien­
to les otorga tal existencia. El m andarín está ro d e a d o de mujeres,

cincuenta doncellas y m u jeres q u e le s irv e n a c o m e r cada día. yta­


ñen y facen otras cosas que le p la c e n 50.

Le sirven la comida y le cantan m ientras le llevan a la boca, uno


a uno, trozos de alimento,de modo que el señ o r no toca nada coo
sus manos (sus uñas son tan largas, que se e n rro llan en torno a lo*
dedos): «y desta manera vive» . Hay en sus ja rd in e s un peq u eñ o
pabellón («monesterio») muy ricam ente a d o rn a d o , donde el man'
darín se retira para tomar el fresco:

y este m onesterio no es fech o sin o ta n s o la m e n te p o r su placer51-

Lo que fascina a Mandeville es precisam ente que el placer &


el único fin de una existencia tal, fascinación q u e se encuentra
bién muy a menudo en otros autores b a jo d iferen tes formas. Elp!r
cer perfecto en este mundo es objeto de una búsqueda tan ap3^
nada como engañosa. En la ya m encionada «H istoria del tercer
viche ciego» se narra un episodio q u e, curio sam en te, hace peflS*
en el de Mandeville y en el análogo de M arco Polo53:

---------------- , tf
48 Gracias a detalles como éste, «y la nobleza dellos es te n e r grandes uí,a5p
certas alargar y crescer en manera que ellos encubren las m anos; y esta es gr
bleza* (p. 180).
49 M andeville, p. 180
*>y 51 Ibid , pp. 179 y 180.
52 M andeville, p 180. ,.\(r
53 M arco Polo, capítulo 8 3 , pp 1 8 8 - 1 8 9 : sobre las innum erables m u j e r e s o
Khan.

98
Me encontré frente a una puerta abierta, por la que penetré en un
gran salón, donde estaban sentadas cuarenta doncellas, de una be­
lleza tan perfecta que la misma imaginación no podría ir más lejos.
Estaban magníficamente ataviadas. Cuando me vieron, se levanta­
ron todas al mismo tiempo (...) «Hace mucho tiempo (...) que es­
perábamos a un caballero como vos»'4.

Se ponen a servirle, no sin antes pedirle «una relación de su via­


je»55, y satisfacen to dos los deseos del caballero durante un año.
Después... D esp u és el viajero tendrá que sufrir una prueba, y-si tie­
ne éxito, ese paraíso le pertenecerá para siempre, para lo cual ten­
drá que resistir la o p ortuna tentación. Por desgracia fracasa, por­
que, en este m u n d o , el paraíso no es para criaturas débiles, como
son los hom bres.
Odorico c u en ta u n a historia predilecta de todos los viajeros, la
del «Viejo de la M ontaña». El anciano en cuestión había cercado
una m ontaña,

donde tenía encerradas las más bellas doncellas que había podido en­
contrar, y toda clase de cosas que podían dar placer al cuerpo hu­
mano, y llamó a este lugar Paraíso56.

El cual se ab ría a jóvenes vigorosos; una vez que habían gusta­


do sus delicias, el viejo los dorm ía con un brebaje soporífero y los
hacía transportar lejos de la m ontaña. Cuando despertaban, com­
parecían ante él, quien les anunciaba que nunca retornarían al «pa­
raíso» a m enos que m atasen a ésta o aquélla persona. Los jóvenes
obedecían, deseosos de regresar; de este modo tenía siempre ase­
sinos a su servicio. M arco Polo cuenta la misma historia con más
detalles57. Los jóv en es de que disponía el Viejo de la Montaña, se
llamaban, precisam ente, «asesinos»58. Al contrario de Odorico, que
pasa rápidam ente po r las delicias de este «paraíso», Marco Polo se
detiene con m orosidad en describir el jardín, sus cuatro ríos (de
vino, leche, m iel y ag u a), los dorados palacios, etc.59.
Entre los paraísos engañosos hay uno que destaca de forma ori­
ginal, el de A ntoine de La Sale. U no de los pasajes más interesan-*

* «Historia de los tres D erviches ciegos»; Gamier-FlammarioD, t. I, p. 191.


55 Ibid., p. 192.
56 Odorico, p. 474.
” Marco Polo, caps. 42-44, pp. 95-100.
59 «Asesinos» o haschishins.
Este episodio, con aspecto de cuento, corresponde de hecho a una realidad
mstónca. A bundantes fuentes (véase Henri C ordier, Odoric, pp. 476-483, n 1-5) oc­
cidentales, árabes y chinas, nos hablan de los «asesinos», nombre que les fue dado
a os ismaelitas por la costum bre que tenían de tomar haschish. El ambiente de «in-
oxicacton» descrito por los viajeros está históricamente documentado Tan podero-
ca r f ? a - • an‘9 u,lada en 1256 por el khan mongol Hulagú Por lo tanto, en la épo-
ser l VI^j,e • ^ arco Polo el m encionado suceso histórico había podido pasar ya a

99
tes de La Saladle está dedicado a narrar una experiencia de! .m„r
durante su subida al monte de la Sibila, en los A peninos, entre An]
cona y Spoleto; ello ocurrió el 18 de mayo de 1420. D e La Sale desl
cubrió en la cima una gruta de la cual partían unos conductos sub*
terráneos que se suponía llevaban al paraíso de la reina Sibila De
La Sale no llegó nunca allá, pero cuenta lo que le narraron dos hora*
bres, los cuales formaban parte de un grupo de cinco que alguno*
años antes habían iniciado la búsqueda de ese m undo subterráneo.
El héroe de la aventura era un caballero alem án, ya que las gente*
de este país son «muy viajeras y buscadoras de las av en tu ras del
mundo»40. Después de un trayecto extrem adam ente peligroso, el
caballero, junto con su escudero, llegó hasta una serie d e salas ri­
camente adornadas, donde encontró gran cantidad de damas,
doncellas, caballeros y escuderos. Fue conducido ante la reina,
quien, al igual que sus súbditos, sabía hablar todas las lenguas dd
mundo, un don que, al cabo de cierto tiem po, recibían también loa
huéspedes del reino. La soberana informa a sus visitantes que allí
todos son inmortales:

«Y todavía hay algo más», dijo la reina, «porque permaneceremos

I en el estado en que nos veis mientras dure el mundo». «¿Cieno, se­


ñora?», replicó el caballero. «Entonces, vos y los vuestros sois loa
más felices de todos. Y cuando acabe el m undo, señora, ¿qyé serf
de vosotros?» Dijo ella: «ocurrirá con nosotros lo que está orden*
do, y no queráis saber más»606162.

La respuesta es inquietante, porque el fin d e l m u n d o verá el cas­


tigo de todos aquellos que no han vivido d e a cu e rd o con la ley
divina.
Las costumbres de ese país son tales que los visitantes no puf-
den salir de él sino en unas fechas concretas: después de n u e v e días,
de treinta, de trescientos. Si no se han m archado transcurridos tres­
cientos treinta, no lo podrán hacer jamás. D espués de trescientos
días de placer, el caballero se pone a reflexionar; piensa en DK#-
a quien había olvidado durante todo ese tiem po; piensa en la vid*
pecadora que allí ha llevado. Comienzan a preocuparle algunasd*
cunstancias de aquella vida paradisíaca:
Cuando llegaba el viernes, a la media noche, sus acompañante**
levantaban y se alejaban de la reina, al igual que todos los den*'
Permanecían en cámaras y otros lugares semejantes en estado de^
lebras y serpientes, todos juntos, y así se estaban hasta la medial
che del sábado, en que todos regresaban junto a la reina, quien* :
mañana siguiente aparecía más hermosa que nunca. Pues jam^
vejedan, ni sabían que cosa es el dolor... 2.

60 L a Salade, p 89, versión B.


61 L a Salade, p 94, versión B.
62 L a Salade, p. 97, versión B.
h a c e p e n sa r en la leyenda de Melusina, así como en
los sabbaís d e las b ru ja s (notas comunes son la capacidad de meta-
m orfosearse y las afin id ad es con la naturaleza de las serpientes): el
texto p e rte n e c e al siglo X V , época en la que la «caza de brujas» co­
mienza a te n e r c a ra c te re s inquietantes
El p araíso e n cu estió n es muy ambiguo; allí no ocurre nada
malo, p e ro la ú n ic a cosa condenable es el placer que en él reina:

Finalmente, hay en él tantas delicias mundanales como el corazón po­


dría imaginar y la lengua decir63.

S em ejante es la am b ig ü ed ad del Jardín de las delicias del Bos-


co. La lum in o sid ad y la serenidad del panel central hacen casi in­
verosímil u n a c o n d e n a c ió n m oral de los seres que lo pueblan. Y sin
embargo, ciertas señ a le s indican la fragilidad de ese universo (las
ampollas de v id rio , p o r e jem p lo ), la latente bestialidad (los anima­
les que sim bolizan la lu ju ria ), el frenesí del placer (esas gentes que
muerden áv id am en te frutos gigantescos). Este tema del «jardín de
las delicias te rre n a le s» q u e no puede ser sino un paraíso engaña­
dor, es uno d e los m ás frecu en tes en los libros de viajes. El viajero
marcha hacia u n a s u e rte de A bsoluto, y t,qué universo sería mejor
que el Paraíso o el In fiern o , es decir, los extremos del ser humano?
La descripción del P araíso T errenal propiamente dicho no apa­
rece muy a m e n u d o en los viajeros, los cuales, sin duda, no lo
han visto:

Del paraíso, por cierto, no vos osaría fablar propiamente, porque yo


no he ende estado, de lo cual no soy contento, porque yo no soy
digno64.

No pueden re fe rirse a ese paraíso sino «de oídas». Es lo que se


propone hacer M andeville:

Y este paraíso es cercado de muro, y no sabe hombre de qué es aquel


muro. Y están cubiertos los muros de boira, y no se parece piedra
ni otra cosa de los muros; y extiéndense los muros contra la vía de
la Tramontana, y no hay sino una entrada, la cual está cercada de
fuego ardiente, de manera que ninguna persona mortal puede en­
trar. En el más alto lugar, en medio del paraíso terrenal, está la fuen­
te que echa los cuatro ríos que corren por diversas tierras65.

Esos ríos son el Fisón (o G anges), en el que se hallan «muchas


piedras preciosas, y m ucho m adero de áloe e gran mena de oro»;
el Agrón (o N ilo); el T igris y el Eufrates. Tal es la imagen esque­
mática del P araíso T e rre n a l. M andeville no dice nada de lo que en

“ La Salude, p. 97, versión B.


M andeville, p. 176.
Ibid., pp. 1 7 6 -1 7 7 .

101
é\ hay; se refiere únicamente a sus lím ites e x te rio re s y a sus cu.iirp
ríos.
Puede decirse que si los viajeros no d e sc rib e n el P a r a ís o es por.
q u e se preocupan poco de imaginarse cóm o e s, y a q u e se trata de
algo bien conocido, o acaso porque no q u ie re n d e sc rib ir un lugar
al qu e, evidentemente, no pueden llegar. D e h e c h o , es muy proba­
ble que la descripción de ese paraíso ideal c a re z c a ta m b ié n de sa­
bor. Para los viajeros, una vez que han d e sc rito los lu g a re s reala
— los cuales proporcionaban ya una idea d el p a ra íso te rre n a l bas­
tan te completa y coherente— parecía inútil im a g in a rse otros apro­
piados para el único paraíso «oficial». C om o c o n secu en cia, las ¡mi-
genes que ofrecen son las que ya hem os se ñ a la d o al h a b la r de los
jardines de delicias.
Sin embargo, el caso de C ristóbal C o ló n m e re c e m en ció n apar­
te. No se contenta con hacer, de m an era d isp e rsa , descripciones de
una naturaleza paradisíaca, pues tenía la firm e convicción de estar
navegando por parajes próximos al P araíso T e rre n a l:

Y digo que si no procede del Paraíso T e rre n a l q u e viene este ríoy


procede de tierra infinita, pues el A u stro , d e la cual fasta agora»
I se ha habido noticia66.

Es continua la insistencia de C olón en e ste p u n to ; así termin»


la relación de su tercer viaje:

Y agora, entre tanto que vangan noticias de e sto , de estas tierras


agora nuevamente he descubierto, en q u e ten g o sen tad o en el ánij#**•
que allí es el Paraíso T errenal, irá el A d e la n ta d o con tres naviosbií®
ataviados para ello a ver más a d elan te, y d escu b rirán todo lo quepü‘
dieren hacia aquellas partes67.

Im aginem os qué efecto debió de p ro d u c ir ta l declaración: t***


b arco s a la conquista del P a raíso ..., y to d o ello d u ra n te una ir ^
sía del Atlántico.
P ara sustentar su hipótesis. C olón se fu n d a en d a to s tornad,
un p o co por todas partes68. Se tra ta de p ro b a r la concordancia
ta le s d ato s con su propia experiencia. u\
H e aquí lo que dice M andevillc de la situ ació n geográfica
P araíso :

Paraíso terrenal dicen que es la m ás a lta tie rra del mundo, Y


a lto que cuasi toca el círculo de la lu n a; p o r el cual círculo
huce su curso69.

60 T e r c e r V ia je , c a ria a los R e y e s, p. 186.


• 7 ¡ b td . p 188.
•• V í a s e s o b re to d o el T e rc e r V ia je , p p . 185-186.
M a n d e v illc . p . 176.
Se trata, sin d u d a , d e u n a localización muy vaga. P ara un n a v e ­
gante, es una sim ple in d ic a c ió n , y C olón considera que n a d a p re c i­
so se ha escrito n u n ca a c e rc a de e sta cuestión:

Y no hallo ni jam ás he hallado escriptura de latinos ni de griegos


que certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso Terre­
nal, ni visto en ningún m apam undo7".

Aunque existan m a p a m u n d is en que aparece el Paraíso T e rre ­


nal (el de H e re fo rd , p o r e je m p lo ), no puede decirse q u e se halle
verdaderamente localizado. L a única indicación es que se en cu e n ­
tra en O riente, allá d o n d e el m u n d o acaba. Ya en su p rim er viaje
Colón está co n v en cid o de a c e rc a rse a tales lugares:

Maravillóse en g ran m anera ver tantas islas (...), y dice que cree que
estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin
de O riente se p o n e n 71.

El ju e v es 21 d e f e b r e r o d e 1493, ya de regreso hacia España,


nota C olón q u e d e s p u é s d e h a b e r d e ja d o atrás «las Indias-», la mar
se vuelve in q u ie ta y to r m e n to s a . H a sta entonces, «había siempre
buenos tie m p o s y q u e u n a s o la h o ra no vido la m ar que no se pue-
diese bien n a v e g a r» 72:

Concluyendo, dice el A lm irante que bien dijeron los sacros teólogos


y los sabios filósofos que el Paraíso Terrenal está en el fin de Orien­
te, porque es lugar tem peradísim o. Así que aquellas tierras que ago­
ra él había descu b ierto es —dice él— el fin del Oriente73.

Tal co n vicción se re f u e r z a e n c a d a v iaje, y C olón llega, durante


el tercero d e e llo s , a fo rm a rs e la o p in ió n de que el m undo no es
enteram ente e s f é r ic o , sin o q u e tie n e form a de p era, cuyo extremo
corresponde al P a r a ís o T e r r e n a l74. E llo c o rro b o ra la idea de Man-
dcville y de o tro s m u c h o s a u to r e s , según la cual el paraíso «es la
tierra m ás a lta d e l m u n d o » :

Llamo yo fin de O rien te adonde acaba toda la tierra e islas (...),


que, en pasando de allí al Poniente, ya van los navios alzándose ha­
cia el ciclo su av em en te, y entonces se goza de más suave temperan­
cia y se m uda el aguja de m arcar73.

La e x p re sió n « y a v a n lo s n a v io s a lzá n d o se hacia el cielo suave-

C olón, T e rc e r V ia je , p 183.
72 PV,m cr v i» jc , m ié rc o le s , 14 d e n o v ie m b re de 1492; d . 61
y P rim e r V ia je , p. 147.
;s VéuHc n u e s tro c a p ítu lo I, « C o sm o g rafía» .
•creer V ia je , p. 1H1

103
m en te» es una frase de ensueño. M a s p a r a Colón s e tra ta de ,
realid ad.
C on objeto de convencer a los d e m á s d e q u e h a descubierta -i
proxim idades del Paraíso, alega C o ló n g r a n n ú m e r o d e prueban \\
llegar a los veinte grados al n o rte d e la lín e a e c u a to r ia l, ha enca­
tra d o , a lo largo de la costa a fric a n a , h o m b r e s m u y n e g ro s y tierras
abrasadas por el sol («allí es la g e n te n e g ra e la t i e r r a m uy quema­
d a » )76*. Llega hasta Sierra L e o n a ; d e s p u é s n a v e g a h a c ia el oeste, er.
m edio de «extremos calores», y se r e m o n ta , d ic e , m á s allá de L i­
nea ecuatorial. De hecho, C o ló n n u n c a p a s ó e l e c u a d o r , si es ver-
dad que, como afirm a, en su e x p lo ra c ió n d e la c o s ta africana no
fue más lejos de Sierra L e o n a . Sí lo h a b ía h e c h o e n sus suposicio­
nes, pues imagina que ha n a v eg a d o h a s ta s u p e r a r e l ecuador de<
pués de lo cual descubre la isla T r in id a d ( n o le jo s de las cos:asj
venezolanas y de la d esem b o cad u ra d e l O r in o c o ) . E s allí donde em­
pieza a percibir algunas de las c a ra c te rís tic a s d e l P a ra íso : tempera*;
tura muy suave, herm osa v e g e ta c ió n , b e llo s tip o s humanos ■
En su prim er viaje. C olón tra z ó u n c u a d r o id e a l de las gentes
que había encontrado. A u n q u e L a E s p a ñ o la e s tu v ie s e lejos de la
zona paradisíaca, allí la h u m a n id a d r e s p ir a b a e l a m o r y la inocen­
cia del Edén:

Creo que no hay mejor gente ni m ejor tierra: ellos am an a sus prj*
jimos como a sí mismos, y tienen un h ab la la m ás dulce del mun<*
y mansa, y siempre con risa. Ellos andan d esn u d o s, hombres v
jeres, como sus madres los parieron. M as, c re an V uestras Ai'fZ3$
que entre sí tienen costumbres muy b u en as78.

El Paraíso, por lo ta n to , se e n c u e n tr a p o r e n c im a de la l¡n¿*


ecu atorial. Colón no tiene la in g e n u id a d n i la p re te n s ió n de afir111
q u e p odrá llegar hasta allá, p e ro sí c re e

que allí es el Paraíso Terrenal, adonde no pu ed e llegar nadie.


por voluntad divina79.
I
S abe Colón que los ríos q u e p ro c e d e n d e l P a ra ís o son de n^ j
fu e rte s corrientes. Por su p a rte , M a n d e v ille , q u e no hace sin °^|
p e tir lo que otros han dicho a n te s d e é l, d e d ic a u n p árrafo bas^
e x te n s o a las defensas n atu rales d el P a ra ís o :

por cuanto no podría llegar al paraíso te rre n a l, porque por t>erf3


puede ir por las bestias salvajes, y por las m ontañas y rocas, rtV $ i
no podría ninguno pasar, y por los lugares peligrosos y p o r10

7<l T e rc e r V iaje, p. 182. »


71 T e rc e r V iaje, p. 182.
78 P rim e r V iaje, m artes, 25 de d iciem b re d e 1492; p . 109. V éase tam
«son g e n te , dice el A lm irante, m uy sin m al».
79 T e rc e r V ia je , p. 184.
por la agua que corre tan reciamente que veréis venir así grandes on-
as, que ninguno no podría navegar; y asi trae tan gran ruido que
no se oirán unos a otros, por alto que fablasen80.

C u an d o C o ló n llega a las bocas del Orinoco se siente muy sor­


prendido «m uy conform es»81 las señales que ve con las que m en­
cionan «to dos los sanos teólogos»8'. Se tratan, para él, de «grandes
indicios» . L as aguas del golfo de Paria le parecen provenir del
Paraíso:84

y que de allá de este golfo corre de continuo el agua muy fuerte ha­
cia el Oriente, y que por esto tienen aquel combate estas dos bocas
con la salada85.

Esas «bocas» son los dos canales por medio de los cuales el gol­
fo de Paria, c e rra d o p o r la isla Trinidad, se comunica con el océa­
no. El agua del golfo es dulce, y Colón se sorprende grandemente
de que «tanta c an tid ad de agua dulce fuese así dentro e vecina con
la salada»86. E stá convencido de que el río que alimenta el golfo de
Paria viene del Paraíso:

Y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque


no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tart fondo87.

Colón ha llegado al golfo de Paria en julio-agosto, es decir, en


el justo m om ento en que el río. crecido por las lluvias, lleva una
masa de agua m ucho m ás extraordinaria que lo acostumbrado. El
Padre Las C asas describe así tal situación:

Esta masa de agua es arrastrada hacia el mar, el cual por su parte y


naturalmente, ejerce su presión sobre la tierra; y como este golfo
está limitado por el continente por un lado y por el otro por la isla
Trinidad, es demasiado estrecho para que esta impetuosa corriente,
de modo que su choque produce una violencia terrible, muy peligro­
sa para los que allí se encuentran88.

Colón se e n fre n ta con tal peligro por dos veces, pero es capaz
de hacer un buen análisis del fenóm eno y fuera de todo contexto
mítico, si bien é ste , de todos m odos y paralelamente, existe para
él. Sin em bargo, los nom bres que da a los dos canales, «Boca de la
Serpiente» y «B oca del D ragón», llevan en sí la marca de un com-

80 Mandeville, p. 177.
\ 82 y 83 T ercer V iaje, p. 184.
P. 184: «y creo que pueda salir de allí esa agua, bien que sea lejos, y venga
a parar allí donde yo vengo y faga este lago».
“ Ibid.. p. 183
“ y " ' Ibid., p. 184.
P 450, nota 32 (según la edición citada por el autor).

105
bate tan mítico como real... Lo que C olón h a experimentad*
esas «bocas» coincide con lo que M andeville se ñ a la a propósit.
los audaces que han intentado p en etrar en el P araíso Ierre:

Muchos grandes señores y de gran esfuerzo, h an tentado de ¡r:


aquel río la vía del paraíso con gran com p añ a; m as jam ás lo har:
dido acabar; antes murieron muchos por la g ra n fatiga y cama:
de remar y navegar contra las ondas de la ag u a; y muchos otr-> -
tomaban flacos, y muchos sordos por el so n id o d e la agua; v mu.
otros se afogaron en el río; de form a q ue ningún hom bre m •••
pudo llegar ai paraíso, si no fuese por especial gracia de Di

El primer encuentro de C olón con el f u r o r d e la s aguas que


nen del «Paraíso» da ocasión a u n a d e s c rip c ió n extraordinaria!]..:
te poderosa, y la emoción que e x p e rim e n ta e n to n c e s , la efervesa*
cía de lo vivido, hacen que su te x to a p a r e z c a c o m o recorrido per
una suerte de terror sagrado:

Y en la noche, ya muy tarde, estando al b o rd o de la nao, 01 un n¡a


muy terrible que venía de la parte del A u stro hacia la nao, y me ?-"•
a mirar y vi levantando la mar de Poniente a L evante en maner a
una loma tan alta como la nao, y todavía venía hacia mí poco a :vx
y encima de ella venía un filero de corriente que venía rugiendo-'O)
muy grande estrépito, con aquella furia de aquel rugir que de &
otros hileros que yo dije me parecían ondas de mar que daban s
peñas, que hoy en día tengo el m iedo en el cu erp o que no me irt
bucasen la nao cuando llegasen debajo de ella; y pasó y llego e f¿su
la boca, adonde allí se detuvo grande despacio .

Si Colón continúa recordando d e ta l m o d o e l h e c h o de habetf


en frentado con semejante peligro, re c u e rd a ta m b ié n las penas
frim ientos, fatigas y vigilias, de sus a v e n tu r a s , d e las que sufre
ra las consecuencias:

había adolescido por el desvelar de los o jo s, que bien que elVli){


que yo fui a descubrir la tierra firme estuviese trein ta y tres
concebir sueño y estoviese tanto tiem po sin vista, non se me
ron los ojos, ni se me rompieron de sangre y con tantos dolores^
agora*9091.

H a b la por sí sola la sem ejanza d e l te x to d e M andeville (qu<v


re la c io n a con una tradición) con el d e C o ló n (q u e re la ta una
r ie n d a vivida): el prim ero tiene un a ire d e le ja n ía , d e irrealidad- ^
m e n ta d o por el mito; el segundo e s tá d o ta d o d e u n a presenc»3^
q u e el m ito desborda el m arco de la m e ra n a r r a c ió n , se hace ^

99 Mandeville, p. 177.
90 C o ló n , p 175
91 C o ló n , p 177.
dad, recupera las categorías primarias de lo vivido, que lo han crea­
do en el pasado.
Colón ha estado «realmente» en las proximidades del Paraíso
T errenal. Por desgracia, será el único que tenga tal convicción. Ni
sus soberanos ni España tomaron en serio tal idea. El viaje al Pa­
raíso, que hubiera debido concluir gloriosamente, no aportará a Co­
lón sino tristeza e indignación.
T anto se tra te de «jardines» maravillosos con coloración edéni­
ca como del Paraíso Terrenal, todas estas evocaciones, toda esta
búsqueda, revelan el mismo y único instinto mítico que Eliade lla­
ma, sencillam ente, la nostalgia del Paraíso. Esta nostalgia, y los mi­
tos que la expresan, reaparecen con notable continuidad a lo largo
de la historia del ser humano:
se puede suponer con justicia que el recuerdo mítico de una felici­
dad sin historia fascina a la humanidad desde el momento en que el
hom bre tom a conciencia de su situación en el Cosmos92.

Si el m ito se encarga de evocar, en sentido estricto, el illud tem-


pus de los orígenes, el más original de los lugares de aquel tiempo
es el Paraíso. Es anterior a la Historia:

la comunicación con el Cielo era, in illo tempore, fácil, y el encuen­


tro con los dioses tenía lugar in concreto**3.

Al favorecer la ruptura con los tiempos históricos, el mito tiene


la misión de restablecer esa comunicabilidad. Encontrar el Paraíso
es, pues, volver a los orígenes y recuperar el estado primigenio de
perfección.
Los indicios del Paraíso que descubre Colón, la naturaleza edé­
nica que muchos viajeros admiran, no son los únicos ejemplos de
ese estado primigenio: los «buenos salvajes», no dejados de envi­
diar por tantos hasta tiempos modernos, son, para muchos, testi­
monios casi «contem poráneos de esa época mítica primigenia»94.
Las gentes que M arco Polo, Jourdain de Séverac o Cristóbal Co­
lón encuentran, viven en feliz libertad, tanto por lo que se refiere
al vestido como a las necesidades materiales y al sexo; tienen cos­
tumbres irreprochables y son considerados como encarnación del es­
tado edénico:

El estado de inocencia, de beatitud espiritual del hombre antes de


su caída, del mito paradisíaco, se transforman en el mito del buen
salvaje, el estado de pureza, de libertad y de beatitud del hombre
ejem plar en una Naturaleza maternal y generosa95.

H Eliade, Mythes. réves et mystéres; Idées/Gallimard, p. 93.


“ tbid., p. 86. P
9J tbid., p. 44.
Ibid., p. 42. Eliade añade (p. 31) que «la ‘Naturaleza', y sobre todo la Natu-

107
Los propios indígenas a los que se a trib u y e e l p a p e l d e
tro s míticos» creen en el mito del b u e n s a lv a je :

Hay algo que merece destacarse: el «buen salvaje» de los vi.-,,,.,


ideólogos de ios siglos XV-XV1U conocía ya el m ito del H,u „ SaJ
vaje; era su propio ancestro mítico y había vivido realmente una, w
tencia paradisíaca (...) Pero este Buen A ncestro Prim igenio, ul(1X)
el ancestro bíblico de los europeos, había perdido su paraíso ram.j
b»én para el salvaje la perfección se hallaba en los orígenes*]

Estas perspectivas, en que el p u n to d e o rig e n retrocede cons


tantem ente hacia el Infinito («infinito» q u e , d e m o d o paradójico,
es la «perfección» inicial), testim onian, e n e fe c to , la p ro fu n d id a d y
la universalidad del mito paradisíaco.

LOS VIAJES INIC1ÁTICOS

La búsaueda del Paraíso es uno de los a sp e c to s m ás seductores


de la nostalgias de los orígenes, pero los m ito s q u e los expresan tie-
' nen paralelismos con otras series m íticas. L os m ito s heroicos, las mi*

1| tologías de la M uerte, constituyen o tra vía « p a ra a b o lir la duración


| temporal —en otras palabras, la existencia h istó ric a — y recuperar
\ la situación primigenia»97. S im bólicam ente, m o rir es regresa* a da
✓ Noche Cósmica para poder ser creado de n u e v o , es decir, para po­
der ser regenerado»9®; es recuperar un e sta d o pre-form al: «es nc* |
cesario abolir la obra del Tiem po, re c u p e ra r el in sta n te aurora! pre­
vio a la Creación»99. Por el contrario, n a c e r es p a sa r d el Caos a la
Creación, repetir la gesta prim igenia de la C o sm o g o n ía. Pues muer­
te y resurrección constituyen, p rec isa m e n te , el esq u em a básico de
los ritos iniciáticos: «morir», volver al c o m ien z o , «significa una reac­
tivación de las fuerzas sagradas»100. L a m u e rte d e la existencia pro*
fan a permite al individuo renacer de a c u e rd o co n un m odo de ser
to talm en te diferente, que no deja lugar p a ra lo incom pleto; reviví
el m ito es, así. «entrar en la historia sa g ra d a del M u n d o y de 1
H um anidad» . ^
E sta forma iniciática de m uerte y de n a c im ie n to se transparen^
m uy a m enudo en los libros de viajes. E n sí m ism o, el viaje-es'
u n soporte iniciático. Si tom am os com o u n id a d referencia) el cue^
to m ítico 102, hallaremos muchos aspectos suyos en los libros de"

r a le z a e x ó tic a , no h a perdido nunca e sta e s tr u c tu r a y f u n c ió n p a ra d isía c a, ni siQulf


ra e n la é p o c a del positivism o m ás obtuso»*.
*• / bi d , p 45
w “ y w Ibid., p . 274.
,0° E lia d e , Iniliations, rites, sociétés secrétes; I d é e s /G a llim a r d , p. 16.
101 Ibid., p 21. en
102 E n u n a p rim era versión del p re s e n te c a p ítu lo (c f. la te sis defendida
e n la U n iv e rs id a d 'd e A ix*en-Provencc c o n el títu lo d e M o n s tr e s , d ém o n s íl
U e s ...), a n a liz á b a m o s de m odo d e ta lla d o u n h e rm o s o c u e n to d e Las m il y
jes. U nas veces, si aparecen b a jo la form a de episodios, tien en la
suficiente cohesión com o p a ra poder ser considerados cu en to s en
miniatura, p e ro en el m arco de un conjunto m ás vasto; por el co n ­
trario, otras veces los e le m e n to s m íticos aparecen disem inados por
la narración, de acuerdo con las circunstancias, y d ep en d erá de la
percepción a la vez analítica y global del lector la posibilidad de ex­
plotar esa m ateria prim igenia.
E l p a ís d e irás y no volverás es algo familiar para muchos via­
jeros. Así, la tripulación de C olón se inquieta durante el primer
viaje de m odo extraordinario ante la calma chicha de la mar;

Y como la m ar estuviese mansa y llana, murmuraba la gente dicien­


do que pues por allí no había mar grande, que nunca ventaría para
volver a E sp arta-p ero después alzóse mucho la mar y sin viento, que
los asom braba10 .

Cada «anom alía» que se p re se n ta durante el curso del viaje pro­


voca el miedo de m odo in m e d ia to . El lunes 17 de septiembre de
1492,

tomaron los pilotos el Norte marcándolo, y hallaron que las agujas


norucsteaban una gran cuarta, y temían los marineros y estaban pe­
nados y no decían de qué. Conociólo el Almirante; mandó que tor­
nasen a m arcar el N orte en amaneciendo, y hallaron que estaban bue­
nas las agujas104.

C olón a n o ta c a d a d ía la distancia recorrida, pero en realidad


hace dos cálculos: u n o , el a u té n tic o , que se reserva; otro, falseado,
para la trip u la c ió n

anduvo aquel día diez y nueve leguas, y acordó contar menos de las
que andaba, porque si el viaje fuese luengo no se espantasen ni des­
mayase la gente105.

En la h isto ria q u e c u e n ta A n to in e de La Sale acerca del «Paraí­


so de la rein a S ib ila» , los do s prim ero s viajeros que penetran en la
gruta no v u elv en ja m á s ; sólo reg resa el sacerdote al que habían pe­
dido que les e s p e ra s e ju n to a las p u ertas del palacio. Durante todo
el episodio d el c a b a lle ro a lem án que visita el paraíso de Sibila, se
insiste en el h e c h o d e q u e u n a vez pasados ciertos plazos de tiempo
ya no es posible salir d e allí, plazos expresados en cifras mútiplos
de 3: bien c o n o c id a es la im portancia prim ordial de esta cifra.
En la n av eg a c ió n d e San B aran d án , o tro viaje iniciático mara-

hes, «H istoria de d o s h e rm a n a s celosas de la más joven» (Garmer-Flammanon, t.


i£P 387-433), q u e n os p arecía ser un m odelo de viaje iniciático.
UM Pr' m cr 'Visaje, d o m in g o , 23 de setiem bre de 1492; p. 23
ios P n m cr v >»je. P 20.
Prim er V ia je , d o m in g o , 9 d e setiem bre de 1492; p. 19.

109
u* mtmtn* npitrttttti i»m una ii'gnlrttltlnd ta l qtm n«., |,
ubi? iUi«ÍAt de*u valor «A||iA«lo San MammlAn navega tlr ni«».i..
temático o bien tri»* o bien he* me»e»; en Iw» I»Ih* n l.r. ,jl|Q
llega, la* éMmlla* habitúale* xon de he* tila* También lim, ,.IR|j
importancia el número 40: |torntaneer ctintenta día» tic ¡uníf(j
la i*la Ailbci. y otro* cuarenta en la tic lo* Pajaro»; reprcsciii:ui |.f,
nodo* tic reposo. I I mianio número corresponde también t m
monto* vio prueba, cuando el barco queda a merced do la-, nUy
no hay fuerza humana uue pueda gobernarlo. También el numero
7 tiene, en fin. un papel semejante: esto* viaje» duran sirte años,
como los de Simbad fueron siete. M ás importante es esta cilla para
Colón; siete artos es el plazo en el cual habrá debido rcunit el uro
suficiente para que sus soberanos puedan emprender la rccoiupiisic
de los Santos Lugares. En una carta dirigida al papa Alejandro VI,
Colón explica el móvil que le llevó a iniciar sus viajes:
Fue comenzada esta empresa con el propósito de costear, con lo que
de ella se pudiera obtener, la conquista de la Casa Santa [de Jeru*
salén] para la Santa Iglesia. Después de haberla llevado a buen fifl
y después de haber reconocido esas tierras, escribí al Rey y a la Rei*
I na, mis señores, para decirles que de aquí a siete artos yo podría su*
fragar los gastos de 50.000 hombres de a pie y de 5.000 de a caballo
para la dicha conquista106.

Cuando durante su tercer viaje, en la ta rd e d el día d e Navidad


de 1499, Colón se encuentra en situación d e se sp e ra d a y h a debido
refugiarse en una pequeña carabela, escucha la voz d e l Señor

¡Animo, no pierdas la confianza y no temas nada! Yo proveeré &


todo. Los siete años del plazo relativo a la cuestión del oro, noh®11
pasado todavía...107*.
En el cuarto viaje, después de haber su frid o los efectos de oj1
espantosa tempestad, llega Colón a una isla (la sem ejan za con elv,a
je de San Barandán o con los de Sim bad es ex trem ad am en te curj
sa). H a sido tan zarandeado por la m ar, que es incapaz de caled
la situación de la isla, y nadie sabría volver a h allar la ruta que
tem pestad le ha hecho seguir:

Una cuenta hay y razón de astrología y cierta: quien la entienda


le abasta. A visión profética se asemeja esto .

Las únicas cifras posibles serían las «reveladas» por una j


cía casi divina, y como todas las cifras p roféticas, tendrían un ¡
tido misterioso, que sólo los «iniciados» p o d rían com pré

106 Edición Gallimard, p 307.


107 Edición Gallimard. p 268.
10B C uarto Viaje, p. 198.
L&tft^ COf f P*tpontlf*ff( bl^ tft Nj"»s; ( t >rr •' n I' #<; t)e <\ ifut/rc, wítl(<r%
W»n Ifl* C|l#e s p u f e c e n » n l v r i f i t o t r * t u p n n , r r l ' i p j i f f ' i i r r i m a ñ a
(JiíSC* t t P í ( l p MHfftff qu* i * i b ¡ , i r i u n o o uiá> d e bf*> a%
pPi tnq y« v isto s, el v ia je ni p a ra íso de h <i,h,¡a. t o m a d o p o f
A n to in e d e L a S a le ; las tra v e sía s dH v .iir íMit/roso*» o +lnfier
no*» te rre n a l d e J o u r d a in d e Stfvenn . f M oneo y M am levillr, en fin,
el viaje p ro fé tic o d e O d ó n , c o n sid e ra d o por rj rnísrno to m o d e se a ­
do e in s p ira d o p o r D io s.
Hl v ia je al p a ra ís o d e la re m a Sibila, de A rdom r de /.a Sale,
constituye un to d o co n la u n id a d y la coherencia del cu en to Por
otro la d o , es e n L a S a lu d e un episodio muy particular en relación
con el c o n ju n to d e l lib ro (d e c a rá c te r más didáctico que narrativo),
y se d e sta c a e n e sc c o n ju n to c o m o una especie de autentico cuen­
to. El 18 d e m a y o d e 1420, A n to in e de La Sale subió al monte de
la Sibila, c o m o ya h e m o s v isto (cf. supra. p. 88). La narración de
esa subida es m u y b re v e , p u e s una vez en la cima y ante una cueva
de la q ue p a rte n c o n d u c to s s u b te rrá n e o s, no va más allá Pero lee
en las p a re d e s d e la c u ev a alg u n o s nom bres, entre ellos el de un ca­
ballero a le m á n (H e rr H a n s W an b ran b u rg ). a quien supone el hé­
roe de la h isto ria . A n to in e d e L a Sale procede de una manera muy
m etódica, y, p o r así d e c ir, etn o g ráfica. Comienza por dar cuenta
de todos los te stim o n io s d ire c to s que ha podido reunir y que pro­
vienen de las g e n te s q u e h an subido a la m ontaña en cuestión y
penetrado h a sta d ife re n te s p u n to s de los subterráneos que parten
de la cueva. T a le s te stim o n io s co n cu erd an con lo que ha sabido de
la aventura del p ro p io c a b a lle ro alem án, lo que le confiere un ca­
rácter de a u te n tic id a d . L a h isto ria parece muy extendida, si hemos
de creer a A n to in e d e L a Sale:

Y a veces cuentan109 cosas difíciles de creer; no obstante, las he oído


también en otros países, mas no tan apropiadamente110.

Lo c arac te rístic o d e un c u e n to que confina con el mito es, pre­


cisam ente, el h e ch o d e e sta r m uy extendido en un dominio geográ­
fico dado; no se tra ta d e una creación personal: expresa, de acuer­
do con un p u e b lo y u n a c u ltu ra , un tipo de experiencia más general
de lo h ab itual.
El c ab allero a le m á n d e L a Sale pudo contar su historia porque
salió del p a ra íso d e la re in a S ib ila; pero como consecuencia de al­
gunas d esg raciad as c ircu n stan cias, volvió allá para siempre, lo que
confirma la c o n d ició n m ágica de aquel país: el único ser humano
que lo ha v isitado p e rm a n e c e rá en él hasta la consumación de los
siglos. N o h a b la re m o s a q u í de la estadía del caballero en el reino
de Sibila, pu es h e m o s tra ta d o de ello cuando nos ocupamos de los
paraísos en g añ o so s. Lo q u e in teresa ahora es el viaje como tal.

109 Se refiere a las g en tes del país, q u e viven al pie de la montaña en cuestión.
110 La Salade, p. 89.

111
Se trata, pues, de una m ontaña. L a M o n t a ñ a , a m e n u d o corh
derada como el ombligo de la tie rra, re v e la e l m is m o simbolism
que el Arbol: «la ascensión a una m o n ta ñ a s ig n ific a sie m p re un v;
je al ‘Centro del Mundo1»111.
En la cima, el caballero y los dem ás v ia je ro s e n c u e n tr a n una cue­
va de la que parten varios conductos s u b te r r á n e o s : « la caverna \ :
laberinto siguen teniendo una función d e p r im e r o r d e n en los pi­
de iniciación)»112. Pensamos en T e s e o ... S u s e m e ja n z a con nuestr;
historia es tal que no es posible ev itar tal e v o c a c ió n ; lo s testigos ocu­
lares directos que Antoine de La Sale ha te n id o o c a s ió n d e interr
gar utilizaron, justamente el m ismo m e d io q u e T e s e o p a ra hallar ia
salida de la cueva:

Se proveyeron de cuerdas, gruesas y delgadas, de hasta seis mil toe


sas, que ataron a la entrada de la cueva, con el fin de volver a e:
contrar el camino si menester fuese113.

Según Eliade, el laberinto significa « u n ‘v ia je p e lig ro so ' por ¡as


entrañas de la Madre Tierra»11 . E s, e n e fe c to , d e lo que se trata
y el sentido simbólico de la cueva así lo c o n firm a : «cuevas y hetv

)
/
diduras de las montañas, sím bolos d e la m a triz d e la Madre
Tierra»115 han tenido un im portante p a p e l e n las cerem o n ias inicia-
ticas que hacían pasar al novicio por un regressus ad uterum. El cual i
podía operar de formas varias (citem os, e n tr e o tr a s , el ser tragado
por un monstruo marino o por alguna clase d e o fic io ), y la historia ,
de de La Sale incluye, como se v erá, el e n u n c ia d o d e dos de lo* |
más característicos procedimientos.
Este simbolismo de las cuevas n o es sin o u n a fantasía de ;
mitógrafo:
El término chino tong, «cueva» ha te rm in a d o p o r adquirir el sen
tido de «misterioso, profundo, tra s c e n d e n te » , e s d e c ir, ha llegado
a ser un equivalente de los arcanos re v e la d o s e n las iniciaciones
U na vez en la cueva, cierto núm ero d e p r u e b a s e sp era n a los'1' i
sitantes, que habrán de dom inar su te m o r si q u ie r e n seguir adel3t1
te . La primera de esas pruebas es u n a « v e n a d e v iento»:

Encontraron entonces una vena de tie rra q u e atrav esab a la cué'J i


de la cual salía un viento tan terrible y m a ra v illo so que ninguno |
ellos osó avanzar más, pues cada vez q u e se a p ro x im a b an a esa ve «
les parecía que el viento se los llev ab a117.

1,1 M irc e a E liad e, Le Cham anism e, p . 244.


112 Ib id ., p 61.
115 V e rsió n B , pp- 80-81.
1,4 E lia d e , Iniiiations..., p. 135.
1X5 I b id ., p 127.
1X6 I b id ., p 128.
1,7 V e rs ió n B , p 81.
Pero esa

vena de viento no dura más de quince toesas, y io más fuerte es a


la entrada, que no será cosa de más de tres o cuatro pasos, con lo
que lo demás lo pasaron bien fácilmente118.

D esp u és de lo o cu rrid o , no sucedió ninguna «cosa peligrosa» du­


rante las tre scie n ta s toesas siguientes. Los visitantes continuaron
ad elan te, d esc e n d ien d o , hasta enfrentarse con la prueba siguiente:

Entonces se encontraron ante un puente, que no se sabe de qué está


hecho, pero es de saber que no tenía sino medio pie de ancho, y pa­
recía muy largo. Bajo el puente se abría un terrible y profundo abis­
mo, en el fondo del cual se oía un gran ríe, que hacía un tal estruen­
do que parecía propiamente, de todo en todo, que no tenía fin, tal
era su maravilloso horror. Sin embargo, ya en el puente, éste era su­
ficientemente ancho, y conforme se avanzaba por él, iba haciéndose
menos estrecho y menos profundo el abismo, y se oía cada vez me­
nos el ruido del agua. Y cuando se llega al otro lado del puente, co­
mienza un camino llano y ancho119.

Se trata de un pu en te que recuerda el de la Visión de Tondale:


el puente del P u rg ato rio es extrem adam ente estrecho, y a su alre­
dedor se oyen los gritos de los pecadores atormentados. Un olor in­
soportable dom ina la escena, y el m enor paso en falso supone una
caída irrem ediable. E n el panel derecho del Jardín de las delicias
del Bosco aparece, en el Infierno, un puente tendido sobre un agua
negruzca, en la que intentan sobrenadar gentes cadavéricas.
E ntre las pruebas que ha de superar Lanzarote figura también
un puente peligroso. La en trad a al país donde Ginebra está prisio­
nera no es factible sino «a través de dos difíciles accesos»: el Puen­
te de D ebajo del A gua y el Puente de la Espada. Este último, como
el del paraíso de la reina Sibila, pasa por encima de aguas tempes­
tuosas. (Los tem as del «Puente del Diablo» y del «Puente de las
Animas» aparecen ricam ente desarrollados en la literatura medie­
val, en especial en las Visiones; se trata bien del Infierno, bien del
Purgatorio; en to d o caso, es representación del Viaje del Alma, lo
que explica su presencia en un contexto como el del Grial). Lanza-
rote cree ver q u e dos leones o leopardos guardan el otro extremo
del puente; sin desanim arse, cruza el Puente de la Espada y cons­
tata, una vez e n el otro lado, que los leones que había creído ver
no habían sido sino m era ilusión. De forma semejante, los visitan­
tes del paraíso de la reina Sibila ven, una vez atravesado el puente,
dos dragones. D e inm ediato se dan cuenta de que tales monstruos,
como dice el texto, están «hechos artificialmente»:

m i b i d , p. 85.
1,9 Ibid., pp. 85-86.

113
mas parecía en verdad que estuviesen v iv o s, p u e s a u n q u e no se::
vían, relucían tanto sus ojos que ilu m in a b a n to d o e n torno sin

Encuentran después un sendero ta n e s tr e c h o q u e se hace pi-...


so caminar por él uno detrás de o tro , y lle g a n a sí a u n a «placita, j
drada», en la aue hay «dos p u ertas d e m e ta l q u e n o cesan de ba
día y noche*12*. Les parece que « n ad ie p o d r ía p a s a r p o r allí sin >ei
aplastado»1201122. Dominando una vez m ás e l m ie d o , e l caballero ale­
m án y su escudero franquean las p u e rta s . A l o t r o la d o , en la oscu­
ridad, se escuchan unas voces que p a re c e n h u m a n a s :
Detrás de las puertas había tan p oca c la rid a d q u e n o se veía nada,
pero se oían grandes ruidos que p a re c ía n v o c e s h u m a n a s 123.

E l puente ta n e stre c h o c o m o el filo d e u n c u c h il lo , las puertas!


q u e se cierran y ab ren p a ra « a p la s ta r» a l v i s i t a n t e , t o d o ello cons-
titu y e «un ‘p asaje p a ra d ó jic o ’, im p o s ib le d e r e a l i z a r e n el plano de
la experiencia c o tid ia n a» 24. E s u n tip o d e p r u e b a lla m a d o global-
m ente por E liade S im p le g a d es, r e c o r d a n d o e l n o m b r e de las rocas
que a la e n tra d a del B ó sfo ro te n ía n c o m o m is ió n d e s tr u ir a los na
vegantes e x tra n jero s. E x iste n v a ria s v e r s i o n e s d e la s Simple#adfí-

rocas que chocan entre sí, «cañaverales q u e b a ila n » , puertas en for­


ma de mandíbulas, dos m ontañas c o rta n te s y sie m p re en movimien­
to, dos icebergs que chocan, una b a rre ra g ira to ria , u n a puerta hech*
con las dos mitades del pico de u n á g u ila , y otras más... ■

L as Sim plegades son ju s ta m e n te p r u e b a s q u e n o pueden supe­


ra rs e p o r la fuerza física, y c o n tra la s c u a l e s la ú n ic a acció n posiH*
e s la espiritual. Son to d a s ilu s tra c io n e s d e la v a g in a dentata*’*^
o rific io m ortalm en te p e lig ro so q u e c o n d u c e a l ú t e r o de la Madtf
T ie r r a . R ep rese n tan el O tro M u n d o e n e l s e n t i d o m á s am plio: nu>r'
d o d e los m u erto s, p e ro ta m b ié n m u n d o d i v i n o , y m á s generalm^
te , e s ta d o tra sce n d e n tal. E ste tip o d e r e g r e s s u s a d u te ru m no es^ i
m is ib le a una vuelta al e sta d o e m b r i o n a r i o d e m u c h a s iniciación*5126
( e n lo s rito s de p u b e rta d , p o r e je m p lo ) :
j
Lo que caracteriza a todas las fo rm as d e e s te peligroso regreso
uterum, es que el héroe lo e m p re n d e e s ta n d o vivo y como adu "
es decir, que no muere y no vuelve a u n e s ta d o em brionario.
está en juego en tal em presa es algo, e n o c a sio n e s, excepcional
tra ta , sencillamente, de alcanzar la in m o rta lid a d 127.

120 L a Salade, versión B , p. 86.


121 I b i d , p. 86.
122 I b id . p. 87.
123 I b i d , p 88.
124 E lia d e , ¡nitiations. p 117.
125 I b i d , p. 140
126 I b i d , p p 116 y 142.
127 I b i d , p p . 117-118

* 1 A
Pues el paraíso de la reina Sibila promete precisamente la in­
mortalidad, al menos hasta el fin del Tiempo.
U na vez franqueadas las puertas metálicas, el caballero y su es­
cudero se hallan en ese «paraíso». Gentes elegantemente ataviadas
les reciben, y antes de admitirles en su mundo les hacen entrar en
una pequeña sala, «ricamente dispuesta», especie de antecámara
del paraíso, donde se les despoja de sus vestidos y les dan otros
muy lujosos. En principio, esta es la fase final de la iniciación, y
reviste un sentido simbólico: el ser humano deja su revestimiento
de criatura ignorante y mortal para penetrar en un mundo donde
los secretos aparecen sin velo alguno ante la luz del espíritu. Cuan­
do San Barandán, tras siete años de navegación, encuentra por fin
la «tierra de promisión de los santos», descubre que se trata de una
isla iluminada por la luz eterna:
Lux enim illius Christus est128.
(«Pues su luz es la de Cristo»).

Las últim as p u e rta s del paraíso de la reina Sibila, las que se atra­
viesan una vez vestidos con nuevos ropajes, son de cristal: cristal
que es la tran sp aren cia m ism a del conocim iento y de ios misterios
revelados.
El viaje de San B aran d án explica claram ente que el objeto de
búsqueda era esa tie rra lum inosa, mas que no era posible hallarla
hasta que D ios no hu b iera revelado sus secretos:

D eus voluit tibi ostendere diversa sua secreta129.

(«Dios ha querido m ostrarte la diversidad de sus secretos»).

El viaje al paraíso de la reina Sibila se sitúa, por lo tanto y sin


duda, en la larga tradición de los viajes iniciáticos. Sin embargo, ha
perdido de m odo visible el sentido del esquema iniciático, que el
autor utiliza de m odo inconsciente: lo que espera a los viajeros al
final de las p ruebas no es ni un estado trascendental ni una solida­
ridad espiritual fuera de lo com ún, sino una vida de placeres de tér­
mino incierto y am biguo, una vida que se deja con dolor, un mun­
do del cual se sale culpable y nostálgico.
El interés de un viaje tal radica en la mezcla íntima de elemen­
tos míticos y reales. La form a casi etnográfica con que Antoine de
La Sale narra su historia, rem ontándose a las fuentes y reconstru­
yéndola etap a tras e tap a con la ayuda de testimonios directos cada
vez más precisos y com pletos, parece indicar que para él este viaje
tiene una gran verosim ilitud, y tanta que no merece el calificativo
de im aginario. C on todo, es algo reticente en aceptar por completo

128 y 129 Edición de C. W ahlund, p. 98.

p1 ' . m ‘ 1•**
115
la historia que tienen pata de La Sale c a r á c te r d e g r a n pwkr ¿ jeros occidentales es el Desierto d e lo s D e m o n io s , p a r a los o r i e n ­
dad mas no de realidad indiscutible. tales habitantes de aquellas r e g i o n e s es
Otros viajeros sienten menos e scrú p u lo s. ¿ H a n v iv id o en ver.
dad una experiencia tan desconcertante c o m o p a r a a t a r c o rto su es­ un lugar de encantamiento, donde los cuerpos se hacen inmortales
píritu crítico? Quienes atravesaron el V alle d e l I n f ie r n o o Valle Pe­ y gozan de esa paz y esa serenidad que encuentran también en los
ligroso no tuvieron, sin duda, el deseo d e m in im iz a r s u propio mi- Campos Elíseos de las fuentes del Ganges134.
rito, y evitaron que en sus narraciones a p a re c ie s e n e le m e n to s apro­
piados para suscitar dudas o para c u e stio n a r la n a tu r a le z a exacta Este desierto está en un v a lle , d e d o n d e su fr e c u e n te nombre
de su aventura. Cuando Marco Polo h a b la d e l d e s ie r to d e Lop130, de Valle Peligroso o del Infierno:
dedica casi por completo el oportuno c a p ítu lo a a n o t a r las provisio­
nes que previamente ha reunido para su jo m a d a ; e x p lic a dónde hay Al aproximarme, oí diversas maneras de instrumentos, y especial­
agua salobre y agua potable: es, en su m a, u n g r a n re a lis ta . Pero d mente arpas. Cuando llegué más cerca escuché grandes ruidos^...)
Este valle tiene sus buenas siete u ocho millas de largo, y dicen las
desierto de Lop es escenario de lo m a ra v illo so : se o y e n voces que gentes del país que si alguien entra en él jamás puede salir135.
llaman por su nombre a las gentes, a las q u e a tr a e n h a c ia lugares
en que se pierden, Incluso de día se escu cha e l s o n id o « d e gran nú­ Aparece así el te m a del «País de irás y no volverás», una de las
mero de instrumentos musicales, sobre to d o ta m b o r e s » 131. causas de tem o r m ás frecu en tes en los viajes136, reales o míticos:
Otros han atravesado también esos lu g a re s ; e l ú ltim o capítulo ruidos, gritería, voces, p ro d u cto de «enemigos invisibles». Sin em­
de Odorico se dedica a narrar su p ro p ia a v e n tu r a . E l desierto de bargo, O dorico p e n e tra en ese desierto «para saber de qué se trata»:
los Demonios, o de Lop, queda situado, se g ú n M a rc o P o lo , proba­
blemente entre el Turquestán O riental y e l d e s ie r to d e G obi. ¿Po- Había allí tantos muertos yacentes que nadie podría creerlo. Aden­
dría, acaso, identificarse con el de L ob Ñ o r? P e r o e l fenóm eno de! trándome más, vi un rostro humano muy horrible y espantoso cerca

¡
desierto «musical» (que se puede explicar c ie n tíf ic a m e n te 132) no es de la montaña, en una piedra. Era tan horripilante que pensé morir
único, y otros viajeros hablan de ello: a lg u n o s lo s itú a n en la vasta de miedo, y pronuncié estas palabras: Verbum caro factum est13 .
zona que se extiende entre Badakchán y e l J o r a s á n , m á s e n concrt
10algo al norte de estos territorios, e n tre B o ja ra y S a m a rk a n d a . te \ El gran núm ero de m u erto s m encionado acredita la versión del
sutta difícil saber de qué región habla O d o r ic o , p u e s la única indi-! Infierno, y la vista de ese espantoso rostro humano, del que se in­
caá n que proporciona es que llega allá s ig u ie n d o e l c u rso de «un° j tuye su carácter diabólico, suscita la reacción salvadora del Verbum
e os nos del Paraíso». Cabe p reg u n tarse c u á l, y a q u e los cuatro ¡ caro factum est, q u e, com o fórm ula mágica, protege al que la pro­
nuncia. El valor de la P alab ra (pues es significativo que Odorico
tnnSrfcnt Co SUÓn (CÍanSes’ E úfra te s , N ilo ) s e h a lla n en terri* j
o almente diferentes. Cierto es q u e n o d e b e m o s sorprender- i haya elegido precisam ente dirigirse al V erbo), es primordial: la pa­
nos demasiado si recordamos este tex to d e M a c o u d i, b ien intero­ labra, en efecto, es llave e instrum ento de todas las «magias», en
sante, por otro lado- el más amplio sentido.
Odorico, no osan d o acercarse al horrible rostro, se dirige hacia
el otro lado del valle y sube a «un m onte de arena», desde el cual,
Eufrates1^ ^ aí*a P°r hos tan importantes como el Tigris) dominando el p an o ram a, in ten ta descubrir el misterio de aquellos
lugares:

g r * O d o r i c o nos revela que dicho desirí101 Miré a mi alrededor, pero no vi ni oí nada, mas hallé gran cantidad
sada además mw* U°-n0 ^ un ^uSar míticos. Digamos de P1' j de plata. Llené mi seno de ella, mas por fin no la llevé conmigo, y
así me alejé de allí138.

Tom ado de G odinho de Eredia, según Cordier, loe. cit., p. 494, nota 1.
!" a Pítul° »- PP- 120-122 1J6 Odorico, edición C ordier, pp. 489-490.
LUIüa'fw.o.
132 Puede acud ir* a |a - n ,0 \
d o ^ ° r c ícm plo cn -lourdain de Séverac, a propósito del lugar de la destrucción
c Babilonia, lugar después infernal: «noctumis temporibus audiuntur tot clamores,
en su
su edición de O donco (nota W ° ° d , a lg o c o n f u s a , c ita d a por °t vúulatus, tot sibila quod vocatur Infemús» (capitulo 8, p. 59).
cuestión
¡stión, véam e las notas que , ’ ^ *94-496) . P a r a t o d o l o q u e se rcfiei Odorico, p. 490.
iw
1,3 O ta d o por C ordier ? rcccn c n P P 492-496. Ibid., p. 491
* cu- P 492, nota 1.
116 117
Es curioso que Odorico no se haga pregunta alguna a n t e - ^
cho de no oir ni ver nada desde lo alto del m onte; no s e o c u p a ec
absoluto de tal paradoja ni se cuestiona la experiencia v iv id a en el
fondo del valle. La insólita presencia de la «plata» le i m p i d e , qui­
zá, poner en duda el carácter sobrenatural del lugar. El c u a l n o pue­
de ser otro que infernal, pues en él reina la Tentación. E l tem a de
la plata o las riquezas de que es mejor no apoderarse e s extrema­
damente frecuente. Así, en la isla a la que llega San B a r a n d á n ha-
lia un castillo vacío, pero de gran riqueza; la mesa está puesta y los
lechos preparados. Después de la cena, los frailes duermen, pero
el santo vela:
Vi la obra del diablo y un etíope con un fre n o d e caballo en la mano,
que retozaba ante el fraile ya m en cio n ad o 139.

Se trata de un fraile, po r d e sg ra c ia , d e s t i n a d o a su cu m b ir: cuan


do abandonan el castillo, lleva c o n sig o e l f r e n o d e p la ta del etíope,
lo que le supondrá m orir de in m e d ia to , n o s in a n t e s h a b e r solicita­
do y obtenido el perdón de San B a r a n d á n , q u e e x p u ls a r á de su cuer­
po un pequeño diablo, negro y a u lla d o r.
U na vez que O dorico logra sa lir d e l d e s i e r t o , e s recibido como
) un héroe:

Todos los sanacenos que me vieron venir y q u e supieron que yo ha


bía estado allí, me hicieron gran reverencia y d ijero n que yo est*
bautizado
Estas y que
son las era un
últimas santo hom
palabras d e lbre, p e ro
lib ro d e q uOed los
o r icque allí esta
o , que dan
eran todos diablos del infierno140.
m ism o un sentido del que acaso c a re c e ría sin e lla s : v en ced o r
T entación y del D em onio, quien h a s u p e r a d o la p r u e b a es r^c0^e.
cido como «un santo hom bre» (lo q u e tr a e u n a v e z m ás a Ia ¿
m o ría el final del viaje de San B a ra n d á n ). D io s le h a concedió0 ^
cualidad y una fuerza espiritural re c o n o c id a p o r las gente*
m u ñ e s... K
M andeville, siempre atraído p o r la s g r a n d e s o c a s io n e s Q
p e rm ita n fabular, transform a su c o r r e s p o n d ie n te v e rsió n del ^
so valle en un verdadero festival in fe rn a l. E l c o n c ie r to de a*?
c u ch ad o por Odorico es aquí un e s tr u e n d o d e ta m b o r e s , tr0l^¿vi1|í
y tru en o s. Al único rostro e sp a n to so v is to p o r O d o r ic o , M»*1
a ñ a d e una multitud de diablos:
ad
Este valle es lleno de diablos, donde están to d av ía; y dicen due
lia es una de las entradas del infierno141.

,M Edición de C. Wahlund, p. 17.


140 O dorico. pp. 491-492.
141 M andeville, p. 170.
«Infierno» no es palabra utilizada aquí por Odorico. Es un valle
repleto de oro y de plata, y eso es lo que atrae a los viajeros. Man-
deville cuenta su propia travesía del Valle Peligroso con tal lujo de
detalles y una puesta en escena tan cuidadosa que todo ello ocupa
cuatro páginas142.
El centro de interés del valle sigue siendo la cabeza del
Demonio:
Y en m edio del valle, encima de una roca, hay una cabeza que tiene
la vista muy espantable de mirar, y no paresce de alto, sino la cabe­
za fasta las espaldas (...) y paresce que lo haya de tragar, porque es
muy espantable de mirar, por cuanto así mira a la persona cruelmen­
te, que es extraña cosa; y tiene los ojos movibles y centelleantes (...);
ninguno, por gran osadía que tuviese, no se atrevería a llegar a ella;
y lanza de sí fuego y fumo e tanto de mal olor que apenas ningún
hombre lo podría sufrir143.

8 bis. «El demonio de Mandeville»

El g rabado en m a d e ra que ilustra este pasaje en una de las pri­


meras ediciones de M andeville está lejos de provocar el terror que
la descripción quiere com unicar al lector, y por muy bien dispuesto
que se halle el público, el «coco» que ahí figura es más propio de

142 Pp. 17U-172 (com o puede verse, son tres páginas y no cuatro las que ocupa
este texto en la edición por mí manejada. Nota del Traductor).
u ’ Mandeville. p. 170.
una opereta que de un thriller*. C on to d o , a te n ié n d o n o s ai ■
aparecen en él elementos infernales clásicos, a los q u e se an;i l(¡¡
«mal olor» o hedor de que habla tam b ién la V is ió n de I «míale.
Antes de penetrar en el valle, M andeville y su s com panaosd*
liberan acerca de si adentrarse en él o n o ; p o r s u e r te , figuran enh
expedición dos frailes menores que tra s c o n fe s a rle s , d icen misa»
les dan la comunión. La descripción de la tra v e s ía pro p iam en te di
cha es espectacular. La entrada del valle es b a s ta n te esp acio sa, pero
bien pronto todo comienza a «oscurecerse, c o m o e n tre el día yli
noche», y al poco todo lo cubren las tin ie b la s m á s e sp e s a s El tra­
tamiento al que son sometidos los v iajero s e n ta n p r o f u n d a oscuri­
dad es tan terrorífico como primitivo:
Y en estas tinieblas fuimos derribados en tie rra m á s de mil veces y
de diversas maneras, que apenas nos p o n ía m o s e n pie volvíamos*
caer144.

El pasaje adquiere o tra to n a lid a d si se le e a la lu z d e un texto


de Maqoudi, quien habla de o tra tra v e s ía p o r u n v a lle semejante
(¿acaso el mismo?), situado en el c a m in o q u e v a d e Jo rasán had*
China, en la parte de B ojara y S a m a rk a n d a . H a y a llí m o n t a ñ a s con
sales amoniacales cuyos vapores se in f la m a n e sp o n tán eam en te y
emiten unas humaredas cuyo o lo r d e b ía d e s e r b a s t a n t e sofocante-

En el verano, he visto, a una distancia de u n a s cien parasangas*.


gosque en la noche brillaban en lo alto d e las m o n tañ as; durante61
día, a causa de los rayos deslum brantes del sol, no se ve s^0
el humo145.

H e aquí cómo es el viaje de q u ie n q u ie r e s e g u ir tal camin0


A la entrada del valle, contrata a los p o rte a d o re s, quienes por undj
vado precio cargan sobre sus espaldas los b u lto s. Llevan en la nt&JJ
un bastón, con el cual van tocando c o n tin u a m en te los costados
viajero que va delante de ellos, por tem o r a q u e , vencido por 1®
tiga, se detenga y perezca en este peligroso lu g a r146.
Si los viajeros eligen esta ru ta , es p o r q u e p o r e lla el cam ino ^
ta C hina es sólo de cuarenta días de m a rc h a , m ie n tr a s q u e poro
m ás fácil, es de cuatro meses.
E s posible que los relatos de O d o ric o y d e M a n d e v ille sean tf
p o siciones de la situación real d e sc rita p o r M a q o u d i. L a comP^,
c ió n de las varias «versiones»» de u n a e x p e r ie n c ia (fa b u lo s a P°r. pa­
p a r te , realista por otra), m uestra q u é p r o p e n s ió n p u e d e te n e r el .ji­
je a colorearse de toda suerte de e le m e n to s m a ra v illo s o s , su*r

* E n inglés en el onginal (N ota del tra d u c to r.)


144 M andeville, p. 392 de la edición citada p o r el a u to r.
• P arasanga, medida persa, equivalente a u n o s 5 ,2 5 m e tr o s (Nota
d u c to r )
i4s y i4o Q t a do por Cordicr, pp. 492-493.
dido e n tre las in sta n c ia s divinas y las tentativas diabólicas. Pues e.
viaje, a u n q u e sea re a l, es p o r esencia una av en tu ra del individuo a
través d e to d a s las fo rm a s d e conocim iento del m u n d o y d e c o n o ­
cim iento de sí m ism o . L a re a lid a d , antes incluso de ser llevada por
la n arració n al d o m in io d e la ficción, es vivida com o una sup ra-rea-
lidad, co m o u n a re a lid a d m ás allá de la hum ana. Al igual q u e el
mito, el v iaje se in scrib e e n u n a historia contada, n arrad a; ta n to
el uno com o el o tro s u fre n fo rzad am en te el poder del lenguaje, q u e,
fijado a la re a lid a d , im p o n e una «traducción». Pero no se tra ta ine­
vitablem ente d e u n a tra n sp o sic ió n . Los libros de viajes nos p resen ­
tan «golpes» q u e se s o p o rta n com o no provocados por causas h u ­
manas, ra cio n ales. Se c o n sid e ra b a , sin duda, que el viaje está cons­
tituido, en o c a sio n e s, p o r exp erien cias fuera de lo ordinario: en el
umbral de esas e x p e rie n c ia s n ad a parece absurdo, y las penalidades
son in co n d ic io n alm en te a c e p ta d a s, m uy probablem ente considera­
das com o in ev ita b les. L o s golpes form an parte de las torturas ini-
ciáticas m ás fre c u e n te s , y sim bolizan la m uerte ritu al147. ¿Existe,
en el espíritu de e so s v ia je ro s, algo com o una intuición del sentido
místico de su a v e n tu ra ? L a n arració n misma no nos perm ite hacer
grandes su p osiciones. O c u rre q u e el texto no ofrece la menor po­
sibilidad p a ra e n c o n tr a r los asid ero s reales de una situación dada,
y que el su stra to m ítico tie n d e a d esb o rd ar el papel subyacente en
el que, p or lo g e n e ra l, ha sido confinado.
R esulta casi e v id e n te q u e M andeville no ha visitado la región
del Valle P elig ro so , p e ro no cabe duda, al propio tiempo, de que
para él se tra ta del tra d ic io n a l e inevitable cam ino del infierno que
se encuentra e n to d o v iaje digno de tal nom bre.
Las rep etid as c aíd as de los v iajero s son resultado de las asechan­
zas de enem igos invisibles, p e ro tam bién de animales que frecuen­
tan la oscuridad a ra s de tie rra :

H abía gran m u ltitu d de bestias, y no podíam os ver qué eran, mas pa­
recían com o c e rd o s v erd es y negros, y muchas otras maneras de ani­
males que c o rría n p o r e n tre nuestras piernas y nos hacían caer, unas
veces hacia a d e la n te y o tra s hacia atrás (...) G randes truenos, ho­
yos, fu ertes v ien to s, nos hacían caer, de tal m anera que nos parecía
que nos h erían en los riñones. Y hallam os muchos muertos bajo nues­
tros pies, que se q u e ja b a n de que pasásem os por encima de ellos,lo
que era m uy e sp a n to so de oir. Y estoy seguro de que si no hubiése­
mos recibido el C orpus D o m in i hubiéram os permanecido perdidos
en aquel v a lle 148.

M andeville se p re g u n ta p o r qué esos m uertos no están corrom­


pidos, y con ra z ó n , y su p o n e que se tra ta de una estratagema más

Eliade, Iniíiations . , p. 86: «En el Africa sudorienta!, los maestros golpean


sin piedad a los novicios, que no d eb en m ostrar señal alguna de dolor. Tales excesos
Pr°i'««Can a m enudo la m u erte de los jóvenes».
M andeville, p 392 de la edición citada por el autor

121
del Enemigo, que les hace parecer d e ta l m o d o , p u e s la corrupci* •
de los cadáveres es algo inevitable. A p u n ta la id e a d e que puede
tratarse de una ilusión, idea que a p a re c e ta m b ié n a propósito ¿el
oro y la plata que se encuentran en el valle:

Empero, porque los espíritus malignos a las vegadas facen estas co- ?
sas por engañar, yo no toqué cosa dello149.

Se trata de uno de los raros casos e n q u e e n v ia je ro s a n te rio re s


al siglo XV se perfila la idea de que la p e rc e p c ió n p u e d e ser enea
ñosa, que existe acaso un desnivel e n tre la re a lid a d y el m o d o en
que ésta es sentida y vivida.
Entre golpes y caídas repetidas, M an d e v ille y sus compañeros
sufren «desmayos, como m uertos»:

y en estos desmayos veíamos especialmente muchas cosas maravillo­


sas, de las que no oso h a b l a r .

Los clérigos que iban con ellos les p ro h íb e n , e n efecto, hablar,


«para no revelar los misterios del S e ñ o r» 151, típ ic a situación del Ini­
ciado que no puede descubrir los secreto s q u e le a ca b a n de ser des­
cubiertos (pero también del farsan te q u e n o sa b ría qué decir:
Les quedan, a los viajeros, las señ ales físicas de su v isita al
«infierno»:

Quedamos heridos en lugares diversos (...), yo en el cuello, de tal


modo que pensé que la cabeza se me desprendía del cuerpo, y lie'*
una señal negra como el carbón más de dieciocho años. Muchas per*
sonas la han visto. Pero una vez que me he arrepentido de mis pe*
cados y me he puesto a servir a Dios según mi fragilidad, dicha seña'
ha desaparecido, y tengo allí la piel más blanca que en ninguna oír2
parte. Pero sin embargo, el golpe dura y durará tanto como dure Ia
carroña152.

Queda así Mandeville m arcado de p o r v id a p o r su viaje Pef0


la mancha negra, sello diabólico, se tra n s fo rm a e n m ancha blanca-
impronta divina, signo de elección incluso, g racias al cual se cuen'3
entre los seres humanos más selectos.
Todos los autores —O dorico, M an d e v ille , A n to in e de La Sal*
hasta Plan de Carpin y R ubrouck— q u e h a n v u e lto del «otro
do», donde habían vivido entre los « d em o n io s» tá rta ro s, sccua^
de G og y de Magog, ofrecen aspectos típ ic o s, p e ro fragmentar'0 j
de los viajes iniciáticos. Son episodios q u e c o n stitu y en nwnifatl^
de sus respectivas narraciones, y no d e te rm in a n la perspectiva

,4V Mandeville, p 171.


150 Mandeville. p. 392 de la edición citada por el a u to r
131 Mandeville, p 392 de lu edición citada p o r el au to r.
132 M andeville, p. 393 de la edición citada p o r el au to r.
la cual el v ia je e s, en su co n ju n to , vivido y contado. Por otro lado
lo q ue so rp re n d e , si es que se pretende descubrir un plan global en
cada un o d e esto s lib ro s, es su ambición casi exclusivamente narra­
tiva. N o se e stru c tu ra n siguiendo el eje de un gran proyecto gene­
ral, en to m o al cual se organizarían, de modo significativo, los di­
ferentes e p iso d io s. E n este sentido, no es posible hacer otra cosa
que fijar p e rsp ec tiv a s m ás o m enos precisas: misionales para Plan
de C arpin y R u b ro u c k ; com erciales — pero transfiguradas por el pla­
cer de n a rra r— p a ra M arco Polo; didácticas y fabuladoras para
M andeville; etc. O tro s libros, com o el de Odorico, son menos en­
c u a d ra b a s , y n o p a re c e n form ados sino por una serie de «diaposi­
tivas» b ien c o m e n ta d a s. E n cualquier caso, parece siempre excesi­
vo, llevados p o r las n ecesidades del análisis literario, querer orien­
tar estas n a rra c io n e s m ultiform es en un sentido único.
El v iaje de C o ló n , sin em bargo, no coincide exactamente con
los a n terio re s. L e atra v iesa de p arte a parte una gran idea, la de
que ese v iaje es u n a m isión divina. Los elem entos de carácter ini-
ciático q u e lo ja lo n a n , tie n e n im portancia no en tanto que tales,
sino desde la ó p tic a de la m eta espiritual última. En ningún caso
puede el suyo ser re d u c id o a un viaje iniciático; es un viaje profé-
tico, según el p ro p io C o ló n 153.
«C osas de m u c h a m arav illa» 154 (acerca de las cuales no se sabe
nada) «D ios h a b ía m o stra d o en él»*55. Esas circunstancias maravi­
llosas c o n trib u y e n a d a r al viaje real un carácter igualmente mítico.
La ciencia d e la n av eg ació n la ha recibido Colón de las propias ma­
nos de D ios:

es así que el Señor abrió mi entendimiento como con una mano


palpable156.

Es ta m b ié n p o s e e d o r de una verdad «revelada157, y su viaje a


las Indias e s, seg ú n sus p ro p ias p alab ras, «un milagro evidente»158.
V iaje q u e n o c o n siste ú n icam en te en el descubrim iento de las In­
dias, sin o , s o b re to d o , e n el de los N uevos Cielos y la Nueva Tierra:

Es a mí a quien Dios había elegido como su mensajero, al mostrar­


me dónde se encontraban el nuevo cielo y la nueva tierra de que el
Señor había hablado por boca de San Juan, en su Apocalipsis, y de
que antes había hecho mención Isaías159.

1 H em o s lle v a d o a c a b o un estu d io más detenido de esta cuestión en el a r­


tículo «La v o c a tio n m e ssia n iq u e de C hristophc C olom b», Stntftance, num . 2; C«-
^ u e r 'M u . U n iv e rsid a d de P rovenza (H onoré C ham pion). 1976, pp. 257-271.
* y 155 P rim e r V ia je , m iérco les, 13 de febrero de 1492; p 142 (El autor equi-
Voc?v|a fecha: se tra ta e n re a lid a d del jueves 14 de febrero. N ota del T rad u cto r).
i 57 ( a r t a a *os K cy es (1501-1502), p. 29K de la edición citada por el autor.
nw y nM Ib id ., p. 299 d e la ed ició n citada por el autor.
C a rta a la N o u rric c , p. 254 de la edición citada por el autor.
De tal modo, este viaje se realiza e n u n a a tm ó s fe ra como
Final de los Tiempos. Según los c álc u lo s d e C o ló n , n o le quedaría
al mundo, hasta el último día, sino 155 a ñ o s . P a r a entonces, Jera-
salén habría sido reconquistada p o r el re y d e E s p a ñ a gracias aloro
aportado por Colón, y se podría así c o n q u is ta r « la C asa Santa [de
Jerusalén] para la Santa Iglesia»160.
Esta reconquista había sido ya im a g in a d a p o r Mandeville (de
acuerdo con una tradición m ás le ja n a ) c o m o e l com ienzo de una
nueva Edad de O ro: un príncipe c ristia n o

faría cantar la misa a ley de cristianos debaxo de aquel árbol seco,


y que después reverdescería y faría fojas blancas y fruto161.

Este árbol, que, literalm ente, re s u c ita , p r o m e te una profunda


regeneración del m undo y el re to rn o al e s ta d o d e fertilidad y pie
nitud originales.
El viaje de Colón, com o to d a e m p re s a e sc a to ló g ic a , está jalo­
nado de episodios notables, de m o m e n to s d e p r u e b a , de penalida­
des. Una de las más terribles te m p e sta d e s d e l c u a rto viaje es des­
crita con la ayuda de un léxico cuya c o lo ra c ió n in fe rn a l es evidente

El viento no era para ir adelante ni daba lugar para correr hacia al­
gún cabo. Allí me detenía en aquella mar fecha sangre, hirviendo
como caldera por gran fuego. El cielo jam ás fue visto tan espantoso:
un día con la noche ardió como forno; y así echaba la llama con los
rayos, que cada vez miraba yo si me había llevado los másteles yve­
las. Venían con tanta furia espantables que todos creíamos queme
habían de fundir los navios162.

A la prueba del fuego se añ ad e ta m b ié n la d e l agua:

En todo este tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que
llovía, salvo resengundaba otro diluvio163.

A firm a Colón que esta tem p e sta d d u ra n u e v e días; la mayoría


de los núm eros que utiliza el A lm iran te so n d e c a rá c te r mítico: múl­
tiplos de 3, el 7, el 40164.
H ay que recordar tam bién la p ru e b a co n q u e se enfrenta Coló11
en el golfo de Paria y el te rro r que sien te a n te su s fenóm enos acu*
ticos de rara violencia. El hecho de q u e h a y a b a u tiz a d o a los do^
canales del golfo con los nom bres de «B oca d e la S erp ien te» y <<b°cá

160 C arta al papa A lejandro VI (feb rero de 1502), p . 307 de la edición cit*^
por el autor.
161 M andeville, p. 49
162 C uarto Viaje, carta a los R eyes, p. 193. E l su b ray ad o es del auitof
163 Ib id ., p. 193. lio
lM En la carta a la N ourncc dice C olón a p ro p ó s ito de sí m ism o, por ejcmP
«Siete años han pasado así en palabras, a los q u e h an seg u id o o tro s nueve en la £lf'
cución de cosas meritorias» (p 254 de la edición c itad a p o r el au to r).
del D ra g ó n » , c o n f ie r e a e s te e p iso d io un carácer m ítico, el p aso por
las fau ces d e u n m o n s tr u o se rp e n tifo rm e o acuático (incluso a u n ­
que e ste p a s o s e a e s e n c ia lm e n te v e rb a l, com o es el caso d e C olón,
en el q u e la e x p e r ie n c ia e s interpretada m ediante los no m b res d a ­
dos a las b o c a s e n c u e s tió n ) c o n stitu y e una m u erte ritu al, previa a
un n u e v o n a c im ie n to , a u n a reg en eració n total del individuo.
P o r d o s v e c e s C o ló n — e n lo p e o r de sus penalidades— escucha
la voz d e D io s , q u e le o r d e n a n o te m e r nada y le recu erd a q u e sus
sufrim ientos tie n e n u n s e n tid o :

N o tem as, confía: todas estas tribulaciones están escritas en pie­


dra m árm ol, y no sin causa165.

C u a n d o e s c u c h a e s ta v o z , C o ló n se halla en un estado de p o s­
tración ta l q u e c o n fin a c o n el s u e ñ o : así están los cham anes una vez
alcanzada la fa s e d e l tr a n c e , c u a n d o h ab lan los espíritus. Las expe­
riencias m ístic a s se a s e m e ja n e n tre sí, más allá de diferencias
culturales.
A sí, al b u s c a r e l P a ra ís o T e rre n a l y al em p ren d er una em presa
bendecida y q u e r id a p o r D io s , C o ló n anuncia la llegada de los U l­
timos D ía s, lo s T ie m p o s e n q u e p o d rá reg en erarse el M undo y re­
producirse c o m o e n su s o ríg e n e s . Se sitú a así en la más im portante
tradición m ític a , y n o p u e d e vivir sus descubrim ientos y su D estino
sino com o u n a e t a p a d e l v ia je d e re to m o a los orígenes.

El v ia je tie n e re la c io n e s ín tim a s con el pensam iento mítico. El


libro de v ia je s e s u n m o d o d e in cluir e n un m arco tem poral y es­
pacialm ente c e r r a d o e le m e n to s — el tiem p o de la lectura, el espa­
cio del lib ro o d e l lu g a r d e la le c tu ra — cuya p ro p ied ad , cuando son
vividos y h a n s id o v iv id o s , e s la de m ultiplicarse. El m om ento de
la lectura p e rs o n a l o d e la le c tu ra pública in tro d u ce una ru p tu ra en
el c o rrer d e l tie m p o , ta l c o m o é ste e s vivido o rd in ariam en te. La re­
lación a n a ló g ic a q u e e x iste e n tr e la lite ra tu ra y el m ito halla un
fiador, y se a c la ra p o r sí m is m a , e n la que establece C laude Lévi-
Strauss, d e f o r m a m u y e la b o r a d a , e n tre la música y el mito.
M ito , m ú sic a y lite r a tu r a s o n , e n e fe cto , «m áquinas p ara supri­
mir el tie m p o » 166. C a d a u n a d e ellas c re a , en el interior de una cé­
lula c e rra d a s o b r e sí m is m a , u n a m o d a lid a d tem poral que tiene sus
propias le y es y p e r m a n e c e e n e l se n o del tiem po histórico com o un
núcleo ir r e d u c tib le . Si e n su tr a b a jo analítico C laude Lévi-Strauss
ha e leg id o — al c o n tr a r io d e lo q u e hacem o s nosotros— relacionar

c a rta a *os R e Yc s . P 196- La prim era vez que Dios se había


lo * £ d M C H Ó n’ Cn a n o c h c d c N a v id a d de »o había hecho en térm inos aná-
fc' W u a c s p c r tó c o n su b ra z o d iv in o y m e dijo: “ ¡L evántate, hom bre de poca
ri a u t o r / ° ° te n g a s m ,c d ° r * (c a rta a la N o u m c e , p. 254 de la edición a ta d a por

ture U.C p U 24 LéV,' SlrauSS’ M y th o lo Zl(1ues L e cru el le cuil (P ión, 1964), «Ouver-

125
«el m ito con la música, antes que el m ito c o n la le n g u a » 167 rs por-
que ha estimado en su ju sto valor

el poder extraordinario que tiene la música para actuar simultánea-


mente sobre el espíritu y sobre los sentidos, de poner en movimien­
to a la vez ideas y emociones, de fundirlas en una corriente en que
cesan de existir unas ai lado de las otras, y quedan como testimonios
y como fiadores168.

La música actúa con una « v e h e m e n c ia » 169 de qu e sólo ella es


capaz.
El texto leído está lejos de a c tu a r c o n ta n ta fu erz a. Pero el tex­
to dicho, hablado (y se sabe qu e este fue el c a so e n la Edad Media
con los libros de viajes)170, e n c u e n tra u n a e n e rg ía qu e tiene el mis­
m o sentido que la «vehem encia» d e la m ú sica.
Acaso sea esta m anera de vivir los lib ro s d e v iajes, tanto como
lector o como oyente, lo que ex plique q u e e n a q u ella época no haya
existido una preocupación co n stan te p o r d ife re n c ia r, en ellos, lo real
de lo irreal. Si M andeville no sien te la n e c e sid a d de profundizaren
la cuestión de saber si es una «ilusión» lo q u e v e ; si Odorico, cons­
tatando de visu desde lo alto de un o b s e rv a to rio apropiado la au­
sencia de fenóm enos vistos proco a n te s , ta m p o c o se preocupa po*
tal cosa, lo que ello significa es q u e la d istin ció n real-irreal no ofre­
ce un especial interés para ellos. P o r lo m ism o , no podremos ha
blar de «fantástico», en el sen tid o m o d e rn o d el térm in o , en los#'
pítulos siguientes: la noción de irrea lid ad q u e c o m p o rta para noso­
tros basta para prohibirlo. U n a «m arav illa» , en su acepción rn^s3¡J)
p lia, es algo que sorprende p o rq u e no p e rte n e c e al curso ordinan
de las cosas, pero que no se o frece c o m o b lan c o a la duda siste^
tica. E n lo A bsoluto no existen un R e al y un Irre a l. Más a ntf
d o , ello se determ ina, con gran e la stic id a d , a voluntad de *
dividuo. Las maravillas son, sim p le m e n te 171, la ocasión Para.a^ .
cibirse de una acción y de una p resen c ia m ás m anifiestas de K> ^
g ra d o . Pues para una m entalidad a rcaica (y e n la E dad Med,a
co n serv an muchos de sus c a ra c te re s), «lo sa g ra d o es lo rea ^
e x ce le n cia » 172.
E l hecho de vivir las «m aravillas» y los m ito s transm itid05^
lo s lib ro s de viajes no es, en m o d o a lg u n o , ilu so rio : ello Per.tejl0m-
a la experiencia sagrada del c o n o cim ie n to d el m u n d o que el

167 Ib id . p. 23.
168 I b id .. p 36
169 Ib id ., p. 36. bf°uCk'
170 Y a hemos visto un ejemplo de ello con la «gira de conferencias» de
p e r o conviene recordar también la fama que M a rco Polo adquirió en ^ nn |os9l
r a n te su cautividad, cuando su propensión a extenderse con complacencia ^
p e c to s fa b u lo so s de su viaje le valió el título de M e s s e r M illio n e . A l men°
la explicación que se da de tal remoquete.
^ C o m o se verá más adelante, a propósito de los monstruos.
172 E lia d e , M ythes..., p. 148.
brc medieval persigue sin descanso. Hemos presentado los escena­
rio iniciáticos como particularmente importantes, pues se trataba
de mitos cuya existencia ritual había casi desaparecido para enton­
ces: no subsisten sino los avatares populares, que es preciso consi­
derar como tales y no como elementos religiosos. Pero si «'los
clichés iniciáticos aparecen hasta la saciedad» en los textos medie­
vales, es porque «tales aventuras correspondían a una necesidad
profunda» . En adelante, sólo la imaginación será «trabajada» por
esos mitos; tal actividad no es, por lo tanto, irreal; sabemos, gra­
cias en especial al psicoanálisis, que la actividad psíquica del indi­
viduo condiciona toda su vida.
Cuando los mitos han perdido su «realidad ritual»174, y cuando
se han transformado, entre otras modificaciones, en «motivos lite­
rarios»175, su actividad no deja de tener una intensa actividad sub­
terránea, y de esta manera continúan ofreciendo «su mensaje espi­
ritual en otro plano de la experiencia humana»176.7

l7« Initiaüons.... p. 266.


IV. TIPOLOGÍA DEL MONSTRUO
Hasta a h o ra , n o s h e m o s lim ita d o a p in tar el marco y el fondo
del cuadro; ya es h o ra d e c o m p le ta rlo con sus figuras: los mons­
truos.
Los aco n tec im ie n to s d e l v ia je , los encuentros, los descubrimien­
tos, se organ izan en la n a rra c ió n de form a a la vez sorprendente
(maravillosa) y n o rm a l. L o in e sp e ra d o es, en cierta media, «espe­
rado», p o rq u e v ien e p re c e d id o , en el espíritu de los viajeros, por
una tradición. P e ro el p u n to m áxim o de una experiencia viajera es
—o será— el e n c u e n tro con u n o o varios m onstruos, encuentro que
es previsto com o m o m e n to difícil del viaje; cuando no se produce,
se deja sentir u na c ie rta d e c e p c ió n , cuando no am argura o reacción
contra una tra d ició n m e n tiro sa o a unos narradores demasiado
crédulos.
El en cu en tro con los m o n stru o s es una piedra de toque de la au­
tenticidad de una e x p e rie n c ia v iajera: quien no los ha visto, no ha
viajado. E sta « regla», co n to d o , tien e algunas excepciones: la pre­
sencia efectiva de los m o n stru o s no es absolutam ente indispensa­
ble; muy a m e n u d o b a sta con en co n trarse con un testigo «digno de
fe» que anuncie co m o cosa seg u ra {p ro certo) la existencia de tal o
cual m onstruo, te n ie n d o en cu en ta que él mismo lo ha visto «con
sus propios ojos».
Sin em b arg o , n o sería n ecesario considerar la búsqueda de los
monstruos com o u na razó n d e te rm in an te del viaje, pues éste siem­
pre tiene una finalidad: esp iritu al (m isioneros, peregrinos), mate­
rial (com erciantes) o in telectu al. La búsqueda de los monstruos es,
en relación con el m o tiv o principal del viaje, un epifenómeno, que
revela su im p o rtan cia en u na perspectiva mucho más general: el via­
jero de la E d ad M edia d esea en to d o m om ento precisar tanto su si­
tuación espacial com o te m p o ra l. Pertenece a una atmósfera geográ-
uca que incluye tal o cual tipo de hum anidad, de maravillas o de
^riosidades n a tu ra le s, y se define a sí mismo com parando su situa-
C|ón original, lejan a en principio, con la que descubre. Pertenece

131
igualmente a una fase determ inada de la e v o lu ció n de la hu
dad, mientras que los monstruos fo rm an p a rte d e u n a etapa
rente: son vestigios de una época en q u e la c reació n conocio ay*
tares ahora estabilizados u olvidados; p u e d e n se r tam bién testimo­
nios de otro modo de concebir la creación. A títu lo de tales, sot
«reveladores».
Sin embargo, cuando se produce el e n c u e n tro con uno o
monstruos, ello no da lugar a una de esas gran d io sas escenas
cas que cabría esperar. Edipo y su esfinge, T e seo y su minotauio,
pertenecen a una civilización en que el h o m b re se descubría i
través de los mitos porque no podía h acerlo a trav és de Dios Pan
encontrarse a sí mismo, el hom bre m edieval dispone de una espirí-
tualidad «reglada» de otro m odo, y la m itolog ía no es para él si»
un residuo. El cual sigue siendo fascinante, p e ro e stá definitivamct
te relegado, por la consciencia, a un segundo plano. En cuantoi
lo que realmente hay en el subconsciente, sólo cabe hacer con­
jeturas.
Para el hombre medieval, el m o n stru o es u n a «anomalía
mal», un avatar necesario, inevitable, m isterioso p e ro no d rá ^
co testimonio de la imaginación y de la creació n divinas. CoiTSíÜ'
ñas excepciones.
Para el hombre normal, los m onstruos so n , ante todo, fofl&
diferentes de él mismo. Esas form as son el resultado de una o #
nización no habitual de los elem entos o rd in ario s de composic^0
de un amasijo diferente de la m ateria inicial. H ay muchas ma^
ras de crear un monstruo: lo que q uerem os analizar ahora sofl^
procedimientos de «fabricación». «
Ello puede conducir a una clasificación de los monstruos: ^
lisis cartesiano o los métodos de los n atu ralistas del siglo
drían, acaso, ser aplicados aquí. Es lo que h a intentado hacer
Lascault en su estudio sobre L e M onstre dans Vart occidentalfpeí®
él mismo reconoce los límites de esta clasificación, bien ente11di 0
*1
que toda clasificación conlleva un im p o rtan te elem ento de
riedad. La tabla establecida por Lascault se justifica dentro ríe .
perspectiva; otra puede igualm ente justificarse, pero dejarern ^ ;
los partidarios fervientes de las clasificaciones la preocupad6^ j
proseguir o de recomenzar ese trab ajo . U n a clasificación es,etl a
na medida, una «ficción» racional, y pu esto q ue d e p en d e eíl yr ¡
parte de los principios y del talante del «analista», toda nueva
tativa clasificatoria es como tarea de Sísifo. ^
El propio Lascault pone de relieve la incom odidad inhef
esta clase de operaciones:

Para comprender los fallos de la posición cartesiana es pr ecis°1


/
— capl ái»1
1 G ilbert Lascault, Le Monstre dans l ’art occidental; Segunda Partc¿ci c^v
pp. 115-175. E n 'especial, pp. 174-175, donde puede verse una «Tabla
abreviado de monstruos»
d e la im p re s ió n d e in c o m o d id a d 1 qu e provocan los m onstruos perci­
b id o s g ra c ia s a u n a clasificació n form al, que les reduce a su m odo
d e c o n s titu c ió n .

Y, sobre to d o , señala el peligro que supone esta ilusión intelect:


C u r io s a m e n te , la c la sific a c ió n fo rm a l, cuando llega a ser el en tram a­
d o in d is p e n s a b le y e x c lu siv o p a r a p ercib ir a los m onstruos, elim ina
su c o m p le jid a d , s u r iq u e z a se n sib le ; bien p ro n to , el espectador pasa
d e la r e p r e s e n ta c ió n a las p a la b ra s q u e la resum en, de la form a a lo
q u e la e s t r u c t u r a , d e lo c o n c r e to p re se n te a una génesis hipotética:
d e m o d o c la r a m e n te p a r a d ó jic o , la clasificación form al conduce al es­
p e c ta d o r a r e e m p la z a r su fa sc in a c ió n p o r lo visible por una especu­
la ció n a c e r c a d e lo in v is ib le *4.

Son las últim as p alab ras de Lascault las que nos han llevado a
definir nuestro cap ítu lo com o una tentativa de «especulación acer­
ca de lo visible». Si las form as m onstruosas son «fascinantes», tam­
bién es fascinante y ex citan te p ara el espíritu el intentar desmontar
el mecanism o d e su fabricación (en un prim er momento, al menos).
C uando se nos dice q u e D ios m oldeó el barro para darle form a,
el m isterio de ta l c reació n nos parece insondable. Esa forma inicial
de la h u m an id ad p e rte n e c e al ám bito de lo puramente arbitrario,
aunque el G é n esis h ay a q u e rid o reducir el elem ento misterioso al
afirmar que esa fo rm a h u m a n a se hizo «a imagen de Dios», fórmu­
la vaga si las hay.
Mas c u an d o se d isp o n e de un cierto núm ero de formas, produc­
to de un ju e g o im a g in a tiv o , ello atrae la curiosidad de aclarar algo
los p ro ced im ien to s de e sa creació n contrahecha y ridiculamente ri­
val de la P rim e ra . D e sd e e sta perspectiva,
i e s e d e s v ío q u e c o n r e la c ió n a la n a tu r a le z a co n stitu y e el moi
d e ja d e s e r u n a v e r d a d e r a tr a n s g r e s ió n d e l o rd e n n a tu ra l; es u n sim -
p ie e n t r e t e n i m i e n t o , p u e r i l y e x tr a v a g a n te , co n los ju g u e te s del m un- ;
d o ; h a c e r u n m o n s t r u o c o n s is te e n a lte r a r lo que p o d ría llam arse el
rompecabezas divino5.

C o n sid e ra re m o s lo s m o n s tru o s , a lo largo del presente capítulo,


desde un p u n to d e v ista p u ra m e n te form al, como una creación de
la im ag inación h u m a n a y n o com o una creación divina; adoptare­
mos así u n a p o s tu r a to ta lm e n te d ife re n te y contraria a la medieval.
Pero la p ro p ia E d a d M e d ia h a ju g a d o de tal m odo con las form as,
en la re p re s e n ta c ió n g rá fic a y e n la escultu ra, así com o en el m un­
do de las id e a s , q u e p o d re m o s se r excusados de haber utilizado tal
p ro c e d im ie n to .

2 S u b ra y a d o e n e l o rig in a l.
4 Ib id ., p 181.
5 H>td., p 183.
H>id.%p. 179

133
El análisis de los sistemas de composición se organizará segúff
un orden analógico (por ejemplo, a la sección «Mezcla de remos»
seguirá la de «Hibridación»); no nos ha parecido útil introducir en
las diveftas secciones nexos más o menos ficticios por el simple pla­
cer de poder hacer una clasificación cartesiana y de sacrificar alas
leyes de una «especulación acerca de te invisible» otras que yase
han utilizado con suficiente aceptación.
A partir de un método único, nuestro estudio se orientará en
dos direcciones: el análisis de las formas monstruosas será objeto
de la primera parte; el de los fenómenos prodigiosos, de la segun­
da. Estos últimos, en efecto, entran en el ancho campo de las «ma­
ravillas», y paralelamente al juego de las Formas ejemplificado por
los monstruos, representan un juego de Fuerzas en que participad
Universo todo.

134
|478)
F'8- 9- Conrad von Megenberg: Buch der
136
PRIM ERA PA RTE: L O S M O N S T R U O S O E L
J U E G O D E L A S FO R M A S

y. ■■<*****^‘ —. VN.U1V.V:'
— 7
I. | L os M O N S T R U O S : L U G A R D E LO ANTITÉTICO, DE «TODO
)DO LO
OTRO»

A) Los que difieren de los seres normales según una simetría


aboluta:
—Los antípodas.
—Los colores totalm ente contrarios a los nuestros: lo que aquí
es blanco, es negro allá, y viceversa.
Ejemplo: los ídolos descritos por Marco Polo en las Indias:
los dioses están pintados de negro,
los diablos están pintados de blanco6.
B) Los que hacen lo contrario de lo que nosotros hacemos y no
realizan ciertos actos que para nosotros son primordiales.
Ejemplo: Jourdain de Séverac7:
In ista India, et in M inore, hom ines qui sunt longe a mari habitan­
tes, infra terram , e t in locis nemorosis totaliter videntur infernales;
non edentes, non b ib en tes, nec se cooperientes sicut alii qui habitant
juxta m are.
(«En esta p a rte de la India, y en la India Menor, hay hombres que
habitan lejos del m a r, b ajo tierra y en los bosques; tienen un aspec­
to totalm ente in fern al; no com en, no beben, no se visten, al contra­
rio de los que viven cerca del mar»).

supra, c a p ítu lo II.


7 León A fric a n o , e n R a m u s io , t. I , fol. 17A.
° u rd a in , c a p . 4 , p 5 3 , « D e M a jo ri India».

137
^ II. E l MONSTRUO: EL QUE CARECE DE ALGO ESENCIA!

A) Así es como Lucrecio define, por decirlo d e algún moá


monstruo8*10,cuando describe la ju v e n tu d d el mundo:
I
Numerosos fueron también los monstruos que en aquel momentolt
tierra se esforzó en crear, y que nacían con rasgos y miembros e>
traños—como el andrógino, intermedio entre los dos sexos, que no
es ni lo uno ni lo otro ni pertenece a ninguno de los dos—; seres dev
provistos de pies o de manos; o mudos y sin boca; o que resultarot
ciegos y sin vista; o con los miembros enteramente pegados al cuef
po de modo que no podían hacer nada, ni moverse, ni evitar el pe­
ligro, ni atender a sus necesidades. Es inútil que la tierra cree y trai­
ga al mundo estos monstruos y esta clase de prodigios, porque la na­
turaleza prohíbe su crecimiento y no pueden alcanzar la tan deseada
flor de la edad, ni hallar alimento, ni unirse en el acto de Vena,

Hemos citado el pasaje completo con o b je to de ver con clari­


dad su abundancia de negaciones y de características negativas: Id
monstruos son seres que no tienen lo que nosotros tenemos,

t) Monstruos sin cabeza.

Blemmyas:
En una otra ysla, vers midia, fincan gentes de fea statura e de malí
natura que non han point de cabera e han los ojos en las espaldasc
la boca tuerta como una ferradura en medio de los pech o s. En u»
otra ysla son así bien gentes sin cabera e han los ojos e la boca p#
de cagua las espaldas .
Estos últimos no son sino una variante del prim er tipo.

2) Monstruos con cabeza, pero sin ojos, nariz, labios.


Et en una otra ysla ay gentes que han la cara plana e toda egoal.J*
narizes e sin ojos, sino dos forados chicos redondos en logar d’ojok
e una boca plana 0

Son monstruos muy semejantes a los astom ori, que no tico®11


sino un

pequeño forado en lugar de la boca, y por allí comen1’.

8 Lucrecio, De Natura R erum , w . 837-848; edición Budé, t II, p SI


v M andeviile, pp. 130-131.
10 M andeville, p. 131.
11 Ibid.. p. 131.
F ‘g 12

139
Fig. 13 F'g IV

3) Sin lengua.

E no tienen lengua, porque no hablan, salvo que hacen señas una


a otros como mudos, y así se entienden12.

Sin articulaciones en las rodillas.

Recordemos este texto de R ubrouck1314: en Catay había

unas criaturas que tenían en todo forma y facciones de hombres,


-- pero no podían doblar las rodillas, mas iban de un lado a otro yan­
daban yo no sé de qué manera, como saltando.
Todos los anteriores, son m onstruos heredados de la Antigüe­
dad griega.

B) Origen de la monstruosidad.

1) Los que deben su monstruosidad al clima.

Procedentes autem ad regionem frigidissiman invenimus pulchf*®


vitatem, in altissimo loco sitam, cuius nomen est A rcirum Ibic* ^
tutn frigus, quod invenimus magnam multitudinem hominum t
torum: ab aliquo pes, vel pedes, vel crura, ab aliquo manus p r
frigus (Ricold'4).

12 Ibid., p. 131.
13 Bergeron, col. 90; Soc. Géo., p. 328.
14 Ricold, capítulo XIII, p. 122.

140
(«D e camino hacia una región mus fría, llegamos a una hermosa ciu­
dad, situada en alto lugar, llamada Arcirum El frío es allí tal. que
encontramos gran núm ero de mutilados a unos les faltaba un pie, o
ambos, o las piernas; a otros una mano. »).

Los miembros helados, se desprendían por sí mismos.

2) Aquellos cuyo defecto es de nacimiento.


Siguiendo el consejo de sus padres, una joven nacida sin ojos fue lle­
vada ante San José... (Jacobo de la Vorágine15).

3) En fin, «pasan» a la Historia monstruos míticos como los


blemmyas: la B iblioteca de Lille conserva un almanaque para el año
de gracia de 1591, ed itad o en Amberes, que recuerda que el 13 de
octubre de 1514 h ab ía en Leiden «un niño sin cabeza que tenía los
ojos y la boca en el pecho».

III. M o n s t r u o s p o r c a m b i o s e n l a r e l a c ió n e n t r e sus
ÓRGANOS

A) H ipertrofia de ciertos órganos:

1) Las orejas: panotios.

In queste isole vicine intereso dire, che si trouauano huomini con le


orecchie tanto grandi, che si copriuano le braccia con quelle. Questi
popoli sono C a p h ri (Pigafetta16).

(« H e oído decir que en estas islas vecinas hay hombres con orejas
tan grandes que pueden cubrirse los brazos con ellas. Estas gentes
con C afres»).

Estos m onstruos que Pigafetta asimila a los cafres, son conoci-


° s desde la A n tig ü e d ad g riega17.

El cuello (cf. F igura 40).

2) Un p ie : sciapodas (doblete de sciapodos).


Hay gentes que no tienen sino un pie, así ancho que ellos se facen
sombra con él a todo el cuerpo contra el sol cuando están echados
(Mandevillc18).

16 ^ 0 ° ^ ° de *a ^ o r^8*n e - Leyenda Dorada, t II, p 499.


17 ^ R am usio. t i. fol 393D (según la edición citada por
ManH- “i? C n ,d o * Récits lndiens. edición de J. Lacarnérc. p. 270.
uevule. p. 103; cf. tam bién San Isidoro. Etimologías. XI.3.23.

141
Fig. 15

3) Con el labio inferior desproporcionado.

En otra isla hay una gente de muy fuerte faición, y tienen los bezos
de la boca tan grandes que cuando ellos duermen al sol. ellos se cu­
bren la cara con sus mesmos bezos (Mandeville19).

Véase figura 18.

4) Hipertrofia de los órganos sexuales.

En este país hace tanto calor que los testículos de los horTlbre¿
salen del cuerpo y les cuelgan hasta las rodillas o hasta m edia p1
(Odorico20).

B) Unicidad asociada a la hipertrofia:


Scidpodas y «monobrazos»:
-er1o*
De allí fue hacia el sur, hacia Armenia, y al atravesar los
encontraron también monstruos con forma humana, pues
sino un brazo en medio del estómago, y sólo un pie (•••)* ^

19 Mandeville, p. 131.
20 Odorico, capítulo, IX. p. 69.

142
tan ráp id am en te q u e el caballo más ligero no podía alcanzarles.
Corrían saltan d o con ese pie, y luego marchaban sobre una mano y
un pie com o una ru e d a (...) (Plan de Carpin21).
En P linio (H is t. N a t ., V II. 2 3 ), e sto s sciapodas son al mismo
tiempo m o n o c u li, s e r e s c o n u n so lo o jo .
Las
PodgCntes Sue ven m as *a lluv‘a q ue e * so1 transforman a los scid-
as en «pies-paraguas»; así los describe el mapa de Walsperger22:
h
V 'a n d e C'
Véase . t- a r p in ; B e r g e r o n , c o l. 48-49; 5oc. (Jéo., p p 679-680.
Var H a llb e r g , o p . c it., p. 359.
Fig. 18

«Hic homines latent sub pedibus suis ex pluvia.» («A quí los hom­
bres se protegen de la lluvia bajo su propios pies»). Sin embargo,el
citado mapa los sitúa en Etiopía. Ello prueba al propio tiempo la ri­
gidez de la noción de monstruo (todo lo que viene de otro lugar) j
la flexibilidad del propio monstruo, que goza de una notable capa­
cidad de adaptación al clima, a lo que parece.

C) Unicidad o m ultiplicidad de ó rg a n o s, de miembros.


1) Unicidad: cíclopes o m o n o cu li (fig u ra 19).
sciapodas, « m o n obrazo s» .
2) Reduplicación: hom bres o an im ales con dos cabezas.
L a reduplicación de ciertos m iem b ro s e n tra ñ a , e n ocasiones y
c o m o efecto secundario, un c arác te r de gigantism o:
a) H o m b re s o anim ales con dos cabezas (figura 20 y 21):
En esta isla hay unos pájaros tan grandes como ocas, y estos pájaí0S
tienen dos cabezas (Odorico23).

23 O d o n c o . capítulo X V III, p. 220. V éase tam bién Mandeville, p 129

144
Fig. 19 Fig. 20

Item , unum anim al bíceps horribihssimum va';de. quod ausum est


transvadere E u p h ratem e t iré ultra ad habitatores terrae (Jourdain
de Séverac24).
(«Tam bién u n anim al con dos cabezas, en verdad horrible, que osa
atravesar el E u frate s y andar por entre los habitantes de la región»).

La naturaleza m ism a del a n im al im porta poco cuando tiene dos


cabezas.
Hay m onstruos hum anos con d o s cabezas en el Líber Chronica-
rum de Hartmann Schedel («Secunda Etas Mundi», fol. X11V; «Sex­
ta Etas M undi», fol C C X V II, r y v.).
b) M onstruos con dos cuerpos (figura 25):
Según Jacobo d e la V orágine25, un monstruo semejante nació a
comienzos del siglo X II, bajo el reinado de Lotario:
En su tiem p o , en E sp añ a, una m ujer trajo al mundo un monstruo
que tenía d o s c u erp o s; los rostros miraban cada uno al lado contra­
rio y los d o s c u erp o s p arecía que estaban como soldados.

3) Multiplicidad :
— dos pares d e o jó s (figura 22).
— dos brazos y d os piernas (figura 23). H. Schedel, Líber Otro-
nicarum, fol. X IIv y fo l. C C X V IIv.
— de dedos: ib id. (figura 24).
— de dedos d el pie: según M andeville26, hay seres que cami­
nan con las rodillas, «e tien en en cada pie ocho dedos».

a jourdain, capítulo 8, p. 6U
* Cit ' l- n ’ PP 469-470.
Mandeville, p. 137

145
F ig. 22

146
Fig. 23

Fig. 24
147
IV . M o n s t r u o s c a r a c t e r iz a d o s p o r :

— g ra n d a z a o p e q u e ñ e z d e l c u e r p o .
— la rg a o c o rta v id a.
A) G r a n d e z a o p e q u e ñ e z d e l c u e rp o :
1) G ra n d e z a :
a ) L os gigantes.

H a y u n a isla e n la cual hay g e n te s de m uy gran forma, como gigan­


te s ( ...) y co m en ( ...) c arn e d e h o m b re s (M andeville27*).

L a e n o rm id a d va a c o m p a ñ a d a a m e n u d o de ferocidad y de ca­
n ib a lis m o (cf. el g ig a n te -c íc lo p e -a n tro p ó fa g o de la Odisea).
E l g ig an tism o no q u e d a ú n ic a m e n te c o n fin a d o en los límites del
m ito . P ig a fe tta d escrib e g ig a n te s a 49 g ra d o s de latitud sur:

u n h u o m o di sta tu ra di g ig an te; co stu i e ra cosí grande, che li nostn


n o n gli arriv av an o alia c in tu ra ( ...) h a n n o la testa quasi mezzo brac-
c ió lunga (...) .
(« u n h o m b re tan alto com o u n g ig an te, y ta n to , que los nuestros no
le lle g a b a n a la cin tu ra ( ...) su cab eza m ide casi media braza» [un0*
o c h e n ta cen tím etro s]).

b ) A nim a les enormes.


— to r tu g a s g ig a n te s29.
— r a ta s y ra to n e s «tan g ra n d e s c o m o un p e rro » 30.

27 M a n d e v i l l e . p . 172. j
23 R a m u s i o . t. I. fo l. 3 9 0 D . 3 9 1 A - C (s e g ú n la e d ic ió n citada por el aüIfl
29 M a n d e v i l l e . c a p ítu lo 2 1 . p . 3 3 9 d e la e d ic ió n c ita d a p o r el au to r; Jourdam
p í t u l o 8 . p . 6 0 ; O d o r i c o . c a p ítu lo X V I . p . 188. b,it
30 M a n d e v i l l e . c a p ítu lo 18. p . 324 d e la e d ic ió n c ita d a p o r el autor; cf ta
O d o r i c o . c a p í t u l o I X . p . 71.
h o rm ig a s « g ran d es com o perros» que guardan las minas de
oro en el país d e l P re s te Ju a n . Criaturas míticas conocidas en la A n­
tigüedad (C te sia s h a b la de ellas en sus Narraciones Indias, y Plinto
en su H istoria N atural', X I. 111).
— p e rro s g ig a n te s. E n A lbania,

según Isidoro, había perros tan grandes y tan tunosos, que hacían
frente a los toros y mataban a los leones. Lo que hay de verdad acer­
ca de esto en nuestros días (lo he escuchado de quienes han viajado)
es que hacia el m ar Septentrional utilizan los perros como si fuesen
bueyes para arrastrar sus carros, así son de fuertes y poderosos
(Rubrouck31).

La ley en ta d e e sto s fu ertes perros se halla en Solin.


— serp ien te s gig an tes. Según Marco Polo32, en la provincia de
Caragián

hay grandes culebras y enormes serpientes, tan desmesuradas que pa­


rece increíble (...) Tienen la cabeza enorme y los ojos muy relucien­
tes y mayores que una hogaza de cuatro dinares; sus fauces son tan
vastas que pueden tragarse a un hombre de una sola vez, y están pro­
vistas de enormes y agudos dientes. Son tan espantosamente repul­
sivas, enormes y feroces, que no hay nadie en el mundo (...) al que
no causen horror.

— anim ales m íticos.


• El p á jaro rock:

In ista India T e rtia su n t aves quaedam quae Roe vocantur, ita mag-
nae quod de farili elev an t unum elephantem in aere; ego vidi quem-
dam qui d iceb at se vidisse unam de illis avibus, cujus solum una ala
tenebat in longitudincm palm as octoginta (Jourdain de Séverac33).

(«En esta India T e rce ra hay unos pájaros llamados rock. Son tan
grandes, que llevan un elefante por los aires con facilidad. Yo mis­
mo m e he e n c o n tra d o con un hombre que decía haber visto uno de
estos p á ja ro s, una de cuyas alas, sola, tenía una longitud de ochenta
palmos»).
• Los grifos:
Según M andeville34, tienen la fuerza de ocho leones y de cien
águilas. Pueden llevarse p o r los aires un caballo con su jinete, o dos
bueyes y la c a rre ta correspondiente.

31 Rubrouck, capítulo X X I; Bergeron, col. 39; Soc. Géo., p. 266.


,3 Marco Polo, capítulo 122, pp. 27S-279.
Jourdain, capítulo 5, p. 56.
Mandeville, pp. 163-164.
2) Pequeñez: los tradicionales pigm eos:

H. Condier estudia detalladam ente esta leyenda en sus n<n,isj


O d o rico'5. Todos nuestros viajeros hablan de pigmeos (Kuhimidl
Jourdain, Odorico, M andcville...).

Fig 26

D e acuerdo con una tradición que se rem onta hasta la Anl$!f


dad (véase por ejem plo Plinio, Historia N atural, X .30,1-3), losPj
m eos sufren la persecución de las grullas, con las cuales comba*
gran parte del año, hasta que los pájaros emigran. ¿Por qu^
ta n in c o m p a tib le s p ig m eo s y g ru lla s ? La respuesta quC
en el aire...
vit^
E ntre los pigmeos, todo aparece reducido, incluso el ciclo

Estos pigmeos son gentes pequeñas. No tienen más de tres p®1


de altura. Son bellos y graciosos dentro de su tamaño; hombres y^
jeres se casan y tienen hijos a los seis meses de edad, y viven
lo más siete años (Odorico3536).

M andeville añade 37 que «si viven ocho tiénenlo por muy V1

35 Pp. 348-355.
36 O d o n co , capítulo XXIV, p. 345.
37 M andeville, p. 136.

150
B) L a rg a o c o r ta vida:

1. B re v e d a d d e la vida: véase H «aso <le los pigm eos, recién


m en cio n ad o .
2. L o n g e v id a d , e s u n su en o relacionado con el mito de la
in m o rtalid ad .
— El Arbol d e l S o l y d e la L una, sustituto del Arbol de la V ida,
procura, s e g ú n M a n d c v ille ™ , una extraordinaria longevidad:

Y se dice q u e el sacerdote y las otras gentes que guardan estos ár­


boles com en sus frutos y su bálsamo, y que viven cuatrocientos o qui­
nientos artos, p o r la virtud de* esos frutos y de esc bálsamo.

M as, es c la r o , e l a c c e s o a e sto s árboles del Sol y de la Luna se


ve d ificu ltad o p o r d e s ie r to s in fran q u eab les, ya que están infestados
de «bestias s a lv a je s y d r a g o n e s » 19.
M arco P o lo , q u e g e n e r a lm e n te brilla por su realismo, dice ha­
ber visto e n la I n d ia , e n la p ro v in c ia de Lar, a los «brahmanes», re­
ligiosos q u e « v iv e n e n t r e c ie n to cincuenta y doscientos años
La razón d e ta l lo n g e v id a d e s trib a tan to en su sobriedad y absti­
nencia c o m o e n u n b r e b a je q u e to m an dos veces al mes:
pues cogiendo algo de azufre y azogue, los mezclan, y añadiéndoles
agua hacen un b reb aje q u e, cuando lo beben, alarga la vida, según
aseguran41.

V. S u s t i t u c i ó n d e u n e l e m e n t o h a b it u a l po r o t r o
IN S Ó L IT O

A) D ife re n c ia s d e o r d e n físico o anatóm ico:


L G a llin a s c o n la n a (fig u ra 27):
En China hay «gallinas» que «no tienen plumas como las nuestras,
sino lana com o los corderos» (O dorico42).

C o rre s p o n d e n a u n a r a z a q u e ex iste en realidad.


2* S eres q u e c a m in a n c o n la s rodillas:

Gtra isla hay cerca d é sta , en la cual hay gentes que andan sobre las
Rodillas m uy m arav illo sam en te, porque parece que a cada paso de­
b e n caer; e tie n e n en cada pie ocho dedos43.

3v ¡)1a n d c v ,lle, c a p ítu lo 3 2 , p . 401 d e la ed ició n citada por el autor.


4(1 v;a n d e v ‘lle . p . 174.
<i v*a rco P o lo , c a p ítu lo 180, p . 433.

^ r*st ó l c a p h u l o X X I , p . 2 6 3 . C f. ta m b ié n M arco Polo, capítulo 158. p 358;


v? C o ló n , C u a r t o V ia je , p . 199.
Mandeville, p. 137.

151
Fig. 27

gano su p eréq u m ad o 'e n 'l? 1' 61116 c o n tra d itto n a s - ya <lue el P¡t'
creadas por analopí» ro S|U CaS0’ no *es sirve Pa ra naíla‘ Pare
¡nes en la rodilla- no n> nJ OS ín o n struo s q u e carecen de articula'
’en tierra, y se ven nSi-6 j lncorP ° ra rs e p o r sí solas cuandoci
piernas. *gadas a a rra stra rse so b re las rodillas o
3 c
en lugar de boca tien en d o s pequeños o rifa0*

Fig. 28
152
B) D if e r e n c i a s r e la tiv a s a la alim entación:
1. L o s a s to m o r i ( m o n s t r u o s sin boca). Son seres que no se ali­
m entan s in o d e o l o r e s . M a n d e v ille 44 extiende esta particularidad a
criaturas q u e e n a p a r i e n c i a n o tie n e n ningún carácter m onstruoso:

Los que en esta isla m oran, no labran ni cavan (...) Aquestas gentes
desta isla viven del olor de unas manzanas salvajes, y como ellos van
a otra parte, ellos lievan las manzanas consigo, porque si ellos per­
dían el olor de las m an zan as, ellos morían luego.

2. A l c o n t r a r i o d e e s t o s s e r e s q u e no comen, hay otros que co­


men to d o lo q u e le s v i e n e a m a n o . E sta es, según Plan de Carpin 45
una c a ra c te rís tic a d e l o s t á r t a r o s , d e quienes ya hemos visto su na­
turaleza « d e m o n ía c a » :

Cibi e o m m s u n t o m n ia quae mandi possunt.

(«Su alim en to e s to d o aquello que puede ser comido»).

Estos a lim e n to s n o s o n n e c e s a ria m e n te repugnantes, pues inclu­


yen p erro s, lo b o s , z o r r o s , c a b a llo s ... P ero Plan de Carpin añade,
con d e sa g ra d o , q u e lo s t á r t a r o s c o m e n tam bién piojos, ratas, rato­
nes, sin c o n ta r « to d a s la s p o r q u e r ía s q u e las yeguas expulsan al na­
cer los p o tro s » (s in d u d a la p la c e n ta , de aspecto, en efecto, nada
apetitoso p a r a el c o m ú n d e lo s m o rta le s ; tal costumbre, ¿tendrá
algo de s im b ó lic o e n u n p u e b l o d e jin e te s? ).
La a lim e n ta c ió n e s u n e le m e n to im p o rtan te en la transforma­
ción del in d iv id u o ( n o h a b l a r e m o s a q u í d e la antropofagia). Puede
Producir m u ta c io n e s m o n s t r u o s a s , c o m o las del siguiente apartado.

~ * Sustitución del lenguaje humano p o r un «lenguaje» animal:


egun Mandeville46, los habitantes de la isla de Tacorde

comen carne d e c u le b ra s y sierpes, y por cuanto ellos comen tales


iandas, e no fa b la n n a d a , mas silban unos en pos de otros, como
s,erPes (figura 29).
En j
Princinin^ 11 ^°S ^ n<^m e n o s m o n s tru o s o s constituidos a partir del
d e s u s tit u c ió n , p u e d e c ita rs e la «m ar de arena»,

^ e a ^ r l 0^3 ó í a rÜn a y P ° Ivo>sin gota de agua, la cual arena se mué-


grandes h o n d a s, a m an era de la mar (Mandeville47).

<4
« BcT0devi"<=. P- 173
Be fiftarííe oománbus ferpcntest£c lucano z 'SJirgihc,
KSrfozuma piYllie fertur gms: vírica térras
\ 11/íiÍ® m colíta too ferpentuminnona mozfu*
i fi&armaridepffllúpar üngua/potcnnbus bcrbi?,
duin ctfi&arrubia venirx>cgente facerdos:
Spargerc qui fomnoe/cantU($manuefc folebat
Vipéreo generriet grauiter fperánbus b^drist
fiPmlcebatqj iras:et mozfus ane leuabau
Fig. 29. Sébasiien Brant: Fables d'Ésope, fol. 178 verso.

VI. M ezcla d e r e i n o s : a n i m a l , m i n e r a l , vegeta

A) Animal-vegetal:

1. El ejemplo más famoso es el del cordero vegetal. Numert>


viajeros aluden a él o lo describen. D os de los nuestros, Odón'
Mandeville4*, hablan de él prolijam ente. Odorico le presenté'
«una gran maravilla oí contar y afirm ar a gentes dignas de fe T
yo no la he visto». En efecto, en las m ontañas «caspias»:

crecen unos frutos maravillosamente grandes. Cuando están®,


ros, se les abre y se encuentra una bestezuela de carne viva.a

** Odorico, capítulo XXVII, p. 425, Mandeville. pp. 160-161.

154
un c o rd e rito , y se com en esos frutos v esas bestezuelas (cf. figura 7,
y figura 30).

E s ta c ria tu ra m a r a v illo s a n o p re o c u p a ú n ic a m e n te a los v ia je ­


ros. S e ñ a la H u iz in g a en E l otoño de la Edad Media 49 que Luis X I
so stien e c o rre s p o n d e n c ia c o n L o re n z o de M édicis (...) acerca de un
agnus d e iy un p ro d u c to v e g e ta l lla m a d o tam b ié n agnus scythicus,
que p a sa b a p o r s e r ta n ra ro c o m o m ilagroso.
L a c ita d a p la n ta -a n im a l in te ­
resará m u c h o a los v ia je ro s h a s ­
ta el siglo X V II: el b a ró n Sig-
m und d e H e r b e r s te in , q u e hizo
un viaje a R u sia (d e 1 5 1 1 a 1526)
y d e jó u n a re la c ió n la tin a de su
itin erario ; O le a riu s , a u to r d e un
Voy age d e M o s c o v ie a p a re c id o
en 1636; J e a n S tru y ss, q u e visi­
tó el m ism o p a ís tr e in ta añ o s
d e s p u é s . H e n r i C o r d i e r c ita
fragm entos d e to d o s ellos e n sus
notas a O d o ric o 50.
La le y e n d a d e e sta p la n ta
m aravillosa n o d e ja d e te n e r al­
gún fu n d a m e n to re a l. E ste c o r­ Fig 30
dero tá rta ro o a g n u s S c y th ic u s,
llam ado b a r o m e tz o b o r a m e tz en ruso (que significa «cordero»),
co rresponde a u n a p la n ta c ata lo g a d a en la Botánica entre las poli-
podas. M e jo r q u e u n a d efin ic ió n botánica preferim os la descripción
que de ella h a ce O le a riu s 51*: ofrece un carácter de evidente reali­
dad, b a sa d a e n la o b s e rv a c ió n (ello pese a que no se trata de un
testim onio d ire c to , p u e s O le a riu s a p o rta el de varios nativos), mas
la descripción tie n e , p e se a to d o un encan to relacionado, de lejos,
con lo m a ra v illo so :
Se nos asegura que cerca de Sam arka, entre el Volga y el D on, se
encuentran una especie de melones, o más bien calabazas, con as­
pecto de c o rd e ro , del cual este fruto representan todos sus miem­
bros, u n id o a la tierra p o r el tallo que le sirve de cordón umbilical.
C u a n d o crece cam bia de lugar, en tanto se lo permite el tallo, y hace
que se seque la h ierb a allí donde está. Los moscovitas llaman a eso
pastar o p ace r, y dicen tam bién que cuando está maduro el tallo se
seca y el fru to se recubre de una piel velluda, la cual se puede pre­
parar y e m p le a r c o m o forros. Llam an a este fruto b o r a m e z , es decir,
co rdero ( . . . ) . Iu l. Scalígero lo menciona en su E x e r c it., 181, y dice
que este fru to crece continuam ente mientras no le falte hierba, y que

5o C ap ítu lo X III, p 288.


5. Op. c it., p p . 426-432.
tbid., p p . 429-430.

155
no mucre sino por falta de alimento. Añade que no hay an>r
que lo coma sino el lobo, y que las gentes se sirven de él paraa¿
par al dicho lobo; esto también lo dicen los moscovitas.

Aunque en esta narración la planta no sea sino eso, una plan::


subsiste la comparación con el animal, y los verbos pastar opac»
son las señales más aparentes de ello.
Angelo de Gubernatis, en fin ofrece algunas hipótesis interesar,
tes a propósito del cordero vegetal52: relaciona esta fábula conle­
yendas indias y añade unas consideraciones anomásticas que po­
drían explicar cómo se ha formado este ser.

2. Esta leyenda presenta alguna analogía con la del árbol de &


ocas. El propio Odorico establece un nexo entre el cordero dei
Escitia y las «ocas que en Irlanda crecen en los árboles5354» (cí. a-
pra, capítulo II). ¿Puede, acaso, haber sido influenciado por sucar
pañero de viaje, el hermano James, fraile irlandés? Por lo deirí.
ocurre que esta historia irlandesa es también muy conocida'J. \ q-
su ámbito geográfico no se limita a aquella isla.
Para todo lo relativo a este asunto es preciso consultar el cap;
tulo IV de La Edad Media fantástica, de J. Baltrusaitis, titulada
«Arabescos fantásticos», que se ocupa esencialmente de las plantas
zoomórficas. Señala que
El sistema es de origen asiático y se propaga generalmente sobre
todo bajo formas orientales. La planta abierta en animales aparece
ya sobre los sellos de Mohendjo-Daro, en el Indo, a comienzos*
tercer milenio a.C.55.

Estos motivos aparecen igualmente en tejidos, cerámica, manus­


critos, en todos los objetos apropiados para circular y propagar su5
estilo. Según J. Baltrusatis,
es en los siglos XII y XIII cuando se produce la difusión másinteo-1
sa: en la decoración de los cobres incrustados, sobre los tejidos> I
la cerámica56.

La leyenda irlandesa del árbol de las ocas se explica por el ^


cho de que el tema penetró bien pronto en Occidente:
Lo encontramos no solamente en Italia durante el siglo VIII. ,0
do de tejidos mesopotámicos e iraníes, sino también en el artece
que se inspiró en tejidos coptos57.

•'*’ Mvthologtc des plantes, t. I, pp. 30-31.


Odorico, p. 425
54 Cf. supra, capítulo II, pp. 62 y 64.
55 J. Baltrusaitis, op. cu., p. 113.
* Ibid., p. 114.
Ibid., p 117.

156.
E sto ultim o es lo que pudo hacer creer a Odorico que la leyen-
da^ de origen oriental, era auténticam ente irlandesa.
N o hem os hallado mención del árbol en que nacen pájaros sino
en O dorico y en M andeville. Si creemos a Baltrusaitis, ello se ex­
plicaría p orque

sin embargo, la v e rd a d e ra eclosión occidental de todas las varieda­


des del tema e n e s ta d o p u ro , se produce en los manuscritos de la se­
gunda mitad del sig lo XIII y del XIV58.

Estas excrecencias animales que invaden el mundo vegetal tie­


nen, por lo ta n to , origen en fantasías ornamentales. El caso de la
«planta de fru to s zoom órficos» es complejo; deriva de «una doble
tradición: o rn a m e n tal y legendaria59».

B) V egetal-hum ano.
1. Con to d o , el árbol de fruto zoomórfico, de origen oriental,
evoluciona, b a jo la influencia musulmana60 hacia un género supe­
rior, y llega a d a r fru to s antropomórficos. En nuestros textos he­
mos hallado pocas alusiones a este árbol, lo que puede parecer sor­
prendente dada la a b u n d an te producción iconográfica del tema. No
habla de ello O d o ric o , según el manuscrito publicado por Cordier,
pero un códice italian o del siglo XlV60b,s que contiene únicamente
el texto de O d o rico y una breve narración del viaje de tres frailes
al Paraíso T e rre n a l, incluye un pasaje muy interesante:

Quivi udi dire che sono albori che producono uomine e femmine a
modo di frutti, e sono di grandezza un gomito, e sono fitti nelTalbo-
re insino al bellico, e c o s í istanno; e quando trae vento c sono fres-
chi, e quando n o n, pare che si seccano. Questo non vidi io, ma udilo
dire a persone che i’aveano veduto.
(« O í decir que hay árboles que producen hombres y mujeres a modo
de frutos, del tam año de un codo, y están sujetos al árbol por el om­
bligo, y así están; y cuando sopla el viento están frescos, y cuando
no, parece que se secan. Esto no lo he visto yo, mas lo oí contar a
personas que lo habían visto»).

Esta leyenda p e rte n e c e a un grupo de fábulas agrupadas en tor­


no al wak-wak. B altru saitis habla de ello con morosidad, y parece
apropiado citar a q u í un ex ten so fragm ento de las páginas que dedi­
ca al tema:

” P 118.
M lbld . P 123.
B altrusaitis, op. cit., pp 127-128.
cía f ? " ,a *S czionc P alatina- de la Biblioteca Nacional de Floren-
ncó iñ n. ’ 7 t S C m a n u s c n ,o de Y ule había elegido para editar el texto de Odo-
• io que constituye un s e n e em peño

157
La visión debe relacionarse con los cuentos árabes relativos ;i los
boles que producen seres vivos, difundidos a partir del siglo VIH
El cuento ha tenido varias versiones. Según unas, este árbol mar.i
vilioso de una isla lejana, lleva sobre sus ramas las cabezas de los hi­
jos de Adán; al amanecer y por la noche grita «wak-wak» y canta
himnos al Creador. Para otros, tiene como frutos cuerpos completos
de mujer y su reclamos «wak-wak» son un mal presagio. La leyenda
se nos cuenta en Los libros de maravillas de India, escritos en el si­
glo X, en el cual aparece un árbol cuyos frutos, parecidos a calaba­
zas, ofrecen algún parecido con una cara humana. Pero su primera
mención la encontramos en una relación china. T'ong-tien (...) Otra
variante figura en el Kitáb al-haiyawán de al-Djahiz (859). en el que
el wak-wak produce animales y mujeres suspendidos por los cabe­
llos. Estas últimas están coloreadas y no dejan de decir «wak-wak.'.
Se callan y m ueren cuando se las se p a ra del árbol. Según el Knáb
al-dejaghrafiya de un geógrafo an ó n im o de Almería del siglo XII es­
tas plantas crecen en la isla W akw ak, que se encuentra en el mar de
China. Sus hojas se parecen a las de la higuera. Los frutos comien-1
zan a form arse al com ienzo del m es d e m arzo , momento en que se B
ven aparecer los pies de las m uchachas. Los cuerpos surgen en el fi
mes de abril, la cabezas en el de m ayo. E stas muchachas son mag- 8
niñeas y adm irables. C om ienzan a c a e r a comienzos de junio, y a me- Ij
d ia d o s de m es ya h a n d e s a p a r e c id o . Cuando caen, gritan fi
«wak-wak»61.

Mandeville no m enciona este árbol fabuloso, mas parece haber


visto algo parecido cuando habla del árb o l d e las ocas; los pájaros'
viven m ientras están unidos al árb o l, luego «caen en la tierra (,..)f j
y no viven más»61*”1.
Es en un texto bastante tard ío , en fin, d o nde hallamos algo muy j
parecido al wak-wak. Pigafetta, en quien descubrim os siempre un
intenso realismo y un espíritu b astan te escéptico, encuentra en la
Insulindia un árbol con hojas vivas;
Lo que hallé más extraño fu ero n unos árb o les cuyas hojas, al caer,
se anim aban. Son sem ejantes a las de m o re ra , o más largas, con pe­
ciolo corto y puntiagudo, y cerca del peciolo, a ambos lados, tienen
dos pies. Si se les toca, se escap an ; p ero al partirlas no sale sangre.
G uardé una durante nueve días en una caja, y cuando la abría se pa­
seaba alrededor; opino qu e viven del aire62.

2. Los árboles del Sol y de la L una están emparentados con el


w a k-w a k, pues son árboles p a rla n te s. Según Mandeville63, son es­
to s los que «hablaron a A le ja n d ro y le significaron su muerte». U
leyenda fue conservada por los á ra b e s, que la asociaron a la epo­
peya de A lejandro M agno desde com ienzos del siglo XI64. Al pnO’

61 J. Baltrusaitis. op. cit.. pp. 123-124.


6lb,‘ mandeville. p. 161.
62 Pigafetta. p. 108
63 Mandeville. p. 174.
M J. Baltrusaitis. op. cit., p. 124.

158
a p io , esto s á rb o le s estab an dotados únicamente de palabra, y en
las ilu stracio n es o p o rtu n a s no figuraban cabezas. D espués, de
acuerdo con u n a evolución bien comprensible, fueron provistos de
ellas; así es c o m o a p arec en en el / .ibr<> de tu\ Maravilléis del duque
de B e r r y . L o s á rb o le s de Jesé, el árbol heráldico del Mal66, se re­
lacionan con e s ta tra d ic ió n . De este modo, la Edad Media adapta
también el le g e n d a rio árbol

a sus sistemas religiosos y simbólicos (...) I.a planta con cabezas hu­
manas cam bia constantemente de significación, desde la alquimia
hasta los emblemas morales67.

Si las p la n ta s p u e d e n d a r fru ­
tos hum anos, d e los h um anos
pueden, ig u a lm e n te , b ro ta r ra ­
mificaciones v e g e ta le s . E s al
menos lo q u e p a r e c e h a c e r
creer, como si d e u n a ilusión ó p ­
tica se tra ta se , un g ra b a d o en
madera de la seg u n d a edición de
Mandeville h e ch a en A u sg b u rg o
por Antón Sorg, d el q u e no h e ­
mos hallado c o m e n ta rio alguno
en el texto.
3. O tra c ria tu ra m uy c o n o ci­
da ilustra la e stre c h a relación
existente e n tre los re in o s h u m a ­
no y vegetal: la m a n d rá g o ra . Son sus raíces las que tienen forma hu­
mana, de h o m b re o d e m u je r, según el caso. No nos detendremos
a estudiar aq u í e sta le y e n d a bien conocida y abundantemente ana­
lizada durante siglos. Se h a lla rá n muy interesantes observaciones y
un resumen de los a sp e c to s m ás im portantes de esta cuestión en el
trabajo de Ivar H a llb e rg , p p . 213-217.

C) M ineral-anim al.
Los m inerales, q u e p a re c e n m ucho m enos provistos de vida ani­
mal que las p la n ta s, p u e d e n ta m b ié n e star animados de una sorda
ebullición in te rio r. E n c ie rta s ép o cas del año, las piedras preciosas
despiertan a una v id a q u a si a n im a l; hay entre ellas masculinas y fe­
meninas, y si se d a n c ie rta s co n d icio n es, engendran y conciben, se
multiplican según un p ro c e s o sin d u d a tan primitivo como el de los
protozoos, que se d iv id e n y re p ro d u c en a partir de una célula
informe.
1. Hay una c re e n c ia q u e se re m o n ta hasta la Antigüedad, y que

«, w*aSC ' PP D O y 134; ta m b ié n H. O m onr. L e Livre des Merveilles. p. 190


„ Véase J. B altru saitis, o p . c it.. p p . 129. 133-134.
i Baltrusaitis. o p . c it.. p. 134.

159
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fpvcc#c tncyfkv fca$ cp fo fte fo t<i
tc* t$ tyt vff pro & vñ mt affo fa
mere* fúitvñ fofa# wfirqcOi trací'icrt
mt ir»Ser afccfirofccr fie wcr&c gcttwcffr vó frmflcii v» c itfo 5<(laü'
Fig. 32. Johannes de Cuba, Hortus sanitatis, Mainz 1485 (foto Univer^
bibliothek, Bile).

160
^ r c r t c j c t m c r t / ? r u u v n
c i T c r í p t t o M - r x > r t í>
^ r o e r t fa x r < x rx ‘b r r
v t i W f

v>*

^ X * '
aparece nada menos que en Plinio: la perlas nacen del rodo. 1:
abundancia de rocío y de ostras en una región hace creer que alii
se hallarán numerosas perlas. Es una deducción que hace Las Cu­
sas, resumiendo una idea de Cristóbal Colón:
Añade a este propósito que si es derto que las perlas nacen del ro­
do que cae sobre las ostras entreabiertas, como afirma Plinio, hay
razones más que suficientes para hallarlas en estas regiones. En efec­
to, el rodo es allí muy abundante, y las ostras, muy numerosas y ¡
muy grandes68.
Las Casas añade por su cuenta una amplia disertación sobre ¡a I
vieja teoría del origen de las perlas a partir del rocío, señalando to-1
das las fuentes antiguas y comentando que quienes tienen dudas I
acerca de esta cuestión de historia natural son escritores «moder* I
nos y sin mucha autoridad»69.
2. Mandeville, que ha escrito un lapidario, se enorgullece de te-1
ner cierta autoridad en la m ateria, y extiende la sobredicha partí-1
cularidad de las perlas a los diamantes:
Y ende crescen así como por las montañas o rocas donde hay menaj
de oro. Y allí crescen ellos en uno, según arriba es dicho, y crianse*
del rocío del cielo, y ellos los cavan así siempre, y los pequeños son|
machos que se aumentan y crescen todos años. E yo he visto mu-1
chas vegadas esto, que hombre los conserva con una poca de la minag
de la roca donde ellos crescen. La cual mina falla hombre al ca ­
bo de alto, y mójalos hombre muy a menudo con el rocío de mayo,o,
y ellos crescen todavía; y entonces los pequeños se facen grandes y
bien gruesos, según su natura, porque así como la perla se engruesa
del rocío del cielo, así mesmo se face del diamante70.
Si Mandeville ha hecho la experiencia a menudo, no hay razón
alguna para ponerlo en duda: el milagro está al alcance de todos.
Tal creencia, sin embargo, no es una aberración propia de .Mande­
ville; se une con el mito de la Terra Mater. Dice Mircea Eliade:
Si la Tierra es una Madre viva y fecunda, todo lo que produce es*
la vez orgánico y animado; no sólo hombres y plantas, sino también
piedras y minerales71.
Las piedras son consideradas como embriones de la tierra:
Si la tierra es asimilada a una Madre, todo lo que encierra en suen-
trañas es homologado a embriones, a seres vivos en proceso de n+
duración, es decir, de crecer y desarrollarse72.
Las minas son como «la matriz de la Madre-Tierra»73.

68 y 69 Las Casas, 1.135; cf. Oeuvres de C. Colón, Gallimard, n 47. p 1


70 Mandeville, p 104.
71 Mircea Eliadc, Myihes, réves el mystéres, p. 208.
72 y 73 Ibid . p. 209.

162
Bajo apariencias fabulosas e ingenuas, la Edad Media, al negar­
se a levantar una barrera clara entre un reino y otro, no está muy
alejada de la opinión de nuestros primeros naturalistas «científicos».
Buffon (His. N aí., Discurso Primero; citado por Robert, Artículo
Regne [«reino»]) sospecha que esas «grandes divisiones» no se ha­
llan en verdad tan separadas unas de otras como suele creerse:

Preveo que se nos podrán hacer dos objeciones; la primera, que esas
grandes divisiones que consideramos como reales no son, quizá,
exactas; que, por ejemplo, no estamos seguros de que se pueda tra­
zar una línea de separación entre el reino animal y el vegetal, o bien
entre el reino vegetal y el mineral...

En cuanto a F. M oreau (Introducción, p. 12, Pléiade; citado por


Robert, ibid.), va más lejos, al afirmar que

A los ojos del naturalista, zoología y botánica son inseparables... Sin


embargo, el mundo vivo es tan vasto que los científicos han mante­
nido, pese a la identidad radical de los dos reinos, el hábito de con­
servar la distinciones admitidas por los profanos...

Esta división en reinos de la Naturaleza es considerada casi como


una convención.
Hay sin duda diferencias entre una actitud como la citada, que
renococe un m argen de interferencia entre los reinos de la Natura­
leza después de haber constatado y sobrepasado los límites clasifí­
catenos, y la actitud de la Edad Media, que mezcla en un mismo
crisol seres anim ados e inanimados. Pero queda en pie, más allá de
ambas actitudes y de lo que las une, una convicción que se impone
con vigor:

«el mundo vivo es tan vasto...»

Que cada quien saque su propias conclusiones, unos en favor


de alguna clasificación, incluso errónea, llevados por la necesidad
de alguna especie de ordenam iento; otros, en favor de una prolife­
ración y de una interpretación, llevados por la necesidad imagina­
tiva, y también porque la vitalidad de la Naturaleza se impone con
demasiada fuerza.

163
v il. M ezcla d e sex o s , d is o c ia c ió n d e sexos

A) Mezcla de sexos:

Fig. 34. Andrógino.

1. La mezcla más conocida es la del andrógino, que es a lava


macho y hembra (figuras 34 y 3 5 ). H artm ann S chedel ofrece dos
ejemplos en su Chronica Mundi.
2. Una variante más com pleta; existen seres con d o b le sexuafr
dad, y según el caso, utilizan un órgano u otro para reproducirse

Hay en otra isla unos hombres y mujeres que se tie n e n en unop*’


gados, y no tienen más de una teta. E tienen m ie m b ro s de hombrt
y de mujer cada uno dellos; y usan de aquel que q u iere n , y el
para como mujer, aquel se empreña y pare h ijo s (Mandeville™

B) Disociación de sexos:
1. Desde los tiempos antiguos existe la leyenda de las «isla
cho» e «islas hembra», como las llama M arco Polo75. En esasis*

74 Mandeville, p. 132.
73 Marco Polo, capítulo 192, pp. 456-458.

164
F ig . 35. A n d ró g in o .

Fig. 36 Fig. 37

cada sexo vive se p a ra d o u n o del o tro ; en una habitan los hombres,


en otra las m ujeres. L os p rim ero s pasan tres meses en la isla de las
mujeres (m arzo, ab ril y m ay o , según M arco Polo), tras de lo cual
regresan a la suya. Si las m u je re s traen al mundo varones, los en­
vían a la isla de los h o m b re s.
2. Es leyenda la a n te rio r próxim a a la de las amazonas si bien
ni Marco Polo, J o u rd a in de Séverac ni Mandeville utilizan tal pa­
labra a propósito d e esas m u je re s isleñas, que al igual que las ama-
zonas son terribles guerreras. P edro M ártir de Anglería dice a,
narrar el segundo viaje de C olón 76 que

si se las persigue, se defienden con flechas, con las que son muy h.
biles y certeras.

En todo caso, el propio C olón creía firm em ente en esta leyen­


d a, como atestigua este pasaje suyo77:

Dijéronle los indios que por aquella vía hallaría la isla de Matmir,
que diz que era poblada de mujeres sin hombres, lo cual el Alrr
rante mucho quisiera por llevar diz que a los Reyes cinco o seis de
ellas (...), mas diz que era cierto que las había.

Esta segregación recuerda uno de los aspectos de la leyenda de


los cinocéfalos; el paralelo hom bres/m ujeres-perros/m ujeres permi­
te ver acaso en estas dos historias un elem ento c o m ú n , ante la apa
rición de una expresión simbólica del sistem a de oposición natuu-
leza/cultura. Los cinocéfalos, salvajes que com en cosas crudas, c
acoplan periódicamente con m ujeres herm osas y civilizadas (saben
cocer sus alimentos, lo que indica un estadio más evolucionado!
Los varones nacen cinocéfalos; las hem bras, to ta lm e n te humanas
Marco Polo, que ha visitado las «islas m acho» y las «islas
hembra», no vio cinocéfalos. A n o ta que los h a b ita n te s de estas is­
las, hombres y mujeres, son

cristianos bautizados, y se atienen a la fe y las costumbres del Viejo


Testamento7*.

Marco Polo no dice esto como explicación a tan extraña sepa­


ración, mas podría servir, en p arte, com o tal, y los hechos son dig­
nos de tenerse en cuenta:

pues cuando una mujer está en cinta su marido no vuelve a juntar#


con ella hasta que pare ; y aún después sigue apartándose de elladu­
rante otros cuarenta días79.

N ueve meses de gravidez: no quedan sino o tro s tres de poslblí


cohabitación.

76 En Voyageurs Anciens el M odernes. t III. p 144.


77 C olón. Primer Viaje, miércoles. 16 de enero de 1493: pp 131-1-
7M M arco Polo, capítulo 192. p 456.
w Ibid.. p 456

166
VIII. H ibridación

D esignam os con este término genérico de hibridación a todos


los seres constituidos po r elementos anatómicos dispares que alte­
ran el aspecto físico norm al.
No es térm in o utilizado aquí en su sentido estrictamente bioló­
gico. Se llam a hibridación

a un cruce entre sujetos que difieren al menos en la variedad. En la


práctica, las hibridaciones entre variedades, especies diferentes, son
corriente: entre géneros distintos son extremadamente raras80.

Se excluye, en to d o caso, que la copulación entre un ser huma­


no y un anim al p u e d a ser fecunda. Los monstruos «híbridos» más
frecuentes son, precisam ente, seres en que se mezclan elementos
humanos y anim ales. Se trata de una tradición tan sólidamente an­
clada en la im aginación que Robert no puede por menos de citar
este pasaje de J. C aries81:
Una leyenda muy difundida en ambientes populares explica el ori­
gen de los monstruos por medio de hibridaciones fantásticas atesti­
guadas por narraciones en que la precisión aumenta conforme se ale­
jan de su fuente. Los gametos humanos no se sienten más atraídos
por los gametos de otras especies que por las motas de polvo... Ello
es cierto no sólo por lo que a los animales domésticos se refiere, sino
también con respecto a los monos, pese a lo que puedan decir los
periódicos de la tarde.
El tem a de los p arto s monstruosos pertenece a todos los tiem­
pos y a todas las culturas. Plinio explica (Hist. Nat., VII.2) el na­
cimiento de criaturas m edio humanas medio animalescas por la co­
pulación de seres hum anos y de animales. De igual modo explica
Plutarco la existencia de m inotauros, silvanos, egipanes, esfinges y
centauros.
Los partos m onstruosos eran asunto corriente durante la Edad
Media, de éxito creciente hasta llegar al paroxismo en el siglo XVI,
cuando hicieron las delicias de Licóstenes, André Thévet, Conrad
Gessner, Sebastian M unster, Ambroise Paré y otros cosmógrafos o
naturalistas m uy serios. Los grabados que ilustran las obras de es­
tos autores re p re se n ta n seres «reales» que tienen, como todo el
mundo, fecha y lugar de nacimiento.
Si la «hibridación» e n tre hombre y animal es extremadamente
frecuente, la que se p roduce entre animales de especies y géneros
diferentes ha conocido tam bién éxito prodigioso. Son estos dos sis­
temas, llevados h asta sus límites más extremos, los que hacen de

Dictionnaire e R o b e n , artícu lo «Hybridation».


J. C aries, L a F écondation. V. p. 103 (edición PUF).

167
los monstruos del Bosco criaturas ta n originales, en las que las po
sibilidades de renovación son infinitas.
A ) Los m onstruos híbridos de anim ales diversos son muy va­
riados, y la imaginación puede dedicarse a ellos hasta la saciedad
siendo ilimitado este m étodo de «fabricación», no es posible aden­
trarse en su mundo.
1. Para dar una idea, b astará o frecer a la reflexión del lector un
artículo publicado en cierto diario regional con fecha del 18 de fe­
brero de 1974; desde la E dad M edia, el gusto apenas ha cambiado
y los métodos de com posición son los m ism os:
Un monstruo que sería una curiosa y espantosa mezcla de león, leo
pardo y perro, aterroriza desde hace cuatro meses a los habitante'
de la región de Bungoma, 480 kilómetros al oeste d e Nairobi, en
Kenya.
El terror producido por «el monstruo de Bungoma» ha provocado
la movilización de los guardas forestales de una comarca agrícola de
130 kilómetros cuadrados. Según los habitantes de las aldeas, cente­
nares de cabras, corderos, vacas y perros han sido víctimas del
monstruo.
De acuerdo con las descripciones hechas por los indígenas, el animal
en cuestión tiene las garras y la ferocidad del león; los dientes, cue­
llo y cabeza del tigre; las manchas amarillas y negras del leopardo,
y el instinto olfativo del perro...
Así term ina el artículo; su a u to r, aparentem ente, no ha sentido
la menor necesidad de poner algún distanciamiento ante un hecho
tan «diferente»: el últim o párrafo p o d ría h ab er sido escrito literal­
mente por cualquiera de nuestros au to res medievales.
2. León A fricano82, citando las narraciones de historiadores de
Africa (pero la receta no es exclusiva de ese continente), escribe
que, en ocasiones, el águila se ap area con la loba; la gravidez de
ésta es tan m onstruosa, se hincha hasta tal punto, que acaba por
reventar:
n’esce fuori un dragone, il quale ha il rostro le ali di ucello, la coda
di seipe, i piedi di lupo, et il pelo pur di serpe macchiato di diuersi
colorí.
(«Y nace un dragón, el cual tiene cabeza y alas de pájaro, colade
serpiente y patas de lobo, y piel de serpiente tachonada de colore1
diversos»).
A ñade el autor que no ha visto personalm ente tal criatura, pe*0
non dimeno é fama publica per tutta l’Africa, che si vide que110
mostro.
(«sin embargo, es fama pública en toda Africa que tal monstruo p1^
de verse»).

82 E n R am usio. t. I. fol. 102B.


D e m ás so b ria com posición, pero de reputación universal es el
grifo, uno de los m ás célebres animales híbridos:
A lgu no s dicen que los grifos tienen el cuerpo como águila delante y
detrás com o león; y dicen en ello verdad, mas su cuerpo es mayor
y más ancho que del león y más fuerte es que cien águilas (Man-
deville83).

P ara e sta categ o ría de monstruos, basta el expediente de citar


alguna c ele b rid a d , com o la manticora. con triple fila de dientes,
ojos v erd es, ro s tro y orejas de hombre, color rojo sangre, cuerpo
de león, cola de escorpión, voz que parece un concierto de flauta
y tro m p eta, d e gran rapidez, y que se alimenta con preferencia de
carne h u m an a. (L a descripción más completa, en Plinio, Hist.
Nat., V III.75).
B) C u a n d o el procedim iento se reduce al mínimo, los anima­
les se co n ten tan con cam biar de cabeza. Según Jourdain de Séve-
rac84, los cocodrilos tienen «cabezas como de puerco» (caput ha-
hentia sicut p o r c i), y A nto in e de La Sale85 ofrece una imagen sor­
prendente de la fau n a subm arina islandesa:
Se ven allí pescados monstruosos muy maravillosos, pues por delan­
te unos tienen aspecto de caballos, otros de bueyes, otros de cier­
vos, otros de cabras, otros de perros, y otros parecen hombres y mu­
jeres de cintura para abajo, y de cintura arriba tienen escamas.

C) H íbridos de ser hum ano


y de anim al.
1. E n tre los m ás ex trañ o fi­
guran los m o n stru o s con dos
cuerpos, uno h u m a n o y o tro ani­
mal. Según J a c o b o de la V orá­
gine, en el siglo X II nació un
monstruo m itad h o m b re m itad
perro:
E n España, una m ujer trajo
al m undo un m onstruo que
tenía dos cuerpos; los rostros
m iraban cada uno al lado
contrario, y los dos cuerpos
parecía que estaban como
soldados. P o r un lado era un
hombre com pleto, con todos
sus m iem bros; p or el otro te­
nía la figura de un perro, con
c u e r p o y m i e m b r o s de
perro86.

M an d ev ille, p. 163. Fig 38


Jo u rd a in , c a p ítu lo 3 , p. 44.
A. de La S a le . L a S a lu d e , p. 134.
L eyen d a D o ra d a , t. II p. 469.

169
Schedel describe un monstruo constituido según un sistema me­
nos completo:
Monstrum quoddam gemini corporis mulier peperit ante h a b c n s í;.
ciem hominis, retro canis.
(«Una mujer trajo al mundo un mostruo con dos c u e r p o s , por de­
lante con rostro humano; por detrás, de p e rro »).( f i g u r a 3 8 ).

2. Seres humanos con cabeza de animal.


En nuestros días, uno de los más conocidos es el minotauro,
pero en la Edad Media entre los más célebres figuraban lo s cino­
céfalos. Es categoría muy difundida por todo el mundo, y pueden
incluirse en ella todas las divini­
dades egipcias, como Anubis, el
dios-chacal (muy cercano a los
cinocéfalos); Amón, el dios con
cabeza de c a rn e ro ; H o ru s,
con cabeza de toro; etc.
En la época de Marco Polo
podían verse ídolos tales en Chi­
na, Catay y Mangí:

unos ídolos con cabeza de


buey, otros con cabeza de
cerdo, otros de perro, otros
de cordero y aún otros mu­
chos de diferentes formas y Fig. 39
maneras (Marco Polo87).

En la imaginería religiosa hay representaciones de estos «mons-


truos». Existen más concretamente incluso en la escenificación df
los dramas litúrgicos —o misterios— de varias civilizaciones de la
Antigüedad: las danzas con máscaras de los magos o d e lo s medí-
Cine-men** tienen lugar desde la prehistoria. En las r e p r e s e n ta c io ­
nes de los mitos, los actores visten a menudo como animales y lle­
van máscaras apropiadas. A este respecto, la gran enciclopedia ate*
mana Musik in Geschichte und Gegenwart ofrece datos específicos
en su artículo liturgische Drama**, e incluye una fotografía d e una
máscara que representa a un chacal —cuyo parecido con un peff0
es sorprendente— , procedente de Egipto. También en la Antigüe*
dad prácticas tales se conocen en las civilizaciones asiriasHg

M arco Polo, capitulo 164, p. 384.


• En inglés en el original (N ota del T raductor).
K" M usik in Geschichir und Gfgenwarr, especialm ente pp. 1010 y 1011. ¿
l*v A rm and Machabcy, citando una decena de obras sobre religión y mag¡* ^
rías relacionadas con himnos, letanías y encantam ientos, schala que «se poiuldn
relieve en estos trabajos algunos pasajes relativos a la danza ritual, que p¡*ríCÍ^
Susa (vasijas pintadas de hacia el arto 3000 a de C ), en Chazar-Bazar (d»1'1*

170
™n^?fvLíí,r^í ^enosotros' en fin, se encuentran santos cristianos
e animal; es el caso de ciertas representaciones de los
ciiaíro evangelistas, así como, más en especial, el de San Cristóbal.
Señala Cj. Lascault a propósito de los cinocéfalos que
existe una curiosa imagen en
ciertos iconos, un San Cristó­
bal con cabeza de perro; L.
Réau90 presenta ejemplos de
este «Cristóbal cinocéfalo
desde un códice del siglo XII
hasta los iconos populares del
XIX»91.

Este tipo de composición


monstruosa puede emplearse
igualmente como alegoría: un
ser humano con largo cuello y
pico de pájaro, que aparece en
la obra de Schedel sin comenta­
rio alegórico, puede interpretar- Fig 40
se, de acuerdo con convenciones
que se remontan al siglo XII,
como una imagen de la sabiduría. Indica G. Lascault que en el Liv-
re de Sidrach (de hacia 1285) se dice que
el hombre debe tener cuello de grulla, largo y nudoso, con objeto
de que tenga tiempo de reflexionar antes de comenzar a hablar N*.

Pero se trata de casos aislados: los seres humanos con cabeza de ani­
mal aparecen en la imaginación mítica desde las más antiguas civi­
lizaciones y llegan hasta nosotros.
Los cinocéfalos gozaron de una popularidad extraordinaria; con
variantes ocasionales, hablan de ellos todos nuestros autores. Al tra­
tar de la isla de Agamán, en la India, Marco Polo escribe,,2;

Pues en verdad os digo que todos los habitantes de esta isla tienen
cabeza de perro y dientes y ojos como los de este animal (...), son
gentes muy crueles, que se comen crudos a cuantos hombres pueden
capturar...

sacerdotes con cabezas de pájaros; hacia el 4000 a. de C.). en Ur (hacia el 2700 a.


laleC *’ C63* E” Musicolo&ie' J Chai,lcy- capítulo VI. -L Antiquité Orion-
L. Réau. Iconographie de l'ari chréüen, 1IM, p. 310.
O. Lascault, op. cít Véanse también pp. 229 y 305.
fbid., p . 293.
2 Marco Polo, capítulo 175. p. 402.

171
Es la descripción básica, a la que Jourdain de Sévcrac añade
que las amantes de tales criaturas son fam osas por su belleza, y Plan
de Carpin que tienen pezuñas de buey y que su lenguaje es en par
te humano y en parte canino:

Pronunciaban escasas palabras al modo humano, el resto era com<


un ladrido de perro, mezclando aquéllas y éste para hacerse en
tender93.

El rey Hethoum habla de sus acoplam ientos con mujeres y de


las criaturas que de ellos nacen94, y señala que si bien «ellas son ra
zonables, a la m anera hum ana», ellos, los cinocéfalos, son «sin ra­
zón». Odorico 95 pretende que en la isla de Vacumerán (sin duda Ni-
cobar) «las gentes tienen rostro de p erro , tanto los hombres come
las mujeres», extendiendo así
este fenómeno a los dos sexos,
y Mandeville96, al contrario que
Hethoum, afirma que «son razo­
nables y de buen entendim ien­
to». Añada que adoran «a un
buey así como a su dios, y cada
uno lleva un buey de oro en la
frente como a su dios».
Les atribuye también cos­
tumbres antropófagas.
Colón, interpretando infor­
maciones proporcionadas por
los indios (y ya se sabe hasta qué
punto tales interpretaciones son
personales), asocia cíclopes con
cinocéfalos, y les dota de una fe­ Fig. 41
rocidad aún mayor que los d e ­
más autores:

Entendió también que lejos de allí había hombres de un ojo yotros


con hocicos de perros que comían los hombres y que en tomando
uno lo degollaban y le bebían su sangre y le cortaban su natura'

Hay pocos monstruos que se presten a variaciones tan numeré


sas, lo que prueba la riqueza y la importancia de este mito
3. Animales m onstruosos con cabeza o tronco humanos Entre
los más célebres figuran los sátiros, pero nos ocuparemos de ello5
al tratar de los hombres salvajes.
V3 Plan de Carpin; Bergeron, col. 48; Soc. Géo., p. 678.
94 Nouveau Journal Asiatique, t. X II, p. 287.
9i Odorico,
V y u u i l W i capítulo XVII,
” * * * p 201..
9 6 Mandeville, np. 1127. 01

Colón. Primer Viaje; dom ingo, 4 de noviembre de 1492; p. 54.

172
*»w ^u4iw > /aacaia/icucorron/a raopcdtDtw*
S t inm te g o m a bomínum/cflput bocee amnum
C erera ín bum ano ccnpoic mcmbza geriu
Fig. 42

a) Animales monstruosos con cabeza humana:


Para Dante, tales criaturas son el símbolo mismo del mal y la
encamación de Satán98:
Y del fraude la fétida quimera vino, y posó en la orilla testa y busto
sin dejar que la cola se le viera. Su faz era la faz de un hombre jus­
to, tan benignos sus cueros parecían, mas era de reptil el resto adus­
to: pelos en ambas garras le nacían...
Más anodinos son los monstruos de las crónicas. Informa Jaco-
bo de la Vorágine que hacia 1107,
en la parroquia de Lieja una cerda trajo al mundo un puerco con ros­
tro humano99.
Criaturas semejantes aparecen en Licóstenes y en Ambroise
Paré. Sébastien B rant 100 habla también de un niño monstruoso na­
cido en Italia:
De puero quadrupede in agro florentino ex equa nato.*10

Dante Infierno, canto XVII. w.7-13; p. 94 edición espartóla atada


Leyenda Dorada, t. II, p 469.
10 S. Brant, Fables d'Esope. fol. 198r.

173
B e puero q u a d ra p c d e in a g ro
flo :É tm o q :c q u a n a t 04
Fig. 44

Emitía vagidos humanos. El campesino que lo encontró le corto


la cabeza, «horrore atque abominatione». En el grabado oportuno
sin embargo, el rostro del campesino es bastante menos tierno ^
el del «monstruo».
En fin, la leyenda de las bestezuelas de Odorico (retomada^
Mandeville) nos lleva a un universo más maravilloso. Cuenta Od?
rico en el capítulo XXII de su libro 101 su visita a un monasíf^

101 O d o n c o , c a p í t u l o X X I I , p . 2 9 9 .
budista, donde, acompañado por un religioso, se encuentra con esas
criaturas. La aventura es narrada con tanta vitalidad y encanto, que
el episodio merece ser citado por entero:

El religioso me condujo a cierto lugar y me mostró dos grandes va­


sijas llenas de restos de comida, que estaban sobTe la mesa; después
abrió una puerta que daba a un jardín y me llevó hasta un monteci-
11o que había en medio de dicho jardín. Agitó una campanilla, y a
su sonido bajaron del monte hasta tres mil bestias, que tenían rostro
como humano, parecido al de las marmotas. Fueron bajando muy or­
denada y apaciblemente. El sobredicho religioso puso la comida en
vasijas de plata, delante de las bestias, y cuando éstas hubieron co­
mido hizo sonar otra vez la campanilla y todas regresaron adonde ha­
bían venido. Yo lo tuve por gTan maravilla. Pregunté de qué se tra­
taba. Me respondió que eran las almas de hombres nobles, que des­
cansaban allí por el amor de Dios. Yo le censuré duramente tal creen­
cia, diciéndole que no se trataba de almas de seres humanos, sino
que eran bestias irracionales, pero por muchas cosas que pude de­
cirle, siguió creyendo que eran almas de hombres nobles...

De todos modos, no cabe duda de que lo mismo para el fraile


occidental que para el monje oriental, tales bestias tenían rostro hu­
mano. En lo único que no se entendieron fue en la interpretación
del fenóm eno.

Fig. 45. L i v r e d e s M e rve iile s, fol 109 v e n o

Piensa H. Cordier que podría tratarse de una especie de maca-


eos o semnopitecos, y recuerda que los monasterios budistas aco-

175
gen a m enudo a diferentes a n im a les102, particularm ente a |(Jv
m onos. La m iniatura, con to d o , los a sem eja m ás a puercos qui­
m onos, y extrapolando, los d o ta n o sólo de rostros humanos. sin,
tam bién de cabezas hum anas.
b) M onstruos con tro n co hu m an o :

23c fpbtnge el cúie cnigmatc^; Status


Fig. 46. Esfinge.

M andeville, cuya ardiente im aginación no retrocede ni amelas


m ayores audacias, hace una descripción de los hipopótamos que es
candalizaría a los centauros de la m ás pura tradición:
En aquesta tierra hay animales llamados «hipotom cs», los cualesson
medio hombre y medio caballo. Y c u a n d o ellos alcanzan alguna per­
sona, ellos se la comen103.
En fin, las sirenas con cola de pez y las m u jeres-serpiente cons­
tituyen un rico tem a que ha alim entado la tradición popular \ los
cuentos durante siglos. A sí la leyenda de M e lu s in a (relacionada con
la de las guivres, wivres o vuivres: tienen en la frente un extraordi­
n ario y codiciado carbunclo, del que se despojan para bañarse, pero
¡ay del que se acerque! Son «diosas» de las fu e n te s, según viejas
creencias célticas, pero se llega hasta dotarlas d e alas y del poder
de volar).

102 O dorico. nota 14 de H. C o rd ier, pp. 332-333.


103 M andeville. p. 163.

176
Fig. 47. Centauro.

La leyenda de Melusina habría aparecido por vez primera en for­


ma novelesca en La noble hystoire de Luzignen, de Jean d’Arras,
de hacia 1392-1393, en que se traza la genealogía de los Lusignan.
Mas el tema es anterior a esas fechas; se halla ya en Gervais de Till-
bury y en Vincent de Beauvais, que lo sitúan en otros países. Me­
lusina es un hada; el caballero de Lusignan se la encuentra cierta
noche junto a una fuente; se casa con él y promete hacerle neo con
la única condición de que jamás intentará verla los sábados. Acep­
tado el trato, va en aumento la fortuna del caballero y nacen varios
niños de tal unión. Pero un día,
un sábado precisamente, corroí­
do por las sospechas, el caballe­
ro espía a su esposa y la encuen­
tra en el baño: es enconces cuan­
do descubre que Melusina es
medio mujer y medio serpiente.
Se produce así la caída y la se­
paración: Melusina huye, y la le­
yenda ofrece finales diversos. H.
Dontenville resume así el de
Jean d’Arras:

Fig. 48

177
Sin embargo, de manera bien aorprendenfe, la «condcnmln» m-up,
ra por la* noches una forma a medius humana y acude, si» s;il>rj|l Habítant cornmumtcí Mib lena ad rnoriurn falnarum. hti egrediun-
su desolado marido, a dar el pecho a sus dos hijos más pcqunW- CUT tic cutirnos (erre quasi muies

(«Habitan generalmente debajo de tierra, como topo». Salen de *u»


Y Dontenville explica de este modo la correspondiente mm¡, cuevas subterráneas como ralas»),
tura det manuscrito:
Es de notar que estas frases se hallan directamente encadenadas;
Bajo las arcadas sostenidas por gráciles columnas, M c lu s in n , nil» • el carácter animalcsco es sentido de modo tan intenso que queda
desnuda, se acerca a uno de sus hijos; su larga cola de p la ta van expresado en dos imágenes cercanas, pero diferentes: quienes ha­
se apoya en un bello pavimento que parece un tablero d e l jucgi>.:: bitan bajo tierra como topos, se «transforman» en ratas cuando sa­
damas; con una mano acerca el pecho al niAo, mientras q u e pasan len de sus cuevas.
cuidado el otro brazo por debajo de la almohada, para levantarle
poco la cabeza. El artista, sin embargo, se ha inspirado en la mujer
pez, no en la mujer-serpiente104105. 2. En su evangelio (8.27), Lucas menciona un hombre salvaje
poseído por los demonios:
La leyenda no pertenece únicamente a nuestro folklore. Ha
doto explica el origen del pueblo scita en el libro IV de s u s Hts: que ni sufría ropa encima ni moraba en casa, sino en las cuevas
sepulcrales.
rias: de una pasajera unión de Hércules con una criatura medio ni:: I
jer medio serpiente, a la que encontró en la cueva de un bosque I La señal de su curación: junto a Cristo, «sentado a sus pies, ves­
habrían nacido tres niños; el último de ellos, Scita, sería el trota I tido, y en su sano juicio»*. La desnudez no es necesariamente in­
de su nación. dicación característica del hombre salvaje, mas aparece muy a
Estos monstruos con torso humano (esfinge, centauros, sirena' I menudo.
melusinas) son, como los sátiros, símbolo de una sexualidad fuerte I
y primitiva. No es posible tratar aquí con más detalle un tema tai I B) Por razón de la ausencia de organización social o religiosa:
extremadamente rico. Según Marco Polo107, en la «Provincia de la Oscuridad» las
La serie se enriquece aún más si se incluyen en ella los mons I «gentes no tienen señor (...), viven como animales», y en las mon­
truos humanos dotados de atributos animales varios, o simplemen-1 tañas de la Java Menor «son como bestias» y no tienen una religión
te de carácter salvaje que no se traduce en particularidades ana-1 coherente108:
tómicas. De modo objetivo, se trata de una sola y única categona; a
con todo, estos monstruos de nuevo tipo no responden exactamen- j Una gran diversidad de cosas reciben su adoración; pues cuando se
levantan por la mañana lo primero que ven lo adoran como si fuera
te a la idea de hibridación, y aún más, constituyen un género tani un dios.
original y rico que merece ser estudiado aparte.
Resulta evidente que esas gentes no son, en modo alguno, hom­
IX . M o n st r u o s c a r a c t e r iz a d o s p o r u n a a nim a lid a d I bres salvajes, en el sentido estricto del término; es el desprecio de
TODOPODEROSA (H O M B RES SALVAJES) los más civilizados el que les atribuye esa característica bestial. Bes­
tialidad que para Marco Polo reside en el hecho de que viven sin ley:
Desde la Antigüedad hasta nosotros, el tema de los hombres^'
vajes ha gozado de una notable continuidad; alimenta la leyenda- son como bestias y carecen de religión109.
tanto como sucedidos diversos, las crónicas y la ciencia.
El hombre salvaje se define por sus costumbres y por su físico Y distingue perfectamente la diferencia que existe entre esas
La primera de sus características es que se comporta como una N5' gentes y las criaturas que, en ese mismo país, se intenta hacer pa­
tía, y ello por varias razones: sar por hombres salvajes, lo que se lleva a cabo empalando monos
muy pequeños que tienen un rostro tal que parecen hombres: Mar­
A) Por razón de su «habitat»: (, co Polo denuncia tal superchería sin complacencia alguna.
1. Ello se aprecia con claridad en una descripción de trogl001
tas hecha por Ricold106: |o7Lucoí, 8.35 (Nota del Traductor).
iog Marco Polo, capítulo 221, pp. 515-516.
,09 iJ arco Po,°- capítulo 169. p. 393.
104 y ios h . Dontenville, Mythologie Frangaise. p. 221.
i0b Ricold, capítulo VIII, p. 114.
179
178
C) Bien diferentes son. por ejemplo, los hombres salvajes,
critos por Schiltberger: pertenecen a la «raza» que sirve de sm
de estudio a los naturalistas. Tras haber hablado de su físico, Sdi
berger precisa su descripción:
Sie lauffen and wie andere wilde Thier in dem Gebirg umb w
nichts anderss den laub und grass und was sie ankommen (Seto
berger110).
(«Van por la montaña como los demás animales, y no se alimerra
sino de hojas, de hierbas o de lo que pueden encontrar»).
Caminan a cuatro patas y se alimentan de hojas y de hierba*
(como Nabucodonosor cuando quedó reducido al estado anima
y se comportan «como los demás animales», dice Schiltberger. quie
al utilizar esta expresión incluye a unos y a otros en la mism.
categoría.

D) La alimentación es una referencia importante: si hay hom­


bres salvajes inofensivos y vegetarianos, existen otros mucho m*
temibles. Marco Polo cuenta 111 que en la Java Menor, donde pas'
cinco meses, se vio obligado, junto con sus compañeros, a construí:
una especie de campo fortificado:
por temor de los animales y de aquellas gentes malas y bestiales quí
devoran a los hombres.

Pigafetta dice 112 haber oído contar que en las Molucas existía'
«hombres velludos» llamados beneyanos:
cerca de un río había unos hombres velludos, grandes guerreros \ rv
celentes arqueros, armados además con dagas de un palmo de lar::
y que cuando cogen a algún enemigo se le comen el corazón crudo
con zumo de naranja o de limón.
Como se ve, estos salvajes son más gastrónomos de lo habitúa-
Ocurre que leyenda y realidad se entremezclan. Así, Marco Polf
afirma 1 que en la isla de Angamán, cerca de Java, viven gente*
que son «como animales» y que tienen

cabeza de perro y dientes y ojos como los de este animal, yno j


béis dudar de esto que os digo, pues puedo aseguraros que susc» ¡
bezas son en todo similares a las de los más grandes mastines i
son gentes muy crueles, que se comen crudos a cuantos hom bres p-‘ ¡
den capturar, siempre que no sean de los suyos.

1.0 Viaje de Schiltberger; cf. infra, n. 139:


1.1 Marco Polo, capítulo 170. p. 395.
n2 Pigafetta. p. 110.
1,3 Marco Polo, capítulo 175. p. 402

180
Los cinocéfalos se llevan bien con el salvajismo y la antropofa
gia. El del hom bre salvaje es, sin duda, un tema pleno de recursos
E ) S u físico ofrece también variantes:
Según M andcville114, en un desierto del reino del Preste Juan
hay
— «muchos hom bres salvajes de bella forma, y no fablan cosa,
sino que gruñen como puercos, c tienen cuernos en la cabeza». Ade­
más, en una isla,
— «hay gentes que tienen los pies como caballos, y son muy po­
derosas gentes y grandes corredores; porque corriendo, toman las
bestias salvajes y se las comen»115.
Es característica habitual de los hombres salvajes cazar a la
carrera de anim ales también salvajes.
Estos hom bres cornudos y horribles, estos seres con pezuñas de
caballo, estarían muy próximos a la familia de los sátiros, que tam­
bién han sido considerados como hombres salvajes: cornudos, con
pezuñas de cabra, a m enudo peludos y de color rojo, viven en bos­
ques, m ontañas o desiertos, según los climas. Encontrarse con un
sátiro no d eja de tener sus problemas, como veremos depués.
— D e hecho, las criaturas que merecen más auténticamente el
calificativo de hom bres salvajes, quienes han pasado a la posten-
dad con tal n o m b re, son seres peludos y, a menudo, provistos de
rabo. A m bas características pueden existir simultánea o sepa­
radamente.
Tanto M arco Polo como Mandeville pueden iniciar el tema con
estas constataciones, que se incluyen una junto a otra:
lle n o d e a n im a le s d e m u ch as y m uy diversas especies, monos sobre
to d o , a lg u n o s d e e llo s ta n g ran d es y de tan extraña constitución que
p a re c e n h o m b r e s 116.
G e n te s que a n d a n a c u a tr o pies, y son todos pelosos e súbense por
los á r b o le s m u y p re s ta m e n te , com o xi fuesen simios117.

Según M arco P o lo , se trata de monos que parecen hombres; se­


gún M andeville, de hom bres que parecen monos. Ambos puntos de
vista ponen de m anifiesto y de modo inmediato la ambigüedad de
la cuestión.
Lo que los viajeros encuentran y califican como hombres salva­
jes, hom bres con rab o , son, casi siempre, monos de diversas espe­
cies. Ello no sim plifica el problem a; tanto para los antiguos como
para el hom bre m edieval resulta difícil trazar una frontera clara en­
tre el ser h u m an o y ese anim al evolucionado que es el mono. El
cual, en efecto, se co m p o rta a menudo como el hombre; es su imi-

1,4 M andeville. p. 166.


1,3 M andcville, p. 131.
1,6 Marco P olo, capítulo 184, pp. 447-448.
M andeville, p. 137.

181
tador más cercano, como indica este grabado tomado de S
Afirma Aristóteles118que monos, babuinos y cinocéfalos son^
naturaleza tal que «tienen algo a la vez del hombre y de los^
drúpedos». Son así seres situados en los límites de las dos
lezas», y se les puede clasificar en la categoría intermedia de *
bres salvajes».

"* Aristóteles, Hist. Anim.. II.4.


Fíg. 51

El hombre salvaje más famoso, aquel cuya representación ten­


drá más largo éxito y que aparece a través de las obras científicas
del siglo XVI, surge por primera vez (por lo que nosotros sabemos)
en el / t in c r a r iu m H ie r o s o ly m ita r u m de Bernhard de Brcydcnbach
(1483). Se trata de un grabado con diversos animales, curiosos o
monstruosos; el hombre salvaje no ocupa aquí sino un modesto lu­
gar, en la esquina inferior derecha119, y más modesta es aún la le­
yenda que le acompaña: n o n co n sta t de nom ine («no consta el nom­
bre»). Este ser sin nombre es una mujer de largos cabellos, vellu­
da, dotada de una larga cola. Se trata de una especie de pitecán­
tropo cuyo rostro aparece desprovisto de pelo, al igual que las pal­
mas de las manos (detalle que señala Mandeville al hablar de una
isla «cuyas gentes son velludas, excepto el rostro y las palmas de
las manos»1"0). Cf. s u p r a , figura 6.
Para nuestros viajeros, estos seres seguían siendo hombres:
hay en aquel reino unos hombres que, aunque no tienen pelo, les cre­
ce un rabo de más de un palmo de longitud. Hay allí muchos de es­
tos que viven muy lejos, en las montañas, no en las ciudades; y su
cola es de un grosor similar a la de los perros121.

119 Cf. supra. capítulo II, figura 6.


120 Mandeville, capítulo 32, p. 401 de la edición citada por el autor.
121 Marco Polo, capítulo 172, p. 399.

183
Es «sí como se crea la leyenda de los «hombres con rabo., ( u.
lo muestra un grabudo de Man-
deville (figura 52), son seres hu­
manos, con la única particulari­
dad de estar dotados de un ex­
traño apéndice caudal. Entre las
islas que Colón hubiera querido
visitar, «una de ellus se llama
Aván, y es en ella donde nacen
los hombres con rabo122». Para
Colón, estas islas inexploradas
figuran entre otras que suponen
otras tantas visitas fallidas: es
donde habitan los cinocéfalos,
los cíclopes, las mujeres solas
(esas «amazonas» que no tienen
nombre). Fig 52
Los hombres con rabo for­
man también parte de una serie de monstruos míticos. En el $w
ma Naturae de Linneo, «el hombre con rabo se sitúa entre lasti­
mas del homo monstruosus»123.
—Los hombres salvajes figuran desde la Antigüedad en la pe
queña historia. El periplo de Hannón (siglo V a. de C.) cuenta,
episodio de la navegación en que los marineros pudieron apodera­
se de tres mujeres salvajes, «horribles y enteramente peluda*”.;
duda gorilas. Después de matarlas, llevaron su pieles a Cartago.p..
les que inmediatamente fueron consideradas como pertenecientes
la Gorgona, y depositadas en el templo de Saturno; allí estaban.to­
davía a la caída de Cartago.
Plutarco (Vidas de hombres ilustres: Sila), traducido por Ame
en 1567, relata que cerca de la ciudad de Apolonia, en un parque
consagrado a las Ninfas, apareció un sátiro dormido:
Fue conducido ante Sila, e interrogado utilizando todos los tmeb
manes que tenía a su disposición, pero no respondió nada que r-
diera ser entendido; únicamente emitía una áspera voz mezclada c"
relinchos de caballo y balidos de macho cabrío: de lo cual Sila se ma
ravilló, sintió horror y ordenó que se lo llevaran de su presenc;
como cosa monstruosa124125.

Cuenta Colón en la Lettera rarissima125 un cruel episodio lid10


de enseñanzas acerca del espíritu de la época:
Un ballestero había herido una anim aba, que se parece a unp'1'
paúl, salvo que es mucho más grande, y el rostro de hombre: tíiwf

122 Colón, Primer Viaje, carta a Luis de Santángel: Gallimard. p. 184


,2J F. Tinland. L'homme sauvage. p. 91.
124 Jbid., p. 34.
125 Colón. Cuarto Viaje, p. 199.

184
•travesado con una saeta <lr%«Jr los pechos a la cola, y porque eré
feroz le buho de cortar un brazo y una pierna.

Ocurre entonces algo muy «divertido» para quienes presencian la


escena; C olón azuza contra esa criatura una especie de «puerco* lla­
mado begarc:

en llegando a él, así estando a la muerte y la saeta siempre en el cuer­


po, le echó la cola por el hocico y se la amarró muy fuerte, y con
mano que le quedaba le arrebató por el copete como a enemigo. El
auto tan nuevo y hermosa montería me hizo escribir esto.

Esta «herm osa m ontería», que demuestra el innoble salvajismo


de ese ser herido y m utilado, revela, al propio tiempo, que los es­
píritus de la época se hallaban bien templados, y oue el gusto por
monstruosidades y atrocidades no se había dulcificado en nada.
— ¡Ay de las criaturas salvajes así capturadas por los hombres!
C. Gessner inform a que en 1531 se encontró en un bosque de las
cercanías de Salzburgo un ser peludo, de un color rubio rojizo, en­
teramente salvaje («ganz wild»), el cual no quería ver a nadie y se
escondía por donde podía. Como rechazaba toda comida y bebida,
murió a los pocos días de su captura («starb derhalb in wenig tagen
nach dem es gefangen»: lacónica información; fin del artículo). Des­
cripción tan sum aria no coincide con el grabado extremadamente
elaborado que la ilustra, lo que prueba hasta qué punto la
fantasía del artista puede dispararse a partir de algo tan banal y
poco evocador (figura 53).
El nom bre q u e G essner da a esta criatura es el de Forstteüfel,
«diablo de los bosques», no porque se parezca al demonio tal como
éste suele ser rep resen tad o , dice, sino porque este ejemplo mues­
tra, quizá («villeicht») que la condenación divina del pecado es tan
implacable que hasta su criatura preferida, el hombre, puede ser
«arrojado en un h o rro r indecible» («in unságliche abscheühung
verstosst»).
Así pues, estos seres salvajes son también malditos, son un
horror para el resto de la hum anidad, como lo demuestran asimis­
mo el m encionado episodio de Plutarco y la despiadada y «hermo­
sa montería» de C olón. El parentesco con el diablo y con las fuer­
zas del mal es esbozado en el texto de Gessner; volveremos sobre
ello más adelante.
Una sola voz se levanta, en el siglo XVI, en favor de estas cria­
turas portadoras del h o rro r, la de A. Thévet, quien en Singularités
de la France antarctyque intenta desmitificar la leyenda:

A p e s a r d e t o d o , h a y m u c h o s q u e sostienen la absurda opinión de


q ue e s ta s g e n te s q u e n o s o tro s llam am os salvajes viven por los bos­
qu es y c a m p o s casi a la m a n e ra de las b estias, tan peludos como osos,
ciervos o le o n e s , in c lu so los re p re se n ta n así en ncas pinturas; en
su m a, p a r a d e s c r ib ir u n h o m b re salv aje les han do tad o de abundan-

185
cía de pelos de los pies a la cabeza, a modo de accidente insepati
ble, como el color negro lo es del cuervo. Ello es totalmente falso
Al contrario, los salvajes, tanto en la India Oriental como en núes
tra América, salen del vientre de su madres tan hermosos y lindos
como los niños de nuestra Europa126.

Si bien la intención de Thévet es muy loable, se le puede repro­


char haber confundido el «salvaje» de los países exóticos con el
hombre salvaje. Mas su texto testimonia la existencia de una tena¿
leyenda. El hombre salvaje conservará todavía por largo tiempo sus
características de diabolismo, antropofagia, ferocidad, etc. Que se
trate de seres humanos (caníbales cubiertos con pieles de fieras, por
ejemplo, como es sin duda el caso de los salvajes descritos por P;
gafetta: hombres que viven en estado salvaje como consecuencia de
accidentes diversos; pueblos muy primitivos), o que se trate de mo­
nos antropoides, como gorilas, orangutanes o chimpancés, los hom­
bres salvajes, los hombres peludos o los hombres con rabo consti­
tuyen, para la Edad Media, una sola familia, en la cual reina uno
ambigüedad imposible de eliminar.

126 A. Thévet, Les Singularités de la France Antarciique (reedición G GafU,c!


París, 1878; Maisonneuve; p. 151): citado por F. Tinland, op. cu.
X. M o n s t r u o s d e c a r á c t e r destructor

1. A propósito de los hombres salvajes hemos mencionado ya


el caso de los antropófagos: son «monstruos» que en verdad han fas­
cinado la imaginación de la Edad Media y de otras épocas. El cí­
clope antropófago de la Odisea da lugar a uno de los episodios más
sorprendentes de esta epopeya.
Todos los pueblos considerados como salvajes son, para los via­
jeros, sospechosos de antropofagia. Señala Plan de Carpin127 que
los tártaros no se hallan exentos de tal vicio:

en caso de necesidad no tiene dificultad alguna en comer carne


humana.

Fig. 54

Se trata, de todos modos, de «un caso de necesidad». Se sabe que


cuando se produce una penuria general, un asedio, cuando reina el
hambre, el canibalismo reaparece. Existe también un canibalismo
religioso128, y aunque ello pueda parecer paradójico, es a menudo
lo que ocurre con los pueblos vegetarianos; en este caso se trata de
un tipo de canibalismo relacionado con el «nacimiento» de las plan­
tas alimenticias; existe también un canibalismo iniciático... Para
todo ello, puede acudirse a los trabajos ya citados de Mircea Eliade.

Bergcron. col. 37; Soc. Géo.. p. 638.


1 8 Véase por ejemplo M. Eliade. Ininations, riles, sociitis secrites. pp. 151-152

187

i
1-m viajero* que wt en cu e n tra n con el cnnibuliHino n<> •„ l Li
lean , claro c»ia, cuc»tlonc» de e tn o lo g ía o de hiMoiiti «I. i.».,,«i,Vli(
nc» el canibalismo e», a prtori. un vicio monMiuoHo. y |«»%,|1(li '
viajero» »c reafirm an en »u opinión te n ie n d o en cucni.i qu. j,,.. lh
tropóiugo» (tguian desde la A n tig ü e d ad en el cutrilogn «l,
mon»tiuo».
h» esc carácter a priori m on stru o so tic tu itntropoíiigiu el <|u,
pele a lo» viajero» a tabular y a d o ta r a lo» imtiopOlugos .1. ,,iniUl
lo» efectivam ente m oiutruoion: cabe/.a de p e n o , un sol..
Cristóbal Colón oye hablar ya en nu prim er viaje de Ion
n (balen- a lo» indio» que le airven de guían:
arate que tenia un ojo en la frente, y otro» que se llamaban«.huIm
le*, a quien mostraban tener gran micdo,iy.
Dice A lexandrc C torancscu que
e»te pasaje e* el acta de nacimiento d e la palabra cunibal, que |m
otro lado e» la mama que el francas curuibe, caribe en español
Añade que caribe conserva todavía en español el doble sentid»
de «habitante de las Antillas» y « an tro p ó fag o » 130.
2. Sería imposible a n o tar to d o s los m onstruos destructores, pe
es factible citar, al m enos, algunos de ellos:
— «colegas» de la v íb o ra1” :
Hay hacia el austro otra isla con muchas gentes malvadas y crueles
mujeres, que llevan piedras preciosas delante de sus ojos, y sonde
tal naturaleza, que si miran con enojo a una persona, la matan sólo
con la mirada, como hacen los basiliscos.

El basilisco es una especie d e serp ien te con alas y cabeza de pa


ja ro , cuya mirada m ata.
— los viajeros refieren varías an écd o tas relacionadas con peque í
ños anim ales, en apariencia inofensivos, pero cuyo poder destruc j
to r es, sin em bargo, tem ible. R ec u e rd a Bernhardt de Breiden
b ach 13 que San Isidoro hablaba ya del enidros (X II.2):

Enidros, inquit, est bestiola ex eo nuncupata quod in aquis versetur


et máxime in Nylo, qui si invenerit cocodrillum dormientem, volutat
se in luto primo et intrat per os ejus in ventrem et carpit omma in­
teriora ejus et sic morítur.
(«El enidros, dice, es una bestezuela así llamada porque vive en el
agua. Se encuentra en particular en el Nilo; si halla un cocodrilo dor-

129 C olón, Prim er V iaje; viernes, 23 de noviem bre de 1492; p. 66


130 C olón, Oeuvres, nota 194 de A . C ioranescu, p. 403.
131 M andevitle, capítulo 31, p. 394 de la edición citada por el autor
132 B ern h ard t de B reidenbach, op. cit., íol. 92v (edición de 1490).

188
vntllo, M* MlHlllil « II i | . II III, *•*•«* .1 mc.um y d rtix k ft r ii I ih j***r l«
b«HH (Jp iif111/*'t llllMn llrjiai .1 •n v h i . I h it o iid r devnu t u » r » it f f lf iu »
hanitt que m u cre»)

PigafcttM h u lilu 1" de

unan aven negrun. ít |«,4 , ,„ ,vot qur ( Dando una ballena


aparece en la Miprilu ir <l«-l .(gnu rn|H*iuii qur a\>m la gaiguniii para
lan/íttM* d e n tro y van «l« in li.it a iiiihiuíhIc r| arntz/m, que arreba­
tan pin 11 com értelo.

Fig. 55

3. Diversos fenómenos «maravillosos» relacionados con las


aguas. Mandeville describe el Mar Muerto como un lago
donde no hay cosa alguna de fondo. E jamás quien ende entra, pue­
de dende salir*134.
Las aguas que se tragan objetos y hombres son familiares a los
marineros. Jourdain de Séverac describe el estrecho de Messina (es­
tila y Caribdis) como un horrible remolino de aguas oscuras y ma­
ravillosas: «vorago quaedem horribilis, unde aqua exit sic obscura
et mirabilis»135. Ese remolino o vorago, devora, traga navios de to­
dos los calados. Según otra vieja leyenda, una mano puede surgir

113 Pigalctta, p. 87.


134 Mandeville. p. 123.
135 Jourdain, capítulo 1, p. 37.

189
de la m ar y llevarse consigo los barcos. Idéntico papel puede ser asi
mido por una serpiente gigantesca. A ntoin e de La Sale136 ¡magín*
que en Groenlandia las lam preas pueden anudarse entre ellas cor
el mismo objeto:
De los esteros de Groenlandia salen las lampreas, que desciende-
hasta las profundidades del mar, con una longitud de hasta tremí*
codos, e incluso más, y tienen un codo de diámetro y cabezas redor
das, y a menudo se anudan unas con otras y rodean un barco eni¿
mar, al cual, si no está muy prevenido, le hacen pronto hundirse

Fierre d’Ailly, en fin, habla de las aguas asesinas del lago Aver­
no: desde la época rom ana, ningún ave puede sobrevolarlas sin mo­
rir137. Se dice que la región fue saneada por César Augusto. Les
vapores pestilenciales que salían del dicho lago son primos lejanos
de olores que matan; según Jourdain de Séverac 1 , en la India
cuando están en flor los árboles del clavo, exhalan un perfume que
mata a todo hombre que lo respira:

imittunt odorem ita fortem quod interficient omnem hominem inte


cas eunter nisi quibusdam rebus clauderent os et nares.
(«exhalan un olor tan fuerte que mata a todo hombre que se acer
que, a menos que se proteja boca y nariz»).

También los volcanes y los tem blores de tierra son m irabilia. in­
fernales y temibles.
4. Existen asimismo en la tradición monstruos asesinos, drago­
nes y unicornios que causan estragos o incluso libran combates mor
tales entre ellos, como puede verse en un pasaje de Schiltberger
del que no citamos sino un breve fragm ento:

Also kam er darzu dass sie sich mit einander bissen/er sahe íhn zatos
dass der Lindwurm die flucht gab, den jaget das Einhom aussem;n
Hül in einem felsen...139.
(«Llegaron a morderse mutuamente, hasta que el dragón acabó por
emprender la huida; el unicornio, después de haberle expulsado^ '
su antro, le persiguió hasta unas rocas...»).

5. O tros «m onstruos», com o los tártaro s que describre Plain de \


C arpin, se entregan a la destrucción de un modo tan radical como
refinado:
Procuran abolir todo servicio religioso, perder las almas y acabar con
los cuerpos con toda clase de insufribles torturas140.

136 A. de La Sale. La Sal ade, p. 134.


137 P. d ’Ailly. op. cit., t. II, capítulo 54, p. 457.
138 Jourdain. capítulo 4, p. 51.
139 Incunable, s. 1., s. f., sin paginación.
140 B ergeron, col. 60. 61; Soc. G éo ., p. 717.

190
Lo cual no es sino una prefiguración de los tormentos que sabe
infligir el M aestro de los Suplicios Infernales, el más poderoso de
todos los monstruos.

XI. Se r e s c u y o c a r á c t e r p r o d ig io s o o m o n s t r u o s o d e p e n ­
de DE P A R T IC U L A R ID A D E S NO MORFOLÓGICAS

Color, aislamiento, lenguaje

A) E l color:

Es un elem ento que forma parte de la apreciación de la belleza,


como se ve en:

—Mandeville 140b,t:

y son mujeres negras y de mala gracia.

—Marco P olo141:
muy proporcionados en todos sus miembros, mas siempre van muy
pálidos y blanquecinos.

La multiplicidad de colores puede justificar por sí sola la repu­


tación de un ser o de un objeto.
—Mandeville señala la existencia, en una isla de las Indias, de
una piedra preciosa de sesenta colores; los habitantes la guardan
celosamente:
aquesta piedra aman ellos mucho e no saben qué virtud tiene: mas
ellos la conocen por su fermosura tan solamente142.

—El color ejerce una fascinación tal que se traduce en efectos


estilísticos en ocasiones muy curiosos. Es el caso de Jourdain de Sé-
verac143, cuando habla de los pájaros de la India:

diversorum generum, in albedine albissimae, et vinditate vindissi-


mae, et mediorum colorum colórate, in tanta pulchntudine quos nu-
llatenus posset dici.
(«de diversos géneros, de un blanco blanquísimo, de un verde ver­
dísimo, coloreados de colores mezclados, y de una belleza tal que
no se pueden describir»»).

I40b,t Mandeville. p. 101.


Marco Polo, capítulo 221. p. 517.
Mandeville. p. 127.
Jourdain. capítulo 3. p. 45.

191
—Hay fragmentos, en nuestros libros de viajes, en que estall¿
una sinfonía de colores absolutamente arrebatadora. Así en Mar
deville144, la referencia a los camaleones «que no viven sino de.
aire, y no comen ni beben nunca» (lo que les sitúa de inmediatoen
tre los prodigios), y que «cambian muy a menudo de color», supo­
ne un verdadero delirio colorista. La enumeración de Mandcvifc
es demasiado extensa para poder ser citada.

—Existen también serpientes gigantescas que tienen

muy diversos colores, rojos, rojizos, verdes, amarillos, índigos, re


gros, y todos mezclados (...), y manchadas como cervatillos(...) V
bay leones enteramente blancos.

Hay asimismo animales fabulosos llamados loherans o udacks


(odenthos),

que tienen la cabeza muy negra y tres cuernos rojos en la frente


y el cuerpo entero de color leonado (...) Y hay también una especie
de ocas rojas, mucho más grandes que las nuestras, y tienen la ca
beza, el cuerpo y las plumas de color negro.
Mandeville termina su cuadro señalando que existe gran vane
dad de pájaros, pero que seria demasiado largo ocuparse de ellos
Si hay una manera de jugar con las formas, también la hay para
hacerlo con los colores. Pues el color es uno de los medios más apro­
piados para diversificar los seres y multiplicar las curiosa. Es unen
terio de belleza o de fealdad; confiere un indiscutible interés a se­
res vivos y a objetos; juega con la naturaleza, y cuando traspasa
sus leyes (lo que puede hacerse hasta límites extremos en este as
pecto), crea «monstruos» como los agatirsos, gentes scitas descritas
por S. Brant (Fables, fol. 201), que tiene medio rostro de color azt
negruzco y medio de color blanco; el más noble entre ellos ese.
que tiene más colores («plurimus ut color est, quisque ita nobilior»)
Sin duda se trata de la transposición al orden de lo monstruoso de
una observación etnográfica.

B) Aislamiento:

Se trata de una situación característica de lo monstruoso o de


lo maravilloso, como ya hemos visto. Cuanto más inaccesible sea
una maravilla, parece más asombrosa; se trata de un lugar común
No insistiremos aquí en este asunto, pero si hemos de referirnos a
uno de los más famosos pueblos legendarios, el llamado, segúnl»
casos Inclusi o Gog y Magog. Las montañas en que se le situasen
por lo general, las «Caspias», y más en concreto la zona de lagat

144 Mandeville, capítulo 31. pp. 396-397 de la edición citada por el autor

192
ganta de Bamián, en Afganistán, en el territorio llamado Hin­
dú Kusch.
Es Mandeville quien más escribe sobre este tema, narrando la
leyenda con todo detalle145. A él pertenece este fragmento:
Bot y Magot no pueden salir en ninguna manera de aquellas mon­
tañas, donde fueron encerrados veintidós reyes con todo el pueblo.

Fue el mismo Dios quien encerró y aisló ahí a estas gentes, aten­
diendo un ruego de Alejandro Magno146.
La historia de los Jnclusi aparece con frecuencia a partir del si­
glo XIII, y especialmente a fines de la Edad Media; la irrupción de
las hordas mongolas les da una actualidad y un vigor más durable.
Ya hemos visto que para Plan de Carpin las tribus tártaras Ung y
Mungul eran en realidad las tribus Gog y Magog, que deberán, con
la llegada del Anticristo, destruir la cristiandad entera. Escribe Hall-
berg que

Cuando los mongoles iniciaron sus invasiones, el Ocadente, y tam­


bién el mundo mahometano, creyeron ver en ello que se había pues-

145 Mandeville. pp. 161-163.


146 La leyenda está unida, en efecto, a la de Alejandro. La cuestión es demasia­
do complicada para tratarla aquí; remitimos a un muy interesante y detallado estu­
dio, «La légende d'Alexandre en Asie Céntrale», publicado en la revista Folklore
bol 85; invierno 1974; Londres. «The Folklore Socicty»).
to en libertad a -lo» pueblo» encerrados», que avanzaban c o n el An
ticritto a la cabeza14
Según N. Cohén, estos Inclusi
figuran en toda la apocalíptica medieval... Al principio, considera
dos como habitantes de las regiones septentrionales, se les sitúa al
otro lado del Cáucaso, lo que permitía asimilarles con m as facilidad
a las hordas que periódicamente salían de lo más profundo del Asín
Central147148149.
Que la leyenda cobre mayor importancia a partir del siglo XIII
no tiene nada de sorprendente, ya que es al final de la Edad M e d ia
cuando se hacen más vivas las cuestiones apocalípticas.
Sin embargo, se mezclan elem entos más bien dispares, y la le­
yenda se forma a base de confusiones de las que algo puede vis­
lumbrarse gracias a Mandeville y a partir de un texto de Comodia
no resumido así por N. Cohén:

Comodiano pretende que Cristo no volverá seguido p o r una co


horte de ángeles, sino a la cabeza de las diez tribus dispersas de Iv
rael, las cuales, habrán sobrevivido en lugares se c re to s , ignorados
por el resto de los hombres. Este pueblo escondido, sa n to , superior
vive en el marco de una comunidad particularmente virtuosa.

Comunidad de notable longevidad (recuérdese el caso de los


arinfeos, que aislados en sus m ontañas con forma de espejo solar
no mueren sino cuando están cansados de vivir). La primera de las
confusiones de Mandeville — de la que no es el responsable inicial—
consite en transformar las diez tribus santas en tribus malditas \
de hacer de ellas las tropas del A nticristo en vez del ejército del
Cristo vencedor: lo contrario de lo que eran según una tradición
más antigua. En efecto, según C om odiano.

Estos santos son también guerreros invictos y feroces... El Anticris-


to, presa del terror, huye hacia el Norte, y se pone al frente de un I
ejército de infieles que, sin duda, incluye los pueblos fabulosos de j
Gog y de Magog, encerrados por Alejandro Magno, según la leyen­
da, en las tierras septentrionales150.

E n la historia de los Inclusi se m ezclan, por lo tanto, dostradi \


d o n e s, una bíblica y o tra helenística. Cualquiera que seasuongen. i
en la Edad M edia significa la existencia de una bolsa maléfica j
q u e, en el mom ento o p o rtu n o , se abrirá para anegar el mundo con ¡j
su violencia hasta entonces contenida. E sta idea general tiene una j
excepción; la carta de fray M auro analiza la cuestión desde unpun i

147 I. Hallbcrg, op cii., pp. 260, 261. - J


148 N. C ohn, Les fanatiques de l'A pocalypse, nota 8 del capítulo I. P -
149 y 150 Op. cií., p. 25.

194
1
tO de vista muy crítico, pero el texto (que cita por entero Hallbcrg,
p. 264) es muy poco claro.

C) Lenguaje:

— En Mandeville, la leyenda de los luchan termina, curiosamen­


te, con una extraña disertación acerca de su lenguaje. Estas gentes
no se encuentran rodeadas por montañas impracticables por todas
partes; el M ar Caspio, que bordea una de sus «fronteras», podría
ser una vía de salida. Mas no es así, pues

ellos no saben algún lenguaje, sino aquel su lenguaje primero, lo cual


ellos no podrían salir151.

Del lado del Caspio, la lengua constituye una verdadera barrera


natural; como un impedimento casi físico, se opone a la salida de
los Inclusi. El final del texto es todavía más curioso:

Y dicen que éstos han de salir en tiempo del Anticnsto y que mata­
rán muchos cristianos. Por tanto, los judíos que están derramados
por todas las tierras, aprenden hebraico con la esperanza que, como
aquellos de las montañas saldrán, que entonces aquellos otros judíos
sepan entenderlos y traerlos entre los cristianos para matar aqué­
llos152.

El texto está redactado de tal manera que podría hacer creer


que la lengua es un arma, de la cual se servirán los Inclusi para des­
truir la cristiandad. En cualquier caso, el lenguaje parece tener gran
importancia a la hora de definir a los seres humanos.
— Hemos hablado ya de enanos que en lugar de boca no tie­
nen sino un pequeño orificio y no hablan; de gentes que no hablan,
pero silban, ya que se alimentan de serpientes crudas; de hombres
cornudos que gruñen como cerdos; de cinocéfalos que ladran o que
a sus ladridos incorporan algunas palabras humanas.
El lenguaje es un elem ento de fascinación que, como el color,
contribuye a intensificar el grado de lo maravilloso. Según Mande­
ville153, entre los papagayos o «papagays» hay

tales que fablan de su mesma natura, y saludan a las gentes que pa­
san por el camino del desierto, y asi desenvueltamente como faría
una persona.

¡si yJ S2 Mandeville, p. 162.


Mandeville, p. 166.
SEGUNDA PA R T E : LO S FE N Ó M EN O S
PRODIGIOSOS O E L J U E G O D E L A S FUERZAS

XII. M a n if e s t a c io n e s e x c e p c io n a l e s de los elementos

A) En ocasiones, la tierra y el fuego se manifiestan de modo


excepcionalmente violento o curioso.
1. Entre los fenómenos violentos figuran los volcanes y te
temblores de tierra. En la Edad Media, los volcanes eran conside­
rados como «pozos* o «espirales» del Infierno. Entre las llamas que
salen de los volcanes, pueden verse, en ocasiones —como en la n¿
vegación de San Barandán— a los condenados, atormentados p:-
Satán.
Una descripción del monje Winibaldo, enviado por el Papa a Si­
cilia, en el siglo VII, habla del volcán de «la isla de Vulcano. don­
de está el infierno de Teodorico»154. El monje y quienes le acón
pañaban subieron hasta el cráter, pero a causa de las cenizas yde
la humareda no pudieron ver nada del mencionado «infierno-;

pero vio salir del pozo, con un estruendo como de trueno, una liara
negra y horrible, la cual, junto con el humo, llegó a una altura 2-
mensa: era un espectáculo espantoso y sublime1”

Cuando Antoine de La Sale subió con sus compañeros al volcas


«Estrongol», tuvo una serie de aventuras tragicómicas que, pesea
todo, acabaron con un encuentro con el diablo en persona.
Acaso por analogía con los volcanes se crea una leyenda quese
entrevé en esta frase de Jourdain156:

154 y 155 Voyageurs anciens ti modernes, t. II, p. 89


156 Jourdain, capítulo 6, p. 57.

196
in ista Aithiopia, .sunt dúo montes it»nci, ct in medio, mons aureus
unus.
(«En esta Etiopía hay dos montañas de fuego, yen medio de ellas,
una montaña de oro»).

Esas montañas de fuego, así como la de oro, podrían no ser otra


cosa que una transposición simbólica de los volcanes, de fuente
olvidada.
2. Los temblores de tierra son otra «maravilla», como atestigua
este pasaje de Jourdain157:
Thebis fui, ubi sun tot terrae motus quod non posset crcdere nisi
qui expertus est; nam quinqué vcl sex ct septemvicibus, Ínter diem
et noctcm, sunt, ita quod, propter terrae motus multotiens et fre-
quenter cadunt et ruunt fortissimae domus ct muri.
(«Fuí a Tcbas; hay allí tantos temblores de tierra que hace falta ha­
berlo vivido para creerlo; en efecto, hay cada día cinco, seisosiete,
tanto de día como de noche, de tal modo que muy amenudolasca­
sas más sólidas se hunden y los muros se desploman»).
Lo maravilloso reside aquí en la frecuencia de los temblores,
como revela el vocabulario empleado. Mas en cualquier caso, toda
manifestación de la potencia de los elementos es considerada como
«maravillosa».
B) Las aguas:

1. Los movimientos marinos pueden asimismo multiplicarse más


de lo razonable;

Ínter insulam Nigripontis et Terram ftrmam, mare fluit et refluit, ali-


quociens ter, aliquociens quater, et aliauociens plus ad modum flu-
minis rapidi; et hoc est mirabile valde .

(«Entre la isla del Mar Negro [Negroponto] y la tierra firme, el flujo


y reflujo del mar tiene lugar tres o cuatro veces seguidas, y más en
ocasiones, al modo de un río rápido, lo que es en verdad sor-
predente»).

2. El mar puede estar, como todas las criaturas, vivo o muerto.


Cuando está m uerto, carece de peces, y huele tan mal que no es po­
sible navegar por él:

ln ista Armenia, est unum Mare Mortuum, amarissimum, ubi dici-


\oetor?*>n0n CSl a^ u*s P'sc*s>nec potest navigañ, ut dicitur, pro

lourdain. capítulo l, p. 37.


Jourdam, capítulo l, p. 39.

191
(«E n esta A rm enia hay u n m a r m u e r to , muy salado, en el que se
dice no hay peces, ni ta m p o c o , c u e n ta n , se puede navegar, deludí,
al hedor»).

3. Mas. por el contrario, el agua puede tam bién tener un poda


vital regenerador, que o bien sana, o bien da a todo lo que toca un
carácter mágico. Según Jourdin160, hay en la India

aqua una el in m edio q u a e d u m a rb o r. O m n e m etallum quod lavatui


cum aqua illa efficitu aurunv, o m n is p la g a , in q u a ponuntur folia illius
arboris trita. inm ediato c u ra tu r.

(«una laguna y en m edio d e e lla u n Arbol. T o d o objeto metálico que


cae en ella se tran sfo rm a en o ro ; to d a llaga tocada con una hoja de
ese árbol, queda in m e d ia ta m e n te sa n a d a » ).

4. El agua que transforma los m etales en oro (realizándose así


milagrosamente, el sueño de todo alquimista) se mezcla aquí cor
la leyenda del Arbol de la Vida, mas ello no tiene nada de sorpren­
dente: del mismo modo que el A rbol de la Vida puede otorgarL
eternidad, existen las aguas de la Juventud, que dan longevidad
inmortalidad.
Que ambos temas aparezcan aquí tan estrechamente asociados
es bien significativo: el árbol se alim enta del agua milagrosa, ysu
hojas dan la salud. La «simbiosis» se realiza de modo perfecto
Los elementos de la naturaleza tienen tanta vida que pueden in­
cluso, con la ayuda de algún interm ediario, luchar entre sí. Sch¡¡:
berger narra, en un pasaje muy curioso, un combate de serpientes
que se repite periódicamente cerca de la ciudad de Sampon: sera
nen allí serpientes que proceden de los bosques y otras que vienen
del mar. Permanecen en ese lugar durante cuatro días, y luchan des
de la salida hasta la puesta del sol: del triunfo de unas o de otras
se puede predecir tal o cual presagio.
5. La vitalidad de los elem entos puede también traducirse en
una productividad prodigiosa. O dorico y Mandeville 161 hablan de
una gran maravilla que ocurre en China:

E n este país tien e lu g a r u n a g ra n m arav illa: todas las diferentes cía- ;


ses de peces q u e h ay e n el m a r se a c e rc a n a este país, de tal mane:; |
q u e no se ve en d ich o m a r o tr a co sa q u e p eces. Y viene cada especie
p o r sí, y p erm an ece tre s d ía s e n la o rilla , y después se van Vienta
continuación o tra e s p e c ie , y s u c e d e lo m ism o, y sic de aliis, hasta
q u e tod o s se ac e rc an u n a v e z , s ie m p re p o r especies. Y cuando seprt j
gun ta a los n a tu ra le s d el p a ís q u e significa esto, dicen que lospeces
vienen a re n d ir h o m e n a je al re y d e e s te p a ís 162.

160 Jourdain, capítulo 4, p. 50.


161 Odorico, capítulo XVI, p. 188; M andeville, p. 124.
162 Odorico, capítulo XVI, p. 188.

198
Son p e c e s l l e n o s <le b u e n a s iritcn i io n e s (e n su p r o p io d clrifT icn -
l ^ ,, c c s ,n a s n i c r i l o i i o ) , y el m a r o lrc c c mi m a ra v illo s a varic-
üao de p e s c a d o s c o n u n a p r o d ig a lid a d s o b r e n a tu r a l, ya que «no se
VC Cn (lleno m a r o t r a c o s a q u e peces*»
6. Río de piedras preciosas:
Puede o c u r r i r ( |u e la s a g u a s s e a n p o r ta d o ra s n o só lo d e elem en­
tos vivos, sino tam bién d e r iq u e z a s fa b u lo sa s La im a g in a c ió n se e n ­
carga de hacerlas p r o d u c i r la s c o s a s m ás ra ra s y fa sc in a n te s. Man-
deville habla de

un río que viene d e l P a ra ís o T e rre n a l, y todo es de piedras preciosa»


sin agua,

río que tiene «grandes ondas» y es muy ruidoso16'. Durante los tres
días por sem ana que corre dicho río, «no osa hombre entrar» en él.
Este flujo in term iten te de piedras preciosas parece tener un carác­
ter mágico, y acaso tem ible.
O tros testim onios m enos fabulosos señalan la presencia de pie­
dras preciosas cn el fondo de las aguas. Odorico* sitúa en la isla
de Ceilán una m ontaña con un «gran lago», el cual se habría for­
mado, según la leyenda, con las lágrimas derramadas por Adán y
Eva. O dorico pone tín duda tal origen, mas afirma que en el fondo
de dicho lago hay «gran cantidad de piedras preciosas», al igual que
en los arroyos de la citad a m ontaña. Lo que decían nuestros viaje­
ros fue confirm ado, siglos después, por algunos comerciantes.

En la parte meridional de la isla, basta escarbar en la arena de los


arroyos o en la tierra de los aluviones, en la llanura, para sacar a la
luz piedras preciosas de todas clases, excepto diamantes165.

XIII. F e n ó m e n o s q u e in t e r r u m p e n e l c u r s o n o r m a l d e la
NATURALEZA

Se trata de un c ie rto n ú m e ro de prodigios cuya enumeración no


es exhaustiva. H em o s q u e rid o te n e r en cuenta aquellos cuyas ma­
nifestaciones se d irigen a las form as m ás fundam entales de percep:
ción, los que están re la c io n a d o s con los elem entos naturales o los
que utilizan las c ate g o ría s esp acio -tiem p o . Existen dos opúsculos
que forman una de las m ás bellas colecciones de prodigios conoci­
das: Des Prodiges, d e Ju liu s O b se q u e n s, y Dialogue des Prodiges,
de Virgilio Polidoro. A m b o s nos o c u p arían dem asiado, por desgra­
cia. Si bien se refieren a h e c h o s m edievales que pueden seguirse des-16*

161 Mandeville, p. 165.


im ° dorico* capítulo X V III. p. 219.
230. n o tlT 1, HÍStOÍre du C o m m e rc e <L II, pp. 656-658; citado por Cordier, pp. 228,

1 99
de Jacobo de Vorágine hasta N artm an S chedel, aparecen tambicr
en 1533 en J. de Tournes, en L yon. A b u n d a n tes y muy interesan­
tes grabados en madera ilustran el texto.
Con todo, se trata de un tem a m en o r p o r lo que se refiere a!
núcleo de interés del presente tra b a jo , y p o r ello no nos ha paree,
do útil formar un repertorio exhaustivo de prodigios espigados en
narraciones y en crónicas. M encionem os al m enos, y como mue>
tra, las alteraciones en el ritm o de noches y días (la «Provincia Ge
las Tinieblas» o «El día que nunca a m an ece» 166); los prodigios ope
rados por los magos del G ran K han, que h acen , a voluntad, q u e sai-
ga el sol o la luna167; las p ertu rb acio n es m eteorológicas (los mis­
mos magos saben «cambiar los tiem p o s168; son señores de los vien­
tos, y provocan, cuando quieren, la calm a o la tempestad*» )-- En­
tre los prodigios figuran tam bién los fenóm en o s acústicos; en cier­
tos desiertos orientales, el sol hace ta n to estruendo cuando se le­
vanta que los habitantes de esas regiones no pueden soportarlo.
se esconden bajo tierra para p ro teg erse. P o r lo demás, ya heme*
mencionado la música sobrenatural del D esierto de los Demonio;
y del Desierto de L op1691 70.
Entre los fenómenos p re te rn a tu ra les que exigen la presencia de
un elemento natural o la fuerza de un o b je to también natural.:
guran todos los prodigios realizados por las piedras preciosa*

1. Ciertas piedras preciosas tien en la virtud de sanar las llaga*


de proteger contra toda clase de h eridas a quienes las portan, odt
hacer salir el veneno de una m o rd ed u ra de serpiente.
Odorico no ofrece una lista com p leta de tales virtudes, pero
dice lo que sigue:

En estas cañas se encuentran piedras preciosas de tal naturaleza que


quien las lleva consigo no puede ser dañado ni herido; habitualme:
te, los naturales de este país portan tales piedras. Por su virtud.:^
man a sus hijos y les hacen una profunda herida en el brazo ype
nen allí la piedra; después, cogen una especie de polvos y los espar
cen en la herida, la cual se cierra, e inmediatamente se cura

M arco Polo cuenta que en el J a p ó n , d u ra n te la ejecución deuna


pena capital, ocho condenados «se resistían» a m o rir; no erapw
ble cortarles la cabeza p o rq u e llevaban consigo la piedra en cues
tión. Sólo cuando se les e x tra jo la rep etid a p ie d ra se les pud*
d ecap itar171.

166 M andeville, pp. 158, 159-160.


167 M arco P olo, ca p ítu lo 76, p. 167, e tc . ^
168 M arco Polo, ca p ítu lo 76, p. 167; c a p ítu lo 107, p. 247; capítulo 193. p
169 P lan de C arp in . col. 43-44, y S o c . G é o .. p p . 660-662.
170 O d o ric o , cap ítu lo X V . p. 175.
171 M arco P olo, c a p ítu lo 163, p p . 383-384.

200
2. La ley en d a de las piedras preciosas curativas se remonta, sin
a Vn a m u y antigua tradición oriental. La carta de fray Mau­
ro indica q u e en las m ontañas de la ciudad de Here (¿Herat?),

Hay muchos dragones que tienen una piedra en la frente, la cual


cura todos los males. Cuando los habitantes quieren matar los dra­
gones, hacen un gran fuego en los bosques de las montañas; la hu­
mareda m ata a los tales animales, tras de lo cual se les corta la ca­
beza y se coge la piedra. Con la carne de dragones, y otros ingre­
dientes, se hace la triaca, remedio que sana muchos males...

Hay acaso un «deslizamiento» en la interpretación a partir de


las propiedades antivenenosas de la piedra sobredicha: llamada en
ocasiones —según Yule— sn a k e sto n e * (es preciso suponer que la
palabra traduce una expresión local), tiene, como consecuencia de
un razonamiento an aló g ico, la fama de encontrarse en la cabeza de
las serpientes y, por ex ten sión, en la de los dragones. A menos de
que sus propiedades supuestamente curativas no procedan de la le­
yenda según la cual tales piedras se hallan en la cabeza de las
serpientes.

Fig. 57. Sébasticn Brant: Fables d'Ésopc (1501), fol. 182 (verso).

Citada por Hallberg, op. cú., pp. 238. 239.


En ingles en el original (Nota del Traductor).
20 \
3. La mirada de los dragones, mirada de fuego, miníela en­
mata (figura 57), es acaso responsable de esta o tra interpretación
de la leyenda, mencionada por Mande ville 1
Hay hacia el austro otra isla con m u c h a s g e n te s malvadas y nudo
mujeres, que llevan piedras preciosas d e la n te d e sus ojos, y son *
tal naturaleza, que si miTan con enojo a u n a persona, la matan si'ii,,
con la mirada, como hacen los b a silisc o s.

Esas «crueles mujeres» nos parecen muy próxim as a las ser­


pientes-tWvrts.
Las piedras preciosas, dotadas así de caracteres contradictorios
dejan a lo largo de la leyenda y de la historia una estela fabulosa
que puede seguirse hasta nuestros días.

XIV. L as m e t a m o r f o s is

Entre los fenómenos prodigiosos, son las m e ta m o rfo sis lasque


guardan más afinidades con la m onstruosidad: todo individuóme
tamorfoseado acaba siendo alguna clase de m o n stru o para i.
ex-semejantes.
1. El especialista en m etam orfosis es S atán , que también pro­
porciona a las brujas el poder de transform arse y de transforman
otros. A este respecto, el M alleus M aleficarum ^74 plantea probie
mas extrem adam ente sutiles que resuelve de muy complicad:
m anera17314175176.
2. Las metamorfosis, ¿son reales, o basta creer que se trata de
ilusiones impuestas por el dem onio a los sentidos (visuales), por un
lado de quienes miran y po r o tro de quienes parecen metamorfo-
seados (de quienes se im aginan e sta r metam orfoseados)?.
Como dice el M alleuslY6t

la mutación es de dos maneras: ya según una forma natural quepa


tenece a la cosa que se ve, ya según una form a que no se encuentra
sino en los órganos y potencias del que mira.

Todos los estudiosos del fen ó m en o se refieren a un famoso Ca­


non Episcopi ab undantem ente co m en tad o en el M a l l e u s 117. Según
dicho canon

173 M andeville, capítulo 31. p. 394 d e la ed ició n citada por el autor


174 Primera ed ició n , 1486. 1487 ( E s tra s b u rg o . Jc a n Pruss; in folio).
175 Hemos hecho un estudio d e ta lla d o d e este asu n to en el artículo titulado«L;
D iable. la Sorciére et l’In q u isite u r d ’a p ré s le M alleus M aleficarum ». en Sénrf¡M<
n ú m 4 («Cahiers de C u c r-M a n » . U n iv e rsid a d de A ix-en-Provcnce. 1978; Honeit
Cham pion»).
176 E dición Pión (1973). p. 367. ...
177 Véanse en particular p p . 237-246; P rim e ra P a rte ; cuestiones X y •

202
una transmutación formal y real, en el curso de la cual una sustancia
se transforma en otra: una tnuim ión tal \ólo¡¡urde hacerla Dios, crea­
dor de las esencias*/M

L a m e ta m o rfo sis real de hom bre en bestia sería, como conse­


cuencia im p o sib le. C on todo, dice el inquisidor:

El canon alegado no puede excluir estas mutaciones: la autoridad,


la razón, la experiencia, están ahí para ser deducidas; en especial lo
que dice San Agustín en el Libro de La Ciudad de Dios179.

C o m o p r u e b a , se citan seguidam ente varias mutaciones: la de


los c o m p a ñ e ro s d e U lises en cerdos; la de los de Diomedes en pá­
jaros; la d e l p a d re d e P re sta n d o en caballo; la de ciertos huéspedes
tra n s fo rm a d o s e n ac ém ila s por posaderos mal intencionados.
¿C óm o e x p lic a r e sta s m etam orfosis que no son tales, pues el canon
citado d e c la ra h e re je s a quienes pretenden que son reales? El razo­
nam iento se h ace a renglón seguido muy sutil, y por milagro con­
sigue d a r u n sesgo al canon. Acudiendo a Santo Tomás, que esta­
blece u n a d ife re n c ia e n tre sortilegio y visión imaginaria, el inquisi­
dor d efin e a m b o s p o n ién d o lo s en relación:

En el sortilegio, en efecto, puede haber una cosa en la realidad y


que aparece ante los ojos, incluso aunque se la vea de otra manera
a como es. La visión imaginaria no requiere de modo necesario esa
presencia objetiva; puede darse sin ella, simplemente por las imáge­
nes sensibles internas, que ponen en marcha la capacidad ima­
ginativa180.

E n to n c e s, ¿ c ó m o in te rp re ta r las metamorfosis? El Malleus, y


ello es b ien s o rp re n d e n te , p erm ite elegir entre varias hipótesis,
como p u e d e v erse e n el siguiente análisis del caso de los compañe­
ros de D io m e d e s, q u e c ierra el capítulo:

incluso si sus com pañeros hubiesen podido ser vistos en una simple
visión imaginaria por acción de los demonios; sin embargo, se pre­
sume más bien que los demonios se dejaron ver en cuerpos que no
eran los suyos, volando como pájaros, o incluso que otros pájaros
naturales fueron enviados por los demonios para que les repre­
sentaran181.

E n c u a n to a las p e rs o n a s q u e se consideran a sí mismas como


m etam o rfo sead a s, so n v íctim as de u n a ilusión; el demonio transmi­
te a sus se n tid o s e n g a ñ a d o s to d a s las sensaciones del animal al que
van a im itar;
178
I7 V
¡bid., p. 367.
Ibid., p. 368.
180
¡bid., p. 369.
181
Ibid., p. 370.

203
El diablo puede, trastornando las percepciones y los humores ínter
nos, dedicarse a trastornar tam bién el acto y la potencia sensitiva
nutritiva, apetitiva, o cualquier o tra co rp o ral, y ello por metlio de
un agente físico cualquiera, al decir de S anto T o m as .

En el caso, por ejemplo, de los huéspedes convertidos e n acé­


milas por el posadero, o el del padre de Prestancio, quien «trans­
formado en caballo, había cargado sobre sus lomos la cosecha, jun­
to con los demás animales». Se trata de «una trip le ilusión \
engaño»1*3:
La primera, que estos hom bres hayan ap arecid o cambiados en bes
tías gracias a un sortilegio (de la form a ya dicha); la segunda, que
esos fardos demasiado pesados para las fuerzas de quienes los lleva
ban, los hayan llevado los dem onios de m anera invisible; la tercera
que quienes aparecían ante los dem ás cam biados en bestias, serr.e
jaban tales a sus propios ojos, com o ocurrió tam bién con Nabuco-
donosor. que por siete años fue tran sfo rm ad o en buey y comía hie:
ba como tal .

Los demonios son de una habilidad sorprendente, y, sobre todo


se multiplican con un celo desbordante; la pereza no es su vicio
mayor, a lo que parece.
Lo dicho no significa que ningún ser hum ano no pueda trans
formarse en animal. Júzguese el contenido de lo que sigue:

En cuanto a los que creen h ab er sido tr a n s fo r m a d o s en aminales'''.


es preciso saber que esta clase de m aleficio no se practica en núes
tros países de Occidente igual que en los de O riente. En efecto, er
éstos, las brujas transform an en anim ales a las gentes; por el con
trario, entre nosotros y com o ya se ha dicho, son las propias brujas
las que se presentan bajo tal form a ante los ojos de los demás. Por
lo que es preciso aplicar los rem edios propuestos en la tercera pane
es decir, el exterminio de las b ru jas p o r el brazo secular18*.

3. Así como Satán puede transform arse (« p u es el propio Satán


se transforma, tomando la figura y la sem ejanza de diversas perso­
nas» 18 ), las brujas, instrumentos del D e m o n io , reciben de su se­
ñor la misma facultad (no entrarem os en los detalles más tortuosos
de tal demostración, pero remitimos al lector al capítulo IX de la
Segunda Parte del Malleus*18567l88). Así pues, las b ru ja s son, indiscuti­
blemente, capaces y culpables de metamorfosis. ¿Por qué es el
Oriente más propicio a tales practicas llevadas a cabo en otras per

Ibid., p. 240.
183 y 184 Ibid ., p. 368.
185 subrayado en el original.
186 Ibid.. pp 471, 472.
187 Ibid., p 240.
188 Y en particular a las pp. 376-379.

204
Fig 58

s o n a s ? S in d u d a q u e a llí, p o r lo d e m á s tie rra s fértiles en monstruos,


los d e m o n i o s n o s o n d e e s p ír itu ta n re fin a d o , tan sutil, y son inca­
p a c e s d e a s i m i l a r la c a s u ís tic a d e los in q u isid o res occidentales... y
p o r q u e O c c i d e n t e y a t i e n e b a s ta n te q u é h acer con las metamorfosis
d e la s s o l a s b r u j a s .
P o r o t r o l a d o , n i e n O c c id e n te ni e n O rie n te la imaginación po­
p u la r s e s i e n t e e m b a r a z a d a p o r los ra z o n a m ie n to s a la hora de acep­
ta r la r e a l i d a d d e la s m e ta m o r f o s is .

A lo l a r g o d e e s t e a n á li s is tip o ló g ic o h em o s visto la im portan­


cia, la p e r m a n e n c i a d e la s tr a d ic io n e s , y en particu lar de la tradi­
ció n o r i e n t a l . L a s f o r m a s s e tr a n s m ite n d e u n a a o tra cultura, de
u n a g e n e r a c i ó n a o t r a , s in q u e lo s c re a d o re s sean , en verdad, cons­
c ie n te s d e l p a t r i m o n i o d e q u e s o n trib u ta rio s . ¿S erá preciso añadir
q u e e n e s t e d o m i n i o n o h a y o r ig in a lid a d ? U n a o b ra com o la del Bos-
c o , q u e si b i e n s e s ir v e d e m a te r ia le s tra d ic io n a le s hace literalmen­
te q u e s a l t e n p o r lo s a i r e s lo s lím ite s d e lo im aginario, no nos per­
m ite , p e s e a t o d o , a l e j a r n o s d e ta l h ip ó te sis. M as es preciso reco­
n o c e r q u e si b i e n e s i n n e g a b l e la v a rie d a d d e los seres monstruo­
sos, lo s p r o c e d i m i e n t o s d e c o m p o s ic ió n no son ilim itados. Lo que
es m á s , s e a p r e c i a e n lo s a u t o r e s u n a co m p lacen cia en repetir for­
m as y a c o n o c i d a s , la s c u a l e s , e n su m a y o ría , tien en un contenido
m ític o , y a s e a a p a r e n t e y a o c u lto . U n a d e las características del mito
es la d e s e r r e p e t i t i v o , b ie n se t r a t e d e u n a rep etició n idéntica, bien

205
Fig 59

206
<*m bos casos engendra un mito de la misma familia,
pero e ram a distinta. Por ello se justifica plenamente la opinión
de G. Lascault:

D e igual m o d o q u e según Lévi-Strauss los mitos piensan unos en


o tro s , se p o d ría d e c ir que tam bién las formas se moldean entre sí189.

Tanto para las formas monstruosas como para los mitos, hay un
inconsciente colectivo en el que abrevan los individuos. Lascault dis­
tingue con nitidez las dos actitudes existentes ante el monstruo, la
del espectador y la del «creador»:

P a ra el e s p e c ta d o r, lo m onstruoso se opone a todo lo habitual; apa­


rece c o m o u n a in v en ció n todavía hoy escandalosa. A los ojos del his­
to ria d o r p u e d e , co n razó n , ser considerada a veces como uno de los
índices d e ese h á b ito m en tal, de ese habitus según el cual el creador,
sin s a b e r lo ni q u e r e r lo , fo rm a parte de su colectividad y de
su é p o c a 190.

Se sabe que Paré tuvo graves problemas con la Facultad a causa


de sus tratados Des Monstres et Prodiges y De la Génération. Res­
pondió a las acusaciones que se le hacían (una de las cuales era que
hablaba de los m onstruos en francés, esto es, sin usar el velo pu­
doroso del latín) afirm ando, precisamente, el carácter banal, tradi­
cional, del monstruo:

E n c u a n to a la a d v e rte n c ia que hacéis acerca de los monstruos, yo


los he re c o g id o d e R o n d e le t, G esnerus, C ardan. Boaistuau, que ya
se e n c u e n tra n o rd in a ria m e n te en las m anos de damas y doncellas.
A d e m á s, ¿ n o se les p u e d e v er en carne y hueso todos los días en
esta c iu d a d d e P a rís y p o r c u alq u ier o tra p a rte 191?

Hay épocas y culturas en que la difusión del monstruo es tal que


se hace muy difícil escapar a las representaciones conocidas para in­
ventar otras. Ello explica que ciertos grabados con monstruos pa­
sen de una obra a o tra a lo largo de casi todo un siglo, encontrán­
dose así, contra toda lógica, en un contexto con el que casi no guar­
dan relación alguna192: son ya ornamentos casi intercambiables, y
no se duda en volver a em plearlos tanto en contextos distintos como
en un marco análogo al precedente.

I8W G. Lascault, op. cit., p. 224


l” Ibid., pp. 224-226.
191 A Paré, «Rcsponse de M Ambroisc Paré (...) aux calomnies d’aucuns Me-
decins ct chirurgiens. touchant ses oeuvres». Citado por J Céard. introducción a
Des Monstres et Prodtges, pp XV-XVI.
Pensamos, por ejem plo, en la narración de Schiltbereer. muy curiosamente
ilustrada.

207
E l e x a m e n d e las fo rm a s m o n s tru o s a s n o s c o n d u c e , sin embar
g o , a la d e ce p c ió n : e sa s fo rm a s tie n e n u n c o n te n id o , y éste varíe
e s c ie rto q u e los m o n s tru o s d e o rig e n o rie n ta l h a n experimentad ¡
u n c a m b io in te rp re ta tiv o al p a s a r a O c c id e n te . D e una cultura,
o t r a , d e u n a é p o c a a o tr a , e in clu so e n u n a é p o c a determinada de
u n in d iv id u o a o tr o , la in te rp re ta c ió n d e u n a fo rm a se halla sujeta
a v a ria c io n e s: u n c in o c é fa lo p u e d e s e r c o n sid e ra d o bien como un
m o n s tru o salv a je y s a n g u in a rio , b ie n c o m o u n S an Cristóbal carita
tiv o . D e l m ism o m o d o , e n las fo rm a s tie n e lu g a r un juego de com­
b in a c io n e s re la tiv a m e n te c o m p re n d id o , e n el q u e los contenido-
p u e d e n p re s ta rse a to d o s los c a p ric h o s d e l p en sam ien to . Si se ao
m ite , e n fin , c o m o lo h a ce p o r e je m p lo C . G . Ju n g , que los arque
tip o s salid o s d e l in c o n sc ie n te c o le c tiv o v a ría n m uy poco de un ex­
tr e m o a o tro d e la h u m a n id a d , se e n te n d e r á q u e esa permanencia
d e las fo rm a s, le jo s d e e x p re s a r u n a b a n a lid a d ridicula, revela, por
el c o n tra rio , la fu e rz a d e los in s tin to s m á s fundam entales, y pone
d e re lie v e u n a n e c e s id a d v ita l: la d e m a n ife sta rla s con apariencia
d e e te rn id a d .

208
MONSTRUO, LENGUA E
imagen
El monstruo, producto de una combinación de formas, no es so­
lamente el fruto malsano de una afición desmedida por el puzzle*.
El monstruo se organiza también por medio de la lengua: podría
sorprender el hecho de que los autores se dediquen con tanta obs­
tinación a describir con palabras lo que la imagen explica mucho
más fácilmente. Hay para ello muchas razones, una de las cuales es
que la elaboración del monstruo con ayuda del lenguaje constituye
una creación específica que tiene modalidades, características y pla­
ceres propios. Sin embargo, la lengua tiene estrechas relaciones con
la imagen, y ambas formas de representar al monstruo se interfie­
ren constantemente, se influencian entre sí y terminan por formar
una pareja indisoluble en la elaboración del monstruo o de lo
extraño.
En esta elaboración es necesario distinguir dos actitudes típicas.
O bien el autor es un mixtificador consciente que quiere hacer pa­
sar por monstruo lo que a priori no lo es, y contribuye asi, querién­
dolo, al enriquecimiento de la familia de tales criaturas, o bien es
ajeno a todo deseo fabulador y el monstruo se crea sin aquél sa­
berlo. En esto último lo que revela las auténticas capacidades crea­
doras de la lengua, que lo son tanto como las de la imagen, sus ocul­
tos recursos vitales, esenciales..., independientes de la intención
humana que los manipula.
En un trabajo descriptivo no resulta siempre fácil ver cuál de
las dos actitudes señaladas ha prevalecido sobre la otra; a menudo
se entremezclan, y no se las puede separar ni en un sentido ni en
otro: también ahí es preciso admitir la existencia de interferencias.
Mixtificar a sabiendas es relativamente raro, y no siempre es per­
ceptible con una simple lectura. Mandeville, que es un fabulador

En inglés en el original (N ota del Traductor).

211
n a to , no pertenece en realidad a la categ o ría de los mixtificadores
Si se com para su texto con sus fu en tes (en p articu lar con Odorico
de P ordenone), se constata que a d o rn a , que d eco ra, que noveliza
p ero no se le puede acusar de q u e re r b u rlarse del lector; sus aña
didos personales serían más bien un rev alo rizar y desarrollar las m
form aciones obtenidas de otros. E l episo d io del Valle del Infierno
es, desde este punto de vista, bien significativo y esclarecedor. \ ha
sido tratad o por Jourdain de Séverac1 23, O dorico^ y Mandeville' He
aquí cóm o se desarrollan los tre s «viajes»;

1 D e C a ld c a , pp. 59-60.
2 C a p ítu lo X X X II, pp. 490-491.
3 Pp. 170-172.

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213
Como se ve, Mandeville transforma las narraciones previas1Cf
un gran fresco (si bien oscuro y tenebroso), lleno de sonidos \ ani
mado con un movimiento alucinante. No ha visitado ese alieú-.
Infierno»*, y se le puede reprochar el que haga com o si en efecto io
hubiera hecho, pero no es un mixtificador deliberado en la medida
en que —según todas las apariencias— cree en la posibilidad de la
viaje, en su realidad. El poder de sugestión de su texto es. adcnií,
fruto de un momento de inspiración. Las narraciones de sus prede
cesorcs han sido enriquecidas por él. adornadas con una multite;
de detalles que excitan la imaginación, y ha creado un ambienten
gustioso, con un movimiento exterior aportado por las acciones de­
moníacas y otro interior, el del terror de las alucinaciones. Cao-
fragmento de Mandeville constituye, en efecto, un gran moment
de fabulación en el cual se reconoce no al mixtificador, sino alar
tista. Se podría objetar que también el arte es una mixtificación
pero ello nos llevaría a un debate mucho m ás amplio.
Hay gran diferencia entre la definida actitud de Mandeville .
de adornar y crear así una obra de arte, y la puramente mixtific*
dora que se descubre ocasionalmente (y de m odo más raro en otros
en A. Paré. El cual, por ejemplo, a propósito del caballo m arr
afirma que este monstruo «fue visto en la mar océana; un (libe:
suyo fue llevado a Roma, al Papa entonces reinante»5. El dibu­
jo que menciona Paré está tomado de Conrad Gessner. q u ie n , as-,
vez, lo había tomado de Belon. Este último

4 Es sabido que Mandeville se sirvió abundantem ente de narraciones anienotf


ya que su viaje es, en esencia, una compilación; cf. H. Cordier, OdoncdercJ
none, passim.
5 Paré, op. cit., p. 106

214
observó que el dicho caballo figuraba entre las «cosas que pueden
m ostrar la gran licencia y libertad que tenían los antiguos en sus fá­
bulas y ficciones poéticas»6, y reconocía (según la expresión de J.
C éard ) en él una representación simbólica de la ambición de poseer
el dom inio sobre la tierra y sobre el mar7.

Bclon no solamente no aporta anécdota alguna acerca del caba­


llo marino, sino que además le incluye de modo categórico entre
las «ficciones poéticas» y los símbolos. También Gessner se atiene
a esta opinión. Mas Paré, sin empacho alguno, dota a este mons­
truo de un carácter de realidad gracias al aspecto anecdótico con
que le presenta; como única referencia histórica, remite osadamen­
te al lector a un pasado intemporal. El dibujo que ilustra sus pala­
bras está destinado a dar al caballo marino la consistencia que no
le confiere la Historia.
No se trata de dramatizar estas pequeñas mixtificaciones; como
se ha visto, Paré se acusa a sí mismo de «abusar» de la idea del
monstruo, mas por nobles motivos, es decir, para «enriquecer su
tratado». Por otro lado, llega a estigmatizar las supersticiones y a
restablecer la verdad8.
En el caso que acabamos de mencionar, la superchería de Paré
es mínima, en la medida que no ofrece ninguna precisión local ni
histórica.
La mentira, utilizada conscientemente como tal, no es frecuen­
te; de modo más habitual, se trata de dar a un asunto más impor­
tancia de la que tiene, de enriquecerlo o adornarlo cuando se ha de­
cidido fabular. Por otro lado, y como señala Gilbert Durand‘\ es
necesario distinguir entre la mixtificación y la actitud de sumisión
a un pensamiento mítico todopoderoso. Subraya Durand que nues­
tra época, que rinde culto a la objetividad, confunde muchas veces
mito con mixtificación10, ignorando así una de las actividades esen­
ciales del espíritu humano, y, en fin, escribe:
Se ha puesto de relieve muy a menudo, y Lévy-Bruhl ha dedicado
buena parte de su talento a señalarlo así, cuántas veces la represen­
tación humana ha tenido dos registros, «en la misma época y acerca
del mismo asunto», que ha sido de alguna manera mítica sin por ello
ser mixtificadora, es decir, sin perder el sentido de las necesidades
y de los significados temporales**1.

También nosotros hemos decidido dejar a un lado el término


«mixtificación», que corresponde más a una obsesión moderna que

6 Paré, op. cu ., nota 262 de J. Céard.


1 Ibid., nota 262.
* Capítulo X X X I, pp 96-98, y capítulo XXXII, p. 99.
Structures anthropologiques de itmavinaire, pp 479 v 4%
Ibid., p. 495.
Ibid., p. 479. Hay un asterisco que aparece jumo a\ nombre de Lévy-Bruhl.
ronctions mentales dans les Sociétés inférieures. pp 453 y ss

i
-
• una realidad medieval. A tal p a la b ra , y a to d as las nocionc*
q u e implica, preferim os la de fa b u la c ió n , q u e p o n e de relieve cipa,
peí de la lengua.
El pensam iento m ítico, el sím bolo, el m o n stru o , han de pasa-
p o r la formalización del len g u aje, el cual h ace de intermediario n
— según nosotros— entre «la im aginación y la razón», como dice
G . D u rand12, sino en tre la im aginación y su epifanía, su manifes­
tación hic et nunc. G racias al len g u aje, lo im ag in ario se encarna.po
dría decirse. Los procedim ientos ex presivos revisten así una partí
cular im portancia, en especial la actitu d m etafó rica en todas sus for­
mas. Sin em bargo, y ello es inev itab le, to d a form a expresiva e s .en
cierta m edida, una transposición:

toda expresión añade al sentido propio el aura, el «halo» del estile


y la retórica domina a la poesía engañadora1314.

La lengua no sabría c o n ten tarse con lim itarse a transcribir; ne­


ne sus propias reservas de cre ativ id ad , e incluso, conduce a lacrea
ción; en ocasiones, el le n g u aje, com o u n a m áquina recalentada
se acelera.
Y así, cuando Jourdain d escrib e las serp ien te s de la India Me­
nor, se deja invadir p o r una especie de em b riag u ez de los colores
la cual, enseguida, com o p o r re b o te , le lleva a im aginar, ademas
serpientes de dos, de tres, h asta de cinco cabezas:

serpientes multi, maximi ultra modum, et diversarum coloren


nigri, rubei, albi et vindes, et mediis coloribus coloran; biapno
etiam, tricípites, et quinqué habentes capita, mirae admiratioms*
(«Hay muchas serpientes, grandísimas, de todos lo s colores, negras
rojas, blancas, verdes, de colores mezclados, con d o s , tres v hasta
cinco cabezas, cosa sorprendente»).

O curre tam bién que el c a rá c te r e x tra o rd in a rio de ciertas criatu­


ras no es o tra cosa que p ro d u c to de un estilo calculado. En la
T ercera India existen, según J o u rd a in , ho m b res intensamente ne
gros, ventrudos, gruesos al tie m p o q u e p e q u eñ o s, de muy homto
aspecto; se dedican a cazar fieras salv ajes tam bién horribles («fetas
horribiles») y serp ien tes a ú n m ás e sp a n to s a s («atque horribilisstnw
serpentes»):

et sunt feri ferociter contra feras.


(«y son ferozmente salvajes con las fieras»).
El tex to e stá c o m p u esto con m ed io s sum arios, pero eficaces.cor
vistas al efecto que d e b e p ro d u c ir.

12 G . D u ra n d , op. cit., p. 483.


13 Ib id . . p. 484.
14 P. 444.

216
Con todo, aunque pueda sospecharse en nuestros autores un de­
seo manifiesto de impresionar o de arreglar una narración (véase
Mandeville, poco más arriba) o un capítulo (como el Vde Plan de
( arpin ), muy a menudo lo fabuloso se introduce en Jos textos
como consecuencia de una cierta ingenuidad. Jourdain e x p l i c a e l sis­
tema monetario chino como una operación mágica; la moneda chi­
na es de papel, mas con él se pueden adquirir las más preciosas
riquezas, y, en una palabra, todo Jo que un hombre pueda desear;
cum qua habetur aurum, argentum, sericum. lapides pretiosi, etsim-
pliciter omniu quae vull homo16.
(«Con la cual [moneda de papel] es posible otener oro, plata, seda,
piedras preciosas, y. en suma, todo lo que un hombre desee»).

Tales formas de fabulación involuntarias son frecuentes. Marco


Polo ha oído hablar, en la provincia de Tenduc, de Ung yMongul,
nombres regionales de dos territorios tártaros y de sus habitantes.
Pero al igual que Plan de Carpin, se sorprende ante la semejanza
de tales palabras con Gog y Magog, y cree asimismo establecer la
verdad al relacionar aquéllos con los pueblos malditos de la Biblia:
se llama en nuestras tierras Gog y Magog; mas los que allí viven lo
llaman Ung y Mongul17.

La sem ejanza fónica produce la asociación de ideas. Cuando no


se han visto por sí mismo la realidades exóticas, hay la tentación
—por así decir— cuando se sabe de ellas, cuando se lee acerca de
ellas, y con m ayor razón cuando se describen, de hacer asociacio­
nes de ideas con cosas conocidas. Mandeville, que describe a los chi­
nos utilizando entre otras fuentes a Marco Polo, recuerda que éste
los había visto con barbas muy poco espesas:

apenas hallaréis hom bre que en su barba tenga sesenta pelos, y és­
tos tiénenlos muy ralos, semejantes a un leopardo o a un gato18.

Poco hará falta, en efecto, para imaginarse a tales hombres como


provisto de un «bigote» de gato o de leopardo. Es probable que si
hubiese que ilustrar gráficamente tal descripción no sería difícil de­
jarse llevar por alguna bufonada semejante. La asociación de ideas
voluntaria o semivoluntaria está bien próxima al procedimiento de
la comparación y de la m etáfora. Para describir a sus oyentes o lec-15

15 Bcrgcron, capítulo V, col. 40 y ss , Soc. Géo., pp 649-678 Plan de Carpin


se preocupa por alternar episodios reales, incluso realistas, e intervenciones de lo
anuloso. Se trata de un inteligente mosaico que atestigua un notable cuidado por
la composición ^
'* Jourdain, p. 58.
\%Marco pólo, capítulo 75, p. 160.
PP 6771yna^eV1,,C’ P' B 3 ' Para las fucn,es- cf- lamb‘*n Pl*n de Carpin, Soc Geó ,

217
to rc s co sas d e sc o n o c id as, el v ia je ro se sirv e d e lo conocido, proce
d e p o r aproxim ación', ta l p a rte d e u n a c ria tu ra exótica se parece ¡
ta l o tra d e un ser fa m ilia r, y así se c o n tin ú a si se detalla cada pane
d el o b je to de la c u rio sid ad g e n e ra l. E l c o m p o rta m ie n to , las costum
b re s de c ie rto s p u e b lo s, p u e d e n d a r lu g a r a com paraciones que no
tie n e n n a d a d e e tn o ló g icas. R ic o ld s e ñ a la , al d e sc rib ir su encuentre
co n la « m o n stru o sam e t ra b io s a m g e n te m C u rto ru m » , uue habitar
e n m o n ta ñ a s y lugares e s c a rp a d o s sicu t capre silvestres'* , como ca­
b ra s salvajes. El re to de la d e sc rip c ió n n o o fre c e ningún otro ele
m e n tó p ro p ia m e n te m o n s tru o s o . R ic o ld , en cuyo texto parece:
flo re c e r las c o m p a ra c io n e s a u d a c e s , n o se a tie n e siempre a aprou
m acio n es m ás o m e n o s « p o é tic as» e in o c e n te s com o la recién men­
c io n a d a . P u e d e llevar m u c h o m á s le jo s la com paración:

(...) homines bestiales qui Sarraceni et habitant communitcrsubtc;;:


ad m odum talparum . Isti egrediuntur de caucrnis terre quasi mj
res*...)20.
(«hombres bestiales, como sarracenos, que habitan generalmente de­
bajo de tierra, como topos. Salen de sus cuevas subterráneas come
ratas»).

L a p re su n c ió n h o m in e s bestiales h a ce q u e estas comparación;


se a n v e rd a d e ra s a sim ilac io n e s, y to d o s los elem en to s del texto cor
trib u y e n a re fo rz a r la im p re s ió n c re a d a (su b térra, de cuuerms) Er
la d o b le im a g e n an im al ta m p a r u m - m u r e s , d o s veces despreciativa,
re p u lsiv a , c a d a té rm in o p u e d e s e r c o n c e b id o com o en compeiicic
co n el o tro . ¡N o les q u e d a m u c h o d e h u m a n o a esos sarracenos
L as d e sc rip c io n e s e x tra o rd in a ria s d e seres hum anos o de anima­
le s re a le s a p a re c e n e n a b u n d a n c ia . U n m o d e lo en su género es
q u e h ace J o u rd a in d e S é v e ra c d e l e le f a n te , y m erece ser analiza;
e n d e ta lle :
Estos animales son extraordinarios: por su tamaño, por su volume:
por su fuerza y tam bién por su inteligencia, sobrepasan a todoslos
animales del m undo. T ienen una gran cabeza; ojos pequeños (m ¿>
pequeños que los de un caballo); orejas en forma de alas de búho
de murciélago; una nariz q u e, naciendo en lo alto de la cabeza.lltp
hasta el suelo; dos dientes exteriores dirigidos hacia adelante, de.
tam año, grosor y longitud fuera de lo común (implantados enlana:
dfbula superior) (...) T ienen pezuñas enorm es, provistas de seisufa
parecidas a las del buey o más bien a las del camello. Este anur.¿
puede tran sp o rtar sobre sí, en una especie de habitáculo de rr,adera
más de treinta hom bres21.
E l te x to a ñ a d e q u e e l e le f a n te se u tiliza en la guerra, y que hace
t a n t o e s tr a g o c o m o c in c u e n ta h o m b re s y m ás. Hay tres cosas enti

19 C apítulo XV, p, 123.


20 CM apítulo
ip u u iu V
V lIII,
l l , p.
p . 114.
I l t .

21 Jourdain de Séverac, De M ajori India, p. 48.

218
mundo que no es posible resistir con la tuerza de las armas: el ravo.
la balista y el elefante.
El autor desea dar al propio tiempo la impresión de una fuerza
admirable (sitúa al elefante al mismo nivel que el rayo, fenómeno
celeste) y de asombro. El animal es enorme; su cabeza, sus pezu­
ñas, su nariz —que nace en lo alto de la cabeza llega hasta el sue­
lo— son atributos monstruosos que pueden encontrarse en los tra­
jes y máscaras de carnaval, por ejemplo22. Los dientes gigantescos
son característica frecuente de los dioses orientales. Si se pasa rá­
pidamente por la fórmula de comparación acl modum, que no apa­
rece sino dos veces en el texto, el elefante parece reunir elementos
de diversos animales: ojos de caballo, orejas como las del búho o
del murciélago, pezuñas gigantescas parecidas a las del buey o del
camello. La imagen que del elefante se hace el lector se resiente de
todas esas comparaciones.
Entre los grabados que ilustran
el viaje de Mandeville hay uno,
en efecto, que atribuye al ele­
fante pezuñas de buey y orejas
como alas de murciélago; ade­
más, el animal porta una curio­
sa «casa», casi una torre, tan alta
como él. Este ejem plo demues­
tra que las fórmulas com parati­
vas constituyen barreras bien
débiles para la capacidad imagi­
nativa del espíritu humano. No
solamente el objeto comparado
puede ser asimilado al del se­
gundo término de la comparación,
sino que, adem ás, elem entos a
priori anodinos se modifican de
modo sorprendente: el habitáculo para quienes van encima del ele­
fante, explicado por Jourdain con una vaga fórmula (quodam arti­
ficio de lignis), se transform a en otros autores en una auténtica casa.
Es cierto que en la India, con ocasión de ciertas ceremonias, tal
construcción puede llevar un dosel, lo que justificaría más satisfac­
toriamente la com paración citada. En cualquier caso, el lector o el
ilustrador interpretan esa «casa» a su propia manera.
La descripción de Jourdain no se limita al aspecto físico del ele­
fante. Si se tratase únicam ente de un animal extraordinario, no se­
ría lo bastante fascinante para la imaginación; Jourdain y otros in­
sisten, adem ás, en su inteligencia:

Las muy curiosas máscaras del carnaval de Basilea, vivido todavía en nuestros
días como una especie de fiesta litúrgica, suelen tener, en contraste con sus peque­
ños ojos, grandes orejas y enorm e nariz.

219
Istud animal nihil facit nisi cum verbo; itaque m agister suus non ha
bet aliud facere nist quod dicat semel sibi: tac hoc et (acit; nec vide
tur aliter brutum, sed utens ratione (...) Mira res! genu flcctit. jacct.
sedet, vadit et venit, solum ad praceptum m agistri sui.
(«Este animal no hace nada sino incitado por la palabra; le basta a
su dueño decir una sola vez «haz esto», y lo hace; no parece una bes­
tia, sino que tenga razón (...) ¡Cosa admirable!: se arrodilla, s e echa
se sienta, va y viene, y todo a la voz de su dueño»).

Dos expresiones llaman la atención en este texto: v e r b o y utem


ratione, que relacionan al elefante con el ser humano gracias a su
inteligencia y a su comprensión de la palabra. Esta m a s a gigantes­
ca, esta fuerza desmesurada, se somete al hombre ante u n a sola pa
labra de éste. Su gran mansedumbre contrasta con sus habilidades
guerreras:

et est animal mansuetissimun et doctum ad b ellu m ...

Se distingue de las bestias por la finura de su razón , y también


por su sensiblidad. Más de un siglo después de la descripción hecha
por Jourdain aparece en S. Brant una sorprendente fórmula
Magna quoque ingenii dos est conccssa elcph an to . Scnsibus huma
nis vim gerit illc parem. Intellectus adest: discit. memorat, adora:
(«El elefante está dotado de gran ingenio. P arece tener tanto sentí
do como los humanos. Tiene inteligencia: ap ren d e, tiene m em oria
adora»).

La comparación con la sensibilidad humana es inequívoca, y la


expresión intellectus adest brilla como prueba luminosa. El elefante
es ya tan fabuloso que se le atribuye incluso el poder de combaiir
a los dragones23:

Pugna his interdum/sevisque draconibus atrox.


(«Libra un combate atroz con los furiosos dragones»).
El grabado (figura 62) muestra, en efecto, un elefante luchando
con un dragón; éste tiene alas como de murciélago, y no se dife­
rencia mucho de su enemigo: queda relegado a un rincón del gra­
bado, medio oculto por un elefante situado en primer plano quepa
rece no tratar muy bien a otro de sus congéneres. E l dragón no se
distingue sino por sus orejas puntiagudas, su cola (no dem asiados
sible, por lo demás), y por la especie de espolón que prolongase
hocico: versión apenas diferente de las defensas de sus adversarios

23 Esta particularidad es mencionada a menudo, y no se trata de


personal Cf Brunet, Jeux et Sapiences du Moyen Age (pléiade). pp. 814-HO ^
nardo da Vinci, Carnets, t. II. pp 384 y 387.

220
A p a r t i r d e la s c o m p a r a c i o n e s se o p e ra , pues, un insensible des­
lizam iento h a c i a lo f a b u lo s o . A u n q u e el texto se redacte teniendo
en c u e n ta el e f e c t o q u e q u i e r e p ro d u c ir en el lector, no se le puede
acusar d e d e f o r m a r la r e a l i d a d d e m o d o inadmisible. Es la yuxta­
posición d e t é r m i n o s e v o c a d o r e s , el efecto de la acumulación, los
que e la b o ra n lo f a n t á s t i c o . E s e «deslizam ien to » no es sólo produc­
to de las im a g in a c io n e s m e d ie v a le s . E d o u a rd Charton ofrece una
«versión a b re v ia d a » del t e x t o d e C ristó b a l C olón (ya abreviado, a
su vez, en el siglo X V I, p o r L a s C a sa s) en el siglo XIX, en su sene
de V o y a g e u r s a n c i e n s e t m o d e r n e s , y u n a descripción de cierto pez
en un re s u m e n to ta lm e n te p e r s o n a l . E l tex to colom bino original era
el siguiente:
P e s c a ro n ta m b ié n co n re d e s y hallaron un pece, entre otros muchos,
q u e p a r e c ía u n p r o p io p u e rc o , no como tonina, el cual diz que era
to d o c o n c h a m u y tie s ta y n o tenía cosa blanda sino la cola y los ojos,
y u n a g u j e r o d e b a j o d e ella p a ra expeler sus superfluidades. Man­
d ó lo s a la r p a r a lle v a r lo q u e viesen los Reyes24.

H e a q u í el re s u m e n d e C h arto n :
P e s c a ro n u n p e z m u y d u r o ex c ep to los ojos y la cola, recubierto de
e s c a m a s , e n to d o s e m e ja n te a un c e r d o .

En su a u d a z re s u m e n , la fórm ula de Charton es perfectamente*5

* Prim er V iaje; viernes, 16 de noviembre de 1492; p. 63.


5 E. C harton, o p . c it., t. III, p. 113.
monstruosa: este cerdo con escamas no tiene nada que ver. su:
duda, con aquei pez pescado aquel lejano día..., pero tampoco con
Jos cerdos auténticos. El resumen de Las Casas tiene más manees.
La imagen del cerdo ocupa un lugar menos visible, y está asociada
con el delfín, es decir, con un animal marino bien conocido. No pen­
semos. sin embargo, que la descripción de Colón ofrece menos oca­
siones de dar pábulo a la imaginación. En efecto, el delfín era co­
nocido con el nombre de cerdo marino, y esta denominación daba
lugar, todavía a fines del siglo XV, a representaciones como la que
se halla en S. Brant. ¿Quién reconocería en ese «cerdo marino» a
un delfín? (figura 63). Como se ve, la comparación no está lejosde
la metáfora, y da lugar a un fenómeno de asimilación difícil
de discutir.

Fig. 63 .

A propósito de la jirafa, se encuentra en Mandeville un ejenv


pío muy poético de lo dicho:
Y hay animales que se llaman orafles, que están en los árboles b
un animal salpicado de manchas, y no es tan grande com o un caba­
llo, pero su cuello tiene sus buenos veinte codos de largo. Puede mi­
rar sin problemas por encima de una casa26.
Tal descripción, por lo que nosotros sabemos, no ha dado lugar
a una representación que tenga en cuenta la fórmula «que estañen

26 Mandeville, capítulo 31. p. 3% de la edición citada por el autor.

222
los á rb o le s» . E l c a r á c te r com puesto hasta por si mismo para d a r
una im p re s ió n tal d e e x tra ñ a confusión que lo fantástico se e lab o ra
si o tro a y u d a q u e las p a la b ra s.
L o s e je m p lo s c ita d o s nos llevan al centro de un debate in ev ita­
ble c u a n d o se h a b la d e m o n stru o s. U na ve/ que se ha co n statad o
el p a p el c re a d o r d e la le n g u a , es posible concluir aceptando su p o ­
der s o b e r a n o ; p e r o e n la E d a d M edia es evidente que existe un co n ­
flicto d e in flu e n c ia s e n tr e la im agen y el texto: ¿cuál es más apto
para rep resen ta r lo e x tra o rd in a rio y lo m onstruoso? 6cuál es más
a p ro p ia d o p a ra c re a r? D o s te m a s bien diferentes que constituyen,
cada u n o u n a e ta p a d e l d e b a te .
P o d ría p e n s a rs e q u e el m o n stru o exige ser visto, que la lengua
no b a sta p a r a d o ta r le d e im ag en . N o solam ente la lengua seria un
in stru m e n to in s u fic ie n te p a ra describir a los m onstruos, pero ade­
más sería to rp e d e s c rib ir la re a lid a d de un ser norm alm ente consti­
tuido, d e l cu al — c o m o se h a visto— podría hacerse un ser m ons­
truoso. P ie n s a n a lg u n o s q u e el m o n stru o podría nacer de la p o b re ­
za de la le n g u a , d e u n le n g u a je inad ecu ad o . A si, B. H euvelm ans
atribuye la m o n s tru o s id a d d e los anim ales m arinos «a la pobreza
de n u e stro v o c a b u la rio , al m e ca n ism o m ism o de nuestro lenguaje
(...)» 27. T a l o p in ió n p e rte n e c e a u na c o rrie n te que G . Lascault re ­
sume así:

ciertos m onstruos, com o ciertos mitos, testimonian que la lengua no


se adapta siem pre a sus fines, que no dice siempre lo que quiere de­
cir, que no ofrece siem pre la pura descripción del mundo percibido,
que no es un instrum ento perfecto: una concepción positivista de la
lengua considera com o enferm edad estos usos del discurso, que ella
no ha previsto28.

Es c ie rto q u e la le n g u a n o p u e d e d a r cu en ta de u n a re a lid ad vi­


sual con a d e c u a c ió n p e r f e c ta . L o s a u to re s m edievales tie n e n c o n ­
ciencia d e e llo . L a d e s c rip c ió n del e lefan te term in a con u n a frase
en que a p a re c e n e x p líc ita m e n te re c o n o cid a s las lim itaciones ta n to
de la escritura c o m o d e la le n g u a :

simpliciter, non possint scribi (per modum loquendi) proprietates is-


tius anim alis29.

(«En sum a, no es posible describir (por medio de la palabra) las p ro ­


piedades de este anim al»).

D e c la ra c io n e s ta le s a b u n d a n , y so n a m e n u d o p ro c e d im ie n to s
por m ed io d e lo s c u a le s e l a u t o r q u ie re h acer e n te n d e r al le c to r q u e

B. H eu v elm an s, D a n s le s illa g e d e s m o n s tr e s m a n n s , pp 33-34; citado por G


Lascault, o p . c u . , p. 220. ^
* G L ascault, o p . c u . , p p . 221-222.
Jo u rd ain , o p . c i t ., p. 48.

223
es preciso imaginar m ucho m ás de lo q u e dice. Jourdain pretende
en todo m om ento que no p u ed e d ecir so b re algún asunto ^todo ¡<
que debería («scribere p ra e te rm itto p ro p te r prolixitatem » ), dan
do, con todo, una descripción detallada d el o b je to en cuestión )
no lo hace para evitar el d ecir m ás cosas, sino p ara añadir a su ais
curso el halo suplem entario de lo m iste rio so , de lo indecible. L
poesía, com o se sab e, es p re c isa m e n te lo inefable.
E n ocasiones, el au to r se confiesa in cap az de describir todo por
que necesitaría m ucho tiem po:

Mira vaíde possum dicere de ista India; sed describere minime vale,
propter temporis brevitatem303132.

(«Muchas cosas asombrosas puedo decir de esta India, pero no pue­


do describir mucho de ello a causa del escaso tiempo»).

La expresión m in im e valeo señ a la u n a especie de impotencia dei


lenguaje ante la en o rm id ad d e la e m p re sa . Jo u rd ain afirma a vece;
que la lengua no tiene los m ed io s n ecesario s p ara expresar bien lo
que ha visto con sus ojos:

Mirabile est! revera, non potest bene hoc vel lingua expnmi quod
vidi oculis meis .

(«¡Es admirable! En verdad, mi lengua no puede expresar lo que


han visto mis ojos»).

E sta inferioridad del le n g u a je con relació n al objeto visto dato


davía m ás valor a é ste , com o indica, p o r lo dem ás, ese Mirabile es:
E l quit dicam q u e ta n fre c u e n te m e n te h allam o s, o la fórmula y qué
os diría que ap arece en M arco P olo d e m o d o casi obsesivo, indicar
este constante d eseo d e se ñ a la r al le cto r el desnivel entre la cosa
vista y la cosa dich a, y acaso ta m b ié n u n a dificultad auténtica para
e x p re sa r una realid ad ta n d ife re n te d e lo habitualm ente conocido
M as no conviene co n clu ir con d e m a sia d o apresuramiento que la
lengua es im p erfecta; de esa im p erfecció n se sirven, precisamente
y d e m odo m uy h áb il los a u to re s. P a ra em p ezar, la señalan, como
ya hem os visto; en caso d e n e c e sid a d , la exageran ante el lector
ad em ás y sobre to d o , p o rq u e c o n o c e n el p o d e r d e sugestión de la
len g ua y su c a p a c id ad p a ra su sc ita r en la imaginación nuevas
eflorescencias.
L a im perfección d e la le n g u a es el m o to r mismo de la imagina
ció n . A este re s p e c to , a p a re c e e n C o ló n una frase significativa

Y finalmente dice que cuando el que lo ve le es tanta la admirad

30 Jourdain. p. 45.
31 Jourdain, p. 46.
32 Jourdain, p. 44.
Oiánto más será a quien lo oyere, y que nadie lo podrá creer si no
lo viere .

Tal conciencia del poder sugestivo de la narración aparece ra­


ramente con tanta sinceridad y claridad antes de nuestros teóricos
modernos. La cosa vista, cuando es extraordinaria, es, sin embar­
go, menos «maravillosa» que su descripción, va que revela lo esen­
cial de su misterio: muestra todo, o muestra demasiado. La imagi­
nación se detiene ante los contornos del objeto, que, fijado en la
retina, queda también fijo en el espíritu. Así se aclara para noso­
tros la misteriosa frase que aparece casi en la parte más alta del ma­
pamundi de Hereford:
omnia plus legenda quam pingenda.
(«Todas las cosas que más vale leer que pintar»).
El artista, que tenía a su disposición los recursos del grafismo,
proclamaba así sin dudarlo la superioridad del lenguaje. Es tan cu­
rioso como significativo que Hereford haya escrito legenda («leer»)
y no scribenda («escribir»): sin duda tenía en cuenta el punto de vis­
ta del lector y no el del pintor o del redactor. El artista tiene con­
ciencia de ofrecer al lector una materia básica: lo que importa es el
trabajo imaginativo que hará que reciba esa materia, y no el verda­
dero trabajo poético. Que los autores tengan conciencia clara de
ello, como Colón, o que tengan sólo un oscuro presentimiento,
como en el mapamundi de Hereford, es un hecho capital. Se sabe
que ante la creación artística la Edad Media tiene una humildad ex­
traordinaria; el artista no fija una obra o más modestamente una
imagen: es materia viva, ofrecida a todos como un tema con sus va­
riaciones; la forma expresiva que permite más libertad a esas varia­
ciones es considerada como la mejor. Por ello, es totalmente
exagerado considerar como una «enfermedad» del lenguaje las
descripciones llamadas «inadecuadas». La Edad Media ha utilizado
demasiado la descripción y los procedimientos descriptivos (compa­
ración, matáfora, preterición...) como para haber ignorado sus re­
cursos. Se servía, en efecto, de las imperfecciones de la lengua como
recursos creativos; ha utilizado con tanta constancia y habilidad los
instrumentos imperfectos de la descripción que no es posible pen­
sar que ello haya sido hecho de modo infantil.
Es lo que explica apretadamente Lascault en un breve párrafo,
en el que señala las limitaciones de las teorías que presentan al
monstruo como resultado de diversos intentos de imitación fracasa­
dos a causa de la imperfección de los medios empleados:

Cuando el significado de las palabras «salta» a otro significado por


medio de metáforas que cesan de dejarse de ver como tales, la len-3

33 Colón, Primer Viaje; domingo, 25 de noviembre de 1492; p. 69

225
fuá afirma au aobcranla, au autonom ía, con relación id imm.
percibido*4.

Y afirm a L ascault, e n ré p lic a a q u ie n e s p re s e n ta n a la helad M


día y m ás en general a la le n g u a c o m o víctim a s de una inadcui.,
ción instrum ental básica:

es necesario encontrar las razones de tal inadecuación y del nu,m


que supone para quienes la repiten y para quienes la escuchan «¡;
van'5.

Sin e m b arg o , no q u e re m o s c a e r en o tr a exageración y proel,,


m ar el im perialism o d e la le n g u a . L e n g u a e im ag en forman unap*
reja dem asiado creativ a c o m o p a ra e n fre n ta r u n a con otra
La im agen tie n e un p a p el e n o rm e e n la m e d id a en que es la la
tu ra del p o b re . E n e fe c to , d ice S an G re g o rio q u e

ln ipsa ignorantes vident quod sequi debeant, in ipsa legunt qui


teras nesciunt*3536.
(«En ella los ignorantes ven aquello que deben hacer, en ella Ice­
los que no saben leer»).

T am bién G u illa u m e D u r a n d , o b isp o d e M en d e, atribuye a b


im agen un papel d e e n se ñ a n z a y d ifu sió n :

Pictura et ornam enta in ecclesia sunt laicorum lectiones37.


(«Las pinturas y ornam entos de las iglesias son la lectura de lo
legos»).

Q u e nadie se s o rp re n d a p o r e sta s re fe re n cia s a autores ajenos;


n u estro Corpus: al h a c e rla s, n o d u d a m o s en acudir así a unatrao:
ción a la cual to d o s se s o m e tía n .
A sí pues, e n a q u e lla é p o c a la im a g e n es m ás «accesible» quelo
escrito; incluso to d a v ía h o y , c u a n d o e n principio el libro está ai a
canee d e to d o s, la im a g e n tie n e un p o d e r d e fascinación inmediat:
del que carece el te x to ; lo q u e d e p rim itiv o hay en nosotros se dea
llevar m ucho m ás d e in m e d ia to p o r la im ag en ; la facilidad de pe:
cep ció n , la p e re z a ta n a m e n u d o p u e s ta de relieve y consistentee'
d e ja rse llevar p o r esa fa c ilid a d , h a c e n d e la imagen un temible ir-
fru m e n to , p o r lo d e m á s y sin d u d a , el m e jo r adaptado a la repre­
sen tació n d e los o b je to s v isu ales. L e o n a rd o da Vinci manifiesta

14 G. Lascault, op. cit., p. 222.


35 G. Lascault, op. cit., p. 222.
36 De consecra!. Dist. III.c. C itado por R. Villeneuvc, Le Diableáis.*''1
49 n 1
’ 37 R a tto n a le divinorum officiorum , libro I. capítulo 3. C itado por R V'illíi*’-''
ib id.

226
convicción en un incisivo p a s a je ; al m argen de un grabado a n a tó ­
mico que représenla el corazón h u m a n o , esc ribe
¿Con qué p a la b ra s , oh escritor, podrás alcan/ai la organizada per­
fección d e e ste d ib u jo ?
Falto de c o n o c im ie n to s necesarios, tu descripción es tan confusa que
no da sino u n a p e q u e ñ a iden de la ver¡latiera forma ¡le Iuí roías, y
te ilusionas c o n ello persuadiéndote de que eres capa/ de satisfacer
por c o m p le to al o y e n te , cuando tú hablas de la representación de
una cosa q u e tie n e una sustancia y que rodea una superficie.
Yo te aconsejo que no te dejes engañar por las palabras a no ser que
hables a los ciegos. Sin em bargo, si te atreves a una demostración
verbal dirigida a los oídos antes que a los ojos de los hombres, que
tu discurso se ocupe de las cosas sustanciales o naturales, y no le ocu­
pes de hacer entrar por los oídos lo que tiene relación con los ojos-,
en tal empresa se rá s superado, con mucho, por la obra del pintor.
¿Cómo p o d ría s , co n las p alabras, describir este corazón sin necesitar
todo u n v o lu m e n ? Pues cuantos más detalles acumules, más llenarás
de confusión el espíritu del oyente. Y tendrás siempre necesi­
dad de c o m e n ta ris ta s y de recurrir a la experiencia... 8.
El texto de Leonardo da Vinci analiza perfectamente todas las
dificultades que experimenta el lenguaje para transmitir las formas,
los volúmenes, los efectos de profundidad, de perspectiva, etc. La
verdadera form a de las cosas se halla fuera del alcance del lengua­
je. La descripción verbal no es sino una compensación únicamente
válida para los ciegos. El propio escritor aparece aquí casi como un
enfermo. Pese al tono desmesurado, casi polémico, de su demos­
tración, Leonardo señala con justeza los problemas específicos de
la descripción verbal (o escrita): es preciso acumular detalles para
describir un objeto visual, acumulación que es fuente de confusión.
Dado que el objeto que ha de ser descrito tiene una cierta comple­
jidad, se hace imposible organizar los detalles para formar un
conjunto coherente. Se podría ir más lejos incluso que Leonardo:
el dibujo puede representarlo todo, hasta las abstracciones. Cierto
esquizofrénico del siglo XX, que veía a sus psiquiatras redactar in­
formes acerca de su delirio, exclamaba irónicamente:
Ustedes escriben sin cesar. Para decir todo eso, bastaría con que yo
hiciese un dibujo. Yo veo todo eso con una sola mirada*39.
Sin duda a partir de cierto nivel de abstracción el dibujo ya no
es tan adecuado para esa representación ideal como lo es para lo
concreto: en tal caso también puede precisar de comentaristas. Pero
el enfermo mental antes mencionado pone de relieve una de las cua­
lidades esenciales del dibujo: la imagen permite una percepción glo­
bal que no ofrece lo escrito. .
w Les Carnets de Léonard de Vinci; t. I, pp. 123-124
39 R- Volmat, L ’A rt psychopathologiquc, p 209

227
No w ju»mU' lu-gni q u r 0I ittnttttruo **rt qi> .1. (lt(
no** M el texto i'niuvit^K1h »iuUmi««Io m I iiiu UHV“ | " “ f,‘ '»*•••. Ili
rtyudrt d r 11*píete til tu tulle* vltualo», no drhllltrtfb» im»l 11I»l* m. m,
iu puf ello rtilltlcUl tt Irt bota de rtllrtlt/m lux luonslnioh n,, , (
i Iimi el dibujo tnu ate m ám em e to m o lo* (ex io i; **h m* luh«» 1*11,1,lt
que cu Irt imaginación, hablando n i g c m in l, 0I iiiimfiinm up,,,,.
n i pnniot luga» bajo U turnia de im agen, y que 1¡» k iig u .i.......
venga uno <t Ululo de voinciituno ir t im agen c t tumbicu u,„- ,
que vurtlquiei otro medio p aia repiexcm ur lo q m \ n ption ,
orden vituiil.
Con todo, no conviene ap re su ra rte a tleriucit de mi i
para rcprexcntai iit realidad visual que la im agen e s una i <|»i..,i
ción fiel de esa realid ad Al igual que el lenguaje, la i n u i g r u 4
interpretación, Tan fiel com o te qu iera a su re a lid ad im puní,
otra cosa que una representación parcial: son .......................
imágenes para explicar un o b jeto ; representa! supeilicies \ \ulunr
nes no es sino un aspecto del tra b a jo pictórico; para repicscni.u ¡„
interior hacen falta «cortes». A dem ás, para d ar una idea i,m pi n
sa como sea posible del o b je to , es necesario adopiai mi f»ian nu­
mero de diferentes «puntos de vista». E n resum en, también la mu
gen es una reconstitución, una transcripción, y no puede repuvn-B
tar la realidad en su integridad.
En tanto que figuración parcial, y po r lo mismo partidista*.dt
la realidad, la imagen ofrece a lo im aginario interesantes posibili­
dades germinativas. Al igual que la lengua, la im agen crea, añade
a lo que los ojos ven un gran elem en to de in terp retació n personal;!
deja a los objetos un m argen de m isterio, d e cosa desconocida Un­
to el escritor, como el «im aginador», com o el p intor, fahulan A
propósito de los m onstruos m arinos — en los grabados utilizados
por Paré en Des Monstres et Prodiges— , que sorp ren d en por su be­
lleza plástica, Rondelet sospecha que el grabador ha añadido cier­
tos detalles para hacerlos m ás m aravillosos:
yo creo que el pintor ha puesto algo de su cosecha, ademas di lo
que ha tom ado del natural4*1.

Puede ocurrir que po r razones de tipo esencialmente gráfico un


ser insólito se transform e en un ser m onstruoso. Así una desenp-
ción A puede ser re in terp retad a po r un lector en función no exac­
tam ente de la im agen que concibe. A ’, sino de la que quiere con­
cebir, B; esta últim a, m ás g eo m étrica, m ás simétrica o sencillamen­
te más sorprendente, condiciona la nueva descripción B’4041:

* En el original, juego de palabras entre partielle y partíale, más ajustadoí*


en castellano (Nota del Traductor.) .
40 Una de las fuentes de Paré: Guillaume Rondelet. L'Hisloire entil't
sons composee premieremetu en latín par maistre Guillaume Róndela úV(C
pourtraits au naif (Lyon. Mace Bonhommc. 1558). p. 360. ^
41 A , A*. B. B*. sugieren, a título de hipótesis, el orden de sucesión de le
rentes operaciones mentales.

228
P # * 4 ’ií|»< l<*'i A

^ ii A

lliiaj/rn M

Pcftcripcjriu H'
Un ejcmjWo de role p io r n o sr encuclilla en he\ Mnnure> W
Prodigex de Paré; un auunal moiistiuoso <1*1 A hita, a! cual Paré no
le da n o m b re , flpuira* en mi limado ron una huma que él repie-
scnta por p u n ie ra v r/ (liguia 64)4' Paré pretende haber «sa< ado*
este animal tic Lerin A lm ano, cuando en realidad lo toma de Boc*
mus, quien, sim plem ente, dice:
En esta isla hay unas b e s fe /u e la s <le naturaleza y propiedades mara­
villosas: tienen el cuerpo redondo en forma de tortuga y dos rayas
en ambos costados, con dos extremidades, en las cuales tienen una
pequeña oreja y un ojo a cada lado, de modo que tienen cuatro ore­
jas y cuatro ojos, y tienen solamente un vientre, con los intestinos
con Jos que digiere su alimento. Tienen muchas^ natas, de manera
que pueden caminar hacia adelante o hacia atrás .

229
Esta descripción es interpretada por Paré, quien añade alguna
detalles que no dejan de tener importancia, derivados sin duda de
la representación visual que se hace del animal en cuestión, <>de |,i
que quiere dar:

... y sobre la espalda tiene cruzadas y marcadas dos rayas amanHm


con figura de cruz, y al final de cada raya tiene un ojo y u na orei.-; I
(...) Estas bestias tienen muchas patas alrededor d e l cuerpo, con Lis
cuales pueden caminar del lado que quieren sin retorcer el cuerpo,
la cola, muy larga, con su extremo recubierto d e m u ch o pelo1'

Puede verse de qué modo la prim era descripción, por otro lado
poco clara, es interpretada y transform ada. En el animal de Pare
las rayas están cruzadas y son de color amarillo, las patas pueden
ir en cualquier dirección, y la cola merece una mención especial.
Lo que Paré ha hecho es, simplemente, modificar la descripción pre­
via en función de una representación visual. En tanto que lo dicho
por Boemius es impreciso y se presta mal a una interpretación grá­
fica, el texto de Paré recurre al dibujo mediante un conjunto de da­
tos geométricos concretos y sencillos. Dicho texto, ¿ha sido redac­
tado a posteriori con objeto de com entar la imagen que Paré I
probablemente se había imaginado? Es lícito hacerse tal pregunta, i
Podría pensarse que se trata de un ejem plo aislado, más de he- [
cho, conforme se avanza en la lectura del tratado de Paré se apre- t
cia mejor cuántos grabados son anecdóticos. Nota Jean Céard que í

en el tratamiento de los animales monstruosos (...) el dibujo es lo r


primero, y el texto no constituye sino una nota explicativa extensa; Ij
el dibujo también se caracteriza desde ese momento por ser una ver-1
dadera «puesta en escena» (...) Se podrían así describir casi todas
las ilustraciones de cada capítulo sin que el texto explique nunca to­
dos sus detalles4445.

Hemos regresado al punto de partida, aquel en que se había po­


dido pensar que la imagen era el m ejor medio para representar al
monstruo, objeto visual por excelencia. De hecho, se trata de un
debate del cual no se puede salir con facilidad si se sigue atendien­
do a la idea de superioridad o de adecuación privilegiada de uno u
otro medio de expresión. T anto la imagen gráfica como el texto es­
crito (se podría mencionar tam bién el relato oral) tienen su razón
de ser en tanto que ilustraciones del universo, m ás es deseable que
cada uno de ellos se atenga a los medios específicos de su prop10
arte: que la imagen muestre y que el texto hable. En ambos casos,
el fracaso es el resultado de un intento de mim etism o: la derro
es frecuente cuando el texto quiere m ostrar y la imagen hablar M

44 Paré, op. cit., pp. 138-139. Las palabras subrayadas corresponden a


didos hechos con relación a la primera descripción.
45 Jean Céard. Introducción, p. XXVI.

230
cuando cada cual utili/.a su propios recursos, la realización está lle­
na de vida. Ya liem os visto cómo Mandcvillc describe, a partir de
narraciones p revias, su pretendido viaje por eJ Valle del infierno4*.
Ya sabem os cóm o transform a esas narraciones en un gigantesco
caos de sonidos, golpes sin cuento, animales invisibles, tinieblas en
que pululan bestias y agresivos demonios, desmayos de los viajeros
alucinados... H e a h í un ejem plo literario que bien puede ralacio-
narse con las visiones infernales del H osco La originalidad de este
texto es q u e invoca no sólo representaciones visuales (las tinieblas
son tan espesas q u e los viajeros no ven nada, excepto la luminosa
cabeza del d e m o n io ), sino tam bién las sensaciones de angustia crea­
das p o r esa procesión de ciegos, por la oscuridad y sus habitantes
audibles, p e ro invisibles. Las únicas «imágenes» —las cuales no se
describen— son las alucinaciones mentales que los viajeros no pue­
den revelar. P e ro hay en este texto, que no utiliza en absoluto re­
presentaciones visuales, una fuerza mucho mayor que en la narra­
ción de Jo u rd a in y de O dorico. Por su parte, este último manifiesta
un m étodo c la ra m e n te más creativo que Jourdain, quien había sen­
tido la necesidad de añ ad ir a su texto, por sistema, la descripción
de tres anim ales m onstru o so s sin duda superfluos.
Así pues, si los a u to re s utilizan los medios propios de su oficio,
sin hacer co n cesio n es a quienes así no lo practican (en el caso de
los escritores se tra ta de g u ard ar las debidas distancias con respecto
a las artes p lásticas), es cuando obtienen los más ricos y sugerentes
resultados.
Es cierto q u e el calificativo de visionario, a menudo aplicado a
los escritores g e n iales, nos lleva a matizar el juicio precedente; en
modo alguno d e se a m o s disociar artificialmente tendencias tan com­
plementarias en m a te ria de creación artística. La imagen y la len­
gua juegan e n tre sí con la p e lo ta de la imaginación; se refuerzan re­
cíprocamente y se a lim e n ta n m utuam ente.
En un d o m in io m uy c o n creto , existe algo que ejemplifica muy
bien este ju e g o d e influencias recíprocas: el manuscrito o el libro
ilustrados. Ilu m in ac io n e s, m iniaturas, grabados, enriquecen el tex­
to; tengan o no re la ció n con él, le aportan su potencial creativo. La
unión de am bas fo rm a s ex presivas hace del «libro» un objeto total,
que podría satisfa c er a la im aginación si ésta pudiera alguna vez sen­
tirse saciada.

El m onstruo es e la b o r a d o ta n to por medio de las formas lingüis­


ticas como p o r las de la im ag en ; algo de casual, de involuntario, se
desliza en esta c re a c ió n . A m b a s, lengua e imagen, son instrumen­
tos im perfectos. P e ro esa m ism a imperfección origina medios crea­
dores de ex p resió n : e s p re c iso ingeniárselas para satisfacer la nece­
sidad de d escrib ir la re a lid a d ; e sta «descripción» se transforma en 46

46 Cf. supra, pp. 176-177.

231
«transcripción», en interpretación. Todo un juego de espejos, de in­
terferencias, se instala entre imagen y lengua, haciendo de ambos
medios expresivos una pareja en ocasiones celosa, en ocasiones
cómplice. La elaboración del monstruo no es solamente el resulta
do de una combinación de formas; es también producto de un sis­
tema mucho más complejo, cuyo secreto es el del arte mismo

‘»¿ÍV

232
V I. L A N O C IÓ N DE MONSTRUO
¿Q ué es un m onstruo y qué ideas comporta? ¿Cómo se sitúan
éstas con relación a una visión del mundo y cómo se adecúan a
la misma?.
Resulta claro que no existe una definición del monstruo, sino di­
versos intentos de definición, que varían según los autores y, sobre
todo, según las épocas. En el sentido más amplio, el monstruo se"1
define ron relación a ja norma, siendo ésta un postulado de sentido
común; el pensarm ento*no atribuye al monstruo con facilidad una¿
existencia en s í, m ientras que la concede espontáneamente a la nor­
ma. Así pues, todo depende del modo en que se define esa norma.
Tales ideas son relegadas a la categoría de ficción por la biología y
la genética m odernas; en el siglo XX, la ciencia rechaza el aislar un
tipo ideal, acabado; cada especie es un «depósito de genes» some­
tidos al juego de la combinación y de las mutaciones. Si la especie
humana presenta aspectos relativamente estables, ello se debe en
parte a su carácter reciente: queda así excluido el punto de vista nor­
mativo. Ello no impide que el hombre común continúe utilizando
tales ideas, y que en el mundo científico la teratología no sea toto­
vía letra muerta'. A unque el monstruo no sea ya definido por com-I
paración con un tipo inmutable, se le puede caracterizar como una
excepción si se le relaciona con el resultado habitual de la combi­
natoria genética, teniendo en cuenta las diversas modalidades de
ésta en el estado actual de la evolución biológica.
Esta idea no es una exclusividad del siglo XX; se resume per­
fectamente en una fórm ula de Aristóteles; el monstruo es un fenóT^T
meno que va contra «la generalidad de los casos», pero no contra
la naturaleza considerada en su totalidad: ^
tcj-ri y \ p tór í p a g tcjv n a p ¿ t o v o i v ( t i ), n a p \ p v o i i ' S ’o v n á a a v ú.l.ltV
W/r tó$ ¿ ti tó 'ro lé (IV, IV, 770 b)(').
La edición de Aristóteles a que nos referimos es la siguiente: Generahon of Ani­
máis, con traducción inglesa de A. L. Peck («The Loeb Classical Library»; Londres,
Williain Heincmann L. T. D .; Cambridge, Massachusctts, Harvard Umversity Press-
edición revisada y corregida de 1953).

235
No es posible trazar aquí la historia de la noción de monstruo,
por ello, hemos elegido hacer algunos «sondeos» en el pasado a fin
de ofrecer una ojeada del problema. Los ejemplos seleccionados lo
han sido a la vez por su diversidad, por sus relaciones de parentes­
co o de antinomia que existen entre ellos, y por su interés históri­
co. AJ utilizar a Aristóteles, a San Agustín y a varios autores me­
dievales, no intentamos esbozar una «evolución» de la noción de
monstruo: semejantes saltos de una época a otra o de una civiliza­
ción a otra condenarían la empresa al fracaso. Deseamos únicamen­
te poner de relieve algunos puntos de vista significativos. Los cua­
les nos ofrecen tres tipos de razonamiento:

— genético, que tiene en cuenta las causas (Aristóteles, y mucho


más tarde Ambroise Paré).
— teológico y estético, que tiene en cuenta la armonía del universo
(San Agustín).
— ejemplarísta o normativo, por su referencia a modelos de los que
los monstruos son apartados como reproducciones im perfectas. Es
el punto de vista de la Edad Media, que no excluye el de San Agus­
tín (perfectamente conocido y en parte aceptado por él), y que si
bien muy alejado del de Aristóteles, no deja de tener relación con
el mismo.

Aristóteles, en su libro Generación de los animales, ex p o n e con .


un rigor casi científico su reflexión acerca de los seres v iv o s. Según
él, la formación de un individuo —sea animal u hombre— es tribu­
taria del combate entre Forma y Materia. El «principio» es mascu­
lino2. Bartholomeus Anglichus retoma la teoría aristotélica en su Lí­
ber de proprietatibus rerum (en francés, Propriétaire), L ib ro X. ca­
pítulo II, «De la forma», y la interpreta a su manera, a la vez poé­
tica e ingenua:

la forma es semejante al hombre porque puede preñar muchas ma­


terias, de igual manera que un hombre puede preñar muchas
mujeres.

El principio masculino es, a la vez, la Causa Eficiente, laque


da al proceso el impulso inicial, y la Causa Formal es la q u e deter­
mina el carácter particular del curso que sigue el proceso. E ste prin­
cipio es también elA<5yo$ ttjj ovoíag que caracteriza la esencia de
las cosas, que Bartholomeus traslada en una hermosa frase: «la for­
ma es lo que nos da belleza y esencia y luz a cada cosa».
El principio masculino actúa sobre la Materia, la cual e s, por na­
turaleza, femenina, y carece de capacidad actuante3. D e s d e el pun­
to de vista generativo, el principio masculino es el «semen» del hom­
bre, y la Materia, «residuo» femenino, una sustancia sanguínea

2 TÓ p l v S p p n ’ á t p y r j tic « ai afiioi> í/trri). (IV , I, 766 a).


3 T o i i S ’& p p i r ¡ ó i v a r a t ti, fffjAv S i 5 A S v ra r/T (IV , I, 766 a>.

236
asimilada al flujo m enstrual (IV.1.766b) La primera etapa de este
encuentro e n tre F orm a v Materia es un combate que decide la na­
turaleza del e m b rió n , y, en primer lugar, su sexo: si el principio mas­
culino consigue dom inar a la Materia, «atrae hacia sí y produce un
embrión d e sexo m asculino»4. Si resulta vencido, o bien se trans­
forma en su c o n tra rio (es decir, en Materias, sutancia femenina), o
es destruido5.
El ideal, o la norma, es la reproducción idéntica: un niño varón
debe parecerse al p a d re . Cuanto más se aleja del modelo, mayor
es la imperfección6. En el estadio más alejado, el retoño ni siquiera
tiene apariencia h u m a n a, sino aspecto de monstruo7. Por lojanto,
la primer* característica d el monstruo es la de ser diferente:
l a r i &¿ nal ró r lp a g to jv ¿ tv o p o íu ji' (IV, IV, 770 b).
La noción de m onstruosidad, según Aristóteles, es mucho más1
amplia que la d e los m odernos; en efecto, todo niño que no se pa­
rece a sus p a d re s p u e d e ya ser considerado como un monstruo en
la medida en q u e , p o r él, la Naturaleza ha sobrepasado límites del
tipo original8. La p rim era etapa de esta desviación es la formación^
de un individuo fem en in o en lugar de otro masculino9; sin embar­
go, A ristóteles tie n e la precaución de señalar que esta imperfección
inicial es necesaria p a ra la continuidad de la especie; no es por lo
tanto exagerado d e d u cir de ello que la mujer no es un monstruo,
sino sim plem ente un hom bre im perfecto10; es como «un hombre es­
téril». R esulta curioso n o ta r que desde Aristóteles a Freud no pue­
de dejarse de lado que la m ujer es un hombre castrado.
Si bien el n acim ien to de individuos femeninos no es realmente
una m onstruosidad, p u e sto que es necesario y general, en la mayo­
ría de los casos es la M ateria, principio femenino, lo que triunfa,
con lo cual q u ed a la p u e rta abierta para los monstruos.
La m o n struosidad, o la desem ejanza, puede ser diversamente
modulada, e incluye tam b ién anomalías tales como las «mutilacio­
nes»11, o bien ó rg a n o s y y m iem bros en número excesivo. SuLem.-
bargo, la. N a tu ra le z a -n o o b ra p o r.azar12, no hace nada sin un fin,
no se equivoca, au n q u e ciertos de subproductos sean contrarios a
la norma, a « la_generalidad deTIoi-casosa,13; tiene sus hábitos, que

4 Kparrjaav p l v o l v (1$ a í r o ¿(yei (IV, I, 766 b).


3 KpárTfdiv 6 'i \ $ r o v v a r r í o f p íta fS á íX X ii f) tic pOoyir (IV, I, 766 b).
6 Sería necesario p recisar las diversas modalidades de semejanza, niños que se
parecen al padre; niflos q u e se parecen a la madre; niñas que se parecen al padre;
niñas que se parecen a la m ad re (del triunfo total a la derrota relativa, pasando por
estados interm edios), e tc ...
’ tq S 'o í S ’ ¿krdpojnuf rr^v \Sía tv á X X , ’r)bti típ a r t (IV, I, 767 b).
v *0pe*0éjhixe év tovtoi<; éx xoO yévouí tptrnov \\.\á (IV. 1.767b).
10“ PX'I n p ú jjrj t A OT¡Xv y t u o d a i ko \ utj típpn■(IV, |, 767 b».
n ^ yvvr) ¿ u o m p K p p tv H yo i'o v (I, XX, 728 a).
u A i’a y i p í a rf< l a t u - (IV, III, 769 b).
13 ^ * 1^ 770 * * a p **T*t v r * & u '^ r T a ^ ,J| i ¿ í l"f*To«M Trr¿«'T"S(IV.IV.770b).
consideramos como la norma, pero las excepciones que llámame
monstruos por comodidad lingüística y de modo casi abusivo, n-
constituycn en ningún caso una puesta en cuestión del orden mu
versal. Aristóteles, San Agustín y la Edad Media coinciden en cm,
punto; para el primero de ellos, por lo demás. Ja noción de mom
truc es a la vez muy amplia y muy relativizada..
Estas ideas, que vemos expresadas en Aristóteles de forma imn
coherente en el marco de un sistema, las volveremos a encontr,::
diseminadas en los autores medievales; si se reunieran esos í i ,iL>
mentos esparcidos, acaso podría formarse una teoría completa Ji­
la monstruosidad, mas parece que tal empresa carecía totalmcnir
de interés en la Edad Media.
En un texto famoso y citado por muchos autores medievales (7
ciudad de Dios, XVI.8), San Agustín señala ya todas las «degrada­
ciones» que ha sufrido el pensamiento aristotélico acerca de im
cuestión.
El monstruo existe en todos los niveles de la Creación (lo que
era evidente para Aristóteles), lo mismo se trate del reino humana
animal, mineral o vegetal. San Agustín no se interesa sino en i -
monstruos humanos o reputados como tales, en la medida en qu¿
plantean un problema teológico y ofrecen al cristiano un m o n te
para la duda. Se aprecia que su fin no es el de aclarar científica­
mente la cuestión (en particular, es para él indiferente discernir con
precisión la noción de monstruosidad y la de sus causas); se trata
para San Agustín, de hacer volver al buen camino al fiel cristiane
que se deja llevar de los peligros del pensamiento. Ello es loque
se descubre en expresiones tales como nullus fidelium dubitam
(«ningún fiel dudará que»), quis ita desipiat ut («quién sería lobas­
tante loco para pensar que»), y confidendum est («es necesario crecí
que») . Por otra parte, el título del capítulo revela la naturaleza
exacta de la preocupación de San Agustín: las razas monstruosas,
¿descienden de Adán? La cuestión es planteada honestamente, pues
la partícula an no prejuzga la respuesta
El razonamiento de\SañA gustín\m erece ser expuesto, pues
anuncia una forma de péhsar"propia dé"la Edad Media: ésta, rehu­
sando considerar una cosa en sí, no puede examinarla sino en una
perspectiva teológica general. En cuanto a la noción de monstruo­
sidad, tal como aparece en San Agustín, y tal como se encuentra
en la Edad Media, la deduciremos del texto en una segunda etapa
San Agustín se propone invitar enérgicamente al fiel cristiano a
no poner en duda los correctos fundamentos y la perfección deia
Creación en su totalidad: quien, ante la monstruosidad, cansía
que se ha producido un error déTCreador, d e m u é M já jm n ^ 14

14 La edición de más fácil consulta es la siguiente: San Agustín, 0e«vrfJ


Quinta Serie, La Cité de Dieu, libros XV-XVIII. Texto de la cuarta edición.
B. Dombart y A. Kalb; traducción francesa de G. Combés (Desclée de Btou
1960). Todas nuestras citas, del libro XVI, capítulo VIH.

238
píritu estrecho, en electo, no siendo capaz sino de ver un aspecto
muy lim itado del universo, no puede comprender la razón de aque­
llo que le sorprende:

Quis ita dcsipiat, nt existime! (...) errase ( rcatorem. quamvis nes-


ciens tur hoc fecerit.

f («¿Ouién sería lo bastante loco para pensar que el Creador se ha ^


• equivocado, cuando ignora por qué razón ha hecho eso?»). J

El hombre que duda es, simplemente, un ignorante; su horizon-,


te es extrem edam ente limitado:

qui totum inspicere non potest. tamquam dcformitate partís ofíen-


ditur, quoniam cui congruat ct quo referatur ignorar

Quien no puede «tener en cuenta el todo, se sorprende ante la


aparente deform idad de una de las partes, pues desconoce la armo­
nía y relaciones de ese todo»15.
Es, en efecto, en términos de armonía y de relaciones con los
que es preciso pensar en la monstruosidad: reencontramos así la
idea —ya enunciada por Aristóteles— de que nada ocurre por azar,
y que Dios (o la Naturaleza) no puede equivocarse. San Agustín em­
plea una expresión extremadamente interesante, que bien podría
hallarse en A ristóteles o en un materialista como Lucrecio, para
quien el artesano del universo es la Naturaleza; según San Agustín,
no se trata de considerar a los monstruos como obra de un artista
menos capaz:

velum artem cuiuspiam minus perfecti opificis.

Dios, sin duda, tiene sus razones:

Ita etsi major diversitas oriatur, scit ille quid egerit, cuius opera ius-
te nemo reprehendit.

(«S i es cierto que hay así mucha diversidad, el Creador, de quien na­
die podría criticar sus obras, sabe lo que hace»).

La diversidad, tan cara a la Edad Media, es puesta en primer


plano como para aducir el carácter perentorio de tal fórmula. Otro
modo de hacer más atrayentes estas fórmulas es decorarlas, pero
en este caso al final de la frase:

Dus enim creator est omnium, qui ubi et quando crean quid opor-
teat vel oportuerit, ipse novit sciens umversitatis pulchntudinem qua-
rum partium vel similitidine, vel diversitate contexat.

15 Op. cit., p. 211.

239
(«Dios es el creador de todas las cosas que sabe lo que hace falt<
crear o aquello en lo que ha faltado, dónde y cuando, que tiene e
sentido de la belleza del universo y que sabe disponer las vanas par
tes en su relaciones de semejanza o de diferencia»).

La belleza del universo considerada en su conjunto es como ur


tejido en el que se entrelazan la sem ejanza o la d iv ersid ad de las
partes.
Estos arabescos gustan en la Edad M edia. Si el criterio de Sar
Agustín es la belleza del universo, la sem ejanza o la diversidad
—por no decir la desemejanza— , ello no es por azar. Hemos visto
en efecto, que por definición los m onstruos son diferentes con re
lación al prototipo humano, desiguales. San Agustín t r a ta , precisa
mente, de minimizar la gravedad de esa desemejanza: no porque
los monstruos no se parezcan a los otros seres humanos dejan de
tener también su origen en el prim er hom bre, ex illo uno protopioy
to. Alega en su razonamiento los niños que están lejos de parecer
se a sus padres (punto de vista contrario al de Aristóteles, para
quien los tales están ya en los límites de lo monstruoso). L a seme
janza es el criterio de la norm alidad, y lo esencial de razonam iento
agustiniano gira en tom o a esta idea. En efecto, si existen ratas
monstruosas en el mundo, son la justificación de los individuos tam­
bién monstruosos que figuran entre nosostros a título de excepcie
nes, las cuales no dejan de tener equivalentes en el universo, nc
son absurdas. La fórmula de comparación quem ad modum... no
(segunda frase), apoya con fuerza tal pensamiento:

Quid si propterea Deus voluit nonnullas g e n te s ita crea re, ne inhis


monstris, quae apud nos aportet ex hominibus nasci, esus sapientiair,
qua naturam fingit hamanan ( . . . ) putaremus errasse? N o n naque no
bis videri debet absurdum, ut, quem ad modum in singulis quibus-
que gentibus quaedam monstra sun hominum ita in universo genere
humano quaedam monstra sint gentium?16.

(«¿Por qué Dios no habría querido crear de la misma m anera cieñas


gentes? ¿por miedo de que creyésemos, al ver nacer u n monstruo en­
tre nosotros, que la sabiduría que ha dado forma a la naturaleza hu­
mana ha errado en su obra (...)? Tam poco debe parecemos absurdo
que haya en la humanidad razas de monstruos, c o m o hay en cada
una algunos monstruos humanos»).

En la desemejanza hay, sin duda, grados, y algunas veces ellas


plantea problemas; en efecto, en cuanto a los monstruos hominum
v e l quasi hominum genera, no hay gran dificultad en clasificarlos
dentro del linaje humano. Pero si se trata de individuos en que lo
animal parqce predom inar, magis bestias quam homines, como por
ejem plo los|cnTüc£falc?r, fes necesaria la mayor prudencia. He ahí el

16
Op. cu., p. 213 ^ Í]\^VAVN^ t '
240
problem a de San Agustín, podría decirse; nosotros no tenemos nada
que ver con su obstinación en incluir a los monstruos entre los des­
cendientes de Adán. Mas esa obstinación nos interesa pnncipalmen-
te en la medida en que conlleva la única definición de este capítulo;
podría esperarse una definición del monstruo a propósito del de­
sarrollo del mismo, más todo lo que se obtiene es una definición
del hom bre en general; animal racional mortal. Esta posición, que
es ya medieval, e 3pjjca_acasopor qué es tandifícil encontrar en los
autores de la Edad Media unadelWTóñ~dnirroi\strao: kfqútfim ^
porta no son losJj&ü¡He¿—v eTmonsTfiro es, precisamente íüTrlf.
sino el plan de conjunto vl^aüTbav en su centro, esto es,
él hombre. ( y l* '*
' Es p o r ello por lo que nos vemos reducidos a deducir la noción
de monstruosidad a partir de fragmentos sueltos. Se hace preciso
reunir ahora los criterios que, unidos a los ya expuestos, completan
la imagen del monstruo. El cual —maravilla o prodigio—se distin­
gue por su rareza en comparación con lo que es abundante:

Apparet tamen quid in pluribus natura obtinuerit et quid sit ipsa ra-
ritate mirabile.
(«Se distingue sin embargo lo que la naturaleza produce en abun­
dancia y lo que, por su rareza, es sorprendente»).

Monstruo es aquel cuyo aspecto nos resulta insólito por la for­


ma de su cuerpo, color, movimiento, voz, «e incluso por las fun­
ciones, partes o cualidades de su naturaleza»;

(...) nostris inusitatam sensibus gerat corporis formam seu colorem


sive motum sive sonum sive qualibet vi, qualibet parte, qualibet qua-
litate naturam.

Así, la naturaleza se ha apartado de su curso habitual (abusitato


cursu), como si se hubiera salido de su órbita (exorbitasse).
El monstruo es algo aparte en relación con la forma (con lo cual
no estamos muy lejos todavía de Aristóteles); sin embargo, la de­
formidad no es fealdad, puesto que contribuye a la hermosura del
universo, como hemos visto, en tanto que elemento de diversidad.
Si hemos estudiado tan en detalle el texto de San Agustín es por­
que resulta útil apelar a la tradición. La Edad Media, sin duda,
lleva la im pronta de esa tradición en todo lo que se refiere a los
monstruos — y a tantas otras cosas—, y en este ámbito no es pre­
ciso buscar una originalidad desbordante. De igual modo que el fon­
do monstruoso de la Edad Media se debe a la Antigüedad (griega
o romana), y más tarde, desde los siglos XI1-XIII, al Oriente (en
el que ya se habían inspirado los griegos) y en especia! a China, la
actitud intelectual con relación a la monstruosidad se halla poco in­
clinada a renovarse. Hay escasa creatividad o pensamiento original
acerca del tem a hasta el siglo XV; aunque en el dibujo y en la pin-

241
tura aparezca una nueva generación de m onstruos, será noces,mu
esperar hasta el siglo XVI para e n co n trar un intento de reflexión
coherente y sistemático sobre el asunto: a ello se dedicará A diImoi
se Paré, quien, con todo, será todavíu y en buena medida ti ibuta
rio de la herencia medieval.
¿Gracius a qué obras es posible discernir la noción de lo mons­
truoso en la Edad M edia? Él corpus es en o rm e ; incluye obras de
cosmografía, como se ha visto; tra ta d o s didácticos com o los de So
lin o San Isidoro; de historia natu ral, com o el famoso Physiologuy
origen de innumerables versiones y continuaciones entre los si­
glos 11 y XV, en un considerable núm ero d e len g u a s (entre ellas
armenio, árabe y etío p e...); sum m as enciclopédicas, como las de
San Alberto Magno, Vincent de B eauvais, T hom as de Cantimpré
o de Brabante, Robert B acon, B artholom eus A nglichus; swnma\
teológicas, como la de Santo Tom ás de A q u in o ; poéticas y filosó­
ficas, como la de D ante; crónicas; textos literarios... Es inútil decir
que se trata de un campo de investigación q u e sobrepasa con mu­
cho los límites del presente libro. C on o b je to de lim itarnos a un cor-
pus más reducido y especializado, habrem os de referirnos principal­
mente a los libros de viajes, sin rechazar la p o sibilidad de acudir,
en ocasiones, a los datos ofrecidos por textos d e o tro tipo.
¿De qué manera trabajaban los au to res interesados en el tema
de los monstruos?
Conrad von M egenberg, que escribió un Buch der Natur por los
años de 1348-1350, creyó, al h acerlo , estar tra d u c ie n d o una obra
de San Alberto Magno. En realidad, vertía, sin sab erlo , el De Sa­
tura Rerum de Thom as de C antim pré: tal h e c h o d a idea, a la vez.
de un relativo desorden en las obras de estos naturalistas y de un
carácter, si no intercam biable, al m enos repetitivo de sus textos.
Los autores a quien sigue von M egenberg son, claro está, aquellos
a quienes se refiere el autor a quien tra d u c e, y a p arecen citados en
un total caos cronológico;
Agustinum, Ambrosium, Aristotelem, Basilum. Ysidorum, Plinium,
Galienum, Avicennam17.
El más moderno de todos ellos es A v ic e n a ; p u e d e verse que los
sabios contem poráneos no in teresab an a p e n a s al traductor El cual,
con todo, no carece de sentido crítico, y al c o m ie n zo del Segundo
Libro anuncia unas intenciones to ta lm e n te p e rso n a les:
Dejo aquí el orden del libro latino porque está muy embrollado'5
T ras de lo cual hace una nueva clasificación, d ife ren te , en efecto,
de la de Thomas de C an tim p ré. A p a ren tem e n te , a C onrad von Me­
genberg no le gustaban los m onstru o s; había elim inado el capitulo
III de Cantim pré (D e m onstruosis hom inibus Orientis), pero sermo­
n ead o por algunas buenas g e n tes, se creyó en el d e b e r de incluirlo

i? y »» Wifly Ley, Ces bites qui ont fait nos légendes, p. 135.

242
en un anexo, y precisa que lo lía te -p«u i.i/oncs d e a m is ta d » P o r
lo d e m á v no %c priva de p r e c is a r que su opinión no coincide con la
del a u t o r : no podem os minginai cuales son mis innovadoras ideas;
el punto de litigio consiste en s a b e r si ciertos monstruos descienden
o no de A dán.
T odo lo cual ofrece una curiosa mezcla de fidelidad al pasado y
de intervenciones personales; es, en cierta medida, el caso de casi
todos los au to res medievales, (juienes, aparentemente, se conten­
tan con seguir a aquellos que les precedieron, pero que al propio
tiempo revisan o vuelven a considerar parte de sus obras. El copis­
ta, el traductor o el vulgarizados son traidores que se ocultan, y a
quienes no es posible desenmascarar de buenas a primeras.-
Pese a todo, no faltan espíritus particularmente independientes,
como San A lb erto M agno, quien califica de absurdas buen número
de historias que le parecen increíbles; no se priva tampoco de juz­
gar la «ciencia» de Plinio y de encontrar en su obra abundantes erro­
res; cuando habla de autoridades como Solin. llega a suponer que
mienten. C onsidera que los sciapodas de que hablan Pimío y mu­
chos otros son una aberración puramente fantástica y físicamente
imposible (afirm ación hecha tras un razonamiento lleno de buen
sentido); que las ocas del «árbol de los pájaros» son una fábula ab­
surda, pues él m ism o ha visto a las ocas irlandesas acoplarse y con­
formarse a los m odos habituales de todas las ocas. Aristóteles
escapa p o r bien poco al negativo juicio de San Alberto Magno21.
Entre nuestros viajeros, no hay ninguno que demuestre tan no­
table independencia de pensamiento; hombres de la categoría de
Plan de C arpin, R ubrouck o Colón se contentan con hacer algunas
correcciones a una tradición que para ellos sigue siendo válida en
una proporción más o m enos importante.
Para deducir de nuestros textos la noción de lo monstruoso nos
ayudaremos de una versión francesa, en verso, de Thomas de Can-
timpré, y utilizarem os com o «contrapunto» el tratado de Ambroise
Paré Des M onstres et Prodiges (primera edición, 1573; segun­
da, 1579).
La dificultad inicial que se alza al querer discernir la noción de
monstruo en n u estros au to res es que éstos no siempre utilizan la pa­
labra m onstruo; en c o n ju n to , no aparece muy a menudo. Ocurre
que ante textos com o el siguiente no se sabe muy bien qué pensar
de la m onstruosidad, y, sobre todo, del modo en que estos autores
la conciben:

Me dijo que en las partes orientales de Catay había grandes rocas


huecas, donde viven unas criaturas que tenían en todo forma v fac-

19 y M Ibid.,
ÍA u ísb u ro n 'T d ?^ H c ? os P °dldo consultar un ejemplar del Buch der Nami
do a8nues^as r r ? r u ^ nHerVad° Cn ,a B,b,,otcca Universitaria de Basüea. pero debí
nos a las a ta s de W Le*y P af* com Prcnder c* ^ m á n medieval preferimos atener

243
cxonc*2122234de hombres, pero**' no podían doblar sur rodillas, mas iban
de un lado a otro y andaban yo no sé de qué manera, como salían
do; que no eran más altos de un codo, y todos cubiertos de pelo, lia
hitando en las cavernas, alU donde nadie podía acercarse^4.

¿D ónde comienza el anim al? ¿ H asta d ó n d e llegan las formas \


figuras hum anas y dónde em piezan las del m o n stru o ? choc.i. des
de el principio* con la a m b i g ^ d a d j ^ t f i j ^ monstruo es
un ser que se aparta cjt_aT^na~jned \d a de la._aojJHiiri^p¡üaicÍ¿
resrde enja. form a en q ue d esem ejan /:i Las «erialj
ras» He que habla R ubrouck p e rte n ec e n a la categ o ría de los mons­
truos, pero si nos acogem os a la p rim era definición («que tenían en
todo forma y facciones de h om bres»), sin co n ced er al «pero*» que
sigue más valor que una restricción de o rd e n secundario —lo que
parece ser el caso— , podem os d e jarn o s c o n fu n d ir por una fórmula
estilística engañosa.
Se puede tam bién co n statar que R u b ro u ck habla de la forma
mas invoca, como lim itación, p articu larid ad es que no tienen nada
que ver con ella (la rigidez de las p iern as, la talla, el estar cubiertos
de pelo); ello ha hecho q u e, p o r o tro lad o , B ergeron traduzca \
complete la fórm ula de R ubrouck: elim ina lo que tiene de absurde
y, por lo mismo, de interesante.
El criterio de la m onstruosidad ra d ic a, pu es, en la forma, pero
la desem ejanza que tal o cual c ria tu ra p re sen ta con relación a esa
form a es una cuestión de apreciación subjetiv a. Bartholomeus An-
glichus, citando a A ristóteles, afirm a, q ue «la form a es aquello por
lo cual una cosa es diferente de o tra»: es esa diferencia, justamen­
te , lo que queda por ver.
La versión francesa de T h o m as de C an tim p ré no se pierde en
sutilezas, y dice, sin más:

Sachiés de voir: Oriental


sont tout autre que nos ne soumes25.
(«Tenedlo por cierto: los orientales son completamente distintos de
nosotros»).

Se objetará que aquí no se h ab la de m onstruos, pero estandodf


dicado el libro de C antim pré a ellos, q ue son casi inevitablementf
«orientales», nos vem os inclinados a considerar estos dos versos
com o una especie de definición del m o n stru o , el cual seria comfIf

21 Cf nota 10, ibid., pp. 124-125. . . u,


22 «Y facciones» son palabras añadidas por Bergeron. El texto latino dice *
bentes per omina formam».
23 En latín: «excepto quod».
24 Rubrouck, Bergeron, col. 89; Soc. Géo., p. 328. .
25 A lfons H ilka. E m e altfranzósische m orahsierende Bearbeitung• des • l
M o n stru o sa H om m ibus O rien ta » aus T hom as von Cantimpré, •De Natura*
Se trata aquí de los versos 10 y 11.

244
tamente d istin to ; jx>r lo demás, se trata de una fórmula que recuer­
da, palabra p o r palabra, la que Kurinlí Otto dedica a lo sagrado2*.
Lo sagrado es el g n n z a n tie r ? *. Mas de esta semejanza no se puede
deducir una relación entre el monstruo y lo sagrado, si bien es cier-
to que ha y a hí algo prim ordial; el monstruo guarda con la divini­
dad una conexión directa o indirecta. LJ propio pseudo-Tomás (de­
signaremos así, p o r convención, al autor de la versión francesa ri­
mada y m o ra liza d a ) establece el nexo con lo sagrado, ya que en los
versos 12-14 añade, sin transición;

Se dire vos en sai les soumes


sans raison n ’a Diex fait en vain
nule rien...

(«O s lo diré en suma;


sin motivo Dios no ha hecho
nada...)*).

Por m isterioso que sea, el monstruo es una manifestación de


Dios. Pero no basta esto para definirlo: se busca situarlo, más a me­
nudo, en relación con la Naturaleza. Ambroise Paré, en el prefacio
de 1573 a su tratado D e s M o n s tr e s e t P ro d ig es, define los monstruos
como

cosas que aparecen contra el curso de la Naturaleza.

Se trata de una definición bien espontánea y que peca por falta de


matices. C u a n d o nos preguntam os acerca de la noción de monstruo
no basta una definición tan estrecha, aunque sólo fuera si atende­
mos al hecho de que en la monstruosidad hay niveles muy diversos
y abundantes. E n el prefacio de 1579, Paré enriquece y afina su
idea:

monstruos son cosas que aparecen m ás allá del curso de la Na­


turaleza2
27.
6

Y hace una distinción entre monstruos, prodigios y «mutilados»;

Prodigios son cosas que ocurren totalmente contra Natura (...). Los
Mutilados son ciegos, tuertos, jorobados, o que tienen seis dedos en
la mano o en los pies, o menos de cinco, o unidos, etc28.

Establecer así una escala de apreciación es algo bien notable; uti­


lizando un m aterial de base m u y medieval (entre otras cosas, las in­
formaciones p ro p o rcio n a d a s p o r crónicas que se remontan al final

26 R. Otto, L e Sacré.
„ *J^n •lemán en el original (Nota del Traductor),
y _ A Paré. D es M onstres et Prodiges; edición crítica y comentada de Jean
(Ginebra, Droz, 1971), p. 3 .

245
del siglo XV)29, Paré ha querido sistem atizar su pensamiento y p<
ner algo de orden en un ám bito hasta entonces muy fluido
En efecto, nociones como contra Natura o más allá de lo naiur„
son, en nuestros autores, muy volátiles. Entre los intentos de def;
nición, uno de los más interesantes es de Mandeville (a l tratar de
algo totalmente diferente, es preciso decir), en un p a s a je en qi:
quiere fijar una distinción entre «simulacros» e «ídolos»:

Simulacro es una imagen fecha a semejanza de hombre, o de bestia


o de otras cosas naturales, e ídolo es semejanza fecha por loca vo­
luntad de hombre, que no podría fallar semejante en las cosas nao,
rales; así como una imagen que tiene cuatro cabezas y un hombre
con cabeza de caballo, o de otra bestia que jamás fueron vistas •
gún natura30.

En la obra de Mandeville este fragmento representa un rasgo


de verdad; en cierta medida, constituye una condena inconscier-
te de los mismos monstruos de que el propio M andeville habla abun­
dantemente y con seguridad a lo largo de su libro, y por bien poco
no da el paso definitivo: la monstruosidad es una especie de locura,
y en primer lugar, locura de la imaginación. Su modo d e definirlos
monstruos (sin utilizar esta palabra) es ú n icam en te negativo El en
terio está en la Naturaleza, ya que p a ra estos autores la N aturaleza
es la Norma. Este continuo recurrir a la N aturaleza como'Nóríñi
es fo que más puede confundirnos, y acaso sea también el obstácu­
lo principal para llegar a una definición del m onstruo, a un razona­
miento sobre la Monstruosidad31.
La expresión de Mandeville es más hábil, ya que deja abierta la'
cuestión del carácter de «contra Natura» o de «más allá» de lo na­
tural que el monstruo tiene, el cual no es, así, sino lo que no se con*¡
forma a la «disposición segura» del modelo considerado.
Esta definición es la más razonada y sólida que hem os podido
encontrar en nuestros autores, y nos obliga a constatar que elmons-j
truo es refractario a definiciones positivas: estas últim as' están
llenas de asechanzas, como puede entreverse en el prefacio de Parí,
pues exigen que se dé a las palabras (contra, más allá. para no ha­
blar de Naturaleza) un contenido preciso y, sobre todo, límites de­
terminados, lo que para un tem a que nos ocupa es muy espinoso
En el mismo plano que el pasaje citado de Mandeville pueden
situarse unos versos del pseudo-Tom ás, quien utiliza, en vez de Na­
turaleza, una palabra harto interesante, Razón:
Car bien sai que nos senefie
lor forme tot el que raison:
29 Cf. mfra, nota 56 del presente capítulo.
30 Mandeville, p. 107. El subrayado es nuestro. ,{
31 Para autores de espíritu «abierto», como Paré, el significado de Natu
muy amplio, y abarca tanto lo que es Kcrtat tpvoiv como lo que es fíat*
al igual que en el pensamiento de Aristóteles (IV.V.770b).

246
en home ne doit par raison
avoir comes, queue ne vois;
car jou dis, se ii a ces trois,
^ou sont par superfluiic;
car forme d'ome n 'est pas tési2.
f («Pues bien sé que nos muestra
' su forma a todo el que razona:

(
el hombre no debe, por razón,
tener cuernos, rabo ni voz (monstruosa);
pues yo digo que si tiene esas cosas
ello es por superfluidad,
pues la forma humana no las tiene»).
Sería conveniente saber qué significa razón para el autor, pero
el resto de su obra por desgracia, está lejos de sutilezas semejan­
tes. El interés de la palabra radica en que aquí es empleada en lu­
gar de Naturaleza.
La idea de razón es demasiado compleja para intentar analizar­
la ni siquiera brevem ente, mas se hace preciso, al menos, tener en
cuenta algunos aspectos de su sentido etimológico; ratio es, primor­
dialmente, un cálculo; es también sistema, procedimiento, plan; es
apropiación inteligible de las cosas. La Edad Media no conservó
estos significados latinos, pero daba a la palabra razón un cierto nú­
mero de acepciones, de las que se desprende la noción de orden, de
medida justa: sus contrarios, desorden, desmesura, son manifesta­
ciones de la sinrazón de la locura. Ni Dios ni la Naturaleza podrían
ser acusados de sinrazón; por el contrario, en el origen del desor­
den puede hallarse una «loca voluntad de hombre», según la expre­
sión de M andeville. Se aclara así. indirectamente, la noción de Na­
turaleza: organizada por Dios, se ordena según una sabiduría sin
errores3233.
El m onstruo e s. pues, una manifestación del desorden. Pesor-,
den~por defecto o por «superfluidad», siendo el criterio la forma ini­
cia) de homBre, anim al o planta, forma perfecta tal como Dios.la
creárEÍ m onstruo es así, por naturaleza, «imperfecto». Esta pala­
bra se encuentra en un pasaje del Malleus Maleficarum, en el cual
aparece subyacente la noción de monstruo;
Alberto, en su Libro de los Animales, al examinar si los demonios
e incluso los brujos pueden realmente hacer animales, responde que
pueden, con la permisión divina, hacer animales imperfectos34.

32 Versos 1.152-1.158.
33 Podría objetarse que hay un error en el razonamiento si el monstruo es un
producto de la Naturaleza, el desorden existe en la propia Naturaleza. Pero la Edad
Media resuelve el problema con facilidad: lo que nosotros llamamos desorden per­
tenece a un plan de conjunto del que ignoramos su ordenamiento. El desorden no
existe sino en apariencia (cf, supra, San Agustín, p 210).
Malleus Maleficarum (E l martillo de las brujas), traducción francesa de Amand
Danet (París, Pión, 1973), p. 243. Citaremos siempre esta obra según su título en
wín. y de acuerdo con esta edición.

247
A nim ales que no son sino u n a m ala im itació n , una copia. un¡
creación distorsionada.
Bien sabido es hasta q u é p u n to es fu n d a m e n ta l p a ra la Edad Me­
dia, en todos los dom inios, la id e a d e perfección. El «número au
reo» es, para los artesan o s, u n a relació n p e rfe c ta de proporciona
es lo que d eterm ina, p ara un o b je to , el e sta d o d e perfección ira
avanzado en la escala de realizaciones h u m a n as. T oda la música me­
dieval, desde el siglo X II h asta el X V I, e stá fundada en el meir
perfecto (te m a rio ), tem pus perfectu m , y sus posibles combinaciones
con el m etro im perfecto (b in a rio ), tem p u s im p e rfe c tu m . En todo
los ám bitos, la perfección es el p u n to o b lig ad o de referencia. \ s
la N aturaleza sirve p ara los m o n stru o s ju sta m en te de punto de re­
ferencia, es p o rq u e, p o r p o stu la d o , es p erfecta.
La im perfección se m anifiesta en el d e so rd en , pues éste e* ¡mi-
gen del m al:

De igual modo que la naturaleza y el o rden están u n id o s a !a idu


del bien, según Agustín, el desorden se relaciona con la idea del mal
Entre los ángeles buenos no existe nada desordenado; entre losar
geles malos, no hay nada ordenado35.

E1 m onstruo, hijo del d e so rd e n , im agen de la deformidad, e


! tam bién muy a m enudo co n sid e ra d o com o enemigo delo~BelL
Cristóbal C olón, no hab ien d o e n c o n tra d o indígenas feos, concluí;
que tam poco ha en co n trad o n a d a m o n stru o so .

Hasta el presente, yo no he en c o n trad o en estas islas hombre


monstruosos, pese a lo que piensa m ucha gente. P o r el contran:.
los indígenas son de muy hermoso aspecto ( ...) 36.

algo m ás ad ela n te , en la m ism a carta:

Así pues, yo no he visto monstruos, ni he tenido noticias acerca dr


ellos. Lo único que sé es que en una de estas islas (...) sus habili­
tes son gentes consideradas en todas las dem ás islas com o especia
mente feroces, y que se alimentan de carne humana (...) Sin embar­
go, no son más deformes que los otros37.

Sabem os que h a b itu a lm en te los antropófagos son clasificado*


e n tre los m o nstruos; c u a n d o C olón afirm a que «no son más defor­
m es que los otros», su b ray a u n a p a ra d o ja . L a fealdad es atribute
casi obligado del m o n stru o ; así, R icoldo da M onte Croce asociad<
m odo esp o n tán eo los a d jetiv o s m o nstru o sa m et horribilem, al des­
crib ir a unos tá rta ro s 38.
V erem o s al poco q u e esos tá rta ro s se transform an en m onstrua

35 Ibid., p. 173.
36 y 37 P rim er V iaje, c a rta a L uis de S antángel; Gallimard. p. 185.
39 R icold, IX , p. 114.
en la descripción de Ricoldo por el simple hecho de considerarles
feos y «diferentes».
En muchos casos, el monstruo es un ser dañino; Jourdain de Sé-
verac, hablando de ciertos animales de tamaño gigantesco, deduce,
sin más formalidades, su carácter dañino y «venenoso por demás»39.
Lo gigantesco está próximo a lo excesivo, y por lo tanto, se ha­
lla estrechamente unido a lo monstruoso40. Sin embargo, lo que se
sale de los límites ordinarios no es sistemáticamente hombüis, ra-
biosus y cosas semejantes. Puede ocurrir que un monstruo se dis­
tinga por su belleza, y sorprende descubrir en Ricoldo la excepción,
la rara joya: un asno salvaje (asinum silvestrem) u onagro, que
entre otros monstruos (ínter alia monstra), sobrepasa en belleza a
todas las bestias, a todos los animales del mundo (excedii in pulch-
ritudine omnes alias bestias et animalia mundi)41*.
La monstruosidad se sitúa así en los extremos, tanto se trate de
lo Bello como de lo Horrible. En fin, el monstruo se distingue por
su rareza. León Africa_no_dice a propósito de unjnimal enque nada
se aprecia de^ñotable, que
No se en cuentra en abundancia-excepto en los desiertos de Libia; es
cierto qué s¿~verTátgini(?rén el territorio de la Numidia. pe.ra_s¿]és
tiene poricosá m onstruosa7^

Ello demuestra hasta qué punto la idea de monstruo puede ser


relativa y subjetiva. San Agustín demuestra su sabiduría al suponer
que las razas llamadas monstruosas podrían existir para justificar la
existencia de criaturas consideradas, entre nosotros, como mons­
truosas; ello significaría el negar, o casi, la noción misma del mons­
truo, o al menos relativizarla mucho: en la medida en que una cria­
tura no es una excepción, no es un monstruo.
En sus Histoires Prodigieuses, Belleforest lucha contra esta ten­
dencia a llamar monstruo a «lo que en su especie es ordinario den­
tro de la Naturaleza», y alaba a Scalígero por
no caer en el erro r de muchos (...) al considerar como monstruoso
lo que no lo es, com o quienes llaman monstruos horribles al coco­
drilo, al hipopótam o y a otros tales, siendo asf que la naturaleza no
ha hecho nada que esté más alia de su perfección (...): veo que de
este m odo, todo lo que lleva el título de rareza necesitaría también
portar el de m onstruo43.

^Jourdain de Séverac, p. 57.


40 Ricold, capítulo XV, p. 123.
" Ibid., capítulo XV, p. 123.
.. Citado por J. Céard en su introducción a Paré, op cit„ p. xxxi. La referencia
UOL1996) remite a la edición de J. Plantin (Amberes, 1556).
Histoires Prodigieuses, t. III, capítulo 10. Citado por J. Céard en su introduc­
e n a Paré, op. cit.. p. xxxi.

249
En el siglo XVI, en efecto, la noción de monstruosidad provee
abundantes divergencias de opinión; Paré, del que por lo demás v
conocemos sus límites, era uno de esos «monstrificadores» que de­
nuncia Belleforest. Utiliza el adjetivo m onstruoso por las más fot:
Ies razones; así, a propósito de las «piedras» (cálculos renales), dice

Los dichos Collos me han entregado las tales piedras para guárda­
las en mi gabinete como cosas monstruosas, y las he hecho dibu-ar
de la forma más real posible44.

Y a propósito de mujeres víctimas de problemas ginecológico?


tan raros como peligrosos:

Del mismo modo, es cosa bien monstruosa ver mujeres con una se
tocación de la matriz estar tres días sin moverse, que no parecen
pirar, sin pulsaciones aparentes de las arterias, que han sido enterre
das vivas, pensando sus allegados que estaban muertas45*47.

Belleforest incluye entre los «monstruos terrestres» a la jirata.


el camaleón, y también el haiit, «que no vive sino del aire»4" La
noción de monstruo se amplía exageradam ente a todo lo que noes
banal. Por otro lado. Paré se justifica a sí mismo del siguiente modo

De ninguna manera abusamos de la palabra monstruo para enrique-


cer más este tratado; incluimos en esta categoría a la ballena, ydi­
remos de ella que es el más grande monstruo-pez que se encuentre
en el mar ( ...) .

Terminaremos este panorama con el recuerdo de la aventuré


casi humorística que le ocurrió a R ubrouck mientras se dirigía ala
corte del Gran Khan:

Cuando la gente nos veía pasar, nos miraban con asombro, cornea
fuésemos monstruos, y sobre todo porque llevábamos los pie»
desnudos48.

El texto latino dice tanquam m onstra: el europeo, que tiene la


tendencia a ver en los monstruos aquello que se sale de su mundo
habitual, se encuentra así a un paso de la situación contraria Ru
brouck, un franciscano que se obstina en caminar con los pies des
calzos en medio de un extremado frío, mientras que los habitantes
de la región van provistos de pieles y botas, es considerado sin dud-»
como un loco, si no como un monstruo. La expresión m < ^

44 Des Monstres el Prodiges, capítulo XV, p. 49.


43 Ibid., capítulo XVI, p. 56.
44 ibid., capítulo XXXVI, p. 131.
47 Ibid , capítulo XXXVI, p. 131.
48 Bcrgeron, col. 67; Soc. Géo , p. 300.

250
monstra se d eb e, claro está, al sentido del humor de Rubrouck, y
nada nos im pide ver en ello el testimonio de un hombre inteligente
que, en el transcurso de sus viajes, hace cierta observación sobre sí
mismo y juzga, con extraordinario sentido de la relatividad, la no­
ción de lo m onstruoso.
Los intentos de definición que acabamos de ver se refieren so­
bre todo al aspecto físico de los monstruos. Pero la Edad Media se
preocupa igualm ente por su naturaleza moral. Los monstruos, ¿son
inteligentes? ¿pueden ser buenos, virtuosos? ¿tienen alma?49.
La presencia o ausencia de alma es considerada como un crite­
rio o norm a. C onrad von Megenberg concede gran importancia'a
esta cuestión, a pesar de su escaso interés por los monstruos, y uti­
lizando su propia reflexión, se esfuerza por pensar de otro modo
que su m odelo latino. Tiende a creer que los seres cuya parte su­
perior del cuerpo es hum ana, o al menos la cabeza, participan de
la naturaleza justam ente humana; mas el problema es complejo, y
le lleva a hacer una formulación en que la firmeza del estilo incluye
una cierta confusión de pensamiento;
En cuanto a mí, M egenberg, soy de la siguiente opinión: hay dos cla­
ses de seres milagrosos, los que tienen alma y los que no la tienen.
E ntre los prim eros incluyo a los que tienen alma humana pero tam­
bién defectos físicos. Los que carecen de alma pueden tener cierta
sem ejanza con la forma humana de un modo u otro (...)50.
Así pues, resulta difícil saber con qué criterios puede dilucidar­
se si un m onstruo tiene alma o no. En uno de los pasajes más afor­
tunados de su libro, Mandeville da más luz sobre esta cuestión.
Como se verá, los erem itas medievales demostraban una notable
sangre fría en sus encuentros con los monstruos (acaso incluso los
esperaban, pues si atendem os a las Tentaciones de San Antonio y
más en particular al Bosco, monstruos y asechanzas varias eran mo­
neda corriente entre los ermitaños), criaturas que, en ocasiones, po­
dían m ostrar gran delicadeza:
En E gipto, en las montañas altas, había un buen hombre ermitaño
ha gran tiem po en un monesterio. el cual contaba que en el desierto
de Egipto había un hom bre con cuernos grandes y tajantes en la fren­
te, el cual tenía el cuerpo como hombre hasta la cintura, y dende
abaxo tenía cuerpo de cabra. Al cual, como el dicho ermitaño lo
vido, lo conjuró por Dios que él le dixese quién era; el cual le res­
pondió que era criatura mortal, así como aquélla, cual Dios había
hecho, la cual estaba en aquel desierto buscando su sustentación, y
rogó al erm itaño que suplicase a Dios por él51.

49 Es esta última pregunta la que provoca el desarrollo que San Agustín hace de
la cuestión: los m onstruos, ¿descienden de Adán? Si es así, tienen alma Ahí está
para él, como ya se ha visto, el único problema
50 Wiliy Ley, op. cit., p. 138
51 Mandeville, p. 36. Este episodio aparece también en San Jerónimo, Vida de
San Pablo Ermitaño (Patrología Latina, XXIII, cois. 23-24), y en Thomas de Can-
Si exceptuamos el hecho de los monstruos; por ejemplo en Odorico. quien dice de los pigmeos
que tuviera tres cuernos, este que «son claramente personas —teniendo razón como nosotros»52.
monstruo se parece mucho a un Por su parte, Mandeville53, mezclando monstruos diversos, declara
sátiro, pero su delicadeza y bue­ a propósito de Jas gentes que «viven del olor de unas manzanas»,
nas maneras impiden llevar más seres pequeños, pero «de buen color y buena faición. fermosa se­
lejos la comparación. La pre­ gún su grandeza», que
gunta del ermitaño («quién
era») está hecha de tal modo no son poco ra z o n a b le s , aunque son muy simples, y son todos muy
que indica con claridad que des­ pequeños.
de el comienzo le sitúa entre las
criaturas dotadas de razón. Ello, Puede verse así de qué manera se mezclan, en la descripción de
un monstruo, el carácter intelectual o moral y las particularidades
complementado con la respues­
físicas.
ta del monstruo, nos permite de­
finir a éste como animal racional
mortal, fórmula agustiniana,
como sabemos, para definir el
ser humano. Que el ermitaño pueda rezar por esta criatu ra es pac
ba de que tiene alma. Podría verse en este monstruo humilde yme­
lancólico a un ser sometido por Dios a un castigo, a una especie Je
purgatorio terrenal, de donde la necesidad de q u e rece por él: *
la impresión de trasfondo que se desprende de este episodio j
el texto lo presenta únicamente como criatura mortal cual Dioí ‘li­
bia hecho: por ello, tiene su lugar en el universo, en tanto que c:.¿
modalidad de tales criaturas. Pese a su suerte poco envidiable w
su monstruosidad (por la cual parece sufrir), no e s tá en situación
más caída que el hombre, y como él, tiene necesidad de que se recej
por la salvación de su alma.
En la ya citada compilación de Sébastien Brant hay un grabado
en que una criatura muy similar parece interceder, en actitud de pie j
garia, en favor de sus hermanos los monstruos que le acompañan
(figura 66).
Ya San Agustín en La ciudad de Dios ( X V I .8 ) había de algún
modo clasificado los monstruos en dos categorías: los que al igual
que el hombre son criaturas rationalia mortalia^y los qut^son nu¡D
bestias quam homines, como por ejemplo los¡j,ipocéfak)L Duda cu Fig 66
incluir estos últimos — hombres por su cuerpo y perros por suca
beza— ent re los seres humanos-par iencr. como único lenguaje un Para ser un monstruo, por otro lado, no es indispensable ser fí­
latratus, ün ladrido. Así pues, es en buena medida la lengua, en tan- sicamente anormal. Ya se sabe que los antropófagos son conside­
fO^qiTC'Testimohio de pensamiento, de razón, lo que decide la na­ rados como monstruos, y como tales son vistas en la versión
turaleza humana, moral, de los monstruos. El caso expuesto pl)í rimada de Cantimpré las gentes que se comen a sus padres vivos o
Mandeville nos lleva a idéntica conclusión. muertos (vivos cuando saben que su fin está próximo, y muertos
No son raras las observaciones acerca del carácter «racional»^ para evitar que sean devorados por los gusanos)54. Lo mismo se
piensa en dicho texto de quienes se arrojan a las llamas por amor

timpré (De naturu rerum, III). Cf. asimismo la Histoire des vies des Saints 5 12 Capítulo XXIV, p. 347.
chorétes, ermiies religieux et saintes religieuses: «Vie de Saint Paul l'Ucrmut’ ^ SJ Mandeville, p. 1/3.
duaón de J. Gauthier; Roucn. 1624; pp. 170-171). El pusaje lo ata F W» 54 Verso» 214-226.
L'Homme sauvage, capítulo 1; pp. 37-38.

252
a otra persona" (probable alusión a las m ujeres indias, que de-
acuerdo con la costumbre, se dejan quem ar en la pira que consume
el cuerpo de su esposo difunto). Pero aunque existan seres mons­
truosos por el sólo hecho de sus costum bres y hábitos, en su defi­
nición más genérica, y pese a todo, el m onstruo sigue siendo un ser
de físico anormal.
Los monstruos plantean, evidentem ente, muchos problemas, i
en particular el de sus causas.
En la Edad Media no se ha tratado esta cuestión de modo sis
temático, y por ello debemos acudir al siglo XV I, que en este as­
pecto constituye una prolongación y una síntesis de la tradición me­
dieval (cf. nota 56).
¿Qué circunstancias determinan el nacim iento o la aparición del
monstruo? Paré anota trece causas; entre ellas, las dos primeras son
de orden divino; de orden humano de la tercera a la doceava; la
última, resultado de la intervención de «demonios o diablos»
Resulta muy instructivo el plan del tratado de Paré ya mencio-
N nado. Des Monstres et Prodiges: sólo un muy breve prefacio está de-
Udicado a definir los monstruos. La enum eración de las «causas» es
|e l objeto del capítulo primero, y los siguientes son, cada uno, un
jf comentario de tales causas, consideradas sucesivamente de la pri-
' mera a la catorceava. Si el libro tiene más de catorce capítulos es
debido a que ciertas causas son explicadas con más detenimiento,
y también a que Paré ha añadido al plan previsto inicialmente un
extenso apéndice sobre los monstruos marinos, volátiles, terrestres
y celestiales. La descripción ocupa más espacio que el análisis. Pare
puede ser para nosotros un punto de referencia, ya que su libro es
una auténtica síntesis de los datos medievales; no hace sino orde­
nar un material en gran parte tradicional, aderezándolo con algu­
nos ejemplos contemporáneos, los cuales se suman a los preceden­
tes sin modificar seriamente la perspectiva general*56.

,3 Versos 199-206.
56 Acudamos a la introducción de Jean Céard: no se trata de menospreciarla
obra de Paré, mas es preciso tener conciencia de que su libro es una enorme com­
pilación, y en ocasiones un puro y simple plagio (véanse pp ‘ xix-xxv). Paré roma
elementos de todos sus predecesores del siglo XVI: Escalígero, Boaistuau, Tesse-
rant, Ronsard, Jean Wier, Lavater, Pedro Mártir de Anglería, Jean Bodin. Ronde
let, Gesner, Thévet, Simón Goulart, Licóstenes, Belon, Cardan, Noel du Fas'..
Matthiole...
Por no saber latín, la cultura de Paré es de segunda mano en todo lo referenie
a textos antiguos o medievales. Sin embargo, tuvo acceso a ellos por medios diver­
sos (cf. la bibliografía de Jean Céard, pp. 2 0 3 -2 1 7 ). Entre sus fuentes medievales
pueden citarse: San Alberto Magno, Benivenius (médico italiano. 1440-1502), Ca­
siano (c 360, muerto después de 4 3 3 ) , Forcsti (ermitaño-cronista italiano
1434-1518), Fulgosio (cronista italiano nacido hacia 1440), Institoris (autor del Ma
¡leus Maleficarum, primera edición, 14 8 0 ), San Jerónimo, León Africano, Mondino
di Luzzi (médico y anatomista italiano, 1 2 6 0 -1 3 2 6 ). Enguerrand de Monstrelct (cro­
nista francés, 1390-1453), Sebastian Munster (cosmógrafo, 1488-1552), Juhus Obse
quens (autor latino —siglo IV— de un Prodigium Líber que tuvo gran éxito en e.
siglo XVI), Jean de Roye (cronista del siglo XV), Saxo Grammaticus (hisionadot

254
La fidelidad de Paré a la tradición medieval es grande. En efec­
to, dice Jean C éard57 que

Su preocupación no consiste en modo alguno en confrontar las des­


cripciones, en separar lo verdadero de lo falso, sino en dar rienda
suelta a la imaginación. Evita también modificar los dalos tradicio­
nales, incluso en casos en que los sabe sin duda falsos.

(N o sería necesario añadir que esta afirmación no se refiere sino


al tratado del que aquí nos ocupamos) El ejemplo del avestruz es,
en este sentido, convincente. Según una tradición legendaria, este
animal tiene la particularidad de poder digerir el hierro, mas Paré
ha tenido la ocasión de ver avestruces ya antes de 1574, y ha podi­
do constatar por sí mismo, desde tal fecha, que «esta opinión de la
vieja historia natural es cosa fabulosa»58. Ello no le impedirá con­
tinuar afirm ando —sin sentir la necesidad de corregir tal opinión
en sus ediciones de 1579 y 1585— que

es un milagro de la naturaleza que este animal digiera sin problemas


toda clase de cosas59.

Por ello, Jean Céard se siente autorizado a decir que

más bien que un tratado de teratología, lo que ha escrito Ambroisc


Paré es un libro de las maravillash0.

Si en lo esencial el tratado de Paré desarrolla la cuestión de las


«causas» que originan los monstruos, no es preciso ver en ello una
muestra de espíritu revolucionario y científico, aunque sus reflexio­
nes sean a m enudo resultado de una observación directa. Analizan­
do su libro a partir del primer capítulo, puede notarse una curiosa
mezcla de las tradiciones antigua y medieval, de superstición popu­
lar (en especial la causa séptima), de observación directa (causas no-

danés, c. 1115-1204), Valescus de Tarento (médico, 1382-1418), Voltenanus (cro­


nista italiano, 1452-1522). Y entre los autores antiguos: Galeno, Hipócrates, Helio-
doro, Plutarco (traducido por Amyot en 1572) y Plimo (traducido por Antoine du
Plinct).
Puede verse hasta qué punto Paré es deudor de la Edad Media en este tratado.
Al contrario que sus contemporáneos más críticos, menos inclinados a la creduli­
dad, Paré es un ferviente coleccionista (en sentido propio, y también en el figurado)
de monstruos. Si nos referimos a su libro Des Monstres et Prodiges es porque se tra­
ta de un a modo de compendio final de las concepciones medievales y no de una
obra del Renacim iento «científico», tal como éste se entiende habitualmente y. en
ocasiones, con cierta precipitación Conviene insistir en el hecho de que estas ob­
servaciones no se refieren en modo alguno a la obra del Paré médico y cirujano, no
puede cuestionarse su papel de innovador y precursor en este ámbito
57 Introducción a Des Monstres et Prodiges, pp. xxvi-xxvu
59 C itado por Jean Céard, ibid., p xxvii
59 Ibid., pp 126-127.
60 Ibid , p. xxvi¡¡.

255
vena y duodécima) y de inspiración religiosa situada a medio cami­
no entre las fuentes bíblicas y la caza de brujas (causa treceava)

Capitulo primero: De las causas de los monstruos.


Las causas de los monstruos son varias.
La primera es la gloria de Dios. La segunda su ira. La tercera, ¡a
cantidad excesiva de semen. La cuarta, la cantidad muy escasa de se
men. La quinta, la imaginación. La sexta, la angostura o estrechez
de la matriz. La séptima, la posición indecente de la madre que cuan
do está embarazada se sienta por mucho tiempo con las piernas cru­
zadas o apretadas contra el vientre. La octava, por golpes dados en
el vientre de la madre cuando está embarazada. Las novena, por en­
fermedades hereditarias o accidentales. La décima, por podredum­
bre o corrupción del semen. La onceava, por mixtura o mezcla de
semen. La doceava, por artificio de los perversos bigardos La tre­
ceava, por los demonios o diablos61.

Puede notarse que las causas humanas se hallan sólidamente en- j


cuadradas entre Dios —que encabeza la lista— y demonios y día
' ■blos —que la cierran—. ¿Podría imaginarse una estructuración más
' medieval?
No ha sido propósito nuestro el reunir, a través de las obras me- i
¡ dievales, opiniones susceptibles de ajustarse a las trece causas de |
Paré; de éstas, nos interesan únicamente las dos primeras y la últi- \
ma. Las otras conciernen de modo más particular a la historia de
las ciencias naturales, la etnología (por las creencias populares) y
la sociología (a causa de los «bigardos», marginales bien conocidos
en la Edad Media, que sirvieron para alimentar la imaginación —en
especial la del Bosco— por lo que se refiere a los «monstruos» fa­
bricados artificiosamente).
Los viajeros se interesan por los monstruos sin mostrar gran ne­
cesidad de interrogarse acerca de las causas que los originan; no es
en ellos, en efecto, donde hay que buscar una reflexión etiológica
Es por el contrario entre los compiladores, sabios «de gabinete», in­
telectuales que pueden dedicarse a pensar con toda tranquilidad y
que, además, tienen algunas tendencias didácticas, donde se halla
todo un campo para la investigación. Nos interesará de modo es­
pecial la versión rimada de Thomas de Cantimpré, por ser, con toda
evidencia (el estilo es revelador), obra de un fraile muy poco culti­
vado. Lo que aparece ahí —aparte del texto latino de Cantimpré
que traduce— son las migajas del festín que sus hermanos más «do­
tados» podían ofrecer a los medios intelectuales, migajas, sin duda,
muy representativas de lo que se hallaba más largamente difundido
Según Paré, la primera causa del origen de los monstruos es lo
gloria de Dios. En un capítulo muy breve, que consta de sólo unas
líneas, menciona Paré un fragmento del evangelio de San Juan
(9.1-3). A propósito de un ciego a quien Jesús acaba de devolver

A1 Ibid., p. 4.

256
la vista, p reg u n tan los discípulos si el mal le había sido causado por
los pecados d el padre o de la madre:

Respondió Jesús: no es por culpa de éste, ni de sus padres, sino para


que las obras de Dios resplandezcan en él62.

Por ello es p o r lo que Jean Céard está íntimamente convencido


de que Paré «colecciona» monstruos, haciendo con ello una obra
pía:

En primer lugar, yo he recogido muchos monstruos (...), y he hecho


grabar sus figuras y retratos a fin de que todos reconozcan la gran­
deza de la Naturaleza, servidora del poderoso Dios63.

P resen tar los m onstruos en una obra dedicada a tan especial


asunto, « retratarlo s» , reunirlos, es contribuir a mostrar la glona de
DioSjJa^cual se m an ifiesta por intermedio de la Naturaleza, que des-
deeJjn o m eitlQ - jque..es_ _Su _i<servidor a» no puede ni traicionarlent
íegujvoc arseT lJ n a vez más, los monstruos aparecen así como obra
divina y n a tu ra l, al igual que todo lo creado; el pseudo-Tomás sos­
tiene p o r ello ( w . 1.033-1.034) que

Conques Dius ne fist ríen en vain


nient plus com Adam et Evain.
(«Que nunca Dios ha hecho nada en vano,
ni tampoco a Adán y a Eva»).

Y así, lo q u e parece inaudito, inconcebible, no debe ser consi­


derado com o tal (vv. 1.490-1.492):

• N’ert pas merveille, je vos di;


car se Nature n’euist faite
tel chose, ja ne fust retraite.
(«No es cosa maravtllosa, os lo digo;
pues si Naturaleza no hubiese hecho
tal cosa, no habría sido contada»).

Lo que p a re c e ser n a p á <pvaiv


es así K c rtá <?voiv>
como ya se
vio en A ristó teles. T odo lo que pertenece a la Naturaleza es bue­
no; verdad y diversidad son los principios de su línea de acción:

(...) Four renomee le fist


Nature, qui ainc mal ne fist,
que por aucune vénté
a fait mainte diversité64.

62 Ib id., p 5.
" Ibid., según por Jean Céard, p. xi. Lo citado procede de la Epitre de dédicace
a Monsetgneur le Duc d'Uzés, 1573.
64 Versos 1.493-1.496.

257
(«...A mayor fama suya lo hizo
Naturaleza, que nunca hizo nada mal,
y que verdaderamente
ha hecho muchas cosas distintas»).

En tomo a estos versos volvemos a encontrar la idea, común a


la Antigüedad y a la Edad Media, de que «la Naturaleza se com­
place en sus propias obras»65, complacencia virtuosa que muestra
la gloria de Dios y el renombre de la Naturaleza misma.
Para el hombre «normal» los monstruos son ocasión p a ra alabar
a Dios. El pseudo-Tomás se remite a la fealdad de los m onstruos;
para probar qué agradecido hay que estar a Dios por no parecerse
a ellos (w. 1.035-1.041):

Si li devons grant gré savoir


que sor tote autre creature
nos fist loiaus selonc sa figure.
Por ce dont qu’il nos a fait teus
que samblant ne somes a ceus
que vos vées qui si sont lait,
loér Ten devons del bien fait.
(«Se lo debemos mucho agradecer,
pues sobre toda otra criatura
nos hizo según su imagen.
Por habernos hecho tales
que no nos parecemos
a los que veis que son tan horribles,
debemos loarle por el bien que nos ha hecho»).

Incluso los propios monstruos pueden participar en el gran coro


de alabanzas que el universo dirige a Dios:

(...) por ce que cil ont,


le loissiens parfaitement;
se li roi Davis ne nos ment,
qui dist que tuit li esperite
qui par deseure terre habite
loént Diu selonc lor corage66.
(«[...] por lo que ellos tienen,
lo alaban sin cesar;
si el Rey David no nos miente,
que dice que todos los seres
que habitan en esta tierra
loan a Dios según el dictado de su propio corazón»).

65 Paré, Des Monstres et Prodiges, p. 102.


66 Versos 1.044-1.049.

258
D e b e m o s lo a r a D ios por haber sido creados diferentes a los
m o n stru o s, p e r o é sto s, si se llega a la conclusión lógica del texto bí­
blico, e stá n ta m b ié n sobre la tierra para alabar asimismo a Dios,
«según el d ic ta d o d e su propio corazón». De este modo, resuena
por to d a s p a rte s el eco de la gloria divina.
A l c o n tra rio d el asp ecto «gratuito» de esta primera causa recién
vista, «la ira de D io s» interviene para castigar a los pecadores; así,
el que n a zc a n n iñ o s con un sapo, o con cara de sapo, ocurre, según
el p se u d o -T o m á s, p a ra «m ostrar» la venganza divina:

Mais n ’est raisons sens ne droiture


ue (n) j ’en die el c’une moustrance
3’une crüeus, piesme venjance
que D ieus veut mostrer a cascun67.
(«Pero no hay razón, sentido ni motivo
para que yo no afirme, además, que es la muestra
de una cruel y dura venganza
que Dios quiere mostrar a todos»).

H a llam o s a q u í re u n id o s la noción de monstruo y el verbo mos­


trar, cosa d e g ra n in te ré s , com o veremos enseguida.
E n tre las c a u s a s biológicas y humanas de los monstruos hay una
que siem p re h a c a u s a d o gran impresión y que ha servido para ex­
plicar a m u c h o s d e ellos. H em os visto que los híbridos constituyen
una de las c a te g o ría s m ás im portantes: durante mucho tiempo se
creyó q u e « p o r m ix tu ra y m ezcla de semen»68 podían crearse seres
que fu eran a la v ez h o m b re s y animales. La zoofilia era considera­
da, sin d u d a , c o m o u n a abom inación. Aristóteles no creía en los hí­
bridos; seg ú n é l, e ra n im posibles. Sin embargo, la Edad Media se
interroga a c e rc a d e la existencia de estos monstruos. Thomas de
C antim pré, q u e se p la n te a la cuestión —claro está— de saber si cier­
tos m o n stru o s d e sc ie n d e n de A dán, se muestra muy categórico al
respecto:

Et respondendum est quod non, nisi forte, sicut Adelinus philosop-


hus dicit, de m onocentauris, qui per adulterinam commixúonem ho-
minis et bestiae, si tamen verum est, quod dicitur monstra diu non
posse vivere ab homine et bestia generata69.
(«Y es necesario responder que no, sino en rigor, como dice el filó­
sofo A delino, los monocentauros, producto de la copulación de un
ser hum ano y de una bestia; sin embargo, si lo que se dice es cierto,
estos m onstruos producto de hombre y animal no pueden vivir mu­
cho tiem po»). *

* Versos 1.230-1 233.


w f.a ré ! °P capítulo XIX, p. 62.
Versión rim ada citada, p 24, nota.

259
No son dudas como las anteriores las q u e p o d e m o s esperar en
Paré, quien anota con com placencia u n a serie de ejem plos toma
dos mitad por mitad de la E dad M edia y d e su propio siglo; no
duda en rem ontarse hasta 1110, cuando en L ieja una cerda

parió un lechón con cabeza y rostro humanos, y manos y pies, y el


resto como un cerdo7071.

Es todavía la E dad M edia la que ap arece en el capítulo XXV


del libro de Paré; «Ejem plo de cosas m onstruosas hechas por los
demonios y las brujas».
El Malleus Maleficarum codifica la cuestión hasta en sus meno­
res detalles en la C uestión III de la P rim era Parte: «¿existe la pro
creación de seres hum anos por dem onios íncubos y súcubos0 *
Tras algunos «presupuestos», el M alleus responde rápidamente \
categóricamente;

Tras estos presupuestos, necesarios para comprender la cuestión de


los demonios íncubos y súcubos, decimos; afirmar que por estos de
monios son a veces creados seres humanos es afirmación tan católica
que lo opuesto es una declaración contraria no solamente a /a? pala­
bras de los santos, sino también a la tradición de las Santas Es­
crituras7273.

Los «presupuestos», que tras el pasaje citado son seguidos de


otros muchos del mismo género, se refieren a la tradición (y en par
ticular a la tradición agustiniana), a la Biblia y a glosas diversas Se
gún la Glosa sobre el Exodo,

los demonios recorren el mundo, hacen acopio de semen de vanas


procedencias, y con su mezcla pueden crear especies diversas

La Glosa sobre el Génesis participa en la misma demostración


con el episodio en que «viendo los hijos de Dios la hermosura dt
las hijas de los hom bres...»74. La glosa lo in te rp re ta a su manera,
suponiendo que los gigantes fueron engendrados «en mujeres por
ciertos dem onios deshonestos»75. M uchas otras glosas participan en
el debate, como la Glosa sobre Isaías, la Glosa sobre el bienaven­
turado Gregorio, etc. E n tre o tros puntos de referencia figura B e d a
(Historia Ecclesiastica), G uillaum e d'A uvergne (Somme de l’L'm-
vers), Tom ás el D o cto r, T hom as de C antim pré (llamado también
de B rabante: Des Abeilles). L a m ateria es abundante.

70 Paré, op. cit., capítulo X IX , p. 64.


71 Pp. 162-173.
72 P. 168. Lo subrayado, aparece en itálicas en el texto original.
73 Malleus, p. 164.
74 Génesis, VI. 1-2; Malleus, p. 164.
75 Malleus, p. 164.

260
L a B iblia proporciona al «monstruólogo» una aportación muy
a p r e a a b le . D e esta fuente provienen las «primeras» razas mons­
tru o sas y la opinión de que los demonios pueden engendrar
m o n stru o s. H ab lan d o de la descendencia de Cam, uno de los tres
h ijos d e N o é (el peo r de ellos, maldecido por su padre y conside­
ra d o c o m o a n tep a sad o del Gran Khan), Mandeville ofrece de esta
«g eneración» u na imagen bien pintoresca:
Los diablos del infierno venían a jugar con las mujeres de su gene­
ración, en las cuales engendraban diversas gentes: los unos sin ca­
bezas; los otros monstruos con grandes orejas; los otros con un ojo;
otros con un pie; otros gigantes; otros con pie de caballo, y otros
con miembros designados. Y de aquesta generación de Cam son ve­
nidas las primeras gentes y las diversas islas de mar que son en la
India76.
N o se p o d ría ser más ecléctico en materia de monstruos; la ac­
ción d e los d em o n io s puede explicar así la existencia de gran nú­
m ero de tales criaturas.
P o r lo q u e se refiere a la demonología, la flexibilidad es muy
grande: to d a s las tradiciones son bien recibidas, lo mismo se trate
de la g rieg a, la ro m a n a o la céltica. El Malleus Maleficarum no ofre­
ce sino u n a m u e stra , revuelta y mezclada, de todos esos monstruos
de d iv erso o rig e n habitualm ente llamados faunos o íncubos, y ello
en un e x ten so y confuso párrafo:
Muchos afirman haber constatado u oído de testigos dignos de fe lo
que aquí se afirma: silvanos y faunos, llamados vulgarmente íncu­
bos, se presentan con impudor ante las mujeres, las desean, y con­
suman la unión con ellas. También, al decir de muchas personas de
calidad, cuyo testimonio sería vergüenza recusar, ciertos demonios
llamados lutinos por los galos, intentan continuamente llevar a cabo
tal deshonestidad con las mujeres77.
L a m u je r, sin d u d a , está muy amenazada; basta acudir al
texto del Apóstol: debe la mujer llevar un velo en la cabeza a causa
de los ángeles; muchos lo interpretan así: a causa de los ángeles
íncubos7879.
E n su m a, n o es posib le dudar de la acción de íncubos y súcu-
bos, d e los cu ale s se h a b la p o r todas partes y sobre los que se lee
en los m e jo re s a u to re s :
si alguien quiere conocer historias de íncubos y de súcubos, que con-
sulte a Beda, Guillermo, Tomás, y también Tomás de Brabante

^ M an d ev ille, p. 142.
7# M alleus. p p . 166-167.
79 í í *idí.,’ p.
tb p 168. b * a t a dc San Pab,cb en Corintios I. XI 10.

261
¿Cómo actúan los dem onios? N o p u ed en d ar la vida por sí mis
mos, pues Dios no les ha concedido este d o n , p e ro pueden e x tra er
el semen de un hom bre tom ando la form a d e un sú cu b o , y «pasar
lo» a una m ujer haciéndose íncubo («el d e m o n io , en efecto, p rim e ­
ro súcubo de un hom bre, se transform a después en íncubo d e una
m ujer»80). De este m odo, el sem en llega a su d e s tin o final e n p e r­
fecto estado d e conservación:
los demonios pueden lograr la conservación del semen p o rq u e el ca­
lor vital no se evapora .
Sin embargo, el así engendrado «es hijo no del demonio, sino
de un hom bre»82. El dem onio, sencillam ente, se contenta con ase
gurar el traspaso del sem en, lo que basta p ara p ro d u cir m o n stru o s
bien dignos de tal nom bre.
La aparición de m onstruos no se debe sólo a las trece causas \a
mencionadas más arriba. Pero no es una nueva causa lo q u e ahora
queremos m encionar, sino m ás bien una situación que crea un «me­
dio» favorable a la eclosión de m onstruos. Sabemos q u e p a ra la
Edad Media el m undo está form ado por varios niveles en cada uno
de los cuales se refleja y se contiene el conjunto del universo; cada
microcosmos es la imagen del m acrocosm os, y como en u n juego
de espejos, las imágenes se reflejan entre sí hasta el infinito De
este m odo, el mar contiene exactam ente los mismos seres que la
tierra, pero adaptados al medio: hay leones, caballos, vacas, jaba-
lis, cerdos, elefantes, caracoles m arinos; tam bién «cáncer de mar,
parecido a los tumores cancerosos» (alias cangrejo); sin o lv id ar si­
renas y tritones, diablos y frailes de m ar, e incluso (nunca se olvida
la jerarquía), «un monstruo m arino que parece un obispo revestido
de pontifical»83.

67. R epresen tació n de un jabalí m arino

80 Ibid., p. 169.
81 Ibid., p. 173.
82 Ibid., p. 172. , c monstn*»
83 Paré, op cu., pp. 102-105, capítulo XXXIV. dedicado a los m
marinos.

262
68. Representación de un tritón y de una sirena.-vistos en el Nilo

R epresentación horrible de un diablo ma


263
70. Monstruo marino con cabeza de 71. Representación de un monstruo
fraile, armadura y cubierto de escamas marino, parecido a un obispo revestido
de pescado. de pontifical.

P lin io ( H i s t . N a t . , I X . 2 ) e ra y a d e la o p in ió n de que toda cosa


te r r e s t re tie n e su h o m ó lo g o e n e l m a r . L o s m o n s tru o s , por seme­
j a n z a , m a n i f i e s t a n , c o m o si f ir m a s e n u n te s tim o n io , una homología
g e n é r ic a .
E s t o s se res n o s o n m o n s t r u o s s in o p o r c o m p a ra c ió n con las cria-
t u r a s te rre s tre s , y e n este c a s o n o p o r q u e sean diferentes, sino al
c o n t r a r i o , p o r t e n e r e le m e n t o s d e s e m e ja n z a c o n aquéllas. De este
m o d o , la n o c ió n d e N o r m a se h a c e m á s e stre ch a y la de Monstruo
m á s a m p lia : si se a te n d ie re a e l l o , e l u n iv e r s o estaría poblado, pro­
p o r c i o n a l m e n t e , p o r m a y o r n ú m e r o d e m o n s tru o s que de seres nor­
m a le s . L o c u a l s ig n ific a o b ie n lle v a r la n o c ió n de monstruo mucho
m á s a llá d e lo s lím it e s h a b it u a le s ( l o q u e s u p o n d ría que la excep­
c ió n se c o n s t it u y e c o n r e la c ió n a la re g la de una minoría), o bien
n e g a r la n o c ió n m is m a d e m o n s t r u o . E s ta id e a de p r o p o r c i ó n . im­
p o r t a n t e p a r a d e f in ir la e x c e p c ió n c o n re la c ió n a la regla, aparece
e n P a r é , m a s e llo n o le o c a s io n a la m e n o r in q u ie tu d :

L a N a tu ra le za fecunda ha puesto proporcionalm ente en el perfed0

264
M icro co sm o s to d a clase de cosas, para hacerlas parecer y ser como
im agen v iv a de este gran mundo'14.

P o r c o n s e c u e n c ia , lo que a nosotros nos parece monstruoso no


lo es p a r a la N a t u r a le z a , ya que «manifiesta de modo sensible la
c o r re s p o n d e n c ia u n iv e rs a l»85. T o d o ser es a la vez semejanza, im a­
gen r e f le ja d a d e o t r o , y al mismo tiempo diferente en aquello que
le es p r o p i o . L a n o c ió n de monstruo es así relativizada al extremo,
algo p a r e c id o a lo q u e hace Aristóteles, para quien el monstruo no
es c o n t r a r io s in o a la generalidad de los casos y no a la Naturaleza
m is m a 86. P e r o la p ro p o rc ió n norma-monstruoso tal como aparece
a q u í es b ie n s o r p r e n d e n t e , en la medida en que el monstruo es con­
s id e ra d o c o m o e s p e jo apenas modificado de la norma, y como con­
se cu e n cia , n o es p o s ib le definir
n o rm a y m o n s t r u o s o p o r su fre­
cuen cia r e c íp r o c a . A s í , la noción
de m o n s t r u o se tra n s fo rm a en
una s im p le c o n v e n c ió n q ue sirve
para d e s ig n a r u n a in m e n s a cate­
goría de se re s re la c io n a d o s unos
con o t r o s , d e a lg u n a m a n e ra se­
le ccio n a d a p o r el s e r h u m a n o de
m o d o a r b it r a r i o . Y e llo p o r la
única r a z ó n d e q u e es el h o m ­
bre, en su p e n s a m ie n t o , quien
o rg a n iza las re la c io n e s e n tre los
seres y las co s a s d e u n la d o y el
u n ive rso d e o t r o .
A p a r t ir d e lo d ic h o se hace
casi in ú til b u s c a r las causas de la
existencia d e lo s m o n s t r u o s : el
un ive rso es u n a m a q u in a r ia que
los p r o d u c e , y e llo n o tie n e nada
de a n o r m a l. E l h o m b r e , o el a n i­
m al, tale s c o m o s o n se gú n la
n orm a r e f e r e n c ia l, e stá n ro d e a ­
dos p o r sus p r o p io s r e f le jo s , los
cuales son m á s o m e n o s d if e r e n ­
tes según su p r o p ia e s p e c ific id a d
o las n e c e s id a d e s d e a d a p ta c ió n
a su m e d io b io l ó g ic o .
72 Representación de una m ujer
E l h o m b r e e s tá c o n s t a n t e ­ peluda y de un mfto negro, producto de
m ente a m e n a z a d o p o r la m o n s - la capacidad imaginativa

r . L iv r e tr a ita n t d e la p e tite vérole, apéndice al capítulo 111. L itado por Jean


'•^ard , in tr o d u c c ió n , p . xh
*’ Ib id .
* C f su p ra , p. 245.

265
truosidad: muy pocas condiciones bastan para que nazca un m ons­
truo.
L a im a g in a c ió n es traidora, y m uchas veces, sin saberlo la con­
ciencia, pone en relación diferentes elem entos que así se m ezclan
y dan lugar a seres curiosos. Paré dedica to d o un capítulo —el no­
veno — a las imaginaciones en to rn o a la m u je r embarazada, y alu- j
de más de una vez a autoridades bien antiguas:

Damasceno, autor grave, testifica haber visto una joven tan peluda
como un oso, a la cual su madre había traído al m undo tan horrible
y disforme como para compararla con la figura de un San Juan ves­
tido de pieles con sus pelos, la cual estaba atada a las patas de ia
cama mientras tenía lugar el parto. Por razones semejantes. Hipó
CTates salva a una princesa, acusada de adulterio por haber dado a
luz un niño tan negro como un moro, mientras que ella y su esposo
tenían la pie) blanca; según Hipócrates, la m encionada princesa fue
absuelta gracias a la pintura de un m oro, parecido al niño, habitual-
mente colocado junto al lecho de la madre87.

La anécdota había sido m encionada y com entada por San Jeró­


nimo en sus Q u a e s tio n e s in G e n e s i m 88. L a s causas de la aparición
de monstruos son legión, com o los d e m o n io s expulsados por Cristo
(Lucas, 8.30). E n m edio de esta m u ltip lic id a d , ocurre que el hom-
bre, asombrado, no sabe a qué causa a tribuir el monstruo, o
que, sencillamente, su espíritu renuncie a com prenderlo, como do­
minado por la profundidad de un m isterio que sobrepasa toda in­
teligencia humana. E n el p rim e r ca p ítu lo de sus ediciones de 1573
y 1575, Paré señala, inicialm ente, el lím ite del sistema clasificatono
de las causas:

Hay otras causas que yo dejo aparte de momento, porque más allí
de las razones humanas yo no puedo ofrecer otras suficientes \ S
probables89.

E l pseudo-Tom ás reconocía ta m b ié n , en su época, la insuficien- .


cia de la inteligencia hum ana en ciertos casos:

Et ciertes, ce ne puet savoir


ñus hom qui vive fors que Dius
et Nature, qui tant soutius
est que ñus nel poroit comprendre90.

( « Y ciertamente, esto no lo puede saber


ningún hombre vivo salvo Dios
y Naturaleza, pues es cosa tan sutil
que nadie podría com prenderla»).

87 Paré, op. cit., pp 35-36.


“ Cf. Jean Céard, op. cit., nota 64, p. 165.
89 Citado por Jean Céard, introducción, p. xxxii.
90 O p. cit., versos 1.224-1.227.

266
E l secreto sólo lo posee Dios; es el señor de los monstruos, com o
lo es de toda criatura. Ante una maravilla que trastorna su enten­
d im ie n to , M a n d cville proclama con un vigor especialmente sorpren­
dente en él:

Y o no sé la razón por qué. mas Dios lo sabe, que es sabidor de to­


das las cosas, pero todo esto que es dicho de suso yo lo he visto de
mis ojos; lo cual tengo en mayor maravilla que otra cosa ninguna
que haya visto en este mundo, porque la natura face muchas cosas
y muy maravillosas, mas aquesta por cierto no es de natura, mas es
sobrenatural ( .. .) , mas yo pienso que esto no puede ser sin gran
significancia91.

L a idea que M andeville expresa de modo convincente, si bien


asim ism o algo confuso, encontrará en Paré una forma más refina­
da, tan p u ra , tan perfecta, que conviene tenerla en cuenta:

I H ay cosas divinas, ocultas y admirables en los monstruos, sobre todo 1


/ en aquellos que son totalmente contra Natura, porque aquí fallan los 1
/ principios de la Filosofía, ya que no es posible hacer un juicio \
I cierto92.

D i v i n a s , o c u l t a s , a d m i r a b l e s : palabras plenas de gravedad y en


las que se p e rcib e una especie de humildad, de temblor ante lo sa­
grado. E l ser h u m a n o no se halla aquí ante la cuestión — casi ba­
nal, p o r c o m p a ra c ió n — de las causas, sino que se enfrenta con el
s e n t i d o m iste rio s o , escondido, del testimonio del poder divino. Se
encuentra en el co ra zó n del problem a, en las raíces mismas de la
palabra m o n s t r u o .
N o es p o sib le d ecir que los autores medievales tengan una con­
ciencia clara de esas r a íc e s ; no nos ha sido posible encontrar en ellos
un c o m e n ta rio « filo ló g ic o » del término m o n s tr u m , y no sabemos
con certeza lo q u e pensaban al utilizarlo. Pero nosotros creemos en
la p e rm a n e n cia de las ideas a través de la sustancia original de las
palabras: a u n q u e su p a trim o n io haya sufrido avatares, aunque esté
cubierta p o r estratos de pensamientos y de culturas diferentes, y
aunque esté fu e ra de los lím ites de la clara consciencia, continúa vi­
viendo c o m o el a lm a de la palabra.
E l « a lm a » d e l té rm in o m o n s t r u m es la raíz m e n , que indica los
m ovim ie nto s del e s p íritu . D e ahí proceden tres categorías de
palabras:
— la fa m ilia / u u r i j O K c u , m e n s , m e m in i, etc.
— la fa m ilia de m o n e r e , m o n i t i o , sobre cuya base se forma, por
una p re fija c ió n m a l e xp lica d a po r los lingüistas, m o n is tr u m , que ha­
bría d a d o m o n s t r u m .
L a fa m ilia de m o n s t r a r e , que incluye de modo natural mons-

^ M andeville, p. 125.
° P cu., capítulo X IX , p. 68.

267
trum . M o n ere es un aviso divino. Los otros términos latinos para
monstruo o prodigio están todos relacionados más o menos d e cer­
ca con el mismo sentido; por ello, Cicerón se apoya, con to d a bue­
na fe, en un juego de palabras intraducibie:

Qui enim ostendunt, portendunt, monstrant, p ra e d ic u n t, ostenta,


pórtenla, monstra, prodigia dicuntur93.

De hecho, la etimología de p r o d ig iu m es dudosa. E n c u a n to a


o ste n tu m y p o rte n tu m , vienen de te n d o , o b s - te n d o y p o r-te n d o ; se
gún R. Bloch,

quieren decir, estrictamente, algo que se presenta, un sign o , y el va­


lor de presagio que de modo inmediato se les confiere no tiene nada
que ver con su primer sentido94.

El significado más pleno del poder sagrado es, por lo ta n to y cla­


ramente, el de m o n s tr u m , palabra que, justamente, h a prevalecido
sobre las demás a lo largo del tiempo.
La noción de sig n o d iv in o es, en verdad, la sustancia misma de
la palabra. El griego poseía el mismo núcleo semántico c o n el tér­
mino t í pac,, de oscura etimología95.
Nos parece muy útil traer a colación el análisis que R. B loch de­
dica96 a la distinción entre presagio y el grupo m o n s tru o -p ro d ig io
El presagio era considerado como una «advertencia rápida, fugaz,
relativa a una empresa inmediata», mientras que el m o n s tru o o el
prodigio son «el rayo que trastorna la conciencia»:

La divinidad, si quiere interrumpir por un tiempo la m arch a normal


del universo, no lo hace a la ligera y sin graves razones. Razones
que no pueden ser otras que la cólera provocada p o r el olvido del
antiguo pacto.

Por tal razón, ello «causa en el hombre un sentimiento d e horror,


un estremecimiento ante la intervención tangible del p o d e r divino».
Hemos visto que según el pseudo-Tom ás, el monstruo p u ed e ser
una «dura venganza que Dios quiere mostrar a to d o s» (w.
1 .2 3 2 -1 .2 3 3 ). Versos que apunta en la misma dirección q u e el sen­
tido latino de m o n s tr u m - p r o d ig iu m señalado por R. Bloch. Sin em­
bargo, la Edad Media ha enriquecido estas palabras o e s ta s nocio-

W
JDe divmaiione, 1.93.Citado por Raymond Bloch, Les Prodiges dans i Ani­
quilé classique, p . 84.
** R. Bloch., op. c i l, p 85
9i Hjalmar Frisk ( G r i e s c h i s c h e s e t y m o l o g i s c h e s W ó r t e r b u c h , p. 878) da para if
Dadlos sentidos de «Vorzcichcn, Wahrzcichcn, W under, Schrcckbild, Ungchcucr»
Parí : TcOariuDvft «tpúvftEpfktQ, {teftefriOvYOíooXX» (^agao)iXXooo, AArvo óf ofvn-
do), n a p a : TcDacruoó «Vorzcichcn brigend, von übcr Vorbcdcutung» (que pon*
un presagio, que es de mal augurio).
94 Op cil., p. 83.

268
nes: se p o d ría decir que las ha explorado mucho más profundam en­
te que la re lig ió n rom ana.
P a ra la E d a d M e d ia , el monstruo, el prodigio, son signos que
preceden a los acontecimientos y los prefiguran, un aviso a través
de un se n tid o o c u lto ; por ello, monstruos y prodigios son materia
de in te rp re ta c ió n , p o r no decir de adivinación. Durante toda la épo­
ca m e d ie v a l, p e ro más especialmente al final y durante el siglo X V I ,
el m o n s tru o es considerado como un signo premonitorio, según pue­
de verse en este fragm ento de una carta de Cristóbal C o ló n :
A g re g o que no solamente el Espíritu Santo revela las cosas futuras
a las criatuas dotadas de razón, sino también, cuando le place por
m edio de ciertos signos del ciclo, del aire o de los animales Tal ha
sido el caso del buey que hablaba en Roma, en tiempos de Julio Cé­
sar, y podrían aducirse otros muchos ejemplos, que seria demasiado
p ro lijo enum erar, y que además son muy conocidos de todos’7.

Sé b a stie n B r a n t , en un pliego suelto dedicado a un nacimiento


m o n s tru o s o o c u r r id o en W o rm s en 1495, da al monstruo un sentido
e x tre m a d a m e n te preciso:

G o t ordentlich gesetzet hat


all ding sin wesen. Z il und statt
und der natur ein lauff verían
dar inn sein sol on mittels gan
und den dem besten nach vollenden
der gütig schoepffer tüt nit wenden
leichtlich. D e n selben last er still
es sen dann das er wircken will
etwas vast gross verborgen datt .

L o c ita d o , es el c o m ie n z o del poem a: D ios ha dado a cada uno su


p ro p io s e r, su fin a lid a d y su puesto en el mundo. Ha impuesto a la
N a tu ra le z a u n c u rs o que debe seguir fielmente y con el cual debe
acordarse en t o d o . E l c re a d o r no abandona con facilidad la norma
de las cosas, la m a n tie n e , a m enos que quiera anunciar algo oculto
y de la m a y o r im p o rta n c ia .
E s ta r u p t u r a d e l c u rs o n o rm a l de la Naturaleza conduce con fa­
cilid ad a p r o v o c a r el se n tim ie n to de h o r r o r de que habla R . Bloch.
Signos m u y a n tig u o s , q u e se rem ontan a varios siglos atrás, pueden
referirse a é p o c a s to d a v ía m u y lejanas en el futuro. U n bajorrelie­
ve de la v ie ja a b a d ía de San Serenín de Toulouse (actualmente con­
se rvad o en el M u s c o de los A gustinos de la misma ciud ad ), reali-

C a rta a lo s R e y e s. 1 5 0 t; G alh m ard . p 3(Jü.


’* El facsím il d el p lie g o su e lto original se encuentra en Paul H eitz, Flugblúner
des Sebastian B r a n t m it 25 A b b ild u n g e n (Jahresgaben der Gescllvchatt fur clsassrv
che L ite ra tu r: E s tr a s b u r g o , 1915). El texto aparece también en S B ran t. Sarrens-
c h iff (d c u tsc h hg. v o n F. B o b e rta g ; B erlín Siuttgart. un fecha) m iio d u co O n . po.
X-XIlí. rr

2b9
zado ha d a 1150, ilustra un o de los tres signos q u e , según S a n Je­
ró n im o , habrían a p a re a d o en tiem pos de C é s a r: « E n To u lo u se , dos
m ujeres co n d b ie ro n dos niñas, una de las cuales dará a l u z , e n su
m o m en to , un león, y la otra un c o r d e r o ». San J e ró n im o in te r p r e t a
tal suceso com o una señal escatológica:

en el Día del Juid o , el Señor aparecerá como león terrible contra


los réprobos, y como pacífico cordero para los justos".

L a Leyenda Dorada contiene abundantes presagios d e l m is m o tip o


Pero es sobre todo a fines del siglo X V — época en q u e lo s m itos
escatológicos florecieron de m o d o especial— cu a n d o la in te r p r e t a ­
ción de los monstruos llegó a co n stitu ir una ve rd a de ra o b s e s ió n La
interpretación alegórica había co n o cid o en el siglo X I V u n e x tr a o r ­
dinario desarrollo: la versión rim a d a y « m o ra liz a d a » d e T h o m a s de
Cantim pré no es, en realidad, sino una in te rm in ab le c o le c c ió n de
alegorías. Bastará un e je m p lo , pues la insistencia m o r a l i z a d o s no
tiene parangón sino en el tedio q ue p ro d u c e . A p r o p ó s i t o d e los
hom bres «silvestres» que tienen seis m a no s en c a d a b r a z o , dice

I Sachiés Nature mout Pama,


car par mains nos mostré briément
que large sont itele gent.
Par mains nous est senefié
que Paumosne estaint le pecié9100.
9
(«Sabed que Naturaleza mucho los ama,
pues por medio de esas manos nos muestra
qué generosas son esas gentes.
Por esas manos se nos señala
que la limosna extingue el pecado»).

Estos hombres «silvestres», im agen del vicio y del pecado, ya que


son considerados casi co m o anim ales salvajes, son redimidos a cau ­
sa tíe su largueza y generosidad. H e a q uí un caritativo a v is o para
incitar a la práctica de la lim osna.
T a m b ié n en el siglo X I V el R o m á n d e F a u v e l constituye u n a vas­
ta alegoría; el protagonista, un h o m b re con cabeza de asno, a p a re ­
ce com o un m onstruo. Su n o m b re — p o r necesidades a le g ó ric a s —
está form ado de elem entos va rio s: cada letra de F a u v e l es la inicial
de un vicio. L a obra es polém ica en e x tre m o : en esta d ire c c ió n así
privilegiada se orientará la inte rp reta ció n de los monstruos e n el si­
glo X I V .
Sébastien B ra n t ofrece e je m plo s típicos de la utilización polé­
m ica y política de los m o n struo s, en fo rm a de F lu g b lá tte r . * lo s plie­
gos sueltos, de difusión más fácil y más am plia que los lib ro s , son

99 C itado por G uy K noché, Trésors de l'A r t R om án; Colección Marabout. p 130


100 V ersos 910-914.
• En alem án en el original. (N o ta del T ra d u cto r.)

270
los antepadasados de nuestras «historietas» y ir a c is ** modernos
U n o de esos pliegos sueltos, en latín, impreso en Basilea en 1495
(y c o n s e rv a d o en la Biblioteca Universitaria de la misma ciudad),
ha lle g a d o , en parte, a nosotros, t i texto ocupada dos folios in q u a r-
t o , d e los q ue solamente uno subsiste; sin embargo, se conoce el tex­
to c o m p le to de una versión alemana en una sola hoja (gran f o l i o ) '01.
S e ría el e q uivale nte a la primera página de un diario Que se trate
de u n te x to latino o de una versión alemana, se ocupan, en cual­
q u ie r caso, de un nacimiento monstruoso ocurrido en Worms en
1495, ya m e n cio n a d o : dos niños nacidos con sus cabezas unidas por
la fre n te . E n su com entario, S. Brant comienza por recordar varios
p ro d ig io s de la A ntigüedad (especialmente romana) y su significa­
d o . Pasa después a r e b u s m o n s tr a creata n o vis («monstruos creados
re c ie n te m e n te »). E n tiempos de Otón III nació un niño con dos ca­
bezas ( b í c e p s ) . E l texto alemán es más preciso: el niño, en efecto,
tenía dos torsos, cuatro manos y dos cabezas, y cuando una de ellas
c o m ía o v e la b a , la otra dormía. En ambos textos— alemán y lati­
no— la in te rp re ta ció n es la misma; representa la división del Im­
p e rio A le m á n :

( . . . ) illius acta docet;


O th o etenim imperii ducibus bona distnbuendo corpora divisit per*
didit im penum .
E s to es, O t ó n , al d ivid ir el Im ­
p e rio e n tre los va n o s príncipes,
ta m b ié n ha d iv id id o el cuerpo
ú n ic o , y lo ha p e rd id o . Y des­
pués de esa é p o ca , es m uy raro
que p u e d a verse alguna clase de
u n id a d e n tre esos príncipes y en
el Im p e r io . E n contraste con tan
triste e je m p lo , B r a n r cita el de
M a x im ilia n o , q ue convoca en
W o r m s a to d o s los príncipes
electores d e l Im p e rio — c u n e ta
i m p e r i i m e m b r a — para el bien
de e llos y p a ra salvar la «cabe­
z a » d e l Im p e r io , u t tr a c ta r e s a lu -
te m / i l l o r u m e t c a p á is p o s s e t et
i m p e r i i . A s í re co n s tru yó M axi­
m ilia n o la u n id a d im pe rial. Y
D io s , p a ra m o s tra r su aproba­
c i ó n , e n v i ó p re c is a m e n te a
W o r m s , la c iu d a d en que se fir­
m ó la p a z , u n m o n stru o que1 0

E n inglés en el original. (Noca del Traductor.)


101 Editado facsimilarmente en la obra de Paul Heitt; cf supra, nota 98

271
representaba de modo simbólico la unidad: e l n i ñ o con dos cuerpos
maravillo ! rant’ ?e ^ ‘niciado, como nunca antes, una época de
unidos por la frente. El singular empleado para designar a esta cria­ as, la era de los monstruos, testimonios de la voluntad di­
tura es característico de la idea que Brant se hace del problema vina com o avisos, castigos o aprobación. Otros monstruos aparece­
para él no hay sino un solo niño, en la medida de que están subor­ rán, todos los cuales, según Brant. significarán las mismas cosas (cf.
dinados los dos cuerpos a un solo cerebro: D e p o r í e n t i f i c o s u e in Sunigaudia, 1496; en ese mismo año, otro plie­
go suelto hace una síntesis de todos ios monstruos nacidos úl­
Yo pienso que no hay sino un solo cerebro y una sola razón en esta timamente).
cabeza, y creo sinceramente que Dios quiere inaugurar el tiempo en Sébastien Brant inauguraba así la era de las interpretaciones po­
que el reino será reunido, al igual que también serán reunidos bajo lémicas; Lu te ro utilizará en abundancia idénticos procedimientos,
una sola cabeza el poder espiritual y el poder temporal y el reino ro­ con un tono más panfletario. En uno de sus famosos libelos se ocu­
mano y el reino griego, separados desde hace tanto tiempo"' pa de un Papa-Asno (der Papast-Esel) y de un Fraile-Becerro
( M ó n c h k a l b ) nacido en Friberg am Misne en 1528, presagios de la
L o que aparece aquí es un sueño de unidad total: la unidad del ira divina contra una Iglesia corrompida. Una ilustración de Des
Imperio no es sino una prefiguración de la unidad reencontrada con M o n s ír e s e t P r o d ig e s de Paré re­
la Iglesia, y de la unidad de las dos iglesias separadas. E l texto ata­ presenta, a lo que parece, dicho
ba con una discreta exhortación a M axim iliano (que Dios siga ins­ Fra ile -B e c e rro . Por desgracia,
pirándole por el camino de la unidad) y con animosos llamamien­ las interpretaciones se vuelven
tos a los príncipes electores: que perseveren, y que el honor y la contra sus propios autores; Lu­
^prosperidad sean el premio a su fidelidad. Si, por el contrario, al- tero había fustigado en esta cria­
(guien se rebela, merecerá y sufrirá males comparables a su culpa tura «la hipocresía de los frai­
jbilidad. En fin, el que tenga oídos entienda y comprenda que Dios les»103. P ero algunos años des­
•va a realizar prodigios inauditos: pués, m onseñor Sorbin replica­
i ba que el m encionado monstruo
Wer oren hab der hór und merek significaba
Got wird uns zaigen wunder wcrck.
que Lutero -sería transfor­
mado de fraile en becerro».
como así ha ocurrido104.
Como ya se vio, a Fines del si­
glo XV tiende a intensificarse la
proclividad «monstrificadora»;
seres que, en principio, no te­
nían un carácter monstruoso
bien determinado, son progresi­
vamente ganados por la conta­
minación. El diablo, en particu­
lar, se hace tema de ricas varia­
ciones en cuanto a formas mons­
truosas. Por lo que a la alegoría
se refiere, parece que no puede
sld^acrofancti Eomani tmperi) muicciíTtmú pasarse sin los monstruos; en la
líinúidcportérificoSuí.iftSútgiudii:lcAlfdi»Marciji Anno íic.xcvj.tdito tóid Nefs d e s F o u s de Sébastien
Brant, los grabados incluidos
Fig. 74 aparecen invadidos por diablos Fig. 25. Rcptcvcnución de un mom-
0 criaturas infernales embosca­ uuo hotnble. conm m y pic\debuey,
102 Prefenmos el texto latino por su mayor facilidad de comprensión, pero su­
dos tras los personajes centrales. ] otm coas muy moavuumai
plimos sus faltas (lagunas o imprecisiones) con el texto alemán siempre que parece
necesario, como es el caso. Por razones de brevedad, esta vez damos únicamente í??do P°r Jcan C*ard*op.
Iota.
cii, nota 67. p 166
nuestra traducción.

272 m
La primera edición, alemana, titulada N a r r e n s c h i) (Basik-j
1494; B . von O lp e ), aparece ilustrada p o r A lb e rto Durero y sus di- I
cípulos. E l ser humano aparece com o m anejado por el demonn
Quien halla un tesoro perteneciente a o tro , es convencido por d de­
monio — que le habla al oído— para apropiárselo (figura Ib ). E
mujer que, llena de confianza en sí m ism a, no es sino vanidad \ or­
gullo (U e b e r h e b u n g d e r H o c h f a h r t ) , aparece sentada sobre un bas­
tón sostenido por el diablo; se trata de un bastón hendido, como el I
que se utilizaba para atrapar pájaros: el sím bolo es claro. A mis 1
pies, una parrilla con las llamas del Infierno (figura 77).
Quienes se apartan del cam ino correcto, com o las vírgenes lo- J
cas, son vigilados por una criatura infernal que apenas acaba de en­
gullir su última presa ( A b l o s s u n g g u t t e r W e r c k ) . E n fin, también el
Anticristo es inspirado por el diablo, que le habla al oído (figuras
78 y 79). M u y a menudo el A n ticristo no es representado corno un
monstruo, pero sí por lo general rodeado de demonios, ya se trate
de los que le inspiran su conducta, ya de los que, cuando llegue el
fin del m undo, en el m om ento de su caída, se apoderarán de el El
grabado de la C h r o n ic a M u n d i de H a rtm a n n Schedel que ilustra
este asunto es particularmente adm irable: el Anticristo aparece ro­
deado de monstruos que le arrebatan, fo rm a nd o una especie de red
demoníaca en que el núcleo hum ano parece perderse (figura 79).
E l final de la Edad M edia conlleva un deslizamiento progresivo
de lo monstruoso hacia lo diabólico.
Occidente es invadido por los diablos orientales a partir del si­
glo X I I I (cf. el análisis de J. Baltrusaitis, capítulo V de La Edad
M e d ia fa n tá s tic a ) , y en conjunto, llegan a ser tema predilecto de ins­
piración. E l carácter cada vez más so m b río de la última Edad Me­
dia se une a las creencias estéticas para m oldear un mundo más pe­
simista. Lo monstruoso, que hasta entonces formaba parte de las
categorías naturales, ofrece caracteres nuevos en el siglo XV. He­
mos visto aparecer en Sébastien B ra n t el m onstruo «individual», fe­
chado, localizado, con pretensiones de historicidad; monstruo que
«h a b la » de realidades próxim as, que condena o aprueba circunstan­
cias actuales, que interpela a todo un pueblo en nombre de Dios
(esto es, al menos, lo que piensan quienes explotan políticamente
su aparición), que tiende a im plantarse en el m undo de una forma
más angustiosa que el m onstruo «co sm o ló g ico ». Este último era
algo lejano, y justificado por unas visiones del mundo que le man­
tenían en su sitio; en el siglo X V , esos encuadramientos se hicieron
cada vez más discretos, y el m o n stru o , que no está verdaderamente
«s u je to », hace irrupción tanto en la vida com o el el arte, en la re­
ligión como en la teología. M o n struo s p o r todas partes. El mons­
truo se afirma a sí m ism o; de este m o d o m adura el absceso de fi­
jación, y vierte sus secreciones en un receptáculo común. El Dia­
b lo, la M u je r, el M o n s tru o , se encuentran, y van a constituir,por
parejas o en co n ju n to , una poderosa unidad. E l diablo es un mons­
tru o , el m onstruo se hace diabólico tan a m enudo como es factible*

274
^'8- 76. Sébastien Brant: S'arrenschif (Basilea. H94)

275
T P e r ^ o c ^ f a r tif l/v n b íf iíf íc f fo S e n
Vnb fygen wíJl allefn vajl oSen
.S e n fegt 9ertiifefVff f?n£fo£en

1 3 b erl)eb tm g b ert)o cb
^ScrfurcCTffeYmfh-owcnSac^
\Scrvff9crxrcftrílm/fc^cfYnfac§ f ^
X>nb all 9incj 9¿t/ vff$Yttfíc§ ere
:SemxPÜrt5¿fet|Tnüranbers me
q •*]•
Fig 77. Sébastien Branl: N a r r e n sc h if (Basilea. 1494).

276
F>g 78 Sébastien Brant: S a r r e n s c h i f {Basilea.
íVy/
Fig. 80. H artm ann Schcdcl: Chrumca Mundi.

27l)
y la vida se im pregna de un o m n ip re se n te e n tra m a d o monstruoso-
diabólico que se im pone p o r u n a especie de evidencia Se hace di­
fícil discernir la noción de m o n stru o en m e d io de una amalgama tal
E l diablo es en el siglo X V , con fre cue n cia , el héroe de aven­
turas que le son especialmenjte dedicadas, c o m o en el L i b r o de Be-
l ia l , D a s B u c h B e l l e a l (tra d u c id o del latín al alem án a partir de la
obra de Jacques de T h e r a m o ), p u b lica d o en Estrasburgo en 1480
p o r K n oblo tze r. A p a re ce a hí B e lia l, con piel de macho cabrío \
grandes orejas; el rostro es h u m a n o , hasta la expresión sorprende
p o r su caracterización y revela una e xtra o rd in a ria «sensibilidad-.
L o monstruoso parece pasar a un segundo p la n o ; sin embargo, esta
mezcla casi indiscernible de lo m on struo so y de lo humano es una
señal reveladora; lo m onstruoso se infiltra en lo norm al hasta el pun­
to de que un tal ser parece plausible y no sorprende (figura 82).

Fig. 82. Das Buch Belleal (E stra sb u rg o . K noblotzer. 1480)

O tro s grabados nos m uestran diablos que quisieran ser mons­


truos, pero que no son sino figuras de un arcaísmo cómico.
E n L y o n y en 1484 a parecía, en la im p re n ta de Mathis Huss.el
m ism o L i v r e d e B é l i a l , tra d u c id o al francés con el título de Le Livrt
d e l a c o n s o l a t i o n d e s p o u v r e s p é c h e u r s . .. (figuras 83, 84) La misma
obra continúa su ca m in o d u ra n te el sigló X V I , sin perder su carác­
ter m edieval. E n la edición de O liv ie r A rn o u lle t (L y o n , 1554), apa­
rece un B élial de grandes orejas d ispu ta n do con un M oisés cornu­
d o , a los pies de C ris to (p á g in a p rim e ra ). E l título ha sido ligera­
m ente m odificado: L a c o n s o l a t i o n d e s p é c h e u r s / d ic te p a r maruirt
d e p r o c é s m e n é e n t r e M o y s e , p r o c u r e u r d e J e s u c h r i s t , el le Bélial d(
l ' a u t r e p a r í , p r o c u r e u r d ' e n f e r . E l texto es el m ism o que el de la edi­
ción de 1484, tra d u cid o p o r P ie rre F e rg e t, com o en el pt'nier

280
cuso10'. Llama nuestra atención la edición itonc.su de MK-I de M,u
hjs Huss. Ln ella aparece un Bélial al modo del tic Lsiiasbuipi , j
I4H0, acompañado o rodeado de diablos «multiplicados»», típicos i|(-
siglo X V , si bien con un aspecto muy rudimentario c ingenuo I o
rostros se multiplican en el cuerpo; pareciera que se ha hecho im
posible representar un diablo, tan banal como pueda ser, sin doi.n
le al menos de dos rostros. El humor, el sarcasmo, el placer poi l.i
caricatura, intervienen en este nuevo gusto obsesivo Pero ¿es un
gusto? ¿Es una familiaridad? Los diablos que se ciernen sobre n
Anticristo de la C hronica M u n d i de H . Schedel testimonian en fa­
vor de ambas hipótesis.
El artista, sobre leído cuando es un maestro, se complace en di­
bujar demonios ya horribles, ya cómicos o seductores, pero siem­
pre notables por su carácter plástico. E l ilustrador de las i obles de
Sébastien Brant tiene hallazgos extremadamente «felices», como un
diablo femenino con bigotes, grandes orejas, un cuerno"*'', y pico
de pájaro. Aparecen en él gran cantidad de atributos animales, y
sin embargo, se muestra como poderosamente individualizado: con
I gesto autoritario, ase a cuatro sacerdotes de rostro muy semejante.
J que acusan una falta de carácter y de individualidad que contrastan
j con la desbordante personalidad de su demoníaco acólito (figu-
9 ra 85).

Fig. 85 Sébastien Brant: hables d'Ésope (Basilca, 1501)

105 Los tres incunables se encuentran en la Biblioteca Universitaria de Ginebra


Las ilustraciones que aquí se incluyen han sido tomadas de dichos ejemplar
106 Para la originalidad relativa de este «hallazgo», véase J. Balirusaitis, Lo L 0
Media fantástica, capitulo V, p. 167.

282
Fig. 86. Alberto Durero.

283
Durero ha grabado monstruos diabólicos de p r o d ig io s o u g o i
ya se trate de la Bestia del Apocalipsis o de diablos in fe rn a le s . t,i
les seres revelan la extraordinaria fuerza inspiradora d e l m u n d o de­
moniaco. La perfección gráfica es, además, señal d e un a r te cons­
ciente, voluntarioso, que domina sus medios y s u s fu e n te s .
Nos encontramos ante los límites del ámbito que n o s e s im pues­
to, ya que más alia, la libertad y la perfección d e l d ib u jo so b rep a­
san con mucho a los textos que se ocupan de describir m onstruos
y diablos. Habremos de atender también a estos e je m p lo s , que ofre­
cen una rápida visión de un asunto inmenso y a p a s io n a n te 1"
El tema de la relación de los monstruos con el d e m o n io n o deja
de ser ambiguo: monstruos totalmente fantásticos, in o fe n s iv o s , pro­
ducto de la ambigüedad griega, como panotios o b le m m y a s y otros
ejemplares de la misma familia, aparecen a m e n u d o desprovistos
de carácter diabólico. Sin embargo, tienen analogías e v id e n te s con
los monstruos chinos, sin duda temibles. Tales familias de m ons­
truos aparecen en Occidente sobre todo a partir del sig lo X III ;i
raíz de las invasiones mongolas y del desarrollo d e l c o m e rc io con
Oriente; esos monstruos transmiten su carácter d e m o n ía c o a las
criaturas «agradables» de la Antigüedad:

No se trata de infiltraciones esporádicas, sino de una vcrcl.ult-r.i m


vasirtn. Incluso los genios con caras sobre el pecho y vien tre, asocia
dos primitivamente al mundo grecorromano sobre todo, llegan aho­
ra junto con estas hordas (...) A la tradición antigua se supeiponen
en un determinado momento las leyendas orientales. I n los tratados
chinos se citan también pueblos semejantes a los ukvplutlos ilt- lie
ródoto y a los Blemmis de Plinto y Pomponio M ola. Marco l'olo y
Mandeville también se refieren a ellos cuando describen estos mons­
truos (...) Encontramos los mismos prodigios entre los diablos (. )
Mientras que en Occidente estos seres fantásticos experimentan un
largo eclipse y sólo renacen a finales del siglo XIII en forma <le de­
monio. su rama asiática crece ininterrumpida y satánicamente desde
sus primeras generaciones1"'*.

Pese a lo que dice Baltrusaitis. los monstruos provenientes de


la antigüedad griega aparecen, en la mayoría de los casos, más cá­
rnicos que diabólicos durante los siglos X IH y X IV . Su carácter de
moníaco queda como subyacente; no se relaciona de modo especial

l.» literatura sobre cslc asumo incluye, en ocasiones, obras «le calidad, tomo
la de R Villenruve, l.r Ihable dans l'Art, quien en el capitulo titulado -l'minuulu
Diublc» se ocupa de la evolución de las representaciones del demonio devlr lc»i"
nurn/oa del cristianismo basta uursiia éjx>tn. ul tiempo que hace interesante» enm
patacionc» con el ¡ule onrnlul (|em ct, chino, tilxMano). l a iconogtalla está muy
api opiadamente rlrgnla, y se anuden a ella numeiosns lefrieiuias u teptescnUO'1
lies que no lian iiodido ser repioductdas en el libro Por olio lado, la hhul Malm
fantástica de J iiullrusnitis c» un estudio lint rico como pienso, y pina todo I" ir
lativo n los diablos puede atildóse al capitulo V, que Hala con detalle de la» apo
taciones provenientes del Extremo Oriente
.1 HaUrusaitis, ap di., pp. 171-172.
Fig. «7. S¿ba$ucn iirani habtn d'fiittpr (Manlca 1501).

con cal o cual form a monstruosa, sino con el monslruo en general,


en la m e d id a en que supone un «desorden» (cf supra, pp 217-21K)
A u n q u e estos monstruos sean considerados como criaturas
«a g ra d a b le s », divertidas, su afinidad con el Mal es implícita Sin em­
b argo, en los siglos X I I I y X I V este aspecto no privaba sobre los
dem ás, c o m o es el caso en el siglo X V . cuando no es posible apar­
tar esta fam ilia de monstruos de la atmósfera de satanismo que se
expande tan notablem ente. I:n este sentido, es reveladora la colec­
ción de h u h l e s de B r.in t; la interpretación moral, alegórica, de tales
m onstruos los sitúa claramente en un mundo amenazador y (¿pro­
bo. L o s d ia b lo s se infiltran en el libro de Utant, c. insidiosamente,
a m e did a que a va n za , lo invaden más y más. Ni la ambigüedad m
la d u d a son posibles: esos monstruos se afirman nítidamente tomo
m inistros de Satán (figu ra H7).
M a s n o es necesario deducir que el Diablo sea sistemáticamente
un m o n s tru o , el episodio de L a S a lud? en que Anlomc de l a Sale
se e n cu e n tra co n un catabres. verdadero demonio encarnado, prue­
ba que n o es p reciso ser un monstruo para ser un demonio Un hom ­
bre algo d e fo rm e , y sobie todo con abundante cabello, peludo, su­
cio y m al v e s tid o , sil ve perfectamente para el propósito, l o cómico
‘leí texto p ro v ie n e tanto de la descripción de tan pintoresco peí so-
••aje c o m o de la insistencia con que se mencionan los detalles ‘pie
lian im p ic s io n a d o m ás al narrador l.s en particulai bien divertido
r l lu e g o de a d je tiv o s p r l l u y p v l l é * , aplicados a la piel del persona­

(*) J u e g o d e pululo tu r n ire l'Hlu (»j>rludo>) y ju-liz (•priado») (N oli <WI


• ‘"ductor )
je en cuestión, agraciado con un rico sistema piloso, y a su vestido,
el cual, por el contrario, no es de la m ejor calidad:

Y los q ue lo vim os, así, ta n m a ra v illo sa m e n te g ra n d e , m ucho mas


q u e el ta m a ñ o hab itu al d e u n se r h u m a n o , q u e d a m o s m uy asom bra­
dos ( ...) . Y todos los q u e e s tá b a m o s ce rca d e él v e ía m o s el disforme
ro stro , cu e rp o , b razos y pies q u e e s te h o m b r e te n ía . P o rq u e, en pri­
m e r lugar, su cab eza e sta b a c u b ie rta d e larg o s y n e g ro s cabellos mez­
clados con otro s blancos, q u e le lle g ab a n h a sta los h o m b ro s, sin peí
n a r, sobre los q ue llevaba u n a v ieja g o rra d e la n a azu l o scuro, min
p elada; la fre n te la te n ía llena d e a rru g a s; los o jo s, m u y pequeños \
hu n d id o s, el blanco d e los cu a le s e ra c o m o te ñ id o ; las cejas grandes
y p eludas, con algunos p elo s b la n co s; las m ejillas, g ra n d e s y arruga­
das; la nariz, ancha y m uy a p la sta d a ; las o re ja s , g ra n d e s, peludas \
m uy pegadas a la ca b ez a; la b o ca e n o rm e , c u a n d o se re ía , la barba,
n eg ra, c o rta , ancha y m u y p o b la d a , q u e casi o cu ltab a la boca; el cue­
llo m uy c o rto ; g ran d e s e sp a ld a s y b ra z o s, así co m o las m anos, mm
delgadas, y las ju n tu ra s d e los d e d o s m uy p elu d as; uñas largas y gran
des, con m ucha su cied ad e n tre ellas y la c a rn e ; el c u e rp o , como ya
se h a d ich o , e n o rm e ; v estid o c o n un sa y o p u n tia g u d o , d e viejo paño
m uy p elad o ; p ie rn a s largas y g ra n d e s en rela ció n co n el cuerpo; lle­
vaba calzas de c u e ro le o n a d o m u y p e la d a s ; te n ía los pies grandes \
planos ( ...) . ¿ O u é m ás p o d ría d e c iro s? C a d a v e z q u e m e acuerdo de
él, m e p arece verle a n te m í109.
E l carácter diabólico de este personaje quedará confirmado por
los acontecimientos subsiguientes, y todos se convencerán de ha­
berse encontrado con una encarnación de Satán: «en verdad era
uno de los espítitus de Estrongol o de B o u lc a n »lllJ. El episodio
ocurre, en efecto, en las islas L íp a ri. Este personaje, que desde el
punto de vista de su constitución física no tiene nada en verdad de
monstruoso, ofrece al propio tiem po una imagen que se halla en
los límites de lo monstruoso, de lo sobrenatural. La exuberancia de
sus cabellos, de su barba, de sus negros pelos, su descuido, sus afi­
nidades con «lo sucio», la desproporción de las varias partes de su
cuerpo, todo im prim e su sello en la imaginación. El tamaño de la
nariz, de las orejas (elem ento m uy im portante en los diablos), de
la boca; la longitud de brazos, manos y piernas; la gran estatura
sitúan a este personaje, inm ediatam ente, fuera de los límites de lo
com ún. Resulta chocante el contraste entre el aspecto rechoncho
de la parte superior de su cuerpo y la delgadez de sus miembros
E n fin, las calzas le o n a d a s , «m u y peladas», form an, con el resto de
su vestimenta, un conjunto infernal m uy homogéneo. Sólo le faltan
rabo y cuernos, pero aún sin ellos, que harían de él un monstruo,
su imagen queda profundam ente impresa en el espíritu de quienes
le han visto.
Podría pensarse en un grabado del siglo XV, muy sobrio y rudo,
en el que aparece uno de los más impresionantes diablos a causa

109 La Salude, pp 147-150; versión B.


1,0 Ibid., p. 158.

286
f

Fig. 88

de su simplicidad. Si se exceptúan sus pies (que. en todo caso, son


también muy extraños en el calabrés de La Salude), este personaje
no tiene nada de monstruoso. Y. sin embargo, la expresión fría y
decidida, la extraña cabellera y la forma del rostro no dejan lugar
a dudas por lo que respecta a su carácter y a su personalidad dia­
bólicas. La austera y glacial maldad de su expresión contrasta stn
duda con el aspecto riente y sardónico del «diablo» calabrés: si éste
es un mal picaro, aquél es un ser nada agradable. La elegancia del
uno contrasta también con la elegancia del otro. Mas pese a todo,
hay en ellos una comunidad de espíritu. El siglo XV, que produce
formas exuberantes, alucinantes, conttnúa, al propio tiempo dando
lugar a formas muy simples en que el carácter monstruoso es difu­
so, implícito y, pese a todo, manifiesto (figura 88).
A fines de la Edad Media las nociones de lo monstruoso y de
lo demoníaco se hallan tan estrechamente unidas que no es indis­
pensable, para representar a las fuerzas del Mal. recurrir a las for­
mas monstruosas. La interpenetración de ambas es progresiva a lo
largo del tiempo y también dentro de los límites de una sola época,
y variable, según los casos. Aparece de modo más completo en el
siglo X V que en los precedentes, pero la Edad Media continúa ha­
ciendo que coexistan representaciones diversas, en las cuales la do­
sificación de los dos elementos citados noes nunca la misma. Es pre­
ciso admitir que si el siglo XV ha producido tantos monstruos de
formas extravagantes, lujuriantes, es porque sentía placer con ellos,
más incluso de lo necesario.
Durante toda la Edad Media pudieron coexistir pacíficamente
diversas visiones del mundo, como ya se dijo; cada una de ellas con­
sigue armonizar, en cierta medida, los problemas que suscita y las

287
respuestas que ofrece. Pero el monstruo medieval plantea cu estio ­
nes que la época no ha conseguido, en verdad, resolver L a d efini­
ción de monstruo cambia bien poco hasta el siglo X V Í; su s re p re ­
sentaciones evolucionan sensiblemente, pero lo esencial d e las m o­
dificaciones conduce a la interpretación del papel que el m o n stru o
representa en el universo. La Edad Media se halla atenazada entro
la necesidad de explicar el «desorden» que supone el m o n s tru o y la
de creer en el postulado según el cual la Naturaleza, obra d e Dios,
es perfecta, y por lo mismo ordenada de acuerdo con un sistem a im­
perturbable. Es preciso aceptar lo dicho por Aristóteles, para quien
el monstruo se integra en un orden natural superior al percibido
por nosotros, y también lo escrito por San Agustín, para q u ien el
monstruo forma parte del plan divino y contribuye a la belleza del
universo en tanto que elemento de diversidad. Sin embargo, para
la Edad Media y sobre todo para la época final de la misma, sub­
siste la paradoja. En efecto, el monstruo es, de una u otra form a,
fruto del pecado; nace, después de la caída, de la unión de los «lu­
jos de Dios» (altamente sospechosos de ser los ángeles «m alos-)
' con las «hijas de los hombres», y después del Diluvio el m onstruo

Í proviene del hijo maldito de Noé, de Cam . cuya d e s c e n d e n c ia pa­


rece haber sido también atractiva para «los enemigos infernales».
Sin duda, el monstruo es tolerado por Dios, a menos que nos haya
sido enviado como castigo por «algunos malvados», pero no perte­
nece al Edén.
En su M élusine, Jean d’Arras, para justificar la existencia de la
mujer-serpiente, acude a David, según el cual «los juicios y los cas-
tigos de Dios son como abismos sin fondo y sin orillas, y no es pru­
dente el hombre que intenta comprender tales asuntos con su en­
tendimiento». Acude también d'Arras a Aristóteles, para quien las
cosas creadas aquí abajo «certifican ser tal como son» (¡literal!), y
a San Pablo, que en una de sus epístolas a los romanos prom ete
algo del conocimiento de las cuestiones divinas a los «hombres que
saben leer libros y dan fe a los autores que nos han precedido».
Pero piensa d’Arras finalmente que «ni siquiera un hombre como
Adán tuvo conocimiento perfecto de las cosas ocultas de Dios..». ;
y por ello aconseja a la criatura humana no hacerse demasiadas pre­
guntas y contentarse con el asombro:

y al m aravillarse, co n sid e ra r có m o p u e d e d ig n a y devotam ente loar


y glorificar a A qu el q u e tal ju zg a y o rd e n a tales cosas a su voluntad
y d eseo , sin co n trad icció n a lg u n a 1' 1.
No nos corresponde a nosotros intentar comprender qué puede
ser el monstruo, libertad y voluntad de Dios.

1,1 Jean d’Arras, Mélusine (Ginebra, A Steinstaber, 1478), fol 3. Se trata de


comienzo del libro, inmediatamente después del «Envío» al príncipe Jean de Berrv
que le había ordenado escribir esta obra.

288
VII. L A S FUNCIONES D F í

EN EL ALMA HUMLAM
N0aNSTRUO
¿ P o r q u é se ha creído con tanta constancia en los m onstruos a
través de los siglos? ¿Qué funciones cum plían en el alm a humana?
¿P o d ría el hom bre pasarse sin los monstruos, o bien hay que pen­
s a r q u e éstos asum en una fu n c ió n psíquica indispensable? En rela­
c ió n con estas cuestiones generales podem os preguntarnos también
cuál es la especificidad del monstruo m edieval, y más en particular
al final de la E d a d M e d ia . E n ocasiones, hay la tendencia a relegar
los m onstruos occidentales a un medievo tan oscurantista como pue­
r il y atorm entado: el H u m a n ism o , el G ran Siglo francés, después
el de las Luces y la Era Industrial, habrían elim inado tales m ani­
fe s ta c io n e s . La Edad Media creadora de monstruos, y con ella uno
de sus más brillantes representantes en este campo, «el creador
de m onstruos de Bois*íe-Duc». el Bosco, no volvieron a gozar de
cierto prestigio hasta no hace mucho. Todavía se considera a esta
«fabrica» de monstruos como fenómeno particular de la Edad Me­
dia, por no decir original y único. Sin embargo, hemos visto que tal
fenómeno fue en el medievo cosa en buena medida prestada: sólo
al final de aquella época la imaginación desborda todo lím ite y la
originalidad se hace presente. Se piensa aún en la Edad M edia como
en un tiem po enferm o, trabajalo porTas caíam7Ja~dcs7icosáüobo r
las pesies; de este modo, la creación de monstruos sería una mani­
festación patológica. Un reflejo de tal opinión aparece en ciertos li­
bros de arte que comienzan o terminan su discurso sobre la Edad
Media con una intención vagamente poética: para contrarrestar la
imagen de un medievo en el que
la m ortalidad es la de un pueblo primitivo que vive subalimentado,
expuesto a todos los azotes, en condiciones lamentables1,

se le concede «el privilegio de la calidad mágica»2. Clichés seme­


jantes se perpetúan y se transmiten de autor en autor.
1 y ; Frates citadas por F. Cali en «L'ordre flamboyanl», pág 10.
Se habla con cierto placer del final de la E d a d M edia como de
un oscuro infierno del cual los del B o s c o aparecen a m odo de un
reflejo perfectamente explicable, y muchos son los que se compla­
cen en la visión de una época sufriente, torturada, desesperada. Las
esculturas de las catedrales, por e jem plo , son comentadas a s i
por F. Cali:

Esculturas patéticas, se ha dicho, esculturas del su frim ie n to y escul­


turas sufrientes, desesperadas, que a te m o r iz a b a n a las buen as gen­
tes, que las miraban y las miran todavía p a ra a s o m b ra rse an te unos
signos ocultos y esculpidos que se asemejan, en la m a y o ría de los ca­
sos. a esos cuerpos convulsos que penden de los garfios de los
matarifes3.

En suma, se hace con facilidad de la E d a d Media no solamente


una época privilegiada en lo m ágico, sino también favorita de la
monstruosidad. Mas nosostros quisiéramos m ostrar, a lo largo del
presente capítulo — al igual que lo hemos intentado en los anterio­
res— que los monstruos «m edievales» no son únicamente el pro­
ducto de u n a época. Los monstruos aparecen esbozados de modo
diverso, según los gustos y las civilizaciones, según los individuos)
según las edades, p e r o la s v a r ia n te s s o n d e f o r m a y n o d e fondo.
C o m o bien señala Riese en un estudio sobre V a n Gogh (en el cual
la imaginación se manifiesta no a través de los monstruos, sino de
un florecimiento de lo fantástico):

el número de motivos, por grande que sea. es en verdad limitado,


mientras que el sentido y la voluntad de la forma siguen siendo ina­
gotables en el artista4.

Esta opinión, aunque manifestada p o r Riese a propósito de un


pintor m uy próxim o a nosotros y sopechoso de locura, se adapta en
realidad a un campo extrem adam ente am plio , el del oscuro mundo
«del que brota todo esfuerzo c re a d o r»5.
Los monstruos interesan aquí en tanto que criaturas de ese «os­
cu ro m u n d o », que ha sido explorado de m odos diversos a lo largo
de la H istoria, pero entre el final de la E d a d M edia y nosotros hay
ciertos elementos com unes. E l psicoanálisis, es una especie de
«cue stión» m oderna, lleva, sin esfuerzo alguno, a la «cuestión» me­
dieval, época en que tantos desgraciados (b ru ja s, locos, histéricos,
im postores, e tc.) cayeron en m anos de los inquisidores. La diferen­
cia radica en que, en los tiem pos m o d ern o s, el enfermo se plantea
a sí m ism o la dicha cuestión; el analista ha enm udecido, o poco me
nos. L a noción de cu lp a b ilid a d , que en la E d a d Media presidia la

5 Ibid., p. 31.
4 R V olm at, en L 'A rt psychopathologique, p. 155. cita esta opinión refiriéndose
a W Riese, Vicenl Van Gogh in der K rankheit (M unich. Bergham. 1926)
5 R V olm at. o p cit., p. 155.

292
re la ció n verdugo-víctim a, se ha desplazado; el enfermo ya no es acu­
sa d o , sino que se acusa a sí mismo: se siente culpable de haber v i­
v id o tan to tiem po con el sentimiento de culpabilidad. M . Foucault
p o n e de relieve este sutil mecanismo, que al tiempo que elimina la
n o c ió n de culpa en las relaciones con el analista, la reintroduce su­
b re p tic ia m e n te 6. E n todos los casos, lo que cuenta es la c o n f e s i ó n :
co n fe sió n ante sí mismo, confesión ante otro. Es inútil recordar que
en la perspectiva de la investigación al igual que en la terapia el ana­
lista se sirve, con preferencia, de todas las manifestaciones no ra­
ciona les del espíritu: los sueños, las eflorescencias de lo imagina­
r io , las form as artísticas en que se manifiesta más libremente el «os­
c u ro m u n d o » . E n este terreno, los monstruos ocupan un lugar bien
h o n o ra b le . E l arte prim itivo, el infantil, el surrealista, el psicopa-
to ló g ic o , m u n d o s en los cuales las pulsaciones más profundas se ex­
presan co n m a y o r libertad, ofrecen campos privilegiados para la in­
ve stig a ció n : todos ellos se sirven de los monstruos. El monstruo es
a la v e z un m e d io de investigación del alma — ya que en él se re­
velan m u ch o s y auténticos secretos— y un instrumento terapéutico:
p ro y e c ta r los fantasmas en un monstruo equivale a exorcizarlos, y
p o r e llo , a ju zg a rlo s y a liberarse, parcial o totalmente. Los mons­
truos de las T e n t a c i o n e s d e S a n A n t o n i o no son «sufridos» pasiva­
m ente p o r el santo; esas te n ta c io n e s funcionan al modo de psicoa­
nálisis. E n su introducción al B o s c o , Cari Linfert considera que

U n a tentación es otra cosa que la simple transcripción. la parafrásis


de las opresiones morales, es una resistencia contra la realidad Tan­
to de un lado como del otro (...), tentador y tentado se enfrentan
con la realidad. El último se lanza hacia un «ver» nuevo7

E l d o b l e m e c a n i s m o d e p r o y e c c ió n d e fa n ta s m a s y d e recrea ció n
d e la r e a l i d a d q u e d a d e m a n i f i e s t o e n e l m o n s tr u o , el cual es una ma­
n era de v e r n la hahitualm ente no se ve y lo que quiere ver­
se j T a ñ J y s r i a l y l d e s ^ ^ Además, al igual que ocurre
con la te n ta c ió n , el m o n stru o no es sino un episodio de la experien­
cia h u m a n a , u n a de las fases por las que pasa el ser humano en bús­
queda de sí m is m o . T a l es el sentido de los monstruos que hallan
en su c a m in o los héroes míticos: Gilgamesh, Uliscs, E d ip o ...
Se e x p lic a n así la peren n id a d de los monstruos y al propio tiem ­
po la re p e tic ió n de form as monstruosas: las pulsaciones fundamen­
tales d e l ser h u m a n o no son indefinidamente variables. Q ue cada
época h a ya in te rp re ta d o tal o cual monstruo a su propio m odo, o
que h a ya d a d o m a y o r im po rtan cia a otro, es indudable Pero lo que
nos im p o r t a d e t e rm in a r a q u í es la razón de ser del m onstruo, la fu n ­
ción en e l p s iq u is m o .
E n f in , n u e s tra ú ltim a cuestión nos lleva a la eterna a m b igü e - *

* M . F o u c a lt, H isio ire de la sexualué, la volonié de savoir, p. 17


Ju ró m e B o s c h . ed ició n del «Ccrcle d'A rt». introducción de C ari L in ter!

29*
dad del monstruo, ambigüedad que la Ed ad M e d ia ha puesto de re­
lieve de manera particular: el m onstruo, ¿debe figurar en la lista de
manifestaciones patológicas o . com o ocurre en el medievo, es pre­
ciso reconocer su lugar en la N o rm a de la N aturaleza y del Espíritu V
La universalidad del m onstruo y el hecho de que los rasgos de
individuos llamaos «no rm a les» reproduzcan m otivos monstruosos
clásicos parecen conferirle un papel necesario, quizá incluso vital
en la psique humana. Si el m onstruo aparece en todas las civiliza­
ciones, en todas las épocas, y en individuos «n o rm a le s » tanto como
en enfermos mentales, es que tiene en verdad una f u n c i ó n natural
Si es cierto que el m onstruo expresa pulsaciones fundamenta­
les, parece útil determ inar éstas. Según F re u d . y muchos otros des­
pués de él, estamos dom inados por dos instintos contradictorios.
Eros y Thánatos. Pierra-Jean Jo u ve . en su prefacio a S u e u rs de
S a n g . «Inconscient. spiritualité et catastrophe» (título que bien po­
dría servir para caracterizar al otoño de la E d a d Media), ve en
el hombre

u n a co lo n ia de fu e rz a s in sa c ia b le s, r a r a m e n te satisfechas, que se
m u e v en y g iran p e s a d a m e n te c o m o c a n g r e jo s que se defienden'.
Tales fuerzas son monstruos que se alim entan del corazón
humano:

Se a p re c ia n en el c o ra z ó n d e l h o m b r e y e n la matriz de su inteligen­

f
cia ta n to s insecto s c h u p a d o r e s , b o c a s m a lig n a s, materias fecales ama­
d as y o d ia d a s, un tal a p e tito c a n íb a l o in v e n c io n e s incestuosas un
te n a c e s co m o e x tra ñ a s , to d a e s ta te n d e n c ia o b sc e n a y esta magia,
p ro d ig io sa a c u m u la c ió n , e n fin. u n m o n s tr u o d el D eseo alternando
c o n u n verd u g o tan im p la c a b le q u e ( . . . ) por ultimo decimos: ¿cómo
es p o sib le q u e el h o m b re h a y a lle g a d o a oponer la consciencia ra­
cio n al a fu erza s ta n te m ib le s v d ecididas?'*.

Esta es la situación del hom bre q ue. extrayendo de su imaeina-


ción monstruos aptos para llegar a transform arse en objetos mili­
cos o estéticos, crea a E ro s al tie m p o que lo condena con el sello
de la deform idad: el m onstruo es. en cierta m edida, una manifes­
tación racional (y por lo m ism o, m arcada por Thánatos) de Eros
E l conflicto insoluble entre E ro s y Th á n a to s se halla unido a la fa­
talidad que pesa sobre cada ser desde su nacim iento, la Culpa

E l hombre lleva consigo, desde que nace, como un poder diabóli­


co engendrador de culpa10.*

* G allim ard. p 139. P J. Jouve estaba fam iliarizado con Freud. Conocía, en par
ticular. su ensayo Au-dclá da principe de plaisir. y su prefacio se nutre de las teona>
frcudianas. que reinterprcia a la luz de su propio misticismo.
v Ibid . pp. 139-140
Ib id .. p 144.

294
Según Jouve. lo demoníaco es la vida misma de los instintos11,
lo cual desborda ciertamente el pensamiento de Freud, pero se une
con el medieval. El hombre esta marcado por la Culpa, y sus dos
instintos fundamentales no pueden liberarse de tal maldición:

N o se ro m p erá nunca la relación entre la culpabilidad —sentimiento


fu n d a m e n ta l en el corazón humano— y la imbricación inicial de los
d o s in stin to s capitales12.

En la perspectiva del presente capítulo, nos parece que P -J.


Jo u v e lleva a cabo un curioso y fructuoso compromiso entre los re­
cursos del psicoanálisis y las nociones medievales, de las que él hace
nociones generales. Afirma que el hombre de hoy puede ser «más
g ra n d e » que el de la Edad Media o del siglo XVI «porque, herido
su narcisismo, necesita tener acceso a fuerzas imprevisibles»*'3, y,
sin embargo, estas nuevas fuerzas que le ayudan a dar nombre a
sus monstruos interiores, a reconocer su origen y su naturaleza, no
le sirven para acabar con su sentimiento de culpa... Lo cual debe­
ría ser, precisamente, uno de los logros de tal operación. Como su­
braya Jouve, el siglo XX comparte con ciertas épocas de la Edad
M e d ia un instinto de c a tá s tr o fe (Jouve no habla sino del año 1000,
pero tam bién los siglos XIV y XV se incluyen sin problema en tal
p erspectiva): instinto que impide al ser humano beneficiarse de esas
fuerzas, que podrían liberarle y hacerle progresar Jouve ve al hom­
bre en una de esas fases de la civilización en la que

la psiconeurosis del mundo ha llegado a un punto tal que puede ha­


cer temer en el suicidio14.
Idea que coincide con la de los movimientos apocalípticos de la
E d a d M e d ia , p o r lo que se refiere a la creencia en una catástrofe
inm inente. Se resuelven así todas las tensiones, tienden, en efecto,
a resolverse con el triunfo de Thánatos,

en uno de esos cambios pnmarios que atañen al aspecto de todo lo


existente: destruir el bien con el mal. hacer desaparecer al hombre
a l t i e m p o que la Muerte le ilumina15.

Se trata de una situación que Jouve ve en nuestra época, y que


según nosotros, es también la del siglo X V ; vemos en la Inquisi­
ción, en la caza de brujas, una caza de monstruos, la bruja, una
vez ilustrada acerca de lo monstruoso que ella encarna, debe ser
destruida, aunque se arrepienta, aunque reconozca su culpa; no hay
perdón en este m u n d o ... La sociedad no podría contentarse con re-

11 Ib id ., p. 141.
12 I b id ., p. 140.
13 ¡b id , p. 141
14 y 15I b id .. p 143.

2 95
conocer y n o m bra r su E ro s transform ado en algo m onstruoso, y cre­
yendo salvarse al destruir la b ru ja , pierde las posibilidades de ac­
ceder a su propia verdad.
E l análisis de Jo uve tiene sobre el de F re u d la ventaja de ser poé­
tico. T ie n e tam bién el m érito de establecer un nexo entre dos épo­
cas igualm ente atorm entadas y sem ejantes en numerosos aspectos
D e ahí partirem os nosotros hacia «e l continente n e g ro »1'1 de la
sexualidad, una de las formas de E ro s de la cual se han apoderado
los m onstruos. N o s servirá de referencia el análisis del símbolo
sexual llevado a cabo por F re u d . Ese continente se halla ocupado
esencialmente en la E d a d M e d ia , p o r la m u je r, y por la forma más
m onstruosa de la m u je r, la b ru ja . C o m o se indicaba en las páginas
iniciales del presente capítulo, buscarem os en el m onstruo el aspec­
to patológico que se le atribuye ha b itua lm e nte : los dibujos de los
enferm os mentales y la form a en que son u t i l i z a d o s por esos enfer­
m os para su propia terapia, nos revelarán algunos mecanismos uti­
lizados am pliam ente por los creadores de m onstruos, enfermos o
no. _
D gsde— tiempos m uy antiguos la /sexualida ID está rolarinn.uh
con lá"monstrunsi5ad~\la esfinge 1' es un e je m p lo tan ilustre que ha
dado ocasión a innum erables co m e nta rio s, e incluso ha proporcio­
nado al psicoanálisis su « c o m p le jo » más célebre. Las divinidades de
la fecundidad tiene en ocasiones elem entos m onstruosos, como las
diosas-m adres. Frecuentem ente polim astas (la D ia n a de Efeso. por
18) , o bien se hallan dotadas de atributos viriles, como
e je m p lo 1
7
6
M o u t, diosa egipcia con cabeza de b u itre , que reúne características
sexuales masculinas y fem eninas19.

16 Lascault (Q uinta P arte, capitulo I) utiliza en el su b títu lo la expresión «el con


tinente negro de la sexualidad fem enina», fórm ula tan vaga com o ambigua, pues se
trata más bien de cóm o los hom bres ven la sexualidad de la m ujer
17 Se sabe hasta qué punto este m onstruo se halla unido a las andanzas de los
héroes por los cam pos de la sexualidad. L a am bigüedad sexual de la esfinge (la grie­
ga es vinl por su cuerpo de león y fem enina p o r su cabeza y pecho) tenderá a dis­
m inuir en el O ccidente cristiano en favor de in terp retacio n es más unívocas, que ha­
rán de ella uno de los sím bolos de la lujuria: «E n el R enacim iento, se creia que la
esfinge de G izeh representaba la h etaira R odopis; A lciato veía en la esfinge la vo­
luptuosidad. y su com entarista M inos precisa q u e. al igual que la esfinge, la volup­
tuosidad está al principio llena de dulzu ra, p ero es am arga y triste cuando se la ha
g ustado » (G . L ascault. op. cu .. p 295).
18 G . D uran d . op. c u ., p 296.
19 S F reud. «U n souvenir d'en fan ce de L éo n a rd de Vinci». en Auswahl aus
Freuds S ch n ffte n . p. 55: «su cuerpo, cuyos pechos caracterizan como femenino, tie­
ne un m iem bro vinl en erección» F reu d rec u erd a {ibtd . p. 55) que tal particulari­
d ad no es exclusiva de M out. sino qu e ap a rece tam bién , episódicam ente, en lsis. en
H a to r y «en o tras divinidades egipcias, com o N eiih de Sais, que se transforma des­
p u és en la A ten e a griega», y que caracteriza asim ism o a «muchos de los dioses grie­
gos. en particular del ciclo de D ionisos. p ero tam bién a A frodita, reducida pronto
al p apel único d e diosa fem enina del A m o r. Los m itólogos pueden también internar
explicar este hecho el falo que ap a rece en el cu e rp o fem enino debe significar la fuer­
za cre ad o ra y p n m itiv a de la n atu ra lez a (.-..). sólo la unión del principio masculino
y del principio fem enino rep rese n ta d ig n am en te la perfección divina».

296
D iv e rs o s monstruos pueden asociarse con los simbolismos de la
fe c u n d id a d : los animales emparentados con la serpiente; los drago­
n es, q u e incluyen el simbolismo de los cuatro elementos20. Son se­
res q ue en la m itología cristiana están relacionados con la sexuali­
dad, y encargados de una misión maléfica. En el A p o c a lip s is
( X I I . 1 -7 ) aparece un dragón con siete cabezas, «aquel dragón des­
c o m u n a l, aquella antigua serpiente, que se llama diablo, y Satanás»
( X I I . 9 ) , q ue intenta destruir a la Mujer (la Virgen) que acaba de
tra e r al m u n d o a su hijo (Cristo). Este Dragón es una de las mani­
festaciones de la Bestia, la R a m e r a (X V I !. 15), símbolo de la impu­
ra B a b ilo n ia , con la que «los reyes de la tierra estuvieron amance­
b a d o s » ( X V I I I . 3 ). La Bestia aparece caracterizada y estigmatizada
co n p a la b ra s tom adas del léxico sexual; la sexualidad es señalada
y c o n d e n a d a en los monstruos que la representan: el mecanismo
g ira so b re sí m ism o . O tra ilustración de este eterno combate entre
la lu ju r ia y la virg in id a d la constituye el mito del unicornio, en el
que a p a re ce u n o de los aspectos de esta lucha.
L o s m o n s tru o s viriles, como faunos, silvanos, sátiros o centau­
ro s, son ta m b ié n sím bolos de una sexualidad desmedida. En la A n ­
tig ü e d a d tie n e n un sentido orgiástico, sobre el cual la Edad Media
lanzó su a n a te m a . L o s «hom bres salvajes» pueden revestir tal ca­
rá cte r y s im b o liz a r asimismo la lubricidad. En un fragmento de su
d e s crip ció n de G r e c ia , Pausamas se refiere al viaje de una nave he­
lena p o r unas islas m al afamadas y pobladas por gentes peligrosas;
L o s m a r i n e r o s d a b a n a estas islas el nom bre de Satíndas Sus habi­
t a n t e s s o n d e c o lo r r o jo y tienen colas casi tan largas como las de
lo s c a b a l l o s . C o r r ie r o n h acia la nave tan pronto como la vieron. Sin
l a n z a r u n s ó lo g r ito , se a b a la n z a ro n sobre las m ujeres del barco Los
m a r i n e r o s , a t e r r o r iz a d o s , a c a b a ro n por arro jar a tierra una m ujer sal­
v a j e . L o s s á t i r o s n o s o la m e n te la violaron al m odo habitual, sino que
a b u s a r o n t a m b i é n d e c a d a p a rte de su cuerpo21.

El d e m o n io m e d ie v a l ofrece una semejanza notoria con los fau­


n o s -ce n ta u ro s d e la A n tig ü e d a d ; de él dice el M a lleu s que

tie n e n u n a f u e r z a n a tu r a l q u e sobrepasa iodo poder corporal, tal que


no puede compararse con ninguna potencia terrenal (.. )22*
.

L a p r im e r a d e estas afirmaciones se adapta sin problemas a los


m o n stru o s a n tig u o s . E sa «fu erza natural» supra-corporal aparece,
en el c ris tia n is m o , teñ id a de lo sobrenatural y demoníaco Reto-

" G D u r a n d , o p c u , p. 367: «en las culturas paleo-orientales y mediterráneas,


la se rp ie n te to m a a m e n u d o el lugar del falo: asi. Príapo aparece a veces bajo for­
mas d e o fid io . U n a u n ió n m ística con la serpiente estaría en la base ntual de los mís­
ten o s d e E le u sis y d e la G ra n M adre».
. P a u s a ma s , D esc rip c ió n d e Grecia, I XXIII 6. 6. 7; atad o por F Ttnland en
L H o m m e s a u v a g e , p. 32.
M a lle u s, p . 331

297
m ando la idea de C asiano, p a ra q uien ex isten « ta n to s espíritus im­
puros com o en el hom bre hay deseo s (p e rv e rso s) », el M al leus in­
cluye a los sátiros y c riatu ras se m e ja n te s e n tre los dem onios:
Los peludos, dice la Glosa, son hombres de los bosques; hirsutos,
íncubos, sátiros, un género de demonios24.
Según San Isidoro, «íncubos viene de “ ac o sta rse en cim a d e ” , es
decir, violar*»25. C on scien tem en te, el M alleu s tra d u c e lutinos y fa u ­
nos por íncubos:
y así los galos los llaman lutinos, porque realizan a menudo tales ac­
tos impuros; el comúnmente llamado íncubo, los romanos le dicen
fauno-con-higos26.
Se unen así todas las tradiciones. Sin e m b a rg o , estas fuerzas de
la N aturaleza, estos m onstruos im p u ro s, n o son los m ás agresivos;
para el Malleus son «chocarreros y b u rlo n e s» , les gusta de m odo es­
pecial «gastar brom as» y «reirse de los d e m á s» 27. E n comparación
^ con los dem onios que a to rm e n ta n «los c u e rp o s d e los posesos»28.
I aquéllos, que se co n tentan con « m an ch ar» a los seres hum anos, en
la noche, «con el pecado de la lu ju ria» , su p o n e n un mal de menor
J categoría. Este tipo de m o n stru o p u ed e lleg ar a ser m ucho más terri­
ble cuando presta su apariencia a uno de los m ás aborrecidos en la
E dad M edia, el A nticristo. E n e fe c to , se ñ ala N . C o h n que el An­
ticristo «ha sido asim ilado tam b ién a la re p re se n ta c ió n del hombre
salvaje»;
Como ha mostrado el Dr. Pernsheimer en su ensayo, el hombre sal­
vaje de la demonología medieval era un monstruo dotado de poder
érotico y destructor, un espíritu de la tierra primitivamente relacio­
nado con la familia de Pan, de los faunos, sátiros y centauros, pero
transformado en un demonio espantoso29.
El A nticristo tiene com o se rv id o res a las g ran d es pasiones: D i-
vitia, A varitia, L uxuria. R e c u e rd a N. C o h n q ue esto s personajes fi­
guran en la esquina inferior d e re c h a del p ó rtic o de Moissac: el Lu­
cro «aparece com o un d e m o n io v a ró n , m ie n tra s q u e la Lujuria está
en carn ad a por la M u jer con s e rp ie n te s, un dem o n io ctónico y re­
p resentación visual del d e seo » 30.
A sí pues, la L u ju ria se e n c arn a ta n to en m onstruos masculinos
com o fem eninos, y tam b ién bisexuales. Y a h em o s visto que los dia­
blos del final de la E d ad M edia e sta b a n a m en u d o provistos de se­
nos de m u je r; no d e ja de ser cu rio so q u e un p in to r del siglo XVII
q u e se creía poseído p o r el d e m o n io d e scrib iera un diablo en todo

23 Ib id . p 330.
24 y 25 y 26 Ibid., p. 167.
27 y 28 /bid., p 331.
231 N Cohn, Les fanaiiques de l'Apocalypse. ilustraciones Plancha I el Papa apa
rece representado con los rasgos del Anticristo, según Melchior Lorch
30 N Cohn. op. cit , p 94

298
s e m e ja n te a los recien m encionados. Freud ha estudiado este caso
u tiliz a n d o los docu m en to s de los exorcistas con los cuales el c itad o
p i n t o r tu v o c o n ta c to , así como el diario personal del in teresad o :

O tro detalle de las relaciones del pintor con el diablo nos lleva de
nuevo a la sexualidad. I . a primera vez ve al Diablo (...) bajo la apa­
riencia de un honorable burgués Pero desde entonces el Diablo apa­
rece desnudo, deforme, y con pechos de mujer Tendrá en ocasio­
nes un par, en otras varios, pero los pechos femeninos no faltarán
ya en ninguna de las apanciones. En una de ellas, el Diablo llevará
e n tre los pechos un enorme pene terminado en forma de serpiente'1

A ñ a d e F re u d q u e los pechos en cuestión son «voluminosos y col­


g a n te s » : es ju s ta m e n te el caso de las representaciones medievales,
y e n e s p e c ia l el de los dem onios de D urero (figuras 89 y 90).
L o s m o n s tr u o s bixesuales ponen sin duda de manifiesto fantas­
m a s q u e n o son exclusivam ente m edievales: tienen antecedentes en
la A n tig ü e d a d , y te n d rá n una descendencia de la que hemos visto
u n e je m p lo e n el caso m encionado por Freud.
S in e m b a r g o , los diablos con pechos de m ujer aparecen a Fines
d e la E d a d M e d ia , es d ecir, en una época en que, cada vez más. el
s im b o lis m o fe m e n in o se carga de culpabilidad, de maldición. Sin
d u d a p u e d e e x p lic a rse la aparición de estos m onstruos gracias a la
in flu e n c ia d e l a rte c h in o y tib e ta n o 12. pero si han gozado de una for­
tu n a ta l e s p o r q u e h an llegado al punto apropiado para encarnar
u n a f a m ilia r id a d sie m p re m ás acuciante. La m ujer, y progresiva­
m e n te la b r u ja , a c a b a rá n siendo m onstruos; esta evolución llega a
su a p o g e o a fin e s de) siglo X V , y se m anifiesta con claridad en uno
d e lo s p r im e r o s m a n u a le s inquisitoriales, el Malleus Maleficarum
¿ P o r q u é e s la m u je r la encargada de expresar todos los tem o­
re s r e la c io n a d o s c o n la sexualidad? Parece que cada sexo puede ver
e n e l o p u e s to u n « m o n stru o » , o al m enos un objeto que inspira’ te­
m o r. P e r o e n las so c ie d a d e s en las que es el hom bre quien esen­
c ia lm e n te m a n if ie s ta su pensam iento, quien escobe, quien actúa,
e s te t e m o r tie n d e a e x p re sa rse en un sólo sentido.
E n e l sig lo X III y según B runeto L atini, el A m or se traduce en
un s ím b o lo m a lé fic o , la sire n a . En las sirenas de B runeto. en efec­
to , se c o n f u n d e n d o s trad icio n es legendarias, la de la sirena-pájaro
g r e c o - r o m a n a y la d e la sirena-pez céltica, de ahí que estas «m ere­
tric e s » , c o m o las lla m a B ru n e to , ofrezcan muy ricas posibilidades
d e i n te r p r e ta c ió n :

y dice la historia que tienen alas y uñas como representación del


a m o r, q u e vuela y hiere; y que habitan en el agua porque la lujuria
nace de la h u m edad31.

F re u d . o p c it... «U ne névrose obscssionnelk au XVllIe siécle*. p 246.


^ C f supra. capitulo VII. nota 106
Jeux et saptences du M oyen Age. p. 780

299
Fig. 89. A lberto D urero: La bajada de C nsio a los infiernos (detalle)

E s ta a fin id a d d e la « lu ju r ia » c o n e l m u n d o h ú m e d o del interior


d e l c u e r p o h u m a n o , c o n la « h u m e d a d » f e m e n id a , q u ed a subrayada
a q u í c o n u n a s e n c ille z m a g is tr a l. A f in id a d ta n v ieja com o el mun­
d o , y ta n f a s c in a n te c o m o te m ib le d e s d e los o ríg e n e s: ¿cómo exor­
c iz a r e l m ie d o s in o d e s a c r e d it a n d o la c a u s a d e ese m iedo? Consi­
d e r a r c o m o im p u r a a la m u je r s ig n ific a tr a ta r la com o a un mons­
tr u o : r e le g a r la al lu g a r e n q u e se la p u e d e a c u s a r, juzgar, eliminar.
C u a n d o se d e s a r r o lla e l m ito d e la b r u ja , la s o c ie d a d medieval con­
s ig u e p r o y e c t a r su t e m o r a la m u je r , su te m o r a la m uerte, en una
im a g e n ú n ic a m e n te m a lé fic a d e e s a m is m a m u je r: sirve de chivo ex­
p i a t o r i o p o r t a d o r d e t o d o s lo s m ia s m a s d e la so cied ad .

300
Fig. 90

La bruja encarna el aspecto


nocturno de la mujer: se comu­
nica con el mundo de Allá Aba­
jo y copula con el demonio (fi­
gura 91); de esta unión con el
m onstruo ctómco nacen otros
m onstruos. En las orgías noctur­
nas del sabbat se llevan a cabo
todas las perversiones, parodias
del acto sexual y simulaciones
invertidas del coito natural. Mas
la m u je r, para ser impura, no
necesita del concurso del diablo,
la repetición regular del ciclo
m enstrual la señalaba, en la tra­
dición hebraica, como natural­
m ente (si bien de modo provi­
sional) im pura. Paré se apoya en
la au to rid ad del profeta Esdras
c^ an d o escribe que
las m ujeres manchadas por la
sangre m enstrual engendra­
rán monstruos (...). En con­
clusión. es algo sucio y bár­ Fig 91
b a ro te n e r relaciones con una
m u je r m ientras se purga btt-

,bl* P a ré . op. c u ., capítulo 1H, P P ^ '


Ta! idea es común a muchas civilizaciones. Pero la brutalidad lapi­
daria de la frase citada tiene algo de prim itivo, de arcaico La s o la
idea de que la mujer «se purga» en tal ocasión parece indicar qui­
se purifica así de una impureza natural que radica en su propio ser.
antes de transmitirse a su sangre menstrual. En cuanto a los térmi­
nos utilizados para calificar a esa sangre, «viciosa, sucia y corrom­
pida»34, sorprende por su virulencia. O tras expresiones, no menos
violentas, ofrecen una curiosa mezcla de repugnancia y de poesía-

los menstruos son ponzoñosos, y las m ujeres que tiene s u s f lo r e s son


casi ponzoñosas3536.

En suma, impura por naturaleza, hay m om entos en que la mu­


jer está predispuesta a engendrar, en su propia ponzoña, mons­
truos. Poco falta para que ella sea, periódicam ente, casi monstruo­
sa. El Malleus va más lejos, y hace de la m ujer un monstruo

Tú no sabes que la mujer es una quim era, pero debes s a b e r lo . Este


monstruo reviste una triple forma: se engalana con el noble ro stro
del león resplandeciente, se ensucia con un vientre de c a b r a , se arma
con la cola venenosa del escorpión. Lo que significa: su a s p e c to es
hermoso; su contacto es fétido; su com pañía, mortal (...) M e n tiro s a
por naturaleza, lo es también por su lengua; hiere al t i e m p o q u e en­
canta. Por lo que la voz de las mujeres se compara c o n el c a n to de
las sirenas, que con dulce melodía atraen a los que p a s a n y los
matan*.

El Malleus, sin duda, se basa en la tradición37. Pero con expresio­


nes tales, va más lejos que la simple banalidad de las figuras reto­
ricas: la mujer mata insidiosamente a quienes encanta. Es, según el
Malleus, «el signo de la concupiscencia»38, y como tal, es conside­
rada por el Eclesiastés como más mortal que los propios monstruos.

Quisiera meior habitar con un león o con un dragón que c o n u n a m u­


jer malvada39.

La «buena mujer» no está exenta de la maldición: como todas ellas,


está también «sujeta a la pasión carnal»40, lo que de modo irreme­
diable hace de ella motivo de suciedad y de caída:

34 I b i d , p 6.
” I b i d , nota 16 de Jcan Céard, p 152.
36 M a l l e u s , p. 207.
37 Fulgencio hacía del amor un monstruo encarnado en la Quimera tema tres
cabezas para representar los tres estadios amorosos (comienzo, desarrollo, final),
una parte de león por la violencia de la pasión que domina al alma, parte de cabra
por su inextinguible sed de lujuria, parte de dragón por el veneno del pecado que
inocula a sus víctimas (Lascault, o p . a l . , p 295).
38 M a l l e u s , p. 208.
3W I b i d . , p. 202
40 I b i b . p. 201

302
H e a q u í l o q u e p r o v o c a ias la m e n ta c io n e s d e l E c le s ia s té s y d e la I g l e ­
s ia ( ...) H a llo que la m u je r es m á s a m a rg a q u e la m u e r t e , porque
e lla e s u n a t r a m p a y su c o r a z ó n u n a re d . y sus b r a c o s c a d e n a s ( . . . )
M as am arga que la muerte, esto es, que el diablo, cuyo nom bre es
m u e r te ( p e s t e ) , s e g ú n e l A p o c a l ip s i s ( V I 8 ) ( . . . ) . L o s h o m b r e s , e n
e f e c t o , n o s o n s o la m e n t e c a u t iv o s d e sus d e s e o s c a r n a le s , a u n q u e los
ven y los c o m p r e n d e n , a tr a íd o s p o r su r o s tr o , que es u n viento que
a b r a s a , y s u v o z . q u e es u n a s e r p ie n te q u e s ilb a , s e g ú n S a n B e r n a r ­
do; p e ro t a m b i é n s e d u c e n g ra c ia s a lo s m a le fic io s d e in n u m e r a b le s
h o m b r e s y b e s t ia s ( . . . )4

M á s a m a rg a que la muerte es la mujer, según el Eclesiastés, peor


q u e el d ia b lo , tal como la volvemos a encontrar en el Malleus. mons­
tru o s d e los m onstruos, si se toma la expresión al pie de la letra.
E s la m u je r la que reúne y contiene en sí toda la monstruosidad del
g é n e ro h u m a n o , porque sólo ella asume esta vocación maléfica, de
la c u a l, m ilagrosam ente, el sexo masculino está preservado:

B e n d ito sea el Altísimo, que. hasta el presente ha preservado al sexo


m a sc u lin o de tal plaga. El. que. en efecto, ha querido nacer y sufrir
c o m o v a ró n 42.

¿ P o r q u é la m ujer es en tal grado maldita? Es ella quien ha on-


g in a d o el p e c a d o , ella ha sido la causa de la Caída Este pecado ori­
g in al p a re c e ser la consecuencia de una afinidad natural de la mu­
j e r c o n la lu ju ria ; es como si tuviese unos apetitos carnales tan des­
m e s u r a d o s q u e el hom bre fuese incapaz de saciar:
T o d o s e sto s asuntos [de brujería] provienen de la pasión camal, que
e s [e n e sta s m ujeres) insaciable Como dice el Libro de los Prover­
b io s: tre s cosas hay insaciables, o más bien cuatro, que jamas dicen
« b a s ta » ; el in fierno, la matnz de la estéril y la tierra que nunca se
sa c ia de a g u a ; adem ás el fuego, el cual nunca dice -basta- Para no­
s o tr o s . a q u í: los labios de la matriz Por lo que para satisfacer su pa­
s ió n , e s a s m u je re s «retozan» con Jos demonios4-5

N o p o d r ía o fre c e rs e una imagen más angustiosa y realista («los la­


b io s d e la m a triz » ) del sexo femenino. Los términos de la compara­
c ió n s e ñ a la n su ficien tem en te el miedo ante la posibilidad de no po­
d e r s a tis fa c e r a la m u jer («saciar la tierra») o de ser devorado por
su s e x o («el in fie rn o » ), de ser consumido por el fuego sexual.
L a s m u je r e s m ás proclives a la brujería son las «adúlteras y for­
n ic a d o ra s » , las «m ás infectadas»45 de lujuna; sus poderes se ejer­
c e n d e m o d o esp ec ial en la «capacidad genital»:
L a s b r u ja s p u e d e n hechizar la capacidad genital hasta el punto de
q u e e l h o m b re sea incapaz de copular y la mujer de concebir*6
41 Ib id ., p. 208.
42 y 434 Ib id .. p 208
44 Ib id . p. 223.
45 Ib id .. p. 209
4ft ib id ., p 356.
Mas los poderes de las brujas alcanzan no sólo al acto sexual e n
particular, a la impotencia que pueden causar en el hombre, s in o
también al acto genital en general: el coito es estéril. En tal opor­
tunidad. el hombre fracasa, y en los diversos actos sexuales; q u e d a
reducido a la nada, amenazado por la m uerte tanto en su cuerpo da
impotencia es considerada así como una forma de muerte) como e n
la especie, pues no puede reproducirse. ¿Por qué las brujas t ie n e n
tanto poder sobre la sexualidad?:

S an to T o m ás, tra ta n d o del i m p e d i m e n t o m a l é f i c o i \ de las razono


po r las cuales D ios p e rm ite un m a y o r p o d e r d e hech izo sobre los ac­
tos v enéreos q u e so b re o tro s ; es p re c iso d e c ir, ig u a lm e n te , que son
las m u jeres m ás in fectad as las q u e se e n tre g a n a ta le s actividades
D ice, en efecto , q u e la c o rru p c ió n p rim e ra d el p e c a d o , por la cual
el h o m b re ha lleg ad o a se r esclav o d el diablo', se n os ha transmitido
po r la vía gen ital. P o r l o q u e D i o s p e r m i t e a l D i a b l o e j e r c e r un poder
m a lé f ic o m a y o r so b re e sto s a cto s q u e s o b r e o t r o s ' 1** .

Es sabido que la impotencia proviene, en parte, de esta c r e e n -


jeia primitiva, arcaica, en la posibilidad que tiene la mujer de repe­
tir «indefinidamente» el acto sexual. El hom bre se sentiría así c o m o
absorbido, desecado de sus jugos vitales: dentro de la m u j e r , p u e ­
de quedar como aniquilado. Lo cual coincide con la referencia q u e
el Malleus hace a los apetitos sexuales «insaciables» de la mujer. Se­
gún el principio de bipolaridad del placer, la m ujer tiene ( d e s d e el
punto de vista masculino) tanto el poder de dar placer c o m o de ne­
garlo; es por ello por lo que las brujas pueden ejercer s u i n f lu e n c ia
sobre el acto sexual. Hay ahí, quizá, un resto de mentalidad a r c a i­
ca: la primera imagen de la m ujer es, para el ser humano en g e n e ­
ral, la madre; la madre todopoderosa; «la giganta de la n u r s e r v » ' .
como dice Jung; la madre que concede o niega el alimento; la m a ­
dre que puede ser dulce o agresiva; la m adre, que imponiendo su
ley a las necesidades biológicas de la lactancia, «tortura», e s to es, ,
causa la misma angustia que la m uerte.
El poder que la mujer ejerce sobre el placer e s también u n p o ­
der sobre la vida: igual que puede rehusar dar aquél, p u e d e im p e ­
dir la reproducción. Y así, la bruja es capaz de hacer que la s m u ­
jeres no conciban: la imagen de la M ujer Fecunda se d e s d o b la y se \
une a la de la M ujer D estructora, esterilizadora, la de la m a d r e m a l­
vada, la de la madre asesina. La bula de Inocencio VIII r e ú n e t o ­
das estas fobias y resume los siete m étodos (número que n o e s c a ­
sual) «para infectar m ágicam ente e l acto v e n é r e o y e l fe to
concebido»49: »

47 En itálicas en el texto.
** I b i d , pp 209-210
* En inglés en el original (Nota del T raductor).
4V I b i d . p 209. Las palabras en cursiva, aparecen en itálicas en el texto

304
P r im e r a , llevando el espíritu de los hombres a un am or desordena-
d o , s e g u n d o , impidiendo su poder de procreación; tercero, escam o­
t e a n d o el m iem bro propio para e! acto; cuarto, transform ando m á­
g ic a m e n te a los hom bres en animales varios; quinto, impidiendo la
f e c u n d ia d de la m uier; sexto, provocando abortos, séptimo, ofrecien­
d o los n iñ o s a los demonios. Todo esto sin olvidar los diversos daños
c a u s a d o s a los anim ales o a las cosechas, de lo que hablarem os
d e s p u é s , p o r el m om ento, damos nuestro consejo acerca de Jos d a ­
ñ o s c a u s a d o s a los hombres*"

E s t a ú l t i m a f ra s e e s p a rticu la rm e n te indicativa del papel m ito ­


l ó g i c o q u e e n d ic h a b u la se atribuye a la m ujer; ella es. en prim er
l u g a r , la G r a n D io s a . M a gna M ater, señora de la tierra, de las c o ­
s e c h a s . d e la F e c u n d id a d de los anim ales; diosa que puede ser b e ­
n é f i c a o m a l é f i c a , c o m o o c u rre en tantas civlizaciones Eros y Thá-
n a t o s a p a r e c e n in d is o lu b le m e n te unidos. El culto de Cibeles pone
d e m a n i f i e s t o p e r f e c ta m e n te estos d*s grandes instintos; «de una
f o r m a c a s i d e l i r a n t e » sim b o liza «los ritm os de la m uerte y la fecun­
d i d a d , d e la f e c u n d i d a d p o r la M uerte» x.
L a s g r a n d e s d io s a s o rie n ta le s del A m or son tam bién las diosas
d e la m u e r t e , d e la g u e r r a . E n la leyenda de Gilgam esh. cuando Ish-
t a r le d i c e a a q u é l

v e n a m i. G ilg am esh ; sé mi esposo, dame la semilla de tu cuerpo'2.

G ilg a m e s h re sp o n d e:

¿ Q u é s e ra de m í? Tus amantes dicen de ti que


e r e s c o m o u n a hoguera que arde en el frió. .s3.

I s h t a r n o t o m a u n a m a n te sino para destruirlo aceptar su am or


s ig n i f ic a , f a t a l m e n t e , la m u e r te ; rechazarlo, condenarse a idéntica
s u e r t e . E l r e c h a z o d e G ilg a m e s h se traduce en siete años de sequía,
la m u e r t e d e i n n u m e r a b l e s jó v e n e s, «la confusión d e c e n te s, los de
a q u í a r r i b a c o n lo s d e las p ro fu n d id a d es inferiores»- . y. en fin. la
m u e r t e d e l h é r o e E n k i d u . el h o m b re que podía dominar a los m o n s­
tr u o s y a l a s f u e r z a s d e la N a tu ra le z a , el m ejor amigo de Gilga-
m e s h ; s u d o b l e , p o r a s í d e c irlo
L a E d a d M e d i a d o t ó a la b ru ja de esa misma potencia sexual,
u n id a a u n a F u e r z a d e s tr u c to r a capaz de herir el corazón m ism o de
la v i d a . L a b r u j a , n o s a tis fe c h a con hacer estériles a hom bres y m u ­
je r e s , l l e v a a c a b o t a m b ié n el asesinato de niños recien n acidos- el
M a lle u s a c o n s e j a la m a y o r d e las desconfianzas con respecto a las
»
M
/fc't/.. p. 2 0 9 . L as p a l a b r a s e n cursiva, aparecen en itálicas en el testo
. , tJ ,c ,io n n a tr e des sy m b o /e s. artículo C\b*lt p 271. La cursiva también en el
texto o rig in a l
m («L es óditcurs francais réums», Parts), p 5
*“* p . 59
pulieras, yu que éstas pueden ofrecer el recién uncido ni demonm
o bien matarle mediante in aplicación de ciertos ungüentos y i.mi
bien con otros m étodos":

Asi, en la diócesis de Hasilea. en la ciudad de Timón, u n a h n i|a «|m


fue quemada confesó haber matado mas ile cuarenta n iñ o s del
siguiente: una ve/ salidos del claustro materno, les clavaba una agu
ja en la cabeza, con la que les atravesaba el cerebrov\

Tales prácticas podrían compararse con otras que c o n s i s t í a n c u


utilizur las hostias de muñera «elimina!»: habiendo una bruja t o m a
do la comunión, se sacó de la boca «el cuerpo de Cristo», s e lle v o
la forma a su casa y la metió «en una olla en que guardaba un s a p o » ,
olla que escondió en el establo. Pero un cam pesino que pasó por
allí,

escucho una voz. como la de un niño que llorase'7.

Informadas las autoridades, toman nota do ello, sin saber «que


el Cuerpo del Señor estaba ahí escondido». Mas la bruja es por fin
I
apresada y su crimen descubierto. No son las brujas las únicas en
jj dedicarse a tales menesteres; también los judíos profanan las h o s ­
tias, las ensucian, las pisotean, las agujerean, las destrozan; t o d o lo
cual atestiguan

las innumerables narraciones en que aparece el Niño Jesús, sangran


do y gritando de terror, surgiendo de la hostia torturada'8.

Estas historias, en fin, están relacionadas con la c u e s t i ó n d e la


práctica de la circuncisión, uso q u e dio lugar a la p e r s i s t e n t e le y e n ­
da según la cual los judíos se entregaban durante sus r e u n io n e s ,
asambleas u orgías, al asesinato de niños.
En la Chromca Mundi de H. Schedel aparece un grabado con
una escena de circuncisión especialmente impresionante: u n n iñ o se
debate en medio de un grupo de judíos; uno de estos aparece ar­
mado con un enorme cuchillo, con el que amenaza el sexo del niño:
la misma desproporción del cuchillo esgrimido indica c o n clari­
dad la fuerza obsesiva de esta obsesión.
No se crea que al hablar de los judíos nos alejamos del m u n d o
de la mujer. En efecto, F. Raphaél ha demostrado que «la c o lu s ió n
del Judío, de la Mujer y del Diablo» es «una constante de la m e n ­
talidad medieval»59. La persecución de judíos y de brujas s o n dos *•

" M a l l e u s . p 326. Las brujas pueden trasladarse mágicamente de un lugar a


otro «gracias a ungüentos hechos con niños asesinados antes de ser bautizados»
M a l l e u s . p. 404.
•7 I b t d . p 353.
' H N. Cohn. o p c u . , p. 79.
w R e v u e d e s S c i e n c e s S o c i a l e s d e l a F r a n c e d e l ' E s i (1972)- F Raphael. «Le Ju.f
dans l'A rt Médiéval», p. 38.

3 06
m o d alu l.K lrs d r iin,i snl.i tol>i¿i rl Judio rs «la verdadera e n c a rn a '
c lo n d e l <11.• ( »l«>.. , y |.i Mujer, l.i ( omp.inrra favorita dr éste M ju
tlío L astra y asesm.i runos, la funja fíate impotente al hom bre, re
tim e los niieiiibios viriles y mata a los limos reden nacidos; esa sc-
m i- m u c r tc q u e es la r astrar n'ui es, a mcrnnlo, símbolo de la m uerte
to ta l, e n el pleno sentirlo riel término'’1
I,a castració n rjue llevan a cabo las brujas no es solam ente un
a c to sim b ó lic o rjue se manifiesta en la impotencia; como se vio en
la ya c ita d a bula ele Inocencio VIH, el tercer método «para infectar
m á g ic a m e n te el acto venéreo» consite en «escamotear el m iembro
p r o p io p a ra el acto» I I Malleus se detiene con morosidad en esta
c u e s tió n y vuelve a ella con frecuencia; así en la cuestión IX de la
P r im e ra P a rte ; «¿Pueden las brujas encañar hasta el punto de h a­
c e r c r e e r q u e el m iem bro viril ha desaparecido o se ha separado del
c u e r p o ? » R esp u esta: los dem onios pueden «realmente hacer desa­
p a r e c e r d ic h o m iem bro o cualquier otro;» las brujas «no siempre»;
e n to d o c a so , si pueden «restituirlo». Por lo tanto, acaso ellas no
lo « e s c a m o te a n » en verdad62. Menos matices ofrece ya el capitu­
lo V II d e la S egunda Parte, primera cuestión principal: -D e cómo
las b r u ja s sa b en hacer desaparecer el miembro viril de los hom­
b re s» . S e g u n d a cuestión principal, capítulo IV. «De los remedios
p a r a los h o m b re s que por maleficio son privados de su miembro vi­
ril ( ...) » . Si bien el inquisidor es de la opinión de que se trata de
u n a ilu sió n d iab ó lica, no puede evitar la ocasión de hablar de las
b r u ja s q u e

a veces reúnen gran número (veinte o treinta) de miembros viriles y


los esconden en los nidos de los pájaros o los guardan en cajas,
y los tratan como si estuvieran vivos, dándoles de comer avena^
otras cosas, según algunos que lo han visto y es opinión establecida63

R e s u lta in te re s a n te relacionar lo anterior con Jos falos alados de


la tra d ic ió n h e le n ística , que Lascault clasifica entre los monstruos
( re p r o d u c id o s e n la pág. 382 de su obra ya a ta d a ), y que para él
r e p r e s e n ta n « q u izá un m edio de exorcizar el miedo de la cas­
tra c ió n » .
C u r io s a m e n te , es posible constatar que entre las precauciones
q u e e s p re c is o to m a r m ientras se procede a la tortura de las brujas
fig u ra la s ig u ie n te :

A feitarles el pelo y el vello de todo el cuerpo:


(...)lle v a n amuletos supersticiosos tanto en­
tre sus vestidos como entre el pelo de su cuerpo.

S hakespeare. El mercader de Venena. II 2. cnado por F Raphael. ibid . p 37


El cu lto de Cibeles, por ejemplo, presenta la misma asociación de cas­
tración-m uerte
61 M alleus, pp. 236-237.
63 Ibid , p. 363.

307
e incluso en esos lugares más ocultos que no se
nombran64.

A p a re ce así el p o d e r m aléfico del p ro p io sexo de la bruja. Afei­


ta rla , constituye una especie de ablación del sexo, un sutituto de la
c a strac ió n , una venganza sobre los p o d e re s c a strad o re s de la hechi­
ce ra . T al tem o r an te la cap acid ad «ofensiva» del sexo de la
m u je r, este d eseo de d e sn u d arla, de d e sp o ja rla de to d o velo para
exorcizar su secreto, de h u m illarla, p ro ced e no solam ente de una
m en talid ad arcaica, sino tam bién y de m odo m ás especial de una
sex u alid ad enferm a. E n e fe c to , varios de los m ayores exterminado-
res de b ru jas eran tam bién d e p ra v a d o s sexuales que se servían de
las hechiceras para satisfacer su d e seo s de m aníacos: las que cre­
yendo así lograr el p erd ó n se so m etían al c h a n ta je , acababan igual­
m en te en el to rm en to o en la h o g u e ra . El inquisidor H. Sprenger
recom ienda a rd ien tem en te a sus colegas q u e no m iren con compla­
cencia a una bruja d esnuda y so m e tid a a la to rtu ra : ¡que sólo la ne­
cesidad guíe las m iradas del inquisidor! E n c u a n to a los verdugos.
• se les pide que no m anifiesten un p lacer excesivo cuando reciben
i la o rd en de dar to rm ento:

que obedezcan de inmediato, no con alegría,


sino como con una inquietud interior65.

E s preciso g u ard ar las fo rm as, el d e c o ro . El inquisidor insinúa


tam b ién que el afeitado to tal no es sie m p re , acaso , una práctica
inocente:

sin duda, en nuestras regiones de Germ ania. este afeitado, la maso-


ría de las veces y especialmente en torno a los lugares secretos, es
tenido por deshonesto66.

D e c lara el au to r que él m ism o no utiliza tal práctica (se confor­


m a con hacer afeitar la cab eza de las b ru ja s), pero señala que en
o tro s países el rasu rad o c o m p le to es cosa c o rrien te . Recomienda,
en fin. que no se abuse del in te rro g a to rio , o no hacer, en un pri­
m er m o m e n to , sino un in te rro g a to rio m o d e ra d o , «sin efusión de
sa n g re » 67; es p referible in te rro g a r «sin innovar y sin sutilezas»6*,
«si d e sp u és de una to rtu ra a p ro p ia d a e lla 69 no quiere confesar la
v e rd a d , se le m o strará n o tro g é n e ro de to rm e n to s...» Procedimien­
tos sin d u d a h u m an o s, p ro g re sista s, sin violencias superfluas. El que
ta le s co n sid e rac io n es se c o n sid e rase n necesarias prueba que el ero-

w Ibid.. p 580
65 Ibid . p 575.
66 Ibid.. p 584
67 Ibid . p 574
Ibid . p 576.
*** Ibid . p. 576. -Ella», es decir, la bruja

308
tism o enferm o se manifestaba en abundancia por la vía del sadis­
m o . G ilíes de Rais atestigua esta perversión al afirmar, a propósito
d e sus victim as.

que sentía d mayor placer con la muerte de dichos niños, al ver cor­
tar sus cabezas y miembros, al verlos sufrir y al ver su sangre cuando
los conocía carnalmente

E so s cuerpos desmembrados, mutilados, devienen monstruosos


E l g u sto del Hosco por los tullidos (como testimonia un folio con
b o c e to s suyos); la reflexión de Paré acerca de los -mutilados», a
q u ie n e s incluye precisamente entre los monstruos..., nada de ello
se e n c u e n tra muy lejos de ese placer morboso por la tortura Así.
p a ra e s c a p a r al M onstruo-M ujer, capaz de castrar al hombre, de
d e s m e m b ra rlo , el inquisidor la hace sufrir —de otra manera— la
s u e r te q u e piensa le amenaza a él mismo, y al hacerlo, se compona
c o m o u n a bru ja a la inversa '.
E l p ro p io inquisidor no puede evitar una cierta fascinación (debe
re c o n o c e rs e , en honor suyo, que una fascinación tal existe) por el
s a d is m o , del cual es bien sabido que expresa un erotismo incapaz
d e m a n ife s ta rs e po r los caminos normales del acto genital Si para
a lg u n a s de ellas mismas las brujas eran enfermas mentales, como
p u e d e d e d u c irs e gracias a cienos datos707172*, los cazadores de brujas
te n ía n u n a a c titu d no menos patológica, y a través de ellos se ex­
te rio riz a la neurosis de toda una época visceralmente atravesada
p o r el m ie d o .
Sin e m b a rg o , pese a que esta fobia haya conocido a fines de la
E d a d M e d ia una fase aguda, no es únicamente propia de una épo­
ca d e te r m in a d a . El sexo femenino da lugar, en el simbolismo uni­
v e rsa l, a rep re sen ta cio n e s más o menos monstruosas en que se
tr a n s p a r e n ta la angustia, ya sea la de la castración o la del temor a
s e r d e v o r a d o o absorbido.
E n t r e las representaciones del sexo femenino —producto de la
im a g in a c ió n ta n to de m ujeres como de hombres— aparecen las que
a q u é l tie n e fo rm a de una boca con dientes Mircea Eliade ha estu­
d ia d o el a s p e c to m ítico de la vagina dentóla11: sería a causa del mie-

70 G corges Bataille. Le procés de Gilíes de Rais (J J Pauvert, 1965), p 285


71 Julio C aro B aroja, Las brujas y su mundo, p 254.
72 Se creía que las brujas tenían en su cuerpo cienos lugares insensibles (las mar­
cas del D iablo); si pinchadas en ellos no reaccionaban, quedaban convictas de bru­
jería. E sta anestesia electiva es justamente una de las señales de la histero-cpilepsia
Por otro lado. Freud. que conocía el Vialleus Malefica/um. indica que toóos «los ac­
tos perversos practicados por el demonio en su adoradores eran idénticos a los re­
latos de su infancia hechos por sus enfermos» (Molleus, introducción de Amand Da-
net; p. 63. nota 6). lo que le hace decir que «mitología y folklore no pueden ser com­
prendidos sino a través del conocimiento de la vida sexual infantil» (ibid , p 63,
nota 6) E* evidente que nosotros no atribuimos la brujería a esta única causa, pero
es interésam e tenerla en cuenta.
¡ninations, rites, sociétés secretes, p 116 y passm
do por ío que se produce un peligroso regressus a d uterum , una vuel­
ta a la primera materia. El sentido de este regressus sería a la ve/
individual (símbolo de la regeneración total, o en ocasiones de la
inmortalidad del ser humano) y cosmológico74. Esta i n t e r p r e t a c i ó n
no excluye otras, que pueden proceder del simple sentido común
Mandeville menciona una costum bre oriental según la cual e l jo­
ven recién casado cede su puesto, en la noche de b o d a s , a un
«especialista»;
La costumbre es que la primera noche, una vez que s e h a n c a sad o ,
hacen que otro hombre yazga con sus m ujeres para d e s v ir g a r la s , \
les pagan generosamente. Y en muchas de sus c i u d a d e s h a y c ie rto s
donceles que no se ocupan de otra c o sa ...7'.

El nombre con que se conoce a estos «donceles» significa « lo c o s


desesperados», lo que indica bien a las claras que su profesión es
considerada como peligrosa:
pues los de este país tienen a la m ujer por algo tan grave y p e lig ro s o
que Ies parece que quienes las desvirgan se ponen en peligro de

! muerte76.

i La mujer es así «algo peligroso» que pone al hombre en p e lig r o


mortal. Que esta «muerte» se asocia a la idea de castración no o f r e ­
ce casi ninguna duda, si se acepta la explicación que los indígenas
en cuestión hacen de su costumbre:
Y preguntamos la causa por la cual tienen esta costumbre. Y d ije ro n
que antiguamente muchos habían m uerto al desvirgar a la s m u je re s ,
las. cuales tienen serpientes en su cuerpo, y por ello tienen e sta cos­
tumbre, y hacen que otro les abra el camino antes q u e p o n e r s e en
peligro tal77.

La mujer es poseedora de un sexo peligroso, una boca que p u e ­


de asir y matar. La serpiente, que entre otros tiene u n s e n t i d o f.i-
lico, se relaciona a menudo con la m ujer; los héroes que en lo s m i­
tos de varias civilizaciones son muchas veces engullidos por un o f i ­
dio monstruoso tendrían mucho que ver con esto. No insistiremos
en tales mitos, abundamentcmente estudiados por Eliade7"; con
todo, es interesante tener en cuenta una imagen de la Mujer-Peca­
do, un grabado de hacia 1 3 5 0 - 1 3 6 0 ™ . En el lugar del sexo, y ju n t o
a la inscripción gula*0, tiene una cabeza de perro con la lengua fue-
74 I b t d . pp 87-90, 115, 127, 128.
7S, 7ft y MancJevillc, capítulo 31, p. 394 de la edición citada por el auior
7K I n m a l l o r u .., pp. 87-88, 109 y ss; cí. s u p r a , capítulo IV
n Reproducido, sin más indicaciones, por Lascault, o p . c u .. p. 408
*' La inscripción gu/a, que designa la cabeza ventral, bien entendida significa en
la Edad Media «los placeres de la b oca-,.es decir, glotonería, exceso en la comida,
etc. No es menos claro que se refiere también al simbolismo sexual del grabado y a
la voracidad del sexo fememmo G u l a y l . u x u r i a forman una pareja habitual en c
medievo.

310
r a , c a b e z a q u e se p ro lo n g a en un
c u e r p o d e s e r p i e n t e p ro v is to en
su e x t r e m o d e o t r a c a b e z a cuya
b o c a e s t á m o r d i e n d o . A p a re c e
a q u í e l d o b l e s im b o lis m o falo-
b o c a c o n d i e n t e s , q u e p u e d e in ­
t e r p r e t a r s e d e d iv e rs o s nítidos.
Y a h e m o s m e n c io n a d o la in te r ­
p r e t a c i ó n f r e u d i a n a (cf. supra,
p . y n o t a 1 9 ); la q u e re s u m e Las-
c a u l t e s t á e n la m ism a lin c a , si
b i e n e s l i g e r a m e n t e d istin ta :

las im á g e n e s de la m ujer con


p e n e , d e la m adre fálica, del
h e rm a fr o d ita , frecuentes en
la clín ica psicoanalítica, son
ig u a lm e n te m onstruos por so-
b re c o m p e n s a c ió n , por recha­
zo in c o n sc ie n te de enfrentar­
se c o n la castración81.

N o e s e s t e e l lu g a r de in te n ta r una dem ostración apoyada en


h e c h o s c lín ic o s ; los d ib u jo s de en ferm o s m entales estudiados más
a d e l a n t e e n e s te m ism o c a p ítu lo , así com o la abundante literatura
d e d i c a d a al t e m a , o fre c e n arg u m en to s suficientem ente convincen­
t e s . N o s e t r a t a s ó lo de u n a cuestión de psicoanálisis; M. G riaule.
e n s u e s t u d i o A r e s d e i A fr iq u e N oireH2, y en particular sobre las más­
c a r a s , m u e s t r a c o n c la rid a d cóm o «funciona» la imagen simbólica,
e s a t e n d e n c i a a to ta liza r diverso aspectos del universos y del
s e r : e l h o m b r e p rim itiv o se proyecta en la im agen, y reúne en au­
d a z s í n t e s i s s u s te m o r e s y su deseos. Mas ello no ocurre solam ente
e n e s t a s c u l t u r a s ; e n to d o s los tiem pos, la im agen, gracias a su sim ­
b o lis m o « c o d if ic a d o » , rem ite con facilidad a las más arcaicas
te n d e n c ia s .
E l a n á li s is d e lo s su e ñ o s com o observación del simbolismo pri­
m itiv o , o e l d e l a r t e psico p ato ló g ico . nos enseña que cualquiera que
s e a e l e l e m e n t o c o r p o r a l éste puede ser dotado de la capacidad de
« s o b r e - c o m p e n s a r el se n tim ie n to de privación»81: los sciapodas.
m o n s t r u o s o s s e r e s c o n u n a sola pierna, cuyo enorm e pie les sirve
d e s o m b r i l l a , p u e d e n se r in terpretados de tal m odo; el fetichism o
d e l p i e , d e l q u e n o se ig n o ra su carácter de fantasma sexual, puede
c o r r o b o r a r u n a ta l in te rp re ta c ió n 84. Los panotios pueden igualm en-

* L a a c a u lt, t>[>. cit , p. 386.


* M O r i a u l c , Les arts de l'Afrique noire
M L a s c u u lt, op cu., p 386.
ó . D u r a n d r e c u e r d a U frecuencia de la» inuiilacionc* * en lo* rilo* agro-tunare*
vvj»iri&. B u c o , O r f e o , R ó m u lo . Attis, etc ). y scrtala que a menudo aparecen en la
te participar de este simbolismo de sobre-com pensación (com o tam ­
bién pueden, por lo demás, manifestar otras fobias8'). U na joven en
ferma mental que dibujaba orejas enorm es parece ¡lustrar este tipo
de fenóm eno. Víctima de una obsesión, se veía ro d e a d a sin cesar
por los mismos fantasmas:

se me martiriza, se me arrancan trozos de m i ca rn e , no soy sino un


esqueleto...8'*.

Una representación claram ente sexual de las o reja s gigantes se


halla en el panel derecho del Jardín de las delicias (el Infierno) d e l
Bosco: dos orejas unidas entre sí por una flecha que las atraviesa
de parte a parte, y de las que sale la hoja de un cuchillo, y q u e r e ­
presentan —como puede suponerse— tan to el m iem bro viril como
los fantasmas de la castración y los de la pentración de un falo q u e
atraviesa.

Freud, en fin, hubo de estudiar en uno de sus enferm os una


«imagen obsesiva» bien conocida por nosotros, la cual

representaba al padre [del enferm o] com o la p arte inferior de un


cuerpo desnudo, con brazos y piernas, y al cual le faltaban la c a b e z a
y el tronco. Los órganos genitales no estaban señalados, y los r a s g o s
del rostro aparecían en el vientre87.

Se trata exactamente de la blem m ya antigua y m edieval, que


Freud descubrió después por azar88 y relacionó con la dicha repre­
sentación. En su artículo posterior ( R a p p o r t e n tre un sym bole et un
s y m p tó m e , 1937), explica Freud que

en las imaginaciones, como en m ultitud de síntom as, la c a b e z a a p a ­


rece también como un sím bolo del m iem bro viril, o , s i s e q u i e r e ,
como su sustituto. Más de un analista ha o b servado que su o b s e s o s
manifiestan ante la decapitación una repugnancia y una o p o s i c i ó n o s ­*

les ritos seres que no tienen «sino un sólo pie o una sóla mano». También hay mons­
truos mutilados en los ritos del fuego: «en numerosas leyendas y escenarios relativos
a los “chores del fuego", los protagonistas sin achacosos, tuertos, tienen una sola
pierna, y probablemente son recuerdo de mutilaciones iniciáticas» ( o p . c u . , p. 353).
“ Los panotios aparecen, incidcnialmente. en un articulo de Freud sobre las imá­
genes obsesivas: «la imagen obsesiva es una notoria caricatura. Nos hace pensar en
otras representaciones en que, con una intención particular, se sustituye a la perso­
na entera por un sólo órgano, por ejemplo los genitales (...), o incluso en formas
de hablar chistosas, como cuando se dice «soy todo oídos». En F r e u d s A u s w a h l . «I'a-
ralléles mythologiqucs á une rcprésenlation obsessionnellc plastiquc» ( l ‘>16), pp.
151-152
** Psychopatologie de l'expression, publicación periódica de los Laboratorios
Sandoz Lo citado, en el núm. 17, «Marques el néomorphismes che/ una tilinte
psychotiquc»
1,7 Freud. op. cit., p. 151.
M Ibtd , p. 152.

312
p e n a le s, rnay o i q u e am e c u a lq u itf otro genero de m u erte l .sos a n a ­
listas (...) c o n sid e ra n la decapitación com o un su stitu to de la
castración"'*.

L a b le rn m y a es un set decapitado, cuyos rasgos la tía le s a p a r e ­


cen e n el p e c h o . Se tra ta de una figura, com o otras del sexo fe m e ­
nino d e v o ra d o r -c a s tr a d o r. asociada con el sim bolism o de la n u tri­
ción; F r e u d c ita , sin h a c er conclusión alguna, una historia de la a n ­
tigua G r e c ia m e n c io n a d a por un mitólogo'*":
Según la mitología griega. Démeter, en busca de la hija que le ha
sido robada, llega a Eleusis, donde fue recibida por Disaulo y su mu­
je r B aubo, pero, llena de dolor, rechazó alimento y bebida. Enton­
ces, quitándose de improviso su túnica y dejando ver su vientre. Bau­
bo la hizo reir (...) £:n las excavaciones de Pnene. en Asia Menor,
se han encontrado terracotas que representan a Baubo Se trata de
un cuerpo de m ujer sin cabeza ni pecho, en cuyo vientre aparece di­
bujado un rostro... 1.

S in in sis tir e n las bien conocidas relaciones en tre D ém eter y las


c o s e c h a s , la tie rra fe c u n d a , y las de su hija con el ritm o de las es­
ta c io n e s , p o d e m o s sin e m b a rg o estab lecer, a p a rtir del m encionado
a rtíc u lo d e F re u d y de sus referencias a la A ntig ü ed ad , las tres si­
g u ie n te s n o c io n e s:

castración------acto de devorar------nutrición.

M . E lia d e h a m o stra d o cla ram e n te en su estudio sobre la inicia­


ción q u e e x is te u n a « so lid arid ad m ística e n tre nutrición, sangre y
s e x u a lid a d » 92. E n m u ch o s casos, en efecto, la iniciación se co m p en ­
dia e n e s te e s q u e m a :

a) Seres míticos (...), matan, comen, tragan o queman al novicio.


b) Le resucitan, pero transformado, dicho brevemente, en un «hom­
bre nuevo».
c) Tales seres se manifiestan también en forma de animal, o son so­
lidarios de una mitología animal .

T a m p o c o so n e x c lu siv am e n te fem eninos; puede tra ta rs e asim is­


m o d e m o n s tr u o s m ascu lin o s. P ero la tónica del c o n ju n to sigue sie n ­
do la d e l s im b o lis m o fe m e n in o , por su com ún referencia al « vientre
d ig estivo y s e x u a l» 94: e ste regreso al vientre, sufrido o b u sc ad o , es,
ta n to e n la m ito lo g ía c o m o en el psicoanálisis, un r e to m o a la M a-

*M ()p. cit., p 443.


Salom ón Kemach. Cuite j , Mythes et Reh/fians (1912).
‘ F reud. op< cit., p. 152.
'J1 Initiations..., p. 73.
^ Ibid., p. 65.
O . D urand, o p cit., p 22H.

313
d re. G . D u ra n d , en su síntesis de to d o s los in te n to s d e in te rp re ta ­
ción sim bólica, resum e así este e n c u en tro d e las fu n c io n e s digesti­
vas y sexuales:

La imaginación «descendente» verifica la intuición freudiana que


hace del tubo digestivo el eje descendente de la libido antes de su
fijación sexual (...) La confusión, descubierta por Freud, entre lo
sexual y lo digestivo, se halla, por otro lado, tan establecida, que el
descenso al vientre creador se hace en los cuentos folklóricos lo mis­
mo por la boca que por la vagina95.

U na carta de Huon de N arbona a G é ra d d e M a le m o rt, escrita


en 1241 o 1242, asocia estrecham ente a n tro p o fa g ia y sexualidad:

Los jefes de estos tártaros (...) se alimentaban de los cadáveres como


si de pan se tratase, y no dejaban a los buitres sino los huesos (...)
Las mujeres viejas y feas eran entregadas a estos antropófagos, como
se les llama vulgarmente, para servirles de alimento durante la jor­
nada. En cuanto a las hermosas, no las comían, mas pese a sus gri­
tos y lamentaciones, las destrozaban por la multitud de violaciones
a que eran sometidas. Mancillaban a las vírgenes hasta hacerlas en­
tregar al alma; después, les cortaban los pechos, que eran reserva­
dos para los jefes como manjar exquisito, y devoraban con glotone­
ría sus cuerpos vírgenes96.

De tal asociación inconsciente e n tre lo d igestivo y lo sexual se


halla un ejem plo muy curioso en los Carnets d e L e o n a rd o da Vinci.
Al final de una de las raras páginas en que el a rtista ha dibujado
un m onstruo — un gigante que lleva a cabo u n a v e rd a d e ra carnice­
ría de seres hum anos— aparecen las siguientes p a la b ra s misteriosas
y sin relación con el resto del texto, en el cual el n a rra d o r no inter­
viene jam ás como actante ni hace uso de la prim era persona:

Yo no sé qué decir ni qué hacer; tengo la impre­


sión de que nado, con la cabeza agachada, en las
inmensas fauces, y que desfigurado por la m uerte,
soy sepultado en el gran vientre97.

A sí term ina lo que dice L eonardo. Sin d u d a alguna, no ha atra­


vesado las fronteras del sim bolismo: la a v e n tu ra de los seres huma­
nos devorados por el m onstruo ha llegado a ser la suya propia. Es
com o si él mismo hubiese sido trag ad o p o r las fa u ces del monstruo;
sin em bargo, nada indica el m enor c a rá c te r c a rn ice ro o antropófa­
go del gigante, aunque la descripción de su ro stro y boca sea tan
sorprendente:

95 Ibid . pp 228-229
96 Citado por J P Roux en Les Exploratcurs au Moyen Age (Scuil, 1967).
97 Carnets., t. II, p. 362.

314
La nariz, como el hocico de un jabalí, con enormes fosas nasales de
las que salen cantidad de grandes pelos, sobre una arqueada boca de
gruesos labios, en cuyas comisuras tenía bigotes como Jos de los ga­
tos; los dientes, amarillos98.

E n o tro lugar de sus Carnets, sin embargo, Leonardo da cuenta


d e u n a especie de m onstruo, «más negro que un abejorro», con ojos
c o m o b rasa s, el cual

m ontaba un caballo semental de seis codos de ancho y más de veinte


de largo, con seis gigantes sujetos aJ arzón de Ja silla y otro más a
su mano, el cual hacía rechinar sus dientes99.

E s te g ig a n te, señ o r de otros m ás pequeños que él, está sin duda em­
p a re n ta d o con el recién m encionado; en Leonardo hay tan pocos
m o n stru o s que es posible, sin arriesgar demasiado, relacionar tan
ra ra s ap aricio n es. Es un gigante que no sabría hacer otra cosa que
d e v o ra r, a u n q u e no se m encione esta particularidad; es preciso pen­
sar, sin d u d a , en Polifem o, pero también en otro gigante nacido
con el cristianism o, el diablo infernal que. a menudo, devora a los
co n d e n ad o s.
U n a ilustración de A ntonio da Siena representa a un diablo gi­
g an tesco q u e, con tres bocas a la vez, devora a los humanos, a los
que p a re c e , prim ero, aplastar con sus enormes patas (reproducido
en J. B u rc k h a rd t. L a Civilisation de la Rennaissance en Itahe; Pión,
1958; p. 287). E n el panel derecho —el infierno— del Jardín de las
delicias del B osco, un diablo sentado en una silla agujereada engu­
lle a los condenados, que expele en forma de excrementos.
E n fin, las representaciones tan habituales del Infierno como
e n o rm e s fauces abiertas, forman parte de idéntico simbolismo. R.
d e V illeneuve describe con una fórmula que merece destacarse una
«boca del Ifierno» del siglo XIII:

En un Apocalipsis de! siglo XIII (...) aparecen ya dos cabezas alar­


gadas y unidas, con la boca abierta llena de condenados. Vulva enor­
me, molusco monstruoso, doble gorgona cuyo origen ve J. Baltru-
saitis en un escarabajo de Tharos del siglo IV antes de Cristo...100*

La com paración de Villeneuve queda perfectamente justificada


si se tien en en cuenta las representaciones que incluye (Lascault re­
p ro d u ce, d e n tro de la misma perspectiva, una miniatura del siglo
X II to m ad a del Salterio de W inchester), y si se tiene asimismo en
cuenta la im agen simbólica de una concha «devoradora», el m eji­
llón q u e rep re sen ta la lujuria, como aparece en el panel central del

98 Ibid., p 361.
99 Ibid , p. 362.
100 Le Diable dans l'Art, pp. 80-81.

315

j
Jardín de las delicias del R osco, que se c ie rra sobre d o s c u e rp o s luí
m anos de los que no asom an sino sus piernas.
Todas estas figuras sim bólicas convergen en una d e las fu n d o
nes m ás generalm ente adm itidas del m o n stru o , la de d e v o ra r, y
ocu rre con frecuencia que esta función coincide con el sim bolism o
sexual fem enino. R ecordem os la m isteriosa frase de L e o n a rd o au
tes citada: el ser tragado que n a d a , «con la cabeza a g a c h a d a , en las
inm ensas fauces» es «sepultado en el gran v ien tre» . ¿ H a querido
L eo n ard o dar la im agen de un feto o ha h ech o una asociación in­
voluntaria? La m u erte, en la im aginación co lectiv a, es a m enudo
concebida como un regreso al estad o fetal. La m u je r es así investi­
da de una doble función: m aléfica por la boca y el v ien tre devora-
dores: benéfica com o cavidad reg en erad o ra.
El cristianism o ha disociado estas dos funciones y ha conserva­
do esencialm ente la m ás m aléfica, e n c a rn a d a en la b ru ja . Entre
otros muchos casos, el Malleus se refiere a la b ru ja d ev o rad o ra de
niños en térm inos muy sim ples y realistas:

\ Ciertas brujas (...) tienen la costumbre de despedazar y de devorar


a los niños (...) Un hombre vio. en efecto, que un niño había desa­
parecido de su cuna, habiendo descubierto una asamblea de mujeres
en medio de la noche, juró haberlas visto matar al niño y beber su
sangre'01.

El poder callar (la fuerza necesaria p a ra no co n fesar durante el


torm ento) se consigue «asando en el h o rn o a un niñ o varón y re­
cién nacido»102*. Interrogada una b ru ja p o r un inquisidor acerca del
m odo en que se com ía los niños, resp o n d ió con la m ay o r precisión
y explicó de qué m anera los asaba .
N inguna posibilidad de regeneración es o frecida a esta boca de­
voradora y trituradora de las brujas: el n iñ o , una vez asado y redu­
cido después a polvo de m odo que p u e d a se r a ñ a d id o a una bebi­
da, hace de quien tal ingiere un «m aestro», alguien que «adquiere
inm ediatam ente todo conocim iento»104. T al es la función del bre­
b aje sagrado, «unido tan to a la renovación ( ...) com o a los esque­
m as de la deglución y de la in tim idad».105 L legam os así a un tema
que no harem os o tra cosa que m en cio n ar — p u es ya no tiene que ver
con los m onstruos— , el de la ingestión de o tro niño, santo entre to­
dos, el Cristo de la hostia consagrada.
Sin em bargo, abundantes m etáfo ras alu d en al p ro p io Dios como
m onstruo que tritu ra y dev o ra; según San Ju an d e la Cruz, Dios

Rompe el alma y la deshace, la precipita en tinieblas


tan oscuras, que el alma, en presencia así de sus

lü' Malleus, p. 247.


102 Ibid.. p. 324.
i°3 y km ¡bíd p 320
105 G.Durand, op. cit., p. 297.

316
m iserias, ve ve como derretida y morir «Ir muerte
ta n c ru el co m o Si, d evo ra d a por un m on .lruo. le pareciese que éste
la dig iere en las oscuridades de sus cutianas, sintiendo to d o su
h o r r o r 10*.
O t r o m ís tic o , l a u l e r . u tili/a tam bién las m ism as m e tá f o r a s 107.
En e l s e n t i d o q u e le d a la m ística, el ser «devorado* p a ra a c a b a r
en las e n t r a ñ a s d iv in a s tie n e un asp ecto regenerador del q u e c a re c e
el v i e n t r e f e m e n in o :
p e ro (el alm a) debe habitar esta tumba de muerte
te n e b ro s a p a ra conocer la resurrección
e sp iritu a l que e sp e ra 0*.
Sin e m b a r g o , e n el á m b ito m ístico, com o en o tro s, la ob sesió n
aparece e n la a s c e s is , e n la re n u n c ia c ió n , en la autén tica e x p e rie n ­
cia. H u iz in g a c ita a lg u n o s fra g m e n to s de K uysbroek en que con un
asombroso r e a lis m o se d e s c rib e la d esm esu rad a ham bre de C risto:
nos d e v o ra a todos de raíz, pues él es un glotón árido y tiene el ham ­
bre c a n in a ; d ev o ra la médula de nuestros huesos (...) Primero pre­
p a ra su co m id a y quem a en el amor todos nuestros pecados y faltas,
y c u a n d o estam o s limpios y asados en el amor, bosteza ándam ente
p a ra en g u llirlo to d o ... Si pudiésemos ver el árido deseo que tiene
C risto d e n u estra bienaventuranza, no podríamos menos de volar a
su g a rg a n ta 109.
E v i d e n t e m e n t e , el c ris tia n o ta m b ié n consum e en la E ucaristía a
su D io s , « a s a d o a l f u e g o , b ien h e rv id o * 110, y el m ístico bebe la sa n ­
gre d e la s lla g a s d e C r is to : e n S a n B u e n a v e n tu ra , en S anta C atalina
de S ie n a y e n m u c h o s o tr o s flo re c e n tale s m etáfo ras. M e tá fo ra s q ue.
p o r o t r o l a d o , p u e d e n lle g a r a s e r algo m ás q u e figuras retó ric a s,
c o m o e s e l c a s o d e u n a « d e v o ta d e D ie p e n v ee n (que) siéntese to ­
ta lm e n te i n u n d a d a p o r la s a n g re d e C risto y q u ed a sin s e n tid o * 111.
N os h a lla m o s a s í. d e n u e v o , a n te el sim bolism o sexual; H uizinga lo
su b ra y a y lo p o n e d e m a n ifie s to d e m o d o especial en o tro m ístico.
A la in d e la R o c h e o A la n u s d e ru p e , q u e se d istingue p o r «el c a ­
rá c te r i n t e n s a m e n t e s e x u a l d e sus fan ta sía s, a la vez q u e la fa lta d e
esc to n o d e p a s i ó n a r d i e n te q u e p o d ría justificar la re p re s e n ta c ió n
sexual d e la s c o s a s s a n t a s * 11 . S a b e m o s, ad em ás, q u e A la in d e la
R o c h e fu e p r e c e p t o r d e J a c o b o S p re n g e r, uno de los d o s a u to re s
del M a lle u s M a l e f i c a r u m %y « p ro p a g a d o r en A le m a n ia d e la c o fr a ­
día d e l R o s a r i o , f u n d a d a p o r A la in » 113.

06 San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, capítulo 18, en Eludes Carméhtaines


(1939), yol I. (Ni este texto de San Juan de la Cruz, ni el citado al poco, figuran en
las ediciones españolas del místico por mí y algunos amigos consultadas. Tampoco
™e tenido acceso al volumen de Etudes Carmelnaines en cuestión. N. del T.).
Etudes Carmélitaines (octubre 1938), p 86.
l0¡t San Juan de la Cruz, cf. nota 106.
... Cj1®*10 Huizinga, El otoño de la Edad Media, p. 310
, y 1,1 Ibid.. 311.
y ,,J Ibid., pp. 312 y p. 313.

317
El círculo se cierra. Si hem os querido señ alar la estrecha rela­
ción existente entre el m onstruo y la sexualidad no ha sido por acep­
tar el m oderno rito de la pan-sexualidad ni p ara q u em ar incienso
en el altar del psicoanálisis; m ás allá de las m odas de nu estro tiem ­
po, esa afinidad se pone de m anifiesto de m últiples m an eras, tanto
en la E dad M edia com o en las m ás antiguas civilizaciones. Se trans-
p arenta tan to en los textos de esas épocas com o en sus representa­
ciones plásticas.
H em os recurrido al psicoanálisis no com o in terp retació n sobe­
rana, sino com o uno de los posibles puntos de vista acerca de esta
m anifestación eventualm ente patológica que es el m onstruo en el
a rte ; el psicoanálisis es tam bién un tipo de p ensam iento simbólico,
y es por ello por lo que puede sernos de utilidad.
H em os visto cóm o se encarna en el m onstruo la angustia rela­
cionada con el «cuerpo mal vivido»114. El sim bolism o nacido de esta
angustia es tan frecuente que no puede ser considerado como pa­
tológico, a no ser que lo patológico sea ju stam en te la norm a. Por
ello, es preferible no abusar de tal palabra: las estru ctu ras de lo ima­
ginario son polim orfas, y es peligroso no ver cada una de ellas en
un conjunto más com plejo, que las aclara, enriquece y m atiza. Gil-
bert D urand, que ha explorado ám bitos m uy variados — entre ellos
el de la psiquiatría— con ob jeto de analizar dichas «estructuras»,
es de la siguiente opinión:

En los estados psíquicos llamados normales no se da nunca una se­


paración neta de los regímenes de la imagen. Estructuras esquizo-
mórficas, místicas y simbólicas son (...) «tres direcciones fundamen­
tales en las cuales se despliega y se dilata la vida humana». Estos «fac­
tores» están simultáneamente constituidos por las raices de toda cons­
ciencia normal y no tienen otra realidad que la metodológica, gracias
a la coherencia que cada uno introduce en el campo de la cons-
ciencia115*.

Si es erróneo dar m ás im portancia a una de estas estructuras a


expensas de las otras, sería tam bién equivocado m arginar cualquie­
ra de ellas; por lo m ism o, tenem os la intención de p o n e r en su apro­
p iado lugar a la estructura llam ada «esquizom órfica». C on todo, no
hay acuerdo total acerca de la n atu raleza y la definición entre las
varias tendencias de quienes se han d ed icad o a distinguir diferentes
m odalidades de funcionam iento en el psiquism o hum ano. La opi­
nión poco m ás arriba m encionada elim ina de su term inología la dis­
tinción norm al-anorm al; la del D r. V olm at estab lece, en la produc­
ción de lo im aginario, distinciones m ás d ire c ta m en te comprensibles
p a ra el com ún de los m ortales:

114 Según expresión de Lascault, op. cit., p. 390.


1,5 G. Durand, op. cit , p. 441. El pasaje omitido entre paréntesis corresponde
a una cita incluida en el texto de Durand.

318
Tenem os en cuenta vanas categorías de contenidos: un contenido
norm al; un contenido de significaciones más explícitamente patoló­
gico; un contenido, en fin, de significación simbólica116.

L o s e sp ec ialista s coinciden todos en la presencia de la función


s im b ó lic a , q u e es la q u e nos interesa aquí, si bien Volmat define el
s ím b o lo d e n tr o de una perspectiva más «operativa, funcional*»117,
p s iq u iá tric a en fin, que los antropólogos o los m itólogos118. E ste
p u n to d e vista es perfectam ente defendible con tal de que se siga
in te r p r e ta n d o el sím bolo en el abanico de significaciones universa­
les y a rq u e típ ic a s , que resulta difícil ignorar.
P a ra n o s o tr o s , el m onstruo es un ejemplo de funcionamiento sim ­
b ó lic o d e l p s iq u is m o . D ejarem os de lado la dialéctica norm al-anor­
m a l, d a d o q u e no es posible abordar aquí el problema de la relati­
v id a d d e c a d a u n a de esas nociones y de sus interferencias m utuas.
E n lo s fru to s de lo im aginario, no resulta siempre fácil distin­
g u ir e n tr e los p ro d u c to s del psiquism o sano y los del psiquismo en­
fe rm o ; u n a te n ta tiv a tal sería, por lo que se refiere a los creadores
m e d ie v a le s , to ta lm e n te ilusoria. Los críticos que han creído nece­
sa rio « e x p lic ar» la o b ra del Bosco en virtud de una enferm edad
m e n ta l o al u so d e alucinógenos, ofrecen puntos de vista interesan­
te s , p e r o m a n ifie s ta n , al propio tiem po y por ello mismo, una cier­
ta in c o m p re n s ió n , así com o su dificultad para adaptarse a la rique­
za im a g in a tiv a d e u n a época. Es posible que el análisis psiquiátrico
no s e a a lg o in se n s a to aplicado a artistas más próximos a nosotros.
Sin e m b a r g o , n o se tra ta de hacer de la expresión artística, cual­
q u ie ra q u e s e a , u n a trad u cció n fiel de la personalidad: «el conteni­
do d el c a r á c te r d e la personalidad no coincide necesariam ente con
el c o n te n id o d e las rep resen tacio n es» 119. Quien parece loco en su
a rte p u e d e s e r p e rfe c ta m e n te sano en la vida, y al contrario. T am ­
b ién es ilu s o rio h a c e r el diagnóstico de un artista a través de su
o b ra 120; p o r o tr o la d o , es preciso adm itir que ciertos artistas reú ­
nen e n sí « la d o b le p re se n c ia del genio y de la locura»121.
T a m p o c o te n e m o s la intención de explicar el m onstruo e a e l arte
a c u d ie n d o a la s p ro d u c c io n e s de los enferm os m entales. N uestra in-

1.6 R. Volmat, op. cit., p. 177.


1.7 Ibid., p. 180
n# «El símbolo cristaliza en torno a un esquema dinámico de acción, de com­
portamiento, una estructura en las dimensiones del tiempo (actualidad, pasado, fu­
turo) y en las dimensiones de la personalidad (estructura profunda)». R. Volmat op.
cit., p. 180.
Ií9 G. Durand, op. cit., p. 441.
120 «Conviene, por lo tanto, señalar la extrema relatividad y alieatonedad de un
diagnóstico de la enfermedad mental basado únicamente en los caracteres de una
obra. Se corre el riesgo de considerar como el estilo de una enfermedad lo que no
es sino el estilo de una escuela, y a la inversa, creer que es una enfermedad lo que
resulta ser la expresión acusada o incluso exagerada de un rasgo». J. Delay, citado
PorVolmat, op. cit., pp. 150-151.
R. Volmat, op. cit., p. 149.

319
tención es esencialm ente descriptiva', q u e re m o s m o s tr a r , s im p le ­
m ente, que al igual que existen «puentes»* e n tr e el a rte y la lo c u ra ,
el m onstruo es, en sus diversas fo rm u la c io n e s, p r o d u c to d e fu n c io ­
nes m entales por lo general «divididas»; de a h í su im p o rta n c ia e in ­
cluso su necesidad en el psiquism o h u m a n o . P u e s to q u e c o n stitu y e
un lugar de acogida ex tre m a d a m e n te to le r a n te y d is c re to p a ra las
manifestaciones psíquicas v ariadísim as, en o c a s io n e s c o n tr a d ic to ­
rias, (su aspecto simbólico le e m p a re n ta co n la m á s c a ra ), el m o n s ­
truo es una forma privilegiada de e x p re sió n . C o n to d o , su c a rá c te r
ambiguo nos impiae ofrecer u n a tra d u c c ió n u n ív o c a , al ig u al que
nos prohíbe confinarlo en un sistem a in te rp re ta tiv o y no e n o tro .
Puesto que el enferm o m ental vive a m e n u d o en un e s ta d o re ­
gresivo, se expresa de buena gana en el d ib u jo , el c u a l,
mejor que el delirio, remite fácilmente a las últimas form as signifi­
cantes posibles, al simbolismo tradicional e irreem plazable. Es tam ­
bién inútil esperar del enfermo que traduzca en lenguaje corriente
las grandes zonas de significación de su o b ra '22.
Aunque ciertos enferm os sean cap aces d e p o n e r su s d e lirio s por
\ escrito12123, o de com entar sus d ib u jo s con in te rp re ta c io n e s de estilo
poético124, su m edio de expresión fav o rito e s, en e fe c to , el dib u jo .
Ya que nuestros m ostruos so n , a n te to d o , fo r m a s — incluso au n q u e
pasen a la literatura— , nos p erm itim os c o n c e d e r n u e s tra atención
a sus representaciones plásticas. P or o tro la d o , la fu n ció n del d ib u ­
jo va más allá que el del tex to , h ab lad o o e scrito :
en el dibujo, como en el delirio, se esboza un gran movimiento de
interpretación del mundo, del que se deja llevar todo pensamiento
que funciona al nivel de las imágenes’25.
El pensam iento neurótico, en e fe c to , fu n cio n a de m o d o sim bó­
lico, como el pensam iento prim itivo, a rc a ic o ; n o e s tá aislado de
otras form as del psiquismo h u m a n o 126.
¿D e qué m anera se sirven los e n fe rm o s m e n ta le s d e l d ib u jo ? En
ellos, como en los prim itivos, m uy a m e n u d o el d ib u jo cum ple la
función de un ritual m ágico. E n tre los ú ltim o s, tal función aparece
atestiguada en un cerem onial dogón d e scrito p o r G ria u le . Sus m ás­
caras, de m adera, son consideradas co m o p e lig ro sa s, pues
la fuerza del animal está violentamente presente en la madera, y con­
viene desembarazarse de ella, con el fin de que el que danza pueda
cubrirse la cabeza sin demasiados riesgos127.
122 Ibid.. p. 47.
’2Í Ibid., «Caso de René Pe...*, pp. 200-204.
124 Ibid.. «Caso 180*, pp. 70-72.
125 ibid., p. 46.
126 Esta relación de las artes patológicas con el arte arcaico, primitivo, no es el
único nexo con las esferas no patológicas; se ha señalado que «las móndalas d ibuja­
das por los neurópatas Obedecen a las mismas leyes que las mandolas místicas*. R
Volmat, p. 42.
127 Citado por Volmat, op, cit., p. 208.

320
I P a r a O m i n a r *;i fu c r/a anim al de- las m ascaras en c u e stió n , se
la s h a c e to c a r p o r tres veces unas pinturas rupestres que se su p o n e
d a t a n d e tie m p o s m ísticos, al tiem po que se repite esta p leg aria:
Q u e in d a s l o s f u e r z a s p o s e n o l o q u e esta d i b u j a d o . .,2H En este se n ­
tid o , la o b r a d e a rte tien e carácter m ágico, sirve para "d e fe n d e r a
la s o c ie d a d o al in d iv id u o c o n tra los poderes de lo invisible»12^.
t n e l c a s o d e R ué P e ... (ct. nota 123). analizado por V o lm at,
e s p a r tic u la r m e n t e ilu stra tiv o ; este en ferm o dib u jab a m ucho, y en
p a r t i c u l a r m o n s tru o s , y a d e m á s escrib ía, co m entaba sus d ibujos. H e
a q u í el s e n tid o cpie d a b a a su p roducciones:
D e ciencia en ciencia, tic hilo en aguja, se llega a dibu)os como es­
to s, c o s o s que florecen f a n t á s t i c a s ~a p n o r i Se puede pasar por loco
con facilidad.
E s ta s c o s a s , sin e m b a rg o , « tie n e n un sen tid o explicable y
r e a l» 128*13013. Y e n e f e c to , se lo d a a sus d ib u jo s. E stá obsesionado por
la id ea d e h a lla rs e a se d ia d o p o r u n a in ten sa actividad m icrobiana, es­
t o s m i c r o b i o s so n al m o d o d e m o n s tru o s p ro te ifo rm e s que pueden
a p a r e c e r c o m o c u a lq u ie r a d e lo s ó rg a n o s del c u e rp o h u m ano que
in v a d e n :
L o e le m e n ta l es un m icrobio de gran tam año, que se alimenta de
v u e s tro organism o, que se hincha, que term ina por alojarse a lo lar­
g o d e v u e stra piel, que hace cuerpo con vosotros, que adopta vues­
tra fo rm a . Si se le expulsa, en el exterior sigue teniendo vuestra
form a111.
U n o d e sus d ib u jo s, una «esfinge» (figura 93). tiene la propie
d a d , se g ú n su a u to r, de a tra e r a sí sus «microbios», para purgarle
H e hecho este dibujo para
expulsar los testículos y ver­
gas que tengo en la cabeza,
porque sólo con mirarlo, au­
to m á tic a m e n te . el microbio
que tiene la forma de los ór­
ganos sexuales se adhiere al
d ib u jo q u e es su fo r m a . El pa­
pel le atrae, y queda so ju zg a ­
d o . Se precipita sobre la for­
m a que está en el papel, que
es la suya propia, o algo se­
m e ja n te . Este dibujo se pare­
ce a ciertas figuras antiguas,
co m o la cabeza de la esfinge.
L a esfinge ha sido creada con
este fin , para atraer la ralea
m ic ro b ia n a , cualquiera que

128 lb id , p 208.
,2V lb id , p. 203.
130 lb id ., p. 203.
131 lb id .. p. 202. Fig. 93. Una «esfinge»
sea su tamaño (...) A fuerza de tom ar los microbios y de lanzar­
los sobre el dibujo, de cargarlos, de descargarlos, de hacerlos cam­
biar de lugar, acaban por desgastarse y desaparecer. Y es precisa­
mente con este fin para lo que yo uso diferentes m edios, entre otros
el dibujo. Ello consiste en eliminar los microbios y en recuperar u n a
forma estética normal'*2.

C o m e n ta n d o o tro d ib u jo , afirm a tam b ié n q u e al d e s e m b a ra z a r­


se d e los m icrobios «recupera una fo rm a p ro p ia » 133.
N o p o d ría en unciarse de m o d o m ás claro el p a p e l c a tá rtic o del
m o n stru o y d e su figuración. T a m b ié n la pala b ra p u e d e llevar a
cab o esta función purificadora:

He puesto aquí estas cuatro palabras: caribe, caníbal, canaco. gen­


tuza. Esto para despegar los microbios adheridos a las osamentas de
estos individuos, que infestan la tierra desde hace siglos. D e e s t a s c u a ­
tro palabras he hecho una. «racaical**. q u e co n tien e a to d a s e lla s .

Las he subrayado con cinco líneas, y he puesto encima dos estrellas.


Los microbios son atrapados por esas líneas, y pasan así a las pla-
bras y a las estrellas (...) l5J.

N otem os que los «m onstruos» a q u í ex o rcizad o s so n an tro p ó fa­


gos o p erten ecien tes a su casta; la angustia de p e n s a r ser absorbido
o deform ado p o r los m icro b io s-an tro p ó fag o s se p ro y e c ta en la pa­
labra síntesis, racaical.
Los m icrobios, en fin. no son ú n ica m en te « a tra p a d o s por esas
líneas» de m odo «autom ático»; el d ib u jo p u e d e s e r d e utilidad en
un ritual m ágico m uy eficaz; el en fe rm o p o n e el d ib u jo sobre su
c u e rp o , en el lugar que quiere p u rg a r, y lo d e ja allí el tiem po ne­
cesario para que se realice el tra sp a so de m icro b io s:

Tiro del dibujo y viene a colocarse sobre mí, a la altura correspon­


diente. Permanece ahí un tiempo más o menos largo. Atraigo y d e j o
allí las m ías m as que tienen esa fo r m a , que se han fundido allí dentro
( ...) C uando la fo rm a está com pleta, se d esprenden de sí mismos y
arrastran a los que hay en m i1**.

P u ed e n o tarse aquí la im p o rtan cia d e la fo r m a , n o ció n cuyo interés


ya ha sido su b ray ad o en la co n cep ció n h a b itu a l del monstruo.
El funcionam iento del m o n stru o q u e d a p e rfe c ta m e n te explica­
d o p o r este en ferm o ; el d ib u jo c o p ia de m o d o ex a cto la form a de
sus m o n stru o s in terio res, d e sus fan tasm as. El fen ó m e n o de p r o ­
yección es expuesto con c la rid a d ; c u a n d o , g racias a la analogía de

ibid., p. 204.
l" I b i d . . p 207.
*En francés la cuatro palabras en cuestión son C a r a í b e . C a n n i b a l e . Lanaque. R u c ­
adle. De ahí Racaical. imposible de adaptar al castellano (nota del traductor)
I b i d . . p 208
1 ,5 I b i d . . p 214

322
las formas, se ha realizado la transferencia, y cuando el monstruo
dibujado ha absorbido al monstruo interior, el enfermo recupera
una «forma propia», su «forma estética» normal. Gracias a los tex­
to s de este enfermo vemos algunas características ya mencionadas
a propósito del monstruo medieval: en sus comentarios, al igual que
e n los textos medievales, el monstruo aparece como esencialmente
deforme. Por otro lado, y com o hemos visto con la palabra racai-
c a l , aparece uno de los procedimientos típicos de la fabricación de
m o n s tru o s : los compuestos, híbridos, productos de la fusión de ele­
m e n to s dispares. Se trata de un método frecuentemente utilizado
p o r los enfermos mentales, que llevan asi a cabo una «gran empre­
sa de integración del mundo»;

En este inmenso contenido latente que es cada dibujo, los objetos


obedecen a la ley de la fusión de las formas y a su nivelación por
compenetración. Una gran atracción hace que los objetos se amplíen
telescópicam ente136.

!
La ley de aglutinación de las imágenes se cumple tanto en el domi­
nio de las artes —primitivas, infantiles, patológicas— como en el de
los sueños, de los mitos o de los delirios. Estos nos ofrecen múlti­
ples imágenes compuestas y fundidas (esfinges, centauros, faunos,
ángeles, grifos, etc.) y muestran una tendencia a combinar formas hu­
m anas, animales, vegetales o cristalinas, de modo que se produce
una forma única de gran significación mágica137*.

E l p ro c e d im ie n to es, p o r lo tan to , com ún a diversas formas de


a r te y d e «regím enes» del psiquism o. Com o el soñador o el hombre
p rim itiv o , el e n fe rm o consigue, con la ayuda del m onstruo mágico,
m u ltif o rm e , a d a p ta rse ai m undo al restablecer en sí «la casi totali­
d a d d e l m u n d o » . D el m ism o m odo, sin duda, el creador o el imi­
ta d o r m e d ie v a l, al rep re sen ta r incansablem ente los mismos m ons­
tr u o s , ve en ello s, conscientem ente o no, una síntesis, un resum en
d e l u n iv e rs o : el m on stru o es un espejo del m undo, un espejo m á­
g ico q u e o fre c e no un reflejo parcial, sino una imagen global a rti­
fic ia lm e n te c re a d a y querida por el espíritu, es decir, una im agen
q u e p e rte n e c e a su au to r.
G r a c ia s al p ro ced im ien to de la «aglutinación», al igual que por
el d e la an tro p o rm ific ac ió n — tan frecuente (plantas, a n tro p o m o r­
fo s, a n im a le s provistos de elem entos hum anos)— . tiene lugar el
« e x o rc is m o d e sí m ism o » 139, la reestructuración del m undo. Al c re a r
e s to s s e re s im ag in ario s y al recrearse con su ayuda, el e n ferm o se
tra n s fo r m a e n «el h é ro e de toda historia y en el v e rd a d e ro c re a d o r
d e l u n iv e r s o » 140. P uede correctam ente pensarse q u e la E d a d M e ­
d ia n o e s c a p a a e sta ley, que no es exclusiva de los e n fe rm o s m e n ­
ta le s , a u n q u e se m anifiesta en ellos de fo rm a m ás e v id e n te .

136 Ibid., p 47.


137 ¡bid., p. 163.
ua y .Se ¡b ld p 4?

323
E sta apro p iació n del m u n d o y d e sí m ism o a tra v é s d e l m u n d o
p u ed e m an ifestarse, en un e n fe rm o m e n ta l, c o n la c la rid a d q u e ilu­
m ina to d a creación d e m o n stru o s:

Puedo hacer que toda la tierra entre en mí. cum plidam ente, porque
esto no tiene fin. Purifico la m ateria haciéndola en trar en mi cuer­
po. Esta materia tiene una form a, porque yo la he dado form a (...)
Me pregunto si la materia toda no es la mía. M i tierra domina a la
antigua, que es absorbida por la mía (...) Se encontrará entonces en
una tierra nueva (...) El planeta se hace ahora; es sólido; se puede
caminar141.

E sta gigantesca rc-c re a c ió n , e sta re o rg a n iz a c ió n , n u e v a c o n fo r­


m ación del cosm os, es de o rd e n m ítico ; c o m o in d ic a R . V o lm at, el
e n ferm o está obligado a

abolir su «historia»* personal, traum atizante, al repetir de modo de­


lirante el acto cosmogónico, lo que le sitúa in tilo tempore, elim inan­
do el tiempo profano, y a construir su edificio delirante según el sim­
bolismo del centro, sobre un axis m undi, elim inando así también el
espacio profano142.

' El centro es el e n fe rm o m ism o, q u e a p a rtir d e su p ro p ia form a


repite el acto divino.
D elirios se m e jan te s, tan e s tru c tu ra d o s y a d e m á s escrito s, no son
m o n ed a co rrien te. Nos h em o s e n c o n tra d o a q u í c o n un luminoso
caso d e fun cio n am ien to arcaico , sim b ó lic o y c a tá rq u ic o del m ons­
tru o , y m ás en gen eral, d e la o b ra de a rte . E l e n fe rm o no fue cu­
rado p o r su d ib u jo s, p e ro su e s ta d o m e jo ró d e s d e el m o m e n to que
se puso a hacerlos y a co m u n icar su « sistem a d e l m u n d o » . E sta úl­
tim a expresión — «sistem a del m undo»— n o s re m ite a esa tentativa
tan a m en u d o renovada en la E d a d M e d ia d e c o n s tru ir u n a imagen
clara del m u n d o , co m p re n sib le, d e p a lia r la z o n a de som bras con
explicaciones que tien en co m o b a se a D io s , al p rim e r A dán y al
h o m b re tal com o es: caíd o , ig n o ra n te , a n g u s tia d o . C o m p lacerse en
la creació n m onstruosa e q u iv ale a b u rla r la a n g u stia al repetir la
C re a ció n a su p ro p io m o d o y con el av al de c u ltu ra s a n te rio re s, de
fo rm a irrisoria, a b su rd a y a veces o s c u ra p a ra su p ro p io a u to r, mas
p o d e ro sa p o r sí m ism a.
L as relaciones e n tre los m o n stru o s d e los e n fe rm o s m entales y
los m o n stru o s m ed iev ales, la c o m p a ra c ió n d e su s resp ectiv as razo­
n es d e se r, de sus fu n cio n e s, n o c o n s titu y e n d iv e rtim e n to s fortui­
tos. E n e fe c to , los e n fe rm o s d ib u ja n m o n s tru o s e n tre los cuales pue­
d e n reco n o cerse seres fam iliare s e n la E d a d M e d ia . N o hablarem os
d e los unicornios (cf. V o m a t, o p . c it., p la n c h a X I, figura 20), de las
esfin g es, de los d ra g o n e s o c ria tu ra s re la c io n a d a s c o n los ofidios, ni
ta m p o c o d e los d iab lo s, q u e en d ic h o s e n fe rm o s p u e d e n ser recuer-

141 y ,4* Ibid.. p. 211. «Caso de Rcné Pe...»*, continuación.


d o s d e m onstruos muy conocidos. Por el contrario, no pecan por
e x c eso de celebridad los astomori (seres que no tienen sino un pe­
q u e ñ o orificio en ve/ de boca y absorben su alimento con la ayuda
d e u n c a n u to ; cf. rupra, capítulo IV. p 122. Volmat. op. cit., plan­
c h a L X V , figura 121), Jos blcmmyas (criaturas sin cabeza, con el
ro s tro en el pecho; cf. supru, capítulo IV, p. 121, y capítulo VII.
p . 275 ni los panotios (cf. supru, capítulo IV, p í24, y capítulo
V II, p. 274). E ste tipo de seres son los más ilustrativos, y pueden
sig n ificar que el m onstruo pone de manifiesto ciertos procesos m en­
ta le s p e rm an en tes, pese a las diferencias cíe épocas y de culturas.
A la Juz de esta perspectiva, nos fijaremos a título cíe eiemplo en
u n só lo m onstruo, cuya representación coincide con la de los
a sto m o ri.
E n un caso de disfagia histérica143, el enfermo ha dibujado un
p e rs o n a je de aspecto asiático (relacionado con el arte japones) de
c u rio sa s extrem idades (brazos muy flexibles y pies muy pequeños),
cu y as m anos sostienen, elevándola hasta el mentón, una inmensa
c o p a -c a la b a z a (m ás del doble que la dimensión de la cabeza) i acía
E l ro stro se caracteriza por una boca minúscula144. Esta, y la cala­
b a z a , ilustran la estructura misma del síntoma, que no es sino la de
to d o sín to m a, tal com o dice Freud:

tiene una formación de compromiso entre dos pulsaciones igualmen­


te imperiosas, pero contradictorias: el principio de la realidad y el
principio del placer14'.

El psiquiatra com enta así ese «compromiso» que es el dibujo:

El principio de la realidad lleva al enfermo a representar (a menudo


de modo obsesivo) el elemento desagradable nns o menos trauma­
tizante. aquí el uso de la sonda o la preocupación de los medios por
lo que a la alimentación se refiere (...).
Por el contrario, el principio del placer .«.* hace al propio tiempo ne­
gar esa realidad y escapar de ella. No se trata ya de su dibujo, sino
de sí mismo (...). No se representa «en persona», sino que dibuja
en su lugar un personaje de otro país muy lejano (...).
Esta imagen repite así la escena de la nutrición, profundamente de­
sagradable, aquélla en la que el enfermo está obligado a vivir; pero
a la vez, la niega y huye; la calabaza está vacía; por otro lado es, al
mismo tiempo, incapaz de comer, pues su boca se halla reducida a
un orificio minúsculo, cerrado, crispado, bloqueado146.

N o pretendem os que el significado de los astom ori m edievales


se a ex a cta m e n te el mismo; es bien probable que estos m onstruos
e x p re s e n una angustia relacionada con la nutrición, pero no nos

¡bui., «Caso 138»: Incapacidad de ingenr alimento, lo que traduce una an


siedad aguda
144 Cf. Volmat, op. cit.. plancha LXV. figura 121.
145 y í46 Volmat. op. cit.. p 176.

325
a v e n tu re m o s a a firm a rlo . L o q u e n o s in te r e s a e s p o d e r d istin g u ir,
a p a rtir del d ib u jo del e n fe rm o e n c u e stió n c ie rto s h á b ito s d e l su b ­
co n scie n te . P a rec e q u e la e s tru c tu ra b ip o la r p u e s ta al d e s c u b ie rto
p o r F re u d p u e d e a p lic arse p e rfe c ta m e n te al m o n s tr u o e n g e n e ra l;
se tra ta , a la vez, de u n a h u id a de la re a lid a d tra u m a tiz a n te (las di­
fic u lta d e s d e la v id a , ya se a n d e o r d e n b io ló g ic o o d e o tro ) y de
u n a re p re se n ta c ió n de los e le m e n to s m ás a n g u stio so s: el m o n stru o
e s un se r im a g in a rio e n el q u e a p a re c e n a n g u s tia s b ien re a le s . C re a r
un ser ta l e q u iv ale a e n c a m a r la a n s ie d a d , y p o r lo m is m o , a libe­
ra rs e de ella en p a rte , y a g o z a r d e l a s p e c to fa n tá s tic o , irre a l, in­
cluso a veces hasta rid íc u lo y d iv e rtid o d e e s ta « c ria tu ra » . E l m ons­
tr u o , al tie m p o q u e p o n e de m a n ifie s to la a n g u s tia , ta m b ié n la nie­
ga; se ría así a p to p a ra e x p re s a r ta n to los s ín to m a s d e v a ria s e n fe r­
m e d a d e s m e n ta le s c o m o las d iv a g a c io n e s d e los in d iv id u o s co n sid e­
ra d o s co m o c a re n te s de e sp íritu .
P e ro es m e jo r n o e n tre g a rs e sin a lg u n a p r e c a u c ió n a la ta re a de
in te r p re ta r los m o n stru o s; d e b e m o s te n e r ta n to c u id a d o al analizar
los sim bolism os d e las d iv e rsa s m e n ta lid a d e s y s itu a rlo s en su m ar­
co c u ltu ra l e h istó ric o co m o al tr a ta r los sim b o lis m o s d e los e n fe r­
m os m en ta le s. E n e ste ú ltim o c a so , se tr a t a d e re n u n c ia r a hacer
p a sa r sus d ib u jo s y p in tu ra s p o r n u e s tro s is te m a p e rs o n a l de com ­
p re n sió n ; n o p o d re m o s e n te n d e rlo s « sin o in tro d u c ié n d o n o s en la
fo rm a d e ex isten cia q u e e s ta p in tu r a tie n e n p a r a el e n fe rm o » 147*.
P o r e llo , el a rte p a to ló g ic o n o p u e d e s e r s in o u n e le m e n to de co m ­
p a ra c ió n , a veces ú til, y n u n c a el p r e te x to p a ra u n a panacea
in te rp re ta tiv a .
L a m ay o r p a rte d e los m o n s tru o s d e la m ito lo g ía u n iv ersa l apa­
re c e e n los d ib u jo s de los e n fe rm o s m e n ta le s ; el te m a de la d eshu­
m a n iz a c ió n , las m e ta m o rfo sis ( h o m b re -a n im a l-v e g e ta l-m in e ra l), los
m e c a n ism o s de d e fo rm a c ió n , de d is to r s ió n , d e a g lu tin a m ie n to de
fo rm a s , d e e stiliz ac ió n , to d o e llo e s u tiliz a d o — s im u ltá n e a o sepa­
r a d a m e n te — en m u c h o s d e los c a so s c lín ic o s y e n c u ltu ra s di­
f e re n te s .
P o r ta l ra z ó n , ta n to se tr a te d e l a r te p a to ló g ic o o d e l conside­
r a d o c o m o n o p a to ló g ic o , n o p u e d e v e rs e e n e s ta s fo rm a s sino m a­
n ife s ta c io n e s v a ria s d e l p e n s a m ie n to s im b ó lic o e n su m ás am plio
s e n tid o . C o m o d ice V o lm a t, el s ím b o lo e s « p o liv a le n te , con senci­
llo p re d o m in io , p o r su s ig n ific a c ió n c o r r e s p o n d ie n te , al nivel en que
f u n c io n a el p s iq u is m o » 1 .
C o m o c o n tr a p u n to a los e s tu d io s a c e r c a d e l a s p e c to psicológico
d e lo s m o n s tru o s m e d ie v a le s p o r u n la d o , y a c e rc a d e l de los e n ­
f e r m o s m e n ta le s p o r o t r o , p o d e m o s a p o r t a r a lg u n o s te stim o n io s de
m o n s tr u o s « c o n te m p o rá n e o s » c r e a d o s p o r in d iv id u o s « co m o todos
lo s d e m á s » , es d e c ir, n o rm a le s .
H e m o s to m a d o d e L a s c a u lt la id e a d e u n a e x p e rie n c ia llevada

147 Volmat, op. cu., p. 176.


Ibid.. p. 160.

326
a c a b o con escolares adolescentes Lascault había propuesto (o h e ­
c h o p ro p o n e r) a 1200 alum nos de liceo, de uno y otro sexo, desde
el s e x to a ñ o hasta el final del ciclo, que dibujasen y coloreasen un
m o n s tr u o , y que po r escrito hiciesen algunos com entarios acerca del
s e r a sí c re a d o (en las pp. 425-436 de su citada obra puede verse una
e x p o sic ió n de los resultados obtenidos). Por razones de brevedad
n o p o d e m o s incluir aquí nuestras propias reflexiones acerca de los
f r u to s de tal ex p eriencia; nos ocupam os de ello en otro libro (a p u n ­
to d e a p a re c e r) dedicado a los m onstruos del siglo XX. Por el m o­
m e n to , b a s ta rá con a n o tar algunas observaciones al respecto.
E n tr e n u e stro s m onstruos contem poráneos, hallamos los que es­
tá n e m p a re n ta d o s con los m edievales. Pero lo que nos interesa, más
a llá d e se m e jan z a s form ales o tipológicas, son los com entarios que
les a c o m p a ñ a n ..., com entarios que ningún autor medieval nos ha
d e ja d o de m an e ra sim ilar. En efecto, en la Edad M edia nadie
h a c re a d o «su» m o n stru o . En cuanto a los «comentarios» m edieva­
les, e ra n el resu lta d o de convenciones extra-individuales, cuales­
q u ie r a q u e fuesen sus orientaciones (cosm ológica, religiosa, m oral,
a le g ó ric a , e tc .). N o existía en el m edievo el com entario personal,
« e s p o n tá n e o » (o m ejo r dicho, en aquella época la espontaneidad te­
n ía p o c o q u e ver con lo individual). Y precisam ente, lo que encon­
tra m o s en los m o n stru o s contem poráneos es la claridad directa que
s o b re ellos p ro y ec ta su cread o r en el instante mismo de la creación,
m ie n tr a s e stá to davía viviendo la experiencia e implicado personal­
m e n te en ella. La p alabra confiere a estos m onstruos una transpa­
re n c ia excepcional.
H e m o s llevado a cabo una p ru eb a sim ilar a la de Lascault a es­
c a la d e lib e ra d a m e n te p e q u e ñ a, y, sin em bargo, los resultados difie­
re n b ien p o c o de los o b ten id o s po r aquél en un ám bito m ayor. Un
g ru p o h u m a n o m uy lim itado puede d a r, en este dom inio de la c re a ­
c ió n m o n stru o sa , resultados tan interesantes com o el de o tro m ás
n u m e ro s o , lo q u e ten d e ría a probar que dicha creatividad es casi
u n a fu n ció n n a tu ra l. A dem ás, el hecho de que en una y o tra ex p e­
rie n c ia p u e d a co n statarse una cierta uniform idad en las respuestas
p e r m ite su p o n e r q u e , en efecto, hay en la elaboración del m ons­
tr u o u n a s « co n stan tes» form ales y verbales. Sería in teresan te sab er
si e s a s c o n sta n te s ap arecen igualm ente en épocas d iferentes. T e n ­
d r ía m o s a h í un cam p o de estudio m ás vasto, del que el p resen te e n ­
sa y o n o o fre c e sino las prem isas.
N o es posible negar que cada época se expresa con to n o s que
le s o n p ro p io s. P ero , cosa curiosa, cuando se intenta d e te rm in a r la
e s p e c ific id a d de lo im aginario en un m om ento histórico c o n c re to ,
s a lta a la vista hasta qué punto esas determ inaciones p u e d e n igual­
m e n te a d a p ta rs e a o tra s é p o c as149.

149 G. D urand, op. en., pp. 449-450: «el inventano de una cabeza romántica»
es desento en tales términos que podrían aplicarse perfectamente al de una «cabeza
m edieval-, y ello aunque cada una suponga formas de pensamiento en extremo
diferentes.

327
Entre los monstruos medievales y los contem poráneos, el ele­
mento que parece más sujeto a variaciones es la técnica misma del
dibujo. Otros motivos de diversificación se encuentran no en el pro­
pio monstruo, sino en el uso que de él se hace según el nivel cul­
tural, el marco histórico, etno-sociológico, psicológico, etc. Puede
pensarse, sin duda, que existen diferencias de sentido entre mons­
truos de épocas varias: no podríamos adherirnos sin reservas a este
punto de vista. Nos parece más justo decir que si algunos sentidos
tienen más importancia en ciertas épocas, los dem ás tam bién están
presentes, si bien en un segundo plano. Pensamos que a lo largo de
los tiempos hay un sentido eterno y universal del m onstruo, sobre
el cual se imprimen otro u otros predilectos, incluso «convencio­
nes», propio todo ello de cada época. Estos últimos sentidos pue­
den oscurecer al primero, mas no impedir que exista. Así, toda una
gama de variables características de un m om ento determ inado, del
artista, de su medio (en el más amplio sentido), se conjuga con la
de las constantes, constituyendo como su ornam ento exterior.
Asimismo, merecería la pena no encerrarse en la manía inter­
pretativa ni limitarse a puntos de vista exclusivistas. El horizonte
del monstruo y de lo imaginario es demasiado vasto para poder re­
ducirlo con la ayuda de sistemas, cualesquiera que sean. Estamos
por completo de acuerdo con Gilbert D urand cuando atribuye a
esos sistemas, y en particular al psicoanálisis — sin ignorar su va­
lor—, un alcance sólo relativo:

La imaginación humana parece virgen de toda predeterm inación ca­


tegórica, y se podría hablar, más allá de las marcas del carácter y del
sexo, de una universalidad de lo imaginario, no desm entida sino por
la excepción patológica, en la cual la imaginación parece bloqueada
en el interior de alguna estructura exclusiva150.

Como se ve, la propia excepción patológica revela la universa­


lidad de lo imaginario.
Bien que su secreto resida en la memoria hum ana, de una he­
rencia mental transmitida a través de los tiem pos, o en una noción
primigenia, el monstruo se perpetúa, siempre sem ejante a sí mis­
mo; tejido de sombra o de luz, frecuenta los ámbitos del hombre,
vive de su vida, muere de su muerte.

1,0 Ibid., p. 444. El subrayado es nuestro.

328
CON CLU SIÓN

MI FIN ES MI
C O M IE N Z O ...
R ondó
Mi fin es m i com ienzo
y m i com ienzo m i Fin
y m i auténtico com portam iento.
M i tercer canto sólo tres veces
retrocede, y asi acaba.
(Guillaumc de Machaut)

El m o n s t r u o es el lugar p o r excelencia de la pluralidad: p l u r t »


l i d a d d e s e n t i d o s , d e f u nci on es , de f o r m a s ... Hasta el siglo X V I in­
c l u i d o , el m o n s t r u o es una cr ia tu r a m ás o m en os am b ig u a; el in te ­
r é s q u e d e s p i e r t a se d e s d o b l a e n p r e g u n t a s inquietantes: ¿ p o r qué
f i g u r a e n la c a t e g o r í a de las c r i a tu r a s universales?. 6qu é es lo que
p o r m e d i o s u y o q u i e r e r e v e l a r n o s el S e ñ o r del m u n d o ? , ¿t ien e alie
v e r c o n los p o d e r e s d e A llá A rriba o con los de Allá A b a j o ? Si algo
o a l g u i e n p u e d e c u e s t i o n a r la per fe cc ió n y omnisciencia de Uios es
el m o n s t r u o , m a s p o r lo q u e se re fie re a la obra divina no es lícita
p r e g u n t a ni d u d a alg una s:

F.l hom bre , habiendo sido instalado en esta hermosa morada, o mejor, «n
esic m agnífico te a tro , debe contem plar el ciclo, las estrellas, el aire, la tierra,
los am m ales. las plañías; iodo hecho con (al a rtificio , ornado de lan encélen­
le h c llc /n . u nido y compuesto con (al armonía y dolado de tan gran virtud,
tan bien o rd en a do , que no hay nada m ejor*

Y así, d u r a n t e siglos, se ha a c e p t a d o co n h u m i l d a d el no p o d e r
c o m p r e n d e r al m o n s t r u o , ya q u e t a m p o c o nos es accesible el pl an
d e c o n j u n t o de l u n i v e r s o . C o m o en la boca del salmista, sólo la a l a ­
b a n z a es p o s i b l e :

1 G u illa u m c K o m lc lc t, l.'lU uoirr emiérr des poisums... (l.yo n . Mace Bonhom


m c. 1558); p re fa c io , pg A3.
Alabad al Señor, vosotros criaturas de la tierra; i
monstruos del mar y vosotros todos, oh abismos.^
Fuego, granizo, nieve, hielos, vientos procelosos2...
P rete n d e r juzgar la creación no es sino d e sa tin o c rim in a l; al igual
que en el L ibro de J o b , la P reg u n ta , la re c rim in a ció n p o r p a rte del
h o m bre no tiene sentido;
No hay hombre justo si se compara con Dios. Si Dios quisiere en­
trar en juicio con él, no podrá responderle de mil cargos, que 1c hará,
a uno sólo34.
E n este p u n to , la lam entación de Jo b no es re sig n a d a , sin o a m a r­
ga, casi e n o jad a . Será preciso, p a ra a ce p ta r el p e rm a n e c e r en la ig­
n orancia, sentir el soplo de D ios en u n o m ism o. L a P a la b ra d e D ios,
irónica, d u ra , pone en su lugar a e ste «valien te» p re g u n tó n {Job,
40), y al hacerlo, le pone por d elan te los g ra n d e s m o n stru o s B e h e -
m ot y Leviatán:
Mira a Behemont (...), él es el principal de los animales de DiosA.
Su fuerza es gigantesca, pero au n q u e to d o p o d e ro s o , se h alla a
¡merced del que lo ha creado; esclavizado, d o m e stic a d o ,
se sorbe un río sin que le parezca haber bebido mucho; aún presume i
poder agotar el Jordán entero5.
A l igual que A d án , tam bién flor de las o b ra s d iv in as, fue a m e ­
nazado con la espada y alejado del ja rd ín de la c re a c ió n ; la s e m e ­
jan za que existe en tre lo que se dice en Jo b 40.19-20 y G énesis 3.24
ilum ina con una extraña luz de p a re n tesc o las re la cio n e s e n tre el
h o m b re y el m onstruo. T anto el uno com o el o tro , el h o m b re c o m o
el m ayor de los m onstruos, son señ o res, e stá n en los lím ites de la
perfección. D espués de D ios, L eviatán es el se r m ás p o d e ro so de
la creación:
¿Quién puede resistir a mi semblante? (...) En fin, no hay p o d e r so­
bre la tierra que pueda comparársele, pues fue criado para no tener
temor de nadie6.
El p o d e r de L eviatán m anifiesta el de su S e ñ o r D io s. N ad ie p u e ­ i
de so p o rta r su vista, ai igual que no es p o sib le m ira r el ro stro de
D ios:
pues su sola vista basta para quedar aterrorizado7.
(
2 Salmo 14H, 7-8.
3 Job, 9 2-3.
4 Job, 40. 10 y 14
5 Job, 40.22-23.
6 Job. 41, 1 y 24.
7 Job. 41.1.

332
E l gran m o n stru o es un nec plus ultra, sobrepasa a toda criatura:

En fin, no hay poder sobre la tierra que pueda comparársele, pues


fue criado para no tener temor de nadie. Mira debajo de sí cuanto
hay de grande; como quien es el rey de todos los demás soberbios
animales8910.

H ijo del orgullo, al igual que Adán, quién por ello perdió su re a ­
leza. E n la rebelión de Job, lo que triunfa es la extensa descripción
d e los dos grandes m onstruos citados, en la demostración del po d er
d e D io s, las m aravillas de la creación no son sino el primer arg u ­
m e n to ; lo que supone la sumisión de Job es el segundo argum ento,
la p ru e b a de que Dios señorea no solamente las fuerzas positivas
d e la vida, sino tam bién las negativas, las destructoras. Ante el es­
p ectá c u lo de la sum isión de estos monstruos todopoderosos, Job se
re c o n o ce com o «ignorante», sin inteligencia, v queda reducido al si­
lencio a n te unas m aravillas que le anonadan .
L a creación en tera testim onia la grandeza de Dios, y Dios no
p u e d e m anifestarse en su poder sin que alguna criatura situada en
los confines de la potencia imaginable se alce ante El... para que
D ios se divierta:
tuyo es este mar tan grande y de tan anchurosos
senos (...), ese dragón o monstruo que formaste para que retozara
entre sus olasIu.

T an m agistral aparición de los monstruos en el Libro de Job ilu­


m ina c ru d a m en te , aJ igual que ocurre en la Edad Media, su doble
e sta tu to : p o r un lado, maravilla, emanación de un poder creador in­
concebible para la inteligencia humana; por otro, fuerza maléfica,
abism o devorador. En am bos casos, el monstruo provoca un terror
sagrado.
Se nos puede o b je ta r que muchos monstruos medievales no tie­
nen el c arác te r terrorífico de Behemot y Leviatán; únicamente po­
d ría com parárseles con Satán. Sin embargo, la Edad Media consi­
d e ra a los m onstruos como un conjunto, sin que intervengan las
cuestiones de detalle: el problema esencial es el que plantean los
m o n struos ante la idea de armonía y perfección del universo. Para
h acer m enos inquietante dicho problema, la Edad Media se esfuer­
za en p ensar en térm inos de relatividad, si así puede decirse, en vir­
tud del principio que ya insinúa el Libro de Job y que también enun­
cia San A gustín: el hom bre no ve sino una pequeña parte del plan
de c o n ju n to de la creación, y no puede juzgar la armonía que exis­
te e n tre las diferentes partes porque ignora cui congruat et quo re-

HJob . 41.25-26.
9 Job . 42.3.
10 Salmo 103, 25-26. (Lo citado, es la versión de la Biblia cspartolu mencionada;
la versión del autor está mucho más en consonancia con lo que él dice: «y Leviatán.
que has creado para alegrarte» Nota del Traductor).
feratur11. Y así, San Agustín se dedica a m anten er en lo posible la
ambigüedad del m onstruo, la bipolaridad que le confiere su ince­
sante balanceo entre el bien y el mal.
Se trata de un acto de voluntad más que de un acto de fe. Esta
aplicación, a veces problem ática, se explica en p arte p o r la necesi­
dad: era preciso estar de acuerdo con una teología cerrad a; discutir
la organización del mundo y el arte del C reador significaba co n d e­
narse a sí mismo a la incertidum bre, a la angustia nacida del senti­
miento de lo absurdo. Sin am bargo, no es imposible d e ja r de ver
en tal opinión otra cosa que un reflejo defensivo y descubrir en ella
una ironía inconsciente. El m onstruo, aunque sea considerado co­
mo una criatura más del universo, tiene tam bién el colorido de lo
imaginario; criatura de Dios, es asimismo engendrada por el espí­
ritu humano: su doble nacimiento le añade una am bigüedad más.
Lo imaginario y sus monstruos perm anecen en el ám bito del hom ­
bre; así, cuando la Edad Media se pregunta, de m odo bien inteli­
gente, si la creación monstruosa cuestiona la creación divina, ma­
n ifie sta en el arte de lo esquivo disposiciones inquietantes. E ste arte
'.de lo esquivo, ¿no procedería del hecho de que el hom bre se siente
¡¡oscuramente señor de los monstruos, de un alzarse con ironía re­
gocijada frente al Señor divino, quien, por cortesía y com odidad,
se eclipsa...? Los monstruos serián así una «transgresión no trans-
gresiva». Gracias a ellos el hombre afirma su libertad, se levanta
contra todo lo que oprime, contra todos los males de la condición
humana. Si G. Durand ha podido ver en la función fantástica una
«función de esperanza» es porque, m ediante ella, el hom bre se dis­
tancia tanto de lo que se refiere al Mal invasor com o a la inalcan­
zable Perfección.
La ambigüedad es una constante del m onstruo, p ero una «cons­
tante variable». En el siglo XV se abre una brecha: el m onstruo tien­
de a instalarse a un sólo lado del m undo, y a pactar con lo diabó­
lico. A partir del siglo XIV, en efecto, la idea de un cosmos arm o­
nioso es combatida por la evidencia de la desarm onía: pestes,
asesinatos en masa, omnipresencia de la m uerte. El cuerpo-univer­
so, el cuerpo social, el cuerpo sagrado de la Iglesia, el cuerpo hu­
mano, se cubren de pústulas: el Cristo leproso de B rioude, terrorí­
fico crucificado, ofrece de tal situación una imagen que se halla en
los límites de lo soportable. La confusión religiosa, la obsesión con
el fin del mundo, la creencia en la llegada del A nticristo, llevan a
las masas de exceso en exceso, de una violencia a otra: de la extre­
ma piedad a la extrema impudicia; de la penitencia ostentosa al
goce desenfrenado; de la devoción al sacrilegio. Así vive Gilíes de
Rais, criminal, «monstruo» —según le califica G eorges Bataille— ,
dispuesto a fraternizar sin cesar con el dem onio, pero que muere
lleno de contrición, implora el perdón y hace verter las lágrimas de

11 Cf. supra, capítulo VI, p. 198. La ciudad de Dios, XVI.8 .

334
quienes le ven marchar como si de un santo se tratara camino de
la hoguera.
Los m onstruos que atormentaban a los San Antonio del Basco,
de Martin Schongauer, de Matthias Grunewald. son escasamente
ambiguos, pues su carácter diabólico estalla con violencia inaudita.
El monstruo no sale indemne de su paso por el Infierno. El si­
glo XVI intentará relegar a un segundo plano el aspecto diabólica­
mente trágico y agresivo de la centuria anterior, pero el monstruo,
si sigue siendo criatura de la naturaleza, es ya sospechoso. Ya no
existe la adhesión sistemática a la belleza de la paradoja, del mis­
terio, de «lo otro»; el siglo XVI está como sobrecogido, indeciso,
ante el monstruo. Lo utiliza para su política, para sus polémicas, y
como no desdeña repetir lo que decían sus padres, continúa ado­
rando a Dios en la naturaleza y en todas sus criaturas. Pero sobre
todo, el gusto reside ahora más en el conocimiento que en la con­
templación (y sin embargo, la contemplación, ¿no es también
conocimiento?):

Sin duda no hay nada más hermoso ni más exquisito en este mundo
que dicha ejercitación y conocimiento, y nada que en las tinieblas de
nuestra vida y ante la infinita variedad de opiniones nos permita co­
nocer mejor a Dios que su palabra, contenida en esas santas letras12.
i
Evoluciona la reflexión acerca del monstruo, pero esa evolución
se lleva a cabo teniendo siempre en cuenta los rasgos dominantes.
El predom inio de cierto sentido en una época dada no excluye la
perm anencia de todos los demás. La coexistencia, la interpenetra­
ción de planos, es una constante del pensamiento medieval y del pri­
m er Renacim iento. La cronología no puede escucharse sino en la
polifonía.
Cada esfera del arte y de la vida pone de manifiesto esta expe­
riencia profunda de la polisemia, de la superposición de sentidos.
Es p o r ello por lo que resulta difícil asir al monstruo: esta atrapado
en la com plejidad del mundo medieval y no puede producir un so­
nido único. Tal situación —de la que hemos hallado abundantes tes­
tim onios— resalta con extraordinaria expresividad en un cuadro
conservado en el Museo Unterlinder de Colmar, la predella de Tem-
pelhof von Bergheim (siglo XV, escuela del Alto Rhin). Con un
agudo simbolismo y sin sensiblería, el juego de las miradas teje
com o una red de estrellas: la composición divide el cuadro en dos
escenas, que se relacionan sutilmente entre sí por medio de un per­
sonaje central y por la dirección de las miradas.
A la izquierda, San Juan Bautista, con los ojos fijos en el es­
pectador del cuadro, señala con el dedo a Cristo, cuya venida anun­
cia. E ste, con la mirada algo perdida, parece volver sus ojos a quie­
nes están sentados a los pies del Bautista, algunos de los cuales mi-

12 G uillaum e R ondelct, o p . c it.; prefacio, p. A3

335
ran al Señor m ientras que otro s parecen distraídos, E n el e x tre m o
izquierdo del cuadro, dos santos (o p ro feta s), c o m p añ e ro s del B a u ­
tista, dirigen su vista, por delante de éste , a C risto. T al es la «es­
cena» que ocupa esta m itad de la p in tu ra. E n el c e n tro g eo m étrico
de la predella, una princesa o reina ap arece a rro d illad a so b re una
piedra redondeada, cerca de unas rocas verticales y de un arbusto:
unas y otro sirven de transición sim bólica e n tre am b as escen as y de
«punto de apoyo» a los dos p ersonajes. C risto y la rein a (o p rin c e ­
sa), que situados hacia adelante, mas no p o r co m p leto , se d an lige­
ram ente la espalda, orientado cada uno hacia la escena q u e le co n ­
cierne. La parte derecha del cuadro m uestra a San Jo rg e a b atien d o
el dragón, escena que, gracias a la presencia de la p rin cesa sobre
la piedra, recuerda el mito de Perseo liberando a A n d ró m e d a . La
princesa, si bien vuelta hacia San Jorge y el d rag ó n , p re sta su a te n ­
ción a la escena de la izquierda, según puede verse en varios d e ta ­
lles de su actitud y en su m irada, dirigida de re o jo , con los p á rp a ­
dos entreabiertos, hacia el Cristo situado a su derech a.
La predella de Bergheim organiza sus m otivos según un sistema
i típicam ente medieval. En virtud del juego de m irad as, n ad a queda
[ aislado; ningún personaje, ningún asunto tiene un fin en sí mismo;
| cada uno conduce a los otros, rem ite a o tra cosa. La distribución
del espacio, la disposición de los motivos y de los p e rso n aje s en la
geom etría del cuadro, contribuyen al mismo fin: seres y o b je to s no
tienen sentido sino por las relaciones que los unen e n tre sí. El m ons­
truo, que figura en lugar destacado, se inscribe en un d ev en ir, y no
aparece como excepción injustificable; si está c o n d en a d o al ex ter­
minio, ello no es razón para considerar inútil su existencia (al con­
trario ), y si aparece en el extrem o derecho inferior del cu ad ro , se­
ría inútil basarse en algún «sentido de lectura» para situ arlo en una
cronología puram ente lineal. Por su posición p o d ría indicar un pun­
to de salida, pero Cristo, la Virgen y San Jorge son todos ellos ven­
cedores del m onstruo, cada uno a su m anera y en su pro p io tiem ­
po. Gracias a estos tres personajes, el m onstruo rem ite a tres mo­
m entos diferentes de la aventura hum ana y divina.

O ^ S a n Jorge

°> 8
D ragón ©
5 00
° o o o o o . oo o(

336
L a s dos escenas, la de la derecha y la de la izquierda, no e n ­
c ie rra n la ultim a ratio del cuadro: la clave está en el elemento ines­
p e ra d o . La rein a (o princesa), que esta en el centro geométrico de
la Predella sin ser el centro de interés, parece ignorada por todos.
Si C risto no adelantase ligeramente un pie hacia ella, y si no se su­
p iese q u e — com o A ndróm eda— es el motivo de la lucha con el
m o n stru o (el ju ego de referencias mitológicas basta para dar a la
esc e n a un sen tid o por lo menos doble), mal podría explicarse su p re­
sencia. La princesa es, por lo tanto, el único personaje que encierra
en sí u n a superposición de diferentes sentidos, los cuales irradia en
to rn o suyo.
L a p rin c e sa A ndróm eda puede representar a la Virgen corona­
d a , e m p e ra triz de los cielos, a la Iglesia esposa de Cristo o a la Mu­
je r, ta m b ié n c o ro n a d a, del Apocalipsis, victoriosa asimismo del dra­
gón. E l sim bolism o del cuadro se presta a todas y cada una de estas
in te rp re ta cio n es. Es en este enigmático personaje en el que se ha­
lla el n u d o sem ántico. El mensaje del Bautista aparece teñido de
m atices varios, pero no divergentes; el combate de San Jorge se des­
cifra igualm ente a través de unas cuadrículas que no excluyen entre
sí, sino que se enriquecen mutuamente y se devuelven sus reflejos
com o en un p o lied ro de espejos.
Tal es el sistem a del cosmos medieval, tal es el universo del pin­
to r, com o atestigua esta deslumbradora exposición de Leonardo da
Vinci:
T odos los objetos tienen sus imágenes y semejanzas proyectados y
m ezclados juntos a través de la entera extensión de la atmósfera que
los rodea. La imagen de cada punto de su superficie material existe
en cada punto de la atmósfera, y todas las imágenes de los objetos
están en todos los puntos de esa atmósferá. El conjunto y las partes
de la apariencia de la atmósfera se contienen en cada parte de la su­
perficie de los objetos situados frente a ella. He ahí por qué las imá­
genes de los objetos se hallan, en parte y en todo, en cada parte de
la atm ósfera que está frente a ellos; y la sustancia atmosfénca se re­
fleja en el todo y en cada parte de la superficie. Resulta así evidente
que la sem ejanza de cada objeto, sea en su conjunto, sea una de sus
p artes, se encuentra de modo intercambiable en cada parte y en el
co n junto de los objetos situados frente a ella, como puede verse en
un juego de espejos situados frente a frente .
U n texto ta n adm irable sitúa en su verdadero lugar la cuestión
del m o n stru o ..., al igual que cualquier otra cuestión. Podemos tam­
bién preg u n tarn o s si es oportuno disertar sobre ello o es mejor de­
jarse a rra stra r p o r el vértigo alucinatorio. Pero ya no es tiempo para
to m ar una decisión.
En un universo tan fantástico, el monstruo no tiene la última pa­
labra, y aunque haya podido atravesar los siglos, no es sino un es­
tallido de luz, tan fulgurante como fugitivo, al cual responden otros
estallidos lum inosos, en un parpadeo sin comienzo ni final.
,J Leonardo da Vinci, Carnets, t I. p. 309

337
338
P r e d e lla d e T e m p e lh o f d e B e r g h e im (sig lo x v , e s c u e la d e l A lto R h in ) . M u s e o U n terlin d e n , C o lm a r. (F o to g ra fía d e O . Z im m e rm a n n .)
ALGUNAS ABREVIATURAS

BNUS: Biblioteca Nacional y Universitaria de Estrasburgo.


BU: Biblioteca Universitaria.
Col.: columna.
D.P.: Dover Publications.
G.-F.: Garnier-Flammarion.
RVDHG: Recueil de voy ages et de documents pour servir á l’histoi•
re de la Géographie.
RVMSG: Recueil de voy ages et de mémoires publiés par la Société
de Géographie.
Soc. G éo.: Societé de Géographie.
Y.M .: Y mago Mundi.

Nota: Es nuestro el subrayado de todas las palabras, expresiones o


frases que aparecen en las citas, excepto cuando señala expresa­
m ente en nota, en cuyo caso corresponde al autor en cuestión.
BIBLIOGRAFÍA

A) TEXTOS DE LA EDAD MEDIA Y DEL RENACIMIENTO


f
/Acncas Silvius (Pío II). Cosmographia seu historia rerum, ubique gestarum, loco-
rumque descriptio (Venccia. 1477),
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Aeneas Silvius (Pío II). Opera quae exstant omnia. edil. M. Hopperus (Basilea. H.
Petri. 1571). BU Ginebra. Bf 839.
Ailly (Pierre d‘) Ymago Mundi. traducción y comentario de Edmond Buron (París.
G. P.. Maisonneuve. 1930). 3 vols.
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Américo Vespuccio. De Ora antárctica (Estrasburgo. 1505).
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Barthélémy de Glandvillc (Anglichus). Le propriétaire en fanqoys (Lyon. Mathieu
Husz. 1485; es esta la edición que utilizamos; Toulouse. H. Meyer. 1494; etc ).
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Jacques de Theramo. Le livre de la consolación des pouvres pecheurs. nouve/lement
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de Ginebra. Be 478 Rés.
Jacques de Theramo. La Consolaiion des pécheurs faicte par maniére de procés entre
Moyse, procureur de Jesuchrist et Bélial de I autre parí, procureur d'enfer. iraduite
par frére P. Ferget (Lyon. Olivier Arnoullet. 1554). BU de Ginebra. Be 501.
Jean d’Arras. Mélusine (Ginebra. A Stemschaber, 1478)
Jeux et Sapiences du Moyen Áge. de Albert Pauphilet (París. Gallimard. 1951) Co­
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Lycosthénes (Conrad). Prodigiourum ac ostentorum chronicon. quae. praeter natu-
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Llull (Ramón). Livre des Bétes Edición crítica de Armand Limares (París. Klmck-
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Malleus Malejicarum: El martillo de las brujas. Traducción francesa de Armand Da-
net (París. Pión, 1973).
Mandeville (