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Popper: más allá del racionalismo

Juan José Sanguineti

“La Capital” (Mar del Plata, Argentina, 15-1-1995)

El 17 de septiembre de 1994 moría en Londres Karl Popper a la edad de 92 años. Con


buenas razones es considerado una figura central de la filosofía de la ciencia del siglo XX. Se
ha escrito muchísimo sobre él, especialmente sobre su tesis de la falsabilidad de las ciencias y
su defensa de la sociedad liberal, en la que toda acción social debe permanecer abierta a la
crítica. Su uso de la razón no dogmática le hace merecedor del título de “racionalista crítico”.
Pero no todos conocen el trasfondo completo y matizado de estas ideas. A veces se han
radicalizado sus tesis, con connotaciones relativistas. Cuando uno se enfrenta con el personaje
real puede encontrarse con algunas sorpresas. En estas líneas voy a fijarme en ciertos aspectos
centrales menos difundidos de su filosofía.

La racionalidad abierta

El punto de arranque está en la racionalidad. Para Popper el hombre es un ser racional,


que significa un ser capaz de hacerse preguntas a la luz de teorías previas y que se responden
con nuevas teorías, en una permanente tensión hacia la verdad, entendida como la plena
correspondencia con el mundo real. Todos los seres vivientes tienen “problemas”, porque
sobreviven con dificultad. Pero los problemas específicamente humanos son teoréticos: van en
busca de una verdad que interesa por sí misma, al margen del imperativo de la supervivencia
biológica. En estos puntos está ya concentrado todo Popper, y en algo más: el hombre busca
siempre nuevas explicaciones, más correctas y verdaderas, porque descubre que las
tradicionales son insuficientes y a veces contienen errores. No se trata de una lógica destructiva
de lo tradicional, sino correctiva y completiva. La filosofía de Popper es la filosofía de la
continua disponibilidad para ser corregidos: “podemos aprender de nuestros errores”.
Tenemos que estar siempre dispuestos a corregir nuestras opiniones, sin temor a la crítica
que proviene de la experiencia o de los demás, convencidos de que esas correcciones nos
enderezarán en el camino hacia la verdad y nos harán progresar un poco más: conviene plantear
así la investigación científica, cualquier trabajo, la actividad política y social. Ser racionales
quiere decir ser auto-críticos, admitir nuestra falibilidad, no tener miedo a las contradicciones,
que nos ayudarán a mejorar. Popper se coloca de este modo entre dos extremos: el del
racionalismo dogmático de otros tiempos, que él criticó con eficacia, y el de la disolución de la
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razón en el “pensamiento débil” que acaba en el escepticismo sin reglas, donde cada uno piensa
lo que quiere sin constricciones decisivas. En esto recuerda a Aristóteles, que al comienzo del
libro II de la Metafísica escribía que nadie está perfectamente en la verdad, pero tampoco nadie
está completamente fuera de ella. Esta participación en la verdad se relaciona con la idea
platónica de la filosofía como deseo y aspiración, no como posesión plena de la sabiduría.
En los últimos años Popper insistía en que, a pesar del grado colosal de información de
que hoy disponemos en tantos campos científicos, en el fondo sobre las cuestiones más
importantes sabemos bastante poco. Pero se confesaba a la vez optimista, porque se ha
progresado y cabe mejorar aún, con que sólo estemos atentos a corregir nuestros errores. Podrá
parecer simple, pero esta “vía media” caracteriza su peculiar posición, que hace de él un
pensador cuasi-clásico.
La vía media se aplica, por ejemplo, a su modo de trabajar con los conceptos. No era
amigo de las definiciones, porque le parecía que degeneraban fácilmente en falsos problemas
verbales, pero tampoco disolvía los conceptos en la praxis. Afirmaba en este sentido la
consistencia del llamado mundo 3, el ámbito de las ideas, opiniones, teorías, ciencias, etc.
(siendo el mundo 1 la realidad material y el mundo 2 el psiquismo humano). No caben las
definiciones perfectas y exactas que pretendan agotar la esencia (platonismo, racionalismo). En
este sentido para él sería inaceptable la pretensión de algunos científicos (como Hawking, en
nuestros días) de que la física al unificar todas las fuerzas de la naturaleza podría llegar a su
estadio final y comprender así la “mente de Dios”. Una teoría nunca se acaba de comprender del
todo, porque siempre podrá ser aplicada a nuevas e indefinidas relaciones, así como nunca
podremos acabar de conocer perfectamente a una persona.
En definitiva para Popper la racionalidad humana permanece siempre abierta en su
constante preguntar. Las soluciones halladas por la ciencia consolidada admiten nuevas
preguntas y nunca se llegará a una posición última que ya no admita ulteriores
profundizaciones. “La investigación no acaba nunca”.
Recientemente en un simposio científico en Nápoles un astrofísico (el prof. Alberto
Masani) me objetaba contra Popper que la ciencia, de todos modos, llega a adquisiciones
definitivas. Estoy de acuerdo y creo que en este punto Popper debe ser corregido. El núcleo de
verdad de su posición es que ninguna explicación científica puede considerarse cerrada o
acabada. Pero es cierto también que algunos hallazgos científicos son definitivos y no cabe
razonablemente pensar ya en su posible falsedad. La teoría de Newton, en sus aspectos
centrales, aunque superada por una ciencia más amplia, no puede declararse hoy sin más falsa,
como en cambio es falsa la teoría de Ptolomeo.
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Una metafísica ultra-racional

Una de las “sorpresas” a que aludía al principio, por lo que se refiere al racionalismo de
Popper, está en que su último fundamento es ultra-racional (metafísico, pero en este sentido
también meta-lógico, meta-científico). Veamos un ejemplo sencillo de este punto, que tomaré de
su último escrito. Como sabemos, sus reflexiones más recientes apuntaban al riesgo de que la
televisión pudiera convertirse en un poder incontrolado, sometido a la lógica del mercado y con
graves consecuencias para la formación de los jóvenes a consecuencia de la irresponsabilidad
educativa de los profesionales de la TV (por ejemplo con los programas que presentan la
violencia como un hecho normal). Razonar de este modo, con un recurso a la idea de educación
y responsabilidad, presupone tener alguna idea del bien y del mal del hombre. En su escrito
póstumo titulado Una licencia para trabajar en televisión, escribía lo siguiente: “Si alguno
quisiera que le explique ‘qué es el bien y el mal’, le respondería que no me gusta dar
definiciones. Creo, sin embargo, que toda persona realmente responsable y dotada de
inteligencia sabe qué se entiende por ‘bien’ y ‘mal’ en este campo”1 .
Un racionalista se quedaría insatisfecho con esta frase, objetando quizás que se acude
demasiado fácilmente a algo así como una intuición del bien y del mal. Un convencionalista,
por su parte, vería en el intento de clarificación verbal sobre lo que es el bien una posición
lógica sin valor semántico. Para Popper parece que la idea de bien es inteligible a toda persona
“responsable y dotada de inteligencia”, con independencia de las especulaciones filosóficas. En
esta respuesta está recurriendo al sentido común, a una captación de un concepto o una verdad,
sin agotarla, pero con la suficiente claridad como para que el discurso tenga un sentido y sea
importante en el plano ético y político. Popper por eso se auto-calificaba como un “realista del
sentido común”, aunque se trata de un sentido común “crítico” que admite afinarse con
correcciones y precisiones.
Aristóteles podría decir sobre este punto que se trata de una concepción intelectual “supra-
racional” que fundamenta todo conocimiento racional o demostrativo. Popper no llega hasta
aquí, pero es un hecho que ha conferido validez a las ideas metafísicas y les ha dado una
relevante función de guía en la investigación científica. A este nivel existe un posible puente
entre Popper y Aristóteles (aunque en otro sentido se coloca en la línea kantiana).
Otro ejemplo está en su idea central de que hay que “seguir a la razón” y evitar la
violencia para resolver los problemas sociales, un punto capital en su filosofía política. En
Conjeturas y refutaciones escribe: “Mi racionalismo no es dogmático. Reconozco plenamente
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que no puedo demostrarlo racionalmente. Confieso con franqueza que he optado por el
racionalismo porque odio la violencia y no me hago ilusiones inútiles de que este odio tenga un
fundamento racional. Con otras palabras, mi racionalismo no es autosuficiente, sino que se
basa en una fe irracional en la actitud de razonabilidad”2 .
El racionalismo tiene sus límites porque no es autosuficiente y parece apoyarse en el texto
citado en una forma de fe kantiana o en una convicción supra-racional que no es ya
argumentable como para ser auto-demostrada. En este punto no seguimos completamente a
Popper: las convicciones fundamentales acerca de la realidad (por ejemplo sobre la existencia
del mundo, de la verdad, la dignidad de la persona, el valor de la razón), incluyen una fe en el
sentido de un convencimiento subjetivo que repercute con fuerza en los sentimientos vitales,
pero al mismo tiempo contienen una función cognoscitiva elevada, que los clásicos
denominaban intelecto.
Bastaría añadir esta función para dar un sentido más completo a las convicciones de
Popper sobre las ideas metafísicas: “Ninguna rama de la física -sigue diciendo- dirá al científico
que hace bien al construir un arado, un avión o una bomba atómica. Los fines tienen que ser
adoptados por él de otro modo, o pueden serle sugeridos: lo que él hace en cuanto científico es
sólo predisponer los medios con los que esos fines podrán alcanzarse (...) No quiero sugerir
que exista un dominio -por ejemplo, el de los fines- no sujeto, en su conjunto, al poder de la
crítica racional (aunque ciertamente pretendo sostener que el reino de los fines excede en
abundancia el alcance del razonamiento científico). Yo mismo de hecho intento razonar sobre
estas cosas”3 .
Estas ideas metafísicas (apelando a ellas Popper superó el neopositivismo de Viena y dio
un vuelco a toda la filosofía de la ciencia contemporánea) son una guía para la racionalidad
científica y aseguran su utilización responsable, que tiene que ver con el conocimiento del bien
y del mal del hombre. Por eso Popper no sólo ha sostenido la necesidad de permanecer abiertos
a la crítica, sino que también se ha visto urgido a defender con argumentos el valor de la
libertad, o los mismos logros científicos, jurídicos, institucionales, etc. de la sociedad
occidental. Ante estas conquistas ejercitaba su “vía media”, ligada a su racionalismo moderado,
que le hacía pensar que el mundo libre era la “mejor sociedad” que hasta ahora se había
conseguido, sin por eso abandonar ante ella la actitud crítica con la que señalaba algunas de sus
contradicciones (como vimos en el caso de la televisión, un caso que vale para toda la opinión
pública, ante la que Popper era en principio desconfiado a causa de su gran poder anónimo, que
la hace más fácilmente irresponsable). Por eso rechazaba la actitud crítica global de algunos
movimientos no conformistas o alarmistas, que al tratar de convencer de la maldad total del
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mundo en que vivimos causaban daño a la formación de los jóvenes (por ejemplo, suscitando
reacciones violentas).

Buscando la verdad difícil

Entre las ideas metafísicas sustentadoras de la ciencia y de la convivencia social tiene un


lugar preeminente en Popper la idea de la verdad realista. Es su gran deuda con el lógico polaco
Tarski. La verdad da un sentido a las ideas de error, corrección y teoría científica. Sin ella la
ciencia se convertiría en un puro instrumento de poder y la sociedad con sus instituciones
quedarían privadas de fundamento. Pero no basta el reconocimiento de la legitimidad teorética
de esa idea, sino que para Popper es indispensable la existencia de una tradición cultural de
aceptación de la verdad, lo que conlleva también la asimilación vivida de los conceptos de
justicia y honestidad en el acerbo del “sentido común”. Las convicciones metafísicas se
transmiten en las tradiciones culturales. Por eso consideraba que las ideas morales y religiosas
son un elemento dinámico primario en el desarrollo histórico y social.
Pero “a la naturaleza le gusta esconderse”, como decía Heráclito. El descubrimiento de
verdades no triviales no es para Popper fácilmente intuitivo, sino que exige esfuerzo, pruebas
repetidas, confirmaciones, experiencias constantemente corregidas, hasta que se llega a desvelar
parcialmente su contenido. Con este punto concluímos nuestras consideraciones: la adquisición
de nuevas verdades importantes es un proceso difícil y hasta doloroso. “La verdad no es
manifiesta, ni fácilmente visible para todos los que ardientemente desean verla, sino que es
difícil de perseguir” (Conjeturas y refutaciones)4 . Todos desean conocer la verdad, pero llegar a
alcanzarla es un conquista.
1
En POPPER, CONDRY, Cattiva maestra televisione, colecc. I libri di Reset, Milán 1994, p. 14.
2
Congetture e confutazioni, Il Mulino, Bolonia 1972, pp. 604-605.
3
Ibid., p. 608.
4
Ibid., p. 635-636.